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Módulo 4 Eco Arg

El documento describe la relación inicial de Perón con los sindicatos luego del golpe de 1943 y cómo fue ganando su apoyo a través de medidas como aumentos salariales y beneficios para los trabajadores. También expone las políticas económicas implementadas por el peronismo para lograr el pleno empleo, la industrialización y mejorar los salarios.

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Módulo 4 Eco Arg

El documento describe la relación inicial de Perón con los sindicatos luego del golpe de 1943 y cómo fue ganando su apoyo a través de medidas como aumentos salariales y beneficios para los trabajadores. También expone las políticas económicas implementadas por el peronismo para lograr el pleno empleo, la industrialización y mejorar los salarios.

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LECCIÓN 1 de 4

Introducción

“La relación de Perón con los sindicatos se inició unos meses después de la Revolución del 4 de junio de
1943” (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 193), que derrocó al presidente Ramón Castillo. “Por ese entonces, la
Confederación General del Trabajo (CGT) estaba dividida en dos grupos: la CGT N.° 1 agrupaba gremios
menos politizados que la CGT N.° 2, dominada por socialistas y comunistas” (Gerchunoff y Llach, 2018, p.
193).

La revolución generó la toma del Gobierno por parte de los militares y llevó a una sucesión de varios
presidentes: primero tomó el poder Arturo Rawson, luego lo sucedió el general Ramírez y, finalmente, el
general Farrell.

Las medidas aplicadas por el Gobierno provocaron que, en pocos meses, el apoyo que los sindicatos le
daban a Perón desapareciera. “La CGT N.° 2 fue disuelta en julio y en el mismo mes se promulgó un decreto
de asociaciones profesionales que imponía restricciones al movimiento obrero” (Gerchunoff y Llach, 2018,
p. 194).

Sin embargo, en la tan resistida intervención a La Fraternidad y a la Unión Ferroviaria


estaba el germen de lo que sería la más decisiva participación sindical en la historia
argentina, ya que el coronel Domingo Mercante, amigo de Perón, fue designado al frente
de esos gremios… La nueva estrategia se veía facilitada por la creación de la Secretaría de
Trabajo y Previsión, a fines de 1943, encabezada por Perón. Los trabajadores nucleados en
la Unión Ferroviaria fueron los primeros beneficiarios del cambio de rumbo en las políticas
laborales. Se aumentaron sus salarios, se otorgaron subsidios para prestaciones sociales
y se actuó en su favor en antiguas disputas contra las compañías de trenes. (Gerchunoff y
Llach, 2018, pp. 194-195).
Perón basó su poder en la relación con los gremios, por eso potenciaba a las organizaciones que apoyaban
su política laboral y debilitaba a las que mostraban mayor independencia. Los dirigentes sindicales, a los
cuales Perón ayudaba en sus ambiciones políticas, elaboraron una propuesta para que este presentara su
candidatura a partir de la constitución de un Partido Laborista.

Perón era, a esta altura, la figura más importante del país, y las fuerzas políticas se
definían en relación con él. [Por esto] la oposición democrática se organizó para combatir
sus aspiraciones… [Como consecuencia de las acciones realizadas] el 9 de octubre, Perón
debió renunciar a sus múltiples cargos… Perón pudo despedirse con un acto en la
Secretaría de Trabajo y un mensaje radial transmitido en cadena, en el que resaltó las
medidas sociales que había propiciado, antes de ser detenido y enviado a Martín García.
La noticia de la renuncia y arresto de Perón hizo reaccionar a los gremios. Se sucedieron
las reuniones y, desde distintos puntos del país, se reclamó su libertad. El 17 de octubre,
una movilización popular, en parte organizada por los sindicatos, pero también alimentada
por trabajadores que espontáneamente marcharon a Plaza de Mayo, volcó la crisis a favor
de Perón y forzó su restitución al gobierno. (Gerchunoff y Llach, 2018, pp. 196-197).

Se llamó a elecciones y resultó electa la fórmula Perón-Quijano en febrero de 1944. “El apoyo de los
sindicatos, la Iglesia y los militares… había decidido el triunfo peronista” (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 198).
El Congreso funcionaba de acuerdo con las previsiones formales de la Constitución, pero estaba dominado
por diputados oficialistas.

Mientras transcurría la Segunda Guerra Mundial, Perón había sido encomendado a Italia, durante el apogeo
de Mussolini. Allí observó cómo funcionaba el sistema corporativo y adoptó esta visión, que se mantendría
inalterable a lo largo de toda su carrera. “Los trabajadores sindicalizados siempre recibieron mayor atención
que los no afiliados a gremios y, de todos los sindicatos, los más beneficiados fueron los que estaban
asociados a la CGT” (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 198).
Siguiendo dicha visión, Perón se esforzó por diferenciarse “del pensamiento de izquierda, y opuso al
concepto de lucha de clases, el de armonía de clases. La colaboración entre el capital y el trabajo, antes que
su enfrentamiento, era el camino para el progreso social” (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 199). Para ganar el
apoyo del sector empresarial, Perón evitaba cualquier relación con el marxismo.

La propaganda oficial difundía las bondades de esta visión conciliatoria y la presentaba


como una verdadera doctrina, que pronto se llamó justicialista… La idea de función social
de la propiedad, allí presente, era rescatada por el peronismo como una alternativa distante
al mismo tiempo del liberalismo ortodoxo y del colectivismo. (Gerchunoff y Llach, 2018, p.
199).

A su vez, esta idea se vio reflejada en la política internacional, donde comenzó a hablarse de la tercera
posición. La frase oficial expresaba una actitud de independencia ante el conflicto suscitado por la Guerra
Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial. Esto se
sumaba a la creencia de que habría una tercera guerra mundial, por lo que las medidas tenían su base en
mantener la autarquía, para lo cual se evitaba generar alianzas tanto con Norteamérica como con la Unión
Soviética. “El trato con los norteamericanos era de mutua desconfianza” (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 203).
Por eso, a principios de 1948, cuando se anunció el Plan Marshall, un sistema de créditos para que los
países europeos devastados por la guerra tuvieran acceso a importaciones cruciales, Argentina fue excluida
como proveedor de alimentos.

En términos económicos, el otro evento diplomático importante que debió resolver el Gobierno de Perón fue
el de las “libras bloqueadas” en el Reino Unido. Esto implicaba que solo podían ser utilizadas para comerciar
en la Commonwealth.

Entre 1940 y 1945, el balance de Argentina con el conjunto del Imperio británico arrojó un
saldo favorable de 1500 millones de pesos. Hacia fines de la guerra, el Reino Unido le
debía al Estado argentino 112 millones de libras esterlinas… El conflicto comenzó a
resolverse en las negociaciones que acabarían con la firma del tratado Eady-Miranda en
septiembre de 1946. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 204).

Si bien el acuerdo inicial no tardó en romperse, finalmente, se estipuló que la mayor parte del saldo argentino
en el Banco de Inglaterra sería destinada a la compra de los ferrocarriles, monto que fue completado con un
crédito británico que se debía pagar con los futuros superávits comerciales.

C O NT I NU A R
LECCIÓN 2 de 4

Instrumentos de la política económica peronista

El peronismo se propuso llevar a cabo políticas para alcanzar los siguientes objetivos:

1 Pleno empleo, mediante el favorecimiento de los sindicatos y el nivel de actividad económica.

2 La industrialización, con un fuerte apoyo e intervención del Estado, mediante la aplicación de


medidas proteccionistas contra la competencia externa.

3 Una mejora de la remuneración real de los asalariados, tanto urbanos como rurales.

Esas políticas conformaron una de las coaliciones más exitosas y prolongadas que se hayan conocido, pero,
como veremos más adelante, generaron uno de los conflictos más largos y difíciles de resolver. Las
medidas aplicadas fueron:

1) Control de cambios

El Banco Central de la República Argentina (BCRA) era el encargado de controlar la asignación de divisas en
el país.

Se aplicaba un régimen de tipo de cambio múltiple, por el cual había un orden de prioridades para el uso de
las divisas. Esta medida castigaba a los exportadores y protegía a la industria nacional. Además, se
aplicaban restricciones cuantitativas y se requería un permiso previo.
2) Creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI)

Era un organismo estatal que tenía el monopolio de la venta al exterior de los cereales y oleaginosas. El IAPI
compraba a los productores a precios bajos y luego cambiaba las divisas al mayor valor, lo cual generaba
diferencias financieras. Era una política discriminatoria hacia el sector rural, que se aplicó por dos razones.
En primer lugar, las ganancias del IAPI sirvieron para sostener el aumento en el gasto público. Este
fenómeno se reflejó en las estimaciones sobre la participación de las actividades agropecuarias en el
producto bruto total argentino; esta es mucho menor cuando se la valúa en relación con los precios
internos que cuando se calcula tomando los precios internacionales.

De no haberse esterilizado el aumento internacional de los precios de los alimentos, una


de las siguientes alternativas habría ocurrido: o bien los salarios reales habrían
disminuido por el encarecimiento de algunos productos básicos de la canasta familiar, o
bien, en el caso de compensar ese aumento con nuevos incrementos en los salarios
nominales, se habría visto afectada la rentabilidad industrial. (Gerchunoff y Llach, 2018,
pp. 220-221).

A su vez, había otras razones con las que se defendía la política del IAPI. El comercio de posguerra era
bilateral en todo el mundo, ya que los países europeos se estaban reconstruyendo después de la guerra, y
sus Gobiernos habían creado organismos únicos de compra. Por eso, no había, en realidad, un precio
internacional al que atenerse en las ventas al exterior, sino que se negociaba entre compradores y
vendedores. Además, la situación de posguerra obligaba a vender a crédito, y el IAPI, al ser un organismo
del Estado, podía soportar mayores riesgos y plazos.

Es claro que estas consideraciones eran poco convincentes para los propietarios rurales, sobre todo
cuando se sumaban otras medidas, como el Estatuto del Peón Rural1, el cual:

[1] Decreto N.° 28169. (1944). Estatuto del Peón Rural. Presidencia de la Nación. Recuperado de
[Link]
A?id=294999

…había extendido algunos beneficios sociales a los trabajadores del campo, lo que
también impactaba sobre la rentabilidad rural. La agricultura, más golpeada que la
ganadería por el encarecimiento de la mano de obra, sufrió especialmente con el cambio
en las reglas de la propiedad rural… Se dio al arrendatario el derecho a renovar su contrato
con los mismos valores que en el período anterior, lo que perjudicaba al dueño de la tierra,
debido a la erosión inflacionaria. El terrateniente perdió el incentivo para arrendar sus
campos y este tipo de contrato disminuyó sensiblemente a partir de la posguerra.
(Gerchunoff y Llach, 2018, p. 222).
El IAPI no financió operaciones con recursos propios, sino que lo hizo, en gran medida, con créditos
obtenidos de la banca oficial y redescontados por el Banco Central. Esta fue una fuente de recursos de
enorme importancia que le permitió al Gobierno un amplio margen de discrecionalidad, ya que esos
recursos no estaban sometidos al control del Congreso. Con ellos, el Gobierno financió la nacionalización
de varios servicios públicos, la compra de bienes de capital para el Estado (algunos provinciales), los
gastos corrientes del sector público, subsidios a las industrias y subsidios a la producción agrícola
ganadera.

3) Política arancelaria

Se aplicaron restricciones y aranceles a las importaciones, con el objetivo de generar un proteccionismo
hacia la industria nacional emergente.

Estas medidas también fueron acompañadas por la política cambiaria explicada anteriormente y por
políticas crediticias. Gerchunoff y Llach (2018) señalan que la industrialización era vista como una política
de desarrollo de largo plazo que permitía mantener un alto nivel de empleo y consumo.
Por otra parte, se crearon escuelas técnicas para lograr contar con trabajadores especializados en el sector
industrial.

4) Cuentas externas

Cuando Perón asumió su mandato, se vio favorecido por los términos de intercambio más altos hasta ese
momento. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el país tenía superávit comercial, principalmente como
consecuencia de la reducción de importaciones que la coyuntura internacional había provocado.

Los primeros años de la posguerra trajeron novedades al comercio exterior argentino, el


precio promedio de las exportaciones creció un 208 % entre 1945 y 1948, mientras las
compras al exterior se normalizaban después del período bélico, además de aumentar su
precio alrededor del 30 %. Pero las variaciones en los precios no podían esconder un
hecho decepcionante: el volumen exportado en 1946 era menor al de 1935, que a su vez
había sido inferior al de los mejores años de la década del 20. (Gerchunoff y Llach, 2018,
p. 225).
Esta baja performance se debía a las medidas aplicadas, las cuales no estimularon la producción rural, pero
sí favorecieron el consumo. El hecho de que el crecimiento del ingreso per cápita provocara aumentos en el
consumo de bienes industriales hacía inevitable que los países productores de alimentos sufrieran una
caída de sus términos de intercambio externos, lo que provocó que la balanza comercial argentina tuviera,
entre 1945 y 1948, un signo positivo.

Debajo se encuentra una tabla desarrollada por Gerchunoff y Llach (2018), que muestra el balance de
exportaciones e importaciones:

Tabla 1: Exportaciones e importaciones argentinas (millones de dólares


corrientes)

Año Importaciones Exportaciones

1945 719 289,6

1946 1003,6 503,7

1947 1587,4 1319,8

1948 1567,8 1604,2

Fuente: Gerchunoff y Llach, 2018, p. 227.

Se puede observar que las importaciones se recuperaron como consecuencia de la gran demanda interna.
Aquí hay que señalar que se produjo un cambio en su composición: el aumento de la demanda de bienes de
consumo era satisfecho con producción doméstica, pero, en contrapartida, se necesitaban cada vez más
insumos y bienes de capital. Estos rubros pasaron a representar alrededor del 90 % de las importaciones
totales.
Por otra parte, en el caso de aparecer un déficit de comercio, este no podía ser compensado con entrada de
capitales, las cuales estaban desalentadas por las políticas peronistas y limitadas por las circunstancias
internacionales. El déficit de la balanza comercial que se produjo en 1949 coincidió con la aparición de otro
de los grandes problemas que comenzaría a enfrentar el país en las décadas siguientes: la inflación.

5) Regulaciones y política salarial



Mediante el congelamiento de alquileres y arrendamientos, se empezaron a realizar controles de precios,
fundamentalmente de los bienes que conformaban la canasta básica, e incrementos de los salarios
nominales.

Según mencionan Gerchunoff y Llach (2018), a pesar de las buenas relaciones entre el Gobierno y los
gremios durante el período anterior a la presidencia de Perón, los salarios reales apenas habían aumentado
entre 1945 y 1946. Pero, a partir de ese momento y hasta 1949, los salarios reales crecieron a tasa récord:
aumentaron un 62 %. Esa mejora fue más acentuada que la de la productividad, y en 1949 el costo laboral
por unidad de producto era un 23 % más alto que en 1945.

El incremento de los salarios reales llevó a una distribución del ingreso nacional más equitativa. Se ha
calculado que los componentes salariales del ingreso nacional superaron, por primera vez en su historia, la
retribución obtenida en concepto de ganancias, intereses y rentas. En 1948, aquellos ascendían al 43 %,
mientras esta, al 47 %, lo que se comparaba favorablemente con la situación imperante solo un lustro atrás,
cuando los trabajadores percibían el 44 % y los empresarios capitalistas recibían el 55,6 %.

Hay que tener en cuenta que estas medidas tenían una intención política, y fue así que en 1947 se fundó el
Partido Peronista. A su vez, estas medidas eran un instrumento para fomentar la demanda agregada y
lograr el pleno empleo.

En los años 1946, 1947 y 1948, la clase trabajadora argentina experimentó el mayor
aumento de bienestar de toda su historia. La mayor disponibilidad de bienes, fruto del
aumento de la producción industrial y del creciente valor de las exportaciones, se volcó
sobre todo a expandir el consumo, que en 1948 fue casi un 50 % mayor al de solo 3 años
atrás. (Gerchunoff y Llach, 2018, pp. 213-214).

El incremento del bienestar derivó en que el peronismo obtuviera más de dos tercios de los votos en la
elección de constituyentes de 1949.

El control de los alquileres y el congelamiento de algunos precios de bienes básicos se sumaron a la


generosa política salarial, para difundir el bienestar en los sectores de más bajos ingresos. También
crecieron las compras de electrodomésticos, como la heladera eléctrica y la cocina de gas.
La política salarial de Perón, con su doble objetivo de garantizar el pleno empleo y redistribuir el ingreso
hacia los sectores populares, fue uno de los elementos centrales de su política económica hasta 1949.

6) Aumento del gasto público



Se destinaba, principalmente, a gastos de tipo social, como salud, educación, vivienda, servicios sociales,
etcétera.

En Argentina, la cifra del gasto público reflejaba el crecimiento estatal, tendencia que se inició antes del
Gobierno peronista.

Gerchunoff y Llach (2018) indican que el aumento del gasto en inversión fue determinante para el
incremento global de las erogaciones estatales. Además de la nacionalización de servicios, hubo
inversiones en comunicaciones, energía, ferrocarriles y construcción de caminos.

En los años 1946 y 1947, el principal motor de la inversión pública fue la defensa exterior,
que llegó a representar el 60 % de los gastos públicos de capital. El aumento del empleo
público en general, aun sin considerar las empresas estatizadas, puede verse como otra
manera de asegurar lealtades y extenderlas a la clase media. (Gerchunoff y Llach, 2018,
p. 211).

El impuesto al ingreso, creado al comenzar la década de 1930, se rediseñó varias veces de manera más
progresiva. También se creó un gravamen a los beneficios de las empresas, lo que contribuyó a mejorar la
distribución de los ingresos.

El sistema previsional se consolidó cuando Perón se hizo cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión en
1943, y así, durante los primeros años de su presidencia, logró tener un enorme superávit del régimen
jubilatorio.

En cada uno de los años finales de la década del 40, el Gobierno obtenía alrededor de un 4
% del producto bruto del flamante sistema de seguridad social, fracción que fue
decayendo con el correr de los años, a medida que aumentaba el número de
beneficiarios. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 215).
7) Nacionalización del BCRA y centralización de los depósitos

Los bancos comerciales recibían depósitos a cuenta y orden del BCRA, que estaban garantizados por la
máxima autoridad monetaria.

Estas medidas generaron que los redescuentos superaran notablemente a los depósitos, lo que incidió en
una gran creación de dinero. Entre 1946 y 1948, la principal fuente de creación de dinero fueron los
redescuentos y otros préstamos a bancos, que subieron en el mismo período un 127 %, de los cuales entre
un 58 % y un 59 % fueron al Estado (de ellos, un 60 % al IAPI).

El BCRA fue el instrumento para generar inmensos recursos monetarios. Durante un tiempo, el público,
acostumbrado a medio siglo de estabilidad monetaria, siguió confiando en el valor del peso, pero cuando
los depositantes comenzaron a advertir que los precios subían más que las tasas de interés, se perdió la
ilusión monetaria y la gente empezó a retirar sus depósitos.

Por otra parte, al nacionalizar los depósitos y redirigir el crédito a los bancos y sectores privilegiados (con
tasas que resultaron negativas), se produjo una enorme transferencia de ingresos de los ahorristas a los
deudores.

Como parte de las reformas monetarias y bancarias de 1946, también se decidió modificar la operatoria del
Banco Hipotecario. Las cédulas hipotecarias consistían en un título que el banco le entregaba al deudor,
que hipotecaba su vivienda rural o urbana por una parte (50 %) de su valuación –usualmente, al 6 % de
interés– y lo llevaba a la bolsa para cotizar y buscar un inversor que lo comprara.

En 1946, el Gobierno decidió rescatar las cédulas hipotecarias y reemplazarlas por un bono hipotecario
emitido por el BCRA, que se colocaría en el público. Sin embargo, la suscripción al bono no tuvo éxito. Para
el rescate, se emitieron más de mil millones de pesos, mientras que de los bonos se tomaron solo 384
millones, por lo que el rescate se financió mayormente con redescuentos del BCRA.

8) Nacionalización de empresas públicas



El Estado nacionalizó los ferrocarriles y las empresas de energía.

La compra de los ferrocarriles británicos por parte del Estado argentino debe
considerarse en un doble aspecto de nacionalización y estatización… se trataba de limitar
la participación de los capitales extranjeros [y] era un síntoma del crecimiento del Estado
como productor de bienes y servicios. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 207).
A esto le siguió la nacionalización de los teléfonos, así como la empresa de energía, y se completó con la
estatización del gas.

Resultado de las medidas aplicadas

A partir de 1949, comenzaron a observarse los dos grandes problemas que se generaron a raíz de la
implementación de las medidas: el déficit de la balanza comercial y la elevada inflación.

Los problemas comerciales eran consecuencia de:

1 la reducción de exportaciones, ya que los productores agropecuarios redujeron la superficie de


hectáreas sembradas con cultivos regulados por IAPI;

2 el incremento de las importaciones por la necesidad de insumos y bienes de capital que


generaba la incipiente industria nacional.

En cuanto a la inflación, tenía distintos orígenes: por un lado, la emisión monetaria provocada por el Gobierno
para financiar sus medidas y los incrementos de salario y consumo, que derivaban tanto en aumentos de la
demanda como en contracciones de la oferta. La tasa de inflación, al final de la década, llegó a ser de dos
dígitos.

¿Podría distribuirse el ingreso sin consecuencias a largo plazo? Este artículo esboza algunas ideas y
fundamenta la aparición de la inflación. ¿Cuáles son las razones, a juicio de la autora, del origen de la
inflación en 1945? Menciónalas.

1945, el año en el que se instaló la inflación en la Argentina _ El


, q g
[Link]
1.1 MB

Fuente: 1945, el año en el que se instaló la inflación en Argentina. (11 de enero de 2019). El Cronista [Versión

digital]. Recuperado de [Link]

[Link]

A su vez, desde 1949 hasta 1952, continuaron disminuyendo las reservas, excepto en 1950, cuando
aumentaron. El proceso de desmonetización ya estaba en franca evolución. Esto mostraba que el BCRA no
tuvo el manejo de la cantidad real de dinero que fue determinada por la demanda.

C O NT I NU A R
El cuello de botella externo. La inflación. Los
cambios en la política económica

Juan Domingo Perón asumió su primer mandato en 1946. Durante los primeros 3 años, aplicó
medidas destinadas, principalmente, a mejorar la distribución del ingreso a favor de los
asalariados y fomentar el desarrollo del sector industrial.

Tal como vimos al final de la lectura anterior, las políticas implementadas derivaron en dos
grandes problemas: inflación y cuello de botella externo. Por esto, a partir de 1949, se
revirtieron algunas de las medidas, cuyos cambios se profundizaron con la asunción de su
segunda presidencia en 1952.

Surgimiento de la in ación

Referencias
LECCIÓN 1 de 2

Surgimiento de la inflación

La economía argentina empezó a mostrar síntomas inflacionarios a partir de la Segunda Guerra Mundial,
pero se consideraba que era un problema coyuntural que se solucionaría cuando volviera la paz. Sin
embargo, durante la época de posguerra, Argentina mantuvo una inflación considerablemente más alta que
la de los países más avanzados.

En 1935 se creó el Banco Central de la República Argentina (BCRA), como una sociedad mixta entre el sector
privado y el Gobierno, para reemplazar a la Caja de Conversión. En 1946, se decidió su nacionalización en
conjunto con la nacionalización de todo el sistema bancario, ya que así el Estado pasaba a tener el
monopolio de la emisión monetaria porque no habría una creación secundaria de dinero. Gerchunoff y Llach
(2018) consideran que esta decisión tenía como objetivo que la política monetaria sirviera para alcanzar y
mantener el pleno empleo.

A través de los bancos comerciales, el BCRA desplegó una política de créditos que le permitió a la industria
financiar sus inversiones y pagar los elevados salarios. Una parte de los créditos volvía al sistema bancario
en forma de depósitos que, medidos como porcentaje del producto bruto, aumentaron en los primeros años
de gobierno de Perón. Sin embargo, el aumento en los créditos siempre fue mayor al aumento de los
depósitos, lo que expandía la cantidad de dinero en circulación y generaba inflación.

A dicha expansión crediticia, le seguía la que recibía el Estado nacional para cubrir su creciente déficit
presupuestario. Durante los primeros años del peronismo, ese financiamiento no fue tan grande porque el
Gobierno tuvo otras maneras de cubrir sus gastos. Hubo, en esos primeros tiempos, dos fuentes
extraordinarias de recursos: las ganancias del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio) y el
superávit del nuevo sistema de seguridad social. Con el paso del tiempo, esas fuentes se agotaron y la
emisión monetaria comenzó a derivar en mayor inflación.
La teoría económica indica que mientras más alta sea la inflación, los individuos perderán más el poder de
compra y se desprenderán rápidamente de los billetes. Sin embargo, durante el primer trienio peronista,
ocurrió al revés: la gente no sentía la necesidad de desprenderse de las crecientes cantidades de dinero que
recibía porque no sentía que ese dinero estuviera perdiendo valor.

El cuello de botella externo

Los problemas de balanza comercial tuvieron varias causas. La reducción del nivel de exportaciones se
debía a algunos aspectos externos y otros de índole interna. Los temas internacionales que afectaron a
Argentina fueron:

1 Los términos del intercambio disminuyeron un 11 % con respecto a los años anteriores.

2 El impedimento de poder participar en el Plan Marshall: Argentina tuvo solo una participación
del 3 % en el esquema de reconstrucción europea.

3 El supuesto, con el cual especulaba el equipo económico, de una nueva guerra mundial, que
sostuviera la demanda de productos agropecuarios no se produjo.

Sin embargo, los problemas más importantes fueron internos:

1. La política agropecuaria discriminatoria que aplicó el IAPI derivó en una reducción de la superficie
sembrada.

2. La sequía que azotó al campo durante los años 1951 y 1952.


La Argentina exportó en 1949 un valor de 933 millones de dólares, contra 1600 del año
anterior. Esa drástica reducción en las divisas disponibles, combinada con el aumento de
los precios de los artículos que el país obtenía del exterior, obligó a comprimir aún más las
importaciones, ya bastante restringidas. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 238).

Para reducir el nivel de importaciones, se intensificaron los controles a la industria, que tenía dificultades
para importar materias primas y maquinarias. A esto se sumaba una contracción de la política crediticia.

Las cuentas fiscales

Los registros oficiales de ingresos, gastos y financiamiento del período peronista solo reflejan una parte de
los que se efectuaron por medio del Gobierno. La estadística oficial no solo ocultó gastos, sino que una
parte muy significativa del déficit de las empresas del Estado, entes descentralizados y gastos del Gobierno
se financió con créditos que nunca se recuperaron. En este caso están los créditos del IAPI, que no fueron
recuperados y que debían ser agregados al déficit de cada uno de esos años; el hecho de que esto último no
sucediera hizo que se incrementara la deuda del Gobierno. Los principales gastos fuera del presupuesto se
habían realizado para cubrir con adelantos o subvenciones al IAPI, al Banco Hipotecario y a Ferrocarriles del
Estado.

En el año 1946, el 61 % del financiamiento estuvo destinado al Banco Hipotecario Nacional. En cambio, entre
1947 y 1949, el IAPI fue el principal destinatario, lo que coincidió con el período más intenso de
nacionalización de servicios públicos. Entre 1950 y 1952, el Banco Hipotecario Nacional fue el principal
destinatario. A partir de 1953, el IAPI volvió a ser el principal destinatario de los fondos. En 1945, los ingresos
del sistema de previsión representaban un 19,9 % de los gastos; en 1955, un 29 %. Pero más relevante que
ello fue que el superávit neto del sistema previsional representó un 7,6 % en 1945 y un 10 % de los ingresos
en 1955.
Los ingresos y gastos subieron fuertemente durante todo el período y más o menos al mismo ritmo: algo
más de un 8 % por año, en términos reales. Sin embargo, desde el principio los gastos fueron mayores que
los ingresos: 17,5 % más en 1946 y 16,7 % en 1955. En esa circunstancia, el déficit fue permanente, tanto el
primario como el total.

El Gobierno estableció varios impuestos nuevos (coparticipables): beneficios extraordinarios, ganancias


eventuales, y el sustitutivo a la transmisión gratuita de bienes aumentó las tasas en el impuesto a las
ventas, que pasó del 1,25 % al 8 %.

Aunque el Gobierno afirmaba que la política del gasto tenía como objetivo promover las obras de
infraestructura previstas en el Primer Plan Quinquenal (entre otras, la construcción del oleoducto Comodoro
Rivadavia-Buenos Aires), se sostuvo que una parte muy importante, que incluía a los diputados como gastos
en obra pública, fueron gastos de funcionamiento que pagaron el aumento de una enorme burocracia.

¿Cuál fue la diferencia conceptual entre los dos planes quinquenales del Gobierno peronista? ¿Podrías
describir brevemente las diferencias entre los dos periodos de gobierno? (Entre 1946 y 1952, y luego desde
1952 hasta el derrocamiento de Perón en 1955). Entonces, ¿cuál fue el giro fundamental en el enfoque de
aquellos años que explica las mejoras en los salarios reales?

El plan de Perón para salir de la crisis - Clarí[Link]


842.4 KB

Fuente: Remes Lenicov, J. (5 de diciembre de 2019). El plan de Perón para salir de la crisis. Clarín [Versión digital].

Recuperado de [Link]

La productividad

Perón sabía que, para mantener una economía dinámica que permitiera un aumento progresivo del ingreso
salarial, era necesario incentivar la producción y la inversión, y garantizar así las ganancias de los
empresarios. Aumentar la cantidad de bienes para repartir, ahí estaba la clave del nuevo enfoque de la
política económica del peronismo.

Los empleadores reclamaban la imposición de medidas contra el ausentismo. Si no se mantuvo el statu quo,
fue por la mayor importancia que se acordó dar a las consideraciones de productividad en las negociaciones
salariales, y por cierta libertad que consiguieron los empleadores para reubicar personal y premiar la
eficiencia.

El Gobierno peronista actuó vigorosa y deliberadamente en favor de la industria sustitutiva


de importaciones. No fue el nacionalismo el único argumento en pro de la industrialización.
Perón veía en el crecimiento industrial la posibilidad de mantener un alto nivel de empleo y
de consumo. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 218).

Los medios elegidos por el Gobierno para llevar a cabo este proyecto fueron básicamente
dos: la restricción de las importaciones y la generosa política crediticia. Ya en 1944, el
régimen para la protección y la promoción de la industria había mostrado la voluntad oficial
de proteger la producción de manufacturas de “interés nacional”. Se elevaban los
aranceles para las importaciones de los productos que competían con esas industrias, se
reforzaban los permisos previos para la obtención de cambio, y se establecía un sistema
de preferencias para la importación de materias primas y bienes de capital. (Gerchunoff y
Llach, 2018, p. 219).

Tan decisiva como la protección a través de barreras arancelarias y cambiarias fue la


política de crédito industrial, que se canalizó a través de dos bancos oficiales. El Banco
Industrial, fundado en 1944, inició sus actividades con una capacidad de préstamos
equivalente a seis veces el volumen negociado en la Bolsa de Buenos Aires... El Banco
Central, por su parte, fue nacionalizado en 1946 junto con el sistema bancario, lo que le
permitió al Gobierno manejar el crédito a voluntad. Así es como, entre 1946 y 1948, la
industria se encontró con fondos abundantes a su disposición, redimibles en plazos largos
y con tasas de interés muy favorables. De hecho, muchas veces las tasas de interés
reales fueron negativas, ya que la tasa de inflación superó a las exiguas tasas nominales.
Se estima que los créditos tomados por el sector industrial pasaron de un 2,6 % del
producto bruto en 1944, a un 4,4 % en 1948, y continuaron su ascenso en los años
siguientes, luego de una pausa en 1949. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 219).

La industria durante el peronismo

Del período 1945-1958, que abarca apenas tres años más que el peronismo, se ha escrito que la
performance industrial argentina fue peor que la de Brasil, pero que se compara favorablemente con Chile y
México. El desarrollo de la industria durante la época de Perón solo puede calificarse, en el mejor de los
casos, como un éxito parcial.

En los episodios de restricción crediticia solo se les aconsejaba contraer los créditos a las
industrias productoras de bienes “no esenciales”. Se ha estimado que, de las noventa y
una industrias favorecidas por la protección, Argentina solo tenía ventajas en
aproximadamente la mitad. (Gerchunoff y Llach, 2018, p. 252).

Si bien la tasa de crecimiento de las distintas ramas industriales fue despareja, ello no fue el resultado de
las políticas, las cuales intentaron favorecer al sector industrial en conjunto. El resultado fue una producción
manufacturera al costo y con pocas posibilidades de exportación. Un cuidadoso estudio comparativo entre
las industrias metalúrgicas argentinas y norteamericanas ha estimado diferencias de costos de hasta 300 %
en 1955.
El alto nivel salarial seguiría siendo una característica del mercado de trabajo argentino, mientras que el
empleo industrial avanzaría menos que en otros países.

La evolución de la economía

El crédito total hacia la industria cayó en 1949 y asumió un nuevo equipo económico, encabezado por Alfredo
Gómez Morales.

El Gobierno por fin parecía reaccionar ante las presiones inflacionarias que, de todos modos, llegarían al
récord de 31 % de aumento anual de precio al consumidor en 1949, el mayor desde la crisis de 1880.

Los nuevos conductores de la política económica aún no veían en la inflación un peligro incontrolable. En
1949, se derribó el último obstáculo para el desarrollo de una política monetaria independiente y expansiva,
al anularse una cláusula que obligaba al BCRA a respaldar con reservas internacionales por lo menos un 25
% de la base monetaria.

En su curso de política económica peronista, dictado a principios de 1951, Gómez Morales se definía a favor
de una suerte de pragmatismo heterodoxo en cuestión de moneda.

En 1950, aún pudo alentarse alguna esperanza de mantener el rumbo sin correcciones sustanciales: el
salario real aumentó levemente y los precios agropecuarios recibieron un inesperado impulso asociado al
conflicto de Corea. Así y todo, el Gobierno peronista tuvo que actuar contra lo que, se suponía, eran sus
principios, al tomar un préstamo exterior del Eximbank, de 125 millones de dólares.

En 1951, la inflación superó la tasa de aumento salarial. Por última vez desde que Perón estaba en el poder,
el modelo de superávit comercial de 1950 se trasformó en un cuantioso déficit en 1951. La restricción del
crédito estaba golpeando a algunos sectores industriales.

El mayor conflicto fue el de los ferrocarriles, con una huelga que duró nueve meses e incluyó, entre sus
avatares, la recorrida de Eva Perón por las estaciones arengando a los ferroviarios para que volvieran al
trabajo.
El plan económico de 1952

El estancamiento económico ya venía prolongándose durante tres largos años, y la escasez de energía
eléctrica obligó a reglamentar su consumo, lo que también impactó sobre la industria. El plan de
estabilización económica de 1952 compartía el objetivo de detener la inflación.

La inversión pública se redujo bastante a partir de 1952. El gasto del Gobierno bajó entre 1950 y 1953 un 23
%, y el déficit fiscal disminuyó considerablemente. La tasa de crecimiento de la cantidad de dinero
descendió abruptamente a partir de 1952, y la inflación había pasado a ser una preocupación gubernamental
de primer orden. Se intentó combatir la inflación con el retraso deliberado de las tarifas públicas y el
aumento de los subsidios a los bienes básicos. Eso tuvo un costo fiscal de un 20 % a un 30 % del gasto
público total entre 1952 y 1955.

Se creó una comisión nacional de precios y salarios, y se instauró un sistema de negociaciones salariales
bianuales. Los productores agropecuarios comenzaron a recibir precios más favorables, superiores incluso
a los vigentes en el exterior.

La expansiva política salarial abrió paso a un sistema de negociaciones bianuales que empezó con una
drástica caída de los salarios reales. La política liberal de crédito para la industria fue moderada en nombre
de la estabilidad monetaria, y el impuesto virtual a las exportaciones agropecuarias, que estaba implícito en
la política del IAPI hasta 1948, fue reemplazado por una deliberada política de aliento al sector rural. El plan
debe considerarse exitoso porque la inflación bajó hasta tocar un mínimo de 3,1 % en 1954. Después de
descender en 1951 y 1952, los salarios reales comenzaron una firme recuperación.

En 1955 reapareció el déficit comercial, ya que las importaciones comenzaron a recuperarse de su deprimido
nivel de 1953 y 1954. El problema no era que los mayores ingresos estimularan directamente la importación
de bienes de consumo. El mecanismo era más indirecto: la recuperación de la demanda de productos
industriales locales se traducía en mayores necesidades de insumo, de los cuales una buena parte era
importada.

Argentina exportó en el primer lustro de los años 50 apenas la mitad de lo que había exportado entre 1920 y
1924.
Los controles cambiaron y los préstamos exteriores (como el del Eximbank norteamericano en 1950) eran
solo una solución temporal al problema externo argentino. Los dos o tres años posteriores a la guerra
constituyeron una época de oportunidades perdidas, ya que podría haberse encarado con decisión la
capitalización del país en ciertas industrias básicas. Por otro lado, no era fácil imaginar en 1945 los
problemas que se manifestarían con claridad recién ocho o diez años después. Cuando este efecto se hizo
patente, el peronismo esbozó algunas respuestas, aunque siempre vacilantes y poco efectivas.

El Segundo Plan Quinquenal

El Segundo Plan Quinquenal, aplicado a partir de 1953, fue de mediano y largo plazo y complementaba al
plan de estabilización de 1952. La distribución de la inversión pública entre 1952 y 1955 fue bastante distinta
a la del quinquenio anterior, con aumentos en el porcentaje correspondiente a transporte, energía y
comunicaciones.

Recién en 1955 se pudo incorporar el alto horno, luego de otro crédito del Banco de Exportaciones e
Importaciones de Estados Unidos. La inversión pública disminuyó entre 1948 y 1955 alrededor de un 35 %. El
Segundo Plan Quinquenal puede entenderse como una corrección, que fue, de todos modos, insuficiente.

El equipo económico reconocía tanto el trato inicial desfavorable al agro como la nueva tendencia de la
política hacia el sector rural, que se consolidó con el cambio de década.

La política de estímulo a las exportaciones agropecuarias descansó solamente en los subsidios del IAPI y
no en una devaluación. El tipo de cambio se mantuvo a niveles considerados francamente bajos. Se
lograban “precios remunerativos” para el campo, sin que los precios internos aumentaran tanto como lo
hubieran hecho con una devaluación, que también encarece las importaciones.

El acuerdo Paz-Edwards, en 1951, suprimió los detalles innecesarios de arreglos anteriores y llegó a una
solución de compromiso en la fijación de precios, tanto de los productos argentinos como del carbón y el
petróleo provistos por Inglaterra. El nuevo trato del Gobierno de Perón al sector rural no se agotó en las
políticas de crédito y subsidios, aunque estas fueron las más importantes. La importación de tractores fue
casi el doble en el quinquenio 1950-1954 que en el anterior. La industrialización empezaba a mostrarse
problemática.
Los dos instrumentos claves de esa orientación fueron la política y la protección a través de mecanismos
cambiarios y comerciales. Además, las tasas de interés reales pagadas por los prestatarios resultaron
negativas hasta principios de los años 50. Las dificultades que el importador encontraba para obtener
divisas se acentuaron entre 1948 y 1949, cuando se limitó la concesión de permisos para importar.

Mientras que en 1929 se importaba el 45 % de las manufacturas consumidas, veinte años después, la
proporción era tan solo del 15 %. Por esa vía, los años del peronismo fueron de vigoroso crecimiento
industrial.

C O NT I NU A R
La Revolución Libertadora: los instrumentos de la
política económica

Tras la caída de Perón y el breve Gobierno del general Lonardi (septiembre a noviembre de
1955), el Gobierno del general Aramburu (noviembre de 1955 hasta abril de 1958) debió
enfrentar muchos problemas. Uno de los más urgentes fue el de reconstruir el sistema de
energía y transporte, y renovar bienes de capital obsoletos, lo cual se conseguiría con el
aumento de la inversión y con la importación de maquinarias y equipos restringidos en la
época anterior. También tenía que desarmar el aparato regulatorio e intervencionista, que había
alcanzado extremos sin precedentes. Todos los Gobiernos, desde la caída de Perón, se vieron
en la necesidad de restaurar cierto equilibrio fiscal, monetario y de las cuentas externas, para
salir de los ciclos de inflación, devaluación y recesión, y hacer posible un contexto
macroeconómico estable, lo cual es una condición necesaria para lograr un crecimiento
sostenido.

Aunque se seguía considerando necesaria la intervención del Estado en la economía, para


mantener la presencia estatal y el limitado funcionamiento de los mercados se quería limitar
los excesos a los que se había llegado durante el gobierno anterior.

A pesar de las diferentes opiniones de las cúpulas militares y sus apoyos civiles, se avanzó en
algunas reformas.

Las reformas económicas del Gobierno de la Revolución

Los efectos monetarios en las reformas de 1957


LECCIÓN 1 de 3

Las reformas económicas del Gobierno de la


Revolución

La Revolución produjo cambios importantes en la política económica. A pesar de que el Estado no tenía
ideas definidas en materia económica, y de que coexistieron enfoques distintos, existía un acuerdo
generalizado en resolver los urgentes problemas de infraestructura y poner orden en las cuentas externas y
en las finanzas públicas, para evitar así los despilfarros, abusos y privilegios.

Obtener fuentes de capital para realizar las inversiones necesarias para poner en marcha al país, estabilizar
la moneda, estimular la producción agropecuaria y las exportaciones, superar el estrangulamiento externo y
desregular la economía a partir de la limitación de la intervención estatal fueron algunos de los objetivos en
el orden económico de la autodenominada Revolución Libertadora.

El Estado se enfrentaba a una multitud de problemas. Uno de los más urgentes y serios fue la crisis de
energía y transporte. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la energía estaba provista por el carbón y el coque,
que se importaban de Gran Bretaña. Luego de los descubrimientos de los yacimientos petroleros en
Comodoro Rivadavia, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) tuvo el monopolio de la explotación del
petróleo, pero su producción no alcanzaba para abastecer las necesidades domésticas. Cuando el petróleo
reemplazó al carbón, las necesidades de importar combustibles aumentaron. Como el Estado subsidió los
precios para evitar su incidencia en el costo de vida, su consumo subió aún más. La importación de petróleo
se hacía al tipo de cambio oficial para mantener los precios bajos. Esto fue negativo sobre la explotación de
YPF. A finales del gobierno peronista, las importaciones de combustible alcanzaban un cuarto del total, esto
forzó a Perón a negociar con la Standard Oil de California un contrato de exploración y explotación, que fue
frustrado por la dura resistencia de la mayor parte de los sectores de opinión, que estaban convencidos de
reservar la explotación estatal. Ello constituyó un factor importante en la generalización del clima opositor
que culminó con el golpe de Estado del año 1955.
El racionamiento de energía limitaba el desarrollo de las industrias y el comercio. Los apagones de Buenos
Aires, al final de la década peronista, hicieron que la ciudad pareciera la de un país en guerra. Pero el
problema no se limitaba a la energía: la crisis del transporte era muy seria. No solo se había reemplazado el
material ferroviario, sino que había una creciente dificultad para obtener divisas para importar camiones. Los
cuellos de botella que generaba la falta de transporte creaban problemas graves en la distribución de
mercaderías. La estructura vial quedó deteriorada por la falta de mantenimiento e inversión.

El país había hecho un gran esfuerzo de capitalización hasta los años treinta, pero, debido a la crisis y a las
restricciones de la oferta de bienes de capital, no se había renovado la infraestructura ni los bienes de
capital de la industria.

La restricción venía del lado de las importaciones, que debieron limitarse en la medida en que no crecieron
las exportaciones. Ello fue el resultado de las políticas que castigaron con un tipo de cambio bajo a las
exportaciones tradicionales, mientras que la producción industrial, con una fuerte protección, tuvo un
mercado interno cautivo y nunca llegó a competir en los mercados internacionales. Por otro lado, la
acumulación de cuantiosas reservas se debió a la caída en las importaciones, y el Estado actuó como si eso
fuese un regalo inesperado que permitía gastar sin limitaciones.

Los abultados excedentes comerciales ocultaban una falencia: la imposibilidad de importar durante la
guerra y la descapitalización que se había producido. Por ello, debía esperarse que, concluida esta y vuelto el
comercio a la normalidad, las demandas de las importaciones superaran los niveles corrientes de
exportación. Pero como el Estado compró los excedentes comerciales (reservas) y los gastos, a partir de
1949 se debieron racionar las importaciones. El mismo Perón se vio obligado a cambiar su política, con
medidas más favorables a las exportaciones. Pero los intereses que se habían creado eran muy poderosos y
lograrían, en el curso de los años, mantener la situación que producía ineficiencias y limitaciones.

El Estado había financiado una parte sustancial de sus gastos con la creación de dinero. Otra parte fue
cubierta con la captación de ahorros de los depositantes en el sistema bancario y con los fondos del
sistema de seguridad social. Aunque la colocación de títulos de tesorería (TES) en el Banco Central de la
República Argentina (BCRA) no fue el factor principal en la creación de dinero, el gasto del Estado y de las
empresas fue financiado indirectamente por medio de créditos que otorgaba el Banco Nación y
redescontaba el BCRA. Los redescuentos fueron mayores que los depósitos, lo cual produjo una fuente de
creación de dinero y la generación de un proceso inflacionario cada vez mayor. Concluido el gobierno
peronista, se transparentó la deuda del Estado financiada por el BCRA al colocarse, el 2 de diciembre de
1957, el bono de saneamiento de m$n (peso moneda nacional) 27,6 mil millones, que representaba el 10 %
del PBI (producto bruto interno) y el 45 % de la base monetaria.

Por otro lado, el Estado no solo había mantenido las tortuosas regulaciones que existían en los mercados
desde la guerra y los controles de precios a los movimientos de capitales y a los cambios, sino que había
monopolizado el comercio exterior, había nacionalizado los depósitos bancarios y los servicios públicos, y
había extendido sus actividades a empresas productivas en sectores considerados estratégicos. Uno de
sus objetivos fue mantener elevado el salario real. Si esto no era el resultado de una mayor productividad, se
podía lograr controlando los factores que incidían en el costo de vida: los precios de los alimentos, servicios
públicos y alquileres. Por ello, se mantuvo bajo el cambio de las exportaciones de alimentos y, cuando eso
no fue posible, se subsidiaron las tarifas de los servicios públicos y se congelaron los alquileres por un largo
período.

Toda política que implicara un franqueamiento de los precios llevaría a


un reacondicionamiento con aumento de algunos de ellos
(especialmente, alimentos y servicios), lo que afectaría el nivel de
ingreso real de los sectores populares. Para evitar caer en la
impopularidad, los retrasos se extendían en el tiempo y se
profundizaban hasta llegar al inevitable reajuste, que provocaba
resistencias en los sectores que lo soportaban.

Poco después de asumir, las autoridades del Gobierno militar encargaron a un antiguo gerente general del
Banco Central, Raúl Prebisch, un informe de la situación de la economía, con recomendaciones sobre las
políticas que se debían implementar.

En lo que se conoció como Plan Prebisch, completado con un trabajo titulado Moneda sana o inflación
incontenible. Plan de restablecimiento económico (1956), el asesor presidencial hacía notar el estado de
estancamiento de la economía argentina, que en una década solo había crecido un 3,5 %. Las
recomendaciones de Prebisch buscaron recuperar la capacidad importadora para lograr el abastecimiento
imprescindible de bienes de capital y cerrar la brecha externa. Para mejorar el intercambio interno para la
agricultura, propuso una devaluación que no fuera seguida por aumento de salarios, y la eliminación del
monopolio estatal del comercio a través del IAPI y del financiamiento inflacionario.

El informe destacaba la caída del ingreso por habitante, que en 1948 había alcanzado, según él, un máximo
de 4041 pesos, y había bajado a 3581 pesos en 1955.

Las perspectivas del comercio exterior argentino para los años siguientes no eran favorables. Subrayaba el
lento crecimiento de la producción doméstica del petróleo, del que las industrias locales requerían
cantidades crecientes, la crisis energética y el estrangulamiento que resultaba del enorme déficit de los
transportes, que eran los principales obstáculos que había que salvar para lograr un sostenido aumento de la
producción.

La inflación, que es un factor distorsivo para la inversión, era otra de las causas del estancamiento.

En materia de vivienda, había que reducir los créditos sin respaldo en el ahorro, y buscar retornar al sistema
basado en ofrecer hipotecas en el mercado, a través del viejo método de las cédulas hipotecarias.

Prebisch advertía que a la devaluación le seguiría un alza de precios que no debería ser acompañada por
aumentos de salarios. Respecto de las necesidades de equipamiento, se detenía en las inversiones
requeridas para incrementar la producción de petróleo, que pesaba en forma cada vez mayor en las
importaciones. Recomendaba la construcción de oleoductos y gasoductos, y proponía inversiones en
energía y en transportes, para romper con los más costosos cuellos de botella. Como la situación de divisas
no permitía la importación, había que recurrir al crédito externo negociando razonables empréstitos.

Como es habitual, en política económica no siempre coinciden los criterios. Arturo Jauretche fue un escritor
y político, agudo pensador del peronismo. En este artículo, el autor comenta el informe de Raúl Prebisch y las
apreciaciones que de dicho informe tuvo Arturo Jauretche, quien consideró al peronismo como un auténtico
gobierno popular que rompía con el esquema económico tradicional. ¿Cuáles son, a tu criterio, las
principales críticas de Jauretche al informe Prebisch? ¿Existe semejanza con el presente?
Prebisch vs Jauretche, segundo [Link]
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Fuente: Tetaz, M. (11 de octubre de 2020). Prebisch vs. Jauretche, segundo round. El Día [Versión digital].

Recuperado de [Link]

La devaluación de 1956-1957

El nuevo régimen cambiario dispuesto por el Estado en octubre de 1956 produjo una fuerte devaluación. El
tipo de cambio oficial subió de m$n 5 por dólar a m$n 18 por dólar y, además, se eliminaron los tipos de
cambio múltiples, que dependían de decisiones discrecionales de la autoridad administrativa y eran fuente
de corrupción. Se permitió una mayor flexibilización de las importaciones.

Eliminar el enorme atraso cambiario permitía bajar los subsidios a la producción de cereales y carne. En
cuanto a las importaciones, se eliminaron las restricciones cuantitativas y los permisos previos, y se
estableció un mercado libre, donde se licitarían divisas a las que podían acceder los que quisieran importar.
Al volver al mercado libre de la reforma de 1933, se canalizaron por él las remesas de las compañías
extranjeras que antes debían hacerse por el mercado oficial, por lo cual en los últimos años habían quedado
postergadas. Por otro lado, la devaluación permitió evaluar las reservas del Banco Central, aunque esta vez
alcanzó unos m$n 5996 millones en 1957. Se decidió la eliminación del IAPI, como intercambio en la
negociación de las ventas al exterior, y del Instituto Movilizador de Inversiones Inmobiliarias.

El cambio de la política fue más difícil y la recuperación, menos evidente. Si bien la reforma cambiaria logró
un incremento de las superficies cultivadas, las condiciones climáticas fueron poco propicias y las
cosechas sufrieron los efectos de la sequía. Esto se manifestó en la reducción de los saldos exportables.
La limitada disponibilidad exportadora tenía otra causa: la declinante tendencia de los precios de los
cereales en un período de acumulación de excedentes en Estados Unidos.

Los arreglos del Club de París


Desde la crisis de 1930, el mundo había reemplazado el sistema multilateral de pagos, que funcionaba bajo
el patrón oro con acuerdos bilaterales. Tras el fin de la guerra y la creación de la Unión Europea de Pagos, se
había iniciado una vuelta a los regímenes multilaterales. Argentina, en los años de Perón, había acentuado la
tendencia al acuerdo bilateral. Con distintos países, como Alemania, Italia o los Países Bajos, se había
establecido que se harían adelantos en cuenta corriente para financiar las compras del país que quedaba
con saldos acreedores, lo que se debía saldar con exportaciones o con dinero del acreedor o divisas
convertibles. Los abultados montos de la deuda argentina para con varios países europeos amenazaban, a
fines de 1955, con una práctica cesación de los pagos y la inminente interrupción de los envíos provenientes
de países europeos.

En los años finales del peronismo, Argentina había mantenido, en el intercambio con algunos países,
reiterados saldos negativos, debido a la creciente necesidad de importar insumos industriales y
manufacturas cuando sus exportaciones no crecían. Se estimó que la deuda con aquellos países era de 500
millones de dólares. El primer ensayo de una vuelta parcial al multilateralismo se hizo con once Estados
europeos.

Gracias al comercio multilateral, Argentina pudo comprar mejor y vender en Europa con preferencia sobre
Estados Unidos. Eso duró hasta finales de 1958, cuando Europa y Argentina retornaron a la plena
convertibilidad de sus monedas al dólar: el escudo portugués y el franco suizo, las monedas convertibles de
ese entonces.

Se consolidaron deudas con organismos oficiales de Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y Países Bajos,
de 500 millones de dólares con plazo de diez años y 3,5 % de interés anual. El acuerdo provisional que se
alcanzó con el Club de París abarcó tres aspectos:

1 sistema multilateral;

2 la consolidación de nuestras deudas;

3 la puesta en vigor del sistema de comercio y de pagos.


Los conflictos distributivos

El Estado creó el Fondo para el Restablecimiento Económico, que financió mediante un recargo sobre las
exportaciones tradicionales (retenciones).

Presionado por los conflictos gremiales y resistencias de toda índole, en 1956, el incremento de salarios
llegó a un 35 % aproximadamente. Como este aumento superó ampliamente al de la producción y no fue
absorbido por las ganancias, se produjo una nueva fase en alza de los precios, lo que le restó a la
devaluación gran parte del efecto redistributivo buscado. Para compensar al sector exportador, se redujeron
las retenciones y se fijaron aforos más bajos. Aunque los obreros y los empresarios industriales lograron
equilibrar el efecto de la devaluación con los aumentos, no sucedió lo mismo con los grupos de menor poder
en la sociedad. Los empleados estatales, del comercio, de los bancos, y los jubilados sufrieron una fuerte
caída de sus ingresos reales.

Como consecuencia de la devaluación, los costos mayores de los insumos importados produjeron fuertes
presiones por parte de los empresarios, que reclamaron créditos del sistema bancario, ya que la tasa de
interés de los bancos era negativa. A causa de la continua baja en los precios de los cereales, las
exportaciones, en 1957, no mostraron señales de recuperación, de modo que se mantuvieron por debajo del
nivel de 1954. Sin embargo, los volúmenes importados habían subido un 6,8 % entre 1956 y 1957, mientras
que los valores solo lo hicieron en un 3,3 %.

Parte de los incentivos que el nuevo nivel de precios había generado fue compensado por la paulatina
reducción de recargos a la exportación, hasta su eliminación total en 1957. La producción estuvo lejos de
aumentar en la medida esperada. En cuanto al sector externo, no se había logrado una coyuntura
desfavorable, sino que el déficit se agravaba. La mayoría de las importaciones correspondió a combustibles,
entre 17 % y 24 %, y maquinarias, entre un 20,4 % y un 27,4 %.

El saldo del balance de pagos siguió siendo desfavorable y fue compensado en partes por el crédito del
Fondo Monetario Internacional (FMI) en 1957. Un factor negativo fue el combustible, cuyo precio se había
encarecido por la crisis del canal de Suez, por lo que aumentó el costo del transporte.
En cumplimento de las políticas recomendadas por el FMI, se restringió el crédito y la oferta monetaria, pero
como esta creció menos que el nivel general de precios, se produjo una sensible liquidez.

Después de la ola inflacionaria de principios de 1957 que siguió a los aumentos de salarios dispuestos con
la renovación de convenios, el Estado decidió estabilizarlos por un período de un año. La caída del salario
real dio lugar a resistencias laborales y generó tensiones que desataron conflictos en los primeros meses de
1958.

Los incentivos en el sector agropecuario, por medio de las devaluaciones y la eliminación de recargos, se
tradujeron en un inmediato incremento de la producción que compensó la caída de los precios
internacionales.

Tampoco se tuvo mucho éxito al tratar de detener la inflación, a pesar de las medidas adoptadas. Incluso
con un congelamiento de los salarios durante el año 1957, el nivel de precios subió un 24,7 %. Por otro lado,
tras un período de aparente severidad, el Estado terminó por sucumbir a las presiones de los diferentes
sectores y permitió una política más flexible de créditos y un aumento de salarios. Estas presiones se
hicieron más fuertes al final del período, cuando los factores políticos tuvieron mayor peso en vísperas de la
renovación presidencial. En 1958, los conflictos gremiales alcanzaron proporciones considerables.

La producción industrial experimentó un ligero aumento, que fue muy importante en el rubro de las industrias
extractivas, gracias al incremento de la producción nacional del petróleo, tras la puesta en práctica del plan
de reactivación de YPF.

Una de las medidas del Gobierno provisional que tuvo más éxito fue el plan de reactivación de YPF. Este
contempló la construcción de la red de oleoductos y gasoductos para transportar el petróleo desde los
lugares de producción hasta los mercados de consumo.

Los déficits en los balances de pagos se habían agravado, lo cual se advirtió en el deterioro de la moneda en
el llamado mercado libre de cambios, donde se llegó a cotizar $ 42 cada dólar.

El déficit fiscal disminuyó notablemente hasta 1961, y el financiamiento promedio de la emisión monetaria
contó con un pequeño repunte en 1962.
Reforma de la Carta Orgánica del BCRA

Se reformó la Carta Orgánica del Banco Central para concluir con el régimen de nacionalización de los
depósitos, dejar el negocio bancario a la iniciativa privada y para que la regularización de la política
monetaria pudiera hacerse con las disposiciones sobre efectivos mínimos del banco.

Los bancos recibirían por su cuenta, en vez de hacerlo por cuenta y orden del BCRA1. Seguido a eso, la Carta
Orgánica del Banco Central queda armonizada con el nuevo régimen de depósito bancario y con la nueva
legislación.

[1] Decreto Ley 13126. (1957). Carta Orgánica del Banco Central. Presidencia de la Nación. Recuperado de

[Link]

El BCRA no logró trazar una política monetaria y crediticia adecuada ni influir, en la forma efectiva y eficaz
que debiera, en la gestión crediticia de los bancos. Tampoco estaba bien situado para llevar a la práctica el
adecuado control selectivo del crédito que ameritaban las circunstancias.

Se eliminaron las disposiciones relativas a la recepción, por parte de los bancos, de depósitos por cuenta y
orden del BCRA. En cambio, se dio la facultad de fijar los porcentajes de efectivos mínimos y de usar otros
instrumentos para la regulación monetaria y crediticia, entre ellos: el control cualitativo y cuantitativo de los
préstamos e inversiones de los bancos, la fijación de la tasa de redescuento, la determinación de las tasas
máximas y mínimas de interés que podrían cobrar por sus créditos, la emisión de papeles de absorción y la
realización de operaciones en el mercado abierto. Se establecieron límites para acordar préstamos con el
Estado. El banco podía tomar para su propia cartera valores públicos hasta límites fijos. El Decreto Ley 13126
articulaba un mensaje muy claro: el régimen de 1946 no respondió como se había previsto, pero permitió
usar los recursos de los depositantes y crear, además, otros recursos de carácter inflacionario para financiar
ingentes necesidades, inversiones y pérdidas del Estado.

También se refería a la necesidad de sanear la situación de los bancos oficiales que habían recibido
redescuentos del BCRA, colocando en este un bono de saneamiento que reemplazara en su cartera a esos
redescuentos de créditos que se consideraban incobrables y que, tras la eliminación de activos y pasivos
del BCRA y de los bancos oficiales, serían transferidos a una entidad estatal, que trataría de recuperar lo que
fuera posible.
La deuda del IAPI rondaba los m$n 19 700 millones, los cuales quedaron consolidados en uno o más bancos
a cargo del Estado y figuraban en el activo del BCRA, lo que les permitiría a los bancos oficiales cancelar sus
créditos contraídos con el IAPI y las correlativas obligaciones con el BCRA. Los créditos oficiales
congelados que se consolidaban representaban el 44 % de la cartera de préstamos del Banco Nación y el 3
% de la cartera del Banco Industrial.

A partir del nuevo régimen, el Estado dejó de utilizar los redescuentos como instrumento de financiamiento
habitual. Las tasas de interés siguieron controladas y por debajo de la inflación: 7,5 % y 10 % en 1956 y 1957,
en relación con la inflación del 13,4 % y el 24,7 %, respectivamente.

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LECCIÓN 2 de 3

Los efectos monetarios en las reformas de 1957

La decisión del Estado de devolver a los bancos privados sus depósitos debía resolver dos problemas: por
un lado, el saldo de las cuentas entre el BCRA y los bancos privados, los cuales, tomados en su conjunto,
habían quedado como deudores del BCRA. En 1956 tenía en su cartera redescuentos por m$n 94 019
millones, mientras que era deudor por depósitos por un monto de m$n 61 528 millones. El otro problema era
la política monetaria. Devueltos los depósitos a los bancos, ¿cuál sería el instrumento de regulación
monetaria del BCRA? La Carta Orgánica del BCRA de 1953 había establecido un canje mínimo del 8 % para

los depósitos a plazo y del 16 % para los depósitos a la vista, como una garantía de seguridad2. Ocurría que,
en la fase de expansión de la economía, los bancos tenían excedentes sobre esas reservas, pero el BCRA
solo podía actuar con instrumentos de esterilización y, con respecto a los bancos, únicamente le quedó la
persuasión y su influencia moral.

[2] Decreto Ley 13126. (1957). Carta Orgánica del Banco Central. Presidencia de la Nación. Recuperado de

[Link]

La reforma de 1946, que dispuso la nacionalización de los depósitos, utilizó como instrumentos monetarios
los redescuentos y el racionamiento selectivo. Cuando se eliminó la centralización de los depósitos, el
problema comenzó a residir en qué instrumentos se iban a utilizar para regular la creación de dinero
bancario.

Desde 1957, la legislación les dejaba a los bancos la capacidad prestable, que dependía de la magnitud de
los depósitos que captara y de los efectivos mínimos que debía movilizar, cuya variación sería una facultad
del BCRA, tanto para evitar fuertes fluctuaciones en la cantidad de dinero como para dirigir el crédito a
sectores que se consideraban preferentes.

El mecanismo del efectivo mínimo variable fue utilizado por el BCRA en los años posteriores al peronismo.
Desde 1957, la estrategia monetaria consistió en adecuar los multiplicados para brindar al sistema
económico una cantidad de activo monetario.

Se estableció un requerimiento mínimo del 10 % para los depósitos de plazo fijo y del 20 % para los
depósitos a la vista, pero con un 30 % sobre los incrementos marginales con respecto a los saldos.

Los salarios reales crecieron débilmente a partir de 1955 y hasta 1959, año en que sufrieron una fuerte caída
del 25,5 %.

¿Problemas estructurales de nuestra economía?

A finales de la década del 50, la economía se encontraba en serios problemas. La balanza comercial fue
deficitaria en 7 de los 10 años comprendidos entre 1949 y 1958. Solo en 1953 el superávit fue significativo.
La economía argentina estaba en un período de “estrangulamiento” porque cada vez que la economía del
país se expandía, las importaciones aumentaban, lo cual agravaba el problema de la balanza comercial.

El acceso al crédito externo estuvo bastante restringido, por lo que la manera de evitar una caída en las
reservas de divisas y la depreciación cambiaria era conteniendo las importaciones a través de elevados
aranceles aduaneros, controles cuantitativos y el control de cambios.

El Gobierno de la Revolución Libertadora, mediante su política de devaluación, había confiado en que un tipo
de cambio más alto desalentaría las importaciones y alentaría las exportaciones. Por ello, pasó el tipo de
cambio oficial de 8 a 18 pesos moneda nacional. A pesar de ello, desde 1955 hasta 1958, el comercio
exterior argentino siguió siendo deficitario, en parte, por el deterioro de los precios de exportación.

En 1928 Argentina compraba al exterior casi el 50 % de su producción interna. Treinta años después, solo el
10 % de su producción interna era destinada a la importación; sobre todo durante el gobierno peronista, en el
que se dio mayor impulso a la industria nacional a través de la industrialización por sustitución de
importaciones (ISI).

El problema era que, para poder hacer funcionar esas industrias, se requerían insumos importados –entre
ellos, maquinarias y equipos–, por lo tanto, el ahorro de divisas en la compra de bienes importados se
contrarrestó por el requerimiento de divisas para la compra de estos insumos industriales. Las dificultades
para incorporar bienes de capital importados detenían la inversión y atentaban contra el crecimiento
económico sostenido.

El Gobierno peronista, durante sus últimos años, intentó estimular la instalación de industrias básicas, para
atender a las necesidades de producción manufacturera nacional. Para ello, orientó su política hacia la

atracción del capital internacional y se sancionó la Ley 142223, que fomentó las inversiones externas. La
firma en 1958 con la Standard Oil de California, petrolera norteamericana, despertó el resquemor del
justicialismo y el rechazo de la oposición. Este rechazo del Parlamento marcó el fracaso del cambio de
rumbo que intentó Perón. Luego, el Gobierno militar intentó seguir con la política de atracción de capitales
externos, con el mismo resultado.

[3] Ley 14222. (1953). Capitales Extranjeros. Honorable Congreso de la Nación Argentina. Recuperado de

[Link]

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El régimen de Frondizi: la estrategia desarrollista

Arturo Frondizi asumió su Gobierno democrático en 1958, con la salvedad de que se había
establecido la proscripción del Partido Peronista en las elecciones.

En el ámbito de la política económica, el Gobierno de Frondizi mostró una línea consistente y


decidida que prometía dar solución a dos problemas acuciantes: la estabilidad y el desarrollo.

Política desarrollista

Referencias

Revisión del módulo


LECCIÓN 1 de 3

Política desarrollista

El Gobierno se basó en la tesis del desarrollismo. Según Gerchunoff y Llach (2018), esta trata sobre:

El pesimismo con respecto a las exportaciones de productos primarios, tal como sostenía
la tesis de Prebisch… Según esta óptica, desarrollarse era desarrollar las manufacturas
hasta transformarse en una economía industrializada. En el caso de Argentina, era obvio
que parte del camino ya estaba recorrido, pero el carácter desbalanceado de su estructura
industrial (concentrado en las ramas livianas) hacía necesario un impulso que garantizara
el paso de una economía agroexportadora a una economía industrial. La clave era la
expansión “vertical”, es decir, el acople de las actividades de producción de insumos y
bienes de capital a las ramas ya más expandidas. (pp. 290-291).

Para lograrlo había que tener en cuenta varios elementos:


En primer lugar, debía aumentar la producción de petróleo y gas, y generar así un ahorro de
divisas para la inversión en otros rubros. Se sugería la producción local para sustituir la
importación de petróleo. Para conseguir el capital necesario para instalar las industrias
químicas y de acero, se requería la exportación de carne y la sustitución de importaciones
petroleras (Gerchunoff y Llach, 2018).

En segundo lugar, fomentar la siderurgia, que requería la explotación de los depósitos de


carbón y hierro (Gerchunoff y Llach, 2018).

En tercer lugar, una solución permanente para la provisión de energía eléctrica.

Finalmente, también se incluía a las industrias del cemento, del papel y de maquinaria y
equipos industriales. La ausencia de las actividades agropecuarias en el conjunto de
prioridades del Estado se debía a que se consideraba que estos temas no podían
desligarse del problema general de atraso tecnológico de Argentina (Gerchunoff y Llach,
2018).

Según Gerchunoff y Llach:

Una meta en la que se ponía especial énfasis era la construcción de una amplia red de
rutas y autopistas. Al mismo tiempo, se intentaba estimular la producción nacional de
autos y camiones. Se buscaba, por esa vía, integrar económicamente a las distintas
regiones del país y descentralizar las actividades económicas. (2018, p. 292).
El Estado consideraba que el desarrollo industrial tenía que conseguirse rápidamente y en todos los frentes,
por lo cual se requería un impulso de inversión decisivo y simultáneo. Así se quebraría la llamada “trampa de
la pobreza”, que se asociaba con la baja capacidad de ahorro e inversión. “Se argumentaba que los países
más pobres ahorran una proporción menor de sus ingresos que las naciones desarrolladas” (Gerchunoff y
Llach, 2018, p. 292). Como consecuencia, invierten poco y crecen lentamente.

Aquel intento por atraer inversiones extranjeras en los últimos años del gobierno de Perón era la base del
postulado desarrollista. Esto se contradecía con la posición que por aquel momento tuvo Frondizi, por su
pensamiento económico nacionalista, quien incluso afirmaba en uno de sus libros que YPF (Yacimientos
Petrolíferos Fiscales) podría autoabastecerse. Mediante el programa de Chascomús de 1960, cambió su
posición y propuso que no se les impidiera, tanto a las empresas nacionales como a las extranjeras, la
posibilidad de promover nuestras fuentes naturales.

Según el Gobierno, la independencia económica del país se lograría obteniendo inversiones extranjeras.

Este programa tuvo sus críticas, ya que no se asentaba en la teoría de las ventajas comparativas, porque se
pretendía que el país elaborara productos que se podían conseguir a un costo menor en el extranjero.
Además, había grupos que consideraban antieconómicas a las inversiones extranjeras, debido al egreso de
divisas en regalías, intereses y dividendos.

Para poder captar inversiones extranjeras, el Estado sancionó la Ley 147801. También se especulaba que la
mejor relación diplomática entre Estados Unidos y la Unión Soviética permitiría liberar recursos, antes
dedicados a la producción de armamentos. El desarrollismo veía un futuro de paz y su estrategia se basaba
en este supuesto.

[1] Ley 14780. (1958). Promoción Industrial. Honorable Congreso de la Nación Argentina. Recuperado de

[Link]

Gerchunoff y Llach (2018) indican que, en 1961, Estados Unidos, a través de la Alianza para el Progreso, un
sistema de ayuda técnica y financiera para los países de América Latina, ampliaba el clima favorable para el
desarrollismo, al igual que los organismos internacionales, como el Banco Internacional de Reconstrucción y
Fomento, que luego fue el Banco Mundial.
En el siguiente artículo podrás profundizar sobre el contexto internacional en el que el Gobierno desarrollista
debió interactuar. Entre otros aspectos, la política exterior del desarrollismo busco la apertura y la
proactividad. Lo más importante es que puedas apreciar en qué consistió la diplomacia presidencial del Dr.
Arturo Frondizi, y el rol que ella cumplió como parte de su plan.

Un modelo de inserción en el mundo para lograr el [Link]


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Fuente: Ibarra, S. (9 de diciembre de 2017). Un modelo de inserción en el mundo para lograr el desarrollo.

Fundación Frondizi. Recuperado de [Link]

el-mundo-para-lograr-el-desarrollo/

En la época en que Frondizi asumía la presidencia, Brasil ya estaba recogiendo los primeros frutos de su
economía desarrollista. A las áreas de energía, transporte e industria, Brasil destinaba el 93,6 % de las
inversiones previstas en su plan de metas. El financiamiento era mixto, con predominio estatal en los
sectores de transporte y energético, y con mayor peso privado en la siderurgia, la industria automotriz, el
cemento y la mecánica. El crecimiento del PBI (producto bruto interno) de ese país fue del 8,2 %, más de lo
que se esperaba. Excepto en la extracción de petróleo y carbón, se cumplieron aceptablemente los objetivos
de producción; sin embargo, el aumento de la inversión pública se financió, básicamente, con emisión
monetaria, lo cual provocó una inflación del 22 % anual entre 1957 y 1961. En el conflicto entre desarrollo y
estabilidad, Brasil optó por el primero, pero en Argentina se resolvió de modo diferente.

El bajo nivel de reservas internacionales en el Banco Central de la República Argentina (BCRA), con
perspectivas de un nuevo déficit comercial para ese año, era uno de los problemas más urgentes que debía
encarar el Estado, pero no era posible hacerlo en esos momentos con la receta tradicional de reducir el
gasto interno, debido a los compromisos asumidos con el justicialismo antes de las elecciones.
Probablemente en cumplimiento de los acuerdos con Perón, se revocaron los decretos
anti-CGT que había dictado el Gobierno militar y se sancionó una ley que reconocía
solamente al mayor gremio de cada rama de actividad, lo que favorecía al sindicato
peronista. Además… el Poder Ejecutivo decretó un aumento del 60 % sobre los salarios
básicos de convenio, que estaban congelados desde febrero de 1956. Esta decisión fue
acompañada de una importante expansión monetaria, que el presidente justificó: “Para que
estos aumentos salariales no dañen la actividad de las empresas, o limiten su producción,
el Estado, usando su autoridad sobre el crédito, asistirá a quienes lo necesiten.” El
crecimiento de los salarios y de la inversión pública provocó un déficit que rozó el 9 % del
PBI y fue financiado, en su mayoría, a través de la emisión monetaria. (Gerchunoff y Llach,
2018, p. 297).

Dicho financiamiento derivó en inflación.

Una de las primeras medidas del Estado fue la intensificación de los controles sobre las importaciones. “Aun
así, la balanza comercial y de pago fue deficitaria en 1958, y continuó el drenaje de reservas del BCRA”
(Gerchunoff y Llach, 2018, p. 298). Hacia fines de 1958, la inflación ya había erosionado el aumento de
salarios de mediados de año, el Estado estaba preparando un serio intento de estabilización, y ya había dado
un primer paso en el terreno de la política petrolera.

El plan de estabilización y el Fondo Monetario Internacional


(FMI)

El plan de estabilización fue anunciado el 29 de diciembre de 1958 y consistía en un plan integral de


estabilización. Al realizar el diagnóstico de la situación, se insistía en que el principal problema era el gran
nivel de gasto público, que superaba la producción nacional; esto había llevado a que la economía tuviera
déficit comercial y un bajo nivel de inversión. El país estaba al borde de una cesación de pagos. A su vez, la
administración pública gastaba el doble de lo que percibía en concepto de tributos y otras contribuciones.
La pobre renovación de capital, por su parte, había generado un crecimiento de la
capacidad productiva del país que no acompañó al de la población y su nivel social, en
tanto se mantenían los niveles de consumo que excedían la capacidad real de producción
del país.

Pero, si la mala salud de la economía se debía a que el país estaba gastando por encima
de las posibilidades, el restablecimiento requería una dolorosa contención del consumo
público y privado. Se advertía, entonces, que el nivel de vida de los argentinos debía
descender porque no se puede consumir más de lo que se produce. (Gerchunoff y Llach,
2018, pp. 302-303).

Las principales medidas que conformaban el plan fueron:

Se estableció un mercado único de


cambios, y su valor se definía a través del
Política cambiaria libre juego de oferta y demanda. Esto llevó
a una maxidevaluación, pero aceleró el
proceso inflacionario.
Se eliminaron los controles al comercio
exterior, mediante la abolición de los
Política arancelaria
controles cuantitativos y los sistemas de
permisos a las importaciones.

Se eliminaron los controles de precios y


Regulaciones se restablecieron los convenios
salariales .

Se pretendía la reducción del déficit fiscal


mediante la limitación de los gastos y el
Política fiscal
aumento de las tarifas de los servicios
públicos y combustibles.

Se incrementaron los encajes, y el BCRA


se comprometió a no financiar las
Política monetaria operaciones de los bancos Hipotecario e
Industrial.

El programa contó con un importante apoyo externo, lo cual era necesario para que el Estado dispusiera de
los recursos necesarios para financiar el déficit y poder contener cualquier incremento innecesario en el tipo
de cambio. Entre los prestamistas se encontraban el FMI, el Tesoro de los Estados Unidos y el Eximbank,
además de instituciones privadas. Pero los préstamos tenían también otro objetivo: garantizar que el
esfuerzo de estabilización y contención de gastos no condujera a comprometer los objetivos del plan de
desarrollo. En el anuncio final, se proyectó una reducción del empleo estatal que comenzaría por el
congelamiento de nuevas vacantes. Entretanto, se suspenderían algunas obras públicas y se limitaría el
aumento salarial del personal del Estado.

Según señalan Gerchunoff y Llach (2018), los sindicatos no podían aceptar que un Gobierno que había
accedido al poder con sus votos les impusiera un programa diseñado, según su óptica, por el Fondo
Monetario Internacional. Este caldeado ambiente de 1958 se agravó al año siguiente, durante el cual se
acrecentaron los conflictos laborales, especialmente en el sector público. La resistencia laboral se
comprende por el comportamiento del salario real, debido a la combinación de devaluación y contención de
sueldos.

Resultados de las medidas implementadas

La performance macroeconómica durante la primera mitad de 1959 fue decepcionante: el dólar, que cotizaba
a m$n 65, pasó a rozar los m$n 100 al finalizar el año. Esta devaluación y los recargos a la importación
hicieron que la industria se enfrentara a costos cada vez mayores.

“Las importaciones cayeron abruptamente y el PBI fue un 6,5 % menor que el año anterior” (Gerchunoff y
Llach, 2018, p. 306). El deterioro del salario real debilitó el consumo y las exportaciones apenas aumentaban.
“La inflación minorista triplicó su anterior récord histórico con un registro del 129,5 % (Gerchunoff y Llach,
2018, p. 307).

Se mantuvo una expansión monetaria como consecuencia de obligaciones ya contraídas, y una prolongada
huelga bancaria impidió la implementación del aumento de los encajes, lo que habría restringido el
incremento de la cantidad de dinero. Además, el público intentó guardar en dinero una menor proporción de
su riqueza para cubrirse de la depreciación, lo cual generó mayor inflación (Gerchunoff y Llach, 2018).

Varios mecanismos se interconectaban y acrecentaban las dificultades para lograr el equilibrio fiscal. Por un
lado, el desolado cuadro macroeconómico que contribuía a aumentar el déficit: la caída en el nivel de
actividad reducía la recaudación impositiva, y la inflación deterioraba el valor de los impuestos y las tarifas
públicas. No se hacía demasiado para reducir el empleo público, a pesar de ser redundante en algunas áreas
(Gerchunoff y Llach, 2018).

La situación del Estado a mediados de 1959 era desesperante, y se rumoreaba un golpe de Estado, que llegó
en marzo de 1962 con el derrocamiento de Frondizi, quien fue llevado detenido a la isla Martín García.

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