DAVID HUME
(1711-1776)
David Hume, nacido el 7 de mayo de 1711 en Edimburgo (Escocia), provenía de una familia de la
pequeña nobleza que tenía la intención de que siguiera una carrera en Derecho. Sin embargo, desde
joven mostró un interés apasionado por la Filosofía. En 1734, después de un breve período en Bristol,
abandonó el estudio autodidacta y se trasladó a La Flèche, en Francia, donde permaneció durante
casi tres años. A los 26 años, completó su obra principal, el "Tratado de la naturaleza humana",
influenciado por las ideas de John Locke y George Berkeley, donde criticó el concepto de causalidad y
propuso que la razón y los juicios son meras asociaciones de sensaciones o experiencias habituales.
En 1740, conoció a Adam Smith y publicó la primera parte de sus "Ensayos morales y políticos". Sin
embargo, su candidatura a la cátedra de moral y filosofía en la Universidad de Edimburgo fue
rechazada en 1744 debido a las críticas que sus ideas radicales, y se rumoreaba que ateas, habían
generado. En 1746, se unió como secretario a una misión diplomática y en 1748 viajó a Viena y Turín,
lo que avivó su interés por la historia. En 1751 regresó a Edimburgo y publicó sus "Discursos políticos"
en 1752, año en que consiguió el puesto de bibliotecario en el Colegio de Abogados de Edimburgo.
En 1766, Hume abandonó su cargo de bibliotecario para convertirse en subsecretario de Estado en
Londres y se relacionó con los filósofos enciclopedistas de la Ilustración. A partir de 1775, comenzó a
padecer los efectos de un tumor intestinal que finalmente lo llevó a la muerte en 1776, a la edad de 65
años.
CONTEXTO HISTÓRICO, SOCIOCULTURAL Y FILOSÓFICO
David Hume, un influyente filósofo escocés del siglo XVIII, vivió en un período marcado por cambios
fundamentales en diferentes aspectos de la sociedad. Económicamente, este siglo vio el surgimiento
de una revolución agrícola que transformó los métodos de producción y llevó a un aumento
significativo de la población en Europa. Este crecimiento poblacional tuvo importantes implicaciones
sociales y económicas y sentó las bases para la Revolución Industrial que se desarrollaría más tarde
en el siglo.
Políticamente, la estructura estamental predominante comenzó a desafiar el poder absoluto de la
monarquía, especialmente después de las revoluciones burguesas en Francia y América, que
desencadenaron cambios radicales en la organización política y social. Estas revoluciones fueron
precedidas por movimientos similares en Inglaterra en el siglo XVII, que eventualmente llevaron a la
instauración de una monarquía parlamentaria en ese país.
En el ámbito cultural, el siglo XVIII fue testigo del declive del Barroco y el surgimiento del
Neoclasicismo en diferentes formas de arte y música. Este período también estuvo marcado por la
Ilustración, un movimiento intelectual que abogaba por la primacía de la razón y la ciencia, influido en
gran medida por los avances en física realizados por Isaac Newton. La Ilustración representó una
reacción contra el racionalismo del siglo anterior y se centró en la confianza en la capacidad humana
para comprender y mejorar el mundo a través del conocimiento racional y la investigación científica.
Dentro del ámbito filosófico, la obra de Hume fue fundamental. Él fue un representante destacado del
empirismo inglés, que sostenía que todo conocimiento se deriva de la experiencia sensorial. Hume
desafió muchas de las ideas prevalecientes en su época, incluyendo las nociones de causalidad y
sustancia, y argumentó que nuestras creencias se basan en la costumbre y la asociación de ideas
más que en la razón pura.
TEORÍA DEL CONOCIMIENTO, EPISTEMOLOGÍA
En su obra "Tratado de la naturaleza humana", Hume postula que la ciencia del hombre constituye la
base fundamental para otras disciplinas, requiriendo un enfoque metodológico que integre experiencia
y observación para construir argumentos sólidos. Frederick Copleston sugiere que Hume busca
aplicar a la filosofía las limitaciones metodológicas de la física newtoniana. Inspirado por Newton,
Hume aspira a investigar el mundo moral humano mediante la observación y experimentación,
desafiando así las concepciones racionalistas. Hume argumenta que el conocimiento humano no se
deriva de verdades innatas, sino de creencias básicas sobre el mundo exterior, que funcionan como
un instinto natural.
Según Hume, la vida no es guiada por la razón, sino por la costumbre. El conocimiento se basa en
percepciones de la mente, que pueden ser impresiones (sensaciones o sentimientos intensos) o ideas
(recuerdos o imaginaciones de sensaciones). Las ideas son derivadas y menos vivaces que las
impresiones, que, según Hume, tienen causas desconocidas. Las palabras representan ideas, cuyo
significado se comprende mediante la identificación de la impresión subyacente.
El origen del conocimiento y sus clases
El empirismo, liderado por figuras como John Locke, surgió en la época moderna como una respuesta
al racionalismo, enfatizando la experiencia como la fuente primordial del conocimiento, en contraste
con la razón defendida por los racionalistas. Este enfoque rechaza la idea de ideas innatas,
proclamando que la mente al nacer es una "tabula rasa" y que todos los contenidos mentales
provienen de la experiencia sensorial.
Similar al racionalismo, el empirismo comienza su reflexión filosófica desde el análisis de la
conciencia, aunque centrado en el sujeto en lugar del mundo o Dios. Contrario a la creencia
racionalista en ideas innatas, los empiristas argumentan que las ideas son copias de las impresiones
sensoriales, postura que contradice la búsqueda racionalista de verdades abstractas.
A pesar de las diferencias, los empiristas heredan de Descartes la priorización de la epistemología
sobre la ontología, pero rechazan la búsqueda de la verdad en ideas innatas. Abogan por el
protagonismo de la experiencia sensorial en la formación de ideas, cuestionando cómo alguien ciego
podría concebir el color rojo sin haberlo experimentado. Este enfoque influye en el método científico
actual, que privilegia la inducción sobre la deducción como método de conocimiento, proponiendo que
el estudio de casos particulares lleva a la formulación de generalizaciones sobre el mundo.
El análisis del conocimiento
He aquí, pues, que podemos dividir todas las percepciones de la mente en dos clases o especies, que se
distinguen por sus distintos grados de fuerza o vivacidad. Las menos fuertes e intensas comúnmente son
llamadas pensamientos o ideas; la otra especie carece de un nombre en nuestro idioma, como en la
mayoría de los demás, según creo, porque solamente con fines filosóficos era necesario encuadrarlos bajo
un término o denominación general. Concedámonos, pues, a nosotros mismos un poco de libertad, y
llamémoslas impresiones, empleando este término en una acepción un poco distinta de la usual. Con el
término impresión, pues, quiero denotar nuestras percepciones más intensas: cuando oímos, o vemos, o
sentimos, o amamos, u odiamos, o deseamos, o queremos. (Investigación, sec.2)
Los elementos del conocimiento
En sus obras "Tratado sobre la naturaleza humana" y "Investigación sobre el entendimiento humano",
David Hume desarrolla su filosofía a partir de un detallado análisis de los contenidos mentales. A
diferencia de Descartes, quien consideraba que todos los contenidos mentales eran "ideas", Hume
distingue dos tipos fundamentales: las impresiones y las ideas. Las impresiones son experiencias
mentales más intensas y vívidas, mientras que las ideas son representaciones menos intensas que
derivan de las impresiones.
Hume establece que la relación entre las impresiones y las ideas es similar a la del original y su copia.
Es decir, todas nuestras ideas, o percepciones más débiles, son copias de nuestras impresiones o
percepciones más intensas. Esta relación es fundamental para entender la génesis del conocimiento
humano según Hume. Las impresiones constituyen la fuente primordial de nuestras percepciones, y
todas las ideas, ya sean simples o complejas, tienen su origen en estas impresiones.
Las impresiones se dividen en impresiones de sensación y de reflexión. Las primeras son aquellas
que atribuimos a la acción de los sentidos y corresponden a experiencias sensoriales como ver, oír y
sentir. Las segundas están asociadas a la percepción de una idea y pueden surgir como reacciones
emocionales o racionales ante determinados estímulos.
Por otro lado, las ideas son representaciones mentales más débiles que surgen como copias de las
impresiones. Estas ideas pueden ser simples, si corresponden a una impresión simple, o complejas,
si derivan de impresiones complejas o de la combinación de ideas simples.
Una de las implicaciones más importantes de la teoría de Hume es que no existen ideas innatas; es
decir, al nacer, la mente humana es como una "tabla rasa" que se va llenando con las impresiones
provenientes de la experiencia. Además, el límite de nuestro conocimiento está determinado por estas
impresiones; todo lo que podemos pensar o conocer tiene su origen en experiencias previas.
Asimismo, Hume propone el principio de copia como criterio de certeza. Según este principio, una
idea es verdadera si corresponde a una impresión; de lo contrario, es falsa. Esto implica que para
determinar la veracidad de una idea, es necesario buscar la impresión de la que procede.
Las leyes de la asociación de ideas
Es evidente que hay un principio de conexión entre los distintos pensamientos o ideas de la mente y que, al presentarse
a la memoria o a la imaginación, unos introducen a otros con un cierto grado de orden y regularidad.
Hume argumenta que la capacidad de la mente para combinar ideas es aparentemente ilimitada, pero
en realidad está limitada a la facultad de mezclar, aumentar o disminuir, o combinar los materiales
dados por los sentidos y la experiencia. Esta combinación sigue tres leyes fundamentales: la de
semejanza, la de contigüidad en el tiempo o el espacio, y la de causa y efecto.
El principio de semejanza implica que las ideas tienden a asociarse si los objetos que representan
son similares entre sí. Por ejemplo, al ver la ilustración de una flor, se puede concebir la idea de la flor
física debido a esta asociación.
El principio de contigüidad indica que las ideas tienden a asociarse si los objetos que representan
están cerca en el tiempo o el espacio. Por ejemplo, pensar en un crayón en una caja puede llevar a
pensar en el crayón adyacente, o escuchar un relato de un acontecimiento pasado puede llevar a
reflexionar sobre otros eventos de esa época.
El principio de causa y efecto sugiere que las ideas tienden a asociarse si los objetos que representan
están relacionados causalmente. Recordar una ventana rota puede hacer que alguien piense en la
bola que la rompió.
Para Hume, estas tres leyes son las únicas que explican la asociación de ideas.
Los tipos de conocimiento
En la sección titulada "Dudas escépticas acerca de las operaciones del entendimiento" de su obra
"Investigación sobre el entendimiento humano", David Hume profundiza en una distinción
fundamental entre dos formas de conocimiento: las relaciones de ideas y las cuestiones de hecho.
Esta distinción se basa en la clasificación propuesta por Leibniz, quien diferenció entre verdades de
razón y verdades de hecho. Según Hume, las relaciones de ideas comprenden aquellos
conocimientos que son intuitiva o demostrativamente ciertos, como los que se encuentran en las
disciplinas matemáticas como la geometría y el álgebra. Estos conocimientos dependen del principio
de contradicción para su verificación y son independientes de la experiencia empírica, ya que
expresan relaciones entre ideas puramente conceptuales.
Por otro lado, las cuestiones de hecho son aquellos conocimientos que se adquieren a través de la
experiencia empírica y la observación del mundo que nos rodea. Estos conocimientos son enunciados
típicos de las ciencias naturales y sociales, así como de la vida cotidiana. Su veracidad está sujeta a
la comprobación mediante la evidencia sensorial y se basa en la relación de causa y efecto. Según
Hume, esta relación es fundamental para nuestra comprensión del mundo, ya que todos nuestros
razonamientos sobre cuestiones de hecho parecen estar basados en ella. Sin embargo, Hume señala
que esta relación de causa y efecto no puede ser descubierta por la razón, sino que solo puede ser
percibida a través de la experiencia.
Hume expone que nuestra noción de causalidad se basa en la observación de la constante
asociación entre eventos en el pasado, lo cual genera en nosotros una expectativa de que un evento
particular será seguido por otro que le está constantemente asociado. Esta expectativa se convierte
en una creencia arraigada en nuestra psicología, aunque Hume la describe como una cuestión de
costumbre o hábito, más que como un conocimiento basado en la certeza racional. De esta manera,
Hume desafía la idea de que podemos conocer la naturaleza de las cosas más allá de lo que
percibimos directamente a través de la experiencia.
El "Tenedor de Hume" es una expresión que ilustra esta división entre conocimientos sobre ideas y
conocimientos sobre el mundo. Las relaciones de ideas solo pueden demostrar otras relaciones de
ideas y carecen de relevancia para comprender el mundo exterior. Esta distinción planteada por
Hume tiene profundas implicaciones en diversas áreas de la filosofía, especialmente en la discusión
sobre la existencia de Dios.
Según Hume, las pruebas tradicionales de la existencia de Dios se ven socavadas por su análisis del
"Tenedor de Hume". Si Dios no puede ser demostrado como una cuestión de hecho sin evidencia
empírica, entonces las argumentaciones teológicas y metafísicas sobre su existencia carecen de
fundamento sólido. Esto no implica necesariamente que Hume niegue la posibilidad de la existencia
de Dios, sino que sugiere que la validez de tal afirmación no puede ser establecida mediante
argumentos puramente racionales. En resumen, el enfoque de Hume plantea un desafío profundo a
nuestras concepciones tradicionales sobre el conocimiento y la realidad.
Problema de la inducción
En la cuestión fundamental del conocimiento humano y su relación con la experiencia previa, destaca
el papel crucial del razonamiento inductivo en el método científico. Según Hume, este tipo de
razonamiento se basa en la idea de que podemos utilizar nuestras experiencias pasadas para hacer
predicciones sobre el futuro. Sin embargo, señala que esta suposición no está justificada de manera
sólida. Hume presenta dos posibles argumentos para justificar la inducción, pero los rechaza: uno que
asume que el futuro se asemejará al pasado y otro que se basa en los éxitos previos de la inducción.
Hume argumenta que ninguno de estos argumentos proporciona una base sólida para la inducción, lo
que plantea el problema de la inducción.
Este problema radica en la falta de certeza sobre si el futuro se parecerá al pasado. A pesar de las
críticas de Hume, reconoce la utilidad de la inducción en el pensamiento empírico, ya que permite
inferir los efectos de las causas y viceversa, lo que es esencial para la subsistencia humana. Hume
señala que la inducción es preferible a la deducción en el ámbito del pensamiento empírico, ya que la
deducción puede ser propensa a errores y es más lenta en sus operaciones. En última instancia,
Hume plantea un desafío filosófico importante al cuestionar la validez de la inducción y resalta la
importancia de esta para el conocimiento humano.
METAFÍSICA y ONTOLOGÍA
Critica a la Metafísica. Crítica a la teoría de las ideas. Crítica a la noción de substancia
La crítica del principio de causalidad
El principio de causalidad establece que el conocimiento de los eventos se fundamenta en la relación
causa y efecto, siendo un pilar en la filosofía tanto clásica como escolástica. Filósofos como
Aristóteles y Santo Tomás de Aquino lo emplearon en sus argumentaciones metafísicas. Según la
interpretación de Hume, la causalidad implica una "conexión necesaria" entre la causa y el efecto,
donde conocer la causa permite deducir el efecto, y viceversa. Sin embargo, Hume cuestiona esta
idea, argumentando que no hay una impresión que corresponda a esta "conexión necesaria".
Hume sostiene que nuestras creencias en la causalidad provienen del hábito y la experiencia
repetida, pero no de una conexión necesaria intrínseca. Observamos la sucesión de eventos, como el
choque de dos bolas de billar, pero no podemos percibir una conexión necesaria entre la causa y el
efecto. Esto lleva a cuestionar la validez de la idea de "conexión necesaria".
Nuestro convencimiento en la necesidad de la conexión causal se basa en la experiencia, donde el
hábito de observar la sucesión de eventos crea una expectativa de que estos ocurran de manera
necesaria. Sin embargo, este convencimiento se limita al ámbito de la experiencia pasada, ya que no
podemos tener impresiones de eventos futuros.
En resumen, el principio de causalidad solo tiene validez cuando se aplica a objetos observados y a
eventos pasados, ya que intentar extenderlo más allá de la experiencia empírica resulta en una mera
creencia sin fundamento.
La crítica de la idea de sustancia
El término "sustancia" proviene del latín "substantia", que a su vez deriva del griego "ousía". En su
sentido más amplio, se refiere al "fundamento" de la realidad, lo que subyace a los fenómenos y
persiste como sujeto con su propio ser. Aristóteles, en su Metafísica, considera que la pregunta sobre
el ser se resuelve en la pregunta por la sustancia, entendida como el fundamento último de la
realidad. Aunque la esencia es inmaterial, la sustancia es lo único que podemos conocer y que
determina la realidad.
Para Aristóteles, las formas de ser se dan en la sustancia pero no son sustancia en sí, sino
accidentes. Por otro lado, Hume cuestiona la validez de la idea de sustancia, utilizando su criterio de
verdad basado en impresiones para argumentar que esta idea carece de fundamento. Según Hume,
no hay ninguna impresión de sensación ni reflexión que corresponda a la idea de sustancia, lo que la
invalida como una idea verdadera.
Hume sugiere que la idea de sustancia es producto de la imaginación, siendo una colección de ideas
simples unificadas bajo un término que no tiene correspondencia con ninguna impresión sensorial o
reflexiva. Por tanto, para Hume, la idea de sustancia carece de base empírica y es falsa al no estar
respaldada por la experiencia.
Las sustancias MUNDO, YO y DIOS
En las "Meditaciones Metafísicas", Descartes se embarcó en un análisis de la existencia y en la
construcción de los fundamentos del conocimiento verdadero. Comenzó con la "res cogitans" (el yo),
luego presentó la prueba de la "res infinita" (Dios) y abordó el acceso a la "res extensa" (mundo), las
tres sustancias tradicionalmente exploradas en la metafísica. En sus "Investigaciones", Hume también
examinó estas tres sustancias, pero llegó a conclusiones notablemente diferentes a las de la
metafísica tradicional, la perspectiva cartesiana y sus predecesores empiristas.
o EL MUNDO
Descartes intentó demostrar la existencia del mundo externo, o res extensa, a partir de la idea de
Dios y para superar el solipsismo. En contraste, Hume considera el mundo natural como una
evidencia sin cuestionamiento, basándose en el sentido común. Sin embargo, filosóficamente, Hume
argumenta que esta creencia carece de fundamento, ya que estamos limitados a nuestras
percepciones, tanto impresiones como ideas, que son meros contenidos mentales sin acceso a una
realidad externa. La razón no puede justificar esta creencia, ya que no se puede apelar al principio de
causalidad ni a la idea de sustancia para explicar la existencia de objetos independientes de nuestras
percepciones. Por lo tanto, Hume recurre a la imaginación para intentar entenderla, ya que carece de
justificación racional.
o EL YO, o LA IDEA DE ALMA
La tradición metafísica consideraba al alma como un pilar fundamental. Sin embargo, con el
racionalismo de Descartes, pierde su estatus como principio vital pero sigue siendo vista como
sustancia y principio de conocimiento, manteniendo atributos como simplicidad e inmaterialidad,
representando la identidad personal como la res cogitans. Descartes rechaza la validez de la idea de
sustancia, argumentando que no hay impresiones constantes e invariables que respalden la noción
de un yo autoconsciente. La confusión entre las ideas de "identidad" y "sucesión", junto con la acción
de la memoria, nos lleva a atribuir simplicidad e identidad a la mente. Al recordar impresiones
pasadas, experimentamos una sucesión de impresiones que atribuimos erróneamente a un sujeto
único, confundiendo sucesión con identidad. Por lo tanto, rechazada la idea de alma, la pregunta
sobre su inmortalidad carece de relevancia.
o DIOS
En su obra "Investigación sobre el entendimiento humano", David Hume profundiza en el análisis del
concepto de Dios y la vida después de la muerte, contextualizando sus reflexiones en torno a las
críticas previas hacia la noción de sustancia y el principio de causalidad. Hume cuestiona la validez de
las demostraciones metafísicas de la existencia de Dios, argumentando que esta no es demostrable
racionalmente.
Central en su argumentación está la crítica a la idea de sustancia, a la cual considera falsa debido a
su falta de correspondencia con impresiones. Hume rechaza tanto los argumentos "a priori" como "a
posteriori" sobre la existencia de Dios, argumentando que ambos incurren en un uso ilegítimo del
principio de causalidad, el cual, según él, solo es aplicable en el ámbito de la experiencia sensible.
Sin embargo, Hume se detiene particularmente en un argumento que parte del orden observable en el
mundo para inferir la existencia de una causa ordenadora. Este razonamiento, según algunos, podría
ofrecer cierta solidez, ya que observamos orden en la naturaleza y, por ende, podríamos inferir la
existencia de un agente inteligente que lo haya dispuesto así. Sin embargo, Hume concluye que este
argumento también es falaz, ya que se basa en una inferencia entre la obra y su creador que no
puede aplicarse al caso de Dios. En este sentido, Hume destaca que mientras en la experiencia
cotidiana podemos observar la relación entre una obra y su creador, en el caso de Dios no
disponemos de tal experiencia directa.
De esta manera, Hume sostiene que la existencia de Dios es una hipótesis incierta e inútil, ya que,
según su análisis, no puede ser demostrada de manera racional. Su postura representa un desafío a
la tradición teológica y metafísica de su época, proponiendo una visión crítica y escéptica respecto a
la capacidad humana de conocer realidades trascendentales mediante la razón.
Bundle theory y el yo
David Hume es conocido por su teoría del "haz" o bundle theory, la cual sostiene que los objetos son
simplemente conjuntos de propiedades individuales y concretas, sin una entidad subyacente que los
sostenga. En su influyente obra "Tratado de la naturaleza humana", Hume argumenta que nuestras
ideas y conceptos derivan exclusivamente de nuestras impresiones sensoriales, pero señala que no
encontramos ninguna impresión directa del yo en sí mismo. Más bien, al indagar en lo que
entendemos como "yo", solo encontramos una sucesión de percepciones específicas: frío, calor, luz,
sombra, dolor, placer, entre otras. Nunca captamos un "yo" separado de estas percepciones, lo que
lleva a Hume a cuestionar la existencia de un yo o mente independiente.
A diferencia de la afirmación cartesiana "pienso, luego existo" (cogito ergo sum), que postula la
existencia de un sujeto pensante, la teoría de Hume sugiere que la mente es más bien un flujo de
percepciones sin unidad cohesiva. El yo, según esta perspectiva, es simplemente un conjunto de
experiencias vinculadas por relaciones de causalidad y semejanza. Este enfoque tiene paralelos
notables con las conclusiones del budismo sobre la naturaleza del yo (Anātman), que también niega
la existencia de una entidad autónoma e inmutable detrás de nuestras experiencias.
Aunque algunos positivistas interpretaron a Hume como respaldando la idea de que los términos
como "yo" o "mente" se refieren simplemente a colecciones de experiencias sensoriales, es
importante destacar que Hume no abraza completamente esta interpretación. Como escéptico
moderado, su posición fundamental es que la esencia de la mente es desconocida y que no hay
razones empíricamente justificables para creer en la existencia de un sujeto persistente más allá de
las percepciones fluctuantes. En resumen, Hume desafía las concepciones tradicionales de la
identidad personal y la continuidad del yo, instando a una reflexión más profunda sobre la naturaleza
de la experiencia humana.
ÉTICA
EL EMOTIVISMO MORAL DE HUME
David Hume, destacado filósofo ilustrado y empirista, persiguió el ambicioso objetivo de ser
reconocido como "el Newton de las ciencias morales", con la intención de establecer y desarrollar la
ciencia moral a través de un profundo análisis de la naturaleza humana. Este propósito se refleja en
sus obras principales, como el "Tratado de la naturaleza humana" y las "Investigaciones sobre los
principios de la moral".
En sus investigaciones éticas, Hume se opone al racionalismo imperante, cuestionando aquellos
sistemas éticos que intentan fundamentar la moralidad exclusivamente en la razón, rechazando la
idea de que la distinción entre el bien y el mal pueda derivarse únicamente de un análisis racional.
Para Hume, la existencia de la moralidad es un hecho observable: todos los seres humanos realizan
juicios morales y son influenciados por consideraciones sobre lo que es bueno o malo. Sin embargo,
las discrepancias surgen al tratar de determinar el fundamento de estas distinciones morales.
El filósofo critica lo que llama "intelectualismo moral", argumentando que la razón no puede ser la
fuente de la moralidad. En sus escritos, presenta detallados argumentos para refutar la posibilidad de
que la razón o el intelecto puedan proporcionar un principio moral absoluto. Según Hume, la razón
solo puede conocer dos tipos de cosas: hechos y relaciones de ideas. Sin embargo, ninguna de estas
capacidades racionales puede proporcionar una base sólida para las distinciones morales.
Hume sostiene que la moralidad se origina en las pasiones y los sentimientos humanos, más que en
principios morales abstractos. Para él, la razón actúa como "esclava de las pasiones", sirviendo para
justificar y guiar las acciones que están motivadas por los deseos y las emociones humanas. En
resumen, Hume ofrece una visión de la ética que destaca la importancia de los sentimientos y las
pasiones en la formación de la moralidad, desafiando así las concepciones tradicionales que
enfatizan el papel exclusivo de la razón en este ámbito.
La razón es y solo puede ser la esclava de las pasiones y no puede pretender otro oficio más
que servirlas y obedecerlas.
Tratado de la naturaleza humana, De las pasiones, De la Moral
I. Las distinciones morales no proceden de una cuestión de hecho
En el análisis de lo que consideramos "bueno" o "malo" en acciones morales, no se encuentra como
una cualidad inherente a los objetos involucrados, sino más bien como un sentimiento de aprobación
o desaprobación de los hechos. La razón puede juzgar hechos o relaciones, pero no puede derivar
juicios morales de manera directa. La moralidad se ocupa del deber ser en lugar del ser,
prescribiendo lo que se debe hacer en lugar de describir lo que es. La idea de que se pueda deducir
un juicio moral directamente de los hechos naturales lleva a una falacia naturalista. En resumen, el
bien y el mal no son propiedades inherentes de los objetos, sino juicios subjetivos que no se derivan
directamente de los hechos.
II. Las distinciones morales no proceden del conocimiento de relación de ideas
La moralidad no se basa en hechos, ya que los juicios morales no describen lo que es, sino lo que
debería ser. Sugiere que los juicios morales podrían ser relaciones de ideas, como semejanza,
contrariedad, grados de cualidad o proporciones en cantidad y número. Sin embargo, estas relaciones
existen tanto en cosas materiales como en acciones humanas, animales y fenómenos naturales.
Aunque deberíamos considerar el bien y el mal de la misma manera en todas estas acciones, no lo
hacemos. Por ejemplo, no juzgamos un terremoto que causa víctimas mortales como bueno o malo.
Según Hume, si la maldad fuera una relación, deberíamos percibirla en todas estas situaciones, lo
que no ocurre.
III. La moralidad se funda en la emoción
El intelectualismo moral, que propone que la razón puede establecer fundamentos objetivos para las
distinciones morales, es cuestionado por aquellos que sostienen que la razón no puede discernir
intrínsecamente lo "bueno" y lo "malo" en los objetos morales. Este argumento plantea que tales
distinciones se basan más bien en los sentimientos subjetivos de aprobación o rechazo que generan
en nosotros. David Hume, en su obra "Investigación sobre los principios de la moral", desafía esta
visión intelectualista y argumenta que las valoraciones morales se originan en los sentimientos y
emociones humanas, no en juicios racionales objetivos. Esto conlleva el riesgo de un relativismo
moral, ya que las valoraciones morales dependerían de la diversidad de los sentimientos individuales
y sociales.
Hume sugiere que, a pesar de esta aparente subjetividad, existe una regularidad en los sentimientos
morales debido a la constancia de la naturaleza humana. Identifica la utilidad como una causa
importante de la aprobación moral, especialmente en virtudes como la benevolencia y la justicia.
Para Hume, la utilidad es la fuente de mérito para acciones y cualidades estimables, y desempeña
un papel fundamental en la moralidad humana.
El filósofo escocés también limita los poderes de la razón, argumentando que esta no proporciona
conocimiento genuino sobre cuestiones de hecho y que las creencias religiosas se basan en diversas
causas, no en el razonamiento lógico. En su obra "Ensayo sobre los principios de la moral", Hume
examina las creencias morales y afirma que también se basan en la experiencia universal y en los
sentimientos humanos de satisfacción y malestar.
Hume destaca la compasión como un rasgo humano que permite la empatía con la felicidad y el
sufrimiento de los demás, influyendo así en las decisiones morales. Su perspectiva moral tiene
similitudes con el utilitarismo inglés, ya que ambos enfatizan la importancia de la utilidad y la
perspectiva social en la moralidad. En última instancia, Hume sostiene que la moralidad no es el
resultado de un juicio racional, sino que emerge de la interacción compleja entre los sentimientos
humanos y la experiencia social.
Problema del ser y el deber ser
Hume destacó la diferencia crucial entre las proposiciones descriptivas y prescriptivas: lo que es y lo
que debería ser. Esta distinción plantea la pregunta fundamental de cómo se puede derivar el deber
del ser. En la teoría ética, este interrogante se vuelve central, y Hume generalmente se le atribuye la
postura de que tal derivación es imposible. Algunos argumentan que Hume no negó la posibilidad de
que una afirmación factual se convierta en una afirmación ética, sino que señaló que esto no puede
lograrse sin considerar los sentimientos humanos. Hume fue uno de los primeros en diferenciar entre
lo normativo y lo positivo. Esta distinción también fue defendida por G. E. Moore, quien utilizó su
argumento de la pregunta abierta para refutar la identificación entre propiedades morales y naturales,
conocida como la falacia naturalista.
Principios del llamado utilitarismo
La filosofía moral de Hume se caracteriza por ser naturalista y no basarse en fuentes de autoridad
religiosas. Según David Hume, la ética se sustenta en dos sentimientos humanos naturales: la
bondad y la compasión. Los actos bondadosos, que él llama "virtudes", son aquellos que
consideramos útiles o agradables tanto para la persona que los realiza como para los demás. La
compasión, por su parte, se define como la capacidad humana de empatizar con los sentimientos y
creencias de otras personas.
Hume reconoce la utilidad de la filosofía para eliminar obstáculos como la ignorancia, la superstición y
la intolerancia. En cuanto a la justicia, la considera un bien de "utilidad pública". Frente al
escepticismo moral, la teoría de Hume apela explícitamente a un "sentido común" y a un "principio de
humanidad" como fundamentos morales.
Religión
Hume concuerda con los deístas al afirmar que la religión se basa en la naturaleza humana en lugar
de la revelación divina, pero, a diferencia de ellos, sostiene que los sentimientos, no la razón, son el
fundamento de la religiosidad. Considera que el temor a lo desconocido subyace en todas las
creencias religiosas. Aunque nunca se autodenominó ateo, Hume se identificó más bien como
escéptico en cuestiones religiosas. En su obra "Investigación sobre el conocimiento humano", expone
que la idea de Dios como un ser perfecto, infinitamente sabio y bueno, surge de la proyección
ampliada de nuestras propias cualidades. Hume no niega la existencia de Dios, sino que argumenta
que no se puede tener certeza absoluta ni de su existencia ni de su inexistencia, ya que solo
podemos estar seguros de lo que experimentamos sensorialmente. Critica el argumento ontológico al
considerarlo absurdo, ya que no existe ningún ser cuya inexistencia implique una contradicción.
Argumento del diseñador, Argumento teleológico
El argumento teleológico, uno de los más antiguos y recurrentes en la discusión sobre la existencia de
Dios, postula que el orden y el propósito observados en el universo son indicativos de un diseño
divino. Sin embargo, David Hume, en su obra "Investigación sobre el entendimiento humano",
cuestiona este argumento al sostener que su validez parece depender únicamente de la experiencia
humana y la observación de patrones en la naturaleza. Hume argumenta que la simple observación
del universo como un efecto singular no es suficiente para inferir la existencia de una causa divina
igualmente singular.
Hume va más allá al señalar las imperfecciones y sufrimientos presentes en el mundo, como plagas,
enfermedades y catástrofes naturales, que parecen contradecir la idea de un diseñador divino
omnibenevolente y omnipotente. Esta observación lleva a Hume a formular uno de los primeros
planteamientos del problema del mal evidencial: ¿cómo conciliar la existencia de un Dios benevolente
con la presencia de sufrimiento en el mundo?
Además, Hume argumenta en contra de la noción de una vida después de la muerte, cuestionando la
supuesta naturaleza inmaterial e inmortal del alma. Sostiene que la conexión entre mente y cuerpo
implica que la muerte de uno significa el fin del otro, sugiriendo así que el alma también es mortal y
corruptible.
Incluso en una entrevista con James Boswell, Hume refuerza su escepticismo hacia la creencia en
una vida después de la muerte, comparándola con una fantasía irrazonable. Sin embargo, plantea
una interesante perspectiva: si el alma fuera realmente inmortal, su existencia previa al nacimiento
humano implicaría que su segunda existencia no tendría impacto en nosotros.
Las críticas al argumento de Hume sugieren que su posición presupone el carácter de los milagros y
las leyes naturales antes de examinarlos, lo que se considera una forma sutil de petición de principio.
Además, se destaca que su razonamiento se apoya en una inferencia inductiva problemática, ya que
nadie ha observado todos los eventos naturales ni examinado todos los posibles milagros, lo que
limita la validez de sus conclusiones.
POLÍTICA
La teoría política de Hume se centra en un enfoque empírico, basado en el análisis de los hechos
reales, rechazando las hipótesis filosóficas que carecen de fundamentos sólidos. Destaca la noción
de utilidad como el principio explicativo central de la vida social y de las instituciones que la regulan.
Este enfoque empírico le permite considerar la filosofía política como una verdadera ciencia,
alejándola de especulaciones idealistas o basadas en principios abstractos.
A diferencia de las teorías políticas del contractualismo, que postulan la existencia de un estado de
naturaleza y un pacto social como fundamentos de la sociedad, Hume argumenta en contra de esta
concepción. Para él, la idea de un estado de naturaleza es una ficción filosófica, ya que la sociedad
no surge de un acuerdo previo entre individuos, sino que es inherente a la naturaleza humana. Hume
sostiene que el impulso natural de los seres humanos hacia la unión, principalmente a través del
deseo sexual y la formación de familias, es lo que da origen a la sociedad.
Así, la familia se convierte en el núcleo esencial de la sociedad, y su extensión y complejidad se
derivan de los beneficios que se obtienen de esta asociación natural. En resumen, para Hume, la
sociedad no es el resultado de una reflexión deliberada en un estado de naturaleza, sino que surge
de manera natural y espontánea del deseo humano de unirse y formar vínculos sociales,
principalmente a través de la familia.