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SVAMPA RESUMEN - Capítulo 1: Hacia el nuevo orden neoliberal.
LOS MOMENTOS DE LA MUTACION ECONOMICA
Durante décadas en la Argentina dominó un modelo de integración de tipo nacional-popular, cuya
máxima expresión fue el primer peronismo (1946-1955). Este modelo se caracterizaba por tres
rasgos:
en el plano económico, se presenta una concepción del desarrollo vinculada a la etapa de
sustitución de importaciones y la estrategia mercado internista,
implicaba el reconocimiento del rol del Estado como agente y productor de la cohesión
social principalmente por medio del gasto público social
una tendencia a la homogeneidad social, visible en la incorporación de una parte importante
de la clase trabajadora, así como la expansión de las clases medias asalariadas.
El desmantelamiento de este modelo societal y su reemplazo por un nuevo régimen, centrado en
la primacía del mercado, conoció diferentes momentos y no fue lineal. Los cambios en el orden
económico arrancan durante la década del 70, a partir de la instalación de regímenes militares en
el cono sur de América Latina, las transformaciones operadas en la estructura social comenzarían a
tornarse visibles en la década del 80, durante los primeros años del retorno a la democracia; por
último, se pueden situar cambios mayores a fines de los 80 y principios de los 90, con la gestión
menemista.
El primer intento de cambio del régimen de acumulación fue el "Rodrigazo" (bajo el gob. Isabel M.
de P. 1974 - 1976). Fue impulsado por el ministro López Rega. Implicaba una reorientación de la
economía, apuntaba a poner fin a la política económica nacionalista y reformista, característica del
peronismo, para dar lugar a una política de estabilización y ajuste asentada en una alianza con los
grupos económicos. Sin embargo, esta tentativa de cambio fue dificultada por las movilizaciones
populares que culminaron en una huelga de la CGT, que determino el final del plan de ajuste.
La segunda tentativa arrancaría con el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. El objetivo de la
dictadura militar fue llevar a cabo una política de represión y refundar las bases materiales de la
sociedad. Por lo tanto, el corte que introdujo fue doble: por un lado, con el terrorismo de estado
apuntó al exterminio y disciplinamiento de algunos sectores de la sociedad, y por otro lado impulso
un programa de reestructuración económico-social que habría de producir serias repercusiones en
la estructura social y productiva. El modelo se asentó en la importación de bienes y capitales y en la
apertura financiera. Estas medidas interrumpieron la industrialización y generaron el
endeudamiento de los sectores públicos y privados. Produjo importantes cambios en la estructura
social del país a través de la expulsión de mano de obra del sector industrial hacia el sector terciario
o cuentapropista. También hubo un gran impacto negativo en la distribución del ingreso.
La falta de difusión de indicadores socio-económicos y el deterioro de las condiciones de vida de
franjas de los sectores medios y populares durante el régimen militar, explican que sólo a mediados
de los 80 gran parte de la sociedad tomara conciencia de los cambios producidos.
Durante los primeros años del gobierno de Alfonsín hubo intentos de reorientar el desarrollo acorde
al modelo de acumulación precedente. Sin embargo, no tuvo el apoyo necesario para una verdadera
renovación. Hacia fines de los 80 el país caía en una gran crisis económica reflejada en la caída de la
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inversión interna y extranjera, la creciente fuga de capitales y el record inflacionario. La disociación
entre, por un lado, una democracia representativa (orientada hacia la consolidación del marco
institucional y el respeto de las reglas de juego entre los partidos políticos) y, por otro, una
democracia sustantiva (basada en la articulación entre solidaridad y demandas de justicia social) se
tornaba cada vez más evidente. La debacle del Plan Austral y la entrada de un período de alta
inflación, culminarían en la crisis hiperinflacionaria de 1989, impulsada en parte por los grandes
grupos económicos. Estos sucesos determinarían el retiro anticipado de Alfonsín.
La Argentina de principios de los 90 era una sociedad empobrecida y atravesada por nuevas
desigualdades, que ya había experimentado una primera gran desilusión respecto de las promesas
sustantivas de la democracia. El país asistía a la crisis estructural del modelo nacional-popular, sin
por ello descubrir la fórmula, a la vez económica y política, que permitiera reencontrar las claves
perdidas de la integración social. Sin embargo, aunque el incremento de la heterogeneidad y la
polarización social anunciaban los contornos de un país diferente del de antaño, la gran mutación
se consumaría durante el tercer momento de la secuencia, esto es, durante el largo gobierno de
Carlos Menem, entre 1989 y 1999.
1989: EL FINAL DE UN CICLO POLITICO Y ECONOMICO
El año 1989 significó el final de un ciclo político-económico, tanto a nivel nacional como en el
internacional. Colapsaron los socialismos realmente existentes, el fin del mundo bipolar dio lugar al
neoliberalismo y al pensamiento único. En los países latinoamericanos la situación no era menos
grave: la década del 80´fue una “década perdida” para la CEPAL, aumentando la pobreza un 25%.
En Argentina la hiperinflación fue un punto de inflexión para historia política nacional.
desde el punto de vista económico para la mayoría de la población significó la caída del
salario real, la contracción de la actividad económica, la suspensión de la cadena de pagos
y el reemplazo de la moneda local por el dólar.
afianzó las posturas que afirmaban la necesidad de una apertura del mercado y un
achicamiento del radical del Estado.
la hiperinflación confrontó a los individuos con la pérdida de los marcos que rigen los
intercambios económicos, a través de la desvalorización y desaparición de la moneda
nacional. La huella de disolución en la conciencia colectiva se vería más adelante en las
demandas de estabilidad de la sociedad argentina durante los 90.
generó un golpe al imaginario integracionista que había alimentado las prácticas y las
representaciones de vastos sectores sociales. La sociedad argentina asistía al final de un
modelo de integración social que había asegurado canales importantes de movilidad social
ascendente.
En 1989, la crisis hiperinflacionaria apuró el recambio presidencial y sentó las bases para el consenso
neoliberal en diferentes sectores. Pero en ese mismo año también hubo otros sucesos como la
"cuestión militar", es decir las presiones ejercidas por las fuerzas armadas para que se pusiera fin a
las causas por violación de los derechos humanos. También fue un año de derrotas en el campo de
los movimientos sociales (derrota del MTP al intentar copar el regimiento de La Tablada). También
en este año se firmaron los indultos a los militares (y a cúpulas de los montoneros, convalidando la
teoría de los dos demonios). La época que se abría revelaría una concepción diferente respecto de
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la relación entre lo social y lo político, en el marco de un nuevo modelo, marcado por el
desdibujamiento de los antagonismos políticos y el aumento de la polarización social.
La hiperinflación del 89 había dejado la puerta abierta para las radicales transformaciones llevadas
a cabo durante el menemismo.
EL NUEVO ORDEN NEOLIBERAL
La institucionalización creciente del sistema partidario en la Argentina desde 1983 contrasta con el
largo proceso de inestabilidad institucional y polarización política que caracterizó a la Argentina a
partir de 1955. El caso argentino está caracterizado por un sistema político débil y una fuerte
articulación entre el sistema político, los actores sociales y el Estado. Asimismo, esta situación
expresaba una suerte de anomalía: cuanto más fuerte eran los grupos sociales, menor parecía ser
su expresión orgánica a través de los partidos. Esto se debía, por un lado, a que los sectores
conservadores argentinos nunca pudieron consolidar un partido fuerte y, por ende, recurrían para
canalizar sus intereses sectoriales, a la intervención de los militares; por otro lado, los sectores
populares lograron su representación por medio de partidos-movimientos en los cuales el rol u la
autonomía del partido político propiamente dicho aparecía como particularmente débil con relación
al conductor carismático y en el caso del peronismo, hacia las corporaciones sindicales.
Lo propio del periodo abierto en el 83 y sobre todo desde el 87 es el acercamiento cada vez mayor
de los sectores económicamente dominantes (dejando de apoyarse sobre el actor corporativo
sindical) con los partidos políticos mayoritarios. La puesta en marcha de un nuevo programa liberal,
mediante la alianza entre importantes grupos socio-económicos y el gobierno democrático, se
tornaría posible con la asunción del nuevo presidente justicialista de la Argentina, Carlos Menem.
A fines de los 80 observadores políticos retoman la categoría "populismo" para caracterizar las
propuestas de los candidatos presidenciales en países como la Argentina, Brasil, Perú, Venezuela y
México. El escenario político-electoral latinoamericano, que daba cuenta tanto de las limitaciones
como de la crisis estructural del modelo nacional-popular, estaba atravesado por demandas
ambivalentes y hasta contradictorias. Por un lado, frente a las crecientes dificultades económicas y
la crisis de los mecanismos tradicionales de cohesión social, así como a la destrucción de las
solidaridades sociales, el llamado populista emergía, una vez más, como una tentativa de restitución
del progreso a las mayorías, por vía de una política nacional popular. Por otro lado, esta demanda
de revinculación iba acompañada también por una no menos fuerte exigencia de eficacia y
ejecutividad, necesarias para enfrentar las crisis e imponerse por sobre los intereses de los
diferentes sectores en pugna. Eh este contexto se abre la experiencia menemista, que refleja esas
demandas contradictorias: mientras su campaña se fundó en un llamado populista, terminó
construyendo una nueva alianza político-económica que le permitió dar cauce a la demanda de
ejecutividad, mediante una estrategia liberal, orientada a la deslegitimación y desmantelamiento
del modelo nacional y popular, sin que las promesas electorales o la vocación popular del PJ se
convirtieran en un obstáculo.
Con nuevas alianzas económicas y por un conjunto de planes sucesivos de estabilización económica,
se consolidó en el país la liberación de la economía, a partir del Plan de Convertibilidad y la reforma
del Estado.
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Entre las medidas impuestas por Cavallo con el Plan de Convertibilidad están la paridad entre el
dólar y el peso, la restricción de emisión monetaria, la reducción de las barreras aduaneras, la
liberación del comercio exterior y el aumento de la presión fiscal. También fueron suprimidos los
principales mecanismos de control del Estado sobre la economía y se liberalizó la inversión
extranjera en la Argentina.
El nuevo orden impuso un modelo de modernización excluyente impulsando la dualización de la
economía y la sociedad. La pauta general fue el incremento de la productividad, con escasa
generación de empleo y deterioro creciente de las condiciones laborales. El nuevo modelo modifcio
la inserción de la economía en el mercado mundial, ya que la apertura de las importaciones condujo
a una reprimarizacion de la economía: en este contexto las pequeñas y medianas empresas tuvieron
grandes dificultades para afrontar la competencia externa.
Las limitaciones propias del modelo de modernización excluyente de harían notorias a partir de
1995, momento en el cual el crecimiento se estanca, debido a una combinación de elementos
externos (el Efecto Tequila) e internos (limites en la expansión del consumo interno). Los hogares
pobres aumentan en un 27%. La desocupación trepa a un 18%. En 1998 el país entró en una recesión
profunda que se continuaría durante el gobierno de la Alianza, y llevaría al estallido del modelo a
fines de 2001.
LA REESTRUCTURACIÓN DEL ESTADO
El proceso de reestructuración del Estado fue crucial, el nuevo modelo de gestión se caracteriza
por las 5 R: Reestructuración, Reingeniería, Reinvención, Realineación, Reconceptualización.
El programa de ajuste, basado en la reestructuración global del estado, puso en vigor una fuerte
reducción del gasto público, la descentralización administrativa y el traslado de competencias (salud
y educación) a los niveles provincial y municipal, así como una serie de reformas orientadas a la
desregulación y privatización que impactaron fuertemente en la calidad y alcance de los servicios,
hasta ese momento en poder del Estado Nacional. En consecuencia, las reformas conllevaron una
severa reformulación del rol del Estado en la relación con la economía y la sociedad, lo cual trajo
como correlato la consolidación de una nueva matriz social caracterizada por una fuerte dinámica
de polarización y por la multiplicación de las desigualdades. Por otro lado, la desregulación de los
mercados acompañada de la introducción de nuevas formas de organización del trabajo, produjo la
entrada en una era caracterizada por la flexibilización y la precariedad laboral y una alta tasa de
desempleo.
A lo largo de los 90, la dinámica de consolidación de una nueva matriz estatal se fue apoyando
sobre tres dimensiones mayores:
el patrimonialismo, que se vincula con la total pérdida de la autonomía relativa del Estado
a través del carácter que adoptaron las privatizaciones. El proceso de privatizaciones implico
la desrtruccion de las capacidades estatales, así como la constitución de mercados
monopólicos (paradójicamente favorecidos por a protección estatal).
Asistencialismo: en la medida en que las políticas implicaron una redistribución del poder
social, el Estado se vio obligado a reforzar las estrategias de contención de la pobreza, por
la vía de la distribución de planes sociales y de asistencia alimentaria a las poblaciones
afectadas y movilizadas;
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y finalmente se encamino hacia el reforzamiento del sistema represivo institucional,
apuntando al control de las poblaciones pobres, y a la represión y criminalización del
conflicto social.
EL IMPACTO DEL PROCESO DE PRIVATIZACIONES
El proceso de reestructuración del Estado mediante las privatizaciones tuvo dos etapas.
La primera se extendió desde la sunción de Menem hasta principios de 1991 y abarcó la
transferencia a manos privadas de la empresa telefónica (Entel) y los transportes aéreos (Aerolineas
Argentinas), entre otras. Esta primera ola de privatizaciones fue acompañada por fuertes conflictos
laborales.
La segunda etapa abarcó la privatización del servicio eléctrico, gasífero, de agua y cloacales, así
como también el resto de los ferrocarriles, las áreas petroleras remanentes, etc. Esta segunda fase
tuvo menos conflictos, entre otras cosas debido a que el Estado prometió la distribución de acciones
a los trabajadores. Es necesario decir que a partir de 1991 las expectativas económicas eran otras,
ya que el plan de estabilización de Cavallo había frenado la inflación.
El impacto social del desarme del Estado sobre el empleo fue devastador. Los despidos de
empleados públicos aumentaron en miles. A estos se les sumaron planes de retiro compulsivos. Los
efectos de la desocupación se hicieron visibles en el aumento de la proporción de empleo precario
y en negro.
El proceso de ajuste y reestructuración desbordó la esfera del Estado, para alcanzar la totalidad del
mercado de trabajo, por medio de un conjunto de reformas laborales que implicaron la
reformulación de las fronteras internas del trabajo asalariado. Dichas reformas trajeron aparejado
el desmantelamiento del marco regulatorio anterior, fundado en los derechos del trabajador y el
poder de negociación de los sindicatos. (Ley de Empleo, 1991; Ley flexibilización laboral, Alianza).
Se multiplican las formas de contratación, ahora mucho más flexibles.
Estas transformaciones, operadas en un contexto de ajuste del gasto público y de
desindustrialización, aceleraron notablemente el proceso de quiebre del poder sindical,
reorientando sus fines y limitando su peso específico dentro de la sociedad, y acentuaron el proceso
de territorialización de las clases populares, visible en el empobrecimiento y la tendencia a la
segregación socio-espacial.
MODERNIZACION EXCLUYENTE Y ASIMETRIAS REGIONALES
El doble proceso de modernización y exclusión que afectó al sistema económico nacional se
reprodujo en cada una de las regiones que lo integran. La apertura económica significó el
desmantelamiento de la red de regulaciones que garantizaban un lugar a las economías regionales
en la economía nacional. Se pueden establecer tres grandes zonas económicamente diferenciadas:
un Área central, de gran desarrollo económico, que se caracteriza por la existencia de
economías urbanas de servicio y estructuras económicas de gran tamaño y diversificación.
(Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe). Aquí el proceso de modernización excluyente
desembocó en una dinámica de desindustrialización, que fue acompañada por la
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concentración creciente de la actividad económica en manos de grupos privados y empresas
multinacionales.
un Área mixta (Patagonia menos Rio Negro que pertenece al Área Periférica) caracterizada
como estructuras productivas basadas en el uso intensivo de recursos no renovables. Lo
notorio aquí es la presencia de grandes multinacionales beneficiadas por el proceso de
privatización. Estas áreas sufrieron las consecuencias del pasaje de un modelo de civilización
territorial (como el de YPF) a un esquema de explotación más asociado a una economía de
enclave, ligada a las exportaciones, cuyos beneficios difícilmente llegaran a derramarse en
el conjunto de los actores sociales de la zona.
provincias del Área periférica, que se mantienen rezagadas en términos de crecimiento
económico, más allá del desarrollo de ciertas áreas marginales, ligadas a la expansión de la
frontera agrícola y minera. Estas provincias se caracterizan por un deterioro económico
mayor que el de otras áreas del país (periféricas intermedias: Rio Negro, Entre Ríos,
Tucumán, Salta y La Pampa y periféricas rezagadas: Misiones, San Juan, Jujuy, La Rioja,
Santiago del Estero, Corrientes y Formosa).
El proceso de modernización excluyente implico la introducción de un nuevo modelo agrario. Se
pueden distinguir tres procesos que reflejan en sus diferentes aspectos las dimensiones inherentes
al modelo neoliberal aplicado al sector agrario argentino.
En primer lugar, durante los primeros años de la década del 90, el discurso oficial se centró
en dos ejes: la modernización (tecnologías) y la competitividad (producción en gran escala).
Una de las consecuencias fue la desaparición de pequeñas y medianas unidades de
producción. La crisis también se expresó en la expansión de la pluriactividad en las unidades
productivas: los titulares y trabajadores de las explotaciones comenzaron a desarrollar
actividades fuera de estas.
En segundo lugar, el proceso de apertura económica posibilitó la introducción de nuevas
tecnologías que modificaron el modelo local de organización de la producción orientada al
mercado externo. Las innovaciones implicaron un gran desarrollo del sector
agroalimentario, pero también una disminución de la mano de obra.
En tercer lugar, en los últimos años se registra la expansión de las fronteras agropecuarias
y mineras. Estos procesos afectan a los campesinos y a los indígenas porque sus derechos
legales se vieron amenazados.
Durante la década del 90 asistimos al final de la "excepcionalidad argentina" en el contexto
latinoamericano. Más allá de las asimetrías regionales y de las jerarquías sociales, esta
"excepcionalidad consistía en la presencia de una lógica igualitaria en la matriz social, la que iba
adquiriendo diferentes registros de significación e inclusión a lo largo del tiempo. Esto aparecería
ilustrado por la confianza en el progreso social indefinido, asociado a la fuerte movilidad social
ascendente, la "excepcionalidad fue incluyendo fuertes referencias a un modelo de integración,
favorecido por la existencia de un Estado Social, la "excepcionalidad" involucraba tanto a las clases
medias consideradas como agente integrador, como a un sector significativo de las clases populares,
cuya incorporación en términos de derechos sociales se había realizado durante el primer
peronismo.
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Las trasformaciones de los 90 desembocarían en un proceso de "descolectivización" (pérdida de los
soportes colectivos que configuraban la identidad del sujeto) de vastos sectores sociales y una
entrada a la individualización de lo social.
Al ritmo de las privatizaciones, la desindustrialización y el aumento de las desigualdades sociales el
paisaje urbano también reveló transformaciones importantes. (countries, barrios privados, villas de
emergencia, asentamientos)
Así durante los 90, un enorme contingente de trabajadores fue expulsado del mercado de trabajo
formal, mientras que otro sufrió las consecuencias de la precarización o buscó refugio en las
actividades informales, como estrategia de sobrevivencia. Este proceso incluyo la destrucción de las
identidades individuales, afecto al mundo masculino impulsando la entrada de mujeres al mercado
laboral.