Trotsky y los Sindicatos: Obras Escogidas
Trotsky y los Sindicatos: Obras Escogidas
Recopilación
sobre los
sindicatos
León Trotsky
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
germinal_1917@[Link]
Presentamos esta recopilación que, aunque extensa, no es exhaustiva. El sindicato, la cuestión sindical,
está muy presente en la obra de León Trotsky; y lo está porque él tuvo muy presente al sindicato, a esta
organización obrera, tanto en su práctica teórica como en su práctica inmediata. Resalta en Trotsky la
enorme flexibilidad ante la intervención militante en los sindicatos, como el profundo arraigo en los
principios marxistas de aquella flexibilidad.
Las fuentes de los textos vienen indicadas en cada uno de ellos.
Como lecturas complementarias nos tienta remitir al lector a la obra completa de Trotsky, pero nos
conformaremos con indicarle que en ¿Adónde va Francia? Recopilación de artículos con anexos, editada
en estas mismas OELT-EIS, está muy presente la cuestión de los sindicatos. También puede el lector
descargarse la obra Los marxistas y los sindicatos, editada en los Cuadernos de formación marxista del
extinto Grupo Germinal-en defensa del marxismo. Es difícil escoger algún pasaje de la Historia de la
revolución rusa en el que se trate sobre los sindicatos en ella: estuvieron continuamente presentes en la
revolución y, por tanto, lo están en la obra en cuestión; quien quiera profundizar deberá hacer una
búsqueda del concepto en el texto usando las herramientas adecuadas.
El peligro reside en transformar el problema del partido obrero en una pura abstracción. La
base de nuestra actividad son los sindicatos; sólo en la medida en que echemos raíces en ellos
el partido obrero se volverá de carne y hueso. El haber comenzado seriamente nuestro trabajo
sindical nos llevó a la consigna del partido obrero. Ahora hay que utilizar esa consigna para
insertar profundamente al partido en los sindicatos. (“Problemas del partido norteamericano”,
carta a Cannon, 5 de octubre de 1938)
Para lograr sus objetivos la clase obrera tiene que crear sus organizaciones, los sindicatos y el
partido político. En este proceso una capa de burócratas, secretarios de los sindicatos y de
otras organizaciones, diputados, periodistas, etcétera, se eleva por encima del sector explotado.
Los elevan tanto sus condiciones materiales de vida como su influencia política. Pocos son los
que mantienen una íntima relación con la clase obrera y permanecen leales a sus intereses. Los
más comienzan a mirar a los que están por encima de ellos en lugar de mirar a los que están
por debajo. Empiezan a ponerse del lado de la burguesía, olvidando los sufrimientos, las
miserias y las esperanzas de la clase trabajadora. Esta es la causa de muchas de las derrotas
infligidas al proletariado. (“¿Qué significa la lucha contra el trotskysmo?”, 9 de octubre de
1938)
Es una ley histórica que los funcionarios sindicales formen el ala derecha del partido.
No hay excepciones. Así fue en la socialdemocracia; así fue también en el Partido Bolchevique.
Ustedes saben que Tomsky estuvo con la derecha. Es absolutamente natural. Ellos tratan con la
clase, con sus elementos atrasados; son la vanguardia partidaria en la clase obrera. Su campo
de adaptación necesario son los sindicatos. La gente que está en los sindicatos hace de esta
adaptación su trabajo. Eso explica por qué la presión de los elementos atrasados se refleja
siempre a través de los camaradas sindicalistas. Es una presión saludable; pero también puede
apartarlos de los intereses históricos de la clase: pueden llegar a ser oportunistas. (Discusión
con camaradas el 15 de junio de 1940)
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
Índice
Prefacio a Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista. Stéphane Just ....................................... 7
El período del capitalismo en descomposición y de la revolución proletaria ....................................... 7
“Neo teóricos”, “neocapitalismo” y “neosindicalismo” ..................................................................... 8
Tentativa y fracaso de la integración en frío de los sindicatos al estado ............................................ 10
La clase obrera, los sindicatos y los aparatos sindicales ................................................................... 12
El nuevo período revolucionario ...................................................................................................... 14
La burguesía y los aparatos no renuncian ........................................................................................ 15
Los sindicatos y las formas soviéticas de organización ..................................................................... 18
Sindicatos y partido revolucionario .................................................................................................. 19
[Sindicatos y próxima revolución en Rusia] .......................................................................................... 22
[Sindicatos en la revolución de 1904-1905] ........................................................................................... 23
[Sindicatos y catástrofe de 1914]........................................................................................................... 24
Primero de Mayo (1890-1915) .............................................................................................................. 25
La conferencia de Gompers y compañía [burocracia sindical norteamericana y guerra imperialista] ....... 29
[En la revolución rusa de 1917]............................................................................................................. 31
[Sóviets, sindicatos y organizaciones campesinas, dueños del país]........................................................ 32
[Informe en el Tercer Congreso Panruso de los Sindicatos] ................................................................... 34
Informe sobre la organización del trabajo ........................................................................................ 34
La obligación del trabajo ................................................................................................................. 34
La militarización del trabajo ............................................................................................................ 36
Los ejércitos del trabajo ................................................................................................................... 44
El plan económico único .................................................................................................................. 47
Dirección colectiva y dirección unipersonal ..................................................................................... 50
Conclusión....................................................................................................................................... 52
Los agrupamientos en el movimiento obrero francés y las tareas del comunismo francés ....................... 59
Carta a un sindicalista francés ............................................................................................................... 62
El objetivo revolucionario del proletariado ...................................................................................... 62
Necesidad de un partido comunista .................................................................................................. 63
Insuficiencia de los medios sindicales............................................................................................... 64
Órganos de la dictadura del proletariado ......................................................................................... 65
La unidad del frente revolucionario.................................................................................................. 67
Intervención en la Conferencia de los Transportes convocada por el Comité Central de los Transportes
(Tsektran)............................................................................................................................................. 68
Nuevo período, nuevos problemas ........................................................................................................ 77
Plataforma de Trotsky, Bujarin, etc., para el X Congreso del Partido Comunista Ruso (Bolchevique)
[Cuestión sindical]................................................................................................................................ 81
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[Radicalización de las masas, crisis, huelgas económicas y políticas, sindicato] ................................... 169
[Centrismo y sindicatos] ..................................................................................................................... 174
Monatte cruza el Rubicón ................................................................................................................... 178
Los errores de los sectores de derecha de la Liga Comunista sobre la cuestión sindical ........................ 182
La cuestión de la unidad sindical......................................................................................................... 189
Los sindicatos ante la embestida económica de la contrarrevolución .................................................... 196
[El partido y el trabajo militante en el sindicato].................................................................................. 198
[Los sindicatos en Gran Bretaña] ........................................................................................................ 199
La tarea de los maestros revolucionarios. Carta a Maurice Dommanget [frente único, unidad sindical,
autodefensa, fascismo]........................................................................................................................ 202
Del plan de la CGT a la conquista del poder ........................................................................................ 206
El objetivo del Plan........................................................................................................................ 207
La anarquía del socialismo ............................................................................................................ 207
Las propuestas del Plan ................................................................................................................. 208
Contra la dictadura del capital financiero ...................................................................................... 209
La nacionalización de la industria.................................................................................................. 209
Condiciones de adquisición ............................................................................................................ 210
La abolición del secreto comercial ................................................................................................. 210
El control obrero ........................................................................................................................... 211
La semana de cuarenta horas ......................................................................................................... 211
La cuestión campesina ................................................................................................................... 212
¿Bajo qué régimen político?........................................................................................................... 212
¿Quién detenta el poder? ............................................................................................................... 213
Lucha de clases o colaboración...................................................................................................... 213
El principal defecto del Plan .......................................................................................................... 214
El Frente Único del Proletariado ................................................................................................... 214
[Sindicatos como organizaciones de masas y sindicatos bajo la clandestinidad] ................................... 216
[Ascenso revolucionario y crecimiento de los sindicatos] .................................................................... 218
[El trabajo revolucionario en los sindicatos de Holanda] ...................................................................... 221
[En la revolución española de 1936].................................................................................................... 222
[En el proceso revolucionario de China, en 1937] ................................................................................ 224
[La unidad sindical mundial y la URSS bajo el estalinismo] ................................................................ 231
[Carta a Sneevliet sobre la situación sindical holandesa] ...................................................................... 233
[El sindicato, la norma y los hechos] ................................................................................................... 236
[Más sobre el partido holandés y la cuestión sindical].......................................................................... 238
Periódicos de fábrica y periódico teórico ............................................................................................. 240
[Sobre el movimiento obrero en Estados Unidos y en Europa] ............................................................. 242
La industria nacionalizada y la gestión obrera ..................................................................................... 247
[CIO, sindicato en Estados Unidos, ciclo prosperidad, consignas, salarios y construcción partido obrero
revolucionario] ................................................................................................................................... 250
[Sobre el congreso sindical panamericano organizado por el estalinismo] ............................................ 256
[La cuestión sindical, Carta a W. Dauge]............................................................................................. 258
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la época del ‘neocapitalismo’” y del “desarrollo sin límites de las fuerzas productivas”.
Han escrito esto:
“El objetivo esencial de la burguesía es la estabilidad, “la paz social”. Al
mismo tiempo que intenta hacer el poder central cada vez menos sensible a las
sacudidas sociales (tendencia al estado fuerte) está dispuesta a ceder algunas
ventajas a la clase obrera (aumento de salarios, disminución del tiempo de
trabajo) con la condición que sean previstas, planificadas. Según las
colaboraciones, esto se llama política de rentas, participación, reparto justo de
los frutos del trabajo, pero todo ello está enfocado, esencialmente, a una cosa:
evitar los choques, los aumentos salariales “demasiado importantes”, los paros
“intempestivos” en el trabajo, todo aquello que pueda desequilibrar las
previsiones.
Tal es el sentido de la política de integración del movimiento sindical,
intentada con mayor o menos éxito por todas las burguesías europeas desde hace
veinte años. A fin de obtener la paz social, buscan negociar con las
organizaciones sindicales reconocidas por los trabajadores, aceptan cederles
algunas ventajas que tienen previstas, los sindicatos se comprometen a no desatar
movimientos “desconsiderados” que puedan paralizar la producción y entrar en
conflicto con los planes capitalistas” (Resolución del 1er Congreso de la Ligue
communiste, Cahiers Rouges, nº 10-11, página 108)
Con otras palabras: el “neocapitalismo” ha resuelto “casi” totalmente las
contradicciones del modo de producción capitalista. Asegura el desarrollo planificado de
las fuerzas productivas, aunque todavía no por completo. Para lograrlo totalmente le hace
falta planificar el desarrollo de la fuerza productiva esencial, la del proletariado. Este es
el objetivo de la “política de rentas” y “… tal es el sentido de la política de integración de
los sindicatos en el estado”. Si es así, la contradicción fundamental de la que se derivan
todas las otras (la apropiación privada de los medios de producción y el carácter social de
la producción, el antagonismo irreductible entre el capital y la fuerza de trabajo) estaría
en vías de ser resuelta. Ninguna duda es posible, la burguesía logrará sus fines: asociar
los sindicatos al desarrollo de las fuerzas productivas, y sin tener que destruirlos. Lo que
se abriría sería un nuevo período de colaboración de clases, pero, sin embargo,
infinitamente mucho más estable y amplio que el que vio nacer a la aristocracia obrera y
la adaptación de los aparatos sindicales a sus burguesías nacionales en el período de
ascenso del imperialismo en los países capitalistas dominantes.
Los teóricos del “neocapitalismo” han eliminado de sus análisis los datos que son,
sin embargo, esenciales. La “prosperidad” del modo de producción capitalista ha sido
precedida por casi 40 años de guerras imperialistas, de crisis, de inmensas destrucciones
de fuerzas productivas. Está basada en el más gigantesco parasitismo que se pueda
concebir: la economía de armamento impulsada por el imperialismo norteamericano.
Antes y durante la Segunda Guerra Mundial, el poder adquisitivo, las condiciones de vida
de los trabajadores de los principales países capitalistas de Europa fueron masivamente
cercenadas, hasta llegar al punto cero en Alemania. Al proletariado de algunos países le
hicieron falta más de quince años para reconquistar una situación económica igual a la de
antes de la guerra (lo que le dio un gran margen de maniobra al capital).
Estos teóricos han guardado silencio, con no menor resolución, igualmente sobre
las complejas relaciones entre las clases y en su interior después de la Segunda Guerra
Mundial. La potencia del proletarizado se manifestó entonces a través del hundimiento
de muros enteros del sistema imperialista mundial (la transformación de las relaciones
sociales de producción en Yugoslavia y China y la reconstitución de organizaciones
obreras sindicales y políticas de una potencia sin igual hasta en los países capitalistas
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interior de los sindicatos. Lo que se llama el “trabajo en los sindicatos” no tiene nada que
ver con una especie de pesca con caña de militantes, particularmente en el seno de las
organizaciones sindicales en las que, en principio, se encuentran el conjunto de los
militantes obreros. Como toda otra intervención, como cualquier otra batalla política, la
intervención de los militantes revolucionarios en los sindicatos liga la construcción del
partido revolucionario con la defensa de los intereses y necesidades objetivas de la clase
obrera. El “trabajo en los sindicatos” se identifica, pues está basado en ella, con la defensa
de la organización sindical, de su vocación para organizar y unificar a los trabajadores en
su lucha contra la patronal y el estado burgués, por su independencia de clase. Trotsky lo
dice sin equívoco:
“La consigna esencial en esta lucha es: completa e incondicional
independencia de los sindicatos frente al estado capitalista. Esto significa: lucha
para transformar los sindicatos en órganos de las masas explotadas y no en
órganos de una aristocracia obrera.
La segunda consigna es: democracia en los sindicatos. Esta segunda
consigna se deduce directamente de la primera y presupone para su realización
la completa libertad de los sindicatos ante el estado imperialista o colonial.”
Esta batalla política no admite ni los esquemas ya establecidos ni la ausencia de
principios. No admite esquemas predefinidos pues si las burocracias sindicales
reformistas, estalinistas o pequeño burguesas son incapaces de asumir la independencia
de clase de las organizaciones sindicales, si se oponen ferozmente a la democracia
sindical, dependen, sin embargo, de la existencia de organizaciones sindicales. La historia
del movimiento obrero suministra numerosos ejemplos de iniciativas tomadas por los
aparatos sindicales que permitieron salvaguardar, al menos durante un tiempo, la
organización sindical, las libertades y derechos conquistados por la clase obrera.
Recordemos, a título de ejemplo, la iniciativa tomada en 1920 por el aparato ultra
reformista de los sindicatos alemanes y su dirigente ultra oportunista Legien. Hicieron
fracasar el golpe de estado de Von Kaap llamando a la clase obrera a la huelga general.
Más: Legien propuso la construcción de un gobierno obrero que incluyese a los partidos
obreros alemanes y a los sindicatos.
Históricamente menos conocida, la decisión del congreso confederal de FO de
llamar a votar no en el referéndum del 27 de abril de 1969, organizado por De Gaulle, fue
el origen de los posicionamientos sin ambages de las otras centrales obreras y contribuyó
a la derrota de De Gaulle.
En el congreso de la Federación de la Educación Nacional de 1948, ante la escisión
de la CGT, la FEN, declarándose autónoma y reconociendo el derecho de tendencia,
mantuvo su unidad y pudo, así, luchar por la reunificación sindical. En el momento en
que los dirigentes FO organizaron la escisión y en que la fracción del PCF en el seno de
la CGT se mantenía en esta escisión, es incontestable que, al dar su acuerdo a la moción
Bonissle-Valière que salvaguardaba la unidad de la FEN, el aparato reformista de esta
federación impedía su destrucción. Hasta ahora la FEN ha preservado su unidad. Es la
más potente federación sindical francesa y agrupa a la mayor parte del cuerpo de
profesores de este país, porque salvaguardó su unidad. Las consecuencias de la unidad de
la FEN sobrepasan a la corporación educativa: la FEN es un bastión del movimiento
obrero capaz de organizar la resistencia a los ataques del capital y del gobierno burgués,
de impulsar el Frente Único de las centrales sindicales. Por su sola existencia ha limitado
el retroceso de la clase obrera francesa y los efectos de la escisión sindical. La aplicación,
hasta el límite, de los planes de destrucción de la educación nacional pasa por la
destrucción de la FEN, lo que sería una derrota para toda la clase obrera. Hay que decir
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que la CFDT, el PSU, como, también, la fracción estalinista de la FEN se han empleado
en ello concienzudamente.
En la historia del movimiento obrero francés e internacional hay otros ejemplos
de tomas de posición positivas de los aparatos sindicales. Por citar solo una de las últimas,
es evidente que el rechazo de la dirección de AFL-CIO (sin embargo, ¡oh cómo de ligada
al imperialismo estadounidense y a su aparato de estado!) a inclinarse ante el bloqueo de
salarios decretado en agosto de 1971 por la administración Nixon, expresaba, sin duda
alguna, la resistencia de la clase obrera norteamericana ante las exigencias de su
burguesía, pero a su vez alimentó su resistencia a los planes del capital y su combatividad.
No tener en cuenta el movimiento contradictorio de los aparatos sindicales
atenazados entre las exigencias del mantenimiento del orden burgués y las de su propia
conservación, que dependen de la existencia de las organizaciones sindicales, sería la
expresión de un sectarismo estéril. Sería dar pruebas del mismo sectarismo abandonarse
a peligrosas ilusiones, pues, como lo escribe Trotsky:
“En un cierto grado de la intensificación de las contradicciones de clase
en cada país y de los antagonismos entre las naciones, el capitalismo imperialista
solo puede seguir tolerando una burocracia reformista (al menos hasta cierto
punto) si esta última actúa directamente como accionista, pequeño pero activo,
en las empresas imperialistas, en sus planes y sus programas, tanto en el interior
del país como también en la arena mundial.”
Pero, entonces, ¿qué es lo que permite distinguir, juzgar y combatir en
consecuencia? Nada más que aquello que expresa las necesidades y objetivos de la clase
obrera: el terreno de la unidad y de la democracia obreras, la independencia frente al
capital y el gobierno burgués. Con otras palabras, se trata de definir una política que
exprese los intereses del proletariado, que eleve su nivel de conciencia, refuerce su
homogeneidad y esté de acuerdo con sus intereses inmediatos e históricos, que, en la
época del imperialismo, son ambos indisociables. La política de los aparatos sindicales
puede ser apreciada en relación con esta política. Nosotros nos determinamos en función
de la clase obrera y no de los aparatos. Nuestra actividad de cara a los aparatos se deduce
de ahí. Solo así pueden ser explotadas sus inevitables contradicciones.
El nuevo período revolucionario
La OCI ha caracterizado el período abierto por la huelga general de mayo-junio
del 68 y el proceso de revolución política en Checoslovaquia, como el de la inminencia
de la revolución y de la contrarrevolución. La OCI entiende por eso, a escala mundial,
que el proletariado ha retomado la iniciativa política. Naturalmente el desarrollo de la
lucha de clases del proletariado no es menos desigual. Conoce flujos y reflujos. Se afirma
en tal o tal otro país, mientras que la clase obrera parece en retirada en otros países. Pero
la curva general de la lucha de clases va hacia la apertura de situaciones revolucionarias
que tenderán a alimentarse recíprocamente. Así, tras la huelga general francesa y el
proceso de revolución política en Checoslovaquia, el empuje del proletariado mundial ha
llegado al máximo en Polonia y Bolivia. En estos países, la clase obrera ha retomado
formas de organización de tipo soviético. El proletariado boliviano sufrió una derrota
cuando el 21 de agosto de 1971 los militares bolivianos, inspirados y ayudados por la
CIA, organizaron con éxito su golpe de estado.
Durante la histórica discusión que se produjo en los astilleros de Szczecin entre
Gierek y los trabajadores, fue elaborado una especie de compromiso entre el proletariado
polonés y Giereck, actuando éste en nombre de la burocracia de ese país,
La clase obrera polaca sabía que le hacía falta no solo enfrentarse con su propia
burocracia sino, también, con la del Kremlin.
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unidad de las organizaciones obreras el medio que permitirá que sean satisfechas sus
reivindicaciones, el medio para resolver la cuestión del poder político. Las direcciones
intentan encerrarlas en los marcos de la sociedad burguesa de la que afirman su
continuidad “aliándose” con organizaciones abiertamente representativas de la burguesía
(los “radicales de izquierda”) incluso aunque éstas no tengan ninguna fuerza propia.
Hablan de las “dificultades” que asaltan a un “gobierno del pueblo” para no satisfacer las
reivindicaciones y aspiraciones de la clase obrera. Llaman a los trabajadores a respetar el
“orden” la “disciplina”, o no “asustar” a los aliados “demócratas”, las masas pequeño
burguesas, etc. En una palabra: en nombre de la lucha para sostener al “gobierno del
pueblo” piden a la clase obrera y a las masas explotadas que sacrifiquen sus intereses
inmediatos e históricos respetando a la sociedad burguesa, a sus instituciones y su estado.
Todo ello es imposible sin la garantía de los aparatos sindicales, justamente porque
controlan los sindicatos, organismos elementales de clase del proletariado. No hay
ejemplo de que el desarrollo del movimiento de la clase obrera, que la apertura de una
crisis revolucionaria, no se haya traducido en un aflujo de capas enteras de trabajadores
hacia las organizaciones sindicales, siempre en razón de su carácter de organizaciones
elementales de clase. A consecuencia de lo cual el “trabajo en los sindicatos” tiene tanta
importancia.
Se trata, siempre y siempre, de traducir en términos claros las aspiraciones y
necesidades del proletariado. Así el “acuerdo sobre el programa de gobierno” entre el PS
y el PCF no puede en ningún caso significar que hay que esperar para luchar por las
reivindicaciones, que hay que esperar para resolver la cuestión gubernamental. La unidad
para la lucha, en el marco de la democracia sindical y obrera, es posible. Lo mínimo que
las masas pueden esperar de este acuerdo es que aparte los obstáculos políticos levantados
contra la preparación y desarrollo de las luchas de la clase obrera. En el interior de los
sindicatos se trata de deducir aquello que las masas esperan de la unidad, y de no aceptar
la subordinación, no sólo al estado burgués sino a los “radicales de izquierda”, ni de los
sindicatos ni de la acción sindical. Expresando lo que las masas esperan de un acuerdo
entre el PS y el PCF, se trata de no aceptar la subordinación del movimiento sindical a un
eventual gobierno de “Union populaire” ni menos a un “programa de gobierno”. Igual
que un acuerdo PS-PCF solo es positivo para la clase obrera si aparta los obstáculos a la
unidad de clase del proletariado, a la preparación y a la organización de las luchas obreras,
antes, durante y después de las elecciones legislativas. Un gobierno PS-PCF no será un
gobierno obrero mientras no incluya a ningún representante de la burguesía, satisfaga las
reivindicaciones obreras apoyándose en las luchas de la clase obrera y sobre su
organización como clase. He ahí lo que es necesario traducir cotidianamente, en términos
adaptados, tanto en el interior de los sindicatos como en el exterior. Pues solo existe una
misma y única política revolucionaria, solo es necesario expresarla en términos adaptados
al medio. En lo inmediato, la perspectiva de gobierno de “Union populaire” será levantada
como un obstáculo a la unidad sindical y obrera; ya sea, según algunos, porque toda
acción será subordinad a la eventual llegada al poder de tal gobierno; ya sea, según otros,
porque la realización de la unidad sindical y obrera sería imposible con los “supporters”
de la “Union populaire”. Si la crisis de la burguesía se profundiza, las masas movilizadas
nos pisarán los talones.
Se trata de distinguir, en las oscilaciones de los aparatos sindicales, entre aquellas
que se producen por las exigencias del imperialismo, del estado burgués, y aquellas que
se corresponden con los intereses específicos de estos aparatos; ninguna ilusión puede
tolerarse: la crisis de la burguesía, el ascenso revolucionario de las masas, señalarán y
acentuarán el carácter reaccionario de los aparatos sindicales (de todos los aparatos
sindicales) antes de dislocarlos. Como se verán comprometidos en grandes maniobras,
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y que engloban, sin suprimirlas sino todo lo contrario, las antiguas y tradicionales formas
(sindicatos y partidos) cuyo papel se renueva, pero sin perder su importancia. Los
sindicatos tendrán su lugar en el seno de las formas soviéticas. Más: seguramente estarán
en el origen de la constitución de organismos soviéticos de los que es muy posible que
formen el núcleo y sean el elemento motor, al menos en una primera fase. Las masas en
movimiento no romperán con las formas de organización tradicionales y los militantes
que las animan; al contrario, se dirigirán a ellas en el marco mismo de los nuevos
organismos para resolver problemas nuevos. No es aventurar mucho afirmar que: sin
dudas los militantes de las organizaciones sindicales y políticas tradicionales no estarán
solos; nuevas capas de militantes (pero que muchos de ellos también se unirán a los
sindicatos) tendrán un papel activo, estarán en la iniciativa de la formación de organismos
de tipo soviético, pero serán la fuerza dirigente. Diversas razones permiten afirmar lo
anterior: cuando el proletariado llegue al momento en que se produzca esta modificación
de su comportamiento, que lo ponga en movimiento en su conjunto, que le haga sentir
profundamente la necesidad de organizarse en su masa como clase, porque le toca
transformar radicalmente el funcionamiento de la sociedad, los militantes tendrán que
traducir práctica y organizativamente mejor que nadie esta aspiración. Los militantes
podrán y deberán intervenir así porque las direcciones tradicionales, los aparatos
burocráticos, no permitirán que se les sobrepase plenamente, al menos durante la primera
fase. Cuando perciban, en efecto, que las formas de organización soviéticas van a
constituirse, tomarán la iniciativa para construirlas, para controlarlas, para tomar la
dirección, desviarlas, desnaturalizarlas, volverlas impotentes y, ulteriormente, destruirlas.
Habrá que estar loco para imaginar que las viejas direcciones sindicales y políticas, los
dirigentes reformistas, sindicales, estalinistas, pequeñoburgueses, abandonarán el campo,
que desertarán del campo de batalla que serán los comités de huelga, los comités obreros,
los sóviets. El buen sentido y la historia prueban lo contrario. Nunca hay que olvidar que
Ebert, Noske, bautizaron “consejo de los comisarios del pueblo” al gobierno que dirigían
en noviembre de 1918, levantado con la bendición del estado mayor alemán y en
constante relación con él, cuyo papel era asumir la continuidad del estado y el orden
burgueses, de destruir los consejos. Así bautizaron a su gobierno con algunas apariencias
de justificación puesto que socialdemócratas e independientes tenían la mayoría en el
seno de los consejos obreros.
En gran medida el lugar que ocuparán los militantes revolucionarios en el seno de
las formas soviéticas cuando éstas surjan dependerá del lugar que hayan ocupado
precedentemente en el interior de los sindicatos.
Sindicatos y partido revolucionario
Pasados los años, el desarrollo de la lucha de clases, más complejo de lo previsto,
no cambia en nada la validez de las conclusiones de Trotsky, sino que, por el contrario,
las confirma:
“En la era de la decadencia imperialista los sindicatos solamente pueden
ser independientes en la medida en que sean conscientes de ser, en la práctica,
los organismos de la revolución proletaria”
Los sindicatos ni son, ni pueden ser, neutrales políticamente: o marchan a
remolque de la burguesía (y ello reviste aspectos múltiples que van desde la colaboración
directa al nivel del estado burgués hasta el rechazo a participar en el frente único de clases
y el impulso y defensa de una política burguesa en el interior de eventuales sóviets… o
adoptan una política revolucionaria que debe concretarse en cada momento.
La independencia de los sindicatos no es otra cosa que la independencia del
proletariado en relación a la burguesía y su estado. Pero ¿en qué otro momento esta
independencia está plenamente asegurada si no es en el momento en que el proletariado
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
se organiza como clase, en el momento en que expulsa del poder a la burguesía, toma el
poder, destruye el estado burgués y constituye su propio estado? Solo en relación con este
objetivo hay independencia de los sindicatos. Los sindicatos abordan, según el
movimiento que les es propio, los problemas políticos, no pueden evitarlos. El arte de los
sindicalistas, de los “apolíticos” consiste, en nombre del “apoliticismo”, en dejar a la
burguesía hacer su política y someterse a ella.
No hay lugar a dudas que cierta manera de plantear en el interior de los sindicatos
los “problemas políticos” levanta obstáculos a la toma de posición y a la acción políticas
del sindicato. Así, por ejemplo, en Francia actualmente hacerles pronunciarse sobre el
“programa de gobierno” PS-PCF; “exigir” que los sindicatos y sus direcciones se
pronuncien a favor de los “sóviets”, a favor de un “gobierno obrero”, etc., sería totalmente
abstracto y falso. Bajo una forma determinada, el combate por la unidad de las
organizaciones sindicales, por las reivindicaciones, sigue siendo indispensable.
Concretamente es así como debe de traducirse la independencia de los sindicatos en la
hora actual. Ulteriormente no podrán escapar a la toma de posiciones más precisas, en
función del desarrollo de la lucha de clases, incluyendo posicionarse sobre la cuestión del
gobierno.
La batalla política ocupará todos los terrenos. Se desarrollará tanto en el interior
de los organismos de tipo soviético como en los sindicatos. En el curso de esta batalla se
enfrentarán las organizaciones políticas reformistas, sindicalistas, estalinistas, pequeño
burguesas y el partido revolucionario, es decir: el partido que se sitúa sobre el programa
de fundación de la IV Internacional. De su salida dependerán la suerte de los sóviets y la
de los sindicatos. Pues una cosa no es más dudosa hoy en día que en el momento en que
Trotsky escribía este texto: en último análisis, las direcciones sindicalistas, reformistas,
estalinistas, pequeño burguesas sólo pueden conducir los sindicatos a su destrucción.
Únicamente una política revolucionaria es capaz de evitar esta destrucción. Los sindicatos
no pueden situarse al margen de este problema que se le plantea a la humanidad pero que
solo puede resolver la clase obrera: socialismo o barbarie.
Pero es necesario plantear las cuestiones y los problemas en el seno de las
organizaciones sindicales y no de los partidos. (Los militantes podrán, si lo desean,
apreciar como Trotsky ponía en práctica su orientación respecto a las organizaciones
sindicales leyendo en Le Mouvement communiste en France la intervención que escribió
cuando residía en Domène y que pronunció en el CCN de la CGT, los días 18 y 19 de
marzo de 1935, el delegado de UD-CGT de Isère [“Del plan de la CGT a la conquista del
poder”, en Escritos, Tomo VI, volumen 2, páginas 40-59 del formato pdf en nuestra serie
Escritos de León Trotsky 1929 - 1940, Editorial Pluma].
“Muy a menudo la falsa politización de los sindicatos, la tentación de
transformarlos en partidos es el reverso del descarado oportunismo: la renuncia
a la construcción del partido revolucionario. Entonces, en cada congreso, si se es
delegado, se pronuncia un discurso “revolucionario”, se presenta una resolución
no menos “revolucionaria”, y se hace a un lado la formulación concreta
necesaria para que los sindicados y sindicatos puedan comprehender los
problemas políticos. Según el caso, semejante procedimiento sirve de exutorio, de
garantía de izquierda o democrática a los aparatos, se permite a éstos
desconsiderar a los militantes revolucionarios y practicar la “caza de brujas”.”
Ninguna tendencia “revolucionaria” en el interior de los sindicatos puede ser ajena
a la construcción del partido revolucionario. La eventual constitución de tendencias, por
un sindicalismo situado exclusivamente sobre el terreno de la lucha de clases, debe
insertarse en la actividad de construcción del partido revolucionario. El sindicato no
puede substituir al partido. Muchos más, esto debe ser dicho claramente: el sindicato solo
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21
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[…]
Ciertamente, ya no existen organizaciones semejantes a los consejos de delegados
obreros, que reunían a la mayoría del proletariado urbano. Pero los consejos de delegados
obreros eran, por naturaleza, órganos destinados a organizar a las masas del proletariado,
las huelgas y las insurrecciones generalizadas. Tales organizaciones volverán a surgir
ineluctablemente cuando las masas obreras tengan la posibilidad objetiva de manifestarse
activamente. Por otra parte, en el período transcurrido, las organizaciones permanentes
del proletariado se han desarrollado y reforzado considerablemente, sobre todo los
sindicatos. Y, lo que es especialmente importante, su actividad no se reduce, y en las
condiciones de Rusia no puede limitarse, a las luchas puramente económicas. Constituyen
una combinación revolucionaria de los métodos de lucha económicos y políticos, desde
la huelga general hasta la lucha electoral tras la bandera de la socialdemocracia. En el
transcurso del año pasado las federaciones sindicales han conseguido tejer en diversas
direcciones los hilos de una organización nacional. Una conferencia ha preparado la
convocatoria de un congreso general de los sindicatos rusos. Así, pues, la organización
de clases del proletariado, a pesar de todas las medidas policíacas, a pesar de todas las
fricciones en el interior de la organización socialdemócrata, ha dado un gigantesco paso
hacia adelante. En la próxima marea revolucionaria los sindicatos proporcionarán los
apoyos más seguros de la revolución.
[…]
1
Extracto tomado de “La Duma y la revolución”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano,
página 5 del formato pdf.
22
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[…]
Si en octubre [1905] tuvimos un manifiesto, también hubo pogromos en toda
Rusia, y nadie hubiera asegurado que tendríamos efectivamente una duma y no un nuevo
pogromo. En esas condiciones, ¿qué podía hacer el proletariado que, con su ofensiva,
había roto los viejos diques del poder policíaco? Exactamente lo que hizo. El proletariado,
naturalmente, conquistaba nuevas posiciones y trataba de atrincherarse en ellas: destruía
la censura y creaba una prensa revolucionaria, imponía la libertad de reunión, protegía a
la población contra los granujas, en uniforme o no, constituía sindicatos de combate, se
agrupaba en torno a los representantes de su clase, establecía el enlace con los campesinos
y con el ejército revolucionario. Mientras los liberales seguían diciendo que el ejército
debía quedar “al margen de toda política”, la socialdemocracia continuaba
incansablemente su propaganda en los cuarteles. ¿Tenía o no razón al actuar así?
Mientras que el congreso de los zemstvos, en noviembre, se inclinaba a la derecha
al tener noticias de la revuelta de Sebastopol, y no se tranquilizó más que cuando supo
que había sido aplastada, el sóviet dirigía a los rebeldes su adhesión y entusiasmo.
¿Tampoco tenía razón? ¿Dónde hay que buscar camino más seguro para la victoria: en lo
que hacían los liberales de los zemstvos o en la unión del proletariado con el ejército?
[…]
2
Extracto de “El proletariado y la revolución rusa. Sobre la teoría de los mencheviques acerca de la
revolución rusa”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano, página 8 del formato pdf.
23
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
A falta de una actividad revolucionaria, como también de la posibilidad para un
trabajo reformista, el partido gastó sus energías enteras en levantar la organización, en
lograr nuevos miembros para los sindicatos y para el partido, y en hacer nuevos periódicos
y conseguir nuevos suscriptores. Condenado por décadas a una política de oportunismo y
de quietismo, adoptó el culto de la organización como un término en sí mismo. Nunca fue
el espíritu de inercia, producido por el trabajo rutinario, tan fuerte en la socialdemocracia
alemana como en los años inmediatos que precedieron a la gran catástrofe.
[…]
El Vorwärts escribió el 11 de agosto que los trabajadores alemanes “contaban
entre los hombres más inteligentes políticamente a aquellos que desde hace años han
proclamado los peligros del imperialismo (a pesar de que ha sido con muy poco éxito,
debemos confesarlo) y atacan ahora la neutralidad italiana como los más exagerados
chovinistas”. Pero esto no impidió al Vorwärts el alimentar a los trabajadores alemanes
con argumentos “nacionales” y “democráticos”, en justificación del sangriento trabajo del
imperialismo. (Algunos escritores tienen la columna tan flexible como sus plumas.) Sin
embargo, todo esto no altera los hechos. Cuando llegó el momento decisivo, no pareció
haber una enemistad irreconciliable con la política imperial en la conciencia de los
trabajadores alemanes. Al contrario, parecían prestos a oír los murmullos imperialistas
envueltos en fraseología nacional y democrática. Esta no es la primera vez que el
socialismo imperial se revela en la socialdemocracia alemana.
Es suficiente recordar el hecho que, en el congreso internacional celebrado en
Stuttgart, la mayoría de los delegados alemanes, especialmente los sindicalistas, fueron
los que votaron contra la resolución marxista sobre la política colonial4. Lo ocurrido causó
una gran sensación por el momento, pero su verdadero significado resplandece
claramente a la luz de los acontecimientos presentes. Precisamente ahora la prensa de los
sindicatos está uniendo la causa de la clase trabajadora alemana al trabajo del ejército de
los Hohenzollern, con más conocimiento de causa que el que manifiestan los órganos
políticos.
[…]
3
Extractos de La guerra y la Internacional, en estas mismas Obras Escogidas de León Trotsky (OELT-
EIS), páginas 55 y 59 del formato pdf.
4
Ver en la serie Segunda Internacional (Internacional Socialista) de estas mismas Edicions Internacionals
Sedov: Resolución del Congreso de Stuttgart sobre el militarismo. EIS.
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Tomado de Primero de Mayo (1890-1915), Edicions Internacionals Sedov – Trotsky inédito en internet y
en castellano.
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miraban esa fiesta con una sonrisa burlona, o desencadenaban la represión policial. Si el
Congreso Socialista de 1889 quería hacer del Primero de Mayo el símbolo de la
solidaridad proletaria, el carácter de la conmemoración, sumiso en el más alto grado y
abiertamente posibilista, devino el símbolo de la debilidad de las tendencias
internacionalistas del movimiento obrero de la época precedente. Por ello, una
retrospectiva de la fiesta proletaria durante estos veinticinco últimos años proyecta una
viva luz sobre las causas del naufragio de la Segunda Internacional. ¡La insistencia con
la que los elementos intransigentes del socialismo mantenían la llama del Primero de
Mayo es un síntoma alarmante! Incluso si las manifestaciones “patrióticas” de las
fracciones parlamentarias, la reconciliación con el bloque nacional, los ensayos de
ministerialismo socialista, no pudiesen parecernos inesperados y catastróficos, sería
indigno de un marxista buscar las causas de estos hechos en la mala voluntad, la
inmoralidad, en la “traición” (o en la carencia de autoeducación, como dicen nuestros
subjetivistas) de los dirigentes del partido. No descargamos a estos últimos del peso de
sus faltas y no cesaremos de luchar contra ellos, pero repetimos que es indispensable
comprender esto: todos los elementos de la catástrofe ya estaban preparados por la lenta
organización del socialismo sobre una base nacional bajo las condiciones de un
crecimiento incesante del imperialismo; la idea de una unión internacional del
movimiento obrero desembocó en la práctica en tentativas periódicas de elaborar las
normas internacionales sobre una base nacional y gubernamental; el internacionalismo
social-revolucionario se transformó en la conmemoración débil y burocrática del Primero
de Mayo, que se reducía a una fecha en el calendario.
¡Peor incluso! El asunto del Primero de Mayo devino todavía más lamentable en
los países avanzados en los que los progresos del capitalismo eran más grandes, en los
que la lucha de clases se desarrollaba “normalmente”, adaptándose al papel que ejercía el
país en el mercado mundial, plegándose a las reglas parlamentarias en los países en los
que el parlamento se convertía en el foso del combate por la democracia y las reformas
sociales. En esos países avanzados, la lucha de los movimientos revolucionarios contra el
viejo orden de cosas feudal estaba superada. Todavía no había llegado la época de nuevos
conflictos sociales (luchas del proletariado por la conquista del poder). La idea de la
revolución no era más que un recuerdo o parecía un punto de vista teórico; en los dos
casos era demasiado débil para insuflar una nueva vida a la conmemoración del Primero
de Mayo y hacer de él la fiesta de millones de trabajadores prestos a tomar al asalto la
fortaleza capitalista.
En los países de Europa Oriental, el Primero de Mayo ejercía cada vez un papel
más grande en la vida del proletariado, confiriéndole un contenido revolucionario y
recibiendo bruscamente un amplio desarrollo. En Rusia, en los primeros pasos del
proletariado ruso y polaco, el Primero de Mayo fue, de entrada, un emblema de combate.
El crecimiento del movimiento revolucionario aumentó el significado de la fiesta en la
vida del proletariado. Para la clase obrera rusa, que entablaba su lucha histórica contra las
fuerzas más reaccionarias del pasado, el Primero de Mayo devino la señal para la
movilización revolucionaria que abría, al mismo tiempo que “una ventana a Europa”, las
perspectivas de un movimiento socialista mundial.
En Austria, país de contradicciones nacionalistas, de vieja monarquía y de
camarillas feudales, el Primero de Mayo fue la bandera bajo cuyos pliegues el
proletariado llevó adelante su combate por la democratización del país, por una
coexistencia normal entre las minorías étnicas, lo que significa la creación de una base
normal para la lucha de clases. Las necesidades elementales de un gobierno de las
nacionalidades, abriéndole al desarrollo del capitalismo las mismas posibilidades que
puede ofrecerle un gobierno nacional, tropezaron con el proletariado austríaco, tan
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6
León Trotsky, “La conferencia de Gompers y compañía”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en
castellano.
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Uniones sindicales.
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Cualquier persona inteligente (o cualquier tonto) sabe que para salvar a Rusia es
esencial una lucha despiadada contra la anarquía de la izquierda y la contrarrevolución.
Esto constituye la esencia de todo el programa de Izvestia, Dyelo Naroda, Rabochaya
Gazetta... El discurso “histórico” de Kerensky en la “histórica” Conferencia Estatal
representó variaciones sobre este mismo tema. “A sangre y fuego contra la anarquía a la
izquierda y la contrarrevolución a la derecha”.
Esto suena muy bien, en cualquier caso, simétrico. ¿Pero tiene sentido? Cuando
hablan de contrarrevolución, no tienen en cuenta ciertas actitudes o acciones al azar
desordenadas, sino intereses particulares de clase, incompatibles con el afianzamiento y
el desarrollo de la revolución. Son los terratenientes y el capital imperialista quienes
apoyan la contrarrevolución. ¿Qué clases están apoyando la anarquía?
El alcalde de Moscú, el Señor Rudnyev, respondió a esto muy claramente. Dio la
bienvenida a la conferencia estatal en nombre de la “totalidad” de la población de Moscú,
menos aquellos elementos anárquicos que organizaban una huelga general de protesta en
Moscú. ¿Pero quién organizaba la huelga? Los sindicatos de Moscú. Contra el intento del
gobierno de organizar un parlamento contrarrevolucionario en Moscú, los sindicatos
decretaron y organizaron una huelga general en Moscú; lo hicieron contra los deseos del
gobierno, las autoridades militares de Moscú y la mayoría s.r.-menchevique en el Sóviet
de Moscú de Delegados de los Trabajadores y Soldados. Los sindicatos son las
organizaciones del proletariado más puras, menos adulteradas, es decir, de esa clase que
con su trabajo sin descanso crea el poder y la riqueza de Moscú. Y son estos sindicatos,
los que unen a la flor y nata de la clase obrera, la fuerza impulsora fundamental de la
economía actual, son estos sindicatos los que el alcalde s.r. de Moscú ha llamado
elementos anárquicos. Y es contra estos trabajadores concienzudos y disciplinados contra
quienes tendrá que dirigirse el fuego de la violencia del gobierno.
¿No vemos lo mismo en Petrogrado? Los comités de fábrica no son
organizaciones políticas. No se crean en reuniones cortas. La masa de trabajadores
nomina a aquellos que, localmente, en la vida cotidiana, han demostrado su
determinación, eficiencia y devoción a los intereses de los trabajadores. Y, por supuesto,
los comités de fábrica, como se ha demostrado una vez más en la última conferencia,
están compuestos en una abrumadora mayoría por bolcheviques. En los sindicatos de
Petrogrado, el trabajo práctico cotidiano, al igual que el liderazgo ideológico, depende
totalmente de los bolcheviques. En la sección obrera del Sóviet de Petrogrado, los
bolcheviques constituyen una abrumadora mayoría. Sin embargo, eso es lo que es
“anarquía”. En ese aspecto, Kerensky está de acuerdo con Miliukov, Tsereteli está con
los hijos de Suvorin, Dan con el servicio de seguridad. […]
8
Extracto de León Trotsky “A Sangre y fuego”, en páginas 179-180 del formato pdf de 1917. El año de la
revolución, en estas mismas OELT-EIS.
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Extractos del “[Discurso pronunciado en Moscú el 14 de abril de 1918 ante un público de obreros y
campesinos, y algunas respuestas]”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
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Esta nueva disciplina del trabajo, camaradas, tenemos que crearla cueste lo que
cueste. La anarquía nos destruirá, el orden del trabajo nos salvará. En las fábricas tenemos
que instaurar tribunales elegidos para castigar a los gandules. Ahora que se ha convertido
en el dueño de su país, cada obrero debe acordarse claramente de su deber de trabajador
y de su honor de trabajador.
[…]
Será bastante con que podamos establecer, con los sindicatos y sóviets, una
disciplina bastante firme para que cada uno trabaje ocho horas, (en ningún caso más, e
incluso lo antes posible siete horas) y que el trabajo se haga verdaderamente a conciencia,
es decir que cada parcela de tiempo de trabajo esté realmente llena de trabajo, que cada
uno sepa y recuerde que trabaja para una asociación común, para un fondo común, he ahí
hacia lo que tienden nuestros esfuerzos, camaradas.
[…]
En nuestro viejo ejército, que habíamos heredado del zarismo, era necesario
despedir a los viejos jefes, a los generales y coroneles, pues en su mayor parte habían sido
útiles en manos de una clase que nos era hostil, en manos del zarismo y de la burguesía.
Por ello, cuando hizo falta que los obreros-soldados y los campesinos-soldados eligiesen
a sus propios mandos, no eligieron a jefes militares, sino simplemente a representantes
aptos para defenderlos de los ataques de las clases contrarrevolucionarias. ¿Pero ahora,
camaradas, ahora que estamos a punto de construir el ejército? ¿La burguesía? No, los
sóviets de obreros y campesinos, es decir las mismas clases que componen el ejército.
Allí no es posible la lucha interna. Tomemos el ejemplo de los sindicatos. Los obreros
metalúrgicos eligen a su comité, y el comité a un secretario, un empleado de la oficina y
determinado número de otras personas que son necesarias. ¿Ha ocurrido alguna vez que
los obreros se pregunten: por qué nuestros empleados y nuestros tesoreros son designados
y no elegidos? No, ningún trabajador inteligente dirá eso. Si no el comité respondería:
“habéis elegido al comité vosotros mismos, si desconfiáis de nosotros, destituidnos, pero
una vez que nos habéis encargado de la dirección del sindicato, dadnos la posibilidad de
escoger al empleado o al tesorero, pues somos mejores jueces que vosotros en ese
dominio, y si nuestra forma de llevar los asuntos es mala, entonces sacadnos y elegid otro
comité.” El gobierno soviético está en la misma situación que el comité de un sindicato.
[…]
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“[Informe en el Tercer Congreso Panruso de los Sindicatos]”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet
y en castellano.
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sindicados en Rusia. Pero los sindicados son obreros, y sólo un 15 por 100 de ellos forma
parte del Ejército Rojo; el resto de éste está constituido por la masa campesina. No
obstante, sabemos, sin que esto ofrezca lugar a dudas, que el verdadero organizador y
creador del Ejército Rojo es el obrero avanzado, procedente de las organizaciones
sindicales o del partido. Cuando la situación en los frentes de combate se hacía difícil,
cuando la masa campesina recientemente movilizada no daba pruebas de firmeza
bastante, nos dirigimos a la vez al comité central del partido comunista y al sóviet de los
sindicatos. De estos dos organismos salieron los obreros avanzados que marcharon al
frente a organizar el Ejército Rojo a su imagen, a educar, templar, militarizar a la masa
campesina.
Es éste un hecho que debe recordarse con claridad, porque arroja mucha luz sobre
la idea misma de la militarización, tal como se concibe en el estado obrero y campesino.
La militarización del trabajo ha sido proclamada más de una vez y realizada en diferentes
sectores económicos de los países burgueses, tanto en occidente como en Rusia zarista.
Pero nuestra militarización se distingue de esas otras por sus fines y métodos, como el
proletariado consciente y organizado para conseguir su emancipación se distingue de la
burguesía consciente y organizada para la explotación.
De esta confusión, tan inconsciente como mal intencionada, de las formas
históricas de la militarización proletaria y socialista con la militarización burguesa,
dimanan la mayor parte de los prejuicios, errores, protestas y gritos provocados por esta
cuestión. En este modo de interpretar las cosas se ha basado totalmente la actitud de los
mencheviques, nuestros kautskystas rusos, tal como manifiesta en su declaración de
principios, presentada al actual Congreso de los Sindicatos.
Los mencheviques no hacen más que declararse enemigos de la militarización del
trabajo, como también de la obligación del trabajo. Rechazan estos métodos como
“coercitivos”. Proclaman que la obligación del trabajo provocará una bajada de la
productividad. En cuanto a la militarización, no tendrá; según ellos, otro efecto que un
gasto inútil de mano de obra.
“El trabajo obligatorio ha sido siempre poco productivo”, tal es la expresión
exacta de la declaración de los mencheviques. Esta afirmación nos traslada al centro
mismo de la cuestión. Porque, en nuestra opinión, no se trata en modo alguno de saber si
es prudente o insensato declarar tal o cual fábrica en estado de guerra; si debe concederse
al Tribunal Revolucionario Militar derecho a castigar a los obreros corrompidos que
roban las materias primas y los instrumentos que nos son tan útiles o que nos sabotean.
No, la cuestión está planteada por los mencheviques de un modo mucho más profundo.
Al afirmar que la obligación del trabajo es siempre poco productiva, se esfuerzan en
destruir toda nuestra obra económica en la época de transición, porque no puede pensarse
en pasar de la anarquía burguesa a la economía socialista sin recurrir a la dictadura
revolucionaria y a los métodos coercitivos de organización económica.
En el primer punto de la declaración de los mencheviques se afirma que vivimos
en la época de transición de las formas de producción capitalista a las formas de
producción socialista. ¿Qué quiere decir esto exactamente? Y, sobre todo, ¿de dónde
proceden semejantes aforismos? ¿Desde cuándo creen esto nuestros kautskystas? Nos han
acusado (y éste fue el motivo de nuestros desacuerdos) de utopismo socialista; afirmaban
(y esto constituía el fondo de su doctrina) que no puede realizarse en nuestra época el
paso al socialismo, que nuestra revolución no es más que una revolución burguesa, que
nosotros, comunistas, no hacemos otra cosa con destruir el sistema económico capitalista,
que no hacemos adelantar un paso a la nación, que la hacemos, por el contrario,
retroceder. En esto consistía el desacuerdo fundamental, la divergencia profunda,
incompatible, de la que derivaban todas las restantes diferencias. Ahora, los
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mencheviques nos indican de paso, en los preliminares de su resolución, como algo que
no necesita prueba, que estamos en el período de transición del capitalismo al socialismo;
confesión totalmente inesperada, que se parece mucho a una completa capitulación de
ideas, y hecha con tanta facilidad y ligereza que, como toda la declaración demuestra, no
impone ninguna obligación revolucionaria a los mencheviques. Estos siguen siendo en
bloque prisionero de la ideología burguesa. Después de haber reconocido que caminamos
hacia el socialismo, los mencheviques luchan con todo el furor posible contra estos
métodos, sin los cuales, en las actuales condiciones graves y penosas, es imposible el paso
al socialismo.
“El trabajo obligatorio [nos dicen] es poco productivo”. Nosotros les
preguntamos: ¿Qué entendéis por trabajo obligatorio al hacer esa afirmación? Dicho de
otro modo, ¿a qué trabajo es antinómico? Aparentemente al trabajo libre. ¿Qué debe
entenderse en este caso por trabajo libre? Esta idea ha sido formulada por los ideólogos
progresistas de la burguesía en su lucha contra el trabajo obligatorio, es decir, contra la
servidumbre de los campesinos y contra el trabajo regularizado, reglamentado, de los
artesanos. Por trabajo libre se entendía el que podía comprarse “libremente” en el
mercado de trabajo. La libertad se reducía a una ficción jurídica sobre la base de la venta
libre del asalariado. No conocemos en la historia otra forma de trabajo libre. Que los
pocos mencheviques que asisten a este congreso nos expliquen lo que entienden por
trabajo libre, no coercitivo, si no es la libre venta de la mano de obra.
La historia ha conocido la esclavitud, la servidumbre, el trabajo reglamentado de
las corporaciones de la Edad Media. Hoy, en todo el universo, impera el salariado, que
los escritorzuelos amarillos de todos los países oponen como una libertad superior a “la
esclavitud” soviética. Nosotros, en cambio, oponemos a la esclavitud capitalista el trabajo
social y regulado, basado en un plan económico, obligatorio para todos y, por
consiguiente, obligatorio para todo obrero del país. sin él es imposible hasta pensar en el
advenimiento del socialismo. El elemento de presión material, física, puede ser más o
menos grande; esto depende de muchas condiciones: del grado de riqueza o pobreza del
país, del nivel cultural, del estado dé los transportes y del sistema de dirección, etc.; pero
la obligación y, por consiguiente, la coerción es la condición indispensable para refrenar
la anarquía burguesa, para la socialización de los medios de producción y de los
instrumentos de trabajo y para la reconstrucción del sistema económico con arreglo a un
plan único.
Para un liberal, libertad significa, en último resultado, venta libre de la mano de
obra. ¿Puede o no comprar un capitalista a un precio aceptable la fuerza de trabajo? Esta
es la única unidad de medida de la libertad de trabajo para un liberal, y esta medida es
falsa, no sólo con respecto al porvenir, sino también con respecto al pasado.
Sería absurdo creer que cuando existía la servidumbre se efectuaba el trabajo
solamente ante la amenaza de la presión física, y que el jefe de galeras estaba, látigo en
mano, detrás del pobre campesino. Las formas económicas de la Edad Media se debían a
ciertas condiciones económicas y originaban costumbres a las que el campesino se había
adaptado, que en determinados momentos había creído justas, o cuya perennidad, por lo
menos, había admitido siempre. Cuando bajo el influjo del cambio de las condiciones
materiales, adoptó una actitud hostil hacia ellas, el gobierno le sujetó por la fuerza
material, probando de este modo el carácter coercitivo de la organización del trabajo.
Sin las formas de coerción gubernamental que constituyen el fundamento de la
militarización del trabajo, la sustitución de la economía capitalista por la economía
socialista no sería más que una palabra falta de sentido. ¿Por qué hablamos de
militarización? Ni que decir tiene que sólo por analogía, pero por una analogía muy
significativa. Ninguna organización social, aparte del ejército, se ha creído con derecho a
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
agruparla, de establecer ciertas categorías y fijar a ciertos obreros en sus puestos por un
tiempo determinado, con el fin, en una palabra, de incorporar autoritariamente a los
trabajadores, de acuerdo con el poder, en el plan económico único. Defender, en estas
condiciones, la “libertad” de trabajo, equivale a defender la búsqueda inútil, ineficaz e
incierta de mejores condiciones; el paso caótico, sin sistema, de una a otra fábrica en un
país hambriento, en medio de la más espantosa desorganización de los transportes y
abastecimientos. Aparte de la desagregación de la clase obrera y una completa anarquía
económica, ¿cuál podría ser el resultado de esta insensata tentativa de combinar la libertad
burguesa de trabajo con la socialización proletaria de los medios de producción?
La militarización del trabajo no es pues, camaradas, en el sentido que he indicado,
un invento de algunos políticos u hombres de nuestro departamento militar, sino que
aparece como un método inevitable de organización y disciplina de la mano de obra en la
época de transición del capitalismo al socialismo. Si es cierto, como se afirma en la
declaración de los mencheviques, que todas estas formas (reparto obligatorio de la mano
de obra, su empleo pasajero o prolongado en determinadas empresas, su reglamentación
conforme al plan económico gubernamental) conducen a una disminución de la
productividad, haced una cruz sobre el socialismo, pues es imposible fundamentar el
socialismo en la bajada de la producción. Toda organización social se basa en la
organización del trabajo. Y si nuestra nueva organización del trabajo da por resultado una
disminución de la producción, la sociedad socialista que se está formando camina
fatalmente, por ese mismo hecho, hacia la ruina, cualquiera que sea nuestra habilidad y
cualesquiera que sean las medidas de salvación que imaginemos.
Por estas razones, he dicho desde el principio que los argumentos mencheviques
contra la militarización nos trasladan al centro mismo de la cuestión de la obligación del
trabajo y de su influencia sobre la producción. ¿Es verdad que el trabajo obligatorio ha
sido siempre improductivo? No hay más remedio que responder que éste es el más pobre
y liberal de los prejuicios. Todo el problema se reduce a saber quién ejerce una presión,
contra quién y por qué: qué estado, qué clase, en qué circunstancias, por qué métodos. La
organización de la servidumbre fue, en determinadas condiciones, un progreso y trajo
aparejado un aumento de la producción. La producción aumentó también
considerablemente bajo el régimen capitalista y, por consiguiente, en la época de la
compraventa libre de la mano de obra en el mercado del trabajo. Mas el trabajo libre y el
capitalismo al completo, una vez dentro de la fase imperialista, se han arruinado
definitivamente por la guerra. Toda la economía mundial ha entrado en un período de
sangrienta anarquía, de terribles conmociones, de miseria, de agotamiento, de destrucción
de las masas populares. En estas condiciones, ¿se puede hablar de la productividad del
trabajo libre, cuando los frutos de este trabajo desaparecen diez veces más deprisa que se
crean? La guerra imperialista, con sus consecuencias, ha demostrado la imposibilidad de
la existencia ulterior de una sociedad basada en el trabajo libre. ¿o posee alguien el secreto
que permita separar el trabajo libre del delirium tremens del imperialismo, dicho en otros
términos, de hacer retroceder a la humanidad cincuenta o cien años atrás? si fuese cierto
que nuestra organización del trabajo (que ha de sustituir al capitalismo), que nuestra
organización, establecida conforme a un plan y, por consiguiente, coercitiva, originará la
ruina de la economía, esta organización significaría el fin de toda nuestra cultura, un
retroceso de la humanidad hacia la barbarie y el salvajismo.
Por fortuna, no sólo para la Rusia de los sóviets, sino para toda la humanidad, la
filosofía de la escasa productividad del trabajo obligatorio “siempre y cualesquiera que
sean las condiciones en que se realice” está contenida en un viejo refrán liberal. La
productividad del trabajo es una cantidad arbitraria en el conjunto de las circunstancias
40
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
sociales más complejas, y no puede ser medida nunca, ni definida por adelantado como
forma jurídica del trabajo.
Toda la historia de la humanidad es la historia de la organización y de la educación
del hombre social para el trabajo, con el fin de obtener una mayor productividad. El
hombre, como ya me he atrevido a decir, es un perezoso; es decir, se esfuerza
instintivamente por obtener con el mínimo de esfuerzo el máximo de productos. Sin esta
tendencia humana, no habría progreso económico. El desenvolvimiento de la civilización
se mide por la productividad del hombre, y toda forma nueva de relaciones sociales debe
soportar la prueba con esta piedra de toque.
El trabajo “libre” no ha nacido con toda su potencia productiva; sólo ha alcanzado
una gran productividad progresivamente, por la aplicación prolongada de métodos de
organización y educación del trabajo. Esta educación empleó los medios y
procedimientos más diversos, que se modifican además según las épocas. Al principio, la
burguesía expulsaba de su pueblo a latigazos al mujik, y le dejaba en medio del camino
después de haberle despojado de sus tierras. Y cuando no quería trabajar en la fábrica, lo
señalaba con un hierro candente, lo ahorcaba, lo enviaba a galeras, y acababa por
acostumbrar al desdichado al trabajo de fábrica. En nuestra opinión, esta fase del trabajo
“libre” difiere muy poco de los trabajos forzados, tanto desde el punto de vista de las
condiciones materiales como desde el punto de vista legal.
En diversas épocas y en proporciones diferentes, la burguesía ha empleado
simultáneamente el hierro candente, la represión y los métodos persuasivos. A este efecto,
los sacerdotes le han prestado una inestimable ayuda. En el siglo XVI se reformó la
antigua religión católica, que defendía el régimen feudal, y adaptó a sus necesidades una
religión nueva (la Reforma), que combinaba la libertad del alma con la del comercio y el
trabajo. Formó nuevos sacerdotes, que fueron sus guardianes espirituales y servidores
devotos. Adoptó la escuela, la prensa, los municipios y el parlamento a su propósito de
modelar las ideas de la clase trabajadora. Las diversas formas de salario (con jornal, a
destajo, por contrato colectivo) no constituían en sus manos sino medios diversos de
conseguir que el proletariado trabajara. A esto hay que añadir distintas formas de fomento
del trabajo y de excitación al servilismo. En fin, la burguesía ha sabido apoderarse de las
trade uniones (organizaciones de la clase obrera) y aprovecharse de ellas para disciplinar
a los trabajadores. Ha aplacado a los líderes, y, por medio de ellos, ha convencido a los
obreros de la necesidad del trabajo apacible, de que su obra sea irreprochable, de estricto
cumplimiento de las leyes del estado burgués. La culminación de toda esta labor ha sido
el sistema Taylor, en el cual los elementos de organización científica del proceso de la
producción se combinan con los procedimientos más perfeccionados del sistema
diaforético.
De lo dicho se deduce claramente que la productividad del trabajo libre no es algo
determinado, establecido, presentado por la historia en bandeja de plata. ¡No! Es el
resultado de una larga política tenaz, represiva, educadora, organizadora, estimulante, de
la burguesía con respecto a la clase obrera. Poco a poco aprendió a exprimir una cantidad
cada vez más mayor de productos del trabajo de los obreros, y el reclutamiento voluntario,
única forma de trabajo libre, normal, sana, productiva y saludable, fue en sus manos un
arma poderosa.
Una forma jurídica de trabajo que asegure por sí misma la productividad no ha
existido nunca en la historia ni puede existir. La forma jurídica del trabajo se corresponde
con las relaciones e ideas de la época. La productividad del trabajo se desenvuelve sobre
la base del desarrollo de las fuerzas técnicas, de la educación del trabajo, en virtud de la
adaptación progresiva de los trabajadores a los medios de producción, que se modifican
constantemente, y a las nuevas formas de relaciones sociales.
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asegurarse objetos de uso personal. Tal es, camaradas, el conjunto de medios de que
dispone el gobierno proletario para aumentar la productividad del trabajo. Como vemos,
no hay una solución preparada de antemano. La solución no figura en ningún libro. Por
otra parte, no puede haber aún libro de soluciones. Nosotros no hacemos más que empezar
a escribir con el sudor y la sangre de los trabajadores. Y os decimos: obreros y obreras,
defended el trabajo reglamentario. Sólo perseverando en él llegaréis a construir la
sociedad socialista. Os encontráis frente a una obra que nadie realizará por vosotros: el
aumento de la productividad del trabajo sobre nuevas bases sociales. No resolver el
problema es perecer. Resolverlo, es hacer progresar a la humanidad considerablemente.
Los ejércitos del trabajo
Empíricamente y en modo alguno basándonos en consideraciones teóricas. Hemos
llegado a plantear la cuestión de la utilización del ejército para el trabajo (cuestión que ha
adquirido entre nosotros una gran importancia teórica). Por fuerza de las circunstancias,
en algunos lugares apartados de la Rusia soviética habían permanecido cierto tiempo
grandes contingentes del ejército sin tomar parte en ninguna operación militar. Llevarlos
a otros frentes donde se combatía era, sobre todo en invierno, muy difícil, dada la
desorganización de los transportes. Este fue el caso, por ejemplo, del III Ejército, que se
encontraba en la región Ural. Los militantes que lo dirigían, comprendiendo que no nos
era posible desmovilizar, plantearon por sí mismos la cuestión de su paso a la obra del
trabajo y enviaron un proyecto más o menos perfecto de ejército del trabajo.
La cosa era nueva y poco fácil. ¿Estaban dispuestos a trabajar los soldados rojos?
¿sería su trabajo bastante productivo? ¿se justificaría? A nosotros nos asaltaban las dudas
a este respecto. No hay necesidad de decir que los mencheviques abundan en el sentido
de la oposición. En el Congreso de los Sóviets de Economía Nacional, celebrado, si no
me equivoco, en enero o a principios de febrero, es decir, cuando la cuestión no pasaba
de ser un proyecto, Abramovich predecía que nos íbamos a llevar irremisiblemente un
chasco, que esta empresa insensata era una utopía digna de Arakcheiev, y así
sucesivamente. Nosotros debíamos considerar las cosas de otro modo. Las dificultades
eran grandes, cierto; pero no se distinguían en principio de todas las demás dificultades
de la obra sovietista en general.
Veamos realmente lo que representaba este III Ejército. Quedaban en él muy
pocas tropas: en total, una división de cazadores y otra de caballería (entre las dos, quince
regimientos), más dos cuerpos especiales. El resto de las tropas había sido distribuido
mucho antes entre los demás ejércitos en los frentes de combate. Pero el organismo
director del ejército seguía intacto y nosotros creíamos muy probable que necesitáramos
enviarlo en la primavera, por el Volga, hasta el frente del Cáucaso, contra Denikin, que
por aquel entonces no había sido todavía derrotado por completo. El contingente total de
este III Ejército ascendía a unos 120.000 hombres. En esta masa, donde predominaba el
elemento campesino, había cerca de 16.000 comunistas y simpatizantes, en su mayor
parte obreros del Ural. Era, pues, por su composición, una masa campesina convertida en
organización militar y dirigida por obreros de vanguardia. Trabajaban allí numerosos
especialistas militares, que ocupaban importantes puestos y estaban bajo el control
político general de los comunistas. Si se echa una ojeada de conjunto sobre el III Ejército,
se verá que es el reflejo de toda Rusia soviética. Lo mismo si consideramos al Ejército
Rojo en su totalidad que la organización del poder soviético en un distrito, en una
provincia o en toda la república, hallaremos siempre el mismo esquema de organización:
miles de campesinos adaptados a nuevas formas de vida política, económica y social por
el esfuerzo de los trabajadores organizados que llevan la dirección en todos los campos
de la actividad sovietista. A los especialistas de la escuela burguesa se les coloca en
puestos que requieren conocimientos especiales, se les concede la autonomía necesaria;
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actual de la deserción en los ejércitos del trabajo no es mayor que el de los ejércitos en
combatientes.
Se había afirmado que, a consecuencia de su estructura interna, los ejércitos del
trabajo no podrían dar más que un pequeñísimo tanto por ciento de trabajadores. Esto sólo
en parte es verdad. El III Ejército ha conservado, como ya he dicho, su organismo director
con un número reducidísimo de unidades militares. Mientras, por consideraciones de
orden militar y no económico, hemos conservado intacto el Estado Mayor del Ejército y
su dirección, el porcentaje de los trabajadores que suministraba era excesivamente bajo.
De los 100.000 soldados rojos ocupados en las labores administrativas y económicas, sólo
había un 21 por 100 de trabajadores; los servicios diarios de guardia (facción, etc.), a
pesar del gran número de instituciones y depósitos militares no ocupaban más que el 16
por 100; el número de enfermos, atacados de tifus, sobre todo, como el personal médico
y sanitario no pasaba del 13 por 100; el de ausentes por diversas razones (misiones,
permisos, ausencia ilegal) se elevaba al 25 por 100. Así, pues, la mano de obra disponible
no era más que el 23 por 100. Este era el máximum de fuerzas que el III Ejército podía
suministrar al frente de trabajo. En realidad, al principio, no dio más que el 14 por 100 de
trabajadores, sobre todo si consideramos las divisiones de cazadores y caballería.
Pero tan pronto como se supo que Denikin estaba derrotado y que no
necesitaríamos enviar al frente del Cáucaso, en la primavera, al III Ejército, empezamos
enseguida a liquidar los diferentes servicios del ejército y a adoptar de modo racional sus
instituciones a los nuevos trabajos. Aunque todavía no hayamos acabado esta
transformación, los resultados dados ya por ella no son menos considerables. Hoy 11, el
antiguo III Ejército suministra un 38 por 100 de trabajadores con relación a sus efectivos.
En cuanto a las unidades militares que trabajan a su lado en la región del Ural, dan ya un
49 por 100. Estos resultados no son despreciables si se comparan con lo que ocurre en las
fábricas, en muchas de las cuales las ausencias, justificadas o no, pasan todavía del 50
por 10012. Añadamos a esto que, con frecuencia, sostienen el funcionamiento de las
fábricas los padres de los trabajadores, mientras que los soldados del Ejército Rojo tienen
que atender a su propio sostenimiento.
Si enviamos a estos jóvenes de diecinueve años, movilizados por el Ejército del
Ural, a talar árboles, veremos que de unos 30.000, más del 75 por 100 van al trabajo. Esto
es ya un enorme progreso, y además la prueba de que utilizando el instrumento militar
para su movilización y formación podemos introducir en las unidades de trabajo
modificaciones que aseguren un alza considerable del porcentaje de los participantes en
el proceso de la producción.
De ahora en adelante podremos hablar de la productividad de los ejércitos del
trabajo basándonos en la experiencia adquirida. Al principio, la productividad en los
distintos sectores del trabajo, a pesar del enorme entusiasmo, era, a decir verdad,
demasiado baja. Y la lectura de los primeros comunicados del ejército del trabajo podía
parecer claramente desalentadora. En los primeros tiempos, se necesitaban de trece a
quince jornadas de trabajo para la preparación de una sazhena13 cúbica de madera, cuando
la media fijada, que aun hoy sólo se alcanza raramente, es de tres días.
Haya que añadir que los especialistas de la materia son capaces, en condiciones
favorables, de preparar una sazhena cúbica en un día. ¿Qué ha sucedido de hecho? Las
unidades militares estaban destacadas lejos de los bosques de tala. Ocurría a menudo que
para ir al trabajo y volver de él había que recorrer de ocho a diez verstas, lo que absorbía
11
Abril de 1920.
12
En el momento es que escribíamos hasta hoy, este porcentaje ha disminuido considerablemente.
13
Medida rusa, equivalente a tres archinas, o sea, 2,13 metros [aunque la edición de Júcar ofrece 3,13
metros y reproduce la grafía francesa sagène, EIS].
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una parte importante de la jornada de trabajo. En los bosques faltaban las hachas y sierras.
Muchos soldados rojos originarios de la estepa no conocían el bosque, no habían abatido
árboles nunca y no estaban familiarizados con la sierra y el hacha. Los comités forestales
de las provincias y distritos distaban mucho de haber aprendido, desde el comienzo, a
utilizar las unidades militares, a dirigirlas adonde fuese necesario, a ponerlas en buenas
condiciones. En estas circunstancias, nada tiene de sorprendente la poca productividad
del trabajo. Pero una vez que se hubieron corregido estos defectos fundamentales, se
obtuvieron resultados mucho más satisfactorios. Con arreglo a los últimos datos, la
sazhena cúbica en este mismo III Ejército requiere cuatro días y medio de trabajo, lo que
no se aleja mucho de la norma actual. El hecho de que la productividad aumente
sistemáticamente a medida que se mejora el trabajo, es altamente consolador.
Los resultados a que puede llegarse en este sentido han sido demostrados por la
experiencia breve pero rica del batallón de ingenieros de Moscú. La plana mayor del
cuerpo que dirigía las operaciones empezó por fijar una norma de tres días de trabajo por
sazhena cúbica de madera. Esta norma fue pronto superada. En el mes de enero una
sazhena cúbica no necesitaba más que dos jornadas y media de trabajo; en febrero, 21; en
marzo: 1,5, lo que representa una productividad elevadísima. Semejante resultado se ha
obtenido gracias a una acción moral, a la especificación del trabajo de cada uno, a haberse
despertado el amor propio del trabajador, a la concesión de primas a los obreros que
producen más, o, para emplear el lenguaje de los sindicatos, a una tarifa móvil adaptada
a todas las fluctuaciones individuales de la productividad. Esta experiencia casi científica
nos señala el camino que debemos seguir en adelante.
En el momento actual poseemos muchos ejércitos del trabajo en acción: el Primer
Ejército, los ejércitos de Petersburgo, Ucrania, Cáucaso y del Volga, de reserva. Este
último, como se sabe, ha contribuido a aumentar la capacidad de transporte del ferrocarril
de Kazan-Ekaterininburg. Y en todas partes donde la experiencia de la utilización de las
unidades militares se ha hecho con alguna inteligencia, los resultados se han encargado
de demostrar que semejante método es indiscutiblemente practicable y óptimo.
En cuanto al prejuicio sobre el inevitable parasitismo de las organizaciones
militares, cualesquiera que sean las condiciones en que se encuentren, ha quedado
definitivamente deshecho. El Ejército Rojo encarna las tendencias del régimen soviético
gubernamental. No hay que pensar ya más en la ayuda de estas ideas muertas de la época
desaparecida: “militarismo”, “organización militar”, “improductividad del trabajo
obligatorio”, sino considerar sin prevención las manifestaciones de nueva época y no
olvidar que el sábado existe para el hombre, no el hombre para el sábado; que todas las
formas de organización, incluso la militar, no son más que armas en manos de la clase
obrera dueña del poder, que tiene derecho y puede adoptar, modificar, rehacer sus armas,
mientras no haya obtenido los resultados deseados.
El plan económico único
La aplicación intensa del trabajo obligatorio, así como las medidas de
militarización del trabajo, no pueden desempeñar un papel decisivo sino a condición de
ser aplicadas sobre la base de un plan económico único, que abarque a todo el país y a
todas las ramas industriales. Este plan debe elaborarse para un determinado número de
años. Es natural que se divida en períodos, en consonancia con las etapas inevitables de
la reorganización económica del país. Debemos empezar por las labores más simples a la
vez que más fundamentales.
Ante todo, es necesario garantizar a la clase obrera la posibilidad de vivir, aunque
sea en las condiciones más penosas, y para ello, de conservar los centros industriales y
salvar las ciudades. Este es el punto de partida. Si no queremos que el campo absorba a
la ciudad y la agricultura a la industria, si no queremos “hacer campesino” a todo el país,
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tenemos que mantener, aunque sólo sea en un nivel mínimo, nuestros transportes, y
asegurar a las ciudades el pan, combustible y materias primas y forraje al ganado. Sin
esto, no hay progreso posible. Por consiguiente, la obra más urgente del plan es mejorar
el estado de los transportes, o, por lo menos, evitar su desorganización ulterior, y crear
stocks de los artículos más necesarios, de primeras materias y de combustibles. Todo el
período siguiente se dedicará a la centralización y tensión de la mano de obra para la
solución de estos problemas esenciales, condición previa del desenvolvimiento
económico ulterior. ¿Se fijará por meses o por años cada uno de los períodos? Difícil es
preverlo en este instante, máxime teniendo en cuenta que esto depende de causas
múltiples, desde la situación internacional hasta el grado de unanimidad y resistencia de
la clase trabajadora.
En el curso del segundo período deberá procederse a la construcción de las
máquinas necesarias para el transporte, y a proveerse de primeras materias y de artículos.
Aquí, la locomotora es lo esencial. Hoy día, la reparación de las locomotoras se efectúa
conforme a procedimientos primitivos, que requieren un gasto de fuerza y medios muy
considerables. Es indispensable, por consiguiente, empezar a reparar en masa, en lo
sucesivo, las piezas de repuesto. Ahora que los ferrocarriles y fábricas de Rusia están en
manos de un solo propietario (el gobierno obrero) , podemos y debemos establecer un
tipo de locomotora y de vagón para todo el país, unificar las piezas de repuesto, hacer que
todas las fábricas necesarias se dediquen a la fabricación en masa de estas últimas, llegar
a que las reparaciones no sean más que una simple sustitución de las piezas gastadas por
otras nuevas, y ponernos, por tanto, en condiciones de efectuar el montaje en masa de las
locomotoras. Ahora que disponemos otra vez de combustible y primeras materias,
tenemos que concentrar nuestra atención especialmente en la construcción de
locomotoras.
En el tercer período será necesario construir máquinas para la fabricación de
objetos de primera necesidad.
Por fin, el cuarto período, que se apoyará en los resultados adquiridos por los tres
primeros, permitirá pasar a la producción de objetos de uso personal, en la mayor escala.
Este plan reviste una importancia considerable, no sólo en cuanto orientación
general de nuestros órganos económicos, sino también en cuanto línea de conducta para
la propaganda de nuestras labores económicas entre las masas obreras. Nuestras
movilizaciones para el trabajo serán letra muerta y no cobrarán consistencia si no tocamos
el punto sensible de todo lo que hay de honrado, consciente y entusiasta en la clase
trabajadora. Debemos decir a las masas toda la verdad sobre nuestra situación y nuestras
intenciones futuras, y declararlas francamente que nuestro plan económico, aun con el
esfuerzo máximo de los trabajadores, no nos proporcionará mañana ni pasado mañana la
luna y las estrellas, pues en el curso del período más próximo orientaremos nuestra acción
principal hacia el mejoramiento de los medios de producción con objeto de obtener una
mayor productividad. Sólo cuando nos hallemos en estado de restablecer, aunque no sea
más que en mínimas proporciones, los medios de transporte y producción, pasaremos a
la fabricación de objetos de consumo. Así, pues, el producto palpable del trabajo
destinado a los obreros en forma de objeto de uso personal no se obtendrá sino en último
término, cuando hayamos entrado en la cuarta fase del plan económico. Sólo en ese
momento habrá una mejora importante que lime considerablemente las asperezas de la
vida. Para que las masas que han de sufrir aún durante mucho tiempo penas y privaciones
puedan soportar el peso de esto, tienen que comprender en toda su amplitud la lógica
inevitable de este plan económico.
El orden de estos cuatro períodos económicos no debe tomarse en sentido
absoluto. No está dentro de nuestras intenciones paralizar por completo nuestra industria
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
textil; aunque sólo fuera por razones de orden militar no podemos hacerlo. Pero con el fin
de que la atención y las fuerzas no se dispersen bajo la presión de necesidades que se
hacen sentir cruelmente, importa conformarse al plan económico (criterio principal) y
distinguir lo esencial de lo secundario. Ni que decir tiene que no nos inclinamos en modo
alguno hacia un estrecho comunismo social y nacional; el levantamiento del bloqueo y la
revolución europea, sobre todo, impondrán profundas modificaciones a nuestro plan
económico, reduciendo la duración a las fases de su desenvolvimiento y haciéndolas más
próximas unas a otras. Pero no podemos prever cuándo sobrevendrán estos
acontecimientos. Por esta razón hemos de sostenernos y fortalecernos nosotros mismos,
sin tener en cuenta el desarrollo poco favorable, esto es, lentísimo, de la revolución
europea y universal. En caso de que reanudemos, en efecto, las relaciones comerciales
con los países capitalistas, nos inspiraremos igualmente en el plan económico antes
definido. Entregaremos parte de nuestras materias primas a cambio de locomotoras y otras
máquinas indispensables; pero en modo alguno a cambio de vestidos, calzado o artículos
coloniales pues lo que tenemos en mente para de inmediato no es la importación de
objetos de consumo sino de medios de transporte y de producción.
Seríamos ciegos, escépticos y unos avaros pequeñoburgueses si nos figurásemos
que la reconstrucción económica puede ser una transición progresiva de la actual
desorganización económica completa al estado de cosas que la ha precedido, o, en otros
términos, que podemos volver a subir los mismos escalones que ya hemos descendido.
sólo después de un largo período pondremos nuestra economía al nivel en que se hallaba
en vísperas de la guerra imperialista. semejante modo de ver las cosas no sólo no serviría
de consuelo, sino que sería, además, profundamente erróneo. La desorganización que
destruía innumerables riquezas, extirpaba al mismo tiempo muchas rutinas de la
economía, muchas ineptitudes, muchas viejas costumbres, abriendo así el camino a la
nueva estructura económica con arreglo a las variables técnicas actuales de la economía
mundial.
Si el capitalismo ruso se ha desarrollado, no gradualmente, sino a saltos,
construyendo fábricas al estilo norteamericano en plena estepa, razón de más para que
semejante marcha forzada pueda llevarla la economía socialista. Tan pronto como
hayamos vencido nuestra horrible miseria, acumulado algunas reservas de materias
primas y de artículos y mejorado los transportes, libres ya de las cadenas de la propiedad
privada, podremos franquear de un salto muchos grados y subordinar todas las empresas
y todos los recursos económicos al plan de gobierno único.
Podremos también, seguramente, introducir la electrificación en todas las ramas
fundamentales de la industria y en la esfera del consumo personal, sin tener que pasar de
nuevo por “la edad del vapor”. El programa de la electrificación está previsto en Rusia en
cierto número de etapas consecutivas, de conformidad con las etapas fundamentales del
plan económico general.
Una nueva guerra podría retardar la realización de nuestros propósitos
económicos; nuestra energía y perseverancia pueden y deben apresurar el proceso de la
reorganización económica. Pero sea cualquiera que sea la rapidez del curso de los
acontecimientos, es indudable que, como base de nuestra acción (movilización para el
trabajo, militarización de la mano de obra, sábados comunistas y demás aspectos del
voluntariado comunista del trabajo), debe hacerse un plan económico único. El período
en que entramos exigirá de nosotros una concentración completa de toda nuestra energía
para las primeras labores elementales: abastecimientos, combustible, primeras materias y
transportes. Mientras tanto, no debemos dispersar nuestra atención, desperdiciar nuestras
fuerzas ni diseminarlas. Este es el único camino para la salvación.
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dirigir. Que quien desee y se sienta con aptitud para dirigir vaya a las escuelas, asista a
los cursos especiales de instructores y trabaje con ellos como adjunto, con el fin de
observar y adquirir experiencia. Pero el que puede dirigir una fábrica, que no vaya a ella
para aprender, sino para ocupar un puesto administrativo y económico de responsabilidad.
Si aún se considera esta cuestión con un criterio estrecho, diré que el sistema unipersonal
representa una escuela diez veces mejor. Si, en efecto, os es imposible sustituir un buen
trabajador por otros tres poco competentes, y si, a pesar de todo, formáis con ellos un
comité al que están confiadas las funciones más importantes de la dirección, los colocáis
así en la imposibilidad de darse cuenta de lo que les falta. cada uno de ellos cuenta con
los otros cuando se trata de tomar una decisión, y si se fracasa, se echan mutuamente la
culpa unos a otros.
Que esto no es cuestión de principio lo demuestran los mismos adversarios del
sistema unipersonal al no reclamar el sistema de comités para los talleres, corporaciones
y minas. Hasta llegar a declarar que se necesita ser un insensato para exigir que un taller
sea dirigido por tres o cinco personas; según ellos, la dirección debe estar sólo a cargo de
un administrador del taller. ¿Por qué? Si la dirección colectiva es una escuela, ¿por qué
no admitir también esa escuela elemental? ¿Por qué no introducir igualmente en los
talleres la administración colectiva? Y si el sistema de comités no es una condición sine
qua non para los talleres, ¿por qué es indispensable para las fábricas?
Abramovich ha afirmado que, puesto que en Rusia hay muy pocos especialistas
(por culpa de los bolcheviques, repite después Kautsky), tenemos que sustituirlos a la
fuerza por comités obreros. Simples variantes. Ningún comité formado por personas que
no saben el oficio puede sustituir a un hombre competente. Un colegio (o bureua) de
abogados no puede reemplazar a un simple guardagujas. La misma idea de esto es una
idea falsa. El comité por sí mismo no puede enseñar nada a un ignorante. No puede hacer
más que ocultar su ignorancia. Si se coloca a una persona en un puesto administrativo
importante, tiene la posibilidad de ver claramente, no sólo en los demás, sino en sí mismo,
lo que sabe y lo que ignora. Pero nada hay peor que un comité de ignorantes, integrado
por trabajadores mal preparados para la función que se les encomienda y que carecen de
conocimientos especiales. Sus miembros están constantemente desamparados y
desconfían unos de otros, lo que origina la confusión y el desarreglo de toda su labor. La
clase obrera tiene un profundo interés en aumentar su capacidad directora, esto es, en
instruirse. Pero en el dominio industrial sólo puede conseguirlo si la dirección rinde
cuentas de su actividad a todo el personal de la fábrica, y aprovecha estas ocasiones para
poner a discusión el plan económico del trabajo del año o del mes corriente. Todos los
obreros que se interesan seriamente en la cuestión de la organización industrial son
enviados a cursos especiales, íntimamente relacionados con el trabajo práctico de la
fábrica misma. Luego se les obliga a ocupar puestos de importancia secundaria, para
elevarlos después a los más importantes. Así hemos formado a miles y formaremos a
decenas de millares. La cuestión de la dirección de tres o cinco personas interesa, no a las
masas obreras, sino a la burocracia obrera soviética, más retardataria, más débil y menos
apta para un trabajo independiente. Un administrador avanzado, firme y consciente,
procura tomar en sus manos toda la fábrica para probar a los demás y convencerse él
mismo de que es capaz de dirigir. Más si el administrador es débil, intentará unirse a otros
para que su debilidad pase inadvertida. El sistema de comités está lleno de peligros,
porque en él desaparece la responsabilidad personal. Si el obrero es capaz pero
inexperimentado necesita un director. Bajo su dirección adquirirá los conocimientos que
le faltan, y mañana podremos convertirlo en director de una pequeña fábrica. Así seguirá
su camino. Pero si le ocurre caer en un comité donde la fuerza y debilidad de cada uno no
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ambos se recurría a la presión. En uno y otro había muchos oficiales que habían servido
en las filas zaristas. En los dos campos, los fusiles eran iguales, los cartuchos idénticos.
¿cuál es, entonces, la diferencia? Hay una, señores, y se manifiesta por un indicio
fundamental: ¿quién detenta el poder? ¿La clase obrera o la nobleza, los faraones o los
mujiks, la canalla reaccionaria o el proletariado de Petersburgo? Existe una diferencia, y
la suerte de Yudenich, de Kolchak y de Denikin lo acredita. Aquí, los obreros han
movilizado a los campesinos; en ellos, ha sido una casta de oficiales reaccionarios.
Nuestro ejército se ha fortalecido; los ejércitos blancos han quedado deshechos. Hay una
diferencia entre el régimen soviético y el de los faraones, y no en vano los proletarios han
empezado su revolución fusilando en los campanarios a los “faraones” de Petersburgo14.
Uno de los oradores mencheviques ha tratado de presentarme como abogado del
militarismo en general. De los informes que proporciona resulta, ¡ya ven ustedes!, que yo
defiendo nada menos que el militarismo alemán. Yo he demostrado (fíjense ustedes bien
en esto) que el suboficial alemán es una maravilla de la naturaleza y que sus obras son
tan perfectas que no pueden imitarse... ¿Cuál es exactamente mi afirmación? Únicamente
que el militarismo en que todos los caracteres del desenvolvimiento social hallan su
expresión más absoluta, puede ser considerado desde dos puntos de vista: primero, desde
el punto de vista político o socialista (y aquí todo depende de la clase que ocupa el poder);
segundo, desde el punto de vista de la organización, como un sistema estricto de
distribución de obligaciones, de relaciones mutuas regulares, de responsabilidad absoluta,
de ejecución rigurosa. El ejército burgués es un instrumento de opresión despiadada y de
sumisión de los trabajadores, mientras que el ejército socialista es un arma de
emancipación y de defensa de éstos. Mas la subordinación absoluta de una parte a otra es
un rasgo común a todo ejército. Un régimen interno riguroso e indisoluble es la
característica de la organización militar. En la guerra todo descuido, toda ligereza, hasta
una simple inexactitud, pueden ser causa de considerables pérdidas. De aquí la tendencia
de la organización militar a llevar a su más alto grado de precisión la exactitud de las
relaciones y la responsabilidad. Estas cualidades “militares” son apreciadas en todas
partes donde aparecen. Y en este sentido he dicho que toda clase sabía apreciar a los
miembros a su servicio que, en condiciones análogas, han sufrido la disciplina militar. El
campesino alemán que ha salido del cuartel con el grado de suboficial era para la
monarquía alemana (y lo sigue siendo para la república de Ebert) un elemento mucho más
valioso que cualquiera de los restantes campesinos que no han pasado por esta escuela.
El mecanismo de los ferrocarriles alemanes ha sido considerablemente mejorado gracias
a la presencia de oficiales y suboficiales en los puestos administrativos del departamento
de vías de comunicaciones. En este sentido, tenemos que aprender mucho del militarismo.
El camarada Tsipérovich (uno de los militantes más considerados de nuestros sindicatos)
afirmaba aquí que un obrero sindicalista que ha pasado por la disciplina militar durante
años, que ha ocupado un puesto importante, de comisario, por ejemplo, no se ha
inutilizado en lo más mínimo para la acción sindical. Después de haber combatido por la
causa proletaria, ha vuelto al sindicato como antes pero más templado, más viril, más
independiente, más resuelto, porque ha tenido que afrontar grandes responsabilidades. Ha
dirigido a millares de soldados rojos de distinto nivel social, en su mayor parte
campesinos. Con ellos ha vivido las victorias y las derrotas. Ha conocido los avances y
los retrocesos. Ha visto casos de traición bajo su mando, alzamientos de campesinos,
oleadas de pánico; pero, siempre en su puesto, ha contenido a la masa menos consciente,
la ha dirigido, la ha entusiasmado con su ejemplo, sin dejar de castigar despiadadamente
14
Faraones, mote popular que designaba a los agentes de policía zaristas colocados, a finales de febrero,
sobre los tejados de las casas y los campanarios por Protopopov, ministro de interior.
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a los traidores. Es esto una experiencia grande y valiosa. Y así, cuando el exmilitar vuelve
al sindicato, es un magnífico organizador.
En la cuestión del sistema de [comités] o colegios (bureaux) para la
administración de la producción, los argumentos de Abramovich son tan absurdos como
en todos los demás casos. Son los argumentos de un observador extranjero que está al
margen de todo.
Abramovich nos explica que una buena dirección colectiva es preferible a una
mala dirección unipersonal, y que en todo bureau bien organizado debe haber un
excelente especialista. Esto es admirable en todos los sentidos. ¿Por qué los
mencheviques no nos ofrecen algunos cientos de bureaux de esta naturaleza? Presumo
que el Consejo Superior de Economía Popular los aceptaría gustosamente. Nosotros no
somos observadores, sino trabajadores que tenemos que construir con el material puesto
a nuestra disposición. Disponemos de especialistas, un tercio de los cuales es concienzudo
e instruido; otro tercio a medias, y el otro totalmente inútil. La clase obrera es fecunda en
hombres capaces, abnegados y enérgicos. Los unos (desgraciadamente poco numerosos)
poseen ya los conocimientos y experiencia necesarios. Los otros tienen carácter y
aptitudes, pero no conocimientos ni experiencia. Los terceros carecen de ambas cosas. De
este material hay que sacar los directores de fábricas, talleres, etc., cosa imposible de
hacer con simples frases. Ante todo, es necesario seleccionar a los obreros que, en la
práctica, han demostrado ser capaces de dirigir empresas, y darles ocasión de probar sus
aptitudes. Estos obreros desean una dirección unipersonal, pues las direcciones de
fábricas no son escuelas para rezagados. Un obrero enérgico, al corriente de su negocio,
quiere dirigir. Si ha decidido y ordenado, su decisión debe ser cumplida. Puede
sustituírsele: esto es otro problema. Pero mientras sea el dueño (un dueño sovietista y
proletario), dirige la empresa en su totalidad. Si se le nombra miembro de un comité
compuesto de personas más débiles que él y que se encargan también de la dirección, no
se obtendrá ningún resultado positivo. Semejante obrero administrador deberá tener al
lado uno o dos especialistas, según la importancia de la empresa. Si no se tiene a mano
un administrador de esta naturaleza y sí, en cambio, a un especialista concienzudo que
conozca el negocio, le colocaremos al frente de la empresa, y en calidad de auxiliares
pondremos a su lado a dos o tres obreros, con objeto de que toda decisión del especialista
sea conocida por sus adjuntos, sin que éstos tengan, sin embargo, derecho a anularla.
seguirán minuciosamente su trabajo, y de este modo adquirirán conocimientos. Al cabo
de unos meses, gracias a este sistema, estarán en condiciones de ocupar puestos
importantes por sí mismos.
Abramovich, recogiendo mis palabras, ha citado el ejemplo de un barbero que ha
llegado a mandar una división y un ejército. Es verdad. Pero lo que no dice Abramovich,
es que si han empezado a mandar divisiones y ejércitos algunos camaradas comunistas es
porque, antes, habían sido comisarios agregados a comandantes especiales. Toda la
responsabilidad incumbía al especialista, que sabía que había de responder íntegramente
del menor error, sin poder disculparse por su condición de “miembro consultor” de un
bureau...
Hoy, la mayor parte de los puestos de mando del ejército, sobre todo los inferiores,
o sea los más importantes desde el punto de vista político, están ocupados por obreros y
campesinos avanzados. Hemos elevado a los oficiales a los puestos de mando, hemos
hecho comisarios a los obreros, y han aprendido a vencer.
Camaradas: entramos ahora en un período difícil, acaso el más difícil. A las épocas
penosas de la vida de los pueblos y las clases les corresponden medidas implacables.
Cuanto más avancemos, más fácil será la obra, más libre se sentirá todo ciudadano, más
insensible será la coerción del estado obrero. Quizás entonces autoricemos a los
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I
Antes de la guerra, el partido socialista francés se presentaba, en sus cúspides
dirigentes, como la expresión más completa y acabada de todos los aspectos negativos de
la II Internacional: aspiración permanente a la colaboración de clases (nacionalismo,
participación en la prensa burguesa, voto de los presupuestos y de la confianza a
gobiernos burgueses, etc.), actitud desdeñosa o indiferente hacia la teoría socialista, es
decir hacia las tareas fundamentales socialistas-revolucionarias de la clase obrera,
superstición respeto a los ídolos de la democracia burguesa (la República, el Parlamento,
el Sufragio Universal, la responsabilidad gubernamental, etc.), internacionalismo de
ostentación y puramente decorativo junto a una extrema mediocridad nacional, al
patriotismo pequeño burgués y, a menudo, un grosero chovinismo.
II
La forma más clara de protesta contra esos aspectos del partido socialista fue el
sindicalismo revolucionario francés. Como la práctica del reformismo y patriotismo
parlamentarios se disimulaba tras los despojos de un pseudomarxismo, el sindicalismo se
esforzaba en apuntalar su oposición al reformismo parlamentario con una teoría
anarquista adaptada a las formas y métodos del movimiento sindical de la clase obrera.
La lucha contra el reformismo parlamentario devenía, así, una lucha no solamente
contra el parlamentarismo sino contra la “política” en general, una pura negación del
estado en tanto que tal. Se proclamaba que los sindicatos eran la única forma
revolucionaria legítima y auténtica del movimiento obrero. A la representación de tipo
parlamentario, al hecho de sustituir en los pasillos a la clase obrera por elementos que el
eran extraños, se oponía la acción directa de las masas obreras, se atribuía el papel
decisivo a la minoría con iniciativa en tanto que órgano de esta acción directa.
Esta breve caracterización del sindicalismo muestra que éste se esforzaba en darle
una expresión a las necesidades de la época revolucionaria que se acercaba. Pero errores
teóricos fundamentales (los mismos del anarquismo) hacían imposible la creación de un
sólido núcleo revolucionario, bien soldado ideológicamente y capaz de resistir
efectivamente las tendencias patrióticas y reformistas.
La caída del sindicalismo francés en el social-patriotismo se produjo
paralelamente a la del partido socialista. En la extrema izquierda del partido, la bandera
de la insurrección contra el social-patriotismo la desplegó el pequeño grupo dirigido por
Loriot. En la extrema izquierda del sindicalismo, el mismo papel recayó sobre el pequeño
grupo de Monatte y Rosmer; entre los dos se estableció muy pronto el lazo necesario,
tanto en el plano ideológico como organizativo.
III
Hemos indicado que la mayoría longuettista, sin fuerza ni substancia, se confunde
con su minoría renaudeliana.
15
“Los agrupamientos en el movimiento obrero francés y las tareas del comunismo francés. (Para el 2º
Congreso de la Internacional Comunista)”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
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teoría y práctica del sindicalismo, a fin que sus anticuadas supersticiones no obstaculicen
el desarrollo del movimiento comunista revolucionario.
a) Es evidente que si el sindicalismo francés persiste en su “negación”
de la política y del papel del estado ello equivaldrá a capitular ante la política de
la burguesía y ante el estado capitalista. No es suficiente con negar el estado. Hay
que apoderarse de él para poder destruirlo. La lucha por la posesión del estado es
la política revolucionaria. Renunciar a eso es renunciar a las tareas fundamentales
de la clase revolucionaria.
b) La “minoría de iniciativa”, a la que la teoría sindicalista le
abandona la dirección, poniéndola, de hecho, por encima de las organizaciones
sindicales de masas obreras, no puede existir sin tomar forma. Ahora bien, si se
organiza con reglas a esta minoría de iniciativa de la clase obrera, si se la suelda
con una disciplina interna que repose en las necesidades inexorables de la época
revolucionaria, si se le arma con una doctrina justa, con un programa
científicamente elaborado de la revolución proletaria, se obtendrá, precisamente,
un partido comunista, situado por encima de los sindicatos como de todas las otras
formas del movimiento obrero, fecundándolas con sus ideas y dándoles una
dirección de conjunto de su trabajo.
c) Los sindicatos que agrupan a los obreros de rama de industria no
pueden devenir los órganos de la dominación revolucionaria del proletariado. La
minoría de iniciativa (el partido comunista) no puede encontrar tal aparato más
que en los soviets, que agrupan a los obreros de todas las ramas de industria, de
todas las profesiones y, por eso mismo, ponen en primer plano los intereses
fundamentales comunes, es decir los intereses socialistas-revolucionarios del
proletariado.
VI
De todo esto se deduce la imperiosa necesidad de crear un partido comunista
que realice en su seno la fusión total del ala revolucionaria del partido socialista y del
destacamento revolucionario del sindicalismo francés. El partido debe crear su propio
aparato, perfectamente autónomo, rigurosamente centralizado, independiente tanto
del partido socialista como de la CGT y de los sindicatos locales.
La situación actual de los comunistas franceses, que constituyen una oposición
interna, a la vez en la CGT y en el partido socialista, priva al comunismo francés de
su papel de factor autónomo, lo convierte en complemento (negativo) de los órganos
existentes, partido y sindicato, que así permanecen como esenciales. Esta situación le
priva de la combatividad necesaria, de la inmediata ligazón con las masas y de la
autoridad de una dirección.
El comunismo francés debe a todo precio salir de esta fase preparatoria. El
medio es comenzar inmediatamente la construcción de un partido comunista
centralizado y, ante todo, fundar sin tardanza diarios en los principales centros
obreros, diarios que, a diferencia de las actuales publicaciones semanales, no sean
órganos de crítica interna de las organizaciones y de propaganda abstracta, sino
órganos de agitación revolucionaria directa y de dirección política de las masas
proletarias.
La creación de un partido comunista militante en Francia es una cuestión de
vida o muerte para el movimiento revolucionario del proletariado francés.
61
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Estimado amigo,
El carácter político y la constitución de sus partidos le hacen dudar a usted de la
III Internacional. Teme usted ver al movimiento sindicalista francés caer arrastrado a
remolque de un partido político. Déjeme hacerle partícipe de mis ideas al respecto.
Ante todo, tengo que decirle que el movimiento sindical francés, cuya
independencia le preocupa, ya se encuentra a remolque de un partido político. Cierto que
ni Jouhaux ni sus más cercanos lugartenientes, Dumoulin, Merrheim y el resto, todavía
no son diputados, ni pertenecen aún a ninguno de los partidos parlamentarios. Pero esto
se debe, simplemente, a una división del trabajo. En el fondo, Jouhaux lleva adelante en
el dominio sindical una política de acuerdo con la burguesía completamente idéntica a la
que realiza el socialismo francés tipo Renaudel-Longuet en el dominio parlamentario. Si
se le exigiese a la dirección actual del partido socialista francés que trazase un programa
para la CGT y que nombrase a su personal dirigente, no cabe duda alguna: el partido
socialista francés sancionaría el actual programa de Jouhaux-Dumoulin-Merrheim y
dejaría a esos señores en los puestos que ahora ocupan. Si se enviase a Jouhaux y
consortes al parlamento y si se colocase a Renuadel y a Longuet al frente de la CGT, este
desplazamiento no modificaría en nada la vida interna de la clase obrera francesa. Usted
mismo se verá obligado a estar de acuerdo.
El cuadro que acabo de bosquejar prueba precisamente que no se trata de
parlamentarismo o antiparlamentarismo, ni menos aún de adhesión formal a un partido.
Las viejas etiquetas se han borrado y ya no responden a un contenido nuevo. El
antiparlamentarismo de Jouhaux se parece como dos gotas de agua al cretinismo
parlamentario de Renaudel. Por más que el sindicalismo oficial de hoy en día reniegue,
por tradición, de todo partido, de la política de partido, etc., el hecho es que los partidos
burgueses en Francia no pueden desear mejores representantes a la cabeza del
movimiento sindical francés que Jouhaux, igualmente que no pueden desear mejores
parlamentarios “socialistas” que Renaudel y Longuet.
El objetivo revolucionario del proletariado
Cierto, esos partidos burgueses no les escatiman las injurias. Pero es para no
resquebrajar definitivamente su crédito ante el movimiento obrero. Lo esencial no es ni
el parlamento, ni el sindicalismo, lo esencial es el carácter de la política seguida por la
vanguardia de la clase obrera, tanto en el parlamento como en el plano sindical. Una
política verdaderamente comunista, es decir una política que tenga como objetivo el
16
León Trotsky, Carta a un sindicalista francés (dirigida a Monatte, detenido en la Santé), en nuestra serie
Trotsky inédito en internet y en castellano. Esta carta se publicó con el título de “Carta a un sindicalista
francés” en La Vie ouvrière del 26 de noviembre de 1920. Pierre Monatte, dirigente de la Vie ouvrière y
animador de la minoría revolucionaria de la CGT, fue arrestado el 3 de mayo de 1920, algunos días después
del principio de la huelga de ferroviarios, y acusado de “disturbios anarquistas” y de “compló contra la
seguridad del estado”. Se había transferido a la cárcel de presos comunes de la Santé pero pudo conservar
los contactos con el exterior firmando con el pseudónimo Lemont sus artículos en la V.O. No se le podía
enviar a su nombre la carta de Trotsky pues sus relaciones con los revolucionarios rusos constituían una de
las piezas de la acusación. Monatte fue liberado en febrero de 1921.
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17
Alusión a la campaña realizada por Karl Liebknecht en el Reichstag mediante “preguntas escritas” así como a sus
explicaciones de voto contra los créditos militares, reproducidas en panfletos y difundidas clandestinamente gracias a
los espartaquistas.
18
Alusión a la manifestación del Primero de Mayo de 1916 en Berlín, encabezada por Liebknecht, vestido con su
uniforme de soldado de la reserva.
19
En realidad, parece que Liebknecht estaba lejos de tener ideas claras sobre esta cuestión. Ante el congreso de
fundación del PC confesaría que se acostaba partidario de las elecciones y se despertaba partidario del boicot.
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
de obreros que jamás han pertenecido a ningún sindicato y que se han despertado por
primera vez a la revolución.
Pero con formar sóviets no está todo arreglado. Además, es preciso que esos
sóviets tengan una política revolucionaria determinada. Es preciso que distingan
claramente a los amigos de los enemigos, es necesario que sean capaces de acciones
decisivas y de acciones implacables si lo exigen las circunstancias. El ejemplo de la
revolución rusa, el de la revolución en Hungría y en Baviera, demuestran que la burguesía
no depone jamás las armas tras su primera derrota20. Muy al contrario, desde el momento
en que pierde esa batalla su desesperación no hace otra cosa más que multiplicar por dos
o por tres su energía.
Régimen soviético significa régimen de lucha implacable contra la
contrarrevolución indígena y extranjera. ¿Quién, pues, les dará a los sóviets elegidos por
los obreros un nivel de conciencia diferente, un programa de acción claro y preciso?
¿Quién les ayudará a orientarse en el dédalo de la situación internacional y a encontrar la
buena vía? A buen seguro que eso sólo pueden hacerlo los revolucionarios más
conscientes y más experimentados, ligados indisolublemente por la unidad de su
programa. Y, otra vez, es el partido comunista.
Algunos simples (o puede ser que algunos ladinos) denuncian con horror el hecho
que en Rusia el partido “dirige a los sóviets y a las organizaciones profesionales”.
Los sindicatos franceses, dicen ciertos sindicalistas, “reclaman su independencia
y no soportarán que el partido los dirija”. Pero entonces, ¿cómo es que, vuelvo a repetir,
los sindicalistas franceses sufren la dirección de Jouhaux, dicho de otra forma, de un
agente manifiesto del capital angloestadounidense? Su independencia formal no preserva
a los sindicalistas franceses de la influencia de la burguesía. Los sindicalistas rusos han
repudiado semejante independencia. Han derrocado a la burguesía. Y lo han logrado
porque han expulsado de sus filas a los señores Jouhaux, Dumoulin, Merrheim y los han
reemplazado por combatientes fieles, probados, seguros, es decir por comunistas.
Haciendo esto no han asegurado solamente su independencia frente a la burguesía sino
también la victoria sobre ella.
Es verdad, nuestro partido dirige las organizaciones profesionales y los sóviets.
¿Ha sido siempre así? No. Este puesto director el partido del proletariado lo ha
conquistado al precio de una incesante lucha contra los partidos pequeño burgueses,
mencheviques, socialistas-revolucionarios, y contra los neutros, es decir contra los
elementos retardatarios o sin principios. Cierto, los mencheviques derrotados por nosotros
dicen que nos aseguramos la mayoría con la “violencia”. Pero ¿cómo es que las masas
trabajadoras que derrocaron el poder del zar, después el de la burguesía, después el de los
conciliadores que, sin embargo, detentaban el aparato de coerción gubernamental, no
solamente toleran en el presente el poder y la “coerción” del partido comunista dirigiendo
los sóviets, sino que, además, entran en nuestras filas en número cada vez mayor? Ello se
explica solamente por el hecho que la clase obrera rusa ha adquirido una enorme
experiencia. Ha tenido la posibilidad de verificar en la práctica la política de los diversos
partidos, grupos o camarillas, de comparar sus palabras y sus actos y de llegar a esta
conclusión: que el único partido que sigue fiel a sí mismo, en todos los momentos de la
revolución, en los fracasos como en la victoria, ha sido y sigue siendo aún el partido
comunista. También ¿qué puede ser más natural si cada reunión de obreros, cada
conferencia sindical, elige a comunistas para los puestos más importantes? Es la
definición misma del papel dirigente del partido comunista.
20
En Hungría y en Baviera, igual que en Rusia, la toma del poder por los consejos (sòviets) marcó el principio de la
guerra civil.
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21
“Intervención en la Conferencia de los Transportes convocada por el Comité Central de los Transportes
(Tsektran)”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
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Esta idea es absolutamente falsa y de tal naturaleza que cierra toda vía para cambiar al
sindicato corporativo en sindicato de producción. Si ahora les pedimos a los sindicatos
que colaboren con el estado obrero y el partido comunista dirigente, será preciso ante todo
recuperar en los otros dominios a todos los militantes capaces de reforzar los transportes.
De ahí las nominaciones, es decir el reparto de nuestras fuerzas en los diversos puestos.
Negar este método y luchar sin discernimiento contra las nominaciones, oponiéndoles el
principio de la elección, es olvidar la naturaleza del estado proletario, es repetir lo que era
conveniente ante el estado representante de una clase enemiga, por ejemplo en la época
de Kerensky, pero lo que no es conveniente ya en la época en la que la clase obrera misma
está en el gobierno.
Sin embargo, existen elementos que declaran la guerra a las nominaciones. Esto
es tradeunionismo; ahora bien, el tradeunionismo amenaza con reducir los sindicatos a la
nada, quitándoles toda razón de ser. Los antiguos sindicatos luchaban para asegurar la
participación de los obreros en la riqueza nacional que ellos creaban. Los sindicatos
actuales no pueden luchar más que por el aumento de la productividad del trabajo, puesto
que este es el único medio de mejorar la situación de las masas obreras.
En determinados sindicatos, en particular en este, cuando un trabajador honesto y
abnegado, que ha dado pruebas en diferentes campos de su celo hacia la clase obrera, lo
destaca el estado que lo lleva de una rama de trabajo a otra, hay gentes que entonces le
declaran la guerra ¡porque ha sido nombrado desde arriba!
Si examinamos la cuestión del llamado burocratismo que ejerce un gran papel en
la vida laboral (señalo entre paréntesis que ese burocratismo ha sido reconocido como un
hecho en las administraciones soviéticas y ha hecho nacer la palabra “centrocracia”, de la
que se ha hecho un uso bastante amplio), esa campaña contra el burocratismo descansa
en los prejuicios tradeunionistas, en la no comprensión del papel del estado obrero. He
llegado a escuchar decir a determinados sindicalistas que el comité central de nuestra
federación funciona mejor en determinados aspectos sin duda alguna, pero que reina en
él tal papeleo que el primer obrero llegado a él se ahogará en ese papeleo. Esto es
considerar al sindicato como una pequeña organización doméstica, tal como existía en
épocas pasadas, reducido a vivir clandestinamente; ese carácter portátil era entonces una
calidad indispensable para toda organización sindical. Pero si hoy en día nos proponemos
dirigir la producción en su conjunto, tener la lista exacta de todos nuestros afiliados,
controlar su acción de evaluar al personal dirigente de nuestros sindicatos está claro que
nuestra federación debe construirse sobre bases nuevas más juiciosas, científicamente
establecidas. Está claro que nos ha faltado comenzar reconstruyendo el centro director:
tanto peor si en él hay mucho papeleo. Para nosotros esta es una cuestión de vida o muerte.
No sé qué prejuicio contra la organización a lo grande y sobre bases científicas se oculta
todavía a menudo en el subconsciente de determinados camaradas comunistas. Estimo
que nuestro comité central ha logrado una gran victoria al crear en el centro un aparato
científicamente construido. El hecho que nuestro comité central posea el estado de
nuestras fuerzas y de todos nuestros recursos ya es un inicio, es ya el mango de la palanca.
La burocracia no está allí. El burocratismo es eso que he llamado la “centrocracia”.
Presenta muchos aspectos negativos; sin embargo, es una etapa transitoria inevitable en
la construcción de la economía socialista. Hemos hecho el inventario de la metalurgia, de
los abastecimientos, de los transportes; hemos nacionalizado todo eso y lo hemos
agrupado en organizaciones verticales; el fallo es que no hay ahí bastantes pasarelas entre
esas organizaciones, pasarelas que permitan a todos los productos, al personal, a los
recursos y a las ideas, pasar de una a la otra por el camino más corto, y a los intercambios
realizarse con el menor gasto de energía. El problema consiste en crear esas pasarelas.
Todavía no hemos hecho más que empezar a resolverlo. Semejante dirección única y
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particular? No tenemos ningún aparato para eso. Y, sin embargo, nuestros transportes se
hundirán inmediatamente si todo el personal en su conjunto no se militariza interna y
moralmente. Actualmente la democracia se propone reducir el ejército. ¿Con qué medios?
Aumentando su conciencia, su militarización moral. Mediante ello aumentará su valor
militar, lo que permitirá reducirlo al menos a la mitad. Sin eso, la disciplina externa sigue
estando en el aire. La verdadera militarización del ejército no comienza más que cuando
está imbuido de la conciencia de su papel. Se nos dice que esa militarización es contraria
a los métodos de la democracia obrera. Para nada del mundo. Consiste solamente en que
las masas deben determinar ellas mismas una organización y una actividad productora
tales que una presión de la opinión pública obrera se ejerza imperiosamente sobre todos
aquellos que lo obstaculizan. He ahí en qué consiste en el fondo la militarización. Todo
el resto solo son detalles técnicos. Cuanto más marchemos hacia ello, más se apoyará esa
militarización en la masa obrera, en el trabajo organizado y consciente de las masas. Es
necesario que los sindicatos se conviertan en el aparato que llama a las masas a colaborar
en la producción. Para ello, no hay que colocarse en el terreno de no se sabe qué lucha
externa contra una burocracia que sería extraña, sino luchar en el interior contra los
prejuicios retardatarios y la rutina. Si cogemos a un obrero a parte en su taller, cuando ese
obrero reflexione sobre los perfeccionamientos que puede aportar a sus instrumentos y
procedimiento, donde hay que colocar la puerta para economizar cada día el mayor
número posible de pasos inútiles, cuando reflexione en todo eso, ya se habrá realizado lo
esencial de la verdadera democracia obrera.
Hay que preguntarse cuál es la razón de ser de la democracia política. No es más
que un marco al que hay que darle un contenido. Según mi opinión ahí radica el principal
papel del Comité Central de los Transportes. Hoy en día se ha asegurado la simpatía de
los mejores y más antiguos profesionales. No pasa completamente lo mismo en los
transportes fluviales, pero mañana o pasado mañana también obtendremos en ellos el
resultado. Tenemos la firme esperanza. Pero eso no es más que una parcela del trabajo,
solo es el aparato, que después tendrá que abordar enseguida el problema nuevo que
ningún sindicato ha resuelto todavía y no podía resolver porque no se planteaba aún. Ese
problema es la organización de las masas en la producción y para la producción. Justo
ahora lo abordamos. Aquí la propaganda a favor de la producción es el deber de cada
especialista de los transportes: debe consagrar cierta parte de su tiempo a exponerles a las
masas obreras los problemas técnicos de los transportes, en un lenguaje accesible para
todos y en estrecha relación con el trabajo cotidiano. No puede quedar ni un obrero que
ignore de qué se trata. Todos deben ser organizadores de la vida económica, todos deben
ser actores conscientes del trabajo nacional. Lo que hay que crear no es simplemente una
democracia obrera, sino una democracia del trabajo. Es decir que hay que constituir una
organización de las masas obreras tal que cada productor sea sopesado y conocido, y
apreciado desde el punto de vista de lo que ha dado a las masas trabajadoras como mejora
real de su situación material.
Se puede decir con plena certeza que a pesar de toda nuestra pobreza somos
capaces, hoy en día, con la iniciativa de cada uno de nuestros trabajadores locales, de
mejorar en un centésima o en una quincuagésima la situación de los obreros, siempre que
uno se vuelque seriamente en ello, y siempre que los obreros más avanzados se pongan a
aportar los elementos de colectivismo en esos dominios más retardatarios donde reina
todavía el espíritu burgués, donde la mujer todavía lava la ropa interior mientras que el
hombre, que ha conseguido por medios individuales una lezna, repara por sí mismo sus
zapatos. Si tomamos en cuenta solamente esos detalles que son los talleres cooperativos
de zapatería, o bien los restaurantes comunales (no como lo son demasiado a menudo,
sino clocados bajo el control efectivo de la elite de la población y de una buena inspección
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I
Dos tipos de cuestiones acaparan actualmente la atención del partido comunista:
la democracia obrera y la organización económica.
La palabra democracia, que designa a un régimen político muy determinado, se
emplea de forma completamente inapropiada en el caso presente para designar un
régimen que asegure la acción directa de las masas trabajadoras en los órganos políticos,
profesionales y administrativos. Este abuso del lenguaje puede incluso dar lugar a
malentendidos, sobre todo en el extranjero donde los mencheviques y los kautskystas
tratarán de aprovecharse de la terminología incorrecta de nuestras discusiones internas
para sacar provecho de ello. Sin embargo, como la palabra democracia, a falta de otra, ya
ha entrado en uso, nos es suficiente con recordarlo nosotros mismos y recordar al resto
que no se trata de esa democracia formal donde todo un ritual complejo y minuciosamente
estudiado pretende expresar la soberanía de las masas, la responsabilidad de las élites ante
el pueblo, etc., etc., y en realidad solo oculta la dictadura interesada de una minoría de
explotadores sobre la mayoría trabajadora. Por democracia obrera o soviética entendemos
la participación real y cada vez más amplia de los trabajadores en la construcción de la
nueva sociedad. Precisamente esta acción positiva de las masas, guiada por la unidad de
objetivos, es la que compensa en la práctica la distancia existente entre los elementos
avanzados y los elementos retardatarios de la clase trabajadora.
No obstante, si ha sido necesario usar el término democracia obrera y no
contentarse con la denominación general de régimen soviético, el motivo ha sido que
durante sus tres años de existencia el régimen soviético se ha visto forzado, a causa de las
circunstancias exteriores y también en parte internas, bien a contraerse, bien a ampliarse,
reduciendo a veces al mínimo la participación directa de los órganos soviéticos más
amplios en la decisión de las cuestiones más importantes. Al limitarse así a sí mismo
temporalmente, el régimen soviético, que en todo y en todas partes es el régimen no de la
forma sino del fondo, mostraba su extraordinaria vitalidad y su extrema flexibilidad. El
estrechamiento de los órganos soviéticos, realizado bajo la dirección del partido
comunista, vino condicionado por la dificultad excepcional de nuestra situación militar y
exterior, y sólo pudo tener lugar y mantenerse porque nuestro partido, en masa,
comprendió el sentido y su necesidad y lo realizó conscientemente.
Pero precisamente por esta razón, tan pronto como la cuestión del frente, es decir
la cuestión de vida o muerte para la república soviética, cesó de estar suspendida sobre el
país, nuestro partido se dio cuenta inmediatamente de que ahora era necesario conocer
nuestras fuerzas y recursos internos y agruparlos para resolver los problemas del
momento. Si la cuestión de vida o muerte reclamaba en determinada época el máximo de
concentración de la voluntad del partido y del estado, la cuestión de la existencia ulterior
de la Rusia soviética sólo puede resolverse con el máximo de actividad del partido, con
la máxima ligazón entre él y las masas, teniendo en cuenta su experiencia y su
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“Nuevo período, nuevos problemas”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
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objetivo de la educación que hay que realizar es infinitamente más amplio, más profundo
y colosal, que el de la educación militar. El ejército ha tomado a millones de hombres
durante algunos años, el trabajo económico abarca a decenas y centenares de millones de
hombres y exige de ellos el máximo de esfuerzos durante toda una época histórica.
Para dirigir la educación económica de esos millones de hombres (la propaganda
a favor de la producción sólo es uno de los aspectos de esa acción), el partido comunista
debe reeducarse, ante todo, a sí mismo. A primera vista, puede parecer que, siendo la
clase obrera precisamente la clase de la producción, esa educación debe ser fácil para
todos los obreros. Pero éste es un profundo error. Las masas obreras están habituadas al
automatismo. En cuanto a la vanguardia de los obreros, siempre ha estado enfocada y se
ha esforzado en llevar a las masas a la lucha activa contra el sistema capitalista de
producción. Sosnovsky tiene toda la razón cuando dice en alguna parte que la acción
clandestina, la revolución y la guerra civil, han sido, en cierto sentido y para determinado
período, una muy mala preparación para la producción no solamente para las masas sino,
ante todo, para la misma vanguardia. El obrero productor es quien aborda su instrumento,
su establecimiento, fábrica, explotación, desde el punto de vista de la buena organización
del trabajo, de la disposición científica de la producción, del aumento del rendimiento. Le
enseña a la masa, con palabras o con ejemplos, que su interés de consumidor no puede
satisfacerse más que en el dominio de la producción. El deseo de suprimir el hambre, el
frío, las epidemias y la ignorancia deben traducirse en los trabajadores en una voluntad
consciente de elevar su trabajo a la altura de las necesidades. Las formas de organización
deben apreciarse ante todo desde el punto de vista de la producción. El productor, el
organizador, el buen administrador, deben tener un excepcional peso en la confianza de
los trabajadores de las ciudades y aldeas.
En ese trabajo, fundamental y decisivo, consistente en realizar la educación
económica de las masas y seleccionar a los obreros productores para colocarlos a la
cabeza, el primer lugar debe pertenecer a los sindicatos. Solamente ahora, tras la
supresión de los frentes y la entrada del país en la gran ruta económica, nuestras
federaciones productoras ven abrirse ante ellas un verdadero campo de acción. Solamente
ahora los sindicatos pueden realizar su verdadera vocación en un estado obrero y devenir
organizaciones que agrupen a los trabajadores no desde el punto de vista únicamente de
las ramas de la producción sino para la producción, ejerciendo un papel verdaderamente
director en esa producción. Ello supone que esos sindicatos, a partir de sus primeros
escalones, estén penetrados del punto de vista de la producción y que seleccionen a los
hombres partiendo del mismo punto de vista.
El partido comunista ha formado al obrero campeón de la causa proletaria, en la
vida cotidiana, en los más pequeños detalles de su existencia en la fábrica; ha despertado
en él la conciencia de clase, el odio a los explotadores y a la explotación; sin descanso ha
ampliado su horizonte y templado su voluntad. Le ha enseñado a ser intransigente no
solamente con los traidores sino, también, con los dubitativos. Haciendo eso, el partido
comunista se ha creado a sí mismo.
Ha formado, en estos dos o tres últimos años, al obrero comandante, comisario o
solado rojo. Ha unido el deseo de la victoria revolucionaria a determinado sistema militar;
ha superado el estrecho prejuicio del ejército de guerrilleros, ha ampliado la conciencia
del comunista del ejército rojo hasta los problemas gubernamentales e internacionales.
Ahora, hay que crear, formar y empujar a la acción, al tipo de productor
económico y del constructor de la Rusia comunista. Por su naturaleza, ese trabajo debe y
puede realizarse haciendo un llamamiento infinitamente más amplio a las masas del que
era necesario para el trabajo militar. El objetivo no consiste solamente en encontrar y
seleccionar a millares y decenas de millares de militantes para reforzar nuestros sindicatos
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y órganos de administración económica; esta es una parte muy importante del problema
pero sólo es una parte; es necesario, y esto es el fondo de la cuestión, enseñarle a la masa
a llevar por sí misma a sus militantes a los puestos directivos y a sostenerles en nuestra
tarea fundamental, que es la de aumentar los recursos materiales del país. La cuestión de
las nominaciones ocupará tanto menor lugar, en la práctica y en las discusiones, cuanto
los sindicatos estén más profundamente penetrados ellos mismos y penetren a las masas
del criterio económico.
He ahí lo que debe ser objeto de la atención de la vanguardia obrera. Si nuestra
situación internacional crea condiciones más favorables para el desarrollo de la
democracia obrera, las exigencias económicas internas y todo el sentido del régimen
soviético quieren que nuestra democracia sea una democracia productora. Entonces se
podrá decir que el estado soviético está en vías de convertirse en la sociedad comunista.
80
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
Las discusiones del partido sobre los sindicatos han sido ya positivas por el hecho
de haber contribuido a esclarecer desacuerdos reales y suprimir falsas divergencias o
simples dudas.
En el transcurso de la discusión han surgido en el seno del partido tres puntos de
vista sobre el problema de los sindicatos.
El “Grupo de los Diez” aprueba la política que ha seguido el Presidium del
Consejo Superior Central de los Sindicatos y se opone en consecuencia a un cambio
radical de los métodos y los ritmos de trabajo de los sindicatos, reconocidos como
necesarios por el IX Congreso del Partido. El “Grupo de los Diez” se niega a reconocer
la profunda crisis de los sindicatos, que revela sin embargo, el foso que separa a los
sindicatos de la economía y la inadecuación de los métodos empleados y de los problemas
de producción.
Al mismo tiempo que subraya con justicia la necesidad de que todos los sindicatos
recurran a los métodos de la democracia obrera, el “Grupo de los Diez” parece ignorar
que los métodos democráticos en el seno de los sindicatos no pueden por sí mismos
superar la crisis, si al mismo tiempo no evoluciona la situación y el rol de los sindicatos
dentro del estado obrero.
Las conclusiones prácticas de la plataforma de los “Diez” aunque hacen a nuestros
ojos una serie de concesiones, consagran plenamente la ruptura de los sindicatos y de las
organizaciones económicas; esta ruptura sólo es tocada ocasionalmente por “acuerdos” o
más bien por ataques.
La plataforma de la Oposición Obrera proviene de la voluntad perfectamente justa
y legítima de concentrar la gestión de la industria en manos de los sindicatos; pero tiende
también de más en más hacia el “sindicalismo” (trade-unionismo), lo cual es una posición
falsa tanto desde el punto de vista práctico como teórico.
Haciendo abstracción del hecho de que los organismo económicos han sido
creados gracias a la cooperación de los sindicatos y que, a pesar de ciertos aspectos
burocráticos, han acumulado la experiencia de un estado obrero, la Oposición Obrera
propone sencillamente hacer una cruz sobre la actual organización económica; en vez de
transformar y perfeccionar los organismos económicos cada vez más complejos, la
Oposición Obrera pretende reemplazarlos artificialmente por representantes elegidos por
los obreros, tanto en las usinas y en las minas como en las instituciones económicas
elevadas de la república.
Tal solución conduciría inevitablemente (independientemente de las intenciones
de los autores de la propuesta) a la atomización de las fábricas y de las usinas, a la
destrucción del aparato económico centralizado y al fin de la influencia dirigente del
partido sobre los sindicatos y la vida económica.
23
“Plataforma de Trotsky, Bujarin, etc., para el X Congreso del Partido Comunista Ruso (Bolchevique)
[Cuestión sindical]”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano. Congreso celebrado del 8
al 16 de marzo de 1921. León Trotsky corredactor y cofirmante.
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aún, lo que, sumado a la falta de adaptación de los métodos de los sindicatos para sus
tareas, provocaron la crisis interna por la que atraviesan.
3.- Los trabajadores de vanguardia de los sindicatos, pero también todos los
miembros del partido, deben esforzarse por todos los medios por animar y reforzar
ideológicamente a los sindicatos, por crear lazos justos y sólidos entre los sindicatos y los
organismos económicos, por adaptar los métodos de trabajo de los sindicatos a sus tareas;
así se asegurará la creciente influencia de los sindicatos en la organización de la
producción. Tales son las tareas del partido en nuestra época de construcción económica.
Los sindicatos como sostén del partido
4.- Aun estando fundamentalmente ocupados en los problemas de la organización
económica, los sindicatos deben desarrollar y profundizar su carácter de organismos de
masa de la clase obrera: deben participar en la vida del estado soviético sistemática e
incansablemente, en la vida de los millones de trabajadores, incluida la de las capas más
retardatarias de la ciudad y el campo.
La unión real de millones de trabajadores en los sindicatos (es decir una unión
viva, consciente y no formal) sólo puede ser lograda si los sindicatos mismos participan
activamente en la vida económica del país. Recíprocamente, el partido no puede tener una
base de clase más que si los sindicatos hacen participar a millones de proletarios en un
trabajo económico consciente; sólo con esta condición el poder soviético tendrá
posibilidades de superar las dificultades causadas por la división y el retraso, tanto
económico como político, de varios millones de campesinos.
El trabajo de educación de los sindicatos (“escuelas de comunismo”)
5.-La transformación de los sindicatos en uniones de producción (no sólo
formalmente, sino también por su trabajo y sus métodos) es uno de los grandes problemas
de nuestra época.
El trabajo de educación de los sindicatos, que permite llamarlos “escuelas de
comunismo”, cambia radicalmente su rol y sus métodos. En las estructuras burguesas, los
sindicatos cumplían su trabajo de educación, sobre todo apoyándose en la lucha de clases
en el terreno económico; actualmente ese trabajo de educación debe estar fundado en la
participación de las masas en la organización de la producción.
6.- Al mismo tiempo que se ocupan de los diversos aspectos de la vida de los
obreros, luchando contra las manifestaciones de la burocracia y la arbitrariedad, los
sindicatos deben poner el eje de su trabajo en la organización de la economía misma; la
energía consagrada a las viviendas, a la ropa, a los libros, los periódicos, al teatro, sólo
tendrá efecto en la medida en que esas ramas económicas obtengan resultados
satisfactorios, lo que depende del rol de los sindicatos en la producción (sindicato de
albañiles, de impresores, de trabajadores del vestido…)
La Unión de Producción debe englobar a todos los trabajadores indispensables a
una rama determinada de la economía, desde la mano de obra hasta el ingeniero más
calificado sometido al régimen de la organización de la clase proletaria.
Los sindicatos deben considerar siempre el valor de sus miembros en tanto
productores.
Los sindicatos deben fijar un número creciente de tareas sindicales precisas a los
obreros que ocupan los puestos administrativos y técnicos. El trabajo realizado por el
sindicato debe constituir un complemento indispensable y obligatorio del trabajo
administrativo y del trabajo de producción.
8.- Las masas trabajadoras deben tomar conciencia de que mejor defienden sus
intereses quienes elevan la productividad del trabajo, quienes restablecen la economía y
aumentan la cantidad de bienes disponibles. Administradores y organizadores de este tipo
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
deben ser nombrados en cuanto satisfagan las exigencias políticas indispensables, en los
puestos dirigentes de los sindicatos con simples obreros y sindicalistas profesionales.
Durante las elecciones, la presentación y el sostén de los candidatos, hay que tener
en cuenta no sólo su tenor político sino su capacidad económica, su experiencia
administrativa, su competencia para organizar la producción, su interés realmente dirigido
a las necesidades materiales y espirituales de las masas.
Los sindicatos deben crear un nuevo tipo de sindicalista: harán falta los
economistas enérgicos dotados de espíritu de iniciativa, tan preocupados por el
crecimiento de la producción como por su distribución y su consumo, y que no actúen
tanto como mandantes y contratistas del poder soviético sino como organizadores y
patrones.
9.- La propaganda de la producción tiene por finalidad instaurar nuevas relaciones
entre los obreros y la producción. Bajo el capitalismo, el pensamiento del obrero no podía
desarrollarse más que en la medida en que escapaba de la pinza del trabajo retribuido;
actualmente, la reflexión, la iniciativa y la voluntad de los trabajadores deben
concentrarse ante todo sobre la organización de la producción misma, en la construcción
y la instalación de herramientas y máquinas, en la automatización y la mecanización, en
la distribución racional del trabajo en los talleres, usinas, departamentos, en los organismo
de la direcciones, de los glavk, de los comisariados.
A partir de hoy los sindicatos deben consagrar la mayor parte de su actividad a
este trabajo de agitación y de propaganda, preciso, inagotable, eternamente renovado
sobre la base de la experiencia práctica; la propaganda oral y escrita debe completar los
ejemplos concretos y prácticos. La capacidad y el éxito del Programa de Producción de
los Sindicatos son las mejores pruebas de su vida y valor.
La estatización de los sindicatos
10.- En realidad la estatización de los sindicatos ya ha ido extremadamente lejos
en lo que concierne a la acción del estado sobre los trabajadores: merced al sindicato, el
estado registra a los obreros, les fija tareas precisas, determina las normas y el salario de
trabajo, los castiga en caso de abandono del trabajo obligatorio o de indisciplina.
El otro aspecto del proceso de estatización (la acción de los trabajadores
organizados según el principio de producción en la organización de la economía) no está
suficientemente desarrollado. Ahora bien, sólo este aspecto de la estatización de los
sindicatos habría podido asegurarles una posición justa en el estado obrero y permitir a
las masas trabajadoras comprender el carácter socialista del servicio de trabajo obligatorio
efectuado bajo el control de los sindicatos y necesario a toda reconstrucción económica
sólida.
11.- La concentración progresiva de la gestión de la producción en manos de los
sindicatos que exige nuestro programa significa que los sindicatos deben convertirse en
aparatos del estado obrero; hay que proceder entonces a la fusión progresiva de los
sindicatos y de los organismos soviéticos.
El problema no consiste en llamar a los sindicatos “aparatos del estado”, sino en
transformarlos realmente en organizaciones de producción, colocando cada rama
industrial bajo la dirección del estado y que los sindicatos sean responsables tanto de los
intereses de la producción como de los de los productores industriales. El ritmo de la
estatización podrá ser fijado en función de las condiciones en las que se desarrollará
nuestro crecimiento general. Pero los trabajadores deben conocer las direcciones que va
a tomar el movimiento sindical. Por fin, la creciente influencia de los sindicatos sobre la
organización de la economía debe corresponder a su estatización real, es decir a su acción
sobre las fuerzas vivas del trabajo.
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
El X Congreso estima que el Glavpolitput ha ejecutado las tareas para las cuales
fue creado y que su liquidación queda actualmente justificada.
17.- El partido debe esforzarse por transformar el Consejo Superior Central de los
Sindicatos, que reúne algunos millones de miembros, en una organización poderosa capaz
de cumplir bien las tareas del movimiento sindical panruso y reforzar su unidad y
disciplina.
El X Congreso del PCR confirma la resolución adoptada por el IX Congreso:
“Si alguna vez se plantea al proletariado como clase, el problema de tener que
recurrir a una organización militar del trabajo (es decir, a un trabajo efectuado con más
rapidez, más puntualidad y que exija grandes esfuerzos y sacrificios por parte de los
trabajadores) deberán resolverlo en primer lugar los órganos administrativos de la
industria, y en consecuencia los sindicatos.” No fue posible constituir el Ejército Rojo sin
haber eliminado los Comités Electorales. Inversamente no será posible restablecer la
economía en el nivel deseado sin desarrollar paralelamente a los sindicatos fundados
sobre el principio de la democracia obrera.
18.- Todos los sindicatos deben educar a las masas, impulsarlas a reflexionar sobre
todos los problemas fundamentales de la Unión Soviética, respetar el principio de
elección de todos los niveles, en una palabra, poner en práctica los métodos de la
democracia obrera. No obstante, el X Congreso constata que con sólo recurrir a los
métodos de la democracia obrera en el seno de los sindicatos (sin cambiar la situación y
el rol de los sindicatos en el estado obrero) no se podrán resolver los problemas vitales de
la construcción de la economía socialista.
Medidas prácticas
19.- Es anormal que el Consejo Superior Central de los Sindicatos y los Comités
Centrales de determinadas uniones de producción queden fuera del trabajo económico.
Actualmente todos los militantes sindicales que han dado pruebas de capacidad de
organización, capacidad económica administrativa, se han apartado de los sindicatos y
por lo tanto de las masas; han sido absorbido por el aparato de producción; hay que poner
fin a este estado de hecho.
20. Es necesario que los sindicatos participen directamente de la elaboración de
los planes económicos y de su ejecución.
El estado obrero no debe hacer distinciones entre los especialistas de la
organización de la producción y los especialistas de la organización del movimiento
sindical. El principio general debe ser que, quien es necesario en la producción socialista
también lo es el sindicato; inversamente todo sindicalista de valor debe participar en la
organización de la producción.
El Consejo Superior Central de los Sindicatos y los Comités Centrales de los
Sindicatos deben orientar el trabajo de las uniones profesionales en este sentido.
21.- A fin de asegurar la coordinación de su trabajo, Uniones de Producción y
organizaciones económicas deben tener los mismos límites territoriales, es decir deben
tener bajo su competencia el mismo número de empresas fijado según la estructura y las
necesidades de una rama de producción determinada.
Durante la reorganización de los sindicatos y de su campo de acción, hay que tener
en cuenta, en primer término, las exigencias de la economía tanto como las del
movimiento sindical.
El X Congreso estima que es indispensable crear una Comisión Central
(compuesta por una parte por el Consejo Superior Central de los Sindicatos y por la otra,
por el Consejo Superior de la Economía, el Comisariado de Agricultura, el Comisariado
de Vías de Comunicación) que tenga por misión asegurar, merced a reagrupamientos, la
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
30.- Las secciones económicas de los sindicatos, reforzadas por los mejores
administradores y técnicos de las organizaciones económicas, deben contribuir a mejorar
la producción, facilitar la mecanización e introducir la innovación.
31.- Las sub secciones que se encuentren en las usinas (o células de cooperación
en la producción) tienen relaciones determinadas y precisas con la dirección; ésta está
obligada a examinar las propuestas técnicas u organizativas presentadas por las células y
a dar cuenta periódicamente de la utilización de las reformas propuestas ante la asamblea
de la usina.
32.- Se debe comunicar a los sindicatos los datos relativos al reparto de fuerzas de
trabajo, a la protección del trabajo, y a la política de normas y salarios. Los sindicatos
harán mejor trabajo cuanto más próximos estén de las organizaciones económicas.
Observación: El Comisariado de Trabajo confía gran parte de sus funciones a los
sindicatos.
34.- Los sindicatos, responsables ante el estado obrero y campesino, están
encargados de resolver los conflictos que surjan entre los obreros y las organizaciones
económicas.
34.- Los sindicatos deben examinar muy profundamente a todos los especialistas.
Es necesario distinguir tres categorías en función de su pasado en la guerra civil:
a) los especialistas sometidos a prueba (ex partidarios de Kolchak y
Wrangel);
b) los candidatos;
c) los miembros integrales del sindicato.
Sólo los especialistas de la última categoría pueden pretender ocupar puestos de
responsabilidad sin ser controlados por comisarios.
Los de la segunda categoría deben ser controlados por un comisario de las uniones
de producción. Los de la primera categoría sólo pueden ser consultados por los
administradores que sean miembros del sindicato. Por esto la pertenencia al sindicato
reviste gran importancia tanto para los especialistas como para los obreros.
35.- La competencia de los tribunales disciplinarios organizados por los sindicatos
se extiende a todo el personal administrativo, aun al personal no agremiado.
36.- El principio de la dirección única debe mantenerse en las empresas
industriales, aun cuando subsista un cierto paralelismo entre las uniones de producción y
las organizaciones económicas, inevitable en nuestra época de transición. Las direcciones
de las empresas deben ser designadas de manera de ser transformadas en organismos
económico-administrativos, constituidos por los sindicatos y conservando estrechos lazos
con ellos. En esas condiciones el problema de la mezcla o de la no mezcla del sindicato
en la gestión de la producción ya no tiene razón de ser.
37.- No hay ni puede haber esquema de organización que prevea todos los tipos
de relaciones posibles entre los sindicatos y las organizaciones económicas. En este
terreno hay que dar pruebas de dinamismo, de espíritu de iniciativa; es necesario crear
combinaciones personales adaptadas a las realidades concretas, sin olvidar, de todos
modos, la unidad de las siguientes tareas:
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
Las relaciones del partido comunista con la clase obrera en Francia son, como
dije, más favorables que en Alemania. Pero la influencia política del partido sobre la clase
obrera, aumentada gracias a un golpe hacia la izquierda, no alcanza aún en Francia forma
precisa, sobre todo en lo que se refiere a organización. Esto se nota perfectamente en lo
que atañe a la cuestión sindical.
Los sindicatos representan en Francia, en medida más limitada que en Alemania
y países anglosajones, una organización que abarca millones de obreros. En Francia, el
número de los obreros sindicados también ha aumentado enormemente en el transcurso
de los últimos años.
Las relaciones entre el partido y la clase obrera encuentran su expresión en la
actitud del partido hacia los sindicatos. Esta simple manera de enfocar el asunto, ya nos
demuestra hasta qué extremo es injusta, antirrevolucionaria y peligrosa, la teoría de la
susodicha neutralidad, de la plena “independencia” de los sindicatos respecto al partido,
etc. Si los sindicatos, por su tendencia, son una organización de la clase obrera en su
conjunto, ¿cómo va a mantener una verdadera neutralidad en relación con el partido o
mantenerse “independiente”? Pero es que esto equivaldría a la neutralidad, es decir, a su
completa indiferencia hacia la revolución. Y, por lo tanto, en lo que concierne al problema
fundamental, el movimiento obrero francés adolece de falta de claridad, y la misma
claridad falta dentro del mismo partido.
La teoría de la división del trabajo, absoluta, entre el partido y los sindicatos, y de
su independencia mutua, es, bajo su forma definitiva, el producto de la evolución política
francesa por excelencia. El oportunismo más puro yace en el fondo de esta teoría. En el
largo tiempo en que una aristocracia obrera organizada en los sindicatos concreta
contratos colectivos, y en que el partido socialista defiende las reformas en el parlamento,
son más imposibles aún una división del trabajo y una neutralidad mutua. Pero tan pronto
como la verdadera masa proletaria entra en la lucha y el movimiento comienza a tomar
carácter auténticamente revolucionario, el principio de neutralidad degenera en una
escolástica reaccionaria. La clase obrera no puede vencer más que si tiene a su cabeza
una organización que represente su historia, experiencia viva, generalizada desde el punto
de vista de la teoría, y que dirige prácticamente toda la lucha. Gracias a la significación
misma de su tarea histórica, el partido no puede encerrar en sus filas más que a la minoría
más consciente y activa de la clase obrera; por el contrario, los sindicatos buscan
organizar la clase obrera en su totalidad. Aquel que admita que el proletariado necesita
una dirección política de su vanguardia organizada en partido comunista, admite, por la
misma razón, que el partido debe convertirse en fuerza directiva en el interior de los
sindicatos; esto es, en el seno de las organizaciones de masas de la clase obrera. Y, sin
embargo, existen en el partido francés algunos camaradas que ignoran esta verdad tan
elemental y que, como Verdier, por ejemplo, luchan intransigentemente para prevenir a
los sindicatos contra cualquier influencia del partido. Es evidente que tales camaradas han
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Tomado de Una escuela de estrategia revolucionaria, páginas 30-32 del formato pdf en estas mismas
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
entrado en el partido por equivocación: un comunista que niega los problemas y deberes
del partido comunista en relación con los sindicatos, no es comunista.
No es decir que esto signifique la subordinación de los sindicatos al partido, ya
exteriormente, ya desde el punto de visita de la organización. Desde este punto de vista,
los sindicatos son independientes. El partido goza, en el seno de los sindicatos, de la
influencia que ha conquistado con su trabajo, con su actitud espiritual, con su autoridad.
Por eso mismo afirmamos que debe aumentar en lo posible su influencia desde el exterior
de los sindicatos, estudiar todas las cuestiones inherentes al movimiento sindical y dar
respuestas claras haciendo prevalecer su punto de vista por medio de los comunistas que
trabajan en los sindicatos, sin menoscabo de su autonomía respecto a la organización.
No ignoráis que la tendencia conocida bajo el nombre de sindicalismo
revolucionario ejercía una considerable influencia en los sindicatos. El sindicalismo
revolucionario, no reconociendo al partido, en el fondo no era más que un partido
antiparlamentario de la clase obrera. La fracción sindicalista llevaba adelante siempre una
lucha enérgica para mantener su influencia sobre los sindicatos, y jamás reconoció la
neutralidad o independencia de los últimos en lo que, atañe a la teoría y práctica de la
fracción sindicalista. Si hacemos abstracción de los errores teóricos y de las tendencias
extremistas del sindicalismo francés, es indudable que esta esencia no ha encontrado su
pleno desarrollo en el comunismo.
El núcleo del sindicalismo revolucionario en Francia fue constituido por hombres
agrupados en torno de Vie Ouvrière. Mantiene íntima relación con aquel grupo durante la
guerra. Monatte y Rosmer constituían el centro; a su derecha se hallaban Merrheim y
Dumoulin. Los dos últimos pronto renegaron. Rosmer pasó, a consecuencia de una
evolución natural, del sindicalismo revolucionario al comunismo. Monatte mantiene,
hasta hoy una posición indefinida, y después del Tercer Congreso de la Internacional
Comunista y el de los sindicatos rojos, ha dado un paso que me inspira vivas inquietudes.
Con Monmousseau, secretario del sindicato de los ferroviarios, Monatte ha publicado una
protesta contra la resolución de la Internacional Comunista, sobre el movimiento sindical,
y ha rehusado adherirse a la Internacional Sindical Roja. Hay que decir que el texto de la
protesta de Monatte y Monmousseau ofrece el mejor argumento contra su postura
indefinida: Monatte declara en él que deja la Internacional Sindical de Ámsterdam a causa
de su estrecha unión con la Segunda Internacional. Es muy justo. Pero el hecho de que la
aplastante mayoría de los sindicatos se haya unido a la II o la III Internacional, nos
demuestra perfectamente que no existe, que no puede existir sindicato neutro y apolítico,
en general, y, sobre todo, en época revolucionaria. El que abandona Ámsterdam y no se
adhiere a Moscú, se arriesga a crear una Internacional Sindical Segunda y Media.
Espero firmemente que esta incomprensión desaparecerá, y que Monatte ocupará
el puesto al que le lleva todo su pasado: en el Partido Comunista Francés y en la
Internacional de Moscú.
Es muy comprensible y justa la actitud prudente y suavizadora que mantiene el
Partido Comunista Francés respecto a los sindicalistas revolucionarios, buscando
aproximarse a ellos. La que no comprendemos es la indulgencia con que tolera el partido
una oposición a la política de la Internacional Comunista, por parte de sus propios
miembros, como Verdier. Monatte representa la tradición del sindicalismo
revolucionario; Verdier, la confusión.
Sin embargo, más arriba que estas cuestiones de grupos y personalismos, se sitúa
el problema de la influencia dirigente del partido sobre los sindicatos. Sin prestar la menor
atención a su autonomía, determinada enteramente por la necesidad de un trabajo práctico
constante, el partido debe acabar con las discusiones y vacilaciones, y demostrar a la clase
obrera francesa que ella posee, al fin, un partido revolucionario que sabe dirigir la lucha
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
de clases en todos los terrenos. Baja este propósito, las resoluciones del Tercer Congreso,
cualesquiera que sean los tumultos, y conflictos temporales que puedan provocar en
meses próximos, tendrán inmensa influencia, fecunda hasta el mayor grado sobre toda la
marcha ulterior del movimiento obrero francés. Solamente sobre la base de estas
resoluciones se establecerán las relaciones entre el partido y la clase obrera, sin las cuales
ninguna revolución del proletariado alcanzaría la victoria.
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
En todos los países la burguesía está volviendo a los parados en contra de los
obreros organizados en sindicatos con el objetivo de socavar la disciplina de esas
organizaciones, reducir los salarios y desmoralizar al proletariado. Nuestra tarea, la tarea
de la Internacional Comunista y de la internacional sindical revolucionaria consisten en
la movilización respecto al paro y los parados para la lucha contra la sociedad capitalista.
Pero la primera barricada inmediata, o la trinchera más avanzada, del estado capitalista
es la del aparato y los órganos principales de los principales sindicatos de casi todos los
países capitalistas de vanguardia. Tomar esta primera trinchera es la tarea inmediata y
fundamental del proletariado revolucionario. Es imposible derrocar a un gobierno
burgués mientras tienes sindicatos dirigidos por agentes de esa misma burguesía. La
poderosa fuerza que sostiene a las viejas organizaciones de los sindicatos es el
automatismo y el conservadurismo organizacional, el equilibrio interior y la confianza en
sí mismos, que es la evolución resultante de años y décadas de crecimiento y
consolidación gradual de los sindicatos y de sus dirigentes y la adquisición de los hábitos
correspondientes. Pero ahora todas las condiciones, toda la situación y, sobre todo, todo
el estado económico de la humanidad civilizada, eliminan cualquier posible estabilidad
de los sindicatos. El creciente número de parados y el aumento del paro representan
factores poderosos que socavan la estabilidad de toda la sociedad burguesa, incluyendo
sobre todo a los sindicatos conservadores. La tarea de los comunistas consiste en
combatir, dirigiendo hábilmente a los parados como parte del proletariado, para aplastar
al gobierno de esas camarillas conservadoras que tienen el poder de los sindicatos en sus
manos. Precisamente por esta razón la cuestión del paro debe situarse en el centro de la
atención de los partidos comunistas. La agitación alrededor de la cuestión del paro debe
adquirir un carácter concentrado. El partido comunista, su prensa, la fracción comunista
en el parlamento y las células comunistas en los sindicatos, deben hacer sonar una misma
nota, despertar la atención de las masas trabajadoras ante el hecho del paro, plantear las
mismas exigencias y exigir que los sindicatos lleven adelante diariamente una clara
campaña contra la sociedad burguesa a favor de los intereses de los parados y, al mismo
tiempo, de la clase obrera en su conjunto. Una lucha tan concentrada a escala
internacional con consignas centrales comunes sin duda reunirá a las masas.
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Extracto tomado de [Los parados y los sindicatos], Edicions Internacionals Sedov – Trotsky inédito en
internet y en castellano.
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Las relaciones del partido comunista con la clase obrera en Francia son, como
dije, más favorables que en Alemania. Pero la influencia política del partido sobre la clase
obrera, aumentada gracias a un golpe hacia la izquierda, no alcanza aún en Francia forma
precisa, sobre todo en lo que se refiere a organización. Esto se nota perfectamente en lo
que atañe a la cuestión sindical.
Los sindicatos representan en Francia, en medida más limitada que en Alemania
y países anglosajones, una organización que abarca millones de obreros. En Francia, el
número de los obreros sindicados también ha aumentado enormemente en el transcurso
de los últimos años.
Las relaciones entre el partido y la clase obrera encuentran su expresión en la
actitud del partido hacia los sindicatos. Esta simple manera de enfocar el asunto, ya nos
demuestra hasta qué extremo es injusta, antirrevolucionaria y peligrosa, la teoría de la
susodicha neutralidad, de la plena “independencia” de los sindicatos respecto al partido,
etc. Si los sindicatos, por su tendencia, son una organización de la clase obrera en su
conjunto, ¿cómo va a mantener una verdadera neutralidad en relación con el partido o
mantenerse “independiente”? Pero es que esto equivaldría a la neutralidad, es decir, a su
completa indiferencia hacia la revolución. Y, por lo tanto, en lo que concierne al problema
fundamental, el movimiento obrero francés adolece de falta de claridad, y la misma
claridad falta dentro del mismo partido.
La teoría de la división del trabajo, absoluta, entre el partido y los sindicatos, y de
su independencia mutua, es, bajo su forma definitiva, el producto de la evolución política
francesa por excelencia. El oportunismo más puro yace en el fondo de esta teoría. En el
largo tiempo en que una aristocracia obrera organizada en los sindicatos concreta
contratos colectivos, y en que el partido socialista defiende las reformas en el parlamento,
son más imposibles aún una división del trabajo y una neutralidad mutua. Pero tan pronto
como la verdadera masa proletaria entra en la lucha y el movimiento comienza a tomar
carácter auténticamente revolucionario, el principio de neutralidad degenera en una
escolástica reaccionaria. La clase obrera no puede vencer más que si tiene a su cabeza
una organización que represente su historia, experiencia viva, generalizada desde el punto
de vista de la teoría, y que dirige prácticamente toda la lucha. Gracias a la significación
misma de su tarea histórica, el partido no puede encerrar en sus filas más que a la minoría
más consciente y activa de la clase obrera; por el contrario, los sindicatos buscan
organizar la clase obrera en su totalidad. Aquel que admita que el proletariado necesita
una dirección política de su vanguardia organizada en partido comunista, admite, por la
misma razón, que el partido debe convertirse en fuerza directiva en el interior de los
sindicatos; esto es, en el seno de las organizaciones de masas de la clase obrera. Y, sin
embargo, existen en el partido francés algunos camaradas que ignoran esta verdad tan
elemental y que, como Verdier, por ejemplo, luchan intransigentemente para prevenir a
los sindicatos contra cualquier influencia del partido. Es evidente que tales camaradas han
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Tomado de Una escuela de estrategia revolucionaria, páginas 30-32 del formato pdf en estas mismas
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entrado en el partido por equivocación: un comunista que niega los problemas y deberes
del partido comunista en relación con los sindicatos, no es comunista.
No es decir que esto signifique la subordinación de los sindicatos al partido, ya
exteriormente, ya desde el punto de visita de la organización. Desde este punto de vista,
los sindicatos son independientes. El partido goza, en el seno de los sindicatos, de la
influencia que ha conquistado con su trabajo, con su actitud espiritual, con su autoridad.
Por eso mismo afirmamos que debe aumentar en lo posible su influencia desde el exterior
de los sindicatos, estudiar todas las cuestiones inherentes al movimiento sindical y dar
respuestas claras haciendo prevalecer su punto de vista por medio de los comunistas que
trabajan en los sindicatos, sin menoscabo de su autonomía respecto a la organización.
No ignoráis que la tendencia conocida bajo el nombre de sindicalismo
revolucionario ejercía una considerable influencia en los sindicatos. El sindicalismo
revolucionario, no reconociendo al partido, en el fondo no era más que un partido
antiparlamentario de la clase obrera. La fracción sindicalista llevaba adelante siempre una
lucha enérgica para mantener su influencia sobre los sindicatos, y jamás reconoció la
neutralidad o independencia de los últimos en lo que, atañe a la teoría y práctica de la
fracción sindicalista. Si hacemos abstracción de los errores teóricos y de las tendencias
extremistas del sindicalismo francés, es indudable que esta esencia no ha encontrado su
pleno desarrollo en el comunismo.
El núcleo del sindicalismo revolucionario en Francia fue constituido por hombres
agrupados en torno de Vie Ouvrière. Mantiene íntima relación con aquel grupo durante la
guerra. Monatte y Rosmer constituían el centro; a su derecha se hallaban Merrheim y
Dumoulin. Los dos últimos pronto renegaron. Rosmer pasó, a consecuencia de una
evolución natural, del sindicalismo revolucionario al comunismo. Monatte mantiene,
hasta hoy una posición indefinida, y después del Tercer Congreso de la Internacional
Comunista y el de los sindicatos rojos, ha dado un paso que me inspira vivas inquietudes.
Con Monmousseau, secretario del sindicato de los ferroviarios, Monatte ha publicado una
protesta contra la resolución de la Internacional Comunista, sobre el movimiento sindical,
y ha rehusado adherirse a la Internacional Sindical Roja. Hay que decir que el texto de la
protesta de Monatte y Monmousseau ofrece el mejor argumento contra su postura
indefinida: Monatte declara en él que deja la Internacional Sindical de Ámsterdam a causa
de su estrecha unión con la Segunda Internacional. Es muy justo. Pero el hecho de que la
aplastante mayoría de los sindicatos se haya unido a la II o la III Internacional, nos
demuestra perfectamente que no existe, que no puede existir sindicato neutro y apolítico,
en general, y, sobre todo, en época revolucionaria. El que abandona Ámsterdam y no se
adhiere a Moscú, se arriesga a crear una Internacional Sindical Segunda y Media.
Espero firmemente que esta incomprensión desaparecerá, y que Monatte ocupará
el puesto al que le lleva todo su pasado: en el Partido Comunista Francés y en la
Internacional de Moscú.
Es muy comprensible y justa la actitud prudente y suavizadora que mantiene el
Partido Comunista Francés respecto a los sindicalistas revolucionarios, buscando
aproximarse a ellos. La que no comprendemos es la indulgencia con que tolera el partido
una oposición a la política de la Internacional Comunista, por parte de sus propios
miembros, como Verdier. Monatte representa la tradición del sindicalismo
revolucionario; Verdier, la confusión.
Sin embargo, más arriba que estas cuestiones de grupos y personalismos, se sitúa
el problema de la influencia dirigente del partido sobre los sindicatos. Sin prestar la menor
atención a su autonomía, determinada enteramente por la necesidad de un trabajo práctico
constante, el partido debe acabar con las discusiones y vacilaciones, y demostrar a la clase
obrera francesa que ella posee, al fin, un partido revolucionario que sabe dirigir la lucha
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de clases en todos los terrenos. Baja este propósito, las resoluciones del Tercer Congreso,
cualesquiera que sean los tumultos, y conflictos temporales que puedan provocar en
meses próximos, tendrán inmensa influencia, fecunda hasta el mayor grado sobre toda la
marcha ulterior del movimiento obrero francés. Solamente sobre la base de estas
resoluciones se establecerán las relaciones entre el partido y la clase obrera, sin las cuales
ninguna revolución del proletariado alcanzaría la victoria.
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
Querido amigo:
Aprovecho la ocasión para saludarle muy cordialmente y para compartir con
usted, en lo relativo a la situación del sindicalismo francés, algunas opiniones personales
que concuerdan plenamente, así lo espero, con la línea adoptada por la III Internacional.
No le ocultaré la felicidad que experimentamos frente al éxito del sindicalismo
revolucionario, junto a una profunda inquietud con respecto al posterior desarrollo de las
ideas y de las relaciones en el movimiento obrero francés. Los sindicalistas
revolucionarios de todas las tendencias forman aún hoy una oposición y se agrupan y se
unen precisamente por su situación de oposición. Mañana, cuando ustedes sean los
dirigentes de la CGT (pues no dudamos que el día se aproxima) ¿se encontrarán frente a
cuestiones esenciales de la lucha revolucionaria? Y es en este punto que es permisible
una seria inquietud. La Carta de Amiens constituye la práctica oficial del sindicalismo
revolucionario.
Para formularle lo más claramente posible mi pensamiento, diría que invocar la
Carta de Amiens, no resuelve, sino que elude la cuestión. Es evidente para todo comunista
consciente que el sindicalismo francés de preguerra era una tendencia revolucionaria muy
importante y muy profunda. La carta fue para el movimiento proletario de clase un
documento muy precioso, pero el valor de este documento es históricamente limitado.
Desde entonces, tuvo lugar la guerra, fue fundada la Rusia de los Sóviets, una inmensa
oleada revolucionaria atravesó toda Europa, la III Internacional creció y se desarrolló, los
antiguos sindicalistas y los antiguos socialdemócratas se dividieron en tres tendencias
hostiles. Frente a nosotros se han planteado nuevos problemas inmensos... La Carta de
Amiens no da respuesta a ellos. Cuando leo Vie Ouvrière, no encuentro allí respuesta a
los problemas fundamentales de la lucha revolucionaria. ¿Es posible que en 1921
tengamos que volver a las posiciones de 1906 y a “reconstruir” el sindicalismo de
preguerra...? Esta posición es amorfa, conservadora, corre el riesgo de convertirse en
reaccionaria. ¿Cómo se representan ustedes la dirección del movimiento sindical cuando
ustedes tengan la mayoría en la CGT? Los sindicatos incluyen comunistas afiliados al
partido, sindicalistas revolucionarios, anarquistas, socialistas y grandes masas sin partido.
Naturalmente, cualquier problema de la acción revolucionaria debe ser examinado por el
conjunto del aparato sindical que agrupa a centenares de miles y millones de obreros.
Pero, ¿quién dirigirá el balance de la experiencia revolucionaria, quién hará un análisis
de ella, quién sacará las conclusiones necesarias, quién formulará las propuestas,
transformando las consignas, los métodos de combate y quién las aplicará en las amplias
masas? En una palabra, ¿quién dirigirá el movimiento? ¿Usted piensa llevar adelante esta
tarea como parte del grupo Vie Ouvriére? En este caso, se puede decir con seguridad que
se organizarán otros a su lado que, en nombre del sindicalismo revolucionario, pondrán
en discusión su derecho a dirigir el movimiento. Y finalmente, ¿qué actitud tendrán hacia
los numerosos comunistas sindicalizados? ¿Cuáles serán las relaciones entre ellos y su
27
Tomado de León Trotsky, Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, páginas 213-214 del
formato pdf en estas mismas OELT-EIS.
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grupo? Puede suceder que comunistas afiliados al partido estén a la cabeza de un sindicato
y que los sindicalistas revolucionarios no afiliados a un partido estén a la cabeza de otro.
Las propuestas y las consignas del grupo Vie Ouvriére pueden no ser acordes con las
propuestas y consignas de la organización comunista. Este peligro es muy real, puede
volverse fatal y reducirnos, algunos meses después de la victoria, nuevamente al reino de
los Jouhaux, Dumoulin y Merrheim.
Conozco bien la aversión de los medios obreros franceses que pasaron por la
escuela del sindicalismo anarquista respecto al “partido” y a la “política”. Reconozco
naturalmente que no se puede chocar bruscamente contra esta mentalidad, que el pasado
explica suficientemente, pero que para el futuro es extremadamente peligrosa. Con
respecto a esto, puedo acordar perfectamente con la transición gradual de la antigua
separación a la fusión total de los sindicalistas revolucionarios y los comunistas en un
solo partido; pero es necesario darse clara y firmemente ese objetivo. Si todavía hay en el
partido tendencias centristas, también existen ellas en la oposición sindical. Aquí y allá
es necesaria la previa depuración de las ideas. No se trata de subordinar los sindicatos al
partido, sino de unir a los comunistas revolucionarios y los sindicalistas revolucionarios
en los marcos de un partido único. Se trata de un trabajo concertado, centralizado, de
todos los miembros de este partido unificado, en el seno de los sindicatos que permanecen
autónomos, una organización independiente del partido. Se trata para la verdadera
vanguardia del proletariado francés de formar un todo coherente con el objetivo de
cumplir su tarea histórica esencial: la conquista del poder, y de proseguir bajo esta
bandera su acción en los sindicatos, organización fundamental, decisiva, de la clase obrera
en su conjunto.
Hay una cierta dificultad psicológica para dar un salto hacia un partido después
de una larga acción revolucionaria por fuera de un partido; pero esto es retroceder frente
a la forma más prejuiciosa del asunto. Ya que, lo afirmo, todo su trabajo anterior sólo fue
una preparación para la fundación del partido comunista, para la revolución proletaria. El
sindicalismo revolucionario de preguerra fue el embrión del Partido Comunista. Volver
al embrión sería una monstruosa regresión. Por el contrario, la participación activa en la
formación de un verdadero partido comunista supone la continuación y el desarrollo de
las mejores tradiciones del sindicalismo francés.
Cada uno de nosotros debió, en el curso de estos años, renunciar a una parte
envejecida de su pasado, para salvar, desarrollar y asegurar la victoria de los elementos
del pasado que soporten la prueba de los acontecimientos. Este tipo de revoluciones
internas no son fáciles, pero sólo a ese precio se adquiere el derecho a participar
eficazmente en la revolución obrera.
Querido amigo, creo que el momento actual definirá por mucho tiempo los
destinos del sindicalismo francés, la suerte de la revolución francesa. Entre las decisiones
a tomar, a usted le corresponde un importante rol. Usted le daría un golpe muy cruel al
movimiento del que es uno de los mejores militantes si, ahora que es necesaria una
elección definitiva, le da la espalda al partido comunista, pero estoy convencido que no
será así.
Estrecho muy cordialmente su mano y estoy a su disposición.
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
Queridos amigos:
A través de esta carta personal trataré de disipar cualquier malentendido o
incomprensión que pudiera haber surgido a causa de la comunicación sumamente pobre
entre París y Moscú. Durante los acontecimientos revolucionarios de Alemania, en marzo
de este año, la prensa burguesa alemana repetía que el movimiento de marzo fue
provocado por orden de Moscú para solucionar nuestras dificultades internas. Esto me ha
hecho temer, y creo que también a otros camaradas, que esos rumores causaran alarma en
los partidos comunistas de Europa. Esperamos que el Tercer Congreso Mundial haya
servido para disipar todas las dudas y temores a este respecto. Si esos temores surgieron
en uno u otro lugar (quizás, incluso en Francia) sólo podría deberse a la falta de
información adecuada. Es evidente de por sí que, aun si sostuviéramos la posición de
ocuparnos solamente de los intereses de la República Soviética rusa y no de los de la
Revolución europea, no creeríamos que un levantamiento parcial podría significar una
ayuda real; y menos aún un levantamiento parcial provocado artificialmente. La ayuda
puede venirnos sólo del triunfo revolucionario del proletariado europeo, de aquel
movimiento y levantamiento que surge del desarrollo interno del proletariado de Europa.
De allí que esté excluida la posibilidad de que Moscú envíe algún tipo de “órdenes”
aventureras. Pero Moscú no sostiene en absoluto un punto de vista “moscovita”. Para
nosotros, la República Soviética Rusa sólo constituye el punto de partida para la
revolución europea y mundial. Son los intereses de ésta, en todas las cuestiones
importantes, lo decisivo para nosotros. Confío en que el Tercer Congreso Mundial no
haya dejado lugar a dudas sobre esto.
Hasta donde se puede apreciar desde lejos, la preparación política para la
revolución se está cumpliendo espléndida y sistemáticamente en Francia. En vuestro país,
se está aproximando, evidentemente, un período de kerenskysmo; el régimen del Bloque
Radical-Socialista es la primera repercusión de la época de la guerra. El kerenskysmo
francés combina la irritación y la desesperación de la pequeña burguesía, con el egoísmo
del campesino que no quiere pagar los platos rotos por la guerra y el conservadorismo de
los obreros más privilegiados que esperan retener la posición que obtuvieron, etc., etc.
Cuando suceda ha de sacudir brutalmente al aparato del Estado. Entre la pandilla
imperialista y sus candidatos a jugar el papel de Gallifet, por un lado, y la creciente
revolución proletaria por el otro, jugará temporariamente el papel de amortiguador el
impotente bloque de los radicales y los socialistas: Caillaux, Longuet y compañía. Este
será un excelente prólogo para la revolución proletaria. Si el moribundo Bloque Nacional
tuviera éxito en hacer aprobar su ley contra los comunistas, habría que agradecer al
destino por semejante regalo. Las persecuciones policiales y administrativas, los arrestos
y los allanamientos, serán una escuela muy útil para el comunismo francés en vísperas de
su entrada al período de los acontecimientos decisivos. A través de las columnas de
L’Humanité, estamos siguiendo con gran atención e interés con cuánta energía están
28
Tomado de Carta a los camaradas Cachin y Frossard, Edicions Internacionals Sedov – Trotsky inédito
en internet y en castellano.
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
llevando ustedes a cabo la campaña contra la Ley Briand-Barthou. Aunque los derroten
en esta empresa, la autoridad del partido aumentará mucho. Aunque la ley se apruebe,
igualmente ustedes saldrán ganando.
Por lo que refleja L’Humanité de la línea de los círculos dirigentes del partido, se
puede ver con claridad que esa línea se está radicalizando resueltamente. Pero es
lamentable que sea difícil juzgar por L’Humanité cuáles son los sentimientos de los más
amplios círculos de la clase obrera. Pues L’Humanité virtualmente no contiene cartas de
obreros, correspondencia de fábricas y empresas ni otro material que refleje directamente
la vida cotidiana de las masas. Establecer esa correspondencia es de máxima importancia
para el comunismo francés y mundial, para tener una visión mucho más clara acerca de
qué círculos del proletariado lo leen y exactamente qué leen en el periódico. Una red bien
establecida de colaboradores y corresponsales obreros puede convertirse, en determinado
momento, en el organizador del levantamiento revolucionario, transmitirá a las masas las
consignas y directivas de su periódico, proveyendo al movimiento espontáneo de esa
unidad que tan a menudo faltó en las revoluciones del pasado. El periódico revolucionario
no puede permanecer suspendido sobre las masas, debe hundir sus raíces en ellas.
La cuestión de la relación del partido con la clase obrera es fundamentalmente la
de la relación del partido con los sindicatos. Por lo que podemos apreciar desde tan lejos,
ésta es hoy la cuestión más aguda y problemática del movimiento obrero francés. El grupo
La Vie Ouvrière es un sector valioso de este movimiento, aunque más no fuera porque ha
reunido un número bastante considerable de obreros dignos de confianza, sacrificados y
probados. Pero si este grupo continúa (y yo no creo que lo haga) manteniéndose aislado
y conserva su carácter cerrado, correrá el peligro de transformarse en una secta y volverse
un freno en el futuro desarrollo de los sindicatos y del partido. Con su actual política
indefinida hacia los sindicatos, como la expuesta en el artículo de Verdier, el partido
ayuda a que se mantengan los aspectos débiles de La Vie Ouvrière, retrasando el
desarrollo de sus aspectos más positivos. El partido debe proponerse la tarea de
conquistar los sindicatos desde adentro. No es cuestión de privarlos de su autonomía ni
de subordinarlos al partido (¡esto es una tontería!); es cuestión de que los comunistas sean
los mejores activistas en los sindicatos, que conquisten la confianza de las masas y
jueguen un rol decisivo en las luchas. Desde ya, dentro de los sindicatos los comunistas
actúan como disciplinados miembros del partido que llevan a la práctica sus directivas
básicas. El comité central del partido deberá contar con muchos obreros comunistas que
jueguen un papel prominente en el movimiento sindical. Es indispensable que los
comunistas que militan en este frente se reúnan periódicamente y discutan los métodos
de trabajo bajo la dirección de miembros del comité central del partido.
Naturalmente, debemos mantener las más amistosas relaciones con los
sindicalistas revolucionarios sin partido, pero al mismo tiempo tenemos que crear ya
mismo en los sindicatos nuestros propios núcleos partidarios, que después podrán unirse
con los anarcosindicalistas en núcleos mixtos. Sólo si las células comunistas de los
sindicatos están firmemente unidas y disciplinadas, podremos captar cada vez más
elementos anarcosindicalistas desorganizados, que se convencerán por experiencia propia
de que la disciplina y la unidad centralizada alrededor de una línea dirigente, es decir, el
partido, es indispensable.
Si simplemente pasamos por alto nuestras diferencias con los sindicalistas y
anarquistas, esas diferencias pueden estallar catastróficamente sobre nuestras cabezas en
el momento decisivo.
Les pido que no se molesten porque yo exprese con tanta libertad mis puntos de
vista sobre la situación en Francia, con la cual ustedes están mucho más familiarizados
que yo. Me impulsan a hacerlo, por una parte, la reciente experiencia de la Revolución
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Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
Rusa; por la otra, mi profundo interés por las cuestiones del movimiento obrero francés.
Comparto con otros camaradas la desilusión por vuestra ausencia del Congreso. ¿No sería
posible que ambos, o cada uno por separado, vinieran a Moscú antes del próximo
congreso del partido francés? Indiscutiblemente, vuestra reunión con el Comité Ejecutivo
del Comintern podría ser de gran valor para ambas partes, eliminaría la posibilidad de
cualquier tipo de malentendidos, e incluso fortalecería, de aquí en adelante, los lazos
organizativos e ideológicos entre nosotros.
Estrecho sus manos y les saludo de todo corazón.
103
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
Independientemente de la proximidad o el alejamiento de esos acontecimientos
revolucionarios decisivos, el partido comunista (verdadera y enteramente inspirado y
penetrado por una voluntad revolucionaria) encontrará la posibilidad de movilizar, desde
ahora mismo, en el periodo de preparación, a las masas obreras sobre una base económica y
política dándole a sus luchas un carácter cada vez más amplio y más determinado.
Las tentativas de los elementos políticamente inexpertos, llenos de impaciencia
revolucionaria, para aplicar los métodos más extremos, que por esencia son los métodos de
la insurrección revolucionaria decisiva del proletariado, a tareas y cuestiones particulares
(como llamar a la clase 19 a resistirse a la movilización, impedir por la fuerza la ocupación
de Luxemburgo30, etc.), esas tentativas refuerzan los elementos del más peligroso
aventurerismo y, en caso de aplicación, pueden hacer fracasar la verdadera preparación
revolucionaria del proletariado para la conquista del poder. El aventurerismo y el
putschismo, por su misma naturaleza, no tienen en cuenta las tareas de la acción de masas y
no pueden más que conducirlas a abortos dolorosos y a veces mortales.
Reforzar los lazos del partido con las masas significa ante todo estrechar más los
lazos con los sindicatos. En absoluto hay que subordinar organizativamente los sindicatos al
partido, ni hacerlos renunciar a la autonomía que se desprende de su carácter y actividad,
sino que es preciso que los elementos auténticamente revolucionarios, unidos por el partido
comunista, dirijan el trabajo de los sindicatos, desde el interior de estos últimos, siguiendo
una línea que responda a los intereses generales del proletariado en lucha por la conquista
del poder.
En esta perspectiva, el partido comunista de Francia debe, bajo una forma amistosa
pero firme y precisa, criticar las tendencias anarcosindicalistas que rechazan la dictadura del
proletariado y la necesidad de la unión de su vanguardia en una organización dirigente
centralizada (el partido comunista); también tiene que criticar a las tendencias sindicalistas
intermedias que (ocultándose tras la Carta de Amiens31, elaborada más de ocho años antes
de la guerra) rechazan dar respuestas claras y precisas a las cuestiones fundamentales de la
nueva época, la de la posguerra.
29
Extracto de “Carta a Lenin [sobre el Partido Comunista francés]”, en nuestra serie Trotsky inédito en
internet y en castellano.
30
En tanto que informador sobre la situación en Francia ante el Comité Ejecutivo de la Internacional
Comunista, Trotsky debía seguir con atención la política del PC de Francia. Los acontecimientos a los que
alude son, en primer lugar, al llamamiento anticipado de la clase 19 a filas, el PC había sido criticado por
diversas partes por su inactividad en este asunto y, en segundo lugar, la intervención de las tropas francesas
en Luxemburgo para romper una huelga de metalúrgicos, el PC sólo había protestado.
31
El nombre de “Carta de Amiens” le fue dado a la resolución adoptada en el congreso de la CGT de 1906
para mantener su independencia en relación con un partido socialista “unificado” (SFIO) todavía sometido
a discusiones que agitaban a las grandes corrientes que sólo reunía desde hacía dieciocho meses. Este texto
ha dado lugar a muchas interpretaciones diversas que, todas ellas, parecen ignorar una de sus frases que,
sin embargo, es fundamental: “la CGT agrupa, al margen de cualquier escuela política, a todos los
trabajadores conscientes de la lucha a llevar para la desaparición del asalariado y del proletariado.” Los
problemas del movimiento sindical estaban en el corazón de los debates en el seno del PC.
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[…]
12.- La mayor particularidad del movimiento obrero francés es que los sindicatos
obreros han sido, desde hace mucho tiempo, la cobertura bajo la que se oculta un partido
antiparlamentario, de una forma especial, conocido bajo el nombre de sindicalismo.
Los sindicalistas revolucionarios pueden, en efecto, separarse tanto como quieran
de la política y del partido; nunca podrán negar que ellos mismos constituyen un partido
político, que aspira a apoyarse en las organizaciones económicas de la clase obrera. Hay
buenas tendencias revolucionarias proletarias en este partido. Pero también contiene
caracteres negativos, le falta un programa preciso y una organización definida.
La cuestión se complica debido al hecho que los sindicalistas, como todos los
otros reagrupamientos de la clase obrera, están divididos tras la guerra en reformistas que
apoyan a la sociedad burguesa y, otras que han pasado, personificando a los mejores
elementos, al lado del comunismo.
Y la tendencia al mantenimiento de la unidad del frente ha inspirado,
precisamente, no sólo a los comunistas sino también a los sindicalistas revolucionarios,
la mejor táctica en la lucha a favor de la unidad de la organización sindical del proletariado
francés. Por el contrario, Jouhaux, Merrheim y tutti quanti se han adentrado en la vía de
la escisión, impelidos por el instinto de quienes se ven en bancarrota, que sienten que no
podrán sostener ante la masa obrera la competencia de los revolucionarios en la acción.
La lucha, de una colosal importancia, que se desarrolla hoy en día en todo el movimiento
sindical francés, entre los reformistas y los revolucionarios, se nos presenta como una
lucha a favor de la unidad de la organización sindical y, al mismo tiempo, a favor de la
unidad del frente sindical.
III.- Movimiento sindical y Frente Único
13.- El comunismo francés se encuentra, en lo que concierne a la idea del frente
único, en una situación excepcionalmente favorable. El comunismo francés a logrado
conquistar, en los marcos de la organización política, a la mayoría del viejo Partido
Socialista; tras lo cual los oportunistas han añadido a todas sus otras cualidades políticas
la de liquidadores de organización. Nuestro partido francés ha señalado este hecho
calificando a la organización socialista-reformista de disidente; este solo nombre
evidencia el hecho que son los reformistas los que han destruido la unidad de acción y
organización política.
14.- En el dominio sindical, los elementos revolucionarios, y los comunistas los
primeros, no deben ocultar a su propia mirada ni a la de sus enemigos la magnitud de la
profundidad de las diferencias de puntos de vista entre Moscú y Ámsterdam, diferencias
que no son en absoluto el resultado de simples corrientes de opinión en las filas del
movimiento obrero sino el reflejo del antagonismo entre la burguesía y el proletariado.
Pero los elementos revolucionarios, es decir, ante todo, los elementos comunistas
conscientes, nunca han preconizado la salida de los sindicatos o la escisión de la
32
Extracto de León Trotsky, “El Frente Único y el comunismo en Francia”, en Los cinco primeros años de
la Internacional Comunista, páginas 407-409 del formato pdf en estas mismas OELT-EIS.
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Hace cinco años, uno de los más grandes partidos políticos de Rusia adoptaba
durante la celebración de uno de sus más importantes congresos una resolución en la que
se decía:
“El proletariado ruso, actuando en uno de los países más atrasados de Europa,
en el seno de las masas de una población pequeñoburguesa, no puede dotarse con el
objetivo de la realización inmediata del socialismo.
Pero sería el mayor error y, en la práctica, un servicio rendido a la burguesía,
deducir de este hecho la necesidad de la clase obrera de apoyar a la clase burguesa o
limitar su actividad en los marcos apropiados a la pequeña burguesía; o, además,
deducir de ello la necesidad del proletariado de renunciar al papel dirigente que le
incumbe en la propaganda y cumplimiento de diversas medidas prácticas inmediatas,
posibles y que constituyen un paso hacia el socialismo.
La nacionalización de la tierra es una de esas medidas. Sin salir inmediatamente
de los marcos del orden burgués afectaría directamente al derecho de propiedad privada,
de los medios de producción, y reforzaría tanto más la influencia del proletariado
socialista sobre los semiproletarios del campo.
El control de los bancos por el estado, su fusión en un banco central, el control
de las compañías de seguros y de los grandes conglomerados capitalistas, así como el
paso progresivo a un más justo reparto de los impuestos sobre los ingresos y sobre la
propiedad, deben ser otras medidas más en el mismo sentido.
La vida económica está madura para su cumplimiento; esas medidas son
indiscutiblemente posibles de inmediato; ¡pueden encontrar el apoyo político de las
grandes masas campesinas que se beneficiarían de ellas en todos los aspectos!”
¿Qué partido adoptaba esa resolución? El nuestro, el Partido Bolchevique. ¿En
qué congreso? En su importante Conferencia Panrusa de Petrogrado, los días 24-29 de
abril de 1917. Por primera vez, tras la caída del zarismo, nuestro partido se reunía y
precisaba su táctica en vistas a la revolución social. El texto de la moción citada había
sido redactado en su conjunto por Lenin. Se adoptó por 140 votos contra 8 abstenciones.
Hace ahora un año se dijo que ese documento ya no tenía más que un valor
histórico. Hoy en día recobra un significado actual. Se podría decir, con algunas reservas
precisas, que nuestro partido vuelve ahora a sus posiciones de abril de 1917, posiciones
adoptadas en una época en la que le era posible definir más tranquilamente su táctica que
durante los años de guerra civil encarnizada en los que nació el comunismo de guerra.
Los militantes que se tomen la molestia de profundizar en la resolución citada
comprenderán que nuestra nueva orientación económica no es, en muchos de sus
aspectos, más que una vuelta a la antigua línea de conducta tal y como la definimos hace
alrededor de cinco años. Y las cuestiones que se nos plantean hoy en día en lo tocante a
los sindicatos no le parecerán sorprendentes.
La cuestión sindical, que suscitaba hace un año tan ardientes discusiones en el
partido, y que provocaba la formación de tendencias, está resuelta hoy por unanimidad.
33
“La huelga en el estado obrero”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
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Y es que hace un año el paso a la nueva (o mejor dicho a la vieja) política económica
solamente se preparaba. En vísperas del 10º Congreso del Partido Comunista Ruso,
comenzaba el período de transición. El 10º Congreso se celebró en el momento más grave
del giro de 180 grados, durante los acontecimientos de Cronstadt. El partido comenzaba
solamente a tomar conciencia de la necesidad de grandes cambios, pero no se los
imaginaba todavía exactamente.
El 10º Congreso reemplazó las requisas por el impuesto en especie. Todo lo demás
debía derivar de esta decisión capital. Entonces todavía no nos dábamos cuenta de sus
consecuencias en cuanto al papel de los sindicatos. Pero si pasamos al impuesto en
especie, si admitimos cierta vuelta al capitalismo, si hicimos concesiones a las empresas,
si alentamos la iniciativa privada, se da por supuesto que no puede tratarse de la
estatización rápida de los sindicatos y la transmisión de toda la dirección de la industria
a los sindicatos. Ahora se ve mejor que en la época del 10º Congreso.
La reciente resolución del comité central del partido modifica en tres puntos
esenciales el papel de los sindicatos.
1º Se transforma su participación en la vida económica;
2º Del registro obligatorio de todos los trabajadores en el sindicato volvemos al
principio de la adhesión voluntaria;
3º El sindicato vuelve a ser un órgano de defensa de los trabajadores considerados
como vendedores de su mano de obra.
Esta última modificación es la que plantea la cuestión del derecho de huelga en el
estado proletario, derecho sobre el que quiero detenerme.
Los sindicatos están lejos de renunciar a toda participación en la organización de
la economía. Hay que señalar esto pues nuestras recientes resoluciones ya son deformadas
por determinados camaradas en ese sentido. El camarada Yarolsky ha escrito que “la tarea
esencia de los sindicatos, tarea de organización económica, ha quedado casi enteramente
eliminada”. Esto es completamente inexacto. “Escuela del comunismo de una forma
general, los sindicatos deben ser más particularmente para los obreros escuelas de
administración socialista de la producción.” Así se expresa la resolución del comité
central.
Nuestros sindicatos deben renunciar a las formas de intervención en la
organización económica condenadas por la experiencia. Como ha dicho la resolución del
comité central, deben renunciar a “la intervención inmediata, improvisada, incompetente,
irresponsable, en la dirección de la industria”, pero, al mismo tiempo, deben continuar
asiduamente su participación en el trabajo económico. La resolución del comité central
precisa de qué forma.
Pero volvamos a la huelga.
El renacimiento del capital privado y la aparición del capital con concesiones
estatales entrañan la formación de un proletariado que no trabaja con el estado obrero,
sino para los capitalistas. Ya no es insignificante. La comisión económica provincial de
Moscú nos ha ofrecido las siguientes cifras sobre el número de obreros empleados en la
capital por la industria privada:
Trabajadores de la madera, 2.000; de la construcción, 10.000; industria química,
1.500; cuero y pieles, 1.300; metalúrgica, 2.000; industria textil, 1.000; servicios de
alimentación, 3.000; alimentación, 7.000; ropa, 1.000; libro, 1.500. No hemos podido
verificar la exactitud de esas cifras; pero teniendo en cuenta que los almacenes alquilados
en Moscú ascienden a alrededor de 20.000 y que en ellos se emplea a 9.096 asalariados,
llegamos a un total de 50.000 personas empleadas en la industria privada, incluso si
algunos de nuestros datos son un tanto exagerados. Todo ello todavía cuando el Consejo
Económico de Moscú no ha concedido a la industria privada más que 205 empresas de
110
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***
He ahí lo que es evidente. Mucho más difícil de resolver es el problema de la
huelga en las empresas del estado, en las empresas soviéticas. Nadie ignora que, durante
nuestros cuatro años de lucha, hemos visto esas huelgas. Mientras seamos tan pobres,
mientras que suframos la profunda miseria causada por el bloqueo, por la intervención
extranjera y por el sabotaje de ciertos técnicos, tendremos que esperar conflictos en la
industria del estado, conflictos durante los cuales no siempre será evitable la huelga.
Desde el momento en que se produjeron las primeras huelgas de este tipo contra
el estado obrero, los mencheviques y los socialistas revolucionarios vieron en ellas el
síntoma de la próxima caída del régimen de los sóviets. No comprendían que las huelgas
a las que teníamos que hacer frente tenían, objetiva y subjetivamente, un carácter
radicalmente diferente al que tenían las huelgas bajo el antiguo régimen y bajo el gobierno
de Kerensky. No queremos decir que todas ellas hayan sido inocentes e idílicas. Lejos de
ello, más de una vez han llegado a teñirse de contrarrevolucionarias. Le causaron un daño
inapreciable a nuestra vida económica y al estado obrero. Pero no es menos cierto que no
fueron hechos de lucha de clase, sino más bien querellas intestinas en una clase. Cuando
la situación económica devenía casi insostenible, cuando la falta de dinero y la crisis del
combustible afectaban más particularmente a una categoría de obreros, estos expresaban
a veces su protesta con la huelga. La huelga era extremadamente perjudicial. No arreglaba
nada, no mejoraba ciertamente la situación económica y financiera, y no remediaba para
nada la crisis del combustible. Solamente mostraba la falta de conciencia, de organización
111
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
y firmeza interior de algunos elementos obreros. Les procuraba el mayor de los placeres
a los contrarrevolucionarios de todas las especies, prolongaba la guerra civil, acrecía las
turbaciones económicas. Pero no se parecía en nada a los movimientos de clase que
echaron abajo al antiguo régimen. Como se ha dicho ya en la resolución de nuestro comité
central, eran “conflictos entre grupos aislados de la clase obrera y determinadas
instituciones del estado obrero.”
Esos conflictos, tal y como fueron, le causaron el mayor de los males al estado
obrero y, por tanto, a la clase obrera. Pero era imposible prevenirlos. Los provocaban dos
causas profundas:
1º Nuestra pobreza, las ruinas que los imperialistas acumularon en nuestro país.
2º Los graves errores de ciertas instituciones del estado obrero afectadas por la
“deformación burocrática”.
No podríamos conocer exactamente cuál de esas dos causas fue la más importante
en cada caso concreto. En cualquier caso, la tarea de nuestros sindicatos es prevenir, con
intervenciones inteligentes, las huelgas provocadas por la “deformación burocrática” y,
mediante arreglos amistosos, así como con la ayuda cordial aportada por nuestros órganos
económicos, aquellas que pudiesen todavía entrañar la pobreza del país.
Tarea difícil. Para cumplirla se necesitan militantes que vivan en el seno de las
masas, con las masas, que vivan la vida de las masas, que sepan entender y apreciar sin
idealizaciones superfluas su grado de conciencia y el poder que ejercen sobre ellas los
antiguos prejuicios, que sepan conquistar su confianza y aprecio.
En la época del comunismo de guerra, los dirigentes no sindicales solo tenían una
respuesta para los huelguistas: “No tenéis derecho a parar el trabajo ni a exigirle al
sindicato que defienda vuestros intereses de vendedores de mano de obra. El estado de
los sóviets es un estado obrero. En un estado obrero, nadie necesita órganos especiales
para defender el interés del obrero”. En el fondo, esa respuesta era justa y sigue siéndolo,
Pero muy pronto se convierte en deplorable fórmula oficial si los sindicatos no están
estrechamente mezclados con la vida obrera y si no saben combatir eficazmente contra la
“deformación burocrática” de determinados órganos del estado, si no saben darle pruebas
al obrero más atrasado de que se ha hecho todo lo posible en beneficio de él. En esta
materia hay un límite difícil de fijar, pero que hay que saber no franquear. Si los sindicatos
no viven la misma vida económica de las masas trabajadoras, si no hacen todo lo posible
por su parte para mejorar sin cesar sus condiciones, la solución teórica de la cuestión del
derecho de huelga en el estado obrero no es más que una nefasta fórmula que produce en
el trabajador un efecto diametralmente opuesto al buscado.
Todos sabemos cómo de estrechos son nuestros recursos materiales y cómo de
difícil nos es aumentar en estos momentos los salarios reales de los trabajadores
empleados en la industria del estado. Pero ¿se ha hecho todo lo posible? ¿En lo tocante,
por ejemplo, a las condiciones higiénicas del trabajo en nuestra industria? ¿Se ha hecho
todo lo que nuestra actual pobreza nos permite hacer, aunque solo sea para los obreros de
las empresas más importantes del estado? No. No y mil veces no.
“Uno de los mejores y más infalibles medios para apreciar la justeza y eficacia del
trabajo de los sindicatos nos lo ofrecen los resultados de su política de cara a evitar en las
empresas del estado los conflictos colectivos, preocupándose del interés del obrero en
todas las materias y eliminando a tiempo las causas de los conflictos.”
Así se expresaba con mucha justicia la resolución del comité central. Si se puede
decir que en el estado burgués el mejor sindicato, el más combativo, es precisamente
aquel que ha llevado adelante más luchas, hay que decir que, en las fábricas del estado
obrero, la verdad es exactamente lo contrario. Pero, para liquidar las huelgas, la política
de previsión, “el deseo de salvaguardar en todas las materias el interés de los obreros”,
112
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
debe sustituir a todo el resto de medios anteriormente empleados en los difíciles días de
la guerra civil.
El estado obrero que atraviesa un período de transición como el nuestro no puede
prohibir, mediante ley, la huelga en sus establecimientos industriales, aunque salte a la
vista de todos los trabajadores conscientes que esa huelga sea perjudicial, absurda, y a
veces contrarrevolucionaria. Pero el estado obrero tampoco puede proclamar en sus
fábricas el derecho de huelga como quisieran los socialistas revolucionarios y los
mencheviques para mayor ventaja de la burguesía. Es esta una contradicción en la misma
vida, en la dura realidad de un período de transición.
Cuanto más se fortalezca el estado obrero, más se rehará nuestra vida económica,
más rápidamente cicatrizaremos las heridas que nos han inferido la guerra y la
contrarrevolución, mejor eliminaremos de nuestra vida social al menchevismo y al
“socialismo revolucionario” de aquellos que, durante años, han apoyado a la reacción,
más lograrán los sindicatos resolver pacíficamente los conflictos, y la clase obrera
devendrá más consciente y menor será la deformación burocrática de nuestros órganos
del estado y más deprisa desaparecerá esa contradicción.
Las nuevas tareas asignadas a los sindicatos les atribuyen muchos derechos a sus
afiliados, Pero también esperamos mucho de su trabajo. La campaña, cuyo plan bosqueja
la resolución del comité central de nuestro partido, llevará meses. Esta resolución, en
efecto, no concierne solamente al movimiento sindical. Abarca toda la situación de la
clase obrera en el actual período en la Rusia de los sóviets.
Nuestros sindicatos deben transformarse. Deben renacer. ¡Que el partido esté
presto junto a ellos! Está por llevar a cabo una obra inmensa. Y los sindicatos deben estar
a la altura de las grandes necesidades nuevas a cualquier precio.
113
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
II
Mientras que la derecha ha aprovechado la indecisión crónica de los principales
órganos del partido para adquirir una importancia desproporcionada en la vida del partido
francés, no vemos a estos principales órganos del partido concentrando su atención en su
tarea básica: la conquista política de las masas trabajadoras organizadas en los sindicatos
o que aún permanecen fuera de ellos. Vemos que, con el pretexto de mantener buenas
relaciones con los sindicatos o con los sindicalistas, el partido les hace sistemáticamente
concesiones sobre todas las cuestiones básicas, entregando así posiciones y abriendo el
camino para los elementos anticomunistas más extremos entre el sindicalismo y el
anarquismo. Vemos a los miembros del partido continuar realizando en el movimiento
sindical una propaganda insolente y provocativa contra la Internacional Comunista.
Aprovechando la debilidad teórica del sindicalismo, llevan a cabo dentro de los sindicatos
su propia política privada y sectaria, e instalan un régimen irresponsable y oligárquico,
más allá del control y sin un programa. El partido capitula ante cada ataque de estos
opositores políticos que utilizan la bandera del comunismo para llevar, inevitablemente,
el movimiento sindical a la descomposición y a la ruina. Continuar ignorando este peligro
principal es permitir un trabajo subversivo contra el comunismo francés durante muchos
años por venir.
Si el partido no comprende que el movimiento sindical es incapaz de resolver sus
principales tareas sin la ayuda del comunismo, sin que el partido guíe e influya en los
miembros comunistas dentro de los sindicatos, inevitablemente el partido tendrá que
ceder su lugar en la clase obrera y, sobre todo, en los sindicatos a los anarquistas y a los
aventureros. El partido puede ganar influencia sobre los sindicatos solamente mediante
una lucha ideológica abierta contra los confusos anarquistas, las camarillas oligárquicas
y los aventureros. El partido debe asumir la ofensiva a lo largo de la línea. Debe exponer
y criticar a todos los confusos y todos los estúpidos. Debe colocar a todos los comunistas
en los sindicatos bajo su control, educarlos en el espíritu de la más estricta disciplina y
expulsar sin piedad de sus filas a todos los que se atreven a usar la autonomía como
pretexto para continuar su debilitante labor en el movimiento sindical.
Es obvio que en el cumplimiento de esta tarea el partido debe rechazar las formas
de agitación y propaganda que son susceptibles de repeler a los sindicalistas impregnados
de espíritu revolucionario y, más aún, a las amplias capas de trabajadores sindicalizados
que no se han librado de los prejuicios políticos. Una cosa es adoptar una actitud prudente
hacia esos elementos y educarlos y otra distinta es capitular pasivamente ante los
anarquistas que explotan estos elementos para sus propios fines. En todos los casos la
condición necesaria para el éxito en este campo es un firme deseo de tener éxito. Con este
fin, el partido debe imponer el control más estricto, con todas las consecuencias que se
34
Extracto de “Del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista al Comité Central del Partido
Comunista Francés”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
114
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
115
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
El partido y los sindicatos
La cuestión de los sindicatos, la más importante.
De pleno acuerdo con los camaradas franceses hemos dicho: la cuestión sindical
es la cuestión de la clase obrera. Las relaciones entre el partido comunista y los sindicatos
es la cuestión de la revolución francesa.
¿Qué vemos?
Vemos siempre la misma táctica, ahora proclamada como doctrina por Frossard.
En su resolución, el Congreso de Marsella ha prometido (se puede decir ha prometido),
ha proclamado una nueva era, una nueva etapa en la política de nuestro partido francés
hacia los sindicatos. Ha dicho de una manera muy señalada, incluso demasiado: nada de
autonomía para los comunistas en los sindicatos. Autonomía sindical naturalmente, pero
no autonomía para los comunistas en los sindicatos.
En Moscú, durante la sesión plenaria del ejecutivo, formulamos sobre esta
cuestión una tesis que aún es más precisa que la del Congreso de Marsella, pero con el
pleno consentimiento de nuestros camaradas franceses.
Estos dijeron: “Esperad un poco, ahora marcharemos más resueltamente por
vuestra vía.”
Vemos lo contrario.
En la CGT se da una colaboración entre los comunistas y sindicalistas,
colaboración en la que los sindicalistas, siendo los libertarios sobre todo más, (no puedo
decir más activos, sino más independientes y más chillones sobre todo que los nuestros,
que siempre son muy reservados). De todos modos, se nota que en los sindicatos hay
comunistas.
Desde que la escisión es un hecho cumplido, desde que hay dos confederaciones
generales del trabajo, no se ve al partido comunista en el movimiento sindical. Solo
quedan los sindicalistas anarquizantes y los anarquistas puros que proclaman que el
sindicalismo no tiene nada que hacer en el partido, que la Internacional Comunista
siempre ha estado comprometida, que ha vivido, que ha muerto a causa de esa enfermedad
de la que haba Verdier, que con el sindicalismo revolucionario es suficiente. Y, por otra
parte, vemos a Daniel Renoult y Frossard que aceptan esta tendencia y que la validan.
[…]
La organización del partido
Trotsky.- La cuestión de la organización.
Parece ser que en primer lugar esta es una cuestión de oligarquía, Moscú preconiza
la oligarquía, el centralismo.
35
Extractos de “Segunda intervención ante el Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre la crisis del
PCF (Extractos de las actas del Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional)”, en nuestra serie Trotsky
inédito en internet y en castellano.
116
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
117
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
A propósito de los sindicatos se nos dice: “No olvidéis las supervivencias del
pasado en Francia, las tradiciones sindicalistas, anarquistas, etc., no creáis que Francia y
Alemania son el mismo caso.” Ahora bien, creo tener derecho a decir que conozco ese
lado de la historia de Francia suficientemente para un extranjero. Pasé el comienzo de la
guerra en Francia, allí colaboré con sindicalistas, sindicalistas que eran mis mejores
amigos, como Monatte y Rosmer. Conjuntamente comenzamos a combatir al chovinismo.
Y fue el señor Bourderon, el camarada Saumonneau, el que me decía a veces: “¡pero usted
colabora contra el partido con los sindicalistas y anarquistas!” Bourderon decía: “¡no
quiero discutir las cuestiones del partido con los anarquistas!”
Por mi parte, aprecio muy bien la escuela sindicalista de Francia, que no era una
mala escuela. Pero reconocer la importancia de sus tradiciones e inclinarse piadosamente
ante ellas son cosas completamente diferentes.
En la Humanité se encuentran resoluciones y artículos de sindicalistas dirigidos
contra nosotros y publicados sin comentarios. ¿Por qué no responde el partido? Para no
molestar a los sindicalistas. Pero esta es una manera de alimentar sus prejuicios, las
supervivencias del pasado, y asegurar su influencia en el movimiento obrero en
detrimento de la del partido.
[…]
36
Extracto de “Tercera intervención ante el Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre la crisis del PCF
(Extractos de las actas del Ejecutivo de la IC)”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
118
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
La conducta del partido en la cuestión sindical es particularmente inadmisible.
Determinados camaradas aseguran, con la mayor seriedad, que la falta de éxito del partido
en el movimiento sindical se explica por el error del último congreso al establecer un lazo
orgánico entre las dos Internacionales. ¡De ello resultaría que la masa obrera se habría
resistido al enterarse de que se había establecido, entre la Comintern y la Profinter una
representación permanente! De hecho, esto es una enorme ingenuidad. La masa a la que
atrae la Profintern roja no se interesa en tal o tal otra sutileza de organización. Lo que la
atrae es la bandera de la revolución proletaria, del comunismo, de la República de los
Soviets, de la Rusia de los obreros y de los campesinos. Pensar que el obrero de la masa
que prefiere a Moscú frente a Ámsterdam está atemorizado porque se ha establecido un
cambio de representaciones entre las dos Internacionales es no distinguir a las masas de
la burocracia sindical. Esta última, en efecto, no quiere lazos orgánicos pues teme el
control político y que el partido la engulla… En el fondo, los sindicalistas y libertarios
dirigentes representan en el movimiento sindical una verdadera oligarquía que cuida su
posición y prerrogativas y quiere preservarlas de la “competencia” del partido comunista.
La masa organizada en los sindicatos no teme, en cuanto a ella, esta competencia: por el
contrario, busca ávidamente una verdadera dirección. El viejo partido socialista
parlamentario teme la competencia de los revolucionarios y de los sindicalistas que le
echan en cara continuamente sus pecados oportunistas y patrióticos. El nuevo partido
comunista se ve obligado a continuar esta tradición en la medida en que no se ha librado
de tendencias oportunistas. En el momento en el que el partido despliegue su bandera en
los sindicatos y hable en ellos a plena voz, conquistará a la masa de los obreros sindicados
y los mejores elementos sindicalistas se pondrán bajo su bandera. Ya no habrá lugar para
los espíritus limitados, para los charlatanes, los intrigantes y aventureros de la especie de
Verdier, Quinton, etc. Considero como un síntoma extremadamente alarmante el artículo
de Frossard diciendo que es necesario continuar la tradición jaurista en esta cuestión: en
esa vía el partido no podrá más que hundirse en la ruina, precedido de la de los sindicatos
privados de una dirección ideológica regular. Asustado por fantasmas, el partido rehúsa
hacer sus deberes. Asustado por una crisis, inevitable durante el período de transición
hacia una política correcta frente a los sindicatos, el partido marcha inevitablemente hacia
la catástrofe. Un giro radical del partido en esta cuestión constituye una condición previa
absolutamente necesaria para todo trabajo serio en el seno del proletariado.
[…]
37
Extracto de “Carta a Rosmer [22 de mayo de 1922]”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en
castellano.
119
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
1.- Si al comunismo francés le faltan contornos definidos, si también le falta
claridad en las ideas y en la organización, ello no proviene de abajo sino de arriba. La
clase obrera francesa, en su doble calidad de clase obrera y de clase obrera francesa, busca
la claridad, la determinación, lo finalizado y decidido. Ha suministrado un terreno
favorable al sindicalismo revolucionario porque no encontraba esas cosas en el antiguo
partido. La clase obrera francesa está amenaza de una recaída en el sindicalismo
revolucionario porque, hoy en día, el partido comunista se desembaraza demasiado
lentamente, en sus esferas elevadas, de la herencia del pasado. Como ocurre siempre en
la historia en semejantes casos, los aspectos positivos del sindicalismo revolucionario de
antes de la guerra tienden a desaparecer y sus aspectos negativos adquieren un
extraordinario desarrollo. Lo repito, la falta de claridad no proviene de abajo sino de
arriba. Proviene de los directores de diarios, de los periodistas, de los diputados con sus
relaciones y sus lazos arraigados en el pasado. De ahí se deriva esta extraordinaria
indecisión del Comité Director en todas las cuestiones en las que están interesados diarios
y periodistas, ¡como en el asunto Fabre!
[…]
3.- Tampoco veo ningún progreso en la cuestión sindical. Por el contrario, vemos
aquí un retroceso ininterrumpido del partido. Verdier, Quinton y compañía se han
aprovechado de la autoridad del partido para afirmar su posición en el movimiento
sindical, para después darle una patada al partido39. Ciertos artículos de l’Humanité
todavía defienden en la cuestión sindical la actitud de Jaurès, netamente opuesta a la de
la Internacional e incluso a la que se expuso en el congreso de Marsella, aunque con
bastante poca claridad. En política, como en física, la naturaleza tiene horror al vacío.
Ustedes abandonan la posición sindical cuando las masas buscan una guía: he ahí porque
los sindicalistas y libertarios ocupan automáticamente posiciones sobre las que no tienen
ningún derecho moral. Vemos bien que se tema una crisis en las esferas dirigentes del
movimiento sindical. Pero algunos artículos de principios, claros, firmes y capaces de
servir de guía publicados en l’Humanité importan cien veces más que los acuerdos de
pasillo con la CGTU. En una cuestión como la cuestión sindical no se debe permitir a los
principales militantes jugar cada uno su papel y tener cada uno su punto de vista. […]
38
Extractos de “Carta a Ker”, en nuestra serie Trotsky inédito en internet y en castellano.
39
Verdier y Quinton, jefes de fila de los anarcosindicalistas en el seno de la “minoría” revolucionaria de la
CGT, después en la CGTU, eran inicialmente miembros del Partido Comunista. El mismo Monatte,
campeón de la unidad sindical, fue quien propuso para el secretariado de los CSR a Quinton que después
se convertiría en el campeón de la escisión.
120
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
[…]
El camarada Frossard ha realizado un pronóstico bastante optimista. Y todos
nosotros, naturalmente, estamos entusiasmados con la perspectiva que se nos dibuja.
Confío sinceramente en que se realizará, pero verdaderamente ese éxito es un poco
sorprendente.
¿Cómo se prepara ese cambio? Los obreros no lo ven. Sin embargo, la prensa
debería reflejar un poco ese proceso. ¡No se ve nada al respecto! Por mi parte he seguido
los síntomas que caracterizan las relaciones entre el partido y el movimiento sindical.
Durante la conferencia del Ejecutivo Ampliado insistimos mucho en la necesidad
de cambiar la actitud del partido en la cuestión sindical. Nuestros camaradas franceses
dijeron: “Sí, todavía existe cierta falta de energía en la aplicación, pero eso marchará
mejor en el futuro.”
Después leí el artículo del camarada Frossard sobre la cuestión en el que dice:
“La política hábil y previsora de Jaurès impidió que se produjese lo irreparable
entre esas dos fuerzas proletarias, una política, la otra económica, tan igualmente
necesarias ambas y en el fondo tan estrechamente solidarias. Creo que Longuet no nos
reprochará que tomemos a cuenta nuestra la política de Jaurés.”
Camaradas, aquí hay una dirección absolutamente contraria a las resoluciones de
nuestros congresos internacionales, a nuestro programa y a las resoluciones de Marsella.
Es una dirección bastante clara: la tradición jauresista. Conocemos bien las
grandes cualidades, el potente genio de Jaurès. Incluso en su táctica sindical se manifiesta
su gran genio pues esta táctica era completamente apropiada, completamente adecuada
para la situación creada por el socialismo-reformista patriotero y nacional, por una parte,
y por el sindicalismo anarquizante por la otra. Entonces no había posibilidad para nuestra
táctica. El proletariado reaccionaba contra la hipocresía democrática a través del
sindicalismo. El partido estaba infeudado al parlamentarismo. Entonces el partido, por la
elocuente boca de Jaurès, decía: “Indulgencia para esta impaciencia del proletariado:
este odio, esta obstrucción contra el partido, es un hecho históricamente dado, hay que
tomarlo tal cual es, no tocarlo.”
Por otra parte, los hombres que guiaban a los elementos sindicalistas (y que se
revelaron después como unos traidores, que explotaban entonces los sentimientos
verdaderamente revolucionarios de la clase obrera francesa, los Jouhaux y compañía, se
decían: “Estamos contra el parlamento, pero puesto que los parlamentarios no pisan
nuestro dominio sindical se puede dividir el trabajo, se dará cierto entendimiento tácito
entre nosotros y el partido socialista parlamentario. He ahí la tradición jauresista.”
¿Nosotros podemos aceptarlo? ¡Jamás!
[…]
40
Extracto de León Trotsky, “Cuarto discurso de Trotsky. Extractos de los protocolos del Ejecutivo de la
Internacional Comunista”, en Los cinco primeros años de la Internacional Comunista, páginas 458-459 del
formato pdf en estas mismas OELT-EIS.
121
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
1.- La tarea más urgente del partido consiste en organizar la resistencia del
proletariado ante la ofensiva del capital, desplegada en Francia al igual que en los demás
grandes estados industriales. La defensa de la jornada de ocho horas, la conservación y el
aumento de los salarios obtenidos, la lucha por todas las reivindicaciones económicas,
constituyen la mejor plataforma para reunir al proletariado disperso y devolverle la
confianza en su fuerza y en su futuro. El partido debe iniciar inmediatamente la
organización de los movimientos de conjunto susceptibles de derrotar la ofensiva del
capital y de infundir en la clase obrera la noción de su unidad.
2.- El partido debe llevar a cabo una campaña para demostrar a los trabajadores la
interdependencia existente entre el mantenimiento de la jornada de ocho horas y la
protección de los salarios, la inevitable repercusión de una de esas reivindicaciones sobre
la otra. Debe considerar como motivos de agitación no solo las maniobras de la patronal
sino, también, los ataques lanzados por el estado contra los intereses inmediatos de los
obreros, como por ejemplo el impuesto sobre los salarios y todas las cuestiones
económicas que interesan a la clase, obrera: el aumento de los alquileres, los impuestos
de consumo, los seguros sociales, etcétera.
El partido emprenderá una activa campaña de propaganda en la clase obrera por
la creación de consejos de fábrica que abarquen al conjunto de los trabajadores de cada
empresa, estén o no organizados sindical o políticamente, destinados sobre todo a ejercer
un control obrero sobre las condiciones del trabajo y de la producción.
8.- Las consignas de lucha por las reivindicaciones materiales apremiantes del
proletariado deben servir para hacer efectivo el frente único contra la reacción económica
y política. La táctica del frente único obrero será el patrón general de las acciones de
masa. El partido creará condiciones favorables para el triunfo de esta táctica encarando
una preparación seria de su propia organización y de los elementos simpatizantes, con
todos los medios propagandísticos y de agitación de que disponga. La prensa, los
volantes, los panfletos, las reuniones de todo tipo, deben emplearse en esta acción que el
partido extenderá a todos los grupos proletarios donde haya comunistas. El partido
convocará a las organizaciones obreras rivales más importantes, políticas y sindicales,
comentando constantemente en la prensa sus proposiciones o las de los reformistas, las
aceptaciones y los rechazos de unas u otras. En ningún caso renunciará a su total
independencia, a su derecho a criticar a los participantes en la acción. Siempre tratará de
tomar y conservar la iniciativa y de gravitar sobre cualquier otra iniciativa que coincida
con su programa.
4.- Para estar en condiciones de participar en la acción obrera en todas sus formas,
de contribuir a orientarla o de desempeñar, bajo determinadas circunstancias, un papel
decisivo, el partido debe constituir, sin pérdida de tiempo, su organización de trabajo
sindical. La formación de comisiones sindicales dependientes de las federaciones y
41
“Programa de trabajo y de acción del Partido Comunista Francés”, en nuestra serie Trotsky inédito en
internet y en castellano.
122
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
123
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
males que afligen a esas regiones y desarrollar el espíritu de solidaridad de los obreros de
ambos países. La consigna comunista será: confraternización de los soldados y de los
obreros franceses y alemanes en la orilla izquierda del Rhin. El partido se mantendrá en
estrecha vinculación con el partido hermano de Alemania para realizar eficientemente
esta lucha contra el tratado de Versalles y sus consecuencias. El partido combatirá al
imperialismo francés no solamente en lo que respecta a su política con Alemania sino,
también, en lo que respecta a sus manifestaciones sobre toda la superficie del globo, en
particular a los tratados de paz de Saint-Germain, Neuilly, Trianon y Sevres.
8.- El partido emprenderá un trabajo sistemático de penetración comunista en el
ejército. La propaganda antimilitarista deberá diferenciarse claramente del pacifismo
burgués hipócrita e inspirarse en el principio del pertrechamiento del proletariado y del
desarme de la burguesía. En su prensa, en el parlamento, en toda ocasión favorable, los
comunistas apoyarán las reivindicaciones de los soldados, preconizarán el
reconocimiento de los derechos políticos de éstos, etc. En medio del llamamiento a las
nuevas clases, de las amenazas de guerra, la agitación antimilitarista revolucionaria debe
ser intensificada. Se hará bajo la dirección de un órgano especial del partido, con
participación de las Juventudes Comunistas.
9.- El partido se interesará por la causa de las poblaciones coloniales explotadas y
oprimidas por el imperialismo francés, apoyará sus reivindicaciones nacionales que
constituyen etapas hacia su liberación del yugo capitalista extranjero, defenderá sin
reservas su derecho a la autonomía o a la independencia. Luchar por sus libertades
políticas y sindicales sin restricciones, contra el servicio militar de los nativos, por las
reivindicaciones de los soldados nativos, esa es la tarea inmediata del partido. Este
combatirá despiadadamente las tendencias reaccionarias aún existentes entre ciertos
elementos obreros y que consisten en la limitación de los derechos de los nativos. Creará
junto a su Comité Director un organismo especial dedicado al trabajo comunista en las
colonias.
10.- La propaganda entre la clase campesina, tendiente a ganar para la revolución
a la mayoría de los obreros agrícolas, colonos y granjeros, y a ganarse la confianza de los
pequeños propietarios, se acompañará con una acción orientada hacia la obtención de
mejores condiciones de vida y de trabajo de los campesinos asalariados o dependientes
de los grandes propietarios. Dicha acción exige que las organizaciones regionales del
partido formulen y difundan programas de reivindicaciones inmediatas apropiados para
las condiciones especiales de cada región. El partido deberá favorecer las asociaciones
agrícolas, cooperativas y sindicales contrarias al individualismo campesino. Se dedicará
particularmente a la creación y al desarrollo de los sindicatos profesionales entre los
obreros agrícolas.
11.- El trabajo comunista con las obreras presenta gran interés y exige una
organización especial. Se necesitan una comisión central dependiente del Comité Director
con un secretariado permanente, comisiones locales cada vez más numerosas y un órgano
consagrado a la propaganda femenina. El partido apoyará la unificación de las
reivindicaciones de las obreras y de los obreros, la nivelación de los salarios para un
mismo trabajo sin distinción de sexo, la participación de las mujeres explotadas en las
campañas y en las luchas de los obreros.
12.- Es preciso consagrar al desarrollo de las Juventudes Comunistas esfuerzos
más metódicos y constantes de los que ha hecho el partido hasta ahora. Deben ser
establecidas relaciones recíprocas entre el partido y las Juventudes Comunistas en todos
los niveles de la organización. En principio, la Juventud estará representada en todas las
comisiones dependientes del Comité Director. Las federaciones, las secciones, los
propagandistas del partido tienen la obligación de ayudar a los grupos ya existentes de
124
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky
jóvenes, de crear otros nuevos. El Comité Central está obligado a vigilar el desarrollo de
la prensa de las Juventudes y a asegurar a éstas una tribuna en los órganos centrales. El
partido hará suyas en los sindicatos las reivindicaciones de la juventud obrera de acuerdo
con su programa.
13.- En las cooperativas, los comunistas defenderán el principio de la organización
nacional única y crearán grupos comunistas vinculados a la sección cooperativa de la
Internacional Comunista por intermedio de una comisión vinculada al Comité Director.
En cada federación, una comisión especial deberá dedicarse al trabajo comunista en las
cooperativas. Los comunistas se esforzarán en utilizar la cooperación como auxiliar del
movimiento obrero.
14.- Los afiliados elegidos en el parlamento, en las municipalidades, etc., llevarán
a cabo la lucha más enérgica vinculada estrechamente con las luchas obreras y las
campañas conducidas por el partido y las organizaciones sindicales al margen del
parlamento. Los diputados comunistas, bajo el control y la dirección del Comité Central
del partido, los consejeros comunistas municipales generales y de circunscripción, bajo
el control y la dirección de las secciones y de las federaciones, deberán ser empleados por
el partido como agentes de agitación y de propaganda, conforme a las tesis del 2º
Congreso de la Internacional Comunista.
15.- El partido, para poder elevarse a la altura de las tareas trazadas por su
programa y por los congresos nacionales e internacionales y poder realizarlos, deberá
perfeccionar y fortalecer su organización, siguiendo el ejemplo de los grandes partidos
comunistas de los demás países y las reglas de la Internacional Comunista. Necesita una
severa centralización, una disciplina inflexible, una estrecha subordinación de cada
miembro del partido, de cada organismo, al organismo inmediato superior. También es
indispensable desarrollar la educación marxista de los militantes multiplicando
sistemáticamente los cursos de adoctrinamiento en las secciones, abriendo escuelas del
partido, quedando estos cursos y estas escuelas bajo la dirección de una Comisión Central
del Comité Director.
125
Recopilación sobre los sindicatos León Trotsky