LA CARTA
Cuento de MARÍA RAQUEL SAGUIER DE ROBBIANI
La carta, que por casualidad había llegado a mis manos, me dejó estupefacta y fue tal el
impacto al leerla que tuve que sentarme. Era indudable que nunca había sido enviada y que
la habían escrito sólo como un desahogo.
La letra era de la abuela Ester y el destinatario, una gran incógnita. Siempre pensé que el
abuelo Francisco había sido su primer y único amor, pero ahora, la extraordinaria
revelación de un sentimiento antiguo, fuerte y misterioso, afirmaba lo contrario.
Necesité leerla de nuevo:
“Te escribo desde el silencio de mi alcoba, de un silencio venido de muy lejos, sólo
quebrado de tanto en tanto, por la brisa que escapa de la noche y secuela en la ventana,
agitando las cortinas e inundando todo con profunda tristeza, pertinaz y amarga. Como la
mía, como la tuya. Por la dolorosa evidencia de no poder cambiar nuestros destinos. Porque
los sueños se desvanecen ante la realidad de que estábamos soñando. Porque mañana me
caso con otro y tú lo sabes. En vano trato de detener estas horas que nos quedan en el
tiempo, sólo en vano; ellas se escapan de mis manos en su eterno avanzar raudo y
constante, acercándonos a la inevitable despedida, a la tensión de un adiós irremediable, a
la partida que empieza a ser nostálgica presencia.
Y ahora, sola en la noche, vivo este silencio con los ojos cerrados para evocarte, para
sentirte, pues si los abro no te encuentro. Te recupero poco a poco y es tan nítido y doloroso
el contorno de tu frente, de tu boca; tu presencia se hace tan vívida y cercana que hasta
tengo la certeza en este instante, que con sólo alargar un poco la mano puedo tocarte, puedo
llenarme de tu aroma que parece estar en todas partes, de tus ojos que secos de lágrimas
regresan reflejados en la luna, de tu amor que me sofoca, como si fuera lo único que me ha
sucedido y seguirá sucediéndome sin fin, hasta el día en que mi memoria agote tu recuerdo.
Escribo con una facilidad que me asombra y las ideas que brotan del sentimiento se
apresuran por llegar a ti, a tu silencio, hasta tu pena que en la distancia se confunde con la
mía.
Mi refugio son los recuerdos que ya se hicieron carne en mi carne y que vuelven llenos de
indefinible encanto, de fragmentadas añoranzas. Nuestros pasos se encontraron en una
misma huella ancha y profunda, pero ya nuestros senderos estaban bifurcados en distintas
direcciones, sin posibilidad de algún reencuentro.
Nos conocimos tarde y ahora sólo acepto mi destino, impotente de cambiar lo que de
antemano estaba impuesto. Como si nuestros días se sucedieran en tiempos diferentes,
como aguas que apartadas de su cauce ya no pueden reunirse en sus comienzos. Fueron
encuentros casuales, fortuitos y tú lo sabes. Iba yo por la senda y tú venías por ella. Con el
lenguaje mudo sin voz y sin palabras. En tácito acuerdo nuestras miradas se buscan, se
comprenden, se responden, prendidas en algo sobrenatural situado más allá de la expresión
hablada. Una sutil complicidad de pensamientos, de tenues ondas sensoriales sólo captadas
por nosotros mismos, que nos hace entender la noche, entender los trinos, el viento y lo
bello.
Retrocede el tiempo hasta llegar al día íntimo, infinito. Y me estremezco de sólo revivirlo.
Es de noche y hay un baile, con ruidos, con personas que se mue ven sin rostros, con voces
que se alargan y que no oímos.
Solos tú y yo; ausentes a todo lo que nos rodea. Unidos en el torbellino de la música que
nos llega muy lejana. Embriagados en la rara y deleitosa sensación de sabernos cerca, sólo
sintiendo en las manos, el palpitar de las venas.
Tu mirada húmeda, inmóvil en la mía, mi mirada húmeda, inmóvil en la tuya y ese temblor
divino que prendido a nuestros labios, nos impide pronunciar palabras.
La conciencia vuelve a ratos, tratando de liberarnos del hechizo, de guardar distancias, de
gritarnos lo imposible de este sueño, de este amor que nos delata. Y sin embargo, ella
fracasa.
Asistimos deslumbrados a la revelación que comienza a tomar cuerpo en nuestros cuerpos:
yo te amo y tú me amas.
Bailamos con ansiosa entrega; nos aceptamos tan gozosos y olvidados que la música se
hace eterna. Vibramos con vibraciones tan profundas de placer, que nos parece absorber en
cada sensación, la vida entera. Nuestras voces se anudan en la garganta, pronunciamos
nuestros nombres quedos. Es un momento mágico de dicha suprema que nos arrebata, nos
eleva; salimos a la luz, alcanzamos la luna.
¡Oh, Dios, obra el milagro de detener esta noche en el tiempo, que ella quede eterna,
edificada en nuestro cielo!
Era la oración de nuestros corazones y tú lo sabes. Nada más que un sueño del que
despertamos cuando nos sacude la dolorosa realidad de que estábamos soñando.
Esa noche lejana, tibia aún de tu presencia. Y ahora, en la soledad de mi cuarto esta noche
que se hace fría, inmensa.
Sigo viviendo el silencio, empiezo a vivir tu ausencia; pero ahora ya no hay brisa ni una
mañana que se cuela en la ventana y a través de ella percibo como en sueños, difuminadas,
dos siluetas que se alejan, huyéndose y buscándose.
Hoy tú sales de mi vida y no puedo retenerte. Hoy te llevas mi dolor, hoy te llevas mi
agonía, hoy te esfumas lentamente. . .
Miro el reloj, implacable me recuerda que me casaré mañana. Y en mi pecho crece una
indecible sensación de desconsuelo, de dolor que va en aumento y en mi boca se demora el
sabor de una lágrima, que cae silenciosa mezclada con la tuya.
Lo nuestro empezó sin un comienzo y termina sin un final. Nos une todo y no nos une
nada; ni siquiera aquello que no dijeron las palabras, ni siquiera aquello que captaron las
miradas.
Mañana me caso con otro, mañana…
Todas las luces se apagan. En el fondo, en las almas queda una: Tú me amas, yo te amo y tú
lo sabes. . .”.