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Fondo para Elegía Poética

El documento es una colección de poemas que expresan el dolor y la soledad de una persona después de la muerte de su pareja. Los poemas describen cómo la persona extraña a su pareja y lucha con la pérdida y el proceso de duelo.

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Juli la Rita
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El documento es una colección de poemas que expresan el dolor y la soledad de una persona después de la muerte de su pareja. Los poemas describen cómo la persona extraña a su pareja y lucha con la pérdida y el proceso de duelo.

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Elegía para E.

Estela Smania

vientodefondo
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo/
una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego,/
el humo de la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de/
su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.

¿Cómo saber entonces dónde estás en este desmedido,/


insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan/
y los lugares se deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas…?

¿Cómo acertar contigo si aun en medio del día instalabas/


a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como/
un árbol…?
Olga Orozco
Subían desde el Tajo
–anticipaban la nostalgia–
las notas
tristísimas
de un fado.

Habíamos pasado la tarde


en la Rua Augusta
y bebido un licor de cerezas.

Preguntó
¿dónde estamos?

Y fue el principio del fin


allá
en Lisboa.
Se va de a poco
piadoso
imperceptible.
A veces
todavía
lo recobro.
Y vuelven los encuentros
la ternura
la charla y el café
las manos juntas.
Camuflado el terror
creo
que dependen de mí
el suceder
de los días y las noches
su entera vida
y su final.
Desde los patios de la casa grande
cuando el sol se iba yendo
y hacía frío
él venía hacia mí
lento
vacilante.

Yo lo esperaba inmóvil
con los brazos abiertos
para que me encontrara.
Mis manos
eran
su única
certeza.
Pregunta
si pagué los impuestos
si lloverá mañana
si ya llega la noche
si vinieron los nietos
si es domingo.
Le sonríe
a su reflejo en la ventana
o detiene la mirada
en un punto lejano.

Esta es la casa nuestra


le digo
y un temblor lo atraviesa:
recuerdos
que yo habito.
Está enfermo.
Se le ha vuelto de piedra el aire.
Le doy el que respiro
como si lo besara.
Su piel tiene la textura de un niño
allí donde la toco
crece
una rosa negra.
Despierta afiebrado
y me cubre
con los brazos en cruz.
En la madrugada ambigua
todo es silencio
sus puños
se estrellan en la nada.
Los monstruos huyen.
Estás a salvo
dice.
Le aseguro que los ha puesto en fuga
y llora
como quien ha temido por su vida
dispuesto
a darla por la mía.
No sabe
de otras muertes
que inventa la tristeza.
Se ha caído sobre los cerámicos
de la cocina.
Lo encuentro tendido
como un árbol
que fue refugio
y sombra.
Me tumbo a su lado
le cuento
que el domingo vendrán
los nietos
y comeremos juntos.
Él sonríe.

Yo ruego
que alguien llegue
y nos regrese
al mundo.
En el hospital
yace atado
de pies y manos.
En silencio
como si ya se hubiera ido.

Llevo la cuenta de su respiración


entrecortada
le canto
para que duerma.
Nos quedamos solos.
Mil noches fueron
más de mil.
Envejecimos
cabeza con cabeza
entre recuerdos.
Se cruzaba la dicha
a veces
como un relámpago.
Primero fue la desmemoria
después
vino la muerte
(no puedo
descifrar su última palabra
pero sé que me nombra).

En la noche de agosto
el viento puntual de Santa Rosa.

Era ésta
la soledad verdadera
la que no cesa
ni entre la mucha gente.
No hay barca
no hay Caronte.
En caja de madera se va
hacia la nada.
Voy a inventar la barca
y el remero
para hacer de su muerte
un largo viaje.

Se lo debo.
De este lado quedaron
el reloj
los libros y su pipa.
Apenas cosas
vacías
que él ya no convoca
para la fiesta diaria.
He regalado lapiceras
gemelos
las camisas celestes
y el gabán.
Cuesta creer que alguna vez
hayan tenido alma.
Sólo su boina conserva
el pulso de lo vivo
sobre la cabeza del mayor
de los nietos.
Un día
otro día
otro más.
El tiempo empieza a borrar
su voz
sus ojos tristes.
Quedará la memoria
de los buenos momentos.
Por ahora
confusos
inasibles
ajenos.
Aunque su sombra
va siempre conmigo
cuando llega el verano
se aligera
casi no pesa
o desciende sobre mí
como un manto.
Entonces
con el alma en su sitio
puedo saltar aguas oscuras
y quedarme
en el mundo.
Ya no suena su voz
en el umbral de la noche
pero crece su presencia
allí
donde le escribo.
Se posa en los papeles
en el arlequín de palidez mortal
en los retratos de los muertos amados
en la maqueta de una ciudad en ruinas.

Alargo el encantamiento
–sin palabras–
puro temblor
memoria pura

hasta que llegan los niños


y sus juegos invadiendo
las avenidas del comedor.
Es bueno estar
en medio de las cosas
es bueno entregarse a la taza de café
y dejar que el tiempo
ruede así
sencillo
transparente
adormecido sobre las rosas
que él cuidaba para mí.
He regresado.

Desde la terraza del Hotel do Chiado


sobre los techos rojos de Lisboa
veo que caen jazmines.
Caen mansos.
Un licor denso y amargo
baja por la garganta.
¿Qué puedo esperar?
¿Volver al mundo
extraña
sedienta
singular
con la muerte pisando mis talones?
Como su abuelo
llevaba el nombre
de un príncipe italiano
y los ojos grises
tristes
de esa abuela catalana
que corrió de la cocina
hacia los patios
a mirar
por primera vez
un avión que surcaba el cielo
entre las nubes
y se trizó la pierna
y murió casi niña.
Vaya a saber de quiénes provenían
su timidez extrema
su estarse para adentro
su silencio.
Yo fui el necesario contrapeso
en mínimas cuestiones
de la sobrevivencia.
Así anduvimos
tendiéndonos las manos
por todo el tiempo
que duró su vida.
¿Artificio o verdad?

La frescura de las sábanas limpias


el viento helado en la cara
la arena ardiente sobre la que ando
la punzada en la espalda
la niebla ante los ojos
todo
me dice que estoy viva.

¿Y el deseo
la fiebre
la palabra crecida?
¿Y este desierto
este vértigo
hacia el abismo?
No hubo flores
sobre la mortaja.
Hubo cartas
adioses
para el viaje.

Los nietos
dibujaron un barco
sobre el helado piso de la funeraria
un sol
guirnaldas
y la casa
los patios
donde fueron felices.

Después
sonaron
las voces
altísimas
del coro de las hijas.

Yo no hubiera querido
que se callaran
porque
el mundo seguiría girando
sin él
sin mí
como si nada fuera
como si nada hubiera sido.
Se Vende
decía el cartel.
La casa empalideció
bajo el aguaribay
donde él miraba
pasar la vida
y los fantasmas.

Me fui con apenas


algunas cosas
las necesarias
para seguir
como quien vive.

Crucé el jardín
sin mirar
cómo se quedaban solos
las dalias y los agapantos
que me regalaba.

Lloré
entre los brazos de mi hija
como una niña
que ha perdido todo.

La calandria
como cada tarde
picoteaba su imagen
en el vidrio Si volviera
fingiendo ¿sabría quién soy?
que no pasaba nada. Pura carnalidad
pura materia
voy siendo otra
a cada instante
tan otra
que no me reconozco.
En cambio
él
se mantiene intacto
incluso nuevo
como en los días felices.

Quizá
–con ojos de otro mundo–
ame
también
mi recuerdo
la que fui
no la que soy.
Deseche lo aparente
y compasivo
me cubra
con la eterna memoria
de lo eterno.
Embellecida.
Le gustaban
las manzanas con vino dulce
y con canela.
Yo miraba
la alegría
en su boca
y reconocía en su mirada
la impaciencia
para que nadie comiera
aquello que era suyo
aquello
milagrosamente
inacabable.
Ahora
por costumbre
sigo trayendo a casa
la ventura
de las manzanas rojas.
Para nadie.
O sólo para
que aquel olor
se quede
y me acompañe.
Nada es lo que era.
Donde miro
se esparce
–de polvo–
la memoria.

Me pierdo en el Central Park


no por diagonales
ni pasajes.
Me pierdo de mí
sombría
como voy.
Sé que no me espera.
Voy por ir
hacia ninguna parte.
Voy
entre los que se dicen adiós
los que se encuentran
los que vuelven a casa.

En Harlem suena
un spiritual.
Ella Fitzgerald me lleva
por la 125 St.
Me sostiene
cuando las piernas
me abandonan.
Cuando recobro Aún respiro
el aliento –me digo–
bailamos. con los muchos que son
conmigo.
When they Begin the Beguine. Estoy viva
bajo la luz del mediodía.
Son otros los aires. Soy
No se equivoca el recuerdo. en el mundo
Las ventanas eran ciegas del corazón a la cabeza
el hollín trepaba y a la inversa
por los muros que fueron rojos. casi humana.
¿Y el miedo?
¿Y el olor de los meaderos?
Otro Harlem.
Este errar
se ha vuelto indigno.
Canta Ella
canta
tu merecida
eternidad.
En Santa Catalina
donde él hubiera querido
que iniciáramos la vida
(yo soñaba con el mar)
bajo un algarrobo
junto al agua
dejamos
una urna de barro
y sus cenizas.
Después
a la sombra
tendimos un mantel
y celebramos su buena vida
con el vino y el pan.
El dolor dejó de devorarnos
y la risa
se esparció por el aire
se oyó el agua
entre las piedras
el canto de los pájaros.

Cuando llegó el verano


la correntada oscura
desdibujó el paisaje
y cambió el sitio de las cosas.

No hubo reclamos.
La creciente
había hecho lo suyo.
Supe Alguien me pide que cante la alegría
entonces que le ponga palabras
que el universo a las horas
en movimiento que transcurrieron antes.
era el destino Pero me he quedado tan sin ganas
de su muerte. de saltar por encima de las demoliciones
y salir a la luz
La tristeza de enmascarar la sed
entre el cielo de respirar como si nada.
y la tierra.
A veces merodeo
el paraíso
sólo un momento
que se convierte en voz
antes de quebrarse.

Renuncio al placer
como al dolor intenso
y en esta medianía
espero.
Hablar en pasado
es como abandonarlo
en el tiempo
en el bosque de arrayanes
donde nos conocimos
o en una callecita de Marruecos
donde por una noche
nos perdimos el uno del otro.
Nombrarlo en pasado
es huir hacia adelante
y salvarme
no es lo que quiero
porque llega el otoño
y el aire es tibio
y tejo
y él se queda conmigo
me abriga
me muestra la salida.
Smania, Estela
Elegía para E/Estela Smania. - 1a ed. -
Córdoba: Viento de Fondo, 2018.
60 p.; 20 x 14 cm.

ISBN 978-987-29042-5-8

1. Poesía Argentina Contemporánea. I.


Título.
CDD A861

Viento de Fondo, 2018


Estela Smania, 2018
Diseño editorial y portada: Lorena Díaz
[Link]
vientodefondo@[Link]

Córdoba, Argentina, primavera de 2018

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