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Identidad y Misión Del Laico

El documento describe la vocación y misión de los laicos en la Iglesia, reconociendo que aunque tienen roles diferentes a los clérigos, comparten la misma misión de evangelización y transformación del mundo.

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El documento describe la vocación y misión de los laicos en la Iglesia, reconociendo que aunque tienen roles diferentes a los clérigos, comparten la misma misión de evangelización y transformación del mundo.

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En el Decreto Apostolicam Actuositatem (n.

2), sobre el apostolado de los laicos, se afirma que «en


la Iglesia hay variedad de ministerios, pero unidad de misión» A nadie han bautizado cura, ni
obispo. Nos han bautizados laicos.
La distinción: clérigo-laico, no se encuentra en el vocabulario del Nuevo Testamento, pero sí en el
de la Tradición cristiana.
Del mismo modo que eligió a algunos para que estuvieran con él (cf. Mc 3,14), también llamó a
otros en circunstancias diferentes. Encontramos, por ejemplo, la vocación de Zaqueo (cf. Lc 19,1-
10), quien después del encuentro con Jesús no cambia de oficio, sino que sigue ejerciendo su trabajo
con una lógica renovada; también está la vocación del maestro de la ley (cf. Lc 10,2527), llamado a
comportarse como el buen samaritano; pero de modo muy especial encontramos la vocación de la
Virgen María (cf. Lc 1,26-38), que se convierte en modelo de fe para la comunidad, porque en
íntima unión con Cristo, ha sido la criatura que más ha vivido la plena verdad de la vocación,
respondido con un amor tan grande al amor inmenso de Dios.
Hechos de los Apóstoles y en las cartas paulinas, donde se narra su compromiso con la comunidad a
través diversos servicios: los encontramos dando hospedaje y prestando asistencia a los apóstoles y
misioneros itinerantes; ofreciendo sus casas para las reuniones de la comunidad (cf. Hch 12,12; Col
4,10-15). El apóstol Pablo menciona en sus cartas a sus colaboradores que le acompañaron en la
fundación de iglesias locales y que ayudaban a los apóstoles (cf. Flp 4,3; Hch 1,21-26).
Los primeros llamados a formar parte del proyecto salvífico de Cristo eran hombres y mujeres
comunes, que vivían el Evangelio y habían tomado en serio el envío y las instrucciones de Jesús (cf.
Mc 6,7-13). El Evangelista Lucas narra que, tras el envío de los apóstoles, Jesús también «designó a
otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y lugares a donde
pensaba ir» (Lc 10,1).
Con la libertad religiosa otorgada por Constantino (313) y el surgir del monacato, se originó una
diferenciación entre los bautizados: clérigos, religiosos y laicos.
En 1951, el Papa Pio XII definió la misión del laico como una consecratio mundi, entendiéndose así
la acción de ordenar las cosas según el designio de Dios, a través de la construcción y presencia de
la Iglesia en el mundo. Además, se propuso dar al laico el lugar que merece en la Iglesia, ya que
también él está constituido como miembro del Cuerpo Místico de Cristo y, por tanto, con una
misión en la Iglesia y el mundo.
El Concilio Vaticano II, al recuperar la centralidad del Pueblo de Dios, reconoció que la jerarquía
necesita de la ayuda de los laicos en algunas tareas, pues ellos son la mayoría a quienes Dios ha
confiado dones, carismas, y una misión propia; sin embargo, en nuestro tiempo todavía enfrentamos
el desafío de la indiferencia religiosa, el clericalismo y la actitud negativa de algunos sectores de la
Iglesia que aún se niegan a aceptar la participación laical en algunas estructuras eclesiales.
El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia, a cuyo
apostolado todos están llamados por el mismo Señor en razón del Bautismo y la Confirmación
[…]. Además de este apostolado, que incumbe absolutamente a todos los cristianos, los laicos
también pueden ser llamados de diversos modos a una colaboración más inmediata con el
apostolado de la jerarquía. (LG 33).
La vocación propia de los laicos no debe considerarse solo en el ámbito de la colaboración, sino en
un sentido más amplio. Su vocación peculiar viene de la llamada que Dios les ha hecho en medio
del mundo, confiándoles algunas tareas con el fin de que, «guiados por el espíritu evangélico,
contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento» (LG 31).
El Decreto Apostolicam actuositatem (nn. 1-2) reconoce que el apostolado de los laicos surge de su
misma vocación cristiana, que es participación en la obra de la redención de Cristo, y que las
circunstancias actuales les piden un apostolado mucho más intenso y amplio, pues ellos deben
llegar a donde no lo puede hacer el sacerdote; deben ser evangelizadores que no necesitan separarse
del mundo para su misión.
En la Lumen Gentium es la primera vez en todo el curso de la historia, que un Concilio dedica una
especial atención al tema de los laicos. El Concilio les dio su lugar dentro de la Iglesia para que
dejen de ser simples receptores de sacramentos; su apostolado será reconocido como un apoyo a la
jerarquía, quienes deberán aceptar la edad adulta del laicado.
La índole secular del fiel laico no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre
todo en sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto creador y
redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y mujeres, para que participen en la
obra de la creación, la liberen del influjo del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el
celibato, en la familia, en la profesión y en las diversas actividades sociales. (Christifideles Laici
15 de Juan Pablo II)
La Iglesia no es solo estructura jerárquica. El laico tiene una vocación y misión propia dentro de la
Iglesia, de modo especial en lo que se refiere a la relación con el mundo, pues allí ejerce una misión
fundamental para transmitir la irradiación de la salvación en los lugares donde no actúan los
sacerdotes. Los laicos «cumplen en la Iglesia y en el mundo la misión propia de todo el pueblo
cristiano» (LG 31).
Hoy nos damos cuenta de que, sin la colaboración de los laicos, sería imposible comunicar el
Evangelio, ya que con su ayuda se logra llegar a los distintos ambientes de la sociedad, porque ellos
–como lo indica el documento de Aparecida–, «son hombres de Iglesia en el corazón del mundo y
hombres del mundo en el corazón de la Iglesia. Su misión propia y específica se realiza en el
mundo, de tal modo que con su testimonio y actividad contribuyen a la transformación de las
realidades y la creación de estructuras justas» (DA 210).
Los laicos, como seguidores de Cristo, también tienen por hermanos a los que constituyen el
sagrado ministerio y que apacientan el Pueblo de Dios. Aquí resultan muy acertadas las palabras de
San Agustín: «Sí me asusta lo que soy para ustedes, también me consuela lo que soy con ustedes.
Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber, éste una gracia;
aquél indica un peligro, éste la salvación» (S. AGUSTÍN, Sermón 340, citado en LG 32).

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