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UN PASEO POR EL SOL

Alberto T. Pérez Izquierdo


Profesor Titular de Electromagnetismo
Universidad de Sevilla

Cuenta la mitología que Icaro y su padre, Dédalo, estaban prisioneros en la isla de Creta. Para intentar
huir Icaro salió volando con unas alas pegadas con cera a su cuerpo. Pero al acercarse en exceso al Sol,
ignorando los prudentes consejos de su padre, Icaro perdió sus alas al fundirse la cera, y cayó al Mar
Egeo. En realidad poco pudo acercarse Icaro al Sol con sus improvisadas alas, ya que la distancia entre la
Tierra y el Sol es de unos 150 millones de kilómetros. Además nadie en su sano juicio programaría un
viaje al Sol, pues sería imposible que en sus cercanías no se derritiera, no ya la cera, sino los metales más
duros o las cerámicas más resistentes. Afortunadamente la ciencia moderna con sus telescopios,
heliostatos, satélites y sondas espaciales nos proporciona información suficiente para imaginar cómo sería
ese viaje.

Supongamos pues que nos embarcamos rumbo al Sol en una nave indestructible, blindada contra todo
tipo de radiación y provista de un amplio ventanal para admirar, sin quemarnos, el paisaje. Lo primero
que necesitaremos es paciencia. El Sol está muy lejos y el viaje se hará, sin duda, un poco largo. Por
ejemplo, si viajamos a una velocidad de dos veces la velocidad del sonido, como en un avión supersónico,
tardaríamos cerca de nueve años en llegar. Podemos disminuir un poco el tiempo si nos dejamos llevar
por la gravedad del Sol y los planetas. Por dar una idea, la sonda espacial Ulises fue lanzada en octubre de
1990 para explorar los polos norte y sur del Sol. Los científicos diseñaron la trayectoria de forma que la
nave pasó, tras salir de la Tierra, alrededor de Júpiter, para coger impulso del campo gravitatorio del
planeta gigante, después se dirigió hacia el polo sur solar, rodeó al Sol y pasó por encima de su polo
norte. Tardó unos cinco años en su recorrido.

El primer contacto con material proviniente del Sol lo tendremos apenas abandonemos la atmósfera
terrestre. El Sol produce un flujo más o menos continuo de partículas que inunda todo el sistema solar. A
este flujo se lo conoce con el nombre de viento solar y, a la altura de la órbita terrestre alcanza una
velocidad de entre 350 y 400 kilómetros por segundo. Las partículas que componen el viento solar,
fundamentalmente protones y electrones, están cargadas eléctricamente y al llegar a la Tierra se ven
frenadas por el campo magnético terrestre, que forma una especie de escudo protector a este respecto.

En nuestra larga travesía hacia el Sol podemos sufrir en nuestro camino los efectos de las erupciones o
fulguraciones solares. La nave sentirá una fuerte sacudida y todos los instrumentos de vuelo se volverán
locos por unos instantes. Las erupciones solares arrojan del Sol ingentes cantidades de partículas a gran
velocidad, de hasta 2000 kilómetros por segundo. El número de erupciones varía entre alguna por
semana, en las épocas de baja actividad solar, hasta muchas por día. Su consecuencia más notable es que
golpean con fuerza el escudo magético terrestre debilitándolo, en lo que recibe el nombre de tormenta
magnética, y causan problemas en los satétiles artificiales e, incluso, en aparatos electrónicos en tierra.

El Sol es una gran bola de gas (hidrógeno y helio fundamentalmente) muy comprimido y a alta
temperatura. A medida que nos acerquemos llegará el momento de observar la parte más exterior de su
atmósfera, la corona solar. La corona está hecha de un gas muy rarificado (muy poco denso) y a una
altísima temperatura (casi un millón de grados). Pero su brillo es tan débil, comparado con el del resto del
Sol, que sólo en los eclipses totales es posible observar la corona de forma natural. La corona tiene un
brillo blanquecino y fantasmal que se pierde poco a poco hacia el exterior, sin una frontera nítida.

También estando todavía lejos podremos ver algunas protuberancias. Las protuberancias solares son
formaciones con aspecto de arco que surgen por encima de la superficie solar y cuya longitud alcanza
cientos de miles de kilómetros. Además son fenómenos bastante rápidos: en aproximadamente una hora,
sentados cómodamente frente al ventanal de nuestra nave, podremos observar como un arco de material
solar se levanta por encima de la superficie, se eleva a una altura de miles de kilómetros (varias veces el
tamaño de España) y vuelve a caer. Algo así como si alguien estuviera regando el Sol con una manguera
gigantesca y levantara hacia arriba por un instante la manguera sacudiendo el chorro de agua. (Salvo que
las protuberancias no son de agua, sino de gas incandescente.)
Llegamos por fin con nuestra nave a las cercanías del Sol y nos disponemos a explorar su superficie. La
primera sensación que tendremos al sobrevolar el Sol es la de sentirnos muy pesados. (Siempre, claro
está, que no se estropee el aire acondicionado de la nave, porque entonces la primera sensación sería sin
duda la de achicharrarnos.) El valor de la gravedad en la superficie solar es de unas 28 veces la de la
superficie terrestre. Alguien que pese unos 60 kg sentiría pesar una tonelada y media. En estas
condiciones lo más sensato es mantenerse a una distancia de 5 o 6 veces el radio del Sol, donde la
gravedad disminuye considerablemente. Allí no sucumbiremos a nuestro propio peso y podremos
disfrutar tranquilamente del espectáculo.

La parte que normalmente vemos del Sol se conoce como fotosfera. Su superficie es extramadamente
caliente y brillante. Su temperatura está en torno a los 5000 grados centígrados y emite luz a razón de
unos 60 millones de watios por metro cuadrado (como si pusiéramos un millón de bombillas en un metro
cuadrado, definitivamente cegador). La fotosfera tiene un aspecto granulado. Estos gránulos son muy
dinámicos y hacen que la superficie del Sol sea parecida a la de un puchero hirviendo. Cada gránulo
corresponde a una corriente ascendente de gas caliente que proviene del interior. El gas se enfría al subir
y cae hacia abajo otra vez por los bordes del gránulo. Como todo en el Sol los gránulos son gigantescos:
un gránulo puede tener el tamaño de Andalucía. Además subsisten durante unos 5 o 10 minutos, al cabo
de los cuales se debilitan por el empuje de otros gránulos vecinos que están surgiendo.

El mejor espectáculo después de las protuberancias lo encontraremos sin duda en las manchas solares.
Las manchas solares, observadas ya por Galileo en el siglo XVII, son regiones negras de forma casi
circular que aparecen esparcidas por la superficie solar. Nacen sin más en un punto cualquiera y van
creciendo hasta adquirir, unos diez días después, un tamaño comparable al del planeta Tierra, luego
menguan hasta desaparecer. Van siempre por parejas y, con frecuncia, en pequeños grupos de parejas y se
desplazan poco a poco hacia el ecuador solar. Las manchas parecen negras sencillamente porque el gas en
ellas está unos 2000 grados menos caliente que en los alrededores, con lo que el brillo es mucho menor
que el del entorno y el contraste hace que parezcan negras.

Las manchas, las protuberancias y las erupciones solares son fenómenos vinculados entre sí, y forman
parte de lo que se conoce como actividad solar. El número de manchas observable oscila en ciclos
irregulares de aproximadamente 11 años. En cada ciclo se pasa por un periodo de gran actividad, seguido
de otro de escasez de manchas. El número de erupciones sigue, más o menos, la misma tónica. Si
queremos disfrutar al máximo del espectáculo de las manchas, protuberancias y erupciones, debemos
programar nuestro viaje para que nuestra llegada al Sol coincida con un máximo de su actividad.
Precisamente en este año 2000 nos encontramos cerca del máximo, con lo que una buena fecha para
nuestro viaje sería el año 2011.

¿Qué hay detrás de tan desenfrenada actividad? Por un lado una potentísima fuente de energía: las
reacciones termonucleares. En el interior profundo del Sol la temperatura es tan alta y la presión tan
intensa que se produce la fusión de los átomos de hidrógeno para producir helio y una gran cantidad de
energía. Es, digamos, el fuego que mantiene hirviendo el puchero. El otro fenómeno determinante de la
actividad solar es el magnetismo. El campo magnético solar está detrás del telón, como un director de
escena, dirigiendo la suerte de las manchas, las protuberancias y las erupciones. En fin, para la ciencia
moderna el Sol encierra todavía muchos enigmas. Y desentrañarlos constituye un viaje, éste intelectual,
mucho más largo.

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