Período Colonial
El periodo colonial en la historia de Guatemala se suele fechar entre 1524 y 1821. Durante ese
tiempo, Guatemala era la más poblada y próspera de las provincias que formaban el reino, o
audiencia, de Guatemala, un distrito que se extendía desde Chiapas en el oeste hasta Costa
Rica en el este. El elemento más numeroso de la población colonial era el nativo maya, pero el
contacto transatlántico añadió otros grupos importantes a la mezcla, entre ellos españoles,
ladinos (como se llama a los mestizos en Guatemala) y afrodescendientes. El pasado
multirracial de Guatemala ofrece múltiples experiencias históricas para la exploración
académica. Un reto al que se enfrenta cualquier estudioso del periodo colonial es la necesidad
de distinguir claramente entre los muchos usos diferentes que se le ha dado al topónimo
Guatemala. Además de la provincia y el reino, ambos llamados Guatemala, hay dos ciudades
importantes. A menudo llamada simplemente Ciudad de Guatemala, Santiago de Guatemala
fue la capital tanto de la provincia como del reino desde 1524 hasta 1773, cuando los graves
daños causados por un terremoto hicieron que las autoridades de España ordenaran su
abandono y la construcción de una nueva ciudad a unos cuarenta kilómetros de distancia.
Conocida oficialmente como Nueva Guatemala de la Asunción, la nueva capital sigue siendo
el centro de gobierno de Guatemala y también se la conoce comúnmente como Ciudad de
Guatemala. Por su parte, la antigua ciudad permaneció habitada y ahora se conoce como
Antigua Guatemala. Por último, el término Guatemala también puede referirse al Valle de
Guatemala, en realidad un complejo de nueve valles fértiles y bien regados cuya densa
población nativa, a veces trabajando junto a africanos esclavizados, trabajaba para producir
maíz, trigo, azúcar, ganado y otros bienes de consumo para los mercados locales y regionales.
En el año 1524 hacen su entrada a Guatemala las fuerzas españolas comandadas por el capitán
Pedro de Alvarado quien emprende la conquista del territorio y la lucha contra los quichés y
otros pueblos. Desde un principio, los españoles buscaron con avidez el oro y para ello
sometieron a los indígenas a trabajos forzados en los lavaderos y minas. En 1543 se funda la
primera Casa de Fundición de metales con el objeto de legalizarlos y aplicar el cobro del
Quinto Real. En esta época se inicia el uso de moneda metálica importada a nuestro territorio,
principalmente de casas de moneda ya establecidas en el continente americano como México,
Lima (Perú), Potosí (Bolivia) e inclusive de la misma España. Luego de años de trámite ante la
Corona Española, finalmente el rey Felipe V autoriza la fundación de la Casa de Moneda de
Guatemala mediante Cédula Real del 17 de enero de 1731, empezando la acuñación de
monedas en 1733 con la identificación de la ceca de Guatemala “G”, que cambió a “NG” con
el traslado de la ciudad al valle de la Ermita en 1776. La nueva Casa de Moneda continuó
acuñando piezas, con las características de las monedas españolas hasta el fin de la Época
Colonial. La porción de tierra que hoy es Guatemala, fue gobernada en tiempos pasados por
diferentes reinos Mayas. Era un área rica en cultura y bienes hasta que en 1524 fue descubierta
por Pedro de Alvarado, el teniente más brutal de Hernán Cortés. Junto con su ejército de
soldados españoles y mexicanos, Alvarado inició derrotando un pequeño fuerte del reino
Quiché que se ubicaba en Quetzaltenango. El líder quiché era Tecún Umán, quien fue
aniquilado trás una larga pelea contra el ejército de Alvarado. En 1960 Tecún Umás fue
declarado Héroe Nacional de Guatemala y hoy en día encontrarás un monumento en homenaje
a este gran personaje en la Ciudad de Guatemala.
Al principio de la historia de la Colonización hubo un reino Maya, los Kaqchickeles, quienes
se aliaron con los españoles y pelearon en contra de los Quichés y los Tzutulijes. Los
españoles se aprovecharon de esta situación y establecieron su primer asentamiento en
Iximché, Tecpán; esta era la ciudad principal del reino de los Kaqchickeles. Sin embargo, su
alianza no duro mucho gracias a la rivalidad de los Mayas. Los españoles se vieron obligados
a salir de Iximché, fue entonces cuando encontraron el Valle de Almolonga (1527), lo que hoy
se conoce como Ciudad Vieja. La primera capital fundada por los españoles empezó a tomar
características propias de España en sus estructuras y se convirtió en una base para la
fabricación de suministros de armas. Ubicada en las faldas del Volcán de Agua, Ciudad Vieja
duró únicamente 11 años ya que después de su fundación una tempestad inundo el cráter del
volcán, lo que causo un desborde que destruyó la ciudad. Los sobrevivientes se vieron
obligados a buscar un lugar distinto, fue entonces cuando descubrieron el Valle de Panchoy
(1543), hoy conocido como Antigua Guatemala. Atraídos por sus tierras fértiles, los españoles
decidieron asentarse aquí e impusieron una arquitectura con una fuerte influencia barroca.
Antigua sirvió como una de las capitales más importantes de la colonia española por más de
200 años. Esto fue hasta 1773 que un catastrófico terremoto destruyó la ciudad y mató a miles
de personas. Obligados a cambiar de ubicación, los españoles descubren el Valle de la Ermita
(1776) y trasladan la ciudad por tercera vez. Fundaron la Ciudad de Guatemala en donde se
encuentra actualmente, la ciudad más grande de Centro América.
Referencias
1. Milla y Vidaurre, José; Gómez Carrillo, Agustín (1905). Historia de la América Central;
desde el descubrimiento del país por los españoles (1502) hasta su independencia de
España (1821). Guatemala: Tip. Nacional.
2. Historia General de Guatemala, 1999, several authors isbn 84-88622-07-4.
Repartimiento de cuadrillas
El sistema de repartimiento era una distribución de derechos a los colonialistas y municipios
españoles que les permitía extraer mano de obra forzada pero mal pagada de las comunidades
locales de los territorios conquistados. Diseñado para reemplazar el ineficiente sistema de
encomienda, el sistema de repartimiento se terminó utilizando solo para industrias cruciales
como la producción de alimentos y telas y la minería de metales preciosos.
Cuando los conquistadores españoles llegaron al Nuevo Mundo en el siglo XVI, buscaron y
repartieron los recursos que encontraban. Al principio, se trataba de oro, plata y otros
materiales preciosos, pero a medida que la colonización europea de las Américas se ponía en
marcha, la mano de obra y los esclavos adquirían el mismo valor. El derecho a extraer mano
de obra de la población local (utilizada para trabajar las tierras agrícolas, especialmente las
plantaciones, y las minas) lo concedía la administración colonial española en forma de licencia
llamada encomienda. La licencia se aplicaba al titular individual y no estaba vinculada a
ninguna zona específica de la tierra, incluso un pueblo podía tener una encomienda. A cambio
de esta mano de obra gratuita, los europeos debían dar protección militar a sus trabajadores y
ofrecerles la oportunidad de convertirse al cristianismo. El titular de una encomienda, por
tanto, debía financiar un párroco. Aunque el sistema estaba muy cerca de la esclavitud, los
titulares de las licencias no podían vender a sus trabajadores. El papa había prohibido la
esclavitud de los indígenas americanos en 1537, pero es evidente que este escrúpulo no se
aplicaba a los africanos importados.
Desde el punto de vista de los españoles, el sistema de encomienda funcionó durante un
tiempo, pero era muy ineficiente. Muchos indígenas, comprensiblemente, intentaron escapar.
Muchos no estaban acostumbrados ni eran aptos para trabajar en planes agrícolas a gran
escala. Las enfermedades de origen europeo devastaron las poblaciones locales, lo que hizo
que fuera mucho más difícil encontrar la mano de obra que necesitaban los españoles. La
sobreexplotación de todos los trabajadores que podían encontrar (haciéndolos trabajar y morir
de hambre, literalmente) se convirtió en un problema tal que las voces del establishment de
España empezaron a levantarse en señal de protesta. También se observó que muchos
concesionarios no cumplían con sus obligaciones espirituales con los trabajadores.
Organismos como el Consejo de Indias, que gestionaba todas las colonias españolas,
comenzaron a buscar una mejor alternativa al sistema de encomienda. El doble objetivo de la
colonización era la extracción de recursos y la salvación de las almas mediante la conversión
de los pueblos locales al cristianismo. El sistema de encomienda parecía fracasar en ambos
frentes. La respuesta de las autoridades fue el sistema de repartimiento.
Los líderes de las comunidades locales de cada ciudad y pueblo estaban obligados a
proporcionar una determinada cuota de trabajadores. Con los conquistadores rapaces y los
colonos sin principios, deseosos de extraer todo lo que pudieran de las colonias, cualquier
intento de cambio estaba destinado a enfrentarse a problemas prácticos. El primer intento de
abolir el sistema de encomienda se produjo en 1542, y un conjunto de Leyes Nuevas esperaba
reducir su aplicación. Estos intentos fracasaron. El siguiente intento serio de reforma se
produjo en 1573, cuando Felipe II de España (que reinó de 1556 a 1598) prohibió el uso del
sistema de encomienda en los nuevos territorios. Aunque a finales del siglo XVI ya no era un
aspecto importante de la economía colonial, no fue hasta el siglo XVIII cuando el sistema de
encomienda se extinguió de manera definitiva.
El sistema de repartimiento se comenzó a utilizar en las colonias en el último cuarto del siglo
XVI. El término se tomó prestado de la práctica en España de dar a los colonos cristianos el
derecho a las tierras tomadas en la Reconquista que habían pertenecido a los musulmanes. El
sistema de encomienda no se sustituyó de inmediato, sino que un sistema fue sustituyendo al
otro de forma muy gradual. Los trabajadores se proveían de forma rotativa, de modo que luego
de cierta cantidad de semanas podían volver a sus hogares. El trabajo del repartimiento seguía
siendo forzado, pero ahora el trabajador recibía un salario fijo. En 1549 se intentó aumentar la
mano de obra y se les pidió a los indígenas que se ofrecieran como voluntarios donde se los
necesitara a cambio de un pequeño salario. Como era de esperar, este plan no resolvió la crisis
de mano de obra. Era necesario un sistema obligatorio basado en el que se había utilizado
esporádicamente en el pasado para las obras públicas de mayor envergadura. Con el sistema
de repartimiento, los líderes de las comunidades locales de cada ciudad y pueblo estaban
obligados a proporcionar una determinada cuota de trabajadores de su comunidad. Estas
cuotas eran fijadas por las autoridades coloniales y solían ser de alrededor de una séptima
parte de la población masculina en el caso de la mano de obra agrícola y del 4% en el caso de
la minera (aunque posteriormente se incrementó a alrededor del 25% de la población total de
la comunidad).
Referencias:
1. Cervantes, Fernando. conquistadores. Allen Lane, 2020.
2. Milla y Vidaurre, José; Gómez Carrillo, Agustín (1905). Historia de la América
Central; desde el descubrimiento del país por los españoles (1502) hasta su
independencia de España (1821). Guatemala: Tip. Nacional.
Repartimiento de tierras
Como resultado de la conquista, el territorio de nuestro país pasó a formar parte de la corona
española conforme a la Bula Noverunt Universi emitida el 4 de mayo de 1493 por el Papa
Alejandro VI, quien fue el encargado de repartir las tierras descubiertas del nuevo mundo –
América- entre España y Portugal.
A partir de la conquista, los Reyes de España otorgaron tierras a los conquistadores a través de
cedulas reales de gracia o merced ordinarias o
extraordinarias, o de capitulaciones para premiar los servicios prestados a la
corona, regularizando los repartimientos realizados por Hernán Cortés entre sus
soldados. Durante largo periodo de la colonia, los Reyes de España expidieron numerosos
ordenamientos que dejaron en manos de los virreyes, gobernadores, cabildos o procuradores,
la tarea de distribuir las tierras, con base en encomiendas o repartimientos. De esta manera,
por medio de diversas leyes, cédulas y decretos emitidos en la Península Ibérica, los antiguos
pueblos fueron siendo despojados de sus tierras, hasta quedar reducidos a la condición de
peones, lo que provocó la concentración de grandes superficies en manos de los nuevos
pobladores. Dentro de las formas de repartición que se pusieron en práctica destacan las
Mercedes reales que dieron origen a la propiedad privada de los españoles recién llegados y
que se expidieron como cédulas reales de gracia o merced ordinarias o extraordinarias.
Durante la colonia la propiedad estaba dividida en privada y pública. De la propiedad privada
derivaron las encomiendas, mercedes reales, composiciones, confirmaciones y de la
prescripción. Con respecto a la propiedad pública, dice que estaba conformada por los terrenos
del Estado, conformados por los realengos, los montes, las aguas y los pastos y las tierras de
los municipios compuestos de tierras de uso colectivo entre los que se encontraban los
propios, arbitrios y obvenciones.
La tercera clasificación refiere a la propiedad de los pueblos, que a su vez se
dividía en terrenos comunales- el ejido y la dehesa- y los de explotación individual – las tierras
de común repartimiento, las parcialidades y las suertes.
Los conceptos de propiedad entre los indígenas y los españoles eran diferentes, pues en tanto
que para los indígenas las tierras se dividían en las que pertenecían a las comunidades, las
pertenecientes al soberano y las destinadas a servicios públicos y para los españoles todas las
tierras pasaron a ser propiedad del monarca y de los funcionarios que este determinaba,
señalado que para este efecto la ley favoreció el establecimiento de los mayorazgos y la
propiedad eclesiástica
Para contrarrestar los reclamos de los pueblos despojados, se expidieron Mercedes reales que
servirían de títulos de las tierras que pertenecían a los indígenas, las cuales estaban
clasificadas en 4 categorías: el fundó o cabida legal, reservada las viviendas de los pobladores;
el ejido que era poseído colectivamente, consistía en una superficie de una legua de largo,
ubicada en las afueras del pueblo, destinada mantener ganado de los indios, para diferenciarlo
del de los españoles; las tierras de repartimiento, destinadas a la explotación agrícola, que no
podían ser enajenadas pues pertenecían en común a los pobladores, aunque eran trabajadas en
forma individual a través del sistema de parcelas, y los terrenos propios, que, a pesar de ser de
explotación colectiva, eran utilizados para los gatos de la comunidad.
Otra forma de reparto Era la mesta, orientada a la explotación ganadera, cuyo régimen de
protección jurídica y las condiciones del territorio, constituido por grandes extensiones
abundantes en pastos y plantas, propició un mayor desarrollo de esta actividad con respecto a
la agrícola, la cual fue objeto de muchas restricciones para proteger la producción en España.
También se podía adquirir la propiedad mediante la compra de terrenos baldíos o realengos en
subasta pública Las leyes de Indias, emitidas para regular el reparto y distribución de la tierra
en las zonas colonizadas, contenían preceptos dirigidos a evitar que los naturales fueran
despojados de sus bienes, particularmente para que los encomenderos no se quedarán con ellos
bajo ningún concepto, cómo la prohibición de heredarlos por muerte de los indios y para que
aquellos bienes que les habían quitado, les fueron devueltos a los indios, sus auténticos
dueños. No obstante, estas normas no fueron suficientes para evitar el enorme despojo
cometido en perjuicio de los antiguos moradores de América En la recopilación de las leyes de
indias se encuentran diversas disposiciones que ordenan que a los nuevos pobladores se les
dirán tierras y solares y que se les encomendarán indios para la labor. Estas mercedes
propiciaron el acaparamiento de extensas superficies, que se fincaron en tierras que
pertenecían a los naturales.
Referencias:
1. Martínez Peláez, Severo, La patria del criollo, San José, EDUCA, 8ª. Ed., 1981.
2. Sáenz Carbonell, Jorge Francisco, Los ordenamientos normativos en la Historia de Costa
Rica, Santo Domingo de Heredia, 1a. ed., 2004.
3. Castañeda Delgado, Paulino (1983). Los memoriales del Padre Silva sobre predicación
pacífica y repartimientos. Editorial CSIC.
Pragmatismo
El pragmatismo es una corriente filosófica centrada en la vinculación de la práctica y la teoría.
Describe un proceso en el que la teoría se extrae de la práctica y se aplica de nuevo a la
práctica para formar lo que se denomina práctica inteligente. Posiciones importantes
características del pragmatismo incluyen el instrumentalismo, el empirismo radical, el
verificacionismo, la relatividad conceptual y el falibilismo. Existe un consenso general entre
los pragmatistas de que la filosofía debe tener en cuenta los métodos y los conocimientos de la
ciencia moderna.1
La piedra angular del pragmatismo es la redención de la idea de verdad (y otras nociones
como el bien y la belleza) en la filosofía post-kantiana. Aunque según los pragmatistas el
conocimiento objetivo podría ser imposible, se puede redefinir la verdad como aquello que
funciona desde nuestra limitada forma de experimentar la realidad. El pragmatismo fue creado
en los Estados Unidos a finales del siglo XIX.4 Charles Sanders Peirce (y su máxima
pragmática) merece la mayor parte del crédito por el pragmatismo,5 junto con William James
y John Dewey, contribuidores de finales del siglo XIX. Peirce describió el pensamiento de la
escuela con la siguiente máxima pragmática: «Considera los efectos prácticos de los objetos
de tu concepción. Luego, tu concepción de esos efectos es la totalidad de tu concepción del
objeto».
El pragmatismo valora la insistencia en las consecuencias como manera de caracterizar la
verdad o significado de las cosas. El pragmatismo se opone a la visión de que los conceptos
humanos y el intelecto representan el significado real de las cosas, y por lo tanto se contrapone
a las escuelas filosóficas del formalismo y el racionalismo. También el pragmatismo sostiene
que solo en el debate entre organismos dotados de inteligencia y con el ambiente que los rodea
es donde las teorías y datos adquieren su significado. Rechaza la existencia de verdades
absolutas, las ideas son provisionales y están sujetas al cambio, a la luz de la investigación
futura.
El pragmatismo, como corriente filosófica, se divide e interpreta de muchas formas, lo que ha
dado lugar a ideas opuestas entre sí que dicen pertenecer a la idea original de lo que es el
pragmatismo. Un ejemplo de esto es la noción de practicidad: determinados pragmáticos se
oponen a la practicidad y otros interpretan que la practicidad deriva del pragmatismo. Esta
división surge de las nociones elementales del término pragmatismo y su utilización.
Básicamente se puede decir que, ya que el pragmatismo se basa en establecer un significado a
las cosas a través de las consecuencias, se basa en juicios a posterioridad y evita todo
prejuicio. Lo que se considere práctico o no, depende del considerar la relación entre utilidad y
practicidad.
Una mala comprensión del pragmatismo da lugar a generar prejuicios cuando es todo lo
contrario. En política se suele hablar de pragmatismo cuando en verdad el pragmatismo
político se basa en prejuicios y apenas observa las consecuencias que no encajen con los
prejuicios de base, que es muchas veces lo opuesto al sentido original del pragmatismo
filosófico.[cita requerida]
Para los pragmatistas, la verdad y la bondad deben ser medidas de acuerdo con el éxito que
tengan en la práctica. En otras palabras, el pragmatismo se basa en la utilidad, siendo la
utilidad la base de todo significado.
Los principales rasgos del pragmatismo son:6
Antifundamentalismo, puesto que se renuncia a la búsqueda de la certeza última.
Falibilismo, dado que la filosofía es interpretativa, tentativa y siempre está sujeta a la
corrección crítica.
Sensibilidad para aceptar la contingencia radical y el azar. Esto supone el rechazo de las
doctrinas basadas en una verdad trascendental o inmutable, tanto de signo religioso como
laico.
El carácter social del yo y la necesidad de alentar una comunidad crítica de investigadores
constituyen los elementos sociales y éticos de los pensadores pragmatistas. Esto implica la
existencia de una pluralidad de tradiciones, perspectivas y orientaciones que es preciso
respetar y tutelar, desde un enfoque dialógico y democrático.
Referencias:
1. Bernardini, Amalia; Soto, José Alberto (1984). La Educación actual en sus fuentes
filosóficas. EUNED. p. 372.
2. Verneaux, Roger, Epistemología general o crítica del conocimiento, trad. Luisa Medrano,
Herder, 1999.
Utilitarismo
El utilitarismo es una filosofía moral construida a fines del siglo XVIII por Jeremy Bentham,
que establece que la mejor acción es la que produce la mayor felicidad y bienestar para el
mayor número de individuos involucrados y maximiza la utilidad. Esta es la primera versión
del "utilitarismo", no la más generalizada actualmente. Otro filósofo que desarrolló este
concepto fue John Stuart Mill en su libro El utilitarismo en 1863. Parte de que todo ser
humano actúa siempre —sea a nivel individual, colectivo, privado, público, como en la
legislación política— según el principio de la mayor felicidad, en vistas al beneficio de la
mayor cantidad de individuos.
La "utilidad" se define de varias maneras, generalmente en términos del bienestar de los seres
humanos. Bentham la describió como la suma de todo placer que resulta de una acción, menos
el sufrimiento de cualquier persona involucrada en dicha acción. En la economía neoclásica,
se llama utilidad a la satisfacción de preferencias, mientras que, en la filosofía moral, es
sinónimo de felicidad, sea cual sea el modo en el que esta se entienda. Esta doctrina ética a
veces es resumida como "el máximo bienestar para el máximo número".
Es una versión del consecuencialismo, al considerar que solo las consecuencias de una acción
son un criterio a observar para definir moralmente si esta es buena o mala. A diferencia de
otras formas de consecuencialismo, como el egoísmo, considera los intereses de todos los
individuos por igual. Mill se otorga, en la evaluación moral de los actos, la misma importancia
a sí mismo que a los otros. En este sentido, se remite explícitamente a la regla evangélica:
"Trata a tu prójimo como a ti mismo". Este precepto sería una primera formulación de la
máxima utilitarista bien comprendida.
No señala únicamente cómo proceder ante un dilema moral, sino también sobre qué problemas
pensar, dado que los problemas que considera van más allá de las consecuencias a un futuro a
corto plazo, atendiendo a los efectos de decisiones tomadas para personas que todavía no
existen, ya que nuestras acciones tendrían un impacto potencial en estas. Se destacan otros
utilitaristas como William Godwin, James Mill y Henry Sidgwick.
Tipos de utilitarismo
Utilitarismo del acto y de las normas
La forma tradicional de utilitarismo es la del utilitarismo del acto, que afirma que el mejor
acto es el que aporta la máxima utilidad. Una forma alternativa es el utilitarismo de las
normas, que afirma que el mejor acto es aquel que forme parte de una norma que sea la que
nos proporciona más utilidad.
Muchas personas utilitaristas argumentarían que el utilitarismo no solo comprende los actos,
sino también deseos y disposiciones, premios y castigos, reglas e instituciones.
Utilitarismo negativo
Es lo contrario del utilitarismo positivo. Defienden la producción del mínimo malestar para el
máximo número de personas, el prevenir la mayor cantidad de dolor o daño para el mayor
número de personas, considerando esta fórmula ética como más eficaz que la del mayor
bienestar al mayor número de individuos, al entender que hay más posibilidades de crear
daños que de crear bienestar, y los daños mayores conllevarían más consecuencias que los más
grandes bienes. El antinatalista Miguel Steiner entiende que el utilitarismo positivo se olvida
de diferenciar claramente entre la necesidad de no sufrir (por su negatividad intrínseca) y la
posibilidad éticamente no imperativa del placer y la felicidad. La ausencia de felicidad no es
problemática (nadie lamenta la suerte de las piedras o del hijo potencial no nacido), mientras
evitar sufrimiento, sobre todo el sufrimiento intenso, es importante y necesario. Así la
renuncia al hijo responde a una necesidad que en el marco del utilitarismo negativo cobra
plena sentido como medida preventiva ante las posibilidades de sufrir.
Utilitarismo de preferencias
Define la utilidad en términos de satisfacción de las preferencias. Los utilitaristas de la
preferencia afirman que lo correcto para hacer es aquello que produzca las mejores
consecuencias, pero definiendo las mejores consecuencias en términos de satisfacción de las
preferencias, ante todo.
Utilitarismo ideal
Reconoce la belleza, la amistad y el placer como los bienes que las acciones deben buscar
maximizar.
Referencias:
1. Hottois, Gilbert (1999). Historia de la filosofía del Renacimiento a la Posmodernidad.
Ediciones Cátedra. p. 215. ISBN 84-376-1709-X.
2. James, Rachels (2006). «El debate sobre el utilitarismo». Introducción a la filosofía moral.
FCE - Fondo de Cultura Económica.
Criticismo
El criticismo (del griego κρινω kríno ‘distinguir’, ‘separar’ o ‘dividir’) es la doctrina
sistemáticamente epistemológica desarrollada por el filósofo Immanuel Kant, que pretende
establecer los límites del conocimiento a través de una investigación sistemática de las
condiciones de posibilidad del pensamiento. El criticismo es una de las posibilidades del
conocimiento en un abanico que va del escepticismo al dogmatismo, pasando por el
relativismo.
El criticismo comienza con una doble crítica al racionalismo y al empirismo, pues se considera
que estos dos planteamientos han tenido en cuenta sólo un punto de vista de la realidad, por lo
que no han tomado en cuenta el papel activo que deben desarrollar las personas en el acto de
conocer. Kant desarrolló la filosofía crítica en respuesta a los cuestionamientos que la lectura
del filósofo empirista David Hume le había provocado; previamente, en la que los
historiadores de la filosofía llaman su etapa precrítica, Kant había enseñado la doctrina
racionalista de Christian Wolff, un seguidor de Leibniz.
El criticismo es un sistema de pensamiento que se propone examinar los fundamentos del
conocimiento como condición para cualquier reflexión filosófica. Como tal, es una doctrina de
orientación epistemológica, crítica del empirismo y el racionalismo. Su mayor exponente es
Immanuel Kant. El criticismo no niega que el hombre pueda acceder al conocimiento, a la
verdad, pero considera necesario que haya un examen atento y una justificación racional de la
forma en que se alcanza ese conocimiento. Para el criticismo, la investigación del conocer está
por encima de la investigación del ser.
En este sentido, es una doctrina que se caracteriza por asumir una actitud crítica y reflexiva
ante las afirmaciones de la razón humana, de allí su espíritu cuestionador. De hecho, si
analizamos el término, “criticismo” deriva de crítica, y se compone con el sufijo -ismo, que
significa ‘sistema’, ‘doctrina’. Consideremos, además, que el criticismo es una doctrina
filosófica inserta en el pensamiento de la Ilustración, donde la razón ha pasado a ser la
instancia suprema; época crítica, propia de la Modernidad, en que se procuró indagar el
fundamento racional de las creencias últimas, pues se asumía la crítica como el motor de
progreso de la humanidad. No obstante, no debemos confundir esta postura crítica y reflexiva
del criticismo con la actitud incrédula y ultracuestionadora del escepticismo. Así como
tampoco podemos relacionarlo con el rigor religioso del dogmatismo. El criticismo ocupa, en
este sentido, una postura intermedia entre ambas.
El criticismo de Kant
Kant buscó establecer un nexo entre las leyes universales y la certeza de que el conocimiento
se genera a partir de las experiencias sensoriales. Si el conocimiento deriva de los sentidos, los
hechos son individuales y no es posible conocer principios generales. Ante esto, el criticismo
de Kant distingue entre los juicios analíticos (que son independientes de la naturaleza y
pueden establecerse de forma universal) y los juicios sintéticos (vinculados a la experiencia
sobre un acontecimiento particular). Mientras que los juicios analíticos son a priori y no
incrementan el conocimiento, los juicios sintéticos sí logran aumentar el conocimiento. Estos
juicios sintéticos, al depender de una experiencia sobre un hecho concreto, parecen ser a
posteriori, aunque Kant sostiene que la ciencia tiene que generar afirmaciones que no resulten
contingentes. La actividad científica, por lo tanto, consiste en fundamentar los juicios
sintéticos a priori: establecer afirmaciones que sean válidas a nivel universal e independientes
de la enumeración de los sucesos constatados.
Sentidos y percepción
De acuerdo al criticismo, en definitiva, puede decirse que todo aquello que hay en la
inteligencia proviene de la experiencia de los sentidos, aunque no todo el conocimiento
procede de aquello que se percibe con los sentidos. Se conoce algo cuando se aplican las
facultades intelectuales al objeto del conocimiento: lo que se conoce, de este modo, tiene su
origen en el objeto conocido, pero también en una estructura intelectual (compuesta por las
formas de percepción, entendimiento y razón). La percepción es la organización, la
identificación y la interpretación de la información sensorial de manera que podamos
representar y comprender el entorno y la información que se nos presenta. El entendimiento se
define como «la facultad de pensar», y es la capacidad que nos permite efectuar un
discernimiento del modo en el que las partes se un asunto se relaciona entre ellas para luego
integrarlas. Gracias a la razón, podemos identificar y cuestionar los conceptos, así como
inducir o deducir nuevos a partir de los conocidos.
Referencia:
1. Verneaux, Roger, Epistemología general o crítica del conocimiento, trad. Luisa Medrano,
Herder, 1999.