V
EL GENDARME NECESARIO
La tipo lo gía d e l ca ud illism o
Los caudillos han pasado a la historia como instrumentos de la
división, destructores del orden y enemigos tanto de la sociedad como
de ellos mismos. Incluso Páez protestó, «no sé por qué es que algunos
jefes que están perfectamente bien situados buscan con tanto anhelo, la
anarquía» L Es cierto que muchos caudillos capitaneaban hordas rurales
y manipulaban a las muchedumbres urbanas; era normal en ellos que
confiscaran tierras y las saquearan. Los hacendados tenían motivos su
ficientes para temer el poder de los caudillos, y éstos comenzaron a ser
considerados como obstáculos para el progreso, la inversión y el desa
rrollo. Pero esto es sólo parte de su historial. En las sociedades post
coloniales de Hispanoamérica, los caudillos cumplieron una función vi
tal para la elite republicana, ya que fueron guardianes del orden y ga
rantizaron el mantenimiento de las estructuras sociales existentes. En
épocas adversas y llenas de tensiones, nadie dudaba de que su poder
personal era más efectivo que la teórica protección de una constitución.
En los años antes de 1830, como hemos visto, los caudillos afian
zaron su identidad, aumentaron su riqueza y acumularon diversas fun
ciones. El caudillo empezaba su andadura como jefe regional; su poder
derivaba del control de los recursos locales, especialmente de las ha
ciendas, que permitían contar con hombres y recursos. La guerra de la
independencia les hizo más valiosos y les permitió convertirse en jefes
De Páez a Bolívar, 9 de enero de 1828, O ’Leary, Memorias, ii, p. 118.
240 Caudillos en Hispanoamérica
militares indispensables para conseguir la liberación. El caudillismo
quedó perpetuado gracias a los conflictos de posguerra entre unitarios
y federales en Argentina, entre caudillos rivales en Venezuela y entre
estados vecinos en distintas partes de Hispanoamérica. El dominio de
los caudillos pasó de ser local a ganar una dimensión nacional. Tam
bién a este nivel el poder supremo era personal, no institucional; la
competencia para conseguir cargos y recursos públicos era violenta y lo
que se conseguía, en raras ocasiones era para siempre. Pero el caudillo
como guerrero, no agota la tipología del caudillismo.
El caudillo se adaptó pronto a la sociedad civil y se convirtió en
representante de determinados sectores dominantes. En algunos casos
era el representante de una amplia red de influencias de carácter fami
liar que se apoyaba en las haciendas regionales, líder entre sus compa
ñeros y con poco poder regional fuera del entorno de su clase. Lo más
común era que el caudillo simplemente representara los intereses regio
nales, defendiera los recursos locales contra las reclamaciones de la ca
pital, reivindicara tener voz en la política económica y mantuviera las
normas locales en vigencia frente al control central. Como este último
a menudo empleaba la fuerza, las regiones encargaban su defensa al
hombre fuerte local, que ya había demostrado su valía como soldado.
Pero defenderse no bastaba. Muchos caudillos dejaban de tener una di
mensión puramente local cuando alcanzaban el ámbito nacional y pa
saban de ser federales a ser unitarios. A escala nacional, los frutos de
un golpe eran más espectaculares que los del poder local. En este mo
mento surgió una nueva imagen del caudillo: la del benefactor, la del
distribuidor de patronazgo. Los caudillos podían atraer su clientela pro
metiendo a sus seguidores cargos y otras recompensas cuando alcanza
ran el poder. Y los clientes quedaban obligados para siempre al patrón
esperando convertirse en sus preferidos cuando éste alcanzara la cum
bre. La recompensa más esperada era la tierra; un caudillo no era nadie
si no podía adquirir y repartir tierras.
El caudillo guerrero, el jefe regional, el hacendado y el patrón eran
modelos tendentes a oscurecer la imagen del caudillo como guardián
del orden social. ¿Cómo adquirió el papel de protector y de qué ma
nera lo interpretó en los años posteriores a 1830?
El gendarme necesario 241
G uerra y d e so r d e n so cia l
La revolución contra España fue algo más que una lucha por la
independencia política. También fue la ocasión propicia para iniciar la
protesta social; la clase baja se levantó no sólo contra los españoles,
sino también contra todos aquellos que la habían privado de sus de
rechos y de la oportunidad de prosperar. Los esclavos lucharon por
emanciparse, los pardos y otros grupos mestizos por la igualdad y los
sectores populares, por el progreso en general.
En Argentina, la elite política era consciente de la nueva amenaza
que venía de abajo, y esperaba poder mantener las distinciones sociales
heredadas de las colonias. Con la expansión de las estancias, hacia el
final del período colonial, empezó a ejercerse una fuerte presión sobre
los habitantes de la pampa, y los terratenientes estaban enterados de
que existía el desorden y la desobediencia en las proximidades de sus
haciendas. La mano de obra de las estancias de Buenos Aires era más
estable y trabajadora de lo que se suponía 2. Pero aparte de los peones,
los gauchos, colectivo que no debe confundirse con la población rural
en general, aún vivía una existencia marginal e independiente, odiando
la disciplina del estado y de la estancia. La ciudad de Buenos Aires
había sido durante mucho tiempo refugio de delincuentes y vagos, así
como el hogar de comerciantes y funcionarios; en cuanto a la estruc
tura existente de clase contaba con la aprobación del estado y el apoyo
de la elite local. En 1810 sólo la gente «decente» podía tomar parte en
el proceso revolucionario: «Negros, muchachos y otras gentes comu
nes» no tenían voz en las elecciones 3. Es efectivo que hubo cierta mo
vilización política del pueblo. La muchedumbre de la clase baja era
utilizada por los alcaldes para derrotar a los contra-revolucionarios y a
las facciones rivales. Los nuevos líderes radicales, que no pertenecían a
la elite tradicional, estuvieron tentados a utilizar como base de poder
a la clase baja, haciéndola salir a la calle para amenazar así a sus opo
nentes. También se militarizó a la clase baja. La revolución necesitaba
ejércitos que llevaran su mensaje a los distintos frentes, al litoral, al
2 J. Gelman, «New Perspectives on an Old Problem and the Same Source: The
Gaucho and the Rural History of the Colonial Río de la Plata», HAHR, 69, 4, 1989,
PP- 715-731.
3 Cita de Halperin Donghi, Politics, Economics and Society in Argentina, p. 166.
242 Caudillos en Hispanoamérica
Alto Perú y más allá de los Andes. Era importante motivar y movilizar,
inculcar los valores patrióticos y republicanos en la hasta entonces
masa apolítica, y fomentar en ella sentimientos igualitaristas. De este
modo, las masas populares —incluso sin saberlo— se incorporaron al
proceso revolucionario.
En la pampa la situación era diferente. Resultaba difícil hacer pro
paganda política entre la población rural y los gauchos. El estanciero
era quien podía dirigir, en nombre de la revolución, a sus peones hacia
la actividad política y militar. Fuera de la estancia imperaba la violen
cia. El estado actuaba de forma esporádica, se enviaba alguna expedi
ción a reforzar una frontera o patrullas militares a reprimir los desór
denes. Pero entre el colectivo gaucho imperaba la anarquía y la más
mínima pérdida de control por parte de Buenos Aires fomentaba la
insubordinación. La rebelión de Buenos Aires contra España fue el de
tonante de la rebeldía en la pampa en contra de la capital, que a su
vez, tomó ciertas medidas antisubversivas. En 1810, la Primera Junta
decidió enviar al coronel Pedro Andrés García a inspeccionar los fuer
tes fronterizos y a calcular las posibilidades de reunir al colectivo rural
en pueblos. Este informó acerca del estado anárquico que imperaba en
el campo. Calculó que un tercio de la población rural estaba formada
por ociosos y vagabundos nómadas a los que se sumaban delincuentes
y fugitivos; algunos pasaron a las tierras indígenas como caudillos para
organizar ataques contra los blancos y contra las estancias. El coronel
encontró «impunidad de delitos, multiplicidad de malévolos, incivili
dad, desorden de las poblaciones, mina e indefensión de las campa
ñas» 45. El gobierno provocaba mediante sus actos. Durante las guerras
de la independencia, los vagos fueron enrolados en el ejército o desti
nados a trabajos forzados, gracias al esfuerzo combinado del gobierno
porteño, de los estancieros y de las autoridades locales. De modo que
al gaucho se le obligaba a servir en una revolución que no le había
beneficiado en absoluto.
El Río de la Plata no produjo ningún Hidalgo, y mucho menos
un Piar, pero hubo un caudillo que hablaba por los desposeídos y otros
4 P. Andrés García, «Informe», y «Viaje», P. de Angelis, Colección de obras y docu
mentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata, 2.a ed.,
5 vols., Buenos Aires, 1910, iii, pp. 203-216, 219-260.
El gendarme necesario 243
a los que sedujo el hecho de controlar el estallido de la fuerza popular.
Artigas consiguió un puesto en su programa a favor de las víctimas del
cambio agrario y de los indios, a los que esperaba beneficiar gracias a
su plan de colonización y desarrollo 5. Quiso alejar a la población in
dígena del litoral de su «degradación vergonzosa» y concederles tierras
en su propia provincia, si era necesario: «Yo deseo que los indios en
sus pueblos se gobiernen por sí, para que cuiden de sus intereses como
nosotros los nuestros» 567. Esta clase de política, junto con su reformis-
mo agrario, hizo que perdiera el apoyo de algunos terratenientes y alar
mó a los caudillos de otras zonas del litoral. En Salta, Martín Güemes,
el caudillo de la frontera noroeste, consiguió el apoyo del pueblo. Se
gún el coronel La Madrid, Güemes atacó al ejército realista «con sus
milicias, o gauchos, como él los llamaba»; «los gauchos de Salta eran
frenéticos por su general Güemes y en extremo entusiastas» 1. Estas mi
licias populares vivían de la tierra y de sus propietarios, mientras que
Güemes requisaba bienes de las estancias y exigía contribuciones para
sufragar los gastos de la guerra. Este tipo de populismo era esencial
mente un instrumento para continuar la guerra, más que para transfor
mar la organización agraria. Pero tenía implicaciones sociales, ya que
el caudillo adquirió una base de poder que no era la clase alta y, por
primera vez, militarizó y en cierto sentido politizó los sectores popu
lares; todo ello con el consentimiento del gobierno central porque se
trataba de defender la revolución. La lección estaba clara: eran los cau
dillos los que podían influir en el pueblo, movilizarlo y controlarlo.
En Venezuela la estructura social era más compleja que en Argen
tina y el impacto de la revolución fue más violento. Bolívar habló de
«este caos asombroso de patriotas, godos, egoístas, blancos, pardos, ve
nezolanos, cundinamarqueses, federalistas, centralistas, republicanos,
aristócratas, buenos y malos, y toda la caterva de jerarquías en que se
subdividen tan diferentes bandos» 8. La política reformista que favore
cía a los esclavos y a los indios afectó sólo a grupos minoritarios que
5 Ver capítulo 3, sección «Caudillos y constitucionalistas en Argentina».
6 De Artigas a José de Silva, gobernador de Corrientes, 3 de mayo de 1815, de
Artigas a Cabildo gobernador de Corrientes, 9 de enero de 1816, Azcuy, Artigas en la
historia argentina, pp. 248, 250, 254-56.
7 La Madrid, Memorias, i, pp. 54, 56.
8 De Bolívar a Nariño, 21 de abril de 1821, Selected Writings, i, p. 264.
244 Caudillos en Hispanoamérica
no amenazaban el orden social existente. Los pardos sin embargo, no
eran ninguna minoría. Se trataba del colectivo más numeroso de la so
ciedad venezolana, víctimas de la discriminación de las leyes y las con
venciones y estaban preparados para la revolución. Gracias a la guerra
consiguieron cierta igualdad, nuevas oportunidades y nuevos líderes;
pero fue también la guerra la que les negó los mejores premios y la
que les enseñó cuáles eran los límites de la tolerancia. Como fenóme
no social, la guerra de la independencia puede analizarse como una
competición entre republicanos y realistas criollos por conseguir la
lealtad de los pardos y el reclutamiento de esclavos. En manos de Bo
lívar la revolución se convirtió en una especie de coalición en la que
los pardos eran los socios subordinados al control de los criollos. No
se permitía que existieran líderes independientes. Por eso Bolívar tuvo
que hacer frente al desafío del caudillo republicano Manuel Piar y de
rrotarlo.
Para los criollos, Piar era el prototipo del demagogo racista, una
especie de anti-caudillo. Un cronista realista señalaba: «Piar era uno de
nuestros más terribles enemigos. Valiente, audaz, con talentos pocos
comunes y con una grande influencia en todas las castas por pertene
cer a una de ellas, era uno de aquellos hombres de Venezuela que po
drían arrastrar así la mayor parte de su población y de su fuerza físi
ca» 9. Según un republicano, «Piar, viéndose solo en la arena y
perteneciendo a la clase de pardos, partido respetable entre nosotros,
no tuvo otro remedio que hacerse corifeo de esta clase y tratar de ar
marlos para obtener el triunfo que deseaba; por fortuna no lo consi
guió, y no tuvo otro recurso que fugarse. Este es su delito» 10. Bolívar
dio con él y le ejecutó por incitar a la guerra racial y fomentar la anar
quía. La dominación de los pardos, o «pardocracia» como él la llama
ba, no tenía justificación en un momento en el que ya se había ofre
cido la igualdad a la gente de color y éstos habían conseguido un lugar
en la revolución, bajo el liderazgo de los blancos. Incluso una movili
zación controlada tenía sus riesgos. En los primeros años de la guerra,
rememoró más tarde, negros, zambos, pardos y blancos eran bien re
9 J. Domingo Díaz, Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, BANH , 38, Madrid, 1961,
p. 336.
10 General Bartolomé Salom, en O ’Leary, Narración, i, p. 436.
El gendarme necesario 245
cibidos, siempre y cuando pudieran matar españoles, aunque no hubie
se dinero para pagarles:
Sólo se podían dar grados para mantener el ardor, premiar las haza
ñas y estimular el valor: así es que individuos de todas las castas se
hallan hoy entre nuestros generales, jefes y oficiales, y la mayor parte
de ellos no tienen otro mérito personal sino es aquel valor brutal y
enteramente material que ha sido tan útil a la República, pero que en
el día, con la paz, resulta un obstáculo al orden y a la tranquilidad n.
Entre 1815 y 1816, sin embargo, se incorporaron al ejército de li
beración gran cantidad de pardos: se les necesitaba en las filas patrió
ticas para suplir las bajas y las deserciones de los criollos; los pardos
confiaban en las expectativas que les proporcionaba la movilidad social
en tiempos de guerra. La estructura tradicional del ejército republicano
se transformó; los blancos y los criollos mantenían el control político
y militar, pero los pardos tenían más oportunidades de acceder a pues
tos más altos. Sin embargo, la guerra actuó como disolvente social en
más de un sentido: hizo que surgieran enfrentamientos entre los mis
mos pardos, ya que algunos se incorporaron al cuerpo de oficiales y a
la clase alta, mientras que el resto permaneció en lo más bajo de la
pirámide social, convirtiéndose en reclutas potenciales para las futuras
protestas y rebeliones.
Los IMPERATIVOS DEL CAUDILLISMO
La situación tras la independencia no era apropiada para un go
bierno constitucional. La heterogeneidad social, la falta de consenso y
la ausencia de tradición política colocaron a las constituciones liberales
en una situación extremadamente tensa y desestabilizaron las nuevas
repúblicas, casi desde el mismo momento en que se constituyeron.
En Argentina la república había heredado un alto grado de anar
quía social que alarmaba a la gente de bien. El sector popular de Bue
nos Aires todavía podía convocar a una muchedumbre capaz de ma
nifestarse a favor o en contra de uno u otro partido y de trabajar con
L. Perú de Lacroix, Diario de Bucaramanga, Caracas, 1976, pp. 58-59.
246 Caudillos en Hispanoamérica
la soldadesca común. El derrocamiento y asesinato de Manuel Dorrego
en diciembre de 1828 produjo una enorme irritación entre los habitan
tes de la ciudad: «La clase baja, que desde el principio se había adhe
rido a la causa de Dorrego, protestó ruidosamente contra sus asesinos
y se empleó a fondo para seducir a la soldadesca; especialmente las
mujeres tomaron parte importante en ello.» Rivadavia, entre otros, re
cibió amenazas 12.
En la provincia de Buenos Aires, el golpe unitario y la ejecución
de Dorrego debilitaron al estado, minaron el orden social y desenca
denaron una oleada de detenciones entre los grupos ya apartados del
gobierno y de la sociedad. Los gauchos del campo, que aún no se ha
bían reconciliado con el estado; los grupos marginados de la frontera
sur, a los que se les negaba la tierra pero se les necesitaba para traba
jarla; los indios nómadas que buscaban sustento... Todos tenían moti
vos para estar resentidos contra la autoridad y todos podían sembrar el
pánico entre los terratenientes. La guerra con Brasil (1825-1828) y el
consiguiente bloqueo se dejaron sentir en todos los sectores de la po
blación rural. Los precios subieron, la producción y las exportaciones
de las estancias se redujeron y aumentó el número de peones que se
alistaban en el ejército. La guerra fue superada por otro azote, la gran
sequía de 1828. Durante tres años no llovió; los lagos, los ríos y los
pozos se secaron, desapareció la vegetación, sufrieron los cultivos y el
ganado 13. Con la sequía llegó el hambre y los pobres de las zonas ru
rales estuvieron dispuestos para levantarse en 1828-1829, aunque no en
forma de movimiento coherente y organizado, sino mediante una serie
de protestas a lo largo del sur y el oeste de la provincia 14. Los indios
atacaron las estancias de los blancos buscando caballos y ganado. Las
bandas de montoneros, dirigidos por pequeños caudillos, experimenta
ron una transformación clásica: de forajidos pasaron a ser guerrilleros,
luchadores por la libertad o, como algunas veces se les ha denomina
do, anarquistas, sin dejar de ser bandidos.
12 De Parish a Aberdeen, 12 de enero de 1829, PRO, FO 6/26.
13 C. Darwin, Journal of Researches...during the Voyage o f H .M .S. «Beagle» round the
World, 9.a ed., Londres, 1890, p. 96.
14 P. González Bernaldo, «El imaginario social y sus implicaciones políticas en un
conflicto rural: el levantamiento de 1829», pp. 4-6, 7-10, 20-21, documento gentilmente
cedido por el autor.
El gendarme necesario 247
Éstos fueron los elementos encontrados, explotados y, en cierto
modo, ensamblados por Rosas en su victoriosa tentativa por conseguir
el poder en 1829, cuando se convirtió en jefe de montoneros e inició
una guerra de guerrillas contra las fuerzas regulares del general Lavalle
y los unitarios. Primero reclutó hombres de entre los hacendados que
le apoyaban y esperaba que los estancieros pusieran a su servicio peo
nes, caballos y ganado; los que no lo hicieron se dieron cuenta en 1829
de que habían perdido su oportunidad en una empresa de la que ha
brían salido triunfantes 15. Dio orden a sus seguidores de establecer su
base en el sur de la provincia, su tierra natal, y de dejar que Lavalle y
sus aliados cargaran con la guerra económica. Ésta fue una guerra de
recursos concebida para lograr sus objetivos inutilizando y destruyendo
las estancias de los unitarios o, como lo describió el cónsul británico,
«los gauchos luchan en el país contra las propiedades de todos aque
llos que han tomado parte en la revolución». Sin embargo, para soste
ner esta guerra Rosas tuvo que reclutar hordas rurales procedentes de
las clases menos favorecidas.
En diciembre de 1828 hubo algunos levantamientos en el norte y
sur de la provincia que evidenciaban las penurias económicas y la crisis
política. Rosas se las ingenió para que estas insurrecciones le beneficia
ran. Todavía tenía cierto prestigio entre los indios «amistosos» y mu
chos seguidores entre los socios de éstos en las provincias, hombres al
margen de la sociedad rural, medio delincuentes sin trabajo fijo, segui
dores de los caudillos, que le consideraban una especie de salvador.
Las autoridades al sur de la provincia informaron de que grupos de
«indios, desertores y toda clase de delincuentes», también «anarquistas»,
vagaban por el campo atacando las estancias y desafiando a los repre
sentantes de la ley y el orden 16. La ambigua postura del caudillo sirvió
a sus propósitos. ¿Era el líder de los rebeldes mrales? ¿O era el protec
tor de la sociedad contra la anarquía? El hecho de que Rosas reclutara
indios provocó muchos comentarios e hizo que los unitarios conside
raran el movimiento de Rosas como «la sublevación en masa de los
indios bárbaros y de la multitud desenfrenada» 17. A Buenos Aires lle-13
13 De José Antonio Beja a Rosas, 1 de octubre de 1829, AGN, Buenos Aires, Se
cretaría de Rosas, Sala X, 23-8-4.
16 Lynch, Argentine Dictator, p. 39.
17 R. Levene, El proceso histórico de Lavalle a Rosas, ANH, Obras de Ricardo Lèvent, 4,
Buenos Aires, 1972, p. 262.
248 Caudillos en Hispanoamérica
garon noticias de que en la batalla de Navarro «pelearon más de dos
cientos indios pampas en favor de Dorrego, de los que tenían sus tol
derías en la estancia del comandante general de campaña, don Juan
Manuel de Rosas» 1819. El general La Madrid informó de «una gran con
centración de milicia y de indios pampas en la hacienda de Rosas» bajo
el mando del capataz de Rosas, Molina, un «pardo desertor» que había
vivido entre los indios y al que Rosas daba empleo !9. Esta incongruen
te alianza de federales, gauchos, proscritos e indios se produjo no por
el bien social, ya que había falta de cohesión en el grupo, sino por el
propio Rosas, que fue el último líder reconocido por todos. A medida
que avanzaba sobre Buenos Aires dejaba más clara la existencia de una
fuerza popular a la que él tenía la habilidad de controlar.
Gran cantidad de montoneros, que actuaban en apariencia con ex
traordinaria subordinación hacia sus líderes, avanzaban lentamente
hacia la ciudad. Teniendo en cuenta quiénes componían esta fuerza,
su conducta se reveló inesperadamente regular. Rosas ha dado órde
nes estrictas de respetar la propiedad y sus oficiales están dispuestos a
castigar los excesos de forma sumaria 20.
Muy pocos pudieron conseguir tal grado de control social, una ca
racterística que hizo de Rosas un elemento casi indispensable para la
elite. Cuando entró en Buenos Aires y devolvió el poder al partido fe
deral, él mismo se encargó de poner precio a la hazaña. La Sala de Re
presentantes estaba dividida entre los que apoyaban al dictador y los
que temían el despotismo, pero finalmente otorgaron a Rosas faculta
des extraordinarias y le eligieron gobernador el 6 de diciembre de 1829,
a la edad de treinta y cinco años. Afirmó ante la Cámara que nadie
estaba tan capacitado como él para cumplir la tarea, ya que «nadie ha
bía tenido la oportunidad de establecer contacto con hombres de todas
las clases y condiciones»; en cuanto a los poderes que se le concedieron
dijo que «nuestras leyes ordinarias nunca han sido suficientes como para
preservar al país de los levantamientos políticos que lo han acosado» 21.
18 J. M. Beruti, Memorias curiosas, en Biblioteca de Mayo, 17 vols., Buenos Aires,
1960-1963, iv, p. 4010.
19 La Madrid, Memorias, i, pp. 292-293.
20 De Parish a Aberdeen, 20 de abril de 1829, PRO, FO 6/26.
21 De Rosas a la Cámara de Representantes, 1832, incl. en la carta de Fox a Pal
merston, 31 de mayo de 1832, PRO, FO 6/34.
El gendarme necesario 249
En Venezuela se necesitaba una mano firme aún con más urgen
cia. Los criollos estaban en el poder, es decir, las mismas familias que
habían denunciado al gobierno colonial por abrir a los pardos las puer
tas de la universidad, de la iglesia y de los cargos civiles y militares.
Y eran los criollos los que decidían la política económica y social. Los
pardos que trabajaban como artesanos habían sufrido mucho desde la
independencia, cuando la industria local perdió puntos frente a la
competencia extranjera. Los trabajadores del sector rural aprendieron
que la república era una tiranía aun mayor que las colonias. Algunos
se habían incorporado ya a las plantaciones y estaban atrapados en re
laciones laborales con la hacienda que resultaban adversas para ellos.
Los que se habían librado de ser peones malvivían de la agricultura;
muchos encontraron su forma de vida en la economía ganadera de los
llanos; y otros sobrevivieron al margen del sector agrario, gracias al sa
queo y la violencia. La independencia fomentó con nuevo ímpetu la
concentración de tierras: los caudillos triunfantes competían por con
seguir haciendas en el centro-norte y los poderosos hateros intentaban
establecer derechos de propiedad en los llanos. Los terratenientes ob
servaban a la masa de población rural desempleada y consideraron que
había llegado la hora de concentrarlos en plantaciones y hatos, de mo
vilizarlos para que produjeran y pagarles salarios mínimos.
Así para la clase baja la independencia fue una forma de regresión.
La movilización política terminó en guerra. La movilidad social estaba
dificultada tanto por la resistencia de la elite como por su propia po
breza. A falta de formas legales de progresar, algunos recurrieron al pi
llaje, a la protesta y a la rebelión. Los llaneros planificaron sus propios
mecanismos de supervivencia. Cuando la república impuso medidas
contra la exportación de ganado con objeto de fortalecer los recursos
del país, los contrabandistas desarrollaron un comercio activo con el
Caribe a través del Orinoco y a veces utilizaban las montañas. De este
modo, los guerrilleros de los tiempos de la independencia se convirtie
ron en unas bandas de abigeos y de contrabandistas. Otros se reagru
paron al mando de algún caudillo menor para practicar el tradicional
saqueo. Un bandido indio, Francisco Javier Perales, sembró el pánico
en el Alto Apure y en Casanare durante la década de los años 20. Dio
nisio Cisneros, un caudillo realista, continuó su guerra contra la socie
dad criolla mucho después de que la república se hubiera establecido,
y adquirió una posición cercana a la de patriarca en los valles del Tuy.
250 Caudillos en Hispanoamérica
En septiembre de 1827 una de sus bandas atacó y saqueó un pueblo
situado a sólo ocho kilómetros de Caracas. Hirieron a los hombres,
violaron a las mujeres y huyeron con los caballos y el ganado 22. En los
llanos, los caudillos locales y sus bandidos continuaron con su pro
pia guerra de la independencia. Y fuera de los llanos, en Maracaibo,
en 1838, tuvo lugar una pequeña rebelión dirigida por Francisco María
Faria, ejemplo de puro bandidaje. La clase baja era considerada por el
gobierno criollo como una amenaza distinta, dispuesta a ser manipula
da por los caudillos, los descontentos o los realistas de posguerra. El
peligro se agravó con las tensiones raciales, el resentimiento negro y la
frustración de los pardos. Alrededor de 1830, la rebelión negra era una
amenaza continua en Venezuela.
A finales de los años 20, Valencia, Barcelona y Cumaná vivieron el
descontento de los pardos, prueba de que tenían un alto grado de con
ciencia de grupo y estaban preparados para usar la violencia 23. En 1827,
cuando Bolívar estaba en Venezuela, hubo una insurrección negra en
Cumaná y en Barcelona, donde el conjunto de la población negra esta
ba incrementando su número debido a la inmigración procedente de
Haití; El Libertador no tuvo piedad con ellos, aunque algunos sobrevi
vieron para seguir combatiendo. Hubo una rebelión posterior en Cu-
maná en septiembre de 1831 cuando Policarpo Soto, un «caudillo te
mible», condujo a negros y esclavos contra los blancos 24. En Valencia,
en diciembre de 1830, un negro fue detenido por intentar soliviantar a
los soldados diciéndoles que «Valencia debía ser una segunda Haití; que
había que asesinar a todos los blancos y que él tenía una banda de ne
gros que les ayudaría a ejecutar esta gloriosa tarea» 25. Caracas tampoco
resultó inmune a este estado de cosas.
En mayo de 1831 un grupo de rebeldes entró repentinamente en
Caracas, atacó la prisión, mató a los guardias y liberó a 100 prisioneros.
22 Ker Porter’s Caracas Diary, pp. 288-289; M. Landaeta Rosales, Gran recopilación geo
gráfica, estadística e histórica de Venezuela, 2 vols., Caracas, 1889, ii, p. 235; R. W. Slatta, ed.,
Bandidos: the Varieties o f Latin American Banditry, Westport, Connecticut, 1987, p. 42.
23 Ker Porter’s Caracas Diary, 21 de marzo de 1827, 5 de abril de 1827, pp. 229, 233.
24 De Cockburn a Canning, Caracas, 24 de abril de 1827, PRO, FO 18/67; «Sobre
la revolución que se tramaba en Cumaná contra los blancos», AGN, Caracas, Secretaría
del Interior y Justicia, XXXVII, ff. 169-178.
25 Ker Porter’s Caracas Diary, 16 de diciembre de 1830, p. 517; de Ker Porter a
Palmerston, 30 de abril de 1831, PRO, FO 18/87.
El gendarme necesario 251
¿Eran bandoleros de las montañas o disidentes de la ciudad? ¿Eran de
lincuentes o guerrillas? Según el cónsul británico, Ker Porter, eran una
banda de pardos que se habían organizado para masacrar a los blancos,
entre ellos había varias mujeres y «algunas de entre las más respetables
gentes de color». El gobierno reaccionó con severidad: «las autoridades
y los ciudadanos de clase alta han dado muestras de entusiasmo y des
plegado toda su actividad, y la gente de color ha mostrado su buena
disposición» 2627. Cuando se detuvo a algunos de los rebeldes y se les eje
cutó, la oposición fue mayor, hubo más arrestos y más confesiones.
«Cada detalle del plan» dice Ker Porter, «es de naturaleza horrible y
sangrienta —nada menos que el exterminio de los blancos. Entre los
responsables hay esclavos, soldados licenciados, y muy a mi pesar, debo
añadir parados y funcionarios descontentos.» Había un líder negro lla
mado Severo, una persona inteligente, con talento, educación y un plan
para gobernar11. A los prejuicios y el alarmismo de Ker Porter hay que
añadir que había signos de un profundo descontento entre las masas
en el que se entremezclaban la raza, la delincuencia y la protesta polí
tica y que encontró su forma de expresión en estallidos de violencia y
en el proyecto de un gobierno alternativo. El contexto económico era
de extrema indigencia, mucha gente estaba condenada a vivir en una
crisis de subsistencia casi permanente, como afirma Ker Porter. «El te
rror en la ciudad parece mitigarse— pero la pobreza y la escasez real
no». Y repite: «Nadie puede describir las escenas de escasez y hambre
que se suceden cada día en esta ciudad» 28.
Testimonios locales de esos años confirman los informes de Ker
Porter. En 1833, las autoridades de La Victoria, Maracay, informaron
acerca de una conspiración «para destruir la sociedad de los blancos».
Se pegaban carteles en las paredes pidiendo «¡Mueran los blancos!». El
peligro era que «el pequeño número de blancos que existen en este
cantón no se encuentran sin armas con que defenderse». El gobierno
decidió emplazar allí una unidad de tropas. En 1838, un levantamiento
de esclavos fugados produjo disturbios en Puerto Cabello; armados con
machetes y lanzas se unieron a proscritos y a criminales para aterrori
26 De Ker Porter a Palmerston, 27 de junio de 1831, PRO, FO 18/87.
27 Ker Porter’s Caracas Diary, 16, 17, 18, 24, 27 de mayo de 1831, 16 de junio
de 1831, pp. 548-549, 550, 551, 556.
28 Ibid., 27 de mayo, 1 de junio de 1831, pp. 550, 552.
252 Caudillos en Hispanoamérica
zar los pueblos cercanos, «burlándose de la debilidad de las medidas
que pueden tomar la policía cantonal». En Ocumare, en 1840, la de
tención de un esclavo provocó un violento motín de esclavos en una
hacienda que pertenecía a Martín Tovar, hecho particularmente peli
groso «en un lugar como este en que todos son esclavos y se carece de
recursos para contener una conmoción que quieren estos intentar». En
Guarenas, en 1841, dos grupos de bandidos, uno de diez y otro de
doce negros, armados con pistolas y machetes iniciaron una serie de
robos y asesinatos, y escondieron el botín en un rancho 29. Una mino
ría de blancos arriba y abajo una masa de descontentos raciales; éste
era el volcán del que hablaba Bolívar.
E l pr in c ipa l pro tecto r
¿Cómo era la amenaza de la rebelión de las masas o la guerra ra
cial en estas sociedades post-coloniales? ¿Con qué medios contaba la
elite criolla para mantener el control y preservar el nuevo orden? Los
criollos tenían poca fe en las instituciones, buscaban un poder perso
nal y más próximo.
En Buenos Aires, según un artículo periodístico, la ley y el orden
estaban mejor salvaguardados por «el carácter de nuestro benemérito
gobernador; que es donde hallaremos todas las garantías que pueden
aspirar los buenos ciudadanos» que por las leyes30. Rosas tranquilizó
pronto a los buenos ciudadanos. Aunque debió de haber manipulado
la fuerza popular para conseguir el poder, demostró que tenía poco que
ofrecerles y que al fin y al cabo su base de poder se encontraba entre
la elite. Su primera administración (1829-1832) fue de signo conserva
dor: aseguró la propiedad, especialmente la de la tierra y garantizó la
zq Del gobernador de Maracay al ministro del Interior, 28 de marzo de 1833, AGN,
Caracas, Sec. Int. y Just., LXX, f f 157-158, 164-165; Gobierno superior político de
Carabobo, Valencia, 19 de diciembre de 1838, ibid., CLXXXII, ff. 221-222; Santiago
Almenar, justicia de la paz, al jefe político, Ocumare, 8 de julio de 1840, ibid., CCXI,
f. 214; B. Manrique, gobierno provincial, Caracas, 12 de marzo de 1841, ibid., CCXXIV,
ff. 207-208.
30 E l Lucero, n.° 78, 9 de diciembre de 1829, incl. en la carta de Parish a Aberdeen,
12 de diciembre de 1829, PRO, FO 6/7. Véase también E. H. Celesia, Rosas, aportes para
su historia, 2.a ed., 2 vols., Buenos Aires, 1968, i, pp. 103-104.
El gendarme necesario 253
paz y estabilidad internas. Reforzó el ejército, protegió a la Iglesia, si
lenció a los críticos, acalló a la prensa e intentó mejorar el crédito fi
nanciero del estado. Rosas volvió al poder en 1835. Ya había impresio
nado a los estancieros por su facilidad para imponer el orden, su
tendencia a rechazar los impuestos sobre la renta y la propiedad, y su
política sobre las fronteras y la tierra. Comenzó expandiendo la fron
tera sur para contar así con más tierras. Luego procedió a venderla pú
blicamente a precios bajos y terminó regalándola a los oficiales que ha
bían luchado en sus campañas y a los políticos que colaboraban con
su régimen. Practicaba el patronazgo a la vez que lo protegía. Según
John Henry Mandeville, el ministro británico más próximo a Rosas, el
gobernador era un déspota que mantenía el orden a base de fusilar a
la gente sin juicio previo, en virtud del poder supremo que la Sala de
Representantes le había otorgado. Rosas era un auténtico caudillo in
vestido de una apariencia de legalidad. Los indios, gauchos y enemigos
políticos que amenazaban el orden social eran ejecutados por peloto
nes de fusilamiento:
Desde la administración de Rosas ha habido poco que temer de los
gauchos. No digo que su preferencia por el saqueo, que su natural
propensión al salvajismo haya desaparecido, pero, como el capitán
general los fusilaba o los convertía en soldados si su comportamiento
no se cambiaba, ya no se ven, a mi entender, robos violentos. Cuan
do matan es por venganza. Nunca olvidan una ofensa ni la infideli
dad en sus mujeres31.
El terrorismo del caudillo, sin embargo, por lo menos en el caso
de Rosas, era selectivo y ejemplar. Aplicado por manos expertas, una
simple demostración era suficiente para intimidar al resto de la pobla
ción sin necesidad de utilizar la violencia todos los días. Rosas contaba
con otras técnicas en su arsenal de persuasión. Utilizaba la demagogia
casi tanto como el despotismo. Impulsado por temor a la multitud,
intentó de forma curiosa identificarse con ella, la mejor forma de apa
ciguarla. La anarquía en el campo, recordada vivamente desde sus pri
meros años como propietario de la estancia, le dejaron la contundente
31 De Mandeville a Strangways, documento privado, 18 de octubre de 1836, PRO,
FO 6/53.
254 Caudillos en Hispanoamérica
impresión de que vivía al borde del caos; la insolencia demostrada por
las hordas de vagabundos y pobladores de su propia estancia le hizo
tomar la determinación de acabar con la anarquía, primero la de su
entorno, luego, la del resto del mundo político. Hubo un período a
finales de los años 20 cuando Rosas parece haber abrigado un temor
flavino de un movimiento de protesta autónoma desde abajo, movi
miento que él intentó capturar y controlar. Afirmó que deliberadamen
te se acercaba a la «clase baja» y que se había agauchado con objeto
de llegar a ella: «Me pareció muy importante conseguir una influencia
grande, sobre esa clase para contenerla y para dirigirla» 32. Esta afirma
ción fue confirmada por el general La Madrid: «Pues a pesar de todo
este rigor con que se hacía obedecer, era él el hacendado que más peo
nes tenía, porque les pagaba bien, y tenía con ellos en los ratos de
ocio sus jugarretas torpes y groseras con que los divertía, y apadrinaba
además a todos los facinerosos o desertores que ganaban sus estancias
y nadie los sacaba de ellas» 33.
Rosas se ocupó de otro sector de la clase baja, los negros y mula
tos de las ciudades. Los negros le consideraban un protector, y tam
bién los esclavos. Algunos le consideraban una ruta de escape, un me
dio de emanciparse y no resultaba desconocido para los esclavos
fugados de los barcos brasileños que iban a sus cuarteles generales a
pedirle la libertad. Los propietarios extranjeros de esclavos perdían mu
chos esclavos en Buenos Aires, ya que éstos podían conseguir la liber
tad por el método tradicional de alistarse en el ejército 34. Rosas tenía
muchos empleados negros, y muchos más al servicio de su política.
No hizo que mejoraran socialmente pero tampoco les discriminó ra
cialmente. Le dieron un apoyo muy útil en las calles y eran parte de
sus seguidores «populares». Los negros a su vez le dieron a Rosas apo
yo incondicional y, con la clase baja en general, se reunían en el Car
naval de Rosas tocando los tambores, marchando, bailando y gritando
«Viva el Restaurador». Estas orgías de alcohol y peleas eran una cínica
32 «Nota confidencial de Santiago Vázquez», 9 de diciembre de 1829, en A. E. Sam-
pay, Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1972, pp. 131-132.
33 La Madrid, Memorias, I, p. 199.
34 De Thorndike a Rosas, 11 de diciembre de 1840, y de Manigot y Meslin a Ro
sas, 24 de febrero de 1841, AGN, Buenos Aires, Sala 10, 17-3-2, Gobierno, Solicitudes,
Embargos.
El gendarme necesario 255
insinuación a la clase alta del peligro que acechaba en las sombras si
faltaba la mano represora.
La clase dirigente venezolana se enfrentó con el problema del or
den social definiendo en un principio a la nación política lo más estre
cho y limitado que pudieron; la Constitución de 1830, como hemos
visto, virtualmente privó del derecho a voto a la clase baja. Pero las
constituciones solas no podían asegurar el orden y la estabilidad; po
dían crear las bases de la vida política, pero no hacerlas respetar. Vista
la historia constitucional de Venezuela en el período colonial y en el
de la independencia, no era extraño que, como dijo O ’Leary, los hom
bres lo fueran todo y las instituciones nada 35. La militancia de los par
dos y la insubordinación de las masas reclamaban un férreo control y
una autoridad más inmediata que la que proporcionaban las leyes. Ésta
fue una de las misiones de los caudillos.
La clase dirigente venezolana confió en José Antonio Páez, un cau
dillo con experiencia y temperamento, líder militar que tenía su base
de poder en los llanos, pero que no era un instrumento de los llaneros,
para que cumpliera el papel de hombre fuerte. Páez llegó a la vida pú
blica siendo profano en asuntos culturales y políticos. Pero sabía qué
hacer con el estado de Venezuela en general y con los llanos en parti
cular. «Este país», escribió a Bolívar, «en lo general de su población no
tiene más que los restos de una colonia española, de consiguiente falta
de todo elemento para montar una República», y pensaba que era «me
nos probable que se respondiera al gobierno con las leyes que con las
bayonetas» 36. Pero Páez también era consciente de su gran poder de
atracción personal y en 1822 escribió a Santander: «Yo he sido uno de
los altos representantes acostumbrado a obrar por sí... yo mandé un
cuerpo de hombres sin más leyes que mi voluntad, yo grabé moneda
e hice todo aquello que un señor absoluto puede hacer en sus Esta
dos» 37. Desde su base de poder situada en el Apure le recordó a Bolí
var que muchos sectores se dirigían a él para tomar sus decisiones.
Estas, sin embargo, aún necesitaban ser legitimadas por una «autoridad»
real, que combinara prestigio y poder en un cargo del estado:
35 O ’Leary, Narración, ii, p. 557.
36 De Páez a Bolívar, 1 de octubre de 1825, O ’Leary, Memorias, ii, p. 58; de Páez
al ministro de Guerra, 15 de septiembre de 1822, Archivo Páez, ii, p. 122.
37 Cita de Valenillo Lanz, Cesarismo democrático, p. 88, n. 1.
256 Caudillos en Hispanoamérica
Aquí no se me ha dado a reconocer ni como comandante general, y
si se me obedece es más por costumbre y conformidad, que porque
yo esté facultado para mandar, es porque estos habitantes me consul
tan como protector de la Religión, pidiéndome curas y composición
de iglesias; como abogado, para decida sus pleitos; como militar, para
reclamar sus haberes, sueldos, despachos y grados; como jefe para que
les administre justicia; como amigo para que les socorra en sus nece
sidades, y hasta los esclavos a quienes se dio libertad en tiempos pa
sados, y que algunos amos imprudentes reclaman, se quejan a mí y
sólo aguardan mi decisión para continuar en su servidumbre o lla
marse libres38.
La elite criolla no tardó en dar a Páez el tipo de autoridad que
buscaba: grande y autónoma. Muchos terratenientes consideraban que
el caudillo era el único hombre que podía liberar Venezuela de la co
rrupción y de los funcionarios abusivos que colaboraban con los cri
minales y atemorizaban las vidas de los ciudadanos que vivían confor
me a las leyes. Un grupo de hacendados del distrito costero occidental
de Gibraltar se quejó de que:
nuestras posesiones se hallan arruinadas (como las de otros muchos)
que han sido también víctimas de la ambición, despotismo e intrigas
de un pequeño número de hombres fatales... Se han visto asesinatos,
falsificaciones de actos, usurpaciones de las rentas públicas, prodiga-
ción de multas en beneficio de los jueces y otros atapos, atropella-
miento de vecinos honrados, robos escandalosos, allanamiento de ca
sas, aforados; y en fin, desobediencia e insultas a la primera autoridad
civil de este Departamento 39.
Reclamaban que se hiciera una purga entre los funcionarios, que
se les castigara y reemplazara por otros que deberían someterse a un
magistrado de categoría superior. El Congreso se comprometió a hacer
algo, pero la experiencia había demostrado que quejarse al Congreso
no era suficiente.3
3S De Páez a Bolívar, Achaguas, 31 de marzo de 1827, O ’Leary, Memorias, ii,
pp. 86-87.
39 De los hacendados al Congreso Venezolano, Maracaibo, 9 de junio de 1830,
AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., VI, ff. 289-290.
El gendarme necesario 257
La oligarquía venezolana necesitaba a Páez, sobre todo, porque era
uno de los pocos líderes que tenían credibilidad política entre los par
dos y los llaneros, y, virtualmente, el único líder que podía controlar
a la clase baja. Era el caudillo «cuya influencia en las llanuras es todo
poderosa, sólo su nombre es ya un ejército» 40. Era su gendarme nece
sario, la única fuerza legal que podía pacificar a los llaneros, organizar
a los peones, controlar a los esclavos y mantener calmada a la
muchedumbre 41. Y si no podía ser su guardián, bien podía ser su des
tructor, retomando el papel de Piar o imitando el comportamiento de
Padilla. Level de Goda, un antiguo funcionario real, denunció a los lí
deres pardos por formar, en alianza con los blancos tradicionalistas,
una nueva elite que dominaba en la Venezuela independiente. El ca
becilla de esta oligarquía, según Level de Goda, era Páez, «que es par
do, y lejos de tener alguna virtud, está cubierto de crímenes desde mu
chacho» 42. El mismo Páez, por lo menos en sus escritos, no consideró
la raza como un problema, ni se preocupó por la situación de su pro
pia familia. Pero su hijo, que estaba en West Point, le escribió dicien
do que a él y a sus dos hermanos les conocían como mulatos en los
Estados Unidos y que a su padre le llamaban mulato en los periódicos
de Filadelfia, «para mí un golpe terrible» 43. Páez reclamaba igualdad:
«Para el hombre de talento, sea cual fuere su origen, el color no da ni
quita títulos al mérito; el color será siempre un accidente...» 44. Lo de
la estructura social era otro tema.
Páez gobernaba con y para la elite y, aunque él mismo había lle
gado donde estaba gracias a los ascensos, administró el gobierno de
Venezuela tan estrechamente como el más tradicionalista de sus com
ponentes. Estaba conforme con los valores de la elite y apoyó las es
tructuras existentes, aunque éstas no beneficiaban a la clase baja. Le
afectaban tanto como a la elite las amenazas contra la ley y el orden
en Venezuela, y no tuvo piedad con las insubordinaciones de los escla
40 Ker Porter’s Caracas Diary, 28 de marzo de 1837, p. 960.
41 Valenilla Lanz, Cesarismo democrático, p. 79.
42 A. Level de Goda, «Antapodosis», Boletín de la Academia Nacional de la Historia,
16, 1933, p. 631.
43 De J. A. Polanco Páez a Páez, 8 de enero de 1826, AGN, Caracas, Intendencia
de Venezuela, CCLXXXVI. Debo mi gratitud a sir Edgar Vaughan por facilitarme este
documento.
44 Páez, Autobiografìa, i, p. 464.
258 Caudillos en Hispanoamérica
vos. En 1828, apremiado por Bolívar para que hiciera renacer la eco
nomía venezolana y sacara al país de la depresión en que estaba su
mido, Páez reunió una junta en Caracas: «Reuní con este objeto a los
hacendados, empleados de hacienda, abogados y comerciantes» 45. Ésta
era la coalición política liderada por Páez; también era la descripción
perfecta de la clase dominante de Venezuela. Consideraba a los de su
clase como sus asesores. Coincidía con ellos en la idea de estrechar el
control del gobierno local y de la policía en toda Venezuela, restauran
do el cargo colonial del corregidor y colocándolo al frente de las mu
nicipalidades, de nuevo con el asesoramiento de «los hombres más
ilustrados de esta capital, convocados en una junta» 46. Evidentemente,
buscaban una autoridad de tipo absolutista, y finalmente la encontra
ron en los jueces de paz.
Páez no era un monstruo represivo. Muchos observadores com
pararon su estilo relajado con la implacabilidad de Bolívar, quien en
raras ocasiones dudaba en enviar a los caudillos peligrosos al paredón.
Páez prefería la pacificación a la persecución, y con frecuencia utiliza
ba uno de los recursos del caudillo como medio alternativo de persua
sión. La relación patrón-cliente, esencial para muchas de las funciones
de los caudillos, era también un instrumento de control social. Y no
se trataba de una mera formalidad. Cuando se acudía a ella era para
beneficiarse; si no, el pacto perdía credibilidad y el patrón perdía pres
tigio. Un cliente desilusionado se convertía en un enemigo, un forajido
o un rebelde. Entonces, la fuerza sustituía a la confianza y el abrazo
se convertía en golpe. El estado venezolano era demasiado pobre como
para ser coercitivo, y la prudencia del caudillo se debía tanto a las pe
nurias económicas como a la moderación. Pero un estado débil era una
invitación a la guerra civil en la que los caudillos llamaban a sus clien
telas para que les ayudaran. Páez inició su vida política como caudillo
supremo y los llanos del sur y del este eran territorios virtualmente bajo
su tutela. Pero no cumplió las promesas hechas durante la guerra a los
llaneros sin tierra y una vez que perdió su confianza, tuvo que luchar
por mantener su posición en las llanuras. Entonces el dominio perso
nal sobre sus clientes, sobre sus haciendas, sobre la burocracia y las
45 Páez, Autobiografía, i, p. 416; de Páez a Bolívar, 26 de agosto de 1828, O ’Leary,
Memorias, ii, p. 157.
46 De Páez a Bolívar, 7 de octubre de 1828, O ’Leary, Memorias, ii, p. 170.
El gendarme necesario 259
fuerzas armadas se hizo mayor y, en general permaneció intacto. Sin
embargo, fuera de las fronteras de las poderosas haciendas, los llanos
representaban la anarquía por antonomasia. Para controlar a los caudi
llos menores y a los jefes de los bandidos, Páez a menudo se apoyaba
en su autoridad moral como patrón, más que en las caras operaciones
de las fuerzas de seguridad.
La culminación del patrón era el compadrazgo. Esta categoría
ocupó un lugar especial en la cultura hispánica que nacía de su signi
ficado religioso como sacramento. Cuando en 1831 Páez quiso recon
ciliarse con Dionisio Cisneros, guerrillero realista que se convirtió en
uno de los más sangrientos bandidos de entre los forajidos de las mon
tañas, comenzó por capturar a un hijo de Cisneros y bautizarle. Páez
fue el padrino del niño y su querida, Bárbara Nieves, la madrina. El
presidente de Venezuela se convirtió de esta manera en compadre del
bandido y fue a entrevistarse con él a su guarida de los valles de Tuy.
Allí, rodeado por sus salvajes y temibles seguidores y ahora «legitima
do» por su nueva situación, entró a formar parte del ejército como co
ronel, aunque siguió negándose a regresar a la civilización. Páez le dijo
«tengo obligaciones contigo como tú conmigo, debido al parentesco
que nos une desde que tuve a tu hijo en mis brazos y recibió las aguas
bautismales» 47. Cisneros no se convirtió totalmente y, un año más tar
de, quizá con ánimo de fortalecer su amistad, Páez fue el padrino de
otro de sus hijos. Esta vez, el bandido fue a Caracas y la crema de la
sociedad se reunió en casa del presidente para observar boquiabierta al
sorprendente personaje, un hombre oscuro y silencioso con chaqueta
azul y pantalones blancos sucios, con una mirada sospechosa y pene
trante de «indomable ferocidad». Páez le presentó con mucho orgullo
al cónsul británico y a otros personajes públicos. Y a pesar de sus re
celos, Ker Porter admitió que la clemencia de Páez logró poner punto
final a una campaña que durante décadas había costado decenas de
miles de pesos y la vida de incontables soldados: «el general Páez, con
medios tan honrosos ha conseguido lo que Bolívar con todo su talento
y grandeza no pudo lograr» 48.
47 De Páez a Cisneros, 24 de septiembre de 1831, en Ker Porter’s Caracas Diary,
PP- 575-576, 586; véase también Pérez Vila, «El Gobierno Deliberativo», Política y Eco
nomía en Venezuela 1810-1976, p. 61, n. 53.
48 Ker Porter’s Caracas Diary, 17 de octubre de 1832, pp. 653-654.
260 Caudillos en Hispanoamérica
¿P a tricio s o po p u list a s ?
¿Acaso los caudillos como Rosas o Páez contaban con una masa
de seguidores? ¿Pasaron por encima de las constituciones elitistas para
establecer relaciones directas con las clases populares? ¿Fueron auténti
cos populistas?
Rosas no era un caudillo populista. La afinidad cultural con los
gauchos y la clase baja no era lo mismo que la solidaridad social. Los
observadores contemporáneos, especialmente los británicos, informa
ban de que la clase baja de la ciudad y del campo apoyaba a Rosas:
«Los gauchos, o los habitantes de los distritos del campo, están muy
unidos al general Rosas, a quien, como jefe y benefactor, han admira
do con increíble devoción»49. El propio Rosas explicó a Mandeville
que «aquí no hay aristocracia para apoyar al gobierno, gobiernan la
opinión pública y las masas» 50. Henry Southern creía que «éste es el
secreto de su poder, él enseñó a los gauchos de las llanuras que era el
verdadero amo de las ciudades. Apoyándose primero en sus criadores
y domadores de caballos, fue como estableció su autoridad, la cual ha
mantenido hasta hoy, haciendo uso, ingeniosa y astutamente, de la
misma arma» 51.
La confusión de estas afirmaciones nace del uso impreciso del tér
mino «gaucho», con el que se designaba a la población rural en general.
Pero los habitantes de la pampa no formaban un colectivo homogéneo.
Muchos no eran ni gauchos ni peones, sino familias independientes
que vivían en pequeños ranchos y granjas, o que se ganaban la vida
en la pulpería o en el pueblo. Precisando más, podría distinguirse entre
los trabajadores sedentarios que trabajaban la tierra para ellos o para el
patrón y el gaucho puro, nómada e independiente, desligado de la
hacienda 52.
La estructura agraria no favorecía el progreso de las masas. El pun
to clave de la fuerza de Rosas eran sus propios peones y protegidos,
que tenían que seguirle durante la guerra, lo mismo que trabajaban
49 De Gore a Palmerston, 21 de octubre de 1833, PRO, FO 6/37.
50 De Mandeville a Aberdeen, 7 de julio de 1842, PRO, FO 6/84.
51 De Southern a Palmerston, 22 de noviembre de 1848, Historical Manuscripts
Commission, Palmerston Papers, GC/SO /241.
52 Brown, A Socioeconomic History o f Argentina, pp. 158-159.
El gendarme necesario 261
para él en tiempo de paz. Mientras fue gobernador de Buenos Aires
no dejó de ser un estanciero y de emplear mucha mano de obra. Di
rigía sus haciendas a través de los mayordomos, para los que en primer
término no era el gobernador, sino «el patrón» y las cosas se hacían
«por orden del patrón» 5354*. Aparte de sus criados y servidores también
pudo movilizar a los indios «amistosos», forajidos y, sin duda, a mu
chos gauchos. Quienesquiera que fueran, los peones de Rosas eran
criados antes que seguidores, clientes, más que aliados. En las ocasio
nes en que Rosas tomaba alguna decisión política de carácter crítico
reclutaba jinetes del campo o a las masas de la ciudad. Pero estas fuer
zas se mantenían sólo el tiempo que las necesitaba. Una vez que Rosas
tuvo el aparato del estado en su poder, una vez que controló a la bu
rocracia, a la policía, a la «mazorca» y, sobre todo, al ejército regular,
ya no necesitaba ni quería a esa fuerza popular procedente del campo
y los enviaba a casa. El ejército acampado en Santos Lugares fue el que
le proporcionó el poder definitivo 34. Como las milicias, estas fuerzas
estaban comandadas y dirigidas por los jueces de paz, por comandan
tes del ejército regular y por estancieros. El hecho de pertenecer a una
organización militar no proporcionó a los peones ni poder político ni
representación, porque la rígida estmctura de la estancia también se in
corporó a la milicia; en ella, los estancieros eran los comandantes, sus
capataces, los oficiales y sus peones, las tropas. Estas tropas no se re
lacionaban directamente con Rosas: eran movilizadas por el patrón, lo
que significaba que Rosas recibía el apoyo, no de unas hordas de gau
chos libres, sino de los estancieros que dirigían a los peones reclutados.
Rosas controlaba una red de sub-caudillos, «un grupo de turbulentos y
licenciosos capataces con sus peones, cuya mera existencia ya provoca
conmoción entre los civiles», y que formaban parte de su punta de
lanza política en 1834 35. En este sentido, la clase social que hubiera
podido ser peligrosa se incorporaba al servicio de la elite, se les em
pleaba y también se les controlaba.
Sin embargo, esto no contesta a la pregunta de si Rosas era un
populista. La historia del populismo ofrece muchos ejemplos de líderes
53 De Rosas a Laureano Ramírez, 11 de marzo de 1845, AGN, Buenos Aires, Sa
la 10, 43-2-8.
54 Lynch, Argentine Dictator, pp. 110-112.
53 De Gore a Palmerston, 17 de abril de 1834, PRO, FO 6/40.
262 Caudillos en Hispanoamérica
autoritarios que no provenían de los grupos sociales que dirigían 56.
Existe más de una forma de repartir beneficios. La evidencia indica, sin
embargo, que Rosas no repartió con la clase baja. No se concedieron
tierras a los gauchos, ni propiedades a los peones. La concentración de
tierras impedía que la masa adquiriera pequeñas haciendas, mientras
que la expansión de la estancia hacía aumentar la demanda de mano
de obra. Gauchos y peones eran víctimas del duro régimen tradicional
impuesto por los estancieros sobre aquellos a los que consideraban
mozos vagos y mal entretenidos, que se sentaban en grupos a jugar, a
cantar con una guitarra o a tomar mate y licor, pero que normalmente
no trabajaban 57. Los que en su día fueron gauchos libres contrajeron
poco a poco obligaciones que les llevaron a quedarse en las estancias.
La vagancia se consideraba un crimen que se castigaba con azotes, en
carcelamiento, trabajos forzados y el reclutamiento. Rosas continuó
aplicando las leyes existentes sobre la vagancia y ordenó el recluta
miento forzoso de los que no cumplían; en su discurso pronunciado
en la apertura de la sesión legislativa de 1836, dio cuenta de la enérgica
acción emprendida contra los vagos y mal entretenidos y del aumento
en el número de personas reclutadas5859.
En Venezuela, Páez utilizó la tierra como medio de movilización
en sus primeras campañas, y en el Apure hizo promesas específicas a
sus seguidores llaneros, zambos y pardos la mayor parte de ellos, hom
bres sin tierra que habían pasado de ser cazadores y mano de obra para
los ranchos a convertirse en soldados y luchar con grandes esperanzas.
Nunca recibieron su recompensa, como Bolívar reconoció: «Son hom
bres que han combatido largo tiempo, que se creen muy beneméritos,
y humillados y miserables.» Advirtió que las excusas no valdrían «con
hombres acostumbrados a alcanzarlo todo por la fuerza», y que la paz
sería más temible que la guerra 39.
56 Esto facilita la utilización del término «populista» en un sentido más amplio
que el que lo limita a las alianzas multiclasistas [entre distintas clases] propias de las
décadas posteriores a 1930.
57 G. Gori, Vagos y mal entretenidos, 2.a ed., Santa Fe, 1965, p. 18; Slatta, Gauchos
and the Vanishing Frontier, pp. 109-111.
58 Lynch, Argentine Dictator, p. 116.
59 De Bolívar a Guai, 24 de mayo de 1821, Selected Writings, i, p. 266; de Brice-
ño Méndez al ministro de Finanzas, 20 de julio de 1821, O ’Leary, Memorias, xviii,
pp. 399401.
El gendarme necesario 263
Páez también confirió cierto mérito al carácter tan especial de los
llaneros y a su contribución y, en palabras que fueron eco de las de
Bolívar, advirtió al gobierno central de las consecuencias si las pro
mesas no se cumplían: «Ya no quieren reunirse para tomar las armas;
y reclaman por la falta de cumplimiento de la oferta y ya, por fin,
hay varias partidas robando por los caminos; si en estas circunstancias
se les une un genio audaz y astuto, ¿puede dudarse que el llanero
valiente, vengativo y fácil para corromperse lo siga, pelee y destruya
la misma obra que ayudó a plantar?» 60. Pero en la misma carta agra
decía a Santander que le hubiera facilitado la concesión de la hacien
da La Trinidad, en la cual se había instalado. Las quejas de Páez no
eran sinceras: estaba más interesado en sus propias adquisiciones que
en las de sus hombres, y cuando concluyeron las hostilidades dedicó
mucho tiempo a especular con las escrituras de territorios militares y
a adquirir las mejores propiedades públicas, enorgulleciéndose princi
palmente del rancho de San Pablo y de la hacienda de Tapa-Tapa.
Los caudillos menores siguieron el pleito y los venezolanos presencia
ron las riñas de los pudientes por la concesión de tierras en lugar de
la propuesta de una política agraria para todos. Hubo amargas protes
tas ante el hecho de que no se hubieran repartido tierras a los llane
ros ni a los excombatientes. De este a oeste se lanzaron acusaciones
de favoritismo, inercia e ineficacia. Un querellante llamó la atención
no sólo sobre el tráfico de influencias entre familiares, sino también
sobre la «deferencia a su clase», en favor de unos pocos y en contra
de la mayoría 61.
El programa de reparto de la tierra durante el mandato de Páez
(1830-1847) fue diseñado con objeto de aumentar ingresos, no con el
de favorecer a la población rural pobre. Éstos tenían pocas posibilida
des de ascender de jornaleros a colonos; el 80 por ciento de los nuevos
títulos de propiedad fueron para haciendas en el Apure y Barinas, y
representaron menos del 1 por ciento de las tierras de propiedad pri
vada del país. Los terratenientes del centro-norte y los hacendados de
los llanos querían mano de obra dependiente, no una población de
campesinos libres. Al igual que los gauchos en Argentina, los llaneros
60 De Páez a Santander, 15 de enero de 1822, Archivo Páez, ii, p. 24.
61 Alerta (Cumaná), 10 de febrero de 1826, Materiales para el estudio de la cuestión
agraria en Venezuela, I, pp. cci-cxvi; ver arriba, pp. (149-153 de original).
264 Caudillos en Hispanoamérica
fueron reprimidos, privados de sus tradicionales derechos sobre el ga
nado salvaje, clasificados como vagos, se les prohibió viajar sin pasa
porte y fueron transportados a las haciendas para encontrarse allí con
que el peonaje era impuesto por el estado 62. La ley de azotes del 23
de mayo de 1836, en vigor hasta 1845, decretaba que los ladrones de
propiedad debían ser ejecutados o enviados a trabajos forzados y los
criminales menores, azotados. Esto provocó muchos resentimientos,
protestas y revueltas entre la población rural que se encontraba atra
pada entre la represión de los cultivadores y la connivencia de los jue
ces. Pero había otros motivos de irritación. Según el código policial de
1843, «si el jornalero o sirviente estuviere jugando juegos prohibidos,
será condenado como vago por el jefe político». Y en las ciudades, «ca
lifica de vagos a los que sin ser locos se hallasen habitualmente dur
miendo en las calles por no tener hogar; serán privados de los dere
chos de ciudadanía» 63.
Sin embargo, el populismo de los caudillos era simplemente una
parte de la florida retórica y de las promesas huecas con que iniciaban
sus mandatos. La revolución y la posguerra no beneficiaron a los sec
tores populares y los caudillos establecieron las barreras necesarias para
limitar las transformaciones sociales y conservar los privilegios políti
cos. Formaron poderosas coaliciones para dominar la tierra, el comer
cio y la autoridad, arbitraron en sus disputas y protegieron sus intere
ses. Pero los caudillos no eran meros agentes de la elite. En la medida
que eran indispensables para ésta, adquirieron un grado de poder e in
fluencia que les permitía actuar con soberanía e independencia. Al fin
y al cabo, como terratenientes y patrones por su propia cuenta, los
caudillos tenían su base de poder personal, que normalmente era ma
yor que cualquiera de los componentes de la coalición.
62 Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela, I, pp. cii-cxvi; Mate
riales... Enajenación y arrendamiento de tierras baldías, Caracas, 1971, I, pp. xxxi-xxxv; R. P.
Matthews, Rural Violence and Social Unrest in Venezuela, 1840-1858: Origins o f the Federalist
War, Ann Arbor, Michigan, 1979, pp. 54-64, 152-153.
63 Acuerdo de la Corte Suprema, 29 de octubre de 1845, AGN, Caracas, See. Int.
y Just., CCCXIX, ff. 16-17; Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela.
Mano de obra, Caracas, 1979, I, p. 277.
El gendarme necesario 265
El sistem a de po d e r d e los c a u d il l o s : c o n d ic io n es y m étodos
L os caudillos ejercieron varios sistemas de control para evitar la
participación de las masas y reprimir la presión popular. En Buenos
Aires, desde 1829, Rosas gobernó como un dictador sin constitución.
Existían ciertas instituciones, más o menos legitimadas, pero estaban
a sus órdenes, y sólo servían para cumplir sus deseos. La ley electoral
del 14 de agosto de 1821, que se mantuvo en vigor durante las tres
décadas siguientes, establecía la convocatoria de elecciones directas y el
sufragio universal para los hombres; todos los hombres libres mayores
de veinte años tenían derecho al voto, y todos los que tenían propie
dades y eran mayores de veinticinco podían presentarse como candi
datos a las elecciones64. Así era la ley, y en cuanto a los votantes, no
había restricciones que tuvieran en cuenta su nivel cultural o econó
mico. Pero en la práctica, los gauchos analfabetos y el populacho ur
bano no podían votar como hombres libres. El gobierno enviaba una
lista de candidatos oficiales, y la labor de los jueces de paz consistía
en asegurarse que salían elegidos. El voto público y oral, el derecho de
los jueces de paz a excluir a los candidatos que consideraban poco
cualificados, la intimidación de la oposición, y otros procedimientos
ilegales convertían las elecciones en una burla. Rosas admitió con fran
queza que hacía falta control y llamó hipócritas a los que abogaban
por unas elecciones libres. Sus elecciones dirigidas se llevaban a cabo
simplemente para dejar constancia del «apoyo» popular, la elección una
y otra vez del caudillo «por aclamación» 65.
Los instrumentos de control en el campo eran los jueces de paz.
El cargo fue creado en 1821 y sus funciones, originalmente judiciales
y administrativas, aumentaron hasta incluir las de comandante de la
milicia, jefe de policía y recaudador de impuestos. Rosas tomó el con
trol de los jueces en la campaña de 1829 y desde entonces fueron sus
títeres. Los jueces gestionaban y vigilaban el reclutamiento legal im
puesto a la población rural. Perseguían a los criminales, desertores y
vagos; dieron órdenes de confiscar estancias y reclutaron hombres para
la milicia. En general fueron o bien cómplices conscientes o inútiles
instrumentos de una política que se manifestaba en forma de detencio
64 Bushnell, Reform and Reaction in the Platine Provinces, pp. 22-23.
65 De Hamilton a Palmerston, 11 de diciembre de 1834, PRO, FO 6/41.
266 Caudillos en Hispanoamérica
nes, confiscaciones y reclutamientos dirigidos contra cualquiera que
pudiera ser calificado de oponente al régimen o de inadaptado social.
Estaban en primera línea del estado rosista, servían a un aparato apo
yado en la burocracia, la policía, los escuadrones paramilitares, y, sobre
todo, la armada. Rosas reclutó, equipó y depuró a un ejército cuyos
destacamentos eran utilizados contra la clase baja del campo para obli
garlos a alistarse. El ejército acampado en las afueras de Buenos Aires
y estacionado en diversos puntos de la costa del Río de la Plata fue la
última afirmación de su poder. La envergadura de este ejército es difícil
de calcular, pero en la década de los 40 contaba probablemente con
unos 20.000 hombres, con una milicia de 14.400 —un ejército nume
roso si se compara con el número de habitantes. Defensa consumía
del 50 al 60 por ciento del presupuesto total.
En Venezuela, el sistema gubernamental del caudillo fue diferente.
Organizar un nuevo estado, desarrollar una burocracia medianamente
eficiente, mantener un ejército y pagar las deudas de guerra eran nece
sidades que el estado pobre de un país pobre no podía asumir. La elite
dominante quería seguridad, pero no quería pagar impuestos para man
tener las fuerzas de seguridad. Tampoco contribuyeron mucho con los
aranceles. Los de las exportaciones se fueron reduciendo progresivamen
te para conseguir que los productos de exportación venezolanos tuvie
ran precios competitivos, mientras que los de importación, cada vez
mayores, se eludían con el contrabando. Los ingresos aduaneros de Ve
nezuela tuvieron que expandirse más extensamente que los de Buenos
Aires; éstos estaban destinados a su provincia y sólo secundariamente
se utilizaban para subvencionar al resto del país. A finales de la década
de los 40, el tesoro público venezolano buscaba desesperadamente nue
vas fuentes de ingresos; eran tiempos de depresión económica en los
que se temía imponer nuevos impuestos y era imposible conseguir prés
tamos o financiación por parte del sector público 66. En estas circuns
tancias, se esperaban soluciones de un caudillo sin recursos. El caudi
llismo casi pudo definirse como respuesta a las penurias del estado; se
creía que era una forma de gobierno más barata. El caudillo venezola
no no podía permitirse el mantener un régimen militar ni crear una
policía estatal, porque estaría creando instrumentos de poder que po
66 Ferrigni, Crecimiento y depresión, pp. 76, 127.
El gendarme necesario 267
drían caer en manos de disidentes y rivales. La solución personalista y
los recursos extraoficiales se encargaron de sustituirlos.
En Venezuela el poder era aparentemente constitucional y no mi
litar. Daniel F. O ’Leary, mientras fue cónsul británico en Caracas, afir
mó satisfecho:
Considerando la heterogeneidad de los elementos que componen esta
comunidad, el carácter extremadamente democrático de sus institu
ciones, la falta de una policía eficiente, la insignificancia de los efec
tivos militares (toda la fuerza de la República no excede los quinien
tos hombres) el estado de Venezuela es un fenómeno político sobre
el cual no pueden sacarse conclusiones favorables respecto a su dura
bilidad. Venezuela es el único país de Hispanoamérica que disfruta
de un gobierno de leyes, y en donde la gente y la propiedad están
perfectamente seguras y son respetadas67.
Sin duda Páez opinaba lo mismo. Fue presidente constitucional
desde 1830 hasta febrero de 1835, cuando le sucedió el doctor José
María Vargas, cuya candidatura no había obtenido su propio apoyo.
En julio de 1835 Vargas, un médico que había estudiado en la Univer
sidad de Edimburgo, fue depuesto por unos hombres completamente
distintos, los caudillos militares frustrados de la independencia.
La Revolución de los Reformistas comenzó la noche del 7 de ju
lio. Un pelotón de infantería se presentó en casa del presidente Vargas
y le puso bajo arresto, mientras otros destacamentos ocupaban la Cá
mara del Gobierno, el Tesoro y el Arsenal. El resto de las tropas formó
en la plaza de la Catedral. Ante la inercia y aparente indiferencia de
los habitantes, los generales Diego Ibarra, Justo Briceño, José Silva y
Pedro Briceño Méndez, con varios coroneles y oficiales de más baja
graduación, censuraron la dictadura civil, ensalzaron los méritos de los
militares y proclamaron a Mariño jefe superior de la provincia. Vargas
y el vicepresidente fueron enviados a La Guaira a esperar el exilio; pero
cuando Mariño entró en Caracas unos días más tarde, sólo cinco o seis
ciudadanos salieron a recibirle 68. Mientras tanto, en el este, Monagas,
67 De O ’Leary a Aberdeen, Caracas, 24 de octubre de 1842, PRO, FO 80/17.
68 De Monagas a Ibarra, 27 de julio de 1835, AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CIX,
ff. 144-147, 170; de Ker Porter a Palmerston, 14 de julio de 1835, PRO, FO 80/2;
C. Parra-Pérez, Marino y las guerras civiles, 3 vols., Madrid, 1958-1960, i, pp. 372-412.
268 Caudillos en Hispanoamérica
a quien Páez describió como «el caudillo de los descontentos», como
era de esperar se levantó en contra de Vargas y los rebeldes tomaron
la base naval de Puerto Cabello, en donde la revolución se hizo fuerte.
Páez estaba en su hacienda de San Pablo, cerca de Calabozo, a
unos tres días de distancia de la capital. Cuando le llegaron las noticias
y los seguidores decidió salir de su retiro y defender la Constitución,
apoyándose en recursos de su propiedad. «Reuní los cincuenta hom
bres que a la sazón se hallaban en mi hato, y nos pusimos en marcha
hacia la capital con ánimo de ir allegando gente por todos los pueblos
del tránsito. En Ortiz y en Parapara pude incorporar a mis filas algu
nos vecinos» 69. En las cercanías de Caracas fue recibido con verdadero
entusiasmo como héroe de la liberación y, una vez ocupada la capital
tomó las medidas políticas adecuadas para restaurar el gobierno cons
titucional. Según Ker Porter, «Al amanecer del 28 de julio, Su Excelen
cia entró en Caracas a la cabeza de 500 hombres, entre ellos, lanceros
de los llanos y campesinos armados.» Cuando triunfó la contra-revo
lución, las fuerzas constitucionales fueron disueltas en su mayoría «y a
los soldados campesinos se les permitió regresar a sus hogares y conti
nuar con sus labores agrícolas» 70. Puerto Cabello y el este resistieron
más, pero en marzo de 1836 «los facciosos» fueron vencidos y la paci
ficación fue completa.
La Revolución de los Reformistas no tuvo carácter social ni eco
nómico, ni se hizo con apoyo popular. Fue un evento meramente po
lítico y como tal fue tratado por Páez. Los cabecillas reclamaban un
sistema de gobierno federal, la restauración de los fueros militares y
eclesiásticos, el establecimiento del Catolicismo como la religión ofi
cial de la república y cargos para los patriotas de la independencia. Fue
una receta para la nueva caudillización de Venezuela. También fue una
declaración personal contra Páez, a quien acusaron de actuar en su
propio provecho: «trabajaba en causa propia y era interés personal el
móvil de sus acciones» 71. Sin embargo, los líderes salieron ilesos; se
69 Páez, Autobiografía, ii, pp. 221-222.
70 De Ker Porter a Palmerston, 8 de agosto de 1835, PRO, FO 80/2; de Ker Porter
a Palmerston, 12 de enero de 1836, FO 80/3; AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CIII,
ff. 99, 111, 127, 243, 268.
71 De Ibarra al gobernador de Barcelona, 8 de julio de 1835, AGN, Caracas, Sec.
Int. y Just., CIX, f. 450; de J.S. Rodríguez a la Cámara de Representantes, 20 de febrero
de 1836, ibid., CXI, f. 324.
El gendarme necesario 269
encarceló a algunos participantes y las excepcionales sentencias de
muerte fueron conmutadas por el exilio 72. A Mariño se le confiscaron
sus propiedades, incluida su famosa hacienda cafetera El Paño 73. Al
gunos hombres peligrosos pudieron escapar y, en abril de 1837, el co
ronel José Francisco Farfán, un caudillo llanero, y otros oficiales de la
rebelión de 1835 iniciaron la revuelta de los «zambos canallas», como
Ker Porter los describió, en las altiplanicies del Apure. La revuelta fue
provocada por una tentativa, amparada en la ley de azotes, de propinar
una paliza a Farfán y sus secuaces por robar ganado; mataron a tres
jueces y, elevando su categoría de bandidos a rebeldes políticos, recla
maron el final del gobierno autoritario. Nuevamente, Páez hubo de di
rigir las fuerzas que derrotaron y dispersaron a la banda 74.
En 1835, Páez devolvió el poder al legítimo presidente, el doctor
Vargas, quien pronto se cansó del cargo y dimitió en 1836, para ser
reemplazado por el general Carlos Soublette por lo que quedaba de
mandato hasta el año 1839. Páez continuó «sirviendo» a los legítimos
presidentes, abandonando sus haciendas para sofocar las revueltas
cuando era necesario y, en general, actuando como el gendarme de la
Constitución. Fue reelegido presidente en 1839 por 210 votos de los
221 delegados provinciales y gobernó hasta 1843, cuando Soublette le
sucedió en el mandato 1843-1847. Directa o indirectamente Páez do
minó el gobierno de Venezuela durante estos años. Reconocía sus li
mitaciones y se rodeó de ministros capaces como Santos Michelena,
Andrés Navarrete y Diego Bautista Urbaneja. Dentro de los límites de
una presidencia encabezada por un caudillo, hubo debate en el Con
greso y discusión en la prensa; de ahí que su régimen de 1830 a 1847
se haya definido como el «gobierno deliberativo».
Por lo tanto, oficialmente Venezuela estuvo gobernada durante es
tos años por un régimen constitucional que hacía uso de la fuerza
cuando era necesario para su defensa, pero que en general disponía de
efectivos militares muy limitados. Desde 1830, intentando eliminar lo
,2 AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CXI, passim.
73 «Sobre el embargo de los bienes del general Santiago Mariño como Jefe de la
revolución de reformas», AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CXI, ff. 176-190.
74 De Ker Porter a Palmerston, 16 de junio de 1837, PRO, FO 80/5; Ker Porter’s
Caracas Diary, 28 de marzo de 1837, p. 960; Valenilla Lanz, Cesarismo Democrático,
pp. 76-77; Matthews, Rural Violence and Social Unrest in Venezuela, pp. 132-133.
270 Caudillos en Hispanoamérica
que consideraba un obstáculo para el crecimiento económico, Páez re
dujo la talla del ejército regular. Un decreto del Congreso de Valencia,
del 22 de septiembre de 1830, fijaba un ejército total de 2.553 hom
bres. En 1833, el ejército regular se había reducido a «tres batallones
de infantería, una compañía de infantería supernumeraria, seis compa
ñías de artillería y una de caballería desmontada» 75. En enero de 1837,
las fuerzas armadas (ejército y milicia en activo) contaban con menos
de 1.300 hombres; en 1840 el ejército regular sólo sumaba 1.000 767.
Hacia 1845, las fuerzas armadas estaban compuestas por un ejército re
gular de 371 hombres y una milicia de 465. En lo que respecta a las
fuerzas del orden, O ’Leary informó que «la Fuerza Policial de la Re
pública asciende a 520 hombres, y mantenerla cuesta unas 16.500 li
bras. Esta fuerza es escasa en cuanto a su número y defectuosa en
cuanto a su organización» 11. De todos modos, durante algunos años
los gastos militares acapararon la mayor parte del presupuesto. En 1831-
1832, de un gasto total de 1.137.000 pesos, 615.000, esto es el 54 por
ciento, fue destinado a defensa (ejército y marina); en 1832-1833, de un
presupuesto total de 1.169.000 pesos, defensa recibió 689.000, el 58 por
ciento. En los siguientes años los gastos de defensa oscilaron entre el
50 y el 60 por ciento del presupuesto total. Desde 1837 bajó al 45 por
ciento y en 1845-1846 al 23 por ciento, llevándose el tesoro y el go
bierno la parte del león 78. Que un caudillo pudiera recortar el presu
puesto destinado a defensa precisamente cuando el bandidaje y la in-
surgencia iban en aumento es una paradoja sólo en apariencia. El
principal foco de anarquía eran los llanos, región ganadera que dejó de
ser importante para Páez cuando trasladó su base de poder al centro-
norte, donde abundaban las plantaciones y residía la coalición domi
nante. Esta región era segura, los llanos bien podían cuidarse solos.
Los llanos permanecieron al margen de la economía, la gente y la
propiedad eran víctimas del pillaje y la situación se deterioró más a
75 Ley de fuerza permanente para 1833, AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., LXX,
ff. 193-194.
76 Presidencia de la República, Las fuerzas armadas de Venezuela en el siglo xix, 12
vols., Caracas, 1965, vi, pp. 54-56, 61-84, 330-331, 351; vii, p. 209.
77 De O ’Leary a Palmerston, 22 de febrero de 1841, PRO, FO 80/12.
78 Pérez Vila, «El Gobierno Deliberativo», Política y Economía en Venezuela 1810-
1976, pp. 62-63.
El gendarme necesario 271
partir de 1840. Solía existir una relación entre el nivel de caos y el
estado de la economía. Habiendo hecho todo lo posible para desaten
der y obstruir el desarrollo de la industria ganadera regional en el in
terior, la oligarquía del centro-norte intentó crear un suplemento a la
agricultura haciendo una incursión en las llanuras en busca de recursos
ganaderos. La crisis de la economía de las plantaciones les hizo presio
nar más en los llanos buscando productos de exportación alternativos.
Esta presión provocó la reacción de los llaneros, que defendieron sus
tierras y su forma de vida, al mismo tiempo que los políticos iban ga
nándose su aprecio, ya que se convertirían en su nueva base de apoyo.
La insurgencia se extendió como el fuego por todo el interior.
A principios de 1844, el jefe de policía de Pedroza, en Barinas, infor
mó de los crímenes de algunos bandidos y ladrones de ganado; mató
a uno de los cabecillas, Eulogio Tapia y detuvo a dos bandidos que
confesaron tener un plan para reunir a un grupo de hombres y atacar
los pueblos de Barinas. El jefe de policía pidió refuerzos al gobernador,
éste le envió cinco soldados y solicitó apoyo del gobierno central79.
El 12 de junio de 1844 la prisión de la ciudad de Cura fue atacada y
sus prisioneros liberados por una partida de unos 20 a 40 hombres «de
la clase más baja de la sociedad». De este modo, aumentó su número
y se dedicaron a merodear por los valles del Tuy y Aragua con el evi
dente propósito de atraer a los guerrilleros descontentos y marchar
sobre Caracas. Finalmente, las autoridades locales reaccionaron y los
dispersaron, pero un brote posterior en Calabozo dio una nueva di
mensión a la insurrección por el carácter político de los hechos. Un
levantamiento de más de 300 rebeldes en Lezama, Chaguaramos, diri
gido por el coronel Centeno en octubre de 1844, repudió al gobierno
con los gritos de «¡Larga vida a los liberales! ¡Muerte a los oligarcas!» 80.
En las montañas de Tamanaco otra banda de 40 hombres dirigidos por
Vidal Toro, combinando pillaje y rebelión, determinaron dar al traste
con las elecciones81. Las guerrillas que operaban bajo el mando de los
79 De Pablo González a Arévalo, 30 de enero de 1844, de Arévalo al gobierno,
1 de febrero de 1844, AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CCXCIV, ff. 332-334.
80 Chaguaramos, 18 de octubre de 1844, AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CCCIX,
f. 164; de Wilson a Aberdeen, 2 de agosto de 1844, PRO, FO 80/26.
81 Antonio Belisario, Chaguaramos, 14 de abril de 1846, Mariano Uztáriz, 16 de
mayo de 1846, AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CCCXXXII, ff. 2-3.
272 Caudillos en Hispanoamérica
hermanos Rodríguez y de Pedro Aquino empezaron a destacar en los
años 1845 y 1846, y crearon varios subgrupos. En junio de 1846, en
Sombrero, un grupo de bandidos formado por unos 30 o 40 hombres
a caballo, y armados con pistolas y machetes atacaron trenes, viajeros
y las casas de la ciudad, antes de desaparecer en las montañas. A través
de testimonios de las víctimas, los funcionarios informaron: «por las
conversaciones y discursos... eran de los que se llaman liberales, pues
le hicieron muchas preguntas con respecto al estado de este partido en
Caracas, y le hablaron del Sr. Guzmán con quien se decían relaciona
dos, y amenazaron de muerte a sus enemigos en Sombrero y Calabo
zo». Otros brotes de pillaje, en bandas que operaban en grupos de tres,
cuatro, siete y diez hombres, aparecieron en distintas haciendas el mis
mo día, de forma repentina. Todos pidieron ver al propietario y cogie
ron caballos. Durante la década de los 50, Independencia, una zona de
la provincia del Apure, se convirtió en un foco de bandidaje. Según
una autoridad local, la zona había sido durante mucho tiempo «una
fortaleza para los bandidos famosos como Moreno, Virguez, Vargas,
Barsos y otros cien». Las bandas de ladrones de caballos intimidaban
abiertamente a los terratenientes, que optaron por ausentarse, mientras
que los comerciantes del puerto de Nutrias utilizaban procedimientos
ilícitos para exportar productos y en cierto sentido, legitimaron toda la
• / ?
operación .
8
Estos informes subrayaban dos rasgos básicos del desorden rural.
La connivencia de terratenientes, comerciantes y autoridades en el robo
de caballos y el contrabando era un síntoma de que habían abando
nado la lucha por la ley y el orden y preferían compartir las ganancias
del crimen. Mientras tanto, el gobierno central no tenía ni la fuerza ni
el interés necesario como para vigilar las vastas regiones de los llanos
del este, del oeste y del centro. Calabozo contaba con una guarnición
de 30 soldados que no podía dividirse para perseguir a los bandidos y
cuya labor se veía obstaculizada por la reticencia de los lugareños a dar
información. Las fuerzas de seguridad disponibles también vivían de la
tierra y no mejor que los bandidos. Así, la línea divisoria entre bandi
dos y rebeldes, y entre éstos y los propietarios, era borrosa y el ban-82
82 Mariano Uztáriz, Caracas, 2 de julio de 1846, 6 de julio de 1846, AGN, Cara
cas, Sec. Int. y Just., CCCXXXII, ff. 56-57, 64-65, 78; Juan G. Illas, 15 de febrero
de 1858, ibid., DCXV, ff. 103-104, 347-350.
El gendarme necesario 273
didaje se convirtió en una forma de vida aceptada, hasta que se politi
zó de tal manera que no pudo ser ignorada por más tiempo. En 1846,
el desorden se extendió por la provincia de Caracas y el gobierno tomó
medidas para incrementar los efectivos del ejército regular y presupues
tó una fuerza de 2.000 hombres. Pero para entonces la situación polí
tica y la seguridad se hallaban fuera de control. Para llenar el vacío,
líderes como Páez debían buscar apoyo no en el sector público, sino
en sus propias bases de poder. En su larga carrera, Páez cumplió am
bos papeles en alianza y confrontación con el estado.
Venezuela no era una dictadura militar y, al contrario de lo que
hizo el estado rosista en Argentina, el estado venezolano no utilizó el
terror como instrumento político. En estas circunstancias, las estructu
ras informales de poder eran las más importantes. El auténtico poder
estaba monopolizado por la oligarquía, término utilizado por entonces
para describir a la coalición elitista de terratenientes, funcionarios y co
merciantes que Páez había unido a finales de los años 20 y que retuvie
ron el poder desde 1830 hasta 1847. Necesitaban un presidente fuerte
o un caudillo tras el presidente que representara sus intereses, mantu
viera al populacho reprimido y negociara con las provincias. Aunque
era un gobierno «constitucional», tendía a perpetuarse en el poder ex
cluyendo a todos sus oponentes políticos y negándoles la libertad de
prensa. Controlaban a los jueces, que eran cargos políticos que servían
a sus amos y denegaban un trato justo a todos aquellos que tuvieran
tendencias liberales. Los jurados para los procesos por calumnias eran
elegidos por las municipalidades, las cuales a su vez eran elegidas por
los colegios electorales y éstos estaban, obviamente, en manos del par
tido dominante. Los jurados para los procesos por calumnias se com
ponían de enemigos políticos del acusado 83. El presidente-caudillo con
trolaba a los gobernadores militares de las provincias por medio de un
sistema basado en el patronazgo y el clientelismo. Y si esto no funcio
naba, por medio una fuerza armada reunida para la ocasión y formada
por sus propios seguidores y el ejército regular. De este modo, Páez era
el gendarme de la oligarquía conservadora.
Era obvio para todos que Páez era el caudillo soberano, incluso
sin ser el presidente. Demostró que un caudillo con ingresos econó
83 De Wilson a Aberdeen, 1 de marzo de 1844, PRO, FO 80/25.
274 Caudillos en Hispanoamérica
micos y acceso a recursos podía crear un ejército que conquistara el
poder o que abandonando el poder oficial podía actuar como guardián
de la ley y ponerse a la cabeza de un movimiento que evitara el triun
fo de los que pretendían ser caudillos. Esto ocurrió en 1835 cuando
intervino en defensa de Vargas, un presidente débil que ni siquiera era
su candidato. En su manifiesto promulgado en Curasao, los militares
rebeldes vencidos afirmaban: «No puede Venezuela gozar de tranquili
dad mientras viva en ella el general Páez, porque si manda la convierte
en juguete de sus caprichos, y si no manda hace del gobierno un ins
trumento suyo o ha de conspirar siempre para volver al mando, resul
tando de todo ello que no puede haber ningún sistema estable y se
guro» 84. De hecho, Páez mantuvo la estabilidad, pero su sistema fue
demasiado lejos.
En los años 40 aumentaron las tensiones políticas debido a la caí
da de las exportaciones y ello trajo problemas a los cultivadores y al
gobierno. Unas tres cuartas partes de los ingresos del gobierno deriva
ban de los aranceles de importación, cuya disminución entre 1842 y
1843 fue de un 10 por ciento. Esto se debió principalmente a una caí
da del precio del café en los mercados europeos, y el café suponía casi
la mitad del valor de las exportaciones venezolanas85. Cuando los li
berales intentaron capitalizar políticamente la crisis, los conservadores
pusieron al descubierto a sus oponentes. Había cuatro candidatos prin
cipales para la presidencia en 1846, señal inequívoca del continuismo
del sistema personalista más que del pluralismo político y de una lucha
entre los dos candidatos preferidos, José Tadeo Monagas y José Leo
cadio Guzmán. El gobierno practicó distintas formas de presión elec
toral y otras triquiñuelas. Algunos observadores creyeron que la oligar
quía intentaba incitar deliberadamente a sus oponentes a la rebelión «y
así tener una excusa para aplastarles arguyendo que trataban de defen
der la Constitución y las Leyes» 86. Anularon votos, rechazaron electo
res y cometieron muchos fraudes, y ello provocó estallidos de protesta
y rebeliones por todo el país. Éstos fueron de nuevo sofocados por el
84 Presidencia de la República, Pensamiento político venezolano del siglo xix, 15 vols.,
Caracas, 1960-1962, xii, p. 200; M. Izard, «Tanto pelear para terminar conversando. El
caudillismo en Venezuela», Nova Americana, 2, 1979, p. 42.
85 De Wilson a Aberdeen, 13 de marzo de 1844, PRO, FO 80/25.
86 De Wilson a Palmerston, 19 de septiembre de 1846, PRO, FO 80/40.
El gendarme necesario 275
general Páez y por otros caudillos progubernamentales, que actuaban
por el bien de la oligarquía. Algunos se justificaban diciendo que sus
haciendas habían sufrido pillaje y sus empleados habían sido asesina
dos por bandidos incitados por los liberales.
La estrategia fue obvia para los observadores contemporáneos, que
también tenían conocimiento de las implicaciones sociales de la cam
paña. El problema racial en raras ocasiones dejaba de estar en la bre
cha. En 1844, las elecciones al Congreso alarmaron a algunos por:
haber sido seleccionados para el cargo de diputados hombres cuyo
carácter personal, inteligencia y posición social no garantizaban su in
dependencia. Uno de los diputados es un hombre de color, carpin
tero de oficio, y que carece de cualidades que le hagan especialmente
recomendable para confiar en él. Su elección tiene como objeto con
ciliar el espíritu democrático de los artesanos y de la gente de color
de Caracas. En Maracaibo, un hombre de color —platero de oficio-
ha sido elegido por el Partido Liberal por el mismo motivo y en su
beneficio; y no está de más recalcar que la elección como senadores
y diputados de artesanos y hombres de color es frecuente en Vene
zuela; y que un hombre de color, de grandes méritos personales y
que ha servido en el ejército, es actualmente miembro del Consejo
de Estado 87.
Para prolongar el dominio de la oligarquía, informó el ministro
británico, «está recurriendo a medidas peligrosas e inmorales, incluyen
do la propagación de consignas de partido como “el levantamiento de
los esclavos” o “Guerra de Castas”, para crear alarma y nerviosismo» 88.
Pero la oposición también contribuyó a la perturbación del orden pú
blico, y el inflamado lenguaje social del líder liberal Guzmán introdujo
en el conflicto un elemento pseudo-revolucionario. Como el propio
Páez afirmó:
A fin de atraerse partido se corrió voz de que bajo la presidencia del
Sr. Antonio Leocadio Guzmán se repartirían los bienes y las tierras
de los ricos entre los pobres, que se libertarían los esclavos, y se re
partiría el dinero del Banco, y se acabarían los derechos nacionales y
87 De Wilson a Aberdeen, 22 de octubre de 1844, PRO, FO 80/26.
88 De Wilson a Palmerston, 19 de septiembre de 1846, PRO, FO 80/40.
276 Caudillos en Hispanoamérica
municipales. Con pueblo mejor educado, estas añagazas no hubieron
producido resultado alguno; pero para ganarse a la gente ignorante
no había medio más eficaz que presentar un programa tan liberal.
Oyeron algunos incautos las promesas, y se figuraron que semejantes
derechos debían conquistarse sin dilación alguna, sobre todo cuando
iba a someterse el caso del voto decisivo de la mayoría eleccionaria 89.
La ley y el orden empeoraron en 1846. El fraude electoral excedió
incluso los niveles normales de los conservadores. Se negó la libertad
de prensa a la oposición. Los caudillos conservadores como el coronel
Francisco Guerrero y el general León Febres Cordero emplearon la vio
lencia contra los «descontentos», bandidos supuestamente incitados por
agitadores liberales. El gobierno comenzó a incrementar sus efectivos
militares y a contar con mayores presupuestos para seguridad.
El sistema de Páez funcionó sin problemas hasta que de las pro
pias filas de la oligarquía surgieron disidentes. En 1847 el general José
Tadeo Monagas fue elegido presidente. Aparentemente, era un títere
de la oligarquía y un protegido de Páez, un hombre cuya inferioridad
cultural le señalaba como instrumento fácilmente manejable por sus
superiores. Pero Monagas era un rico hacendado, que tenía muchos
clientes en el este de Venezuela y que había mostrado tendencias opor
tunistas en el pasado. Angel Quintero, confidente de Páez, le describió
como «un hombre de las selvas, divorciado de la sociedad y extraño a
la política y a la ciencia del gobierno». Estas características deberían
haber alertado a Páez, cuyo trabajo consistía en identificar a los caudi
llos rivales, pero, o bien no comprendía la capacidad de Monagas, o
tal vez se había vuelto complaciente en exceso. Respaldó a Monagas
cuando éste se decidió a hacer cumplir las leyes en el este, como una
especie de gendarme suplente. Como afirmó más tarde: «Indudable
mente es cierto que el general José Tadeo Monagas debió su elección
para presidente al influjo de la gente de orden y que yo contribuí no
poco a su elección». El clásico atenuante. Sin embargo, era poco realis
ta esperar que la oligarquía se mantuviera en el poder para siempre:
En Hispanoamérica los componentes de partidos políticos están más
unidos por intereses personales que por el deseo de establecer y trazar
89 Páez, Autobiografía, ii, p. 384.
El gendarme necesario 277
principios de gobierno; (...) pero el espíritu de exclusividad y la toma
de medidas desesperadas e ilegales por las que, sobre todo última
mente, está optando la «oligarquía» para perpetuar su dominio polí
tico, han provocado tal descontento general que se han visto obliga
dos, con objeto de acallar a la opinión pública y acabar con la
oposición legítima, a recurrir al incremento de las fuerzas y efectivos
militares y a la intimidación y corrupción sistemáticas, fatales para los
intereses del p aís90.
Pronto Monagas inició una trayectoria independiente y rechazó las
convenciones políticas de la época. Tenía una base de poder, una repu
tación y sus propios seguidores, y se sabía de él que cuidaba de sus pro
tegidos. Para escapar de la tutela de Páez sustituyó la administración a
la que apoyaba, la de los oligarcas, y nombró a sus propios validos: el
coronel José Félix Blanco, Rafael Acevedo, el coronel Francisco Mejía,
cuyas ideas políticas tendían al partido liberal, pero cuya lealtad princi
pal se la debían a la política personalista del nuevo presidente.
En este momento la oligarquía se puso alerta y presionó a Páez
para que derrocara a Monagas y, si era necesario, estableciera una dic
tadura. Pero conseguir esto no era nada fácil y durante las siguientes
décadas, Venezuela se vio atrapada entre el gobierno de la familia Mo
nagas y las diversas tentativas de Páez para destruirlo. En el curso de
estas luchas, los Monagas no dudaron en jugar la carta socio-racial y
en más de una ocasión amenazaron con armar a la clase baja y a la
gente de color contra la oligarquía blanca si Páez persistía. En 1854 el
ministro británico hacía referencia a las amenazas de José Gregorio
Monagas de dejar Caracas «en manos de los sectores más bajos de la
población negra para que la saquearan y desvalijaran», si el general Páez
o aquellos que le apoyaban se acercaban, y concluyó que «Rosas era
un corderito comparado con este monstruo» 91.
La verdad es que el estado rosista estuvo más militarizado, fue más
violento y, haciendo un análisis final, resultaba más vulnerable que el
90 Ángel Quintero, citado por Castillo Blomquist, José Tadeo Monagas, pp. 44,
53-54; de Páez a Gonzalo Peoli, Nueva York, 24 de junio de 1867, ANH, Caracas, Páez
Correspondencia, XII, 12, f. 2; de Wilson a Palmerston, 3 de abril de 1847, 20 de mayo
de 1847, PRO, FO 80/45.
91 De Bingham a Clarendon, 5 de agosto de 1854, PRO, FO 80/111.
278 Caudillos en Hispanoamérica
caudillaje en Venezuela. Pero en ambos casos, el peligro para la estabi
lidad del sistema caudillar nació de conflictos dentro de la propia elite
antes que de los ataques de la clase baja. Esto no eliminaba la posibili
dad de que emergiera la figura de un caudillo populista que pudiera re
tar al gendarme de turno. Los caudillos podían ser reclutados por los
realistas, libertadores, secesionistas y la elite. Teóricamente también po
dían servir a los sectores populares. Venezuela nominó a un candidato.
El d esa fío q ue v in o de atrás
Ezequiel Zamora nació en Calabozo el 1 de febrero de 1817 de una
familia patriota de pequeños hacendados blancos que perdieron la vida
y sus propiedades por la causa republicana, pero que no pertenecían a
la elite criolla. Recibió la educación elemental en Caracas en los años
posteriores a la independencia, pero fue principalmente autodidacta y
adquirió la mayoría de sus conocimientos a través de la lectura. A la
edad de veintiún años se estableció por su cuenta en Villa de Cura
como tratante de ganado y de otros productos agrícolas, compraba y
vendía los productos de las haciendas y hatos. Comenzó como peque
ño comerciante, pero no dudó en apelar a la ley del 10 de abril de 1834
para exigir que le pagaran los terratenientes endeudados, liquidando sus
bienes si era necesario. Hacia 1846 poseía un capital de 15.000 pesos92.
Aunque Zamora era generoso con los pobres, no era amigo de los cri
minales; como teniente de la milicia trabajaba para el gobierno persi
guiendo a bandidos y rebeldes. Durante la revuelta de 1844, cuando al
gunos disidentes políticos liberaron a los presos de la cárcel de Villa de
Cura para aumentar el número de individuos pertenecientes a la banda,
vagos y peones iniciaron, en el nombre del partido liberal, un crudo y
desordenado ataque a las fuerzas gubernamentales; entonces Zamora se
sumó a las autoridades locales para defender la ley y el orden 93. Aun
que no destacaba por su carácter violento, podía ser duro cuando era
necesario, como cuando ayudó a derrotar a Centeno:
El cabecilla del alboroto popular dentro del cantón de Orituco se
negó a deponer las armas y a rendirse para comparecer a juicio; los
92 A. Rodriguez, Exequiel Zamora, Caracas, 1977, pp. 38, 51.
93 Matthews, Rural Violence and Social Unrest in Venezuela, p. 161.
El gendarme necesario 279
insurrectos, que elevaban su número a unos 500, ocho del mes co
rriente, fueron atacados y derrotados por el general Zamora con al
gunas compañías de la milicia provincial; los dos cabecillas, el coro
nel Centeno y el capitán Alvarado, entre otros, murieron en el
enfrentamiento 94.
Pero Zamora era consciente de las condiciones que engendraban
el bandolerismo. Muy pronto, su alta, delgada y afilada figura de co
merciante, de negro bigote y expresión circunspecta, se convirtió en
una estampa familiar para los valles de Aragua y las llanuras de los
alrededores, cuyos habitantes conocía y a cuyos intereses servía95.
Cuando se unió a los guzmancistas liberales en 1840, añadió una nue
va dimensión a la protesta política.
El programa liberal no proponía un cambio revolucionario en Ve
nezuela, pero contenía tres propuestas que lo distinguían del de los oli
garcas: prometía abolir la ley del 10 de abril de 1834 y liberar a los
plantadores de los prestamistas; era muy crítico con el Banco Nacional
por su monopolio y privilegios; y favorecía, aunque de forma confusa,
los intereses de la industria. Los agricultores, a los que el gobierno ha
bía favorecido, y los artesanos, a quienes tenía desatendidos, se unie
ron para oponerse a Soublette y a su mentor Páez, en los decisivos
años que van de 1845 a 1856. La situación de los pequeños y media
nos plantadores, atrapados entre el colapso del mercado y las reclama
ciones de los acreedores, los convirtió en el colectivo de apoyo de la
oposición liberal frente a la oligarquía, entre cuyos comerciantes ricos
y grandes hacendados también había acreedores. La Sociedad Agrícola
de Caracas solicitó «un auxilio directo y eficaz» para los cultivadores,
que no debía considerarse un privilegio, sino un alivio para toda la
economía 96. También los liberales eran terratenientes, aunque podían
identificarse con los pequeños granjeros e incluso con la insurgencia
popular de los llanos. Guzmán era propietario de seis haciendas de café
y azúcar, tres casas, una tienda y varios esclavos, todo lo cual suponía
94 De Wilson a Aberdeen, 16 de noviembre de 1844, PRO, FO 80/26.
95 F. Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, Caracas, 1974, pp. 15-34.
96 De la Sociedad Agraria de Caracas al presidente de la República, 20 de noviem
bre de 1843, AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CCLXXXVIII, f. 2; Pérez Vila, «El Gobier
no Deliberativo», Política y Economía en Venezuela 1810-1946, pp. 71-88.
280 Caudillos en Hispanoamérica
una suma de aproximadamente 107.000 pesos 97. No intentaba hacer la
revolución social, pero era un hábil demagogo que podía crear entre
las masas la ilusión de la reforma sin minar las instituciones venezola
nas. En las páginas de su semanario, El Venezolano, solía utilizar un
lenguaje violento e injurioso, pero se trataba de pura propaganda que
carecía de análisis económico y de una política específica. Los liberales
gritaron «Tierras y hombres libres», pero esto era una consigna, no un
programa de gobierno; los objetivos no eran cambiar la sociedad sino
atraer simpatizantes políticos y conseguir el poder.
Aunque Zamora se distanció de la rebelión de 1844 —posiblemen
te porque la consideraba una simple explotación de las fuerzas popu
lares por parte de la elite disidente— participó activamente con el ala
radical del movimiento liberal desde 1840, combinando la actividad
mercantil en Villa de Cura con intentos de crear una conciencia polí
tica entre la población rural de los valles de Aragua y de los llanos de
Guárico, una zona de extensas plantaciones —propiedad de unos cuan
tos ricos, entre ellos el propio Páez— donde trabajaban peones y escla
vos que se harían eco de la propaganda liberal. Zamora denunció la
esclavitud, la concentración de tierras y las duras leyes agrarias:
Dios hizo iguales a todos los hombres en cuerpo y alma. ¿Por qué
entonces un puñado de ladrones y facciones van a vivir del trabajo
de los pobres, especialmente de quienes tienen el pellejo negro?
Cuando Dios hizo el mundo repartió en común el agua, el sol, la
tierra. ¿Por que entonces los godos se han apoderado de las mejores
tierras, bosques y aguas, que son propiedad del pueblo?98.
Era duro y simple, pero resultaba suficientemente efectivo para la
audiencia que reunía en sus visitas de negocios y en sus mítines políti
cos. Fundó la Sociedad Liberal de Villa de Cura, que no era un grupo
de intelectuales urbanos, sino un movimiento reivindicativo que atrajo
a cientos de peones. Sus ideas podrían resumirse en tierra y libertad
para el pueblo, elecciones populares, gobiernos alternativos y el fin de
la oligarquía. Era un programa vago e incompleto, falto de propuestas
97 Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, p. 47, n. 21; Matthews, Rural Violence
and Social Unrest in Venezuela, pp. 151-153.
98 Cita de Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, pp. 55-56.
El gendarme necesario 281
específicas, pero sonaba más radical que el liberalismo político de Ca
racas y alarmaba a los conservadores. A medida que se extendió desde
Villa de Cura hasta la sierra de Córdoba y otras zonas cercanas al lago
de Valencia, fue atrayendo forajidos y a sus caudillos, a campesinos
disidentes y esclavos fugitivos. Recordando a Boves, los oligarcas y
liberales moderados se apartaron de Zamora y de su movimiento con
siderándolos enemigos peligrosos para la sociedad y la propiedad, espe
cialmente durante la crisis económica de 1840-1845, cuando la agricul
tura experimentó las condiciones de una depresión que, como afirmó
Páez, «favorecieron las agitaciones promovidas por los revoltosos» " .
Zamora fue un candidato destacado por Villa de Cura en las elec
ciones para la asamblea provincial de 1846, desde una plataforma que
proponía el reparto de la tierra entre peones y arrendatarios; hizo una
campaña más radical que la de los liberales de Caracas. Su reputación,
su programa y seguidores supusieron un motivo de alarma para los te
rratenientes, comerciantes y políticos locales y la asamblea de Cura le
acusó de emplear procedimientos electorales ilegales, anuló su campa
ña y le retiró el derecho a voto 10°. Zamora reaccionó violentamente y
fue detenido. Aunque posteriormente fue absuelto y puesto en liber
tad, la experiencia le hizo ver que la acción política no era suficiente.
Hizo gala de sus nuevas creencias cuando, en agosto de 1846, el en
cuentro conciliador entre Páez y Guzmán promovido por mediadores
moderados fue violentamente saboteado. Cuando Guzmán se dirigía a
la conferencia, acompañado de unos 4.000 seguidores que se le unie
ron en el camino y por una «escolta» armada liderada por Zamora, los
insurgentes liberales de los llanos intentaron acelerar la marcha de los
acontecimientos. La situación ya era inestable. La banda de Rodríguez
—una mezcla de bandidos y disidentes políticos— eludió a las autori
dades durante 1845 y 1846. Éstos reclamaban la abolición de la escla
vitud, el final del monopolio territorial y de los impuestos municipa
les. En abril de 1846 hubo un levantamiento negro en los valles de
Río Chico, donde se decía que estaban preparándose para una «revo
lución» con la que conseguir la libertad para todos los negros y escla
vos; el 3 de mayo un grupo de estos rebeldes disparó contra una patru-910
99 Páez, Autobiografía, ii, p. 381.
100 Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, pp. 82-83.
282 Caudillos en Hispanoamérica
lia y el hecho pareció estar ligado nuevamente a los políticos liberales.
Durante algunos meses, las autoridades gubernamentales informaron de
un aumento en la militancia de bandas armadas hostiles al gobierno,
de la reticencia de la gente a cooperar con las autoridades, de un alar
mismo renovado entre los propietarios y del aumento de los desórde
nes y la inseguridad. «Es entre la clase proletaria, la más numerosa,
donde la contagiosa anarquía ha prendido con más fuerza; las autori
dades locales no tienen en absoluto confianza en la milicia para man
tener la seguridad» 101. Cuando Páez y Guzmán se dirigían con sus es
coltas a Maracay, la revolución ya estaba en el aire.
El 1 de septiembre, el caudillo campesino Francisco José Rangel,
conocido como el Indio, reunió unos 300 peones, esclavos y ex-esclavos
y dirigió la revuelta gritando «¡Tierra y hombres libres!». Planeaban
unirse a otros insurgentes de los llanos, marchar sobre Maracay y de
allí a Caracas, donde colocarían a Guzmán en el poder. Primero ocu
paron las haciendas cercanas, entre ellas la de Yuma, propiedad de An
gel Quintero —uno de los socios políticos de Páez. Allí mataron al ma
yoral, liberaron a los esclavos y quemaron los títulos de propiedad. Este
era el modelo a seguir: atacar las haciendas de los oligarcas, asesinar a
los capataces y apoderarse del botín. Rangel y muchos de sus seguido
res habían sido expulsados de sus granjas y distritos, y ahora querían
la insurrección, no el diálogo. Zamora también rechazó la idea de las
conferencias y el compromiso y se ofreció a Guzmán para derrotar a
la oligarquía y acabar con Páez 102. Cuando Guzmán no respondió, Za
mora marchó a las montañas y, junto a otros caudillos rurales, reclutó
peones de hacienda, campesinos sin tierra y esclavos fugitivos, los armó
con pistolas, machetes, lanzas y palos e inició una guerra de guerrillas
en los llanos; estaba determinado a «quitarnos el yugo de la oprobiosa
oligarquía y lleguemos por fin a conseguir las grandes conquistas que
fueron el lema de la independencia» 103.
A comienzos del mes de septiembre, Zamora unió sus fuerzas a
las de Rangel en el valle de Manuare. Fue un encuentro entre civiliza
101 Informe del Ministerio de Guerra, 22 de julio de 1846, AGN, Caracas, See. Int.
y Just., CCCXXVII.l ff. 80-83; véase también AGN, Caracas, Sec. Int. y Just., CCCXXXII,
ff. 116-127; de Wilson a Palmerston, 19 de septiembre de 1846, PRO, FO 80/40; Matt
hews, Rural Violence and Social Unrest in Venezuela, pp. 50-51.
102 Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, pp. 95-96.
103 Cita ibid., p. 122.
El gendarme necesario 283
ción y barbarie en el que el Indio, desnudo de cintura para arriba, lle
vando en sus enormes manos una antigua pistola y revestido de fero
cidad como si ésta fuera una insignia de la guerrilla, rindió su fuerza
ante la razón. Zamora dijo que: «Se me presentó Rangel una tarde con
un corto número de hombres como siete u ocho, ofreciéndome una
partida mayor que tenía reunida; recibí de él en aquel acto unos “vi
vas” reconociéndome como caudillo del partido liberal» 104. Rangel y
sus «muchachos» eligieron a Zamora general y, a su vez, éste nombró
a Rangel coronel. Zamora era experto en conseguir armas y provisio
nes, la mayoría producto de los saqueos de las haciendas. Los reclutas
eran peones sin tierra, jornaleros, esclavos fugitivos, convictos huidos y
algunos cultivadores arruinados; muchos de ellos ya pertenecían a las
filas de caudillos menores. Estableció relaciones con una red de jefes
pro-liberales: Calvareño, Aquino, Aguado, los hermanos Echeandía,
Medrano, El Agachado, y dirigió y coordinó a todas las facciones re
beldes entre Guárico y Aragua, convirtiendo bandidos en soldados e
incorporándolos al Ejército del Pueblo Soberano; su política básica
mente consistía en hacer la guerra a la oligarquía, reclamar elecciones
populares, tierra y libertad 105.
Zamora llamó a las armas a su gente, denunciando a los oligarcas
y al gobierno de Soublette: «Amigos nosotros marchamos con el ejér
cito liberal Guzmancista como a las ocho de la mañana a tomar el
pueblo liberal de San Francisco; allí diré con orgullo ¡Viva la libertad!
¡Viva el Pueblo Soberano! y ¡Viva Guzman! y desgraciado el oligarca
que se oponga porque allí mismo pagará con su vida infame, allí mis
mo se le cortará la cabeza» 106. En la plaza de San Francisco de Tizna
dos se dirigió a sus seguidores: «luchamos para proporcionar una situa
ción feliz a los pobres... los pobres nada tienen que temer, no tienen na
da que perder, que tiemblen los oligarcas, no habrá ni ricos ni pobres,
la tierra es libre, es de todos». Nuevamente anunció la guerra contra el
gobierno de Soublette y amenazó con decapitar a sus oponentes. Así,
en pocos meses, un respetable comerciante de provincias había unido
104 Cita de Rodríguez, Zamora, p. 95.
105 Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, pp. 123-125.
106 Ezequiel Zamora, jefe del Pueblo Soberano, cantón de Corralitos, 19 de sep
tiembre de 1846, AGN, Caracas, Sec. Int. y ju st., CCCXXXII, f. 102; Rodríguez, Zamo
ra, pp. 97, 103.
284 Caudillos en Hispanoamérica
su suerte a la de los más crueles bandoleros de los llanos, indios, mu
latos, negros, para quienes no había diferencia entre liberales u oligar
cas, estaban más interesados en saquear que en la política. La política
de Zamora, como se comprobó más tarde, carecía de precisión y radi
calismo como para defender la Constitución de 1830, «proporcionar a
los pobres una situación feliz». Su poder militar era insignificante. El
gobierno había respondido con rapidez a la insurrección movilizando
al ejército regular y a la milicia, incrementando el presupuesto militar
y nombrando a Páez comandante en jefe del ejército. Las fuerzas de
Rangel no eran comparables a las tropas regulares del coronel Francis
co Guerrero, veterano de la guerra de la independencia, y fueron de
rrotadas en una sangrienta batalla en Laguna de Piedra donde, como
informó Guerrero, «no se hicieron prisioneros» 107. Zamora escapó con
Rangel y otros cabecillas a las montañas de Las Muías. Pero no se con
formaba con ser un guerrillero, él quería dirigir un ejército y ganar una
guerra.
Tras una visita secreta a Caracas en busca de noticias y ayuda, Za
mora reagrupó sus fuerzas en noviembre de 1846 y con Rangel reor
ganizó el Ejército del Pueblo Soberano con una fuerza de 1.300 hom
bres. Páez envió esta vez a su protegido, el coronel Dionisio Cisneros,
a buscar y destruir al ejército rebelde. Pero el viejo guerrillero conver
tido en gendarme, sobreestimado y poco motivado, perdió la batalla
ante los rebeldes en Los Bagres el 28 de noviembre de 1846, cerca de
Villa de Cura, y más tarde la batalla de La Culebra el 24 de febrero
de 1847. Estas victorias en los llanos les devolvió la confianza; los re
beldes estaban seguros de poder atacar las ciudades costeras y entonces
se extralimitaron. Sus tácticas fueron innecesariamente sangrientas; en
La Culebra cortaron la lengua a los delatores y quemaron la casa de
un conservador. Quedó claro que la petición de tierras para los que no
las tenían y los implacables saqueos iban dirigidos en principio a los
que apoyaban al gobierno, mientras que las haciendas de los liberales
quedaron intactas. Las peticiones de libertad para los esclavos estaban
ligadas a la necesidad de reclutar hombres, también los pertenecientes
a las haciendas de los conservadores. Las fuerzas gubernamentales ac
107 De Wilson a Palmerston, 21 de octubre de 1846, PRO, FO 80/40; Brito Figue
roa, Tiempo de Ezequiel Zamora, p. 128.
El gendarme necesario 285
tuaron en consecuencia. Un comandante del ejército advirtió que la
destrucción total de la guerrilla sólo podría lograrse con la táctica del
terror aplicada a la población rural, «quemar todos los corneos, y aun
los ranchos, y sacarles las familias a poblado»; en caso contrario, las
guerrillas tendrían acceso a más reclutas y provisiones en cuanto las
fuerzas de seguridad se hubieran marchado 108. Cisneros fue fusilado
por negligencia en sus obligaciones lo que «por lo menos ha puesto
fin a la carrera de un líder partisano sanguinario que durante años fue
el azote de la sociedad con el pretexto de defender la causa de Espa
ña» 10910. La mayoría numérica y la experiencia finalmente resultaron de
cisivas para las fuerzas gubernamentales, y el ejército rebelde fue derro
tado en el paso de Pagüita, en los llanos de Caracas, el 1 de marzo
de 1847. Ambos bandos sufrieron grandes pérdidas. Rangel fue herido
de muerte y su cabeza fue enviada a la capital conservada en salmuera.
Zamora huyó al interior donde finalmente fue capturado. A raíz de la
rebelión, el gobierno estableció «la paz de la horca».
Marzo de 1847, el mes de la derrota de Zamora, fue también im
portante por otras razones. El 1 de marzo, José Tadeo Monagas llegó a
presidente; quince días más tarde expresó su disgusto ante el fanatismo
de los conservadores cuando le enviaron la cabeza del indio Rangel, ca
lificando el hecho de «una barbaridad» no. En su juicio, Zamora declaró
a sus interrogadores: «Creía que un gobierno que ha quebrantado la Ley
debía ser contenido por la fuerza... por lo que leía en los periódicos de
que he hecho mención, deduje más que lo suficiente para persuadirme
de hacer la revolución sin conocer caudillo, porque creía que todos de
bían levantarse en masa contra los mandatarios opresores». Y para con
seguir sus objetivos políticos: «Ataqué al gobierno por las razones o mo
tivos que dejo dicho... proclamé muchas veces a mis tropas con
prevenciones muy serias de que no cometiesen ningún acto criminal,
haciéndoles ver e inculcándoles que tan abominable y antisocial con
ducta sólo era propia de Cisneros» m. Eran palabras de un radical, no
de un revolucionario. Desde que comenzó la revolución hasta que le
108 Cita de Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, p. 146.
109 De Wilson a Palmerston, 3 de abril de 1847, PRO, FO 80/45.
110 Rodríguez, Zamora, p. 129; Castillo Blomquist, José Tadeo Monagas, p. 69.
111 Cita de Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, pp. 170, 176; Matthews, Ru
ral Violence and Social Unrest in Venezuela, pp. 107-108.
286 Caudillos en Hispanoamérica
capturaron, Zamora nunca hizo referencia a la revolución social. Rangel,
eso es cierto, ordenó no sólo derrotar a los oligarcas, sino también con
fiscar tierras y propiedades y repartirlas entre los pobres. Cuando los
captores de Zamora le preguntaron sobre este particular negó que ésa
fuera su intención, aunque admitió que podría haber sido la de
Rangel112. Condenado por conspiración y otros crímenes, fue sentencia
do a muerte el 27 de julio de 1847. La Corte Suprema ratificó la sen
tencia el 28 de octubre. Monagas conmutó la pena de muerte por la
cárcel, pero Zamora escapó y se refugió en una hacienda cercana a Ca
racas. A partir de entonces, su suerte política cambió. El 24 de enero de
1848 una muchedumbre enardecida atacó el Congreso conservador e
hizo estallar una revuelta provocada por Páez, aún gendarme de la oli
garquía aunque ya no del gobierno. Cuando Monagas comenzó a con
vocar a sus clientes, puso en activo a Zamora en el ejército nacional.
Zamora provocó reacciones contradictorias, la mayor parte de ellas
exageradas. Las demandas de reforma social, reparto de la tierra, aboli
ción de la esclavitud y un gobierno libre, junto con la formación de
un ejército rebelde, le proporcionaron apoyo incluso entre los campe
sinos que se quedaron en casa; para la elite era un revolucionario. Sin
embargo, hacia 1849 Zamora había logrado poco en favor de los opri
midos. A la edad de treinta y dos años había pasado tres en la activi
dad política, un poco menos en la militar —con el propósito de derro
car el gobierno de Soublette—, dos en prisión acusado de asesinato y
un año sirviendo a Monagas en los llanos occidentales, un caudillo
menor al servicio del presidente. Durante la revolución no hubo apro
piación de tierras y lo que se conseguía en los saqueos era para los
rebeldes, no para los pobres. Se unió a la resistencia contra la invasión
conservadora de 1849, y cuando Páez fue derrotado, fue Zamora, su
escolta, quien le salvó la vida para ponerle en manos de la justicia.
Desde 1853 ocupó el cargo de gobernador de Guayana, en Ciudad Bo
lívar, donde recibió la orden de abolir la esclavitud el 25 de marzo
de 1854, sin mayor entusiasmo con el que recibiría cualquier otra 113.
Sirviendo a Monagas, Zamora servía a un presidente cuyo régi
men, tras una fachada constitucional, era tan informal y personalista
112 Rodríguez, Zamora, pp. 117-118.
113 Ibid., p. 199.
El gendarme necesario 287
como el de cualquier otro caudillo. Como hacendado, su base de po
der era diferente de la que poseía la oligarquía costera, aunque no me
nos efectiva; no tenía nada que perder al cancelar la injusta ley de cré
ditos en 1848 y en declarar una moratoria para el pago de las deudas
de los cultivadores, y mucho que ganar extendiendo su área de in
fluencia. Se trataba de un caudillismo ortodoxo. Colocó a su familia,
recompensó a quienes le apoyaban y se relacionó con sus clientes. Eli
minó del ejército y de la milicia a los oficiales de Páez y reorganizó
los cuerpos. Reforzó su base de poder conmutando sentencias de
muerte a liberales y rebeldes, y concediendo tierras de forma acertada.
Entre 1848-1857, el 55 por ciento de la tierras públicas repartidas esta
ba concentrado en tres concesiones, tan enormes que ningún granjero
pobre podía acceder a ellas. La familia Monagas recibió grandes con
cesiones en Barcelona, Cumaná y Guárico, equivalentes al 11,6 por
ciento del total de tierras traspasadas; los amigos y compinches del
presidente también recibieron grandes extensiones de tierra en la parte
oriental de Venezuela 114.
Páez, por tanto, no era el único gendarme. Monagas, siendo un
demagogo, cumplió un papel similar, sirvió a otros aliados políticos,
confiscó propiedades —incluyendo algunas de Páez— y construyó una
nueva base de apoyo, aunque básicamente mantuvo el sistema. Mien
tras tanto, la inseguridad en los llanos continuaba existiendo. Aproxi
madamente en 1850, los núcleos de rebeldes rurales de los llanos del
Apure, Barinas y Portuguesa, reunidos en la llamada «Facción india de
Guanarito», estaban formados por indios, pero también por gentes que
huían de la adversa realidad económica y social, ex-esclavos, peones
sin tierra, comerciantes arruinados, cuyos gritos de guerra eran: «Todos
somos iguales, abajo los Godos, los bienes son comunes, hagamos Pa
tria para los indios» 115. La prensa conservadora les llamaba proletarios.
Actuaban fuera de las guaridas de las tierras altas al mando de peque
ños caudillos para poder conectar con los grupos radicales de las ciu
dades y llanuras. El más importante de estos grupos, llamado Club
maldito por sus enemigos, operaba en Puerto Nutrias bajo el liderazgo
114 Materiales para el estudio de la cuestión agraria en Venezuela. Enajenación y arren
damiento de tierras baldías, I, pp. lxv-lxviii, pp. 571-584, 550-553; Castillo Blomquist, José
Tadeo Monagas, pp. 94-95, 176-177.
115 Brito Figueroa, Tiempo de Ezequiel Zamora, p. 268.
288 Caudillos en Hispanoamérica
del padre Ramírez, un ex-sacerdote de Guanarito. El gobierno envió
expediciones desde Ciudad Bolívar y San Fernando de Apure y, final
mente, establecieron un puesto militar en Villa de Guanarito, cuyas au
toridades políticas advirtieron que resultaba insuficiente para «contener
el mal de la rebelión que se extendía por todos los llanos con la ayuda
de los vecinos de diferentes edades al grito de “todos somos iguales,
las tierras son comunes”, programa que atrae a todos los revoltosos y
hambrientos proletarios» 116. Situaciones de este calibre eran frecuentes
en toda la Venezuela rural. Los terratenientes no dormían tranquilos y
algunos prefirieron vivir en Caracas; las carreteras eran peligrosas y los
viajeros a menudo tenían que pagar a bandidos y rebeldes por su pro
tección, si tenían suerte de escapar con vida. La elite todavía necesitaba
un gendarme.
Los conflictos políticos en Caracas y las revueltas de los llanos
fueron un caldo de cultivo para una guerra de caudillos que estalló
violentamente en 1858. La idea principal de Zamora durante la Guerra
Federal parecía tener más connotaciones políticas que sociales. Su pro
clama del 29 de marzo de 1859 al pueblo y a los soldados invitaba a
la «Igualdad entre los venezolanos, el imperio de la mayoría, la verda
dera República, la Federación». En un discurso pronunciado en la pla
za principal de Araure el 6 de abril de 1859, prometió estar en Caracas
antes de que terminara el año y, al igual que en 1846, habló de la
necesidad de «confiscar tierras para distribuirlas después. La tierra no
es de nadie, es de todos», pero antes de hacer esto, era necesario «hacer
la revolución» 117. Fue muerto en batalla en 1860 antes de que pudiera
cumplir su promesa. Sus palabras se quedaron en promesas de político,
y los caudillos dominantes no fueron revolucionarios, sino que conti
nuaron siendo gendarmes de la elite.
C a u d illo s y ca m pesin o s en M éxico
En México, al igual que en todas partes, la elite estaba aterrorizada
por la anarquía social. La época de la insurgencia, cuando los grandes
116 Cita ibid., p. 269.
117 Cita ibid., pp. 313, 321-322.
El gendarme necesario 289
caudillos desencadenaron la revolución y los pequeños la explotaron,
quedó dolorosamente instalada en la memoria durante muchos años.
La entrada de Hidalgo en Guadalajara causó una viva impresión de re
volución en marcha: liberó a los esclavos, abolió los tributos y redistri
buyó la tierra. Propuso que se devolvieran a las comunidades indias las
tierras que les pertenecían, que habían sido alquiladas a las haciendas o
simplemente usurpadas. Imperaban el miedo y la expectativa. Sin em
bargo, la realidad no era tan alarmante. La mayoría de los insurgentes
del Bajío eran peones de hacienda sin tierras comunitarias 118. Antes de
la revolución, Hidalgo había comprado la hacienda de Jaripes y algunos
de sus colegas rebeldes poseían extensas fincas. Como propietarios no
proponían una redistribución total de la tierra. La política social de
Morelos también era básicamente moderada. Quería mejorar la situa
ción de los indios, proteger sus finanzas y devolverles las tierras comu
nitarias. Pero no prometió redistribuir la tierra e hizo poco hincapié en
la situación de los peones de hacienda; no podía hacerlo, máxime
cuando sus mayores aliados, Galeana y Bravo, eran grandes terratenien
tes. Para los patriotas criollos el problema agrario se resolvería simple
mente devolviendo sus tierras a las comunidades indias; esto valdría
también para la insurgencia, ya que aplacaría a los indios y sería un
golpe para los peninsulares. A pesar de todo, la mayor parte de los
campesinos prefirió quedarse en casa. Morelos no pudo reunir un gran
ejército y la guerrilla, en las regiones aisladas, constituyó, virtualmente,
su única opción. Esto suponía un tipo de guerra que perjudicaba direc
tamente las haciendas y amenazaba de muerte a los criollos.
Moderación política y acción violenta. La mezcla era explosiva.
Liberando a las fuerzas sociales, fomentando odios y creando condicio
nes para la guerra racial, Hidalgo y Morelos provocaron grandes te
mores. Los caudillos menores como Albino García, quien despertó las
furias de los campesinos sin propuestas políticas que pudieran tener un
carácter compensatorio ni visos de moderación social, era considerado
por los criollos como un terrorista declarado contra el que necesitaban
urgente y definitiva protección. En este contexto, Iturbide se impuso
118 H. M. Hamill, Jr., The Hidalgo Revolt. Prelude to Mexican Independence, Gainesvi
lle, 1966, p. 136; J. Tutino, From Insurrection to Revolution in Mexico: Social Bases o f Agra
rian Violence 1750-1940, Princeton, 1986, pp. 134-137 (sobre Hidalgo), 187-189 (sobre
Morelos).
290 Caudillos en Hispanoamérica
como gendarme. Era más fuerte que el resto y capaz de aportar lide
razgo político y seguridad interna.
El México independiente no estuvo falto de transformaciones so
ciales ni de inclinaciones a la violencia. Los hacendados fueron dura
mente golpeados por los efectos de la guerra y la depresión económi
ca; muchos de ellos tuvieron que partir sus haciendas y vender algunas
tierras para poder sobrevivir. La demanda de mano de obra barata era
constante. Las comunidades indias se enfrentaban ahora con una ma
yor agresividad criolla en lo referente a la tierra. Como escribió Tadeo
Ortiz, colega de Morelos: «la población india de Nueva España ha per
dido más bien que ganado con la revolución; han trocado la herencia
de derechos abstractos por los ajenos privilegios positivos que el reco
nocimiento de aquéllos debería haberles asegurado». Y José Joaquín
Fernández de Lizardi observó que «hay ricos que tienen diez, doce y
más haciendas, y algunos que no se pueden andar en cuatro días, al
mismo tiempo que hay millones de individuos que no tienen un pal
mo de tierra propio». El sistema agrario continuaba favoreciendo los
intereses de los grandes terratenientes: «Apoderado un ricote de toda la
tierra que circunda a una población pone la ley a toda ella, para que
estrechados de la necesidad sus vecinos entren a los arrendamientos,
medias, pastos, etc., con las torpes e inicuas condiciones que quiere
ponerla» 119. Los campesinos iniciaban una relación de dependencia
bien por los arrendamientos serviles pagados con trabajo, bien por las
deudas contraídas como peones. Los peones de hacienda recibían un
peso a la semana y una pequeña ración de maíz y frijoles. Las relacio
nes sociales entre comunidades y haciendas, arrendatarios y propieta
rios, y peones y sus empleadores, se deterioraron.
La ley y el orden se veían amenazados por dos frentes: los bandi
dos y los campesinos rebeldes, y se esperaba que los caudillos reaccio
naran contra ambos. El bandidaje formaba parte de la infraestructura de
México. Era la forma de vida escogida por los marginados sociales, los
fracasados y los delincuentes, el camino más corto para conseguir rique
119 Cita de J. Meyer, Problemas campesinos y revueltas agrarias (1821-1910), Méxi
co, 1973, pp. 39, 40; J. Ocampo, Las ideas de un día. El puebh mexicano ante la consuma
ción de su Independencia, México, 1969, p. 259; sobre las relaciones sociales en el México
rural después de la independencia, véase Tutino, From Insurrection to Revolution in Mexico,
pp. 226-230.
El gendarme necesario 291
za. Un sistema informal para ganarse la vida. Los ladrones no robaban
sólo en los caminos más apartados, también lo hacían en las carreteras
que enlazaban centros comerciales. La de Ciudad de México a Puebla y
Veracruz fue constante escenario de emboscadas y saqueos en los años
30 y 40. Entre 1844 y 1845, el ministro americano fue atracado en dos
ocasiones en ocho meses en la carretera de Puebla a la capital. Varios
funcionarios británicos sufrieron la misma suerte cerca de Puebla. «El
pasado sábado una partida de arrieros, con una escolta de veinte drago
nes, fue atacada a unas pocas leguas de México por una banda de cin
cuenta hombres, todos a caballo y armados, que se quedaron con todo
lo que llevaban los arrieros. La escolta se dio a la fuga.» Las autoridades
conocían bien a los ladrones, éstos, aparentemente, operaban con total
impunidad a menos de dos kilómetros de la residencia del general In-
clán, comandante general del distrito de Puebla 120. El bandidaje consti
tuía un problema, pero no una prioridad para el gobierno. El asunto de
la rebelión campesina era lo que realmente preocupaba.
La elite dominante mexicana perdió unidad con la independencia,
cuando tierras, minas y el comercio se desintegraron entre diversos sec
tores sociales, en ocasiones enfrentados entre sí. Aunque no les unían
intereses comunes, tendían a presentar un frente común ante el desor
den social. Como las protestas solían tener carácter regional, el gobier
no central dejó que los interesados de cada región resolvieran sus pro
pios problemas. En marzo de 1830, Vicente Guerrero y Juan Alvarez
dirigieron al sur una rebelión centrada en la costa Grande; salieron de
sus haciendas e invitaron a sus seguidores indios a luchar por sus de
rechos contra la «gente de razón». El carácter abiertamente populista y
racista de la rebelión enmascaraba un objetivo político básico: el derro
camiento del gobierno de Bustamante y la vuelta al poder de Guerrero.
Los rebeldes no consiguieron movilizar a todo el sur. Las fuerzas gu
bernamentales se pusieron al mando de otro caudillo regional, Nicolás
Bravo, cuyo enfrentamiento contra sus rivales fue finalmente recom
pensado con la captura de Guerrero, quien fue condenado por críme
nes contra el estado y ejecutado en febrero de 1831 121. Alamán dijo
120 De Bankhead a Aberdeen, 30 de mayo de 1845, PRO, FO 50/185, ff. 149-156.
Véase también P. J. Vanderwood, «Nineteenth-Century Mexico’s Profiteering Bandits»,
en Slatta, Bandidos, pp. 11-13.
121 Green, The Mexican Republic, pp. 205-209.
292 Caudillos en Hispanoamérica
que la ejecución de Guerrero salvó a México de la disolución. Nadie
mencionaba la guerra racial, pero la elite mexicana durmió más tran
quila después de eliminar a Guerrero.
La protección en las zonas rurales fue facilitada por las divisiones
en el colectivo de los campesinos. Los distintos grupos rurales, que di
ferían en sus funciones económicas, constituían una masa informe en
donde cabían peones acasillados, trabajadores alquilados, aparceros, co
lonos, arrendatarios y rancheros. Los movimientos campesinos se dife
renciaban unos de otros social, económica y regionalmente, aunque to
dos tenían en común un descontento hacia el sistema agrario y, en
algunos casos, atraían la atención de aliados de otros sectores de la so
ciedad que esperaban dirigir o manipular la agitación rural con fines
políticos 122. La rebelión de Olarte en Papantla, Veracruz, ilustra he
chos de este tipo. El conjunto de reivindicaciones sólo necesitaba de
la mano de un líder para hacer que se manifestaran. Los terratenientes
de la región habían invadido las tierras de la comunidad india para
hacer pastar al ganado. Los mismos indios habían sido acusados por
los oficiales de aduanas de contrabando de armas. Y el obispo de Pue
bla había prohibido las celebraciones indias en Semana Santa. El lide
razgo lo asumió Mariano Olarte, quien en 1832 se había enfrentado al
gobierno de Bustamante y había sido ascendido a teniente coronel por
Santa Anna. Desde entonces fue amo indiscutible de gran parte de Ve
racruz. Utilizó su poder para proteger a los indios de los abusos y
exacciones, y se le conocía como «padre del pueblo». Dirigió la gran
rebelión india al principio con objetivos esencialmente campesinos,
luego invocó a los políticos nacionales y les reclamó la restauración del
«régimen representativo, popular, federal». Olarte impuso una guerra de
guerrillas, que fue difícil de sofocar. Pero en 1838, con su muerte a
manos de tropas gubernamentales y la rendición de los suboficiales,
acabó la rebelión 123. Otros levantamientos indios, con carácter esporá
dico, tuvieron lugar en el estado de Veracruz entre 1845 y 1849, con
objeto de devolver a los indios su situación de propietarios de la tierra
en lugar de meros arrendatarios.
Santa Anna, caudillo de Veracruz, permaneció al margen de todos
estos movimientos. Su clientela pertenecía a la clase alta y se identifi
122 Reina, Las rebeliones campesinas en México, pp. 15-16.
123 Ibid., pp. 325-333.
El gendarme necesario 293
caba con la defensa de sus propios intereses. Sus reclamaciones a favor
de los cosecheros de algodón y tabaco de Veracruz tenían como objeto
beneficiar a los plantadores, no a los peones. Su principal base de apo
yo civil se vio reforzada con algunos amigos de confianza entre los
altos cargos burócratas. El apoyo de los terratenientes, del clero y de
los agiotistas, que poseían medios e influencia por su propia cuenta,
era menos seguro, dependía de lo que él pudiera hacer por ellos en un
momento dado. Para la acción militar pudo reclutar peones de su pro
pia hacienda, a éstos se añadían los jarochos de la población rural de
Veracruz y la milicia local. Pero su principal base de poder era el ejér
cito regular, y los militares pedían a cambio patronazgo y ascensos,
consiguiendo resultados positivos la mayoría de las veces. La gran ha
bilidad de Santa Anna consistía en su capacidad para reclutar, reunir y
motivar a los militares para que hicieran frente a las crisis; ello le hacía
mantener su reputación ante los políticos que justificaban su reiterada
predisposición a olvidar el pasado y volvían a ofrecerle el mando. San
ta Anna era considerado como el último recurso contra la anarquía, el
último caudillo, el gendarme necesario. Como tal, se reservó para las
empresas nacionales, dejando que a los rebeldes campesinos les presta
ran atención los caudillos regionales. Un ejemplo de su postura y sus
tácticas pudo observarse en 1842.
En Guerrero, la expansión de las haciendas amenazaba las tierras
de las comunidades indias, se disputaban sus derechos, expropiaban
tierras y desviaban el agua. Una vez expropiados, los indios se veían
obligados a arrendar las tierras, y los exorbitantes alquileres supusieron
otro motivo de queja. Los indios se sublevaron en Guerrero a princi
pios de 1842, se opusieron a los hacendados y rechazaron las tentativas
gubernamentales de pacificación. La acción militar empeoró y los re
beldes contestaron a la violencia con violencia. Santa Anna solicitó la
intervención de Álvarez, el caudillo del sur: «He tenido el disgusto de
venir a encontrar sublevados algunos pueblos de indígenas de esa costa
bajo los mas ridículos pretextos, y no sé cómo usted, que goza justa
mente de tanto prestigio entre ellos, no ha influido para que depongan
las armas y restituyan la paz a esas preciosas comarcas» 124. Álvarez, un
caudillo de origen rural cuya influencia sobre indios y campesinos de
124 De Santa Anna a Álvarez, 18 de marzo de 1842, ibid., pp. 86-87, 91.
294 Caudillos en Hispanoamérica
rivaba de la solidaridad con sus intereses, era evidentemente la persona
adecuada en quien delegar el poder. En esta ocasión convenció a los
indios para que volvieran a casa, pero una vez desmovilizados fueron
aplastados por las fuerzas gubernamentales. Álvarez propuso algo más
positivo, que las quejas de los indios fueran tratadas en un juicio legal
a propósito de los títulos de propiedad. Esto, que habría favorecido a
los indios, fue rechazado por Santa Anna, que en su lugar ofreció una
amnistía, lo cual mermó el ímpetu de la rebelión y los indios se reti
raron creyendo equivocadamente que sus derechos de propiedad serían
examinados. Un alzamiento campesino similar tuvo lugar entre 1848
y 1849 en el norte de Morelos; las haciendas fueron invadidas para
recobrar por la fuerza las tierras comunales, en este caso con el consen
timiento de las tropas de la Guardia Nacional. Este movimiento tam
bién fue reprimido sin grandes dificultades125.
El indulto ofrecido por Santa Anna en 1842 significó muy poco
para los indios cuando se dieron cuenta de que no iba a haber una
investigación sobre los títulos de propiedad. De este modo, las quejas
sobre el tema de la tierra, agravadas por la capitación de impuestos,
provocaron más levantamientos; varios distritos de Morelos de alzaron
en un movimiento que pronto se extendió desde Guerrero hasta Oa-
xaca. Álvarez fue acusado por las autoridades de fomentar la rebelión,
ofreciendo a los indios tierras y la supresión de los impuestos. En efec
to, la posición del caudillo del sur resultaba ambigua; manipulaba a los
rebeldes en interés del federalismo y, como base de apoyo para su po
der regional, explotaba el hecho de que los rebeldes gritaran «muera el
déspota general Santa Anna». El gobierno, atrapado entre las peticiones
indias de restitución de las tierras y la presión de los hacendados que
reclamaban protección, optó por una solución militar. Se enviaron tro
pas y los caciques fueron asesinados. Esto finalmente terminó con la
rebelión de 1842 y con otra posterior de 1844 126. Los indios no tenían
un verdadero jefe aparte de los caciques, mientras que los hacendados
tenían el gobierno de su parte. Álvarez, que también poseía tierras,
ofrecía solidaridad pero no apoyo, prefería utilizar a los campesinos
descontentos como fuerza de empuje contra Santa Anna. Álvarez les
125 Ibid., pp. 157-160.
126 Ibid., pp. 92-98, 109, 115-116.
El gendarme necesario 295
dijo a los indios que su causa era justa pero que sus métodos no, por
que había leyes e instituciones a las que podían apelar; mientras tanto,
debían aliarse contra el tirano Santa Anna que era la única causa de
todos los males de México. De este modo el caudillo de los campesi
nos se ocupaba simultáneamente de su circunscripción y de mantener
su legitimidad política.
Los caudillos mexicanos, nacionales y regionales, hicieron pocas
concesiones a los rebeldes indios y a los manifestantes campesinos.
O bien los reprimían, en el caso de Santa Anna, o los manipulaban,
como en el caso de Álvarez. Como los mismos terratenientes, eran
parte de la estructura del poder vigente. En cuanto a la concentración
de tierras, las quejas de los campesinos y los derechos de los indios se
pusieron firmemente de parte de los hacendados para defender la pro
piedad y mantener la seguridad. En un período en el que aumentaban
los arriendos y su capacidad productiva, la inseguridad de los arrenda
tarios —a merced de los dueños de la tierra— se convirtió en la última
reivindicación de la larga lista de protestas campesinas. En el creciente
conflicto entre aldeanos y hacendados, como sucedía en la región de
Chalco, las autoridades aprobaron el uso de la fuerza contra la violen
cia rural. Y se apresuraron a jugar la baza del conflicto racial. En 1848,
cuando los campesinos de San Juan Teotihuacán y Otumba, en el es
tado de México, se levantaron contra los «blancos», el gobierno lo con
sideró una «guerra de castas», aunque fue un intento de las comunida
des indias por recuperar la tierra que habían perdido por culpa de las
haciendas 111. La represión se convirtió en sustituto de la reforma.
La crisis rural empeoró como consecuencia de la guerra americana
de 1847, los campesinos sufrieron la devastación de la tierra, tratos más
duros de sus amos y más exacciones por parte del estado. La guerra
supuso un fuerte shock para el orden social de México. El conflicto ci
vil había abierto las puertas a los invasores americanos y por lo tanto,
impidió que México pudiera resistir al enemigo externo. Hubo tres
áreas de conflicto diferentes. En julio de 1847, se inició una guerra de
castas a gran escala en el sur, cuando cientos de mayas se rebelaron en
Yucatán reclamando derechos sobre la tierra e impuestos más bajos;
127 Ibid., p. 61. Sobre la expansión del cultivo en arriendo y la violencia en Chal
co, véase Tutino, From Insurrection to Revolution in Mexico, pp. 232-241, 255-256.
296 Caudillos en Hispanoamérica
durante un corto período de tiempo dieron a los blancos una terrible
lección de terror y desquite. En el norte, las tribus indias, empujadas
hacia el sur por la expansión de los Estados Unidos y la debilidad de
México, invadieron las haciendas y destrozaron los asentamientos en
una orgía de saqueos y asesinatos. En México central, hubo otro foco
de rebelión, en el que estaban implicados los movimientos sociales y
el bandidaje 128. Desertores del ejército, fugitivos de la justicia, vagos y
marginados se aprovecharon de la derrota militar de México y la sub
siguiente anarquía para formar bandas que aterrorizaron el campo,
mientras los movimientos campesinos tuvieron que luchar para man
tener su autonomía. Tomás Mejía, un soldado que se inclinó por la
rebelión, unió el descontento campesino con grupos de militares disi
dentes y autoridades civiles en una rebelión que se extendió desde
Querétaro a San Luis de Potosí, a la que se unieron en el curso
de 1848 las comunidades indias del estado de Hidalgo. Una amenaza
más seria para las autoridades era Eleuterio Quiroz, otro desertor cuya
rebelión se centró en Guanajuato y que tuvo un carácter exclusivamen
te campesino 129130. Quiroz y sus seguidores lograron varias victorias con
tra las tropas federales, y esto atrajo el apoyo posterior de los campe
sinos de la región de Río Verde. Algunos de ellos eran peones sin
tierra, otros arrendatarios. Quiroz elevó las demandas de los campesi
nos en marzo de 1849, que ahora incluían el reparto de las tierras sin
cultivar, la reducción del monto de los alquileres y la abolición de los
trabajos forzados en las haciendas 13°. El gobierno y los hacendados,
ambos atemorizados por la conflictividad entre las masas y la ausencia
de Santa Anna, se salvaron gracias a las indemnizaciones de guerra que
proporcionaron fondos para fortalecer al ejército. Unieron fuerzas para
sofocar la rebelión campesina, fusilaron a Quiroz el 6 de diciembre
de 1849, y ofrecieron concesiones suficientes como para convencer a
los rebeldes. Entonces instalaron varias colonias militares en Sierra
Gorda para mantener la paz.
Mientras tanto, en Guerrero la situación ya era inestable antes
de 1848. Las protestas indias de 1843-1844 habían sido controladas,
128 González Navarro, Anatomía del poder en México, pp. 38-48; Reina, Las rebeliones
campesinas en México, pp. 291-292; Tutino, From Insurrection to Revolution in Mexico,
pp. 252-256.
129 Meyer, Problemas campesinos y revueltas agrarias, pp. 13-14, 64-65.
130 Reina, Las rebeliones campesinas en México, pp. 297, 300-302.
El gendarme necesario 297
pero no resueltas. La postura de Álvarez aún resultaba contradictoria.
Era un caudillo en el que no se confiaba como gendarme. Su objetivo
básico era político: mantener el sur bajo su dominio personal y resistir
los abusos del gobierno central. Tenía una clientela campesina y poder
para influir en ella e incluso controlarla. Animó a los campesinos a
que recobraran sus tierras comunales y apoyó no sólo sus apelaciones
ante los tribunales, sino también la invasión de las haciendas, denun
ciando a los hacendados que se apropiaban «ya de los terrenos de par
ticulares, ya de los ejidos o de los de comunidad, cuando existían és
tos, y luego con el descaro más inaudito alejan propiedad, sin presentar
un título legal de adquisición, motivo bastante para que los pueblos
en general clamen justicia, protección, amparo» 131. Por otro lado, era
dueño de cinco propiedades y desaprobaba públicamente las protestas
violentas y la acción directa. En enero de 1849, los campesinos de
Chilapa se rebelaron nuevamente, esta vez dirigidos por el indio D o
mingo Santiago, y principalmente protestaron contra lo elevado de los
impuestos. El desarrollo de los acontecimientos fue típico: la primera
reacción de las autoridades fue la represión, lo que dio paso a una ma
yor violencia por parte de los indios y la propagación de la rebelión.
Los indios no podían cumplir con sus obligaciones tributarias porque
su situación económica se había deteriorado al pasar de ser propieta
rios de la tierra a arrendatarios. Según un artículo de periódico, «varios
pueblos de aquel distrito intentan la destrucción de la villa y preten
dieron que los arrendamientos cesen para siempre, y que los bienes de
los ricos pasaran a ellos, pues son pobres de espíritu y lo tienen pro
fetizado. Estas fueron sus mismas palabras» 132. Álvarez se vio implica
do nuevamente. Los indios le consideraban un protector, pero el ejér
cito esperaba de él que pacificase a los campesinos rebeldes. Pero hubo
un tiempo en que, por varias razones, instigó estos movimientos. El
de 1849 fue uno de ellos.
Oficialmente, Álvarez fue a calmar a los rebeldes y a sofocar la
rebelión. Pero en realidad animaba a desobedecer al gobierno central,
y los indios le agradecían su «protección paternal». Parecía aprovechar
131 Cita de Meyer, Problemas campesinos y revueltas agrarias, p. 60; Díaz Díaz, Cau
dillos y caciques, pp. 206-207, 225.
132 E l Siglo xix, 14 de marzo de 1849, cita de Reina, Las rebeliones campesinas en
México, p. 117.
298 Caudillos en Hispanoamérica
se políticamente de la rebelión para conseguir convertir a Guerrero en
un estado de la Federación; esto sucedió en octubre de 1848, cuando
los distritos de Acapulco, Chilapa y Taxco se integraron en un nuevo
estado y Álvarez fue designado comandante general del mismo. La oli
garquía terrateniente de la región también se benefició obteniendo más
influencia en la política nacional. Pero los campesinos del sur no se
beneficiaron con nada tangible. Los pueblos rebeldes, armados sólo con
arcos, flechas y machetes, continuaron acosando al ejército con ataques
guerrilleros; éstos eran difíciles de resistir y resultaban costosos para el
estado. Álvarez había demostrado que era un gendarme en el que no
se podía confiar. Acertadamente o no, muchos mexicanos pensaron
que la ausencia de Santa Anna les privaba de su único protector du
rante los años de anarquía, 1847-1848. Los observadores extranjeros es
taban de acuerdo: «A pesar de sus fallos y errores, no conozco a nadie
mejor capacitado para ponerse al frente de los acontecimientos que al
general Santa Anna; porque sólo él, con el poder en sus manos, es
capaz de detener la marcha de la anarquía» 133. Eran motivos más que
suficientes como para volver a llamarle en 1853.
Los MODELOS DE CAUDILLO EN HISPANOAMÉRICA
Argentina, Venezuela, México, cada uno a su manera demostraron
el mismo hecho. Los caudillos ejercían el poder a través de su alianza
con los gmpos de intereses, entre los cuales el pueblo desempeñaba un
papel importante o irrelevante, dependiendo del equilibrio social y de
las exigencias de la época. Los caudillos eran producto de la situación
y representantes de la elite, pero también tenían su propia escala de
valores y elegían la forma de control social. La de protector preferido,
la de gendarme necesario, fue la imagen más codiciada por los caudi
llos. Como referencia, Rosas y Páez lo fueron. La secuencia lógica de:
la anarquía de guerra, las expectativas de la paz, los desórdenes popu
lares, la llamada de socorro al caudillo protector y el consiguiente es
tado-caudillo, puede seguirse con detalle en Argentina y Venezuela,
menos explícitamente en México. El bandidaje rural y la rebelión, ob
133 De Bankhead a Palmerston, 29 de agosto de 1847, PRO, FO 50/211, ff. 143-147.
El gendarme necesario 299
viamente provocaron la alarma y despertaron indignación entre la elite
mexicana, pero la seguridad interna se consideraba una tarea de varios:
a menudo se dejaba en manos de la hacienda, de los terratenientes;
y en el norte de México, desde 1850 incluso se privatizó por medio de
contratos del estado con guerrilleros para que defendieran la propie
dad 134. En último caso, se consideraba una obligación del ejército pro
fesional más que del caudillo. Los caudillos regionales actuaban de for
ma equívoca; a veces eran autores de la rebelión, a veces representantes
del estado. En México, básicamente los comportamientos fueron simi
lares. Santa Anna se puso de parte de la ley y el orden, y su reacción
normal ante la protesta social era suprimirla. Al contrario que Rosas y
Páez, no poseía ejército privado ni peones de hacienda para utilizarlos
cuando las fuerzas regulares de seguridad no se encontraran disponi
bles o fueran vencidas por sus rivales. México tenía tradición de ejér
cito profesional y poderosos generales y era con éstos con los que San
ta Anna tenía que negociar para hacer cumplir las leyes. Su clientela
era menos simple y menos accesible que la de Páez. Pero nadie duda
ba de sus credenciales sociales ni de su habilidad para reunir una coa
lición militar y política. El instinto de los conservadores en crisis les
hizo recurrir al caudillo más fuerte de México: para evitar dudas lla
maron a Santa Anna. Y Santa Anna recurrió a ellos cuando buscó
apoyo.
En otras partes de Hispanoamérica el paso de anarquía a la segu
ridad no siguió este modelo necesariamente. Hubo rutas alternativas
para llegar a la paz y el orden. Los sectores dominantes podían impo
ner una constitución autoritaria y una presidencia fuerte, y si los ingre
sos eran suficientes, podían mantener un ejército o unas fuerzas de se
guridad capaces de sustituir al gendarme. Esta fue la opción de los
chilenos. Una vez más, un gobierno civil central podía dejar que el
orden en las provincias externas lo mantuviera la elite local, lo que sig
nificaba en la práctica la presencia de los caudillos locales. Esto no re
sultaba tan diferente del modelo estándar: era caudillismo disperso, o
caudillismo en miniatura, y reflejaba la conocida tendencia de Hispa
noamérica de abandonar a la periferia siempre y cuando el desorden
no llegara al centro. Ésta fue la opción colombiana.
134 González Navarro, Anatomía del poder en México, pp. 66-67.
300 Caudillos en Hispanoamérica
En Colombia, los llanos de Casanare, como los de Venezuela,
eran tierra de caudillos, y ellos dejaron un legado para los políticos de
posguerra. En 1831, Juan Nepomuceno Moreno —un antiguo caudi
llo— dirigió a un grupo de llaneros desde Casanare a través de los An
des hasta Bogotá y amenazó con derrocar el gobierno de Rafael Urda-
neta y sustituirlo por una dictadura encabezada por él mismo. Las
tropas de llaneros aterrorizaron a los bogotanos y dieron la impresión
de ser bárbaros que ocupaban una ciudad civilizada, cambiando el im
perio de la ley por la anarquía. Finalmente, la crisis se resolvió y Mo
reno devolvió sus tropas a los llanos. Pero los de Nueva Granada ha
bían probado cómo se vivía con los caudillos y no les había gustado 13*135.
La experiencia reforzó la determinación de la elite colombiana de crear
un gobierno civil y de reducir la influencia de los militares en la polí
tica. La Constitución de 1832 limitaba el ejército a un tamaño «no ma
yor de lo que es imprescindiblemente necesario». En consecuencia, los
gobiernos civiles recortaron el presupuesto de defensa y, en general,
subyugaron a los militares.
Esto no eliminó a los jefes regionales. Los gobiernos tuvieron que
optar por caudillos como Moreno porque eran el único medio de im
poner orden en las regiones más alejadas y el único representante ca
paz de controlar a los salvajes llaneros y de mantenerlos en su lugar,
los llanos. Así que la elite civilizada utilizó a Moreno para conseguir
sus fines. Pero no era el único gendarme. El general Tomás Cipriano
de Mosquera y el general José María Obando también fueron capaces
de dirigir las rebeliones de los caudillos contra el gobierno central,
aunque, en general, apoyaron la constitucionalidad frente a la rebelión
y utilizaron su poder para mantener el orden público, al igual que Páez
en Venezuela. Obando, en particular, descrito por Bolívar como «un
bandolero audaz y cruel, un verdugo asqueroso», era un militar agresi
vo y un caudillo que pudo reclutar caballería de sus propias haciendas
en el valle de Patía y, también como Páez, contar con muchos segui
dores fuera de su tierra natal en el sur 136. ¿Un remedio o una enfer
medad? La elite colombiana no estaba segura de Obando, un hombre
133 J. M. Rausch, A Tropical Plains Frontier: the Llanos of Colombia, 1531-1831, Al
buquerque, 1984, pp. 217-222, y «Juan Nepomuceno Moreno: Caudillo o f Casanare»,
documento gentilmente cedido por el autor.
136 Pem de Lacroix, Diario de Bucaramanga, p. 79.
El gendarme necesario 301
al que había que vigilar porque tenía capacidad tanto para defender
como para derrocar la Constitución. En último caso, era útil como
fuerza de control de los caudillos menores dispersos y al margen del
estado, la mayoría de ellos bandidos, indios y pardos, Colombia no
carecía de caudillos, pero los políticos se los reservaban para el esce
nario principal.
El paisaje político contenía diversas especies: el caudillo estándar,
el tipo colombiano y desarrollo de otros tipos. El contraste proporciona
claves para la interpretación. En primer lugar, el prototipo de caudillo
hispanoamericano es el caudillo cooptado, el hombre fuerte elegido por
una coalición de intereses para aplicar la política adecuada en los años
posteriores a 1830. Segundo, las ideas políticas y la experiencia eran in
fluencias poderosas para persuadir a los oligarcas de que otorgaran o
negaran el poder a un caudillo; la preferencia por las constituciones, el
odio al poder personal y a las pretensiones militares eran tan relevantes
como los intereses económicos a la hora de tomar decisiones políticas.
Tercero, el nivel de tensión social era guía básica para el comporta
miento político. Cuando la muchedumbre bramaba y los rebeldes ru
rales se agitaban, la gente que valoraba el orden llamaba a un protector;
en los lugares en donde los agitadores estaban lejos y la elite local vi
gilaba, la necesidad de un gendarme en el centro resultaba menos acu
ciante. Finalmente, la habilidad personal de un jefe regional para reclu
tar tropas y conseguir recursos era una característica vital para el éxito;
cuando un jefe, además de ser capaz tenía buena disposición, la oligar
quía central se apresuraba a incorporarlo al nuevo orden y a consumar
un pacto político mutuo, efectivo y rentable. Los respectivos papeles de
poder personal y control de la elite para determinar el ascenso y la su
pervivencia del caudillo estaban equilibrados, y pueden ser analizados
individualmente en la trayectoria de cada uno de los líderes.