Formación docente en contextos cambiantes
Formación docente en contextos cambiantes
Revista
colombiana de educación, (47).
Resumen
Palabras clave: Formación de docentes, Políticas de educación, Perfil profesional del docente
Summary
The text argues the impossibility of an universal menu of recommendations for the teacher’s
training. To this fact contribute the inadequacy and inconsistency of the available knowledge about
teacher’s learning, the complexity of the current moment, characterized
*
En: Aprender para el futuro: nuevo marco de la atrea docente, Madrid: Fundación Santillana, 1999. (Documento
preparado para la XIII Semana Monográfica organizada por la Fundación Santillana, Madrid, 23-27 de noviembre de
1998). También publicado en: Autoeducación, No. 55, Lima, IPP, 1999; Novedades Educativas, No. 99. Buenos Aires,
1999; Boletín No. 49 Unesco-Orealc, Santiago, 1999. [Link]
Texto recibido el 15 de marzo de 2004 y arbitrado el 19 de abril de 2004.
1
Licenciada en Ciencias de la Educación (Ecuador) y Candidata al Doctorado en Lingüística Hispánica (México). Ex
Ministra de Educación del gobierno del presidente Lucio Gutiérrez. Desde el 2000 trabaja como investigadora y
asesora internacional desde su propio instituto, el Instituto Fronesis, creado en Quito en 1991 Actualmente está
realizando una investigación sobre Educación y Pobreza a nivel continental, encargado por la Federación Internacional
Fe y Alegría. Es miembro del Consejo Asesor de URBARED, del Comité Internacional del Foro Mundial de Educación
en Porto Alegre (desde 2001) y del Consejo Internacional de la Fundación Paul Gérin-Lajoie para el Estudio
Prospectivo de la Educación Básica para Todos (creado en Montreal en Enero 2004). Es miembro y asesora del Equipo
de Educación y Aprendizaje de la Confederación Nacional de Afiliados al Seguro Social Campesino
(CONFEUNASSCCNC) en el Ecuador (desde 2003). Está asociada al World Culture Open como Secretaria Regional
para América Latina y el Caribe y es miembro del Jurado Internacional de los premios de WCO. Coordina la red de
firmantes del Pronunciamiento Latinoamericano por una Educación para Todos. Modera varias redes electrónicas:
Comunidad E-ducativa a nivel latinoamericano, Debateducacion y Ecuador-leeescribe en el Ecuador, PronunArgentina
en Argentina y Ed-Community a nivel internacional (en inglés).
E-mail: rmt_fronesis@[Link]
Introducción
Los qué y los cómo de la formación docente dependen del rol que, en cada caso, se asigne a la
educación y al sistema escolar. La definición del modelo educativo, a su vez, está en relación con el
tipo de sociedad a que se aspira. La pregunta: Educación, ¿para qué?, precisamente en un mundo
globalizado, dominado por un “pensamiento único” (Ramonet, 1998) que, en el campo educativo, se
expresa hoy en la retórica del capital humano3, no sólo no ha perdido relevancia, sino que es un
terreno por debatir y disputar, tanto desde la política y la economía como desde la educación y la
cultura.
La necesidad de un nuevo rol docente ocupa un lugar destacado en la retórica educativa actual,
sobre todo de cara al siglo XXI y a la construcción de una nueva educación. El perfil y el rol pre-
figurado de este nuevo docente han terminado por configurar un largo listado de competencias
deseadas, en el que confluyen hoy, contradictoriamente, postulados inspirados en la retórica del
capital humano y los enfoques eficientistas de la educación, y postulados largamente acuñados por
las corrientes progresistas, la pedagogía crítica y los movimientos de renovación educativa, y que
hoy han pasado a formar parte de la retórica de la reforma educativa mundial.
1. Suponiendo que fuese factible lograr ese docente ideal, que desafía los propios límites de lo
humano, ¿a qué modelo educativo y de sociedad responde? ¿Son estos valores y competencias
universalmente aceptados y deseados en las distintas sociedades y culturas? ¿Conforman todos ellos
un modelo educativo coherente, o responden a modelos diferenciados y hasta contradictorios entre
sí? ¿Qué de todo ello, por ejemplo, es compatible con un modelo escolar centralizado y qué con un
modelo descentralizado, qué con un modelo educativo orientado por el capital humano y qué con
un modelo orientado por el desarrollo humano?4.
2. ¿Es éste el actor, y el correspondiente escenario, que están dispuestas a construir las voluntades
nacionales e internacionales que toman hoy decisiones en materia educativa?,
¿es éste, concretamente, el actor y el escenario que están construyendo las actuales políticas y
reformas educativas, impulsadas desde mediados de los ochenta bajo el signo del mejoramiento de
la calidad de la educación?, ¿existe la voluntad política para introducir los cambios, financiar los
costos y desarrollar las estrategias requeridas para lograrlo, en el tiempo que tome hacerlo?
4. ¿Cuáles de todas estas competencias son aprendibles? ¿Qué de todo ello es enseñable, es
decir, posible de ser logrado a través de un esfuerzo intencional de educación, formación o
capacitación? Y, si es enseñable, ¿bajo qué condiciones, con qué estrategias y pedagogías, en cada
caso, si lo que está en juego es la eficacia en los aprendizajes y su reflejo, entre otros, en la práctica
docente?
5. ¿Qué de todo ello puede ser aprendido en la edad adulta (y en la formación profesional de un
docente) y qué debe (y sólo puede) ser aprendido durante la infancia (y en el sistema escolar)?
¿Qué de todo ello puede ser aprendido en la formación inicial y qué
4
El desarrollo humano es definido como “el proceso de ampliación del rango de elecciones de la gente aumentando sus
oportunidades de educación, atención médica, ingreso y empleo, y cubriendo el espectro completo de las elecciones
humanas, desde un medio ambiente físico saludable hasta las libertades económicas y humanas” (PNUD, 1990).
6. ¿Qué de esto le corresponde a las instituciones e instancias de formación docente, ya sea inicial o
en servicio, y qué a otras instancias como la familia, el sistema escolar, los medios de
comunicación, las bibliotecas y diversas formas de autoaprendizaje e inter- aprendizaje entre pares?
7. ¿Cuáles son los requerimientos organizacionales y laborales (salario, tiempo, duración, etc.) para
ejercer y desarrollar estas competencias y continuar aprendiendo en el ejercicio de la profesión?
8. ¿Qué de todo esto podría ser remplazado por tecnologías que no requieren la interacción entre
personas y la presencia de un docente, en particular? ¿Cuáles de estas competencias (y sus
respectivos aprendizajes) pueden sustituirse, por ejemplo, con el texto escolar, la grabadora, la
computadora, el video, el CDROM, el Internet, etc.?
9. ¿En qué medida este listado no está todavía atrapado en la lógica del modelo escolar
convencional, planteando a lo sumo su mejoría más que su transformación? ¿En qué medida ese
nuevo rol docente no alcanza aún a avizorar las tremendas carencias y las tremendas posibilidades
que se ciernen sobre el futuro cercano, las complejidades de un mundo crecientemente polarizado
en todos los órdenes, que avanza simultáneamente hacia la uniformación y la diferenciación, la
globalización y el localismo exacerbado, el desarrollo ilimitado de las comunicaciones junto con la
profundización de la fragmentación y la exclusión?
Ordenar el campo, levantar preguntas y construir la problemática, en general y en cada caso, parece
esencial antes de intentar responder al para qué, qué, quiénes, cómo, cuándo, y a los costos de la
formación docente. Hacerlo permite, entre otros, mirar el asunto desde nuevos ángulos, superadores
de las viejas y nuevas antinomias (saber general/saber pedagógico, formación inicial/en servicio,
formación individual/ en equipo, formación fuera/dentro de la escuela, etc.) en que se mueve dicho
campo, así como la posibilidad de identificar necesidades e imaginar escenarios, antes de entrar al
análisis de costos y los temas presupuestarios, hoy por hoy criterio dominante en la definición de lo
deseable y posible en materias de políticas educativas.
De hecho, este listado de competencias docentes tiene los mismos defectos de otros tantos
listados que circulan hoy en el ámbito de la educación, por lo general generados en los países
desarrollados y trasladados a los países en desarrollo sin
la crítica y la revisión de la cual, de hecho, ya han sido o están siendo objeto en los primeros (ver,
entre otros: Barthes, 1990; Beare y Slaughter, 1993; Fullan, 1993; Hargreaves y Hopkins, 1991;
Hargreaves, 1994). La crítica a la lógica de los listados destaca precisamente el simplismo
respecto del cambio educativo que subyace a menudo detrás de dichos listados, su pretendida
validez universal, así como el hecho de que se limitan a describir un conjunto de características
deseables, pero no proveen elementos que ayuden a definir cómo construir esas características
en situaciones concretas. En este caso, el listado por sí mismo no dice nada respecto de qué clase
de formación y qué condiciones de trabajo docente son necesarias para lograr el aprendizaje y uso
efectivo de tales competencias. La propia definición del docente deseado y la escuela deseada
continúa siendo tarea abierta y desafío de cada país y cada comunidad concreta.
Salvar la enorme brecha entre la situación deseada y el punto de partida respecto de la cuestión
docente, particularmente en los países en desarrollo, requeriría un esfuerzo titánico, una estrategia
sostenida y de largo plazo, medidas urgentes y políticas sistémicas, todo ello en el espíritu de una
revisión profunda e integral del modelo escolar y de la situación docente en sentido amplio, y de un
viraje radical en los modos de hacer política educativa, tradicionalmente sesgada hacia la inversión
en cosas (infraestructura, tecnología, etc.) antes que en personas, las cantidades antes que las
calidades, y el corto plazo por sobre el mediano y el largo plazo.
No obstante, las políticas y medidas que vienen tomándose en los últimos años de cara al problema
docente, tanto a nivel global como nacional, están lejos de responder a la complejidad y la
urgencia de la situación y, más bien, están contribuyendo a reforzar algunas de las tendencias más
negativas hacia la desprofesionalización del magisterio. El deterioro de los salarios docentes se ha
acentuado –antes que aliviado– en los últimos años en el marco de las políticas de ajuste, y los
incrementos salariales no han sido, en todo caso, significativos como para revertir dicho deterioro,
hacer más atractiva la profesión y detener el éxodo de los mejores. La escasa o nula participación y
consulta a los docentes y sus organizaciones en torno a las políticas educativas y a la formación
docente, de manera específica, ha seguido siendo la norma en los procesos de reforma, con la
previsible resistencia y hasta rechazo activo del magisterio en muchos casos. Los procesos de
descentralización no se han acompañado de los esfuerzos expresos de formación y fortalecimiento
de los equipos escolares que serían necesarios para hacer realidad la consigna de la autonomía
escolar, más allá de la descentralización administrativa y financiera. La introducción de las
modernas tecnologías –el computador, en particular–, cuando se ha dado, no se ha acompañado en
general de las estrategias y los recursos indispensable para la sensibilización y formación docente
en el manejo de dichas tecnologías, acrecentándose de este modo la propia brecha cultural y
tecnológica entre los docentes y sus alumnos.
Dicha desprofesionalización tiene que ver no únicamente con condiciones materiales, sino con un
proceso gradual de “desposesión simbólica” (Perrenoud, 1996): los docentes cada vez más
arrinconados en un rol de meros operadores de la enseñanza, relegados a un papel cada vez más
alienado y marginal, considerados un insumo más de la enseñanza (Lockheed y Verspoor, 1991;
Banco Mundial, 1996), crecientemente dependientes del libro de texto así como del experto y el
agente externo. Los docentes (y sus organizaciones) son vistos como obstáculo y como insumo
costoso, al tiempo que se depositan grandes esperanzas en el libro de texto y las modernas
tecnologías, la educación a distancia y las propuestas de autoaprendizaje y autoevaluación como
respuestas más costo-efectivas y rápidas que la inversión en formación docente, pensadas ya no
sólo como complementos sino incluso como sustitutos a la labor docente5. De hecho, la tendencia
ya no es sólo a la desprofesionalización sino hacia la exclusión de los docentes (Attali, 1996;
Delors y otros, 1996; Perrenoud, 1996; Coraggio y Torres, 1997; Torres, 1997, 1996 a, b, c, 1997).
5
Varias voces de alerta han empezado a escucharse en este sentido a nivel mundial. El Informe de la Comisión Delors
recomienda expresamente “privilegiar en todos los casos la relación entre docente y alumno, dado que las técnicas más
avanzadas sólo pueden servir de apoyo a esa relación (transmisión, diálogo y confrontación) entre enseñante y
enseñado” (Delors y otros, 1996: 36). Asimismo, el informe del Comité de seguimiento de la educación para todos
advertía que “(...) al tiempo que debemos usar mejor y más ampliamente la tecnología y los medios de comunicación,
éstos sólo pueden complementar pero nunca remplazar el rol esencial del educador como organizador del proceso
instruccional y como guía y ejemplo para los jóvenes” (Unesco-EFA Forum. Traducción nuestra).
En general, está aún por hacerse la conexión entre el objetivo declarado del “mejoramiento de la
calidad de la educación” –consigna de la reforma educativa en la presente década– y el
mejoramiento de la calidad docente, condición necesaria de dicha mejoría. Mientras que la
brecha entre los recursos financieros disponibles y los necesarios acapara la atención y los
estudios a nivel internacional y nacional, y es objeto de políticas y medidas concretas en todos los
países, la brecha entre los recursos humanos disponibles y los requeridos no ha pasado a ser tema
ni de estudio ni de revisión de políticas ni de adopción de medidas. Es más: la recomendación a los
gobiernos va en el sentido de ahorrar en salarios docentes (por ejemplo, incrementando el número
de alumnos por docente en el aula de clase) no para invertir lo ahorrado en formación docente sino
en textos escolares y otros medios de enseñanza (Banco Mundial). De hecho, en materia de políticas
dirigidas a los docentes, los gobiernos en los países en desarrollo están frecuentemente atrapados
entre dos fuerzas que tiran en sentidos opuestos: las recomendaciones de los organismos
internacionales de crédito, y los reclamos de los sindicatos docentes6.
Las políticas educativas impulsadas en los países en desarrollo han estado históricamente
moldeadas por los modelos escolares, las ideas y las políticas impulsadas, en cada momento, en los
países desarrollados. La premisa subyacente ha sido la de que lo deseable para los primeros
coincide con lo ya implementado en los segundos, en el mismo eje más-menos que los ha
diferenciado como más/menos desarrollados,
6
Decía al respecto en 1995 una ministra de Educación africana: “De modo general, nuestros gobiernos están sujetos a
dos presiones opuestas entre las cuales estamos bombardeados constantemente. De un lado, somos los mayores
empleadores de servidores públicos, estamos entre los que más gastan, y no producimos renta. Consecuentemente,
estamos en la línea de fuego del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y constantemente sometidos a
medidas de austeridad por parte del Ministerio de Finanzas. Del otro lado, el magisterio como un todo, teniendo –como
tiene– suficientes razones para estar insatisfecho, cierra filas contra las autoridades en defensa de sus intereses. Y es el
personal del Ministerio el que tiene que negociar con los representantes y hacer lo posible para prevenir el conflicto
social. Entre las medidas que se toman ‘arriba’ para achicar el servicio público, reducir el pago de salarios y redistribuir
el personal, y las demandas provenientes de ‘abajo’ que presionan por incrementos salariales, mejores condiciones de
trabajo y perspectivas profesionales, nuestro margen de negociación es sumamente estrecho” (Fragmento de un discurso
pronunciado por Aïcha Bah Diallo, Ministra de Educación de Guinea, 23 de Junio de 1995, en DAE, 1995: 6.
Traducción nuestra).
El docente real que está enseñando en las aulas de los países en desarrollo – producto histórico de
decisiones y políticas concretas– está muy lejos del listado del docente deseado. El perfil
mayoritario del docente de educación básica es un sujeto pobre (y mujer, y ama de casa, en el caso
de América Latina y el Caribe), con bajas expectativas profesionales, una deficiente educación
general que a menudo no incluye siquiera la enseñanza secundaria completa, producto él o ella
misma de la escuela de mala calidad que se pretende transformar con su ayuda, con una deficiente
(o inexistente) formación para la docencia. Informes disponibles revelan vacíos importantes en la
educación básica de los propios docentes (lo que se extiende al personal directivo y de supervisión),
incluyendo problemas de comprensión lectora, falta de hábitos de lectura y limitado contacto con
los libros, la tecnología o la producción científica, todo lo cual ha redundado en una formación
docente, inicial y en servicio, que termina cumpliendo fundamentalmente una función
compensatoria y remedial. Paralelamente, se han aflojado los estándares para el reclutamiento
docente tanto en los centros de formación como en el aparato escolar, que en muchos países ha
abierto de par en par las puertas al ingreso de educadores legos7. Los salarios, en la mayoría de
países, han llegado a ser equiparables a los de un trabajador manual sin calificación, mal valorado y
mal remunerado. En este contexto, el acceso a mayores niveles de conocimiento y calificación a
menudo resulta en un salvoconducto hacia mejores alternativas de trabajo y en un continuo
recomenzar de los programas de formación docente.
Éstas son, entonces, las condiciones concretas desde las cuales los países en desarrollo deben
encarar la transformación educativa, la definición de ese nuevo rol docente y de las estrategias para
lograrlo.
Los saberes y las competencias que llega a adquirir un docente (y los incluidos en este listado,
concretamente) los aprende a lo largo de toda la vida: en la familia, en el sistema escolar, en su
formación específica como docentes, y a través de la propia práctica de enseñar. Desde esta
perspectiva, resultan evidentes las limitaciones de un esquema (incluido el nuevo esquema
propuesto por las actuales reformas) que continúa encajonando el aprendizaje docente en la
formación docente, separando formación inicial y en servicio, y desligando ambas de la biografía
escolar de cada docente; es decir, del sistema escolar y su indispensable reforma. Admitir la
multiplicidad y la complejidad de competencias requeridas por el buen docente (el docente capaz de
asegurar una educación de calidad), el enorme rezago de su formación y la acelerada producción de
nuevo conocimiento y el avance de las tecnologías, supone admitir la necesidad del aprendizaje
permanente –concepto más amplio y abarcativo que el de educación permanente– como una
realidad y una condición esencial de la docencia.
Es necesario recuperar, no sólo para los alumnos sino para los docentes, la centralidad del
aprendizaje, superando y ayudando a los docentes a superar las percepciones tradicionales respecto
de la enseñanza y el aprendizaje como funciones fijas, encarnadas en sujetos y funciones
diferenciadas. La propia formación docente debe pasar a verse desde el punto de vista del
aprendizaje y de quienes aprenden, antes que desde la enseñanza y desde la oferta (como lo revela
la propia terminología: formación, capacitación, entrenamiento, reciclaje, etc.). Es necesario
asimismo problematizar la esperada relación directa entre formación docente y rendimiento escolar,
en la que se fundamentan hoy las propuestas de incrementos salariales y estímulos a los docentes,
basada en una incomprensión del aprendizaje en general, y de los vínculos entre aprendizaje
docente y aprendizaje de los alumnos en particular8.
8
De hecho, como lo revelan diversos estudios, las actitudes y expectativas de los docentes (no necesariamente
atribuibles a procesos de formación) pueden resultar más determinantes sobre el desempeño tanto del docente como del
alumno que el dominio de los contenidos o las didácticas.
Partir de la biografía escolar del docente y asumir la reforma del sistema escolar como parte
de la estrategia de formación docente: Al asumirse que la formación docente arranca con la
formación inicial, se ha desconocido la importancia de la biografía escolar del futuro docente, no
sólo en relación con los contenidos curriculares sino con el aprendizaje sobre la enseñanza y sobre
el aprendizaje que tiene lugar en el aparato escolar, como parte del currículo oculto. En el ex escolar
que es cada docente parecerían estar claves mucho más importantes y determinantes sobre las
prácticas educativas y los estilos de enseñanza que en la formación profesional, inicial o en servicio.
Dicha formación, en todo caso, pasa a tener una función eminentemente reproductora o correctora
de esa matriz básica en la que se configuran creencias, saberes y sentidos comunes respecto de lo
que es enseñar y aprender.
Asumir las múltiples identidades de los docentes: Los docentes no son sólo docentes: son
hombres y mujeres, hijos, padres y madres de familia, (ex) alumnos, trabajadores, agentes
comunitarios, vecinos, consumidores, televidentes, ciudadanos. Asumir las múltiples identidades de
los docentes implica asumir los múltiples roles que éstos asumen en la sociedad y los múltiples
escenarios en los que desarrollan su vida y sus aprendizajes. La formación docente ha tendido a fijar
al docente en un único papel –el papel docente– y en un único escenario – la institución escolar–
limitando incluso las posibles variantes en torno a estos dos ejes (formación dentro o fuera de la
escuela, pero
9
El Banco Mundial (1996) ha estimado que es entre 7 y 25 veces más barato invertir en reformar la educación
secundaria que en intentar suplir sus déficit desde la formación profesional.
Las instituciones y los programas de formación docente han sido la mejor escuela
demostrativa de la escuela transmisiva, autoritaria, burocrática, que desdeña el aprendizaje.
Construir una escuela diferente implica, por eso, un compromiso prioritario con la transformación
del modelo tradicional de formación docente. Como mínimo, dicho compromiso es uno de
coherencia: no es posible continuar pidiendo a los docentes que realicen en sus aulas lo que no ven
aplicado en su propia formación. Tanto a nivel de contenidos como de enfoques, métodos, valores y
actitudes, debe existir coherencia entre lo que los educadores aprenden (y cómo lo aprenden) y lo
que se les pide que enseñen (y cómo enseñen) en las aulas.
Los docentes como sujetos, no como beneficiarios: El diseño de políticas, planes y
programas de formación docente requiere la participación activa de los docentes y sus
organizaciones, no únicamente como destinatarios sino como sujetos que aportan un saber y una
experiencia esenciales para el diagnóstico, la propuesta y la ejecución, y como sujetos que tienen la
oportunidad de aprender y avanzar ellos mismos en ese proceso.
Visión estratégica y estrategia de largo plazo: Formar recursos humanos es inversión y tarea
de largo plazo, que exige esfuerzos sistemáticos y sostenidos. Esto implica una visión estratégica
que supere la mentalidad cuantitativista (número de cursos, horas, créditos, etc.) y de corto plazo
(modernamente encarnada en la cultura del proyecto), dentro de la cual la propia formación docente
pase a ser pensada como una estrategia. Si se considera la formación docente como un itinerario
(sistema escolar, formación inicial y en servicio, práctica docente, autoformación, medios de
comunicación, etc.), se desdibujan las opciones binarias (formación inicial/en servicio,
conocimiento general/especializado, saber la materia/ saber enseñar, teoría/práctica,
contenidos/métodos, modalidades presenciales/ modalidades a distancia, etc.), y emergen en su
lugar dilemas en torno a la definición de prioridades, las combinaciones más adecuadas y las
secuencias en el tiempo.
Articular formación inicial y en servicio: Se ha dicho repetidamente que formación inicial y
en servicio deben ser vistas como parte de un mismo proceso, superando la tradicional separación (e
incluso moderna disyuntiva) entre una y otra. Dicha separación ha tendido a acentuarse en los
últimos años: la formación inicial, cuestionada y virtualmente desahuciada, y la formación en
servicio, reivindicada como más costoefectiva, espacio apto para la introducción de innovaciones,
más acorde con la dinámica planteada por la descentralización y por las modernas reformas.
Afortunadamente, este nuevo sesgo, ahora inclinado hacia la formación en servicio, ha empezado a
revisarse, incluso por las propias agencias de financiamiento.
Los mejores científicos, intelectuales, artistas, escritores, artesanos, deberían ser convidados a
unirse al esfuerzo colectivo de preparar a los docentes, no únicamente en los espacios propios de la
docencia –instituciones de formación, escuelas– sino en esos otros entornos a los que los docentes
rara vez tienen acceso: laboratorios, bibliotecas,
No existe el método o la modalidad más apropiada para todos, para todo y en general; cada uno
tiene sus fortalezas y debilidades. Las modalidades a distancia –hoy promovidas, argumentándose
que serían más costo-efectivas que las modalidades presenciales– pueden ser recomendables en
determinadas condiciones y para determinados objetivos; por lo demás, la buena educación a
distancia es la que combina autoinstrucción con componentes presenciales e interacción grupal,
volviendo de este modo borrosa la distinción presencial/a distancia y planteando, por último, la
necesidad de estrategias integradas10. El menú de opciones se ha abierto considerablemente en los
últimos años, ampliando el enfoque tradicional centrado en el evento, la transmisión oral y el libro
(clase, curso, seminario, taller) con pasantías, grupos de reflexión y análisis de la práctica
pedagógica, observación de clases, creación de centros demostrativos en torno a “buenas prácticas”,
registro escrito e intercambio de experiencias, historias de vida, uso de la caricatura, el video, el
socio y el psicodrama, etc. Desde la formación ha empezado asimismo a romperse con el tradicional
aislamiento de la tarea docente, favoreciéndose el encuentro, el intercambio y el aprendizaje entre
pares. Todo ello ha contribuido a resquebrajar el tradicional formalismo e intelectualismo de la
formación y la cultura docente, introduciéndose aspectos afectivos y emocionales y no solamente
cognitivos, así como el juego, la diversión, el movimiento, el manejo del cuerpo, etc.
10
Estudios comparativos de diversas modalidades de formación docente –inicial y en servicio (presencial) y en servicio
(a distancia)– realizadas en la década de los ochenta en África (Tanzania) y Asia (Sri Lanka e Indonesia), sugerían que
las modalidades a distancia pueden tener ventajas comparativas en “asuntos que se basan en información y en
transmisión verbal” pero no en conocimientos vinculados a las matemáticas, las ciencias o el desarrollo de aptitudes
para el trabajo en grupo (Tatto, et. al., 1991; Nielsen [Link]., 1991: 4).
Si tal docente ideal existiese y pudiese efectivamente desplegar esos atributos en su práctica
profesional, estaríamos frente a un sujeto diferente, con una biografía escolar y profesional
diferente, trabajando en condiciones y en una institución escolar diferente, gozando de estima social
y percibiendo una remuneración acorde con la labor de un trabajador intelectual a quien se encarga
una tarea de gran complejidad y responsabilidad social, salario y condiciones que le permiten hacer
de la docencia una tarea de tiempo completo, disfrutar de ella y dar todo de sí, dentro y fuera de las
aulas, asumiendo su propio aprendizaje permanente como dimensión inherente a su tarea, y
contando con la posibilidad de acceder a los libros, los medios de comunicación, las modernas
tecnologías, etc.
Dentro del esquema general de fragmentación de la política educativa persiste la tendencia a aislar
la formación de otras áreas críticas del desempeño docente tales como los salarios y, en general, las
condiciones de trabajo. Mientras la señal que se siga dando es la de que ser docente es un oficio de
pobres, mal valorado y mal pagado, sencillo y requerido de habilidades mínimas, limitadas a
seleccionar de un repertorio de técnicas y a seguir instrucciones, no será posible remontar la tarea
docente y, por ende, la escuela. Mientras la docencia continúe siendo percibida como una opción
transitoria y de segunda, la formación docente continuará siendo una extensión (y duplicación) de la
mala escuela, una inversión inútil y una tarea de nunca acabar, dado el éxodo importante y la
rotación que caracterizan hoy a la docencia en muchos países.
Los esquemas horizontales de cooperación entre docentes y escuelas, las ideas de desarrollo
profesional en equipo y basado en la escuela, han entrado con fuerza en los últimos años en los
países en desarrollo, permeando tanto a organismos gubernamentales como no-gubernamentales.
No obstante, su ejecución en condiciones reales tropieza a menudo con serios problemas en tanto
algunas condiciones esenciales permanecen inalteradas. Intentos por llevar la formación a la escuela
(en lugar de sacar a los docentes individuales a centros y eventos de capacitación) chocan no sólo
con problemas de infraestructura y distancia, sino con el problema salarial mismo, pues este
mecanismo elimina el viático, un importante ingreso complementario para muchos docentes y
directivos escolares. Las propias nociones de equipo escolar o trabajo colectivo no pueden a
menudo materializarse dada la persistencia de esquemas verticales en el interior de la escuela y del
sistema escolar, así como el multiempleo y la alta inestabilidad docente que provocan las
condiciones salariales y laborales prevalecientes11. Asimismo, en ausencia de toda tradición y
de competencias básicas para la tarea, la elaboración de los Proyectos Educativos Institucionales –
hoy
11
En el Estado de São Paulo, Brasil, dentro del Proyecto de Educación Continua del Profesorado iniciado en 1996 se
establecieron las llamadas Horas de trabajo pedagógico colectivo, HTPC en cada establecimiento escolar, pero, según
se reporta, los profesores no tienen condiciones reales de juntarse dentro de sus horas de trabajo, dado que la mayoría
rota entre diversas escuelas y son profesores por contrato (Ação Educativa-PUCI, 1996). El mismo problema se reporta
en el caso de Chile, durante el primer año de la aplicación de la jornada escolar extendida, pues los profesores no
coinciden en los mismos horarios (Milesi y Jara, 1998).
En suma: la formación docente no puede encararse de manera aislada, sino como parte de un
paquete de medidas dirigidas a revitalizar la profesión docente y en el marco de cambios sustantivos
en la organización y la cultura escolar en sentido amplio. La ausencia de una visión sistémica de la
política y el cambio educativos continúa y continuará, como en el pasado, rebotando la posibilidad
de hacer efectivos incluso esos pequeños cambios parciales que pretenden instaurarse.
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