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El rol del gatekeeper en el periodismo

Este documento analiza cómo los medios de comunicación seleccionan las noticias que presentan a su público. Explica que los periodistas reciben mucha más información de la que pueden publicar y deben decidir qué historias son las más importantes. También describe los principios de universalidad y neutralidad que siguen a la hora de elegir las noticias.

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El rol del gatekeeper en el periodismo

Este documento analiza cómo los medios de comunicación seleccionan las noticias que presentan a su público. Explica que los periodistas reciben mucha más información de la que pueden publicar y deben decidir qué historias son las más importantes. También describe los principios de universalidad y neutralidad que siguen a la hora de elegir las noticias.

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6.

El oscuro e influyente «gatekeeper» escoge las noticias

Los medios interpretan como un conglomerado de noticias la


realidad social que los envuelve. Con esas noticias, sus ampliaciones y
sus comentarios componen esa imagen periódica de la realidad que
presentan a su público, a su audiencia.
Se suele pensar que los medios buscan las noticias. La imagen
convencional del periodista es la del reportero que sale en busca de una
noticia, la persigue tenazmente y no para hasta que la ha conseguido.
Es verdad que a veces los periodistas y los medios para los que
trabajan buscan una noticia. Es cuando saben o sospechan que existe,
pero que alguien la oculta o que quien podría decir qué pasa se escurre
o se encierra en un hermético «sin comentarios». El «sin comentarios»
equivale en realidad a un «sin noticias», pero contra esas barreras
luchará el medio hasta conseguir la primicia, el «scoop».
Eso es, sin embargo, la excepción. La regla, como hemos visto, es
la contraria. La regla es que no es el medio quien persigue las noticias,
sino las noticias las que asedian al medio. Y la imagen más realista del
periodista en su trabajo no es la de alguien que sale en busca de la
noticia, sino la de alguien que echa la mayor parte de ese tesoro a la
papelera con aire de maquinal indiferencia si no con expeditiva
energía, o de alguien que cuelga el teléfono después de decir que lo
siente pero que no podrá publicar la información que un oficioso
informador le brinda, porque no tiene espacio. El periodista no es
esencialmente el hombre que busca las noticias, sino el que las
selecciona. Se suele considerar que por cada noticia que publica, tira
nueve a la papelera.

EL PRINCIPIO DE UNIVERSALIDAD

Si en cuanto al número de noticias comunicadas rige el mismo


aparente desperdicio que puede observarse en la mayor parte de
fenómenos naturales y la salida del embudo es estrecha, la entrada es
amplia. En su selección de noticias los medios siguen principios de
universalidad y de neutralidad: entra todo.
Por principio de universalidad entendemos que nada de lo que pasa
queda excluido de la posibilidad de convertirse en noticia, suceda en la
ciudad o en el campo, en el mar o en el aire, en las grandes ciudades
del mundo o en alguna aldea cuyo nombre no está siquiera en el mapa.
La gente conocida aparece en las noticias muchísimo más que la
desconocida, entre otras razones porque el público se interesa más por
ella y pocas palabras bastan para evocarla, pero cualquier persona en
cualquier país puede hacer algo que llame la atención de manera
bastante para que el caso corra de boca en boca, una agencia redacte el
despacho y los que seleccionan las noticias se decidan a incluirla en el
menú del día.
Los gobernantes aparecen más como noticia que los gobernados y,
como dice GANS (1979), la mayor parte de la gente sólo aparece en los
medios cuando publican estadísticas, pero en los medios no sólo hay
noticias políticas, sino también de deportes y de teatro, de economía y
de religión, de medicina y de modas, y no hay fronteras ni aduanas
para las noticias: todo el mundo entra en el crisol informativo de los
medios, todos los temas, sectores y especialidades pueden suministrar
noticias, aunque luego el sobrante se arroje al suelo puesto que no cabe
ya en las papeleras.
El principio de universalidad estaba ya en los primeros diarios,
cuyo contenido era más la noticia del extranjero que la «nacional» —el
énfasis en lo nacional es posterior—, pero se consolidó
paradójicamente cuando el esfuerzo de los medios por hacerse con un
público llevó al cultivo de la noticia «local» y. de «interés humano».
Para que pudiera nacer una prensa popular —ha escrito ROSHCO (1975)
con razón— tenía que inventarse un nuevo contenido capaz de atraer
audiencias ampliamente ajenas al mundo de la política y los negocios.
La nueva prensa popular que surgió en Estados Unidos con el New
York Sun en 1833 y se consolidó en seguida con el New York Herald
de James Gordon Bennett, se fundaba en dos conceptos que ya se
habían mostrado populares en Inglaterra: el periódico barato — el Sun
era un «penny paper»— y el relato de «interés humano». Los sucesos
de los barrios bajos y los casos policíacos se incorporaban al mundo de
la noticia y el principio de universalidad encontraba nuevas
aplicaciones.

EL PRINCIPIO DE NEUTRALIDAD

Por un principio de neutralidad entendemos que las noticias no se


clasifican en buenas y malas, favorables y contrarias, sino simplemente
en noticias o cosas que no son noticia, y entre las noticias en aquellas
que lo son más o menos, que pueden ir en portada o sólo en un rincón
de páginas interiores. El valor noticia es moralmente neutro. La razón
de ese principio de neutralidad es la misma que funda el principio de
universalidad, pues en realidad ambos principios son complementarios:
cuantas más noticias tengamos, mejores serán las que sobrevivan en un
rápido y enérgico proceso de selección. Y para que haya muchas
noticias, lo mejor es que entre todo, lo mismo por lo que respecta al
ámbito de procedencia que a los efectos que pueda el hecho que es
noticia producir en la realidad.
Los centinelas apostados en las ciudadelas o en las afueras de las
aldeas primitivas o incluso en rebaños o bandadas —con cuya función
se ha relacionado por LASSWELL (SCHRAMM, comp., 1975; MORAGAS,
comp., 1985) con la de los medios— lo mismo avisaban peligros que
socorros, la presencia de un escuadrón enemigo que el suministro de
alimentos esperados. La noticia comunicada de modo escueto y
directo, sin comentarios y en tono pura y neutramente informativo, es
captada por más personas, que la entienden mejor y la recuerdan más
y, en definitiva, sirve más para ser utilizada en comentarios
intencionados, favorables o contrarios. Y así una misma noticia sirve
para ser utilizada por interlocutores opuestos en los dos lados de la po-
lémica.
Este tipo de razones ha sido esgrimido por un analista tan lúcido
como ROSHCO (1975) para poner en guardia contra los efectos
imprevistos de un periodismo que abogue en favor de causas, por
nobles que sean. En los años sesenta se habló mucho en favor de un
«advocacy reporting». El tipo de reportero en quien se pensaba era un
abogado de causas de izquierdas, pero no se tenía en cuenta la
posibilidad de que surgieran también abogados de las cruzadas de
derechas y dadas las preferencias de la mayor parte de editores la
perspectiva distaba de ser tranquilizadora. «Una posible consecuencia
que se debiera considerar, si los reporteros asumieran cada vez más el
papel de abogados sociopolíticos, es el efecto negativo en la
credibilidad de la prensa. La ideología de la información objetiva se
desarrolló en buena parte para hacer las noticias creíbles para ampliar
audiencias con diversos puntos de vista.»
Ambos principios —el de universalidad y el de neutralidad—
quedan naturalmente relativizados por el uso. Puede interesar, todo,
pero unas cosas interesan más que otras. El principio de universalidad
queda relativizado por la atención preferente que lo próximo despierta
sobre lo lejano y el de neutralidad por la preferencia con que los
medios siguen los hechos que habrán de afectar los intereses de sus
audiencias, aunque en este caso sigue siendo cierto que nos interesa
conocer tanto las «buenas» como las «malas» noticias. En definitiva,
sin embargo, los medios pueden destacar lo mismo un hecho que
complacerá mucho a su público que otro que lo va a horrorizar, una
novedad que lo beneficia u otra que le perjudica. Los periodistas no se
plantean siquiera al discutir qué noticia destacan si es buena o mala.
Lo que discuten es cuál de las dos es más noticia.
Las fuentes de las noticias son, como hemos dicho, básicamente
interesadas. Pero la única fuente interesada no es el sistema político.
Todos los que viven del público suministran noticias. El mundo del
espectáculo, de la música en sus diversas formas, géneros y
subgéneros, el teatro, .el cine, los escritores, los editores, los
«populares» con oficio o sin él, son fuentes noticiosas interesadas.
Como sucede con la política, entre el periodista y la fuente se crean
lazos de comunidad de intereses, de favores prestados o recibidos.
Unos tienen noticias que dar y esperan verlas publicadas. Otros tienen
espacios que llenar. El periodista tenderá, incluso en la redacción, a
«vender» la noticia como propia, como obtenida por él, aunque haya
sido requerido por la fuente. La fuente unas veces aparecerá y otras
quedará* oculta, o bien podrá convertirse en personaje, en objeto del
interés del periodista y su medio.
Menos regularmente pero no menos interesadamente, los llamados
agentes económicos y sociales actúan como fuentes y ofrecen noticias,
o se ponen al alcance del periodista o el medio para conseguir que
noticias que van a producirse sean enfocadas desde el ángulo que más
favorece a la fuente. Los bancos cuando van a repartir dividendos o
cuando no van a hacerlo, las grandes sociedades anónimas que
celebran junta general, ordinaria o extraordinaria, las compañías en
expansión o en dificultades, los sindicatos, gremios, patronales o
simplemente comités de huelga de una empresa de servicios públicos o
de una sociedad anónima, todos tratan de moldear la noticia desde el
primer momento o de rectificar la información que les perjudica. Unos
invitarán a comer, otros a cenar, algunos a desayunar, otros visitarán al
redactor, le recordarán su existencia en Navidad o llamarán por
teléfono en caso de apuro. El interés creciente que tiene la vida
económica en los medios y la curiosidad que despierta cada vez más en
el público explican la importancia de esas fuentes de noticias.
Hay fuentes interesadas menos detectables y habituales. Hay
llamadas que no se sabe bien quién ha hecho, o descaradamente
anónimas, hay observaciones confidenciales que se refieren a otros,
bromas que circulan, rumores que llegan sin que se sepa la fuente. Son
el anzuelo que hace picar al periodista y su medio. Son todavía fuentes
interesadas, aunque hayan borrado las pistas de su interés y su
identidad.
Pero también hay noticias que aparentemente no llegan por una
fuente interesada. Cuando en alguna parte se produce un hecho
noticiable que ninguna fuente organizada tiene interés en atribuirse,
corre la voz y entre la gente que tiene conocimiento del hecho tiende a
haber simpre alguien que lo ponga en conocimiento de un medio con la
mayor prontitud, sea para comunicar el hecho, sea para confirmar su
certeza, sea para saber algo más de él. Las noticias de desgracias o
catástrofes suelen llegar a los medios y agencias —que actúan
prácticamente como terminales de los medios o colaboradores
retribuidas de ellos o centrales de noticias— por esta vía. En estos
casos los más interesados en los hechos suelen ser los medios, como
servidores del público. Pero aun en estos casos pueden detectarse las
fuentes interesadas. Los familiares de la víctima tienden a actuar más
como fuentes interesadas que los del agresor, y en el vecindario surgen
igualmente fuentes difusamente interesadas en favorecer una u otra
interpretación del hecho.
Si se produce un accidente de aviación, la compañía es fuente
interesada en dar su propia versión, generalmente escueta y neutra, del
hecho. Lo mismo se diga en el caso de un choque de trenes o de un
accidente en un paso a nivel: la compañía de ferrocarril es fuente
interesada en dar su versión de un hecho que la perjudica. Si pudiera
ocultarse el hecho, no habría más fuentes interesadas que los familiares
de las víctimas o los vecinos que temen nuevos accidentes en un paso a
nivel. Pero puesto que las catástrofes son hechos cuyo conocimiento se
extiende con rapidez y por toda clase de vías, las compañías afectadas
actúan como fuentes interesadas y también los medios, cuya existencia
y utilidad quedaría en entredicho si no dieran cuenta de las desgracias
y catástrofes.
Los medios recurren a la policía como fuente solvente en caso de
crímenes y aun de accidentes y la policía no siempre da todas las
facilidades que los periodistas desearían, pero sabe que lo que diga
será utilizado como fuente y en cualquier caso está interesada en
defender la actuación del cuerpo. Pues todo lo que sea o pueda ser
noticia puede ser indagado. Las conversaciones con las posibles
fuentes, voluntarias o involuntarias, se propician, se siguen y se
buscan. El diálogo no resulta a veces muy provechoso y la entrevista
resulta tópica, pero el interés del público debe servirse. Ahí los mismos
medios actúan, en nombre del público, como principal fuente
interesada y tratan de provocar la información por sí mismos.
En el mundo del deporte, por ejemplo, que llena amplias
secciones, suplementos llamativos y a veces da vida a periódicos
especializados, la combinación de fuentes interesadas, rumores,
espontáneos y pesquisas de los reporteros especializados ofrece una
gama rica, variada y casi inextricable de fuentes. Pero es obvio que
cuantos más recursos económicos y afanes de prestigio movilice el
deporte mayor es la variedad de fuentes interesadas que manan,
pública, discreta u ocultamente en ese ámbito de la información.
También los sucesos representan un caso especial. La policía
suministra material y en otros casos es requerida como fuente fiable,
según hemos dicho ya. Hay también fuentes judiciales en torno a los
tribunales y juzgados, y los abogados de las partes pueden moverse
también o ser requeridos, bien sea por el informador, bien por sus
clientes para que les representen con mayor habilidad profesional. Si
en la literatura las novelas de detectives son un género o una serie —la
serie negra— en el mundo de la llamada realidad los casos tienen
lectores abundantes y aun las agencias estimulan a sus redactores a
cubrir bien ese sector sabiendo que tiene público. Víctimas, familiares,
testigos, policías, autoridades y aun cómplices, encubridores, sin
descartar a los autores pueden actuar como fuentes.

EL CONCEPTO DE «GATEKEEPER»

¿Quién escoge la noticia que oímos y tira a la papelera las nueve


restantes? Ese personaje oscuro e influyente es el «gatekeeper». El
concepto de «gatekeeper» fue acuñado por un psicólogo, Kurt Lewin,
hacia 1947-1948. Lewin trabajaba en dinámica de grupos y observó
que la información circulaba de una manera muy irregular. Había unos
puntos que eran como «barreras», en los que la información podía
interrumpirse o, por el contrario, fluir de una manera muy amplia
después de superarlas. Junto a estas barreras podía imaginarse a
alguien, un «gatekeeper», un guardabarreras o portero, que abría la
puerta o levantaba la barrera o que impedía la difusión de algo que
había llegado hasta él. Hoy el concepto de «gatekeeper» se considera
básico, «central», como ha dicho MCQUAIL (1972). El guardabarreras o
«gatekeeper» tiene el derecho de decidir si una noticia va a ser
transmitida o retransmitida de la misma manera o de otra/
A lo largo de los decenios de 1950 y 1960 varios estudios
analizaron la actividad de los «gatekeepers» y las influencias que
actúan sobre ellos. Son extremadamente diversas. Comprenden
factores tan varios como la autoridad del propietario del medio y la
posibilidad de sanciones, las normas consuetudinarias y la ética
vigente en la profesión, la influencia informal de los colegas con los
que el «gatekeeper» trabaja y, naturalmente, también los valores
personales, sus antecedentes familiares o geográficos, sus
conocimientos, experiencias y gustos, pero igualmente las presiones de
la comunidad y la estructura social exterior, así como los demás grupos
de referencia presentes en el mundo de la información.
La función del «gatekeeper» es importante, porque de él depende
el flujo de la información y él decidirá silenciosa e inapelablemente si
una noticia se da o no se da. Pero al propio tiempo el «gatekeeper» es
un personaje oscuro y anónimo, que puede estar más arriba o más
abajo en la escala jerárquica de un medio, o que puede estar trabajando
en el lugar de otro porque el otro está de vacaciones. La diversidad de
personas, situaciones y momentos no se advierte sin embargo y lo más
curioso del «gatekeeper» es que el resultado no difiere mucho de que
una mesa la ocupe Fulano o Mengano. Los diversos medios,
trabajando independientemente, tienden a seleccionar las mismas
noticias.
La labor del «gatekeeper» viene condicionada además por otros
dos factores: el espacio disponible que hay para las noticias y el tiempo
en que una noticia llega a sus manos. No todos los días dispones del
mismo espacio, bien porque aquel día otras secciones tengan más en
detrimento de la suya, bien porque el espacio redaccional sea más
reducido por abundancia de anuncios. En este sentido, se ha observado
que cualquiera que decida cuántas páginas va a llevar el periódico del
día, generalmente alguien del departamento de publicidad, es el
«gatekeeper» inicial. Y las últimas noticias, las que llegan con el diario
a punto de cerrar o ya cerrado, en vez de tener más oportunidades de
salir, tienen menos (ROSHCO, 1975; BAGDIKIAN, 1971).

EL CONTROL SOCIAL EN LAS REDACCIONES

El sociólogo Warren Breed publicó en 1955 un estudio ya clásico


sobre el control social en las redacciones que de paso ayuda a entender
cómo trabaja el «gatekeeper». ¿Cómo se mantiene una política
informativa en una sala de redacción?, se pregunta BREED (SCHRAMM,
comp., 1960). Y sobre la base de más de un centenar de
conversaciones con periodistas de diferentes medios y de otras
observaciones concluye con una explicación que no ha sido
desmentida, sino más bien confirmada. Es la siguiente. El recién
llegado, que por lo general no ha sido escogido por sus ideas ni
preferencias, llega a la sala de redacción y trata de adaptarse y ver su
trabajo reconocido. Si trabaja de prisa y bien se ganará el puesto y
progresará en su carrera. De prisa quiere decir también con seguridad y
exactitud, de modo que otro no tenga que rehacer lo que él ha hecho.
Bien significa como lo hubiera hecho su superior o como al superior le
gusta que se haga. Ese superior ha sido antes redactor recién llegado y
se ha adaptado a costumbres y tradiciones vigentes en la casa. De
algún modo pesan en el ambiente las directrices de la empre-_ sa y las
manías del director —también sobre esto hay estudios—, pero la
conformidad con todo ello no es automática. Los redactores tienden a
tener actitudes más «liberales» que sus jefes y pueden justificar las
normas de ética periodística difusamente vigentes para defender textos
que no se ajusten del todo a la política informativa que se está
siguiendo. Hay además un tabú ético que impide mandar a los
subordinados que se ajusten a la política informativa que se quiere
seguir.
La conformidad no es automática y, sin embargo, la «socia-
lización» del periodista con las normas de trabajo se produce.
Probablemente nadie le ha explicado al redactor qué política se sigue.
El periódico no tiene cursos de preparación. A veces hay un libro de
instrucciones, pero se reduce al estilo y al modo de escribir las
palabras dudosas. Lo que hace el redactor es aprender a anticipar lo
que se espera de él, a «interiorizar» los derechos y obligaciones de su
estatus, a conseguir premios y evitar castigos. El redactor lee su diario
cada día. Hace así el diagnóstico de sus características.
Algunas iniciativas de la dirección y de los redactores más
antiguos sirven también de guía. Un gesto, un comentario oblicuo o
marginal, resultan orientadores. Hay, además, cosas que se publican y
otras que no se publican. Los redactores hablan de sus jefes y así se
orientan respecto a preferencias, intereses, afiliaciones. También
resultan orientadoras las maneras de dar instrucciones sobre el modo
de tratar una información. (Redactor: «Un herido en accidente de
tráfico». Redactor jefe: «Bueno, dalo corto».) Oír comentarios de los
que ocupan puestos directivos en el periódico es igualmente
instructivo.
Así es como el redactor se entera de la política que se sigue. Falta
por ver por qué la sigue. Breed ofrece diversas razones. Por lo pronto,
el editor («publisher») suele ser el dueño y desde el punto de vista del
negocio tiene derecho a esperar que le obedezcan. Esta realidad queda
limitada en los Estados Unidos porque el periódico no se concibe
como un simple negocio, debido a la protección de la enmienda
primera de la Constitución y a la tradición profesional del servicio
público. El despido es un fenómeno raro y relacionado más bien con
otras causas. Lo que hace el director («editor») es confiar una
información más bien al redactor que la va a hacer a gusto y aislar al
editor («publisher») de cualquier debate sobre la política del periódico.
También cuentan los sentimientos de respeto y de estima por los
superiores. La gratitud al que le ha contratado a uno o le ha enseñado y
el afecto personal a los mayores tienen un papel en promover la
conformidad. Como lo tienen las aspiraciones a subir. La promoción se
consigue con informaciones interesantes, que se escojan para ir en
portada. Lograr tales informaciones es una manera de mejorar y para
ello es lógico ajustarse a lo que se espera y desea, a la política del
periódico.

EN TORNO DE LA NOTICIA

Otra razón finalmente propicia la conformidad: es la naturaleza


agradable y atractiva de la profesión. La redacción es un lugar de
amigos, allí todo el mundo es tratado como un compañero. Hay un
margen para negociar cómo se prepara una información. A los
periodistas les gusta su trabajo. Los periodistas están cerca de las
grandes decisiones sin tener la responsabilidad de tomarlas. Tocan el
poder sin tener que usarlo. Así la moral de trabajo es alta, aunque no
siempre lo sea la paga. Algunos podrían ganar más en otra cosa, pero
les gusta esto. Les gusta además saber que la gente presta atención a su
trabajo.
Y todavía se añade a ello una razón complementaria, que quizá sea
el secreto de todo. La noticia es un valor. Aunque no haya ocurrido
nada especial, hay que ofrecer noticias que tengan gancho. Es una
aventura, un «reto», un juego apasionante de todos los días. La noticia
es lo primero. Cualquier discusión queda olvidada cuando salta la
noticia. La solidaridad de la redacción se refuerza así. Los redactores
saben que no se les paga por analizar la estructura social, sino por dar
noticias. La armonía entre los redactores y sus jefes está cimentada en
el común interés por las noticias.
¿Qué ocurre, cabe preguntar, cuando un redactor no se adapta? Las
desviaciones se castigan, amablemente, con un comentario de paso
—«No trates así al alcalde»— o reduciendo una información. No es
raro que la información contraria a la política que se sigue aparezca
pese a todo en el periódico, sin ninguna explicación aparente. Las
normas no siempre están claras. Los jefes no siempre conocen todos
los hechos. El valor informativo puede sobreponerse a la tendencia.
Hay, además, un margen mayor para la información que cada cual
descubre y cultiva. Algunos tienen su estatus de «estrellas». Todos
estos factores pueden contar.
Hay que recordar también que los lectores tienen un poder
potencial sobre la prensa. No sólo tiene derecho el lector a un
periódico interesante, sino a que las noticias que le interesan le sean
presentadas con cierta objetividad. La presión en ese sentido se hace
sentir de diversas maneras, especialmente sobre la empresa. La
influencia de los medios sobre el público no puede separarse de la
influencia del público sobre los medios. Esta influencia pasa por el
periódico como negocio, más que por la sala de redacción, que en
cierto modo funciona automáticamente en un ten con ten entre la
dirección y los redactores centrado en el valor de la noticia.
Señala Breed que el dueño de periódico, o más exactamente el
editor («publisher»), se halla en el punto crucial en que se encuentran
las fuerzas profesionales o de la sala de redacción, y las de la sociedad
o comunidad en que se difunde el medio. A él le corresponde propiciar
unas u otras. Otro periodista y estudioso del periodismo, BAGDIKIAN
(DAVISON, PHILLIPS y Yu, comps., 1974), subraya por su parte el difícil
equilibrio que debe mantener el director («editor»). Debe satisfacer al
propietario, por una parte, y evitar pérdidas de difusión por un enfoque
doctrinario de las noticias, por otra, y aprender a sacarle poder y
presupuesto a su propietario mientras mantiene la confianza pro-
fesional de la redacción. Por todo ello tiende a evitar las controversias.
Es significativo, añade, que un tema de conversación corriente entre
los editores en la charla informal de última hora que se produce en las
convenciones sea el de cómo aplacar a los propietarios y mantener al
propio tiempo un buen nivel profesional de periodismo. Raramente se
trata de un conflicto abierto. Y cuando sale a la luz acaba casi
invariablemente en la dimisión del director.

UNA IDEA NUMÉRICA DE LA SELECCIÓN

Un estudioso de las comunicaciones tan reputado como SCHRAMM


(1973) señala que el estudio de cómo trabaja un «gatekeeper», un
«guardabarreras», de cómo llega a sus decisiones es uno de los temas
verdaderamente significativos de la investigación sobre
comunicaciones. Para dar una idea numérica del proceso de
«gatekeeping» Schramm adapta un estudio publicado en el Journalism
Quarterly en 1954 sobre el flujo de noticias en la agencia Associated
Press.
Se estima que son de 100.000 a 125.000 las palabras que llegan de
distintas fuentes a la redacción central de la agencia a lo largo del ciclo
informativo diario. De éstas los jefes escogen y transmiten para
Estados Unidos unos 283 ítems con casi 57.000 palabras. La redacción
de la agencia en Wisconsin escoge unos 77 ítems con 13.352 palabras
para los diarios de la zona. Esto representa el 27 % de los ítems y el 24
% de las palabras recibidas. Pero a eso añade 45 informaciones y 6.000
palabras de noticias de Wisconsin. A los teletipos del Estado envía
pues 122 ítems con un total de 19.423 palabras. De ese flujo
informativo, cuatro diarios de Wisconsin escogen y utilizan unos 74
ítems y 12.848 palabras. Esto supone un 61 % de los ítems y un 66 %
de las palabras disponibles en los teletipos del Estado de Wisconsin.
Pero la cadena no termina en el diario, sino que llega al lector.
El lector no lo lee todo, y por lo tanto no se entera de todo. El
«Continuing Study of Newspaper Readership» y otros estudios
semejantes indican que el lector corriente lee entre un cuarto y un
quinto de las informaciones publicadas en su diario. Leerá, pues, unas
15 informaciones y unas 2.800 palabras. De los 283 ítems que salieron
de la sede central de la agencia puede que lea unos nueve.

PARA COMPRENDER AL «GATEKEEPER»

Actúan como «gatekeepers» desde el director que escoge la noticia


de portada hasta el redactor que decide qué aspectos de una vista
pública pondrá en su crónica o qué datos incluirá y cuáles desechará en
un suceso. Algunos «gatekeepers» tienen especial influencia.
Bagdikian considera que el «gatekeeper» típico es la persona que con
diferentes nombres controla el flujo principal de la información:
«managing editor» en un diario pequeño, «news editor» en uno mayor,
o también «telegraph editor» o «wire editor». Este dispone de cinco, de
diez o de más noticias pOT cada una que puede publicar.
Para sugerir la variedad de factores que pueden entrar en juego a la
hora de adoptar decisiones DAVISON, BYLAN y YU (1976) mencionan un
experimento contado por un directivo de la Associated Press en un
seminario de periodistas celebrado en la Stanford'University. Diez
«telegraph editors», la mayor parte de los cuales habían sido reporteros
antes, fueron invitados a visitar algunos países latinoamericanos, con
los gastos pagados por una fundación. A su regreso, la proporción de
noticias de América latina que aparecieron en sus periódicos sufrió un
incremento del 75 9.
Pero quizá la mejor manera de comprender cómo trabaja el
«gatekeeper» sea recordar cómo operamos nosotros cuando hacemos
de «gatekeeper» en la vida corriente. Pues «gatekeeper» no es sólo el
periodista que manda una noticia a la imprenta y otra a la papelera,
sino el profesor que prepara una bibliografía para sus alumnos o el
bibliotecario que recomienda ios libros que hay que comprar con
arreglo a un presupuesto. O el marido que llega a casa y cuenta algo de
lo que ha pasado en la oficina o ha visto en la calle y la mujer que le
cuenta algo de lo que ha pasado en casa o ha visto en el mercado, y si
trabaja fuera algo de lo que ha ocurrido en su propia oficina o tienda.
Y si tienen hijos y están comiendo en la mesa cada uno tiene sus
razones particulares para decidir qué cuenta y qué no cuenta a los
demás de lo que sabe y qué temas aporta o evita.
El «gatekeeper» se ha convertido en un modelo de profesionalismo
periodístico que ha resistido, como ha estudiado Morris JANOWITZ
(1975), la competencia de otro modelo periodístico que irrumpió con
empuje en los años sesenta: el del «abogado» o «defensor», periodista
defensor de causas nobles, aunque fueran causas perdidas, abogado de
sus «clientes» y crítico de la sociedad. La «objetividad», siquiera fuera
como ideal inalcanzable, se vio entonces desacreditada como «ritual
estratégico» que defendía al personal de los medios contra los riesgos
de su profesión. Pero al buscar base suficiente para su independencia
profesional el periodista «abogado» o «defensor» tuvo finalmente que
replegarse sobre el viejo ideal del «gatekeeper». Y así la orientación
profesional del «gatekeeper» sigue representando la creencia de que
los métodos científicos tienen vigencia en muy distintos campos de la
sociedad y que el periodismo puede hallarse también en esa zona de
influencia.
Siquiera sea para comprender cómo trabaja el «gatekeeper» es útil
recordar cómo operamos cada uno de nosotros en el «gatekeeping» de
la vida corriente, qué contamos y dejamos de con- T tar, cómo
influimos en la conversación corriente y nos adaptamos a ella. Lo que
pasa en los medios es lo que pasa en la sociedad, lo que pasa en la
sociedad es lo que pasa en los medios.

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