Capítulo I.
El poder degradado
SECRETOS DE PALACIO
El frío marmóreo del Palacio de los Tribunales se pega a la piel como el vaho de un frigorífico. La
sensación de estarme congelando en eternas esperas es lo primero que recuerdo al repasar esos
cinco años que estuve cubriendo el sector. El invierno parece más crudo y largo en medio de esos
pasillos. Cuando comencé —en 1990, para el diario La Epoca— no había sala de periodistas en el
edificio que alberga a la Corte de Apelaciones de Santiago y a la Corte Suprema. Tampoco baño
para mujeres. El café de la Estelita —que todavía pasa una vez al día con sandwiches, queques y
café con leche— era lo único cálido en esos tediosos plantones que podían durar hasta doce horas.
O dieciséis o dieciocho, si había algún caso especial. Y, por esos años, los había a montones.
Recién llegada, un día vi al ministro Jordán, trastabillando y apoyado en los hombros de un
empleado que lo llevaba hasta su vehículo. En otra ocasión, presencié como este ministro se
retiraba temprano sin cumplir con su obligación de firmar las resoluciones del día, cuando presidía
la Cuarta Sala. Yo me había quedado esperando el «listado» de fallos (es el nombre que dábamos a
una página que preparaban los funcionarios de secretaría, con el resumen
del trabajo de todas las salas, al finalizar el día). Excepcionalmente, el listado no salía. Los
funcionarios me dijeron que estaban esperando las resoluciones de la Cuarta Sala. Jordán, se había
ido poco antes de las cinco de la tarde diciendo: «Voy y vuelvo», pero no regresaba.
Cerca de las ocho de la noche, los funcionarios se dieron por vencidos. El listado quedó pendiente
para el día siguiente, cuando Jordán reasumiera sus labores. Era usual entonces que este magistrado
llegara atrasado y se fuera temprano, aunque su obligación, como la de todo juez, era la de
permanecer en su despacho por lo menos cuatro horas al día (o cinco, si la sala tenía atraso). Es
decir, por lo menos de dos a seis de la tarde. Las continuas faltas a este compromiso le granjearon
reprimendas de algunos de sus propios colegas, quienes se irritaban por su feble disciplina y el
retraso que provocaba en el trabajo de los demás.
Tengo viva la imagen del mismo juez paseándose un día, lentamente, con los pantalones mojados,
de ida y vuelta por el pasillo del segundo piso (donde funciona la Corte Suprema), mientras
conversaba con uno de mis colegas. Ambos pasaron junto a mí dos veces. La amplia
mancha de líquido en los pantalones grises del ministro era fácilmente distinguible de frente y de
espaldas. —El dice que se le dio vuelta un jarro con agua — me explicó suspicaz mi colega, más
tarde.
Un misterio para mí era la tolerancia colectiva de la magistratura a la figura del fiscal de la Corte de
Apelaciones de Santiago, Marcial García Pica. Una vez tuve que visitarlo, pues había emitido un
informe favorable a una resolución del ministro Juica, en el caso degollados y me interesaba escribir
un artículo al respecto. Fui a sus oficinas, ubicadas en el delgado tercer piso que emerge justo sobre
la Corte Suprema. Hice antesala con una menor en uniforme escolar. Era una de las «sobrinas» del
fiscal. Yo entré primero. García Pica, un hombre viejo y macizo, vestía unos suspensores burdeos
sobre su camisa blanca. Sentado detrás de un escritorio de carpeta verde —me recordó al Servicio
de Impuestos Internos— me preguntó cuál era el motivo de mi visita. Empecé a explicar, pero el
magistrado parecía no entender
lo que yo le decía. No recordaba haber escrito el mentado informe. Súbitamente, comenzó a
lanzarme besos y a hacer grotescas muecas con la boca. El anciano continuó sus avances con
piropos. Desconcertada, me levanté y salí. El fiscal instruyó a su secretaria para que me entregara el
informe que yo andaba buscando.
Más tarde, reporteando para este libro, me enteré de otros detalles acerca de este funcionario —
quien, al menos en la letra de la ley, representaba los intereses de la sociedad ante el tribunal de
alzada— que narraré más adelante. También recuerdo de aquellos primeros años la congoja de un
amigo nuestro, un profesional a quien un abogado le pidió el favor de llevar un maletín a
determinado magistrado de la Corte Suprema. Cuando llegó con el encargo, las actitudes del
destinatario le hicieron comprender que el maletín contenía una recompensa.
Había sido usado como correo para pagar una coima y no sabía cómo quitarse esa mancha de
encima. Aunque no tuvo interés pecuniario alguno en la operación, por mantener la confianza del
abogado y del magistrado, nuestro amigo optó por callar.
Recién asumido el Gobierno Patricio Aylwin los tribunales eran, periodísticamente, tierra
descubierta y conquistada por los profesionales de El Mercurio y La Segunda, Miguel Yunisic y
Daniel Martínez, quienes, legítimamente, no estaban dispuestos a compartir sus fuentes, ganadas
durante años de oficio, aunque sí — especialmente Daniel—, aceptaban ejercer cierta labor
pedagógica con la nueva hornada de periodistas de Tribunales: Mario Aguilera, Marcelo Mendoza,
Teresa Barría, Yasna Lewin, Sebastián Campaña y yo.
Antes incluso de pensar en reportear, había que aprender algunas nociones básicas de la forma en
que operaba este sector, en que el lenguaje era ininteligible, los jueces inasequibles y los
relacionadores públicos, inexistentes. En mis primeros días, llegaba al edificio tempranísimo y me
paseaba por sus cuatro pisos de escaleras y recovecos tratando de entender. Las caras de jueces y
abogados me eran, como para casi todos los ciudadanos,
absolutamente desconocidas. Me daba pavor pensar en aquella frase: «La ley se entiende conocida
por todos». Yo, a diario, me daba cuenta de que con mis entonces tres años de ejercicio profesional
y mis estudios universitarios, no la conocía. Tampoco esas personas de ropas y
zapatos gastados, que preguntaban conmigo: «¿Dónde está la primera sala?».
Si la ley era un misterio para mí, los procedimientos judiciales, un acertijo. Durante los primeros
meses mis colegas me dieron como bombo en fiesta. Cuando yo iba a la Corte, ellos
estaban en algún tribunal. Cuando me iba al juzgado, la actividad estaba en las fiscalías militares.
Pero poco a poco aprendí a leer los movimientos de actuarios y jueces. A descifrar los
incomprensibles letreros que cuelgan de las paredes para «informar» a los litigantes qué causas se
verán cada día. El significado de la letra y el número negro de metal que los oficiales de sala
cuelgan en menudas pizarras de madera cada vez que se inicia la vista de una nueva causa. A
rastrojear en los libros. A indagar en los listados de fallos.
Fue un duro proceso de auto-educación que eliminó de mi memoria la imagen idealizada del Poder
Judicial, construida a temprana edad sobre la base de retazos de películas norteamericanas y series
televisivas. Yo llegaba antes de que las salas de las Cortes de
Apelaciones y de la Corte Suprema empezaran a funcionar (a las dos de la tarde, casi todo el año,
excepto en el corto verano, en que la media jornada de labores se traslada a la mañana) y me iba
mucho después de que los magistrados partían a sus casas. Al medio año, ya podía «ver». Por
ejemplo, distinguir cuando se estaba realizando un «alegato de pasillo». Identificar la estampa de
ciertos mediadores que aparecían solicitando audiencias con ministros de la Corte Suprema después
de las 18 horas, aprovechando la leve oscuridad que sucedía a la extinción paulatina de la
iluminación interna.
En el sistema chileno, que no tiene imitadores en ninguna parte del mundo moderno, el papel escrito
ha sido históricamente la medida de toda acción judicial. Allí donde se perdió un expediente, el
proceso y la posibilidad de reparar un daño o dar a cada quien lo que le
corresponde desaparece, las más de las veces, para siempre. La táctica de pagar a algún funcionario
una pequeña suma de dinero para que «extravíe» un legajo es antigua. Un día vi a una persona, a
quien tenía en alta consideración por su reconocida probidad, acudir a esta argucia para hacer
desaparecer una causa de nulidad matrimonial que se había complicado mucho para un cliente suyo.
También oí. Oí tantas cosas que me parecía inconcebible
que el resto de los medios las ignoraran. Cuando discutíamos el tema, algunos de mis colegas
suscribían la tesis de que sólo debía escribirse aquello escrito en papel oficial. Que no se debía
informar de un fallo mientras no estuviera firmado —la publicidad anticipada, argumentaban sobre
la base de su propia experiencia, podía instigar a los jueces o ministros a cambiar de parecer—.
Cierto sentido reverencial los cohibía de reportear los entretelones de las decisiones judiciales. Era
la herencia de otros tiempos que los advenedizos al sector no estábamos dispuestos a venerar. Un
día de junio de 1991, bastante tarde, me encontré
con el funcionario del Consejo de Defensa del Estado (CDE) encargado de permanecer al tanto del
avance de las causas. Parecía acongojado. Me contó sobre un extraño fallo de la Tercera Sala de la
Corte Suprema que había otorgado la libertad a un narcotraficante procesado
por la internación de cocaína más grande descubierta hasta entonces y que el CDE ni siquiera se
había enterado.
El funcionario temía perder su puesto, porque era su responsabilidad perseguir esa causa. El caso
apareció en las páginas de La Epoca y, un mes más tarde, en la revista APSI, pero los demás medios
ni siquiera mencionaron el hecho. Tales antecedentes tampoco fueron
motivo de interés político. Era el tiempo del enfrentamiento entre el Ejecutivo y la Corte Suprema,
por la actuación de los tribunales en los casos de violaciones a los Derechos Humanos y por los
proyectos de reforma. Momentos en que la oposición defendía a brazo partido la «independencia»
del Poder Judicial y se oponía a cualquier intento de «politizarlo
». El Mercurio, que ha sido por años el medio por excelencia entre jueces y abogados, editorializaba
en el mismo sentido. Los ministros, tras el escudo del irascible —pero probo— presidente de la
Corte Suprema, Enrique Correa Labra, se sentían seguros.
Afuera, el país parecía enfrentar problemas más importantes. La tensión entre el Ejército y el recién
instalado gobierno de Aylwin era la preocupación central. Los actos de violencia de grupos de
extrema izquierda añadían inesperados ingredientes a la ya difícil gobernabilidad.
Por eso, aunque en el seno del Poder Judicial se hablaba de corrupción —de corrupción en la propia
Corte Suprema— el tema permaneció por un tiempo desconocido masivamente y sus autores,
impunes. No fue sino hasta la acusación constitucional contra Hernán Cereceda
que las lenguas se soltaron. Un poco. Se soltaron todavía más con la posterior acusación
contra Servando Jordán, quien fue el chivo expiatorio escogido para pagar pecados propios y
ajenos. Pero la acusación llegó tarde, cuando la mayor parte de las faltas estaban consumadas y
Jordán —lo mismo que otros magistrados— se había bajado el perfil a ciertas actitudes,
tal vez para ocultarlas del escrutinio público.
Fue en los primeros años de los ’90 que cristalizó en la Corte Suprema el punto más bajo de un
largo proceso de degradación. Si no fuera por la actitud individual de algunos notables magistrados
la condena sería total. La renuncia a los objetivos de su ministerio por parte
de algunos integrantes del más alto tribunal fue particularmente dañina, considerando que la
estructura del sistema es extremadamente jerarquizada. Se crearon mecanismos tácitos de
protección. «Yo no te acuso, tú no me acusas».
En algunos tribunales se llevaban cuadernos de los ministros que llamaban pidiendo favores. No
para denunciarlos (hasta ahora no ha ocurrido), sino para «cobrar » el favor cuando llegara el
momento en que se necesitara alguna ayudita «de arriba». Se crearon núcleos de poder. Quien
quedaba fuera de alguna «familia», sin un padrino, podía considerarse huérfano y estancando en su
carrera, tal vez para siempre. Para oponerse a la voluntad superior había que ser más que honesto.
Había que ser heroico. Las facultades discrecionales de la superioridad, definiendo los destinos de
cada funcionario, eran tan grandes que cualquier
gesto de oposición podía interpretarse como desobediencia. Rebeldía que sería castigada con una
sanción directa o con algo peor, intangible: la postergación.