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Justicia Chilena: Desafíos y Cambios

El documento habla sobre las dificultades que enfrentó la autora al investigar y escribir sobre el poder judicial chileno, incluyendo el miedo a ser encarcelada por revelar información incómoda sobre autoridades. También contrasta la libertad de expresión en Chile con la de otros países democráticos.
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Justicia Chilena: Desafíos y Cambios

El documento habla sobre las dificultades que enfrentó la autora al investigar y escribir sobre el poder judicial chileno, incluyendo el miedo a ser encarcelada por revelar información incómoda sobre autoridades. También contrasta la libertad de expresión en Chile con la de otros países democráticos.
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PALABRAS PRELIMINARES

Llevaba varios días tratando de hallar el punto de partida de estas líneas explicativas, cuando recibí
una llamada telefónica desde Santiago. Rodolfo Arenas, periodista de La Tercera, se comunicaba
conmigo: habiéndose enterado de la existencia de este libro quería la primicia de un anticipo para su
diario o, al menos, la información necesaria para preparar una crónica. Me vi forzada a recurrir a
todo tipo de evasivas. No quería revelar detalles de su contenido, que, hechos públicos antes de la
aparición de la obra, podían ponerla legalmente en peligro.
Recordé algunos hechos ocurridos durante mis últimos meses en Chile. Los periodistas Rafael
Gumucio y Paula Coddou fueron a parar a la cárcel sólo porque en un artículo ella reprodujo las
opiniones expresadas por él en una entrevista. Gumucio dijo simplemente que el ministro Servando
Jordán de la Corte Suprema era «feo y de pasado turbio». Por menos fueron más tarde encausado y
también encarcelados —por un breve período, lo que no le quita gravedad al hecho— el ex director
de La Tercera, Fernando Paulsen, y el periodista José Ale.

La llamada de Arenas sirvió para revivir en mi ánimo las aprensiones por los riesgos que corremos
(la casa editorial y la autora) por el sólo acto de difundir hechos que, aunque fundamentados y
comprobados, van a resultar ciertamente incómodos para sus protagonistas.
Y qué contrastante me resulta esta realidad cuando la comparo con la de otros países democráticos,
en donde no hay cortapisas para criticar a sus autoridades a través de los medios de comunicación,
reírse de ellos incluso, sin que el periodista o escritor
corra el peligro de tener que ir a parar a la cárcel. No necesitamos ir muy lejos, basta cruzar la
frontera y asomarse a la Argentina. Otro ejemplo —muy reciente y de resonancia planetaria— es el
que hemos visto desarrollarse en el país más poderoso del mundo, cuya seguridad no pareció sufrir
ningún riesgo con las escabrosas historias de la vida íntima del Presidente que
se hicieron públicas.

Recordé las dificultades que tuve muchas veces que enfrentar, ideando todo tipo de eufemismos y
rodeos lingüísticos para esquivar los rigores de la Ley de Seguridad
del Estado. Ella protege, como se sabe, a nuestras autoridades políticas y administrativas, a los
generales, a los ministros de la Corte Suprema y hasta a los obispos.
¡Cuántas veces fui censurada porque el artículo se ocupaba de alguno de estos intocables!
La llamada revivió en mí un cierto miedo. El mismo que tuvieron que superar las casi ochenta
personas que entrevisté a lo largo de varios años para poder penetrar en las intimidades de nuestro
Poder Judicial. Similar también al que, sacando fuerzas de flaquezas, alimentó
mis energías en la tediosa tarea de investigación, de verificación de antecedentes, de cotejo de
fuentes. Artículos de diarios y revistas, expedientes legales, oficios judiciales, monografías, los
pocos libros que se han escrito sobre el tema.

Es absurdo y quizás si hasta ridículo, tener que admitir que sentí esos temores, y que en alguna
medida todavía los vivo, cuando en Chile ha transcurrido ya casi una década de haberse recuperado
la democracia. Sin real libertad de expresión el periodismo se pervierte, pierde su altura ética y
puede transformarse en un engendro monstruoso: inquisitivo, osado, mordaz, descalificador y hasta
cruel contra quienes no tienen leyes que los protejan; tolerante, obsecuente y servil con los
poderosos, sin excluir, por supuesto, a la autoridad, a la que sin embargo está llamado a fiscalizar.
Creemos en la libertad de expresión y creemos en la necesidad del periodismo fiscalizador, que
investiga e informa, que no persigue denigrar a personas o instituciones, pero que tampoco vacila en
acometer sin vacilaciones la verdad, aunque ésta, como es a veces inevitable, moleste a algunos de
los protagonistas de la sociedad en que vivimos.
Esto último puede ser un obstáculo, porque un libro como este, escrito pensando en los principios
enunciados, aunque sea social y culturalmente necesario, es evidente que corre el riesgo de concitar
la ira de quienes se han predefinido como encarnaciones de la Virtud
Pública, la Seguridad y la Patria.

Las cosas han cambiado desde que en 1992 comencé mis investigaciones con miras a la preparación
de este libro. Iniciado el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, la vieja Corte y ciertas prácticas se
quedaron sin su paraguas protector. La posibilidad cierta, por ejemplo, de
una acusación constitucional contra algún magistrado y, tal vez principalmente, los recientes
cambios en la cúpula del más alto tribunal han debilitado algunos de los viejos vicios. La
aprobación, además, de leyes tan radicales como la modificación del proceso penal, son signos
de la recuperación que se avizora, que viene lenta pero que ya está en marcha. Es evidente que
todavía queda bastante bajo la alfombra. Hay que recapitular muchos actos de la Magistratura que
entrañan traiciones a la confianza pública, y que continúan siendo convenientemente ignorados por
la mayoría de la población. También hay otros aspectos importantes que merecen conocerse: los
actos de grandeza, valentía y hasta heroísmo de muchos de sus hombres.

No he pretendido escribir «todo» acerca de la Justicia chilena, sino narrar sólo lo necesario para
explicar y entender lo que ha sido su itinerario, el ejercicio de sus funciones en tanto «Poder» del
Estado. El lector, especialmente el más informado, encontrará ciertamente
que hay en este trabajo omisiones y hasta simplificaciones. Son propios de las dificultades de un
lego, cuya cercanía al tema se ha dado, no desde el ángulo del profesional de la jurisprudencia, sino
del periodista preocupado del «área judicial» durante largos años en diversos medios de
comunicación. No tengo ninguna duda de que hay jueces y abogados que disponen de información
mucho más amplia que la mía, o que habrían privilegiado
la evocación de antecedentes que, aun yo conociéndolos, no consideré pertinente evocar.
No están en estas páginas las historias de algunos grandes casos judiciales —cada uno de los cuales
da probablemente para un libro aparte—, y aquellos que se mencionan son, por lo general,
únicamente aludidos para dar luces sobre el comportamiento de la Corte Suprema,
hilo conductor y tema central de este libro. Otro tanto ocurre con aquello que podría relatarse a
propósito de los abogados, la policía, la gendarmería, el Servicio Médico Legal.
Muy lejos de mí la idea de querer emparentar la estructura de este volumen con modelos literarios
ilustres. Puede, sin embargo, leerse conforme al consejo cortazariano: en cualquier orden. El
producto será siempre el mismo. En todos los capítulos el lector encontrará componentes de la viga
maestra sobre la que descansan las afirmaciones de mi libro: no ha existido en la Historia de Chile
un Poder Judicial que se entienda y conduzca como tal; lo que hemos tenido —salvo, reitero, las
actuaciones aisladas de jueces tan brillantes y valientes
como escasos— ha sido un «servicio» judicial, no más moderno, ético ni independiente que
cualquier otro de la administración pública.

LA AUTORA

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