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La Guerra Espiritual: Cristo vs. Satanás

El documento discute la guerra entre Dios y Satanás que comenzó en el cielo y continúa en la tierra, con Satanás buscando engañar a los humanos para desafiar la autoridad de Dios. También describe cómo Adán y Eva fueron tentados y pecaron, dando inicio a los sufrimientos en la tierra debido al pecado.
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La Guerra Espiritual: Cristo vs. Satanás

El documento discute la guerra entre Dios y Satanás que comenzó en el cielo y continúa en la tierra, con Satanás buscando engañar a los humanos para desafiar la autoridad de Dios. También describe cómo Adán y Eva fueron tentados y pecaron, dando inicio a los sufrimientos en la tierra debido al pecado.
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Comentarios Elena G. W.

- Lección 1
La guerra detrás de todas
las guerras

Sábado 30 de marzo
Después de la caída de nuestros primeros padres,
Cristo declaró que a fin de salvar al hombre de la
penalidad del pecado, él vendría al mundo para vencer a
Satanás en el propio campo de batalla del enemigo. La
controversia que comenzó en el cielo habría de
continuar en la tierra.
En este conflicto se iban a decidir muchas cosas.
Vastos intereses estaban en juego. Ante los habitantes
del universo celestial habrían de responderse las
preguntas: “¿Es imperfecta la ley de Dios, necesita
arreglos o anulación, o es inmutable? ¿Necesita el
gobierno de Dios un cambio, o es estable?”…
La seriedad del conflicto por el que Cristo pasó fue
proporcional a la dimensión de los intereses
involucrados en su éxito o fracaso… Satanás buscaba
vencer a Cristo, a fin de que él pudiera continuar
reinando en este mundo como el gobernante supremo…
El Padre, el Hijo y Lucifer han dejado aclarada su
auténtica relación mutua. Dios ha dado evidencias
indiscutibles de su justicia y su amor (Reflejemos a Jesús,
13 de febrero, p. 50).
Jesús nos contempla a cada instante. Las nubes que se
interponen entre el alma y el Sol de Justicia son
permitidas por la providencia de Dios para fortalecer
nuestra fe, a fin de que se aferre a las grandes
esperanzas, a las seguras promesas que brillan sin ser
empañadas a través de las tinieblas de cada tormenta. La
fe debe aumentar a través de los conflictos y el
sufrimiento. Debemos aprender individualmente a sufrir
y a ser fuertes, y a no abatirnos por la debilidad…
Cuando pasamos por pruebas y aflicciones, no significa
que tengamos una evidencia de que Jesús no nos ama y
bendice. El misericordioso Cordero de Dios identifica sus
intereses con los de sus hijos que sufren. Él los guarda
en todo momento. Conoce todas sus aflicciones; conoce
cada sugestión que hace Satanás, cada duda que tortura
el alma… Defiende el caso del que es tentado, del que
yerra, y del que carece de fe. Se esfuerza por elevarlos a
un compañerismo con él. Su obra consiste en santificar a
su pueblo, en limpiarlo, ennoblecerlo y purificarlo, y
llenar sus corazones de paz. Así los está preparando
para la gloria, el honor y la vida eterna; para una
herencia más rica y más perdurable que la de cualquier
príncipe terrenal (Nuestra elevada vocación, 17 de
noviembre, p. 329).
Están por sobrevenir dificultades muy grandes al
mundo, y los instrumentos de Satanás están agitando
intensamente los poderes infernales para que produzcan
sufrimiento, desastre y ruina. Su obra consiste en
acarrear toda la desdicha posible sobre los seres
humanos. La tierra es el escenario de su acción, pero es
mantenido bajo control. No puede ir más lejos de lo que
el Señor le permite…
Jesús vive para interceder por nosotros. Mientras las
tinieblas se cierran sobre el mundo, nuestra vida está
segura únicamente cuando se oculta con Cristo en Dios.
¡Precioso Salvador! Solamente en él deben concentrarse
nuestras esperanzas de vida eterna… La fe ha de
atravesar la nube más oscura (That I May Know Him, p.
284, parcialmente en A fin de conocerle, 5 de octubre, p.
282).

Domingo 31 de marzo

Guerra en el cielo
En el cielo, antes de su rebelión, Lucifer era un ángel
honrado y excelso, cuyo honor seguía al del amado Hijo
de Dios. Su semblante, así como el de los demás ángeles,
era apacible y denotaba felicidad. Su frente alta y
espaciosa indicaba su poderosa inteligencia. Su forma
era perfecta; su porte noble y majestuoso. Una luz
especial resplandecía sobre su rostro y brillaba a su
alrededor con más fulgor y hermosura que en los demás
ángeles. Sin embargo, Cristo, el amado Hijo de Dios, tenía
la preeminencia sobre todas las huestes angélicas…
Lucifer estaba envidioso y tenía celos de Jesucristo. No
obstante, cuando todos los ángeles se inclinaron ante él
para reconocer su supremacía, gran autoridad y derecho
de gobernar, se inclinó con ellos, pero su corazón estaba
lleno de envidia y odio… Había sido sumamente
exaltado, pero eso no despertó en él ni gratitud ni
alabanzas a su Creador. Aspiraba llegar a la altura de
Dios mismo…
El gran Dios podría haber expulsado inmediatamente
del cielo a este archiengañador, pero ese no era su
propósito. Daría a los rebeldes una justa oportunidad
para que midieran su fuerza con su propio Hijo y sus
ángeles leales. En esa batalla cada ángel elegiría su
propio bando y lo pondría de manifiesto ante todos. No
hubiera sido conveniente permitir que permaneciera en
el cielo ninguno de los que se habían unido con Satanás
en su rebelión. Habían aprendido la lección de la
genuina rebelión contra la inmutable ley de Dios, y eso
es irremediable. Si Dios hubiera ejercido su poder para
castigar a este jefe rebelde, los ángeles subversivos no se
habrían puesto en evidencia; por eso Dios siguió otro
camino, pues quería manifestar definidamente a toda la
hueste celestial su justicia y su juicio (La historia de la
redención, pp. 13, 14, 17).
La enseñanza de esta parábola [del trigo y la cizaña]
queda ilustrada en el propio trato de Dios con los
hombres y los ángeles. Satanás es un engañador. Cuando
él pecó en el cielo, aun los ángeles leales no discernieron
plenamente su carácter. Esta es la razón por la cual Dios
no destruyó en el acto a Satanás. Si lo hubiese hecho, los
santos ángeles no hubieran percibido la justicia y el
amor de Dios. Una duda acerca de la bondad de Dios
habría sido una mala semilla productora de amargos
frutos de pecado y dolor. Por lo tanto, el autor del mal
fue dejado con vida hasta que desarrollase plenamente
su carácter. A través de las largas edades, Dios ha
soportado la angustia de contemplar la obra del mal, y
otorgó el infinito Don del Calvario antes de permitir que
alguien fuese engañado por las falsas interpretaciones
del maligno; pues la cizaña no podía ser extirpada sin
peligro de desarraigar también el grano precioso. ¿Y no
seremos nosotros tan tolerantes para con nuestros
semejantes como el Señor del cielo y de la tierra lo es
con Satanás? (Palabras de vida del gran Maestro, p. 51).

Lunes 1 de abril

Lucifer engaña, Cristo prevalece


Era un ser de poder y gloria admirables el que se había
levantado contra Dios… Lucifer había sido el querubín
cubridor. Había estado en la luz de la presencia de Dios.
Había sido el más alto de todos los seres creados y el
primero en revelar los propósitos de Dios al universo.
Después que hubo pecado, su poder seductor era tanto
más engañoso y resultaba tanto más difícil
desenmascarar su carácter cuanto más exaltada había
sido la posición que ocupara cerca del Padre (El Deseado
de todas las gentes, p. 706).
Cuando nuestros primeros padres fueron colocados en
el bello jardín del Edén, fueron probados en su lealtad a
Dios. Estaban en libertad de elegir servir a Dios, o por la
desobediencia aliarse con el enemigo de Dios y del
hombre. Si hacían caso omiso de los mandatos de Dios y
escuchaban la voz de Satanás, que hablaba a través de la
serpiente, no solo perderían su derecho al Edén, sino a la
vida misma…
Con cuán intenso interés observó todo el universo el
conflicto que había de decidir la posición de Adán y Eva.
Cuán atentamente escucharon los ángeles las palabras
de Satanás… ¡Cuán ansiosamente esperaron para ver si
la santa pareja sería engañada por el tentador y se
rendiría a sus artificios!…
Adán y Eva se persuadieron de que un asunto tan
pequeño como comer del fruto del árbol prohibido no
podría resultar en una consecuencia tan terrible como
Dios había declarado. Pero ese asunto pequeño era el
pecado, la transgresión de la inmutable y santa ley de
Dios, y abría las compuertas de la muerte y de indecibles
penalidades para nuestro mundo… No estimemos al
pecado como algo trivial (That I May Know Him, p. 14;
parcialmente en A fin de conocerle, 8 de enero, p. 16).
Vivimos en el tiempo del fin, y Satanás está trabajando
con poder y maestría mediante tentaciones sutiles a fin
de vencer a los que creen en Jesús. Pero debemos ser
guardados “por el poder de Dios”; por lo tanto, en la
tentación dé gloria a Dios, que es capaz de guardar al
alma creyente para que no sea vencida por el astuto
enemigo…
El sagaz engañador ha demostrado ser acusador,
mentiroso, atormentador y asesino; pero no importa qué
cosa induzca a otros a decir de Ud., el Señor puede
decirle como dijo a Pedro: “Apártate de mí, Satanás”.
Puede decirle: “No debes colocarte entre mí y el alma
por la cual morí como rescate”. Está en usted… el resistir
a Satanás con sus tentaciones y aferrarse de Cristo.
Manténgase cerca de Jesús, coloque su mano en la suya,
y él sostendrá firmemente su mano. Nunca abandonará
al alma que confía en él (Alza tus ojos, 28 de enero, p.
40).

Martes 2 de abril

El planeta tierra se ve afectado


Aunque creados inocentes y santos, nuestros primeros
padres no fueron puestos fuera de la posibilidad de
obrar mal. Dios podía haberlos creado de modo que no
pudieran faltar a sus requerimientos, pero en ese caso su
carácter no se habría desarrollado; su servicio no
hubiera sido voluntario, sino forzado. Les dio, por lo
tanto, la facultad de escoger, de someterse o no a la
obediencia. Y antes que ellos recibieran en su plenitud
las bendiciones que él deseaba impartirles, debían ser
probados su amor y su lealtad.
En el huerto del Edén se hallaba “el árbol de la ciencia
del bien y del mal… Y mandó Jehová Dios al hombre,
diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas
del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás;
porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.
Génesis 2:9-17. Dios quería que Adán y Eva no
conocieran el mal. El conocimiento del mal —del pecado
y sus resultados, del trabajo cansador, de la
preocupación ansiosa, del descorazonamiento y la pena,
del dolor y la muerte—, les fue evitado por amor (La
educación, p. 23).
Con los pecados del mundo puestos sobre él, [el
Redentor] pasaría por el mismo camino donde Adán
falló. Soportaría una prueba infinitamente más severa
que la que Adán no pudo soportar. Vencería por cuenta
del hombre, y derrotaría al tentador, para que, mediante
su obediencia, su pureza de carácter y su firme
integridad, su justicia pudiera ser imputada al hombre, y
así, mediante su nombre, el hombre pudiera vencer al
enemigo por su propia cuenta…
En el plan de redención debe haber derramamiento de
sangre, porque la muerte debe venir como consecuencia
del pecado del hombre. Los animales para las ofrendas
de sacrificio debían prefigurar a Cristo. En la víctima
inmolada, el hombre debía ver el cumplimiento
temporal de la palabra de Dios: “Ciertamente morirás”. Y
el derramamiento de la sangre de la víctima significaría
también una expiación. No había virtud en la sangre de
los animales; pero el derramamiento de la sangre de las
víctimas debía apuntar hacia un Redentor que un día
vendría al mundo y moriría por los pecados de los
hombres. Así, Cristo vindicaría plenamente la ley de su
Padre (Confrontation, pp. 18, 22).
Satanás aparece frecuentemente como un ángel de luz,
ataviado con el uniforme del cielo; asume un aire
amistoso, manifestando gran santidad de carácter y alta
consideración por sus víctimas, las almas que se
propone engañar y destruir. Yacen peligros en la senda
que él invita a las almas a recorrer, pero tiene éxito en
encubrirlos y presenta solo las atracciones. El gran
Capitán de nuestra salvación ha vencido en nuestro
favor, para que a través de él podamos ser vencedores, si
así lo queremos. Pero Cristo no salva a nadie en contra
de su decisión; no obliga a nadie a obedecer. Hizo el
sacrificio infinito para que podamos vencer en su
nombre y para que su justicia nos sea imputada
(Testimonios para la iglesia, t. 3, pp. 501, 502).

Miércoles 3 de abril

El amor encuentra una manera


¡Cuán inconfundiblemente claras eran las profecías de
Isaías respecto a los sufrimientos y la muerte de Cristo!

Aun la forma de su muerte había sido prefigurada.
Como la serpiente de metal había sido levantada en el
desierto, así iba a ser levantado el Redentor venidero,
para que “todo aquel que en él cree, no se pierda, mas
tenga vida eterna”. Juan 3:16…
Pero el que iba a sufrir la muerte a manos de hombres
impíos, se levantaría de nuevo como un vencedor del
pecado y del sepulcro. Bajo la inspiración del
Todopoderoso, el dulce cantor de Israel había dado
testimonio de las glorias de la mañana de la
resurrección. “También mi carne —proclamó
alegremente— reposará segura. Porque no dejarás mi
alma en el sepulcro; ni permitirás que tu santo vea
corrupción”. Salmo 16:9, 10.
Pablo mostró cuán estrechamente había ligado Dios el
servicio de los sacrificios con las profecías relativas a
Aquel que iba a ser llevado como cordero al matadero. El
Mesías iba a dar su vida como “expiación por el pecado”.
Mirando hacia adelante a través de los siglos las escenas
de la expiación del Salvador, el profeta Isaías había
testificado que el Cordero de Dios “derramó su vida
hasta la muerte, y fue contado con los perversos,
habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los
transgresores”. Isaías 53:7, 10, 12 (Los hechos de los
apóstoles, pp. 183, 184).
El unigénito Hijo de Dios se dispuso a dejar las cortes
celestiales y venir a este mundo para vivir en medio de
gente desagradecida que no quería aceptar su
misericordia y su gracia. Aceptó vivir una vida de
pobreza, y soportar sufrimientos y tentaciones. Fue
varón de dolores, experimentado en quebranto. La
Palabra declara: “Como que escondimos de él el rostro”.
Isaías 53:3. Uno de sus discípulos, Pedro, lo negó, y Judas
lo traicionó. La gente que vino a bendecir lo rechazó. Lo
sometieron a la vergüenza y le causaron indecibles
sufrimientos. Le pusieron una corona de espinas que
traspasó sus santas sienes. Lo azotaron y lo clavaron a la
cruz. No obstante, en medio de todo esto, ni una sola
palabra de queja se escapó de sus labios…
Cristo soportó todos esos sufrimientos para obtener el
derecho de conferir justicia eterna a todos los que
creyeran en él. ¡Oh, cuando pienso en esto, llego a la
conclusión de que jamás debería brotar de mis labios la
menor queja! (Cada día con Dios, 26 de julio, p. 214).
En ocasión de la crucifixión de Cristo, los que habían
sido sanados no se unieron con la turba para clamar:
“¡Crucifícale! ¡crucifícale!” Sus simpatías acompañaban a
Jesús; porque habían sentido su gran simpatía y su
poder admirable. Le conocían como su Salvador; porque
él les había dado salud del cuerpo y del alma.
Escucharon la predicación de los apóstoles, y la entrada
de la palabra de Dios en su corazón les dio
entendimiento. Llegaron a ser agentes de la misericordia
de Dios, e instrumentos de su salvación (El Deseado de
todas las gentes, p. 135).

Jueves 4 de abril

Nuestro sumo sacerdote


El que se humanó sabe simpatizar con los
padecimientos de la humanidad. No solo conoce Cristo a
cada alma, así como sus necesidades y pruebas
particulares, sino que conoce todas las circunstancias
que irritan el espíritu y lo dejan perplejo. Tiende su
mano con tierna compasión a todo hijo de Dios que
sufre. Los que más padecen reciben mayor medida de su
simpatía y compasión. Le conmueven nuestros achaques
y desea que depongamos a sus pies nuestras congojas y
nuestros dolores, y que allí los dejemos…
Cuando las tentaciones os asalten, cuando los
cuidados, las perplejidades y las tinieblas parezcan
envolver vuestra alma, mirad hacia el punto en que
visteis la luz por última vez. Descansad en el amor de
Cristo y bajo su cuidado protector. Cuando el pecado
lucha por dominar en el corazón, cuando la culpa oprime
al alma y carga la conciencia, cuando la incredulidad
anubla el espíritu, acordaos de que la gracia de Cristo
basta para vencer al pecado y desvanecer las tinieblas.
Al entrar en comunión con el Salvador entramos en la
región de la paz (El ministerio de curación, pp. 192, 193).
En la obra intercesora de Cristo, el amor de Dios se
reveló en toda su perfección a los hombres y a los
ángeles.
Él intercede por vosotros. Es el gran Sumo Sacerdote
que aboga en vuestro favor; y podéis presentar vuestro
caso al Padre por medio de Jesucristo. De este modo
tenéis acceso a Dios; y a pesar de vuestro pecado,
vuestro caso no es desesperado. “Hijitos míos, estas
cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno
hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a
Jesucristo el justo”. 1 Juan 2:1…
La obra de Cristo en el Santuario celestial, donde él
está presentando su propia sangre cada momento ante
el propiciatorio, haciendo intercesión por nosotros,
debería impresionar debidamente el corazón, de modo
que reconociésemos el valor de cada momento. Jesús
siempre vive para hacer intercesión por nosotros; pero
un solo momento malgastado no puede ser jamás
recobrado (The Faith I Live By, p. 205; parcialmente en
La fe por la cual vivo, 18 de julio, p. 207).
Cristo representó a su Padre ante el mundo, y ante
Dios representa a los escogidos en quienes ha
restaurado la imagen moral de Dios. Ellos son su
herencia. A ellos dice: “El que me ha visto a mí, ha visto
al Padre”. “Nadie conoce… al Padre… sino el Hijo, y aquel
a quien el Hijo lo quiera revelar”. Ningún sacerdote,
ningún religioso por estricto que sea puede revelar al
Padre a cualquier hijo o hija de Adán.
Los hombres tienen un solo Abogado, un Intercesor,
que puede perdonar las transgresiones. ¿No se llenarán
de gratitud nuestros corazones ante Aquel que dio a
Jesús para que fuera la propiciación por nuestros
pecados? Pensad profundamente en el amor que el
Padre ha manifestado en favor de nosotros, el amor que
ha expresado para nosotros. No podemos medir ese
amor. No hay medida para él. Solo podemos señalar al
Calvario, al Cordero muerto desde la fundación del
mundo. Es un sacrificio infinito. ¿Podemos comprender y
medir lo infinito? (Comentarios de Elena G. de White en
Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p.
926).

Viernes 5 de abril

Para estudiar y meditar


Comentarios de Elena G. de White en Comentario
bíblico adventista del séptimo día, “La rebelión de
Satanás es muy antigua”, t. 4, p. 1164;
Primeros escritos, “El amor de Dios por su pueblo”, pp.
39, 40.

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