Con respecto a la Santidad que es la esencia misma de Dios, hemos entendido que en
nosotros, como humanos imperfectos es un atributo posicional y progresivo; somos santos
desde el momento mismo que hemos aceptado a Cristo en nuestra vida, pero como seguimos
en nuestra condición imperfecta, Dios nos llama a nuevos niveles de santidad. Esta es como
la salvación, que no se pierde pero podemos alejarnos de ella si nos buscamos que Jesús (que
es nuestro abogado) y que el Espíritu Santo que es nuestro consolador nos guíen
continuamente y lleven a toda verdad.
La santidad es estar apartados del pecado porque hemos sido justificados en Cristo, pero
seguimo siendo pecadores, que gracias a la misericordia de Dios y a la gracia podemos
acercarnos al padre con corazones contritos y humillados y nos perdona; nos permite que
seamos santos delante de Él. Debemos apartarnos del mal, del pecado, de los engaños de este
mundo porque la santidad de Dios es el reflejo mismo de lo que Él es, más grande que todo lo
que vemos y palpamos. Es su Ser mismo.
Debemos buscar la madurez espiritual porque es allí, dónde podremos entender que debemos
ser Santos para Dios y por lo tanto apartados para Él.