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Schizein

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DiSEÑADOR

Gema Gema Vadillo nombre: Silvia

Vadillo EDITOR
nombre: Alicia, Mercè

CORRECTOR
<<La única manera que tenía de salir
VIDA, MUERTE,

sCHizEIN
del bucle era desviando la circun- nombre:

ferencia que había pintado sobre la


palma de mi mano hasta hacer finalmen- LA SERPIENTE y la ciuDAd
dondE ya
ESPECIFICACIONES

te una caracola. “¿Y hasta dónde tra-


zo esta nueva línea?”, me pregunté.>>
QUE SE MUERDE no Sale título: Schizein

el soL
LA COLA encuadernación: Rústica con solapas

medidas tripa: 14,5 x 22,5 mm

y la ciuDAd dondE ya no Sale el soL medidas frontal cubierta: 147 x 225

Fotografía de María Jett


Novela galardonada
medidas contra cubierta: 147 x 225
con un Premio Watty
medidas solapas: 95 mm
Desde que mis vecinos tuvieron aquel ancho lomo definitivo : 27 mm
accidente no soy la misma. Cuando aún
salía el sol, me pasaba las tardes con ACABADOS

mi cámara de fotos, pero ahora todo ha Nº de TINTAS: 4/0


cambiado. No puedo dormir, y la criatu- Gema Vadillo Rivas, conocida
TINTAS DIRECTAS:
ra de cuernos de humo negro viene a vi- en redes como Cydonian, nació
LAMINADO:
sitarme de forma recurrente al borde de en Madrid (1998). Desde muy
PLASTIFICADO:
mi cama. Hay un anciano en mis sueños pequeña crea personajes y es-
brillo mate
que me dice que vaya hacia la catedral, cribe relatos de fantasía. Le
gusta contar historias en to- uvi brillo uvi mate
y que, si la encuentro, seré capaz de
salir del bucle en el que me he vis- dos los formatos, por eso vive relieve

to atrapada durante tantos meses… Pero por el dibujo, la fotografía falso relieve

solo tengo a Luca, y no hay ni rastro y el vídeo. purpurina:

del sol en el cielo. Schizein, su primera novela,


nace a raíz de las cosas que
le inspiran, como la música
estampación:
o incluso sus propios sue-
ños. En este libro le ha dado
forma a su universo hasta troquel
llegar a ‹‹la ciudad donde ya
no sale el sol››, que para OBSERVACIONES:

ella es el punto de partida


[Link]
donde va a comenzar todo. FAIXA 4/0 plastificat brillant
@teenplanetlibros PVP 14,95 € 10243647

@teenplanetlibro
@teenplanetlibro Fecha:
T-Schizein y la ciudad donde ya no sale el [Link] 5 16/7/19 9:18
CROSSBOOKS, 2019
infoinfantilyjuvenil@[Link]
[Link]
[Link]
Editado por Editorial Planeta, S. A.

© del texto: Gema Vadillo, 2019


© de las ilustraciones de interior y cubierta: Gema Vadillo, 2019
© Editorial Planeta S. A., 2019
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona
Primera edición: septiembre de 2019
ISBN: 978-84-08-21483-0
Depósito legal: B. 15.384-2019
Impreso en España – Printed in Spain

El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como


papel ecológico y procede de bosques gestionados de manera sostenible.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema


informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico,
mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del
editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la
propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear


algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web [Link]
o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

T-Schizein y la ciudad donde ya no sale el [Link] 6 15/7/19 14:35


1
Denisse

Se formó un pequeño río de gotas de agua entre las baldosas


grises del suelo. Miré al cielo, intentando seguir el recorrido de
una en concreto. Mientras cientos de ellas desaparecían al
contacto con la acera, yo únicamente me fijaba en algunas. En
aquella ocasión, elegí fijarme en una que, por alguna razón, de-
cidió acabar en mis zapatos. Apareció de la nada, de un parpa-
deo. Por más que abría los ojos, no conseguía ver bien de dónde
salía cada una de las gotas. Solo veía una profunda y oscura
masa gris que, desafiante, hacía que la lluvia cayera cada vez
con más fuerza. Por uno de los balcones que se veían desde la
calle, empezó a sonar una pieza de violín. Comenzó siendo una
simple nota, seguida de otra, formando así una melodía triste y
grave. Justo en el momento en el que la pieza empezaba a fluir,
aparté la mirada del cielo y la clavé enseguida en el balcón. No
había nadie, pero el ventanal de la casa estaba abierto de par en
par, con unas grandes cortinas blancas revoloteando y jugando
con la lluvia. Me alejé de la puerta de mi casa y me acerqué a la
solitaria calle para así ver con más detalle la ventana de la casa
de enfrente. Tan solo cuatro notas eran precisas para romper el
silencio que envolvía la ciudad, triste y desolada. No había un
alma por la calle, excepto la mía. No había nadie que me juzga-
se por disfrutar de un día bajo la lluvia sin que un paraguas me

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lo impidiese, no había nadie más paseando por la calle Aben-
dorth.
—Siento llegar tarde, estaba buscando mi cazadora con
capucha y no está por ninguna parte. —Luca interrumpió la
música.
Hice un gesto con las manos para que bajara la voz, pues yo
quería seguir escuchando aquel violín e intentar ver quién se
escondía tras la música, qué aspecto tenía. Desde pequeña tenía
cierta fijación por los desconocidos. Me gustaba mirar a la gen-
te, observar cada detalle y preguntarme cómo serían sus vidas.
Solía inventar historias en mi cabeza. En el caso del violinista,
me imaginé a un hombre mayor. Tenía barba de color gris, vivía
solo y frecuentaba la cafetería de la esquina de nuestra calle.
Pero seguía sin aparecer nadie en ese balcón, y no podía saber
si esa persona era o no como me la imaginaba.
—Denisse, ¿me estás escuchando? ¡Deja de espiar a la violi-
nista! —Aparté la vista del balcón y miré directamente a Luca.
—¿Quién es? —pregunté.
—¡Somos vecinos, vives aquí! ¿Nunca has visto salir de esa
casa a una pareja joven? La chica es profesora en el conservato-
rio de Luft y el chico trabaja en una peluquería para perros.
—Nunca he visto a nadie. Para mí, tú eres mi único vecino,
Luca.
—Denisse, eres muy observadora. No me puedo creer que
hayas descubierto ahora mismo quiénes son tus vecinos de en-
frente.
—Ellos no me interesan, me interesa la música que estaba
sonando. —Todas mis expectativas se rompieron. No había nin-
gún hombre mayor viviendo en esa casa.

Luca no era solo mi vecino, era mi mejor amigo, como un her-


mano para mí. Era un chico de lo más normal, algo exótico y de
padres italianos, pero sin demasiadas rarezas. Era agradable,
atento, alegre. Es decir, todo lo contrario a mí. Él me considera-
ba una persona peculiar que siempre estaba en las nubes. Otra
de las cosas que me diferenciaba de él era mi afición por colec-

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cionar fotografías tomadas por mí misma. Llevaba mi cámara a
todas partes y aprovechaba cada momento para captar imáge-
nes y pegar las mejores en una pared de mi habitación. Verlas
ahí me hacía sentirme orgullosa de mi trabajo, y Luca salía en la
mayoría de ellas, porque, aunque él lo negaba, era muy fotogé-
nico. A pesar de que nunca se lo había dicho, me parecía un
chico guapísimo. Llevaba ropa muy común, tenía el pelo rizado
y unos ojos verdes que hacían que mis fotografías fueran espe-
ciales.
Esa misma tarde nos dispusimos a dar un paseo por el bos-
que de las afueras de Luft, nuestra ciudad, el cual no estaba
demasiado lejos de casa. Quería capturar una imagen en la que
se reflejara cada gota de agua, cada detalle de un día frío y gris.
Algo que destacaba de mi ciudad —que más que ciudad era un
pueblo o una villa— era el clima. Era la zona más fría de toda
Alemania, y era muy raro ver un día soleado en cualquier mo-
mento del año. Luft era la ciudad donde ya no nacía el sol, pues
nunca lo habíamos visto. Pero yo no me quejaba, la lluvia era
algo de lo que, al contrario que Luca, realmente disfrutaba, so-
bre todo a la hora de salir a la calle a hacer fotografías. Luft era
especial.

Mientras yo caminaba sin pausa, él corría justo detrás de mí, sin


apenas poder avanzar. Estaba constantemente quitándose las
zapatillas para escurrir a sus calcetines, que, empapados, no le
dejaban caminar tranquilo. La tormenta era cada vez más fuer-
te, lo que me hacía repetirle lo mismo una y otra vez: «¡Deberías
haberte puesto las botas de agua!», pero él no me escuchaba. No
paraba de quejarse y de pedirme que nos sentáramos en algún
sitio. Pero ¿dónde nos íbamos a sentar si estábamos en medio
de un bosque? El suelo estaba mojado y lleno de riachuelos de
agua de lluvia.
Saltando entre los charcos, empapado bajo la tormenta y ro-
deado de árboles sin hojas, no dudé ni un segundo en sacarle la
foto. Abrí disimuladamente la mochila donde guardaba la cá-
mara, con la esperanza de que no se diese cuenta y que no para-

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se de saltar y de dar patadas al suelo. Quité la tapa del objetivo,
medí adecuadamente la poca luz que me ofrecía el día, compro-
bé el encuadre y también el enfoque, y me dispuse a darle al
botón.
Había algo en él que hacía que mis fotografías fuesen espe-
ciales. Me hubiera atrevido a decir que aquella, en concreto, era
una de las mejores que le había hecho hasta el momento. Estaba
deseando volver a casa para verla detenidamente, imprimirla y
pegarla en la pared, junto al resto de mis fotos favoritas.
El cielo nublado y la piel blanquecina de Luca contrasta-
ban con sus ojos claros y con el profundo paisaje. Se veía en la
pantalla de la cámara cada gota de lluvia, cada porción del
bosque reflejado en el agua del suelo, incluso cada detalle de
la piel de Luca. Aparecía con una expresión firme, la mirada
clavada en un charco, la boca entreabierta y los pies hundidos
en el barro.
—Denisse, estoy harto de caminar. Haz ya la maldita foto y
nos vamos.
—Ya está hecha —dije.
—¿Puedo verla? —respondió él.
—No hasta que llegue a casa. Cuando esté pegada en mi
pared la verás.
—¡Voy a matarte, Denisse Henderson!
—¡Eso será cuando me pilles, Luca DiCarlo! —contesté.
Me aseguré bien de guardar la cámara de fotos y empeza-
mos a correr por el bosque, camino a Luft, esquivándonos, como
dos niños pequeños. Las ramas muertas de los árboles y la tor-
menta arropándonos mientras andábamos de vuelta a casa eran
la combinación perfecta.

Tras unas horas caminando bajo una noche helada, aunque no


tan fría como lo había sido la tarde, Luca se tuvo que despedir
de mí. Además de estudiar en la escuela, en sus tiempos libres
trabajaba como dependiente en una vieja tienda de discos de
segunda mano de la ciudad. Era un lugar de lo más curioso,
aunque había que perderse entre unos cuantos callejones para

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encontrarlo. Cada vez que tenía que irse a trabajar, una parte de
mí se quedaba triste, incluso me sentía algo celosa. Enormemen-
te celosa. No por el hecho de que se fuese, sino por a quién veía
cada día en la tienda de discos: a la hija del propietario, Ann.
Una chica rubia, preciosa, de la que mi mejor amigo estaba per-
didamente enamorado. Y era algo que no podía quitarme de la
cabeza, porque la actitud de Ann hacía que yo me sintiese infi-
nitamente patética, con mi pelo azabache corto y mis harapos
viejos. Aun así, en realidad yo no estaba enamorada de Luca.
Lo consideraba mi mejor amigo, y sabía que nunca me podría
querer de esa forma, así que mi amor por él era algo más bien
platónico.
En mi día a día me centraba en hacer buenas fotografías y
pasear sin rumbo por las calles vacías de Luft. Y pese a que no
era una ciudad demasiado grande, yo prefería perderme por los
bosques de las afueras, aun teniendo todas las tiendas y lugares
de interés a un tiro de piedra de casa.
No me molesté en rebuscar las llaves de la puerta de casa en
el inmenso bolsillo de mi chaqueta, me limité a llamar con la
esperanza de que mi padre me abriese; y así fue.
Mi situación era muy parecida a la de Luca, aunque él des-
tacaba sobre todo por su acento y aspecto extranjero, ya que en
Luft lo normal era tener el pelo algo más claro y los ojos azula-
dos. Mi padre adoptivo, Brandon, llevaba toda la vida viviendo
aquí, pero, al haber nacido en el Reino Unido, no parecía del
todo extranjero. Sin embargo, la familia de Luca era admirable.
Sus padres eran geniales. Los míos, a los que nunca conocí, sen-
cillamente no se interesaron por mí y me dejaron bajo el cuida-
do de Brandon, y yo le apreciaba por ello.
No tardé en subir a mi cuarto, quitar la tarjeta de memoria
de la cámara de fotos e introducirla en el ordenador portátil.
Cuanto más miraba aquella fotografía, más me gustaba. Mien-
tras encendía la impresora y volvía a guardar el equipo fotográ-
fico, mis ganas de verla en la pared aumentaban.
Y allí estaba, quieta, perfectamente colocada al lado de una
fotografía de unos ciclistas y de otra de unas latas de refresco
tiradas en el suelo. No era la primera imagen de Luca que col-

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gaba en mi pared, y aunque casi nunca se enteraba cuando le
hacía las fotos, era un modelo excelente para mi cámara.
Justo en el preciso momento en el que iba a apagar el orde-
nador y bajar a cenar al salón, la sonrisa se me desdibujó de la
cara. Un panfleto de la tienda de discos que estaba en el suelo
me hizo pensar en qué estaría haciendo Ann.
¿Estaría con él?

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