¡Gloria In Excelsis DEO!
25/12/16
22/12/19
18/12/21
Juan 18:37
“Pilato entonces le dijo: ¿Así que tú eres rey? Jesús respondió: Tú dices que soy rey. Para esto yo
he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la
verdad escucha mi voz.”
Este es un pasaje importante para Navidad aunque trate del final de la vida de Jesús en la tierra, y
no del principio, pues si no lo entendemos (para esto Yo he nacido), no entenderemos el porqué del
Adviento. Nos es inmensamente necesario no desligar lo que celebramos en estas fechas con lo que
ocurrió en una Pascua, unos 33 años más tarde.
La eternidad del Cristo:
La singularidad de su nacimiento consiste en que Él no existió a partir de su alumbramiento. El
existía desde antes de nacer en un pesebre. La condición de individuo, el carácter y la personalidad
de Cristo existían antes de que el hombre Jesús de Nazaret naciera.
El término teológico para describir este misterio es encarnación. Su nacimiento no fue el origen de
una nuevo ser, sino la venida al mundo de una persona infinitamente anciana ( Anciano de días,
Daniel 7: 9; 13; 22).
Setecientos años antes de que Jesús naciera, Miqueas 5:2 lo explicó de la manera siguiente:
“Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que ha de
ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la
eternidad.”
El milagro del nacimiento de Jesús no consiste únicamente en que haya nacido de una virgen. Dios
quiso que ese milagro sea testimonio de uno aún más grande: que el niño nacido en Navidad era
una persona que existió «desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad».
*Sabemos poco sobre el nacimiento de Jesús. A pesar de que ha sido objeto de miles y miles de
dramatizaciones y un sinfín de especulaciones, el historiador Lucas, que es quien da más detalles, lo
dice en solo una frase:
“Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había
lugar para ellos en el mesón” 2: 7
Es una descripción tan sencilla, que nos deja con gusto a poco, es casi frustrante, ¿no? Si yo
hubiera estado escribiendo la historia de la vida de Jesús, lo habría escrito con más detalles. Hubiera
relatado para empezar la fecha exacta del nacimiento; el por qué nadie en Belén, pueblo de la familia
de José, les dio alojamiento, teniendo que quedarse en un establo; si los visitantes que venían del
oriente, y que traían presentes dignos de un rey, eran reyes aparte de magos, (venían a ver al Rey
de los judíos, ¿en un pesebre?) y si fueron tres realmente, y muchas otras cosas. Hubiera colocado
todas esas cosas y eliminado todas las posteriores especulaciones.
¿Pero saben qué? Probablemente habría desviado la atención principal de la historia con los
detalles. Lo vemos a menudo en la Biblia: Dios no nos da todos los detalles que quisiéramos, pero
siempre nos da los detalles que necesitamos (Teotokos?) C. de Éfeso 431 e.c. iglesia
bibliocéntrica.
Cuando se trata del nacimiento de Jesús, obtenemos todos los detalles que necesitamos para
entender una cosa con mayor claridad: Jesús es presentado como despreciado y rechazado, y esta
señal dada al inicio de Su vida, fue también con la que la terminó (Isaías 53:3)
Lucas comienza esta parte de su historia de la vida de Jesús en el cap. 2, con el nombre de César
Augusto, el emperador poderoso, el hombre que puede dar una orden y hacer que millones de
personas le obedezcan.
Con una palabra él puede obligarlos a viajar grandes distancias para hacer algo tan simple como el
registrarse con fines de pagar impuestos (motivo del censo). Este es César el fuerte, César el
soberbio, César el poderoso. Él es el emperador del imperio más grande y el hombre más poderoso
del planeta en su momento.
Pero luego Lucas, en el capítulo 2, mueve la atención del relato a un pequeño bebé, nacido de una
joven virgen hebrea en circunstancias muy humillantes, en un establo, acostado en un pesebre. El
contraste es abismante.
El Mesías merecía nacer en circunstancias más propias de un rey.
Y aquí vemos los contrastes que, posteriormente, fueron característicos en la vida de Jesús: Él debió
haber nacido entre la nobleza, no en medio de pastores o campesinos, Él debió haber nacido en un
palacio, no un establo, Él debió haber nacido rodeado de los mejores cuidados, que habrían hecho
que entrara al mundo de forma segura. Pero no, no fue así como lo quiso, no fue esa su voluntad…
aun cuando grande ni siquiera tenía donde recostar su cabeza.
Su pueblo y su familia dan la espalda a sus padres. Ellos no tienen otro lugar a donde ir, así que,
ante la premura, nace en un establo y lo ponen sobre un pesebre.
¿Por qué? Porque Dios nos va a enseñar algo a través de Jesús. Y nos enseñará que vemos este
mundo totalmente al revés. Él nos enseñará que la manera de ser grande ante los ojos de Dios es
ser nada a los ojos del mundo. Él nos enseñará que el camino a la exaltación es a través de la
humillación, de que el camino hacia arriba es yendo hacia abajo. “…el que quiera hacerse grande
entre vosotros será vuestro servidor,” (Mateo 20:26). Esto lo dijo con plenísima autoridad!
Y esto mismo Dios nos lo enseñará primero, y de la mejor manera, a través de su propio Hijo, “el
cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres”
(Filipenses 2: 6). Él vino como un despreciado para rescatar al menospreciado. E incluso a aquel
que teniendo todo, no tiene nada.
El niño, cuyo nacimiento se celebra tradicionalmente hoy, tuvo desde la eternidad su final trazado:
redimir al mundo a través de su muerte sacrificial, pues “para eso he nacido, y para esto he venido al
mundo”.
Dios quiso enseñarnos a ver las cosas a Su modo con la forma en que nació Jesús, pero por sobre
todo, quiso cumplir el propósito planeado desde la misma caída del hombre en el huerto del Edén, y
el propósito de Su venida a este mundo a través de la encarnación, fue la Redención.
“Un niño nacido para morir…cuando usted entiende eso, entiende la Navidad” John Piper.
“Cristo puede nacer mil veces en Belén, pero si no nace dentro de ti, estarás perdido para siempre”
Juan Bunyan
“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a esta mundo” Juan 1: 9
-Y vino al mundo a cumplir el perfecto plan de Dios.
-Vino a hacer visible al Dios invisible. Colosenses 1:15 “Él es la imagen del Dios invisible,”
-el Verbo se hizo carne Jn.1:14
-Dios se hizo hombre,
-el Creador vino como criatura,
-el Autor entró a la historia como un personaje. Sin abandonar nada de lo que significa ser
plenamente Dios, tomó todo lo que significa ser plenamente humano.
¡Él es el Emmanuel! ¡Dios con nosotros!
El estado más vulnerable, de mayor indefensión de un ser humano es cuando nace, y el Dios
Todopoderoso quiso pasar aun por ese estado para poder representar al hombre en todas sus
etapas, sin faltar ninguna, porque Él vino a dar Su vida por todos.
Qué es lo que un cristiano debe celebrar y cuándo o cómo, no es tema a debatir en esta fecha.
Conmemorar el acto de amor más grande jamás demostrado, es suficiente para que hagamos de
estas fiestas, una celebración de vida, de vida nueva y de esperanza para aquellos que hemos
creído y confesado que Jesús es el Señor.
Emmanuel, Dios con nosotros, ese niño que celebramos, ese hombre que adoramos, ese Dios que
exaltamos, ha sido y es, el regalo más grande dado a la humanidad. Dios se ha revelado en Su
Cristo, para salvarnos y reconciliarnos con Él mismo. Y esto es motivo de celebrar en esta fecha y
cada día de nuestras vidas.
¡Gloria a Dios en las alturas!
¡Gloria in excelsis Deo!