Historia General Iv - Resumen General 2018
Historia General Iv - Resumen General 2018
UNIDAD I
CARZOLIO, María Inés, Ecos recientes de un debate inconcluso acerca de la Revolución Agrícola en
Inglaterra y de la transformación de su economía agraria entre 1500 y 1850.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
ALLEN, Robert., La reinterpretación de la Revolución Agrícola Inglesa y Las dos Revoluciones Agrícolas
Inglesas, 1450-1850.
DOBB, Maurice, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Capitulo 3, Los comienzos de la
burguesía, y Capítulo 4, El surgimiento del capital industrial.
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UNIDAD II
DE DIOS, Salustiano, Realidad e imágenes de poder, El Estado Moderno, ¿un cadáver historiográfico?
HESPANHA, Antonio Manuel, Vísperas del Leviatán. Instituciones y poder político (Portugal, siglo
XVII), La teoría corporativa de la sociedad y sus reflejos en la distribución social del poder político y El
poder preeminente.
FERNANDEZ ALBALADEJO, P., Las Cortes de Castilla y León en la Edad Moderna, Cortes y poder real:
una perspectiva comparada.
PEREYRA, Osvaldo Héctor, El Antiguo Régimen. Sociedad, política, religión y cultura en la Edad
Moderna, Capítulo 2, El poder jurisdiccional: elementos para su comprensión.
CARZOLIO, María Inés, El Antiguo Régimen. Sociedad, política, religión y cultura en la Edad Moderna,
Capítulo 1, La construcción del espacio político en la Europa Moderna.
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IMIZCOZ BEUNZA, José María, Elites, poder y red social. Las élites del País Vasco y Navarra en la Edad
Moderna (Estado de la cuestión y perspectivas), Comunidad, red social y élites. Un análisis de la
vertebración social en el Antiguo Régimen.
DUCHHARDT, Heinz, La época del Absolutismo, Cambio estructural en Europa oriental y centro-
oriental: guerra del Norte, ascenso de la Rusia de Pedro I, acceso de Prusia y Austria a la categoría de
grandes potencias.
CAMERON, Euan, Historia de Europa Oxford: el siglo XVI, Capítulo 5, Las turbulencias de la fe.
BUBELLO, Juan Pablo, El Antiguo Régimen. Sociedad, política, religión y cultura en la Edad Moderna,
Capítulo 4, Las reformas religiosas en la Europa Moderna, un estado de la cuestión.
UNCAL, Lucía, El Antiguo Régimen. Sociedad, política, religión y cultura en la Edad Moderna, Capítulo
5, Debates en torno al concepto de cultura popular en el Antiguo Régimen.
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GUINZBURG, Carlo, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI.
DEDIEU, Jean-Pierre., Inquisición española, poder político y control social, Capítulo 1, Los cuatro
tiempos de la Inquisición, Capítulo 7, El modelo religioso: las disciplinas del lenguaje y de la acción,
Capítulo 8, El modelo religioso: rechazo de la reforma y control del pensamiento y Capítulo 9, El
modelo sexual: la defensa del matrimonio cristiano.
UNIDAD III
LA CRISIS SISTÉMICA DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII. PERDIDA DEL CONSENSO DEL ABSOLUTISMO. EL
PARLAMENTARISMO.
WALLERSTEIN, Immanuel, El moderno sistema mundial, Introducción. ¿Hubo una crisis en el siglo
XVII? y La fase B.
WOOLF, Stuart. Los pobres en la Europa moderna, Estamento, clase y pobreza urbana.
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ELLIOTT, John Huxtable, La rebelión de los catalanes. Un estudio sobre la decadencia de España
(1598-1640).
UNIDAD I
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El crecimiento de la población
La expansión de la agricultura
Dos factores fueron determinantes de la crisis agraria de la baja Edad Media: un proceso de
ampliación de la superficie cultivada y un proceso de intensificación. Por un lado se transformaron
tierras de cereales en praderas y campos de pastoreo, es decir, se limitó la agricultura y se alentó la
ganadería, y por otro lado aparecieron en su lugar cultivos intensivos tales como viñedos, frutales y
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plantas comerciales. Los dos procesos tenían una causa común: la disminución de la población a fines
de la Edad Media.
En el siglo XVI, bajo la presión de una población en aumento, se invirtió sobre todo el primer
proceso y menos, en cambio, el segundo. Había que alimentar un número de seres humanos que se
multiplicaba rápidamente y esto solo era posible si se volvía al cultivo de cereales, que necesitaba
menos espacio.
Pero con esto no estaba resuelto el problema. Fue necesario abrir a la explotación nuevas
tierras. Según una crónica de 1550, “ningún rincón, ni en los bosques más salvajes ni en las más altas
montañas, quedó sin desmontar ni poblar”.
Visto en su conjunto, el proceso de expansión agraria fue extensivo. Las superficies de cultivo
se extendieron, y no tuvo lugar una intensificación de la producción. Este modelo básico solo fue
quebrantado en algunos lugares del Norte de Italia, los Países Bajos e Inglaterra, donde reinaban
condiciones favorables para la comercialización de la agricultura.
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Wilhelm Abel ha hablado de los “anillos de Thunen” que comenzaron a formarse en el siglo
XVI alrededor de los Países Bajos y, en sentido más amplio, de Europa Occidental. Después de la zona
intensiva venía un anillo de cereales en el que prevalecía el cultivo por hojas trienales. A éste le seguía
una zona de praderas que abastecía con ganado a Europa Occidental. La producción se ordenaba
alrededor del centro de consumo de los Países Bajos siguiendo la ley de intensidad decreciente a
crecientes distancias del mercado.
En su carácter de “metrópoli”, los Países Bajos obligaban a sus abastecedores de materias
primas a formar estructuras productivas orientadas de acuerdo a las condiciones del mercado en el
rincón noroccidental de Europa. Las relaciones de intercambio entre ellos y la zona del mar Báltico
adquirieron un carácter casi colonial.
El auge agrario secular de la alta Edad Media, en cuyo transcurso se había disuelto la
organización servil del trabajo rural, relajando la adscripción de los campesinos a la tierra a favor de
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La re-feudalización de Rusia
Aquí también se puede ver la nueva importancia de la nueva división mundial del trabajo y el
mercado correspondiente. En el siglo XVI, Rusia estaba aún fuera de los “anillos de Thunen”. A pesar
de ello se inició una evolución muy similar a la de Europa centro-oriental. Las condiciones previas
eran aquí la disminución de la fuerza de trabajo y la desertización de amplias zonas rurales como
consecuencia de las pestes, hambres y guerras de la baja Edad Media. Las reservas de los señores se
ampliaron. Se inició la transición a los dominios señoriales. El régimen autocrático y los señores
feudales no encontraron para la despoblación de país más respuesta que intensificar el vínculo a la
tierra de los campesinos y concentrarse totalmente en la formación de los dominios señoriales.
La época de crisis de la baja Edad Media había afectado a la economía manufacturera menos
que a la agricultura, puesto que sus productos tenían una demanda elástica respecto del ingreso. Los
impulsos que sacaron en el siglo XVI a la economía manufacturera de la crisis de los siglos XIV y XV
tenían su origen en la demanda de la creciente población y en las posibilidades que ofrecían los
mercados surgidos con la expansión de ultramar.
La tasa de crecimiento de la demanda fue disminuyendo sin embargo cada vez más hacia
fines de siglo, ya que la inflación reducía el poder adquisitivo de los consumidores; además, la
demanda tenía que concentrase cada vez más exclusivamente en los productos alimenticios de
primera necesidad.
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En el siglo XVI el comercio aumentó en toda Europa. Así, el comercio europeo comenzó a
convertirse en mercado mundial.
Sin embargo, no hay que olvidar que solo en Europa central, en la zona del Báltico y del mar
del Norte y en las costas atlánticas el comercio adquirió una estructura moderna: abarcaba bienes
de consumo masivo, sobre todo cereales, ganado, cobre, textiles, productos de metal y sal. El
comercio intercontinental, en cambio, seguía aun en gran medida el modelo tradicional (especias y
metales preciosos). El carácter especulativo de los mercados de estos productos forzó la acumulación
del capital, pero al mismo tiempo lo mantuvo alejado de la esfera de la producción y contribuyó así
a conservar las relaciones de producción. Esto remite a las fuerzas que impulsaron la expansión
portuguesa y española a ultramar: la búsqueda de oro y el empeño en monopolizar el comercio de
especias.
La economía europea crecía desde mediados del siglo XV. Este crecimiento solo podía seguir
su curso si se disponía de dinero metálico en cantidad suficiente. El proceso de resurgimiento de la
economía occidental desencadeno un segundo proceso que culmino con el sometimiento del mundo
no europeo, comenzando en la Península Ibérica para continuar en América. A la nobleza se le abría
una posibilidad de aumentar sus ingresos, por lo cual se aliaba con los intereses mercantiles. La crisis
se trasladó al exterior. El saqueo, el pillaje y la explotación abierta fueron los contenidos
fundamentales del sistema colonial del siglo XVI.
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Las formas organizativas y las técnicas comerciales evolucionaron con lentitud. En el siglo
XVI, más que transformaciones radicales, se difundieron las conquistadas alcanzadas en Italia.
Una de las bases más importantes del florecimiento de las altas finanzas durante el siglo XVI
fue, además del comercio, el brusco crecimiento de las necesidades monetarias del Estado. En
España, entre 1520 y 1600, los gastos estatales aumentaron un 80%, sin que se produjera un
aumento proporcional de los ingresos. Por eso se vio obligada a pedir préstamos. Algo similar ocurrió
en una serie de otros Estados.
Cuanto mayor fuera el Estado, más necesitado estaba de los servicios de intermediarios de
las grandes casas comerciales, pues con su extensión crecía la distancia entre las regiones en las que
se recaudaban los ingresos y aquellas en las que se los necesitaba. Solo con la ayuda del capital
financiero internacional y pasando por ferias y bolsas era posible llevar la plata americana a los
escenarios bélicos del imperio español.
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En el curso del siglo XVI los precios de los cereales subieron en Inglaterra, los Países Bajos,
Francia, Alemania, España, Austria y Polonia entre el 250 y el 650%. Los precios de los productos
manufacturados no aumentaron en la misma proporción, si bien crecieron a más del doble. El nivel
de precios comenzó a crecer a más tardar a comienzos de la centuria.
En la medida en que no se incluya la producción de plata de Europa central, ya por esa razón
resulta problemático, pues, responsabilizar de la revolución de los precios a las importaciones
españolas de oro y plata de América, ya que solo adquirieron grandes proporciones en la segunda
mitad del siglo (ca 1550dc).
El aumento de la cantidad de dinero circulante bajo las condiciones de una economía en
crecimiento es mucho más reflejo que la causa de ese proceso de crecimiento. Fuerzas de carácter
real y no monetario fueron las desencadenantes de la revolución de los precios, correspondiéndole
a la plata española una importancia secundaria.
Las diferencias entre la evolución de los precios agrícolas y los manufacturados: demanda elástica e
inelástica.
El aumento inflacionario de los precios era solo la cara exterior de la revolución de los precios
del siglo XVI. Paralelamente, se produjo en el ámbito de la distribución del ingreso, un crecimiento
de la renta de la tierra y una caída de los salarios reales.
La nobleza rural logró los mejores resultados cuando amplió sus explotaciones propias y las
arrendó, como en Inglaterra y el oeste de Francia, o las explotó directamente con trabajo servil, como
en Europa central y oriental.
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Esta arrasadora dinámica del siglo XVI desembocó en una crisis general. Las condiciones del
crecimiento se transformaron en condiciones de la decadencia. El rápido aumento de la población,
que a comienzos de la onda secular había sido uno de los impulsos esenciales del crecimiento, se
convirtió en una traba que lo contuvo.
Mientras se estancaba o disminuía la producción de alimentos, seguía aumentando el
número de personas que había que alimentar. La brecha entre la población y los recursos se
ampliaba. Los precios subían. Al mismo tiempo se agudizaban los conflictos entre los campesinos, los
señores feudales y el Estado por la distribución del producto agrario.
En Europa Occidental los señores feudales trataron de invertir la tendencia descendente de
la tasa de cargas feudales; en Europa centro-oriental y oriental se siguieron aumentando las
prestaciones personales. El peso tributario aumentó. La crisis maltusiana que se iba preparando se
transformó en una crisis social. Las crisis de abastecimiento fueron ganando fuerza. Por otro lado, al
descender los salarios y aumentar los precios, se concentraba más exclusivamente el ingreso en los
productos alimenticios de primera necesidad, con lo que los productos manufacturados tenían que
limitarse, y también entraron en crisis.
A su vez, como consecuencia de la desigualdad en el ingreso y la propiedad, la acumulación
coexistía con el aumento de la pauperización (pobres, vagabundos y bandidos) y proletarización.
La formación de una capa de productores agrarios con poca o ninguna tierra no puede
atribuirse solamente al crecimiento de la población; no menos importante era el proceso de
acumulación que afecto a la sociedad campesina y provocó a veces una polarización social dentro de
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
la comunidad aldeana. Mientras que algunos campesinos conseguían ampliar sus propiedades, la
mayoría caída en la marginalidad. El movimiento secular de subida de los precios y descenso de los
salarios creó condiciones favorables para el proceso de acumulación, que se aceleró a continuación
de las crisis de hambre de fines del siglo XVI y comienzos del XVII.
Las crecientes tensiones que existían dentro de la estructura social europea se descargaron
en un gran número de estallidos de violencia, levantamientos y revueltas. Entre ellas ocupa
indudablemente un lugar especial la guerra de los campesinos iniciada en Alemania en 1525.
El campo de conflictos más importante fue la servidumbre ya que aunque se había debilitado
desde fines del siglo XV, la situación económica de los campesinos no se había distendido sino
empeorado a causa del aumento de la presión interna y externa.
A partir del momento en que comenzó a crecer nuevamente la población empeoró la relación
entre población y tierras disponibles, surgió una multitud de pequeños terrenos y las fincas a veces
se dividieron. Aumentaron los conflictos por la distribución de los recursos en el interior de la aldea.
Los señores elevaban a veces las cargas feudales introduciendo tributos a los cambios de
propiedad. Además trataban de limitar los derechos de aprovechamiento de los bosques.
Las exigencias tributarias del Estado territorial hacían también lo suyo para restringir aun más
el margen de alimentación. El proceso de territorialización tomó como objeto a la comunidad
campesina y le limitó sus posibilidades de movimiento.
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WALLERSTEIN, I., El moderno sistema mundial, Tomo I. La agricultura capitalista y los orígenes
de la economía-mundo europea en el S XVI, Capítulo 2. La nueva división europea del trabajo:
1450-1640.
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Nos encontramos en este período con una importante caída de los salarios, que puede ser
explicada a través del análisis de tres factores estructurales.
Por un lado nos encontramos con las Ilusiones monetarias y la discontinuidad de las
demandas salariales, es decir la incapacidad para percibir con precisión los aumentos inflacionarios
graduales. Incluso si eran percibidos, los salarios sólo podían ser negociados con ciertos intervalos.
Por otra parte, los salarios estaban fijados por costumbre, contrato o estatuto, interviniendo
el Estado para prohibir los aumentos salariales.
Finalmente nos encontramos también con un retraso en sus pagos (por ejemplo: cobraban
una vez al año, lo que en una era inflacionaria significaba dinero depreciado.
Las excepciones a estas bajas se dieron en las ciudades del centro-norte de Italia, y las de
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Flandes . Eran los antiguos centros de comercio y por lo tanto los trabajadores eran relativamente
fuertes como fuerza política-económica. No obstante, esta fuerza de los trabajadores y el progreso
del capitalismo fue lo que originó que estos centros declinaran como centros industriales en el siglo
XVI, dejando paso a los recién llegados que serían los triunfadores finales: Holanda, Inglaterra y, en
menor medida, Francia.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
En la forma feudal por excelencia el terrateniente (señor) producía primariamente para una
economía local, y su poder derivaba de la debilidad de una autoridad central. Los límites económicos
de su presión explotadora venían determinados por sus necesidades estamentales y por los costos
de la guerra.
En la segunda servidumbre que se desarrolló en Europa Oriental, el terrateniente producía
para una economía-mundo capitalista. Los límites económicos venían determinados por la curva de
la oferta y la demanda de un mercado.
Podemos pensar por lo tanto que es una forma híbrida, en tanto se origina en el seno del contexto
de relaciones internacionales de tipo capitalista pero utilizando mano de obra servil.
Las dos áreas se convirtieron en partes complementarias de un único sistema más complejo,
la economía mundo europea, en la cual Europa Oriental tenía el papel de productora de materias
primas para el Occidente en plena industrialización.
A partir del siglo XV, los productos que fluían del Este al Oeste eran fundamentalmente
bienes masivos tales como cereales, madera y, más adelante, lana. En sentido inverso fluían textiles,
sal, vinos y sedas.
En Europa Oriental la debilidad de las ciudades fue un rasgo fundamental para que se
desarrollara esta divergencia.
La encomienda americana
La complementariedad
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La semiperiferia y la aparcería
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El Barroco fue un período de la historia en la cultura occidental originado por una nueva
forma de concebir el arte (el estilo barroco) y que, partiendo desde diferentes contextos histórico-
culturales, produjo obras en numerosos campos artísticos: literatura, arquitectura, escultura, pintura,
música, ópera, danza, teatro, etc.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
En Europa del Noroeste, un burgués era un habitante de la ciudad con ciertos derechos y
privilegios. Para estar en esta categoría había que nacer en la ciudad o residir mucho tiempo en ella
y tener una mínima riqueza, determinada generalmente por la propiedades urbana, es decir que no
alquilaba y pagaba impuestos a la comuna.
En algunos países, para ser burgués había que tener un título legal que indicara un
determinado estatus y rango, una actividad económica de carácter rentista y un estilo de vida casi
nobiliario. En este segundo sentido el burgués era un hombre de solvencia económica, gran
respetabilidad y parte de la elite municipal.
Por otra parte, el término sugería una serie de relaciones sociales. Para la clase baja era
“jefe”, propietario rico con relación empresarial con sus inferiores. Para la nobleza, burgués era una
palabra que se usaba de manera peyorativa, porque para estos el burgués era ridículo, de malos
modales y con una incorrección social en general.
Con el tiempo los historiadores ampliaron la definición usándola para referirse a la clase
media.
La burguesía o clase media ocupa una franja más amplia de individuos: artesanos y tenderos
más ricos, banqueros, profesionales, comerciantes y funcionarios bajos de la burocracia estatal.
Desde el punto de vista de clase o estamento, es desigual internamente, con conflictos y tensiones,
donde a veces las relaciones sociales implicaban una subordinación directa de estratos bajos por los
altos.
A pesar de estas diferencias había un mínimo común que identificaba a esta clase media-
burguesía: la posesión de algún tipo de propiedad. La respetabilidad y la relativa seguridad inherente
a la propiedad de capital era el aglutinante económico y social que mantenía unido este grupo
heterogéneo.
La elite burguesa
Para Amelang el interés reside, no en el conjunto de esta clase, sino en los estratos más altos:
los comerciantes, profesionales y funcionarios que constituían la elite municipal no perteneciente a
la nobleza, vistos por sus contemporáneos como los verdaderos burgueses de la época barroca,
llamados en varias partes de Europa “ciudadanos”. Eran ricos y cultos, consumían todo tipo de
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productos materiales e intelectuales. Había una burguesía rural, pero era menos notoria y de menos
peso que la urbana.
El burgués dividía sus actividades económicas en producción y consumo, pero su riqueza les
permitía escoger entre una gama más amplia de cada esfera. El comercio tenía especial importancia
no solo por el elevado número de habitantes de las ciudades cuyo medio de vida era ese, sino
también porque los grandes mercaderes especializados en el comercio a larga distancia resultaron
ser a menudo los miembros más distinguidos de su clase debido a los vínculos que la burguesía
estableció con el poder político gracias a su enorme riqueza.
La industria contribuyó también a acrecentar las fortunas de los burgueses. Los maestros
artesanos de los más diversos tipos de comercio llegaban con frecuencia a amasar fortunas
considerables, base de su asenso social posterior, que les alejaba de la esfera denigrante del trabajo
manual de la que en principio poseían. Las profesiones “liberales” (jueces, abogados, comerciantes
en el “negocio del conocimiento”) engrosaban las filas de la burguesía.
En muchas ciudades europeas, la actividad económica que mas anhelaba la burguesía era no
ejercer actividad alguna, sino vivir de rentas (inversiones en deuda del Estado, hipotecas de bienes
raíces, acciones, etc) con la intención de imitar el estilo de vida de la aristocracia, distanciándose
algunos burgueses de actividades productivas. Ligado a esta idea estaba la tendencia de los cargos
públicos, sobre todo en Francia y Castilla, donde el Estado central representaba un papel importante
en el paso de la clase media empresarial a la económicamente pasiva. El burgués no era
necesariamente capitalista, ni este era necesariamente burgués, dada la actitud de los plebeyos ricos
de abandonar cualquier papel activo en la economía.
En cuanto al consumo no se puede hablar de pasividad. El burgués gastaba grandes
cantidades de dinero en la mejora de su espacio físico inmediato (materiales duraderos y cristales),
artículos de lujo y confort, y productos derivados de la expansión colonial que antes solo consumían
los ciudadanos de la aristocracia nobiliaria. En consecuencia, el lujo se convirtió cada vez más en un
concepto relativo, gracias a la mayor difusión de una creciente variedad de productos. Crece de esta
manera un mercado dedicado al arte y a artículos refinados y se transforma espacialmente la ciudad
con una preferencia de la burguesía de vivir en el centro de la misma.
La burguesía, como clase social reconocida, podía constituir un grupo bastante grande, pero
el burgués verdaderamente rico era poco frecuente y vivía en un círculo numéricamente reducido y
socialmente exclusivo.
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burgués: el consumo. Muchas descripciones de ciudades de esa época resaltaban los beneficios
materiales de la vida urbana, describiendo todos los productos que podían comprarse en distintos
comercios.
Pero no todo el gasto se traducía en objetos materiales. La época barroca demostró ser
fructífera para el desarrollo y difusión de nuevos modelos de consumo cultural. Algunos usos de la
época del término “burgués” iban asociados a la vulgaridad, falta de galantería y educación, pero en
la realidad el burgués se iba refinando a medida que se ampliaba su papel como consumidor de
cultura con objetos tangibles tales como libros, obras de arte y periódicos. La erudición y el contacto
regular con la palabra impresa fue durante mucho tiempo una faceta decisiva de las clases medias
urbanas.
Fue precisamente durante el Barroco cuando nuevas y más refinadas formas de expresión
cultural empezaron a formar parte de la vida diaria de los habitantes más ricos de la ciudad. Cultura
y clase quedaron estrechamente vinculadas a medida que la reivindicación de superioridad social se
fue encauzando a través de la adopción por parte de los burgueses de un nuevo modelo de ocio
asentado en la exhibición de modelos culturales diferenciados o incluso superiores. Como
consecuencia nació un modelo de comportamiento tanto social como moral: el del hombre instruido.
Fueron los nobles y la elite rentista, y no el conjunto de la clase media, los que adoptaron mejor el
nuevo modelo de consumo masivo de cultura, dado que a muchos burgueses les costaba
compatibilizar sus deseos de una vida espiritual más noble con las exigencias prácticas de los
negocios.
Si bien la ciudad era el centro en tanto instrumento para la comercialización de mercancías
culturales, es cuestionable que la cultura urbana implicara a los burgueses en una genuina
participación en esa vida espiritual. El discurso que destacaba la ciudad del XVII como lugar
privilegiado para el consumo cultural generará un discurso contrario que criticaba lo artificial y
superficial de la vida urbana y sus pretensiones de superioridad cultural. Un intelectual de la época
(La Bruyère) criticaba a los trepadores sociales que intentaban librarse de su origen social a través
del gasto excesivo y la absurda ostentación, y a su modelo, a la nobleza, una clase vanidosa,
derrochadora y mochila pesada para la sociedad.
Otra relación que tenía lugar entre el burgués y la ciudad está fundada en la política. Eran
más importantes los asuntos municipales que nacionales, en tanto representaban la mayor parte de
sus compromisos y de sus intereses. Las obligaciones cívicas de todo tipo absorbían la mayor parte
de su tiempo. Los trabajos cotidianos de la ciudad eran para ellos un derecho y una obligación.
Había una concepción colectiva de la forma en que la administración debía ser compartida
entre todos los habitantes “respetables” de la sociedad. Los burgueses tenían acceso directo a
diversas formas inmediatas de participación en la vida municipal.
El gobierno local estaba reservado a sus estratos más altos y en muchas ciudades
comerciantes y banqueros manejaban las finanzas del municipio. Pero también la burguesía
reclamaba un papel en la administración pública a nivel regional y nacional. Esto apenas se daba (o
se intentó dar) en Inglaterra y Holanda, dado que en las monarquías absolutistas del continente
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prevalecían modelos más cerrados para la participación política de la burguesía a nivel nacional,
cuando no local. De todos modos, la burguesía intentó hacer valer sus derechos de forma directa
(revoluciones como La Fronda) o indirecta (no sofocaba revoluciones campesinas).
Para estudiar la mentalidad del burgués urbano hay que tener en cuenta la influencia del
factor religioso (nociones de fe, santidad y pecado). Lo que más distinguía su vida espiritual era su
carácter altamente personal, en tanto intentaba llegar a lo divino a través de lo intelectual y de forma
individual, lo que lo alejaba de la religión popular (religiosidad moderna).
Entre la esfera pública de su actividad diaria y el retirado santuario de fe individual, estaba el
mundo privado del ciudadano de clase media y su familia mas allegada. Esta intimidad era causa y
consecuencia de lo que se denomina individualismo burgués, fenómeno cuya dimensión más
significativa consistía en una perceptible retirada hacia la privacidad.
No era un individualismo total como el del siglo XIX, sino que aún se estaba construyendo, y
se distinguía sobre todo por su enfoque familiar. Ésta era el otro extremo donde el burgués se
refugiaba del mundo urbano.
A diferencia de la familia noble interesada por el honor y el linaje, la familia burguesa se
remitía a la unidad nuclear de las dos generaciones de padres e hijos. Nace una familia nuclear que
ya no es una unidad económica, sino una unidad doméstica, privada y de refugio. El ascenso de la
familia nuclear a una posición preeminente en los nuevos modelos de contacto e intercambio social
fue el cambio más importante en cuanto a valores y comportamientos que sufrió la burguesía en este
período.
Nace una nueva moral que a diferencia de la heroica de la aristocracia, esta daba importancia
a la piedad, la sobriedad y la espontánea aceptación de responsabilidades, reconciliando dos
exigencias enfrentadas: el bien público frente al interés privado.
La “mediocridad” burguesa
La clase media era la parte situada en el centro del orden social, marcada por una relación
de distancia con la nobleza y con la plebe, esta última distancia marcada por temor a la pobreza, al
cambio de posición social, y en la amenaza a la propiedad y al orden que suponían las clases
“peligrosas”.
Con los nobles entraba en juego múltiples fronteras que separaban al burgués más rico de la
aristocracia. De ahí que los plebeyos que llegaron a la nobleza tenían conciencia de sus limitaciones
por no haber nacido aristócratas.
Esta mediocridad era característica principal de la burguesía. De este sentimiento de
mediocridad deriva el apego del burgués por el orden, y el temor al desorden. Pero esta idea no era
contraria a la noción de movilidad social, especialmente ascendente, como avance y promoción. Con
este apego al orden y al ordenancismo guarda relación la acusada racionalidad burguesa, una
confianza en la razón y en los procedimientos lógicos que precedió a la deificación posterior de
aquella por parte del Iluminismo.
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En gran parte de los Estados Occidentales, el ager y las tierras cultivables se distribuían según
un peculiar complejo de sistemas de organización del espacio: el régimen de campos abiertos u open
field.
Los campos abiertos eran extensiones de terreno en los cuales las parcelas de varias
propiedades se hallaban dispersas y entremezcladas. No se trataba de una forma de propiedad
colectiva o comunal, sino que cada propiedad poseía títulos de propiedad individual. Las parcelas no
se confundían en un todo indiviso, sino que simplemente eran bienes de usufructo individual
mezclados entre sí.
Si la propiedad de parcelas dispuestas por el ager era individual, la organización agrícola debía
tener forzosamente carácter comunal, en tanto hacía falta una organización colectiva eficiente para
tornar viable el usufructo individual.
La primera tarea colectiva era la división de tierras en 3 campos según el sistema de rotación
trienal (barbecho-cereal de invierno-cereal de primavera). Por otra parte, se establecía que las
distintas fases del ciclo agrícola (estercoladura-labranza-siembra-cosecha) debían tener lugar en
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periodos fijos. En cualquier caso, el producto de cada parcela quedaba siempre en manos de cada
productor individual.
Los derechos colectivos durante determinados momentos del año convertían al ager en
terreno del usufructo colectivo, adquiriendo la apariencia de una propiedad colectiva similar al saltus.
Algunas prácticas que imponían temporariamente el usufructo colectivo sobre los bienes de
propiedad individual eran el derecho a llevar a pastar rebaños al suelo en barbecho para contribuir
con la estercoladura, y el gleaning. Éste era un derecho comunal que beneficiaba a los pobres y
marginales, en tanto les permitía ingresar a las parcelas individuales para juntar granos y semillas que
hubieran quedado en el suelo. Esto ocurría unas pocas horas durante unos pocos días.
El termino rural que podía considerarse como propiedad colectiva era el saltus. Los bienes
comunales no eran tierras sin dueño, sino que la propiedad correspondía al titular del señorío dentro
del cual se hallaba la comunidad. Los señores cedían a perpetuidad estas tierras, aunque en este caso
no era en beneficio de una persona sino de toda la comunidad.
El saltus no era común a todas las aldeas sino a los propietarios. De todas formas, con
frecuencia la comunidad permitía que vagabundos y marginales se instalasen en ellas de forma
precaria.
Allí podían encontrarse elementos que sirvieran como combustible (tales como madera seca)
matorrales, helechos, raíces, frutos secos, trufas, hierbas medicinales, frutos del bosque y flores.
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Las disputas entre señores y comunidades por el usufructo de los bienes colectivos fueron
permanentes. Estas se presentaban cuando los primeros intentaban incorporar el saltus en sus
reservas dominicales y cuando pretendían cercar sus propiedades.
Tanto los derechos de pastoreo como del bosque (recursos del saltus) estaban claramente
regulados y la comunidad tenia accesos a ellas en forma ordenada y selectiva. Las disposiciones
comunales eran establecidas por las asambleas de vecinos y reforzadas por tribunales públicos y
señoriales.
La regulación efectiva de los pastos comunales era significativa para los niveles de
productividad de la economía campesina. Un control cuidadoso de la pradera colectiva permitía el
aumento del número de cabezas de ganado de la comunidad. Los derechos de pastoreo estaban
estrictamente limitados a los vecinos de la comunidad, con prohibición explícita de ingreso para
propietarios de parroquias aledañas. Los vecinos con pocos animales no podían ceder a los vecinos
de otras comunidades la porción sobrante de sus derechos. El excedente debía repartirse en
beneficio de los restantes propietarios de la aldea.
Los estatutos de la mayoría de los open fields ingleses sugieren que durante el siglo XVIII, las
autoridades locales hacían todos los esfuerzos posibles para mantener las tierras comunitarias en
buen estado. Establecían cuotas para ingreso de animales, incentivaron el cultivo de forrajeras,
explotaron en forma pareja las secciones del prado, trataban de prevenir la difusión de enfermedades
y buscaban facilitar la cría selectiva del ganado. El discurso de partidarios del cercamiento que hacía
referencia a comunales devastados, animales descuidados, mal nutridos y promiscuamente
entremezclados, no coincide con la preocupación por la explotación racional de los productos
colectivos.
El bosque constituía lo esencial de recursos provistos por el saltus. Estos recursos eran
esenciales para la supervivencia de los no propietarios. En el bosque se obtenían recursos para
ingresar en la red de intercambios con los otros vecinos, reforzando la ética mutualista. También los
animales (gansos, vacas, ovejas, cerdos) podían alimentarse en los yermos y bosques.
Como los aldeanos vendían en el mercado muchos de los productos que recogían en el
bosque, los comunales podían considerase como una fuente de empleo, siendo para todos una parte
vital de la economía.
El tiempo que se empleaba en apacentar cerdos o gansos, recoger madera, juntar frutos, era
tiempo que no estaba disponible para los empleadores. Esta libertad les permitía emplear su tiempo
en otras actividades. Para los impulsores del enclosure este estilo de vida propiciaba la vagancia y
ocio social. La eliminación de este sistema contribuiría al mejor funcionamiento del mercado libre de
trabajo que el capital necesitaba.
Pero la independencia respecto de la economía de mercado tenía otros motivos: los recreos,
reuniones y celebración rurales también eran expresión de la peculiar economía del campesino. Los
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contactos sociales creaban vínculos y obligaciones. Con menos horas de trabajo se obtenía lo
necesario para la reproducción del grupo familiar.
El bosque comunal establecía una suerte de igualdad entre los miembros de la comunidad.
Caridad y solidaridad. Hoy por ti mañana por mí, sintetiza la lógica del funcionamiento de las redes
comunitarias.
Tras la importancia de los cercamientos parlamentarios, los campesinos ya no fueran capaces
de reconstruir las antiguas redes de solidaridad y seguridad social que habían conocido, el don y
contradon. Deberán pedir permiso para ingresar allí donde sus antepasados vivieron y trabajaron. Si
obtenían permiso para ingresar al bosque era ahora un privilegio, no un derecho que les era propio.
En el apartado anterior busco remarcar la importancia que los recursos del saltus tenia para
la supervivencia de pequeños y medianos productores. También se vio las oportunidades que aquel
ofrecía para la construcción de espacios de socialización y redes de seguridad social: ¿Significa ello
que la comunidad rural carecía de conflictos?
A mediados del siglo XVII el señor feudal comenzó a proclamar su dominio absoluto sobre
pastos comunales con un objetivo: consensuar el uso de los prados y arrendarlos a terceros, cercarlos
y dedicarlos a la producción agrícola.
Por muchas décadas, los esfuerzos del señor fueron en vano. Los aldeanos continuaron enviando su
ganado a pastar en el comunal.
Sin embrago ¿eran los pobres los que apacentaban sus animales en los comunales? ¿Quiénes
se beneficiaban con el usufructo de la propiedad colectiva?
Eran esenciales los baldíos para la reproducción del campesinado de subsistencia. En primera
instancia la respuesta parece afirmativa pero cambia si observamos la calidad y cantidad de ganado
introducido en el prado.
Las ovejas eran ideales para el emprendimiento comercial de envergadura. Los aldeanos que
pugnaban por ingresar en comunales contra la voluntad del señor eran pobres y mini feudatarios
pero formaban parte del engranaje de la ganadería comercial.
Introducían en los comunales las ovejas de mercaderes a cambio de una parte de los
beneficios. Los capitalistas proporcionaban animales y los pequeños productores sus derechos
colectivos. El prado colectivo era el nexo para una alianza entre los agentes del naciente capital
agrario y el campesinado modesto.
¿Que buscaban en cambio los señores cuando propiciaban el cercado y arrendamiento de los
comunales? Los cercamientos de comunales en el siglo XVIII no eran más que intentos de redefinición
de los límites de la reserva comunal, una brutal redistribución territorial en beneficio de la clase
señorial.
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comunales tuvieran que ponerse por escrito es la más clara prueba de que las disputas por recursos
no estaban ausentes y que el mutualismo y la cooperación tenían sus límites. Las regulaciones
colectivas buscaban encauzar los conflictos evitando que los aldeanos se enfrenten abiertamente
unos con otros.
Cuando se preguntaba a los campesinos si deseaban subdividir los comunales, los pobres
votaban a favor de la partición, porque carecían por completo de ganado y no obtenían beneficio
alguno. Las únicas voces discordantes eran las de los campesinos más prósperos, quienes tenían los
derechos de pastura y los rebaños importantes en cada localidad.
En la Francia pre revolucionaria, en 1768, el intendente de Lorena decía que el enclosure
producía un inevitable incremento de la producción agrícola en sus tierras, sin embargo el
cercamiento general provocó una cerrada oposición.
Mientras que en Inglaterra los cercamientos se realizaban mediante leyes en el parlamento,
en Francia el procedimiento requería la aprobación unánime de todos los propietarios. Sin embargo,
los campesinos más ricos fueron los que se opusieron y no contribuyeron a la realización de las obras.
El cercamiento tuvo fundamentalmente un coste sideral, producto de las dificultades para
lograr el consenso de los propietarios grandes y medianos, y absorbió muchos años de beneficios que
el intendente esperaba obtener de su emprendimiento.
Las verdadera barrera contra el avance del capital agrario era el comportamiento parasitario
de los propietarios más ricos, sumado a un problema legal que dificultaba la supresión del régimen
abierto.
Esta vía supone la desaparición del campesinado de subsistencia y el reemplazo por una
nueva estructura social formada por terratenientes, arrendatarios y asalariados. Esta transformación
demanda dos procesos simultáneos y complementarios: la transformación en el sistema productivo
y la transformación en el régimen de propiedad de la tierra.
Esta superposición produjo una transformación cualitativa de la estructura económica y
social inglesas, generando un aumento del producto agrario, de la proletarización y el éxodo masivo
de la zona rural hacia centros urbanos, alterando la distribución espacial de la población
económicamente activa.
Los cercamientos generales: el ocaso del open-field entre los siglos XVII y XIX.
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Las políticas en torno a los cercamientos: el despoblamiento rural vs el aumento de las rentas.
Enclosing y engrossing fueron dos de los tópicos más controvertidos en la Inglaterra de los
Tudor. Aunque los dos fenómenos podían darse por separado, siempre se los asociaba juntos, ya
que ambos eran los causantes del despoblamiento rural. Asi mismo, se lo asociaba con otro
fenómeno: la reversión de tierras agrícolas en praderas para la cría de ganado.
Los cercamientos no generaron controversia mientras los baldíos y tierras vírgenes fueron
abundantes, pero los serios desacuerdos comenzaron cuando a raíz del crecimiento económico y
demográfico del siglo XVI los comunales resultaron insuficientes.
Cuando hacia finales del siglo XV la población comenzó a crecer, las reversiones y los cercados
continuaron, fomentados por las nuevas condiciones de mercado, el incremento local e internacional
de la demanda de lana, provocado por el desarrollo de la producción textil. Aun cuando este comercio
lanar declino en 1550 y favoreció la producción de granos, el cercamiento no cesó.
Los primeros reclamos en contra de los cercamientos llegaron al Parlamento durante el siglo
XV, aunque el Parlamento se preocupo realmente en 1488 con el avance de los enclosures y el
despoblamiento del campo. El primer obstáculo que encontraron estos tempranos actos anti
enclosure era la postura de los terratenientes, quienes veían en los cercados un procedimiento eficaz
para aumentar su renta propietaria.
A partir de 1590 las transformaciones en la coyuntura económica nacional obligaron a revisar
los criterios que sustentaban la legislación agrícola desde los tiempos de Tudor. En 1593 por ejemplo
la baratura del grano llevo directamente al Parlamento a abolir todos los estatutos contrarios a la
conversión de las tierras de labranza en pasturas.
La convicción de que los cercamientos eran perversos parecía haber llegado a su fin. Por motivos de
estrategia política (aumento numero de labradores y exportación de grano) la reina Elizabeth optaba
por la defensa de la agricultura.
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Pero los debates que tuvieron lugar entre 1597 y 1601 sugieren que el peso de la opinión del
Parlamento se desviaba hacia la lógica acumulación/expropiación impulsada por un capital agrario
en ciernes.
En 1630 la visión sobre el problema agrario había cambiado. En 1640 el despoblamiento rural
seguía siendo un mal a combatir, solo que ya no se asumía que los cercamientos fueran siempre
responsables del fenómeno.
A principios del XVII había comenzado un nuevo método de cercamiento que no provocaba
despoblamiento: acuerdo mutuo entre propietarios. El alejamiento de la crisis de escasez –por el
avance del capital agrario- y estos procedimientos consensuados contribuyeron a este cambio radical
en la percepción de los enclosures a principios del XVII.
Cuando el Parlamento volvió a ocuparse del tema a mediados del siglo XVIII fue para impulsar
de forma decidida las transformaciones demandadas por el capitalismo agrario.
El ocaso de una era: los enclosures parlamentarios durante los siglos XVIII y XIX.
Los cercamientos del siglo XVIII eran mayoritariamente leyes o actas del Parlamento. En la
práctica implicaba el reordenamiento general de la propiedad territorial en un área determinada. No
estuvieron ausentes los cercamientos por acuerdo mutuo o por unidad de posesión pero se hallan
en minoría frente al más rápido procedimiento de leyes parlamentarias.
En el siglo XVI el objetivo principal de los cercados era la conversión de la tierra en pastos
para la cría de ganado. En el XVIII era la aplicación de los adelantos técnicos y agronómicos que
supuestamente posibilitarían el incremento revolucionario de la productividad agrícola.
En el siglo XVI los cercados fueron combatidos por el Estado central pero en el XVIII fueron
impulsados por los legisladores y ministros de la corona.
El trámite parlamentario comenzaba una vez que el petitorio reunía el número de firmas
necesarias. El procedimiento era extremadamente oneroso. Una vez que el parlamento votaba el
enclosure comenzaba la tarea de la ejecución in situ. Los agentes del Estado iban al terruño y median
parcelas, estimaban rentas, etc. Había que levantar cercados, trazar una nueva red de caminos,
reorganizar las vías de drenaje; era una reorganización del espacio, de la economía, de las relaciones
sociales y la cultura de la comunidad campesina.
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Esta expulsión del campesinado de subsistencia por medio de los mecanismos del mercado,
constituye la consecuencia esencial de la abolición del régimen de open-fields. Los mecanismos
coercitivos, la fuerza del Estado y la violencia de la ley se limitaban a la aprobación y ejecución de las
actas.
El engrossing y la expropiación final, sin embargo, tenían lugar gracias a una multitud sigilosa
de transacciones privadas, cotidianas, convenidas sin ruido alguno, que ocurrían sin que el
Parlamento o institución alguna del Estado intervinieran en forma directa.
Así, en medio siglo, desaparecieron en el campo ingles decenas de miles de fincas.
Existen dos vías posibles para explicar el incremento de la producción agrícola: por extensión
de tierras ocupadas, es decir debido a un crecimiento de orden cuantitativo, o por crecimiento
cualitativo debido al aumento de la productividad de la tierra.
La evidencia nos muestra que a mediados del siglo XVI (ca 1550dc) poca tierra nueva quedaba
disponible, por lo que considerar que el ascenso de la productividad fue producto de la
transformación en las técnicas de producción es una explicación más plausible para el aumento de la
producción de alimentos.
Los principales factores que sustentaron la revolucionaria transformación de la producción
agrícola fueron:
a) la Inversión de capital para la recuperación, producción e incorporación al sistema productivo de
pantanos y páramos a través del drenaje.
b) la eliminación del barbecho como forma de reponer el nitrógeno del suelo.
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c) la introducción de cultivos forrajeros para reponer los minerales del suelo y servir de pastura para
los animales.
d) la difusión de nuevos cultivos. Los cambios en la combinación de cultivos alimenticios podrían
provocar un incremento en la productividad de tierra cuando especies de bajo rendimiento eran
reemplazadas por otros de alto rendimiento. Se produjo la declinación del centeno por el trigo y la
difusión de la papa. La importancia reside en que el trigo y la papa proveían más calorías que el
centeno.
e) la especialización regional. Ésta posee la ventaja que al adscribir en cada región los cultivos más
apropiados para la calidad de suelo, aumenta el volumen global de productos agrícolas. Entre 1661
y 1740 se detecta claramente la emergencia de patrones regionales distribuidos por el reino, con la
consolidación de un Oeste ganadero y un Este agrícola. Para mediados de siglo XVIII ya había
alcanzado su pleno desarrollo.
Cuando estos factores fueron introducidos en conjunto los resultados fueron espectaculares.
El sistema de agricultura convertible tuvo su apogeo entre 1590 y 1660. En este, las praderas
eran transformadas por varios años en campos de cultivos y luego revertían a su condición original
de pasturas durante un lapso de 20 años para que se produjera la recuperación plena de los
nutrientes de la tierra, entre ellos el nitrógeno.
Desde fines del siglo XVII se percibe un retroceso en el empleo del sistema de agricultura
convertible. La principal renovación del sistema de cultivo fue el sistema Norfolk o de rotación
cuatrienal, que terminó siendo la mejor forma de integración de la agricultura y la ganadería.
En lugar del barbecho, los cereales se alternaron con plantas forrajeras como el trébol y el
nabo, por lo que el aumento en la superficie cultivada se complementaba con un aumento de
nitrógeno y un descenso de pestes y enfermedades.
Las diferencias en los volúmenes de producción en los 2 sistemas (trienal y cuatrienal) son
revolucionarios, ya que prácticamente se duplican las cantidades sin alterar la superficie de la granja.
El sistema cuatrienal no se consolidó hasta después de 1800, y su plena difusión debe situarse
en la primera mitad del siglo XIX. Es precisamente entonces cuando se percibe un crecimiento sin
precedentes del producto agrícola nacional y un aumento de la productividad del suelo.
5
Región de Norfolk, donde se emplea el sistema que lleva su nombre.
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El reemplazo del barbecho con cultivos forrajeros, pieza clave dentro sistema Norfolk,
introdujo la novedad esencial sin agotar el suelo. La superficie cultivada con cereales pudo
extenderse hasta abarcar el 50% la tierra, al tiempo que el otro 50% era sembrado con forrajeras,
que permitía alimentar rebaños más extensos y que a su vez proveían abono más importante.
Por primera vez la economía de escasez, de crisis, de mortalidad y de hambrunas cedía lugar
a una era de abundancia en la producción de alimentos.
La autora presenta los principales puntos de un debate no resuelto entre dos libros que
reúnen interpretaciones diferentes sobre la revolución agrícola inglesa.
El eje de la obra de Mark Overton está constituída por la tesis de que la revolución agrícola
se produjo durante el siglo que transcurrió entre 1750-1850, y que no hubo una anterior a la misma.
Los dos rasgos característicos del cambio agrario habrían sido el aumento de la producción y
de la productividad y la transformación de las estructuras agrarias en estrecha relación. La esencia
de la revolución agrícola se centró asi entonces en el aumento de la productividad.
Overton representa la visión tradicional acerca de la revolución agraria y su relación con la
aplicación del sistema de rotación cuatrienal Norfolk (nabos, cebada, trébol, trigo) que fue vista como
la responsable de las mejoras sin precedentes en los rendimientos de las cosechas y de la producción,
ya que habría permitido escapar a la agricultura inglesa de un círculo vicioso de relaciones entre
ganadería y cereales, previniendo los aumentos de los precios del producto al extender el área
cultivada y suprimir el barbecho.
Este círculo vicioso habrá sido roto al reemplazar al barbecho por el cultivo de forrajeras. La
importancia del forraje radica en las propiedades de fijar el nitrógeno atmosférico, nutriente valioso
para los cultivos de cereal, que deben absorberlo a través de sus raíces. Por lo tanto, se inauguró un
modo de obtener una espiral ascendente del progreso productivo en la medida en que se podía
obtener más alimentos con la misma superficie de cultivo.
Los nuevos cultivos forrajeros, la rotación del Nortfolk, la conversión de la agricultura familiar
y los cercamientos parlamentarios, sumados a otro grupo de elementos importantes como la cría de
animales, el drenaje de los campos y las nuevas maquinarias, justificaban el carácter revolucionario
del periodo, en tanto se calcula que en 1850 la agricultura inglesa alimentaba unas 6.500.000
personas más que en 1750. Aunque también se cultivaba mayor extensión, el aumento era resultado
en gran parte del aumento en la productividad por unidad de superficie.
Esta interpretación indica una relación entre modelos demografistas y mercantil, por cuanto
ambas priorizan el factor demanda.
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Overton examina también los cambios institucionales que se producen en este período. El
periodo anterior se caracterizaría por una agricultura de subsistencia, signada por la pequeña
producción que se comerciaba directamente en mercados locales. En el periodo que transcurre entre
1750 y 1850 se produce una nueva orientación hacia el mercado, actuando mercaderes
intermediarios y grandes explotadores. Ambos momentos se caracterizan por la preeminencia de
relaciones sociales y dominación diferentes.
A lo largo del tiempo se conformaría una imagen tradicional de revolución agrícola con el
supuesto de que la agricultura tradicional era incapaz de modernizarse.
El aumento de la productividad fue relacionado con la paulatina desaparición de la
producción familiar, la explotación en pequeña escala, los estados feudales, la propiedad comunal y
los campos abiertos; siendo reemplazadas por el cercamiento, la explotación en gran escala y la
empresa capitalista e individualista.
Sin embargo, la investigación a escala local modificó los supuestos en los que se había basado
la imagen y la versión tradicional del cambio revolucionario, comenzando a ponerse en duda para la
propia Inglaterra, país que la inspiró.
El cuestionamiento más radicalizado llega de la mano de Robert Allen que refuta en varios
puntos la síntesis de Overton y plantea que la imagen tradicional de la revolución agrícola no se
cumple en Inglaterra.
Este autor no emplea técnicas diferentes de investigación, sino que utiliza una perspectiva
diferente al revalorizar la capacidad innovadora de la pequeña explotación familiar en los open fields,
cuestionando la interpretación de los cercamientos como el cambio fundamental en la producción
agrícola. Para Allen, hay que pensar una secuencia diversa de avances en agricultura la inglesa desde
la Baja Edad Media hasta 1850, teniendo en cuenta que el aumento de la productividad se produjo
por unidad de superficie debido al aumento de la productividad por trabajador y de la renta agraria.
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Overton estima que el aumento de la productividad de las tierras del siglo XV seria atribuible
al efecto de un aumento en la aplicación de trabajo a la agricultura, unida al rescate de tierras
cultivables. Pero en ese siglo el aumento de la producción por unidad de superficie se correspondía
con una reducción en la productividad del trabajo.
Desde 1650, sin embargo, hay pruebas de que ambos (tierras cultivables y productividad)
estaban aumentando. Es comparable que entre 1700 y 1850 la productividad del trabajo en la
agricultura se dobló.
Para Overton en el aumento de la producción influyen factores como la recuperación de
tierras, cambios en la superficie de pastos y tierras cultivables, rotación de cultivos, reducción de
barbechos, cultivo de forrajes. Todos los factores estaban interconectados.
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De todas maneras, las aldeas con cercamientos eran las que presentaban un
comportamiento moderno maximizador de la renta y probablemente adoptaron los nuevos métodos,
en cambio, la adaptación a éstos en las aldeas con campos abiertos fue modesto.
La reorganización de las tierras en explotaciones más extensas comenzó en el siglo XVII y se
impuso en el XVIII. Sin embargo, los rendimientos aumentaron en las explotaciones de todos los
tamaños entre 1550 y 1725.
El aumento del tamaño de las explotaciones tuvo efectos sobre la productividad por la via
del empleo de la mano de obra: las explotaciones mayores empleaban menos trabajadores por
unidad de superficie que las pequeñas. La consecuencia fue el aumento de la producción por
trabajador.
Allen se remonta a la opinión de los intelectuales del siglo XVIII con respecto a las prácticas
de los agricultores de campos abiertos. Un contemporáneo, H. S. Homer, considera a los campos
abiertos como un obstáculo para acordar cualquier mejora a causa de que el número de propietarios
era un obstáculo para lograr la unanimidad en la toma de decisiones sobre la producción.
Sin embargo, una ley de 1773 permitía gestionar el sistema con ¾ partes de los votos, y los
campesinos que cultivaban en campos abiertos incorporaron nuevos cultivos, lo que pone en
entredicho la unanimidad necesaria invocada por Homer.
Para comprender el proceso de toma de decisiones en los campos abiertos, fue preciso volver
a las fuentes no estadísticas, donde Allen halló ejemplos de una mayor flexibilidad. Se adoptaron
formas mixtas y acuerdos que permitían la experimentación de los más emprendedores mediante el
cercamiento de una parte de los campos abiertos para ensayar nuevos cultivos, los cuales podían
generalizarse luego a través de ordenanzas.
La alternancia de pastos y cultivos fue practicada por los agricultores en regímenes de
campos de abiertos, de manera que no parecen haber constituido un obstáculo a las innovaciones.
Los campos abiertos, por consiguiente, eran capaces de introducir mejoras y cuando
predominaron, de los siglos XVI hasta principios del XVIII, testimoniaron un aumento de la producción
y de la productividad.
Las aldeas con campos sin cerca elegían normalmente un tipo de técnica que no era
maximizadora de la renta6.
Si se trataba de tierras pesadas donde se requerían disciplinas colectivas y una coordinación,
se convertía el cercamiento. En las tierras livianas con arrendatarios, estos podrían haber optimizado
sus rentas, pero al no incrementar sus propios ingresos, sino solo los del arrendador, no tenían
incentivo para cambiar sus prácticas.
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Cantidad de dinero u otro beneficio que produce regularmente un bien.
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Overton considera que el campesinado autosuficiente tiende a disminuir desde el siglo XVI y
que los cercamientos parlamentarios fueron solamente el golpe de gracia.
PARA ALLEN, LA PRINCIPAL CONSECUENCIA ECONÓMICA DE LOS CERCAMIENTOS DEL SIGLO
XVIII FUE LA REDISTRIBUCIÓN DE LA RENTA AGRÍCOLA EXISTENTE, NO UN INCREMENTO DE LA
PRODUCTIVIDAD.
En cuanto al empleo y productividad del trabajo, para Overton los cercamientos que no
redujeron la superficie dedicada al cultivo del cereal no tuvieron efecto sobre la ocupación, no así los
que se transformaron en pasturas. Las explotaciones más grandes redujeron el numero de
trabajadores por unidad de superficie, aunque esta situación se compensó con el aumento de la tierra
dedicada a forrajes, con lo que el nivel del empleo se mantuvo invariable, la productividad del trabajo
constante y la producción agrícola estable después de 1750.
En cambio, Allen sostiene que fue la elevada productividad del trabajo y no la de la tierra la
que hizo que la agricultura inglesa fuera extraordinariamente productiva a principios del siglo XIX.
Por otra parte, en lo que respecta a la inversión de capital, las grandes explotaciones tenían acceso a
créditos más baratos.
Para Allen, Overton no se aventura en este análisis sino que sigue los lineamientos
tradicionales de la historiografía sobre la agricultura inglesa.
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Un yeoman, especialmente en la época isabelina de finales del XVI y comienzos del XVII, era un
campesino libre que poseía una pequeña propiedad.
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Fue importante el cambio en los métodos de labranza y el cultivo de plantas fijadoras del
nitrógeno, que aumentaron los niveles de este en el suelo, incrementando los rendimientos.
Esos cambios se comprueban en los cultivos de los campos abiertos, contradiciendo a los
historiadores que dicen que no habrían podido ser introducidos en ellos.
Las semillas pudieron mejorar por dos vías que aun no han sido estudiadas: la potenciación
del comercio interregional y la selección de semillas por los agricultores.
Overton estima que a pesar de los cambios introducidos en estos siglos ( la abolición de los
comunales y la emergencia de una nueva estructura de clases) los fundamentos de la economía
agraria precapitalista persistieron, con lo que limita radicalmente el valor de la actuación de los
yeomen.
A pesar de reconocer las rotaciones y las mejoras introducidas en los métodos de cultivo
entre los siglos XVI y XVIII, Overton vuelve a las conclusiones de E. L. Jones en los ’60. Este autor
consideró que a mediados del siglo XVII la agricultura inglesa pasó por una transformación en sus
técnicas ampliando el mercado, pero que su fase revolucionaria había transcurrido durante el
Commonwealth y los periodos de restauración.
Jones argumentó también que la importancia del siglo siguiente a 1650 se debe a una serie
de limitadas innovaciones. Estas resultaron en el aumento de la producción de cereal por unidad de
superficie y en un aumento en el producto total.
En contraste con el siglo siguiente, el crecimiento de la población quedó estancado después
de 1650dc. Para Overton, esta ralentización del crecimiento demográfico se debió a factores
malthusianos, que probarían la insuficiencia de las innovaciones anteriores al siglo XVIII.
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En su primer artículo Brenner partía de la idea de que los sistemas de distribución social de
la propiedad, una vez establecidos, fijaban unos límites estrictos e imponían pautas generales al curso
de la evolución económica.
En el seno de estructuras de propiedad diferentes y de equilibrios de poder distintos, las
tendencias demográficas o mercantiles, juntamente con el factor precios, presentaban diversas
opciones y riesgos y, por tanto implicaban respuestas dispares que tenían consecuencias desiguales
para la economía como un todo (a diferencia del planteo de muchos demografistas).
Las estructuras de clases tienen que ser centrales en cualquier análisis de la evolución de la
economía a largo plazo de la Europa preindustrial.
Los límites puestos a la auto reproducción de la clase señorial y campesina son característicos
de la economía pre industrial y pre capitalistas, habiendo una tendencia secular hacia la caída de la
productividad del trabajo y, en última instancia, una crisis económica a gran escala.
Brenner afirma que la interrupción de un proceso de crecimiento autosostenido derivó de la
evolución paralela de dos aspectos de las relaciones de clases: el derrumbe del sistema señorial de
extracción del excedente por medios extra económicos por un lado, y el debilitamiento de los
campesinos en cuanto a su posibilidad de conseguir la propiedad plena de la tierra por el otro.
En Inglaterra la relación señor propietario/arrendatario-capitalista/trabajador asalariado fue
una de las bases de la transformación de la agricultura, en el resto de Europa se mantuvo el anterior
esquema (tenencias campesinas, extracción de excedente por vías extra económica).
Las diferentes evoluciones regionales dependían de las formas de las diversas distribuciones
de las propiedades de la tierra, resultados de la resolución de la lucha de clases que se da a partir de
la reacción señorial.
Brenner no contradice los grandes ciclos agrarios de doble fase vinculados al cambio
demográfico planteados por los demografistas. De hecho dice que este modelo cíclico de doble fase
permaneció vigente en la economía de la mayor parte de Europa en la Edad Media e incluso en la
Moderna en algunas zonas. Su intención es exponer las limitaciones de los modelos neo
malthusianos/ricardiano presentados por los intérpretes demografistas como explicación actualizada
de los modelos a largo plazo de la distribución del ingreso, de las fluctuaciones cíclicas y del no
desarrollo económico relacionado con lo anterior.
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Brenner aclara, ante la crítica de Postan y Hatcher, que él no critica el modelo general de los
demografistas sino que este modelo de ganancias de factores demográficamente determinados no
sirve para la explicación de la distribución del ingreso entre las clases sociales.
Su argumento consistía en que las modificaciones de la escala relativa de factores con efectos
sobre los cambios demográficos tenían alguna consecuencia en la distribución del ingreso en la
Europa medieval únicamente si se refractaban, por así decirlo, a través del prisma de las oscilantes
relaciones sociales de propiedad y de los equilibrios fluctuantes de las fuerzas de clases. Entonces la
distribución del ingreso, ocasionada por cambios demográficos introducidos por los precios o la
relativa escasez de factores, dependían de la relación de fuerzas entre las clases (ejemplo si los
campesinos lograron establecer censos fijos, o los señores tenían el poder de modificarlos a su
antojo).
Los demografistas, en cambio, ven el tema de la extracción del excedente o las relaciones de
clases como una variable dependiente de sus modelos de población. Así adjudicaron al desarrollo
demográfico no sólo la relación precios/escasez de factores, sino incluso el incremento de la
capacidad del señor para imponer derechos sobre sus colonos, etc. Por lo mismo, mediante el declive
demográfico explican el declive de la servidumbre en Europa occidental.
Pero a esto, Brenner dice que los mismos componentes demográficos en el mismo período
se vieron acompañados por tendencias opuestas en la distribución del ingreso en diversas regiones
europeas. Ejemplos paradigmáticos de esta son Inglaterra y Francia en los siglos XII y XIII, en el primer
caso se refuerza la propiedad señorial y la capacidad de crear exacciones (arbitrarias), mientras en el
segundo se refuerza la posición de los campesinos.
Las dificultades con las que se enfrentan los intérpretes demográficos para explicar sus ciclos
de estancamiento a largo plazo son tal vez tan espinosas como las relativas a la distribución del
ingreso. Lo que se cuestiona es la utilidad del modelo malthusiano para definir con precisión el marco
específico de este gran ciclo agrario.
En primer lugar la aparición de una súper población estuvo directa y estrictamente
relacionada con la distribución del ingreso y de la riqueza, sin mencionar la disponibilidad de tierra
no cultivable.
En segundo lugar, se supone que el mecanismo malthusiano ha funcionado como un proceso
de reajuste homeostático para equilibrar la población trabajadora con los recursos potenciales de la
sociedad (teniendo en cuenta el nivel tecnológico existente). Pero, en realidad, este requisito previo
no tuvo necesariamente que cumplirse en la Europa pre industrial, dado que la producción y la
distribución estaban muy condicionadas por las relaciones de extracción de excedente entre señores
y campesinos.
De hecho, la caída de la población no consiguió restablecer las condiciones para una
recuperación económica (de acuerdo con los principios malthusianos) en la mayor parte de Europa
a partir de mediados del siglo XIV. Afectados por el descenso de sus ingresos (como resultado del
descenso poblacional), los señores echaron mano de su capacidad coercitiva, incrementando las
exacciones (rentas y derechos señorial) generando luchas intestinas, así se siguen debilitando las
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Debido a que los demografistas no integran sus explicaciones del gran ciclo agrario en una
teoría del atraso y del desarrollo económico, no pueden ofrecer una explicación satisfactoria, tanto
para la forma específica del estancamiento que ellos han definido, como para las fuerzas que han
permitido la ruptura de un estancamiento hacia un crecimiento económico regular.
El planteo de Le Roy Ladurie afirma que su modelo homeostático también integra una
tendencia unilineal hacia un capitalismo agrario. Brenner dice que no hubo un impulso unilineal hacia
el capitalismo. En Europa del Este los señores consolidan la servidumbre, en Francia la propiedad
campesina permanece casi intacta convirtiéndose con el Absolutismo Estatal, pero Inglaterra se
allana el camino para capitalismo agrario. Aquí se ven también las diferentes respuestas que
adoptaron las clases feudales dominantes frente a problemas y condiciones similares. Trayectorias
opuestas en la formación de clases en el seno del feudalismo europeo, y las luchas de poder que los
fundamentan. Para Le Roy Ladurie el efecto del conflicto es puramente superficial.
Brenner discute con Le Roy y con Bois y lo acusan de politizar su análisis de la economía
feudal. Dice Bois que su manía por la lucha que clases le impide ver la ley económica interna de la
sociedad feudal, lo cual sería la caída de la tasa de apropiación feudal. Para Brenner es fundamental
en su análisis la fusión entre lo político y económico, características definitorias de la estructura de
clases y del sistema de producción de feudal.
Las diversas formas de desarrollo de este sistema de expropiación de excedente por
mecanismos extra económicos ofrece la clave para comprender la evolución de la economía feudal.
Para este periodo (finales del Edad Media, principios de la Moderna), las actividades
productivas las realizaban campesinos en posesión de la tierra y del utillaje necesario para procurarse
la subsistencia. La reproducción de los campesinos, por tanto, no requería una intervención
económica ni una contribución productiva por parte de los señores. Éstos, para asegurarse una renta,
tenían que poder ejercer algún control sobre los campesinos, y ello fue posible gracias a la capacidad
para ejercer directamente este poder.
Se tendía a asegurar la posesión campesina bien por el creciente reforzamiento de las
comunidades campesinas, bien por la división de la soberanía. La soberanía dividida implicaba
competencias entre señores que impedían cualquier tipo de colaboración mutua, por consiguiente,
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obligaba a los señores a ceder tierra a los campesinos sobre bases más o menos permanentes, como
un incentivo para que permanecieran en sus tierras y pagaran sus censos.
A su vez esta dispersión del poder también dificultaba que los campesinos lograran obtener
la propiedad plena de la tierra ya que estaban obligados a buscar la protección de un señor, con el
fin de evitar que los otros señores les arrebataran sus tierras.
En consecuencia, es preciso entender que las formas y las condiciones que definían las
posibilidades de los señores para ejercer su poder sobre la renta como relación social, constituyó lo
esencial de su formación como clases dirigentes y marcaron profundamente las líneas de desarrollo
de todo el sistema de producción.
En determinados momentos, debido al crecimiento demográfico, (que genera una creciente
demanda de tierra), los campesinos deben volverse arrendatarios del señor. De esta manera el señor
puede obtener rentas sin tener que recurrir a métodos extra económicos. Pero la mejor forma de
mantener su poder era mediante la extracción del excedente con mecanismos compulsivos extra
económicos, el anterior mecanismo terminaba dependiendo de otro factor, como por ejemplo del
crecimiento demográfico.
Las disposiciones que sancionaban la extracción de la renta en un primer momento tomaron
la forma de derechos jurisdiccionales sobre colonos, pero con posterioridad se identificaron con los
mecanismos de propiedad y/o control de cargos públicos, lo que les dio derechos a participar de
extracción centralizadas, es decir en la fiscalidad estatal.
En cuanto a Bois, Brenner critica su forma de analizar la evolución de la economía feudal en
su conjunto, sólo por la fórmula económica. Dice Brenner que en la medida en que el sistema feudal
de relaciones de clase estaba políticamente constituido, éstas tendían a imponer una dinámica extra
económica al curso evolutivo de la economía feudal.
Por supuesto que las posibilidades de apropiación del excedente de los señores se veían
limitadas por las posibilidades de producir que tenían los campesinos, por lo tanto, la estructura de
la producción de los campesinos, como dice Bois, marcó profundamente la economía feudal. Pero el
sistema de extracción del excedente fue desarrollándose de acuerdo con su propia lógica y hasta
cierto punto sin referencia alguna a las exigencias de la producción campesina, como una función de
las necesidades crecientes de los señores de un consumo políticamente motivado.
El desarrollo económico feudal presentaba una situación conflictiva ambivalente entre la
auto-reproducción campesina y el consumo improductivo mediante la apropiación del excedente de
los señores.
Discutiendo con Hatcher y Postan, Brenner va a comenzar por sostener que la estructura de
la propiedad fundamentada en la compulsión extra económica sobre los campesinos, se halla en la
raíz del descenso de la productividad, y por ende en las diversas formas en que se manifestó la crisis
feudal.
Para Postan y Hatcher el descenso de la productividad se debe al atraso en la tecnología y a
la falta de inversión señorial. Frente a esto hay que decir que muchas de las técnicas y tecnologías
que luego se usaron en la Revolución Agraria en Inglaterra ya existían a fines de la Edad Media.
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Entonces lo que en realidad pasaba es que había una incapacidad de la economía feudal de utilizar
las posibilidades existentes, de ahí también que hubiese baja inversión.
Primero, no existía la necesidad por parte de los señores ni de los campesinos, de ajustarse
al mercado, lo cual exigiría la competencia y máximo de la productividad. Además, cuando los señores
buscaron aumentar la productividad, lo hicieron más mediante la intensificación del trabajo, por
ejemplo, reforzando la servidumbre, que invirtiendo en adelantos técnicos. Las inversiones se
canalizaron más hacia la apropiación de tierras que hacia las mejoras en el capital fijo.
En el siglo XIII (1200dC) , con el crecimiento demográfico, se da una fuerte baja en los salarios,
a la vez que subió el precio de la tierra. Los señores comenzaron a cambiar la renta en trabajo por la
renta en moneda o a lo sumo en especie. Todo esto confluye para limitar las posibilidades de los
campesinos para desarrollar sus fuerzas de producción.
Los campesinos, en sus pequeñas parcelas buscaban que el cultivo sirviera para asegurarles
su subsistencia, y sólo lo sobrante era vendido en el mercado. Esto era un importante obstáculo para
la especialización comercial. A su vez los campesinos se negaban a vender su tierra, y de hecho la
dividían para dar a sus hijos. Este fuerte parcelamiento de las tierras también frenaba cualquier
posibilidad de desarrollo en la economía agraria.
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En segundo lugar, los señores exigían formas políticas más desarrolladas que les facilitaron
una protección recíproca de sus propiedades, lo que suponía fijar unos derechos mediante la
promulgación y reforzamiento de las leyes.
Por último, la intensificación de la competencia entre los señores exigía formas de
organización militar más elaborada, la organización de los vasallos en torno a un señor con objetivos
bélicos externos proporcionará la base inicial para la cohesión señorial. Por consiguiente, la guerra
durante todo el período feudal, se convirtió en el mecanismo más importante para conseguir la
centralización política.
Es decir, una de las bases fundamentales, para la acumulación consistió en el desarrollo del
estado feudal. Lo que quiere decir el autor es que mientras que continuara dándose la
desorganización y competitividad entre los mismos señores feudales, estos continuarían siendo
vulnerables no tan sólo frente a la depredación externa, sino a la erosión de su situación del dominio
sobre los campesinos, osea su decadencia, como clase dirigente.
El éxito económico de los señores, individualmente y como clase, dependió de la
construcción del estado feudal, mayor centralización política que permitió conseguir más
acumulación política.
En cuanto a la definición del feudalismo, Brenner, critica dos tendencias. Básicamente la que
ve al feudalismo sólo como forma de gobierno y lo centra en las relaciones de vasallaje para explicar
el fenómeno y la específicamente económica, que olvida lo fundamental de este sistema que es la
extracción extra económica y por tanto por medios políticos.
En este contexto, el comercio estuvo relacionado con las necesidades de consumo de los
señores, consumo políticamente motivado y en crecimiento paralelamente a la acumulación política.
Como el excedente campesino iba llegando a sus límites e incluso iniciaba un descenso a
causa de la caída de la población, los señores aceleraron la construcción de instrumentos más
poderosos para redistribuirlos por medio de la coerción y la guerra, de ahí que se crearon las
condiciones para las crisis catastróficas que harán conjuntamente a la estructura económica y a la
social.
Ya a esta altura no funciona el mecanismo malthusiano de equilibrar población con
producción.
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La línea directriz que utiliza Bois en su análisis de la economía feudal es lo que conceptualiza
como la tendencia a una tasa decreciente de la apropiación feudal, lo que es cierto para la
Normandía, y de hecho para gran parte en Francia en el período analizado.
En Francia, particularmente en el Norte durante el siglo XIII son de poca importancia las
prestaciones personales y tienen escasa incidencia la renta del censo enfitéutico ya que la inflación
redujo las rentas monetarias que los señores percibían. En consecuencia, la proporción más rentable
de los ingresos señorial la constituían las entradas procedentes de los dominios ya que éstas, al
contrario de lo que ocurría con los censos enfitéuticos, podían ajustarse a las fluctuaciones de los
precios.
La clase señorial francesa tuvo una gran incapacidad para conseguir el poder adecuado para
extraer las rentas necesarias. En esto están todos de acuerdo, en el sentido de que acabó en crisis.
Pero la pregunta es ¿Cuál fue el origen del declive de la tendencia? ¿Por qué se produce esta tasa
descendente de la renta feudal en la Francia del siglo XIII?
Para Bois es la propia estructura de producción feudal la que a largo plazo resultó favorable
a los campesinos. Pero lo que tendría que contestar que es que los señores, frente a la posición
campesina no pudieron imponerse mediante los mecanismos extra económico.
La insuficiencia del razonamiento de Bois se puede demostrar mejor incidiendo en el hecho
de que el declive de la tasa de rentas feudal no hubiera ocurrido si los señores hubieran sido capaces
de incorporar nuevos y más amplios derechos feudales o de incrementar el tamaño de sus dominios,
o tal vez hubiera sido suficiente con reconvertir la renta en especie, y/o extraer derechos
proporcionales a la cosecha, más que una cantidad absoluta.
El modelo de Bois se ajusta al caso francés, pero no al inglés. En Inglaterra, a fines del siglo
XIII más de un tercio de la tierra cultivada lo constituían tendencias sujetas a todo tipo de derechos
arbitrarios que iban acrecentándose.
Los señores ingleses controlaban el 50 % de la población total procedente de los colonos
villanos, mientras que en Francia controlaban un 10%, y además en Inglaterra seguían vigentes las
prestaciones en trabajo servil. Para Bois y los demografistas esto es resultado, de nuevo, del
crecimiento demográfico. Brenner no niega esto, pero dice que no es el crecimiento demográfico
sólo, en sí mismo, lo que posibilitó ésto, sino que de nuevo dependerá de si los señores tienen
suficiente poder para imponerse.
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Durante el siglo XII la tendencia había sido a la consolidación de los censos fijos, lo cual
favorecía a los campesinos pero en el siglo XIII, al contrario de lo que Bois supone, se produce una
modificación en esta tendencia, aunque sigue el crecimiento de la población.
Los señores reafirmaron sus derechos e incrementaron las exacciones. Cuestión que se
manifestó por ejemplo en la fuerte diferenciación entre campesinos libres y no libres. Vemos
entonces que en Inglaterra el tema de la distribución del ingreso terminó teniendo menos relación
con la cuestión de la población y la producción, que con la estructura de la propiedad y la correlación
de fuerzas.
En el siglo XIII la distribución del ingreso favoreció a los señores y estuvo en contra de los
colonos no libres, villanos. En Francia a principios del siglo XIV, los campesinos del norte habían
alcanzado de manera efectiva derechos de propiedad sobre sus tierras, rentas fijas, prestaciones
mínimas y el derecho a la transmisión. Esto contrastaba con lo que sucedía en Inglaterra.
Brenner, frente a la realidad de un siglo XIII que en Francia significaba conquistas campesinas
y en Inglaterra reacción señorial, lo que plantea con su análisis es que esto es el efecto de diferentes
equilibrios de poder, consecuencia de vías divergentes en la organización política y conflicto de clase.
En Inglaterra se da la centralización del Estado tempranamente, lo cual indica un mayor nivel
de auto organización de la clase señorial. En esta también tiene que ver con la tradición normanda.
La relación entre la aristocracia y la monarquía era de mutua dependencia. De hecho, los señores
feudales, encabezados por los grandes magnates, controlaban todos los sectores de la administración
real. Constituían el núcleo en la organización militar del monarca y por último controlaban los
recursos financieros de la corona.
El crecimiento de un poderoso Estado monárquico en Inglaterra significó no tanto una simple
evolución política como la consolidación de relaciones sociales de clase que permitieron una fuerte
acumulación en el terreno económico.
El reforzamiento de la monarquía a finales de siglo XII se reflejó en la reconstrucción del
poder señorial sobre el campesinado. El crecimiento de la autoridad monárquica encontró su máxima
expresión en el desarrollo de la justicia real y de la common law.
Para Brenner, el elemento clave a largo plazo para el desarrollo y consolidación de una
monarquía centralizada en Francia, especialmente a partir de fines del siglo XIII, consiste en la
superioridad relativa de su sistema de extracción de excedente centralizado, (sobre todo la fiscalidad
estatal), sobre la jurisdicción descentralizada en señores y de los reales magnates.
La dinastía de los Capetos, a diferencia de lo que pasa en Inglaterra, surge como un
acumulado político feudal entre muchos otros, surge y se establece como un señorío eminente frente
y contra los señoríos más localizados pero además, en Francia la monarquía aceptará las apelaciones
campesinas contra los señores, mientras que en Inglaterra la monarquía garantizaba a los señores
sus derechos arbitrarios contra el campesinado.
La debilidad de la clase señorial francesa la lleva a depender de la administración real. A largo
plazo, el incremento de la extracción de excedentes centralizada sirvió para reorganizar a la
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aristocracia, puesto que permitió que los señores domésticos entraran en la administración real, e
influyo en que los magnates se convertirán en cortesanos, aliándose con la monarquía.
En Inglaterra sucedió lo contrario, en tanto aquí la posición de los señores era fuerte, lo cual
permitió el éxito de la extracción de excedentes descentralizado, es decir la servidumbre. Así, los
señores aseguraron su propiedad.
Las relaciones de propiedad determinaron una tendencia a largo plazo hacia la baja de la
productividad, que no es lo mismo que la tendencia al descenso de la tasa de la renta feudal.
Con la crisis del siglo XIV hubo descenso demográfico, pero no hubo conexión maltusiana. De
hecho, luego siguió el descenso demográfico y productivo, estancamiento y, en algunos lugares, de
enormes catástrofes.
Brenner en principio está de acuerdo con Bois, en el sentido de que hubo una profunda crisis
de los rendimientos señoriales. De ahí la reacción aristocrática, que tuvo consecuencias en las fuerzas
productivas del campesinado lo que a su vez originó un descenso demográfico.
Según los lugares cambian las formas en que los señores hacen frente a sus problemas de
ingresos, con incidencia en el desarrollo económico a largo plazo.
En el norte de Francia el aparato del Estado creció, se hizo más efectivo e incrementó sus
exacciones, utilizándose parte de las ganancias para equilibrar la intensificación de la crisis de los
ingresos señoriales. En este caso, la aceleración de la centralización política, en los siglos XIV y XV, a
causa de la acumulación política, abortó el necesario reajuste maltusiano, y en vez de ello sumergió
al sistema en una crisis generalizada de larga duración.
Mientras en Inglaterra, por ejemplo, la crisis de los señores intenta paliarse mediante un
fortalecimiento de las exacciones descentralizadas, servidumbre, en Francia la opción había sido la
fuerte centralización fiscal y la guerra, lo cual será un duro golpe para las economías campesinas.
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La tesis de Brenner
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Postan y Hatcher niegan que el descenso de la población a partir del siglo XV y la amenaza
paralela a los ingresos señoriales supusieron un importante estímulo para que se produjera la
nueva situación servil de los campesinos en la Alemania al este del rio Elba, es decir la utilización
de derechos jurisdiccionales extraeconómicos para poder obtener un mayor excedente en una
situación de descenso de la renta y aumento.
No es una coincidencia que, en Prusia, por ejemplo, el reforzamiento de los controles
señoriales sobre el campesinado tales como la restricción de la movilidad, asi como el
afianzamiento de las rentas señoriales se promulgara inmediatamente después de las primeras
grandes pérdidas demográficas ocurridas durante las guerras de comienzos del siglo XV. Estas
ordenanzas hacen referencia explícita a la existente falta de mano de obra.
Los historiadores en general están de acuerdo en que durante la segunda mitad del siglo
XV (1450dC), los señores consiguieron buenos resultados en sus intentos de dominar a los
campesinos prusianos, fijando controles más severos y exigiendo prestaciones más onerosas.
El auge de la servidumbre en Alemania oriental no dependió de una modificación en
aumento de la población, puesto que la servidumbre ya se encontraba bien establecida mucho antes
del inicio del aumento demográfico, hacia la mitad del siglo XVI (1550). Es decir que el resurgimiento
de la servidumbre en el Este no se encuentra relacionada con el aumento demográfico.
Fue la implantación de la servidumbre en la Alemania oriental, en condiciones de un rápido
descenso demográfico, lo que llevo a Brenner a poner en entredicho la opinión ampliamente
aceptada que postulaba que una caída paralela de la población en Europa Occidental podía explicar,
de manera unilateral, el declive y la desaparición de la servidumbre. En conclusión, la demografía
no es necesariamente condicionante del auge o el declive de la servidumbre.
A finales del siglo XIV y durante todo el XV los señores en Europa occidental no
consiguieron superar la crisis de sus ganancias por la vía del reforzamiento de la servidumbre, a
pesar de que intentaron utilizar esta vía, mientras que los señores al este del Elba fueron muy
capaces de conseguirlo.
Para poder explicar esto es importante remitir al desarrollo de las tierras al este del Elba,
acentuando su carácter de colonización. Los grandes magnates de Alemania oriental y Polonia
dirigieron y controlaron, desde sus comienzos, un proceso de desarrollo agrario atrasado,
imponiendo formas de asentamiento campesino obsoletas. Por el contrario, en Europa occidental
los señores tuvieron que imponer su orden “desde afuera” para controlar las comunidades
campesinas surgidas hacía ya bastante y mucho mejor organizadas, que contaban además con
una tradición de resistencia y lucha por sus derechos.
Es decir que MIENTRAS LOS SEÑORES DE EUROPA ORIENTAL PUDIERON SOLVENTAR EL
DESCENSO DE SUS GANANCIAS MEDIANTE EL REFORZAMIENTO DE LA SERVIDUMBRE CAMPESINA,
ESTA OPCIÓN FUE INVIABLE PARA LOS DE EUROPA OCCIDENTAL DEBIDO AL MAYOR DINAMISMO
Y COMBATIVIDAD DE LOS CAMPESINOS DE AQUELLO. ES DECIR QUE ES FUNDAMENTAL LA ACCIÓN
DE ESTOS.
De la colonización a la explotación
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La repoblación en el Oeste fue mucho más compacta que en el Este, siendo corriente en
este último que hubiera una correlación entre pueblos y señoríos, es decir que la norma era un
pueblo/un señorío, en contraposición a lo que sucedía en el Oeste.
Este desajuste entre pueblos y señoríos en el Oeste produjo una división de autoridad que
permitió a los campesinos unas posibilidades de maniobra aparentemente imposibles para los
campesinos del Este. Los campesinos del Oeste pudieron mantenerse unidos colectivamente
frente a un señor que podía exigir jurisdicción tan solo sobre parte del pueblo, es decir que se
presenta una situación de jurisdicción compartida. Es más, el campesino del Oeste pudo
desarrollar una red de solidaridad entre pueblos con más facilidad que los señores, quienes se
veían desbordados y desorganizados por el laberinto de jurisdicciones separadas por medio de las
que, de forma individual, dominaban a los campesinos.
El origen de estas diferencias, que evidencian la desventaja del campesinado del Este con
respecto al del Oeste, puede que se encuentre en el desarrollo tardío de la zona oriental y en su
carácter de área de colonización.
En realidad, la actuación directa de los señores en el proceso de colonización les permitió
establecer un modelo de repoblación que, a largo plazo, les facilitó un dominio sobre la economía
de la región.
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agricultura a base de la ampliación del tamaño de los dominios y del incremento de las prestaciones
laborales solo posibilitó unas formas limitadas de desarrollo.
El crecimiento del producto de los señores dependió del aumento de la extensión de los
dominios a expensas de las tenencias campesinas, deteriorándose las principales fuerzas
productivas del sistema. Un declive rápido de la productividad obligó a los señores a incrementar
las exacciones, intensificándose a su vez las luchas intestinas de la clase dirigente a la vez que se
producían campañas bélicas hacia el exterior, generándose en conjunto un panorama que derivó
en la crisis general del siglo XVI en toda Europa oriental.
Francia
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Brenner discute con Croot y Parker, que niegan que la monarquía francesa fuera un poder
crucial para la protección de los campesinos, rechazando incluso que los campesinos franceses
tuvieran unos derechos de propiedad más seguros que los ingleses. Argumentan que, en el largo
plazo, los impuestos de la corona sobre la tierra arruinaron al campesinado francés, con lo que
Brenner concuerda. Sin embargo, si bien la fiscalidad debilitaba en el largo plazo a la propiedad
campesina, la justicia real ayudaba a garantizar los derechos de los campesinos, y particularmente
a mantener y proteger la propiedad campesina.
Croot y Parker no llegan a entender las diversas formas de intervención estatal para ayudar
a mantener la propiedad campesina en Francia.
En primer lugar, tras la devastación demográfica y el abandono de la tierra del período
bajo-medieval y durante el siglo XV, la monarquía permitió la consolidación de la tenencia
campesina hereditaria. A lo largo de este período se fueron desocupando grandes extensiones de
tierra que había sido otorgada en enfiteusis, pero fue difícil para los señores incorporarla a sus
dominios, ya que la monarquía defendía los derechos de los campesinos y de los herederos
legítimos de antiguos ocupantes. En el período de recuperación económica la posición de los
campesinos como poseedores de una tenencia a censo se fue consolidando ya que por primera
vez se hacían contratos mediante documentos escritos, lo que proporcionó incluso una mayor
protección en los tribunales de justicia.
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En segundo lugar, durante los siglos XV y XVI el Estado se dedicó a abolir lo que quedaba
de la servidumbre y a impedir la aplicación de rentas señoriales arbitrarias, reconociendo y
consolidando los logros conseguidos mediante acciones directas del campesinado.
En tercer lugar, desde mediados del siglo XV, la monarquía decretó una serie de
ordenanzas en apoyo de las costumbres locales, fijando los derechos campesinos,
proporcionándoles un respaldo total a nivel legal, consolidándose de forma definitiva la
propiedad campesina en buena parte de Francia.
Por último, la monarquía decidió dejar en manos de las comunidades campesinas toda la
responsabilidad en la recolección de la talla real, es decir del impuesto anual. Esto reforzó a la
comunidad campesina, sobre y contra el señorío, pero también allanó el terreno para facilitar el
aumento de una extracción centralizada por parte del Estado del excedente, que fue
reemplazando las decadentes cargas descentralizadas de los señores.
El hecho es que a pesar de los enormes incentivos proporcionados por los precios en
rápido ascenso de comienzos del siglo XVI hay pocos indicios de una reacción señorial ante las
posibilidades del contexto. La explicación es muy sencilla: los señores ya no disponían de
suficientes poderes feudales para establecer su derecho de propiedad sobre la tierra y así poder
fijar rentas económicas.
El Estado absolutista, que tenía sus bases en la fiscalidad y en los cargos públicos, se fue
desarrollando en conflicto con, y a expensas de, las antiguas formas descentralizadas de
extracción feudal, por lo que muchos señores de modo individual fueron los perdedores en este
proceso. Como resultado, el auge del absolutismo provocó una oposición sistemática por parte
de la clase señorial.
Las reacciones señoriales contra la monarquía interrumpían de forma periódica la
expansión de la organización del Estado absolutista en Francia, en levantamientos tales como la
Fronda, aunque este se pudo desarrollarse de forma más o menos estable debido a la progresiva
incorporación de buena parte de los señores a los cargos estatales.
La monarquía absoluta no tuvo más alternativa que aliarse e incorporar a los grandes
señores feudales que aún en el siglo XVII mantenían autonomía.
En resumen, el Estado absolutista no fue un simple garantizador de las antiguas formas
de propiedad basadas en la extracción señorial descentralizada, sino que supuso la
transformación del viejo sistema. La monarquía francesa no tenía otra alternativa que reconstruir
el poder de la clase dirigente, aunque sobre bases diferentes. Para consolidar su poder, la corona
tuvo que asegurar la lealtad de sus nuevos servidores, y solo pudo hacerlo garantizando los
derechos de propiedad de estos sobre parte del excedente extraído del campesinado.
Mientras que en el período medieval esto se realizaba mediante la concesión de un feudo,
en el periodo absolutista se concede un cargo, primero vitalicio y luego hereditario.
Un sistema más eficaz en la extracción de excedente del campesinado exigiría un Estado
más eficiente en estrecha colaboración con la organización política de la clase dirigente. Este
sistema significaba la renovación de la dependencia de la corona con respecto a una renovada
clase dirigente ciertamente independiente, y que definía su modo de reproducción por medio del
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control de los cargos públicos. Esta independencia de la clase dirigente se consolidó en 1604 con la
declaración de la posibilidad de heredar los cargos.
La nueva cristalización de las relaciones de clase iba a ser desastrosa para el desarrollo
económico.
La propiedad campesina se consolidó con posterioridad y sus antiguas limitaciones
siguieron teniendo vigencia, en tanto hubo un fracaso en la especialización y la introducción de
mejoras técnicas, asi como una tendencia a la subdivisión más que a la acumulación.
Para empeorar las cosas, el nuevo sistema de extracción de excedente era más eficaz que
el antiguo, pero se orientó hacia un consumo suntuario individualizado o hacia la guerra.
Durante la segunda mitad del siglo XV (1450dC), el campesino medio francés consiguió un
fuerte control sobre la tierra, poniendo en marcha el ciclo de aumento demográfico que
conduciría al declive que ya vimos.
Durante la segunda mitad del siglo XVI (1550dC), parece que en Francia se alcanzaron los
niveles de población y producción del siglo XIV, surgiendo a su vez luchas para redistribuir el
cuantioso ingreso, en tanto se había producido un aumento importante de los impuestos.
Del estancamiento y declive que ya se evidenciaban a mediados del siglo XVI, el nivel de
la economía francesa fue descendiendo hasta llegar a la crisis general del siglo XVII. Después de
décadas de destrucción ocasionadas por el ejército y los impuestos, el siglo XVI finalizó en una
catástrofe derivada de la caída de la población y de la producción.
Después de un breve periodo de recuperación, en el siglo XVII, y particularmente a partir
de 1630dC, fueron apareciendo desequilibrios continuados en la economía como resultado de
guerras exteriores y de guerras civiles.
Inglaterra
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Durante un tiempo la aristocracia inglesa se vio compensada por la guerra exterior, pero
una vez finalizada, debió enfrentarse con sus propios recursos.
Como resultado de la crisis global de las ganancias señoriales, no era posible mantener las
bases cimentadas de la monarquía y de la aristocracia en Inglaterra, produciéndose
enfrentamientos al interior de la misma y conflictos interclasistas que condujeron al
derrumbamiento del gobierno y a las guerras civiles que marcaron la segunda mitad del siglo XV
(1450dC).
La incapacidad de los señores ingleses tanto para someter al campesinado como para
iniciar una salida hacia el absolutismo les forzó a buscar nuevas formas para salir de la crisis de
sus ganancias. Los señores se vieron obligados a utilizar los poderes feudales que les quedaban
para optar por lo que al final se transformó en desarrollo capitalista.
El permanente control que tenían sobre la tierra demostró ser su carta más importante,
en tanto los colonos no podían convertirse en arrendatarios.
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Al ser capaces de beneficiarse del alza de las rentas de la tierra, las clases terratenientes
inglesas no tenían por qué acudir de nuevo a la coacción extraeconómica para obtener un
excedente, pero tampoco necesitaban los servicios del Estado para poder apropiarse del
excedente a través de los cargos públicos. Lo que necesitaban de éste era que no les resultara
excesivamente oneroso y que les asegurara el orden y protegiera la propiedad privada.
Los señores ingleses consiguieron su objetivo durante los siglos XVI y XVII (1500-1800)
gracias al reforzamiento de la institución parlamentaria como su instrumento más eficaz de
control centralizado sobre el gobierno y gracias a un creciente control de los cargos públicos, sobre
todo a nivel local.
Los dos intentos de absolutismo real fueron pronto abortados y no surgió ningún tipo de
estructura de fiscalidad estatal que actuara como ave de presa sobre una economía en desarrollo.
Sin embargo, es característico que a pesar de que el Estado estuviera totalmente
controlado por la clase terrateniente, tan solo proporcionaba beneficios directos a los cargos
públicos mientras que quienes trabajaban en la administración local no estaban remunerados.
El nuevo Estado imponía cargas mínimas. Desde finales del siglo XVII en adelante, cuando
se aumentaron los impuestos, estos recayeron sobre los miembros de la clase terrateniente que
controlaba el Estado.
Todo ello contrasta con la situación en Francia, donde una prueba evidente de pertenecer
a la clase dirigente consistía justamente en estar exento del pago de impuestos al Estado.
Para sintetizar, a finales del siglo XVII la evolución de Inglaterra hacia un capitalismo
agrario supuso el fin del período en que se fundían lo económico y lo político, y contempló el
surgimiento de una separación institucional entre el Estado y la sociedad civil.
La irrupción del desarrollo económico se manifestó sobre todo en el incremento de la
productividad del trabajo. La acumulación y la directa aplicación del poder para redistribuir un
producto social estrictamente limitado dejaron de ser el requisito fundamental para el triunfo de la
clase dirigente.
El desarrollo inglés se diferenció del que tuvo lugar en muchas zonas del continente en
dos aspectos cruciales e interrelacionados: se presentó aquí el surgimiento de una ARISTOCRACIA
CAPITALISTA que controlaba una REVOLUCIÓN AGRÍCOLA.
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encontramos con la atomización y nivelación social del campesinado. Lo que importa es explicar
las causas de estas diferentes situaciones, siendo que el punto de partida económico fue más o
menos el mismo.
Tanto en Francia como en Inglaterra existía a finales del siglo XV (ca 1480dC) un
campesinado de tipo medio que controlaba tenencias bastante extensas y que tenía una posición
preeminente. Sin embargo, el campesinado y la propiedad campesina experimentaron una
evolución radicalmente distinta en los dos países, incluso con la existencia de fuerzas de mercado
que se hicieron sentir en ambos lugares y que generaron incentivos para intentar obtener un
beneficio por medio de la acumulación de tierras, originando un proceso de diferenciación.
Para explicar este contraste en la evolución de los dos países es indispensable recurrir a
los diferentes sistemas de propiedad que encuadraban las actividades del campesinado de Francia
y de Inglaterra, ya que estos sistemas permitieron al campesinado de cada país responder de
manera distinta a condiciones de mercado más o menos similares.
El campesinado inglés.
La diferenciación del campesinado inglés estuvo condicionada por las nuevas relaciones
de propiedad, no teniendo más elección que responder al surgimiento del mercado a través de la
competencia. Los campesinos redujeron los costos, iniciaron un proceso de especialización,
acumularon excedente e introdujeron innovaciones y mejoras.
Esta situación de competencia no fue más que el resultado de otra situación previa: los
campesinos estaban separados de la posesión de la tierra, es decir que eran arrendatarios
desprovistos del acceso directo a los medios de subsistencia, sujetos a un sistema de rentas
competitivas.
En este contexto, los grandes arrendatarios que podían producir para un mercado, también
podían lograr acumular tierra a expensas de los pequeños agricultores, desplazándolos de las
tenencias ofreciendo a los señores rentas más elevadas y seguras, o pujando por aquellas tenencias
que llegaban directamente al mercado.
A su vez, si los señores deseaban obtener la máxima renta por sus tierras, tenían que
competir para conseguir los mejores arrendatarios.
No fue el surgimiento del mercado por sí mismo lo que aceleró el proceso de
diferenciación del campesinado en Inglaterra asi como surgimiento de grandes labradores
comerciantes (yeomen), sino que fueron las relaciones sociales de propiedad la causa de que los
agricultores ingleses dependieran totalmente de una producción competitiva.
El campesinado en Francia
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
En este mismo período, el impacto del mercado sobre los diferentes sistemas de
propiedad constituyó una poderosa fuerza que condicionó la evolución contrapuesta de la
distribución de la propiedad en ambos países. Esto puede demostrarse mediante la comparación
del desarrollo de las áreas mas comercializadas de Francia con las de Inglaterra en el período que
va desde mediados del siglo XV a la segunda mitad del siglo XVI.
Es ejemplar tomar a París para este análisis. La ciudad creció, se produjo una suba de los
precios y hubo posibilidades de acumulación para unos pocos campesinos, mientras que otros se
vieron forzados a vender sus tierras debido a los elevados costos de subsistencia o siguieron
produciendo y subdividiendo la propiedad.
En Inglaterra, tuvo lugar un proceso continuado de consolidación de grandes tenencias y
unidades de cultivo a expensas de las pequeñas.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
En Inglaterra, por el contrario, nos encontramos a lo largo de la Edad Moderna con una
revolución agrícola.
Disponiendo de una tecnología dirigida a la producción agrícola mixta que permitiera
abaratar la producción de alimentos, era necesario un nuevo tipo de racionalidad, que permitiera
integrar y reforzar la agricultura y la ganadería. La producción animal tuvo que incrementarse en
relación a los cultivos, para proporcionar tracción y abono, contrarrestando la tendencia al declive
de la fertilidad del suelo.
En Francia, la producción campesina de subsistencia tendió a combinar las producciones
agrícola y ganadera, haciendolas competitivas entre sí, primando la producción de alimentos de
consumo inmediato por sobre el cultivo de plantas forrajeras y la producción ganadera. Esto
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
suponía una barrera a todo tipo de transformación futura, mientras que el surgimiento del
sistema de propiedad capitalista en Inglaterra facilitó dicha transformación, no solo consolidndo
una tendencia hacia la especialización y las mejoras, reforzada por la competencia, sino
generando una clase de agricultores capitalistas que podían arriesgarse e invertir, permitiendo
llevar adelante la agricultura a gran escala.
Es necesario recalcar que las ventajas del sistema de la agricultura capitalista, en
comparación con el sistema fundamentado en la agricultura campesina, no se limitan a las
actividades agrícolas concretas, sino que hay que tener en cuenta la tendencia hacia la
consolidación, por medio de la via competitiva, de una dirección hacia la especialización y la
mejora.
En Inglaterra no se dio tan solo un temprano desarrollo de un complejo sistema de
especialización regional interdependiente, sino una evolución y transformación continua de este
sistema a medida que se empezó a disponer de nuevas técnicas.
Esto se puede ejemplificar con el surgimiento del sistema de agricultura mixta, en el que
incrementar la producción de cultivos forrajeros permitía mantener un ganado estable, que a su
vez ayudaba a producir mayor cantidad de granos. Durante el siglo XVII se ve una transformación
general de las áreas donde con anterioridad se habían producido granos a favor de las actividades
ganaderas.
Aquí se contempla que durante el siglo XVII se produce una transformación general de las
áreas donde anteriormente se producían granos a favor de los ganaderos. A su vez la despoblación y
liberación de fuerza de trabajo abrió el camino para el resurgimiento de nuevas industrias.
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El caso Holandés.
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Lo que resulta más significativo de la estructura agraria holandesa a principios del siglo XVI
es su absoluta diferencia con el modelo campesino del resto de la Europa occidental. En Holanda
nunca hubo una clase señorial fuertemente enraizada capaz de extraer un excedente por medios de
coacción extra económica.
Tampoco hubo un campesinado tradicionalmente patriarcal y poseedor con acceso directo a
sus medios de producción. Aparentemente la producción podía funcionar sobre una base de
ganadería estable y productos lácteos. Como resultado de esta situación los campesinos no tuvieron
más elección producir para el intercambio, ya que para subsistir debieron adquirir grano en el
mercado.
Bajo la presión de un poderoso mercado urbano, se dio un proceso de aumento económico
fundamentado en la fuerza de trabajo y la competencia de una producción mercantil altamente
especializada, que ayudó eliminar a los pequeños colonos y constituir grandes propiedades sobre la
base de inversión de capital y transformaciones tecnológicas.
El caso de Flandes
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Lo que permitió que la economía inglesa iniciara una vía de desarrollo imposible para sus
vecinos continentales fue el aumento de la productividad agrícola como parte de la transformación
de las clases agrarias o relaciones de propiedad.
Esta vía se distingue por un proceso de industrialización continuada y un aumento económico
general a lo largo de un período en que la crisis general azotaba al resto de las economías europeas,
hasta la época de Revolución industrial.
Lo que en realidad demarca a la economía inglesa del resto de las economías continentales
en el S XVII consiste no sólo en su capacidad para mantener un incremento demográfico más allá de
antiguos límites maltusianos, sino también en su capacidad de aguantar un aumento industrial y un
aumento económico general frente a la crisis y estancamiento de las industrias textiles de
exportación. De hecho, se fundamentó en un mercado nacional en expansión, el cual hundió sus
raíces en la transformación de la producción agrícola.
El condicionamiento del desarrollo industrial europeo por la base agraria feudal: Holanda
Al contrario de Holanda, la economía inglesa durante la Edad Moderna vio cómo se iba
consolidando una mutua interdependencia y un desarrollo conjunto de los sectores agrícola e
industrial.
La producción inglesa había iniciado una orientación hacia el desarrollo de un mercado
interior. Al mismo tiempo aumento el comercio de importación tales como frutos de España, especias
de las Indias orientales, tabaco de América.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Hubo un aumento demográfico e incluso así, los precios dejaron de aumentar, lo que
permitió un aumento de los salarios reales. La industria vivía de la agricultura y a su vez estimulaba
futuras mejoras agrícolas.
De este modo se fue consolidando un espiral ascendente que desembocó en la Revolución
Industrial.
ALLEN, Robert C., La reinterpretación de la Revolución Agrícola Inglesa y Las dos Revoluciones
Agrícolas Inglesas, 1450-1850.
El punto de vista tradicional vs la reinterpretación: el rol de los cercamientos vs el rol de los yeomen.
Los argumentos macro han sido esgrimidos por Overton, principal defensor de la versión
convencional. Esta visión intenta inferir el crecimiento de la producción agrícola a partir de cambios
en la población, las rentas, los precios, etc.
Los cálculos tradicionales ligan directamente el crecimiento de la población con el
crecimiento de la producción y aseguran que éste último se dio luego de 1750 con los cercamientos.
Allen toma los mismos datos y hace una relectura, planteando hubo un crecimiento sostenido de la
producción desde 1520 hasta 1740, el cual se habría logrado por los medianos agricultores yeomen
en regímenes de open-field.
Por otra, parte sólo encontró un crecimiento insignificante de la producción desde 1740 a
1800, siendo después de esta última fecha cuando realmente comenzó a incrementarse la
producción de alimentos.
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Lo primero que se desprende de los datos es que efectivamente hubo una revolución. En
cuanto a la productividad, está la cuestión de si efectivamente aumentó con los cercamientos.
Hay muchos estudios sobre los rendimientos, y si se comparan los rendimientos medios de
los campos abiertos y los cercados es un punto de partida para ver el impacto del cercamiento. Pero
se deben tomar pueblos que se encuentren en los mismos entornos naturales. Se ve que hubo
mejoras con los cercamientos, pero son insignificantes.
Entre la Edad Media y el 1800, en las Midlands8 los rendimientos se duplicaron, y es
importante ver qué proporción de aquel aumento se debió a los agricultores de los open-fields.
La situación cambia según los suelos. En los suelos ligeros, el sistema Norfolk era el más
rentable. Mientras que en los distritos ganaderos las ventajas de las explotaciones eran mayores, y
allí el cercamiento suponía a menudo la conversión de la actividad agrícola en pecuaria.
La única zona donde se muestra que los agricultores de las zonas cercadas presentaban una
gran ventaja en términos de rendimientos del cultivo eran los distritos agrícolas de suelos pesados.
La clave aquí para el aumento de la productividad era el drenaje, lo cual exigía la concentración
parcelaria.
8
Mapa de la zona de las Midlands en Inglaterra.
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Los cercamientos no produjeron más ocupación, pero tenían a su favor la mayor posibilidad
de introducir innovaciones.
Un segundo indicador de la ventaja de los cercamientos era la renta, ya que la misma por
hectárea era más elevada en los pueblos cercados que en los abiertos.
Por otro lado, no es explicación del crecimiento de la producción global entre 1550 y 1725 el
hecho de que hubiera explotaciones más extensas. Lo que si sucedió es que la explotación extensa
utilizaba menos mano de obra y aumentaba la producción por trabajador, es decir, aumentaba la
productividad.
Esta visión de los cercamientos se corresponde con los cálculos totales de la producción
agrícola y la productividad del trabajo.
En realidad, los cercamientos del siglo XVIII tuvieron un impacto mínimo sobre la producción por
hectárea, pero sí se produce una expansión de la mejora de los suelos.
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Analizando las fuentes, para Spelsbury se ve como a principios del siglo XVIII el conde deja de
renovar a los campesinos los contratos para sus tenencias hereditarias. Cuando iban falleciendo los
campesinos establecidos, la tierra pasaba a heredad del señor y se combinaba con antiguas tenencias
hereditarias para dar lugar a explotaciones de varios cientos de hectáreas, que se cedían en
arrendamiento a corto plazo con rentas acorde al mercado. Eran explotaciones capitalistas en el
sentido de que requerían la contratación de mucha mano de obra. Hacia 1800 el modo de producción
de los yeomen había sido superado, ya que toda la tierra se encontraba reorganizada mediante
grandes explotaciones con rentas de la tierra en permanente ascenso.
Cuando a finales del siglo XVII se empieza a extender el nuevo cultivo del pipirigallo, este no se
introduce en los open-fields como parte de la rotación anual, sino que varias parcelas alargadas son
segregadas del resto de la partida y cultivadas como prados mejorados. En el acuerdo esta práctica
se denomina inclossing.
Tres supervisores eran elegidos entre los copyholders para determinar cuándo se sembraría el
prado y cuando podrían pastar en ella el rebaño del pueblo. Cualquier incumplimiento era penalizado
con multas que recaudaba el señor. El acuerdo de Taston para el pipirigallo creó un prado mejorado
que funcionaba a la manera de un open-field.
Para la creación de tales prados se requirió un acuerdo unánime. Claro que esto implicó muchas
discusiones, muchas veces la unanimidad se conseguía luego de amenazar a los que no querían
acordar.
Sin embargo la solución más frecuente en Spelsboury consistió en hacer que la introducción de
nuevos cultivos fuese voluntaria. Por ejemplo, se convierte cierta cantidad de terreno en régimen de
every year´s land. Aquí el copyholder podía usar su every year´s land como quería. Los copyholder
emprendedores podían proceder con experimentos. Así es como se introdujo el nabo, y luego, a
través de una ordenanza, se convierte en obligatorio. En 1762 el cultivo de nabos pasó de las tierras
cercadas para pipigallo a los propios open-fields. Este mismo año se introduce el trébol en los open-
fields.
Así en los open-fields se dio lugar a la posibilidad de experimentar. Había dos razones por las
cuales este era un entorno adecuado para la experimentación: las unidades de operación eran las
parcelas, y no los campos, y no todo el mundo en cada parcela estaba obligado a hacer lo mismo. Se
utilizaba el principio de voluntariedad.
A finales del siglo XVIII la mayoría no había puesto toda la tierra en el sistema Norfolk de rotación
cuatrienal. En su lugar evolucionó un sistema complejo que incorporaba los nuevos cultivos, pero
también antiguas prácticas, como por ejemplo la utilización del barbecho.
Conclusión
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Las mediciones de campo y los argumentos teóricos son los elementos imprescindibles para
comprender la relación entre los cercamientos y los avances en la agricultura.
Se analiza el desarrollo agrícola en el sur de las Midlands para lo cual se divide la región en
distritos naturales que son razonablemente homogéneos. Queda dividido en tres distritos: tierras de
cultivo pesadas o densas, tierras de cultivo ligeras y pastos. El criterio de división es que un mismo
sistema de agricultura maximiza la renta a lo largo del distrito.
En las tierras de pasto la renta se maximiza con el pasto permanente. En las tierras livianas de
cultivo, con el sistema Norfolk. En las tierras pesadas no se podían plantar nabos, lo que maximizaba
la renta aquí era el esquema de rotación tradicional (barbecho, trigo, judías). El sistema de drenaje
representaba un serio problema en este distrito.
La zona del sur de las Midlands experimentó dos oleadas de cercamientos pre-parlamentarios
(1450-1525; 1575-1650) y cercamientos parlamentarios (1760-1780; 1795-1815). En los distritos de
tierras de cultivo, los cercamientos se produjeron fundamentalmente entre 1795 y 1815.
Según las descripciones de Parkinson, aquí apenas había diferencias entre las aldeas con
campos abiertos y los cercados. En todos los casos alrededor del 80% de la tierra era cultivo. Apenas
había tierras comunales, incluso en aldeas con campos abiertos. La tierra de cultivo se dedicaba a
cereales y judías. Menos de un tercio era barbecho. Solo de forma muy modesta se cultivaba trébol,
en especial en las aldeas con cercamientos.
La diferencia más importante entre las aldeas con cercamientos y los campos abiertos residía
en los rendimientos de los cultivos. Los números muestran que fue únicamente en el distrito de
tierras cultivables sólidas donde los cercamientos fueron asociados a grandes incrementos. Aquí el
aumento de los rendimientos se logró gracias fundamentalmente a la instalación del sistema de
hoyos de drenaje.
Según las ecuaciones, la única variable significativa que afecta a la producción es la presencia
de un sistema de drenaje extensivo y completo. Los cercamientos en sí mismos no tienen ningún
impacto sobre la producción.
Pero a la vez, los datos muestran que era mucho más probable que fueran las aldeas con
cercamientos y no de campos abiertos los que adoptaran un sistema de drenaje. Los cercamientos
estaban muy correlacionados con la modernización.
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Distrito de pastos.
Resumen
Podemos sacar tres conclusiones: las explotaciones con cercamientos habían llegado más
lejos que los abiertos a la hora de adoptar métodos maximizadores de la renta, los agricultores de
campos abiertos habían adoptado estos métodos, pero en menor medida, y las diferencias entre
campos abiertos y cerrados persistieron durante mucho tiempo.
El análisis anterior parece dar una valoración bastante adversa del open-field. Pero hay que
recordar que la agricultura del open-field se basaba en el cereal, y que en este sistema los agricultores
revolucionaron dicha actividad en el primer período de la etapa moderna.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Allen confronta con la teoría tradicional acerca de la Revolución Agrícola, y sostiene que esta
fue de los pequeños agricultores durante el siglo XVII en el régimen de los open-fields. La revolución
de los terratenientes (cercamientos y fusión de tierras para lograr grandes explotaciones), solo
contribuyo en pequeña medida para aumentar la productividad.
Respecto a esta Revolución Agrícola de los terratenientes surgieron, básicamente, dos
interpretaciones distintas: la marxista y la conservadora.
La opinión marxista es que los cercamientos aumentaron el rendimiento y redujeron la mano
de obra. La población sobrante marcho a las ciudades para ingresar como mano de obra industrial.
Para los conservadores los cercamientos llevaron a una agricultura más intensiva en capital
que elevo el empleo y el output, la cantidad producida y volcada al mercado.
Por tanto marxistas y conservadores coinciden en el sentido de ver en los cercamientos y
grandes haciendas un incremento de la eficiencia y una contribución al desarrollo económico.
Allen en este capítulo va a ocuparse de los rendimientos por acre y del output por trabajador.
Estos indicadores se multiplicaron por dos entre fines de la Edad Media y el siglo XIX. Gran parte de
este crecimiento (tanto en los rendimientos como en el trabajo) fue gracias a los pequeños
campesinos del open-field.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
A la pregunta de si fueron los cercamientos los que multiplicaron por dos los rendimientos
de los cultivos, Allen responde que no. Pero si no fueron los cercamientos, o la extensión de las
explotaciones las causas del crecimiento de los rendimientos ¿cuáles fueron las causas?
La innovación campesina
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Los cercamientos fueron iniciados invariablemente por los propietarios de la tierra porque
esperaban que los granjeros arrendatarios les pagaran rentas más elevadas cuando las tierras
estuvieran cercadas. Y esto fue así, pero ¿porque las rentas aumentaron?
Hay dos opciones: la primera implica que los cercamientos aumentaron la eficiencia lo cual
permite exigir más renta. La segunda, es que los cercamientos pudieron haber supuesto una
redistribución de la renta de los explotadores directos en favor de los propietarios de la tierra. Los
datos apuntan más hacia esta segunda opción.
¿Por qué los cercamientos ofrecían una posibilidad considerable para que se produjera una
redistribución de la renta agrícola? Los resultados demuestran que los cercamientos no elevaban, en
realidad, la eficiencia de la producción por acre, de hecho, todo lo contrario.
Entonces ¿por qué en los campos cercados sube el valor de los arrendamientos? Esto puede
tener que ver con el tratamiento de los derechos comunales en el sistema de open-fields. Pero hay
pruebas de que son justamente los derechos comunales y la calidad de la tierra lo que explica el
elevado excedente por acre generado por las granjas en las zonas de open-fields.
Conclusiones
Los datos recopilados por Arthur Young en sus viajes por Inglaterra nos permiten obtener dos
conclusiones. En primer lugar, solo la mitad de los excedentes generados por las granjas en open-
fields correspondía al terrateniente en forma de arrendamientos, y la Iglesia y el Estado, en forma de
diezmos y tasas. Por lo tanto, la introducción de la libre competencia en el mercado de
arrendamientos de las granjas multiplicaría por dos aproximadamente la renta por arrendamiento y
disminuiría sustancialmente los ingresos del explotador directo. En segundo lugar, los cercamientos
no dieron lugar a un incremento de la eficiencia.
La conclusión general es que la principal consecuencia económica del cercamiento de los
cultivos en open-fields en el siglo XVIII fue la redistribución de la renta agrícola existente, no la
creación de renta adicional causada por un incremento de la eficiencia.
El resultado: las explotaciones cercadas y sin cercar eran igual de eficientes.
La oleada de cercamientos puede ser considerada la primera reforma de la tierra promovida
por el Estado, cuyo efecto principal fue redistribuir la renta en favor de los ya ricos terratenientes.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
A principios del siglo XX, Bloch descubrió un hecho que señala el claro antecedente de las
pretensiones titulares sobre la comunidad de campesinos que el Estado central reivindicaría. En
1246/7dC comunidades de Notre Dame pidieron la cartera de franquicia para librarse de las tallas
que los señores querían imponer.
Cinco años después, una de las siete aldeas, se negó a pagar una talla señorial que los
canónigos querían imponer (los pobladores de las otras seis aldeas la acusaron la resistencia.) Los
clérigos respondieron con violencia y aprisionaron a los cabecillas.
Blanca de Castilla respondió al pedido de los aldeanos y ofreció la mediación de la justicia
real en el conflicto entre señores y campesinos. Pero los enemigos se rehusaron y la regente penetró
por la fuerza y ordenó la libertad de los campesinos. El hecho trascendente aquí es que la corona
había logrado imponer su condición soberana superior, por encima de las jurisdicciones señoriales.
Con la ayuda de la reina los campesinos habían ganado el litigio en la esfera política
9
La enfiteusis, también denominado censo enfitéutico, es un derecho real que supone la cesión
temporal del dominio útil de un inmueble, a cambio del pago anual de un canon o rédito. La enfiteusis
es un régimen compartido de tenencia de tierra que lleva consigo la disociación del dominio entre el
dominio directo, correspondiente al propietario, y el útil, el de la persona que usa y aprovecha la
finca. La falta de pago del canon por parte del titular del dominio útil puede llevar consigo el comiso
de ese dominio por el titular del dominio directo, que vuelve a la situación de la propiedad anterior
a la institución de la enfiteusis. El dominio útil implica que el enfiteuta podía decidir sobre el destino
económico de la tierra y modificarlo cuanto quisiera siempre y cuando abonara el canon anual.
78
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La siguiente fase permitió el establecimiento permanente del impuesto directo sobre los
grupos no privilegiados.
La monarquía aprovechó la crisis provocada por la captura del rey Juan II durante la batalla
de Poitiers en 1356 y el pedido de rescate desorbitante. Esta situación de debilidad permitió instaurar
de manera permanente los dos pilares básicos sobre los que el fisco francés se sustentó hasta finales
del Antiguo Régimen: un impuesto directo y un conjunto de impuestos indirectos al consumo, que
gravaban un grupo reducido de productos básicos, tales como la sal y el vino.
A diferencia del impuesto directo, los impuestos al consumo recaían con mayor peso sobre
los habitantes de las ciudades.
El conjunto de impuestos al consumo era esencialmente a un grupo reducido de productos
básicos, tales como el vino y la sal. Este impuesto a diferencia del impuesto directo recaía
mayormente sobre los habitantes de las ciudades.
Juan II fue liberado en 1360, pero como la guerra continuaba, en 1363, antes de su muerte,
logró imponer la aceptación de un impuesto directo permanente a cubrir los costos de la misma. El
interminable conflicto con Inglaterra había permitido al Estado feudal francés imponer la idea de la
necesidad de contribuciones generales de carácter permanente.
Juan II le lega a Carlos V un aparato fiscal centralizado de dimensiones inéditas, como jamás
antes había disfrutado ninguno de sus antecesores.
Un vez en el poder, Carlos V decidió continuar con la política que pretendía asociar a la
nobleza feudal con los beneficios producidos por la renta feudal centralizada.
El Rey Sabio regionalizó la percepción y la ejecución de las partidas, siendo cada provincia
encargada de estas tareas.
Finalmente, la exención impositiva de la nobleza se generalizó a todo el estamento, sin
importar si efectivamente prestaban servicios en la guerra.
A pesar de la solidez que el sistema fiscal estaba adquiriendo, en su lecho de muerte, Carlos
V decidió abolir el impuesto directo, siendo que la guerra ya había finalizado. Posteriormente, Carlos
VI lo reinstauró, adquiriendo a partir de entonces la denominación de “taille”, nombre con el que se
lo conoció hasta finales del Antiguo Régimen.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Durante el resto del siglo XV, la monarquía definió el conjunto de grupos y estamentos
eximidos del pado del impuesto directo. El privilegio alcanzó a los eclesiásticos, universitarios, a la
nobleza en su conjunto, a las ciudades privilegiadas y a los oficiales de las casas más importantes.
Estableciido en forma definitiva, el impuesto directo, herramienta fundamental en la
reconstrucción del poder del Estado, se convirtió en un tributo esencialmente de base campesina.
A partir de las características que adquirió el impuesto directo en los siglos XIV y XV, la
integridad del censive ocupada por campesinos se transformó en un objetivo estratégico de la
monarquía.
La finalización de la Guerra de los Cien Años era un momento ideal para limitar las
pretensiones de la propiedad noble sobre estas tenencias enfitéuticas.
Cuando los señores comenzaron a impulsar la reconstrucción económica de sus dominios, se
encontraron con una dificultad inesperada: la indefinición jurídica que pesaba sobre las tenencias
abandonadas. ¿A quiénes pertenecían?
Durante el siglo XIII, los señores conservaban el derecho de recuperar estas tenencias a censo
por si mismos, sin intervención de la monarquía, cuando se acumulaban tres años de atraso en el
pago de las cargas.
Sin embargo, a partir del siglo XIV, la costumbre y la Corona se volvieron más exigentes en la
defensa de la propiedad campesina. La protección de la patrimonialidad plena de las parcelas que
integraban el censive era una consecuencia directa del proceso de construcción de la fiscalidad
estatal.
Los nobles ya no pudieron recuperar por si mismos los dominios útiles alguna vez enajenados,
sino que debían realizar un procedimiento destinado a alertar a los posibles herederos, y
posteriormente acudir a la justicia real.
El hecho trascendente que reside aquí son los obstáculos que la monarquía colocaba a la
pretensión de los señores de avanzar sobre la propiedad campesina. Con astucia, la estrategia del
estado central contribuirá a reforzar, al mismo tiempo, las vías directa e indirecta de apropiación de
la riqueza campesina, aunque la primera de ellas tenía por entonces un status prioritario.
Las normas impuestas por el estado feudal dificultaban la apropiación de tenencias a causa de un
periodo que hubiera sido extremadamente favorable para el avance de la propiedad señorial. La
exigencia de re censar las parcelas enfitéuticas abandonadas supuso el mantenimiento de tierras bajo
propiedad campesina.
Para mediados del siglo XVII, el mantenimiento de la integridad del censive había dejado de
ser el problema clave. Para garantizar la reproducción económica de sus campesinos, la monarquía
debía ahora proteger sus bienes comunales.
A principios del reinado de Luis XIV, el Rey Sol, el principal problema que enfrentaban los
campesinos era el endeudamiento en que caían por expensas ordinarias y extraordinarias.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La principal herramienta que las comunidades rurales tenían para acceder al crédito era el
ofrecimiento de sus bienes comunales como garantía. Pero los costos podían ser muy altos: si la aldea
perdia sus comunales, las sucesivas recaudaciones de fondos de emergencia deberían descansar en
la imposición de cargas colectivas sobre los vecinos, que redundaría en una competencia directa con
los impuestos estatales.
La perdida de grandes porciones del saltus, por otra parte, pondría también en peligro la
reproducción económica de las comunidades rurales y, en consecuencia, la viabilidad misma de un
impuesto directo de base campesina. Por lo tanto, el Estado Absolutista tenía un doble interés en la
conservación de la propiedad colectiva en las aldeas.
Desde comienzos de la década de 1660, la Corona lanzó una ambiciosa campaña para que
las aldeas recuperaran sus comunales alienados, y aprobó numerosos edictos para verificar y
supervisar el endeudamiento campesino. El Estado Absolutista puso al servicio de proyecto una desus
herramientas paradigmáticas: los intendentes. Este funcionario adquirió la tutela sobre las
comunidades rurales, transformándose en guardián de sus derechos y bienes colectivos.
Los objetivos del programa de verificación de deudas no se llevaron nunca plenamente a la
práctica y pocas comunidades recuperaron sus comunales perdidos, pero los edictos lograron
detener el proceso de endeudamiento y evitaron continuar alineando sus terrenos.
La solvencia de la aldea era un asunto crítico, porque la capacidad de la corona para pagar
sus deudas dependía de la seguridad de sus ingresos fiscales, que a su vez dependían de la capacidad
de pago de los campesinos.
La nueva legislación real no solo incrementó el poder de los intendentes, sino que sentó dos
principios que se convertirían en los fundamentos jurídicos de la relación entre dichos funcionarios y
las comunidades rurales.
Los edictos otorgaron a las comunidades campesinas un status de minoridad permanente,
transformando al rey en su tutor.
La monarquía declaró que los derechos y bienes colectivos que las comunidades
usufructuaban desde tiempos inmemoriales eran derechos y facultades públicas, quedando por lo
tanto sujetos a la jurisdicción real, lo que le permitía al Estado tutelar la asamblea de vecinos, pieza
clave del autogobierno campesino.
En consecuencia, el proceso que comenzó como un programa para la regularización de las
finanzas de la aldea, adquirió una significación política más allá de los objetivos originarios.
La supervivencia de las aldeas francesas fue el resultado de la política de Luis XIV y sus
sucesores. Al otorgar a los intedentes la misión de verificar las deudas de las comunidades
campesinas, el Rey Sol proveyó a los pequeños productores directos con una fabulosa fuente de
protección. El intendente podía ayudar a las comunidades a resistir las exacciones y los abusos
cometidos por los señores y recaudadores.
Es cierto que Luis actuó para proteger su porción del excedente campesino, pero el efecto
de largo plazo fue impedir una declinación mayor de las comunidades rurales.
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DOBB, Maurice, Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Cap. 3, Los comienzos de la
burguesí, y Cap. 4, El surgimiento del capital industrial.
Con el pasar del tiempo, a medida que la población crecía en población y tamaño, los dueños
originarios de la tierra urbana se enriquecieron, vendiéndola o arrendándola. Sin embargo, al
comienzo, la base de la sociedad urbana, como decía Marx, estaba en el “régimen de pequeña
producción” (o sea, un sistema en que la producción era realizada por pequeños productores,
propietarios de sus medios de producción, que comerciaban libremente sus productos).
En este marco, pocas posibilidades pudieron haber de acumulación de capital, aparte de
golpes de fortuna o del incremento en los valores de la tierra urbana. Es evidente que la fuente de
10
La guilda es una corporación de mercaderes o comerciantes; una forma habitual de asociación
durante la Baja Edad Media. Funcionaba institucionalmente de forma equivalente a los gremios de
artesanos, es decir, como la reunión de un grupo de personas que comparten una actividad común,
eligen cargos directivos, se dotan a sí mismos de reglas determinadas que obligan a todos ellos y
comparten los mismos derechos o libertades.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Los liberales sostenían que el mismo proceso de “comerciar” producía ganancia. El autor
sostiene que es cierto que la apertura comercial facilita muchas cuestiones de la vida cotidiana, pero
que el comercio mismo fuera útil o incrementara la suma de bienes de uso, no alcanza a explicar
porque su ejercicio rendía un excedente tan considerable, fuera del alcance de la artesanía por si
sola: no explica porque el comercio era la base de una ganancia diferencial tan grande.
La explicación es doble. En primer lugar, buena parte del comercio en esos tiempos, en
especial el comercio exterior, consistía o bien en explotar una ventaja política, o bien en un pillaje
apenas disimulado.
En segundo lugar, la clase de mercaderes, en cuanto cobró formas organizativas, se apresuró
por adquirir derechos monopólicos que lo protegieran de la competencia y contribuyeran a volcar en
su favor los términos del intercambio en sus tratos con el productor y el consumidor.
Lo primero corresponde a lo que Marx llamo “acumulación originaria”. Lo segundo sería una
“explotación a través del comercio”, o sea: Marx define la ganancia comercial de este periodo como
“ganancia de enajenación”; en muchos casos la ganancia no se obtiene mediante la explotación de
los productos del propio país, sino sirviendo de vehículo al cambio de los productos de sociedades
poco desarrolladas comercialmente y en otros aspectos y mediante la explotación de ambas esferas
de producción: ”comprar barato para vender caro, es la luz del comercio”.
No se trata pues de un intercambio de equivalentes. La falta de desarrollo de mercado,
precisamente, proporcionó al capital mercantil su dorada oportunidad.
Por tanto, en la medida que perduraron estas condiciones primitivas del mercado, lo hicieron
también las condiciones excepcionales de ganancia de los comerciantes. El comercio fue disolvente
de las relaciones feudales, pero el capital mercantil siguió siendo en gran medida un parasito del viejo
orden.
Cuando el capital empieza a acumularse aparece ahora la posibilidad de la usura, a costa de
los pequeños productores y también de la decadente sociedad feudal y de la corona.
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Estos derechos constituían muchas veces conflictos y competencias entre ciudades, lo cual
muchas veces desembocaban en enfrentamientos.
En una etapa más avanzada, este monopolio urbano cobro la forma de lo que puede
denominarse un “colonialismo urbano” en relación al campo. Hasta en Inglaterra se encuentra con
mucha frecuencia que ciertas ciudades extendían su autoridad al distrito circundante y, con ello,
presionaba sobre aldeas para que comercien exclusivamente en el mercado de la ciudad en cuestión.
En Europa continental estaba mucho más desarrollada la tendencia a que ricas repúblicas
burguesas dominaran y explotaran un hinterland11 rural; las comunas italianas, las ciudades
imperiales de Alemania y las ciudades holandesas y suizas, se convertían de este modo en pequeños
principados.
Entre las ciudades, a su vez, se daba una fuerte competencia, e incluso disputa, por el
monopolio de determinadas rutas de comercio y comercialización de mercancías. El monopolio
permitía imponer los términos del intercambio y a su vez esto procuraba el poder de unas ciudades
sobre otras, además del control del hinterland.
Por ejemplo, la Liga Hanseática (si bien no es una ciudad sino una corporación) se empeñó
en aislar a las ciudades interiores de todo vínculo directo con el Báltico y en impedir a las demás
ciudades que entraran en contacto con los mercados interiores.
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Todo indica que estas medidas más ambiciosas son producto, no tanto del interés colectivo
de la ciudad, como del interés de clase de un sector acomodado de mercaderes mayoristas que,
desde tiempo atrás, habían logrado el exclusivo control del gobierno urbano.
El sistema de control de mercado y de monopolio urbano que se acaba de describir, podía
ser empleado, con particular ventaja, por un grupo de negociantes especializados cuya ganancia
consistiera en el margen entre dos conjuntos de precios: los precios a que podían comprar la
producción local al aldeano o el artesano y aquellos a que podían revenderla al extranjero o al
consumidor urbano, o también, los precios a que podían adquirir artículos exóticos de lejanas
comarcas, y aquellas que podían obtener de adquirientes locales.
Así mismo, el mercader siempre trataba de mermar el poder de los gremios. A su vez,
trataban de superar las restricciones que quizás se le imponían como comerciante extranjero en
alguna ciudad, llegando a acuerdos comerciales con los mercaderes locales.
Reciprocas concesiones comerciales de este tipo formaron la base, por ejemplo, de la Hansa
de la Alemania del norte y de las ciudades flamencas. Y, en verdad, cuando el crecimiento del capital
comercial hubo alcanzado esta etapa, fue posible que comerciantes exportadores o mayoristas
dirigieran sus esfuerzos colectivos, directamente, a debilitar el régimen de monopolio urbano a fin
de fortalecer el monopolio de su propia organización interurbana.
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características, eran más abiertas y democráticas, y fue en el transcurso de estos dos siglos que al
parecer perdió su función originaria, y no conserva más que el nombre.
Al mismo tiempo, se forman nuevas corporaciones de mercaderes compuestas enteramente
por comerciantes, diferentes de los artesanos y con derechos de monopolio en alguna rama
particular del comercio mayorista. En ciertos casos, la antigua Guilda única se dividió en cierto
número de compañías especializadas (por ejemplo: vendedores de paño, tenderos y vendedores de
cuero).
En las ciudades en el siglo XIV se ven aparecer, entonces, tanto compañías generales de
mercaderes, como organizaciones más especializadas.
En Inglaterra el derecho de elección parece haber prevalecido un tiempo, puesto que todos
los ciudadanos participaban en las elecciones municipales; y aún en caso de que los burgueses más
ricos gobernaran, lo hacían con el consentimiento de toda la ciudad. Alrededor del año 1300 “un
cuerpo selecto, aristocrático, usurpo el lugar del concejo publico de los ciudadanos” y, hacia el final
del reinado de Eduardo III, la mayoría de los burgueses “carecía por entero del derecho de sufragio
en las elecciones parlamentarias”. Los demás sectores urbanos se quejaban de esta situación.
En Londres obtuvo su constitución la primera de las famosas Livery Companies (compañías
cuyos miembros usaban libreas). Eran las mayores compañías de Londres, tenían el derecho de elegir
el mayor y a los otros magistrados municipales. En esta época es muy común que aparezca una
diferenciación de jerarquía social entre potentiores, mediocres e inferiores.
En la practica el gobierno de la ciudad (alcaldes, alguaciles y regidores) siempre terminaban
saliendo de la primera jerarquía, miembros de alguna de las Livery Companies, así se perpetuaban
así mismos en el poder.
En este marco, los que empiezan a especializarse en el comercio comienzan a someter a los
artesanos, obligándoles a vender sus productos solo a ellos. Hay que recordar que muchos de
aquellos mercaderes venían también de algún sector del artesanado, comienzan a subordinar a otras
ramas artesanales y se convierten en empresarios de la industria. El sometimiento del oficio al
elemento comercial fue total.
La nueva aristocracia mercantil no constituía un circulo enteramente cerrado para quienes
disponían de dinero para comprarse su lugar en ella; en efecto, en los siglos XV y XVI constantemente
se infiltraron en sus filas los maestros artesanos más ricos, quienes tendían a trocar el artesanado
por el comercio y hasta a convertirse en patronos de otros artesanos.
Sí tenían más problemas para entrar a alguna de las compañías comerciales, para lo cual, por
ejemplo, deberían abandonar su oficio, o luchar para que su propio gremio de artesanos alcanzara la
condición de un organismo comercial. En este segundo caso, generalmente se sucedía una
competencia por los puestos Del gobierno de la ciudad entre la nueva compañía y las anteriores.
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Se produjo, si, cierta infiltración en los estratos privilegiados a medida que en los propios
oficios se acumulaba capital, pero la posición monopolista del capital comercial en Inglaterra
difícilmente se debilitó con ello y tampoco sufrió retardo el incremento de su riqueza.
Con el crecimiento del mercado y en especial, del comercio exterior, el número de personas
dentro de los estratos privilegiados pudo crecer sin provocar una seria saturación.
El mercado interno se expandía por el crecimiento de las ciudades, la multiplicación de los
mercados y la penetración de la economía monetaria en los señoríos (trabajo asalariado, arriendo de
las reservas a cambio de rentas en dinero).
Pero fue el comercio exterior el que proporciono las mayores oportunidades y fortunas. Por
algún tiempo, comerciantes extranjeros se adueñaron de este campo, con privilegios especiales de
la Corona inglesa (mercaderes de la Hansa flamenca e italianas).
Fue imposible socavar la posición privilegiada de las corporaciones extranjeras mientras no
hubo comerciantes ingleses con fortuna suficiente para financiar los gastos del rey, en particular sus
guerras.
Hacia el final del siglo XIII y todavía más en el siglo XIV, la Corona empezó a contar con
ingresos recolectados mediante un impuesto a la exportación de lana y con empréstitos tomados de
los exportadores ingleses de ese producto; por su parte, los comerciantes ingleses, organizados en la
Compañía de Stafle, podían sacar ventajas de las necesidades de la realeza, trocando prestamos por
derechos de monopolio sobre el valioso comercio de exportación de la lana.
Más adelante se verá que exportar paño es mucho más lucrativo que exportar lana. Así se
compite con la Stafle de Brujas, es decir, con los paños flamencos, que justamente se hacían con la
lana que exportan comerciantes ingleses con derechos monopólicos (o sea. La Stafle de Brujas).
En esta nueva actividad de la exportación de paños, los iniciadores parecen haber sido los
sederos, que empezaron a establecer agentes en lugares como Brujas, Amberes y Bergen. En el siglo
XV gran número de ricos mercaderes provenientes de diversos lugares de Inglaterra constituyen la
“Compañía de Mercaderes Aventureros” y, al parecer, obtuvieron derechos exclusivos sobre el
comercio de paños entre Inglaterra y Holanda, Brabantes y Flandes. La guerra comercial entre los
comerciantes de paños y la Hansa fue prolongada y dura.
A medida que la Corona, en los siglos XV y XVI, apoyó cada vez más a los comerciantes
ingleses de paños, su posición en la competencia se fortaleció cada vez mas mientras que, al mismo
tiempo, caducaban los privilegios de los extranjeros en Inglaterra.
En 1614 se prohibió oficialmente la exportación de lana inglesa (lo que fue una concesión a
la industria textil), lo cual no solo afecto a los mercaderes extranjeros, sino también a los
comerciantes ingleses de la Stafle, que tuvieron que volcarse al mercado interno, donde obtienen el
monopolio.
Hacia mediados del siglo XVI, comerciantes británicos se habían aventurado lo bastante lejos,
tanto por el Mar del Norte como por el Mediterráneo, como para inaugurar unas cinco o seis nuevas
compañías generales, cada cual con privilegios en una zona nueva. En 1553 se fundó la Compañía de
Rusia, luego la Compañía de África, la Compañía del Este (Eastland-las tierras del Báltico, excepto
Rusia) que poco después de su fundación logró abrir una importante brecha en el monopolio de la
Hansa al obtener el derecho de tratar directamente con ciudades prusianas. Un año antes se había
fundado la Compañía de España. Se fusionan las Compañías de Turquía y Venecia y se funda la
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Compañía del Levante, etc. Quienes dominaban, entonces, estas redes de comercio a larga distancia
con la poderosa Compañía de Mercaderes Aventureros con su centro en Londres, los cuales evitaban
los intermediarios.
Con el pasar del tiempo los requisitos de entrada a las compañías eran cada vez más estrictos.
Lo mismo ocurría con los gremios de artesanos. Hay una tendencia a convertir la posibilidad de llegar
a ser maestro y tener un taller propio en algo hereditario. Esto es para controlar la competencia.
Resultado de todo esto fue por ejemplo, una creciente tendencia, de la época de los Tudor,
a que los oficiales que no podían costearse la maestría trabajaran secretamente para evadir la
jurisdicción del gremio. Frente a esto los gremios agudizaban su control. A su vez, a los mercaderes
les convenían estos artesanos que competían con el gremio y vendían más barato.
Resultado de esto fue que hubiera un sector exclusivo de artesanos que combatían la
competencia lo cual les permitía acumular, y por otro lado, gran cantidad de dependientes
asalariados y jornaleros que no podían llegar a ser maestros y aunque fueron quizás miembros del
gremio no tenían participación ni eran protegidos por él. Todo lo contrario.
Así se fue constituyendo una nueva masa de asalariados. Pero la acumulación del capital
mercantil no se apoya todavía acá.
Un rasgo de esta nueva burguesía mercantil es la facilidad con la que esta clase estableció
compromisos con la sociedad feudal, una vez que hubo obtenido sus privilegios.
Hacia fines del siglo XVI esta nueva aristocracia, celosa de sus prerrogativas de reciente data,
se habían convertido en una fuerza conservadora, más que revolucionaria, y su influencia, junto con
la de las instituciones por ella promovidas –como las Compañías privilegiadas- retardaría el desarrollo
del capitalismo como modo de producción, en vez de acelerarlo.
Marx, en sus notas de carácter histórico sobre el capital comercial, ha señalado que éste, en
su primera etapa, mantuvo una relación puramente externa con el modo de producción, que
permanecía independiente del capital y sin ser afectado por él; el comerciante era meramente “un
editor” (verleger), cuyo fin era obtener ganancias con las diferencias de precios entre distintas áreas
productivas.
Más tarde, sin embargo, el capital comercial comenzó a ligarse al modo de producción, en
parte a fin de explotarlo más efectivamente y, en parte, a fin de transformarlo para obtener mayores
ganancias y ponerlo al servicio de mercados más vastos.
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Este desarrollo, indico Marx, siguió dos vías principales: un sector de productores mismos
acumuló capital, se dedicó al comercio y luego empezó a organizar la producción sobre una base
capitalista; la segunda, un sector de la clase mercantil existente empezó a “apoderarse directamente
de la producción”; con ello “influyo históricamente como transición” pero, llegado el momento, “este
método se interpone en todas partes al verdadero régimen capitalista de producción y desaparece
al desarrollarse este”.
Los datos indican que para mediados del siglo XVI ya se estaba transformando el modo de
producción en Inglaterra, lo cual tiene que ver con los acontecimientos políticos del siglo XVII que
tienen todos los rasgos de revolución burguesa clásica.
Sin embargo, como sucede en los períodos de transición ambas vías se entrecruzan. Pero si
es clara una tendencia al creciente predominio del capital sobre la producción.
En un principio se ve al elemento mercantil someter al artesanado. Más tarde el elemento
artesanal ira logrando su independencia respecto de los mercaderes constituyéndose como nuevo
organismo privilegiado, en épocas de los Estuardo, el cual estaba bajo el control, a su vez, de una
pequeña oligarquía de capitalistas acomodados.
Más adelante irán apareciendo sociedades de acciones (debido a la creciente necesidad de
un capital inicial grande para poner a funcionar una empresa en un momento de innovaciones
técnicas) empezando a emplear obreros asalariados a escala considerable.
El capitalismo agrario.
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Sin embargo, esto no parece ser todavía la situación en el comercio externo. En el mercado
interno es diferente, manejado por nuevos comerciantes, marginados por los antiguos del comercio
de exportación.
Los grandes mercaderes exportadores se esforzaban por mantener su privilegio y monopolio,
en esto se basaba su beneficio, en el mercado interno lo conveniente era mantener alta la oferta
respecto a la demanda, para abaratar los costos del suministro de lana.
La idea de la corporación era justamente crear un exceso de oferta en el mercado de compra
y un exceso de demanda en el mercado de venta.
La forma principal que asumieron estos intentos de abaratar el suministro, fue el
establecimiento de una relación particular de dependencia entre una clientela exclusiva de
artesanos, y un mercader-patrono que les “encargaba” trabajos para su realización. La oferta podía
abaratarse bajando la remuneración del artesano y mejorando la organización del trabajo.
Cuando este control hubo alcanzado cierto punto, empezó a alterar el carácter de la
producción misma: “el mercader fabricante ya no se basaba, simplemente en el régimen existente
de producción, redoblando la presión económica sobre los productores, sino que, al cambiar el
régimen de producción crecía su productividad intrínseca. Aquí es donde aparece el cambio
cualitativo real”.
Esto se liga al surgimiento de entre las filas de los productores mismos, de un elemento
capitalista, mitad fabricante, mitad comerciante, que empezó a subordinarse y a organizar aquellos
estratos desde los que tan recientemente se había elevado.
La primera etapa de esta transición (la del vuelco del capital comercial a un control cada vez
mayor de la producción: el mercader- patrono) parece haber transcurrido durante el siglo XVI en las
industrias textiles, del cuero y pequeña metalurgia.
Era necesario acabar con las restricciones de los gremios, por lo que se establecen artesanos
en los suburbios y el campo, por lo cual hay grandes disputas con los gremios.
En esta etapa, hubo pocos cambios en los métodos de producción y todavía menos en la
técnica productiva. El papel progresivo del mercader-fabricante se circunscribió aquí a extender la
producción artesanal y derribar las barreras levantadas por el monopolio urbano tradicional.
Así es que va surgiendo la INDUSTRIA RURAL A DOMICILIO, a pesar del combate de los
gremios que a su vez presionaban para la promulgación de leyes que prohibieron la producción
artesanal por fuera del ámbito urbano y el gremio.
La prueba más clara de que existió un movimiento general al sometimiento de los artesanos
a un movimiento mercantil lo proporciona el desarrollo de las doce grandes Livery Companies de
Londres, compuestas desde un principio, o algunas con posterioridad, exclusivamente por
comerciantes, en especial mayoristas y exportadores. Mientras una oligarquía mercantil controlaba
las Livery Companies, estos, a su vez, controlaban el gobierno municipal de Londres.
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Para el siglo XVII se asiste entonces a los primeros pasos de un notable desplazamiento del
centro de gravedad: el predominio, cada vez mayor, de una clase de mercader-patronos, surgida de
entre las filas de los propios artesanos, de entre los yeomen y de las grandes compañías.
Comienza entonces una enorme disputa. Este nuevo elemento, el mercader-patrono salido
de las filas del artesanado, luchara por tener participación en el gobierno de la compañía (manejado
enteramente por el elemento mercantil) o de lo contrario intentar formar su propia compañía
independiente.
Este es el origen de las nuevas organizaciones surgidas durante los Estuardo, que
rápidamente caían bajo la dependencia de un elemento capitalista nacido de ellos. De modo que las
organizaciones (gremios) constituidas para defender al pequeño maestro contra determinado tipo
de capitalistas, se convirtieron en el instrumento de su sujeción a otro tipo.
Estos nuevos patronos, artesanos enriquecidos, dominaban y controlaban al resto del
artesanado. A su vez intentaban multiplicar el número de artesanos que ellos podían emplear
(violando las regulaciones tradicionales de aprendizaje). Frente a esto, los artesanos más pequeños
parecen haber hecho causa común con las Livery (quienes estaban al frente de las Compañías,
dedicadas exclusivamente al comercio de exportación).
Por esta época aun no estaban dadas las condiciones y la tecnología para que la producción
manufacturera localizada en una fábrica fuese más redituable que la Industria Rural a Domicilio.
Exceptuando bastones y tintorerías, la producción fabril de artículos textiles siguió siendo
excepcional hasta la segunda mitad del siglo XVIII. Sin embargo, los casos que encontramos son
significativos, en cuanto indicios de la existencia de capitalistas de considerable envergadura,
deseosas de invertir en la industria, asi como de los comienzos de un proletariado industrial.
En cierto número de industrias, ya los adelantos técnicos habían alcanzado un grado
suficiente de desarrollo para dar base a la producción de tipo fabril. Por ejemplo, la minería, donde
aparecen bombas para desagitar.
Aparecen también altos hornos y molineros cortadores, etc. todo esto requería grandes
inversiones. A su vez esto permitía emplear gran cantidad de obreros.
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La hegemonía del capital sobre la industria, la dependencia del artesano y la resistencia del mediano
propietario.
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Sin embargo esto es secundario para explicar la situación de dependencia del artesano. Más
bien era la situación de pobreza de un artesano lo que lo llevaba a ser dependiente.
En este punto quizás sea válido afirmar que la posesión de tierra fue la base de esa
independencia que retuvo al artesano domestico durante este primer periodo de la producción
capitalista, de este modo podía ser independiente del crédito y el favor de un mercader comprador,
podía escoger cliente, así como el momento de venta, y esperar, si con ello tenía la oportunidad de
obtener un precio mejor.
Parece probable que precisamente el artesanado pobre y su consiguiente necesidad de
créditos, alentaron la creciente tendencia a que los telares cayeran en manos de los capitalistas: el
artesano, sin duda, empeñaba el telar a su patrono en la primera oportunidad, como garantía de un
adelanto de dinero.
La industria doméstica, así como su incompleta sujeción al capital, conservaron sus
fundamentos mientras resistió la porfiada independencia de una clase de campesinos
independientes arrendatarios, de medianos recursos.
De este modo, la pequeña propiedad de la tierra y la pequeña propiedad de los medios de
producción en la industria, marcharon juntas. Solo cuando la concentración de la propiedad
terrateniente hubo progresado lo bastante para sellar la muerte de la clase de los yeomen, cayeron
los cimientos de la industria domestica.
El ascenso del patriciado en Flandes y los Países Bajos: la Hansa, su apogeo y decadencia.
El ascenso de esta nueva fuerza, el capital comercial, sectores del cual empezaba a volcarse
a la producción aun en fecha tan temprana, tuvo importantes consecuencias para el gobierno
municipal de las principales ciudades flamencas.
Pronto se manifestaron dos tendencias ligadas entre sí. El poder político, en las principales
ciudades, pasó a manos de la clase de burgueses más ricos, que vino a darse el nombre de
“patriciado”. Los funcionarios municipales llamados echevins, cuyo papel era supervisar los oficios,
regular los salarios y controlar el mercado urbano, fueron ahora designados por este patriciado entre
sus miembros, en vez de ser elegidos por todo el cuerpo burgués.
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Al mismo tiempo, el patriciado de diversas ciudades de los Países Bajos llegó a recíprocos
acuerdos, y formaron una Hansa12. Los gobiernos municipales empiezan a dictar regulaciones que
favorecían a la Hansa. Los artesanos se vieron obligados a tratar solo con los mercaderes de la Hansa.
El localismo urbano más antiguo había cedido ante la influencia de una organización de clase que
ejercitaba un monopolio del comercio mayorista.
Pero no en todas las ciudades el poder pasó de modo tan completo a esta oligarquía
burguesa. En algunas siguió prevaleciendo en la clase feudal. En ambos casos, se produjo una alianza
social a la vez que política, entre los familiares feudales y los burgueses más ricos.
Pero ya en el siglo XIII hay levantamientos de los oficios contra los grandes capitalistas,
muchas de las cuales parecen haber sido fomentadas por la Iglesia y por sectores de la nobleza feudal.
En esta etapa el patriciado lograba mantener su predominio con ayuda de una severa represión. “La
Hansa de las diecisiete ciudades... parece haber perdido todo otro objetivo, excepto promover los
intereses del gobierno patricio contra los reclamos de los obreros”.
Pero a comienzos del siglo XIV, la lucha armada estallo de nuevo, Felipe El Hermoso apoyaba
al patriciado, y los artesanos acudieron al Conde de Flandes, lo que le dio el carácter de guerra
nacional entre Francia y Flandes. La guerra estalló en 1302 con un levantamiento general y terminó
en 1320 con una victoria flamenca. El resultado fue una reafirmación de los derechos de los oficios
en el gobierno municipal y el retorno a las regulaciones gremiales y el localismo urbano, lo que
conllevo el retroceso de la producción capitalista.
La Hansa fue privada de su exclusivo monopolio y algunos artesanos (los más ricos)
obtuvieron el derecho de dedicarse al comercio mayorista.
Sin embargo, en el siglo XV, una alianza de los grandes capitalistas con los príncipes y la
nobleza en Flandes, bajo la jefatura de Felipe el Bueno de Borgoña (alianza que suscito armonía
comercial de las ciudades), procedió a someter la autonomía de las ciudades a una administración
centralizada. Varias ciudades opusieron resistencia a esta usurpación de sus derechos. Pero
finalmente fueron vencidas, así le paso a Lieja, Brujas, etc.
En lo sucesivo, el control de la administración urbana fue compartido por los funcionarios del
príncipe; el gobierno central participó en la designación de los magistrados municipales; se estableció
un derecho de apelación contra la autoridad municipal ante un tribunal nacional, se destruyó el
dominio urbano sobre poblaciones y aldeas vecinas, aboliéndose los privilegios especiales de escala.
12
La Liga Hanseática, del alemán Hansa, es decir “guilda”, fue una federación comercial y defensiva
de ciudades del norte de Alemania y de comunidades de comerciantes alemanes en el mar Báltico,
los Países Bajos, Suecia, Polonia y Rusia, así como regiones que ahora se encuentran en las repúblicas
bálticas. El desarrollo de la cooperación comercial vino como consecuencia de la fragmentación
política y territorial que creaba inseguridad e inestabilidad comercial. La Liga Hanseática emergió
como un conjunto de acuerdos de cooperación y confederación para colaborar en las rutas marítimas
hacia Occidente y Oriente. La dirección central recayó en Lübeck, reuniéndose allí la primera Dieta
en 1356 y adquiriendo la Liga una estructura oficial en lo que se considera como su fecha de
fundación.
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Con ello se despejo el escenario para una nueva dominación del patriciado burgués,
favorable a un desarrollo al menos parcial de la producción capitalista, aun cuando el sometimiento
de los gremios y del localismo urbano se había comprado al precio de una alianza del capital comercial
con los restos del poder feudal.
Tanto nacional como localmente, la “rica clase de mercaderes proveía el personal de la
administración y sesionaba en las asambleas del Estado”. Como resultado de estas nuevas
condiciones se produjo un impresionante resurgimiento de la industria rural, en especial bajo la
forma de manufactura”.
La situación de las ciudades de Italia del norte, así como de algunas de la Renania, no parece
haber sido muy diferente; con una particularidad: en Italia, príncipes feudales y, en particular, la
Iglesia, tenían suficiente poder para impedir que las repúblicas burguesas alcanzaran, alguna vez, otra
cosa que autonomía condicionada, y también, para lograr que, aun dentro de las repúblicas, la
oligarquía mercantil compartiera el poder, por lo general, con las familias feudales más antiguas,
propietarias de tierra, que ejercitaban ciertos derechos tradicionales en la ciudad o sus contornos.
Para 1338, en Florencia existían hasta 200 talleres dedicados a la fabricación de paños que
empleaban un total de 30.000 obreros. Sin embargo, en general para quienes disponían de capital,
resultaba más lucrativo dedicarse al comercio de exportación o arrendar las rentas papales y
conceder préstamos hipotecarios sobre las tierras de los príncipes que dedicarse a la producción.
Al igual que en Flandes, el predominio de la oligarquía mercantil fue resistido. El siglo XIV
asistió a cierto número de levantamientos democráticos de artesanos y gremios menores; y durante
algún periodo prevaleció un régimen más democrático en ciertas ciudades. Pero, por regla general,
sin embargo, la firme alianza de la aristocracia mercantil y bancaria de las ciudades con la nobleza
feudal, resulto demasiado sólida para el movimiento democrático.
En cuanto a las ciudades donde todavía persistía el monopolio urbano, lo que más tarde
parece haber doblegado este monopolio en aquellas ciudades donde todavía persistía, no fue el
surgimiento de una clase capitalista interesada en el comercio interregional y la promoción de una
industria rural dependiente, sino el poderío de los príncipes y de la nobleza rural, los que aseguraron
el derecho de la campaña a comprar y vender donde quisiera, empleando su influencia para privar a
las ciudades de muchos de sus derechos de escala.
El régimen gremial conservó su vigencia dentro de los límites de la ciudad, pero no sobre un
hinterland rural, por lo cual la prosperidad de muchas de estas ciudades decayó, pero sin que una
industria rural vigorosa pasara a ocupar su lugar.
El desarrollo francés.
Si bien en la mayoría de las ciudades de Francia algo que pudiera denominarse producción
capitalista probablemente surgió mucho después que en Flandes y en Italia del Norte, el posterior
desarrollo del nuevo orden económico siguió, aquí, más de cerca al modelo ingles que en otras partes
de Europa continental.
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Todas las industrias nuevas son industrias centralizadas que reclutaban sus numerosos
obreros entre el ejército de desocupados, en continuo crecimiento.
En el siglo XVII, el siglo de las regulaciones de Colbert, encontramos al mismo tiempo un muy
desarrollado sistema de industria dependiente organizada por mercaderes fabricantes, y también,
manufacturas capitalistas que empleaban considerables capitales y a veces centenares de
asalariados. La “espantosa miseria” de este periodo desemboco en estallidos intermitentes de
revueltas e insurrecciones en Paris, Lyón y Normandía.
En el caso de Italia, Alemania y los Países Bajos (y en menor medida Francia), lo notable no
es tanto la fecha temprana –en comparación con Inglaterra- en que apareció la producción
capitalista, cuanto que el nuevo sistema no logró crecer mucho más allá de su precoz adolescencia.
Pareciera como si el éxito y la madurez misma del capital mercantil y usurero en estos ricos centros
de comercio de gran escala de Europa continental, en vez de fomentar la inversión en el proceso
productivo, la hubiesen retardado.
Por lo menos, es claro que un pleno desarrollo del capital comercial y financiero no es, por
si, garantía de que la producción capitalista se desarrollara a su sombra, así como que, aun cuando
ciertos sectores de capital comercial se hayan volcado a la industria, empezando a dominar el modo
de producción y transformándolo al mismo tiempo, ello no necesariamente implica un total cambio.
Considerada a la luz de un estudio comparativo del desarrollo capitalista, la tesis de Marx de
que, en esta etapa, el ascenso de una clase de capitalistas industriales surgida de las filas de los
propios productores es condición de toda transformación revolucionaria de la producción, empieza
a adquirir una importancia decisiva.
Resulta evidente que el quebrantamiento del localismo urbano y de los monopolios de los
gremios de artesanos constituye un prerrequisito del crecimiento de la producción capitalista, sea
bajo su forma manufacturera o bajo su forma doméstica. Y en esto se empeñan, precisamente
aquellos sectores del capital comercial que han empezado a controlar la industria. Pero hay un
segundo esencial prerrequisito: la necesidad, para el propio capital industrial, de emanciparse de los
restrictivos monopolios en que el capital comercial está ya atrincherado en la esfera del comercio.
Sin este segundo prerrequisito, quedara poco espacio para un ensanchamiento considerable
de la inversión industrial, y las ganancias que proporciona la inversión en la industria y, por lo tanto,
la posibilidad de una acumulación de capital específicamente industrial, con toda probabilidad serán
escasos, al menos por contraposición a los réditos que arrojan las actividades exportadoras,
cuidadosamente monopolizadas.
Por esta razón, precisamente, cobran tal importancia las luchas políticas de este periodo, a
la par que resultan tan complejas y cambiantes los alineamientos sociales que forman la base de
estas luchas.
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Quizás debiéramos un tercer prerrequisito, como digno de mencionar junto a los otros dos.
Probablemente es necesario, también, que existan condiciones que favorezcan –y no obstruyan- la
inversión de capital en la agricultura: no en el mero sentido de la hipoteca de tierras pertenecientes
a destacados dignatarios feudales o de la compra de un registro de rentas de terrazgueros, sino en
cuanto al desarrollo de una real explotación agraria capitalista junto a las formas de “acumulación
originaria” que han sido por lo general, su acompañamiento (lo que contribuye a la creación de un
proletariado rural y la formación a su vez de un mercado interno).
Había similitudes entre la monarquía de los Tudor y la de Felipe el Bueno de los Países Bajos
luego del sometimiento de la autonomía municipal a una administración nacional. Pero quedaban
importantes diferencias entre ambos: si bien las filas de las viejas familias nobles de Inglaterra
quedaron relegadas y la aristocracia se reclutó en buena parte entre plebeyos nouveaux miches, las
tradiciones e intereses de una aristocracia feudal continuaron dominando grandes sectores del país
así como la dirección del Estado, cuyas medidas mostraron particular inclinación por la estabilidad
del viejo orden.
Al mismo tiempo, la propiedad terrateniente pasaba, en buena parte, a manos de una clase
de ricos comerciantes: clase que, en lo esencial, debía su posición a los privilegios de que gozaba por
la partición de las pocas y exclusivas compañías que detentaban el monopolio sobre ciertas esferas
del comercio exterior.
De su apoyo tanto financiero como político había pasado a depender la nueva monarquía
que, en ocasiones, suscribió acciones en la más rentable de sus empresas comerciales. A cambio,
esta alta burguesía recibió de manos de la realeza títulos y cargos que le proporcionaron un lugar en
la Corte donde, por esa época, residía el centro del poder político real.
Aquí estos grandes mercaderes de las grandes compañías no necesitaban inmediatamente
confrontarse con las bases del monopolio urbano, como si paso en los Países Bajos entre los oficios
y Hansa interurbana.
El ataque a las restricciones de los gremios de artesanos y al poder económico de los poderes
municipales provino de aquella generación más nueva de mercaderes capitalistas que comenzaban
a desarrollar la industria doméstica. Estos mismos, por no ser admitidos en las privilegiadas
compañías exportadoras, entraron en un agudo conflicto con los monopolios comerciales que
restringían su mercado y deprimían el precio al que podían vender sus productos. Este antagonismo
estuvo particularmente marcado entre comerciantes y mercaderes fabricantes de provincias y
mercaderes exportadores de Londres.
En general la monarquía favorecía a estos grandes comerciantes de Londres. Poco o nada se
hizo para favorecer a los demás mercaderes, a pesar de sus propuestas. Por otro lado, en la disputa
entre gobiernos municipales y nueva industria, el Estado tendió a apoyar a los gobiernos municipales
y por tanto el viejo orden. Entonces el Estado estaba en contra de la nueva industria, así como de los
cercamientos en esta etapa, en el sentido de que la mano de obra fuera a parar a las fincas de la
nobleza rural únicamente.
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Los gérmenes de un movimiento en favor del libre comercio, según esto, se encontraban
entre los intereses inmediatos de los terratenientes que practicaban cercamientos, de comerciantes
y de fabricantes de paños de provincias, así como de aquellos miembros de las Livery Companies de
Londres vinculados a la industria rural.
Aquí no debe haber malentendidos. El libre comercio buscado era condicional y limitado, no
concebido como un principio general, a la manera del siglo XIX, sino como propuestas ad hoc,
destinada a eliminar ciertas restricciones específicas que perjudicaban a los “quejosos”.
Pero la antipatía por determinadas restricciones se transformo en un movimiento general
contra el monopolio, por la costumbre de los Estuardo de vender monopolios para la iniciación de
nuevas industrias.
Es claro que el principal objetivo de estas concesiones era fiscal. Estos monopolios favorecían
a la gente de la Corte o cercanas. En general este sistema de monopolios era paralizante y restrictivo,
tanto por la exclusividad de los derechos de patente concedidos como por el estrecho círculo a que
ellos se circunscribían comúnmente.
¿Quiénes estaban en contra de este estado de las cosas? Quienes tenían intereses en las
industrias más nuevas, o los artesanos más acaudalados que querían establecerse como inversores y
patronos.
En fin, el sistema de patentes de los Estuardo beneficiaba en definitiva a promotores nobles
que gozaban de riqueza y de influencia. Intereses burgueses de provincias resultaron especialmente
agobiados por esta política de los Estuardo –conceder privilegios a corporaciones exclusivas,
reducidas y autorizadas a controlar una industria en todo el país en interés de un pequeño círculo de
la metrópolis. El círculo de intereses perjudicados era vasto. Además, estos monopolios hacían que
los precios de los productos subieran, incluso hasta los intereses de algunas de las grandes compañías
comerciales de Londres resultaron afectadas por el sistema.
La oposición a los monopolios libró sus primeras batallas parlamentarias en 1601 y de nuevo
en 1604, al introducirse un proyecto que abolía todo privilegio sobre el comercio exterior. Se señaló
en qué medida el régimen existente favorecía a Londres, hundiendo en la miseria a los demás puertos
comerciales; se propuso, además, que las compañías para el comercio exterior estuvieran abiertas a
cualquier persona, sin distinción. Luego de esporádicas escaramuzas, la oposición volvió al ataque en
1624 con el Acta General antimonopolio, pero tuvo poco éxito.
PUEDE DECIRSE QUE ESTA LUCHA DEL PARLAMENTO CONTRA PRIVILEGIOS Y MONOPOLIOS
CONCEBIDOS POR LA REALEZA –a la vez que el rechazo del derecho de imponer arbitrariamente
cárcel o impuestos-, CONSTITUYEN EL MOTIVO CENTRAL DEL ESTALLIDO REVOLUCIONARIO DEL
SIGLO XVII.
Al comienzo del Parlamento largo, según parece, hasta los miembros de las compañías
comerciales de Londres se inclinaron por el partido parlamentario. En 1641 un realista es elegido
Lord Mayor. Pero el concejo de los Comunes era partidario del Parlamento, casi en su totalidad.
Incluso, hasta algunos miembros de las grandes compañías, por distintas razones, entre los
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partidarios de Cromwell, obviamente en el ala más de derecha dentro del campo parlamentario, por
lo mismo estos no estaban muy de acuerdo con una ruptura con la Corona.
Pero si bien Londres, con su comercio y sus industrias, constituía el principal baluarte de la
revolución, fueron las provincias las que prestaron gran parte del apoyo de masas para la revolución;
y precisamente, la rivalidad entre intereses industriales o semi industriales de provincias y el capital
comercial –más privilegiados- de la metrópolis, que ya vimos, sin duda fue factor importante en el
antagonismo que empezó a agudizarse a mediados del decenio de 1640 entre presbiterianos e
independientes. La división del país entre los partidarios del Rey y del Parlamento, siguió muy de
cerca líneas económicas y sociales, obviamente.
En términos generales parece correcto afirmar que aquellos sectores de la burguesía que
tenían raíces en la industria, ya fueran fabricantes de paños de provincias o mercaderes de una Livery
Company de Londres que emplearon su capital en reorganizar la industria rural, fueron activos
partidarios de la causa parlamentaria (en texto Pág. 205-206 figuran las facciones realistas y las
parlamentarias).
Pero el ejército cromwelliano y los independientes, que constituían la fuerza motriz de la
revolución, reclutaron su poderío principal en los centros fabriles de las provincias y, como es sabido,
en sectores de la nobleza rural y en el tipo de campesinado independiente arrendatario (yeomen)
mediano y pequeño, que preponderaba en el Este y Sudeste. Tras Cromwell se alienan las masas
trabajadoras artesanas, aprendices, terrazgueros y campesinos, con sus peligrosas tendencias
“niveladoras”. Además, estaba el tema del puritanismo.
La cuestión de la tierra desempeño un papel muy importante, aunque solo fuera como
trasfondo, en los desacuerdos internos de la causa parlamentaria, y quizás haya sido esto la principal
causa del compromiso eventual que represento la restauración.
Así, en Inglaterra se manifestó, con notable claridad, ese rasgo contradictorio que se
encuentra en toda revolución burguesa: esa revolución requiere por cierto el empuje de sus
elementos más radicales para llevar hasta el fin su misión emancipadora; pero el movimiento está
destinado a dejar grandes sectores de la burguesía tan pronto como aparecen estos elementos
radicales, precisamente porque ellos representan a los humildes o los desposeídos, cuyas
pretensiones cuestionan los derechos de la gran propiedad.
La revolución del siglo XVII introdujo cierto número de cambios que revestían sustancial
importancia para el desarrollo del capitalismo, y que la restauración no fue capaz de revertir.
Por ejemplo, los privilegios de las compañías monopolistas fueron grandemente reducidas, y
hay ciertos indicios de que el resultado final de este debilitamiento de los monopolios fueron una
extensión del comercio y una baja en los precios de exportación y de los beneficios de las compañías
dedicadas al comercio exterior.
Otra cuestión es que con la restauración la Corona no pudo recuperar su perdido instrumento
de poder ejecutivo independiente. La Corte se encontraba subordinada al Parlamento.
Los comunes habían reforzado su control sobre las finanzas. El campo de la actividad
industrial ya no fue obstaculizado por concesiones de monopolio de parte de la realeza y, exceptuada
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la Compañía de las Indias Orientales, los privilegios exclusivos de las compañías de comercio exterior
habían disminuido. Comenzaba en su lugar a predominar el novedoso tipo de compañías por
acciones, en que el capital era el Rey.
Conceptualizando la protoindustria.
13
Verleger es el mercader-empresario.
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Durante la Edad Media surge una división del trabajo mediatizada por el mercado, donde al
campo se le adjudicaba la producción agrícola y a la ciudad la producción manufacturera. Esto estaba
sujeto a que se habían dado dos condiciones previas: tenía que darse un excedente agrario con el
que poder alimentar a la población no empleada en el sector primario, y a la vez tenía que producirse
un crecimiento demográfico suficiente para el desarrollo de las ciudades nacientes. Ambas
condiciones están funcionalmente relacionadas.
Sin embargo, la división del trabajo, que de este modo se produjo entre el campo y la ciudad,
tuvo un alcance limitado. Para la economía campesina el principio de mercado continuó siendo
periférico. Esta economía producía principalmente valores de uso y no valores de cambio. Gran parte
de sus necesidades materiales y no solo las correspondientes a productos básicos de alimentación,
estaban cubiertas por la producción de la propia economía doméstica.
El autor plantea que donde se mantenía esta división del trabajo era un freno a la continuidad
del desarrollo de las fuerzas productivas.
La economía campesina sólo podía presentar una demanda relativamente importante en el
mercado después de haberse abierto a la especialización en la oferta de productos agrarios o de
manufactura domestica rural.
Pero esta nueva etapa de la división social del trabajo sólo podía lograrse eliminando la
privilegiada posición de la ciudad en el proceso general económico de producción e intercambio,
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La vinculación del cultivo agrícola al ritmo de las estaciones está relacionada con fuertes
fluctuaciones en la demanda de trabajo. En una economía agraria dependiente de trabajadores
asalariados, el desempleo se manifiesta abiertamente en las épocas del año de menor intensidad de
trabajo. El paro estacional fue un requisito para el desarrollo de la manufactura en el campo.
La situación económica de la familia campesina dependía fundamentalmente de la extensión
y calidad de sus tierras, lo que determinaba también la necesidad de buscar una ocupación
complementaria. En las comarcas donde el rendimiento del suelo era escaso, los campesinos se veían
obligados a buscar otros ingresos adicionales.
En los siglos XVII y XVIII se da un incremento de la población que compensa las pérdidas de
la Edad Media y a su vez produce un desarrollo económico. No obstante, este crecimiento no pudo
seguir el ritmo del crecimiento demográfico, ya que el plusproducto no fue empleado de forma
rentable, sino absorbido por la población creciente.
Aquí entra en vigor la ley de productividad decreciente del suelo. Al agotarse las tierras
fértiles, los campesinos cultivaron terrenos marginales. A causa de esta productividad marginal
decreciente, decayó también la renta per cápita.
Los cambios en las tendencias seculares tuvieron como consecuencia que, al agotarse las
tierras fértiles, los campesinos pusieran en cultivo terrenos marginales y, lo que es más importante,
que en las regiones con una tradición sucesoria proindiviso14 surgiera un amplio sector de
campesinado sin tierra, mientras que en las regiones con sucesión igualitaria la fragmentación del
suelo fue adquiriendo proporciones extraordinarias.
A consecuencia de estas tendencias, que se repetían a cada ciclo con más intensidad, la
estructura social de las zonas rurales cambió radicalmente.
14
Pro indiviso es una expresión jurídica de origen latino que hace referencia a la situación de una
cosa o derecho que pertenece a varias personas en común, sin que existan partes diferenciadas a
cada uno de los propietarios o titulares del derecho. Cuando existe la copropiedad, la cosa o el
derecho pertenece a varias personas, sin que pueda decirse qué parte específica corresponde a cada
uno, pues el bien o derecho pertenece a todos, sin división material de las partes.
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El desarrollo de la Industria Rural a Domicilio, el rol de los señores y las exacciones al campesino.
Ahora, para que se desarrollasen estas industrias rurales a domicilio era importante la
reacción del señor feudal y de la comunidad de la aldea.
Las industrias rurales pudieron desarrollarse sólo en aquellas zonas en donde las propias
comunidades y los señores feudales carecían del poder suficiente para imponer una cohesión social.
En las zonas donde existía dicha cohesión, el señor feudal reaccionó intentando impedir la
partición de las tierras y suprimiendo el mercado de las propiedades. La cohesión tuvo que debilitarse
o disolverse para que pudieran desarrollarse los procesos de crecimiento demográfico y
diferenciación social. Por ejemplo, en Europa Centro-Oriental y Oriental los señores ejercieron un
dominio mucho más directo y firme sobre los campesinos, de modo que no quedaba margen para el
desarrollo de industrias rurales.
Pero el desarrollo de la Industria Rural en una región no dependía tanto de la cuantía de los
tributos feudales como de su forma de pago. El plustrabajo social podía ser expropiado como
prestaciones de trabajo, o como pago en especie o dinero, correspondiendo cada sistema a un tipo
diferente de relaciones de producción. Por ejemplo, en contraste con los pagos en dinero, las
prestaciones de trabajo inhibieron la diferenciación del campesinado.
La transición de pago de tributos en dinero puso en movimiento un proceso de diferenciación
que, además de aumentar el número y tamaño de los grupos rurales que dependían de una
ocupación secundaria para subsistir, llego a estimular en algunos casos el surgimiento de un
empresariado rural.
Otro factor más tardío fue el movimiento de cercados que puso de manifiesto el creciente
“individualismo agrario” y los procesos de diferenciación y polarización del campesinado hicieron una
profunda mella en el sistema social de las zonas rurales.
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Durante el siglo XVIII, al este del Elba la demanda de cereales en los mercados de Europa
occidental impulsó la transición de una economía feudal basada en el pago de tributos a otra que se
basaba en prestaciones de trabajo en las tierras del señor, produciendo una refeudalización.
El monocultivo de cereales y sus correspondientes sistemas de trabajo no permitió la
concentración de la industria manufacturera rural, con un crecimiento demográfico limitado. Al
necesitar el trabajo servil, el señor protegió la economía de los pequeños campesinos que le
proporcionaban la mano de obra y los animales y esto inhibió la diferenciación del campesinado y el
surgimiento de un proletariado rural. En el caso en que se dio la manufactura no se desarrolló por
que estuvo inserta dentro del sistema de obligaciones tributarias.
En Europa centro oriental por ser zona montañosa no se podían cultivar cereales y no existió
la refeudalización.
En cambio en Occidente, Inglaterra fue el más afectado por el desarrollo de las nuevas
relaciones rurales de producción. Se descartó la apropiación del plustrabajo social y se adoptó un
sistema de rentas de arrendamientos, transformándose la renta feudal en renta capitalista del suelo.
La producción manufacturera rural no tenía en ningún sitio un desarrollo tan parejo a la
reorganización de las relaciones de producción según las leyes del mercado como en Inglaterra.
Porque el crecimiento de la población, el proceso de división social del trabajo y la demanda en
aumento de la lana, por parte de una industria textil en expansión, convergieron en un efecto
simultaneo que contribuyó a la destrucción de las estructuras agrarias tradicionales.
El movimiento de cercados que puso de manifiesto el creciente “individualismo agrario” y los
procesos de diferenciación y polarización del campesinado hicieron un profundo quiebre en el
sistema social de las zonas rurales.
El número de familias que se veían obligadas a buscar una ocupación secundaria fue
aumentando rápidamente. Con la estratificación de la sociedad agraria inglesa en grupos de
terratenientes, arrendatarios y trabajadores del campo, las estructuras tradicionales se
desintegraron por completo.
Existieron factores de influencia ajenos al sector agrario, y fue necesaria su interacción con
los factores del sector agrario para que la producción manufacturera rural alcanzase la fase que
denominamos protoindustrialización.
El capital mercantil tuvo que desarrollar y explotar la infrautilizada capacidad de producción
de las zonas rurales ya que las ciudades no tenían un potencial productivo suficiente para abastecer
la demanda, debido a la gran cantidad de mano de obra que precisaba la producción manufacturera
preindustrial.
Por este motivo, fue preciso movilizar el potencial de mano de obra rural y, dada la baja
elasticidad de oferta de la economía urbana, el capital mercantil no tuvo otro remedio que trasladar
la producción al campo.
La demanda de los mercados exteriores fue generalmente el principal impulsor de este
movimiento, haciendo posible que la capacidad productiva desaprovechada de las zonas rurales –la
mano de obra sobre todo y las materias primas en menor grado- encontrara una nueva salida.
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Pero lo más decisivo no fue la falta de elasticidad de la oferta en la economía urbana, además
de esto, las relaciones de producción urbanas estaban adicionalmente restringidas por los gremios.
La finalidad de estos consistía en asegurar el bienestar de sus miembros, y trataban de controlar la
expansión de los talleres individuales, dificultando su crecimiento para impedir que pudieran poner
en peligro a otros.
Para conseguir esto, los gremios limitaban la producción de los artesanos y controlaban la
competencia de precios y calidades, impedían la introducción de nuevas técnicas y productos y
limitaban el acceso al mercado. Para poder evitar todos estos impedimentos, el capital comercial se
volcó hacia las zonas rurales donde a menudo los gremios fueron incapaces de afrontar la
competencia y sucumbieron.
No menos importante fue el factor de los costes, que favorecía el traslado de la producción
manufacturera al campo. Las materias primas eran con frecuencia más baratas en las zonas rurales,
y los impuestos que oprimían a los artesanos eran más bajos en el campo que dentro de las murallas
de las ciudades.
Pero sobre todo hay que considerar lo siguiente: cuando los artesanos rurales poseían un
pedazo de tierra, y por tanto una base de subsistencia agrícola, podían renunciar a una parte de su
salario o sea que podían trabajar por un salario que no llegara a cubrir los costes de la reproducción
de su fuerza de trabajo ni los costes de renovación de los medios de producción. Los comerciantes y
empresarios (verleger) aprovecharon esta situación, pagando salarios más bajos que en las ciudades
porque los gremios no llegaban al campo, obteniendo así un beneficio diferencial.
Las primeras regiones en las que se dio una concentración de producción manufacturera
rural surgieron durante la Edad Media, en Inglaterra, en el sur de los Países Bajos, y en las regiones
montañosas del sur de Alemania.
Pero el impulso decisivo para la protoindustrialización vino a finales del siglo XVI y durante el
siglo XVII. Las fuerzas que lo originaron eran de la misma naturaleza que las que venían actuando
desde finales del siglo XIII, pero habían adquirido una nueva dimensión: los cambios cuantitativos en
la demanda y en la oferta se combinaron, dando lugar a un proceso acumulativo que condujo a una
nueva fase.
La lentitud del ciclo coyuntural agrícola, las tendencias periódicas de crecimiento
demográfico, el creciente desempleo en las zonas rurales debido al desarrollo demográfico, y las
crisis agrícolas del siglo XVII y de principios del XVIII, contribuyeron para crear una situación favorable
para la instalación de industrias rurales.
A estos podemos añadirles, un incremento en la demanda doméstica, y una demanda
internacional en rápida expansión que se reflejaba bastante bien en los mercados coloniales.
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El contexto agrario.
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En el siglo XVII no hubo aumento de la población, incluso hubo zonas donde hubo declive,
aunque no llegó a una escasez de mano de obra. En el siglo XVIII, por otra parte, hubo un rápido
crecimiento demográfico, superando la escasez.
El productor rural de manufactura permanecía en su pequeña parcela de tierra y sólo cuando
la demanda estacional de mano de obra se elevaba se ofrecía como jornalero. Por lo que el producto
agrario no disminuía. El mercado de la mano de obra, los requerimientos de la agricultura y de la
protoindustria en esta primera fase no entraron en conflicto.
El sector agrario proporcionó para el desarrollo de la protoindustria mano de obra, capital,
habilidades comerciales y empresariales, productos y contribuciones de mercado.
En Europa centro-oriental y oriental la nobleza fue retirándose de las actividades
empresariales y solidificó la relación de dependencia tributaria a la que se hallaban sometidos los
productores de protoindustria. En general fueron una traba para el proceso de protoindustria.
Por el contrario, los campesinos ricos y con orientación empresarial, así como la burguesía
local tuvieron un papel estratégico en el proceso de protoindustria: fueron intermediarios entre los
productores domésticos y los comerciantes, constituyeron el personal del Verlag (middlemen) o
sistema de trabajo a domicilio.
A menudo era este personal de Verlag el que se encargaba de las labores de apresto y
acabado de productos, fueron estos middlemen los verdaderos agentes del proceso de producción,
familiarizados con sus necesidades. Para la formación de este grupo intermediario era imprescindible
que las relaciones agrarias permitieran un máximo de seguridad social en la estructura de la población
rural, condición que se dio más en Europa occidental que en Europa centro-oriental y oriental.
Las regiones con una producción manufacturera desarrollada no necesitaron producir un
excedente agrario. Los pequeños productores de manufacturas conservaban una base de
subsistencia en la agricultura, aunque esta fuera muy limitada y al ser la producción manufacturera
una ocupación secundaria para ellos el abastecimiento de alimentos no era al menos en teoría un
problema importante.
Pero los mecanismos de crecimiento demográficos característicos de la fase de
protoindustria fomentaron el crecimiento de una población no respaldada por un patrimonio
agrícola. Para que la protoindustria se expandiera sin conducir a una crisis de hambre, se incrementó
el excedente agrario.
Muchas regiones de protoindustria y sobre todo las de agricultura de subsistencia, se hicieron
dependientes de las regiones adyacentes para el abastecimiento de sus productos básicos lo que
generó una división interregional del trabajo. Esto sólo se podía dar en zonas donde la productividad
de la agricultura era muy alta y generaba amplios excedentes. Esta limitación de la protoindustria fue
salvada, pero ello trajo sus consecuencias. En el siglo XVIII esto se dio en muy pocas zonas de Europa
continental.
En Inglaterra las condiciones fueron favorables. La crisis de fines del XVII y principios del XVIII
se superaron por avances en la productividad, introduciendo el sistema de rotación de cultivos. Se
formaron regiones agrarias claramente diferenciadas y la protoindustria se concentró en regiones
ganaderas.
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La demanda interna debido a su baja elasticidad, no hubiera sido suficiente por si sola para iniciar el
proceso de protoindustria: tuvo que ser asistida y complementada por una expansión de la demanda
exterior.
La única posibilidad de superar las limitaciones del mercado interno e incrementar la demanda de
productos manufacturados fue la apropiación de la potencia adquisitiva extranjera. Esto es válido
para los países donde la agricultura no consiguió generar el efecto renta (trabajadores asalariados
con sueldos altos) durante la crisis del siglo XVII y comienzos del XVIII como para Inglaterra. Fue esta
combinación entre la relativamente amplia demanda interior y una demanda exterior en expansión
lo que aseguró a Inglaterra una ventaja sobre el resto de los países europeos: apoyada por un
mercado nacional fuerte la industria inglesa estuvo más protegida contra las oscilaciones del mercado
internacional.
Cuando por algún motivo caía la demanda interna se compensaba con la demanda externa y
viceversa. Se complementaban. Al abrirse el comercio, las regiones podían superar las limitaciones
que les imponía el mercado local y poner en funcionamiento recursos que hasta el momento habían
estado sin utilizar. Se intensificaba la división del trabajo y por consiguiente también la productividad
y a su vez los ingresos monetarios creados automáticamente por el comercio exterior potenciaban el
proceso económico. Desde el comienzo, la industria rural dependía del comercio exterior tanto en
Inglaterra como en el continente.
La protoindustria obtuvo su base mercantil durante el siglo XVI. El renacimiento del comercio
internacional y la expansión en ultramar de las naciones europeas coincidieron y se potenciaron
mutuamente, comenzando a configurarse los rasgos de la estructura asimétrica del mercado
mundial. Modelo centro (manufacturas) y periferia (materias primas): el centro (Europa occidental)
impuso a la periferia (Europa central oriental y América) una división del trabajo que impedía su
desarrollo autónomo, reduciéndolas a partes funcionales del proceso de reproducción de las
economías de Europa occidental. La periferia se vio sujeta a unas condiciones de trabajo que se
basaban en la servidumbre y en la esclavitud, mientras que las metrópolis tenían un sistema de
trabajo formalmente libre. Lo que produjo una relación de intercambio desigual. La compensación
por el trabajo contenido en los productos intercambiados era mucho menor en la periferia que en
las metrópolis.
El comercio europeo se vio gravemente afectado por la crisis del siglo XVII. Europa centro oriental
dejo de participar considerablemente en el mercado internacional. Los países del Mediterráneo, que
tradicionalmente habían constituido una zona de desarrollo sufrieron un estancamiento o declive.
Italia, España y Portugal comenzaron a integrarse en la periferia y el centro de la economía mundial
se desplazó hacia el norte de Europa Occidental que había sido menos afectado por la crisis. Hasta
después del siglo XVII no se vieron signos de recuperación económica.
La crisis del siglo XVII pudo ser mitigada por el desarrollo del comercio del Atlántico que a su vez
contribuyo a estimular la recuperación económica durante el XVIII. El sistema comercial del Atlántico,
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basado en relaciones de intercambio desigual y en violencia, comenzó con las plantaciones de Brasil,
del Caribe y las colonias americanas en el siglo XVII. Esta red de mercados consistió en que los países
de Europa occidental y central daban productos manufacturados, medios de transporte y bienes de
capital; África esclavos para las plantaciones; las regiones del trópico americano tabaco, azúcar y
algodón (XVIII); y Norteamérica madera, cereales y pieles. En el XVIII se incluyen en la estructura Rusia
y Asia como parte de la periferia. El lino se hizo dependiente de la economía del Atlántico y fue en
este ámbito donde se adoptaron las decisiones determinantes de dicha industria.
La protoindustria se desarrollaba entre dos mundos: el limitado mundo de la aldea y el mundo sin
fronteras del comercio; entre la economía agraria y el capitalismo comercial. El sector agrario
proporcionó para el desarrollo de la protoindustria: mano de obra, capital, habilidades comerciales y
empresariales, productos y contribuciones al mercado. El capital mercantil abrió el camino de la
producción manufacturera rural hacia los mercados internacionales de cuya capacidad de expansión
dependía este sector para poder emprender la fase de la protoindustria. La dualidad estructural de
las sociedades preindustriales europeas fue un terreno fértil para el desarrollo del capitalismo.
La simbiosis entre capital mercantil y sociedad campesina marcó por tanto una de las fases del camino
hacia el capitalismo industrial.
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contribuyó a adelantar la edad del casamiento, sino también a tener más hijos, ya que así aumentaba
el rendimiento familiar que hacía posible la subsistencia de la familia.
La familia continuaba produciendo hasta que conseguía asegurar su subsistencia, pasando después a
disfrutar del ocio, o a trabajar más para cubrir otras necesidades adicionales de naturaleza material
o cultural.
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reforzados además por los mecanismos de control feudal y gubernamental, dando lugar a un patrón
de comportamiento procreativo socialmente diferenciado. Una relativamente alta edad de
casamiento era un arma de control que mantenía la natalidad dentro de ciertos límites y que podía
llegar incluso a impedir el matrimonio y la procreación de las clases más bajas. De este modo,
sometiendo a una parte de la población a la pobreza, provisional o definitiva, y obligándola a
emplearse como criados y sirvientes en puestos de trabajo que no permitían un procreación legítima,
el sistema impedía que la totalidad de la población cayera en el abismo malthusiano.
La flexibilidad y la capacidad de adaptación estaban basadas en los cambios en la edad de casamiento
y en menor grado en la frecuencia del matrimonio. Cuando se rompía el equilibrio entre la población
y los recursos existentes, ambas variables funcionaban como decisivos mecanismos internos de
regulación demográfica.
El crecimiento demográfico y la renta real, la natalidad y la mortalidad, estaban vinculados a unos
mecanismos de adaptación que no permitían ni un continuo aumento de la población basado en una
ampliación de los recursos, ni un crecimiento económico permanente fomentado por el aumento de
la población.
La expansión de la población se convirtió en la fuerza motriz de la expansión económica pero el
aumento de la población, el alza de los precios de cereales, la elevación de las rentas del suelo y el
descenso del rendimiento marginal en la agricultura llevaron cada fase de expansión demográfica de
crecimiento económico hacia un rápido final.
La protoindustria rompió con este sistema demoeconómico (el “modo de población”) que había
regulado las sociedades feudales: se establece una nueva relación entre las variables económicas y
demográficas. Entre el crecimiento demográfico y la expansión económica se estableció una relación
de mutua aceleración.
La efectividad de esta nueva relación exigía la desintegración de las estructuras institucionales del
poder feudal, así como en la comunidad de aldea, que habían garantizado “un control de crecimiento
social” mediante la vinculación de las posibilidades de procreación a la propiedad y a la herencia.
Pero además, la dinámica de crecimiento de las poblaciones protoindustriales no estuvo basada en
una serie de condiciones previas de carácter negativo (como el debilitamiento del control feudal),
sino que también estuvo positivamente basada en las nuevas circunstancias coyunturales y
estructurales del propio sistema de protoindustria. A medida que los productores manufactureros
fueron perdiendo su base agraria, se fueron haciendo más dependientes de las fluctuaciones de la
demanda de mercancías industriales en los mercados internacionales. La mayor elasticidad de la
demanda de los mercados internacionales de mercancías manufacturadas alteró la elasticidad de la
demanda de mano de obra industrial.
El crecimiento de la población siguió generando un aumento de la demanda de productos agrarios y,
en consecuencia, un aumento de precios de estos productos. Pero el mecanismo tradicional de
rectificación del desequilibrio entre la población y el desarrollo económico dejó de funcionar en un
momento decisivo: la demanda de mano de obra industrial dejó de estar necesariamente vinculada
a los movimientos a corto y largo plazo de los precios agrarios. El empleo de los productores
manufactureros rurales podía mantenerse y aunque su producción era profundamente afectada por
las fluctuaciones de la demanda en los mercados internacionales, estas fluctuaciones no tenían una
repercusión negativa sobre el desarrollo de la población de las regiones con concentración industrial.
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fundamental que las naciones grandes garantizaran una situación legal que permitiera sus cálculos
económicos a compradores y vendedores. En los países más desarrollados aumentaron los estímulos
y las posibilidades para crear mercados internos más extensos e integrados, se eliminaron aranceles
internos (sobre todo en las rutas internas de transporte), derechos de emporio, y otros impedimentos
al libre comercio. El comercio con los países y continentes lejanos solo podía establecerse si se
desarrollaban instituciones de crédito protegidas por los gobiernos. Así, una de las funciones del
poder político consistió en sustituir su explotación arbitraria en forma de exacción feudal, las
confiscaciones imprevistas, la piratería y el robo, por la libertad legal, la igualdad formal y la
protección de la propiedad privada. Otro aspecto es que el poder político contribuyó a establecer y
mantener la desigualdad económica, que era una condición importante para el progreso de la
industria y el comercio en aquel tiempo, a menudo mediante el empleo de la violencia, reprimiendo
a pequeños comerciantes que en tiempo de crisis querían atentar contra grandes comerciantes,
considerando que atentaban contra las leyes de la libertad del comercio.
La connotación clasista de los principios generales de la libertad y la igualdad ante la ley y la
protección de la propiedad privada se hace más patente con el paso del kaufsystem al verlagssystem.
Cuando los productores eran dueños de sus medios de producción, debían esforzarse más porque su
margen de ganancia era mínimo entre la compra de materia prima y la venta del producto. Pero al
penetrar el capital la esfera de producción, recibiendo los productores una retribución por pieza
producida, el fraude se convirtió en un impedimento para la organización racional de la industria, que
tenía que ser favorable al verleger en relación costo beneficios, a través de leyes contrarias a los
productores y represión del ejército a huelgas para aumento de sueldos. El papel económico de la
violencia y el poder coactivo es más evidente en las relaciones internacionales: la rivalidad económica
fue el factor de numerosas guerras en este período, dado que se trataba de arrebatar al contrario
parte del comercio, producción, etc. La posibilidad de incrementar su potencial militar y fiscal, para
así fortalecer su posición en la lucha competitiva internacional, se había convertido en un estímulo
inmediato para los gobiernos.
La acumulación originaria.
118
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De acuerdo con Marx, hubo varios factores que se combinaron dando lugar a la acumulación
originaria.
No cabe aquí sólo centrarnos en la dinámica propia del modo de producción feudal que
posibilitó este desarrollo, pues es necesario analizar otro factor muy importante en el rumbo del
comercio en los siglos posteriores: el sistema colonial.
Siguiendo en la línea de Marx, el sistema colonial se funda sobre una violencia brutal, pero
muy diferente a la coerción característica del feudalismo; se apoya en el Estado para acelerar el
proceso transicional.
El comercio triangular.
El tráfico de esclavos.
El rol de Inglaterra.
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UNIDAD II
Problemas historiográficos
La imagen tan cerrada del Estado absolutista ha comenzado a vacilar en diversos puntos y en
su lugar aparece un organismo estatal bastante frágil cuya característica habría sido el compromiso
entre el príncipe y los intereses estamentales feudales que continúan profundamente arraigados.
Esta “revisión” es, ante todo, una reacción contra la investigación tradicional que se remonta
al siglo XIX y que buscaba en el absolutismo el momento natal del Estado moderno de poder (con la
centralización política, la disciplina de la población, la formación de un gran mercado interior, y la
institución de un ejército permanente).
Los revisionistas evaluaron que el sistema sociopolítico del absolutismo mostraba mucha
menos armonía y coherencia de lo que hasta entonces se había supuesto y por tanto debía atenderse
a sus condiciones estructurales, llevando a cabo una investigación de carácter socio-histórica.
120
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Precisamente en las monarquías con mayor número de habitantes (Austria, España y Francia)
el absolutismo estuvo muy lejos de ese grado de homogeneización y nivelación del conjunto de sus
súbditos y de aquella racionalidad de la organización política exigida por su teoría. Encontramos, por
ejemplo, problemas en la financiación del Estado, la extendida práctica del tráfico de cargos y la
dependencia de prestamistas ajenos a la corte.
Además, la influencia a menudo restringida, pero siempre activa, de las antiguas instituciones
estamentales llevaron a archivar la idea de la perfección monolítica del sistema absolutista.
El Absolutismo desde la historia de las ideas: las leyes fundamentales y la limitación regia.
Las investigaciones más orientadas hacia la historia de las ideas demuestran que incluso en
la doctrina política de la época no se atribuía al príncipe en modo alguno una arbitrariedad sin límites,
sino que en ella se exigía una limitación de las prerrogativas regias mediante las llamadas leyes
fundamentales.
Por otra parte, se ha cuestionado el verdadero alcance del poder del estado absolutista, su
capacidad de disciplina social y su llegada hasta todos los súbditos, es decir, la capacidad que tenía
para “alcanzar” verdaderamente al individuo particular y vincularlo al Estado de la forma deseada.
No hay una ruptura aguda entre el feudalismo medieval y las estructuras más flexibles que le
siguieron.
Durante gran parte de la Edad Moderna, la manipulación por parte del monarca de la
sucesión de feudos y de los matrimonios de herederos era una técnica clave de gobierno. El
feudalismo medieval tardío había pasado su cénit como sistema militar, pero la continuidad entre el
lazo feudal y la clientela es obvia.
La Edad Moderna, así como aceptaba la propiedad de la tierra en sentido moderno, estaba
saturada del concepto medieval de propiedad como un complejo de derechos (entre ellos la justicia
local).
Igualmente, el dinasticismo medieval seguía siendo el motivo principal de la política nacional
e internacional. La rebelión en la Edad Moderna todavía requería un miembro de la familia real para
otorgarle credibilidad y la mayoría de las guerras se hacían para perseguir reivindicaciones dinásticas.
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Al revés, gran parte de la resistencia que los monarcas absolutos encontraron se explica por
la incapacidad del dinasticismo para ofrecer el foco de unidad y lealtad suministrado por el
nacionalismo en el siglo XIX.
Entre los 20’ del siglo XIX y los 40’ del siglo XX, “absolutismo” significaba el enemigo
autocrático de la consultación, el adversario despótico de los derechos, el usurpador burocrático de
las elites naturales de la sociedad, el monopolio total del poder.
Sin embargo, las investigaciones recientes revelan algo distinto. Por ejemplo, los Borbones
reconocieron los estamentos como organismos de consulta mostrando que no eran autocráticos. Los
respetaron como custodios de las libertades.
Henshall plantea la tesis de que la monarquía de la Edad Moderna requiere un nuevo
paradigma, basado en el consenso y la colaboración en vez de la confrontación y coerción.
El autor examina los cambios recientes que se han producido en la perspectiva histórica y
que han disuelto muchos de los contrastes tradicionales entre Gran Bretaña y el continente.
Muchos historiadores ven una monarquía británica con una fuerte prerrogativa real, una
corte dominante y reuniones irregulares de las asambleas estamentales inglesas, irlandesas y
escocesas.
Poner el estado inglés en la misma categoría que el holandés forma parte del mito Whig: el
último fue una república durante la mayor parte de ese periodo, y el primero solo durante 11 años.
España fue consideraba por los ingleses del siglo XVII como la esencia del despotismo,
estando las libertades y las propiedades de los súbditos a la merced de los caprichos del señor. Pero
la situación española era comparable a la suya propia, ya que las prerrogativas de la corona en Castilla
estaban más limitadas por obligaciones contractuales que en cualquier monarquía.
El hombre responsable de la afirmación de que los parlamentos tenían algo especialmente
ingles fue Fortescue. Él proclamó que su monarca era el único que necesitaba el consentimiento de
su parlamento para la legislación y la tributación, mientras que el monarca francés se podía valer de
sí mismo con la propiedad de los súbditos.
Fortescue no estaba sugiriendo que el rey tenía un solo poder que compartía con el
Parlamento, sino que tenía dos: uno compartido con el parlamento y otro por sí solo. Fortescue tenía
razón en cuanto a la monarquía inglesa, pero no en cuento a las demás. Sus motivos (quitarle puntos
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a los franceses) eran tácticos, pero el daño estaba hecho. Su engañosa división de monarquías en dos
categorías pasó a la mitología política inglesa.
Cambio del interés en el discurso más que en un estudio tradicional de la teoría política.
Ahora, la conciencia política se considera definida por los discursos disponibles, articulados
por el clero, los abogados y los políticos más que por los filósofos políticos. Ellos representan una
mentalidad más que un modo de teorizar.
El discurso de la Edad Moderna propone tres tipos de gobierno (en lo que no se incluye el
absolutismo que supuestamente separaba Inglaterra del continente).
La monarquía.
El despotismo.
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La tendencia republicana.
El enfoque británico en vez del inglés ha revelado paralelismos con las monarquías del
continente. Hay una resistencia a equiparar el “absolutismo” con el auge del Estado nacional y se
sospecha de las descripciones globales como “absolutistas” de imperios que encerraban distintas
formas de leyes constitucionales.
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Los historiadores han destacado las contingencias en vez de las estructuras. Esto ha
debilitado el concepto de “absolutismo” como tipo de sociedad. El énfasis se pone en la autonomía
de la esfera política y constitucional y en la medida en la que ésta generó una fuerza propia.
La armonía interna era frágil porque dependía de la habilidad de los monarcas hereditarios
individuales de mantener juntas, con pocos recursos y menos fuerza, a las comunidades políticas
fragmentadas.
El “absolutismo” no puede ser tratado como un desarrollo lineal, con un monarca
construyendo sistemáticamente sobre la política de su predecesor. En vez de ver absolutismo como
un empuje hacia poderes nuevos, puede ser presentado como una estrategia de recuperación
después de los golpes naturales a los que las monarquías estaban sujetas.
Recientemente, se ha destacado más la continuidad que el cambio. El absolutismo, que por
era definición un distanciamiento de las formas de gobierno medievales, ha sido cuestionado.
Los gobernantes absolutistas del siglo XVII tardío pueden ser vistos como reparadores del
consenso corona-elites después de que su autoridad había sido destrozada por la Reforma, las
guerras religiosas, la Guerra de los 30 Años, y la Crisis General del siglo XVII.
No hay una ruptura aguda entre el feudalismo medieval y las estructuras más flexibles que le
siguieron. Durante gran parte de la Edad Moderna, la manipulación por parte del monarca de la
sucesión de feudos y de matrimonios herederos era una técnica clave de gobierno. La rebelión en la
Edad Moderna todavía requería un miembro de la familia real para otorgarle credibilidad y la mayoría
de las guerras se hacían para perseguir reivindicaciones dinásticas.
Se ha sugerido que el rasgo distintivo del absolutismo de la Edad Moderna consistía en que
las elites locales estuvieran subordinadas a la corona, pero siempre lo habían estado. Los grupos de
poder independientes de la Edad Media son un mito romántico.
Los gobernantes aseguraron el control explotando el poder, la ambición y las rivalidades
locales en vez de esquivarlos. En cada estado europeo, la administración local seguía siendo asunto
de las elites territoriales o urbanas establecidas.
El cliché de que los gobernantes absolutos desafiaron el papel de la nobleza en el gobierno
central finalmente es refutado por el estudio más completo de la nobleza europea publicado hasta
ahora. La propia elite existente se convirtió en una nobleza de servicio. En el proceso fue
profesionalizada y sufrió un cambio estructural, ya que el estatus social llegaba a depender del cargo
en el gobierno más que del título nobiliario heredado.
Una nueva conciencia de la monarquía absoluta como un producto social ha tendido a alinear
el continente con Inglaterra, considerándose que las relaciones personales y sociales predominan
sobre los valores burocráticos.
Las estructuras institucionales no eran monolíticas, como en el modelo tradicional, sino
dominadas por fracciones en competencia entre sí, reconociendo lealtades rivalizantes entre
familiares y patronos existentes.
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Muchos rasgos del gobierno de la Edad Moderna reflejan la textura de su sociedad. Mucho
de lo que los historiadores vieron como síntomas de la inutilidad y marginalización de las asambleas
estamentales (debates largos, palabrería vacía) simplemente es el camino por el cual la gente llegaba
al consenso en la sociedad Moderna. Tanto la monarquía inglesa como las continentales forjaron mas
enlaces con las comunidades de los que el termino absolutismo sugiere.
El poder estatal era inseparable del orden social en cualquier nivel y estaba intrincado en una
compleja red de valores y relaciones sociales. Así pensado, la gente local era la responsable de gran
parte de la regulación atribuida al absolutismo.
El comportamiento religioso, moral, sexual, social y económico, así como la educación y la
beneficencia fueron supervisados como nunca antes.
El rol de la Corte.
El Absolutismo y las nociones en torno a la formación del Estado Nacional: violencia o consenso.
Los historiadores nacionalistas promovieron la identidad nacional y buscaron los orígenes del
estado nacional, localizándolo en el novedoso monopolio de poder monárquico absoluto situado.
Sus regímenes fueron transformados en absolutismos, imponiendo el monopolio de la
violencia legítima y creando estabilidad por la fuerza.
Berlín era una escuela influyente en historiadores que respondía a la creación del Imperio
Alemán durante el poderío armado, produciendo un mito histórico para legitimarlo: el estado militar.
La revolución militar de los siglos XVI y XVII expandía el número de tropas: por eso había ejércitos
permanentes y burocracias centralizadas para respaldarlos.
Estas, en cambio, provenían de la capacidad administrativa y coercitiva para acabar con la
dependencia real de las asambleas estamentales representativas y las noblezas reales. Estas
instituciones con un poder por derecho propio y por ende con una voluntad propia fueron
marginadas como cuerpos consultivos y reemplazados como órganos administrativos por
mecanismos que debían su poder solamente al gobernante y por eso estaban bajo su control. El útero
del estado moderno fue la guerra.
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Finalmente, gran parte de la historiografía del siglo XIX ahora se revela como propaganda. No
aspira a investigar los estados dinámicos de la Edad Moderna como a equipar los modernos estados
nacionales de un pedigrí.
Los absolutistas ahora se ven como quienes solucionaban problemas de forma pragmática y
no como innovadores que implementaron diseños teóricos.
El concepto absolutismo surgió de un discurso nuevo, inventado por la Revolución Francesa,
que ignoró las costumbres antiguas del Antiguo Régimen. Usar esta definición significa aceptar la
propaganda de los revolucionarios como realidad histórica.
“Autoridad absoluta” es distinta a “absolutismo”. La primera es una especie de autoridad
coexistente con otras; la segunda una agenda de confrontación. Absolutismo significaba despotismo.
En los 20’ del siglo XIX, absolutismo y monarquía despótica eran alternativas contrarias entre
sí. Entonces fueron proyectadas hacia atrás sobre el antiguo Régimen, en el que el gobernante estaba
forzado a operar tanto de fuerza absoluta como de forma limitada.
La singularidad de la representación inglesa dependía de la disposición del derecho romano
de vincular a las comunidades locales a las promesas hechas en su nombre por sus representantes.
Esto apenas fue establecido en el continente: por eso, los monarcas preferían tratar con las ciudades
y comunidades individuales. El recurso de consulta no terminó: continuó a nivel inferior. La autoridad
no fue centralizada sino devuelta. Y las cortes fueron socavadas no por el poder de la corona sino por
el poder de las ciudades.
Historiadores del siglo XIX, presentaron las relaciones entre los monarcas y las asambleas
estamentales en sus propios términos de confrontación. La obsesión por las asambleas como control
del poder real es inapropiada. Existían para legitimar su expansión.
Los historiadores revisionistas ingleses destacan la cooperación más que el conflicto entre el
monarca y las asambleas.
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Los historiadores del s XIX vieron el absolutismo y el despotismo como términos que se
podían intercambiar, y que conferían el monopolio del poder al gobernante y negaban los derechos
y la participan de sus súbditos.
Como “Renacimiento” o “Ilustración”, “Absolutismo” significa ahora cualquier cosa que los
historiadores quieran. Pero a diferencia de ellos, absolutismo no fue un término coetáneo.
Los historiadores de la Edad Moderna seguramente no tienen ninguna obligación de luchar
con el significado de una palabra que la gente de la Edad Moderna no habría reconocido.
El absolutismo como sistema de gobierno sólo existió en el siglo XIX, y su definición original
corresponde al concepto de despotismo de la Edad Moderna. Pero el despotismo fue considerado
como una disfunción por la gente de la Edad Moderna, mientras que el absolutismo definía las
normas gubernamentales.
Crea confusión el describir una asociación consensual entre el monarca y la comunidad con
una palabra usada hasta el decenio de 1970 para sugerir lo opuesto.
Con respecto al Estado el problema de fondo es si se debe negar condición estatal a las
organizaciones anteriores a la revolución burguesa.
Según de Dios, en Castilla se dieron las condiciones suficientes para que se pueda hablar de
Estado a partir de las últimas décadas del siglo XV, habiendo mediado un cambio de estructuras
políticas, no sociales, desde una situación preponderante de las relaciones feudovasalláticas a otra
de centralización absolutista.
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Tales condiciones son principalmente tres. Por un lado, la existencia de una fuerte
centralización cortesana15, con la creación de un conjunto de instituciones de gobierno y justicia, que
solo concluye posteriormente a la derrota de las Comunidades.
En segundo lugar, la formación de una comunidad política territorial definida, con sus
fronteras y la conciencia de sus habitantes de pertenecer a un reino, por encima de los lazos
personales de fidelidad y vasallaje.
Finalmente, la aparición de un poder soberano, en el sentido de un poder que no reconoce
otro superior en el orden interno y es independiente de cualquier potestad externa. La soberanía se
manifiesta fundamentalmente en la suprema jurisdicción, la facultad de dar leyes generales, el
derecho de gracia y todo cuanto encerraba el gobierno superior del reino, desde la designación de
oficios a la imposición de tributos. Se desconocía la separación de poderes, y se concentraban todos
ellos en el rey, que se convierte en monarca absoluto. Así, absolutismo no deviene de “absoluto”,
sino de “absuelto” (de poderes superiores).
Por su parte, Fernández Albaladejo piensa que la Monarquía Católica (Hispana) no evolucionó
hacia un auténtico Estado porque no era laica.
Él y Lalinde coinciden en que, en vez de hablar de Estado Moderno, Estado absoluto o
Monarquía absoluta, se debería hablar de Monarquía Católica para los siglos XVI y XVII.
Sin embargo, de Dios plantea que nada fuerza a concluir que las organizaciones políticas
territoriales de carácter confesional dejen de ser Estados por tal condición. Más allá de la importancia
del laicismo en los Estados actuales, plantea que la Iglesia y el papado fueron pioneros tanto en la
doctrina de la soberanía y del absolutismo, y que, de hecho, el verdadero modelo de monarca
absoluto lo representaba el papa.
Clavero señala que para que podamos hablar de Estado es necesario que tal entidad esté
separada de la sociedad, dejando de participar directamente en la sustracción del producto del
trabajo, y que monopolice el poder político y fiscal.
A su vez, presupone la eliminación del privilegio jurídico y la proclamación de un nuevo orden,
estatal, basado en la libertad e igualdad, en el que no tienen cabida los señoríos. Si no es Estado, es
monarquía, que él también califica de católica. Pero el monarca ni era absoluto ni soberano. La
persona de la monarquía, el estado de la monarquía, no eran cualitativamente diferentes de las otras
personas y de los otros estados existentes en el seno de la sociedad señorial.
Más allá de todo esto, de Dios vuelve a plantear que todo redunda en el contenido que le
demos a Estado, y que, si tenemos en cuenta las tres condiciones antes mencionadas, se puede
hablar de Estado en los siglos XVI-XVIII.
15
Cortes era la denominación de las instituciones parlamentarias propias de cada uno de los reinos
cristianos peninsulares medievales y el Antiguo Régimen en España y Portugal. Las Cortes
estamentales eran aquellas en las que participaban representantes de los diferentes estamentos:
clero, nobleza y común o pueblo llano, representado por la oligarquía urbana de ciertas. Las Cortes
suponían la explicitación y renovación periódica de la relación política entre el rey y el reino.
129
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Sin embargo, cree que habría que ver en este Estado una forma histórica determinada,
situada en un tiempo concreto.
También, piensa que es preferible por sus connotaciones jurídico-políticas la denominación
de Estado absoluto, o absolutista, a la de Estado moderno. Plantea que aún en el supuesto caso
extremo de rechazar el concepto de Estado, no hay que resignarse a considerar conceptos como los
de absolutismo y soberanía.
Los términos “soberano” y “absoluto” aparecen una y otra vez referidos como atributos
propios del poder del príncipe en los documentos de la Corte castellana. Soberano sería el poder que
no reconoce superior, mientras que absoluto sería la desvinculación del monarca respecto del
derecho positivo16.
Conceptos unidos íntimamente entre sí, ya que, por ser soberano, por concentrar en sí los
más diversos poderes, carece de cualquier control institucional, nadie puede juzgarle, y no está atado
al derecho positivo.
En la legislación, sólo el rey tiene capacidad de dar leyes generales (con o sin las cortes) para
todo el reino. Por otro lado, los señores apelaban ante los tribunales reales, pero no a la inversa,
además de que los conflictos interseñoriales se resolvían ante las instancias judiciales de la
monarquía.
Al rey también le correspondía el gobierno superior del reino. Desde lo que podemos llamar
orden público, a la provisión de beneficios y dignidades eclesiásticas, pasando por el abastecimiento
de la población y los más variados negocios, sin olvidar que la convocatoria y disolución de Cortes era
una prerrogativa regia.
A su vez, cabe destacar el derecho de gracia, por su importancia dentro de los privilegios
regios, las regalías de la Corona, y por su conexión con el poder absoluto, con el absolutismo, en un
mundo de privilegio. Porque si la persona privilegiada de rey puede a su vez otorgar mercedes y
privilegios y confirmar, casar y anular cualquier acto es por su condición de absoluto.
En cambio, los señores no podían realizar una cantidad de actividades, como alzar
juramentos, sobreseer pleitos, dispensar leyes, otorgar privilegios, etc., que son exclusivas del rey.
Estas son actuaciones imprescindibles para la continuidad del régimen de privilegio, propio de la
sociedad feudo-señorial, convirtiéndose en necesario el poder absoluto del príncipe, es decir el
absolutismo monárquico.
El absolutismo representaría entonces una forma histórica de poder político, asentada sobre
la realidad de los señoríos y corporaciones privilegiadas.
16
El derecho positivo es el derecho que está escrito. A diferencia del derecho natural (inherente al
ser humano) y del consuetudinario (dictado por la costumbre), el derecho positivo es impuesto
colectivamente a favor de normar la convivencia de las personas, sancionado por las instituciones del
Estado conforme a lo establecido en un código común —un cuerpo de leyes escritas— que, a su vez,
pueden ser cambiadas por consenso. Se trata de leyes fundamentadas en un pacto jurídico y social.
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Sin embargo, el poder soberano y absoluto del príncipe tenía sus límites: los mismos que
derivaban del contexto de la sociedad, de modo que podía contribuir a la reproducción de la clase
señorial, pero no a su disolución. Esta última sería una labor revolucionaria, no propia de la
monarquía absoluta sino de los regímenes liberales, que encumbraron a una nueva clase social: la
burguesa-capitalista.
El triunfo de la burguesía supondría no sólo la abolición del privilegio de los señoríos y de la
monarquía absoluta y sus órganos de gobierno, sino también una nueva forma de organización
política, que no se basada en relaciones feudovasalláticas, sino en estructuras centralizadas, con un
poder soberano y absoluto y una comunidad política territorialmente definida, con su ideología, la
que aportaban juristas y teólogos, y también con su cultura, la del Humanismo, la del Renacimiento
o la del Barroco.
Para Anderson, las crisis de los siglos XIV y XV pusieron de manifiesto los límites del modo de
producción feudal y una de las resultantes de ese proceso fue en el siglo XVI la aparición del Estado
Absolutista de Occidente, que representó una ruptura con la formación piramidal de la sociedad del
medioevo.
131
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Al mismo tiempo, la aristocracia tenía que adaptarse a una nueva antagonista: la burguesía
mercantil que se había desarrollado en las ciudades medievales.
De hecho, fue precisamente la intromisión de esta tercera presencia lo que impidió que la
nobleza occidental ajustara cuentas con el campesinado al modo oriental, esto es, aniquilando su
resistencia y encadenándolo al señorío.
Entre los años 1450 y 1500, las monarquías absolutas unificadas de Occidente dieron sus
primeros pasos y superaron las crisis de la economía feudal gracias a una nueva combinación de los
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factores de producción donde por primera vez incidieron los avances tecnológicos de la minería, la
producción monetaria, la imprenta, los galeones de tres mástiles y las conquistas ultramarinas.
Las Monarquías Absolutistas eran un reagrupamiento feudal contra el campesinado, pero
tras la disolución de la servidumbre apareció la burguesía urbana con una serie de avances
tecnológicos y comerciales que desarrolla las manufacturas preindustriales en un volumen
considerable.
El orden estatal era cada vez más feudal y la sociedad se hacía cada vez más burguesa.
El derecho romano era ideal para la práctica mercantil en la faz urbana, sobre todo en cuanto
a la concepción distintiva de una propiedad privada absoluta e incondicional.
El resurgir del derecho romano en Europa Occidental estuvo íntimamente ligado al
crecimiento del capitalismo urbano y rural ya que económicamente hablando respondía a los
intereses de la burguesía (comercial y manufacturera). La recepción del derecho romano en la Europa
renacentista fue, pues, un signo de la expansión de las relaciones capitalistas en las ciudades y en el
campo.
Pero también servía a las exigencias constitucionales de los Estados Feudales reorganizados
hacia el incremento de los poderes centrales. El sistema legal romano comprendía dos sectores
distintos y aparentemente contrarios: el derecho civil y el derecho público. En éste, la voluntad del
príncipe tenía fuerza de Ley, fundamental para el ideal de las monarquías renacentistas.
La idea de que los príncipes y soberanos estaban libres de obligaciones legales propició las
bases jurídicas para anular los privilegios medievales, ignorar los derechos tradicionales y someter
las libertades privadas.
El auge de la propiedad privada desde abajo se vio equilibrado por el aumento de la autoridad
pública desde arriba, encarnado en el poder del monarca.
El principal efecto de esta adopción del derecho romano fue el reforzamiento del dominio
de la clase feudal tradicional. La aparente paradoja de este fenómeno quedó reflejada en toda la
estructura de las monarquías absolutas: el ejército, los impuestos, la diplomacia, el comercio y la
burocracia.
La burocracia.
El ejército.
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La diplomacia.
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Era un Estado basado en la supremacía social de la aristocracia y limitado por los imperativos
de la propiedad de la tierra. La nobleza podía depositar el poder en la monarquía y permitir el
enriquecimiento de la burguesía. Las masas estaban aún a su merced.
La dominación del estado Absolutista fue la dominación de la nobleza feudal en la época de
la transición al capitalismo. Su final señalaría la crisis de poder de esa clase: la llegada de las
revoluciones burguesas y la aparición del estado capitalista.
La “ramificación” del sistema político feudal en la Baja Edad Media, con el desarrollo de la
institución de los Estados a partir del tronco principal, no transformó las relaciones entre la
monarquía y la nobleza en ningún sentido unilateral.
Esas instituciones fueron llamadas a la existencia fundamentalmente para extender la base
fiscal de la monarquía, pero a la vez que cumplían ese objetivo, incrementaron también el potencial
control colectivo de la nobleza sobre la monarquía. No deben considerarse pues, ni como meros
estorbos ni como simples instrumentos del poder real; más bien, reprodujeron el equilibrio original
entre el soberano feudal y sus vasallos en un marco más complejo y eficaz.
No obstante, esto no quita el hecho de que el contraste entre el antiguo modelo de
monarquía medieval y el de la primera época del absolutismo no haya resultado lo suficientemente
drástico para la nobleza de la época que experimentó una lenta reconversión, a pesar y en contra de
la mayoría de sus instintos y experiencias anteriores (autonomía política, ejercicio militar de la
violencia privada, lealtad vasallática, etc).
El siglo XVII fue escena de repetidas rebeliones locales nobiliarias contra el Estado absolutista
de Occidente. Pero esta reacción nunca pudo convertirse en un salto unido y total de la aristocracia
contra la monarquía, porque ambas estaban unidas entre sí por un cordón umbilical de clase;
tampoco hubo en este siglo ningún caso de rebelión “puramente” nobiliaria.
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El modelo característico fue, más bien, una explosión sobredeterminada en la que una parte
“regionalmente” delimitada de la nobleza levantaba la bandera del separatismo aristocrático y a la
que se unían, en un levantamiento general, la burguesía urbana y las muchedumbres plebeyas.
Esto fue necesariamente así porque ninguna clase dominante feudal podía echar por la borda
los avances alcanzados por el absolutismo –que eran, además, la expresión de profundas necesidades
históricas que se abrían paso por sí mismas en todo el continente –sin poner en peligro su propia
existencia.
Pero el carácter parcial o regional de esas luchas no minimiza su significado: los factores de
autonomismo local se limitaban a “condensar” una desafección difusa, que frecuentemente existía
en toda la nobleza, y le daban una forma político-militar violenta.
Diferencias regionales.
A pesar de las caracterizaciones generales del absolutismo en Occidente, Anderson reconoce
grandes variaciones territoriales que habrían de tener consecuencias cruciales para el desarrollo
posterior en cada uno de los países.
España.
Nacida de la unión de Castilla y Aragón con el matrimonio de Isabel y Fernando, tuvo en sus
comienzos un gran impacto entre el resto de las monarquías a causa de su poder y riqueza
desproporcionados que tenía a disposición. Pueden mencionarse sus conexiones matrimoniales, el
control sobre América, la expansión comercial ultramarina y la expansión de su producción de lana.
Pero, igualmente, la misma fortuna de su primitiva pero lucrativa economía de extracción, la
empujó a no promover el desarrollo de manufacturas ni fomentar la expansión de empresas
mercantiles.
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De hecho, aplastó la vitalidad urbana de la Italia del norte 17 y aplastó las florecientes ciudades
de la mitad de los Países Bajos, las dos zonas más avanzadas de la economía europea a comienzos
del siglo XVI.18
Con la ampliación de la órbita internacional de los Habsburgo19 comenzaron también las
continuas guerras europeas que habrían de ser el precio del poderío español en el continente, y su
consecuente gasto público. Crecieron tanto las presiones fiscales como el endeudamiento.
El Imperio español se estaba haciendo económicamente insostenible.
El descubrimiento de metales americanos no tuvo consecuencias positivas para la economía
española: el oro como entró, salió por la poca especialización manufacturera española.
A la vez creció el cultivo especializado de vino y olivos y tierras para la lana, causando
dificultades para el abastecimiento alimenticio.
El comercio de contrabando de las colonias americanas en perjuicio de los ingresos de la
corona y la supremacía marítima de Inglaterra y Holanda ya eran muy visibles.
Además, el Estado Monárquico español no pudo nunca superar las profundas divisiones
internas. Hacia finales del siglo XVII, con la toma del poder por los Borbones, se profundizó la
racionalización burocrática y la centralización política, pero ya era demasiado tarde.
Hasta la invasión napoleónica, más de la mitad de las ciudades españolas no estaban bajo
jurisdicción monárquica, sino bajo jurisdicción señorial o clerical. Estas “combinaciones de soberanía
y propiedad” fueron una reveladora supervivencia de los principios de señoría territorial en la época
del absolutismo. El Antiguo Régimen conservó sus raíces feudales en España hasta el último día.
17
Italia española es una denominación de uso historiográfico para designar al conjunto de territorios
italianos dependientes de la Monarquía Hispánica del Antiguo Régimen (siglos XVI, XVII y XVIII). Estos
fueron, en uno u otro momento, el Ducado de Milán, los Presidios de Toscana, el Marquesado de
Finale y los reinos de Nápoles, Sicilia y Cerdeña.
18
19
La Casa de Habsburgo (Casa de Austria) fue una de las más influyentes y poderosas casas reales de
Europa. Los Habsburgo ocuparon el trono del Sacro Imperio Romano Germánico de forma continuada
entre 1438 y 1740. También ocuparon en distintos momentos los tronos de los reinos de España,
Portugal, Bohemia, Inglaterra, Hungría y Croacia y el Segundo Imperio Mexicano.
137
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Francia.
El absolutismo no gozó aquí de unas ventajas tan tempranas como en España, en la forma de
un lucrativo imperio ultramarino. Pero, al mismo tiempo, tampoco tuvo que enfrentarse en el interior
a los permanentes problemas estructurales de unir reinos dispares, con unos legados políticos y
culturales radicalmente opuestos (aunque sí contaba con mucha más población).
La historia de la construcción del absolutismo francés habría de ser la de una progresión
“convulsiva” hacia un Estado monárquico centralizado, repetidamente interrumpida por recaídas en
la desintegración y en la anarquía provincial, seguidas de una reacción intensificada hacia la
concentración del poder monárquico, hasta que al final se construyera una estructura
extremadamente sólida y estable.
Las tres grandes rupturas del orden político fueron:
1) La guerra de los Cien Años en el siglo XV20: al final, promovió la creación de un ejército regular en
lugar del tradicional servicio de caballería señorial, y la promulgación de los impuestos necesarios
para ello.
Por otra parte, la imposibilidad de convocar a los Estados Generales por parte de los reyes
franceses frustró la aparición de un Parlamento nacional en la Francia renacentista, a causa del
encasillamiento regional del poder señorial local, pero a largo plazo, facilitó la tarea del absolutismo.
2) Las guerras de religión en el siglo XVI21 : la lucha interfeudal desatada entre las principales casas
nobiliarias fue acompañada de fuertes radicalizaciones en la ciudad y en el campo (en donde las
guerras tuvieron efectos devastadores) dando lugar a una reunificación a la clase dominante.
20
La guerra de los Cien Años fue un conflicto armado entre los reinos de Francia e Inglaterra que duró
116 años (24 de mayo de 1337-19 de octubre de 1453)6789. El conflicto fue de raíz feudal, pues su
propósito era resolver quién controlaría las tierras adicionales que los monarcas ingleses habían
acumulado desde 1154 en territorios franceses, ya que ascendió al trono de Inglaterra Enrique II
Plantagenet, conde de Anjou. La guerra se saldó con la derrota de Inglaterra y la consecuente retirada
de las tropas inglesas de tierras francesas.
La rivalidad entre Francia e Inglaterra provenía de la batalla de Hastings (1066), cuando la victoria del
duque Guillermo de Normandía le permitió adueñarse de Inglaterra. Ahora los normandos eran reyes
de una gran nación y exigirían al rey francés ser tratados como tales, pero el punto de vista de Francia
no era el mismo: el ducado de Normandía siempre había sido vasallo, y el hecho de que los
normandos hubiesen ascendido al trono de Inglaterra no tenía por qué cambiar la sumisión
tradicional del ducado a la corona de París.
21
Las Guerras de religión de Francia fueron una serie de enfrentamientos civiles que se desarrollaron
en el reino de Francia y en el reino de Navarra durante la segunda mitad del siglo XVI.
El detonante de las Guerras de Religión fueron las disputas religiosas entre católicos y protestantes
calvinistas, conocidos como hugonotes, exacerbadas por las disputas entre las casas nobiliarias que
abanderaron estas facciones religiosas, en especial los Borbón y los Guisa.
Por añadidura, la guerra civil francesa tuvo dimensiones internacionales, implicando en la lucha a la
potencia protestante del momento, la Inglaterra de Isabel I, con la máxima defensora del catolicismo
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Esta comenzó a cerrar filas tan pronto como existió un peligro real de levantamiento desde
abajo: este fue el momento de madurez del Estado absolutista con los Borbones.
Esta consolidación de la monarquía fue paralela al crecimiento de la burguesía comercial
urbana y la promoción del comercio de exportación (mercantilismo).
La complejidad de la arquitectura del Estado fue la que permitió una unificación lenta pero
ininterrumpida de la clase noble, que se adaptó gradualmente al nuevo molde centralizado, sujeto al
control público, mientras todavía ocupaba a título privado posiciones y gozaba de la autoridad local
en los “parlaments” provinciales.
Pero, asimismo, proliferó la extensión de la venta de cargos y la improvisación financiera
tanto en la política exterior como interior. La proeza de integrar a la naciente burguesía francesa en
el circuito del Estado feudal mediante la compra de cargos igualmente representaba una inversión
tan rentable que el capital se desviaba continuamente de las aventuras manufactureras o mercantiles
hacia una colusión usurera con el Estado absolutista. Y, obviamente, el peso de todo este aparato
cayó sobre los pobres.
El Estado feudal reorganizado golpeó sin piedad a las masas rurales y urbanas, dando lugar a
un creciente número de revueltas.
3) La Fronda en el siglo XVII22 : en cierto sentido, la Fronda puede considerarse como la “cresta” más
alta de esta larga ola de rebeliones populares, en la que durante un breve período algunos sectores
de la alta nobleza, de la magistratura, de los titulares de cargos y de la burguesía municipal utilizaron
a las masas descontentas para sus propios fines contra el Estado absolutista.
y mayor potencia de la época, la España de Felipe II. Debido a ello, el conflicto influyó de manera
determinante en el éxito de la rebelión de las Provincias Unidas contra el dominio español y en la
expansión de las confesiones protestantes en el Sacro Imperio Romano Germánico, regido por el tío
de Felipe II, el emperador Fernando I de Habsburgo.
El conflicto acabó con la extinción de la dinastía Valois-Angulema y el ascenso al poder de Enrique IV
de Borbón, que tras su conversión al catolicismo promulgó el Edicto de Nantes en 1598, garantizando
una cierta tolerancia religiosa hacia los protestantes. Sin embargo, los conflictos entre la Corona y los
hugonotes se reavivaron periódicamente, hasta que el nieto de Enrique IV, Luis XIV, revocó tal
tolerancia con el Edicto de Fontainebleau de 1685, proscribiendo toda religión excepto la católica, lo
que provocó el exilio de más de 200 000 hugonotes.
22
La Fronda es un conjunto de movimientos de insurrección ocurridos en Francia durante la regencia
de Ana de Austria, y la minoría de edad de Luis XIV, entre 1648 y 1653.
Este periodo de revueltas marca una reacción frente a la creciente autoridad de la monarquía en
Francia, que había incrementado su poder bajo los reinados de Enrique IV y Luis XIII (este último con
el cardenal Richelieu como primer ministro). Con la muerte de Richelieu en 1642 y, después, la de
Luis XIII en 1643, el poder real se debilita bajo la organización de una regencia.
Esto se agrava por la difícil situación financiera generada por la intervención en la Guerra de los
Treinta Años, además de las ganas de revancha de muchos nobles que habían sufrido una pérdida de
poder e influencia por las medidas de Richelieu. Esta situación genera una conjunción de múltiples
oposiciones al poder real, ya sean parlamentarias, aristocráticas o populares.
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Aunque la presión social desde abajo fue probablemente más apremiante, la Fronda fue en
realidad menos peligrosa para el Estado monárquico que las guerras de religión, porque las clases
propietarias estaban ahora más unidas.
En efecto, a pesar de todas las contradicciones existentes, el proceso de fusión permitido por
la coexistencia de los dos sistemas dentro de un mismo Estado acabó por asegurar una solidaridad
mucho más rápida contra las masas.
La misma profundidad del malestar popular revelado por la Fronda recortó la última ruptura
emocional con la monarquía protagonizada por la aristocracia disidente. En adelante, la aristocracia
habría de sentar cabeza bajo el absolutismo consumado y solar de Luis XIV, sin parangón en ningún
otro país de Europa occidental.
Por ejemplo, los Estados provinciales ya no pudieron discutir ni negociar impuestos y la
nobleza tuvo que vivir en Versalles por lo que quedó separada del señorío efectivo sobre sus dominios
territoriales. Aunque también derivó en cierta arrogancia del absolutismo borbónico que acabó por
“encerrarse en Versalles”.
Los fracasos militares en el exterior y las crisis agrarias y de hambre, llevaron a la crisis del
absolutismo francés.
Francia nunca logró tener una posición dominante en Europa Occidental como España la
había tenido durante casi 100 años. Su consolidación interior coincidió con el predominio de Holanda
e Inglaterra con los cuales no pudo competir eficazmente.
En este contexto, ganó terreno la nobleza y conservó su riguroso estatuto feudal. La
disminución simultánea del acceso de los plebeyos al Estado feudal, y el desarrollo de una economía
comercial al margen de éste, emanciparon a la burguesía de su dependencia subalterna del
absolutismo.
La revancha que se tomó en la guerra de independencia norteamericana contra Londres, sin
embargo, fue lo que provocó la definitiva crisis fiscal del absolutismo francés en el interior.
Inglaterra.
En términos generales, la que fue la monarquía medieval más fuerte de Occidente produjo
finalmente el absolutismo más débil y de más corta duración.
Inglaterra experimentó una variante del poder absolutista particularmente limitada en todos
los sentidos. Aunque, naturalmente, algunas pautas medievales de gran importancia se conservaron
y heredaron, se dio lugar a una peculiar ruptura política.
La primera centralización administrativa del feudalismo normando había generado una clase
noble muy reducida y unificada regionalmente, sin magnates territoriales semiindependientes que
se pudieran comparar a los del continente. Los señores eclesiásticos tampoco dispusieron nunca de
enclaves señoriales amplios y consolidados. La monarquía feudal inglesa evitó así los diversos peligros
para el gobierno unitario a los que se enfrentaron los soberanos feudales de Francia, Italia o
Alemania.
Pero en este mismo proceso, al poder personal del monarca le siguieron muy pronto las
tempranas instituciones colectivas de la clase dominante feudal, dotadas de un carácter unitario
excepcional: los “parliaments”.
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La Casa de Tudor o Dinastía Tudor gobernó el reino de Inglaterra desde 1485 hasta 1603.
Su historia está entrelazada con los acontecimientos más importantes y dramáticos de la historia
moderna de Europa y del mundo, pues bajo su gobierno comenzó la exploración inglesa de América.
Por ello se la considera como la familia real inglesa más famosa y controvertida.
Son un ejemplo de las monarquías autoritarias con las que compitieron y se relacionaron en el
escenario de la Europa occidental del Antiguo Régimen.
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Absolutismo en Oriente.
Después de la gran crisis de los siglos XIV y XV, la consecuencia política fue un absolutismo
oriental, coetáneo del occidental pero de origen básicamente distinto. El Estado absolutista del Oeste
fue el aparato político reorganizado de una clase feudal que tras la desaparición de la servidumbre
se tuvo que adaptar a una economía crecientemente urbana, y que no controlaba por completo. Por
el contrario, el Estado absolutista del Este fue la máquina represiva de una clase feudal que acababa
de liquidar las tradicionales libertadas comunales de los pobres. Fue un instrumento para la
consolidación de la servidumbre, en un paisaje limpio por completo de vida urbana o resistencias
autónomas. La reacción feudal en el Este significaba que era necesario implantar desde arriba, y por
24 24
La Casa de Estuardo fue la dinastía reinante en Escocia desde 1371 hasta 1603 y desde
entonces en el conjunto formado por esta con Inglaterra e Irlanda hasta 1714, exceptuando el
periodo de la República (1649-1660).
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la fuerza, un mundo nuevo. La dosis de violencia que se introdujo en las relaciones sociales fue, por
tanto, mucho mayor. El Estado absolutista del Este nunca perdería las marcas de esta experiencia
originaria.
Factor externo
Para Anderson, el desarrollo desigual del feudalismo dentro de Europa encontraba su expresión más
característica no en la balanza comercial, sino en la balanza de las armas entre las respectivas
regiones del continente. En otras palabras, la primera mediación entre Este y Oeste en estos siglos
fue militar. Fue, entonces, la presión internacional del absolutismo occidental, aparato político de
una aristocracia feudal más poderosa, dominante en sociedades más avanzadas, lo que obligó a la
nobleza oriental a crear una máquina estatal igualmente centralizada para sobrevivir (Expansión de
Suecia).
Así, al mismo tiempo que divergían las relaciones infra-estructurales de producción, tuvo lugar en
ambas zonas una paradójica convergencia de las superestructuras (índice, por supuesto, de lo que en
último término era un modo de producción común). La forma concreta que adoptó la amenaza militar
del absolutismo occidental fue, afortunadamente para la nobleza oriental, indirecta y transitoria. A
pesar de todo, es sorprendente hasta qué punto sus efectos actuaron como catalizador del modelo
político del Este.
Factor interno
Con todo, este absolutismo también estuvo sobredeterminado, inevitablemente, por el desarrollo de
la lucha de clases dentro de las formaciones sociales del Este. Llama la atención una coincidencia
inicial: la decisiva consolidación jurídica y económica de la servidumbre, precisamente durante las
mismas décadas en que se echaron con firmeza las bases políticas del Estado absolutista.
La formación del absolutismo oriental estuvo determinado por un acuerdo en el cual la nobleza
votaba los impuestos para un ejército permanente y el príncipe promulgaba ordenanzas por las que
ataba irremediablemente a la tierra a la fuerza de trabajo rural. Los impuestos además habrían de
cargarse sobre las ciudades y los campesinos, pero no sobre la nobleza. Fue un pacto que aumentó
tanto el poder político de la dinastía sobre la nobleza como el poder de la nobleza sobre el
campesinado. Así las nuevas monarquías –Hohenzollern, Habsburgo y Romanov –aseguraron la
inquebrantable supremacía política de la nobleza sobre las ciudades (y por tanto la inexistencia de
una clase burguesa fuerte).
La razón interna más fundamental del absolutismo del Este radica, sin embargo, en el campo. Su
compleja maquinaria de represión estaba dirigida primordial y esencialmente contra el campesinado.
El descenso demográfico de esta época creo, o agravó, una constante escasez de trabajo rural para
el cultivo de la tierra. El primer objetivo de la clase terrateniente no era tanto, como en Occidente,
fijar el nivel de las cargas que debía pagar el campesino, como detener la movilidad del aldeano y
atarle a la tierra. Del mismo modo, en grandes zonas de Europa oriental, la forma más típica y eficaz
de la lucha de clases protagonizada por el campesino era simplemente huir, esto es, desertar
colectivamente de la tierra y dirigirse a nuevos espacios deshabitados e inexplorados.
Las leyes señoriales que ataban al campesinado a la tierra ya se habían aprobado en la época
precedente, pero, su cumplimiento era normalmente muy imperfecto. La misión del absolutismo fue,
en todas partes, convertir la teoría jurídica en práctica económica. Ninguna red de jurisdicciones de
señores individuales, por muy despóticos que fueran, podía enfrentarse con este problema de forma
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adecuada. Estos conflictos no terminaron hasta que se estableció una autocracia central, estable y
poderosa, con un aparato coercitivo de Estado, capaz de imponer la adscripción a la tierra en todo el
territorio.
Características
Los rasgos específicos de la variante oriental de esta máquina feudal fortificada fueron:
1-Aparato militar: en primer lugar, la influencia de la guerra en su estructura fue más preponderante
incluso que en el Oeste, y tomó formas sin precedentes. Por ejemplo, la burocracia prusiana nació
incluso como una rama del ejército. La atención preferente del Estado absolutista a la guerra
correspondía a movimientos de conquista y expansión mucho mayores que los que tuvieron lugar en
Occidente. La cartografía del absolutismo del Este corresponde estrechamente a su estructura
dinámica.
2-Relación entre la monarquía y la aristocracia feudal: la militarización extrema del Estado estaba
ligada, además, estructuralmente a la naturaleza de la relación funcional entre los propietarios
feudales y las monarquías absolutas. De hecho, la diferencia fundamental entre las variantes oriental
y occidental puede verse en los respectivos modos de integración de la nobleza en la nueva
burocracia creada por ellas.
La venta de cargos no existió en Prusia ni en Rusia en volumen considerable. El nuevo Estado prusiano
impuso una creciente probidad financiera sobre su administración. No se permitió la compra por los
nobles de posiciones rentables en la burocracia. Si había fraudes y malversaciones, pero este
fenómeno no era más que una variedad directa y primaria del peculado y el robo, aunque en una
escala enorme y caótica. La venta de cargos propiamente dicha –en cuanto sistema regulado y legal
de reclutamiento de una burocracia –nunca llegó a establecerse seriamente.
Para Anderson las razones de esta diferencia general entre el Este y el Oeste se encuentran en
conexión con la existencia de una clase comercial local. En otras palabras, la venta de cargos en
Occidente correspondió a la sobredeterminación del último Estado feudal por el rápido crecimiento
del capital mercantil y manufacturero. El vínculo contradictorio que el capital establecía entre el cargo
público y las personas privadas reflejaba las concepciones medievales de soberanía y contrato, en las
que todavía no existía un orden público impersonal. Pero simultáneamente era un vínculo monetario,
que reflejaba la presencia y la interferencia de una economía monetaria y de sus futuros dueños, la
burguesía urbana. La naturaleza mercantil de la transacción era también, por supuesto, un indicio de
la relación interclasista establecida entre la aristocracia dominante y su Estado: la unificación por
medio de la corrupción y no de la coacción produjo un absolutismo más suave y avanzado.
En el Este, por el contrario, no había ninguna burguesía urbana que pudiera modificar el carácter del
Estado absolutista, el cual, por tanto, no fue atemperado por un sector mercantil. La consecuencia
fue que el híbrido fenómeno de la venta de cargos resultó impracticable. Los principios feudales puros
habrían de dirigir la construcción de la maquinaria estatal.
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Sigue siendo difícil describir de manera concluyente el absolutismo europeo, sobre todo
porque presentó diversos desarrollos, se manifestó en fases no coincidentes en el tiempo y nunca se
realizó de forma pura.
La soberanía absoluta del príncipe es en primer lugar el intento de responder con la
ampliación de competencias y de poder a los retos planteados en el interior de los Estados y en sus
relaciones mutuas: las guerras civiles confesionales generan situaciones de crisis que desde el
derecho público parecen casi no tener salida y demuestran la impotencia de las antiguas fuerzas del
orden.
Así, el absolutismo es ante todo una respuesta al proceso de confesionalización de Europa y
a la competencia entre Estados.
Pero su influencia se extendió mucho más allá de esa época: el dualismo entre príncipe y
estamentos, como representantes del país, el reparto del poder y la soberanía entre varios
portadores, se supera a favor de la potestad absoluta del príncipe, que se estiliza en encarnación
exclusiva del Estado, dirigiendo la administración, el funcionariado y el ejército en un punto central
del mismo, al racionalizarlo y modernizarlo, dando así al proceso de estatalización un impulso
duradero.
Al hacerlo así, relega la autonomía regional de la nobleza y apoya cada vez más su soberanía
en la burguesía, cuyo capital y disponibilidad personal acompañan al ascenso de la monarquía
absoluta.
Desde Bodin, aparecen criterios y tratados constitutivos de la “soberanía” y el príncipe
absoluto (es decir, dependiente solo de Dios), como por ejemplo su derecho exclusivo de legislación
e interpretación de la ley y la prohibición estricta de oponerle resistencia. También la filosofía del
Estado de Hobbes podía utilizarse al servicio del absolutismo monárquico.
En la realización práctica, el objetivo estaba dirigido a la extensión del Estado a costa de
antiguos privilegios y de los individuos que detentaran alguna soberanía, a la concentración y
monopolio de la autoridad y el poder del Estado en la persona del príncipe, capaz de despertar e
instrumentalizar nuevas formas dirigidas a la modernización de su Estado, y al aumento de su
prestigio. Como ejemplo se presenta la Francia de Luis XIV, aunque no fue tan “absoluto” como se
había supuesto, y nunca fue copiado en ninguna parte.
Luis XIV, que no por casualidad eligió como símbolo al Sol, tomó en sus manos el gobierno en
un momento favorable para el fortalecimiento monárquico (las tensiones internacionales habían
remitido, había antagonismos entre confesiones, la oposición había sido acallada después de la
Fronda y el fortalecimiento estatal había progresado).
El rumbo principal quedaba prefijado: para impedir la amenaza constante de la
desintegración territorial y social y garantizar la seguridad interior y exterior era necesario excluir y
reducir todas las autoridades intermedias semiautónomas y autónomas; construir una
infraestructura estatal dependiente de la corona; fortalecer el ejército permanente y el monopolio
del ejercicio del poder por parte del Estado; e incrementar la capacidad contributiva de los súbditos
erigiendo un aparato fiscal y administrativo modernizado para su financiación.
La inclusión de la nobleza.
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Luis XIV practicó la política de atraer a su corte a la parte más influyente de la nobleza, con
la doble intención de incrementar el esplendor de su reinado y poder así controlar y domesticar
permanentemente a los potenciales nuevos frondistas.
El Rey Sol integró a la noblesse d´epée en el absolutismo cortesano, la alejó del aparato del
poder y la limitó a tareas representativas y militares exactamente controladas, neutralizándola como
potencial foco de amenaza.
Así también, la pugna por el fortalecimiento de las tendencias encaminadas a una iglesia
nacional fue en un primer momento la de mayor éxito, aunque menos éxito tuvo la lucha contra
movimientos como los hugonotes y jansenistas. Esto permite demostrar que el absolutismo estuvo
muy lejos de conseguir todos los objetivos postulados por su teoría.
En lugar del primer ministro, cuyo cargo fue suprimido al igual que otros, como gran
almirante y canciller, aparecieron varios ministros burgueses que detentaban el privilegio de la
consulta directa. Podría verse un signo general del absolutismo en su fase de formación en el hecho
de que el príncipe recurriera en un principio más decididamente a consejeros y ministros burgueses
y que solo después de la plena domesticación de la nobleza volviera a tenerla en cuenta.
La necesidad de mayor efectividad y eficiencia fue también lo que aceleró la formación de un
aparato administrativo dependiente de la corona.
A su vez, los estamentos provinciales seguían teniendo un importante derecho de consulta
general y fiscal. De la misma manera tampoco el derecho estaba ni mucho menos unificado.
El ejército.
La larga guerra europea y la inseguridad fueron para muchos soberanos europeos la excusa
para no desarmarse, perpetuar el ejército permanentemente y hacer de él un instrumento de poder
siempre dispuesto a intervenir en política interior y exterior.
Se modernizó, se adoptaron nuevas técnicas, se institucionalizaron sistemáticamente los
organismos para el aprovisionamiento, se fortaleció la disciplina, se suprimieron las autonomías de
los oficiales, se introdujeron administradores civiles, y se privó a los jefes de las decisiones de
campaña, que quedaron en manos del Estado.
Esta subordinación del ejército es un ejemplo de que la tesis de las “limitaciones” del reinado
de Luis XIV solo es cierta parcialmente.
La administración fiscal.
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La doctrina denominada “mercantilismo”, según la cual el aumento del poder estatal tiene
que producirse por la expansión de la economía, se convirtió en la glorificación del absolutismo. Sin
embargo, el Estado en el papel de empresario resultó ser un mero esbozo, a pesar de los numerosos
éxitos a corto plazo.
El modelo francés del absolutismo, que fortaleció el dominio del Estado sobre los súbditos y
dio un impulso de desarrollo y modernización a la sociedad y a las instituciones, se vio elevado por la
mayoría de los Estados del continente a la categoría de modelo luminoso.
El ejército se fue convirtiendo en símbolo del despliegue de poder del Estado, pero aún más
en un factor de integración social, una ruda impulsora de la economía pública y un reto para la
totalidad de la administración, a la que obligó a modernizarse.
La variedad alemana del mercantilismo, el “cameralismo”, no se aventuró a intervenir de
forma tan amplia en la vida económica y encontró sus propios límites sobre todo en la ausencia de
unidad económica que caracterizaba a los Estados territoriales, lo que hace imposible pasar por alto
cierta diferencia entre el oeste y el este precisamente en la esfera del absolutismo económico. Pero
el objetivo político, el incremento del gobierno absoluto del príncipe, de la concentración de poder
en el soberano, fue el mismo en principio en todas partes.
En la Europa no francesa había que contar con fuerzas opuestas retardatarias y con una
menor decisión por parte de los príncipes, de forma que en estos casos el “absolutismo” solo llego a
plasmarse de manera fragmentaria.
Lo que daba al modelo francés su fascinación era la perfecta acomodación de sus elementos
particulares, lo concorde con las metas de la época de su rigurosa voluntad de racionalización para
dar al Estado el carácter de una máquina, de un “sistema” perfecto.
En ninguna parte de Europa fue el absolutismo del príncipe una unidad tan orgánica y un
sistema complementario tan perfecto como en Francia, más allá de sus carencias. Y en ningún otro
lugar tuvo tampoco tanto éxito, pues fue aquí donde logró con mayor amplitud su objetivo último: la
penetración, homogeneización y disciplina de las asociaciones de sus súbditos desde un punto de
vista político, jurídico, religioso y cultural.
Sin embargo, es necesario destacar que el absolutismo francés no fue una construcción
diseñada en la mesa de dibujo sino en la práctica, muy lejos de la armonía monolítica y caracterizada
por una compleja coexistencia de instituciones, tendencias y motivos nuevos y viejos, absolutistas y
feudal-estamentales.
La corte.
La corte fue en igual medida lupa y espejo del absolutismo europeo. Además del aspecto
funcional de poner un alojamiento a disposición de los príncipes, sus colaboradores y su clientela,
evolucionó hasta convertirse cada vez más en una institución del Estado, y en una función geométrica
ordenadora para la totalidad del Estado, desde cuyo centro podía observarse el país en todas
direcciones de una manera ideal, en un escenario sobre el cual la presencia del gobernante se
convirtió en representación.
La representación de la corte y por medio de ella, la cantidad y calidad del gasto cortesano,
fueron para el príncipe barroco absolutista un medio político para mantenerse en pugna competitiva
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en el seno del Imperio y en el plano internacional, en un reto cuyo punto de gravedad se situaba mas
y mas en la arquitectura.
La actividad constructora del gobernante puede calificarse casi de barómetro de su poder
político. La función del gasto cortesano podía consistir también en dar expresión y fuerza a
determinadas expectativas y pretensiones.
Pero la función principal de la corte, concluida la guerra que había consumido sus fuerzas y
afectado sus riquezas, era la de atraer al entorno del príncipe a la nobleza, económicamente
debilitada y políticamente incontrolable, para tenerla allí bajo su control con mayor eficacia y
domesticarla.
La tesis formulada por Norbert Elías en su examen de la corte de Luis XIV, según el cual la
sociedad cortesana habría sido una figuración social que solo pudo formarse en la especial
constelación del absolutismo europeo, es no solo una interpretación sólida, sino también un principio
aplicable a casi todo el viejo continente.
El conjunto incomparable del palacio, jardines, teatro e iglesia fue la respuesta, acorde con
la época, al proceso de consolidación del soberano y la ampliación del Estado: un escenario artificial
para una autorrepresentación refinada y para disciplinar socialmente el conflicto entre el orden
estricto de la corte y el afán de notoriedad.
La concentración de poder en manos del príncipe absoluto se consiguió generalmente sin
que se alteraran los fundamentos legales formales de la soberanía.
Lo que hizo que el absolutismo no se pervirtiera hasta convertirse en un despotismo sin
barreras no fue una fijación de la autoridad del soberano por parte del derecho positivo, sino un
consenso general sobre principios irrevocables e irrenunciables, un conjunto solido de títulos de
derecho e instituciones fundadas en el derecho natural, como la forma de Estado y la propiedad, en
las que no podía entrometerse el soberano.
La fijación de la autoridad absoluta del gobernante según el derecho positivo fue excepcional
en Europa y solo se encuentra en Escandinavia: en la “Lex Regia” danesa, además de en las
declaraciones de soberanía suecas de 1682/1893.
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HESPANHA, Antonio Manuel, Vísperas del Leviatán. Instituciones y poder político (Portugal,
siglo XVII), La teoría corporativa de la sociedad y sus reflejos en la distribución social del poder
político y El poder preeminente
La escuela corporativista.
Aunque la historiografía actual critique el legado de Gierrke lo cierto es que es él quien está
en la base de la llamada escuela corporativista aquella a la que se adhirió una buena parte de la
historiografía europea en el periodo de entreguerras en parte como reacción contra la historia
retrospectiva del liberalismo y del constitucionalismo.
Pasado este período los atractivos teórico-metodológico de la escuela corporativista se
atenuaron. Recientemente con la renovación del interés por la historia de las mentalidades los
historiadores han comenzado a comprender el sistema social moderno también a partir de la
consideración del modo en que él mismo se comprendía a sí mismo.
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Por último, forma parte de este patrimonio ideológico la idea antes esbozada de que cada
cuerpo social como cada órgano corporal tiene su propia función, de modo que a cada cuerpo le
debe ser conferido la autonomía necesaria para que la pueda desempeñar.
A esta idea de autonomía funcional de los cuerpos va ligada la idea de autogobierno, por lo
cual el pensamiento jurídico medieval entiende el poder de hacer leyes y estatutos, de dar
magistrados, de juzgar conflictos y de emitir órdenes.
El surgimiento de estas concepciones en la teoría filosófico-social encontró su
correspondencia en el dominio de la dogmática jurídica. En ella aparecieron nuevos instrumentos
conceptuales que permitieron justificar desde el punto de vista doctrinal y regular desde el punto de
vista institucional, nuevas realidades sociales y nuevas composiciones del poder:
1- la construcción dogmática de la personalidad colectiva
2- el reconocimiento jurídico del derecho de asociación
3- el abierto reconocimiento del carácter originario o natural de los poderes políticos de los
cuerpos, de su capacidad de autogobierno y de su autonomía ante cuerpos políticos que abarcaran
más.
4- La matización en el concepto de iurisdicto.
Todas estas novedades nacen de la discusión de un problema central desde el punto de vista
político; definir la naturaleza y límites de los poderes políticos de aquellos grupos sociales a los que,
más tarde, Montesquieu llamará cuerpos intermedios.
Los apoyos que los juristas podían encontrar en las fuentes humanistas para resolver la
cuestión de saber cuáles eran las facultades jurídicas políticas naturales de los cuerpos eran
contradictorios. De hecho, al lado de conocidas máximas de sentido absolutista se encuentran otras
que ligan la facultad estatutaria a un acto colectivo de voluntad.
Para justificar el autogobierno de las ciudades, principalmente en sus facultades estatutarias,
los legistas van a utilizar sobre todo las distinciones que la ley Omnes populi hacía entre el derecho
común y el derecho propio y, combinando con esto, los textos sobre la lex regia van a fundar la validez
del derecho propio en el pacto constituido entre los miembros de una ciudad. También el texto del
Código sobre la Costumbre ofrece la ocasión para que se reflexione sobre las relaciones entre ley y
costumbre.
El hecho de que el autor intente describir el aparato dogmático del derecho común referente
a la construcción jurídica de los cuerpos se justifica por el papel central que tiene como inversión
simbólica. A decir verdad, esta dogmática es el medio a través del cual la autorepresentación de la
sociedad del Antiguo Régimen asegura su reproducción política en el tiempo.
De hecho, no se trata de proposiciones meramente especulativas sobre el ser de la sociedad,
se trata por el contrario de proposiciones dogmáticas que presuponen una verdad y se destinan a
modelar normativamente una sociedad. A través de ellas y de las reglas concretas sobre el gobierno
de la ciudad que de ellas continuamente se desprenden, la imagen corporativa se institucionaliza,
transformándose en una máquina de reproducción de símbolos, pero más que eso de permanente
actualización de esos símbolos en normas efectivas y en resultados práctico institucionales.
Resultados estos que, por su parte, de nuevo recurren al esquema teórico dogmático para
legitimarse, en un permanente e interminable juego de reflejos
150
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
El poder preeminente
El objetivo de este capítulo es hacer un balance final, para saber qué espacio queda para la
monarquía en esta constelación de polos de poder.
Las cortes en esta época no son, según una visión “parlamentarista”, ni un forum decisivo
entre el poder real y el resto, ni la única forma conocida de auscultación, mucho menos de
representación y resistencia.
Las Cortes eran el estado popular, quizá el último medio de defensa pactista y colectiva de
sus derechos. En esta perspectiva las cortes no institucionalizaban, en general, un derecho nuevo de
los pueblos, sino que eran una instancia que defendía los ya existentes, y cuya eficacia era distinta en
la cual la ausencia del carácter jurisdiccional era compensada por la eficacia crecida que nacía de una
toma de posición colectiva.
La participación de todos es requerida, porque sólo el acuerdo de cada uno de los respectivos
titulares puede autorizar al rey a tomar medidas que afecten a derechos adquiridos por particulares,
y no por una idea contractualista de manifestación de la voluntad de la comunidad en términos de
“voluntad general”.
25
La deontología es la rama de la ética que trata de los deberes, especialmente de los que rigen
actividades profesionales, así como el conjunto de deberes relacionados con el ejercicio de una
profesión. Es la teoría, en ética normativa, según la cual existen ciertas acciones que se deben realizar,
y otras que no se deben realizar, más allá de las consecuencias positivas o negativas que puedan
traer.
151
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Hoy el poder político no pretende un dominio completo de todas las relaciones de la vida
social, también reconoce límites a su ejercicio, que son a su vez definidos por el propio poder político.
Corresponde esto a la teoría política del siglo XVII, pues partiendo de una idea de contrato
social en el que los individuos abandonan sus prerrogativas en manos del Leviatán, se construyen
espacios de autonomía de los particulares. Espacios que, una vez enajenados por los ciudadanos no
son más que en resultado de la concesión del poder de la constitución.
Así, los derechos particulares ante el Estado son tutelados por procesos jurídicos diferentes,
procesos de derecho público, en todo distintos a la tutela privada.
Por otro lado (y en diferencia), también se habla del “sistema patrimonialista” del poder, de
confusión entre jurisdicción y dominio o de “cosificación” del poder político.
La dogmática jurídica utilizó la figura de la propiedad para conceptuar el derecho que el
príncipe tenía sobre el reino y sobre las cosas que éste contenía. La idea era que el poder político
guardaba parentesco con el dominio y que las facultades que lo integraban se insertaban en la esfera
jurídica del príncipe.
Estaban así en principio a salvo de las intervenciones del poder:
- Las propiedad de los súbditos sobre sus propias cosas
- Los derechos nacidos de pacto o contrato reconocido por el derecho de gentes.
- Los privilegios concedidos en virtud de un servicio prestado o por prestar
- Los derechos adquiridos por sentencia
- Los derechos adquiridos por nominación testamentaria
Los límites aquí mencionados no eran absolutos e insuperables.
Primero, porque el rey disponía de la facultad de revocar o rescindir los contratos injustos e
inmorales, después porque los derechos adquiridos no prevalecían contra la potestad extraordinaria
del soberano.
Por otro lado, también estaban en los casos particulares los derechos nacidos de ciertas
donaciones regias y de nombramiento para oficio público.
En el espacio definido externamente por estos límites la Corona podía actuar, aunque según
determinados modelos que eran diseñados por la teoría política de la época, en la que las estrategias
coyunturales fueron creando novedades, invariablemente en el sentido de ampliar los medios de
acción de la monarquía.
Primero están los medios por los cuales la Corona construyó su poder:
1- las atribuciones jurídicas del rey: de acuerdo con la teoría corporativa de la sociedad y del
poder, era ante todo la de garantizar la justicia. Pero estos eran considerados poderes-deberes,
vinculados a ciertas finalidades pero que no podían ser usados arbitrariamente (por ejemplo, el límite
sobre el poder legislativo, que debía de respetar a la ley natural y a la divina)
2- secundariamente la de garantizar la paz, de acá nacía no solo su derecho de hacer la tregua,
la guerra y la paz, sino también su derecho a regular las formas privadas de desagravio, de autorizar
porte de armas, de proteger a súbditos, y de castigar.
152
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3- Después vienen los poderes que el rey tenía como cabeza simbólica del reino. El derecho al
uso de los símbolos reales y del reino y por extensión el derecho a conferir blasones y dignidades
inferiores, el derecho a disponer del reino o parte de él.
4- Otros poderes del rey derivaban del dominio general y eminente que se entendía que tenía
sobre todo el reino (disponer sobre cosas, imponer cargas y tributos, etc.).
5- Por último, otro grupo de prerrogativas del rey es la que fueron concedidas por el pueblo
como detentador de la Corona del reino, para sustento digno de su casa (baldíos, bosques, etc),
llamados derechos reales.
Por muy rigoroso que fuera el régimen de su invocación, el poder extraordinario del rey
permite, como ya hemos visto, quebrar el cerco de hierro de los derechos particulares. Pese a las
virtualidades que le eran abiertas por la invocación de las potestad extraordinaria, la capacidad de
acción del rey era, como se ha visto, limitada en este plano de los mecanismos jurídico-
jurisdiccionales.
Espacios a que se aplica muy bien la elaboración teórica de Foucault sobre los dispositivos de
poder, concepto con el que reacciona contra una concepción de poder y de estrategias políticas
reducidas a lo jurídico. Gobernar en este sentido es estructurar el campo de acción de los otros.
En los siglos XVI y XVII de nuevo, las donaciones de bienes de la Corona o de los realengos
son raras, siendo sustituidas por una nueva fuente de remuneración, originada por la reacción de un
nuevo dispositivo. Con esto el autor se refiere a los mecanismos que proporciona la expansión
norteafricana y ultramarina.
Por su parte, la administración interna del reino no ofreció muchas posibilidades de creación
de espacios en que se pudiese expandir el poder real.
Se ve, así, como junto al exiguo espacio dejado a la acción de la corona por la teoría jurídica
de la protección de los derechos particulares, fue surgiendo una nueva área de intervención real,
libre de derecho y de sus matrices particularistas y progresivamente equipada con eficaces
mecanismos de disciplina, que funcionaban a favor del príncipe.
Pero, por esto mismo, éste siguió abandonando a los polos políticos competidores del núcleo
duro del poder jurídico-institucional, dando a la Iglesia y a los señores importantes prerrogativas, por
lo cual solo volverá a batirse a finales del siglo XVIII.
153
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hacia el estudio de la oficialidad como polo político en el seno del sistema del poder. Lo que se va a
preguntar el autor entonces es como dadas una cierta construcción dogmática y una determinada
práctica institucional del oficio público, surge un funcionamiento político autónomo, un papel propio
en el juego global del sistema del poder. En una palabra, como un centro estructural del poder
político, pero un centro anónimo.
De la unión entre magistratura y poder viene, en primer lugar, la caracterización del oficio
como honor y el consiguiente estatuto de los agentes políticos-administrativos. De este estatuto
forma parte la concepción de que el ejercicio de la magistratura ennoblece. Además, esta idea de
naturaleza honoraria del oficio provoca una aproximación entre oficio y feudo, o entre oficio y
señorío. Por último la concepción honoraria repercute en la conceptualización de las ganancias de
los magistrados.
El régimen de patrimonialización de los oficios se construía en torno a la idea de que estos,
después de adquirirlos se incorporan al patrimonio, quedando sujetos al régimen general de las cosas
patrimoniales.
Desde las fuentes romanas estaba siempre presenta la idea de que el poder de los oficiales
provenía de una delegación del príncipe, imposibilitado de realizar sus tareas en toda la república.
Fue justamente por medio de esta figura de las magistraturas como la doctrina se pudo expandir a
partir del S XV mucho más allá de la justicia.
Otros dos puntos importantes son el de la herencia de los oficios (favorecía a la consolidación
de las familias, en tanto lazos parentales como económicamente) y el de la venalidad (imposibilidad
de vender los cargos sin previa autorización). Igualmente siempre había lugar para la “corrupción”, o
para perseguir fines personales, arrendar los cargos, etc.
El poder de este grupo protoburocráctico no pude ser mayor por dos razones: por un lado
por el carácter letrado de sus cargos (que exigía estudios y práctica) y porque ideológicamente este
grupo nunca tuvo legitimación autónoma, siempre fue subsidiaria de la legitimación de la Corona.
De los oficiales subalternos, los paradigmáticos son los de justicia y dentro de ellos, los escribanos
(política alta, central o regional) y los notarios (política local). Si bien son dos grupos diferenciados al
mismo tiempo comparten algo en las fuentes de su poder, es seguro que algo tendrían en común sus
estrategias de poder.
FERNANDEZ ALBALADEJO, P., Las Cortes de Castilla y León en la Edad Moderna, Cortes y poder
real: una perspectiva comparada.
El análisis de las relaciones entre cortes y poder real cuenta con una muy larga y acreditada
tradición historiográfica.
Historiografía francesa.
Salvando la lógica posición pro-parlamentaria de los ilustrados, los historiadores del siglo XIX
hubieron de hacer frente a una delicada cuestión: cómo justificar un pasado absolutista sin que ello
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implicase al mismo tiempo alguna especie de valoración negativa en relación con la actitud que esa
monarquía absoluta había mantenido para con los Estados Generales26.
Viollet sugirió que el escaso papel jugado por la gran asamblea francesa se había debido a
que ésta nunca había sido representativa del sentimiento nacional y en realidad los Estados
Generales habían sido un accidente antes que una verdadera institución.
Lemaire demuestra hasta qué punto las leyes venían actuando a lo largo del antiguo régimen,
como autentico límite al poder monárquico.
Si algo puede deducirse del recorrido historiográfico que el autor ha hecho es la necesidad
de abordar las relaciones entre Cortes poder real a partir de unas perspectivas no exclusivamente
parlamentarias, es decir insertando su historia dentro del correspondiente entramado político
constitucional.
No parece necesario indicar que el cabal desarrollo de este planteamiento exige una
necesaria consideración comparativa si quiere valorarse adecuadamente el grado de originalidad.
Pocas obras han ejercido una influencia tan decisiva como la de Fortescue en la formulación
de la singularidad parlamentaria inglesa, entendida desde entonces como resultado de la
implantación de un régimen monocrático27 y consultivo a la vez, y dentro del cual el parlamento
jugaría ya un papel de cierta importancia.
Koenigsberger rechaza la idea de que las instituciones parlamentarias hayan sido “monopolio
de Inglaterra en el siglo XV” y retoma y amplia la aludida comparación. Pero con ello hace suyo
también el supuesto sobre el que Fortescue basa su comparación: la consideración de que el análisis
del parlamento resulta fundamental si quiere entenderse adecuadamente la lucha por el poder en la
Europa moderna.
Sin desestimar los aspectos positivos de esta propuesta, pero no es seguro que a fines del
siglo XV los parlamentos se hubiesen consolidado como un foco en torno al cual ya girase la actividad
26
Los Estados generales en la Francia del Antiguo Régimen eran asambleas convocadas por el Rey de
manera excepcional y a la que acudían representantes de los llamados tres estamentos o estados: el
clero (primer estado), la nobleza (segundo estado)1 y los representantes de las ciudades que
disponían de consistorio (Tercer estado).
Estaban compuestos por diputados elegidos con un mandato de sus electores, y la orden del día se
redactaba con base en los cuadernos de quejas, establecidos por los notables provinciales de los tres
órdenes o estamentos.
Dichos estamentos se reunían por separado y contaban cada uno con un número igual de
representantes. El sistema de voto utilizado era estamental: un voto contaba para cada una de las
cámaras, con lo que el clero y la nobleza, tradicionalmente aliados, no dejaban opción al Tercer
Estado para que se oyese su voz.
27
La monocracia es un sistema de gobierno en el cual el titular de la soberanía es un único individuo.
Es el jefe único quien expresa la voluntad definitiva del Estado. Es ayudado por funcionarios en las
labores del gobierno, pero jurídicamente están subordinados a su voluntad.
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política. Y sobre todo, debe admitirse también la posibilidad de que la lucha política no llegase a
discurrir por ellos en ningún momento.
Los trabajos que se vienen haciendo actualmente sobre Fortescue demuestran que se tienen
que manejar con prudencia sus observaciones.
Gobernar sin el parlamento no era considerado, en ese período, como una decisión
inconstitucional. El parlamento era convocado cuando el monarca lo creía oportuno. El parlamento
continuaba siendo un “parlamento del Rey”, era convocado para cooperar con el monarca, no para
oponerse a él, su obligación era proporcionar concilium cuando aquél lo solicitaba. De hecho,
Fortescue no pone demasiado énfasis en los poderes del Parlamento.
En Inglaterra todavía el derecho es soberano, es el derecho el que hace que sus gentes vivan
mejor que la de Francia, ese derecho no es otro que el derecho común, de él derivan tanto la
prerrogativa regia como los poderes del parlamento
El resultado de todo esto fue que hacia 1580 el parlamento prácticamente comenzó a ser
reconocido como un instrumento de gobierno, aunque formalmente todavía no pudiera considerarse
como tal. La legislación emanada del parlamento, los estatutos, adquirieron carácter
omnicompetente. Como consecuencia de ello la actividad legislativa del parlamento comenzó a
sobreponerse a su originaria actividad judicial.
En realidad, el clima de cooperación en el que se venían desarrollando las relaciones entre
monarca y parlamento no daba lugar a que pudieran plantearse conflictos entre ambos tipos de
normas. Este armónico equilibrio de fuerzas quedó reflejado en la expresión “king in-parliament”,
pero hasta entonces se había hablado de rey y parlamento.
En esta comparación compuesta, la absorción de “cabeza” por el “cuerpo” era relativa. El
monarca disponía de un haz de poderes de naturaleza extraparlamentaria, aunque no extrajurídica.
Esos poderes aparecían fundados y autorizados de una vez por el derecho común y solo podían ser
utilizados en aquellas cuestiones que tocasen al bien común, no pudiendo invocarse por tanto en
perjuicio de los derechos particulares.
El sistema encerraba una innegable dosis de potencial conflictividad, dado el carácter incierto
de la frontera que separaba el territorio de la prerrogativa de lo que concernía a los derechos
particulares.
La estabilidad de esta etapa fundacional resultó definitiva en el afianzamiento de esa nueva
realidad corporativa, sobre todo si se tiene en cuenta el notable incremento que simultáneamente
se produjo en los representantes de la realeza en el parlamento.
Fue precisamente esta transformación la que posteriormente permitiría contra argumentar,
y no solo con doctrina, el intento de los Estuardo por hacer de nuevo de la “cabeza” la parte capital
de ese cuerpo político. Ello daría lugar como es sabido a una reacción de sentido contrario cuyas
conclusiones ultimas fueron ejemplarmente recogidas en los trabajos de Gerard Winstanley. En ellos,
sin ningún tipo de antigüedad podía afirmarse que el parlamento solo era la cabeza del Poder en una
República, abriéndose el camino al establecimiento de lo que llegaría a ser una auténtica soberanía
parlamentaria
156
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Francia.
A comienzos del siglo XVI tenía cierta audiencia la imagen de que el monarca francés gozaba
de un poder absoluto. Al parecer, el emperador Maximiliano I de Habsburgo28 había llegado a afirmar
que los súbditos de Francisco29 I obedecían a este como las bestias a su dueño; por otro lado, la
historiografía le asignó un papel como padre fundador del absolutismo francés.
Gino Glora ha apuntado la necesidad de rechazar la imagen absolutista del derecho
continental legada por Fortescue, argumentando fundadamente sobre los inconvenientes que del
tratamiento del derecho común se han seguido.
Lewis, en relación con la trascendencia ejemplarizante que había venido dándose al
parlamento inglés como piedra angular en el sistema político, critica principalmente el hecho de que
la ausencia de una institución de esas características permita detectar sin más la presencia de
regímenes absolutistas.
J. Russell Major reivindicó la necesidad de abordar el entramado representativo francés
desde una amplia perspectiva. Para este autor la existencia en Francia de toda una serie de asambleas
provinciales y corporaciones de rango menor suplieron en gran medida la labor de los Estados
Generales.
Parece razonable por tanto admitir que la no convocatoria de Estados Generales entre 1484
y 1560, como asimismo el hecho de que solo fuesen convocados en cuatro ocasiones entre esa fecha
y 1614, no impide la caracterización de la monarquía francesa como una monarquía consultiva antes
que absoluta.
Bodin30 ,en el extremo opuesto de Fortescue, llegaría incluso a homologar el parlamento de
Inglaterra con los Estados Generales. La peculiaridad y aparente mayor grandeza del parlamento
inglés, aclara correctamente Bodín, procedía de que en esa institución se solapaban de una parte los
estados en cuerpo y de otra, la Corte Suprema de Justica.
Fue precisamente esta última institución, el Parlamento de París, la que en Francia llegaría a
sustituir a los Estados. E
28
Maximiliano I (1459) fue archiduque de Austria (1483-1519), rey de Romanos (1483-1519) y
emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1508-1519).
29
Francisco I de Francia conocido como el Padre y Restaurador de las Letras, el Rey Caballero y el Rey
Guerrero, fue consagrado como rey de Francia el 25 de enero de 1515 en la catedral de Reims, y
reinó hasta su muerte en 1547.
30
Jean Bodin (1530-1596) fue un destacado intelectual francés que desarrolló sus ideas en los campos
de la filosofía, el derecho, la ciencia política y la economía. Junto con el Cardenal Richelieu y sus
juristas, se lo considera como uno de los fundadores del absolutismo francés.
A través de su obra hizo notables aportes a la Teoría del Estado. Al respecto puede mencionarse su
libro Los Seis Libros de la República, en donde estableció tempranamente el concepto de "soberanía"
y los fundamentos que inspirarían posteriormente a Hobbes y Locke; las bases teóricas de la
monarquía absoluta (poder de mando, poder absoluto, poder indivisible, poder perpetuo). Otras
contribuciones incluyen la supervisión de los poderes de los jueces y la administración y el
establecimiento de distinciones fundamentales entre el Estado y el gobierno.
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Castilla.
Aquí se da una imagen bien distinta. La tesis que viene proponiéndose de unas cortes en alza
durante la primera mitad del siglo XVII introduce, prescindiendo de detalles, nuevas e interesantes
perspectivas para una mejor inteligencia de lo sucedido en esa centuria, y compromete
particularmente la habitual caracterización absolutista del orden político implantado por la
monarquía católica en Castilla.
El auge parlamentario de la primera mitad del siglo XVII resulta sin embargo más
problemático y de un alcance menor en relación con lo que a primera vista puede parecer.
En este sentido, el momento verdaderamente crucial de las Cortes Castellanas hay que
situarlo en la primera mitad del siglo XV. Entonces, y como consecuencia de la inestabilidad política
subsecuente a la revolución trastámara31, quebró definitivamente la posibilidad de que en este reino
llegara a asentarse una asamblea interestamental y orgánica.
Las asambleas que posteriormente continuaron celebrándose, por más que intentaran
hacerse pasar por unas verdaderas cortes no podían acreditarse nunca como tales.
31
La Primera Guerra Civil Castellana (1366-1369) fue fruto de la división durante el reinado de Alfonso
XI de la corte de Castilla: una encabezada por la reina María de Portugal, y otra por la amante del rey,
Leonor de Guzmán, y que dio al soberano diez hijos, incluido Enrique de Trastámara. El conflicto, a
veces descrito como una guerra de sucesión, fue más allá de los dos pretendientes al trono. La
rebelión de Enrique de Trastámara, que se sostuvo con el apoyo de la nobleza castellana, frente al
rey Pedro I de Castilla, intentó recortar las atribuciones de este y, sobre todo, su influencia política.
Esta alianza entre el hijo bastardo del rey Alfonso XI y la nobleza fue percibida por la población como
un obstáculo a las leyes que Pedro promulgó en las Cortes de Valladolid de 1351, que promovían el
comercio, la artesanía y la seguridad de las personas.
Como resultado, el pueblo llano apoyó al rey Pedro I, dándole el sobrenombre de Justiciero, mientras
que sus enemigos lo apodaron el Cruel.
Pedro I de Castilla, el Cruel o el Justiciero, realizó una política de fortalecimiento de la autoridad real
frente a la alta nobleza, al tiempo que comenzó una guerra contra Aragón.
En 1366 Enrique de Trastámara, hijo bastardo de Alfonso XI, regresó desde Francia, depuso a Pedro
I de Castilla y se proclamó rey en el monasterio de Las Huelgas.
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La cultura estatalista.
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El modelo jurisdiccionalista.
En tiempos anteriores a esta ruptura no existía la figura del “ciudadano” sino la del “súbdito”
persona sujeta a la autoridad de un superior al que tiene la obligación de obedecerle.
De este modo, entre el rey o príncipe (cabeza del cuerpo político) y el pueblo (miembros
diferenciados en diversos estamentos) hay un vínculo de obediencia directa.
En dicho ensamblado corporativo tampoco podemos encontrar la idea de “individuo” pues
cada persona era reconocida en función al cuerpo político al que pertenecía y en el que se encontraba
adscripto, sea éste la nobleza, la iglesia, la ciudad, el gremio, la familia, etc., lo que termina ubicando
al rey como el centro dispensador de “gracias” y “privilegios” pasible de otorgar discrecionalmente
sus favores legitimando así la movilidad ascendente o descendente.
Tampoco debemos olvidarnos que al contrario de las sociedades contemporáneas que basan
su organización en el “principio de la igualdad” de sus miembros, en las sociedades de cuño Antiguo
Régimen el principio constitutivo era la “desigualdad originaria”.
Es por ello que si bien todos son súbditos -pues se encuentran de una u otra manera sujetos
a la autoridad del monarca- la enorme variabilidad en la posición social de los mismos puede
reducirse analíticamente a solo dos grandes grupos de referencia: los “grupos privilegiados” y los “no
privilegiados”.
El reconocimiento de esa diferencia es tanto político como social, es decir, se encuentra
anclado en un sistema de status.
Resumiendo: frente a la que podríamos definir como una “cultura estatalista” (nacida en la
modernidad europea y desarrollada ampliamente en la edad Contemporánea) se yergue, en este tipo
de sociedades pre-capitalistas, lo que podríamos definir como una “cultura jurisdiccionalista”,
constituida sobre ejes y axiomas muy diferentes a los nuestros y donde el poder político se
materializaba en la “potestas” (potestad) o poder jurisdiccional, la “jurisdictio” (juris-dictio = decir el
derecho), noción que simplemente hace referencia a la posibilidad por parte del titular legítimo de
la misma de establecer derecho y administrar justicia, es decir, de ejercer el dominio político sobre
los hombres.
En este sentido, la jurisdicción aludía al poder privativo del señor sobre el espacio de lo
“público”, entendido éste sencillamente como la esfera exterior al ámbito doméstico.
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El orden revelado.
Para los contemporáneos, el poder jurisdiccional remitía por esencia a la idea de un orden
general y natural, instituido y querido por Dios para toda la creación.
Dicha idea es diametralmente opuesta y contraria a la nuestra de soberanía nacional,
cimentada en el vínculo vertical sostenido entre la sociedad y el poder político, por que más bien
discurre en el fortalecimiento de los “vínculos horizontales”, es decir, en la asociación entre las partes
complejas que para su plena realización como “cuerpos perfectos” deben estar natural y
jerárquicamente organizados en una estructura con cabeza y miembros.
Encontramos esta idea de orden natural revelado por Dios a los hombres que se hallaba en
la base y uniformaba al conjunto de las diversas prácticas jurídico-políticas en estas sociedades de
Antiguo Régimen y que necesariamente se objetivaba en una constitución de tipo tradicional, que
involucraba al mismo tiempo a los múltiples estamentos y corporaciones, encarnando cada una de
ellas los diversos cuerpos políticos complejos que conformaban las monarquías, con sus propios
derechos y privilegios.
Dicha cultura del orden revelado” se asentaba doctrinalmente en la tradición y la costumbre.
En las sociedades de Antiguo Régimen lo jurídico solo puede entenderse como parte de un
complejo normativo mucho más vasto y abarcativo cuya legitimación central de conjunto es de raíz
religiosa. De allí que el rey pueda ser considerado vicario de Dios en la tierra y, por lo tanto, único
dispensador de la gracia, facultad de perdonar o suspender la aplicación de la ley.
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El rey es así, ante todo, juez supremo y como tal máxima autoridad de la administración de
justicia en un reino. En función a esta suma potestad, el monarca podía delegar la jurisdicción de
parte de sus territorios a otros señores (laicos o religiosos) o a las propias ciudades (entendidas
también como señoríos colectivos) para que ellos administren la justicia, es decir, gobiernen en su
nombre.
La justicia adquiría una doble dimensionalidad.
Centralizadas en la figura del monarca, la justicia distributiva era su facultad por la cual, en
uso de su magnificencia y liberalidad, podía otorgar discrecionalmente privilegios y mercedes.
Por otro lado, la justicia conmutativa, se encontraba delegada en los distintos órganos de
administración de justicia.
Tenemos así un sistema piramidal donde el rey ejercía de vértice y era el punto focal en que
debía referenciarse todo el complejo conjunto de administración de justicia.
A nivel local, existía lo que podría denominarse una primera instancia de justicia o justicia
ordinaria, ya que atendía los casos dentro del ámbito local de sus competencias pudiendo sus
disposiciones ser apeladas a instancias superiores.
Sin embargo, junto con la justicia ordinaria también actuaba la justicia delegada, ya que en
ciertas circunstancias específicas el monarca podía enviar comisionados para resolver casos
particulares y que fallaran en su nombre, los llamados jueces delegados o jueces comisarios.
Este cuadro local se complejiza si a esta primera instancia sumamos también las llamadas
justicias específicas, aquellas que tenían injerencia y competencias sobre asuntos particulares tales
como los alcaldes de la Mesta o los alcaldes de la Hermandad, etc.
En los espacios jurisdiccionales cedidos por el rey a los señores de vasallos, la situación se
repetía. El señor delegaba a sus propios agentes la administración de justicia y la recaudación de sus
tributos.
La justicia eclesiástica.
Sin embargo, la complejidad jurisdiccional no termina allí ya que existía, de modo paralelo y
sobre todo en los primeros tiempos de la edad Moderna, una activa justicia eclesiástica que muchas
veces tendía a inmiscuirse en los espacios propios de la jurisdicción real.
Especialmente en los extensos señoríos eclesiásticos, la administración de justicia estaba
formalizada a través de sus propios agentes. El abad y el obispo eran el centro de esta estructura de
administración de justicia en los espacios jurisdiccionales dependientes de la Iglesia.
La superposición jurisdiccional.
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superposiciones y disputas entre las partes actuantes: es decir entre la justicia real, la señorial o la
eclesiástica.
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De la forma que adquiere “la monarquía administrativa”: los agentes y las justicias.
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En este sentido la imagen del juez recto en las sociedades de Antiguo Régimen está concebida
dentro de ideales paternalistas.
Consecuentemente, lo que va avanzando en la edad moderna es la formación y el aumento
de este cuerpo de oficiales encargados de la administración de justicia a través de cuadros cada vez
más amplios de letrados o togados (funcionarios expertos en leyes que no pertenecían a la nobleza).
Estos sujetos tenían como ventaja funcional, en primer lugar, el conocimiento técnico-
administrativo necesario del derecho y de los procedimientos jurídicos, y en segundo lugar, se
hallaban mucho más desligados de las fidelidades inter-personales de los grupos nobiliarios locales
donde ejercían su oficio, lo que les otorgaba amplios márgenes de actuación.
La imagen imperante del funcionario de justicia en la edad Moderna, como la del juez, estaba
constituida dentro del ideal paternalista. En la práctica, el amplio grado de discrecionalidad que
tenían en el ejercicio de sus funciones los agentes de administración justicia en los distintos espacios
jurisdiccionales bajo su poder hacía que muchas veces este alto ideal fuese en sí inalcanzable.
Las ambiciones personales, sumadas a las fidelidades particulares con los grupos de poder
locales, hacía a los agentes de justicia vulnerables al juego de intereses predominantes en cada
territorio.
Aparecía así esbozado lo que se puede denominar la contracara, el mal uso de la justicia, a
través de los abusos cometidos por estos funcionarios.
De la dinámica de articulación de control de las “justicias”: Los juicios de residencia, las visitas y las
pesquisas.
A fin de alcanzar estos altos ideales, los funcionarios de la administración de justicia fueron
sometidos a todo un sistema de control en el territorio a su cargo lo cual constituyó una pieza clave
del poder monárquico en la búsqueda de desarraigar las desviaciones personales y malos hábitos que
mostraban los jueces en las comunidades donde actuaban y que ponían en riesgo la paz y sosiego.
Corregir y controlar estas desviaciones proporcionaba sentido a la idea misma del rey como
tutor del reino a través de la necesidad de la monarquía de incardinar a los jueces dentro del propio
modelo ideal de justicia.
Y ello no era un simple acto de control administrativo formal, sino una acción performativa
de todo el edificio jurídico.
El mismo orden jurídico no era producto de disposiciones normativas generales y abstractas
que permitieran, bajo un pautado procedimiento, la objetivación del fallo, sino que se encontraba
cimentado en la propia conciencia del juzgador y, por lo tanto, la garantía final del conjunto del
sistema era esencialmente de “orden moral” -no procedimental como en las sociedades
contemporáneas- por lo que la objetivación de las decisiones descansaba en el propio
comportamiento justo del juez frente a los ojos de la comunidad.
Es por ello que el modelo ideal del juez del Antiguo Régimen fue el de oficiales exentos de
cualquier pasión humana y animados por la búsqueda de la verdad y la razón otorgada por su
entendimiento del derecho.
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Los juicios de residencia cumplían una función de disciplinamiento de los agentes de primera
instancia.
Éstos se llevaban a cabo al término de sus funciones y consistían en investigar su actuación y
su cumplimiento de las normativas reales. Se efectuaba en cuatro instancias: las pesquisas secretas,
los capítulos, las demandas y las querellas de los particulares.
El proceso duraba cerca de cincuenta días en los cuales se incluían las declaraciones de los
vecinos del lugar, quienes concurrían a declarar sobre el comportamiento y buen uso del oficio por
parte del juez saliente.
Terminadas las averiguaciones se procedía al descargo frente a las imputaciones realizadas y
posteriormente se pronunciaba la sentencia.
De esta manera el juicio de residencia se fue convirtiendo en una pieza clave de la monarquía
para controlar y supervisar el buen desempeño en sus cargos de los agentes de justicia.
Las visitas.
El procedimiento de las visitas era también otra de las fórmulas de fiscalización que tenía la
Corona de Castilla para controlar el desempeño de los agentes de justicia en pleno ejercicio de su
cargo.
Era realizado por el llamado juez visitador (comisionado especialmente para esa tarea) quien
recogía el testimonio de los vecinos e inmediatamente se iniciaba la etapa de descargo de los oficiales
imputados los cuales desconocían la identidad y declaraciones realizadas por los testificantes en su
contra.
Una vez que finalizaba la instrucción tenía lugar la determinación de la visita realizada por el
Consejo de Castilla a través de la información suministrada por el visitador, quien se limitaba a definir
los cargos que se imputaban a los oficiales.
Algunas veces, durante la instrucción se podía suspender en su oficio a algún oficial, imponer
multas, así como ordenar restituciones financieras.
Conclusiones.
Lo sostenido hasta aquí nos permite subrayar una serie de características distintivas que
presenta este modelo jurisdiccionalista de administración de justicia en las sociedades de Antiguo
Régimen.
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1. Se basa en una organización judicial que podríamos definir como acumulativa, donde se
ve superponer -unos sobre otros- oficiales y aparatos de justicia procedentes de diversas
realidades de poder así como de etapas históricas disímiles.
La coexistencia de los mismos produce una enorme confusión en términos de las
competencias propias de cada uno de ellos, pero es clara también la disposición política
de la monarquía de subordinar al conjunto de justicias menores locales e intermedias a
la justicia superior.
2. Existen injerencias entre las distintas esferas de justicia: inferior, intermedia y superior
remitiendo y tomando sentido todas ellas en la esfera personal de justicia del Rey.
3. El principio actuante es el de la justicia retenida en la figura del monarca y de allí
delegada a los órganos dependientes de la casa real.
4. Se encuentra basada en el principio de indiferencia, pues en las sociedades de Antiguo
Régimen la administración de justicia es en sí mismo un acto de gobierno. Las dos caras
de una misma moneda.
Hablamos así de orden jurídico-político basado en la figura del monarca donde se
confundían las prerrogativas de tipo judicial y gubernativas, dicha indiferencia de esferas
no puede más que reproducirse -hacia abajo- en los agentes que gozan de la delegación
real de la misma.
Todas estas características distintivas, sin ser las únicas posibles de relevar, definen
claramente el aspecto que presentan estos ordenamientos jurisdiccionales propios de las sociedades
Antiguo Régimen.
Por su sentido, forma y función que adopta el aparato de administración jurídico-político de
las monarquías se diferencia claramente de la concepción contemporánea de gestión y
administración de la justicia.
El espacio está investido de una significación cultural que se construye con códigos, con la
práctica social de los hombres, vale decir, como el conjunto de relaciones de los hombres entre sí y
con su entorno.
Estas relaciones no se dan solamente en el plano económico (producción, distribución,
consumo), sino además en el social, el simbólico, el político, y con el entorno.
La naturalización de la extensión organizada se convierte en la Edad Moderna, en el territorio
estatal y por consiguiente en el espacio político.
167
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Las formas de territorialidad premodernas concebían el espacio político como aquel habitado
por una comunidad que posee una misma autoridad política y que es regida por un mismo estatuto.
El señor feudal detentaba sobre sus tierras un poder de dirección al que sumó nuevos
poderes de administración y gobierno.
La coincidencia entre el espacio de comunidad de vida, de derecho y territorio caracterizó a
las estructuras políticas premodernas.
Estas características llevan a la patrimonialización del poder, puesto que el poder político se
vuelve patrimonio del señor, emancipándolo de otras formas de poder.
El espacio geográfico como extensión, una vez convertido en espacio social por ocupación o
apropiación, posee una significación cultural que se construye con la práctica social de los hombres
y que se manifiesta en el conjunto de relaciones de los hombres entre sí y con su entorno.
Hace algunos años, la idea de la construcción humana del espacio fue monopolizada por la
de que la acción humana que le otorgaba sentido se limitaba a las relaciones económicas de
producción, de distribución y de consumo., en la actualidad plenamente superada por la apreciación
de otros ámbitos por parte de los historiadores.
Los códigos sociales organizan el espacio mediante una simbología social por medio de la cual
lo transforman en una realidad portadora de sentido que lo convierten en un difusor más de los
valores sociales y políticos dominantes y de su imagen del orden social.
Ello se expresa a su vez en una cultura jurídico política que se fundamenta en una concepción
del mundo y del hombre que, no solo le da sentido, sino que contribuye a su legitimación como parte
del orden existente en cada formación social. De allí que el territorio y la división política del mismo
puedan transformarse en instrumentos de poder tanto para la organización y perpetuación de ciertos
grupos sociales en el poder como para la expropiación de otros grupos que no dominan las mismas
tecnologías políticas.
La pluralidad del espacio es consecuencia de la autonomía relativa de los diferentes niveles
de la práctica humana en el seno del sistema social.
Hay un proyecto político implícito en cada organización político-administrativa del espacio
que puede identificarse, así como puede hacerse lo propio con las consecuencias espaciales de una
forma determinada de organización del poder.
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El espacio de relación puede regirse por normas respetadas por la costumbre o sancionadas
jurídicamente. Pero, además, la acuñación de unas estructuras de legitimación basadas en la
patrimonialización de las funciones y de los cargos que provocan una miniaturización del espacio
político.
Esto significa que una vez atribuidos a un señor o a una comunidad, esos PODERES se
incorporaban al patrimonio de su titular y se convertían en INDISPONIBLES PARA CUALQUIER OTRO
PODER POLÍTICO.
De esa manera se fragmentaba la política, limitada a la jurisdicción correspondiente, y se
miniaturizaban las relaciones de poder. Esta forma de entender el espacio en tanto territorio
comenzó a modificarse con el surgimiento de la modernidad.
Pero durante la Edad Media y hasta el siglo XVII, la cristalización de las relaciones entre el
poder, la comunidad y el territorio, al mantenerse durante generaciones, llegan a naturalizarse de
manera que comienza a considerarse al territorio como portador de significaciones políticas, jurídicas
y administrativas naturales.
Si la indisponibilidad resultaba de la conjunción entre poder y tradición, resulta fundamental
para caracterizar al territorio la dimensión político-jurisdiccional.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
el prestigio de los hombres de la corte. El aparato de la etiqueta en las manos del rey, constituye un
instrumento de poder sumamente flexible.
La jerarquía dentro de la sociedad cortesana estaba determinada, sin ninguna duda,
primariamente por el rango de su casa, por su título oficial. Pero, al mismo tiempo, se producía una
jerarquía efectiva en la sociedad cortesana, muy diferenciada, todavía no institucionalmente
sancionada y rápidamente cambiante, que influía y modificaba aquella jerarquía y que estaba
determinada por el favor del rey, de manera que la jerarquía efectiva dentro de la sociedad cortesana
oscilaba constantemente.
171
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los enemigos inevitables, dosificar del modo más exacto, según el propio rango y estimación, la
distancia y el acercamiento en la conducta hacia los demás.
La competencia de la vida cortesana obliga así a un control de los afectos a favor de una
conducta exactamente calculada y matizada en el trato de los hombres.
El rey se encuentra dentro de la corte en una situación única. Todos y cada uno de los demás
están expuestos a una presión de abajo, de los lados, y de arriba. Sólo el rey no experimenta ninguna
presión de arriba.
Pero, por cierto, la presión que ejercen contra él los que tienen un rango inferior no es
menospreciable, y sería insoportable y lo aniquilaría en un instante si todos los grupos sociales –y
aunque sólo sean los cortesanos –que le están subordinados, tuvieran una misma orientación en
contra suya.
Pero no la tienen: el potencial de acción determinado por la interdependencia de aquellos
sobre los que él reina se encuentra orientado a luchas entre ellos mismos, y, por consiguiente, queda
anulado su efecto sobre el rey.
Puede decirse en sentido estricto inmediatamente de la corte, como campo primario de
acción y de dominio del rey. Aquí no sólo compite hasta cierto grado cada individuo con todos los
otros por las oportunidades de prestigio, sino que asimismo diversos grupos luchan entre sí.
Como es obvio, al rey se le presenta aquí una tarea de dominio completamente específica:
debe vigilar sin interrupción que las tendencias de los cortesanos que los oponen unos a otros se
desenvuelvan según su deseo. De este modo el rey “dividía y vencía”.
Pero no sólo dividía. Lo que puede observarse en él es una exacta ponderación de las
relaciones de fuerza de su corte y un meticuloso balanceo del equilibrio de tensiones que de esta
manera se originaba en la corte como resultado de las presiones y contrapresiones.
Este era, pues, uno de los métodos a través de los cuales el rey impedía que la sociedad
cortesana se uniera en su contra, y favorecía y mantenía el equilibrio de tensiones deseado por él,
que constituía la condición de su poder.
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Una cosa totalmente distinta sucede con el autócrata, ejecutor de un profundo cambio social
de la estratificación o agrupación y representante carismático del poder. Aquí son peligrosas las
celopatias, las rivalidades y las tensiones que se crean dentro del grupo central. Están, por cierto,
siempre presentes, pero no deben manifestarse con mucha fuerza; deben ser reprimidas, pues aquí
lo importante es orientar hacia fuera la fuerza, los objetivos, y, por tanto, la presión social de todos
los hombres unidos en este grupo, contra el relajado campo social y el campo más amplio de poder,
que debe ser conquistado.
El carismático grupo central ofrece oportunidades de ascenso, totalmente específicas. Aquí
pueden mandar hombres que allí no tendrían nada que mandar. Además, regularmente, el detentor
carismático del poder, a diferencia de un poder consolidado fuera de su grupo central, no dispone de
un firme aparato de poder y administración.
Así como el soberano cortesano gobierna a su gusto a los hombres de su grupo central en
virtud de la necesidad que éstos tiene del distanciamiento u de la competencia por el prestigio y el
favor que de él dependen, el jefe carismático dirige a su grupo central en el ascenso, en virtud de la
necesidad de promoción, cubriendo el riesgo y la angustia del ascenso, que frecuentemente produce
vértigo.
Ambos tipos de gobernantes necesitan, por consiguiente, poseer cualidades distintas para
realizar las tareas de su gobierno. Dentro del carismático grupo central no hay ninguna posición, ni
siquiera la del jefe, ninguna jerarquía, ningún ceremonial, ningún ritual que no esté determinado por
su orientación a la meta común del grupo.
El enorme poder y autoridad de Luis XIV tiene su origen en la semejanza de su persona con
el espíritu de su tiempo. Su conducta podía ser calificada de “pasiva”, comparada con la mucha más
“activa” del gobernante conquistador y carismático; pero “activa” y “pasiva” son dos conceptos
demasiado poco matizados frente a esta diferenciada realidad social.
El autócrata conquistador impulsa a su mismo grupo central a estar en acción. Y cuando falla,
fracasa con frecuencia la actividad del grupo.
El autócrata conservador es sostenido y mantenido en su posición, en cierto modo, por la
envidia, las oposiciones y tensiones en su campo social, que creó su función; sólo necesita invertir en
estas tensiones para regularlas y crear organizaciones que mantengan las tensiones y diferencias y
facilitan una vista de conjunto sobre ellas.
El gobernante carismático se acerca, en cierto aspecto, a los hombres, animado,
comprometiéndose activamente, imponiendo el cumplimiento de sus ideas.
32
Luis XIV de Francia (1638-1715), llamado el Rey Sol o Luis el Grande fue rey de Francia y de Navarra
desde el 14 de mayo de 1643 hasta su muerte. Fue uno de los más destacados reyes de la historia
francesa. Siendo su reinado el más duradero en la historia, consiguió crear un régimen absolutista y
centralizado, hasta el punto que su reinado es considerado el prototipo de la monarquía absoluta en
Europa.
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A un soberano del tipio de Luis XIV, se acercaba uno, se le proponía algo, se le suplicaba por
algo y cuando él había escuchado los pros y los contras de boca de diversos hombres que se
preocupaban por él, decidía. En cierto modo, las energías le eran llevadas, él se reservaba y sabía
servirse de ellas. No necesitaba tener ninguna gran idea propia y tampoco la tenía; las ideas de los
demás llegaban hasta él como un torrente y él sabía aprovecharse de ellas.
Dentro de la cadena de interdependencias, todo hombre dependía y se inclinaba, por razones
de prestigio, a vigilar que los demás cumplieran puntualmente y según lo prescrito, los pasos que les
correspondían. De aquí que para el individuo era extraordinariamente difícil, si es que no imposible,
salirse de lo establecido.
Si no hubiesen existido tal organización, etiqueta y ceremonial, el individuo, según su parecer,
hubiese podido desaparecer por algún tiempo; un campo de acción relativamente grande hubiera
estado a disposición de su propio criterio.
El aparato cortesano de la etiqueta y del ceremonial, empero, sometía ampliamente no sólo
los pasos de cada individuo a la vigilancia del autócrata, sino que asimismo inspeccionaba a muchos
miles y actuaba hasta cierto punto como un aparato de señales, mediante el cual todo capricho, todo
arrebato, toda falta del individuo, por cuanto molestaba más o menos a los demás y lesionaba sus
reivindicaciones de prestigio,, se hacía públicas y llegaban pasando a través de toda la serie de
miembros intermedios hasta el rey.
A los soberanos de un tipo claramente definible, perteneces los reyes franceses del antiguo
régimen; éstos eran por el tipo de su conducta, de sus motivaciones y ethos, aristócratas cortesanos,
representantes de una capa social que debe ser calificada de un modo negativo y neutro, de capa sin
ingresos por trabajo, esto es, una capa ociosa.
El hecho de que el rey francés se sintiera como un noble, como el primer gentilhombre, y lo
pregonase, el hecho de que haya sido educado en la urbanidad y mentalidad aristocráticas y, en ellas,
haya formado su obrar y pensamiento, es un fenómeno que no puede entenderse del todo si no se
investiga los orígenes y evolución de la monarquía francesa desde la Edad Antigua, pasando por la
Edad Media.
Lo importante es captar que en ese país, precisamente porque una rica y sólida tradición
cultural aristocrática continuó expandiéndose sin ninguna ruptura propiamente dicha –a diferencia
de los sucedido en numerosas regiones alemanas – a lo largo de toda la Edad Media y hasta la Edad
Moderna, el rey, como miembro de esta tradición, necesitaba la sociabilidad, el trato con los que
gozaban de igual mentalidad, y estaba ligado a ella más fuertemente que los reyes de países donde
entra la Edad Media y la Moderna hay un profundo corte o donde la cultura aristocrática se
conformaba de una manera menos rica y peculiar.
Pero no es menos importante una segunda circunstancia que depende de lo anterior y que
fácilmente se pasa por alto. Es cierto que los reyes franceses, a lo largo de los siglos, hasta Enrique
174
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IV33 y propiamente hasta Luis XIV, estuvieron involucrados en una lucha todavía no decidida, no con
la nobleza en cuanto tal, pues facciones de la misma habían combatido siempre a su lado, pero sí, al
menos, con la alta aristocracia y sus seguidores.
Por origen y mentalidad, los reyes estaban vinculados con la nobleza. Por la evolución social
de Francia, éstos alcanzaban cada vez más, desde la posición de un primus inter pares, una posición
de poder que aventajaba con mucho las posiciones de todos los demás nobles de su reino.
La solución de los conflictos resultantes de estas simultáneas pertenencia y distancia,
constituyó la corte.
Toda institución es el producto de una distribución muy determinada de los pesos del poder
en el equilibrio de tensiones de grupos humanos interdependientes. La corte no es una agrupación
histórica arbitraria o accidentalmente formada, sobre cuyo porqué no es posible ni necesario
interrogarse, sino una configuración de hombres de determinadas capas que se reproducían
incesantemente de esta manera porque ofrecía a los hombres así relacionados oportunidades para
satisfacer diversas necesidades o dependencias, creadas socialmente en ellos de modo
ininterrumpido.
El rango.
Los nuevos títulos nobiliarios que el rey otorgaba estaban todavía vinculados con la
propiedad rural y sus rentas, pero el rango ya no dependía, o no estaba exclusivamente ligado con el
rango tradicional relacionado con una determinada tierra, sino que representaba una distinción
concedida por el rey, a la que se vinculaban funciones de dominio cada vez menores.
Puede afirmarse con razón que, con el resultado de las Guerras de Religión34, el combate
entre la monarquía y la nobleza quedó decidido en lo fundamental y se abrió la brecha para la
monarquía absolutista.
33
Enrique de Borbón (1553-1610) fue rey de Navarra con el nombre de Enrique III entre 1572 y 1610,
y rey de Francia como Enrique IV entre 1589 y 1610, primero de la casa de Borbón en este país,
conocido como Enrique el Grande o el Buen Rey.
A menudo es considerado por los franceses como el mejor monarca que ha gobernado su país,
siempre intentando mejorar las condiciones de vida de sus súbditos.
34
A finales del siglo XV y comienzos del XVI, la monarquía francesa había ampliado
extraordinariamente las bases de su poder territorial, financiero, económico y militar, estableciendo
un gobierno hasta cierto punto centralizado. El equilibrio entre nobleza y monarquía se mantuvo
durante los reinados de Francisco I y Enrique II, que se apoyaron en la nobleza para poder gobernar,
buscando su consejo y auxilio, pero sin dejarse dominar y sin tolerar ninguna oposición a su poder.
Una nueva alta nobleza había prosperado al amparo de la monarquía tras la desaparición de
los grandes ducados de Borgoña y Bretaña. Las familias nobiliarias más importantes del momento
eran los Guisa, los Borbón y los Montmorency, que se enfrentarán entre sí a lo largo de las Guerras
de Religión. Estas tres grandes familias ejercían el control del gobierno central, a través del favor del
Rey, y el gobierno local, por medio de una red de clientelas.
175
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Hablando en general, lo que encontramos en las luchas de las centurias XVI y XVII son:
• Por una parte, “corporaciones burguesas” que ya se han hecho numerosas, ricas y, en
consecuencia, poderosas y conscientes de sí mismas para oponer la más viva resistencia a las
pretensiones de dominio y poder de la nobleza, aunque, con todo, todavía no son capaces ni bastante
fuertes para reivindicar el poder.
• Por otra parte, se encuentra una nobleza que todavía posee la suficiente fuerza para
obstaculizar a las capas burguesas presionantes y de afirmarse frente a ellas, aunque ya es demasiado
débil, sobre todo en el aspecto económico, para dirigir su poder contra tales capas.
Es un dato determinante de este conjunto que, para esta época, ya han escapado de manos
de la nobleza las funciones de administración y jurisprudencia y que, en virtud de tales funciones, se
han constituido ricas y, por consiguientes, poderosas corporaciones burguesas –en particular, el
Parlamento –, por así decirlo, como la capa dominante de la burguesía.
Ese equilibrio se rompió al morir Enrique II en 1559. Al ser los reyes Francisco II y Carlos IX
demasiado incapaces o demasiado jóvenes para reinar, la competencia de la nobleza por el favor del
rey se convirtió en una lucha por controlar el poder real.
El resultado inmediato fue la ruptura del equilibrio del poder político, ya que la casa
Montmorency, opuesta de antemano a la política real, se encontraba firmemente unida entre sí y
con otros grupos por la religión, lo que hizo posible la formación de verdaderos partidos políticos,
tan poderosos que llegaron a tomar el poder. La explicación de por qué estas guerras en Francia se
alargaron 36 años, reside precisamente en la transformación de las confesiones en partidos: el
Partido Hugonote y la Liga Católica. El primero aparece como consecuencia de la politización de la
Iglesia Reformada, y en defensa de su fe escogida frente a los intentos católicos de frenar su
expansión, y la segunda como reacción a los éxitos y excesos de los hugonotes, ya en plena lucha por
el poder entre la casa de Borbón y la casa de Guisa-Lorena.
A lo largo de las Guerras de Religión, la monarquía, cuya existencia nunca llegó a ser
cuestionada, perdió el control de la situación y se vio incapaz de reprimir o poner fin a la lucha de
partidos, resultando vanos los esfuerzos desplegados por los dos últimos Valois (Carlos IX, Enrique III
y su madre Catalina de Médicis) para preservar el poder real ante el colapso del orden político.
Por último, cabe destacar la amplia participación social, pues las Guerras de Religión
implicaron a todos los estratos sociales, desde las élites a las masas populares. Todo ello refleja una
masiva reacción social al progreso de la construcción del Estado autoritario y unificado, intentando
los rebeldes restaurar y revitalizar antiguas instituciones o proyectar otras nuevas.
La insubordinación de los franceses toma como modelo el comportamiento de príncipes y
grandes señores, que se alzan en armas sin permiso del monarca. El feudalismo que aún se vive en
Francia, queda de manifiesto con la progresiva autonomía de los señores y de sus partidarios. La
convocatoria de los Estados Generales, que se llevó a cabo tres veces durante las Guerras de Religión,
da testimonio patente del debilitamiento de la autoridad real. Los reyes necesitaban el apoyo de sus
súbditos para poder adoptar decisiones que se respetaran; llegó a cuestionarse incluso el poder real,
por aquellos que también deseaban que el rey se plegara a la voluntad de estos órganos consultivos.
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Así pues, la nobleza necesitaba de los reyes, a causa de su precaria base financiera, para
mantenerse como tal frente a la presión de las capas burguesas y su creciente riqueza, y a las
corporaciones burguesas les era necesario el rey como guardián y protector frente a las amenazas,
arrogancias y privilegios demasiado unilaterales de la aristocracia media caballeresca.
Una configuración con tal equilibrio de tensiones, en la cual las dos agrupaciones
estamentarias mantenían más o menos el equilibrio y, en la cual, en todo caso, ninguno de los grupos
principales podía alcanzar una duradera y decisiva preponderancia sobra la otra, otorgaba en especial
al rey legítimo, en apariencia igualmente distante de todos los grupos concretos, la oportunidad de
presentarse como fundador de la paz social, como el único garante de la tranquilidad y de la relativa
seguridad ante las amenazas de los rivales.
El príncipe gobierna y lo hace de un modo absolutista porque cada una de las capas en lucha
lo necesita para combatir a la otra y porque él puede enfrentar a una contra otra.
El hecho de que él, por su origen, pertenezca a uno de los grupos contrincantes –a la nobleza
–, es de considerable importancia precisamente para la estructura de la corte y para algunos
aspectos. Pero justamente por cuanto él, en cierto sentido, puede apoyarse en grupos burgueses,
deja de ser cada vez más un primus inter pares y se aleja de la nobleza.
Esta conducta típica ambivalente y la situación conflictiva que traía consigo, hace, pues,
posible por corto tiempo el establecimiento de vínculos entre los diversos grupos dirigentes aun en
contra del poder regio; sin embargo, pasado este tiempo, se aproximan de nuevo uno u otro grupo
al bando monárquico y abandonan los lazos con los restantes grupos.
El hecho de que la posición de poder de los reyes frente a la nobleza hubiera cambiado
entonces, de modo definitivo y extraordinario, en su favor y siguiese, a ojos vistas, ampliándose en
esta dirección, fue esencialmente la consecuencia de cambios sociales que estaban fuera del ámbito
de poder de los reyes o de cualquier otro hombre concreto e incluso de grupos de hombres.
Si los reyes necesitaban a la nobleza y por ello la mantenían, debían al mismo tiempo
conservarla de tal manera que su peligrosidad para el poder real fuera ampliamente neutralizada.
En primer lugar, los reyes con la ayuda de una burocracia burguesa de la monarquía,
expulsaron a la nobleza de casi todas las posiciones de la suprema judicatura y la administración.
La relación entre monarquía y nobleza fue cambiando lentamente de su forma feudal a su
manera cortesana.
Mediante la corte, y desde ella, una buena parte de la nobleza fue despojada desde entonces
de toda independencia por el rey que la mantuvo en constante dependencia y atendió a sus
necesidades.
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La creciente afluencia de medios monetarios les permitió a los reyes arrendar tropas para
hacer la guerra, ejércitos que reclutan entre las capas inferiores. Así como la estima en aumento de
la conducción de guerras basadas en ejércitos mercenarios con armas de fuego, mientras se
despreciaba el tipo tradicional de la guerra caballeresca, reducían la dependencia del señor central
de la nobleza, al tiempo que incrementaba la dependencia de esta frente a aquél.
La venta de cargos, el ascenso de la burguesía y la perdida de funciones de la nobleza.
La legitimación de la venta de cargos que Enrique IV realizó tuvo en su día razones financieras
muy determinadas, en tanto representaba una importante fuente de ingresos.
Pero, además, la legitimación fue emprendida expresamente para arrebatar a la nobleza de
un modo definitivo todo influjo en la ocupación de los cargos y para imposibilitar toda clase de
patronazgo feudal de los mismos. Así pues, también tuvo en cierto aspecto el sentido de un
instrumento de la lucha de los reyes contra la nobleza, sobre todo contra la alta.
Así, la nobleza perdió ciertamente, paso a paso, muchas de sus hasta entonces funciones en
este campo social, en beneficio de los grupos burgueses; perdió la función de la administración, de
la judicatura y en parte, hasta las funciones militares, a favor de los miembros de las capas burguesas;
aun la parte más importante de las funciones de un gobernador estaban en las manos de los
burgueses.
Apoyado en la creciente posición de poder de las capas burguesas, el rey se distanciaba cada
vez más del resto de la aristocracia, y viceversa: el rey promovía asimismo el avance de las existencias
burguesas; les abría oportunidades tanto económicas como de cargos y prestigio de la más diversa
índole, al mismo tiempo que los mantenía en jaque.
La burguesía y los reyes se elevaban mutuamente, en tanto que el resto de la nobleza se
hundía. Pero cuando las formaciones burguesas – los miembros de los tribunales supremos o de la
alta administración –avanzaban más de lo que quería el rey, éste les marcaba el alto de una manera
inflexible, como a los aristócratas.
En efecto, los reyes podían tolerar la ruina de la nobleza sólo hasta cierto punto. Junto con
la nobleza, ellos mimos hubieran perdido la posibilidad de mantener su existencia y su sentido.
El proceso de segregación y separación de la sociedad cortesana se había consumado, en
cierto modo, bajo Luis XIV. Aquí se convierten de modo definitivo los caballeros y los epígonos
cortesanos de la hidalguería en cortesanos en el sentido propio de la palabra, esto es, hombres cuya
existencia social y, no en último término, con frecuencia, también sus ingresos dependen de su
prestigio y consideración en la corte y en la sociedad cortesana.
Para las elites, la conservación de su propia existencia social privilegiada constituía un valor
en sí mismas. Lo que sucedía ente ellos con el grueso de la población, estaba demasiado fuera de su
plano de visión; a la mayoría de los privilegiados, no les interesaba.
No se podía ni siquiera romper el hielo de las tensiones sociales congeladas entre las capas
superiores que, así, finalmente rompió el torrente contenido bajo la cubierta de hielo.
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La monarquía hispana optó por la corte como forma de articulación con el aumento de reinos
que experimentó por herencia, agregación o conquista.
Semejante forma de configuración política propició una serie de características distintas a las
que tradicionalmente nos han explicado los historiadores, basadas en estructuras y en una evolución
racional progresiva hacia la construcción del estado.
La corte se componía de tres grandes áreas que constituían la «forma política» (en
terminología aristotélica) de la monarquía; a saber: el gobierno de las casas reales, el gobierno de la
monarquía (Consejos y tribunales) y los cortesanos.
La casa real no sólo constituyó el elemento originario de la corte, sino que además daba
entidad y legitimidad a la dinastía.
Por el otro, estaban los Consejos y los Tribunales, cuya racionalidad administrativa tuvo que
compaginarse con las relaciones no institucionales de otras instancias de poder.
Finalmente nos encontramos con, los cortesanos, quienes elaboraron una conducta
específica para conseguir sus propios intereses.
La casa real.
En las monarquías dinásticas, la casa real no sólo constituyó el elemento originario de los que
componían la corte, sino que además daba entidad a la dinastía y legitimidad de dominio sobre el
reino.
Desde la baja Edad Media, cada príncipe estableció su propia casa (su propia forma de
servicio) y, aunque todos ellos buscaban la originalidad que diese entidad a su monarquía, la mayor
parte de ellas tuvieron los mismos departamentos y estructuras en las que integraban a las élites del
reino en su servicio.
La casa real constituyó el elemento esencial de la corte, lo que frecuentemente ha llevado a
que determinados historiadores actuales hayan identificado ambos organismos como sinónimos.
No resulta difícil deducir que la casa real de la monarquía hispana fuera fiel reflejo de la
evolución que experimentó la corte y la propia monarquía y, por consiguiente, más que una casa
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hubiera una yuxtaposición de casas, dada su forma de organización, pues, si algo parece claro es que
la monarquía hispana optó por la corte como forma de articulación con el aumento de reinos que
experimentó por herencia, agregación o conquista.
Semejante forma de configuración política propició una serie de características que no
siempre se han tenido en cuenta, a saber: en primer lugar, la agregación y yuxtaposición de reinos
llevó consigo la multiplicidad de casas reales, dado que al ser éstas los elementos desde donde se
articulaban políticamente los reinos, al conservar su autonomía, tuvieron que mantener también sus
respectivas casas, aunque no residiese el rey.
En segundo lugar, se deduce que, cualquier cambio efectuado en las estructuras de la
monarquía, como sucedió a finales del siglo XVI y en la primera mitad del siglo XVII, ineludiblemente
afectó a la organización de las casas reales.
Finalmente, se debe advertir que los esquemas teóricos políticos, construidos sobre el
presupuesto de una racionalización progresiva del poder, como tradicionalmente han venido
haciendo los historiadores, no sirven para explicar esta evolución de la Monarquía hispana durante
la Edad Moderna y es preciso recurrir a otras teorías e ideologías más ligadas a las doctrinas filosóficas
clásicas (Aristóteles) que a revolucionarias teorías políticas.
Como es sabido, la entidad política conocida como la «monarquía hispana» se originó en la
unión de las Coronas de Castilla y Aragón a finales del siglo XV. Ambas Coronas habían estructurado
sus propias casas reales desde hacía muchos siglos y no desaparecieron ni se fusionaron cuando se
produjo la unión.
El segundo elemento que componía la corte en la monarquía hispana eran los Consejos y
tribunales.
Durante la segunda mitad del siglo XVI, el establecimiento de la residencia de la corte en
Madrid y la decisión de gobernar desde una sede fija planteó un serio problema en la articulación
interna de la monarquía, relativo al modo cómo pudieron engarzarse dos clases de instituciones en
apariencia incompatibles como eran los Consejos (instituciones con jurisdicción que racionalizaban y
centralizaban la monarquía) y otros organismos, como los virreyes, en los que predominaba más -
tanto en su nombramiento como en su actuación- las relaciones no institucionales, impregnadas de
la filosofía práctica aristotélica, que las institucionales.
El proceso de confesionalización que abordó Felipe II llevó consigo la articulación política de
la monarquía, manifestándose de manera especial en tres aspectos: en el crecimiento de la
administración; en el compromiso e identificación de la dinastía con la confesión católica y en el
control ideológico y cultural de la sociedad.
La corte representó, por excelencia, el lugar en que se hacía política, en un momento en que
el ejercicio de la política no estaba institucionalizado en las funciones, sino, más bien, en las personas
que identificaban las funciones: no se servía a la monarquía, sino más bien al rey, no se era ministro
de hacienda, sino cuidador de la casa del príncipe, etc.
Pero también, la corte era el lugar privilegiado en que se producía y se transmitía cultura, en
que se tendía a concentrar el máximo de conocimientos en todos los campos: existía un arte de corte,
que nacía y se desarrollaba en la corte, un lenguaje de corte, una moda de corte, una arquitectura
de corte, etc.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Ahora bien, tanto la política como la cultura se transmitían a través de las relaciones
personales, no institucionales (redes clientelares, relaciones de patronazgo, etc.).
La corte formó un elemento esencial en muchos debates del tiempo en torno a valores:
honor contra discreción, campo contra ciudad, cosmopolita contra patriotismo, piedad contra
espiritualidad.
IMIZCOZ BEUNZA, José María., Elites, poder y red social. Las élites del País Vasco y Navarra en
la Edad Moderna (Estado de la cuestión y perspectivas), Comunidad, red social y élites. Un
análisis de la vertebración social en el Antiguo Régimen.
En la Edad moderna, la vida social de los hombres y las mujeres estaba organizada en
formaciones colectivas que tenían una entidad muy específica, propia de lo que los historiadores han
llamado “el Antiguo Régimen”.
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El entramado social de esta sociedad era un conjunto muy plural y complejo de cuerpos
sociales o comunidades y de vínculos personales y redes sociales.
En cuanto al sistema político aparece una realidad corporativa preestatal que no se entiende
en términos de estatalidad, ni de separación de lo privado y lo público, ni de separación de la
“Sociedad” y el “Estado”, ni de unidad política o territorial.
Se trata, al contrario, de un orden político plural, caracterizado por la diversidad de cuerpos
sociales, por la realidad de poderes plurales y policéntricos, y por la yuxtaposición y la concurrencia
de los diversos poderes.
En este contexto, los hombres y las mujeres estaban adscritos por vínculos de pertenencia a
formaciones colectivas de diversa índole (casa, gremios artesanos, corporaciones de comerciantes,
comunidades religiosas, etc.), que son los elementos constitutivos del entramado social preestatal.
En efecto, aquellos “cuerpos sociales” o comunidades no eran nunca sociedades estáticas.
Por un lado, podían y de hecho solían, actuar como actores colectivos en la vida del reino. Por otro,
su campo social estaba surcado continuamente por la acción de actores individuales y colectivos
vinculados por lazos de diversa índole.
Por otra parte, la constitución específica de aquellas comunidades y corporaciones
comportaba un régimen de gobierno propio, cuya conquista o conservación era objeto de rivalidades
y analizas entre las grandes familias de los poderosos.
La articulación de aquellas comunidades venia dada en buena medida, más que por
instituciones, por vinculaciones de diversa índole entre sus elites dirigentes.
Todo el cuerpo social estaba atravesado en cada momento por aquellos lazos que vinculaban
a unas personas con otras en redes sociales o constelaciones de personas que no llegaban a constituir
“comunidades” establecidas u “organizaciones colectivas” pero no por ello eran menos reales ni
menos determinantes para la vertebración social.
Unos eran vínculos primeros, inmediatos, otros resultaban de la articulación cada vez más
amplia de los anteriores, pero unos con otros tejían la trama de una sociedad, estructuraban a los
hombres en redes de relaciones que tenían reglas de funcionamiento propias y que comportaban
generalmente una acción solidaria en el campo social.
En el Antiguo Régimen aquellos vínculos tenían una entidad específica que no tienen en las
sociedades contemporáneas.
Eran vínculos propios de una sociedad celular, vínculos estructurantes que comportaban
reglas de funcionamiento estrictas que suponían generalmente el ejercicio de una autoridad en el
ámbito propio de esa relación y que conllevaban en principio una acción solidaria en el campo social.
En general, aquellos vínculos no resultaban de una adhesión libre y revocable de los
individuos. Ya vinieran dados por el nacimiento o por otras vías de pertenencia, como los vínculos de
casa, parentesco, pueblo, etc., o ya fueran adquiridos, como los vínculos de amistad política o de
clientela, los términos de la relación y lo que ella comportaba estaban preestablecidos, eran
anteriores al sujeto y se imponían a él de una manera particularmente imperante.
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Los vínculos personales del Antiguo Régimen tenían un valor ambivalente y no solo
unidimensional.
Por un lado, eran vínculos de integración que aseguraban la supervivencia de los individuos
y por otro lado, se trata al mismo tiempo de vínculos de dominación y de dependencia. Como toda
relación entre desiguales, estos vínculos comportaban una posición de autoridad y exigían una
subordinación.
Cada vínculo se regía por unas reglas propias que gobernaban su funcionamiento colectivo.
Aquellos vínculos estaban regulados por sus propias normas (costumbres). Tratándose de vínculos y
de dependencias personales, los riesgos de arbitrio eran enormes, la autoridad estaba en manos de
particulares sin que mediasen instancias públicas, leyes y formas asociativas.
El sistema político propio de las sociedades del Antiguo Régimen era un régimen de poderes
plurales. En aquella sociedad preestatal anterior al Estado liberal, no existía una división entre lo
público y lo privado.
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Los diversos vínculos sociales que vertebraban a los hombres comportaban en mayor o
menor grado el ejercicio de una autoridad, esta autoridad era propia de cada relación, se circunscribía
a su ámbito.
En las sociedades de Antiguo régimen, en las que muchas veces más que con instituciones se
gobernaba con hombres, las redes de relaciones eran un elemento fundamental del “capital social”
y de la capacidad de acción” que los poderosos podían movilizar en su favor, eran redes de poder.
La amistad y el paisanaje.
Los conjuntos familiares que resultaban de los diversos vínculos de parentesco podían
prolongarse, a veces considerablemente, mediante vínculos de amistad política y de clientela.
La amistad supone confianza, reciprocidad e intercambio de servicios. Con valor afectivo, la
amistad cabe tanto en las relaciones entre semejantes como en las relaciones entre desiguales. Pero
FX Guerra propone reservarlo para designar el lazo entre actores de un nivel equivalente y reservar
el de la clientela para las relaciones desiguales entre personas de diferente nivel.
La amistad política como amistad “útil” se observa en particular en la relación entre personas
que ejercían cargos y que intercambiaban servicios sobre esa base. En el caso de Francia se ha
subrayado la importancia de los vínculos de amistad entre nobles para la movilización de las facciones
político-religiosas durante las Guerras de Religión.
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Más allá del círculo heredado de amistades de la familia, y más allá también de la primitiva
comunidad de origen, la amistad entre miembros de las elites podía establecerse o consolidarse por
diversos medios, alimentando una red social de amplio alcance. Algunas de las relaciones más
significativas en este sentido fueron las amistades que cuajaban en los colegios mayores y
universidades, además de las amistades militares, o las que se establecían en una carrera profesional
común.
Próximo a la amistad podemos considerar el vínculo de paisanaje, que juega un papel
relevante en la diáspora de vascongados y navarros por las tierras de la Monarquía hispánica, en la
península y en América. Sobre esta base común se constituyen muchas veces círculos de sociabilidad
específicos donde podían encontrarse y establecer relaciones con los de la tierra.
La relación de patronazgo/clientela.
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La relación patronazgo-clientela parece ser el vínculo más significativo, aunque por supuesto
no el único, de la articulación política de las monarquías de Antiguo Régimen.
Esta relación no era una corrupción del sistema político sino la propia esencia de este
sistema, la estructura más característica de una Monarquía Feudal evolucionada o “corporativa”,
caracterizada por la pluralidad de cuerpos sociales y de poderes, en la cual el rey no tenia sino un
poder “preminencial” y debía gobernar a través de mediaciones.
La Corte.
La Corte aparece como el principal centro neurálgico de poder, pero no como núcleo de
instituciones centralistas de un supuesto proceso de unificación y de nacionalización, sino como
centro inicial de las relaciones de poder entre las elites que configuraron la monarquía moderna.
A lo largo del siglo XVI, se afirmó la atracción que ejercía la Corte del soberano, mientras que
decaían las cortes de los grandes señores y el patronazgo que estos ejercían.
En este contexto, se ha señalado en Francia un proceso de centralización de las clientelas
desde el siglo XVI, que llevaría de una situación de nebulosas yuxtapuestas en torno a los grandes, a
un reordenamiento de las redes de clientes en torno al rey.
Se pasaría de un tiempo en que los grandes del reino monopolizaban los más importantes
“gobiernos” a una concentración de medios y cargos en manos del rey, lo que hacía más necesario
estar en la Corte para captar el favor real.
Mas que distribuidores autónomos, los grandes pasarían a una posición de redistribuidores
y la amplitud de sus clientelas vendría depender no tanto de su propio “crédito” en las provincias,
sino ante el rey.
La competición cortesana por el control de los recursos de la Corona debió tener, desde este
punto de vista, un doble efecto. Por una parte, a debilitar o modificar las tradicionales agrupaciones
de clanes nobiliarios y por otra, a centrar la protesta y la oposición aristocrática como parte del juego
político de la Corte.
La corte viene a ser considerada como un campo de fuerzas en pugna por el poder y la
distribución del patronazgo, aunque el rey era la fuente de la gracia que legitimaba la distribución de
los recursos de la Corona, no era un soberano omnipotente sino que debía componer dentro de ese
campo de fuerzas. Esto obligaba al soberano a una atenta labor de mediación mediante la cual se
conseguía mantener el equilibrio del sistema.
Las relaciones que iban de la Corte a los reinos, provincias, ciudades y aldeas pasaban por
una serie de mediaciones y de intermediarios. En esta articulación clientelar, el “broker” aparece
como una pieza clave de la mediación entre los grandes patronos de la Corte y los clientes de las
provincias.
El “broker” era un personaje que estaba directamente relacionado con un patrón de la Corte,
que le respaldaba y apoyaba, y de quien podía obtener ayuda para sus propios clientes, y que, a su
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vez, actuaban en su provincia o ciudad como patrón de una serie de clientes sobre los que tenia
ascendiente y a los que transmitía la influencia de su patrón.
Por otra parte, hay que tener en cuenta, al mismo tiempo, el flujo de los familiares de la elite
local que salían de su comunidad de origen para hacer carrera en el ámbito general de la Monarquía.
La mecánica de la red no solamente funcionaba a la hora de dar carrera, sino que después muchas
actividades se apoyaban en buena medida sobre aquellos vínculos. En numerosas ocasiones aparecen
unos y otros asociados en compañías comerciales, en operaciones financieras, en préstamos al
soberano, movilizando capitales sobre la base de una confianza común, etc.
Aquel funcionamiento privativo de la cosa pública, a base de relaciones, de apadrinamientos
y de intercambios de favores, no era una corrupción del sistema, sino el sistema mismo.
Así como el surgimiento de aquellas elites y su funcionamiento tuvo unas bases y un
significado en el ámbito de la Monarquía, así también tuvo unas consecuencias sociales y políticas en
el proceso de cambio de la propia comunidad de origen. En particular tuvo incidencia en el proceso
de renovación de las elites locales y de los fundamentos de su legitimidad.
PEREZ, J., La revolución de las comunidades de Castilla (1520-1521 ), Siglo XXI, Madrid, 1971, 1, Un
país en expansión, II, Los problemas económicos, III, Los polos de crecimiento, p. 26-48, 3, La crisis
(1504-1517), La burguesía dividida, p. 92-100, 6, Sociología de las comunidades, p. 452-501,
Conclusión general, p. 681-684.
BENIGNO, F., “Vientos de Fronda o la revolución antes de la revolución”, en Espejos de la Revolución.
Conflicto e identidad política en la Europa Moderna, Barcelona, Crítica, 2000, pp. 71-132
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Desde los últimos años de la década de 1690 había comenzado a formarse en el área del mar
Báltico una coalición para la revisión de la situación política generada por la posición de Suecia como
gran potencia. En ella se unieron Federico IV de Dinamarca, el rey polaco Augusto de Sajonia y el zar
Pedro I. Esto es una coalición extendida en torno a Suecia a modo de cinturón de hierro que buscaba
la ruptura del imperio del Báltico.
Los objetivos más amplios eran, sin duda, los de Rusia, dirigidos en primer lugar a asegurarse
una posición en el mar Báltico y, con ella, una participación en el siempre lucrativo comercio de la
zona, pero orientados también, por otra parte, a la apertura en general de este país hacia Occidente.
El proceso de la incorporación de Rusia a Europa, vertiginoso y con repercusiones en la historia
mundial, se hablaba en plena actividad al convenirse la alianza antisueca.
Pedro I había dado los primeros pasos hacia la modernización del país en el sentido occidental
(flota de guerra) desde el momento de asumir todas las responsabilidades del gobierno. La
europeización de Rusia pudo continuarse incluso durante la guerra y recibió un impulso
suplementario por la expansión territorial. Al concluir la guerra de los 20 años Rusia se hallaba en
posesión de todo el Báltico.
Desde la paz de Adrianopolis (1713) la cuestión fundamental fue ya el desmantelamiento
definitivo del dominio de Suecia en el Báltico, en el que ahora tomaron parte también Prusia y
Hannover, tras la finalización de la guerra de sucesión española. Hasta 1716 Suecia fue perdiendo
todas sus posesiones al otro lado del Mar Báltico, que pasaron a Rusia, la cual garantizó su situación
jurídica excepcional (religión, lengua). Es cierto que consiguió mantener Finlandia, pero perdió por
completo su posición de gran potencia Europa y de poder hegemónico en la región del Báltico.
El otro principal resultado de la guerra del Norte fue el avance de Rusia hacia el Báltico, mientras se
mantenían las estructuras legales y culturales vigentes hasta entonces en las nuevas provincias, con
lo que la europeización de Rusia, ampliamente impulsada durante la guerra, logró su conclusión
simbólica casi definitiva. Es también significativa de este proceso la renuncia de Pedro el Grande al
título de zar y la apropiación del de emperador inmediatamente después de concluir la guerra del
Norte.
Esta europeización del imperio ruso, realizada en menos de dos décadas, no pudo crear de
por sí un Estado comparable a los Estados modernos de Europa occidental. Pero sus resultados
fueron bien visibles; las denominadas reformas petrinas tendieron ante todo a una mejora del
funcionamiento de los instrumentos de poder estatal:
- La reforma del ejército, por la que, entre otras cosas, se dio a personas sin título la posibilidad de
acceder al cuerpo de oficiales.
- También la reforma de la administración, con la institución de ministerios especializados.
- La reforma estamental, finalmente fracasada, dirigida a la formación de una burguesía fuerte.
- No menos revolucionarios fueron los esfuerzos por “occidentalizar” la vida pública: la supresión de
la antigua cronología bizantina, la introducción de una escritura simplificada denominada “burguesa”,
la mejora del sistema escolar en todos los niveles y otras más cosas llevaron al imperio ruso a un
nuevo grado de desarrollo, lo que constituyó un logro histórico cuya causa fue la energía y actividad
personales de un significativo soberano.
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Los cambios en Rusia petrina fueron solo parte del proceso de transformación de Europa
centrooriental y oriental, que dio una nueva importancia a esta región en la relación de fuerzas
europeas. El ascenso de Prusia y Austria al rango de grandes potencias, origen del llamado “dualismo”
fue provocado por factores tanto endógenos como exógenos.
Este dualismo austro prusiano es un fenómeno de la época posterior a 1740. Pero los fundamentos
del proceso se pusieron en las décadas anteriores del año decisivo de la historia alemana por medio
de la consolidación de Prusia, por un lado, y por la transformación de la Austria hadsburguesa en gran
potencia.
Por lo que respecta a sus estructuras internas, los Estados territoriales alemanes se guiaron
a comienzos del siglo XVIII por el modelo francés, es decir, en imitación de la corte de Luis XIV, con
sus formas de representación y su culto al soberano. Solo un príncipe alemán se salió de este marco
y esquema, se trata del rey Federico I y de su Estado, Prusia.
El doble objetivo de este nuevo estilo de gobierno, que se había propuesto como meta final
la disciplina social de todo el pueblo, fue el saneamiento de las finanzas públicas, que en el caso de
los ingresos llegaron más que a doblarse gracias, sobre todo, al mejoramiento continuado de las
rentas patrimoniales en la época de gobierno de Federico I y, a partir de esas finanzas, la ampliación
sucesiva del ejercito.
Tras la guerra de sucesión española, este ejército, uno de los más modernos y eficaces de
Europa gracias a la baqueta metálica para cargar armas y a su gran capacidad de maniobra, encontró
su organización definitiva al introducirse la vinculación de los regimientos a un determinado distrito,
en vez del reclutamiento obligatorio vigente hasta entonces, y la utilización de listas para la leva de
jóvenes. Este sistema iba ligado agraves injusticias, pues determinados grupos de profesionales y
propietarios quedaban liberados del alistamiento y, por tanto, el mismo afectaba primordialmente a
los campesinos por consideraciones económicas y de política estamental y por la dificultad creciente
de los soldados para encontrar posibilidades de ganar algún dinero durante sus largos permisos
regulares. Al final, sin embargo, estas exhortaciones hicieron que la nobleza pasara a ser, en cuanto
“casta de guerreros”, el pilar básico de una “aristocracia militar estatalmente disciplinada” a la que
se otorgó en la sociedad una posición excepcional, por lo cual el príncipe podía contar en definitiva
con su lealtad absoluta. La nobleza se convirtió en el autentico apoyo social y político del Estado
prusiano y siguió siéndolo hasta mucho más allá del final del antiguo régimen.
La militarización de Prusia no provoco una revolución económica, es decir, un retroceso
abrupto de la producción civil a favor de la militar, pero ciertas medidas como la “ordenanza de
uniformidad” de 1714, que prescribía la utilización de paños del país para la producción de uniformes,
supusieron al menos impulsos económicos parciales, pues la cría ovina, que había descendido
fuertemente en el campo, o las pañerias de las ciudades experimentaron un nuevo auge. Pero en
conjunto, es indiscutible una clara orientación del Estado y la economía del ejército.
Si esta tesis que presenta al ejercito como rueda impulsora de la economía prusiana tiene, al menos,
una validez condicionada, la otra, según la cual la administración fue deudora de los fundamentales
afectos de modernización del ejército, es completamente acertada en el caso de Prusia. Las bases
para una organización funcionarial central y unificada se habían puesto aquí, significativamente, en
la fase del conflicto con los estamentos.
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Prusia tuvo un buen cuarto de siglo de tiempo para ocuparse de su desarrollo interno sin conflictos
en política exterior. Austria no dispuso de una fase igualmente larga para la construcción interna y
continuada de su Estado. El ascenso de Austria a la categoría de gran potencia se basó en éxitos
militares logrados a pesar de sus deficientes estructuras internas, en una ideología de Estado
eclesiástica y contrarreformita profundamente enraizada, que culminó con el lema de la “pietas
austriaca” y actuó como factor de integración, y en el hecho de que la corte vienesa diera siempre
clara preferencia a la construcción de un Estado pleno hadsburgues, por delante de la ampliación de
las relaciones y nexos con el Imperio.
El rango de gran potencia obtenido por Austria no solo era de carácter frágil por su carencia
del elemento colonias/comercio mundial, sino también porque las estructuras internas del Estado
hadsburgues habían quedado por detrás de su tiempo y de sus pretensiones políticas. El
reclutamiento militar y las finanzas seguían siendo, por ejemplo, ámbitos en los que nada funcionaba
sin la intervención de los estamentos de los números territorios particulares. El tradicionalismo
hadsburgues no se había atrevido a intervenir hasta entones de manera realmente consecuente y
constante en la autonomía estamental y había conservado las estructuras estamentales, en vez de
cuestionarlas.
Frente a Prusia, el Estado del norte de Alemania pujante, innovador y abierto a las reformas,
Austria se encontraba en torno a 1740 en una notable recesión: no había conseguido llevar a efecto
las posibilidades económicas y sociales de la monarquía global.
CAMERON, Euan, Historia de Europa Oxford: el siglo XVI, Capítulo 5, Las turbulencias de la fe.
Luteranismo y el campesinado.
En la Europa del siglo XVI, la inmensa mayoría de la población mantenía una relación
relativamente próxima con la tierra: su seguridad, sus modos de vida, y a veces su propia existencia,
dependía de la fertilidad del suelo, de la supervivencia y fecundidad de sus ganados, y de la
eventualidad de un clima benigno en determinadas épocas trascendentales del año. Por lo tanto, era
necesario tener acceso a la tierra y utilizarla sin peligro de robos, sin la presencia de ejércitos, o sin
la existencia de impuestos, todavía más onerosa.
Es por esto también que diversas comunidades y el pequeño hinterland rural veía con malos
ojos los privilegios fiscales y jurídicos del clero.
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Las ciudades medievales se veían a sí mismas como una sola comunidad sometida a Dios, no
como dos comunidades distintas, la de los laicos y la de los clérigos. De manera fortuita, pero
trascendental para la historia, se produjo un solapamiento entre sus aspiraciones y el nuevo concepto
de Iglesia y de ministerio desarrollado por Lutero.
Lutero se convirtió enseguida en un personaje público, dentro y fuera de Alemania, y diversos
grupos de personas vieron su movimiento como algo propio.
El calvinismo.
BUBELLO, Juan Pablo, El Antiguo Régimen. Sociedad, política, religión y cultura en la Edad
Moderna, Capítulo 4, Las reformas religiosas en la Europa Moderna, un estado de la cuestión.
Introducción.
La historiografía tradicional supuso un proceso de quiebre de la unidad cristiana, iniciado a
comienzos del siglo XVI en Europa, desde la formulación de la categoría “Reforma Protestante”. En
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dicho marco ciertos sucesos históricos, por caso, el Concilio de Trento35, fueron interpretados como
una respuesta a aquel proceso, calificándoselos como la Contrarreforma Católica.
Sin embargo, la historiografía posterior, a partir de numerosos estudios y el trabajo con
abundante evidencia histórica, ha superado esa vieja dicotomía Reforma-Contrarreforma.
En la actualidad, se ha demostrado que los intentos de reforma son anteriores a Lutero y que
entonces el tópico del quiebre de la fe mejor puede observarse en un marco de referencia mayor,
donde las Reformas Religiosas en Europa impusieron un nuevo escenario religioso, y político/cultural,
en todo el Viejo Continente desde, al menos, la Baja Edad Media; proceso que va a caracterizar la
cultura europea de los tres siglos siguientes al siglo XVI.
Así, abordar las aristas del debate historiográfico en torno a las Reformas Religiosas (uno de
los tópicos que define la historia europea de los siglos XVI-XVII), sin perder de vista sus ramificaciones
y derivaciones, sus particularidades nacionales (Inglaterra, Francia, España, Italia, Germania), así
como también sus aportes y debates actuales será el objetivo central de este trabajo.
35
El Concilio de Trento fue un concilio ecuménico de la Iglesia católica desarrollado en periodos
discontinuos durante veinticinco sesiones entre los años 1545 y 1563.
En este concilio se decidió que los obispos debían presentar capacidad y condiciones éticas
intachables, se ordenaban crear seminarios especializados para la formación de los sacerdotes y se
confirmaba la exigencia del celibato clerical. Los obispos no podrían acumular beneficios y debían
residir en su diócesis.
Se impuso, en contra de la opinión protestante, la necesidad de la existencia mediadora de la Iglesia,
como Cuerpo de Cristo, para lograr la salvación del hombre, reafirmando la jerarquía eclesiástica,
siendo el papa la máxima autoridad de la Iglesia.
Reafirmaron la validez de los siete sacramentos y la necesidad de la conjunción de la fe y las obras,
sumadas a la influencia de la gracia divina, para lograr la salvación, restando crédito a Lutero que
sostenía que el hombre se salva por la sola fe sin conjunción con las obras que realizase.
Los santos fueron reivindicados al igual que la misa, y se afirmó la existencia del purgatorio.
Se reinstauró la práctica de la Inquisición. Establecida en España en el año 1478, se propagó por varios
países europeos bajo la denominación de Santo Oficio, que usó la tortura para obtener confesiones,
la cual era practicada por el poder civil y era bien vista en la época. Si ese método no daba los
resultados esperados, de arrepentimiento del hereje, este quedaba en manos del poder civil, que lo
condenaba generalmente a la muerte en la hoguera. El protestantismo debió soportar la Inquisición
en varios países, pero fue principalmente efectiva para con ellos en España, Italia y Portugal.
Aunque no consiguió reunificar la cristiandad, el Concilio de Trento supuso para la Iglesia Católica
una profunda catarsis.
Desde un punto de vista doctrinal, es uno de los concilios más importantes e influyentes de la historia
de la Iglesia Católica.
Por otro lado se abordó la reforma de la administración y disciplina eclesiásticas. El concilio eliminó
muchos abusos flagrantes, como la venta de indulgencias o la educación de los clérigos, y obligó a los
obispos a residir en sus obispados, con lo que se evitó la acumulación de cargos.
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Sucedió que la historiografía católica germana del último tercio del siglo XIX comenzó a
polemizar con esa distinción rankeana. Se enfatizó en su generalización y se consideró que los
cambios en la Iglesia de Roma no habían sido meramente respuesta al desafío protestante iniciado
por Martín Lutero.
36
El término de Paz de Westfalia se refiere a los dos tratados de paz, firmados el 15 de mayo y 24 de
octubre de 1648, con los cuales finalizó la guerra de los Treinta Años en Alemania y la guerra de los
Ochenta Años entre España y los Países Bajos.
La Paz de Westfalia dio lugar al primer congreso diplomático moderno e inició un nuevo orden en
Europa central basado en el concepto de soberanía nacional.
En Westfalia se estableció el principio de que la integridad territorial es el fundamento de la existencia
de los estados, frente a la concepción feudal, de que territorios y pueblos constituían un patrimonio
hereditario. Por esta razón, marcó el nacimiento del Estado nación.
Este tratado supuso la desintegración de la república cristiana y el imperialismo de Carlos V, y además
se propugnaron principios como el de la libertad religiosa "inter estados". Así, cada Estado adoptaba
como propia y oficial la religión que tenía en aquel momento, lo cual es visto como una concesión
católica a los nuevos cismas que, como origen político, habían roto Europa.
La Paz de Westfalia supuso el fin de los conflictos militares aparecidos como consecuencia de la
Reforma Protestante y la Contrarreforma. Desde los tiempos de Martín Lutero, las guerras europeas
se desencadenaban tanto por motivos geopolíticos como religiosos. Tras la Paz de Westfalia, la
religión dejó de ser esgrimida como casus belli. A pesar de las disposiciones que intentaban una
convivencia religiosa, la intransigencia obligó en la práctica a exiliarse a los que no adoptaban la del
gobernante.
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Uno de los pioneros en defender la nueva visión fue el historiador alemán Ludwig von Pastor
(1854-1928), que acuñó el término Restauración Católica, enfatizando que la Iglesia romana también
había tenido su propio impulso renovador.
En los albores del siglo XX, el debate se fue profundizando y diversificando.
Entre 1904 y 1905, Weber (1864-1920) publicó La Ética Protestante y el Espíritu del
Capitalismo. Entre los temas abordados para establecer los vínculos históricos entre esa ética
específica y el sistema capitalista, enfatizó la cuestión de la disciplina religiosa. Así, emergió el asunto
de la rigurosa conducta moral de las comunidades autogobernadas protestantes en comparación con
las iglesias tradicionales. La racionalidad moderna y el ascetismo interiorizado eran dos de las
características más importantes de estos grupos protestantes.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el jesuita e historiador alemán Hubert Jedin (1900-
1980), propuso una nueva distinción: Reforma Católica y Contrarreforma.
Subrayó que la renovación del catolicismo durante los siglos XVI y XVII se dividía entre, por
un lado, la corriente espiritual reformadora iniciada en Italia y España y que afectó a Trento (la
llamada “Reforma Católica”), y, por otro, el impulso reafirmador ante el desafío protestante encarado
tras aquel mismo Concilio (la “Contrarreforma”).
Aunque enfatizaba esa diferencia sustancial, consideró de todas formas que, desde el punto
de vista histórico, ambos procesos debían ser abordados en unidad.
Tanto el concepto de Reforma Católica como el de Contrarreforma suponen la reforma como
designación histórica de la escisión de la fe y de la Iglesia por obra del protestantismo.
En palabras de Jedin, la denominación de Reforma Católica es preferente porque evita la
expresión Reformation, no exenta de reparos, pero universalmente aclamada para designar la
reforma protestante
Por otra parte, indica la continuidad de los esfuerzos de renovación de la Iglesia de los siglos
XV a XVI, sin excluir, como la designación de «restauración», los nuevos elementos surgidos y el influjo
de la escisión protestante en el auge del movimiento.
Pero necesita ser complementada por el concepto de Contrarreforma, pues la Iglesia
internamente renovada y fortalecida después del concilio de Trento, pasa en efecto al contraataque
y recupera terreno perdido.
Ambos conceptos poseen su justificación, pero no designan movimientos separados, sino
compenetrados entre sí. Sólo unidos, pueden tener validez de época histórica los dos conceptos de
Reforma Católica y Contrarreforma.
Así, esta interpretación marcó otro umbral importante en el marco de un debate que ya
contaba casi siglo y medio de antigüedad.
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La Reforma Radical.
37
Ignacio de Loyola (1491-1556) fue un militar y luego religioso español, surgido como un líder
religioso durante la Contrarreforma. Fundó la Compañía de Jesús.
38
La Compañía de Jesús, miembros son comúnmente conocidos como jesuitas, es una orden religiosa
de clérigos regulares de la Iglesia católica fundada en 1534 por el español Ignacio de Loyola.
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Ahora bien, regresando al debate central, un giro importante aconteció en el mundo de los
estudios de habla germana en la segunda mitad de la década de 1970 y la primera mitad de la
siguiente, cuando se propuso el concepto de Confesionalización retomando la antigua cuestión
weberiana del “disciplinamiento social”.
En 1977, el historiador alemán Wolfgang Reinhard, desde un enfoque histórico-social,
rechazó la antítesis Reforma/Contrarreforma para comprender la historia de institucional de la iglesia
de los siglos XVI-XVII.
Partiendo de la premisa de que lo religioso y la política estaban indisolublemente ligados
antes del siglo XVIII, propuso una mirada amplia para conceptualizar toda esa etapa, proponiéndola
definir como una era “confesional” que afectaba lo social y lo político en toda Europa y al mismo
tiempo.
Es decir, el surgimiento de las confesiones religiosas y la formación de los tempranos estados
modernos estaban históricamente interconectados.
La confesionalización podía considerarse la primera fase de la creación de los estados
absolutos en tanto todas las iglesias, con independencia de sus marcos teológicos o conflictos
religiosos, comenzaron a ocuparse del disciplinamiento social de sus respectivos fieles.
Esto supuso varias estrategias: discriminar la convicción teológica por medio de acuerdos
doctrinales que terminaran con las incertidumbres dogmáticas; practicar e imponer estos acuerdos;
expandir propaganda teológica y censuras merced a catecismos, sermones, procesiones,
peregrinaciones; suprimir minorías y reducir contactos con el exterior; fortalecer la coherencia
interna del grupo; confesionalizar la lengua –por ejemplo, entre los católicos abundaron los nombres
de santos.
En esta senda -y en clara discusión con la antigua tesis de Max Weber-, había de enfatizarse
que el catolicismo podía ser visto también como otro de los vectores de la modernidad.
De esta forma, el carácter reaccionario y antimoderno que sugería para la Iglesia tridentina
el término Contrarreforma debía quedar superado, en la medida en que podía abordarse ahora, por
ejemplo, el ímpetu modernizador y racionalizador impulsado, por caso, por la orden jesuítica dentro
del universo católico-romano.
Conclusiones.
El proceso de “Reformas religiosas” de los siglos XVI-XVII es uno de los problemas centrales
del período moderno, cuyos antecedentes históricos pueden rastrearse varios siglos hacia atrás y
cuyos alcances pueden ser, asimismo, vislumbrados todavía hoy en nuestro horizonte cronológico.
De ahí, la gran relevancia que le han otorgado siempre los historiadores modernistas.
Ahora, más allá de las definiciones (un quiebre de la fe –o, también, quizás es pertinente la
expresión ruptura de la cristiandad occidental); es claro que el tema ha generado gran controversia
historiográfica entre los especialistas, hecho que se manifiesta en la extensa producción en trabajos
de investigación de alta calidad acumulados hasta la fecha.
197
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
UNCAL, Lucía, El Antiguo Régimen. Sociedad, política, religión y cultura en la Edad Moderna,
Capítulo 5, Debates en torno al concepto de cultura popular en el Antiguo Régimen.
Introducción.
198
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La mirada marxista.
Dos serán los puntos en que se hace hincapié, la discusión sobre la homogeneidad cultural y,
en este sentido, la invisibilización de las relaciones de dominación, ocultas por el folklorismo.
Comienza a contraponerse a la cultura dominante u oficial, otra “subalterna” o “popular”, dentro de
la cual se resaltan los elementos contestatarios.
Thompson sitúa la cultura popular dentro de un marco materialista, de unas determinadas
relaciones sociales de poder y de explotación, discutiendo con las posiciones más consensualistas de
la antropología ven a la cultura como un sistema.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Este autor prefiere usar el término de cultura plebeya, entiendo a la misma como una cultura
peculiar y propia del pueblo, es decir, de los campesinos, los trabajadores de oficios, aquellos sujetos
sometidos a relaciones de explotación.
Thompson la describe como conservadora en sus formas, pero no en sus contenidos o
significados. En este sentido, oscila entre la innovación y la tradición, por lo que tiene un carácter
dual, es conservadora a la vez que rebelde.
Alrededor de los años 60, la antropología social y sus referentes irrumpen en la discusión
historiográfica.
Plantean una nueva visión de la cultura, pensándola, ante todo, como propia de los sujetos
en tanto pertenece a un sistema simbólico o a un juego de significados e interpretaciones específico,
que tienen sentido en un contexto particular.
En este sentido, la cultura no es esencialista, se construye y se interpreta, y se ha definido de
manera amplia para abarcar distintas categorías como lo oral, lo cotidiano, las costumbres, los
valores, los símbolos.
La cultura se constituye como redes de significados creados por el hombre que son públicas,
es decir, compartidas.
Así, las expresiones culturales no son abordadas como elementos funcionales, sino que
manifiestan la manera en que los hombres imaginan su sociedad ya que, a cada paso, los sucesos
aportan significado cultural que ha sido generado de manera creativa.
200
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
39
Friuli es una región histórica y geográfica del N.E. de Italia.
201
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
(la cultura popular) que se advierte sólo a través de documentos fragmentarios y deformantes,
procedentes en su mayoría de los “archivos de la represión”.
Guinzburg plantea un estudio de la cultura popular alejado de una concepción de la cultura
como un ente homogéneo y común a todos los sujetos subalternos preindustriales (campesinos,
artesanos, marginales). Propone en cambio la delimitación de un campo que deberá incluir en su
seno análisis particularizados.
Burke
Otro de los autores influidos tanto por la antropología cultural como por Bajtín es Peter
Burke. Este autor aboga por una concepción histórica y constructivista de la cultura, y la define como
el sistema de significados, actitudes y valores compartidos, así como de formas simbólicas a través
de las cuales se expresa o encarna.
A pesar de caracterizar “lo popular” desde una calificación negativa (lo no oficial), concibe la
existencia de culturas y subculturas.
A su vez, identifica actores intermediaros entre las diferentes culturas y subculturas, así como
actores biculturales, enriqueciendo los sentidos de los movimientos culturales.
Burke propone pensar la pluralidad dentro de lo popular, es decir hablar de culturas
populares (la de las mujeres, de los jóvenes, urbana o rural, etc.). Estas culturas se pueden concebir
como subculturas, es decir, siempre en relación con las otras, más o menos autónomas o
dependientes. Así, propone estudiar las dos esferas, la erudita y la popular, atendiendo no solo a lo
bicultural, sino a todo el conjunto, pensando en las relaciones ascendentes y descendentes.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
como una construcción móvil, inestable y conflictiva, que incluye las prácticas sin discurso, las luchas
de representación y los efectos performativos de los discursos; la apuesta por la relación
interdisciplinaria (tomando como principales fuentes/colaboradores a la antropología y a la crítica
literaria); la aproximación al objeto, desde los estudios de caso.
La pregunta esencial radica en los procesos de producción de significado de los individuos,
pensando en cómo éstos se apropian de los elementos culturales y los transforman.
En este sentido, la forma en que los actores sociales dan sentido a sus prácticas está
determinada por la relación entre la capacidad de creación de los sujetos, individuales o colectivos,
y el contexto de relaciones de poder donde se ubican.
La producción de significado está condicionada por lo que se permite decir, pensar o hacer.
Si la NHC se propone pensar la construcción de significado, debe enmarcarse en la tensión
entre lo que los sujetos pueden crear y entre las convenciones que les indican lo que les es posible
hacer.
En este sentido, las manifestaciones culturales no son inmutables ni universales y son objeto
de luchas sociales que disputan su jerarquización, su legitimación.
Conclusiones.
Vale la pena cerrar con un esquema de cuáles podrían ser los aspectos que hay que tener en
cuenta para pensar la cultura popular como una herramienta para abordar la historia del Antiguo
Régimen.
Por un lado, atender a las diferenciaciones dentro de la cultura, es decir, no pensar en
unidades culturales homogéneas y únicas, sino en subsistemas, subculturas, culturas en plural. En
este sentido, cabe superar el esquema binario de la “cultura docta versus la cultura popular”
autónoma y contestataria, así como la idealización de esta última como una tradición pura y perdida.
El desafío será no identificar a la cultura popular con sus rasgos emergentes o sus
producciones (artesanías, bailes), sino pensarlo desde un concepto de cultura propio que incluya
sujetos activos, productores de significado, de sistemas lógicos, de símbolos, que, antes que nada, se
hallan inmersos en un contexto de relaciones asimétrica con otros.
El concepto de cultura popular es desafiante, sus vestigios escurridizos nos lo recuerdan a
cada rato.
Sin embargo, es uno de los caminos más ricos para insertarnos en ese universo de difícil
acceso que es la realidad de los sujetos que no han podido dejar un registro propio de su existencia.
Comprender sus ideas, sus prácticas, sus representaciones del otro, entenderlos en sus más
profundas simbolizaciones de su mundo y de ellos mismos, es una entrada privilegiada a todo ese
conjunto de experiencias que constituyen el Antiguo Régimen.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
En su mayoría, los pensadores medievales dieron por sentado que el regnum y sacerdotium
formaban jurisdicciones complementarias dentro de la republica christiana, por lo que los conceptos
políticos y religiosos se entretejían sutilmente.
En el siglo XVI, en los dos grandes impulsos del protestantismo y el humanismo hallamos las
fuerzas vitales e intelectuales que disolvieron el enfoque común logrado por el espíritu medieval.
Cada uno a su modo, procuraron elaborar una teoría política más autónoma y mas nacional
en su orientación
Por un lado, la contribución de Lutero y los primeros reformadores protestantes consistió
en despolitizar la religión, por el otro, la de Maquiavelo y los humanistas italianos influyó en
desteologizar la política. Ambos bandos sirvieron a la causa del particularismo nacional.
El impulso tendiente a desprender los elementos políticos de los modos religiosos de pensar
se originó, en primera instancia, en la ferviente convicción de Lutero en el sentido de que “la palabra
de Dios, que enseña la libertad plena, no debería ni debe ser limitada”.
Eventualmente, esta búsqueda de lo “real” en la experiencia religiosa llevo a Lutero a
oponerse tenazmente a los que consideraba los dos enemigos principales de la autenticidad religiosa:
la estructura de poder de la Iglesia medieval, organizada jerárquicamente, y las sutilezas, igualmente
complicadas, de la teología medieval.
En ambos terrenos, el impulso fundamental de Lutero era hacia la simplificación: la verdad
pura seria descubierta eliminando las complicaciones artificiales acumuladas con el tiempo.
Su ataque principal estaba dirigido contra el eclesiasticismo y el escolasticismo; es decir
contra una estructura eclesiástica cuyo principio jerárquico y complicaciones temporales habían
dejado una huella profundamente política de la vida de la Iglesia y contra un modo de pensar que
había quedado imbuido de matices políticos, se oriento a reducir los elementos políticos.
Lutero logró crear un vocabulario religioso libre, en gran medida, de categorías políticas. Sin
embargo, este pensamiento religioso despolitizado ejercería una profunda influencia sobre la
posterior evolución de las ideas políticas; en cambio las formulaciones del catolicismo, más
densamente políticas, ejercieron escaso efecto, salvo a través de la hostilidad.
Lutero elaboró, además, un importante conjunto de ideas políticas sobre la autoridad, la
obediencia y el orden político, tan íntimamente relacionadas con sus creencias religiosas, que indican
la conclusión de que sus ideas políticas presuponían, de modo peculiar, sus creencias religiosas.
La forma de su pensamiento político fue determinada, en gran medida, por la finalidad básica
de reconstruir la doctrina teológica. Sin embargo, como una consecuencia de la destrucción crítica
que acompañó a este intento de despolitizar las categorías religiosas, tuvo importantes
repercusiones políticas. Esto tendría vastos efectos ya que la precondición necesaria para la
autonomía del pensamiento político era que este se hiciera más verdaderamente “político”.
La autonomía del pensamiento político acompaño a la autonomía del poder político nacional,
desembarazado ahora de los frenos impuestos por las instituciones eclesiásticas medievales.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Mientras Lutero puso sus esperanzas en un concilio eclesiástico como agente de la reforma,
el gobernante secular quedo reducido a una importancia secundaria; pero al quedar cerrado este
acceso a la reforma, la elección quedó automáticamente limitada al gobernante secular.
Alcanzada esta etapa, fue abandonada la idea de la Iglesia como una societas perfecta; ahora
se consideraba que la revitalización de su vida espiritual dependía de un agente externo. En otras
palabras, al hacerse menos política conceptualmente, la Iglesia de Lutero se hizo cada vez más
política en su dependencia respecto de la autoridad secular.
Mientras Lutero adhirió a una posición conciliarista, y mientras atribuyo alguna utilidad al
papado, el carácter revolucionario de su teoría sobre la Iglesia permaneció atenuado. Pero en cuanto
rompió con el Papa y el concilio, la doctrina del “sacerdocio de todos los creyentes” asumió
importancia fundamental, y la concepción luterana de la Iglesia se hizo más clara.
Su insistencia en el poder secular debe ser considerada como producto del radicalismo
antipolítico de sus convicciones religiosas, que al asignar derechos exclusivos sobre lo “político” a los
gobernantes temporales, y al minimizar el carácter político y poder eclesiástico de la Iglesia, abrió el
camino a un monopolio temporal sobre todo tipo de poder.
Cuando se capta esto, se hace más comprensible el dilema posterior de Lutero; los poderes
seculares, cuya ayuda había invocado en la lucha por la reforma religiosa, comenzaron a asumir la
forma de un aprendiz de brujo que amenazaba a la religión con un nuevo tipo de control institucional.
La debilidad institucional de la Iglesia no le permitía competir con el poder secular racionalizado por
Lutero (Iglesia territorial).
La jerarquía eclesiástica.
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Según la teología luterana, la suprema vocación del hombre era prepararse para el libre don
de la gracia de Dios. La experiencia religiosa se situaba alrededor de una comunicación personal entre
el individuo y Dios. Las buenas obras eran por consiguiente vanas si no estaban informadas por la
gracia santificadora de Dios.
De modo similar, los ministerios de una jerarquía eclesiástica y todo el sistema sacerdotal
eran tan inútiles como peligrosos, no hacían más que multiplicar los intermediarios entre Dios y el
hombre, y suscitaban la inferencia de que existía un sustituto para la fe.
En suma, todo lo que se interponía entre Dios y el hombre debía ser eliminado; los únicos
mediadores verdaderos eran Cristo y las Escrituras.
Intelectualmente, tomó la forma de un rechazo casi total de la tradición filosófica medieval,
el cual fluía de la profunda convicción de que siglos de filosofía habían influido la desnaturalización
del significado de las escrituras y en el respaldo a las pretensiones del papado; reclamo un retorno a
la sabiduría sin adornos de la Biblia y la Palabra de Dios.
Lutero contrapone su teoría de los sacramentos a la sostenida por Tomás de Aquino. Este
último afirmó que los sacramentos debían ser entendidos como algo más que un signo o un símbolo,
eran una forma de poder que imprimía a quienes lo recibían determinado carácter, la gracia que
informaba al alma era un gracia infusa.
La naturaleza del poder de los sacramentos tenía además importante influencia sobre la
función de los sacerdotes, la gracia sacramental queda así restringida a una gracia sacramental y solo
esta justifica a los hombres.
En la concepción luterana, en cambio, estos aspectos políticamente sugestivos fueron
abandonados. La gracia no era algo administrativo o infundido por el poder impersonal de un
intermediario, era el libre don de Dios, la promesa de perdón y la reconciliación al pecador
arrepentido. Al insistirse en la justificación por la fe, el elemento de poder en los sacramentos
disminuyó en importancia, y los tintes políticos quedaron prácticamente eliminados.
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bien algo más estimulante y ominoso a la vez: una igualdad de mutua subordinación, donde “nadie
debe ser superior del otro, sino su inferior”. El sacerdocio no denotaba poder ni autoridad, sino cargo,
es decir, una función definida.
Esto significaba la transformación del sacerdote medieval en un ministro, un agente que
administraba, exponía y explicaba la Palabra de Dios. A diferencia del sacerdote, el ministro no podía
recurrir a las misteriosas fuentes de la autoridad eclesiástica, sino derivaba del consentimiento de los
pares.
De esto se desprendía la exigencia luterana de que fuera derribado el “segundo muro” que
simbolizaba la pretensión papal de ser intérprete definitivo de la doctrina. Lutero proponía una
“democracia” que enfrentaba la “fe sencilla” y sin complicaciones del pueblo con las sutilezas de los
teólogos, y afirmaba tanto el derecho como la capacidad de la congregación para juzgar las
enseñanzas religiosas.
Las únicas restricciones que actuaban sobre el gobernante, aparte de las de su propia
conciencia, provenían de las exhortaciones de los ministros; desde que los ministros ya no hablaban
como representantes de una poderosa institución eclesiástica, la eficiencia de esta restricción seria
problemática.
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Autores más recientes criticaron con frecuencia a Lutero por promover la causa del
absolutismo político. En realidad, Lutero sostuvo con firmeza el derecho de los cristianos a reprobar
los excesos de los príncipes.
Si buscamos la debilidad fundamental del pensamiento de Lutero, la hallaremos en su
incapacidad de evaluar la importancia de las instituciones. Su obsesión respecto de la sencillez
religiosa lo condujo a ignorar la función de las instituciones religiosas como frenos políticos.
DEDIEU, Jean-Pierre., Inquisición española, poder político y control social, Capítulo 1, Los
cuatro tiempos de la Inquisición, Capítulo 7, El modelo religioso: las disciplinas del lenguaje y
de la acción, Capítulo 8, El modelo religioso: rechazo de la reforma y control del pensamiento
y Capítulo 9, El modelo sexual: la defensa del matrimonio cristiano.
40
El término Inquisición o Santa Inquisición hace referencia a varias instituciones dedicadas a la
supresión de la herejía mayoritariamente en el seno de la Iglesia católica.
La Inquisición española o Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición fue una institución
fundada en 1478 por los Reyes Católicos para mantener la ortodoxia católica en sus reinos.
La Inquisición española tiene precedentes en instituciones similares existentes en Europa desde el
siglo XII, especialmente en la fundada en Francia en el año 1184.
No hay unanimidad acerca de los motivos por los que los Reyes Católicos decidieron introducir en
España la maquinaria inquisitorial. Los investigadores han planteado varias posibles razones:
El establecimiento de la unidad religiosa. Puesto que el objetivo de los Reyes Católicos era la
creación de una maquinaria estatal eficiente , una de sus prioridades era lograr la unidad religiosa .
Además, la Inquisición permitía a la monarquía intervenir activamente en asuntos religiosos, sin la
intermediación del Papa.
Debilitar la oposición política local a los Reyes Católicos. Ciertamente, muchos de los que en
la Corona de Aragón se resistieron a la implantación de la Inquisición lo hicieron invocando los fueros
propios.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
De 1480 a 1820 el objetivo siguió siendo el mismo: destruir a la herejía. Hubo constancia en
los propósitos, es cierto, pero también se dio una constante adaptación a las condiciones del
momento, a las condiciones locales.
Los tribunales reorientan su acción, readaptan sus medios en función de las circunstancias,
en función de las directrices de los grupos de poder en diálogo constante con la Iglesia, el Estado, los
grupos de presión locales y nacionales, vigilando las grandes corrientes de pensamiento que recorren
Europa.
El autor lo que se propone es entonces, acentuar esa diversidad.
En primer lugar, encontramos niveles de actividad muy diferente según las épocas.
Durante el siglo XVIII encontramos tres o cuatro procesos anuales, en los años buenos; 30 en
la primera mitad del siglo XVII; 200 a mediados del siglo XVI; y cerca de 50 en un solo año en 1490.
Se ve un ritmo muy marcado, que se acentúa en los primeros tiempos y en los años centrales
del siglo XVI, y de modo relativo, en los años centrales del siglo XVII.
No se pretende de esta manera medir las variaciones del conjunto de la actividad
inquisitorial, ya que se sabe que las causas de fe no son más que una parte, que el tribunal juzga
además las causas criminales donde están mezclados sus agentes, que hace investigaciones de
sangre, pero que también previo pago y actuando una agencia semipública, controla la difusión de
los escrito, sobre todo: que influye así sobre múltiples aspectos de la vida española que no reflejan
necesariamente las causas de la fe.
Ocurre que los objetivos evolucionaban profundamente y que bajo el nombre de herejías se
colocaron, según las épocas, cosas muy diferentes.
Ante todo, los delitos clásicos: judaísmo y mahometanismo (signos de no asimilación en la
sociedad dominante), luego viene el protestantismo y los alumbrados.
Delitos: “palabras heréticas” (blasfemia), bigamia, hechicería.
Ciclos.
209
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De la crueldad al acomodamiento.
Primero la crueldad de las penas: se podía quemar a cuatro tipos de herejes: los que
rehusaban a denunciarse, los que recaían en la herejía, los sospechosos huidos, los sospechosos
difuntos.
Estas condenas caían sobre comunidades poco numerosas, familias debieron ser aniquiladas
ya que este era un tribunal que no tenía mucho tiempo ni para cuidar el detalle ni para estudiar a
fondo cada estudio.
Muy pronto se hicieron esfuerzos para garantizar un desarrollo más regular de los procesos,
con una justicia más informada se ve en la marcha de los procesos, los interrogativos se hacen más
precisos dando un verdadero algoritmo del trabajo inquisitorial.
Todo esto no tenía como único fin dar garantías al acusado, sino de hacer más eficaz el
trabajo del tribunal, de desentrañar mejor la culpabilidad del inculpado.
Se ha visto en los Inquisidores esperar hasta último momento algún gesto mínimo de
arrepentimiento antes de quemar, tal vez todo es parte de una fuerte propaganda publicitaria.
No es para tildarla de tolerante y dulce, pero tampoco darle las descripciones más
aterradoras. Todo dependió del contexto.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Esta ola de fondo desborda en el plano inquisitorial donde se refleja. Nada de revolución,
nada de cambios bruscos, sino un prestigio nuevo para el Oficio, que se transforma en clave de
bóveda de la reconquista católica interior de España.
Algunas novedades en su acción: un considerable reforzamiento del control ideológico, a
través de los libros, los pensadores y esos grandes educadores del pueblo que son los miembros del
clero.
La blasfemia41 .
El sacrilegio.
El sacrilegio entendido como injuria material hecha a los objetos sagrados, da poco trabajo
al Santo Oficio. Los casos son muy variados en cuanto a su gravedad y a las sentencias que resultan
de ellos.
La inquisición sabe que la represión por feroz que sea no conduce a ningún resultado
duradero, se trata más bien de aprovechar el delito para corregir al delincuente gracias a una
penitencia cuidadosamente dosificada en función de su responsabilidad y sobre todo para educar a
otros.
41
Palabra o expresión injuriosa que se dice contra Dios o las cosas sagradas.
211
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La historia se trata de una mujer que denuncia a otra porque esta había dicho que el Santo
Padre firmaba muchas cosas sin saber exactamente qué es lo que se hacía en su nombre.
Es detenida pero solo es condenada a penitencia con una mordaza en la boca.
En el análisis real de su vida, era una mujer francesa que había sido echada de un convento
por no tener dote, y entre mil peripecias más termina en Toledo, donde enseña a leer con clases
pagas por la mañana y gratis por la tarde, pero no sin dificultades y agresiones por parte de los frailes
franciscanos.
Además, se pelea con las mujeres por parlotear en la Iglesia hasta llegar al punto de ponerse
un cartel prohibiendo que la molesten. Es entonces que se comporta de una manera que no se ajusta
a un personaje social.
La Inquisición no permaneció con los brazos cruzados antes las ideas religiosas populares,
sino que intento transformarlas profundamente. Pero era de lo ato desde donde debía de venir esa
transformación, siempre bajo control de la institución, no de la base.
Los lazos políticos entre España y el norte de Europa mediante Carlos I desempeñaron un
papel importante en la historia del protestantismo español.
En 1520 muchos españoles fueron a los Países Bajos siguiendo a la corte y estuvieron
presentes en la Dieta de Worms42 cuando el reformador proclamó abiertamente la ruptura contra el
papa y los concilios. Numerosos cortesanos sintieron despertarse su curiosidad y trajeron al país
libros y recuerdos. El veneno penetraba en España y fue recibido sin odio.
Los marranos de Amberes constituyeron, tal vez, una segunda etapa. Para ellos, Lutero era
el enemigo del Santo Oficio. En todo caso corrió el rumor de que se aprestaban a inundar la Península
con estos libros: ésta fue la primera manifestación de un mito que habría de durar, hasta la Santa
Sede se alarmó. En 1521 el cardenal Adriano publicó el 1° edicto inquisitorial contra el heresiarca:
prohibía leerlo en cualquier lengua.
No se podía ser más claro, las comunidades estaban causando estragos. Había que olvidar los
proyectos de suprimir la Inquisición que un momento parecieron posibles. Se redescubrió que el
orden religioso estaba amenazado, que formaba una unidad contra el orden político. De golpe se
42
La Dieta de Worms fue una asamblea de los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico llevada
a cabo en Worms del 28 de enero al 25 de mayo de 1521. Fue presidida por el recién nombrado
emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico.
El aspecto históricamente más relevante de la Dieta fue la comparecencia de Martín Lutero, quien
fue convocado para que se retractara de sus famosas tesis. Del 16 al 18 de abril, Lutero habló delante
de la asamblea, pero en vez de abjurar, defendió con energía su actitud protestante.
El año anterior, el papa León X había emitido la bula Exsurge Domine, exigiendo que Lutero se
retractara de 41 de las 95 tesis en las que criticaba las prácticas y costumbres de la Iglesia católica.
Posteriormente lo excomulgó.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
creó el esquema que iba a dominar las relaciones entre protestantismo e Inquisición: por un lado, el
Estado, por otro los enemigos del Estado y la fe.
La prohibición de 1521 fue insuficiente. Grupos relativamente importantes intentaron vivir
un cristianismo más interiorizado, más personal. Numerosos hombres y mujeres cultos estaban a la
escucha de las novedades que procedían del norte: Lutero como Erasmo suscitaban curiosidad. Pero
el luteranismo siguió siendo una preocupación relativamente lejana, en proporción a su influencia en
el país.
Hacia 1522-23 los alumbrados –Isabel de la Cruz y Alcaraz- son influidos por las ideas de
Lutero sobre el libre albedrío. También entonces se persigue a los alumbrados. La doctrina de los
alumbrados no era luteranismo, pero el dejamiento en virtud del cual la voluntad humana se
abandona a la voluntad divina hasta la aniquilación, puede aproximarse.
Las medidas represivas se suceden, animadas por la Santa Sede, que incluso da jurisdicción
a los obispos sobre esta materia
Entre 1540 y 1550 nos encontramos con un nuevo endurecimiento, en el 49 se revocan todas
las autorizaciones para leer libros prohibidos dadas anteriormente
En España viven algunos luteranos, en su mayor parte artesanos y comerciantes extranjeros,
otros más numerosos, sobre todo los notables, están vagamente al corriente de sus doctrinas y se
apoyan en ellas cuando la discusión se acalora. Pero no parece en absoluto que el protestantismo
sea una preocupación cotidiana del país. Es la inquisición quien se va a encargar de dárselo a conocer.
El trueno de 1558-1559.
El año 1558 es el momento en que los dos soberanos más poderosos de Europa deciden
acabar con el protestantismo en sus Estados.
Hacia 1555 todavía hay calma, en 1553 los inquisidores de Toledo exponen al consejo las
líneas directrices de su acción mencionan a judaizantes, moriscos, blasfemos, alumbrados, pero ni
una sola palabra de luteranos
1557 y 1558 fueron los años de inflexión, cuando descubrieron núcleos protestantes en el
interior del mismo país. La máquina inquisitorial demostró en esta ocasión su eficacia y el punto de
perfección al que había llegado.
Represión y propaganda.
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El caso toledano.
A partir de 1570 los autos de fe espectaculares contra los reformados se hacen poco
frecuentes en España.
El pueblo español está vacunado y cualquier desviación pseudo luterana provoca frenéticas
reacciones de rechazo. A finales de siglo este sistema mental está tan afianzado que cabe permitir
una cierta tolerancia hacia los protestantes extranjeros, cosa que la situación política aconseja.
En 1597 los hanseáticos son autorizados a ir a los puertos españoles, en 1605 les toca el turno
a los ingleses, luego en 1612 zelandeses y holandeses. Se instaura así una tolerancia más amplia y
más informal.
La Inquisición tardó en interesarse por él. Fue contra los luteranos contra quienes se pusieron
en marcha los primeros dispositivos específicos de control de la producción escrita en las
universidades; fue contra ellos contra quienes se redactaron en 1540 las primeras listas de obras
condenadas. Fue entre 1550 y 1560 cuando el libro se convirtió en una preocupación de primer
orden.
En 1554, Carlos I y Felipe II deciden que solo el Consejo real podrá otorgar licencias de
impresión. La Inquisición no se ocupaba de censura previa: eso era asunto del estado, que disponía
de los instrumentos apropiados.
Hay tres posibles decisiones desde que se decide intervenir un libro: que la decisión sea
favorable, que sea condenada, o que ciertos pasajes sean juzgados. Se observan dos cosas: por una
parte los esfuerzos que se hacen para obtener la censura más imparcial posible, por otro los
43
El auto de fe era un acto público organizado por la Inquisición en el que los condenados por el
tribunal abjuraban de sus pecados y mostraban su arrepentimiento —lo que hacía posible su
reconciliación con la Iglesia católica— para que sirvieran de lección a todos los fieles que se habían
congregado en la plaza pública o en la iglesia donde se celebraba.
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calificadores son frailes, provistos de títulos brillantes y sus decisiones son dadas a conocer al público
mediante edictos.
Son particularmente peligrosos los libros de hechicería y magia, los que traten cosas sagradas
de manera demasiado humana, obras en alemán. Todo es obra colectiva de los mayores intelectuales
del país, el grueso del trabajo es realizado por la Universidad de Salamanca y por la de Alcalá
Las divergencias son notables en cuanto con qué tipo de textos tener más severidad. Esta
situación cambió a partir de 1640, la censura inquisitorial se dedicó más y más a estos aspectos, y
controlaron puntos de venta, de entrada y salida.
Pero también controlaron al lector, que desde 1549 debía denunciar los libros prohibidos
que leía. Un sistema notable pues, que permite vigilar toda la cadena de la producción, la
comercialización y el consumo del libro, en estrecha colaboración con los poderes civiles.
Fue a finales del siglo XVI y principios del siglo XVIII cuando el control inquisitorial se mostró
más eficaz.
Pensadores e intelectuales.
El control de la difusión del libro se acompaña del control de los escritores, de los pensadores,
esencialmente de los universitarios, productores de esquemas ideológicos. Fue a partir de 1520
cuando esta faceta inquisitorial comenzó a desarrollarse.
Una vez más, a partir de los años 50 todo dio un vuelco y ante el peligro protestante, la
política con respecto a los intelectuales se endureció brutalmente.
Durante el siglo XVII, la vigilancia sobre los intelectuales no se aflojó sino al contrario. La
menor defensa de tesis da lugar al control de la ortodoxia de las conclusiones por el comisario del
Santo Oficio.
Sin duda hacía mucho tiempo el Occidente era monógamo y su matrimonio estable, pero lo
era con flexibilidad, ya que era posible el divorcio.
La sexualidad no parece haber estado encerrada en los límites estrictos de la pareja legal,
aunque ésta tuviera una importancia que no se le otorgaba en otras sociedades.
La poligamia de hecho era un problema civil, en el cual la Iglesia no tenía mucho que ver. Solo
en el siglo XI se puso a controlar lo que hasta entonces era considerado como extraño a su propia
esfera.
El estado de castidad es superior al estado marital en dignidad y perfección, lo que implica
como corolario que el sacerdote sea célibe y casto, la definición de incesto muy amplio.
El concilio de Trento se contentó con generalizar todo esto a escala de la Cristiandad,
completándolo.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Para que el matrimonio sea válido en adelante se impone una triple publicación anterior de
las amonestaciones, en la misa mayor. La presencia del cura en el lugar y de dos o tres testigos se
convierte en obligatorio, y el matrimonio será inscrito en un registro.
En resumen, se trata de garantizar la aplicación de los principios que plantea la Iglesia,
asegurar un cierto control de la sociedad y de las familias, hacer del matrimonio algo religioso.
Polígamos y poliándricas.
La poligamia no era un delito de la Inquisición en la Edad Media, pero a partir de 1530 estos
procesos se hacen ya comunes.
La simple fornicación.
Este acto se definía como un acoplamiento carnal fuera del matrimonio entre dos personas,
libres de todo vínculo, de mutuo consentimiento. El concubinato es así una forma de la simple
fornicación.
Si bien esta inmensa tarea no fue abordada por el Santo Oficio, si se dedicó a la creencia de
que la simple fornicación no es pecado mortal.
Bigamia, simple fornicación, la acción del Santo Oficio en materia sexual tuvo lugar, pero
siempre se mantuvo en el plano de los principios. Persiguió sin descanso en la segunda mitad del siglo
XVI todo lo que se oponía a la doctrina católica, sobre lo que debe ser el matrimonio cristiano,
provocando un retorno a la firmeza en principios que la Iglesia no había creado pero que aplicó de
manera nueva.
En 1500, aunque flexible y diversa en muchos aspectos, esa Iglesia era casi tan universal que pocos
europeos necesitaban de manera consiente considerarse a sí mismos cristianos occidentales, latinos
y católicos. La herejía estructurada había quedado reducida a una mínima fracción. En absoluto
contraste con esta uniformidad casi total, hacia el 1600 muchos habitantes de Europa, o tal vez
incluso la mayoría, eran perfectamente consientes de que eran unos católicos romanos, otros
luteranos y otros reformadores.
La Reforma y la consiguiente escisión de la Iglesia universal medieval en confesiones distintas fue un
acontecimiento de primera magnitud no sólo en la historia de la religión, ya que fue sustentado por
los intereses más diversos, estuvo estrechamente ligado al nacimiento del primer estado moderno y
tuvo una gran influencia en el desarrollo político y social, en la cultura intelectual e incluso en la vida
cotidiana de campesinos, burgueses y nobles de la sociedad europea.
De la importancia universal del cisma y la confesionalización de la religión y la sociedad no se puede
deducir, sin embargo, que en el siglo XVI las creencias individuales coincidieran con el credo de la
Iglesia respectiva. Los límites entre las distintas confesiones habrían de ser durante mucho tiempo
difusos. Las diferencias confecciónales aparecía, en efecto, totalmente evidentes en la doctrina
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oficial, pero en la práctica religiosa eran numerosos los aspectos en los que los católicos, luteranos y
calvinistas, hasta bien entrado el siglo XVI, apenas se diferenciaban.
El panorama confesional definitivo y prácticamente inalterable no se configuró hasta el siglo XVII;
hasta ese momento no estuvo claro qué nuevas confesiones habrían de implantarse definitivamente
en cada país.
Para Cameron una cosa está clara a propósito de la Reforma del siglo XVI: no la provocó un solo
personaje en concreto ni una sola ambición ni un solo objetivo específico ni un solo movimiento
social, político o religioso. Sus resultados fueron consecuencia de una pluralidad de interacciones
enormemente complejas e imprevisibles entre personalidades, acontecimientos, creencias y
actitudes.
Protestantismo
La Reforma no fue, sin embargo, un movimiento unitario, y su éxito dependería en gran medida de
su reconocimiento por parte de la nobleza y de los príncipes, bien al lado del pueblo, bien frente a él.
No hay duda de que los intereses que hicieron que la Reforma les pareciera aceptable fueron, si no
exclusivamente, sí esencialmente, de índole material y política:
La posesión de los bienes eclesiásticos y el control de las instituciones de la Iglesia podían reforzar el
poder de las autoridades y las actividades de los estamentos contra el poder central del príncipe o,
por el contrario, consolidar el dominio del príncipe sobre los estamentos de acuerdo con la confesión
reformada.
El hecho de que esta voluntad reformista condujera a la formación de nuevas confesiones y a la
desaparición de una Iglesia única y universal se debió sin duda a la contribución que a ello hicieron
los príncipes con cuya ayuda habría de implantarse la Reforma, ya que su interés se centraba
exclusivamente en la unidad religiosa de su territorio, introduciendo en consecuencia intereses
específicos en la formulación de los principios de fe y doctrina de sus Iglesias reformadas. El
nacimiento de las Iglesias confecciónales fue, finalmente, el producto inmediato no tanto de las
actividades reformadoras, por mucha que fuera la influencia ejercida por los programas de Lutero y
Calvino, como del esfuerzo de las autoridades laicas por crear una Iglesia nacional cerrada. Sin estos
intereses políticos laicos, la Reforma se habría desintegrado en un sinnúmero de grupos, sectas e
Iglesias inconsistentes, o habría sido nuevamente aniquilada por la campaña contrarreformadora del
catolicismo.
Calvinismo
La auténtica dinámica de la Reforma que habría de trasformar a la sociedad a largo plazo no fue
impulsada por el luteranismo, sino por el calvinismo. La fuerza y la debilidad del calvinismo radicaba
en su relativa independencia respecto a la autoridad laica, aun cuando esperase y hallase el apoyo
de los príncipes, basando, de acuerdo con ello, su organización no en un régimen eclesiástico
nacional, sino en comunidades semi-autónomas, en las que, además de los predicadores, trasmisores
exclusivos de la Palabra divina, también los laicos (los ancianos) poseían un amplio derecho de
intervención, correspondiéndoles también a ellos la implantación de la disciplina eclesiástica.
En consecuencia, el calvinismo dependía en mayor medida del activismo de sus adeptos que el
luteranismo, convirtiéndose más en la confesión de aquellos que tanto en el campo como en la
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Concilio:
• Una de las respuestas a la Reforma fue la fijación perfectamente delimitada de la doctrina
católica, antes inexistente. Si bien los decretos del concilio no se pudieron imponer sino de forma
limitada, era la primera vez que la Iglesia católica se otorgaba una forma claramente definida que
pudiera servir de orientación a todas las reformas y acciones contrarreformadoras.
• Aun cuando no se determinara nada definitivo sobre la posición del papa, de hecho se
produjo la reafirmación de la primacía papal frente a los esfuerzos episcopalistas y, de acuerdo con
esto, la confirmación de los acuerdos conciliares por parte del papa, verdadero beneficiario de la
reforma eclesiástica.
• La Iglesia papal encontró un apoyo decisivo en la Compañía de Jesús. Aun más importante
que la evangelización popular (además de su labor en la formación académica), fue la labor misionera
de los jesuitas en ultramar adquiriendo una posición casi de monopolio en las regiones de control
español y portugués, y más tarde también francés.
Después de que la Iglesia católica se hubiera visto obligada a retroceder en las décadas de 1560 y
1570 hasta quedar casi exclusivamente circunscrita al sur de Europa, a comienzos del siglo XVII la
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situación había cambiado de tal manera que en Francia, Polonia y Austria surgirían Estados
exclusivamente católicos, esenciales para la pervivencia de la Iglesia católica. En Inglaterra,
Escandinavia, el norte de Alemania y los Países Bajos continuó habiendo, ciertamente, católicos –a
través de España y Polonia se hicieron todavía esfuerzos de recuperar a estos países –pero desde
mediados del siglo XVII las fronteras confesionales en Europa quedarían definitivamente establecidas.
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estatal, la Iglesia, a su vez, esperaba poder utilizar al Estado como medio para la consecución de sus
objetivos político-religiosos, es decir, para ejercer su dominio sobre él más que para servirle.
Todos los movimientos eclesiásticos, protestantes y católicos, pretendían poseer la verdad universal.
Su influencia se extendió más allá de los territorios y de las fronteras, pero sólo se pudieron establecer
como Iglesias en la medida en que tuvieron en cuenta la estructura social y la organización política
de los diferentes países. Por ello, pese a una clara orientación hacia creencias perfectamente
definidas, es difícil hablar de grandes Iglesias internacionales cerradas.
Esta comunidad o cooperación entre la Iglesia y el Estado no era necesariamente armónica.
Constantemente se oían las protestas de aquélla por la injerencia laica, al igual que las de éste por el
paternalismo eclesiástico; ahora bien, en conjunto, las Iglesias perderían autonomía en la medida en
que se integraban en el Estado. La pacificación de las luchas confesionales fue, por un lado, paralela
a la cristianización de la sociedad, pero, por otro, anularía a largo plazo la influencia política de las
Iglesias.
4- Luchas religiosas: presionados por la territorialización de la religión, todos los movimientos
religiosos experimentaron una politización, de la misma manera que la política se confesionalizó, lo
cual trajo consigo no sólo la implicación de las Iglesias en los asuntos del mundo, sino también, y
sobre todo, las más horribles guerras. La estrecha relación entre la política y la religión produjo una
militancia hasta entonces desconocida. Las luchas religiosas adquirieron una dimensión propia con la
aparición del absolutismo, pues aunque las Iglesias y los clérigos se abstenían de usar la fuerza de
una forma directa, ninguna confesión vaciló en animar a los príncipes, la nobleza y las ciudades a
ejercerla en su favor frente a los disidentes.
Especialmente militante se mostró el calvinismo. Ello se debía, por una parte, sobre todo a la gran
disposición de la Iglesia calvinista a intervenir activamente en el mundo, y, por otra, a la situación
sociopolítica de Francia y en Escocia, en donde el calvinismo, como confesión de la aristocracia, tuvo
que reafirmarse frente a la dinastía católica en el poder, o se vio expuesto, como movimiento
considerado enemigo del estado, a las más duras represiones.
Las confesiones militantes se diferenciaban también por el estilo de sus métodos: los calvinistas
dirigían sus acciones contra objetivos materiales, más que contra personas; no perseguían
primordialmente a los herejes, sino que destruían iglesias y lugares de culto católico, a diferencia de
la Contrarreforma, que primordialmente procedía contra los nuevos herejes.
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igualmente llevada a cabo por todas las confesiones, solamente en los países católicos se llegaría a
institucionalizar la Inquisición, es decir, el exterminio sistemático, dirigido desde arriba, de los que
tenían otras ideas u otra religión.
Es importe destacar que la Inquisición y la caza de brujas no son, ciertamente, una consecuencia
inmediata del movimiento reformador y contrarreformador, ya que existían desde mucho antes, pero
su auténtico carácter y su apogeo no lo alcanzarían sino a finales del siglo XVI y comienzos del XVII.
(Inquisición: el hecho de que los reyes españoles le prestaran todo su apoyo se debió a que la
Inquisición era también la única institución judicial que se extendía a toda España y tenía gran
importancia política para el reino.)
Caza de Brujas
La brujería de inicios de la Edad Moderna sería la causa de un número víctimas aun mayor que la
Inquisición, siendo en Francia, en el sur y en el oeste de Alemania y en Inglaterra, es decir, en los
países que se consideraban más desarrollados desde el punto de vista político y económico tras la
Reforma, donde la brujería habría de traer consigo las consecuencias más funestas.
La creencia en las brujas, junto con la hechicería y la magia, es parte integrante de la visión
fundamental del mundo de la sociedad agraria, sirviendo al mismo tiempo como explicación a las
desgracias y como medio prometedor para el restablecimiento del orden.
Inicios de la Edad Moderna: el aspecto central no era ya el maleficio, la bruja maquinadora, sino la
participación en el “sabbat”, una orgía anticristiana a través de la cual el demonio, valiéndose de los
humanos, pretendía destruir el cristianismo. Se veía a las brujas como pertenecientes a una secta
diabólica. Y a partir de este momento, el menor estímulo bastaba para desatar la caza de brujas (que
tocaba a su fin al dirigirse contra la clase dominante, pues esto es algo que la autoridad no podía
permitir).
La caza de brujas podía afectar a cualquier individuo, patricios y mendigos, mujeres y hombres, niños
y ancianos. Pero a partir de mediados del siglo XVI las mujeres pasan a primer plano, en tanto que el
final suele caracterizarse por los procesos contra niños, mendigos y mujeres pobres y ancianas.
Estos grupos habían desarrollado una forma de conducta tal que, de hecho, producían un efecto
amenazador sobre la clase alta amante del orden. En el caso de las mujeres, fue decisivo el hecho de
que en la sociedad primitiva existiese un problema específico relativo al sustento de ciertas mujeres,
principalmente ancianas y solteras, imposible de ser asumido en adelante por la aldea. En su
condición de personas rechazadas, éstas constituirían un modelo específico de comportamiento
considerado una amenaza por los habitantes de la aldea o la ciudad, y que, de hecho, debía serlo.
Rara vez se inició un proceso por brujería contra alguien que anteriormente no hubiera sido ya objeto
de habladurías.
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GUINZBURG, Carlo, El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI.
El queso y los gusanos es una obra historiográfica del historiador italiano Carlo Ginzburg,
publicada en 1976. Es una de las obras más importantes del movimiento historiográfico conocido
como microhistoria.
Ginzburg reconstruye la vida de Domenico Scandella, llamado Menocchio, un molinero que
nació y vivió, entre el año 1532 y 1601, en las colinas del Friuli, de cuya vida se tienen noticias gracias
a las actas del proceso inquisitorial al que se tuvo que enfrentar por su poco convencional concepción
del mundo, que era interpretada por sus acusadores desde el prisma reduccionista de las opiniones
religiosas.
Gracias al hecho de que Menocchio se formase unas ideas sobre la religión y el origen del
mundo originales, y de que fuese juzgado por ello por la Inquisición, quedando de esta manera
documentos escritos, le fue posible a Ginzburg reconstruir su vida, sus opiniones y el mundo en que
vivió.
Además de relatar la peripecia de Menocchio, Ginzburg desarrolla en El queso y los gusanos,
una hipótesis sobre la cultura popular en la Edad Media a partir del caso del molinero italiano.
A partir del pensamiento de Menocchio, quien negaba que Dios hubiese creado el mundo y
creía que este se había generado a partir de un caos primigenio, del que habrían surgido Dios y los
ángeles, como los gusanos del queso -según la creencia de la generación espontánea-, cree posible
Ginzburg rastrear un pensamiento popular vigente durante toda la Edad Media caracterizado por el
materialismo, refractario al dogma oficial de la Iglesia católica, que hundiría sus raíces en la época
precristiana.
En opinión de Ginzburg, las ideas de Menocchio, quien además negaba la divinidad de Cristo,
la validez de los sacramentos y afirmaba la equivalencia de las distintas religiones, surgirían del
contacto de esa mentalidad campesina con la lectura de los pocos libros a que Menocchio tuvo
acceso en su vida.
El historiador italiano analiza, a partir del contraste entre los textos que Menocchio confesó
haber leído y las opiniones que de ellos había extraído, cómo el molinero interpretó de manera
errónea muchos pasajes, o sacó de ellos conclusiones más atrevidas que las que el texto permitía, en
lo que ve una prueba de que las ideas provenientes de esa mentalidad popular estaban mediatizando
su lectura.
Según Ginzburg, las ideas de Mennochio no pueden explicarse únicamente a partir de
posibles influencias como las del luteranismo, el anabaptismo o el islamismo (se cree que Menocchio
pudo haber leído una traducción italiana del Corán), sino que deben insertarse en el contexto de una
cultura popular que si bien entra en relación con la cultura de las clases dominantes no es un mero
reflejo de esta.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
UNIDAD III
La crisis del siglo XVII es una construcción intelectual reciente, que nació en la segunda mitad
del siglo XX, y que constituye una parte importante de la reflexión general sobre la crisis, sus
características económicas y sus éxitos políticos y sociales.
A pesar de eso, durante muchos años la historiografía, sobre todo la francesa, se negó a ver
en el siglo de Richelieu, Colbert y de Moliere una etapa de crisis política y social, de depresión
económica y de malestar intelectual.
Por esta razón, se siguió estudiando la primera mitad del siglo XVII ligada al siglo anterior y
se ha convertido la guerra de los Treinta Años y la Fronda en una frontera a partir de la cual arranca
un siglo cuyo apogeo coincidirá con el reinado del Rey Sol.
Los manuales franceses han explicado la crisis de la mitad del siglo como el momento de
transición en Europa en el que se pasa de la época de dominio español a una fase de superioridad
francesa, un período de inquietud y de transformación de la sociedad europea.
La primera parte del trabajo es un intento por explicar la forma en que el siglo XVII se fue
convirtiendo en el siglo de la crisis por excelencia, sobre todo en el seno de la historiografía comunista
anglosajona.
En una primera fase, la temática de la crisis se entrelazó con la de la transición del feudalismo
al capitalismo y las varias tesis que la explican, siendo de crucial importancia el trabajo del grupo de
los historiadores marxistas británicos.
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Fue importante, en la década del 30, el trabajo de Christopher Hill sobre Inglaterra moderna
con importantes investigaciones agrarias, y en este contexto el siglo XVII es entendido como una
época en que cae la monarquía y se instaura la Commonwealth, adquiriendo un papel crucial.
Ofrecía una lectura de la revolución como un duro enfrentamiento de clases en el que las
nuevas fuerzas en ascenso de la burguesía mercantil e industrial intentaban acabar con el dominio
de la vieja aristocracia feudal.
Hill presenta a la Inglaterra de los Estuardo como un país todavía feudal, que solo a través
del cambio revolucionario de los equilibrios políticos había conseguido encontrar una vía para el
desarrollo del capitalismo.
Al texto de Hill lo criticó Jürgen Kuczynski, quien opinaba que la Inglaterra de Isabel I, lejos
de ser un país feudal, había alcanzado un estado de avanzado desarrollo capitalista gracias a que la
monarquía había adquirido una fisonomía burguesa.
En este sentido, la revolución debía interpretarse como la respuesta al intento de revancha
de una aristocracia ya vencida.
A pesar de la defensa de los marxistas a Hill, Dobb plantea ¿cómo pudo la revolución
burguesa de mitad del siglo XVII preceder en más de un siglo y medio la llegada del modo de
producción capitalista que se fijará canónicamente a finales del XVIII?
Sin embargo, Dobb piensa que es inaceptable concebir el desarrollo del capitalismo inglés en
términos de capitalismo mercantil y propone que se busquen sus raíces a finales del siglo XV, cuando
la producción artesanal comenzaba a transformarse gradualmente en una manufactura capitalista y
la agricultura inglesa vivía numerosas transformaciones estructurales.
De estos sectores nacerían en el siglo XVII las fuerzas revolucionarias que iban a oponerse al
frente reaccionario formado por la corona, los feudatarios y algunos grupos de mercaderes que
Kuczynski había considerado de forma errónea como fuerzas portadoras de progreso.
En 1954, el famoso artículo de Hobsbawm aporta al debate la idea de “crisis general” que
habría marcado la última fase del paso del sistema feudal a la economía capitalista y, por lo tanto, la
superación de los obstáculos que la estructura feudal planteaba para el desarrollo renacentista.
Para Hombsbawm, la idea de crisis general no equivalía a un retroceso económico, sino a un
proceso de nueva jerarquización, de creciente concentración del poder económico y de acumulación
capitalista que se había producido a escala europea entre 1620 y 1680.
La cuestión crucial es la aparición, junto al viejo modelo holandés basado en el capitalismo
comercial, de un nuevo modelo inglés, fundado en unas relaciones de producción diferentes y en un
sistema colonial hasta entonces desconocido.
No obstante, Benigno resalta el hecho que el trabajo contiene apenas referencias marginales
a las revueltas del XVII y, sin embargo, cuando el debate empiece a desarrollarse cinco años más
tarde, estas revueltas serán el centro de la reflexión.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La última fase de la discusión desembocó en una reflexión sobre las características de la crisis
desde el punto de vista de su evolución económica, social y política.
A mediados de los 60, el tema de la crisis del XVII es estudiado por la mayor parte de los
historiadores, en un acuerdo general a la hora de reconocer una severa crisis económica y política
con diferentes efectos sobre el continente en el siglo XVII sobre Europa centro-occidental.
Al mismo tiempo, se subraya la indeterminación de una discusión historiográfica
bipolarizada, dividida entre la reflexión sobre la crisis económica y la efervescencia política. A finales
de los 50, fue el concepto de crisis lo que une estos dos aspectos del debate.
La idea de crisis, antes ligada a la revolución, encuentra su autonomía, convirtiéndose en un
sustituto explicativo: la crisis se integra mejor que la revolución en el movimiento cíclico y coyuntural
entre la permanencia y el cambio.
Los historiadores que entienden la crisis como depresión económica, sienten la necesidad de
cuantificarla, medirla, periodizarla y complementarla por sectores y áreas geográficas (evolución de
los precios, demografía, etc.).
La crisis del siglo XVII deja de ser un tema crucial y se convierte en un episodio más de un
panorama más amplio capaz de integrar todos los males (entendidos como “frenos positivos”) que
tradicionalmente se le atribuían a este siglo: la carestía, la guerra, la peste.
De esta manera, las revueltas pierden su significado y pasan a ser un efecto secundario como
síntoma y consecuencia de la fase negativa del siglo.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
En la última parte del capítulo, Benigno trata de una de las consecuencias que tuvo la crítica
de este concepto, es decir, el casi completo abandono de algunos temas historiográficos que el
modelo de la crisis tendía a resolver.
La publicación del libro de Elliot sobre la revuelta de los catalanes marcó un giro en el debate.
Sostenía que la revuelta no es un caso de lucha de clases, ni un enfrenamiento entre la corte y el país,
sino un episodio más de resistencia a la política centralizadora de Olivares, una “punta del iceberg”
de las contradicciones de una monarquía plurinacional.
Como consecuencia de la obra, en la segunda mitad de los 60 se empezó a cuestionar la
existencia misma de la crisis general del XVII.
Además de dudar sobre una crisis económica, se empieza a dudar sobre el carácter político
de la crisis.
En un seminario de 1969 sobre precondiciones de la revolución en la Europa moderna, se
demostró que muchos rasgos comunes de las situaciones que condujeron a la revolución en distintas
zonas no hacían más que demostrar las diferencias y tipificar cada movimiento revolucionario,
dejando obsoleta la idea de crisis general con un mismo factor.
Elliot sostenía que había que abandonar el uso de términos anacrónicos como el de
revolución, nacido en el XVIII, en un contexto intelectual diferente al del XVII, siglo en el cual los
hombres tenían estructuras mentales opuestas a la de los historiadores del XIX y XX: valoraban la
tradición y no la novedad, la continuidad frente al cambio, la cohesión frente al antagonismo social.
Las revueltas habían de verse como resistencias a la fuerza transformadora del estado,
apoyado en el pactismo de las elites como en el protonacionalismo popular.
Estas ideas de Elliott sobre si había que darle más importancia a la continuidad o a la
revolución encontraron respaldo al estar en sintonía con la idea de “larga duración” que los Annales
profesaban en aquel momento.
La persistencia de la crisis.
Para Benigno, todavía hay razones para considerar que la crisis del XVII merece la atención
de los historiadores.
Más allá de las largas discusiones historiográficas, sostiene que todavía es posible mostrar
como las revoluciones de este período tienen algo en común, algo que va más allá del propio origen
en una coyuntura marcada por la guerra, por recurrentes carestías y por el desorden de las finanzas
de los estados.
En su conjunto, constituyen, a escala europea, una fase de crisis del orden monárquico, de
ampliación e interconexión de las esferas públicas nacionales, de radicalización ideológica y de
polarización política.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La “crisis general”.
Hobsbawm dice que hay que evitar el argumento de que crisis general es igual a recesión
económica, si bien en el siglo XVII hubo una considerable recesión.
Por primera vez en la historia el Mediterráneo dejó de ser el más importante centro
irradiador de influencia económica, política y cultural, convirtiéndose en una zona atrasada y
empobrecida. La Península Ibérica, Italia y Turquía acusaban un notable retroceso. Alemania, Báltico,
Polonia, Dinamarca y la Hansa iban en retroceso, si bien no tan crítico como los anteriores.
Pero en las Potencias marítimas y sus posesiones (como Inglaterra, las Provincias Unidas y
Suecia) y en Rusia, la situación parecía más de progreso que de estancamiento; en Inglaterra era de
decidido avance.
Francia ocupaba un lugar intermedio, aunque su triunfo político no quedo equilibrado con
un gran avance económico hasta finales del siglo, y entonces, solo de una forma intermitente
(burguesía parásita).
La causa de la crisis.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La expansión europea también sufrió una crisis. Hasta 1650 hubo una disminución de la
influencia europea, excepto en los hinterlands de Siberia y América. Los imperios de España y
Portugal se redujeron y cambiaron sus características, Holanda no pudo mantener su ritmo de
expansión del 1600-40, y desaparecieron varias compañías.
Solo en un punto el siglo XVII tuvo éxito: la consolidación de una forma de gobierno eficiente
y estable como lo fue el absolutismo conforme al modelo francés.
De esta manera solucionaron tres problemas: efectividad de órdenes políticas en extensos
territorios; contar con grandes sumas de dinero para solventar sus gastos; y mantener un ejército
propio. Sin embargo, los estados debieron seguir acudiendo a los subcontratos, como lo atestigua la
venta de oficios e impuestos agrícolas.
Las guerras no fueron causa de la crisis del siglo: esta ya venía de hace tiempo y las guerras
solo agravaban la situación, pero no la creaban.
Por qué la revolución industrial no se puso del todo en marcha sino hasta finales del siglo XVIII, y no
mucho antes.
Para que el capitalismo triunfara era necesario que la estructura social de la sociedad feudal
o agraria experimentase una revolución.
La división social del trabajo debe estar muy avanzada para que se incremente la
productividad; para eso es necesario redistribuir radicalmente la mano de obra trasladándola desde
la agricultura hacia la industria.
Lo que Hobsbawm plantea es cómo las consecuencias de los cambios del XVII dieron lugar a
las condiciones para que nazcan condiciones necesarias en una o dos áreas con suficiente amplitud
para dar paso a la revolución industrial, estableciendo con claridad una división del Continente según
el grado de desarrollo económico de las diferentes zonas.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La crisis del siglo XVII aparece como la última crisis del modo de producción feudal porque es
la que preanuncia al modo de producción capitalista. Se da dentro de la sociedad feudal pero está
limitada por la estructura rural de la sociedad feudal, no le permite desarrollarse a fondo.
Interviene aquí lo que Marx denominó acumulación primitiva capitalista.
Mientras exista una producción de autosubsistencia con escaso intercambio tan solo en
mercados locales, hay un obstáculo para que aparezca la producción en masa, base de la expansión
industrial capitalista.
A veces se da por supuesto que el desarrollo de una clase capitalista y de los elementos del
modo de producción capitalista en el interior de una sociedad feudal produce automáticamente estas
condiciones.
Esto es así en el largo plazo (del 1000 al 1800), pero no en el corto, porque la expansión
capitalista se verá obstaculizada por el predominio de una estructura feudal.
En estas circunstancias los negocios pueden adaptarse para funcionar en el sistema feudal
aceptando sus limitaciones y la demanda peculiar de sus servicios convirtiéndose en su parásito
La debilidad de las teorías que atribuyen el triunfo del capitalismo al desarrollo del “espíritu
empresarial” radica en que el deseo de conseguir el máximo beneficio sin limitación alguna no
produce automáticamente la revolución social y técnica que se requiere.
La expansión fue posible y llegó a ser realidad; pero en la medida en que la estructura general
de la sociedad rural no experimentó la revolución, fue limitada o creó sus propios límites, y cuando
tropezó con ellos, entró en períodos de crisis, como fue el caso de las expansiones del XV y XVI.
Si bien, desde el punto técnico, no se solucionaron algunos aspectos de la crisis, Hobsbawm
sostiene que hubo grandes adelantos comparables con los del siglo XVIII.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
El caso de Italia.
Una consecuencia inmediata de la crisis fue la declinación de las ciudades italianas (y la de
los viejos centros de comercio y manufacturas medievales en general). Esta declinación pone en
evidencia la debilidad del capitalismo parasitario del mundo feudal.
Los italianos que controlaban masas de capital, las invierten en construcciones y en
préstamos extranjeros durante la revolución de los precios, o sea, distraen los recursos y se vuelven
incompetentes. Su industria de gran calidad no puede competir con manufacturas más ordinarias y
baratas.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
El caso holandés.
En los Países Bajos, los mayores beneficiarios del siglo XVII constituían en muchos aspectos
una economía feudal. Esta economía sobrevivió y floreció acaparando como intermediario comercial
y financiero, el suministro mundial de determinados productos escasos y buena parte de los negocios
mundiales.
Los beneficios holandeses no dependían mucho de las manufacturas capitalistas. Por tanto,
hasta cierto punto, la economía holandesa prestó un flaco servicio a la industrialización: a la suya
propia, por sacrificar las manufacturas holandesas a los enormes intereses creados del comercio y
las finanzas; y a la del resto de Europa, por fomentar la manufactura en áreas feudales y
semicoloniales, donde no era suficientemente fuerte para romper el sistema social más antiguo.
Conclusión,
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
La crisis del siglo XVII proporcionó su propia solución y lo hizo por caminos indirectos y
tortuosos.
De no haber existido países capaces de adoptar con entusiasmo los nuevos sistemas
económicos, no es improbable que la crisis hubiera conducido a un estancamiento o a una regresión
mucho mayores que los que se produjeron.
Pero de todas las economías, la más moderna y la de mayor subordinación al empresario
capitalista fue la inglesa.
La revolución inglesa es el producto más decisivo de la crisis del siglo XVII.
La fase A y la fase B.
Lo que se desprende del estudio de los modelos económicos europeos de 1600 a 1750
(período B) en comparación con el período comprendido entre 1450 /1500 y 1650 (período A) y, de
hecho, con el período posterior a 1750 es un cuadro de medianía económica, un tiempo de respiro,
de reajuste, pero ¿hubo una “crisis” en el sentido que hubo una “crisis del feudalismo “de 1300 a
1450?
Parece ser que no, porque, aunque sus principales síntomas fueron los mismos, la depresión
de 1650-1750 fue mucho más moderada que la grave decaída económica de fines de la Edad Media.
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coinciden que el XVII fue un siglo negro para España, Italia y Alemania, gris para Francia, pero de oro
para Holanda y de plata para Inglaterra.
La recesión de 1300-1450 llevó a la crisis de una estructura social, la del feudalismo europeo,
mientras que la de 1600 a 1750 llevó a un período de solidificación y organización; marcó el fin del
crecimiento fácil y el comienzo de las dificultades fecundas de la economía mundo capitalista.
Resumiendo los diversos estudios, en los años comprendidos entre 1600 y 1650 (como en
los comprendidos entre 1300 y 1350) el período de expansión económica pareció llegar a su fin.
La expansión primera se produjo en la producción de cereales tanto en el rendimiento por
hectárea como en la superficie total dedicada a ellos. Además, hubo expansiones en otras cuatro
áreas:
a) la población, cuyos ascensos y descensos en esta época no podían dejar de tener relación
con el suministro de alimentos
b) la industria urbana, relativamente monetizada, tanto en sus vinculaciones avanzadas como
atrasadas, que creaba unas altas tasas de trabajo asalariado y nunca estaba demasiado alejada de
unos salarios reales relativamente bajos o al menos en descenso;
c) las reservas de dinero en sus múltiples formas,
y d) el número de empresarios marginales, rurales y urbanos.
Todos estos factores implicaron una expansión para la economía en general, y no fueron
nunca uniformes en los múltiples sectores de la economía.
En 1300 -1350 y 1600-1650, estas expansiones llegaron a su fin por razones similares. Lo que
varió enormemente fue la repuesta del sistema al fin de la expansión.
La recesión de 1300-1450 llevó a la crisis de una estructura social, la del feudalismo europeo,
mientras que la de 1600 a 1750 llevó a un período de solidificación y organización; marcó el fin del
crecimiento fácil y el comienzo de las dificultades fecundas de la economía mundo capitalista.
Este período es testigo de un reforzamiento de las estructuras del Estado (al menos en los
estados del centro y los semiperiféricos en vías de desarrollo) como forma de hacer frente a la
contracción.
La contracción de 1300-1450 había llevado a una agudización de las luchas de la nobleza. No
es que las guerras fueran desconocidas en el siglo XVII, pero no tuvieron en mismo carácter de
“sangría masiva” de las clases dominantes. Es decir, eran guerras entre estados y no entre barones,
y podían servir para acrecentar la fuerza económica de un país.
En segundo lugar, hubo una constante actividad económica en todas partes, actividad que
vista de cerca parecía ser un signo de prosperidad: la edad de oro para Holanda, la mejoría alemana
de finas del XVII, el constante progreso de la agronomía inglesa, y otra cantidad de acumulación de
pequeñas mejoras. Incluso la rotación de tierras nunca cesó realmente.
Hobsbawm en su artículo dice que la paradoja del capitalismo es que este solo puede
desarrollarse en una economía que ya es sustancialmente capitalista, porque en cualquiera que no
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La crisis socioeconómica había debilitado que la nobleza de tal forma que los campesinos
incrementaron constantemente su participación en el excedente de 1250 a 1450 o 1500. Esto
sucedió en toda Europa tanto occidental como oriental.
No había más que un camino para salir de esta situación que un cambio social drástico.
Este camino fue la creación de un sistema capitalista mundial, una nueva forma de
apropiación del excedente.
La sustitución del modo de producción feudal por el modo de producción capitalista
constituyó la reacción señorial; fue un gran esfuerzo sociopolítico de las capas dominantes para
preservar sus privilegios colectivos, aún cuando tuvieran que aceptar una nueva organización
fundamental de la economía y todas las amenazas resultantes a los modos de estratificación
familiares. Era evidente que había familias que perderían con tal cambio, pero muchas otras ganarían.
Si se analiza el período entre 1450 y 1750 como una larga transición del feudalismo al
capitalismo, se cae en el peligro de reificar el concepto de transición, porque con ellos reducimos el
período de feudalismo puro y de capitalismo puro, y tarde o temprano se llega a cero, al no quedar
sino la transición. La mezcla de empresas, comportamientos y estados no capitalistas con empresas,
comportamientos y estados capitalistas en una economía mundo capitalista ni es propia de un
período de transición ni anómala. La mezcla es la esencia del sistema capitalista como modo de
producción.
Discrepa con Anderson, porque este ve el estado absolutista como una reorganización del
aparato de dominación feudal, mientras que para Wallenstein es una reorganización que implicó la
sustitución de la dominación feudal por una capitalista.
La contracción del siglo XVII no fue una crisis del sistema, sino un período de consolidación
del mismo.
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Los períodos de Baja Edad Media y la temprana Edad Moderna constituyen en la historia de
Europa, la época de las mutaciones económicas y sociales más diversas.
El historiador ve en ellas importantes asincronías y dispersiones espaciales, que apenas
permiten dibujar un cuadro global.
En consecuencia, las diferencias de las vías de desarrollo y de las posibilidades de progreso
se advierten no solo en el contraste entre cada de las naciones o pueblos, sino también entre una
región y otra, cuyas potencialidades están más o menos determinadas por las condiciones naturales
e históricas.
Con relación a este periodo, la historia económica dispone de instrumentos de investigación
poco precisos (el movimiento de los precios y salarios, la demografía histórica, etc.). Sin embargo, el
objeto de estudio son las consecuencias sociales del desarrollo económico, las transformaciones en
el seno de las estructuras colectivas y de las relaciones entre riqueza y pobreza, o sea, de la coyuntura
social.
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La revolución de los precios cambia radicalmente el estado de cosas, desde comienzo del
siglo XVI aumentan todos los precios; esto provoca el fenómeno de las tijeras de los precios, abierta
a favor de los productos agrícolas.
Al movimiento de los precios no le sigue un movimiento de los salarios, que permanecen
estables, que no compensa al costo de vida (y baja así el poder de compra).
El resultado de esto es que los ricos se hacen más ricos, y los pobres más pobres. Por tanto,
en el plano social este siglo de expansión económica es el del descenso del nivel de vida de las masas,
ya que estas parecen pagar el coste de la coyuntura de aquel tiempo y de la modernización del
sistema mundial.
En términos generales, ante la crisis del siglo XIV, los señores tenían dos salidas (vías de
desarrollo europeo oriental/occidental).
La segunda crisis general, en el siglo XVII, consolida y desarrolla la diversidad de tendencia,
ya propias del siglo XV: se produce una especie de concentración económica y se profundizan las
opciones precedentes.
Los procesos de protoindustrialización, en los que algunos historiadores ven una pequeña
revolución industrial, introducen poquísimos cambios en las relaciones fundamentales: la tierra sigue
siendo la base del sistema social en Europa, y la tendencia evolutiva general subsiguiente es
conservadora y lleva a la formación de un sistema aristocrático.
La sociedad rural, en la cual no se ha verificado la mutación de las estructuras principales, no
está en condiciones de absorber el excedente demográfico, y la expansión del asentamiento es su
resultado.
La expansión político-militar y las expediciones extraeuropeas del siglo XVI fueron
precisamente la consecuencia de la incapacidad de la sociedad feudal para absorber el crecimiento
demográfico.
El incremento de la población motivaba la presencia de un mayor número de personas en el
mercado de trabajo y el aumento de los desocupados y de los miserables (Países Bajos, Inglaterra,
Francia, Italia septentrional, Alemania meridional, Castilla).
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Al estudiar las líneas generales de la evolución social en Europa nos tropezamos con el
problema de las crisis del hambre.
El medioevo conoció la calamidad del hambre como un peligro constante, incluso en los
períodos de prosperidad rural y de aumento de la producción del grano.
En las sociedades que nos ocupan, la miseria parece constituir un fenómeno endémico, tanto
en su dimensión física, o mejor fisiológica, como en la sociológica.
La vida de las grandes masas se mantenía en el límite de la subsistencia y en consecuencia
bastaba una pequeña mutación en la frágil relación entre rentas y precios, o entre presupuesto
alimenticio y la cosecha, para que aparezcan una multitud de pordioseros.
La miseria estructural se manifestaba en la presencia de grandes grupos que se veían
empujados a solicitar la caridad, fenómeno que era tolerado por el sistema, ya que eran el objeto de
interés de la política social de las autoridades y de los organismos especializados.
La miseria coyuntural, derivada de las fluctuaciones económicas y las crisis alimenticias,
rompían el marco de dicha política, no hallando otras respuestas que el miedo, la amenaza, el cierre
de las puertas de las casas y ciudades.
El pauperismo adquiere otra dimensión cuando es el resultado de las transformaciones de
las estructuras rurales, es decir, de una de las salidas antes descritas, la mutación en el sentido
capitalista, procesos que suponen los procesos de primeras acumulaciones capitalistas (en los países
en donde hay una refeudalización hay más vagabundos antes que pauperes, ya que la haraganería se
entrelaza con el desplazamiento y corta, por tanto, el sistema de las dependencias personales).
44
El pauperismo es un término que significa pobreza o, en general, el estado de ser pobre, pero en
el uso del inglés, particularmente la condición de ser un "mendigo".
45
Empobrecimiento.
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En la situación social de la ciudad, así como en el campo, las raíces a del pauperismo hay que
buscarlas en la descomposición de las estructuras medievales.
Para comprender la complejidad de las transformaciones sociales de la época moderna,
conviene tener en cuenta la distinción entre la ciudad y el campo.
El origen propio y auténtico del pauperismo está en el campo; incluso en lo que se refiere a
la ciudad también se trata de emigrantes del campo.
Los verdaderos orígenes de este fenómeno estuvieran vinculados con las transformaciones
de las estructuras agrarias, en tanto aquel se manifestaba de manera plena en las ciudades,
constituye solo una paradoja aparente.
Pero también en la ciudad se producen procesos internos de pauperización: el antiguo
artesanado ya no podía competir ni asegurarse un lugar en el mercado y caían en el nivel de los
asalariados. Estos grupos pueden conseguir medios de subsistencia, en el mercado urbano, pero
¿cómo crearse condiciones a gran escala para absorber a todos?
Incluso los antiguos centros se van a ver desbordados por el dinamismo de la evolución
industrial.
La nueva política social. Los decisivos años veinte del siglo XVI.
La escasez de los años 1526 a 1535 pone de manifiesto el conflicto entre el incremento
demográfico y la penuria de alimentos, la haraganería se convierte en un fenómeno de masas y se
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intensifica la ola de medidas represivas para con los pobres. Pero también el alcance de la crisis social
de aquellos años se refleja en las rebeliones populares, en las guerras y en las agitaciones urbanas y,
sobre todo, campesinas.
El problema de los pobres estaba bajo tutela del Parlamento, mientras que el tesoro regio se
ocupaba de financiar. Por otro lado, tampoco carecía de importancia la Universidad, que perpetuaba
una autoridad teológica y doctrinal de gran peso en el mundo cristiano.
Desde comienzos del siglo XVI se desarrollaban en París discusiones e iniciativas sobre la
reorganización de la administración hospitalaria. Pero las medidas son flojas y no tienen proporción
con el problema, haciendo que el número de pobres no disminuya.
Venecia.
Ypres46.
Este es un caso de pobreza urbana: prohibición de mendigar, asistencia organizada para los
verdaderos pobres, represión de vagabundos y creación de una caja común: la ciudad asume la
responsabilidad de la asistencia social.
En el 30, diferentes órdenes se oponen a tales medidas criticándolas, pero en realidad el
hecho que les molesta es que se les sacaría de sus ingresos para tales reformas.
La clave de la disputa es la interpretación del imperativo cristiano de ayudar a los pobres.
Las decisiones de ese segundo decenio del siglo XVI en el sentido de reorganizar la asistencia
a los pobres pueden considerarse como el punto de partida de una nueva política social.
El entrelazamiento de la problemática represiva con la reorganización de la asistencia social
y la necesidad de asegurar un poder ejecutivo a los programas de las autoridades ciudadanas
requerían la adopción de decisiones por parte del poder estatal.
46
Ypres es una ciudad en el noroeste de Bélgica.
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En ningún caso cabe afirmar que la moderna política social fuese aceptada por la comunidad
local ni que el modelo de comportamiento respecto a la miseria, al trabajo y al interés público fuese
homogéneo.
Las iniciativas represivas contra los mendigantes y los vagabundos hacían mella en los
sentimientos de solidaridad de la comunidad local y de los estratos populares. Todo esto encontraba
su expresión en las discusiones políticas a escala de gobierno central y de asambleas de
representante, pero también de instituciones locales, en la dificultad de llevar a la práctica la nueva
política, así como en las disputas ideológicas y en la vasta literatura polémica.
Se puede llegar a la conclusión de que a finales de siglo XVI se agota la gran “controversia
sobre la misericordia”. Esto no significa en absoluto que quede cerrada, sino que continúa en el siglo
siguiente, tanto en la práctica de la asistencia social como en la literatura religiosa y ética. Pero la
obra de la reforma de la caridad deja de tener el carácter de herejía municipal, peligrosa para los
intereses de la Iglesia.
La reforma se vincula a la razón de Estado, a las prerrogativas y a la ideología del Estado
moderno, el cual configura su aparato represivo precisamente en la lucha contra la haraganería y
contra los peligros sociales de la miseria.
Este aspecto concreto público estatal de la problemática de reforma de la asistencia social se
clarifica posteriormente, al igual que la cuestión de la actitud hacia los mendigantes, si los situamos
en una dimensión de universalidad, esa dimensión constituye una parte integrante de la ideología del
Estado moderno en el siglo que formula en concepto y la doctrina de la “razón del Estado”.
Antes de que la prisión llegase a ser un medio a gran escala para el castigo de los
delincuentes, la Europa moderna la había utilizado como instrumento de realización de la política
social en relación con los mendigantes.
Después de la segregación forzada de los leprosos y posteriormente de los apestados, llega
el turno de los locos y mendicantes.
La “gran reclusión” de los mendicantes de los siglos XVI y XVII constituye la culminación de la
nueva política social, y la afirmación del Estado Moderno.
En Italia ya durante los últimos siglos de la Edad Media se ponen en práctica en toda la
península itálica algunas iniciativas de centralización de los hospitales y de la asistencia a los pobres.
El enorme desarrollo de congregaciones caritativas requirió reordenar y reorganizar y crea la
necesidad de fundar instituciones especializadas.
En el Concilio de Trento se prestó gran atención a esto y se decretó la intervención de los
poderes eclesiásticos en la caridad y la legitimación católica del movimiento de reforma de asistencia
social.
La abundancia de limosnas y de instituciones caritativas en Roma favorecía de manera
evidente el desarrollo de la mendicidad y atraía a mendicantes de todas partes, hasta se llegaron a
organizar con fines delictivos. A causa de esto se llegó a proponer crear otra ciudad para los
mendicantes (increíble que se convierta en una línea de política social evidente)
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
WOOLF, Stuart. Los pobres en la Europa moderna, Estamento, clase y pobreza urbana.
Destreza y status.
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La cualidad crucial que fundamentaba las clasificaciones de los miembros de los distintos
cuerpos y de las jerarquías dentro del tercer estado era la “destreza”, donde las habilidades técnicas
eran de una naturaleza extremadamente simple.
Era relevante la cualificación profesional o públicamente reconocida, que confería el titulo
legítimo de la propiedad de una destreza, a menudo la única posesión de los trabajadores. La
propiedad de una destreza actuaba como una distinción fundamental en tres aspectos:
- En términos económicos, determinaba el nivel de los salarios, con una clara división entre
trabajadores cualificados y no cualificados.
- En términos de relaciones sociales, definía el status.
- En términos de reproducción social, actuaba como filtro extremadamente selectivo, que
impedía el paso a un nivel superior de habilidad excepto a la pequeña minoría favorecida por
nacimiento, matrimonio, o protección.
El corolario era que aquellos que carecían de destreza, o se encontraban fuera de una
organización corporativa, estaban condenados a bajos niveles salariales, con repetidas caídas en la
condición de indigencia. Por las mismas razones, se los consideraba socialmente inferiores, semillero
de pobres, necesitados de asistencia y potencialmente peligrosos.
Pero la movilidad de la realidad económica de los mercados y de los procesos de producción
podría acabar con la mayor seguridad aparente de los individuos o familias que poseían una destreza,
y así lo hizo repetidamente.
El contraste entre la realidad económica y la percepción de la identidad social se revela quizás
con mayor claridad en el caso de los trabajadores cualificados en declive.
El vocabulario social que expresaba la contradicción entre la práctica y el discurso es evidente
en el enunciado y en el concepto de “pobres vergonzantes”. El mismo hecho de que se inventase tal
categoría y de que originase una amplia polémica y grandes esfuerzos por crear organizaciones de
socorro en los albores de la Edad Moderna da idea de cómo las etiquetas sociales pueden influir en
la conducta social.
La pobreza era, además de una realidad económica, una imagen social (que ha variado con
el tiempo, y por tanto debe ser interpretada como un concepto relativo, es decir, relativo a las
expectativas de una sociedad concreta).
La caridad puede definirse como la institucionalización de la imagen social de la pobreza.
Estaba regulada por un diálogo simbólico de comportamiento tácitamente aceptado por ambas
partes.
Las relaciones sociales que daban forma a la caridad se regían por un amplio espectro de
reglas que afectaban tanto a los individuos como a las instituciones, y que contenían sin excepción
tres asunciones fundamentales.
- La primera era la invasión de la intimidad; los individuos que solicitaban ayuda (salvo los
vergonzantes) se veían obligados a hacerlo públicamente.
- La segunda, era la sujeción a un modelo de comportamiento, el cual conjugaba la diferencia,
el respeto, y la gratitud.
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La gente trabajadora se sentía cercana a los pobres precisamente porque la pobreza era una
condición que había experimentado o previsto. Sin embargo, los testimonios de solidaridad tienen
que interpretarse en compañía de actitudes defensivas que los trabajadores adoptaron
frecuentemente hacia los pobres.
La constante redefinición y revaluación de las especializaciones y del trabajo, el uso de la
tradición y de la costumbre como medio de excluir a los trabajadores y a todos aquellos a quienes no
se reconocía la posesión de una habilidad, apuntan hacia una separación tanto de los patrones como
de los pobres.
Ahora bien, dado que entre los pobres con trabajo coexistían sentimientos de solidaridad y
de exclusión, es importante considerar qué papel jugó la caridad como contrapeso de la solidaridad.
Sin embargo, no parece prudente asumir que los valores de la aristocracia obrera, dados en
un espacio de tiempo relativamente corto, fueran válidos para los trabajadores pobres, durante
periodos mucho más largos.
Es más lógico afirmar que, en ciertas capas de los pobres, la vergüenza estaba siempre
asociada a la caridad debido a las connotaciones morales y religiosas del estrato social. Era, en este
sentido, la consecuencia directa de la interpretación social que hacían de la pobreza los que no eran
pobres.
Pero la propia extensión y profundidad de la categoría de pobre, consecuencia de su
identificación casi total con las clases trabajadoras, desde el punto de vista económico, y de la
vulnerabilidad de los que o bien poseían una destreza o bien tenían unos recursos materiales
limitados, se opone a cualquier tipo de conclusión sobre la cohesión o la homogeneidad social de los
valores y de los comportamientos.
En cuanto a la relación de los pobres con la clase obrera en el momento en que la
mecanización, el sistema fabril y la urbanización ganaban terreno, en el siglo XIX, se puede verificar
una profundización de la percepción de las diferencias entre los trabajadores y los pobres.
La apropiación de la imagen social de la pobreza por la clase trabajadora cumplió la función
de asegurar que los pobres permaneciesen aislados pues, más que un potencial para la solidaridad
de clase, se los consideraba una amenaza para los salarios y el empleo.
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Alternativas al Absolutismo.
Tendencias de la investigación del absolutismo.
Crisis institucional
En el inicio a la “vía singular” se produjo una crisis institucional que planteaba el problema
de encontrar un equilibrio entre parlamento y rey.
La renuncia a la participación del parlamento en el gobierno supuso una prolongada
inhibición en política exterior, e Inglaterra dejó de intervenir en la guerra europea ya en 1630.
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47
Guerra Civil Inglesa (o Guerras) es el término con el que se hace referencia a la serie de conflictos
armados y maquinaciones políticas que tuvieron lugar entre los realistas y los parlamentarios desde
1642 hasta 1651, y particularmente a la primera (1642-1645) y a la segunda (1648-1649) guerras
civiles entre los seguidores del rey Carlos I de Inglaterra y los que apoyaban al Parlamento.
Las guerras llevaron al juicio y ejecución de Carlos I, el exilio de su hijo Carlos II, y la sustitución de la
monarquía inglesa por la Mancomunidad de Inglaterra (1649–1653) y luego un protectorado (1653–
1659) bajo el gobierno personal de Oliver Cromwell.
El monopolio de la iglesia de Inglaterra sobre la religión cristiana en Inglaterra acaba, y una nueva
aristocracia protestante se estableció en Irlanda.
Se sentó un precedente respecto al gobierno de un rey, que no puede mandar sin consentimiento
del Parlamento y de su pueblo.
La Primera guerra civil inglesa comenzó en 1642 y finalizó en 1646.
El enfrentamiento entre el poder parlamentario y el poder real se saldó a favor del primero,
moderando el rey su política absolutista y viéndose controlado por el parlamento.
La Segunda guerra civil inglesa (1648 a 1649) fue el segundo episodio de las tres guerras conocidas
como la guerra civil inglesa. Consiste en una serie de conflictos militares y políticos entre las fuerzas
del bando Parlamentario dirigido por Oliver Cromwell y el bando Realista de Carlos I de Inglaterra.
Las disputas entre los partidarios del rey Carlos I que se encontraba encarcelado por las fuerzas
parlamentarias y los del Parlamento largo persistieron. Sin embargo, los escasos apoyos monárquicos
entre los propios parlamentarios cesaron cuando el rey escapó, se alió con los escoceses y
desencadenó de nuevo la guerra civil en 1648.
El fin del enfrentamiento supuso el enjuiciamiento por alta traición del rey. Fue decapitado el 30 de
enero de 1649. En consecuencia, se proclamó la única república en la historia inglesa.
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Pero lo que fundamentó la peculiaridad del ejemplo inglés fue precisamente el hecho de que
el triunfador de un conflicto (nada anormal) entre Corona y parlamento estamental no fuera la
monarquía.
El nuevo orden del Estado (ahora republicano) impulsó otra vez el debate constitucional.
La resistencia política y militar debió instituirse frente a la monarquía sagrada. Se debía dar
al Estado un nuevo “fundamento ideológico” por el recurso a la soberanía popular, lo que implicaba
una revalorización del Parlamento, al que se le concedió funciones ejecutivas.
Los debates del momento sobre teoría constitucional destacan el tema del individuo libre
dotado de libertad de conciencia e igualdad ante el derecho, en cuanto núcleo de toda organización
estatal, y por lo tanto con capacidad para relegar todo ordenamiento estamental del Estado.
Este individuo vendría a ser el modelo directivo de una nueva época (aunque en el momento,
este debate sólo tuvo un éxito práctico limitado, hasta 1653 y 1660).
Las medidas de 1689 – 1701 condujeron, por un lado, a la confirmación del Parlamento en el
armazón constitucional y, por otro, a la primera o nueva redacción de los derechos de libertad de los
súbditos. En tercer lugar, a una regulación sucesoria vinculante.
Precisamente, en la cuestión de la sucesión, el parlamento demostró expresamente su nueva
supremacía política, su función de órgano de control. Las demás resoluciones constitucionales
dejaron bien en claro el nuevo reparto de competencias entre el Parlamento y corona:
-El rey debía renunciar a la prerrogativa (utilizada a menudo por los Estuardos) de dispensar de las
leyes, o incluso poder derogarlas.
-En tiempos de guerra sólo podía mantener un ejército con la aprobación del Parlamento.
-El poder tributario sería “en lo esencial un acto de la práctica parlamentaria”; y las convocatorias
regulares del mismo, cuyos períodos legislativos fueron fijados por primera vez con exactitud debían
garantizar un control parlamentario eficaz.
Además, la independencia de la jurisdicción y la seguridad ante del derecho deberían quedar
garantizadas por la imposibilidad de destituir a los jueces; la ley de tolerancia aseguraba a los
protestantes no conformistas, situados fuera de la iglesia estatal, al menos el ejercicio libre y no
discriminado de la religión.
Así se ve hasta qué punto Inglaterra se había asegurado un puesto privilegiado desde el punto
de vista constitucional en la Europa contemporánea.
En un momento en que el absolutismo se imponía definitivamente por todas partes,
Inglaterra se había decidido por una reducción sensible de la autoridad del rey, por una clara
revaloración del gremio estamental en el Parlamento y por un mayor campo de acción y protección
del ámbito del individuo.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Fundamental en este proceso fue la teoría constitucional de John Locke, que partía de la
necesidad del contrato social, al igual que Hobbes cuatro décadas antes, si bien éste había llegado a
la conclusión de un gobierno absoluto.
No fue sólo esta decisión constitucional a favor de un sistema de soberanía dominado por el
Parlamento lo que hizo de Inglaterra el modelo admirado por Europa Continental, sino también la
idea de que las condiciones estructurales para la prosperidad financiera y el auge económico y
comercial eran más favorables en los Estados parlamentarios estamentales que en las monarquías
absolutas.
Y ello quedó demostrado desde que el “Estado comercial” que era Inglaterra se decidió a
aceptar el reto mercantil de Holanda: fue significativo que el impulso del comercio inglés no se viera
obstaculizado en medio de los disturbios revolucionarios; Cromwell y su Parlamento fomentaron el
comercio exterior inglés con las leyes de navegación (1651) y procuraron robustecerlo contra la
competencia holandesa; la corona luego de la restauración institucionalizó un trato permanente con
los comerciantes, pero sólo intervino de forma vacilante y excepcional con el comercio transatlántico,
por ejemplo mediante la fundación de compañías monopolísticas.
En Inglaterra no se dio nunca un mercantilismo en sentido continental, sino en todo caso un
mercantilismo no reglamentado por el estado.
A la revolución política correspondió la Commercial Revolution, basada en la superación de
la dependencia unilateral de la producción interior lanera.
Se hace de Inglaterra la primera potencia mundial número en el comercio intermediario de
bienes de exportación, favorecida desde el punto de vista socio-histórico por la eliminación de las
fronteras estamentales hasta un grado desconocido en cualquier otro país del continente, y por la
intervención de la alta nobleza y la gentry.
El modelo inglés también resaltaba en cuanto a la investigación científica.
En 1662, se crea la primera academia científica al instituirse la Royal Society, que debía
dedicarse a todo el abanico de investigaciones científico-naturalistas y al desarrollo del conocimiento
técnico relacionado con la práctica (por ejemplo, en cuestiones de navegación).
Pero al contrario de la Académie des Sciences (francesa), a la que se le prescribieron
proyectos de trabajo desde la política central, la Royal Society gozó de plena libertad en sus proyectos
y perspectivas científicas.
El resultado de estas políticas de investigación no dirigida por el Estado, sino derivada de la
responsabilidad personal de los científicos fueron los destacados éxitos en las ciencias, de la mano
de un intenso y libre intercambio de opiniones.
48
La Revolución Gloriosa fue el derrocamiento de Jacobo II en 1688 por una unión de Parlamentarios
y Guillermo de Orange.
La Revolución está fuertemente asociada con los sucesos de la Guerra de los Nueve Años de la Europa
Continental, y se puede ver como la última invasión con éxito de Inglaterra.
Puede argüirse que con el derrocamiento de Jacobo comenzó la democracia parlamentaria moderna
inglesa: el monarca nunca volvería a tener el poder absoluto, y la Declaración de Derechos se
convertiría en uno de los documentos más importantes de Gran Bretaña.
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Los poderes del Rey fueron restringidos fuertemente; ya no podía suspender las leyes, crear
impuestos, o mantener un ejército permanente durante tiempos de paz sin el permiso del
Parlamento.
La deposición del monarca católico Jacobo II acabó con cualquier oportunidad de que el catolicismo
fuese restablecido en Inglaterra; y también condujo a la tolerancia de los protestantes no
conformistas.
49
El término whig corresponde al antiguo nombre del Partido Liberal británico. Rechazaban el
anglicanismo y la monarquía absoluta.
50
Tory es el nombre con el que se denomina a quien pertenece o apoya al Partido Conservador
británico. Los ataques de Jacobo II a la Iglesia de Inglaterra llevó a algunos tories a apoyar la
Revolución de 1688, pero en su mayoría se opusieron al cambio dinástico. Se los consideraba
jacobitas, lo que les mantuvo apartados del poder durante prácticamente todo el siglo XVIII.
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sería el “restaurador” de la casa de los Estuardo, y con quien se calmarían las guerras civiles y se
pondría en marcha la revolución en la práctica).
Una “confederación sin monarca” se había constituido en la lucha contra el imperio español
en forma de comunidad de siete provincias autónomas en las que los estamentos eran los portadores
de la soberanía y de la vida política.
Los estamentos provinciales estaban dominados por grupos muy diversos (terrateniente,
patricia, burguesa, aristocrático-nobiliaria), que a su vez enviaban delegados a los Estados Generales
quienes decidían de forma subsidiaria, en situaciones que no llegaban a los estados provinciales.
Sin embargo, en la práctica política era una provincia la que dirigía la confederación de
Estados: Holanda.
De esta forma, los Oranges encarnaron tendencialmente una especie de monarquía
embrionaria.
51
La República de los Siete Países Bajos Unidos, o simplemente Provincias Unidas, fue un Estado
formado por las siete provincias del norte de los Países Bajos (Frisia, Groninga, Güeldres, Holanda,
Overijssel, Utrecht y Zelanda), agrupadas desde la Unión de Utrecht (1579) hasta la ocupación
francesa (1795).
La cohesión de las provincias fue posible gracias a la hegemonía de la burguesía y el liderazgo de la
provincia de Holanda.
Su poder creció hasta convertirse en una de las potencias marinas y económicas del siglo XVII,
considerada "época dorada" en los Países Bajos, cuando establecieron colonias y puestos mercantiles
alrededor de todo el mundo.
249
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Algunos historiadores afirman que no hubo una revolución52, sino una revuelta y otros tratan
de situar este acontecimiento a la cabeza de una larga serie de revoluciones.
Pirenne ofrece una hipótesis anacrónica; para él hubo una revolución producto de una
economía capitalista en rápido crecimiento, la formación de clases burguesas y obreras y las
exigencias de un Estado nacional y una conciencia nacional creciente que se combinan contra el
gobierno extranjero de los Habsburgo españoles.
Smit tratara de dar una definición de los términos “revolución” y “precondiciones”.
La revolución es la continuación, por medio de la fuerza, del proceso ordinario de negociación
sociopolítica.
En la Revolución neerlandesa, este enfoque nos puede ayudar a centrarnos en la naturaleza
de las relaciones de poder, a identificar los grupos de poder en pugna y a tener en cuenta las
posibilidades del gobierno para reprimir una guerra interna.
Podríamos calificar de revolución política a cualquier intento violento de alterar el gobierno,
extendiendo este término, si se desea, a revolución socio-política cuando los intereses sociales en
conflicto son predominantes entre los grupos de poder contendientes.
Sin embargo, puesto que no todos los conflictos sociales son necesariamente indicadores de
cambios fundamentales en la estructura social, el siguiente paso consistirá en juzgar si la revolución
socio-política de los Países Bajos fue también una revolución societaria.
Durante los siglos XV y XVI, los príncipes de Borgoña y sus sucesores de la casa de Habsburgo
habían ido reuniendo una serie de provincias neerlandesas, muy diferentes entre sí desde el punto
de vista económico y político, pero no lo habían unificado.
Antes de la revolución, los Estados Generales, que a menudo han sido erróneamente
tomados por un cuerpo representativo nacional, no desempeñaban en absoluto tal función. Por lo
tanto, este tipo de Estados generales, que al triunfar Guillermo de Orange sobrevivió a la instauración
de la Republica Holandesa, fue un resultado, y no una precondición, de la revolución.
52
La revuelta de los Países Bajos (1566 o 1568 a 1648), fue la revuelta triunfante de las siete
provincias septentrionales de los Países Bajos, principalmente protestantes, contra el rey católico
Felipe II, soberano hereditario de las provincias.
Tensiones acumuladas terminaron provocando la creación de las Provincias Unidas de los Países Bajos
independiente, siendo su primer cabecilla Guillermo de Orange.
Esta rebelión fue una de las primeras secesiones terminadas con éxito en Europa, además de
convertirse en una de las primeras repúblicas europeas de la época moderna, las Provincias Unidas.
Los Países Bajos meridionales (situados en los actuales estados de Bélgica , Luxemburgo, El norte de
Francia y el sur de los Países Bajos) se mantuvieron bajo dominio español. El gobierno impositivo
ejercido por los Habsburgo en el sur provocó que buena parte de la élite financiera, intelectual y
cultural emigrara al norte, contribuyendo así al éxito de la República neerlandesa.
250
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Por tanto, las únicas corporaciones que podían alegar una conciencia primitiva de unidad y
de sentido nacional eran las provincias tomadas individualmente, aunque parece más acertado
describirlas como confederaciones o ligas de ciudades y terratenientes nobles o eclesiásticos que
como sistemas políticos integrados.
Los verdaderos focos de poder eran las capas nobles y las ciudades; estas últimas son las que
sobre todo merecen el nombre de comunidades políticas.
Las consecuencias de la fragmentación política para el análisis de la Revolución de los Países
Bajos son evidentes. Puesto que cada provincia, incluso cada ciudad, constituía en gran medida un
sistema autónomo, la revolución o la guerra interna pueden ser estudiadas y explicadas en términos
locales, aunque el dominio político estaba dirigido contra un mismo objetivo: el príncipe.
En la política interior de las ciudades encontramos por doquier bandos que luchan por el
poder político.
La violencia potencial y el control sobre los instrumentos represivos eras factores esenciales
del proceso de gobierno. La milicia dominaba en número por la clase artesana media inferior, era un
instrumento tanto de una clase en particular como del gobierno de la ciudad.
Las revueltas urbanas de 1566, 1572 y 1576-78 hallaron vía libre gracias a la deserción de la
milicia que se componía de artesanos y obreros cualificados.
Aparte de esto último, el gobierno de las ciudades se veía también perturbado a menudo por
disensiones dentro de las familias gobernantes o por ataques contra la oligarquía procedentes del
opulento estrato social inmediatamente inferior, compuesto muchas veces por nuevos ricos que se
mostraban irritados porque se les excluía de la política. En ambos casos la milicia podía ser un favor
decisivo.
A pesar de la hostilidad, la nobleza aprendió a colaborar en repetidas ocasiones con las
ciudades para reforzar los estados provinciales frente al príncipe y sus odiados secuaces en los
tribunales provinciales.
La nobleza podía escoger entre buscar apoyo del príncipe o aliarse con la burguesía, y,
durante el reinado de Carlos V, pareció optar por el príncipe. La alta nobleza se puso rápidamente al
servicio del emperador, mientras que la baja nobleza se contentó bien con funciones administrativas
secundarias, bien con puestos en el ejército.
Las relaciones de poder comenzaron a sufrir grandes cambios bajo el reinado del emperador.
Las milicias de las ciudades resultaban ahora ridículas en comparación con el ejército mercenario del
príncipe. De este modo, se alcanzó un equilibrio precario en el que los grupos de poder reconocían
que una negociación pacífica era preferible a una guerra interna.
Las mismas tensiones que en el siglo anterior habían desembocado tantas veces en guerras
internas eran ahora utilizadas para dividir y gobernar. Pero esta cooperación con el príncipe no dio
un gran impulso a los proyectos de unificación de Carlos. Pero el gobierno comenzó a sentir el poder
de las provincias cuando estas simultáneamente comenzaron a culpar al príncipe de sus problemas
locales.
El sistema político de los Países Bajos era una estructura laxa en la que abundaban la
desconfianza social, el orgullo de la autonomía y las inquietudes económicas y xenófobas locales, y
en la que la disposición a cooperar cedía con facilidad ante la amenaza de una acción cuasi-legal a
todos los niveles.
251
Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
¿Los cambios descritos fueron simples desplazamientos de poder dentro de una sociedad
básicamente estática o la consecuencia de cambios más fundamentales en la economía y en la
sociedad?
Si bien cabe ser bastante concluyente sobre fenómenos concretos de gran alcance, tales
como la expansión demográfica y la inflación, el impacto de ellas producido difiere
considerablemente de unas regiones a otras; las variaciones resultantes son de gran importancia en
el caso del desarrollo ultrarrápido y desequilibrado de los Países Bajos en el siglo XVI, ya que fueron
muy pocas las regiones que tomaron parte en el proceso de modernización, es imposible generalizar.
Todas las especulaciones acerca de la estructura de clases del sistema socioeconómico en los
Países Bajos son de aplicabilidad limitada porque las clases económicas estaban aun muy
entremezcladas con los grupos tradicionales de status, y porque en los países bajos no existía ni una
economía ni un mercado nacionales.
Las clases en forma de burguesía, artesanado, proletariado o campesinado no existían a nivel
nacional. Las había ciertamente a nivel local, pero su significación política se limitaba a las localidades
concretas en que operaban.
El caso fue que, durante la revolución, la frustrada burguesía prospera de las ciudades en
auge se unió a los desesperados artesanos desclasados y a la nobleza floreciente o en decadencia, y
que las asonadas locales desembocaron en una revolución general.
La situación socio-económica es otra de las precondiciones para la Revolución, la cual
afectaba no a todas las clases. Las presiones económicas, aunque no eran el único problema de la
nobleza, constituyeron un incentivo decisivo para la revolución de una clase social que se sentía
acosada por todos los flancos.
Por otra parte, es probable que la política oficial de endeudamiento incesante y la situación
de las finanzas urbanas precipitara a muchos patricios de las ciudades y a pequeños inversores por el
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camino de una firme oposición y finalmente de la revolución. Sin embargo, no esta tan claro que tal
situación fuera también indicio de la existencia de un profundo cambio estructural.
¿La revolución fue una fusión efímera e incidental de hechos locales o represento una de las
convulsiones de un proceso social innovador?
El insuficiente sometimiento de los intereses regionales y socio-económicos al Estado
contribuyo poderosamente al estallido de la revolución.
Era imposible que la conciencia nacional y el sentido de la identidad nacional pudieran llegar
a constituir la base de un movimiento a escala nacional en beneficio de alguno de los bandos.
El resultado de la revolución (la constitución confederal de la republica Holandesa) parece
sugerir que las provincias eran simplemente incapaces de superar su regionalismo tradicional, y que
la autonomía provincial era el elemento más importante del credo político de los rebeldes.
La república Holandesa funciono mucho mejor y permitió alcanzar un nivel más alto de
integración económica que ninguna de las monarquías europeas. La burguesía holandesa había
introducido el grado exacto de reforma necesaria para promover la expansión económica, y sentirse,
al mismo tiempo, libre de centralidad excesiva.
La interpretación de los hechos económicos y sociales revela contradicciones similares. La
innegable expansión y renovación económica parece que fue de naturaleza demasiado limitada y
local para provocar la irresistible y amplia aparición de un nuevo orden social. Sin embargo, la nueva
republica se convirtió en la primera nación verdaderamente capitalista y burguesa con una
personalidad nacional mercantil muy marcada.
La revolución solo tuvo éxito en una parte de los países bajos, la clase burguesa era
demasiado débil para establecer su gobierno en todos. Solo encontró un Estado a su propia imagen
en Holanda, donde la economía de mercado, ya en una fase avanzada de desarrollo, rebosaba de
capital, mano de obra y capacidad meridionales, y donde no encontraba gran oposición en los grupos
sociales rivales.
La sociedad ordenada.
Sociedad agraria
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Aparte del grano, Cataluña53 podía hacer frente a la mayor parte de sus necesidades básicas
con sus propios recursos, y no había escasez de trabajadores, aunque estos no eran exclusivamente
de origen catalán.
La gran mortandad de finales del siglo XIV y del siglo XV había producido un profundo hueco
en la población de Cataluña, pero durante los reinados de Felipe II y Felipe III se produjo en el campo
catalán una recuperación demográfica espectacular.
Con tantos habitantes, absorbidos completamente o en parte por sus actividades agrícolas,
la mayoría de las villas parecía más bien una prolongación del campo que unidades separadas con
entidad propia. Se trataba fundamentalmente de una sociedad agraria.
Esta clase de labradores, que o bien tenían la propiedad del mas54 y de la tierra que lo
rodeaba, o bien la ocupaban mediante un seguro contrato de arrendamiento, ha constituido la base
fundamental de la sociedad catalana desde finales del siglo XV hasta casi nuestros días; y fue la
responsable, más que cualquier otra cosa, de la fundamental estabilidad de la vida rural Cataluña
durante los siglos XVI y XVII.
El señor, por su parte, continuaba siendo legalmente señor directo de la tierra. Sus vasallos
rendían homenaje y le pagaban una renta de la tierra, y varios impuestos feudales.
Aprovechándose del hambre de tierra de comienzos del siglo XVI, muchos de ellos cedieron
en arriendo las tierras pertenecientes al más a otros campesinos, menos afortunados, pidiéndoles
una renta más elevada que la que ellos estaban pagando al verdadero propietario de la tierra.
Las Cortes catalanas de 1530 legislaron contra tales abusos, con el objeto de proteger al
campesinado más bajo, contra la explotación de los campesinos propietarios que habían comenzado
a adquirir muchas de las características de los señores feudales de quienes ellos mismos habían
conseguido, sólo hacía poco tiempo, su libertad.
Así, pues, desde 1520 la sociedad rural catalana se regularizó en una estructura jerárquica.
Religiosidad.
Todos sabían que las piedras con las que tropezaba el arado, la muerte súbita del ganado, las
nieblas espesas, eran debidas al diablo, o a sus agentes, las brujas. Pero ni siquiera la Inquisición pudo
impedir una gran caza de brujas a comienzos de la década de 1620. La lucha contra las fuerzas de las
tinieblas pedía vigilancia y la fiel observancia de los ritos de la Iglesia. Los poderes del clérigo eran
grandes en esta sociedad. Cuando se rebeló Cataluña en 1640, el clero mostró su poder desde el
púlpito.
53
Cataluña es un territorio situado en el noreste de la península ibérica formado inicialmente a partir
de los condados que formaban la Marca Hispánica del Imperio carolingio y cuya extensión y unidad
fue completándose a lo largo de la Edad Media.
Tras la unión dinástica del condado de Barcelona y el Reino de Aragón en el siglo XII, los territorios
catalanes se constituyeron en parte integrante de la Corona de Aragón, alcanzando una notable
preponderancia marítima y comercial a finales del período medieval.
54
El mas era la unidad patrimonial básica de las grandes propiedades. 0, lo que es lo mismo, una gran
propiedad estaba compuesta de un número variable de masos geográficamente dispersos
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Solamente otra persona fuera del círculo familiar ejercía tanta autoridad en ella como el
párroco; el notario. El clérigo y el notario; la religión y la ley. Estas son las dos columnas que
constituían el soporte de la estructura familiar catalana.
Familia y comunidad.
La sociedad catalana se hallaba ordenada sobre la base del armazón que constituían la familia
y la comunidad.
En Cataluña, como en la Europa de los siglos XVI y XVII, los intereses individuales se hallaban
vigorosamente subordinados a los de la familia.
Como la familia era la unidad primaria de la sociedad, se hacía todo lo posible por concentrar
el patrimonio familiar en las manos de una sola persona, a la que se sometía a tan estricto control
que no se le permitía dispersarlo a su capricho personal.
El primogénito, al quedar en casa para atender a su patrimonio, contribuyó a proporcionar a
la sociedad catalana su fundamental estabilidad, el hermano menor obligado a defenderse por sí
mismo, le proporcionó un elemento dinámico.
Industrialización.
La vigorosa industrialización de Cataluña en los siglos XVIII y XIX puede ser atribuida en parte
a la energía y al talento de los hijos menores, obligados a ganarse la vida por sí mismos. Si no
encontraba salidas y oportunidades, podía fácilmente convertirse en una carga para su familia y en
una amenaza para la sociedad, vagando por su casa y viviendo a expensas de su hermano mayor.
Algunas de las causas más serias de las tensiones sociales en la Cataluña de los siglos XVI y XVII pueden
ser atribuidas a un código familiar y a un sistema de herencia que desposeían a los hijos menores y
los lanzaban a un mundo que no podía darles trabajo.
El desasosiego del hijo menor puede no haber sido, sin embargo, un precio excesivo para la
estabilidad fundamental de la familia como unidad. Esta estabilidad fue la que mantuvo a la sociedad
catalana a flote. La familia catalana era poderosa, sólida y asentada firmemente en la tierra.
Estructura social.
La sociedad catalana, en la que todo individuo se encontraba bajo el poder de la familia era
una sociedad de familias entrelazadas que se elevaban en forma de pirámide, en la cumbre de la cual
se hallaba un rey patriarcal.
El carácter de estos lazos estaba determinado en primer lugar por la relación familiar.
El prestigio de un hombre en esta sociedad se medía por el número de su clientela y por el
grado en que se pudiese satisfacer a sus parientes y a todos cuantos dependían de él.
En el siglo XVI los hombres no tenían tanta necesidad de protección física como de empleos,
mercedes y pensiones, y ésta era la necesidad que tenía que cubrir el nuevo estilo de señorío.
La Corte era la fuente de cargos y honores.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Servicio y merced, constituyen las dos mitades del compromiso recíproco de obligaciones que
unía al señor y a su vasallo. Había que cumplir con las normas, ya que la sociedad estaba trabada por
un respeto indiscutible a las obligaciones mutuas de un señor y de sus vasallos.
Pero sería erróneo suponer que siempre cumplieron efectivamente con su misión. El sistema
tenía tantos peligros como ventajas. En la medida en que las alianzas familiares unieron las distintas
capas de la jerarquía social desempeñaron también un extraordinario papel en la construcción de
una sociedad bien ordenada y coherente. Pero si los intereses de una familia se presionaban en
exceso, podían entrar en conflicto con los de otra.
La rivalidad y las facciones eran el precio que había que pagar por la unión vertical de los
diferentes grupos sociales a través del patronazgo y de las relaciones familiares.
Era cierto que la primera lealtad territorial catalana era hacia su propia región. Aunque patria
era la ciudad de origen, la palabra se usaba también para todo el Principado.
A pesar de las lealtades locales, los catalanes tenían conciencia de pertenecer a una
comunidad más amplia. Cataluña era su patria y era una nación. Este sentimiento de formar parte de
una comunidad nacional aparecía con más fuerza naturalmente en las relaciones catalanas con el
mundo exterior. Los catalanes se consideraban, aunque vagamente, como parte de España.
Por encima de todo, la estructura constitucional del Principado era lo que llenaba de orgullo
al menos a los catalanes más politizados. Más que cualquier otra cosa (su clima, la religión, la
fertilidad de los suelos), era esto lo que diferenciaba a su nación de todas las otras. Cataluña era un
país libre, cuya libertad se veía acentuada por la elección voluntaria de su príncipe.
Las leyes por las que se gobernaba el Principado se hicieron por mutuo acuerdo ente el
príncipe y sus súbditos en las reuniones de las Cortes, que sólo podían tener lugar si el príncipe estaba
presente. Estas leyes eran conocidas como las Constituciones de Cataluña, y todo rey, cuando subía
al trono, debía jurar su inviolable observancia, tanto por su parte como por la de sus funcionarios.
Estas constituciones juntas formaban una carta fundamental de las libertades de Cataluña.
Hacían imposible el establecimiento de impuestos arbitrarios por parte de la Corona; protegían a los
catalanes contra los abusos de la justicia real; les garantizaban su propiedad, a no ser que fuesen
culpables de lese-majesté humana o divina en primer grado, y determinaban la medida, el carácter y
los poderes de la administración real.
Además, los poderes del príncipe eran extraordinariamente reducidos, y sólo podían ser
ejercidos efectivamente de conformidad con el deseo de la comunidad.
El sentimiento de pertenecer a esta comunidad libre era muy fuerte. Los catalanes habían
sido instruidos para venerar las leyes, las libertades y las instituciones que habían conseguido para
ellos las heroicas acciones de sus antepasados, y su más alto deber era el de asegurar la cesión intacta
de su preciosa herencia a sus descendientes.
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Resúmenes Historia General IV – Programa 2018 – Correcciones 2019
Así, pues, el sentido del deber hacia la comunidad representaba un contrapeso natural al
sentido del deber hacia la familia, y alrededor de este eje de la familia y de la comunidad giraba la
vida catalana.
Conflictos internos.
No obstante, las guerras civiles del siglo XV habían puesto de manifiesto que no todo
funcionaba automáticamente como debería.
En el caso de que una pieza del mecanismo quedase sin control, todo el delicado instrumento
se estropearía. Si la lealtad familiar se convertía en vendettas familiares, si los intereses privados
prevalecían sobre los corporativos, se perdería la sociedad ordenada.
Fernando el Católico55 hizo todo lo posible por garantizar el adecuado funcionamiento de la
maquinaria. Pero había un posible fallo en su labor: no creó una nueva Cataluña, sino que hizo lo
posible por restaurar la antigua, y la restauró para un mundo que había cambiado profundamente.
Existían señales de cambio por todas partes. Cataluña no era ya la cabeza de un imperio, sino
sólo una provincia semi-autónoma en una monarquía dominada por Castilla. Su príncipe no tenía ya
la Corte en Barcelona, sino en un Madrid distante.
El rey estaba personalmente ligado a sus súbditos en su papel natural como patriarca, y
jurídicamente como parte principal del contrato constitucional. A pesar de ello, los catalanes apenas
vieron a su rey durante el siglo XVI. Esa misma fatalidad pone de manifiesto la clase de dilema con
que se enfrentaron los catalanes.
La sociedad desordenada.
Esperando quizá explotar las divisiones de la clase dirigente catalana y consolidar la autoridad
real a la que consideraba peligrosamente socavada por las recientes Cortes, el virrey, duque de Feria,
se dispuso a actuar.
El 2 de marzo de 1602, mientras que la atención del pueblo de Barcelona se hallaba distraída
con una procesión, arrestó a un diputat. Desde 1569 no se había producido un conflicto tan grave
entre las autoridades reales y los máximos representantes de la nación catalana. La disputa en torno
a la publicación de las constituciones mostró cuan fácilmente podían romperse las delicadas
relaciones entre los catalanes y la Corte.
En los años siguientes a 1603, cuando remitieron, al menos momentáneamente, los grandes
problemas políticos, los problemas sociales del Principado se intensificaron; y de tal manera, que
llegarían a comprometer una vez más todo el conjunto de las relaciones políticas entre el rey y los
catalanes.
Esta creciente inquietud social tomó varias formas, pero la más significativa de ellas fue la
difusión del bandolerismo.
55
Fernando II de Aragón, llamado «el Católico» (1452-1516), fue rey de Aragón, de Castilla, de Sicilia,
de Nápoles, de Cerdeña y de Navarra.
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Como indican los nuevos nombramientos, la aristocracia estaba lejos de constituir una casta
cerrada; tanto la relativa facilidad con la que podían adquirirse títulos de nobleza, como la existencia
de un sistema mediante el cual los burgueses más importantes eran clasificados como miembros del
estamento militar, contribuyeron a mantenerla abierta.
Los títulos de nobleza sólo podían ser conferidos por el rey. Los nombramientos en masa
quedaban reservados a sus escasas visitas al Principado y la conclusión favorable de las Cortes, pero
los nombramientos individuales eran relativamente frecuentes en los períodos intermedios.
Al menos en teoría, una merced como un título de nobleza continuaba siendo todavía la
recompensa por un servicio –al rey en concreto- pero en el siglo XVII todo el concepto tradicional de
servicios y mercedes, que pertenecía esencialmente a la época de estrecha relación personal entre
el rey y sus vasallos, comenzó a debilitarse (pedidos por solicitud, o directamente la compra).
Los constantes matrimonios celebrados entre la vieja nobleza y estas familias burguesas, y la
consecuente adquisición de propiedades municipales contribuyeron a facilitar el proceso mediante
el cual, desde las guerras civiles del siglo XV, los nobles abandonaron sus apartados castillos
cambiándolos por las comodidades de una casa en la ciudad y convirtiéndose así en una aristocracia
urbana. El desarrollo de una aristocracia urbana contribuyó a crear serias tensiones entre las filas de
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la nobleza, pues existía una fuerte distinción entre el noble de la ciudad y el noble rural en la Cataluña
del siglo XVII.
En lo concerniente a los cargos locales en la administración virreinal, los salarios eran tan
irrisorios que “no hay quien quiera oficios sino es los que son impropios para ellos”. Así, pues, la
aristocracia no desempeño virtualmente ningún papel en el gobierno local. Con tan escasas
oportunidades dentro del Principado, podía haberse esperado que la aristocracia catalana hubiese
buscado salidas y oportunidades más allá de las fronteras de su país. La alternativa al servicio militar
fuera del Principado era un cargo en la Corte o en la administración de otras partes de la Monarquía.
Aquí, sin embargo, los nobles catalanes, como los de otras provincias periféricas de la Península,
encontraron el acceso bloqueado por los castellanos. La virtual exclusión de los nobles e hidalgos
catalanes de los cargos provechosos y de los honores bajo la Corona española tenía inevitablemente
consecuencias de largo alcance. Estas eran en parte financieras pero también psicológicas.
Además, el absentismo real en una sociedad monárquica requería ajustes psicológicos que
tomaban tiempo, y si todavía la aristocracia catalana apenas había comenzado a aceptar la necesidad
de dicho absentismo, mucho menos había previsto las necesarias consecuencias. Como resultado de
ello, sufría un profundo mal, el mal de una clase que había perdido la razón de su existencia.
Privados de la presencia de su rey, falto de sus salidas para sus energías y ambiciones, y
atados por los convencionalismos de un ideal social cada vez mas pasado de moda, los nobles y la
pequeña nobleza –tanto urbana como rural- reaccionaron de una forma totalmente comprensible.
Emplearon sus energías en enemistades y venganzas. Los enfrentamientos armados entre grupos de
nobles eran sucesos frecuentes, y la justicia real se sentía impotente para impedirlos.
Inevitablemente el país en conjunto se vio arrastrado a las contiendas de los nobles.
Esto indica que las causas últimas de la crisis catalana durante el reinado de Felipe III deben
buscarse más allá de los disturbios específicos de la aristocracia o de cualquier otro grupo social, y
que están relacionadas con el tono y el carácter de la administración real, que era teóricamente
responsable del mantenimiento del orden. Aquí había, evidentemente, signos de colapso. Más que
cualquier otra cosa, la crisis catalana reflejaba el fracaso del gobierno, cuyos origines habían de
buscarse tanto en Barcelona como en Madrid.
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los poderes del ser humano, que recupera su autonomía por la fuerza de su razón o por la riqueza de
su experiencia.
La laicización hace descender los valores del cielo a la tierra: el individualismo descompone
el interés del príncipe en una multitud de intereses particulares.
La singularidad y la verticalidad son sustituidas por la pluralidad y la horizontalidad de las
luces.
La idea de felicidad ratifica esta mutación decisiva, oponiendo a la salvación religiosa una
plenitud de existencia aquí abajo y a la gloria del príncipe la búsqueda de un desarrollo personal.
Divergencias y contradicciones.
Pero la fractura es siempre posible. El consenso filosófico no excluye que haya divergencias
y contradicciones en la interpretación de la felicidad en cada uno y del bien de todos.
Los hombres de la Ilustración confían en la razón. El progreso consistirá en una
racionalización progresiva de la vida de los individuos y de las colectividades.
La felicidad se identifica así con el saber y toda política se reduce a una pedagogía: bastaría
iluminar al pueblo y difundir las luces para que las injusticias retroceden, para que impere la felicidad.
Política de felicidad.
Más allá de las tensiones, el siglo XVIII propone una política de la felicidad, pero ¿por quién?
¿Para quién?
El anticlericalismo y la valorización de la razón designan al filósofo mismo como maestro de
las naciones y consejero del príncipe. La política debe convertirse en una “ciencia del hombre” que
forma parte del saber filosófico.
Esta racionalización de la vida colectiva tiene como fin la felicidad de todos.
El ideal pedagógico pretende igualar las oportunidades a largo plazo, e incluso establecer una
igualdad social. Pero a corto plazo, la realidad de la ignorancia de las masas y la lentitud de los
progresos obligan al filósofo a hablar en nombre de la colectividad.
La Ilustración se presenta como una filosofía de la libertad o como una filosofía de la igualdad
y desemboca en la Revolución de 1789 o 1793.
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Monstesquieu57 .
Se encuentra más alejado del determinismo que a veces se la ha atribuido, dado que una
cultura histórica excepcional le permite captar la especificidad de cada sistema social o geopolítico.
Una de las nociones claves de su obra es sin duda, lo que él llama el espíritu general,
resultante de las combinaciones cambiantes de numerosos factores cuyo peso relativo varía según
el espacio y el tiempo.
La última palabra de la sabiduría de Monstesquieu no es tratar de transformar el mundo, sin
adaptarse a él, tal como es, de la mejor manera posible. El espíritu de las leyes es esencialmente un
inventario de adaptaciones afortunadas. A lo largo de esta obra se esfuerza en demostrar que en la
realidad histórica mejor o peor, el hecho y el derecho, las leyes y la equidad concuerdan
56
El despotismo ilustrado es un concepto político que surge en la Europa de la segunda mitad del
siglo XVIII. Se enmarca dentro de las monarquías absolutas y pertenece a los sistemas de gobierno
del Antiguo Régimen europeo, pero incluyendo las ideas filosóficas de la Ilustración, según las cuales,
las decisiones humanas son guiadas por la razón.
57
Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu (1689-1755) fue un filósofo
y jurista francés cuya obra se desarrolla en el contexto del movimiento intelectual y cultural conocido
como la Ilustración. Fue uno de los filósofos y ensayistas ilustrados más relevantes, en especial por la
articulación de la teoría de la separación de poderes, que ha sido introducida en algunas
constituciones de varios Estados
261
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aproximadamente. Pero no consigue hacer callar al moralista que lleva dentro de él, que a veces se
indigna.
De la monarquía y en el fondo solo de ella, Montesquieu, como humanista que era, tiene más
de una nostalgia por la “virtud” de las democracias antiguas. Pero la idea de una democracia
representativa le resulta demasiado extraña. A sus ojos de francés del siglo XVIII el modelo
republicano era completamente inactual.
El verdadero problema para él era saber la forma que tomaría el gobierno monárquico en
Francia y en los otros Estados Europeos. Adversario total del absolutismo de Luis XIV, totalmente
refractario al mito del Rey Sol, le atormentaba el temor de ver a las monarquías europeas y en
especial a la francesa, degenerar en gobiernos despóticos.
Aunque el pensamiento político de Monstesquieu sea hijo de su tiempo, sería muy torpe
creer que no tiene nada que enseñarnos.
En un primer lugar, porque propuso muchas ideas nuevas que, aunque en general han ido
entrando, con el paso de las generaciones, en los códigos de nuestras democracias occidentales.
Pero su mayor interés está en otra parte: en una reflexión tan aguda como original sobre el
poder.
En la época en que se escribió el “Espíritu de las leyes”, el problema clásico de la teoría
política era la legitimidad del poder o el fundamento de la soberanía ¿El poder es de origen divino,
natural o contractual? Aunque la solución teológica le resulta completamente ajena y refuta en unas
líneas la tesis paternalista, jamás desarrolla la idea de convención o de contrato.
A todas estas consideraciones teóricas sobre la soberanía, Monstesquieu las remplaza de
hecho por un análisis concreto de poder. Esta reposa sobre una sencilla contestación” es una
experiencia eterna que todo hombre dotado de poder tiende a abusar de él”. Es decir que cualquier
poder, incluso el legítimo es peligroso.
El Estado es indispensable para la protección de los individuos tanto en sus personas como
en sus bienes, pero ese mal necesario no deja de ser un mal, es decir una amenaza. La arbitrariedad
del gobierno despótico no es monstruosa sino como caso límite de una tendencia universal al abuso
del poder.
Lo cierto es que Monstesquieu no cede a la ilusión eufórica de ver en el orden político el
espléndido desarrollo del orden natural. Sin llegar, como Rousseau a proclamar que la sociedad es
antinatural y rechazando el pesimismo de Hobbes, coartada de todas las tiranías, el sabe que más o
menos la sociedad civil es necesariamente alienante. En su opinión el problema político no tiene una
solución perfecta, sino respuestas más o menos buenas, o malas.
Rousseau y su influencia.
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El modelo político e imaginado por Rousseau participó en aquel movimiento ideológico que
en siglo XVIII anunciaba en el advenimiento de la democracia, de un espacio político nuevo, y en este
sentido es un modelo moderno.
Su principal preocupación consistía en la instalación en un campo político definido por la
soberanía del pueblo, de unas relaciones afectivas y una solidaridad entre los ciudadanos.
Preservar dichos vínculos es proteger el cuerpo político contra el nacimiento de los conflictos
desgarradores en su seno, que solo pueden significar un próximo desmembramiento.
Su ideal es un pueblo pequeño, de costumbres puras y simples, que practica la democracia
directa y que no tiene que decidir sino sobre problemas sencillos, en los que la opción entre el bien
y el mal se impone de un modo casi evidente.
En este sentido, el modelo político de Rousseau es tradicionalista y arcaico.
Para Rousseau una sociedad justa y legítima representa una especie de desafío a la historia
y especialmente, a la de su época, caracterizada por la desigualdad, el despotismo y la degradación
de las costumbres. Varias razones lo llevan a insistir sobre las funciones pedagógicas de la ciudad, ya
que apuesta a que ella realiza su vocación moral y se enfrenta con los peligros que la amenazan.
Por otro lado, hizo suya una de las ideas maestras de la Ilustración: la tolerancia. Esta es un
principio fundamental de la ciudad: el Estado no interviene en las creencias religiosas de sus
ciudadanos y garantiza la libertad de conciencia.
Formar ciudadanos es hacer patriotas. Para él la obra maestra de la política, consiste en
formar las costumbres y los hábitos que encarnan al genio propio de un pueblo y a su carácter
singular, que hacen de él una nación.
En la posterioridad inmediata de Rousseau se halla la generación que se encontró sumergida
en la Revolución Francesa. Por eso durante mucho tiempo se interpretó su pensamiento político a la
luz de la experiencia revolucionaria, es decir, buscando en aquel antecedente de las corrientes y
formaciones políticas que se consolidaron durante la Revolución.
Pero Rousseau no fue el autor de un ismo que se llevó a la práctica durante el período
revolucionario. El jacobismo hace suyas algunas ideas, como por ejemplo el concepto de voluntad
general una e indivisible, la soberanía del pueblo, la exaltación de la ciudad-patria; pero varios de sus
componentes esenciales, en especial, el culto al Estado fuerte y centralizador, no tienen ningún
antecedente en el pensamiento de Rousseau.
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Según Kant, la primera causa explicativa de la minoría de edad es realmente uno mismo
(autoculpable). Es decir que la causa no es la carencia de entendimiento sino la falta de valor y
decisión para servirse uno mismo de su propio entendimiento, dejando que sean otros (tutores) los
que rijan los destinos del propio pensar.
De ahí que el lema de la Ilustración, afirma Kant, sea Sapere aude, es decir, atrévete a pensar
por ti mismo.
La segunda de las causas de la minoría de edad son la pereza y la cobardía. Y es que resulta
más cómodo, señala Kant, que, en vez de asumir cada uno la responsabilidad de poner en marcha la
propia capacidad racional del saber y del actuar, dejemos que los demás piensen por uno mismo.
58
Immanuel Kant (1724-1804) fue un filósofo prusiano de la Ilustración. Fue el primero y más
importante representante del criticismo y precursor del idealismo alemán. Es considerado como uno
de los pensadores más influyentes de la Europa moderna y de la filosofía universal.
Entre sus escritos más destacados se encuentra la “Crítica de la razón pura” calificada generalmente
como un punto de inflexión en la historia de la filosofía. En ella se investiga la estructura misma de la
razón.
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El segundo requisito de la Ilustración es, según Kant, la libertad de hacer siempre y en todo
lugar, un uso público de la razón.
Lo que sucede, sigue afirmando Kant, es que por todas partes surgen limitaciones a tal uso
ilimitado de la libertad.
Así algunas voces afirman: razonad todo lo que queráis, pero obedeced. Pues bien, se
pregunta Kant, ¿cómo compaginar la necesidad de la libertad con la existencia de la obligación?
Su respuesta es la siguiente: se puede hacer un uso público y un uso privado de la razón.
El USO PÚBLICO implica una libertad total y sin límites. El uso público de la razón se produce
cuando alguien, en cuanto docto en una materia determinada, hace uso de su razón ante el gran
público o ante el mundo de sus lectores. En este contexto no deben existir límites para la libertad de
expresión.
Es únicamente el uso privado de la razón la que puede tener limitaciones. El uso privado de
la razón es la utilización que uno hace de la misma en un determinado puesto civil o de la función
pública.
Kant establece una diferencia entre época ilustrada y época de la ilustración. Se pregunta si
en su tiempo se vive una época ilustrada. Su respuesta es negativa. Afirma, sin embargo, que vive en
una época de Ilustración.
Vive una época de Ilustración ya que, en su tiempo, se ha abierto un gran espacio de libertad
que muestran señales inequívocas de una disminución en los obstáculos que permiten llegar a una
Ilustración general.
En este sentido, el tiempo que le ha tocado vivir, señala Kant, es el tiempo de la Ilustración,
es el siglo de Federico.
Federico de Prusia59 es, según Kant, un Príncipe que representa mejor que nadie el espíritu
de la Ilustración.
Los rasgos siguientes lo demuestran claramente:
1. Considera su deber el no prescribir nada a los hombres en materia de tipo religioso, dejando
una libertad plena al respecto.
2. Incluso rechaza el pretencioso nombre de tolerancia.
59
Federico II de Prusia, también conocido como Federico II el Grande (1712-1786), fue el tercer rey
de Prusia (1740-1786) y uno de los máximos representantes del despotismo ilustrado del siglo XVIII.
Se le conoce por sus victorias militares y por su reorganización del ejército prusiano, sus tácticas y
maniobras innovadoras, y por el éxito que obtiene en la Guerra de los Siete Años.
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Pues bien, en esta máxima representativa del sentir de la Ilustración se nos muestra
claramente una paradoja: por un lado, la existencia de barreras cuando se produce un mayor grado
de libertad; por otro lado, la existencia de la posibilidad de desarrollar todas las facultades posibles
cuando el grado de libertad es menor.
Kant está describiendo la relación dialéctica existente, dentro de la Ilustración, entre el uso
público y el uso privado de la razón.
Es evidente que, el uso público de la razón, aun exigiendo una libertad total, tiene el límite
de que no puede usarse de modo privado.
Por otro lado, es evidente también, que el uso privado de la razón, aun exigiendo una
limitación de la libertad, tiene la posibilidad de expresarse en toda su dimensión en el uso público de
la razón.
Según Kant, el progresivo desarrollo de esta relación dialéctica entre uso público y privado,
repercutirá gradualmente sobre el sentir del pueblo, con lo que el sentir ilustración impregnará
progresivamente tanto la libertad de actuar del mismo, como el legislar del gobierno.
Todo ello, conducirá a una auténtica época ilustrada en donde el hombre ya será tratado, no
como una máquina, sino conforme a su dignidad.
Durante mucho tiempo los historiadores pensaron que la revolución era hija de las Luces60.
Después llegó la época en que se distendió la relación entre revolución y la filosofía, entre la ruptura
política y la innovación cultural.
60
La Ilustración fue un movimiento cultural e intelectual, primordialmente europeo, que nació a
mediados del siglo XVIII y duró hasta los primeros años del siglo XIX. Fue especialmente activo en
Francia, Inglaterra y Alemania.
Inspiró profundos cambios culturales y sociales, y uno de los más dramáticos fue la Revolución
francesa. Se denominó de este modo por su declarada finalidad de disipar las tinieblas de la
ignorancia de la humanidad mediante las luces del conocimiento y la razón. El siglo XVIII es conocido,
por este motivo, como el Siglo de las Luces y del asentamiento de la fe en el progreso.
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Reflexionar sobre los orígenes de la revolución significaba invocar otras razones: los efectos
de la coyuntura económica, mala antes de ser crítica; el enfrentamiento exacerbado entre una
burguesía frustrada y conquistada y una nobleza crispada.
¿Cómo, cuándo, por qué, todas las creencias en que se basó el Antiguo Régimen se
desmoronaron y después se dislocaron? De esta transformación del pensamiento y de las
sensibilidades, los libros -y los impresos en sentido amplio- ¿fueron responsables?
Este texto pretende criticar la hipotesis que concibe la fabricación prerrevolucionaria de la
opinión como la interiorización por parte de los lectores de ideas cada vez más numerosas, de
imágenes y críticas existentes en los textos filosóficos. Una perspectiva así postula implícitamente
que mediante el acto de la lectura los lectores se convierten en lo que los textos quieran que sean.
Se pasan a señalar los hechos más masivos, estos indican claramente la existencia de tres
mercados del libro en la Francia del siglo XVIII:
El primero, el de los libros raros y curiosos, para una clientela aristocrática y acomodada cuyo
fin era constituir gabinetes escogidos y curiosos y no bibliotecas que se usaran y estuvieran abiertas
a los letrados y a los sabios.
El segundo mercado es mucho más amplio, pues se nutre de las novedades. Tres rasgos lo
caracterizan: la estabilidad de larga duración del proceso de fabricación del libro (no existieron
innovaciones); la edición permanece sometida al capital comercial y el reducido número de tiraje; sin
embargo, hay varios signos que testimonian el crecimiento del mercado de libro de novedades.
Los libreros que editan los títulos más famosos del siglo apresuran de dos maneras los
contratiempos que frenan la producción: multiplicando las ediciones (tanto las autorizadas como las
ilegales) y aumentado los tirajes más allá de lo ordinario. Si no su único medio de difusión, la venta
ambulante de librería es sin discusión el más poderoso, y es un fenómeno masiva y tardíamente
urbano. Esta venta ambulante no está dirigida exclusivamente a compradores populares y
campesinos. Su función es doble y alimenta a dos mercados de libros: el de los letrados, que no
puedan o no quieran comprar libros en librería las novedades de la época y el de los lectores menos
hábiles y menos afortunados.
A esta multiplicación de lectores, la librería ofrece una producción transformada en sus
cimientos fundamentales, la mutación espectacular de las registradas por las demandas de permisos
públicos se da por el retroceso y después la caída del libro de religión.
Los libros publicados bajo la protección de un permiso público o tácito constituyen sólo una
parte, en el reino circulaban a gran escala los libros que se designan como “filosóficos”.
Impresas por sociedades tipográficas instaladas en el perímetro del reino introducidas
clandestinamente y vendidas bajo cuerda, prohibidas y perseguidas. Estos “libros filosóficos” que la
policía conoce como “malos libros”, son de un comercio peligroso.
Dentro de esta producción ilícita, deben distinguirse cuidadosamente dos grupos: los
prohibidos y los falsificados.
Cuando estos son requisados a la entrada a la capital, el tratamiento que les aplican las
autoridades es muy contrastante: mientras que los títulos prohibidos quedan secuestrados y
destinados a la destrucción, los títulos falsificados son, en parte, o devueltos a quien los envió o dado
al librero que es propietario del privilegio, quien podrá venderlos para su provecho.
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El siglo XVIII situó al hombre en el centro de su visión del mundo, del sistema en torno al cual
organiza su entera reflexión, cosa que consiste en la ruptura con la Edad Barroca.
El crepúsculo de la Luces parece situarse a finales del siglo, en aquella serie de
acontecimientos de los que la Revolución Francesa es sólo el momento álgido en que las certezas se
ofuscan sin que, por otra parte, se ponga en duda en cuanto tiene de irreversible el giro acometido
en la historia de la humanidad.
El autor no se introducirá en el debate tradicional de la necesaria distinción entre el hombre
de la Ilustración, ideal y tipo, y los hombres de la Ilustración, en su masa anónima y heterogénea. Si
bien es evidente que el total toma un sesgo elitista, se tratará de tomar como punto de partida el
nuevo discurso del hombre en general.
Tomará la Grande Encyclopedie de Diderot y DÁlambert en el artículo referido al hombre, en
donde de 45 columnas, 36 se dedican a la anatomía, 8 al hombre moral y medio al hombre político.
La enciclopedia, texto cardinal en la aventura de la Ilustración, está lejos de agotar sus
riquezas, no refleja ni de lejos, un acuerdo universalmente admitido por la filosofía de la época. Pero
sí hay que reconocer que permite reunir cierto número de temas generales en los que, más allá de
las controversias se reconocen los elementos de un acuerdo mínimo por el que se expresa una nueva
visión del mundo a través de una visión del hombre.
Lo más llamativo es el repudio a la visión geocéntrica que había regido hasta entonces el
orden en el universo. El hombre no se contempla ya en el pensamiento de Dios; el más allá se borra
y por lo que respecta al problema del alma, se remite a otro artículo.
El hombre reinsertado en el orden de la naturaleza como animal dotado de propiedades
particulares, se aborda en su consistencia física, su anatomía y su fisiología, medios para analizar lo
que constituye la unidad, pero también la diversidad, de la especie humana.
El hombre, cintura animal, movido por resortes de interés personal, tal como lo evoca la
Enciclopedia, parece hallarse al margen de las jerarquías de las sociedades ordenadas que hasta
entonces habían impuesto su marco coercitivo.
El hombre, dueño de su destino una vez canceladas las hipotecas del prejuicio y la religión y
los condicionamientos propios de su misma naturaleza, se distingue de los animales en cuanto ser la
razón: ha creado las artes, las ciencias, en una palabra la civilización.
El hombre corriente.
En el área europea viven más personas; la población estalla, poniendo así fin al largo
estancamiento de los siglos anteriores.
Pero en la parte más desarrollada de esta Europa comienzan a cambiar las actitudes
colectivas ante la vida, el nacimiento, el amor, el matrimonio, la sexualidad, además de la muerte.
Aries ha sido uno de los primeros en insistir en el tema de la infancia, la ilegitimidad encuentra
un campo selecto tanto en París como en las grandes ciudades. Los hombres han cambiado en sus
actitudes más íntimas, las mujeres también.
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En un resumen extremo, que casi roza la caricatura, se puede constatar que la producción
crece y que en la vieja Europa de doblamiento denso la superficie alcanza su extensión mínima,
acrecida por las roturaciones. Pero también en algunos sectores se sentarán las bases de lo que será
la revolución agrícola: de Inglaterra a Flandes, en ciertas regiones de Francia y en el valle del Po.
La condición del campesinado no experimenta progresos espectaculares, se mantienen
inalterados ciertos marcos tradicionales. Pero si Europa occidental forcejea contra los restos de un
sistema feudal moribundo del que ya se ha liberado Inglaterra, Europa Oriental, vive un
reforzamiento de los lazos de dependencia.
En la época que nos interesa la revolución industrial, ya en curso en Inglaterra, las formas de
protoindustrialización en marcha en Europa Occidental introducen más novedades en el campo que
en la ciudad, pero este ingreso en una modernidad aun limitada aparece en la vida de los hombres
tanto en forma de nuevas dependencias, desestabilización y crisis de las antiguas solidaridades
corporativas, como de un progreso perceptible.
Levantemos acta con Pierre Chaunnu de que, para la mayoría de los trabajadores, tanto de
la ciudad como del campo, todavía no se ha producido una revolución. La modernidad se abre paso
en estructuras por lo general inalteradas, perpetuadas por los gremios y corporaciones… ¿Son
concientes de esto los individuos? Sigue abierto el problema de la cultura de la Ilustración, de su
difusión y de sus límites.
El criterio de la alfabetización o de la capacidad para firmar el propio nombre nos permite
sopesar la cuestión de manera global y esbozar una especialización. Dicho criterio opone una Europa
del noroeste mayoritariamente alfabetizada, a la Europa meridional y al resto del continente de oeste
a oeste.
Se llega así al terreno de la religión, punto sensible y campo de batalla para los hombres de
la Ilustración… ¿podría decirse que este siglo ofrece en germen un alejamiento de las religiones
establecidas y hasta una “desacralización”? Es difícil sondear corazones y riñones.
Los pocos rasgos a partir de los cuales se ha intentado definir el perfil del hombre de las luces
en el plano de la masa anónima arrojan un balance contrastado: estabilidad de las estructuras
profundas y rigidez relativa de los marcos existenciales. Pero en un mundo más poblado donde la
modernidad se abre camino a través de nuevos modos de producción, de ser y de parecer, se refleja
una movilidad de actitudes y representaciones colectivas. En el ámbito cultural, social y económico
se perfilan polos de difusión de la novedad y zonas de sombra.
Actores y protagonistas.
Lejos de la división tripartita de los estamentos de la época medieval y que pervive en las
estructuras oficiales de la sociedad, se perfila una polarización binaria que opone élites y masas.
La élite cuestiona las divisiones históricas de la sociedad estamental e interfiere como
contrapunto de las clasificaciones por clases en esta sociedad misma en que toma fuerza y
consistencia una nueva burguesía fundada sobre un sistema de valores compartidos cuyo cemento
es el espíritu de las Luces.
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Y, sin embargo, si nos atenemos al pequeño grupo de quienes se sirven del nuevo discurso,
este siglo aparece como el del cosmopolitismo, los intercambios y una circulación incrementada de
hombres e ideas.
Esta mezcla contribuye a la idea de una unificación cultural, facilitada sin duda por la
hegemonía del francés, a pesar de la preeminencia comienza a ponerse en duda por obra del avance
de una anglomanía que es más una moda o por la crítica que comienza a esbozarse en el universo
germánico.
Se ha insistido tradicionalmente en la movilidad social, quizá más espectacular que real, en
una época en que parecen abolirse las barreras de las condiciones de vida. Se esboza así un nuevo
reparto de papeles, una recomposición del espacio social donde conviene ver cual es la parte de
realidad y de ficción, hasta de ilusión, a la que remite.
¿Es pues la nobleza la fuerza principal de resistencia al espíritu de las Luces?
Este es el discurso mantenido por la revolución francesa en el marco de una lucha sin piedad
contra el orden aristocrático. Pero este tópico ha sufrido últimamente serias revisiones, y se ha
recalcado la paradoja de una nobleza abierta a todas las corrientes de pensamiento. En sus
bibliotecas, en sus cortes, en sus salones, no está cerrada al espíritu de las luces.
Sin embargo, el noble de la Ilustración se encara con múltiples opciones: combatir en retirada
por la defensa de los antiguos valores o del derecho de sangre, que genera rechazos a su vez, o
integrarse en las nuevas élites, pero no sin equívocos y malentendidos. Todo se enturbia en la cúspide
de la aristocracia cosmopolita de la Ilustración, aparentemente aunada por una común manera de
pensar y comportarse.
En el rango de protagonistas está el burgués, en contraposición a estos representantes del
antiguo mundo el burgués existe, pero no se muestra todavía, eso es lo paradójico de la situación. El
grupo autodefinido como burgueses que se encuentran en las ciudades, es una burguesía rentista,
de estilo antiguo.
Portavoces.
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Intermediarios culturales
Se presentan dos ejemplos ilustrativos: el funcionario y el sacerdote (sin intentar agotar la
riqueza de los mismo), por sus funciones esenciales que desempeñan. La política voluntarista de los
príncipes ilustrados por un lado, pero también la propagación espontánea de las nuevas ideas no
puede ser abordada sin recurrir a ellos.
La imagen que se ha presentado del hombre de las Luces es demasiada plana. Como si las
cosas no hubieran cambiado en las condiciones materiales de la vida de las personas, en sus
mentalidades y pasiones. Como si los marcos establecidos por la monarquía pudieran salir intactos.
El edificio se cuartea al finalizar el siglo. Tras la máscara de la fiesta aristocrática se entrevé el rostro
alterado de la vieja nobleza. Hasta las instituciones mejor reglamentadas dejan de cumplir su función:
las academias son críticas y aparecen como el refugio de un orden que ya no se desea. Se abre paso
una nueva generación tanto en la república de las letras como en el mundo de las ciencias y de la
creación artística.
La revolución francesa, violencia y revolución prometeica a un tiempo, pone al hombre frente
a las exigencias de una libertad que es objetivo de conquista. Una nueva humanidad sale a buscarse
a sí misma, más avisada y también más inquieta.
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Alrededor de 1920, en zonas rurales poco modernas, se llamaba al régimen anterior a 1789
como “la época de los señores”.
En “los señores” los patriarcas rurales de los años veinte confundían alegremente todo lo que
antes había dominado los campos y percibido derechos feudales, comprendido el diezmo: grandes y
pequeños nobles, obispos, monjes, canónigos, burgueses y sus agentes, recaudadores, molineros, o
miembros de la justicia.
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El análisis sistemático del contenido de los cuadernos proporciona indicaciones masivas de imposible
recusación:
a) fidelidad y amor se elevan hacia el rey y la monarquía
b) sin embargo, la hostilidad hacia el sistema financiero de la monarquía es profunda, pese a lo
cual se espera que el buen rey y los Estados Generales lo reformarán.
c) Se protesta mayoritariamente contra algunos derechos feudales, contra todos o contra su
principio.
d) La hostilidad se manifiesta por lo menos con igual fuerza, no contra el principio del diezmo,
sino contra las realidades de su percepción, su desigualdad, sus exageraciones, sus irregularidades, y
sobre todo el hecho de que haya sido desviado de su primitiva finalidad, ya que casi ningún cuaderno
se muestra hostil a la religión.
e) Frecuentemente, pero no con carácter mayoritario, y quizá como eco de protestas
“burguesas” se registran amargar quejas por el desprecio en que todos los nobles tienen a los
labradores y los “paisanos”.
Una de las grandes grietas fundamentales del Antiguo Régimen será la que separe el trabajo
rural y la nobleza. Para los campesinos, ni la monarquía, ni la religión, ni la propiedad están en
discusión.
Están en cuestión las injusticias del sistema fiscal, los derechos señoriales, el diezmo, la mayor
parte de los privilegios y la conducta habitual de toda la nobleza. Pero los campesinos se han
expresado mejor mediante la concreción de los actos de los que no puede dudarse que fueron
revolucionarios.
Orígenes milenarios.
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Consideremos nueve rupturas por obra de las cuales murió progresivamente el Antiguo Régimen:
a) La aceleración de los transportes
b) La industrialización
c) El establecimiento de una sólida red bancaria
d) La unificación lingüística del país
e) La instauración y aceptación del servicio militar
f) La unificación jurídica del país
g) La simplificación y la unificación administrativas
h) La “revolución demográfica”
i) El retroceso de la piedad
Los orígenes y las imbricaciones de esas nueve rupturas, ligadas en parte, no siempre se ven
con nitidez. Designarlas y subrayarlas ayuda a comprender, a delimitar, quizá a definir al Antiguo
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Régimen: es exactamente la inversa de esa serie de lentas y decisivas novedades, aun cuando algunas
se esbozan antes de 1789.
Económicamente se caracteriza por la lentitud de las relaciones, el predominio de la
agricultura, la insignificancia de la metalurgia en una industria en si misma secundaria, la casi nulidad
del sistema bancario.
Demográficamente, siguió siendo largo tiempo medieval por los altos niveles conjuntos de
nupcialidad, fecundidad y mortalidad, así como por la persistencia de grandes crisis epidémicas o de
hambrunas.
Políticamente, a pesar de grandes esfuerzos en contrario, siguió siendo el régimen de la
diversidad jurídica, lingüística y administrativa, de la complicación y el privilegio.
Está mentalmente marcado por una mezcla de creencia en prodigios y de fervor cristiano, un
frecuente analfabetismo, una vida provincial y local extremadamente aislada, una concepción
habitualmente débil y a veces nula del Estado, de la Nación, de la Patria, salvo en la adoración del
monarca o la presencia física del peligro.
Es la época de los dialectos y las brujas, los pastores y los molineros, los señores y los
diezmeros, los aduaneros locales y los sargentos, el trueque y los mercados pequeños, al ritmo de la
mula y el peatón, de las estaciones y los signos del Zodíaco, con el rey y Dios bien lejos, jueces
supremos, recursos supremos, supremos consuelos.
Sentir, incluso confusamente, esas presencia antiguas y pesadas, equivale ya a penetrar en
ese modo de vida, en ese clima tradicional y obsesivo muy progresivamente destruido por las
rupturas fundamentales aparecidas en orden disperso a fines del siglo XVIII y sobre todo en el XIX.
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