perdura hasta esta generación, y, para celebrarse al uso de los antiguos,
anuales vuelven las Jacintias, con su antepuesta procesión.
Las Propétides y los Cerastas
«Mas si acaso preguntaras, fecunda en metales, a Amatunta, 220
si haber engendrado quisiera a las Propétides, con un gesto lo
negará,
igualmente que a aquellos cuya frente áspera en otro tiempo por su geminado
cuerno era, de donde además su nombre tomaron, los Cerastas.
Ante las puertas de éstos estaba el altar de Júpiter Huésped.
†De un no luctuoso crimen† el cual altar, si algún recién llegado teñido 225
hubiese visto de sangre, inmolados creería haberse allí
a unos terneros lechales, y de Amatunte sus ovejas bidentes.
Un huésped había sido asesinado. Ofendida por esos sacrificios nefandos,
sus propias ciudades y de Ofiusa los campos se disponía
a dejar desiertos la nutricia Venus. «Pero, ¿qué estos lugares a mí gratos, 230
qué han pecado las ciudades mías? ¿Qué delito», dijo, «en ellas?
Con el exilio su condena mejor su gente impía pague
o con la muerte o si algo medio hay entre la muerte y la huida.
Y ello ¿qué puede ser, sino el castigo de su tornada figura?»
Mientras duda en qué mutarlos a sus cuernos giró 235
su rostro y acordada fue de que tales se les podían a ellos dejar,
y, grandes sus miembros, los transforma en torvos novillos.
«Atrevido se habían, aun así, las obscenas Propétides a negar
que Venus fuera diosa; merced a lo cual, por la ira de su divinidad,
sus cuerpos, junto con su hermosura, cuentan que ellas las primeras fueron en hacer
públicos, 240
y cuando su pudor cedió y la sangre de su rostro se endureció,
en rígida piedra, con poca distinción, se las convirtió.
Pigmalión
«A las cuales, porque Pigmalión las había visto pasando su vida a través
de esa culpa, ofendido por los vicios que numerosos a la mente
femínea la naturaleza dio, célibe de esposa 245
vivía y de una consorte de su lecho por largo tiempo carecía.
Entre tanto, níveo, con arte felizmente milagroso,
esculpió un marfil, y una forma le dio con la que ninguna mujer
nacer puede, y de su obra concibió él amor.
De una virgen verdadera es su faz, a la que vivir creerías, 250
y si no lo impidiera el respeto, que quería moverse:
el arte hasta tal punto escondido queda en el arte suyo. Admira y apura
en su pecho Pigmalión del simulado cuerpo unos fuegos.
Muchas veces las manos a su obra allega, tanteando ellas si sea
cuerpo o aquello marfil, y todavía que marfil es no confiesa. 255
Los labios le besa, y que se le devuelve cree y le habla y la sostiene
y está persuadido de que sus dedos se asientan en esos miembros por ellos tocados,
y tiene miedo de que, oprimidos, no le venga lividez a sus
miembros, y ora ternuras le dedica, ora, gratos a las niñas,
presentes le lleva a ella de conchas y torneadas piedrecillas 260
y pequeñas aves y flores mil de colores,
y lirios y pintadas pelotas y, de su árbol caídas,
lágrimas de las Helíades; orna también con vestidos su cuerpo:
da a sus dedos gemas, da largos colgantes a su cuello;
en su oreja ligeras perlas, cordoncillos de su pecho cuelgan: 265
todo decoroso es; ni desnuda menos hermosa parece.
La coloca a ella en unas sábanas de concha de Sidón teñidas,
y la llama compañera de su lecho, y su cuello,
reclinado, en plumas mullidas, como si de sentirlas hubiera, recuesta.
«El festivo día de Venus, de toda Chipre el más celebrado, 270
había llegado, y recubiertos sus curvos cuernos de oro,
habían caído golpeadas en su nívea cerviz las novillas
y los inciensos humaban, cuando, tras cumplir él su ofrenda, ante las aras
se detuvo y tímidamente: «Si, dioses, dar todo podéis,
que sea la esposa mía, deseo» -sin atreverse a «la virgen 275
de marfil» decir- Pigmalión, «semejante», dijo, «a la de
marfil.» Sintió, como que ella misma asistía, Venus áurea, a
sus fiestas,
los votos aquellos qué querían, y, en augurio de su amiga
divinidad, la llama tres veces se acreció y su punta por los aires
trujo.
Cuando volvió, los remedos busca él de su niña 280
y echándose en su diván le besó los labios: que estaba templada le pareció;
le allega la boca de nuevo, con sus manos también los pechos le toca.
Tocado se ablanda el marfil y depuesto su rigor
en él se asientan sus dedos y cede, como la del Himeto al sol,
se reblandece la cera y manejada con el pulgar se torna 285
en muchas figuras y por su propio uso se hace usable.
Mientras está suspendido y en duda se alegra y engañarse teme,
de nuevo su amante y de nuevo con la mano, sus votos vuelve a tocar;
un cuerpo era: laten tentadas con el pulgar las venas.
Entonces en verdad el Pafio, plenísimas, concibió el héroe 290
palabras con las que a Venus diera las gracias, y sobre esa boca
finalmente no falsa su boca puso y, por él dados, esos besos la
virgen sintió y enrojeció y su tímida luz hacia las luces
levantando, a la vez, con el cielo, vio a su amante.
A la boda, que ella había hecho, asiste la diosa, y ya cerrados 295
los cuernos lunares en su pleno círculo nueve veces,
ella a Pafos dio a luz, de la cual tiene la isla el nombre.
Mirra
«Nacido de ella aquel fue, quien, si sin descendencia hubiese sido,
entre los felices Cíniras se podría haber contado.
Siniestras cosas he de cantar: lejos de aquí, hijas, lejos estad, padres, 300
o si mis canciones las mentes vuestras han de seducir,