Psicología y Normas Jurídicas
Psicología y Normas Jurídicas
CAPÍTULO 21:
El psicólogo y la norma jurídica
Quien ejerce la psicología, como cualquier ciudadano, está sujeto a las normas
jurídicas de donde reside, esto sucede en tanto es sujeto del derecho y su vida cotidiana
está regulada por los códigos vigentes. En el ejercicio profesional hay, además, normas
específicas a su actividad. El ejercicio de la profesión fue regulado por la ley 23277
sancionada por el congreso nacional el 27 setiembre de 1985 y promulgada de hecho el
6 de noviembre de 1985. Tal ley fue reglamentada por el poder ejecutivo varios años
después, por medio del decreto 905/95 publicado en el boletín oficial Nº 28.294 - 1a.
Sección (19/12/95). Luego las distintas provincias fueron sancionando para sus
jurisdicciones. También cabe consignar que el 20/9/85 el ministerio de educación y
cultura con la resolución Nº 2447 donde establece las incumbencias de los títulos de
Psicólogo y de Licenciado en Psicología.
Vamos a ocuparnos de las implicancias jurídicas de su tarea profesional, cuando
está bien realizada y cuando no es así. Podemos diferenciar entonces dos grande temas,
el del ejercicio legal de la profesión, en función de las incumbencias, que delimitan a
qué está habilitado, lo cual abre el capítulo del ejercicio ilegal y, por otro lado el cómo
realice su tarea que abre a la posibilidad de la mala praxis. Otro tema que está resuelto
de diferente manera según las regiones es el del otorgamiento de la matrícula
profesional, que en la Ciudad de Buenos Aires es otorgado por el ministerio de salud, en
cambio en otras zonas lo es por el colegio de psicólogos; la colegiación o no, así como
el otorgar títulos de especialista también es una relación del psicólogo a la norma
jurídica. Tomaremos los dos primeros puntos.
Para trabajar como psicólogo hace falta tener un título habilitante y una matrícula
otorgada por entidad autorizada. Comenzando por el ejercicio Legal de la profesión, se
entiende por tal al trabajo realizado acorde a las incumbencias que el título habilita, lo
cual implica aquello a que está autorizado a hacer y a su vez de lo que está obligado, los
derechos y obligaciones del psicólogo. Si bien bastaría con remitir al anexo I donde
transcribimos la ley 23277, dado que la transmisión oral marca muchas veces errores
graves al respecto, vamos a hacer una remisión a tales incumbencias.
Como hasta el año 1985, lo cual implica que no a pasado tanto tiempo y por lo
tanto los profesionales que transmite suelen estar recibidos antes de ella, así como las
materias clínicas suelen estar dictadas por profesionales que provienen de la medicina, y
la ley anterior que regía para la psicología era la 17132 que regula la actividad de la
medicina ubicaba al psicólogo como un auxiliar, las confusiones son grandes. Por
ejemplo se escucha: la incumbencia específica del psicólogo es la de elaborar
psicodiagnósticos, en clínica pueden ocuparse de las neurosis, porque las psicosis son
enfermedades psiquiátricas, si a un paciente hay que internarlo eso tiene que hacerlo un
médico, un servicio de psicopatología debe estar dirigido por un psiquiatra, y continúa
la lista. Citemos algunos de los artículos de tal ley, derogada en lo que corresponde al
psicólogo al sancionarse la ley 23277, donde menciona al psicólogo:
1. Estudiar y explorar el hecho psicológico en las distintas etapas evolutivas del sujeto,
abarcando los aspectos normales y anormales.
2. Realizar acciones de orientación y asesoramiento psicológico tendientes a la promoción
de la salud y la prevención de sus alteraciones.
3. Realizar tareas de diagnóstico, pronóstico y seguimiento psicológicos
4. Efectuar tratamientos psicoterapéuticos de acuerdo con diferentes modelos teóricos,
específicamente psicológicos.
5. Realizar tareas de rehabilitación psicológica.
6. Construir y desarrollar métodos, técnicas e instrumentos psicológicos.
7. Realizar estudios e investigaciones en las distintas áreas y campos de la psicología.
8. Estudiar, orientar y esclarecer los conflictos interpersonales e intergrupales en el
contexto de la estructura y dinámica de las instituciones.
9. Estudiar, orientar y asesorar sobre motivaciones y actitudes en el medio social y
comunitario.
10. Diagnosticar, asistir, orientar y asesorar en todo lo concerniente a los aspectos
psicológicos del quehacer educacional, la estructura y la dinámica de las instituciones
educativas y el medio social en que éste se desarrolla.
11. Realizar orientación vocacional y ocupacional.
12. Realizar evaluaciones que permitan conocer las características psicológicas del sujeto a
los fines de la selección, distribución y desarrollo de las personas que trabajan.
13. Elaborar perfiles psicológicos en diferentes ámbitos laborales a partir del análisis de
puestos y tareas.
14. Realizar estudios y acciones de promoción y prevención tendientes a crear las
condiciones más favorables para la educación recíproca trabajo-hombre.
15. Detectar las causas psicológicas de accidentes de trabajo, asesorar y realizar actividades
tendientes a la prevención de los mismos.
16. Realizar asesoramiento y asistencia psicológica en instituciones de Derecho Público,
pericias, rehabilitación del penado, tutelado, liberado y sus familiares.
17. Realizar asesoramiento y asistencia psicológica en el ámbito del Derecho Privado,
adopción, tenencia de hijos, discernimiento de tutelas, guardas, C de la violación de los
mismos.
18. Participar, desde la perspectiva psicológica, en planificación, ejecución y evaluación de
planes y programas de salud y acción social.
19. Asesorar, desde la perspectiva psicológica, en la elaboración de normas jurídicas
relacionadas con las distintas áreas y campos de la psicología.
Cada uno de los incisos marca claramente una de las figuras mencionadas
anteriormente. En relación al primero de los incisos, la ley 23277, art. 4. marca
claramente que sólo puede ejercer la psicología quien tenga título habilitante, y en el
artículo 9, inciso uno precisa:
Por lo tanto, las condiciones del “curanderismo” son: que lo realiza alguien sin
título —de allí el nombre— o que se excede, está habilitado para trabajar en el ámbito
de la salud —no así el popular curandero—, pero hace aquello que no son sus
incumbencias según la ley. El código es más amplio que la ley, pues no solo se refiere a
“prescribir, administrar o aplicar”, sino que basta el sólo anuncio de que lo hace, en
referencia a lo ya enumerado. Una nota legal importante es la mención a que lo hace en
forma habitual, no fue una ocasión aislada, al modo de —lo cual también es
reprochable, en otro sentido— por ejemplo, ¿no tiene en su casa algún ansiolítico para
dormir...? dicho alguna vez a un paciente. Tal acto realizado por dicho autor del mismo
en forma habitual no es excusable, porque está cuidado el bien de la salud, por eso no
importa que lucre o no con ello quien lo realiza, “aún a título gratuito”.
El inciso dos corresponde al inciso tres de la ley 23277
El autor del delito ahora si tiene título habilitante, pero el acto reprochable es que:
anuncia —lo hace público— o promete —privado en privado a quien lo consulta— la
curación. Ya veremos al hablar de responsabilidad que la promesa que hace el psicólogo
es de aplicar bien los métodos de que dispone —lo cual, por supuesto, genera una
esperanza que es importante en la cura—, pero, es distinto de prometer la cura. Es con
dos condiciones: “a término fijo”, poniéndolo un número concreto de tiempo, lo cual
plantea toda una cuestión con lo que implementan —tal vez por razones económicas y
no científicas— los sistemas prepagos de salud. Algo a considerar al respecto es cuando
sí tiene un fundamento, como en algunos abordajes como el sistémico, donde el
anunciar cuántas entrevistas se realizarán forma parte de la técnica. La segunda
condición es cuando se lo anuncia o promete por medios secretos o infalibles, lo que
implica que no fueron puestos a la consideración de colegas para discutir el método. Es
todo un capitulo la exhibición de algunos profesionales en los medios masivos de
comunicación, o directamente las propagandas que figuran como tales, más allá de las
promociones encubiertas.
El inciso 3 está en relación con el artículo 5 de la ley 23277:
[...] es responsable un médico por los errores graves y evidentes que comete o por
falta de un mínimo de prudencia y atención, pero no por aquellas equivocaciones en que
incurrió honestamente, máximo si no se trata de un especialista. En su conducta
profesional, el médico debe actuar eligiendo el método más adecuado para obtener el
éxito de su tarea, pero el fracaso de ese método, aplicado con la prudencia que el caso
requiere no puede serle imputado... lo que puede exigírsele al promedio de los médicos".
[...] el sistema que edicta el art. 512 de apreciar la culpa en concreto se compadece
con la merituación de la naturaleza de la obligación y las circunstancias de personas,
tiempo y lugar, debiendo ponderarse sin caer en una especial culpa profesional médica y
con la pauta evaluativa del citado art. 902, C.C., compatibles para graduar el límite de la
responsabilidad atento el deber de obrar con el máximo de prudencia y pleno
conocimiento de las cosas y con la mayor obligación que resulte de las consecuencias
posibles de los hechos.
Para que el profesional tenga la obligación de que un daño deba ser reparado,
deben establecerse las siguientes condiciones:
- que sea probado el daño.
- que tal daño derive de la acción u omisión del profesional (o subordinado).
- corroborada la relación causal con la conducta profesional, si es antijurídico el
acto, violatorio de las obligaciones profesionales, por lo tanto no excusable.
Este reproche civil no requiere, por supuesto una falta intencional (dolo), sino que
se compruebe la no correcta aplicación de los medios, “aplicados con la prudencia del
caso”, según “puede exigírsele al promedio” de los psicólogos. Según la otra sentencia,
si obró “con el máximo de prudencia y pleno conocimiento de las cosas”. Por lo tanto, la
obligación no es de resultados, sino de la aplicación correcta de medios 2 . Transcribimos el
artículo 514 por la definición que el mismo da de los casos, frecuentes, en que no se puede
prever o aún haciéndolo no se puede evitar lo que sucede y que jurídicamente se llama caso
fortuito. Del mismo modo, cabe valorar el registro de lo actuado, porque s i el paciente o sus
encargados no cumplen la indicación, exime de responsabilidad.
A partir de la demostración, el reproche civil, que suele denominarse cuasi-delito, de
comprobarse el daño implica que la medida de este ámbito es: resarcitoria, compensadora,
reparadora (al damnificado: tanto por el daño patrimonial, moral o psíquico). La
responsabilidad responde a las figuras de mala praxis: impericia, imprudencia,
negligencia en la aplicación de los medios, insistamos, sólo si el daño es consecuencia
de la mala praxis realizado dentro de la incumbencia profesional. Tomemos definiciones
de las figuras:
2
Un problema adicional lo plantean los sistemas prepagos que obligan a los profesionales a completar
con el paciente una planilla donde fijan los objetivos terapéuticos, a veces incluso los tiempos para
lograrlo. ¿Es legal tal planilla si la promesa es de medios y no de resultados? Incluso, ¿no están poniendo
en una situación de indefensión al profesional? Por supuesto que si el profesional trabaja desde la noción
de transferencia sabemos lo que implica tal conducta.
3
Fallo de la Cámara Nacional en lo Civil, Sala G, Capital Federal, 7-4-83. El Derecho, t. 104, p. 281.
4
Fallo de la Cámara Nacional en lo Civil, Sala G, Capital Federal, 7-4-83. El Derecho, t. 104, p. 281.
5
Cámara Nacional en lo Civil, Sala C, Capital Federal, 24-8-82. El Derecho, t. 102, p. 204.
social; implica la privación de la libertad, multa o inhabilitación. Los artículos del
Código Penal que más importan son:
84.- "Será reprimido con prisión de seis meses a dos años e inhabilitación especial,
en su caso, por cinco a diez años, el que por imprudencia, negligencia, impericia en su
arte o profesión o inobservancia de los reglamentos o de los deberes de su cargo, causare
a otro la muerte.
94.- "Sufrirá la pena de doscientos a mil pesos de multa e inhabilitación especial
por uno a cuatro años, el que por imprudencia o negligencia, por impericia en su arte o
profesión o por inobservancia de los reglamentos o deberes de su cargo, causare a otro un
daño en el cuerpo o en la salud.
203.- Cuando alguno de los hechos previstos en los tres artículos anteriores fuere
cometido por imprudencia o negligencia o por impericia en el propio arte o profesión o
por inobservancia de los reglamentos u ordenanzas, se impondrá multa de dos mil
quinientos a treinta mil pesos, si no resultare enfermedad o muerte de laguna persona y
prisión de seis meses a cinco años si resultare enfermedad o muerte.
6
Saurí, J. Introducción general a la psicología profunda. Carlos Lohle. Buenos Aires. T. II. Pág. 119.
hombre se ha ido haciendo cargo de esa realidad, tarea en la cual el otro será
considerado como objeto, persona o prójimo, según la respuesta que le de desde mi
lugar:
ANEXO I.
Ley Nº 23.277.
Régimen legal del ejercicio de la psicología
BUENOS AIRES, 27 de Septiembre de 1985. Boletín Oficial, 15 de Noviembre de
1985. Vigente. Decreto Reglamentario. Decreto Nacional 905/95.
EL SENADO Y CAMARA DE DIPUTADOS DE LA NACION ARGENTINA
REUNIDOS EN CONGRESO ETC, SANCIONAN CON FUERZA DE LEY:
7
Laín Entralgo, P. Teoría y realidad del otro. Alianza. 1983. Madrid. Pág. 454.
c) El desempeño de cargos, funciones, comisiones o empleos por designaciones de
autoridades públicas, incluso nombramientos judiciales;
d) La emisión, evacuación, expedición, presentación de certificaciones, consultas,
asesoramiento, estudio, consejos, informes, dictámenes y peritajes.
ANEXO II:
REGLAMENTACION DE LA LEY 23.277
BOLETIN OFICIAL Nº 28.294 - 1a. Sección (19/12/95)
Decreto 905/95
VISTO la Ley 23.277 que establece normas para el ejercicio de la Psicología, y la Ley
23.775 de provincialización del TERRITORIO NACIONAL DE LA TIERRA DEL
FUEGO, ANTARTIDA e ISLAS del ATLANTICO SUR, y
CONSIDERANDO
Que el presente se dicta en ejercicio de las facultades conferidas por el artículo 99 inciso
2) de la CONSTITUCION NACIONAL.
Por ello,
EL PRESIDENTE DE LA NACION ARGENTINA DECRETA:
- Apruébase la Reglamentación de la ley 23.277 que forma parte integrante del presente
Decreto como Anexo I.
Artículo 2º - Facúltase al MINISTERIO DE SALUD Y ACCION SOCIAL, por
intermedio de la SECRETARIA DE POLITICAS DE SALUD Y REGULACION
SANITARIA, para dictar las normas complementarias, aclaratorias o interpretativas que
requiera la aplicación del Decreto Reglamentario que se aprueba por el presente,
aplicables al ámbito de la Administración Pública Nacional.
Artículo 3º - Comuníquese, publíquese, dése a la Dirección Nacional de Registro Oficial
y Archívese.
Anexo I de la reglamentación
Para ejercer la profesión del Psicólogo, dentro del territorio de la CAPITAL FEDERAL,
las personas comprendidas en la Ley que se reglamenta deberán inscribir previamente
sus títulos habilitantes en la SECRETARIA D EPOLITICAS DE SALUD Y
REGUALCION SAINTARIA del MINISTERIO DE SALUD Y ACCIONA SOCIAL,
la que autorizará la matrícula y extendiendo la correspondiente credencial. Esta deberá
ser devuelta a la Secretaría mencionada cuando sufra inhabilitación temporal o
definitiva.
Los interesados, en su primera presentación, deberán constituir y declarar su domicilio
real y profesional.
b) Presentar comprobante de identidad.
c) Registrar su firma en la SECRETARIA DE POLITICAS DE SALUD Y
REGUALCION SANITARIA del MINISTERIO DE SALUD Y ACCION SOCIAL.
ARTICULO 7º - Los actos del ejercicio profesional podrán hacerse constar por escrito
con valor prescriptivo y extenderse a solicitud de las instituciones oficiales y/o privadas
que acrediten un interés legítimo, a responsables legales o a los propios interesados.
Sólo podrán incluirse en los formularios, cargos técnicos o títulos que consten
registrados en la SECRETARIA DE POLITICAS DE SALUD Y REGULACION
SANITARIA del MINSTERIO DE SALUD Y ACCION SOCIAL en las condiciones
que se reglamenten.
8
El presente capítulo es, con algunas modificaciones, un artículo escrito en conjunto con el Dr. Mauricio
Luis Mizrahi, Doctor en Derecho y Ciencias Sociales. Juez de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo
Civil. Profesor de la Universidad de Buenos Aires, y publicado en Revista de Responsabilidad civil y
seguros. Año IX. Nº IX. Septiembre de 2007, a los que agradezco la autorización para ser publicado.
el que nos indicará dónde comienza la previsibilidad y dónde termina el caso fortuito o
la fuerza mayor (9).
De lo expuesto se desprende que -como criterio general- la obligación que asumen los
psicoanalistas en sus prestaciones será de medios, y no de resultado (10); en atención a
que el profesional no es un garante de la salud del paciente. En este sentido cabe
destacar que la ley 17.132, que regula la actividad de los médicos, prohíbe a éstos
“anunciar o prometer la curación” y “anunciar o prometer la conservación de la salud”
(art. 20, incisos 1º y 2º). A su turno, la ley 23.277 -que establece el régimen legal del
ejercicio de la psicología- también veda a los psicólogos “prometer resultados en la
curación” (art. 9, inc. 3º).
Sin perjuicio de lo descripto, es necesario puntualizar que la diligencia y pericia que se
exigirá cuando se practiquen estas disciplinas presentará ribetes especiales. Es que si
bien hace ya más de un cuarto de siglo fue precisado que las ciencias de la salud
tienen sus limitaciones y que siempre existe un álea que puede escapar a las previsiones
más prudentes, se subrayó de todas formas que -cuando intervienen la vida o la salud
de las personas- hay una natural predisposición a juzgar con rigor la actuación
profesional (11).
En otras palabras, la diligencia siempre se ha de apreciar con un criterio severo, de
modo que no existirá en esta materia exclusión de las culpas pequeñas. Ello es así
porque al estar en riesgo la integridad física o psíquica de un sujeto, la menor
imprudencia, negligencia o descuido más leves, tendrá una dimensión especial que le ha
de conferir una particular gravedad, susceptible de desencadenar la responsabilidad
profesional ( 12 ). En suma, lo que habrá que dilucidar cuando se articule la
responsabilidad de los psicoanalistas, es si éstos han extremado todas las previsiones y
cautelas para evitar el resultado acaecido y que motiva el reclamo del paciente.
9 TRIGO REPRESAS, Félix Alberto, “Responsabilidad civil de médicos y establecimientos asistenciales”, LL, 1981-
D-133; LLAMAS POMBO, Eugenio, “Responsabilidad civil de los médicos”, p. 215; KRAUT, Alfredo Jorge,
“¿Existe el daño injusto en psicoterapia? Juristas mirando al psicoterapeuta”, JA, 1989-IV-820.
10 Nos hacemos cargo de la relatividad que contiene la clasificación indicada en el texto atento los distintos tipos de
obligaciones y las variadas formas que el incumplimiento puede asumir. Es verdad que la mentada división entre
obligaciones de medios y de resultado no puede ser concebida como una fórmula matemática, al par que presenta
dificultades cuando se la pretende hacer operativa ab initio. En todo caso, como bien se dijo, cabe rescatar su valor
pedagógico (Ver PREVOT, Juan Manuel, “Obligaciones de medios y de resultado. Revisión crítica de la
clasificación”, LL, 2007-B, ejemplar del 22-02-2007, p. 1).
11 Ver CN Civ., Sala E, 19-12-1977, LL, 1979-C-20, voto del Dr. Cichero.
12 Ver Cám. Fed., Civ. y Com., Sala I, 10-8-84, ED, 111-110 y LL, 1985-A-612, (36.757, S).
13 CARRANZA LATRUBESSE, Gustavo, “Responsabilidad médica y causalidad”, LL, 2003-E-1031; ORGAZ,
Alfredo, “La relación de causalidad entre el acto ilícito y el daño”, LL, “Páginas de Ayer”, Nº 4-2003, p. 23 y sigtes.
iatrogenia, ésta no necesariamente se ha de producir por aquélla. La patogenia o las
consecuencias negativas que sufre el paciente podrán tener origen en su propia
predisposición, constitución o sensibilidad; vale decir, en sus factores individuales, de
manera que la intervención del analista lo que hace es disparar o poner en marcha
elementos patológicos que hasta ese momento estaban latentes en aquél. No alcanzará
pues para responsabilizar al profesional cuando su conducta pueda calificarse de
inculpable por haber adoptado todas las diligencias que el caso requería (14).
Empero, aún en el campo de la mera relación fáctica -y antes de ingresar a considerar la
cuestión subjetiva- habrá que tener cuidado en delimitar si una consecuencia
determinada tiene realmente su causa en el accionar del profesional. Ello en razón de
que, a tenor de la directiva del art. 906 del Código Civil, no todas las condiciones
necesarias de un resultado son equivalentes. Causa de un daño es solo aquella que según
el curso natural y ordinario de las cosas es idónea para producir el resultado. Las demás
condiciones, que no producen normal y regularmente ese efecto, serán solo condiciones
antecedentes o factores concurrentes (15).
Ahora bien, una vez que quedó establecido que el daño tiene su causa en el obrar del
terapeuta, se deberá indagar si se halla presente el factor de atribución culposo. Para ello
tendremos que analizar si un resultado determinado -el perjuicio padecido por el
paciente- se imputará subjetivamente a su autor. Por eso, a diferencia de la relación de
causalidad fáctica, en este caso estamos ante un concepto jurídico, pues hay que
investigar si se le impone o no a un sujeto la obligación de reparar el daño sufrido por
el otro. Nos hallaremos, por ende, en el campo de la imputatio iuris, en tanto habrá que
saber si se hace responsable a alguien por el menoscabo de que da cuenta quien articula
el reclamo.
I.3.Las experticias
Parece indudable que una labor fundamental del juzgador, en procesos donde se debatan
responsabilidades profesionales, es meritar las experticias practicadas en el juicio, ya
que ellas devienen relevantes cuando se discute la responsabilidad del psicoanalista. No
obstante, aquí deben realizarse dos observaciones. La primera, es que las conclusiones
de los expertos se han de evaluar según las reglas de la sana crítica (art. 477 del ritual)
y la libre convicción del juez, habida cuenta que las normas adjetivas no acuerdan el
carácter de prueba legal al dictamen de los peritos (16). La segunda, es que el juez
deberá considerar la pluralidad de enfoques que existen sobre la materia, de tal guisa
que el experto a designar necesariamente debe conocer y practicar la técnica del
psicoanálisis y tener en cuenta la orientación psicoanalítica con que fue conducida la
cura (ver los puntos VI.2. y VI.4.).
Por otro lado, será fundamental para el magistrado desentrañar qué ha sido en los
hechos lo que aconteció en la labor del consultorio, más allá de lo que pueda figurar en
los documentos que eventualmente se glosen a la causa. El asunto relativo a lo que
figura formalmente en la historia clínica (o la que hace sus veces) y a las maniobras
14 Ver “Diccionario de la Lengua Española”, Real Academia Española, vigésima segunda edición, p. 842; STINGO,
Néstor Ricardo, TORO MARTÍNEZ, Esteban, ESPIÑO, Gabriel y ZAZZI, María Cristina, “Diccionario de
Psiquiatría y Psicología Forense”, ed. Polemos, Buenos Aires, 2006, p. 300; FUDIN, Mónica, “Mala praxis y
Iatrogenia, en Medicina y en Psicoanálisis”, en Biblioteca de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.
15 Ver BUSTAMANTE ALSINA, Jorge, “Teoría general de la responsabilidad civil”, novena edición, p. 270, Nº 590;
ORGAZ, Alfredo, “El daño resarcible”, ed. Marcos Lerner, p. 43; CN Civ., Sala B, 5-4-1999, “Tarrio Cabanas de
Ludovico, Mercedes c/ Cabanne, Ana María s/ Daños y Perjuicios”, Expte. libre Nº 255.011; íd., íd., 23-11-2005,
“Ayam, Alicia Mónica c/Fernández Humble, Raúl s/ Daños y Perjuicios”, Expte. libre N° 390.230, La Ley Online.
16 Ver CN Civ., Sala B, 5-4-1999, Tarrio Cabanas de Ludovico, Mercedes c/Cabanne, Ana María s/ Daños y
17 Ver CN Civ., Sala B, 5-2-2004, “Veliz, Víctor Hugo c/ Federación de Trab. Del Tabaco de la República
Argentina”, Expte. libre Nº 372.853.
18 VÁZQUEZ FERREIRA, Roberto A., “La prueba de la relación causal en la responsabilidad civil (Hacia un alivio
alivio de la carga probatoria)”, LL, 1996-D-988; ORGAZ, Alfredo, “La culpa. Actos ilícitos”, p. 160/161 y 193/194;
CASIELLO, Juan José, “¿Existen en nuestro derecho las presunciones de causalidad?”, LL 2006-A-920;
Conclusiones de las “Jornadas de Responsabilidad Civil”, Rosario, 1986, Comisión n° 2.
20 BELLUSCIO, Augusto César, “Obligaciones de medio y de resultado. Responsabilidad de los Sanatorios”, LL,
1979-C-19; CN Civ., Sala B, 31-3-2006, “Ranieli de Floresta, Josefina María c/ M.C.B.A. s/ Daños y Perjuicios”,
Expte. libre Nº 433.004, LL, 2006-E-800, RCyS 2006-VII-93.
lo reputa competente en las técnicas que lleva a cabo, la labor probatoria no puede sin
más descansar en los esquemas clásicos. Es que la prueba no puede ser impuesta
exclusivamente al paciente por la situación de dependencia en la que por lo común se
encuentra y con la finalidad de no instalarlo en un verdadero estado de indefensión. En
tal virtud, pues, en nuestros tiempos se entiende que corresponde apartarse de la
tradicional distribución de la carga probatoria, en el sentido de que ya no estamos más
ante principios inflexibles. Se vislumbra entonces una necesidad de cooperación en
esta materia, incorporando como criterio relevante que el deber de demostrar pesa de un
modo sustancial sobre la parte que goza de mayor facilidad de colectar las constancias
que permitan avalar las articulaciones que esgrime en su defensa. Es que la asimetría a
la que antes aludíamos tiene en el vínculo psicoanalista-analizante una particular
envergadura habida cuenta que la disparidad subjetiva aparecerá nítida tan pronto se
compruebe que la transferencia -un instrumento insoslayable en la cura psicoanalítica
(ver el punto II)- da origen a una indiscutible posición de poder en uno de los términos
de la relación. A ello se le suma, en fin, la severa dificultad probatoria ya que todo
transcurre en la intimidad, en la soledad aséptica del consultorio; y ello debido a que la
naturaleza misma del tratamiento imposibilita que opere alguna forma de registro de las
sesiones (ver el punto VI) (21).
Para decirlo más concretamente, estimamos que hay dos cuestiones esenciales que los
profesionales de la salud tendrían que tratar de demostrar aportando los medios de
convicción a su alcance: a) que los actos cumplidos han sido impecables y a
satisfacción, tal como lo indica la disciplina a la que adhiere el terapeuta, para lo cual
será necesario acreditar la teoría que sostiene su praxis y la pertinencia de las técnicas
aplicadas; b) que el resultado no esperado (y que da origen al reclamo judicial) tiene sus
causas en circunstancias ajenas a su gestión de salud, que no ha podido contrarresta ni
evitar; vale decir, circunstancias que han insertado al profesional en una situación de
verdadera imposibilidad, demostrando entonces las razones fácticas y científicas que
frustraron la mejoría o la cura del paciente (22).
Por supuesto, y como ya lo veremos en detalle en el punto III, creemos fundamental que
el psicoanalista demandado –sobre todo cuando se presenten situaciones dudosas o muy
opinables- certifique también que ha dado debido cumplimiento al criterio de formación
permanente, el que está asentado en cuatro hitos destacables: el estudio constante, el
análisis didáctico, el análisis de control, y el intercambio institucional.
En lo que hace a la culpa en sí, ya hemos precisado que ella se sustenta en la
previsibilidad de las consecuencias perjudiciales, y que se configura cuando no se ha
previsto lo que era posible de prever o, cuando previsto, no se han adoptado las
medidas necesarias para impedir el daño, o se ha afrontado voluntariamente la
posibilidad de que éste se produzca ( 23 ). En consecuencia, será indispensable
considerar no sólo las pautas del art. 512 del Código Civil, sino además la mayor
capacidad de previsión de los profesionales actuantes de conformidad con lo normado
por los arts. 902 y 909 del mismo Código. En este contexto, por ende, en que el deber
21 Ver DE ANGEL YAGÜES, Ricardo, “Responsabilidad civil de los médicos. Problemas de prueba”, p. 83 y sigtes.,
ed. Civitas, Madrid, 1999; KRAUT, Alfredo Jorge, “Sexo con pacientes. Un polémico fallo reciente trae a la escena
legal, dramáticamente, el eminente principio freudiano de la abstinencia”, JA, 2004-III-647; FERNÁNDEZ
MADERO, Jaime, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas. El daño psíquico”,
LL, 2002-F-1344.
22 MOSSET ITURRASPE, Jorge, “De la causalidad a la causalidad en la responsabilidad médica”, en
“Responsabilidad de los profesionales de la salud”, Revista de Derecho de daños, 2003-3, p. 12, ed. Rubinzal-
Culzoni, Buenos Aires-Santa Fe; KRAUT, Alfredo Jorge, “¿Existe el daño injusto en psicoterapia? Juristas mirando
al psicoterapeuta”, JA, 1989-IV-820; FERNÁNDEZ MADERO, Jaime, “Responsabilidad profesional de los
psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas. El daño psíquico”, LL, 2002-F-1344.
23 Ver ORGAZ, Alfredo, “La culpa. Actos ilícitos”, p. 27/28.
de previsión de las consecuencias dañosas adquiere especial relevancia cuando se trata
de la responsabilidad de los profesionales de la salud, la culpa se presenta así tanto por
la negligencia o impericia como cuando se omite cierta actividad que muy
probablemente habría evitado el daño acontecido.
Así las cosas, la deficiencia probatoria en la labor procesal de los profesionales
demandados, autorizaría a aplicar el criterio de las cargas probatorias dinámicas (24);
pero aunque no se quisiera aceptar esa construcción, al menos debemos convenir que
recaerá sobre aquéllos un deber de cooperación para el buen resultado de la
jurisdicción, con la intensidad que puedan exigir las particularidades del caso. Con
acierto se destacó que el proceso es un obrar compartido y se traduce consecuentemente
en un esfuerzo común (25).
El traslado en cierta medida del peso de la prueba a los profesionales emplazados -
diríamos exigiéndole como mínimo un activismo procesal para acreditar su no culpa-
adquiere una resonancia muy particular cuando se producen en el paciente efectos
dañosos que se califiquen como inesperados y extraordinarios. Ello es así en atención a
lo resuelto en diversos precedentes, en los cuales se puntualizó que cuando la
realización del acto por parte del profesional conduce a resultados desproporcionados o
fuera de toda medida con respecto a la gravedad de la afección tratada, dicha carga
probatoria se invierte para recaer sobre el propio facultativo, que es quien debe probar
su diligencia (26).
Por último, desde luego que quien acciona tendrá sobre sí una carga insoslayable, cual
es la prueba de que ha padecido un daño cierto, ya que serán insuficientes las meras
conjeturas o probabilidades. Es que todo incumplimiento profesional debe estar basado
en el perjuicio derivado de la incuria para tener como consecuencia el resarcimiento
pues, como se ha sostenido, no es dable indemnizar una quimera cualquiera (27).
24 Ver PEYRANO, Jorge, “De la carga probatoria dinámica embozada a su consagración legislativa”, JA, 2003-II-
1049; LÉPORI WHITE, Inés, “Cargas probatorias dinámicas”, JA, 2003-II-1030.
25 MORELLO, Augusto M., “El deber de colaboración en el ámbito de la prueba”, LL, 2004-D-214.
26 Ver CN Civ., Sala G, 25-6-1981, “Abalo, Omar Ulises c/ Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte
12-9-1990, ED, 90-649; KRAUT, Alfredo Jorge, “¿Existe el daño injusto en psicoterapia? Juristas mirando al
psicoterapeuta”, JA, 1989-IV-820.
vencer la represión, tras el traslado a la conciencia del analizante (el que se somete al
tratamiento) de lo psíquico reprimido en él (inconsciente), como uno de los momentos
del tratamiento (28). Por eso, Freud hacía referencia a la “psicología de lo profundo”
(29).
Al constituir el psicoanálisis un procedimiento para indagar, mediante una vía
psicológica, procesos anímicos inconscientes -difícilmente accesibles por otros
métodos-(30) se está ante una nueva disciplina científica; vale decir, una ciencia de los
procesos anímicos inconscientes (31). Es así que -en tanto nueva disciplina- aquel no
queda limitado a ser una suerte de “psicología psicoanalítica” (mera escuela
psicológica), ni una “psiquiatría psicoanalítica” o “psiquiatría dinámica” (mera escuela
psiquiátrica) (32).
¿En qué consiste en concreto un psicoanálisis como método para la cura? Freud lo
explica: “Entre ellos no ocurre otra cosa sino que conversan... El analista hace venir al
paciente a determinada hora del día, lo hace hablar, lo escucha, luego habla él y se hace
escuchar” (33). Lacan, de otro modo, enseña: “¿Qué es la clínica psicoanalítica? No es
complicado, la clínica tiene una base: es lo que se dice en un psicoanálisis” (34). La
sesión terapéutica, por lo tanto, implica a los dos participantes, el que consulta –
analizante- y el consultado –analista-, con una teoría del lenguaje y un modo de
establecer el lazo en ellos, desde donde el analista deberá dar cuenta ante sus pares del
trabajo que realiza. Además, estaremos ante “un psicoanálisis”, y no en “el
psicoanálisis”, y con ello se quiere resaltar la singularidad que reviste cada tratamiento;
lo cual lo pone a distancia de otras técnicas que buscan aplicar modelos
predeterminados válidos para “todos los casos” que entren en la grilla clasificatoria. Es
más, el mismo analista no es “el mismo” con cada persona que atiende, si quiere
trabajar psicoanalíticamente.
En un psicoanálisis juegan dos cuestiones esenciales (35), y ellas son la asociación libre
y la transferencia. La primera constituye una regla fundamental, ya que a través de su
funcionamiento aparecerán en el discurso del paciente diversos pensamientos que poco
a poco van a ligarse y tomar sentido; lo que permitirá dar una idea de los contenidos
inconscientes que representan. Sin embargo, para permitir la emergencia de esos
contenidos a la conciencia se torna indispensable incitar al sujeto a decir todo lo que se
le presenta a la mente, en el momento mismo en que se presenta, aun cuando le parezca
sin importancia, que no tiene relación con lo que habla, o bien que estime embarazoso
28 LAPLANCHE, Jean y PONTALIS, Jean-Bertrand, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 317, ed. Paidós, Buenos
Aires, 1998; CHEMAMA, Roland, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 338/339, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2002;
ROUDINESCO, Élisabeth y PLON, Michel, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 843/844, ed. Paidós, Buenos Aires,
1998.
29 FREUD, Sigmund, “Psicoanálisis”, en “Obras Completas”, t. XX, p. 252, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
30 En forma orientativa y de lectura ágil, es muy recomendable ver MANNONI, O., 1975, “Freud. El descubrimiento
del inconsciente”, Nueva Visión, Buenos Aires. De las biografías, ver GAY, P., 1989 “Freud. Una vida de nuestro
tiempo”, Paidós, Buenos Aires. Del modo de investigar de Freud, ver ASSOUN,P.-L., 1982, “Introducción a la
epistemología freudiana”, Siglo veintiuno. México.
31 FREUD, Sigmund, “Dos artículos de enciclopedia: psicoanálisis y teoría de la líbido”, en “Obras Completas”, t.
Aires. Se podría decir que se trata de una psicología psicoanalítica; y aún desde el mismo psicoanálisis también lo
intenta por ejemplo LAGACHE, D., 1982, “Del psicoanálisis al análisis de la conducta”, en Obras III, Paidós, Buenos
Aires. Dentro de la psiquiatría, ver SAURÍ, J., 1997, “Historia de las ideas psiquiátricas. La crisis de la psiquiatría”,
Lohlé-Lumen, Buenos Aires, Primera sección, Págs. 35-119. También puede verse ELLENBERGER, H., 1976, “El
descubrimiento del inconsciente. Historia y evolución de la psiquiatría dinámica”, Gredos, Madrid, Caps. VII y X.
33 FREUD, Sigmund, “¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial”, en “Obras Completas”,
36Para el modo en que escuchaba Freud: ver RUBIO, Juan Manuel (2002) “¿Por qué Freud no curó a Dora?”, Educa,
Buenos Aires. Cap. III puntos 1 y 2. Con predominio del psicoanálisis norteamericano, ver GREENSON, R. , 1979,
“Técnica y práctica del psicoanálisis”, Siglo Veintiuno, México. Influencia de la escuela inglesa, ver
ETCHEGOYEN, R., 2002, “Los fundamentos de la técnica psicoanalítica”, Amorrortu, Buenos Aires. Lectura de
orientación francesa, ver NASSIF, J., 1997, “Un buen casamiento. El aparato del psicoanálisis”, Ed. De la Flor,
Buenos Aires.
una versión nueva, y es por eso que en esta operación analítica confluyen al mismo
tiempo repetición y novedad (37).
De lo descripto se sigue que la transferencia tendrá la doble dimensión de actualización
del pasado y de desplazamiento sobre la persona del analista. Así las cosas, los síntomas
de la enfermedad del paciente adquirirán -como dijimos- una nueva significación
transferencial, ya que se reemplaza la neurosis corriente (neurosis clínica u original) por
una neurosis de transferencia (neurosis artificial); y así se pondrá en acto la realidad de
lo inconsciente. Con el manejo de la transferencia, pues, la compulsión a la repetición
(por la resistencia al recuerdo de hechos pasados) va a transformarse poco a poco
posibilitando hacer algo diferente con lo que había sido causa de su padecer, lo que
permitirá progresivamente al analizante implicarse en su historia y, consecuentemente,
lograr la cura mediante el trabajo terapéutico (ver el punto VI.3). Este proceso nos
señala con toda evidencia el singular valor que adquiere la palabra, ya que sin su
ejercicio no habría transferencia posible (38).
La transferencia, en fin, es uno de los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, junto al inconsciente, la pulsión (como la sexual y de muerte), y el de
repetición (39).
Aires, 1998; CHEMAMA, Roland, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 438/441, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2002;
LAPLANCHE, Jean y PONTALIS, Jean-Bertrand,“Diccionario de Psicoanálisis”, p. 439 y 445, ed. Paidós, Buenos
Aires, 1998; STINGO, Néstor Ricardo, TORO MARTÍNEZ, Esteban, ESPIÑO, Gabriel y ZAZZI, María Cristina,
“Diccionario de Psiquiatría y Psicología Forense”, ed. Polemos, Buenos Aires, 2006, p 558.
39 ROUDINESCO, Élisabeth y PLON, Michel, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 1083, ed. Paidós, Buenos Aires,
1998.
que nos remite inevitablemente a la escuela a la cual pertenezca o adhiera el profesional
(40).
En cuanto al psicólogo, corresponde precisar que la primera carrera de esta especialidad
fue creada en 1957, y a partir de allí fue tomando una fuerte orientación psicoanalítica
en las distintas universidades del país (41). Sin embargo, desde el ángulo legal, y hasta
1985, la actividad del psicólogo se rigió por la ley 17.132 que se ocupa del ejercicio de
la medicina, odontología y actividades de colaboración. La psicología era para la ley,
entonces, una suerte de disciplina auxiliar de la psiquiatría, dado que los psicólogos
tenían por misión la obtención de tests mentales y la recopilación de antecedentes y
datos ambientales de los pacientes; siempre por indicación y bajo el control del médico
especialista y dentro de los límites de su autorización. En suma, el psicólogo estaba en
equivalencia con otros profesionales auxiliares, como ser los kinesiólogos, obstétricas,
enfermeras, ópticos, técnicos, visitadores de higiene, etcétera.
El gran vuelco se produce con la sanción de la ley 23.277, el 27 de septiembre
de 1985, y reglamentada por el Decreto Nacional 905/95. La psicología queda erigida
como una actividad autónoma, dejando de ser auxiliar de otras profesiones. Así lo
dispone el art. 3 de la ley al regular que “El psicólogo podrá ejercer su actividad
autónoma en forma individual y/o integrando equipos interdisciplinarios”. A su vez, el
art. 2, inc. a), del citado cuerpo legal, dispone que -en el ejercicio profesional- los
psicólogos podrán proceder a “la aplicación y/o indicación de teorías, métodos,
recursos, procedimientos y técnicas”, con el objeto de emitir el “diagnóstico, pronóstico
y tratamiento de la personalidad y la recuperación, conservación y prevención de la
salud mental de las personas”. El art. 8, inc. 1, faculta a los psicólogos (sin depender de
otro profesional) para “Aconsejar la internación en establecimiento público o privado a
aquellas personas que atiendan y que por los trastornos de su conducta signifiquen
peligro para sí o para terceros; así como su posterior externación”. En cambio, el art. 9,
inc. 1, de la ley, prohíbe a los psicólogos “Prescribir, administrar o aplicar
medicamentos, electricidad o cualquier otro medio físico o químico destinado al
tratamiento de los pacientes”. Por último, y en lo relativo al decreto reglamentario, se
aclara que las teorías, métodos, recursos, procedimientos y/o técnicas específicas que se
apliquen en el ejercicio profesional “deberán ser aquellos reconocidos en los ámbitos
universitarios académicos del país en los que se imparta la enseñanza de Psicología”
(art. 2) (42).
A pesar de todo lo que fue señalado hasta aquí, y aunque no existen previsiones legales
específicas, hemos ya anticipado nuestro criterio en el sentido de que haber obtenido
alguno de los títulos universitarios antes mencionados -como por ejemplo, el de médico
40 Guillermo Vidal, muy activo en el mundo psiquiátrico latinoamericano, al enumerar las teorías psiquiátricas, cita el
modelo médico; el psicoanálisis; la epistemología genética; el modelo reflexológico-conductista; la fenomenología; el
análisis existencial; los aportes sociológicos y antropológicos; la teoría general de los sistemas; la aplicación del
paradigma termodinámico a partir del avance en la física actual (ver VIDAL, Guillermo, 1995, “Psiquiatría” en
“Enciclopedia iberoamericana de psiquiatría”, Panamericana, Buenos Aires, Tomo III, Págs. 1480-91). No es un tema
del presente trabajo, pero la modalidad y alcance de la especialidad en psiquiatría es algo en discusión en las
asociaciones; tanto en comparación con otras especialidades médicas, como en su contenido y modo de transmisión.
Asimismo, para un panorama al respecto, ver: “Psicología médica”, “Psiquiatría comunitaria”, “Psiquiatría en el
hospital general”, “Psiquiatría forense”, “Psiquiatría militar”, “Psiquiatría social”, “Psiquiatría transcultural”, por
distintos autores en la Enciclopedia iberoamericana, citada en esta nota, t.III.
41 Lo apuntado en el texto ha sido a diferencia de lo que ocurrió con la llegada del psicoanálisis a otras tierras –como
por ejemplo en Estados Unidos- donde la psicología experimental estaba desarrollada y esta misma se definió durante
décadas por oposición al psicoanálisis. En la Argentina la orientación siempre fue más clínica y psicopatológica,
favorable a aprehender al psicoanálisis, aunque al momento de la creación de la carrera sus directores –con frecuencia
médicos- no querían que los psicólogos se hagan cargo de tareas clínico asistenciales.
42 CARPINTERO-VAINER, 2005, “Las huellas de la memoria II. Psicoanálisis y Salud Mental en la Argentina de los
´60 ´70”, Tomo II, 1970-1983, Topía, Buenos Aires. Cap. IV; PLOTKIN, M., 2003, “Freud en las pampas”,
Sudamericana, Buenos Aires, Cap. 6 “Los psicólogos aparecen en escena”.
psiquiatra o psicólogo- no es suficiente para la buena práctica psicoanalítica si, además,
el profesional en cuestión no acredita propiamente su debida formación como
psicoanalista en una escuela reconocida; aclarando desde ya que esta preparación
difícilmente pueda completarse en el estricto ámbito de las universidades.
Para ir despejando la cuestión vayamos a un texto de Freud escrito en ocasión de un
juicio a un psicoanalista por no ser médico: “Para la ley es curandero quien trata
enfermos sin poder acreditarse como médico mediante la posesión de un diploma
oficial. Preferiría otra definición: curandero es quien emprende un tratamiento sin
poseer los conocimientos y capacidades requeridos para ello. Basándome en esta
definición, me atrevo a aseverar que –no sólo en los países europeos- los médicos
entregan al análisis el mayor contingente de curanderos. Con harta frecuencia ejercen el
tratamiento analítico sin haberlo aprendido y sin entenderlo”( 43 ). Y más adelante
agrega “Coloco el acento en la exigencia de que no pueda ejercer el análisis nadie que
no haya adquirido títulos para ello mediante una determinada formación” (44).
Sigamos con las enseñanzas del fundador de la disciplina que nos ocupa acerca de la
necesaria preparación psicoanalítica en escuelas especializadas: “En esos institutos los
candidatos mismos son analizados, reciben instrucción teórica mediante lecciones en
todos los temas importantes para ellos, y gozan del auxilio de un analista más antiguo y
experimentado cuando se les permita hacer sus primeros intentos en casos leves. Se
calcula que esa formación lleva unos dos años. Desde luego, aun trascurrido ese tiempo
se es sólo un principiante, no un maestro todavía. Lo que falta debe adquirirse por
medio de la práctica y del intercambio de ideas dentro de las sociedades psicoanalíticas,
donde los miembros más jóvenes se encuentran con los mayores”(45).
Para traducirlo de una manera esquemática, la adecuada formación psicoanalítica se
asienta en cuatro pilares. Ellos son: a) el estudio constante de los textos relativos a la
materia (cartels, programas de formación, seminarios, grupos de trabajo, etcétera). b) El
análisis personal de quien pretenda ejercer el psicoanálisis; vale decir, la experiencia de
lo inconsciente vivida en transferencia. Es el llamado análisis didáctico, que resulta
esencial para que el psicoanalista se encuentre con posibilidades de conocer lo que teje
sus relaciones personales con los otros, de modo de no venir a interferir en lo que
sucede del lado del paciente. Bien se ha dicho que ésta es una condición sine qua non
para que el analista esté disponible y a la escucha del inconsciente (46). c) El análisis de
control (lo no sabido); esto es, experimentar en transferencia los tropiezos que surjan en
la caída de su lugar de analista. Se lleva a cabo mediante la supervisión de casos a su
cargo con otros psicoanalistas; supervisión que se deberá entender no como aquella que
se practica de modo aislado para salir adelante de una urgencia, o cuando no se sabe
resolver el caso, sino como un trabajo sostenido que hace a la propia preparación del
profesional. Aunque no con este alcance, el art. 7, inc. 2, de la ley 23.277, faculta a los
psicólogos a “efectuar interconsultas”. d) El intercambio institucional, o sea la relación
con otros analistas en una institución determinada (saber no constituido), y la
realización en ella de actividades teórico-clínicas.
Se podría decir, en síntesis, que la suficiente experiencia para la práctica psicoanalítica
se ha de lograr cuando el analista se encuentre habilitado a brindar testimonio de ella
ante “algunos otros”, dando razones de su acto, formándose así un lazo entre clínica y
43 FREUD, Sigmund, “¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial”, en “Obras Completas”,
t. XX., pág. 216, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1997.
44 FREUD, Sigmund, “¿Pueden los legos ejercer el análisis? Diálogos con un juez imparcial”, en “Obras Completas”,
Nuestro país es uno de los lugares del mundo donde la producción en psicoanálisis es de
mayor nivel; y esta situación –paradójicamente- es para sus detractores una muestra de
subdesarrollo.
Repárese que sobre una población calculada en el año 2005 de 38.592.150
habitantes, al haber 62.760 psicólogos egresados, con una estimación de 51.200
psicólogos activos -con el 85% de mujeres-, hay 133 por 100.000 habitantes, o sea 754
habitantes por psicólogo, el doble de lo que ocurre en otros países americanos (47). A su
vez, como referencia del año 2001, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos,
existían 154 psicólogos por cada 100.000 habitantes ó 649 habitantes por psicólogo. Y
estos datos son importantes en razón -como ya lo dijimos- de la marcada orientación
psicoanalítica de la carrera de Psicología en las universidades argentinas. Por supuesto,
que esta inclinación se traduce en la praxis. Véase que según una encuesta realizada a
terapeutas en hospitales públicos de la ciudad de Buenos Aires en el año 1997, el 70 %
dijo trabajar desde la teoría psicoanalítica (48).
Sin embargo, en sentido contrario y paradójicamente, fácil es advertir como cada vez
con más intensidad se despliega un enfoque economicista de la salud en detrimento de
la verdadera asistencia y de la investigación; en particular al influjo de las Obras
Sociales y los sistemas denominados prepagos de salud, que sin hesitación tienen un
peso formidable. Y esta situación genera una mecanismo perverso, pues un requisito
excluyente que deben cumplir los profesionales para ser contratados (a pesar de estar
inclinados la mayoría de ellos -como ya se dijo- al método psicoanalítico) es que tomen
el compromiso de implementar respecto de los pacientes técnicas de “cura rápida”; lo
que muchas veces significa decir -en buen romance- una asistencia “al paso” y sin
mayor compromiso.
Lo que se pretende instaurar, en consecuencia, tras la presión de la “economía de
mercado”, es una suerte de psicología racional y positivista como modelo único y
universal de abordaje para el tratamiento de la salud mental; modelo que, precisamente,
encuentra hoy su anclaje en el conocido DSM-IV. Éste es un manual psiquiátrico
estadounidense (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) de la
47 Ver ALONSO, M. M., “Los Psicólogos en la Argentina”. Psicodebate nº 6, Psicología, Cultura y Sociedad.
(Universidad de Palermo), 2006.
48 MULLER, Felipe, del Departamento de Investigaciones de la Universidad de Belgrano, en un trabajo realizado con
49 Ver ROUDINESCO, Élisabeth, “La familia en desorden”, p. 200, ed. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires,
2003. Lo expuesto en el texto se certificaría tras una investigación realizada por The New York Times. En efecto, en
Estados Unidos los psiquiatras que más dinero reciben de los laboratorios son quienes más prescriben drogas. Se
pagan a estos profesionales cantidades importantes por el dictado de conferencias que tengan por tema una de las
drogas que fabrica la compañía, por prescribir y recomendar los medicamentos, por enseñar a los colegas en la misma
orientación, por escribir guías de tratamiento que los médicos suelen seguir a la hora de prescribir, etcétera (ver
HARRIS, G., CAREY, B., y ROBERTS, J., “Cómo los laboratorios influyen sobre los psiquiatras infantiles”, en “La
Nación”, del 19-5-2007, sección Psiocología-Salud). Por otro lado, un ejemplo del cuestionamiento científico al que
hacemos alusión, es el punto referido a la transexualidad; respecto de la cual se realiza en el mentado Manual una
suerte de “recalificación” en detrimento de toda clínica. Obsérvese que no se la incorpora como patología ni síntoma,
sino como un “malestar” que desemboca en una “inadaptación a lo social” (ver HERGOT, Stéphanie,
“Deslizamientos progresivos del DSM”, en “Imago”, Rev. de psicoanálisis, psiquiatría y psicología, Nº 18, p. 47, ed.
Letra Viva, Buenos Aires, 2004; MIZRAHI, Mauricio Luis, “Homosexualidad y Transexualismo”, p. 72, 73, 90 y 93,
ed. Astrea, Buenos Aires, 2003).
50 DSM-IV, “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”, (1995), Masson, Barcelona. Pág. XV.
51 DSM-IV, “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”, (1995), Masson, Barcelona. Pág.
Advertencia.
52 DSM-IV, “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”, (1995), Masson, Barcelona. Pág. XIX.
53 DSM-IV, “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales”, (1995), Masson, Barcelona. Pág. XIX.
Pasemos ahora a analizar brevemente estas notas dadas, teniendo en cuenta tanto su uso
para la observación, como los fundamentos que lo sostienen. Para lograr los objetivos
que le adjudican al manual, los autores dicen apoyarse en “fundamentos empíricos
sólidos”. Ocurre que, si leemos atentamente sus justificaciones, esta “empiria sólida”
que proponen es relativizada por ellos mismos, ya que para la aplicación de los criterios
elegidos proponen un “entrenamiento especial que proporcione conocimientos y
habilidades clínicas”. Esta afirmación, en consecuencia, cuestiona el postulado; puesto
que si se exigen conocimientos logrados por medio de un entrenamiento, no se trata de
una aprehensión espontánea como parecen sugerir las declaraciones de ateoricismo
invocada en su “empiria”. En verdad, lo que realizan es un recorte preciso que
necesariamente se hace desde una determinada concepción; la “clasificación
categorial”.
Ahora bien, sucede que una concepción no puede ser otra que una teoría, aunque
hablemos de una teoría empirista. Esta teoría está en el origen de la psiquiatría actual,
como queda claro con la reconocida influencia de Locke en Pinel, la cual es muy valiosa
cuando es explicitada, y que dio lugar a partir del criticismo, y con las ideas de Kant a la
obra de autores como Kraepelin (54). Pero, como toda construcción teórica, es riesgosa
cuando se la emplea sin saberlo, porque el recorte clínico efectuado por el que aplica
“empíricamente” –ateóricamente según sus autores- el manual, lo concreta sin conocer
desde dónde se lo hizo. Al respecto, la ciencia tiene sobradas pruebas de cómo esta
actitud influye en los resultados; y no tenerlo en cuenta es tal vez uno de de los tantos
reduccionismos lamentables. Así, llevaría a afirmar a algunos –con los tremendos
errores que ello genera– que, por suponerse esta clasificación una nomenclatura
“ateórica”, podría ser utilizada por cualquier científico, sin importar su apoyatura
teórica, haciendo creer que partiría de datos dados y no construidos, como acontece en
la realidad. Conforme pues a ese esquema, la teoría se le agregaría sólo después cuando
se interpretan lo mentados datos recogidos; lo cual va contra toda discusión
epistemológica. En otras palabras, los datos valen; pero es fundamental tener conciencia
del contexto en que fueron recortados. Por ello, en cualquier modelo de investigación se
explicita la teoría desde donde se fundamenta.
Recordemos además que, conforme al manual, se requiere una confirmación auxiliar; ya
que, como se dice, los antes referidos criterios “reflejan un consenso”, marcando de este
modo que no son algo que surge de una supuesta evidencia propia de un realismo
ingenuo, sino que surgen de un acuerdo –consenso- a partir de varias posibilidades. A
su turno, al sostenerse que se parte de “datos empíricos relevantes”, viene a admitirse
que los datos que va a tener en cuenta el observador no serán -de nuevo- los que
aparecen, sino los “relevantes”. Entonces, bien claro es que hay que acudir a un criterio
de selección. Así las cosas, ese criterio de selección nos será otro que aquel que quepa
en el “sistema” clasificatorio propuesto, con lo que se incurre -por lo tanto- en un
razonamiento tautológico.
Según indican los autores del Manual, el referido sistema clasificatorio es construido en
forma categorial, desde donde dividen tipos basados en rasgos definidos, que recuerda
el método de los tipos empleado por Charcot (55). Como para realizar una clasificación
se requieren siempre parámetros y series de criterios, éstos -por supuesto- no aparecen
en la “empiria”; y así, una vez más, estamos ante preceptos que conocemos como
criterios teóricos, sepamos o no de ello. De esta manera desaparece en el sistema en
54 Ver SAURÍ, Jorge, “Historia de las ideas psiquiátricas. El naturalismo psiquiátrico”, Lohlé-Lumen, Buenos Aires,
1996, págs. 81-106.
55 CHARCOT, J-M., “Gran histeria o listero-epilepsia” en SAURÍ, Jorge, (comp) “Las histerias”, 1979, Nueva
56 WATSON, J. B., 1913, “Psychology as the Behaviorist Views” It. Psychological Review, 20, Págs. 158-177.
57 SAURÍ, Jorge, “Qué es diagnosticar en psiquiatría”, Bonum, Buenos Aires, 1994.
Con el objeto de dejar sucintamente establecidas las diferencias con la
elaboración del DSM-IV, podremos decir que en el psicoanálisis se parte desde el
campo epistemológico de la escucha (y no de la mirada); su lectura es hermenéutica o
mayéutica según los autores; no se busca el “diagnóstico como meta”, sino que éste es
un a-posteriri, que se despliega en el curso del tratamiento; y, en fin, se trata de un
ordenamiento que se inserta en otro paradigma. Ello hace que el trabajo realizado desde
la perspectiva psicoanalítica no pueda ser evaluado conforme a los parámetros del
Manual comentado; sin que esta afirmación comporte descartar el intercambio y la
posibilidad de un diálogo fecundo.
El tema desarrollado, aunque arduo, es necesario ponerlo de relieve; sobre todo
cuando está en juego la responsabilidad civil de un profesional. Estimamos que tendrá
que ser tenido debidamente en cuenta por la judicatura; al menos para obrar con cautela,
absteniéndose de aplicar en todos los casos criterios que -erróneamente- se presumen
como únicos y universales.
58Ver NASIO, Juan David, “Enseñanza de 7 Conceptos Cruciales del Psicoanálisis”, p. 211, ed. Gedisa, Barcelona,
1994; MILLOT, Catherine “Exsexo. Ensayo sobre el transexualismo”, p. 28, Ed. Catálogos, Buenos Aires, 1984.;
LACAN, Jacques, “Libro 3. Las Psicosis”, p. 217, ed. Paidós, Barcelona, 1984; LACAN, Jacques, “Escritos II”, p.
262/263, ed. Siglo XXI, México, DF, 1978.; LAPLANCHE, Jean y PONTALIS, Jean-Bertrand, “Diccionario de
Psicoanálisis”, ed. Paidós, Buenos Aires, 1998, p. 321/323; ROUDINESCO, Élisabeth, y PLON, Michel,
“Diccionario de Psicoanálisis”, ed. Paidós, Buenos Aires, 1998, p. 336, 337, 869 y 870; MIZRAHI, Mauricio Luis,
“Transexualismo: respuesta a un exabrupto (Cuando la falacia es el hilo conductor de una ‘crítica’)”, ED, 218-765.
formación del magistrado. Es verdad, en este sentido, que la culpa de los profesionales
de la salud comienza donde terminan las discusiones científicas (59).
59 Ver CN Civ., Sala I, 13-2-1997, Base Micro CDS/ISIS, sumario nº 9477; íd., Sala G, 15-4-1985, LL, 1985-C-548;
íd., Sala F, 6-9-2003, “R.D., M.M. O. c/ Obra Social del Personal de Sanidad y otros”; BUERES, Alberto J.,
“Responsabilidad civil de los médicos”, ed. Hmmurabi, 2° edición, t. 2, p. 152/153.
60 Por supuesto que cuando en el texto hacemos alusión a la “singularidad” nos estamos refiriendo a lo que acontece
en un análisis; o sea, cuando interviene el momento operativo en el caso por caso. Pero tal singularidad no obsta a la
generalización y a la universalidad del concepto cuando nos posicionamos desde afuera de lo que ocurre en un
tratamiento psicoanalítico. Esto es así porque en el profesional está en juego toda la experiencia acumulada -y de ahí
la teoría- de manera que se cuenta con un bagaje que permite, por ejemplo, diferenciar la neurosis de las estructuras
psicóticas, o bien definir los cuadros de perversión. El arte ha de consistir, pues, en poder conjugar este universal con
lo singular que el analizante presenta.
61 HARARI, Roberto, “¿Qué sucede en el acto analítico? La experiencia del psicoanálisis”, Lugar, Buenos Aires,
XXII, pág. 74, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1997. La lectura que se hace de tal fórmula varía con las escuelas
psicoanalíticas, pero no importa para nuestro fin.
considera como “curar por el espíritu, no curar el espíritu”(63). Todas ellas promueven
un cambio, y ya de por sí este concepto de “cambio” implica un problema
epistemológico muy complejo.
Como quiera que sea, en función de lo expuesto, queda muy clara la diferencia del
psicoanálisis con los objetivos de otros tratamientos conocidos ( 64 ). En éstos,
verbigracia, es posible que se busque la desaparición de los síntomas –sin tener en
cuenta del sentido y goce del que son portadores-, el cambio de conductas anómalas –
tomadas como tales desde una norma social situacional-, o también la desensibilización,
la recanalización de impulsos, la buena adaptación al medio, el afrontar victorioso
situaciones conflictivas, la mutación de la dinámica relacional, el logro de una
identidad, etcétera. Al respecto, son muchos los estudios sobre la cuestión; aunque en
general han sido realizados por quienes no trabajan desde el psicoanálisis (65).
Nos parece oportuno recordar lo dicho por un filósofo, no psicoanalista, sobre el
cuidado epistemológico necesario para esos estudios comparados: “No discuto el
derecho de “reformular” el psicoanálisis en términos operacionalistas. Es deseable,
además de inevitable, que el psicoanálisis sea confrontado con la psicología y con las
otras ciencias humanas, y que se intente confirmar o invalidar sus resultados con los de
otras ciencias. Pero sabiendo muy bien que tal reformulación no es más que eso, una
reformulación, es decir, una segunda operación respecto a la experiencia en que se han
basado los conceptos freudianos. La reformulación sólo puede hacerse sobre resultados
muertos, desgajados de la experiencia analítica, sobre definiciones aisladas entre sí,
cortadas de su raíz en la interpretación y tomadas de exposiciones escolares, en las que
se habían convertido en meras palabras mágicas”(66). Es obvio, ya no es psicoanálisis.
Otras de las particularidades de la técnica analítica es que, a diferencia del modelo
tradicional de la psicología racional, no trabaja con un previo diagnóstico, sino que éste
en verdad sólo resulta posible al final del tratamiento. Ello es así debido a que si por
ejemplo se trata de una “histeria” o de una “fobia”, al efectuar el diagnóstico -además de
estigmatizar al paciente- se deja de atender a la singularidad de quien consulta, tras lo
cual ubicaríamos a la dolencia del analizante como “un caso” de una clasificación; lo
que desde ya ha de implicar no trabajar psicoanalíticamente. Asimismo, en los análisis
tampoco se realizan estimaciones acerca de la duración del tratamiento; por lo que en
estas prácticas se descarta también el llenado de “fichas” que ciertos sistemas de salud
suelen imponer a los pacientes; fichas que habría que completar con los objetivos que se
persiguen, para después ser evaluados en conjunto con el terapeuta a las tantas semanas
del tratamiento. Todos estos ítems son de difícil aceptación en una cura psicoanalítica, y
si por caso desde aquí se prescriben -reiteramos- lo más probable es que en la realidad
nos hallemos ante una distorsión del análisis que se dice efectuar (ver el punto VII).
Sin perjuicio de lo expuesto, es indudable que el intento de lograr en el psicoanálisis
fijar hitos y establecer tiempos de duración de un tratamiento ha estado presente desde
muy temprano y generó no sólo discusiones internas, sino escisiones profundas, en la
búsqueda de técnicas activas que acorten el tiempo de las largas curas. ¿Cuánto durará
el tratamiento? Freud responde, “por así decir, como Esopo en la fábula al peregrino
abordaje desde el psicoanálisis, ver HARARI, Roberto, “¿Epistemología del psicoanálisis o psicoanálisis de la
epistemología?” en Discurrir el psicoanálisis, Nueva Visión, Buenos Aires, 1985, págs. 41-60.
que pregunta cuánto falta para llegar: «¡Camina! », le exhorta Esopo, y lo funda
diciéndole que uno tendría que conocer el paso del caminante antes de estimar la
duración de su peregrinaje. Con este expediente se sale de las primeras dificultades,
pero la comparación no es buena: es fácil, en efecto, que el neurótico altere su tiempo y
en ciertos períodos sólo haga progresos muy lentos. En verdad, la pregunta por la
duración del tratamiento es de respuesta casi imposible” (67).
Luego de reconocer lo justificado de la abreviación del tratamiento, el maestro vienés
recuerda la “atemporalidad” de los procesos inconscientes, afirmando: “en líneas
generales, ese proceso, una vez iniciado, sigue su propio camino y no admite que se le
prescriban ni su dirección ni la secuencia de los puntos que acometerán. Al proceder del
analista le ocurre casi lo mismo que a la potencia del varón. El más potente de los
hombres puede, sí, concebir un hijo completo, mas no puede engendrar en el organismo
femenino una cabeza sola, un brazo o una pierna; ni siquiera puede ordenar el sexo del
niño” (68). Esta contestación metafórica, si bien tiene cierta ironía y puede generar
desilusión, no deja de ser cierta. Algo distinto es la mejoría propia del comienzo de todo
análisis, que Freud situaba dentro de la llamada “luna de miel psicoanalítica”, alrededor
de los primeros tres meses; tiempo que suele emplearse en algunas técnicas breves y que
él remitiera exclusivamente a un efecto transferencial, sin modificación de la posición
subjetiva, aunque sí de una gran efectividad inmediata.
Sin embargo, y a pesar de lo descripto, debe tenerse en claro que un análisis comienza y
también termina; lo cual fuera trabajado por Freud en un texto que ha tenido problemas
de lectura desde su título que reza Análisis terminable e interminable, donde cabe
remarcar el “e”, pues no dice “o” (69). Todo análisis tiene de terminable en la caída del
lugar del analista, de la cual él también es responsable, así como interminable en sus
posibilidades de continuar encontrando nuevos sentidos; pesando en la ética y saber del
analista gran parte de su diferencia. No obstante que no hay una anticipación imaginaria
del tiempo que transcurrirá el paciente en análisis, sí hay un encuentro con lo Real que
permitirá captar el imposible de seguir. Para decirlo en una expresión coloquial: “el
sujeto comienza hablando de él, no les habla a ustedes; luego les habla a ustedes, mas
no habla de él; cuando les haya hablado de él –que habrá cambiado sensiblemente en el
intervalo- a ustedes, habremos llegado al fin del análisis” (70). Se observará que tanto
en el primer como en el tercer paso el sujeto habla de él, pero la diferencia está dada en
la manera como ese sujeto se implica en lo que dice y en el a quien se lo dice. No es lo
mismo hablar de uno pero no importando a quien se le habla, que hablar de uno a
alguien diferenciado. La responsabilidad sobre el propio deseo es diferente. Sobre este
preciso punto, téngase presente que el inicio del tratamiento se produce cuando se ubica
un lugar de saber por parte del paciente y éste coloca allí a su analista –la mencionada
dimensión simbólica de la transferencia-; proceso que se irá modificando en el
transcurso de la cura hasta que el analizante terminará por no colocar en ese lugar a su
terapeuta: es cuando acontece el final del análisis.
Agregaremos, de todos modos, que el tratamiento psicoanalítico de por vida -aunque
poco frecuente- no puede dejar de contemplarse; y el símil que aquí se vislumbra es con
los pacientes que también necesitan psicofármacos durante toda su vida. Ambas
cuestiones, sin duda, lejos están de aceptarse pacíficamente. Desde luego, distinta es la
67 FREUD, Sigmund, “Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I)”, en
“Obras Completas”, t. XII, pág. 129, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
68 FREUD, Sigmund, “Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I)”, en
“Obras Completas”, t. XII, pág. 132, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
69 FREUD, Sigmund, “ Análisis terminable e interminable”, en “Obras completas”, t. XXIII, p. 211. ed. Amorrortu,
71KRAUT, Alfredo Jorge, “¿Existe el daño injusto en psicoterapia? Juristas mirando al psicoterapeuta”, JA, 1989-IV-
820. En igual sentido, ver FERNÁNDEZ MADERO, Jaime, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras,
psicólogos y psicoanalistas. El daño psíquico”, LL, 2002-F-1344.
importantes de adherentes. Sin embargo, es importante advertir que las reglas que haya
aplicado el profesional, y la escuela a la que pertenece, no son indispensables que
respondan a los criterios dominantes en una época dada. O sea, que aquellas “reglas de
escuela” pueden no gozar de adhesiones mayoritarias entre los profesionales sino que,
por el contrario, integrar la también denominada “doctrina de la respetable minoría”
(“respetable minority rule”). En todo caso, bastará que a la escuela en discusión se la
pueda calificar como reconocida; digamos por tener principios definidos y ser seguida
por una minoría respetable de la profesión.
Es de destacar que los lineamientos expresados, lamentablemente, no han sido tenidos
en cuenta en un pronunciamiento judicial en el que se decretó el procesamiento de un
terapeuta por considerarlo “prima facie” autor del delito de lesiones culposas. Repárese
que a pesar que el galeno forense concluyó que el tratamiento suministrado al paciente
“no se encuentra reñido con la práctica psicoanalítica”; vale decir, que no se verificaba
mala praxis desde un enfoque psicoanalítico, la Cámara Criminal y Correccional
dispuso de todas maneras el procesamiento referido. El decisorio se lo pretendió
fundamentar -siguiendo la directiva del dictamen presentado por el perito del
querellante- en el “dilatado tratamiento” del reclamante (once años) y en que, no
obstante el tiempo transcurrido, el profesional actuante no le había recetado ingerir
“drogas antidepresivas” que, a criterio del tribunal, resultaban “necesarias” (72). En
consecuencia, los jueces se inclinan por una de las teorías en boga -diríamos
psiquiátrica, que postula los psicofármacos en reemplazo de la palabra como
instrumento terapéutico- y sigue además el criterio positivista o racional de fijar topes
de tiempo predeterminados a los tratamientos. He aquí pues un ejemplo paradigmático
de los severos errores en los que puede incurrir la magistratura al aplicar técnicas de
abordaje que -por más lícitas que fueren- no eran las propias del tratamiento
psicoanalítico que llevaba a cabo el paciente. Al respecto, creemos no exagerar si
decimos que si por hipótesis se sometiera a juzgamiento a la totalidad de los
profesionales que realizan prácticas psicoanalíticas, una muy importante porción de
ellos resultarían condenados si los parámetros que se aplican -como lo hizo la Cámara
juzgadora- son totalmente ajenos a lo que significa una cura analítica. En suma, un
despropósito mayúsculo difícil de concebir. Por supuesto que otro tanto sucedería si se
juzga con los criterios psicoanalíticos a tratamientos efectuados por psiquiatras
biológicos.
No es posible negar los numerosos abordajes, teorías y técnicas que existen para encarar
la salud mental; situación que se complica más aún porque no sólo hay varias escuelas
dentro del mismo psicoanálisis, sino que tampoco hay una institución que represente a
todos los cultores de una orientación. Sin embargo, estas dificultades no deben ser
utilizadas como “herramientas” por terapeutas inescrupulosos para encubrir la mala
praxis, y lograr así impedir que el derecho de daños cumpla su función disuasiva en lo
que hace a la ejecución de maniobras reñidas con la ética profesional. Se impone
entonces una actuación para que en este ámbito no rija en los hechos una suerte de
indiscriminación que, a la postre, provoque un notable descenso en el nivel de la
prestación terapéutica. En línea con este objetivo, resulta indispensable establecer
orientaciones acerca de los límites que deben enmarcar el desenvolvimiento de los que
se ocupan de la salud mental en el desarrollo de su vínculo con los pacientes. Por de
pronto, está fuera de discusión que no debe ser admitida cualquier práctica, sino sólo
aquella que resulte reconocida -como mínimo- por un sector de la comunidad científica;
72 CNCrim. y Correcc., Sala IV, 4-7-2002, in re “Tosun, José s/ Estafa”, Nº 18.562, Int. 4ª 14/143.
y es por eso que -por ejemplo en Estados Unidos- se desecharon las técnicas que
pretendieron implementar los llamados “clarividentes” o “curadores magnéticos” (73).
El Decreto 905/95, por su lado, que reglamenta la ley 23.277 referida al régimen legal
del ejercicio de la psicología, dispone que “las teorías, métodos, recursos,
procedimientos y/o técnicas específicas que se apliquen en el ejercicio profesional de la
Psicología deberán ser aquellos reconocidos en los ámbitos universitarios académicos
del país en los que se imparta la enseñanza de Psicología” (art. 2º). Por supuesto que
este precepto tendrá que ser interpretado con cierta flexibilidad, en el sentido que debe
entenderse que estamos ante una teoría “reconocida” aunque ésta propiamente no se
imparta en un estricto ámbito de la universidad, pero sí en escuelas u asociaciones serias
que merezcan la aceptación como tales por algún sector respetable de la comunidad de
profesionales.
A su vez, el Código de Ética de la Federación de Psicólogos de la República Argentina,
dispone que los psicólogos “no aplicarán o indicarán técnicas psicológicas que no sean
avaladas en ámbitos científicos, académicos o profesionales reconocidos” (art. 3.3.4); y
que, además, tendrán la obligación de denunciar “el curanderismo y cualquier otra
práctica carente de fundamento científico, cualquiera sea su forma” (art. 3.3.8.3).
73 Ver KRAUT, Alfredo Jorge, “¿Existe el daño injusto en psicoterapia? Juristas mirando al psicoterapeuta”, JA,
1989-IV-820.
74 ROUDINESCO, Élisabeth y PLON, Michel, “Diccionario de Psicoanálisis”, ed. Paidós, Buenos Aires, 1998, p.
1082; CHEMAMA, Roland, “Diccionario de Psicoanálisis”, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2002, p. 441; FUDIN,
Mónica, “Mala praxis y Iatrogenia, en Medicina y en Psicoanálisis”, en Biblioteca de la Escuela Freudiana de Buenos
Aires.
desde luego, porque en el supuesto el profesional abusa del poder que aquella le ha
otorgado; lo que importa su uso a otros fines, perversos a la situación.
Otro tema harto delicado es cuando el psicoanalista se encuentra enfrentado con
pacientes de alto riesgo; o sea, en supuestos en que se está ante situaciones límites o
extremas, como ser hipótesis de suicidios o tentativas de suicidio, o pacientes altamente
agresivos que ocasionan un daño a terceros o pueden ocasionarlo. En primer término,
tiene que aclararse que es errónea la creencia generalizada de que la internación
institucional sólo depende del criterio psiquiátrico. Sobre esta cuestión es terminante la
ley 23.277, pues dispone que los psicólogos están obligados a “aconsejar la internación
en establecimiento público o privado a aquellas personas que atiendan y que por los
trastornos de su conducta signifiquen peligro para sí o para terceros; así como su
posterior externación” (art. 8, inc. 1). Es decir, que tanto la internación como la
externación se enmarcan dentro del ámbito de la “actividad autónoma” (art. 3 de la ley)
que desempeña quien ostenta el título de psicólogo; a tal punto que no aconsejar esas
medidas -cuando se tornan necesarias- da cauce a su responsabilidad por
incumplimiento de las obligaciones que le incumben.
Ahora bien, en este asunto parece evidente que el profesional debe ir monitoreando el
tratamiento de análisis para poder advertir oportunamente, a través de los indicios que
se le presenten, si resulta conveniente su prosecución regulando la angustia del paciente
o, por el contrario, disponer su suspensión -ante el riesgo de actuaciones peligrosas-
proponiendo la evaluación psiquiátrica para una eventual suministro de psicofármacos;
el aviso a los familiares del paciente; medidas de control respecto de él; su internación;
etcétera. Y claro está que no tomar estos recaudos puede comportar un desempeño
negligente o una muestra de impericia. Se tratarán de casos en los cuales el terapeuta
habrá fallado en las previsiones necesarias que debía adoptar para evitar el daño, lo que
demostraría que alguna cuestión no fue estimada con la entidad que merecía. Incluso la
responsabilidad es posible que se desencadene por no haber considerado el analista los
temores de los pacientes (o de sus familiares o allegados); ya que precisamente esos
temores son signos de que algo sucedía. Lo delineado indica, en resumidas cuentas, que
hay un deber de previsibilidad en el analista, el que se impone para contemplar las
situaciones en que los analizantes puedan incurrir en pasajes al acto o en los acting out;
desenlaces lamentables que no pocas veces son efecto de la no escucha (75). Y en este
punto hay que contemplar la modalidad de la apuesta transferencial realizada por el
profesional, según el tiempo de esa cura singular.
De todos modos, es lógico que no será un trabajo fácil predecir las eventuales conductas
de un paciente peligroso; y el meollo -para juzgar la responsabilidad- será dilucidar si
con la debida previsión tales actos podían o no ser razonablemente contemplados por el
terapeuta en tiempo oportuno. En el primer caso, surgirá la obligación de responder por
haberse incumplido el deber de cuidado que pesa sobre el profesional en relación a los
propios pacientes y a los terceros. Han de jugar, entre otras, las previsiones del art. 902
del Código Civil, esto es el deber de obrar con prudencia y pleno conocimiento de las
cosas; y la del art. 929 del mismo Código, vale decir que no habrá liberación del
encausado cuando no ha habido razón para errar porque la ignorancia del verdadero
estado de cosas proviene de una negligencia culpable ( 76 ). Por supuesto que la
responsabilidad también se puede desencadenar por una intempestiva interrupción del
820.
tratamiento; esto es, por disponer el analista el cese abrupto de su vínculo con el
paciente. Sobre este tema, el art. 8 del decreto 905/95, que reglamentó la ley 23.277,
dispone que los psicólogos “están obligados a asistir a los enfermos cuando la gravedad
de su estado así lo imponga y hasta tanto, en caso de decidir la no prosecución de la
asistencia, sea posible delegarla en otro profesional o en el servicio público
correspondiente”.
Sin perjuicio de considerar cada supuesto concreto para concluir si se genera o no la
responsabilidad profesional, creemos que -en las causas que se tramiten- un factor
esencial que servirá de importante auxilio a la judicatura a la hora de la decisión -sobre
todo cuando se plantean casos dudosos- es si el analista enjuiciado llena aquel requisito
fundamental que antes mencionamos, o sea el criterio de la formación permanente; que
se traduce en indagar si el profesional demandado cumple con cuatro pilares esenciales:
el estudio constante, su análisis personal (el didáctico), el análisis de control
(supervisión de casos con otros psicoanalistas), y el intercambio institucional (ver el
punto III). A ello se le sumará, desde luego, lo que resulte de la escucha que deberá
hacer el perito desde el artificio analítico, tal como lo señalamos en el punto VI.4.
77Ver TRIGO REPRESAS, Félix A. y LÓPEZ MESA, Marcelo J., “Tratado de la responsabilidad civil”, t. II, p.
316/322, ed. La Ley, Buenos Aires, 2005; COMPIANI, María Fabiana, “Las dificultades de la prueba en los juicios
de mala praxis médica”, LL, 2007-A, ejemplar del 13-2-2007, p. 3; LÓPEZ MESA, Marcelo J., “Pacientes, médicos
y consentimiento informado”, LL, 2007-B, ejemplar del 26-2-2007, p. 1; KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad
profesional de los psiquiatras”, p. 159, ed. La Rocca, Buenos Aires, 1991.
de los procesos inconscientes, obsta a la realización anticipada de pronósticos sobre el
tiempo que ha de demandar la curación.
Lo que acontece además es que no resulta posible confirmar previamente el diagnóstico
porque el analista, en verdad, no lo puede saber. De acuerdo a las enseñanzas de Freud,
el profesional sólo ha de saber cómo empieza y cómo termina el tratamiento -al modo
de una partida de ajedrez- pero no lo que sucederá en el medio, pues será el camino
emprendido lo que lo irá marcando. A su vez, si esta situación -tal cual es en su cruda
realidad- se la pretendiera informar al paciente, no ha de existir tratamiento
psicoanalítico, pues no sería posible trabajar desde la transferencia. Bien se ha
observado que cuando un paciente se dirige a un analista le supone -por adelantado- un
saber sobre lo que busca en sí mismo; y dicho analista, por el simple hecho de que se le
habla, es utilizado por el analizante como soporte de una figura del Otro, de un sujeto
supuesto al saber inconsciente (78). Por cierto que –en un sentido amplio- el analista
realiza un diagnóstico al considerar que el paciente es analizable, pero –por lo que
venimos exponiendo- su alcance se ve en la marcha del análisis mismo.
En resumidas cuentas, si en psicoanálisis la cura es en transferencia, y a ésta la
entendemos como ese lugar de saber supuesto, desde el primer momento comienza a
operar la cura y lo que diga el analista ya se trasmite en transferencia, lo que significa
que si le es atribuido saber su dicho será aceptado. Entonces, la supuesta información,
a la que antes aludíamos, le ha de quitar precisamente al terapeuta ese lugar del saber; y
de aquí en más la transferencia ha de ser negativa, con lo que se distorsionaría el mismo
tratamiento. Por otro lado, si hablamos de “información”, lo estamos pensando desde la
consciencia, o sea aportando datos representativos conscientes; y ello no ha de implicar
subjetivamente al paciente (coadyuvando a levantar una represión, por ejemplo), con lo
que se desvirtuaría el modo psíquico operatorio en juego que es el inconsciente, tras lo
cual los efectos serían negativos al ayudar a solidificar las resistencias a la cura antes
que procurar su avance. No obstante, estas conclusiones no impiden que el analista haga
saber al paciente que tendrá con él algunas entrevistas preliminares para escucharlo y
determinar luego cómo se va a trabajar; informarle la cantidad de sesiones semanales
que propone; que es oportuno la finalización de las entrevistas “cara a cara” para dar
paso al “diván”; etcétera. Sin perjuicio de lo señalado, el consentimiento informado
adquirirá virtualidad, y tendrá que ser procurado, en supuesto específicos, como cuando
el profesional disponga la interrupción del tratamiento psicoanalítico, al estimarse –por
ejemplo- que es recomendable la internación institucional del paciente (ver el punto
VI.6.) (79).
Lo expuesto en materia de consentimiento informado, no configura negar que en los
hechos se celebre un contrato implícito entre analista y paciente, por lo que de algún
modo los silencios del terapeuta -y también el discurso, los gestos y los silencios del
analizante- pasan a formar parte del marco contractual (80). De todas maneras, debe
advertirse que, aún en el campo médico, el consentimiento informado tiene una
operatividad limitada en la medida que no cumple un papel prioritario; ello dicho en el
sentido de que las normas deontológicas médicas ponen el énfasis en el tratamiento, de
tal guisa que la comunicación al paciente se restringirá si compromete su eficacia, puede
influir desfavorablemente en el ánimo del enfermo, o de alguna forma afecta los buenos
resultados de la intervención. Por ejemplo, si un paciente está en observación en la
78 CHEMAMA, Roland, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 338/339, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2002, p. 441;
KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras”, p. 160, ed. La Rocca, Buenos Aires, 1991.
79 FREUD, Sigmund, “Lo inconsciente”, t. XIV, p. 171, y del mismo autor, “Construcciones en el análisis” (1937), t.
XXIII, p. 259, ambos en “Obras Completas”, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1996 y 2001, respectivamente.
80 ; KRAUT, Alfredo Jorge, “¿Existe el daño injusto en psicoterapia? Juristas mirando al psicoterapeuta”, JA, 1989-
IV-820.
guardia de un ente asistencial para disminuirle la tensión arterial, es de práctica no
informarle los valores que registra, ya que suministrar tales datos se lo entiende
contraproducente al tratamiento que se le está administrando. En definitiva, el criterio
reinante es la limitación de la información por razones de conveniencia terapéutica; y la
explicación reside en que el deber que nos ocupa se impone en interés del paciente, y a
veces será ese mismo interés el que neutralizará -total o parcialmente- la obligación de
cumplir con el consentimiento informado (81). Bien se verá que estas reflexiones se
aplican a la letra al psicoanálisis tan pronto se tenga presente que, con la imposición del
consentimiento informado en sus lineamientos típicos, la cura analítica no tendría
cabida alguna.
A pesar de lo reseñado, el Código de Ética de la Federación de Psicólogos de la
República Argentina tiene un acápite relativo al consentimiento informado, conforme al
cual se exige “información suficiente sobre la práctica de la que participará, incluyendo
datos sobre su naturaleza, duración, objetivos, métodos, alternativas posibles y riesgos
potenciales de tal participación” (art. 1.1.). Este precepto, sustentado en los criterios de
la psicología racional y positivista, no tendrá aplicación en los tratamientos
psicoanalíticos; al menos en el sentido literal en el que está redactado.
81TRIGO REPRESAS, Félix A. y LÓPEZ MESA, Marcelo J., “Tratado de la responsabilidad civil”, t. II, p. 322/328,
ed. La Ley, Buenos Aires, 2005; KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras”, p. 171,
ed. La Rocca, Buenos Aires, 1991.
82FERNÁNDEZ SESSAREGO, Carlos, “Regulación jurídica de la historia clínica”, revistapersona.com.ar, nros. 50
y 51, febrero y marzo de 2006; TRIGO REPRESAS, Félix A. y LÓPEZ MESA, Marcelo J., “Tratado de la
responsabilidad civil”, t. II, p. 333/336, ed. La Ley, Buenos Aires, 2005; CN Civ., Sala B, 19-11-2004, “Broda,
Roberto Carlos c/ Neuspiller, Nicolás Raúl s/ Daños y Perjuicios”, Expte. libre Nº 379.050.
Con relación específica a la labor de los psicoanalistas, se podría decir que -al menos en
la Argentina- no se advierte que exista una conciencia acerca del valor jurídico de la
historia clínica, lo que determina que en la práctica privada es poco frecuente que ellas
se confeccionen. Sin embargo, pensamos que esta comprobación no debe relevar a los
analistas de su compromiso de contar con este documento por excelencia que -como ya
vimos- es de una utilidad indiscutible para los peritos y jueces cuando tiene que evaluar
la responsabilidad en los pleitos por mala praxis que se planteen ante los tribunales.
No obstante lo dicho, por las características que reviste la práctica psicoanalítica,
tampoco es dable cuestionar que la historia clínica que se ha de exigir a estos
profesionales no puede ser del tenor con que es confeccionada a partir de las premisas
del discurso médico. Por de pronto, y de acuerdo a lo ya analizado en los puntos II,
VI.3. y VII, se tornaría improcedente imponer que se haga constar en estos documentos
los tratamientos aconsejados, diagnóstico y pronóstico, pues ya hemos estudiado que se
tratan de aspectos que no se han de consignar al inicio del vínculo sino que, en todo
caso, ellos se irán desarrollando en el curso del análisis. Con acierto decía Freud que
sólo hacia el final del tratamiento se puede abarcar el panorama de un historial clínico
congruente, comprensible y sin lagunas (83).
Así las cosas, la historia clínica que lleve un psicoanalista será básicamente la inserción
de lo relevante del discurso del analizante y el trabajo interpretativo realizado, vale
decir, la historia real acontecida en el despliegue de la relación; sin perjuicio de
documentar otras situaciones importantes, como ser derivaciones psiquiátricas
dispuestas, psicofármacos que se le pueden estar suministrando al paciente,
enfermedades físicas destacables, resultados de estudios neurológicos realizados,
supervisión del caso con otros psicoanalistas (el llamado análisis de control), etcétera.
Una consideración especial tendrían que merecer los pacientes de alto riesgo, pues en
estos casos entendemos que serán deberes del profesional transcribir los recaudos y
medidas aconsejadas; tales como el cuidado de cerca del enfermo, el aviso a familiares,
la internación y externación dispuestas, etcétera. No necesariamente el registro que aquí
apuntamos tiene que ser “contemporáneo” a “las distintas prestaciones que se vayan
realizando”, tal como lo prescribe el art. 173 del Código de Ética de la Asociación
Médica Argentina. Es que la atención flotante que debe prestar el terapeuta en su
función (ver el punto II) puede dificultar el llenado de la historia clínica precisamente en
el mismo acto en el que se desarrolla la sesión terapéutica. Bastará, por ende, que las
anotaciones se realicen después de concluidos los encuentros.
Pero vale la pena insistir que las historias clínicas que confeccionen los psicoanalistas
no podrán ser consideradas con los mismos parámetros con que se juzgan las que deben
llevar los médicos y, en particular, los cirujanos. Respecto de los analistas, no cabrá esa
suerte de objetivación del enfermo como la que suele acontecer en la práctica médica.
Es que el terapeuta ha de reemplazar la mirada tradicional por la audición, con lo que se
pasará del objeto al sujeto. De ahí que, de alguna forma, con el psicoanálisis cobra vida
una nueva historia clínica, cuyo relato no será una superposición a la biografía callada
del paciente, sino que éste estará implicado en ella. Entrará en escena el ámbito de las
pulsiones, con la apertura del campo epistemológico de la escucha, el rescate de la
singularidad y el concepto correlativo del de inconsciente, que será central en todo el
itinerario terapéutico. En suma, una historia clínica que contemple la influencia de la
vida anímica sobre las funciones y los movimientos del cuerpo y, en fin, un modelo que
FREUD, Sigmund, “Fragmento de análisis de un caso de histeria (Dora)”, en “Obras Completas”, t. VII, p. 17, ed.
83
84Ver LAÍN ENTRALGO, P., “La historia clínica. Historia y teoría del relato patográfico”, Consejo Superior de
Investigaciones científicas, Madrid, 1949, p. 601,602, 636, 725 y 733. Para una breve síntesis, ver también
PODESTÁ, L., “Historia clínica”, en Mazzei-Rozman, “Semiotécnica y fisiopatología”, ed. Ateneo, Buenos Aires,
1978, p. 56/62.
que, desde el punto de vista dinámico, el poder de la cura se basa en la existencia de un
sufrimiento por no poder hacerse cargo de la falta constitutiva de todo ser humano;
sufrimiento que tiende a disminuir a medida que los síntomas ceden su puesto a
comportamientos sustitutivos más satisfactorios. Por consiguiente, resulta importante
mantener o restablecer la frustración de las demandas para evitar la paralización de la
cura. El criterio es, pues, de que el trabajo de la cura no puede ser llevado a buen
término a menos que se excluya todo aquello que pudiera paliar en lo inmediato las
dificultades neuróticas del sujeto. En consecuencia, el analista debe evitar gratificar a
aquél con satisfacciones afectivas que pudieran serle suficientes y, de esta manera,
hacerle menos necesario el trabajo que conduce al cambio (85).
Freud subrayó lo imperioso que resulta que el terapeuta respete la regla de abstinencia,
no sólo por razones éticas sino sobre todo para que pudiera perseguirse el objetivo del
análisis, por lo que le está prohibido al analista ceder, ya que su deber es llevar al
paciente a derrotar el principio de placer (86). Por eso, concluía que “La cura tiene que
ser realizada en la abstinencia; sólo que con ello no me refiero a la privación corporal,
ni a la privación de todo cuanto se apetece, pues quizá ningún enfermo lo toleraría. Lo
que yo quiero es postular este principio: hay que dejar subsistir en el enfermo necesidad
y añoranza como unas fuerzas pulsionantes del trabajo y la alteración, y guardarse de
apaciguarlas mediante subrogados” ( 87 ). Por lo tanto, el creador del psicoanálisis
hallaba el motivo de ese deber en la dinámica misma de la cura. Es que si no se
levantaron las represiones, por más que se ofrezcan subrogados a la pulsión, el
analizante está incapacitado para el logro de una efectiva satisfacción.
En síntesis, la abstinencia está requerida por la misma relación transferencial (88). Así
como se le impone al analizante una situación donde no le es respondida su demanda de
amor, al analista también se lo expone a una herida narcísica al no poder responder en
forma “personal”, desde “su cosmovisión”. La propuesta al respecto es la de una
dirección de la cura y no la de la dirección de la vida de su analizante. Según los fuegos
de la transferencia esto despierta pasiones muy encontradas; en particular en quienes
tienen dificultad en aceptar la injuria narcísica que el psicoanálisis inflige al descentrar
al sujeto de la consciencia.
Nuestros tribunales, con razón, dispusieron la condena de terapeutas que -sin reparos-
trasgredieron ese deber fundamental. En un caso, por la unión afectiva mantenida entre
la profesional y el paciente (89); y en el otro, al comprobarse que -paralelamente al
desarrollo terapéutico- se desplegaban entre ellos vínculos de naturaleza económica y
comercial o, en todo caso, un sistema de contratación reñido con normas éticas
elementales; como es aceptar el pago por adelantado de honorarios por períodos que
superaban los tres años (90).
El Código de Ética de la Federación de Psicólogos de la República Argentina, establece
normas terminantes destinadas a resguardar el deber de abstinencia. Dispone que los
profesionales “evitarán establecer relaciones que desvíen o interfieran los objetivos por
los que fueran requeridos sus servicios” (art. 3.1.3.); que “no buscarán otras
gratificaciones de índole material o afectiva, ni deberán hacer uso de la relación
85 LAPLANCHE, Jean y PONTALIS, Jean-Bertrand, Diccionario de Psicoanálisis”, p. 3, ed. Paidós, Buenos Aires,
1998; CHEMAMA, Roland, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 1 y 2, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 2002.
86 ROUDINESCO, Élisabeth y PLON, Michel, “Diccionario de Psicoanálisis”, p. 20 y 1081, ed. Paidós, Buenos
Aires, 1998.
87 FREUD, Sigmund, “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. (Nuevos consejos sobre la técnica del
psicoanálisis)”, III, en “Obras Completas”. T. XII, Pág. 168, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1996.
88 Dejamos de lado la valiosa diferencia entre neutralidad y abstinencia, por las características del presente trabajo.
89 CN Civ., Sala A, 19-12-2003, “M., G. c/ M.C., C.A.”, JA, 2004-III-632.
90 CN Civ., Sala G, 28-8-2006, “C., N.Z. c/ S.M. s/ Cobro de sumas de dinero”, Expte. libre Nº 453.924.
profesional para el logro de fines ajenos a la misma” (art. 3.1.4.); que “no iniciarán
ninguna relación profesional con sus familiares (del paciente), amigos, colaboradores
cercanos u otros cuando esto pudiera evitarse” (art. 3.1.5.); que “no se involucrarán
sexualmente con consultantes actuales de sus prácticas profesionales” (art. 3.1.6.); y, en
fin, que “no aceptarán como consultantes a personas con las cuales han mantenido
vínculos sexuales, afectivos, comerciales, laborales o de otra índole que pudieran afectar
de manera negativa el objetivo primordial de su práctica” (art. 3.1.7.).
X. El deber de confidencialidad
91 TRIGO REPRESAS, Félix A. y LÓPEZ MESA, Marcelo J., “Tratado de la responsabilidad civil”, t. II, p. 312/315,
ed. La Ley, Buenos Aires, 2005; KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras”, p. 129 y
139, ed. La Rocca, Buenos Aires, 1991.
92 KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras”, p. 130, 133 y 145, ed. La Rocca, Buenos
Aires, 1991.
93 KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras”, p. 133, ed. La Rocca, Buenos Aires,
1991.
La ley 17.132, que regula el ejercicio de la medicina, sienta de modo claro el principio
en estudio al preceptuar que “todo aquello que llegare a conocimiento de las personas
cuya actividad se reglamenta en la presente ley, con motivo o en razón de su ejercicio,
no podrá darse a conocer” (art. 11). A su turno, el art. 8, inc. 4, de la ley 23.277, que
establece el régimen legal de la psicología, obliga a “guardar el más riguroso secreto
profesional sobre cualquier prescripción o acto que realizare en cumplimiento de sus
tareas específicas, así como de los datos o hechos que se les comunicare en razón de su
actividad profesional sobre aspectos físicos, psicológicos, ideológicos de las personas”.
Desde el campo de las organizaciones de profesionales la cuestión también ha merecido
la debida consideración. Así, el capítulo VIII del Código de Ética Médica, aprobado por
la Confederación Médica Argentina, enuncia al secreto profesional como una de las
obligaciones morales “altamente sensibles” al que considera “un deber que nace de la
esencia misma de la profesión”. En términos concordantes se expresa el Código de Ética
de la Federación de Psicólogos de la República Argentina. El art. 2.1. explicita que “los
psicólogos tienen el deber de guardar secreto de todo conocimiento obtenido en el
ejercicio de su profesión. Este deber hace a la esencia misma de la profesión, responde
al bien común, protege la seguridad y honra de los consultantes y sus familias y es
garantía de la respetabilidad del profesional; cualquiera sea el ámbito profesional de
desempeño”. Los mismos lineamientos, en fin, se siguen en otros países; como por
ejemplo los Estatutos del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid, que prescribe “el
derecho y el deber de guardar el secreto profesional”, estimando como una de las “faltas
graves” la infracción a este compromiso con perjuicio para terceros (arts. 21 y 86, inc.
e).
Corresponde precisar que el deber de confidencialidad no es absoluto, pues existen
casos -en los que están en juego intereses superiores- donde el profesional queda
relevado de esa obligación por entenderse que existe una justa causa para prescindir de
ella. Entre estos supuestos, que sin duda son excepcionales, podemos citar:
a) Cuando las leyes específicamente lo determinen. Así, el padecimiento de una
persona de ciertas enfermedades y dolencias, como son los casos de lepra
(arts. 3 y 4 de la ley sanitaria Nº 11.359); enfermedades contagiosas y
trasmisibles (ley 12.317); las enfermedades venéreas (ley 12.331); el SIDA
(doct. arts. 6 a 11, ley 23.798); y enfermedades susceptibles de ser tratadas
mediante un implante (art. 8, ley 24.193). También se incluye aquí la
obligación que impone a los médicos la ley de Registro de Estado Civil
14.586, en el sentido de denunciar los nacimientos y defunciones.
b) Cuando se trata de evitar un mal mayor, por ejemplo en las hipótesis en que
el profesional tenga razones válidas como para estimar que el
paciente puede causar daño a sí mismo o a terceros. Precisamente, el art. 11
de la ley 17.132 releva al médico de la confidencialidad “cuando se trate de
evitar un mal mayor”; y el Código de Ética de la Federación de Psicólogos
de la República Argentina establece que no ha de regir el secreto en los casos
en que “lo exija el bien propio del consultante, debido a que éste, por causas
de su estado, presumiblemente haya de causarse un daño o causarlo a
terceros” (art. 2.8.1.1.).
c) Cuando es con la finalidad de evitar la comisión de un delito o prevenir los
daños que de él pudieren derivar (art. 2.8.1.2. del Código de Ética
precedentemente mencionado).
d) Cuando el terapeuta deba defenderse de las denuncias efectuadas por el
paciente en ámbitos policiales, judiciales o profesionales (art. 2.8.1.3. del
mentado Código de Ética).
Entendemos que el psicoanalista no queda eximido de su deber de confidencialidad por
la circunstancia de que el paciente -por sí mismo- revele o dé a publicidad cuestiones
referentes a su situación psíquica o aspectos de su vida privada. Vale decir, que las
comunicaciones que realice el propio interesado no implica habilitar a aquél para
prescindir de lo confiado en la soledad del consultorio (94).
Un tema delicado se presenta cuando el profesional toma conocimiento de la comisión
por el paciente de delitos de acción pública. Al respecto, algún pronunciamiento ha
sostenido que en estos supuestos media la justa causa que excluye la obligación de
resguardar el secreto profesional (95). Sin embargo, en esta colisión –la que se produce
con relación al hipotético deber de poner en conocimiento de la autoridad la comisión
de un delito de acción pública- estimamos que tiene que prevalecer el compromiso de
confidencialidad. Sobre el tema, con acierto se dijo que los valores y bienes que con el
secreto profesional se preservan son de muchísimo mayor relieve y alcurnia que los que
se computan al imponer a los sujetos involucrados la obligación de denunciar los delitos
de acción pública que se conocen en el ejercicio de las funciones propias. Es que la
salvaguarda de la intimidad, y de la reputación individual y familiar, constituye una
auténtica necesidad social (96).
En caso de duda si media o no la justa causa para relevar del secreto
profesional, la respuesta ha de ser negativa pues la interpretación de la causa
justificatoria se ha de analizar restrictivamente. De todas formas, no ha de constituir
violación alguna a la confidencialidad la revelación que el analista haga de los casos que
atienda con propósitos científicos y de investigación, como así también cuando proceda
a la supervisión de los mismos (el análisis de control, ver el punto III) ya que, desde
luego, tales difusiones siempre se harán preservando rigurosamente la identidad del
paciente (97).
Agreguemos finalmente que, sin perjuicio que en general los psicoanalistas
asumen -como ya lo señalamos en el punto I.1.- una obligación de medios, en el caso
concreto de la violación del deber de confidencialidad, la referida obligación más bien
se ha de entender como de resultado; en el sentido de que al paciente le bastará acreditar
la existencia del vínculo con su terapeuta y la violación del secreto, quedando entonces
a cargo del último nombrado probar su exoneración; verbigracia, certificando la justa
causa, o que el incumplimiento obedece a una causa ajena por la que no deber responder
(98).
XI. Conclusiones
94 Ver TRIGO REPRESAS, Félix A. y LÓPEZ MESA, Marcelo J., “Tratado de la responsabilidad civil”, t. II, p.
315/316, ed. La Ley, Buenos Aires, 2005.
95 Ver Cám. Penal Rosario, Sala III, 28-6-1996, LL Litoral, 1998-395.
96 BIDART CAMPOS, Germán J., “Denuncia de un delito del que tuvo noticia el médico por evidencias corporales
de su paciente”, LL, 1999-B-166; MOSSET ITURRASPE, Jorge, “Estudios sobre responsabilidad por daños”, p. 108,
ed. Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 1980/1982; KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los
psiquiatras”, p. 144, ed. La Rocca, Buenos Aires, 1991.
97 KRAUT, Alfredo Jorge, “Responsabilidad profesional de los psiquiatras”, p. 141 y 149, ed. La Rocca, Buenos
Aires, 1991.
una garantía específica. Asimismo diversas convenciones internacionales, con jerarquía
constitucional, reconocen el derecho de las personas a disfrutar del más alto nivel
posible de salud física y mental, así como también regulan el deber de los Estados parte
de procurar su satisfacción. Tales son los casos del art. 5°, inc. 1°, de la Convención
Americana sobre Derechos Humanos; del art. 24, inc. 1° del Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos; y del art. 10, inc. 3°, del Pacto Internacional de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales. Por su parte, la Corte Suprema de Justicia de la
Nación ha reafirmado, reiteradamente, el derecho a la preservación de la salud, y
destacó la obligación impostergable que tiene la autoridad pública de garantizar ese
derecho con acciones positivas (99).
En función entonces de lo que se acaba de exponer, cabe resaltar que la existencia de
gran variedad de escuelas y técnicas para tratar las afecciones psíquicas -si bien
merecen ser rigurosamente respetadas en tanto revistan seriedad científica- no tienen
que constituirse en un artilugio para dejar impune los casos de mala praxis; y de ahí la
importancia de la vigencia del derecho de daños en el ámbito de la práctica
psicoanalítica. No hay duda que interesa a la sociedad toda -incluidas las mismas
corporaciones de terapeutas- excluir de su seno a los elementos perniciosos que
deterioran la imagen de la profesión y dejan de lado aquel mandato constitucional.
La necesidad de actuar con cautela en este terreno, y sobre todo teniendo en cuenta los
criterios únicos que se pretenden imponer privilegiando menos la salud que la economía
de mercado, nos impulsa a cerrar el presente trabajo con las siguientes conclusiones:
a) La responsabilidad civil de los psicoanalistas debe evaluarse, en principio,
conforme a las reglas que rigen en el ámbito general de los profesionales de la
salud. Sin embargo, el juego en la especie de la responsabilidad subjetiva no será
óbice para juzgar con severidad y rigor la actuación del analista; por lo que se
han de aplicar los criterios de probabilidad predominante, creación injustificada
de un riesgo, presunciones hominis y previsibilidad del daño.
b) Al estudiar un juez la eventual responsabilidad de un psicoanalista, no deberá
tomar un modelo único de ciencia a la luz del paradigma dominante, sino que
tendrá que tener en cuenta la pluralidad de abordajes con los que se puede tratar
una misma persona enferma.
c) En las experticias que se practiquen en los juicios, y a su hora en el juzgamiento
de la responsabilidad, la buena o mala praxis se determinará siguiendo las
directivas y las técnicas de tratamiento vigentes en la propia escuela a la que
pertenece el psicoanalista encartado, y en la medida de que goce de sustento
teórico adecuado; aunque no deberá exigirse que responda a las ideas y
conceptos que a la sazón resulten prevalecientes.
d) Como regla general, la judicatura no deberá requerir que obre el consentimiento
informado en el vínculo analista-analizante; al menos con los alcances que se
impone en el ámbito médico y en la psicología racional, pues tal requisito es
inconciliable con la posibilidad de llevar adelante un tratamiento psicoanalítico.
Este aserto es sin perjuicio de que en los casos en que se suspende la técnica
psicoanalítica propiamente dicha -por estarse ante una situación de riesgo- exista
el deber del terapeuta de proporcionar la información debida y, en su caso,
obtener los consentimientos que se tornen procedentes.
e) A pesar de que no existe una consciencia entre los psicoanalistas acerca del
valor jurídico de la historia clínica, ésta deberá ser confeccionada por aquellos y
tendrá que reflejar la realidad del consultorio, con los matices que se estimen
99 CSJN, “Fallos”, 321:1684; 323:3229, consid. 16; 324:772 y 677; entre otros.
oportunos insertar. Vale decir, que no se ha de exigir al terapeuta encausado que
tal historia clínica se lleve con las características que presentan los formularios
confeccionados o indicados por las Obras Sociales y la medicina pre-paga, que
imponen la consignación de los diagnósticos, pronósticos y duración del
tratamiento; incompatibles con la terapia analítica. No obstante lo señalado, la
historia clínica tendrá que reflejar ciertos acontecimientos que hacen a la
necesidad de documentar hechos relevantes; como ser supervisiones realizadas,
interrupción del análisis, si se le suministran psicofármacos al paciente, sus
dolencias de cuidado, internación y externaciones, etcétera.
f) Es un deber del psicoanalista respetar rigurosamente la regla de la abstinencia,
pues sin ella no se podrá lograr el objetivo del análisis.
g) El deber de confidencialidad resulta insoslayable en la relación que se despliega
entre el terapeuta y el paciente, pues con su vigencia no sólo se apunta a
resguardar la intimidad y privacidad de éste, sino que también se cumple con
una condición esencial para la cura psicoanalítica.
h) La carga de la prueba en los pleitos por responsabilidad profesional, no se regirá
estrictamente por los criterios tradicionales. El psicoanalista sometido a proceso
tendrá que obrar con dinamismo procesal, pues será el que tendrá mayor
facilidad de arrimar las probanzas necesarias. Su deber de cooperación
comprenderá, como mínimo, la carga de certificar en la causa la teoría que
sostiene su praxis y la pertinencia de las técnicas aplicadas al caso; tratando de
demostrar en lo posible las razones fácticas y científicas por las cuales se frustró
el resultado esperado. Importancia axial, asimismo, ha de tener para el
profesional emplazado probar que su labor se encuadra en los lineamientos de la
formación permanente; los que están asentados en el estudio constante, el
análisis didáctico, el análisis de control, y el intercambio institucional. Lo
expuesto, en fin, no ha de neutralizar la eficacia probatoria que tendrá el material
colectado por el perito designado un vez que, en su condición de analista con la
misma orientación que el enjuiciado, escuche a éste desde el propio artificio
psicoanalítico.
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