EL CONCEPTO DE DERECHO
por Ricardo Ginés García1
1. Concepto operacional de derecho
Antes de iniciar la presente investigación jurídica expondremos
sucintamente un concepto operacional de Derecho, es decir, una noción esencial
capaz de comprender todas las manifestaciones de lo jurídico. Desarrollaremos un
marco referencial apto para dar cuenta de todos los derechos que en el mundo
han sido, de todos los que son y de todos los que puedan llegar a ser2.
Para alcanzar este primer objetivo partiremos de la experiencia buscando el
derecho en la realidad, en la vida misma de las personas: aislaremos el fenómeno
jurídico y destacaremos sus elementos. Pasaremos luego una breve revista a los
abordajes iusfilosóficos más frecuentes y procederemos a generar un concepto de
derecho fundado en la integración de los aspectos compatibles de las distintas
concepciones3.
a) La experiencia como punto de partida
La experiencia es una forma de acceso al conocimiento que surge del
encuentro del hombre con la realidad. A través de la experiencia el ser humano
toma contacto de manera directa con los hechos en su concreción fenoménica.
Aunque la experiencia como medio para acceder a la realidad no es totalmente
confiable, dado que es más lo que queda oculta que lo que manifiesta, es lo más
El presente trabajo fue elaborado como parte del marco teórico de mi tesis doctoral “El derecho
1
romano desde una perspectiva integrativa”.
Recaséns Siches, Luis. “Introducción al estudio del derecho”. México, Porrúa, 1985, pág. 5.
2
3
Recaséns Siches, obra citada, pág. 5.
accesible, lo que está más a la mano, lo único que nos permite comenzar nuestra
tarea sin inferencias mediadoras4.
El punto de partida de este estudio será entonces la experiencia de nuestra
vida cotidiana que, desarrollándose en algún ámbito social, se manifiesta siempre
como un fenómeno de convivencia. Con el fin de que nuestra aproximación no
pierda su necesario apoyo en la realidad, partiremos de la experiencia que nos
proporciona la contemplación atenta de lo que acontece a nuestro alrededor5.
Todos tenemos alguna noticia, más o menos precisa, de que en el mundo
en que vivimos hay nacimientos, casamientos, adopciones, divorcios, contratos,
compraventas, donaciones, robos, estafas, quiebras, sociedades civiles y
comerciales. Empleando el método fenomenológico que implica dejar que el
fenómeno se manifieste, tener la apertura intencional hacia él para aprehenderlo,
comprenderlo e interpretarlo como una vivencia, podremos descubrir el objeto de
estudio de la ciencia jurídica subyacente en la vida misma y formular un concepto
del Derecho6.
Para todos nosotros, resulta obvio que los fenómenos descriptos y una
miríada de otros semejantes pertenecen al ámbito de lo jurídico. Pero dónde
radica lo jurídico de cada uno de ellos; qué tienen en común cosas tan dispares
para que todas queden comprendidas como pertenecientes al derecho; y, en
Díez-Picazo, Luis. “Experiencias jurídicas y teoría del derecho”. Barcelona, Ariel, 1ª edición, 1983,
4
pág. 5.
García, Ricardo Ginés. “Fundamentos del derecho”. Buenos Aires, Lectio, 2ª edición, 2008, pág.
5
26.
Heidegger, Martín. “El ser y el tiempo”. Buenos Aires, Planeta Agostini, 1993, pág. 39, definió el
6
fenómeno como “lo que se hace patente por si mismo” y afirma “Los fenómenos son la totalidad de
lo que está o puede ponerse a la luz” y es en este sentido que pueden ser aprehendidos. Asti Vera,
Armando. “Metodología de la investigación”. Buenos Aires, Kapeluz, 1973, pág. 67 a 74.
definitiva, qué es esa cosa llamada derecho que tan variadas formas asume en la
realidad7.
Para responder a estos interrogantes debemos tomar en cuenta que todos
ellos implican siempre el proceder de dos o más seres humanos, que los
partícipes de estos sucesos los vivencian con un sentido de estimativo positivo y
negativo, y que estos acontecimientos que tienen como protagonistas a los
hombres y poseen un sentido axiológico específico, siempre pueden ser
calificados objetivamente como lícitos o ilícitos.
Si, como propusimos arriba, dejamos que la realidad se manifieste,
podremos observar y aprehender, por ejemplo, que tanto el casamiento, como la
compraventa o el robo se manifiestan siempre como un acontecimiento
protagonizado por dos o más seres humanos; si tenemos la debida apertura
intencional hacia él podremos comprender intuitivamente su sentido de justicia o
injusticia; y, por fin, estaremos en condiciones de interpretar normativamente esa
vivencia aprehendida y valorada como un acto lícito o un hecho ilícito 8.
De esta forma advertimos que el fenómeno social valioso o disvalioso
obtiene su carácter propiamente jurídico cuando las normas lo califican como lícito
o ilícito. Este fenómeno jurídico se manifiesta como una estructura, un
comportamiento humano, que posee siempre su valor propio y que se encuentra
descripto y regulado por las normas de una sociedad9.
b) Distintos abordajes del fenómeno jurídico
7
Recaséns Siches, Luis, obra citada, págs. 1 y 2.
Herrera Figueroa, Miguel. “Enfoques triversitarios”. Buenos Aires, Leuka, 1991, pág. 52.
8
9
García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 25 y 27.
Si partimos de la complejidad que presenta el objeto de estudio de la
ciencia del derecho, pronto advertimos que no todos los estudiosos asumen esta
realidad constitutiva del fenómeno jurídico. A las perspectivas que cercenan o
limitan el objeto de estudio de la ciencia jurídica y, por ende, el alcance del
concepto de derecho, Werner Goldschmidt los denomina infradimensionales10.
Son unidimensionales las posturas que admiten un sólo elemento del
fenómeno jurídico, como la de Karl Olivecrona que se abocó al estudio de los
hechos sociales, o la de Hans Kelsen que realizó la doble purificación que lo limitó
a la norma11. Son bidimensionales las posiciones que reconocen dos elementos
del fenómeno jurídico, como la de Federico Carlos de Savigny, que acoge por un
lado el derecho como hecho social y, por el otro, el derecho como regla o norma12.
A todos los abordajes que consideran los tres elementos del fenómeno
jurídico, independientemente de cómo los articulen, Goldschmidt los llama
tridimensionalismos. Entre ellos vamos a destacar algunos de los más importantes
y difundidos en la Argentina: la teoría egológica de Carlos Cossio, la teoría trialista
de Werner Goldschmidt, la teoría intrivitrial de Miguel Herrera Figueroa, y el
integrativismo jurídico de Pedro David.
Para Carlos Cossio, sobre la base de los aportes de la fenomenología, el
existencialismo y la teoría pura, “el derecho es conducta en interferencia
Goldschmidt, Werner. “Introducción filosófica al derecho”. Buenos Aires, Depalma, 1981, pág. 33
10
Goldschmidt, Werner, obra citada, pág. 34. Kelsen, Hans. “Teoría pura del derecho”. Buenos
11
Aires, Eudeba, 2ª edición, 1960, pág. 34. Del Vecchio, Giorgio. “Filosofía del Derecho”, Barcelona,
Bosch, 8ª edición española, 1964, pág. 302.
Savigny, Federico Carlos de. “Sistema de Derecho Romano Actual”, Tomo I, Madrid, F. Góngora
12
y Compañía, 1878, pág. 224. “…toda relación de derecho se compone de dos elementos: el
primero una materia dada, la relación misma; segundo, la idea de derecho que regula esta
relación: el primero puede ser considerado como el elemento material de la relación de derecho,
como un simple hecho; el segundo como el elemento plástico, el que ennoblece el hecho y le
impone la forma del derecho.”
intersubjetiva”; ésta como objeto cultural está impregnada de valor, agregando que
las normas cumplen un doble papel así, por una parte son el pensamiento que
describe la conducta en su libertad y, por la otra, forman parte de la conducta que
ellas mencionan, al integrar su sentido13.
Sostiene Cossio que lo más importante no es la interpretación de la ley,
sino de la conducta humana mediante la ley. Toda interpretación, como forma de
comprensión, se constituye en forma empírico-dialéctica ligando un substrato
material y un sentido espiritual. Se trata de un conocimiento por comprensión, que
consiste en adjudicar un sentido al proceder del hombre. La conducta compartida
es el substrato del cual se predica ese sentido, y la norma provee de sentido a los
actos humanos por ella mentados14.
Werner Goldschmidt enseña que el fenómeno jurídico es una totalidad
integrada por tres elementos: conductas, normas y valores. Las conductas son
comportamientos humanos, las normas son descripciones y captaciones lógicas
de las conductas, y el valor justicia se realiza en el mundo jurídico a través de los
hombres permitiéndonos valorar las conductas y las normas.15.
Contra la opinión de que toda verdadera ciencia no posee más que un
método, Goldschmidt plantea que una ciencia puede utilizar métodos diversos
para captar un mismo objeto. Los tres horizontes del mundo jurídico son la
“sociología jurídica”, la “lógica jurídica” y la “filosofía de la justicia”. Por eso
propone someter cualquier fenómeno jurídico a la “declinación trialista”, es decir, al
Cossio, Carlos. “Radiografía de la teoría egológica”, Buenos Aires, Depalma, 1987, pág. 149 y
13
siguientes.
Cossio, Carlos. “Teoría egológica del derecho y el concepto jurídico de libertad. Buenos Aires,
14
Abeledo-Perrot, 2ª edición, 1964, págs. 72 y 73 y 530 y siguientes.
15
Goldschmidt, Werner, obra citada, pág. 8.
triple análisis: sociológico que examina la realidad social; normológico que estudia
las normas; y, dikelógico que examina el valor justicia16.
Miguel Herrera Figueroa centra su atención en la condición humana
compuesta de tres estratificaciones capitales: el fondo vital endotímico, la
estructura espiritual valorativa y el nivel teorético cognoscitivo. Cada estrato tiene
características propias y resulta imposible establecer separaciones absolutas entre
ellos, porque los tres se interrelacionan como un todo17.
De esta forma el intrivitrialismo afirma que lo jurídico se da a partir de los
aspectos del hecho, el valor, y la norma, de un único objeto, la conducta humana
como manifestación de un “intrivitrio” en constante dinámica interna. Por esta
razón Herrera Figueroa propone el tratamiento del fenómeno jurídico como ciencia
del derecho, como arte del derecho y como técnica jurídica18.
Pedro David supera por igual el unilateralismo, centrado en la lógica
normativa, como aquellos otros que tienen como núcleo al hecho social o como
meta al valor. Para éste destacado pensador, varios iusfilósofos argentinos y
extranjeros, aunque se proclamen tridimensionalistas, en el fondo comparten una
perspectiva integrativa. Considera que pertenecen a esta corriente Miguel Reale
en Brasil; Jerome Hall en los Estados Unidos; Luis Recaséns Siches y Eduardo
16
Goldschmidt, Werner, obra citada, pág. 32 a 33.
Herrera Figueroa, Miguel. “Vocablos Indivitriales”. Buenos Aires, Leuka, 1977, pág. 146.
17
Herrera Figueroa, Miguel. “Sociología del Derecho”. Buenos Aires, Depalma, 1968, págs. 68 y
18
73. Herrera Figueroa, Miguel, obra citada, págs. 121 y siguientes.
García Máynez en México; Carlos Cossio, Werner Goldschmidt, Miguel Herrera
Figueroa y él mismo en nuestro país19.
El integrativismo, superando el unilateralismo, postula una unión muy
estrecha de esos tres elementos en la reflexión jurídica. Sostiene que no se debe
segmentar el funcionamiento del derecho y creer que nos expresamos sobre él
cuando nos referimos a las normas o a los procedimientos judiciales. Antes que
ellos está el derecho en la conducta social; previo a ésta están los valores de las
conductas efectivas20.
2. Fundamentos integrativos del derecho
Partiendo del integrativismo proponemos una construcción jurídica que,
siguiendo las corrientes iusfilosóficas reseñadas, nos sirva de punto de partida
respecto del derecho y sus funciones sociales. Esta construcción debe entenderse
como un sistema abierto capaz de acoger nuevos problemas y de adaptarse
continuamente, donde la disposición de las diferentes partes se encuentra en un
orden en que todas ellas se sostienen mutuamente y donde las últimas se explican
por las primeras.
Nuestro punto de partida será el fenómeno jurídico, una totalidad estructural
que se manifiesta como una vivencia a la vez personal y social, integrada por la
conducta que constituye su sustrato, que posee además un valor intrínseco que le
da sentido, y un significado normativo que permite su interpretación objetiva.
David, Pedro. “Criminología y Sociedad”, México, Instituto Nacional de Ciencias Penales, 2005,
19
págs. 3 y 4.
David, Pedro. “Sociología jurídica: perspectivas fundamentales y dilemas de la sociedad,
20
persona y derecho en la época actual”. Buenos Aires, Astrea, 1980; y obra citada, págs. 4 y 8.
a) El derecho como realidad: la conducta humana
El primer elemento del fenómeno jurídico es el hecho humano, la conducta
humana compartida. Para lograr nuestro propósito debemos esclarecer primero a
qué nos estamos refiriendo cuando decimos “hombre” o “ser humano”, porque si
bien ambas expresiones son de uso cotidiano, casi nadie se detiene a pensar a
qué realidad aluden estos conceptos.
El hombre recibe por una parte la herencia biológica que lo ubica como
parte del reino animal (lo vital endotímico como fondo), y por otra el legado cultural
que lo instituye como ser social (lo teorético cognoscitivo como nivel
jerarquizante), pero no es en el presente únicamente lo que genética y
culturalmente ha recibido sino que, fundamentalmente, es un ser dinámico que
vive en la pasión y el esfuerzo de la tarea de realizarse a si mismo. Es un ser
incompleto, inacabado, una mera posibilidad de ser algo valioso (lo espiritual
valorativo como proyección trascendente) 21.
Por eso la existencia se le impone al hombre como la búsqueda de su
propio ser. Desde los impulsos mundanos hacia el placer y el bienestar
inmediatos, hasta los más elevados hacia la trascendencia, todas las actitudes
concretas del hombre se encaminan a la búsqueda de una condición o modo de
ser. En todos los casos procura lograr la satisfacción y estabilidad que le faltan,
intenta de distintos modos, llegar a ser, lo que sólo podrá lograr si realiza
integralmente su naturaleza, a la vez, finita y trascendente22.
21
García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 44.
Abbagnano, Nicola. “Existencialismo positivo”. Buenos Aires, Biblioteca del hombre
22
contemporáneo, 1964.
El hombre asume entonces la difícil tarea de hacer su propia vida. Pero
pronto advierte que no sólo tiene que hacerse a sí mismo, sino que previamente
tiene que pre-ocuparse en decidir lo que va a ser, es decir, en programar su vida.
Recién entonces la existencia se torna para él un quehacer que lo ocupa en la
tarea de proyectarse conforme a su autodecisión previa23.
El ser humano es en si mismo la posibilidad de las posibilidades. Un ser
que debe construir constantemente su propia vida y para ello se ve forzado a
decidir en todo momento lo que va a ser. El futuro no tiene para él configuración
precisa, sino que se le presenta como un repertorio limitado de posibilidades
alternativas, entre las cuales deberá decidirse por realizar una. La libertad es, para
el ser humano, esa relación con el futuro por la cual éste se le ofrece como un
repertorio de posibilidades, contingentes cada una de ellas, pero alguna o algunas
necesarias24.
Cada nuevo presente existencial posee un repertorio limitado de
posibilidades que están allí presentes, contenidas en el futuro de la situación en
cuestión. Estas posibilidades constituyen la libertad metafísica de la voluntad en
cuanto poder hacer o no hacer algo. Se trata de una experiencia de libertad donde
la creación de algo original y valioso emerge a cada instante como una necesidad.
La libertad consiste pues, en presentar el futuro como posibilidades y en la
Ortega y Gasset, José. “Historia como sistema”. Madrid, Espasa-Calpe, 1971, pág. 41.
23
24
Cossio, Carlos, obra citada, pág. 690.
necesidad de que el hombre asuma una como propósito para hacerla realidad. La
libertad metafísica como tal es un puro deber ser existencial25.
Ahora bien, esta libertad metafísica de la voluntad por sí sola no llega a ser
una conducta mientras no se haga realidad. Para que podamos hablar de una
conducta no alcanza con que el ser humano voluntariamente se decida por una de
las posibilidades, será necesario además, el tránsito de lo posible a lo real
mediante una ocupación eficiente. De esta forma la posibilidad consciente y
libremente elegida se transforma en un fenómeno. Por eso definimos conducta
como libertad metafísica fenomenalizada26.
A diferencia de los animales –que están haciendo siempre lo que la
necesidad de sus instintos y de su idiosincrasia fisiológica inexorablemente les
determinan–, el hombre, como animal, no puede esquivar las situaciones, aunque
ni las situaciones mismas ni su propia configuración psicológica le indiquen
ineludiblemente qué debe hacer y cómo hacerlo. Forzado a vivir, debe actuar y
para ello debe, previamente, elegir qué hacer y cómo hacerlo. Su existencia es
una constante elección. En esa elección y en su modo de realización hunde
originariamente sus raíces el problema ético del hombre27.
La ética abarca dos especies: la moral y el derecho. Ambas disciplinas son
normativas y se refieren a las acciones de los hombres. Sólo aplicando las normas
Cossio, Carlos, obra citada, págs. 51, 313 y 496. Herrera Figueroa, Miguel. “Filosofía de los
25
valores”. Buenos Aires, Leuka, 1997 pág. 83.
Cossio, Carlos, obra citada, págs. 306 a 308 y 657 a 658. Vilanova, José Manuel. “Proyecto
26
existencial y programa de existencia”, Buenos Aires, Astrea 1974, pág. 17 y 18.
Fatone, Vicente, “Lógica e introducción a la filosofía”. Buenos Aires, Kapeluz, 1969, pág. 301.
27
a un comportamiento humano deliberado y consciente podemos interpretar su
significado ético como moral o inmoral, o como lícito o ilícito. Definido el campo
genérico de la ética, corresponde proseguir ahora la indagación ontológica sobre
el objeto jurídico deslindando, dentro del ámbito de la ética, la moral del derecho 28.
Para Del Vecchio la distinción entre moral y derecho parte del hecho de que
todas las acciones son susceptibles de ser consideradas en su relación o
interferencia con otras acciones humanas. Esta confrontación se puede manifestar
de dos maneras: con relación a otras acciones que el mismo sujeto puede realizar
en vez de la que hace; en este caso la interferencia es subjetiva y estamos en el
ámbito de la moral; o, en contraposición con las acciones de otros sujetos, en este
caso la interferencia es intersubjetiva, y estamos en el ámbito del derecho29.
Todo sujeto en un momento determinado de su vida, es libre de preferir y
elegir, entre varias acciones físicamente posibles, una determinada. De todas
estas acciones posibles cabe afirmar que se interfieren en el campo subjetivo de la
consciencia del sujeto hasta que éste valora y prefiere una de ellas, la elige, se la
propone como fin, y la realiza excluyendo a las demás posibilidades. De esta
manera a un comportamiento humano se contrapone la omisión de otras acciones
que el mismo sujeto pudo haber realizado en lugar de la que hizo. La moral es,
pues, conducta en interferencia subjetiva30.
Aftalión, Enqrique y Vilanova José Manuel. “Introducción al Derecho”. Buenos Aires, Abeledo-
28
Perrot, 2ª edición, 1992, págs. 425 a 426.
29
Del Vecchio, Giorgio, obra citada, pág. 320. Cossio, Carlos, obra citada, pág. 296, Aftalión,
Enrique y Vilanova, José Manuel, obra citada, pág. 427.
30
García, Ricardo Ginés, obra citada, págs. 63.
Existe otro modo de enfocar éticamente la misma acción. No se trata ya de
confrontarla con otros cursos de acción posibles para el agente, sino con las
acciones que pueden asumir otros individuos. De esta forma al comportamiento de
un sujeto se le contrapone el impedir o permitir por parte de otro u otros. Por eso,
cuando se dice que alguien puede hacer algo, que tiene la posibilidad o el
derecho, no se está aludiendo a la posibilidad física de la acción sino que se
quiere decir que los demás no deben impedírselo. El derecho es, entonces,
conducta en interferencia intersubjetiva31.
b) El derecho como ideal: la justicia y los demás valores jurídicos
Desde antiguo los valores han estado presentes en la vida humana. Los
hombres advirtieron gradualmente la presencia de valores positivos tales como el
bien, la justicia, la belleza, la verdad, la utilidad, la ganancia, o la fortaleza, y de
valores negativos tales como la maldad, la injusticia, la fealdad, la ignorancia, la
inutilidad, la pérdida, o la debilidad.
Los valores aparecen a cada instante en nuestras vidas y cada actividad
humana tiene su propio y específico valor que la orienta y por el que se realiza.
Ello no impide que algunos se malogren en sus vocaciones personales realizando
algún valor inferior o, incluso el contravalor del debido.
A pesar de que los valores han estado presentes en la vida de los hombres
desde la antigüedad, debemos precisar que el “ser” se hizo digno de llamarse
“humano”, no sólo por haber recibido su herencia biológica o su legado cultural,
sino a partir de haber alcanzado el nivel espiritual valorativo que le permitió
31
Cossio, Carlos, obra citada, pág. 303.
desarrollar su conciencia estimativa. Aunque no todos los hombres poseen un
mismo nivel de apertura a la trascendencia, todos somos humanos en la medida
en que asumimos la responsabilidad de valorar, elegir y realizar nuestra propia
vida32.
El estudio de lo genérico del valor corresponde a la „teoría de los valores‟,
también llamada „axiología‟, una disciplina filosófica que esbozó sus problemas a
mediados del siglo XIX cuando se inicia la decadencia del criticismo y el
positivismo materialista intenta desnaturalizar la filosofía. Si bien se han enunciado
las más dispares teorías acerca de la esencia de los valores, sólo nos
proponemos hacer una mención elemental de las corrientes estimativas más
importantes: el subjetivismo axiológico, el objetivismo estimativo y la
situacionalidad de los valores33.
El subjetivismo afirmó que los valores arraigan en la vida emotiva,
estableció una estrecha relación entre valor y valoración y enunció una tesis que
perdura hasta nuestros días: „una cosa tiene valor cuando nos agrada y sólo en la
medida en que nos agrada‟. Todas estas teorías, siendo diferentes entre sí,
coinciden en vincular los valores a la experiencia individual y constituyen un
relativismo axiológico34.
32
García, Ricardo Ginés. obra citada, pág. 75.
Frondizi, Risieri, “¿Qué son los Valores?”. México, 3ª edición, Fondo de Cultura Económica,
33
1994, pág. 11.
Stern, Alfred. “Filosofía de los Valores”. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1960,
34
págs. 25 a 39. Frondizi, Risieri, obra citada, pág. 52. Herrera Figueroa, Miguel, obra citada, págs.
54 a 58.
Este relativismo se justifica en parte, pues cada valor es relativo a un sujeto,
y la afirmación de valores absolutamente independientes de todo ser humano, sólo
es admisible como planteo metafísico. El peligro es que como no se basa en un
principio unitario de la certeza y jerarquía de los valores, los hace depender
enteramente del sujeto que valora, abriendo la puerta a todo tipo de
arbitrariedades y multiplicando las posibles jerarquizaciones35.
Para los objetivistas el ser y el valor, la realidad y la idealidad son géneros
supremos que no pueden subordinarse a nociones más generales. Los valores
son esencias ideales independientes del sujeto, objetos puros de un reino
ultramundano que posee sus propias estructuras, leyes y orden. Dentro de esta
esfera del ser en sí, ideal, que existe desde siempre, los valores, a la manera de
las ideas platónicas, poseen el carácter de esencias originales e inmutables,
independientes de todo deseo y de toda avidez humana36.
El modo de ser de los valores es el de un deber ser ideal que lleva implícita
su tendencia hacia la realidad. Una realidad ideal exigente que como tal entra en
contacto con el hombre, que la puede descubrir, conocer y ejecutar. El deber ser
de los valores afirma la realidad donde ésta subsiste y aspira a concretarla donde
ésta aún no existe. Por eso, en la medida en que los seres humanos efectivicen
ese ideal, estarán materializando los valores absolutos en las cosas o acciones
35
García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 77.
Stern, Alfred, obra citada, págs. 39 a 59. García Maynez, Eduardo. “La definición del derecho.
36
Ensayo de perspectivismo jurídico”. México, Stylo, 1948, pág. 130.
humanas. De esta forma en el plano real los valores se manifiestan como
cualidades inmanentes de las cosas o de los actos37.
Una concepción absoluta de los valores, que arbitrariamente haga
abstracción de su relación con los seres humanos, corre el riesgo de transformase
en una doctrina capaz de justificar políticamente un Estado autoritario. Los valores
impuestos a los ciudadanos por la autoridad se hacen pasar por entidades
absolutas, inmutables, independientes del sujeto y de sus sentimientos y, en
consecuencia, substraídos a toda protesta humana. El peligro es que un grupo
social dominante puede intentar manipular idelógicamente al resto de la sociedad
imponiendo sus valoraciones subjetivas bajo pretexto de tratarse de los valores
absolutos38.
Para la situacionalidad el valor no depende por completo del sujeto ni
tampoco se reduce a las propiedades empíricas de la cosa. No hay valor sin
valoración porque el valor exige la presencia del sujeto que hace la valoración.
Pero tampoco hay valoración sin valor porque la valoración exige la presencia del
objeto intencional. El valor únicamente es concebible como valor para un sujeto
apreciante. El punto de partida de cualquier análisis debe ser, entonces, la
experiencia axiológica de un sujeto que, poseyendo cierto grado de sensibilidad,
valora un objeto que posee ciertas propiedades39.
Scheler, Max, “Ética”, Tomo I, Madrid, Revista de Occidente, 1941, pág. 241 y siguientes. García
37
Maynez, Eduardo, obra citada, pág. 139
Stern, Alfred. obra citada, pág. 77. Vilanova, José Manuel “Filosofía del Derecho”. Buenos Aires,
38
Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires, 1973, pág. 248.
39
Frondizi, Risieri, obra citada, pág. 194.
Partiendo de la experiencia, la situacionalidad pretende ser una postura
intermedia que examina el vínculo que se establece entre el objeto que posee
ciertas cualidades fácticas y el sujeto que lo valora. En este sentido, para Frondizi
el valor es una cualidad estructural que se sustenta en las cualidades empíricas
pero no se reduce a ellas. Se trata de una cualidad que surge de la reacción de un
sujeto frente a las propiedades que se hallan en el objeto, que el valor emerge de
la “relación del sujeto con las cualidades objetivas y afecta a ambos miembros y a
la relación misma40.
Pero si en vez de partir de un sujeto que se relaciona con un objeto en una
determinada situación, tomamos como punto de partida las relaciones de una
serie de sujetos que, ubicados en situaciones análogas se vinculan de maneras
similares, podremos llegar a componer una escala de valores objetiva para ese
tipo específico de situaciones. Ahora bien, si ampliamos el elemento humano
estaremos en condiciones de elaborar una tabla que, a pesar de ser
esencialmente variable, pueda ser tomada como objetiva en relación a una
sociedad determinada en un momento concreto de su historia41.
Se trata de una objetividad fundada en la intersubjetividad que encierra el
peligro de caer en un relativismo social que la inhabilita como pauta absoluta de
valoración. Una tabla de valores semejante, aunque puede ser muy útil como
40
Frondizi, Risieri, obra citada, pág. 94.
41
García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 82.
patrón axiológico para una sociedad en un momento de su historia, puede no
servir para otra comunidad o para otra época42.
El análisis elemental del fenómeno jurídico con el que hemos comenzado
es suficiente para poner en evidencia el contenido axiológico que como valoración
resulta esencial a todos los objetos culturales y, particularmente, al objeto jurídico.
El objeto cultural propio de la ciencia del derecho es, en esencia, conducta en
interferencia intersubjetiva y, por eso, se puede decir que por esencia todo valor
de conducta compartida es un valor jurídico.
Todo ser humano es un sujeto ético que, además de su conciencia
psíquica, posee una conciencia estimativa o de valor, que no sólo le permite fijar
un criterio para juzgar sus propios actos, sino establecer el fundamento de sus
juicios acerca de las conductas de los demás, en tanto sean susceptibles de ser
calificadas moralmente como buenas o malas y jurídicamente como justas o
injustas. Esta conciencia viene a ser algo así como un tribunal en el cual se juzgan
las acciones propias y ajenas puesto que, precisamente gracias a ella, los seres
humanos somos capaces de sentir y captar los valores éticos y de expresar esas
sensaciones y captaciones mediante juicios de valor.
En la dimensión de lo humano albergan, pues, todos los valores éticos.
Estos valores emergen del fondo mismo de la existencia y pueden ser valores de
conducta individual o valores de conducta compartida. En la caridad, si bien
existen dos personas, el valor moral radica en el accionar de quien la ejerce y no
en el de quien la recibe. El valor jurídico, en cambio, arraiga en la conducta en
42
García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 82.
interferencia intersubjetiva, precisamente porque se trata del valor de un hacer
compartido que califica la conducta compartida donde cada uno aporta su
actividad, la del donante que da la limosna y la del donatario que la recibe 43.
Debe quedar claro que, aunque el agente valore la situación de futuro antes
de proponerse el fin, esta valoración subjetiva del fin, aunque sea una parte
esencial de la conducta, no es lo más importante que el jurista debe estimar. Al
operador jurídico lo que le interesa descubrir es el intrínseco valor de la acción,
valor del proceder conjunto de dos o más personas, en tanto que le da sentido y la
constituye como un hecho relevante para el derecho.
Para valorar jurídicamente una acción compartida será necesario tener un
patrón estimativo que sirva como base objetiva a la apreciación. Tomando como
punto de partida las distintas corrientes estimativas y, especialmente, el plexo
axiológico de Carlos Cossio y la constelación radiada de Miguel Herrera Figueroa,
vamos a reorganizar los valores jurídicos en un sistema concéntrico cuyo eje es la
justicia como valor central44.
Presentaremos así, un sistema de valores objetivos que están en el futuro
existencial y le permiten a cualquier persona, sin importar la época y sociedad en
que viva, proyectar, programar y realizar su existencia, no en base a mezquinos y
egoístas intereses personales, sino en función de valores sociales compartidos
que operen como razón suficiente de su accionar.
43
Cossio, Carlos, obra citada, pág. 681.
Cossio, Carlos, obra citada, págs. 562 y siguientes. Herrera Figueroa, Miguel, “Justicia y
44
sentido”, Tucumán, Richardet, 1955. García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 93 y siguientes.
Tanto la comunidad como los individuos que habitan en ella son egoístas.
Si los seres humanos fueran absolutamente sociales bastaría con que asumieran
voluntariamente los valores de coexistencia individual cuya realización depende de
la libre decisión del agente. Pero como los hombres son también seres
antisociales, la comunidad por insuficiente realización de los valores de
coexistencia individual, les impone subsidiariamente los valores de coexistencia
social. Los primeros se dividen en valores de hiperautonomía y autonomía; por su
parte, los segundos componen los valores de heteronomía.
Las tres categorías estimativas se estructuran jerárquicamente a partir de
tres órbitas de valores alrededor de la justicia como valor supremo y central. En la
trayectoria más cercana se ubican los valores de máxima jerarquía:
confraternidad, concordia y prudencia, que señalados como hiperautónomos; más
alejados orbitan los valores de jerarquía media, solidaridad, paz y seguridad,
llamados de autonomía y, en la trayectoria más distante, los valores de jerarquía
mínima, cooperación, poder y orden, designados como de heteronomía.
Los valores jurídicos que orbitan la justicia convergen hacia ella desde tres
direcciones. Cada una de ellas corresponde a una forma distinta de coexistencia y
se muestra como un vector estimativo donde los valores se organizan
jerárquicamente respetando el nivel que les incumbe según la órbita a la que
pertenecen.
En cada vector los valores se relacionan de modo tal que la realización
plena del valor hiperautónomo que ocupa el nivel superior, comprende al de
autonomía que se ubica en el nivel medio, y hace innecesaria la imposición social
de los de heteronomía que se localizan en el nivel más bajo. De no realizarse el
valor superior, deberá concretarse al menos el valor intermedio, porque de lo
contrario la sociedad para preservarse impondrá el valor inferior.
Por su parte, la justicia como virtud personal es el ejercicio autónomo de la
función propia. La vida es para el hombre una tarea que lo impele constantemente
a cultivar el potencial de ser alguien mejor eligiendo y realizando, entre las
diversas posibilidades, la más valiosa. Si bien resulta muy difícil precisar de
antemano cuál es objetivamente la alternativa más preciada, no resulta tan
complejo señalar la mejor posibilidad de realización en una situación determinada.
La mejor posibilidad resulta ser la alternativa elegida a nivel consciente y racional
sobre el telón de fondo de las otras posibilidades imaginadas pero descartadas
frente a la preferida.
La elección y realización hiperautónoma o simplemente autónoma de la
mejor posibilidad contenida en cada situación coexistencial, constituye el ejercicio
de la función propia del agente. Poseer la disposición permanente de hacer
realidad la mejor posibilidad contenida en cada circunstancia es lo que nos permite
superarnos y trascender como seres humanos. En este sentido la justicia como
virtud personal es el hábito constante que impele al hombre al ejercicio de su
función propia reconociendo y otorgando, en cada situación, a cada uno lo que le
pertenece.
Pero si la justicia no se realiza de manera autónoma se impone como ideal
social para la creación de igualaciones de libertad. La noción de justicia como „dar
a cada uno lo suyo‟, ha sido tachada con razón de vacía, pues no nos dice qué es
lo suyo de cada cual. Ahora bien, si la existencia humana es autodeterminación y
su esencia es creación, la libertad no es un valor jurídico, sino mucho más: es la
fuente y sustancia de todo valor. Como mínimo, lo propio de cada ser humano es
la cuota de libertad necesaria para que pueda diferenciarse de los demás
realizando su propia vida. Todo lo expuesto queda expresado si afirmamos que la
justicia consiste en la creación de igualaciones de libertad45.
Kant afirmaba que “las personas tienen dignidad; las cosas, precio”;
pensamos que es esa dignidad humana esencial el fundamento de la idea de
igualdad como ingrediente indispensable de la justicia. La igualdad humana no
alude a las características y aptitudes que constituyen lo que en cada sujeto hay
de personal e intransferible, sino exclusivamente a lo que, por ser humanos, todos
tenemos en común. Si falta igualdad hay desigualdad y si se la impone en
demasía hay igualitarismo. Para que exista justicia no debe haber ni excesos ni
defectos de igualdad, sino tan sólo la igualación de las posibilidades mínimas e
indispensables para que todos vivan dignamente46.
Que todos los seres humanos tengan las mismas oportunidades de nacer;
de alimentarse para alcanzar su pleno desarrollo físico y psíquico; de vivir
protegidos de injustas agresiones; de acceder a un sistema de prevención
primaria, secundaria y terciaria de salud; de tener una educación básica que lo
habilite para desenvolverse socialmente, para acceder a un trabajo acorde a sus
capacidades, y para tener una actuación política responsable, son los puntos de
partida imprescindibles para que todos puedan vivir una vida que merezca
calificarse de humana.
Cossio, Carlos. “El principio “nulla poena sine lege” en la axiología egológica”. Buenos Aires, La
45
Ley, Tomo 48, 1948, págs.1142 a 1144.
46
García Maynez, Eduardo, obra citada, págs. 249 y 162.
c) El derecho como programación social: las normas jurídicas
¿Qué son las normas jurídicas? es una pregunta que ha recibido las más
variadas repuestas. Desde antiguo se han ensayado diversas explicaciones que
pretenden dar adecuada contestación a la pregunta sobre la esencia de las
normas. Sin embargo, debido a que encararon el tema desde perspectivas muy
distintas nunca se le llegó a dar una respuesta definitiva. Vamos a abordar su
estudio, desde el punto de vista de la lógica, del conocimiento y como sistema de
control social.
Toda ciencia descansa en la lógica y necesita de ella cuando quiere
justificar la legitimidad de los vínculos que descubre. Los científicos, cuando
discuten la validez de las relaciones que establecen en sus respectivas ciencias,
expresan sus ideas en juicios lógicos. El objeto de la ciencia del derecho es la
conducta compartida y su intrínseco valor, que sólo puede ser éticamente pensada
mediante normas de conducta. El estudio de estos pensamientos está a cargo de
lógica jurídica47.
Las nociones de lógica general tradicional, o del „ser‟, sirven para articular
las lógicas particulares de las ciencias naturales, pero resultan insuficientes para
expresar la lógica jurídica. Consideraremos ahora una nueva lógica especial para
el derecho, que si bien se desarrolló desde finales del siglo XVIII, recién se
consolidó a partir del siglo XX.
Esta lógica particular del derecho, a diferencia de la lógica general,
prescribe que algo debe ser de cierta manera, y se expresa mediante juicios del
47
García, Ricardo Ginés, obra citada, págs. 126 y sigs.
„deber ser‟. Se trata de juicios que no enuncian lo que actualmente es, sino lo que
devendrá en el futuro, sin perjuicio de que ello no llegue a ocurrir en la realidad de
la vida.
Kelsen retoma la idea de Binding, de que las normas no son órdenes y
afirma que es un juicio hipotético del deber ser, en el que el consecuente está
supeditado a una situación previa, que le es determinante. La aplicación de la
sanción está siempre condicionada a que ocurra un hecho determinado que se
denomina transgresión.
En los juicios del „deber ser‟ la vinculación entre el antecedente y el
consecuente es meramente imputativa; la consecuencia no es el efecto de un
antecedente que obra como causa, sino libremente atribuida a él. El principio de
imputación expresa una relación entre dos acontecimientos que se conectan a
través de la norma creada por el hombre. La conexión entre antecedente y
consecuente es extrínseca y subjetiva, donde el „deber ser‟ no pertenece al mundo
de la necesidad sino al de la libertad.
Para Cossio el derecho es un objeto real, la conducta en interferencia
intersubjetiva, y las normas son únicamente el pensamiento de la conducta.
Pensar lógicamente el futuro del hombre, como libertad que se despliega frente a
él en un abanico de posibilidades, sólo es posible mediante una norma que
enuncie ese „deber ser existencial‟ a través de un „deber ser normativo‟.
Cossio retoma las ideas kelsenianas, pero en vez de considerar a las
normas como juicios hipotéticos, las entiende como juicios disyuntivos que
describen la conducta libre del hombre. Las múltiples posibilidades que todo ser
libre posee quedan reducidas tan sólo a dos, conjugadas dentro de la norma
mediante la polaridad lícito-ilícito. Esta norma no es tan sólo la regulación de una
sanción, como en el caso de la norma de Kelsen, sino una actitud significativa
formada por la vinculación disyuntiva de sus dos partes, la endonorma que
describe la conducta lícita y la perinorma que describe la conducta ilícita.
Como pensamiento estructurado la norma es un juicio o una programación
de las conductas compartidas. Pero como conocimiento es mención intelectual de
algo, un concepto descriptivo de libertad. En este plano gnoseológico las normas
son una significación inserta en una descripción que sirve de instrumento del
conocimiento jurídico. Para saber si algún proceder humano pertenece al ámbito
jurídico, no necesitamos recurrir a ninguna norma, nos basta con verificar si se
trata de una conducta en interferencia intersubjetiva. Pero para saber si el hecho
ya determinado como jurídico es una facultad, un deber, una transgresión o una
sanción, necesitamos de una norma. Se trata de un conocimiento conceptual que
nos permite interpretar una conducta mediante una representación normativa
neutral48.
Las consideraciones de la norma como juicio y como concepto dejan
pendiente el interrogante relativo a si su función se agota en lo cognoscitivo o si
también es prescriptiva. Dicho de otra manera, si la relación entre la norma y la
conducta es únicamente descriptiva-cognoscitiva o, si también, es prescriptiva-
48
Cossio, Carlos, obra citada, pág. 213.
regulatoria. En este punto vamos a considerar a la norma en su función regulatoria
como un instrumento del control social explícito e institucionalizado49.
Si bien al científico del derecho sólo le interesan las normas desde el punto
de vista del conocimiento que ellas le proporcionan respecto de la conducta, para
quienes detentan el poder dentro del Estado las normas son el medio más
adecuado para inducir a los seres humanos a actuar de una determinada manera,
que las emplean como medio para ejercer el poder, como un instrumento de
control social.
Las sociedades democráticas, basadas en la libertad y no en la unanimidad
coactiva son, sin embargo, las más conflictivas que han existido en la historia de la
humanidad. Las normas en virtud de su condición instrumental tienen como
finalidad social motivar la conducta, introduciendo en la comunidad, que se
presenta múltiple, confusa y dividida, un principio de armonía y cohesión racional
que garantice a cada persona un espacio de libertad para el desarrollo de su
personalidad en concordancia con el interés social.
La normatividad, decía Herrera Figueroa, es el plano común del
entendimiento social50. Las normas jurídicas son siempre instituidas para
posibilitar una segura, ordenada y pacífica convivencia entre los individuos de una
comunidad. Orientando el comportamiento comunitario, previendo las dificultades
que pudieran llegar a presentarse y, las posibles soluciones a implementar en
49
García, Ricardo Ginés, obra citada, pág. 148.
50
Herrera Figueroa, Miguel, obra citada, pág. 114.
casos de conflicto, tratan de coordinar de manera valiosa la libertad de los
miembros de la sociedad51.
Las normas, además de ordenar y facilitar la vida individual dentro de la
comunidad, desempeñan también una importante función política en relación a
toda la sociedad. En cumplimiento de esta función social las normas trascienden
los fines individuales y cumplen distintos roles de acuerdo a los diversos grupos
humanos que tratan de conformar o transformar. Su carácter instrumental las hace
el medio más adecuado para constituir y organizar una sociedad y también para
impulsar los proyectos de renovación o reforma cuando una organización
comunitaria ha devenido inadecuada.
En los estados modernos, en la medida en que todos los proyectos de
gobierno se implementan mediante normas, éstas cumplen una importante función
programática, se presentan como una programación destinada a regir las
conductas humanas con el propósito de establecer un modelo de sociedad
determinado. Llevando esta posición al límite, las normas son un instrumento de la
técnica política y los juristas debemos asumir que, en último análisis, nuestra
actividad tiene el sentido político de colaborar en la construcción del Estado
democrático52.
Por fin nos hallamos en condiciones de definir las normas como conceptos
descriptivos de libertad, representaciones conceptuales y neutras de un tramo de
la conducta humana compartida, que tienen por finalidad orientarla haciendo
Savigny, Federico Carlos de., obra citada, Tomo I, pág. 222. Cueto Rúa, Julio. “Fuentes del
51
Derecho”, Buenos Aires, Abeledo-Perrot, 1971, pág. 53.
Latorre, Angel. “Introducción al derecho”. Barcelona, Ariel, 1974, págs. 135 y 174.
52
posible tanto la vida individual de las personas como la existencia funcional de
toda la sociedad.