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Ana Meyer, que vivía con sus padres en un pequeño pueblo. Sus padres eran fanáticos
religios extraños sucesos comenzaron a ocurrirle a Ana. Escuchaba voces susurrando en las
sombras, objetos se movían solos y sentía una presencia ominosa a su alrededor. Al
principio, intentó ignorarlos, pensando que solo era su imaginación jugándole malas
pasadas. Pero los eventos se volvieron cada vez más inquietantes y difíciles de ignorar.
Sus padres, convencidos de que algo maligno estaba atormentando a su hija, decidieron
tomar medidas drásticas. Consultaron a diversos expertos en posesiones demoniacas y
finalmente llegaron a la conclusión de hacer un exorcismo para expulsar al supuesto
espíritu maligno que había poseído a Ana.
Mientras Ana Meyer lucha por encontrar una explicación racional a los sucesos
paranormales que la persiguen, los fanáticos padres de Ana se aferran a su fe religiosa,
convencidos de que lo que ocurre en realidad es una posesión demoníaca. A medida que
aumentan los fenómenos inexplicables. Ana Meyer busca ayuda de expertos en el campo de
la psiquiatría, quienes se apresuran a diagnosticarla con enfermedades mentales. Sin
embargo, mientras los sucesos se vuelven más ominosos y sobrenaturales, Ana se enfrenta
a una horrible verdad: los sucesos que experimenta no son causa de algo paranormal,
demoniaco o mental sino que está conectada con criaturas cósmicas de otro mundo que son
capaces de viajar entre el espacio tiempo.
La noche había caído sobre la casa de los Meyer, sumiendo el hogar en una oscuridad
opresiva. Ana estaba recostada en su cama, tratando de ignorar los pensamientos
inquietantes que acechaban en su mente. Sus padres habían insistido en realizar un
exorcismo esa misma noche, convencido de que alguna entidad maligna se había apoderado
de su hija.
De pronto, una luz tenue y mortecina se filtró por entre las rendijas de la puerta de su
cuarto. Ana sintió la necesidad de acercarse, como si un imán la atrajera hacia la fuente
desconocida de aquella iluminación sobrenatural. Sin pensarlo dos veces, se levantó de la
cama y siguió la misteriosa luz que la guiaba hacia el oscuro pasillo.
El corredor parecía infinito y en silencio. Cada paso que Ana daba resonaba ominosamente,
creando un eco que parecía anunciar algo terrible. Cuando llegó al final del pasillo, sus ojos
se encontraron con una puerta entreabierta. Un resplandor blanquecino se filtraba desde el
interior, envolviendo la estancia en una luz irreal.
Con el corazón palpitando acelerado, Ana abrió la puerta lentamente, revelando una
habitación en la que la realidad parecía haber sido distorsionada. Los objetos se derretían y
se retorcían, como si estuvieran hechos de cera ardiente. En el centro de la sala, un portal
cósmico se abrió, emanando una oscuridad impenetrable.
Con cautela, Ana se acercó al umbral del abismo. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando
una figura abismal emergió de las profundidades. Era una criatura indescriptible: una masa
amorfa de tentáculos carmesíes y ojos brillantes que parpadeaban con intensidad. Estaba
rodeada por un aura ominosa y llena de una presencia malévola.
El temor se apoderó de Ana, pero también una inexplicable fascinación. A medida que la
criatura cósmica se movía lentamente hacia ella, Ana podía sentir su poder abrumador,
como si estuviera conectada a algo más allá de la comprensión humana.
En ese momento, Ana comprendió que no estaba ante una simple posesión o un trastorno
psicológico. Estaba siendo testigo de una dimensión oculta, de fuerzas cósmicas mucho
más allá de su comprensión. Y ahora, se había convertido en parte de ese oscuro y retorcido
universo.
Los ojos en blanco de Ana reflejaban el horror y la fascinación mientras la criatura cósmica
la abrazaba en toda su gloria aterradora. La cama vacía, ahora sumida en la sombra,
testificaba el comienzo de un viaje hacia la locura y la confrontación con los seres impíos
que habitan entre los infinitos abismos del cosmos.
Al principio hacer creer que todo se trata de actividad paranormal y demonios. Cuando todo está
casi por resolverse y después de un exorcismo fallido, entra una pregunta que hace cuestionar
todo lo que se planteó ¿tal vez es solo es algo psicológico? Todas las cosas paranormales que Ana
había estado viviendo a lo largo de las semanas comenzaron a ser un tanto extrañas, tal vez todo
derivaba por el ambiente familiar que rodeaba a la chica, ahí comenzó a plantearse que Ana
estaba por volverse loca y desquiciada, ¿y si los expertos tenían razón y solo estaban frente a un
desorden psicológico?. Con el paso de los días, ninguna de las pruebas hechas a Ana arrojaba
algún problema, en cambio los sucesos comenzaron a empeorar haciendo participes a sus padres,
y es cuando comprendieron que todo se trata de algo maligno que asechaba a su hija. Decidieron
ir con expertos para poder realizar un exorcismo pero todo parecía estar saliendo mal, la iglesia
ponía muchas trabas y sus padres estaban desesperados, así que deciden optar por un exorcismo
casero donde pierde la vida alguna de los involucrados. Esto hiso que se mudaran a otra ciudad.
Todo parecía no terminar, los sucesos se iban agravando más y la cordura de Ana estaba sujeta de
un hilo, tenía visiones de seres terroríficos de físicos indescriptibles. Todo comienza a ponerse más
extraño nada de lo que pasaba parecía ser algo sobre natural, parecían sucesos de venidos del
espacio, comenzaban a comprender menos la situación. Si lo que la asechaba no era nada
paranormal o demoniaco y tampoco tenía ningún problema psicológico grave ¿entonces que
sucedía?. Ana es visitada por un parasicologo, que había erstado envuelyto en una investigación,
su mentor un exprofesor de física, había estado investigando durante años, había sido expulsado
de su circulo de cienteficos por sus ideass retorsidas y poco cuerentes. Explica que no estamos
solos en el universo, que hay cosas fuera de nuestra comprensión, algunas personas los llaman
dioses, otras los llaman demonios y mas resiente extraterrestes, y que todo solo es una sola cosa.
Que la tierra ya había sido visitada por esa clase de crwaturas, dioses de 4 brazos y cara de
elefantes en la india, serpientes con plumas en mexico, angeles descritos en la biblia de una forma
no tan hermosa como se creen que son. No son buenos ni malos, pero para nosotros representan
la destrucion cuando para ellos representa la vida.el profesor aun desconoce como es que esas
creaturas llegan y ana se lo dira, por las orbes, explican lo de las orbes como algo que se creía
paranaomal. Hablan de las posesiones demoniacas que solo es cuando estos parasitos entran al
cuerpo. Esta infestación por los agentes parasitos, el cual su objetivo es su supervivencis a costa
del huésped que parasitan. En resumen dios no nos creo a su imagen y semejanza, sino que
nosotros lo creamos a el a nuestra imagen y semejansa Se revela al final que todo fue obra de una
entidad cósmica, la cual era como un panal, mandaba parásitos cosmicos que se adueñaran de
cuerpos humanos, doblegando su voluntad para poder sobrevivir, su plan era conquistar el planeta
dormir dentro de los cuerpos hasta que todos los hijos de la reina de la colmena tuvieran un
cuerpo donde sobrevivir, vivirían dormidos esperando a despertar, cuando esto pase, las larvas
cósmicas comerían el cuerpo de los humanos de adentro hacia afuera convirtiéndolos en muertos
vivientes, para dar paso a los seres con cuerpo físico, una aberración de la naturaleza
indescriptible.
Parte 1:
Miedo terrenal.
se expone el miedo terrenal, el miedo hacia las personas y la religió religión. Ana le teme a sus
padres fanáticos religiosos, crueles, se hablara de las sectas y cómo influyen en la mente de las
personas, castigos físicos. Demostrar que los humanos son los monstros.
Parte 2:
Miedo paranormal.
Parte 3:
Miedo psicológico.
Parte 4:
Miedo cósmico
El miedo que esta mas allá de la comprensión, el miedo que no puedes parar, el miedo que
siempre ganara porque no hay una forma de detenerlo, darse cuenta que solo son una partícula
pequeña en un vasto universo, el miedo a perder nuestra propia voluntad.
Parte 1: Eastborne
Personajes:
El ser cósmico que es la Reyna del enjambre puede mandar puertas dimensionales atraves del
espacio tiempo cada 15 años, solo sobreviven una semana a no ser que un humano las encuentre
y las abra. Cuando ayudan abrirlas todos los entes tras esa puerta lucharan por adueñarse del
cuerpo de quien abrió la puerta, al otro lado de esa puerta la cual funciona como un hoyo negro
esta la colmena, la cual es dirigida por un ser cósmico supremo, deben doblegarla, debilitarla asi
podrán adentrarse mas facil y poder habitarlo consumiendo su energía vital para poder formar un
cuerpo fisico. En el proceso el ente puede esparsir varias puertas dimensionales para hacer llegar a
los suyos y asi tomar la mayor cantidad de cuerpos humanos que solo les sirven como vínculos
para entrar a esta plano y después usados como resipientes y crisálidas para emerger con sus
verdaderos cuerpos. La entidad es obnipresente mientras exiastan puertas, pues al existir
crisálidas puede comunicarse con el ente parasito. Es el devorador de mundos, el asotador de vida
en otros planetas en cualquier galaxia o plano. Los entes al estar fuera de la crisálida pueden
morir. Alegoría del espermatozoide y el ovulo
Parte 1:
Parte 1
Ana Meyer era una chica de aspecto común, con cabello castaño oscuro y lacio que le caía sobre los
hombros. Sus ojos almendrados estaban enmarcados por largas pestañas y su tez pálida reflejaba su
timidez y reclusión. A pesar de su apariencia insípida, había algo en su rostro que revelaba una
innegable curiosidad y un anhelo de descubrir algo más en el mundo que la rodeaba.
A su lado caminaba Caroline Woods, la única amiga de Ana. Caroline era todo lo contrario a ella.
Con una personalidad extrovertida y un encanto magnético, Caroline atraía a las personas a su
alrededor. Tenía cabello rubio ondulado y ojos azules brillantes que irradiaban alegría y vivacidad.
Atraía miradas dondequiera que iba, mientras que Ana parecía desvanecerse en el fondo.
Anna no tenia fama de ser una chica popular, sino todo lo contrario, tampoco era que fuera vicvtima
de bromas escolares, ya no estaban en edad para portarse de la manera inmadura que podrían
portarse en secundaria. Anna nunca fue el blanco de burlas ni acoso, simplemente era alguien que
su presencia pasaba desapercibida para los demás. Muchas veces sus compañeros de secundaria
habían creído que eran víctimas de un efecto mandela, cuando a anna se le llamaba en clase, o
incluso en las fotos del anuario escolar sus compañeros no lograban atinar en quien era, como si
simplemente el nombre o la foto de l chica hbiera sido puesta ahí por error o por alguna extraña
razón que ellos mismos desconosian es la chica callada, la que se sentaba en la última fila siempre
a la esquina ¿Cuál era su nombre? ¡oh si! Anna.
Caroline Woods era popular siempre lo había sido, por lo menos hasta donde su memoria le
permitia, su popularidad recaía en la belleza de su aspecto físico, en su amabilidad y en el talento
que tenia para hacer amistades, pero el titulo de “chica popular” muy poco le importaba, ella
preferia charlar con personas que en realidad quisieran hacerlo por el simple echo de que le
interesaba cualquier tema del que estuviera hablando en esos momentos y no por solo querer una
cita con ella o para buscar una amistad que les permitiera escalar en la pirámide de la sociedad
estudiantil, y por eso mismo creeia que la amistad de anna era genuina y verdadera, por eso no paso
mucho tiempo para que se hicieran mejores amigas. Las dos pasaban parte del tiempo juntas a pesar
que solo compartían tres clases, se juntaban almorazar o simplemente caminaban por los pasillos o
los exteriores de la universidad con sus libros bajo el brazo.
Mientras caminaban por el abarrotado pasillo de la escuela, rumbo a la salida, Ana y Caroline
compartían risas y confidencias. Parecían inseparables, aunque Ana sabía que ella no era la única
amiga de su enérgica compañera. Caroline tenía un talento innato para conectar con las personas, lo
que la hacía popular entre los demás estudiantes.
Llegando a la salida, caroline había echado un rápido vistazo a ambos lados de la calle.
—creo que mi madre olvido de nuevo recojerme —dijo caroline sarcásticamente. Anna la observo y
lanzo una pequeña risa que cubrió con su mano libre.
—Lo sé, simplemente no pueden vivir sin mí —Caroline codeo a anna mientras le guiñaba el ojo —
¿Qué harás por la tarde?, no me digas, apuesto que dirás que estudiar.
—Me haz robado la palabra de la boca, creo que me preparare para los exámenes.
—No seas tonta anna, bueno, tonta en el buen sentido de la palabra. Solo digo que deberías
distraerte un poco más, he notado tus ojeras.
Anna inconscientemente llevo sus dedos hacia las bolsas moradas que descansaban bajo sus ojos
como si tuviera un espejo frente a ella.
—No, no estoy pensando en chicos —dijo mientras comenzaba a nacer una luz rojiza en sus
mejillas.
El sonido del claxon de un coche había interrumpido la charla de las chicas, Caroline había volteado
hacia el otro lado de la calle donde una señora de aspecto elegante las saludaba con un movimiento
de mano.
—Tienes razón.
Caroline se acercó a anna y le planto un beso en la mejilla, seguido de eso miro hacia el coche
aparcado frente a ella y saludo con un movimiento de manos, la mujer dentro del coche contesto
con una sonrisa amistosa.
Ana, por otro lado, no tenía a nadie esperándola y tampoco caminaría a su casa para distraerse. Su
corazón se hundió un poco mientras observaba a Caroline subirse al auto y alejarse. Por un
momento estuvo parada justo en la salida, en silencio, observando, estaba inmóvil parecía una
estatua de mármol esperando a ser admirada por la gente. Miraba como la mayoría de sus
compañeros de universidad se subían en coches otros se reunían en grupos y comenzaban a
caminar, podía escuchar sus risas y lo mucho que se divertían con la compañía del otro.
Decidida a no dejarse vencer por la soledad, Anna comenzó a caminar por la acera de la calle.
Camino varias calles, tratando de despejar sus pensamientos, era consiente de la vida que le había
tocado, la cual ella miraba con normalidad, hasta la secundaria donde se dio cuenta de lo desdichada
que era. Tomó un desvío y se dirigió hacia el tranquilo y evocador parque de Eastborne, un lugar
cercano a su casa. La tranquilidad del parque era un bálsamo para su alma solitaria y allí encontraba
un refugio lejos del bullicio de la escuela y de sus emociones apagadas.
El sol comenzaba a meterse entre las colinas al horizonte, el parque comenzaba a ser mas desolado
con elk paso de los minutos y a medida que se adentraba mas, Ana sintió cómo el ambiente se
volvía más denso. Los árboles parecían retorcerse sutilmente y el viento soplaba de manera
inusual haciendo que las voces de las hojas de los arrboles al moverse, susurraran en su
oído. Una sensación de inquietud se apoderó de ella, en el sielo varias nubes grisaseas se
juntaban, el mismo viento traía un olor a tierra mojado lo cual representaba algo delicioso a
su olfato, la misma brisa estaba humedesida, la lluvia se asercaba.
Anna seguía caminando por el estrello camino de piedra del parque, entre arboles y bancas,
frente a ella aparesio una pequeña fuente que serviacomo bebedero para las aves en los días
soleados, mas adelante estaban los baños, los cuales estaban rayados vandálicamente con
pintutra en aerosol. Entro al baño donde colgaba un letrero en la puerta en grandes letras
rojas “solo mujeres”. Se encontraba en el pequeño baño del parque de Eastborne, un lugar
tan tranquilo durante el día, pero ahora envuelto en un aura siniestra. Estaba obscuro, la
lámpara del techo sentellaba a ratos, anna la miraba y por dentro de ella deseaba que no se
apagara, se aserco al lavabo, estaba ñpolvoriento y tenia manchas de oxido que corrian
desde el grifo hasta la boca de la desnbocadura de la tubería. Se puso de rodichas en el
suelo evitando poner sus manos sobre el, pudo ver algunos papeles higienicos, envolturas
de toallas sanitarias y un chicle rosado con pelos pegado en el piso muy cerca de su rodilla
izquierda, lanzo una mueca de asco y se agacho aun mas para poder observar debajo de los
cubículos metálicos para asegurarse que estuvieran desocupados. Cuando se aseguro, se
puso de y entro al cubículo mas alejado de la puerta de la entrada.
Ana cerró la puerta del pequeño cubículo y miró fijamente a un pequeño espejo que se
encontraba dentro. Le costaba enfrentarse a su propia imagen reflejada, la cual representaba
su triste realidad oculta. Se había sacado la camisa y sus pantalones vaqueros, una suave
brisa que se colaba por debajo del cubículo hizo que su piel se erizara, volvió a
contemplarse en el espejo, esta vez, ahí desnuda su cara reflejaba el cansancio y la tristeza
que tenía que guardar dentro de ella al llegar a la escuela. Su cuerpo pálido y flacucho,
habitualmente sin rasgos distintivos, estaba cubierto de moretones. Marcas de diferentes
tonalidades moradas, azules y marrones se extendían a lo largo de su piel, moretones en sus
hombros, piernas, brazos y una gran mancha de diferentes colores que se extendía a lo largo
de su espalda. Anna comenzó a tocarse suavemente los moretones mientras se veía al
espejo, los observaba, tranquila como si esos mismos moretones hubieran brotado como
algo normal, así como el acné en los jóvenes o la regla en las chicas.
Cada vez que Ana descubría esos moretones, una mezcla de vergüenza, miedo y confusión
se apoderaba de ella. Las marcas simplemente estaban allí, como una especie de macabra
señal de algo que aún no comprendía.
Un nudo en el estómago la atenazaba mientras Anna seguía examinando cada moretón con
sus ojos llenos de terror y desesperación. Se sentía atrapada en un misterio sin resolver, y la
incertidumbre se entrelazaba con su ser, amenazando con consumir su cordura.
Pero a pesar de todo, Ana también experimentaba una extraña fascinación por esos
moretones.
El espejo parecía devolverle una mirada intensa, como si ocultara secretos inquietantes y
peligrosos. La habitación se volvía más fría a cada segundo, y Ana notó cómo los pelos de
su nuca se erizaban. Una sensación aterradora se apoderaba de ella, como si algo oscuro e
indescifrable la estuviera acechando desde las sombras del baño.
Mientras Ana intentaba comprender la verdad detrás de esos moretones, una oleada de
impotencia y vulnerabilidad se apoderó de ella. Sentía como si estuviera sola, abandonada
en un abismo de misterio y peligro. La simple idea de que alguien la viera asi tan bunerable
tambien la llenaba de temor.
Sus manos temblorosas buscaron en la mochila un atuendo más apropiado para ocultar su
verdadero ser. Sacó una falda larga y una camisa de manga larga, ambos de colores oscuros
y carentes de vida. Estas prendas reflejaban la verdadera esencia de Ana, su vida cotidiana
y su vida escolar eran totalmente diferentes.
En el baño del parque, Ana pasaba desapercibida, como si fuera un simple espectro en
medio de la monotonía de la sociedad que la rodeaba. Sentía dolor y tristeza por tener que
esconder su verdadera identidad, pero también sabía que era necesario para mantener una
apariencia aceptable en su vida diaria.
Lamentablemente, esta fachada era la única forma en la que podía vivir su vida sin ser
juzgada en su hogar. La verdadera Ana, aquella que habitaba en su hogar, estaba lejos de la
apariencia apagada que ahora llevaba consigo. En su propia morada, el color y la vitalidad
se desbordaban en cada rincón, revelando una pasión y una esencia que nadie más conocía.
Mientras Ana salía del baño del parque, la tristeza se aferraba a ella como una sombra,
recordándole constantemente su existencia paralela y las vidas que tenía que llevar. Este
oscuro secreto que tenía que ocultar amenazaba con romper el frágil equilibrio en el que
vivía, y Ana se preguntaba cuánto tiempo más podría soportar vivir en esa oscuridad
constante.
En casa de Ana, La casa de Ana era un laberinto de sombras y susurros, donde la presencia
de la religión se manifestaba de forma opresiva y perturbadora. Al entrar en la vivienda, el
visitante era recibido por una estatua de la Virgen María en la entrada, sus ojos de piedra
mirando fijamente con una expresión gélida y distante.
Las paredes estaban adornadas con crucifijos y cuadros religiosos, imágenes de sufrimiento
y redención que parecían seguirte con la mirada a medida que te desplazabas por los
oscuros pasillos. Velas encendidas parpadeaban en el viento fantasmal, proyectando
sombras retorcidas que parecían cobrar vida propia en la penumbra.
Las habitaciones de Ana estaban presididas por crucifijos colgados en las paredes, sus
siluetas ominosas proyectadas en las sombras de la noche. Los libros sagrados y rosarios
descansaban sobre mesas y muebles, como si fueran amuletos protectores contra fuerzas
malignas que acechaban en la oscuridad.
Cada rincon de la casa de Ana resonaba con un eco inquietante, una presencia invisible
pero palpable que parecía susurrar palabras de condena y juicio. En medio de la decoración
religiosa opresiva, la sensación de estar vigilado por entidades invisibles y malevolas se
intensificaba, creando una atmósfera de terror y desasosiego que se negaba a desvanecerse.
la convivencia con sus padres fanáticos religiosos era una experiencia desafiante. Su madre,
Doña Rosa, era una mujer de mirada severa y gesto adusto, cuyas creencias religiosas
dictaban cada aspecto de su vida cotidiana. Desde la rutina matutina de oraciones hasta las
estrictas restricciones sobre la vestimenta y las actividades permitidas, Doña Rosa imponía
con firmeza su versión estricta de la fe.
Por otro lado, Don Julio, el padre de Ana, era un hombre de apariencia más afable y actitud
comprensiva. Aunque también se adhería a las creencias religiosas de su esposa, Don Julio
mostraba cierta flexibilidad y empatía hacia su hija, tratando de ser un puente entre las
rigideces de su esposa y el deseo de libertad de Ana.
Ana, por su parte, se sometía sumisamente a las reglas impuestas por sus padres, temiendo
sus reprimendas y castigos. Las penitencias por desobediencia eran severas, desde largas
sesiones de oración hasta ayunos forzosos. Sin embargo, lo que más perturbaba a Ana eran
los castigos autoinfligidos de su madre. Doña Rosa se flagelaba regularmente como
penitencia por los pecados reales o imaginarios de su familia, dejando marcas en su piel
como testimonio de su devoción extrema.
Doña Rosa entró en el dormitorio de Ana con paso firme y gesto severo, encontrando a su
hija de pie frente al armario, con gesto sorprendido al ser descubierta en pleno cambio de
vestimenta. Los vestidos de colores vivos y cortes modernos yacían dispuestos sobre la
cama, una clara violación a la estricta regla de vestimenta impuesta por su madre.
El rostro de Doña Rosa se endureció al ver la audacia de su hija al desafiar sus mandatos y
deshonrar las enseñanzas religiosas que tan celosamente guardaba. Sin mediar palabra,
tomó firmemente el brazo de Ana y la arrastró fuera del dormitorio, llevándola hasta la sala
de estar donde un altar oscuro y ominoso dominaba la habitación.
Con ojos llenos de furia y desaprobación, Doña Rosa impuso un castigo físico sobre Ana,
golpeándola con el látigo como penitencia por su transgresión. Los latigazos caían
inclementes sobre la piel de la joven, marcando su cuerpo con líneas rojas de dolor y
vergüenza.
Doña Rosa observaba a su hija con ojos acusadores, su rostro impasible sin revelar emoción
alguna. Ana, de pie frente a ella, temblaba ligeramente, anticipando lo que estaba por venir.
Las manos de Doña Rosa se cerraron con fuerza alrededor del rosario que sostenía en sus
manos, sus labios moviéndose en silenciosas plegarias.
"Has desobedecido, Ana", dijo finalmente Doña Rosa en tono grave y severo. "Los caminos
del Señor son rectos y tú has elegido desviarte de ellos. La disciplina es necesaria para
purificar tu alma".
Sin una palabra más, Doña Rosa se levantó de su silla y se acercó a Ana. Con un gesto
rápido, le levantó la barbilla con firmeza, obligando a su hija a enfrentar su mirada
penetrante. Sin piedad, desgarró la blusa de Ana, dejando expuesta su piel pálida a la fría
luz de la habitación.
Un latigazo repentino cortó el silencio, seguido por un grito ahogado de dolor que escapó
de los labios de Ana. Doña Rosa continuaba golpeando con el látigo, cada chicotazo
marcando la piel de su hija con líneas rojas y dolorosas. Cada castigo era un recordatorio de
la ira divina, un medio para expiar los pecados reales o imaginarios de Ana.
La joven soportaba en silencio, con lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas,
mientras los castigos caían sobre su cuerpo indefenso. Para el exterior, aparentaba sumisión
y resignación, pero en su interior ardía una chispa de rebeldía y deseo de liberación. En la
penumbra de la habitación, envuelta en el dolor y el sufrimiento impuesto por su madre,
Ana se aferraba a la esperanza de un día romper las cadenas de la opresión y encontrar su
propia libertad.
Cuando finalmente el castigo cesó, Ana yacía en el suelo, temblando y con lágrimas en los
ojos, mientras su madre la obligaba a arrodillarse frente al altar y rezar. Las horas pasaban
lentamente, con las oraciones resonando en la habitación como un eco de condena y
sometimiento.
Las lágrimas finalmente brotaron de sus ojos, silenciosas y amargas, como una liberación
de la tensión acumulada en su interior. Sus manos temblaban mientras acariciaba las marcas
rojas en su piel, sintiendo cada una como un testimonio físico de su sufrimiento. Un
sentimiento de profunda injusticia la embargaba, la sensación de ser una prisionera en su
propio hogar, bajo el yugo implacable de unas creencias fanáticas.
Al amanecer, Doña Rosa informó a Ana sobre la terrible decisión que había tomado: serían
acompañadas por la congregación de la Sagrada Redención, una secta religiosa extremista
que buscaba purificar a los desviados a través de métodos draconianos. Ana sería sometida
a un rito de purificación física y mental, un proceso doloroso y humillante que la madre
consideraba necesario para salvar el alma de su hija.
Además, Doña Rosa anunció con voz fría que Ana estaba prohibida de volver a la escuela,
considerándola un mal ejemplo y una influencia corruptora para los demás. Con un gesto de
desdén, encerró a Ana en un pequeño cuarto oscuro, dejándola a solas con sus miedos y una
sensación de desesperación creciente ante el destino que se cernía sobre ella.
El pequeño cuarto en el que Ana fue encerrada era un espacio claustrofóbico y oscuro, con
las paredes cubiertas de mohos y los muebles viejos y polvorientos. Cada paso resonaba
como un eco siniestro mientras Ana se movía cautelosamente, intentando encontrar un rayo
de luz o un resquicio de esperanza en aquel lugar opresivo.
El silencio abrumador era interrumpido de vez en cuando por el sonido de las gotas de agua
que caían rítmicamente desde el techo, sumando a la tensión y al ambiente lúgubre de la
habitación. El aire enrarecido y viciado provocaba un nudo en la garganta de Ana, que
luchaba por respirar y mantener la calma en medio de aquel encierro desesperante.
Una noche, cuando Ana yacía en una esquina de la habitación, sintió una extraña sensación
en su cuello. Un escalofrío recorrió su espalda mientras sus dedos temblorosos exploraban
la zona. Para su horror, descubrió una araña caminando lentamente por su piel, sus patas
escurriéndose con una lentitud espeluznante.
El terror se apoderó de Ana mientras su cuerpo se tensaba y su corazón latía desbocado. Sin
saber qué hacer, no se atrevió a moverse, temiendo asustar aún más a la araña y provocar
un ataque impredecible. Mientras el arácnido exploraba su cuello, cada segundo se volvía
una eternidad, y las caricias inquietantes de las patas de la criatura le parecían pura tortura.
A partir de ese momento, el pequeño cuarto se convirtió en una jaula de pesadilla para Ana,
donde cada sonido y cada sombra se volvían portadores de amenaza. La araña había
despertado en ella un miedo primordial y una sensación de vulnerabilidad extrema,
dejándola atrapada en una espiral de temor y desesperación, sin ninguna esperanza de
escapar.
Ana se sentía como si hubiera entrado a un mundo paralelo y siniestro, donde todos los
aspectos de su vida habían sido distorsionados. Las miradas de los congregantes la seguían
a cada paso, con una intensidad que le erizaba la piel. Las voces murmurantes y los
susurros incesantes creaban una atmósfera cargada de tensión y malevolencia.
Su madre la agarró de la mano con fuerza, sin soltarla en ningún momento. Ana notó el
temblor en su cuerpo y la tensión en su rostro, como si estuviera tan asustada como su hija,
pero tratando de mantener una fachada de serenidad. Ana se preguntó si su madre también
había sido arrastrada a esta iglesia insidiosa por alguna fuerza desconocida, o si era
cómplice de lo que sea que sucedía en aquel lugar.
A medida que avanzaban por el pasillo central, Ana notó que las figuras a su alrededor
parecían desdibujarse, como si estuvieran envueltas en una niebla oscura que ocultaba sus
verdaderas intenciones. Los ojos de los congregantes brillaban con una luz fría y
penetrante, como si pudieran ver a través de su alma y leer sus pensamientos más oscuros.
Cada paso que daba Ana la acercaba más al corazón de la iglesia, donde un altar se alzaba
ominoso en el centro. El silencio pesado que reinaba en el recinto era roto solo por el
sonido de sus propios pasos y el latido acelerado de su corazón. Sabía que algo terrible
estaba a punto de suceder, algo que cambiaría su vida para siempre. Y con cada mirada
furtiva que recibía de los demás, Ana empezó a temer que ninguna de esas personas fuera
realmente humana.
En la parte superior del altar, una estatua deforme y grotesca de una figura encapuchada se
alzaba en posición de adoración, con sus brazos extendidos hacia el techo en un gesto
amenazante. Su rostro sin rasgos parecía mirar fijamente a través de los ojos vacíos
directamente hacia todos los presentes, como si pudiera ver sus pensamientos más oscuros
y sus secretos más profundos.
Sobre el altar, varios objetos rituales estaban dispuestos de manera caótica y ominosa:
calderos humeantes con líquidos de colores oscuros, cuchillos afilados con inscripciones en
lenguas olvidadas y cráneos de animales dispuestos en patrones inquietantes. El aire
alrededor del altar estaba cargado de un olor metálico y rancio, como el de la sangre y la
muerte.
El silencio que reinaba en la iglesia se volvió aún más pesado y opresivo al acercarse al
altar, como si el mismo lugar estuviera vivo y respirando con una energía maligna. Ana
sintió un escalofrío recorrerle la espalda al acercarse al altar, como si algo antiguo y oscuro
estuviera despertando dentro de ella, llamándola a unirse a la macabra ceremonia que
estaba a punto de tener lugar.
Ervil Abelard, el líder del culto, era un hombre de aspecto imponente y siniestro que
emanaba una presencia oscura y amenazante. Su estatura imponente y su mirada penetrante
infundían temor en todos los que tenían el desafortunado encuentro con él. Su rostro estaba
marcado por líneas profundas y duras, como si el paso del tiempo y la maldad hubieran
dejado su huella en su piel pálida y ajada.
La mirada de Ervil Abelard era fría y despiadada, con ojos oscuros que parecían contener
secretos insondables y una crueldad oculta tras su apariencia de sacerdote. Su cabello negro
y grasiento caía en mechones enmarañados sobre su rostro, creando una sombra ominosa
que parecía envolverlo en una aura de oscuridad.
Vestía una túnica negra y raída que colgaba de su cuerpo como un manto de la noche, con
símbolos oscuros bordados en hilo rojo que parecían zumbar con una energía malévola. Su
cuello estaba adornado con un collar de huesos y colmillos, y en su mano derecha sostenía
un cetro retorcido con incrustaciones de piedras negras que brillaban con una luz enfermiza.
Cada paso que daba Ervil Abelard resonaba en la iglesia con un eco ominoso, como si el
suelo mismo temiera su presencia y se estremeciera a su paso. Su voz era grave y gutural,
como si fuera un eco de ultratumba que enviaba escalofríos por la espina dorsal de quienes
lo escuchaban. Todos en la iglesia lo miraban con reverencia y temor, como si estuvieran
ante la encarnación misma del mal.
En el altar, Ervil Abelard se erguía con una presencia imponente, su mirada fija en los
congregantes con una intensidad que parecía atravesar sus almas. El silencio en la iglesia
era absoluto, solo interrumpido por el susurro de las velas encendidas y la respiración
entrecortada de los presentes. Con voz grave y resonante, Ervil comenzó su discurso:
"Queridos seguidores, hoy estamos reunidos en este templo sagrado para honrar al
verdadero Dios, aquel que ha sido ignorado y menospreciado por los débiles y los
incrédulos. Nosotros somos los elegidos, los que hemos sido llamados para preparar el
camino para su regreso. En nuestras manos está el poder de desencadenar el apocalipsis y
purgar este mundo de la corrupción y la decadencia."
Sus palabras resonaron en la iglesia, envolviendo a los presentes en una atmósfera cargada
de fervor y fanatismo. Ervil continuó, su voz adquiriendo un tono más apocalíptico y
amenazador:
Los presentes escuchaban con devoción y temor, sus rostros iluminados por la luz
parpadeante de las velas y sus corazones palpitando con una mezcla de terror y excitación.
Ervil Abelard levantó el cetro oscuro en alto, sus ojos brillando con una malévola
determinación mientras proclamaba en voz alta:
"Que la oscuridad caiga sobre este mundo impío y los elegidos sean llevados a la gloria
eterna. Que el juicio final llegue y purgue este mundo de la impureza. ¡Porque nosotros
somos los fieles, los escogidos, los que traerán el fin de los tiempos y el renacimiento de un
nuevo orden divino!"
La madre de Ana se acercó temblorosa al pie del altar, con lágrimas deslizándose por sus
mejillas y su voz temblorosa al dirigirse a Ervil Abelard. Sus ojos reflejaban una mezcla de
angustia, desesperación y fervor religioso, mientras luchaba por controlar sus emociones
frente al líder del culto.
"Ervil, por favor, te ruego que purifiques a mi hija", suplicó la madre de Ana, con la voz
quebrada por la pena. "Está envuelta en pecado, se ha apartado del camino de la rectitud y
la moral. Me avergüenzo de sus acciones, de cómo desafía nuestras creencias y se viste de
manera inapropiada, como una mujer de mala vida. Ha faltado al respeto a sus padres y a
nuestra religión, y temo por su alma perdida."
La madre de Ana se arrodilló ante Ervil Abelard, con las manos temblorosas extendidas en
un gesto de súplica, su rostro angustiado y suplicante. Sus palabras resonaban en la iglesia,
llenando el espacio con la intensidad de su dolor y su desesperación por la salvación de su
hija.
Ervil Abelard la observaba con una mirada fría e impasible, su rostro sin expresión
mientras escuchaba las súplicas de la madre de Ana. Sus ojos oscuros parecían penetrar en
lo más profundo de su ser, evaluando su devoción y su sufrimiento. Finalmente, con voz
grave y autoritaria, respondió:
"Madre, no temas. La voluntad del Dios verdadero es infalible y su juicio justo. Tu hija será
purificada, su alma redimida. Pero debes estar dispuesta a sacrificar lo que más amas en
este mundo para lograrlo. Debes mostrar tu compromiso absoluto a nuestra causa y seguir
mis instrucciones al pie de la letra. Solo así podremos salvar a tu hija del abismo del pecado
y conducirla de regreso al camino de la rectitud."
Ervil Abelard ordenó a los seguidores que rodearan a Ana en el altar, formando un círculo
de devotos que observaban en silencio mientras el líder del culto se preparaba para el ritual
de purificación. Ana se sentía atemorizada, su corazón latiendo con fuerza en su pecho
mientras los ojos fríos de Ervil la miraban con una intensidad penetrante.
Ervil comenzó el ritual recitando palabras en una lengua antigua y gutural, con un tono
grave y ominoso que resonaba en la iglesia como un eco de ultratumba. Sus manos se
movían en gestos enigmáticos sobre el cuerpo de Ana, trazando símbolos y figuras en el
aire con movimientos precisos y fluidos.
A medida que el ritual avanzaba, el aire a su alrededor parecía cargarse de una energía
oscura y pesada, como si fuerzas desconocidas estuvieran desencadenándose en la iglesia.
Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras la sensación de malevolencia se
intensificaba a su alrededor.
Ervil tomó un cáliz lleno de un líquido oscuro y humeante, y lo sostuvo frente a ella con
solemnidad. Con voz grave, pronunció palabras de invocación mientras vertía el líquido
sobre el cuerpo de Ana, cubriéndola con una sustancia fría y viscosa que parecía quemar su
piel.
Los seguidores observaban con devoción y temor, sus rostros iluminados por la luz
parpadeante de las velas, mientras el ritual de purificación llegaba a su clímax. Ana cerró
los ojos, sintiendo la presión y la opresión a su alrededor, temiendo lo que vendría a
continuación en manos de Ervil Abelard, el líder del culto que parecía emerger de las
sombras mismas.
Anna, completamente aterrada por lo que había presenciado en la iglesia del culto de su
madre, se apresuró a huir de aquel lugar opresivo y oscuro. Sus pies golpeaban el suelo con
fuerza mientras corría, sintiendo el latido de su corazón resonar en sus oídos. Las lágrimas
mezcladas con el sudor recorrían su rostro, mientras el miedo y el deseo de escapar la
impulsaban hacia adelante.
Llegó hasta los límites de la ciudad, donde el paisaje urbano comenzaba a ceder paso a un
espeso y sombrío bosque. Anna detuvo su carrera, su respiración entrecortada resonando en
el silencio que envolvía la zona. Miró hacia el oscuro manto de árboles y arbustos que se
extendía ante ella, su mente luchando entre el miedo a adentrarse en lo desconocido y el
deseo de alejarse de la influencia del siniestro culto.
Con el corazón latiendo desbocado, Anna tomó una decisión y se adentró en el bosque. Los
árboles parecían susurrarle secretos antiguos y misteriosos mientras avanzaba, las hojas
crujían bajo sus pies y el aire se volvía más fresco y húmedo. Cada paso que daba la alejaba
de la iglesia y de la influencia tóxica de su madre, dándole un atisbo de esperanza y
libertad.
A medida que se adentraba más en lo profundo del bosque, los sonidos de la ciudad se
desvanecían y eran reemplazados por el canto de los pájaros y el susurro del viento entre las
hojas. Anna se sentía envuelta en un nuevo mundo, un mundo donde podía encontrar su
propia identidad y escapar de las cadenas impuestas sobre ella.
El resplandor de la luna empezó a filtrarse a través de las copas de los árboles, iluminando
el camino de Anna mientras continuaba su huida. Aunque el temor aún persistía en su
corazón, sentía una chispa de valentía crecer dentro de ella. Sabía que había tomado la
decisión correcta, que había escapado de un destino turbio y estaba lista para descubrir su
propio camino, lejos de la opresión y el miedo.
Mientras Anna se adentraba más en el bosque, entre la penumbra de los árboles, su atención
fue captada por un destello de luz resplandeciente en la distancia. Curiosa y cautivada, se
acercó lentamente, sintiendo cómo su corazón palpitaba con anticipación. Una esfera
luminosa flotaba en el aire, emanando una luz suave y cálida que parecía llamarla.
Sin poder resistir la atracción de aquella misteriosa esfera, Anna extendió su mano
temblorosa para tocarla. En el momento en que su piel entró en contacto con la esfera, una
luz deslumbrante la envolvió por completo, cegándola momentáneamente y despertando
una sensación de ingravidez.