Monstruas en el Terror Femenino
Monstruas en el Terror Femenino
MONSTRUAS.
Katixa Agirre
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(c)2020 ITXASO DEL CASTILLO AIRA
Monstruas
Agradecimientos
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Si a los personajes femeninos no les han permitido tener lados oscuros -si solo pueden ser
víctimas o heroínas, pero nunca el Gran Mal- entonces las mujeres están siendo definidas
como menos que completamente humanas.
Margaret Atwood
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INDICE
0.1.1.- El Cuerpo................................................................... 12
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2.2.3.- Las películas de monstruas de los años de la Segunda Guerra Mundial en EEUU ... 84
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2.2.3.1.- Cat Pople (J. Tourneur, 1942): el germen de un nuevo ciclo ............. 87
2.2.3.2.- Captive Wild Woman (H. Lavin, 1944): lo exótico y lo atávico .......... 91
2.4.1.- Gender And Genre: “siempre juntas” y las Smart Movies ........................ 94
3.1.- Las No-Muertas y las Muertas Vivientes. Justificación del cuerpo de análisis ..... 137
3.2.1- I Walked with a zombie (J. Tourneur, 1943): La mujer desorientada, la mujer sin hogar
........................................................................... 141
3.2.2.- Zombies Strippers (Jay Lee, 2008): Cuando la carne admite su naturaleza ....... 145
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3.3.3.- Las primeras vampiras en el cine: La Hija de Drácula (Lamberto Hillyer, 1936) .... 153
3.3.4- Las vampiras lésbicas: The Vampire Lovers (Roy Ward Baker, 1970)
3.4.- Una vampira con chador. La liminalidad en A Girl Walks Home Alone At Night
(Amirpour, 2015)
3.4.3.- Los monstruos en el umbral. “La Chica”, una heroína feminista ................ 179
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4.2.3.- La madrastra de Blancanieves revisitada por Dario Argento: Suspiria (1977) ..... 201
4.2.3.1.- El cuerpo del monstruo, el cuerpo del espectador, el cuerpo fílmico ... 203
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4.2.4.1.- Las brujas adolescentes de los 90: brillantina y amistad eterna en la era del
postfeminismo ............................................................ 212
4.3.4- Tiempo, brujas y poder en el siglo XXI: el poder libre ........................... 242
4.4.- Madres asesinas: The Babadook (J. Kent, 2014) ................................. 251
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Capítulo 5: Conclusiones
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Cuando la directora Julia Ducournau (Raw, 2016) asistía a un Festival para presentar
su película, un espectador le dijo que era muy positivo que hubiera mujeres en el género,
“porque le aportarían cierta ternura”. “¿Ternura?”, le contestó, “¿Has visto mi película?
Raw (Crudo) es un título que la crítica ha etiquetado dentro del “Nuevo Cine Francés
Extremo” que, según las crónicas del momento, provocó desvanecimientos y vómitos en su
estreno. Sin embargo, parece que el vínculo terror-violencia-mujer sigue siendo sólo
posible si aparece en condición de víctima, no de agente. Ducournau manifestaba en una
entrevista que “cuando haces terror, estás expresando una forma de violencia que sientes
en tu interior, y es importante que reconozcamos que las mujeres también podemos sentir
violencia o rabia”. (The Guardian, 30 marzo 2017)
héroe se feminiza: aparecen las Final Girls o las únicas supervivientes del monstruo. La
Matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) inaugura esta convención, que trasciende el género
slasher en el que nace para generalizarse a multitud de estilos dentro de las películas de
terror. El monstruo, sin embargo, ha sido tradicionalmente masculino, de hecho, se ha
recriminado que el cine de terror se regodeara en -e incluso alentara-, la violencia de
género. En el siglo XXI, el monstruo se hace mujer. El número de monstruos femeninos ha
crecido exponencialmente desde el 2000, especialmente a partir de 2010. Se han estrenado
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un mayor número de películas en las que el monstruo es femenino en este nuevo siglo que
las que ha habido en toda la historia del cine.1
0.1.1.- El cuerpo
Foucault explicó cómo los saberes y las relaciones de poder modifican los cuerpos.
En su “Arqueología del Saber” (1969), definió el momento del capitalismo como el del
biopoder, en el que la lógica mecánica y analógica promovía una sociedad disciplinaria,
cuyo objetivo era crear cuerpos dóciles, “normalizados” pero productivos. Esa sociedad
tenía un margen para la resistencia, que articulaba las relaciones de poder en base al
sometimiento, muchas veces violento. La tecnología digital ha alterado este escenario. Tal
y como mantiene Paula Sibilia, en su “El hombre postorgánico” (2005), del hombre-
máquina hemos pasado al hombre-información. El mundo se puede traducir a
información, en tanto la genética, la informática y la nanotecnología traducen el secreto de
la vida a códigos binarios. La organización del trabajo es extensa, ya no existen espacios
compartimentados para el trabajo y el ocio: los trabajadores (muchos gerentes y técnicos,
pocos obreros) están siempre disponibles, el tiempo y la distancia se volatilizan. El cuerpo
pierde su centralidad.
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y transformar las relaciones de poder establecidas. La monstrua del siglo XXI plantea una
resistencia a la dicotomía femenino y masculino y el comportamiento que se le supone a
cada uno en su aspiración al poder, ya que subvierte los límites de ambos géneros y posee
una naturaleza poderosa.
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defectuoso y disruptivo” mantienen Margaret Shildrick y Janet Price (1999, p.2). Son
cuerpos “ingobernables” (Grosz, 1994) porque rompen los límites de lo adecuado en la
media en que gotean, sangran, y se deforman en sus embarazos. Esa falta de límites claros
genera repulsa y miedo, en definitiva, las hace monstruosas.
Sin embargo, y a diferencia de las películas de los años 80 que Creed analizó,
actualmente, asistimos a una eclosión de títulos en el género que hablan sobre el deseo y el
temor femenino. Tal y como mantiene Dan Vena (2018):
Ahora, por primera vez en la historia del género, las directoras están
desarrollando un cuerpo sustancial de trabajo global que explícitamente centra lo
‘femenino’ y utiliza las convenciones del horror para unir temas como la
sexualidad, la menstruación, la virginidad, la violencia de género, el trauma / TEPT,
trastornos alimenticios, embarazo y maternidad, todo desde la perspectiva de una
mujer y para una espectadora mujer. El resultado es un cine que afirma las
experiencias de las mujeres de miedo, paranoia, ansiedad y deseo, y aborda las
formas en que vivir dentro del patriarcado constituye su propio horror. (pp. 3-4)
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5.- Encontrar las estrategias fílmicas que intensifican la reacción corporal del
espectador/a.
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Tal y como mantiene Maurizio Lazzarato: “El monstruo se despliega, aquí y ahora,
como modalidad de subjetivación” (Lazzarato, 2006, p. 89). Jeffrey Cohen mantiene en su
“Monster Theory” (1996) que el monstruo es la cristalización de una crisis de categorías, y
que busca una tercera salida a los planteamientos binarios, que se niega a participar en un
“orden las cosas” (1996, p. 6), y conforma una hibridación perturbadora y “reclama, en
cambio, ‘un sistema’ que permita la polifonía, la respuesta mixta (diferencia en la igualdad,
repulsión en la atracción) y resistencia a la integración.(…) La propia existencia del
monstruo es una reprimenda a la frontera y lo cercado”(Cohen, 1996, p.7). La plasmación de
un ser que está fuera de las normas, aunque nos resulta aterrador, también nos permite
cuestionar esas reglas o suposiciones sobre nuestros cuerpos y, por extensión, nuestra
subjetividad. El monstruo, la monstrua, lleva consigo una potencia de subversión y de
poder respecto a lo establecido.
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Confluyen dos elementos que pueden ayudar en esa dirección. Por un lado, el
asentamiento y la llamativa proliferación de la mujer violenta en el relato audiovisual
desde los años 70 del siglo pasado. Este binomio, mujer y violencia, ha sido anecdótico en la
historia del cine hasta la aparición de La Matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), título que
inaugura las películas slasher, en las que la superviviente de un psicópata en masa es una
chica, que debe enfrentarse a él para salvarse. Desde las protagonistas de Rape Revenge de
la misma época hasta la heroína de la saga adolescente Los juegos del hambre (Gary Ross,
2012) o la ultraviolenta Nicole Kidman en Destroyer, una mujer herida (Karyn Kusama, 2019),
es cada vez más frecuente ver a una mujer actuando con violencia. A pesar de ello, no es
algo cómodo de ver, ya que, como dice Janice Loreck (2016),
Por otro lado, cada vez más mujeres se han puesto detrás de las cámaras para
hacernos pasar miedo. El éxito de esta nueva hornada de directoras y su tratamiento está
contagiándose en una proliferación de heroínas y monstruas en los últimos títulos
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estrenados. Julia Ducournau, con Raw (Crudo, 2016); The Babadook, de Jennifer Kent, 2014;
Prevenge, dirigida por Alice Lowe, 2016; Jennifer’s Body (2009) de Karyn Kusama quién
también dirigió la premiada The Invitation en 2015; la inquietante The Lure, de la polaca
Agnieszka Smoczynska, estrenada en 2015, son algunos de los títulos y creadoras que
últimamente copan las carteleras y triunfan en los Festivales internacionales. Resulta
curioso que un género tradicionalmente considerado “de chicos”, sea el que esté
construyendo nuevos relatos más acorde con las mujeres.
De la última hornada de títulos, he elegido los siguientes cinco títulos para analizar:
Ginger Snaps (John Fawcett, 2000), Raw (Julia Ducournau, 2016), A Girl Walks Home Alone at
Night (Lily Annapour, 2015), la tercera temporada de American Horror Story, Coven (Ryan
Murphy y Brad Falchuk, Fox, 2013- 2014), y The Babadook (Jennifer Kent, 2014), todas
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La tradición literaria del siglo XIX es una tradición gótica y eso tiene que ver
con las tecnologías de la subjetividad cambiantes que describe Foucault (...) La
ficción Gótica es una tecnología de la subjetividad, que produce subjetividades
desviadas opuestas a los normal, lo sano, y lo puro que se conoce. (Halberstam ,1996,
p. 2)
Hoy en día, sin embargo, estamos ante la creación de un nuevo bestiario, tal y como
reza el lema de la serie de la cadena Fox “American Horror Story”: “All monsters are
humans”: “todos los monstruos son humanos”. Esta frase implica tres cosas: la
humanización de los monstruos, esto es, su representación de seres cada vez más
vulnerables, inseguros, incomprendidos, motivados por sus carencias, sus miedos y deseos
(Bernardi & Jacob, 2019). Por otro lado, los humanos, los defensores de un orden establecido
injusto y violento con el diferente, son los verdaderos monstruos. Nos encontramos en un
momento en el que el villano de la historia es el cazador de brujas y no la bruja. Por último,
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es un lema dirigido a los fans del terror que, alineados con la potencia subversiva del
monstruo, se identifican en esa frontera híbrida de lo aceptable y lo que no lo es.
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Otro elemento que pasa a ser visible como marca del género es la violencia ejercida
por las mujeres. Si en los años 70 las voces feministas se alzaban en contra de ese regodeo
en las imágenes de agresión contra las mujeres, siendo notable la diferencia entre el tiempo
dedicado a la muerte de una mujer o de un hombre (Pinedo ,1997; Clover, 1992), en el tercer
milenio las mujeres ejercen la violencia sin ningún pudor, dedicando el tiempo que la
espectacularidad actual de la violencia determina como atractivo.
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La academia de análisis fílmico ha sufrido este giro hacia el cuerpo y los afectos en la
investigación cinematográfica desde los años 90. Desde el cognitivismo y Deleuze, las
emociones han tomado más relevancia, pero es con la fenomenología que esa emoción se
vuelve totalmente corporal. Esta corriente filosófica basa la subjetividad de la persona en
la experiencia encarnada del mundo. “Yo soy consciente de mi cuerpo a través del mundo
y (…) yo tengo conciencia del mundo a través de mi cuerpo” (Marleau-Ponty, 1975, p.101). Es
Vivian Sobchack quien, dejando atrás a Husserl, recupera al filósofo francés y amplía su
teoría para aplicarla a la experiencia cinematográfica en 1992, con la publicación su libro
“The Address of the Eye: A Phenomenology of Film Experience”.
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literal (...) Sabemos racionalmente que nosotros no ocupamos el mundo ficcional que
estos objetos o situaciones adquirirían, pero nuestros cuerpos llenan el hueco, haciendo
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carne algo de lo que se sentiría al “estar en el mundo fílmico” (Pursue, 2016, p. 41). Frente al
estructuralismo, psicoanálisis y cognitivismo, la fenomenología, coloca al cuerpo en el
centro de la experiencia vital, “orientado hacia todas las percepciones”, en el que “el cuerpo
entiende”. Merleau-Ponty postula que el cuerpo vivo sensible-sintiente “es un sistema
preparado de equivalentes y transposiciones de un sentido a otro. Los sentidos se
traducen unos a otros sin necesidad de intérpretes y son mutuamente comprensibles sin la
intervención de una idea”. (Merleau-Ponty citado por Sobchack, 1992, p. 71) Vivian
Sobchack se basa en esta afirmación para crear el término Sujeto cinescético, aquel
espectador que, a través de los sentidos dominantes de la visión y el oído, despierta otros
sentidos. Para explicarlo, identifica dos procesos perceptivos que la ciencia denomina
“sinestesia” y “coenestesia” y los aplica al cine. Sinestesia es, según el neurólogo Richard
Cytowic, “una experiencia involuntaria en la que la estimulación de un sentido causa una
percepción en otro” (por ejemplo, percibir un sonido como un color o unas formas como
sabores). Sobchack aplica el término clínico al cine para señalar “las formas en que el cine
usa nuestros sentidos dominantes de la visión y el oído para hablar comprensiblemente a
nuestros otros sentidos” (Sobchack, 1992, p.72). Por otro lado, coenestesia nombra esa
sensación de existencia de nuestro cuerpo a través de la suma de todas nuestras
sensaciones corporales más allá de cada sentido en particular, proporcionándonos una
consciencia corporal unitaria. Por eso, cuando vemos la película “El Piano”, de Jane
Campion, y la nuca de Ada es rozada por los dedos del Sr. Baines, el espectador cinescético
siente esa caricia y siente estar acariciando. A pesar de ser la vista y el oído los que están
activos, nuestro sentido del tacto se despierta, haciéndonos revivir, en nosotros mismos y
en la pantalla, el roce.
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Jennifer Barker aúna los conceptos de cuerpo fílmico y cuerpo del espectador, más
allá de la mimesis con el cuerpo de los personajes. “La mimesis es demasiado compleja
para estar solo centrada en los personajes. Esto es, las respuestas corporales de los
espectadores podrán ser mimesis en otro sentido: no mimesis de los personajes, sino de la
película misma. Quizás los espectadores responden a toda la estructura cinemática-
textural, espacial, o estructuras temporales, por ejemplo- que de alguna manera resuena
con sus estructuras textuales, espaciales y temporales (Barker, 2009, p.74). Tal y como lo
describe Jennifer Barker (2009), “Viendo una película, nosotros no estamos ciertamente en
el film, pero tampoco estamos completamente fuera. Nosotros existimos y nos movemos y
sentimos en ese espacio de contacto donde nuestras superficies se mezclan y nuestras
musculaturas se enredan” (p.12).
¿No es, entonces, otro órgano, y no el ojo, quien entra en contacto con el medio
fílmico, aquel que no necesita distancia sino proximidad? La piel, mantiene Tarja Laine en
su artículo “Cinema as Second skin”, es “una especie de interface que sitúa al espectador
tocando y siendo tocado al mismo tiempo durante la experiencia cinematográfica” (Laine,
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2006, p. 93), un concepto teórico que se revela ahora pertinente, no tanto por un cambio en
el espectador, sino por las características del cine actual.
En cambio, la visualidad óptica necesita una cierta distancia para distinguir las
cosas en la profundidad espacial. La visualidad óptica depende de la separación entre el
observador y el objeto. Mientras la mirada óptica privilegia el poder representacional de
la imagen, la percepción háptica privilegia la presencia material de la imagen. Proveniente
de otras formas de experiencia sensorial, primariamente el tacto y la kinestesia, la
visualidad háptica incluye al cuerpo más que lo hace la visualidad óptica. El tacto es un
sentido localizado en la superficie del cuerpo: considerar al cine como háptico es solo un
paso a considerar las maneras en que el cine apela al cuerpo como un todo.
Esto no significa que haya una película exclusivamente óptica o háptica, sino que
ambas se combinan.
Por otro lado, mantiene Laura Marks, para identificarse es necesaria la distancia. La
representación óptica hace posible una mayor distancia entre el espectador y el objeto, lo
que permite al espectador proyectarse a sí mismo/a imaginariamente dentro o sobre del
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En las artes visuales, la textura se usa para describir la cualidad táctil de las
superficies y su función, la manera en la que trabaja para relacionar contenido y
emoción. El carácter del material elegido es funcional tanto en la creación de la
substancia como del significado. (Donaldson, 2014, p.15).
Esa cualidad táctil impregna también el espacio y los personajes que lo habitan son
sensibles a esa textura, y así lo perciben los espectadores. Tal y como recoge Donaldson, el
director de arte Richard McDonaldson definía así su trabajo:
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En ese espacio táctil, los cuerpos se orientan. Tal y como mantiene Sara Ahmed, los
cuerpos toman forma en el espacio que habitamos al entrar en contacto o no con los objetos
o personas que nos rodean. Hay una reversibilidad en el contacto: yo toco el objeto y el
objeto me toca. La orientación determina el sentido que damos a las cosas; y, del mismo
modo, se produce una distribución, no sólo de las cosas, sino de los otros de acuerdo con
nuestras orientaciones. Es decir, las distintas orientaciones dan forma a nuestros cuerpos,
creando y a la vez circunscribiendo nuestro campo de acción. Ahmed habla sobre el deseo
queer, la orientación “desviada” del camino social del deseo y afectos, reflejada en el
espacio y en los cuerpos.
Conceptos como "cuerpo de la película" nos permiten comprender cómo los modos
corporales (incluyendo posturas, orientaciones, inclinaciones y tendencias) toman
Tanto Laura Marks como Jennifer Barker y demás nuevas investigadoras tras ellas
adecuan la herramienta fenomenológica como instrumento para el análisis del texto
fílmico. Valoran los distintos tipos de imágenes, formatos y estilos que provocan
determinadas experiencias, esto es, identifican y determinan los elementos formales,
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En mi análisis, hago especial hincapié, por un lado, en las características del cuerpo
fílmico de cada una de las películas a analizar, así como en los elementos táctiles que pueda
hallar en la construcción del mismo: la orientación, la textura, la musculatura, el espacio y
tiempo fílmico que los personajes habitan, así como su ritmo, edición, encuadre,
movimiento de cámara, sonido, música y demás recursos estilísticos y formales que lo
construyen.
Por otro lado, atiendo a las experiencias físicas que componen el cuerpo de la
monstrua construyen la subjetividad femenina: menstruación, maternidad, sexualidad,
hambre, vejez y belleza, entre otros. Christian Ferencz-Flatz y Julian Hanich, en su intento
de categorizar todas las aportaciones al cine por parte de la fenomenología en su artículo
“What is Film Phenomenology?” (2016), distingue cinco tipos de prácticas no excluyentes.
La excavación, la explicación, la ejemplificación, extrapolación y expansión. De toda ellas,
en la presente investigación usaremos la práctica ejemplificativa, ilustrando o clarificando
las películas y los arquetipos de monstrua objeto de análisis mediante pasajes y estudios de
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Pero, tal y como Marks mantiene, también es necesaria la mirada óptica y gran parte
de mi análisis se detiene más en el aspecto representacional fílmico de la monstrua, como
cuerpo cultural de un momento concreto, interpretado mediante las ópticas de los estudios
culturales y teratológicos. La relación entre cuerpo, subjetividad femenina y poder crea
monstruos, porque, tal y como defiende Cohen (1996), lo que tememos del monstruo no es la
Porque los monstruos existen solamente para ser interpretados. “Los monstruos
nos preguntan cómo percibimos el mundo (...) Nos piden reevaluar nuestras suposiciones
sobre la raza, género, sexualidad, nuestra percepción de la diferencia, nuestra tolerancia
hacia su expresión. Nos pregunta por qué los creamos” (Cohen, 1996, p.20).
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vampiras), y, por último, brujas y madres asesinas, en el que se analiza una o dos películas
actuales clave y que nos sirven para deconstruir al monstruo femenino contemporáneo.
Sin embargo, cada apartado debe ser contextualizado en las monstruas que les
precedieron. No hay una intención de elaborar un compendio histórico o diacrónico de la
evolución de los distintos tipos de monstruo, pero sí es importante resaltar las novedades
o variaciones dentro de las convenciones del género. El terror es un género
cinematográfico acumulativo, que tiende a hacer referencia a lo anterior, especialmente
para subvertir o cambiarlo, y permitir compararlo con lo anterior nos da las coordenadas
que nos permiten contextualizar a la monstrua contemporánea y sus rasgos novedosos.
Las fusiones entre mujer y animal han sido prolíficas y variadas, en el folklore, la
literatura y el cine. La primera película protagonizada por esta aberración femenina de la
naturaleza fue La Mujer Pantera (Jacques Tourneur, 1942). Existe un antecedente a la mujer
pantera, aquella interpretada por Kathleen Burke en La isla de las almas perdidas (Erle C.
Kenton, 1932), pero que siempre se muestra como una bella y exótica mujer, temerosa; no la
temible y dañina Irina que veríamos en la producción de Val Lewton. La Mujer Pantera tuvo
tanto éxito que aparecieron un ramillete de títulos similares: Captive Wild Woman
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(Edward Dmytryk, 1943) y su secuela Jungle Woman (Reginald Le Borg, 1945), así como The
Jungle Captive (Harold Young, 1945), en las que el monstruo era mitad mujer-mitad primate.
Posteriormente, se estrenaron títulos como Cobra Woman (Robert Siodmak, 1944), o La
Mujer-Avispa (Roger Corman, 1959). Dentro del ciclo de mujeres monstruo que inaugura Cat
People en los años 40 (Snelson, 2009), aparece el título de Cry of the Werewolf (Henry Levin,
1944), en la que una joven, criada por gitanos, esconde el secreto de ser una mujer-lobo. Sólo
este título y una comedia de los años 40 titulada She Wolf of London, (Jean Yarbrough, 1946)
feminizan este engendro, tradicionalmente masculino, y de tradición milenaria, que
aparece en el cine en 1935 con Werewolf in London (Stuart Walker). La mujer lobo no regresa
hasta 1981, año en el que empieza la saga de “Aullidos” (Joe Dante, 1981). Es en el cambio de
siglo cuando esa combinación antinatural se vuelve a dar con la mujer-loba como
Posteriormente a esta película, cuyo éxito la convirtió en una saga de tres, Wes
Craven estrenaba La Maldición (2004), en la que un grupo mixto de amigos era mordido por
un hombre-lobo; y la figura de Caperucita Roja se revisaba en dos películas Red Riding Hood
(Catherine Hardwicke, 2011) y Red: cazadora de hombres-lobo (Sheldon Wilson, 2010),
asumiendo Caperucita el rol de cazadora en vez del de víctima del monstruo. Otras series
han proliferado en las plataformas con cierto éxito como Bitten (2014-2016) y Wolfblood
(2012-2017) -ambas disponibles en Netflix- cuyas protagonistas son femeninas.
Como en Ginger Snaps, las protagonistas son dos hermanas, pero, aquí, ambas son
monstruosas. También se trata de una Coming-of-Age Movie en la que el hacerse mayor, el
género y el sexo toman formas salvajes. En esta película Justine sigue teniendo el aspecto
de una frágil adolescente, pero el elemento corporal es permanente a lo largo de la película,
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Zombie Strippers (Jay Lee, 2008). En el primer caso analizo las dinámicas de poder familiares
y raciales en la desorientación como rasgo de la zombie; y profundizo, en la segunda cinta,
en la sexualización de la monstrua y su reflexión sobre la dicotomía objeto y sujeto. Sin
embargo, no me detengo demasiado en este tipo de monstruo femenino porque, tal y como
he expuesto, se trata de algo anecdótico dentro del arquetipo, por lo que este capítulo se
centra, principalmente, en las vampiras.
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A Girl Walks Home Alone at Night (Lily Annapour, 2015) es una película americano-
iraní, en el que una vampira, completamente tapada por un chador, castiga y atemoriza a
los hombres que abusan de las mujeres en un lugar imaginario, mezcla del medio oeste
norteamericano e Irán. La noche, territorio vedado para las mujeres, convierte a la
supuesta víctima en verdugo. La vampira de esta película abandona su carácter sexual, y
su existencia se refiere a nación y género. La “Chica”, la vampira protagonista del film, sale
victoriosa y huye con el chico al que ama a otro lugar. La monstrua suele fracasar y suele
ser aniquilada, pero no en esta ocasión.
sacada del Malleus Maleficarum. En la televisión, sin embargo, han proliferado series de
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jóvenes brujas intentando lidiar con su magia y su vida cotidiana (Sabrina, la bruja
adolescente (1996-2004), Charmed (Embrujadas, 1998-2006), entre otras). La figura de las
brujas está ligada al feminismo, por lo que su representación concuerda con la corriente de
feminismo que prevalezca en el momento de su creación y emisión. Las brujas son la
encarnación femenina del poder y su representación habla sobre cómo se relaciona con él.
referencia a las adolescentes occidentales, periodo por el que series como Buffy, la
cazavampiros (1997-2003), Sabrina, la bruja adolescente (1996-2004), Charmed (Embrujadas,
1998-2006) dieron lugar al término Girl Power. Coven hace uso de esa cultura audiovisual
acumulada para construir su historia con jóvenes adolescentes que acuden a una escuela
de brujas. Sin embargo, prioriza a la Bruja Suprema, - una Jessica Lange de más de 60 años
-, como motor de la historia. En la tercera de sus temporadas, cuentan la decadencia de una
escuela de brujas para adolescentes, en la que la Bruja Suprema no hace nada para salvarla,
más preocupada de su envejecimiento. La invisibilidad de la vejez femenina, su horror, es
una constante en el monstruo de la bruja, en su exceso. La serie lidia con la mala
maternidad, concretamente en las relaciones madre-hija; el racismo y el patriarcado a
través del conflicto, en una constante lucha por el poder. Las madres, brujas o mujeres sin
poderes sobrenaturales, irrumpen en el Cine de Terror Actual desde una nueva
perspectiva: no son las madres corajes que vengan o defienden a sus retoños frente al mal
más monstruoso; no son úteros abyectos que amenazan el orden simbólico: son una
amenaza real hacia sus hijos, son madres que pueden ser asesinas de lo que supuestamente
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Por otro lado, Babadook es un monstruo no corpóreo, reptante como una sombra
que posee a Amelia, como una infección o el demonio en El Exorcista (William Friedkin,
1973). Ella no es un monstruo, pero, al ser poseída por Babadook, se transforma en uno. No
es una madre castradora (Psicosis (Hitchcock, 1960), Carrie (De Palma, 1976) ...) sino una
madre sola trabajadora que lucha para defender a su hijo pero es atravesada por Babadook,
convirtiéndose ella en villana, para volver, finalmente, a restaurar el orden.
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En todas las películas, las monstruas son protagonistas, y son víctimas y verdugos.
Sin embargo, sólo en unas pocas logran sobrevivir y triunfar en sus propósitos. A
diferencia de lo que ocurría hasta ahora, el monstruo femenino ya no debe morir
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particular: una película de terror puede tener lugar en cualquier lugar (cualquier
ciudad, país, planeta) en cualquier período histórico (pasado, presente, futuro). En
cuanto a identidad estilística de género, mientras que uno puede detectar enfoques
estilísticos populares e incluso dominantes en ciertos momentos de la historia del
género - el enfoque visualmente expresionista en la década de 1930, por ejemplo, o
un enfoque relativamente realista en la década de 1970 - tales enfoques no son
comunes a lo largo del género como un todo. (Hutchings, 2014, p. 6)
Estas dificultades no han impedido que ciertos teóricos hayan intentado acotarlo
para el desarrollo de sus teorías. El más influyente en este sentido ha sido Noel Carroll,
quien postuló que el cine de terror, para ser tal, debe contener a un monstruo. A diferencia
de lo fantástico, donde el monstruo no sorprende y entra dentro de las expectativas del
mundo que retrata, en el cine de terror la existencia misma del monstruo es aterradora,
repugnante y cuestiona la racionalidad y equilibrio de nuestro mundo. Esta definición del
monstruo conlleva ciertas limitaciones. Según la definición de Carroll, Psychosis (Alfred
Hitchcock, 1960) no sería una película de género. Cynthia Freeland, en su libro “The naked
and the undead” (2000) abre el concepto a monstruos realistas. Para Freeland (2000), “el
monstruo es verdaderamente fiel a la realidad en lugar de un ser sobrenatural”, (p.15p. 66)
y encarna la maldad. Esta definición permitiría incluir a Psicosis como película de terror,
pero también incluiría Scarface (Brian de Palma, 1984), puesto que el protagonista es un
hombre malvado.
Julian Hanich resuelve esta cuestión definiendo al monstruo como un ser que,
independientemente de su aspecto, sus valores son absolutamente contrarios a los
humanos, haciéndolo repugnante al espectador. (Hanich, 2009)
Sin hacer referencia explícita al requisito del monstruo, Clive Barker (prolífico
escritor de terror y director de “Hellraiser”, entre otras obras), define la ficción de terror
como “relatos del cuerpo”, que dramatizan “nuestra confrontación como espíritus con la
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Monstruas
brutal dimensión de nuestra condición física”, que siempre nos negamos a admitir (Carroll
en referencia a Clive Barker, 2005, p.335). En línea con la afirmación de Clive Barker, esta
tesis concibe el género de terror como un género que trata sobre el cuerpo, versa sobre lo
corporal en todos sus ámbitos: como elemento temático e imaginario, representando su
destrucción, decadencia y metamorfosis, tanto en los personajes como en el caso del
monstruo, ya que éste es un cuerpo excesivo, incorrecto; y, finalmente, en la respuesta
corporal del espectador.
Clive Barker es uno de los directores etiquetado dentro del “Body Horror”, una
terminología que acuñó Philip Brophy en su mítico artículo de 1989, “Horrality: the
textuality of the contemporary horror film”. En este artículo Brophy se percata de que ya
el género de finales de los años 70 y principios de los 80 no “cuenta” sino “muestra” la
destrucción, mutación y decadencia del cuerpo. “Las películas contemporáneas de terror
tienden a jugar no tanto con el amplio miedo a la muerte, sino más precisamente con el
miedo al cuerpo de uno mismo, y cómo uno lo controla y se relaciona con él” (Brophy, 1989,
p.8).
discute el paralelismo entre lo que denomina los tres “géneros del cuerpo”: melodrama,
pornografía y terror. Estos géneros pertenecen “al reino de lo grosero/repugnante” (the
realm of the gross) y crean placeres sensoriales caracterizados por su exceso corporal, tanto
fuera como dentro de la pantalla. Este exceso sensorial y emocional representado en la
proyección tiene su eco en el cuerpo del espectador quien, a pesar de sí mismo, reproduce
o “mimetiza” lo que sienten los cuerpos de la película. De hecho, el éxito del género consiste
precisamente en lograrlo, en saber calcular su “respuesta corporal”, es decir, excitarse si
estamos viendo una película pornográfica, llorar en un melodrama o saltar asustados en el
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Monstruas
asiento con una película de terror. Este concepto de “mimesis” en lugar de “identificación”
cuestiona la distancia que la teoría fílmica tradicional, especialmente la psicoanalítica, ha
establecido como necesaria para poder mirar el cine, para el placer de su contemplación.
2 La válvula de escape o catarsis es una explicación extendida para una de las preguntas más
debatidas - todavía vigente en el debate académico- respecto al Terror, esto es, por qué a la gente le gusta algo
que le produce miedo, una emoción desagradable, ¿lo que popularmente se conoce como la cuestión “Why
horror?”.
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Monstruas
una un excedente de energía sexual que tendrá que ser reprimido; y lo que se reprime debe
esforzarse siempre por regresar” (Ibid). Es una concepción del terror como válvula de
James Twitchell continua con el concepto del cine de terror como el lugar donde
regresa lo reprimido, pero sin la perspectiva marxista que informaba a Wood, y basándose
en la obra freudiana de “Totem y Taboo” (1913). Twitchell habla de los mitos y su
importancia en todas las culturas como ritos iniciáticos, y considera al cine de terror como
una forma de tránsito a la vida adulta por parte de los espectadores adolescentes. Las
películas de miedo sirven para pasar de una sexualidad onanista a una reproductiva, y lo
hace mostrando los deseos sexuales reprimidos y confusos de sus espectadores en una
historia terrorífica y de castigo hacia quien los traspasa. El ejemplo más claro es el de las
películas slasher, cuando una pareja se aleja a un lugar oscuro para tener sexo y es
aniquilada por el serial killer. De nuevo el terror como un género de control social. Las
críticas más recurrentes al trabajo de Twitchell son, por un lado, la limitación de su modelo
a un subgénero en concreto, el slasher, y, por otro lado, suponer una audiencia masculina y
joven, con un comportamiento determinado, sin haberlo contrastado empíricamente.
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Monstruas
también dos grandes teóricas del cine de terror: Barbara Creed y Carol Clover, que han
introducido la cuestión de género sexual en la explicación de la naturaleza del género, tanto
en el análisis de las heroínas o de los monstruos de las películas de los años 70 y 80 de terror,
generando interesantes y fructíferas interpretaciones. Ahondaré en ellas más adelante.
En la década de 1990, los cognitivistas como Noel Carroll, Torben Grodal, Carl
Plantinga, Greg M. Smith y Ed Tan (por nombrar algunos) fueron los primeros que
meritoriamente trajeron el nexo entre la película y la emoción de vuelta a la agenda. Sus
asunciones clave son: las emociones implican o, mejor dicho, requieren cognición.
Noel Carroll, la figura más relevante del cognitivismo aplicado al género de terror,
en su libro “Filosofía del terror o paradojas del corazón” (2005), postula una emoción
concreta ante el visionado de este género cinematográfico: el terror-arte, lo que explicaría
por qué nos gusta ver películas de miedo.
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Monstruas
Por otro lado, Carroll asocia el atractivo del género a dos elementos: la atracción y
repulsión simultánea que provoca el monstruo, y, segundo, “la trama del descubrimiento
complejo” del monstruo que, en su opinión, aparece en toda película de miedo. Esta
estructura narrativa tiene cuatro movimientos: presentación, descubrimiento,
confirmación y enfrentamiento con el monstruo.
Otro paradigma que tiene en cuenta el vínculo entre el cuerpo y el cerebro es el que
postuló Deleuze junto a Guattari y Bergson. Shaviro (1993) y Anna Powell (2005) son dos
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Monstruas
teóricos que han aplicado las teorías de Deleuze al análisis del cine de terror. Ambos
consideran que la experiencia cinematográfica es una experiencia corporal, y que “el
cuerpo no está separado de la mente, sino forma parte de un continuum perceptual”
(Powell, 2005, p.22). Esta afirmación es compartida con el paradigma fenomenológico, tal y
como veremos a continuación, pero no por ello son marcos análogos, la conciencia no es lo
fundamental en la fenomenología. Deleuze no estaba interesado en conceptos como
“representación”, “posición del sujeto” o “reflexividad”, ya que veía el cine como un
devenir, donde movimiento y conciencia se mezclan y no pueden separarse.
En 1990 la revista Quarterly Review of Film and Video saca un monográfico titulado
“La Fenomenología en el Cine y la Televisión”, que nace del interés provocado por la
publicación de dos libros centrados en el tema: Film and Phenomenology (Allan Casebier,
1991) y The Address of the Eye (Vivian Sobchack,1992). Es este segundo libro el que
determinará la aplicación en el cine de esta corriente filosófica, asentando el giro de la
academia hacia la centralidad del cuerpo.
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Monstruas
asiento” (Ferencz-Flatz & Hanich sobre Sobchack, 2016, p.29). La diferencia más radical de
la fenomenología frente a antiguos paradigmas es considerar al espectador como un ser
corporal, no como un ser cognitivo que obtiene sentido de lo que ve, sino considerar que es
el cuerpo, en la totalidad de sus sentidos, quien percibe y entiende. La experiencia
cinematográfica es una experiencia sensual, sensitiva, en el que está implicada todo el
sensorium y no sólo la vista y el oído, y que es anterior al pensamiento. “Nosotros vemos y
comprendemos y sentimos las películas con todo nuestro ser corporal, construido por la
historia completa y conocimiento carnal de nuestro sensorium aculturado” (Sobchack, 1992,
p.63).
Esta es una perspectiva que sustituye los términos ocular y psicológico por sensual
y mimético, distancia por contacto, y se replantea las nociones de representación e
identificación por un concepto de mutua influencia entre la pantalla y el espectador,
identificando a ambos como cuerpos, esto es, cuerpo viviente y cuerpo cinematográfico en
una relación intersubjetiva, dialógica, que abandona el concepto de espectador pasivo.
Así, autoras como Laura Marks (2000), Tarja Laine (2006) y Jennifer Barker (2009)
utilizan la metáfora del cine como piel, materia permeable, en contacto con la piel del
espectador. Laura Marks es la teórica más influyente en esta epistemología táctil, que
acuña el término “mirada háptica”, cada vez más utilizado en los análisis fílmicos y que
invoca al sentido del tacto en el acto de ver.
La centralidad del cuerpo y del afecto tienen especial relevancia en el cine de terror,
tal y como han estado desarrollando, desde una óptica fenomenológica, por investigadores
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Monstruas
como Xavier Aldana (2014), Angela Nadialis (2012), Julian Hanich (2010), Tarja Laine (2006) y
Dylan Trigg (2014), entre otros.
En su primer libro, “Body Gothic” (2014), reformula el terror gótico, al que considera
inherentemente somático y corpóreo, que “posiciona al cuerpo en el centro de la
experiencia del miedo” (2014, p. 16), por lo que engloba a subgéneros recientes como el body
horror o el torture porn (cine de mutilación) bajo la etiqueta de “Body Gothic” .
En resumen, el body gothic es relevante porque abre el gótico a un área poco visitada
y alejada de lo espiritual, lo sugestivo o lo reprimido, esto es, a la empírica y
fenomenológica pesadilla de lo ineludible de lo corpóreo. El cuerpo aquí es uno que
no puede ser controlado, que envejece y duele, y a que a veces aparece como el
mayor y más temido extraño. (Aldana , 2014, p. 19)
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Monstruas
Esta esperanza desaparece con el torture porn 3, que relata al cuerpo como una
cárcel y que recrea su vulnerabilidad en el cuerpo de los espectadores.
En “The horror sensorium. Media and the senses” (2012), Angela Ndalianis también
alude a la respuesta física del espectador ante el Nuevo Cine de Terror, al que considera
basado en una estética del asco.
La centralidad del asco ha sido analizada también por Julian Hanich. Este
investigador ha analizado también el asco en el cine de terror desde una perspectiva
fenomenológica. Distingue distintos tipos de asco y plantea la capacidad subversiva del
mismo. Julian Hanich aplica el método fenomenológico de análisis que consiste en la
descripción de la experiencia corporal del espectador ante las distintas estrategias
formales y estilísticas que despliega la película. En su libro “Cinematic Emotions in Horror
Films and Thriller. The Aesthetic Paradox of Pleasurable Fear” (2010), crea una clasificación
del miedo cinemático que dibuja las diferencias entre el horror directo o sugerido, el susto,
el temor y el terror5. En la descripción de cada caso usa como referencia las localizaciones,
la música, el sonido y el tiempo, vinculando el uso intencionado de estos elementos a la
emoción corporal experimentada por el espectador. Esta experiencia somática nos hace
ser conscientes de nosotros mismos de una manera corporal, es una “experiencia
3 Torture Porn son aquella serie de películas inaugurada por Saw (James Wan, 2005), tales como la saga
Hostel (Eli Roth, 2005) o la película Martyrs (Pascal Laugier, 2008), en las que se tortura explícitamente a gente.
4 Ndalianis considera el “Nuevo Terror” a las películas del nuevo milenio.
5 Los términos en inglés son: direct and suggested horror, shock, dread, terror . La traducción es de la
autora.
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Monstruas
emocional que puede ser descrita como una metamorfosis fenomenológica - una
transformación de nuestro cuerpo viviente y el mundo con el que nos relacionamos
emocionalmente” (p. 49).
Hanich no habla de sinestesia, tal y como lo hace su mentora Vivian Sobchack, sino
de mimetismo y de empatía para con los personajes.
Laine defiende que experimentamos el cine como “una segunda piel” (Laine, 2006,
p.100), “una especie de interface que sitúa al espectador tocando y siendo tocado al mismo
tiempo durante la experiencia cinematográfica” (p. 93), porque “el cine nos toca mediante
la emoción y el afecto está situado en la piel” (p. 101). Así, el terror repta bajo nuestra piel
haciéndonos temblar. Vemos las películas de terror “con nuestra piel”, “el miedo es
experimentado como tacto”. Tarja Laine analiza Ringu (Hideo Nakata, 1998), El Silencio de
los Corderos (Jonathan Demme, 1991)y Repulsión (Polanski, 1965) mediante la concepción del
cine como una experiencia táctil , de encuentro compartido.
El marco teórico del psicoanálisis (Robin Wood, 1979; Steve Neale , 1980, Twitchell,
1985) ha marcado la línea de investigación del género en relación con la mujer. Barbara
Creed (1993) y Carol Clover (1992) son los nombres clave en terror y mujer. Ambas se basan
en las premisas de identificación, y masoquismo/sadismo/voyeurismo resultante del tipo
de mirada que la película proporciona, basadas en las teorías al miedo a la castración
postuladas por Freud y que recogen Metz, entre otros, y Laura Mulvey, más concretamente
respecto la diferencia de géneros. Según el trabajo fundacional de Laura Mulvey, “Visual
Pleasure and Narrative Cinema” (1975), ‘el inconsciente de la sociedad patriarcal ha
estructurado la forma cinematográfica’, situando al espectador masculino en una posición
dominante y sádica (2000: 239). Según Mulvey, existen tres miradas, siendo la tercera la del
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Monstruas
espectador, que obliga a asumir una mirada voyeurística del hombre hacia la mujer, quien
adquiere la cualidad de ser mirada. Si quien visiona la película es una mujer, ésta sólo tiene
Esta tradición teórica, que mantiene que el terror se basa en una fantasía sádica de
hombres sobre mujeres provocada por el miedo que se tiene a la sexualidad de la mujer y
su capacidad castradora, se ha mantenido hasta muy recientemente. La espectadora
femenina, supuestamente, ha asistido a estas películas como una víctima pasiva de los
impulsos masculinos, una receptora masoquista o una víctima que apartaba la mirada y se
cobijaba en los brazos de su acompañante varón para soportar el miedo. James B.
Twitchell tipifica esta rígida división sexual de la audiencia, usando su famoso símil que
compara el film de miedo con una montaña rusa, en la que “en el viaje de descenso hay
suficiente tiempo para que los niños practiquen la valentía mordiéndose el labio inferior,
mientras que las chillonas perfeccionan su propio control mediante la rendición” (Cita
sobre Twitchell en Snelson, 2009, p.3).
No son sólo los críticos de horror masculino como Neale y Twitchell los que
caracterizan el papel de las mujeres como “victimista” y masoquista. La teoría feminista
aplicada al cine de terror, de corte psicoanalítico, parte de la creencia de que el espectador
es un hombre joven.
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Monstruas
Así lo asumen los análisis más relevantes de género en el cine de Terror, “The
Monstrous Feminine” (1993), de Barbara Creed y “Men, Women and Chainsaws” (1992) de
Carol Clover.
Barbara Creed (1993) admite, por otro lado, que “la presencia de la monstrua en el
cine de terror popular nos habla más sobre los miedos de los hombres que sobre el deseo
femenino o la subjetividad femenina” (p.7)
Tal y como le rebate Cynthia Freeman en “The Naked and the Undead” (2000), su
teoría se basa, por un lado, en la oposición entre lo femenino y lo masculino como categorías
binarias enfrentadas y la suposición de que el dueño de la mirada es masculino; y, por otro
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Monstruas
lado, en que todas las películas dan miedo por lo que representan, no por lo que aparece, y
siempre representan lo mismo: la madre arcaica.
que se esconde detrás de todos los monstruos) es castrada y castradora, ¿qué miedo puede
provocar ello en una mujer? O por el hecho de ser reproductivas, ¿Somos todas mujeres
abyectas para nosotras mismas? ¿Son nuestros cuerpos reproductivos, nuestros fluidos,
nuestra menstruación algo por lo que nos sentimos perturbadoras o perturbadas respecto
al orden simbólico? En resumen, ¿qué nos da miedo a las mujeres? ¿Otras mujeres?
¿Tenemos margen para sentir nuestros propios terrores o incluso para construirlos?
Creed asume una noción monolítica y totalizante del espectador, sin tener en cuenta
la variedad y estrategias de resistencia e interpretación del variado conjunto de
espectadores de una sala de cine. Por otro lado, Creed elimina la posibilidad de otros
terrores, otros elementos que puedan provocar miedo que no sea, en exclusiva, el cuerpo
maternal. Y si bien la mujer se ha considerado monstruosa en la medida que es el Otro, un
hombre incompleto, con unas funciones corporales “sospechosas”, la no aceptación del
monstruo de las normas le proporciona una potencia subversiva que la hace muy atractiva,
poderosa de alguna manera. Finalmente, el cine actual de terror genera una serie nueva de
monstruas más alejada de las convenciones genéricas de la vagina dentata y la madre
castradora, reflejando miedos, ansiedades y expectativas en los que se muestra la
subjetividad femenina. Uno de los rasgos más definitorios de la monstrua contemporánea
es la incorporación de ciertos rasgos o comportamientos tradicionalmente masculinos,
una hibridación genérica que cuestiona lo binario.
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Monstruas
no solo para confirmar, sino también para perder nuestras identidades. (Cook, 2012,
citado por Paszkiewicz, 2017, p.192)
sobrevive y vence al monstruo? Clover mantiene que esa identificación fluctúa y se mueve
del asesino hacia la chica a mitad de la película, gozando con el masoquismo que conlleva,
algo hasta entonces impensable para un espectador masculino para el que se le reservaba
el placer sádico en exclusividad. Esta identificación cross-géneros ya la postulaba Mary
Ann Doane rebatiendo a Mulvey, pero refiriéndose a la audiencia femenina, al resaltar la
presencia ineludible del cuerpo de la espectadora que le impide tener la distancia necesaria
para el placer voyeurístico o la castración que impele al fetichismo. Existe el camino del
travestismo para asumir la mirada masculina o la identificación masoquista de su propio
género.
Clover continúa esta idea del travestismo, pero cree que para que esta identificación
con la Final Girl sea posible es necesario que ésta no sea sexualmente activa ni demasiado
“femenina”, porque los espectadores masculinos no podrían identificarse, sería
homosexualidad, así que la protagonista tiene nombres y aspectos masculinos. Esta
interpretación de las películas slasher presupone que la Final Girl u otra mujer que ejerza la
violencia no es una verdadera mujer, sino un hombre travestido, porque los “hombres
rescatan y las mujeres son rescatadas” (Clover, 1992, p.59). La Final Girl está masculinizada
porque sobrevive y no cuestiona un orden en el que lo activo es masculino y lo pasivo,
femenino.
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Monstruas
Por otro lado, ¿es cierto que las mujeres no disfrutan con el cine de terror? ¿es cierto
que apartan la mirada de la pantalla o se cobijan bajo el hombro de su acompañante? ¿O son
unas espectadoras masculinizadas? ¿Es una forma de desafiar los ideales sociales de la
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Monstruas
feminidad? ¿Hay placeres femeninos en todas las películas de terror o sólo en algunos
géneros? Si es así ¿cuáles son estas formas femeninas particulares del cine de terror?
Para contestar a estas preguntas Brigid Cherry lleva a cabo un estudio con enfoque
de recepción en la audiencia y sugiere que la película de terror proporciona rituales de
resistencia para el espectador de horror femenino. Su objetivo es “restablecer el género de
terror como aquel que tiene aspectos femeninos que han sido negados por los estudios
espectatoriales de género y cómo esto ha impactado en la consideración teórica de la
espectadora” (Cherry, 1999, p.56) Sus conclusiones demuestran que las mujeres ven este
género de forma distinta, es objeto de la reapropiación y el discurso de sus fans. Las teorías
precedentes mantenían que las espectadoras del cine de terror confabulan con la violencia
contra las mujeres, asumen sus cuerpos como monstruosos y se ven a sí mismas como
víctimas. Sin embargo, según se desprende de su tesis “The Female Horror Film Audience:
Viewing Pleasures and Fan Practices” (1999), las espectadoras se identifican con las
protagonistas fuertes e independientes, las heroínas. Obvian eventos y sucesos de la trama
que puedan empañar la imagen que tienen de ellas. También se identifican con los
monstruos, su lado más humano, sus debilidades, especialmente con los monstruos
femeninos poderosos, y cuyo poder se basa en rasgos femeninos (sangre...). Se sienten
atraídas especialmente por los vampiro/as, que exploran aspectos poco convencionales de
la sexualidad. Las pelis de miedo proporcionan emociones que no suelen estimularse en
las mujeres, no sólo miedo, violencia o asco sino también erótica o una forma de
pornografía. Asimismo, son conscientes del sexismo de muchas películas, pero lo obvian o
lo omiten, y lo achacan a la falta de directoras y guionistas. No son, en ningún caso,
espectadoras masculinizadas sino aficionadas al terror conscientes y selectivas.
Otros autores y autoras han puesto en cuestión el modelo teórico del espectador
masculino, tanto como un fenómeno antiguo como por la inclusión del espectador
homosexual. Rhona Berenstein, en su libro “The attack of the Leading Ladies: genre,
sexuality and spectatorship in Classic Horror Cinema” (1996), analiza el periodo que
comprende entre 1931-1936, y demuestra que los estudios de cine alentaban a las mujeres en
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Monstruas
postulada por Judith Butler para “ofrecer una teoría del espectador del cine clásico de
terror como una forma de actuación”: las espectadoras simulando estar asustadas como lo
están las heroínas de la pantalla, mientras sus acompañantes tratan de actuar con la misma
valentía que los protagonistas de la película. Berenstein lo llama “spectatorship-as-drag”
o espectador travestido.
Por otro lado, Harry M. Benshoff, en su artículo “The Monster and the Homosexual”
(1996), añade una nueva posición espectatorial: la del homosexual. Benshoff huye de la
dicotomía planteada por Robin Wood (“Return of the repressed, 1978) que define el género
de terror como eclosión de lo reprimido, pudiendo ser el monstruo la encarnación de la
homosexualidad. Sin embargo, Benshoff opta por las teorías de Foucault quien postula que
no hay tal represión, sino una construcción cultural de la sexualidad regulada mediante
discursos sociales poderosos, pero que no hay una dicotomía entre discurso dominante y
discurso excluido, sino que hay una multiplicidad de discursos con distintas estrategias.
Esta idea de la variedad es desarrollada por Stuart Hall, que apela a la multiplicidad de los
discursos y sus múltiples lugares de recepción, cuyo significado se negocia, por lo que cabe
una lectura homosexual del cine de terror.
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Monstruas
mientras toca su propio órgano, produciendo su propia música. (Citada por Clark,
2008, p. 119)
Por otro lado, Benshoff plantea el cine de terror como un lugar para la disidencia.
Mientras Twitchell hablaba del cine de terror como regulador de la sexualidad adolescente,
Benshoff pregunta si no se desafía al status quo al identificarse con el monstruo, sobre todo
cuando no muere al final y cuando exhibe ciertos rasgos heroicos. Es más, normalmente la
pareja protagonista suelen ser unos personajes estereotipados y el personaje con más
matices, profundidad e interés es el monstruo.
Para espectadores de todo tipo, la experiencia de ver una película de terror o movie
monster se podría entender como similar a la del Carnaval tal como lo teorizó
Bakhtin, donde las convenciones de normalidad se revierten ritualmente dentro de
un período de tiempo prescrito para celebrar el atractivo de la desviación.
(Benshoff, 1996, 127).
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Monstruas
De hecho, existen datos y estudios recientes que ponen en cuestión esta creencia.
Un estudio reciente elaborado por C. Spines (2009), para la revista Entertainment Weekly,
demuestra que las mujeres son el público mayoritario de las películas de terror en los
Estados Unidos: The Ring (Gore Verbinski) de 2002, con el 60% mujeres; en 2004, The Grudge
(Takashi Kimizu), 65% mujeres; y 2005, El Exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson)
registró un 51% mujeres. Esto incluye también los remakes de ‘slashers’ y sus secuelas,
previamente consideradas la propiedad cultural de, en su mayoría, varones adolescentes.
Las espectadoras de terror son mayoría ahora, y parece que antes también. Tanto
Richard Nowell (2013) como Tim Snelson (2009) lo demuestran en sus investigaciones sobre
el cine de terror de los años 70 y las películas de los años 40 respectivamente.
Dado que surgieron títulos similares entre los años 1970 y 1980, los pósteres se
modificaban para hacer que parecieran lo que deseaban las espectadoras. Por un lado,
intentaban atraer a una audiencia de mujer mayor (25-39 años). Este nicho siempre ha sido
atractivo para los productores porque representaba un 25% de taquilla. Además, en pareja,
son las mujeres quienes deciden qué película ver. De ahí la inclusión de personajes
protagonistas fuertes, con trabajos atractivos como en Los ojos de Laura Mars (Irvin
Kershner, 1978). Los ejecutivos de la industria como Alan Ladd Jr, presidente de Twentieth
Century Fox, reiteraba su apoyo a la financiación y distribución en marcha al
entretenimiento orientado a la mujer porque había demostrado ser más rentable que aquel
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Monstruas
orientado a hombres, con películas como Harry el Sucio etc. Dentro de esta estrategia de
captación de mujeres maduras, continúan inclinándose hacia las pelis de miedo y
suspense. Esto se venía haciendo desde los años 40 (Rebecca, The spiral starcase…)
Dada las críticas de misoginia y explotación del sadismo contra las mujeres, las
campañas de marketing debían orientarse a las mujeres para contrarrestar. De hecho, el
cartel de La Semilla del Diablo (Polanski, 1968) se copió en bastantes ocasiones porque fue un
éxito entre el target que buscaban y su referencia servía para ganar público.
Otro análisis similar, que presta atención al marketing de las películas que le
ocupan, es el de Tim Snelson, que en su tesis “Horror on the home front: the female monster
cycle, World War Two and Historical Reception Studies” (2009) analiza las películas con
monstruos femeninos en los años 40, como, por ejemplo, La mujer pantera (Jacques
Tourneur, 1942), teniendo en cuenta las reseñas y campañas de promoción de la época.
Según defiende este autor, la Segunda Guerra Mundial dejó una población
mayoritariamente femenina, mientras los hombres estaban en el frente, que acudía al cine
a ver terror. Snelson recuerda que éste es un género tradicionalmente femenino, vinculado
a la literatura gótica, “literatura de señoritas”. Ha sido el posterior desarrollo del cine de
terror, cada vez más explícito, el que se ha entendido como masculino y juvenil, con la
creencia de que nadie más serio pudiera disfrutarlo. De hecho, Carol Clover, en su libro
“Men, Women and Chainsaws” (1992) describe a la audiencia tipo de una película “slasher”
compuesta por “hombres jóvenes, frecuentemente en grupos, pero también solos; parejas
de varias edades (aunque la mayoría jóvenes); ‘dudosos hombres’ solitarios (hombres
Sue Shorts (Short 2006) en su libro “Misfit Sisters: Screen Horror as female Rites de
Passage” selecciona un puñado de películas recientes y series de televisión enfocadas en
las mujeres jóvenes y en lo sobrenatural. Short las lee como el equivalente contemporáneo
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Monstruas
2006, p. 3). Esta autora reivindica, frente a los teóricos que hablan del terror como reflejo
de las ansiedades masculinas y reducen a las protagonistas a hombres travestidos, que “es
hora de mover el debate sobre de este impasse intelectual, para preguntarse qué imágenes
se han producido, en qué contexto se han desarrollado, y qué pueden significar para las
mujeres” (p. 12).
los mismos aspectos en sus análisis, pero, curiosamente, los paradigmas teóricos de donde
provienen y argumentan son variados e incluso antagónicos. Los conceptos que se repiten
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Monstruas
Carroll, proviene de la antropóloga Mary Douglas, mientras Creed recoge de Julia Kristeva
su idea de lo abyecto para el análisis fílmico. La idea de impureza, de la difuminación de
límites, del cuestionamiento de lo establecido son conceptos claves compartidos por
ambas investigadoras, M. Douglas y J. Kristeva, pero sus orígenes y desarrollos son
antagónicos. Mientras la primera se basa en la antropología comparativa, interpretando
distintas culturas y sus tabús; la segunda se basa en Freud, y, principalmente, en Lacan,
para analizar la sublimación de lo abyecto en las religiones.
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Monstruas
En este caso se puede dar de dos maneras: por fusión, es decir, las dos categorías a la vez
(“La Mosca”, la mujer-avispa, ...) o por fisión, dos en uno pero diferenciados (Dr.
Jeckyll/Mr. Hyde, ...). También existe el monstruo sin forma, como The Thing (John
Carpenter, 1982).
Los seres con estas características son “antinaturales”, en el sentido en que rompen
el esquema cultural sobre la naturaleza, desafían los fundamentos de un orden cultural, de
tal manera, que pueden hacer enloquecer o matar a quienes, simplemente, los contemplan.
Además, y tal y como observa Mary Douglas, los objetos o seres impuros tienen
poderes mágicos y se suelen usar en rituales mágicos. Por ello, concluye Carroll, los
monstruos poseen capacidades sobrenaturales.
origen de lo abyecto en el cuerpo de la madre, que se entremezcla con el cuerpo del hijo sin
un límite claro. Es la etapa sin padre, “la precondición del narcisismo” (p.22). Este vínculo
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Monstruas
fuera. Es el momento en el que la autoridad materna es sustituida por la Ley del Padre, que
representa el Orden Simbólico, y aparece el lenguaje y la vergüenza, la culpa…
desploma los límites entre hombre y animal. Según interpreta Creed a Kristeva, lo abyecto
es “aquello que resalta la ‘fragilidad de la ley’ y que existe al otro lado de la frontera que
divide los sujetos vivos de aquello que amenaza su extinción” (p.41). Aquel que no cumple
la ley a través del crimen, por lo tanto, también puede considerarse abyecto.
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Monstruas
Pájaros, Hitchcock, 1963) ilustrarían a esta madre abyecta. Por otro lado, la madre enseña
Creed pone a The Exorcist (William Friedkin, 1973) como ejemplo de la lucha de lo
simbólico - el cura como padre- y la mujer aliada con el diablo cubierta de desechos
corporales, abyecta, sin distinguirse de un cuerpo apropiado y limpio.
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Monstruas
la madre arcaica es la muerte, ese agujero negro, el lugar de indistinción entre madre e hijo,
sinónimo de muerte ya que la vida es diferencia.
Creed no es la única autora que se ha dado cuenta de que la sociedad patriarcal considera al
cuerpo de la mujer como monstruoso; hay un ramillete de investigadoras feministas que
ahondan en esta idea (Shildrick, 1999 & 2001; Bordo, 1993; Grosz, 1993; entre otras).
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Shildrick utiliza el concepto de abyecto para definir aquello que amenaza al cuerpo
unitario, diferenciado del otro y de otros cuerpos. La mayor amenaza del monstruo, según
la autora, es que pretende diluir las fronteras de nuestra identidad, poner al descubierto
nuestra vulnerabilidad ya que, tal y como defiende, lo monstruoso no es algo externo, sino
que también está dentro de nosotros.
Los monstruos son amenazantes porque cuestionan el cuerpo normativo, son “lo
que Donna Haraway (1992) llama ‘otros INAPROPIADOS’, que desafían y se resisten al ser
humano normativo, en primera instancia por su corpóreo aberrante” (Shildrick, 2001, p.9).
Esta indefinición, estos seres que transitan por los espacios liminales, tienen el potencial de
confundir la identidad normativa. Esta amenaza aumenta si, tal y como mantiene Shildrick,
los monstruos, en su alteridad, no sólo nos definen por no-ser, sino porque contienen algo
nuestro en lo que nos reconocemos. No son completamente ajenos, siempre hay algo
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Monstruas
totalmente afuera, pero siempre es figura de identidad ambigua .(...) la misma fuerza de
rechazo tal a la alteridad no puede sino sugerir un nivel de familiaridad perturbadora,
incluso similitud” (2001, p. 5). Por eso los monstruos provocan tanto temor, no porque
amenacen “con invadir los límites de lo apropiado, sino que prometen disolverlos” (p.11).
en la mejor acepción, básico y rebelde - eso que debe ser controlado-, y en la peor, lo
que es profundamente perturbador e incontrolable. Y esa negatividad es más clara
en la asociación convencional del femenina con lo natural, tal que los cuerpos de las
mujeres son especialmente indignos de confianza. Un apelar a la naturaleza es,
entonces, siempre ambivalente, y el deseo de distinciones claras ya sea entre la
naturaleza y la cultura, o entre lo apropiado (donde todo está en su lugar) y los
aspectos caóticos de lo natural se ven constantemente alterados. Si entonces todos
los cuerpos son capaces de frustrar esos binarios, es el exceso de los monstruos lo
que los coloca a la vanguardia de lo que Haraway llama ‘mariconeando (queering).
(p. 11)
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habla de una capacidad inherente de problematizar los límites de uno mismo y otro. Como
un ejemplo paradigmático de otro dentro del mismo, el embarazo marca un insulto
monstruoso al orden de lo apropiado” (p. 31).
La primera considera que El Cuerpo Del Monstruo Es Un Cuerpo Cultural, que nace
únicamente en una encrucijada metafórica, como encarnación de un momento cultural
concreto. Es pura cultura, un constructo y una proyección y sólo existe para ser leído,
(etimológicamente significa “lo que muestra”). Habita en el espacio entre el tiempo
turbulento en el que fue creado y el momento en el que revive, para nacer de nuevo (p. 4).
Esto es posible porque El Monstruo Siempre Escapa -segunda ley-, desaparece para
reaparecer en otro lugar. Esto obliga nos obliga a examinar la intrincada matriz de
relaciones (social, cultural, histórica, literaria) que las generan, así como las que hacen que
resurjan. La reaparición cíclica del vampiro, por ejemplo, nos obliga a analizar los
movimientos sociales que lo hacen despertar.
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paradójicamente amenaza con eliminar o borrar las diferencias con sus creadores.
La diferencia que existe fuera del sistema es terrorífica porque revela la verdad del
sistema, su relatividad, su fragilidad y su mortalidad. El monstruo amenaza con destruir
no solo a los miembros individuales de la sociedad sino a todo su aparato cultural.
Amenaza las fronteras, pero también las custodia, es el guardián de los límites del
conocimiento, se alza como advertencia contra la exploración de su propiedad o terreno
incierto. El Monstruo Controla Los Límites De Lo Posible - quinta ley -, y la curiosidad se
castiga. A veces sirve como cabeza de turco, al que se transfiere todo lo indeseable de la
cultura oficial para luego destruirlo ritualmente o mediante una narrativa, purgando a una
comunidad, eliminando sus pecados.
La sexta ley dice que El Miedo Al Monstruo Es Realmente Una Especie De Deseo. La
repulsión y la atracción simultáneas son la base de la composición del monstruo y colabora
enormemente para su continua popularidad cultural. Desconfiamos del monstruo al
mismo tiempo que envidiamos su libertad y quizás su desesperación.
Por último, el monstruo siempre regresa porque Está En El Marco Del Cambio, y trae
conocimientos sobre nuestro lugar en la historia. “Los monstruos nos preguntan cómo
percibimos el mundo (...) Nos piden reevaluar nuestras suposiciones sobre la raza,
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Cohen considera al monstruo un cuerpo cultural que desvela las fronteras sociales
del momento que lo crea, hablándonos del Otro y de las normas prevalecientes. Es un ser
que atemoriza porque desvela la arbitrariedad de los límites (su propia existencia los
cuestiona) y nuestra similitud con lo diferente, pero, simultáneamente, nos atrae porque
encarna una libertad sexual, corporal, racial, ... Fijarse en el monstruo de cada época es
aprender sobre ese tiempo.
Donna Haraway (1995) y Negri (2004) son los autores que han desarrollado esta
acepción de la figura del monstruo.
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como criatura híbrida, inventada, que los principios eugenésicos de la sociedad occidental
no pueden identificar, es la única posibilidad de resistencia.
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Arpías, Gorgonas, Lamias, Sirenas, entre otras, son mujeres bellas, mitad animal,
mitad mujer, que seducen a los hombres para acabar devorándolos. Son el precedente de
la femme-fatale, esa mujer perversa, que representa el arte del siglo XIX y que constituye
para los hombres un objeto de deseo y de temor al mismo tiempo. Es un arquetipo
femenino que ha calado profundamente en nuestro imaginario y que ha contado con el
psicoanálisis freudiano para explicarse.
parte de este tipo de monstruoso-femenino, encarnado por bellas mujeres que en realidad
son extraterrestres en busca de un macho con el que inseminarse y al que luego devorar.
Su lado animal se manifiesta en la voracidad sexual y la violencia incontrolable, arcaica,
dominadas por el instinto de la reproducción. Splice (Vincenzo Natali, 2009) es un
experimento genético para crear un híbrido entre especies, incluida la especie humana. El
resultado es un ser femenino de gran inteligencia e inocencia que se enamora de su creador
y aniquila a quien sea necesario para poseerlo. Otro ejemplo reciente de este tipo de
monstruo es el de la serie Siren, de HBO, que se emite desde 2018 y cuenta la historia de una
sirena en tierra, en busca de otra sirena capturada. Los seres de esta serie poseen un
hambre voraz, normalmente saciadas con varones que se acercan a ellas con intenciones
indecorosas.
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Tal y como relato en el capítulo del estado de la cuestión, Jeffrey Cohen propone
siete leyes sobre los monstruos. La segunda ley de Cohen establece que El Monstruo
Siempre Escapa, esto es, desaparece para reaparecer en otro lugar y tiempo. Esto obliga a
examinar la intrincada matriz de relaciones (social, cultural, histórica, literaria) que las
generan, así como las que hacen que resurjan. La reaparición cíclica del licántropo, nos
obliga a analizar cómo, en qué contexto y de qué manera vuelven.
Ginger Snaps y Raw son dos películas sobre dos adolescentes entrando en la vida
adulta (lo que en inglés se conoce como el género coming-of-age que, por distintos motivos,
comienzan a sentir una voracidad animal desaforada, incontrolable. Ambas películas
cuentan la historia de dos hermanas, en principio grandes aliadas, que luego se enfrentan.
este caso) no tienen por qué llegar a transformarse, ya que es su psique la que se animaliza,
su comportamiento se hace lupino, la fusión es interna: “el lobo se enrosca silenciosa e
invisiblemente dentro del yo, la simbiosis del ser humano y el lobo encarnan el híbrido,
grotesco interior” (Coudry, 2006, p. 53). Si bien no podemos situar a Justine como una
mujer-lobo prototípica, sí se puede afirmar, sin lugar a dudas, que se trata de una mujer-
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simbiosis del ser humano y el lobo encarnan el híbrido, grotesco interior. (Coudry,
2006, p.53)
cordero de Dios y el diablo es el lobo, la bestia que devora al rebaño. John Fiske, en 1873,
describe al hombre-lobo como “una persona que tiene el poder de transformarse en un
lobo, estando dotado, en su estado lupino, con una inteligencia de hombre, la ferocidad de
un lobo, y la incontenible fuerza de un demonio” (Fiske, 2010, p. 2)
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deseo masculino”. (p.108). El hombre-lobo del siglo XX es un monstruo que nace por la
crisis de la masculinidad.
entre lobo y hombre a través del maquillaje. Ya no hay cabida para un lobo con inteligencia
de hombre, tal y como lo concebían en el siglo XIX. Este nuevo monstruo cinematográfico
es un señor peludo, con orejas y narices puntiagudas, dientes feroces y garras. La
representación híbrida y su metamorfosis es uno de los retos que asumirán los efectos
especiales del cine, sofisticándolos hasta convertirlos en un potente reclamo para la
audiencia. A partir de los 80, también el proceso de mutación se hace cada vez más
sofisticado y será el gancho para el espectador, dentro de lo que se conoce como body
horror.
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licántropo popular. Por ejemplo, el rasgo de que la maldición se contagia aparece en 1935,
así como la bala de plata como única arma para poder acabar con ellos, que también aparece
en la novela de Endore. El pentagrama en el cuerpo del lobo y que sale en las palmas de las
manos de las víctimas procede de la película, The Wolf Man (El Hombre Lobo, George
Waggner), de 1941. El elemento de la metamorfosis cíclica con la luna no se desarrolla
completamente hasta 1943, con Frankenstein contra el Hombre Lobo. Existen referencias
anteriores pero no se desarrollan en ningún cuerpo literario; en el folklore popular se
estima más bien que la metamorfosis iba ligada a los cambios de estaciones, siendo febrero
el mes más proclive a ello.
científico pretende ayudar a un joven con falta de control en su ira y provoca su mutación.
El joven confía en fuerzas institucionales, disciplinarias, autoritarias, que le acaban
traicionando. Esta es una película recurrente como ejemplo para argumentar que “el
proceso de la transformación corporal vincula el tema del hombre-lobo con la experiencia
adolescente” (Coudry, 2006, p. 84). Esto es algo que sigue teniendo eco en la audiencia y la
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Monstruas
Las películas de los años 80 sobre licantropía, especialmente, The Howling (Joe
Dante, 1981), An american werewolf in London (John Landis, 1981), vinculan al sexo con el
despertar de la bestia. Son películas dentro del Body Horror, que entiende al cuerpo como
lugar de corrupción y metamorfosis, que se deleita con lo grotesco que desafía un cuerpo
cerrado, estático, autónomo y simétrico, y apuesta por la representación de los procesos
corporales como el crecimiento y la reproducción, lo orgánico interno y la ruptura entre
fuera y dentro. Las metamorfosis de las películas de los años 80 son espectaculares y
poseen gran importancia, son el centro de las mismas. Los cuerpos monstruosos son
cuerpos de gran masculinidad: musculados, grandes, velludos, una masculinidad excesiva,
aberrante.
película Wolf (Mike Nichols, 1994), protagonizada por Jack Nicholson, cuenta la historia de
un hombre tranquilo, dialogante, de mediana edad, que es despedido y mordido por un ser.
En su transformación, se vuelve un hombre osado, desafiante, que recupera su trabajo,
vence a su rival en la compañía y conquista a la hija de su jefe (Michelle Pfeiffer). Sin
embargo, una vez que la transformación se completa, opta por regresar al bosque, en una
vida más natural, lejos de las imposiciones de las convenciones sociales. Lo salvaje se
plantea como algo positivo, que hace al protagonista más moral, valiente, sincero y leal; no
sanguinario y destructor. Es un momento en el que aparece la idea de lo salvaje como una
fuerza que la masculinidad debe abrazar para poder ser realmente civilizado.
2.2.3- Las películas de monstruas de los años de la Segunda Guerra Mundial en EEUU
Dado que la licantropía ha sido casi exclusiva de los hombres durante el cine del
siglo XX, las pocas monstruas mitad animal, mitad mujer, que poblaron las pantallas
durante ese siglo fueron híbridos de otros animales. Especialmente prolíficos fueron los
años de la Segunda Guerra Mundial, en la que las mujeres se convirtieron casi en el único
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público de las salas de cine en EEUU. Durante la Segunda Guerra Mundial, entre 1942-1946,
Hollywood, especialmente su línea B, produce un ramillete de títulos en el que los
monstruos son mujeres, dirigido a un público femenino, ya que los hombres estaban en la
contienda. Nos encontramos ante un grupo de películas que muestra el conflicto en los tres
vectores de poder, cuerpo y feminidad en el género del terror. Estas líneas se dedican al
análisis de aquellos seres mitad animal/mujer de aquel momento para averiguar cómo
estaban construidos.
Durante los años 1942 y 1946 se producen veinticinco películas con monstruos
femeninos, de los cuales, siete son mitad-animal, mitad-mujer. Cat People (Jacques
Tourneur, 1942), es la más famosa e influyente, aunque Captive Wild Woman (Edward
Dmytryk, 1943) tuvo tanto éxito que se hicieron dos secuelas: Jungle Woman (Reginald
LeBorg, 1944) y Jungle Captive (Harold Young, 1945). Aparece la mujer-lobo por primera vez
en el cine sonoro6 con The Cry of the Werewolf (Henry Levin, 1944), así como en She-Wolf of
London (Jean Yarbrough, 1946). Con un tono más de misterio que de terror, se estrenó en
1946 The Cat Creeps (Erle Kenton), en la que el alma de una mujer asesinada entra en un gato
negro para descubrir a su asesino.
Tim Snelson, en su tesis “Horror on the Home Front: The female Monster Cycle,
World War Two and Historical Reception Studies” (2009), mantiene que, durante la
participación de EEUU en la guerra, las mujeres sufrieron un gran cambio en sus vidas, dado
que los hombres se hallaban en el frente. Ocuparon sus puestos de trabajo y las salas de
cine7, lo que provocó una reorientación en los contenidos producidos por Hollywood. El
género de terror fue uno de los grandes beneficiados y, curiosamente, las narrativas
tradicionales en la que monstruo y héroe se pelean por una mujer son sustituidas por dos
6 En 1913, la película muda Werewolf (Henry MacRae) mostraba a una mujer-lobo, hija de una india
navajo que es abandonada por su marido y decide vengarse de todos los hombres blancos cuando se
transforma.
7 Leo Handel, en “Hollywood Looks at its Audience”, de 1950, situaba a esa audiencia femenina en casi
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personajes femeninos protagonistas, siendo una de ellas el monstruo. A las mujeres les
interesaban las tramas amorosas como motor dramático dentro del género de terror, pero
con protagonistas femeninas, dos tipos de mujer enfrentadas.
La época produjo una valoración contradictoria sobre el nuevo papel que la mujer
adquirió. Por un lado, los medios de comunicación, especialmente aquellos orientados a
las mujeres, hablaban de la importancia de salir del hogar y apoyar a sus hombres desde el
trabajo en las fábricas, pero, a la vez, recomendaban no olvidar el carácter femenino de las
ciudadanas, así como evitar los comportamientos promiscuos de las conocidas como
Victory girls, jóvenes trabajadoras que salían por la noche a divertirse con los soldados de
permiso.
Mientras que en algunas columnas de los periódicos se felicitaba a las mujeres por
vencer los mitos sobre el cuerpo inferior de la mujer al aceptar trabajos masculinos,
en otras se las criticaba por evitar su papel biológico de la maternidad; mientras que
se las alentó a imitar a las pin-ups provocativas pegadas en las paredes de los
soldados, también fueron atacadas por incurrir en una conducta promiscua,
entendida como un patriotismo fuera de lugar. (Snelson, 2009, p.31)
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patrióticamente para ayudar a sus hombres en ultramar, pero tampoco pueden descuidar
sus hogares; se las convence de que tienen la misma fuerza física que un ribeteador en la
fábrica, pero se rumorea que ese trabajo provoca esterilidad, como si la asunción de
trabajos masculinos fuera contra la naturaleza femenina. Se les alienta a ser tan bellas y
deseables como las pin-ups de los posters, pero critican que salgan por la noche o cualquier
otra conducta de ‘moral laxa’. Con estas voces discordantes respecto al cuerpo de las
mujeres, fuerte pero deseable, productivo pero maternal, agente y objeto al mismo tiempo,
es el cuerpo del monstruo quien se alza para encarnar ese choque de los extremos, como un
mosaico de todas las mujeres a las que pueden aspirar las mujeres de la época, creando un
tercer término a través de la deconstrucción de los elementos que lo componen, revelando
la artificiosidad del sistema que pretende delimitar, señalando lo permitido y lo
inconcebible. A pesar de que cualquier referencia a lo animal se vincula al sexo en el caso
de ser una mujer, no estamos ante un monstruo que haga referencia a una femme-fatale que
seduce y lleva al hombre a la desgracia, sino que representa un tipo de monstruo femenino
con un interior incontrolable, una ”bestia interior” de carácter masculino, en la que
cristalizan las ansiedades de las mujeres de la época y que nada tiene que ver con el
monstruoso-femenino que se articula sobre la mirada masculina.
De todos los títulos de aquella época, Cat People (, Jacques Tourneur, 1942) es el que
crea la fórmula del éxito, que se repetirá en otra producción de la RKO, I walked with a
zombie (Caminé con un zombie, Tourneur, 1943) y posteriormente en otras producciones de
la Universal, de las que destaca Captive Wild Woman (Edward Dmytryk, 1943), otro bombazo
del momento. Aunque sus estilos cinematográficos difieren, ambas comparten muchos
elementos textuales que repasamos a continuación.
Cat People (Jacques Tourneur, 1942) es la película más determinante de este periodo.
Su éxito logrado, en parte, por unas técnicas de marketing novedosas, hizo que las Majors
siguieran este esquema narrativo y de género, produciendo 25 títulos que acabaron con la
vuelta de los soldados a casa.
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conocerse, para desgracia de Alice, la compañera de trabajo de Oliver, del que está
enamorada. Irena deja su trabajo para centrarse en su vida matrimonial pero una antigua
maldición le impide consumar su enlace: si lo besa, se transformará en un animal salvaje
que lo devorará. Oliver, aconsejado por Alice, le recomienda un psiquiatra, pero éste no
logra avances. El matrimonio se tambalea y Oliver se refugia en Alice, lo que provoca celos
en Irena. Alice es aterrorizada por un sinuoso animal. Deseosa de curarse, el psiquiatra
besa a Irena para demostrar sus supersticiones, pero Irena se transforma en pantera y lo
mata. Herida, va morir al zoológico, junto a otras panteras. Su marido y Alice la encuentran
muerta, transformada en mujer.
las panteras que Irina visita en el zoo, son lo que ella es, pero contenidas, enjauladas,
dominadas. El zoo es un espacio liminal, híbrido, que combina lo salvaje con lo
Su abrigo negro de piel, su caminar felino junto a las jaulas de las fieras que la miran,
construyen un juego de asociaciones que nos hablan de su naturaleza atrapada deseando
ser libre, una mujer civilizada que lleva su legado primigenio desde la antigua Europa, “la
amenaza del viejo mundo”. Un peligro que no radica tanto en la concepción del extranjero,
sino en su proximidad. “El racismo que parece estar relacionado con los monstruos góticos
del siglo XIX, puede entonces provenir de fantasías imperialistas o colonialistas de otras
tierras y pueblos, pero concentra su fuerza imaginativa sobre los demás pueblos en
"nuestras" tierras, los monstruos en casa” (Halberstam, 1995, p.15). La mujer-pantera de
Tourneau encarna lo que Halberstam entiende como un monstruo gótico ya que acumula
varias amenazas: raza, nación, género y sexualidad. Ella pertenece a una “raza maldita”,
un grupo de mujeres brujas llamadas las mujeres-gato, provenientes de los más profundo
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la de un hombre aunque el animal que encarna es, curiosamente, muy femenino. Mientras
a los hombres les gusta el epíteto “lobo” como sinónimo de masculinidad, “gata” suele ser
el animal elegido para las mujeres. En inglés, incluso, se denomina “pussy”, esto es,
“minino”, a la vulva.
Irina está deseosa de ajustarse al rol de una mujer tradicional, pero esa no es la
opción que la trama premia. Es Alice, americana, urbana, moderna, arquitecta y deportista
quien logra al chico. Si el monstruo es una tecnología de la subjetividad, tal y como
mantiene Halberstam, entonces la feminidad que censura es la tradicional. Es más, la
figura de Alice, su forma de expresarse, directa y llana; su resolución; su autonomía y coraje
la representa más masculina que Irina. Alice es más una compañera, una colega, que un
objeto de deseo. Irina, en cambio, es femenina hasta en el animal que esconde en su
interior, bello, aunque mortífero.
para con los cuerpos, despojándolos de la subjetividad que poseen en su finitud, clausura y
permanencia, cobijando al ser en una identidad unitaria. La alternancia entre uno y otro
cuerpo mantiene cada categoría, mujer y pantera, separadas, ambas bellas, dignas y
femeninas: no hay vello, ni músculos, ni fauces en el rostro dulce de Simone Simon.
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Figura 1 Figura 2
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Captive Wild Woman (Henry Levin, 1944) es una producción de la Universal, de serie
B, que repite la fórmula de Cat People al apostar por un tipo de terror orientado hacia las
mujeres. “La Universal también intenta expandir su perspectiva femenina hacia las
narrativas de terror fusionándolas con otros géneros considerados femeninos” (Snelson,
2005, p. 146). Siempre existe una trama romántica que empuja la acción de la protagonista.
La película consiguió tal éxito que tuvo dos secuelas: Jungle Woman ( Reginald Le Borg,
1944), The Jungle Captive (Harold Young, 1945)
el médico quiere volver a operar para transformarla de nuevo en mujer, pero todo se
trastoca y el doctor muere en manos del gorila. En la pista del circo el domador sufre un
accidente y está a punto de morir, pero la gorila lo salva aunque un policía le dispara y
muere.
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El siglo XXI, sin embargo, produce películas de mujeres-lobo, que encarnan una
crisis de la feminidad en nuestra sociedad liberal post-feminista. La licantropía del tercer
milenio representa lo corporal, y no lo trascendental, como un lugar de angustia. No es la
perdición del alma lo que tortura a su protagonista, sino la mutación de su cuerpo. La
incomodidad del cuerpo en la sociedad contemporánea, digital y aspirante a postorgánica,
se acrecienta en el caso de la mujer, a la que le supone un lastre para la igualdad. La
protagonista de Ginger Snaps, Ginger, es mordida por un hombre-lobo justo cuando le baja
su primer periodo. La mutación tiene lugar en su cuerpo, donde ya había comenzado otra
transformación, y que la condenaba a una identidad, la femenina, que no deseaba. Pero las
maldiciones - la de la menstruación y la de la licantropía- son imparables.
Ginger y Brigitte Fitzgerald (Katherine Isabelle y Emily Perkins) son dos hermanas
adolescentes de un suburbio canadiense que juran no ser como el resto de las mujeres. El
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mismo día en que Ginger tiene su primera menstruación es mordida por un hombre lobo.
Ginger se transforma poco a poco. Primero adquiere fuerza física, atractivo y poder sexual.
Luego comienza a asesinar por el placer de hacerlo. Su hermana busca, junto al camello del
instituto, un remedio contra la licantropía. La metamorfosis culmina con la
transformación total y ambas hermanas se enfrentan. Ginger muere a manos de Brigitte.
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fantástico y de terror. The Craft (Jóvenes Brujas, Andrew Fleming, 1994), , Heavenly Creatures
(Criaturas Celestiales, Peter Jackson, 1994) abordan esta temática. Posteriores a Ginger
Snaps, El cuerpo de Jennifer (Karyn Kusama,2009) y Raw (Docournau, 2015) mantienen el
mismo esquema. Todas hablan sobre la fuerte relación de amistad o vínculo co-
dependiente entre las protagonistas, que, en muchos de los casos, acaban en duelos letales.
Fawcett manifestó públicamente que la película nace del deseo de contar una historia
similar a la de Criaturas Celestiales pero dentro del género de terror. Se aprecia un trato
diferenciado en la cámara, tal y como analizo más adelante, respecto a la trama de su
relación y la trama del monstruo.
Es, por tanto, una mezcla melodrama con terror, concretamente con el Body Horror.
Se trata de la hibridación de dos géneros gross (groseros), tal y como los definía Linda
Williams, ya que ambos apelan a los bajos instintos, aunque el terror se etiqueta como
masculino y el melodrama se considera femenino. Respecto a lo que es un género femenino
o no, Basinger define las películas de mujeres o femeninas como aquellas que “sitúan en el
centro de su universo una mujer que está tratando de manejar problemas emocionales,
sociales y psicológicos que está específicamente relacionados con el hecho de ser una
mujer” (Basinger, 1985, citado por Quigley, 2016, p.59). Cualquier género puede cobijar una
trama así, generando novedades en el mismo. Tal y como afirma Neale, el género es un
proceso, una “repetición con diferencias”.
Por otro lado, la trama melodramática de las amigas eternas enfrentadas se torna en
una revisión de las figuras de Final Girl y Monstruo del género de terror. La Final Girl, tal y
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El carácter altamente consciente del cine de terror actual suele abordarse de dos
maneras contrapuestas: a través de una celebración, a menudo incondicional, del
juego autorreferencial con las convenciones, que según dichos análisis parece
traducirse automáticamente en una distancia irónica hacia las normas del género
sexual o, al contrario, tal y como postulan las teóricas más recelosas de la llamada
cultura mediática “postfeminista”, como una evasión de las políticas de género bajo
cubierto de una mezcla despreocupada e irónica de citas. (Tasker y Negra, 2007,
p.60)
suburbios son los lugares a los que, tras la segunda guerra mundial, se mandó a las familias
para criar a los hijos fuera del caótico centro de ciudad. La publicidad, las películas de Doris
Day y más partícipes de la construcción de la iconografía americana, atribuyeron a esos
lugares los valores de la prosperidad, las familias felices y unidas, los vecinos solidarios y
cercanos; cualidades que las películas de terror se ocuparon en desmentir durante los años
80 con la aparición del slasher. Los fantasmas y los monstruos ya no aparecen ni surgen en
castillos de la vieja Europa sino en los suburbios familiares, delatando una crisis de la
familia tradicional y de la supuesta armonía de la clase media.
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Figura 3 Figura 4
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Figura 5 Figura 6
La figura del perro es recurrente, no sólo por la altura de la cámara: los ladridos
desde el primer frame de la película; los perros devorados por la bestia; el que siempre
acompaña a Tina, la rubia abusona del instituto; los que identifican y ladran a Ginger
infectada; hasta la madre lleva, en su primera aparición, un broche con forma de perro. Un
perro y un lobo son lo mismo, pero en su versión domesticada y salvaje. Lo salvaje ataca
todo aquello civilizado, sometido y sumiso: es la lucha de un mismo ser por imponer su
verdadera naturaleza.
Sobre el negro se sobreimpresa el título. Se abre la puerta del garaje y sale Brigitte,
cargada con una sierra mecánica, un bidón de gasolina, un soplete y una manguera. Con
gesto enfurruñado, arisco, vestida con un peludo jersey y un colgante de una caracola
marina, avanza en cámara lenta con los gritos de la mujer de fondo hasta un primer plano.
Mira hacia la madre que sale a la entrada de su casa, llorando, gritando y que cae de rodillas
con su bebé en brazos. Los niños de la acera paran de jugar, los adultos de rastrillar; la
miran y, tres segundos después, continúan con lo que estaban haciendo. Queda claro el
espíritu del barrio: una violencia soterrada que repta entre todas las casas, y una apatía,
indiferencia y deshumanidad que la alienta. Lo ordenado, lo civilizado del lugar es una
fachada vacía de un ecosistema de normas férreas, injusto, cruel, opresivo y amenazante.
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para enfocar una muñeca adolescente siendo acariciada por un gran cuchillo. La puerta se
abre y aparece Brigitte anunciando que Baxter es fertilizante. Critica que la gente sólo
miraba y porqué no atrapan a esa cosa en un lugar “lleno de callejones sin salidas” (dead
ends, un término que hace referencia a la falta de oportunidades y futuros que ofrece el
lugar). Ginger, que no le hace caso, se frustra por no saber manejar su cuchillo y le contesta
que cortarse las venas es “tan de chicas”.
En estos primeros minutos han parecido los elementos autorreferenciales del cine
de terror: la sierra mecánica, el nombre de “Norman” al perro, la película de terror en la
televisión que augura algo terrible a una mujer, y el jugueteo del cuchillo. Como elemento
novedoso, aporta una referencia explícita a la cuestión de género, en concreto, la
desvalorización de lo femenino como algo inferior. Ellas no quieren ser mujeres, no
quieren ser su madre, dulce, proveedora de alimentos, sumisa, amante de las flores y
lectora creyente de las revistas femeninas. No desean tener sexo ni asumir cualquier otro
rol que las desvalorice. Ser mujer no es algo bueno ni deseable, implica una ausencia
evidente de poder, de agencia.
Figura 7 Figura 8
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indefinición de cada individua, diluida en el pacto de sangre por el que prometen ser una,
no puede mantenerse en el tiempo, es un legado de su etapa infantil que debe concluir para
transitar a la edad adulta. Brigette muestra desde el principio la necesidad de definirse
Tras prometer que su muerte iba a ser espectacular, se suceden una serie de
fotografías de sus suicidios, falsos, teatralizados, que revisan el tópico del suicidio
adolescente y le dan una vuelta. Por un lado, juegan con el espectador a no saber si es real
o impostado; por otro lado, nos retrata a dos chicas que huyen del cuerpo: lo escenifican
atravesado, con las entrañas al aire, descoyuntado, de todas las formas en las que puede
cuestionar su materialidad, su carácter ajeno a la persona. Son cuerpos objetos,
insensibles, si subjetividad. La escenificación de la destrucción corporal proporciona, tal y
como mantiene Aldana (2014), “un escape o alivio temporal e imaginario de las
constricciones de lo corporal” (p.16), “La pesadilla fenomenológica de la ineludible
corporalidad” (p. 19). Por otro lado, sirve para presentar a las protagonistas como dos fans
de lo neo-gótico según deducimos de sus ropas, así como por su gusto de lo macabro. Son
dos provocadoras, ya que la serie de fotos de suicidios son un ejercicio del instituto titulado
“La vida en Bailey Downs”, trabajo escolar que, obviamente, no recibe la felicitación del
profesor. Juegan al terror, pero obviamente no la han vivido nunca, es un juego, una
provocación, infantil, ingenua pero también melancólica y nihilista porque saben que son
rehenes de un mundo terrible, con un destino impuesto, principalmente, en forma de
feminidad ideal en la que no quieren encajar.
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femenino.
El slasher se caracteriza por la muestra del interior del cuerpo, abierto y/o
despedazado. La mutilación, el desmembramiento, vísceras y sangre convierten el cuerpo
humano en carne, exponiendo sus elementos ocultos en una especie de pornografía
anatómica8. Tal y como señala Pinedo (1997), “la imagen de un cuerpo mutilado
transformado en un lodazal irreconocible sugiere el punto hasta el que el cuerpo se ha
convertido en el foco de una ansiedad aguda en el cine de terror posmoderno” (p. 60). El
efecto que provoca en el espectador, tal y como lo hace la pornografía, es la de reacción
visceral, física, somática en forma de miedo o asco (Williams, 1991).
8 Gehr (1990) lo etiquetó como “Carnografía” porque aúna la carnalidad de la pornografía y la del
terror
101
Monstruas
Figura 9 Figura 10
2.4.2.- La menstruación
102
Monstruas
poseída por espíritus peligrosos. (...) Situada entre los reinos de lo natural y lo
sobrenatural, entonces, la adolescente menstruante ocupa un lugar liminal, un objeto de
aversión y deseo a la vez” (Shelley Stamp Lindsey, citada por April Miller, 2005, p.289). El
poder corruptor, mágico, de la menstruación ha estado también presente hasta bien poco
en nuestro entorno, en el que las mujeres no plantaban porque malograban lo sembrado o
hacían mayonesa porque su periodo la “cortaba”. La menstruación, y sobre todo la
primera, no es un evento agradable para su protagonista en nuestra sociedad occidental
contemporánea.
103
Monstruas
controlar, se convierte en un extraño para una misma, el más temible. Es por ello que
Ginger exclama enfadada: “te matas por ser diferente y tu propio cuerpo te traiciona.”
Sabe lo que le espera. El paso de niña a mujer, simbolizado en la menstruación, es el
moverse desde la identidad de ser humano al Otro, objeto e inmanencia, no sujeto y
trascendencia (Iris Young, Beauvoir). Es la contradicción en la que vive la mujer: “como
humana ella es un sujeto libre que participa en la transcendencia, pero su situación como
mujer le niega esa subjetividad y trascendencia.” (Young, 2005, p. 141). Esa transformación
es inevitable si le otorgas a la biología el determinismo que las teorías feministas
contemporáneas niegan, y que, en forma de alegoría terrorífica, el relato licántropo de
GInger Snaps desarrolla, ya que su mutación corporal es trágicamente imparable. Sin
embargo, la metamorfosis es hacia un cuerpo masculino, a la adquisición de superpoderes
y hambre de destrucción y muerte. Es muy significativa la escena tras el contagio, en clase
de biología: las células devoran a su cuerpo anfitrión. Dentro de ti algo te hace cambiar
para siempre, la naturaleza es imparable, indomesticable. ¿Una es su cuerpo o su cuerpo es
un ser independiente de una? Simone de Beauvoir contesta a esta pregunta: “La mujer,
como el hombre, es su cuerpo, pero su cuerpo es algo más que ella misma.” (Beauvoir
citada por Young, p.7)
El primero nos habla de un algo que hay que limpiar, controlar y esconder. Sólo si
somos discretas podremos caminar entre los hombres. Es lo que Iris Young denomina
“estar en el armario como menstruadora”.
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Monstruas
En Ginger Snaps es muy llamativa la escena en la que las hermanas miran una
avasalladora montaña de compresas, tampones y demás productos de “higiene femenina”
en el supermercado. La oferta es abrumadora, el negocio innegable. No hay ritos
Figura 11 Figura 12
Es durante sus períodos en los que siente su cuerpo más dolorosamente oscuro y
extraño; es, de hecho, la presa de la vida obstinada y extranjera que cada mes
construye, y luego destruye, una cuna dentro de ella. Cada mes, todo se prepara
para un niño y luego se aborta con el carmesí de la corriente. (Beauvoir, citada por
Iris Young, p.8)
105
Monstruas
La regla por un lado te recuerda que tu cuerpo tiene su propia vida, está ahí y no se
puede escapar. Por otro lado, la menarquía es un paso hacia una condición de inferioridad,
en tanto en cuanto la feminidad es la ausencia de poder. La menstruación no se asocia con
una experiencia positiva de feminidad, sino que se oculta o se medicaliza, lo que es otra
forma de esconderlo o de considerarlo una enfermedad, en la que la mujer es un agente
pasivo. La experiencia física femenina está oculta, estigmatizada, y no constituye ninguna
referencia colectiva. Christine Battersby teoriza la posición del sujeto femenino como
"monstruoso" en relación con la construcción dominante de los sujetos. Los cuerpos
masculinos y los tipos masculinos de comportamiento son un estado normativo. Cuando
los cuerpos y comportamientos femeninos se desvían de manera significativa de estas
normas, como ser un cuerpo embarazado o menstruar, el sujeto femenino tiene que
negociar lo monstruoso, lo inconsistente y lo anómalo (Battersby, 1998). El proyecto
filosófico de Battersbay exige imaginar categorías ontológicas en la que los cuerpos
femeninos servirían como norma. Esta propuesta queda excluida totalmente en esta
película, en la que la protagonista, que ansía otro destino como mujer, no ensalza lo
femenino, sino que es invadida por su masculinidad incontrolable. Es de la imposibilidad
de crear una feminidad poderosa y autónoma de donde proviene la solución masculinizada
y aberrante, que encarna una resistencia hacia el sistema que lo crea.
106
Monstruas
encaja con la monstrua que nos ocupa. Es decir, la mujer-loba no proviene de su feminidad,
sino de su masculinidad.
107
Monstruas
mismo fenómeno. Si lo abyecto es la ruptura de los límites entre dentro y fuera, en el body
horror “la amenaza monstruosa no es externa sino que brota del interior del cuerpo
humano, y por lo tanto desafía la distinción entre el yo y el otro, dentro y fuera” (Jancovich,
2002, p. 5-6). En películas como, La Mosca (Cronenberg, 1986), Un hombre-lobo americano en
Londres (John Landis, 1981) y The Howling (Joe Dante, 1981), el terror no proviene de la
sexualidad femenina, sino del propio cuerpo, ajeno, extraño, fuente de terror en una
sociedad aquejada de somatofobia. Por ello, la metamorfosis es continua y no aparece con
la luna, es un licántropo distinto, que va sumando rasgos masculinos a un cuerpo que debe
lidiar con las contradicciones culturales actuales sobre la feminidad, especialmente
aquellas que aparecen en la adolescencia y que suponen un aprendizaje del status inferior
de la mujer. “La mujer-lobo no es una chica invadida por el Otro masculino. Quizá,
siguiendo la noción de performatividad de Butler, una chica es la actuación de la feminidad
y su verdadero sujeto interior es aquel el del monstruo, violento y furioso” (Clark, 2008, p.
22).
108
Monstruas
obligación, como una producción. En el caso de Ginger, durante el mes de su mutación debe
afeitarse hasta provocarse sangre, gastando botes de espuma. En una secuencia Ginger se
afeita compulsivamente, pero algo le hace retorcerse en la bañera: le ha crecido un espolón
en su tobillo. Su madre llama a la puerta: “¿estás bien?” “No entres”, le grita Ginger. “¿Qué
pasa?” “Estoy gorda”, le contesta. Mediante un guiño cómico, pues intenta tranquilizar a
su madre con un cliché de la adolescencia para tapar algo sobrenatural, trae a colación otra
de las formas de disciplina que regulan los cuerpos de las mujeres. La disciplina respecto
al cuerpo femenino es una forma de establecer los límites del mismo. Esos límites varían
en los hombres y las mujeres. Hay límites del cuerpo que se establecen a través de la dieta,
la cirugía estética y la postura, que “disciplinan” (Battersby, 1999, p. 347) para que el cuerpo
sea visto como una limitación, en lugar de un espacio para la expresión. A la inversa, para
los hombres, el cuerpo es un medio para la exploración. Young (2005) explica que “para
muchas mujeres que se mueven en el deporte, un espacio nos rodea en la imaginación de
que no somos libres de ir más allá; el espacio disponible para nuestro movimiento es un
espacio restringido” (pp.40-41). De manera similar, Battersby (1999) afirma que “la
construcción de un campo espacial que rodea al cuerpo femenino [se experimenta] como
un encierro [sic], en lugar de un campo en el que se puede manifestar su intencionalidad”
(p. 347). Esta coerción queda muy bien explicada en el momento en el que las chicas
entrenan a hockey y tres compañeros gritan desde las gradas “Sí, señoras, corran para
papá” “rebotad, nenas, rebotad” a sus compañeras enfundadas en anchísimos chándales y
sudaderas, ilustrando perfectamente una forma de violencia normativa que recuerda a las
niñas que su cuerpo no es para expandirse, el espacio no es para invadirlo, sino que sus
cuerpos son objetos y son observados y valorados. Esos comentarios (y la tolerancia hacia
ellos) refuerzan los límites de un cuerpo encerrado. Resulta pertinente, entonces, que los
La conversación del baño entre madre e hija acaba con Mimi Rogers, en el papel de
la madre, contestándole que no se fije en las modelos de las revistas, que todas toman
anfetaminas. Cabe señalar que el baño es una localización recurrente en la película. Como
adolescente menstruante, este es el lugar de los cuidados de otras chicas, el lugar para
109
Monstruas
Otro elemento que redunda en esta idea, es el rabo que le crece y se mueve de arriba
a abajo de forma involuntaria cuando Brigitte lo ve por primera vez. Es claramente un
pequeño pene. La cola sigue creciendo y Brigitte le ayuda a pegársela en la pierna con cinta
aislante, siguiendo la técnica de los transformistas al travestirse. Ginger se está
transformando en una Drag, una Drag lobuna.
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Monstruas
Figura 13 Figura 14
Donde antes era evitación del conflicto ahora hay enfrentamiento, donde antes
había ocultación del cuerpo y desprecio por la curiosidad o deseo sexual, ahora hay hambre
y mucha confianza en sí misma. Ginger pasa de taparse con el jersey cuando ve que Jason le
mira el pecho, a entrar por la puerta del instituto cabello al viento, enfundada en una
minifalda y en cámara lenta, mientras sus compañeros la observan con la boca abierta. El
momento de la entrada al instituto alardeando de cuerpo, seguridad y cambio personal es
un cliché de las películas de instituto, también en el caso de las pelis de terror denominadas
“coming-of-age” y que hablan sobre las dificultades de los adolescentes en su maduración.
Esta entrada triunfal se repite cuando, a punto de concluir su transformación, entra en la
fiesta de Halloween, salvaje y poderosa, amoral y destructora. Uno de los cambios más
empoderantes de la mutación es la conexión con su cuerpo. Ginger es sujeto absoluto de su
ser, no hay disociaciones ni sentimiento de alienación. Su cuerpo es fuerte, indestructible,
y voraz.
Ginger primero niega su contagio por un hombre-lobo, pero a medida que comienza
111
Monstruas
poder, incita a la muerte” (Clark, 2008, p. 72). La monstrua, por lo tanto, es un cuerpo
inhabitable.
Un coche aparcado bajo una farola en una calle desierta, la cámara desciende a su
interior, suena una música cadenciosa, los dos jóvenes se besan. “¿Empezamos?” Dice
Ginger ilusionada y se oye un rugido bajo la banda sonora. Ella se le abalanza y él le pide
que se lo tome con calma. Ella se disculpa, “es que sabes tan bien”. Entonces, él le dice que
se tumbe y se relaje. “Túmbate TÚ y relájate”, le replica ella. “¿Quién es el hombre aquí?”
le pregunta él, condescendiente. Ella lo agarra y lo empuja contra el asiento con fuerza,
mientras le grita “¿Quién es el hombre aquí? ¿Quién es el hombre aquí?”. Le arranca la
camisa, le inmoviliza aplastándole la cara y su espalda se arquea, mostrando unas
vértebras protuberantes, bestiales. Le muerde el cuello sin hacer caso de sus gritos
mientas suenan unos rugidos.
Figura 15 Figura 16
112
Monstruas
Esta secuencia es la inversión genérica de una rape date, una cita-violación. Ella le
considera una golosina, un aperitivo que comer y no tiene ninguna intención de ser un
cuerpo pasivo. Quiere el cuerpo del joven y lo toma. ¿Quién es el hombre? Obviamente, ella
es el hombre, ella es la bestia sobrenatural, la que tiene el poder que sólo los hombres y los
monstruos poseen. Ginger-chica no acepta las convenciones sociales de género; Ginger-
loba las subvierte.
Figura 17 Figura 18
113
Monstruas
La mujer-lobo es un monstruo queer porque es una mujer/no una mujer, una mujer
que rompe los límites de lo que se nos dice que debería ser una mujer, que ofrece “la
representación visual de la "mujer ingobernable", la mujer que desprecia las expectativas de
género al ser ruidosa, agresiva, enojada y poderosa” (Clarks, 2008, 6-7). De hecho, desde el
movimiento feminista y LGTBI se reivindica la figura del monstruo y de monstruos
concretos para expresar el orgullo de ser parte de una comunidad marginalizada y
enfadada respecto a la cultura dominante, así como una forma esperanzadora de poder
femenino.
Por otro lado, todo monstruo hace alarde de una libertad extrema frente a los límites
y normas, lo que revela la naturaleza permeable y construida de las mismas.
Paradójicamente, también es una tecnología de la subjetividad, distinguiendo lo normal,
saludable y puro de lo impuro, tóxico y anormal. Pero la gran aportación, es que la
monstruo renuncia a las categorías binarias y construye una nueva categoría, un tercer
término que pudiera ser la esperanza de un sistema que trascendiera la normatividad de
los géneros.
La tensión del tropo del monstruo que por un lado sirve como advertencia, pero, por
otro lado, sirve para demostrar la artificialidad y fragilidad de las normas, en este caso, las
114
Monstruas
115
Monstruas
Grave (Julia Ducournau, 2015), traducida como Cruda en España, Raw en inglés y,
curiosamente, Voraz, en Sudamérica, es una nueva versión de la monstrua mujer-animal
tradicional. La película cuestiona una serie de fronteras. La principal, la que existe entre lo
humano y lo animal, poniendo en duda la nitidez de las diferencias entre ambas categorías.
El germen de esa indefinición radica en el cuerpo, cuyas ansias, necesidades y hambre
gobiernan a las protagonistas; el cuerpo es donde reside lo animal, adormecido pero
dispuesto a imponer su ley. Además, al tratarse de una caníbal, lo humano y lo monstruoso
se difumina, no hay ningún signo externo que nos prevenga de la amenaza de nuestro igual.
Por otro lado, la relación monstruo-humano se articula en el canibalismo como víctima-
verdugo o comida-depredador, es decir, en una relación de poder, en la que la cuestión de
género está muy presente. Finalmente, esta falta de límites también ocurre entre la
película y los espectadores, que, a través del asco, logra anular la distancia del régimen
escópico y provoca que la audiencia se sienta invadida, contaminada en su piel por lo
repugnante, una sensación de la que no puede despegarse. Crudo es una película
desazonante, incómoda, aunque apenas tiene un par de momentos de violencia explícita,
no peores que cualquier otra cinta, pero la desaparición de los límites arriba expuestos nos
perturba, nos asquea y nos ensucia.
que ese mal lo porta su madre y que deberá encontrar una cura.
116
Monstruas
El papel racional y menos carnal lo ocupa Justine. Y como pasa en estos relatos,
Justine se salva, y Alexia acaba en la cárcel. Pero, aunque latente, el monstruo sigue
existiendo en ambas.
117
Monstruas
para comérselos, no es una vagina dentata ni una madre de fluidos y útero siniestros. Es
una joven virgen, vegetariana, estudiante modelo que sale de la seguridad de su hogar
familiar para entrar en una verdadera “selva”, llena de abusos y jerarquías, donde lo animal
se traduce en relaciones de depredador-víctima y en el que el cuerpo, por sus necesidades,
se vuelve un extraño para una misma.
La película provoca más asco que terror, una emoción visceral que permite a la
directora hablar sobre la difuminación de las fronteras, de los límites, tanto dentro del
relato, como entre película y espectador. Por un lado, el caníbal es un monstruo que no se
diferencia con su víctima, son intercambiables, su propia existencia amenaza las fronteras
de lo monstruoso y lo normal. Por otro lado, el canibalismo es un acto moralmente atroz
que produce mucho asco. Es a través de esta emoción por la que Raw diluye la distancia
entre espectador y film, sustituyendo el régimen escópico tradicional por uno táctil,
haciendo sentir al espectador una contaminación perturbadora.
Tal y como mantiene Kristen Guest (2001), “el caníbal, una figura asociada con la
alteridad absoluta y utilizada para imponer los límites entre un "nosotros" civilizados y
"ellos" salvajes, puede, de hecho, ser leído de manera más productiva como un símbolo de la
permeabilidad o inestabilidad de tales fronteras” (p.2). La víctima y el monstruo se
confunden, son iguales, no hay forma de distinguirlos. La necesidad de una diferencia
118
Monstruas
género en este análisis, es decir, plantearse qué implica la figura de una caníbal que está
aprendiendo las reglas sociales por las que se rige una mujer. Louise Flockhart (2019)
mantiene, en su investigación sobre la figura de la mujer caníbal en el cine actual, que ésta
encarna la respuesta violenta a una sociedad post-feminista que promueve el
empoderamiento femenino mediante el consumo y niega la existencia de cualquier
desigualdad estructural. “El caníbal femenino, entonces, como monstruo femenino,
desafía el significado de la feminidad, y como caníbal, desafía el significado del humano.
Estos textos juegan con la oscilación del poder, la subjetividad y la feminidad” (Flockhart,
2019, p. 71). La intercambiabilidad entre abusador y abusado tiene lugar en clave de género,
es decir, las dos hermanas, como mujeres, oscilan entre ser víctimas de abuso o afirmar su
subjetividad únicamente a expensas de los otros, como hombres.
Alexia, la hermana mayor que se hace llamar Alex, hace honor a su nombre
masculino y abraza su naturaleza caníbal que le permite subvertir su rol de género. No es
presa sino cazadora; tiene hambre y se sacia. Sin embargo, su equilibrio emocional es
inestable: pasa con rapidez de fastidiar a su hermana a cuidarla, víctima de la su nueva
naturaleza. En una secuencia en que las dos beben en la azotea, Alex orina de pie y trata de
enseñar a su hermana. Justine se moja entera, mientras las dos se ríen. Alex, en ese entorno
de abuso y cosificación de los más débiles, asume el rol de los dominadores, que
corresponde a los hombres, se masculiniza.
humanidad, se les presenta como animales, diluyendo, de forma inquietante, las fronteras
ontológicas.
119
Monstruas
las chicas guapas del resto. Contrastando con los gritos y la confusión, en el ascensor reina
el silencio. Nadie dice nada. Son como un rebaño que va hacia el matadero. Dócil.
Figura 19 Figura 20
El plano corta a un espacio que asemeja la parte de abajo de las escaleras. De entre
las sombras los novatos caminan a cuatro patas semidesnudos. La localización de
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Monstruas
Por otro lado, el abuso también tiene un claro sesgo de género. Durante la fiesta,
uno de líderes de los veteranos se divierte y pide a unas chicas que se muestran “putones”
ante su cámara; ellas descubren sus pechos y posan para la foto. Es el mismo chico que
separó a las chicas guapas del resto, y que ahora logra ese posado desenfadado y
desinhibido que el espectador entiende desde el abuso, incapaz de desprenderse de lo
ocurrido, contaminado por la injusticia a la que asiste. Esta alegre complacencia hacia el
líder de las novatadas refleja muy bien el momento post-feminista que describe la película.
Ellas hacen gala de un empoderamiento, de una posición supuestamente transgresora,
pero que no es más que la asunción de mandatos ajenos que benefician a otro. Es decir, se
consideran a sí mismas como poderosas y libres, pero no cuestionan la situación de
injusticia, desigualdad y abuso que está teniendo lugar. Esta asunción de las mujeres de los
valores que benefician a los hombres se repite en más ocasiones a lo largo del relato.
Figura 21 Figura 22
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Monstruas
Justine corre hacia clase por la mañana y choca una veterana, rellenita, con el pelo
rapado en los laterales y piercings, es decir, un aspecto contestatario. Sin embargo, la
recrimina por no bajar la mirada ante un veterano y por no llevar la vestimenta exigida para
de los novatos, esto es, con ropa de discoteca, las chicas deben llevar vestidos sexis. La
secuencia es violenta para el espectador ya que asume el punto de vista de Justine y la
cámara mira al suelo, tal y como ordena la estudiante mayor. Vemos su mano tocando su
ropa para referirse al aspecto de Justine, y agacharse para sacar de su mochila el castigo que
le corresponde: un pañal. Resulta chocante que una joven, especialmente con su estética,
obligue a otra joven a ir sexy, un mandato para regodeo y disfrute de la vista masculina. Las
normas que benefician o privilegian a los hombres son asumidas, integradas y coreadas por
las mujeres, tal y como sucede en la ceremonia de bautismo de los novatos. Los veteranos
y veteranas desfilan al ritmo de una canción que dice “los veteranos nunca se quedan atrás,
marchan contentos con la polla al viento porque veteranos y novatos a la hora de joder
nunca pondrán objeción y son los veteranos unos machotes porque tienen todos muchos
cojones, les gusta beber, reír y follar tanto como a nosotros.” Llama la atención ver los
rostros de chicas modernas, con sus rastras, cantar “con la polla al viento” o “son unos
machotes porque todos tienen muchos cojones”. Revela la impostura, la integración, de
una forma coercitiva, de los valores de los dominantes en los dominados. El abuso, que
hemos visto de alumnos a otros alumnos, es permitido desde la institución porque la
autoridad alienta un orden desigual. Un profesor de Justine exige explicaciones a Justine
sobre un examen y le confiesa su animadversión hacia una alumna tan brillante que hace
que los chicos, al compararse con ella, se desanimen a estudiar la carrera. No es ese el lugar
de una mujer, destacar por su inteligencia, avergonzar al que se le supone mejor desde su
nacimiento. La mujer caníbal subvierte este orden.
122
Monstruas
sudorosa. Ese cuerpo cercano, vivo, se revela protagonista, tiene exigencias; la más
fundamental, alimentarse.
Figura 22 Figura23
Figura 24 Figura 25
123
Monstruas
La primera vez que vemos a Justine es con el reflejo de la comida en su cara, cuando
para en un Restop de la autopista camino a la Universidad. Anticipamos la importancia de
Justine solo concibe el sexo como una forma de comerse al otro. Deseo, placer,
poseer al otro con tu cuerpo (comértelo), las relaciones de poder por las que se rigen el
género, el deseo y el sexo confluyen y se confunden. Cuando se acuesta con su compañero
de habitación, trata de morderlo, pero, luchando contra su bestia interior, opta por
morderse a ella misma. Su hambre de carne es, de cierta forma, deseo de liberarse del
control impuesto a la feminidad, de la autodisciplina y de la represión, el impulso de tener
el poder, ser depredador y no víctima, de comerse el mundo.
anómalo (anomalous) y animal (animal) y que utilizó para describir la manera en que
Virginia Wolf plantea “lo anómalo y lo animal ... como coextensivo" (p. 159). El "animalous",
explica, “no es lo que está fuera del grupo o divergente dentro de él, sino aquel individuo
que forma un borde poroso entre el grupo y el exterior” (p. 159). Lo animalous no existiría
124
Monstruas
dentro del "en medio de", sino que lo constituye. (Barker, 2018, p. 32). Los animales de Raw,
así como la propia Justine, son anímalos o animalous, conforman un borde poroso entre el
grupo y lo ajeno a él.
El momento en que Justine encarna, claramente, ese ser poroso liminal es cuando,
tras comer las entrañas de conejo que le provocan la erupción cutánea, sueña con un
caballo corriendo. Es el mismo caballo que vimos ser anestesiado en su primera clase y al
que colgaron por las patas para colocarlo en la camilla. La grabación en un estilo muy
documental del caballo inerte y las técnicas sanitarias que le aplican resultan muy
impresionante por la extrañeza ante un cuerpo como muerto, inmóvil y pesado, que hay
que moverlo con poleas y entre todos. La imagen es, además de poco frecuente, chocante
en un animal que se expresa con la velocidad. Frente a ese animal-carne, Justine sueña con
un caballo corriendo sobre una cinta, que no avanza. Las tomas de sus patas recuerdan al
caballo de Muybridge, realizadas desde el lateral con un fondo negro.
Figura 26 Figura 27
En ese guiño a los inicios del cine, a la importancia del medio fílmico como grabador
del movimiento, se resalta asimismo la importancia del movimiento en sí, “el movimiento
del movimiento mismo” (Sobchack, 2006, p. 340). Con La cámara lenta el medio fílmico se
desvela como amo y señor del movimiento, lo que, en Crudo, constituye una estrategia
retórica en la representación de la metamorfosis de nuestra protagonista. Alanna Thain
(2017), en su investigación sobre las películas de suspense, denomina a aquellas secuencias
125
Monstruas
identidades ceden, mutan y se abren hacia los senderos afectivos del devenir. La cámara
lenta provoca un pensamiento-sentimiento intenso de estar en transición. La imagen del
caballo corriendo, que muestra la potencia de sus músculos en una puesta en escena similar
al carácter experimental de Muybridge, mostrando el movimiento mismo, explicita la
transitividad de Justine entre las dos categorías: el ser humano y el animal. Esa cámara
lenta recurrente en momentos limítrofes entre humanos y animales permite una
expansión del tiempo, una suspensión de identidades donde lo animalus, lo que constituye
la frontera, crece. “No es una cuestión sobre lo anormal y rechazado o lo normal e incluido,
tampoco es sobre las anomalías dentro de un grupo; se trata en cambio de la creación de
agujeros en la división, y la invitación de traspasar esa división, entre dentro y fuera,
cultura y naturaleza, registrado y no registrado” (Ryan, 2013, p.159-160, citado por Baker,
2018, p. 32). Justine y su hermana habitan en esos huecos.
Análogo al pelo que les crece alas mujeres-lobo en sus transformaciones, sale de su
126
Monstruas
masculino, el pelo, lo que aflora, a través del lugar donde se come y por donde se habla, el
lugar del verbo.
adscripción al mal como una forma de poder y transgresión, reclamando para las mujeres
la opción del mal, de la rabia, de la violencia. De pronto, un ruido fuera la hace volver en sí
y regresa a ser esa joven, casi niña, asustada y pudorosa. Justin muestra el cambio de su
nueva naturaleza animal: segura de su cuerpo, sexual y poderosa. Deliciosamente mala.
Pero Justine no está preparada y se resiste a la metamorfosis.
127
Monstruas
Figura 28 Figura 29
Suena el tema central de la película, pero interpretada con clavicordio, como si fuera
una pieza de galantería del siglo XVIII, pero cada vez más distorsionada según la mirada de
Justine se vuelve más turbia, hasta que el clavicordio cesa y unas notas de piano rompen la
melodía. La cámara encuadra lo que ella observa: el cuerpo, el torso, los movimientos de
él, reduciéndolo a carne, a deseo, como lo haría un hombre. Justine empieza a sangrar por
la nariz9 y vuelve en sí.
Raw es una película que se basa en el asco. El sentido vinculado al asco es el tacto,
“la forma más poderosa de intimidad” (McGinn, 2016, p.50). El asco es un afecto repulsivo,
es decir, nos hace evitar el contacto con aquello que nos produce repugnancia. Colin
McGinn, en su “El significado del asco”, afirma que “lo que tratamos de evitar a toda costa
es la proximidad física de aquello que nos causa asco; esto no solo se aplica a lo que tenemos
9 En la tradición japonesa se asocia sangrar por la nariz al tener pensamientos eróticos. El manga ha
128
Monstruas
sobre nuestro cuerpo, ya que lo peor es la ingesta del objeto de nuestro asco: en la lengua,
los labios, la garganta o dentro del estómago. Cuanto más lejos de la boca tenga lugar el
contacto repulsivo, más tolerable nos parece.” (p. 49) El canibalismo, es decir, llevarse a la
boca a otra persona, igual que nosotros, convertida en carne es el acto más repugnante
concebible. McGinn analiza en su libro en qué consiste el asco y cuál es el objeto del mismo
y concluye que “El asco tiene lugar en el ambiguo territorio entre la vida y la muerte, donde
ambos estados están presentes de algún modo: no son la vida o la muerte en sí mismas, sino
su incómoda yuxtaposición. Lo asqueroso es “la vida en la muerte” o la “muerte-vida”: ni
uno ni lo otro, sino ambas cosas. Lo que provoca asco es la penetración de la vida en la
muerte y viceversa: la incongruente unión entre las dos.” (McGinn, 2016, p. 94). Por ello, no
es la persona que muere lo que nos provoca asco, sino la carne en la que se muta. “Lo que
nos produce asco, al extinguirse y morir, no es el ser vivo, la unidad vital en su totalidad,
sino más bien el cuerpo en sus partes, la ‘carne’, por ejemplo. No es la semejanza con la
muerte, en cualquier sentido, sino, por así decirlo, una ‘parte’ de la vida que se encamina a
la muerte” (Kolnai, p.53-54, citado por McGinn, 2016, p.96). El cuerpo parcelado,
transmutado en carne alcanza el punto más alto de repugnancia al ser ingerido. Justine se
come el dedo cortado de su hermana inconsciente, sujeta entre las manos la falange
amputada, es todavía un miembro vivo, que puede ser implantado en su sitio. La
repugnancia de observar un dedo suelto, vivo y muerto a la vez, es alta, pero contemplar
durante dos minutos cómo es chupado, mordido con morosidad y gusto, lo hace
prácticamente insoportable. No nos genera miedo sino que nos hace sentir contaminados,
ramillete de secuencias repugnantes que tienen como objetivo, por un lado, debilitar las
fronteras de lo que es un humano y un animal, un humano y un monstruo, es decir, un
animalous; y, por otro, reducir la distancia entre película y espectador que
tradicionalmente mantiene el régimen escópico. La película de Ducournau nos obliga a
asistir a actos que nos repugnan, que se nos pegan en la piel, que nos contaminan. No
podemos mantener la distancia, el ilusorio control que el espectador cree tener sobre la
experiencia fílmica se disuelve y la audiencia queda atrapada, sobrepasada por ese asco
que se nos pega la piel. Esa cercanía avasalladora no siempre se logra mediante el uso de
129
Monstruas
los primeros planos, son necesarios otros sentidos “menores”. Tal y como explica Hanich
(2009) “traducidos a través de y en cooperación con los sentidos de ver y oír, tenemos una
experiencia háptica, olfativa o gustativa casi completa” (p. 25)
Es imposible “pensar” el asco, es pre-reflexiva, una sensación física que invade a los
espectadores y que moviliza, a través de la sinestesia, al olfato, el gusto y especialmente el
tacto. Tal y como señala McGinn, “El motivo por el que el tacto es tan fundamental para el
asco es porque tocar algo implica relacionarse con él -hacer que la naturaleza o la identidad
de la persona se mezcle con aquellas del objeto transgresor-.(...) Así pues, el residuo es
tan espantoso como el contacto que lo inicia: el objeto repugnante ha dejado su marca, nos
ha moldeado y transformado. (...) sentimos que la propiedad de ser asqueroso es
contagiosa y se propaga a través del contacto físico; tememos, pues, una metamorfosis
hacia lo asqueroso después de haber entrado en contacto con él.” (McGinn, 2016, p.51).
Figura 30 Figura 31
130
Monstruas
que se mueve en la superficie plana de la pantalla por algún tiempo antes de que el
espectador se de cuenta de lo que está observando.” (Marks, 2000, pp. 162-163).
tomar distancia. Shaviro (1993) entiende la mimesis postulada por Benjamin, como
Figura 32 Figura 33
sangre y les obligan a comer entrañas crudas. De alguna manera, es el bautismo del
espectador al entrar en un universo en el que no va a poder limpiarse. Los novatos asisten
131
Monstruas
a la ceremonia formados con sus batas impolutas. Una gota cae sobre Justine y mira hacia
arriba. La cámara se ralentiza y baldes de sangre caen sobre ella. La densidad de la sangre,
su peso, la textura que rezuma la escena -que, por otro lado, recuerda a la secuencia final de
Carrie (Brian de Palma, 1976)-, nos provoca una repugnancia hacia esta substancia viscosa,
que podemos sentir pegajosa en los cuerpos de los alumnos. La cámara lenta nos permite
apreciar el peso de la sangre, cómo aplasta el pelo de Justine, bajo una capa espesa. La
música también juega un papel fundamental. Al caer la sangre, suena una música-ruido, un
chirriar de violines inquietantes, perturbadores que indican, como convención genérica en
el cine de terror, un elemento sobrenatural o peligroso. Su presentación sensorial favorece
la repugnancia. “El asco es una emoción “basada en los sentidos. (...) Podríamos decir que
nuestros cuerpos son los que sienten repugnancia, puesto que se retuercen y reculan.”
132
Monstruas
descripciones caracterizan al sonido como una forma de asalto áureo que pueden colocar
al espectador en una identificación corporal empática con las víctimas de la pantalla,
llegando a aguijonear o romper al oyente” (Loreck, 2016, p. 47). La música de Raw se basa
en una melodía que se repite a lo largo de la película, pero con instrumentos distintos
dependiendo de la evolución del personaje. En la secuencia del coche, es interpretada por
una guitarra española acompañada de piano. Sin embargo, durante la secuencia en la que
se come el dedo de su hermana, la melodía se interpreta con un violín chirriante, ruidoso,
que penetra en los oídos como un cuchillo en la carne, molesto, incisivo, doloroso.
133
Monstruas
Hay dos momentos que resumen su evolución. El primero es el viaje en coche hacia
la Facultad. Justine, se nos muestra en ese viaje como una joven de mirada inocente e
ilusionada ante el mundo que se le abre. Su padre la cuida desde el retrovisor, su sudadera
está llena de pelos de su perro que la lame y ella protesta con gesto de niña. Una apenas
inadvertida y corta cámara lenta contribuye, con la suavidad de los movimientos, a
convertir la secuencia en un momento mágico. El otro momento es cuando las dos
hermanas se pelean. La metamorfosis ha culminado. Es una batalla enfurecida, a
mordiscos, como dos animales descontrolados. Alex le arranca un trozo de mejilla a su
hermana. Unos estudiantes las sujetan del cuello mientras ellas se retuercen a cuatro patas
Figura 34 Figura 35
La luz es gris, matiza y oscurece el ambiente. Los otros estudiantes graban, entre
divertidos y horrorizados, lo que sucede, sin que ninguno se compadezca o quiera
solucionar la violencia desatada. Ella y su hermana se pelean a mordiscos y se comen
mutuamente. En ese final, durante la pelea de las hermanas, las dos se transforman en
134
Monstruas
animales que al comerse una a otra, acaban siendo una10. La metamorfosis que tiene lugar
en Justine es la de mezclarse, convertirse, impregnarse de su hermana Alex.
Tal y como mantiene la directora en una entrevista (Sancho, 2017) las relaciones
entre hermanas están llenas de emociones contrapuestas y cambios bruscos, lo que las
hace especiales a otras relaciones vitales. En la secuencia del bautismo, Justin observa
nerviosa como los alumnos que salen de la prueba quieren vomitar. Ella misma está a
punto de hacerlo cuando su hermana le obliga a comer el higadillo, supuestamente, “para
encajar en el grupo”, a sabiendas que eso la puede convertir en lo que ella es. Alex disfruta
en su nueva condición, pero también se siente sola, vulnerable, por lo que necesita a su
hermana. Es lo que Flockhart denomina el monstruo Gótico femenino postfeminista, que
“oscilando entre sujeto y objeto, víctima y perpetrador, el monstruo Gótico postfeminista
es la encarnación de todas esas batallas de significación, un lugar en el que el significado se
pone en cuestión” (Flockhart, 2019, p.71). Como las monstruas que dio el cine de guerra
estadounidense, las hermanas caníbales son verdugos y víctimas al mismo tiempo. Alex se
presenta a sí misma como un monstruo cuando en la sala de los frascos de seres aberrantes,
corderos de seis patas, en formol, a oscuras, ella ilumina los tarros con destellos de la
linterna que enciende y apaga. Uno de esos flashes es ella misma, que coloca la linterna bajo
su cara para asustar a su hermana. Ella se le muestra como una aberración más, como un
monstruo. Pero ambas hermanas se funden en una al final de la película.
desde el primer fotograma. Esta imagen tiene su correlación al final de la película, cuando
su rostro y el de su hermana se funden en el cristal de la cárcel, conformando entre las dos
una sola persona. Las dos están contaminadas, mezcladas.
135
Monstruas
sino que también encarna estados mentales, con vida y poder en sí mismos que pueden
poseernos físicamente (Morin 2005). En Raw, las texturas hápticas, visuales y sonoras nos
hacen vivir la angustia de la disolución de límites, de la metamorfosis monstruosa a animal,
a través del asco, que se vive como un contacto contaminado. El tacto “diluye las fronteras
entre el portador y la cosa portada” y “permite la posibilidad de que uno se convierta en el
otro”, sostiene Laura Marks (2004:80). La cercanía entre el espectador y el monstruo a la
que la película nos obliga al tocarnos, nos aterroriza quizá sobre todo por la posibilidad de
convertirnos, nosotros también, en monstruos.
136
Monstruas
3.1- Las No-Muertas y las Muertas Vivientes. Justificación del cuerpo de análisis
Nuestra mortalidad nos extraña y aterra. Poco importa que sea la única certeza de
la existencia: nos atemoriza. Fruto de esta angustia surgen los monstruos que pueden
estar vivos y muertos a la vez: los no-muertos, esto es, los vampiros; y los muertos
vivientes, los zombies. A pesar de que ambos tipos de monstruo encarnen una misma
colisión de categorías opuestas (vida/muerte), son muy distintos. Los vampiros habitan
nuestras pesadillas desde hace siglos, y se registra en casi todas las culturas. Los zombies,
en cambio, se importan del folklore haitiano, se popularizan en el cine durante los años 40,
pero se adaptan a la cultura occidental capitalista en los años 60, con la aparición de La
noche de los muertos vivientes (George Romero, 1968). Son dos engendros diferentes que
hacen referencia a conflictos distintos, de hecho, no se les representa existiendo en el
mismo universo y han desarrollado trayectorias separadas en la literatura, comic,
videojuegos, cine y televisión. Primero, pertenecen a clases sociales distintas. Tal y como
Ian Conrich (2015) explica “los vampiros son aristócratas” y “los zombies son
lumpenproletariat” (2015, p.19). El propio Romero afirmó que “el zombie siempre fue para
mí el tipo de monstruo de cuello azul y él es nosotros” (Citado por Simon 2000, citado en
Abbott, 2018, p.14). El zombie nos habla sobre las relaciones de poder, especialmente en el
ámbito laboral, ya que nace como esclavo por medio del vodoo. Por otro lado, pone el foco
en el cuerpo, ya que es lo que resucita, no la mente; la conciencia se ha perdido
irremediablemente. La dualidad entre sujeto y objeto del cuerpo queda dinamitada, ya que
el sujeto desaparece por su muerte cerebral y porque se diluye en la mente colectiva de la
horda. El zombie se mueve por la compulsión del hambre de, concretamente, cerebros -
aquello de lo que carece-. Su cuerpo, siempre en torpe movimiento, es el de un cadáver:
feo, roto, descompuesto, podrido, repugnante.
137
Monstruas
Dado que el cuerpo del zombie es cadáver, carente de sensualidad, no hay géneros
en el zombie. La muerte nos iguala en carne putrefacta, la anulación del sujeto es
generalizada, democrática. Por ello, centro mi análisis del monstruo que desafía la
oposición vida/muerte en la figura de la vampira contemporánea, ya que el género es un
elemento central de los Nosferatu; mientras el monstruo de la zombie será abordado
tangencialmente. Mi intención es develar qué elementos en conflicto encarna la vampira
en relación al cuerpo, el género, el poder, la sexualidad y la nación. Para ello analizaré la
película americano-iraní A Girl Walks Home Alone At Night (Lily Ann Amirpour, 2015), que
ahonda en la reivindicación de la monstrua como superheroína en un cine - en un mundo-
liminal. Para entender el nuevo paradigma de la vampira, me detendré en repasar algunos
de los momentos clave en la construcción del imaginario popular respecto a esta figura,
tales como La hija de Drácula (Lambert Hillyer, 1936) y The Vampire Lovers (Roy Ward Baker,
1970), película esta última que inauguró el subgénero de la vampira erótica lésbica, que ha
fundamentado al arquetipo hasta hace poco.
138
Monstruas
El zombie es un muerto viviente asexuado, “sin género, sin raza, sin sexualidad”,
“cuerpos, nada más” que “frecuentemente desdeñan el género por las vísceras”
(MacCormack, 2008, p. 104). Sin embargo, encontramos excepciones, concretamente en dos
períodos opuestos de la historia del género zombie: en sus comienzos, con títulos como
White Zombie (Victor Halperin, 1932) y I walked with a zombie (Jacques Tourneur, 1943); y
más recientemente, en el cambio de siglo, con títulos que sexualizan el fenómeno (la trilogía
japonesa de Rape Zombie de 2012, por ejemplo), y más concretamente el pequeño ramillete
de títulos que aúnan zombies con los clubs de striptease, tales como Zombie Strippers (Jay
Lee, 2008), Zombies! Zombies! Zombies! (Jason Murphy, 2008), Big Tits Zombie (Takao
Nakano, 2010) y Zombies vs Strippers (Alex Nicolau, 2012).
su cuerpo, que, en principio, anula el deseo. Es importante señalar que los muertos
vivientes no han tenido siempre este aspecto. Samuel Ortiz (2013) explica las tres fases
principales del monstruo en la historia del cine:
El primer ciclo se iniciaría a partir de 1932 con White Zombie (La legión de los hombres
sin alma), de Victor Halperin. Este ciclo será el conocido como ciclo del zombi
haitiano, teniendo como figura protagonista al zombi que se encuentra bajo una
maldición vudú y cuya voluntad se encuentra totalmente subyugada a la de un
139
Monstruas
maestro, cuyos deseos obedece y por quien es usado como herramienta para
aterrorizar a sus enemigos. El segundo ciclo, conocido como ciclo del zombi
romeriano, ciclo de gran transcendencia, surgiría en 1968 con la revisión del mito
zombi por George Romero en su película Night of the Living Dead (La Noche de los
Muertos Vivientes en su versión castellana). Aquí, el zombi se transforma ya en una
plaga, pasa de ser una epidemia local a una pandemia, una amenaza muy importante
que ha de ser erradicada a toda costa. Romero instauraría muchas de las
características más importantes del género, como el zombi como ente
independiente, perteneciente a un colectivo de caza mediante sus instintos pero en
ultima instancia independiente, el zombi de una resistencia inacabable y de aspecto
pútrido, etc. La ultima etapa se iniciaría en 2002 con el film dirigido por Danny Boyle
titulado 28 Days Later (28 días después en su versión castellana). Esta etapa será
conocida como ciclo de infectados. Aquí la espectacularidad del género zombi será
ya total: zombis que tienen unas capacidades físicas muy superiores a las de los
zombis clásicos, un tiempo ínfimo de contagio y transformación en zombi y una
brutalidad muy alta en sus escenas. (pp. 91-92)
En este contexto es, cuando menos, problemático atribuir atracción sexual hacia un
cadáver, puesto que deseo y asco son dos emociones que se repelen. La única manera de
articularlo es a través de la sátira y la comedia, tal y como hace el microgénero de zombies y
strippers que nos ocupa. El humor siempre conlleva la explicitación del conflicto, de lo
escondido y/o sobreentendido para poder reírse de ello, por lo que las cuestiones sobre el
asco, el cuerpo y el deseo hacia el cuerpo femenino son claras y evidentes.
Para analizar toda esta amalgama de elementos en conflicto y tratar de resolver las
incógnitas de sus tensiones, me propongo analizar y comparar dos películas que tienen
como protagonista no-viva/no-muerta a una mujer: I walked with a zombie (J. Tourneur,
1943) y Zombie Strippers (Jay Lee, 2008), usando, entre otros autores, los análisis
fenomenológicos de Iris Marion Young (2005) y Sara Ahmed (2006) sobre la movilidad,
espacialidad y orientación del cuerpo femenino.
140
Monstruas
I walked with a zombie cuenta la historia de una enfermera canadiense que debe
hacerse cargo de la esposa de un terrateniente, en estado catatónico, en la isla antillana de
San Sebastián. Los habitantes de la isla creen, sin embargo, que es una zombie, una muerta
141
Monstruas
viviente. Betsy, la enfermera, se enamora del esposo afligido, y tras intentar curarla sin
éxito con la medicina occidental, prueba con los ritos vudús de los ex-esclavos africanos,
pero descubre que es la madre de su jefe, Mrs. Rand, quien dirige esos ritos y quien la
convirtió en zombie porque iba a huir con su otro hijo, Wesley. Este último, que todavía está
enamorado de Jessica, su cuñada, decide ahogarse junto a ella en el mar para impedir que el
hounfort (la asamblea vudú) la reclame.
Tourneur construye una cinta contenida, esto es, las acciones o hechos que se
relatan son extremadamente duros, dolorosos y violentos, pero todo transcurre en una
apariencia de cortesía y buenos modales. Tal y como le dice el señor Holland a su nueva
empleada en su primer encuentro “no hay belleza aquí, sólo muerte y podredumbre”. La
película deja entrever la crueldad de una familia negrera, unos esclavos que lloran los
nacimientos y festejan los funerales, un marido cruel y abusivo que maltrataba a una mujer
que es castigada por encontrar el amor en su cuñado, alcoholizado por el dolor.
El uso del claroscuro delata esa violencia soterrada. La mayor parte de la película
transcurre durante la noche, pero es una noche luminosa, que genera sombras sobre los
miembros de la familia, en forma de líneas de las persianas o follaje. Las sombras los
marcan, los señalan, los ocultan.
Figura 36 Figura 37
El único ser que siempre camina hacia la luz es la Sra. Holland, una zombie, que
camina desorientada con su vestido claro vaporoso y su cabello rubio, fantasmagórica,
recortada por la luz en un mundo de grises.
142
Monstruas
a que los límites se diluyan, se cuestionen o que reconozcamos algo del monstruo en
nosotros mismos, dinamitando la tranquilizadora frontera del “Otro”. El monstruo
143
Monstruas
Jessica quiso huir ese de hogar, pero su suegra la convirtió en zombie. Usando la
explicación que Sara Ahmed usó para reinterpretar en clave de orientación un caso de
Freud, aquí nos encontramos ante un “caso familiar, sobre cómo el amor familiar requiere
seguir una dirección determinada, o por lo menos tener cierta orientación.” (Ahmed, 2006,
p. 73) Aunque Freud consideraba la familia como un lugar de libidos, represiones e
identificaciones, Ahmed lo ve más como un grupo social artificial en el que “uno ha
identificado el ego ideal de uno con un objeto, o la familia se convierte en el objeto que se
pone en el lugar del ego ideal.”(Ahmed, 2006, p.73) Si normalmente es el cuerpo del padre el
que encarna la familia, en I walked with a zombie es la Sra. Rand quien adquiere ese papel,
con quien sus miembros se identifican y desean su amor, y que quieren continuar su línea:
la familia se convierte en su ego ideal.
se encuentran, no tienen ningún fin, objetivo o tarea a la que dirigirse: simplemente vagan.
Esa falta de orientación resulta monstruosa. La primera vez que Betsy ve a Jessica grita de
terror al percatarse que la mujer no camina hacia ella, o hacia ningún otro lugar: no hay
propósito en su caminar, su movimiento no es humano.
144
Monstruas
Zombie Strippers es una comedia Z que trata a modo de sátira la temática de género,
así como la situación política norteamericana en los años de George W. Bush. Un grupo de
científicos crea un virus zombie buscando conseguir el soldado perfecto, que resucite
después de muerto y continúe la batalla. El virus diferencia entre hombres y mujeres,
siendo ellas huéspedes óptimos para sucesivos contagios mientras en hombres se va
deteriorando. El experimento se descontrola y un equipo especial acude a su exterminio.
Uno de los soldados que repelen a los zombies del laboratorio es mordido y se
refugia en una sala de striptease. Ahí contagia a la stripper principal, quien adquiere más
destreza corporal para desarrollar su espectáculo, atrayendo a más espectadores, a
quienes devora, convirtiéndolos, a su vez, en zombies. Las compañeras, envidiosas de su
éxito, le piden que les contagie para triunfar también con sus números, lo que hace feliz al
avaricioso dueño, quien encierra en el sótano a los clientes infectados. Los y las zombies se
multiplican en un recinto cerrado de forma imparable e inevitablemente trágica hasta la
llegada del grupo especial del ejército.
Una parte esencial de la situación de ser una mujer actualmente es la de vivir en cada
momento la posibilidad de que una pueda ser vista como un mero cuerpo, como
forma y carne que se presenta a sí misma como un objeto potencial de las
145
Monstruas
La película Zombie Strippers pone a unas mujeres objeto, “mero cuerpo” (Young,
1980) y las convierte en zombies, “cuerpos, nada más” (MacCormack, 2008). Esta doble
cosificación crea una monstrua libre de la contradicción que le suponía su subjetividad, y
celebra una nueva corporalidad más poderosa, fuerte y sexy. Una de las strippers
ambiciona ser zombie porque “la tentación es demasiado grande. El atractivo de no tener
que volver a pensar por mí misma y tomar decisiones”. Ellas revierten su status de objetos,
su cosificación adquiere un grado monstruoso, y, gracias a la naturaleza paradójica del
zombie, les otorga poder, porque es “esclavo y rebelde” (Lauro y Embry, 2008, p.90).
146
Monstruas
Figura 38 Figura 39
Las strippers de esta película pelean entre sí para lograr el reconocimiento del
público masculino, por lo que ruegan a la primera infectada que las convierta en zombies y
triunfar en su espectáculo. Son capaces de matarse para ser las más bellas, los objetos más
admirados, la carne más deseada. No poseen una subjetividad autónoma que las haga
definirse por sí misma y no por el reconocimiento del otro. De hecho, una de las strippers,
la única que consigue sobrevivir al holocausto zombie encerrada en su camerino,
mirándose al espejo, llora diciendo “mira lo fea que eres”. Cuando los militares han
acabado con todos los muertos vivientes, ella se aproxima haciéndoles creer que está
infectada, por lo que la disparan. Es entonces, herida, cuando con una sonrisa exclama “por
fin, soy guapa, soy guapa. ¿Os parezco guapa?” y la rematan.
La película resuelve de forma cómica la tensión entre el deseo y el asco. Tal y como
mantiene Steve Jones, en toda relación sexual hay un grado de asco que disminuye por el
placer obtenido. El cuerpo, en sus cavernosidades, excreciones y fluidos, provoca
repugnancia, pero el deseo anula ese rechazo y lo transforma en deleite. Las zombies en el
escenario llevan esta contradicción al extremo puesto que se pudren progresivamente ante
su público, quienes siguen deseándolas. Les da igual que estén muertas; son fantasías,
objetos deseables construidos para su contemplación. Su feminidad es construida por la
mirada del hombre, ya que ellas carecen de la subjetividad necesaria para afirmarse como
tales.
El asco es una emoción que sirve al espectador para darse cuenta de su propia
corporalidad, haciéndole consciente de su mortalidad (Korsmeyer, 2012). La batalla final de
Zombie Strippers es una orgía grotesca de desmembramiento, cuerpos que se desintegran,
corruptos y podridos, que por su exageración provoca risa, pero no deja de dar asco. La
147
Monstruas
El primer caso habla sobre la casa, donde Jessica no quiere ser recluida y cómo otra
mujer la transforma en zombie para que no escape. La zombie de I walked with a zombie es
la metamorfosis de una esposa inadecuada en un monstruo, en un ser culturalmente
impropio, excesivo, cuyo verdadero hogar es el de los negros africanos, ya que es un híbrido
entre ambos mundos. El resultado es la desorientación, la pérdida del camino propio y la
imposibilidad de encontrarlo. Resulta curioso que, en esta película, como lo fue en Cat
People, la monstrua sea la ama de casa, y las otras protagonistas, mujeres profesionales a
las que la belleza no las define. Tal y como mantiene Tim Snelson (Snelson, 2009), ambas
películas fueron producidas en un momento en el que las mujeres debían ocupar los
trabajos de sus hombres alistados, lo que generó contradicciones sobre cuál debía ser el
papel de la mujer en la sociedad norteamericana: guardiana de su hogar o profesional para
luchar contra los nazis. De esa contradicción, surgen monstruas como la mujer pantera o la
zombie, en la que feminidad y las relaciones de poder vinculadas se cuestionan.
La feminización del zombie en Zombie Strippers tiene lugar para sexualizarlo, para
satirizar sobre la objetivación del cuerpo femenino y el deseo que provoca tal cosificación.
La película retrata mujeres hambrientas de reconocimiento y admiración masculina, hasta
el punto de querer estar muertas y entonces pasar a estar hambrientas de la carne de los
que las convierten en carne con sus miradas.
El film de Jay Lee trata sobre las tensiones del cuerpo, el asco y el deseo, por un lado;
y del cuerpo de la mujer como objeto y como sujeto, por el otro.
148
Monstruas
Las zombies son monstruas que revierten su status de carne para pasar a ser
comedoras de la misma, pero al mismo tiempo, son esclavas, no son sujetos que usen su
cuerpo como medio para hacer algo, sino que padecen lo que Fisher denominaba
“prominencia corporal”, una consciencia y atención hacia su cuerpo, el cual adornan y se
preocupan de cómo lo observan los otros, en vez de considerarlo vehículo “del movimiento
trascendente e involucrado en las posibilidades del mundo” (Young, 1980, p. 148).
Las vampiras son no-muertas, mujeres que tuvieron una muerte “falsa”, reversible,
149
Monstruas
de ser insaciable. Por un lado, está la vampiresa, la idea de la mujer bella como destructora
de hombres que se asienta en el siglo XIX. Es una mujer perversa que destruye al incauto
hombre que seduce. La pintura, el teatro y el cine popularizan esta figura bajo el
sobrenombre de vamp, que incluye tanto a seres sobrenaturales como simples mortales
que destrozan corazones y arruinan familias. Por otro lado, la literatura crea a la vampira
lésbica, la joven extranjera que establece una amistad demasiado estrecha con una
inocente y hospitalaria joven, que se reafirma como subgénero fílmico en los años 70.
150
Monstruas
presentes.
Nina Auerbach (1995) decía que cada época acoge al vampiro que necesita. Es el
monstruo que invariablemente regresa, siempre renovado, siempre sugerente y
magnético. Aunque nació como un ser bárbaro, corrupto y sediento de sangre, la literatura
gótica del siglo XIX y, principalmente, la película de Drácula (Tod Browning, 1931), lo
transformaron en un aristócrata seductor, cuyos mordiscos tenían más relación con el sexo
que con la muerte. En 1985, Twitchell decía que “actualmente estamos plagados por dos
tipos de vampiros. El demonio demacrado de dientes de serpiente, que proviene
directamente del folklore, es salvaje, sin sentido y bárbaro; el hombre gentil, que proviene
de las artes, es elocuente, sensible y culto. Ambos dedican sus horas de vigilia a la misma
actividad: drenar sangre y, por lo tanto, la energía vital de mujeres inocentes.” (p.105).
Según defiende Stacey Abbott (2007), Drácula, de Bram Stoker, supuso enfrentar el pasado
a la modernidad, traer a Londres, epicentro mundial en aquel momento, la amenaza de lo
arcaico, y, al mismo tiempo, actualizar al monstruo. “El vampiro, inspirado en el folklore y
la mitología, llegó a representar el mundo bárbaro y arcaico que resiste a lo civilizado y lo
151
Monstruas
moderno. Como el vampiro es inmortal, se ve que se remonta a los confines del pasado.”
(Abbott, 2007, p.3). Drácula cruza la línea entre el pasado y el futuro al trasladarse a
Londres. Resulta curioso que, en la novela, los hombres que defienden el orden de su hogar,
utilizan todos los artefactos de la ciencia del momento para combatirlo: fonógrafos,
cinematógrafos, transfusiones de sangre, teléfono, ... La lucha entre ambos mundos se
salda con la actualización del personaje folclórico.
Las películas de los años 30 del conocido Hollywood Gótico [Drácula (Tod Browning,
1931), La hija de Drácula (Lambert Hillyer, 1936), El hijo de Drácula (Robert Siodmak, 1943)]
asientan la figura de Conde transilvano como el no-muerto por antonomasia, pero el
inmortalidad, atributo único de Dios. Así, los vampiros postulan unas nuevas normas
éticas, liberalizadoras. De hecho, aunque pueden resultar una amenaza para las mujeres,
“ellos prometen protección contra un destino de corsés, tacones de agujas y aprobación”
(Auerbach 1995, p.4)
Por otro lado, tal y como resalta Tudor (1989), debido a su magnetismo irresistible
(popularizado en la imagen de los ojos pintados de Bela Lugosi), las víctimas del vampiro
152
Monstruas
El devenir del vampiro ha estado marcado por la relevancia de unos rasgos sobre
otros, según su época. Tal y como mantiene Halberstam (1995), “la monstruosidad gótica del
siglo XIX era una combinación de las características de raza, clase y género desviados,
dentro del horror contemporáneo, el monstruo, por diversas razones, tiende a mostrar
claramente la marca de la sexualidad y género desviado y menos los signos de clase y raza
"(pp. 3-4). Drácula era un aristócrata, proveniente del corazón de la Europa arcaica,
premoderna, eslavo, un hombre que se transforma en murciélago o lobo, pero se peina con
el cuidado de una mujer y da vida como una de ellas. Pero su rasgo definitorio, desde sus
orígenes góticos, ha sido su sexualidad. Según Jeffrey Weinstock (2012), los vampiros se
manejan por el principio del placer, “los vampiros son imperiales, egoístas, dominantes e
intensamente físicos” (p.9). Esa fisicidad, esa celebración de la carne aun estando muertos
o, precisamente por ello, como una forma de huir de la muerte a través de la emoción del
placer, hace que la sexualidad y los atributos de género sean exagerados. La criatura
vampírica siempre ha estado claramente vinculada a la sexualidad depravada, no
normativa y bisexual, especialmente, en el caso de las vampiras.
3.3. 3.- Las primeras vampiras en el cine: La Hija De Drácula (Lambert Hillyer, 1936)
“Vampiresa” es definida por la RAE como 1.f. “Mujer que aprovecha su capacidad de
seducción amorosa para lucrarse a costa de aquellos a quienes seduce. 2.f. Mujer fatal.” El
vínculo entre vampiras y sexualidad se ha forjado de una manera sólida. Si bien una
vampira es una resucitada, una no-muerta, que sólo puede mantenerse con vida mediante
la ingestión de la sangre de los seres vivos, el imaginario popular la ha representado como
un ser de increíble belleza y sexualidad insaciable, mezclando sexo y muerte, atracción
irresistible y juventud eterna. “La Vampiresa cumple nuestras imaginaciones en la medida
en que encarna los ideales contradictorios de la feminidad, tales como la fragilidad, la
fuerza, la belleza y el poder.” (Hobson, 2016, p.9). Esta hipersexualización nace de la novela
153
Monstruas
de Bram Stoker, en la que describe a las “novias” del conde como seres abominables de gran
belleza pero con deseos lascivos y perversos que succionan los fluidos vitales del virtuoso
Jonathan Harker. Esta representación se enmarca dentro del relato que se creó, a finales
del siglo XIX y principios del XX, respecto a la mujer como un ser malicioso, perverso y
provocador de la fatalidad el hombre, en el ámbito de una sensibilidad estética marcada por
el romanticismo lírico, el dandismo, lo decadente y su amor por las sensaciones artificiales,
y el simbolismo. Este relato, apoyado también en la literatura, se amplifica con el cine, con
estrellas como Mae West y, sobre todo, Theda Bara, a quien se le apodó vamp, una nueva
categoría de mujer liberada, bella y poderosa que destruía hogares por diversión. Las
primeras vampiras del cine son representadas en esta línea. Son Alraune y Lulú, de las
películas Der Student von Prag (Henrik Galee, 1927) y Die Büchse der Pandora (La caja de
Pandora, 1928).
Estas películas tienen, sin embargo, poca influencia en la creación de la figura del
vampiro en el imaginario colectivo. Sin duda alguna, la película que marcó la
representación del vampiro fue Drácula, de Tod Browning, en el que en 1931 Bela Lugosi
interpreta a un engominado conde con capa de acento europeo y mirada magnética. A la
estela de los éxitos de las películas con monstruos, la Universal decidió estrenar Dracula’s
Daughter (La hija de Drácula, Lambert Hillyer, 1936), que es la primera película
protagonizada por una vampira, y que recoge todos las convenciones sobre vampiros que
ya fueron expuestas en las películas de Browning, es decir, vida nocturna, vida eterna,
hambre de sangre insaciable, crucifijos,... A pesar de su belleza, la hija de Drácula no es una
vampiresa, sino una vampira atormentada por su condición.
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de las voluntades, una suerte de hipnosis, que logra con su mirada y un anillo. No se la
muestra con una fuerza sobrehumana o transformándose en un animal. Tampoco nos
muestran cómo ataca al único hombre que devora, ya que no era muy apropiado en aquella
época ver a un hombre chillar o ser vencido físicamente por una mujer. No ocurre lo mismo
con los ataques a las jovencitas, que, engañadas para ser modelos de la pintora, chillan
semidesnudas ante la temible proximidad de la Condesa Zaleska. La película trata con
claridad (aunque también con sutileza) la homosexualidad reprimida, “enferma” como se
ha considerado hasta hace unas décadas.
Figura 40 Figura 41
Marya Zaleska es una vampira diferente por distintas razones. Una, su aspecto. Si,
tal y como mantiene Weinstock (2012), los y las vampiros sobreactúan los estereotipos de
género, siendo ellos muy masculinos y ellas superfemeninas, hasta el punto de delatar la
performatividad (Butler, 1992) de la mascarada que realizan, la hija de Drácula es, más bien,
una mujer sobria y masculina. Al final de la película, cuando secuestra a la prometida del
Doctor Garth y él llega al salvarla, ella muestra su verdadera naturaleza: la vida de él a
cambio de la de ella. Si acepta, tendrá la vida eterna pero quedará a su merced. Marya es
una verdadera hija de su padre: no ansía el amor entre iguales o, según los preceptos de la
época, bajo la voluntad de su hombre, ella quiere que sea su esclavo. Subvierte los papeles
tradicionales. Pero una flecha lanzada por su devoto mayordomo trunca su propósito.
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suceso es cuestionable, dado el poder que ostentaba siendo viuda y que, después de la
condena, perdió, pero su leyenda ha perdurado durante todo este tiempo como esa bella
mujer sádica, vanidosa, sin corazón, una vampira que necesita la sangre, fluido vital, para
vivir.
1971) o Ceremonia sangrienta (Grau, 1973) son dos títulos basados en la leyenda de la Condesa
Bathory. La imagen de estas vampiras es la de vampiresas super sexuales, que se asienta
en la década de los 70. La productora británica Hammer Film Productions es la que mayor
número de títulos estrena en clave lésbica y más éxito cosecha, mostrando “una imagen
hipersexualizada que une violencia y seducción con los miedos a la belleza destructora y el
encanto de la feminidad” (Hobson, 2016, p.12), en el que sus poderes sexuales tienen mayor
importancia que los sobrenaturales. En el argot de los aficionados a este subgénereo se le
denominó Boobs and Blood (Tetas y sangre).
3.3. 4.- Las vampiras lésbicas: The Vampire Lovers (Roy Ward Baker, 1970)
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Por otro lado, existen voces que señalan el hecho de que estas monstruas eran
realmente bisexuales, ya que devoraban o seducían a víctimas de ambos sexos, y que obviar
este hecho es sintomático respecto a la postura general ante esta orientación sexual, que no
acaba de ser reconocida ni por heterosexuales ni por homosexuales. (Nicole Richer, 2012;
Douglas Brode, 2014)
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Monstruas
The Vampire Lovers, de 1970, dirigida por Roy Ward Baker, y producida por la mítica
y ya decadente Hammer, es la cinta que asentó la fórmula por la que este ramillete de
películas reforzó la analogía entre vampira y vampiresa en el imaginario popular
occidental.
The vampire lovers combina el terror gótico con un deleite visual de escotes y pechos
desnudos permanente y gratuito. La vampira de esta época es una mujer sedienta de sexo,
deseo a la vez, buceando en los miedos del subconsciente profundo que los vivos
tienen respecto a la muerte y que los hombres tienen hacia las mujeres, mientras
sirven de foco para fantasías reprimidas. La imagen del vampiro genérico expresa
160
Monstruas
The Vampire Lovers inaugura una trilogía basada en la obra de Le Fanu, en la que se
muestra a una vampira como protagonista. Esta relevancia como agente de la acción, sin
embargo, se socava en su segunda entrega, Lust for a Vampire (Jimmy Sangster, 1971,), al
retratar a la nueva vampira como una figura más pasiva, sometida a su malvado amo, el
Conde Karnstein, y su “novio” Richard Lestrange, héroe del film. Twins of Evil (Las mellizas
del diablo, John Hough, 1971) acentúa esta deriva y presenta a dos mellizas, una
independiente y rebelde que es convertida en vampira; mientras que la otra, obediente,
que conoce su lugar, personifica la virtud y salva su vida en brazos del comprensivo y
atractivo líder de la comunidad.
Figura 42 Figura 43
161
Monstruas
el final del relato, en el que ella es atrapada dentro de su propio ataúd por varias
figuras paternas, estacada, decapitada y con su cuerpo quemado marca el cese de
esa movilidad amenazadora (que amenaza la definición patriarcal del lugar de la
mujer). (p. 161)
Por otro lado, la actriz que interpreta a la vampira, Ingrid Pitt, es polaca y posee un
fuerte acento extranjero, y es bastante mayor que la ingenua joven, quien ni siquiera es muy
consciente de la seducción de la que está siendo objeto. De hecho, conquista al ama de
llaves, otra mujer extranjera, pero ésta accede voluntaria a sus pretensiones.
162
Monstruas
Las líneas entre juventud y madurez femeninas en la película son acompañadas por
otros binarios: normal/Otro, local/extranjero, inocente/experimentado,
3.3.4.2.2.- Ataques
seducidas, lo entienden -a pesar de las evidencias- como una amistad profunda y son
atacadas en sueños, mientras duermen, a través de la figura de un gato grande. Son
‘cazadas’ sin violencia, apenas dos orificios pequeños en el pecho (y no en el cuello, como
sucede en los otros ataques). Existe una diferencia entre los ataques a las aldeanas y al
personal de servicio que a las aristócratas: el primero es al cuello, despiertos; el segundo,
en sueños, en el pecho (el corazón) y sin dolor.
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Figura 43 Figura 44
Figura 45
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Este peligro aumenta cuando la apariencia externa del monstruo impide dilucidar
su verdadera naturaleza, es decir, “la feminidad de la vampira contribuye a la inseguridad
por su habilidad de ‘pasar’ por heterosexual; ella no puede ser visualmente identificada
como lesbiana o como vampira” (Weiss, 2014, p. 27).
La joven aldeana sonríe y se deleita de las caricias de la bella mujer, sin poder
anticipar su aciago destino. Sólo muestra su naturaleza salvaje cuando se enfrenta al
médico, que parte buscando ayuda para la joven Emma, que agoniza. Ahí lucha con él, saca
sus dientes y lo mata en un cuerpo a cuerpo.
Figura 46 Figura 47
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Monstruas
rayada con un hueso duro, su rojo atravesado por blanco, esta boca compele los
contrarios y los contrastes en una unidad aterradora. (Weiss, 2014, p.27)
Otra de las ambivalencias de este subgénero es la clara vocación que tiene respecto
al deleite del público masculino junto con la independencia de la protagonista que organiza
sus relaciones con otras mujeres de forma autónoma, sin la supervisión de padres, novios
u otras figuras de autoridad masculinas. Sin embargo, la vampira no es libre: está bajo el
mandato del Conde Karnstein, patriarca del linaje. Él es el que, divertido y excitado,
maquina y ordena los pasos a seguir de la vampira.
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Monstruas
Figura 48 Figura 49
Mientras la bella huésped desciende, entre caricias, bajo la cintura de la joven, que
abre los ojos en una expresión que mezcla miedo, sorpresa y placer, la sombra del jinete se
superpone, señalando la autoridad y vigilancia sobre lo acaecido. No es la primera vez que
vigila y supervisa las acciones de la protagonista.
Ese hombre se presenta como el vampiro supremo, siempre rondando las acciones
de la joven, ordenando sus movimientos. Asimismo, es una figura voyeurística, que
disfruta con lo que ve, de alguna manera, como lo hace el espectador masculino. La agencia
de la vampira es limitada, hay alguien por encima de ella.
El placer femenino debe poder inscribir al hombre en él para ser permitido, y, aún
así, en esta época, debe de ser destruido. Raymond Bellour lo explicaba así: “el sujeto
masculino acepta la imagen del placer femenino solo con la condición de que, al haberlo
construido, pueda ser inscrito en él y además reapropiárselo aun a costa de su destrucción
(la de ella)” (Citado por Weiss, 2014, p.31). Así la vampira lésbica debe morir por su actividad
sexual y por su orientación sexual: su castigo es necesario para restablecer el orden
167
Monstruas
y amenazante para los hombres, en parte porque expresa un deseo sexual activo con
el que los hombres pueden fantasear con seguridad en el cine pero por el que se
sienten amenazados antes esa perspectiva en casa. ( Weiss, 26)
Los monstruos muestran un sistema de valores con grietas. Así, a pesar de ser una
amenaza, una advertencia, también son prueba de la construcción social de las estructuras
y de su artificialidad. De esta manera, aunque las películas de vampiresas lésbicas se
crearon para deleite masculino y su destrucción final reitere el equilibrio o status quo, las
películas de esa época han sido interpretadas por las espectadoras homosexuales como la
expresión de una sexualidad prohibida y secreta, ávidas de representaciones en las que
verse identificadas (Cherry, 1999). La monstrua actúa aquí como una guardiana de la
frontera que las mujeres no pueden traspasar y que mantienen una sociedad patriarcal
funcional. El monstruo hace cumplir los códigos culturales que regulan el deseo sexual,
pero al mostrar la fragilidad de sus límites subvierten su custodia y plantean nuevas
posibilidades en la liminalidad en la que habitan.
168
Monstruas
3.4.- Una vampira con chador. La liminalidad en A girl walks home alone at night
(Amirpour, 2015)
3.4.1.- Introducción
La elección de A Girl Walks Home Alone at Night (Amirpour, 2015) como película en la
que deconstruir la vampira contemporánea radica en la suma de distintas peculiaridades.
Por un lado, porque entre los elementos a los que un monstruo alude, esta vampira prioriza
o eleva las cuestiones de nación, clase y género por encima de la sexualidad, que ha sido lo
que ha caracterizado a las vampiras, incluso por encima de su carácter sobrenatural. Por
otro lado, la aceptación de su poder y su uso consciente y selectivo: es una justiciera.
Además, cuenta una historia de amor con final quizás feliz, cuando el amor ha sido siempre
la maldición de estas criaturas, especialmente en el caso de las vampiras. María del Rocío
Pérez Gañán decía en su libro “Arquetipos femeninos perversos. El mito y la construcción
de la mujer vampiro y su (re)producción de la sociedad occidental” (2014) que “si
profundizamos en la narración encontraremos que estas actuaciones van a estar
condicionadas por un elemento del cual nunca van a poder desvincularse: el amor. Un
amor que acabará siendo una vía de control a la libertad de estas mujeres perversas” (p.31).
Lo liminal es aquello que está en la frontera, entre dos categorías, pero que no está
estático, sino que se encuentra transición, transformándose entre lo que ha sido y lo que
será. Victor Turner lo define como “lleno de potencialidad y potencia. Puede también estar
lleno de experimento y juego. Puede ser un juego de ideas, un juego de palabras, un juego
El cine liminal es un sello que se aplica a aquellos films que se sitúan entre distintas
categorías, en unas fronteras que no son inamovibles, sino, por el contrario, evolucionan,
se transforman, mezclan e hibridan. A girl walks home alone at night (Amirpour 2015) es un
169
Monstruas
claro exponente de este tipo de cine. Concretamente, es un western iraní vampírico con
estética de cine de autor. Está rodada en un pueblo norteamericano pero el elenco es iraní
y el idioma, el farsi. Afronta conscientemente diferentes fronteras: las referentes a la
nacionalidad, al género cinematográfico, al género sexual y la sociedad binaria
heteropatriarcal, y a la naturaleza del monstruo, en este caso, una vampira feminista. Es un
relato militantemente queer, esto es, que aboga por la anulación de los géneros tal y como
los entendemos, así como transnacional, ya que postula el mestizaje cultural a través de la
fuerza liberadora de la cultura popular globalizada y juvenil.
A girl walks home alone at night (AGWHAAN) cuenta la historia de una ciudad
gobernada por la violencia, donde reina Saeed, un proxeneta y camello que le quita el coche
a Arash como pago a las deudas de su padre heroinómano. La vampira llamada Girl (Chica)
pasea por la noche bajo su chador en busca de víctimas, y tras observar el comportamiento
de Saeed con una prostituta, lo mata. Arash y la Chica se conocen y se enamoran. La
vampira mata al padre de Arash para proteger a la prostituta, a quien entrega el dinero de
Saeed. Arash descubre que ella mató a su padre pero aún así montan juntos en el coche para
empezar una nueva vida.
embargo, no tiene como objetivo principal provocar el miedo ni que el espectador viva una
experiencia terrorífica, aunque, a veces, resulte escalofriante. Por otro lado, la estética en
blanco y negro, los encuadres desde puntos de vista y composición poco convencionales,
por nombrar algunos de sus elementos formales, la convierten en un film de autor, cuya
trama, sin embargo, corresponde a un western. Es curioso señalar que las películas de
vaqueros suelen tener lugar en los pueblos fronterizos, cercanos a pueblos salvajes como
los mexicanos o los indios. La elección y reapropiación de este género puede deberse a su
carácter tradicionalmente liminal, fronterizo, que suele referirse, entre otras cosas, a la
conquista de lo salvaje por lo doméstico, por lo civilizado.
170
Monstruas
La película comienza con un atractivo joven (Arash) fumando apoyado en una valla
de madera. Viste vaqueros y una ceñida camiseta blanca, como James Dean o Marlon
Brando, liando un cigarrillo con sus Ray-Ban puestas. La figura es reconocible en nuestro
imaginario popular occidental: el chico americano, el atractivo protagonista masculino.
Comienzan los títulos de créditos, de una tipografía claramente referencial a los westerns
clásicos.
Figura 50
Mientras fuma observa con discreción el interior de la valla hasta que, arroja el
cigarrillo, y entra dentro del recinto que oculta la madera. La expectativa respecto a su
acción es que va a buscar algo prohibido, peligroso, aguerrido: es un hombre en buena
171
Monstruas
forma física, masculino en sus gestos y asumimos que su tarea está relacionada con la
aventura o la lucha, quizá algo de droga por las miradas de soslayo que hemos presenciado.
172
Monstruas
Figura 51
Los bordes se difuminan, haciendo al mismo encuadre permeable, fluido, poco fijo.
El uso de los claroscuros complica la distinción entre noche y día, entre el bien y el mal; los
personajes muestran sólo un lado de su rostro iluminado, ocultándonos la mitad de su
naturaleza, de su personalidad. Es una mezcla entre lo Gótico y el expresionismo, ambos
estilos vinculados primigeniamente con los vampiros. Lo Gótico, como un modo
inherentemente preocupado con la transgresión de las fronteras y la inestabilidad de la
identidad, es perfectamente adecuado para la negociación de la especificidad iraní que
tiene lugar en la película de Amirpour, concretamente, respecto a la carencia de la misma
en la era de lo global. El vampiro contemporáneo se mezcla con un capitalismo global que
contribuye a la desaparición de las fronteras y estructuras sólidas, ya sean nacionales,
sociales, culturales o subjetivas. Los vampiros, siempre nómadas, son más actuales que
nunca en un mundo global.
Figura 52
173
Monstruas
Un primer plano rompe la tónica de panorámicas. Es una transexual, con una cara
masculina y muy maquillada con un pañuelo de flores tapando su cabeza. Levanta los ojos
con deseo. Sonríe y pestañea coqueta al chico, al que sigue con una mirada insinuante. Otro
plano general nos sitúa: la transexual está apoyada en el muro de un depósito industrial.
De nuevo, una expectativa trastocada: una transexual haciendo la calle a plena luz, en un
lugar desierto, industrial, un no-lugar, al fin y al cabo; y tapada, modesta, con un pañuelo.
Nada encaja.
Figura 53
Si en los westerns se usa del blanco y negro y las grandes panorámicas para retratar
la esencia de una naturaleza salvaje e inexplorada, aquí se utilizan para representar un
espacio de violencia rutinaria, en el que lo civilizado es lo sanguinario. Arash habita en un
mundo de violencia oculta, soterrada, que, aunque todavía no sabemos cómo se
desarrollará, sospechamos que está vinculada al género y a la nacionalidad por las rupturas
de expectativas que hemos señalado. En particular, esta imagen nos puede hacer pensar en
el régimen iraní, que acumula muertos, detenidos, y desaparecidos, una realidad con la que
se convive a diario, que no impide llevar una vida normal; aunque ninguna sociedad,
174
Monstruas
175
Monstruas
siempre sobre movimiento”, dice Weinstock (2008, p.12). El vampiro es una fuerza de
movimiento y cambio, que traspasa las fronteras nacionales fácilmente.
performatividad delatora de la construcción de géneros. Por otro lado, tal y como explica
Antoni Maestre (2016),
El vampiro se perfila como una nueva identidad biológica que no está asociada a un
género ni a una sexualidad concreta. En otras palabras, los vampiros no distinguen
entre hombres y mujeres, sino entre humanos y no humanos, de modo que tampoco
diferencian entre relaciones homosexuales y heterosexuales. Surge así un ‘tercer
género’, el sobrenatural, caracterizado por los rasgos étnicos y sexuales que no
despiertan ninguna problemática como sí ocurre en el caso de los humanos ya que
176
Monstruas
La película nos muestra, por un lado, un hombre femenino, a una vampira que se
comporta como un hombre y, además, a un tercer género, esto es, una transexual que
aparece intermitentemente a lo largo de la película (al comienzo de los títulos de crédito, la
primera vez que vemos a la vampira, en la fiesta a la que acude Arash disfrazado de Drácula,
a la mañana siguiente en que ambos jóvenes se han enamorado…)
Figura 54
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Monstruas
178
Monstruas
definición de un cuerpo para mostrar sus dudas. Los bordes, las fronteras, las definiciones
fijas no son definitivas: la película, como el vampiro, está en un movimiento, en un lugar de
transición, de juego (de palabras, definiciones, metáforas), liminal, al fin y al cabo.
Fotograma 55 Fotograma 56
Además, la chica no tiene nombre, el chico se llama Arash, como el actor. Los
nombres, tanto de los lugares como de las personas, son fundamentales para establecer su
identidad y su historia. Esta resistencia a nombrar ilustra la incapacidad de establecer una
identidad iraní fija dentro de los bordes mutables de la globalización, que choca con el
deseo de liberación personal mediante un acto de desterritorialidad.
Desde “Carmilla” de Le Fanú a Chica, que es como se llama nuestra protagonista, hay
un sinfín de vampiras que han ido modificando sus características según la época en que
era creadas. De hecho, cuando nosotros vemos una película de vampiros, “no podemos ver
una película de un único vampiro; siempre estamos viendo multitud de películas de
vampiros simultáneamente” (Weinstock, 2012, p.18) y en términos de intertextualidad, “los
vampiros siempre están disolviendo y cruzando fronteras y límites” (Weinstock, 2012, p.11)
179
Monstruas
nos damos cuenta de que no son los originales, solo lo parecen. De nuevo, producto de una
época: “La cultura globalizada que representan se ha vuelto tan diluida que ha perdido su
integridad original” (Edwards, 2017, p.4)
No parece un monstruo, sólo una chica solitaria, inadaptada. Este devenir del
monstruo desde una figura aterradora y repugnante a un outsider con el que empatizar es
uno de los rasgos del cine actual. Es lo que se conoce como defang, que se traduciría por
“descolmillar”, despojar a los vampiros de su amenaza, domesticándolos. El ejemplo más
popular son los vampiros de la saga Crepúsculo, que pasan a ser inofensivos, caminan de día
y son los chicos misteriosos y solitarios del instituto.
180
Monstruas
Figura 57
AGWHAN nos presenta, de una forma sutil, a la Chica como un ser sobrenatural,
ajeno a las leyes físicas y del tiempo en su presentación. Comienza con la imagen
desenfocada y mientras la cámara avanza en mano el cuadro se define: es una joven
bailando cadenciosamente en su cuarto de adolescente. Sus movimientos no son
naturales, hay algo extraño en ellos. Entonces se sienta en la cama, pero el gesto
corresponde a como si se hubiera levantado, es decir, no usa la musculatura necesaria para
sentarse, sino que percibimos que realmente su cuerpo ha hecho el movimiento de
levantarse pero que lo han puesto hacia atrás. Todo el baile ha sido así: el movimiento
hacia atrás. Sentada, hace un jump cut a ella pintándose el ojo de una manera autómata y
también extraño, en cuanto a movimiento corporal se refiere. La marcha atrás continua.
Cuando acaba mira a cámara y mueve los labios como en un beso poco cariñoso. Corta al
rostro de Saeed, su próxima víctima.
Esta presentación nos sitúa, mediante la empatía muscular, ante un ser que se
mueve sin las leyes corporales humanas, no avanza hacia delante como cualquier mortal en
el devenir del tiempo cuyo final es la muerte; ella ya está muerta y su cuerpo ya no responde
a la lógica del tiempo, puede moverse en contra de sus leyes. Sara Ahmed, en su “Queer
Phenomenology” (2006) recuerda que la etimología de la palabra ‘queer’ proviene del
indoeuropeo ‘giro’ por lo que es un término espacial que acaba cobrando significado en el
aspecto sexual. La orientación física de “Chica” en esta secuencia es ‘queer’, no en su
acepción sexual, sino en la de giro respecto a una línea prevista, en este caso, la del tiempo,
alterando su movimiento en el espacio.
181
Monstruas
Chica le lleva a su cuarto. Ella pone una canción en el tocadiscos. El encuadre deja un gran
vacío a su izquierda. La blancura de su cuello, esbelto, desnudo, resalta. Es un cuello que
espera, que se ofrece, ella aguarda la proximidad de Aresh, el espacio fílmico lo invita.
Figura 58
Aresh se acerca hipnotizado por ese cuello, orientado hacia él. Avanza y se sitúa
muy cerca, rozándola, con su capa de Drácula de fiesta. Él es un vampiro de mentira, un
personaje popular, inofensivo; ella es un vampiro de verdad. Los dos van disfrazados, ya
que todos los vampiros deben fingir ser humanos. Él es un humano disfrazado de vampiro,
ella una vampira disfrazada de humana. Parece que él va a inclinarse a morderle o besarle
el cuello, pero ella se gira, pone su mano en la frente de él y le echa la cabeza hacia atrás,
dejando el cuello expuesto, vulnerable. Él cierra los ojos, tranquilo. Pero ella no muerde,
apoya su cara en su pecho y desciende a la altura de su corazón. Ambos revierten las
expectativas: él no ejerce de Drácula y no se lanza a devorarla; ella no le ataca, sino que se
apoya a oír la vida que fluye dentro de él, la ternura femenina que le muestra desde el
momento que se conocen. Un amor ajeno a las normas de género sustituye al sexo.
182
Monstruas
de placer carnal, no es hiperfemenina (grandes pechos, larga melena…), lo cual supone una
novedad en el arquetipo. A pesar de que se enamora, no hay sexo; no es su cuerpo un objeto
sexualizado de contemplación, aunque aparezca desnuda dándose un baño: es una mujer
sujeto, un agente de cambio. Daniel Punday introdujo el concepto de “monstruo
esperanzador” como signo de un nuevo tipo de humano, una alternativa al presente. El
movimiento LGTBI ha reclamado la categoría de monstruo para expresar tanto el orgullo
de ser parte de una comunidad marginalizada como la rabia contra la cultura dominante,
que marginaliza, oprime y etiqueta lo monstruoso.
“La Chica”, a diferencia de aquellas vampiresas del destape, sólo ataca a los
hombres, especialmente a aquellos que abusan de las mujeres. Es una justiciera más que
un engendro del averno sediento de sangre. Pero no es delicada, ni femenina, cuando ataca
lo hace con una gran violencia explícita: es un ser sobrenaturalmente muy poderoso, de
gran fuerza, velocidad y mandíbulas. Cuando se transforma, ruge como un felino.
Representa la fuerza, la rabia, el poder, lo que provocan fantasías de empoderamiento. Tal
y como mantiene Lisa Purse, en su “Contemporary Action Cinema” (2011) donde analiza las
películas de acción, los cuerpos que pueden superar cualquier limitación física nos ofrecen
fantasías de empoderamiento, “que nos permite sentir esta maestría por nosotros mismos
a través de nuestra conexión sensorial con el cuerpo del héroe” (p. 22). Tasker (1993) decía
que ‘las imágenes de poder físico’ pueden funcionar ‘como un contrapunto a la experiencia
de un mundo definido por sus límites restrictivos” (p. 127). En un mundo de abusos hacia
las mujeres, la figura físicamente ilimitada insufla fantasía de poder y revancha en muchas
espectadoras.
183
Monstruas
La Chica exhibe la violencia justiciera a la que hacíamos referencia cuando acaba con
el proxeneta y traficante de la ciudad. Anterior a esta secuencia, Saeed obliga a su
prostituta a hacerle una felación, pasándole primero el dedo por el rostro y metiéndole en
el dedo en la boca. Sin embargo, una figura en un chador le interrumpe, pero desaparece al
volver a mirar.
Después de acicalarse, la Chica, bajo su chador, se cruza con él por la calle y lo mira
seductora, logrando que él la invite a su casa sin ella decir una palabra. En su casa, en una
sala de estar repleta de cabezas de animales disecados y pieles e imágenes de tigres, Saeed
esnifa cocaína, hace pesas y baila ante la silenciosa Chica que lo observa inmutable desde lo
alto de los escalones. Es un depredador (de ahí los animales disecados, el estampado tigre
en el sofá, como si él fuera un gran cazador) que exhibe los rasgos de una masculinidad
tóxica. En la mesita: una pistola, un maletín repleto de droga, dinero y joyas. Entonces, él
se acerca y le pasa el dedo por el rostro y los labios de la Chica, tal y como hizo con la
prostituta en la anterior secuencia. Pero esta repetición tiene un resultado inesperado:
ella abre su boca, saca sus colmillos y Saeed ríe, curioso, nervioso, y, a la vez, excitado. La
chica mete su dedo en la boca sensualmente y lo muerde, amputándoselo.
Figura 59
afilados colmillos, mientras ruge como un gran felino, convirtiéndose ella en depredador y
él en presa.
184
Monstruas
inmutable desde lo alto de la escalera; ella quien introduce el dedo amputado en la boca del
proxeneta, como si de un pene macabro se tratara. Es ella quien tiene el monopolio de la
violencia, es invencible e inmisericorde. Ella actúa como un hombre siendo una mujer.
Halberstam argumenta que la violencia femenina en las pantallas es parte de un contexto
de furia y agresión dirigido a las opresiones culturales que ella denomina “violencia
queer”. Ella se refiere a la violencia imaginada infringida por personas inadecuadas en
términos de raza, género o sexualidad, que tendrían el poder de desencajar las relaciones
de poder existentes en la película y que permite a la audiencia soñar con una fantasía de
liberación de límites y restricciones culturales. En este caso, al ser una -en apariencia-
frágil mujer quien da caza al depredador, abusando del abusador, la audiencia puede soñar
con mujeres que destruyen proxenetas, con la desaparición del abuso masculino y
comercio de los cuerpos de las mujeres.
La “Chica” (nombre que representa a todas las mujeres) nace como venganza, como
fantasía revanchista respecto a la violencia del hombre hacia la mujer. El título de la cinta
nos hace creer que una joven sola, de camino a casa, de noche, es una víctima. Y más en Irán,
donde las mujeres no pueden circular libremente y menos de noche. Pero no es una
víctima, sino una justiciera. Su feminidad que encandila a los hombres y los convierte en
presa fácil, su chador, símbolo iraní de opresión, se transforma en capa de superheroína.
Figura 60
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Monstruas
Figura 61
Este momento es en el que mata al padre de Arash. “La globalización implica una
ruptura general con toda clase de pasados” (p. 43) mantiene Shahab Esfandiary (2012) y el
padre representa ese pasado. En los títulos de crédito, entramos en la sala, de decoración
oriental, en la que un hombre ve un programa de TV en el que hablan de la importancia de
los valores tradicionales del padre como sustento económico y afectivo de la familia
mientras se inyecta heroína. Es un padre corrompido, débil que no puede asumir una
identificación sólida en términos de origen, nación o tradición. Además, es un hombre
victimista y misógino, que culpa a su difunta esposa de sus adicciones y usuario de
prostitución. Es la tarea del vampiro contemporáneo acabar con el reinado de la tradición,
186
Monstruas
del pasado y avanzar hacia el futuro. Aunque tradicionalmente han estado vinculados al
pasado (aristocracia, castillos, Europa, ...), desde los años 80 los vampiros reclaman el
futuro como el lugar donde los “siempre jóvenes” deben habitar. En numerosas películas
y series (Buffy, Blade), los vampiros actuales derrocan a los viejos y aristocráticos
vampiros, llenos de rituales y tradiciones. Los vampiros urbanos contemporáneos son
modernos no solo por su desprecio a los viejos tiempos o su pasión por la música
contemporánea, la tecnología o la cultura popular, sino también porque el acto de destruir
el orden tradicional de los vampiros para tomar su lugar, reemplazando efectivamente lo
viejo por lo nuevo, es una de las características distintivas de la modernidad.
cultura pop juvenil, lo que les impulsa a irse, como en las películas de vaqueros, hacia el
horizonte.
Este último punto también es infrecuente en los relatos vampíricos, ya que el dilema
al que siempre se suelen enfrentar los vampiros, y especialmente las vampiras, es su
imposibilidad de amar. ¿Cómo amar a un mortal? ¿Hay que convertirlo para que
permanezca su lado? En las distintas historias que han existido, este era el fin de las
vampiras, donde acababan muertas rendidas bajo el femenino influjo del sacrificio por
amor. En la película de Lilly Ann Amirpour el amor no es el fin del poder o la supervivencia
de nuestra protagonista. No se sabe cómo se resolverá, pero no aparece como un
problema: el amor entre personas no adecuadas al esquema binario es posible.
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La brujería es una creencia ancestral, extendida por todas las culturas, que
conceptualiza al mundo como un lugar en el que sus partes están relacionadas de forma
oculta, a veces siniestra. En esa interrelación mágica, las brujas y brujos pueden provocar
ataques malintencionados. Esta creencia evoluciona en la historia occidental según la
religión dominante, contexto productivo y económico, y división del trabajo en base a
género que cristaliza en el monstruo de la bruja tal y como lo conocemos en la actualidad.
Estos seres del demonio también podían tomar forma como súcubos femeninos, o
íncubos, en su vertiente masculina, ambos extremadamente atractivos, que se introducían
en los sueños de la gente. Sin embargo, las autoridades eclesiásticas consideraban estas
creencias populares como supersticiones e inclusos herejías, tal y como decretaba el Canon
Episcopi de 906, que estuvo vigente hasta la Edad Moderna.
189
Monstruas
llevaron a cabo las vistas y sus crueles sentencias. Se estima que entre mediados del siglo
XV y mediados del siglo XVIII se produjeron entre 40.000 y 60.000 condenas a la pena capital
por ese concepto. La mayor parte de las ejecuciones tuvo lugar en Alemania y los países
colindantes, en el sur de Europa tuvo poca incidencia. El proceso de Zugarramurdi fue el
único en España de cierto volumen.
¿Qué otra cosa es la mujer sino una enemiga de la amistad, una carga ineludible, un
mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro
doméstico, un perjuicio placentero y una criatura mala por naturaleza pintada con
bonitos colores? (...) Es más carnal que el hombre, lo que salta a la vista a tenor de
sus innumerables abominaciones carnales (...) Lo mismo que por su falta de
inteligencia es más propensa a abjurar de la fe, por su falta de afectos y exceso de
pasiones desordenadas buscan, traman e infringen asimismo actos de venganza a
través de la brujería ya de alguna otra artimaña (...) Las mujeres tienen la memoria
muy débil, y es un vicio característico de ellas no ser disciplinadas, sino seguir sus
propios impulsos sin ningún sentido del deber. (Kramer & Sprenger, 1928, pp. 36-43)
190
Monstruas
feminidad: la mujer y esposa ideal, casta, pasiva, obediente, ahorrativa, de pocas palabras
y siempre ocupada con sus tareas, valorizada por su instinto maternal.
191
Monstruas
vacas que no dan leche, ... y que ponen en cuestión la autoridad de la ama de casa en su
propio hogar.
En este sentido, la bruja desordena, difumina los límites de la vida social y cultural,
contamina y ensucia el trabajo femenino y, por lo tanto, el orden cultural prevaleciente. Así
analiza Purkiss el testimonio de la señora Bennet respecto a los hechizos que dijo haber
sufrido por parte de su vecina, y que trastocaron su comida y la salud de sus animales:
La bruja es una especie de anti ama de casa, su propia Otra tenebrosa que causa
contaminación donde debería haber orden (...) La bruja es una anti ama de casa
porque usurpa la autoridad de Bennet sobre el hogar para maltratarlo, invertirlo.
(...) La bruja es la identidad que Bennet debe reprimir para definirse a sí misma,
para crear su propia identidad como ama de casa. (p. 97)
Una bruja está siempre vinculada a su casa. Por un lado, como es el reverso oscuro
de la ama de casa, su espacio asignado es el hogar. Por otro lado, como encarnación del lado
oscuro de la maternidad, el cuerpo de la madre es una casa para el bebé en curso, un
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Monstruas
contenedor, un objeto pasivo que es poseído y habitado por alguien más. La analogía es
absoluta y la casa es su encarnación. En los juicios recogidos por Purkiss se habla de
quemar o alterar la casa de la bruja para dañarla y/o romper los hechizos. En el folklore
occidental, la casa de la bruja es ese lugar alejado de la civilización, de lo reglado y
domesticado, generalmente escondido en lo profundo del bosque, en el corazón de lo
salvaje, hacia donde atrae a niños para comérselos. Si el espacio natural, donde ejerce su
autoridad y control la ama de casa es su hogar, lo mismo sucede con la bruja, aunque ella
desarrolle actividades domésticas tenebrosas: cocina ungüentos y pócimas en vez de
comida, usa la escoba para volar, come niños en vez de darles de comer. El fuego, el puchero
y la escoba son los objetos que componen la imagen estereotipada de la bruja, todo ellos
vinculados a las tareas del hogar.
Por otro lado, el trabajo ingente que las amas de casa llevaban a cabo en la Edad
Moderna consistía, como hemos dicho, en mantener el control, los límites de lo cultural
frente al desorden de lo salvaje. Ese límite era sobrepasado muchas veces por la bruja, que
bien dejando o llevando algún objeto, traspasaba la frontera y arrebata la autoridad de la
mujer de la casa en su gestión. La amenaza de la bruja era el miedo a la inestabilidad de esos
lindes. Así mismo, la división de fuera hacia dentro también se imponía de adentro a afuera,
es decir, las mujeres no podían salir al espacio público sin que su honorabilidad se pusiera
en entredicho.
El papel del ama de casa implica mantener límites, límites entre la naturaleza y la
cultura, entre el interior y el exterior, la contaminación y la pureza. (...) la esposa
virtuosa debe "quedarse en casa": esto significa tanto quedarse en casa como hacer
las tareas del hogar. La relación entre este modelo de contención doméstica y el
modelo del cuerpo casto y cerrado de la mujer virtuosa es clara. Por el contrario, las
193
Monstruas
Las brujas, en los relatos de los procesos, no solo salían de sus casas, sino que
volaban, libres y ligeras, hacia orgías sexuales.
La asociación entre cuerpo y casa, (cuyos límites las brujas rompen) nos lleva a la
concepción misógina del cuerpo femenino como un lugar de desorden, permeable, que
gotea líquidos (leche, sangre, fluidos, líquido amniótico, ...) y que es capaz de estirarse y
deformarse para albergar a otro ser. El cuerpo masculino, en cambio, es seco, estable,
definido en sus límites. El cuerpo de la bruja carece de límites claros y transmuta en objetos
y animales. “Esta fluidez proteica” relata Purkiss (1996) “era aterradora porque significaba
que había una incertidumbre perpetua sobre la identidad ‘verdadera’ de la bruja” (p. 125).
Sólo se podía atacar a la bruja en su forma humana o a través de su casa, en la que el robo o
destrucción de una teja u otro elemento podría ser una forma de anti-conjuro o dañar a su
dueña.
como lo contrario de lo que debería ser la mujer del siglo XVI y XVII. Nuevamente, la
bruja es la Otra tenebrosa de las mujeres de la Era Moderna, expresando y actuando
sobre los deseos que otras mujeres deben reprimir para construir su identidad
como madres” (Purkiss, 1996, p. 100).
194
Monstruas
la madrastra es una figura necesaria y sustitutoria de la madre, ya que encarna todo lo malo
que ésta pueda tener pero que no se admite que tenga.
Como madre oscura, la bruja también está siempre relacionada con la comida como
lo está cualquier madre. La manzana de Blancanieves, la casita de chocolate, … son
elementos de embrujo que no nutren, sino que perjudican. Así mismo, y según las
delirantes declaraciones de los juicios de la Caza de Brujas, la bruja se transmuta en animal
para chupar de la leche del ganado (es la madre que no da el pecho sino que lo chupa), o
amamanta a su “familiar”11 a través de la “marca de la bruja”, normalmente un pezón
desplazado a una zona genital u otra parte del cuerpo asociada con la contaminación.
Tanto la transmutación a animal como el amamantamiento a uno de ellos cuestiona la
división entre humanos y animales, recalcando la desafiante monstruosidad de la bruja.
La invención del ‘familiar’ es producto de unas élites que buscaban la huella del
demonio durante los juicios, un poder masculino superior del que emana el poder de la
bruja. El campesinado inglés, sin embargo, atribuía el poder autónomo de la bruja a su
cualidad anti-maternal. Como fusión de ambos relatos surge el familiar.
Como último, hay que señalar la fealdad que se le atribuye, en muchas ocasiones, a
la bruja, siempre vieja, áspera y árida. Es otro elemento de su anti-maternidad, que no sólo
no arropa ni nutre al infante, sino que incluso no puede ni engendrar.
11 El “familiar” es un demonio que adquiere la forma de un animal y que vive con la bruja, quien lo
cría. Ambos se protegen mutuamente y suele pasar a otras generaciones de la bruja. Tradicionalmente es un
gato negro.
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Monstruas
cadena histórica de lucha contra la opresión patriarcal comenzada siglos atrás, así como
para caracterizar a sus oponentes tan crueles e ignorantes como sus antecesores.
La Segunda Ola feminista de los años 60 y 70, en cambio, ahondaron en los poderes,
mágicos o no, que las brujas pudieran tener por ser mujer. En un momento de
contracultura, las nuevas religiones y cultos paganos florecieron. El caso más famoso es el
de Wicca, un culto pagano que se autoconsidera la religión de las brujas, que se basa en la
interpretación de la caza de brujas de Margaret Murray (1921). Esta egiptóloga, cuya teoría
tuvo mucho éxito, aunque nunca fue respaldada por los historiadores, creía que se
persiguió a las brujas porque eran miembros de una religión pagana pre-cristiana. Wicca
es la restauración de ese supuesto culto y sus miembros se autodenominan brujas y brujos.
Hoy en día tiene entre un millón y millón y medio de adeptos en EEUU.
Por otro lado, las feministas de la diferencia, otra rama de la segunda Ola, en la onda
del New Age, mantuvo que los hombres y las mujeres son diferentes espiritualmente: las
mujeres tienen un poder mágico intrínseco por el que toda mujer es una bruja.
Otra interpretación más secular considera que las acusaciones fueron hechas para
acabar con las profesionales que poseían conocimientos en ámbitos como la agricultura, la
curación, partos y que gozaban de independencia financiera, social y sexual. El término
bruja se aplica a la mujer que no acata las normas del patriarcado: una rebelde política. Las
brujas eran feministas, las feministas son brujas. De ahí el grupo WITCH, Women’s
benignas con poderes que emanaba de su feminidad, más acorde con el postfeminismo
vigente, en la época del #MeToo las brujas se han convertido en agentes emancipadores y
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Monstruas
poderosas. Ahora triunfan las revisiones de las como el remake Sabrina (2018 -2020) o el que
anuncian para las hermanas de Embrujadas (1996-2004), o películas como Maléfica (Robert
Stromberg, 2014) o el musical Wicked (2003-2917), que será película el año 2021, en las que las
bruja de la Bella Durmiente o la del mago de Oz son reinterpretadas de una forma más
empática y feminista.
Tal y como se viene creyendo desde el los siglos XVI y XVII, la bruja es un monstruo
que nace de la complicada relación de la mujer con una feminidad definida según las tareas
reproductivas atribuidas a su sexo, esto es, trabajo del hogar y maternidad. Por ello me
dispongo a analizar la representación de este monstruo femenino en dos casos del
audiovisual contemporáneo teniendo en cuenta, principalmente, su definitoria
característica anti-maternal. Los estudios de caso son, concretamente, las serie “Coven”
(Ryan Murphy y Brad Falchuk, Fox, 2013) y The Babadook (Jennifer Kent, 2014).
Para contextualizar la monstrua que nos ocupa, haré un pequeño recuento histórico
de sus representaciones en la historia del cine, que continúan con el relato asentado desde
los juicios. Me detendré, con más profundidad, en el análisis de Suspiria (Dario Argento,
1977). El director italiano hace un retrato de la bruja clásica: madre monstruosa y corrupta;
vieja; enfrentada y envidiosa de la belleza de la juventud, de su feminidad; malvada;
incorpórea, sin forma, y vinculada a su casa. Es una óptica que refleja más los miedos
masculinos que los femeninos, algo que no sucede en las dos producciones objeto de los
análisis centrales de este capítulo, caracterizadas por una construcción del monstruo más
vinculada a la subjetividad femenina.
Por un lado, voy a analizar la tercera temporada de la serie “American Horror Story”
(Ryan Murphy y Brad Falchuk, Fox, 2011- Actualidad), que lleva por título Coven (Aquelarre,
2013-2014). La temporada narra las luchas de poder de una academia para brujas
adolescentes que se desmorona porque la Bruja Suprema adolece, pero no quiere ceder su
poder a la Nueva Suprema, a quien intenta matar. He elegido esta serie porque aúna dos
corrientes claras en la historia de la representación de la bruja en el audiovisual. Por un
197
Monstruas
lado, la serie retrata, principalmente en la figura de la Bruja Suprema, a las brujas como
malas madres. Coven está protagonizada por Jessica Lange, una actriz en su sesentena
Coven (2013), como caracteriza a “American Horror Story,” aglutina y combina estas
referencias de la historia del audiovisual del terror y crea una ficción que actualiza los
conflictos y ansiedades de ambos tipos de brujas, jóvenes, madres y mediana edad, junto a
otros como la racialidad, la edad, los cuerpos no normativos y la nación, entre otros.
ambivalente con su hijo de 9 años, que un día descubre un libro infantil con un monstruo al
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Monstruas
que se convoca con su lectura. Amelia es poseída por el monstruo e intenta matar a su hijo,
pero se recobra a tiempo. La única posibilidad de que una madre, sin tener poderes
sobrenaturales por sí misma, sea cruel o mortífera para con su descendencia es que sea
poseída. Mi intención es analizar los elementos que construyen a esta madre monstruosa,
que, a pesar de su carácter ambivalente en su género cinematográfico, así como en la
cualidad o no sobrenatural de lo acontecido, constituye un retrato muy realista y liberador
de la maternidad actual, en la medida que permite visualizar el aspecto oscuro y reprimido
de la crianza. Amelia es la buena madre que se transforma en aquello que la señora Bennet,
la testigo en uno de los procesos de la caza de Brujas, debía denunciar y reprimir porque
tanto lo temía: una anti-madre, una anti-ama de casa, una bruja.
4.2.1.- Inicios
Haxän presenta tres tipos de brujas: la vieja alcahueta, la madre víctima de la fiebre
de las denuncias y la poseída. La vieja alcahueta, similar a la Celestina de la literatura
española, cocina ungüentos y pócimas de amor con los elementos más siniestros: dedos de
ahorcados, sapos, culebras, sogas de ahorcados. Pobre, anciana, débil, busca maneras de
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Monstruas
ganarse la vida y es denunciada por Ana y su familia, ya que el marido de ésta está enfermo,
y la responsabilizan a ella. Christensen contrató a una vendedora de flores que conoció en
la calle como protagonista, para resaltar la continuidad del vínculo entre la pobreza, la
vejez y el género. La pobre mujer es torturada y confiesa delirios satánicos. Sabiéndose
condenada a muerte, denuncia a muchas otras mujeres para que le acompañen en su aciago
destino, la primera, Ana, la costurera y su delatora.
Las torturas hacia Ana son de índole sexual, y delata una misoginia que se basa en la
creencia de que la mujer, por su belleza, está más cerca del Demonio, es una intermediaria
entre éste y el mundo, y es dañina para el hombre y su virilidad.
Por último, Christensen recupera los sucesos en los conventos franceses de los
siglos XVI y XVII, en los que se desató una fiebre de posesiones demoníacas entre las
monjas. El más famoso fue el sucedido en Loudun, en 1634, en el que la congregación
ursulina sufrió una posesión diabólica colectiva. El padre Urbain fue acusado de ser el
responsable y fue quemado en la hoguera. Huxley publicó “Los diablos de Loudun” en 1952,
basándose en estos hechos y Ken Russell filmó Los demonios, con Vanessa Redgrave, en
1972.
Christensen cuenta la posesión histérica de una monja para ilustrar la fina línea que
separa la posesión demoníaca y la socorrida histeria, ambas dolencias con poca o ninguna
base científica que castiga y encierra a las mujeres por el simple hecho de serlo. Esta
primera película estableció varios elementos en el estereotipo de la bruja y lo vinculó con
la misoginia y el oscurantismo patriarcal.
200
Monstruas
Night of the eagle o Burn, Witch, burn, como se tituló en EEUU (Sidney Hayers, 1962), The City
of the Dead (Aquelarre, John Llewellyn Moxey, 1960) o La Máscara del Demonio ( Bava, 1960).
Tal y como constata Tudor en su libro seminal “Monsters and Mad Scientists: A
Cultural History of the Horror Movies” (1991), es en el cambio de década cuando la mayor
parte de las películas de miedo tratan sobre brujería y maleficios. Sin embargo, no están
centradas en la figura de la bruja, sino que ésta se diluye en grupos de religiones perversas,
cultos satánicos que manejan malévolos hilos para lograr sus fines. Las congregaciones
conspirativas vinculadas a ritos antiguos o al Diablo son las tramas recurrentes. La más
famosa es La semilla del Diablo (Polanski, 1969). Por otro lado, películas como Witchfinder
General (Michael Reeves, 1968) o The Wicker Man (Robin Hardy, 1973) inauguran lo que se
denomina Folk-horror, un subgénero que se enmarca en lo rural, un terror que proviene de
Por ello, contrasta el estreno de una película que recupera a la bruja del Malleus
Maleficarum, objeto de esta investigación. Nos referimos a Dario Argento y su trilogía
sobre la Tres Madres.
suspense melodramático (Così dolce, così perversa [So Sweet So Perverse, Umberto Lenzi,
1969]) y películas conspirativas (Terza ipotesi su un casa di perfetta strategia criminale [Who
Killed the Prosecutor and Why?, Giuseppe Vari, 1972]). Dario Argento fue uno de los autores
más prolíficos del género, concretamente, el director ( El pájaro de las plumas de cristal
201
Monstruas
(1970), El gato de las nueve colas (1971), Profondo Rosso (1975), Suspiria (1977) e Inferno (1980),
entre otros títulos) y, en particular, en su trilogía de las tres Madres.
Suspiria (1977) e Inferno (1980) son dos títulos de una trilogía que Dario Argento
concluye en 2007 con la Terza Madre, y que tiene como protagonistas a la tres Madres, tres
malvadas brujas hermanas, que habita cada una en una ciudad distinta: Mater Suspiororum
en Friburgo; Mater Tenebrae, en Nueva York y Mater Lacrimarum, en Roma. Argento
rescata para su creación un capítulo del libro “Suspiria de Profundis” (1845), escrito por
Dario Argento siempre admitió que los monstruos que realmente le atemorizan
desde niño son las brujas, y que realizó las dos primeras películas de la trilogía,
especialmente Suspiria, como una versión cruel y despiadada de Blancanieves. Para ello
utiliza los tres colores básicos de la cinta de animación: rojo, azul y amarillo, para
exagerarlos, convertirlos casi en fluorescentes y pervertir la inocencia en un grito excitado
de los sentidos.
202
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Una de las claves del éxito de las películas de Argento es que, tanto en Inferno como
en Suspiria, no podemos ver a las brujas hasta la resolución de la historia. Su
representación no es visual, no es corpórea, pero su presencia es constante, temible y
poderosa. Asistimos aterrorizados a la entrada de la protagonista en el nido de brujas,
envuelta por una temible amenaza que, aunque no es visible, es real, corpórea de alguna
manera. ¿Cómo lo logra Dario Argento? ¿Cómo transmite la corporalidad de la presencia
de la Madre de los Suspiros?
Michel Chion acuñó el término “acousmêtre” (“acusmático”, que se oye sin ser visto
y “ser”) y que define como un ser acústico a aquel que existe dentro de la diégesis pero al
que no se le ve (Chion, 1993). Es una voz sin cuerpo que parece venir de todas partes y por lo
tanto no tiene claramente definido los límites de su poder. Lo puede ver todo, es
omnisciente, omnipotente y tiene el don de la ubicuidad. La Madre de los Suspiros es
poderosa hasta el punto de desafiar al poder de la mirada.
203
Monstruas
mirada que todo lo ve, que todo lo controla, es la mirada panóptica que domina sin ser vista
es, en el fondo, la propia mirada del cine. Argento deja constancia de este hecho al incluir
su rostro dentro de un reflejo, del universo referencial de la Bruja, tal y como explicaré más
adelante. La pregunta, sin embargo, no es quién posee la mirada o quién es el observado,
1992), padecen.
204
Monstruas
4.2.3.2.1- La casa
Figura 62 Figura 63
La casa es la madre. No hay lugar para el poder masculino, cuyo espacio es,
De hecho, cuando el pianista les amenaza con desvelar sus secretos tras una
discusión, éste es asesinado.
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El crimen tiene lugar en un gran espacio vacío, a los pies de dos edificios de corte
neo-clásico construidos durante el Tercer Reich. La Madre de los Suspiros elige este lugar
muerto para ejercer su poder maléfico.
Figura 64 Figura 65
ciego, le deja indefenso ante la mirada de la historia, de la muerte, de lo extinto, y, por qué
no, de la disciplina panóptica que supuso el nazismo (el fascismo en Italia) que controlaba
amenazante a todos los ciudadanos. Cabe resaltar el zoom en plano corto del águila
imperial, que corona la secuencia reforzado por el sonido que, tras un gemido, se queda en
silencio, y que acentúa la vinculación entre nazismo y ocultismo, entre la muerte y la bruja.
206
Monstruas
dueño.
El poder que posee sobre los animales es coherente con un poder omnipresente,
capaz de convocar lluvias (tal y como hace al principio y al final de la película), que domina
la Naturaleza. Se reitera, por lo tanto, la asociación mujer/naturaleza/irracionalidad, a la
que se opone la tríada hombre/civilización/racionalidad. De hecho, cuando desaparece su
mejor amiga, Suzy acude a hablar con el psiquiatra que la atendía, para constatar que las
brujas pueden tener una explicación científica parcial. Es llamativo comprobar cómo el
espacio que se asigna al mundo racional, el que permanece libre del influjo de la Bruja, es el
de los psiquiatras, los expertos y sabios hombres de ciencia, que se reúnen en una moderna
edificación con amplias cristaleras y eficiente diseño rectilíneo, de formas limpias,
racionales. La Academia, en cambio, es de estilo modernista y todo son formas orgánicas,
redondas, curvas, repletas de color y motivos florales.
Figura 66 Figura 67
Si nos fijamos bien, durante menos de un segundo hay otro rostro en la esquina
izquierda del encuadre. Es el director, Dario Argento. Con este guiño, el realizador asocia
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su autoría con la figura de la bruja, en un juego de identidades: ¿quién lo sabe todo? ¿Quién
lo ve todo? ¿Quién es la película?
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Figura 68 Figura 69
Las brujas de esta película son mujeres que resultan amenazantes porque
cuestionan el sistema del deseo. Frente a las deseables, dulces e inocentes jovencitas, que
no tiene ningún poder, y que los hombres pueden tutelar, conquistar o dominar, tenemos a
las feas, crueles y poderosas brujas que no necesitan de hombres, que ni siquiera son
deseadas por ellos. Porque ¿qué es una mujer no deseable y con poder? Es...un hombre.
En esta secuencia vuelve a aparecer el cristal como espejo. La joven percibe una
presencia fuera de la casa y acerca la lámpara para intentar ver qué hay fuera, aunque sólo
puede ver su reflejo. Entonces, la Bruja sin cuerpo, consigue resquebrajar la ventana con
uno de sus brazos y aprieta su cabeza contra el cristal hasta romperlo con su cara. Esos
brazos son peludos, masculinos, incluso simiescos. Hace pensar que es un hombre a quien
pertenecen esas extremidades. Luego la acuchilla. El uso del cuchillo es innecesario
cuando se es una bruja de incalculable poder. Sin embargo, la penetración de un elemento
fálico vuelve a hacernos suponer que estamos ante la presencia de un ser de género
masculino. Este recurso lo usa el director italiano en distintas películas suyas, haciéndonos
dudar del género de la asesina. Pero más allá de ser un truco de guion para aumentar el
suspense, en esta ocasión se muestran las extremidades velludas y con garras para
representar a la Bruja como un monstruo que fluctúa entre los géneros, que puede retorcer
su identidad femenina y penetrar el cuerpo de una bella joven, pero sólo como un versión
animalesca o monstruosa de hombre. En esta perversión de lo masculino, el falo es el
209
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cuchillo; y las manos, aniquiladoras. El monstruo posee un género híbrido, una violencia
física cometida por lo masculino13, un poder panóptico femenino.
la mujer ejerciendo la violencia, esto se vuelve más frecuente a partir de los años 90 y, principalmente, en el
cambio de siglo.
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Distinta a la bruja como una madre tenebrosa y perversa, existe, desde los años 90 y
especialmente fomentado por la TV, la idea de la bruja joven o adolescente. Se la presenta
como miembro de un aquelarre y su poder deriva de la pertenencia al grupo, del que es
miembro por linaje u otra forma, y al que hay que proteger. Este tipo de relato está dirigido,
principalmente, a la audiencia adolescente quien encuentra en estas figuras referentes
para construir su propia feminidad, o mejor dicho, cómo negociar el poder, al que
teóricamente puede acceder en la sociedad actual, con la feminidad. Es más, según Rachel
Moseley (2002), también representa las tensiones y cambios entre las distintas etapas
históricas del feminismo. Debido a que la figura de la Bruja y del feminismo se entrelazaron
en los años 70, esa temática está presente en las obras audiovisuales de una manera
consciente y explícita.
Las series más importantes e influyentes son “Sabrina, cosas de brujas” (CBS, 1996-
2003) y “Charmed” (Embrujadas, 1998-2006). Otro referente, pero ya en el cine, de brujas
adolescentes que encuentran su poder en el grupo de iguales es The Craft (Brujas y Jóvenes,
Andrew Fleming, 1996). Sabrina Spellman, el personaje de Archie Comics, se empezó a
publicar en 1962 bajo el título de “Sabrina, la bruja adolescente”. Ha tenido tres épocas
distintas. La primera, la referida al cómic. La segunda, en la sitcom de la CBS con el mismo
nombre, que estuvo en antena de 1996 hasta 200314. Recientemente, Netflix ha realizado una
nueva versión del personaje que se titula “Las escalofriantes aventuras de Sabrina”.
Cuenta, en la actualidad, con tres exitosas temporadas, la primera emitida en 2018, la
segunda en 2019, la tercera en 2020 y se espera la última para finales de 2020 o principios de
2021. Se especula, asimismo, con el remake de “Embrujadas”, así como de la película de
“Brujas y Jóvenes”, pero al día de escribir estas líneas no hay nada seguro.
14 En España también se emitió durante el mismo periodo en Antena 3 y Cuatro con el título “Sabrina,
cosas de brujas”.
211
Monstruas
embargo, esta infinitud de posibilidades obvia, por un lado, las limitaciones que el género,
la clase social y el color de la piel infieren, así como la obligatoriedad de encajar en una
feminidad tradicional. Por ello, distintas autoras ( Projanski & Vande (2000), Mosley (2002)
mantienen que las series de los 90 son ambivalentes porque, por un lado, ofrecen visiones
de un mundo más igualitario, solidario entre mujeres, incluyentes con lo queer, y que
ensalzan al poder en la mujer; pero, por otro, resaltan la importancia de la belleza, la
disciplina corporal, el cuidado a los otros y la obtención de atención de los hombres como
objetivo principal. Estos dos rasgos principales, el emancipatorio y el de la feminidad
212
Monstruas
bruja como figura metafórica de su lucha. Sin embargo, cada corriente promulga su tipo de
hechicera. El feminismo radical invocó en los años 70 la figura de la bruja “arpía”, vieja y
fea, que desafía las normas de género con su fealdad y su no fertilidad. El feminismo radical
se apropió del exceso y del espectáculo del cuerpo de la bruja, transgresora por mostrarse
impúdica a su edad, por negarse a ser invisibilizada. Tal y como escribió Mary Daly (1978),
“las damas que se auto-desprecian se ríen nerviosas, las brujas y las arpías rugen” (p.17).
Esa imagen de bruja mala y fea fue la que usó el grupo WITCH en alguna de sus acciones
performativas, vistiendo sombreros picudos y otros clichés que recordaban a la Bruja del
Oeste de El Mago de Oz.
Las brujas que aparecen en las series y películas que nos ocupan, sin embargo,
muestran a una bruja buena, compasiva, cuidadora, preocupada por su imagen, más
cercana a lo que promulga WICCA que a la subversión. Este tipo de magia está vinculada a
la esencia misma de la feminidad y en su particular vínculo con la naturaleza. Esta
interpretación de la feminidad se ajusta a la feminidad convencional, y domestica el poder
destructor de la magia. Moseley (2002) utiliza para ilustrar esta domesticación el concepto
del glamour. El término ha perdido totalmente su significado original. Tal y como lo
explica Mary Doly (1978), “originalmente se creía que las brujas poseían el poder del
glamour y de acuerdo con los autores del Malleus Maleficarum, las brujas podían mediante
el glamour hacer que el miembro viril desapareciera. En el uso moderno, este significado
casi ha desaparecido en el fondo y el poder del término está enmascarado y asfixiado por
imágenes en primer plano como las asociadas a la revista glamour” (p.5)
213
Monstruas
termina mal. No existe la sororidad entre las adolescentes de los 90: las envidas y los celos,
sobre todo por un chico, acaban con el grupo. El poder es excesivo para ellas, y acaba
pervirtiéndolas. El enfrentamiento se escenifica entre las dos líderes: Sarah y Nancy. Las
dos desean al mismo chico, sexista y cruel, y Sarah le embruja con un hechizo de amor. Sin
embargo, su deseo se transforma en un intento de violación. Nancy suplanta a Sarah y se
acuesta con él, pero Sarah llega y se descubre el engaño, por lo que Nancy lo mata. Entonces
Sarah quiere dejar el aquelarre y Nancy decide acabar con ella por traidora. La bruja
agresiva, enfadada, excesiva, descontrolada es derrotada por la protagonista, una bruja a la
que el fantasma de su madre protege, comedida, y de una feminidad más tradicional, tanto
en su manera de vestir como de comportarse. Nancy usa ropa gótica, maquillaje excesivo y
siniestro. Sarah, en cambio, lleva motivos florales y siempre aparece en el jardín para
reiterar su comunión con la naturaleza. Nancy no encaja en la feminidad convencional, no
es glamurosa; Sarah sí.
Un elemento que se repite en los tres casos que tratamos aquí (Sabrina, Embrujadas
y Jóvenes y Brujas) es la parafernalia “de magia” que se ponen en escena (Moseley, 2002).
Velas, frascos, flores, plantas, … son motivos estéticos recurrentes para señalar su analogía
con la parafernalia “de chicas” que suelen decorar los cuartos de las adolescentes en las
películas: velas, lucecitas, fotos, perfumes, ... un universo propio de las adolescentes que
se reproduce tanto en la versión mágica o no. Además, el uso de la brillantina, ya sea sonora
214
Monstruas
o visual, es otro elemento recurrente. En Sabrina, Cosas de Brujas, cada vez que la
protagonista hace un hechizo suenan unas campanillas (hecho con un xilofón o una celesta)
y aparece un efecto de brillo, una convención para indicar que la magia ha tenido lugar. La
brillantina es la versión casera del polvo de hadas, los polvos mágicos, la varita mágica
despidiendo conjuros y que constituyen un elemento fundamental en la parafernalia de
objetos púberes, una edad liminal entre la infancia y la madurez. Existe una analogía entre
los objetos de “chicas” y los objetos de las brujas que refuerzan la idea de un poder
sobrenatural que emana de la feminidad, el “glamour”, tal y como postula Moseley.
Figura 70 Figura 71
Embrujadas trata sobre cuatro hermanas (al principio, sólo tres) brujas que
defienden la tierra de los demonios que vienen a hacer el mal o simplemente a acabar con
ellas. Casi todos los ataques tienen lugar en el hogar, por lo que la casa familiar refleja la
dicotomía gótica entre la casa como santuario, hogar, y como un campo de batalla. Por otro
lado, su lado familiar, doméstico, remite a un espacio de cuidados, de cocina y ungüentos.
No es una atención hacia el cuidado de los otros de tipo maternal sino de proteger a la
215
Monstruas
comunidad, cuidar las unas de las otras, así como de los vecinos, sobre todo de los más
vulnerables, las mujeres y los niños. Ellas protegen a su comunidad del ataque del mal
mediante la magia, un poder que proviene de su vínculo como hermanas. Los lazos que las
unen son las que les permiten seguir teniendo sus poderes; los vínculos entre ellas son más
importantes que el trabajo y el amor. De hecho, hay personajes que renuncian a sus
trabajos para poder enfocarse en la poco reconocida tarea de la magia y de proteger a los
débiles. El trabajo de bruja tampoco se paga, lo que nos remite a los trabajos de la casa,
reproductivos y de cuidados asignados, tradicionalmente, a las mujeres. En muchos
episodios las hermanas intentan compaginar el trabajo externo, la magia y el amor, y viven
estresadas bajo el espíritu de los tiempos postfeminista de “hay que tenerlo todo”; pero
todo no se puede y están constantemente negociando entre todos sus anhelos.
Le dan mucha importancia al equilibrio de las emociones, todo lo que pueda servir
para que el vínculo entre las hermanas se refuerce. Subrayan el diálogo de sus
sentimientos para que no haya desavenencias y el poder no se debilite. Respecto al amor,
prima la heterosexualidad y los hombres se muestran como peligrosos porque siempre
traicionan, no se puede confiar en ellos, hay que ser precavidas con ellos. No hay figuras
masculinas en su familia, padres, etc., la línea de herencia es materna, de madre a hija y
siempre de gente blanca, no hay nadie de la familia racializado.
Reforzando esta idea de los hombres como peligrosos, cabe recordar que sus
enemigos suelen ser demonios representados en forma de hombre y ejecutivos de una gran
empresa, miembros de una gran corporación, vinculado al poder económico. Las figuras
malvadas femeninas siempre necesitan de la presencia de otro ser malvado masculino,
nunca son autónomas.
216
Monstruas
tías solteras y su familiar, que es un gato que habla. Sabrina acaba de cumplir dieciséis años
y la magia se ha despertado en ella, pero debe no intentar usarla en situaciones cotidianas
porque nunca se sabe qué puede desencadenarse. Obviamente, la usa y provoca un
montón de enredos simpáticos.
Por el contrario,
217
Monstruas
La careta es bastante ilustrativa. Sabrina cambia de ropa y look delante del espejo,
generando identidades distintas, buscándose a sí misma, como haría cualquier
adolescente, en la imagen adecuada, la belleza sin estridencias, natural y acorde a la moda
del momento.
La Sabrina del siglo XXI se oscurece, se vuelve más terrorífica y violenta, como el
mundo que nos acoge. En eso contribuye el cambio de género televisivo, que pasa de una
sitcom a una producción serial con continuidad o teleserie que cuyas tramas concluyen
cada dos temporadas. A primavera de 2020 se emite en Netflix la primera parte de la
segunda aventura o, lo que es lo mismo, la tercera temporada cuya resolución tendrá lugar
de la cuarta temporada. Cada capítulo dura alrededor de 60 minutos.
La acción se sitúa en Greendale, un pueblo pequeño de la américa rural, sin una clara
referencia de su época. No hay internet ni smartphones pero los personajes son actuales y
se comportan de una manera muy familiar, por lo que no hay sensación de pasado o
nostalgia. La iluminación es gris, matizada, oscura, como si vivieran un otoño o un invierno
eterno. Las ropas tienen un aire de años 60 pero actualizadas, no nos remiten al pasado.
218
Monstruas
bajo el nombre de Theo. El novio de Sabrina, el mítico Harvey Kinkle, es bastante parecido
al Harvey de los 90: su masculinidad no es rígida, dominante ni hegemónica. Prefiere
pintar que jugar a rugby, no sueña con trabajar en la mina como su padre y hermano, y,
sobre todo, reniega del linaje de cazadores de brujas del que desciende. Otra de las
novedades de la serie es que se ahonda en los contextos familiares de cada personaje,
haciéndolos más cercanos y comprensibles por parte de los espectadores juveniles.
Sabrina vive con sus dos tías solteras en una casa de estilo gótico y todos mantienen
una fachada de normalidad bajo el negocio de funeraria que dirigen en la misma casa.
Además de las tías, convive con ellas Ambrose, un primo inglés racializado. Su primo es
bisexual sin que eso suponga un tema que tratar, de la misma manera que muchos otros
brujos y brujas lo son, incluida la tía Hilda. Ambrose ha sido castigado con la reclusión
domiciliaria por un intento de ataque terrorista en el Vaticano. El contexto en el que se
emite este veredicto es el de una comunidad de brujos y brujas adoradores de Satán.
La serie retoma la idea de las brujas al servicio de Satán, tal y como se postuló en el
Malleus Maleficarum, o como dijo Lutero, “las putas del Diablo”. Su creador, Roberto
Aguirre-Sacasa, construye un mundo brujeril cuyo poder proviene del Ángel Caído, Señor
del Infierno, y al que deben someterse. Las estructuras que organizan el culto son
machistas, dominadas por hombres mayores que excluyen del poder a las Brujas. Cuando
Sabrina, mitad bruja, mitad humana, llega a los 16 años, debe firmar en el Libro de la Bestia,
pero se niega a firmar porque no está dispuesta a renunciar a su libertad, no quiere
someterse a nadie. Para convencerla, Lucifer manda a Lilith a la tierra para que, encarnada
en su beata profesora Wardwell, la manipule y le obedezca. Sabrina busca, durante toda
esta temporada, una tercera vía, una solución nueva, creativa, que no la obligue a
adscribirse o enclaustrarse en unos de los binarios opresores. De esta manera, Sabrina
firma y recibe los poderes, pero lucha por mantener su independencia respecto a Satán; no
renuncia a sus amigos humanos y ni a su instituto, lo compagina con la academia de artes
oscuras y junto a sus amigos humanos y brujos emprende la lucha para salvar al mundo de
sus peligros e injusticias. El final de esta primera trama termina con el derrocamiento de
Satán y la proclamación de Lilith como Reina del Inframundo, puesto que debería de
219
Monstruas
haberle correspondido pues fue la primera expulsada del Reino del Señor, el primer
demonio.
La serie muestra una bruja joven, no la hechicera arpía, vieja y furiosa, pero tampoco
una bruja orientada a los cuidados sino a la lucha de su autonomía y la de los demás. Es
ambiciosa, atractiva, pero sin ser presumida ni disciplinada con su cuerpo, segura, familiar,
leal, deseosa de un mundo igualitario, es decir, una serie de valores que le permiten
encontrar una tercera vía en la dicotomía que el binarismo de la sociedad patriarcal
establece.
220
Monstruas
Esta tercera temporada de la serie American Horror Story (Ryan Murphy y Brad
Falchuk, Fox, 2011- actualidad) está dedicada a las brujas, pero como es sello de la serie, el
monstruo es revisitado, recompuesto, rehecho con una amalgama de convenciones que la
historia del terror ha acumulado a lo largo del tiempo, difuminando las fronteras entre
géneros cinematográficos, pero también ofreciendo una reconceptualización de
cuestiones sociales. “Posicionado como está dentro de una tradición de horror gótico, AHS
ofrece a su audiencia una y otra vez imágenes, aunque enredadas, de la sociedad que ellos
mismos habitan.” (Janicker, 2017, p.2). American Horror Story: Coven trata diversos temas
en relación a la bruja. El primero, que le es propio, la maternidad y la vejez. Por otro lado,
la discriminación racial y de clase. Todos estos elementos, constituyentes de la feminidad,
se articulan en relaciones y conflictos de poder: madres contra hijas, hombres contra
mujeres, blancas contra negras y entre las propias jóvenes aspirantes a Suprema. Las
brujas, en comparación con las vampiras o las mujeres mitad animal, son emblemas de
poder y feminidad, un poder que no emana de su sexualidad desordenada e insaciable, ni
de la masculinidad voraz que habita en su interior: es un poder que emana como el reverso
oscuro de la feminidad establecida en el siglo XVII, y que todavía perdura, aquella de la
eficiente ama de casa y amorosa madre. Coven actualiza el poder de la bruja en relación con
la feminidad de hoy en día, sacando a la luz las contradicciones y conflictos que alberga en
materia de edad, cuerpos normativos, raza y clase social.
Fiona Goode, la Suprema del aquelarre, debe regresar a Nueva Orleans, a la Escuela
porque se muere, siente que es el momento en que una nueva Suprema se alce y la sustituya,
quitándole su poder. La situación de la Academia Miss Robichaux15 para Brujas con Talento
es mala: apenas hay cuatro jóvenes aprendiendo las artes; su directora, Cordelia Foxx, hija
de Fiona, es incapaz de conducir el lugar con alguna meta, y sueña con concebir un hijo de
su marido. Cordelia teme a su madre, quien siempre la trató con desprecio y que la
221
Monstruas
abandonó en la escuela a cargo de Myrtle, una bruja mediocre pero una madre protectora
para Cordelia, dotada de un gran gusto para la moda. Madison, una de las estudiantes,
dotada de telekinesis, es violada en grupo por unos jugadores de rugby en una fiesta de la
Universidad y en venganza, los mata, junto a Zoe, otra bruja que tiene una vagina dentata,
provocando un accidente. Ambas construirán con los trozos de los chavales un nuevo
chico, un novio Frankenstein idóneo. Para ello cuentan con la ayuda de Misty, una bruja de
los pantanos que tiene el poder de la resurrección. Fiona ha regresado con un motivo
cambiante: o rendirse a la muerte y reconciliarse con su hija o buscar a la nueva Suprema y
matarla para poder seguir viviendo. Por casualidad, da con el cuerpo, dotado de vida
eterna, de Madame LaLaurie, una psicópata del siglo XVIII que torturaba esclavos para
untarse con su sangre. La desentierra y la lleva a la escuela, donde la convierte en la criada
personal de Queenie, la única bruja negra del aquelarre. Busca a Marie Laveau, autora del
maleficio, pidiéndole lo mismo para ella, pero ambas se odian: son dos tipos de brujas, las
de Nueva Inglaterra y las africanas, que han estado enfrentadas desde siempre. Cuando se
da cuenta de que este camino no le sirve, empieza a sospechar que Madison es la nueva
Suprema y, de forma accidental, la mata. Pero estaba equivocada. Spalding, el mayordomo
devoto que se cortó la lengua por Fiona, la esconde en su delirante ático, vistiéndola como
una de las muñecas que colecciona. Las compañeras, al buscarla con la ouija, liberan a un
asesino psicópata, Axeman, quien siempre estuvo enamorado de Fiona y con quien ahora,
en su regreso, tiene un romance. Cordelia sufre un ataque de los cazadores de brujas, que
la dejan ciega, lo que despierta en ella el don de la clarividencia. Así descubre que su marido
es un cazador infiltrado, el hijo del jefe. Fiona evita a su hija para que no descubra que mató
a Madison, pero las estudiantes se lo dicen. Entonces deciden matar a Fiona, quien es
salvada en el último momento por Spalding, convertido en espectro, ya que Zoe lo mató al
descubrir el cadáver de Madison. Misty resucita a Madison. Fiona consigue evitar su
muerte, pero no se enfada con su hija, sino que lo interpreta como una muestra de coraje.
Fiona quiere que las brujas negras se unan a defenderse contra los cazadores, pero Marie
ha planeado con el ex marido de Cordelia su aniquilación. Sin embargo, él entra en la
peluquería que regenta Marie y masacra el lugar. Laveau pide refugio en la Escuela y juntas
acaban con la empresa y las vidas de los cazadores. Cordelia quiere matar a su madre de
222
Monstruas
nuevo y pide a Axeman que lo haga. Fiona finge su muerte a manos de Axeman, mientras
las jóvenes se someten a las 12 pruebas para saber quién es la nueva Suprema. Al final,
Cordelia se alza con el poder y Misty, Madison, Nan y Myrtle han muerto por el camino.
Cordelia asume su cargo ofreciendo una entrevista en la televisión para convocar a las
brujas del mundo y emprender un nuevo tiempo. Fiona aparece, muy enferma. Confiesa
que planeó un engaño porque quería volver cuando la Suprema apareciera para matarla
entonces, pero su hija le ha arrebatado todo el poder al coronarse. Fiona la bendice y muere
en sus brazos.
La serie está repleta de malas madres. Los personajes mayores, Fiona Goode
(Jessica Lange), Madame LaLaurie (Kathy Bates) y Marie Laveau (Angela Bassett), son
madres crueles o ausentes. Madame LaLaurie torturó a sus hijas de forma terrible cuando
supo que tramaban matarla; Marie Laveau entregó a su hija a Papa Legba a cambio de la
inmortalidad y todos los años le entrega un bebé como parte del acuerdo; Fiona Goode
abandonó a su hija en la Academia de Brujas para vivir su vida y siempre la ha tratado con
desprecio. “AHS-Coven describe a la madre como una figura autoritaria que desea ejercer
un poder ilimitado sobre su descendencia. En este sentido, las figuras maternas aparecen
como física y emocionalmente abusivas” (Lopes, 2015, p. 60).
Pero todas, de alguna manera, quisieron a sus hijas. LaLaurie sufrió al conocer su
muerte a manos de una horda que asaltó su casa; Laveau fue engañada por Papá Legba y su
corazón se hizo piedra cuando tuvo que dársela; Fiona no pudo soportar la prueba de su
propia mortalidad en la juventud de su hija. Las tres son madres que antepusieron sus
deseos frente a la protección de sus hijas, madres narcisistas y egoístas, que sustentan un
gran poder, pero a las que la serie proporciona una ambivalencia en su papel que las
humaniza.
223
Monstruas
infantil, le cuenta a Fiona que su madre le puso a trabajar “desde que pude hablar” y que “la
última vez que la vi inhaló la mitad de mi cocaína y luego dejó que la policía me atrapara por
ello. Es una perra egoísta”. Queenie, aunque no entra en detalle, también es víctima de una
madre descuidada. Joan Ramsey, la vecina, una religiosa viuda, somete a su hijo al control
absoluto porque, como ella dice, “yo te di la vida, yo te la puedo quitar”. De hecho, cuando
él descubre que la muerte de su padre no fue un accidente, su propia madre lo mata.
Ramsey es la figura hipócrita que odia a las mujeres no convencionales y, especialmente a
las brujas, que se justifica en la religión para dar rienda suelta a su sadismo y ansías de
poder. Por otro lado, la madre de Kyle lleva abusando sexualmente de su hijo desde hace
años, un crimen inconcebible y que acaba cuando su hijo, furioso, la mata.
224
Monstruas
relación que establecen no es materno filial, sino que ambas tienen sexo con él y,
finalmente, forma pareja con Zoe. Resulta paradigmático que el mismo joven que era
violado por su madre, también mantenga sexo con sus madres artificiales.
Pero también hay buenas madres. Cordelia quiere ser madre, pero no puede
concebir. Revisita el concepto clásico de la bruja árida que odia a los niños, que se los come
en vez de cuidarlos; en realidad, se puede ser infértil pero maternal. Ella ejerce la función
de madre en la Escuela, cuida de sus estudiantes, pero no es capaz de hacerlo
adecuadamente: se le escapa de las manos. Sólo al final, cuando adquiere los poderes de
Fiona, gana la confianza suficiente para reorientar la escuela en otra dirección y liderar a
las miles de chicas que acuden. Su vida es el akelarre, y quiere convertirlo en “un lugar para
proteger, defender y congratular a las brujas”. Su poder, su posible crueldad, si acaso la
manifiesta, siempre tendrá un objetivo: el grupo, la comunidad. Esa es la diferencia entre
ambas: el disfrute narcisista o la construcción de un nuevo estado de las cosas y
proporcionar a los demás un lugar en el mundo. Cordelia es una madrastra buena con una
agenda política. Cordelia está vinculada a la casa. Pero la casa-escuela no es un espacio
16 El personaje conocido como "loca del ático" o "loca del desván" aparece en numerosas novelas de la época
victoriana y posteriores. La loca del ático es, según Gilbert y Gubar (1979), una manera que tenían todas estas autoras de
separar el yo angelical (la mujer que consigue casarse y formar un hogar) de su yo diabólico (aquella que desafía todas las
estructuras de poder y le planta cara al sistema y que, precisamente por ello, termina encerrada en una habitación).
225
Monstruas
puertas, escaleras… No hay cuadros ni recuerdos: lo único que decora las paredes son los
retratos de las Supremas que han reinado a lo largo de los siglos. No es un hogar, es un
contenedor aséptico. Es un espacio extraño, que no se llena de las personalidades de sus
ocupantes, como hace todo ser humano en el espacio que habita, que expande su ser en su
hábitat, construyéndose su nido, el lugar donde hay parte de uno/a mismo/a. La casa es el
aquelarre, el contenedor que permitirá a generaciones de brujas pasar por ahí, pero
ninguna debe transcender: el grupo prevalece sobre el individuo. Es un espacio atemporal
frente al devenir de los acontecimientos, del pasado y el presente que se mezclan
constantemente.
Myrtle Snow, la bruja que se ocupó de ella cuando su madre la dejó en la Escuela, ha
sido su verdadera madre. Su apellido (Nieve) esconde un guiño al cuento de Blancanieves,
reforzando la idea de la revisión del mismo por parte de la serie. Su mayor enseñanza ha
sido el anteponer al aquelarre frente a sus ambiciones personales, un sentido ético del
poder. Tanto la madre que no puede serlo mediante la gestación, como aquella que tuvo
que criar una hija ajena, son los ejemplos de buenas madres, revirtiendo la figura clásica de
madrastra. El determinismo biológico de la buena maternidad queda desmontado. Así
mismo, el vínculo que presupone a la feminidad con la maternidad también se pone en
cuestión. Ambas cuestiones quedan claras en la relación entre Fiona y su hija Cordelia.
secuencia inicial, visita a un científico que tiene un fármaco experimental que le funciona
bien en monos. Ella le pide una muestra. En su casa, esnifando cocaína, bebiendo y
fumando bailando al ritmo de “In-A-Gadda-Da-Vida”, del grupo setentero Iron Butterfly,
se mira al espejo como la madrastra de Blancanieves, enfadada, devastada por no ver lo que
desea, por asistir a su decadencia.
226
Monstruas
Fiona recibe al científico que se queja por haber dejado la actuación escolar de su
hija. Le dice que nada puede parar el tiempo porque somos materia y nos corrompemos.
Entonces Fiona se enfada, cierra las puertas con un gesto y lo besa, chupándole toda su
esencia vital, hasta que cae como un cadáver momificado. Vuelve al espejo: es joven de
nuevo. Pero el efecto se desvanece y las arrugas regresan. Fiona rompe el espejo de un
puñetazo.
Figura 67 Figura 68
música nos sitúa en la década de los 70, la generación de Fiona, la contracultura y las drogas,
así como el feminismo radical. Fiona es más liberal que su hija en muchos aspectos: sexo
libre, drogas, bebida, calle en vez de casa, aventuras en vez de maternidad. Fiona presenta
una imagen de la feminidad de origines distintos a la maternidad. En el caso de Fiona, esto
proviene de un estilo de vida egoístamente decadente, pero es refrescante ver a una mujer
mayor cuya realización vital no depende de la maternidad. Cordelia, en cambio, está
casada con el enemigo, quiere tener hijos, es la cuidadora de las alumnas y permanece en la
Casa, el emblema unificador de las brujas.
Por otro lado, Fiona es muy poderosa pero a la vez, muy vulnerable. Esa
ambivalencia es nueva a la hora de retratar a la bruja de Blancanieves, a quien podemos
entender cuando rechaza a su hija. Según explica en la conversación final de ambas,
mientras Fiona agoniza, ella evitó a su hija porque envidiaba la vida por comenzar que
tenía, que le recordaba su propia finitud. Porque, y en ese registro melodramático que la
227
Monstruas
serie incorpora sin ambages, lo más interesante de todo es que Fiona quiere a su hija. A su
manera, pero la quiere. Los espectadores lo sabemos, Cordelia ni lo sospecha. Ahora que
acerca la hora de su muerte, le gustaría cambiar la madre que fue, pero sabe que es
demasiado tarde.
En su diálogo final Cordelia le pregunta a la que fue “el monstruo de todos mis
armarios” “¿Es por eso por lo que fuiste tan mala conmigo? ¿porque sabías que un día te
arrebataría tu poder?” Y ella le contesta: “Tú tomaste mi poder desde el minuto en que te
di a luz. Una mujer que se convierte en madre no puede evitar ver su mortalidad en su carita
angelical. Cada vez que te miraba, veía mi propia muerte. Eras un recordatorio constante
de mis peores miedos.” Tras asegurarle que no era nada personal ella le confiesa que
siempre la ha querido. “Te he querido a mi manera, que, reconozco, tiene sus limitaciones.
Tu error fue que estuviste buscando otra versión de la maternidad”.
decir, los monstruos tienen características humanas y, simultáneamente, no hay nada más
malvado y monstruoso que el ser humano. De hecho, cuando Cordelia es atacada con ácido
y la ingresan en el hospital, Fiona se pierde, asustada por la salud de su hija, por el hospital
y encuentra a una recién parida con un bebé muerto. Fiona le da la vida, como
compensación a la hija a la que no supo amar pero que siempre quiso.
Fiona admite, en el último momento, que ella debe morir para que su hija viva. En
esa última secuencia Cordelia la abraza para ayudarla a hacer el tránsito a la muerte. Por
228
Monstruas
El productor ejecutivo Tim Minear aseguraba, en una rueda de prensa, que la serie
trata temas de
opresión de las minorías de todo tipo, y dentro de esa idea, cómo los grupos
minoritarios se persiguen entre ellos y hacen el trabajo a una cultura más amplia.
(...) Si bien existe un tema feminista fuerte que se extiende por Coven, hay temas de
raza y temas de opresión, y temas de madres e hijas, especialmente familiares.”
(Janicker, 2017, p. 2).
229
Monstruas
sombreros picudos y otros clichés que recordaban a la Bruja del Oeste de El Mago de Oz.
Fiona exige vestir de negro a sus alumnas y se pone el sombrero picudo en Halloween, en
una parodia autoconsciente de su propio cliché. En la serie aparecen las tres olas del
feminismo en alguno de sus flashbacks: las de principios del siglo XX, Fiona y los años 70, y
las actuales estudiantes, cada una representante de uno de los feminismos de la llamada
tercera ola. AHS:Coven se articula sobre una idea latente: la descendencia, el legado, la
herencia, el peso del pasado en el presente. Lo hace tanto en el contenido como en la
narrativa elegida. La serie, no solo en la temporada que nos ocupa, usa los flashbacks
estableciendo una temporalidad disruptiva. Las líneas temporales se entrelazan de modo
acumulativo, de modo tal que una línea temporal o personaje es la causa del anclaje de la
línea temporal siguiente; y así sucesivamente cada línea temporal se une a la que le sigue y
arrastra consigo a las que le preceden (Muzart &Ramirez, 2013). El presente y el pasado se
entremezclan, se enriquecen y se confunden, gracias al uso de la casa como la localización
que aglutina los crímenes, injusticias y venganzas que entretejen la trama. Es importante
señalar que, si la brujería blanca ha sido el referente en el feminismo de la segunda ola, con
autoras como Mary Doly o Noemi Goldenberg, la serie introduce el vector de las injusticias
históricas al colectivo africano e indígena a través de los flashbacks en la figura de la
brujería vudú.
230
Monstruas
Dado que la tercera temporada presenta tres actrices femeninas de más de 60 años
en el momento en que se emitió por primera vez (Conroy, Bates y Lange), así como
Bassett (55 cuando se emitió Coven) y papeles de invitadas para Stevie Nicks (65),
Patti LuPone (64), Mare Winningham (54) y otras, sirve para destacar la habitual falta
de papeles femeninos dinámicos y complejos de mayor edad en la televisión de los
Estados Unidos. (p.17).
es decir, nulo.
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Monstruas
tiempo, el anacronismo.
pertenece a la casa, al hogar. Como ella admite durante un momento de debilidad: “He
vivido una vida de mala reputación, pero lo he hecho con estilo, y moriré de esa manera. No
pertenezco a estas paredes. Tomé mi herencia demasiado pronto y la despilfarré. Todo
ese poder, todos esos dones. Solo los tomé y los volví a poner en mí y los vestí de Chanel”
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Monstruas
pérdida de poder se vivencia como una especie de muerte. Fiona regresa a su cuerpo en la
pérdida de su poder, a su muerte.
Sobchack (1975), en su análisis de tres películas de terror de los años 60, donde
mujeres de mediana edad se convertían en monstruos por el exceso que la edad acarrea,
decía que cuando toca representar a la muerte, las figuras masculinas como el esqueleto, la
parca (en castellano, femenino; en inglés, masculino) son impersonales y neutras,
simbolizan la mortalidad abstracta. Pero en una sociedad dominada por la tecnocultura
que fantasea con la perfección y la inmortalidad, un cuerpo visiblemente envejecido
desafía tales autoengaños, “El envejecimiento con su catálogo de indignidades carnales es
el rostro humano de la muerte, y es el rostro de una mujer. No hay un correspondiente
masculino para la bruja o la hechicera..."”(p.243). Las viejas nos invocan la muerte, pero
no en AHS:Coven, que redefinen esta convención y otras convenciones de las brujas.
Las brujas, en Coven, resucitan a los muertos, desafían a Dios. De hecho, en la serie
se pasan resucitando a todo el mundo la mayor parte del tiempo, convirtiendo el mayor
milagro de todos en algo banal. Tienen más miedo y respeto a la incapacidad, a la pérdida
de poder que a la muerte; es más problemático el sexo que traer a alguien del otro lado. El
233
Monstruas
concepto religioso no aparece. No hay Dios ni Diablo, ni cielo ni infierno. Tras la muerte no
hay nada, dicen los que han estado allí. El programa de televisión conecta, en este sentido,
con los tiempos laicos en los que vivimos, y no justifica ni explica el origen de la magia con
ningún ser Superior. Las brujas no son “las putas del Diablo” como dijo Lutero, no tienen a
nadie al que someterse17: sus poderes están inscritos en su ADN. Las brujas son
representadas aquí como donantes de vida. Son madres nigrománticas: mujeres que dan
la vida a los muertos. Ellas dominan los misterios y la vida y la muerte, sin alardes, como
una mujer cualquiera. Como escribió John Donne: “Hay una mortaja en el vientre de
nuestra madre, que crece con nosotros desde que somos concebidos”.
Los personajes de las mujeres mayores de la serie son complejos y ricos, y permiten
la contratación de actrices, que, por su edad, tienen un gran recorrido, alta calidad
interpretativa y con admiradores antiguos. Tal y como señala Lopes (2015),
cuando era considerada uno de los símbolos sexuales de Hollywood). (p. 127)
La elección del casting contribuye, tal y como intuye Lopes, a una intertextualidad,
lo que Bussolinni (2013)denomina “intertextualidad del casting.” El cruce intencional de los
actores y actrices entre las producciones poliniza los textos y crea un texto televisivo
mayor, porque, aunque no se haga de manera evidente, un actor o actriz famoso por otros
papeles trae al nuevo personaje que interpreta ciertos matices de sus anteriores trabajos
17 El único ser que custodia la frontera entre este y el otro mundo es Papa Legba, el protector del
mundo espiritual y el mediador entre el hombre y los Loa, que son los espíritus o dioses menores, proveniente
de la tradición haitiana. Es tramposo y a cambio de almas promete dones que siempre tienen un precio más
alto del que se creyó. Fiona, Madame LaLaurie y Marie Laveau pagan sus tratos con Papa Legba con una
eternidad en el infierno, cada una en el suyo.
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Monstruas
y millennials
Coven nos presenta cinco chicas: Zoe, tímida, apocada, que tiene una vagina que
mata; Madison, estrella Disney desde niña, egoísta y cruel pero maltratada y abusada con
telekinesis; Nan, vidente y que puede escuchar los pensamientos ajenos y síndrome de
Down; Queenie, la muñeca vudú, indestructible, al autolesionarse causa la lesión en quién
desea. Es obesa y negra. Misty, la bruja de los pantanos de Nueva Orleans, puede resucitar
a los muertos, incluida a ella misma, y animalista. Las cinco chicas se pueden dividir en dos
grandes grupos. Uno, aquellas que poseen poder en el entramado social; el otro, las ajenas
de él. Zoe y Madison son blancas, atractivas, jóvenes, de clase media y alta. Están dentro de
un círculo de poder social. Nan, síndrome de Down; Queenie, negra y obesa y Misty, pobre
y rural quedan fuera del mismo. Cada una representa un tipo de feminismo según sus
236
Monstruas
Madison es la reescritura de Carrie. Posee telequinesis como ella y una madre cruel
y abusadora, pero mundana y hedonista. Sin embargo, ella es la Reina de todos los bailes,
la abusona del instituto, a la que todo el mundo obedece y también teme. Guapa y brillante,
se sabe admirada y deseada. Se acuesta con quien quiere, humilla por aburrimiento y es
capaz de matar a un inocente por un desaire. Sin embargo, es una víctima que nunca
muestra el dolor que tiene, que, como ella misma dice en un momento, se empeña en no
sentir, con drogas o con lo que sea. Ambiciona cada vez más el poder, lo asume como su
Siendo obesa, negra y pobre carece de la identidad que da acceso al poder, sólo su
magia la pueden sacar de esa situación. Cuando baja al infierno que Papa Legba le ha
preparado, se encuentra con su anterior trabajo, responsable de un fast food de pollo frito.
Un lugar en el que, como le recuerda Legba, no tiene poder, respeto ni dignidad. Ese es su
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Monstruas
infierno, su pesadilla, el no poder salir de esa situación. En la serie, sufre una violación por
su autoidentificación con la monstruosidad física; se debate entre ser miembro de la
comunidad de brujas negras o blancas de la ciudad, y decide seguir una guía ética, poniendo
lo justo en primer lugar, para ejercer la violencia.
Queenie es una de las dos brujas negras de la serie junto a Marie Laveau. Ambas son
retratadas bajo el estereotipo de mujeres negras enfadadas. Ellas son también las únicas
que tienen relación sexual o romántica con el Minotauro, mitad hombre, mitad animal, y
por lo tanto, presentan una vinculación de la sexualidad femenina negra como desviada o
atávica. A pesar de que parte de su trama trata de explicitar los horrores del esclavismo y
cómo reeducar a la psicópata LaLaurie bajo el mando de Queenie, lo cierto es que hay
muchas voces críticas al enfoque racial de la serie. Amanda Kay Le Blanc (2018) hace una
lectura muy incisiva y plantea que, aunque Coven pretende lanzar un mensaje de igualdad
y justicia para todos aquellos que son diferentes, en realidad, la serie restaura la blancura
como el centro de su universo. La autora lo argumenta en base a tres hechos. Uno, “expone
los horrores del racismo pero lo presenta como un fenómeno que está contenido en el
pasado; algo que ya no sucede” (p. 273). Para ello utiliza la figura de LaLaurie18, una
esclavista torturadora que vuelve a la vida en la actualidad y debe aprender cómo son las
nuevas relaciones “igualitarias”. Al presentar la desigualdad en la figura de una mujer del
siglo XVIII o incluso en flashbacks de los años 60, da la impresión de que el racismo es algo
del pasado, algo que no sucede hoy en día. Dos, la violencia física ejercida contra las
personas negras. LeBlanc dice que
gran parte del horror en Coven depende de la violencia gráfica contra los negros
como un dispositivo para contar historias. Los personajes blancos también son
18 Madame LaLaurie, es un caso histórico del hallazgo de torturas y asesinatos a los esclavos de una casa, por la
que, tal y como destacaba la historiadora Huston (2015) ella fue el objeto de la furia de la población y no su marido, médico
de profesión. Ella denunció a su marido por malos tratos y los esclavos estaban diseccionados para experimentos
médicos, por lo que resulta lógico pensar que él fuera el autor. Pero la leyenda habla de una mujer que se untaba con la
sangre de sus víctimas para ser más joven, una Condesa Bathory americana. La historiadora Huston habla de propaganda
en el caso por parte de los abolicionistas, en el marco de los conflictos entre los americanos y los criollos franceses.
238
Monstruas
Nan, nombre que significa “Gracia” en hebreo, es una bruja vidente con síndrome de
Down. American Horror Story lleva incluyendo a esta actriz en todas sus temporadas. Su
inclusión como actriz, sin detenerse en su trastorno genético, es decir, al no generar un
estigma en el mismo mediante una trama que lo trate como “tema”, es una estrategia
inclusiva y normalizadora, a la vez que subversiva respecto al grupo de poder que dicta lo
que es normal y lo anormal. Nan puede representar el feminismo vinculado a los estudios
críticos de discapacidad. Según Rosemary Garland-Thompson (1997), los estudios
feministas de discapacidad “sitúa la experiencia de discapacidad en el contexto de
derechos y exclusiones. Aspira a reclamar/recuperar voces descartadas y experiencias
tergiversadas. Nos ayuda a entender la intrincada relación entre los cuerpos y nosotros
mismos” (p. 157). En Coven, Nan se enamora de su atractivo vecino, hijo de una fanática
religiosa que lo domina, y es correspondida. Pero un disparo de un cazador de brujas lo
hiere y su propia madre acaba matándolo. Resulta novedoso que se represente a una joven
con Down como atractiva y con deseo sexual, ya que este colectivo siempre es descrito
como puro, inocente, como si sus dificultades cognitivas o físicas les hicieran menos
humanos y por lo tanto menos sexuales. “Centrarse en un rasgo del cuerpo para describir
un personaje lanza al lector a una confrontación con el personaje que está predeterminada
por las nociones culturales sobre la discapacidad [...] la representación tiende a objetivar
239
Monstruas
Misty es presentada como miembro de una Iglesia Evangélica pero cuando la ven
resucitar a un pájaro, la queman por bruja. Ella resucita y se esconde en el bosque. Cura y
protege a los animales. El ecofeminismo se distingue por sus argumentos que “revelan las
relaciones estrechas y mutuamente reforzantes entre el chovinismo humano, el
androcentrismo, el etnocentrismo y el heterosexismo” (Lee, 2009, p. 30)
Marie Laveau fue una persona real. Era conocida como la “Reina del Vudú”, en la
vida real también ostentaba este título (ella misma se lo puso). Vivió en Nueva Orleans en
el siglo XIX y era famosa por practicar esta rama de la magia negra. Hoy en día mucha gente
240
Monstruas
sigue visitando su tumba esperando que les conceda algún deseo. Apenas se describe cómo
es la comunidad de brujas negra: quienes son sus miembros, cuáles sus historias, ...
Apenas aparecen prácticas de Marie contra Madame laLaurie o contra los asesinos
racistas. Sí se aprecia, en este somero retrato, que las brujas cuidan de su comunidad, que
están vinculadas a ella. Sin embargo, y a pesar del poder que tiene, Laveau no hace nada por
enriquecerse o sacar de la pobreza a sus vecinos. Ser bruja no puede superar lo que implica
ser negra en EEUU, no les salva de tener una peluquería modesta en un barrio destartalado,
de la misma manera que no salva a Madison de ser violada por un equipo de rugby. En la
relación poder-mujer-bruja, el acceso al mismo se ve supeditado por la identidad
femenina, que somete a la posesión de cualquier otro poder, incluso el sobrenatural,
incluso el de dar la vida.
Las brujas no tienen padres. No aparece ninguna referencia ni pregunta sobre ellos,
sencillamente no están ni se les espera. Los hombres que habitan la casa son objetivados
Cordelia estuvo casada con Hank, el hijo del líder de los cazadores de brujas. Hank
está enamorado de Cordelia y le cuesta aceptar la orden de su padre de acabar con ella.
Además, está intentando tener un hijo juntos. Es el primogénito de un linaje de Cazadores
de Brujas que, frente a la línea matriarcal de las brujas, es masculina. Este personaje ha sido
aleccionado por su padre, un macho alfa, para dar caza a estas mujeres, sin piedad. En un
flashback que resuena como un cliché en el espectador, vemos a Hank de niño, en su primer
día de caza, obligado a disparar sin que quiera hacerlo. Lo que resulta insólito es que la
pieza a abatir es una mujer asalvajada. El niño duda y la mujer prende fuego con un gesto.
El padre interviene y la mata. Hank decepciona a su padre por su falta de crueldad, de
241
Monstruas
masculinidad, y eso le acompañará toda su vida. Al igual que Fiona con su hija, el padre de
Hank lo desprecia, lo ningunea, le recuerda lo blando y torpe que es. Solo cuando Hank
muere, descubrimos al padre llorando, vemos a un padre que no supo demostrar su amor:
un mal padre. La serie, al igual que lo hicieron las dos épocas de Sabrina, Cosas de brujas de
los años 90 y Las Espeluznantes Aventuras de Sabrina de 2018, coloca de pareja de una bruja
a un hombre que no cumple con la masculinidad hegemónica, que no es capaz de hacer lo
que se supone que “un hombre” debe hacer. Cuando Cordelia descubre la verdadera
identidad de su marido no duda en olvidarle sin ningún atisbo de duda, no sufre por amor:
en eso es como su madre.
Otra similitud con las series de las brujas adolescentes televisivas es que los
enemigos de las brujas, en este caso los cazadores, son ejecutivos, propietarios y miembros
de una “Corporación”, es decir, son representantes del capitalismo más agresivo, más
impersonal. Es significativo cómo se repite el vínculo entre maldad, hombres y capitalismo
enfrentado a mujeres, comunidad (sobre todo, en el caso de las brujas negras) y brujería.
Los hombres, al igual que ocurría en “Embrujadas” suponen un peligro para las
integrantes del aquelarre. Son asesinos, violan, matan; amarlos es difícil y peligroso
porque engañan o agreden. La única salida es o tener una pareja devota y sumisa o volcarse
en la congregación. Porque la única forma de tener poder es reivindicar la identidad de
bruja, la identidad del monstruo.
242
Monstruas
cuando conoce a uno de los chicos del rugby le pregunta si quiere ser su esclavo y le manda
a por una bebida. Pero el chico le echa una droga en la misma y luego la viola. Es un
Una de las cosas más sorprendentes de la serie es que, a pesar de sus habilidades
sobrenaturales, las brujas sean tan vulnerables, marginales, ajenas al poder real de la
sociedad. Ninguna ostenta ningún cargo importante político o económico, no están en
ningún centro de toma de decisiones políticas, sociales o económicas, y mucho menos
religiosas. Viven escondidas y al margen. Fiona sí ha vivido con lujo, de fiesta, libre, pero
siempre por y para ella misma, por puro placer. Nunca ocupó un poder social, sólo dentro
de su comunidad, a la cual abandonó. ¿Hubiera hecho lo mismo un brujo hombre? Además,
sufren la violencia de los hombres, tanto de los cazadores como de los estudiantes. Ambas
agresiones, sexual y física, son formas de entender el poder como inhibidor de la libertad.
Tal y como postula Byung Chul Han (2016) la violencia niega la libertad de una manera
extrema, no deja campo alguno para la posibilidad de obedecer o resistir, lo que genera
frustración y resentimiento. El filósofo coreano, en su libro “Sobre el poder” (2016),
considera que
243
Monstruas
poder inteligente” (Byung Chul Han), aquel que hace que el súbdito haga suya la voluntad
del Soberano.
El poder libre significa que el otro obedece libremente al yo. Quien quiera obtener
un poder absoluto no tendrá que hacer uso de la violencia, sino de la libertad del
otro. Ese poder absoluto se habrá alcanzado en el momento en que la libertad y el
sometimiento coincidan del todo”. (Byung-Chul Han , 2016, p. 4)
Un poder superior es aquel que configura el futuro del otro, y no aquel que lo
bloquea. En lugar de proceder contra una determinada acción de otro, el poder
influye o trabaja sobre el entorno de la acción o sobre los preliminares de la acción
del otro, de modo que el otro se decide voluntariamente, también sin sanciones
negativas, a favor de lo que se corresponde con la voluntad del yo. Sin hacer ningún
ejercicio de poder, el soberano toma sitio en el alma del otro. ( Byung-Chul Han ,
2016, p.3)
Todo aquel que ejerce el poder desea influir en el otro, entrar en el otro, en su
voluntad, continuarse en el otro, pero para ello primero necesita verse y quererse a sí
mismo. Por eso es fundamental que Cordelia saque de las sombras la identidad que, hasta
ahora, estaba supeditada a los factores de género, edad, clase y raza. Esos otros factores
relegaban a las brujas a la clandestinidad, a la debilidad y la pobreza, la clave es reivindicar
la categoría de monstruo, tal y como lo hace la comunidad LGTBI. Little Light, una activista
norteamericana, lo expresaba así:
244
Monstruas
Para que esto pueda suceder, el pasado debe quedar encerrado en sus infiernos:
Fiona, mujer libre anti-ama de casa convencional, atrapada en una cabaña tipo “La Casa De
La Pradera” con un hombre machista y violento; Madame LaLaurie y Marie Laveau,
verdugo y víctima de torturas que una no quiere cometer ni la otra puede evitar. Las
relaciones desiguales quedan, por fin, aisladas en el pasado, ya no pueden continuar
influyendo hasta nuestros días. De hecho, entre todas las luchas que existen en la serie
quizá la más importante es la lucha existente entre las inmortales y las mortales, es la lucha
del tiempo, no sólo en lo referido al envejecimiento, sino también a la influencia mutua
entre pasado y presente, ese ir y volver. En la serie el pasado está presente, siempre
reaparece, ya sea encarnado en mujeres que no mueren como en fantasmas que regresan o
muertos que resucitan. Los zombies que Marie Laveau alzó de sus tumbas para vengar el
linchamiento de un niño negro en la época de las libertades civiles, regresan en Halloween
para acabar con las brujas de la Academia, siendo unas de esas zombies las propias hijas de
Madame LaLaurie, cuya maternidad monstruosa regresa a atormentarla. El pasado
renació en un pasado más cercano, el de los años 60, cuyo racismo sigue vivo, porque la
madre del niño todavía vive, miembro de una comunidad todavía discriminada. Y esos
mismos muertos regresan a nuestros días, esta vez acompañados de tres zombies que
proceden de más antiguo, cuando la esclavitud condenó a un grupo de personas a la
desigualdad para siempre (o por lo menos hasta ahora mismo). Esta ruptura de la
linealidad del tiempo recuerda al concepto de hauntología o fantalogía que describió
Derrida, una temporalidad con doble movimiento ya que simultáneamente regresa e
inaugura, porque los fantasmas aúnan la paradoja de volver para aparecer, para debutar.
Derrida elabora este concepto como réplica a Fukuyama y otros en su celebración de la
245
Monstruas
caída de la URSS a partir de la frase de Marx: “El fantasma del comunismo invade Europa”,
así como en la frase de Hamlet: “El tiempo está fuera de quicio”. Coven juega a que el
tiempo tenga distintas capas que se entremezclan y se influyan entre sí, una textura de
acumulación temporal que hace que cada fantasma que aparezca ya no sea aquel de antaño
sino uno nuevo, debido a una cadena de causalidades ya sean de un pasado más reciente o
actuales. Esa alteración en la linealidad el tiempo tiene su reflejo en el espacio.
Figura 69 Figura 70
246
Monstruas
lugar del cuerpo en el espacio. No hay un espacio ni un tiempo fijo, seguro o sólido: los
cuerpos sufren la amenaza constante de la desubicación, temporal y espacial.
Figura 71 Figura 72
Figura 74
El sonido posee muchas capas, una textura sonora que contiene ecos del pasado
como un elemento físico, sensorial. Es lo que se conoce como hauntology music, según
explica Fisher en su ensayo “What is hauntology?” (2012), a raíz del concepto acuñado por
Derrida. Este es un estilo musical que nace en 2005 y que se caracteriza por el uso de samples
de piezas musicales y fragmentos de obras audiovisuales viejas sometidas a efectos de
distorsión como el añadido de “grano”, la ralentización, etc., que “convierte el tiempo en
una materialidad audible” (Fisher, 2012, p. 18). Estos proyectos musicales responden a una
forma muy particular de nostalgia: no el deseo melancólico por un tiempo pasado
específico, sino una expresión de duelo por la pérdida del futuro que ese pasado prometía.
Hay una melodía que se repite a lo largo de la serie, aunque varía en instrumentos y ciertos
ritmos según el personaje, adaptándola a cada época que representa. A esta capa se le suma
247
Monstruas
Por otro lado, cada vez que se quiere mostrar el pasado de las brujas (por ejemplo,
en la explicación de las pruebas de las Siete Maravillas), se hace una recreación con
imágenes en blanco y negro de cine mudo, incluso con intertítulos. Esas imágenes, que
obviamente no son material de archivo, han sido tratadas tanto visual como sonoramente
para imitar los comienzos del cine y hacer material el tiempo. Además, nos lleva a pensar
que la elección del cine como el medio donde el tiempo se condensa, se concentra, se debe
a su naturaleza, la que Vivian Sobchack (1992) describió como cuerpo fílmico. “Viendo una
película, nosotros podemos ver viendo así como lo visto, oír oyendo así como lo oído, y
sentir el movimiento así como ver lo movido” (p.95). Porque si una película efectúa el acto
de mirar lo hace en un tiempo concreto que no es el del espectador. Como explica Jenny
Chamarette (2017), “la experiencia fílmica tiene la capacidad de construir el tiempo como
una concertina: es posible para un evento en el tiempo estar ahí (en la pantalla) y entonces
(grabado en otro tiempo)” (p.72) El cine muestra ahora lo que se vio, lo que se grabó. Es un
cuerpo fantasmagórico, en el sentido Derridiano del término, porque vuelve para debutar.
Frente a este tiempo dislocado, fuera y dentro del apantalla y en el contacto con él,
sólo la Academia se alza impertérrita. La casa es el lugar fijo, inamovible, sin que el tiempo
la altere. La falta de muebles, su blancura aséptica apenas salpicada por los cuadros de las
Supremas, muestra una falta de apego o acumulación del tiempo. Está preparada para
recibir a lo nuevo, y no le cuesta desprenderse de lo antiguo, pero convive con ambos
tiempos. Es un lugar que desafía a la ubicuidad y conectividad permanente de la sociedad
actual, donde el espacio es indiferente y el tiempo se extiende en un ahora cada vez más
inmediato.
En la secuencia final, la casa abre las puertas a las nuevas brujas (la mayoría blanca
y todas vestidas de negro), Cordelia se alza en la escalera. Como inscribiendo su firma, los
escalones de su entrada de la Academia, al fondo, asemejan unas alas, que le dan una
apariencia de Ángel o Salvadora. Unos peldaños más abajo, su nuevo Consejo: Zoe, la mujer
cuyo sexo la avergüenza y atemoriza y Queenie, negra, pobre y obesa. Cordelia les dice que
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Monstruas
hasta ahora han sobrevivido pero que al ver sus rostros “todos bellos, todos perfectos”,
sabe que ahora harán algo más que eso. Cordelia prepara el asalto al poder y lo hace
sabiéndose poderosa y feliz por ser capaz de ejercer ese poder. Tal y como mantiene
Byung-Chul Han (2016), “El poder configura diversas formas de continuidad. Ya hemos
señalado que el poder capacita al yo para continuarse en el otro, para verse a sí mismo en el
otro. El poder brinda al yo una ininterrumpida continuidad de sí mismo. El placer que
proporciona el poder viene a basarse en este sentimiento de continuidad del yo” (p. 8). Una
de las alumnas pregunta qué es una Suprema. Queenie responde: “La estáis viendo
ahora”. La cámara hace un dolly-in hacia Cordelia, al pie de las escaleras y custodiada por
Queenie y Zoe, unos pasos más abajo. Cada vez más cómoda en ese nuevo título que
ostenta, acaba el movimiento de cámara en su rostro, que ríe satisfecha. Hay algo malicioso
en su sonrisa. Ella reclama orgullosa su nueva naturaleza y disfruta de poder continuarse
en todas esas jóvenes, sabiendo que ese poder se extenderá al mundo. El poder del
monstruo. De la monstrua.
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Monstruas
250
Monstruas
Las brujas se han distinguido por ser el reverso oscuro de las madres. En ellas
cristalizan todos los sentimientos negativos que se pueden albergar contra las criaturas y
que no podemos admitir en nosotras mismas. Las brujas son madres monstruosas, “anti-
naturales”. The Babadook (Jennifer Kent, 2014) continúa ese camino y nos muestra un tipo
de madre perversa: la madre asesina. Pero, como producto del siglo XXI, no se queda en un
retrato unívoco, sino que muestra una madre que encarna los dos polos opuestos de la
maternidad: verdugo y salvadora. Expresa de forma extrema y emocional, es decir,
mediante el terror, la ambivalencia que reina en el sentir de las madres, cuyos sentimientos
a lo largo de la crianza mezclan una variedad de emociones positivas y negativas hacia el
hijo o hija que se cuida, dependientes de la situación y el reconocimiento u obstáculos
sociales que soporten. La maternidad actual constituye un conjunto de tensiones y
conflictos socioculturales, tal y como se aprecia en The Babadook (2014), la ópera prima de
Jennifer Kent. La sociedad contemporánea exige que las madres sean más buenas que el
resto de la gente, pero el nacimiento de un hijo no trae una fulminante y beatífica bondad,
es más, la nueva situación despiertan una ira o impaciencia que, quizá, antes no existían. Si
todos somos capaces de experimentar tanto la virtud como el horror, entonces ninguna
cultura puede monopolizar la virtud en un grupo de personas definidos por una
experiencia vital concreta. El mito de la bondad maternal no contenta a nadie, y menos a
las madres, porque, en realidad, en la maternidad se siente esa mezcla de virtud y horror.
Uno de los aspectos novedosos y atractivos de The Babadook es la consecución de esa
combinación mediante varias estrategias. La primera de ella es la mezcla y revisión de una
amalgama de géneros y subgéneros. Kent subvierte y re-construye el women’s film, el
maternidad, que transmite mediante el uso de lo háptico las sensaciones físicas propias de
251
Monstruas
esa vivencia, así como el horror de abandonarse a los sentimientos negativos, destructores,
de la misma, lo que genera, a su vez, la experiencia de la ambivalencia.
The Babadook cuenta la historia de Amelia, una madre cuyo marido murió en un
accidente de coche camino al hospital para dar a luz. Se acerca una efeméride dolorosa: el
séptimo cumpleaños de su hijo, un niño muy demandante y poco sociable con miedo a los
monstruos nocturnos. Una noche aparece un libro sobre un monstruo al que hay que
llamar repitiendo tres veces su nombre: Babadook. Como lo leen, formulan el conjuro y el
monstruo entra en su casa. Primero aterroriza al niño, el único que puede verlo. Luego a la
madre, en cuyo cuerpo entra para que mate a su hijo. Cuando tiene el cuello del pequeño
entre las manos, Amelia se recobra, expulsa al monstruo y lo acorrala en lo más profundo
del sótano, donde tendrá que alimentarlo y contener para siempre.
la literatura. Desde el siglo XIX proliferan relatos sobre casas encantadas en el género del
terror gótico, una forma de representar la decadencia, disfuncionalidad y amenaza de la
familia nuclear. “La fórmula argumental gótica se basa en una heroína perseguida que está
atrapada figurativa o literalmente en su propia casa por un villano masculino” (Kneale, 2015,
p.5), en el que la casa “no solo es vista como un espacio negativo de terror y de
252
Monstruas
(Kneale, 2015, p. 9). Esto ocurre en la película australiana que nos ocupa, ya que el monstruo
masculino que los invade saca a la luz y confronta todas las sombras que empañan la
versión idílica de la maternidad.
La película transcurre en su mayor parte en la casa donde ambos se aíslan del resto
del mundo. La noche fatídica, ese aislamiento será absoluto, se corta la corriente eléctrica
y la línea telefónica, haciendo imposible cualquier posibilidad de ayuda del exterior. Hay
un momento en el que, tras haberle gritado cosas horribles, Amelia trata de reconciliarse
con Sam y le propone ir a comer fuera. “Tenemos que salir de esta casa. Llevamos
demasiado tiempo encerrados, ése es el problema”. Amelia es consciente de la opresión
que supone la casa, principalmente cuando sirve como refugio ante un mundo en el que no
tiene fuerzas para vivir. *Tampoco la salida le conecta con el mundo. Los dos comen un
helado en silencio en una cafetería. La simetría del encuadre los encierra, contrastando con
el alboroto alegre de una familia convencional contigua.
253
Monstruas
de la familia se guarda en el sótano, ya que allí atesora Amelia las pertenencias de su difunto
marido. De alguna manera, ese pasado manda sobre las vidas presentes de madre e hijo.
El sótano, lugar masculino donde los hombres montan su taller o su gimnasio, está aún
dominado por la presencia paterna.
El espacio del padre, bajo tierra, es frecuentado por Samuel a pesar de las
prohibiciones maternas. Ella lo cuida como un mausoleo, un lugar de memoria al que no
puede bajar. Sam, en cambio, prepara trampas para defenderse de los monstruos y
muestra sus trucos de magia a una audiencia de peluches y frente a la foto de sus padres.
Sam mantiene, de esta manera, una relación con ese padre al que nunca conoció y que su
madre impide, ya que para ella uno sustituye al otro.
254
Monstruas
era violinista, además, entre sus pertenencias observamos las fotos y un traje colgado que
parece que contuviera un hombre. Esta imagen adelanta la futura estampa de Babadook,
Figura Figura
Figura Figura
Ese fondo iluminado desvela unas paredes sin rasear, descarnadas, rugosas. La
importancia de texturas es notable a lo largo de la película. Hay una cualidad táctil en las
imágenes, lo que Laura Marks (2000) define como “imagen háptica”, es decir, que apela al
sentido táctil y kinético del espectador. “La textura en el cine ofrece la impresión del tacto,
de un impacto material en el cuerpo” (Lucy Donaldson, 2014, p .81). Para Donaldson, hay
muchas maneras de logra esa textura: vestuario, ambiente, cuerpos, el sonido, la narrativa
255
Monstruas
como cualquiera de las de Dogma 95, o, por el contrario, suaves, pulidas y lustrosas como las
películas de Lubistch (Donaldson, 2014).
Figura Figura
Figura Figura
256
Monstruas
El sótano vuelve a ser escenario para la batalla final. Dentro ya del cuerpo de la
madre, Amelia/Babadook persigue, herida, a Sam para matarlo, pero él ya tiene preparada
la trampa que ensayó con anterioridad. Amelia cae y pierde el conocimiento. Cuando
despierta está atada como Gulliver en la tierra de los liliputienses. Sam le pide que
abandone el cuerpo de su madre, pero Amelia se consigue soltar y le agarra por el cuello. A
punto de estrangularle, Sam le acaricia la cara como le vimos hacer al principio de la
película. La caricia hace retornar a la madre, quien suelta a su hijo y vomita un alquitrán
denso y negro. Ella es ahora la madre luchadora que protege a su hijo del monstruo.
4.5.2.2- La cama
257
Monstruas
Figura Figura
La cama es el espacio íntimo y corporal por excelencia: sexo, sueño, miedos se dan
sobre el somier. La película arranca con una pesadilla de Amelia sobre el accidente, de la
que su hijo le despierta. El hombre del sueño es sustituido por el niño en la cama. La
corporalidad de la relación madre e hijo está formalmente representada con planos cortos
del pie del niño sobre la cadera de la madre, su mano que le aprieta el cuello, sus dientes que
rechinan, ... una presencia física que invade el cuerpo de la mujer, que la ahoga, que le
impide dormir.
Figura Figura
258
Monstruas
soporta que la apachurre en un abrazo infantil. Este gesto del comienzo de la historia es
ambiguo, porque lo hace mientras Amelia está de rodillas atándole las zapatillas. Parece un
gesto de amante, quizá de amo condescendiente, más que de niño. A esa caricia Amelia
reacciona con agrado, pero cuando Sam la abraza torpemente, infantil, ella se enfada y lo
rechaza, para, acto seguido, dulcificar la voz y pedirle que se dé prisa para ir al colegio.
Desde el comienzo nos damos cuenta tanto de la ira contenida como del lugar de sustitución
que ocupa el niño.
Por otro lado, las continuas interrupciones, primero de su hijo y luego del monstruo,
impiden el descanso y contribuyen a agotarla y, en última instancia, confundirla respecto a
lo que es real y lo que no lo es. La falta de sueño es uno de los sufrimientos más comunes en
la maternidad, y sin embargo suelen quedar fuera del relato de la maternidad ideal.
Además, el hecho de que ella no comparta el lecho con nadie hace que la presencia
de su hijo sea más frecuente, impidiendo que haya algún tipo de sexualidad. En una
secuencia, Amelia saca un consolador del cajón y comienza a masturbarse, pero le resulta
imposible acabar porque su hijo aparece asustado por el monstruo. La sexualidad y la
maternidad es un binomio que el imaginario de la sociedad occidental no tolera, aunque
sea, obviamente, una realidad. La película es valiente por mostrar ese aspecto de la viuda y
lo utiliza para recalcar que Sam es un obstáculo, una carga, un lastre que no le permite ser
ella misma, ser algo más que madre.
La película empieza en el dormitorio, por lo que debe terminar en él. Tras expulsar
al monstruo de su cuerpo, convertida en una madre luchadora, sube del sótano y asiste
aterrorizada a cómo su hijo es arrastrado por una fuerza invisible al cuarto, a la cama, que
se mueve. Ella grita: “¿Qué quieres?”. La cama para y ella se enfrenta a la oscuridad, de
donde sale de nuevo su marido. Repite todo lo que dijo aquella noche de camino al
hospital. Se oye el sonido de otro coche. La cabeza del marido es limpiamente seccionada
en diagonal. Cae al suelo. Amelia lanza un grito sordo y cae al suelo, llorando.
Las sombras del fondo del cuarto suenan, crujen, reptan: el monstruo sigue ahí. Ella
se levanta y le dice, con desprecio: “no eres nada”. Corte a un plano de la mesilla con fotos
259
Monstruas
Figura Figura
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cabeza cortada, como encapsulada, encerrada. También proliferan, cuando está fuera de
su casa, planos en los que está en medio de dos simetrías, reforzando visualmente su
aislamiento e inmanencia.
Figura Figura
Figura Figura
4.5.2.3.-El jardín
El epílogo del film tiene lugar en el jardín. El jardín en el género gótico implica
diferentes lecturas. Por un lado, es un espacio liminal, situado entre la casa y el mundo. Es
261
Monstruas
lugar que hay que nutrir y cuidar, ligado, por ello, a la maternidad.
The Babadook es una película que se caracteriza por su mezcla de géneros: terror,
women’s film, thriller psicológico… también a este respecto resulta ambivalente. Las
imágenes remiten a motivos muy transitados por el cine de terror: casa encantada,
posesión, niño maligno y/o madre perturbada. Hasta la primera mitad de la película es
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Monstruas
provoca un miedo muy profundo, ya que cuestiona la unidad entre cuerpo e identidad, así
como la continuidad de la identidad. Si un cuerpo puede albergar a otra persona u otro ser,
si ahora se es de una manera, pero en un instante se deja de ser así, provoca una
inestabilidad conceptual/ontológica aterradora. El canon del subgénero de cine de
263
Monstruas
que lo que saca a Amelia de su estado es ella misma a través de su hijo, quien le hace
recordar el amor que le tiene.
Pero la etiqueta terror parece quedarse corta a la hora de enmarcar esta película.
Autores como Greven (2011) ya han advertido que, desde los años sesenta, muchas películas
de terror con protagonistas femeninas deben ser entendidas como melodramas velados.
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Monstruas
significativo: mezcla las sombras angulosas y las ojeras excesivas de El Gabinete del Dr.
Caligari (, Robert Wiene, 1920) con Nosferatu (FW Murnau, 1922) pero con manos de cuchillas
a lo Freddy Krugger, de Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984) o el más gótico Eduardo
Manostijeras (Tim Burton, 1990).
4.5.4.- La ambivalencia
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Monstruas
cinematográficos, siendo difícil saber si se trata de una película de terror que tiende al
melodrama o viceversa.
Aunque las críticas y reseñas que obtuvo The Babadook cuando fue estrenada
fueron mayoritariamente buenas, resulta interesante también detenerse en las opiniones
algo más negativas, pues todas parecen tener en común que Mr. Babadook, el monstruo de
sombrero de copa y manos tijerescas que sale del libro y aterroriza a la pequeña familia, no
da en realidad tanto miedo. Matt Donato, por ejemplo, se queja de que “mister Baba” sea
un guiñapo sin vida que cancele toda noción de terror o intriga. En la misma línea, Allan
Hunter dice de ella que resulta “sorprendentemente mansa”. Para algunos críticos la
figura de Babadook no da suficiente miedo y bebe demasiado de sus antecesores en el
género, dando impresión de ser una mera copia sin vida, un pastiche inerte.
En realidad, más que beber del género de terror, Kent utiliza ciertas convenciones
del género, algunas veces de manera irónica y guiñolesca, para mezclarlas con un género
improbable, el melodrama maternal. El sufrimiento materno de Amelia - la falta de sueño,
el contacto físico con su hijo que llega a asquearla, la falta de espacio propio e incluso vida
sexual- se presentan como el verdadero objeto del horror. Y eso es así no tanto por las
propias circunstancias trágicas de Amelia, viuda temprana, sino por cómo la propia
sociedad se niega a aceptar las fallas de Amelia como madre, todas ellas producto de la
ambivalencia que ella siente.
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Monstruas
revolucionario de que las mujeres son personas, lo mismo puede decirse de las madres y
los niños. No son lo otro, los que por razón de género o edad se alejan de la norma. Son,
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Monstruas
cuerpo como un obstáculo, una carga, algo obsoleto (Sibilia, 2005), lo convierte en un lugar
problemático, una categoría en crisis. Dado que las mujeres son su cuerpo, bien porque
están ancladas y lastradas por una naturaleza que las impide transcender (Shildrick, 1999) o
bien por ser un objeto sexual, son las protagonistas idóneas para encarnar esa encrucijada
metafórica en la que nos encontramos, y que nos señala una resistencia a un sistema dado,
jerárquico y binario. Una vez planteada la feminización del monstruo toca preguntarnos
cómo son las nuevas monstruas. Parto de la hipótesis de que la monstrua actual no está
construida desde una óptica misógina, es más, el género de terror actual habla sobre los
miedos y deseos femeninos, no sobre los que provocan en los hombres; y lo hace
encarnando experiencias corporales (menstruación, maternidad, envejecimiento,
sexualidad…) desde la óptica de sus protagonistas. Además, dada la tendencia del Nuevo
Cine de Terror, las películas buscan cada vez más la respuesta corporal, intersensorial, en
sus audiencias respondiendo a la invitación del monstruo de explorar métodos diferentes,
interconectados, de percibir el mundo. Para demostrar o no estas hipótesis, planteé siete
objetivos que he desarrollado a lo largo de esta investigación y cuyos hallazgos resumo en
las siguientes líneas.
Al analizar estos tres elementos en cada categoría, esto es, en la mujer-animal, la muerta
viviente y la no -muerta, y la bruja y la madre monstruosa, comprobamos que su equilibrio
difiere.
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Monstruas
como un lugar de angustia. No es la perdición del alma lo que tortura a su protagonista, sino
la mutación de su cuerpo. El cuerpo femenino, tal y como lo explican sus protagonistas en
la película, condena a una posición subalterna en la sociedad, por ejemplo, con la
menstruación, que fija su condición de inferioridad. Las hermanas no quieren tener la
regla, se resisten al destino que les espera como mujeres, por eso se convierten en
monstruas. La feminidad aparece como un lugar de devaluación, desempoderado; la
masculinidad, esto es, músculos, pelo, rabia, otorga poder, que se manifiesta a través de la
violencia, no del sexo.
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Monstruas
la violencia femenina hace que el concepto de género se transforme: adquiere una nueva
dimensión hasta ahora oculta.
En todo caso, el poder que han mostrado siempre las vampiras es el de la movilidad,
el desplazamiento, la incursión, con o sin invitación, en los hogares tradicionales,
desestabilizándolos o destruyéndolos.
La Chica, la protagonista de A girl walks home alone at night (Amirpour, 2015) encaja,
a través de su naturaleza de movimiento perpetuo, en un mundo transnacional, híbrido,
liminal. Su cuerpo, si bien es femenino, no es un objeto sexualizado de contemplación,
aunque aparezca desnuda dándose un baño: es una mujer sujeto, un agente de cambio. La
Chica, a diferencia de aquellas vampiresas del destape, sólo ataca a los hombres,
especialmente a aquellos que abusan de las mujeres. Es una justiciera más que un
engendro del averno sediento de sangre. Pero no es delicada, cuando ataca lo hace con una
gran violencia explícita: es un ser sobrenaturalmente muy poderoso, de gran fuerza,
velocidad y mandíbulas. Ella actúa como un hombre siendo una mujer. Halberstam
argumenta que la violencia femenina en las pantallas es parte de un contexto de furia y
agresión dirigido a las opresiones culturales que ella denomina “violencia queer”. Se
refiere a la violencia imaginada infringida por personas inadecuadas en términos de raza,
género o sexualidad, que tendrían el poder de desencajar las relaciones de poder existentes
en la película y que permite a la audiencia soñar con una fantasía de liberación de límites y
restricciones culturales. En este caso, al ser una -en apariencia- frágil mujer quien da caza
al depredador, abusando del abusador, la audiencia puede soñar con mujeres que
destruyen proxenetas, con la desaparición del abuso masculino y comercio de los cuerpos
de las mujeres. En ese sentido, la vampira logra habitar en un tercer término respecto a la
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Monstruas
división de género y sus expectativas, esto es, su cuerpo femenino es agente, sujeto y no
objeto; hibrida rasgos femeninos y masculinos en el uso de la violencia y en el amor, y,
finalmente, posee un poder sobrenatural que le permite ser una justiciera feminista.
La relación del cuerpo como objeto o como sujeto es más problemática en el caso de
las zombies. Tanto la señora Holland como las strippers de Zombie Strippers (Jay Lee, 2008),
Las brujas son las únicas monstruas que basan su poder en su feminidad porque, a
pesar de ser las anti-amas de casa o malas madres, es esa identidad que les sirve de
referencia, aun siendo su reverso oscuro. A lo largo de la historia audiovisual podemos
reconocer dos grandes grupos de brujas: la bruja vieja, la hechicera excesiva y arpía
furiosa; y las brujas adolescentes, poseedoras de un glamour que les permite aunar
feminidad tradicional con poder.
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Monstruas
única vez que la vemos es una mujer muy vieja, llena pústulas, casi corrupta. La vejez
anula la feminidad. Si no es deseable y tiene poder, es un hombre. Por eso, cuando en
alguna secuencia de asesinato, vemos sus brazos, éstos son peludos y masculinos. Esa falta
de feminidad merece la muerte.
Las brujas adolescentes, cuyas series han copado las franjas televisivas en los años
90 -y ahora vuelven con fuerza en las plataformas digitales-, han servido como referencia a
una generación que buscaba ejemplos de poder en la maduración, relatos que las
orientaran en el difícil equilibrio de la feminidad y la agencia. Series como Sabrina, cosas de
brujas (1996-2004), Charmed (Embrujadas, 1998-2006) entran dentro de lo que se llamó el Girl
Power, ficciones audiovisuales que abogaban por un poder femenino, pero sin ser
subversivo, que se ajustaba a la feminidad tradicional en el ámbito de los cuidados y la
preocupación por la belleza y la atención masculina. Las escalofriantes aventuras de
Sabrina (2018-Actualidad), sin embargo, aboga por la creación de una tercera solución ante
los dilemas, incluye personajes transexuales y masculinidades diferentes, así como
sexualidades libres. Es más oscura y violenta que su antecesora, en la que Sabrina es una
adolescente sin complejos en la búsqueda del poder y no ansía la atención ni el
reconocimiento de los chicos.
Las brujas, en comparación con las vampiras o las mujeres mitad animal, son
emblemas de poder y feminidad, un poder que no emana de su sexualidad desordenada e
insaciable, ni de la masculinidad voraz que habita en su interior: es un poder que emana
como el reverso oscuro de la feminidad establecida en el siglo XVII, y que todavía perdura,
aquella de la eficiente ama de casa y amorosa madre. La casa es la extensión del cuerpo de
la mujer, como es en el caso de The Babadook (Jennifer Kent, 2014) donde la asociación casa-
mujer tiene lugar con el cuerpo de la madre, ya que, desde las ópticas más tradicionales,
éste es una casa para el bebé en curso, un contenedor, un objeto pasivo que es poseído y
habitado por alguien más. Irigaray, en su “Ética de la diferencia sexual”, postula que la
mujer es un espacio para el hombre, no existe en un espacio para ella misma. Amelia lucha
en la película por reclamar esa casa para ella y su hijo, sacando su furia y una voluntad
férrea, mucho tiempo reprimida, como su única arma.
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Si repasamos las películas que se analizan en esta tesis, podemos comprobar que,
efectivamente, las películas anteriores a la década de los 70 eran protagonizadas por un
monstruo femenino que aunaba un abanico de elementos: género, clase, sexualidad, pero,
sobre todo, raza y nación. Marya Zaleska, en La hija de Drácula (Lambert Hillyer, 1936), por
ejemplo, encaja en todos ellos, ya que se trata de una mujer que no cumple con lo que le
corresponde, esto es, un hogar, esposo e hijos; pertenece a una decadente aristocracia de la
vieja y arcaica Europa; y lucha contra su deseo hacia atractivas e inocentes jovencitas.
La señora Holland, en I walked with a zombie (Jacques Tourneur, 1943) reúne raza,
género y sexualidad, pero sobre todo amenaza con dinamitar, mezclar, la división de las
comunidades raciales, así como la de clases. La que era la ama está ahora a merced del
hounfort (la asamblea de vudú), es su sierva o quizá, de acuerdo con la naturaleza
ambivalente del zombie, por fin se ha liberado de las cadenas de su matrimonio.
Cat People (Jacques Tourneur, 1942) y Captive Wild Woman (Edward Dmytryk, 1943)
continúan con la estela de lo atávico de las tierras extranjeros o lo exótico de las colonias.
Es la nación el conflicto más notable, aunque la sexualidad en el caso de Tourneur, y la raza,
en el de la película de Dmytryk ganan peso respectivamente. Pero, tal y como defiende Tim
Snelson (2009), el conflicto principal es el que tenía lugar sobre la femineidad, debido a la
contradicción sobre la definición de los cuerpos de las mujeres norteamericanas, que se
debatía entre fuerza de trabajo, guardiana del hogar, madre amantísima y objeto de deseo.
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Monstruas
En los años 70 nos encontramos dos películas, The Vampire Lovers (Roy Ward Baker,
1970) y Suspiria (Dario Argento, 1977).En la primera, la centralidad de la sexualidad es
absoluta, por lo que la hipótesis de Halberstam (1995) por la que los elementos que encarnan
los monstruos se reducen a sexualidad y género en el siglo XX parece ser adecuada, aunque
hay que señalar que Suspiria sólo trata el tema género en relación al cuerpo y el poder.
Cuando analizamos las películas del siglo XXI que ocupan esta tesis, nos percatamos
de que la sexualidad ya no tiene importancia, puesto que el binomio poder-sexo se anula.
El poder se traduce en violencia, y la sexualidad es una experiencia femenina constituyente
de su subjetividad, y no un miedo masculino. Ginger Snaps (John Fawcett, 2000), Raw (Julia
Ducournau, 2016), A Girl Walks Home Alone at Night (Lily Annapour, 2015), la tercera
temporada de American Horror Story, Coven (Ryan Murphy y Brad Falchuk, Fox, 2013- 2014),
y The Babadook (Jennifer Kent, 2014) eliminan la sexualidad como elemento constituyente
de la monstrua. Sin embargo, la cinta americano-iraní y la serie Coven introducen
elementos en conflicto como la clase social (The Babadook también se hace eco de esta
Por ello, podemos concluir que, si bien el género está presente en todas las
monstruas, no es el único elemento: puede haber otros. Por otro lado, y como conclusión
más llamativa, la sexualidad desaparece. El vínculo mujer-monstruosidad-sexualidad
desatada o sexo-poder ha dejado de darse y ha sido sustituido por el vínculo poder y
violencia.
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Monstruas
Tal y como hemos demostrado a lo largo de estas páginas, los elementos corporales
femeninos que pueden ser considerados como abyectos (maternidad, menstruación,
Por otro lado, en Raw (Docournau, 2015) nos encontramos ante un monstruo
femenino que no se puede catalogar como producto de su monstruoso-femenino, es decir,
no es su feminidad lo aberrante, lo que atemoriza. Justine no es una mujer
irresistiblemente bella que deslumbra a los hombres para comérselos, no es una vagina
dentata ni una madre de fluidos y útero siniestros. Es una joven virgen, vegetariana,
estudiante modelo que sale de la seguridad de su hogar familiar para entrar en una
verdadera “selva”, llena de abusos y jerarquías, donde lo animal se traduce en relaciones
de depredador-víctima y en el que el cuerpo, por sus necesidades, se vuelve un extraño
para una misma. Existe una asociación entre las experiencias corporales de apetito,
anorexia, feminidad y deseo. La película presenta a Justine a través de un cristal sobre el
que se refleja comida. Este va a ser el tema central de la película: los otros seres
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Monstruas
Así como películas como The Vampire Lovers (Roy Ward Baker, 1970) pueden
responder a la definición de Barbara Creed, dado que se construyen para deleite y horror
masculinos, las otras películas aquí analizadas no entrarían en esa definición. La
masculinización, tanto en ansia de dominio como en deseo hacia las mujeres, son los
elementos que convierten a Marya Zaleska en una monstrua, no su genitalidad abyecta. En
I walked with a zombie (Jacques Tourneur, 1943) lo monstruoso es la desorientación en un
paisaje de caminos asignados a dos comunidades divididas, en el que la verdadera
monstrua es la matriarca del clan negrero. Por otro lado, el tono carnavalesco y de humor
de Zombie Strippers (Jay Lee, 2008) se burla de la feminidad monstruosa, más que tomársela
en serio, y satiriza la explotación de las bailarinas eróticas, convertidas en carne por un
grupo de descerebrados que acaban siendo troceados.
Barbara Creed analizó El Exorcista ( William Friedkin, 1975), en el que la niña luchaba
para diferenciarse de su madre, cuya resistencia a la separación provoca la posesión de la
niña, que se vuelve abyecta en la exteriorización de sus fluidos (orina, pústulas,
vómitos,…). En The Babadook (Jennifer Kent, 2014) no podemos constatar la abyección del
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Monstruas
Podemos concluir, por lo tanto, que las películas de monstruos femeninos actuales
(o aquellas producidas en un momento de mayoría de audiencia femenina) renuncian a su
óptica misógina, por lo que el monstruoso-femenino es un concepto que no se puede
aplicar. Porque tal y como enunció la propia Creed (1993), “Lo femenino no es per se un signo
de monstruosidad, más bien se interpreta como tal en el discurso patriarcal que revela
mucho sobre el deseo y los temores masculinos, pero no dice nada sobre el deseo femenino
en relación con lo horrible” (p. 70). El miedo femenino se basa más en lo masculino de
nuestros cuerpos, que se manifiesta como fuerza y como aberración simultáneamente.
La relación de la mujer con lo horrible tiene mucho que ver, en las películas
analizadas, con las experiencias físicas femeninas. La menstruación, la disciplina respecto
al cuerpo y el espacio que éste ocupa, el envejecimiento, la sexualidad y la maternidad son
las experiencias principales que abordan estas películas, en las que el cuerpo constituye un
lastre, una traición, algo ajeno a la subjetividad, un foco de angustia. La monstruosidad se
origina y/o transforma estas experiencias corporales femeninas.
La menstruación, por un lado, te recuerda que tu cuerpo tiene su propia vida, está
ahí y no se puede escapar, porque “la mujer, como el hombre, es su cuerpo, pero su cuerpo
es algo más que ella misma” (Beauvoir citada por Young, p.7). La menarquía implica el paso
hacia una condición de inferioridad, en tanto en cuanto la feminidad es la ausencia de
poder. La menstruación no se asocia con una experiencia positiva de feminidad, sino que
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Monstruas
Ginger Snaps aborda, en clave irónica, la disciplina corporal, pero es Raw quien la
convierte en uno de los temas centrales del relato. La disciplina respecto al cuerpo
femenino es una forma de establecer los límites del mismo, que Justine, como caníbal,
necesita recomponer para huir de su nueva naturaleza. Esos límites varían en los hombres
y las mujeres. Hay límites del cuerpo que se establecen a través de la dieta (como sucede en
Raw), la cirugía estética y la postura, que “disciplinan” (Battersby, 1999, p. 347) para que el
cuerpo sea visto como una limitación, en lugar de un espacio para la expresión. A la inversa,
En Coven se abordan varias experiencias con una clara intención reivindicativa. Por
un lado, el envejecimiento; por otro, los cuerpos no normativos. Tanto en la elección del
reparto como la relevancia del tema en las tramas, la edad se retrata como un concepto que
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Monstruas
hay que redefinir. Fiona, la protagonista, se niega a ser invisibilizada, a perder el capital
social que supone la belleza, el único posible para las mujeres. Tampoco se asume como
una mujer que envejece con elegancia (WAG), con su pelo cano y su lugar discreto: ella
quiere seguir disfrutando de la vida, el sexo, la bebida… En este sentido ella es anacrónica
(Mary Russo, 1999) ajena a la experiencia vital de familia, organizada en nacimiento,
matrimonio, reproducción y muerte. Ella queda fuera de este orden, de la familia. Su
exceso es lo que la hace monstruosa.
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Monstruas
19 Gehr (1990) lo etiquetó como “Carnografía” porque aúna la carnalidad de la pornografía y la del
terror
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Monstruas
La película Raw, por su lado, provoca más asco que terror, una emoción visceral que
permite a la directora hablar sobre la difuminación de las fronteras, de los límites, tanto
dentro del relato, como entre película y espectador. La película de Ducournau nos obliga a
asistir a actos que nos repugnan, que se nos pegan en la piel, que nos contaminan. No
podemos mantener la distancia, el ilusorio control que el espectador cree tener sobre la
experiencia fílmica se disuelve y la audiencia queda atrapada, sobrepasada por ese asco
que se nos pega la piel. Esa cercanía avasalladora no siempre se logra mediante el uso de
los primeros planos, son necesarios la interpelación a otros sentidos “menores” gracias a
la sinestesia. La interpelación a sentidos diferentes a la vista y al oído (aunque mediante y
en colaboración con ellos) logra que el asco sea un elemento, no sólo perturbador, sino
también subversivo. Lo es en cuanto genera una comprensión visceral, no sólo conceptual,
que moviliza el cuerpo y los sentidos de los espectadores ante el abuso del poder, de tal
manera que su carácter crítico impregna al espectador más allá de su lógica, lo conmueve
más allá de su discurso.
La vampira envuelta en chador se nos presenta, de una forma sutil, como un ser
sobrenatural, ajeno a las leyes físicas y del tiempo en su presentación puesto que la vemos
sentarse, pero los músculos que utiliza son los requeridos para levantarse. Esta
presentación nos sitúa, mediante la empatía muscular, ante un ser que se mueve sin las
leyes corporales humanas, no avanza hacia delante como cualquier mortal en el devenir del
tiempo cuyo final es la muerte; ella ya está muerta y su cuerpo ya no responde a la lógica del
tiempo, puede moverse en contra de sus leyes.
Por otro lado, es una justiciera sobrenaturalmente muy poderosa, de gran fuerza,
velocidad y mandíbulas. Cuando se transforma, ruge como un felino. Encarna la fuerza, la
rabia, el poder, lo que provocan fantasías de empoderamiento. Tal y como mantiene Lisa
Purse, en su “Contemporary Action Cinema” (2011) donde analiza las películas de acción, los
cuerpos que pueden superar cualquier limitación física nos ofrecen fantasías de
empoderamiento, ya que, a través de la empatía sensorial con el cuerpo del héroe,
podemos sentir esa maestría en nosotros mismos. En un mundo de abusos hacia las
mujeres, una figura físicamente ilimitada insufla fantasía de poder y revancha en muchas
espectadoras.
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Monstruas
mágico o sobrenatural. Mientras las imágenes del hospital donde Fiona recibe su
quimioterapia son amplias, con encuadres equilibrados, iluminado, un espacio sin
texturas, liso, de objetos definidos; el espacio en los momentos sobrenaturales se deforma,
se tuercen encuadres en diagonal, se utiliza la profundidad de campo, se usan grandes
angulares que deforman el cuadro y la cámara vuela con una dinámica grúa. El espacio se
En The Babadook existe una intencionalidad para mostrar las texturas del espacio y
cuerpos. Mediante el uso de la luz, la música y los efectos especiales analógicos,
artesanales, la película transmite una crudeza que ayuda a transmitir el agotamiento y
confusión mental de la protagonista, un cansancio físico palpable en un rostro ojeroso, con
arrugas e imperfecciones: es humana, no un ideal. Esas cualidades hápticas, táctiles de la
película facilitan la visualización de la dureza de la maternidad (Middleton y Bak, 2019), que
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Monstruas
forma ilusoria, obviamente, pero sensorial), lo que hace a las monstruas fascinantes,
también por la fantasía de poder que provocan.
La literatura gótica, con sus relatos espectrales y vampíricos, así como las Penny
Dreadful, esas publicaciones baratas de terror del siglo XIX, eran consumidos
mayoritariamente por mujeres, y era una literatura poco valorada, entretenimiento de
emoción fácil, poco serio, poco sesudo, femenino, en definitiva (Cherry, 2013). Sin embargo,
los investigadores del cine de terror siempre han supuesto que pasar miedo, enfrentarse a
la visión de los monstruos o la violencia era demasiado para las frágiles damiselas, que
siempre apartaban la mirada mientras se protegían en el pecho de su acompañante, quien,
dotado de un arrojo natural, se enfrentaba al horror con determinación y deleite.
Las protagonistas de Ginger Snaps y Raw son una pareja de hermanas. Las
relaciones entre hermanas o amigas en la adolescencia suelen ser muy dependientes, de
cambios de emocionales bruscos, a veces tóxicas. Pero son aspectos de la experiencia vital
femenina que merecen ser relatados, no necesariamente como algo idílico. La sororidad en
Coven es inexistente, aunque el universo de relaciones es principalmente femenino. Lo
mismo sucede con The Babadook. En estos títulos no hay tramas románticas que muevan
la acción, sí las hay en Cat People, I walked with a zombie, y A girl walks home alone at night,
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Monstruas
que se diferencian en los relatos convencionales con mujeres que compiten por el amor de
un hombre o la inversión de comportamiento de género durante el romance en la cinta
americano-iraní.
Estas tramas, que podríamos denominar melodramáticas, es uno de los géneros que
Williams clasificó como “gross”, “groseros”, junto al terror y la pornografía porque
provocan reacciones corporales en la audiencia (Williams, 1991). En el epígrafe anterior
hemos podido relatar las distintas estrategias para provocar un eco en los cuerpos de los
espectadores, muchas veces en relación con las experiencias físicas a las que las películas y
sus protagonistas monstruosas hacen referencia. La angustia o conflicto que el cuerpo
femenino y/o pueda acarrear a las espectadoras quedan apropiadamente reflejadas en el
género de terror actual mejor que en otros géneros sin tanta carga en lo físico: la
corporalidad agotadora de la maternidad, la humillación de la menstruación, el asco del
abuso, entre otros.
Además, el terror permite retratar a la mujer junto a emoción que tiene vedada: la
rabia. La monstruosidad de la mujer y su relación con la violencia en el cine de terror
cambia profundamente la forma del género en sí mismo. Esa furia necesita ser vehiculada
a través de monstruos femeninos, desbordantes de poder y cuya capacidad física
sobrenatural nos resuena, a través de la conexión sensorial con su cuerpo,
proporcionándonos fantasías de empoderamiento, placeres de omnipotencias
imaginarias a espectadoras en una sociedad patriarcal.
284
Monstruas
algo salvaje que pugnaba por salir, una verdadera naturaleza no adecuada, excesiva,
inapropiada para el momento en el que la mujer compañera, profesional y deportista
norteamericana era la que triunfaba (se quedaba con el chico). Hoy en día, encarna las
placer de masculino.
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7. Anexo I
1920-1940
1. Metropolis. (Fritz Lang, 1927)
2. La hija de Drácula. (Lambert Hillyer, 1936)
3. La novia de Frankenstein.(James Whale, 1935)
4. Haxän (Benjamin Christensen, 1922),
5. Vampyr. Der Traum des Allan Grey (Carl Theodor Dreyer, 1932)
6. Der Student von Prag (Henrik Galee, 1927)
7. Die Büchse der Pandora (La caja de Pandora, 1928).
40’s
8. Cat People( Jaques Tourner, 1942)
9. Captive Wild Woman. Edward Dmytryk (1943 )
10. Jungle Woman (Reginald LeBorg, 1944)
11. Jungle Captive (Harold Young, 1945)
12. Weird Woman (Reginald Le Borg, 1944)
13. The Cry of the Werewolf (Henry Levin, 1944),
14. She-Wolf of London (Jean Yarbrough, 1946)
50’s
15. Devil Girl From Mars (David MacDonald, 1954)
16. The Bad Seed (Mervyn LeRoy, 1956)
17. Voodoo Woman ( Edward L. Cahn, 1957)
18. The Disembodied (Walter Grauman, 1957)
19. Pharaoh's Curse (Lee Sholem, 1957)
20. Attack of the 50 ft. Woman (Nathan Juran, 1958)
21. The Wasp Woman (Roger Corman, 1959)
22. The Blood of Dracula (Herbert L. Strock, 1957)
60’s
23. Black Sunday ( Mario Bava, 1960)
24. Burn Witch Burn (Sidney Hayers, 1962)
25. The Gorgon (Terence Fisher, 1964)
26. Repulsión (Román Polanski, 1965)
27. Strait-jacket (William Castle, 1964)
28. Et mourir de plaisier.(Roger Vadim, 1960)
29. ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962)
30. Canción de cuna para un cadáver (Robert Aldrich, 1964)
31. What ever happened to Aunt Alice (Lee H. Katzin, 1969)
70’s
32. The Vampire Lovers (Roy Ward Baker, 1970).
33. Sister (Brian de Palma, 1973)
34. Ceremonia Sangrienta (Grau , 1973)
35. La novia ensangrentada (Vicente Aranda , 1972)
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80’s
49. Inferno ( Dario Argento, 1980)
50. Viernes 13 (Sean S. Cunningham, 1980)
51. Tenebrae (Dario Argento, 1982)
52. The Hunger (Tony Scott, 1983)
53. Phenomena (Dario Argento, 1985)
54. The Woman in Black (Herbert Wise, 1989)
55. Sweet Sixteen ( Jim Sotos, 1983)
56. Sister, sister ( Bill Condon, 1987)
90’s
57. Misery (Rob Reiner, 1990)
58. The Guardian. (William Friedkin, 1990)
59. La mano que mece la cuna (Curtis Hanson, 1992)
60. Species ( Roger Donaldson, 1995)
61. Ringu (Hideo Nakata, 1998)
62. Audition (Takashi Miike, 1999)
63. El proyecto de la bruja de Blair ( E. Sánchez, D. Myrick 1999)
64. Nadja (Michael Almereyda, 1994)
65. The Craft (Andrew Fleming, 1996)
66. Species II (Peter Medak, 1998)
67. Carrie 2: La Ira (Katt Shea, 1999)
68. Pequeñas brujas ( Jane Simpson, 1996)
69. Mirror, Mirror ( Marina Sargenti, 1990)
2000’s
1. Ginger Snaps (John Fawcett, 2000)
2. Dark Water (Hideo Nakata, 2002)
3. The Ring (Gore Verbinski, 2003)
4. May. (Lucy McKee, 2002)
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2010-2020
31. Hisss (Jennifer Lynch, 2010)
32. La viuda (Neil Jordan, 2019)
33. Somos la noche (Dennis Gansel, 2010)
34. The Ward (John Carpenter, 2010)
35. Julia X (P.J. Pettiette, 2011)
36. The Woman (Lucy McKee, 2011)
37. The Moth Diaries (Mary Harron, 2011)
38. Silent House (Chris Kentis, Laura Lau, 2011)
39. Kiss of The Damned (Xan Cassavettes , 2012)
40. Vamps (Amy Heckerling, 2012 )
41. Byzantium (Neil Jordan, 2012)
42. The Lords of Salem (Rob Zombie, 2012)
43. Dark Touch (Marina de Van, 2013)
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