0% encontró este documento útil (0 votos)
61 vistas22 páginas

Tito 1

Cargado por

julianpolicano
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
61 vistas22 páginas

Tito 1

Cargado por

julianpolicano
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
KIDD) Procrama anos v cases 90 minutos Relatos de futbol eo Cultura Argentina “El futbol es una mera puerta de entrada hacia otras cosas. Las otras cosas, las esenciales, que habitan enel alma de las personas y que son interpeladas por la literatura y por el arte”. Eduardo Sacheri Eduardo Sacheri Buenos Aires, 1967 Escritor argentino. Entre sus obras mds importantes figura La pre: gunta de sus ojos (2005) que fue levada al cine por el director Juan José Campanella. Dentro del campo audiovisual coescribis el guion de la pelicula animada Metegol, inspirado en el cuento “Memorias de un wing derecho”, de Roberto Fontanarrosa. En el afio 2000 publicé Es- perdndolo a Tito y otros cuentos de futbol. Esperandolo a Tito OLO MIRE A JOSE, QUE ESTABA SUBIDO ALTECHO del camion de Gonzalito. Pobre, tenfa la desilu- sion pintada en el rostro, mientras en puntas de pie trataba de ver més alld del portén y de la ruta. Pero nada: solamente el camino de tierra, y al fondo, el ruido de los camiones. En ese momento se acercé el Bebé Gra- fo y, gastador como siempre, le gritd: “jChe, Josecito!, équé pasa que no viene el ‘maestro’? ;Serd que arrugé para evitarse el papelon, viejito?”. Josecito dejé de mirar la ruta y traté de contestar algo ocurrente, pero la rabia y la impotencia lo lanzaron a un tartamudeo penoso. El otro se dio vuelta, con una sonrisa sobradora colgada en. la mejilla, y se alejé moviendo la cabeza, como negando. Al fin, a Josecito se le destrabé la bronca en un conclu- yente: “jandalaputaqueteparié!”, pero qued6 momen- tdneamente exhausto por el esfuerzo. Ahi se dio vuelta a mirarme, como implorando una frase que le ordenara de nuevo el universo. “Y ahora 4 Eduardo Sacheri qué hacemo’, decime”, me lanz6. Para Josecito, yo vengo a ser algo asi como un ordculo pitonistico, una suerte de profeta infalible con facultades misticas. Tal vez, pobre, porque soy la unica persona que cono- ce que fue a la facultad. Mas por compasién que por convencimiento, le contesté con tono tranquilizador: “Quedate piola, Josecito, ya debe estar llegando”. No muy satisfecho, volvié a mirar la ruta murmurando algo sobre promesas incumplidas. Aproveché entonces para alejarme y reunirme con el resto de los muchachos. Estaban detrds de un arco, alguno vendandose, otro calzdndose los botines, y un par haciendo jueguitos con una pelota medio ovala- da. Menos brutos que Josecito, trataban de que no se les notaran los nervios. Pablo, mientras elongaba, me pregunt6 como al pasar: “Che, Carlitos, sera seguro que venia, no? Mird que después del barullo que arma- mos, si nos falla justo ahora...”. Para no desmoralizar a la tropa, me hice el con- vencido cuando le contesté: “Pero muchachos, ino les dije que lo confirmé por teléfono con la madre de él, en Buenos Aires?”. El Bebé Grafo se acereé de nuevo des- de el arco que ocupaban ellos: “Che, Carlos, sme que- rés decir para qué armaron semejante bardo si al final tuamiguito ni siquiera va a aportar?”. En ese momento Esperandolo a Tito 5 salt6 Cafiito, que habia terminado de atarse los cordo- nes, y sin demasiado preémbulo lo mando a la mierda. Pero el Bebé, cada vez mas contento de nuestro nervio- sismo, no le llevé el apunte y me siguid buscando a mi: “En serio, Carlitos, me hiciste traer a los muchachos al divino botén, querido. Era mas simple que me dije- ras: mira Bebé, no quiero que este afio vuelvan a hu- millarnos como los ultimos nueve afios, asi que mejor suspendemos el desafio”. Y adoptando un tono inti- mista, me puso una mano en el hombro y, hablando- me al oido, agregé: “Dale, Carlitos, jen serio pensaste que nos ibamos a tragar que el punto ese iba a venirse desde Europa para jugar el desafio?”. Mas caliente por sus verdades que por sus exageraciones, le contesté de mal modo: “Y decime, Bebé, si no se lo tragaron, :para qué hicieron semejante quilombo para prohibirnos que lo pusiéramos?: que profesionales no sirven, que sola- mente con los que viven en el barrio. Segtin vos, ni yo que me mudé al Centro podria haber jugado”. Habian sido arduas negociaciones, por cierto. El clasico se jugaba todos los afios, para mediados de oc- tubre, unafio en cada barrio. Lo haciamos desde pibes, desde los diez afios. Una vuelta en mi casa, mi primo Ricardo, que vivia en el barrio de la Textil, se llené la boca diciendo que ellos tenian un equipo invencible, 6 Eduardo Sacheri con camisetas y todo. Por principio mas que por con- vencimiento, salté ofendidisimo retrucdindole que nosotros, los de aca, los de la placita, si tenfamos un equipo de novela. Sellar el desafio fue cuestién de se- gundos. El viejo de Pablo nos consiguié las camisetas a ultimo momento. Eran marrones con vivos amari- llos y verdes. Un asco, bah. Pero peor hubiese sido no tenerlas. Ese dia ganamos 12 a 7 (a los diez afios, uno no se preocupa tanto de apretar la salida y el medio- campo, y salen partidos mds abiertos, con muchos goles). Tito meti6 ocho. No sabfan como pararlo. Creo que fue el primer partido que Tito jugo por algo. A los catorce, se fue a probar al club y lo ficharon ahi no- mas, al toque. Igual, siguié viniendo al desafio hasta los veinte, cuando se fue a jugar a Europa. Entonces se nos vino la noche. Nosotros éramos todos matun- gos, pero nos bastaba tirdrsela a Tito para que inven- tara algo y nos sacara del paso. A los dieciséis, cuando empezaron a ponerse piernas fuertes, convocamos a un referi de la Federaci6n: el chino Takawara (era hijo de japoneses, pero para nosotros, y pese a sus pro- testas, era chino). Ricardo, que era el capitan de ellos, nos acusaba de coimeros: decia que gandbamos porque el chino andaba noviando con la hermana grande del Tanito, y que ella lo mandaba a bombear para nuestro Esperandolo a Tito 7 lado. Algo de razén tal vez tendria, pero lo cierto es que, con Tito, éramos siempre banca. Cuando Tito se fue, la cosa se puso brava. Para col- mo, al chino le salié un trabajo en Esquel y se fue a vivir alld (ya felizmente casado con la hermana del Tanito). Con arbitros menos sensibles a nuestras necesidades y sin Tito para que la mandara a guardar, empezamos a perder como yeguas. Yo me fui a vivir a la Capital y algun otro se tom6 también el buque, pero, para oc- tubre, la cita siempre fue de fierro. Ahi me di cuenta del verdadero valor de mis amigos. Desde la partida de Tito, perdimos al hilo seis afios, empatamos una vez, y perdimos otros tres consecutivos. Tuvimos que ser muy hombres para salir de la cancha afio tras afio con la canasta llena y estar siempre dispuestos a volver. Para colmo, para la época en que empezamos a perder, a algunos de nosotros, y también de ellos, se nos ocu- rrio llevar a las novias a hacer hinchada en los desafios. Perder es terrible, pero perder con las minas mirando era intolerable. Por lo menos, hace cuatro afios, y gra- cias a un incidente menor entre las nuestras y las de ellos, prohibimos de comun acuerdo la presencia de mujeres en el ptiblico. Bah, rstiir directamente prohibimos el puiblico. A ae eral favor o en contra de mise me ocurrié argiiir que la presi6n de algo. 8 Eduardo Sacheri afuera hacfa mds duros los encontronazos y exacerba- ba las pasiones mas bajas de los protagonistas. Y ellos, con el agrande de sus victorias inapelables, nos dije- ron que bueno, que de acuerdo, pero que el arbitro lo ponian ellos. Al final, acordamos hacer los partidos a puertas cerradas, y afrontamos la cuestion arbitral con un complejo sistema de eleccion de referis por ternas rotativas seguin el afio, que aunque nos privé de ayudas interesantes, nos evité bombeos innecesarios. Igual, seguimos perdiendo. El afio pasado, tras una nueva humillacién, los muchachos me pidieron que hiciera “algo”. No fueron muy explicitos, pero yo lo adiviné en sus caras. Por eso este afio, cuando Tito me llamo para mi cumpleafios, me animé a pedirle la gau- chada. Primero se maté de la risa de que le saliera con semejante cosa, pero, cuando le di las cifras finales de la estadistica actualizada, se puso serio: 22 jugados, 10 ganados, 3 empatados, 9 perdidos. La conclusion era evidente: uno mis y el colapso, la ver- Oprobio gitenza, el oprobio sin limite de que los Deshonra publica. , muertos esos nos empataran la estadis- tica. Me dijo que lo llamara en tres dias. Cuando volvimos a hablar me dijo que bueno, que no habia problema, que le iba a decir a su vieja que fingie- ra un ataque al corazén para que lo dejaran venir desde Esperandolo a Tito 9 Europa rapidito. Después ultimé los detalles con dofia Hilda. Quedamos en hacerlo de canuto, por supuesto, porque si se enteraban alla de que venia a la Argentina, en plena temporada, para un desafio de barrio, se ar- maba la podrida. Ami primo Ricardo igual se lo dije. No queria que se armara el tole tole el mismo dia del partido. Hice bien, porque estuvimos dos semanas que si que no hasta que al final aceptaron. No querfan saber nada, pero basté que el Tanito, en la ultima reunién, me murmurara a gritos un: “Dejé, Carlos, son una manga de cagones”. Ahi només el Bebé Grafo, calenton como siempre, aga-~ rr6 viaje y dijo que si, que estaba bien, que como el afio pasado, el sébado 23 a las diez en el sindicato, que él re- servaba la cancha, que nos ibana romper el traste como. siempre, etcétera. Ricardo traté de hacerlo callar para encontrar un resquicio que le permitiera seguir nego- ciando. Pero fue inutil. La palabra estaba dada, y el Tanito y el Bebé se amenazaban mutuamente con las torturas futbolisti- Monaguillo Chico que ayuda al cura durante la cas mds aterradoras mientras yo sonrefa _misa. con cara de monaguillo. Cuando el resto de los nuestros se enteré de la noti- cia, el plantel enfrento la prueba con el optimismo ro- tundo que yo creia extinguido para siempre. El sébado 10 Eduardo Sacheri a las nueve llegaron todos juntos en el camién de Gon- zalito. El unico que se retrasé un poco fue Alberto, el arquero, que como la mujer estaba empezando el tra- bajo de parto esa mafiana, se demor6 entre que la lle- v6 a la clinica y pudo convencerla de que se quedara con la vieja de ella. Ellos llegaron al rato y se fueron a cambiar detras del arco que nosotros dejamos libre. Pero cuando faltaban diez minutos para la hora acor- dada, y Tito no daba sefiales de vida, se vino el Bebé por primera vez a buscar camorra. Por suerte, me avi- vé de hacerme el ofendido: le dije que el partido era a las diez y media y no a las diez, que qué se creia y que no jodiera. Lo miré al Tanito, que me caz6 al vuelo y confirm6 mi versidn de los hechos. El Bebé negé una vez y otra, y lo Ilam6 a Ricardo en su defensa. Por su- puesto, Ricardo se nos vino al humo gritando que la hora era a las diez y que nos dejaramos de joder. Ante la complejidad que iba adquiriendo la cosa, con el Ta- nito juramos por nuestras madres y nuestros hijos, por Dios y por la Patria, que la hora era diez y media, que en el café habfamos dicho diez y media, y que por te- léfono habiamos confirmado diez y media, y que toda- via faltaba mds de media hora para las diez y media, y que se dejaran de romper con pavadas. Ante semejan- tes exhibiciones de conviccién patridtico-religiosa, al Esperandolo a Tito ll final se fueron de nuevo a patear al otro arco esperan- do que se hiciera la hora. Después con el Tanito nos di- mos dnimo mutuamente tratando de persuadirnos de que un par de juramentos tirados al voleo no podian ser demasiado perjudiciales para nuestras familias y nuestra salvacion eterna. Fue cuando lo mandé a Josecito a pararse arriba del camion, a ver si lo veia venir por el portén de la ruta, mas por matar un poco la ansiedad que porque pensase seriamente en que fuese a venir. Es que para esa altura yo ya estaba convencido, en secreto, de que Tito nos habja fallado. Habia quedado en venir el viernes a la mafiana y en Ilamarme cuando Ilegara a lo de su vie- ja. El martes marchaba todo sobre ruedas. En la radio comentaron que Tito se venia para Buenos Aires por problemas familiares después del partido que jugaba el miércoles por no sé qué copa. Pero el jueves, y también por la radio, me enteré de que su equipo, como habia ganado, volvia a jugar el domingo, asi que en el club le habjian pedido que se quedara. Ese dia hablé con dofia Hilda y me dijo que ella ya no podia hacer nada: si se suponia que estaba en terapia intensiva, no podia Ila- marlo para recordarle que tomara el avion del viernes. El viernes les prohibi en casa que tocaran el teléfo- no: Tito podia llamar en cualquier momento. Pero Tito 12 Eduardo Sacheri no aporté. A la noche, en la radio confirmaron que Tito jugaba el domingo. No tuve dnimo ni para calen- tarme. Me gané, en cambio, una tristeza infinita. En esos afios, las veces que habia venido Tito me habia en- cantado comprobar que no se habia engrupido ni por la plata ni por salir en los diarios. Se habia casado con una tana, buena piba, y tenia dos chicos barbaros. Yo le habia arreglado la sucesién del viejo sin cobrarle un. mango, claro. El siempre se acordaba de los cumplea- fios y Ilamaba puntualmente. Cuando venia, se caia por mi casa con regalos, para mis viejos y mi mujer, como cualquiera de los muchachos. Por eso, porque yo nunca le habia pedido nada, me dolfa tanto que me hubiese fallado justo para el desafio. Esa noche decidi que, si después me llamaba para decirme que el parti- do de alld era demasiado importante y que por eso no habia podido cumplir, yo le iba a decir que no se hicie- ra problema. Pero lo tenia decidido: chau Tito, morite en paz. Aunque no lo hiciera por mi, no podia cagar impunemente a todos los muchachos. No podia dejar- nos asi, que perdiéramos de nuevo y que nos empata- ran la estadistica. Al fin y al cabo, en el primer desafio, cuando era un flaquito escudlido por el que nadie daba dos man- gos, y que nos venia sobrando (porque en esa época Esperandolo a Tito 13 jugabamos en la canchita del corralon, que era de seis y un arquero), yo igual le dije: “Venf, pibe, juga ade- lante, que sos chiquito y si sos ligero capaz que la em- bocds”. Por eso me dolia tanto que se abriera, y porque cuando se fue a probar al club, como no se animaba a ir solo, fuimos con Pablo y el Tanito; los cuatro, para que no se asustara. Porque él decia: “Y yo para qué voy air, sino conozco a nadie adentro, si no tengo palanca”, y yo, que dale, que no seas boludo, que vamos todos jun- tos asi te da menos miedo. Y ahi nos fuimos, y el pobre de Pablo se tuvo que bancar que el técnico de las infe- riores le dijera a los cinco minutos: “jSali perro, a qué carajo viniste!”, y el Tanito y yo tuvimos que pararlo a Tito que quiso que nos fuéramos todos ahi mismo y de- cirle que volviera que el tipo lo miraba seguido. Noso- tros dos, con el Tanito, duramos un tiempo y pico, pero después nos cambiaron y el guanaco ese nos dijo: “Ta’ bien pibes, cualquier cosa les hago avisar por el flaqui- to aquel que juega de nueve”, nos dijo sefialandolo a Tito que seguia en la cancha. Pero no nos import6 por- que eso queria decir que si, que Tito entraba, que Tito se quedaba, y nos dio tanta alegria que hasta a Pablo se le paso la calentura, primero porque Tito habia entra- do, y segundo porque, como yo andaba con las Ilaves de mi casa, en la playa de estacionamiento pudimos 14 Eduardo Sacheri rayarle la puerta del Rastrojero al infeliz del técnico. Y después, cuando le hicieron el primer contrato pro- fesional, a los 18, y lo acostaron con los premios, lo acompafié yo a ver a un abogado de Agremiados y ya no lo madrugaron mas, y cuando lo vendieron afue- ra, yo todavia no estaba recibido, pero me banqué a pie firme la pelea con los gallegos que se lo vinieron a llevar, y siempre sin pedirle un mango. Ah, y con el Tanito, aparte, cuando nos encargamos de su vieja cuando el viejo, don Aldo, se murié y él estaba jugando en Alemania; porque el Tanito, que seguia viviendo en. el barrio, se encarg6 de que no le faltara nada y que los muchachos se dieran una vuelta de vez en cuando para darle una mano con la pintura, cambiarle una bombita quemada, llamarle al atmosférico cuando se le tapara el pozo, qué sé yo, tantas cosas. Nunca lo hicimos por nada, nos bast6 el orgullo de saberlo del barrio, de saberlo amigo, de ver de vez en cuando un gol suyo, de encontrarnos para las fiestas. Lo hicimos por ser amigos, y cuando él, medio emo- cionado, nos decia: “Muchachos, jc6mo cuernos se los puedo pagar?”, nosotros, que no, que deja de hinchar, que para qué somos amigos, y el nico que se anima- ba a pedirle algo era Josecito, que lo miraba serio y le decia: “Mira, Tito, vos sabés que sos mi hermano, pero Esperandolo a Tito 15 jamas de los jamases se te ocurra jugar en San Loren- zo, por mas guita que te pongan no vayds, por lo que mas quieras porque me muero de la rabia, entende- me, Tito, a cualquier otro si, Tito, pero a San Lorenzo por Dios te pido no vayds ni muerto, Tito”. Y Tito que no, que quedate tranquilo, Josecito, aunque me pa- guen fortunas a San Lorenzo no voy por respeto a vos y a Huracdn, te juro. Por eso me dolia tanto verlo justo a Josecito, defraudado, parado en puntas de pie sobre el techo del camion de reparto; y a los otros probandolo a Alberto desde afuera del drea, con las medias bajas, pateando sin ganas, y mirandome de vez en cuando de reojo como buscando respuestas. Cuando se hicieron las diez y media, Ricardo y el Bebé se vinieron de nuevo al humo. Les sali al encuen- tro con Pablo y el Tanito para que los demas no escu- charan. “Es la hora, Carlos”, me dijo Ricardo. Y a mi me pareci6 verle un brillo satisfecho en los ojos. “;Lo juegan o nos lo dan derecho por ganado?”, pregunto, procaz, el Bebé. El Tanito lo miré con furia, pero la im- potencia y el desencanto lo disuadieron de putearlo. “Anda ubicando a los tuyos, y Ilamalo al arbitro para el sorteo”, le dije. Desde el mediocampo, le hice sefias a Josecito de que se bajara del camion y se viniera para la cancha. Para colmo, pensé, jugdbamos con uno menos. 16 Eduardo Sacheri Eramos diez, y preferi jugar sin suplentes que llamar a algtin extrafio. En eso, ellos también eran de fierro. No jugaba nunca ninguno que no hubiese estado en los pri- meros desafios. Cuando Adrian me avisé en la semana que no iba a poder jugar por el desgarro, le dije que no se hiciera problema. Hasta me alegré porque me evita- ba decidir cual de todos nosotros tendria que quedarse afuera. Tito me venia justo para completar los once. Para colmo, perdimos en el sorteo. Tuvimos que cambiar de arco. Hice sefias a los muchachos de que se trajeran los bolsos para ponerlos en el que iba a ser el nuestro en el primer tiempo. Yo sabia que era una pre- cauci6n innecesaria. Con ellos nos conociamos desde hacia veinte afios, pero me parecié oportuno darles a entender que, a nuestro criterio, eran una manga de potenciales delincuentes. Cuando me pasaron por el costado, cargados de bultos, Alejo y Damian, los me- llizos que siempre jugaron de centrales, les recordé que se turnaran para pegarle al once de ellos, pero lo mas lejos del area que fuera posible. Alejo me hizo una inclinacién de cabeza y me dijo un “quedate pancho, Carlitos”. En ese momento me acordé del partido de dos afios antes. Iban 43 del segundo tiempo y en un centro a la olla, él y el tarado de su hermano se que- daron mirandose como vacas, como diciéndose “saltd Esperandolo a Tito 17 vos”. El que salt6 fue el petiso Galan, el ocho de ellos: un metro cincuenta y cinco, entre los dos mastodontes de uno noventa. Uno a cero y a cobrar. Espantoso. Cuando nos acomodamos, fuimos hasta el medio con Josecito para sacar. Con la tristeza que tenia, pen- sé, no me iba a tocar una pelota coherente en todo el partido. De diez lo tenia parado a Pablo. Sia los dieci- séis el técnico aquel lo sacé por perro, a los treinta y cuatro, con pancita de casado antiguo, era todo me- nos un canto a la esperanza. El Bebé, muy respetuoso, le pidid permiso al arbitro para saludarnos antes del puntapié inicial (siempre habia tenido la teoria de que olfear a los jueces le permitia luego hacerse perdonar un par de infracciones). Cuando nos tuvo a tiro, y con su mejor sonrisa, nos envenen6 la vida con un “pobres muchachos, cémo los cag6 el Tito, qué barbaro”, y se alejé campante. Pero justo ahi, justo en ese momento, mientras yo le hablaba a Josecito y el drbitro levantaba el brazo y miraba a cada arquero para dar a entender que esta- ba todo en orden, y Alberto levantaba el brazo desde nuestro arco, me di cuenta de que pasaba algo. Por- que el refer{ dio dos silbatazos cortitos, pero no para arrancar, sino para llamar la atencidn de Ricardo (que siempre es el arquero de ellos). Aunque lo tenia lejos, 18 Eduardo Sacheri lo vi pdlido, con la boca entreabierta, y empecé a sen- tir una especie de tumulto en los intestinos mientras temia que no fuera lo que yo pensaba que era, temia que lo que yo veia en las caras de ellos, ahi adelante mio, no fuese asombro, mezclado con bronca, mezcla- do con incredulidad; que no fuese verdad que el Bebé estuviera dandose vuelta hacia Ricardo, como pidien- do ayuda; que no fuera cierto que el otro siguiera con la vista clavada en un punto todavia lejano, todavia a la altura del porton de la ruta, todavia adivinando sin ver del todo a ese tipo lanzado a la carrera con un bolsi- to sobre el hombro gritando aguanten, aguanten que ya llego, aguanten que ya vine, y como en un suefio el Tanito gritando de la alegria, y llamandolo a Josecito, que vamos que aca lleg6, carajo, que quién dijo que no venia, y los mellizos también empezando a gritar, que por fin, que qué nervios que nos hiciste comer, gua- cho, y yo empezando a caminar hacia el lateral, como un autémata entre canteros de margaritas, atin inde- ciso entre cruzarle la cara de un bife por los nervios y abrazarlo de contento, y Tito por fin saliendo del tu- multo de los abrazos postergados, y viniendo hasta donde yo estaba plantado en el cuadradito de pasto en el que me habfa quedado como sin pilas, y mirandome sonriendo, avergonzado, como pidiéndome disculpas, Esperandolo a Tito 19 como cuando le dije: “Veni, pibe, jugé de nueve, capaz que la embocas”; y yo ya sin bronca, con la flojera de los nervios acumulados toda junta sobre los hombros, y él diciéndome: “Perdond, Carlos, me tuve que hacer llamar a la concentracion por mi tia Juanita, pero con- segui pasaje para la noche, y llegué hace un rato, y per- doname por los nervios que te hice chupar, te juro que no te lo hago mas, Carlitos, perdoname”, y yo dicién- dole: “Callate, boludo, callate”, con la garganta hecha un nudo, y abrazdndolo para que no me viera los ojos, porque llorar, vaya y pase, pero llorar delante de los amigos, jams; y el mundo haciendo clic y volviendo a encastrar justito en su lugar, el cosmos desde el caos, los amigos cumpliendo, cerrando circulos abiertos en la eternidad, cuando uno tiene catorce y dice ta’ bien, te acompafiamos asi no te da miedo. Como Tito lleg6 cambiado, tiré el bolso detras del arco y se vino para el mediocampo, para sacar conmi- go. Cuando le faltaban diez metros, le toqué el balén para que lo sintiera, para que se acostumbrara, para que no entrara frfo (lo ultimo que falta ahora, pensé, es que se nos lesione en el arranque). Se agaché un po- quito, flexionando la zurda mds que la diestra. Cuando le llegé la bola, la levant6 diez centimetros, y la vino hamacando a esa altura del piso, con caricias suaves y 20 Eduardo Sacheri ritmicas. Cuando Ilegé al medio, al lado mio, la empalé con la zurda y la dejé dormir un segundo en el hombro derecho. Enseguida se la sacudié con un movimiento breve del hombro, como quien espanta un mosquito, y la recibié con la zurda dando un paso atrds: la bola murio por fin a diez centimetros del botin derecho. Recién ahi levanté los ojos y me encontré con el ros- tro desencajado del Bebé, que miraba sin querer creer, pero creyendo. El petiso Galan, parado de ocho, tenia cara de velorio a la madrugada. Ellos estaban mudos, como atontados. Ahi entendi que les habiamos gana- do. Asi. Sin jugar. Por fin, diez afios después ibamos a ganarles. Los tipos estaban perdidos, casi con ganas de que terminara pronto ese suplicio chino. Cuando vi esos ademanes tensos, esos rostros ateridos que se miraban unos a otros ya sin esperanza, ya sin ilusién ninguna de poder escapar a su destino tragico, me di cuenta de que lo que venia era un trdmite, un asunto concluido. Mientras el arbitro volvia a mirar a cada arquero para iniciar de una vez por todas ese desaffo memo- rable, Josecito, casi en puntas de pie junto a la raya del mediocampo, le sonrié al Bebé, que todavia lo miraba a Tito con algo de pudor y algo de panico: “;Y, viste, ‘jodemil...? No que no venia?, {no que no?”, mientras Esperandolo a Tito 21 sacudia la cabeza hacia donde estaba Tito, como exhi- biéndolo, como sacandole lustre, como diciéndole al rival morite, morite de envidia, infeliz. Pit el drbitro y Tito me la tocé al pie. El petiso Ga- lin se me vino al humo, pero devolvi el pase justo a tiempo. Tito la recibié, la protegié poniendo el cuer- po, montandola apenas sobre el empeine derecho. El petiso se volvié hacia él como una tromba, y el Bebé trato de apretarlo del otro lado. Con dos trancos, salié entre medio de ambos. Le-_ T*@n¢os . Pasos largos. vant6 la cabeza, hizo la pausa, y después tocé suave, a ras del piso, en diagonal, a espaldas del seis de ellos, buscdndolo a Gonzalito que arrancé bien habilitado. € Este cuento se publics en Esperdndolo a Tito y otros cuentos de futbol. Site gusté... Lo raro empez6 después, cuentos de futbol y otros relatos, de Eduardo Sacheri; Papeles en el viento, de Eduardo Sacheri; El secreto de sus ojos, dirigida por Juan José Campanella; Sangre roja, dirigida por Israel Adrién Caetano. KXXD PROGRAMA LIBROS Y CASAS. Coordinacién editorial Daniela Allerbon Edicion, Vicente Russo Revisidn de contenidos Débora Ruiz, Barbara Talazac Correceién Gabriela Laster Disefo de la coleccién Bernardo + Celis / ‘Trineo Diagramacién Javier Bernardo Digitalizacién Centro de Microfilmacién y Digitalizacién de la Biblioteca Nacional (Juan Abate, Maria Argitelio, Agustina Beyda, Ignacio Gaztafaga y Karina Petro Gestidn de derechos de autor Natalia Silberleib, Maria Nochteff Avendafio, Daniela Valeiro, Florencia Argento Agradecimientos Victor Hugo Morales, Adridn Nirén, Joaquin Amoia, Ciro Cavalotti Asesoramiento en seleccién de imagen de tapa Direcci6n de Artes Visuales del Ministerio de Cultura de la Nacién Imagen de tapa Oscar Suarez

También podría gustarte