Ser un psicólogo del deporte o ser un entrenador formado en psicología del
deporte significa antes de nada comprender que todo atleta es un individuo
único e irrepetible que tiene que ser comprendido para ser entrenado en la
totalidad de su persona.
El objetivo de todo técnico es el de entrenar y/o forjar un campeón, pero hay
varias formas de ser un campeón.
Algunos jugadores son buenísimos, tanto que nadie puede negar su capacidad,
pero si no tienen un equipo fuerte que los complete, no dan la contribución que
se esperaría de ellos en el partido, es decir ``no marcan la diferencia´´. Otros en
cambio, hacen la diferencia, representan el valor añadido, pero sólo lo consiguen
en los pequeños equipos, desapareciendo cuando se encuentran jugando en otros
equipos compuestos de jugadores a alto nivel.
Por otra parte, está el fuera de serie absoluto, (cada uno podrá identificar uno en
el bagaje de su propia memoria deportiva).
El clima alrededor de un jugador, el ambiente que lo circunda, condiciona
profundamente sus motivaciones y este clima viene determinado sobre todo por
las personas que componen el grupo deportivo; el jugador dotado de talento pero
frágil es el más expuesto a la manías de éxito de aquellos que ven en él todo
excepto lo que es: una persona con sus peculiaridades. No queremos decir con
esto que no se pueda mejorar, ni que la fragilidad (en el fondo quien no la tiene)
impida un rendimiento alto y constante. Todos pueden mejorar su propias
capacidades mentales y su resistencia y la psicología del deporte ofrece una
enorme ayuda para esto, es decir, que cada uno tiene sus recorridos personales
para la mejora que parte de su temperamento, de su historia, de sus cualidades y
de sus límites y no hay ni un camino que vaya bien para todos.
Todo parte del respeto de esta simple regla: comprender y respetar los valores
del deportista, su persona y su idea de mejoramiento. Es muy peligroso poner
esa cosa indescifrable que llamamos talento en el centro de nuestra atención; el
talento existe, esto es innegable, y es una prerrogativa importante, pero darle la
prioridad absoluta significa infravalorar las dotes más importantes, tanto en la
vida como en el deporte: la voluntad, la adaptabilidad y el equilibrio. Muchos
entrenadores cometen este error y sobrevaloran el talento.
Los hinchas, los técnicos, los simpatizantes, los familiares de un jugador quieren
siempre más, como ya hemos dicho, cada uno es campeón a su manera y cada
uno tiene su modo de ser campeón y esto vale para todo tipo de deportes, un
derecho sacrosanto: el derecho de dar lo mejor de sí mismo según las propias
características y posibilidades.
Algunos les gustaría que los atletas de alto nivel fuesen todos iguales y todos
ganadores para reconocerles más fácilmente, para entrenarles a todos de la
misma manera, para identificarse con ellos y para estar más tranquilos.
Preguntarse porque existen tantas maneras de expresarse en el deporte significa
responderse considerando la complejidad de las características humanas tanto
innatas como adquiridas en el tiempo; significaría perderse en millones de teorías
que terminarían siempre por descuidar algún aspecto y por generar excepciones.
El ánimo humano es difícilmente catalogable pero lo que la psicología del
deporte nos enseña es que, no obstante, es posible comprender a toda persona
singularmente, y proponer un entrenamiento personalizado para su mejora.
EL HOMBRE- FUTBOLISTA, EL HOMBRE-ENTRENADOR
A la psicología del deporte moderna, ya no le interesa como en los años 80
descubrir la receta mágica de proponer a todos los atletas para hacerles crecer y
vencer, una misma práctica que puede ser útil para todos. Ha sucedido esto por
ejemplo, con el training autógeno, buenísima técnica de relajación que ha sido
recomendada durante un decenio a todos los atletas y a todas las disciplinas para
descubrir después que es adecuado, solo para algunas situaciones deportivas y/o
para algunas persona y que en otros casos puede incluso inhibir las prestaciones.
Tampoco interesa ya, como sucedía en los años 90, estudiar y descomponer la
personalidad de los campeones, estudiar las partes y los componentes para
transferirlos después en los atletas que queremos hacer vencedores; no funciona
tampoco esto.
Lo que interesa a la moderna psicología aplicada al deporte, y sobre todo a los
psicólogos que operan sobre el campo, es comunicar a los técnicos que solo
conociendo a fondo a sus jugadores pueden conducirles a expresar su máximo
rendimiento. Pero no basta, es necesario que el psicólogo del deporte sea
portador del mensaje, que un resultado ambicioso puede ser alcanzado sólo si el
técnico es capaz de poner a su disposición las diferentes metodologías según los
sujetos a entrenar y las diferentes situaciones.
La psicología del deporte enseña a los entrenadores a conocerse mejor a sí
mismos, a comprender a los futbolistas, a comprender las características, el
funcionamiento y la utilización de las varias metodologías entre las que elegir e
integrar para conducir a la persona-futbolista a proyectar y construir su máximo
rendimiento, su recorrido de crecimiento en el deporte.
CREER EN SI MISMO DURANTE EL PARTIDO
Sentirse campeón sin haber ganado mucho no es para todos, sin embargo todos
deberían creer en sí mismos y tener confianza en sus propias posibilidades
prescindiendo de los resultados obtenidos hasta aquel momento, porque este es
el primer presupuesto para comprometerse y hacerlo bien. La vida está llena de
posibilidades y cada uno con su compromiso y su correcta forma de trabajar las
puede coger.
La cosa más importante, si queremos que nuestros jugadores lleguen alto, es
hacer que su autoestima, (lo que piensan de ellos mismos), no dependa
exclusivamente de sus resultados deportivos. Quien tiene una buena opinión de
sí mismo independientemente del deporte y de sus propias posibilidades en el
mismo hará el esfuerzo necesario para crecer y convertirse en un buen jugador y
en un campeón. Quien tiene una buena autoestima y tiene voluntad superará las
dificultades, los obstáculos, las frustraciones que la vida de todo deportista
reserva. Quien tiene una buena autoestima sabrá dar el peso justo a las victorias
sin caer en el posicionamiento patológico de sobreponer totalmente el
pensamiento de si miso como jugador al pensamiento de sí mismo como persona.
Cuando el jugador ahoga a la persona haciéndola desaparecer bajo su peso, la
victoria se convierte en delirio de omnipotencia y la derrota es un peso
insostenible. Si se mantiene un buen equilibrio, si el jugador tiene una buena
percepción de si, antes de nada como hombre, en cambio será más fácil para él
entender que la victoria y la derrota si bien son importantes son sólo sucesos
naturales en una carrera deportiva.
El compromiso y el sacrificio son valores que se aprenden y son de fundamental
importancia en la carrera deportiva y tienen todavía más sentido cuando están
apoyados por la autoestima necesaria y por la indispensable confianza en sí
mismo. La autoestima es un concepto diferente y más amplio que la confianza en
sí mismo. Tiene que ver con aquello que durante el tiempo el jugador ha
aprendido a pensar de sí mismo, se ha formado a través de las explicaciones que
durante los años de actividad se ha dado así mismo de sus éxitos y de sus fracasos
y depende en gran parte de los juicios que sobre él dan las personas significativas
de su vida y de las palabras que el mismo se dice. Una buena autoestima en el
deporte es determinante.
La confianza en sí mismo o autoeficacia no coincide necesariamente con la
autoestima, a veces ni siquiera es la directa consecuencia.
LA ORIENTACIÓN HACIA LA TAREA
Una orientación exclusiva o prevalente a la victoria no es una característica de los
deportista de éxito sino de aquellos que tenderán a abandonar ante las
dificultades, porque esto genera un continuo enfrentamiento con los otros que
debilita al atleta.
El que piensa siempre solo en la victoria inevitablemente se convierte en
dependiente de lo que los otros piensan de él y de sus prestaciones. El concepto
es una transposición moderna y deportiva del “hic et nunc” (aquí y ahora) del
latín, fórmula con la cual los antiguos romanos entendían la conciencia del aquí
y ahora, es decir, la conciencia de estar plenamente en esa definida y exacta
coordenada espacio-temporal. La mejor explicación práctica del concepto de
orientación a la tarea la podemos apreciar en la frase del tenista Sampras, número
uno del tenis mundial en los años 90: `` Yo no busco nunca ganar un torneo,
tampoco un set o un juego, lo que quiero ganar es este punto´´. Considerar sólo
el éxito final de un partido nos lleva sobre todo a infravalorar los pasajes
esenciales y significativos que con frecuencia son los indicadores de los progresos
realizados cotidianamente gracias al entrenamiento. Saber analizar lo que se ha
hecho en el partido es más útil para comprender con serenidad lo que es
necesario mejorar y las cosas que han ido bien o mal.
Tener una relación con la derrota, es entender lo que no hemos sabido hacer en
el partido y nos enriquece mucho, nos impulsa a darnos cuenta de los motivos
por los cuales aquella acción determinada no ha sido intentada o no se ha
conseguido y nos pone de manera clara y consciente en contacto con nuestros
talentos.
Descubrir que no se sabe hacer una cosa no tiene por qué ser una experiencia
traumática, sobre todo si el que nos guía y nos entrena es competente y está
preparado desde el punto de vista psicológico. Toda laguna se puede siempre
rellenar, al menos en parte, y todo defecto puede ser mejorado con el trabajo. Si
tenemos la visión adecuada, todo límite se convierte en un margen de mejora
para ampliar con el compromiso. El buen entrenamiento se hace poniendo como
eje las capacidades ya existentes. Por ejemplo, si un futbolista no es muy técnico
pero es potente, es importante hacer de la potencia, incluso mentalmente, su
punto de fuerza: se necesita entrenar y perfeccionar su potencia intentando
explotar la confianza que se deriva para proponer también, en los justos tiempos
y modos, un trabajo sobre la técnica, que no siendo una dote espontánea
comportará un peso y un sacrificio mental mayor.
Concentrar la atención del atleta sobre lo que hace y no sobre el resultado final
del partido y saber trabajar sobre sus cualidades son componentes
fundamentales y grandes recursos para un entrenador El entrenador que sabe
estimular la positividad de sus jugadores tiene también la posibilidad de hacer
crecer más y desarrollar sus lados más débiles.
EL BUEN ENTRENADOR
Podemos reflexionar en este momento, sobre el hecho que el entrenador formado
en psicología del deporte o con dotes naturales empáticas, tiene la posibilidad de
hacer crecer mucho a sus jugadores, pero tener la posibilidad no quiere decir
conseguirlo. Esta preciosa competencia psicológica será explotada plenamente
solo cuando el entrenador tenga las competencias técnicas, atléticas, tácticas y
metodológicas para entrenar también todas las otras capacidades.
Un buen entrenador debe tener competencias especiales tanto desde el punto de
vista técnico como humano. Cada uno de los componentes en juego tiene su
importancia, y para entrenar bien es esencial estar preparado desde todos los
puntos de vista y saber tratar tanto con el alma como con el cerebro, con el
estómago y los músculos de los atletas, prescindiendo de sus actitudes
personales y de sus propios conocimientos que pueden y deben ser completadas
por la formación y por la experiencia.
El mejor entrenador se caracteriza por conocimientos, capacidades
comunicativas, compromiso, perseverancia y capacidad de leadership. Estas
habilidades y conocimientos tienen mucho que ver con la competencias innatas
y/o adquiridas y aumenta la autoeficacia de los atletas; definir y adaptar los
objetivos, observar sin juzgar, tener sentido del humor, transmitir los
conocimientos de forma simple, transformar los conocimientos teóricos en
acciones, ser flexibles pero resolutivos, comprender e interpretar las fases críticas
del partido, motivarles para terminar sesiones de entrenamiento intensas, resistir
y reaccionar ante la dificultas, ``sentir´´ empáticamente y apoyar
psicológicamente a los propios jugadores.
El futbolista de todas las edades y de todos los niveles, por ejemplo, tiende
siempre a tener una predisposición al presente y el entrenador consciente de esto
y preparado, intentará proponer siempre sesiones de entrenamiento que sean
capaces de alguna manera de gratificar al jugador en lo inmediato (incluso a
través de diversiones, la sana competición, etc…) además de ayudar a progresar
en la competencia y en la preparación al partido futuro. Obviamente cada uno
tiene su carácter y no se pretende que todos los entrenadores propongan cosas
iguales según un cliché establecido. Esto no sería aconsejable porque son
precisamente las diferencias individuales las que se quieren resaltar como valor
añadido en la interpretación personal de un rol que requiere competencias de
base necesarias como las que hemos mencionado anteriormente.
Hay aspectos de la preparación mental de un futbolista que un entrenador
necesariamente debe delegar o desarrollar con el consejo de un psicólogo del
deporte, pero estar formados desde todos los puntos de vista quiere decir
también tener una marcha más. Conocer y comprender mecanismos complejos
como por ejemplo, el de la atención que, con varias definiciones (concentración,
lucidez, etc…) sacamos en las conversaciones diariamente.
LA CONCENTRACCIÓN DEL FUTBOLISTA
La capacidad de los deportistas de mantenerse lúcidos y concentrados durante el
partido pertenece a lo que llamamos estilo de atención, es decir, el conjunto de
las capacidades de atención de la persona. Se puede decir, que en parte, este estilo
es personal e innato y que en otra parte puede ser aprendido y mejorado. La
capacidad de estar atentos, por lo tanto, es como las huellas dactilares, que son
individuales y pertenecen a nuestro patrimonio genético, y un poco como la
potencialidad de nuestros músculos que pueden crecer a través del
entrenamiento.
No todos los deportes son iguales en términos de capacidad de atención
requerida, por ejemplo en el fútbol (como el baloncesto, en el balonmano, en el
rugby, etc…) es necesaria la capacidad de jugar teniendo en cuenta muchas cosas
al mismo tiempo: el balón, el movimiento del equipo adversario, al movimiento
del propio equipo, el movimiento directo del oponente, etc…; por estos motivos,
al jugador de fútbol se le pide una atención amplia (es decir, capaz de considerar
más cosas al mismo tiempo) y prevalentemente externa (es decir, mayormente
localizada sobre lo que sucede en el exterior de si, más que en el flujo de los
propios pensamiento). Es por esto, que los deportes como el fútbol son conocidos
como deportes de situación o disciplinas abiertas (open skills), deportes en los
cuales respetando las reglas establecidas todo puede variar continuamente con
los cambios de juego y con las circunstancias impredecibles del partido. En estas
disciplinas la atención debe ayudar al deportista a estar preparado para leer las
situaciones, para anticipar los eventos, para intervenir correctamente con
prontitud y decisión. El jugador de un deporte de situación debe conseguir
aplicar la táctica elegida por el técnico aunque debe gestionar las emergencias de
juego, encontrando en el momento soluciones originales y adecuadas a los
objetivos.
Naturalmente se nace con un propio estilo de atención orientado más en una
dirección que en otra, pero con el trabajo, las características de partida pueden
ser potenciadas en amplitud y dirección. Como ya hemos dicho, la atención
requerida en los deportes de situación es prevalentemente amplia y externa
porque en cuanto categoría de deporte, es a través de una percepción ``amplia´´
y global como el deportista consigue leer de la mejor manera las situaciones e
intuir en el menor tiempo posible que tipo de esquema de juego se está
verificando.
Podemos comparar la atención con un foco que durante el partido debería
iluminar solo lo que es importante: el jugador aprende a seleccionar los estímulos
incluyendo los que no son relevantes. Esto no es fácil, sobre todo porque
frecuentemente intervienen estímulos internos molestos, por lo general,
negativos, que hacen perder concentración y energías nerviosas importantes
dirigiendo la atención fuera del desarrollo del partido.
Es posible entrenar la concentración. Se puede hacer, por ejemplo, mejorando el
compromiso y aumentando la intensidad en el entrenamiento, realizando
simulaciones verosímiles de partido y recurriendo al apoyo de la psicología
aplicada al deporte que ha elaborado muchísimas prácticas de entrenamiento
dirigidas a optimizar el estilo de concentración. Ciertamente, iniciar el partido
con buen pie y con buena atención es algo muy importante, es por este motivo,
que muchos estudios e investigaciones han sido dedicados al estado de
activación del deportista en el pre-partido. Alcanzar una buena condición
energética antes del partido es esencial y para hacer esto es necesario conocerse
y saber qué nivel de activación se corresponde a nuestro mejor estado.
Debemos tener en cuenta que una buena prestación deportiva se produce cuando
el deportista está a un nivel de energía óptima, caracterizada por la atención
dirigida totalmente a la tarea, es decir, a la ejecución del gesto. El flow, es decir,
el momento perfecto de energía del deportista en competición, se verifica solo
cuando la atención está focalizada totalmente sobre los aspectos emergentes de
la acción. Los pensamientos negativos y otras formas de distracción perjudican
la prestación.
Distinguir los estímulos a los cuales prestar atención de aquellos irrelevantes o
nocivos para el jugador en competición es una habilidad esencial.
Casi siempre por intentos o errores: a través de innumerables repeticiones, las
decisiones se toman más rápidamente por aquel súper-ordenador que es nuestro
cerebro, pero se necesitan años para programar este súper-pc a través de intentos
y de errores. Cuando la atención está focalizada sobre la actividad y la energía
psíquica positiva es alta, los atletas algunas veces cuentan que han
experimentado estados de conciencia alterados: el tiempo parece ralentizarse o
pararse, los movimientos parecen vistos a cámara lenta y el atleta tiene casi un
sentido de omnipotencia. Estamos hablando del ``partido mágico´´ o del
momento mágico. El pico de prestación en el interior de un partido. Esta
sensación particular, se experimenta sobre el llamado trance agonístico que
frecuentemente se corresponde con el flow, el momento de gracia.
LAS EMOCIONES DEL JUGADOR
Ya Aristóteles había entendido que el tipo de emoción sentida depende de la
valoración que hace el que la experimenta y de las características propias de
aquel. Es como decir que no es tan importante lo que sucede específicamente al
jugador como:
1. El modo en el cual él se explica a si mismo estos acontecimientos.
2. Las emociones que extrae de estos racionamientos.
3. Sus reacciones respecto a tales emociones y a la de otras personas
involucradas en los acontecimientos, y todo sobre la base de sus
experiencias pasadas
Estamos introduciendo dos conceptos de fundamental importancia en la
psicología deportiva, es decir, la resiliencia y la inteligencia emotiva. ¿Qué es la
resiliencia y la inteligencia emotiva y como pueden ayudar a las prestaciones
deportivas?
La inteligencia emotiva es un concepto psicológico bastante frecuente, ha surgido
en el curso de los últimos decenios de estudios, y hasta el momento ha sido
aplicado principalmente en un ámbito empresarial ligado a la satisfacción y al
rendimiento en el trabajo. Pero, la psicología en el trabajo, en muchos aspectos
no está muy distante de la psicología del deporte, sobre todo en lo que se refiere
a la atención sobre las dinámicas personales y de relaciones. Para simplificar el
concepto, tener inteligencia emotiva significa comprender y saber usar las
emociones de una manera útil y funcional al propio bienestar y en consecuencia
de aquello que se hace. La persona que tiene una buena inteligencia emotiva es
aquella que tiene:
1. La capacidad de comprender lo que siente; sabe lo que sienten los otros y
sabe que debe hacer con estas emociones.
2. Elegir el estado emotivo mejor para gestionar una situación determinada.
3. Capacidad de permanecer positivo y poner en valor las emociones
positivas.
En consecuencia, quien es capaz de tener un coeficiente de inteligencia emotivo
suficientemente alto, de forma natural, instintiva o aprendida, sufre menos de
estrés, obtiene resultados mejores y tiene mayor capacidad de colaborar
constructivamente. Para todo atleta la capacidad de reconocer y gestionar los
propios estados emotivos antes y durante la competición es importantísima,
también para un entrenador comprender las emociones propias y de los otros es
fundamental para estar en condiciones de elevar y sublimar las emociones del
equipo entero.
La capacidad de reconocer y adaptar las emociones a las prestaciones deportivas
requiere una gran conciencia de sí, es útil que un atleta tenga la capacidad de
reforzar algunos estados emotivos funcionales, pero sin perder la naturaleza
instintiva que es necesaria en muchos deportes, sobre todo en los de situación.
El deportista debe ser capaz de identificar cuando y cuanto las propias emociones
influencian las prestaciones y de qué manera las emociones le cambian según los
eventos; el deportista debe conseguir valorar cuanto la combinación de sucesos
(que pueden ser estresantes como por ejemplo sucede en una competición
cargada de responsabilidad) pensamientos y las emociones pueden ser
funcionales a su prestación o dañarla. Comprendido esto, el paso siguiente por
parte del deportista debería ser el de identificar los pensamientos y las emociones
disfuncionales y modificarlas de alguna manera. Esta adaptación es el eje de la
aplicación en el contexto deportivo de los estudios sobre la inteligencia emotiva
y sobre la resiliencia. No es importante, por lo tanto, que los deportes formen
atletas ganadores (¿alguien sabe con precisión qué quiere decir ser ganador?)
sino personas capaces de ponerse a prueba y de adaptarse a las exigencias del
contexto.
La motivación, de hecho, no es otra cosa que el producto de voluntad y confianza
en sí mismo. Es muy importante poner atención también sobre los procesos
atributivos del éxito o del fracaso, una atribución equivocada por parte del
jugador, genera emociones que pueden llevar muy lejos del objetivo deseado. ¿A
qué atribuye el éxito el atleta? Es importante reconocer el talento pero el talento
es un don incontrolable por lo tanto, es fundamental saber leer el éxito siempre
en términos de compromiso profesional.
La resiliencia que es la capacidad de no retrasarse frente a las dificultades, de no
perder la esperanza, de aprender de los fracasos, de volver a alzarse después de
la derrota, de mirar a la realidad de manera diferente, de ver vías de salida donde
no las hay, pueden desactivar las creencias y los automatismos que generan las
respuestas inadecuadas. Aprendiendo a ser resistentes a las fuentes de disturbio,
se elimina la impotencia, el pensamiento negativo, es decir, de no conseguir
avanzar de frente a las dificultades. La resiliencia es una cualidad cognitiva
ligada a como nosotros pensamos e interpretamos los acontecimientos.
CONCLUSIONES
La psicología del deporte puede ser un medio muy válido de ayuda para el
entrenador y el jugador, interesados y deseosos de mejorar sus propias
capacidades. Es importante insistir en que la actividad y las prácticas propuestas
por la psicología del deporte no se interesan por la patología sino por los recursos
de la persona, sean estos atletas, entrenadores o dirigentes.
El propósito del mental- training es precisamente este: realizar un recorrido de
crecimiento que partiendo de las habilidades cognitivas del jugador las potencien
a través de técnicas prácticas con repercusiones positivas sobre sus motivaciones
y sobre su personalidad. Las habilidades mentales de las cuales se trata, como
hemos dicho, son capacidades de atención, el saber hablar consigo mismo (es
increíble como la forma en la que hablamos interiormente condiciona nuestras
elecciones y nuestros comportamientos) la cuestión de las emociones, la eficacia
del aprendizaje, la modulación correcta de la activación, la capacidad
imaginativa, la confianza en sí mismo, y la capacidad de plantearse y de
perseguir los objetivos.
La psicología del deporte centra la atención en los procesos a través de los cuales
el jugador puede conseguir sus objetivos. A través de este recorrido el hombre-
jugador aprende a vencer hoy como consecuencia de su compromiso y a perder
atribuyendo las derrotas a causas objetivas sintiéndose probablemente
derrotado pero no vencido.