1.
Juan está acomodando las sillas del acto, si arma 9 filas , y en cada fila pone 72 sillas, ¿Cuántas sillas va a
necesitar?
2- Sabrina compró 8 cajas de alfajores. Si cada caja salió $782, ¿Cuánto debió pagar?
3- Federico está guardando sus autitos de colección. Tiene 72 autitos, y los quiere colocar en 4 cajas, de modo que
todas las cajas tengan la misma cantidad. ¿Cuántos autitos colocará en cada caja?
4-Mónica está leyendo un libro que tiene 976 páginas, si ya leyó 549 páginas,¿Cuántas le falta leer?
5-Juana se dedica a hacer alfajorcito.El sábado le hicieron un pedido de 5.285 alfajores. El día jueves hizo 2571 y el
viernes 1.252.¿Cuántos alfajores le quedan por hacer?
6-María se compró 124 bombones y pago $546 , si los quiere rapartir entre sus 4 amigas ¿Cuántos le dará a cada una?
¿Sobran bombones?
1.Juan está acomodando las sillas del acto, si arma 9 filas , y en cada fila pone 72 sillas, ¿Cuántas sillas va a
necesitar?
2- Sabrina compró 8 cajas de alfajores. Si cada caja salió $782, ¿Cuánto debió pagar?
3- Federico está guardando sus autitos de colección. Tiene 72 autitos, y los quiere colocar en 4 cajas, de modo que
todas las cajas tengan la misma cantidad. ¿Cuántos autitos colocará en cada caja?
4-Mónica está leyendo un libro que tiene 976 páginas, si ya leyó 549 páginas,¿Cuántas le falta leer?
5-Juana se dedica a hacer alfajorcito.El sábado le hicieron un pedido de 5.285 alfajores. El día jueves hizo 2571 y el
viernes 1.252.¿Cuántos alfajores le quedan por hacer?
6-María se compró 124 bombones y pago $546 , si los quiere rapartir entre sus 4 amigas ¿Cuántos le dará a cada una?
¿Sobran bombones?
LA PANTA DE BARTOLO:
El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo
esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores. Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran
cuadernos hermosísimos, como esos que gustan a los chicos. De tapas duras con muchas hojas muy blancas que invitaban a
hacer sumas y restas y dibujitos. Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo: —Ahora, ¡todos los chicos tendrán
cuadernos! ¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque
escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían: — ¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen! Y los
pobres chicos no sabían qué hacer. Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó: —
¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de
cuadernos! Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron
brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo. Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro y ellos
escribían y aprendían con muchísimo gusto. Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los
chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué. Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente
hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! —Bartolo —le dijo con falsa
sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón
de pelotitas de colores. —No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan. —¿No? Te daré entonces una bicicleta de
oro y doscientos arbolitos de navidad. —No. —Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes. —No. —
Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja. —No. —¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos? —Nada. No
la vendo. —¿Por qué sos así conmigo? —Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen
tranquilos. —Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo. —No. —Pues entonces —rugió con su gran
boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora. Al rato volvió con
los soldaditos azules de la policía. —¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó. Los soldaditos azules iban a obedecerle
cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos. Todos rodearon con
grandes risas al vendedor de cuadernos y cantaron "arroz con leche", mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los
tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados,
gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar. — ¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los
ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van
a dormir cuando no trabajan.
LA PANTA DE BARTOLO:
El buen Bartolo sembró un día un hermoso cuaderno en un macetón. Lo regó, lo puso al calor del sol, y cuando menos lo
esperaba, ¡trácate!, brotó una planta tiernita con hojas de todos colores. Pronto la plantita comenzó a dar cuadernos. Eran
cuadernos hermosísimos, como esos que gustan a los chicos. De tapas duras con muchas hojas muy blancas que invitaban a
hacer sumas y restas y dibujitos. Bartolo palmoteó siete veces de contento y dijo: —Ahora, ¡todos los chicos tendrán
cuadernos! ¡Pobrecitos los chicos del pueblo! Estaban tan caros los cuadernos que las mamás, en lugar de alegrarse porque
escribían mucho y los iban terminando, se enojaban y les decían: — ¡Ya terminaste otro cuaderno! ¡Con lo que valen! Y los
pobres chicos no sabían qué hacer. Bartolo salió a la calle y haciendo bocina con sus enormes manos de tierra gritó: —
¡Chicos!, ¡tengo cuadernos, cuadernos lindos para todos! ¡El que quiera cuadernos nuevos que venga a ver mi planta de
cuadernos! Una bandada de parloteos y murmullos llenó inmediatamente la casita del buen Bartolo y todos los chicos salieron
brincando con un cuaderno nuevo debajo del brazo. Y así pasó que cada vez que acababan uno, Bartolo les daba otro y ellos
escribían y aprendían con muchísimo gusto. Pero, una piedra muy dura vino a caer en medio de la felicidad de Bartolo y los
chicos. El Vendedor de Cuadernos se enojó como no sé qué. Un día, fumando su largo cigarro, fue caminando pesadamente
hasta la casa de Bartolo. Golpeó la puerta con sus manos llenas de anillos de oro: ¡Toco toc! —Bartolo —le dijo con falsa
sonrisa atabacada—, vengo a comprarte tu planta de hacer cuadernos. Te daré por ella un tren lleno de chocolate y un millón
de pelotitas de colores. —No —dijo Bartolo mientras comía un rico pedacito de pan. —¿No? Te daré entonces una bicicleta de
oro y doscientos arbolitos de navidad. —No. —Un circo con seis payasos, una plaza llena de hamacas y toboganes. —No. —
Una ciudad llena de caramelos con la luna de naranja. —No. —¿Qué querés entonces por tu planta de cuadernos? —Nada. No
la vendo. —¿Por qué sos así conmigo? —Porque los cuadernos no son para vender sino para que los chicos trabajen
tranquilos. —Te nombraré Gran Vendedor de Lápices y serás tan rico como yo. —No. —Pues entonces —rugió con su gran
boca negra de horno—, ¡te quitaré la planta de cuadernos! —y se fue echando humo como la locomotora. Al rato volvió con
los soldaditos azules de la policía. —¡Sáquenle la planta de cuadernos! —ordenó. Los soldaditos azules iban a obedecerle
cuando llegaron todos los chicos silbando y gritando, y también llegaron los pajaritos y los conejitos. Todos rodearon con
grandes risas al vendedor de cuadernos y cantaron "arroz con leche", mientras los pajaritos y los conejitos le desprendían los
tiradores y le sacaban los pantalones. Tanto y tanto se rieron los chicos al ver al Vendedor con sus calzoncillos colorados,
gritando como un loco, que tuvieron que sentarse a descansar. — ¡Buen negocio en otra parte! —gritó Bartolo secándose los
ojos, mientras el Vendedor, tan colorado como sus calzoncillos, se iba a la carrera hacia el lugar solitario donde los vientos van
a dormir cuando no trabajan.