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El documento habla sobre tres películas de ciencia ficción del director Terry Gilliam: Brazil, Doce monos y The Zero Theorem. Gilliam configuró el género de ciencia ficción con estas tres películas de una manera muy personal y visionaria, ofreciendo instantáneas de un futuro desolador.

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El documento habla sobre tres películas de ciencia ficción del director Terry Gilliam: Brazil, Doce monos y The Zero Theorem. Gilliam configuró el género de ciencia ficción con estas tres películas de una manera muy personal y visionaria, ofreciendo instantáneas de un futuro desolador.

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Terry

Gilliam
conocía el
futuro
antes que
nosotros
y lo vistió
de ciencia
ficción

16 COMENTARIOS

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referencias

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5 Diciembre 2014 - Actualizado 13 Enero 2019, 05:59


JOHN TONES @johntones

Pocos creadores pueden presumir de haber configurado con


tanto acierto como Terry Gilliam, en solo tres películas, el
género de la ciencia-ficción. Aunque más habitual en
otros terrenos narrativos como la comedia estrafalaria (sus
animaciones para Monty Python, "Miedo y asco en Las
Vegas") o la fantasía oscura ("Los héroes del tiempo", "Las
aventuras del Barón Munchausen", "El secreto de los
hermanos Grimm"), sus tres películas de género son
auténticos templos de la anticipación onírica más densa e
inquietantemente certera.

"Brazil", "Doce monos" y "The Zero Theorem", recién


estrenada con notable retraso y de forma muy limitada en
nuestro país, son tres aportaciones imprescindibles al cine
de ciencia-ficción, además de obras muy personales y
coherentes con el resto de su filmografía. Esta es la ciencia-
ficción de Terry Gilliam, un visionario que lleva treinta años
ofreciéndonos demoledoras instantáneas de un futuro
desolador.

EN MAGNET

Los 19 años de delirios que explican la épica detrás de la publicación de


esta foto
Brazil (1985), soñar en el futuro
"Brazil" es la tercera película de Terry Gilliam tras una
fructífera etapa inicial como animador, actor ocasional y
parte creativa dentro de Monty Python (donde codirigió
"Los caballeros de la Mesa Cuadrada" y un sketch de "El
sentido de la vida" sobre el que volveremos ahora), y de
dirigir la inclasificable "La bestia del reino" y la fantástica
"Los héroes del tiempo".

Era su primera incursión en el terreno de la ciencia-ficción,


pero se acercaba a ella con una visión y un tono similar a los
de su obra anterior: "Brazil" no es una película de
género al uso, no está interesada en la anticipación del
futuro como lo está por ejemplo "Blade Runner", por
mencionar una producción coetánea.

La conexión con sus películas previas está clara: "La bestia


del reino" toma como punto de partida la narración onírica
más importante de todos los tiempos, "Alicia en el País de
las Maravillas" -"Jabberwocky", título original de la
película, es una bestia mítica que aparece en Alicia a través
del espejo-. Y "Los héroes del tiempo" no describe un sueño,
pero su conexión con el mundo inestable, frenético e
imprevisible de los cuentos de hadas, como sucede con los
sueños escapistas del protagonista de "Brazil", es obvio.

"Brazil" tiene más de fantasía onírica, pues, que de


delirio cyberpunk, otra corriente de la cultura de la ci-fi que
empezaba a pisar fuerte por entonces. De hecho, aunque la
conexión más clara de "Brazil" con el género está en el
clásico "1984", y alguna vez se la ha calificado de adaptación
apócrifa de la inmortal obra de George Orwell, Gilliam ha
reconocido que no había leído el libro cuando empezó a
preparar la película y se negó a hacerlo mientras rodaba
para no contaminar su visión.

EN ESPINOF

Críticas a la carta: 'Brazil', de Terry Gilliam

La esencia de "Brazil" está en el pánico del director


norteamericano (vistas las penurias que ha tenido que
atravesar para sacar adelante su filmografía,
completamente justificado) a la burocracia, al gigante sin
alma que caracteriza la sociedad post-industrial, y contra
ese monstruo construyó esta amarga epopeya, pesimista y
destructiva, que es "Brazil".
La idea original de la película parte del propio Gilliam, que
reformula, en cierto sentido, su aclamado corto dentro del
largometraje de sketches de Monty Python "El sentido de la
vida", The Crimson Permanent Assurance. En esta mítica
minipelícula un grupo de venerables empleados de una
compañía de seguros se rebelan contra el despido de uno de
sus compañeros convirtiendo el edificio en el que trabajan
en un navío pirata, casi una célula terrorista anti-yuppie que
pasa por la quilla y cuelga de las aspas de los ventiladores a
todos los inhumanos encorbatados que pueblan el mundo
de las finanzas.

A algo así aspira (aunque al principio no lo sabe) Sam


Lowry, un apocado oficinista a sueldo del Ministerio de la
Información de una civilización futura-pero-no-demasiado,
que sueña cada día con rescatar a una dama de identidad
desconocida. Un error burocrático que elimina del sistema a
un inocente por error es la primera pieza del sistema en
caer, y Lowry se ve envuelto en una red de intrigas de difícil
escapatoria. Pero a diferencia de los piratas sexagenarios de
"The Crimson Permanent Assurance", Lowry (interpretado
con impertérrito gesto de mendrugo por Jonathan Pryce) no
sabe cómo salir del laberinto burocrático en el que está
metido, posiblemente porque esa salida no existe.

El primer guion de "Brazil", apropiadamente titulado "The


Ministry", fue reescrito en varias ocasiones por el
prestigioso dramaturgo británico Tom Stoppard, pero él y
Gilliam no se entendían, pese a su conexión en algunos de
los aspectos más memorables de la trama (la confusión de
nombres entre Buttle y Tuttle que desencadena la acción es
de Stoppard). Con la ayuda de su amigo Charles Alverson,
Gilliam pulió el guion hasta dejarlo convertido en
una mastodóntica pieza futurista que el millonario
israelí Arnon Milchan, más Fox y Universal, proyectados
productores de la película, no estaban dispuestos a asumir.

Lo que más sufrió con los inevitables recortes de guion (y de


los imponderables presupuestarios que llevaron a
modificaciones a medio rodaje) fueron las estrafalarias
secuencias oníricas de Lowry: las que lograron sobrevivir
han acabado convirtiéndose en seña de identidad de la
película, pero en las seis versiones del guion fueron cayendo
otras aún más extravagantes, en las que Lowry atravesaba
valles de globos oculares, escalaba muros infinitos de
archivadores (como el del maravilloso cartel de la película)
o abordaba gigantescos barcos de piedra, en un nuevo guiño
a "El sentido de la vida".

El proceso de rodaje y posproducción de "Brazil" fue un


auténtico calvario, uno digno de... bueno, digno de la propia
"Brazil". No podríamos resumir en este artículo todo lo que
dio de sí la guerra de Gilliam contra la maquinaria de
Hollywood, y recomendamos para una perspectiva global
sobre el suplicio (y para todo lo que concierne a Gilliam) la
extraordinaria monografía "Terry Gilliam: El soñador
rebelde", de Jordi Costa y Sergi Sánchez. Resumiendo:
Gilliam quería el derecho al montaje final de la película,
algo que Paramount, productora inicial del film, no estaba
dispuesta a consentir.

Pero tras entrar en juego Milchan, que prometería a Gilliam


derecho sobre el final cut (con solo un borrador de guion
sobre la mesa), llegó a pasar más de un año de múltiples
discusiones, entre ellas una primera espantada de Fox (no
sin dudas iniciales cuando Gilliam se negó a dirigir
"Enemigo mío" como contraprestación). Y hubo más,
mucho más: un rodaje técnicamente muy complicado, un
título que no convencía a nadie (otras opciones que se
barajaron: “If Osmosis, Who Are You?”, “Explanada
Fortunata Is Not My Real Name” o “Gnu Yak, Gnu Yak and
Other Bestial Places”) y un capitoste en Universal, también
coproductora, de rigidísimas ideas sobre la comercialidad
del proyecto, que convirtió la fase de marketing en una
auténtica batalla entre montajes y remontajes.

El resultado es una película única y que, treinta años


después de su estreno, no ha perdido ni un ápice de
actualidad o bilis. La pesadilla burocrática de Lowry sigue
vigente, pero cuestiones como los delirios de cirugía estética
de la madre del protagonista o el activismo anti-sistema de
algunos de los personajes parecen haber sido escritos el año
pasado.

En cualquier caso, "Brazil" es una obra genuinamente


gilliamiana, rebosa tics no solo temáticos (la fantasía
como vía de escape -por suicida que sea- de una realidad
que nos anula, el miedo a una sociedad despersonalizada, el
amor y el sexo como algo que puede salvarnos y
redimirnos), sino también estéticos, posiblemente en mayor
medida que obras posteriores. Jaulas, tuberías,
archivadores, el uso entre paródico y respetuoso de la
mitología artúrica... hasta los referentes que maneja, de
Kubrick a Fellini (uno de los primeros títulos de la película
iba a ser 1984 ½, en referencia a "Ocho y medio"). El
resultado es una película palpitante, corrosiva y que
posiblemente dentro de unas décadas, si la máquina no nos
ha devorado del todo, seguirá contándonos cosas relevantes.

Doce monos: bregando con


Hollywood
La segunda película de ciencia-ficción de Gilliam está
inmersa en una trilogía de películas rodadas desde dentro
de la maquinaria de Hollywood, con repartos de estrellas
pero que, pese a ello, consiguen retener cierta autoría y sello
personal. Antes de ella estuvo "El rey pescador" y
después, "Miedo y asco en Las Vegas", antes de entrar
en esa sinfonía de la locura que fue el rodaje de "The man
who killed Don Quixote". "Doce monos" es uno de los
encuentros más perfectos jamás vistos entre el mainstream
hollywoodiense y el cine de autor, y está considerada con
toda justicia una de las mejores películas de viajes en el
tiempo de la historia.

"Doce monos" parte de un mediometraje


experimental de 1962 del documentalista Chris Marker,
"La Jetée", donde se proponía una singular historia de
ciencia-ficción contada casi exclusivamente con imágenes
estáticas, como una fotonovela salida de una pesadilla en
blanco y negro. Es la historia de los supervivientes de un
desastre nuclear que viven el tiempo de forma no-
secuencial, de ahí la arriesgada elección narrativa a base de
fotografías. El protagonista se aferra a un recuerdo del
pasado, el rostro de una mujer que siendo niño vio en un
aeropuerto, y se ofrece como voluntario para una serie de
experimentos mentales de viajes en el tiempo para conocer
a la chica. Hasta que uno de los viajes cambia la dirección
del tiempo.
"Doce monos" es uno de los
encuentros más perfectos jamás
vistos entre el mainstream
hollywoodiense y el cine de autor

Curiosamente, la idea de hacer un remake de "La Jetée" no


nació del propio Gilliam ni en el seno de la industria
independiente, sino en los despachos de Universal. El
productor Charles Roven (que financió cosas como "Análisis
final") se puso en contacto con el guionista David Webb
Peoples (autor de nada menos que "Blade Runner" o "Sin
perdón") para que se inspirara en el mediometraje. Él y su
mujer Janet, coguionista de la película, supieron desde el
primer momento que era imposible adaptar "La Jetée" a
una narrativa convencional, sobre todo porque, reconocen,
ya lo hizo magníficamente y a su muy particular manera
James Cameron con sus dos "Terminator".

Las virtudes de "Doce monos" se asientan sobre tres pilares.


Por una parte, el citado guion de David y Janet Webb
Peoples, una tela de araña fascinante y sugestiva que cuenta
cómo un delincuente preso en el futuro (Bruce Willis) es
enviado a nuestra época a recabar datos sobre una plaga
que exterminará a la práctica totalidad de la humanidad en
pocos años.
EN ESPINOF

Ciencia-ficción: 'Doce monos', de Terry Gilliam

Por desgracia, los viajes en el tiempo no están todo lo


perfeccionados que cabría pensar, y es enviado unos años
antes de lo previsto o sufre las consecuencias de un sistema
para enviar datos al futuro que no le ocasiona más que
quebraderos de cabeza. En el presente se cruzará con una
psiquiatra (Madeleine Stowe) y un chiflado con delirios de
grandeza (Brad Pitt) con los que entablará relaciones
desesperadas e imposibles.

De este modo, escondida detrás de una narrativa


aparentemente caótica, reside una historia
fascinante y que juega estupendamente con las paradojas
propias de este tipo de relatos (la comunicación con el
futuro a través de mensajes en un contestador telefónico
dan pie a diversos problemas lógicos resueltos de forma
muy ingeniosa), y aún tiene espacio para plantear una
fascinante historia de amor, único aspecto esperanzador de
una película pesimista y amarga, que trufa su desarrollo de
imágenes maravillosas (los animales campando a sus
anchas por la ciudad, o la idea de que los locos del presente
son los viajeros en el tiempo del futuro).
La segunda base sobre la que se sustenta "Doce monos" es
su estupendo reparto masculino: Bruce Willis y Brad
Pitt (Madeleine Stowe, en su línea, parece eternamente
ausente de la trama, que tampoco es que le vaya mal al
personaje) se apartan con fortuna de los papeles en los que
por entonces estaban encasillados. Hoy estamos
acostumbrados a ver a Willis y Pitt haciendo papeles
estridentemente alejados de aquellos que les dieron la fama
en los ochenta y noventa, pero es justo reconocer que la
primera película que les dio esa oportunidad a gran escala
fue "Doce monos".

Gilliam concienció a Bruce Willis de que debía prescindir de


todos los tics que podían congraciarle con el gran público
después de Luz de Luna y las Junglas de Cristal y, de hecho,
buena parte del trabajo del montador Mick Audsley
consistió en eliminar meticulosamente cualquier gesto
simpático de Willis, para convertir al héroe en un auténtico
desecho. Pitt, por su parte, estaba acostumbrado a
improvisar y a la histeria interpretativa, y deseoso además
de dejar atrás su imagen de ídolo de adolescentes.
Finalmente, "Doce monos" brilla por su extraordinario
diseño de producción y escenarios. Jeffrey Beecroft
hizo un excelente trabajo buscando plantas energéticas en
desuso para que se refugiaran en ellas los restos futuros de
la raza humana. Gilliam y Beecroft también manejaron para
los escenarios referencias como la arquitectura
deconstructivista, la obra fotográfica de Joseph Sudeck y los
diseños de Labbeus Woods.

El manicomio donde el personaje de Willis es recluído en el


presente es en realidad una cárcel abandonada. Gilliam
retoma así los decorados “con mensaje” de "Brazil",
convirtiéndolos en testigo mudo de los vaivenes temporales
de los personajes y vehículos del turbio mensaje de la
película: es inevitable pensar en el laberinto burocrático que
oprimía a Lowry en "Brazil" cuando el antihéroe de "Doce
monos" es transportado entre las celdas donde hacinan a los
criminales del futuro. Y los sistemas de comunicación a base
de tuberías que interconectan cubículos de "Brazil"
establecen un diálogo visual con la máquina de viajar en el
tiempo de "Doce Monos", que parece enviar a los
crononautas de una punta a otra de la línea temporal a
puntapiés.

The Zero Theorem: vuelta a la casilla


de salida
Veinte años después del estreno de "Doce monos", Gilliam
se ha convertido en un autor respetado dentro del cine
fantástico actual. De insobornable personalidad autoral,
acompañado siempre de estrambóticas historias acerca de
rodajes apocalípticos (de su fallido Don Quixote, que llegó a
generar un documental sobre cómo no se hizo, a la
fracturada "El imaginario del Doctor Parnassus"), Terry
Gilliam decide cerrar su trilogía de distopías futuristas
con "The Zero Theorem", una película decididamente
inferior a "Brazil" y "Doce Monos", pero que posee
indiscutibles puntos de interés.

Aquí, Gilliam nos cuenta cómo un oficinista mucho más


tronado que el gris Sam Lowry de "Brazil", Qohen Leth
(Christoph Waltz) consigue convencer a sus superiores de
que le dejen trabajar en casa. A cambio tendrá que indagar
de forma incansable en el Teorema Zero, un complejo
cálculo informático que podría revelar una verdad
insospechada sobre el futuro del universo. El guion, de
obvias pero bastante crípticas lecturas religiosas, es obra de
Pat Rushin, que afirma que escribió sus 145 páginas en
apenas diez días, en un estado cercano al trance y como
respuesta a una serie de preguntas sobre el sentido de la
vida que le surgieron tras la lectura del Eclesiastés.

Una primera tentativa de producción arrancó con Ewan


McGregor de protagonista y más tarde, ya con Gilliam al
frente, con Billy Bob Thornton, Jessica Biel y Al
Pacino. El rodaje se paralizó en 2009 cuando Gilliam tuvo
que centrarse en acabar "El imaginario del Doctor
Parnassus" tras la muerte de Heath Ledger.

Oficialmente, Gilliam manejó dos referentes para el aspecto


visual de la película: las enigmáticas pinturas del alemán
Neo Rauch y el artista de los años treinta Cliff Edwards,
conocido como Ukelele Ike y popular por poner voz a Pepito
Grillo en la película de animación de Disney. Nosotros
detectamos un par más, no declaradas: por una parte, el
mundo futuro, colorista, invasivo e inquietantemente
cercano del cómic "Transmetropolitan", la obra maestra de
Warren Ellis y Darick Robertson protagonizada por otro
calvo ilustre (aunque mucho más lenguaraz que Qohen),
Spider Jerusalem. La urbe donde vive el protagonista de
"The Zero Theorem" es muy similar a La Ciudad del cómic,
rebosante de mensajes publicitarios personalizados, cultos
extravagantes (¡la Iglesia de Batman!) y un aislamiento
extremo disfrazado de conectividad constante.

También existe cierta conexión con el universo de Philip K.


Dick, pero no el generado en novelas como "Ubik" o
"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", sino el del
propio escritor, concretamente con la iluminación mística
que le sobrevino en su madurez y que se tradujo en libros
alucinantes como "Valis" o "Radio Libre Albemut", así como
la escritura de una delirante "Exégesis".

Qohen cree haber recibido una llamada que le avisa de que


está a las puertas de descubrir los secretos del cosmos, y
atribuye propiedades casi divinas al dueño de esa voz que
no termina de decidirse a volver a entablar contacto. ¿Un
posible guiño a Dick? Podría ser, sobre todo teniendo en
cuenta cómo describe Pat Rushin que recibió la inspiración
para el guion.

"The Zero Theorem" tiene severos problemas de ritmo en su


tramo final, y hay un par de personajes secundarios que no
terminan de encajar con el imaginario de Gilliam. Todo lo
relativo a la empresa que da trabajo a Qohen, sin
embargo, parece una prolongación de las ridículas
organizaciones burocráticas de "Brazil" y "Doce
monos", con sus encargos incomprensibles, objetivos
inhumanos, protocolos agotadores y sistemas de trabajo
repetitivos y demenciales.

El superior directo de Qohen podría ser un irritante


secundario de "Brazil", y Dirección, el dueño de la empresa
interpretado por Matt Damon... bueno, podría ser una
versión industrial y mundana del Gran Hermano que nunca
existió en aquella película. "The Zero Theorem" puede no
ser perfecta (al menos, no lo es tanto como "Brazil" y "Doce
monos"), pero el plano final rima en consonante con las
desoladoras conclusiones de sus dos precedentes. Un futuro
en el que no tienen cabida los finales felices porque... bueno,
Gilliam podrá ser un soñador, pero no un iluso. Y ese es el
futuro que nos espera.

[Link]
futuro-la-innovacionde-hoy-en-la-ciencia-ficcion-
de-ayer

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