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La Moral Social y Doctrina Cristiana

Este documento describe los principios fundamentales de la moral social y la doctrina social de la Iglesia, incluida la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad. También analiza los distintos tipos de moral y los derechos humanos fundamentales como el derecho a la vida.
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Este documento describe los principios fundamentales de la moral social y la doctrina social de la Iglesia, incluida la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad. También analiza los distintos tipos de moral y los derechos humanos fundamentales como el derecho a la vida.
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INSTITUCIÓN EDUCATIVA LA FUENTE

ÁREA: EDUCACIÓN RELIGIOSA Y MORAL


GRADO: ONCE
DOCENTE: JAIME CORDERO VÁSQUEZ
FECHA: Febrero 4 y 11 de 2.022

Unidad 1: LA MORAL – TEMA 1: LA MORAL SOCIAL

Por moral o moralidad se entiende un conjunto de creencias,


costumbres, normas y valores que sirven de guía a la conducta
individual en el marco de una cultura, sociedad o tradición
determinada. En otras palabras, es lo que permite distinguir lo bueno y
lo malo dentro de un contexto específico: los valoresdefendidos por un
grupo social en un momento dado de su historia. La moralidad abarca
todos los tópicos y contextos del ser humano, siempre que éste sea un individuo libre, de actos
voluntarios, y dotado de capacidad para la autodeterminación. No debe confundirse con la ética, a pesar
de ser conceptos similares. La moral tiene que ver con el libre albedrío del ser humano y su adhesión a
ciertos códigos de conducta formados histórica y culturalmente. Por ejemplo, las religiones imponen
ciertos códigos de conducta, que ordenan la vida cotidiana de las poblaciones en base a lo que es social,
cultural y espiritualmente aceptable, y lo que no. La moral ha acompañado al ser humano en todas las
etapas de su historia. Su contenido no ha sido unánime, sino todo lo contrario: cada tradición humana,
cada escuela religiosa, cada cultura, tiene sus propios preceptos y valores morales, a través de los
cuales se expresan sus conceptos de lo “bueno” y lo “malo”. Probablemente, la moral surgió en los
tiempos antiguos como un modo de organizar las comunidades y darles cierta estabilidad. A partir de
reglas claras de convivencia y de conducta, podían prosperar. De hecho, las sociedades con códigos
morales prosperaron más rápidamente que las sociedades anárquicas, fuera cual fuera el contenido de
dichos códigos. Eventualmente, la moral dejó de ser un conjunto de normas pragmáticas y se convirtió
en conceptos abstractos: el bien y el mal. Existen distintos tipos de moral, como son: Moral
fundamental. Aquella que tiene que ver con una idea general, amplia y pretendidamente universal de lo
aceptable y lo inaceptable, no sólo en el ámbito racional, sino en el espiritual y el individual. Moral
individual. Aquella que atañe a las elecciones personales de un individuo, aceptando que forma parte de
una tendencia moral colectiva que lo presiona y controla, pero a la que también puede oponerse en su
fuero interno. Moral socioeconómica. Aquella que evalúa las decisiones de un individuo comprendidas
como manifestación de una condición social y económica determinada dentro
de una misma sociedad. Moral sexual. Aquella que rige la conducta sexual
aceptable de la inaceptable, en base a preceptos de alguna naturaleza, como
los religiosos. Moral social. Aquella que no es individual, sino perteneciente al
colectivo, impuesta por algunas instituciones o tradiciones, y defendida
como norma colectiva. La moralidad social es el grado en que las personas se
conforman con los preceptos de la moral establecida socialmente. La moral es el conjunto de normas y
valores que deben seguir las personas en beneficio de su desarrollo individual y social. En otros términos:
el objetivo de la moral social es aplicar al bien de las sociedades todas aquellas leyes naturales que han
producido el orden moral. La misión de la moralidad de la sociedad se basa en el buen hacer de las
personas: pautas, reglas y patrones de conducta que se deben seguir. Si no se consideran adecuados
a lo socialmente establecido, se atribuyen como causa de la violencia generada. En conclusión, la
moralidad del acto humano se determina a través del fin del agente (fin o intención), de la acción que se
elige (objeto moral) y de las circunstancias que acompañan a la acción. Esos tres parámetros constituyen
lo que se denominan tradicionalmente “fuentes de la moralidad”. La doctrina social de la Iglesia (DSI)
proporciona una respuesta a la pregunta: ¿Cómo debo amar a Dios y a mi prójimo dentro de mi contexto
político, económico y social? Nuestro amor a Dios y al prójimo no consiste simplemente en una obligación
semanal de asistir a Misa o a un culto determinado y dejar algunas monedas en la cesta en el momento
del ofertorio. Debe impregnar nuestra vida entera y conformar nuestras acciones y nuestro ambiente
según las enseñanzas de los valores cristianos que la fe cristiana nos entrega. El mandamiento del amor
por tanto debería representar el fundamento general de la doctrina social de la Iglesia. También hay, sin
embargo, fundamentos específicos que pueden resumirse en cuatro principios básicos de la entera
doctrina social de la Iglesia, cuatro columnas sobre las que se apoya el entero edificio.
Estos principios son: la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiariedad, la Solidaridad
y los derechos humanos. -- La dignidad de la persona humana. El primer principio clásico es el de la
dignidad de la persona humana, que proporciona el fundamento para los derechos humanos. Para
pensar correctamente sobre la sociedad, la política, la economía y la cultura uno debe primero entender
qué es el ser humano y cuál es su verdadero bien. Cada persona, creada a imagen y semejanza de
Dios, tiene una dignidad inalienable y, por tanto, debe ser tratada siempre como un fin y no sólo como
un medio. Cuando Jesús, usando la imagen del buen pastor, hablaba de la oveja perdida, nos enseñaba
lo que Dios piensa del valor de la persona humana individual. El pastor deja a las 99 en el aprisco para
buscar a la perdida. Dios no piensa en los seres humanos en masa, o en porcentajes, sino como
individuos. Cada uno es precioso para él, irreemplazable. -- El bien común. El segundo principio clásico
de la doctrina social de la Iglesia es el principio del bien común. El Concilio Vaticano II lo define como
«el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus
miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» («Gaudium et Spes» 26, ver GS, 74; y
El Catecismo de la Iglesia Católica, 1906). El «bien común» no es exclusivamente mío o tuyo, y no es la
suma de los bienes de los individuos, sino que crea más bien un nuevo sujeto nosotros en el que cada
uno descubre su propio bien en comunión con los demás. Por ello, el bien común no pertenece a una
entidad abstracta como el estado, sino a las personas como individuos llamados a la comunión. --
Subsidiariedad. El tercer principio clásico de la doctrina social es el principio de subsidiariedad. Fue
formulado por primera vez bajo este nombre por el Papa Pío XI en su carta encíclica de 1931
«Quadragesimo Anno». Este principio nos enseña que las decisiones de la sociedad se deben quedar
en el nivel más bajo posible, por tanto al nivel más cercano a los afectados por la decisión. Este principio
se formuló cuando el mundo estaba amenazado por los sistemas totalitarios con sus doctrinas basadas
en la subordinación del individuo a la colectividad. Nos invita a buscar soluciones para los problemas
sociales en el sector privado antes que pedir al estado que interfiera. --Solidaridad: el cuarto principio
que fundamenta la doctrina social de la Iglesia sólo fue formulado recientemente por Juan Pablo II en su
carta encíclica «Sollicitudo Rei Socialis» (1987). Este principio es el llamado principio de solidaridad. Al
hacer frente a la globalización, a la creciente interdependencia de las personas y los pueblos, debemos
tener en mente que la familia humana es una. La solidaridad nos invita a incrementar nuestra sensibilidad
hacia los demás, especialmente hacia quienes sufren. El Santo Padre escribía que no es «un sentimiento
superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme
y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que
todos seamos verdaderamente responsables de todos». . --Los Derechos Humanos. «La Iglesia, al analizar
el campo del mundo, es muy sensible a todo lo que afecta a la dignidad de la persona humana. Ella sabe
que de esa dignidad brotan los derechos humanos, objeto constante de la preocupación y del
compromiso de los cristianos... El derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la creación de una
familia, a la participación en la vida pública, a la libertad religiosa, son hoy especialmente reclamados».
Llamamos derechos humanos a los que poseen todos los seres humanos por el hecho de serlo,
independientemente de cuál sea su raza, sexo, religión o clase social. Se trata de derechos naturales, es
decir, fundados en la misma naturaleza humana, y por lo tanto anteriores y superiores al derecho positivo.
Esto equivale a decir que las leyes no crean esos derechos; únicamente los descubren, los proclaman y
los defienden. El primero y fundamental de los derechos humanos es el derecho a la vida. Si este no se
respetara de nada servirían los demás. El derecho a la vida podría enunciarse así: «Mientras vivo tengo
derecho a vivir». Por lo tanto, el primer derecho del hombre es el derecho a nacer cuando ha sido
concebido, y el último, el derecho a morir cuando Dios quiera. Incompatibles con el derecho a la vida no
son únicamente el aborto y la eutanasia activa, sino también la pena de muerte y la injusta distribución
de los bienes entre el Norte y el Sur del Planeta. Los restantes derechos humanos (PT 11-27) suelen
clasificarse por «generaciones». Los derechos de la primera generación podrían englobarse bajo el
nombre genérico de «libertades» (libertad de conciencia, de expresión, de prensa, de asociación...) y se
reivindicaron al menos desde el siglo XVIII. Los derechos de la segunda generación podrían
caracterizarse como «liberaciones» (derecho a un trabajo digno, a un nivel de vida adecuado, a la
educación, a la asistencia sanitaria...) y empezaron a reivindicarse a finales del siglo XIX. Los derechos
de la tercera generación no afectan a los individuos aislados sino a las colectividades y son, por ejemplo,
el derecho a vivir en paz, el derecho a un medio sano, el derecho a la autodeterminación de los pueblos,
etc. «La obra evangelizadora de la Iglesia tiene, en este vasto campo de los derechos humanos, una tarea
irrenunciable: manifestar la dignidad inviolable de toda persona humana. En cierto sentido es la tarea central y
unificante del servicio que la Iglesia, y en ella los fieles laicos, están llamados a prestar a la familia humana»

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