Controversias en Psicoanálisis de Niños y Adolescentes
Año 2015, Nº 17
Construyendo un dispositivo analítico posible
Liana Maghid de Ubaldini
Llamamos dispositivo analítico a las reglas que estructuran la relación analítica.
Las reglas que lo constituyen son la asociación libre, la atención flotante, la
interpretación del analista, la transferencia y la neutralidad del analista como respuesta
al fenómeno transferencial.
Distintos autores señalaron que la invención de Freud no fue la del inconsciente
sino la del dispositivo en tanto tal.
“La invención de Freud no es la invención del inconsciente, la invención del genio
de Freud es la invención del dispositivo analítico, es decir un cierto modo de exponer la
manifestación del inconsciente, de poner en acto la realidad del inconsciente en el
fenómeno de la transferencia” (Miller, 2003).
La idea de construcción del dispositivo con que titulo este trabajo cuestiona la
existencia de un dispositivo único aplicable a las diversas situaciones que nos plantea la
clínica, aun cuando se sostengan las reglas constitutivas del dispositivo.
Freud mismo en Sobre la iniciación del tratamiento (1996) se opone a una
“mecanización de la técnica” señalando que “la extraordinaria diversidad de las
constelaciones psíquicas intervinientes, la plasticidad de todos los procesos anímicos y la
riqueza de los factores determinantes se oponen, por cierto, a una mecanización de la
técnica y hacen posible que un proceder de ordinario legítimo no produzca efecto
algunas veces mientras que otro habitualmente considerado erróneo lleve en algún caso
a la meta”.
Señala así de qué manera es la clínica la que plantea al analista la necesidad de
relativizar la técnica para lograr la meta: “Hacer consciente lo inconsciente”.
En una carta a Ferenczi que cita Jones en la biografía de Freud dice: “Los
analistas dóciles no percibieron la elasticidad de las reglas que yo había expuesto y se
sometieron a ellas como si fueran tabúes” (Jones, 1962).
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En el caso del análisis de niños, la invención kleiniana de la técnica de juego que
reemplaza a la asociación libre en los adultos se constituyó en un aspecto central del
dispositivo analítico en tanto permitía el acceso al inconsciente infantil y de esta manera
el análisis de niños podía ser equiparado al de adultos.
El niño ocupaba así el centro de la escena analítica.
El dispositivo kleiniano se sostiene en la idea de que la vida fantasmática del niño
está cerrada en el niño mismo, ligada a las pulsiones de vida y muerte y por lo tanto
independiente del vínculo con los padres.
Es interesante que aun cuando desde la teoría se podía justificar la importancia
del abordaje individual del niño, nuevamente la clínica mostró la necesidad de dar un
lugar a los padres dentro de la escena analítica.
Recuerdo particularmente a la Dra. Aurora Pérez, quien fue una de las pioneras
en ofrecer un aporte muy importante al trabajo clínico con niños, planteando la
necesidad de establecer variaciones en el dispositivo para incluir tanto entrevistas
familiares como vinculares que permitieran resolver situaciones clínicas que se
encontraban con obstáculos de diversa índole en el establecimiento del dispositivo
individual.
Fueron Françoise Dolto y Maud Mannoni –como representantes de la así llamada
Escuela Francesa– las que incluyeron la idea innovadora para ese momento de la
existencia de un vínculo entre el inconsciente del niño y el de los padres.
Dolto plantea que “El niño expresa lo que los padres llevan en su interior y que
ellos mismos no pueden expresar” (Dolto, 1985).
También M. Mannoni dice: “El niño ignora que está llamado a desempeñar cierto
papel para satisfacer el deseo materno (…). Sin saberlo ha sido en cierto modo raptado
por el deseo materno” (Mannoni, 1994).
El síntoma del niño adquiere un nuevo sentido en la teoría lacaniana: “El síntoma
del niño está en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura
familiar” (Lacan, 1978).
Se trataría de la lectura que realiza el inconsciente del niño de la articulación del
deseo de los padres.
Este giro en la teoría lleva a que los padres entren en la escena analítica de otra
manera.
La importancia de establecer de quién es la demanda y cuál es la posición del
niño en el inconsciente parental adquiere entonces mayor jerarquía y requiere un
dispositivo más flexible que siga las vicisitudes del proceso en su desarrollo.
A los fines de discutir estas cuestiones, presentaré a continuación el material
clínico de una consulta por una niña en que fue necesario modificar el dispositivo
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analítico ofrecido inicialmente para que el determinismo inconsciente del síntoma fuera
accesible al trabajo analítico.
Material clínico
La madre pide la consulta por su hija Juana de diez años, y señala que desde
hace un tiempo se muestra agresiva tanto con los padres –particularmente la madre–
como con la persona que realiza los trabajos domésticos en la casa.
La descripción que hacen ambos padres indica rituales obsesivos para dormir y
exigencia de orden –es cuando no se respetan estas exigencias que surgen ataques
agresivos verbales que van subiendo en intensidad y que resultan difíciles de detener–.
En alguna ocasión ha agredido físicamente a la madre.
Juana tiene dos hermanos más: uno dos años mayor y otro tres años menor.
Los datos históricos que resultaron significativos inicialmente fueron los
trastornos de sueño tempranos. Durante el primer año de vida se despertaba a los gritos
y era difícil calmarla.
Actualmente sucede que se duerme y al rato se despierta y va a la habitación de
los padres.
Por otra parte, desde los cuatro años padece dolores de cabeza (esto coincide con
el traslado de la familia a otro país, donde vivieron durante cuatro años).
En el momento de la consulta hacía un año y medio que habían regresado al país.
Al llegar, el padre tuvo dificultades de inserción laboral y al mismo tiempo
enfermó y murió la abuela paterna.
Ambos padres manifestaron que dada esta situación no se encontraron con el
apoyo familiar que esperaban y en el momento de la consulta aún no habían resuelto
totalmente los problemas laborales y de vivienda.
Luego de las entrevistas con los padres se iniciaron entrevistas con Juana.
Allí J. se mostró muy reservada desde el inicio, y manifestó en ese momento lo
que califiqué como una conducta francamente paranoide.
Era muy difícil acceder a cualquier tipo de intercambio verbal, y cuando se
intentaba algún comentario su reserva aumentaba.
Su única actividad en las sesiones era el dibujo. Algunos eran significativos y
daban cuenta de cierto desborde pulsional, pero no era posible realizar ningún trabajo
analítico en relación con este material por el rechazo que J. manifestaba a todo intento
de dar un sentido a esas producciones.
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Mientras tanto, recibí un llamado de la madre en el que me informaba que, en
relación con una situación que le había provocado enojo, J. había metido un alfiler en un
enchufe, lo que había generado una intensa angustia en toda la familia.
Cuando comenté este llamado con J., se negó a hablar del hecho. Me limité a
señalar el riesgo que había corrido.
Como demandaba que su mamá permaneciera en la sala de espera, decidí hacer
una entrevista conjunta.
En esa entrevista era claro el control que ejercía sobre la madre: exigía que
jugara a las cartas y que no hablara.
Cuando la madre hizo alusión a alguna dificultad de J., su enojo aumentó y salió
del consultorio diciendo que no quería venir más.
Se acercaban las vacaciones de verano y se despidieron sin que arregláramos
fecha para un nuevo contacto.
Estableciendo un nuevo dispositivo
La madre llamó nuevamente después de las vacaciones para pedir una entrevista.
Acudieron ambos padres preocupados por la reiteración de los síntomas y afirmando que
J. se resistía a venir pero que ellos querían que se intentara un trabajo terapéutico.
Fue a partir de este pedido que decidí comenzar a tener entrevistas que
incluyeran a J. y a ambos padres. Juana aceptó venir.
En las primeras entrevistas eran los padres los que hablaban; J. se mantenía
callada y sólo intervenía para decir que sus padres no decían la verdad, que no se le
prestaba la suficiente atención. Me fue llamando la atención el lugar de “mando” que
tenía J. en relación con sus padres. Les daba órdenes sobre cómo debían comportarse,
los desafiaba.
Los padres ocupaban el lugar de niños a quienes J. reprochaba su mala conducta
y parecían aceptar pasivamente estos reproches.
Por otra parte surgía una problemática ligada a la verdad y una denuncia por
parte de J.
El dispositivo familiar tenía evidentes ventajas sobre el individual: J. hablaba y
sus padres también. La intensidad de lo que caractericé inicialmente como transferencia
negativa había disminuido.
De todos modos cuando alguno de los padres mencionaba alguna situación de
conflicto que la incluía, ella se enojaba, salía del consultorio y permanecía en la sala de
espera.
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En una sesión comenzaron a hablar sobre “la quinta”, que parecía ser un lugar
afectivamente importante para la familia.
Cuando pregunté, me contaron que era un lugar de reunión de la familia paterna:
tíos, abuelos, primos. En medio de esa descripción hubo un comentario de J. que la
madre tomó como referencia al nombre de la abuela muerta, que hasta el momento no
había sido mencionada. Pregunté nuevamente y los padres señalaron que J. había tenido
muy buena relación con la abuela. Pedí más detalles sobre la abuela y noté que J.
escuchaba muy atentamente.
Surgió una descripción en que se resaltaba que la abuela tenía como función
reunir a la familia, y que a partir del momento de su muerte se había generado un
“desmoronamiento de la familia”. No sólo no hubo más reuniones en la quinta sino que
se produjeron separaciones de alguno de los hermanos del padre y peleas por la
herencia.
La madre comentó que a J. le gustaba ir a la quinta; aquí intervino J. y le dijo al
padre: “Hacé algo, vos no hacés nada”. El padre le contestó que no podía hacer
nada.
Señalé que a lo mejor J. intentaba hacer algo poniendo orden frente al desorden
que se había producido con la llegada a la Argentina y la muerte de la abuela. J. me
escuchó con atención. Los padres pudieron hablar entonces de lo que significó para ellos
la vuelta y la muerte de la abuela. Es decir que el desorden era una referencia a la
dificultad que tenían estos padres en “reordenarse” y ordenar nuevamente la vida
familiar.
El reproche de J. correspondía a un reproche inconsciente de la madre hacia su
marido, que luego se hizo evidente en alguna entrevista de la que no participó J. Surgía
una problemática ligada a un duelo en el que J. estaba identificada con esa abuela
muerta que era la que ponía orden.
Era la madre la que tenía a su cargo el sostén emocional de la familia, y así se
encubría la depresión paterna y su falencia.
A partir de esta sesión, J. tuvo mayor participación, empezó a dibujar y a
proponer que los padres lo hicieran con ella. Lo que resultó más llamativo fue que
algunos de los síntomas obsesivos de J. desaparecieron y empezó a emerger una
problemática más referida a su vida personal, sus relaciones con las amigas, sus
intereses. En las últimas sesiones surgió con más claridad el conflicto parental, aunque
los padres no deseaban abordarlo, con lo que dimos por terminada esta etapa del
tratamiento.
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Algunas reflexiones y preguntas
Me gustaría comenzar analizando mi primer relato al inicio de la consulta.
Se describe allí a una niña que padece un cuadro obsesivo con rituales y
explosiones agresivas en tanto estos rituales son obstaculizados.
Si bien tomo el contexto familiar, refiero solamente datos históricos.
Quiero señalar aquí la diferencia entre tomar en cuenta los hechos históricos o
tomar en cuenta de qué manera los deseos inconscientes de los padres afectan los
síntomas del niño.
La descripción señala una niña resistente con características paranoides con la
que, digo, resultaba muy difícil realizar un trabajo analítico.
Este primer enfoque corresponde a un dispositivo que está cerrado en el niño
mismo.
Me parece interesante centrarse en la idea de resistencia interrogando cómo
conceptualizarla en este caso.
Freud definió la resistencia como todo aquello que en el analizado se opone al
acceso al inconsciente.
Winnicott y Lacan señalaron que frente a la resistencia del paciente hay que
pensar en términos de la resistencia del analista. Lacan señala: “Resistencia hay una
sola. El analista resiste cuando no comprende lo que tiene delante” (Lacan, 1978).
En el material clínico que se presenta, el cambio en el dispositivo analítico partió
de la posibilidad de considerar la angustia que manifestaban los padres al reiterar su
pedido de ayuda.
Si la angustia motoriza el proceso terapéutico, ellos debían ser incluidos a los
fines de que se estableciera una transferencia operativa reconsiderando la posibilidad de
darle un nuevo sentido a la transferencia negativa que manifestaba J. en términos de
denuncia y reclamo que abarcaba la dinámica familiar.
En este nuevo dispositivo, ¿podemos seguir llamando a esta actitud de J.
transferencia negativa o se trata de un reclamo de ser escuchada en su denuncia?
El suceso de meter un alfiler en el enchufe ¿puede ser considerado como una
actuación que tiene que ser interpretada en términos de un mensaje dirigido tanto a la
familia como a la analista? ¿Un pedido de ayuda, un señalamiento de una situación de
riesgo?
El poner orden cambia de sentido y adquiere uno nuevo en términos del
desorden familiar a partir de la migración y el duelo por la muerte de la abuela.
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Frente a la dificultad de los padres de hacerse cargo de sus funciones es ella la
que a través de sus síntomas denuncia el desorden producido en la familia y las fallas en
la función paterna señaladas en la pregunta dirigida al padre: “¿Por qué no hacés algo?”.
Podemos pensar que tal vez hubiera sido posible el trabajo individual con J. a
través de una elaboración de la transferencia negativa.
El dispositivo familiar seguramente no implica un trabajo en profundidad con la
problemática individual, pero sienta las bases para que sea el niño mismo el que pueda
expresar su propia demanda, y este aspecto constituye un logro central en el análisis de
un niño.
Bibliografía
Dolto, F. (1985). La dificultad de vivir. Buenos Aires: Gedisa.
Freud, S. (1996). Sobre la iniciación del tratamiento (6º ed.). Buenos Aires: Amorrortu.
(Edición original: 1913.)
Jones, E. (1962). Vida y obra de Sigmund Freud, tomo 2. Buenos Aires: Nova.
Lacan, J. (1978). Seminario 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica.
Buenos Aires: Paidós.
Mannoni, M. (1994). El niño retardado y su madre (6º ed.). Buenos Aires: Paidós.
Miller, J. A. (2003). Genio del psicoanálisis. En Revista digital de la Escuela de
Orientación Lacaniana, II, 7, abril/mayo.
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