El Nino de Las Chabolas - Azouz Begag
El Nino de Las Chabolas - Azouz Begag
Azouz un libro y le dice: «Este libro es un pájaro». Cómo el joven Azouz alzó
el vuelo en alas del conocimiento, en medio de las complejidades de la
Francia multicultural de los años 1960, es la historia que nos cuenta esta
cautivadora novela. Determinado a dejar atrás la pobreza de la vida de las
chabolas, Azouz trabaja duro para ser el mejor alumno en la escuela primaria,
ganándose la envidia y el rechazo de sus compañeros árabes, mientras se
enfrenta al racismo de los franceses.
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Azouz Begag
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Título original: Le gone de Chaâba
Azouz Begag, 1986
Traducción: Elena García-Aranda
Fotografía de cubierta: Josef Koudelka
Colección: Las Tres Edades, n.º 220
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LAS TRES EDADES
Y DIJO LA ESFINGE:
SE MUEVE A CUATRO PATAS POR LA MAÑANA,
CAMINA ERGUIDO AL MEDIODÍA
Y UTILIZA TRES PIES AL ATARDECER.
¿QUÉ COSA ES?
Y EDIPO RESPONDIÓ: EL HOMBRE.
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Zidouma está haciendo la colada. Hoy se ha levantado temprano para poder
ocupar la única fuente de agua del barrio de chabolas: una bomba manual que
saca agua del Ródano. Retuerce y frota en la pequeña balsa de ladrillos rojos
que Berthier había hecho para regar el jardín, y golpea las pesadas sábanas,
empapadas, sobre el cemento.
Doblada en dos, enjabona con su jabón de Marsella, y luego acciona la
bomba una vez, dos veces, para sacar agua. Frota de nuevo, aclara, saca la
ropa del agua, la escurre con sus musculosos brazos… Repite todas estas
operaciones sin parar. Pasa el tiempo. Aunque sabe perfectamente que en la
Chaâba sólo hay una fuente, se comporta con gran determinación. Insiste en
tomarse su tiempo, que es mucho tiempo. Y que alguien se atreva a hacerle la
más mínima observación, ¡que se va a enterar!
Precisamente, ese alguien espera algunos metros más allá. Es la vecina de
Zidouma, la que vive en la chabola de al lado. En las manos lleva un cubo con
sábanas sucias, ropa de niño, trapos… Espera pacientemente,
pacientemente… Zidouma, incansable, ni siquiera se digna a volver la mirada,
aunque desde hace unos minutos siente una presencia a sus espaldas, con
evidentes signos de nerviosismo. Se mueve aún más lentamente.
Y la vecina sigue esperando pacientemente, paciente… no, ya no espera
pacientemente. Dejando caer el cubo, carga como un macho cabrío sobre su
rival. El choque es terrible. Las dos mujeres se pelean, lanzando gritos de
guerra desde lo más profundo de sus gargantas.
Atraídas por el jaleo, las otras mujeres salen de sus chabolas. Una de ellas,
que pertenece a uno de los dos clanes de la comunidad, se mete entre las
beligerantes para apaciguar los ánimos. Supuestamente para tranquilizar a la
más nerviosa, le da un tremendo bofetón en la mejilla derecha. Mi madre ya
no necesita nada más para lanzarse a la trifulca. Me deja con mi café con
leche y, gruñendo, pone en marcha su sólida osamenta.
Yo no intento pararla. No se puede parar a un rinoceronte a la carga.
Termino mi brebaje a la carrera para asistir al combate pugilístico. No sé por
qué, pero me encanta sentarme en los escalones de casa y disfrutar de las
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escenas que ocurren delante de la bomba y del lavadero. ¡Es tan curioso ver
pegarse a las mujeres!
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bidones de agua dentro de las chabolas. Hacen la colada en un barreño.
Por la tarde, cuando los hombres vuelven del trabajo, no les llega ni un
solo rumor de los incidentes que se han producido durante su ausencia de la
Chaâba. Las mujeres se muerden la lengua, se dicen que, a pesar de sus
difíciles condiciones de vida, no ganarían nada sembrando la discordia entre
los hombres.
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zumban alrededor de la caseta. Bouzid y su hermano Said se enrollan unos
trapos alrededor de las manos, se ponen pañuelos en la nariz y la boca,
atándoselos por detrás de la cabeza. A duras penas consiguen levantar el
asqueroso bidón. El rostro se les crispa debajo de los pañuelos. Seguidos por
colonias enteras de moscas, se dirigen hacia el terraplén para vaciarlo en otro
agujero. A su paso, los niños juegan a tirar piedras a la charca de lava todavía
caliente. Cuando vuelven, cavan un nuevo agujero en una esquina aún virgen
del jardín. Las moscas-gorrión tendrán material nuevo para deleitarse.
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En una oscuridad casi total me acuclillo sobre el bidón. Mi sandalia
derecha pisa los restos que algún desgraciado ha dejado. Pero eso no me
preocupa, estoy más tranquilo. El río puede correr ya con toda libertad, pero
aprieto como un condenado para terminar la faena cuanto antes.
De repente, un ruido más perceptible que los que desde hace rato no dejan
de sobresaltarme rasga el silencio nocturno de la Chaâba. Afino el oído,
alarmado. El ruido se hace más preciso y se amplifica. Pasos… Sí, son pasos.
Se acercan a mí. Un escalofrío me invade y se me pone la carne de gallina. La
puerta, que no había cerrado para poder salir de un salto en caso de que los
djoun ataquen, se abre violentamente. Enseguida me llevo las manos a los
pantalones para subírmelos, sin tiempo de poder decir el ritual «¡Está
ocupado!». Una sombra hace un movimiento rápido. Un líquido tibio me
inunda la cara, me llena la boca. Noto la meada. ¡Es una meada! Lanzo un
grito ahogado. Alí, mi tío, acaba de vaciarme el orinal en toda la cara. Tan
sorprendido como yo, me ayuda a levantarme sin que yo tenga tiempo de
decir una sola palabra. Se ríe a mandíbula batiente, mientras yo intento
escurrir mi camisa, que está chorreando. Me lleva a casa. Moustaf salta de la
cama, inquieto. Mi madre y mis hermanas acuden asustadas. Alí los
tranquiliza, y a todos se les escapa la risa. Con la boca abierta de par en par,
los ojos abiertos como platos y relucientes como perlas, el cuerpo de mi
madre se agita con toda su rotundidad de mujer magrebí. Al fin, cuando se
calman las sacudidas de su cuerpo, saca de debajo del fogón la enorme y
desconchada palangana verde que sirve de bañera a mi familia. Con un guante
de crin me frota el cuerpo enérgicamente. Aïcha pone agua a hervir en la
cocina.
Ahora ya sé dos cosas. En primer lugar: no hay que ir al retrete por la
noche. En segundo lugar: para un hombre como yo es mejor salir del recinto
de las chabolas y encontrar un rincón tranquilo. En la zona hay muchos sitios,
y además en la Chaâba sólo las mujeres van al retrete de dentro. Los hombres
se esconden detrás de los matorrales, o si no entre dos álamos. De vez en
cuando, me interno discretamente en el bosque, llevando en la mano una lata
llena de agua. En nuestra casa, el papel se guarda para hacer fuego.
Mi madre acaba de darme friegas con agua de colonia, de la que guarda
celosamente en su armario y no usa más que en las grandes ocasiones. Pero
esta vez no queda más remedio. Envuelto en una colcha, me coge en brazos y
me lleva a la cama grande al lado de Moustaf, que ha retomado la lectura.
Antes de volver a la cocina, gira bruscamente la cabeza en dirección a la
ventana. Acaba de escuchar la voz grave de su marido. Es una señal. Cada vez
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que Bouzid llega a casa con un invitado sin que su mujer esté avisada, habla
alto para que ella tenga tiempo de preparar el recibimiento. Así que Massouda
toma nota. Coge la palangana llena de agua sucia y sin pensarlo dos veces la
empuja debajo de la cama; ordena las sillas alrededor de la mesa mientras se
quita el delantal, y coloca los enormes almohadones bordados a mano que
adornan la cama. Se apresura a abrir la puerta a los dos hombres. Yo le
pregunto quién es el invitado que nuestro padre trae a casa por la noche.
—Es Berthier —me dice—, el antiguo propietario de la casa.
Los dos hombres estuvieron hasta muy tarde, contándose una y otra vez,
entre ruidosas carcajadas, los recuerdos de su primer encuentro en la empresa
de construcción de la calle Grand-Bandit (o sea, Garibaldi). Sin querer,
escuché todos los detalles de su historia, impresionado por la capacidad del
francés para comprender y traducir todas las palabras de mi padre. ¡Menuda
nochecita!
¿Me he lavado la cara esta mañana? ¿Me he puesto, por lo menos, los
pantalones? Me llevo las manos a los muslos. Todo en orden, no he salido
desnudo. Puedo continuar andando camino de la escuela, con todos los niños
de la Chaâba.
¡Y mi padre se ha levantado a las cinco de la mañana! ¿Y ha podido
conducir la Mobylette hasta la fábrica? ¿Por qué no le dio a entender al viejo
Berthier que él sí seguía trabajando, que le hacía falta dormir, y que quería
que se fuese?
¡Ay, las sacrosantas leyes de la hospitalidad!
Mientras que yo me compadezco de mi pobre padre, Rabah pasa delante
de mí corriendo.
—¡Alto! ¡Parad todos! ¡Tengo que enseñaros una cosa!
El convoy se para.
—¿Sabéis cómo se hace para besar a una mujer?
La pandilla, poco experta en la materia, permanece muda, mientras
Moustaf intenta decir algo, sin convicción.
—Yo lo sé. Se tocan con la boca.
—No, así no es —replica el primo—. Sólo yo lo sé. ¿Queréis saberlo?
No hay ninguna reacción.
—¿No queréis saberlo? Vale, pues no lo sabréis.
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Avanza unos pasos y nos planta cara de nuevo.
—Os lo voy a decir de todas maneras. Bien, se abre la boca y se mete la
lengua en la boca de la mujer. ¡Eso es!
No hay ninguna reacción.
—¡Se tocan las lenguas, eso es! No es para tanto. Se hace así.
Abriendo los brazos como si sujetase a una mujer, inclina la cabeza hacia
la derecha, saca una lengua puntiaguda de entre sus finos labios y hace
muecas con ella en todas las direcciones.
¡Qué rara práctica! Están locos estos romanos. Menos mal que no mascan
bolitas de chemma. La lección de Rabah ha captado la atención de todo el
mundo. El monitor se ha dado cuenta de la perplejidad de su auditorio, así que
se acerca a Saida para pasar a las clases prácticas.
—No te muevas, Saida. Vamos a enseñarles cómo se besan los franceses.
Primero se queda sorprendida y desconcertada, luego da la vuelta,
abandona la cartera entre los matorrales y pone pies en polvorosa hacia su
casa. Yo no he entendido lo que ha pasado, pero me río a mandíbula batiente
al ver cómo Rabah también se ríe a carcajadas.
El convoy arranca de nuevo.
Saida ya está lejos, pero se vuelve y, con las dos manos en la boca a modo
de altavoz, amenaza:
—¡Cochino! Se lo voy a contar todo a tu padre y a tu madre.
Mi primo se ríe todavía más fuerte. Y todo el mundo se ríe. El cansancio
por la mala noche pasada casi ha desaparecido.
Rabah se acerca a mi hermano.
—¿Tú no lo sabías, cómo se besa a una mujer?
—No. Y a ti ¿quién te lo ha dicho?
—En el mercado… Lo he aprendido en el mercado, eso y más cosas. ¿Por
qué no vienes a trabajar conmigo los jueves y los domingos por la mañana?
—Mi padre no quiere que vaya a trabajar al mercado…
—Pasa de tu padre. ¡Yo no he preguntado en mi casa!
—Sí, pero tu casa no es la mía…
—Haz lo que quieras. Pero si quieres ganar pasta…, y aprender a besar a
las chicas con lengua, tienes que venir.
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—¿Cuánto ganas? —pregunta Moustaf.
—Un franco y medio cada mañana… sin contar con toda la fruta y la
verdura que me da cuando se acaba el mercado, la que está estropeada y no se
ha podido vender… pero no creas que está podrida. Me la llevo a casa.
Moustaf lo sabe perfectamente. ¡Cuántas veces ha visto al primo llegar a
la Chaâba con los brazos llenos de bolsas de fruta y verdura, y dar una vuelta
por las chabolas repartiendo plátanos, patatas, ciruelas, cebollas!
—A mi madre no le gusta que reparta las cosas a todo el mundo. Dice que
tengo que llevarlo todo a casa, para nosotros. Pero es demasiado y hay que
comérselo enseguida, si no se estropea —dice.
Zidouma no aprecia mucho la extrema generosidad de la que hace gala su
hijo mayor. Ya ha intentado, en vano, frenar ese ímpetu.
Moustaf no dice nada. Se queda pensativo.
Después de varios días, la lucrativa actividad de Rabah ha hecho nacer
nuevas ideas en las madres de familia. Las monedas y la fruta y verdura,
aunque esté demasiado madura, son mucho mejor que aguantar a los chicos
de la Chaâba durante toda la mañana.
En casa, mi madre no habla más que de mercados. Quiere que nos
hagamos vendedores a toda costa.
—¡No tenéis vergüenza, haraganes! Mirad a Rabah: al menos él lleva
dinero y verdura a su casa. Y vosotros ¿qué me traéis, aquí todo el día
pegados a mi binuar? ¡Qué moufissa…! ¡Oh, Allah! ¿Por qué me has dado
unos hijos tan inútiles? —se queja durante todo el día.
La idea de vender aceitunas los días que no hay escuela no me entusiasma
en absoluto. Además, nuestro padre nos tiene prohibido ir a trabajar al
mercado. Nos ha dicho:
—Prefiero que trabajéis en la escuela. Voy a la fábrica por vosotros, si
hace falta me reviento, pero no quiero que seáis como yo, un pobre
trabajador. Si os hace falta dinero, yo os lo daré, pero no quiero ni oír hablar
del mercado.
Yo estoy completamente de acuerdo con él.
Antes de taparme con la colcha, Moustaf viene a verme.
—Mañana por la mañana tú te vienes conmigo, iremos al mercado con
Rabah y sus hermanos. Mamá tiene razón, no hay ningún motivo para que
nosotros no trabajemos también.
—¡Yo no tengo ganas de ir!
—No tienes ganas de ir… no tienes ganas de ir… ¿Te piensas que eres un
bebé o qué? Tú te vienes conmigo y ya está.
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Dicho esto, vuelve a su cama. Yo, completamente decidido a seguir en
mis trece, no tardo en dormirme.
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Después de bordear el terraplén donde la hierba y los matorrales aún se
doblan bajo el peso del rocío, tomamos la avenida Monin, por la que de vez
en cuando aparece alguna casa prefabricada. A través de los postigos cerrados
no se filtra la más mínima luz. Aquí todo el mundo duerme.
Rabah se saca del bolsillo un paquete de cigarrillos, y se coloca uno entre
los labios. No sabía que fumaba. Explica la estrategia a seguir cuando
lleguemos al lugar de las contrataciones.
—Vosotros esperáis a que un vendedor llegue a su lugar con la camioneta.
En cuanto comience a montar el puesto, vais hacia él y le decís: «¿Tiene
trabajo para mí, señor?». Es sencillo.
«¿Tiene trabajo para mí, señor?». Una frase ridícula. No me atrevo a decir
esas palabras.
Las siete menos cuarto. Llegamos a la plaza del mercado. Hemos andado
muy rápido para llegar antes que los patrones, pero aun así ya hay algunos
delante de sus puestos. Otros se apresuran a montar los mostradores.
Estamos agrupados en mitad de la plaza, con los ojos fijos como focos
sobre todos los coches que se acercan. Rabah localiza a un patrón, corre a
saludarle y vuelve hacia nosotros a los pocos minutos para darnos ánimo.
—¿A qué esperáis? Hay que ir a preguntar… No son ellos los que van a
venir a buscaros —dice con tono de tenernos lástima.
Empuja a uno sus hermanos por el hombro:
—Venga, tú, ve a preguntarle a ese gordo de ahí.
Lo hace. Todos observamos la maniobra, atentos, ansiosos. Esto marcha.
Uno colocado.
Al final todos los demás han encontrado trabajo. Me encuentro solo en
medio de la plaza, temblando de miedo y de angustia. Me da vergüenza decir:
«¿Tiene trabajo para mí, señor?». Los minutos pasan y los vendedores llegan
de todas partes, llenando todos los espacios libres con sus mostradores llenos
de frutas y verduras.
Abajo, a la izquierda, veo a Moustaf descargar cajas de peras de una
camioneta dos caballos. Tengo ganas de llorar. Con los brazos y los ojos, me
hace señales para que me ponga en marcha. ¿Qué hago? ¿Volver a la Chaâba
y desayunar otra vez como Dios manda? A mi madre no va a hacerle mucha
gracia.
Me acerco a una pareja de viejos que doblan el espinazo bajo el peso de
unas cajas de cartón:
—¿Tiene trabajo para mí, señor?
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—No gracias, hijo. Ya somos dos, es suficiente —me responde el hombre
sin darse la vuelta.
Un fracaso bochornoso. Rojo de vergüenza, me doy la vuelta hacia
Moustaf para darle a entender que ya no tengo ganas de pedir trabajo. Él hace
caso omiso a mi dimisión, y enseguida me señala a otro vendedor que
descarga el coche.
—Venga, mírale ahí abajo. Está solo. Venga, ve ahí. ¡Ánimo! Si no, va a
ser demasiado tarde. Venga, corre. ¡Coge aire!
Me acerco poco a poco al hombre que acaba de llegar. Es tarde y se
mueve rápidamente, sin verme. Intento ponerme cerca de él y le suelto la
fórmula ritual. Se da la vuelta hacia mí, durante uno o dos segundos sigue
enfrascado en su tarea. Al final, habla:
—Es un poco tarde, chaval, ya casi he terminado por hoy. Mira, ya no me
quedan más que algunas cajas para descargar… Pero vuelve a pasarte a
mediodía, si quieres.
—¿A mediodía? De acuerdo… Muchas gracias, señor. Muchas gracias.
Estaré aquí a mediodía.
Resignado, corro a anunciarle las cláusulas de mi contrato a Moustaf, que
ahora está trabajando sin parar. Le pido permiso para volver a casa a esperar
que llegue el mediodía, pero me dice que está demasiado lejos:
—Tú te quedas aquí hasta mediodía. No sirve de nada irte a la Chaâba si
luego tienes que volver.
—Bueno, entonces me voy a dar una vuelta por el mercado.
Con las manos en los bolsillos y el cuello subido hasta la barbilla,
deambulo entre los puestos cubiertos con parasoles variados, que ofrecen en
un organizado desorden una impresionante variedad de frutas y verduras,
coloreando la plaza del mercado con predominio del verde y del amarillo. El
vendedor de pan y el de juguetes están uno al lado del otro.
Un poco más allá, el pescadero añade su propio aliento a los fuertes olores
que emana la mercancía. Las mujeres se apelotonan a su alrededor. Me subo
el cuello hasta la nariz para escapar de los efluvios del pescado, y continúo
abriéndome paso con dificultad entre los sacos, los carros y los perros sueltos.
¡Caramba! Hacène el dormilón detrás de su puesto. Ahora tiene los ojos
abiertos. Sonríe al verme, sin atreverse a dirigirme la palabra, seguramente a
causa de su patrón. Algunos metros más allá adivino la voz de Rabah por
encima de todas las demás:
—¡Compren mis ciruelas, tendrán las piernas más bellas! ¡Compren mis
ciruelas!
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Es su jefe quien le manda gritar esa extraña frase. Me acerco a él para
contarle mi decepción.
—Pero hay uno que me ha dicho que vuelva a mediodía.
—Escucha. Mira aquí al lado, a mi derecha. ¿Ves a esa viejecita que
vende lechugas? La semana pasada había un chico con ella que hoy no ha
venido. Tienes que ir ahí, seguro que te coge.
La viejecita es realmente vieja, y sus piernas apenas la sostienen. Incluso
su mostrador parece demasiado pesado para ella. Acepta contratarme
inmediatamente, pero con una condición:
—Sólo puedo darte cincuenta céntimos.
—¡De acuerdo, señora! —le digo con mi voz más dulce, contentísimo de
haber encontrado alguien que me dé trabajo.
No hay que ser demasiado remilgado con el primer trabajo.
Al mediodía, cuando acaba el mercado, la pobre señora no ha vendido
más que la mitad de sus lechugas. ¡Y no me da ninguna para que me la lleve a
casa! La he ayudado a desmontar su puesto y a volver a meter la mercancía en
el coche. Cuando terminamos, me tiende en la palma de su mano tres
monedas que suman cincuenta céntimos. Casi no me atrevo a aceptarlas.
Me uno a Moustaf y a los demás. Durante todo el camino de vuelta a la
Chaâba me toman el pelo con la vieja de las lechugas. Pero soy rico, y eso es
lo único que me importa.
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Además, hace bueno. Un desayuno en la terraza soleada para comenzar la
dura jornada de descanso que se avecina no le hace mal a nadie.
—¡Aquí estás! ¡Vete a comer fuera, con la cabra y los conejos! Al menos,
ellos sirven para algo…
A modo de respuesta, saco mi enorme lengua de su escondite y la dirijo
hacia ella, puntiaguda, odiosa, desvergonzada, soltando un berrido.
—¡Hijo del demonio! —me grita, tirándome la bayeta mugrienta.
—Cuando vuelva Abué, le voy a contar que me has dicho que es un
demonio.
Ella ruge a más y mejor.
—¡Ay! Satán, ¡no te lo llevarás al Infierno!
—¡Seguro que no!
—¡Vago!
—Sí, vago y a mucha honra. Y además le voy a decir a Abué que nos
quieres mandar al mercado.
Y le suelto un balido de oveja.
Mientras ella vuelve a su tarea, dolida por mi amenaza, dejo el tazón en el
poyete de la ventana y me voy al terraplén. Me siento fenomenal.
Pongo mis posaderas en un montón de ladrillos rojos que se usa
habitualmente como yunque, y apoyo la espalda contra el muro del jardín. Mi
mirada se pierde en el inmenso bosque que separa la Chaâba de las orillas del
Ródano. Eso es mucho mejor que toda una mañana de lechugas a cincuenta
céntimos.
—¡Hola Azouz! ¿Ya te has levantado? —pregunta Hacène, uno de los
hermanos de Rabah.
—No, si te parece sigo durmiendo. ¿Y tú?, ¿no has ido al mercado con tus
hermanos?
—¡No!
Con la manga, intenta frenar el río de lava pegajosa que se le escapa por la
nariz. Así. Ya está. Una vez parada la hemorragia nasal, continúa:
—La última vez el patrón me dijo que ya no le hacía falta. Creo que
porque me vio robar una caja de fruta.
—¿Qué hacemos? ¿Vamos al bosque?
Sorteando la alambrada de espino, nos adentramos entre los árboles, diez
veces más altos que nuestras chabolas, y muchísimo más espesos que nuestras
pelambreras. Aunque hay que decir que Hacène tiene más bien pinta de gauri,
con su cabello claro y sus ojos tirando a azules…
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De las copas cuelgan lianas, que se enrollan alrededor de los troncos y
llegan hasta el suelo lleno de raíces.
Mi compañero se agacha, corta un trocito de liana y se la pone en la boca.
Del bolsillo saca un rascador y una cerilla, enciende el palito y aspira hasta
quedarse sin aliento. El palo se pone rojo en la punta.
—¡Toma, fuma!
—No, no quiero.
—Por lo menos, pruébalo.
—Te digo que no. ¡Déjame, con tu palo y tu humo!
Continuamos nuestro camino, dejando un rastro de olor a humo de liana.
—Tu palito apesta. ¿No te irás a fumar eso dentro de la cabaña?
Bien asentada bajo el cobijo de un fuerte roble, la cabaña sigue ahí, a
pesar de su frágil aspecto.
Los días que no hay escuela nos pasamos allí las horas muertas con los
otros chicos. Las chicas vinieron una vez para hacer la limpieza, pero cuando
se dieron cuenta de que queríamos jugar a los papás y las mamás, no
quisieron tumbarse en los cartones del suelo. Desde entonces no hemos vuelto
a hacer nada destacable en la cabaña, excepto hablar y hablar durante horas,
pero se está bien.
En sus propias cabañas, nuestros padres no se preocupan por nosotros
durante el tiempo que estamos allí. Así que le propongo a Hacène:
—¿Y si vamos a buscar nuestras cosas y nos quedamos hoy aquí?
Me dice que sí, y nos volvemos a la Chaâba a paso ligero.
En casa, mi madre todavía no ha terminado de limpiar. Ya se había
olvidado de que le había sacado la lengua. Me cuelo en la cocina, sin olvidar
limpiarme antes los zapatos llenos de barro en el trapo puesto en el suelo, y
abro la puerta de la alacena. Envuelvo mi almuerzo en un trozo de papel de
periódico y me lo ato al cinturón. La idea de comer hierbas y raíces para
hacerlo todo más auténtico no me seduce demasiado, así que cojo tres
terrones de azúcar y todo el pan que puedo.
Me reúno con Hacène en la linde del bosque. Su madre, a modo de
merienda, le ha aplicado un bofetón con sus cinco dedazos mientras le
tachaba de inútil. Yo le tranquilizo:
—A mediodía nos repartiremos mis terrones de azúcar, y además vamos a
cazar. Ya verás como no nos morimos de hambre.
Sentados dentro de la cabaña con las piernas cruzadas, Hacène me da
conversación mientras fabrico flechas con ramitas verdes, poniéndoles en la
punta los plumines que he cogido del tintero de la escuela.
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Ya estamos preparados para ir de caza, con el arco en bandolera.
—¡Vamos a comernos primero el almuerzo! Nunca se sabe… por si acaso
no cazamos nada.
Le gusta la idea. Cada vez que muerde el azúcar, es como si royese la
carcasa de un jabalí recién cazado en el bosque salvaje. Yo le imito.
Algunos minutos después, teniendo cuidado de no pisar las hojas secas,
nos deslizamos entre los arbustos y los árboles, buscando caza.
A los pocos pasos, Hacène pierde la paciencia:
—Por aquí no hay nada. Yo me vuelvo a casa.
—No, espera un poco. Y además lo que pasa es que haces demasiado
ruido. Por eso se han espantado los animales.
Seguimos sin ver gran cosa que llevarnos a la boca. Ni conejos, ni
jabalíes, ni zorros, ni ciervos: solamente pacíficos pajarillos, que seguramente
se están riendo de nuestras pintas.
—Mira, ahí… ¡una paloma!
La observo con los ojos abiertos de par en par y me exaspero ante la
ignorancia de mi compañero cazador:
—No es una paloma, es un petirrojo. No hay que matar esos pájaros, no se
pueden comer.
Llegamos a un claro bañado por un rayo de sol que traspasa la espesura de
los árboles.
—Bueno, ahora vamos a esconder nuestras armas en este agujero y vamos
a cazar con una trampa.
Me mira trabajar, perplejo. A toda prisa fabrico un rectángulo con cuatro
palos y lo cubro con una red. Apoyo el artilugio sobre uno de los lados
estrechos, y el otro lado lo mantengo en el aire con una ramita apoyada en el
suelo. Es como una boca que puedo cerrar gracias a un cordel atado a la
ramita que mantiene la trampa abierta.
La jaula está lista para recibir a la presa.
Esparzo en el centro las migas de pan que había desmenuzado para atraer
a los pájaros.
Escondido detrás de un enorme roble algunos metros más allá, cordel en
mano, espero que se presente algún amante de las migas.
Hacène se emociona al ver un jilguero picotear su inesperado hallazgo. Le
pido, con una señal, que contenga la emoción. El pájaro está ahora en el
centro de la trampa. Tiro bruscamente del cordel: ¡hecho! Corremos hacia la
trampa. Sorprendido, el pájaro no se mueve. Ahora hay que levantar la trampa
y coger el pájaro con la mano. Propongo:
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—Yo levanto la trampa y tú agarras al pájaro.
—¡Estás loco! Vamos a hacerlo al revés —se revuelve.
—¡Tienes miedo!
—Tú también.
—Bueno, pues déjalo, cojo el pájaro yo solo. Pero cuando esté asado, tú te
comerás las patas y las plumas, ¿de acuerdo?
Se queda callado. Mis manos tiemblan al levantar la trampa y, con un
batir de alas que me pone la piel de gallina, la víctima consigue librarse de su
prisión y vuelve otra vez al reino de los cielos, mientras se burla de nosotros.
Le acuso:
—Mira, por tu culpa, ¡miedoso!
Él se defiende otra vez:
—Tú tenías todavía más miedo que yo.
—Bueno, ya está bien, nos volvemos. Me pones nervioso. Y además no
vuelvo a cazar contigo nunca más.
Acelerando para evitar la compañía del miedica, vuelvo a la Chaâba, sólo
con un terrón de azúcar y un poco de pan en la barriga.
A medida que me acerco a las chabolas, se notan señales de una agitación
fuera de lo normal.
Apartando las zarzas, me agacho para colarme entre dos alambres de
espino y salgo al terraplén que está frente al barrio. El zafarrancho de
combate es extraordinario. Los chicos corren en todas las direcciones, unos
entran y vuelven a salir de sus casas, otros aplauden y dan brincos, los más
pequeños lloran en brazos de sus hermanas; algunas madres asoman la nariz
para intentar adivinar la causa del bullicio.
Volviendo la mirada al otro lado del terraplén, comprendo de qué se trata.
Subiendo por el caminito, con su enorme morro metálico, avanza muy
lentamente, como un enorme carrito de los postres, un majestuoso camión de
la basura lleno hasta los topes, desbordante de tesoros.
La alerta se ha dado demasiado pronto: tengo que darme prisa. Corro a
casa a dejar el arco. Al pasar, mi madre me dice:
—¡Rápido, tus hermanos ya se han ido!
Apenas he tenido tiempo de volver a salir cuando la caja fuerte ambulante
llega a la altura de las chabolas, y toma el camino lleno de baches que
conduce al Ródano. Los chicos corren detrás de él para tomarlo al asalto. Los
más valientes y ágiles se suben al volquete para llegar los primeros al
vertedero. Los más pequeños intentan imitarlos, se caen al suelo, titubean y
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vuelven a correr. Otros son literalmente pisoteados por la horda
descontrolada. Peor para ellos. Menos mal que el camión va despacio.
Llegamos a la orilla del río. El camión da marcha atrás y comienza a
descargar ante nuestras miradas ávidas. En cuanto cae del volquete el último
trocito de papel, todos nos lanzamos sobre unos pocos metros cuadrados de
inmundicias, que inmediatamente quedan decretados como propiedad privada.
—¡Éste es mi sitio! —proclama Rabah abriendo los brazos y las manos
para indicar el espacio que ocupa.
—¡Todo esto es mío! —replico con voz autoritaria.
Y comienza la minuciosa búsqueda. Remangado hasta los hombros y con
los pantalones recogidos hasta el ombligo, empiezo a sacar del montón de
desperdicios ropa, viejos pares de zapatos, y sobre todo juguetes, botellas,
libros, tebeos, cuadernos a medio escribir, cordeles, platos, cubiertos…
Mientras tiro con fuerza de un neumático de bicicleta que está tapado por
unos cartones, me rasguño la mano con una lata de conservas abierta.
Algunos metros más allá, Rabah se da cuenta de que me he herido, y me grita
que voy a morir de la enfermedad de los vertederos si no vuelvo a casa a que
me curen. Me doy cuenta de que quiere apropiarse de mi sitio. No tiene nada
que hacer: no me muevo de encima de mis tesoros.
Rabah sonríe, y estalla en carcajadas al darse cuenta de que no he caído en
la trampa. Como buen jugador, me tiende un paquete de galletas que acaba de
sacar de entre una pila de libros viejos. Pausa en la faena para picar algo.
Al pie de la montaña de porquerías, Moustaf rueda sobre la basura,
agarrando por los pelos a alguien a quien no consigo ver la cara. Se pelean.
¡Seguramente ha habido una violación del derecho de propiedad! Alrededor
de ellos los demás continúan con su búsqueda, sin desviar la mirada.
Uno de los hermanos pequeños de Rabah, al darse cuenta de lo escaso de
su botín, se acerca a mis dominios. Yo le advierto:
—Quédate donde estás. ¡A partir de ahí es mío!
Me obedece. Sabe que, de todos modos, el botín de su familia va a ser
importante.
Inmediatamente después de que el camión de la basura fuese avistado,
Rabah había avisado a toda su familia para organizar una expedición rentable.
Los que han venido solos no se llevan gran cosa.
Después de una minuciosa investigación, cuando todos los cartones y las
cajas ya han sido registrados, decido volver al campamento. Para transportar
los tesoros a mi cueva, ato un trozo de cuerda a una caja, y meto todo
revuelto, libros, cubiertos, juguetes, trapos, y la arrastro detrás de mí por el
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camino lleno de baches. Los demás me imitan, y enseguida formamos una
auténtica procesión de traperos, levantando detrás de nosotros una tremenda
nube de polvo.
Mientras me dispongo a descargar mi caja, veo que la Louise se acerca a
mí. Lleva puestas sus botas altas de trapero, y lleva en la mano el palo que usa
para hurgar en la basura. Parece que está de mal humor:
—¿Ha venido un camión? —pregunta.
—Sí, pero ya se ha acabado. Está todo rebuscado… —digo ingenuamente.
Ella insiste:
—¡Seréis cerdos! Habríais podido avisarme. Por cierto, ¿dónde está
Rabah?
—Está ahí detrás. Todavía no ha terminado.
Se da la vuelta bruscamente y se marcha en dirección al Ródano.
La Louise vive con su marido en la casita de hormigón que está al lado del
bulevar. Es una viejecita de alrededor de un metro cincuenta y cara redonda
rematada por una escasa cabellera, casi siempre teñida de henna.
Su marido es el señor Gu. Cuando no está trabajando, se ocupa del jardín.
Taciturno, calvo, apagado, siempre pálido, de ojos saltones, a menudo
perplejo ante las excentricidades de su mujer. Nunca pudo hacerle hijos a la
Louise, pero en la Chaâba han encontrado descendencia suficiente como para
formar una familia millonaria base de subsidios familiares.
Se acerca a Rabah, que con esfuerzo está metiendo un motor de
motocicleta en un cajón ya desbordante de los objetos más heterogéneos.
Dándose golpecitos con el palo en la bota, le regaña:
—¡Supongo que te has olvidado de venir a buscarme! Ya, ya: cuando
llega un camión, tenemos mucha prisa, no hay tiempo de ir a avisar a la
Louise…
Con la cabeza gacha, él farfulla algunas palabras incoherentes:
—Yo sabía que tú querías venir… Yo quería…
—Tú querías… El señor quería… ¡Me estás engañando! ¡Querías
guardarte para ti solo todas las cosas! ¡Confiesa! ¡Y la Louise te hubiera
quitado algo!
—No, no es eso.
—Entonces, ¿por qué no has venido a buscarme?
Rabah inclina la cabeza, avergonzado, exasperado por la vieja.
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—Detesto esa manera que tienes de apartar la mirada. ¡Mírame cuando te
hablo! A los ojos, ¡aquí!
Él no habla, no la mira, ata un cordel a su cajón y se dirige al camino sin
mirar atrás. Detrás de él, la Louise se queda plantada en mitad del montón de
desperdicios. Le maldice.
—Te haces el listo, Rabah. ¡Pero sabes que si juegas conmigo tú saldrás
perdiendo!
A él le importa un rábano. Desde hace un rato no piensa más que en su
motor de motocicleta.
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Rodeamos las jaulas hasta llegar a la entrada de la casa. Entonces,
entramos a la cueva de Louise Babá.
El señor Gu ya está allí. Balanceándose en su silla, fuma tranquilamente
su pipa y sonríe al vernos pasar.
La habitación es muy estrecha y oscura. Sólo una ventanita que da a la
circunvalación se abre al exterior. Encima de ella, un reloj de madera suena a
cada hora, y sale de él un ruiseñor de colores que canta cucú para anunciar la
hora.
La Louise nos sienta alrededor de una mesa en el centro de la habitación,
demasiado pequeña, desafortunadamente, para acoger a la cuarentena de
chicos que se mueren de ganas de visitar el castillo.
Echa litros y litros de leche en una enorme olla que pone sobre el fogón,
coloca un tazón delante de cada uno de nosotros, echa en ellos una cucharada
de cacao en polvo, corta rebanadas de pan y pone a nuestra disposición la
mantequilla y la mermelada.
Espero mientras miro hervir la leche.
Y después empieza la gran merendola. Las dulces rebanadas viajan entre
el tazón y mi boca a una velocidad que deja perplejo al señor Gu. Él sabe que
en nuestras casas nunca hay chocolate, ni mermelada. Para la merienda, sólo
tenemos pan y terrones de azúcar.
Silenciosamente, disfruto del momento.
—¿Ya habéis terminado? —pregunta la Louise.
La merienda ya está digerida.
—Bueno, entonces os vais todos a limpiar el jardín con el señor Gu, ¿de
acuerdo?
—¿Qué hay que hacer, Louise? —pregunta Moustaf.
—Hay que quitar las hojas muertas, arrancar las malas hierbas y pasar el
rastrillo. Pero seguid al señor Gu, él os lo enseña…
Los voluntarios están preparados para la tarea. Es el precio que hay que
pagar para poder ser elegido el jueves siguiente.
¡Muerto de envidia! Rabah se puso muerto de envidia al vernos salir del
palacio, hartos de comer.
La Louise le ha dado a su rival donde más le duele, le ha humillado
delante de todos los chicos. Pero si se pensaba que iba a ganar el combate tan
fácilmente, era que no conocía bien a Rabah.
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Desde hace algunos días, en un rincón de la Chaâba que ha reservado para
sus asuntos personales, Rabah está criando media docena de pollitos, que pían
y dan saltitos en una caja de cartón durante todo el día. Se piensa que es el
único que conoce el origen de los bichos, pero en la Chaâba todo el mundo
está enterado.
De tanto observar, fascinado, el gallinero de la señora, ha decidido birlarle
algunos ejemplares, los suficientes para montar su propio gallinero.
Una noche cortó la alambrada que daba a la gran jaula en la que estaban
las gallinas, y se agenció todos los huevos que éstas empollaban
amorosamente. Previamente, había tenido la precaución de neutralizar a Polo,
dándole de vez en cuando trozos de carne fresca, jugosos huesos y patas de
gallina, a los que el animal no pudo resistirse por mucho tiempo. Dejarlo
fuera de la circulación le había costado varios días, hasta que Rabah notó que
siempre le reconocía, y que cuando se acercaba no ladraba, sino que lo
saludaba sacando su babosa lengua. Completamente confiado y delante de las
narices del perro, hizo un agujero por el que se coló en el gallinero a saquear a
las gallinas.
Ahora el gallinero del chico va viento en popa, y sigue manteniendo con
Polo una excelente relación, mientras la Louise se pregunta por la enfermedad
que sufren sus gallinas. Su perro no manifiesta ninguna señal de nerviosismo,
así que descartó enseguida la idea del robo.
Sin embargo, cuando pone a Moustaf al corriente de la situación, ya tiene
algunas dudas:
—Es raro, desde hace varios días, cuando está sentado a mis pies en la
terraza, Polo no para de mirar al gallinero. Tengo la impresión de que quiere
enseñarme algo…
Moustaf se hace el sorprendido. Él sabe dónde están los huevos y los
pollitos de la Louise, pero no dice ni una palabra por solidaridad con su
primo. Enormemente intrigada por la obsesión de su perro, la Louise decide
seguirle un día. Él la lleva, por supuesto, al gallinero, y mira fijamente el
agujero por el que se cuela el ladrón de pollos que regularmente le llena la
panza. La Louise comprende inmediatamente los motivos de la esterilidad de
sus gallinas.
—¡El muy cerdo! —dice volviendo la mirada hacia la Chaâba.
Al caer la noche, como de costumbre, el ladrón se presenta ante la entrada
del agujero, pero esta vez no ve al perro. De todos modos se cuela en el
jardín, confiado. Cuando va a poner la mano sobre un huevo para echarlo a su
morral, el enorme lobo se abalanza sobre él, como un murciélago gigante.
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Pone las dos patas sobre el pecho del intruso y está a punto de arrancarle la
cara de una dentellada cuando la Louise grita:
—¡Polo! ¡Basta!
Y la bestia se queda quieta, como una estatua.
Acercándose a la presa, la señora se asusta de su palidez y su respiración
entrecortada. Lo hace entrar a la casa, le da de beber. Rabah recupera el
aliento y lo cuenta todo.
El mismo día siguiente, el asunto queda olvidado y el agujero de la
alambrada reparado. Las gallinas de la Louise vuelven a tener pollitos. Rabah
se ha quedado con los suyos, pero en el jardín de al lado ha hecho un gran
enemigo. Es Polo quien ha tenido la última palabra.
A la altura del caminito que sale de la Chaâba y llega hasta el bulevar, tres
putas trabajan a la sombra de los plátanos. Esperan allí durante el día entero,
en la acera, vestidas con shorts y minifaldas que dejan al descubierto unas
piernas larguísimas, enfundadas en medias de seda.
En dos o tres ocasiones Hacène y yo hemos ido a observarlas, fascinados
por la gama de colores con que se pintan la cara. Al principio, él pensaba que
se pintaban así para que sus maridos no las reconociesen si las veían aquí.
Pero yo sabía que lo hacían sobre todo para gustar a los señores que pasan en
coche por el bulevar.
—¿Has visto todos los cigarrillos que se fuman? —dice Hacène.
—Eso es porque no tienen nada que hacer en todo el día. Fuman para
pasar el rato.
—Venga, hay que pirarse —dice—. Una nos ha visto.
Agachados, retrocedemos hasta estar fuera de su campo de visión y
llegamos a la Chaâba por el bosquecillo, para no llamar la atención. ¡Qué
vergüenza si nos pillan espiando a las putas del bulevar…!
A las cuatro, la Louise sale de su jardín para designar a los elegidos para
la merienda. Esta vez Rabah forma parte del contingente.
Mientras nosotros devoramos los acostumbrados dulces, la Louise da
media vuelta de repente y corre hacia la ventana, la abre de golpe y se pone
hecha una energúmena. Un paseante ha osado lanzar una mirada curiosa hacia
la casa mientras caminaba por la acera del bulevar, que está apenas a tres
metros de distancia.
—¿Qué pasa? ¿También quiere entrar? ¡Tenemos café caliente!
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Visiblemente extrañado y sorprendido, el hombre sigue su camino sin
decir palabra.
La Louise grita que son las putas las que atraen a nuestras casas a los
coches y a estos tipos sospechosos, que andan despacio, con las manos en los
bolsillos, y atraviesan el barrio por todo el centro, sin dejar de mirar a su
alrededor como si los estuvieran siguiendo.
Hace dos días, otras chicas han venido a instalarse en la orilla del Ródano,
al final del caminito, y también en el tercer sendero que sale del barrio, justo
al final del terraplén.
Estamos rodeados por las putas y por la fauna que atraen.
El mal humor de la Louise no nos quita el apetito. Se sienta al lado de
Rabah para hablar, como adultos, de la nueva situación que han provocado las
peripatéticas. Intercambio con Hacène una mirada cómplice. La Louise debe
de pensarse que somos demasiado pequeños para hablar de estas cosas.
—Tenemos que ocuparnos seriamente de este asunto —concluye, con la
aprobación de Rabah.
Todos salimos de la casa. A su paso, Rabah y Polo cruzan las miradas.
Mi padre está sentado en el suelo, sobre un cartón, hablando con los
demás hombres. La Louise se dirige al grupo, estrecha la mano a todo el
mundo e inicia una conversación sobre las putas, mientras se enciende un
Gauloise sin filtro.
—Hay que hacer algo, señor Begag… No nos vamos a dejar pisar por esas
putas.
Después de comprobar que los niños están a suficiente distancia como
para no oírle, Bouzid le da la razón a la gauria.
—Tienes «razún», Louise. Hay que echar de aquí a esas «butas». ¡No es
bueno para los «niñus»!
El viejo está de acuerdo en pasar a la acción para purificar la atmósfera de
la Chaâba.
El sábado siguiente, se pone en marcha la primera expedición contra las
vendedoras de encantos.
A juzgar por los tremendos frenazos en el asfalto del bulevar, el sábado es
un buen día para las putas.
La Louise le había pedido a Bouzid autorización para ir a cazar al diablo
con las mujeres de la Chaâba. Después de dudar un rato, terminó por aceptar.
Ese mediodía, la Louise reunió a mi madre, a Zidouma y a todas las
mujeres fuertes.
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Con paso decidido, la compañía de binuars multicolores se dirige al
caminito que lleva al bulevar, siguiendo a la mujer de los pantalones. Algunas
de ellas se han tapado la cara con un paño para mantenerse en el anonimato.
—Compañía, ¡en marcha!
Ya hay muchos coches aparcados en la acera, entre los plátanos.
Dirigiendo las maniobras, la Louise se pone ante las putas. Dentro de un
vehículo, una chica sube y baja la cabeza con movimiento acompasado. Una
de las mujeres de la compañía acerca la nariz al cristal. Suelta un grito de
horror:
—¡Ay, Dios mío!
Está pálida, y se maldice por haber puesto sus ojos en ese horrible
espectáculo. Viendo a la jauría lanzarse sobre ellas, las putas se agrupan para
sentirse más seguras. Entonces la Louise ordena detenerse a la horda, y
después, plantando cara a las mujeres de mala reputación, toma la palabra:
—¡Pandilla de guarras! ¡Vais a dejar de hacer vuestras cochinadas en
nuestro barrio! ¿No veis la cantidad de niños que hay por aquí…? ¡A hacer
puñetas al campo, y ahora mismo!
—Sí, marchaos de aquí, ¡putas! —sigue Zidouma.
Las otras mujeres asienten.
Sorprendidas al principio por la delegación que ha venido a amenazarlas,
las chicas reaccionan con chulería. Una de ellas, la más vieja, da un paso al
frente, altanera:
—¿Quién te crees que eres, abuela? ¿Te piensas que nos dais miedo, tú y
tus moras? Estás loca. ¿Nos ves bien, a todas? ¡Vete a la mierda! ¿Me
escuchas? ¡A la MIERDA! Nos vamos a quedar aquí y tú te vas a volver a tu
jardín con tu rebaño de vacas árabes, ¿de acuerdo? Venga, desaparece de mi
vista.
¡Guau! La réplica dejó a la Louise de piedra. Las mujeres árabes no han
entendido nada, pero dicen a todo que sí.
—¡Todas marcha atrás! —ordena la jefa a su grupo.
Y sin más, la compañía regresa a las chabolas. Se ha declarado la guerra
contra las putas. Por el camino, la gran dama de la Chaâba elabora un plan de
ataque.
—Les voy a mandar a los críos para que les pateen el culo. ¡Van a ver
esas guarras quién se marcha de aquí!
Detrás de ella, las del binuar dicen otra vez que sí.
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Profundamente herida ante la reacción de las putas, la Louise llama a los
chavales de la Chaâba a la movilización general.
A las siete estamos todos allí, todo oídos ante la explicación de su
estrategia.
—Os tenéis que esconder todos a unos diez metros del lugar en el que
están ellas. Cuando Rabah dé la señal, empezáis. Al terminar, os volvéis aquí
corriendo…
El auditorio aprueba las reglas de juego. Mientras Rabah es nombrado
oficialmente jefe de las operaciones, cada uno de nosotros recibe una misión y
un grado. Afortunadamente, yo no formo parte del comando de choque. Sólo
me encargan que tome nota de los números de matrícula de los coches
aparcados en la acera.
—Si tienes miedo de olvidarlos —me dice la Louise—, no tienes más que
escribirlos en la valla del bulevar.
Ella piensa que la mayor parte de los hombres que visitan a las mujeres
están casados, y que si se oponen a nuestra campaña de desratización, les
diremos que hemos apuntado sus matrículas.
—¡Vamos a llamar a tu mujer, haluf!
La Louise afirma que ésta es una garantía de éxito seguro, pero yo creo
que si voy a dar con un soltero empedernido lo llevo claro.
El comando se pone en marcha. Nos acercamos todo lo posible a nuestro
blanco, y nos escondemos tras los matorrales. Llevamos las manos y los
bolsillos llenos de piedras de todos los calibres. Yo me detengo un poco antes
que el comando de choque, pero también voy armado: nunca se sabe.
En el sendero, el comercio de la felicidad efímera va viento en popa. Dos
putas trabajan dentro de unos coches, mientras que los hombres que esperan
turno patalean de impaciencia dentro de los suyos.
Perfectamente camuflados, los guerrilleros de la Chaâba esperan el grito
de guerra. De repente, Rabah se lleva dos dedos a la boca y silba. Todos los
críos se levantan de un salto, perfectamente sincronizados.
Yo me agacho. Me tiemblan las rodillas de miedo.
Una lluvia de piedrecitas cae sobre los coches como si fuera granizo. Las
carrocerías acusan el impacto. Los parabrisas se rompen en pedazos. Hombres
y mujeres salen de los coches; al descubierto, son recibidos por una lluvia de
piedras, y huyen en todas las direcciones, poniéndose las manos sobre cabeza.
La puta que se había puesto gallito con la Louise también ha salido por
piernas. En su huida, se le ha abierto el bolso y todo el contenido queda
esparcido. Tres chicos ruedan por el suelo, peleándose por las monedas.
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De repente, un hombre intrépido, de unos cuarenta años, planta cara a los
asaltantes, y les grita:
—¡Moros canijos! ¿Creéis que vamos a dejar que os hagáis los amos aquí,
en nuestro país?
Mira justo donde yo estoy, y me encojo como para volverme liliputiense.
Está visto que no tengo suerte, el hombre se acerca. Su rostro está crispado.
¡Va a cogerme!
—¡Rabah, Rabah! ¡Ese tío viene a por mí! ¡Socorro!
Cuatro guerreros se ponen tras él y le fusilan a pedradas. Al final, huye
lejos de mí.
El combate ha terminado y el jefe ordena el repliegue a la Chaâba.
—¡Venga! ¡A correr!
En eso sí que soy el número uno, sobre todo cuando se trata de huir de
algún peligro. Extenuado, llego a la Chaâba el primero. Desde su jardín, la
Louise ha seguido el desarrollo de la batalla. Se frota las manos al ver los
daños causados al enemigo.
—¡Bravo, bravo chicos! Todos os habéis ganado un buen café con leche.
¡Venga! Que todo el mundo me siga.
Nos apelotonamos delante de la entrada de su casa. Cada uno reivindica
su papel en el combate.
Le suelto a Hacène, que está a mi lado:
—¿Has visto al tío que venía a por mí?
—No.
—Bueno, pues me quería coger. Lo he asustado yo solito. Le he dado en
toda la cabeza, a ese haluf. Se ha ido pitando.
—¿Y no has tenido miedo?
—¿Miedo? El que ha tenido miedo ha sido él…
En ese momento, Rabah se vuelve hacia nosotros, interesándose por
nuestra conversación. Me callo.
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A la altura de las casas prefabricadas, decenas de chicos se unen a nuestro
grupo. Después de bajar por la avenida, desembocamos en el bulevar, que
recorremos a la sombra de los plátanos. Es la esquina de las putas. En este
lugar a menudo encontramos redondelitos de caucho blanco, casi
transparentes, que Rabah se divierte inflando delante de nosotros, entre risas.
Llegamos a un gran cruce, donde un policía dirige la circulación con
fuertes pitidos y gestos de mando.
Después está la escuela Léo-Lagrange; ¡pero qué angustia hasta que
llegamos! El puente atraviesa las aguas agitadas y fangosas del canal. La
simple vista de esas aguas verdosas me paraliza. Los días que hace mucho
viento tiembla toda esa chatarra, y entonces me agarro con una mano a la
barandilla y con la otra al babi de Zohra. Después de este difícil pasaje, ya
sólo quedan por recorrer unos cien metros.
Son las ocho menos algo. Una multitud ya aguarda delante de la entrada.
Se hacen grupitos. Hacène se acerca a los jugadores de canicas. Le dice a uno:
—¡Te apuesto mi canica reina!
El otro acepta.
Hacène se sienta con las piernas abiertas y la espalda pegada a la pared de
la escuela. Pone delante de él la canica apostada. Los tiradores, a dos metros
de distancia, fallan. Hacène recoge sus canicas y se las echa al bolsillo. Otros
lo intentan. En vano. Gana unas treinta canicas y luego deja el juego.
Mientras tanto yo me he jugado diez canicas contra una canica reina, y he
perdido.
Un poco más lejos, un jugador se niega a pagar su apuesta. Estalla una
riña.
Un gitano se acerca a nosotros y se dirige a Hacène:
—¿Te apuestas tu canica reina?
—No, ¡a mediodía, si quieres!
El gitano insiste:
—¡Tienes miedo de que te gane la canica grande!
Hacène le mira con desprecio. El otro no insiste más.
Nos quedan cinco minutos, así que propongo ir a comprar caramelos a la
tienda de enfrente. Por el camino veo a otros niños de mi clase. Recitan la
lección de esta mañana.
Mientras volvemos, suena el timbre de la escuela. Recogemos las carteras
del suelo y todo el mundo se pone en pie. Las mamás besan a sus pequeños y
les dan ánimos.
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El bedel de la escuela abre las pesadas rejas y se aparta rápido para dejar
pasar a la marabunta de babis de colores. Es como una presa que revienta. La
multitud se divide entre los distintos patios: el de los chicos, el de las chicas, y
el de los pequeños.
Desde las ocho de la mañana hasta las once y media, acumulamos saberes
en el mayor de los silencios.
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Me siento avergonzado de mi ignorancia. Desde hace algunos meses,
estoy decidido a cambiar de bando. No quiero estar entre los pobres, entre los
ignorantes de la clase. Quiero estar entre los primeros, como los franceses.
El maestro está contento con el debate sobre la limpieza que se ha
entablado esta mañana. Premia con puntos positivos a todos los que han
participado.
Al final de la mañana, cuando suena el timbre, salgo de clase pensativo y
fastidiado. Quiero demostrar que soy capaz de ser como ellos. Mejor que
ellos. Aunque viva en la Chaâba.
Los que llegan primero esperan a los que van detrás para volver juntos al
barrio; ninguno de nosotros se queda al comedor, por el haluf.
Veo que el maestro se dirige hacia la entrada de la escuela, hablando con
un alumno de nuestra clase, uno de los mejores. Aparto la mirada
bruscamente. Podrían creer que los espío.
Todos los de la Chaâba ya están aquí. Volvemos.
En casa engullo a toda prisa un plato de pasta y salgo fuera, aunque sólo
sea unos minutos. Hacène se me une, luego los demás. Damos a las botellas
con tirachinas, terminamos de arreglar el plato de la bici, o continuamos
construyendo una chabola de cartón.
Entonces, en medio del estallido de las botellas, de piedras golpeando
clavos oxidados, de gritos, restalla una llamada al orden:
—¡Es la hora de la escuela, lo dice el señor Paul!
Dejamos todo ahí mismo, metemos las manos en la pila para quitarnos la
mugre, nos ponemos los babis de la escuela y, en pocos minutos, el convoy
está listo para la segunda parte de la jornada.
Hacemos el trayecto por tercera vez.
Antes de las dos, delante de la entrada de la escuela, se retoman las
transacciones. El gitano de esta mañana viene otra vez a retar a Hacène a que
se apueste su canica reina.
—Entonces, ¿te la juegas?
Él acepta, se sienta, juega y pierde. El gitano se va un poco más allá a
disfrutar de sus ganancias, ante la mirada rabiosa del perdedor.
Las dos. Otra vez en clase. La tarde pasa lentamente. Después de la
lección de esta mañana tengo las ideas claras. A partir de hoy, se acabó el
árabe en clase. Voy a tratar a los franceses de tú a tú.
En cuanto entramos en clase, me pongo en la primera fila, justo debajo de
la nariz del maestro. El que estaba sentado delante no reclama su sitio. Se
marcha directo al fondo, a ocupar el que dejo vacante.
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El maestro me mira sorprendido. Le entiendo. Voy a demostrarle que
puedo estar entre los más obedientes, entre los que tienen el boletín de notas
inmaculado, entre los que no tienen el más mínimo rastro de suciedad en
manos y uñas, entre los más diligentes de la clase.
—¡Todos somos descendientes de Vercingetorix!
—¡Sí, señor!
—Nuestro país, Francia, tiene una superficie de…
—¡Sí, señor!
El maestro siempre tiene razón. Si dice que todos somos descendientes de
los galos, tiene razón, y qué más da si en casa ni siquiera tenemos bigotes
como los suyos.
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Encuentro a Hacène con un grupo de chicos y chicas alrededor de la
Louise. Está contando cuentos. Todo el mundo prefiere escuchar a la Louise
antes que hacer los deberes del maestro. Con mi trozo de pan y dos terrones
de azúcar, yo también escucho los extraordinarios relatos de la Louise.
—¡Zohra! Venga, llama a tus hermanos y venid a cenar —grita mi madre
desde la puerta.
Mi hermana mayor la obedece a regañadientes. Nos pide que vayamos
con ella.
—Si no, ¡va a ser a mí a quien regañe papá!
Moustaf la sigue. Yo voy con ellos.
En mitad del patio ya no quedan más que las sillas vacías y una gran
bandeja en la que los hombres han dejado sus vasos de café. Han entrado a
sus chabolas, sin duda persuadidos por el fuerte olor a chorba que comienza a
flotar en el aire de la Chaâba.
Esta noche mi madre ha preparado unas tortas que comemos con dátiles y
leche fermentada. En un plato cubierto con una servilleta, mi madre coloca
cuidadosamente algunos pedazos todavía calientes. Me lo tiende y dice:
—Toma, ¡lleva esto a casa de los Bouchaoui!
Salgo al patio y me cruzo con uno de los hermanos de Rabah, que nos trae
un plato de cuscús con cordero. Su padre está hablando con el padre de los
Bouchaoui, y le invita a compartir con ellos la cena.
Deambulo todavía un poco por el camino principal de la Chaâba, miro
dentro de las chabolas, a través de las cortinas. Oigo a mi madre que me llama
al orden:
—Venga, ¿es que quieres acostarte sin cenar?
Ya se han terminado los dátiles y la leche. Ataco el plato de cuscús
enviado por Zidouma.
La noche ya ha caído completamente. Todo se vuelve extrañamente
tranquilo en la Chaâba. El contraste con el bullicio del día hace daño a los
oídos. Luces pálidas salen de las chabolas. Los aparatos de radio murmuran
música árabe para los trasnochadores nostálgicos. Durante algunas horas, los
hombres y las mujeres recuperan la intimidad dentro de su chabola.
Sobre los colchones puestos directamente en el suelo, los niños se
acurrucan los unos contra los otros. La gente duerme. Las mujeres tienen
sueños de evasión, los hombres sueñan con su país. Yo pienso en las
vacaciones, esperando que mañana sea día de redacción en la escuela.
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Este viernes, a las ocho, he vuelto a ponerme en la primera fila. Todo el
mundo ha entendido que de ahora en adelante ya no me voy a mover de ahí.
El maestro nos da la lección de moral sobre la buena educación.
—Los niños bien educados dicen buenos días, buenas tardes y gracias a
los adultos, porque eso es lo que hace la gente bien educada. Por ejemplo, un
niño bien educado besa a sus padres todas las noches antes de irse a la cama.
Baja los ojos hacia mí mientras pronuncia esta última frase. ¿Se burla de
mí o qué? Yo no he hecho, hasta ahora, ninguna de esas ceremonias antes de
meterme en mi guitun. Bajo los ojos, esperando que no me pregunte nada. Él
prosigue.
—¿Alguna vez ha ido alguno de ustedes a saludar al director y a los
maestros en el patio, por la mañana, mientras esperan a que suene el timbre de
entrada?
En la clase no se levanta ninguna mano. Las miradas se pierden en todas
las direcciones. ¿A quién se le ocurriría ir a dar los buenos días al dire por la
mañana al entrar a la escuela?
Terminada la lección de moral, el maestro anuncia que haremos una
redacción hasta las once y media. Tema: «Contar un día de vacaciones en el
campo». Saco una hoja de la cartera, mojo la pluma en el tintero y
directamente, sin borrador, empiezo la redacción. Ya tengo las ideas
ordenadas. No puedo hablar de la Chaâba, pero voy a hablar de ella como si
fuese ese campo que el maestro imagina.
Cuento la historia de un niño que sabe pescar con red, que caza con lanza,
que coge pájaros con trampas… No. Tacho esta última frase. Va a pensar que
soy un bárbaro. El niño también sabe reconocer casi todas las aves, los
huevos, los reptiles, los frutos silvestres, las mariposas, las setas. Su madre le
ha enseñado a ordeñar a Bichette, la cabra. Con sus amigos, cabalga sobre su
lomo, y también sobre el de las ovejas que están atadas en el prado. En
conclusión, escribo que el niño es feliz en el campo.
El tiempo ha pasado. Hay que entregar las redacciones. El maestro pasa
entre las filas para recoger las hojas. Moussaoui no ha escrito nada en la suya.
El maestro no hace ningún comentario.
Durante la mañana hacemos otras redacciones. Estoy contento. Esto
marcha bien. Volviendo a la Chaâba por la tarde, he corrido al bosque, he
cogido las hojas secas más bonitas, y setas de las que crecen en los troncos de
los árboles. Escondo todos mis tesoros en la cartera antes de reunirme con
Hacène y Rabah, que están construyendo junto con otros niños un carro con
ruedas gigantes.
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Un crujido en la gravilla interrumpe bruscamente los martillazos. Moustaf
aparece por el camino de la escuela, diciendo a grito pelado:
—¡Han vuelto! ¡Han vuelto! ¡Están en el terraplén! ¡Las putas han vuelto!
Corro a ver. En efecto, están allí, apenas a cien metros de las chabolas, en
el camino de la escuela. Los clientes también están allí.
Rabah se nos une. Entrecerrando los ojos con malicia, dice:
—¡No hace falta que la Louise se entere de que las putas han vuelto!
Como ella está trabajando, no se va a enterar. Regresaremos después…
—¡Vamos! ¡Chicos, volvemos a la Chaâba!
Obedecemos. El jefe tiene en mente una idea realmente diabólica.
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—No, esperad, tengo algo que proponeros —dice dirigiéndose a los
mayores—. Vosotros sois los jefes, supongo. ¿Sabéis?, yo también tengo
niños. Son de vuestra edad… pero no tan malos. ¿Por qué nos estáis
jorobando todo el rato? Ya no os molestamos, así que dejadnos trabajar en
paz.
Rabah y Moustaf no sueltan palabra. Incluso empiezan a conmoverse.
Entonces la puta abre el bolso. Todos damos unos pasos hacia atrás, pero ella
nos tranquiliza:
—No tengáis miedo. Esperad un momento…
Saca su monedero, lo abre delante de nosotros, coge un billete de cinco
francos y se lo tiende a Rabah.
—¡Toma, cógelo! ¡Ahora me dejaréis trabajar! ¿De acuerdo?
Rápidamente, Rabah ordena dar media vuelta, prometiendo comprensión
y protección a la puta. Después, todos los días, cuando las damas del camino
vienen a ejercer al lado de las chabolas de los moros, donde la policía jamás
aparece, un comando va a cobrarles el impuesto. Pero Rabah y Moustaf son
los únicos que manejan las finanzas…
Esta mañana, como otras veces, cuando apenas hemos llegado al final de
la avenida Monin, Rabah ha decidido dejarnos e irse no se sabe adónde con su
amigo Chiche, a Villeurbanne. ¡Me hubiera gustado ir con ellos!
A las ocho menos cinco, cuando el bedel de la escuela abre las puertas,
voy directo al patio. Justo delante de mí, el director habla con los maestros y
las maestras en el patio de los chicos. El timbre está a punto de llamarnos a
formar en filas de dos. Con la cartera a la espalda y el babi completamente
abrochado, me presento ante el grupo. Diciendo buenos días con voz
estrangulada, les tiendo la mano. Nadie me hace caso. Están hablando de
cosas muy serias, en voz alta. Miro detrás de mí, por si alguien me ha visto.
Afortunadamente, paso desapercibido.
Los ojos del maestro parecen decirme: «Pero ¿qué haces aquí, pequeño?».
No sé qué decir. ¿No se acuerda de la lección de moral de ayer o qué?
Como ya no puedo dar marcha atrás, decido levantar la voz para atraer la
atención sobre mí.
—¡Buenos días, señores! ¡Buenos días, señoras!
Esta vez sí me miran. De nuevo tiendo la mano a todo el mundo. El
director se echa a reír. Los otros le imitan. Esperaban la señal de su jefe.
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Tengo vergüenza, con mi cartera a la espalda, el babi limpio y el pelo bien
peinado. Me doy media vuelta y voy hacia el centro del patio. Hacia un lado o
hacia otro, no importa, todo me da igual. Me siento ridículo. Suena el timbre.
Me dirijo hacia las filas. Mientras subimos por la escalera, el maestro me
pone la mano en el hombro.
—Está muy bien lo que ha hecho… Pero es suficiente con decir:
«¡Buenos días!». No dar la mano. Son las personas mayores las que hacen
eso… Pero está bien. Hay que ser siempre educado, como hoy.
Apenas me atrevo a mirarle. Yo he sido el único de la clase en ser
educado. Ya no lo voy a repetir. Es más, de ahora en adelante voy a evitar
pasar por delante de toda esa gente.
Me siento en el pupitre y me pongo la cartera en las rodillas. Al abrirla,
encuentro las hojas y las setas que había guardado el día anterior para dárselas
al maestro. Cierro inmediatamente la cartera: «No voy a darle nada de nada,
ya estoy harto».
La mañana pasa muy rápido. No me acuerdo de nada de lo que el maestro
ha dicho en sus clases. Mi espíritu está lejos. Mañana es sábado, e iré al
mercado con Moustaf.
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Me agacho para coger las flores del suelo. Entonces ella me acaricia el
pelo, me coge de un rizo y me felicita:
—¡Qué pelo tan bonito tienes!
Me quedo estupefacto ante su sonrisa. Con los ramos en la mano, la
señora prosigue su camino, dándose la vuelta para mirarme cada tres metros.
—¡Deme dos ramos, por favor!
—¡Sí, señor! ¿Cuáles quiere?
Cojo dos ramos al azar y se los alargo al hombre mirándole a los ojos,
todavía bajo la impresión del cumplido de la señora. De repente, con el brazo
extendido y los ramos en la mano, recibo una impresión todavía mayor. El
señor Grand, mi maestro, está ahí, justo delante de mí. Titubeo. Él coge los
ramos, sonriendo. Rojo de la vergüenza, bajo la mirada y me encojo dentro de
mis pantalones de pana, demasiado grandes para mí.
Al maestro no le cuesta demasiado adivinar cómo me siento.
—¡Buenos días, Azouz! ¿Cuánto le debo?
¿Qué hago? ¿Echar a correr, quizás? No, va a pensar que estoy loco.
Estoy paralizado de la cabeza a los pies, incapaz de decir ni una palabra. Él
me coge la mano, me pone en ella tres monedas de un franco, coge los ramos
de lilas y desaparece entre la multitud del mercado. He debido de perder por
lo menos diez de mis veinte kilos. Cuando el maestro ya ha desaparecido por
detrás de los puestos, corro a ver a Moustaf.
—Me voy. Lo dejo. Me vuelvo a la Chaâba —le digo.
—¿Te has vuelto loco o qué? ¡Te vuelves a tu sitio!
—¡No, me voy!
Y me largo a casa, abandonando las flores en el mercado.
¿Qué voy a hacer el lunes, cuando vuelva a encontrarme al maestro en la
escuela? ¿Qué le voy a decir? ¿Hablará de ello delante de todos los niños de
la clase? ¡Qué vergüenza! Creo que la casualidad me ha jugado una mala
pasada. ¿Es moralmente correcto vender flores cogidas en el bosque? No.
Cuando uno está bien educado, no hace cosas de ese tipo. Además, en el
mercado no hay francesitos vendiendo lilas, solamente nosotros, los árabes de
la Chaâba.
Pasé toda la tarde atormentándome, y el domingo se me hizo eterno.
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al oído para que no me sienta mal. Ahora sé que le doy pena. Ha debido de
decirse: «¡Este pequeño extranjero se ve obligado a ir a trabajar a los
mercados para ayudar a sus padres a salir adelante! ¡Qué pobres son y qué
valientes!». Estoy muy contento, convencido de haber ganado puntos después
de haberlo dado todo por perdido. Tengo ganas de tranquilizar al maestro, de
decirle: «Deje de llorar, señor Grand, si vendo ramos en el mercado no es
para ganarme la vida, es sobre todo para que mi madre no me dé la lata. Y
además me mondo cuando veo a los franceses malgastar su dinero en comprar
las flores que la naturaleza ofrece completamente gratis». Pero me cuidaré a
partir de ahora de no cambiar la imagen que el maestro tiene de mí: un chico
valiente, lleno de buena voluntad. En suma, un niño que actúa totalmente de
acuerdo con la moral.
Los exámenes han ido bien. Todas las tardes en casa resistí la tentación de
irme a jugar con los otros chicos y me quedé a hacer los deberes. Zohra me
ayudaba a leer, a calcular, a recitar poemas. Mi padre nos supervisaba de
lejos.
Esta tarde, yendo hacia la salida de la escuela, balanceando la cartera, ya
saboreo las mieles del éxito. ¡Qué placer sabérselo todo al dedillo y responder
todas las preguntas a la perfección! Alrededor de mí, otros alumnos de la
clase comentan los exámenes. Algunos metros por delante, van Moussaoui y
los demás compatriotas, los del fondo de la clase.
Una señora árabe ha franqueado la entrada de la escuela. Se dirige hacia
mí. Su ropa llama la atención. Va vestida igual que mi madre cuando está
cocinando: un binuar naranja, chancletas y un pañuelo rojo en la cabeza. Un
cinturón de lana rodea su prominente barriga. Se acerca a mí, me mira, me
sonríe. Después de saludarme en árabe, me habla bajito, como si tuviese
miedo de que alguien nos espiase.
—¿Tú eres entonces el hijo de Bouzid de El-Ouricia? ¿El que vive en el
barrio de chabolas que está cerca de las casas prefabricadas? ¡Escucha! Yo
también soy de El-Ouricia, conozco mucho a tu familia. Por cierto, saluda a tu
madre de mi parte. Dile: «Djamila te manda recuerdos». Tú vas muy bien en
la escuela, ¿verdad? Escucha, hazme un favor: siéntate al lado de mi hijo
Nasser para ayudarle en los exámenes.
Empiezo a entender por qué ha venido a buscarme.
—Todos somos árabes, ¿no? ¿Por qué no le ayudas? Tú ayudas a Nasser y
él te ayudará ti.
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Conozco a Nasser. No destaca demasiado en clase. ¿Pero qué puedo hacer
yo? ¿Qué tengo que contestarle a esta mujer? Me quedo mudo, no porque
piense que ésta sea la mejor actitud, sino porque soy incapaz de pensar qué
hacer ante la insólita demanda. La señora me da pena. Entiendo que quiera
que su hijo sea también un sabio, como los franceses. Continúa ahí, plantada
delante de mí, cada vez más molesta. Me lo ruega en nombre de su hijo, en
nombre de nuestros orígenes comunes, en nombre de nuestras familias, en
nombre de todos los árabes del mundo.
No, es demasiado peligroso. Tengo que ser sincero con ella.
—Voy a preguntarle al maestro si tu hijo puede sentarse a mi lado para
hacer los exámenes.
Ella cree que soy demasiado inocente, que no he entendido la complicidad
que me pide:
—¡Pero no hace falta que le preguntes nada al maestro! —me contesta.
—¿Entonces quieres que haga trampas?
—¡Oh! Estás usando palabras mayores… Se trata de ayudar a mi hijo, no
de…
La interrumpo:
—Si no quieres que se lo pregunte al maestro, ¡entonces me niego!
Sigo mi camino hacia la salida y ella se queda rezongando. La oigo
maldecirme a mis espaldas, pero ni siquiera la miro. ¿Quién se cree que es?
Ahora que el maestro me tiene entre sus favoritos, se piensa que voy a hacer
trampas en los exámenes. ¡Qué ingenua! ¿Y qué pasa con la moral, entonces?
Yo, que durante los exámenes me cuido tanto de no divulgar mis
conocimientos, que siempre tengo miedo de que me copien, de que me roben
mis conocimientos, lo que tanto me costó memorizar… Se cree, la pobre, que
esto funciona así, que uno se pone al lado de otro y se transmiten los
conocimientos… ¡Así, todos seríamos los primeros de la clase! No, mira que
es ingenua. Nada le impide a su hijo trabajar tanto como yo. ¿Por qué no lo
hace? No señora, usted no me va a corromper.
Al pasar por las puertas del colegio, me cruzo con Nasser. Está esperando
a su madre. ¿Lo sabe? ¿No lo sabe? Me dice adiós… Prueba de que no está al
corriente de los trapicheos de su madre.
A pesar de todo, en el camino de vuelta estoy un poco disgustado y le
pregunto a Zohra:
—¿Has visto a la madre de Nasser Bouaffia, la que estaba ahora hablando
conmigo?
—Sí —responde—. ¿Qué quería?
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—¡Quería que ayudase a Nasser a hacer los exámenes!
—¡Ah! ¿Y qué le has dicho?
—¡Le he dicho que no, claro! ¿Se supone que le tenía que haber dicho que
sí?
—No. Has hecho bien —contesta sin convicción.
—Lo dices para seguirme la corriente…
—No —dice—. No pasa nada.
—Sí. ¡Dime!
—¿Qué quieres que te diga?
—Lo que piensas.
—Bueno, la verdad es que podrías ayudarle un poco…
—¿A qué?
—A repasar, por ejemplo. O a hacer las cuentas…
Dudo durante un segundo, un poco desarmado por los argumentos de mi
hermana.
—Sí, pero no es eso lo que ella me ha pedido. Ella quería que hiciera
trampas en los exámenes.
—¡Ah bueno, eso no! —responde—. Entonces sí que has hecho bien.
La duda de ser un traidor se desvanece definitivamente, y seguimos
nuestro camino.
Llegamos a la Chaâba. Enseguida corro hacia mi madre para verificar si
conoce a la madre de Nasser.
—Emma, ¿tú conoces a la señora Bouaffia?
—Sí, por supuesto. Su hijo Nasser va a tu clase, me lo dijo la última vez
que la vi.
—¿Y la conoces mucho?
—Mucho. Ya nos conocíamos en El-Ouricia.
Ahora siento un poco de vergüenza. A lo mejor podría haberle ofrecido mi
ayuda al salir de clase. Podría ir a casa de Nasser a ayudarle a hacer los
deberes…
—¿Por qué me preguntas eso?
—Me la he encontrado a la salida de la escuela, ahora mismo. Me ha
dicho que te dé recuerdos —digo para poner fin a la conversación.
Y Emma vuelve a su colada. Me preparo rápidamente algo de comer y
salgo al patio, donde reina la acostumbrada agitación alrededor de la bomba y
la pila. La voz ronca de Zidouma retumba contra las fachadas de las chabolas.
—¿Dónde está Hacène? —le digo.
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—En la chabola, creo —grita ella—. ¿Te piensas que no tengo otra cosa
que hacer que vigilarlo o qué?
No respondo a su provocación. Ella añade:
—Ve a mirar a casa, si quieres.
Me acerco a su guarida, aparto la cortina que tapa la entrada cuando la
puerta está abierta, y veo a Hacène. Está tumbado boca abajo en una esquina
de la habitación, con los talones doblados hasta tocarse las nalgas, y los
cuadernos abiertos delante de él. Tres de sus hermanos pequeños hacen una
carrera alrededor de la mesa, a gatas con una piruleta en la boca. Cuando
chocan con él, Hacène los aparta con el brazo, mecánicamente, sin levantar
los ojos de los libros.
Zidouma entra de nuevo en el antro, con un cubo lleno de agua en cada
mano, pasa por encima de su hijo, y deja caer algunas gotas sobre él y sobre
las hojas. El chico permanece impasible, y pasa la manga del brazo derecho
sobre el papel arrugado.
Voy hacia él, y doy un beso a su padre, que está escuchando la radio al
lado de la ventana.
—¿Qué haces, Hacène? —le digo, un poco cohibido por la atmósfera
reinante en la chabola.
—Mañana empiezan los exámenes en nuestra clase y estoy intentando
repasar, pero no puedo con tanto ruido…
Aparta de nuevo a uno de sus hermanos pequeños, que insiste en coger el
libro de geografía. Hacène hace entonces un movimiento un poco brusco y el
bebé, a gatas, de repente se pone a berrear como si le estuvieran marcando
con un hierro al rojo.
Zidouma se da la vuelta y le grita:
—Ya empiezas a ponernos nerviosos, tú con todos tus papeles por medio.
¿No puedes trabajar en la escuela en lugar de estar todo el rato pegado a mi
binuar?
—Mañana hay exámenes —dice Hacène en francés.
Su padre, mudo hasta ese momento, interviene:
—Venga, salid. No oigo la radio por vuestra culpa. Id a jugar fuera con
vuestros cuadernos.
El jefe ha hablado. Hay que aguantarse e ir a jugar fuera.
—Venga, vente —me dice Hacène, maldiciendo a sus padres con la
mirada.
Luego, cuando estamos sentados en los escalones, en el patio, comenta:
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—Después, cuando les llevo las notas y soy el último de la clase, me
pegan… Pues que se aguanten.
—Pasa —le digo para animarle—. Oye, ¿quieres que te pregunte la
lección de geografía?
—Sí —dice—. De todos modos nunca consigo aprendérmela de memoria.
No me gusta.
—Pero tienes que aprendértela de todas formas —le replico.
Lunes por la mañana. Es hoy cuando el señor Grand reparte los exámenes
y las notas.
—¿Estás nervioso? —pregunta Zohra mientras esperamos a que suene el
timbre.
—No —le digo—. No tengo nada de miedo porque sé que me han salido
bien todos los exámenes. El viernes pasado el maestro me dijo que estaba
muy contento con mi trabajo.
—¡Oye! ¡Papá se va a poner muy contento! —dice Zohra.
El bedel abre las puertas de la escuela y todos nos precipitamos al patio de
recreo.
—Nos vemos a las once y media —grita mi hermana.
—Te estaré esperando —le digo.
Algunos metros por delante de mí, veo a Jean-Marc Laville, al que el
señor Grand no dejar de poner puntos positivos por su buen trabajo. Él
también me ve a mí y se detiene para esperarme.
—¡Buenos días, Azouz! —me dice tendiéndome la mano.
Le devuelvo el saludo. Él me pregunta:
—Oye, ¿no es hoy cuando el maestro va a dar los exámenes?
—Ya sabes que sí.
—Sí —repite él, asombrado por mi respuesta.
Luego me hace partícipe de sus sentimientos:
—Yo tengo un miedo terrible…
—¿Por qué?
Me mira fijamente a los ojos, intrigado por mis contestaciones.
—¿Tú no tienes miedo?
—No —le digo—. Lo hice todo bien, ¿de qué quieres que tenga miedo?
No me responde, y cambia repentinamente de conversación:
—¿Viste ayer la tele?
—No, en mi casa todavía no tenemos tele.
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Jean-Marc se queda estupefacto. Insiste:
—¿No tenéis tele?
—No. Ni siquiera hay electricidad.
En ese momento, una agitación poco habitual atrae mi atención hacia las
puertas de los servicios de la escuela. Dejo a mi compañero y voy hacia
Nasser Bouaffia, al que he reconocido en medio de un grupo de alumnos
mayores.
—¿Qué está pasando?
Se me queda mirando y me grita:
—Oye, yo no te hablo y tú tampoco me hables, ¿vale?
—¿Qué te he hecho yo? —le digo mientras miro dentro de los servicios,
donde hay por lo menos diez chicos tronchándose de la risa.
Nasser se queda mudo, así que entro en los baños para saber qué está
pasando. Rabah está allí, con un Gaulouise entre los labios, igual que todos
los mayores. Le pregunto:
—¿Qué hay aquí?
—¡Mira! —me dice señalando con el dedo a lo alto de una cabina.
Moussaoui se ha colgado de la parte de arriba y asoma la cabeza en los
baños de al lado.
—La señora Bédrin, la maestra de una clase de niñas, está haciendo pis
—me explica Rabah ahogándose de la risa.
Moussaoui se vuelve hacia nosotros, y agita la mano como para darnos a
entender el panorama maravilloso que está contemplando, luego baja.
—Lo he visto todo —asegura—. Lleva unas bragas rosas de encaje.
—¡Ahora yo! —dice Rabah.
Como un felino, trepa hasta el puesto de observación. Las piernas le
cuelgan sobre la puerta de los baños. Entonces Moussaoui va al lavabo, coge
agua con las manos y la tira por encima de Rabah, justo al lugar donde la
señora Bédrin está sentada. Todo sucede en un momento. Dándome cuenta de
la gravedad de la situación, corro hacia la salida detrás de Moussaoui, que se
ríe a carcajadas. Rabah se tira al suelo y se oye gritar a la maestra de las
bragas rosas:
—¡Eh, cochino!
Por suerte, los maestros y el director están de espaldas mientras nos
abalanzamos hacia el patio. Además, casi simultáneamente, el señor Grand
nos llama a las filas. Miro hacia los baños y veo a la señora Bédrin agarrando
a Rabah por una oreja mientras le grita:
—¿Está usted loco o qué? ¡Insolente!
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Detrás de mí, Moussaoui se parte de la risa.
—¡Soy el único que le ha visto las bragas! —se pavonea delante de sus
acólitos.
Vuelve la calma a las filas, y entramos en clase. Al pasar delante de la
mesa del profesor, Jean-Marc Laville muestra su más bella sonrisa. El miedo
le tensa los labios. Al pasar delante de él, mientras se dirige a su pupitre al
fondo de la clase, Moussaoui le da un cachete en el culo y le dice muy bajito:
—¡Marica!
El otro no reacciona. No es la primera vez que Moussaoui le amenaza. Ya
le ha robado la merienda, la paga y hasta los libros. Pero Laville nunca le ha
dicho nada a nadie.
—¡Venga! —el profesor nos mete prisa—. ¡Siéntense rápido! Voy a
empezar por devolverles los exámenes y darles las notas, y luego
terminaremos la lección de geografía que habíamos empezado.
Mientras una ráfaga de angustia recorre las filas, el señor Grand se sienta
detrás de la pila de cuadernos corregidos que tiene sobre la mesa, al lado de
los boletines que nuestros padres tendrán que firmar. La emoción empieza a
producirme retortijones. No dejo de pensar en el momento en que el señor
Grand dirá: «Zutanito: primero; Menganito: segundo». ¿Puede ser que diga
primero el orden y después el nombre del elegido?
¿Primero, Azouz Begag? No, no es más que un ejemplo. Todos sabemos
que Laville va a ser el ganador. Bueno, recapitulemos. Va a anunciar:
«Primero: Laville». ¿Y después? ¿Segundo? Como todos los que estamos
esperando, clavaré los ojos en los labios del maestro para ver salir mi nombre
de su boca antes de que me llegue a los oídos. Si no soy el segundo, habrá que
esperar al siguiente. Prefiero no pensar en las agonías de esta tortura.
Algunos alumnos muestran signos de impaciencia. El maestro se levanta y
avanza hasta la mitad del pasillo central, con las calificaciones en la mano y
lanza el veredicto:
—Primero…
La clase se prepara.
—Primero: Ahmed Moussaoui.
Estupefacción. Horror. Injusticia. De repente ya no hay ningún ruido ni
movimiento en la clase. Nadie mira al interesado. ¡Él, Moussaoui, primero de
la clase! Es imposible. Ni siquiera debe de saber cuánto es uno más uno. No
sabe leer ni escribir. ¿Cómo ha podido?
Laville está pálido. Estaba convencido de que iba a ser el primero y de
repente se encuentra vencido por un haragán de campeonato, y que ni siquiera
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es francés.
El rostro del señor Grand se mantiene impasible. Sus ojos continúan
clavados en el papel que tiene entre las manos. Abre de nuevo la boca:
—Segundo: Nasser Bouaffia.
Esta vez casi me da un patatús. El maestro debe de estar leyendo el papel
al revés, como en árabe. Giro la cabeza hacia Nasser. Sus ojos, abiertos de par
en par, se pierden en el vacío; intenta adivinar, en el rostro de cada uno de
nosotros, una señal, una prueba de que se ha tramado una conspiración contra
él, pero no obtiene ninguna respuesta. Puede que sea un milagro… Me doy la
vuelta hacia Moussaoui. El escepticismo puede leerse en su cara.
Y Laville se descompone por momentos. El señor Grand nos lanza una
mirada maliciosa. ¡Eso es! Ya sé lo que está haciendo. Continúa leyendo las
clasificaciones mientras que algunos alumnos comienzan a sonreír en las filas.
—… Francis Rondet: antepenúltimo. Azouz Begag: penúltimo. Y el
último de todos: Jean-Marc Laville.
Ahora toda la clase ríe con ganas, incluido el señor Grand, que empieza a
repartirnos los boletines. Se acerca a Moussaoui y le dice con desdén:
—¡Irrecuperable!
El gamberro asiente con la cabeza, como diciendo: «¡Tus notas me las
paso por donde ya sabes!».
Después se dirige a Nasser:
—¡Irrecuperable!
Ese chico, el mismo cuya madre había intentado corromperme, coge su
boletín y se pone a llorar.
—Demasiado tarde para llorar —dice el señor Grand—. Había que haber
estudiado antes…
Al final llega a mí, y se le ilumina el rostro.
—Estoy muy contento con su trabajo. Continúe así y todo irá bien.
Ya solamente queda Laville:
—Felicidades, Jean-Marc. Su trabajo es excelente.
Cojo mi boletín con las dos manos, con una emoción tan intensa que me
dan ganas de lanzar un grito y de besar al maestro, sólo de pensar en el
orgullo que va a sentir mi padre cuando se entere de la noticia. El maestro ha
escrito en una columna: «Segundo de veintisiete»; y en otra: «Muy buen
trabajo, alumno inteligente y trabajador». No sé qué hacer, qué decir, adónde
mirar. En la primera fila, Laville también está encantado, con los ojos
hipnotizados por el número uno.
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—A partir de mañana —me sugiere el señor Grand— se sentará al lado de
Jean-Marc Laville.
—Sí, señor —digo, sin tener que preguntar por qué.
Laville se vuelve hacia mí, me sonríe como sonríe el vencedor al segundo.
Yo le sigo el juego. El señor Grand continúa con la lección de geografía.
—Tú eres inteligente, sí señor —me dice Hacène cuando le cuento mis
logros—. Yo he quedado penúltimo.
—¡Bravo! —me felicitan Zohra y Staf dándome palmaditas en el hombro.
Entramos en la Chaâba. El pobre Hacène se arrastra detrás del grupo. Le
espero para ir con él.
—No llores —le digo.
—Sí —dice gimiendo—, cuando vuelva a casa soy yo el que se va a llevar
una paliza de aúpa, y no tú.
—Si lloras se te van a poner los ojos rojos. Y si tienes los ojos rojos, tu
padre se va a dar cuenta de que no has hecho bien tu trabajo, así que deja de
llorar.
—Pues que me pegue —grita—, me da igual.
—No digas eso. Espera. Vamos a llamar a Zohra, ella lo va a arreglar.
En efecto, la suerte de todos los escolares de la Chaâba recae sobre mi
hermana Zohra. Ella traduce al árabe los comentarios del maestro. Esta tarde,
por ejemplo, irá de chabola en chabola, anunciará las notas de cada uno,
intentará suavizar los castigos que les caerán a los irrecuperables, y señalará a
los padres el lugar donde tienen que poner una cruz en señal de aprobación.
Le asegura a Hacène:
—No te preocupes. Le diré a tu padre que este mes has estudiado mucho.
Le pasa el brazo alrededor de los hombros y sigue consolándolo:
—Venga, no llores.
El primo se tranquiliza un poco.
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Zohra nos contó que, por un momento, no supo qué responder, después
sostuvo que se trataba de un cero en conducta, sin importancia. Pero por culpa
de esas dudas, Said no la había creído. Entonces ella se volvió a casa,
abandonando a su suerte al pobre Hacène.
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Lo taladro con la mirada. Él continúa, sonriendo hipócritamente:
—Es que no quería estar solo.
El primero de la clase me necesita, y el placer que hace un rato sentí
delante de Hacène me recorre de nuevo. Estoy sin saber qué responderle
cuando veo a Moussaoui, Nasser y otros dos argelinos de mi clase que se
acercan a nosotros.
—Tú, ¡fuera de aquí! —ordena Moussaoui a Jean-Marc, dándole un
puntapié a la cartera.
Aterrorizado, el sabelotodo se retira de puntillas.
—¿Qué? —me dice Moussaoui lanzándome una mirada maliciosa y llena
de reproches.
—¿Qué de qué? —le digo sin tener la más mínima idea de a qué se
refiere.
Sus ojos se convierten en lanzamisiles, y me suelta con desprecio:
—¡Tú, tú no eres árabe!
Reacciono inmediatamente, sin comprender siquiera el significado de sus
palabras:
—¡Sí, sí que soy árabe!
—¡No! ¡Te digo que no eres árabe!
—¡Sí, soy árabe!
—¡Te digo que no eres como nosotros!
Ya no me sale ni una palabra de la boca. Sus últimas palabras se me han
atragantado. Es verdad que no soy como ellos.
Moussaoui se da cuenta de mis dudas y sigue:
—¡Ja, ja, ja! Bien que te reíste el otro día cuando el maestro dijo:
«Primero: Ahmed Moussaoui. Segundo: Nasser Bouaffia».
—No, no me reí.
—¡Sí que te reíste!
—Bueno, vale, lo que tú digas, ¡me reí!
—Vale, eres un gilipollas. Era lo que te quería decir.
Se apodera de mí una horrible impresión de vacío. Mi corazón late con
fuerza. Me quedo ahí, plantado, y en mi rostro luchan miles de expresiones
contradictorias: tengo ganas de llorar, de reír, de resistir, de estallar, de
suplicar, de insultar.
Nasser interviene:
—Y además, ¡ni siquiera nos dejas copiar!
Otro va incluso más lejos:
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—Y además, ¡eres un pelota! ¿No te cansas de llevar al maestro hojas
secas y chorradas de ésas?
Y añade:
—Y en el recreo, ¿por qué estás siempre con los franceses?
Cada una de sus frases resuena en mi cabeza como una patada contra una
puerta. Tengo vergüenza. Tengo miedo. No puedo contestar, porque creo que
tienen razón.
Detrás, en el fondo del patio, los alumnos comienzan a ponerse en filas de
a dos, delante de los maestros. Los miro sin reaccionar. El timbre ya ha
debido de sonar. No lo he oído.
Moussaoui me mira fijamente a los ojos:
—No quiero pelearme contigo —dice— porque eres argelino. ¡Pero
quiero saber si estás con nosotros o con ellos! Dime la verdad.
—¡Venga, entramos! —dice Nasser—. Ya ha sonado el timbre.
Y se marchan en dirección al señor Grand.
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dentro de la boca, contraen las mandíbulas para hacer circular el agua, se
pasan el dedo por los incisivos para lavar la superficie, hacen circular el agua
otra vez, y al final escupen el agua sucia. A continuación les oímos hacer
gárgaras desde lo más profundo de la garganta para eliminar las impurezas del
día anterior, y escupirlas al suelo. Después lo tapan con el pie para que no les
dé asco a los vecinos. Y ya está. Nada de cepillo de dientes ni de Colgate.
—¿Qué hace falta para lavarse bien? —pregunta de nuevo el maestro.
Tres alumnos levantan la mano.
—¡Señor, señor! —pían como pajaritos en el nido.
El señor Grand espera un poco a que otros pidan la palabra, después
vuelve a formular su pregunta:
—¿Con qué se lavan por las mañanas?
—¡Señor, señor! —pían siempre los más atrevidos.
—Jean-Marc —dice el maestro señalándole con el dedo.
Se levanta:
—¡Una toalla y jabón!
—Bien. ¿Y qué más?
—¡Champú! —dice otro.
—Sí. ¿Y qué más?
Una idea surge dentro de mí. Instintivamente levanto la mano, ignorando
los reproches que hace un rato me han hecho los primos.
—¡Azouz! —autoriza el maestro.
—Señor, ¡también necesitamos un chritte y una kaissa!
—¿Qué? —dice con los ojos abiertos como platos por la estupefacción.
—¡Un chritte y una kaissa! —digo tres veces menos fuerte, dándome
cuenta de que pasa algo raro.
—Pero ¿qué es eso? —pregunta el maestro, divertido.
—Es una cosa que se pone en la mano para lavarse…
—¿Un guante de baño?
—No sé, señor.
—¿Cómo es?
Se lo explico.
—Está bien —dice—. Es un guante de baño. ¿Y en su casa lo llaman
kaissa?
—Sí, señor. Pero sólo lo usamos cuando vamos con mi madre a los baños.
—Y un chritte, entonces, ¿qué es?
—Bueno, señor, es como un montón de trocitos de cuerda hechos una
bola, y que rasca mucho. Cuando mi madre me frota con eso me pongo todo
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rojo.
—Eso se llama guante de crin —concluye sonriendo.
Me ruborizo un poco, pero él me da ánimos.
—¡Está bien aprender estas cosas, en cualquier caso!
Sigue un breve silencio. Después se pone a explicar de nuevo la teoría
sobre la higiene. Me doy cuenta de que en la Chaâba somos unos pésimos
practicantes, pero no dije nada.
—Ahora —prosigue después de haber estado hablando durante media
hora— todos van a quitarse los calcetines y los van a poner encima de sus
mesas. Voy a comprobar la limpieza de cada uno de ustedes.
Una terrible angustia me atenaza la garganta. Pero desaparece
rápidamente cuando me acuerdo de que esta mañana mi madre me ha hecho
ponerme calcetines limpios. Alrededor de mí hay un silencio total, luego
todos los alumnos se agachan para desatarse los cordones de los zapatos. Yo
también lo hago, y meto la nariz en mis calcetines para comprobar el olor.
¡Hum!, vale. ¡No voy a hacer demasiado el ridículo! A mi lado, Jean-Marc
estira sobre la mesa sus calcetines de nylon de colores chillones. El señor
Grand pasa entre las filas, cogiendo algunas muestras aquí y allá; se cuida
mucho de olerlos, pero les da vueltas y vueltas para analizar el origen de las
manchas y los agujeros.
—¡Esto no está muy limpio! ¡Muy bien! —va diciendo a unos y otros.
Mientras algunos se enorgullecen de estar conformes con la higiene, otros
se arrepienten de no haber pensado en cambiárselos esa mañana.
El señor Grand llega al lado de Moussaoui y su grupito. No hay calcetines
en sus mesas.
—Moussaoui, quítese los calcetines y póngalos en el pupitre ahora mismo
—dice tranquilamente.
El alumno duda un instante, primero se pone a mirar por la ventana, y
finalmente se decide a hablar, mirando fijamente al maestro.
—Yo no me quito los calcetines. ¿Por qué me los tengo que quitar ahora?
¿Qué pasa? Esto no es el departamento de higiene. Y además, usted no es mi
padre para darme órdenes. No me voy a quitar los calcetines. ¡No se canse de
esperar!
El señor Grand se pone rojo de repente, paralizado por la sorpresa. Debe
de ser la primera vez en su vida de profesor que tiene que hacer frente a una
rebelión de este tipo.
Moussaoui sigue resistiendo con mayor determinación. ¿Será que quiere
ser respetuoso con las narices de su adversario?
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—Tienes los pies sucios. Por eso no te quieres quitar los calcetines
—replica el maestro que, sin darse cuenta, está tuteando a su alumno.
Entonces sucede algo increíble. Moussaoui, con una risita forzada, le
taladra con una mirada de desprecio y le suelta:
—¡No eres más que un marica! Vete a la mierda.
Un frío helador paraliza la clase. Durante algunos segundos se oye
balbucear al maestro. Las palabras no le salen de la boca. Está completamente
desconcertado. Moussaoui se crece. Se levanta, se pone de espaldas a la
ventana, al lado del profesor, con los puños apretados, y le grita:
—Ven, marica, si quieres pelearte. ¡A mí no me das miedo!
El señor Grand ni siquiera es capaz de reírse ante la grotesca situación.
Vuelve a su mesa, y sin mirar a Moussaoui, le dice:
—¡Esto lo vamos a arreglar con el director!
Mi primo vuelve a sentarse, tan tranquilo.
—¿El director? Que le jodan —dice antes de pasar a un plano más
general— y que os jodan a todos uno por uno.
—Será expulsado de la escuela, pobre idiota.
—¿Sabes por dónde me meto yo tu escuela?
—¡Bueno, basta ya! —dice el maestro—. ¡Si no, me voy a enfadar pero
de verdad!
—¡Enfádate! ¡Enfádate! —repite el rebelde excitado, dando saltitos a lo
Mohamed Alí—. ¡Ven! ¡Ven! ¡Te estoy esperando!
—Vaya, ¡me voy a ver obligado a encerrar a este loco! —sugiere el señor
Grand volviéndose hacia nosotros.
—¡Marica! —repite Moussaoui remarcando la «m».
—¡Continúe! ¡Ya verá qué risa cuando sus padres pierdan todas las
ayudas familiares!
Estas últimas palabras son un palo para Moussaoui. El argumento es de
peso. Que le expulsen de la escuela, vale, ¡pero que le toquen el bolsillo a su
padre porque él no quiera enseñarle los calcetines al maestro, eso no! Aparece
el miedo en su rostro y baja la mirada, vencida, sobre el pupitre. Como un
moribundo, todavía farfulla algunas palabras incomprensibles; después, un
súbito resplandor se apodera de él:
—¡Sois todos unos racistas! —grita—. No nos queréis ni oler porque
somos árabes.
El señor Grand tiene la sartén por el mango. Ataca:
—No intente defenderse de ese modo. La verdad es que eres un vago, y
los vagos como tú jamás consiguen nada en la vida.
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—¡Qué marica! —dice Moussaoui volviéndose hacia Nasser—. Se piensa
que no sabemos por qué nos pone siempre al fondo de la clase.
Lleno de miedo, Nasser no sabe a dónde mirar. No tiene la menor
intención de que sus padres pierdan también el subsidio.
—¡Mentiroso! —sigue el señor Grand—. Mire a Azouz… (Todas las
cabezas se giran hacia mí). También es árabe y sin embargo es el segundo de
la clase… Entonces, no busque excusas. Usted no es más que un idiota
holgazán.
La réplica me deja pegado al asiento. ¿Por qué yo? ¡Menuda idea ha
tenido el maestro al sacarme a relucir! Moussaoui está con la boca abierta
sobre su cuaderno. Estaba a punto de responder otra vez, de demostrarle al
maestro lo racista que es, pero le han dado en toda la cara con una verdad
implacable. Todo ha terminado. Agoniza. ¡Jaque mate al rey! ¡Y por mi
culpa!
Con las últimas palabras del maestro aún resonando en la clase y en mi
cabeza, el maestro retoma la lección. El señor Grand vuelve a hablar en un
tono normal, pero en el fondo, en el rincón de los borricos como él dice,
Moussaoui y sus cómplices hablan en árabe, en voz alta, riendo y moviendo
las sillas. Es una rebelión en toda regla. Pero el profesor parece de piedra. Y
yo ya no existo, no le escucho. Tengo miedo de las represalias de mis primos.
Poco después, el timbre me saca de mi aturdimiento. Mientras nos
dirigimos al patio del recreo, algunos alumnos franceses comentan en voz
baja el golpe de estado de los árabes del fondo de la clase. Una vez más tengo
que aguantar a Jean-Marc Laville, que quiere establecer relaciones de élite
entre nosotros:
—Siempre nos está molestando, ¡y encima nos llama racistas! No me
gusta ese tío, ¿y a ti? —me confía.
—¡No es asunto mío! —le contesto bruscamente.
Y se larga a reunirse con sus semejantes.
Voy a ver a Hacène, que está jugando a las canicas en una esquina del
patio, cuando Moussaoui se acerca a mí, seguido de su guardia imperial. Los
ojos le brillan de odio.
—¿Qué quieres ahora? —le digo.
—Ven, vámonos lejos de aquí. Tengo que hablar contigo.
Nos alejamos del sitio donde están reunidos el director y los maestros. Me
doy cuenta, además, de que el señor Grand está en medio de ellos,
contándoles lo que le acaba de ocurrir.
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—Mira —me dice Moussaoui—, somos árabes, y no va a venir ahora un
marica francés a hacernos pasar rachema oliendo nuestros calcetines delante
de todo el mundo.
—¿Y qué?
—¿Y qué…? ¿Y qué? Eres el pelota más grande que he visto en mi vida.
Cuando te ha dicho que te quites los calcetines, ¿qué le has dicho? Sí, señor,
ahora mismo… como una mujer.
—¿Y qué?
—Vale, ¿me vas a decir por qué?
—¡Pues porque es el maestro! Y además a mí me daba igual, porque mi
madre me ha puesto calcetines limpios esta mañana…
Mientras Moussaoui empieza a ponerse nervioso, Nasser viene al rescate:
—Todos nosotros estamos los últimos, ¿sabes?
—Sí.
—¿Y por qué estamos los últimos?
—¡Yo qué sé!
—¿No ves que el maestro es un racista? No le gustan los árabes, te lo digo
yo…
—No lo sé.
—¡Ah claro, no lo sabe! —continúa Moussaoui—. Normal, no es árabe.
Los otros asienten.
—¡Sí! ¡Soy árabe!
—¡Si lo fueses, estarías con los últimos de la clase, como nosotros! —dice
Moussaoui.
Y Nasser continúa:
—Sí, sí, ¿por qué no estás con los últimos, con nosotros? Te ha puesto el
segundo, con los franceses, claro, porque no eres árabe sino gauri como ellos.
—No, yo soy árabe. Estudio mucho y por eso saco buenas notas. Todo el
mundo puede ser como yo.
Interviene el tercero en discordia con la pregunta de siempre:
—Vale, dinos, ¿por qué estás siempre con los franceses en el recreo? ¿No
es verdad que nunca vienes con nosotros?
Los otros inclinan la cabeza en señal de aprobación. ¿Qué les digo?
—¡Mira como no dices nada! Porque tenemos razón. Ya está, eres
francés. O peor, tienes pinta de árabe como nosotros, pero te encantaría ser
francés.
—No. Eso no es verdad.
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—Bueno, venga, dejadlo ya —dice Moussaoui—. No hablamos a los
gauris.
Y se alejan, despreciándome de los pies a la cabeza, como si hubieran
desenmascarado a un espía.
Por más que intento dármelas de listo, decirme que me tienen envidia,
tengo la impresión de que el señor Grand me la ha jugado. Estoy
terriblemente avergonzado por las acusaciones que me han hecho mis
compatriotas, porque son verdad. Siempre estoy con los franceses en el
recreo. Tengo ganas de parecerme a ellos. Obedezco al señor Grand a pies
juntillas.
Las horas pasan lentamente. Después de comer, el director vino a nuestra
clase a buscar a Moussaoui y ya no le volvimos a ver.
Por la tarde, a la salida de la escuela, cuando me reúno con todos los
chavales de la Chaâba, no le cuento nada a nadie. Volvemos tranquilamente a
las chabolas, como de costumbre.
¡No eres árabe! ¡Eres un francés! ¡Traidor! ¡Pelota! ¿Pero qué les he
hecho a los primos de la clase? ¡No eres árabe! ¡Sí! Soy árabe y puedo
demostrarlo: tengo cortado el pellejito como ellos desde hace tres meses.
Encima de que no es nada fácil hacerse árabe, y ahora piensan que soy un
traidor.
¡Ay! Mis queridos padres se creían que no me había enterado de que había
llegado el día, pero no soy un pardillo. Varios días antes de la ceremonia,
habían empezado a prepararnos a Moustaf y a mí.
Mi madre repetía sin cesar a su «corderito»:
—Pero, dime, ¿qué vas a hacer con todo el dinero que vas a ganar? ¿Me
darás algo? ¡Qué suerte tienes, corderito!
¡Menuda suerte! De buena gana hubiera cambiado mi puesto por un
mendrugo de pan. En otra ocasión ya había asistido a la subida al patíbulo de
otro chaval y envidiado su repentina riqueza, pero aun así prefería seguir
siendo pobre.
Cuatro días antes del fin de semana decisivo, las mujeres habían estado
amasando cuscús en enormes barreños. Mi madre usaba uno que conservaba
desde El-Ouricia. Durante la preparación del cuscús, la Chaâba se envuelve
en el ambiente de los días de fiesta. Una decena de mujeres estaban apoyadas
en las fachadas de las chabolas, sentadas sobre sus enormes traseros, con la
pierna izquierda estirada y la otra doblada, sujetando así el barreño en el que
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amasaban y hacían montones con los granos de cuscús. Tamiz, agua, sal,
sémola… Todo se hacía al ritmo marcado por el movimiento de los brazos.
Una mujer se hacía cargo de los refrigerios, pasando entre las trabajadoras
ofreciéndoles café. El tocadiscos escupía canciones de Sétif, mientras los
niños revoloteaban como moscas alrededor de sus madres y de las pastas que
acompañaban al café.
El verdugo ya estaba avisado.
El viernes por la tarde el ambiente en la Chaâba casi había alcanzado su
apogeo, y mientras los bendirs sonaban rítmicamente, las mujeres bailaban la
danza del vientre en la chabola de los primos, y los hombres, reunidos en
nuestra casa, sentados en sillas hablaban sobre la vida en Francia. Los niños
alternaban entre las dos fiestas, picoteando de los platos que encontraban aquí
y allá.
Me acuerdo de no haber dormido, del miedo que me retorcía las tripas. No
dejé de preguntar a mi hermano:
—Dime, ¿hace daño?
—No sé, también es la primera vez para mí.
—¿Crees que ganaremos mucha pasta? ¿Qué vamos a hacer con ella?
Tengo ganas de comprarme una bici. ¿Crees que papá me dejará?
Al final Moustaf se durmió.
Por la noche, vi un hombre peludo que se acercaba a mí blandiendo una
cuchilla de afeitar, gritando como un loco. Cuando me puso su mano de
matarife sobre la cabeza, salté haciendo un esfuerzo supremo para librarme de
él. Me desperté bruscamente. Mi madre estaba ahí, sonriendo delante de la
cama. Había venido a despertarme.
Sábado, siete de la mañana. El día más largo.
Mi madre nos hizo tomar un baño en la palangana familiar, nos puso a
cada uno de nosotros unos calzoncillos blancos y una gandura inmaculada
que nos llegaba hasta los tobillos, y alrededor del cuello un pañuelo verde
lleno de nudos.
Nueve de la mañana. Estamos preparados, dando vueltas por el barrio,
aterrorizados, angustiados, esperando la llegada del tahar. Llegan los
invitados, nos besan, nos dan ánimo con cariñosos golpecitos en la cabeza.
Vestidas con largos binuars de mil colores, luciendo joyas de oro en el cuello,
en las muñecas, alrededor de la cintura, en los dedos, las mujeres iban
apareciendo en el patio.
La llegada del tahar me heló la sangre. Un hombre grande de aspecto
europeo, con bigotes, vestido con un traje marrón «made in mercadillo de
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Villeurbanne», y con una corbata que parecía cortada de una cortina verde
vieja. Llevaba una cartera de mano. Mi padre le recibió y le hizo pasar a la
habitación principal, en donde habían puesto un colchón en el suelo, adornado
con grandes cojines bordados.
El tahar nos llamó. Después de dirigirnos algunas palabras
tranquilizadoras, nos levantó las ganduras hasta el ombligo, nos bajó los
calzoncillos y palpó nuestro pellejito.
—¡Está bien! —dijo con una sonrisa en los labios—. ¿Tú cómo te llamas?
—Azouz.
—Eres un chico mayor, Azouz.
Al mediodía, los invitados ya habían hecho los honores a toneladas de
cuscús con verduras de todos los tipos y trozos de cordero, a las sandías, los
dátiles y los pasteles de sémola con miel.
Las dos. El tahar se levantó de la mesa para entrar en la sala de ejecución.
Algunos hombres le siguieron, llevándonos a nosotros con ellos. Las mujeres
ya están allí. Acurrucadas en una esquina, cantan, tocan los bendirs, se
desgañitan. Dos sillas habían sido colocadas al lado de la ventana. El tahar
sacó sus instrumentos y todas sus cosas, y cuando hizo la señal a los hombres
que estaban junto a mí, mi madre empezó a llorar.
Entonces me agarraron cuatro hombres. En una milésima de segundo me
habían subido al potro, con los miembros inmovilizados. Torrentes de
lágrimas salían de mis ojos, y la colonia que mi madre me echaba en el pelo y
en la frente sólo servía para aumentar mi angustia. Los invitados se acercaron
a mí y discretamente me introdujeron billetes en los nudos del pañuelo verde,
consolándome a gritos para que pudiese oírles.
El tahar me cogió el sexo con los dedos e hizo emerger el glande rosa.
Sólo de verlo, me empezó a invadir el dolor y lloré más fuerte. Después tiró
hacia delante toda la piel sobrante, empujando mi glande hacia atrás con el
pulgar. Chillé, pero mi grito de sufrimiento quedó tapado por los cantos y los
ayayay de las mujeres.
—Mi hijo es un hombre y no llora —me repetía mi padre.
Después, el hombre del traje, con una rodilla en el suelo, sacó su arma:
unas tijeras cromadas, brillantes, finas, alargadas. Ante esta visión de
pesadilla, mi cuerpo entero se puso rígido, se me hincharon los músculos de
las piernas, los ojos se me querían salir de las cuencas.
—¡Abué, dile que pare! ¡Abué, no quiero! ¡Pare! ¡Pare! No…
—¡No pasa nada, hijo, no llores! —seguía diciendo mi padre.
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Intenté tomar impulso para escapar de la sujeción de mis verdugos. Doblé
y estiré violentamente las piernas para hacer que me soltaran. En vano.
Entre el barullo de mujeres apelotonadas, chorreando sudor, distinguí a mi
madre. Se pasaba un pañuelo por los ojos y la frente para enjugar el sudor y el
dolor.
—¡Emma, Emma, dile que no quiero que me corte! ¡Ya no quiero! ¡Emma
te lo suplico!
Ella volvió la cara para poder llorar a sus anchas.
Escupí sobre Bouchaoui, que me agarraba de una pierna. Me sonrió.
Insulté y maldije a todo el mundo. En vano.
El tahar me echó una mirada malvada y me dijo:
—Para inmediatamente de moverte o te lo corto todo.
Me tranquilicé.
Las dos hojas de las tijeras agarraron mi pellejito haciendo tenaza, y la
sangre brotó a chorros. Me abandoné al sufrimiento mientras el tahar echaba
polvos coagulantes sobre mi puntita despellejada. Después me cogió en
brazos y me puso sobre el colchón. Del resto, ya no me acuerdo. Mi madre y
unas cuantas ancianas salieron al terraplén, y cantando antiguas canciones
rituales, enterraron mi pellejito junto con unos granos de cuscús. Todavía
sigue allí.
¡Tratarme de traidor, con todo lo que yo he hecho!
Diez días sin poderme poner calzoncillos, sin atreverme a hacer pis por
miedo a perder lo demás que no me habían cortado, diez días andando como
un pato para evitar el roce. No, primo Moussaoui, ya me he ganado el título
de árabe. Ya lo tengo.
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Sin embargo, algún tiempo después, al volver del trabajo traía enganchada
una bici roja al guardabarros trasero de su Mobylette. Le di besos durante un
cuarto de hora, le prometí que jamás la usaría más allá del terraplén, que
nunca iría al bulevar, y que estudiaría aún más para que estuviese contento.
A este último argumento me contestó:
—Ah, no, hijo. Si estudias es para ti y no para mí. Es tu vida y no la mía
la que estás preparando.
Cogí la bici roja y ante su mirada ansiosa di una vuelta de prueba.
—¡Mira! ¿Ves qué bien lo hago?
—Sí, sí, ya lo veo. Pero vuelve ya, la vas a estropear.
—No, Abué, todavía no. Mira, estoy aquí, no me voy lejos.
—Vuelve, te he dicho. No empieces…
Le hago caso, muy lentamente, para que se me note el descontento. Mi
padre empieza a ponerse nervioso.
Las semanas pasaron sin que pudiera utilizar la bici a mi aire. Mi madre
había sido presionada para prohibirme salir durante la ausencia del jefe de la
casa. Por eso a la primera ocasión, cuando Rabah me propuso ir Vaulx-en-
Velin a por alfalfa para sus conejos, esperé a que ella saliese a la bomba de
agua para escaparme con la bici.
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Entonces se dirigió a los demás:
—Bájate tú también. Tú también. Tú también.
Después a Rabah:
—¡Y tú! Venga, como los demás, baja o te hago bajar yo.
El muchacho debió de remarcar su gesto habitual, con el que manifestaba
su orgullo, y no tuvo tiempo de esquivar el tremendo puñetazo que le dio mi
padre en la cara. El gesto desapareció. Su padre y su madre permanecieron
callados.
Bouzid cogió entonces todas las bicis, las puso en un montón en mitad del
patio de la Chaâba, y bajo nuestra mirada incrédula, cogió un martillo que
tenía preparado, lo elevó sobre su cabeza con un movimiento lento y
tranquilo, y lo dejó caer varias veces… hasta que de nuestras bicis de alegres
colores no quedó más que el recuerdo.
Mi bici estaba debajo de ese montón, ojalá quedase algo de ella. Dándome
cuenta del desastre, apreté los dientes para no escupir mi desprecio. Había
sacrificado mi pellejito para nada.
Desde que ya no tenemos bicis en la Chaâba, los días que no hay colegio
siempre me quedo por los alrededores de casa. Mi padre no quiere que
vayamos al mercado, ni a las orillas del Ródano, ni al bulevar. La escapada de
la última vez lo ha traumatizado. Mi madre se queja cada vez más de mí, y su
moufissa va en aumento. Esta mañana, había decidido darse un baño en el
barreño verde. El agua se está calentando desde hace rato en la cocina.
Emma se quita el binuar, y se instala en la palangana con toda su
humanidad. Parece un recién nacido regordete acuclillado en una minúscula
cacerola. Zohra empieza a echarle un bidón de agua templada por el pelo para
hacer espuma con el champú. El líquido se derrama por el suelo de linóleo.
—¡Ve con cuidado! ¡Vas a ahogarme! —Emma se pone nerviosa.
Zohra se vuelve hacia mí, divertida, un poco irónica.
Nuestra madre se enfada:
—¿De qué te ríes?
Después a mí:
—¿Y tú qué miras? ¡Venga, afuera!
Era de esperar. Siempre soy yo el que me la cargo. Cuando me quedo en
casa me dicen que salga, y cuando estoy fuera me dicen que entre.
Hacène pasa por delante de nuestra ventana. Me hace una señal para que
vaya con él:
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—¿Qué estás haciendo?
—Nada, iba a salir.
—Podríamos ir a pescar al Ródano.
—¿Estás chalado o qué? ¿Quieres que mi padre me degüelle?
—¿Estás cagado de miedo?
—¡Claro que estoy cagado! Mira las marcas que tengo en el culo. De la
última vez que estuvimos en el Ródano y mi padre vino a buscarnos.
Ya entiende mis dudas. Sigue sugiriendo:
—Vale, vamos a la cabaña. No estaremos mucho tiempo si no quieres…
Damos algunos pasos en dirección a la casa de la Louise. Dos chicos están
tirando piedras al cartel que dice: «Terraplén. Prohibido tirar basuras bajo
pena de multa». Cada proyectil que acierta en la diana suena como un gong.
Un poco más allá, Saida pasea a su hermano pequeño en un carrito. Lleva
puestos unos zapatos de tacón de aguja que encontró la semana pasada en la
basura del camión. Camina como una gran señora. Hacène llama su atención
levantándole la falda:
—¡Gilipollas! ¡Estate quieto o se lo cuento a tu madre!
—¡Qué tonta! No podemos ni divertirnos.
Después se vuelve hacia mí:
—Hala, venga, vamos a la cabaña.
Saida dice:
—¿Vais a la cabaña? ¿Puedo ir con vosotros?
—Si quieres… —contesta Hacène—. Harás la limpieza mientras nosotros
vamos de caza.
—¡Vale! Esperadme.
Corre a casa para dejar a su hermanito y reaparece enseguida, encantada
ante la idea de irse con los chicos. Por el camino, Hacène no deja de tocarle el
culo, pero ella cada vez opone menos resistencia.
La cabaña sigue ahí, escondida bajo el roble. Saida se hace una escoba
con ramas y empieza a barrer el interior. Algunos momentos más tarde, Saida
para y se sienta con las piernas cruzadas delante de mí.
Le pregunto:
—¿Qué hacemos?
—¿Contamos chistes de Totó? —sugiere Hacène—. ¡Yo me sé uno! Totó
y pellízcame están en un barco. Totó se cae al agua. ¿Quién queda?
—¡Pellízcame! —grita Saida, contenta por haber encontrado la solución.
La pellizco en las nalgas.
—¡Gilipollas!
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Nos tronchamos de risa. Ella se enfada.
—Me largo…
La retengo agarrándola por el vestido.
—No, espera. Mira. ¿Has visto alguna vez una zenana cortada? ¿Quieres
ver la mía?
—No. ¡Qué asco!
—No. Ahora no se ve nada. Está curada.
Después de bajarme la bragueta, saco mi cosa y se la enseño al detalle.
Ella parece interesada.
—¿Has visto como no es ninguna guarrería?
—Sí, ya lo he visto.
—¿Y si follamos como los mayores?
Se pone roja del susto, pero Hacène, a pesar de la sorpresa, se
envalentona:
—¡Sí! ¡Vale, vamos a follar como los mayores!
—Vale, ¿pero y si nos ve mi madre?
Yo la tranquilizo:
—Tu madre no está aquí. Y además no se lo vamos a contar a nadie.
¡Bájate las bragas!
Después de dudar durante algunos segundos, me obedece.
—¿Y ahora cómo se hace? —pregunta.
Me acerco a ella con mi zenana entre los dedos. Entonces Saida, sentada,
abre las piernas para ofrecerme su intimidad. Yo pongo delicadamente mi
martillo en su yunque y espero, en aquella extraña posición, a que pase algo.
¿El qué? Ni la más mínima idea.
—Entonces ¿qué hay que hacer? —pregunta Saida.
—Nada —le contesto—. ¡Se folla y ya está!
Hacène interviene después de haber seguido la lección con
aprovechamiento.
—¡Yo también quiero follar!
Él también desenvaina y me imita.
—¿Es así como lo hacen nuestros padres? —pregunta la niña.
Nadie responde.
Al cabo de un rato, contento por haber follado él también, Hacène se sube
el pantalón, muy serio.
De repente, una voz suena con claridad entre los troncos de los árboles del
bosque. Viene de la Chaâba.
—¡Saida! ¡Saida!
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La niña grita:
—¡Es mi madre!
Se sube las bragas, se coloca la ropa y nos pide por última vez:
—No contéis nada, ¿vale?
—No, no, no tengas miedo… —le digo a la vez que Hacène.
Ella desaparece entre los árboles.
Al día siguiente, todos los chavales de la Chaâba ya sabían que habíamos
follado con Saida.
Íbamos de camino a la escuela cuando nos cruzamos con dos Peugeot 404
y un furgón de la policía que iban hacia la Chaâba.
—¡Van a nuestra casa! —gritó Rabah.
Todos volvimos corriendo detrás de los vehículos, que iban a poca
velocidad por culpa de los baches.
Efectivamente, se paran en el terraplén de la Chaâba, y unos hombres de
uniforme se precipitan hacia la entrada. Uno de ellos, seguramente el
inspector, pregunta:
—¿Quién es aquí el jefe?
Hacène se acerca a mí.
—Han venido por lo de las putas. Estoy seguro.
—¡Me extrañaría!
—Puede que alguno de los clientes al que le hayamos roto el parabrisas
nos haya denunciado.
—A lo mejor tienes razón.
—Entonces ¿aquí no hay nadie que hable francés? —continúa gritando el
inspector, delante de la puerta.
Con una señal llama a tres policías, que inmediatamente rodean la
Chaâba, mirando con ojo inquisidor. El inspector nos lanza una mirada no
demasiado amigable.
Dos mujeres, entre ellas mi madre, acuden a la entrada. Por pudor, se han
envuelto la cabeza en toallas de baño.
El inspector formula el motivo de su visita:
—Aquí hay mataderos clandestinos. ¿Dónde están?
Las mujeres permanecen mudas. Levantan al cielo las manos abiertas para
mostrar su ignorancia.
—Corderos… carnicería… cuic… cuic… —dice el inspector mientras
imita un cuchillo cortando la garganta de un animal.
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Esta vez mi madre lo entiende.
—No sé. Yo no hablar francés. No entender…
El inspector pierde la paciencia, irritado por mi madre que no para de
repetir: «¡No entender…! ¡No entender!».
—Todos sois iguales. Nunca entendéis francés delante de la poli.
Después, volviéndose hacia un compañero:
—Sólo saben hablar francés cuando les interesa. Venga, vamos. Vosotros
dos, por aquí. Tú, por ese lado. Los otros conmigo.
Los policías entran en nuestras casas y lo registran todo de cabo a rabo.
Nada. Ni el más mínimo olor a sangre de cordero. Ni la más mínima pizca de
lana. Salen mirándonos de pies a cabeza. Al llegar a la entrada, el inspector
lanza una nueva mirada sobre sus sospechosos… Un escalofrío me recorre el
cuerpo. El inspector sonríe, da tres pasos hacia mí y me clava los ojos:
—¿Vas a la escuela, pequeño?
—Sí, señor.
—¿A qué escuela vas?
—A la escuela Léo-Lagrange, señor.
—¿Y estudias mucho en la escuela Léo-Lagrange?
—Sí, señor. Ahora estoy entre los primeros. Antes…
El inspector me interrumpe:
—Eso está bien. Ya sabes que hay que estudiar mucho. Algún día, si
quieres, también podrás ser inspector de policía. Pero, dime, hará falta que
hagas respetar la ley. ¿Crees que tú podrás hacer eso?
—Por supuesto, señor. En la escuela aprendemos lecciones de moral.
—¡Ah! Entonces, podrás ser un gran inspector. Ahora ¿puedes decirme
dónde se matan aquí los corderos?
—Sí, señor. Sé dónde es. Mi tío es el carnicero. Mata los corderos detrás
de las chabolas, al fondo del jardín. ¿Ve el manzano? Bueno, pues ahí, justo
detrás.
—Ve tú delante e indícame cómo se llega, señor futuro inspector.
Orgulloso de mí mismo y bajo las miradas estupefactas de las mujeres de
la Chaâba, conduzco a los representantes del orden y la justicia hasta la
mancha de sangre seca. Encima están los ganchos de los que mi tío cuelga a
los animales para despiezarlos. Aquí y allá hay tiradas unas pieles de cordero
todavía frescas, a la espera de ser tratadas. Despiden un olor espantoso, y el
inspector no lo soporta.
Dos policías se acercan. Uno de ellos saca una cámara fotográfica de su
funda y fotografía el sitio desde todos los ángulos. Yo no entiendo nada.
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—Venga, ahora vámonos —ordena el inspector.
Al pasar delante de las mujeres que han observado la escena, le tiende a
mi madre un papel en el que ha garabateado algunas palabras a toda prisa.
—Usted le dará esto al propietario de la casa. Es una citación para la
comisaría de Villeurbanne. Esta tarde, antes de las seis, ¿comprendido?
Mi madre no siempre entiende el francés. Levanta los brazos como si,
acorralada, se rindiera. Entonces el inspector se vuelve hacia mí.
—¿Tú sabes leer?
—Sí, señor.
—Entonces le leerás ese papel al propietario de la casa.
—Es mi padre, señor.
—Bien, dile que venga esta tarde antes de las seis, con tu tío el carnicero,
a la comisaría de Villeurbanne. Serás un gran chico.
Me guiña un ojo.
—Sí, señor inspector, se lo diré todo a mi padre.
Los uniformados montan en sus vehículos y se largan hacia el bulevar.
Apenas desaparecen por el camino, Zidouma se abalanza sobre mí, con las
garras afiladas:
—Pedazo de imbécil, ¿no puedes cerrar la boca? ¿Lo has hecho aposta,
eh? ¡Reconoce que lo has hecho aposta!
Me sacude la cabeza agarrándome por los pelos. Me parece que he debido
de hacer algo grave. Mi madre interviene:
—¿Vas a dejar a mi hijo tranquilo? ¡Te prohíbo que lo toques! No es
culpa suya. No es más que un niño. Y además, os está bien empleado. ¡No
sólo hacéis cosas ilegales en nuestra casa, que mañana todos los periódicos
van a hablar de nosotros, sino que además quieres pegarle a mi hijo! Ah no, lo
que faltaba…
—Tienes envidia —afirma Zidouma— porque mi marido con la carnicería
gana más dinero que el tuyo.
—Ya no tengo ganas de hablar contigo. Los hombres resolverán este
problema entre ellos por la noche —responde mi madre empujándome por la
espalda para que entre en casa.
El inspector me ha tomado el pelo completamente.
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Mi padre se sentó después de colgar la chaqueta en el pomo de la puerta, y
luego se levantó y metió la mano en uno de los bolsillos. Se dirigió hacia mí y
me tendió un paquete de caramelos, sin que sus labios expresasen la más
mínima emoción.
—Toma, cógelo. Es para ti.
Cogí el regalo y él enseguida volvió a su sitio. Yo me levanté para darle
un beso, y entonces sonrió:
—Goloso. Compártelo con tus hermanos y hermanas.
Mi madre volvió; seguía desviando la mirada.
—Tráeme el café.
—Sí, voy.
Entonces gritó Zohra:
—Ya va, Emma, lo estoy preparando.
Mi madre dio tres pasos en dirección a la cocina, dudó, y después volvió
para anunciar con gravedad:
—La «bulicía» ha estado aquí esta tarde.
—¿Qué me estás contando? ¿La «bulicía»? ¿Qué ha venido a hacer aquí
la «bulicía», a mi casa?
Mi madre se quedó muda ante la avalancha de preguntas. Yo paré de leer,
y Zohra continuaba echando el café en la cacerola, mientras miraba a su
padre.
—¡Vamos, mujer, habla! ¿Qué desgracia ha caído sobre nosotros, por
Allah?
—Por los corderos de Said… Han venido por sus corderos. Querían saber
dónde se mataban los corderos. Azouz les ha enseñado el lugar.
Un extraño resplandor salía por sus ojos. Gritó:
—¡No se debe tentar al diablo! Este hombre es un demonio. Nunca tendría
que haberle dejado matar esos animales en mi casa. Después de todo, me lo
merezco. Soy el único responsable. ¡Ahora se va a comer sus corderos!
Maldiciendo a voces, se levantó para salir. Mi madre le asestó un golpe
decisivo:
—Tienes que ir a la «cumisaría», esta tarde, con él.
—¿Qué? A la «cumisaría», yo que en la vida le he dirigido la palabra a la
«bulicía»… Ahora van a echarnos de aquí como perros. ¡Ay, maldito
hermano! ¿Por qué no te abandonaría en El-Ouricia?
Mi madre se encerró en la cocina, temblando de miedo.
—Tú, deja de dar vueltas con la cuchara —le dice a Zohra—. ¿No ves que
se ha salido el café? Ya tenemos bastantes problemas por el momento.
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Lleno de un odio terrible, Bouzid salió de la casa, completamente
decidido a hacerle pagar a su hermano el precio de la desgracia que nos
abrumaba. Yo lo seguí.
—¿Dónde está ese demonio? ¿Dónde se esconde ese perro? —gritó a
Zidouma mientras empujaba con el pie la puerta de la chabola.
—¡En el jardín! —respondió ella con la cabeza bien alta en señal de
rebeldía.
—¡Sois todos iguales! —le gritó mi padre a la cara antes de cerrar la
puerta de un portazo.
Said estaba allí, en su tenducho, cortando a toda prisa los restos de
cordero que la policía había descubierto, sin duda ansioso por venderlos antes
de ir a la comisaría.
—¡Cabrón! ¡Por tu culpa la «bulicía» viene ahora a mi casa! ¡No tienes ni
honor ni vergüenza, hacerme esto a mí! ¡Maldito seas! ¡Allah te hará pagar tu
ignominia!
Furiosamente cogió todos los trozos de carne, los tiró al barro y los
pisoteó como si el que estuviera bajo sus pies fuese su hermano.
—No esperes nada más de mí. Me das asco. ¡Márchate! ¡Márchate! Coge
a tu familia, tus muebles, tu chabola… Vete lejos de mi vista —estalló,
mientras comenzaba a destrozarlo todo.
Said se tapó los ojos, tragando saliva. ¿Qué fuerza le impedía poner la
mano sobre su hermano mayor? Imposible. Inimaginable. No se levanta la
mano al jefe de la Chaâba, aunque nos humille hasta lo más profundo.
Bouzid salió del jardín, tropezando con una piel de cordero que se secaba
en el suelo. Le pegó una patada tremenda. La piel se le enredó en el zapato.
—¡Vamos, tú, vuelve a casa! ¿Qué haces aquí? —me gritó.
Zidouma esperaba delante de la bomba. Cuando vio venir a mi padre, le
plantó cara por primera vez en su vida, con los labios caídos, la nariz fruncida
y los ojos inyectados de odio.
Se atrevió a decir:
—¿Pero tú quién eres? ¿Allah en persona? No somos tus esclavos. No
eres más que un ser humano. Más aún… Un ser humano nunca habría hecho
lo que tú le has hecho a mi marido. Esto ya es demasiado. Siempre has estado
contra nosotros… Parece que le tienes envidia. La «bulicía» lo ha descubierto
todo por culpa de tu hijo, es a él a quien tienes que pegar…
—¡Vuelve a tu casa, mujer! No es asunto tuyo.
—No, no me voy a casa. Soy libre.
—¡Vuelve a tu agujero, te lo advierto, o te haré volver yo!
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—He dicho que no. ¡Pégame! ¡Venga! ¡Pégame!
Al oír estas palabras, mi padre se lanzó sobre ella sin miramientos y la
cogió por el pelo para arrastrarla a su chabola. Los vecinos salieron, atraídos
por los gritos y los llantos de los niños. Tres hombres rodearon a mi padre.
—Ahora esta cochina quiere ser como un hombre, la muy guarra. Mirad
cómo me insulta. Dejadme que la degüello, me voy a beber su sangre.
Zidouma, poseída por el diablo, insultaba a más y mejor, maldecía,
amenazando con quemarnos vivos en una hoguera.
Al cabo de unos minutos consiguieron separar a los contrincantes y
encerrarles en sus respectivas chabolas. Los hombres se quedaron con mi
padre. Mi madre y mi hermana lloraban. Yo también lloraba, desconcertado.
—¡Léeme esto, rápido!
—Pero si lo leo en francés, no vas a entender nada —contesta Zohra, y le
propone a mi padre traducir al árabe lo más importante del artículo del
periódico local que habla de nosotros.
—Entiendo el francés mejor que tú. ¿Me tomas por un burro o qué? Te
digo que lo leas todo, palabra por palabra. ¡Y sobre todo no te dejes nada!
Zohra lo hace. Sabe perfectamente que mi padre no va a entender nada.
—«Durante el curso de un registro llevado a cabo el martes por la tarde en
una barriada suburbial de Villeurbanne, los policías de la comisaría de
Villeurbanne pudieron descubrir un importante tráfico de carne operado por
norteafricanos. Allí, en deplorables condiciones higiénicas, fuera de todo
control reglamentario, los corderos eran degollados y posteriormente
troceados y vendidos a una clientela magrebí, mayoritariamente en las casas
prefabricadas del bulevar Laurent-Bonnevay. La perspicacia de los policías y
su incansable trabajo han permitido poner fin a estas actividades ilegales. Una
severa multa ha recaído sobre el señor Bouzid… y el señor Said…».
—¿Habla de mí?
—Creo que sí.
—¡Continúa!
—Se ha acabado.
—¿Estás segura?
—Sí, mira. He llegado hasta aquí, al final de la línea.
Con el dedo tembloroso, Zohra señala el final del artículo. Durante toda la
lectura, mi padre ha estado frente a ella, con los ojos entrecerrados para
registrar mejor las palabras, con la oreja pegada a la lectora.
—¿Y esto, qué es esto? —prosigue apuntando a otro artículo.
—Esto es otra cosa. Ya no hablan más de nosotros… ¡acaba aquí!
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—¡No te creo! ¡Sigue leyendo!
—Pero no sirve de nada. ¡Es sobre deporte!
—¿«Diborte»? ¿Te burlas de mí? ¡He dicho que leas!
—«Olympique Lyonnais 3 - Marsella 1. Una merecida victoria»
—continúa Zohra llorando.
—¿Estás llorando? Tú me ocultas algo.
Moustaf, a la escucha desde el principio, interviene:
—Abué. Tiene razón, ya se ha acabado. Ahora hablan de fútbol.
—¿De fútbol? Bueno, está bien por esta vez —aprueba mi padre.
Zohra se retira a la cocina, extenuada por la prueba.
—No se les puede pedir nada a estas mujeres, lloran por nada. ¿Pero es
que estáis todos compinchados contra mí o qué? —insiste Bouzid.
Después, volviéndose hacia Moustaf, dice:
—¡Tradúceme lo que cuentan en este periódico!
Él traduce, más o menos, las palabras más importantes del artículo.
—¿«Suburbias»…? ¿Qué es eso de «suburbias»?
—¡Es esto, la Chaâba, Abué!
—¿Por qué nos llaman «suburbias»?
—No lo sé, yo…
Mi hermano está visiblemente aturdido por las preguntas de nuestro padre.
Dobla el periódico, lo pone sobre la mesa y sale de la habitación. Bouzid lo
vuelve a coger, y lo hojea hasta que reconoce el artículo y fija los ojos en él,
torciendo el gesto:
—¿«Suburbias»?… tráfico… corderos. Hablan en el periódico de mí, de
Bouzid. Ahora todos los franceses van a conocerme. ¡Qué vergüenza! La
«bulicía» me va a vigilar. Conozco sus métodos. Me van a joder hasta
echarme. «¡Venga, lárgate a tu país!», es lo que me dirán algún día. Ya
conozco a los franceses. ¡Y todo por su culpa! Pero Allah le castigará.
Y, volviendo la cabeza hacia la pared que nos separa de la chabola de los
primos:
—Y encima, ¡esa vieja cochina quería levantarme la mano! ¡Malditos
sean!
Llaman a la puerta:
—Entra, Bouchaoui, entra. Ven a tomar un café conmigo. ¿Has leído el
periódico? Estamos bien jodidos, ¿no crees?
Bouchaoui, con aire grave, se sienta a su lado, y se toma un café.
—¿Es ése el periódico donde habla de nosotros?
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—¡Sí, mira! Habla de la Chaâba, de mí. ¡Mi nombre! Han escrito mi
nombre en el periódico. Es el mayor escándalo de mi vida.
—No sólo para ti, Bouzid. Es una vergüenza para todos nosotros. Mírame
a mí, saliendo del trabajo, por el camino me ha parado la policía: control de
papeles. Les he dado el carnet. Se han reído de mí, me han llamado imbécil.
Ahora va a ser así todos los días. ¡No me hace ninguna gracia! Mis hijos no
estudian. Mi mujer se queja de su mala suerte. Y yo no puedo hacer nada,
sólo trabajar, trabajar, seguir trabajando… Pero ya verás, Bouzid, ¡todo irá
bien!
Mi madre, que desde el regreso de su marido no se había atrevido a
acercarse a él, viene ahora para saludar a Bouchaoui.
—Venga, ¡venid a comer los dos!
—No, gracias, me voy a casa.
—Vamos, vamos, ya que estás aquí te quedas —insiste Bouzid—.
Compartirás con nosotros la cena, aunque no sea gran cosa.
Los dos hombres siguieron hablando sobre sus desgracias hasta mucho
después de acabar la cena, hasta que todas las luces de la Chaâba se hubieron
apagado.
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Bien temprano, mientras mis ojos se abren con esfuerzo a la brutal
claridad del día que comienza, de repente llama mi atención un extraño
barullo. La familia Bouchaoui está ahí, reunida al completo delante de la
bomba. En mitad del patio hay unas maletas y cajas de cartón malamente
atadas con cuerdas. Los niños están vestidos de domingo, quizás por ser el día
del Señor, pero no, no son ese tipo de gente…
El señor Bouchaoui se mueve rápidamente entre su chabola, cerca de la
caseta del retrete, y el lugar donde ha dejado su equipaje. Alrededor de él, los
hombres y las mujeres discuten. Me acerco a ellos para enterarme de qué ha
pasado esta noche para que Bouchaoui vacíe así su chabola. ¿Estará haciendo
limpieza general en su residencia? ¿Habrá decidido poner moqueta?
—¡Vamos! Ya he terminado. Al final no me llevo gran cosa y no hará
falta volver una segunda vez con el taxi —le dice Bouchaoui a Bouzid.
Los Bouchaoui se van. Dejan la Chaâba para irse a vivir a Lyon, a un
piso. Dos hombres llevan las maletas y las cajas hasta la entrada principal.
—Si te has olvidado de algo, no lo des por perdido… —asegura mi padre,
conteniendo a duras penas la tristeza.
—Dios sabe si volveré algún día. Prefiero que te quedes con todas las
cosas que dejo aquí.
El generoso Bouchaoui nos lega toda su riqueza mobiliaria: un viejo
armario descuajeringado, comido por la carcoma, una mesa con más
porquería y capas de pintura que madera, y dos sillas cojas cuyo asientos de
mimbre han desaparecido y fueron sustituidos por contrachapado.
—Haz lo que quieras. Véndelos si puedes —dice Bouchaoui, como si
estuviera dejando atrás una parte de sí mismo.
—Sabes que no me hacen falta tus cosas. Se quedarán donde las has
dejado…
—No, Bouzid, tengo una deuda contigo. Tú me has acogido aquí con mi
familia durante años. Me encontraste un trabajo con tu patrón, y nunca te he
dado un solo dinar para agradecértelo.
—Pero ¿qué dices, Bouchaoui? ¿Qué querías que hiciese con tu dinero?
—Nada. ¡Por eso te doy los muebles!
—Eres más testarudo que un rebaño de borricos. ¡Vale, deja ahí tus
muebles si quieres!
—¡Viene el taxi! ¡Viene el taxi! —gritan los niños que esperaban
impacientemente la llegada del coche desde que habían dicho que vendría uno
a recoger a los Bouchaoui.
Es la primera vez que alguien de nosotros viaja en tales condiciones.
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El taxista avanza hasta el sitio donde ha visto el equipaje.
—¿Es aquí donde han pedido un taxi?
—¡Sí, señor! —confirma mi padre.
—¿El equipaje ya está aquí? ¿Es todo lo que tienen?
—¡Sí, señor! Tres «malitas» y dos cajas de cartón. ¡Eso es todo!
El taxista pone mala cara, pero mete en el maletero las riquezas de los
Bouchaoui.
Durante todo ese tiempo, miro el interior del vehículo: ¡qué lujoso!
¡Moqueta en el suelo y en los lados, asientos de terciopelo, ambientador, olor
a nuevo, a limpieza! ¡Y pensar que los Bouchaoui se van a meter ahí dentro!
Abrazos. Emoción. Promesas de enviarse noticias.
La señora Bouchaoui se embute junto con sus tres hijos en el asiento
trasero del taxi, se le enredan las piernas en el binuar, que no ha querido
cambiar por una desvergonzada falda. El señor Bouchaoui se sienta al lado
del taxista, visiblemente emocionado por la comodidad de su asiento.
—¿Adónde van? —pregunta el taxista.
—A la «tasión Birache» —responde Bouchaoui.
—¿Dónde?
—A la «tasión Birache».
—¿A la estación de Perrache, quiere decir? —contesta el taxista,
gesticulando.
—Sí, a la «tasión Birache» —confirma Bouchaoui haciéndonos un gesto
con la mano a través del cristal.
El taxi arranca. Se lleva a la familia Bouchaoui lejos de la Chaâba.
—¡Que Allah os acompañe! —dice mi padre.
Va hacia la chabola que se ha quedado vacía. Mi madre lo sigue y le
pregunta:
—¿Vas a dársela a alguien?
—No, ya somos muchos. Ahora esta chabola se quedará vacía. Además, la
tiraré pronto.
La partida de los Bouchaoui me intrigó y me dejó un mal sabor de boca.
Le pregunto a mi padre:
—Abué, ¿por qué se han ido los Bouchaoui?
—Porque así lo ha querido Allah. Eso es todo.
—¿No estaban contentos aquí?
—Parece que no, dado que se han ido.
—¿Y hace mucho que te avisaron que se marchaban?
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—No. Me he enterado esta mañana. Pero deja de darme la lata con tus
preguntas estúpidas. ¡Vete por ahí a hacer algo!
Para todos los que nos quedamos en la Chaâba, la vida cotidiana se volvió
aburrida y anodina. La atmósfera se hizo pesada, como si el cielo se hubiese
arropado con una manta de nubes grises y negras.
La Partida. Muchos piensan en ella… ¿Partida adónde? Eso es lo de
menos.
La chabola de los Bouchaoui todavía no ha sido derribada. Tenaz y sin
alma, sigue todavía pegada a las demás. El papel pintado de color carmesí,
puesto de cualquier modo para decorar, no resistió el paso de las semanas, y
dejaba entrar las corrientes de aire que ya no molestaban a nadie, excepto a mí
y a otros chicos que vamos allí de vez en cuando, los jueves.
Ayer por la tarde, un camión de basura vino a descargar sus riquezas,
como de costumbre, al terraplén a las orillas del Ródano. Nadie anunció su
llegada. Nadie se colgó de él. Nadie corrió tras él para coger sitio en el
vertedero. Ahora sólo éramos seis rebuscadores, perdidos ante la inmensidad
del tesoro. Ya no había necesidad de guardar sitio, de peleas, de escenas, de
envidias. Rebuscar por rebuscar era absurdo. De repente, dejé de remover en
la basura, abandonando en las profundidades del vertedero un botín
probablemente fabuloso. Me volví a casa.
Mi madre bordaba un almohadón y Zohra planchaba, una en la cocina y la
otra en la habitación principal. Estaban hablando.
—Hace mucho tiempo que decía que se iría —afirmaba Zohra.
—Debe de estar contenta la Otra —dijo mi madre, seguramente
refiriéndose a Zidouma.
—¿De quién habláis? —pregunté curioso.
—No te importa. ¡Cosas de mujeres!
—Quiero saberlo. ¡Dímelo o se lo cuento todo a papá!
—¿Qué es lo que le vas a decir a papá? ¡Tú deliras!
—¡Se lo voy a decir todo! Ya lo verás.
—Eres imbécil. Pero ya que lo quieres saber, estábamos hablando de los
Bouchaoui.
—Vale, ¿por qué no me lo dijiste antes?
—Bueno, para ya. Déjanos hablar en paz. ¡Vete a jugar fuera!
Y Zohra se dirigió de nuevo a mi madre:
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—Emma, ¿y tú crees que la mujer de Bouchaoui ahora tiene de todo en su
casa? ¿Agua corriente? ¿Electricidad? ¿Retrete?
—¡Pero cómo quieres que lo sepa! Yo no conozco esas cosas.
—¿Y en El-Ouricia?
—Allí teníamos aún menos cosas que aquí. ¿Qué te crees? ¿Que tu padre
vino aquí por gusto?
Yo escuchaba con oído atento a mi madre contar su vida, y Zohra, ávida
de detalles, la interrumpía continuamente.
—Emma, ¿y tú crees que nosotros también nos iremos de aquí?
—Hija, haces demasiadas preguntas y la ropa todavía no está planchada.
Sólo el Señor sabe dónde estaremos mañana.
Zohra se dio cuenta de que su madre no quería hablar más, de que quería
estar sola.
—Venga, date prisa y acaba con la ropa. ÉL ya ha llegado.
Así es como llamaba a mi padre cuando hablaba con sus hijos: ÉL.
Desde hace algunas semanas, ÉL se encierra en su casa cuando llega a la
Chaâba. Salam aleikum por allí, salam aleikum por allá y todo el mundo a su
chabola.
Cuando aparece, mi madre cada vez se asusta más. En cuanto mi padre se
planta en su silla y pide su café, haciendo una bolita con el tabaco de mascar
entre los dedos, meticuloso como un viejo, ella tiene que hacer esfuerzos para
no gritarle que salga, que se vaya a respirar al aire libre, a discutir con los
hombres.
Si le hubiera dicho algo así, Bouzid no le habría pegado. No. Simplemente
le habría recordado que la Chaâba ya no era como antes, que los hombres ya
no se reunían en el patio alrededor del café y del aparato de radio, que ahora
rehuía la mirada de los demás, que ya no tiene nada que compartir con ellos.
Que la Chaâba ha cambiado. No. ÉL no habría pegado a mi madre. Puede que
ni siquiera le contestase.
Pero qué cosas pienso. Messaouda es incapaz de hablar así a su marido. Y
ÉL nunca muestra sus emociones.
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los primos, seguramente se les encogió el corazón tanto como a mí, pero
ninguno mostró la más mínima emoción. De todos modos, después del asunto
de la carne, Rabah nos evitaba, y yo pasaba los jueves con los chicos de las
casas prefabricadas. Algo muy profundo había desaparecido ya de nuestras
vidas. Así que no lloré.
Solos. Ahora estábamos solos, abandonados entre los escombros de la
Chaâba.
La Louise entra en nuestra casa, olvidándose incluso de llamar a la puerta.
Sonriendo, le pregunta a mi madre:
—¿Qué tal, guapa? ¿Cómo vamos? ¿Labaisse o no labaisse?
—Labaisse, labaisse —contesta mi madre mientras sigue haciendo
cuscús, sentada en el suelo de la cocina.
En voz alta y en árabe, Zohra dice:
—Ya ha venido otra vez a comer cuscús.
A la Louise nunca le ha gustado que hablemos en árabe delante de ella.
Algunos años atrás, le hubiera dado un bofetón a Zohra y la hubiese castigado
sin ir a merendar a su casa durante una semana. Pero hoy no dice nada. Tiene
aspecto frágil. Mete la mano en el bolsillo y saca la pitillera. Se da cuatro
golpecitos con un Gauloise sin filtro en el dorso de la mano, para apelmazar el
tabaco, y le pide fuego a Zohra mirándola fijamente a los ojos. La gauria es
ahora la única compañía de mi madre durante el día mientras estamos en la
escuela, y sus visitas se han vuelto indeseables. Resulta insoportable.
Mi madre nunca ha hablado francés. Bueno, un poco con el lechero que
venía a la Chaâba dos veces por semana a traer leche y mantequilla. Salía al
oír el claxon, con las otras mujeres, y recitaba en francés las palabras que sus
hijos le habían enseñado.
—Dame «huifus».
—Emma, ¡huevos! —la corregía sin parar.
—«Huifus». ¡Ay! Déjame decirlo como yo quiera. Él ya me entiende, no
te preocupes.
El lechero siempre sonreía. Es verdad que había acabado por aprender el
árabe de la Chaâba.
Ahora el lechero ya no viene a vender a la Chaâba. Ya no tiene clientes.
Mi madre se ha olvidado de su francés, y además no le gusta hablarlo, ni con
la Louise ni con nadie. Se siente violenta con la vecina. ¿Puede permanecer
muda delante de la Louise? La Louise está sola, da pena verla detrás de la
cortina de humo que sale de su boca. Viene a nuestra casa para sentirse menos
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sola, para estar con la gente de la Chaâba, para oírles, hablarles, preguntarles,
darnos collejas y seleccionar invitados para su merienda de las cuatro.
La moral de mi madre ya está bastante baja como para darse el lujo de
animar a la vecina. También tiene miedo de dar pena, de que la gauria piense:
«La pobre está sola, le hago falta». No quiere dar pena. ¿Qué es lo que
necesita? Es verdad, mentiría si dijese que ahora está más contenta que antes,
pero va tirando, no está triste. Labaisse, labaisse!
—¿Tiene noticias de los Bouchaoui? —pregunta la antigua comandante
en jefe de la Chaâba.
—¡Nada de nada!
—¿Nada de nada?
—¡Nada de nada! ¡No!
—¿Y de los demás?
—Nadie ha venido a vernos —se inmiscuye Zohra, dándose cuenta de que
mi madre no quiere contestar a más preguntas de la Louise.
En árabe, mi madre se dirige a su hija, pidiéndole que le repita sus
palabras a la francesa:
—Dile: ¿En qué otra Chaâba van a poder los hombres rezar en el campo o
en el jardín sin parecer ridículos? ¿En qué otro lugar van a celebrar el Aid? ¿Y
para las circuncisiones, qué van a hacer? ¿Y para matar a sus corderos…?
Volverán. ¿Y las mujeres? ¿Dónde van a tender la ropa?
Zohra tradujo palabra por palabra los argumentos de mi madre.
La Chaâba es nuestra y mi madre tiene necesidad de repetírselo
continuamente para no sufrir. Pero sigue sufriendo…
—Sí, aquí estáis en vuestra casa. Nunca encontraréis un sitio como éste
—repite la Louise apagando con el zapato la colilla del Gauloise.
Y sigue:
—Bueno, me tengo que ir. Tengo que hacerle la sopa a Gu y a Polo.
Apenas la Louise salió de casa, entró mi padre. Con el rostro de piedra,
mal afeitado, y los ojos brillantes, no deja traslucir ningún signo de debilidad
desde que la Chaâba ha muerto. Ya no existe la Chaâba, sólo una casa. Su
casa. Bouzid no ha entendido muy bien el desarrollo de los acontecimientos.
Se pregunta por qué la gente ha huido de su paraíso. Él sigue con su vida,
igual que sigue mascando tabaco.
Y yo, todas las noches, me duermo pidiéndole al Gran Allah que haga
descender un ángel para que le haga saber a mi padre que todos estamos
tristes, que los que se han ido nos dan envidia, que lloramos por ellos.
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El tiempo siguió su curso, despreocupado, monótono, y ningún enviado
del cielo ha venido todavía a llamar a nuestra puerta. El otoño sólo empeoró
la tristeza que envolvía la Chaâba, desierta desde hace ya muchos meses.
¡Baudelaire! ¡Eso es! Este otoño triste me hace pensar en Baudelaire. El
señor Grand nos había hecho aprender de memoria uno de sus poemas en el
que describía la nostalgia de la estación. Entonces pensé que el poeta debía de
tener muchísimas preocupaciones para escribir unas palabras tan tristes. Pero
ahora he cambiado de opinión. A causa del manzano y del ciruelo del jardín,
completamente desnudos, horribles con sus ramas que parecen de alambre de
espino, saliendo como serpientes de entre el montón de tablas podridas, de las
chapas onduladas inservibles, y de los bidones oxidados que cubren el suelo a
sus pies. Incluso los muebles de los Bouchaoui han acabado en esa parte del
jardín.
¡Un montón de materiales de derribo como para hacer otro barrio de
chabolas! Eso es lo que queda de la Chaâba.
¿Pero cómo decírselo a mi padre? ¿Cómo abrirle los ojos? Tendría que
leer a Baudelaire… ¿Pero quién iba a enseñarle a leer? No hay nada que
hacer. De todos modos, la poesía no le abrirá el corazón. ¿Tendrá al menos un
corazón como el nuestro? Quizás Zidouma tiene razón… Pero están los
paquetes de caramelos que me traía últimamente… No, no se puede decir que
no tenga corazón, pero es un corazón cambiante, por desgracia. A veces se
toma vacaciones. Es frívolo. Y mi padre se encuentra ahora completamente
desnudo de piedad, de afectos. Bouzid es así: un hombre con el corazón
viajero. En estos momentos es de piedra. Inaccesible. No quiere oír hablar de
mudanzas, nunca dice nada, ni comparte sus sentimientos. Su corazón se ha
ido de vacaciones. ¡Por lo menos se podría haber ido en otra estación!
¡Ay! Emma, si tú no estuvieras aquí, ¿a quién podría quejarme? ¿A quién
podría cantarle mis quejas sobre esta casa maldita? Nuestro padre nunca ha
sido amante de la música moderna, y tú, Emma, te has convertido en nuestra
última esperanza para salir de esta pesadilla.
¡La pobre Emma! Un día en que la había estado molestando con mi
cantinela habitual, ella acabó por llorar durante interminables minutos,
gimiendo y maldiciendo su miserable existencia.
—Ay, Señor, ¿qué te he hecho para merecer este sufrimiento? Él me hace
llorar todas las noches, y mis hijos la toman conmigo, me torturan… ¡Ay,
Señor, déjame morir! —murmuró.
Me sentí como si tuviese alma de asesino, la del matarife que me robó el
pellejito; entonces abandoné definitivamente la idea de mudarnos, y me fui
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hacia ella para acurrucarme en su pecho.
—Perdóname, Emma. Ya no me quiero mudar. Te juro que nunca más
volveré a quejarme. Deja de llorar, Emma. Para, te lo ruego.
Su río de pena corrió aún con más fuerza.
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El dolor acabó por hacerse insoportable y mi cuerpo dolorido ya no podía
esperar peores golpes. Entonces, el odio me dio fuerzas:
—¡Me quiero mudar! ¡Sí, estoy harto de estar aquí! Quiero irme de esta
casa podrida. ¡Déjame! —grité.
Bouzid debía de llevar ya un rato sin oírme, y seguía con su castigo. Yo
acabé por callarme. Se apaciguó, y volvió a su silla para terminarse el café,
que debía de estar frío. Solamente en ese momento mi madre me cogió en
brazos y me llevó a la cama. Al pasar delante de mi torturador, continué con
la reivindicación:
—¡Quiero mudarme!
Mi madre, temiendo una segunda mudanza, me tranquilizó:
—No llores, hijo mío. Nos mudaremos.
—¿Cuándo?
—Mañana por la mañana.
—¡Mientes! No es verdad. Yo quiero mudarme ahora.
Algunos minutos después, me llevó tortitas doradas de sémola cubiertas
de azúcar. Pero yo ya estaba en el país de los sueños, en plena mudanza…
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El padre de los Bouchaoui baja del coche, paga al taxista y ayuda a su
mujer a sacar su enorme trasero por la puerta.
¡Por fin una visita! ¡Hacía tanto tiempo!
Mi padre y mi madre salen a las escaleras de la entrada.
—¡Bouchaoui! —grita él, con los brazos abiertos de par en par—. ¡Cuánto
tiempo! ¿Por qué nunca has venido a vernos? ¿Nos has olvidado, eh? ¿Cómo
va todo? ¿Y la familia? ¿Bien? ¿Cómo están?
Bouzid luce una sonrisa radiante. Está feliz, se le ilumina el rostro. Besa
al antiguo habitante de la Chaâba, le abraza, le da golpecitos en la espalda.
—¿Y tus hijos? ¡Sí que han crecido! ¡Alabado sea Allah!
Besa a su mujer, que ya le está contando mil y una historias a mi madre.
—¡Pero estamos aquí, hablando y hablando! ¡Entremos en casa! ¡Ay, qué
alegría volver a verte! ¿Cómo va todo?
—¡Bien!
—¿Y qué tal tu mujer, los niños?
—Bien, ¡alabado sea Allah!
Hoy es sábado. Seremos felices durante toda la noche. Salto de alegría y
correteo como un cabritillo, dando vueltas alrededor de Zohra.
—Pero para. ¡Estás loco! —me suelta.
Café, pastas… ¡Cuscús! Sí, un enorme cuscús para celebrar el
acontecimiento. Los Bouchaoui han venido a vernos. Por suerte, mi padre
compró ayer un trozo de carne de cordero.
En la cocina, Emma se pone el delantal, abre los cajones, los armarios,
saca abrebotellas, cuchillos, la cuscusera, verduras. Emma está feliz, feliz
como no lo estaba desde hacía meses.
—Ojalá la Louise no venga esta noche —le susurra a Zohra—. ¡Ve! ¡Ve a
la puerta! Si la ves venir, ciérrala. Venga, date prisa. ¡Ay, Señor, qué lenta es
esta pobre hija mía!
Zohra sonríe y se planta en la puerta. Está segura de que dentro de un rato
su madre la va a llamar para que le ayude a limpiar la verdura. Se lo perdona.
La señora Bouchaoui, incómoda por haberse quedado con los hombres, va
a buscar a mi madre a la cocina.
—¡Vengo a ayudarte, Messaouda!
—No, no hace falta. ¡Quédate donde estabas, te lo ruego!
La señora Bouchaoui responde riendo con picardía:
—¿Quieres que me quede hablando con los hombres?
Durante este tiempo, mi padre sirve café a Bouchaoui, acompañándolo de
unos cuantos «¿qué tal?». Los dos hombres ya no se encuentran allí, navegan
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en sus historias, vuelven a El-Ouricia, viajan en el tiempo.
Emma los despierta al gritar:
—¡Vamos, a comer!
Zohra sirve dos enormes platos para los hombres, sentados a la mesa del
cuarto de estar. Uno para los niños y otro para los dos hombres. Las mujeres
comen en la cocina.
En nuestra mesa, Bouzid y el padre de los Bouchaoui ya han tratado mil
temas. Ahora que ya ha pasado la euforia del reencuentro, hablan de cosas
más serias. Es Bouchaoui el que empieza, como si la noche hubiera sido
minuciosamente programada.
—Sé que estás intentando irte de aquí, Bouzid…
Mi padre lo niega inmediatamente.
—¿Cómo? Irme…
Bouchaoui le interrumpe sin miramientos.
—No digas que no. Sé muy bien cómo vivís aquí desde que todo el
mundo se ha ido. ¡Esto es una pena!
—Entonces tú también eres como ellos. No te das cuenta de que aquí
estoy en mi casa, no molesto a nadie, no le debo nada a nadie. Aquí estoy
bien. ¿Crees que fuera voy a encontrar algo así?
Esta vez mi padre ha podido explicar sus argumentos.
—Es verdad, Bouzid, mentiría si dijese lo contrario, pero date cuenta de
que aquí no tienes nada, no hay «litricidad»…
—¡La pondré!
—¿Con qué dinero?
—¡Ya lo encontraré!
—Ni siquiera tienes agua corriente. Ven a mi casa y verás lo que es abrir
un grifo y tener agua caliente. ¡Es el confort!
Con las orejas orientadas como antenas telescópicas, las mujeres
escuchan, mudas.
—Escúchame, Bouzid. He encontrado un piso para vosotros en Lyon.
Lleno de comodidades, cerca de mi casa. Estarás mil veces mejor que aquí.
No. Veo en tus ojos que piensas que he venido aquí para eso. No. Créeme, no
quiero forzarte. Eres libre. Ven a verlo. O no vengas. Haz lo que quieras. Ya
sabes que yo no gano nada.
Cuando termina con su alegato, Bouchaoui se bebe de un trago de su vaso
de leche fermentada. Sus labios carnosos quedan pintados por el brebaje
viscoso. Mi padre muerde un trozo de carne, sorbe el tuétano, que le encanta,
y le da un golpecito al hueso para sacar toda la sustancia untuosa.
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Moustaf se vuelve hacia mí, tratando de taparse con su cuchara de cuscús:
—¡Qué listo, Bouchaoui! Así es como hay que hablarle a papá. Se lo va a
camelar.
Me froto las manos sonriendo maliciosamente. Mi padre me pilla y se
enfada:
—¡Vosotros dos, a la cama! ¿Qué es lo que estáis escuchando? ¡Venga!
¡Levantando el campamento!
Moustaf me coge de la manga y tira de mí hacia la habitación. No es el
momento de llamar la atención.
Hacia la una de la mañana, los Bouchaoui se marchan a pesar de las
súplicas de mi padre:
—¡Estás loco, Bouchaoui! No puedes volver a tu casa a estas horas. Vas a
dormir aquí.
—No, de verdad, Bouzid, nos volvemos —dijo el invitado.
Bouchaoui estaba determinado a volver a Lyon y mi padre no insistió
más, temiendo que el invitado no tuviese ganas de pasar la noche en una casa
con tan pocas comodidades.
—¿Y cómo vas a volver con tu familia?
—En taxi.
—¿Y dónde vas a coger el taxi? ¿Es que vas a llamar por teléfono?
—No, no, vamos andando hasta Villeurbanne, y allí encontraremos
fácilmente un taxi. Ya has hecho bastante por nosotros, Bouzid, es mejor así.
—¿Quieres ir a pie hasta Villeurbanne a la una de la mañana!
—Sí, sí, no te preocupes. Venga, niños, poneos el abrigo.
Mi padre se quedó con un amargo sentimiento. Dejó marcharse a
Bouchaoui y a su familia, pero sólo después de acompañarlos hasta la avenida
Monin, al final del terraplén.
A su regreso, yo estaba todavía despierto, y le escuché meterse en la cama
con mi madre. Le dijo:
—¿No dices nada?
Durante toda la velada, ella no había soltado ni una palabra, por miedo a
influirle. Su pregunta la sorprende:
—¿Qué quieres que diga? —murmura—. Eres tú el que decide.
Después de algunos frufrú de las sábanas y crujidos del lecho conyugal, la
casa vuelve la calma. Yo me dormí mucho después de los últimos murmullos
de mi padre, acunado por el ritmo infernal de sus ronquidos.
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—Entonces, ¿escuchaste algo o no…? ¿A qué hora te dormiste…? ¿Qué
dijeron?
—¿Qué…? Déjame dormir…
—¡Eh! ¿Te despiertas o qué? ¡Te estoy hablando!
Moustaf está ansioso. Quiere enterarse del resultado de las transacciones
de la víspera.
—¿Qué es lo que dijeron ayer por la noche?
—No sé nada, ¡déjame dormir!
—¡No! No antes de que me hayas contestado.
—El miércoles. El miércoles papá va a ver un piso en la ciudad con los
Bouchaoui…
Me subo la colcha hasta los hombros desnudos. Pero Moustaf se ha vuelto
loco de repente, y se pone a saltar con los pies juntos sobre la cama, a
aporrearme con su almohada, a sacudirme, mientras continúa con el
interrogatorio:
—¿Estás seguro? ¡Repíteme lo que han dicho! ¿Dónde van a quedar el
miércoles?
Esta vez, voy a recurrir a la ayuda paterna:
—Abué! Abué! Moustaf no quiere dejarme dormir.
Él se tranquiliza:
—¿Eres gilipollas? ¡Mira que despertar a papá por eso! Como se
despierte, nos va a sacudir a los dos…
Se levanta y desaparece de la habitación. Ahora ya no tengo sueño. Con
los ojos hinchados, los dientes sucios de la carne del día anterior y los oídos
pitando, salgo de debajo de la colcha y me dirijo a la cocina, donde Zohra ya
está preparando el café. ¡Qué bien huelen los domingos por la mañana! Mi
padre viene. Lo he despertado por culpa de Moustaf. Con el rostro impasible,
sin mirarme, va a afeitarse con el agua fría de la pila. En el silencio de la
mañana se oyen los golpes de la bomba.
Pronto llegó junio. Las vacaciones de verano. Feliz porque iba a descubrir
una nueva vida, como la de Rabah, Hacène y los Bouchaoui, y a la vez triste
como un viejo que se lamenta por los vestigios del pasado, miro los restos de
una Chaâba moribunda. Es el fin de los terraplenes, de los camiones de
basura, de las cabañas en el bosque, de las putas, de la Louise, de la escuela.
Ya era hora. El señor Grand había empezado a preocuparse por mis
resultados. Mis exámenes de fin de curso se habían resentido. Desde hace
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tiempo tengo la cabeza en otra parte.
—Admitido en el último curso de primaria.
Zohra se lo traduce a mi padre:
—Ahora va a ir a la escuela de los mayores.
Bouzid se alegra. Sin excesos.
Último día de clase. Dejo la Léo-Lagrange sin darme cuenta del todo de
que nunca más volveré a cruzar su entrada, de que nunca volveré a ver al
señor Grand.
A las cinco, Zohra y Moustaf me esperan en la entrada. Nos ponemos en
marcha una última vez para volver a lo que queda de la Chaâba. Zohra le
canta a la libertad.
—«Dame tu mano y toma la mía». La escuela ha terminado, eso
significa…
Son palabras que ha oído en las canciones del hit parade.
—¡Adiós, Léo-Lagrange! Hasta nunca… —grita Moustaf, emocionado.
Comienzan a andar, alegres. Yo les sigo algunos metros por detrás,
arrastrando los pies por el puente Croix-Luizet, que ya no me da miedo,
demorándome bajo los plátanos del bulevar, en la avenida Monin. Con el
corazón en un puño, paseo la mirada por todos los lugares que he amado. Al
llegar a la altura de las casas prefabricadas, me paro un momento para
contemplar los gestos de un policía que dirige el tráfico. Algunos metros más
allá veo a Moussauoi, el rebelde. ¡Ay, él se buscó su expulsión! Tal vez llegue
a ser un buen mecánico, ¿quién sabe? Lo veo desaparecer entre las casas, con
paso ligero y aire despreocupado.
Zohra me llama.
—Venga, ¿vienes? ¿Pero qué estás mirando?
—Nada. Voy.
Corro a reunirme con ella, sorprendido al comprobar que no piensa más
que en las vacaciones.
Al final del camino, nuestra casa. Mi nostalgia se esfuma.
—Venga, diviértete un poco —me dice Moustaf, dándome su habitual
golpecito en la espalda—. Piensa que nos vamos a mudar.
Finalmente consigo esbozar una sonrisa.
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nuestra ropa. Mi padre quería llevarse los fogones. No se fiaba de la
calefacción central del nuevo piso de la ciudad. Pero al fin cedió ante la
presión del conductor de la 403, más preocupado por su vehículo que por
nuestros problemas personales. Finalmente, los fogones se quedaron.
Estaban destinados a morir entre las frías paredes de la casa de Bouzid. En
la Chaâba.
Yo no quería marcharme tan rápido. Necesitaba mirar una vez más el
patio lleno de agujeros, la pila parcheada que con el paso del tiempo se había
desconchado, la bomba con la que habíamos sacado agua durante años del
Ródano, el jardín abandonado, el retrete medio derruido. Todo.
Moustaf me sacó sin miramientos de mis ensoñaciones:
—¿Qué estás haciendo? ¿Te quieres quedar aquí o qué? ¡Llorabas porque
querías mudarte, y ahora que nos vamos te haces el remolón! Venga, cierra la
puerta que nos vamos…
Pensé que tenía razón y corrí hacia el coche. Me senté al lado de Zohra y
justo debajo del somier. Mi madre estaba inmovilizada en el suelo de la Bijou,
entre Moustaf y yo. El coche se metió por el camino lleno de baches que lleva
al bulevar, hacia la gran ciudad. Durante mucho tiempo miramos cómo iba
desapareciendo la casa por detrás bosque. Sentado en el asiento del copiloto,
Bouzid estuvo sin hablar durante mucho tiempo. Emma lloraba y reía a la vez,
agarrada al dobladillo de su binuar.
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los minutos y continúa el silencio. Zohra pierde de nuevo una maravillosa
oportunidad para callarse, volviéndose hacia mí y murmurando:
—Yo dormiré en el sofá. El salón será mi habitación.
—Tú, tú, tú… —contesta Emma—. ¡Tú vas a volver al gurbi si sigues así!
—¡No he dicho nada! —protesta mi hermana.
—Abre las cajas en lugar de seguir enseñándonos los dientes.
Obediente, coge la primera bolsa que encuentra a sus pies y la lleva hasta
el fondo de la cocina, mientras que Emma vuelve a la escalera para ayudar a
Staf, cuyos bufidos de desesperación llegan hasta donde estamos. Me dice:
—Venga, ven a ayudarnos tú también.
—Ya voy, Emma.
Ella sale, y Zohra aprovecha para llamarme:
—¡Eh, Zouz! Mira, ¡aquí están el cagadero y el lavabo!
Desde el punto de vista higiénico, el antro es claramente más saludable
que el que mi padre había excavado en la Chaâba, y además tiene luz
eléctrica. Pero hay algo que me intriga. Le pregunto a mi hermana:
—Cuando has terminado de cagar, ¿a dónde va la caca?
—Va por las tuberías. Mira, esas que van pegadas a las paredes del
edificio… Y después baja hasta la alcantarilla —me responde.
—Entonces, ¿aquí ya no hay que vaciar el orinal?
—No. Es todo moderno.
—Es mejor que en la Chaâba —digo.
—¡Por supuesto! —responde Zohra.
—¿Y dónde está la bañera?
Miramos a nuestro alrededor con la esperanza de descubrir una pequeña
habitación con la bañera.
—¡No hay! —concluye mi hermana—. ¡Menos mal que nos hemos traído
la palangana verde de la Chaâba!
En este momento, Emma se une a nosotros. Inmediatamente le digo:
—¡Emma! ¿Por qué en casa de Zidouma tienen bañera y nosotros no?
Esta vez se encoleriza, corre hacia Zohra, la agarra de la coleta y la saca
fuera del retrete, gritando:
—¡Por Allah! ¿Qué he hecho yo para merecer a esta bruja chismosa?
—¡No he sido yo! ¡No he sido yo! —gime mi hermana.
Después, con la esperanza de salvar el pellejo, me señala con dedo
acusador:
—¡Es él!
Yo me revuelvo con fuerza:
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—¿Pero qué te pasa? ¿Te has vuelto loca o qué?
Demasiado tarde. Emma ha girado hacia mí el periscopio. Da vueltas
como una leona buscando un objeto para tirarme, gruñe invocando a Allah:
—¡Dame alguna cosa, un martillo, una piedra para darle a este diablo…!
¡Oh, Allah!
Finalmente, como de costumbre, coge su zapato y me lo tira. Y como de
costumbre, ya hace una eternidad que me he eclipsado.
—Artaille! —maldice al ver cómo se estrella el zapato contra la pared.
Casi tiro a Staf por las escaleras. El muy pringado lleva trabajando como
un negro desde esta mañana. Bouzid no le ha dejado ni un momento de
descanso. Está cargado de bolsas y cajas de cartón.
—Toma. ¡Coge esto! —me dice autoritariamente.
Después me pregunta:
—Bueno, ¿qué tal está?
—A mí no me gusta mucho. Para empezar, está muy oscuro. Cuando
abres la ventana, se ve la fachada del edificio de enfrente. El sol no entra
jamás en nuestra casa. Y además todo es muy pequeño. Y además no hay
baño.
—¡Bueno, cállate! —me ordena—. Me pones nervioso. Cuando
estábamos en la Chaâba, llorabas porque querías mudarte, y ahora que nos
hemos mudado, sigues llorando.
—¡No lloro! Y además, eres tú el que me has pedido que te diga…
Me interrumpe:
—¡Coge esto y calla!
—¡Bueno, si te pones así, lleva tú solo las cajas!
Diciendo esto, dejo mi carga en un escalón y salgo corriendo.
—¡Vuelve, imbécil! —me grita.
—¡Vete a la mierda! —le digo.
Suelta su carga y me persigue, rabioso. Yo salto los escalones de tres en
tres, agarrándome a la barandilla. De repente, al dar un giro, me choco de
frente con mi padre, empapado en sudor bajo el peso de un enorme colchón.
La carga se viene abajo. Mi padre también. Aterrorizado, continúo mi loca
carrera, con la esperanza de que con las prisas no me hubiese reconocido.
—¡Ay! ¡Allah! Zalouprix de haluf! ¡Ven aquí! ¡Te digo que vengas
enseguida!
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Subo a pasitos las escaleras. Bouzid se ha puesto de un rojo intenso. Esta
vez me va a despellejar vivo. Staf llega corriendo. Antes de que se dé cuenta
de las dimensiones del desastre, aprovecho su presencia para salir del
embrollo:
—Es todo por su culpa, Abué. Le he dicho: «Espera, voy a ayudarte a
llevar las cajas», y él me ha respondido: «Quítate de ahí». Y además me ha
dicho que estaba harto de trabajar. Y ha querido pegarme para que me quede
con él, está loco.
Staf está estupefacto, con la boca abierta. Bouzid descarga sus iras en él:
—Zaloupard di Gran Bazar! Zalouprix di Mounouprix! ¡Te voy a sacar
los ojos! ¿Estás harto de trabajar?
Staf intenta defenderse:
—Abué, no. Abué. No es verdad. Miente. Por Allah que está mintiendo.
Lo juro por la cabeza de mi padre.
Imperturbable, Bouzid avanza hacia él. Mi hermano se hace una bola
como un erizo, protegiéndose la cabeza con los antebrazos. Está preparado
para encajar. Así aprenderá a no ser tan mandón conmigo. Me largo a la calle,
abandonándolo en el ring.
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Llamo a mi padre para venga al rescate:
—Abué! Abué! ¡Me está pegando!
Mi hermano se inquieta y me agarra aún más fuerte.
—Cierra la boca o te pego de verdad.
Grito pidiendo ayuda aún más fuerte. Él me suelta, pero demasiado tarde.
Bouzid ha oído mi llamada. Se dirige a él y sin miramientos le da un
tremendo azote con la babucha, y le dice:
—¡Haragán, que sólo vales para pegar a tu hermano pequeño! ¿No te da
vergüenza, un hombre…?
Desesperado, Staf se pone las manos en las posaderas para ver si siguen
todavía pegadas a su culo, y vuelve adentro llorando de odio y de dolor. Sólo
se atreve a decir:
—Estoy harto. Siempre me la cargo yo.
Y después, plantándome cara:
—Vas a ver, ¡un día de éstos te vas a tragar los dientes!
Escondiéndome detrás de mi padre, le hago una mueca burlona que le
pone todavía más furioso. Llora durante un rato sobre su colchón. Después
coge uno de mis libros y enciende la luz, porque ya está oscuro en casa, y
dentro de las alcobas es de noche. Mi padre entonces vuelve a la carga:
—¡Apaga la luz! ¿Quieres arruinarme o qué? ¿Es que pagas tú la
«litricidad» o qué?
Y Staf se desespera todavía más.
Después, Bouzid se vuelve hacia Emma y con un tono apenas un poco
más suave, le dice:
—¿Así que todavía no está preparada?
En la cocina, Emma está amasando sémola para hacer tortitas. Su rostro
no es el de una mujer feliz. Sin embargo, se mueve entre flamantes muebles
de formica azul brillante, que el antiguo propietario ha cedido a mi padre por
un precio que a Bouchaoui le pareció interesante, junto con la televisión, la
cama de cabecero tapizado y el sofá.
Staf seguía gimiendo en su alcoba y Zohra, compadeciéndose de él, se
vuelve contra mí:
—Todo por tu culpa, gilipollas.
Con aire despreocupado, me acerco a ella y, cuando me da la espalda, le
lanzo un pequeño gancho a la cara. Mi puño va a caer sobre su ojo. Ella grita:
—¡Ay! ¡Ay! ¡Mi ojo! Veo electricidad dentro de mi ojo. No veo nada…
Abué, estoy ciega.
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—¿«Litricidad», dónde? ¡Apagadlo todo! Ay, banda de diablos, hijos de
demonios, impuros, judíos… Me vais a chupar la sangre. Vamos, fuera de
aquí. A la cama. Todos.
La velada acabó así. Emma hizo una sola tortita, y se la dio al viejo. Él
dijo que ya no tenía hambre. Se fueron a dormir a su cama de cabecero
acolchado.
Todas las mañanas, Emma arregla su nueva casa. Parece que encuentra
placer en restregar el suelo de baldosas, tan liso como los cristales de las
ventanas. Durante horas, saca brillo a la mesa, a las sillas y a los armarios de
formica. Está fascinada con todos los objetos que la rodean. Basta con
observarla acariciando el frigorífico cuando lo limpia. Tiene miedo de
arañarlo.
Cuando mi madre es feliz, yo me siento bien. El piso se vuelve alegre y
acogedor. Casi luminoso. Bouzid está en el trabajo y Emma, libre de
preocupaciones, es la reina de su casa. Zohra le ha enseñado a usar la plancha
eléctrica. Yo aprovecho la ausencia del viejo para ver la televisión. Emma
tiene miedo de que note una subida anormal del consumo de electricidad.
—Hijo, por favor, apágala, si no un día va a acabar por romperla —me
dice.
—Oh, no, Emma. Sólo la voy a ver un poco. Sólo la película, luego la
apago. ¿Vale?
Ella no contesta. Señal de que se resigna.
Casi simultáneamente, oímos llamar a la puerta.
—Dios mío, es tu padre. ¡Corta rápido la «tilivisión»! —me suplica.
Lo hago inmediatamente y la sigo al vestíbulo. No puede ser mi padre,
que está trabajando. De repente, temo que haya sucedido una desgracia.
Emma tiembla de arriba abajo, va hacia la puerta; aterrorizada, mira con ojos
interrogantes hacia todos los rincones de la habitación, buscando no se sabe
qué. Reza una oración a Allah. Con la mano en el pomo de la puerta,
pregunta:
—¿Quién es?
—Abre la puerta. ¿Tienes miedo? —responde una voz femenina.
—¿Quién es? —repite.
—Dime, ¿no me conoces? —contesta la voz misteriosa.
Me resulta muy familiar. De repente, los ojos de Emma se iluminan y
grita:
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—¡Oh, Zidouma!
Abre bruscamente la puerta, se lanza a sus brazos, la besa cuatro veces,
farfulla algunas palabras de cortesía y la invita a entrar en nuestra casa.
—Gharbi, gharbi —dice, muy emocionada por el reencuentro.
Zidouma también está contenta de volver a verla. Después de las
sangrientas peleas que en los últimos tiempos habían tenido lugar en la
Chaâba, pensaba que ya no veríamos nunca más a la gorda Zidouma. Y aquí
está, más oronda que nunca, con sus enormes y relucientes dientes de oro,
como si las dos mujeres hubieran sido siempre las mejores amigas del mundo.
Sacando de su cesta un paquete de azúcar y un paquete de café, la tarjeta de
visita magrebí, franquea el umbral de la puerta e inmediatamente dice:
—¡Oh, qué bonito es esto! ¡Y también esto! ¡Qué suerte! Me alegro por ti.
Me alegro.
Devora con los ojos las tapicerías, los dos cuadros que cuelgan de la
pared, el mobiliario de formica, el frigorífico, la cocina.
—El que vivía aquí antes ha dejado todas estas cosas. —Justifica Emma.
En circunstancias normales y sin miedo a equivocarse, habría visto mala
intención en las exageraciones de Zidouma. Hubiera ido inmediatamente al
marabout. Pero hoy, nada de rhain ni de mrabta. Se siente completamente
feliz porque tiene un piso como el de Zidouma y ya no la envidia. Mientras va
explicando: «Esto son los armarios, la mesa y las sillas de formica que el otro
dejó. La cama tapizada…», Zidouma encadena los «¡oh!» de admiración.
Vuelvo a encender la tele, y las mujeres hablan cada vez más alto, como si
estuviesen en el mercado. Cuando mi madre dice que tiene miedo de que no
haya ninguna vecina árabe en el barrio, Zidouma le cuenta que los Saadi, que
vivían en la Chaâba, son vecinos nuestros. Le da su dirección, que llevaba en
el bolso.
—Iré a verles mañana —dice Emma—. No está bien vivir solos.
No oigo la tele. Me levanto para subir el volumen, pero Emma se enfada y
me manda al diablo. Yo le digo que prefiero ver la película, y ella se
aproxima con paso decidido hacia la televisión y la apaga.
—La voy a volver a encender —le digo.
Zidouma interviene con su vozarrón:
—¿Vas a dejarnos hablar tranquilamente? ¡Vete a jugar fuera, aprovecha!
—Aquí no tengo amigos.
—¡Vale, pues ve a buscarlos! —contesta—. Ve a casa de Alí Saadi, él
conoce a todo el mundo.
Mi madre continúa:
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—Sí, hijo, ve. Dile a su madre que mañana iré a su casa. Vete, hijo. Sé
bueno.
Me resigno a salir. No todos los días la pobre Emma tiene la ocasión de
charlar.
El barrio está muerto, ahogado por el calor que azota las fachadas de los
edificios. De vez en cuando, algunos coches y un autobús rompen el silencio.
Dos viejos que arrastran los pies por el pavimento ardiente se cruzan
conmigo sin mirarme. Voy hacia la plaza Bellecour. Todos los escaparates de
las tiendas están cerrados: «Apertura el 3 de septiembre», «Vacaciones de
verano». ¿Qué se puede hacer en este desierto? Me vuelvo. Ya iré a ver a Alí
en otra ocasión.
En la entrada de nuestra calle, Emma y Zidouma intercambian las últimas
palabras. Mi madre no se da cuenta de que ya no estamos en nuestra casa, en
la Chaâba. Está ahí con su binuar, tan tranquila en mitad de la calle. Zidouma
luce una falda plisada a la última moda y tacones de aguja. Si sus redondeces
no fuesen tan pronunciadas, se la podría confundir con una autóctona… Las
dos mujeres se besan. Zidouma va hacia la parada del autobús que lleva a
Villeurbanne. Yo habría preferido vivir cerca de ellos, ver todos los días a
Hacène y Rabah, seguir viviendo como en la Chaâba. Aquí se acercan
tiempos difíciles. Emma ya se está dando cuenta, mientras hace un último
gesto de adiós.
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tarde le han dado un anticipo. Sentado a la mesa, examina el recibo, intenta
descifrarlo, sin saber en qué sentido poner el trozo de papel, y finalmente me
llama para que lo ayude, como de costumbre:
—¡Ven a leerme esto! ¿Cuánto han puesto?
Cojo el documento en el sentido correcto, y busco la casilla donde está
escrita la respuesta:
—33.000 francos, Abué.
—33.000 francos —repite él, sin más comentarios.
Y se pierde en sus cálculos ocultos, con el recibo en la mano y los ojos
medio cerrados, señal de que está reflexionando muy profundamente. Cuenta,
prevé, planifica, vuelve a contar. Con el dedo dibuja números imaginarios en
la mesa.
Justo enfrente de él, Emma prepara la comida. Muda. No le ha dirigido ni
una palabra desde su llegada, ni siquiera una mirada. Pero ella, sin verlo, nota
muy profundamente su presencia.
—33.000… 12.000 —repite.
Después me llama:
—Tú que no estás haciendo nada, ven aquí.
—Ouaiche, Abué?
—Ve a comprarme dos cajas de chemma al «istancu».
Me tiende algunas monedas. Las cojo, y de repente me viene a la cabeza
una cuestión práctica:
—¿Cómo se dice chemma en francés, Abué?
—¡«Rapi»! Pide «rapi».
Me bajo al estanco de la plaza Sathonay. No tienen «rapi». Es más, nunca
han oído hablar de ese producto. Les explico que son unos polvos que se
meten en la boca para fumar, y entonces el estanquero me dijo levantando los
brazos:
—¿Quieres tabaco en polvo, rapé?
Yo le dije:
—Sí. Dos cajas. Y un paquete de Zig-Zag.
El estanquero me lo despachó, riéndose.
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Desde hace algunos días, los chicos juegan al fútbol por las tardes en la
plaza Sathonay. Ayer Staf y yo los estuvimos mirando durante mucho tiempo.
Secretamente, esperábamos que uno de ellos se acercase y nos dijese:
—¿Queréis jugar con nosotros?
No vino nadie. Volvimos a casa a ver la serie que ponían en la tele.
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—¡Alí! Me has asustado —le digo, aún bajo los efectos de la sorpresa.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —pregunta.
—Bueno, ahora vivimos aquí. Mira, también está mi hermano. Vamos a
esta escuela. Yo estoy en el último curso de primaria, ¿y tú?
—Este año empiezo secundaria. Pero dime, ¿cómo no has venido a verme
a mi casa? Vivo en la calle Vieille. Justo al lado…
—No sabía dónde era… Estoy contento de volver a verte aquí. ¿Sabes?,
aquí estamos muy solos, no conocemos a nadie…
Él sonríe y luego me interrumpe:
—Eso no es problema…
Suena el timbre. Él acaba a toda prisa.
—Mierda, ya es la hora. Escucha, nos vemos a la salida por la tarde,
porque a mediodía tengo que acompañar a mi madre al Ayuntamiento a
rellenar unos papeles, ¿vale?
—¡Vale!
Antes de entrar en el patio de los niños, veo a Zohra delante de la entrada
de las niñas. Mira tímidamente a un grupo de niñas que parecen contentas.
Siento un poco de pena por ella. Nuestras miradas se cruzan, y me hace un
gesto de ánimo con la mano. Yo se lo devuelvo.
Alí y Staf desaparecen entre la multitud, mientras una voz femenina grita
en el patio:
—Los alumnos de último curso de primaria, ¡por aquí!
Es la señora Valard, la nueva maestra. Lleva una blusa verdosa que no le
favorece nada, y tiene pinta de antipática, con sus gafitas redondas y sus
labios demasiado finos.
—Vamos, síganme —dice una vez que estamos todos detrás de ella.
Nos instalamos en la clase, la profesora se sienta en su mesa. Dice
recorriendo las filas con la mirada:
—Veo que ya conozco a muchos de ustedes. Estuvimos juntos el año
pasado.
Después, mirando el pupitre que está a mi derecha:
—Veo que Alain Taboul sigue sin separarse de su hermano…
Los dos mencionados, que había tomado por compatriotas por sus caras
morenas y su pelo rizado, sonríen como tontos. Con un nombre así, no deben
de ser árabes.
La maestra continúa:
—¡También tenemos un nuevo!
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Me mira. Desde sus filas, todas las cabezas se vuelven hacia mí con
curiosidad.
La señora Valard tiene en la mano mi libro de escolaridad, sin duda
enviado por el señor Grand, con todos los detalles sobre mi pedigrí. Dice bien
alto:
—¡Vaya, vaya! ¡Tenemos con nosotros un pequeño genio!
Bajé los ojos y ella habló de otra cosa. Me sentí muy incómodo.
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—Bueno… —le digo—. Así asá. Mi padre, ¿sabes?, no quería irse de la
Chaâba. Ahora se arrepiente…
—Aquí se está mejor que en las chabolas de la Chaâba, ya verás. Hay que
acostumbrarse.
Babar me sigue animando:
—Vas a conocer a todos nuestros amigos. Así ya no estarás solo…
Poco a poco una agradable euforia se va apoderando de mí. Fin de la
soledad, fin de los días delante de la tele. Subiendo por la calle Sergent-
Blandan, nos cruzamos con muchos chicos a los que Alí y Babar conocen. Me
los presentaron. Yo estaba orgulloso de ser primo de Alí. Y cuando me
presentaron a Martine, me ruboricé un poco. Alí parecía estar muy a gusto
con las chicas, mucho más que Babar. Cuando ella desapareció de nuestra
vista, me confesó:
—Ésa va detrás de mí desde hace tiempo. ¿Te gusta?
Le respondí que su pelo rubio me parecía maravilloso.
Él dijo:
—¿Eso es todo?
Cuando llegamos a casa, Alí besó a mis padres y le dio la mano a mi
hermana, como debe hacerse con una jovencita. Babar no quiso entrar. Dijo:
—Espero en el pasillo.
Entonces mi padre fue a buscarlo y le dijo:
—¡Entra! Entra a tomar «cafí». ¿No «tindrás» miedo?
Con mucha vergüenza, Babar se unió a nosotros, mientras todos nos
reíamos del acento de mi padre.
No tardamos mucho. Ellos se despidieron y nos fuimos otra vez a la calle.
—Mira, ésta es la calle Vieille. No está lejos —me dice Alí.
Efectivamente, la famosa calle se encuentra a pocos pasos de la escuela.
Se parece a todas las demás, con sus adoquines, sus paredes grises y sus
callejones. Delante del número tres, nos encontramos con un chico sentado en
la acera, que no parece estar esperando a nadie en particular.
—Éste es Kamel —me dice Alí.
Le tiendo la mano y me pregunta:
—¿Tú de dónde eres, de Argelia?
—De Sétif. ¿Y tú?
—De Orán.
Estuvimos hablando como si fuéramos amigos de toda la vida, y otros
chicos se fueron uniendo a nosotros a medida que el rojo sol de septiembre
iba desapareciendo en el río Saona. Se había hecho de noche cuando me di
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cuenta de que Bouzid me esperaba en casa. Entonces, loco de alegría, fui
corriendo por las calles, cruzando de una acera a la otra, no por miedo a que
me despellejasen, sino porque ya era un auténtico chaval del barrio.
En casa me esperaba Bouzid, y él no estaba loco de alegría en absoluto.
—¿Dónde estabas, zalouprix?
Muy seguro de mí, respondí:
—Con Alí, Abué. Ya te dije antes que iba a su casa.
—¡Haluf, ya estás empezando a golfear por la calle!
Intenté una maniobra de distracción dirigiéndome a mi madre.
—Emma, la madre de Alí me ha dicho que te dé un beso de su parte…
Ella dijo:
—¡Venga hijos, a cenar!
El despellejador cortó con un grito:
—¿Cenar? ¿Cenar? No hay cena para él esta noche. Que se vaya a comer
fuera con sus colegas de la calle. Si empieza a llegar a casa a las ocho, ahora
que es un mocoso, se nos va a subir a las barbas…
Después, volviéndose hacia mí:
—¡Venga! ¡Fuera de mi vista, a la alcoba! Haluf!
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todo el mundo me hubiera puesto en cuarentena, excepto Babar, claro. Y
además, los Taboul también cuentan que ahí en el desierto, un millón de
judíos han derrotado a muchos millones de árabes, y en el fondo me siento
humillado. Así que más me vale ser judío.
—¿Por qué te llamas Azouz? —pregunta Alain, intrigado por la sonoridad
bereber.
—Es porque mis padres nacieron en Argelia, eso es todo. Así que tengo
un nombre de ahí. Pero de todos modos yo he nacido en Lyon, así que soy
francés.
—¡Ah, bueno! —dice Alain, perplejo.
Afortunadamente, me salva la campana. El timbre nos llama al trabajo,
pero las cosas no pintan muy bien para los próximos días.
Lo que voy a contar pasó una tarde alrededor de las cinco, cuando la
señora Valard acababa de soltarnos. Yo bajaba la escalera que desemboca
directamente en la acera de la calle, con los mis dos compatriotas judíos uno a
cada lado. Había muchas madres esperando a sus hijos. De repente, apareció
una terrible visión. Ahí, en la acera, destacando entre las demás mujeres, con
el binuar hasta los tobillos, los cabellos cubiertos con un pañuelo verde y el
tatuaje de la frente más visible que nunca: Emma. Imposible hacer creer a
nadie que es judía, y mucho menos francesa. Ella me hace un gesto con la
mano para advertirme de su presencia, y Alain le dice a su doble:
—¡Mira, la mora te está llamando!
El doble se troncha, con una risa malvada, y continúa:
—¿Es tu mujer?
Se parten de la risa, ahí, a pocos centímetros de mí. Y yo me quedo mudo,
atrapado como los egipcios en el desierto del Sinaí. Hago como que me ato el
cordón del zapato para esperar a que se alejen de mí. Y cuando me dan la
espalda, le dirijo a mi madre grandes aspavientos, secos, tajantes. Le hablo
con los ojos, con las manos, con el cuerpo entero, para suplicarle que se vaya,
que se marche lejos. Al principio, ella no entiende mis gestos y continúa
sonriéndome y agitando los brazos hacia mí. Después, a medida que voy
acentuando mis rabiosos movimientos, la sonrisa desaparece de sus labios,
baja los brazos, su cuerpo se paraliza. Finalmente retrocede y va a esconderse
detrás de un coche. ¡Salvado! Durante ese tiempo, las otras madres se
reencuentran con sus hijos, abrazándolos.
—¡Adiós! Hasta mañana —dicen los Taboul.
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—Hasta luego —me dice Babar—. ¡Calle Vieille!
—¡No, espérame! —le digo—. Voy contigo.
Emma sigue esperando a su hijo detrás del coche. Echo un vistazo hacia
ella. La pobre está inmóvil. Me ve tomar una dirección opuesta a la suya y, al
final, comprende que no quiero ni verla. Entonces se va sola por la calle
Sergent-Blandan, de vuelta a casa.
—Adiós —le digo a Babar—. Al final me voy a casa.
Él no entiende nada. Salgo corriendo hacia Emma y la alcanzo en dos
zancadas.
—¿Por qué vienes a esperarme delante de la escuela? —le digo sin
miramientos.
—Para traerte la merienda. Mira, te he traído un brioche con chocolate.
¿Quieres?
Con mucho cuidado saca un bollo de uno de sus bolsillos.
—No, no quiero. Ahora no tengo hambre y además no quiero que vengas
a buscarme a la escuela.
Ella parece sorprendida por mi arranque violento, y después pregunta con
tristeza:
—¿Por qué?
—Porque no soy un bebé. Ya soy lo suficientemente mayor para ir solo a
casa.
—Nunca más volveré a traerte la merienda a la escuela, hijo. No te
enfades conmigo.
Habíamos andado varios metros juntos, y después se paró para decirme
mirándome directamente a los ojos:
—Te avergüenzas de mí, ¿eh?
Le dije:
—¡No, qué va! ¡Pero qué dices!
—No me gusta cuando gritas así. Mira. Todo el mundo nos está mirando.
—¿Por qué dices que me avergüenzo de ti?
—Porque no parezco francesa, y además mi binuar…
La interrumpo:
—Pero no, no es eso. Te he dicho que no quiero que vengas a esperarme a
la salida como si fuera un bebé. Mira a mis compañeros de clase, ¡nadie viene
a buscarlos!
—Sí, sí, tienes razón —me dice—. Es culpa mía, quería tomar un poco el
aire y pensé en comprarte la merienda y traértela a la «iscuela».
—Dámela ahora, Emma. Tengo hambre.
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Me tendió el bollo y el chocolate y nos fuimos a casa. Un profundo
sentimiento de humillación me quitaba el apetito.
Cuando la señora Valard dio las notas, se debió de alegrar, ¡la muy perra!
—Azouz, decimoséptimo de treinta… No es demasiado para un antiguo
pequeño genio…
Y allí, abrumado por el deshonor, lloré en mitad de la clase. Ella añadió:
—¿Nos habíamos acostumbrado a ser el primero, eh?
En casa, mi padre dice que ya no voy tan bien en el colegio porque paso
demasiado tiempo con los golfos de la calle en lugar de leer libros como
antes, en la Chaâba. No quiere entender que si estoy el decimoséptimo es por
culpa de la señora Valard. Así que me largo fuera, a la calle Vieille, y me da
igual la bronca que me voy a encontrar a la vuelta.
Kamel está reparando la rueda trasera de su bici.
—¡Hola, Kamel!
—Hola. ¿Qué tal?
—Bien. ¿Estás solo?
—Sí, pero espero a los demás. Vamos a ir en bici hasta el campo.
¿Quieres venir?
—¿Con qué? No tengo bici.
—¡Ah! ¿No tienes bici? —dice sorprendido.
E inmediatamente:
—¿Quieres una?
—¡Cómo que si quiero una! ¿Tú me puedes dar una?
—No te comas la cabeza. Voy a acabar de reparar esta puñetera rueda y
luego nos vamos a buscarte una bici.
Algunos minutos más tarde, nos marchamos en dirección a la plaza
Sathonay. A estas horas las calles están desiertas. Todo el mundo está
comiendo.
—¿Qué vas a hacer, Kamel?
—Vamos a mangar una bici. ¿Quieres o no quieres bici?
—Sí. Claro que quiero una bici, pero no soy un ladrón.
Él se echa a reír.
—Yo tampoco. De todos modos, eres tú el que va a mangar la bici, no yo.
Yo voy a vigilar. Eso es todo.
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Nos acercamos al centro de la plaza, a los pies del sargento Blandan,
donde hay aparcadas muchas bicis y Mobylettes. Tranquilamente, Kamel me
señala con el dedo una magnífica bicicleta de carreras roja.
—¡Esa de ahí! —dice—. Venga. Yo vigilo.
—¿Y la cadena? ¿Cómo voy a quitarla?
Él empieza a ponerse nervioso con tanta duda.
—Es fácil. Coges así la cadena. La retuerces con los dedos y salta. Son
muy malos estos chismes. Ya verás.
—No puedo.
—¿Tienes miedo?
—Mucho.
—Vale, pues nos vamos —concluye.
Todavía dudo un momento.
—No, espera un poco. Voy a ir.
—Vale. Entonces espabila, o vamos a llamar la atención.
Se aleja algunos pasos, se da la vuelta y mira al horizonte. La angustia del
ladrón me atenaza el estómago y un terrible temblor me sacude las manos. Ya
no siento las piernas. Cojo el candado y lo retuerzo en todas direcciones. La
bici cae al suelo con estrépito. Kamel se da la vuelta:
—¿Qué haces? —pregunta riéndose.
—¡No consigo romperlo!
—¡Más fuerte!
Aumento la presión. Dos eslabones se rompen y la cerradura cede al final.
—¡Ya está, Kamel!
Corriendo como un loco por la plaza, me monto en la bici mientras Kamel
salta sobre el portaequipajes.
—¡Pedalea más rápido! —grita—. ¡Hay un tío corriendo detrás de
nosotros!
No puedo acelerar. Estoy congelado.
—¿Dónde está? —digo dándome la vuelta.
Kamel se parte de la risa:
—Era una broma. Has pasado miedo, ¿eh?
—Eres gilipollas, ¡menuda broma…!
—¡Venga, corre! Ya ves qué fácil es mangar.
Calle Sergent-Blandan. Me meto en el patio interior de mi bloque.
¡Salvado! En poco tiempo la bici roja se vuelve negra. Ya es propiedad
privada.
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—¡Venga, vamos! Ahora nos volvemos a la calle Vieille. Tendrás que
comprarte otra cadena…
—Sí —le digo—. Sería gilipollas si dejo que me la roben.
—Os está bien empleado: queríais iros… entonces, ¡salid de la mierda sin
mí!
Durante los meses que llevamos viviendo allí, cada vez que surge alguna
dificultad, esta amenaza se ha convertido en ritual en boca del viejo. La
semana pasada fue terrible. No le dio a mi madre ni un solo franco, e incluso
se embolsó el giro de las ayudas familiares, por miedo a que malgastásemos
el dinero. En la tienda sólo compramos leche, y para ahorrar Emma cuece
todos los días pan de sémola. Ayer por la tarde, al volver del trabajo, nos
amenazó cruelmente:
—Ahora mismo me vuelvo a la Chaâba. Los que quieran comer que me
sigan…
Y algunos minutos después se marchó. Le habíamos visto coger una bolsa
de plástico y meter algo de ropa y comida, todo revuelto, y partir a su
peregrinaje a la Chaâba sin decir ni una palabra. Emma, impasible, no lloró.
Probablemente porque sabía que reaparecería a los pocos días. Al contrario,
estaba casi aliviada con su marcha, y nosotros también. Incluso al cerrar la
puerta detrás de él gritó:
—¡Vete y a ver si revientas en tu asquerosa Chaâba, vagabundo!
Tal como suponíamos, volvió el sábado. Abrió la puerta ruidosamente
para anunciar su llegada, y después fue directamente al salón. Acurrucados
todos alrededor de Emma, veíamos la televisión sentados en el sofá. Ninguno
de nosotros se movió. Los segundos parecieron interminables. Luego,
imperceptiblemente, una sonrisa se dibujó en sus labios, y su mirada se
iluminó. Continuó mirándonos con la bolsa en la mano, y nosotros estábamos
atónitos con su actitud. Emma ni siquiera le miraba. Él empezó a sonreír,
después a reír abiertamente, como si su abandono del domicilio sólo hubiera
sido un juego. La primera que empezó a reír bajito fue Zohra, después la
seguimos los demás, y Emma fue la última.
—¿Qué, no os habéis muerto de hambre? Ya veo que podéis apañaros
fácilmente sin mí —comentó.
Nadie le contestó. Luego se dirigió a Zohra.
—Venga, ve a hacerme un café.
Y ella le obedeció sin decir nada.
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Si no hubiese salido el beso obsceno en la televisión, hubiéramos pasado
una tarde agradable. Pero ese cochino de actor le metió la lengua a la chica
delante de todos nosotros, y eso Bouzid no lo pudo soportar. Otra vez volvió a
enfadarse:
—¡Quitad esa guarrería! ¡Aquí no estamos en la calle!
Ninguno de nosotros se movió, y entonces él se abalanzó sobre la tele y
apretó un botón al azar: era el volumen; un segundo: era el contraste; un
tercero: el tono. Entonces, en un acceso de locura, arrancó el cable de la toma
y saltó toda la instalación eléctrica de la casa. La oscuridad era total, la
situación grotesca. Staf se puso a hacer bromas.
—¡Ve a buscar velas en lugar de reírte, haluf! —gritó mi padre.
—¡No hay! —hizo notar Emma, que había estado callada hasta ese
momento.
—Mejor. Ahorraremos «litricidad». No quiero ver la «tilivisión»
encendida… ¿Entendido? Además, la voy a vender…
Staf se acercó a mí, inquieto:
—Papá se ha vuelto loco —me sugirió.
No supe qué contestar a eso. De todos modos, el brusco cambio de humor
de mi padre no me había sorprendido. Zohra se unió a nosotros para poner la
puntilla:
—Ya no podemos encender la luz de noche. No podemos tirar de la
cadena del retrete hasta que no lo hayamos usado varias veces. No hay que
encender la tele… ¡Está empezando a hacernos la vida imposible!
—De verdad, espero que se vuelva a la Chaâba de una vez por todas
—dijo Staf.
El fin de semana siguiente, Bouzid volvió otra vez a la Chaâba. Para
cuidar del jardín, según él. ¡Sí, sí, seguro que era una excusa!
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se habría dado cuenta de lo que pasaba. Yo no quería que nadie viera a mi
padre en esa situación.
Una tarde después de clase, ella me retuvo. Me preguntó por la ausencia
de mis padres y yo le dije que mi padre trabajaba los sábados.
—¿Y su madre?
Le respondí que estaba enferma, pero ella no pareció convencida del todo.
Era la primera vez que me hablaba en un tono que no me ponía la carne de
gallina. Me preguntó sobre mi familia. Le dije que mi padre era albañil y que
mi madre no era nada. Me preguntó a qué edad había venido de Argelia y le
hice notar con orgullo que yo había venido al mundo en Lyon, en el hospital
más grande: el Grache-Blache (Grange-Blanche), como Emma y Abué dicen.
Después, sonriendo, me preguntó si estaba contento de estar en el último
curso de primaria. Le respondí que el señor Grand, mi maestro de la escuela
Léo-Lagrange, siempre decía que yo llegaría al liceo. Mi exceso de confianza
la hizo reír, pero salí de la clase como un gran triunfador.
Los hermanos Taboul me esperaban en la calle:
—Entonces ¿qué te ha dicho? —preguntó el mayor.
Inmediatamente el otro añadió:
—¿Pasas a secundaria? ¿A qué liceo vas a ir?
Simplemente contesté:
—Al liceo Saint-Exupéry.
Cuando el mayor me dijo que sus padres habían decidido enviarles a una
escuela de pago donde sólo había curas, se apoderó de mí una alegría
inmensa. Desde que los Taboul me habían forzado a cambiar el Corán por la
Torá, me maldecía cada vez que me encontraba en su compañía.
Antes de separarnos, quisieron que subiera con ellos a su casa. Les dije
que mi madre me estaba esperando. Mientras me separaba de ellos, les solté
un Salam alaikum con un tremendo acento del sur de Francia. Los dos
estallaron en risas y me gritaron que casi parecía árabe. Yo también me reí.
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—Es la escuela de los mayores…
Me prometió que el domingo por la mañana iría con él al mercadillo. Le
pedí permiso para ver la tele, ¡concedido!
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alumnos esperan a que suene el timbre. Ahí, delante de la última lista, veo un
«pelo rizado». Él también me ve, me mira durante un instante y después
desvía la mirada. El pobre debe de estar tan perdido como yo. Me mira de
nuevo y le dirijo un imperceptible gesto con la cabeza. Él también me
responde de forma imperceptible.
Suena el timbre de las ocho. Los alumnos dispersos por el patio forman
filas ante las columnas. Los efectivos de Sexto B ya están reunidos. De
repente me pongo a soñar con la Chaâba, con la escuela Léo-Lagrange, con
los que me encontraba todos los días en la entrada y me decían: «¡Buenos
días! ¡Saca tu canica reina!», y lo feliz que me sentía mientras esperaba a que
el bedel abriese las puertas. La nostalgia me encoge el corazón. En la fila se
cruzan miradas furtivas, se chocan. No sé adónde mirar. Miro otra vez
fijamente la lista de nombres que ya he mirado mil veces. El director se
presenta, dice que ahora empieza algo muy serio y nos invita a ir a nuestras
clases y a conocer a nuestros tutores. ¡Tengo tantas ganas de volver con el
señor Grand!
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En sus ojos nace un brillo de esperanza. «Otro que está perdido —me
digo—. Como yo». Llegamos a la clase 110 después de recorrer un pasillo
interminable. Está abierta, pero el tutor todavía no está allí. Entran algunos
alumnos. Yo les sigo junto con el parisino perdido.
—¿Dónde nos ponemos? —me pregunta.
Los que ya se han sentado han dejado libres las primeras filas.
—Escucha —le digo—, ya sólo podemos ponernos en la segunda fila…
—Me viene bien, porque no veo nada con estas gafas.
Poco después, el profesor irrumpe en la clase, con mirada precisa barre
todas y cada una de nuestras caras, cierra la puerta tras él, nos saluda con una
sonrisa y se sienta a su mesa, que está en un estrado. Mira fijamente a las
parejas de alumnos que se han sentado al fondo de la clase y les suelta:
—¿Les doy miedo? Vamos, vengan a ponerse en la primera fila.
Todos le obedecen, y dos alumnos se sientan delante de nuestro pupitre.
—¿No están mejor así? —dice el profesor un poco irónicamente.
—Sí, sí señor —contestó uno de los alumnos, pensando que la pregunta
iba dirigida a él.
El profesor continúa:
—Mi nombre es Émile Loubon. (Escribe su nombre en la pizarra). Soy
vuestro tutor y vuestro profesor de francés. Todos los lunes por la mañana
estaremos en esta clase.
Después nos habla de las normas del liceo, de la organización de las
clases, nos da el horario, y al cabo de media hora nos manda rellenar una
ficha con nuestros datos, que le servirá para conocernos mejor.
—Primero escribirán su nombre y apellido, su dirección, la profesión de
sus padres, de sus madres, el nombre de los hermanos y hermanas que
tengan…
El señor Loubon tenía cierto encanto, con su rostro cuadrado, sus pómulos
anchos, la boca bien dibujada, y sus ojos redondos y marrones sobre la piel
tostada. Su cabello moreno, abundante, blanqueaba en algunos sitios y eso le
envejecía un poco.
Hay profes con los que uno se siente bien enseguida, con los que uno está
convencido de que todo va a ir bien. El señor Loubon es de ésos. Y luego
están los otros, como la señora Valard. El primer contacto con ella te hace
cogerle asco a la escuela. Personas así te siembran la duda. Te preguntas por
qué no les caes bien: ¿porque eres árabe o porque tienes una cara que no les
gusta? Sin embargo, yo tengo una cara simpática. A menudo me miro en el
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espejo y la encuentro divertida. Hay que resignarse: no se puede gustar a todo
el mundo.
Mientras relleno mi ficha, el profesor baja a las filas para recoger las hojas
de los que ya han terminado. Llega a mi altura, y asoma la cabeza por encima
de mi hombro para ver mi nombre. Me doy la vuelta. Y en ese instante,
cuando nuestras miradas se cruzan, se entrelazan, siento que en el fondo de
ese hombre hay algo que me resulta familiar y que me une a él. No sabría
decir qué. Él vuelve a su mesa, escruta las fichas y las caras correspondientes,
comenta algún pequeño detalle, pide datos adicionales. Después me mira
fijamente: mi ficha está entre sus manos. Detesto estas situaciones en las que
se está obligado a hablar de uno mismo. Ya está, me va a hacer preguntas.
—¿Cómo se pronuncia su nombre en árabe? —pregunta en tono amable.
De repente me quedo en blanco. Afortunadamente los Taboul no están en
clase; si no, ¿qué habría respondido?, ¿que no soy árabe?, ¿habrá otros Taboul
a mi alrededor? El profe espera una respuesta. ¿Cómo decirle que no tengo
ganas de desvelar mi origen a todos estos alumnos que ahora me están
mirando como a un mono de feria? Tengo ganas de decirle: «No soy lo que
usted cree, señor», pero es imposible. Tengo la sensación de que ya conoce
mi historia. A pesar de todo, respondo:
—Se dice Azouz, señor.
—¿Es usted argelino?
—Sí, señor —digo tímidamente.
Ahora estoy atrapado. Ya no hay escapatoria posible.
—¿De qué región es?
—De Sétif, señor. Bueno, quiero decir mis padres. Yo he nacido en Lyon,
en el hospital Grange-Blanche.
Mi vecino emigrado de París tiene la nariz casi pegada a mi cara. Desde el
principio me escucha con atención. Tengo ganas de gritarle: «Ahora ya lo
sabes todo. ¿Estás contento? Así que deja de mirarme».
—¿Vivía usted en Villeurbanne? —continúa el señor Loubon.
—Sí.
—¿Dónde, exactamente?
—En la avenida Monin, señor.
—¿En las casas prefabricadas de la circunvalación?
Intrigado por la intuición del profesor, asustado por la idea de que
conociese la Chaâba, la suciedad en la que vivía de pequeño, le respondo que,
efectivamente, vivía en las casas prefabricadas. Eso suena más limpio.
—¿Y por qué se mudaron sus padres?
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—No lo sé, señor.
Y después, en mi cabeza: «¡Menudo cotilla!».
Sobre la clase se abate un silencio que dura algunos segundos. Me digo
que ya no tendré que ocultar mis orígenes sarracenos, que Emma podrá venir
a esperarme a la salida del liceo. Luego me doy cuenta de que ella nunca más
vendrá. El mal ya está hecho.
El señor Loubon retoma la palabra, esta vez para presentarse:
—Yo también vivía en Argelia. En Tlemcen. Está cerca de Orán. ¿Lo
conoce?
—No, señor, nunca he ido a Argelia.
—Bueno, ya ve: yo soy francés y he nacido en Argelia, y usted ha nacido
en Lyon pero es argelino.
Sonríe y continúa:
—Vine a Francia poco después de la independencia.
—¿Entonces es usted un pied-noir, señor? —le digo, haciéndome el listo.
—Un repatriado de Argelia, sí. También se dice pied-noir.
Después, con una señal de la cabeza, me invita a seguir hablando.
—Cuando mi padre vivía en Sétif, trabajaba para un patrón que también
era pied-noir. Él me lo ha contado. También que se llamaba Barral.
—¿Y qué hacía su padre en Sétif?
—Era «jornalista» en la finca de Barral…
—¿«Jornalista»? ¿En una finca? ¿Qué es eso? —pregunta el profe,
estupefacto.
—Sí, señor. Cuidaba los corderos, se ocupaba de los caballos, trabajaba la
tierra, todo el día.
Empieza a reír y dice:
—¡Ah! ¡Quiere decir que era jornalero!
—No sé, señor. Mi padre siempre dice que era «jornalista», y yo repito lo
que dice él.
—No, no —responde—, se dice jornalero. Pero tiene que saber que no
todos los pied-noir tenían fincas en Argelia, como ese Barral…
No contesto nada. Todo lo que sé es que mi padre dice que a los pied-noir
no les gustan los árabes, especialmente a los que trabajan con él en la fábrica.
Parece ser que siempre les están diciendo a los argelinos: «¡Vosotros
quisisteis la independencia y ahora os venís aquí a trabajar!». No entienden
nada. Y yo tampoco. Según ellos, hace tiempo que deberíamos haber vuelto a
nuestro país.
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Suena el timbre de las diez. La primera clase de francés llega a su fin.
Como los demás alumnos, guardo mis cosas en la cartera y me apresuro a
salir de clase, cuando el señor Loubon me hace una última pregunta, esta vez
en árabe, un árabe argelino, como el que hablamos en casa. Me dice:
—¿Entiendes el árabe?
En francés, le respondo:
—Sí, siempre hablo en árabe con mis padres.
—Ya, adiós, hasta el lunes que viene —termina sonriendo.
Mi vecino emigrado de la torre Eiffel me mira como si yo fuese un dios.
Esta vez está boquiabierto.
—¿Conocías de antes al profe? —pregunta con curiosidad.
—No, es la primera vez que lo veo.
—¡Joder! —se echa a reír—. ¡Qué suerte tienes!
Para cortar esta conversación, que me molesta un poco, le pregunto si
sabe a qué clase vamos ahora. Me responde que no lo sabe, y añade:
—Podríamos ponernos juntos otra vez, si quieres.
—Sí, sí —le digo—. Estaré encantado…
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—En árabe literario, se dice el-Maghreb y se escribe así.
Dibuja unas letras árabes en la pizarra ante las miradas estupefactas de los
alumnos. Mientras está escribiendo, añado:
—Sí, he oído a mis padres usar esa palabra.
Él me dice.
—¿Sabían que en árabe Marruecos significa «el país del sol poniente»?
—No, señor.
Luego continúa con la clase durante algunos minutos, antes de dirigirse de
nuevo a mí:
—¿Sabe usted lo que quiere decir esto? —me pregunta mientras dibuja
unos jeroglíficos.
Le digo que no, que no sé ni leer ni escribir en árabe.
—Es una alif, una «a». Esto una «l» y esto otra «a» —explica—.
Entonces, ¿qué quiere decir?
Dudo un momento y luego reacciono:
—¡Ala! —digo sin captar el significado de la palabra.
—Ala no —dice el señor Loubon—. ¡Allah! ¿Sabe quién es Allah…?
Sonrío levemente ante su ligero acento bereber:
—Sí, señor. Por supuesto. ¡Allah es el Dios de los musulmanes!
—Pues bien, así es como se escribe su nombre. Ya ve, hablo árabe casi
tan bien como usted.
Qué modesto, el profe. Me está enseñando mis orígenes, demostrándome
mi nulidad sobre cultura árabe, ¡y se atreve a decir que habla árabe casi tan
bien como yo!
A mi alrededor, los alumnos cuchichean, completamente perdidos.
Una tarde, después de clase, el señor Loubon me dijo que me quedase un
momento con él, y esperé a que saliesen todos los alumnos, un poco
avergonzado de ser objeto de tanta atención por parte del tutor. Se acercó a mí
y me tendió un libro:
—¿Conoce este libro de Jules Roy?
Cogí el libro para leer el título: Los caballos del sol.
—No, señor, no lo conozco —a decir verdad, nunca había oído hablar de
Jules Roy—. ¡Pero conozco a Jules Renard!
—¿No conoce a Jules Roy?
—No, señor.
—Entonces coja este libro, rápido. Se lo regalo. Jules Roy es argelino
como nosotros, un gran escritor de Argelia.
—¿Está muerto, señor?
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—Oh no, todavía no. Ahora vive en Francia.
Le doy vueltas y vueltas al libro, esperando que el señor Loubon ponga
fin a esta peculiar conversación. Él mira la cubierta con ojos soñadores.
Ahora debe de estar en su Argelia natal. Después continúa la conversación sin
mirarme, con voz un poco triste:
—Yo era profesor en Tlemcen. ¡Ah! ¡Qué maravillosa ciudad, Tlemcen!
En mi clase no tenía más que un árabe. Se llamaba Nasser. Nasser Bovabi.
Me acuerdo muy bien. No ha pasado tanto tiempo. Era un alumno brillante…
¿Y usted? ¿Qué quiere hacer en el futuro?
—¡Me gustaría ser presidente de la República de Argelia, señor! —digo
completamente convencido.
—Está bien. Está bien. Hay que seguir así —dice asintiendo con la
cabeza—. Vaya, se hace tarde. ¿Salimos? —concluye después de unos
instantes de silencio.
—Sí, señor.
Abandonamos la clase y bajamos por las escaleras vacías del liceo hasta la
entrada principal, donde algunos alumnos están esperando el autobús escolar.
Todos nos miran. Antes de separarnos me dice:
—Puede quedarse con Los caballos del sol. Es largo. Ya hablaremos en
otra ocasión. Hasta la vista.
Le dije adiós y bajé hasta la calle Terme. Estaba tan contento por la
confianza que me mostraba el señor Loubon que, al llegar a mi casa, le conté
a mi padre que mi profesor pied-noir me había dado un libro que hablaba de
Argelia. Él dijo:
—¡Ése sí que es un buen «brufisur»!
Después le conté que sabía escribir en árabe y que incluso había escrito
Allah en la pizarra, delante de toda la clase. Entonces mi padre, que adoraba a
Allah, entró en éxtasis:
—Allah Akbar! ¡El Todopoderoso gana el corazón de todo el mundo!
Y añadió:
—Mañana dile que venga a comer cuscús a casa.
—No, Abué —le respondí—. Eso no se hace con los profesores.
Él pareció sorprendido y luego replicó:
—¿Por qué no se hace? No pasa nada. Le compraré una botella de «vinu».
A los franceses les encanta el «vinu» argelino, ¿no?
—Ah no, me da vergüenza. Después todos los alumnos se burlarán de mí
en la escuela —insistí vivamente.
Y Bouzid concluyó inocentemente.
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—Venga, toma, pasta. Cómprale una botella y tráetelo.
Me negué categóricamente y él ya no hizo ninguna sugerencia más. Hay
muchas cosas como ésta sobre las que es mejor no discutir demasiado con
Bouzid.
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El debate ha terminado. Un poco por mi culpa. Durante el dictado, no me
atreví a mirar a nadie. ¿Qué pensarán de mí ahora? Que soy un pelota. En la
escuela Léo-Lagrange, los árabes me trataban de traidor, porque yo no era el
último de la clase como ellos. Y aquí los franceses no van a tardar en cotillear
a mi costa, porque Loubon y yo tenemos Argelia en común. Pero no les tengo
miedo. Sólo me da un poco de vergüenza, eso es todo.
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caradura, y en cada redacción que teníamos que hacer en casa yo evitaba en la
medida de lo posible las trampas de la originalidad. Escribía dos páginas
sobre el mar, la montaña, las hojas de otoño haciendo remolinos y el manto de
nieve invernal, pero la señora Valard no lo valoraba en absoluto, y al margen
de mis redacciones escribía en rojo: «¡Sin interés! ¡Falta originalidad!
¡Demasiado vago!».
En el liceo Saint-Exupéry, yo era el ojito derecho de Loubon, pero la
mayoría de las veces mis notas de redacción apenas rozaban el aprobado. Los
franceses escribían mejor que yo. El señor Loubon estaba un poco
decepcionado. Debía de creer que yo era incapaz de tener ideas originales
porque mis padres eran analfabetos. Yo sentía una ligera amargura.
Los estudiantes de todos los liceos y los conductores de autobús estaban
en huelga desde hacía muchas semanas. En el Saint-Exupéry las clases
estaban interrumpidas, y parecía que las vacaciones iban a ser largas. Un
lunes por la mañana me fui andando al liceo para enterarme de algo sobre las
clases. Me invadía cierto remordimiento por el señor Loubon, pero
afortunadamente eran muchos los alumnos que llevaban tiempo sin ir a clase.
Aquella mañana, como el profe no había preparado la clase, nos propuso
hacer en casa una redacción de tema libre y nos mandó otra vez a la calle.
Allah había guiado mis pasos, porque yo esperaba esta oportunidad desde
hacía meses, y un pied-noir me la ponía en bandeja. Estaba claro que mi
redacción iba a ser sobre el racismo.
Tardé muchos días en escribir mi historia. Érase una vez un niño árabe. Su
familia y él y acababan de llegar a Lyon. El niño todavía no había hecho ni un
solo amigo en el barrio, y el primer día de clases se había encontrado
completamente solo en medio de decenas de niños y niñas que ya se
conocían, que reían y bromeaban entre ellos. Cuando sonó el timbre, el niño
miró entrar a los escolares en el patio, y después de dudar durante un instante,
decidió volver a casa junto a su madre.
Le hice leer mi obra a Zohra. Ella corrigió las faltas gramaticales y se
burló afectuosamente de mí, porque el texto sonaba a grito de desesperación
un poco exagerado.
Los últimos días de junio pasaron a gran velocidad. La huelga seguía
paralizando los autobuses, así que yo prefería los paseos en bici con los
chicos de la calle Vieille antes que perder el tiempo en el colegio. Sin
embargo, un martes mi padre me mandó al liceo para recoger un certificado
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de escolaridad. Delante de la puerta, en medio de un grupo de alumnos que
hablaban tranquilamente, reconocí a mi compañero el emigrante parisino. En
cuanto me vio, corrió hacia mí, con el rostro iluminado, y después,
tendiéndome la mano para saludarme, me dijo:
—¿No estabas ayer?
—No, ¿por qué? ¿Vinieron muchos alumnos?
Por un momento tuve miedo de haber sido el único ausente, pero me
tranquilizó:
—No. Sólo éramos nueve. Pero el tutor repartió las redacciones…
Su rostro se hizo aún más misterioso, y una sonrisa se dibujó en sus
labios.
—¿Qué pasa? —dije.
—Vale, has tenido un diecisiete sobre veinte. La mejor nota de la clase. El
profe incluso nos ha leído la redacción. Dijo que la guardaría como ejemplo…
Dejé mi bici en el suelo y le pedí más detalles. La emoción me paralizaba.
Tenía ganas de trepar a los árboles, de dar saltos mortales, de romper mi bici a
modo de sacrificio.
—¿Qué más ha dicho?
—Nada más. Que lamentaba que no estuvieses allí.
—¿Y dónde está ahora?
Di algunos pasos hacia el patio.
—No está ahí. No hay nadie en el liceo. Creo que ya se han acabado las
clases.
¡Por Allah! Allah Akbar! Me sentía orgulloso de mis manos. Por fin era
inteligente. La mejor nota de la clase para mí, Azouz Begag, el único árabe de
la clase. ¡Por delante de todos los franceses! Estaba borracho de orgullo. Le
diría a mi padre que yo era mejor que todos los franceses de la clase. Se
volvería loco de alegría.
¿Pero por qué el profesor se había atrevido a leer mis deberes delante de
toda la clase? Había escrito aquello únicamente para él. Me dio la impresión
de que nos habrían metido a los dos, los moros, en el mismo saco. No me
importaba. Me sentía fuerte como un toro.
Por la tarde, cuando volví a casa, le conté a mi padre que el profesor pied-
noir me había puesto la mejor nota de la clase, por delante de todos los
franceses. Me dijo:
—Dile que le invito a comer un cuscús. Con «vinu», si quiere.
—No, Abué —le repliqué de nuevo con firmeza.
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—Venga, toma dinero. Ve a comprar una botella de «vinu» para él
—insistió de nuevo.
Le dije:
—No, Abué. De todos modos, la escuela ya se ha terminado.
En sus ojos brilló una extraña luz, y después me dijo con su voz más
mística:
—Ven. ¡Ven aquí!
Me acerqué a él.
—Ouaiche, Abué?
—Acércate aquí, voy a decirte una cosa.
Me puse a su lado.
—¡Siéntate!
Le obedecí. Entonces habló en voz baja, como si fuese a confiarme algún
secreto profético:
—Verás, hijo…
—No, Abué.
—Déjame hablar —dijo—. Te voy a decir una cosa seria.
—Venga, Abué.
—Verás, hijo… Dios está sobre todas las cosas. Allah guía el mektoub de
todos nosotros, el tuyo, el mío, el de tu «brufisur» pied-noir…
Sonreí ligeramente.
—No hay que reírse de estas cosas, hijo.
—¡No me río, Abué!
—¿Crees que es por azar que tú, un árabe, seas mejor que todos los
franceses de la escuela? ¡Y tu «brufisur»! ¿Quién le ha enseñado a escribir
Allah en nuestra lengua?
—¡Ha aprendido él solo, Abué!
Entonces Bouzid adoptó su tono más serio para concluir:
—No, hijo mío. Allah. Es Allah quien nos guía. Nadie más.
Después sugirió:
—Deberías ir a la escuela coránica los sábados por la mañana…
Entonces me rebelé:
—Ah no, Abué, ya tengo bastante trabajo en la escuela…
—Bueno, bueno, como quieras, hijo. Tú verás.
Después Emma nos llamó a cenar a la cocina. Yo cogí mi plato y me fui
hacia el sofá.
—¿Adónde vas? —preguntó Bouzid.
—Voy a cenar viendo la tele —respondí, muy seguro de mí mismo.
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Bouzid intentó protestar, pero enseguida le corté diciendo:
—Es Allah quien guía mi mano…
Mirando a Emma mi padre dijo:
—¡Este chico es un auténtico demonio!
Y después se echó a reír.
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regresarán a Sétif. Ricos. Se construirán una casa. Y qué más da si él tiene
que trabajar diez horas al día para pagar el alquiler, la luz, el agua.
A veces me parece que se acostumbra a su nueva vida, que cada vez
piensa menos en la Chaâba. Pero al día siguiente insulta a Emma, la maldice
por haber querido mudarse, y se escapa tres o cuatro días a su antigua casa,
dejándonos sin un céntimo.
Bouzid se ha vuelto imprevisible.
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—Les vamos a meter mano.
Alí añadió:
—Esta vez, la alta para mí, me la voy a cepillar en un traboule. La última
vez le metí mano y no dijo nada.
Babar, más reservado que sus compañeros, con el ego inflado por la
harissa y las guindillas de Túnez, no suelta palabra pero se divierte con sus
ocurrencias.
Alí continúa:
—A Kamel le toca la más fea. Babar y tú os encargáis de las otras dos.
Kamel, el salido, replica:
—Bueno, no me importa que sea un callo. Le voy a meter mano.
Con la boca hecha agua, se excita cada vez más según bajamos las
escaleras.
Imágenes agradables empiezan a desfilar por mi cabeza. Tengo prisa por
llegar a la plaza, pero Babar y yo no lo demostramos.
Martine, la enamorada de Alí, está sola, sentada en el pedestal de la
estatua del sargento Blandan. Vamos hacia ella. Alí le pregunta:
—¿Y tus amigas?
—Se han ido a la piscina. He venido yo sola —responde el bombón.
Kamel palidece. Babar sonríe. Ni el uno ni el otro hacen comentarios. Mi
ilusión se derrumba como un castillo de naipes. Incómodo por esta delicada
situación, Alí interviene. Se dirige a Martine:
—Bueno, vale, pues nosotros vamos a dar una vuelta, ¿vienes?
La divina criatura bronceada se levanta, consintiendo, nos regala una
sonrisa de ensueño y coge a Alí de la mano:
—¡Hasta luego! —dice el afortunado.
Los dos enamorados se pierden en las callejuelas del barrio, en dirección a
los pasadizos. Kamel no puede mantener la calma. Insulta a todas las mujeres
del mundo, excepto a nuestras madres y hermanas. Nos quedamos plantados
dos horas en la plaza Sathonay, esperando la vuelta de Alí. Intentamos tocar
el culo a todas las chicas que pasan por el perímetro de la plaza, levantamos
una decena de faldas, les vimos el color de las bragas. Kamel corría detrás de
las féminas, desenfrenado, como se corre detrás de los pollos en un corral,
con la mano derecha extendida. Cada vez que daba en la diana, se volvía
hacia Babar y hacia mí y gritaba, como una bestia:
—¡Mirad, mirad!
Y se reía. Y nos reíamos. A mí también me hubiera gustado tocar a las
chicas. Pero me daba mucha vergüenza. A Kamel no le daba miedo recibir
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bofetadas, oír decir: «Cochino árabe, vuelve a tu país». Se reía. Y cuando una
chica protestaba, le decía: «¿Quieres, quieres?», llevándose la mano a la
entrepierna.
Finalmente volvió Alí, solo. Martine había preferido tomar otro camino
para volver a su casa.
—Bueno, ¿la has tocado? —dijo Kamel.
A modo de respuesta que quería decirlo todo, sonrió. Después, tras un
momento de meditación, añadió:
—¿Sabéis cómo es el conejo de las mujeres? No lo tienen aquí, como
nosotros, está entre las piernas —dice indicando la trayectoria con el dedo.
La estupefacción es general.
—¿Estás seguro? —pregunta Kamel—. Yo he visto chicas, y bueno, el
conejo está delante, no entre las piernas, pero eran niñas pequeñas.
Babar lo ha entendido todo:
—Sí, pero cuando se hacen mayores, el conejo se les debe de mover hacia
atrás.
Y señala con el dedo.
—¡Cállate! ¡Cállate! —interrumpe Alí—. Vienen las tres amigas.
De vuelta de la piscina, nos saludan con un aire burlón que me hace
perder la compostura. Sólo Alí, seguro de sí mismo, alimenta la conversación,
prepara un nuevo plan. El ardor de Kamel se extingue. Nos sentamos en un
banco para charlar. De repente, Babar se vuelve hacia mí y murmura:
—¡Tu padre! Ahí. Ahí. Mira. Viene para acá.
Al oír estas palabras, una explosión me sacude por dentro. Por la calle
Sergent-Blandan veo a mi padre, muy alterado, que viene hacia mí. Durante
algunos segundos no puedo ni pensar. Si me viera con las chicas, nunca podré
volver a mirarle a los ojos. Enseguida me excuso ante el grupo, pretextando
un asunto urgente para no hacer el ridículo delante de las chicas. Agachado al
máximo, me dirijo a toda velocidad hacia la calle Vieille. Bouzid ha tenido
que verme. No estoy seguro. La respuesta no se hace esperar. Apenas he
recorrido unos metros, una terrible voz llena la plaza de Sathonay. Las
palomas huyen con grandes aleteos.
—¡Razzzouz! —grita el viejo.
Finjo no haber oído. Él me advierte:
—¡Razzzouz! Te he visto.
En la plaza, todos los mirones se vuelven primero hacia él y luego hacia
mí. Después de eso, las chicas se han acabado para mí. Me dirijo a él,
atrapado como un conejo. Grita en árabe:
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—¿Por qué huyes cuando te llamo?
—No huía. Iba a comprar una botella de limonada a la tienda.
—¿Te burlas de mí?
No respondo nada por miedo a empeorar la situación.
Él continúa:
—¿Dónde está tu hermano?
—No lo sé.
—Bueno, tú vuelve a casa. Voy a buscar a ese haluf.
—¿Por qué, Abué?
—Vuelve, te digo. No es asunto tuyo.
Y se va a recorrer el barrio. Algo grave ha debido de pasar para que se
encuentre en ese estado. De repente tengo miedo. Corro a casa. Zohra me abre
la puerta. Pone mala cara, y me dice:
—¿Has visto a papá?
Le digo que sí. Ella sigue:
—¿Y Staf? ¿Dónde está?
—Yo no sé nada. Papá ya me lo ha preguntado.
En la cocina, Emma llora, con el rostro lleno de desesperación.
—¿Qué pasa, Emma? —le digo.
Ella continúa llorando, tapándose con las manos, sin abrir la boca. Me
vuelvo hacia Zohra:
—¿Qué ha pasado?
—Hemos recibido una carta certificada de la empresa que nos alquila el
piso.
—¿Y qué?
—Tenemos que irnos de aquí —concluye, abatida.
Se me cierra la garganta. De repente todo se derrumba dentro de mí. Un
terremoto que engulle a Babar, Alí y Kamel, a la calle Vieille, la Chaâba, el
liceo Saint-Exupéry, al señor Loubon. No consigo pensar en nada concreto.
Me duele la cabeza, no tengo fuerza en las piernas.
—¿Dónde está la carta, Zohra?
—Ahí, encima de la mesa. No la toques, o se va a enfadar más todavía.
Bouzid regresó a los pocos minutos, vociferando como un loco. Entra en
la cocina, duda un momento, va directo a la carta, la coge, la observa largo
rato, y maldice a su hijo, al que no ha encontrado:
—¡Hijo de perra! Nunca está aquí cuando hace falta. Pero esta vez se va a
enterar…
Después se vuelve hacia mí y dice:
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—¡Tú, ven aquí! Ven a leerme esto otra vez. Explícame qué dice esta
gente.
—Abué, no va a decir nada más de lo que te he dicho yo —dice Zohra.
El viejo se pone rabioso:
—A ti te he dicho que no hables más. Además, te voy a casar, así ahuecas
el ala y me quitas un peso de encima.
Mi hermana desaparece, ofuscada por haber suscitado ese repentino amor
paternal.
Leo la carta. Dice que el piso en el que vivimos va a cambiar de
propietario y que éste lo quiere vender. Así que nos propone comprar el
piso… o bien buscar otro alojamiento. Lo traduzco al árabe. Bouzid tiene los
ojos como platos. Se adivina una tremenda conmoción en su interior. Se
vuelve hacia mi madre, que sigue llorando. Llora por su culpa, pero también
por culpa de la carta. De repente abre la boca como si fuera a escupir la
chemma y se pone a gritar.
—Os está bien empleado. Os está bien empleado. Queríais iros de la
Chaâba… y éste es el resultado. ¿Dónde vamos a ir ahora? ¡Al diablo! Os
merecéis ir al diablo. Todos.
Y vuelve a coger la carta.
—Me voy a ir yo solo —continúa—. Eso os dará una lección.
Y luego, pensando en el administrador:
—¡Y estos ladrones…! Para empezar, no tienen derecho de hacerme salir
de aquí. Yo pago el alquiler, la «litricidad», la comunidad. Lo pago todo. ¿Por
qué quieren echarme? Voy a ir a verlos mañana.
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—Quería buscarnos alojamiento ahora mismo en las casas de protección
oficial. Le he dicho que no. Está demasiado lejos de mi trabajo.
—Entonces, ¿hasta cuándo nos podremos quedar aquí? —preguntó Zohra.
—Me han dicho que iban a mirar otras viviendas. Hay que esperar.
Yo aventuré:
—¿Y si no queremos irnos de aquí, qué nos harán?
—Nos echan a la calle. Tiran todas las cosas fuera. El «ministrador» me lo
ha advertido.
El administrador ha debido de amenazar a mi padre con el desalojo para
que de repente estuviese tan calmado con nosotros. Debía de estar
aterrorizado. Dispuesto a aceptar la primera solución que se presente. La
Chaâba, quizás…
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—¡Gracias!
—¡No hay de qué! —respondió el hombre—. Por cierto, ¿cuándo regresa
a su país?
—¡Por Dios! —dijo mi padre levantado las manos—. Es Allah quien
«diside». Puede que el «aniu» que «fiene», puede que el mes que «fiene».
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GLOSARIO
Abué: Papá.
Aid: Fiesta musulmana que celebra el fin del Ramadán y con ocasión de la
cual millones de corderos pierden el pellejo…
Artaille: Palabrota.
Emma: Mamá.
Haluf: Cerdo.
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Labaisse: ¿Qué tal?
Ouaiche?: ¿Qué?
Rachema: Vergüenza.
Rhain: Mal de ojo.
Roumi: Francés.
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