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Confirmación de Procesamiento por Crímenes de Lesa Humanidad

El documento describe un caso judicial sobre crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en Argentina. Se confirma el procesamiento con prisión preventiva de Julio Héctor Simón por secuestros, torturas y desapariciones ocurridas en 1978. La defensa alega la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, mientras que el Ministerio Público Fiscal sostiene la obligación de investigar graves violaciones a los derechos humanos.

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Confirmación de Procesamiento por Crímenes de Lesa Humanidad

El documento describe un caso judicial sobre crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura militar en Argentina. Se confirma el procesamiento con prisión preventiva de Julio Héctor Simón por secuestros, torturas y desapariciones ocurridas en 1978. La defensa alega la inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, mientras que el Ministerio Público Fiscal sostiene la obligación de investigar graves violaciones a los derechos humanos.

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CS, 14/06/2005.-S. 1767. XXXVIII.

"Simón, Julio Héctor y otros s/ privación


ilegítima de la libertad, etc. —causa N° 17.768—"
La Sala II de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de esta
ciudad confirmó el auto de primera instancia que decreta el procesamiento con prisión
preventiva de Julio Héctor Simón y amplía el embargo sobre sus bienes, por crímenes contra la
humanidad consistentes en privación ilegal de la libertad, doblemente agravada por mediar
violencia y amenazas y por haber durado más de un mes, reiterada en dos oportunidades en
concurso real, las que, a su vez, concurren materialmente con tormentos agravados por haber
sido cometidos en perjuicio de perseguidos políticos, en dos oportunidades en concurso real
entre sí. Contra esa resolución la defensa interpuso recurso extraordinario que, denegado dio
origen a la presente queja ante la CSJN. El Juez de primera instancia declaró la invalidez de las
leyes de Punto Final y Obediencia Debida, por ser incompatibles con los tratados y
declaraciones de derechos humanos. La Cámara Nacional de Apelaciones confirmó lo actuado
en primera instancia.

HECHOS,

Se imputa a Julio Héctor Simón, en aquel entonces suboficial de la Policía Federal Argentina,
por haber secuestrado en la tarde del 27 de noviembre de 1978 a José Liborio Poblete Rosa en
la Plaza Miserere de esta ciudad y, en horas de la noche, a la esposa de éste, Gertrudis Marta
Hlaczik, y a la hija de ambos, Claudia Victoria Poblete, tal como fuera establecido en la causa
nº 17414, "Del Cerro, Juan A. y Simón, Julio H. s/ procesamiento". Todos ellos fueron llevados
al centro clandestino de detención conocido como "El Olimpo", con pleno conocimiento de
que allí serían sometidos a torturas y vejámenes y que, luego, en estado de total indefensión,
su destino probable sería la eliminación física (muerte), a manos de integrantes de las fuerzas
de seguridad que formaban parte del sistema clandestino de represión. Ya en el centro
'Olimpo' José Poblete y Gertrudis Hlaczik fueron torturados por Julio Héctor Simón, entre
otros, e interrogados acerca de otros integrantes de la agrupación política a la que
pertenecían. Entre los métodos de tortura utilizados contra ambos se encontraba la 'picana
eléctrica', la aplicación de golpes con elementos contundentes como palos o gomas. Asimismo,
Julio Simón, junto a otros integrantes de las fuerzas de seguridad, mantuvieron privados de su
libertad a Gertrudis Hlaczik y a José Poblete sin dar intervención a la autoridad judicial. Luego
de ser torturado el matrimonio, permanecieron unos dos meses, en el mes de enero de 1979,
hasta que fueron sacados del lugar, sin tenerse, hasta ahora, noticias de su paradero, siendo
presumiblemente eliminados físicamente por personas hasta el momento no identificadas.

DEFENSA,

La Sala II de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de esta


Capital Federal, con fecha 9 de noviembre de 2001, rechazó la excepción de falta de acción
planteada por la defensa de Julio Héctor Simón, y confirmó la decisión del juez de grado; así
mismo, en el expediente 17.768 homologó el pronunciamiento del juez de primera instancia
que había decretado el procesamiento con prisión preventiva de Julio Héctor Simón, por
crímenes contra la humanidad, consistentes en privación ilegal de la libertad, doblemente
agravada por mediar violencia y amenazas y por haber durado más de un mes, reiterada en
dos oportunidades en concurso real, que, a su vez, concurre materialmente con tormentos
agravados por haber sido cometidos en perjuicio de perseguidos políticos, en dos
oportunidades en concurso real entre sí.
Contra ambas decisiones el procesado dedujo el recurso extraordinario federal, que fue
declarado inadmisible con el argumento de que la presentación carecía de la fundamentación
autónoma exigida por el art. 15 de la ley 48; tal decisión dio lugar a la presente queja.

La defensa plantea el siguiente agravio: el querellante Horacio Verbitsky (presidente del


Centro de Estudios Legales y Sociales) carece de legitimación para querellar, y su participación
en el proceso significó la consagración, por vía judicial, de una acción popular no contemplada
en la ley procesal ni susceptible de encontrar amparo en el artículo 43 de la Constitución
Nacional que recepta la protección de los derechos de incidencia colectiva. Se postula, en
consecuencia, la nulidad absoluta de todo lo actuado con intervención de esa supuesta parte.

Por otro lado, cuestiona que los jueces inferiores receptaran el Derecho de Gentes de una
manera que lesionaba las garantías de la ley penal más benigna, del nullum crimen nulla poena
sine lege, así como de la prohibición de aplicar la ley ex post facto. Aduce que se aplicó
retroactivamente una norma de naturaleza penal, la Convención Interamericana sobre
Desaparición Forzada de Personas con la consecuencia de que elimina los beneficios de la
prescripción de la acción y de la pena. Además, pide que se aplique la ley 23521 (ley de
obediencia debida).

Ministerio Público Fiscal,

Recalca la obligación de investigar y sancionar a los responsables de graves violaciones de los


derechos humanos y del derecho a la justicia, creo que el compromiso estatal no puede
agotarse, como regla de principio, en la investigación de la verdad, sino que debe proyectarse,
cuando ello es posible, a la sanción de sus responsables. Haciendo hincapié, en las violaciones
sistémicas de los derechos humanos en el período (1976-1983) y por la importancia de velar
por el cumplimiento de las obligaciones de persecución penal asumidas por el Estado
argentino.

Remite a leyes "de obediencia debida" y "de punto final", las cuales, por su propia naturaleza,
han impedido a los órganos de administración de justicia el ejercicio de la acción penal ante la
comisión de determinados hechos que constituyeron graves violaciones de los derechos
humanos y por los cuales la vida, el honor y la fortuna de los argentinos quedaron a merced
del gobierno de facto. Se hace análisis histórico político del artículo 29 de la CN, y se señala
que marca un limite infranqueable a la facultad legislativa de amnistiar.

Por consiguiente, no cabe entender los hechos del caso, sino como una manifestación más del
ejercicio arbitrario de poder por el que el último gobierno de facto puso los derechos más
fundamentales de los ciudadanos a su merced y de las personas que en su nombre actuaban,
he de concluir que las leyes 23.492 y 23.521 son inconstitucionales en tanto por intermedio de
ellas se pretende conceder impunidad a quien es imputado como uno de sus responsables.

Teniendo en cuenta que las normas del Derecho internacional vigentes para la República
Argentina -y con ello me refiero no sólo a los tratados, sino también a las normas
consuetudinarias y a los principios generales de derecho- revisten el doble carácter de normas
internacionales y normas del ordenamiento jurídico interno y, en este último carácter,
integran el orden jurídico nacional junto a las leyes y la Constitución. remitiéndose a aquellas
normas que imponen al Estado argentino el deber de investigar y sancionar las violaciones de
los derechos humanos y los crímenes contra la humanidad. En concreto, si las leyes 23.492 y
23.521 contuvieran disposiciones contrarias a esos tratados internacionales, o hicieren
imposible el cumplimiento de las obligaciones en ellos asumidas, su sanción y aplicación
comportaría una trasgresión al principio de jerarquía de las normas y sería
constitucionalmente inválida. Siendo que las leyes, ya mencionadas, en tanto concedan
impunidad a los responsables de violaciones graves a los derechos humanos y crímenes contra
la humanidad, como lo es la desaparición forzada de persona materia de la presente causa son
violatorias de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, el Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos y de la Declaración Interamericana de Derechos Humanos, y son,
por consiguiente, inconstitucionales a la luz de lo dispuesto por los artículos 31 y 75, inciso 22,
de la Constitución Nacional.

Por desaparición forzada de personas se entiende en el Derecho penal internacional la


privación de la libertad a una o más personas, cualquiera que fuera su forma, cometida por
agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el
apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a
reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona.
(Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas -incorporada a la
Constitución por ley 24.556). Es que la expresión "desaparición forzada de personas" no es
más que el nomen iuris para la violación sistemática de una multiplicidad de derechos
humanos, a cuya protección se había comprometido internacionalmente el Estado argentino
desde el comienzo mismo del desarrollo de esos derechos en la comunidad internacional, una
vez finalizada la segunda guerra mundial.

Siendo numerosos los instrumentos internacionales que, desde el comienzo mismo de la


evolución del Derecho internacional de los derechos humanos, ponen de manifiesto el interés
de la comunidad de las naciones porque los crímenes de guerra y contra la humanidad fueran
debidamente juzgados y sancionados. Siendo que las naciones han afirmado que la
imprescriptibilidad era, ya con anterioridad a la década de 1970, reconocida por la comunidad
internacional como un atributo de los crímenes contra la humanidad en virtud de principios
del Derecho internacional de carácter imperativo, vinculantes, por tanto, también para el
Estado argentino. Por lo demás, sin perjuicio de la existencia de esas normas de ius cogens,
cabe también mencionar que para la época en que tuvieron lugar los hechos el Estado
argentino había contribuido ya a la formación de una costumbre internacional en favor de la
imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad. En consecuencia, ha de concluirse
que, ya en el momento de comisión de los hechos, había normas del Derecho internacional
general, vinculantes para el Estado argentino, que reputaban imprescriptibles crímenes de lesa
humanidad, como la desaparición forzada de personas.

Corte,

Califica a los hechos como crímenes contra la humanidad consistentes en la privación ilegal de
la libertad, doblemente agravada, por mediar violencia y amenazas y por haber durado más de
un mes, reiterada en dos oportunidades en concurso real, la que, a su vez, concurría
materialmente con tormentos agravados por haber sido cometidos en perjuicio de
perseguidos políticos.

Señala que el recurso extraordinario es inadmisible en cuanto al agravio fundado en la falta de


legitimación de Horacio Verbitsky.

Que en cuanto a la pretensión del imputado de ampararse bajo la llamada "ley de obediencia
debida", se señala que los casos se debían considerar "de pleno derecho que las personas
mencionadas obraron en estado de coerción bajo subordinación a la autoridad superior y en
cumplimiento de órdenes, sin facultad o posibilidad de inspección, oposición o resistencia a
ellas en cuanto a su oportunidad y legitimidad". Que la ley poesía deficiencias técnicas
legislativas, ya que, no establecía regla alguna aplicable a hechos futuros y, de este modo, no
cumplía con el requisito de generalidad propio de la función legislativa, infringiendo, por lo
tanto, el principio de división de poderes. Asimismo, tal como se destacó en ese momento, no
es posible admitir que las reglas de obediencia militar puedan ser utilizadas para eximir de
responsabilidad cuando el contenido ilícito de las órdenes es manifiesto.

Que, en el caso particular del Estado argentino, las leyes de punto final, obediencia debida y
los subsiguientes indultos fueron examinados por la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos en el informe 28/92. En esa oportunidad, la Comisión sostuvo que el hecho de que
los juicios criminales por violaciones de los derechos humanos —desapariciones, ejecuciones
sumarias, torturas, secuestros— cometidos por miembros de las Fuerzas Armadas hayan sido
cancelados, impedidos o dificultados por las leyes 23.492 (de punto final), 23.521 (de
obediencia debida) y por el decreto 1002/89, resulta violatorio de los derechos garantizados
por la Convención, y entendió que tales disposiciones son incompatibles con el art. 18
(Derecho de Justicia) de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre y los
arts. 1, 8 y 25 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Asimismo, recomendó al
gobierno argentino "la adopción de medidas necesarias para esclarecer los hechos e
individualizar a los responsables de las violaciones de derechos humanos ocurridas durante la
pasada dictadura militar".

Recalca que las conclusiones de la Corte Interamericana en "Barrios Altos" al caso argentino
resulta imperativa, si es que las decisiones del Tribunal internacional mencionado han de ser
interpretadas de buena fe como pautas jurisprudenciales. Ya que, las leyes de punto final y de
obediencia debida presentan los mismos vicios que llevaron a la Corte Interamericana a
rechazar las leyes peruanas de "autoamnistía". Pues, en idéntica medida, ambas constituyen
leyes ad hoc, cuya finalidad es la de evitar la persecución de lesiones graves a los derechos
humanos. Siendo que la inadmisibilidad de las disposiciones de amnistía y prescripción, así
como el establecimiento de excluyentes de responsabilidad que tiendan a impedir la
investigación y sanción de los responsables de violaciones graves de los derechos humanos fue
reiterada con posterioridad y configura un aspecto central de la jurisprudencia de la Corte
Interamericana. Además, la Corte idh señaló que el caso “Barrios Altos”, constituye una línea
jurisprudencial constante. Así, en la sentencia del 3 de septiembre de 2001, al interpretar el
alcance de dicho caso, la Corte Interamericana ratificó su decisión anterior y señaló que lo allí
resuelto se aplicaba con efecto general a todos los demás casos en que se hubieran aplicado
las leyes de amnistía examinadas en aquella oportunidad, y volvió a insistir en que "la
promulgación de una ley manifiestamente contraria a las obligaciones asumidas por el Estado
parte en la Convención constituye per se una violación de ésta y genera responsabilidad
internacional del Estado".

Además, se remarca que para la Corte idh no es suficiente la supresión "simbólica" de las leyes
de la naturaleza de las de “autoamnistía”. Ya que, en el caso “Barrios Altos” no se limitó a
declarar la incompatibilidad de las leyes con la Convención, sino que resolvió que las leyes
peruanas carecían de efectos y le impuso al estado peruano la obligación de hacer a un lado la
cosa juzgada. Visto el caso argentino desde esta perspectiva, se concluye que la mera
derogación de las leyes en cuestión, si ella no viene acompañada de la imposibilidad de invocar
la ultractividad de la ley penal más benigna, no alcanzaría a satisfacer el estándar fijado por la
Corte Interamericana.
A fin de dar cumplimiento a los tratados internacionales en materia de derechos humanos, la
supresión de las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida resulta impostergable y ha de
producirse de tal forma que no pueda derivarse de ellas obstáculo normativo alguno para la
persecución de hechos como los que constituyen el objeto de la presente causa. Esto significa
que quienes resultaron beneficiarios de tales leyes no pueden invocar ni la prohibición de
retroactividad de la ley penal más grave ni la cosa juzgada.

Ley 25.779, por medio de la cual el Poder Legislativo declara insanablemente nulas las leyes en
cuestión, revela la intención legislativa de suprimir todos los efectos de las leyes anuladas. Se
trató, fundamentalmente, de facilitar el cumplimiento del deber estatal de reparar, haciéndolo
de la forma más amplia posible, de conformidad con los compromisos asumidos con rango
constitucional ante la comunidad internacional. La derogación dispuesta en la ley 24.952 no
hubiera producido el efecto deseado, en razón de que no dejó claramente establecida la
inaplicabilidad del principio de la ley penal más benigna.

Desde una perspectiva formalista, la ley 25.779 podría ser tachada de inconstitucional, por
violar la división de poderes, al usurpar las facultades del Poder Judicial, que es el único órgano
constitucionalmente facultado para declarar nulas las leyes. Pero el contenido mismo de lo
declarado por dicha ley coincide con lo que los jueces deben declarar con relación a las leyes
referidas.

Según la Corte, en la medida en que las leyes deben ser efectivamente anuladas, declarar la
inconstitucionalidad de dicha norma para luego resolver en el caso tal como ella lo establece
constituiría un formalismo vacío. Por lo demás, de ese modo se perdería de vista que el
sentido de la ley no es otro que el de formular una declaración del Congreso sobre el tema y
que, de hecho, la “ley” solo es apta para producir un efecto político simbólico. Su efecto
vinculante para los jueces solo deriva, en rigor, de que la doctrina que ella consagra es la
correcta: la nulidad insanable de las leyes 23.492 y 23.521.

se resuelve:

1.- Hacer lugar parcialmente a la queja y al recurso extraordinario según el alcance indicado en
los considerandos; declarar la inconstitucionalidad de las leyes 23.492 y 23.521, y confirmar las
resoluciones apeladas.

2.- Declarar la validez de la ley 25.779 (DECLARACION DE NULIDAD DE LAS LEYES DE


OBEDIENCIA DEBIDA Y PUNTO FINAL)

3.- Declarar, a todo evento, de ningún efecto las leyes 23.492 y 23.521 y cualquier acto
fundado en ellas que pueda oponerse al avance de los procesos que se instruyan, o al
juzgamiento y eventual condena de los responsables, u obstaculizar en forma alguna las
investigaciones llevadas a cabo por los canales procedentes y en el ámbito de sus respectivas
competencias, por crímenes de lesa humanidad cometidos en el territorio de la Nación
Argentina

DISIDENCIA DEL SEÑOR MINISTRO DOCTOR DON CARLOS S. FAYT

Dr. Fayt consideró que no existía ningún argumento basado en el derecho internacional que
justificara que la Corte cambiara el criterio establecido en el fallo “Camps” y resolviera ahora
en contra de la constitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final. Afirmó que
la aplicación retroactiva de la "Convención sobre Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra
y de los Crímemes de Lesa Humanidad" y la de la "Convención Interamericana sobre
Desaparición Forzada de Personas" resultaban inaplicables en el derecho argentino porque el
artículo 27 de la Constitución Nacional establece que los tratados deben ajustarse y guardar
conformidad con los principios de derecho público establecidos en la Constitución, en este
caso, la prohibición de aplicación retroactiva de la ley penal que establece el principio de
legalidad. Además, consideró inadmisible extrapolar las conclusiones de la Corte
Interamericana en el caso peruano, porque los argumentos allí expuestos no se aplican a la
situación argentina. En principio, advierte que las leyes de OD y PF, a diferencia de las leyes
peruanas, tuvieron sustento democrático ya que fueron sancionadas en el marco de un estado
de derecho. Además, las leyes argentinas no supusieron un estado de impunidad absoluto, en
tanto no impidieron la persecución penal contra aquellos a quienes las normas no alcanzaban.

De esta forma, argumenta,

Señala que el examen de los requisitos de admisibilidad del recurso extraordinario constituye
una cuestión previa a la dilucidación de los planteos formulados, que obliga a la Corte a
verificar si éstos se encontraban reunidos al momento de su interposición. Puntualiza que las
resoluciones recurridas en tanto importan la restricción de la libertad del imputado son
equiparables a sentencia definitiva, según doctrina de esta Corte. Señala que la cuestión previa
acerca del cumplimiento de los requisitos de admisibilidad del recurso extraordinario debe ser
respondida negativamente.

Lo decisivo es que la recurrente no ha logrado demostrar el modo en que su situación procesal


ha sido perjudicada a raíz de la petición efectuada por este querellante en el sub lite para que
se declare la inconstitucionalidad de las leyes 23.492 y 23.521, si se tiene en cuenta que un
planteo de esa naturaleza estaba ínsito en el requerimiento fiscal que incluyó en el objeto del
proceso la investigación de los delitos cometidos a raíz de la detención y desaparición de José
Liborio Poblete y Gertrudis Marta Hlaczik; con particular referencia a la declaración de
inconstitucionalidad de normas inferiores a la Ley Fundamental, y más allá de las opiniones
individuales que los jueces de esta Corte tienen sobre el punto, el Tribunal ha adoptado como
postura mayoritaria la doctrina con arreglo a la cual una decisión de esa naturaleza es
susceptible de ser tomada de oficio. Ello demuestra que la ineficacia de la decisión torna
innecesario en el actual grado de desarrollo del proceso, el pronunciamiento de este Tribunal
por falta de gravamen actual.

Que en este cometido debe recordarse que las mencionadas leyes ya habían sido derogadas
por la ley 24.952 (publ. en el B.O. el 17 de abril de 1998). Esta situación plantea en primer lugar
un problema básico para la teoría del derecho, pues el Poder Legislativo pretendió declarar la
nulidad de "algo" que no existía, en tanto ya había sido eliminado del mundo jurídico por un
acto formal de derogación. En efecto, es de toda lógica que la "declaración de nulidad" supone
que la norma existe y que es válida; si no hubiera norma válida, el acto del órgano que declara
la nulidad no habría tenido objeto.

Que es cierto que el Poder Judicial puede declarar inconstitucional una norma derogada pero,
precisamente, éste puede hacerlo cuando excepcionalmente debido la ultraactividad otorgada
por otra norma, la ley inexistente resulta aplicable al caso en el que el tribunal debe ejercer el
control de constitucionalidad. En cambio, el Poder Legislativo como órgano creador de normas,
tiene a éstas como su único objeto y no regula, por tanto, la conducta de los particulares.
Eliminada la norma, carece el Poder Legislativo de objeto sobre el que declarar su nulidad, en
tanto la ley derogada no se encuentra en los órdenes jurídicos subsecuentes a su derogación.
El principio de ultraactividad no restituye la existencia a la norma derogada;
Que resulta indudable que entre los motivos por los cuales el Poder Legislativo puede derogar
una norma, se encuentra el de que la considere en pugna con la Constitución Nacional. Es
claro, también, que los legisladores sancionaron la ley 25.779 por considerar en su mayoría
que las leyes de "punto final" y "obediencia debida" resultaban violatorias de diversas
cláusulas constitucionales (tal como puede observarse en su debate parlamentario). Sin
embargo, una cuestión muy distinta es que pueda hacerlo —a diferencia de lo que sucedió con
la ley 24.952— retroactivamente, sea cual fuere el motivo al que esa "derogación" obedezca.

Que la derogación sólo puede operar para el futuro y no puede afectar o modificar
"situaciones previamente existentes a la entrada en vigor de la norma derogatoria...por
razones de seguridad jurídica..." El "principio general de no retroactividad de los efectos de la
derogación se dirige a las autoridades, pues su fin es evitar los abusos que se pudieran
producir por la anulación de actos creados válidamente con anterioridad". Es por ello que "la
derogación además de impedir...la aplicación subsiguiente de la norma preserva su
pertenencia al sistema jurídico sin afectar situaciones creadas"

Que con esta pretendida "derogación retroactiva", el Poder Legislativo se estaría atribuyendo
una potestad que no tiene ningún poder constituido de la República, en tanto tampoco puede
el Poder Judicial anular leyes en un sistema de control de constitucionalidad difuso; los jueces
sólo pueden declarar la inconstitucionalidad para un caso concreto (así como el órgano
creador de normas no puede anularlas, el que las controla no puede derogarlas).

En efecto, la única vía para privar retroactivamente de efectos a una ley es, de manera
exclusiva, la declaración de su inconstitucionalidad que sólo puede hacerse en un caso
concreto por parte de un tribunal de justicia. El "Poder Judicial es supremo, y sólo él tiene la
facultad de declarar inconstitucional una ley del Congreso, y sólo en este caso puede
pronunciar la nulidad; esto es, cuando la ley es contraria a la Constitución.

Que, por lo demás, la declaración de nulidad constituiría un modo simple de sustraer al Poder
Judicial de un efectivo control, por el que pudiera —por ejemplo— arribarse a la
determinación de una relación de correspondencia entre la norma y la Constitución Nacional.
De este modo se vulnerarían los derechos de los individuos beneficiados por la norma que el
Poder Judicial podría considerar adecuada constitucionalmente. Al respecto, cabe recordar
que la declaración de inconstitucionalidad de una norma es una garantía del hombre frente al
Estado no para que el Estado la oponga frente a un particular que por aplicación de la norma
obtuvo un derecho

En el año 1998 el Poder Legislativo decidió derogar la ley y no declarar su nulidad, asumió de
ese modo que estaban ausentes todo tipo de "connotaciones críticas relativas a los edictores"
y por lo tanto la norma no podía anularse. Dicho juicio lleva aparejada la idea de que la norma
debe seguir siendo aplicada en la resolución de casos pendientes. En dicha oportunidad, por lo
demás, el Poder Legislativo sancionó la norma derogatoria, teniendo en cuenta el texto de la
Convención sobre la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de los Crímenes de Lesa
Humanidad, la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas y el art. 29
de la Constitución Nacional, y al mismo tiempo afirmó que sin embargo "el principio de
aplicación de la ley penal más benigna haría estéril una nueva imputación a quienes violaron
elementales derechos humanos"

Existiendo también otro aspecto que cimentó las bases de la declaración sobre la validez
constitucional de las leyes hoy nuevamente cuestionadas (punto final y obediencia debida). Se
trata de las diferencias que ya podían elaborarse con la ley 22.924 (conocida como Ley de
Pacificación Nacional), dictada in extremis, cinco semanas antes de celebrarse las elecciones
nacionales, por el propio gobierno militar. En efecto, al negar esta Corte validez a la llamada
Ley de Pacificación Nacional se estableció que la única autoridad facultada para dictarla —en
su caso— era el Congreso de la Nación, conforme lo establecía la Constitución Nacional.

(La Ley 22.924 de Pacificación Nacional más conocida como Ley de autoamnistía, fue una
legislación argentina promulgada el 22 de septiembre de 1983.1Recibió ese nombre porque
por medio de la misma, los dirigentes de la dictadura militar autodenominada Proceso de
Reorganización Nacional, ante la posibilidad de ser enjuiciados por el gobierno democrático
que lo sucediera, procuraron dictar una amnistía sobre sí mismos.)

Por lo demás, esa ley sí vedaba a los jueces toda posibilidad de investigación y sanción, en
tanto quedaban directamente impunes hechos aberrantes y no discriminaba la
responsabilidad que en diferentes grados pudiera recaer en algunos de los hombres de las
instituciones armadas. Que de modo consecuente el Tribunal se pronunció por la validez
constitucional de la ley de obediencia debida, validez que se afirmó tanto por su origen como
por su contenido circunstancias que la diferenciaban claramente de la Ley de Pacificación
Nacional.

Se concluyó que las facultades del Congreso Nacional tenían la fuerza suficiente para operar el
efecto que la ley perseguía en el caso, cual era —en el caso de la ley de obediencia debida— el
de dictar una modificación legislativa de carácter objetivo, que excluyera la punición o
impidiera la imputación delictiva de quienes, a la fecha de la comisión de los hechos, tuvieron
los grados que la ley señalaba y cumplieron las funciones que allí se describían. Que también
en cuanto al efecto de las leyes se estableció su validez. Siendo que el hecho seguía siendo
punible para los oficiales superiores que hubieran revistado a la época de los sucesos. Que la
solución legal no dejaba impunes los delitos juzgados, sino que variaba el centro de imputación
hacia otros sujetos, que en una porción de los casos incluso ya habían respondido penalmente.

Que, en primer lugar, debe señalarse que la elaboración realizada por el a quo en torno al
concepto de desaparición forzada de persona asignada a hechos como los aquí investigados,
vulnera el principio de legalidad —art. 18 de la Constitución Nacional—, respecto de dos de las
prohibiciones que son su consecuencia. En efecto, la norma internacional sobre la que reposa
la caracterización de tal delito no responde a la doble precisión de los hechos punibles y de las
penas a aplicar y, además, no cumple con el requisito de ser la lex praevia a los hechos de la
causa.

La aplicación de la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas a los


hechos de la causa no cumple con el requisito de lex praevia exigido por el principio de
legalidad, en tanto aquélla no se hallaba vigente en el momento de comisión de los hechos. En
efecto, debe existir una ley que prohíba o mande una conducta, para que una persona pueda
incurrir en falta por haber obrado u omitido obrar en determinado sentido y que además se
determinen las penas a aplicar.

Que la Convención sobre la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de los Crímenes de


lesa humanidad tampoco resultaría aplicable, pues si bien fue adoptada por la Asamblea
General de la Organización de las Naciones Unidas el 26 de noviembre de 1968, recién fue
aprobada por el Estado argentino mediante la ley 24.584 (publicada B.O. 29 de noviembre de
1995). Al respecto debe señalarse que existen dos cuestiones que no deben ser confundidas: la
primera es la atinente al principio de imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad
previsto en la mencionada Convención y la segunda es la que se refiere a la posibilidad de su
aplicación retroactiva. El delito de desaparición forzada de personas no conformaba el elenco
de crímenes de guerra y de lesa humanidad de la Convención.

Por otro lado, la aprobación e incorporación con jerarquía constitucional de la Convención


mencionada se ha producido con posterioridad a la comisión de los hechos de la causa.
Entonces, la cuestión relativa a si la regla que establece la imprescriptibilidad puede ser
aplicada retroactivamente lesiona el principio nullum crimen sine poena legali y consagrado en
el art. 18 de la Constitución Nacional.

Por otra parte, el criterio de asignar carácter de ius cogens, (es decir de norma imperativa del
derecho internacional general, aceptada y reconocida por la comunidad internacional de
Estados en su conjunto, que no admite acuerdos en contrario y sólo puede ser modificada por
normas posteriores del mismo carácter). Infundada, ya que le otorga al principio de aplicación
retroactiva de la ley penal en caso de crímenes iuris gentium como norma de ius cogens sin
más base que la afirmación dogmática de quienes suscriben el fallo. Asignan a estas normas la
condición de ius cogens sin siquiera examinar o al menos enunciar la práctica internacional de
los Estados sobre la que supuestamente basan su conclusión. Que, de todos modos, como ya
se señaló, tanto la aplicación retroactiva de la "Convención sobre Imprescriptibilidad" como la
de la "Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas", resultan
inaplicables en el derecho argentino, de conformidad con lo dispuesto en el art. 27 de la
Constitución Nacional.

De esta forma la vigencia del art. 27 impide claramente la aplicación de un tratado


internacional que prevea la posibilidad de aplicación retroactiva de la ley penal, en tanto el
principio de legalidad que consagra el nullum crimen nulla poena sine lege praevia es
innegablemente un principio de derecho público establecido en esta Constitución.

Que, entonces, los tratados de derechos humanos a los que hace referencia los párrafo
segundo y tercero del art. 75 inc. 22, son jerárquicamente superiores a los demás tratados los
supralegales (art. 75, inc. 22, primer párrafo, e inc. 24) y por ello tienen jerarquía
constitucional, pero eso no significa que sean la Constitución misma. En efecto, la inclusión de
tratados con jerarquía constitucional no pudo significar en modo alguno que en caso de que
esa categoría de tratados contuviera disposiciones contrarias a la Primera Parte de la
Constitución (como la retroactividad de la ley penal), aquellos deban primar sobre el derecho
interno.

Que a poco que se repare en ella, de la evolución jurisprudencial de la Corte Interamericana de


Derechos Humanos tampoco se deriva necesariamente la posibilidad de aplicación retroactiva
del principio de imprescriptibilidad. En efecto, de su examen no puede concluirse sin más que
la omisión de los jueces de aplicar ex post facto las normas mencionadas, vulnere la
Convención Americana sobre Derechos Humanos y, por lo tanto, genere responsabilidad
internacional. Al respecto cabe puntualizar que la Corte Interamericana jamás ha afirmado
expresamente que para cumplir con el deber de garantía deba aplicarse una norma que
vulnere el principio de legalidad, establecido, por otra parte, en el art. 9° de la Convención
Americana y cuyo cumplimiento también ha de asegurarse como deber de garantía del Estado
parte.

En definitiva, la mención en la Constitución del derecho de gentes se efectúa sólo para


determinar la forma en que se juzgarán los delitos cometidos en el exterior contra esos
preceptos; pero de ningún modo se le confiere preeminencia sobre la Ley Fundamental.
Ni la nueva jurisprudencia del Tribunal ni la reforma constitucional mencionada permite que la
aplicación de tratados internacionales importe vulnerar el principio de legalidad en cualquiera
de sus corolarios. Por ello, todos los argumentos desarrollados ut supra respecto de la
"Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas", del "Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos" y de la "Convención sobre la Imprescriptibilidad
de los crímenes de guerra y de los crímenes de lesa humanidad" son aquí directamente
aplicables, en tanto ningún presupuesto de la punibilidad puede estar fundamentado en una
ley posterior al hecho del proceso.

Empero, la decisión de la Corte Interamericana en el caso "Barrios Altos" no resulta trasladable


al estudio de las normas que aquí se cuestionan. Cabe aclarar que en el caso "Barrios Altos" las
normas impugnadas eran las leyes peruanas de autoamnistía 26.479 y 26.492 que exoneraban
de responsabilidad a todos los militares, policías y también civiles que hubieran sido objeto de
denuncias, investigaciones, procedimientos o condenas, o que estuvieran cumpliendo
sentencias en prisión por hechos cometidos entre 1980 y 1995 de violaciones a los derechos
humanos. En virtud de esas leyes, las escasas condenas impuestas a integrantes de las fuerzas
de seguridad fueron dejadas sin efecto inmediatamente, quedando así los hechos impunes.
Existiendo diversas diferencias entre las normas allí cuestionadas y las que aquí se impugnan,
no sólo por su origen, sino también por sus efectos. (las normas cuestionadas en "Barrios
Altos" se asemejan mucho más a la ya nombrada Ley de Pacificación Nacional y sobre la que
este Tribunal expresó su más enérgico rechazo hace más de quince años).

El sustento democrático al que se refiere el juez García Ramírez en "Barrios Altos" es aquí
claramente apreciable en tanto las leyes 23.492 y 23.521 transitaron por todos los
procedimientos regulares de sanción, promulgación y control judicial suficientes, establecidos
en la Constitución Nacional, con la intervención de los tres poderes del Estado.

"Barrios Altos", pues mientras las leyes sancionadas en el caso peruano implicaban la absoluta
impunidad de los actos. La imposibilidad de condenar en la presente causa al entonces
suboficial de la Policía Federal Julio Héctor Simón no puede equipararse a la "indefensión de
las víctimas y a la perpetuación de la impunidad" de la que se da cuenta en "Barrios Altos".

Cabe reiterar que las leyes de "punto final" y "obediencia debida" no sustrajeron a las víctimas
de protección judicial, simplemente establecieron un plazo para denunciar y, posteriormente,
la exoneración de quienes eran subordinados. El derecho de la víctima a obtener la condena
de una persona en concreto, de ninguna manera se compadece con la visión del castigo en un
Estado de Derecho. El deber de investigar en modo alguno implica condenar a todos los
sujetos involucrados, sin distinción de responsabilidad y sin límite temporal. En efecto, la no
impunidad no significa necesariamente que todos los involucrados deban ser castigados.

“Se hace lugar a la queja, se declara procedente el recurso extraordinario y se revocan las
sentencias apeladas con el alcance indicado. Vuelvan los autos al tribunal de origen para que
por quien corresponda se dicte nuevo pronunciamiento con arreglo al presente. Agréguese
la queja al principal. Notifíquese y devuélvase. CARLOS S. FAYT.”

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