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Carmen Taboas Aun

Este documento analiza el Seminario 20 de Lacan, donde se exploran conceptos como el amor, el goce, la diferencia sexual y la lógica de la sexuación. Lacan propone que el amor surge de la imposibilidad de la relación sexual, ya que los seres hablantes solo pueden gozar a través del lenguaje.

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Carmen Taboas Aun

Este documento analiza el Seminario 20 de Lacan, donde se exploran conceptos como el amor, el goce, la diferencia sexual y la lógica de la sexuación. Lacan propone que el amor surge de la imposibilidad de la relación sexual, ya que los seres hablantes solo pueden gozar a través del lenguaje.

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Aproximación a una primera lectura del Seminario 20 de Lacan

30/09/2019- Por Carmen González Táboas -

¿Será posible hacer un primer recorrido con trazos parecidos a los de la caligrafía
china, que brotan de una vez sin interrupción para rodear un vacío, el vacío de lo
que no cesará de no pasar a las palabras? Estas líneas guardan la memoria de la
dificultad que por muchos años fue la mía: ¿cómo hacer pie en un texto cuyos
vaivenes y referencias solo aludidas son constantes?

En 2010 tuve un piso firme al estudiar a los autores medievales citados por
Lacan[1]. Faltaba una nueva lectura de Aun, un texto donde la filosofía antigua, en
especial Aristóteles, tomara su importante lugar.

En la clase IX, “Del barroco”, tenemos una clave de lectura para todo el
seminario: la concepción aristotélica del individuo sin doblez. Si el alma es forma
del cuerpo y el hombre “piensa con su alma”, “se puede abarcar todo
comportamiento sin suponer la intención de sujeto alguno”; bastaría imaginar su
regulación por el sistema nervioso.

Al discurso amo le basta la fidelidad a la persona, conductismo que excluye una


transformación de la ética. Pero Lacan trae ahí el obstáculo lógico aristotélico; es
la enstasis, el tropiezo, la excepción que impide una predicación universal. Lo que
desquicia a la verdad es encerrarla, Única y Universal; “el discurso analítico la pone
en su lugar, pero no la desquicia; es poca pero indispensable”[2].

El amor, aun

El amor se puede presentar con los más variados y misteriosos ropajes en todo
recodo de la experiencia humana. El psicoanálisis no es sin el amor, que en su
dispositivo opera por esa vía singular que le permitió a Lacan despejar la fórmula
del sujeto supuesto saber, sustento lógico de la transferencia “en cuanto no
distinguible del amor”. Nueva resonancia del término saber: “Aquel a quien le
supongo el saber lo amo”. “El aporte del discurso analítico es que hablar de amor
es en sí un goce, y quizás, después de todo, sea la razón de que emergiese en un
punto dado del discurso científico” con Freud.

Lo que emergía era el descubrimiento del síntoma, causa de la división


subjetiva[3], pues ponía en evidencia lo insabido, rajaba las presunciones del yo
pensante cuando ya habían caído en la cultura occidental las certezas de la ciencia
antigua, para la cual la reciprocidad entre el entendimiento y el mundo no
reconocía otro doblez que el del alma aristotélica, forma del cuerpo-materia.

Un año atrás Lacan había titulado su seminario: … o peor. No es fácil de


comprender. En el vacío de los puntos suspensivos se encuentra un-decir singular:
“no hay”, no hay relación sexual, no hay verdaderamente para un ser hablante algo
como un goce puramente sexual como sí lo hay en los animales.

¿Es eso es lo peor? ¿Por qué? Porque los hombres y mujeres gozan hablando; su
goce sexual es un goce disminuido y problemático pues no es sin las palabras, y los
particulares goces de uno excluyen los particulares goces del otro. En esa imposible
relación Lacan interroga la función del amor; el amor suple, pero el amor “tiene en
el Uno su fuente”.
Hay que partir de ese Haiuno[4] (Yadl’Un), indeterminado, del orden del
significante; quiere decir que no se trata de un significante que pudiera
determinarse. Ni número ni numerable, a la manera de flecha dio en el blanco,
escribió goce en el viviente llamado al lenguaje y produjo efectos de afecto en el
cuerpo. “Se capta el nervio de lo que retumbó a través de los siglos llamado amor”.

El amor no es Eros haciendo de dos uno; es la contingencia de un encuentro en el


que lo irrepresible de los insabidos goces (que llevan la marca borrada del Uno)
juega su partida. Esta sobre determinación en el goce, que Lacan
llama sinthome, se jugará con la constitución del sujeto cuando, intimado por su
Otro, entre al campo del lenguaje.

Qué significa sexuación

El goce fálico (cuyos semas[5] bullen/gozan en los cuerpos hablantes) lanza a la


entera especie hombre (situada en el lado macho de las fórmulas de la sexuación) a
la carrera de la articulación significante (S1-S2) sin que el hablante se detenga a
saber que ellos (él y ella) jamás harán Uno, porque hay dos (deux) goces.

El goce femenino (que no es de las mujeres, aunque muchas veces lo es), sabe
del goce de hablar de amor, la otra satisfacción animada por el goce fálico. El goce
femenino excede al orden fálico pero lo habita necesariamente en tanto habla; si se
desprende de él, será al precio de los desvaríos de la locura.

Detrás del muro del lenguaje donde el hombre y la mujer son significantes, el
psicoanálisis descubre el a-muro. El goce sexual parte del a-muro, sí, sí, de las
trazas (caracteres sexuales secundarios) porque no se goza (no se ama, no se
sufre, no se rechaza ni se odia) sino en el cuerpo que se tiene (de ahí viene el aun
en corps, dice Lacan jugando con la homofonía).

Por hospedar al germen “hay huellas en el a-muro”[6] no más que huellas, porque
si el ser del cuerpo es sexuado, esto es secundario: “de estas huellas no depende el
goce del cuerpo en tanto simboliza al Otro[7]”.El goce que pasa por la palabra e
impide la relación sexual.

Lacan propone “una típica carta de a-muro”[8]: es la ingeniosa frase donde cada
elemento se anuda al otro por efecto de los verbos: Te pido que rechaces lo que te
ofrezco porque no es eso. Bastará retirar uno de esos verbos para que todo se
suelte. No hay lo que en el amor se ofrece; es falso que te ofrezco, nada se ofrece,
el amor no saca a nadie de sí mismo. Estamos amurados al lenguaje porque la
demanda al Otro recubre la marca que nos singulariza en el goce, que es de uno
solo.

Lo que Lacan así introduce es el nudo: un uno que es tres de tal manera que si se
suelta uno (si quito rechaces u ofrezco) se sueltan los tres. Así era el nudo que
Lacan había visto una noche en el escudo de la familia de los Borromeo[9].

Pero el nudo no se presentará hasta la clase X de Aun. Antes de eso “hay que
machacar al Otro”. La cosa es difícil. Sobre el Otro de la palabra y el lenguaje ha
caído la barra, está agujereado por el goce del que nada sabe; esa letra S que
queda afuera es el significante del goce nunca reabsorbible en el Otro.

Cuando dije “Haiuno”, cuando insistí en esto, cuando verdaderamente pisoteé eso
con un elefante todo el tiempo el año pasado, se dan cuenta en qué los estaba
metiendo. Cómo situar entonces la función del Otro, si hasta cierto punto el soporte
de lo que queda de todo lenguaje cuando se escribe son simplemente los nudos del
Uno, ¿cómo postular una diferencia?[10]

El Uno de la marca no se anuda con nada de lo que al Otro de la palabra y el


lenguaje le parece sexual; no hay relación sexual que se pueda escribir. Pero hay
Otro rostro del Otro; es el Otro sexo, el Otro goce, el Otro que es para mí mi propio
cuerpo en tanto goza. Son algo así como dos rostros de Dios, lo cual dice Lacan,
“no hace dos dioses pero tampoco uno solo”.

De ahí se desprende una lógica de la sexuación. Hablar de sexuación implica que


la diferencia sexual no pasa por la anatomía sino por una posición en el discurso,
por el modo en que un ser hablante se sitúa en el goce fálico: si del lado del todo-
lenguaje, o del lado del no-todo lenguaje; hay ahí algo más.

Lacan lo formaliza en “la carta de almor”, del capítulo VII de Aun, a partir de que
hombres y mujeres se inscriben en una lógica en tanto significantes. Una lógica
donde la función de lo escrito permite situar el Nombre del Padre no como
significación sino como significante, lo cual permite escribirlo como función Φ x[11],
donde “la x es un significante que puede ser cada uno de ustedes, en el tenue nivel
en el que existen como sexuados y se sexúan como significantes”.

Sobre el falo

“Solo como contingencia, por el psicoanálisis, cesó el falo de no escribirse”. A


nadie se le había ocurrido inscribirlo en una lógica. Desde la antigüedad las
diferentes culturas adoraron su potencia fecundante; abundan los objetos fálicos en
los museos antropológicos prehispánicos. Antes de la teoría sexual de Freud y de
sus historiales, nadie había llevado el falo al estatuto de una fase en la constitución
del sujeto humano.

Lacan hace del falo un significante; más tarde una función: Φ x (recordemos que
esa x “es cada uno de ustedes”). En todas las fórmulas de la sexuaciónΦ x es el
elemento invariante. Los cuantificadores para todo x (Ɐx) y algún x (Ǝx), y el uso
de la negación permiten situar al ser hablante en la lógica donde un significante,
hombre o mujer, inscribe sus goces, el goce fálico (gramática y medida) y lo
inaprensible del goce que excede la medida fálica, que Lacan llama femenino.

De las numerosas adiciones de Freud a sus tres ensayos de 1905 sobre la teoría
sexual[12], la de 1923 realiza a su manera esta inscripción[13]; la vida sexual
infantil no manifiesta una primacía genital, sino una primacía del falo[14]. Dice
Lacan, cada vez que el sujeto debió vérselas con el goce sexual lo que encontró fue
Φ x,el goce fálico, el Uno que no piensa aunque pueda hablar; lo que piensa por
medio del Uno es el goce.

La escritura lógica delHaiuno solo pudo nacer de la palabra, desdoblando el S1 de


la díada S1-S2. Lacan lo había hecho en su Seminario de 1964; la interpretación no
apunta a que el sujeto nos entregue sus significaciones (lo cual se produce
como preludio) sino a “la reducción de los significantes a su sinsentido para así
encontrar los determinantes de toda la conducta del sujeto”[15]. El S1, articulado
al Otro de la palabra y el lenguaje, en la experiencia analítica se desgaja de la
díada (S1-S2).

Es el significante sin sentido, plus de goce que se repite, goce del cuerpo que dice
que no somos más que Uno. Se sabe que nunca ha ocurrido que dos hagan Uno. De
ahí parte la idea del amor. “El amor es impotente aunque sea recíproco porque no
es más que el deseo de ser Uno, lo cual nos conduce a la imposibilidad de
establecer la relación de ellos dos (deux). ¿La relación de ellos (d’eux), quiénes?
Los dos sexos”.

¿Qué reciprocidad se puede esperar del amor? Santo Tomás había hablado de una
“ley de reciprocidad” inherente al lazo de amor: “es reconocerme vulnerable a la
acción de otro en mí”. Con Lacan podemos decir: Si algo me vino de ti, no fue sin
mí, pues nada te habría respondido en mí si antes yo no hubiese encontrado mi
bien en ti, el bien que me haría Uno, a salvo de la castración simbólica que recorta
mi goce.

El amor apunta al ser

El amor en su esencia es narcisista. Al salir de la primera clase de Aun, Lacan


había dejado escrito: “el goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del Otro
que lo simboliza, no es signo de amor. Escribo esto y no escribo después,
terminado, ni amén ni así sea. El amor ciertamente hace señas y es siempre
recíproco”.

Lo que no es recíproco es el goce, que sigue siendo pregunta, y la respuesta


nunca es necesaria ni suficiente. El amor apunta al ser, a lo que en el lenguaje es
más esquivo, “el ser que por poco iba a ser o que justamente sorprende”;
intrincada frase de Lacan para decir que hay los espejismos y los equívocos del
amor y también lo contingente del acontecimiento amor, cuando se presenta al
modo del significante amo y se impone, “es quizás el ser que está al mando y que
es el más extraño de los señuelos”.

Porque el amor, como el señuelo, hace signo. Atraviesa las envolturas


del significante, hechas de sustantivarlo; así se aleja de lo que ignora, que el ser es
el ser-sexuado. El significante articulado se colectiviza; de la inmediatez del blanco
pasa a la blancura, las proposiciones se alejan de las cosas; las envuelven; así es
como acotan el goce del cuerpo. En cambio, el verbo es un significante menos
necio; si digo “te amo, ven”, o “¿vienes?” bastará que me responda un no (la
incisión real infligida por un no) para producir la división del sujeto.

El hombre es un significante y al entrar en el juego como significante queda sujeto


a la gramática y a los discursos corrientes (a la castración simbólica). En Aun, decir
“el misterio del cuerpo hablante” es decir que no todo puede ser dicho, que hay lo
imposible de decir.

No somos más que Uno

El amor pide amor, lo pide sin cesar, lo pide aun (encore...). Es la infinitud del
goce femenino, nombre propio de esa falla que es lo Otro de cada uno, lo insabido
de sí (hombre o mujer); de ahí parte la demanda de amor.

Antes de llegar a gozar del Otro-cuerpo se goza del Otro inconsciente como lugar
de la palabra y medio de goce, goce fálico (afuera del cuerpo-organismo) cuya
escritura ⱯxΦ x (“para todo x se da Fi x”) deja afuera lo que no entra en las
cuentas, la escritura de la barra que niega el “para todos” e introduce el tiempo
mediante los modos de lo imposible y lo contingente, lo posible y lo necesario.

Jacques-Alain Miller dice “El goce se produce en el cuerpo del Uno a través del
cuerpo del Otro”, lo que se lee en la luz de una precisión: “El cuerpo del Otro es
tanto el propio cuerpo como el de cualquier otro” [16]. Pero lo ilimitado del goce
femenino goza sin que ningún órgano sexual lo identifique.
Es lo que a Lacan le enseñaron los místicos; ellas y ellos gozaron con todo su ser
del invisible Ser Supremo, lo sintieron, y testimoniaron de eso que sentían: el
estremecimiento de la invisible presencia y de la voz áfona del Otro, inaudible para
los otros. Místico o no, femenino quiere decir necesidad de que el elegido de su
amor le hable.

Con la palabra de amor se introduce el abrupto de eso que nos determina


realmente y poderosamente y de lo cual no tenemos idea, pero hace pasar por el
amor un goce del que nada se puede decir.

El amor hace signo

El signo no es signo de algo, es signo de un efecto a partir del funcionamiento del


significante solo, S1 (separado de sus efectos de significado), soporte que introduce
en el mundo al Haiuno. En el amor se apunta al sujeto, al sujeto como tal en cuanto
se le supone a una frase articulada, algo que se ordena o puede ordenarse con toda
una vida.

Un sujeto como tal no tiene mucho que ver con el goce, pero en cambio su signo
puede provocar el deseo, es el principio del amor. ¿Dónde se juntan el amor y el
goce sexual? ¿Y de dónde parte lo que es capaz de responder con el goce del
cuerpo del Otro? No es el amor, es el a muro; son los caracteres sexuales
secundarios, esos que visiblemente se imponen a los cuerpos durante la pubertad
según su original condición sexuada y llevan al sujeto a diferentes encrucijadas.

Volvamos a la frase: “el goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del
Otro que lo simboliza, no es signo de amor”. Esta segunda parte, “no es signo de
amor”, conduce a lo que en el amor no es recíproco e introduce lo peor, el goce que
quiere lo imposible e introduce el malestar.

El goce que sigue siendo pregunta, del que los pacientes le hablan a su analista en
el dispositivo analítico: apuros, impedimentos, emociones. Ese goce es el eje de
todo lo instituido por la experiencia analítica, que “debe conducir a algo que sirva
para que se las arreglen, para que se avengan, para que a la pata cojeando puedan
pese a todo a dar un asomo de vida a ese sentimiento llamado amor”[17].

Nota: El estado de las cosas en la economía argentina impide hoy (setiembre de 2019) la publicación de El amor, aun. Una lectura del Seminario 20 de Lacan y sus
fuentes antiguas.

[1] González Táboas, C., Mujeres. Claves místicas medievales en el seminario 20 de Lacan, Bs. As., Tres
Haches, 2010.
[2] Lacan, J., Seminario 20, Aun, op. cit., p. 131.
[3] Freud, S., “La división de la personalidad” en O. C. Tomo II, Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, 1968,
p. 905.
[4] En mi libro MUJERES traduje Yadl’Uno por Hay de lo Uno. La traducción del Seminario 20, Hay
Uno, no dice el Uno indeterminado; prefiero Haiuno, traducción adoptada para el Seminario 19, …ou
pire.
[5]Sema es para la lingüística la unidad mínima del lenguaje; para Lacan, se habla, de los semas se
goza.
[6] Lacan, J., Seminario 20, Aun, op. cit., p.13
[7] El goce del cuerpo revela la otredad del Otro sexo, del Otro cuerpo que bien puede ser el mío.
[8] Lacan, J., Seminario 19, …o peor, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 80.
[9] Se verá en la clase X de Aun, dondeLacan incluye la topología nodal. Se introducen un Real, un
Simbólico y un Imaginario cuyo anudamiento es condición previa de la entrada en el lenguaje.
[10] Lacan, J., “Clase X: Redondeles de cuerda” en Seminario 20, Aun, op. cit., p. 155.
[11] Decir función supone desdoblar un fenómeno, ponerlo en forma para dar razón de él; la razón de
un fenómeno siempre puede ser buscada. La función x (el elemento fijo y una variable x) se podría
traducir así: ¿de qué diferentes maneras se relacionan los x (las personas) con el lenguaje? Es una
manera de dar razón de lo que pasa en el espacio del ser hablante.
[12] Freud, S., “Tres ensayos para una teoría sexual”, O. C. Vol. I, Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, p.
771.
[13] Freud, S., “La organización genital infantil (Adición a la teoría sexual)”, O. C. Vol. I, op. cit., p.
1195.
[14]Ibídem. Más tarde Freud precisa que, antes de la pubertad, niños y niñas responden a la lógica
fálica queriendo ser deseables.
[15] Lacan, J., Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis, Bs. As., Paidós,
1986, p. 219.

[16] Miller, J.-A., El hueso de un análisis, Buenos Aires, Tres haches, 1998, p. 72.
[17] Lacan, J, Seminario 20, Aun, op. cit., p. 59.

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