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Pinedo Rafael - Fri Üo. Subte. El Laberinto

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VNOZH3.

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INTERZONA

Pineda, Rafael
Frío. Subte. -u ed.- Buenos Aires : Interzona Editora, 2.013.
:1.16 p.; z1x13 cm.
FRÍO

1. Narrativa Argentina
CDDA863

e Rafael Pineda, 2.013

einterZona editora, 2.013


Pasaje Rivarola 115
(1015) Buenos Aires, Argentina
www.interzonaeditora.com
[email protected]

Coordinación y corrección: Vu-ginia Ruano


Diseño de maqueta: Gustavo J. Ibarra
Composición de interior: Hugo Pérez
Composición de tapa: Brenda Wainer
Foto de tapa: Shunerstock

ISBN 978~7-192.0-08-:z.

Impreso en la Argentina. Prinred inAr¡enrina


Libro de edición argentina

No se pennite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el


alquile¡; la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier
forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fo-
tocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito
del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.7:1.3 y 25.4<J6.
El horror es frío y malvado.
\ ... a menudo el hombre tiene lo que se merece, porque en tres mil años
de memoria escrita y documentada no hemos aprendido nada...

ARTURO PÉREZ REVERTE


.Entrevista en La Nación - 1715/2006
l. LA. TOILETI'E

-El frío duele -masculló.


Miró alrededor, apenas la ~ariz y los ojos fuera de las mantas. Por el
ventanuco entraba algo de luz, que refractaba en la escarcha formada
del lado de afuera.
Desde la cama podía ver sus ropas perfectamente ordenadas so-
b~ las dos sillas; en la más cercana, al alcance de su mano, el traje
de estár adentro, con la bufanda, los guantes con las puntas de los
dedoS: cortadas, las medias de cuero con forro de piel, el pantalón de
matelassé, los chanclos con frisa, la gorra con orejeras; en la otra el
capote con capucha para salir al exterior, el pasamontañas, las botas
de goma para la nieve, los mitones más gruesos. Más allá, la cómoda
con sus objetos de tocador, la salamandra, apagada, el calentador y la
lámpara. Frente a su cama el altar con la cruz, sus santos y sus fotos.
A la derecha su indicador de días, como le gustaba llamarlo.
Estaba orgullosa de ese calendario improvisado. Había probado
muchas alternativas: nudos en un hilo no podía ser ya que era un bien
escaso, marcas en la pared o una madera la hacían sentir un presidia-
rio y el papel debía usarlo para prender fuego.
Finalmente había armado, con una malla de alambre muy fino y
ramas, una estructura donde iba marcando los días en un sector, los
meses en otro, y por último los años en una fila abajo. Utilizó ramitas
insertadas en el alambre para indicar cada uno, haciendo un bordado
en la tela metálica.

11
!!"'"""----------------------~ --------

Claro que cuando comenzó ya había perdido la noción dé las fechas No tener que luego tapar el espejo para no avergonzarse con su
y el clima estaba tan cambiado que ya no le daba ninguna pauta P!lra imagen desnuda.
orientarse, pero decidió que no debía estar tan lejos de su cumplea- No estar más en las duchas del colegio de monjas cuando era una
ños, por lo que decidió empezar un once de noviembre, festejándose. jovencita, con la camiseta de bañarse, y las admoniciones si alguna no
Hoy era domingo, día de toilette. miraba hacia abajo.
Antes de salir del pobre abrigo de la cama alcanzó la bufanda y Buscó en la cómoda la tela que usaba como esponja y comenzó el
se cubrió el cuello y la nariz. Luego se calzó los guantes de interior baño: la mojó en el agua apenas descongelada, la escurrió, desabrochó
y tomó el tapado. una parte de su abrigo y pasó el trapo con fuerza; luego repitió la opera-
Salió rápido y se lo puso; sin perder un segundo se encimó otras ción tratando de recorrer todo su cuerpo, sin saltear ninguna parte por
medias sobre los dos pares de lana que usaba para dormir, y' se en- más impúdica que fuera. No se detuvo demasiado en las zonas íntimas.
fundó en los pantalones. Sin tocar el piso ~e- puso los chanclos, y del La higiene ante todo.
respaldo agarró el gorro y se lo calzó. La carne en su boca se iba ablandando y soltando jugo, permitiendo
Recién entonces bajó de la cama. Su primera acción al levantarse cfue la masticara de a poco.
fue colocar sobre el farol un trozo de carne para que se fuera descon- Recordó, como todos los días, sus clases de Economía Doméstica
gelando cuando lo prendiera; luego la salamandra: buscó- del rincón en las que enseñaba a las niñas todas las normas del buen comporta-
astillas, un bollo de papel y una pata de silla. Los acomodó con la pe- miento de una dama en su casa, inclusive en el baño.
ricia que da la práctica, y usó un solo fósforo pára encender el papel Rememoró los consejos sobre frotarse con intensidad los hombros,
y el farol. Se iluminó la habitación de techo ennegrecido por el hollín. los codos y rodillas, luego enjuagarse a fondo con agua tibia, s,ecar-
Tenía un minuto hasta que comenzara a generar calor; corrió a bus- se :con vigor, con una toalla grande y limpia, y quedarse envuelta en
cada olla y la llenó con•la nieve potable que tenía en una tinaja al ella durante quince minutos, sin vestirse, para tomar un baño de aire,
lado de la· puerta. La colocó sobre la salamandra. como aconsejaba la Enciclopedia Femenina.
Acercó la• silla a la estufa, se sentó, se sacó el gorro de la cabeza y Suspiró; la realidad era otra, no era posible ·quitarse la ropa, no
desanudó el rodete que retenía sus largos cab~llos grises. Había ol- había tanta madera como para entibiar el ambiente. Tampoco tenía ya
vidado su cepillo y, murmurando contra su torpeza, se levantó a bus- jabón como para desperdiciar; apenas le quedaban dos pastillas que
carlo. lJ+ego vdlvió a sentarse, pegada al poco calor que comenzaba a debía racionar. Es cierto que sabía cómo fabricarlo, pero nunca conta-
generarse y¡ contando lentamente para marcar el ritmo, con la cabeza ría con la grasa suficiente; la que recuperaba servía como combustible
gacha, empezó a pasar el cepillo de la raíz a la puntá\ y para cubrir la parte de su cara que quedaba al descubierto cuando
Cuando llegó a cien se levantó y miró en la olla. Ya la nieve se tenia que salir al exterior; y ni hablar de la lejía.
había derretido; tomó el pedazo de carne todavía helado y comenzó · Los pies siempre eran una parte difícil, ya que no había otra mane-
a chuparlo. ra que desnudarlos, por eso siempre los dejaba para el final. Ese día
¡AyL No poder darse diariamente la ducha tibia con esponja; ni un decidió que quería darse el lujo de poner otro pedazo de madera en
lavado completo inmersa totalmente en la tina, una vez a la semana, la salamandra; eligió un frente de cajón, porque una cosa es darse un
como hacía cuando era niña. gusto y otra es derrochar.

12 13
--.

Apenas sintió crepitar el fuego mojó otra vez el trapo, el agua ya


había perdido los pequeños pedazos de hielo, se quitó el chanclo y las
medias y frotó con fuerza. De las costras negras de sus pies dedujo que
hada demasiado tiempo que no se hacía la toilette completa. Increíble
cómo pasaba el tiempo cuando una tenía que ocuparse de todo.
No.pudo ponerse las mismás medias que llevaba. Le dieron asco.
Buscó en el cajón. otras, casi tan negras de mugre como las que se
quitaba, se puso una. y volvió a calzarse. Completó la operación con 2.RATAS
eLomr pie,:luego colocó las prendas sucias en el agua del recipiente
junto.'cbn:las:tr¡¡pos de la toilette, pasó el jabón como una caricia so- Ratas e intemperie. Las dos cosas que más odio en el mundo.
bre cada uno, y escurrió cada prenda lo más que pudo, colgártdolas • Odio las ratas. Siempre las odié. Yno soy de odiar, no. Sé que está muy, pero
luego en los· clavos que estaban sobre el farol. Con esto evitaba que se muy mal odiar. Que es pecado mortal. Pero no hay nada que odie más que las
congelaran y para la noche, cuando apagara la luz, ya habrían perdi- ratas y la intemperie.
do suficiente humedad. En una semana estarían secas. Podrán decir que soy loca. Pero es así: las odio.
Saltando para que su cuerpo calentara las medias heladas añoró Y ahora tengo que elegir.
los días en que luego del baño pasa:ba su piedra pómez por los pies, Aunque es fácil. Si voy por el pasillo, las ratas indefectiblemente aparecen.
especialmente por los talones, luego por las cutículas de los dedos de No se atreven a atacar todavía, pero corren por los pasillos y se cruzan frente
las manos para, después untarlas con crema. a mis pies. Si voy por la intemperie, bien preparada para la nieve, puedo pa-
Miró su minúsculo espejo y decidió que no iba a quitarse los pelos sar. Es peligroso. Siempre se corre el riesgo de que aparezca algún asqueroso
del bigote y del mentón; le ~vergonzaba-verse reflejada con una pinza pájaro depredador.
de électricista en la mano, pero era la única que tenía. A los pájaros no los odio. Les tengo miedo. Cuando era joven no podía cru-
.Se peinó haciendo la raya al medio; no podía humedecerse el pelo zar el patio. Lo rodeaba: Salvo cuando era recreo y estaban todas las chicas
porque al salir, incluso bajo el gorro, se convertiría en un casco de jugando. Ahí sí que no había ningún pájaro.
hielo. Con cada mitad hizo una trenza, que luego juntó en un rodete Exactamente al revés que ahora. Por el corredor que bordea el pasillo es-
detrás de su cabeza. Suspiró añorando el peinadb de antaño, de riíos tán las ratas. Las muy zorras. Zorras no, ratas. "
prolijamente hechos con bigudíes. No se las ve. Pdro yo sé que están. Las conozco. En algún momento se ani-
Se puso las botas de goma, el capote y, antes de_ colocarse el pa- marán y me atacarán. Primero las más viejas. Total, si se mueren no les im-
samontañas, se arrodilló sobre el rollo de mantas frert'te al altar y rezó porta. Luego vendrá el resto.
sus oraciones mamtinas. Van a atacar de cualquier lado, de todos lados. Inclusive de arriba. De
Se colocó ~1 pasamontañas, cubrió las partes de piel expuestas con cada agujero del cielorraso del pasillo.
la mezcla de grasa y aceite helado, se calzó los mitones. Por eso prefiero la·intemperie. Me cubro con el tapado y con una sábana
Antes de salir a encarar el nuevo día se miró:'en el espejo de cuerpo en- blanca para disimular en la nieve. Así ios pájaros no me ven. Y paso corrien-
tero que tenía detrás de la puerta: parecía un oso, apenas se veían sus ojos. do al depósito.

14 15
Lástima que de la biblioteca no quede nada, nada legible, todo comido,
masticado, lleno de baba y de excrementos.
Pero, más que los libros, para proteger mi cuarto de las ratas necesito las
herramientas.
Espero que el carrito aguante para volver con todo ese peso. Lo peor es el
alambre. Siempre hace falta más alambre.
Pero con el carrito no voy a poder pasar, se va a quedar atascado en la nieve,
no voy a poder arrastrar/~, tardaría horas y les daría tiempo a los bichos. para
que me atacaran desde el aire. Tengo que ir y volver por el pasillo, por el terri- 3. LA PARTIDA
torio de las ratas.
¡Y.a sé! La campana.·Ato la campana a un palo y este al carrito, y voy to- Punrual como siempre, fue de las primeras en entrar al Salón de
cando, así se asustan-con el ruido. Así voy a pasar. Así voy.a pasar. \ Actos. Aprovechó cuando llegó el último para ir a cerrar la puerta y
Entonces, no olvidarse: la morsa, las pinzas, dos, la sierra o el alicate, los quedarse al fondo del mermado grupo, ~e ocupaba solo la cuarta
rollos de alambre y de tela metálica. .:·. parte del inmenso recinto, todos envueltos en gruesos tapados, viejos
Yo no sé por qué el asqueroso del portero compraba tanto alambre. Para abrigos, frazadas.
mí que robaba. Menos mal que se file con todo el resto. Menos mal que se llev6 La Madre Superiora entró última, por el escenario. Ella la miró con
su lujuria. Menos mal que estoy acá sola. la misma admiración y temor de siempre. Su imagen era más impo-
Sola. Salvo las ratas. nente con el volumen ~e le daba su sacón de pieles.
-Supongo ~e ya todos saben el motivo de la reunión: nos vamos.
Somos los que estamos. Ya no esperamos respuesta de a~ellas per-
sonas ~e intentamos contactar -dijo mirando a la primera fila de
alumnas. Se oyeron sollozos.
Apenas pudo seguir escuchando. Su corazón se dobló ante la ima-
gen que desde hacia una semana la atormentaba: los padres de María
Angélica llevándosela de la mano hacia la salida. Y ella ~e ni si~iera
se dio vuelta para mirarla.
Desde entonces había estado como hipnotizada, cumpliendo mecá-
nicamente todos sus deberes, hasta sus devociones.
Un movimiento en el escenario la hizo volver al presente. La Madre
Superiora, desde el estrado, estaba diciendo:
-Y la hermana Eunice, como siempre, se encargará de la comida.
Aprovecho para mencionar que hemos recibido como donación del
Regimiento, antes de su retirada, una cocina de campaña.

16 L 17

..IL
"Esto seguirá siendo una escuela. Las maestras aún presentes
dictarán sus clases en el camino hacia regiones más cálidas y las ma-
terias que no tengan docente las dictaremos las demás, en la medida
en que podamos.
,Nuestro estimado portero se encargará de todos los aspectos téc-
nicos del viaje. A partir de ahora es el Coordinador Operativo de la
Escuela en Movimiento, y todos debemos tratarlo con respeto y obe-
decer sus órdenes.
El sucio y libidinoso personaje subió, se plantó con las piernas 4.DoSANTECEDENTES
abiertas en medio del escenario, y miró ~on su sonrisa torcida a todo
el auditorio. Sintió que especialmente detenía su recorrido al ·posar Empezó a hacer frío, mucho frío, y más aún. Y empezaron a llegar
sus ojos sobre ella. desde el Sur. Todos y de todo. Primero los más pobres.
No pudo seguir~prestando atención. Se sintió mareada, y en su Un día fue al pueblo y se encontró con que la plaza era un amonto-
mente se representó una escena: un carro donde ella y María Angélica namiento de gente; parecía un campamento gitano, una masa de de-
estaban encadenadas, vestidas solo con cortas camisas de tela fina. sarrapados, sucios, oscuros, cubiertos de trapos, abrigos hechos con
Entrevió los pechos dulces .y redondos de la niña, su pubis suave Y restos; ponchos de mantas con un agujero. La corte de los milagros
rubio. El nauseabundo portero· s\lbía al carro, con el velludo torso chapoteando en la nieve, la gélida corte de los milagros.
descubierto, y del pan!alón brillante salía un monstrUoso pene erecto El éxodo que atravesaba él poblado pasaba por la puerta de la es-
que apuntaba directaménte a sus entrepiernas. Lo seguían las mon- cuela. 'E:n autos y camiones, a pie, ciento~, miles, helados, abrigados
jas, que empezaban a tocar a la niña con lujuria escandalosa. Las con lo que podían.
demás profesoras miraban y aplaudían burlonas. Hubo unos días en los que el camino era un río de gente. Cada vez
Un aplauso marcó el fin de la reunión y la sacó de su ensueño. más miserables, cada vez rñás congelados. Todos iban al Norte. Al calor.
En ese momento tomó la decisión de no acompañar la caravana. Muchos de los que pasaban caminando pedían asilo por la noche. A
ella le tocó., con asco, abrir la puerta alguna vez. Se oponía totalmente
a la idea de las monjas de recibirlos. Una cosa era la caridad cristiana
Y otra.muy diferente dar de comer a mugrientos, indios y pobretones.
Que se las arreglaran. Bien que cuando había que ir a misa estaban
ocupados en sus propios asuntos y solo se acordaban de la Iglesia
cuando tenían una necesidad. La caridad estaba muy bien, pero ahí,
\ en sus 1ugares. Ella era la primera en tejer y enviar ropa usada para
las escuelas de esos, allá, en el Sur. La caridad cristiana es otra cosa se
1

repetía. Otra cosa. Esto es una escuela de señoritas. Y primero eso. Si


dejamos entrar a esas gentes de colores raros no se sabe lo que puede

19
pasar. Aquí hay niñas, todas de buena familia. O por lo menos de
familias adineradas, pensó sin decirlo, mirando a las morochitas
de la fila del fondo.
No. No se puede. Eso no es caridad cristiana. Eso es suicidio.
Y el tiempo le dio la razón.
Al principio la escuela organizaba un comedor para pobres. Y dor-
mían en los pasillos, en las aulas. Luego empezaron las peleas. Y un
intento de ataque sexual a dos alumnas y una monja. No los dejaron 5.SOLA
entrar más. Al poco tiempo interrumpieron la donación de alimentos.
Decidieron preservarlos para las internas y el personal. Los-preparativos para la partida fueron febriles: todos corrían y daban
Entonces mirjlban, desde las. ventanas, cómo golpeaban las puer- indicaciones. Ella miraba ló que ocurría como si estuviera fuera, co-
tas. Si alguno estaba muy enfermo lo entraban, para ayudarlo. Con un · mo si estuviera viendo una película. Llevaba a cabo sus tareas con
poco de comida y de calor,, en general, alcanzaba. la eficiencia de siempre. Preparó viandas y conservas en cantidades
Cuando el tráfico hubo mermado empezó a pasar el Ejército para re- exorbitantes, hasta que el carro destinado a los alimentos se llenó.
coger los cadáveres. Estaban duros. La carne era una piedra congelada. -¡Basta! -dijo la Madre Superiora-, lo que quedó que lo apro-
{'ero la temperatura siguió bajando. El paso de los emigrantes se vechen los que vengan --en el depósito quedaban carne, conservas,
espació, se fue raleando, hasta que desapareció. Cada tanto pasaba latas y decenas de bolsas de sal de cincuenta kilos.
algún rezagado, famélico. Se decía Cfl.\e,habían muerto por millares. La caravana estaba conformada por la camioneta, el ómnibus de
Primero dejó:de transmitir la radio locaL Luego empezó a fallar la la escuela y el auto particular de la Madre Superiora, todos repletos
luz. El agua se congelaba en los caños. Pero no fue demasiado pro- con la gente que quedaba. Cada vehículo tiraba de un carro con carga.
blema porque el portero y las monjas llenaban la cisterna con nieve. Escucharon misa por última vez y fueron a ocupar un lugar en los
Casi todo el personal del colegio se había ido. Aun así la vida en el coches, sin mucho orden ni concierto. Ella se escondió detrás de una
convento continuaba .. Seguían haciendo las conservas en salmuera. columna, y apenas pudo, sin hacerse notar, volvió a entrar en la capi-
Ella, como Responsable Ecónoma, mandó a buscar al pueblo toda la lla y se escondió detrás de la puerta. Por la rendija vio cómo se iban,
sal que se pudiera encontrar. sin que nadie se percatara de su ausencia.
No fue difícil. El depósito de} mayorista estaba abierto y saqueado, No tenía ninguna razón para acompañarlos.
pero estaban todas las bolsas de sal. También sacaron {.~s de la curtiembre. Cuando estuvo segura de que se había quedado sola caminó hasta
Tenían reservas para varios años. \ el altar. Se arrodilló y rezó hasta que se dio cuenta de que el frío la
En el pueblo no quedaba casi nadie. Se habían retirado también estaba adormeciendo. Al pararse ya no sentía los dedos de los pies.
las autoridades, y. luego el destacamento de la policía. A esa altura el ¿Entonces ya no iba a poder rezar de rodillas nunca más?
robo era.algo cotidiano. Y cuando vino un militar a avisar que el regi- Miró su reloj y mecánicamente se dirigió hacia el comedor. Al lle-
miento se iba, la Madre Superiora decidió también emigrar. gar a la puerta notó que estaba vacío. Nadie había preparado comida.
Y ella eligió quedarse. Nadie la iba a preparar.

20 21
Fue hasta la despensa. Abrió un frasco de duraznos en conserva.
Estaban muy fríos, pero riquísimos.
Fue hasta su cuarto. Tocó el radiador de la calefacción. Estaba ape-
nas tibio, y no transmiúa su temperatura al ambiente.
Lloró hasta quedarse dormida. La habitación estaba helada.
Se despertó aterida. Tomó conciencia de que no podía hacer eso,
que nunca más debía quedarse dormida sin abrigo, que corría el ries-
go de morir.
Fue hasta la cocina, rompió una silla y encendió un fuego en el an- 6. PJtiMER DÍA
tiguo fogórr. Pa:só el resto de la noche buscando maderas que quemar
y, por pocos minutos, dormitando junto al fuego. Apenas hubo un poco de claridad se puso en movimiento. Una señora_
debe ser organizada y activa, dijo en voz alta, para las ollas.
Buscó un cuaderno, un lápiz y se sentó en la gran mesa de la coci-
na'. ·Anotó con su letra redonda y pareja:
ENEMIGOS:
El Frío.

$e detuvo inmediatamente y miró hacia arriba, demudada, lívida.


s~·arrojó de. rodillas al suelo y rezó tres avemarías. Al volver a sen-
tarse tenía las articulaciones horriblemente doloridas por la bajísima
temperatura de las baldosas del suelo. Resistió la tentación de fro-
társelas, tomando el dolor como una penitencia por su pecado de
sobérbia.
Táchó la línea escrita y anotó:
1
1) El Pecado
\ i) El Frío
3) El Hambre.

Sospechaba que <;lebía haber muchos más, pero estaba convencida


de que con estos tres tenía para empezar. Y los atacaría en orden.
Anotó en la segunda hoja, en letras grandes: INVENTARIO.
En la página siguiente puso como útulo:
SECCiÓN 1 -Cuidado del alma.

22 23
Hizo una lista que comenzaba con su Biblia, su devocionario. Al Ya tenía una salamandra para calefacción, pues las dependencias de
no haber sacerdote ella debería orar diariamente. La confesión era un ser;vicio no estaban cubiertas por la caldera. Estaba, sin embargo, enci-
problema, pero estaba persuadida de que el Altísimo la comprende- ma de esta, ya que el egoísta y ventajero aprovechaba el calor que gene-
ría. Anotó: Crucifijo, Altar, Estampitas. raba. El combustible que había estaba ~acenado allí, lo que le evitaría
Los dos puntos que seguían debía encararlos juntos. Recorrió todo enojosos traslados. También podría armar en ese lugar el taller, porque
el colegio, sin olvidarse de ningún cuarto, o recoveco. Tomó nota de estaba segura de que las herramientas iban a ser en adelante de funda-
todo aquello que consideró podía serle útil en algún momento. mental importancia. El cuarto estaba aislado del resto del edificio para
Luego escribió: evitar el contacto con las monjas y las alumnas. Ahora no debía descar-
SECCIÓN 2- Combustible. tar la aparición de algunos enemigos. Y en el recinto de la ya innecesaria
Recorrió sus notas marcando todo aquello que se pudiera quemar. caldera también tenía espacio para hacer depósito de comestibles.
A aquello que podía servir también para otra cosa lo anotaba 'en el Decidido.
cuaderno y le ponía un punto a la izquierda. Pero lo primero es lo primero, dijo recordando su lista de enemigos.
Luego abrió la SECCIÓN 3 -Alimentos. Armó la valija con su ropa, el crucifijo y las estampitas, y con esta
Escribió con satisfacción, ya que su gran experiencia como profeso- en la mano izquierda y sus libros santos en la derecha, se trasladó
ra de Economía Doméstica le indicaba que había comida para varios hasta el cuarto del portero.
meses. Había carne y sal, con lo que podía hacer charque. Habían Dejó el equipaje afuera y se hincó en el umbral. Las rodillas sintie-
dejado pepinos y aceimnas para hacer en salmuera. Había gran can- ron una miríada de gélidas agujas. Rezó hasta que esmvo a punto de
tidad de conservas ttlya fabricación ella misma había supervisado. desmayarse del dolor.
Por ahora tenía suficiente tiempo para. resolver su alimentación Recién entonces· entró sus pertenencias.
posterior. ¿Cazar? ¿Cultivar? Esto ultimo era difícil por el frío, a me- Se puso los guantes de trabajo, quitó toda la ropa de cama y cual-
nos que pudiera construir un invernadero, aunque eso la enfrentaba quier objeto que pudiera haber sido tocado por él. Por suerte se había
con.el gran otro problema: requería calefacción. llevado casi todo,los cajones de la cómoda estaban vacíos, splo queda-
¿Seguiría bajando la temperamra? No tenía forma de saberlo; y ban algún par de zapatos rotos, una camiseta deshilachada, un llavero
aun con la acmal, ¿cómo haría para evitar morir congelada? Había inservible. Cada prenda le hacía recordar su corpachón peludo, su
muchas cosas que podían quemarse, pero no eran infinitas. La cal- cara de toro, sus labios gruesos y'brillantes de saliva, sus piernas grue-
dera de carbón quedaba descartada, ya que consumía una cantidad sas y chuecas, su pelo negro, hirsuto y grasoso, nunca bien peinado.
descomunal de combustible. Y mantenía calientes ambientes que ella -Trasladar su cama era demasiado. Lavó el catre con lavandina. Fue
no precisaba; era mucho más importante el ahorro de recursos. hasta la cocina y recogió un jarro pequeño, de la capilla una vela.
Decidió que era mejor abandonar su cuarto de tantos años y tras- Tomó el hielo que todavía quedaba en la pila de agua bendita y lo
ladarse a algún lugar que pudiera: acondicionar en modb más adecua- colocó en el recipiente, prendió la vela y lo derritió. Buscó en su de-
do. ¿Pero a cuál? vocionario una oración que le pareció pertinente.
La asaltó una idea que la llenó de esmpor, de asco: el cuarto del Utilizando los dedos para asperjarla, roció todo lo que pudo mien-
portero. Su boca se torció en una mueca. tras rezaba:

24 25
Oh, Dios, que justificas al impío y no quieres la muerte del pecador: invoca- ropa para flagelarse, me lo merezco, merezco morir de frío. No. Debo
mos suplicantes a tu majestad, para que nos protejas benigno con tu auxilio y purificar, limpiar la maldad de esta habitación.
nos conserves con tu asidua protección; para que continuamente te sirvamos Tomó su Biblia y, comenzando desde la puerta, empezó a leérsela
y por ninguna tentación nos separemos de Ti, mira propicio nuestras ple- a las paredes: dos versículos, un breve paso a la derecha, otros dos,
garias y libra nuestra alma de los malos pensamientos que la agitan. Por nuevo desplazamiento. Cuando completó el círculo cambió el supli-
Nuestro SeñorJesucristo. Amén. cio de pierna, retrocedió un paso y repitió la vuelta, pero leyendo un
Se sintió más tranquila. Con esto debía alcanzar para limpiar el versículo hacia el suelo y otro hacia el techo.
cuarto de los pecados de su indigno habitante anterior y, si la oración Al finalizar repitió todo el circuito otra vez. Cuando terminó de
no era la más correcta, Dios sabría perdonarla. rezar ya el primer resplandor aparecía por el ventanuco. Se recostó
Pasó el resto del día llevando mantas, la ropa. que los anteriores ha- con el cuerpo estragado, las piernas hinchadas por la falta de circula-
bitantes habían abandonado, enseres de cocina. También su. colchón, ción; atinó a aflojar la correa con -púas y a taparse. Antes de cerrar los
que quedaba un poco grande en el camastro ahora purificado por los ojos observó que la salamandra estaba apagada, no sabía desde hacía
rezos y la lavandina. cuánto. Cuando despertó había un sol pálido, alto, en el cielo.
Debía calcular cuánto consumía la salamandra. AfortUnadamente
tenía una balanza romana. Puso en la estufa medio kilo de madera,
algo de papel, un poco de aceite como lubricante y un kilo de carbón.
Estimó que con eso alcanzaría hasta la mañana.
Cenó queso y aceitunas.
Cubrió con cuatro mantas el colchón, por encima sábanas de hilo
y otras cuatro mantas. El cuarto apenas había llegado a caldearse; se
acostó satisfecha, helada, pero contenta.
Estaba por dormirse cuando imaginó al portero en el mismo lugar,
con la vista en el mismo techo. De pronto dudó si era ella o él. Supo,
a través de sus ojos, que esa imagen había estado noches y noches en
la otra mirada.
En un instante su cuerpo se llenó de lujuria, como si un fantasma
la invadiera; en sus manos tuvo la sensación de otras manos, manos
de hombre tocándose, sacudiéndose.
Desde sus rodillas subió un calor. Comenzó\a temblar. Se paró,
caminó, se puso en cuclillas para rezar, hincarse ho era posible por
el frío, volvió a levantarse, buscó el cilicio y lo apretó en uno de sus
muslos, más, un poco más. Inmunda, asquerosa inmunda. ¡No! Es
el espíritu del pecador que impregna el cuarto, no poder sacarse la

27
antes de que termine el oficio. Cuando llega el fin de la misa está
parado en el atrio, al costado·derecho; ella lo mira de reojo, él inclina
la cabeza en un respetuoso y discreto saludo. Ella vuelve a su casa
agitada, sintiendo que el pecho le explota, flotando en el aire, llevada
por las alas del amor.
Un día, yendo para la iglesia, él se acerca respetuosamente. Se pre-
senta, dice su nombre y apellido, comenta su parentesco con unos co-
nocidos de la familia de ella y le pregunta si le permite acompañarla.
7.CoRTEJO Ella solo atina a reírse y la cara se le pone de color tomate. Él toma
esto como un sí, y a partir de ese día, todos los domingos durante dos
Todo tiene un tono dorado: su vestido amarillo, sus zapatos blancos, meses, irán y volverán de misa juntos, él siempre esperándola a tres
la luz del sol, el aire que brilla, hasta el polvo de la calle es dorado. cuadras de su casa y despidiéndose en la misma esquina.
Y todo es como tiene que ser, el lunes, el martes, el miércoles, el Inicialmente él lleva el peso de la charla; con los días ella se anima
jueves, el viernes, el sábado ¡y el domingo! Levantarse con el corazón a contarle de su familia, su casa, sus amigas de la escuela. Conversan
retumbando, disimular los colores y la respiración en el desayuno, y ella siente que nunca nadie la escuchó con tanta atención, que no
decirle a mamá que quiere ir a misa de once y no a la de siete, el existió, existe ni existirá otra persona que la comprenda tan cabal-
suspiro de la madre, la protesta velada del padre, el ¡bueh! resignado, mente y que en sus ojos, en sus labios, tenga todo lo que ella quiere
mascullando estos chicos..., vestirse apuradísima pero con mucho, mu- ver y escuchar.
cho cuidado, para no repetir la ropa de los domingos anteriores, y que Y un día -llega finalmente el día- él dice que quiere pedirle algo.
siempre, siempre, resultara todo dorado. Teme que los golpes de su corazón se noten en el vestido de organdí.
Salir a la calle, buscar a su vecina entre risitas y cotilleos, caminar Pero no, no es eso, no quiere hablar con su padre, sino que quiere
una, dos, tres cuadras. Allí, en el tercer cruce, siempre desde hace un visitarla en su ventana, luego de cenar.
mes, está él. Queda tan turbada que sale corriendo sin contestarle. Tras una se-
Con su ambo de alpaca cruda, su sombrero panamá ligeramente mana de ansiosas consultas con sus amigas, se encuentra con que el
ladeado, sus finos bigotes, el reloj de oro que asoma apenas de la domingo siguiente él falta a la cita, lo que le provoca terribles angus-
manga, sus zapatos combinados, blancos y marrones, prolijamente tias, hasta fiebre.
lustrados (¿cómo hará para que brillen en las calles de tierra?), su Cuando lo ve aparecer en la esquina la otra semStna, a duras penas
mirada atenta y romántica. consigue contener el impulso de arrojarse a sus brazos y abrazarlo,
Caminan, ellas adelante, él atrás. A apenas unos metros de distan- besarlo, decirle que sí, que claro que puede visitarla, que sin él la vida
cia. Ellas se detienen en alguna vidriera, lo miran por el reflejo, él se no tiene sentido, que no puede aguantar otros quince días sin verlo,
toca el ala del sombrero, cómplice del gesto. que cada minuto fue una tortura, un martirio, que solo la oración la
Entran a la iglesia, se sientan en los bancos de siempre; él se queda salvó de ir a preguntar por él, de salir a buscarlo como una arrastrada
al fondo, con los otros muchachos. Saldrá en el Kirie a fumar, volverá por las calles.

28 29
En cambio lo saluda como siempre, intenta disimular su estado de
ansiedad, hablan de cosas cotidianas; él no explica su ausencia, ella
no pregunta nada. Vuelven de la iglesia y, antes de despedirse, ella le
dice que lo esperará en su ventana el miércoles luego de cenar, a las
diez, que es ... Él la interrumpe con una sonrisa, aclarándole que sabe
perfectamente dónde duerme.
Ella en ese momento se da cuenta de que no podrá casi comer, ni
dormir, ni prestar atención en la escuela, ni pensar en ninguna otra
cosa hasta el miércoles. 8. SEGUNDO DÍA
Cada vez que tenía este sueño lo tomaba como el presagio de un
día feliz. En el é'xodo llevaron apenas lo que pudieron cargar en su pequeña
caravana. En la gran cámara de frío de la escuela dejaron cuatro medias
reses colgadas, tres frascos de cinco kilos de manteca, dos tarros de
cincUenta 'litros de leche. Pese a que el cuarto había quedado abierto,
todo ~taba completamente congelado.
En las alacenas había aceite; arroz, harina, levadura, huevos y fós-
foros en cantidad. En un armario detrás del altar, cien paquetes de
velas; luz no le faltaría. Su inventario estaba completo.
Aprovechó su experiencia. 'Tendría que descongelar la carne para
hacer el charque, pero para eso podría aprovechar la salamandra de
su cuarto. Los huevos, en principio, no servían, ya que habían reven-
tado con t!l frío. llevaría uno y vería en qué podían usarse.
Pero aun sin ellos tenía comida para mucho tiempo. Suficiente has-
ta que la temperatura volviera a aumentar, hasta que todos volvieran
y la escuela retomara su actividad, hasta que María Angélica volviera
a ser su alumna. Y todas las otras chicas, claro, que volvieran todos.
Todos no. El degenerado podía quedarse congelado por ahí.
El día se le pasó entre los trajines de su mudanza, hacer orden,
acarrearJeña, armar su despensa, buscar herramientas y las mil cosas
\ que una tiene que hacer cuando cambia de casa, porque era como
cambiar de casa. De pronto notó que estaba oscureciendo. Estaba
agotada, menos mal, así no tendría malos pensamientos como la no-
che anterior.

30 31
Empezó a balancearse para adelante y para atrás, mascullando una
Cortó una lonja de carne y la puso en la sartén, sobre la salamandra.
letanía, sin saber si estaba cantando un himno religioso o algo que
Cuando estuvo cocinada agregó un huevo congelado para probar qué
había inventado.
pasaba. Tuvo que agregarlo con los restos de cáscara que no pudo
Despertó en una posición absurda, aterida, con dolor de cintura y
sacarle, y quedó como una pasta de la que luego los quitó. No estaba
cuello, asombrada de haber sobrevivido.
feo, y no tenía energía para preparar algo más elaborado.
Contra su costumbre, se acostó dejando lo que había usado sin la-
var. Ya se las arreglaría para tener agua que no estuviera hecha hielo.
Si podía mantener la temperatura adentro de la habitación sobre cero
podría tener un recipiente allí.
Cuando entró en la cama y sus músculos comenzaron a relajarse,
empezó a sentir el dolor del cansancio en cada miembro, en la espal-
da, en los huesos. Apagó la vela y cerró los ojos.
Debía estar nevando, porque no había viento. El silencio era un man-
to sobre el edificio. Al fondo de su conciencia llegó un pequeño sonido,
algo raspado. Detrás de él una madera que crujía, y otra. Y de pronto
un ruido de patitas que corrían..Todos sus músculos se tensaron: ¡Ratas!
Luego otro crujido, y otro más, como si todo el edificio estuviera
acomodando sus vigas; sus cimientos.
La constníccióll;,fue entonces.un animal gigante, con las puertas y
las ventanas·com'o bócas y anos, las-columnas como pelos, las habita-
ciones cotno•ó~.:ganos, por las. 'l{enas corriendo ratas, los pasillos eran
brazos que se iban cerrando sobr.e ella, sobre su cuello, y dentro los
animalitos que se acercaban a la punta de los dedos para saltar sobre
su cara en cuanto se durmiera.
Nuevas corridas, a la derecha, a la izqui~rda, ¡arriba! Quiso gritar,
pero temió que si abría la poca. cayera una cosa peluda dentro, le
mordiera la lengua, le::raspara la garganta con sus uñas y se abriera
paso por su tráquea hasta sus pulmones, invitando a·otras a recorrer
el mismo camino, llenándola por. adentro y matán(,iola de asfixia.
Se dio vuelta para proteger su boca, y se vio atravesada, violada
des.de atrás por todos sus orificios. Se sentó con las manos tapando la
boca. Recién allí percibió que los ruidos habían desaparecido. ¡O sea
que si ella se movía las pequeñas bestias no se acercarían!

32 33
con la cabeza un poco más alta que los pies, la parte superior de la
cruz apoyada en el banco de la primera fila.
No podía dejarla así, Jesús no podía quedar mirando el suelo.
Nunca hubiera imaginado que fuera tan pesada. Forcejeó, empujó,
tironeó. Resolvió el tema armando una incoherente pirámide de ban-
cos, en la que iba apoyando el madero de la cruz que pretendía girar.
Finalmente la dio vuelta, sin golpearla demasiado, inflingiéndole ape-
nas alguna raspadura.
9.LACRUZ
Terminó tan agotada que se derrumbó sobre el Cristo, todo su cuer-
po apoyado encima para no caerse.
Había leído que durante las nevadas siempre se producen grandes y desde su estómago, atravesando la garganta, surgió un llanto
silencios. Hacía tantos días que la nieve estaba cayendo que ya había grueso,. amargo. Por primera vez desde que todos se habían ido se
perdido la cuenta. La ausencia de ruidos era tal que se movía con cui- aflojó, dejó salir el dolor, el miedo, la soledad. Lloraba, lloraba por
dado, como si algo fuera a romperse.
ella, por María Angélica, por el silencio, por los dedos ateridos, por el
El estruendo la paralizó. Estaba vestida con la ropa de andar aden- recuerdo casi lejano del cuerpo caliente, por la ausencia de voces, por
tro. Se puso otro pulóver, los dos abrigos, el pasamontañas, la gorra la Iglesia derrumbada, por ese Dios blanco de nieve que le enviaba la
con orejeras, los guantes que le quedaban justos y encima los guantes prueba de la soledad, del frío.
de trabajo, por las dudas.
Sollozaba sin lágrimas. Había aprendido a no llorar en el exterior,
Recorrió lo más rápido que pudo la galería que bordeaba el patio, las lágrimas se congelarían y reventarían sus lacrimales.
buscando el origen del ruido. Lo encontró en la capilla. El techo se Abrazó la imagen para no caerse, el brazo derecho por sobre el
había derrumbado por el peso de la nieve.
hombro izquierdo, el otro abarcando el pecho de Jesús. Con las pier-
Desde la puerta solo veía vigas, tejas, escombros. El polvo y la nie- nas enlazó la cruz, seguía llorando. Toda ella se sacudía. Su cara sobre
ve no habían terminado de asentarse. Entró con angustia y miedo a la madera fría. Lo besó, lo besó en los ojos, en la nariz, en la boca.
otro derrumbe.
Vibraba de la cabeza a los pies, de angustia, de dolor, de soledad, de
Una pregunta rebotaba en su cabeza: Si Dios no protegía su propia tetnon a Dios.
casa ¿qué le esperaba a ella, al resto del mundo?
Temblaba, temblaba sobre la figura, vibraba, temblaba.
Miró al cielo, a través del techo roto, y decidió hacer penitencia un T;da ella se relajó sobre la madera. Al rato se dio cuenta de que
día entero por la soberbia de creer que podía cuestionar los designios debía moverse para no quedar congelada.
divinos. '
Era, evidentemente, una prueba que el Señor le ~nviaba para salvar
su alma. Se aventuró decidida sobre los 'escombros, directo hacia el altar.
La cruz había caído. Una viga había golpeado la base y la había tron-
chado. Cristo estaba prácticamente acostado boca abajo, colgando,

34 35
-Que seamos cristianos y no tengamos inconvenientes en conocer
a gente de otro nivel no significa que no veamos las diferencias
-replica su padre, como un lanzador de puñales.
No se atreve a seguir hablando del tema; conociendo a su progeni-
tor le queda claro que no lo aceptará, que nunca permitirá que lo vea.
¡Y pensar que ella había sospechado que la discreción de su amado
era producto de malas intenciones! No, él es inteligente y sabio, cono-
ce, vaya a saber por qué carriles, el pensamiento de su padre, pero su
lO.' BAJA ESTOFA pasión es tan fuerte que de todos modos la pretende, superando todos
los prejuicios, las convenciones.
Es el almuerzo del domingo. Ella apenas prueba bocado; está ausente, Se imagina en la proa de un barco, las velas susurrando en el vien-
mirando el sol que se refleja en los muebles, jugueteando con la co- to, con un vestido blanco y el pelo suelto, él en popa, al timón, con una
mida en el plato. La conversación de sus padres no es más importante camisa abierta que flamea enmarcando su pecho generoso.
que el zumbido dé las moscas que hacen figuras en el aire. De pronto -¿No comes más, querida? -La realidad irrumpe en la voz de su
un nombre salta a su conciencia desde la voz de su madre. Él. madre. Pide a Dios que no se note el rubor en sus mejillas. El miérco-
Vuelve' a la realidad intentando captar la conversación anterior. les no llega nunca.
Solo detecta que está hablando de él, su amor, su pasión, su príncipe. La dura realidad del frío muerde su nariz al despertar.
Que está .viviendo en casa de sus primos, que estudia para marino
mercante. Se da cuenta de que nunca pensó en él de otro modo que no
sea con su ambo blanco de hilo y sus zapatos combinados, que nunca
se le ocurrió preguntarle de qué trabaja, qué hace.
Su padre menciona que son gente de baja estofa. Así lo dice: "baja
estofa". Las palabras salen de su boca ligeramente más rápido que lo r..
normal, como una sola: bajaestofa. Y un poco más graves, lo que las '
hace peores. La expresión lo convierte en un personaje de bajo fondo,
cambia su traje de hilo blanco y su sombrero Panamá por una gorra
gris, una chaqueta raída y unos zap~tos con agujeros; esa palabra for-
mada por otras dos lo deforma, encorva su figura, hace que le surjan
granos y le pone los dientes oscuros.
¡No! Es un error, no puede estar hablando de él.
-Pero su prima es mi compañera de clase, vamos juntas a misa,
ustedes se saludan con la familia -argumenta, intentando que no se
note el temblor de su voz.

37
intacta. Tuvo que apilar bancos y sillas para alcanzarla. El único santo
que estaba también intacto era San Benito.
Negro, ni las ratas lo quieren.
En ese instante se derrumbó una viga cercana a la entrada. Un
ejército de roedores, que estaba esperando que ella se fuera, corrió
aterrado por entre sus pies y desapareció a sus espaldas.
Cuando superó las arcadas y pudo volver a moverse, comprendió
la señal que el Señor le había enviado. Llevó a la Virgen y al Santo
11. LAs IMÁGENES moreno hasta su cuarto. Tenían su altura. Los puso a los pies de su
cama, para que fueran lo último que viera al dormirse y lo primero
Pasaron varios días antes de que se atreviera a caminar de nuevo por al despertarse.
la puerta de la capilla. Intentó cruzar frente a la puerta rápido, pero Llegaba el crepúsculo. No tenía energías para continuar, su cuerpo
no pudo evitar echar una mirada. Percibió un movimiento que no pedía a gritos calor y sueño. Decidió que al día siguiente su primera
pudo identificar, como una vibración en el aire. Con miedd a lo desco- actividad sería ir de nuevo a la capilla a proteger la cruz con vinagre y
nocido y de sí misma, decidió entrar. sal. Sospechaba que así no la comerían.
Se paralizó al ver que la cruz se sacudía. Parecía que iba a desar- Se levantó apurada. Masticó un durazno en almíbar, que estaba
marse en miles de partes, temió que explotara, que Cristo desapare- cristalizado, al borde de congelarse, y algunas aceitunas; corrió a la
ciera, que Dios lo hiciera estallar y los pedazos la atravesaran, uno en capillll. La cruz y la imagen estaban prácticamente intactas. Habían
la cara, otro en el pecho, otro en el bajo vientre, hasta terminar siendo dejado la madera pero la pintura había desaparecido por completo.
una masa de carne y sangre congelada, mezclada con madera, con el Un suspiro de alivio la atravesó. Respetaron a Nuestro Señor
odio de Dios. Jesucristo. Y no comieron esa madera. Ella seguiría teniendo otras
Eran las ratas que cubrían totalmente la cruz. para quemar. No esa, claro, madera santa nunca, jamás, esa solo para
Sin detenerse a pensarlo se lanzó al interior de la capilla. Gritaba la adoración, para el fervor, para ella.
y agitaba los brazos, y antes de que pudiera llegar hasta el crucifijo
todas escaparon.
Se tomó varias horas para revisar lo que podía ser atacado. Trasladó
los pocos objetos pequeños que encontró hasta su guarida. Rezó, de
pie, al lado del Crucifijo, pidiendo perdón a Dios por no poder salvar
su imagen. Se consoló pensando que Cristo estaba en todos lados, en
todas las figuras, ert todas las cosas. Y ella ya tenía uno en el Rosario
y otro en la pared sobre la cama. \
Casi todas las estatuas estaban ya en bastante mal estado; decidió que
no podía rescatarlas. La Virgen sobre el altar estaba milagrosamente

39
todo a la raza negra, Dios los cría, se ganó el nombre de negro santo.
¿Cómo pudo llegar a Santo? Dios es sabio y justo.
Bueno, ya sabía, no tenía muy claro por qué Dios le había puesto
..
1
la imagen de este santo y no otro más conocido, más como los que la
gente seguía. Pero no era ella quien iba a cuestionar los designios del
alúsimo.
Siguió con su costumbre de rezar en cuclillas al despertarse y al
1
acostarse. Tuvo que colocar unas mantas para que no se congelaran
12. EL ALTAR
1 sus pies. Los primeros días le dolían siempre y temió que se dañaran,
1

podía perder un dedo, y ese era un lujo que no podía permitirse.


1 Las imágenes frente a su cama la inspiraban por las mañanas. Decidió
que debía hacer algo más.
' 1 Buscó·y recorrió hasta encontrar un crucifijo que le pareció ade-
cuado. Algo menos que la mitad de su altura, de madera, sencillo,
1 1
humilde, como Nuestro Señor.
1
Acarreó una mesita. La cruz arriba, colgando de un clavo. A la de-
recha la Virgen, a la izquierda San Benito. Sobre el altar sus libros
1
sagrados. Y las fotos de sus padres, y la que tenía de María Angélica,
tomada cuando hicieron el pesebre viviente, arrodillada frente a la
cuna, con túnica y un pañuelo celestes.
Se alejó y miró el resultado, precioso, la Virgen con su túnica azul,
San Benito con su hábito marrón, con vivos dorados, y el cinturón de 1
soga, el rosario en las manos enlazadas. Se dio cuenta de que no sabía
·1
nada sobre él. 1
Buscó en la biblioteca. Los libros estaban bastante comidos por
las ratas, y algunos que intentó consultar estaban tan helados que las 1
páginas se partían al darlas vuelta. En~~:ontró un devocionario más 1

antiguo, más completo, más tradicional, y una enciclopedia, no muy
grande, en dos tomos, por si hace falta. No tenían las tapas, y los
ángulos estaban roídos, pero podían leerse.
Buscó varios otros sobre la vida de los santos 1,pero no encontró de-
masiado sobre Benito. Se enteró de que venía de Palermo, Italia, hijo
de moro, fue esclavo, claro, si era negro. Predicó en Europa, sobre

40 41
listo para ir hasta el mar, a navegar hasta una isla desierta
solo estarán ellos dos amándose para siempre.
En su ensoñación apenas escucha el golpecito en la persiana. Su
vuelve a retumbar en el pecho, se acerca y mira por la ren-
Lo primero que ve es su sonrisa, como un faro que ilumina su
luego su pelo brillante y esos ojos que parecen traspasarla.
Entreabre la ventana y las palabras comienzan a salirle a borbotones,
iJimtenra contarle sobre la aparición de su madre y el miedo que la inva-
. Tiene mil cosas para preguntarle, para decirle. Él es un traje blanco
13. LA VENTANA
. ·una sonrisa que escucha sus incoherencias de niña emocionada.
Enmudece cuando 'él toma su mano, no puede decir ni escuchar
Ese miércoles durante la cena no puede disimular sus nervios, a tal
nada, solo mirar esos ojos, esa sonrisa, esa lengua que apenas apare-
punto que su madre le pregunta si le pasa algo y le toca la frente pa-
.. ee mientras él musita palabras que solo pueden ser de amor aunque
ra medirle la fiebre. Ella intenta desviar el tema hacia el calor y la
no comprenda su significado. Hace calor, pero ella siente que la
prueba de labores que tendrá al día siguiente, que la tiene muy, pero
2mperatura sube aún más, una humedad la recorre, el labio superior,
muy nerviosa.
81. cuello, los muslos ...
Le parece detectar una mirada entre sus padres, pero se lo adjudica
. Se envara al pensar que él notará su transpiración. Allí percibe que,
a su propia ansiedad.
justamente, le está hablando del calor, y elogiando su camisón, sus
Apenas terminan de comer pide permiso para retirarse a estudiar.
brazos, su cuello.
Ya en su cuarto duda si ponerse su mejor camisón, el rosa, que no
El color de sus mejillas se enciende cuando él le pide que se des-
tiene mangas, pero teme que él lo considere demasiado atrevido.
abroche un botón para ver la piel de su escote. Niega con la cabeza, ya
Finalmente se anima, ya que los ottos no son nuevos y, además, este
la garganta de arena no le permite hablar, él sonríe más aún, insiste,
la hace sentir osada.
dice que no lo hace por él, sino para la poesía que le está escribiendo,
No puede con su cuerpo, se levanta a cada instante a comprobar
afirma que necesita inspirarse. Ella cede, afloja un botón, abre lige-
que él no haya llegado y esté tras la persiana entornada. Se decide a
ramente la tela. El pide otro más, de ninguna manera, es un atrevido,
leer un libro de labores.
contesta ella avergonzada, mientras percibe las gotas que recorren sus
Su madre abre la puerta, siente que el corazón se detiene, apenas
muslos.
puede articular las buenas noches cuando se despiden. Necesita un
-Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino 1 ni los cristales con
rato para normalizar su respiración. Empieza a pensar que él no lle-
luna relumbran con ese brillo -declama él, consiguiendo vencer su
gará, desespera, está segura de que verá aparecer el resplandor del
timidez. Abre el otro botón y muestra el escote, casi hasta el nacimien-
amanecer en la ventana y él seguirá sin aparecer. Se pregunta si no le
to de sus pequeños pechos, redondos y ligeros como nubes rosadas.
habrá pasado algo, lo habrán asaltado, probablemente esté tirado en
Se abre la puerta violentamente e irrumpe su padre, desencajado,
un callejón desangrándose, intentando arrastr~se hasta su ventana
con la cara roja de ira, su camisa mal cerrada, sus grandes manos
para declararle su amor, para pedirle que huyan, que tiene el caballo

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agitándose como aspas de molinos, dispuestas a golpear, a aplastar.
Ni bien logra quitar los ojos de su furiosa figura, mira hacia la
ventana en la que solo queda el recuerdo de un saco de hilo blanco.
El primer cachetazo le cruza la cara. A partir de ese momento mira
la escena como si no le estuviera ocurriendo a ella. El tiempo trans-
curre más despacio, las imágenes se superponen. Ella mira como el
portero le pega, luego su padre abofetea a María Angélica, que tie-
ne el camisón abierto y muestra los pechos. Los personajes cambian
pero los golpes son los mismos, siguen sonando como aplausos en su' 1-4. TRAMPA PARA RATAS
cara, en su cuello, en sus senos. Los gritos la aturden, la siguen atur-
diendo, ella es María Angélica-, es su padre el que le pega, ella recibe Había intentado todo lo que se le había ocurrido. Lo primero fue la
los golpes del portero. clásica caja con un palito y un pedazo de carne seca. La rata cayó,
Al despertar en su cuartucho solitario sintió la cara ardiendo, y re- pero se escapó cuando intentó sacarla. Probó otros métodos. En ge-
cordó la mañana siguiente: el silencio de su padre, la mir~da huidiza neral las perdía en el último instante, cuando tenía que pasarlas a una
de su madre; recordó que nunca más habló con él ni volvió a verlo, · bolsa o-a un frasco.
que su padre nunca más le dirigió la palabra, y que a la semana entró El asco y el miedo a ser mordida la hacían titubear un instante y el
como internada en esta misma escuela. bicho escapaba.
Alguna había conseguido cazar, pero el esfuerzo, la angustia y las
náuseas eran tales que no valía la pena. Además, una vez atrapada, si
quedaba viva no sabía qué hacer con ella. Había terminado tirando
el frasco afuera, pór la ventana. Con lo que solo había conseguido
enfriar SJ.l cuarto y perder un recipiente que, en el futuro, podía ser de
utilidad. De todos modos ella no volvería a usarlo después de haber
tenido una rata adentro, ni hirviéndolo durante una hora.
Consiguió, sin proponérselo, un éxito secundario: las ratas dejaron
de atacar su vivienda. Continuó revisando paredes y techos, taponan-
do las ranuras y dejando trampas, pero ya casi no tenía que hacer
arreglos. Y por las noches, el ruido de patitas corriendo era mucho
menor.
¿Se habrían acostumbrado a ella? Ya no tenía temblores ni náuseas
cuando pensaba en las ratas, ya no se paralizaba las veces en que se
\ le cruzaba una por un pasillo.

44 45
Siguió hojeando. ¡Tenía la misa! ¿Podía ella, sin caer en pecado de
soberbia, repetir el rito sin el sacerdote? ¡Lejos suyo la idea de oficiar!
Elevó la mirada, como si Dios mismo la estuviera observando. Su
idea era, simplemente, hacer de cuenta que había un sacerdote, y ella
repetiría las partes que le correspondían como si estuviera en misa.
¿Pero Dios aceptaría ese "como si"? ¿Y si no? Y la comunión, ¿quién
iba a dársela y con qué hostias?
Buscó desesperada la parte del libro que hablaba de la eucaristía.
15. LAFE Leyó: "La eucaristía culmina la iniciación cristiana comenzada en
el bautismo y la confirmación. Es la fuente y cima de toda la vida
¿Cómo cumplir? Nunca se había ocupado demasiado de los funda- cristiana (LG 11 ). Es la vida y la actividad del cristiano que debe hacer
mentos de los ritos, ya que siempre alguien se los había indicado. siempre lo que Jesús hizo y como él lo hizo".
De niña hasta señorita había sido su madre, en presencia de su pa- Pero ¿Cristo comulgaba? ¿Quién consagraba las hostias?
dre, claro. "La eucaristía es verdadero sacrificio, mi cuerpo entregado y mi
Más adelante ingresó como pupila en la escuela,-luego fue maestra sangre derramada (Le 22,19-20). Es también sacrificio de comunión,
de Ec6rtólnÍa Doméstica. Cuando murió su madre, le agregaron ta- pues quien come vive en Cristo y Cristo vive en él (Jn 6,56)".
reas de celadora y pasó a ocupar un cuarto con las otras-profesoras de ¿O sea que con comer alcanza? Siguió leyendo, y en ninguna parte
d~dicaciórt completa. Allí recibía las circulares de la Madre Superiora le decía cómo se prepara una hostia, si puede ser reemplazada. ¡No
cort los ritos y la'S celebra'tiones del mes. había nada práctico, solo ideas y frases difíciles!
¿Y áhora? ¿P6día seguir siendo una buena cristiana sin confesor? Se dio cuenta de que estaba criticando el libro del padre Layseca.
¿Cómo iba ':l escuchar misa si nadie la oficiaba? Se puso en cuclillas y rezó: Oh, Dios, que constituiste a tu Hijo
Dutante \Tarios días esto hizo que durmiera muy mal. Una madru- Unigénito -¿qué querrá decir unigénito?- sumo y eterno sacerdote, te
gad~ d~cidió que podía encontrar algo en el Libro de la Vida Cristiana rogamos que cuantos fueron elegidos por Cristo como ministros de
que le había regalado el padre Layseca, su confesor. sus misterios, se mantengan siempre fieles en el cumplimiento de su
í Nunea lo había abierto. A decir verdad era consciente de que ese servicio. Por Jesucristo Nuestro Señor.
cura la consideraba anticuada, pero ella estába convencida de que la
religión era una sola, y si Cristo había dado su palabra hacía cientos
y cientos de Años no le entrab~ en la cabeza que ~lguien dijera que
había cambiado.
Hojeó el libro: los mandamientOs estAbah· clár6s y cól'rectos en la
pági'na 25, los de la Santa Madre Iglesia, "oír misa, confesarse, cOlhul-
gar. El ayuno, la abstinencia y la ayuda á la Iglesia no faltAb:tn. ¿Cómo
iban a cambiar?

47
del sótano. Estaba segura de que estaban allí. Allí estaban tod~ '
estaban todas las ratas. ····
Abrió la puerta. Escuchó el murmullo de cientos, miles de patitas
que corrían. Bajó un escalón, dos.
De arriba le cayeron varias ratas, otras intentaron morder sus pies
a través de las botas.
Retrocedió con terror. Cerró la puerta. Algo debía hacer. Se diri-
gió rauda al depósito y en varios viajes arrastró toda la carne y los
16. INVASIÓN DE RATAS alimentos mancillados, mordisqueados, hasta la puerta del sótano.
f ,. A último momento, sin saber muy bien por qué, tomó un frasco de
~ ·,
Una mañana como siempre descendió al depósito bajo su cuarto. duraznos en almíbar y la herramienta para abrirlo.
Apenas entró tuvo entre sus pies un río gris, una alfombra móvil, una Lo destapó y abrió la puerta del sótano. Empujó toda la comida
legión de ratas que corrían a esconderse. para adentro, vació el frasco de duraznos encima y cerró la puerta
Comenzó a gritar desesperada. En cuanto pudo salir un poco de todo lo rápido que pudo.
su enajenación revisó los lugares donde almacenaba alimentos. Todas Escuchó los chillidos de miles de roedores peleando para comer su
sus provisiones estaban comidas. De las que quedaba algo, las marcas ofrenda. Pero no alcanzaba, algo debía hacer, algo debía pensar.
de dientes, de p:ttas, inclusive excrementos, por Dios qué asco, hacían Los días siguientes los pasó con hambre. Tenía conservas y comía
que fuera impensable utilizarlas. de sus frascos pero con náuseas. Apenas masticaba un poco debía
Se sentó en el suelo a llórar. Rezó por los animales de Dios. Rezó detenerse. Sabía de alimentos, de proteínas. Era consciente de que
por la salvación de su propia alma, para que Dios la perdonase por no podía alimentarse así, que le faltarían vitaminas, que la piel se le
odiarlas, por desearles la muerte, pdr haber· querido que se vayan al llenaría de pústulas, que sus huesos se convertirían en cristal. Era
infierno de las ratas. milagroso que no hubiera tenido un accidente, un corte importante,
Hizo el inventario. Fue fácil: no quedaba nada. Se había salvado una quebradura. ¡Gracias, Dios mío! Pero debía comer otras cosas. Ya
solo el aceite que estaba en bidones metálicos. no recordaba el sabor de las verduras frescas, aunque no podía darse
No tenía nada para comer. Nada. Calma, un poco de calma. Se acu- el lujo de vivir de lo que había en los tarros. Además necesitaba algo
clilló, pese al frío espantoso, y rezó. Cuando terminó se dio cuenta de caliente. Caldeaba los frascos que estaban casi congelados para poder
que todavía tenía una considerable cantidad de frascos de conservas, comerlos, para que no le dolieran los dientes al morder los duraznos,
duraznos, pepinos y aceitunas sobre todo. Eso le permitiría sobrevi- los pepinos, pero si los calentaba un poco más quedaban asquerosos.
vir hasta que inventara otra cosa. Pero debía imaginar algo, y rápido. Al comer tan poco sentía cómo el frío se iba adueñando de su cuer-
Caminó por el depósito, hasta que decidió superar su asco e inten- po, como se iban helando sus músculos, sus huesos. No podía dormir.
tar hacer algo para evitar que volvieran a entrar allí. Se convertiría en una estatua de hielo de color rosa, que sería comida
Sin saber por qué salió decidida del depósito. Sin ponerse su abri- por las ratas; sólo quedaría su esqueleto, frío, por toda la eternidad.
go de estar afuera, apenas colocándose la capucha, fue hasta la puerta No quería morir.

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para los que caminaban y más para las que volaban. Esa misma noche
las dejó atadas en la balaustrada del primer piso, del lado de afuera.
Se fue a dormir.
Por la mañana era tanta su ansiedad que sin terminar de equiparse
corrió a ver: donde había puesto grasa como carnada tenía tres gavio-
tas. Saltó y aplaudió como una niña. Corrió a sacar la primera de la
trampa. Al tocarla se imaginó ese mismo bicho volando, echándosele
encima, arrancándole los ojos a picotazos. Dejó al animal -que por
17. LAs TRAMPAS fortuna no había desenganchado- se agachó y vomitó su asco y su
emoción.
No lo consiguió en un día. Probó con varios métodos: cajas, lazos y Le tomó un rato recuperarse. Intentó agarrarla varias veces, pero
mecanismos que fue inventando. Lo que mejor funcionó fueron las aunque tenía guantes, antes de poner su mano en contacto con las
trampas para ratas. plumas, le acometía un temblor y nuevas arcadas. No puede ser, no
Pensó que iba a ser necesario salir de la escuela, pero la sola idea puede ser, no soy una niña, tengo que solucionar el tema de la comida,
la aterraba. Por eso primero probó en el patio y en las galerías del no soy una niña, no puede ser, tengo que sobreponerme.
1

primer piso. No sabía qué poner de carnada, no sabía qué comían los Fue a buscar los guantes de trabajo y se los puso por encima, eso
pájaros. aliviaría un poco la sensación de tocar esa cosa blanda. Primero utilizó
Ella los llamaba gaviotas, aunque estaba segura de que no lo eran. un palo: estaba ya dura, congelada. El guante le evitaría la sensación
Se fijó' en la Enciclopedia y no se parecían del todo. El color de las de tocar el plumaje. Casi sin mirar sacó la primera, prácticamente la
plumas era blanco, pero tenían el pico curvo, y las patas tampoco arrancó de la trampa, y la metió en su morral; la segunda fue un poco
coincidían. más fácil, la última debía haber caído en la trampa hacía muy poco: se
No sabía si se podían comer, suponía que sí, no tenía noticias de sacudió en su mano. Reprimiendo un grito de terror, antes de soltarla
pájaros que no se pudieran coll'ler, a buen hambre no hay pan duro. 1 atinó a aporrearle la cabeza contra la baranda. En el segundo golpe la
Además era el único animal que veía, exceptuando las ratas. sangre le salpicó la cara, los labios. Cayó de rodillas y volvió a vomitar.
Armó una docena de trampas, como carnada puso lo que se le ocu- t1 Su instinto la hizo pararse antes de que se congelaran sus articulacio-
rrió podía atraerlas. No tenía granos de ningún tipo, usó grasa, cuero nes y ya no pudiera hacerlo.
de .una rata que encontró muerta, lo poco que le quedaba de crema Agotada, regresó a su cuarto y, reprimiendo los espasmos que con-
limpiadora, una aceituna, solo el carozo. No intentó con azúcar por- tinuaban doblando su estómago, las despojó de las plumas, que guar-
que sabía que sería demasiado tentadora para srls odiosas enemigas.
Las ubicó al amanecer y estuvo de guardia hasta el mediodía. No
'
1 dó para hacer duvet. Si conseguía una buena cantidad podría armar
un edredón y reemplazar alguna de las mantas que tanto pesaban.
pasó nada. A última hora de la tarde la mayoría d&los cebos había ¿Por qué hago esto? ¿Por qué no me voy caminando a buscar otra
desaparecido, por los roedores obviamente. gente? Ahora tengo comida, pero me da asco, me dan miedo los pája-
Pensó que debía poner las trampas en un lugar menos accesible ros, Señor, justamente eso es lo que tengo que comer. ¿Es una prueba?

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Estoy sola, no sé si quiero estar sola, no sé si quiero ver a alguien, no
sé si puedo estar sola. No está María Angélica, pero tampoco está el
portero. No sé lo que quiero, no sé si quiero vivir, no quiero morir,
pero no sé si quiero vivir. Dios, quiero una respuesta, no quiero vivir
sin saber, sin volver a ver a María Angélica.
Una vez desplumados ya eran como otra comida a preparar, y
pudo serenarse.
Las limpió como sabía hacer con un pollo. Juntó los menudos y los
dejó en la puerta del sótano, para intentar calmar un poco el hambre 18. INTIMIDAD
de las ratas.
Colocó dos de las gaviotas en el ventanuco de su cuarto, del lado Esa mañana había decidido remolonear un poco en la cama. Se había
de afuera. Ni las ratas se avenmraban allí, y estarían congeladas en acosmmbrado a tener frío, y cuando estaba un poco más abrigada se
un rato. A la restante la dividió en cuartos, uno lo hirvió, otro lo asó sentía bien.
sobre la chapa de la salamandra, se llenó todo de humo, un asco. Otro Estaba contenta con la manera en que había resuelto su vida. No
lo saltó en aceite y el cuarto lo cubrió de sal gruesa y lo colgó en un le quedaba tiempo para aburrirse, no señor. Tenía los días ordenados:
rincón de la habitación. todas las mañanas rezaba, desayunaba, y luego recorría las trampas
Probó los que había preparado. El pedazo hervido podía comerse. para ver la caza del día, después ordenaba la despensa, descongelaba
El caldo,, pese a faltarle condimentos, no era feo. El trozo a la plan: uno o más pájaros, hacía charque, caldo.
cha era duro, seco, casi incomible. Se obligó a terminarlo. La porción Por las tardes la rutina cambiaba: los lunes hacía limpieza general
frita era menos horrible, pero de todos modos no era agradable. Supuso de su cuarto y el depósito, los martes se ocupaba de lo que ella lla-
que se acosmmbraría, para evitar comer siempre de la misma manera. maba "mantenimiento preventivo", que consistía en arreglar agujeros
Quedaba el cuarto con el que estaba haciendo charque. Tardó va- de los zócalos y rincones para que no entrasen las ratas, revisar el
rios días: reemplazó la sal gruesa por otra más fina que ella misma estado de las trampas, repasar las herramientas y utensilios en ge-
molía, hasta que finalmente la carne quedó seca, como ella suponía neral, los miércoles recolección de leña y, de paso, exploraciones e
que debía ser. inspecciones al edificio para ver el deterioro. No tenía muy claro para
Intentó mascar un bocado así. Imposible. Ablandó otro con agua. qué servía esto último si no podía evitarlo, pero se sentía más tran-
Lo mismo. Finalmente armó una especie de encurtido con aceite y quila conociendo la simación, siguiendo uno de sus principios que
pepinos en salmuera. No estaba mal. afirmaba: una señora de su casa siempre está al tanto de lo que pasa.
Si llegaba a cazar más de lo que podía comer iba a\conseguir armar Los jueves arreglos y limpieza de ropa, que no se termina nunca, los
una reserva de charque. A menos que encontrara otro lugar para con- viernes ayuno y oración; ya que no se confesaba, consideraba que era
gelar que no fuera el ventanuco, pero veía difícil que existiera algún una forma de expiar los pecados de los que no era consciente.
otro donde las ratas no llegaran. Para el sábado no tenía tarea fija, aunque jamás estaba ociosa, hay
que ver la cantidad de cosas que hay para arreglar y hacer.

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Los domingos eran para la toilette, una dama siempre debe tener de abrigos que los cubrían. Un nudo comenzó a hacerse en su
buena presencia, aunque a veces los mil arreglos que debía hacer ha- estómago y a la boca le subió un gusto amargo de bilis.
cían que se la salteara, o los dedicaba a orar leyendo la misa en voz Los ojos casi se le saltan de sus órbitas cuando vio cómo la mujer
alta, parada ante su altar, y también al descanso, claro. se agachaba y, aunque no alcanzó a verlo bien ya que el espejo era
Con todo tan ordenado sabía que esa mañana podía quedarse un chico y estaba sucio, tomaba el miembro del hombre y se lo metía en
rato más y demorar sus actividades. Por el ventanuco entraba un sol '
la boca. Los movimientos eran inequívocos. Tuvo que apoyarse para
pálido que hacía bailar las motas de polvo en el aire. Recordó su in- no caer. La mujer sacudía la cabeza rítmicamente.
fancia, las horas pasadas tratando de atraparlas. 1 Uno solo se arrodilla ante Dios.
Una risita la sacó de su ensimismamiento. Al principio quedó des- La mujer, la arrastrada, se paró. Atónita vio a esa vergüenza del
1
concertada: tanto tiempo hacía que no escuchaba una voz humana género femenino darse vuelta, levantar sus harapos y apoyar sus
que no fuera la suya.
Lo primero que sintió fue miedo. No se atrevió a asomarse. Se acer-
j glúteos desnudos en la ingle del hombre.
Pese a la repugnancia y el asombro, se dio cuenta de lo que era eso:
có al ventanuco y. miró a través de los espejos que el portero había el coito.
puesto apuntando a la puerta y al camino. 'i>;_
La inmoral apoyó sus manos en la puerta y se sacudió. Desde su
No podía imaginar qué oscuros designios lo habían llevado a co- t cuarto, aun con la ventana cerrada podía escuchar los jadeos y gemi-
locarlos. Pero ahora le permitían vigilar el acceso y la puerta sin ser .! dos de ambos.
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vista. Y lo que no era menos importante, sin abrir la ventana desper- Los gritos fueron aumentando. La mujer lanzó uno más fuerte y
diciando el precioso calor. tiró la cabeza hacia atrás. Cayó la capucha que cubría su cabeza. ¡Era
Vio venir dos figuras cubiertas con trapos. Corrían, pero no daban rubia!
una impresión de ser perseguidas o estar escapando. No puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede ser, no puede
Se detuvieron a cincuenta metros del edificio y lo abarcaron en su ser. ¡No puede ser María Angélica!
extensión con sus miradas. Evidentemente detectaron la puertita al Miró con detenimiento esas facciones distorsionadas por la luju-
lado del portón principal, porque hacia allí corrieron. ria. Respiró aliviada: no era. No era. Ni siquiera es una mujer, es una
Cambiando de espejo continuó observando. arrastrada, una puta, ¡una rata! ¡Solo los animales hacen eso, gozan,
Intentaron, sin éxito, abrir la puerta. Ni se acercaron a la grande gritan, como esa rata fornicadora!
de hierro. No pudo quitar más los ojos de la zona que unía a los pecadores.
Ahí mismo una de las figuras se apoyó de espaldas a la pared y Entre los trapos por momentos se vislumbraba algún pedazo de piel,
abrazó a la otra. Ella escuchó voces. Una femenina y otra masculina. de carne. Desde su ventanuco miraba. Cuando empañó el vidrio se
No alcanzó a entender lo que decían. Se esforzó pdr comprender lo dio cuenta de que ella también estaba jadeando. Tenía calor, lo que
que pasaba a través de la imagen del espejo. La figura que estaba de .¡ era una sensación extraña. La garganta convertida en madera. Se dijo
espaldas a la pared -la mujer, pensó, sin tener muy en claro el moti- que era el asco, el horror.
1
vo- atrajo a la otra -el hombre- hacia sí. Un grito del hombre, prolongado, mirando hacia arriba, hacia el
Comenzaron a tocarse, buscando meter las manos entre la maraña Cielo.
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~L_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ __
¿Y Dios no hace nada? Por lo menos no era el portero. Este tenía
la cara angulosa y morena, mientras la de aquel era redonda y roja.
Un negro, un negro y una puta. Se deslizó hasta el suelo, la espalda
contra la pared, tratando de serenarse.
Pasó un buen rato hasta que su respiración se normalizó y sus
ideas se aclararon. Cuando pudo despejar la maraña de imágenes que
la atacaban fue a sentarse en la cama.
Decisiones, debo tomar decisiones. Gente significa peligro. Esa
gente, si la podemos llamar así, ofende a la raza humana. Debo tomar 19.GENTE
decisiones. Ahora.
Cuando pudo recuperarse y moverse ya se habían ido por donde Era muy temprano cuando los oyó llegar. Se dio cuenta de que,
habían llegado. Pero eso no la dejó tranquila. Sin bultos ni. provisio- incfuso durante su sueño, los había estado esperando. Los observó
nes tenían que venir de algún lado cercano. por el espejo del ventanuco que apuntaba al camino. Eran unos quin-
Pasó el resto del día buscando.una reja que fuera del ancho del ce. Delante marchaba un hombre, grande e hirsuto, junto a una mujer
pasillo, se desolló las manos desmontándola y calzándola en el marco también robusta.
de la puerta de su cuarto. La afirmó con alambres a unos pitones que Detrás se encolumnaba el grupo en desorden. Por el tamaño al-
atornilló. Luego amuró otro para ponerle un candado, que no falta- gunos eran niños. Iban tan cubiertos con todo aquello que pudiera
ban en la escuela. Finalmente forró los barrotes con tela de mosquite- abrigarlos que costaba disÚJ).guir sexo o edad.
ro por ambos lados para que no se viera d:l otro lado. Pese a todo identificó a la pareja que el día anterior había venido a
Ni las ratas podía~ pasar' por ahí. Obviamente no podría resistir satisfacer su lujuria en la puerta de la escuela. Iban inmediatamente
un ataque en serio, pero le evitaba las sorpresas: nadie que quisiera detrás de los líderes, y se acercaban, señalando el edificio.
entrar podría hacerlo sin generar el suficiente ruido como para que Guando llegaron frente al gran portón de hierro intentaron abrirlo.
ella no se enterara. Lo empujaron y sacudieron sin éxito. Luego se acercaron a la pequeña
Ahora estaba lista. puerta lateral. Patadas y golpes con los hombros solo consiguieron
cansados.
Mientras el jefe enviaba dos grupos, uno para cada lado con la
eviqente intención de buscar otra entrada, se produjo una tregua. Ella
sabía que no existía ningún otro acceso.
Los grupos regresaron y, luego de un breve parlamento, comenza-
\ ron a atacar la madera con cuchillos y navajas. Era claro que, gracias
a Dios, no tenían nada más- contundente, ni había en los alrededores
nada que pudiera servirles como herramienta o ariete.
Ella apenas se aventuraba a abandonar su puesto de observación

57
para hacer sus necesidades o mascar un poco de carne salada. Ni
siquiera se atrevió a alimentar la salamandra, por lo que se puso su
ropa de estar afuera. Reprimió un insulto al calcular cuánta madera
iba a tener que utilizar para volver a templar la habitación.
Se quedó dormida de pie. Despertó sobresaltada pero de inmedia-
to comprobó que apenas habían pasado unos minutos y nada había
cambiado.
Decidió que no podrían con la puerta, y si pasaban aún estaba la
gran reja que, cuatro metros más allá, cubría todo el acceso al hall. Se 20. INVASIÓN Y FIESTA
relajó y se propuso realizar actividades que no hicieran ruido. Rezó y
repasó su ropa, pese a no ser día de cosmra. Por los golpes apenas si pudo pegar un ojo. Siguieron toda la noche,
Volvió a la ventana cuando escuchó gritos de júbilo. En ~1 reflejo y toda la mañana, y toda la tarde.
vio cómo el jefe se arrodillaba y acercaba el ojo a la cerradura. Al finalizar la tarde los gritos se acenmaron. C:uando bajó, pudo obser-
Corrió escaleras abajo, sin hacer ruido, con su espejo de mano. Al var a .través de su espejito cómo entraban en tropel al hall de la escuela.
llegar a la planta baja se agachó y, muy despacio, lo colocó para aso- El.descubrimiento de la gran reja posterior generó un gran silen-
marlo a la semipenumbra del hall de entrada. cio.,La empujaron, la patearon, incluso trataron de derribarla con los
En un primer momento no vio nada, luego algo se movió y un pun- hombros.
to de luz irrumpió en la oscuridad del vesn'bulo: ¡Habían conseguido Finalmente el que oficiaba de jefe dio la orden de detenerse y acampar.
hacer un agujero! Eso indicaba que era cuestión de tiempo hasta que ~Por lo menos estamos bajo techo -dijo.
lo ampliaran y pudieran ingresar. Todavía quedaban unas cuantas ho- Inmóvil, ella apenas si podía aguantar el frío. Subió a su cuarto
ras antes de que llegara la noche. y, en el mayor silencio posible encendió fuego. Los ruidos de abajo
Separó la espalda de la pared gélida. Rezó dos avemarías. Consiguió le indicaban que no }labía mucho riesgo de que salieran y vieran el
calmarse un poco. humo. Masticó algo de charque de pájaro y un pepino en salmuera.
Calculó que si hacfu horas que estaban tntentando abrir la puertita La falta de algo caliente en todo el día, en casi dos días, hacía temblar
<
era prácticamente imposible que pudieran romper la gran reja posterior. todo su cuerpo.
¿Y si estaba abierta? No. Ella misma la había cerrado cuando todos Un ruido de maderas rotas la hizo volver a bajar. Se habían despa-
se fueron. Y sabía positivamente que solo había tres llaves. Dos de rramado por todo el hall, inclusive algunos bultos estaban contra la
ellas estaban en su poder. Sospechaba que el portero debía haberse reja, en la parte más cercana a su puesto de observación.
quedado con la otra. Pero no era posible que el a,squeroso esmviera Habían destrozado los bancos que estaban en la entrada y prendido
en ese grupo, porque hubiera tenido l'a llave de afuera. un ~ego en el centro que llenaba todo de humo. No se podía ver mu-
Colocó varias mantas más sobre la cama y se fue a dormir, no muy cho, y. eso era bueno porque también la protegía de las miradas de ellos.
tranquila. Vio como el jefe distribuía bocados de algo que no pudo identificar.
Vio como una o dos botellas pasaban de mano en mano en la ronda,

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también a los niños. Nunca pensó que fuera otra cosa que alcohol. porque él comenzó a mover sus nalgas lenta y rítmicamente. No le
Pervertidos asesinos les dan veneno a sus propios hijos. Le pareció alcanzaban los brazos para abarcar su propio cuerpo ni las manos
que, pese a la poca comida, el calor y la bebida los alegraban. para taparse los ojos.
La mujer del jefe se paró y convocó a cantar por estar bajo techo. No cabía duda de que eran enviados de Satán. Incubas, súcubos, li-
Empezaron a batir palmas rítmicamente. Algunos cantaban, otros se cántropos, demonios del mal, Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa
paraban a bailar. en socorrerme. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el
Le pareció grotesco y salvaje. Saltaban y giraban, las mujeres en principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.
un sentido y los hombres en otro. En poco tiempo los gritos de Otra Subió las escaleras lo más rápido que pudo intentando no hacer
botella, Otra botella, retumbaron. ruido.
El coro se convirtió en un griterío. Los que danzaban al cruzarse A la pobre luz de la salamandra revisó su Libro de la Vida Cristiana,
se abrazaban. para confirmar que lo que había visto era pecaminoso. Encontró:
Ella creyó ver, pese al humo y el cansancio, que al abdzarse al- LUJURIA: tener un concepto instintivo, no humano, de la sexualidad. No
gunos se tocaban las partes privadas. Asco, asco y asco. Decidió que tener integrados en ella cuerpo y alma. Indudable, una pareja decente no
eran todos degenerados. Los niños saltaban y aplaudían. A veces eran hace lo que ella había visto ayer y hoy para satisfacer una y otra vez
levantados y arrojados al aire y vueltos a atrapar antes de que cayeran sus asquerosos apetitos. Son animales, ratas.
al suelo. Lo tomó como un inequívoco signo de decadencia: el contac- Reducir la sexualidad a diversión, lo dicho, experiencia de sensaciones, re-
to físico tan intenso era ya inaceptable, pero el riesgo sobre la salud clamo y comercio de intereses. No vio que le cobrara, pero no le extrañaría.
de los infantes era imperdonable. Complacerse en pensamientos, deseos, acciones: 'Todo el que mira... de-
No duró demasiado tiempo; luego se fueron desgranando en gru- seando... ya cometió adulterio en su corazón" (Mt 5,17-18). ¡Adúlteros, ré-
pos que se acercaron, .cada uno, a lo que evidentemente eran sus per-, probos, animales!
tenencias. Según el Catecismo Universal de la Iglesia Católica (2351ss), atentan
Junto a los bultos que estaban más cerca suyo se ubicó la pareja, gravemente contra la castidad: la masturbación, la fornicación, ¡eso!,
lúbrica e indecente, que había visto el día anterior. Sintió cómo su la pornografía, ¿el sexo por la boca es pornografía? ¡Seguro que sí!, la
respiración se agitaba y el corazón era un tambor en el pecho recor- prostitución, ¡prostituta!, la violación, la homosexualidad, de eso no vio,
dando las imágenes, las caras enrojecidas, los gritos de lujuria. pero debía haber, seguro.
Desenrollaron una colchoneta sobre el piso. El hombre colocó ¿Qué hacer? Echarlos no podía, exigía un esfuerzo más allá de sus
unas ramas en la reja e improvisó una estructura de la que colgó una fuerzas, pero convivir con ellos estaba fuera de toda discusión. Solo
tela, que apenas conseguía taparlos. quedaba que se fueran cuando no consiguieran abrir la reja. Aunque
Se acostaron, juntos, tras la exigua protección d~la precaria corti- lo más probable era que decidieran usar ese lugar techado como cam-
na. Pero yo los veo perfectamente, inmundos. Se abrazaron y pudo pamento, y poco a poco intentaran abrir. Además la escalera que daba
ver cómo, con lentitud y en silencio, las manoS' de ambos buscaban a su cuarto pasaba indefectiblemente por ahí.
entre la maraña de ropas las zonas prohibidas del otro. Se durmió llena de imágenes de cuerpos rojos que blandían garro-
Él se subió encima de ella. En un par de intentos pudieron calzarse, tes del mismo color, chorreantes de barro.

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En medio de la noche la despertó un griterío. Alaridos. Golpes. Se
vistió a toda velocidad, tomó el atizador y bajó sigilosamente.
Pudo ver cómo huían, atropellándose en la puerta rota. Dos de
ellos quedaron tirados en el suelo, cubiertos de ratas.
Subió corriendo, desencajada, aterrada. Rezó en cuclillas, al lado
de la salamandra, hasta el amanecer.
Descolgó el trapo negro que había colocado en la ventana para que ' ~
no saliera el resplandor del fuego. Miró un rato para afuera sin ver a
nadie. Decidió encarar la masacre. Bajó con cuidado. No se veían ratas. 21. EL NUEVO ALTAR

Con su llave abrió la reja. Los dos cuerpos casi no tenían carne
sobre los huesos. Había unas cuantas ratas muertas a golpes, tiradas No es lo mismo cuerear una rata que quitarle la piel a un pollo. Por
en el suelo. suerte, por sus clases, tenía el cuchillo adecuado.
Un rayo de luz bajó desde el cielo hasta su conciencia: las ratas la Clavó las pieles estiradas en unas tablas, afiló una cuchara y raspó
habían salvado. Las había enviado Cristo. A ella nunca la atacaron así. toda la grasa adherida, les puso sal y las dejó varios días. Quedaron
Eran las enemigas del pecado y la <Concupiscencia. Eran sus herma- como cartón. Sobre un taco de madera las golpeó con otro hasta que
nas. Hermanas en Cristo. se ablandaron. No tenían ese olor repulsivo que sentía en la puerta
Rezó por el alma de las ratas muertas, levantó sus pobrecitos des- del sótano.
pojos moqales.y los llevó consigo. Tomó la cruz de su altar y la fue cubriendo con las pieles. Las clavó
con tachuelas, orando mientras trabajaba: Oh, Dios, Unidad suprema y
amor verdadero: concede a tus hijos un solo corazón y un solo espíritu, para
que vivan en concordia. Por jesucristo Nuestro Señor. Oh, Dios, Unidad su-
prema y amor verdadero, concédenos a tus criaturas un solo corazón y un solo
espíritu, para que vivamos con las ratas en concordia, y para que la Iglesia,
·cimentada en la verdad, se una con ellas. Porjesucristo Nuestro Señor.
Y así hasta terminar, cada vez agregando más invocaciones a la co-
munión entre la Iglesia y sus animalitos, hermanas en Cristo.
Con los huesos construyó al Cristo sobre la cruz. La cabeza de una
de sus queridas mártires, laboriosamente descarnada, coronó la figu-
ra. Con alambre de cobre que extrajo de un cable tejió una coronita
de espinas.
No quedó tan prolijo como a ella le hubiera gustado, pero no era
una decoración, era una integración, una miscigenación, hubiera dicho
el padre Layseca, aunque ella no supiera bien qué quería decir eso.

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Estaba orgullosa de su obra, de su nuevo Cristo, del Cristo de las
Ratas.
Volvió a colocar la cruz en el altar. Se arrodilló y rezó nuevamente
su oración, oración a las ratas, como la llamó.
Se levantó presurosa. Buscó la carne de sus pequeños mártires que
tenía congelada en el antepecho del ventanuco y la depositó al pie
del altar.
Rezó una, dos, tres veces. Ahora están benditas. Las devolvió a sus
hermanas. 22.PÁNICO

No podía dejar así la puerta por la que había entrado la tribu de los
lujuriosos. Era una invitación a cualquier otro que pasara por ahí.
Era cierto que sus amigas la defenderían, pero Dios ayuda a quien se
ayuda.
Lamentó tener que sacrificar maderas para otra cosa que no fuera
quemarlas, pero no encontraba otra manera de solucionar el tema sin
que se notara.
Juntó las tablas que necesitaba, las fue llevando, de a una, hasta
abajo, y fue acarreando también ladrillos, arena y cemento. Nunca
había hecho mezcla. Era un problema. Esperaba que la nieve al agi-
tarla se combinara.
Clavó y atornilló las tablas del lado de adentro de la puerta peque-
ña que habían roto. Le costó mucho trabajo, la madera casi congelada
era como piedra. Cuando terminó se dio cuenta de que ahora, para
tapiar la puerta, debía salir por el portón principal. Si hubiera hecho
eso primero, con la puerta abierta, ahora no tendría que trabajar a la
intemperie. Pero la sola idea de deshacer todo su trabajo para tener
que hacerlo otra vez la hizo resignarse.
Abrió el portón grande de hierro con la llave. Hacerla girar requi-
rió toda su fuerza. Acarreó todos los materiales hasta afuera, al lado
de la pequeña entrada.
Entre su fal~a de destreza y la cantidad de ropa que tenía puesta la
tarea era bastante complicada. De la tinaja con agua que tenía en su

6s
cuarto rompió la capa superficial de hielo y tomó un balde. Bajó con La puerta se había cerrado, y ella estaba del lado de afuera; acababa
él, apurándose antes de que se hiciera hielo. de tapiar la otra entrada. No tenía comida ni manera de prender fue-
Puso partes iguales de arena y cemento con nieve y el poco de go. Allí, en el exterior, quedaban solo dos cosas: ella y el frío. Y el frío
agua, y pudo hacer una mezcla que parecía razonable. Se apuró a era el más fuerte.
poner los ladrillos antes de que se solidificara. Se enderezó. Dejó caer las manos a los costados. Padre nuestro que
Tardó un par de horas. Tuvo que hacer mezcla dos veces más, la estás en lo~ cielos... se dio vuelta y apoyó su espalda contra el portón.
segunda vez probó con más arena que cemento y le salió mal, pero Volvió a mirar, esta vez abarcando un círculo mucho más amplio; sus
de todos modos la utilizó. Recién la última quedó de un modo que le ojos le devolvieron lo que ya sabía: nadie.
satisfizo. Se asombró de sí misma: estaba haciendo todo ese trabajo par~
Cuando puso el último ladrillo se alejó unos pasos para observar evitar los intrusos y ahora clamaba por la presencia de otro, de cual-
su obra; no era perfecta, ni prolija. Sospechaba que si se la empujaba quiera.
con un poco de esfuerzo debía derrumbarse, pero desde afuera se Se vio caminando para combatir el frío, se vio agotada, sin poder
veía una puerta tapiada con ladrillos. A nadie, creía, se le iba a ocurrir mantenerse en pie, se vio sentándose, acostándose hecha un ovillo,
entrar por ahí, y si tiraban su pared se encontrarían la puerta que sintió el sopor que sabía produce el frío, se vio durmiéndose, vio su
tenía las tablas cruzadas detrás. carne dura, helada, tirada en el suelo frente a la puerta de su escuela.
Eso podía darle tiempo, no tenía muy claro para qué, pero le daba El instante de inmovilidad hizo que los pies y las manos empe-
tranquilidad. zaran a perder temperatura. Pateó y sacudió los brazos, se palmeó
Estaba sonriendo frente a su trabajo cuando una ráfaga de viento los muslos, algo metálico sonó en el bolsillo del delantal de trabajo.
empujó el portón grande. Metió la mano sin quitarse el guante: el llavero. Gracias, Dios mío,
¡Si se cerraba la puerta quedaría encerrada afuera! por no abandonar a tu sierva. Gracias.
Corrió hundiéndose en la nieve, intentando ganar velocidad. Se Sus manos temblaban tanto que no podía colocar la llave en la
hundía, era como cámara lenta, el portón se movía lentamente, gimien- cerradura. Finalmente entró hasta el fondo. Giró pacía la izquierda:
do. Cada paso era acompañado por un crujido de los goznes, quiso nada. ¡Estúpida, es para el otro lado! Giró hacia la derecha. El estremeci-
apurarse más. Ya estaba llegando, ya faltaban dos metros, uno, nada. miento se trasladó a todo su cuerpo, hizo más fuerza. ¿Podía llegar a
Sus manos enguantadas se apoyaron en el portón en el instante en romperla? Era, otra vez, ver su propia muerte.
que la cerradura hacía clac. Volvió a ejercer presión. El mecanismo giró unos milímetros, tuvo
Así quedó, con el cuerpo inclinado hacia delante, los brazos exten- que parar a descansar. Caminó diez pasos a cada lado, al ritmo de su
didos apoyados en la puerta, el asom]:>ro dibujado en los ojos, la boca rezo, e intentó de nuevo. Cedió, dio toda la vuelta.
abierta, jadeando. Abrió la puerta tratando de contener las lágrimas. No llorar, ya no
Miró hacia un costado, luego al otro. Se sintió estúpida, nadie po- podía llorar; afuera no se puede llorar, el frío no deja llorar, no hay
día verla, no había nadie, ni siquiera sabía si alguien había sobrevi- lágrimas en el frío.
vido. Sabía que ella estaba viva, pero acababa de anoticiarse de que
muy pronto podía dejar de estarlo.

66
escuela con su ropa, para cuando venía a dar misa. Descubrió que sus
hijas, sus hermanitas en Cristo, habían destrozado la mayor parte.
Pudo rescatar una casulla blanca y una estola verde, que era la más
común. Estaba segura de que Dios Nuestro Señor no se enojaría si no
usaba los colores adecuados para cada celebración.
Allí mismo se probó la mitra del obispo, pero con el pasamontañas
puesto no le calzaba bien y se le caía, y no era posible estar fuera de
su cuarto sin él. Más aún, dudaba que sus feligresas la reconocieran a
23. PREPARACIÓN-DE LA MISA cabeza descubierta. Pensó en el báculo, temió que las asustara, pero
también era necesario defenderse en caso de que no las pudiera ma-
La idea le rondó por la cabeza durante días. Hasta que se decidió. nejar, y le pareció más adecuado que alguna de sus armas habituales.
Primero eligió el lugar: en el pasillo, frente a la puerta del sótano, Encima del capote de estar afuera se probó las prendas. Había un
la casita de mis queridas hermanas, de espaldas al patio. Colgó entre espejo y se acercó con cuidado. No se reconoció, apenas se le veían
las columnas un resto de toldo plástico, para que le hiciera de telón los ojos, la casulla la hacía gorda, claro, con toda la ropa que tengo
de fondo y para frenar un poco el viento helado. Era color amarillo, debajo. Estaba un poco raída y rota, pero un par de zurcidos la iban
no muy respetuoso, pero no tenía otro. a dejar como nueva.
Buscó un vidrio de tamaño suficiente, que estuviera entero. Con Volvió a probarse la mitra, apretándola para que no se cayera. Si
tres ollas grandes que trajo de la cocina armó un altar. Si lo hago de no la usaba mucho rato no le iba a doler la cabeza. Le gustó la imagen
madera se lo comen. Quedó a la altura de sus rodillas, es bajo, pero que vio, el dorado contrastaba con el negro del pasamontañas. Miró
ellas también son chiquitas. Trajo una cruz de uno de los altares late- hacia arriba, avergonzada. ¿Sería pecado de soberbia? Se la quitó rá-
rales de la capilla. Finalmente la colgó también de las columnas, con pidamente y, en la duda, corrió a ponerse el cilicio por un rato.
alambre, frente a su telón de fondo. Revisó los implementos y repasó lo que iba a hacer. ¡Las hostias!
Para guardar los implementos se decidió por un armario metálico, Nó habían dejado ninguna, y por otro lado su feligresía no iba a co-
pequeño y con puerta vidriada, que estaba en, la enfermería. Había merlas, aunque comen cualquier cosa; debía elegir algo más tentador.
intentado desarmar alguno de los altares, pero es~aban empotrados y Pero ¿cómo consagrarlas?
consideró que no era imprescindible. Pensó un largo rato sentada al lado del fuego. Recordó sus lecturas
Llevó el cáliz, el copón, la patena para las hostias y un par de can- deLLibro de la Vida Cristiana y se decidió por lo más práctico. Eligió
delabros. También tomó conciencia de su propia ignorancia: no tenía de' su depósito, en el ventanuco, dos gaviotas congeladas, las puso en
del todo claro el uso de cada implemento. Toda la vida viendo misa y el altar de su cuarto y rezó un rato frente a ellas, de rodillas sobre
no saber cómo se usan, claro, los monaguillos son varones. Confiar en su alfombra de manta. Luego se pasó revisando su misal y su Biblia,
Dios y en la fe. Ya se arreglaría. tomando notas, hasta que se desmayó de sueño.
La ropa fue otro tema. Había visto miles de curas oficiando, car- Casi no podía aguantar hasta el día siguiente, domingo.
denales inclusive. El propio obispo de la zona tenía un armario en la

68
Tomó el báculo del que colgaban las gaviotas consagradas y regresó
hasta la puerta del sótano.
La abrió.
Tuvo que esperar unos minutos saltando en un pie y en el otro para
combatir el frío. Las más viejas aparecieron primero, como siempre. De
todos modos eran unas cuantas, más de veinte. Se acercaron lentamen-
te a la carne que estaba en el suelo, con los ojos fijos en ella. Cuando es-
taban a unos· centímetros de la carne golpeó el piso con el alto bastón.
24.LAMISA
Dos docenas de ratas se inmovilizaron y le clavaron la mirada.
Aprovechó para empezar.
Despertó antes .de que amaneciera. Luego de desayunar, bajó hasta el -En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo -intentó
altar, sacó del mueble el cáliz, también puso el copón y la patena, aun-
que su voz fuera clara y sonora, pero le temblaba un poco, más aún
que no los iba a usar, pero si no todo quedaba como desnudo. Como
cuando se dio cuenta de que su feligresía no iba a contestar.
Corporal utilizó el único repasador que le quedaba entero; le había bor- -Amén -respondió, dándole a su voz una inflexión diferente.
dado una pequeña cruz en un ángulo, para que Dios no tuviera que
Las ratas aprovecharon para comer en un instante lo que les había
dado. Lu~go siguieron expectantes, con los ojos fijos en ella, o en el
hacer tantas concesiones. El resto de su carga estaba conformada por
su propio misal, que sería el Leccionario y una botella de vino entibia-
resto de comida que colgaba del báculo, en sus manos.
da en la estufa y envuelta en trapos, para que no se congelara.
-<-El Señor esté con vosotros ... -cambia el tono-: Y con tu espíritu.
Dejó todo más o menos preparado sobre el altar y corrió a vestir- -Hermanos. No, perdón, Hermanas ratas: antes de celebrar los
se. Antes se arrodilló en su propia capilla y pidió perdón a Dios por
sagrados misterios reconozcamos nuestros pecados -continuaba el
cualquier error que pudiera cometer.
silencio expectante, pero por lo menos las que estaban no se habían
Se puso la casulla lentamente, besó la estola antes de colocársela, ido, y aparecierqn otras en la puerta que, lentamente, se iban adelan-
como había visto hacer.tantas veces, y colgó del báculo del Obispo los
tando. Ya tenía un auditorio más amplio, lo suficiente como para no
cuerpos de las gaviotas, ya desplumados y untados en aceite para dar
poder calcular el número, bastante como para darle mucho miedo.
mejor impresión. Llevaba también un par de pájaros sin consagrar,
-Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotras, Hermanas ra-
para el comienzo.
tas, que he pecado mucho, de pensamiento, de palabra, obra y omisión.
Bajó las escaleras con lentitud y movimientos_ amplios, para darle
-Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa -hablaba
al momento la solemnidad que se merecía. Caminó despacio, como
con los brazos levantados, como siempre había visto hacer, y los le-
una novia, como la novia de Dios, como el Obispo, como la Obispa,
vantaba un poco más, para frenarlas, cuando veía que se acercaban
hacia su altar. Colocó en el suelo, delante de la puerta del sótano, 'las
demasiado. No soltaba el cayado, era su convocatoria y su defensa.
gaviotas destinadas a la Convocatoria.
-Por eso ruego a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a
Sonrió al notar que estaba pensando con un lenguaje digno de la
los santos, y a vosotras, Hermanas ratas, que intercedáis por ~ ante
Misa.
Dios, nuestro Señor.

70 71
-Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotras, perdone Pensaba a toda velocidad, y recitó el Credo salteándose las pala-
nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna -el femenino le pareció bras.
más acorde. Estaba segura de que había machos, pero se sentía mejor ' -El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y glo-
si las pensaba así, como sus hermanas. ria de su Nombre, y para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia
-Amén. Oremos. -Tenía preparada la oración a San Antonio . ._levantó el cáliz y vertió dentro un poco de vino.
Abad, patrono de los animales domésticos. No sabía si eso las incluía Recién en ese momento se dio cuenta de que no estaba consagrado,
a ellas también, pero era lo más parecido que había podido encontrar. que no era vino de misa sino uno cualquiera que había encontrado.
Decidió que no podía mantenerlas por más tiempo quietas. Su voz -Perdón, Dios, mi Señor, perdón, no pude estar en todos los
parecía contenerlas, aunque tampoco quería abusar. El riesgo era que detalles.
la abandonaran, predicando en el desierto, o que la atacaran para Las ratas eran una masa gris que la miraba; no podía creer que
alcanzar la comida que tenía colgada, y no quería arriesgarse. . estuvieran inmóviles. La palabra de Dios, están recibiendo la palabra
-Tú que estás sentado a la derecha del Padre para interceder por de Dios. Bendito seas, Señor.
nosotros: Señor, ten piedad. Señor, ten piedad -recitó apurada, mejor Apurarse, seguir cortando la misa. Pasó las páginas de su misal. Ya
saltear el Kirie, y no quería evitar el Credo, pero no podía dejar pasar no tenía muy claro ni por qué parte iba.
el Gloria también. -La sangre de Cristo -levantó la copa y bebió.
-Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres, y a las ra- -El cuerpo de Cristo -agitó el báculo.
tas, que ama el Señor. Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, Un temblor recorrió a su público, las narices y los bigotes vibra-
te adoramos, te· glorificamos, te damos gracias. Señor Dios, Dios Padre ban. No había pensado cómo hacer para repartirles sus hostias. Fue
Todopoderoso. Señor Hijo único, Jesucristo. Señor Dios, Cordero de desgarrando la carne con sus dedos, los guantes se mancharon con
Dios -había evaluado seriamente la posibilidad de cambiar "Cordero aceite. Los cuerpos de los pájaros ya estaban duros, cerca de congelar-
de Dios" por "Rata de Dios", pero le pareció que no podía extralimi- se. Fue arrojando bocados a sus feligresas, temiendo que se mataran
tarse tanto-, Hijo del Padre; tú que quitas el pecado del mundo, ten entre ellas. Pero no, primero comieron la~ -viejas, luego las demás, de
piedad de nosotros; tú que quitas el pecado del mundo, atiende nues- a poco, como si respetaran una jerarquía. Mientras tanto ella seguía
tra súplica; tú que estás sentado a la derecha del Padre, ten piedad de tirando carne y hablando, para esconder su miedo. Los chirridos de
nosotros; porque solo tú eres Santo, solo tú, Señor, solo tú, Altísimo las ratas sonaban como rezos a sus oídos.
Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre. Amén. -Amén.
-Es palabra de Dios. -Por Jesucristo Nuestro Señor.
-Te alabamos, Señor. -Amén.
-El Señor esté con vosotros. -El Señor esté con vosotros.
-Y con tu espíritu. -Y también decidió sakear el párrafo del -Y con tu espíritu.
Evangelio. -La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu
Síntesis, síntesis, lo importante es que coman la carne de Cristo, es Santo, descienda sobre vosotros.
lo más importante. -Amén.

72 73
-Podéis ir en paz.
-Demos gracias a Dios.
Como si lo hubiera calculado, entregó la última hostia, el último
pedazo de gaviota.
Con el báculo como protección, por si alguna no había recibido la
paz de Cristo, caminó solemnemente por el pasillo hasta la escalera
que la llevó a su cuano. Cuando regresó un rato más tarde, ya despo-
jada del hábi.to de oficiar, no quedaba ninguna.
Un éxito. El domingo siguiente le saldría mejor. 25. EI. ENEMIGO

Era una mañana clara, como si las nubes hubieran dejado de ser
socias del frío y permitieran pasar un poco el calor del sol. Parecía,
contra lo que decía el termómetro, que el aire estaba menos gélido.
Bajó las escaleras tarareando, pasó frente a la puena del sótano e
hizo una inclinación de cabeza, buenos días, hermanitas en Cristo.
llevaba un morral para guardar los pájaros que hubieran caído en las
trampas. Cargaba también el atizador para darles en la cabeza antes
de meterlos en la bolsa, por si alguno estaba vivo. No era muy proba-
ble, ya que el frío los mataba, pero a veces estaban solo adormecidos,
y prefería evitarse otra vez la desagradable sensación de un animal
aleteando desesperado entre sus manos.
Subió con cuidado las escaleras que llevaban al primer piso; eran
de mármol y siempre había escarcha, lo que las hacía muy resbala-
dizas.
Se acercó a la primera trampa, colgada fuera de la baranda. Raro,
vacía. La segunda tenía solo una pata de gaviota, como si el resto del
,, animal hubiera volado. La tercera, algunas plumas.
,z,; Se detuvo a reflexionar: era la primera vez que nada caía. En al-
guna oponunidad ~abía encontrado alguna trampa vacía porque el
pájaro había conseguido escapar. Pero hasta ahora su caza había sido
un éxito tal que, si no hubiera sido porque estos bichos tenían tan
poca carne y debía compartirla con sus ratitas, no hubiera necesitado
armar las trampas diariamente.

'74 75
Estaba cabizbaja, y entonces las vio: huellas de gato, de gato grande, Colocó gaviotas que tenía de días anteriores en las dos primeras tram-
mucho más grande que cualquier otro que hubiera visto. pas: era un sacrificio importante en su reserva, pero valía la pena el riesgo.
Gato no puede ser, tigre tampoco; de eso por acá no hay. Es un A último momento llevó mantas con las que forró el piso y las pa-
felino, claro, tigre, pantera. No, de esos había solo en los zoológicos y redes del cuarto; suponía que el frío iba a ser terrible. Había prepa-
ya no debe quedar ninguno. rado para ella misma un capote con cinco frazadas superpuestas; era
Recorrió el resto de las trampas: todas vacías. pesadísimo, pero no le importaba porque no se iba a mover, para no
No era cuestión de identificar al animal, el problema no era ese; el delatarse iba a tener que quedarse quieta.
problema era el hambre. Si no hay caza no hay carne, si no hay carne Podía intentar caldear el lugar, aunque no demasiado para que la
no hay comida, si no hay comida solo queda el frío, y la muerte, claro. bestia no la detectara por eso. No estaba segura de si iba a poder so-
Muerte de ella y de sus ratas, aunque sospechaba que ellas Se arregla- portar el frío, el mayor peligro no era el animal sino dormirse: podía
rían bien, aun sin su ayuda. no despertar nunca.
Pasó el resto del día ocupándose de sus actividades normales, pero Por si no podía aguantar se llevó unas maderas y elementos para
sin poder quitarse el asunto de la cabeza:·debía pensar en algo. No se prenderlas. Perdería su puesto de observación, pero no la vida.
le ocurrió nada. Por la noche le costó dormirse y lo hizo mal, agitada. Sospechaba que la fiera no aparecería hasta un rato después de
Sin desayunar corrió a ver las trampas que había vuelto a armar la que bajara el sol, por lo que apenas oscureció llevó una docena de la-
noche anterior: nuevamente todas vacías. drillos calientes hasta el escondhe, los apiló y colocó arriba la silla
No podía quedarse de brazos cruzados. Su reserva era solo para al- que tenía preparada. Se sentó y cubrió todo con su capa.
gunos días; racionando incluso la porción destinada a sus protectoras Desde abajo le venía un agradable calor, la madera de la silla es-
y amigas, podía llegar a una semana, diez días. Tenía que hacer algo taba hasta un poco demasiado caliente, esto es lo que debía sentir el
muy pronto, y para eso necesitaba saber a qué se estaba enfrentando. asqueroso del portero. Saltó de su asiento, rezó, volvió a acomodar
Decidió. Era una locura, era un riesgo enorme. Pero se decidió: no todo. Esta vez ubicó los ladrillos debajo de sus piernas con lo que
tenía otra alternativa. corrió el calor un poco para adelante.
Se preparó concienzudamente. En el primer piso, justo frente a El atizador en la mano derecha, por las dudas.
la primera trampa, había un cuarto que antes se usaba para guardar Se quedó inmóvil, rezando. En su ruego pedía poder ver a su ene-
cachivaches; más que cuarto era un placard que, además de la puerta migo antes de que el frío la hiciera huir.
de madera, tenía otra de reja. En la medida que la temperatura escapaba de su cuerpo avanzaba
Lo recorrió en detalle, taponando todas las fisnras, recubrió la reja el sueño; no tenía idea de cuánto tiempo había pasado.
con tela metálica, del piso al techo. Con esto intentaba evitar el acce- A través del mosquitero vio una sombra, no pudo evitar un movi-
so de sus hermanitas ratas. Sus queridas compañeras podían tener miento sobresaltado que hizo que la figur~ se detuviese. Era un tigre,
de noche otro comportamiento que durante el día, y era la primera no, no puede ser, un puma, eso, un puma, la palabra había venido a su
vez, desde la invasión de los lujuriosos, que iba a salir de su cuarto mente, gracias, Diosito, por enviármela.
después del ocaso. No muy grande, debía medir poco más de un metro y medio de
Se obligó a dormir una siesta para soportar la noche. largo, flaco.

77
El animal saltó sobre la baranda como si no pesara y ella se levantó
despacio para verlo mejor, su capa de mantas tocó los ladrillos que
tenía debajo y tiró alguno.
La figura entonces se convirtió en una ráfaga de sombra y desapa-
reció. Se escuchó una patinada en la escalera, un golpe sordo, y los
pasos rápidos de su huida.

26. LA SOLUCIÓN

¿Cómo había entrado? Si estaba de este lado es porque algún acceso


existía, si podía pasar un puma podía hacerlo el portero u otro hu-
mano, y ella no quería, de ninguna manera, tener contacto con otra
gente.
Pero, bueno, los felinos hacían cosas que la gente normal no. La
cuestión era encontrar una .manera para que se fuera. No podía en-
frentarlo, evidentemente era un animal salvaje y podía atacarla.
Ahuyentarlo no se le ocurría cómo. ¡Cazarlo!
Pero ella, profesora de Economía Doméstica, no tenía idea de cómo
cazar un puma, encima uno hambriento.
Recorrió la Enciclopedia: caza, cacería, puma, trampa, nada. No
pudo sacar ni una idea. Abrió la Biblia al azar: San Lucas 14,15: La
oveja perdida. Leyó la parábola en la que Cristo dice a los fariseos
y escribas que hay más fiesta en el cielo por un pecador que se arre-
piente que por noventa y nueve justos. ¿Cómo vería Dios que ella
cazara una de sus criaturas? Las gaviotas eran otra cosa, eran para co-
\
mer. ¿Y si el puma era una oveja perdida? ¿Cómo haría ella para
decidir? Volvió a abrir la Biblia: Epístola a los Romanos 12.,10: Deberes
para con el prójimo. Lo leyó concienzudamente.
Ya sabía qué hacer, el puma no era su prójimo, él se comía las gavio-
tas y se comería a las ratas si estas lo dejaran. Debía matar al puma.
Pasó la noche casi en vela, pensando. Con el primer rayo de luz
vino la idea.

79
su cuerpo es una llaga, un dolor, un ardor, tanto que desea llegar al
Gólgota, desea ser crucificada entre los ladrones, mirar a Barrabás y
amarlo, como un hermano en el dolor, como un hermoso ejemplar de
hombre moreno con ojos y cejas negras, y el pecho cubierto de vello
oscuro de pecador, de ladrón. Cae, y Magdalena se acerca a ayudarla,
tiene la cara de María Angélica pero cuerpo de rata, como el pueblo
de ratas que llora a su paso. Vuelve a caer, se levanta a duras penas,
llegan, la acuestan sobre los maderos, el Portero martilla los clayos en
27. NUEVO CRISTO sus manos, sus pies, el dolor ya es una parte de su cuerpo, la Madre
Superiora, en su uniforme de soldado romano, impide que agreguen
Y Pilatos ordena a los soldados que la azoten. Los soldado~ romanos un clavo en su sexo, es izada, ya no siente nada, solo Inira a la mul-
son tres, con sus uniformes y sus cascos, tienen los cuerpos yJas caras titud de ratas congregada a su alrededor, siente que tiene que gritar
del portero, de la Madre Superiora y del padre Layseca. La azotan, ar- Padre, ¿por qué me has abandonado? En el momento en que su boca se
man una corona de espinas entretejidas que ponen sobre su cabeza, la abre para proferir su grito, el pueblo, las ratas, se mueven como una
visten con un ropaje púrpura, se arriman a ella y se mofan: Salve ¡oh, ola marrón, gris, trepan el madero, trepan a la cruz, cubren su cuerpo,
reina de las ratas! Le dan bofetadas, Pilatos sale y dice a los príncipes, y cada pequeña pata es un bálsamo en su cuerpo castigado.
los sacerdotes, los magistrados y al pueblo todo allí reunido: Yo no Ahora sabe que desde lejos su cuerpo se ve como una masa de ratas
hallo en ella delito ninguno, y luego se lava las manos, entonces ella es que la besan, la lamen, la untan del amor que Dios puso en la tierra
condenada por aquella indig'na asamblea a la crucifixión. para todas sus criaturas, siente cómo penetran en todos sus orificios,
Y carga la cruz, la túnica roja apenas la cubre, uno de sus pechos un éxtasis la invade y aúlla, no el reclamo a su Padre sino el amor a
escapa por un costado, los soldados le dan latigazos, ella los recibe, las criaturas, el sentirse una con sus ratas, en su cuerpo, entre sus
la corona de espinas hiere su frente, la sangre llega a sus ojos y no la piernas.
deja ver a la multitud que se arremolina para verla pasar. Sabe que la historia se repetirá, ella se elevará al Cielo a sentarse a
Es su pueblo, que llora por ella, por su sufrimiento, todos tienen su diestra, ella, que es las ratas, se sentará junto a Dios Padre, por fm,
cara de rata, son ratas, y ella piensa que debería decirles que no, que exhausta, relajada, feliz.
no lloren, que no sufran por ella, que lo hagan por sí mismos, pero no Despertó tarde, transpirada y con las manos, los pies y todo el
puede recordar las palabras de la Biblia y los latigazos le duelen, el cuerpo dolorido.
seno que se le escapa la llena de vergüenza y dolor, e imagina, ya que
no puede ver, las marcas del látigo que le cruzan e~ pecho y atravie-
san el pezón, y la sangre que corre por su frente, por su pecho, que
nunca va a amamantar a nadie, menos al hijo de Dios que es ella
llevando la cruz, porque no hay Simón Cireneo que le lleve la cruz,
que se le clava en la espalda, en el hombro, que también sangra. Todo

Bo 81
colocó entre la puerta de reja y el marco un palo de treinta centímetros
de largo para que se mantuviera abierta.
Con esto la puerta se cerraría si caía la traba superior, pero seguía
teniendo dos problemas: el primero era cómo hacer para que la tra-
ba de la puerta cayera cuando el puma estuviese dentro; y el segundo
era cómo mantener cerrada la puerta, en caso de que el animal tuviera
fuerza suficiente para empujarla.
De a uno por vez: era necesario tener listo el cebo. Fue hasta el ta-
28.ELCEBO ller, cortó un trozo de alambre de púas y puso una punta en la morsa.
Comenzó a enrollarlo con una pinza. Se lastimó las manos y lo que
Estaba orgullosa 'de sí misma, de su capacidad de razonamiento: el consiguió hacer era demasiado grande.
mismo cuarto donde había visto a su enemigo serviría para cazarlo; Recordó cómo enseñaba a sus alumnas a hacer el pompón de un
era pequeño y tenía reja para encerrarlo, el problema era cómo hacer gorro. Tomó alambre e hizo un rulo de un centímetro de diámetro, en-
para que entrara allí. Con un cebo, evidentemente. Y el mismo cebo hebra otro, y un tercero. El resultado era una estrella de seis puntas.
que lo haría entrar sería el que lo mataría. El primero se desarmaba apenas lo tocaba, lo intentó de nuevo, y otra
Había, de todos modos, una serie de cuestiones técnicas que no vez. El tercero fue bastante firme.
había resuelto. La habitación era una jaula en sí misma, y ya sabía de Hizo otros dos, por las dudas. Miró su obra sonriendo: tres abro-
c¡Ué modo llevarlo hasta allí, pero ¿cómo cerrar la puerta y asegurar- jos metálicos, manchados con su propia sangre. Las manos le dolían,
la? Por más que fuera un gato grande tendría mucha más fuerza que debía curarse pronto, pese a que con esas temperaturas el peligro de
ella, y de la velocidad ni hablar. infección era muy bajo.
Si fallaba en su intento no podía imaginar lo que pasaría con la Ahora sí: recubrió sus cebos con la grasa que juntaba para prote-
fiera enloquecida y hambrienta. ¿Podría inventar un sistema que fun- gerse la cara en el exterior y quedaron tres esferitas opacas que en un
cionara sin su presencia? La experiencia con las trampas para ratas breve rato estaban congeladas. Las llevó a la jaula (ya la llamaba así)
debía servirle. y empezó a intentar equilibrarlas en una madera, de tal modo que
No tenía tiempo para realizar demasiadas pruebas, no era una ex- al retirar aunque sea una de ellas tumbara una silla apoyada en dos
perta en felinos, pero estaba segura de que si faijaba la primera vez el patas y eso hiciera caer el contrapeso que cerraría la puerta.
animal no caería una segunda. Estuvo horas intentado hasta que al final lo logró. El problema era
Pensó, dibujó, hasta hizo una maqueta con maderitas; y puso ma- que no podía garantizar que funcionaría con el puma. Pero no tenía
nos a la obra. alternativa.
Como primera medida atornilló una gran arandela a la viga de ma- Ahora la segunda cuestión: si el puma estaba adentro ¿cómo asegu-
dera del techo del cuarto, a un metro de la puerta. Por allí pasó una rarse que no empujaría la puerta y saldría? No debía dejar de tener
soga de la que colgó un hierro que pesaba, creía, más que el puma. en cuenta que cualquier ser vivo desesperado desarrolla más fuerza
Luego ató la soga con un alambre a la parte superior de la reja y que la normal.

82
El contrapeso que trababa la puerta no era liviano, pero ella podía
levantarlo, y su cálculo del peso del puma era completamente arbitra-
rio y, por lo tanto, muy inexacto. Exactitud era seguridad, inexactitud
era peligro.
La solución la encontró de casualidad: al volver a su cuarto observó
el gran portón de entrada y vio las antiguas cuñas en donde se calzaba
una viga que atravesaba la puerta.
Quitar una de ellas y colocarla en el primer piso fue una tarea de
titanes. ¿Resistiría los embates del puma?
Del otro lado puso, amurada con tornillos, la madera que serviría
de traba: una viga que el Señor le envió, del largo justo y con un agu- casi no le quedaban provisiones, a lo sumo tenía para un día más.
jero en una. punta por el que pudo pasar alambre de modo de que se había propuesto descansar porque al día siguiente era domingo,
afirmara y girará libremente. de paso repetir las pruebas para estar más segura, pero no podía
Las pruebas fueron agotadoras. Con un hilo tiraba, desde afuera, uno -6 ·~~····~· otra jornada de angustia. Su ansiedad le dijo que erá esa
de los cebos, esto desequilibraba la madera que volteaba la silla que
sostenía la madera que trababa la puerta. Allí caía el contrapeso J,Comió bien; sabía que el hambre haría que sintiera más el frío, y
que cerraba la puerta y cuando esta llegaba al marco dejaba de contener eso la haría adormecerse, y eso sería su muerte. Por otro lado esta
la tranca que caía y terminaba de <tsegurar J.a reja.
¿Funcionaría? · · Colocó los cebos en la trampa, preparó las puertas, las trabas, y se
. fue a su cuarto.
No era lo que hubiera querido, había imaginado mil métodos: con
esP.ejos, campanas, inclusive prepararse otra jaula para poder obser-
var, pero todo era demasiado dificil y largo, y no podía esperar más:
sin comida no iba a poder sobrevivir.
De todos modos su trampa hacía suficiente ruido como para es-
cucharla desde su cuarto; los sonidos eran más claros desde que el
mundo había quedado vacío.
La ansiedad no la dejaba estar acostada, dio vueltas y más vueltas,
rezó todo lo que se acordó; la noche parecía no pasar. Si el animal no
\
venía y entraba en la trampa iba a estar en un problema.
Se' sentía agotada, se sentó un momento en la cama y cerró los ojos.
Un ruido metálico seguido de un rugido la sacó de su sopor. Se ha-
bía Cflledado dormida con el cuchillo en la mano izquierda y un hierro

85
afllado en la derecha. Bajó la escalera corriendo y fue todo lo rápido cfue tenía fuego, que tenía la posibilidad de no sentir en cada minuto,
que pudo a revisar su trampa. cada instante, las agujas heladas en los huesos, en la piel, en las patas.
Desde lejos pudo ver la puerta de reja que se sacudía con los tope- Vio a través de los ojos de la fiera la muerte de cientos, miles de ani-
tazos del animal; la traba que había caído no estaba del todo calzada y males, lo vio masticar carne congelada durante largo rato hasta que
podía salirse en cualquier momento. Pese a la urgencia y su miedo se comenzaba a ablandarse en su boca, a soltar algo de sangre, algo de ali-
acercó despacio. Tenía que evitar la transpiración que la haría morir mento. Conoció el mundo exterior como estaba ahora, sintió el vacío, la
con una camisa de hielo, y por eso se había habituado a tener movi- soledad, la lucha feroz donde solo había alimañas humanas o animales.
mientos lentos, pausados. Y por primera vez vio que esos ojos habían visto al Demonio.
Con la punta de su improvisada lanza empujó la viga que cayó ase- Estaba reflejado en esas pupilas negras, en ese iris ovoide. Y supo
gurando la reja. La bestia había desgarrado la tela del mosquitero y que el Diablo no era el dueño del fuego, no quemaba a sus víctimas
asomaba su zarpa. Se paró frente a la jaula, el animal se detuvo y la pecadoras:· las congelaba. Las engañaba y dejaba que se durmieran,
miró. Ojos felinos se,clavaron en los suyos, ella afuera, él adentro. Un que se fueran deslizando hacia el sueño, hasta sus garras blancas de
gemido salió de la garganta del puma y le llegó a las tripas. hielo que clavaba en el corazón de los seres vivos, penetrando con
El animal dio de pronto un salto hacia atrás y emitió un rugido cuchillos cristalinos, uno en cada dedo, hasta atravesar los cuerpos, la
que llenó el aire y la paralizó. San Benito, negro santo, protégeme. carne, los huesos, las almas.
El puma comenzó a saltar arqueando el lomo y rugiendo en forma El silencio era una lápida sobre la realidad. Ella esperó. Para él me-
desesperada. jor era dejarse ir al sueño, al frío: el dolor desaparecería. Pero el ani-
Ella comprendió que por fin el calor del estómago había disuelto la mal no lo sabía, prefería moverse, buscar una salida, encontrar una
grasa que cubría la estrella de púas, que comenzaba a clavársele. No muerte digna. Caminó en círculos dentro de su minúscula prisión. A
pudo reprimir una carcajada de alegría. ella el frío la hizo reaccionar, no podía quedarse quieta.
Miró hacia el cielo y pidió perdón a Dios por su soberbia, por sen- Ambos caminaban en círculo, como bailarines de un ballet trágico.
tirse superior a esa criatura que saltaba y se retorcía. Sintió de pronto Los ojos en los ojos, apenas dejaban de verse un instante en cada
dolor en el vientre, el dolor salvaje e incomprensible que el puma vuelta. Ella perdió la noción del tiempo, nunca sabría si el puma la
debía padecer. tuvo alguna vez. Una baba roja y helada colgaba de sus belfos, las
Y esos ojos de pupilas afiladas no dejaban de mirarla, de herirla, de pequeñas nubes blancas de su aliento eran cortas y rápidas, la mirada
aguijonearla como los clavos a Cristo. se le' inyectaba en sangre: movía sus ojos intentando comprender qué
Ella pudo ver en los ojos de la bestia su búsqueda de comida y calor, era ese dolor que lo desgarraba en su interior.
supo que solo había conocido el frío, que había co),lÚdo todo lo que po- Lo único que marcaba el tiempo eran las heces sanguinolentas que
día ser comido, que era el único sobreviviente, que desde la muerte de la bestia iba derramando en el piso.
su madre nunca había visto otro puma. Supo de su desesperación, Se obligó a irse a comer, pero lo más pronto que pudo volvió corrien-
de su alivio cuando encontró la escuela, las trampas, cuando pudo co- do a su puesto. El animal pareció animar su paso cuando la tuvo cerca.
mer diariamente, pese a lo poco que eran esas gaviotas para él. Supo Esa noche se fue a dormir con angustia: le costaba desprenderse de
del frío como nunca lo había sabido, supo que ella era una privilegiada, esos ojos que en cada vuelta le contaban algo de sí misma, de su soledad.

86
Al amanecer ya estaba otra vez caminando en círculos frente a la
celda, venciendo la tentación de alimentar a su prisionero para pos-
tergar su muerte.
La luz venía de arriba cuando súbitamente el puma se detuvo.
Pareció decidir que, si tenía que morir, sería con decoro. Se sentó
sobre sus patas traseras y se quedó quieto, siempre mirándola. Luego
se acostó sobre un lado, las patas estiradas.
Ella se quedó inmóvil frente a él, hasta que el frío empezó a mor-
derla, entonces, sin pensarlo, levantó la traba de la puerta y la dejó
caer con estrépito; el animal casi no se movió. Estoy loca, estoy loca,
comenzó a repetirse, tengo que esperar que muera. Levantó su lanza Se quedó inmóvil todo el tiempo que el frío se lo permitió. Era grande
y la ~puntó hacia el animal, que continuó inmóvil, solo a.ptando el el esfuerzo para no verter lágrimas que se congelarían y destruirían
pecho por la respiración. El vapor que salía de ambas bocas era lo sus lacrimales; los pies habían perdido toda sensibilidad, el peso de
único que parecía vivo. su ~erpo lo sentía en las rodillas, de allí para abajo, nada. Golpeó y
Abrió con esfuerzo la puerta de reja, lista para saltar hacia atrás pinchó el cuerpo del animal para asegurarse de que estuviera muerto.
ante el mínimo gesto del puma. Con la punta del pie acercó la madera Pue bastante trabajo arrastrarlo hacia fuera; pese a lo flaco que estaba
que había servido para mantener la puerta abierta, y para que no se debía pesar unos cincuenta kilos. No podía esperar, si se congelaba
cerrara y le cortara la retirada la colocó en el piso. · iba üer imposible moverlo.
Se acercó, su largo hierro apuntando al pecl}o del felino. El ani- Lo arrastró hasta su cuarto, me va a quedar todo hecho un asco, era
mal estaba quieto, pero la seguía con los ojos. Bajó su lanza hasta el único lugar caldeado donde podía trabajar, pero subirlo sin transpi-
acercarla al corazón de la bestia, que siguió inmóvil. Las miradas es- rar le llevó un buen rato.
taban clavadas una en la otra, pero los ojos del puma se cerraban por . Recordó su clase en la que -enseñaba a cuerear un conejo. Hacía aña-
momentos, indicando que el frío, el hambre y la pérdida de sangre :res que no la dictaba, ya nadie hacía eso, se compraban ya limpios y evis-
habían hecho su efecto. eeradós, ¿alguien vendería conejos todavía?, es más, ¿habría conejos?
Apoyó la punta afilada en el cuello del animal, que sólo tembló. Lo acostó en el suelo y ató las patas con alambre a la cama, a la
Ya no abrió los ojos. El pecho se agitaba en movimientos rápidos Y a donde pudo, para que quedara de espaldas, con las extremi-
cortos. Esperó un rato, dejando que el frío lp adormeciera aún más, lo más abiertas posibles.
saltando sobre un pie y sobre otro. \ Buscó el ano, apoyó el cuchillo con el filo hacia arriba, cortó. Allle-
Movió la punta hasta ubicarla sobre el pecl_lo. El puma apenas a los testículos se detuvo desconcertada, en los conejos ni se veían,
abrió un ojo para mirarla. Tomó eS'a mirada co~o una aceptación. estos eran grandes y cubiertos de pelo. Los tocó con la yema de
Presionó, sintió un hueso, giró la lanza, para que 'entrara entre las dedos, eran suaves. Los abarcó con la mano, apretó. ¡Asquerosa,
costillas, hizo más fuerza, entró, empujó más, más. Soltó un grito que con tu trabajo! Decidió que debía ignorarlos y los cortó por la
se acopló al rugido, que ella quiso interpretar como gracias. abriendo la piel hasta la garganta.

88
Allí cambió el cuchillo por otro más pequeño, con el que fue los hombros, calzando el maxilar superior sobre el pasamontañas,
despegando la piel con máximo cuidado, sin poder evitar que se le todavía con restos de cerebro, no importa que me quede inmundo.
rompiera en algunas partes. Llevó los implementos de la misa y armó el altar. Volvió lo más rápido
Temblaba y sollozaba, lloraba en seco. que pudo y arrastró el cuerpo decapitado por las escaleras, lo llevó
Cada vez que debía moverlo su dolor de cintura aumentaba. Por fin hasta la puerta del sótano y la abrió.
pudo separar toda la piel, pero para quitar la cabeza tuvo que cortar Acudieron en tropel. Se paralizaron cuando la vieron, no la recono-
las vértebras cervicales con un escoplo. Con los conejos era más fácil. cieron cubierta con la piel del puma, con el olor del puma, temió que
Dejó la cabeza pegada a la piel del cuello y solo quitó la mandíbula la atacaran, por lo que sin esperar un instante levantó los brazos: en
inferior, el cerebro se iría pudriendo dentro del cráneo, qué asco, pero el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

,
no podía cortarla, no podía destrozar la calavera de su amigo muerto, Cuando reconocieron su voz se acercaron y rodearon el cadáver,
a su hermano en el frío y en la lucha contra Lucifer, no podía. Pasó pero no lo tocaron. Ella les entregaba sus gaviotas recién en el mo-
un largo rato con una cuchara de mango largo sacando sesos, raspó mento de la comunión y ahora toda esa comida estaba allí, disponible;
todo lo que pudo.- sin embargo no se abalanzaron.
11
Le dolía la garganta y tenía un nudo en el estómago, pensaba guar- Su pecho estalló de amor a Dios cuando supo que ellas, sus her- ~·
11
dar la carne, pero se dio cuenta de que no iba a poder comerla, hubiera manitas en Cristo, habían entendido. Era la ofrenda, era la comunión, ~·

sido como comerse a sí misma. En un impulso abrió el cuerpo desnudo, era el cuerpo del Hijo, el Cordero de Dios que quita los pecados del ...
,,
sin su cuero, cortó el esternón, abrió las costillas y metiendo la mano mundo. Lo comerían en el momento apropiado, cuando la ceremonia :1
hasta el codo arrancó el corazón. Lo cortó en lonjas que puso sobre la y Dios así lo indicaran.
salamandra. El cuarto se llenó de humo, él olor no se iba a ir nunca, Dijo su misa abrigada por el cuero del puma, abrigada por los bra-
pero· no le importó. zos de Cristo, Dios mismo la abrazaba. Podía sentir la sangre que
Las dio vuelta. Esperó. Cuando estuvieron asadas las puso en un empapaba el pasamontañas, que chorreaba hasta sus ojos, mojaba las
plato y las comió parada, mirando fijo la cabeza sin cuerpo del ani- mangas de la casulla y las convertía en brazos de hielo que se que-
mal, mientras intentaba pensar, intentaba decidir qué hacer. Pero braban cuando levantaba sus manos en oración. En ningún momento
en su mente se sucedían las imágenes del puma, de la carne y la san- temió que sus adoradas ratitas la atacaran, la desconocieran.
gre. Su sentido común, su entrenamiento como ecónoma, todo le decía Adoradas, queridas, amadas ratas. En el momento en que ella dijo
que guardara la comida, que ella era la hormiga y no la cigarra. Pero dichosos los invitados a la cena del Señor, se lanzaron sobre el cuerpo.
siguió firme en su decisión de no comerlo. Los sollozos no la dejaban hablar, decidió que la ceremonia podía
De todos modos abrió el estómago y hurgó entre los pocos restos continuar sin tenerla como oficiante, que su feligresía respetaba el sa-
de comida hasta encontrar sus dos crueles floreS' metálicas, que esta- cramento, que la comunión era más importante y ellas iban a recibir
ban enganchadas entre sí, llenas de jirones de carne._ Las llevó hasta el la bendición de Dios mientras se alimentaban de su Divino Cuerpo.
altar y las depositó como ofrenda a los pies de su Cristo de las Ratas. Volvió a su cuarto y apenas tuvo energía para quitarse la piel y la
Aquí la ansiedad la invadió. Apurándose como si algo importante casulla, cargar la estufa y derrumbarse sobre la cama; sentía que hacía
fuera a ocurrir se vistió con la casulla, la estola, se colocó la piel sobre semanas que no descansaba, necesitaba dormir. No supo nada más.

90 91
.1
i

Cuando abrió los ojos estaba anocheciendo, podía ser ese mismo
día u otro, no importaba. Bajó hasta el altar: de su hermano puma solo
quedaban los huesos. Los llevó a la entrada con los esqueletos de aque-
llos lujuriosos, para ahuyentar a los intrUsos, para que la protejan.
Pese a haberse levantado momentos antes, volvió a la cama y dur-
mió, durmió bien, sin sueños, profundo, hasta bien entrado el día
siguiente.

3l.LANIÑA
1'

Nunca miraba hacia afuera. Su mundo se había convertido en ese


11
edificio, esos pasillos, ese cuarto. Muy raras veces miraba el cie- •
lo desde el patio central. Después de todo siempre estaba nublado, ~
cuando no nevaba. A veces la nieve subía más, otras bajaba un poco.
Continuaba con su calendario, ya había constrUido varios, y los ante-
1
riores adornaban su habitación, aunque no asociaba los ligeros cam-
bios de clima con épocas del año. El frío era frío, y ya no recordaba lo
que era sentirse tibia.
Esa mañana, apenas se levantó y se cubrió, marchó sin pensar ha-
cia el· ventanuco, limpió el vidrio empañado con su manga y miró ,,
para afuera. El aire se le cortó en medio de una respiración cuando :t
1
en medio de la capa blanca que cubría el campo frente al edificio des- ·~
¡
cubrió una mancha oscura.
La mancha se movió, avanzó un poco y volvió a caer. ¡Una persona!
Santa María madre de Dios. ¿Una persona? Podía ser un animal gran-
de, feroz, como el puma pero más oscuro; podía ser una bestia salvaje,
que la atacara y la desgarrara de un zarpazo para dejarla allí, tirada,
bebiendo su sangre, tiñendo la nieve de rojo, muriendo de frío antes
de que terminara de comerla.
Tenía que ir a mirar, no podía evitarlo, era más fuerte que ella,
no podía dejar esa mancha negra. Mirarla hoy o mañana, o hasta
la próxima nevada, o luego, en un tiempo, ir a ver y encontrar bajo la
nieve un cuerpo intacto, congelado.

92 93
Se abrigó para salir. Antes de bajar miró de nuevo por el ventanuco
,,eon~'e1arruem:a
en las piernas es mucho, separó tela, lana. Una cara,
para fijar la imagen en su mente y poder verificar si se había movido
de niña, de la edad de María Angélica, oscura, mucho más oscu-
otra vez. Hacía mucho que no salía del edificio, desde los primeros pero niña. Flaca, muy flaca.
días de su soledad. Buscó la llave del gran portón, ya que la puertita
Recogió sus implementos de defensa junto con el cuerpecito, que
estaba tapiada, y antes de abrir volvió a observar a través de la mirilla.
no pesaba nada, casi nada, y se tambaleó hacia adentro, hacia la es-
Aparentemente la mancha seguía inmóvil.
hacia su casa, llevándola aunque estuviera muerta, aunque se
Se dio cuenta de que no llevaba nada para protegerse. Subió co-
rriendo, todo lo veloz que sus ropajes la dejaban, y tomó un cuchillo
grande en la izquierda y una de las lanzas, que había conservado de
la caza del puma, en la derecha.
La llave estaba dura y abrir la gigantesca puerta de hierro fue difí-
cil. Para que no se cerrara con el viento, como le había pasado la otra
vez, puso el armazón de uno de los bancos trabando el portón.
Seguía todo quieto. Caminó con cuidado, el silencio er~ aterrador,
se hundía en la nieve hasta las rodillas y ese solo ruido llenaba el
aire. Llevaba la lanza apuntando hacia delante, en ristre, como un
caballero andante, defendiendo su miedo, frenando la imagen de su
mente, la visión de una fiera sin forma específica pero con muchos r
1
1
pelos negros y dientes blancos y boca roja llena de sangre que salta a
su cuello, a su cara, que la desgarra. Sacudió la cabeza, idiota, idiota,
hay que avanzar y ver, no imaginar, avanzar y ver.
Se acercó al bulto oscuro, a la distancia de la lanza. Era un ovillo
de trapos, ¡una personal Eso no evitaba el peligro. Hubiera preferido
encontrar un animal, aunque fuera salvaje, era comida, y eso era lo más
importante, lo único importante: la comida; el calor y la comida.
Apoyó la lanza, pinchó un poco, la movió a otro punto, volvió a
pinchar. Nada. Resistió la tentación de clavar hasta el fondo, intentó
separar un poco los trapos para identificar algo, un pie, una cabeza.
Se acercó un poco más, la lanza y el cuchillo apretados, los huesos le
dolían bajo los guantes. Con la punta de la pica _removió un poco de
ropa y apareció una mano ¡sin guanresl Esos ded~ debían estar con-
gelados. Una mano pequeña, de niño, tembló y todo su cuerpo vibró.
Sin pensar soltó sus armas y se agachó, arrodillarse no, el riesgo de

94
95
Subió hasta las costillas, el pecho, con dos vestigios de senos apenas
surgiendo, flacos, dos pedacitos de piel descarnados que en algún mo-
mento, quizás, habían sido el inicio de dos botones, pero que hoy eran
solo un trozo de piel fría. Se aplicó al pecho, frotando, dando calor.
¡Se había olvidado de las manos! No debía olvidarse, era muy fácil
perder un dedo, gangrena, septicemia. Se obligó a dejar el pecho para
frotar brazos y manos.
La niña respiraba, seguía respirando. La tumbó y atacó su espalda
32.HUÉSPED
con más alcohol. Cuando presionó la espalda notó un cambio en el
ritmo de la respiración. La dio vuelta y volvió al pecho. No pudo re-
La cargó hasta arriba. No daba señales de vida. La puso'en el suelo, sistir,tomar entre sus dedos los pezones, acariciarlos, estirarlos, frotar
lejos del fuego y le quitó los trapos inmundos que la cubrían. A su los pequeños senos para dar calor, para que no se muera, para que se ,,
descongele. 11
vista quedó un cuerpecito flaco, que le recordó una perdiz desplu-
Estaba agotada, los dedos agarrotados, le dolían los músculos del !!
mada, con unas guedejas marrones que se le pegaban al cráneo, las 11
brazo. La tapó con todas sus mantas. Buscó un poco de caldo que 1!
costillas marcadas, los codos y las rodillas más gruesas que el resto 11
tení~ guardado. Apenas lo entibió, sentó a la niña apoyada en sus "
de las extremidades. ,¡

Entonces sí la puso sobre la cama. El cuarto estaba frío, pero sabía almohadas, la cabeza un poco-hacia atrás, y con una cuchara metió lo "11
que pudo en su boca. La mayor parte cayó fuera, no importa, después
,,
que no debía ponerla cerca de la estufa a riesgo de matarla de dolor. 1'1
11
¡Estaba actuando como si viviera, y podía estar muerta! Apoyó la ore-· limpio el desastre. No podía dejar de estar atenta a la respiración, un
ja en el pecho helado. Escuchó un suave golpeteo, el de un corazón poco más tranquila, de ese cuerpo flaco y esmirriado.
que se resistía a detenerse. Debía hacer horas que estaba con eso. Se tomó el resto del caldo,
apenas tibio. Los ojos se le cerraban. Se puso su ropa de dormir, se
,,1
Cargó la salamandra más de lo habitual.
¡Alcohol! Su precioso alcohol. Corrió a buscarlo, lo destapó y se acostó al lado de la niña que todavía tenía el cuerpo más frío que el
puso un poco en las manos. Empezó las fr!.cciones por los pies, lento, suyo, se tapó, la tapó, abrazó ese pedacito de huesos con carne para
masajeando. Primero uno, luego el otro, deteniéndose en los dedos, darle calor, y se durmió.
agregando cada tanto unas gotas más de alcohol en las palmas. Luego
las pantorrillas, flacas, como de pájaro. Los muslos, desde las rodillas
hasta las caderas, abarcándolos con las manos. Seguía helada. La dio
vuelta, masajeó la parte posterior de las piernas. Las nalgas le entraban
una en cada mano, que se enfriaban en contacto con la carne de la niña.
Volvió a girarla, tocó el vientre, quitó una bombacha mugrienta.
En el pubis había unos vellos incipientes, frotó y frotó, acercó la na-
riz: tras el aroma a alcohol sintió olor rancio, a mugre, le dio asco.

97
todo se desarmaba. ¿Qué día era? ¡Ah, sí! Pero no se movía de al lado
de la estufa, no dejaba de mirar a la niña.
S'e arrancó de su contemplación, se vistió e hizo su recorrid~. Como
si fuera un envío del Señor, todas las trampas estaban llenas. Parece que
esta niña da suerte. Jesús ayuda a los que ayudan. Gracias, Dios mío.
Volvió cargada, sonriente, canturreando. Preparó otro caldo gordo,
total, hay comida. Bebió la mitad, recordando que con la emoción del
día ahterior apenas había tomado el resto que la niña había dejado.
33. COMPAÑÍA Esperó que estuviera un poco más tibio y repitió la ceremonia de la
noche, esta vez con menos ansiedad y poniendo un trapo debajo de
Se despertó sobresaltada y miró con sorpresa ese pequeño cuerpo la barbilla de la niña para no ensuciar más las sábanas. Consiguió que
que abrazaba. Fue vol\l'iendo a su memoria la agotadora )ornada del tomara un poco, no sabía si porque su protegida estaba mejor o por-
día anterior. Se separó asqueada de esas costras de suciedad, ahora que ella había adquirido alguna destreza para darle las cucharadas.
pastosas por el masaje que había hecho. Tenía que cambiar las sába- Debo continuar con mis tareas, debo continuar con mis tareas, el
nas, no era el día correspondiente, y con lo que costaba entibiar el orden y la rutina son lo más importante, debo continuar con mis ta-
agua para lavarlas, y con lo que tardaban en secarse, varios días, pero, reas. Pero se quedó allí, mirándola. Recién al rato pudo ir a buscar
¡qué remedio! no podía dormir en esas sábanas mugrientas, debía nieve para derretirla y entibiarla para lavar a la niña.
haber estado demasiado cansada para ni darse cuenta. . Con un trapo de lino y su preciosa pastilla de jabón se preparó para
Saltó de la cama y sintió ·el mazazo del frío. Se puso su tapado y bañarla. Comenzó por pasarle jabón con la mano por todo el cuerpo,
maderas en la salamandra; sopló hasta que vio una pequeña llama, para aflojar la mugre. Hacía frío, pero si esta niña había soportado la
el humo del infierno me irrita los ojos, esperó hasta que se encendió intemperie sin perder los dedos esto no le iba a hacer nada. ·
bien Ycerró la.tapa. Como todas las mañanas·se quedó parada al lado Aprovechó que estaba menos nerviosa que el día anterior para re-
de la estufa hasta que algún calor pasó a sus manos, se dio vuelta, visar el cuerpo, no fuera que tuviera alguna enfermedad. Observó
levantó el tapado y se calentó el trasero, mirando a la silueta que dor- minuciosamente cada centímetro de piel. La movía como si fuera una
mía en su cama, observando su cara flaca 'f mugrienta. ¿Cómo pudo muñeca grande, un cordero que estuviera revisando para poner al
sobrevivir, llegar hasta acá? ¿Vivirá? ¿Será bien educada, de buena horno.
familia? Nunca imaginó que pudiera abrir lo~ ojos por lo que, cuan- Inclusive miró entremedio de las piernas, abriendo con los dedos.
do los párpados se alzaron, saltó hacia atrás sobresaltada. Pero una Esa cavidad rosada la fascinó. Pensó que, debajo de los escasos pelos
mirada vacía se posó en el cielorrasq negro de h~llÍ¡l, y las pestañas que la cubrían, esos pelos asquerosos que se ensuciaban cuando ori-
volvieron a bajar. naba, la suya debía ser igual. ¿Tendría ese mismo color rosa fuerte?
No podía dejar de cumplir con sus obligaciones. Lo primero es lo ¿No sería más gris? Los años no vienen solos. Sacudió la cabeza para
primero. Si dejaba las trampas sin recorrer, sus queridas ratitas se iban ahuyentar la imagen que tenía ante sí. Padre, en rus manos encomien-
a comer todo~ y si no ordenaba, limpiaba y seguía su plan semanal do mi espíritu, aleja de mí los malos pensamientos. Tiró una manta

99
sobre el pequeño cuerpo, fue hasta su baúl, buscó el cilicio y lo apretó
bien sobre su muslo. Recién entonces volvió a su tarea.
Comenzó por el cuello, frotando suave para no irritar la piel. La
mugre aflojaba y dejaba gris el agua tibia de la palangana, después
de todo no es tan negrita. El pecho flaco se movía lentamente con la
respiración. La puso boca abajo, lavó la espalda, centímetro a centí-
metro, las nalgas. Abrió las piernas para lavar la cara interna de los
muslos, acercó su mano, sin el trapo, al centro. Estaba más caliente
que el resto de la piel, se arrodilló para mirar, el cilicio apretó su pier- 34. SORPRESA
na pero no le importó. Su cara quedó tan cerca que sentí~ su propio
aliento llegar a su mano apoyada en el borde de la ranura roja de la Fueron tres días y tres noches de vigilia. No es que no durmiera,
niña. Escuchó un gemido, se levantó de un salto. pero sentir el calor del cuerpecito contra el suyo era un placer.
La dio vuelta: seguía con los ojos cerrados y respiraba normalmen- Había adaptado una camiseta para que le sirviera de pijama, y se
te. Terminó de lavarla, para una primera vez no está tan mal, luego la dormía abrazada a la niña, con su cuerpo pegado al otro pequeño,
acostó sobre unas mantas en el suelo y cambió las sábanas, volvió a ya cálido.
meterla en la cama. Esa mañana se dio vuelta en la cama con los ojos cerrados, ador-
Después se puso.al día con las actividades programadas. Volvió milada, y cuando notó que estaba sola lanzó un grito. Recorrió con
varias veces a la habitación para ver si respiraba bien y para alimen- la mirada su cuarto, hasta que la descubrió en el rincón, al lado de la
tar la estufa. Se dio cuenta de que estaba gastando mucha más leña salamandra. Estaba acuclillada, mirándola fijo, sin pestañear, y con el
de lo habitual. No importa, cuando se pusiera bien ya la ayudaría a cuchillo empuñado en sus manitos.
recoger más. S~nrió. Se sorprendió a sí misma sonriendo. Se desperezó lenta-
mente y bajó de la cama, sin ponerse el abrigo antes de salir como
era su costumbre. El frío fue un enjambre de agujas en la piel. Se
obligó a cubrirse lentamente, dándole la espalda, ¿tendrá fuerzas
para saltar y clavármelo?, giró y la miró, siempre sonriendo. Dio un
paso hacia ella y percibió cómo ese cuerpito temblaba de frío, de
\ miedo, o de ambos. Al pasar por la mesa observó que había desta-
pado el plato con carne de gaviota y había comido algo. Su sonrisa
se acentuó.
Continuó avanzando. La figurita acurrucada intentó levantarse,
pero se tambaleó y se desmayó. Levantó el pequeño cuerpo: ardía
de fiebre. Te la manda Dios por haber querido morder la mano que
te alimenta. Tuvo asco de sus propios pensamientos. ta metió en la

100 101
cama y rezó, en cuclillas, veinte avemarías y veinte padrenuestros.
Una vez más lamentó no poder estar de rodillas en el piso.
Era domingo, así que desayunó, le dio un poco de caldo a la niña y
se fue a dar misa. Iba a pedir por su salud.

los siguientes dos días no se movió de la habitación salvo


lo imprescindible: las trampas, recoger nieve para derretir, bus-
car leña de su depósito en la caldera. La niña comía cada vez mejor,
siempre sin despertar y con una fiebre altísima. Le colocaba pa-
ños en la frente, que enfriaba dejándolos unos minutos en el picapor-
te de la puerta, del lado de afuera. Pero la fiebre no bajaba.
' Finalmente colocó una manta doblada en ocho al lado de la cama
para poder arrodillarse a rezar, porque de rodillas el rezo es mejor,
: sale mejor, una se concentra mejor, Jesús lo escucha mejor.
Le cruzaba las manitos sobre el pecho y, cuando no lo estaba utili-
zando, enroscaba allí el rosario. A veces la escuchaba emitir pequeños
gemidos. Se había acostumbrado a frotar todo el cuerpo con aceite,
por lo menos una vez al día. Ya no le daba angustia tocar esos pechos
incipientes, acariciar las nalgas, la entrepierna. Estaba segura de que
le hacía bien, que le activaba la circulación, por lo· que se detenía es-
pecialmente en esos lugares, sintiendo el calor en su mano, sintien-
do ella misma que su temperatura subía, pensando entonces que le
traspasaba su fiebre, le daba su ardor, su enfermedad. Finalmente se
tomó la cosmmbre de rezar mientras pasaba el canto de su mano por
entre las piernas de la niña:

Oíd mi oración, admirable María. Apiadaos de esa multitud innumerable


de almas que corren a su perdición. Salvadlas ¡oh, María! Y volved al redil

102 103
esas ovejas desca"!iadas. Dadme también una mirada de bondad y guiadme
en los días de mi peregrinación, para que, asistida por Vos en mi última hora,
muera repitiendo vuestro admirable Nombre.

Luego besaba y lamía, con mística emoción, la mano que había es-
tado frotando para recibir la enfermedad. Pero la fiebre no bajaba.
No sabía qué hacer más que alimentar, poner paños, acariciar, orar.
Dos veces, sin pensarlo, se permitió llorar, con ese llanto seco, frío,
esa congoja que, como un martillo, golpeaba sus costillas desde den- 36.PIRA
tro. En esos momentos perdió el control: acercó la cabeza hasta ese
pubis joven y flaco, y lamió mientras sollozaba largo rato. Luego, atra- No debía, sabía que no debía, que era un crimen, un pecado, pero no
vesada por la vergüenza, se calzó el cilicio lo más apretad~ que pudo tenía otra opción; no tenía, no se le ocurría qué otra cosa hacer.
soportar, colocó piedras en su zapato y las aguantó durante horas, No podía entregarla a sus hermanitas en Cristo, no, si hubiera sido
hasta que la planta del pie se le llagó. su propio cuerpo todavía sería posible, pero este no. El puma, otros
Una tarde, mientras ordenaba su habitación, una señal impercep- intrusos, vaya y pase, pero su niña no, su niña no, no iba a dejar que
tible la hizo llevar su vista hacia la cama y allí estaba la niña con los se la comieran.
ojos abiertos, mirándola. Esta vez sin miedo. Corrió a su lado y besó Enterrarla no era posible. No iba a tener fuerzas para hacer un
sus manitas que abrazaban el Santo Rosario. Bendito sea Dios, ben- pozo lo bastante profundo en esa tierra congelada. Dejarla en alguna
dita sea la Virgen, bendito el Cielo que te hizo despertar. Le pareció de las aulas, en las habitaciones, era impensable. El cuerpo se man-
que intentaba esbozar una sonrisa. Corrió a buscar el caldo que tenía tendría congelado; podía fabricar un sarcófago con tela metálica para
cerca del fuego para que no se congelara. Intentó darle del jarro: se le protegerlo, pero conocía a las ratas, sus queridas ratitas, a la larga
cayó por las comisuras; intentó con una cuchara, lo mismo. lpgrarían hacer un agujero y lo terminarían comiendo. Lo había visto,
La niña le sonrió, francamente. Ella sollozaba, esta vez de alegría. sobre todo en los primeros días del frío cuando todavía quedaba al-
La niña siguió sonriendo, quieta. Recién cuando volvió a tomarla de gún animal, algún perro o gato muerto, había visto cómo rodeaban un
las manos notó qué ya no tenía fiebre. Apenas podía abrazarla con la cadáver o un pedazo de carne congelada, prácticamente cubriéndolo,
cantidad de ropa que tenía. Se acercó a su car;ita, la besó en la frente, y·Tespiraban encima, juntas, hasta que con el escaso calor del aliento
en los labios. La sonrisa seguía inmutable. se ablandaba lo suficiente como para hincar sus filosos dientes roe-
Se dio cuenta de que estaba muerta. dores, y así, de a poco, iban comiendo y luego dejando el lugar a las
siguientes, que seguían desgastando carne, alimentándose de tejido
helado, hasta dejar solo los huesos, sin cartílagos, sin tendones, solo
los huesos.
En los últimos años la Santa Iglesia había permitido muchas cosas,
muchas, demasiadas. Dios iba a perdonarle este pecado. Después de

104 105
todo lo estaba pagando con leña; Él sabía el esfuerzo que era juntarla, se acercó casi hasta quemarse, estiró las manos y esperó a que el
cada vez de aulas más lejanas, cada vez de muebles más grandes que ha- portero desde las llamas las tomara y la arrastrara hasta el Infierno.
bía que romper a hachazos, cada vez con más esfuerzo. Nunca dejó de agregar madera, hasta que terminó todas las que
Y esa sería su penitencia por cremarla: la leña. El esfuerzo, el trabajo. había llevado, maderas y lágrimas. Todavía podía verse la forma del
Armó la pira en el rincón opuesto del patio, bajo el alero. No podía cuerpo carbonizado sobre los flejes de la cama.
ser demasiado grande para que no llegara al piso de arriba y provo- No sabía qué hacer con los restos que quedaban. Buscó un hierro y
cara un incendio. Era imposible hacerla en el patio porque había más golpeó los huesos; golpeó y golpeó hasta que todo cayó a las cenizas
de dos metros de nieve, y por más que la limpiara corría el riesgo de bajo el elástico. Lo sacó del fuego, el calor pasó a través de los guantes
que cayera más y apagara el fuego. La caldera era ideal, pero era su de trabajo.
depósito de leña y no tenía coraje para entrar después aJimpiar los Del patio recogió nieve con sus manos y la echó sobre el resto de
restos, y menos'para recordarla todos los días cuando iba allí. brasas. Caminó encima con sus botas de cuero sintiendo el crujido
Colocó un elástico metálico de cama sobre ladrillos hasta que que- de los carbones ya apagados, de los restos quemados de su niña. No
dó a un metro de altura, y apiló maderas debajo. Puso a la niña, con miró hacia abajo por miedo a que una calavera la mirara, pidiéndole
el camisón que ella le había arreglado. De almohada colocó las ropas que no le pasara por encima con sus pies.
inmundas que había traído. Roció la leña con un vaso de precioso No pudo más. Apenas podía tenerse en pie. Fue a meterse en la
kerosén, y volcó otro sobre el cuerpo. cama, pese a que recién comenzaba la tarde.
Besó los labios fríos hasta que los suyos empezaron a dolerle. No tenía fuerzas ni para rezar.
Encendió el fuego.
A la mañana siguiente, con una pala, quitó un poco de nieve del
rincón del patio y arrojó allí las cenizas, que volvió a tapar de blanco.
Recibid, Señor, en vuestro reino a la que lloramos, olvidad sus faltas, te-
ned misericordia de ella, y Vos, Santa Madre de Dios, dulce protectora de las
almas del purgatorio, interceded por ella, para que repose en la paz eterna y
desde allí ruegue por sus hijos que la lloramos e~ la tierra.

Se permitió llorar en el calor de la pira. Fue agregando leña y se-


cando sus lágrimas, para que no se le congelaran en la piel. Fue agre-
gando leña y llorando.
En el aire caliente, sobre el fuego, vio la cara de María Angélica
mirándola, con una expresión de reproche por no haberla salvado,
por no haberse esforzado más, por no haberle dado más calor con
su propio cuerpo, por no haberle dado de beber hasta de su propia
sangre para curarla.
El olor a carne quemada le dio hambre. Horrorizada de sí misma

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37. VACÍA 38. EL RETORNO

Dios te salve, María; Dios me maldiga Se detuvo de inmediato cuando escuchó ese ruido. En un primer
Llena eres de gracia; Vacía de todo sentido instante no pudo identificarlo, luego, arrastrándose desde el fondo
El Señor es contigo El Señor me abandonó de su memoria, llegó el recuerdo: un motor, no, muchos motores. No.,
Bendita tú eres entre Maldita sea yo entre puede ser, ya no existen más,•ya no existe mas gente, solo ella, ella y
todas las mujeres todas las mujeres lás ratas, y los pájaros para comer, y el puma, que ya no existe más,
Y bendito es el fruto 1
1 salvo en la piel que la cubre, no puede ser. J
1
de tu vientre, Jesús Y maldito mi vientre estéril Corrió hasta la terraza. P. ce<>~bl
Santa María, Madre de Dios, Santa María, Madre de Dios l Era inconfundible: en medio del silencio, de la nada, el sonido ve-
Ruega por nosotros, pecadores, Ruega por m~ nía del Norte.
Ahora y en la hora de nuestra muerte. En esta mi vida vacía Se acercó a la baranda ubicada en esa dirección, hundiéndose en la
Amén Amén nieve. Agachada, parapetada, miró pero no vio nada salvo nieve, nieve
y más nieve, nieve de todos los colores de la nieve:
Durmió mucho. Se levantaba para alimentar el fuego y volvía a la Esperó. Le dolían los huesos, las rodillas, no podía aguantar dema-
cama. Un par de veces tuvo que bajar al depósito a "buscar más leña, siado rato quieta a la intemperie. En cuclillas se alejó de la baranda y
pero solo eso hizo. Vio la luz y la oscuridad varias veces, aunque no se movió, agitando los brazos como los molinos de Don Quijote para
hubiera podido decir cuántas. Por largos ratos no dormía, miraba el 1 entrar en calor.
cielorraso mugriento de hollín. O no miraba nada, los ojos vacíos ob- Volvió a su puesto de observación. Distinguió un punto oscuro en
servaban el vacío. Los rezos salían mecánicamente, sin saber siquiera la blancura, el ruido había aumentado, detrás del punto venía otro, y
lo que decía. otro, y otro. Ya era una hilera de hormigas acromegálicas.
No tenía hambre, no sentía frío. Sabía que debía mantener la estufa, De nuevo apurarse hasta el centro de la terraza para recuperar algo
pero no era consciente de hacerlo. No lloró una sola vez. No recordó de calor, y el retorno, casi arrastrándose, hasta el parapeto. Se persig-
nada ni una sola vez. nó y rezó un padrenuestro.
Durmió mucho. Estaban más cerca, era una caravana, camiones, entre ellos algún jeep.

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En lugar de ruedas de atrás todos los vehículos tenían orugas. Siguieron
acercándose. Cuando la cabeza de la columna estaba por pasar frente a
la escuela, un jeep se adelantó y se desvió entrando al camino.
Bajaron cuatro de uniforme con armas largas, golpearon, espera-
ron, golpearon de nuevo, esta vez con la culata de sus armas, espera-
ron más, la caravana seguía pasando.
Todos estaban vestidos de uniforme blanco con capuchas, guantes,
botas del mismo color. Solo los fusiles eran oscuros, negros. Uno era
más alto, otro más grueso. No podía ver sus caras, usaban antiparras 39. MEDITACIÓN
y pasamontañas; parecían muñecos con máscaras.
El gordo hizo una señal y todos se corrieron hacia un costado; uno Volvió a su cuarto con la respiración entrecortada; no sabía cuánto
subió al jeep y lo hizo retroceder unos metros. Con el vehículo em- tiempo había pasado a la intemperie pero sí que era más de lo que
bistieron el gran portón que se desmoronó. Entraron con auto y todo, había estado en muchos meses, ¿años? Cuando entró sintió que la
las armas preparadas. No podía estar más tiempo quieta, comenza- habitación estaba caliente, pese a que su aliento seguía generando
ba la somnolencia, a perder sensibilidad en los. dedos. Corrió agachada vapor en el aire.
hasta el centro de la terraza, saltó y se sacudió para generar calor, vol- Fue hasta el ventanuco; desde allí seguía viendo las manchas oscu-
vió lo más rápido que pudo, justo para verlos salir. Subieron al jeep, ras de los vehículos sobre el fondo blanco. El vidrio sucio le generaba
escuchó que uno le dijo al otro: una sensación de extrañeza, de distancia.
-Puede servir, cuando nos instalemos en el pueblo volvemos a ins- El paisaje no era así como estaba siendo. Siempre había sido blan-
peccionar. Esos esqueletos son bastante viejos. co, con algún árbol, con alguna-rama, pero el color no era, no había
Ella no se atrevía a moverse, debía hacerlo para no congelarse, sido, no debía ser otro que blanco.
pero no quería que la vier.an. Y el sonido, ese sonido como una catarata de hierros cayendo so-
La caravana seguía pasando, eran camiones y camiones; por las bre chapas, como un gran depósito de basura metálica derrumbándo-
lonas entreabiertas de la parte de atrás veía gente, mucha, cientos, se sobre su vida. ·
quizás miles. F;n un impulso alimentó la salamandra y se paró frente al espejo.
Y en las cabinas siempre uniformes y armas. Y pensaban volver. Miró su cara, las bolsas debajo de los ojos, las arrugas que corrían de
los bordes de la nariz a la boca, el labio superior con surcos y pelos
negros, otros también en el mentón. No sabía cuándo había dejado
de arrancárselos.
La temperatura del cuarto comenzó a subir un poco, agregó más
leña en el fuego y rriiró sus manos en el espejo, llenas de callos, de cor-
tes, con las venas marcadas como gusanos azules. Una verruga en el
dedo índice, nunca la había observado. Las uñas destrozadas, negras.

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Cada ruido de afuera es un nudo en su garganta, le falta el aire, se de hombres de uniforme, sin camisa, con los fusiles en las manos y los
ahoga, la ropa comienza producirle picazón, todo le pica. Vuelve a ali- miembros saliendo erectos de los pantalones, paralelos a sus armas,
mentar la salamandra, nunca, ni cuando la niña agonizaba, usó tanto siendo sus armas.
fuego. Se arranca la ropa, toda la ropa. Se sacudió para aventar al demonio, se colocó el cilicio, vio las ci-
El espejo le devuelve la imagen de un cuerpo que desconoce, de catrices que tenía en los muslos por usarlo, y lo apretó mucho. Rezó
una persona ajena, de otra. Se mira desnuda, por primera vez en su de pie, desnuda, con frío y sin vergüenza.
vida se mira desnuda en el espejo, siente frío, el del cuarto y otro, di- Creo en Dios padre todopoderoso ... y se dio cuenta de que era un
ferente al de siempre, al que la acompañó desde que tiene memoria. mundo el que volvía, un mundo de hombres, de soldados que dan
Las épocas de calor son un sueño, toda la vida tuvo frío, nunca hizo órdenes, de curas que dan misa, de confesores que dan penitencia, de
calor salvo en sus sueños. monjas que dan indicaciones, de porteros que dan miedo.
Mira. Recorre su cuello, las arrugas que antes no tení;:t, los dos Ella tenía ahora un mundo de mujeres, de ratas, con su imagen de
pechos, pellejos, pellejos grises, con dos pezones redondos con un María Angélica, con un San Benito hombre pero santo y negro. Y sus
botón marrón en el medio que apunta hacia el suelo, quiere tocarlos, niñas, sus ratitas, su rebaño, su feligresía. Nadie la iba a dejar darles
nunca los tocó, ahora no se atreve. Los pechos tienen estrías, como misa para ellas, nadie iba a quererlas, a alimentarlas, a protegerlas.
surcos de agua en la tierra, cada una es un río de su soledad, de su A nadie iban a tener ellas para respetar, para amar, para cuidar como
aridez. Tiene pelos en los pezones, uno, dos, tres, seis en uno, ocho en la cuidaban.
el otro. También pelos en el pubis, desde el ombligo hay una flecha Ella era su madre, su sacerdote, su obispa, su reina. Los hombres
hirsuta que indica el camino a la impudicia, a la suciedad de la orina, no iban a aceptar la comunión de amor, de fe, que habían logrado.
al asco del otro agujero. Muchos pelos: en el labio, el mentón, en los Los hombres volvían a traer otra vez un mundo donde Cristo tenía
pezones, el pubis. También en las piernas, largos pelos negros. Como cabeza de hombre, no de rata, donde había piel para acariciar; piel
una rata, es una rata. No, no tiene tanto pelo, pero se está acercando, de persona, no piel de rata. Se abrazó a su cruz, besó a Jesús, besó la
cada vez más rata, cada vez más pura. cabeza de cráneo de rata.
Sus piernas eran gordas, ahora son dos columnas donde cuelgan Rezó.
retazos de piel, rodillas huesudas, músculo~ en las pantorrillas, los
pies flacos con juanetes, dedos arqueados, alguno en martillo, las
uñas gruesas y amarillentas.
Recordó el cuerpo acariciado de la niña, imaginó el cuerpo añora-
do y nunca visto de María Angélica. Pensó en cóm<? sería acariciarlo,
como el de la niña pero más suave, más cálido. Pensó que la única
piel que había tocado en su vida había sido la de la niña, ni siquiera
la suya propia.
Un ruido un poco más fuerte la trajo de nuevo a la realidad que
estaba fuera del espejo, a la caravana, los soldados. Imaginó una fila

112 113
a buscar la carne, que estaba apenas descongelada, y la puso frente al
altar. Ya se habían juntado más ratas.
, Ofició, con una unción como nunca había sentido, como si Dios
mismo le dictara las palabras. Al llegar a la comunión, en vez de re-
trof:eder para que ellas comieran como siempre había hecho, avanzó,
tomó un pedazo de carne en cada mano y se adelantó hacia su feli-
gresía. Ellas no retrocedieron. Levantó la mirada y dio gracias a Dios.
Las primeras filas tomaron con los dientes la carne de sus manos
40.FRÍO y empezaron a devorar, sin morderla, sin rozar casi su piel. Cuando
se terminaba la comida de sus manos esperaban hasta que recogiera
Pasó el resto del día pensando. Cuando se dio cuenta de que el humo . mása De cada puñado ella tomaba para sí una pequeña porción y la
podía delatarla dejó apagar la salamandra. Dentro del estómago sen- llevaba a su boca, así hasta agotar toda la carne que tenía.
tía un perro mordiendo. Ellas comieron de sus manos, en comunión con la carne del Señor;
De pronto supo lo que tenía que hacer. ella comió también. Ahora eran uno, ellas y Dios, una Santísima
Sacó todas las reservas de carne, cargó la salamandra al tope, total Trinidad, Señor, Tú, yo y nuestras ratas.
ya está todo dicho, y las puso a descongelar. Concluyó la misa sollozando de felicidad y amor al Señor.
Levantó la imagen de la Santa Virgen, que pesaba horriblemente. Llorar sin lágrimas, esa es la única enseñanza del frío.
No la había movido desde aquel traslado original, desde la capilla, o Se puso las raquetas en los pies y armó con las tablas un camino
tal vez ella estaba más débil o más vieja, porque ahora pesaba más. hasta donde alcanzaron, hacia el centro del patio. Llevó la imagen de
Mientas bajaba la escalera cargándola tropezó y se golpeó la pan- la Vitgen arrastrándola hasta el final del sendero, la dejó acostada,
torrilla, reprimió un insulto, Apurad, Señora, la conversión de los po- mirando al cielo.
bres pecadores, para que amen de veras a Jesús y dejen de ofender a Hizo lo mismo con San Benito. Lo dejó ubicado a medio metro de
Nuestro Señor. la otra estatua. Las ratas seguían allí, observándola.
La acomodó mejor y pudo acarrearla, lentamente, hasta el lado de- El esfuerzo anterior, la comida, el arrastrar las imágenes por las
recho del altar frente a la puerta del sótano. Volvió a recorrer el arduo tablas, la hizo transpirar: tenía el cuerpo caliente, sobre todo los pies;
trayecto, esta vez cargando a San Benito, que que._dó a la izquierda. no recordaba la última vez que no había sentido frío en alguna parte.
Preparó el altar y los enseres de la misa. Algunas-ratas se asomaron Se quitó el pasamontañas.
a mirar, ella imaginó su asombro, no era domingo. Volvió al altar, descolgó la cruz, la levantó con sus manos y caminó,
Quitó el telón amarillo que hacía de fondo. El frío ya no importaba casi corrió, bordeando el patio con ella. Las ratas la siguieron. En
y el marco del patio nevado daría una significación especial, diferen- procesión, en exaltación de amor a Dios.
te, a esta misa. Cuando terminó la vuelta estaba cubierta de sudor; la sensación era
Trajo las tablas más largas que encontró en el depósito de leña, las extraña, hacía años que no se lo permitía, salvo cuando estaba dentro
apiló detrás de las imágenes, encima colocó las raquetas de nieve. Fue de su cama.

114
115
Fue por las tablas y se acostó boca arriba entre las dos estatuas.
Tuvo que sacar algo de nieve para quedar a la misma altura, ya que
se habían hundido un poco. Desde allí se veía una porción de cielo
cuadrangular, de un azul profundo.
Escuchó el ruido de cientos de patitas que caminaban sobre la pa-
sarela de tablas que había armado. Supo que eran sus hermanas que
venían a estar con ella, a incorporarse a su ceremonia, a integrarse,
finalmente, con su cuerpo.
Metió los brazos por debajo de las figuras y las abrazó. SUBTE
En un primer momento la camisa de hielo que se le formó encima
del cuerpo la apretaba con dolor, sentía cómo sus músculos, sus hue-
sos se iban congelando. Casi en seguida su sensibilidad disminuyó
y comenzó a sentir un sopor en los párpados, como una bendición.
Con una fuerza que desconocía giró las imágenes, de modo que que-
daron ambas enfrentadas, mirándola. Toda ella estaba llena de tibieza
y ternura.
Apenas podía mover la cabeza. Miró a su derecha: era el rostro
inmaculado de María Angélica, la besó en los labios.
Giró su cabeza, que ya pesaba como si no fuera suya, a la izquierda:
el portero la miraba. No le molestó, tampoco cuando él la besóJarga,
dulce y profundamente, te quiero, te quiero, escuchó.
Volvió su rostro al otro lado, repitió el largo beso con María Angélica.
Sintió cómo ella hacía entrar su lengua en su boca, te amo, siempre
te amé, siempre te amaré, desde atrás el portero las abarcaba en un
abrazo. Abrió las piernas, sintió como él entraba en ella, cálido, rígido.
Se durmió lentamente.

JuliQ 2002 - mayo 2006

116
... hay seres humanos que se quedan de rodillas esperando el fin
con resignación, o que buscan congraciarse con el verdugo. Y hay
otros, los menos, que intentan echar a correr. Intentan ser libres y
vivir durante quince metros. Es muy poco, porque el tiro al final
llega igual. Pero durante esos quince metros que corre, el ser hu-
mano es libre. Esos quince metros se llaman amor, amistad, digni-
dad, decencia, caridad, honradez, coraje, compasión, solidaridad.
En esos quince metros, aparentemente muy cortos, el ser humano
puede hacer muchas cosas importantes. Toda la diferencia entre
los hombres, para m~ reside en cómo corre o no corre esos quince
metros. Eso es el libre albedrío posible dentro de las reglas genera-
les de un cosmos que no tiene sentimientos.

ARTURO PÉREZ REVERTE


Entrevista en La Nación- 17/5/2oo6
aterrada por las vías. Apenas podía controlar el bamboleo de
su enorme vientre de ocho lunas de embarazo.
Detrás escuchó el ruido de un hueso quebrándose. No necesitó
darse vuelta para saber qué había pasado. Dos zancadas antes, ella
había pisado un durmiente roto. Su entenado venía corriendo detrás,
. y había metido el pie allí.
Imbécil. Debía tener el paso cambiado.
Se los repeúan hasta el cansancio: "Seguir el paso, el de adelante
marca el paso, no cambiar el paso, así cuando no se ve bien sólo se
. arriesga uno".
Sin mirarlo sabía que estaba acostado entre los rieles con una pierna
rota.
lb escuchó gemir: no se había desmayado. Peor para él, tendría
que soportar el dolor.
Una idea estalló en su cabeza: su cuchillo. Ella se lo había dado
para que raspara unos hongos que estaban arriba, en el túnel. Era
su obligación, pero su panza la ponía demasiado pesada para trepar.
Y así estaban, ella mirando desde abajo y el entenado colgado del
techo del corredor, cuando oyeron los lobos.
Corrieron. ¡Y el entenado se había quedado con su cuchillo!
No podía frenar de golpe. Cuatro o una mano de travesaños más
allá consiguió aminorar, girar y emprender el regreso.
La jauría estaba cerca, muy cerca, demasiado cerca. No solo se oían

121
sus gruñidos sino que ya se percibían las pisadas contra las vías y los y salió corriendo en dirección opuesta a los aullidos que ya se
maderos. escuchaban cerca, muy cerca, demasiado cerca.
Eran muchos. Esperaba que el entenado intentara defenderse, no estaba segura
En la penumbra del túnel distinguió la cabeza levantada del ente- de cuánto tiempo podría resistir, no sería mucho, pero para ella cada
nado. Él la había visto. ¡Mierda! instante contaba.
Tenía que volver. Y los lobos estaban cerca, muy cerca, demasiado El macho alfa de la jauría se detendría y lo atacaría de frente, mien-
cerca. tras los otros lobos lo harían por la espalda. Los más jóvenes demora-
Se apresuró todo lo que pudo, que no era mucho. El niño no dejaba rían muy poco en darse cuenta de que de esa presa no les iba a quedar
de mirarla; en su carita de apenas seis marcas se podía ver un grito nada, y en ese momento seguirían adelante para cazarla a ella.
atrapado.
La distancia al entenado se acortaba, pero la de las bestias también.
Cuando estaba a apenas tres durmientes, el chico estiró una mano.
Ella se desvió. y corrió con un pie a cada lado del riel. 'Empezó a
detenerse. Cuando estuvo cerca como para ver en la penumbra, notó
que el accidente era peor de lo que había imaginado: un hueso blanco
salía de la pantorrilla del chico. Debía doler mucho. Y el olor de la
sangre había enloquecido a los animales. No pudo evitar mirarlo a los
ojos. Era un perro apaleado pidiendo perdón.
Ella se acercó con cautela. Él estiró los brazos e intentó aferrarse.
Ella lo esquivó. Le pegó un tirón al morral de cuero de perro que él
tenía cruzado en bandolera. La correa resistió y el movimiento arras-
tró al chico. Ella lo vio contener un grito.
Cada instante era un durmiente menos entre ellos y los lobos.
Abrió el bolso y resistió la tentación de meter la mano hasta el fondo.
Su propio cuchillo cortaba como una navaja. Si se lastimaba, aun con
los guantes puestos, el olor de la sangre dejaría un rastro muy claro
para la jauría.
Introdujo la mano con cuidado. La suerte estuvo de su lado. ¡Santa
Oscuridad! Lo primero que tocó fue el mango. Lo aferró y lo sacó.
Buscó otra vez y encontró la púa del entenado. Se la puso en la mano.
Volvió a mirar los ojos del niño. Vio terror, vio que había compren-
dido: sólo estaba esperando que lo matara de una buena vez.
Ella decidió que vivo le iba a dar más tiempo que muerto. Le sonrió

122 123
llamaría Proc, como se llamaba ella, como se había llamado su madre,
y como se había llamado su abuela.
Y así, en la pared, bajo el nombre Proc, se sumaría otro nombre
. igual, bajo el de su abuela, el de su madre, el suyo.
Ojalá ella pudiera sobrevivir a estos lobos, y parir, aunque fuera un
varón, porque los varones tienen un alma diferente, que no los deja
tener cuchillo. Aunque su hijo varón tuviera una púa en lugar de cu-
chillo. Igual llevaría ese nombre, aunque con "o", se llamaría Proc-o,
11 sería su hijo, sería una continuación de su nombre.
Y si alguna hembra perdía su cuchillo los viejos le entregarían el
Ganaba velocidad. El vientre se sacudía al rinno de las zancadas, más suyo, y esa que lo tuviera pasaría a llamarse Proc.
rápido, cada vez más rápido. o; si hacían Intercambio con otra tribu, perros contra hembras,
No estaba segura de dónde estaba, había corrido a la desesperada. una de las nuevas recibiría el alma de Proc, y su nombre.
Era tarde para recordar la repetida frase de la machorra Grac: "Mirar Y en cualquiera de los casos ese varón que ella podría parir si con-
en la penumbra, orientarse, después correr". seguía escapar de los lobos, sería el padrillo de aquella hembra en el
Su suerte dependía del estado de la vía. Un pozo, un durmiente siguiente acople.
· roto, y ella y su feto terminarían en la boca de los lobos. Y esa nueva Proc estudiarí:r su historia, la de su madre, la de su
Pero corría. Corría. Corría lo más rápido que su cuerpo la dejaba. abuela. Y adoptaría su pasado, tendría una nueva abuela, una nueva
Corría con el cuchillo en la mano. Aferraba el mango, aferraba por el madre, sabría cómo su madre corrió y corrió de los lobos para salvar
mango el alma del hijo que daría a luz. el espíritu que le pasó en ese cuchillo.
De esa hoja había recibido ella el alma, con esa hoja pasaría el alma
a su descendencia ... si podía escapar de la jauría.
Ojalá pariera hembra, para que la niña pudiera conservarlo y en
las rondas de la tribu las mujeres de más marcas le contaran cómo su
madre había escapado de los lobos, cómo lo había perdido, cómo ha-
bía corrido hacia las fieras para recuperarlo, cómo lo había sacado del
morral del entenado para conservar el espíritu de su hija.
Ojalá naciera hembra y creciera, y recolectara h~ngos con ese mis-
mo cuchillo, y nunca se lo diera a su entenado como hizo ella, que
ahora estaba a punto de ser comida por estúpida.
Ojalá naciera hembra y creciera, y cuando tuviera la menarca parti-
cipara en la Ceremonia de Apareo, y recibiera el Aplauso por quedar
preñada en la primera vez, y pariera otra hembra que también se

124 125
cuatro o cinco travesaños, y las paredes no mostraban ninguna
bifurcación, ninguna puerta de esas que a veces aparecen, con cuartos
oscuros llenos de objetos incomprensibles.
Forzó la vista para ver más lejos. Y un poco más. Vislumbró una
mancha negra, allá adelante.
Podía ser un derrumbe, el corredor bloqueado. Eso solo podía sig-
nificar algunas piedras para demorar su muerte.
Podía ser una curva: una curva es siempre una esperanza.
III De repente a su izquierda una sombra más sombra que el resto.
Tres o cuatro durmientes de ancho. No pensó. Aminoró el paso.
Un aullido más fuerte la trajo de vuelta. Casi tropieza. Se dio cuenta Si solo era una parte de pared más oscura, ella sería carne de los
de que pensar la ayudaba a correr más veloz, sin ocuparse del peso de lobos.
su panza. \ Consiguió detenerse y volvió sobre sus pasos. Ya percibía los gru-
Como decía el viejo Birm: "El miedo sale de la cabeza, no del cuer- ñidos. Estaban cerca. Muy cerca. Demasiado cerca.
po. El miedo paraliza, no deja correr, no deja huir". Huir hacia delan- Una abertura. Sin luz. Tanteó con el pie: el vacío. Se agarró del cos-
te, hacia cualquier lugar lejos de los lobos, lejos de los dientes que se tado para no caer y tanteó con la mano, cQn el pie: más vacío.
clavan, que arrancan, que se enloquecen con el gusto de la sangre, Le parecía ver algo, pero no estaba segura. Miró hacia atrás, hacia
con el sabor de la carne desgarrada, arrancada viva, masticada sobre las vías. Allí estaban.
el grito, sobre el dolor. Los lobos.
Estaba más oscuro, casi no veía qué había por delante. No los contó, uno, dos, o más era lo mismo, los dientes eran lo
Detrás suyo estaban las bocas que buscaban su cuerpo, su vientre, importante.
su feto preso allí, sin poder salir, su feto que no puede defenderse, Saltó al vacío. Con las manos hacia delante.
que no puede sino dejarse matar por los lobos, por el hambre de los
lobos.
Escuchó cerca, muy cerca, demasiado cerca, las patas de los lobos
contra la madera, contra el metal de los rieles, contra el balasto entre
los durmientes.
Y el túnel se hizo más oscuro, más oscuro aun que los que ella co-
nocía, que cada tanto tienen un agujero en el techo por donde entra el
sol, la luz del sol, una luz que no hay que tocar P<?rque quema; ilumi-
na pero también quema la piel, y despierta los bultos en las axilas, en
las ingles, en todo el cuerpo.
En este túnel no había agujeros, y casi no podía ver más allá de

126 127
Los jóvenes no le creían y hacían bromas. Pero por todo hacían
bromas. Cosas de viejos, decían, con el tiempo se llenan de bultos y
se les nublan las ideas. Iban a clases pero no se las tomaban en serio.
Iban porque había que ir, para que les hicieran las marcas en el brazo
cada estío. Si no iban no crecían.
Pero finalmente allí estaban los lobos. Esos lobos. Todos diferentes
entre sí: más grandes, más chicos. De distintos pelajes, aunque en la
penumbra apenas se distinguían los colores. Los veía con y sin man-
IV chas; hocicos y patas más cortos y más largos.
Solo una cosa tenían en común: el hambre, la furia, la desespera-
Sus manos tocaron algo. Se aferró. Se colgó. Cables. Temió que el peso ción de oler la presa y no poder morderla.
de su cuerpo hinchado hiciera que se cortaran o se desprendieran. Vio moverse al más grande. Supo que iba a saltar. Se aferró al cable
Cualquier cos.a era mejor que ser comida por los lobos.' y esperó. La bestia iba a saltar. A saltar sobre ella.
Por suerte tenía sus guantes. El viejo Birm siempre decía: "Para Pretendía sostenerse de su cuerpo, morder su carne. No le impor-
vivir, vivir con guantes". Y los jóvenes se reían. El viejo los usaba todo taba luego poder o no salir de allí, solo necesitaba masticar, sentir
el tiempo, hasta cuando estaba en el vivac. Muchos se burlaban y lo carne entre sus dientes.
ignoraban. Ella siempre se los ponía cuando salía. Comenzó a contar los latidos de su corazón. Uno. Dos. Tres. Cua-
Y ahora estaba aferrada con sus guantes a los cables de acero, los tro. Una mano. Una mano y uno, una mano y dos.
cables con pelos de metal que se hubieran clavado en sus palmas, en El lobo se preparó, agachó un poco el cuerpo. Saltó.
sus dedos. Ella lo vio venir.
En ese momento llegó el primer animal al hueco. Una boca llena de dientes volaba hacia ella. Pudo ver colmillos
Y llegó otro. Y otro. Más de una mano, no llegaban a dos puños. blancos. Imaginó la baba.
Ladraban, tiraban dentelladas al aire. Ella colgaba a apenas tres dur- ·Revoleó la pierna derecha. La bestia se contorsionó para morder
mientes del borde. mejor. Su pie dio en una de las patas de la fiera y la hizo girar.
Los animales de atrás empujaban a los de adelante. Sus ojos se ha- Sintió que se desgarraba su pantalón.
bían ido acostumbrando a la oscuridad y p\.ldo verlos mejor. Torciendo la cabeza vislumbró cómo el lobo seguía de largo, em-
Muchas veces le habían hablado de los lobos, muchas veces había pezaba a bajar, golpeaba contra la pared opuesta, un poco más abajo.
visto el resultado de sus ataques, una vez incluso, antes que esta, los El 'Cuerpo negro se hundió en la oscuridad. Ese cuerpo en penumbra
había escuchado. Pero era la primera vez que los veía. aulló. Se escuchó otro golpe, patas intentando arañar una pared, un
El viejo Birm les enseñaba que eran como los perros, pero más rugido.
feroces. Y que por eso los llamaban lobos. Que si uno criaba un ca- Seguía cayendo, seguía bramando. Cada vez más lejos. Apenas es-
chorro de lobo se volvía perro. Y que cuando uno echaba a un perro c~chó un ruido sordo, pasados muchos latidos.
de la tribu, si sobrevivía, se volvía lobo. El pozo iba abajo, muy abajo. Y ella seguía colgada.

128 129
Ahora se daba cuenta de que tendría que haber prestado más
atención a las clases, a lo que decía el viejo y la machorra Grac. Las cla-
ses eran para esto, para enseñarles a sobrevivir afuera. Y para escribir
sus nombres, y los nombres de los otros de la tribu, y para contar con
las manos. Pero todo eso, decían, era para no morir fuera del vivac.
Nunca había pensado en afuera. Nunca se le había ocurrido que
iba a estar lejos de la tribu, que iba a estar sola, que iba a estar colga-
V da, sin saber qué hacer, sin saber cuánto iba a aguantar.
Se balanceó, trató de hacer oscilar el cable para llegar al borde. No
El resto de los lobos esperó. Y esperó. Y esperó. Finalmente se dieron pudo. De todos modos si lo hubiera conseguido no estaba segura de
cuenta de que no llegarían hasta ella mientras estuviera aferrada a atreverse a salir, todavía debían estar los lobos rondando.
los cables, y que ella no pensaba moverse mientras ellos estuvieran No intentó subir, aun sin el feto dentro suyo no hubiera tenido
acechándola. fuerzas. Solo había un camino: bajar.
Se fueron corriendo, a ver si todavía quedaba algo del, festín del
entenado.
Y ella colgada.
Sabía dónde estaba: era un ascensor.
Recordaba las clases del viejo Birm, el lugar se llamaba "pozo", o
"hueco", y en algún lugar debía haber una caja metida que cortaba el
pozo en dos: arriba y abajo.
Debajo no estaba, pues el lobo cayó, cayó y cayó; debía estar enci-
ma o haber desaparecido.
Pero eso no le servía para nada, porque ella no podía subir, solo
podía bajar.
El viejo Birm había dicho: "Uno va por el túnel, encuentra un cuar-
to pequeño, entra, los cables se cortan por el peso, el cuarto se cae,
uno se muere. Eso es un ascensor".
Hablaba raro el viejo Birm. Decían que no'había nacido en la tribu,
que llegó ya grande. Ella no sabía de dónde venía, nunca le había
preguntado, aunque decían que no hablaba del tema. Pero por eso,
porque no era de la tribu, se llamaba Birm, y no Birm-o. Ellos se
reían, decían que tenía nombre de hembra, no de ;arón. Pero al viejo
parecía no importarle.

130
Tenía que descansar, pero no sabía cómo, debía atarse a los cables,
pero no sabía cómo.
Caería, golpearía en el fondo. Su cabeza se iba a romper y lo que
está adentro se iba a escapar; esa pasta blancuzca con sangre se iba a
derramar, sus ojos iban a explotar y chorrear en su cara, en su cuello.
Ella sabía, había visto.
Recordaba a Scla-o, que tenía la misma cantidad de marcas que
ella. Les había tocado aparearse en la ceremonia, era el padre del feto
VI que llevaba dentro. Era su amigo.
Todavía veía la imagen de la cabeza y los ojos reventados de Scla-o
Una mano, la otra, enlazar las rodillas y los pies, una mano, la otra, cuando quedó bajo ese derrumbe. Recordaba que ella le habló,le dijo co-
enlazar las rodillas y los pies. sas a esa cara en la que chorreaban los ojos. Ella trató de conversar
Algunos tramos de los cables estaban peor, las hilachas'-de acero con esa boca y esa nariz manchadas de una pasta con sangre.
se le clavaban en las piernas. En las manos no, por los guantes, pero Pero debía descansar, no pensar, descansar.
de todos modos tenía que tener cuidado. No hubiera aguantado sin ¡Su cinturón! Era de buen cuero de perro, debía aguantarla. Pero
ellos. Tenía razón el viejo. no veía la forma de quitárselo, pasárselo bajo los brazos y atarlo a los
Una mano, la otra, enlazar las rodillas y los pies, una mano, la otra, cables. Además allí estaba su cuchillo, debía sacarlo primero y meter-
enlazar las rodillas y los pies. Muchos latidos, muchas veces, muchas. lo al morral, que estaba del otro lado. No se atrevía a soltar una mano,
Probó deslizarse. Casi no pudo detenerse. No podía usar las pier- apenas podía sostenerse con tanto peso. ¡Mierda!
nas para frenar porque el cable deshilachado la laceraba. No había Inmediatamente se sintió mal por haber insultado a su vientre, al
otra alternativa que bajar, mano a mano. feto. Debía inventar otra manera. Los brazos le dolían cada vez más.
La poca luz se había extinguido, si miraba hacia arriba podía vis- Tuvo una idea. Descendió hasta que encontró un tramo en el que
lumbrar un tenue marco de claridad. no había muchas púas de acero. Los cables eran tres. Pasó el.brazo
Dolor en los dedos, en los brazos, en los hombros, en las piernas, izquierdo entre dos de ellos, lo levantó por sobre su cabeza y los afe-
en las mandíbulas apretadas. Un solo dolor atraviesa el cuerpo, lo rró. Pasó la pierna derecha entre ellos, la giró y los abrazó, cruzando
recorre, lo perfora. Desde adentro. los pies. La apretaban un poco, sabía que no iba a durar mucho sin
De repente en su vientre el feto patea, se mueve. que la mano y el pie se hincharan, pero pudo soltar la mano derecha
No, ahora no, duerma, mi criatura, duerma~ Déjela a mamá que sin caer.
está ocupada, que tiene que sobrevivir, para que pueda nacer, para Aflojó el brazo libre y dejó caer la cabeza hacia delante. Dormitó.
que pueda ser hija, para que mami le pueda pasar el alma con su Se despertó sobresaltada cuando sintió que en su muslo se estaba
cuchillo. clavando una astilla de metal. Se había ido deslizando. Cambió de
Los músculos pedían reposo a gritos, pensó en soltarse, lo hubiera brazo y de pierna, y pudo descansar otro momento. Repitió estos mo-
hecho si no hubiera sido por su feto. vimientos por lo menos una mano de veces. Se sintió mejor.

132 133

'11
Siguió bajando.
Ya no veía ni siquiera sus manos enguantadas.
Siguió bajando.
El aire tenía un olor que no podía reconocer, y todo era más hú-
medo.
Siguió bajando.
No tenía noción del tiempo, no sabía si había descansado mucho
o poco. Casi no sentía las manos y los pies. Tenía miedo de dormirse
y caer. Caer. VII
Siguió bajando.
Tuvo sed. Bebió un poco. Tuvo hambre. Comió algo de lo que tenía No pensaba, no sentía, solo bajaba. La total oscuridad la ayudó a
en el morral. Descansó. Durmió. terminar de perder toda noción de tiempo y distancia. Solo bajaba.
Siguió bajando. Una mano, la otra, enlazar las rodillas y los pies, una mano, la otra,
Se detuvo varias veces. Se alimentó varias veces. Se terminó la co- enlazar las rodillas y los pies.
mida. Agua le quedaba poca. De tanto en tanto se enganchaba para descansar.
Los ojos abiertos o cerrados veían lo mismo: nada. En un momento sintió dolor en las pantorrillas, los muslos. Hilos
Negro, negrura, oscuridad. Hambre. Dolor. de acero que raspaban. Reaccionó. Se había dormido, estaba a punto de
Siguió bajando. soltarse, de caer.
Se aferró. Quedó inmóvil. El miedo la hizo transpirar. Las gotas
saladas le ardían en los ojos. Eso era lo úníco que le daba la pauta de
que los tenía abiertos.
La oscuridad es miedo.
Ella sabía que no había cosas, pero no podía dejar de imaginar. El
silencio era total. Cada tanto alguna leve corriente de aire la tocaba.
Tenía terror a los murciélagos. En el vivac se decía que había algunos
que chupaban sangre: vampiros.
Bichos asquerosos. Tenía miedo de que se abalanzaran sobre ella.
Y la mordieran. Y le pasaran la lengua, y la mordieran. Podía imagi-
narse su cuerpo colgado, chorreando sangre, con tiras de carne col-
gando, con esas ratas con alas prendidas a ella, masticando su cara,
su vientre, su feto.
E iban a dejar solo su esqueleto allí, pendiendo de los cables.
¡Los cables! ¿Y si de pronto se terminaban, si de pronto su pierna

134 135
encontraba el vacío? ¿Y si conseguía balancearse y a su alrededor solo Mueve el cuerpo. Apenas hacia delante. De nuevo. Sigue. En cada
había paredes verticales? ¿Hasta cuándo iba a poder aguantar? pequeño avance tantea frente suyo. Debe apurarse, la tabla puede
Iba a tener que soltarse. Y caer. Caer. ceder. Debe moverse lento y con suavidad, la tabla puede estar mal
Otra vez vino a su mente la imagen de la cabeza destrozada de apoyada. Apurarse con suavidad. Debe.
Scla-o. Toca una pared. Más cerca de lo que pensaba. Muro, agujero no,
No pensar. No sentir. Bajar. Solo bajar. abertura no, pared. Hacia los costados lo mismo. No hay salida. Con
Y bajó. Bajó. Bajó. los dedos trata de ver cómo está apoyada la tabla.
Su cuerpo era un mecanismo que se descolgaba lento por los ca- Está calzada en un reborde no más ancho que su mano. Es sufi-
bles. Lleno de dolor. ciente. De este lado está bastante segura, mientras no la sacuda. El
Su pie tocó algo. Un temblor la atravesó. peligro será cuando intente darse vuelta. Para eso deberá retroceder
Duro. No se atrevió a apoyarse. Tanteó. Para adelante, terminaba hasta los cables.
allí cerca. Mover despacio el pie, para atrás. Allí se acababa. Tanteó. Lo hace. Apenas puede contenerse para frenar sus movimientos.
Para los costados seguía el apoyo. Una tabla atravesada en el pozo. Quiere salir. Salir. No importa lo que haya más allá, no importa su
Todo negro. No se ve más que negro. cuerpo estragado, no importan las costras de sangre en las piernas.
¿Habría habido otras que ella no vio porque no estaban pegadas a Lo único que importa es salir de ese pozo.
los cables? Se apoya un poco más. Santa Oscuridad, que no ceda. Un Llega de nuevo a los cables. Se aferra. Sus brazos que tanto la sos-
poco más. Las manos son un padecimiento que aprietan el acero que tuvieron parece que ahora no tuvieran fuerza para levantarla. Se ayu-
es toda su seguridad. da con los pies. Gira. Despacio. Ahora está mirando para el otro lado.
Apoya el otro pie. Más peso. Todo su cuerpo. No cae. Pero no se Sonríe. ¿Mirando? No ve nada.
atreve a más. Sus piernas están a punto de no sostenerla. Mueve las nalgas hacia delante. Otra vez. Como antes en cada
Da un paso. No, mucho menos que un paso. Sin aflojar las manos. avance, tantea. Nada. Otra vez. Nada. Otra vez. Nada.
La tabla aguanta. ;Sus rodillas tocan algo! O sea que hay una abertura. ;Despacio!
Se aleja de los cables sin dejar de aferrarlos. Estira la pierna. Más. Cualquier movimiento brusco puede hacer caer su sostén.
Otro poco. Nada. Vuelve. Va hacia el otro lado. Tampoco encuentra Toca a los costados de la tabla: no hay vacío. ;Piso!
nada. Estira el cuerpo hacia delante, no encuentra el fin de Ja madera,
Deberá soltarse, en la oscuridad no tiene equilibrio. ¿Sentarse, busca a los costados: más suelo. Se contiene para no saltar. No con-
acostarse? Baja de a poco. Apoya las nalgas contra la madera. Afloja fiar. Sin luz no se puede confiar. Adelanta el cuerpo. Se arrastra. Se
las manos sin quitarlas de su único punto seguro. No cae. apoya en un suelo lleno de polvo. Estornuda. ;Mierda!
Una pierna a cada lado de la madera ¿madera? No lo sabe. No Avanza, más.
importa. No cae. Sale.
Suelta las manos de los cables, apoya las palmas frente a su cuerpo.
En las nalgas se le clavan agujas, muchas. Es el cansancio, piensa, es
la tensión, piensa. No pensar, piensa, no sentir.

137
Se acuesta, apenas puede sacarse los guantes y guardarlos en el
morral.
No necesita cerrar los ojos, es lo mismo abiertos que cerrados, no
sabe cuándo se duerme.
Pero se duerme.

VIII

Apenas puede caminar, le duele todo: las piernas, las manos, los brazos,
la espalda, el cuello. Su cuerpo son pedazos separados que punzan,
lastiman, hieren.
Gatea, repta, se obliga, un poco más, un esfuerzo más.
Tiene que encontrar una pared, tiene que trepar, no puede quedar-
se en el piso, tiene que subir, tiene que acostarse, tiene que dormir.
Lo único que quiere es dormir. Dormir. Dormir.
Toca algo, se detiene, tantea. Negro, todo negro.
Se levanta junto a esa pared. Se estira todo lo que puede. Sus músculos
gritan. El muro se curva hacia atrás: ¡está en un túnel! Puede trepar.
¿Puede trepar? Busca hacia un lado, se arrastra, encuentra caños, ti-
ronea, son firmes, puede subir. No sabe si sus músculos resistirán.
No hay alternativa, dormir en el suelo es ser comida de lobos, de
ratas, de bichos. ¿Estarán también acá, en la oscuridad? No pensar,
solo actuar.
Saca su hamaca del morral, la enrolla en el cuello como le enseña-
ron. Trepa. Trepa. Duele mucho.
Llega al techo, los caños la sostienen, allí engancha una punta
de la hamaca, se desplaza, busca otro caño, engancha la otra. Sube a
la lona. Acostarse, relajarse. Todavía no. Falta algo, busca un resto de
energía.
Protegerse, necesita protegerse, evitar las ratas. Busca los conos,
los coloca en las sogas de las que cuelga la hamaca. Ahora sí.

139
Se dio cuenta de que había despertado cuando recordó que había
soñado con Klim. Y no podía ser, ella estaba sola, colgada de su hama-
ca en la más completa oscuridad.
En su sueño ella no tenía panza. Dormían juntas, como siempre,
con todas las otras. Era la primera vez que armaban sus esteras en la
zona central. Las habían mudado cuando habían tenido la menarca;
habían dejado el lado de las niñas.
Faltaba poco para la Ceremonia de Apareo, en toda la tribu no ha-
IX
bía ninguna hembra preñada. Las que quedaran irían a la otra punta,
hasta que soltaran sus fetos y les pasaran su alma.
La despertó la sed. La garganta era de hierro oxidado. Pero ¿estaba Frente suyo, del otro lado del pasillo, estaban los varones que te-
despierta? Parpadeó. Todo era igual. ¿Estaba soñando que había de- nían suficientes marcas: dos manos y dos dedos o más.
jado de dormir? Movió los brazos: nada a los costados, arriba techo, Ellas siempre habían dormido juntas. Algunas las criticaban por
curvo, áspero.
eso, decían que estaba mal. Ella a veces dormía con otras, pero Klim
Recordó.
nunca. Cuando ella había quedado y su amiga no, algunas dijeron que
Se incorporó un poco en la hamaca, sus músculos aullaron. Tanteó era por eso, por no dormir con otras.
arriba suyo, hasta donde le daban los brazos. Algo húmedo. Se estiró Ella no creía en esas brujerías, pensaba que eran cosas de viejos y
un poco más: líquido, agua, poca.
machorras, que tenían demasiado tiempo en la vida para pensar.
Su boca seca pidió tomar. Dudó. Siempre le habían dicho que no Pero a Klim le dolía.
podía tomar agua que estuviera sucia, que no fuera clara. Pero acá Volvió a recordar el sueño. Era la primera noche en el centro de la
no tenía forma de saber.
zona de dormir. Cuchicheaban una al lado de la otra, y se reían juntas.
Tocó, pasó los dedos. El tacto le decía que no parecía ser grasosa, Siempre lo hacían, hasta que las otras les pedían que se callaran.
ni tener polvo o suciedad. Pero podía ser marrón de óxido, o peor, no Jugaban. Mientras conversaban siempre se acariciaban los pezo-
sabía qué pero podía tener algo, hacerla abortar, o vomitar, y morir nes una a la otra. Hasta que se mojaban allá abajo. Entonces siempre
entre dolores horribles.
tenían el mismo diálogo:
El paladar reseco era de cuero. Casi sin pensar llevó su dedo moja- -Estoy mojada.
do a los labios, duros y cuarteados.
-¿Puedo ver?
Probó con la punta de la lengua. No tenía gusto desagradable, un -Ver no, porque no se ve, tocar sí.
poco salada. Estiró la mano, mojó la punta de los dedos, los acercó Entonces la otra metía la mano entre las piernas y tocaba, siempre
otra vez a la boca. El alivio era como una caricia.
hasta el borde de la explosión. En ese momento bajaba y ponía la
Olvidó todo temor, su mano recorrió de ida y vuelta el camino boca, la lengua, entre las piernas de su amiga, hasta que sentía cómo
hacia el agua, cada vez era una gota en su boca. Volvió a caer en el se derretía, se desarmaba, se derrumbaba.
sueño.
Y la noche siguiente lo hacían al revés. Aunque a veces la que había

141
chupado quedaba nerviosa, y se tocaba, o pedía a su compañera que
la acariciara.
Luego se dormían abrazadas.
Cuando despertó notó que estaba mojada entre las piernas. En
todo este tiempo no había pensado en Klim.
Luego de la última Ceremonia de Apareo habían estado un poco
alejadas. Los primeros días desde la falta ella anduvo como flotando.
Solo pensaba en el feto, se pasaba las horas acariciándose el vientre,
todavía chato, con la hoja del cuchillo.
Los varones y las machorras de muchas marcas la miraban y se Volvíó a despertar desconcertada por la oscuridad. Otra vez había
reían. soñado, bajó la mano, estaba mojada.
-Todas hacen lo mismo -decían-, no le vas a pasar el alma antes, Recordó. En el sueño era la mañana de la Ceremonia de Apareo.
no te apures. Estaban muy nerviosas, algunas más, otras menos. Cuchicheaban. De
Más de una vez ella había pensado que debía acercarse a Klim, que alguna se decía que estaba ~an tranquila porque ya la había probado.
no le quedaba mucho tiempo, que por más que pariera hembra, la re- Lá miraban mal.
lación con su hija no iba a ser la misma. Su alma iba a pasar a su hija, Todas habían jugado con varones, hasta la menarca estaba permiti-
pero iba a ser chiquita, no iba a poder hablar, reírse, besarla entre las do. Pero siempre y cuando no entraran por adelante. A Proc nunca le
piernas, jugar como con Klim. había gustado que le entraran por detrás, le dolía.
Puso la mano entre sus piernas, jugó, explotó, se durmió otra vez. A Klim sí le gustaba jugar con los varones. Proc prefería a otras
chicas, eran más suaves, más lentas. Los hombres solo querían me-
terla o que los sacudiera. Y a ella se le cansaban las manos y la boca.
Y cuando les tocaba a ellos nunca se tomaban su tiempo, en cambio
sus amigas sí, la tocaban o la lamían despacio. Sentía que iban escu-
chándola, sintiendo cómo iba respirando, jadeando, hasta que ella
ntojaba la mano o la boca de la otra. A veces chorreaba tanto que se
empapaba hasta los muslos.
Hablaban de eso, y hablaban de quién quedaría preñada, quién reci-
biría la Ovación, y quién pasaría por la Ceremonia una y otra vez hasta
ser declarada machorra. Señalaban a una, a la que le gustaba mucho
jugar con los varones. Se decía que se había dejado, se decía que las ma-
chorras lo hacían por adelante también, aunque no estaba permitido lo
hacían igual, que a los varones les gustaba porque era diferente, y que
las machorras eran varones, pero no eran.

142 143
Se contaba el caso de una que había quedado preñada, y para colmo Ella sabía lo que tenía que hacer: se acostó boca arriba en la estera
fuera de la Ceremonia de Apareo. Pero era lo que se decía, no se sabía, y puso los pies en la pared, lo más alto que pudo, para conservar el
había sido antes de que ellas nacieran. líquido dentro.
Luego en el sueño había venido el Apareo, ellas en fila, frente a las Miró hacia los costados: varias ya estaban así, a algunas otras les
Tablas de Apareo. seguían dando. En la punta de la fila había dos que estaban de pie,
Ella busca su nombre: le toca con Scla-o. uno frente al otro. Ella lo reconoció, era un varón muy joven, apenas
Le gusta. Le gusta Scla-o. Es su amigo. Les había tocado muchas tenía las dos manos más dos marcas. Si fallaba dos veces más iba a
veces ir a buscar hongos, o a ordeñar a las perras. También habían ser declarado maricón.
jugado varias veces, y no había sido bruto. Su sueño de repente saltaba dos lunas después, a la fecha de san-
Sonríe, y Klim, que está a su lado, le recrimina: está contenta, al grado siguiente al Apareo. Todas las que habían tenido la regla de
final le gustaba la idea de estar con un varón. Y ella que no, que lo que un lado, con los más jóvenes, los entenados; todos los varones y las
le gustaba era Scla-o, que era bueno, que se reían juntos, que ya que machorras del otro. En el centro las que no la habían tenido. Ella y
tenía que pasar por eso era mejor que fuera con él. otras dos. Y Klim, lejos, en el primer grupo.
Luego la ceremonia. La luz de las antorchas, los tambores tocando: Ella recibió la Ovación por haber quedado preñada en el primer
ta, ta, ta, tatá. Los que no se iban a aparear a los lados, cantando, los Apareo. Ella estaba Preñada, ella y las otras dos.
que podían, claro, los que no tenían bultos en el cuello o en la boca. Se sacaron toda la ropa y dejaron sus cuchillos a sus pies. Scla-o y
Los menores, los entenados, mirando desde atrás, entre las piernas los otros varones se acercaron, los tomaron y pasaron las hojas por
de los más grandes. el vientre, por las tetas. Su cuchillo. Ahora lo más importante era su
Todos los varones a los que ya les había saltado, los que hacían de feto y su cuchillo.
padrillos, parados a ambos lados del túnel, frente a sus esteras. Ellas Y ella lo había perdido, imbécil, buscando hongos con su entenado.
arrodilladas delante, metiendo sus cosas en la boca, para ponérselas Pero lo había recuperado y ahora había terminado ahí, colgada en las
duras, el aplauso cuando la primera la saca de la boca y el padrillo tinieblas, sola. Sola.
muestra su palo apuntando hacia arriba. La muchacha se da vuelta, se Lloró.
pone en cuatro patas. Nuevo aplauso a la primera penetración, y a la se-
gunda, luego eran todos, casi todos, los que estaban dándole y dándole.
Proc no había sido ni la primera ni la segunda. Estaba muy nerviosa,
temía que le doliera, pero cuando se puso y él le apoyó eso que tenía, rí-
gido y caliente, ella se dio cuenta de que estaba húmeda, y entraba bien.
Él penetró, despacio, y empezó a sacudirse. No le pareció feo, pero
tampoco le gustó. Era raro. Escuchaba cómo él resoplaba y se sacudía.
Escuchaba que alguna gritaba cerca suyo. ¿Sería Klim? Un empu-
jón más fuerte. Y nada más. La cosa dentro suyo que se achica, él que
se tira a su lado, jadeando.

144 145
Uno, dos, tres, cuatro: uno en cada punta de la hamaca, otros dos a
cada lado. Creyó identificar más pasos adelante.
Por lo menos eran una mano de gente. Y se movían con rapidez y
seguridad.
¡Ciegos! ¡Había caído en manos de los ciegos!
Se contaban cosas horribles de ellos: ¡que les abrían el corazón a
sus prisioneros y se lo comían todavía latiendo! ¡Que los hombres y
las mujeres se apareaban en cualquier momento! ¡Que comían ratas
XI
y hormigas!
Comenzó a temblar. Algo duro la golpeó en la espalda a través de
Despertó porque su hamaca se movía. No era posible, pero se balan-
la hamaca, se quedó quieta.
ceaba. ¡Derrumbe! El techo caería y ella iba a quedar aplastada como
Marcharon largo rato, perdió la cuenta de sus latidos. En algún
Scla-o.
momento escuchó un susurro que pudo haber sido una voz. Casi una
No. No caía.
respiración. Sus captores giraron y se detuvieron.
Intentó incorporarse. No pudo. Tenía las manos y los pies atados.
Alguien tomó sus manos y las llevó hacia atrás, sobre su cabeza, y
Gritó.
las ató a la tela de la hamaca. Uno de los murmullos que había escu-
Percibió un revuelo a su alrededor. Una mordaza tapó su boca.
chado en la cabecera y al final del grupo se había acercado y sonaba
Ninguna imagen, solo oscuridad.
cerca: era como dos pequeñas piedras golpeando entre sí.
Si no fuera por el bamboleo no hubiera sabido que estaban lleván-
La pararon y la empujaron. Cayó al vacío. Gritó. Con un fuerte
dola. Silencio casi total, solo un pequeño murmullo delante y otro
tirón quedó colgada de las manos. Escuchó risas ahogadas, y empe-
atrás, un rumor que no podía identificar.
zaron a bajarla.
Tictic, tictic. Algo que castañeteaba adelante. Otro ruido parecido a
No ver nada la hacía sentir que el tiempo no transcurría, toda ella
sus espaldas. Y el bamboleo. El resto era negro.
era un manojo de terror.
Intentó relajarse, concentrarse en oír y oler. En las clases les decían
Percibió, cerca, un sonido, un roce. En algún momento sus pies choca-
que escuchar era tan importante como ver, que cuando se adentraban
ron con algo y una voz murmuró palabras que no pudo llegar a entender.
en los túneles la luz iba a desaparecer, y allí solo iban a contar con el
Las voces hablaban casi sin consonantes, parecían respiraciones
oído y el olfato. Y así estaba ella.
contenidas.
Primero sintió su propio olor agrio, luego el de la hamaca. Más allá
Sintió que la agarraban de los pies y la acostaban en un suelo pe-
nada, estaba encerrada en un capullo tejido.
dregoso. Balasto. Intentó sentir los durmientes bajo su cuerpo pero
Prestó más atención, trató de no respirar para que los sonidos le
no pudo. Podían ser solo piedras, trató de girar, un golpe en la cabeza
llegaran mejor. No aguantó, trató de hacerlo muy suave. Empezó a
la detuvo.
percibir pequeños roces, como pies que apenas se apoyaban. Se con-
¿Cómo podían verla? Ella no tenía los ojos vendados y aun así no
centró.
distinguía sombras ni formas.

147
Sus captores se movían con absoluta seguridad, sin hacer ruido.
Solo se escuchaba ese clac clac de las piedras golpeando, ya estaba
segura de eso.
Volvieron a levantarla y continuaron. Anduvieron muchos latidos.
Comenzaron a cruzarse con otros que intercambiaban susurros con
ellos, le pareció percibir caminantes, dos manos o más, que iban
tras ellos, debían seguirlos. En algún momento palparon su cuerpo
por debajo, a través del tejido de la hamaca.
El castañeteo de piedras dejó de escucharse, y fue reemplazado por
un golpe rítmico que venía de algún lugar un poco más lejano.
La dejaron en el suelo, le quitaron la hamaca de encima. Sentía que Dormía. No sentía diferencia alguna entre la vigilia y el sueño. Temió
una multitud la miraba. Pero para sus ojos solo había negrura, nada. que le hubieran puesto algo en la comida o en el agua. Sentía que no
tenía ojos. Sus manos eran grandes y estaban calientes. Las palmas
ardían. Las tocó, estaban desolladas. Se tocó el cuerpo,las piernas, los
muslos, la cara interna de las rodillas, las pantorrillas, los pies, eran
· una llaga viva.
Dormía. Sentía la cabeza llena de metal. Dormía, sentía dolor, mu-
cho. Dormía.
En algún momento al moverse había generado algún ruido, en otro
se había quejado. La respuesta inmediata en ambos casos fue un gol-
pe en la cabeza.
En otra ocasión como respuesta a su falta de silencio recibió una
pedrada en la cara.
Necesitaba descargar la vejiga. Desde que había quedado preñada lo
hacía todo el tiempo. Ahora no sabía qué hacer. Le aterraba la idea de
moverse en esa oscuridad. Sabía que le pegarían, que se tropezaría con
cosas o personas.
Relajó entre las piernas. Empezó a mear.
No habían transcurrido dos latidos cuando una lluvia de golpes y
objetos cayeron sobre ella. Un murmullo recorrió el ambiente.
La levantaron de un brazo, la llevaron casi a la rastra, la hicieron aga-
char y le dieron una cachetada. Ella interpretó que era una señal para
' que hiciera lo suyo. Intentó descargar el vientre también. No pudo.
'

149
Apenas terminó sintió cómo la llevaban de nuevo a su lugar.
Se acostó. Volvió a dormirse.
Se despertó y se levantó de golpe pensando en su cuchillo. ¡Su cu-
chillo! Trató de moverse en silencio.
Por primera vez sentía la cabeza un poco despejada. Reconoció el
lugar con las manos, dejando el cuerpo lo más quieto posible.
Estaba acostada, con la cabeza apoyada en una piedra, o en un
escalón. Levantó suavemente un pie, luego el otro. Sus músculos se
quejaron. Movió una mano, la otra. Tocó su vientre hinchado. Lo aca- XIII
rició. Necesitaba su cuchillo.
Sin girar tanteó a su alrededor. Cerca de su cabeza estaba su mo- El miedo la paralizaba. El silencio se llenaba de murmullos sobre el
rraL Buscó .adentro. Estaba todo, todo. El alma de su hijo estaba a fondo sordo de un tacatac-tacatac que colmaba el espacio circundan-
salvo, te. Pasados muchos latidos le pareció que estaba sola. Se durmió.
No los entendía. No estaba atada, no temían que los atacara, que Despertó. Todo estaba igual. Nadie se acercó, nadie la tocó. Se mo-
intentara huir. ...Uó muy lentamente, intentando no hacer ruido. Nada. No se atrevió
Imbécil. Era una imbécil. ¿Cómo podría hacer cualquier cosa en a pararse. Estaba muy cansada. Volvió a dormirse.
estas tinieblas? Sintió un sacudón. Alguien agarraba su hombro. Abrió los ojos.
No sabía cómo, pero ellos "veían". Los cerró. Era lo mismo. En- el aire había olor a comida. Tomaron su
Pero ella tenía su cuchillo. Lo sacó, sigilosamente, y se acarició el brazo. En su mano pusieron algo, un cuenco. ¿Cómo sabían dónde
vientre con él. Un largo rato. estaba su mano?
Volvió a dormir. Soñó. Tanteó dentro del recipiente. Una pasta tibia, con algo sólido flo-
tando. El hambre la golpeó desde dentro. Comió con desesperación.
Apenas se calmó un poco se dio cuenta de que estaba comiendo
troglobios. Un asco, comida de bestias. Los suyos se mantenían con
hongos y carne de perro, y estos bichos, como los murciélagos, eran
solo para las hambrunas o expediciones más largas.
Se los habían dado de comer en los ejercicios de supervivencia, cuan-
do los llevaron abajo para que aprendieran a vivir fuera de la tribu.
Aquella vez ella no había probado esos animales asquerosos, blan-
cos, con patas, antenas y pinzas. En la casi total oscuridad había simu-
lado que los masticaba y en su lugar había tragado un pan de musgo
que había llevado escondido, por consejo de los que habían pasado
antes por eso.

151
Ahora los estaba comiendo. Apenas pudo dominar las arcadas. De nuevo escuchó una voz cerca, muy cerca. Intentó comprender.
Pero su hambre era mayor. Era un sonido blando, sin golpes, soplado.
Vació su cuenco, y lamentó que no hubiera más. Lamió el fondo. En- Sonaba como "e hamo Ish", lo repitió. Un ruido sin ecos.
tre los dientes le quedaban restos de caparazón, con las uñas los res- Entendió: "Me llamo Ish".
cató y los masticó. Nunca imaginó que iba a desear comer más bichos. -¿Ish? -susurró.
Estaba sentada, con su cazuela en la mano, sin saber qué hacer. -¡Hí! -contestó lo que interpretó como un ¡sí!
Inmóvil. -Yo, Proc.
Empezaron a llegarle pequeños sonidos. Una voz de niño, muy chi- -Ho, Ish.
co. Un susurro que pasaba frente suyo. Otra voz, más parecida a un
soplido, a un lado.
Algo tocó su cabeza. Gritó. Un coro de murmullos sordos nació a
su alrededor. ¡Estaba rodeada de gente! Una mano le pegó en la nuca
y otra tapó su boca.
Se dio cuenta de que en ese silencio su chillido era como una bo-
fetada. Los dedos que cubrían sus labios se fueron separando lenta-
mente. Intentó moderar su respiración pero no pudo. Sonaba como
un perro resoplando.
Volvieron a tantear su cabeza, la mano se retiró, luego volvió otra
vez, pasó a sus orejas, quitó el pelo que las cubría. Ella normalmente
lo llevaba atado, como todos, pero había perdido el lazo y su cabello
colgaba suelto a los costados de su cara. Al tener los oídos libres per-
cibió nuevos sonidos, se dio cuenta de que era importante no taparlos.
Registró un aliento cerca de su oreja; un susurro, apenas un viento
que llevaba un eco. No entendió una sola palabra.
Esos dedos tantearon su cara, con toques precisos. Un chasquear
de dedos frente suyo. ¿Para qué? Siguieron recorriéndola, apenas ro-
zándola. Cada tanto volvía a escuchar los dedos sonando. No quería
moverse ni respirar. \
La mano parecía reconocerla. Pensó que estaba buscando dónde
clavarle un cuchillo, para cortarla, para comerla. No pudo evitar el
gesto de proteger su vientre. Acariciaron sus brazos, sus manos. Pen-
só que era una mujer. Tomó los dedos que la tocaban, intentó trans-
mitir a través del tacto su miedo, su soledad.

152 153
' Cada tanto se le acercaba Ish y "conversaban". Sus diálogos, al
principio, se limitaban a repetir palabras y comprender cómo las pro-
num:iaba cada una: mano, piso, pelo, comida, pared.
Ella notó que su amiga se sentía molesta si pronunciaba las con-
sonantes. A veces, cuando emitía un sonido un poco más alto, Ish le
pegaba en la cabeza.
Intentó hablar soplando como ella lo hacía. Eso hizo que ella la
entendiera mejor.
XIV Finalmente pudo comprender un poco cómo era este mundo al que
había descendido.
Todo el tiempo se escuchaba un tacatac-tacatac. Ish le explicó que estaban en uno de los túneles que salían de la
Con el pasar de los latidos, se dio cuenta de que el ritmo era siem- cueva grande, que era el centro de la tribu. El ruido que escuchaban
pre el mismo, pero a veces se lo escuchaba más alto y otras veces más era producido por "los hacedores de tiempo y los ecos".
bajo. Tuvo que hacer muchas preguntas, pero terminó entendiendo por
Una vez escuchó otro sonido más intenso, metálico. Y la cadencia fin que ellos percibían los objetos por la resonancia que les devolvían.
bajó de volumen. Otra vez captó lo mismo, y ese pulso se percibió Por eso para "ver" sus rasgos o caminar por un túnel, golpeaban dos
más fuerte. guijarros, o chasqueaban los dedos.
Decidió que tenía que prestar más atención. El problema era que De allí que cualquier estrépito, como un grito, era molesto, pues
en esa noche perpetua no tenía conciencia de cuándo dormía y cuán- generaba reverberaciones que distraían la percepción del entorno.
do se despertaba. Trató de contar los latidos de su corazón, pero siem- En ese momento se le hicieron claras expresiones como "escuché
pre había algo, un rumor, sus propios pensamientos, que la distraían. su rostro" u "oí como se hacía la comida".
Observó que cuando el ritmo sonaba muy bajo el movimiento al- Ish le explicó que solo los miembros de las familias más importan-
rededor decrecía. En una oportunidad escuchó ese ruido que ya ha- tes vivían en el centro, donde además "estaba el calor", porque había
bía detectado, como dos hierros golpeando, el golpeteo aumentó de una fuente termal que también se usaba para cocinar.
volumen, y a los pocos latidos comenzó a percibir movimiento a su El resto se acomodaba en los túneles de alrededor.
alrededor. En otra sonó esa marca y todo a su alrededor comenzó a Ellos estaban en uno de los menos importantes. A Proc no le quedó
bajar de intensidad. Era una señal que marcaba algo. claro qué era exactamente, pero le pareció que no era un buen lugar.
Se dio cuenta de que era la forma que tenían de dividir la vigilia del No entendió del todo la explicación de Ish.
sueño, la diferencia entre el "día" y la "noche". Cuando le preguntó cuáles eran sus tareas se encontró con evasivas.
Se acostumbró a usar esas palabras y, a los pocos "días", sin pro- La curiosidad la mataba e insistió con sus preguntas. Ish lloró.
ponérselo, dormía más de "noche". De todos modos dormitaba en Era asombroso cómo podía hacer todo en un casi completo silen-
cualquier momento, y no tenía demasiada noción del tiempo. cio. A partir del contacto con ella entendía por qué la tribu en general
Palabras como distancia, o mirar, habían dejado de tener sentido. hacía tan pocos ruidos.

154 155
Escuchaba su congoja. Estaba muy cerca, algunas lágrimas le caían
sobre las piernas. Esperó.
Cuando estuvo más calmada Ish le contó que estaba allí en castigo,
que había violado varias reglas básicas de la tribu.
Eso le había implicado un descenso en la categoría dentro de su
familia, los Dolico.
Su crimen había sido no haber rechazado a un Braqui que le había
hecho moetotolo. Y era un Braqui, de alto nivel dentro de su clan, XV
pero a fin de cuentas un Braqui, un inferior.
Para colmo cuando le habían leído su sentencia: Destierro a la Luz, Fue entendiendo. Con el correr de los días fue entendiendo. Ish le fue
aterrada, se había parado ... explicando.
Proc esperó que siguiera, pero su amiga detuvo el relato, como es- No durmieron juntas otra vez. Ish decía que estaba mal, que si las
perando que se horrorizara por la magnitud de esta última confesión. descubrían la iban a condenar a una muerte horrible: ser carnada de
Finalmente Ish explicó: al levantarse Ish había quedado más alta murciélagos. Era cierto que igual iba a morir, pero ser parte del tiem-
que la cabeza del Matai, el jefe de la tribu. po de la tribu era, dentro de todo, un honor.
Su castigo aumentó. Como consideración a su larga ascendencia Y ya era bastante malo haber aceptado el moetotolo con un infe-
Dolico la asignaron a ser "parte del tiempo de la tribu". rior, pero por lo menos varón.
Eran demasiadas cosas nuevas para Proc: Dolico, moetotolo, tiem- Proc decía que no habían hecho nada, solo dormir. Ish decía que
po de la tribu... estaba mal, que las mujeres no dormían juntas. Proc no entendía.
Ish lloraba y jadeaba. Proc dejó de preguntar y la abrazó. Ish se acu- Proc no entendía muchas cosas. Proc preguntaba. Ish contestaba.
rrucó. Las lágrimas le corrían por la cara y mojaban el pecho de Proc. A veces Ish preguntaba. Proc contestaba.
Pasó suavemente la mano por la cabeza. Su mano y el resto de Lo más difícil de explicar para Proc era todo lo que tenía que ver con
su cuerpo se tensaron: ¡tenía la cabeza completamente en punta! Era la visión, con la luz. Hasta que se dio cuenta de que si en lugar de decir
como un pico. "ver" decía "escuchar" Ish comprendía. O por lo menos eso parecía.
Le dio asco. Pero como Ish era muy charlatana siempre terminaba hablando
Pero el llanto la conmovía, y era el único contacto humano que ella. Era curiosa, pero le importaba mucho más contar su propia his-
tenía en ese mundo tenebroso. Intentando no tocar su cráneo la aca- toria. Había que detenerla para que explicara, porque daba todo por
rició y abarcó con los brazos. sobreentendido.
Sintió cómo se relajaba, se calmaba. La respiración cambió de rit- Proc intentó que empezara por el principio. Ella los llamaba "los
mo, sin normalizarse. ciegos" porque vivían en la oscuridad, pero la tribu de Ish se denomi-
Durmieron abrazadas. naba a sí misma "la gente". Y a los de "arriba" los llamaban "sordos"
o "diablos de la luz".
Se horrorizó cuando se enteró de que no tenían ceremonias de apareo,

157
que podían hacerlo en cualquier momento, cuando tuvieran ganas.
Pero solo hombres con mujeres. Varones con varones o hembras con
hembras estaba mal, era castigado,los que lo hacían no merecían vivir.
Y tenían dos clanes: los Dolico y los Braqui. Los primeros tenían el
cráneo en punta, los segundos chato. Cuando nacían les vendaban la
cabeza para que tomara la forma de su clan.
Y les daban un nombre que se marcaba en las orejas (allí Ish llevó
la mano de Proc para que la tocara).
Era asqueroso, tenía el pabellón auricular completamente cortado,
y la cabeza en punta, con el vértice del cono afeitado.
Ish le explicó que esa era la última moda entre los Dolico, afeitar Finalmente, pese al estilo rebuscado de Ish, tuvieron una charla en
el vértice, porque generaba unos ecos muy graciosos. · la que Proc comprendió. Los que hacían el tiempo eran elegidos des-
Le preguntó qué era moetotolo. Era un juego, también llamado "el de que nacían, y estaban divididos en tres grupos.
arrastre durante el sueño": un varón iba a la noche al lugar donde dor- Los Tapui-es marcaban el tiempo, y también producían los ecos:
mía una hembra, le tapaba la boca y le ponía su "cosa" en la "cosa". para esto golpeaban un cráneo con ese ritmo sostenido que Proc es-
Esa fue la descripción de Ish. cuchaba permanentemente. Los entrenaban para que el corazón les
Los Dolico podían hacerlo con cualquier hembra, de cualquier clan. · latiera a todos al unísono.
A veces un "cabeza chata" (así llamaba Ish a los Braqui) iba con las ¿Cómo lo conseguían? Con golpes de vara en la espalda. ¿Y si no
hembras Dolico, y siempre era rechazado: Si lo agarraban lo apaleaban. lo conseguían? Entonces pasaban a formar parte de los Tapui-is, que
Era una especie de demostración de valentía de los Braqui. Nunca eran los que estaban marcados. ¿Cómo marcados? Sí, marcados, les
salían muy lastimados. . hacían las señales, los Tapui, con las tijeras de hacer Tapui. ¿Cómo
Pero a ella le gustaba ese Braqui... y esa noche había bebido kava... son? Son como pinzas, que sacan un pedazo de carne. ¿Y no les duele?
y se dejó llevar. Sí, pero eso es lo que tienen que hacer. ¿Y no sangran? Sí, pero poco,
Y encima luego se había puesto por arriba de la cabeza del Matai. la tijera saca un pedazo chico, para que duren más. ¿Cómo que duren
Y ahora iba a ser parte del tiempo, iba. a quedar allí, allí cerca, para más? Claro, no me acuerdo cuántos Tapui le hacen a cada uno, siem-
siempre, marcando el tiempo de la tribu. pre es la misma cantidad, pero cuando un Tapui-is se llena de marcas
A Ish le fascinaba ese tema, porque ella iba a acabar allí. Entonces lo desuellan, y usan los huesos para contar el tiempo en la pared, esa
hablaba mucho de eso. que está sobre la entrada de este túnel, y su piel para alfombras.
La consolaba la idea de que sus huesos mirarían la historia de la Y allí también van a ir a parar mis huesos, por eso es un honor, pese
tribu, a todos, "también al hijo de Proc, mientras'\llarcaba el tiempo. a ser un castigo, porque voy a formar parte del tiempo de la tribu.
Proc se envaró. No había pensado que iba a pasar con su hijo cuan- ¿Y para qué marcan a los Tapui-is? Para saber cuánto tiempo pasó,
do naciera. sus pieles se guardan, y si pasa algo importante se marca allí, son la
Le costó muchos latidos hacerla hablar de esto. ·historia de la tribu. Los ancianos saben leer las marcas.

159
¿Y cómo hacen para que los Tapui-es y los Tapui-is hagan siempre
lo mismo? Porque es lo que hacen siempre, desde muy chicos, además
apenas nacen les quiebran las piernas y los sientan en sus vasijas. ¿Va-
sijas? Sí, en recipientes para que no se muevan ni para hacer sus nece-
sidades. Ese trabajo es feo, cambiarles las vasijas, lo hacen los Braqui.
Proc tembló. O sea que su hijo iba a ser un tullido que iba a pasar
toda su vida sentado golpeando un hueso o, peor, siendo mordido por
una herramienta hasta morir.
Tenía que huir. XVII

Tenía que huir. No se le ocurría cómo. Se sentía impotente.


El corredor donde estaban no tenía salida, los que marcaban el
tiempo estaban frente a la entrada y nunca dormían.
Trató de indagar a Ish: ¿Nunca se había interrumpido el tiempo?
Co]J.taban que sí, pero ella no lo había vivido, ni su padre, ni su madre.
¿Su madre, ella vio a su madre? ¿Ver? No, perdón, ¿ella escuchó a su
madre? Claro.
Proc no entendía. Cómo era posible que Ish haya podido compartir
el tiempo con su madre, porque el alma pasa de la madre al recién
nacido. Para eso está el cuchillo. Para abrir el vientre de la madre,
untarlo de su sangre, y pasarle su alma.
Cuentan los viejos de la tribu de Proc que alguna pudo aguantar y
abrazar a su hijo mientras se iba yendo.
Porque apenas les abren el estómago y se lo sacan lo apoyan enci-
ma, hasta que deja de respirar. Solo lo van moviendo para untarle el
alma con el cuchillo. Ese que si es hembra pasará a ser de su propie-
dad, para que continúe el nombre.
O si parió macho se guardará para darle el nombre a otra mujer,
cuando haya canje, o si alguna pierde su cuchillo, pierde su nombre,
pierde su espíritu.
¿Será que los ciegos no lo tienen? Porque si Ish pudo hablar con
su madre quiere decir que no murió cuando ella nació. O sea que no
tienen alma, que no puede estar en dos lugares al mismo tiempo.

160
No era posible. Ella habló con Ish, la sinúó llorar, Ish era persona.
No era animal. Los troglobios no úenen alma, los perros tampoco, los
lobos no úenen alma, los murciélagos no úenen alma, las hormigas,
las ratas no úenen alma.
No entendía.
Pero no podía detenerse en eso. No importaba, debía huir.
Y necesitaba a Ish.

XVIII

Empezó a contarle de la vida más arriba. Lo que más le gustó fueron


los perros. Eso de tener carne para comer le parecía increíble.
No le habló de las ceremonias de apareo, ni del alma. No estaba
segura si era persona .o animal. Además a Ish le gustaba tener un
hombre cada vez que quisiera, y eso en su tribu no se podía hacer.
Le habló de la escuela, de los juegos. De los trueques con otras
tribus.
Eso la fascinó. ¿Otras tribus? Sí, otras tribus. ¿Y no había diablos
de la luz? No, no había. ¿Y cómo eran? ¿Quiénes? ¿Las otras tribus?
Igual que ella. ¿Igual que Proc? Sí. ¿Con la cabeza redonda? Sí, con la
cabeza redonda. ¡Qué raros estos sordos!
Y le preguntó cómo contaban el úempo, y ella le contestó que con
marcas. ¿Marcas? Sí, marcas. ¿Marcas cómo? En una pared, y en los
brazos.
Ish hizo sonar dos guijarros. Sí, las había escuchado antes, tenés
dos manos más tres marcas en un brazo, como Tapui. Sí, pero se ha-
cen una vez por esúo, son mis esúos. ¿Esúos? Sí, los que llevo vividos.
¿Y cuánto dura un esúo? No sé, lo marca la luz. ¿Luz? La voz se Ish se
llenó de terror.
Proc intentó tranquilizarla, le explicó que la luz era como un so-
nido silencioso, que era buena, que dejaba escuchar las cosas sin ne-
cesidad de ecos. ¿Sonido silencioso? Eso no puede ser. Sí, Ish, puede
ser; el único cuidado que hay que tener con la luz es que no hay que

162
tocarla. ¿Tocar la luz, cómo es posible? Si el sonido no se toca la luz
tampoco. Sí, Ish, la luz se puede tocar, pero hace mal, si la tocás direc-
tamente te quema la piel, te salen manchas, y luego bultos. ¿Bultos?
Sí, a todos tarde o temprano les salen bultos, pero si pasás por la luz
salen antes. Acá entre nosotros nadie tiene bultos, así que la luz es
mala. No, no es mala, te deja ver. No entiendo eso de ver. Es como
escuchar pero en silencio. Eso no es posible. Sí es, tenés que probar.
Me gusta probar cosas, pero me va mal. ¿Por qué mal? Porque probé XIX
un Braqui y acá estoy. Pero me tenés a mí, una amiga. Sí, te tengo a
vos, pero no tengo más mi vida y ahora voy a ser huesos puestos en Estaba dormida cuando sintió un tirón en la mano. Se sentó sobre-
la pared. Por eso. ¿Por eso qué? Por eso tenemos que irnos. ¿Irnos, saltada.
adónde? Arriba. El sonido del ambiente había cambiado, algo diferente llenaba la
Silencio. Proc podía sentir el miedo y la consternación de Ish. oscuridad, un frotar, un susurro.
Vamos a dormir, dijo Proc. Y un silencio. Faltaba algo: ¡El Tiempo se había detenido!
De pronto chillidos. De gente. Y otros.
Alguien seguía tirando de su brazo: Ish. Le decía algo. En voz más
alta que lo normal. Había demasiado ruido. Intentó comprender.
¡Murciélagos!
Proc por instinto manoteó el morral.
¡Ish, los murciélagos no atacan! Sí, sí atacan ¡Vamos!
No necesitó más, se tomó de su muñeca y corrió, corrió arrastrada.
Ish tropezaba, y ella detrás.
Giraron a la derecha. Más aleteos. Ish se detuvo, Proc chocó contra
ella. Antes de que pudiera reaccionar ya Ish estaba yendo para el otro
lado. Proc atrás, de su mano.
Corrieron. El miedo era frío.
Correr a ciegas era peor.
Otros pasos alrededor, algún grito contenido. Atrás un bebé llora-
ba. Ese llamo se transformó en alarido. Otros más.
Corrieron. Menos pasos alrededor.
Corrieron. Una voz dijo que se detuvieran y se agruparan.
Corrieron. Ish tropezó, cayeron, una encima de la otra. Una rodilla
de Ish se clavó en el vientre hinchado de Proc. Gimió.
Una mano, la de Ish, tapó su boca.
Proc escuchó un chasquido de dedos. Luego las piedritas que gol-
peaban. En la garganta sentía como si tuviera una bola de barro que
apenas dejaba pasar aire.
Sintió que Ish se levantaba y tironeaba de su mano. La siguió.
Caminaron. El único sonido eran los guijarros de Ish. Caminaron.
Negro. Todo negro alrededor, arriba, abajo, todo negro.
Caminaron. Caminaron mucho. Solo caminaron.
Solo se escuchaba el golpear de las piedritas de Ish, a veces sus XX
pasos. Cada tanto Proc tropezaba. Pronto aprendió a sentir el camino
a través de la mano que la llevaba. Despertó sobresaltada: otra vez había soñado que estaba colgada de
Caminaron. El ruido en la mano de Ish se hizo más fuerte. los cables. Los brazos de Ish que la rodeaban la tranquilizaron. Lloró.
¡Ish la soltó! Terror. Su compañera se despertó. Tocó las lágrimas en su cara y la acari-
Escuchó cómo su amiga corría, otros ruidos, trató de identificarlos, ció, la abrazó, la arrastró hacia fuera. "Ahoss", vamos, dijo en su oído.
no pudo. Una piedra frotando otra. Un golpe. Caminaron nuevamente, Ish delante con sus pedruscos, Proc de-
Estaba paralizada. Recordó el pozo, se vio otra vez colgada de los trás, de su mano.
cables. En su cabeza volvieron las imágenes de murciélagos mordien- Ish se detuvo. Llevó la mano de Proc hasta que esta tocó la pared.
do su vientre. Su feto cayendo, comido. Agua. Lamió la piedra. Luego su amiga. Siguieron.
Algo la tocó. Gritó. Repentinamente su guía la empujó hacia abajo, ella se agachó, se
La mano de Ish sobre su boca. Trató de calmarse. Ish la tironeó pegó al suelo. Estaba frío, húmedo. No era liso, no era balasto, no
obligándola a sentarse. Puso .algo en su mano. Troglobios. Crudos. había durmientes, rieles. Piedra virgen. Daba miedo.
Comió con hambre. Acercó su boca al oído de Ish para hablarle. Ella no se lo permitió.
Ish la llevó, casi a la rastra, hacia algún lado. Se golpeó la cabeza, Eso la inquietó más. No tenía idea acerca de cuál era el peligro, si eran
el hombro. Tocó una hendidura en el túnel de roca. Allí durmieron. personas o animales. No imaginaba cuál podía ser peor.
Abrazadas. La mano de Ish en su cara, sabía lo que significaba: quedarse inmó-
vil, en silencio. Trató de escuchar. Trató más.
A lo lejos percibió otro golpetear de guijarros. ¿Las estarían bus-
cando? El sonido se acercó. Ish puso otra mano sobre el rostro de
Proc para esconder el ruido de su respiración.
Se acercaron. Si pasaban frente a ellas las escucharían, su eco las de-
lataría. Taparse servía, detectarían cualquier cosa que no fuera piedra.
Se acercaron más. Ella sacó su cuchillo y lo puso en la mano de Ish,
que se puso frente a ella, pegando su espalda a la cara de Proc.

166
Proc pensó que estaba entregando el alma de su hijo. Pero eso era
preferible a que fuera un mutilado, un esclavo.
El sonido se acercó más todavía. Más. Proc alcanzó a oír los pasos.
Giraron. Había un pasillo lateral. Se alejaron. Se fueron.
Quedaron inmóviles durante un largo rato, aun luego de que los
guijarros dejaron de escucharse.
Proc hizo bocina con las manos y susurró al oído de Ish la pregunta
que le mordía dentro: ¿Nos buscaban? No. ¿Qué buscaban? No sé,
en una de esas escaparon de los murciélagos como nosotros. ¿Qué XXI
hacemos? Seguimos.
Siguieron. Sin noción del tiempo. Caminaron. Subieron. Treparon. Caminaron. En silencio, camínaron. Mucho tiempo. Volvieron a
Casi no bajaron. Comieron bichos. Ish cazó una rata. La comieron cruda. dormir. Varias veces. El hambre y la sed eran parte de sus cuerpos.
A veces escuchaban ruido de viento, o de agua que caía. En esos ca- A veces tenían frío.
sos Ish vacilaba. Explicó que los ecos se confundían. Proc pensó que Llegaron a un cruce de túneles, se detuvieron un rato a escuchar.
debía ser como mirar con los ojos empañados por lágrimas. Nada. Comenzaron a cruzar. En la mitad Proc tropezó con algo, tras-
Tenían sed, tenían hambre. tabilló, cayó.
El agua la chupaban de las paredes. Comían bichos. ¡Un riel! Buscó, tocó: durmientes, otro riel. Soltó una risa. Ish le
tapó la boca.
Proc giró la vista a ambos lados, buscando luz. Tenía la cabeza lle-
na de imágenes, pero no pudo acordarse de cómo era percibir con
los ojos.
¡Arriba! dijo. Estás loca, dijo Ish. Arriba, repitió. Nunca, dijo Ish.
Arriba están los míos, abajo están los tuyos. Los míos no nos conde-
nan a nada. A la luz, dijo Ish. A la luz, repitió.
No es mala la luz, respondió Proc. Sí es.
Pero no te matan, dijo Proc, además no hay alternativa, no tenemos
otra alternativa. Ish comprendió, dijo: Arriba, y empezaron de nuevo
a caminar.
Caminaron. Caminaron. Era más fácil sobre los durmientes.
Durmieron, comieron poco, demasiado poco. Lamieron las pare-
des donde había agua, también escasa. A veces Proc pudo escucharla,
a veces Ish la encontró por los ecos. Durmieron. Caminaron.
Siempre tenían sed y hambre.

168
En muchos momentos Proc sintió que su vientre iba a explotar.
Pensaba en la luz. Eso le servía para seguir.
Escucharon agua que caía, fuerte. Apuró a Ish, que caminaba más
insegura. Volvió a decirle que acelerara el paso. Ish lo hizo.
De pronto escuchó un ruido y sintió que la mano de su guía se
soltaba.
Tropezó y cayó de bruces, sus brazos se rasparon. No apoyaron
en el piso. Su vientre golpeó de lleno contra el suelo. El dolor era
insoportable. XXII
Escuchó cómo algo cayó. Un grito.
Ish cayó: Cayó. Golpeó al fondo. Silencio. Está sola.
Silencio. Se da cuenta de que nunca podrá recordar la cara de Ish.
Proc estaba acostada boca abajo, los brazos colgando sobre el Sabe de sus manos, sabe de su olor, sabe de su voz, hasta podría
pozo. La panza le dolía. La oscuridad volvió a cubrirla. reconocer el sabor de su transpiración. Pero nunca su cara, nunca su
Estaba sola. Otra vez. imagen.
La oscuridad toma otro sentido. Es peor. llora en silencio.
Un dolor muy fuerte, en la cintura. Como si un cinturón la presio-
nara desde adentro. Como si quisiera partirla al medio. Pasa.
Se pregunta si habrá sido el golpe. Siente mojado entre las piernas.
Pone la mano. Muy mojado. ¡Va a nacer, su hijo va a nacer! En la ne-
grura, en la nada.
·Sale del borde del pozo y sin pensarlo busca una pared. Se arras-
tra. Otra vez el dolor, más fuerte, más largo.
¡!:stá sola. Nadie parió sola nunca. Sin luz. Sabe lo que tiene que
hacer, pero no sabe si podrá hacerlo.
El dolor se va. Trata de pensar, trata de repasar todo lo que está
sucediendo. Vio muchos nacimientos. Sabe. Pero siente que no pue-
de. Sola.
Pensar, pensar.
Primero la madre larga líquido, y tiene dolores, como le está pa-
sando a ella. En ese momento llaman al padre y a una machorra para
que ayude.
La machorra a veces mete la mano entre las piernas para ver cuánto falta.

171
Pero ella no sabe qué es lo que toca, cómo se da cuenta. No sabe todo. Apoya el filo en un costado, como vio hacerlo muchas veces. Pre-
Cuando la machorra dice ¡ya está! el padre toma el cuchillo de la siona. Siente que sale sangre. ¡No!
madre, abre el vientre, y entre los dos sacan el feto. Hay una vasija Su sangre se perderá, y si llega a aguantar sin desmayarse no podrá
para recoger la sangre. Ponen al recién nacido encima de la panza. recogerla y untarla en el feto, no podrá pasarle el alma.
Echan la sangre sobre el feto y con el cuchillo lo untan. ¡Ay! Siente que su cintura se quiebra. Se desmaya.
En ese momento deja de ser feto, en ese momento el alma de la
madre pasa al hijo, se convierte en persona.
La mayoría de las mujeres se desmayan cuando las cortan, pero
dicen que algunas no, algunas llegan a ver a su hijo. Es cierto que ya
perdieron su alma, ya no son personas, pero dicen que vieron a algu-
nas sonreír antes de morir.
Recién entonces hacen dos nudos al cordón, y lo cortan en el medio.
Allí esa persona chiquita, que ya tiene su espíritu, se separa de su
madre y toma su nombre, con "-o" si es varón. Y se anota en las listas
de la pared que otra alma cambió de cuerpo.
Pero ella no sabe si va a poder abrir su vientre y sacar el feto, y no
cree tener la energía para untar su sangre.
En ese caso morirán los dos, sin alma, y esa alma quedará vagando
por los túneles hasta encontrar un ser vivo donde entrar. Una rata, o
peor, un murciélago, o peor: un troglobio. ¡Ella no quiere continuar
en un troglobio!
Y si ella no hace eso de todos modos morirán ambos. Nunca supo
de un feto que no se lo saque de adentro.
Y si no lo saca, su feto seguirá viviendo allí, seco, pues todo el líqui-
do ya salió, morirá de sed, se pudrirá dentro, nacerán gusanos. Ella
vio los gusanos que crecen de los cuerpos muertos.
Y su vientre se hinchará de gusanos, y saldrán por su boca, por
entre sus piernas, la comerán desde dentro.
Otro dolor la atraviesa. Más fuerte aún. Y otro. Y otro.
No sabe qué hacer, busca su morral, saca su cuch.illo. Lo apunta a
su vientre.
No puede. No ve. No se atreve a clavar su cuchillo sin mirar. Teme
asesinar a su feto. Debe hacerlo.

172 173
Sigue. Pierna, otro pie, otra pierna. Sigue. Entre medio, una rayita.
¡Una hembra! Sigue. Torso, cabeza. Todo manchado.
En el lugar del ombligo el cordón. Ella lo ha visto. Es el cordón.
Lleva las manos a su panza buscando el tajo. No hay. Vuelve a tocar
ese cuerpo minúsculo, sigue el cordón. Va hacia ella. Se mete en ella.
¿Su hija? No es posible. No puede haber salido. No tiene lugar
para salir si no le abren la panza. Trata de meter la mano en el agujero
entre sus piernas. Duele. No puede. ¿Podrá haber salido por ahí?
XXIII No es posible. No es posible.
¿Será un diablo de la oscuridad? Saca las manos. Aterrada. Pero
Sueña. Terribles sueños. Sueña que siguen los dolores, que su cuerpo llora como un feto. Y el cordón sale de su interior.
se parte en dos, que sus piernas se abren, que un fuego la atraviesa Lo levanta. Cuidado con la cabeza. El feto grita.
desde adentro, que sus huesos se rompen, se parten, que todo su cuer- No puede verlo, no sabe si no es un monstruo lleno de dientes. Toca
po se quiebra al medio. Que sale un líquido caliente, que sale, que ella su cara: boca, nariz, ojos. Está cubierto de algo viscoso, pegajoso. Es
se raja al medio, que se desgarra y su sangre, su vida, se va por entre una lombriz, un gusano. Tiene pelos pegados en la cabeza. Berrea.
sus piernas. Nunca nada dolió tanto. Lo pone contra su pecho como vio hacer tantas veces. El feto se
Sueña. Duerme. Sueña. sacude, ella coloca el pezón. Chupa.
Un alarido entra en su cabeza, fuerte, muy fuerte. Nadie grita así Es su feto.
entre los ciegos. Desde que cayó en la oscuridad no escuchó un soni- Chupa.
do tan alto. Otra vez, otra.
No puede ser. Está soñando. Escucha el llanto de un feto recién
salido de la panza. No puede ser, está soñando. Está sola y delira que
tuvo su hijo en la tribu. Está soñando. Escucha el chillido. No para.
Se desmaya. Se despierta. Se desmaya.
Se da cuenta de que está acostada. Toca su abdomen, está más chi-
co que antes. Toca sus muslos, mojados, viscosos. Pero sigue escu-
chando un gemido de feto. Viene de algún lugar delante suyo, cerca,
se incorpora un poco. Las piedras se le clavan en los codos. No es
nada al lado del dolor que siente en el abdomen, enJa pelvis.
Algo hace ruido entre sus muslos. ¡Un bicho, un artip1al! No puede
moverse. Es el grito de un feto parido.
Tiene miedo y asco. Toca. Encuentra un pie. Un pie muy chico.
Muy chico.

174 175
sacan eso de las madres muertas. Empieza a comerla, no sabe por qué
pero empieza a comerla. Tiene hambre.
También unta al feto, con la esperanza de pasarle su propia alma, y
que ella muera cuando su espíritu salga. Porque ella está viva y tiene
su alma, porque está pensando, está sintiendo.
Se detiene de golpe. Si ella muere el feto también. Ella sabe. Ella
se encargó de cuidar recién nacidos. De llevarlos hasta donde esta-
ban los animales y ponerlos en la teta de una perra parida para que
XXIV chuparan.
Como ahora está haciendo ese feto con ella. ¡Ella es una perra!
Tiene que pensar. No puede. Su cuerpo es todo dolor. La sensación en ¡Ella vio cómo paren las perras! Salen los cachorros de adentro,
el pecho es muy rara. No puede. igual que a ella le salió este feto. ¿Es un feto o es un cachorro? Es un
Pero el cordón ... feto, aun sin verlo sabe que no es un perro.
El feto está todo manchado. Si salió de dentro suyo es su sangre, Eso es: ¡ella perdió su alma! Ella tuvo un feto humano, pero para
es su alma, pero si ella sigue sintiendo, si sigue pensando, el alma eso perdió su alma. Por la Luz o por la Oscuridad ella se volvió perra.
continúa dentro suyo. Ella estaba muriendo, o murió, y el espíritu de una perra que an-
¡Esa cosa que está chupando de su pecho no tiene alma! Tiene el daba por los túneles se metió dentro suyo ¡y entonces su feto salió de
impulso de arrojarlo lejos. Recuerda que está atado a ella por el cor- dentro suyo con su alma!
dón. Busca su cuchillo, no lo encuentra. Siente frío. Palpa a su alre- Pero ella se siente igual que antes. Está pensando, y sintiendo. No
dedor. ¡Ahí está! sabe si los perros piensan, pero está casi segura de que sienten. ¿Y
No tiene con qué atar. Busca su morral en la oscuridad. Ojalá tu- si piensan? Eso quiere decir que ella perdió su alma de persona, que
viera su hamaca. Pero no. Corta dos tiras de la tapa del bolso, hace un pasó a su hija. ¡Su hija es persona! ¡Es Proc!
par de nudos en el cordón, corta al medio. Es así. Ella ya no es persona. No sabe cómo pero el alma pasó a su
El feto chupa. No sabe qué hacer. Siente que no puede tirarlo al hija. Y ella es una perra, que debe alimentarla y cuidarla. Su hija se
f
1
pozo. Debe tirarlo al pozo donde cayó Ish. Pero no puede. llama Proc. Ella no tiene nombre.
Tiene ese cordón metido dentro. Tira. Dolor. Tira. Mucho dolor. Tira Ella debe cuidar a Proc.
más fuerte. Siente otra vez que su cuerpo se parte al medio, algo cae
sobre sus manos, algo caliente, piensa en ojos aplastados. Se desmaya.
Cuando vuelve en sí encuentra que su hija está dormida sobre ella.
Pensó en su hija; ¿es su hija?
Salió de adentro suyo, ella no sabía que era posible, pero salió de
adentro suyo.
Toca entre sus piernas. Nunca vio eso. Una gelatina viscosa. Nunca

177
•\

Está temblando.
Se arrastra hasta el otro lado del corredor. Es más angosto aun. Un
pie. El otro. Imagina el negro agujero frente suyo. Se tambalea. Sus
uñas intentan clavarse en la piedra. Otro paso. Su apoyo se ensancha
un poco. Otro paso. Avanza. Un poco más.
Pierde la noción de la distancia. No sabe cuánto adelantó. No se
atreve a mover el pie hacia delante para saber si hay vacío. Sigue un
poco más. Tantea. Encuentra suelo firme.
XXV Pasó.
¿Y ahora? No tiene a Ish para que la guíe. Intenta golpear guija-
¡Debe continuar! No tiene para comer, debe continuar. Pero está el rros. El eco no le devuelve nada.
pozo. No puede dejar a Proc sola, tiene que cargarla. Pasa su cuchillo Es una. perra. Avanzará en cuatro patas.
a la cintura, calza a su bebé en el morral, en bandolera, lo ata atrás En cuatro patas.
para que no se sacuda.
Se para.
Son hierros clavados en su vientre, en su cintura. Apenas puede
mantenerse en pie.
Vuelve a acostarse, descansa. No puede quedarse, debe seguir.
En cuatro patas, después de todo es una perra, busca el borde del
pozo. Lo recorre. Abarca casi todo el túnel. Queda apenas el ancho de
un pie para pasar. Debe levantarse.
Estira el brazo. No encuentra el otro lado. Tira un guijarro, cerca. Lo
siente caer. Otro más lejos. Lo mismo. Un tercero. Golpea del otro lado.
Ahora sabe que no puede saltar el agujero.
Debe intentar pasar parada por el borde. Si estuviera sola sería
fácil. Con Proc colgando del morral tiene miedo. Ahora tiene más
miedo. Mucho más.
La opción es pasar o morir de hambre. Piensa en retroceder. No.
Proc no vivirá en la oscuridad. Debe buscar la luz.
Se acerca al pozo. Se pega de espaldas a la pared. Un paso. Tantea
con el pie. Otro paso. Tantea.
El zócalo donde está parada se achica. Estira la pierna un poco más
allá. Vacío. Vuelve.

179
Vuelve a las vías. Gatea.
Duele la entrepierna. Duelen las rodillas, duelen las manos. Cuan-
do se apoya en el suelo tiene una llaga viva. Si sigue así aparecerán
gusanos que comerán sus piernas, la comerán a ella, comerán a Proc.
Su ropa está hecha jirones. Se envuelve las rodillas y las manos.
Sigue.
Cierra los ojos. Los abre. Sigue con los ojos cerrados. La tranquili-
za, le da la sensación de que afuera hay luz y ella elige la oscuridad.
XXVI
El túnel sube, poco pero sube. Ella sigue, lento, doloroso, sigue.
Los ojos cerrados.
Sangra. Cae sangre de su entrepierna. Arde. Que no haya lobos.
Se acuesta. Duerme. Despierta, Proc está tomando la teta. Vuelve
Todo duele. También duelen las rodillas, duelen las palmas. Lama- a dormir.
dera de los durmientes se clava, a veces falta uno y se apoya sobre el Quiere quedarse así, acostada, dormir. Siempre.
balasto. Cada piedra es una aguja en su piel.
Se obliga a levantarse. No puede más en cuatro patas, intenta ca-
Su bebé, Proc, va en la espalda. A veces la pasa adelante y le da la minar. Es más lento, el temor a tropezar con su bebé encima la hace
teta mientras sigue avanzando. ir muy lento.
Alrededor todo sigue siendo negro. Si hay comida no la ve. No
Pasa a Proc a la espalda, para protegerla mejor si se cae. La escucha
se atreve a probar los hongos que toca en la pared. Solo toma agua, lloriquear, no le gusta ir allí, prefiere ir contra su pecho.
cuando la escucha. Bebe con temor. Temor a envenenarse. No tiene
No se atreve a contradecirla, para que no haga ruido y alguien pue-
otra alternativa que chupar de la pared. da escucharla.
A veces aparecen sonidos lejanos, atrás. Nada delante. En un momen- Tropieza, no llega a caer. Ve sus manos extendidas.
to oyó algo al costado y descubrió un cruce de túneles. Como ella va por
¡Ve sus manos extendidas! Había caminado con los ojos cerrados,
el centro, entre los rieles, puede haber pasado muchas intersecciones.
y al trastabillar los abrió. Una ligera claridad se extiende por el túnel.
Es lo mismo. Todos los corredores son lo mismo: oscuridad. Mira. Ve. Observa.
Ni siquiera sabe si está subiendo. A veces le parece percibir una
La pared es de ladrillos. Los rieles oxidados. Dos o tres pasos más
ligera pendiente hacia arriba. Pero no está segura.
allá falta un durmiente. Hay hongos en el techo. ¡Comida! Acomoda
Está cansada. Dolorida. Hambrienta. a Proc, sube, come.
No puede parar: Proc se muere si para.
Se acuesta al costado del pasillo. Quiere ver todo, quiere volver a
Duele la entrepierna. Duelen las rodillas, duelen las manos. Está usar sus ojos. Pero se le cierran solos.
cansada, dolorida, hambrienta.
Duerme.
Al apoyar las manos en la pared para tomar agua algo le pellizca un
dedo: ¡un troglobio! Lo mete en su boca sin pensar, todavía se mueve
mientras lo mastica. Tantea la pared. No encuentra otro.

180
Ahora es casi lo mismo, pero más fácil, un pie, tantea, apoya, el
otro, tantea, apoya.
El pie encuentra un pozo, agacharse, cuatro patas, tocar, bordear,
pararse, seguir, un pie, tantea, tantea de nuevo, apoya, el otro, tantea,
apoya.
Sigue.
Cuidado con esa piedra. ¡Pudo ver otra vez! Hay luz. Entiende, ella
XXVII durmió, era de noche, ahora es de día.
Debe estar cerca, no puede aguantar más, se apura, casi corre. Es-
Sueña que está en el vivac. Con Ish y Klim. cucha un ruido. Se detiene. Solo hay silencio. Se escucha algo, pasos,
Ish no tiene cara, pero es Ish. Están sentadas en el suelo, charlando voces, gente que viene. Retrocede, más rápido. Retrocede.
y riendo. Entre las tres gatea Proc. Encuentra un hueco ,en la pared. Se mete, es demasiado chico para
Se da cuenta de que no puede ser, si está Proc no puede estar ella. las dos, se acurruca y pone a Proc en la teta para que no llore. Proc
Pero está. Se siente extraña. hace ruido al chupar, la escucharán. Pero si la saca de allí va a llorar.
Ish y Klim no la miran ni le hablan, ríen entre sí mientras conver- Se acercan. Hacen mucho ruido, demasiado. Percibe los pasos, las
san y juegan con Proc. Ella está allí pero nadie la percibe. respiraciones. Hablan. ¡Hablan en voz alta! No susurran, no cuidan el
En un momento Klim toma a Proc y se acerca a ella, se la pone en silencio. No son los ciegos.
la teta; puede verse: es una perra que da de mamar. ¿Serán los suyos? Resiste. No todos son amigos. No moverse, resiste.
Mientras su hija se alimenta, Ish le acariéia la cabeza, y ella es la Los ve pasar, no la detectan. No escuchan nada, no escuchan a Proc.
misma de siempre, pero a la vez tiene cuatro patas y hocico. Los reconoce a todos, son su gente. Su cabeza le grita que salga,
Se despierta llorando. que hable, que les diga que está acá. Sus músculos no responden, su
Todo es negro. Duda de sí misma. ¿Habrá soñado la luz? No lo garganta está agarrotada.
sabe, pero no debe cerrar otra vez los ojos. Pasan.
Se levanta. Camina. Sale, corre. Corre en el mismo sentido en que venía. En el sentido
Camina. El dolor es parte de su cuerpo. contrario al grupo que pasó.
Camina. El hambre es parte de su cuerpo. No sabe por qué pero corre. No sabe hacia dónde va. Su tribu está
Camina. La sed es parte de su cuerpo. allá delante. Y los ciegos están detrás, debajo. Ella está en el medio.
Camina. No sabe adónde va.
Proc chupa de su teta. Ella camina. No sabe qué hacer. Volverán, pasarán por ahí. La encontrarán a
Quiere descansar, no debe. Pero quiere. No debe. Quiere. ella. Y a Proc.
Esa letanía la ayuda. Su mente divaga: vuelve a estar 'colgada, una Ella no tiene nombre. Ella no tiene alma.
mano, la otra, enlazar las rodillas y los pies, una mano, la otra, enlazar Pasa por delante del pozo del ascensor donde se salvó de los lobos.
las rodillas y los pies. Muchos latidos, muchas veces, muchas. Hay más luz que la otra vez.

182
f

Se queda quieta. No sabe qué hacer.


Espera. Espera. Espera.
Ahora escucha que el grupo vuelve, todavía está lejos pero ya oye
que conversan.
Saca a Proc del morral. Busca dentro, tiene sus guantes.
Deja a Proc entre las vías. A sus pies apoya el cuchillo. Espera. ,,
Están cerca, muy cerca, demasiado cerca.
Las voces se oyen claras, en cualquier momento los verá, la verán.
Se para frente al hueco. Mira los cables. Se pone los guantes. XXVIII
Va a saltar. Va a dejar a Proc.
Va a escapar de la luz. Va a volver con los ciegos. Levanta a Proc. Y al cuchillo. Corre. Busca dónde esconderse. No
entiende cómo no escuchan el ruido que está haciendo. Sonríe, son
No puede.
los sordos.
Encuentra una puerta, ojalá la hubiera visto cuando la corrían los
lobos. Entra, con cuidado, todo tranquilo. ·
Se esconde. Los ve pasar. Otra vez los reconoce. Mira cómo se van.
l Piensa. Proc mama, ella piensa.

' En su cabeza se va armando lo que tiene que hacer.

' Primero debe esperar. Que se vaya la luz. Se sienta en el suelo, con
Proc en su teta.
Está agotada. No puede dormir.
Apoya la cabeza contra la pared, intenta aflojar su cuerpo, cierra
los ojos, los abre. No hay luz. Se durmió, ya es de noche otra vez, no
sabe cuánto tiempo pasó.
.
(
Se asoma, silencio. Sale. Recuerda el camino, recuerda el piso, ca-
mina en la oscuridad. Se asombra de la firmeza de su paso.
Va tanteando la pared. En su cabeza ve todos los túneles, ahora a la
izquierda, en pocos latidos se abre un corredor a la derecha.
Camina. Pero ahora sabe adónde va.

\
'1 Camina. No está contenta, no está triste, no está segura, no perdió
el miedo. Pero sabe lo que va a hacer.
Es lo que tiene que hacer.
Camina. Llega.
Está cerca de la entrada del túnel donde todos duermen. No puede
avanzar más, allí debe haber un guardia, como siempre.
Saca a Proc del morral. Está dormida. Santa Oscuridad, que no se
despierte ahora. Acomoda el bolso en el suelo, se quita los guantes,
todos sus harapos y los coloca encima. Arma una cuna para Proc.
La acuesta. Toma su cuchillo, se lo pasa por el vientre, por las tetas.
Lo deja a los pies de Proc.
Se aleja, que no se despierte, que no ~se despierte.
Toma un pasillo lateral, ahora hay más peligro que antes. Gira. XXIX
Aquí es. Sabe que no hay vigía, no es necesario. Allí duermen las pe-
rras. Se asoma. Despierta por el movimiento de los animales alrede~or. Ve un poco de
Alguna gruñe. Ella no ve nada. Siente pasos de animal, lamen su luz que entra por unas fisuras en el techo del túnel, se acostó dema-
mano. ¡La reconocieron! siado cerca, se corre para que la luz no la toque cuando avance el día.
Abraza a la que se acercó, y a otra. Camina hacia el fondo, se acues- Sabe lo que va a ocurrir. Van a traer los entenados recién nacidos a
ta, desnuda, las otras dos perras se acuestan contra ella. alimentarse. Van a traer a Proc.
Duermen. Escucha pasos. Hacen mucho ruido. Siente llanto de bebé, tiembla.
Está acostada entre otras dos perras. ·
Entran dos jóvenes, apenas diez marcas, cada una con un bebé en
brazos. Uno es Proc.
Cuando la ven se quedan paralizadas.
Las perras ladran, ella también, en cuatro patas.
Salen corriendo.
Vuelven en pocos latidos, con la machorra Grac, y muchos curiosos
que se asoman, cuchichean.
Ella mira, les ladra, se acuesta de costado y muestra las tetas. La ma-
chorra toma a Proc, se acerca y la coloca en el suelo a su lado. Ella resiste
la tentación de abrazarla. Ladra otra vez y lame la mano de la machorra.
Grac le acaricia la cabeza. Va hacia la puerta, dice: "Fuera todos,
dejen a los perros tranquilos".
Colocan al otro entenado en una perra. Se van todos. Queda sola
con su hija. Dándole la teta.
Se duermen ambas. Cuando se despierta la tiene abrazada y la jo-
ven que la trajo antes la está mirando. No se la quita, agarra al otro

186
entenado y se lo lleva. Deja a Proc con ella. Recién por la noche la
retiran.
Pasan los días. Le cuesta tomar agua sin usar las manos. Las rodi-
llas y las manos tienen callos. Acostumbrarse a las ratas crudas y al
resto de la comida de los perros fue difícil.
Diariamente le traen a Proc y varios otros entenados para alimen-
tar. Ella frota su cabeza en agradecimiento contra las piernas de los
humanos.
Un día otra perra la enfrenta por la comida. Quedan frente a fren- EL LABERINTO
te, la otra muestra los dientes. Ella se da cuenta de que no tiene ningu-
na posibilidad. Se para. Le duelen los músculos de las rodillas y de la
cintura, pero se yergue todo lo que puede. La otra perra mete el rabo
entre las piernas y gime, ella camina, erguida, y le acaricia la cabeza.
Luego come.
A partir de ese día todas las perras esperaron que ella se alimen-
tara antes.
Se pasa el día con su hija. A veces le dejan otro más.
Ella es feliz.
Una mañana, mientras da de mamar, sabe lo que quiere.
Parir otra vez.

Buenos Aires, septiembre 2006

188
1

Salgo de El Refugio.
Cuarenta y siete pasos. Giro a la izquierda. Otros cuarenta y siete.
Giro a la izquierda.
Otra vez. Nuevo giro. Los últimos cuarenta y siete.
Vuelta. Esta vez los giros son a la derecha. Los pasos son los mis-
mos: cuatro veces cuarenta y siete.
Todos los ángulos fueron rectos.
Todos los pasos fueron iguales.
Nunca llegué al mismo lugar.

11

Hubo otros laberintos, un Dédalo, un Minotauro.


Este no es otro, es El Laberinto.
Inevitablemente.
El Laberinto es siempre igual,
siempre cambiante.

191
III
Un trapecio delante, lejos, más cerca, cada vez más cerca.
Apenas lo crucé, el portal se cerró con un ruido sordo. Saltó, los brazos estirados hacia la barra. No se deshizo al tocarla.
Reconozco el lugar, ya estuve, aunque entré por otro lado. Menos mal. Agotado, se sentó.
Recorro nuevamente esa galería de jaulas con rótulos.- Todo se derrumbó a su alrededor.
y extraños seres ocupándolas. La emisión de líquidos se detuvo.
·Me detengo frente a una vacía que lleva mi nombre. Sólo quedó él, sentado 'en la barra del trapecio, profundamente
Releo el cartel con la descripción. ridículo.
Una sombra me cae como llovizna.
El texto escrito allí cuenta todo lo que hice desde la última vez que
lo leí.
V

Caen afiladísimas espadas. Son intolerables. Intolerables. Las esquiva.


IV Duda si abrir los ojos o lanzarse de cabeza por el agujero de la
pared.
El aire se fue tornando más denso. Se tira, sin saber qué hay más allá.
Congoja. La presión había bajado, la tristeza y la temperatura
aumentaban. Más allá no hay nada, salvo esas luces desesperantes, desesperadas,
Estaba llorando. Su nariz moqueaba y goteaba. La cantidad de lá- que más que iluminar, queman.
grimas no guardaba relación con su estado. Tienen una regularidad que hace fácil su elusión.
Transpiraba. Mucho. Esta vez no hay un agujero en la pared.
Un ruido extraño lo sobresaltó: gotas sobre un hierro candente. ·
Eran sus lágrimas, su sudor, que deshacían, disolvían lo que toca-
ban. No podía retener los líquidos.
Cada vez lloraba más, sudaba más, meaba, cagaba. VI
Podían ocurrir dos cosas: se deshidrataba o, mucho antes, el suelo
se desintegraría a sus pies. No se lucha con El Laberinto.
Y caería. Vaya a saber dónde. Sólo se sobrevive.
Trató de agarrarse a la pared: se derretía al contacto de su mano
mojadá.
Retroceder no era posible, comenzó a avanzar.
Corría, todo se derrumbaba detrás suyo con un ruido ensordecedor.

192
193
VII Podía ser un animal, bello pero salvaje.
Se quedó quieto.
La escalera desembocó en una oficina. Entró y caminó tranquilo hasta Un leve movimiento y ella saltó lejos, huyó.
su escritorio 9-e siempre. Gritó. Aceleró la carrera.
Se sentó frente a los papeles y aceptó un café. Sumó en su máquina. Corrió detrás. Era más rápido, no más joven, pero más rápido.
/Todo era muy simple,· no recordaba haber hecho nunca otra cosa. El recinto era rectangular, desnudo, sin salida.
Un par de horas después volvió el dolor de la espalda. Necesitaba agarrarla.
Recordó el consejo del médico: caminar cinco minutos cada hora, Ella iba, vertiginosa, hacia la pared lisa. Él se acercaba.
aunque sea dentro de la oficina. - Ella llegó al borde. Saltó con los pies para adelante. Desapareció.
Se levantó, doblándose un poco hacia atrás con las-manos en la Por más que buscó no pudo encontrar ninguna marca en la pared.
cintura.
Deambuló lentamente. Sus compañeros y compañeras ya estaban
acostumbrados a eso.
Se acercó a la ventana. Miró el cielo, límpido, y luego hacia abajo. IX
No estaba la calle tranquila de siempre: había un charco lleno de
formas gelatinosas que se movían. Tocó un portón más alto que él. Al apoyarse cedió y se abrió.
Recordó. El Laberinto puede tomar cualquier forma. Una ovación. Encandilado cerró los ojos. Trató de mirar.
Abrió la ventana y saltó, con asco: era la única salida. Un círculo de tierra, grande. Tribunas, con figuras difusas, algunas
vagamente humanas.
Una especie de mesa vino hacia él. Con un frasco. Silencio.
Latido en un párpado. Al girar la cabeza sintió de cuero los
VIII músculos.
La boca seca. Las rodillas quieren temblar.
S~incorporó instintivamente, sintiendo que algo lo miraba. Le tiran objetos. Levanta el frasco. Nuevo silencio.
La vio de repente. Dudó. Era ella, otra vez. Se quedó quieto. Un grito, dos, muchos. Vuelven a caer cosas. Algo
Estaba igual, apenas cubierta por un taparrabos. Un cuchillo col- como una lanza.
gaba de su cintura. No tuvo otra alternativa. Bebió del frasco.
Inmóvil y sorprendida, no dio señales de reconocerlo. Se le nubla la vista. Asco. Arcadas. Quema. No quiere morirse.
La presencia humana en El Laberinto era desconcertante. En el otro lado de la arena una figura hace lo mismo.
Una mujer. Un calor le sube. El terror vira hacia otra cosa, no sabe qué.
No pudo emitir sonido alguno, la garganta como llena de arena Pierde la conciencia, no cae.
seca y caliente.
Ella podía no escuchar, ni reconocer palabras. Está tirado a un costado del círculo. Los espectadores se retiran.

194 195
Sucio. Desconcertado. Alrededor hay manchas, objetos que pare- La fuente era lo suficientemente angosta como para salvarla de un
cen armas. tranco.
La figura del otro lado no está. No sabe dónde puede estar. Juntó coraje y dio el paso que lo separaba del borde. No pasó nada.
Mira su cuerp_o, sus manos chorreantes, los restos en las uñas. Miró atentamente el diseño del piso. Era muy antiguo, mudéjar,
Comprende. perfecto. El vértigo de la simetría.
S_e queda solo. Con cuidado apoyó su bota en el piso.
Llorando, llorando por lo que hizo. Algo se rompió, como si hubiera pisado una alfombra de cucara-
chas.
Retiró el pie a toda velocidad.
Lo que había quedado bajo su suela estaba aplastado, segregó un
X líquido blancuzco, y las "baldosas" de alrededor se habían desplaza-
do, deglutiendo a las rotas.
Cualquier ser o cosa que esté dentro de El Laberinto le pertenece. Se había reacomodado, quedando todo como antes.
Forma parte de Él. Nuevo movimiento. Desapareció.
Pero no le importa. Imposible salir por ahí.
Volvió al agujero por donde había entrado. Estaba anegado.
Tampoco por ese lado.
Se sentó.
XI Era improbable que hubiera otro peligro. No sabía por qué, pero
raramente había más de un elemento de riesgo en cada espacio.
Se escuchaba ruido de agua. Como si se anularan unos a otros.
Trepó el túnel hasta un agujero circular por el que se veía luz. O si hubieran sido puestos con un propósito. O si El Laberinto
Asomó primero el sombrero. No pasó nada. El aire olía bien. probara a sus criaturas con una cosa por vez.
Sacó una mano, la cabeza, miró alrededor. Corría el riesgo de morir de inanición.
El lugar se parecía mucho a un patio andaluz. Había salido en el Pensó. Pensó mucho.
centro de la fuente. Con peces rojos. Las "mayólicas" no cubrían la fuente.
Había visto suficiente Laberinto como para no creer en la imagen. Decidió probar el agua.
Se acuclilló en el borde, para ver mejor. Introdujo un dedo con cuidado. No sintió nada.
Todo era muy bello. Dejó caer una gota fuera.
Ya sabía, sin embargo, desconfiar. Como si fuera ácido, se levantó un vaho.
Todo estaba muy, muy quieto. Todo era muy,.muy bello. El suelo tardó casi un minuto en volverse a cerrar.
Ni una mota de polvo en el piso. Hizo cálculos. El lugar no era grande, pero solo tenía su sombrero
N o puso el pie en el agua, ni siquiera estaba seguro que lo fuera. para cargar líquido.

197
Lo llenó. Por sus orificios salían chorros fmos y constantes. XIV
Abrió un fétido y asqueroso camino. Salió.
No vio el pozo. Cayó. Mucho tiempo. Vacío e incertidumbre. Lo ine-
fable.
El final fue suave. Una especie de colchón con la consistencia del
XIJ barro blando.
Oscuridad. Se quedó quieto, acostumbrando la vista.
El lugar era agradable, y no había peligros a la vista. La luz era suave. Un hormigueo suave le subió desde las manos y los pies.
Un prado, con rocas, de tonos pardos y ocres. La cosquilla avanzó por sus miembros, llegó a la nuca, a la cabeza.
Se sentó en el suelo, con la ~spalda apoyada en la pared. Relajado. Se tocó el pecho. Estaba cubierto de insectos, moscas, que crujían
A su izquierda estaba el pasillo por el que había llegado, podía ver y se rompían al apretarlas.
cualquier cosa que apareciera por ese lado. Avanzaron sobre él. Quiso gritar. No pudo. Lo paralizó el miedo de
Disfrutaba el momento. Casi. Una sensación se le escapaba. abrir la boca y que se llenara de bichos.
Una brisa lo acarició como una mano cálida. Nunca había sentido Era una horrible manera de mórir...
viento en El Laberinto.
SU cuerpo pidió movimiento: caminó hacia las rocas. Trepó sigilo- Volvió en sí, relajado y fresco. Percibió una tenue claridad.
samente. De pronto recordó. Saltó. Asqueado. Nada sobre su cuerpo.
Thdo parecía muerto. El piso y las paredes: eran lisas y limpias. Salir. Pronto. ·
Llegó al tope. Miró del otro lado: montes de huesos, calcinados. Inspeccionó. Unas hendiduras en un lado servían para subir.
Sl aire se calentó un poco ru.ás, Un poco más. Más. Salió rápida- Escaló. Se sentía extraño, muy extraño.
Jhe!.'J.te. La idea de que -los insectos estuvieran en su interior casi lo hace
caer.
Llegó al borde., Salió. Se sentía bien. Su cuerpo parecía prestado.
Era agradable.
xnt Lo descubrió al rato, cuando tuvo ganas de hacer pis.
No le había quedado ni un rastro, ni una sombra de pelo.
Siempre hubo El Laberinto.
Su tiempo tiene que ver con otro tiempo.
Con el tiempo de El Laberinto.
XV

Me levanto y me acerco lentamente al teclado. Mi excitación crece,


desde el cerebelo hasta la punta de los dedos.

199
Golpeo, cada vez más, cada vez más, más rápido, furiosamente. Un húmedo recorrido desde la ingle hasta el sexo comenzó a crecer.
Vértigo. Hay un abismo bajo mis manos que pegan, solas, a toda Un dolor al revés.
velocidad. Era un juego, en el que sólo participaba con un placer fuera del
Ya no hago otra cosa que tratar de controlar el rebote de mis dedos. tiempo.
Las teclas saltan. Como balas se disparan hacia mi cara. Era un muñeco que devolvía goce y gemidos.
~o sé cuánto más voy a poder esquivarlas. Se frotaban entre sus piernas. Lo apretaban, lo lamían, se detenían;
para recomenzar.
Le recorría cada milímetro. La cabeza se le llenó de colores, de
temperatUras, de tormentas.
XVI Subía desde la entrepierna un río de lava, hasta llegar a la lengua.
El orgasmo fue violento. Eterno.
En El Laberinto existen límites. Quedó relajado. Satisfecho.
Dos. Supo que no estaba dormido, que había sido completa y totalmente
Uno es la muerte. real.
El otro es matemático. Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados. Negándose a abrirlos.
Le aterraba ver qué cosa estaba entre sus piernas.

XVII
XIX
Una especie de tobogán. Menos mal, las caídas en el vacío dan pánico.
Se deslizaban rápido. El Laberinto es silencioso. Pero no tan silencioso.
Aterrizó violentamente sobre una plataforma que, a su contacto, co- Un murmullo.
menzó a subir a toda velocidad, causándole un vacío en el estómago. Un ruido sordo, rítmico, la marcha de muchos pies.
El vértigo lo hizo desmayarse. El sudor le corrió por la espalda.
Al despertar no recordaría nada. Un redoblar golpeó directamente en sus tripas.
Ahí estaban. Doblando desde la izquierda. Una masa compacta de
guerreros ocupando todo el ancho del corredor.
Con paso lento y regular, casi idénticos unos de otros, de aspecto
XVIII simiesco y furioso.
Sin rasgos, la cara medio cubierta por bronces oscuros.
Durmió profundo y relajado, como hacía mucho qt.Je no podía hacerlo. Marchaban. Ordenados, regulares, compactos, sincronizados, los
Soñó, y supo que estaba soñando. cuerpos inmóviles.

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Los enormes pectorales protegidos por algo parecido al cuerpo, No sabe cómo aparecieron, pero debe evitarlas.
cruzados con cintos, cuchillos. Duelen como la mirada de un adolescente triste, como la belleza
Uno llevaba una gigantesca maza. El as de bastos de la baraja espa- antes de corromperse.
ñola, otros una especie de fusil de punta afilada. Ahora su movimiento se hace más lento.
La legión llenaba la galería de lado a lado, detrás el abismo del Es posible avanzar entre los círculos que se reflejan en el suelo.
ascensor. Con prudencia, sin rozarlos, como una melodía que se escapa al
Avanzaban indiferentes de todo. intentar tararearla.
Sacó el cuchillo y se paró, dispuesto a morir aplastado, perforado. No gritar, hablar, ni gemir. La voz humana las enloquece.
El sudor no lo dejaba ver. Un latido en la garganta. Camina, como entre los desconocidos de una fiesta elegante y ab-
Se acercaban. Era una multitud. surda.
Avanzaban con la precisión de máquina. Si lo tocan, se muere.
Faltaban cinco pasos. Tres. Su decisión de pelear desapareció. Ce-
rró los ojos.
No sintió nada.
Se abrieron para rodearlo. Como si no ocuparan todo el ancho del XXII
corredor. No lo tocaron. Avanzaron. Eran miles, millones.
Al pasar los últimos pudo ver cómo caían, sin vacilar, por el hueco Allá estaba. Lleno de cajoncitos, labrados, con una pequeña manija de
del ascensor. bronce cada uno.
Se dejó caer en el suelo. Jadeando. Alrededor no había nada. No podía ser.
Cuando se acercó se prendió una fuerte luz cenital.
Sonó un tic-tac.
No podía ser.
XX No podía ser una salida.
No hay nada fortuito, ni que pueda evitarse.
No se sabe, ni se puede saber, si El Laberinto siente. El tic-tac se aceleró. Tenía poco tiempo.
No hay forma de averiguar si tiene conciencia de las criaturas que sobre- Abrió cajoncitos desesperadamente.
viven en su interior. Estaban vacíos, o tenían pequeños objetos. Algunos absurdos,
otros incomprensibles.
No sabía qué buscaba, ni cómo reconocerlo cuando lo encontrara.
Podía necesitar más de uno, o ninguno.
XXI Estaba seguro de que no encontrarlo era terrible.
Mientras hurgaba pudo ver una puerta que no había percibido antes.
Otra vez las luces. Otra vez. Imaginó una llave. Temió haberla dejado pasar.

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El tic-tac: el plazo se acortaba. XXV
Un cajón no se abrió, forcejeó.
Corrió a la puerta. No podía creerlo: un río, con una pequeña cascada.
La empujó con el hombro y se abrió. Salió. Cerró de un portazo. Agua. Azul, rosa, verde.
Se esetichó un estrépito de destrucción. En un rincón retozaban unas criaturas pequeñas y peludas.
Suspiró aliviado: a veces los lugares tienen lógica, a veces no. No había peligro. O sí.
Tomó de su bolsa un pedazo de carne y lo puso bajo el agua: no se
deshizo.
Era agua.
XXIII Definitivamente todo era inocuo. Se metió.
Estar fresco, estar limpio.
Al frente un jardín. Parecía diseñado para él: ni salvaje, ni demasiado Repentinamente, entró en pánico.
cuidado. No era la primera vez.
Plantas silvestres, un rosal, dos jazmines. Todo en flor. Los ataques se anunciaban...
Insectos, sonido de pájaros, un cielo completamente azul. Esta vez no. Fue de golpe. En su cabeza se cambió una orden por
Colibríes, dos, tres. otra: enloquecer.
No avanzó, pero no pudo evitar la sonrisa que le aleteaba en la boca. Era polvo. Polvo sólo y consciente.
Se quedó en la entrada un largo rato, mirando, disfrutando. Perdido entre arena, plantas e insectos.
Se quedó ahí hasta que entró esa cosa y empezó por comerse los Veía un tumor cerebral que crecía, una ventana opaca, un animal
picaflores ... indescriptible.
Buscó un tren, una puerta.
Buscó los genes suicidas que lo movían.
No los encontró.
XXIV Estaban ahí. Una cascada del tiempo. Un sol que se está apagando.
Lo insoportable, como siempre, era el dolor.
El Laberinto está vivo.
Tiene una vida diferente a la que ningún ser vivo puede imaginar.
Pero respira.
XXVI

Comenzó a deslizarse. Las manos se les estaban por despellejar cuan-


do la soga, milagrosamente, se llenó de nudos, que no lo dejaban res-
balar.

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Frenaba su ritmo, pero aparentemente todo estaba tranquilo. Si- Los recuerdos. Solo volvían aquí. Solo aquí.
guió bajando. Hubo una vida anterior a El Laberinto.
La iluminación empezó a atenuarse. Con la luz se fue la noción del La emoción es un lujo de los libres.
tiempo. Es un animalito que camina por dentro, que se detiene en cada
Era lo mismo tener los ojos abiertos que cerrados. Lo peor era el orificio donde pasa el exterior, donde duele.
sile:q.cio. La primera lágrima, al recorrer su cara, lo hizo pensar.
De tanto en tanto un ligero cambio de temperatura generaba una Abrió la puerta y salió, rápido.
esperanza, pero nada modificaba la textura.
Sus pies se apoyaron. El piso cedía con el peso de su cuerpo, pero
no lo dejaba hundirse.
Se agachó, colocó los dedos sobre la superficie que lo sostenía. Se XXlX
aterró.
Estaba tibio. Latía. Era una habitación inmensa y blanca, totalmente vacía.
La luz, como siempre, venía de algún lado indefinible.
Las paredes desnudas resaltaban algo escrito en el lado opuesto. El
tamaño del recinto era tal que tuve que caminar para alcanzar a leer
XXVII lo que decía.
Era solo una frase. Una sola.
El Laberinto se autojustifica. Un nudo me nació en las tripas y terminó mordiendo mi garganta.
Se autoalimenta. Odié al que escribió eso, al que pudo hacerlo.
Existe. Supe, definitivamente, que nunca iba a ser capaz de hacer algo así.

XXVIII XXX

De nuevo esa tibieza. Ese placer, indefinible, lo cubrió lentamente. Hay una sola salida a El Laberinto: aceptar vivir en él.
Por un segundo no pudo respirar. Pasó pronto.
Se aflojó, se dejó invadir por las caricias. No había manos sobre su
cuerpo, sí dentro de su cabeza.
La ternura era infinita.
Su cuerpo se ablandó. Se entregó.
No sufrir, no temer, no dudar.

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XXXI XXXIII

Ahora una selva. Detrás de unas matas se oían ruidos. Algo pasó dis-
Los habitantes de El Laberinto solo llegan.
parado rozando ~u cabeza. A veces no mueren.
Corrió. Lo perseguían de cerca.
Buscó una salida. No encontró.
Giró, y el pasillo terminó abruptamente, solo se abría una puerta
en un costado. Detrás estaba oscuro. XXXIV
No había tiempo. Entró.
La vi. Completamente diferente.
Casi no se veía. A unos metros de la entrada, en el piso, había una
vela. Pero era la entrada a El Refugio.
Salvado. Paso a paso avancé. Recordando. Nada era igual.
Pero el pozo estaba, lo salté.
Fue, rápido, se sentó frente a ella, con las piernas cruzadas, dejan-
do que su vista y su mente se fijaran en la llama. Me agaché en el momento preciso. Esquivé el fuego.
Entró la horda, gritando, aullando. Evité, una a una, todas las amenazas.
Despacio. Despacio. Todo está. Nada es igual.
Trataron de alcanzarlo desde todos lados: no lo consiguieron.
La clave seguía activa, pues la puerta se abrió.
"La llama es un mundo para el solitario"'·
El Refugio.
Miré, masticando cada objeto con los ojos.
Un pedazo de tela, un muñeco sin un brazo.
XXXII Un mango de cuchillo. Un hueso amarronado.
Y la foto. La prueba de que existe algo afuera.
Su corazón era un trueno entre las costillas. No dejarse invadir. Había trabajo para hacer.
Llegó a un borde. Enfrente nada. Revisé: las alarmas, las trampas, el depósito.
Miró hacia abajo: no se veía el fondo. Todo intacto.
La pared era lisa y vertical. Comida. Para mucho tiempo.
Sin salida. Abrigo. Confianza. Hasta libros.
Dormí. Me desperté. Comí.
Trató de recordar si alguna vez estuvo fuera de El Laberinto.
No saltó. Volví a dormir. A comer. A despertarme.
y así hasta olvidar el hambre, el sueño, el cansancio.
Cerc~ de la puerta estaba el morral, el cuchillo, el sombrero. Salí.
Caminé sin contar los pasos.
1 Gastón Bachelard: La llama de una vela, México, Universidad Autónoma de
Puebla, 1986, z• ed. El Laberinto sabía. Yo también.

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