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Actas del X Congreso Internacional
de Historia de la Lengua Española
Entidades organizadoras

A H
L E

Entidades patrocinadoras

Entidades colaboradoras
Actas del X Congreso Internacional
de Historia de la Lengua Española
Zaragoza, 7-11 de septiembre de 2015

Editadas por
María Luisa Arnal Purroy
Rosa María Castañer Martín
José M.ª Enguita Utrilla
Vicente Lagüéns Gracia
María Antonia Martín Zorraquino

Volumen I

Institución «Fernando el Católico»


Excma. Diputación Provincial de Zaragoza
Zaragoza
2018
Publicación núm. 3626
de la Institución «Fernando el Católico»
Organismo autónomo de la Excma. Diputación de Zaragoza
Plaza de España, 2 • 50071 Zaragoza
Tels.: [34] 976 28 88 78/79
E-mail: ifc@[Link]
[Link]
© Asociación de Historia de la Lengua Española
ISBN: 978-84-9911-500-9 Obra completa
ISBN: 978-84-9911-498-9 Tomo I
Depósito legal: Z 1363-2018
Printed in Spain. Impreso en España
por Editorial Cometa, S. A., Zaragoza
COMITÉ DE HONOR DEL CONGRESO

Presidente
D. Javier Lambán Martínez
Presidente del Gobierno de Aragón

Vocales
D. Íñigo Méndez de Vigo y Montojo
Ministro de Educación, Cultura y Deporte
D. Antonio Cosculluela Bergua
Presidente de las Cortes de Aragón
D. Gustavo Alcalde Sánchez
Delegado del Gobierno en Aragón
D. Pedro Santisteve Roche
Alcalde-presidente del Ayuntamiento de Zaragoza
D. Fernando García Vicente
Justicia de Aragón
D. Marcial Marín Hellín
Secretario de Estado de Educación, Formación Profesional y Universidades
Dña. M.ª Carmen Vela Olmo
Secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación
Dña. Pilar Alegría Continente
Consejera de Innovación, Investigación y Universidad del Gobierno de Aragón
Dña. María Teresa Pérez Esteban
Consejera de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón
D. Juan Antonio Sánchez Quero
Presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza
D. Manuel José López Pérez
Rector Magnífico de la Universidad de Zaragoza
D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza
D. Darío Villanueva Prieto
Director de la Real Academia Española
VIII

D. Humberto López Morales


Secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española
D. Víctor García de la Concha
Director del Instituto Cervantes
D. Manuel Serrano Bonafonte
Presidente del Consejo Social de la Universidad de Zaragoza
D. Luis Miguel García Vinuesa
Vicerrector de Política Científica de la Universidad de Zaragoza
Dña. Concepción Lomba Serrano
Vicerrectora de Cultura y Política Social de la Universidad de Zaragoza
D. Eliseo Serrano Martín
Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza
D. Carlos Forcadell Álvarez
Institución «Fernando el Católico» (Excma. Diputación Provincial de Zaragoza)
D. Javier Giralt Latorre
Director del Dpto. de Lingüística General e Hispánica de la Universidad de Zaragoza
D. Ramón Abad Hiraldo
Director de la Biblioteca Universitaria de Zaragoza
IX

COMITÉ CIENTÍFICO DEL CONGRESO

Presidente
Dr. D. Humberto López Morales
Asociación de Academias de la Lengua Española

Vocales
D. Pedro Álvarez de Miranda
Universidad Autónoma de Madrid
D. José Antonio Bartol Hernández
Universidad de Salamanca
D. José Jesús de Bustos Tovar
Fundación Menéndez Pidal
D. Rafael Cano Aguilar
Universidad de Sevilla
Dña. Gloria Clavería Nadal
Universidad Autónoma de Barcelona
Dña. Concepción Company Company
Universidad Nacional Autónoma de México
D. Rolf Eberenz
Universidad de Lausana
D. Javier Elvira González
Universidad Autónoma de Madrid
Dña. M.ª Teresa García Godoy
Universidad de Granada
D. José Luis Girón Alconchel
Universidad Complutense
D. Johannes Kabatek
Universidad de Zúrich
D. Emilio Montero Cartelle
Universidad de Santiago de Compostela
D. Antonio Narbona Jiménez
Universidad de Sevilla
D. Antonio Salvador Plans
Universidad de Extremadura
D. Juan Pedro Sánchez Méndez
Universidad de Neuchâtel
X

COMITÉ ORGANIZADOR DEL CONGRESO

Dña. María Luisa Arnal Purroy


Universidad de Zaragoza
Dña. Rosa M.ª Castañer Martín
Universidad de Zaragoza
D. José M.ª Enguita Utrilla
Universidad de Zaragoza
D. Vicente Lagüéns Gracia
Universidad de Zaragoza
Dña. María Antonia Martín Zorraquino
Universidad de Zaragoza

BECARIOS Y ESTUDIANTES COLAborADORES

Elena Albesa Pedrola


Gemma Carreras Esparza
Ana María Conde Castañer
María José Gallucci
Víctor Herráiz Abad
Pilar Miguel Casanova
Mateo Montes Fano
Helena Ríos Rodríguez
Julia Salamero Sesé
Beatriz Yus del Río
ÍNDICE DEL VOLUMEN I

Presentación.............................................................................................. 1

Lección inaugural

Federico Corriente: La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pen-


diente................................................................................................... 7

Acto conmemorativo de la publicación de la


Segunda Parte del Quijote (1615)
Aurora Egido: El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Qui-
jote...................................................................................................... 29

Lección de clausura

Rocío Caravedo: Variación y cambio desde una perspectiva sociocog-


nitiva................................................................................................... 67

Ponencias
José Antonio Bartol Hernández: La expresión de la irrealidad condi-
cional: hubiera dado vs. habría dado.................................................. 99
Mónica Castillo Lluch: La historia de la lengua española vuelve por
sus fueros............................................................................................ 129
Gloria Clavería Nadal: Contribución a la historia de los procesos de
adaptación en los préstamos del español moderno........................... 157
Carlos Garatea Grau: Guamán Poma de Ayala: la historia de una
variedad americana............................................................................ 193
José Ramón Morala Rodríguez: Variación diatópica y etimología en
léxico del Siglo de Oro....................................................................... 215
Beatrice Schmid: Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja
relación............................................................................................... 239
XII Índice

Mesas redondas

Centenario de la Revista de Filología Española


Coordinadora: Pilar García Mouton
María Antonia Martín Zorraquino (moderadora): Ante los cien años
de la Revista de Filología Española................................................... 265
M.ª Teresa Echenique Elizondo: La lengua y el estudio de su historia:
cien años de proyección e impulso de nuestro patrimonio filoló-
gico..................................................................................................... 273
Pilar García Mouton: La Revista de Filología Española: tradición y
presente............................................................................................... 291
Alberto Montaner Frutos: La evolución del concepto de filología desde
la Revista de Filología Española........................................................ 303

Nuevas perspectivas en el estudio histórico de la lengua española

Coordinador: José Luis Girón Alconchel


José Luis Girón Alconchel: Gramaticalización y gramatización en la
historia del español............................................................................ 321
María José Martínez Alcalde: Nuevas perspectivas en la relación entre
los estudios de historiografía lingüística e historia de la lengua
española.............................................................................................. 331
Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta: Incorruptibles curvas: apuntes
sobre la difusión de los cambios morfosintácticos............................ 345

Comunicaciones
Sección 1. Fonética, fonología y grafemática históricas

Carlos Folgar: PĚLLE > pielle > piel. ¿Un superviviente de la apócope
extrema?.............................................................................................. 381
María Heredia Mantis: Las sibilantes en la obra de Mateo Alemán:
¿una cuestión de seseo o de ceceo?................................................... 393
Dolors Poch Olivé: La entraña fonética del español según Tomás Nava-
rro Tomás............................................................................................ 411
Assumpció Rost Bagudanch: El ʒeísmo, ¿un paso más en la evolución
yeísta?................................................................................................. 427
Juan Pedro Sánchez Méndez: La doble (o triple) perspectiva en la inves-
tigación en torno a la ortografía y los usos gráficos en la documen-
tación hispanoamericana colonial..................................................... 447
Hiroto Ueda: Tendencias cuantitativas de la abreviatura en el español
medieval y moderno............................................................................ 463
Índice XIII

Sección 2. Morfología y sintaxis históricas

Esther Álvarez García: Simplificación del sistema de relativos: análisis


diacrónico........................................................................................... 481
Montserrat Batllori, Elisabeth Gibert-Sotelo e Isabel Pujol: Cam-
bios aspectuales en la evolución de los verbos psicológicos del
español................................................................................................ 497
Robert J. Blake y Carlos Sánchez Lancis: La alternancia de modo en
las subordinadas sustantivas: el caso de esperar en la historia del
español................................................................................................ 513
José Luis Blas Arroyo y Margarita Porcar Miralles: «Tiene tanto
temor a la mar que creo no lo hará»: variación en la sintaxis de
las completivas en los Siglos de Oro................................................. 531
Cristina Buenafuentes de la Mata: «E fincaron las tiendas assaz
çerca de sos enemigos»: el cuantificador asaz en la historia del
español................................................................................................ 549
Inés Carrasco: La especialización de donde no como locución con valor
hipotético............................................................................................ 567
Ángel Cervera Rodríguez: Formalización del predicado verbal en Rin-
conete y Cortadillo, de Cervantes...................................................... 585
Concepción Company Company: Adverbios cortos y adverbios largos en
el español. Una comparación gramatical interna diacrónica........... 603
Santiago del Rey Quesada: Latinismo, antilatinismo, hiperlatinismo y
heterolatinismo: la sintaxis de la prosa traducida erasmiana del
Siglo de Oro........................................................................................ 623
Rodrigo Flores Dávila: Estudio diacrónico de la preposición a en locu-
ciones adjetivas nominal + a + nominal............................................ 647
M.ª Teresa García-Godoy: El discurso directo en el Corpus diacrónico
del reino de Granada (CORDEREGRA, 1492-1833). Nuevos datos
sobre el pronombre usted................................................................... 663
Blanca Garrido Martín: Los conectores específicos de adición en la
prosa alfonsí: un ejemplo de variación sintáctico-discursiva en la
lengua del siglo XIII........................................................................... 679
Claudio Garrido Sepúlveda: Las tradiciones discursivas de los roman-
ceamientos bíblicos: análisis de conectores consecutivos y oraciones
condicionales...................................................................................... 697
Jaime González Gómez: Origen e historia de al lado (de): ¿un reanálisis
inadvertido?........................................................................................ 715
Anton Granvik: Sobre la diacronía de la construcción encapsuladora
en español: un análisis colostruccional y (un poco) más allá.......... 731
Anton Granvik y Carlos Sánchez Lancis: Un acercamiento cuantitativo
a la periodización en la historia del español.................................... 751
XIV Índice

Francisco Javier Herrero Ruiz de Loizaga: La expresión de la poste-


rioridad inmediata: mantenimiento, pérdida y renovación de nexos
y variación diatópica.......................................................................... 767
Silvia Hurtado González: Análisis del gerundio compuesto a partir de
textos periodísticos de finales del siglo XIX y principios del XX....... 787
Ahmed Kaddour: Hacia un análisis morfológico de los hispanismos
argelinos............................................................................................. 799
Mallorie Labrousse: Dos diasistemas iberorrománicos occidentales en
contraste: el caso de la estructura art+pos+N en español y portu-
gués, del siglo XIII al siglo XVI.......................................................... 817
Cristina Matute Martínez y Teresa María Rodríguez Ramalle: Los
adverbios y la periferia izquierda de las construcciones de gerundio
en español medieval........................................................................... 835
Dorien Nieuwenhuijsen: La propagación de por en construcciones pasi-
vas perifrásticas con complemento agente explícito. El factor del
aspecto verbal..................................................................................... 851
Christopher J. Pountain: Sustantivos de género «ambiguo»: ¿adjuncio-
nalización de una categoría morfológica redundante?..................... 867
Matthias Raab: Verbos parasintéticos del castellano oriental del siglo
XV........................................................................................................ 883
Pedro Ángel Ramírez Quintana: El sujeto paciente presente de la pasiva
perifrástica en español. Acercamiento diacrónico............................. 893
Ana Serradilla Castaño: De «asaz fermoso» a «mazo guapo»: la evo-
lución de las fórmulas superlativas en español................................. 913
Rena Torres Cacoullos y Miguel Ramos: Expresión variable de los
pronombres de sujeto: diferencias entre él y ella.............................. 931
M.ª Rosa Vila Pujol y Eva Martínez Díaz: La presencia del predicativo
en los inicios del castellano............................................................... 949
Anne C. Wolfsgruber: Los valores de se: nuevos datos de una visión
comparativa de las lenguas medievales............................................. 965
Presentación

La organización del X Congreso Internacional de Historia de la Lengua


Española era una vieja aspiración de los discípulos de aquellos maestros
(Tomás Buesa, Félix Monge) que tanto influyeron con sus enseñanzas en
nuestra vocación filológica. Aceptamos este reto con ilusión, guiados por
el aforismo que, con tanta agudeza, desentrañó Baltasar Gracián en su
Oráculo manual y arte de prudencia (1647): «Tratar con quien se pueda
aprender; sea el amigable trato escuela de erudicion, y la conversacion
enseñança culta; vn hazer de los amigos maestros, penetrando el vtil del
aprender con el gusto del conversar. Alternase la fruicion con los entendi-
dos, logrando lo que se dize, en el aplauso con que se recibe, y lo que se
oye en el amaestramiento».
Desde el 7 al 11 de septiembre, Zaragoza congregó a casi trescientos
estudiosos de la historia de la lengua, jóvenes y no tan jóvenes, que ense-
ñaron y aprendieron en buena armonía en el céntrico, cómodo y hermoso
Edificio Paraninfo de la Universidad de Zaragoza y también en la Sala de
la Corona del Gobierno de Aragón, en el Palacio de la Aljafería, sede de las
Cortes de Aragón, y en la cercana Facultad de Economía y Empresa donde
se celebraron algunas sesiones. Y aún pudieron los congresistas acercarse
al monasterio de Veruela y recorrer el barrio mudéjar de Tarazona, al pie
del Moncayo, y, por supuesto, conocer los muchos atractivos que posee
nuestra ciudad. La Biblioteca Universitaria de Zaragoza preparó con fondos
propios, al hilo de nuestra convocatoria, una esmerada exposición que, con
el título de Tesoros de la lengua castellana, mostró a los congresistas –y
después a la ciudad de Zaragoza– una selección de obras datadas en los
siglos XVI, XVII y XVIII que guarda celosamente en sus anaqueles.
Al provecho de las ponencias, de las mesas redondas y de las comuni-
caciones, al interés de los distintos enfoques metodológicos y de la variedad
2 Presentación

de temas tratados, han de añadirse dos felices circunstancias que concurrie-


ron en la cita zaragozana de los historiadores de la lengua: de una parte, la
conmemoración, en el año 2015, del cuarto centenario de la publicación de
la segunda parte del Quijote, de tantas resonancias aragonesas; de otra, el
primer centenario de la Revista de Filología Española, surgida en el seno
del Centro de Estudios Históricos, con todo lo que implica para el desarrollo
de la vertiente histórica en el estudio de la lengua española. No debemos
olvidar otro hecho singular: la celebración del Congreso en Zaragoza fue
sin duda acicate para que un estimable número de intervenciones abordara
el análisis de las fuentes documentales aragonesas, de manera que esas
aportaciones pudieron disponer de sección propia. Ni tampoco olvidaremos
que en Zaragoza, tras muchos años al frente de la Asociación de Historia de
la Lengua Española, Humberto López Morales cedió esta responsabilidad
que con tanto acierto desempeñó a José Jesús de Bustos Tovar, ahora ya
—lo expresamos con tristeza— recordado maestro. Recuerdo que también
dedicamos a Manuel López Pérez, rector de la Universidad de Zaragoza en
la etapa de preparación del Congreso, que desde los primeros momentos
apoyó nuestra iniciativa con enorme entusiasmo.
En nuestro empeño para organizar el X Congreso Internacional de
Historia de la Lengua Española hemos tenido el apoyo de numerosas ins-
tituciones públicas y privadas. Sin su ayuda no hubiéramos llegado a buen
puerto: la Universidad de Zaragoza y, de manera especial, la Facultad de
Filosofía y Letras y nuestro Departamento de Lingüística General e His-
pánica; el Banco Santander y la Fundación Biblioteca Virtual «Miguel de
Cervantes Saavedra»; la Institución «Fernando el Católico»; IberCaja; el
Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de nuestra ciudad; Telefónica y El
Corte Inglés; la Fundación CAI y el Ayuntamiento de Tarazona. Gracias
también a la Asociación de Historia de la Lengua Española por haber con-
fiado en nosotros y a los miembros del Comité científico del Congreso que
han velado por la calidad de las colaboraciones presentadas. Y a Carmen
Guallar y a su equipo, por las facilidades que nos ofreció para instalarnos
en el Edificio Paraninfo. Y al nutrido grupo de nuestros estudiantes y beca-
rios que, generosamente, colaboró con nosotros durante la celebración del
Congreso.
Al volver la vista atrás, los organizadores de esta décima cita trienal de
la Asociación de Historia de la Lengua Española nos sentimos satisfechos
del esfuerzo realizado, y en nuestra memoria quedarán el interés con que
fueron acogidas por los asistentes las distintas actividades programadas, y
también la armonía —tratar amigablemente con quien se pueda aprender—
Presentación 3

en que todos convivimos durante aquellos primeros días de septiembre del


año 2015. Ahora estas Actas —que pronto aparecerán en formato digital—
legan a la posteridad como fruto perdurable el trabajo desarrollado durante
esos días. Y hacen pensar con optimismo en el futuro de nuestra Asociación,
que ya es depositaria de cientos y cientos de contribuciones, de indudable
trascendencia para el avance de nuestra disciplina.

María Luisa Arnal Purroy


Rosa M.ª Castañer Martín
José M.ª Enguita Utrilla
Vicente Lagüéns Gracia
María Antonia Martín Zorraquino
Lección inaugural
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente

Federico Corriente
Universidad de Zaragoza
Real Academia Española

Resumen. Los estudios tradicionales de préstamos árabes al castellano y otras


lenguas hispano-romances, como los excelentes de Dozy/Engelmann y Eguílaz y
Yanguas, hasta llegar a la última contribución importante y relativamente reciente
fuera de España, la de Kiesler, se han centrado casi siempre en voces registradas
por la literatura medieval y moderna, con escasa atención al patrimonio oral. Sin
embargo, los estudios de árabe andalusí y los escasos testimonios gráficos de su
folclore, junto a los esfuerzos de las últimas décadas en calcular el alcance de su
influencia en sus homólogos castellanos, catalanes, gallegos y portugueses, han
permitido detectar y atribuir a sus etimologías árabes un considerable número de
voces, expresiones y partes de canciones, usadas a diario por todos, a pesar de
su oscuridad y falta de transparencia en cuanto a verdadero sentido y origen lin-
güístico. Este artículo se propone explicar algunos de esos casos, atribuyéndolos,
al menos en parte, a la influencia de ayas y arrieros moriscos, que transmitieron
sus dichos a los vecinos cristianos.
Palabras clave. Contacto lingüístico, préstamos árabes a las lenguas hispano-ro-
mances, origen árabe de voces, expresiones y fragmentos de canciones en caste-
llano, catalán, gallego y portugués.

Abstract. Traditional studies of Arabic loanwords in Castilian and other Hispanic


Romance languages, such as the excellent works of Dozy/Engelmann and Eguílaz
y Yanguas, down to the last significant and relatively recent contribution outside
Spain by Kiesler, have most of the time dealt with items recorded in writings
of medieval and modern times, and paid little or none attention to oral heritage.
However, the studies of Andalusi Arabic and the few remaining witnesses of its
folklore, in connection with renewed efforts in the last decades to gauge the extent
of its influence upon its Spanish counterparts, in Castilian, Catalan, Galician and
Portuguese, have allowed the detection and attribution to its etymological Arabic
origins of a large number of lexical items and expressions and parts of some
songs, used by everybody every day in colloquial speech, but dark or thoroughly
8 Federico Corriente

inexplicable, as far as their original meaning and linguistic background are con-
cerned. The main goal of this paper is to explain those cases and attribute them,
at least partially, to the role of Moorish nurses and mule-drivers, who transmitted
their peculiar jargons to their Christian neighbours.
Keywords. Lingüistic contact, Arabic loanwords in Castilian and other Hispanic
Romance languages, Arabic origins of lexical items, expressions and parts of
songs in Castilian, Catalan, Galician and Portuguese.

Se nos viene sugiriendo, y nos ha parecido preferible hacerlo ahora


desde una perspectiva lúdica, utilizando datos irrebatibles, pero sobre todo
el buen humor, decir a nuestros compatriotas que aún puedan o quieran
ignorarlo, que la lengua, la cultura y la personalidad españolas actuales
no son una mera continuación de ingredientes exclusivamente europeos,
Grecia, Roma, cristianismo, en la medida en que este llegó a europeizarse,
tribus germánicas y otras, etc., sino que, además, albergan un fuerte com-
ponente semítico, en alguna parte hebreo, pero predominantemente árabe,
y traído por el Islam, aun sin ser siempre de su cuerda. Ese ingrediente, al
que llamaremos medio-oriental, porque tiene componentes desde egipcios
y mesopotámicos hasta anatólicos, ha resultado indeleble y característico,
hasta límites que no todos pueden imaginar o aceptar, y que otros tratan
de minimizar pensando, a veces bienintencionadamente, que esas cosas
eran normales «entonces», en la Edad Media, y que no han condicionado
seriamente nuestra abrumadora occidentalidad, marcada por la Reconquista
o rechazo casi integral precisamente a dicho componente, la conquista y
colonización americanas, nuestra gran empresa de proyección universal, y
la tormentosa relación con la Europa transmontana.
Desde luego, pocos españoles cultos ignoran que todas nuestras lenguas
romances albergan algunos centenares de palabras árabes, y esto no solo
en el caso de las más meridionales, castellano y portugués, sino incluyendo
también desde el gallego ceibe ‘libre’ (< ár. and. sáyib ‘suelto’)1 a la sabrosa
escalivada catalana (< ár. and. qalíb ‘brasa revuelta para asar’). Pues aquí
no hubo reductos «puros», aunque los mismos académicos se hagan un
lío con el número de los arabismos2, cosa realmente secundaria, pues lo
importante no es cuántos son, sino cuáles y qué conceptos expresan, y
estos no son precisamente meros neologismos, designaciones de nuevos

1
Vid. Corriente (2003: 280, s. v. ceiba, y 206-207, s. v. alqueive; 2008: 166 y 225).
2
Asunto este, así como otros de naturaleza estadística, competentemente tratado por
Kiesler (1994).
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 9

productos, sino a menudo voces del núcleo léxico central del idioma, lle-
vadas adonde no llegó la espada del Islam por los mozárabes, cristianos
arabizados en lengua y cultura, con la que revitalizaron y civilizaron a sus
agrestes correligionarios que resistían en el Norte, llevándoles la educación
que, a la postre, les daría la victoria. Los aun algo mejor informados saben
que la primera literatura castellana en prosa, impulsada por Alfonso X,
estuvo casi exclusivamente constituida por traducciones del árabe, que de
esta lengua también hubieron de servirse los europeos que en la Baja Edad
Media quisieron conocer la cultura y las ciencias clásicas, casi extinguidas
por los bárbaros del Norte y la enemiga del cristianismo precarolingio,
bibliófobo e iconoclasta, y que la supremacía cultural islámica, científica
y técnica, que no moral ni espiritual, no empezaría a atenuarse hasta el
Renacimiento que, incidentalmente, tampoco hubiera sido posible sin esa
fase anterior que lo preparó entre los siglos XII y XIV.
Por hablar solo de elementos materiales, que todo el mundo entiende,
hace unos diez siglos los europeos habían prácticamente olvidado cómo
hacer grandes obras de arquitectura, aunque empezaban a utilizar la teja por
algo llamada árabe para techar edificios menos solemnes; vestían y calza-
ban toscamente, salvo los privilegiados que podían pagarse importaciones
orientales; tenían una dieta pobrísima, no solo en carnes, sino también en
frutas y verduras, por no hablar de condimentos; andaban muy escasos de
medicina, música y diversiones, que hubo que importar del vecino meri-
dional; y, ¡oh dolor!, aún no sabían hacer alambiques para destilar alcohol
con que alegrar sus grises ocios: como en las tabernas más ínfimas y tristes,
aquí no había sido vino o cerveza. Por supuesto, ninguna de estas cosas fue
inventada, ni siquiera siempre admitida por el Islam, pues las religiones no
se ocupan del bienestar material de sus seguidores ni, mientras son algo
sensatas, tratan demasiado de impedirlo, pero llegaron a Europa traídas
por gentes de sus aledaños, y no siempre los más ortodoxos pero que, eso
sí, musulmanes, judíos o cristianos más o menos convencidos o fingidos,
desde un principio habían tenido la lengua árabe como su vehículo principal
de expresión, haciéndola una de las solo cinco que han sido universales
durante más de mil años, junto al griego, latín, sánscrito y chino. No hubo
otras y, de momento, tampoco las iguala ninguna más moderna.
Sin embargo, son muchos los españoles, o simplemente, occidentales,
a los que les cuesta reconocer esa deuda. Recordamos una anécdota prota-
gonizada nada menos que por don Claudio Sánchez Albornoz, historiador
brillante y muy meritorio, así como hombre de honor, que prefirió el exi-
lio al servicio de una dictadura, pero entre cuyos méritos no entraba una
10 Federico Corriente

perfecta ecuanimidad en su aceptación de los ingredientes de la cultura


hispánica. En el año 1981 publicamos dos profesores de la Universidad de
Zaragoza la traducción de un volumen del fundamental historiador anda-
lusí Ibn Ḥayyān3, que arrojó luz sobre centenares de cuestiones de nuestra
historia medieval, y secuencias. Pero de todo cuanto allí se daba a conocer,
que no era solo historia, sino también literatura, sociología, numismática,
filosofía, religión, etc., etc., a don Claudio le llamó particularmente la
atención una lamentable anécdota de la crueldad de ʿAbdarraḥmān III, en
ese caso, contra una esclava de su harén que lo había ofendido y a la que
hizo decapitar, lo que le servía al gran profesor para advertir a las españolas
actuales del peligro de simpatizar con el Islam y contribuir a volverlo a traer
a nuestras tierras. «¡Ojo, andaluzas!», se llamaba el artículo y, con las inevi-
tables diferencias de nivel cultural, compartía el espíritu de una llamada
telefónica que recibimos, en otra ocasión, tras publicar un artículo sobre los
arabismos del aragonés, en que se nos acusaba de «estar contribuyendo a
volver a traer la dominación islámica». Ya se sabe, se empieza reconociendo
méritos al enemigo y encontrando gracia a estas cosas, y se acaba retajado
y enturbantado, privado de jamón, vino y sepultura en sagrado.
Pero no hablemos de lo que pasó hace tantos siglos, y cómo se lo toman
algunos, porque nos hemos prometido hacer este trabajo desde un ángulo
tan divertido como sea posible, y no hay chistes tan longevos. Lo que
vamos a contar, porque no lo sabe casi nadie, ni los que se consideran más
cultos, y resulta mucho más revelador curiosamente que unos centenares
de vocablos y unos miles de progresos técnicos, de tan vistos y disfrutados
ya olvidados, es que hay dos cosas muy actuales de nuestra cultura, y tan
características que nos distinguen del resto de Occidente y nos acercan
muchísimo a nuestro pasado no tan lejano, compartido con el mundo árabe:
a saber, nuestro folclore —incluida su porción infantil—, del que es parte
nuestro refranero; y nuestro sistema de ternos, léase tacos, entre los que
abundan las palabras que constituyen tabú lingüístico que, rogamos se nos
disculpe, nos vamos a permitir violar alguna vez, por exigencia del guion.
Por empezar con las llamadas palabrotas, ternos o tacos, un sector mal
visto de nuestra lengua, a menudo de indudable mal gusto, pero sin el que
parece no nos sabríamos desenvolver en nuestra charla cuotidiana, hace ya
algunos años que publicamos un artículo (Corriente 1993: 282-291), en el
que pasábamos revista a lo que había sucedido tras la conquista islámica y

3
Se trata de la Crónica del califa ʿAbdarraḥmān III an-Nāṣir entre los años 912 y
942 (al-Muqtabis V), editada por Viguera/Corriente (1981).
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 11

hasta el presente con los nombres de órganos sexuales, funciones sexuales


o escatológicas, agentes y pacientes, con el resultado curioso de compro-
bar que el árabe andalusí había mantenido su vocabulario en esta área,
pero también adoptado parte del romance, debido a que la crianza de los
niños estuvo por algunas pocas generaciones a cargo de madres que en un
principio conocían poco y mal el árabe, aunque, siglos más tarde, tras la
Reconquista, el castellano recibiría a su vez parte de ese léxico, de origen
romance meridional o árabe, pero que, en cualquier caso, le era ajeno, a
veces traducido. Que huevo sea nombre vulgar del testículo en castellano,
como en árabe vulgar (bayḍah), puede explicarse por una fácil metonimia
que ha podido ocurrir simultáneamente en varias partes del mundo sin
contacto en este punto, pero que lo que en árabe andalusí se llama farḫ
‘pollo’ sea lo mismo en castellano, con cambio de género, y en portugués
perú (‘pavo’) no parece ser casual: para el mismo concepto, zupo y cipote
son arabismos derivados del malsonante zu/ibb, en el segundo caso trufado
con un sufijo aumentativo romance que denuncia una fase bilingüe. Algo
similar sucede con el homólogo órgano femenino, que también recibió
muchos nombres, a veces eufemismos sucesivos, como es característico
de toda terminología tabú, árabe, protorromance u otra cosa, entre ellos el
metonímico fitónimo catalán figa, calco semántico del eufemismo árabe
ya clásico tīnah, y su homólogo exeufemismo castellano chocho, que pasó
del protorromance al árabe y, al parecer, no a través de este, sino parale-
lamente al castellano (Corriente 2003: 287), algo parecido a lo que ocurre
con picha, del andalusí píčča, de origen bajo-latino (ibid.: 412), ambos
actualmente desenfadados vocativos en la Bahía de Cádiz para dirigirse a
mujer u hombre, respectivamente, en términos muy familiares, cosa que
ya hacían los beduinos antes del Islam, coincidencia curiosa, diciendo yā
hanu 4. En cambio, cuando se usas sus equivalentes en otras lenguas, v. gr.,
inglés o francés, el término resulta gravemente insultante, con connotacio-
nes de estupidez o fatuidad, que tampoco faltan en castellano a veces, como
en el doble uso de pijo, o en las formas de haba, usadas en Aragón como
tonto (de)l haba, y en las dos lenguas vernáculas de Valencia —dialecto
valenciano del catalán y castellano— como faba.

4
En realidad, un antiguo demostrativo que, por eufemismo, vino a significar los
órganos sexuales de ambos sexos, y llegar luego a ser tan obsceno en la acepción femenina
que los gramáticos lo suelen omitir al mencionar los «seis» sustantivos de flexión especial,
convirtiéndolos en «cinco» (vid. Corriente 1971: 120; 1993: 284, n. 7).
12 Federico Corriente

A este respecto, la presencia obsesiva de la vulva, concretamente


de la madre, en el léxico tabú de los insultos del castellano, contrasta
de nuevo con la ausencia de tal referente en las lenguas europeas exte-
riores a la Península Ibérica. Esta obsesión con la relación establecida
entre la respetabilidad, léase honra de la mujer, en especial la madre, y
sus órganos y relaciones sexuales, por mucho que nos suene a nuestra
sociedad más conservadora y calderoniana, no parece haberse engendrado
en los cercanos páramos de Castilla, sino en los de la lejana Península
Arábiga, como lo demuestra la similitud de las expresiones usadas, la
pervivencia de algún término clave y su evolución semántica, a veces
sorprendente, pero siempre con circunstancias coadyuvantes que apuntan
al pasado islámico y arabófono, que los mozárabes, pronto arabizados,
sin duda trasladaron a las tierras cristianas a las que emigraron y saca-
ron del atraso, dando a tales expresiones curso de siglos y condición de
característica de la personalidad hispánica. Los diccionarios árabes más
clásicos nos informan de que los beduinos de Arabia se insultaban de la
forma más grave diciéndose fī ḥiri ummika ayr ‘en la vulva de tu madre
hay un pene’5, lo que en Alandalús había sido abreviado a un escueto ‘la
vulva de tu madre’, como es frecuente también entre nosotros hasta hoy,
y evolucionado de insulto a expresión de admiración: ese es el origen
de nuestro caramba (del andalusí ḥírr úmmak), aunque simultáneamente
eufemismo de carajo, que lo ha contaminado fonéticamente en su pri-
mera parte, voz latina que tomaron los andalusíes del viejo romance
hispánico. Pero hay más: dispensando el complemento, la mera vulva
se convirtió en terno, algo que sonaba como herre, cuando no se usaba
su traducción romance más vulgar, que aparece ya en una ḫarğa como
KÓNNO (Corriente 1997: 302-303 y n. 95) y que los arrieros moriscos,
segundos grandes transmisores de léxico y conceptos árabes a la sociedad
hispánica tras la Reconquista, continuaron usando cuando ya hablaban
casi exclusivamente castellano, como expresión de enojo o insistencia.
Tal es el origen de nuestro herre que herre, que algunos escriben ya sin h
y conectan equivocadamente con el nombre de la letra homófona; por el
mismo motivo, se decía entrar con haches y erres del que recibía malas
cartas en el juego, porque las saludaba con ese exabrupto de enfado, y

5
Vid. un testimonio poético, y no mera cita lexicológica, de este uso en Bencherifa
(1971-1975: 434). También la frase árabe umṣuṣ baẓra ummi + ka ‘ve a chupar la vulva
de tu madre’ parece haber engendrado el grosero reenvío castellano en idéntica dirección,
en boca de arrieros moriscos y, luego, los demás de parecido registro.
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 13

no decir haches ni erres, que la Academia, generalmente displicente con


lo árabe, interpreta como ‘no hablar cuando conviene’, pero que primero
debió significar ‘no decir lo inconveniente’, o sea, tal grosera voz.
También es notorio el exagerado uso entre los ternos del castellano
y otros romances hispánicos de reflejos del latín fŭtUĕre, sin paralelo
fuera de la Península Ibérica, en estructuras que a menudo resultan semán-
ticamente incomprensibles. No nos referimos, claro está, a su uso como
sinónimo vulgar de perjudicar, lo que se da muy a menudo también en
otras lenguas, debido a una juntura semántica con la violación como forma
extrema de humillación —por conquistadores o delincuentes— de mujeres
y hombres, sino a su extraño uso como interjección de asombro o enojo,
o sea, ¡joder! o ¡jodo! Una vez más, algo que oímos a diario en nuestras
latitudes parece continuar los usos de la Arabia preislámica, en la que ḫuḏ
+ hu ‘tómalo’ era la voz que acompañaba al golpe asestado al enemigo con
intención mortífera que sonaba así, y que sigue sonando lo mismo o muy
parecido en la mayoría de los modernos dialectos árabes: lo que era un grito
de cólera evolucionó a interjección de asombro, que aquí fue entendida
como el imperativo de aquel malsonante verbo, sustituible por el infinitivo,
que hoy predomina. En algunas regiones de España, sin embargo, aún se
oye la vieja expresión en su antigua total extensión ¡jodo, petaca!, que
refleja lo que en árabe (ḫuḏ + hu biṭāqa) quería y quiere aún decir (‘¡tómalo,
por fuerza!’), o sea, te guste o no, sin ningún sentido sexual6. Curiosamente,
este es también el origen de otro vulgarismo nunca entendido, el castellano
¡manda huevos!, en que se encuentran el andalusí muy deformado atmattáʿ
‘disfruta(lo)’, y el viejo castellano huevos, o sea, por fuerza, como en el
v. 83 del Poema de Mío Cid. Otras expresiones de germanías son albaire
‘testículo’ < andalusí albáyḍa ‘huevo’, caire ‘pago de la ramera’ < andalusí
qá‘ida ‘regla’, bederre ‘verdugo’ < andalusí bidírra ‘con azote’, balhurría
‘canalla’, antífrase del andalusí balḥurríyya ‘con nobleza’ y, simplemente
de bajo registro, gilipichi, en principio ‘hermafrodita’ < andalusí ḥírri píšši
‘poseedor de vulva y pene’, y paja ‘masturbación’, a través del romanda-
lusí, del latín pascĕre ‘apaciguar’.
Otro interesante ejemplo de las vueltas que pueden dar las cosas en el
mundo clandestino del lenguaje tabú es la manera en que parece haberse

6
Recientemente nos informaba don Santiago Miralles, ministro consejero de la Emba-
jada de España en Túnez, de haber oído a su abuelo, don Santiago Huete, de la región
de Toledo, una variante, ¡jodo, minina!, que reflejaría, suponemos, el andalusí ḫuḏ + hu
mínnina ‘tómalo de nuestra parte’.
14 Federico Corriente

engendrado el giro echar o pegar un polvo, o sea, practicar un coito, que


nos suena como totalmente latino, y fonéticamente lo es, como veremos,
pero no por ello menos ininteligible si no tenemos datos que solo pueden
venir de la cultura arabófona que hubo y sigue subyaciendo en las lenguas
hispánicas en nuestros días. No hay tal polvo, como sustancia desmenuzada,
sino una pronunciación viciada, muy característica de los moriscos, que no
distinguían bien la /b/ y la /p/, de una palabra latina que conocemos bien,
vulva, para nosotros cultismo, pero que debió ser vulgar en la Bética, por-
que pasó al andalusí búlba con ese mismo sonido (Corriente 1997b: 61),
a veces perdiendo la marca de femenino, cambio de género no infrecuente
en los órganos sexuales por polaridad (estudiada por la sociolingüística:
cf. pija, -o, figa, higo, etc.). Los andalusíes decían en su dialecto árabe
‘ganarse una vulva’, de donde probablemente la sustitución por pegar,
quizás de sustrato portugués, o sea ‘coger’, y por echar o tirar, que son
verbos comodines en la formación de giros castellanos y de otras lenguas7.
Otras veces un giro de origen árabe no ha sido considerado grosero, pero
ha sobrevivido en forma opaca, sin ser entendido salvo globalmente, como
a trancas y barrancas (del andalusí atrakkán barrámka ‘arrincónate con
la yegua (para defenderte de enemigos superiores)’, a troche moche (del
andalusí tújib ma wajáb ‘aunque exija ella cuanto sea debido’, dicho de
las compensaciones onerosas por un divorcio muy deseado por el marido),
cháncharras máncharras (del andalusí ját jára ma ját jára ‘que si vino una
vecina, que si no vino’), etc.
En todos estos casos, el hecho de que los moriscos fueran un segmento
dominado y desprestigiado de la población ha determinado el carácter de
registro ínfimo de estos giros, al tiempo que influido poderosamente en su
mantenimiento expresivo y característico dentro de él, que a menudo los
acaba convirtiendo en exclamaciones (v. gr., ¡coño!, ¡carajo!, ¡joder!, todos
ellos latinismos, cuyo sentido expletivo actual, sin embargo, solo explica el
uso árabe andalusí). Apenas se reflejarán tales voces en registros literarios
durante varios siglos, pero, ahí han estado y ahí están, como testimonio
poderoso de que las consecuencias culturales de Alandalús no se han ago-
tado, ni sus aportaciones a la cultura hispánica, tanto las más solemnes y
aplaudidas como las más desenfadadas y temperamentales, incluso grose-
ras, que no nos caracterizan menos en una visión de conjunto.

7
En cuanto al vulgarismo follar, vid. su interpretación como calco semántico en
Corriente (2003: 323).
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 15

En cuanto al refranero, es bien sabido, porque lo han estudiado sabios


árabes como el egipcio Al-Ahwānī y el marroquí Binšarīfa8, y entre noso-
tros García Gómez9, que buena parte de nuestros refranes son meras traduc-
ciones bastante literales de otros árabes, operación en la que el Marqués de
Santillana, por ejemplo, tuvo bastante parte. Por ejemplo: Cuando la barba
de tu vecino veas pelar, pon la tuya a remojar (< in raʾayta liḥyata ğārika
tuntaf, iğʿal liḥyataka fi lbalal); Caballo que vuela, no quiere espuela (<
in raʾayta ḥimāraka yamšī lā tazidhu naḫsa); Al freír será el reír (< iḏā
ğiʾta taqlī, sawfa tadrī); En tierra de ciegos, el tuerto es rey (< alʾanqar fī
bilādi lʿumyi yusammà aba lʿuyūn); Más vale pájaro en mano que ciento
volando (< ʿuṣfūrun fi lfumm ḫayrun mina lʾiwazzi fi lkumm); Hambre que
espera hartura no es hambre ninguna (<ğūʿun yuhaddidu biššabʿi laysa
ğūʿā); Cada cosa en su tiempo, y nabos en adviento (< kullu šayʾin fī waqtin
ḥattà lballūṭu fī yunayr); Ojos que no ven corazón que no siente (< man
ġāba ʿani lʿayni ġāba ʿani lqalb); En barbas de hombre astroso se enseña
el barbero nuevo (< yataʿallamūna lḥiğāma fī ruʾūsi lyatāmà); Nace de la
huerta lo que el hortelano no siembra (< yanbutu fi lğinān mā lā yazraʿuhu
lğannān); Nota que el jarro no es bota (< laysa yuġlaṭu fī zziqqi biqullah);
y así más de un centenar de los refranes más usados hasta hoy.
Lo árabe tiene también su representación en los personajes míticos de la
paremiología y el folclore, como la famosa Axa (= ʿĀʾišah), generosa («Axa
no tiene que comer y convida huéspedes»), terca («Si vos Axa, yo Alí») o
deshonesta («Haja la enlodada, ni viuda, ni casada»), también reflejada en
el refranero sefardí10, o en el mismísimo Jaimito de los chascarrillos pro-
caces, que parece catalanizar el más primitivo portugués Joãozinho, fácil-
mente identificable con el Ğuḥā de las tradiciones árabes, el de la «estaca
de Roa», que estudiara Fernando de la Granja (1984). Bien es verdad que
refranes y chistes fácilmente cruzan fronteras, traducidos por individuos
bilingües y viajeros, pero las coincidencias de nuestro elenco paremiológico
con el árabe son demasiadas para atribuirlas a mera vecindad geográfica,
sobre todo con los antecedentes conocidos de nuestros centenares de ara-
bismos y otros efectos de la convivencia secular.

8
  No solo en su citada edición del refranero de Azzağğālī, sino particularmente en
su obra, Tārīḫ alʾamṯāl walʾazğāl fi lʾandalus walmaġrib [Historia de los refranes y los
cejeles en Alandalús y Marruecos], publicada en 2006.
9
  V. gr. García Gómez (1977: 375-390), dentro de una larga serie de artículos dedi-
cados a paremiología hispano-árabe.
10
Vid. en Corriente (2000: 73-74, s. v. Jáša) las referencias a Martínez Kleiser (1953),
Eguílaz (1886) y Nehama (1977).
16 Federico Corriente

No menos interesante y nutridamente representada es la contribución


andalusí a la terminología hispánica de los juegos, nanas y canciones
infantiles. Juegos como el alquerque (< ár. alqirq), especie de tres en
raya, y el recodín, recodán, reconocimiento de disfraces desde posición
inmóvil (< and. raqidín húm, ráqid ánt ‘echados están, echado estás tú’),
ambos de origen persa, el aleleví (< ár. yā alā llāʿibīn ‘¡eh!, jugadores’)
u orí (< and. awrí ‘haz ver’), o sea, el escondite; el alhiguí (< ár. alḥiq¸
‘alcánzalo’) o alaluya (< and. ya ʿala llúl ‘¡a la golosina!’), o sea, la
rebatiña; el gua de las canicas (< ár. zadwah); el zafaforate, juego que ha
sobrevivido en Navarra, en el cual se rivaliza en tapar agujeros en el barro
con pellas de la misma sustancia; y el murciano chinchemonete o chin-
cherinete, o sea, el juego de pídola, estos dos últimos de nombre parcial
o totalmente romance (< and. ṣafá lfurāṭ ‘se acabó el agujero o forado’,
y *ČÍNČE LOMBÍT / RENÍT ‘cíñete los riñones / lomitos’), nos recuerdan
que, así como la baraja parece invento judío localizable en el Rosellón
para cumplir con la prescripción talmúdica de jugar y emborracharse en
Purim, los niños de Alandalús durante mucho tiempo tuvieron también
más y mejores juegos y juguetes que los del Norte cristiano, como es
lógico en una sociedad más rica y variada y que, como vemos, tampoco
fue exclusivamente monolingüe en árabe, sino que practicó simultánea-
mente el romance del sur hasta el siglo XII. La transferencia de estos tér-
minos parece atribuible, sobre todo, a las ayas moriscas, frecuentemente
empleadas tras la Reconquista por los señores cristianos, lo que, como
en el caso de sus correligionarios arrieros, titiriteros, músicos y juglares,
y alguna que otra prostituta, como la Lozana Andaluza (vid. Corriente
2010: 51-72), dejó en manos de los segmentos ínfimos y residuales de la
sociedad andalusí las últimas posibilidades de perpetuarse en palabras de
registro bajo y costumbres populares dentro de la hispánica. Que fueron
aprovechadas en cuanto se pudo.
Sin embargo, las grandes sorpresas de esa heroica resistencia a la desa-
parición por parte de dicha herencia las vamos a encontrar en nuestras
canciones populares, casi siempre infantiles, en frases y conjuntos temáti-
cos probablemente insertados por esas mismas ayas, cuando no sea toda la
canción resultado de una traducción de originales que no nos han llegado.
Comencemos, al azar, por la canción «Elisa de Mambrú»:
A Atocha va una niña, carabí,
a Atocha va una niña, carabí,
hija de un capitán,
carabí, hurí, carabí hurá.
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 17

Prescindiendo del a primera vista opaco carabí, hurí, carabí hurá, el


caso de esta canción es el de una hermosa niña, que muere enseguida, no
se nos dice cómo, y es llevada a enterrar y, yendo en una caja de oro, con
tapa de cristal,
encima de la tapa, carabí,
encima de la tapa, carabí,
dos pajaritos van,
carabí, hurí, carabí hurá.

La tragedia está servida, y ello permite inmediatamente entender las


voces enigmáticas como las frases árabes andalusíes kárbi urí, kárbi yurá
‘mi desgracia está a la vista, mi desgracia se verá’. Si dejamos volar un poco
la imaginación y nos fijamos en el motivo final, un cierto conocimiento de
las costumbres y creencias árabes antiguas nos hace pensar, no en pajaritos
canoros, cantando el pío, pío, sino en la lechuza ululante (hāmah) que, se
creía, era en realidad el alma del asesinado, que clamaba venganza y no
callaba hasta obtenerla. ¿Por qué dos pajaritos, si la muerta es una? Tal vez
porque llevaba en sus entrañas una segunda criatura, y ello orienta la inter-
pretación de la canción hacia el romance de un «crimen de honra»: la bellí-
sima Elisa de Mambrú (¿o es ʿĀʾiša, hija de Mabrūk?), la del hermoso pelo,
peinado con peinecito de oro y horquillas de cristal, ha sido seducida por un
amante, tal vez el mismo cantor que se lamenta de su terrible desgracia, pero
ha de dejar la venganza a poderes no terrenales, pues es su agraviado padre,
el capitán Mabrūk, quien ha lavado su honor, con barbarie tan calderoniana
como agarena. Cosas que pasaban y, por desgracia, siguen pasando, aquí y
allá. Actual, mal que nos pese, como los abominables «crímenes de género».
Pero, ahora, toda la canción tiene un sentido, y hasta una moraleja conforme
a ciertas costumbres, a saber, que las muchachas han de cuidar su honra, y
no poner a los hombres de la familia en tan duros trances. Y no hace falta
ser multicultural, ni indiferente a la barbarie, para entender los contrapuestos
sentimientos que entran en juego en esa tragedia.
La siguiente canción, donde algunas variantes tienen texto ininteligible,
es una de las más populares entre las infantiles españolas, a saber, la del
señor don Gato. En una de dichas variantes el texto reza:
Sentado en silla de oro
estaba el señor don Gato
con unas medias de seda
y unos zapatitos blancos:
ate y ale pum, ate y ale pum.
18 Federico Corriente

A continuación recibirá una interesante propuesta de boda, que le pro-


duce tanta alegría que se cae y sufre un serio accidente del que, mal tratado
por médicos, muere. Posteriormente, cuando le llevan a enterrar «por la
calle del pescado», al olor de las sardinas, «el gato ha resucitado», que para
eso tienen ellos siete vidas. Esta versión no ofrece más problema que la
frase enigmática que, nos parece, vuelve a entenderse muy bien en árabe
andalusí: até iléh búm ‘le vino un búho’, habitual heraldo en el folclore
árabe de las malas noticias, y en realidad lo era, bajo apariencia de boda
prometedora, puesto que el anuncio produjo tan fatal desenlace. Pero más
llamativa, como confirmación definitiva de que el contexto folclórico es
árabe, si nos equivocáramos en esa dirección, es la versión alargada en
una de cuyas estrofas el gato tiene tiempo de hacer un extraño testamento
en que dice:
Madre mía, si me muero,
no me entierren en sagrado,
ponedme en un campo verde,
donde paceré a mi agrado.

Este tema es familiar a los conocedores de la literatura árabe, tanto


la preislámica como la posterior, y no puede estar ahí por azar. Son casi
las mismas palabras del poeta preislámico Abū Miḥğan, de la tribu de
Ṯaqīf:
Cuando muera, entiérrame junto a una viña, cuyas cepas rieguen mi alma tras
mi muerte.
No me entierres en desierto, pues temo que cuando muera, ya no podré probarlas.

Fue imitado por el persa universal ʿUmar Ḫayyām en sus rubāʿiyyāt,


por el cordobés Ibn Quzmān en su cejel núm. 90/5-6:
Cuando muera, mi modo de enterramiento
sea yacer bajo las cepas en viña,
pámpanos juntadme de mortaja encima,
y a la cabeza un turbante de sarmientos.
El demonio convoque allí a todo amigo:
invocádmelo tanto sentados como de pie,
y quien coma racimo de uvas,
entierre en mi tumba el escobajo11,

y hasta a lo divino por algún místico:

11
Vid. nuestra traducción en Corriente (1996: 245 y n. 4).
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 19

Enterradme bajo mi cepa, muerto pero sentido:


repetidme su nombre, que es mi anhelo la hija del racimo,
hacedme de sus pámpanos mortaja, y fúnebre ablución
de su jugo y, claramente a sus pies, cavad mi tumba
(atribuido al granadino Aššuštarī, núm. *3*, pp. 143 y 296)12,

antes de llegar a nuestro clásico tabernario:


Cuando yo me muera,
tengo ya dispuesto
en mi testamento
que me han de enterrar
en una bodega,
dentro de una cuba,
con un grano de uva
en el paladar.

Pero actualmente sabemos que todo arrancó de una interpretación árabe


pagana de la costumbre de los etíopes cristianos, incluso los emigrados
a Arabia, de plantar viñas en sus tumbas, simbolizando su fe en la resu-
rrección, puesto que los sarmientos rebrotan cada primavera, pero enten-
dida por los beduinos burdamente, como propósito de garantizarse el grato
vino hasta ultratumba. Nuestro gato, pues, hereda un antiguo y polifacético
bagaje cultural, y el morisco que introdujo aquí este motivo era, sin duda,
una persona compleja y hasta algo contradictoria a quien, por una parte, no
apetecía el panorama de una sepultura en el cementerio de los cristianos y,
por otra, no le desagradaba la perspectiva de una eternidad con vino, cuyo
consumo, particularmente por los musulmanes en Alandalús, nunca pudo
impedirse, por mucho que lo intentaran los ortodoxos, responsables, con
todo, de la sustitución de la vid por el campo verde.
En cuanto a nanas, sector poco estudiado de la cultura popular, hemos
recientemente sugerido que una expresión como nana, nanita, ea refleje el
árabe andalusí nám inta nam, áya ‘duérmete tú, duerme, ea’.
Pocos españoles desconocerán el estribillo de la canción infantil «Yo
tengo un castillo, ¡matarile, rile, rile!» («¿Dónde están las llaves […], en
el fondo del mar […], ¡matarile, rile, rile, ro, chimpún!»), pero no se les
ocurre preguntarse qué quieren decir esas voces extrañas o por qué estas
canciones infantiles suelen tener esas frases sin sentido. Conviene hacerlo,
y resulta que en este caso, ante la pérdida de las llaves, necesarias para

12
Vid. nuestra traducción en Corriente (1988: 245 y n. 4).
20 Federico Corriente

entrar en el castillo, se recurre a una manera de encontrarlas, algo así como


la promesa a san Antonio o a san Cucufato entre nuestras abuelas. No se
menciona por su nombre —no hay que olvidar que la Inquisición vigilaba
a los moriscos y perseguía prácticas heterodoxas, sobre todo en las comu-
nidades que consideraba más sospechosas—, pero es obvio que se recurre
a un adivino o, en designación árabe, zahorí, masculino o femenino, como
los mencionados varias veces en las ḫarağāt de siglos anteriores13, el cual
o la cual se toman su tiempo antes de emitir veredicto, haciendo los nece-
sarios cálculos astrológicos, y provocan el apremio en árabe andalusí: ma
tarí li, ríli, ríli, rúd, ğíd, BÓN, o sea, ‘lo que vas a adivinar, adivínamelo,
adivínamelo, contesta; bien, bueno’, la última palabra en romance, una
vez más apuntando al bilingüismo reinante entre los moriscos, o incluso
sus antepasados muladíes. Algunas versiones son un poco más largas, y
empiezan con ambo, hato, que parece corrupción de a muʿaṭṭal ‘¡so lento!’.
¿Quién no conoce la canción popular de «las ovejuelas»? Estas ovejue-
las que se cuidan solas, no necesitando pastor, personifican a la muchacha
atrevida que pide al amante que no vaya a ningún sitio sin ella, y que se la
lleve, lo que resultaba totalmente procaz en las sociedades conservadoras
de no hace tantos años, a ambos lados del Mediterráneo. Pero, ¿dónde está
la pista islámica o, digamos mejor, morisca? Como siempre, en la palabra
a primera vista ininteligible y en los temas reconocibles en la lírica anda-
lusí de siglos anteriores, en este caso, la referencia similar de la ḫarğa
núm. 24 de la serie hebrea («Si te cuidases de mí, hombre de bien, me
llevarías contigo»)14 y del estribillo «acitrón, tira del cordón», que cierra
cada estrofa, y que escapa a nuestra comprensión actual, en principio. A
menos que recordemos la ḫarğa de un muwaššaḥ andalusí, que hace años
editábamos así:
Deja mi brazalete,
y aflójame el cinto,
mi amado Aḥmad,
sube conmigo a la cama,
timidón mío,
acuéstate desnudo15.

13
V. gr. la adivina de H2 (vid. Corriente 1997a: 309).
14
Ibid.: 322. Los diccionarios árabes transmiten en una versión más cruda las palabras
de una mujer al marido que parte: iḥmil ḥiraka aw daʿ ‘llévate contigo la vulva que te
pertenece, o déjala libre’ (Al-Fayrūzābādī s. a.: vol. I, 601).
15
Vid. al respecto Corriente (1997a: 155 y n. 38).
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 21

De manera que el cordón del que la niña pide se tire es el de sus zara-
güelles, para soltarlos, y el extraño acitrón es el aumentativo romance de
la palabra andalusí sattár, que significa ‘discreto, modoso’, para provocar
zahiriendo al amante tímido, que no toma la iniciativa, ni la secunda con
la deseada diligencia. Otras veces, ese raro acitrón es sustituido por alirón,
que aquí no viene a cuento, aunque es también voz de origen árabe, con
la que se anunciaban las subastas y otras novedades de interés público, de
donde nos viene el actualísimo futbolero «¡alirón, alirón, el Atleti cam-
peón!», o sea, ‘¡se anuncia, se anuncia!’. Ya no podemos estar tan seguros
de si, en la variante «arrión, trencilla y cordón, cordón de Valencia, etc.»,
lo que la impaciente pide es un tironazo violento que arríe, o sea, la des-
poje rápidamente de los impedimentos de ropa, o si son meramente voces
sustitutorias deturpadas, realmente sin sentido. Lo cierto es que la vigilancia
moral era mucho más estricta en el periodo morisco que en la edad de oro
de Alandalús, las Taifas, cuando las libertades de conducta parecen haber
estado mucho menos restringidas la mayor parte del tiempo; y ello hace que
después las expresiones sean mucho más discretas y claras solo al iniciado,
que ya sabe cómo las gastaban las y los amantes de Alandalús, a juzgar
por el testimonio de los poetas llamados «procaces» (muğğān). Sabemos
que el cordobés Ibn Quzmān fue una vez a la cárcel por sus atrevimientos
poéticos, de la que le sacó un príncipe almorávide, amigo o admirador, que
le libró de una ejecución por la inquisición islámica, pero podemos afirmar
que bajo su hijuela cristiana no habría escapado de la hoguera por tanta
irreligiosidad e inmoralidad pública ufanamente proclamadas.
De hecho, los mensajes pueden ser lo bastante crípticos como para no
ser claramente descifrables: esto es lo que sucede con la canción que dice:
Mi abuelo tenía un huerto,
que criaba muchos nabos,
tralará […],
también tenía un borrico,
que llevaba al mercado,
tralará […],
le salieron dos gitanos,
tralará […],
le robaron el borrico,
y le dejaron los nabos,
tralará.

Aquí la frase árabe andalusí está bastante clara, tará lalláh ‘mira, por
Dios’, pero los motivos visibles o disimulados no lo están. Habituales cho-
22 Federico Corriente

ques en los caminos entre arrieros moriscos y gitanos errantes, de los que
hubo gran afluencia en el siglo XVI, no extrañan, pero la simbología de
asno y nabos, a menudo relacionados con el miembro viril, no pasa de
ser una posibilidad, como lo es que el tricotí del estribillo de la «chata
Mirigüela» refleje una bravata de poeta andalusí, tarí qúwwati (‘mira qué
expresividad la mía’).
Algunas veces el entorno morisco era más atrevido o temía menos a
la Inquisición por algún motivo, como podía ser la protección que algunos
señores daban a sus súbditos contra ella, de manera que nos encontramos
con voces que podían ser tildadas de inmorales, y expresiones que habrían
parecido heréticas y traído funestas consecuencias a los autores o cantores.
Este parece ser el caso de la canción infantil que lleva el estribillo «¡Ay,
chúngala, cata ca chúngala, ay chúngala, cata, cachón!», con que terminan
todas las estrofas, tras la primera que dice:
Anoche me salió un novio
y lo puse en el fogón;
el gato se lo ha comido,
creyendo que era un ratón,

donde la moza proclama su escaso aprecio por el novio oficial, impuesto


por la familia, pues prefiere gobernar sus propios amoríos, como en el
eufemístico dicho andaluz En mi cuerpo y mi zaranda, nadie manda. La
copla termina con una estrofa que revela la conocida, y habrá que decir,
justificada falta de fe de los moriscos en los santos y sus milagros, y eso
que por mucho menos se acababa en la hoguera:
Dicen que Santa Teresa
cura a los enamorados;
la Santa será muy buena,
pero a mí no me ha curado.

No es un mero resabio anticristiano de moriscos: es sabido que la


razonable desconfianza en la eficacia de los remedios religiosos contra los
males de amores formaba ya parte de la tradición liberal de los autores
y medios que producían las ḫarağāt, una de las cuales (la núm. 30 de la
serie árabe) dice, una vez corregida la mala traducción que ha circulado
por décadas: «Madre, la sura Yāsīn [del Corán] no sirve para la locura [de
amor], sino que, si voy a morir [de esta], tráeme como jarabe a Abū Ğaʿfar,
y así sanaré» (vid. Corriente 1988: 197-198). He aquí, pues, una tradición
andalusí más no abandonada en estos contextos, y lo mismo puede decirse
La cultura medio-oriental, nuestra asignatura pendiente 23

de ese estribillo que, en nuestra interpretación, es subido de color y bilin-


güe, respondiendo al árabe andalusí «ay šúnn walláh, cata qué šúnn walláh,
cata qué šúnn», o sea, ‘¡Qué regazo, por Dios, mira qué regazo, por Dios,
mira qué regazo!’, donde regazo es, naturalmente, eufemismo por zonas
más bajas. Elogio que hoy nos puede parecer algo grosero, pero en perfecta
consonancia con el cejel 142 de Ibn Quzmān, donde también se junta la
rechifla de la religión con la procacidad, según tradujimos: «Su talle es tan
flaco como mi fe, mas son las caderas cual Gibralfaro, y en torno ves el
hoyuelo del higo, por debajo» (vid. Corriente 1996: 336).
Pero lo que roza el milagro, dentro de lo inverosímil o, al menos, muy
improbable en el contexto de estos mensajes de siglos pasados, que nos
advierten del absurdo de creernos libres o alejados de nuestro segundo
componente cultural, es lo que hemos descubierto muy recientemente en
una canción, esta vez no infantil, pero sí universalmente conocida en nues-
tro país, cuyo estribillo reza «A la lima, al alimón, que te vas a quedar
soltera». ¿Qué hace ahí una lima, fruta o herramienta? ¿Qué es el alimón,
del que los diccionarios nos dicen que es hacer algo entre dos personas, en
particular, torear? Nuestros académicos, incluso algunos arabistas que lo
han sido, aunque nunca simultáneamente lingüistas, no han podido jamás
desentrañar tales misterios, por mala suerte o escasa convivencia con los
niveles bajos de las cocinas de la cultura arábigo-islámica. Se trata sencilla-
mente de la fórmula, en árabe clásico, como lo requería la función oficial,
de los pregoneros andalusíes hace ya bastante más de mil años: alā ʿalima
lʿālimūn ‘¡ea!, sepan cuantos han de saber…’. Lo confirma, por si alguien
lo dudara, alguna otra canción popular como la que dice «alalimó, alalimó,
que se rompió la fuente». Es obvio, por otra parte, que el juego de niñas
llamado alalimón, en que actúan cogidas de la mano, repitiendo esta voz,
con la que anuncian varias cosas, es el origen de la expresión «toreo al
alimón», donde ya no se anuncia nada, y de ahí, el hacer algo al alimón,
o sea, en pareja.
Concluimos, para no alargarnos en lo que trata de ser ligero y no aburrir,
diciendo que compartimos con Portugal la singularidad, única en Europa
Occidental, de ser al mismo tiempo, en muchas cosas y para muchas cosas,
casi todas positivas, latinos y medio-orientales. Es nuestra herencia, porque
lo decidieron hace muchos siglos nuestros antepasados, cristianos, judíos
o musulmanes más o menos convencidos, pero todos voluntariamente par-
tícipes durante siglos en una misma cultura, alta y baja, que se expresaba
fundamentalmente en árabe y que a la misma restante Europa le abrió las
puertas de su brillante futuro, las del Renacimiento y la Ilustración, y a
24 Federico Corriente

nosotros, particularmente, esta tan peculiar hacia nuestra cultura popular.


Que lo sepamos entender, apreciar y aprovechar es otra cosa, y depende
mucho de la inteligencia y talante de cada cual: lo que no puede haber es
pretensión de ignorarlo, sin sentar plaza de ignorante, porque se nos pone
delante de los ojos a cada paso si no los cerramos, y entonces tropezaremos.
No confundamos el obligado reconocimiento de la verdad histórica con
su contrario, el celo misionero y mendaz que propugna la aceptación incon-
dicional de cualquier fe y el abandono de la razón. Los ilustrados hemos
siempre de estar más de acuerdo con Voltaire que con ninguna nostalgia
de la antirrazón pero, precisamente en cuanto tales, debemos decir que, si
esencialismo y racismo son absurdos y desentonan en cualquier lugar del
mundo, en la Península Ibérica, además, son ridículos y contrarios a lo que
hace muchos siglos, incluso milenios, es nuestra esencia y nuestra peculiar
«raza». Aquí vinieron y se quedaron todos: el fenicio y otros cananeos, el
griego, el romano, el germano, el árabe y el bereber, y no hemos terminado.
Quien lo dude, dese una vuelta por algunas zonas de nuestro país y barrios
de nuestras ciudades, o por la trastienda de las lenguas y culturas hispá-
nicas, y verá que el proceso continúa y sigue produciendo consecuencias.
O recuerde que Andalucía, o sea, Alandalús, y Egipto son las dos únicas
regiones del mundo que pueden blasonar de tener nombres procedentes de
la primera lengua que tuvo escritura, hace cinco mil años, y que segura-
mente existía ya hace diez mil, la lengua egipcia en la que Alandalús quiere
decir ya, sintomáticamente, ‘el Sur de Occidente’ (vid. Corriente 2008b).
Nuestra inequívoca y fundamental pertenencia a Occidente no requiere
que reneguemos de otros ingredientes importantes de nuestra cultura y per-
sonalidad, con un dañino empeño en no superar al menos el aprobado en
esa asignatura pendiente que tenemos con la vecina cultura medio-oriental.

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Acto conmemorativo de la
publicación de la
Segunda Parte del Quijote (1615)
El diálogo de las lenguas en la
Segunda Parte del Quijote

Aurora Egido
Universidad de Zaragoza
Real Academia Española

Muchas voces veremos renovadas


Que el tiempo destructor borrado había;
Y al contrario, olvidadas
Otras muchas que privan en el día;
Pues nada puede haber que no se altere,
Quando el uso lo quiere,
Que es de las lenguas dueño, juez y guía
(Horacio, Arte poética).

Resumen. El tema del plurilingüismo en las obras de Cervantes y particularmente


en el Quijote, cuya segunda parte se analiza en el presente trabajo, representa a lo
vivo la imparable ascensión de las lenguas romances respecto al latín durante el
Renacimiento. Frente al castigo de Babel, Cervantes, siguiendo en parte las teorías
de Bembo, Erasmo y Damasio de Frías, entre otros, valoró positivamente no solo
la variedad idiomática, sino la riqueza supuesta por la traducción. Anticipándose
al poliglotismo del Persiles, el camino hacia Barcelona de don Quijote y Sancho
ofrece, en ese sentido, toda una reflexión sobre las lenguas en contacto y sobre
la preeminencia del uso, convirtiendo el español en una lengua para el diálogo
con las demás lenguas.
Palabras clave. Cervantes, Don Quijote de la Mancha II, plurilingüismo.

Abstract. The subject of multilingualism in the works of Cervantes and particu-


larly in Don Quijote, the second part of which is analyzed in this paper, vividly
depicts the inexorable rise of the romance languages with respect to Latin during
the Renaissance. In considering the punishment of Babel, and partly following
the views of Bembo, Erasmus and Damasio de Frías, among others, Cervantes
positively appraised not only the idiomatic variety but also the richness put forth
by its translation. Pre-empting the polyglotism of Persiles, the path toward Bar-
30 Aurora Egido

celona taken by Quijote and Sancho offers, in this sense, an entire reflection on
languages in contact and on the pre-eminence of their use, rendering Spanish a
tongue for dialogue with other languages.
Keywords. Cervantes, Don Quijote de la Mancha II, multilingualism.

Una de las lecciones humanísticas más relevantes del Quijote tal vez
sea aquella donde se sustenta que «la discreción es la gramática del buen
lenguaje, que se acompaña con el uso»1. Cervantes había aprendido de
Horacio que es en el uso común donde reside el arbitrio y la fuerza del
hablar y del escribir bien, pues, como dijo Quintiliano, el uso es el «autén-
tico maestro del lenguaje»2. Esos modelos clásicos fueron seguidos por
Lorenzo Valla, Juan de Valdés y otros humanistas del siglo XVI, que se
apartaron de la ratio (norma) y se acogieron a la consuetudo (uso)3.
Pero sobre la discreción o el arte de elegir Cervantes tuvo un buen refe-
rente en el Diálogo de las lenguas, obra de su amigo Damasio de Frías, quien,
tras el Diálogo de la lengua de Juan de Valdés, abrió nuevos caminos al plu-
rilingüismo4. Dicho proceso lo había plasmado en Italia Sperone Speroni en
su Dialogo delle lingue, donde consideró, como anteriormente hiciera León
Bautista Alberti, que el italiano era un idioma capaz de transmitir los más
altos pensamientos, propiciando así el prestigio de las lenguas vernáculas5.

1
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Ed. de Francisco Rico, Madrid,
Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española, 2004, p. 694,
por la que citaremos. Rosenblat (1971: 56 y sigs.), ya señaló la frecuencia de la palabra
discreto y sus derivados en el Quijote, mostrando el paso del buen gusto de Isabel la
Católica y el buen juicio de Castiglione y Valdés a la discreción. Y véase Egido (2011).
Este trabajo es continuación de otro anterior que hemos publicado sobre el mismo tema
(Egido 2007a: 25-41).
2
Así lo había afirmado Alessandri d’Urbino (1560: fol. 38v): «Mi risolvo a dire che
in cio non è altra ragione che l’uso commune nel qual come disse ben Horatio flacco con-
siste l’arbitrio & la forza del parlare & dello srivire bene». Téngase en cuenta que el Arte
poética de Horacio o Epístola a los Pisones había sido traducida en 1519 en endecasílabos
blancos por Vicente Espinel, amigo de Cervantes, junto a sus Diversas rimas.
3
Véase Sánchez Salor (2002: 329). El usus loquendi consuetudine aparece en la
Retórica a Herenio, en Cicerón y en las Institutiones quintilianistas, donde cualquier sermo
debía sujetarse a la ratio o gramática, a la auctoritas, a la vetustas y al uso o consuetudo.
4
Asensio (1975: 219-234) analizó la relación del Diálogo de las lenguas con el de
Speroni (Vinegia, 1550) y con las ideas de Hurtado de Mendoza, en coincidencia con
Joachim du Bellay, que también creía en la capacidad de las lenguas vulgares para la
especulación filosófica.
5
Véase Nelson (1981: 429-456). Para el Dialogo delle lingue (1542) de Speroni y su
idea de que el griego y el latín ya habían muerto y había que apoyar las lenguas vernáculas,
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 31

Asentada la capacidad de las lenguas romances en relación con el latín,


el diálogo entre ellas ofrecía numerosos campos para un debate que se enri-
quecía no solo con las traducciones, elogiadas por Pietro Bembo y muchos
otros, sino con la enseñanza de dichas lenguas a través de nuevas gramáticas
y vocabularios, como el de Cristóbal de las Casas (1570) entre el castellano
y el toscano6. El Humanismo impulsó el aprendizaje de lenguas extranjeras,
empezando por los propios reyes y sus consejeros, habida cuenta de que sus
cancillerías eran plurinacionales y políglotas, como señaló Headley (1983:
32 y sigs.) a propósito de las recomendaciones que hizo al respecto Carlos
V al príncipe Felipe7. La Europa humanística tendió no solo a identificar
lengua y estado, sino a vincular la lengua al desarrollo de su literatura8.
Aparte habría que considerar cuanto supuso el descubrimiento de las diver-
sas lenguas de América y el largo camino iniciado por los Reyes Católicos
en la defensa de la lengua española9.
Por otro lado, no deja de ser curioso que el mismo año en el que apa-
rece la Segunda Parte del Quijote, Ambrosio de Salazar publicara en Rouen
una Gramática en diálogos para saber perfectamente la lengua castellana,
donde, a dos columnas bilingües, abría el camino de esta a los lectores
franceses. Se trataba de un diálogo en el que las cuestiones lingüísticas se
entreveraban con otras relacionadas con la historia, la política, la religión
y las costumbres, tratando de atenuar el demonizado problema del pluri-
lingüismo, surgido «por sobervia» en la torre de Babel10.

véase Heller Roazan (2008: 55); y Vasoli (1996: 263), sobre la conciencia de identidad lin-
güística en Italia a principios de ese siglo. Respecto a Francia, es bien conocida la Déffense
et illustration de la langue françoyse de Joachim du Bellay (1549).
6
Tuvo doce ediciones en Venecia entre 1576 y 1622. Forma parte de la tradición ini-
ciada por Nebrija, respecto al latín, de los diccionarios bilingües. Véase Acero (1991: 7-14).
7
Y véase Gil Puyol (2013: 89-91), además de los estudios clásicos de Asensio (1960:
399-413) y Elliot (1994). El término «lengua común de España» fue utilizado por Herrera
en sus mencionadas Anotaciones de 1580. Y véase Ruiz Pérez (1987: 35).
8
Véase por extenso Taboada (1989: 77-95), quien lo analiza desde Valdés y la Gra-
mática de la lengua vulgar de España de Bartholomé Gravio (1519) a Damasio de Frías,
Aldrete y Correas. Y véase la bibliografía recogida por Pedro Ruiz (1987).
9
Romera-Navarro (1929: 204-255) ya destacó, en ese amplio panorama, la temprana
aparición del Universal vocabulario en latín y romance (1490) de Alonso Fernández de
Palencia.
10
Véase Salazar (1615: 6). La Gramática en diálogos iba dirigida al rey de Francia y
de Navarra. Sobre el error moral del plurilingüismo y su impronta en Góngora y cuantos
mezclaban palabras latinas, griegas o mahometanas, como censuró Jáuregui, véase Río
Parra (2005: 27-47); y para su trasfondo religioso, Samarin (1972).
32 Aurora Egido

Recordemos que la nostalgia por la lengua perfecta y única subsistió


a lo largo del Siglo de Oro como un modo de afrontar los problemas de la
diversidad idiomática. La huella del tratado de Erasmo De lingua (1525)
fue decisiva en todo lo referido a la búsqueda de una lengua común que
asumiese en el fondo la moral y la fe cristianas, aunque estas pudieran
expresarse en idiomas diversos11. Para Erasmo, la verdadera confusión
babélica no era en realidad lingüística, sino religiosa.
La teología agustiniana de la lengua derivó, a través de la traducción
que Bernardo Pérez de Chinchón hizo de La lengua (1533) de Erasmo, en
una defensa del castellano; una lengua que, por otra parte, había asumido,
como hemos apuntado, los problemas subyacentes a la pluralidad lingüís-
tica americana. Cervantes no hizo referencia directa a ello en el Quijote ni
en El Persiles, pero su acercamiento a los cronistas de Indias, que practi-
caron la búsqueda de la lengua perfecta en la convivencia de las lenguas y
en el valor de la traducción, fue a todas luces evidente12.
Ambrosio de Salazar, al igual que Cervantes, no solo destacó en su
mencionada Gramática la variedad de lenguas existentes en el mundo, sino
la influencia de unas en otras, así como la importancia del uso, y el valor
que los escritores daban con sus obras a la lengua de su nación13.
El ejemplo no es único, sino que se incardinó, como señaló Taboada
(1989: 77-95), en una corriente iniciada por Nebrija y los gramáticos rena-
centistas, que quisieron demostrar el origen latino de las lenguas romances,
probando a un tiempo que «una lengua era tanto más perfecta cuanto más
se asimilaba, o se parecía, a la lengua latina, y, en otros casos, a la griega
o a la hebrea».
No deja de ser curioso, en este sentido, que el erasmista João de Barros,
al elogiar el portugués en su Diálogo em louvor da nossa linguagem (1540),

11
Tratamos de ello en Egido (1996: cap. I) y particularmente en Egido (1998a: 11-34).
Y véase el prólogo de Palenzuela (2000) a su obra Los hijos de Nemrod. Babel y los escri-
tores del Siglo de Oro.
12
Véase, entre otros, Castañeda (1990: 30 y sigs.) En ese sentido, hay una luminosa
ausencia respecto al papel de España en relación con el plurilingüismo americano y europeo
en el estudio de Eco (1994). Para las derivaciones lingüísticas de la teología de la lengua
y Babel, sigue siendo fundamental la obra de Borst (1955-1973).
13
Véase al respecto Salazar (1615: 7 y 21 y sigs.), quien también comenta las elegan-
cias del griego, del latín y de otras lenguas, así como la influencia del árabe en el vulgar
español (ibid.: 31 y sigs.). Salazar recoge además un sinfín de refranes, considerando
capital su aprendizaje. Y véase Terracini (1964: 135) para la progresiva afirmación de la
existencia de un pasado literario español.
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 33

quisiera sustituir la tríada hebreo-griego-latín por una nueva, formada por


el italiano, el francés y el español14. Y ello en una época en la que el cas-
tellano se hace «lengua universal» y menudean los tratados de todo tipo
para su aprendizaje como lengua extranjera15.
El parangón del Quijote con las opiniones de los gramáticos de su
tiempo merece atención detenida, pues lo cierto es que Cervantes se ocupó
no solo de las cuestiones de la lengua, como la ya mencionada de su ori-
gen, sino de la identificación de lengua, raza, religión y estado, o de la
dignidad de las lenguas en relación con su literatura. En esto, como en
otros planos, su figura se distancia de aquel «ingenio lego» con el que lo
bautizó Tomás Tamayo de Vargas en 1624 y que han sostenido muchos otros
críticos desde distintas perspectivas hasta el día de hoy16. En el caso que
nos ocupa, Cervantes demostró que estaba al cabo de las questione della
lingua, pero, como acostumbra, trasvasó el plano teórico para imbricarlas
en el diario vivir.
El Quijote, en este sentido, tal vez sea el crisol de la interrelación
entre filología, literatura, historiografía e historia de la lengua, que, según
Bahner (1966: «Prólogo»), España demostró a otros efectos a lo largo
del siglo XVI. Cervantes fue además un ejemplo entre los muchos espa-
ñoles que, como Juan de Valdés, vivieron fuera de España y estuvieron
en contacto con otras lenguas17. En todo caso, él fue consciente de que la
variedad lingüística no terminaba en los límites de la península, sino que
se ampliaba, dentro y fuera de ella, en el contacto oral y escrito con otras
lenguas. Dentro del paradigmático diálogo de las lenguas llevado a cabo
por los humanistas, él convirtió el castellano en una lengua de diálogo con
las demás, mostrando la variedad que la lengua propia ofrece a tenor de las
circunstancias y de las personas que la emplean en su constante uso. En

14
Barros (1959: 22 y sigs.). Téngase en cuenta que la excelencia del portugués, here-
dero del latín, no planteaba ningún problema nacionalista con el castellano (ibid.: 77). Su
Diálogo está íntimamente ligado a su Ortografía y a su Gramática de la lengua portuguesa.
15
Véase Alonso (1943: 39, 43-44). Y véanse p. 21 y sigs. de esa monografía para la
frecuencia de los términos «idioma español», usados en el extranjero como instrumento
nacional, frente a «idioma castellano» en el XVI.
16
Menéndez Pelayo, Valera, Francisco de Icaza, Américo Castro, Francisco Ayala y
Francisco Rico, entre otros muchos, han debatido sobre ello. Para dichos términos, véanse
Merimée (1947: 452-455) y Montero Reguera (1993: 330-334).
17
Laplana (2010: 38-39), en su cuidada edición del Diálogo de la lengua de Juan
de Valdés, dice que este no hubiera escrito tal obra de no haber vivido en Italia y de no
haber conocido las questione della lingua, acercándose a Bembo y a sus mencionadas
Prose della volgar lingua.
34 Aurora Egido

el Quijote, como en el Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, se


prueba y comprueba a todos los niveles que el famoso verso de Serafino
Aquilano («E per troppo variar Natura è bella») también se podía aplicar
a las cuestiones de la lengua.
Respecto al latín, el Quijote encierra en sus dos partes, a pequeña escala
y siempre a lo vivo, las reflexiones que sobre él hicieron los humanistas y
los gramáticos de su tiempo, lo que equivalía a volver a Nebrija, a Valdés
y a Pérez de Oliva, respecto a la capacidad de la lengua vernácula para
igualarse con él18. Dicha pretensión no era ajena a otras lenguas, como
mostró Pietro Bembo respecto al italiano en sus Prose della volgar lingua
a principios del siglo XVI19. Recordemos que las lenguas vulgares, y entre
ellas el castellano, fundamentaron su dignidad en la necesidad de mostrar
su autonomía frente al latín y al griego20. Se trataba de una batalla que los
preceptistas creían ganada, al considerar que, gracias a sus autores, el caste-
llano estaba ya a la altura de la latinidad21. El asunto fue desde luego capital
en la literatura, pues afectó a toda una legión de seguidores de Góngora,
que quisieron acercar su lengua poética al latín. Pero Cervantes corrió por

18
Sobre las ideas de Oliva en relación con las excelencias de las lenguas vernáculas,
véase Pineda (1997: 25-44). Entre los interlocutores de su discurso, vence el que mejor
habla. El asunto no atañía solo a las lenguas romances, pues también los retóricos del
Renacimiento inglés trataron de que su literatura fuera parangonable a la de Grecia y
Roma, influyendo poderosamente en la teoría poética de la persuasión. Véase Clarck (1922:
cap. VII), donde trata de William Webee y de su Discourse of English Poetry (1586), así
como de la influencia de los humanistas italianos al respecto.
19
Véase en Opere del Cardenale Pietro Bembo. Tomo Secondo (1729: I, 4v) la dedica-
toria de Pietro Bembo al cardenal Messer Giulio, donde parte de la diversidad de lenguas y
hace un análisis comparativo entre las romances, sustentado en los clásicos y en los grandes
escritores italianos, como Bocaccio y Petrarca (ibid.: 55 y sigs.). Las conversaciones de
las Prose nelle quali si ragiona della Volgar lingua (1525) debieron iniciarse hacia 1502
y muestran posturas contrastadas sobre la dignidad del latín y la vileza del vernáculo.
Para Bembo, las lenguas, pese a sus diferencias, pueden regirse por un buen gusto común.
Véase Nelson (1981: 434 y 444-447). Para la dignidad del italiano y las Ellegantiae de
Valla en relación con la degeneración del latín y el problema de la lengua en Italia, véase
Fernández López (1999: 66 y sigs.).
20
Véase Ferreras (2008: 435-438; y 481 para el Diálogo de la dignidad del hombre
de Pérez de Oliva) y Egido (2001).
21
Ferreras (2008: 441-443) recuerda cómo Miranda Villafañe, en sus Diálogos de
la phantástica philosophia, criticó el excesivo respeto por el latín y el griego, así como
la vanidad de quienes presumían sin motivo de saber latín, como tantas veces recuerda
el Quijote. Bahner (1966: 66, 183) ya señaló el arraigo de la idea de Pietro Bembo en su
Prose della lingua volgare, al considerar el italiano como si se tratara del latín. No se podía
hablar de la existencia de una lengua si no se acreditaba con obras literarias.
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 35

otros derroteros, reacio a los usos del cultismo a ultranza, tratando de que
la literatura castellana (y, por ende, la suya propia) se convirtiera en clásica
por sus propios medios y sin forzar las telas del idioma, tal y como ya lo
había conseguido Garcilaso22.
Por otro lado, recordemos cómo el Brocense, que tenía un sentido
dinámico del lenguaje, había dicho en su Minerva (1587) que el latín era
lengua propia para escribir y pensar, pero no para hablar; sobre todo tal
y como se desprendía del usado por aquel entonces23. El maestro salman-
tino fue mucho más allá de Vives y de su pretensión de convertir el latín
en lengua universal, consciente además, como Juan Maldonado y otros
muchos, de la decadencia de su enseñanza en España24. Tal vez por ello,
humanistas como Aldrete o Jiménez Patón, entre otros, abogaron por un
«clasicismo vulgar» sustentado en una literatura propia, parangonable con
la de la Antigüedad clásica25.
La Elocuencia española en arte (1604) de este último estaba impreg-
nada de un sentido nacionalista en el que, además, la elocución iba unida
a la acción. Su perspectiva sobre el uso indiscriminado de la lengua del
Lacio recuerda claramente a la que vemos en El Quijote, cuando habla del
yerro en el que caen «algunos que con un poco de gramática que estudia-
ron, meten vocablos Latinos en quanto hablan fuera de propósito, que en

22
Recordemos que Sperone Speroni criticó a los cultiparlantes que se mofaban del
italiano como lengua inferior al latín, según Nelson (1981: 440). Y véase Blecua (2004:
1115-1122).
23
Sobre Francisco Sánchez de las Brozas, seguidor de Scaligero y Ramus, véase
Breva-Claramonte (1983: 237). A juicio de Juan Gil, en el prólogo a Eustaquio Sánchez
Salor (2002), el Brocense se inspiró en las Elegantiae Linguae Latinae (1597) de Lorenzo
Valla a la hora de luchar contra la barbarie de las gramáticas medievales. Este último, que
estuvo en la corte de Alfonso V en Nápoles, se basó en los usos gramaticales de los mejores
autores de la Antigüedad (ibid.: 312 y 327, en particular).
24
Véanse Asensio/Alcina (1980) y Carrera de la Red (1988: 28 y sigs., 43-44, 77 y
92-94 en particular). El Brocense inició el planteamiento del latín como lengua muerta
(ibid.: 170). Esa perspectiva también la mantuvieron Bembo, el Brocense y Pietrus Ramus.
Véanse Sánchez Salor (2002: 342-352), el Conde de la Viñaza (1893: XII y sigs.), Rome-
ra-Navarro (1929: 208) y Serés (2004: 8-11).
25
Carrera de la Red (1988: 154-158 y 164). Y véase Ynduráin (1982: 9-34) para la
irresistible ascensión del castellano. Por otro lado, la presunción de cultura que conllevaba
el uso ocasional del latín en la prosa castellana aparece en los preliminares de la Segunda
Parte del Quijote, como muestra la aprobación de José de Valdivielso (citando a Pausa-
nias y a Cicerón) y la dedicatoria de Cervantes al Conde de Lemos, con un lexicalizado
Deo volente. Véase Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, pp. 538 y 547 en la
edición por la que citamos.
36 Aurora Egido

la propiedad de nuestro romançe discordan y suenan mal tanto, que hacen


donaire y tornan algunas vezes pasatiempo de ello»26.
La portada Del origen y principio de la lengua castellana ò romance
que oi se usa en España (1606) de Bernardo Aldrete, llevaba un lema en
hebreo, griego y latín, como expresión simbólica del origen y genealogía
de la lengua castellana27. Pero su concepción de esta no era otra que la de
servir de intérprete para «que tuviesse compañía con los hombres mediante
la comunicación, i trato»28. Y a dicho fin útil se encaminó la mencionada
obra, al entender que el latín había sido lengua de unificación frente a
la diversidad babélica, como lo sería más tarde el castellano, su directo
descendiente.
La dignidad de este venía avalada por quienes lo habían levantado a
la altura del latín en las diferentes disciplinas, pues, como dijo Miranda
Villafañe, «nuestra lengua castellana muy suficiente es para manifestar
conceptos como la latina», considerada ya esta virtualmente desaparecida29.
Desde esos y otros presupuestos humanísticos, lo cierto es que, con el uso
directo u oculto de los clásicos y con los latines entreverados del Quijote,
casi siempre con efectos cómicos, Cervantes pretendió mostrar el para-
digma de una lengua de unidad a semejanza del latín clásico y que pudiera
competir con este30.

26
Citamos La Elocuencia española en arte a través de la edición de Marras (1987).
Véase Fernández López (2001: 514-522), quien alude a la dignificación de la lengua
española de Jiménez Patón y al desdoro de no tener una retórica que estuviera a su altura.
27
El libro iba dedicado a Felipe III y formaba parte de la identificación entre lengua,
imperio y religión.
28
Ibid. Véase el prólogo, donde habla del «justo castigo de la confusión de lenguas»,
por cuya diversidad se siguieron odios y guerras. Aldrete justifica la publicación de su libro
en Roma, donde, según dice, tuvo su origen la lengua de Castilla. La obra, que analiza
el origen latino del castellano (p. 87 y sigs.), habla también de su extensión en América,
partiendo de que «los vencidos reciben la lengua de los vencedores venciéndoles con las
armas» (p. 138). Bien conocida es su concepción política del asunto: «Las lenguas son
como los Imperios, que suben a la cumbre, de la qual como van caiendo no se vuelven a
recobrar» (p. 185). Para él, hablar castellano era, en cierto modo, hablar latín (pp. 186-190).
Y véanse p. 367 y sigs. sobre la dignidad literaria del mismo. Para el tema, en España y
América, véanse los estudios recogidos por Valle (2013).
29
Véase Miranda Villafañe (1582), quien dice que la lengua castellana se habla «en
todo lo más de España, porque la Portuguesa, y la Catalana, y Valenciana, que en alguna
cosa discrepan de la castellana, son en effecto dirivadas del Romance».
30
Cervantes iría más lejos en El Persiles, al destacar la universalidad del castellano
en parangón con la que ofreciera el latín en la Antigüedad, insertándolo en un ideal de
unidad religiosa que, sin embargo, no aparece con tanta obviedad en el Quijote. Véase Egido
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 37

Él pensaba, como la mayor parte de los humanistas, que «las reinas


de las lenguas» eran el griego y el latín (p. 1032), aunque dejara aparte el
hebreo y se centrara a cambio en el árabe, como luego veremos. Al igual
que en la Primera, en la Segunda Parte del Quijote será el latín referencia
de cultura y motivo recurrente de comicidad. Sansón Carrasco demuestra
por ello su condición de bachiller, aludiendo al Arte Poética de Horacio con
una frase ya topificada: «aliquando bonus dormitat Homerus»31. Esa doble
perspectiva, de afán cultista y vis cómica, aparece también en el «bene
quidem» (p. 597) con el que don Quijote aconseja a Sancho su vuelta a
casa para hablar con su mujer.
El mismo caballero andante marca distancias numerosas veces usando
el latín, como se aprecia particularmente en el episodio de don Diego
Miranda, donde además se alude a la cultura latina y griega de su hijo32.
Claro que el uso de la tradición clásica sin fundamento lo encarnó Cervan-
tes en la figura del Primo, que andaba preparando un Ovidio español y un
Suplemento de Virgilio Polidoro (p. 735), lleno de saberes inútiles.
Aunque lo más singular al respecto es sin duda la afirmación de don
Quijote: «Todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron
en la leche, y no fueron a buscar a las extranjeras para declarar la alteza
de sus conceptos» (p. 667). Al defender el griego y el latín como lenguas
maternas, usadas por Homero y por Virgilio, el caballero andante defendía
sin duda a quienes escribían en la lengua vulgar propia, incluso si esta
no descendía directamente de la latina. De ahí su consejo de «que no se
desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano,
ni aun el vizcaíno que escribe en la suya» (ibid.), avalando, con tal afirma-

(1998b: 107-134). Sobre la utopía cristiana de la lengua en Bernardo José de Aldrete, frente
a las ideas de Cervantes en La Numancia, véase Beck (2013: 479-490) y Lledó-Guillem
(2015: 191-207).
31
Recordemos además cómo ya en el prólogo a la Primera Parte se burla de las citas
latinas (pp. 10-11), añadiendo: «Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por
gramático, que el serlo no es de poca honra».
32
Pp. 665-666. En un momento dado, don Quijote se refiere a «cuando no se ha de
estudiar pane lucrando» (p. 666) y recoge un «Est Deus in nobis» de los Fastos VI.5 de
Ovidio (p. 667). Anteriormente, al hablar don Quijote de la sepultura de Adriano en el
castillo de Santángel en Roma, dice que lo llamaron moles Hadriani (p. 607). Rosenblat
(1971: 14 y sigs.) ya analizó la actitud de Cervantes ante el latín en el Coloquio de los
perros y en el Quijote (I, caps. XX, XXV; y II, caps. II, VII, XVI, XXV, XXVIII, LI,
LXII, LXVIII, etc.), señalándolo como lengua materna de los romanos. Cervantes criticó
la mezcla de español y latín por vanidad erudita, al igual que Erasmo y Jiménez Patón en
su Elocuencia española.
38 Aurora Egido

ción, incluso el ejemplo de esta última, aunque no tuviera apoyo literario


aparente.
El tratamiento, siquiera leve, del latín en el mencionado episodio del
Caballero del Verde Gabán, que tenía en su casa «libros en romance y en
latín» (p. 664), se repite en el episodio de maese Pedro, quien, hablando
con don Quijote, suelta un «operibus credite et non verbis, y manos a la
labor» (p. 750) como signo de una cierta cultura no exenta de gracia en el
hablar33. Más adelante, en la aventura del rebuzno, Sancho asegurará: «Mi
señor don Quijote de la Mancha […] es un hidalgo muy atentado, que sabe
latín y romance como buen bachiller» (p. 765). Grado que el susodicho
corroborará después al decir a su criado: «Y dad gracias a Dios, Sancho,
que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per signum crucis
con un alfanje» (p. 767)34.
El diálogo entre don Quijote y Sancho los sitúa precisamente en esa
diferencia cultural y social que marca el conocimiento o no de la lengua
latina, como cuando en la aventura del barco encantado aquel enmienda el
vocablo logicuos del escudero:
Longincuos —respondió don Quijote— quiere decir ‘apartados’, y no es maravilla
que no lo entiendas, que no estás tú obligado a saber latín, como algunos que
presumen que lo saben y lo ignoran (p. 773).

Pero será en el episodio aragonés de los duques donde don Quijote


mostrará su cultura latina con la palabra demostina, que explicará a la
duquesa en los siguientes términos:
Retórica demostina —respondió don Quijote— es lo mismo que decir retórica de
Demóstenes, como ciceroniana de Cicerón, que fueron los dos mayores retóricos
del mundo (p. 799)35.

33
Rosenblat (1971: 14 y sigs.) ya destacó la defensa de la lengua vulgar de España
frente al latín en el episodio del Caballero del Verde Gabán (II, cap. XVI). Bahner (1966:
11, 23 y 39) señaló la rivalidad entre las naciones para acercar su lengua al latín, lo que
conllevaba la idea del carácter unitario de cada una de ellas y la necesidad de crear una
gramática propia. Y véanse p. 42 y sigs. para la idea en Nebrija, Valdés y otros.
34
Strosetzki (1997: 358-359, 361 y 375) recuerda cómo Baltasar de Céspedes, en su
Discurso de las letras humanas llamado el Humanista (1600), dijo que este debía saber
latín y griego, pero no hebreo, mostrando además la utilidad del latín para entenderse con
los extranjeros y para interpretar a los clásicos. El latín y el griego formaban parte de los
Studia Humanitatis. Véase Carrera de la Red (1988: 44).
35
Téngase en cuenta que Márquez Villanueva (2005: 235 y sigs.), más allá de la locura
positivista de adscribir a Pedrola y a los Villahermosa el episodio de los duques, creía que
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 39

La interlocutora, que lee y muestra cierto grado de cultura, al igual


que su esposo —buenos conocedores ambos de la literatura clásica y caba-
lleresca (p. 801 y sigs.)—, parece sin embargo en ese momento no saber
latín. Carencia tal vez femenina, pero que, en el caso de Sancho, le llevará
al uso del latín macarrónico en la estancia ducal usando un abernuncio, en
lugar del abrenuncio sacado del latín eclesiástico por don Quijote (p. 826)36.
La «sabrosa plática» que mantienen amo y criado en el castillo ducal no
tiene desperdicio, pues apunta incluso a la elección entre un término «feo
y torpe» como regoldar, frente al más clásico de erutar, que se impondría
discretamente con el tiempo, pese a los «regüeldos» espirituales y prosaicos
usados por Baltasar Gracián en El Comulgatorio y en El Criticón37.
Respecto al episodio de la Ínsula Barataria, no podían faltar en ella
los latines con los que los médicos diagnosticaban y hasta curaban a los
enfermos, ya fuera con un «¡Absit!» de abstención o aplicando un aforismo
de Hipócrates38. La Segunda Parte del Quijote se irá así salpimentando
de latines, dando testimonio de una tradición vinculada a la educación
religiosa, como el «dubitat Augustinus» (p. 936), proveniente de los deba-
tes eclesiásticos (p. 936), o el «stultorum infinitus est numerus» (p. 574),
sacado del Eclesiastés. Pero el latín irá cediendo paso a la presencia de
otras lenguas conforme los andantes se encaminen a Barcelona.
Allí surgirá, sin embargo, con toda su gracia, en el sarao burlesco de
las damas catalanas en casa de don Antonio Moreno, donde estas reque-
brarán a hurtadillas a don Quijote, que las espantará con un «¡Fugite partes
adversae!» (p. 1026) para quitárselas de encima. El griego y el latín apare-
cerán además en el debate sobre la traducción del episodio de la imprenta
barcelonesa al que aludiremos luego, donde Cervantes afirma la dificultad
que entraña semejante ejercicio.

este fue un particular «menosprecio de corte» cervantino, vinculando la aventura del barco
encantado a la burla literaria de la stultifera navis.
36
Pero véase más adelante lo que señalamos en el cap. 39 p. 846. Paradójicamente
la duquesa, que no entendía el significado de demostina, es capaz sin embargo de citar
unos versos de la Eneida (II.6-8): «quis talia fando temperet a lacrimis», o sea, «¿quién al
narrar tales cosas podrá contener las lágrimas?». Cervantes es consciente de la extensión
del castellano en esas tierras aragonesas. Sobre ello, véanse Enguita/Arnal (1995: 151-195).
37
Don Quijote, tras calificar negativamente regoldar, dice: «Y así, la gente curiosa,
se ha acogido al latín y al regoldar dice erutar y a los regüeldos, erutaciones» (p. 872).
Sancho asiente: «Erutar diré de aquí adelante» (ibid.).
38
«¡Absit!» —dijo el médico— (p. 901). Y véase el aforismo de Hipócrates, a propó-
sito de unas perdices que, en el original hipocrático, se aplicaba al pan: «Omnis saturatio
mala, perdices autem pessima».
40 Aurora Egido

Al final de la obra, el latín aflorará de nuevo en el capítulo LXXI,


cuando, ya de vuelta a casa, don Quijote lo emplee en paridad con el uso
que del refranero hace Sancho, encarnando así la distancia social y cultural
que mediaba entre ambos39. Cervantes da de este modo buena cuenta de
los usos corrientes de un latín aplicado a veces sin conocimiento ni causa
y con resultados risibles. Como lo hacía un tal Monleón respondiendo a
todo lo que le preguntaban con un «Deum de Deo», sacado del Credo, que
él traducía tranquilamente por «Dé donde diere» (p. 1088)40.
Lo cierto es que el acomodo del latín eclesiástico al lenguaje ordina-
rio persiste hasta el final del Quijote, como el reiterado «¡Malum signum!
¡Malum signum!» (p. 1094), aplicado a la liebre que huye perseguida por
unos cazadores con sus galgos, mientras Dulcinea no aparece. El libro se
cierra además con un lexicalizado «Vale», fórmula latina de despedida, que
no deja de ser un socorrido y tópico adiós a los lectores del libro.
Al igual que en la Primera Parte del Quijote, de todas las lenguas,
salvado el latín, las referencias al árabe destacan en la Segunda; y ello,
gracias no solo a las historias de Ricote y Ana Félix (en paralelo con la
de Zoraida), sino al imperativo mayor de Cide Hamete Benengeli, primer
autor de la obra. No es extraño, por ello, que las alusiones a dicha lengua
aparezcan desde el principio, cuando en el capítulo II Cervantes corrija el
«Cide Hamete Berenjena» de Sancho, aclarando que «los moros son amigos
de berenjenas» y que Cide, «en arábigo, quiere decir ‘señor’» (p. 565)41.
Tales referencias no dejan de tener connotaciones negativas, pues se nos
dice en el Quijote que a Sancho «desconsolóle pensar que su autor era moro,
según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad
alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas» (p. 566). De
esta forma, la lengua ya no implicaba únicamente una carga cultural, relativa
al «autor» de la obra en cuestión, sino que acarreaba implicaciones raciales
y morales inequívocas. El asunto trascendía además al plano novelesco, pues
el origen de tal autor dejaba en tela de juicio la veracidad del relato.

39
Véase el gratis data (p. 1083) o las palabras de un don Quijote que peca tanto con
los latines como su escudero con los refranes: «No más refranes, Sancho […], que parece
que te vuelves sicut erat: habla a lo llano, a lo liso» (p. 1088).
40
Cuestión aparte es la emulación de las fuentes clásicas en el Quijote, objeto de
numerosos estudios, entre los que cabe destacar los de Cuartero (2013: 403-416) y Schwartz
(2013: 33-49). Y véase Barnés Vázquez (2009).
41
La presencia de Cide Hamete es mayor en la Primera que en la Segunda Parte,
según Jurado Santos (2012: 411-412), quien ha señalado además la ambigüedad y el juego
narrativos que ofrece su figura (ibid.: 417). Y véase Vincent (2006a: 105-118).
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 41

Por otro lado, Sansón Carrasco añadía al asunto la necesidad de traducir


del arábigo las hazañas de don Quijote escritas por Cide Hamete «en nuestro
vulgar castellano para universal entretenimiento de las gentes» (p. 567). Pers-
pectiva, esta, que agranda la extensión de los lectores en romance, sin quitar
por ello méritos a un «autor» arábigo o morisco, que menciona a Alá tres
veces al ver que don Quijote y Sancho ya están en camino y que, por tanto,
no solo maneja otra lengua, sino que además no es cristiano (p. 601)42. El
planteamiento no es baladí, sobre todo porque la obra que tiene el lector en sus
manos es una traducción a una lengua «cristiana», pero que convive con la de
quienes hablan y escriben la arábiga, y que se ha dejado penetrar por ella. Así
ocurre con los «lelilíes» que, «al uso de moros cuando entran en las batallas»
(p. 818), se oyen en el episodio de la cacería de los duques aragoneses43.
La terminología árabe alcanza también al episodio del puerto de Barce-
lona, donde se alude a «dos toraquis, que es como decir dos turcos borra-
chos» (pp. 1037-1038), con una palabra, toraquis, que, según Federico
Corriente, es una variante que «parece resultado de la aplicación de dicho
sufijo a ciertos plurales colectivos árabes»44. La voz acarrea, en este caso,
un alto sentido despectivo, que apela a la presencia de los escopeteros tur-
cos que había en el bergantín de la costa barcelonesa, y su mera referencia
trasluce además un nuevo episodio, como el de las galeras, en el que la
traducción se hace necesaria45.

42
Más adelante habrá una nueva alusión al «cronista» Cide Hamete y al «traductor»
de la historia. En el capítulo XLIV el tema de la traducción se mantiene, haciéndose refe-
rencia a que el traductor había sido fiel a lo escrito por dicho autor.
43
El grito reaparecerá de nuevo en el episodio de Barcelona, cuando entran en ella
don Quijote y Sancho. Corriente (2003) registra liilíes, leilíes (‘griterío festivo guerrero de
los musulmanes’). Era palabra asimilada al castellano, al igual que algazara.
44
Véase en Corriente (2003) la voz torqui ‘turco’. Ya en el Cancionero de Baena
aparecen los términos turquis y turquino. Rico/Forradellas (2004: 1256), en su edición de
Don Quijote de la Mancha, cuestionan la opinión de Corriente (2003) respecto a los tora-
quis borrachos, pero la opinión sobre los turcos en El Persiles es igualmente despectiva.
Para la valoración de los ataques a los turcos en esas obras, cabe tener en cuenta que ya
Luis Vives (1526) había criticado dicha insolidaridad entre los príncipes cristianos desde
una perspectiva pacifista y unificadora claramente cristiana. Véase Coroleu (1998: 314),
quien señala también el desarrollo de dicha corriente y las distintas posturas respecto al
latín y a la lengua vernácula en España.
45
«Preguntó el general quién era el arráez del bergantín, y fuele respondido por uno
de los cautivos en lengua castellana (que después pareció ser renegado español): Este man-
cebo, señor, que aquí veis es nuestro arráez» (p. 1038). Recuérdese además que Sancho, al
salir de la ínsula, dice: «Así dejaré de irme como volverme turco» (p. 957), trasluciendo
una animadversión cervantina que también trasluce El Persiles y otras obras.
42 Aurora Egido

El episodio de Ana Félix mostrará todas las capas superpuestas por un


arráez que ni es turco, ni moro, ni renegado, sino mujer cristiana46. Pues
nos encontramos ante una Ana Félix-Arráez que, por el traje, aparenta ser
hombre moro, turco y renegado, pero que, cuando cuenta su historia al
virrey, descubre que, bajo su apariencia varonil, esconde el testimonio de
una nación, una lengua y una religión. Cervantes prueba además que ambas
se maman en la leche de la madre, lo mismo que se adquieren las buenas
costumbres paternas, siguiendo una idea agustiniana, como ya apuntó Leo
Spitzer47. De este modo, la fe, la lengua, las virtudes y hasta la hermosura,
se identifican con la lengua castellana y con la religión cristiana.
Sin entrar en el menudo del episodio en relación con la expulsión de
los moriscos, lo cierto es que este se presenta como encrucijada de reli-
giones y lenguas, ya no solo por Ana Félix, sino por el caballero Gaspar
Gregorio, un cristiano que aprende a hablar árabe por amor, que acompaña
a su amada en el destierro y hasta se mezcla con los moriscos haciéndose
su amigo (pp. 1040-1041)48.
Marcados tales presupuestos, el paso de Gaspar Gregorio a Berbería y
su asiento en Argel ya no necesitará precisiones lingüísticas, pero sí reli-
giosas y morales, pues los turcos aparecen como seres bárbaros y dados
a la sodomía, lo que favorece un nuevo travestismo lingüístico y sexual
pero, en este caso, a la inversa del llevado a cabo por Ana Félix49. De este
modo, los disfraces que encubren la identidad de los personajes se trasladan
constantemente al terreno lingüístico.
La conocida ambivalencia con la que Cervantes se expresa acerca de la
expulsión de los moriscos, también tratada en El Persiles y en el Coloquio
de los perros, alcanza, en el episodio de Ana Félix, resonancias lingüísti-

46
Para los distintos niveles de comunicación de dicho episodio, véase Neuschäfer
(1998: 638-639), quien cree se trata de dos historias intercaladas como la de Roque Guinart.
47
«Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano, ni más ni menos; mamé
la fé católica en la leche, críeme con buenas costumbres, ni en la lengua ni en ellas jamás
a mi parecer, dí señales de ser morisca» (pp. 1039-1040). Sobre la idea agustiniana de
que la religión, como la lengua, se maman con la leche de la madre, véase el clarificador
trabajo de Spitzer (1995: 135-187).
48
Téngase en cuenta que la expulsión de los moriscos fue objeto de debates en la
monarquía hispánica en 1614, cuando se liquidó el proceso. Sobre ello, Vincent (2013:
39-51). Los del Valle de Ricote se exiliaron en diciembre de 1613 y enero de 1614. Vincent
prefiere el término mudéjares antiguos para calificar a estos.
49
El plurilingüismo de Argel también se reflejó en El Persiles, según Hegyi (1999:
225-239); y véase Egido (1998b).
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 43

cas y religiosas respecto a aquellos, dejando nuevamente en situación de


inferioridad absoluta a los turcos50.
En la Segunda Parte del Quijote gravitan esas dos historias que al final
se entrecruzan, como son las de Ricote y su hija Ana Félix, que terminan
por encontrarse tras un largo peregrinaje, permitiendo que, después de su
exilio, ambos se queden en España (ella, «hija tan cristiana y padre, al
parecer, tan bien intencionado», p. 1052). Regreso, este, que, junto al de
don Gregorio, será favorecido por don Antonio Moreno y el virrey, entre
otros barceloneses que pondrán un feliz final de comedia a una historia
llena de visos trágicos y tortuosas peregrinaciones por tierras extrañas. En
el encuentro de Ana y Gregorio sobrarán sin embargo las palabras, pues
el silencio fue allí el que habló por los dos amantes y los ojos fueron las lenguas
que descubrieron sus alegres y honestos pensamientos (ibid.).

Como ocurre con el latín, el árabe también aparece al final de la Segunda


Parte, ofreciendo toda una lección de filología sobre algunas palabras que
se habían asentado en la lengua castellana. Pues, tras discurrir don Quijote
sobre los controvertidos albogues («unas chapas a modo de candeleros
de azófar, que dando una con otra por lo vacío y hueco hace un son…»,
p. 1062), dice:
Y este nombre albogues es morisco, como lo son todos aquellos que en nues-
tra lengua castellana comienzan en al, conviene a saber: almohaza, almorzar,
alfombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía y otros semejantes, que deben
ser pocos más; y solos tres tiene nuestra lengua que son moriscos y acaban en í,
y son borceguí, zaquizamí y maravedí; alhelí y alfaquí, tanto por el al primero
como por el í en que acaban, son conocidos por arábigos (p. 1062)51.

50
Al igual que haría con sentido despectivo en El Persiles, Cervantes dice en el epi-
sodio de Ana Félix, que «la demás chusma del bergantín son moros o turcos» (p. 1041),
mientras ella, llorando, solicita del visorrey que la deje morir como cristiana. Véanse
pp. 1052-1053, donde Cervantes hace un alegato a favor de don Bernardino de Velasco,
conde de Salazar, a quien el rey encargó la expulsión de los moriscos, lo que, según él,
llevó a cabo con misericordia y justicia; y la nota 22 de la p. 1053, donde se contrastan
otras opiniones muy distintas de Cervantes sobre el tema.
51
Según Corriente (2003: s. v. albogue), Cervantes confunde un instrumento de viento,
de origen oriental, como el albogue, que aparece ya en el Libro de Buen Amor, vv. 1223-
1224, especie de flauta doble y que él creyó estaba formado por unas chapas de latón
semejantes a crótalos. Téngase en cuenta que España contaba con el Vocabulista arábigo
en lengua castellana de fray Pedro de Alcalá (Granada, 1501). Y véase Vidal Castro (2008:
319-345).
44 Aurora Egido

Se pespunteaba así un sutil tejido histórico, político, religioso, social e


incluso sexual, relacionado con las lenguas en contacto y referido al árabe
«morisco», lengua de la que, en definitiva, provenía el libro que el lector
estaba leyendo, traducido a otra como el castellano, que estaba a su vez
preñada de voces arábigas con las que el narrador se deleita indicando su
procedencia52.
Muerto ya don Quijote, Cervantes no olvidará sin embargo al «autor»
de la obra, Cide Hamete Benengeli, que guardó para siempre el nombre
del lugar de la Mancha donde nació el ingenioso caballero para que todas
las villas y lugares se disputaran el origen, «como contendieron las siete
ciudades de Grecia por Homero» (p. 1104). Que fuera finalmente el pru-
dentísimo Cide Hamete quien dialogara con la pluma que había pergeñado
sus hazañas cerraba, como un ouroboros, las páginas de una obra en la que
la creación y la traducción terminaban por ser uno y lo mismo.
Por otro lado, la mencionada historia de Ana Félix confluye con la
de su padre Ricote, que capítulos atrás había mostrado una peregrinación
forzada hacia el norte de Europa, lo que conllevaba, como en el caso de su
hija, no solo disfraces y encubrimientos, sino la aparición, en este caso, de
la lengua alemana en los espacios de un episodio no exento de misterio53.
Así se desprende de la extrañeza ante otro idioma de don Quijote y San-
cho cuando topan con seis peregrinos extranjeros con sus bordones, que
enseguida delatan, por una sola palabra, lo que pretenden:
Todos juntos comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo entender,
si no fue una palabra que claramente pronunciaba «limosna», por donde entendió
que era limosna lo que en su canto pedían (p. 960).

Pues cuando Sancho les dio pan y queso, y ellos dijeron: «¡Guelte!
¡Guelte!» («¡Dinero!, ¡dinero!»), los peregrinos declararon su origen ale-
mán, lo que desencadenó un diálogo por señas con uno de ellos, que le
mostró la bolsa, aunque finalmente se descubriera que este no era otro sino
el morisco Ricote, disfrazado de «moharracho» y «transformado de morisco
en alemán o en tudesco» (ibid.).
Uno de los alemanes, con la alegría de vaciar la bota junto al resto,
utiliza además la lingua franca, una mezcla de varias lenguas románicas,
que incluso el propio escudero llega a compartir:

Sobre el asunto, véase, entre otros, Solá-Solé (1974: 209-222).


52

Véase Westerveld (2007). Dicho Valle era mudéjar por excelencia, con apenas un
53

4% de cristianos viejos, según Vincent (2013).


El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 45

Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.


Y Sancho respondía.
¡Bon compaño, jura Di!54.

El encuentro de culturas y lenguas diversas se plasma no solo en la


interlocución, sino en las costumbres, como la del «manjar negro que dicen
que se llama cavial» (p. 961) que comen los alemanes. Pero aquí se trata,
como vemos, de algo más que una cuestión de lenguas en contacto, pues
aparece un problema más agudo en el que el paradigma lengua-raza-patria
se muestra en carne viva a través de la figura del morisco Ricote, expulsado
por fuerza de España y que ha emigrado, como tantos otros, a Alemania
para preparar la posterior salida de su familia55.
Cervantes mostró, a través de este morisco encubierto, los avatares de
aquellos de su raza que, paradójicamente, comprobaron que era en Berbería
y África donde peor los trataban, anhelando, por ello, el regreso a la que
consideraban su patria:
Y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más
de aquellos, y son muchos, que saben la lengua, como yo, se vuelven a ella y
dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen;
y ahora conozco y experimento lo que suele decirse, que es dulce el amor de la
patria (p. 964).

El camino hacia Alemania, donde se vive con «libertad de conciencia»,


pasando por Italia y Francia, no acaba ahí, pues Ricote ha vuelto para res-
catar el dinero que dejó enterrado y volver a Alemania, no sin antes ir por
Valencia a Argel para recoger a su mujer y a su hija56. La vida itinerante
entre Europa y África de los moriscos expulsados y el contacto de lenguas,
religiones y culturas se incardinan en la historia de Ricote y en la de Ana

54
P. 962 («Español y alemanes, todos uno. Buenos camaradas […] ¡Buenos amigos,
juro por Dios»). Sobre la lingua franca en la obra, véase Spitzer (1955: 135-187). En cuanto
a guelte o gueltre, en la ed. coordinada por Rico (2015: 1166) se anota: «del alemán u
holandés Geld; en germanía adopta la forma gueltre».
55
Ricote explica a Sancho la vida que ha llevado tras el decreto de expulsión (10 de
julio de 1610 y, por tanto, posterior a la Primera Parte del Quijote), aunque antes se les
conminara a que lo hicieran voluntariamente. La expulsión se ejecutó en un arco que va
de 1609 a 1613. Téngase en cuenta (p. 961) que muchos de los moriscos huidos volvieron
en 1612. Miranda Villafañe (1582: fol. 3) habla sin embargo de los males derivados de
la lengua de los moros que conquistaron los reinos de España, refiriéndose además a la
prohibición de Felipe II para que no se hablara la lengua «llamada arábiga o algarabía».
56
«Libertad de conciencia» tiene aquí el sentido de permisividad excesiva, por alusión
a los países protestantes (p. 964, n. 28).
46 Aurora Egido

Félix como un problema mucho más complejo que el que planteaban las
gramáticas y las preceptivas literarias de la época de Cervantes. Sobre todo
a la hora de identificar los conceptos de nación y lengua, cuando la religión,
la raza y hasta el sexo andaban de por medio57.
La vida de las lenguas y el contacto entre unas y otras aparecen en el
Quijote con esas ansias de cambio y renovación a las que Horacio apelaba
en la Epístola a los Pisones, VII, recordando lo que ocurre con las hojas
de los árboles, que van cambiando a tenor de las estaciones, sin que por
ello cambien sus raíces. Las lenguas, en cualquier caso, van unidas al uso
de las personas que las hablan, según su origen, o se plasman en las obras
de quienes las escribieron o tradujeron para entendimiento de muchos. Y
en ese proceso a lo vivo, donde el imperativo del uso es más poderoso que
el de los césares, Horacio también le sirvió a Cervantes de modelo no solo
porque había dado por buenas en el latín las voces derivadas del griego,
sino porque consideró que la inserción de vocablos nuevos o extranjeros
debía hacerse siempre con prudencia y tiento58.
La Segunda Parte del Quijote, escrita a la par que El Persiles, ofrece, en
el plano lingüístico, numerosos paralelos con este. Sobre todo en lo referido
a la comunicación gestual y verbal entre personas de distintas lenguas, así
como en el papel de la traducción, creando desde el principio un marco
de verosimilitud íntimamente ligado a la acción, al espacio y al decoro de
los personajes. Pero sobre todo mostró hasta qué punto, desde Homero,
los viajes, las peregrinaciones y hasta la caballería errante suscitaban un
sinfín de encuentros con gentes de distinta procedencia y lengua59. Gracias
a ello, la narración progresaba en la encrucijada de los caminos, fundiendo
géneros, estilos y lenguas.
Cervantes conocía muy bien la susodicha defensa del vulgar que se
había originado en Italia a partir de Dante, propiciando una corriente huma-

57
Véanse Arriaga de Lassel (2008: 329 y sigs.), y los estudios recogidos sobre Cer-
vantes y el Islam (ibid.: 327-404; 405 y sigs. para El Persiles).
58
Horacio, en la edición de Iriarte (1777: 8-9), comparó además, las voces que se
toman de otras lenguas con las monedas extranjeras que se acuñan de nuevo y adquieren
otro valor.
59
Sobre ello, Egido (1998b). Recuérdese que, en el prólogo del Viaje de Turquía,
Cristóbal de Villalón invoca a Homero en estos términos: «Ayúdame a cantar, ¡oh musa!
Un varón que vio muchas tierras y diversas costumbres». Véanse al respecto ese y otros
ejemplos en Martinell et al. (2000: 110 y sigs.). En este catálogo, no faltan la gestualidad
ni la presencia de intérpretes, guías e intermediarios, así como el reclamo de numerosos
ejemplos cervantinos y referencias a la pluralidad lingüística como consecuencia de Babel.
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 47

nística que se decantaría por su emancipación del latín60. Dejando aparte


la influencia de los escritores italianos en el Quijote, lo cierto es que, al
igual que ocurriera en la Primera Parte, no podía faltar, en el itinerario de
don Quijote hacia Zaragoza y más tarde hacia Barcelona, la mención del
italiano, también presente en El Persiles, cuyo destino era Roma. Y así,
términos de lingua franca, como los del episodio de Ricote, aparecen en
el del titiritero maese Pedro, un «hombre galante, como dicen en Italia, y
bon compaño» (p. 745), que andaba por la Mancha de Aragón con su reta-
blo y su mono. Al verlo, don Quijote le pregunta, usando un giro italiano:
«Dígame vuestra merced, señor adivino: ¿qué peje pillamo? ¿Qué ha de
ser de nosotros?» (p. 746).
Tales palabras preceden al momento en el que el susodicho titiritero
relata la historia de don Gaiferos y su esposa Melisendra en la ciudad de
Sansueña, donde aparecen las torres de la Aljafería. «Sacada de las crónicas
francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes y
de los muchachos de las calles» (p. 751), Cervantes muestra con ello hasta
qué punto la letra que acompañaba a los títeres, como las novelas de caba-
llerías que nutrían el magín de don Quijote y el propio libro, se basaban
en fuentes escritas más allá de las fronteras españolas, además de ser fruto
de la tradición oral autóctona61.
En este caso, como ocurre en el de los moriscos encubiertos Ricote y
Ana Félix, el titiritero tuerto y disfrazado no es otro que Ginés de Pasa-
monte, que había compuesto un gran volumen contando sus bellaquerías y
que se había pasado al reino de Aragón para ocultar sus delitos.
En los episodios por esas tierras, no falta además un «¡Tarde piache!»,
con el gallego piache, del verbo piar, cuyo uso ya habían registrado en el
habla castellana Timoneda en su Portacuentos o Covarrubias en su Tesoro
de la Lengua castellana o española62. El Quijote dará muestras de otras

60
El Humanismo fue el directo responsable de la emancipación del vulgar, aunque
al principio se decantara por resaltar las facultades creadoras del latín. Véase McLaughlin
(2000: 269-294), quien parte de la plurilingüe Hipnerotomachia Poliphili (1499) de Fran-
cesco Colonna y del apogeo de la influencia humanística sobre la literatura vernácula. Y
véase en particular Gómez Moreno (1994).
61
No olvidemos que se trataba de una internacional caballeresca, cuyos héroes litera-
rios e históricos procedían de los más variados países. La historia de don Gaiferos transcu-
rre, como es bien sabido, «en la ciudad de Sansueña, que así se llamaba entonces la que hoy
se llama Zaragoza» (p. 751). Sansueña viene de Sansoigne, es decir, Sajonia (ibid.: n. 3).
62
Rico anota: «¡Tarde te quejas!» (p. 1031), expresión coloquial para indicar que
alguien llegó tarde o no se halló a tiempo en un negocio o pretensión. Ya lo recogió Timo-
48 Aurora Egido

lenguas en el camino interminable hacia Zaragoza, donde se recrea una


nueva y pastoril Arcadia en la que se alude a dos églogas: «una del famoso
poeta Garcilaso, y otra del excelentísimo Camoes en su misma lengua por-
tuguesa» (p. 991), tal y como las habían aprendido las disfrazadas pastoras.
Estas las podían recitar supuestamente con igual familiaridad en español y
en portugués, considerado entonces una de las lenguas de España63.
Como quiera que la existencia del autor apócrifo desvía la meta zara-
gozana de don Quijote, este decide por fin no poner los pies en Zaragoza
con motivo de las justas del arnés que en aquella ciudad solían hacerse
todos los años, y elige «el más derecho camino para ir a Barcelona sin tocar
Zaragoza» (p. 1004). El cambio es crucial a todos los efectos, incluidos
los lingüísticos, pues en el camino de ida a esa ciudad aflorarán, como ya
hemos visto, nuevas lenguas y, entre ellas —no podía ser de otra manera—,
el catalán.
El encuentro con el bandolero Roque Guinart y sus «escuderos» de
origen gascón presupone el entendimiento del castellano por parte de todos,
pero Cervantes da señas inequívocas de que estos hablan también otra
lengua. La descripción de este bandolero generoso y prudente, al que don
Quijote consideraría su parigual (p. 1014), contrasta con la de los gascones,
«gente rústica y desbaratada» (p. 1012), mostrando, como en el caso de
los turcos, connotaciones negativas vinculadas al origen geográfico. Los
gascones ofrecen un claro contraste con la nobleza de Roque Guinart, que
portaba «cuatro pistoletes (que en aquella tierra se llaman pedreñales»,
p. 1008), aclaración terminológica que acrecienta una vez más la verosi-
militud del relato.
Obviamente, y al igual que ocurre en El Persiles, Cervantes recreaba un
ámbito lingüístico concreto con apenas una o dos palabras en la encrucijada

neda en su Portacuentos, e iba unido al relato del huevo empollado y los dos vizcaínos.
Véase Hernández Valcárcel (2002: 208). Covarrubias (1611), a propósito de piar, dice:
«Proverbio: “Tarde piache”, el que no habló con tiempo». Se emplea para señalar que
alguien pide una cosa fuera de tiempo o llegó tarde. Véase Suazo Pascual (1999: núm.
316). También lo recogió, entre otros, Martín Sarmiento en 1739. En el DRAE, piache,
tarde: «Del gallego tarde piache, tarde piaste, frase que la tradición atribuye a un soldado
que, al tragarse un huevo empollado, oyó piar al polluelo».
63
En ese sentido, no deja de ser curioso que las referencias a Garcilaso y a Boscán se
den también en el camino de vuelta de Barcelona, cuando, tras el encuentro con Tosilos, don
Quijote y Sancho se topan con las pastoras y el caballero expresa su deseo de convertirse
junto a Sancho en pastores. Allí recuerda al «antiguo Boscán», que se llamó «Nemoroso»,
rubricando una amistad entre el poeta toledano y el catalán (p. 1061), que se hizo legendaria
desde la publicación en común de sus Obras en Barcelona (1543).
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 49

de caminos, donde el caballero y el escudero encuentran a dos capitanes


de infantería que tenían sus compañías en Nápoles e iban a Barcelona, y
de ahí a Sicilia (p. 1015)64. En este caso, le basta constatar en catalán la
catadura de los enemigos del bandolero para que el lector perciba la lengua
en la que los gascones se expresan, cuando exclaman:
¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición pro-
curan! (p. 1016).

Pero, por si eso fuera poco, el autor precisa y traduce para los lectores
lo que allí se hablaba, dejando una pequeña señal para hacer más creíble
el cambio lingüístico:
Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y catalana: «Este nuestro capitán
más parece frade que bandolero» (p. 1017).

Esa verosimilitud se amplía en la carta de conducto que Roque da a


don Quijote y Sancho para unos amigos que viven en Barcelona, y que el
narrador transcribe, aludiendo a las luchas intestinas que había en Cataluña
entre los bandos de «Niarros» y «Cadells» (p. 1017)65. Pues, por lo demás,
don Quijote y Sancho no tienen ningún problema a la hora de darse a
entender cuando llegan a dicha ciudad, tal y como lo suponía ya en 1559,
a otros efectos, el Anónimo de Lovaina (tal vez aragonés) en su Gramática
de la Lengua Vulgar de España66.

64
Con ellos iba la mujer del regente de la Vicaría de Nápoles que, según Riquer,
podía corresponder a la dama A. de Quiñones, que fue sorprendida realmente junto a sus
acompañantes por unos bandoleros cuando se encaminaba a Barcelona en 1610 (p. 1015,
n. 49). Téngase en cuenta el paralelo con El Persiles de este episodio, al aparecer dos
peregrinos que van a Roma, y a los que Guinart no solo no les roba, sino que les da dinero.
Cervantes prefirió hablar de los bandoleros catalanes, silenciando a los aragoneses, que
curiosamente utilizó el duque de Villahermosa para imponer su autoridad en Benabarre.
Tampoco quiso acordarse del bandido noble Lupercio de Latrás, que también ofreció sus
servicios a dicho duque. Sobre ello, Colás/Salas (1976: 79-146) y Casey (2001: 173, 267).
65
Los nyarros o nyerros y los cadells dividían la sociedad catalana en dos bandos.
Véase Torres (1993) y Casey (2001: 268; y 274-275 para el término pedreñales, arma mortal
cobarde y alevosa). Cervantes transcribe Monjuí por Montjuich en p. 1037; inserta, sin
embargo, como hemos visto, la palabra portuguesa frade ‘fraile’, en lugar de la catalana
frare.
66
El Autor anónimo de la Gramática de la Lengua Vulgar de España, pensada para
extranjeros, recoge las cuatro lenguas: vascuence, árabe, catalán y la «lengua vulgar de
España», que se habla y entiende generalmente en toda ella (1559: 6). Respecto a la
catalana, dice «es verdaderamente francesa, i trahe su origen de la provincia de Gascoña,
dela mui antigua ciudad de Limojes». Dice se habla en Cataluña, Valencia, Mallorca,
50 Aurora Egido

Creado con dichas pinceladas el ámbito lingüístico del catalán, Cervan-


tes hace que don Quijote y Sancho entren en Barcelona al grito de «¡Trapa,
trapa, aparta, aparta!» (p. 1018), que gritan los corredores que salían de la
ciudad al son de chirimías y atabales la víspera de San Juan67. Expresiones,
estas, que andaban por distintas piezas teatrales y cancioneriles de la época.
Pero en Barcelona no vuelve a hacerse referencia directa al catalán, y no
deja de ser curioso que sea un «castellano» (p. 1024) anónimo el que lea el
rótulo que llevaba colgado a la espalda don Quijote para ser el hazmerreír
de los viandantes.
Si en el camino hacia dicha ciudad se intensifican las referencias al uso
de lenguas distintas al castellano, es en ella, como ya hemos visto, donde se
multiplicará el efecto en la susodicha historia de Ana Félix, agrandándose
particularmente, respecto al toscano, en el episodio de la imprenta, a pro-
pósito del libro Le bagatele (vale decir, Le bagattelle), que allí se imprimía
(p. 1031). El momento es capital, pues constituye la cúspide teórica de todo
El Quijote en lo referido a la práctica de la traducción que lo conforma
desde sus primeras líneas. Y es entonces cuando descubrimos además que
el caballero andante no solo habla «algún tanto del toscano», sino que se
precia de «cantar algunas estancias del Ariosto» (p. 1032), probando así su
doble conocimiento, oral y escrito, de esa lengua68.
Tras la cuestión del significado de una obra como Le bagatele, cuyo
título no está exento de ironía, don Quijote mantiene con su traductor un
sustancioso diálogo que es toda una formulación teórica y práctica sobre
la traducción, sostenida fundamentalmente por el caballero andante. Este,
después de que el traductor vierta piñata por olla, le dice:
Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa
merced en el castellano place, y adonde diga più, dice más, y el su declara con
arriba y el giù con abajo (pp. 1031-1032).

Menorca, Ibiza, Cerdeña «y aún en Nápoles». El Anónimo de Lovaina alaba los escritos
de árabes y catalanes en prosa y verso. Según Balbín/Roldán (1966: «Prólogo»), su autor
era aragonés. Hubo otra Gramática de la lengua vulgar de España publicada también en
Lovaina en 1559.
67
Alín/Barrio (1997: 258) recogen las expresiones «atrapa, atrapa» y «aparta, aparta»
en entremeses y mojigangas de varios autores, además de en la comedia El capellán de
la Virgen de Lope de Vega: «Afuera, afuera / aparta, aparta, aparta / que entran a recoger
sortija / labradores de la Sarga». Para esos capítulos barceloneses, remitimos a Egido (2007:
91-132), donde ya planteamos la cuestión del plurilingüismo. Y véase Riquer (1989) y
Micó (2004).
68
  Vid. al respecto Egido (2005a: 40 y sigs.; 2005b: 2-6).
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 51

Tras el asentimiento del anónimo traductor a tales correspondencias


léxicas, don Quijote se extiende sobre su idea de la traducción a través de un
conocido discurso en el que parece minusvalorar el papel de quien se ocupa
en trasladar «bagatelas». Salvado el respeto por quienes traducen del griego
y del latín, el caballero andante afirma que traducir de una lengua a otra
Es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se ven las
figuras, son llenas de hilos que las escurecen y no se ven con la lisura y tez de la
haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución, como no le
arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel (p. 1032).

Cervantes no desprecia taxativamente, por boca de don Quijote, el


ejercicio de la traducción, aunque lo haga cuando se aplica sin necesidad a
obras aparentemente inútiles, pues valora la que hizo Cristóbal de Figueroa
con el Pastor Fido o Jáuregui con la Aminta, «donde felizmente ponen
en duda cuál es la traducción o cuál el original»69. Su postura no distaba
mucho, en realidad, de la sostenida por Valdés en el Diálogo de la lengua,
cuando afirmó:
Y aun porque cada lengua tiene sus vocablos propios y sus propias maneras de
dezir, ay tanta dificultad en el traducir bien de una lengua en otra, lo qual yo no
atribuigo a falta de la lengua en que se traduze, sino a la abundancia de aquella que
se traduze, y assí unas cosas se dizen en una lengua bien que en otra no se pueden
decir assí bien, y en la mesma otra, otras que se digan mejor que en otra ninguna70.

El autor del Quijote corroboró con discretas pinceladas no solo la con-


vivencia de distintas lenguas en una ciudad como Barcelona, que era una
ventana abierta al Mediterráneo, sino la riqueza de unas imprentas donde se
publicaron numerosos libros en italiano, que también se guardaban, como
ha señalado Manuel Peña, en sus bibliotecas particulares71. Estas gozaban

69
P. 1031. La versión de Il Pastor Fido de Guarini se publicó en Nápoles en 1602,
y en Valencia en 1609. Sería decisiva en todo lo referido a la mezcla tragicómica y otras
novedades experimentadas por Cervantes y por Lope de Vega. Respecto a la Aminta de
Tasso, Jáuregui la tradujo en 1607. Es curioso ver cómo el traductor cervantino de Le
bagatele piensa hacerse rico gracias a ello, sin entrar en otras consideraciones.
70
Valdés (2010: 230). Y véase García Yebra (2005: 277-283).
71
Véase Peña Díaz (1997: 67 y sigs.), quien niega su decadencia cultural en términos
absolutos, aunque la hubiera en relación con las letras catalanas, por el incremento de los
libros impresos en castellano a finales del XVI. La cultura italiana estuvo muy presente
en el ambiente lector barcelonés desde las primeras décadas de ese siglo (ibid.: 76 y 165 y
sigs.). Cervantes había leído la traducción del Orlando de Ariosto por Jerónimo de Urrea
(Barcelona, Claudi Bornat, 1564), según Peña (ibid.: 196), y el episodio cervantino de la
imprenta mostró, entre otras cosas, que «el toscano en Barcelona era un idioma familiar».
52 Aurora Egido

igualmente de traducciones a otras lenguas, por no hablar de las ediciones


en catalán y en castellano, incluida la apócrifa Segunda Parte del ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha72.
La idea de Cervantes sobre la traducción se alejaba en parte de la
opinión de Garcilaso que, en su carta introductoria a la versión de El Cor-
tesano de Baltasar de Castiglione, hecha por Boscán, llegó a decir que es
«tan dificultoso el traducir un libro como hacerlo nuevo». Su postura se
acercaba mucho más a la de Lorenzo Valla y otros humanistas que no creían
tan alto el ejercicio de romancear73. Sobre todo si se trataba, como en este
caso, de obras de poca monta. Cervantes continuó, en ese episodio, una
larga trayectoria en la que, por decirlo con el título de la obra de Mario
Alessandri de Urbino, se estableció Il Paragone della lingua Toscana et
Castigliana desde las perspectivas más diversas74.
Cervantes, como tantos escritores de su tiempo, no solo debía com-
petir con los clásicos latinos, sino con una riquísima tradición literaria en
lengua toscana que trató de superar constantemente. Esta, según Fernando
de Herrera, era una lengua «florida, abundosa, blanda i compuesta», pero
también «libre, laciva, desmayada i demasiadamente enternecida i muelle
i llena de afectación». Una lengua, en definitiva, a la que superaba la
española, por «grave, religiosa, onesta, alta, manífica, suave, tierna, afec-
tuosíssima i llena de sentimientos, i tan copiosa i abundante, que ninguna
otra puede gloriarse desta riqueza i fertilidad más justamente»75. Téngase
en cuenta que las Anotaciones de 1580 a Garcilaso de Herrera, así como
su poesía, fueron criticadas por Damasio de Frías, que le afeó sus extran-

72
Para la edición y difusión de libros en latín, italiano, francés, catalán y castellano,
véase Peña (1996). Aparte de los clásicos grecolatinos, dominaban en las bibliotecas par-
ticulares las obras publicadas en catalán, castellano e italiano.
73
Véase Comellas Aguirrezabal (1995: 227); y, asimismo, sobre la idea de este autor
en torno a la traducción, cercana a la fidelidad exigida por Leonardo Bruni en De recta
interpretatione (ibid.: 230 y sigs.). Céspedes creía en la fidelidad al original y en la crea-
ción de un estilo.
74
Alessandri d’Urbino (1560). Dedicado a don Antonio D’Aragona, duque de Mon-
talto, analiza las semejanzas entre ambas lenguas tanto en la fonética como en la ortografía
y la gramática.
75
Véase la cita de Fernando de Herrera en sus Anotaciones (1580) a Garcilaso en
Terracini (1968: 148-200). Terracini analiza la desigual comparación de Herrera entre las
lenguas toscana y española, inclinándose obviamente por la segunda. Herrera (apud Inoria/
Reyes Cano 2001: 188-189) elogió la alteza y la agudeza de la lengua española, creyendo
era posible llegara a la cumbre del griego y del latín.
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 53

jerismos y un estilo lleno de préstamos de otras lenguas, manteniendo al


respecto una discreción pareja a la de Cervantes76.
Este plantea y desarrolla en la Segunda Parte del Quijote las cuestio-
nes de la traducción en su estancia barcelonesa, centrándose curiosamente
en las dos lenguas, el italiano y el árabe, con las que más había estado en
contacto a lo largo de su vida. Y lo hace en una ciudad costera por la que
él, como tantos otros, había pasado en sus viajes allende los mares77.
Más tarde, en la aventura de los cerdos, don Quijote cantará en caste-
llano unos versos adaptados de Gli Assolani de Bembo (p. 1067). Después,
en el camino de vuelta a casa, la estancia en el castillo de los duques mos-
trará de nuevo reminiscencias de poetas italianos y castellanos, aludiéndose
en él a unos versos de las Églogas de Garcilaso, con alguna huella del
Orlando furioso (p. 1071). De esta forma, y como en caja china, el autor
del Quijote ponía de nuevo en práctica, dentro de la novela, la función
narrativa de la traducción.
El procedimiento contaba con un precedente de excepción: La lozana
andaluza en lengua española muy claríssima, compuesto en Roma, por
Francisco Delicado, cuyo plurilingüismo ha sido estudiado detenidamente
por Frago (1988: 41-66). La obra, tantas veces traducida, cumplió además
y de forma directa con la larga historia de las ediciones en varias lenguas
de las obras españolas78.
Ni que decir tiene que la coexistencia entre el italiano y el español
gozaba de una riquísima tradición que ya estuvo presente en los prelimina-
res napolitanos de la Propalladia (1517) de Torres Naharro79. Nos encon-

76
Béhar (2011: 159-195). Esa lucha contra la afectación también la libraron Lucas
Gracián Dantisco en su Galateo Español y el propio Cervantes en el Quijote (II, cap. xxvi).
Góngora, sin embargo, continuó por el camino herreriano, en ese y otros aspectos.
77
A su salida de Barcelona, don Quijote cita, en español, unos versos del Orlando
furioso (p. 1059), que también había mencionado en el capítulo III de la Primera Parte,
cerrando un círculo. Sobre el paso de ilustres pasajeros por los puertos de Barcelona y
Palamós, véase Martín Roig (2012: 69-82).
78
Véase Corriente (2003: 51-72), quien desmonta la tesis lingüística criptojudía,
señalando se trata de moriscos que conviven en Roma con connacionales de la judería; y
Lucía Mejías (1996: 7-17). Otro curioso precedente, pero que tal vez no llegó a manos de
Cervantes, por estar prohibida por la Inquisición, es la obra, publicada en 1523, de Pedro
Manuel de Urrea, Peregrinación de las tres casas sanctas de Jherusalem, Roma y Santiago.
Y véase Egido (2005: 2-6).
79
Sánchez García (2013: 1-33). Paolo Giovio señaló que el marqués de Pescara, que
se acomodó a las costumbres y a la lengua de los españoles, quiso imponer esta en los
ámbitos napolitanos, incluido el ejército. En los preliminares se parangona el vulgar de
54 Aurora Egido

tramos así ante una «imagen refleja», propia del viaje de ida y vuelta que
la traducción ofrece entre unas lenguas y otras, como ha señalado María
de las Nieves Múñiz:
Ogni immagine nazionale nasce, per opposizione o per analogía dal riflesso spe-
culare di altre all’interno di un sistema di compensazioni binarie80.

Excepción hecha del pequeño discurso sobre la traducción y cuanto ella


conlleva en el origen mismo de la obra, Cervantes inserta en el Quijote el
problema de las lenguas en el decurso de la narración, creando, como en El
Persiles, un ámbito de verosimilitud, ensayado ya en otras obras anteriores,
y que adquiere toda su viveza en los diálogos, cuando las lenguas propias de
quienes hablan entran en contacto. En ese sentido, los diálogos cervantinos
producen en el lector el mismo efecto que confirma Sancho cuando dice a
don Quijote: «La conversación de vuestra merced ha sido el estiércol que
sobre la estéril tierra de mi ingenio ha caído» (p. 632).
La variedad lingüística de la Primera Parte del Quijote se amplió sin
duda en la Segunda, donde se prosigue además el papel que el lenguaje
gestual y la traducción conllevan en el fenómeno comunicativo. Desde La
Galatea al Persiles, pasando por sus Novelas Ejemplares y por sus Come-
dias y Entremeses, Cervantes asentó la riqueza de la variedad idiomática e
incluso los cambios que se producen en el uso de la lengua propia a tenor
de las circunstancias y de las personas81. En ese arco, el Quijote reflejará los
múltiples matices que supone la variedad lingüística en todos los planos, así
como la dignidad de las lenguas, cualesquiera que estas sean. Vinculándo-
las siempre al uso que de ellas hagan las personas en cada situación dada,
Cervantes demostró que las lenguas, como los caballeros andantes, están
siempre en movimiento, cruzándose en los caminos unas y otras, más allá
de cualquier frontera que se les ponga por delante.
Pero volviendo al principio de la Segunda Parte del Quijote, no deja
de ser curioso que el licenciado Márquez Torres salude en la aprobación de
la misma, firmada el 27 de febrero de 1615, el libro de un autor aplaudido

Torres Naharro con el griego y el latín por Mesinerius I. Barberius. Torres Naharro, en su
dedicatoria a dicho marqués, nos ofrece además un curioso precedente del linaje fundado
por Dulcinea en el Quijote, al decir que fue voluntad de este «començar linaje más que de
allegar linajes, esperando más gloria de la virtud propia que de la apelativa, y más claridad
de sus ojos que de los ajenos».
80
Múñiz Múñiz (2012: 15). Y véanse pp. 20-21 sobre las traducciones entre ambas
lenguas en el siglo XVI.
81
Menéndez Pidal (1966: vol. II, 7 y sigs.). Y véase Canonica (1991: 19-42).
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 55

en España, Francia, Italia, Alemania y Flandes (p. 539). Ello era además
un síntoma de la extensión del castellano por esas tierras y, en todo caso,
prueba de que la fama universal (pensemos hoy en el caso de Borges) se
alcanza gracias a la traducción82.
Pero lo más significativo y gracioso es sin duda la dedicatoria del propio
Cervantes al conde de Lemos, donde afirma que el emperador de la China le
había escrito en lengua chinesca una carta diciéndole le enviase la obra «por-
que quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana y quería
que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote» (p. 547)83.
Cervantes va más lejos, en este caso, que en El Persiles, donde al final
justifica el conocimiento que sus protagonistas nórdicos tenían del caste-
llano y otras lenguas de los países por donde pasaron, gracias a un colegio
plurilingüe creado en tierras septentrionales. Pues aquí no solo desplaza a
lejanos espacios chinescos el ejercicio del castellano, sino que lo identifica
con el del mismo Quijote que, cual si se tratara de una profecía, ha ter-
minado por convertirse en modelo del idioma y en el libro más traducido
después de la Biblia.
Don Quijote de la Mancha se igualó así a la saga de la caballería
andante que él mismo enumerara al principio de la Segunda Parte en el
diálogo con el cura, a través de los nombres de Amadís de Gaula, Palmerín
de Inglaterra, Lisuarte de Grecia, Felixmarte de Hircania y un larguísimo
etcétera al que pertenecía la internacional caballeresca. Pero él los aventajó
a todos al convertir su apelativo «de la Mancha» en el lugar universal del
idioma español de la literatura84.
Las ansias de inmortalidad del libro de Don Quijote se superponen en
esta Segunda Parte a las del mismo Cervantes, que asienta, desde los ini-
cios, junto a la universalidad del castellano, la que propicia su traducción
a otras lenguas, haciéndole decir a Sansón Carrasco:

82
Márquez Torres aporta además el testimonio de Bernardo de Sandoval, tío del duque
de Lerma, que avalaba el éxito de las obras de Cervantes entre los caballeros franceses
(ibid.: 539-540).
83
Recordemos que de Catay, al norte de China, provenía Angélica (p. 560), como
sabía bien don Quijote, recordando a Ariosto (pp. 556-557).
84
Pp. 556-557. Y véase también el diálogo con Sancho de esta Segunda Parte, cap. II.
Sobre el paradigma «la lengua de Cervantes», Rojo (2004: 1122-1130), en la edición que
manejamos de Don Quijote de la Mancha, pp. 1122-1130. Como dijo Canavaggio (2014:
73-82), la pluralidad lingüística de esta y otras obras suyas, así como las dificultades que
supone la comunicación con personas que hablan otras lenguas, es consecuencia clara de
su propia experiencia vital.
56 Aurora Egido

Tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal
historia: si no dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y
aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes; y a mí se me trasluce que
no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga (p. 567)85.

Y así fue.

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85
P. 567. En realidad, de la Primera Parte se habían publicado en 1615 tres edicio-
nes en Madrid, dos en Lisboa y Bruselas, una en Valencia y otra en Milán, junto a dos
traducciones al inglés y al francés.
El diálogo de las lenguas en la Segunda Parte del Quijote 57

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Lección de clausura
Variación y cambio desde una
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Rocío Caravedo
Università degli Studi di Padova

Resumen. El propósito de este trabajo es extender a la diacronía del español,


específicamente al cambio lingüístico, un enfoque que parte originariamente de la
percepción de los hablantes en el estudio de la variación sincrónica de la lengua
(Caravedo 2014). La perspectiva perceptiva, i. e. sociocognitiva, permite rein-
terpretar tanto la variación (ligada naturalmente al cambio) como la invariación,
normalmente estudiadas de modo separado en la tradición disciplinaria. En la
primera parte se delimitan los conceptos centrales de este enfoque, mientras que
en la segunda se aplican a fenómenos específicos que han sufrido cambios a lo
largo del tiempo y del espacio.
Palabras clave. Lingüística diacrónica, enfoque sociocognitivo y perceptivo de
la variación, variación y cambio lingüístico en español.

Abstract. The purpose of this study is to extend to diachronic evolution of Spanish


a perceptual approach that has been previously developed for the study of syn-
chronic variation (Caravedo 2014). The perceptual (i. e. sociocognitive perspec-
tive) enables the reinterpretation of variation (normally associated with change)
and invariation as well, which have been commonly separated as independent
phenomena in traditional linguistics. The first part of this study is devoted to
the definition of the central theoretical concepts of the perceptual oriented view,
while the second one is an application of these concepts to specific phenomena
that have undergone change across space and time.
Keywords. Diachronic linguistics, sociocognitive and perceptual approach, lin-
guistic variation and change in Spanish.

El conjunto de reflexiones que propongo en esta ocasión tiene su


fuente en una investigación anterior en la que se ha desarrollado esta
68 Rocío Caravedo

perspectiva en relación con la variación sincrónica del español actual


(Caravedo 2014)1. En el trabajo mencionado, se aborda la variación
poniendo en primer plano la percepción de los hablantes con el pro-
pósito de observar, desde una perspectiva distinta de la canónica, los
fenómenos ya estudiados tradicionalmente teniendo en cuenta de modo
exclusivo la producción de los hablantes. Resulta natural extender esta
reflexión a la visión diacrónica y, por lo tanto, a la problemática ligada al
cambio lingüístico, que no es sino una manifestación de la variación en
la coordenada temporal. En este sentido, es pertinente averiguar el papel
que desempeña la percepción y, concomitantemente, la cognición de los
hablantes en la evolución de una lengua. Lejos de pretender el desarrollo
de una teoría del cambio, se tratará simplemente de presentar una línea
reflexiva de carácter hermenéutico, a partir de un enfoque distinto del
tradicional aunque conectado con este, que pueda echar nueva luz sobre
los fenómenos ligados a la historia de la lengua. A partir de este objetivo,
la presente exposición se articulará en dos grandes partes. En la primera,
se expondrán los principios elementales de conceptualización, mientras
que la segunda estará dedicada a la aplicación de estos principios a fenó-
menos específicos de la historia del español.

1. Principios de conceptualización
1.1. El término «sociocognitivo»
Empezaré aclarando el sentido adjudicado al término sociocognitivo.
En primer lugar, el prefijo intenta diferenciar este enfoque del de la lingüís-
tica cognitiva a secas, que no se plantea como prioridad la fenomenología
de la variación, aun cuando sus principales representantes reconocen la
importancia del carácter social del lenguaje en la cognición (cf. Langacker
1987, 1997)2. Pero la principal función de este compuesto léxico reside en

1
Resulta pertinente aclarar que tal enfoque no se identifica con los estudios de acti-
tudes ni con los desarrollados en la línea de la dialectología perceptiva (cf. Preston 1999),
aunque sin duda alguna estos implican la percepción. Si bien el enfoque propuesto aquí
valida tales estudios, intenta abarcar un campo más amplio que el correspondiente a los
juicios valorativos de los hablantes, en el sentido de que sostiene que la variación misma se
configura a través de la percepción selectiva de los hablantes, que implica tanto la atención
como la desatención en la producción de los hechos variables.
2
Aunque en la etapa fundacional de la lingüística cognitiva no hubo un pronuncia-
miento sobre el estatuto de la variación sociolingüística, Langacker (1997: 229) establece
que no existe una restricción programática del enfoque cognitivo en la aplicación a los
aspectos social, cultural o discursivo del lenguaje. Véase la crítica al uso del término social
de parte de Langacker, en Caravedo (2014: 19).
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 69

situar en primer plano el carácter comunitario y, en este sentido, histórico,


del proceso de conocimiento de una lengua y no solamente de su uso. La
cognición del lenguaje no proviene de una mente autónoma o asocial, como
algunas escuelas lingüísticas lo han sostenido. Recientes investigaciones
neurológicas han coincidido, por distintos caminos, en asignar a la función
social una área asentada fisiológicamente en el cerebro, que coexistiría con
las demás funciones mentales (cf. Edelman 1989, 1992; Damasio 1994;
Locke 1995; Schumann 1997). Edelman alude a un componente innato
denominado socioestático (socioestatic), que tendría su asiento en el cere-
bro y que se referiría específicamente a la capacidad de interrelación social
entre los seres humanos (Edelman 1989, 1992).
Por otro lado, la existencia de las llamadas neuronas-espejo (neuroni
specchio), descubiertas en los años noventa por un grupo de investigación
de la Universidad de Parma, dirigido por Giacomo Rizzolatti, supone un
gran paso en la teoría del conocimiento. Este grupo observó que ciertas
neuronas que se activan cuando el sujeto produce una acción motora, se
ponen simultáneamente en funcionamiento de la misma manera en la mente
del sujeto que observa esta acción sin haberla cumplido (Rizzolatti/Siniga-
glia 2006). Este descubrimiento es de gran importancia para comprobar la
génesis de la naturaleza social del lenguaje porque permite detectar una raíz
neurológica y biológica de la actividad mimética en el hombre (cf. Tomase-
llo 2008). Como no cabe duda de que tal actividad resulta fundamental para
la adquisición del lenguaje, la socialización se presenta como el camino
ineludible en el origen del lenguaje. A partir de estos descubrimientos, lo
social no puede ya seguir siendo considerado como factor externo (como
se sostiene incluso entre sociolingüistas) o, peor aun, como sinónimo de
estrato o de clase. Siendo propiedad esencial, no contingente de la mente
humana, lo social interviene de modo decisivo en los procesos cognitivos
que se ponen en marcha tanto en la adquisición del lenguaje como en el
conocimiento lingüístico desarrollado posteriormente y, como es obvio, en
el uso de la lengua.
Pero hay un hecho fundamental que no debe marginarse. Y es que el
carácter social considerado como componente mental está indisolublemente
unido a la condición histórica del lenguaje. El factor temporal no es una
dimensión independiente o prescindible, que deba añadirse al estudio del
lenguaje. Antes bien, no se trata de un mero factor, sino de una propiedad
de la dimensión humana ligada a la caducidad y a la temporalidad exis-
tenciales. En este sentido, no es posible ni siquiera imaginar una visión
histórica asocial o una visión social independiente de la historia. Estas
70 Rocío Caravedo

consideraciones generales bastan para justificar la aplicación de un enfoque


sociocognitivo a la diacronía.
1.2. El lugar de la percepción en el estudio de la variación
En el estudio de la variación asignamos un lugar privilegiado a la
percepción por varias razones. La primera reside en reconocer que esta
constituye el instrumento esencial de cognición de una lengua, en el sentido
de que permite conectar la mente con el objeto de conocimiento. Se trata de
un proceso complejo de captación tanto sensorial como conceptual de una
lengua, que se despliega y se desarrolla gradualmente, no solo durante la
etapa adquisitiva en los primeros años de vida, sino que continúa de modo
latente durante toda la vida del individuo.
La segunda razón, no menos importante, para dar prioridad a la per-
cepción nace de la comprobación empírica de que los fenómenos de varia-
ción no tienen una naturaleza objetiva autónoma, sino que dependen de la
manera como son observados por los hablantes, y esto resulta patente en la
investigación, como lo ejemplificaré más adelante, en la que se ha demos-
trado que formas consideradas como únicas en la producción se comportan
de modo diverso según los espacios sociales en que se dan. Privilegiar la
percepción supone un cambio radical respecto del tratamiento de los fenó-
menos lingüísticos, tradicionalmente abordados de modo monolítico, como
si se derivaran exclusivamente de la producción. Desde esta perspectiva, se
considera que los fenómenos de variación se dan en una doble dimensión:
son hechos que se exteriorizan en la producción, pero cuyo valor intrínseco
proviene de cómo son percibidos. Es, por lo tanto, un error estudiar de modo
exclusivo la producción sin tener en cuenta la percepción.
Una característica esencial de la percepción es su carácter subjetivo. La
subjetividad tiene que ver con el hecho de que todo acto perceptivo supone
de alguna manera el funcionamiento de un criterio de selección individual,
que pone en primer plano determinados rasgos de un objeto, mientras que
difumina y descarta otros. Se pone en funcionamiento un fenómeno de aten-
ción en relación con algunos fenómenos y, simultáneamente, de desatención
respecto de otros (cf. Preston 2013)3. En lo que se refiere al lenguaje, el
fenómeno de percepción es naturalmente más complejo que cuando se

3
En términos distintos, si bien compatibles con el concepto de percepción que utilizo
aquí, Preston desarrolla el concepto de regard (que puede ser consciente o inconsciente)
definiendo la percepción como «the process through which a specific instance of language
regard arises based on the perception of particular linguistic input» (Preston 2013: 94).
Para una interpretación de este concepto, véase Caravedo (2014: 58).
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 71

dirige a la visualización de objetos de diferente naturaleza, dado que el


canal sensorial involucrado es primariamente el auditivo, aunque de modo
secundario en la evolución cognitiva entrará en juego el visual, a través de
la escritura. Sin embargo, la sensorialidad auditiva es la fuente primaria de
acceso al lenguaje, si bien ostenta características diversas respecto de otros
tipos de percepción auditiva. Así, a diferencia de lo que ocurre con otros
tipos de sonoridad, la percepción en materia lingüística va más allá de la
mera captación fónica, dado que implica una dimensión conceptual precisa,
que, en cierta medida, se presenta codificada. Por esta razón, la selección
perceptiva lingüística no es de carácter absolutamente individual, sino que
está guiada por preferencias colectivas que hacen posible la inteligibili-
dad, de modo que se trata de una subjetividad social. El postulado sobre
la subjetividad es perfectamente coherente con la condición normativa de
las lenguas, presente ya en las lecciones de los grandes maestros de la
lingüística (sin pretensión de exhaustividad, baste mencionar a Saussure
1916, Jakobson 1976 y Martinet 1975), a las que se añaden propuestas de
filosofía del lenguaje, como la de Searle (1995). Este último autor sostiene
que el lenguaje de modo global es ontológicamente subjetivo, como los
demás hechos sociales de carácter institucional (cf. Searle 1995: 59-78). A
pesar de estos antecedentes, el principio de subjetividad aplicado a las len-
guas no ha sido insertado explícita y coherentemente en la argumentación
lingüística y en la investigación fenoménica (cf. Caravedo 2006a, 2006b).
El carácter subjetivo de la percepción de los hablantes, que la convierte
en un acto selectivo tiene, sin duda, incidencia, no solamente en el uso
sincrónico sino en la problemática del desarrollo de una lengua. En efecto,
esta selección subjetiva, que —como hemos sostenido— no es un recurso
meramente individual sino que está a la vez orientado colectivamente, da
pie a las divergencias que se producen en las variedades de una lengua,
las cuales se intensifican en el tiempo y dan lugar al cambio. La actividad
perceptiva constituye, pues, una acción conjunta, por lo tanto social más que
individual, que conduce a modificaciones —aunque de modo no reflexivo
ni planificado— y que, realizada en la interacción comunicativa, se fija de
modo variable en el tiempo y en el espacio en que discurre la lengua; por
consiguiente, es determinante en la configuración histórica de esta.
1.3. Reinterpretación de los conceptos: invariación, variación y cambio
La problemática sociocognitiva que nos hemos propuesto desarrollar
someramente en relación con el cambio, exige reinterpretar tanto el con-
cepto de variación, en su natural conexión con el cambio, como el de
invariación, que no suele relacionarse con este. Si existe consenso en que
72 Rocío Caravedo

la variación es un fenómeno gradual que precede al cambio, a la invariación


no se suele asignar ningún papel en el cambio, aun cuando es un hecho
conocido que los fenómenos en un momento invariantes han sufrido modifi-
caciones en el tiempo. A esta desconexión entre invariación y variación han
contribuido las escuelas lingüísticas a través del desarrollo de tradiciones de
investigación independientes, incluso contrapuestas, difíciles de conciliar,
a menos que se reformulen los postulados primarios4.
Ahora bien, en el presente trabajo sostendré que tanto la invariación
cuanto la variación son constitutivas del objeto y, en este sentido, están ínti-
mamente implicadas en la historicidad y, de modo específico, en el cambio,
por varias razones que desarrollaré seguidamente5. En primer lugar, ambas
están vinculadas con la cognición, en la medida en que la percepción del
hablante está preparada para captar y adquirir tanto los aspectos que varían
como los que no varían en su comunidad y en el periodo en que le toca
vivir. En segundo lugar, la invariación y la variación son modificables y
terminan conectadas internamente en el propio proceso de transformación,
como lo ejemplificaré, lo que es una prueba patente de que no se trata de
fenómenos autónomos y permanentes, que ostenten una de las dos condi-
ciones siempre. Por último, la variación no constituye un hecho distinto
o separado de los demás hechos de sistema, como normalmente se ha
sostenido desde las visiones que privilegian la homogeneidad sistemática,
y se continúa sosteniendo en algunos sectores, sino que es una dimensión
relativa a la de la invariación, definible y determinable respecto de esta. En
consecuencia, si el cambio es transformación de un estado de cosas prece-
dente, obligatoriamente implicará tanto a las entidades invariantes como
a las variantes, de tal manera que ambas deben ser analizadas de modo
articulado en sus alcances estructurales y cognitivos. En esta reflexión voy

4
Este cambio de actitud se observa, por ejemplo, en corrientes como la generativista,
cuyos principios centrales se fundan en la determinación de la esencia del lenguaje a
través del descubrimiento de elementos o factores universales, de modo que los aspectos
de la variación de las lenguas particulares eran considerados marginales o superfluos.
Últimamente esta corriente se ha abierto a la consideración de los elementos variables. No
obstante, en relación con estos, sería deseable una formulación explícita sobre el carácter
intrínseco de esta variación en la mente humana.
5
Mostramos acuerdo con la visión expresada por Oesterreicher (2006), quien deslinda
con claridad los alcances de la historicidad de las lenguas, la cual no debe identificarse
exclusivamente ni con la diacronía ni con el cambio. El autor hace hincapié en que la
historicidad incluye los hechos simultáneos del sistema, de modo que involucra también
la variación estable y asimismo —precisamos aquí— la invariación.
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 73

a poner, pues, en primer plano esta dinámica interna, con la finalidad de


abordar el cambio como modificación tanto del estatuto de la invariación
como de la variación, de modo que ninguna de las dos constituye propiedad
permanente de los fenómenos. Con el propósito de entender esta relación,
será necesario redefinir de modo explícito cada uno de los dos conceptos
para evitar ambigüedades interpretativas. Y para ello, sin abandonar total-
mente las definiciones tradicionales de los términos de invariación, de
variación y de cambio, más bien partiendo de ellas, introduciré algunos
reajustes necesarios.
Tradicionalmente las definiciones de invariación y variación parten
del carácter sígnico del lenguaje y de la condición bilateral de los signos.
Aceptando este punto de partida, que se sitúa en el centro de la definición
tradicional del lenguaje y sobre el cual existe un amplio consenso más allá
de las diferencias de escuela, la invariación se definiría como la correspon-
dencia absoluta (categórica) de un solo significante y un único significado;
es decir, cuando no existen alternativas, ni de orden material ni conceptual
dentro del signo mismo en cualquier plano lingüístico. Por otro lado, la
variación, en la definición estructuralista que, por lo demás, no ha sido
modificada por la más moderna sociolingüística laboviana, se produce por
el desajuste de esta relación sígnica, y se expresaría en la existencia de
materialidades distintas (significantes) que remiten a un mismo significado.
Como bien se sabe, esta inalterabilidad del significado, emparentada con
las teorías monosémicas del signo, es el principio fundamental en la defini-
ción tradicional de la variación sincrónica (continuada en la más moderna
sociolingüística), y no se suele poner en tela de juicio de modo explícito,
ni siquiera cuando se aborda la diacrónica6.
Pero esta definición es a todas luces insuficiente, porque se refiere de
modo exclusivo a las diferencias en el orden material. Nadie puede ignorar
el hecho evidente de que la variación se presenta también en el plano del
significado sin alteración concomitante del significante, es decir, de su
materialidad, y que gran parte de los cambios de una lengua proviene de
asignar diferentes significados a las mismas formas materiales. No cabe

6
En efecto, las teorías monosémicas sostienen la simbiosis absoluta entre significante
y significado, tal como se desprende de planteamientos como los de Saussure (1916) o los
de Hjelmslev (1961), de modo que cualquier variación en el significado supondría que no se
trata del mismo signo. Cf. la visión de Heger (1974) al respecto, y un análisis de las distintas
corrientes de pensamiento con amplia bibliografía en torno a esta cuestión, en Rivarola
(1991: 83-90). Un estudio crítico sobre la concentración exclusiva en la variación de los
significantes equivalentes semánticamente ha sido desarrollada en Caravedo (2014: 21-46).
74 Rocío Caravedo

abundar en esta cuestión obvia y, más bien, se impone corregir explícita-


mente la inexactitud, ampliando el concepto canónico de variación para
incluir no solo las alternativas comprobadas en el orden material, también
las que se presentan en el conceptual, en que la materialidad es la misma
y es el significado el que alterna. Esta condición binaria de la variación
aplicada a ambos planos sígnicos, separada o conjuntamente, convierte el
cambio en un fenómeno de reestructuración o de recreación de signos lin-
güísticos, tanto en la dimensión material como en la conceptual. De acuerdo
con lo dicho, en la parte aplicativa de este trabajo me concentraré —como
lo he hecho en otra ocasión (Caravedo 2008, 2016)— exclusivamente en
los fenómenos sintácticos que comportan variación o cambio en el plano
conceptual del signo sin modificación de su fisonomía material7.
Es necesario aclarar los alcances del concepto de cambio que será uti-
lizado en este trabajo. El sentido común lleva a intersectar este concepto
con el de variación, en la medida en que todo cambio comporta variación
o toda variación es una forma de cambio, lo que parecería una considera-
ción razonable. No obstante, hay que tener en cuenta que si todo cambio
presupone la variación, no se da siempre la relación inversa, pues se puede
presentar una variación inmovilizada que no llegue a cristalizarse en un
fenómeno de cambio o, incluso, un cambio que suponga la adición de un
elemento que no esté en alternancia con otro. En consecuencia, es necesario
mantener de modo operativo las diferencias entre variación y cambio para
entender el comportamiento de los fenómenos. Para lograr este objetivo se
impone un deslinde estratégico; esto es, no ontológico, entre dos sentidos
—estrecho y amplio—, en la consideración de los cambios específicos,
con el propósito de evitar confusiones en el análisis de los fenómenos par-
ticulares que conduzcan a definir como cambio lo que es solo variación,
o viceversa. Así, en el sentido estrecho se identificará el cambio como
resultado consolidado, comprobable retrospectivamente, mientras que en el
sentido amplio se incluirá todo el proceso anterior, después de haber iden-
tificado el resultado. En este caso, tanto la variación como la invariación
pasarían a ser consideradas como fases de un decurso. En este sentido, la
diferenciación entre resultado y proceso no es mutuamente excluyente, y
sirve básicamente para confirmar si una variación específica ha conducido

7
A propósito del cambio sintáctico, Ridruejo recomienda el estudio de los cambios
funcionales en el orden del contenido más que en el orden material (Ridruejo 1990: 95 y
sigs.). Véase una propuesta distinta que privilegia el significante en la descripción objetiva
en Luquet (2012: 138).
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 75

o no a una transformación en un punto determinado del sistema. La ventaja


operativa de esta diferenciación de sentidos reside en separar los fenómenos
en que se ha producido un cambio consumado, de los que pueden registrar
variación estable en el sistema de la lengua, sin ocasionar cambio alguno.
En la parte aplicativa se verán los problemas que pueden surgir de no
diferenciar con claridad ambos sentidos.
Ahora bien, el sentido estrecho de cambio como resultado tiene algu-
nas restricciones de carácter epistémico. Solamente puede ser observado
en la diacronía (como ya lo había advertido Coseriu 1978); esto es, en la
comparación de estados temporales, y solo retrospectivamente en la meta-
lengua. Una visión distinta fue propuesta por Weinreich, Labov y Herzog
(1968) y, posteriormente, desarrollada con un instrumental cuantitativo de
tipo probabilístico elaborado por Labov (1994, 2000, 2010). Según esta
visión, el cambio puede verificarse en la sincronía, a través de lo que
Labov llama tiempo aparente, comprobable empíricamente en la diferencia
generacional y, en este sentido, incluso observable desde un punto de vista
prospectivo. Pero un análisis de esta naturaleza, si bien legítimo para otro
tipo de objetivo indagatorio, solo permite observar la variación anticipa-
toria del cambio, la cual puede o no concretarse en un cambio específico
en el futuro. Las diferencias generacionales que se presentan como prueba
empírica por excelencia del cambio en la sincronía (ya intuidas por Gauchat
1905 y Martinet 1975, entre otros), en sentido estricto, no son observaciones
sincrónicas, en la medida en que, aunque coexistan, se trata de periodos
temporales sucesivos correspondientes al tiempo vital de los individuos
que se someten a confrontación y, por lo tanto, suponen ya una visión de
la sucesividad más que de la simultaneidad. En consecuencia, en sentido
estricto, el cambio en sus efectos solo puede observarse en la diacronía (sea
larga o breve); es decir, desde una percepción científica (o que la simula),
que se vale de una operación epistemológica de comparación. El hablante
no es consciente del cambio en la propia ejecución, ni lo percibe, a menos
que adopte el rol de observador dentro de un discurso metalingüístico.
Y esto había sido intuido incluso por Saussure (1916) y reafirmado por
Coseriu (1978)8.

8
La no conciencia del cambio en su propia ejecución ha sido desarrollada también en
la teoría del cambio de Keller (1994), llamada teoría de la mano invisible (invisible hand
theory), término tomado de la teoría económica del filósofo Adam Smith (Smith 1759).
Keller subraya la intencionalidad no consciente del hablante en la producción del cambio,
propia de los fenómenos del tercer tipo (cf. también Lüdtke 1986). Véase asimismo la
76 Rocío Caravedo

Teniendo en cuenta todo lo afirmado, el cambio en el sentido estrecho


se define como el resultado de la conversión de la variación en invariación.
Aunque sea curioso y hasta paradójico que el cambio, siendo en sí mismo
un fenómeno de transformación, lleve a la invariación, por otro lado resulta
compatible con un principio de continuidad de las lenguas en que no se
suspende la intercomprensión entre los hablantes. En la visión diacrónica no
solo está, pues, implicada la variación, sino más bien una interacción entre
invariación y variación, como fases, sean coexistentes, sean progresivas o
regresivas, que solo se pueden confirmar en el análisis retrospectivo.
1.4. La cognición y los conceptos de invariación, variación y cambio
Siguiendo con la lógica de nuestro enfoque toca preguntarse: ¿Qué
relación tienen la variación y la invariación con la cognición del hablante?
¿Y cómo se interrelacionan con el cambio desde el punto de vista sociocog-
nitivo? Como se acaba de mencionar, tanto la invariación como la variación
forman parte de la cognición; no son solo propiedades de los fenómenos
mismos y, por lo tanto, están internamente conectadas en la mente del
hablante. Obviamente la percepción de los hablantes, aunque sea arbitraria,
juega aquí un papel protagónico. De modo específico, nos detendremos
en el carácter cognitivo de la variación, que es crucial para comprender la
problemática del cambio, como lo veremos, si bien ha sido muy descui-
dado incluso en los modelos variacionistas canónicos. No obstante, resulta
indiscutible que no toda variación forma parte del conocimiento de un
hablante, de modo que será preciso diferenciar entre variación cognitiva y
variación no cognitiva.
La variación cognitiva, como lo indica el término, refiere a las posibi-
lidades conocidas por un mismo hablante. Esta precisión, aunque parezca
obvia, resulta pertinente en la medida en que existe una variación que el
hablante puede desconocer como, por ejemplo, la variación diatópica o
diastrática de una lengua, que es de carácter extraindividual, no necesa-
riamente cognitivo, situada exclusivamente en la dimensión histórica y
perceptible solo mediante el contraste de las diferencias. Resulta relevante
establecer este deslinde entre variación cognitiva y no cognitiva en el estu-
dio diacrónico, dado que solo la primera estaría implicada directamente en
el cambio, en el sentido de que este proviene de alternativas que forman
parte del conocimiento de un hablante. Por el contrario, la variación no

crítica de Kabatek (2012: 80) a esta teoría, quien avala la formulación de una teoría del
cambio concreto que parta del uso comunicativo de los hablantes.
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 77

cognitiva no puede intervenir directamente en el cambio, puesto que lo que


no se conoce no puede ser objeto de transformación.
Ahora bien, la diferencia entre lo cognitivo y lo no cognitivo referida
a la variación no se mantiene inmutable. Es más, la variación no cogni-
tiva puede adquirir el estatuto de cognitiva, siempre que se den —claro
está— las circunstancias propicias. En este sentido, cualquier hablante
puede llegar a conocer alternativas que desconoce en su variedad verná-
cula, a través de información cultural o exposición a distintos tipos de
discurso, y puede incorporar a su conocimiento algunos aspectos de la
variación (fonética, morfosintáctica, léxica), proveniente de regiones de
habla española que no son el propio lugar de origen. Sin embargo, en
primera instancia, las variantes aprendidas en el contacto comunicativo
o receptivo no constituyen realmente alternativas cognitivas en la actua-
ción lingüística de quien no es originario de esas regiones. Por ello, tales
variantes nunca serían reproducidas en su discurso, excepto en casos
de contacto migratorio en que se adoptan, incluso conscientemente, las
variantes propias de la comunidad receptora en la que se debe interactuar.
En este último caso, la percepción vuelve a desempeñar un papel prota-
gónico, que ha concitado nuestra atención en varios estudios (Caravedo
2009, 2010a, 2010b, 2014).
Por otro lado, la variación cognitiva puede dejar de serlo cuando se
pierde alguna de las alternativas en juego o se crean otras nuevas, de modo
que es posible afirmar que se ha producido un cambio en el propio sis-
tema de variación. Estas circunstancias no contradicen el postulado general,
según el cual la variación cognitiva es antecedente directo del cambio.
Y esto ocurre incluso en el caso de asunción de las alternativas de una
variedad ajena en un contexto migratorio, dado que la inserción de los
inmigrantes en una nueva comunidad supone que incorporen primero a
su cognición las nuevas alternativas antes de reproducirlas en el discurso.
De otra parte, donde mejor se revela la variación cognitiva y el ejerci-
cio de la percepción es en la dimensión diafásica, cuando las alternativas
covarían con diferencias discursivas o estilísticas, en la medida en que
el hablante puede ser consciente de las diferentes opciones que elige en
distintas situaciones comunicativas, y ser capaz de regularlas, de modo
que la percepción de los distintos valores de estas se expresa de modo
nítido en el momento de la elección. La variación diafásica representa,
como bien se sabe, el caldo de cultivo del proceso de cambio, como
se ha comprobado ampliamente en la línea de estudios sobre el carác-
ter concepcional de la oralidad y la escritura (Koch/Oesterreicher 1985;
78 Rocío Caravedo

Oesterreicher 1996) y sobre el papel de las tradiciones discursivas (cf.


Jacob/Kabatek 2001).

2. Aplicación
Con los presupuestos elementales desarrollados en las líneas preceden-
tes, pasemos a ver de qué manera las consideraciones conceptuales que,
dadas las limitaciones naturales que impone la exposición, hemos tratado de
simplificar pueden aplicarse a fenómenos específicos de la historia atando
los puntos centrales de la reflexión anterior.
En primer lugar, es preciso diferenciar por lo menos tres modalidades
básicas en que se puede dar la relación entre invariación y variación en la
producción de un cambio, que pasamos a enumerar, definir y, finalmente,
ejemplificar.
A. La primera modalidad indica el cumplimiento total del proceso de
cambio hasta llegar a un resultado; es decir, una primera fase de invariación
(1), la cual en una segunda fase (2) se transforma en variación, para final-
mente convertirse en invariación nuevamente (3), que quedan representadas
en el siguiente esquema:
1. Invariación.
2. Variación.
3. Invariación.
B. La segunda modalidad consiste en la estabilización de la variación
con sus alternativas en juego, sin evolución hacia la invariación (es decir,
la fijación en la fase 2). Habría que precisar (lo cual supone una decisión
que dejamos, por ahora, pendiente de discusión), si la transformación de
la invariación en variación supondría ya de alguna manera un cambio.
Naturalmente, en un sentido amplio, no técnico y hasta trivial, que no ha
sido adoptado aquí, toda variación es ya una forma de cambio y viceversa.
Pero un postulado de esta naturaleza lleva a un círculo vicioso que no
permite caracterizar el tipo de fenómeno que se encuentra en el foco de
estudio, al cancelar la diferencia entre variación y cambio. Por lo tanto,
operativamente la variación no será considerada como cambio (en sentido
estrecho) en la esquematización de esta modalidad que se representa del
siguiente modo:
1. Invariación.
2. Variación.
C. Finalmente, la tercera modalidad, la más compleja, comprende una
combinación de las dos primeras en la misma coordenada temporal; es
decir, por un lado, se da el término de las tres fases del proceso (como en
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 79

la modalidad A) y, por otro, la estabilización de la variación (como en la


modalidad B):
Modalidad A Modalidad B
1. Invariación. 1. Invariación.
2. Variación. 2. Variación.
3. Invariación.
Esta tercera modalidad, la más problemática en el sentido de que reúne
las dos primeras modalidades, constituirá el foco de la atención, con el
objeto de ilustrar de modo crítico la validez de la presente propuesta socio-
cognitiva. Sin embargo, empezaré ejemplificando las dos primeras moda-
lidades, en la medida en que están íntimamente conectadas con la tercera.
No se nos escapa la posibilidad de que una forma lingüística sea ori-
ginariamente polisémica; esto es, que desde sus orígenes se presente como
forma variable y en este sentido pueda, a la larga, bien convertirse en
invariable a través de la eliminación de las alternativas en juego, bien
mantenerse como variable reteniendo los valores primigenios. Si bien no
ejemplificaré en esta ocasión tal posibilidad, podría caber en un sentido
virtual en el esquema de modalidades propuestas en este trabajo. Así, la
mencionada posibilidad supondría como punto de partida (o primera fase)
la variación en vez de la invariación.
2.1. Primera modalidad
La primera modalidad (A) correspondería al término del proceso de
cambio, confirmado en el análisis retrospectivo (sentido estrecho) de modo
unitario para toda la lengua. Esta modalidad es ampliamente comprobable,
dado que un buen número de fenómenos de la lengua en los diferentes
planos analíticos ha completado este proceso, inmovilizándose en la rela-
ción uno a uno entre significante y significado de modo categórico, i. e.
como un fenómeno de invariación, lo cual supone el desarrollo de una
base cognitiva compartida entre los miembros de una misma comunidad
lingüística. Para propósitos ilustrativos utilizaré los nexos subordinantes,
que han concitado nuestra atención anteriormente, particularmente ricos
desde el punto de vista descriptivo, en la medida en que se colocan en una
zona fronteriza entre morfología y sintaxis, constituyen el armazón de la
construcción del discurso y atañen, además, al cambio de significado con
inalterabilidad del significante, que he puesto en el centro de la reflexión
(Caravedo 2008). Como se sabe, los nexos causales del tipo puesto que,
dado que, comoquier que, etc., con valor concesivo en el español medieval,
se convirtieron con el paso del tiempo en causales estrictos a través de una
larga etapa intermedia, si bien transitoria, de concurrencia de ambos valo-
80 Rocío Caravedo

res, conforme a la documentación que sirve de base empírica para verificar


la validez del primer esquema:
1. Invariación: concesivo.
2. Variación: concesivo + causal.
3. Invariación: causal.
De acuerdo con el esquema anterior, que se ciñe a la documentación
existente, en la fase de invariación (1) se daba solo el valor concesivo. En
la segunda fase (2) se presenta la variación, a través de la adición de una
alternativa de orden conceptual, que no se daba en la primera. Finalmente
en la tercera (3), se produce la eliminación del valor concesivo originario y
la asunción del añadido; es decir, del causal, de modo que se llega a la fase
conclusiva de conversión de la variación en invariación nuevamente, tal
como hemos definido el cambio en la primera parte, aun cuando el resultado
privilegie un valor distinto al teóricamente originario (pero puede ocurrir
naturalmente que se vuelva a este valor). La investigación empírica en la
que me baso (especialmente Rivarola 1976, Narbona 1983, Herrero 2005,
Eberenz 2004 y Girón 2004) permitiría documentar, de modo aproximativo
tres periodos, que corresponderían a las tres fases de nuestro esquema9:
1.ª fase: invariación (valor concesivo documentado en el periodo de
los siglos XIII-XV, si bien —según Rivarola ibid.: 66— la construcción
con significado concesivo «empieza a tener vigencia a fines del XIV y
especialmente en el XV». Eberenz 2013: 631 corrobora esta información10):

9
Obviamente los esquemas constituyen solo generalizaciones subordinadas al estado
de la investigación, de modo que se apoyan en una documentación limitada que no aspira a
la exhaustividad, en la medida en que el funcionamiento de tales esquemas se hace mediante
ejemplificación, lo que supone una práctica selectiva, que tiene como único objetivo mos-
trar la validez de estos en la evolución de los fenómenos particulares. Así, si los datos
allegados aquí fueran refutados por nueva documentación, la validez de los esquemas no se
alteraría, dado que estos pueden comprobarse empíricamente con muchos otros fenómenos.
Los esquemas simplemente revelan una posibilidad (entre otras) de dirección evolutiva.
10
Este mismo autor consigna un uso esporádico del valor causal en el Cuatrocientos
(cf. Eberenz 2013: 630), aunque no consigna testimonios de este uso. Hay que contar,
pues, con la inevitable limitación cuantitativa y cualitativa de la naturaleza de los datos
del pasado, como bien lo advierte Narbona (2013: 1015). Por lo tanto, si se encontrara
documentación con el valor causal coexistente, el fenómeno vendría considerado de natu-
raleza variable en sus orígenes. La posible existencia del valor causal en el Cuatrocientos
no invalida el hecho de que otros fenómenos sigan las fases de la modalidad A (cf. supra,
n. 8). En todo caso, en lo que respecta a nuestro ejemplo, Herrero (2005: 350) corrobora
los datos de Rivarola (1976), en los siguientes términos: «Originariamente [puesto que] fue
por lo tanto una conjunción utilizada para la introducción de oraciones concesivas (tanto
con indicativo como con subjuntivo)».
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 81

Puesto que andes de pie, e te vistas de saya escura, e te eguales a los pobres […]
do los ligamientos, do las palmadas, do la escupina, do los açotes, do la cruz, do
la muerte? (La estoria de los quatro dotores de la santa iglesia. Ed. de Friedrich
Lauchert, Halle, 1897, apud Rivarola 1976: 66).

2.ª fase: variación (coexistencia del valor causal con el concesivo apro-
ximadamente en los siglos XVI-XVII)11.
Valor concesivo en Valdés:
Pugés, por higa, usan algunos, pero por mejor se tiene higa, puesto que sea ver-
gonçoso fruto (Juan de Valdés, Diálogo de la Lengua, p. 128. Ed. de Juan M.
Lope Blanch, Madrid, 1969, apud Rivarola 1976: 129).

Valor causal en el Quijote, donde se encuentran ambos significados,


aunque el concesivo es reconocido como más frecuente. Transcribo un
ejemplo del valor causal:
y como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles,
llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho
vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los
conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco alja-
miado que los leyese (Quijote, parte I: 217, Ed. de Francisco Rodríguez Marín,
Madrid, 1969, apud Rivarola 1976: 130).

Cuando la alternancia es un caso de variación cognitiva, esto es, cuando


un mismo hablante posee ambas alternativas, la elección de un valor en
vez del otro puede volverse consciente, de modo que el hablante percibe
las diferencias en relación con determinados contextos o registros. Ante el
binarismo conceptual referido a una sola forma material, resulta natural
que surjan preferencias por un valor en lugar del otro. Así, Rivarola (ibid.:
131) consigna la preferencia por el concesivo en Cervantes y en Tirso, lo
que aminora la frecuencia de apariciones del uso causal. Textualmente:
En otros autores, en cambio, ocurre lo contrario: predominante es el uso causal y
esporádico el concesivo (así por ejemplo, en Alarcón, Rojas, Zorrilla, Calderón).

11
No obstante, Girón (2013: 883) presenta puesto que (junto con dado que, no embar-
gante que, no obstante que) con valor concesivo más frecuente en los Siglos de Oro. La
menor frecuencia de ocurrencia de puesto que en relación con otros nexos como maguer
que, pero que, comoquier que, está documentada en Rivarola (1976) y Montero (1992).
Este último estudioso presenta información cuantitativa de las apariciones de los dife-
rentes nexos concesivos en la etapa medieval, en la cual puesto que tiene 34 apariciones
en el corpus utilizado, que representan el 14 por ciento en relación con los demás nexos
(cf. Montero ibid.: 113).
82 Rocío Caravedo

El uso causal termina por imponerse, si bien el concesivo se resistía a desapare-


cer: en un Auto tardío de Calderón (La vida es sueño, 1673), encontramos aún
un caso de puesto que concesivo […]. Pero en los dramaturgos de fines del XVII
y comienzos del XVIII (Salazar y Torres, Bancés, Cañizares) puesto que es ya
exclusivamente causal.

La fase de variación cognitiva resulta determinante para entender las


mutaciones posteriores. La coexistencia de ambos valores en la mente del
hablante puede dar lugar incluso a una interpretación ambigua concesiva /
causal en el mismo enunciado, como en el siguiente ejemplo:
Resolviéronse el Duque y la Duquesa de que el desafío de don Quijote hizo a
su vasallo por la causa ya referida pasase adelante; y puesto que el mozo estaba
en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por suegra a doña Rodrí-
guez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón, que se llamaba Tosilos
(Quijote, p. 321 y sigs., apud Rivarola 1976: 130-131)12.

3.ª fase: desaparición del valor concesivo, manteniéndose solo el valor


causal que se presenta desde el XVIII y se estabiliza en la actualidad, de
modo que el proceso de cambio se ha cumplido, en este caso, con un resul-
tado invariable para toda la lengua, con lo cual se verifica la conversión
de la variación en invariación (cf. Rivarola 1976: 131; Herrero 2005: 351).
Interpretando los datos precedentes respecto de los planteamientos
esbozados en este trabajo, el partir del cambio como resultado en sentido
estrecho nos permite asegurar que, con respecto a este fenómeno, la varia-
ción ha sido efectivamente una fase antecedente de este, que ha dado lugar a
la invariación y, por lo tanto, ese decurso hace posible reconstruir el proceso
total. Aunque parezca obvio, es importante explicitarlo, dado que existen
muchos fenómenos en que no se completa esta dirección evolutiva. En esta
reflexión resulta oportuno destacar que las llamadas fases son, en realidad,
un continuum sin cortes, y deben ser entendidas como un resultado abs-
tracto a posteriori, más bien esquemático, de los análisis comparativos entre
diversos estados, subordinados a la investigación documental de carácter
limitado y provisional; en otras palabras, no tienen realidad psicológica.

12
Hay diferencia de opiniones respecto de esta interpretación. Rodríguez Marín (nota
en la ed. del Quijote, 1964) se inclina por la interpretación concesiva con las siguientes
palabras: «¿No será adversativo, como suele, y elíptica la locución? (“[…] y puesto que
el mozo estaba en Flandes […] para que esto no fuese obstáculo, ordenaron […]”)». En
cambio, a Rivarola, aunque observa que no está excluida la interpretación concesiva, le
parece «poco plausible» (cf. Rivarola 1976: 130, n. 20).
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 83

Si la percepción está en juego, es solo analítica / retrospectiva, en vez de


ejecutiva / prospectiva.
Resulta pertinente poner ciertas reservas al carácter transitorio de la
fase intermedia, la cual es solo efecto de una visión panorámica; es decir,
no es real. La supuesta transitoriedad no lo es en modo alguno para los
hablantes, si tenemos en cuenta el amplio periodo en que el valor causal
estricto confluyó con el concesivo y formaba parte del significado de esta
forma material. En otras palabras, aproximadamente seis generaciones de
hablantes (tres siglos) contaban en su sistema cognitivo con ambas posi-
bilidades, independientemente de la frecuencia en que ocurría una sobre
otra13. ¿Cuándo y por qué abandonaron una de ellas? ¿Qué papel tiene la
percepción en este delicado juego? En primer lugar, entre cada una de las
fases, es posible suponer solo a posteriori que se han ido verificando míni-
mas modificaciones que no suponían verdaderas rupturas del significado
de la forma anterior, sino mínimos desplazamientos conceptuales que no
son objeto de la percepción directa del hablante. De allí la posibilidad de
una conjunción de valores en el mismo enunciado, como en el pasaje del
Quijote arriba citado. Desde el punto de vista cognitivo, la desaparición del
significado concesivo implica que los hablantes en algún momento (impo-
sible de precisar) han dejado de tener la concesividad como alternativa de
la causalidad, a pesar de la afinidad lógica que las asocia14. Que ha habido

13
Para los efectos de esta reflexión no consideramos el valor estilístico formal o lite-
rario reconocido de puesto que como concesivo, al punto de definirse como cultismo, en
la medida en que no resulta pertinente en la lógica de la argumentación propuesta en este
trabajo. Véase Rivarola (1976: 129), quien señala que puesto que, «de uso muy esporádico
en el s. XIV, esta conjunción fue cobrando vigencia en la lengua literaria cultista del s. XV.
Pero tampoco en este siglo pasó de ser un instrumento ocasional de variación estilística para
la expresión concesiva ya dominada por aunque». Este autor cita asimismo el testimonio
de Vallejo (1924: 404), en relación con cuatro ejemplos encontrados en La Celestina: «La
partícula puesto que, usada concesivamente, es un cultismo. En su vida estilística, por
tanto, su empleo es consciente y responde a un deliberado propósito estilístico». De hecho
incluso actualmente en su valor causal, puesto que constituye un nexo mayormente usado
en registros formales. Pero lo que nos interesa en esta ocasión no es tanto el valor diafásico
de las alternativas cuanto la evolución de los significados mismos a través del tiempo, y la
manera como se van desplazando conceptualmente de modo gradual ocasionando cambios
en los contenidos sígnicos.
14
Tal afinidad ha sido señalada por Rivarola (ibid.: 13) en los siguientes términos: «A
juzgar por los autores que usan la conjunción repetidamente, en esta época parece haber
predominado la conjunción no hipotética con indicativo. Este predominio puede haber
abierto el camino a los empleos causales de puesto que (cf. 2.7.1)». Las afinidades lógicas
han sido también observadas por Bartol (1986: 211-216) y por Montero (1992: 117, n. 29).
84 Rocío Caravedo

en algún momento un cambio perceptivo resulta indudable, lo que avala la


subjetividad del fenómeno, en el sentido de que en la actualidad este nexo
ya no sería admitido discursivamente con el valor concesivo originario. Esto
hace posible conjeturar que para que el cambio ocurra, el hablante debe de
haber dejado de percibir las variantes como meras alternativas, captando
matices distintivos entre ellas que antes no eran distinguidos (cf. el carác-
ter selectivo de la percepción al que me he referido en la primera parte de
la exposición), cuando no, concentrando la percepción en una sola de las
variantes, desenfocando la otra, y condenándola al olvido, como ocurre
con el significado concesivo en nuestro ejemplo. La etapa final del cambio
marca un límite entre la pérdida de un conocimiento y la asunción de otro,
pero este límite escapa, al menos por ahora, a la observación.
El análisis de la concurrencia de las alternativas en relación con un
mismo enunciado, es decir, con un solo hablante (variación cognitiva) en
el estudio de los nexos subordinantes permite postular una zona limítrofe
discursiva en que las variantes no se distribuyen complementariamente
sino que se entrecruzan. Se trata de una suerte de zona borrosa de carácter
conceptual que hace posible la variación (Caravedo 2008). La zona borrosa
forma parte del saber del hablante y ha tomado distintas direcciones en la
historia de la lengua, bien ha terminado en un cambio drástico, bien se
ha estabilizado como variación. En el primer caso, se encuentran puesto
que, dado que y muchos casos que se han concretado a favor de uno de
los valores, generalmente el innovador. En el segundo, se encuentran otros
nexos subordinantes: locativos como donde, o temporales, como cuando,

Este último autor señala que: «Entre las causales y las concesivas existe la misma relación
que entre éstas y las condicionales. En las tres, hay una relación de implicación que, en
las concesivas, no se cumple». Desplazamientos análogos entre la concesividad y otros
valores son analizados por este estudioso (Montero ibid.: 118). Posteriormente, Herrero
(2005: 350) señala la conexión entre valores en el siguiente fragmento: «Originariamente
fue por lo tanto una conjunción [puesto que] utilizada para la introducción de oraciones
concesivas (tanto con indicativo como con subjuntivo). Recuérdese que entre la causativi-
dad y la concesión, la diferencia básica está en que el hecho (de carácter causal) aducido
por la subordinada junto a la principal sea eficaz (causal) o no (concesiva), objeción que
no impide el cumplimiento de la principal, de ahí que haya casos fronterizos entre causa-
tividad y concesividad, o que históricamente un nexo, perdiendo o ganando el rasgo de +
operante, + efectivo en la oración que introduce haya podido pasar de un valor a otro».
Elvira (2013: 469) señala asimismo las relaciones entre concesivas y causales. Sin duda,
tales afinidades son válidas desde el punto de vista lógico, pero no llegan a explicar por
qué en unos casos (como puesto que) se abandona una de las alternativas, mientras que en
otros no, como lo veremos más adelante.
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 85

mientras, después de que y otros más, en los que la confluencia de valores


se da en la diacronía y se sigue presentando en la actualidad sin resolverse
en un cambio. La existencia de zonas borrosas puede, pues, favorecer, pero
de ningún modo garantizar el tránsito de una fase a otra en todos los casos.
2.2. Segunda modalidad
Detengámonos brevemente en la segunda modalidad (B), que supone
la estabilización de la variación. Esta ocurre con una multiplicidad de fenó-
menos en que la variación constituye un hecho fijo, sin progresión hacia el
cambio, de aquí la necesidad de separar el sentido amplio del estrecho. Lo
curioso es que esta aparente detención del proceso no ocurre solamente con
fenómenos diferentes a los comentados en la modalidad A, lo que podría ser
esperable, sino que se documenta también en relación con fenómenos con
características sintácticas similares; a saber, los nexos subordinantes que
se mueven entre significados causales, concesivos, condicionales, en que
están implicados también los temporales y los locativos. Así, por ejemplo,
los de carácter temporal, que alternaban desde sus orígenes con valores
causales, concesivos, condicionales, como lo revelan diversos estudios (sin
pretender la exhaustividad: Eberenz 1982; Méndez 1995; Herrero 2005;
Bartol 1988; Montero 1992), siguen manteniendo en el español actual las
mismas fluctuaciones, sin que estas lleven a una desaparición del valor
primario, como ocurrió con otros nexos. He seleccionado algunos ejemplos
para ilustrar la permanencia de las fluctuaciones en el español actual del
valor concesivo, causal o condicional en formas temporales como cuando:
et quando por todo esto non lo dexase, que lo devía dexar por la reyna, su muger,
et por un fijo muy pequennuelo que dexara (El Conde Lucanor, 57, apud Méndez
1995: 283) [concesivo].
Y quando la edad de Zorobabel y el estado de los iudíos en ella uviera sido feliz,
cierto es que no lo fue con el estremo que el propheta aquí muestra (Fray Luis de
León, De los nombres de Cristo, 172-173, apud Herrero 2005: 228) [concesivo].
Quando bien lo que dezís sea assí, no dexaré de scusarme, porque me parece cosa
fuera de propósito (Juan de Valdés, Diálogo, 122) [concesivo].
Yo estaba absolutamente sola, no tenía prácticamente amigos allí y sin embargo
tuve una acogida, increíblemente afectiva de parte de personas que no tenían
ninguna relación. Y a mí me llamó la atención […] descubrir otra faceta si se
quiere de un pueblo cuando aparentemente son fríos (español moderno, apud
Caravedo 1989: 204) [concesivo].
Et dioles enxienplo de la candela que quando estudiese baxa, non daua tamanna
lunbre commo ssi studiese alta (Alfonso X, Setenario, 116, apud Méndez 1995:
281) [condicional].
Quando Dios non lo quiere, non val composición (Libro de Alexandre, 497c, apud
Méndez 1995: 282) [condicional].
86 Rocío Caravedo

dicen que les robamos el proyecto, no les robamos el proyecto porque nunca fue
proyecto de ellos, o sea fue una decisión tomada por la fundación, y no es robar
cuando no había sido de ellos (español moderno, apud Caravedo 1989: 214)
[causal / condicional].

¿Por qué en unos casos se elimina la variación entre valores contiguos


(como la fluctuación concesivo / causal en relación con puesto que), mien-
tras que, en otros, esta persiste de modo sistemático en el tiempo y no se
da la misma evolución; es decir, los hablantes no eliminan una alternativa?
Es evidente que no son valores objetivos ni lógicos los que entran en juego.
La percepción de los hablantes no se adapta a la realidad objetiva de un
fenómeno, sino que es, como hemos dicho, selectiva / subjetiva. No está
sujeta a una lógica general: capta unas formas de determinada manera y
las admite, mientras que deja pasar otras de modo inadvertido, sin que
intervenga el razonamiento. Si, valiéndonos de una conjetura, en el espa-
ñol actual apareciera de modo abrupto el valor concesivo en relación con
la forma puesto que (pero no con cuando, en que sí se puede dar) sería
considerado como anómalo, y no sería aceptado como alternativa de la
causalidad, si bien esta posibilidad se presentó durante tres siglos en que
coexistían, según los datos, ambos valores. Esta realidad exige buscar otro
tipo de razonamiento para los procesos que se detienen en la variación y
que no evolucionan hacia el cambio.
2.3. Tercera modalidad
Como punto final, especialmente crítico y conflictivo, nos detendremos
en la tercera modalidad (C). Esta plantea mayores problemas descriptivos,
en la medida en que involucra la variación no cognitiva, en este caso de
tipo diatópico, que comúnmente ha sido tratada como marginal en las teo-
rías lingüísticas, pero que dista mucho de serlo, y que en principio, como
hemos conjeturado, no interviene directamente en el proceso de cambio.
En esta modalidad se dan dos situaciones simultáneas en el tiempo: por
un lado, la invariación (como en la modalidad A, ejemplificada con puesto
que) y, por otro, la variación estable (como en la modalidad B, ilustrada
con cuando). Para ejemplificar la modalidad (C) servirá un fenómeno de
tipología análoga a los comentados, la locución conjuntiva ya que. Empe-
cemos con la percepción científica: los estudios diacrónicos trazan un solo
cuadro evolutivo para el español, que va desde el valor originario tempo-
ral, con una fase intermedia en que co-ocurre con el causal y una tercera
fase en que desaparece el valor temporal originario, y se convierte en una
invariante causal, que representaría el estado actual de la lengua española.
Si así fuera, deberíamos circunscribir el proceso a la primera modalidad,
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 87

en que se consolida el cambio con una invariante, como ha sucedido con


puesto que, a través de una fase de alternancia entre los valores temporal /
causal, según quedaría representado en el siguiente esquema:
1. Invariación: temporal (siglo XIII).
2. Variación: temporal + causal + condicional + concesivo en un mismo
hablante y, a veces, en un mismo enunciado (siglos XV-XVI).
3. Invariación: causal (siglo XVII).
La cronología documentada en las tres fases es aproximadamente la
siguiente: el valor temporal se encuentra desde mediados del siglo XIII,
según los datos ofrecidos por Bartol (1988: 154-158) y posteriormente por
Herrero (2006: 826), quienes adelantan en dos centurias la documentación
de Rivarola (1976: 149), que partía del siglo XV. La fase de variación
que incluye más de una alternativa (causalidad, concesividad y —menos
frecuentemente— condicionalidad) se empieza ya a documentar desde el
siglo XV para terminar siendo común en el XVI. En el XVII el valor causal
comienza a ser el prevalente, el cual termina imponiéndose en el español
actual, a través de la eliminación de los valores alternantes (temporal, con-
dicional y concesivo). Reproducimos los textos utilizados por los autores
citados:
enbiaron a Gomez Nuños e Gonçalo Matheos al rrey, que era en Vitoria, quel
pidiessen merçed, quel pidiessen que los moros fuesen en su servicio: e ya que
los dineros mucho menester los avie, que embiase luego a Avila a cojer la fon-
sareda (Crónica de la población de Avila, de 1255, apud Bartol 1988: 154-158)
[temporal].
Ia que vistes a los Egiptos, non los veredes de oy adelant (Fazienda de Ultramar,
del siglo XIII, 71.12-13, apud Herrero 2006: 826) [temporal].
& quando el uido que no podie escapar. & que por aquella ferida morrie pensso
ensi mismo como se podrie uengar ensu muert ya que ensu uida nosse hauie
podido uengar (CORDE: Juan Fernández de Heredia, Gran Crónica de España I,
del siglo XIV, apud Herrero: 828) [causal].
Et ya que tantos males ellos huuiessen por Crasso no res menos ellos amauan e
aujen plazer de ueyer lo & de escucharlo (Juan Fernández de Heredia, Plutarco II,
del siglo XIV, apud Herrero: 828) [concesivo].

Lo significativo de estos testimonios reside en que si solo tomamos


en cuenta la variación cognitiva, la situación presentada casaría perfecta-
mente con la primera modalidad; esto es, una primera fase de invariación,
en que se daba solo el valor temporal, una segunda de variación en que se
presentaban distintas alternativas y una tercera, en que se vuelve a la fase
invariante con un solo valor, aunque distinto del originario, i. e. el causal.
Sin embargo, esta coincidencia es solo aparente, pues esta situación solo
88 Rocío Caravedo

representa parcialmente el sistema del español en el sentido histórico. Así,


en otro gran sector de la comunidad hispánica (hasta ahora localizado en
México, si bien he recogido algunos datos, por ahora escasos, de Venezuela,
de modo que podría naturalmente ocurrir en otros lugares), este mismo
nexo mantiene el valor temporal originario, además del causal. Y no se
trata de habla rural o diastráticamente inferior, sino de habla aceptada por
todos los hablantes sin distinciones sociales, documentada tanto en el cor-
pus del habla culta de México (Lope Blanch 1971) como en el del habla
popular (Lope Blanch 1976), y analizada cuantitativamente por Herrera
Lima (2002)15. Además, un espigueo realizado en el CREA y el CEMC, ha
permitido corroborar estos usos:
Bien, ¿tu nombre cuál es? Pulguito uno i-ele-hache. Bien, gracias, Alfonso.
Bueno, pues, ya que han escuchado vamos a hacer alguna otra estación. Gracias,
¿alguna otra estación en el Mercado de Pulgas? Adelante (CREA/Noticias, 1999)
[temporal].
Pero finalmente llegamos a ese acuerdo y establecimos todos los candados y
controles para un padrón confiable, y ya que está hecho nos salen con que ahora
se vote sin padrón, que casi el diez por ciento posible de votantes no se registren
previamente (CREA/Sesión pública de la Cámara de Senadores/formal) [temporal].
El día que lo conocí me di una peleada con él, ya que nos peleamos, entonces le
caí muy bien, eso sí (CEMC) [temporal].
Le pones sal, un poquito de royal, y ya que creas tú que está, agarras un vaso
con agua […] (CEMC) [temporal].
ya luego que está muy hirviendo, hirviendo, hirviendo, entonces se le pone bas-
tantito azúcar, muchito azúcar, ya que está resequito, entonces va sacando sea en
cuadritos o […] (CEMC) [temporal].
de ese que le nombramos chile negro, se muelen. Entonces ya que está molido con
su pimienta, su clavito, su ajito en manteca se moja en el chile, verdad?, luego
ya que tiene su carnita de pollo desmenuzadita […] entonces se le va poniendo
[…] (CEMC) [temporal].
son dos clases de manteca, las bates, ya que está bien batida la manteca, se la
pasas a […] (CEMC) [temporal].

Es importante señalar que el valor temporal de este nexo en México


no excluye el causal, aunque se trata en muchos casos de una causalidad
limítrofe con la temporalidad. Hay algunos casos en que se da la ambiva-
lencia interpretativa, como en los ejemplos siguientes:

15
Este corpus forma parte del Proyecto de Estudio de la norma culta de las prin-
cipales ciudades hispanoamericanas, que lleva el nombre de su creador, Juan M. Lope
Blanch, digitalizado posteriormente por Samper, Hernández y Troya (1998); será citado
como Macrocorpus.
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 89

consecuentemente, entonces, ya que me había iniciado compré libros en inglés y


toda la cosa (Macrocorpus, México, 6) [ temporal / causal].
Bueno se hacen estudios preliminares. Por ejemplo, de pruebas piloto, lo que…es
decir… ya que se tiene la formulación, se prueba en animales, para hacer pruebas
biológicas, si puede existir alguna irritación […] y se puede así en esa forma, pues
sacar un producto al mercado, ¿verdad?, ya que ha sido comprobado totalmente
de que funciona en el laboratorio (Macrocorpus, México, 9) [temporal / causal].

¿Cómo interpretar estos usos en la historia de la lengua? Asignarlos a


la segunda fase de variación, correspondiente a la modalidad (A), constituye
una conjetura más bien débil, dado que no hay muestras en la documenta-
ción vigente de que la alternancia esté en camino de eliminación a favor
de uno solo de los valores. No habría razón, pues, para interpretar este uso
como fase transitoria, aplicando el sentido estrecho de cambio consolidado.
Por otro lado, describirlo como arcaísmo o como fenómeno marginal o
externo a la historia del sistema español (como ha ocurrido) terminaría
siendo arbitrario y contrario a la realidad.
Sin embargo, estos datos adquieren sentido si se pone en juego la pers-
pectiva que he propuesto, en la medida en que esta permite reconocer el
desarrollo de sistemas de conocimiento paralelo no coincidentes entre los
hablantes de la misma lengua (esto es, distinta cognición de la invariación y
de la variación), en razón del carácter subjetivo / selectivo, que hemos seña-
lado como propio de la percepción. En lo que se refiere a nuestro ejemplo,
una parte de la comunidad del español, digamos, el espacio A, actualmente
solo conoce una invariante cuyo significado es causal. En este espacio, las
alternativas (segunda fase de variación), si bien existieron durante varios
siglos, se eliminaron a favor de una sola posibilidad invariante (como en la
primera modalidad), de modo que en este caso, desde una visión retroactiva,
podemos asegurar que se ha tratado de una fase transitoria, lo que avala la
importancia de diferenciar el sentido estrecho del cambio. Pero no podemos
decir lo mismo respecto del espacio B: aquí es la concurrencia de ambos
valores la que forma parte del sistema cognitivo estable de los hablantes;
es decir, estos no poseen una unidad invariante, en lo que atañe al signo
ya que. Y, más bien, disponen de una zona conceptual amplia, con zonas
borrosas que permiten la fluctuación y, por lo tanto, resulta tan natural
la aparición del valor causal como del temporal, valor este último que se
percibe como anómalo solamente si se parte del sistema cognitivo de la
variedad ajena. No obstante, percibir como anomalía la variedad del otro
resulta natural porque forma parte de un principio general de la percepción,
según el cual esta entra en juego cuando un uso no se reconoce como propio;
90 Rocío Caravedo

esto es, cuando es considerado ajeno por el hablante. En otras palabras,


la diversidad se percibe de modo sobredimensionado si se desvía del pro-
pio uso habitual. En estas circunstancias surge la valoración, bien positiva
bien negativa, si la forma distinta es asociada a un tipo de hablante, a un
grupo o a un estilo, de modo que termina siendo imitada o rechazada. En
cambio, el hablante que posee la forma en cuestión no la autopercibe, ni
es autoconsciente del uso distinto.
Resulta pertinente señalar que el hecho de que en el español de América
se herede a partir del siglo XVI la alternancia entre varios significados, no
ha implicado una evolución unitaria en todo el espacio americano, lo que,
dicho sea al pasar, va en contra de la concepción estereotípica del español
de América considerado en bloque. Así, por ejemplo, en lo que se refiere
al Perú, el otro Virreinato de la época, aunque en el XVI se daba también
el valor temporal junto con el causal, el temporal desapareció totalmente
del español hablado en este país, coincidiendo con la evolución del español
peninsular. En cambio, México (y esto vale para cualquier otro lugar en que
se mantenga el uso temporal) no ha corrido la misma suerte16.
El hecho de que en la misma comunidad lingüística en una parte se
haya producido un cambio hacia la invariación y, en la otra no, revela que
la percepción de las formas y, por lo tanto, la cognición tanto de la inva-
riación como de la variación de parte de los hablantes se ha diversificado
en relación con la misma lengua. En otras palabras, no se pueden tratar
ni el cambio ni la variación, ni siquiera la invariación, teniendo como
referencia un sistema uniforme. Resulta evidente la bifurcación cognitiva
entre los espacios hispánicos, la cual no guarda relación con la bipartición
español de España frente a español de América, que sigue siendo utilizada
de modo simplista. Si bien diacrónicamente se puede identificar un estadio
temporal coincidente en ambos espacios, las diferencias de percepción
social, que se han ido desarrollando de modo independiente sociocultu-
ralmente, se han concretizado en una evolución distinta, no solamente
en lo que a este fenómeno se refiere, sino a muchos otros más de orden

16
Aunque naturalmente en el siglo XVI en esta zona se presentaba el uso temporal
compartido con las demás zonas hispánicas, como se documenta en la entrada corres-
pondiente a ya, en Company y Melis (2002: 947): «[…] los conquistadores que estaban
quexosos, ya que [cursiva nuestra] se hallaron, pidieron liçencia al liçenciado Marcos de
Aguylar» (doc. 3, 3v, Ciudad de México, 1526). He encontrado datos adicionales en el
CORDE que corroboran la coexistencia de los valores temporales y causales en el siglo
XVI (cf. Caravedo 2016).
Variación y cambio desde una perspectiva sociocognitiva 91

sintáctico y léxico17. Por consiguiente, es fundamental tener en cuenta


la diversidad de patrones cognitivos en el espacio, no solo referidos a la
consabida variación, sino también a la invariación, a la hora de interpretar
los fenómenos particulares.
No obstante, la tendencia muy extendida en muchos estudios diacró-
nicos ha sido utilizar como referencia solo el valor de una parte de la
comunidad (en el ejemplo desarrollado, el causal), presentado como la fase
final del cambio, de modo que el otro queda no declaradamente, sino de
modo implícito, como marginal o, peor aun, desviado, lo que induce a una
asimetría analítica. El que los fenómenos sean subjetivos naturalmente no
implica que la percepción científica de ellos tenga que serlo. Si se parte del
principio de la subjetividad ontológica, no epistémica, de los fenómenos,
que hemos propuesto aquí, las diferencias de cognición social pasan a ser
características naturales, más que desviaciones del sistema. En la percep-
ción científica hay que cuidarse de que las diferencias diatópicas, en tanto
no cognitivas para el descriptor, terminen siendo consideradas diastráticas,
como sucede con tantos fenómenos propios de distintas regiones hispánicas,
no solo hispanoamericanas, sino también peninsulares, en que la unidad
de medida sigue privilegiando la cognición de una sola comunidad, en
este caso la castellana central. Es evidente que la evolución lingüística del
español se ha separado en puntos muy específicos del sistema (natural y
felizmente no en todos), produciendo resultados heterogéneos en cada uno
de los espacios sociales, en que se desenvuelven organizaciones diversas
con sus propios moldes perceptivos transmitidos de generación en gene-
ración, y modificados de modo independiente. Este ejemplo, que no es el
único en la evolución (hay muchos otros en diferentes planos lingüísticos,
que tendrían que redescubrirse o reinterpretarse con otra óptica), permite
ver hasta qué punto se deben tener en cuenta en el análisis diacrónico de
los fenómenos los distintos modos de percepción social.
¿Por qué en unas sociedades se perciben fenómenos que pasan desaper-
cibidos en otras, aun cuando poseen idéntica fisonomía material? ¿Por qué

17
Cf. la posición de Bustos Tovar (2012: 211) en relación con la historia de la lengua,
que sería compatible con un enfoque sociocognitivo como el aquí presentado. Textual-
mente: «Una semántica histórica con base cognitiva (lo que obliga a conocer el universo
ideológico, social, cultural económico, etc.) y pragmática es indispensable para ir comple-
tando la historia del español en el XVI (podría decirse también de otras épocas críticas de
la historia de la lengua española). El marco del análisis discursivo, en cuanto interacción
de procesos ideológicos y lingüísticos será indispensable para realizar esta tarea». Para una
propuesta centrada en la pragmática, véase Ridruejo (2002).
92 Rocío Caravedo

ciertas alternativas del sistema no han evolucionado en una dirección, mien-


tras que otras sí, a pesar de que los fenómenos comparten características
objetivas y hasta entornos lingüísticos idénticos? ¿Qué específicas circuns-
tancias han conducido a un cambio de dirección perceptiva en los diferentes
espacios, y a la consiguiente asunción de un nuevo conocimiento? Son pues
cuestiones relevantes, pendientes de respuesta si se incorpora la dimensión
sociocognitiva, como principio descriptivo si no explicativo, en la reflexión
sobre la invariación y la variación de las lenguas.

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Ponencias
La expresión de la irrealidad condicional:
hubiera dado vs. habría dado

José Antonio Bartol Hernández


Universidad de Salamanca

Resumen. En el presente trabajo se analiza la evolución del uso de las formas


verbales hubiera dado y habría dado en la apódosis de las condicionales irreales,
es decir, con valor dedissem. Para ello, hemos confeccionado un corpus con las
documentaciones que de las dos formas verbales aparecen con este valor en el
CORDE desde el siglo XIII hasta mediados del siglo XIX. En el análisis se presta
atención a las prótasis con las que se combinan (forma y significado).
Palabras clave. Sintaxis histórica, oraciones condicionales.

Abstract. This paper will deal with the evolution of the use of the verb forms
hubiera dado and habría dado in the main clause (apodosis) of unreal conditional
sentences in Spanish, that is, those with DEDISSEM value. To this end, we have
prepared a corpus with the appearances that these two verb forms have with this
particular use in the CORDE from the thirteenth century to the mid-nineteenth
century. In this analysis, we will pay attention to the subordinate clauses (protasis)
with which they combine (form and meaning).
Keywords. Historical syntax, conditional sentences.

1. Introducción
1.1. Exposición del tema
En la actualidad la expresión de la irrealidad referida al pasado (dedis-
sem) está reservada de forma casi exclusiva a las formas verbales habría
dado y hubiera dado. Y en la variación entre una y otra parece que es
la forma habría dado la que cuenta con mayor uso cuando se trata de la
irrealidad condicional. Así lo pone de manifiesto el estudio de De Sterck
(2000: 215):
100 José Antonio Bartol Hernández

Aunque las formas en -ria, -ra, -se con el verbo haber (con participio de pasado)
en contextos de indicativo (condicional) son equivalentes desde el punto de vista
cualitativo, cabría precisar que en términos de frecuencia la variación entre ellas
no es libre, sino que el factor apódosis propicia el uso de -ría, desfavorece el uso
de -ra y rehúye el uso de -se (cursiva mía).

Ahora bien, esta situación de uso es muy moderna. A lo largo de la


historia de nuestra lengua el contenido dedissem ha sido expresado, ade-
más de por las dos formas verbales ya mencionadas, por otras como daría,
diera, daba, había dado, diese, da, diste o hubiese dado. Algunas de las
cuales, en especial las tres primeras, han tenido un gran protagonismo en
determinadas épocas.
En esta intervención me centraré en la evolución de los usos dedis-
sem de hubiera dado y habría dado desde el siglo XIII a mediados del
XIX, época esta en la que como veremos se va conformando el uso actual.
1.2. El corpus
Para realizar este estudio he confeccionado un corpus con los ejemplos
que de estas dos formas verbales aparecen en el CORDE. Hasta 1600 he
tenido en cuenta todas las documentaciones; a partir de 1601 solo las de
España, debido a la gran cantidad de apariciones de la forma hubiera dado.
Ante las peculiaridades de esta investigación, no me valía la creación de
un corpus basado en un muestreo por muy representativo que este pudiera
ser, ya que corría el riesgo de que los usos poco frecuentes (como los de
habría dado con valor dedissem en algunas épocas) no fueran detecta-
dos. Era necesario, por ello, utilizar un corpus lo más amplio posible para
que, mediante un método de cribado pudieran manifestarse el máximo de
documentaciones, y tuviéramos así un panorama más ajustado a la realidad.
El CORDE de la RAE es el banco de datos que me ha parecido más
idóneo por su amplitud.
1.3. Terminología
Me referiré a los tipos de oraciones condicionales mediante los esque-
mas latinos más frecuentes para su expresión. Así, hablaré de condicionales:
— si haberem, dedissem. Aquellas en las que la prótasis se refiere
al presente (un presente pancrónico, general) y la apódosis al pasado: «si
tuviera dinero, me habría comprado el coche».
— si habuissem, dedissem. Las condicionales en las que tanto
prótasis como apódosis se refieren al pasado: «si hubieras ido al cine, te
habría gustado la película».
Soy consciente de que la diferencia entre un tipo y el otro no siempre
está clara en los textos. Lo que llevó a investigadores como Mendeloff
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 101

(1960) a juntar los dos tipos en el segundo. Yo mantendré la distinción,


aunque en algunos casos tendré que recurrir al rótulo de dudosas, que
deben entenderse como casos en que he sido incapaz de decantarme por
uno u otro tipo de condicionales.
Para finalizar este preámbulo, es de justicia que diga que mi exposi-
ción debe mucho, como se verá, a autores como Mendeloff (1960), Rojo/
Montero (1983), Montero (1989), Keniston (1937) y Nowikow (1993),
entre otros.

2. Siglo XIII
En la primera mitad del siglo XIII (Rojo/Montero 1983), daría es
con un 52,5% de uso la forma verbal más utilizada para expresar la idea
dedissem. Diera es con un 28,6% la segunda. Las dos formas compuestas
hubiera dado y habría dado representan, respectivamente, el 10,6% y el
6,5% de los usos. Entre todos los esquemas utilizados para los dos tipos de
condicionales, si haberem, dedissem o si habuissem, dedissem,
destaca si tuviese, daría con 56 documentaciones, un 46% del total1.
Los datos de la segunda mitad del siglo cambian considerablemente
(cf. Rojo/Montero 1983; periodos 1251-1284-1325). La forma más fre-
cuente para la expresión dedissem es diera (77,6%), seguida muy lejana-
mente de hubiera dado (11,2%); daría, por su parte, solo alcanza un 5,7%
(7 ejemplos). Habría dado no aparece2.
Los datos sobre el uso de hubiera dado y habría dado en el siglo XIII
que he obtenido en el CORDE los podemos ver en el siguiente cuadro:

1
Ahora bien, ya hace tiempo (Bartol 1989) señalé mi opinión de que en algunos de los
ejemplos mencionados daría se refiere al presente (darem) y no al pasado (dedissem).
Si estoy en lo cierto, ello supondría rebajar el porcentaje de daría, pero no cambiaría el
hecho de que daría y diera son las formas verbales preferidas en este periodo.
2
Semejantes son los datos que podemos extraer de Mendeloff (1960), aunque en este
caso trata de forma conjunta los siglos XII y XIII, y no establece etapas en este último:
daría 45,4%; diera 36,8%; hubiera dado 6,13% y habría dado 4,9%.
102 José Antonio Bartol Hernández

Prótasis hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiese tenido 10 8
Si hubiera tenido 3
Si tuviese 16 3
Si tuviera 6
Si 0 12 1
Total 47 12
SI HABEREM Si tuviese 4 4
Si 0 1
Total 4 5
TOTALES 51 17
PORCENTAJES 75% 25%
Cuadro 1. Hubiera dado / habría dado. Siglo XIII.

Desde el primer momento, como ya se apreciaba en los datos de Rojo/


Montero, la forma compuesta en -ra supera claramente en el uso a habría
dado (reparto de uso 75%/25%); especialmente en las condicionales si
habuissem, dedissem.
Hubiera dado aparece en un buen número de textos, y de tipología
variada: junto a los textos en verso de Berceo, el Libro de Apolonio o el
Libro de Alexandre —obra en la que la relación de uso de las dos formas
compuestas es de 10/6 a favor de hubiera dado—, también se encuentra en
textos históricos en prosa como la Estoria de España o la General Estoria.
Los 17 ejemplos de habría dado, en cambio (Bartol 2012), se circuns-
criben a 11 obras, la mayoría obras en verso de la primera mitad del siglo.
No aparece en las obras alfonsíes3.
En cuanto a la prótasis con la que se combinan estas apódosis, hay que
señalar que hubiera dado se combina tanto con prótasis en -se (77%)4,
como en -ra (23%); y tanto con formas simples (obligatorias para habe-

3
Soy consciente de que algunos ejemplos presentan dudas debido, por un lado, a los
problemas de transmisión y/o edición de los manuscritos; por otro a los problemas de inter-
pretación derivados de la polisemia de los verbos haber y ser (cf. Bartol 2012). En todos
los casos, he preferido mantener la adscripción cronológica que aparece en el CORDE,
contrastada con lo que se señala en el Diccionario filológico de literatura medieval. Textos
y transmisión. Además, el uso de habría dado en los siglos XIV y XV no hace pensar que
pueda haber habido influencia de la norma de estos siglos sobre los textos copiados del XIII.
4
A diferencia de lo que será norma en los siglos siguientes.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 103

rem) como con compuestas, con preferencia por aquellas, incluso cuando
se refieren al pasado (22/13).
Habría dado, por su parte, presenta un uso más restringido, ya que solo
se combina con prótasis en -se, una característica que veremos hasta el siglo
XIX. Y prefiere las formas compuestas a las simples (8/2) en la prótasis.

3. Siglo XIV
En este siglo, según los datos que nos proporcionan Mendeloff (1960)
y Rojo/Montero (1983), el valor dedissem se expresa casi de forma exclu-
siva por medio de la forma verbal diera (83% de casos en el primero; el
93 % de 1326 a 1400 en los segundos).
De hubiera dado Rojo/Montero señalan tres ejemplos: dos en El Caba-
llero Zifar (primera mitad) y uno en Otas de Roma (segunda). Mendeloff,
por su parte, señala algunos ejemplos de dabas, diste, dieses y de darías.
Los datos obtenidos en el CORDE sobre el uso de las dos formas com-
puestas pueden verse en el siguiente cuadro:

Prótasis hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiese tenido 1
Si hubiera tenido 2
Si tuviese 2 2
Si tuviera 11
Si 0 16
Total 32 2
SI HABEREM Si tuviese 1
Si tuviera 2 1
Si 0 1
Total 4 1
DUDOSAS Si tuviera 1
Si 0 1
TOTALES 38 3
PORCENTAJES 92,6% 7,31%
Cuadro 2. Hubiera dado / habría dado. Siglo XIV.

Lo primero que destaca es el poco uso de ambas formas verbales (38/3),


en especial de habría dado, hecho que hay que relacionar con el abrumador
predominio de la forma diera.
104 José Antonio Bartol Hernández

En segundo lugar, en este siglo aumenta la ventaja en el uso de hubiera


dado sobre habría dado (92,7%/7,3%). Parece claro que se estaban impo-
niendo las formas verbales en -ra.
Los tres usos de habría dado pertenecen (Bartol 2012b) a tres obras:
la Crónica del moro Rasis, traducción del árabe (Historia de los Reyes de
Al-Andalus, de Ahmad ibn Muhammad al-Razi) realizada en la primera
mitad del XIV (cf. Gómez Redondo 2002); la Crónica de Alfonso X de
Fernán Sánchez de Valladolid escrita a mediados de siglo; y el Diálogo
de Epicteto y el emperador Adriano, traducción del latín de hacia 1400.
La mayoría de las 38 apariciones de hubiera dado se dan en obras de
la primera mitad del siglo (Libro del cavallero Cifar, Cuento muy fermoso
de Otas de Roma (traducción), Libro de los estados, Crónica de los veinte
Reyes, Gran Crónica de Alffonso XI). Los cuatro ejemplos de la segunda
mitad se concentran en torno al año 1400 y en todos los casos se trata de
traducciones, algunas de ellas conservadas en códices del XV, por lo que
he estado dudando si incluirlas en este siglo o en el siguiente5.
En cuanto a las prótasis, las dos formas verbales se combinan en la
mayoría de los casos con formas simples en la prótasis (17/4 con hubiera
dado y 3/0 con habría dado), incluso en los casos de referencia al pasado
(13/4 hubiera dado y 2/0 con habría dado).
Así mismo, la apódosis en hubiera dado manifiesta una clara preferen-
cia por las prótasis en -ra (16/4), mientras que habría dado las prefiere
en -SE (2/1).
Hay que señalar, para terminar el análisis de este siglo, que en los
cuadros anteriores no se han tenido en cuenta los usos que aparecen en
las obras del aragonés Fernández de Heredia, que como ya he señalado en
otra ocasión (Bartol 2012b) se desvía en este aspecto de lo que podríamos
considerar como la norma castellana. En sus obras recogidas en el CORDE

5
Tratado de plantar o enjerir árboles o de conservar el vino. BNM. Ms. 10211
(1385-1407). La edición del CORDE fue realizada por Pedro Sánchez Prieto. Traducción
de la obra latina en torno a 1300 de un tal Godfridus, De plantationibus arborum et de
conservatione vini (cf. Martí Escayol 2009: 131-164). Esta autora dice que es un texto
castellano aragonés de entre 1385 y 1407.
Biblia romanceada. Real Academia de la Historia, 87 (ca. 1400). Códice de media-
dos del XV, la primera mano; la segunda de la segunda mitad (cf. Sánchez Prieto 2002).
Traducción de las Décadas de Tito Livio (Pero López de Ayala, ca. 1400). Se sigue la
edición de Curt J. Wittlin, Barcelona, Puvill, 1982. Es una traducción de un texto francés
con la ayuda del texto latino (cf. Wittlin 1999: 233-240).
Biblia ladinada I-i-3 (ca. 1400). Códice del siglo XV.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 105

he encontrado 167 casos de habría dado, frente a solo 11 de hubiera dado


(93,8%/6,2%).
Los datos de las obras de Fernández de Heredia son muy diferentes
también en lo que atañe a las prótasis con las que se combinan las dos for-
mas verbales. Por un lado, hay una clara preferencia de habría dado por las
formas compuestas para la expresión habuissem. Por otro, se prefieren
las prótasis en -se tanto con hubiera dado como con habría dado.

4. Siglo XV
La expresión de dedissem está ligada en el siglo XV, según los datos
de Mendeloff (1960), a la forma verbal diera (84,6%). También documentó
casos esporádicos de daría (3), daba (2) y hubiera dado (1).
Mis datos sobre el uso de las formas compuestas en la apódosis son
los siguientes:

Prótasis hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiese tenido 21 10
Si hubiera tenido 28 1
Si tuviese 2 2
Si tuviera 30 5
Si 0 8 2
Con poco que hubiese tenido 1
Salvo por 2
En otra manera 1
Total 93 20
SI HABEREM Si tuviese 8 9
Si tuviera 9 1
Si tenía 1
Si 0 1 1
Total 18 12
TOTALES 111 326
PORCENTAJES 77,6% 22,4%
Cuadro 3. Hubiera dado / habría dado. Siglo XV.

6
Quedan fueran de este cómputo tres casos de habría dado en condicionales no
irreales, otros cuatro casos dudosos en la interpretación de apódosis sería muerto y uno
de sería fallescida (Bartol 2012b).
106 José Antonio Bartol Hernández

Lo más destacable es el aumento en el uso de habría dado respecto


de su rival, que le lleva a un porcentaje de uso similar al del siglo XIII. En
Bartol (2012b) relacioné este aumento con dos hechos: por un lado, con las
traducciones (ya hemos visto algunos casos en los siglos anteriores), que
favorecen la aparición de habría dado; por otro, con el origen oriental de
los autores (también se aprecia en los siglos XIII y XIV).
Ahora bien, el primero de los hechos no es exclusivo de la forma habría
dado, también se aprecia en los usos de hubiera dado, como ya hemos
señalado en el XIV y también se puede ver en el siglo XV.
Utilizan habría dado con valor dedissem un importante grupo de
autores en obras de temática variada7. Hubiera dado aparece también en
una gran variedad de textos, entre los que destacan las crónicas8 y las tra-
ducciones (doce de los textos en los que aparece lo son)9.
Lo más frecuente es que en los textos en que se documenta habría
dado también aparezca hubiera dado y que esta supere a la otra en número
de documentaciones. Tal es el caso, por ejemplo, de Homero Romanzado
(Juan de Mena, 5/1), Historia de la linda Melosina (10/1). Ahora bien, es
de destacar la existencia de un grupo de obras en las que habría dado es
más utilizada que hubiera dado, bien porque esta última no se documenta
—Cancionero Juan Fernández de Íxar, Libro de las paradojas (El Tostado),
Laberinto de Fortuna (Juan de Mena), Refundición de la Crónica del Hal-
conero (Lope Barrientos), Cárcel de Amor (Diego de San Pedro), Católica
impugnación del herético libelo (Fray Hernando de Talavera), Catilina

7
Rodríguez del Padrón (Bursario), El Tostado (Libro de las paradojas), Antón de
Zorita (Árbol de batallas), Juan de Mena (Homero romanzado, Laberinto de fortuna), Gar-
cía de Salazar (Istoria de las bienandanzas), Hernando del Pulgar (Crónica de los Reyes
Católicos), Garci Rodríguez de Montalvo (Amadís de Gaula I y II), Diego de San Pedro
(Cárcel de Amor), Fray Hernando de Talavera (Católica impugnación del herético libelo),
Vidal de Noya (Catilina), Fray Vicente de Burgos (Traducción del Libro de Propietatibus)
o García de Santa María (Traducción de la Corónica de Aragón).
8
Crónica de Don Álvaro de Luna, Crónica incompleta de los Reyes Católicos, Cró-
nica de los Reyes Católicos (Hernando del Pulgar), Crónica de Enrique IV, Crónica de
los Reyes Católicos (Alonso de Santa Cruz).
9
Lope de Ayala, Caída de príncipes; Traducción de Lanzarote del Lago; Alonso de
Cartagena, Traducción de De Officiis de Cicerón; Juan Rodríguez del Padrón, Bursario;
Enrique de Villena, Traducción y glosas de la Eneida. Libros I-III; Antón de Zorita, Árbol
de batallas, de Honoré Bouvet; Juan de Mena, Homero romanzado; Traducción de las
donas de Francesc Eiximenis; Traducción de la Teseida de Boccaccio; Fray Alonso de San
Cristóbal, Libro de Vegecio de la caballeria; Alonso de Palencia, Tratado de la perfección
del triunfo militar; Fray Vicente de Burgos, Traducción del Libro de Propietatibus Rerum.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 107

(Vidal de Noya), Traducción de la Corónica de Aragón (García de Santa


María), etc.— bien porque la supera en documentaciones (Documentación
medieval de la Corte del Justicia de Ganaderos de Zaragoza 1472-1479,
3/1). En la mayoría de los casos se trata de una o dos documentaciones.
En lo relativo a las prótasis, hay que señalar un aumento de las formas
compuestas, que superan a las simples en la expresión habuissem (61,7%
con hubiera dado; 61% con habría dado). Por otro lado, mientras que
hubiera dado se sigue combinando mayoritariamente con prótasis en -ra
(67,7%), la forma habría dado sigue prefiriendo las prótasis en -se (75%).
Finalmente, ya en este siglo encontramos oraciones irreales introdu-
cidas por nexos diferentes a si. Pero solo con apódosis en hubiera dado:
(1) ¡ E cómmo serás sañudo contra ty mismo quando verás que, con poca de pena,
de penitençia que ouieses pasada en esta vida, ouieras rredemido de toda la
pena del infierno! (1448. Traducción del Libro de las donas de Francesc
Eiximenis).
(2) E antes que le preguntasen por qué non lo pusieron en obra, da causa d’ello,
diziendo que lo ovieran fecho, salvo por el fortunado tiempo que los destorvó
(1427-1428. Enrique de Villena, Traducción y glosas de la Eneida. Libro I).
(3) E a seis días de marzo del año siguiente entregaron al Rey el reyno de Cas-
tilla, e fizieron grandes fiestas e torneos e justas; las quales ouieran sido más
alegres e mayores, e duraran más, saluo por aver seído ferido en la justa don
Álvaro de Luna (ca. 1453. Crónica de Don Álvaro de Luna).
(4) La primera, que fue rreuelado a los Santos Apóstoles La primera, quando
lo mudaron por espeçial rreuelaçión del Santo Espíritu, que en otra manera
non lo ouieran osado mudar (1448. Traducción del Libro de las donas de
Francesc Eiximenis)10.

5. Siglo XVI
La expresión dedissem en este periodo sigue ligada fundamental-
mente a la forma verbal diera, que según los datos de Keniston (1937) tiene
un porcentaje de uso del 87%; mientras que en la investigación de Nowikow
(1993) el porcentaje es de 80,95%. Los dos autores señalan que la segunda
forma verbal en importancia de uso es daba (8,6% en Keniston y 7,1% en
Nowikow). El uso de las formas compuestas (habría dado y hubiera dado)
es, según los dos estudiosos, escaso. Keniston no documenta el condicional
compuesto, mientras que Nowikow encuentra solo tres ejemplos (0,9%). El
pluscuamperfecto de subjuntivo aparece en cuatro ocasiones en el análisis

10
Un ejemplo anterior, del siglo XIV, en las obras de Fernández de Heredia.
108 José Antonio Bartol Hernández

del norteamericano (2,2%), y algo más en el del polaco (18, 5,3%). El


porcentaje en la segunda mitad del siglo es algo superior (5,6%).
El cuadro siguiente refleja las documentaciones que he encontrado en
el CORDE 11:

Prótasis hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiese tenido 17 11
Si hubiera tenido 141 2
Si tuviese 3 1
Si tuviera 159 7
Si tuvo 1
Si 0 13 2
Cuando hubiese tenido 1
En caso de que tuviese 1
A tener 11
A haber tenido 3
De tener 1
Teniendo 1
De otra manera 4
En tal caso 2
Sino que 1
Sin 1
Total 357 26
SI HABEREM Si tuviese 25 32
Si tuviera 130 7
Si 0 17 1
Cuando tuviera 1
Como tuviese 1
Que tuviese 1
A tener 11
Teniendo 2
De otra manera / Otramente / 3 211
De otra suerte

11
Si 0, habría dado en Bartol (2012b).
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 109

Sin 1
Sino / Salvo por 2
Total 192 44
DUDOSAS Si tuviera 18
Si tuviese 1 2
Si 0 2
Sino por 1
A tener 1
Teniendo 1
Total 24 2
TOTALES 573 72
PORCENTAJES 88,8% 11,2%
Cuadro 4. Hubiera dado / habría dado. Siglo XVI.

Se aprecia un aumento notable de la diferencia de uso de las dos for-


mas verbales a favor del pluscuamperfecto de subjuntivo. Ahora bien, si
analizamos los datos por autores y/u obras, podemos sacar algunas con-
clusiones importantes.
Existe, como es obvio dados los datos del cuadro anterior, un buen
número de obras que prefieren el uso de hubiera dado. Es el caso, por
poner unos ejemplos, de Juan Boscán en su Traducción del Cortesano
de Castiglione (1534), que utiliza siete veces hubiera dado por solo una
de habría dado; el de Diego Ortúñez de Calahorra, Espejo de príncipes y
caballeros [El caballero del Febo], 1555 (40/9); o el de Jerónimo Zurita,
Anales de la Corona de Aragón, 1579 (29/1).
En otros casos encontramos un uso más igualado entre las dos formas
verbales. Por ejemplo, Juan de Valdés en su Diálogo de la lengua (1535-
1536) utiliza una vez cada una; lo mismo que hace Lope de Rueda en su
obra Pasos (1545-1565); Juan Pérez en Breve tratado de doctrina (1560) las
utiliza en tres ocasiones; Jerónimo de Urrea en la Traducción de «Orlando
furioso» de Ludovico Ariosto (1549) emplea quince veces hubiera dado
por trece de habría dado.
Finalmente, hay un grupo de diez obras en las que solo se usa el
condicional compuesto con valor dedissem. El número de ejemplos es,
sin embargo, pequeño. Un ejemplo de habría dado (ninguno de hubiera
dado) he documentado en las siguientes obras: Historia de las Indias (Fray
Bartolomé de las Casas, 1526-1527), La lozana andaluza (Francisco Deli-
110 José Antonio Bartol Hernández

cado, 1528), Colloquio de Antronio y Magdalia (Alfonso de Virués, 1532),


Colloquio de Erasmo (Luis Mejía, 1532), Summa de Philosophia natural
(Alonso de Fuentes, 1547). Dos ejemplos encontramos (ninguno de hubiera
dado) en Diálogo de Mercurio y Carón (Alfonso de Valdés, 1529), Batallas
y quinquagenas (Gonzalo Fernández de Oviedo, 1535) y Plática manual de
artillería (Luis Collado, 1592). Tres en Los siete libros de Diana12 (Jorge
de Montemayor, 1559) y en Diálogo de la verdadera honra militar (Jeró-
nimo de Urrea, 1566). La obra en la que más casos he encontrado (7) es la
Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo,
que se convierte así en el autor del XVI que más utiliza habría dado con
valor dedissem.
Entre las obras que utilizan habría dado destacan, una vez más, las
traducciones y/o la relación con Italia de la obra o de los autores. Entre
las primeras, además de las ya señaladas, están también la Instrucción de
la mujer cristiana, traducida por Juan Justiniano (1528) del libro de Juan
Luis Vives escrito entre 1524-1528, y la Traducción de la Historia etiópica,
de Fernando de Mena.
La relación con Italia se manifiesta de dos maneras: bien en que los
autores pasaron temporadas importantes de su vida en Italia, bien en que
la obra fue publicada en ese país.
Ambas situaciones aparecen en Francisco Delicado, que vivió en Italia
y cuya obra La lozana andaluza se publicó en Venecia; o en el portugués
Jorge de Montemayor, autor de Los siete libros de Diana, que pasó sus
últimos años en Italia. En Venecia y en Valencia se imprimió por primera
vez la obra hacia 1559. También está en esta situación el militar y escri-
tor aragonés Jerónimo de Urrea, que vivió en Italia largas temporadas13.
También vivió en Italia Juan de Valdés y allí escribió su obra Diálogo de
la lengua.
Entre los que vivieron en Italia podemos citar también a fray Bartolomé
de las Casas, Gonzalo Fernández de Oviedo y Francisco López de Gómara.
La forma hubiera dado, como hemos visto en otras épocas, no tiene
tantas restricciones de uso, y aparece tanto en obras de caballería, en las
que es muy frecuente (Tristán de Leonís, Palmerín de Olivia, Traducción

En esta obra aparece un caso de hubiera dado.


12

De este autor aragonés se recogen tres obras en el CORDE: Diálogo de la verda-


13

dera honra militar, publicada en Venecia en 1566; la traducción de Orlando furioso de


Ludovico Ariosto (1549); y Primera parte del libro del invencible caballero don Clarisel
de las Flores. Solo en esta última no aparece habría dado.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 111

de Tirante el Blanco…, Floriseo), como en crónicas, cartas, pleitos, come-


dias, libros de geografía, traducciones, cancioneros, obras de religión… La
utilizan todo tipo de autores: Boscán, Fray Antonio de Guevara, Cristóbal
de Villalón, Fray Luis de Granada, Juan de Valdés, Teresa de Cepeda y
Ahumada, Timoneda, Bernal Díaz del Castillo, San Juan de la Cruz, Gón-
gora, Fray Luis de León, Miguel de Cervantes, Quevedo, Vicente Espinel,
Lope de Vega, Mateo Alemán.
En cuanto al uso en la prótasis de las formas simples o compuestas,
vemos que con habría dado se siguen prefiriendo las formas compuestas
cuando se refieren al pasado (58,3%/41,7%). Con hubiera dado se aprecia
un aumento de las formas compuestas que prácticamente igualan a las
simples (48,1%/51,9%).
Con hubiera dado en la apódosis siguen predominando las prótasis
en -ra (tuviera, hubiera tenido 90,7%), mientras que con habría dado el
predominio es de las prótasis en -se (75%).
En cuanto a los tipos de prótasis, lo que llama más la atención es el
gran aumento de las prótasis que se combinan con estas formas verbales de
valor dedissem (15 prótasis diferentes con hubiera dado; 11 con habría
dado). Encontramos por primera vez casos de construcciones de preposi-
ción + infinitivo: a tener, utilizada tanto con valor de pasado como con
valor de presente, a haber tenido (pasado), de tener (pasado). Todas ellas
con apódosis en hubiera dado. También algún ejemplo de teniendo, y de
prótasis introducidas por conjunciones diferentes de si: cuando, como, que,
en caso de que…
(5) y las cintas no se pudieron romper porque eran de fibra de cáñamo crudo;
y el guardabrazo le hubiera caído completamente a no ser por el cor-
dón de seda (1517. Anónimo, Traducción de Tirante el Blanco de Joanot
Martorell).
(6) Informar a S. M. cómo, a no haber suscedido las cosas en el Perú de tan
mala disistión después que Vaca de Castro vino a las gobernar, que segund
la diligencia que he tenido y maña que me he dado en hacer la guerra a los
indios y en enviar por socorro, e lo que ha gastado e perdídoseme por este
efecto, hubiera descubierto, conquistado y poblado hasta el Estrecho de
Magallanes e Mar del Norte, e hobiera ya en esta tierra dos mill hombres
más de los que hay para lo poder haber efetuado (1550. Pedro de Valdivia,
A sus apoderados en la Corte [Cartas que tratan del descubrimiento y
conquista de Chile]).
(7) Y fue esta victoria tal que con ella se alcanzó la paz y reposo de aquel reino
por haberse cerrado el camino que ningún potentado de Italia pudiese preten-
der como hubiera podido de poner la mano en aquel reino con el favor del
112 José Antonio Bartol Hernández

marqués y de la parcialidad que le seguía (1579. Jerónimo Zurita, Anales de


la Corona de Aragón. Segunda parte).
(8) E porque soy cierto que, siendo su Santidat informado de la verda, no huuiera
atorgado el dicho jus patronado al dicho arcobispo de Saliz, vos ruego y
mando que, por virtut de la creença que vos inuio, le fagays larga relacion de
todo lo sussodicho (1501. Anónimo, Don Fernando al embajador en Roma,
exponiendo que Vicente Jaquinto…).
(9) ni asimismo puedo entender que el Zubiaur tenga comunicacion con ninguno
destos Ministros para habérselo asegurado, porque estoy cierto que cuando
fuera así me hubiera advertido dello (1581. Bernardino de Mendoza, Carta a
su Majestad [Cartas relativas a Bernardino de Mendoza]).

6. Siglo XVII
El estudio realizado por Nowikow (hasta 1662) nos muestra que durante
el siglo XVII la expresión dedissem estuvo ligada a las siguientes formas
verbales:
— diera sigue siendo la forma verbal preferida para la expresión
dedissem. Hasta 1662 esta forma verbal alcanza el 71,3% de uso; lo que
supone un descenso significativo (7 puntos) respecto del siglo anterior.
— hubiera dado constituye la gran novedad. Por primera vez alcanza
un porcentaje de uso superior al 20% (20,7%).
Y es que algo estaba cambiando, como se manifiesta más claramente
si nos centramos en la última etapa de las analizadas por Nowikow (1641-
1662) y el periodo 1663-1700 analizado por Bartol (2005, 2006). En el
periodo 1641-1662 el uso de hubiera dado ya alcanza el 30,3% de los
empleos (frente al 61,8% de diera). Y en el periodo 1663-1700 hubiera
dado ya supera a diera en el uso dedissem con un porcentaje del 55%
(frente al 37% de diera). Parece, pues, que asistimos al final de un pre-
dominio que se inició en la segunda mitad del XIII y que llegó a alcanzar
porcentajes superiores al 80%.
Los datos que nos ofrece el CORDE (solo España) sobre el uso de
hubiera dado / habría dado son los siguientes:

Esquema hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiese tenido 8 1
Si hubiera tenido 178 1
Si hubiere tenido 1
Si tuviese 2
Si tuviera 93 3
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 113

Si tiene 2
Si tenía 1
Si 0 1
Sin que hubiera tenido 1
Como hubiera tenido 1
A tener 21
A haber tenido 32
De tener 1
De haber tenido 1
De otra manera 4
Otro modo 1
Sin 6
Total 255 5
SI HABEREM Si tuviese 4 4
Si tuviera 160 1
Si 0 2
A tener 44
Teniendo 1
De otra manera / suerte 5
Sin 3
Total 217 5
DUDOSAS Si tuviera 20
A tener 12
De otra manera 1
Sin 1
Total 34 –
TOTALES 601 10
PORCENTAJES 98,4% 1,6%

Cuadro 5. Hubiera dado / habría dado. Siglo XVII.

El aumento del uso de hubiera dado al que nos hemos referido supuso
como contrapartida, el descenso de la otra forma compuesta, que obtiene el
porcentaje de uso (respecto de hubiera dado) más bajo de toda la historia
del español (98,4%/1,6%).
114 José Antonio Bartol Hernández

Habría dado prácticamente desaparece de los textos. Solo he encon-


trado diez ejemplos14. Pero aunque son muy pocos, creo que paradógi-
camente demuestran la pervivencia en el habla de habría dado para la
expresión dedissem.
Dos de los ejemplos los encontramos en la obra de Sebastián de Cova-
rrubias, Suplemento al Tesoro de la lengua española castellana (1611) y
se trata de traducciones:
(10) P
 linio lib. 7, cap. 28, De fortitudine dice estas palabras: Haud minora forent
Manlio Capitolini decora, ni perdidisset illa exitu vitae [y no habrían sido
menores los honores para Manlio Capitolino si no los hubiese perdido con
el fin de su vida (VII.28.103)] (1611. Sebastián de Covarrubias, Suplemento
al Tesoro de la lengua española castellana)15.

Otra obra en la que aparece habría dado es el Vocabulario de refranes


y frases proverbiales (1627) de Gonzalo Correas: «Si tal fuese lo rroto
komo lo deskosido, no avría nada perdido». En esta obra no he encontrado
ningún ejemplo de hubiera dado.
Otros autores, con obras de diferentes temas, que utilizan el condicional
compuesto en la apódosis son: Luis Cabrera de Córdoba16 en Relación de
las cosas sucedidas (1) y en Historia de Felipe II, rey de España (1, pero
dieciocho casos de hubiera dado); Francisco de Luque Fajardo, en el tra-
tado Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos (1603), un ejemplo de
habría dado, ninguno de hubiera dado; Pedro de Valencia, Discurso acerca
de la moneda de vellón (1605), un ejemplo de habría dado, ninguno de
hubiera dado; Miguel de Cervantes Saavedra (1613), El celoso extremeño,
un ejemplo de habría dado, otro de hubiera dado; Diego de Saavedra
Fajardo, República Literaria (1613-1640), un caso de habría dado, otro
de hubiera dado; finalmente, Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo,
un caso de habría dado frente a dieciséis de hubiera dado.
Con la apódosis en hubiera dado lo normal es que la prótasis también
se exprese con una forma -ra (97%). Los pocos ejemplos de habría dado
se reparten entre prótasis en -se y prótasis en -ra.
Por otro lado, aunque todavía es frecuente el uso en la prótasis de for-
mas simples para expresar pasado, ya es mayoritario el empleo de formas

He documentado otros cinco ejemplos de habría dado con valor dedissem, no


14

condicionales (Bartol 2012a).


15
En la misma obra utiliza en una ocasión hubiera dado para expresar dedissem.
También es una traducción.
16
Vivió en Nápoles como escribano del Gran Duque de Osuna.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 115

compuestas (61,2%/38,8% con hubiera dado). En el caso de habría dado,


los pocos ejemplos presentan gran igualdad.
En las prótasis vemos la consolidación de la construcción a + infinitivo
(110 casos, 18,67% de las hubiera dado), solo por detrás de las prótasis en
hubiera tenido o tuviera. De + infinitivo solo aparece dos veces:
(11) d e manera que no resolvió quedarse desta parte de la villa, que de hacerlo
hubiera imposibilitado con mucha facilidad los socorros de que el fuerte
necesitaba (1635. Duque de Lerma, Copia de carta del duque de Lerma
para S. M. de Goch).

También son de destacar los usos de de otra manera, modo, suerte que
alcanzan en conjunto once ejemplos:
(12) E
 s propio de la sabiduría y poder de Dios, tratar con la misma certeza lo
futuro, que lo presente, y poner nombre a las cosas que son, y a las que no
son: (como dixo san Pablo) de otra manera huviera sido imprudente acuerdo
repartir las heredades antes de conquistar la tierra (1612-1625. Fray Juan
Márquez, El gobernador cristiano).

7. Siglo XVIII
Según los datos de Bartol (2005, 2006a y 2006b) para la expresión
dedissem en la apódosis condicional la forma verbal hubiera dado es la
más utilizada en el siglo XVIII, siguiendo una tendencia que ya aparece
a finales del XVII, y alcanza un porcentaje de uso del 82,3%, quedando a
gran distancia diera, que en este siglo ya solo llega al 4,5%.
El cambio producido en favor de la forma compuesta para la expresión
dedissem es total, y en apenas 50 años.
Los datos en contraste entre hubiera dado y habría dado los vemos
en el siguiente cuadro:

Esquema hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiera tenido 270 5
Si hubiese tenido 111 1617
Si tuviera 19
Si tuviese 7
Si tiene 2

17
Incluido un ejemplo de si hubiere tenido que parece una errata.
116 José Antonio Bartol Hernández

Si tenía 1
Si había tenido 1
Si 0 2 1
Siempre que tuviese 1
Como hubiese tenido 1
Como hubiera tenido 1
Con (poco) que hubiera 2 1
tenido
A haber tenido / El haber 55 2
tenido
De haber tenido - 1
Con haber tenido 2
A tener 36
De tener 2
Habiendo tenido 2
Teniendo 2
Tenido 1
De no 1
A no 2
De / En otra suerte / modo 6
En tal caso 1
De lo contrario 5 1
Sin 27
Total 558 29
SI HABEREM Si tuviera 47 6
Si tuviese 32 5
Si 0 1
A tener 22 2
Con tener - 1
A no 1
De no 1
Otro que 2
Sin 12
Total 118 14
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 117

DUDOSAS Si tuviera 6
Si tuviese 2
A tener 2
Teniendo 1
De otra suerte 1
Sin 1
Total 13 –
TOTALES 677 43
PORCENTAJES 94% 6%
Cuadro 6. Hubiera dado / habría dado. Siglo XVIII.

Los datos del cuadro, en el que se aprecian unas diferencias de uso de


las dos formas compuestas aún enormes (94%/6%), prueban dos cosas: a)
el pleno y extenso uso de hubiera dado. Podemos decir que es a principios
de este siglo (o finales del anterior) cuando esta forma verbal adquiere el
predominio en la expresión dedissem18; y b) habría dado presenta un
claro repunte en el uso con respecto al siglo anterior.
Lo normal, como ya hemos visto en otras épocas, es que en aquellas
obras y/o autores en que se documenta habría dado también se encuentre
—y con más frecuencia— el uso de hubiera dado. En algunos casos la dife-
rencia es muy grande, como por ejemplo en el Eusebio de Pedro Montegón
(1786), en el que la relación es de 63 a 1, o en La campaña de las terceras
(1779-1784) de Antonio de Ulloa (42/3). Pero también nos encontramos
con algunos textos en los que se prefiere la variante habría dado. En seis
es la única que aparece, cinco de ellos son cartas, una carta anónima al
virrey del Perú de 1715, y cuatro del político y economista asturiano Pedro
Rodríguez de Campomanes dirigidas a diferentes coetáneos entre los años
1752 y 177219. Parece que es el estilo informal de la carta lo que ayuda,
al menos en este autor, al uso de habría dado, ya que en su obra Bosquejo
de política económica española utiliza solo hubiera dado (3), mientras que
en las cartas prefiere habría dado (5/3)20.

18
Esta forma verbal es exclusiva en autores como Cadalso, Leandro Fernández de
Moratín, Nicolás Fernández de Moratín, Forner, García de la Huerta, Tomás de Iriarte, el
Padre Isla, Mayans y Siscar, Romero Alpuente, Samaniego, Torres Villarroel y Trigueros.
19
Carta a Francisco Pérez de Soelmonte (1752), Carta a Felipe Samaniego (1752),
Carta a Francisco Craywinkel (1760) y Carta al Marqués de Pombal (1772).
20
  En las cartas que le remiten otros coetáneos es exclusivo el uso de hubiera dado.
118 José Antonio Bartol Hernández

El único texto, no carta, en que aparece habría dado y solo una vez es
el Reglamento de pesca y navegación:
(13) p ues a haverse hecho al Duque de Medina-Celi, relacion exacta, no la havria
adoptado (1763. Anónimo, Reglamento de pesca y navegación).

Hay otras dos obras en las que las documentaciones de hubiera dado
y habría dado aparecen muy igualadas: Las frioleras de Ramón de la Cruz
(1764), con un ejemplo de cada una; y el Informe de la Sociedad Económica
de Madrid al Real y Supremo Consejo de Castilla en el expediente de la ley
agraria… (1794) de Jovellanos, con cinco ejemplos de cada forma verbal21.
Feijoo, con una obra recogida en el CORDE que ocupa una franja cro-
nológica de treinta años, prefiere claramente el uso del pluscuamperfecto
de subjuntivo, aunque en alguna época también utiliza el condicional com-
puesto. Así, en las entradas correspondientes a los periodos 1726-1730,
1726-1739 y 1753-1756 solo utiliza las formas hubiera dado, mientras
que en los años 1733 y 1734 y 1740-1750 alterna el uso de las dos formas
verbales, aunque con un uso mayor de hubiera dado.
En cuanto a la estructura de las prótasis, nos encontramos con que
el valor pasado (habuissem) se expresa mayoritariamente por formas
compuestas. Con habría dado solo aparece un caso de pasado expresado
por la forma simple tuviese («siempre que tuviese»); con hubiera dado esta
posibilidad ha quedado relegada al 13,6%22.
En cuanto a las preferencias por las formas en -se o en -ra en la pró-
tasis, mientras que hubiera dado se combina preferentemente con prótasis
en -ra (69,3%), con habría dado se prefieren las prótasis en -se (63,6%).
Por otro lado, la forma hubiese tenido recupera gran parte del uso que
había perdido en los dos siglos anteriores. Combinado con habría dado
alcanza un uso mayoritario del 55% del total de condicionales si habuis-
sem, dedissem. Con la apódosis en hubiera dado, el uso de la prótasis
hubiese tenido está aún lejos del de hubiera tenido, pero alcanza ya un por-
centaje sobre el total de irreales de pasado del 20%; hubiera tenido el 48,9%.
La construcción de preposición + infinitivo continúa con un uso
frecuente tanto para referirse al presente como al pasado: un 17,7% con
hubiera dado y un 13,9% con habría dado.

21
Hay otros dos textos de Jovellanos (informes) incluidos en el CORDE (ya comien-
zos del XIX) y en ellos alterna también el uso de las dos formas verbales.
22
Se incluyen tanto las formas verbales personales simples, tuviera, tuviese, tenía…,
como las impersonales, tener, teniendo, tenido).
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 119

8. Siglo XIX
Las dos formas verbales más utilizadas en la primera mitad del XIX
son ya las formas compuestas hubiera dado y habría dado, las mismas que
en el español actual.
En el periodo analizado (1801-1850) los porcentajes de uso de las dos
formas verbales es del 78,7% hubiera dado y del 21,3% habría dado, muy
semejantes a los de los siglos XIII y XV (cf. Cuadro 7), aunque un análisis
por tramos cronológicos pone en evidencia un aumento constante en el
uso de habrá dado. En el primer cuarto del siglo la relación es de 85,4%
/ 14,6%; mientras que en el segundo cuarto es de 76% / 24%. Y si solo
tenemos en cuenta el decenio 1841-1850 el uso de habría dado alcanza
el 37,5%, aumento relacionado con la obra de Alcalá Galiano (Memorias,
1847-1849), que utiliza mayoritariamente habría dado (65/10).

Esquema hubiera habría


SI HABUISSEM Si hubiera tenido 302 63
Si hubiese tenido 127 81
Si hubiere tenido 1
Si tuviera 17 2
Si tuviese 1 6
Si tiene 6
Si ha tenido 2
Si 0 8
Como hubiese tenido 1
Como hubiera tenido 1
Sin que tuviese 1
A haber tenido 45 6
A tener 34 3
De haber tenido 6 4
De tener 1
Con haber tenido 1 1
Con tener 1
Tenido 10 5
Habiendo tenido 7 1
Teniendo 12 12
120 José Antonio Bartol Hernández

Otro que él 1
En otro caso (ocasión) 2
En tal caso 5
Con tal… 2
Con solo sust. 1
De otro modo (manera) 8 2
Sin sustantivo 48 8
Total 648 197
SI HABEREM Si tuviese 42 15
Si tuviera 76 6
Si tuviere 1
Si tengo 1
Si tenía 1
Si 0 3
Con tal que tuviese 1
Teniendo 1 1
Tenido 1
A tener 16 2
De tener 2
Con tener 2
Sin tener 1
En (tal, el, cuyo) caso 8
De otra suerte (manera, 5
modo)
Otro que 3
Sin sust. 15 1
A menos de tener, hubiera 1
dado
Total 174 31
TOTALES 842 228
PORCENTAJES 78,7% 21,3%
Cuadro 7. Hubiera dado / habría dado. Siglo XIX.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 121

También en este periodo (cf. Bartol 2014), hay un buen número de


autores que solo utilizan la forma hubiera dado (Bretón de los Herre-
ros, Campoamor, Alberto Lista, Martínez de la Rosa, Meléndez Valdés y
Zorrilla, entre otros) o que utilizando las dos dan un uso predominante a
hubiera dado (Fray Francisco Alvarado, Ayguals de Izco, Duque de Rivas,
Espronceda, Larra, Mesonero Romanos, Manuel José Quintana, Romero
Alpuente o Juan Valera).
Pero también podemos observar que hay dos autores que solo utilizan
la forma habría dado. El eclesiástico ilustrado catalán Felix Amat de Palou
i Pont, y el militar, explorador, naturalista oscense Félix de Azara. Este
último, en su obra Apuntamientos para la Historia Natural de los páxaros
del Paragüay y Río de la Plata (1802-1805) utiliza la forma habría dado
con valor dedissem en cinco ocasiones por ninguna de la forma hubiera
dado. Hay que reseñar que la obra fue publicada primero en francés.
Y nos encontramos con otros cuatro autores que, utilizando las dos, se
inclinan claramente por habría dado: el gaditano Antonio Alcalá Galiano en
sus obras Apuntes para la historia del alzamiento del ejército de Ultramar
en 1820 (1821) y Lecciones de Derecho Político (1843-1844) solo utiliza
habría dado, mientras que en sus Memorias (1847-1849) emplea sesenta y
cinco veces habría dado por diez de hubiera dado, en total 76/10; los otros
son el bilbaíno Juan de Olavarría, Memoria dirigida a S. M. sobre el medio
de mejorar la condición física y moral del pueblo español (1833-1834); el
sevillano Joaquín Francisco Pacheco (Lecciones de derecho político, 1845);
y Fernán Caballero (La gaviota, 1849). Como vemos, hay gran variedad en
los temas de las obras, por lo que debemos pensar que se trata de opciones
personales.
En cuanto a la prótasis, el uso de las formas simples para el valor de
pasado es ya escaso; solo un 10,5% en el caso de apódosis hubiera dado
y un 15,7% en el de habría dado.
En lo relativo al uso en la prótasis de las formas verbales en -se o en
-ra se sigue apreciando una clara diferencia en el comportamiento de las
dos formas verbales: las prótasis en -ra son mayoritarias con hubiera dado
(69,8%), mientras que habría dado prefiere las prótasis en -se (59,7%).
También es destacable el abundante uso de las prótasis formadas con
el esquema preposición + infinitivo, tanto para expresar presente como
pasado: 104 casos con hubiera dado (16%) y 21 con habría dado (16,7%).
122 José Antonio Bartol Hernández

9. Algunas conclusiones
Tras el análisis anterior, podemos reagrupar los datos para poder sacar
algunas conclusiones:
9.1. General
Hubiera dado es a lo largo del periodo analizado forma más utilizada
que habría dado para la expresión dedissem en la apódosis condicional.
Esta superioridad es especialmente abrumadora en los siglos XIV, XVII y
XVIII23.
Habría dado presenta una evolución con altibajos; tras tener un 25% de
uso, respecto de hubiera dado, en el siglo XIII (aunque con más propiedad
habría que hablar de la primera mitad de ese siglo), desciende en el XIV,
se recupera algo en el XV, y vuelve a descender durante los siglos XVI,
XVII y XVIII, para recuperarse ya de forma definitiva en el XIX (21,3%),
en especial a partir de su segundo cuarto. Pero en ninguno de los siglos
analizados llega al 25% alcanzado en la primera mitad del XIII.
Otro dato importante que hemos ido señalando a lo largo de la expli-
cación es que desde el siglo XV encontramos textos y/o autores que se
inclinan por el uso de habría dado.
Con estos datos parece claro que, tal y como ha señalado el profesor
Veiga en varias ocasiones, especialmente en (1999: 279), ambas formas
verbales (también habría dado) no desaparecieron de la lengua, sino que
fueron simplemente arrinconadas por las convenciones del español escrito
de las diferentes épocas. En el caso de habría dado hubo textos —las
traducciones— y autores —relación con Italia— que la mantuvieron viva
en los siglos XV-XVIII. A través de los datos que hemos analizado, parece
evidente que esta forma verbal es la que estuvo más alejada del uso escrito
hasta dar la impresión de que en algunos momentos de la historia había
desaparecido. Es ella la que parece ir todo el tiempo a remolque de hubiera
dado hasta al menos la segunda mitad del XIX.

23
Con la excepción de la amplia obra de Fernández de Heredia, como hemos visto.
La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 123

Cuadro 8. Hubiera dado / habría dado. Siglos XIII- XIX.

9.2. Prótasis
Habría dado se combina principalmente con prótasis en -se. Esto es
así hasta el siglo XIX, cuando se aprecia un acercamiento entre los usos
de las dos. Hubiera dado, por su parte, se combina mayoritariamente con
prótasis en -ra, salvo en el siglo XIII.

Cuadro 9. Habría dado. Prótasis en -se o -ra.


124 José Antonio Bartol Hernández

Cuadro 10. Hubiera dado. Prótasis en -se o -ra.

En cuanto al uso de formas simples o compuestas en la prótasis refe-


ridas al pasado, también hemos visto diferente comportamiento de las dos
apódosis. Mientras que habría dado se combina preferentemente, salvo en
los dos siglos con menor uso, XIV y XVII, con formas verbales compuestas,
hubiera dado no muestra esta preferencia hasta el siglo XV, pero en el XVI
vuelven a ser mayoritarias (por muy poco) las simples.

Cuadro 11. Habría dado. Prótasis en formas simples / compuestas.


La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 125

Cuadro 12. Hubiera dado. Prótasis en formas simples / compuestas.

9.3. Prótasis de preposición + infinitivo


Desde el siglo XVI se hacen frecuentes las prótasis de preposición +
infinitivo con hubiera dado, tanto con valor de presente como de pasado.
Con habría dado no he documentado la construcción hasta el XVIII. En el
cuadro siguiente se pueden ver los datos obtenidos y los porcentajes sobre
el total de usos de cada una de las apódosis.

XVI VII XVIII XIX


Hubiera Hubiera Hubiera Habría Hubiera Habría
dado dado dado dado dado dado
Total 26 110 117 6 104 19
Porcentaje 4,7% 23,4 % 17,3% 18,2% 12,6% 8,3%
Cuadro 13. Usos de preposición + infinitivo en la prótasis.

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La expresión de la irrealidad condicional: hubiera dado vs. habría dado 127

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La historia de la lengua española vuelve por sus fueros

Mónica Castillo Lluch


Université de Lausanne

Resumen. En este estudio, en primer lugar, se traza la historia de las ediciones


modernas de fueros medievales españoles desde principios del siglo XX hasta la
actualidad, prestando un interés particular a la práctica de las ediciones de varian-
tes y paralelas con estos textos. Se señala la necesidad de revisar las ediciones más
antiguas, de (re)plantear la datación de esos manuscritos y de analizar su lengua.
En segundo lugar, se pasa revista a la investigación lingüística sobre los fueros
medievales, íntimamente ligada a la edición de los textos y con todavía mucho
campo por cubrir. Para finalizar, se presentan los resultados de un estudio sobre
el orden de palabras en dieciséis fueros, que revelan un comportamiento sintáctico
desigual entre los textos, solo explicable por factores externos.
Palabras clave. Fueros, historia de la edición, sintaxis histórica, orden de pala-
bras, corpus electrónicos.

Abstract. This study aims, firstly, to trace the history of modern editions of medie-
val Spanish fueros from the early twentieth century to the present day, paying
special attention to the practice of producing variorum and parallel editions of
these texts. The argument will show the need to review the oldest editions, to
revise the dating of the manuscripts and to analyze their language. Secondly,
it follows an account of the linguistic research made on these medieval fueros,
which is closely linked to the edition of the texts and yet leaves room for further
investigations. Finally, results are presented of a word order study in sixteen
fueros, thereby revealing a different syntactic behaviour among the texts, expli-
cable only by external factors.
Keywords. Fueros, history of the edition, historic syntax, word order, electronic
corpora.

Es para mí un honor y un privilegio que la Asociación de Historia de


la Lengua Española me haya invitado a pronunciar una conferencia en este
X Congreso en Zaragoza, además en el maravilloso palacio de la Aljafería, y
130 Mónica Castillo Lluch

le estoy enormemente agradecida por esta oportunidad. Me planteo abordar


una serie de cuestiones relacionadas con el estudio filológico y lingüístico
de los fueros. Empezaré rememorando las ediciones modernas de los fueros
en las que basamos los historiadores de la lengua nuestros análisis, así como
los estudios que hasta ahora configuran nuestro conocimiento lingüístico de
esos textos, atendiendo, además, a algunos problemas que pueden plantear
los fueros para la lingüística de corpus. Tras estos contenidos historiográ-
ficos, expondré algunos resultados de mi investigación sobre la sintaxis de
los fueros romances del siglo XIII.

1. Los fueros y sus ediciones


El primero de los aspectos que conviene considerar al tratar de los
fueros desde una perspectiva lingüística es el de las ediciones de estos
textos que habitualmente manejamos los historiadores de la lengua espa-
ñola. Atendiendo a estas ediciones con el fin de evaluar su validez hoy, se
descubre una parcela importante de la labor filológica llevada a cabo con
textos iberorromances medievales en el siglo XX, que merece ser recordada.
El núcleo inicial de ediciones que aún son hoy las de referencia se gesta
en el Centro de Estudios Históricos en las primeras décadas del siglo XX
(López Sánchez 2006). El primero de los objetivos de la Junta para la
Ampliación de Estudios con la creación del Centro en 1910 consistía pre-
cisamente en «investigar las fuentes, preparando la publicación de edicio-
nes críticas de documentos inéditos ó defectuosamente publicados (como
crónicas, obras literarias, cartularios, fueros, etc.)» (JAE 1912: 131). En
el Palacio de Bibliotecas y Museos el Centro disponía, junto con la «Sec-
ción de Orígenes de la lengua española» (después llamada «Sección de
Filología») de Menéndez Pidal, de la «Sección de Instituciones sociales
y políticas de León y Castilla», que inicialmente dirigió el historiador del
derecho Eduardo Hinojosa. Los objetivos de estas dos secciones eran en
ocasiones convergentes, pues, según la memoria de la Junta para Amplia-
ción de Estudios de 1910/1911 (JAE 1912: 134-135), la sección de Hino-
josa tenía el cometido específico de recopilar e interpretar los fueros y los
documentos medievales, en tanto que la sección de Menéndez Pidal se
planteaba «el estudio filológico de los primeros monumentos de la lengua
en los diversos dialectos leonés, castellano y aragonés para la publicación
de una Crestomatía del español antiguo» (JAE 1912: 138). Los fueros eran
por tanto un objeto «a medias» entre ambas secciones, lo que explica que
los editores fueran indistintamente filólogos e historiadores del derecho.
Además, un efecto de la convivencia de aquellos investigadores fue que
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 131

las ediciones de los historiadores del derecho tienen muy a menudo una
factura paleográfica que las hace casi indistinguibles de las que podría
haber realizado un lingüista.
Entre los juristas destaca la labor de Rafael Ureña, quien publicó una
primera edición en 1907 en colaboración con otro catedrático de derecho
de la Universidad Central de Madrid, Adolfo Bonilla, del fuero de Usagre.
Declaraban ambos en su introducción (Ureña/Bonilla 1907: X): «El conte-
nido de este fuero es interesante y extenso, y su lenguaje castellano, entre-
mezclado de frases redactadas en latín bárbaro, tiene capital importancia, no
sólo para el estudio histórico de la técnica jurídica, sino para el conocimiento
de la evolución de nuestros romances ibéricos». Esta obra aspira por tanto
a servir como fuente tanto a historiadores del derecho como de la lengua
(objetivo que compartirán los otros juristas editores del centro1), y aunque
el manuscrito conservado del fuero de Usagre es único, en ella apunta ya
la vocación de realizar ediciones de variantes, pues, por el vínculo de este
fuero con el de Cáceres, se considera «oportuno señalar, cuidadosamente,
las variantes que ambos Fueros presentan» y establecer un índice con sus
concordancias, además de reproducir el Fuero latino de Cáceres y los capí-
tulos del romanceado ausentes en el de Usagre (Ureña/Bonilla 1907: XI).
Con esta práctica se abrirá una senda para las ediciones posteriores, al igual
que lo hará la siguiente edición de Ureña, esta vez en solitario, en 1911,
del fuero de Zorita de los Canes. Esta puede considerarse de hecho, como
obra fundacional de este periodo, por la visión programática que tiene, pues
ofrece un listado de los manuscritos y ediciones de los fueros más destacados
y hace un llamamiento a otros investigadores para la realización de ediciones
pendientes: concretamente, las de los fueros de Sepúlveda, Salamanca, Soria
y Cáceres. De nuevo es esta una edición de variantes en la medida en que
se indican minuciosamente las correspondencias entre el fuero de Zorita, el
latino de Cuenca y el romanceado de Alcázar, en lo que Ureña (1911: 47)
modestamente anuncia como unas «sencillas y breves anotaciones» (aparato
de la edición), que constituirán una investigación preparatoria de su edición
magna, que le ocuparía aún 25 años más: la del fuero de Cuenca (1936).
Pero antes de atender a aquella edición monumental, vuelvo atrás, a
los años inmediatamente posteriores a la edición del fuero de Zorita, para
reseñar el trabajo editorial que en la sección de Filología del Centro de Estu-
dios Históricos habían estado realizando Américo Castro y Federico Onís

1
Cf. también Galo Sánchez, ed. del FSoria (1919: XIII): «El valor jurídico y lingüís-
tico del Fuero exigía una edición íntegra y cuidada».
132 Mónica Castillo Lluch

de los fueros leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma y Alba de Tormes,


publicados en 1916. Fue esta una edición proyectada en dos volúmenes, de
los que el segundo, que debía contener un estudio lingüístico de aquellos
fueros, no llegó a realizarse. Tal estudio debería también haber precisado
la datación de los diferentes manuscritos editados, sobre la que apenas se
pronuncian los dos filólogos en el primer tomo.
Ese mismo año, el entonces profesor auxiliar de historia del dere-
cho de la Universidad de Zaragoza, Miguel Sancho Izquierdo, publicaba
su memoria de doctorado supervisada por Ureña: la edición del fuero de
Molina de Aragón, oponiendo, en columnas paralelas, las versiones que
de este fuero ofrecen los dos manuscritos que lo conservan y añadiendo
en aparato de variantes las lecciones de otros manuscritos menores. Tres
años más tarde, en 1919, Galo Sánchez presentaba su edición del fuero de
Soria, esta también paralela, con los manuscritos A (el principal por más
antiguo), B (posterior), y los fragmentos L y M en el aparato de variantes.
En 1924 Galo Sánchez junto con Claudio Sánchez-Albornoz y José María
Ramos Loscertales fundan el Anuario de Historia del Derecho Español,
en cuyas páginas se irán sucediendo ediciones y estudios fundamentales
también sobre los fueros. Ramos Loscertales en el número 2 del Anuario
(1925) publicará una recopilación de fueros medievales aragoneses, en
1927 editará el fuero de Jaca extenso y póstumamente (1956) el fuero de
Viguera y Val de Funes. En los años 20 editan otros fueros alumnos del
Centro de Estudios Históricos, como Manuel Albareda y Herrera en 1926
el fuero de Alfambra, o en 1924 el de Guadalajara el hispanista norteameri-
cano Hayward Keniston, a quien podemos imaginar realizando una estancia
en Madrid e investigando en el Centro, ya que de otro modo difícilmente
podría haber documentado las notas que informan las páginas 20 a 28 de
su edición dedicadas a comparar variantes textuales del fuero de Guadala-
jara con otras de una larga lista de fueros2. En 1932 editó Agustín Millares
Carlo el fuero de Madrid, con un estudio jurídico de Galo Sánchez y un
glosario de Rafael Lapesa, en lo que fue la primera de las ediciones hecha
en colaboración por especialistas de diferentes disciplinas.
La edición del fuero de Cuenca firmada por Ureña en 1935 es dentro
de esta etapa sin duda la más sofisticada y monumental: es una edición de
variantes ejemplar por su laboriosísimo acopio de fuentes: dos latinas, la
forma «primordial» y la «sistemática», dos romances: el códice de Valencia

Entre otros, los fueros de Usagre, Soria, Medinaceli, Jaca, Sepúlveda, Alcalá y
2

Brihuega (algunos de ellos todavía sin publicar en la época).


La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 133

y el fragmento de Cuenca, y además la redacción del fuero de Iznatoraf. Y


también es un modelo por su lograda visualización en columnas paralelas
de todas estas versiones.
El interés en ese primer tercio del siglo por editar los fueros ha de
interpretarse en relación con las preocupaciones e ideología de los maestros
del Centro de Estudios Históricos, promotores de estas ediciones. Rafael
Ureña «creía que la historia del Derecho estaba por hacer» y pensaba que
«el conocimiento de la historia (del derecho) contribuiría a reforzar la unidad
nacional del país», que él «veía seriamente amenazada por los nacionalis-
mos» (López Sánchez 2006: 385). Este espíritu historicista de Ureña se
inspira en la Escuela Histórica del Derecho alemana y se articula perfecta-
mente con el historicismo que conocemos de la Escuela de Filología3. Por
otro lado, el empeño de todos estos editores de fueros, tanto juristas como
lingüistas, en incluir aparatos de variantes o en realizar ediciones paralelas
encontraría lógica explicación en la propia naturaleza de los fueros, que
conduce al curioso investigador al cotejo de todo el entramado de textos
conservados de la misma tradición. Pero además, merece la pena recordar
los fundamentos intelectuales de estas publicaciones, y así, creo que no
resulta baladí preguntarse qué interés le veía, por ejemplo, el editor del
fuero de Molina a editar los dos testimonios de ese texto —y no solo el
más antiguo— y a incluir, asimismo, un aparato con las variantes de los
otros cuatro manuscritos. Esta visible preocupación ecdótica se refleja en
la introducción de Sancho Izquierdo (FMolina 1916: 11, n. 1), en la que
declara que tiende a una edición «crítica», que es producto intelectual muy
distinto de la edición paleográfica. Se hace eco, de hecho, de una declaración
también de Rafael Ureña en la introducción a su edición del fuero de Zorita
(Ureña 1911: XXXVI), donde este reivindica el valor científico de la edición
crítica frente a la paleográfica, para él puramente mecánica. Es probable que
estas reflexiones se inspiren en las nuevas teorías ecdóticas difundidas por
Lachmann, pero, además, el enfoque que se adoptó en el Centro de Estudios
Históricos con otros objetos de estudio «tradicionales», como los dialectos
o el romancero no fue distinto: las variantes, todas, merecían el interés del

3
López Sánchez (2006: 385) apunta que Ureña «convencido de que el desarrollo
de la historia del Derecho en países como Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia había
contribuido de manera decisiva a la configuración de su unidad nacional, vindicó un movi-
miento parecido para España». Y cita a Ureña: «¿Y dónde se puede observar esa lenta y
misteriosa elaboración del espíritu nacional, dónde se manifiesta sublime, hermosa y llena
de majestad y de vida el alma española, sino en la sorprendente evolución progresiva de
su derecho?» (López Sánchez 2006: 385).
134 Mónica Castillo Lluch

científico, y de ahí el afán de Menéndez Pidal por considerar cada «detalle de


un cuento popular, cada cláusula de un fuero municipal, independientemente
del conjunto, para poder formarse una idea exacta de la difusión geográfica
en la novelística popular o en la costumbre jurídica» (apud Abad 2007: 24).
A este espíritu empirista se suma, además, la propia tradición de las
ediciones de fueros anteriores a las del pasado siglo. En efecto, si echamos
la vista atrás, nos parecerá admirable que ediciones emprendidas en el
siglo XVIII, como la del Fuero Juzgo de la Academia, publicada en 1815,
tuvieran la ambición de recoger, junto con el manuscrito de Murcia —que
los académicos consideraron el codex óptimus entre todos los antiguos por-
que pensaban que Alfonso X se lo había regalado personalmente a aquella
ciudad—, un aparato de variantes (lingüísticas y textuales) de otros veinte
manuscritos, constituyendo una edición bedierista en toda regla avant la
lettre; también podemos comprobar que la del Fuero Real publicada por la
Real Academia de la Historia en 1836 se basó en doce manuscritos, de los
que se recopilan variantes en el aparato a pie de página; o incluso que la del
fuero de Avilés realizada por Aureliano Fernández-Guerra en 1865 presenta
ya la disposición paralela de textos que tanto se practicará en lo sucesivo.
El corpus de ediciones que acabo de presentar anteriores a la guerra civil
sentó las bases de una tradición que luego fue seguida en el extranjero por
algunos hispanistas que se especializaron en la edición de fueros, así como
por filólogos y lingüistas españoles más jóvenes que después continuaron
completando el catálogo de ediciones que quedaban por realizar. Además del
ya citado Keniston, entre los hispanistas que dedicaron parte de su carrera
a la edición de fueros, hay que mencionar, en primer lugar, al romanista
sueco Gunnar Tilander, que se especializó en los textos forales aragoneses
con sus ediciones de los fueros de la gran peste de 1348 (1935, 1959), de
los fueros de Aragón (en 1937), de los fueros de la Novenera (en 1951) y
del Vidal Mayor (en 1956; reeditado, por cierto, en 2012 por un equipo de
historiadoras de la Universidad de Zaragoza), además de las que promovió
entre sus discípulos, como la del fuero de Teruel de Max Gorosch (1950) o
la del fuero de Estella de Gustaf Holmér (1963). También a las redacciones
forales aragonesas se dedicó el hispanista francés Maurice Molho, quien,
con la idea de realizar un estudio de la lengua del fuero de Jaca, se vio
embarcado en la edición de siete manuscritos de la tradición de este fuero,
que salió a la luz en 1964. Otro hispanista que se entregó apasionadamente
a la edición de fueros y de otros textos jurídicos medievales a partir de los
años 60 fue Jean Roudil. De él hemos de recordar la edición del fuero de
Baeza, en la versión del manuscrito del archivo municipal de esa ciudad (que
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 135

publicó en 1962), y en la del manuscrito 8331 de la biblioteca del Arsenal


(publicada en 1963), así como la de los fueros de Alcaraz y de Alarcón (en
1968). En esta Roudil dispone «sinópticamente» los textos de los dos fueros
de la Extremadura castellana, además de las variantes del fuero de Alcázar.
Lo particular en el caso de Roudil es que en lo sucesivo conceptualiza las
ediciones de variantes como un modelo ecdótico ineludible tratándose de
ediciones de fueros y de textos jurídicos medievales, que lleva a sus últimas
consecuencias en la edición múltiple, que constituye su última obra, de las
Flores de Derecho de Jacobo de Junta. Desde luego, en la práctica de Roudil,
la edición de variantes no aspira a ser edición crítica o base para una edición
crítica, sino precisamente todo lo contrario.
Volviendo a las ediciones que se realizaron en la Península después
de la guerra, cuando el régimen franquista había reestructurado en el CSIC
los centros y laboratorios de la desmantelada Junta para la Ampliación de
Estudios, destacan dos a cargo de Emilio Sáez: la del fuero de Coria (en
1949) y la del fuero de Sepúlveda, que reclamaba Ureña en 1911, y que se
editará en 1953, en una edición colectiva muy ambiciosa acompañada por
un estudio histórico-jurídico de Rafael Gibert y otro lingüístico de Manuel
Alvar. La última de las que Ureña echaba en falta, la del fuero de Cáceres,
tuvo que esperar a 1974 para ser publicada por el historiador del derecho
Pedro Lumbreras Valiente. Ese mismo año de 1974 Juan Gutiérrez Cua-
drado editaba el fuero de Béjar y cinco años después, junto con Mariano
Peset y Josep Trenchs, firmaba la publicación del fuero de Úbeda, hito
importante en la investigación de los fueros de la familia de Cuenca, pues
el estudio preliminar hecho mano a mano por el filólogo y el historiador
del derecho constituye un estado de la cuestión acerca de esos textos empa-
rentados y aporta una hipótesis de stemma fundamentada en una serie de
laboriosísimos cotejos textuales.
De la familia de Cuenca las últimas ediciones publicadas corresponden
al fuero de Plasencia (en 1979) por Pedro Arroyal Espigares4, a los fueros
de Villaescusa de Haro y Huete por María Teresa Martín Palma (en 1984) y
al fuero de Sabiote (en 1994), por Pedro Porras. Por otra parte, fueron ree-
ditados el Fuero Real por Gonzalo Martínez Diez en 1988 y tres años más
tarde por Azucena Palacios, y el manuscrito de Murcia del Fuero Juzgo en
2002, por un equipo de investigadores de la Universidad de Murcia dirigido
por José Perona. Las ediciones forales más recientes son las realizadas por

4
Después se mencionarán las varias ediciones de este texto que se sucedieron en el
espacio de una sola década.
136 Mónica Castillo Lluch

María Jesús Torrens del fuero de Alcalá (del viejo en 2002 y del nuevo en
20115), acompañadas por estudios filológicos y lingüísticos y, en el caso de
la segunda, también histórico-jurídicos. En cuanto a las ediciones en curso
actualmente, hay que saludar la que Ángeles Líbano está realizando del
fuero viejo de Vizcaya, con la ambición de organizar su tradición manus-
crita, y asimismo la dirigida por Carmen Isasi del fuero nuevo de Bizkaia
(consultable en línea en el portal Foru Ondarea, <[Link]>) y que
consiste en una edición múltiple que muestra paralelas y alineadas cinco
transcripciones con marcación TEI de variantes textuales y siguiendo los
criterios filológicos de CHARTA. El mismo objetivo de realizar una edición
múltiple de los diversos manuscritos que conforman la tradición textual del
Fuero Juzgo es el que mueve a José María García Martín. Tanto él como
Ángeles Líbano nos presentarán esos proyectos en este congreso.
A la pregunta de si son las ediciones del siglo pasado aún válidas para
la mayoría de nuestros análisis lingüísticos, pueden responder solo defini-
tivamente aquellos especialistas que de nuevo manejan el manuscrito en
cuestión y pueden apreciar en detalle la calidad de la edición. Esto es lo
que hizo María Ángel Rosso Jiménez en 1998 con el fuero de Guadala-
jara y consideró necesario reeditar este texto superando los errores de la
edición de Keniston y de las transcripciones que Francisco Layna y Julio
González habían hecho posteriormente del ms. B (Rosso Jiménez 1998:
14). En cuanto a la edición de Ureña del fuero de Cuenca, por poner otro
ejemplo, Gutiérrez Cuadrado/Peset (1979: 17, FÚbeda) la juzgan como
bastante fiable, lo que es refrendado por la reedición facsímil que de ella
publicó la Universidad de Castilla-La Mancha en 2003. Si ahora nos fija-
mos materialmente en la primera edición de Ureña y Bonilla del fuero de
Usagre, advertimos que, aunque en esta no se da una transcripción paleo-
gráfica (los desarrollos de abreviaturas, por ejemplo, no aparecen desta-
cados), sí pretende ser bastante conservadora ortográficamente (de hecho,
ellos mismos señalan: «hemos conservado cuidadosamente la ortografía
fantástica que le caracteriza», FUsagre, Ureña/Bonilla 1907: XIV); pero
pese a que superficialmente esta edición parece satisfacer las exigencias de
un historiador de la lengua que no investigue sobre grafía, qué duda cabe
que convendría revisar de modo más pormenorizado su tenor, y de paso
atender a detalles importantes que Ureña y Bonilla no pudieron resolver:
la fecha de escritura del texto y la datación del manuscrito están aún hoy
por precisar y la mezcla de latín y romance por analizar.

5
Disponibles en el portal Andrés de Poza, <[Link]> [abril 2016].
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 137

Toda edición es una lectura, con lo que eso supone de margen de error
y, si no es indispensable editar cuatro veces el mismo texto, como sucedió
con el fuero de Plasencia entre 1979 y 19876, en lo que manifiestamente
se debió a la descoordinación de aquellos editores, sí sería conveniente
revisar la fiabilidad para el lingüista de los textos establecidos en aquellas
ediciones antiguas. A veces esa revisión conduce a desestimar la necesi-
dad de una nueva edición, como ha sucedido con la nueva publicación
del fuero de Baeza realizada en 2010 a cargo de María Antonia Carmona,
que reproduce la edición que Roudil publicó en Holanda cincuenta años
antes, pero acompañada de un estudio histórico-jurídico actualizado y, lo
que es fundamental para nosotros, también de un análisis codicológico
y paleográfico que corrige la datación del ms. que apuntaba Roudil y la
anticipa del siglo XIV al XIII. También en 2003 se ha reeditado la edición
de Maurice Molho del fuero de Jaca, con un volumen adicional de estudios
histórico-jurídicos y una introducción a su estudio lingüístico por María
Antonia Martín Zorraquino y María Luisa Arnal Purroy.
Personalmente, he tenido oportunidad de comparar la encomiable
edición del manuscrito de Murcia del Fuero Juzgo que publicó en 1815
el equipo de ilustrados académicos, con la que hicieron de ese mismo
manuscrito los colegas de la Universidad de Murcia dos siglos después,
y he podido apreciar algunos cambios menores, pero que pueden tener
incidencia en un análisis lingüístico. Me limitaré a comentar, como ejem-
plo, tres tipos de variantes concentrados en una ley muy breve (libro 3,
título 1, ley 8): gráficas: entre i corta e j larga; morfosintácticas: entre las
formas los y les del pronombre de objeto directo; o incluso algunas varian-
tes textuales entre las dos ediciones (aquí, final de la ley: «lo dexen», en
vez de «cuemo deven»), porque la RAE introduce otra lección (a veces,
como en este caso, se nos informa del cambio en el aparato de variantes,
pero en otras ocasiones lamentablemente se introduce la lección de otro
manuscrito en el cuerpo de la ley sin avisar). Como era de esperar y se
puede apreciar cotejando el manuscrito de Murcia, la más fiel es la edi-
ción moderna; pero, además, lo que ha permitido esa edición, gracias al
estudio del manuscrito hecho por García Díaz (2002: 22) es precisar que
este debió de ejecutarse en 1288.
Con estas reflexiones pretendo concluir que no estaría de más volver
a abrir manuscritos ya editados o cuyas variantes han quedado relegadas

6
Cf. Arroyal Espigares (1979), Postigo Aldeamil (1981-1982), Majada Neila (1986)
y Ramírez Vaquero (1987).
138 Mónica Castillo Lluch

a algún aparato de los que hemos visto. Una opción posible sería incluir
una serie de fueros en las ediciones que publica CHARTA, lo cual se ha
planteado ya en las reuniones de esta red. Y esto quizá podría hacerse tam-
bién en colaboración con los colegas del Hispanic Seminary of Medieval
Studies, que ofrecen ya una serie de transcripciones de fueros en línea. De
ese modo dispondríamos de textos que seguirían los mismos estándares
filológicos, que se prestarían por su formato electrónico a futuros cotejos
con herramientas informáticas que podrían ayudarnos a un conocimiento
más argumentado de su filiación, y, de paso, se podrían revisar aspectos tan
esenciales como el de la datación de los manuscritos, pues se da el caso de
que ediciones notables carecen de tal información.
Me permito ilustrarles la utilidad de revisar las ediciones antiguas con
algunos datos de uno de los ms. del Fuero Juzgo, el manuscrito Vitr. 17-10
de la Biblioteca Nacional de España cuya edición estoy terminando. Este
manuscrito, conocido de los académicos y designado en su edición de 1815
como Toledo, ha podido ser fechado recientemente por la historiadora Rosa
María Rodríguez Porto (2013) en torno al año 1302.
El Fuero Juzgo plantea numerosas incógnitas, y entre ellas hay una
fundamental relativa a la unicidad del texto. Nos consta que Fernando III
prometió a los cordobeses después de la conquista de la ciudad el Liber
Iudicum trasladado al romance. Pero ¿existió un solo texto de la ley visi-
gótica en romance? ¿O junto con aquel que prometió Fernando III a los
cordobeses en 1241 hemos de imaginar que hubo otros anteriores e incluso
posteriores? Cuestiones como estas llevan más de dos siglos formuladas
explícitamente por el jesuita erudito Andrés Burriel (*1719-†1762) y des-
pués también por Morel Fatio (1875: 27). Burriel parece que, al estudiar
varios manuscritos del Fuero Juzgo a mediados del s. XVIII, dio por sentado
que existían al menos dos versiones distintas, una de tiempos de Fernando
III y otra de época alfonsí, y precisa que esta se encontraría en el manuscrito
de la Iglesia de Toledo designado con el núm. 4:
El padre Andrés Burriel, laboriosísimo investigador de nuestras antigüedades, y
determinadamente de las pertenecientes a la legislación tanto civil como ecle-
siástica, da por asentado que hay dos versiones distintas, una hecha en tiempo
del santo Rey Don Fernando en virtud de su mandato, y otra por su hijo el rey
Don Alonso. Esta dice que se contiene en un códice de la santa iglesia de Toledo,
escrito en el siglo XIII y señalado con el número 4, que es puntualmente uno de
los que ha tenido presentes la Academia para su edición, y dice también que en
ella pulió y corrigió Don Alonso la versión de su padre (Lardizábal en su discurso
de la edición del Fuero Juzgo de la RAE 1815: XXXVII-XXXVIII).
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 139

Creo que Andrés Burriel estaba en lo cierto, ahora queda demostrarlo


con argumentos definitivos. Al editar ese manuscrito que la RAE designa
como Toledo 4 me parece haber localizado algunos detalles que tienen su
razón de ser en el marco de la ideología política y del universo intelectual
alfonsí. Expondré ahora solo tres particularidades de ese manuscrito —que
comparte, por cierto, con otros dos manuscritos antiguos del Fuero Juzgo,
los denominados Escorial 1 y Malpensa 2 en la edición de la RAE—.
En primer lugar, frente al manuscrito de Murcia y al resto de la tradi-
ción, donde al iudex del Liber Iuidiciorum le corresponde el término juez,
a lo largo de los folios de este manuscrito Toledo 4 es el término alcalde
el preferido, precisamente el mismo que utilizan en el Fuero Real el equipo
de redactores alfonsíes. La coincidencia en esta forma alcalde puede inter-
pretarse como el reflejo en ambos casos de la nueva política centralista de
Alfonso X, que utilizó la figura del alcalde real para garantizar al rey el
monopolio de la administración de justicia en el conjunto del reino, frente a
los tradicionales jueces y alcaldes locales (cf. González Jiménez 2008: 368).
En segundo lugar, en este manuscrito, tras el preámbulo y precediendo al
Libro 1, se interpola una digresión sobre la ordinatio del fuero, en la que se
expone y analiza con delectación el aparato organizativo de los contenidos
del libro, como un arte gracias al cual uno puede encontrar lo que busca
en él «sin trabajo y sin afan» (fols. 15r-16). Se nos precisa que el Libro se
divide en partidas que son padrones y las partidas a su vez se dividen en
títulos, que son diferencias y, por último, los títulos en rúbricas numeradas,
que son capítulos y que, mediante esta operación, los sabios antiguos «non
dexaron ende cosa que non ordenassen en su orden» (fols. 14vb22-23). La
segmentación de los libros es un procedimiento con gran tradición en la
Antigüedad y en la Alta Edad Media, y en textos jurídicos era un disposi-
tivo bastante habitual. Lo que es nuevo, como ha expuesto Fernández-Or-
dóñez (2010), es que la ordenación en capítulos, Alfonso X la aplicará,
siguiendo la nueva tendencia escolástica, al conjunto de su producción en
prosa sin excepción, acompañando la rigurosa división ramificada del texto
de títulos descriptivos y realzándola en los códices gracias a un sofisticado
sistema decorativo. Conociendo la afición de Alfonso a estos dispositivos
de ordinatio en sus libros, entiendo que esta digresión del ms. Vitr. 17-10,
puede asociarse también a la ideología alfonsí. Por último, considerando
las transformaciones que se operan en el Fuero Real cuando este utiliza
materia de la ley visigótica, en el sentido de favorecer las finanzas reales,
subiendo las multas a veces hasta el doble (por ejemplo, FJuzgo 8, 4, 25 y
FReal 4, 6, 3), y atribuyendo una proporción de las mismas invariablemente
140 Mónica Castillo Lluch

superior al rey, en una ley como la «De las cosas de los privados e de los
de la corte que non sean enagenadas» (libro 5, título 4, ley 20) también
tenemos la sensación de que la versión del ms. Vitr. 17-10 corresponde a una
resemantización de esta ley acorde con las necesidades propias del reino de
Alfonso X. Concretamente, el inicio de esta ley corresponde a una fórmula
fuerte de propaganda regia en el ms. Vitr. 17-10: el principio de que hay
que cuidar más lo colectivo que lo propio (ms. Murcia: «Si nos devemos
aver cuydado de aguardar las cosas proprias, mucho mas devemos guardar
e acrecentar las cosas que son de comun»), se convierte en que hay que
cuidar más lo del rey que lo colectivo (ms. Vitr. 17-10: «Sy nos devemos
aver cuydado de guardar las cosas del comun, mucho mas devemos guardar
e acrescentar las cosas que son del rey»).
Estos y otros aspectos de este manuscrito, que coinciden solo, como ya
he dicho, con otros dos de toda la tradición, apuntan a una redacción con
retoques de época alfonsí. Pero aquí estoy adentrándome en cuestiones que
serían secundarias en relación con otra de las incógnitas, probablemente la
más central de la historia del Fuero Juzgo: la datación de la que podemos
considerar como la redacción romance que mandó realizar Fernando III,
como refleja el fuero breve de Córdoba de 1241. Precisamente, la datación
en los manuales de historia de la lengua de este texto fue algo que me
intrigó mucho al principio de mis investigaciones. Lapesa, en su Historia
de la Lengua, le asigna la fecha de 1260 por lo que me parece ser una
confusión del «texto» con un «testimonio», además leonés (concretamente
el correspondiente al que aparece en la Crestomatía de Menéndez Pidal,
catalogado de versión leonesa de 1260). Sea como fuere, existen pruebas
textuales indirectas de que una redacción romance del Fuero Juzgo existía
al menos en 1255, pues el Fuero Real contiene formulaciones en algunas
leyes que se han tomado de toda evidencia del Fuero Juzgo y no del Liber.
La revisión de esta fecha y de otros aspectos de la historia de la redacción
romance de este fuero se expondrán como estudio introductorio a la edición
que estoy preparando del manuscrito Vitr. 17-107.

2. Estudios lingüísticos de los fueros


Es ya momento de relacionar lo hasta aquí expuesto con la investiga-
ción lingüística. Y esa relación es obvia, consiste en la ecuación de que
a mejores ediciones o mejor conocimiento de esos textos corresponden
interpretaciones lingüísticas más acertadas o incluso no erróneas.

7
Puede consultarse ya Castillo Lluch (2011a, 2012 y 2016).
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 141

No es este el espacio para reseñar el conjunto de estudios lingüísticos


que se han realizado sobre los fueros. De hecho, cuando comencé a prepa-
rar esta conferencia y decidí que en su primera parte ofrecería una visión
historiográfica de conjunto, se me ocurrió que podría ser útil crear un portal
web que recogiera esa información con más detalle y de modo actualizado.
Ese portal, Fueros medievales <[Link]>, nacido el verano
de 2015, está pensado como una herramienta para los historiadores de
la lengua que se interesen por los fueros; en él se encuentran datos para
cada fuero acerca de las ediciones, manuscritos, datación, cómo aparece en
CORDE, estudios lingüísticos relacionados y también apunto los estudios
que en mi opinión quedan por hacer sobre ese fuero.
Me limitaré entonces ahora a recordar que entre las fuentes de estudio
lingüístico, los historiadores de la lengua española han priorizado tradicio-
nalmente para la época medieval las literarias, historiográficas y notariales.
Al presentar los fueros el inconveniente de una difícil localización espacial
y temporal, por su compleja tradición textual, no han entrado fácilmente en
ese canon de la historia lingüística. Como prueba, se puede aducir que, del
conjunto de artículos que se han publicado en las actas de este congreso,
que ascienden a unos mil cuatrocientos (desde el primer congreso hasta el
octavo), solo seis se han dedicado especialmente a textos forales. Aun así,
los fueros han atraído ocasionalmente el interés de los especialistas, dando
lugar a estudios clásicos como los de Lapesa (2000) sobre los fueros del
siglo XII de Avilés, Valfermoso de las Monjas, Villavaruz de Rioseco y
Madrid, o los de Ariza (2009) sobre estos mismos fueros y otros más de
esa centuria escritos en latín con algunas formas romances8. En cuanto a
los fueros del siglo XIII, hemos de referirnos a los estudios dedicados a
la lengua de cada texto por sus editores o colaboradores en las ediciones.
Lo más habitual es que las propias ediciones se acompañen de glosarios
de variable ambición lexicográfica. Ya la edición de 1815 del Fuero Juzgo
de la RAE incluía uno, perfeccionado en 1905 por Manuel Rodríguez, un
erudito gallego. Muchas son las ediciones que incluyen vocabularios de
los fueros (las de Avilés, Guadalajara, Sepúlveda, Aragón, Teruel, Estella,
Baeza, Alcaraz y Alarcón, Plasencia, Béjar, Úbeda, Cáceres, Zamora…) y
otros se publican independientemente de aquellas, como los realizados por
Pilar e Inés Carrasco en 1997 sobre los fueros leoneses editados por Castro

8
Santa Eugenia (León, 1165), Villa Alfonso y Venefaragues (Zamora, 1157), Carva-
lleda (Zamora, 1187), Benavente (Zamora, 1167), Cornudilla (Burgos, 1187), Oña (Burgos,
1190), Celaperlata (Burgos, 1200) y Tafalla (Navarra, 1157).
142 Mónica Castillo Lluch

y Onís. Una bibliografía muy completa de los estudios léxicos forales se


encuentra en la página del Seminario de Madison <[Link]
[Link]/lsmst/>. La investigación sobre otros aspectos de la lengua de
los fueros cuenta con títulos sobresalientes como los que firman Manuel
Alvar para el de Sepúlveda (Alvar 1953) y el de Salamanca (Alvar 1968),
Juan Gutiérrez Cuadrado (1974) sobre el de Béjar, Ángeles Líbano sobre el
Fuero General de Navarra (1977), Pilar Carrasco sobre el de Zamora (1987),
César Hernández Alonso (1988) sobre el Fuero Real, M.ª Vaquero (1990)
sobre el de Plasencia; para el Fuero Juzgo los de Pilar Díez de Revenga
(2002) y José Perona (2002), para los fueros de Alcalá de Henares los
de María Jesús Torrens (2002, 2011), y para el fuero de Jaca el de María
Antonia Martín Zorraquino y María Luisa Arnal Purroy (2003).
Como acabo de comentar, una ojeada a los índices de las actas de este
congreso de historia de la lengua española arroja una lista muy breve de
estudios dedicados expresamente a los fueros. Apenas seis títulos a lo largo
de los ocho juegos de actas debidos en su mayoría a colegas especialistas
ya citados hace un instante. Pero, evidentemente, los fueros como parte del
corpus de un estudio lingüístico están más representados: entre el quinto y el
octavo congreso, unos cuarenta artículos de las actas incluyen datos o refe-
rencias a fueros9. Y lo más habitual, desde que existen corpus electrónicos,
es que se citen a partir de estos, particularmente del CORDE, que alberga
más de ochenta títulos de fueros, entre breves y extensos, latinos y romances.
Desde luego, la ventaja de las consultas automáticas en un corpus
como el CORDE es incuestionable, pero no está de más poner a prueba
la fiabilidad del instrumento. A este respecto, hay que decir que, por lo
general, las ediciones volcadas en este corpus son las que se consideran
filológicamente más fiables. Sin embargo, la datación que se atribuye en
el CORDE a los fueros merece ser considerada con muchas reservas, pues
no se ha adoptado un criterio homogéneo a la hora de establecerla.
La datación de los fueros es uno de los aspectos más intrincados para el
filólogo, por la naturaleza evolutiva de estos textos: los promulga un rey en
versión breve en latín (por ejemplo el FZorita Alfonso VIII en 1180), otro
los confirma unas décadas o un siglo después añadiendo disposiciones lega-
les nuevas (este mismo FZorita fue confirmado en 1218 por Fernando III),
se hacen extensos y se romanizan y pueden ser objeto a su vez de diversas
confirmaciones con cambios. Por último, pueden haberse conservado en
diversos manuscritos.

9
Agradezco a Clara Morales Moreno su ayuda con estas búsquedas.
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 143

El estudio de la cronología de los fueros ha ocupado a renombrados


historiadores del derecho en estudios famosos, por lo general muy comple-
jos, y en la mayoría de los casos esa cronología no se puede reducir a una
única fecha. Simplificando, en la historia de los fueros hay que distinguir
al menos cuatro momentos importantes, que revisten más o menos interés
para nosotros, los historiadores de la lengua. En primer lugar, desde una
perspectiva estrictamente histórica, una fecha clave es la de la concesión
del fuero a una villa por parte de un rey o de un señor en el momento de
la repoblación de la localidad y de su comarca. En esa fecha, el fuero con-
cedido puede corresponder a un fuero breve que más tarde conocerá una
versión extensa, la cual en muchos casos originariamente fue redactada en
latín; esa versión latina se romanceará generalmente en el transcurso de la
segunda mitad del siglo XIII. De este texto se producirán una serie de copias
de las cuales algunas han llegado hasta nosotros. De todas estas fechas la
primera es esencial para los historiadores, mientras que para los historia-
dores de la lengua son las dos últimas las que merecen mayor atención.
Como es bien sabido, en el CORDE se registra la «fecha de escritura».
¿Pero de escritura de qué en este caso? El problema en lo relativo a los
fueros es que estas fechas no se tratan en este corpus, como ya he anunciado,
de manera uniforme. En algunos casos, como en el del fuero de Soria, la
fecha registrada es la fecha de la primitiva redacción del Forum Sorie, fuero
extenso en latín (ca. 1196), cuando lo que el corpus está ofreciendo es la
versión romanceada del XIII —datada con más precisión en un reciente
estudio de Martínez Diez (2006) tras 1274—, conservada en testimonios
del siglo XIV, según la descripción de Galo Sánchez en su edición de 1919.
Lógicamente, la datación que ofrece el CORDE es muy problemática, pues
resulta ser la de otro texto, redactado, además, en otra lengua y en otra
época. En estudios de lingüística de corpus esto conduce a contabilizar
como propios del siglo XII, fenómenos que en verdad corresponden a una
realidad dos siglos posterior. Si nos fijamos ahora en el fuero de Béjar, la
«fecha de escritura» dada (ca. 1290-1293) corresponde a la que Gutiérrez
Cuadrado (1974: 26) en su edición propone para el texto de la redacción
romance, no a la del manuscrito editado (fecha a la que Gutiérrez Cua-
drado no alude). Lo mismo hay que interpretar con la fecha ca. 1250-1260
del Fuero Juzgo, pues en una consulta personal a Jerry Craddock, él me
comunicó que el manuscrito tenía una escritura gótica que bien podía ser
del siglo XIII como de siglos posteriores. En otros casos, como en el del
fuero de Teruel, la fecha indicada de ca. 1300 corresponde a la atribuida
por Max Gorosch al códice A que él edita. Lo mismo sucede con la fecha
144 Mónica Castillo Lluch

1300-1330 del Fuero general de Navarra: es la del manuscrito editado


por Sánchez-Prieto (2004). Por último, si nos interesamos por el fuero
de Avilés, lo que encontramos en el CORDE no es ni siquiera una fecha
correspondiente a un texto ni a un testimonio, sino la que se considera
fecha de concesión del fuero por Alfonso VII, 1155, cuando la copia que
se conserva es de fecha bastante posterior, del último tercio del siglo XIII.
Basten estos pocos ejemplos para que tengamos presente este pro-
blema al estudiar la lengua de los fueros a partir del CORDE y también
para confirmar que reexaminar las ediciones existentes permitirá afinar y
corregir datos importantes que tienen una consecuencia directa en nuestras
investigaciones lingüísticas.

3. La sintaxis de los fueros


En lo que sigue me dedicaré a exponer los resultados de un estudio
sobre la sintaxis de un conjunto de fueros romances del siglo XIII o princi-
pios del XIV (Castillo Lluch 2015b). Este nivel de la gramática es sin duda
el menos atendido por los estudiosos de la lengua de los fueros y a mí me
ha interesado profundizar en el análisis de la posición del verbo, que ya
exploré en un primer artículo sobre la sintaxis de los fueros de Alcaraz y
de Alarcón (Castillo Lluch 1996-1997). Mi propósito es comprobar hasta
qué punto se registra la posición final en las oraciones hipotéticas de estos
textos y formular una interpretación de estos datos.
Sería muy reductor asimilar el discurso de los fueros a listas de enun-
ciados directivos, a meras disposiciones con la forma si p → entonces q,
pues hay fueros muy distintos entre sí y algunos de ellos encierran diversas
modalidades discursivas, como la expositivo-argumentativa, por ejemplo en
la ley del Fuero Juzgo 3, 1, 4 («Que las mugieres de grand edad que non
casen con los omnes de pequenna edad»), que establece que «siempre las
mugieres de menor edad se casen con los barones de mayor edad» previa
exposición de las razones: la primera, natural, por las consecuencias que
puede tener para la descendencia; en segundo lugar, se expone que los
casamientos que no respetan esta ley se producen por codicia y contravienen
el orden social; y por último, por la superioridad natural del hombre a la
mujer. En ocasiones, las disposiciones legales adoptan un estilo narrativo,
como sucede en la siguiente formulación del fuero de Jaca, comentada en
su estudio por Martín Zorraquino/Arnal (2003: 345-346):
Moltas uegadas esdeuen que hom ua a selua comunal e comença de tayllar algun
arbre que a obs e laxa-la no del tot tayllada. Ven puxas un altre ad aquela selua
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 145

metexa e troba aquest arbre que l’altre auia començat de tayllar [et] taylla-lo del
tot e falo portar. Sobre aço uen l’altre que l’auia començat de tayllar e uol-lo rete-
nir dicent que la començo primerament de tayllar e lo synnala. / Sobr’aço dic lo
fuer: que aquel qui del tot lo taylla [et] lo gitta en terra, aquel la deu auer (A 83).

En este caso, como vemos, la circunstancia a la que se aplica la ley se


formula relatando un suceso frecuente en un estilo narrativo y después se
indica lo que estipula el fuero en tal situación.
Con estos dos ejemplos pretendo no dejar una imagen muy simplista
de la sintaxis de los fueros, si bien no cabe duda de que en la mayoría
de ellos los esquemas sintácticos más frecuentes son los que asocian un
hecho supuesto a una disposición legal, lo cual se codifica con una relativa
hipotética o una subordinada condicional o temporal asociada a una princi-
pal que expresa la disposición. Las subordinadas condicionales y relativas
hipotéticas son las estructuras en las que he analizado el orden del verbo
con respecto al objeto nominal, partiendo del siguiente corpus:

FECHA DEL TESTIMONIO LEYES


FUERO
ANALIZADO ANALIZADAS
Zamora ms. de 1289 96 (entero)
Salamanca s. xiii 351 (entero)
Béjar 1290-1293 (fecha de la redacción 350 (parcialmente)
romance)
Plasencia finales del s. xiii (ca. 1297) 350 (parcialmente)
Usagre finales del xiii 350 (parcialmente)
Sepúlveda 1300 254 (entero)
Alcalá anterior a 1247 305 (entero)
Zorita finales del s. xiii o principios del xiv 350 (parcialmente)
Soria ms. A del xiv (ca. 1301-1310) 350 (parcialmente)
Molina de Aragón ms. M de finales del s. xiii 207 (entero)
Teruel ms. A de finales del xiii o principios 350 (parcialmente)
del xiv
Alarcón finales del s. xiii 350 (parcialmente)
Alcaraz 1296 350 (parcialmente)
Baeza último cuarto del s. xiii 350 (parcialmente)
Juzgo ms. de Murcia de 1288 libros 3 a 8
(parcialmente)
Real finales del s. xiii o principios del xiv libro 3 (parcialmente)
146 Mónica Castillo Lluch

He recogido sistemáticamente las ocurrencias del orden VO y OV


mediante una lectura completa de hasta 350 leyes de los diferentes fueros
—sin recurso a búsquedas automáticas, sino mediante recuento manual, de
modo bastante pretecnológico y artesanal—, llegando a los resultados que
quedan expuestos en las siguientes Tablas (primero aparecen las relativas
hipotéticas —las estructuras más numerosas en estos fueros— y después
las condicionales)10:

10
El número total de estructuras analizadas (enunciados con verbo + objeto directo
nominal) figura en el eje de abscisas, tras el nombre de cada fuero; en el interior de las
barras se indican los porcentajes del orden OV y VO.
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 147

Haciendo abstracción de las diferencias entre los dos tipos de oracio-


nes, se pueden apreciar en estos gráficos tendencias y contrastes llamativos.
De los dieciséis fueros estudiados se distingue un grupo orientado fuerte-
mente hacia una sintaxis OV (Alcaraz, Plasencia, Baeza, Teruel, Alarcón y
Zorita); uno intermedio, más equilibrado (Alcalá, Zamora, Molina, Usagre);
y un tercero que se inclina más bien (Salamanca, Real, Sepúlveda y Soria)
o de modo extremo (Béjar, Juzgo) hacia el orden contrario VO. Ante estos
datos, nos planteamos como primer interrogante por qué muchos de estos
fueros presentan valores tan elevados de verbo final, cuando en el romance
del siglo XIII el 80% de esas estructuras subordinadas tiene un orden VO11.
La pregunta que se impone inmediatamente después es a qué se deben las
diferencias sintácticas entre los diversos fueros, y cómo explicar los con-
trastes más extremos, o sea que el fuero de Alcaraz presente casi un 90%
de relativas con verbo final y el Fuero Juzgo apenas un 2%.
Para la primera pregunta pienso que la clave está en la tradicionalidad
discursiva. No creo que sea muy discutible que las cotas anómalas de esta
sintaxis de verbo final responden al interés por parte de los prácticos juristas
redactores de estas leyes de mantener un vínculo fuerte con la tradición
jurídica inmediatamente anterior escrita en latín. Se trata de una sintaxis
latinizante emblemática del género, fiel al precepto ciceroniano de que para
que las leyes tengan más autoridad deben estar redactadas en un lenguaje
arcaizante. Asimismo, no es casualidad que esa sintaxis arcaizante se apli-
que a las prótasis de las condicionales y de las relativas hipotéticas, que son
las piezas más tradicionales de estos textos (cf. FPlasencia 88: «Todo omne
que a otro narizes taiare peche C mrs.»). De hecho, hay que subrayar que
las principales se formulan en todos los fueros (latinizantes o no) con el
verbo en posición media y no final, como se ve en este enunciado también
del fuero de Plasencia (85): «Toda mugier que assi fuer fallada con otri,
taienle las narizes». Observamos, pues, que cuando se trata de la prótasis,
el verbo tajar sigue a los dos complementos, pero en la apódosis, el OD
va pospuesto y hasta podría decirse que un enunciado con el orden contra-
rio en la apódosis («las narizes taienle»), es ajena a la gramática de estos
textos. Por supuesto, me apresuro a decir que siempre puede haber alguna
excepción12 y también de paso añado que la anteposición del objeto directo

11
Cf. Castillo Lluch (2015b: 286, n. 8).
12
Cf. FTeruel 230: «De cabo, si el debdor dará cableuador et al plaço de los IX días
non pagará o en la ujlla non será, el cableuador todo el debdo y el coto de los V sueldos
pague, si fuere manjfiesto».
148 Mónica Castillo Lluch

se da independientemente de si este es ligero o pesado, como muestra el


ejemplo siguiente: «Do a uos en fuero que el uecino de Molina que caua-
llo et armas de fuste et fierro et casa poblada et mujer et fijos en Molina
touiere non peche ninguna cosa» (FMolina 64, 1-6).
El hecho de que la gramática del verbo sea diferente en la prótasis y
en la apódosis, además de a razones tipológicas que arrancan del propio
latín, podría deberse a razones retóricas: al leer, o incluso escuchar, pues
no olvidemos que los fueros escritos de la Extremadura castellana se fijan
a partir de una extensa tradición oral, la distinta gramática (OV en la pró-
tasis y VO en la apódosis) permitiría el procesamiento inmediato de los
enunciados, ya como supuesto, ya como disposición, y eso gracias a su
forma. Resulta interesante, en cualquier caso, que algunos fueros, como
el de Teruel, presenten verbo final casi exclusivamente en la prótasis de
enunciados hipotéticos (condicionales, relativas hipotéticas y temporales
hipotéticas) y no en las estructuras principales de las disposiciones, ni en
subordinadas completivas, relativas determinativas u otras.
Para la segunda pregunta sobre por qué existe tanta diferencia sintác-
tica entre los diversos fueros, deben buscarse las razones en la particular
historia textual y tradición escrituraria correspondiente a cada uno de esos
textos. La sintaxis tan radicalmente romance del Fuero Juzgo, ¿no podría
deberse a que su redacción vulgar la promueve oficialmente un rey cas-
tellano y se decide no emular la sintaxis latina, igual que no se tendió al
latinismo ortográfico o léxico bajo Fernando III y Alfonso X? La idea
puede ser discutible, pero el dato de un 2% de verbos en posición final en
los periodos relativos hipotéticos analizados quizá merezca una hipótesis
fuerte como esta13.
Me parece interesante comentar algún detalle más en relación con la
gramática de estos fueros. Si nos fijamos en los que pertenecen al grupo
más equilibrado, intriga saber si existe alguna razón de tipo informacional
o discursivo que explique la alternancia entre OV y VO en los enuncia-
dos tratados. Puedo decir que las exploraciones en busca de razones en
la estructura de la información se revelan bastante estériles (cf. Castillo
Lluch 2015b). La anteposición de los OD nominales al verbo no responde
a focalizaciones o a topicalizaciones de modo sistemático, ni siquiera ten-
dencialmente, y muchas veces la única explicación parece ser la estilística
de la variatio. Es curiosa, no obstante, una tendencia que puede manifes-
tarse de modo bastante consistente en algunos fueros, que parece que la

13
Desarrollo esta hipótesis en Castillo Lluch (2011a).
La historia de la lengua española vuelve por sus fueros 149

rentabilizan discursivamente. Se trata de que cuando hay una secuencia


con una suposición, seguida de una contrapresuposición, se produce una
alternancia de orden entre ambas en lo que parece funcionar como un
mecanismo icónico en algunos casos bastante regular. Lo más habitual
es que en la contrapresuposición se presente la estructura con frontaliza-
ción. Esto se observa con objetos directos («Todo clérigo de Molina que
ouiere fijos, sean herederos et si fijos non ouiere, hereden sus parientes»,
FMolina 75-14-17), pero también se producen inversiones en estructuras
atributivas («et si fuere malo sea preso et en la cibdad retenido. Si malo
non fuere, uayase en paz», FPlasencia 270) o entre auxiliar y participio
de formas compuestas («Los hermanos que non ouieren partido et alguno
dellos murier, hereden del sus hermanos e si partido ouieren, hereden del
el padre o la madre», FMolina 76-11-16). Es esta una tendencia que si se
aprecia en algunos fueros, como en el de Molina, de modo particularmente
llamativo, en otros no se da tan sistemáticamente («..si casa ouiere. Et
si casa non ouiere…», FPlasencia 213; «…si parientes non ouiere. Et si
parientes ouiere…», FPlasencia 248).
Me atrevo a mostrarles aún un efecto más de la sintaxis singular de
estos textos. La anteposición al verbo de OD complejos —con varios sus-
tantivos coordinados— se produce en ocasiones solo parcialmente, de modo
que parte del OD se encuentra en posición preverbal y parte pospuesta al
verbo: «Et si el muerto fijos o njetos non ouiere o hermanos casados &
ouiere padre o madre, amos biuos, hereden todos sus bienes» (FSoria 320).
En este enunciado «hermanos casados» no ha subido con el resto del objeto
a la posición preverbal, dando lugar a un sintagma discontinuo, fenómeno
relativamente frecuente en los textos forales (cf. FZamora 25, 26, 30, 33,
39…), que pone de manifiesto posibilidades sintácticas de la lengua medie-
val aún muy poco estudiadas (cf. Castillo Lluch 2011b; Batllori 2015).
Es tiempo ya de terminar. Lo haré refiriéndome a un lugar común que
uno descubre leyendo las introducciones de la mayoría de las ediciones
antiguas a las que he hecho referencia en esta ponencia: aquellos editores
expresan algo que nosotros no expresaríamos hoy con tinta impresa, o al
menos no lo haríamos del mismo modo. Rafael Ureña, Miguel Sancho, Galo
Sánchez, confiesan en un registro que hoy suena intimista, que las tareas
que han emprendido superan sus fuerzas. Imaginar a Ureña, a Roudil, a
Gutiérrez Cuadrado trabajando como colosos para culminar sus proyectos
y con una disciplina que les permitiera organizar, ellos sí artesanalmente y
sin más tecnología que registros de fichas, todo ese caudal de variantes y de
información que manejaron, me parece que incita a seguir aportando más a
150 Mónica Castillo Lluch

todos los que ya fueron sus logros. Por eso y porque estoy convencida de
que lingüísticamente hay todavía mucho que hacer en este campo, me ha
sido muy grato hoy invitarles a volver por nuestros fueros.

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Contribución a la historia de los procesos de
adaptación en los préstamos del español moderno*

Gloria Clavería Nadal


Universitat Autònoma de Barcelona

Resumen. Durante los siglos XVIII y XIX se producen abundantes procesos de


préstamo léxico en el español. La lengua que mayor número de préstamos pro-
porciona al español es, sin ninguna duda, el francés; además, se empiezan a tomar
préstamos del inglés y de otras lenguas que a menudo presentan estructuras for-
males sustancialmente distintas a las características estructurales del español. A
estos hay que sumar los préstamos de las lenguas clásicas, siempre presentes en
la historia de las lenguas románicas. El estudio tiene como objetivo el análisis de
los procesos de adaptación formal que acompañan a la adopción de estos elemen-
tos léxicos a través de su recepción en fuentes lexicográficas de los siglos XVIII
y XIX. Se analiza un conjunto de fenómenos vinculados a la estructura silábica
con el propósito de reconstruir las tendencias evolutivas que se verifican en las
adaptaciones en el español moderno como base de explicación del español actual.
Palabras clave. Préstamo léxico, sílaba, adaptación, español moderno.

Abstract. During the eighteenth and nineteenth centuries, there are many loanword
processes in Spanish. Without any doubt, French is the language that provides
more number of loans; also, English and other languages begin to be a source of
lexical borrowing, often with formal structures substantially different of Spanish
structural properties. Furthermore, the classical Languages loanwords are always
present in the history of Romance languages. This paper aims to analyze the
adaptation processes with lexicographical data of the eighteenth and nineteenth
century. The study examines a set of phenomena related to the syllable structure

* Esta investigación se ha desarrollado gracias a las ayudas de la DGICYT (núm. de


referencia FFI2014-51904-P) y del Comissionat per Universitats i Recerca de la Generalitat
de Catalunya (núm. de referencia SGR2017-1251). Agradezco la atenta lectura y los útiles
comentarios de José Manuel Blecua, M.ª Rosa Lloret y Dolors Poch.
158 Gloria Clavería Nadal

in order to reconstruct evolutionary trends in the adaptation processes of Modern


Spanish as a base explanation of current Spanish.
Keywords. Loanword, syllable, adaptation, Modern Spanish.

1. Introducción
Uno de los mecanismos de evolución del componente léxico de las len-
guas de todos los tiempos se halla en la incorporación de elementos de otras
lenguas. Este proceso está presente en mayor o menor medida en la historia
de la lengua desde las épocas más remotas y bien puede observarse en los
distintos capítulos de obras como la ELH, en las gramáticas históricas, desde
Menéndez Pidal (1977) hasta Penny (1993), o en la reciente monografía
de Dworkin (2012), por citar algunos estudios generales en los que estas
unidades léxicas se encuentran agrupadas según la lengua de procedencia.
Este mecanismo de ampliación del léxico tiene tendencia a generar
cierta reacción crítica ya que a menudo es juzgado desde un punto de
vista proteccionista y purista como una «invasión» (Gutiérrez Cuadrado
2006). No me detendré en esta cuestión sino en un aspecto de lingüística
interna que entraña la incorporación de préstamos en el español moderno:
los procesos de adaptación formal que experimentan al integrarse en el sis-
tema que los toma. En este caso, el sistema de acogida es el español y será
objeto de análisis la lengua de los siglos XVIII y XIX, considerada como
base diacrónica del español contemporáneo, pues no se puede entender la
variación actual sin atender a sus orígenes.
En el terreno de la adaptación, conviene recordar la perspicaz observa-
ción de Emilio Lorenzo al valorar la situación del anglicismo a mediados
de los años cincuenta del siglo pasado:
Lo que podríamos llamar norma general ha sido hasta hace aproximadamente dos
siglos la siguiente: en el léxico, transcripción fonética; en morfología y sintaxis,
fidelidad a los usos españoles. Si quisiéramos dar una explicación a este criterio,
la encontraríamos en un hecho simple: insuficiente conocimiento de la lengua
acreedora y escasa práctica de la lengua escrita, lo mismo la nacional que la
extranjera (Lorenzo 1996: 93).

Estas palabras se referían a dos siglos que comprendían aproxima-


damente desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX;
durante este periodo el español no ha dejado de acrecentar su léxico
con elementos de variada procedencia y estructura a la vez que fueron
cambiando las condiciones externas del préstamo, pues se ha verificado,
en el caso del inglés, un aumento del contacto lingüístico y también un
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 159

incremento progresivo del conocimiento de la lengua de origen. Todo


ello explica que, aunque chelín y marketing o shock sean anglicismos
con unas características semejantes (shilling, marketing, shock), muestren
un tratamiento sustancialmente distinto, ya en la grafía ya en las caracte-
rísticas fonético-fonológicas y morfofonológicas. Chelín es un préstamo
relativamente antiguo, documentado en textos y diccionarios desde el siglo
XVIII1, que ha experimentado unos cambios (la consonante inicial, el final
de la palabra en -ín y la acentuación oxítona) determinados por el hecho
de que el vocablo fue tomado por conducto del francés chelín (Lorenzo
1996: 394; García Yebra 1999: 39). En cambio, marketing o shock man-
tienen la forma escrita de la lengua original como reflejo de la tendencia
en progresivo aumento hacia la incorporación sin adaptación, al menos en
la escritura (Gómez Capuz 2001). Esta preferencia, que actualmente com-
parten las lenguas modernas de nuestro entorno más inmediato (francés,
italiano, portugués, catalán), se refleja en los observatorios de neología y
es ratificada desde la observación de la lengua de los medios de comu-
nicación (Cabré et al. 2001; Gómez Capuz 2001: 39; Marazzini/Petralli
2015; Clavería 2015). Dentro de esta propensión deben contemplarse los
cambios introducidos en el Diccionario de la lengua española de la Real
Academia Española en sus últimas ediciones (RAE 2001, RAE 2005, RAE
2014) y la identificación de los préstamos sin adaptar, los denominados
«extranjerismos crudos», con una marca tipográfica (cursiva). La presencia
de este tipo de voces en el idioma está bien atestiguada desde hace años
en otros diccionarios, más cercanos al uso.
1.1. Objetivos y metodología
Intentaré en esta contribución reconstruir y desentrañar cómo se gesta
el inicio del cambio al que aludía Emilio Lorenzo. Para ello, el análisis del
préstamo léxico se va a realizar no tanto teniendo en cuenta la procedencia
sino desde una perspectiva transversal, ya que los préstamos, a pesar de
poder ser de distinto origen y tener distintos cauces de entrada, pueden
compartir los mismos fenómenos.
Por el hecho de tratar del léxico, será necesario atender de manera
particular a cada palabra, pues desde el punto de vista lexicológico hay que
conocer la historia de cada vocablo y, solo a partir de ahí, se puede intentar
determinar las tendencias generales en el desarrollo. La imagen pidaliana

1
Vid. las formas antiguas chelines / esquelines / schelines / chilin / schelins / shelines
/ schelin en Gómez de Enterría (1996). Cf. Páramo García (2003: 129-130). Las formas
con squ- podrían explicarse por un origen germánico (DECH, s. v. jirón).
160 Gloria Clavería Nadal

de las hojas y la corriente resulta en este caso perfectamente aplicable


(Menéndez Pidal 1980: 531).
Para realizar el análisis, se ha partido de un conjunto de elementos
léxicos procedentes del DECH, completados con la documentación extraída
de los diccionarios de los siglos XVIII y XIX2, y de fuentes documenta-
les variadas. Evidentemente, la documentación lexicográfica no suele ser
la primera documentación del término, aunque así aparezca en algunos
diccionarios como el DECH (Blecua/Clavería 1999), sino que, como ya
advirtió Álvarez de Miranda (2006: 1230-1231), no representa más que el
reconocimiento temprano o tardío de la difusión que ha alcanzado un neo-
logismo. La incorporación de nuevas voces a las diferentes ediciones del
Diccionario de la Real Academia Española suele indicar que el elemento
léxico en cuestión ha recorrido una parte importante del camino de difusión
y se encuentra ya bien asentado, no en vano los estudios sobre la neología
que se desarrollan actualmente toman como criterio identificador de las
innovaciones léxicas el hecho de que no aparezcan en ciertos diccionarios.
En el panorama lexicográfico del español moderno, el Diccionario cas-
tellano (DC) de Esteban de Terreros se configura como una ventana abierta
al español del siglo XVIII por su apego al uso y por su amplio criterio en la
incorporación del vocabulario, en general, y de neologismos, en particular.
La relación del DC con la traducción (Álvarez de Miranda 1992a; Azorín
2006; Gómez de Enterría 2008; Clavería 2010) lo hacen también interesante
para nuestros propósitos, pues, como ha notado acertadamente Echevarría
(2001: 69), «su indagación lexicológica arranca entonces de la noción ya
acuñada en otro idioma». Justamente en este marco, se refiere Terreros a
los procesos de adaptación y a la conveniencia de su aplicación:
procuro para mitigar la disonancia que pudiera hacer, dar á la voz forastera una
terminacion castellana siempre que es dable; y si no se puede acomodar en un
todo; ni la terminación latina, ni la griega disuenan demasiado en nuestro idioma,
acostumbrado ya á ellas en muchas voces; y en fin si estas son tales que no per-
mitan mudanza, como sucede en algunos de los idiomas bárbaros de América,
Persia, el Norte, Turquía y la India, es preciso pasar por encima de esta barbaridad
que nos trahe la noticia de un objeto que no ha sido posible sacarle sin ella al
público («Prólogo» DC, XV).

Pese a esta voluntad de adaptación, se encuentran en el DC muchos


términos que por sus características formales resultan valiosos para trazar la

2
Cito las distintas obras lexicográficas consultadas a través del NTLLE y excuso su
relación en la bibliografía por motivos de espacio.
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 161

historia de los procesos de adaptación de los préstamos. Su amplio criterio


de selección léxica se revela en el acopio de voces «que usan los cultos,
y tienen yá admitidos algunos sabios» (Terreros 1771: b3) y así se reco-
gen détail / detaille por detalle, desert / dessert, ambigú, parterre, rang /
rango, deshabillé, toileta / toaleta, coqueta, rendez-vous / randevú, club,
redingote / ridingot o yacht / yac / yacte / yac, entre otros; también figuran
en la nomenclatura terreriana voces vinculadas a los vocabularios científi-
cos y técnicos, terreno en el que se estaba llevando a cabo la importación
de palabras como bismuth, zinck, espato o cobalt (cf., por ejemplo, Díez
de Revenga/Puche 2012; Garriga 1996-1997; Florián Reyes 1999; Gómez
de Enterría 1996). Muchos de estos términos irán siendo admitidos, con
mayor o menor celeridad, en el Diccionario de la lengua castellana de la
Real Academia Española; en general, siempre en la forma más acorde a las
propiedades del español. La comparación, por tanto, nos asistirá al trazar
la historia de la adaptación.
La Academia, durante buena parte del periodo estudiado, da la espalda
al neologismo, y muy especialmente al neologismo de sabor extranjeri-
zante, a través del rechazo a su inclusión en el Diccionario, un principio
claramente formulado en el «prólogo» de la novena edición (RAE 1843).
Rehúye, y así lo expresa en los prólogos (Alvar 1993b), toda innovación
«pasajera» con lo que no son muchos los neologismos que logran traspa-
sar el cedazo académico. En la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo,
muestra mayor disposición por aceptar las innovaciones léxicas, actitud que
se empieza a manifestar a partir de la undécima edición del Diccionario
(RAE 1869), un periodo de notable renovación en las tareas lexicográficas
de la Academia y que dará como fruto el cambio de rumbo que se percibe
en las tres ediciones de finales de siglo XIX (Clavería 2016). Pese a ello,
las fronteras de la admisión léxica, sustentadas en criterios de carácter
filológico y purista, están muy presentes y aún se refuerzan, como intentaré
demostrar en este estudio. Un buen ejemplo de esta actitud se halla en la
palabra rango (del fr. rang3), una voz que ya figura en el DC de Terreros
(rang / rango) y que también registra Salvá en su Nuevo diccionario de
la lengua castellana de 1846 con la marca lexicográfica de neol. Por ser
considerado galicismo innecesario (cf. Baralt 1995), no aparece recogido el
término en el Diccionario de la Academia hasta la decimoséptima edición
(RAE 1947), por mucho que lo defendiera Saralegui en el propio Boletín
de la Real Academia Española en 1923.

3
Salvo que se indique otra fuente, utilizo para la información etimológica el DECH.
162 Gloria Clavería Nadal

2. Los préstamos y las lenguas de origen. Préstamo de transmisión


simple y préstamo de transmisión compleja
Desde el siglo XVIII, el acrecentamiento del léxico del español sigue
las vías de ampliación propias de las lenguas modernas con un notable
contingente de voces cultas importadas de las lenguas clásicas (latín o
griego) o creadas con formantes de esta procedencia. Además, el francés,
durante los siglos XVIII, XIX y hasta la primera parte del siglo XX, y el
inglés, muy especialmente desde mediados de siglo XX, son los dos con-
ductos básicos a través de los cuales el español recibe gran parte de la
innovación léxica de carácter exógeno. Existen, asimismo, préstamos de
otras procedencias: por ejemplo, los de lenguas geográfica y culturalmente
cercanas como el catalán, el gallego y el portugués, en cuya relación léxica
con el español queda aún mucho por investigar; de menor importancia en
esta época son los préstamos del italiano (Álvarez de Miranda 2009). No
atenderé aquí, salvo en algunos aspectos marginales, al complejo vínculo
que se traba entre español y lenguas indígenas americanas, pues tiene una
cronología, amplitud y condiciones de desarrollo que habría que tratar de
manera pormenorizada.
Tan importante para la investigación de la historia del léxico es el
establecimiento de la lengua de origen del préstamo como la reconstruc-
ción de las vicisitudes desde esta lengua de origen hasta el español. De
ahí la distinción entre «étimo inmediato» y «étimo último» aplicada al
anglicismo por Pratt (1980: 170-185), una distinción que ha tenido cierta
fortuna en los estudios posteriores (Gómez Capuz 1996: 1300). La cues-
tión es relevante desde el punto de vista histórico por cuanto en los siglos
XVIII y XIX el francés no solo se configura como la lengua de la que
proceden multitud de préstamos cuya base etimológica es propiamente
francesa sino también de otros muchos vocablos que pasan por una forma
mediadora de esta lengua en su tránsito al español (cf. chelín). Este tipo
de transferencia es fácilmente rastreable en la información que atesora el
DECH o el Diccionario de galicismos prosódicos y morfológicos de García
Yebra (1999); así ocurre en la palabra vagón, procedente del inglés wag-
gon a través del francés wagon; en ducha, del francés douche y este del
italiano doccia; en drusa, del alemán druse, a través también del francés
(DECH; García Yebra 1999). El establecimiento o reconstrucción de esta
transmisión compleja (Clavería 1991) resulta relativamente fácil cuando
la lengua intermediaria ha dejado una huella indeleble como en chelín; en
otros casos, sin embargo, la mediación puede resultar más o menos difícil
de probar o de establecer, y así ocurre en el internacionalismo café, prés-
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 163

tamo del turco (y en esta lengua del árabe) que llega al español a través
del italiano o del francés (DECH; cf. Álvarez de Miranda 2009: 16-17).
Esta complejidad del proceso de transmisión queda evidenciada en otros
muchos casos: las pesquisas histórico-etimológicas de agio (Rainer 2005)
o de control (Ariza 1983), aparte de muchas de las modélicas monogra-
fías de Colón (2002), en las que se persigue desentrañar las enrevesadas
vicisitudes de la historia de las palabras. En este sentido, cabe destacar
también la función mediadora del portugués, en especial como «transmisor
de orientalismos» (Salvador 1967: 171-174) y de voces pertenecientes a
las lenguas indígenas americanas como mangostán, bambú, tapioca o tapir
(DECH; Schmid 2006: 1790).
No hay que olvidar, además, que las lenguas modernas —a partir
del siglo XVIII frecuentemente a través del francés o del inglés— acu-
ñan nuevas palabras con elementos grecolatinos. Este tipo de léxico es
fácilmente adaptable al español (Pensado 1999: 4430-4431), tanto por su
constitución como porque existen unos cauces bien establecidos para el
traspaso de unidades de este origen. Así sucede con ebonita, del inglés
ebonite, derivado de ebony ‘ébano’, formado sobre el latín ebenus y el
griego ebenos; con aluminio, del inglés aluminium, a partir del latín alu-
men, -inis. La misma procedencia se encuentra en muchos términos cultos
transmitidos al español a través del francés como se percibe claramente
en la monografía de Álvarez de Miranda (1992b) sobre el vocabulario
de la Ilustración. Además, es posible rastrear cadenas complejas entre
francés e inglés como la que existe en la palabra corporación, admitida
en la sexta edición del Diccionario académico (RAE 1822) con la marca
de neologismo y para la que el DECH supone un posible conducto francés
desde su origen inglés.
En el estudio histórico de los préstamos, interesa también atender a la
creación de dobletes, un concepto muy querido en la gramática histórica
tradicional aplicado frecuentemente al léxico de origen latino y a su trans-
ferencia a las lenguas románicas (Gutiérrez 1989). En el dominio de los
préstamos de otras lenguas, es posible identificar un mismo origen último
para voces que suelen pertenecer a distintos estratos cronológicos y pre-
sentan diferente resultado: bufete y bufet del francés buf(f)et; jefe y chef
del francés chef; o tonel, un préstamo del francés antiguo documentado ya
desde el siglo XIII (DECH), frente a túnel que corresponde al inglés tunnel,
cuyo origen en esta lengua es también el francés.
164 Gloria Clavería Nadal

3. La variación y los procesos de adaptación


Los préstamos suelen experimentar un proceso de adaptación con el
fin de ajustarse a las propiedades estructurales de la lengua receptora. Esta
adaptación afecta a todas las facetas de la estructura fonológica y refleja
las restricciones segmentales, fonotácticas, suprasegmentales y morfofo-
nológicas de la lengua que los toma (Kang 2011). Los préstamos, pues,
pueden generar variación lingüística desde múltiples puntos de vista: existe
la variación generada en el propio proceso de adopción con la convivencia
de formas de distinto signo, unas más cercanas al original, otras con mayor
o menor aclimatación a las propiedades de la lengua recipiendaria; puede
haber también convivencia entre formas vinculadas al canal de la transmi-
sión: el escrito, muy importante en el léxico culto, y otras vinculadas al
canal oral. La variabilidad inicial puede desaparecer con la aclimatación o
se puede mantener durante un largo periodo e incluso puede consolidarse.
Si el proceso de adaptación no es completo, se pueden generar como
efectos (Gómez Capuz 2001: 10) fenómenos lingüísticos divergentes con
respecto al funcionamiento y a las propiedades estructurales de la lengua
de acogida, una circunstancia que también acrecienta la variedad interna,
aunque no se puede olvidar que las lenguas naturales viven en la variación.
En el terreno de los cultismos resulta evidentísimo y su «entrada masiva»,
en palabras de Pensado (1999: 4430), «origina[n] alternancias morfofo-
nológicas al reaccionar con las palabras autóctonas» con la consiguiente
complicación estructural.
Hay que considerar, además, que en el proceso de adaptación intervie-
nen también factores de carácter extragramatical como pueden ser el grado
de bilingüismo (Gimeno/Gimeno 2003), el canal del préstamo y la posible
influencia de las convenciones ortográficas y de las decisiones normativas
(Kang 2011). La grafía adquiere en nuestro caso una importancia funda-
mental por cuanto para los estudios del pasado se constituye en la base del
análisis; conviene advertir, por tanto, que una forma escrita no adaptada
puede enmascarar una pronunciación más o menos adaptada.
En el español moderno todos los factores mencionados se presentan
y guían el tratamiento de los préstamos de la más variada procedencia.
Los fenómenos de adaptación, su presencia o ausencia, se vinculan muy a
menudo a las características fonotácticas del sistema y tienen que ver con
la distribución de los sonidos y fonemas dentro de la palabra, en especial
en relación con la estructura silábica. En este sentido, mantiene su validez
la llamada de atención realizada por Catalán en su magnífico trabajo sobre
la evolución de la estructura silábica:
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 165

si la tendencia a estructurar fonológicamente una lengua según unos ciertos


paradigmas silábicos (o aún de acuerdo con unidades de expresión superiores)
requiere mucha mayor atención que la que tradicionalmente se le ha prestado en
las fonologías diacrónicas, todavía me parece de mayor importancia el historiar
las modificaciones sufridas, dentro de una lengua histórica, por su organización
silábica. Y, sin embargo, pocos capítulos de la fonología han sido tan descuidados
como este (Catalán 1989: 77).

Así pues, en el marco de la sílaba, por un lado, y de la peculiar rela-


ción entre grafía y pronunciación, por otro, se intentarán analizar algunos
fenómenos relacionados con la adaptación de los préstamos y sus conse-
cuencias en los siglos XVIII y XIX. La exposición seguirá el orden derivado
de la propia estructura silábica distinguiendo entre posición inicial de sílaba
(§ 3.1) y posición final de sílaba (§ 3.2).
3.1. Posición inicial de sílaba
En la posición inicial de sílaba se registran en los ejemplos estudia-
dos combinaciones de consonantes ajenas a las propiedades del léxico
patrimonial.
3.1.1. Inicios con sC
Dentro de las agrupaciones de dos consonantes en posición de inicio
silábico destaca la distribución formada por el segmento /s/ + consonante,
tradicionalmente denominada s líquida, una combinación que tenían el latín
y el griego (Bergua 2004: 47) y que se encuentra en un buen número de
lenguas modernas. Este tipo de estructura silábica desapareció en la evolu-
ción del latín al español4, de manera que los préstamos con este inicio son
adaptados mayoritariamente con la prótesis de una /e/ inicial y redistribu-
ción heterosilábica de las dos consonantes contiguas (NGLE 2011: § 8.6k).
Esta agrupación ha pasado a ser imposible (Pensado 2000: 476) en español,
a diferencia de lo ocurrido en francés a partir del siglo XV (Sampson 2005
y 2010) y, en los préstamos de variada procedencia que tienen un inicio de
palabra en /sC/, la adaptación fonético-fonológica es forzosa.
En la escritura, las grafías sC- tienen larga tradición (cf. Sánchez-Prieto
1998a: 137) y el Diccionario de autoridades las recoge como forma única
en algunas palabras (scenographia) o como variante alternante en otras
(ciencia-sciencia5, escéptico-sceptico, esperma-sperma). Más adelante, sin

4
También al francés, al portugués y al catalán a diferencia del rumano e italiano
(Heinz 2014: 91-92; Sampson 2005 y 2010).
5
Nótese que en este caso la solución implica la simplificación del grupo consonántico
latino (cf. Cano 1988: 99).
166 Gloria Clavería Nadal

embargo, en la primera edición de la Orthographia española (RAE 1741)


se propone eliminar el uso de la s líquida porque «es imposible la pronun-
ciación» y se defiende su conservación solo en determinadas situaciones6.
A lo largo de toda su historia, el español ha recibido numerosos prés-
tamos con este tipo silábico y la adaptación fonético-fonológica es siempre
la misma (Gómez Capuz 2001: 31). La adaptación gráfica varía en función
de múltiples motivos. En los siglos XVIII y XIX, los préstamos con esta
distribución muestran adaptación gráfica y fonológica en voces de variada
procedencia en su codificación lexicográfica (escarpado, escoltar o espi-
neta, del italiano; esplín o estronciana, del inglés; o espato, de procedencia
alemana). La situación, sin embargo, ha variado sensiblemente en los últi-
mos años, ya que a partir de la segunda mitad del siglo XX se ha producido
una proliferación de préstamos con esta combinación consonántica en su
forma gráfica; el mismo Diccionario de la Academia registra actualmente
scooter, spa, spam, spanglish, sparring, sponsor, sport, spot 1 y 2, spray,
sprint, stabat mater, stand, standing, statu quo, stock, stop, striptease, ya
como variante única ya como forma alternante (escúter, espanglish, espray,
esprint, estand, estriptis) en sus últimas ediciones (RAE 2014; cf. DEA).
3.1.2. Otras combinaciones consonánticas iniciales
Los cultismos o el léxico formado con elementos cultos han generado
también, aunque de manera más restringida, la aparición de agrupaciones
consonánticas en posición inicial de palabra totalmente ajenas al compo-
nente patrimonial y a las combinaciones propias del español. Generalmente
son voces que proceden del griego (Bergua 2004: 46) y que han tenido
distinto tratamiento a lo largo de la historia del español moderno; así, en la
NGLE (2011: §§ 8.6i-j) se menciona la existencia de grupos binarios del tipo
cn-, gn-, mn-, pt- y ps- para los que se observa que, aunque mantienen «la
forma gráfica compleja, se pronuncian con inicio simple» de acuerdo con
las propiedades de la estructura silábica del español. Estos grupos iniciales
están ya presentes en la documentación lexicográfica examinada para los
siglos XVIII y XIX; algunos de ellos tienen larga tradición en la historia de
la escritura y se han ido ampliando en el siglo XX, aunque siempre dentro
de unos límites bien precisos.

6
Así puede leerse: «Los apellidos, y nombres de dignidades de otras naciones, y los
nombres propios de países, y lugares extrangeros, de los quales usamos alguna vez en
nuestros escritos solo por la precisión de nombrarlos, si tubieren s líquida en sus idiomas,
se escribirán con ella en el nuestro» (RAE 1741: 197-207; cf. Rosenblat 1951: LXXV).
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 167

Se trata de un pequeño núcleo de palabras entre las que se encuentran


los elementos pseudo-, psico- en cuya codificación lexicográfica alterna la
conservación con la simplificación del grupo inicial con predominio de la
primera solución7.
La combinación gn en posición inicial se ha mantenido en algunas
voces bien documentadas con anterioridad al siglo XVIII como gnomon y
gnomónica; y se halla también en algunos términos que recoge el padre
Terreros y que se incorporan a los diccionarios de la Academia en el siglo
XIX: gnómico (DC y RAE 1884)8, gnomo (DC y RAE 1884), gnosticismo
(DC y RAE 1884), gnóstico (DC y RAE 1869), y el descriptor botánico
gnetáceo (RAE 1899)9. A estos se añade gneis, procedente del alemán gneis,
una palabra que es admitida en el diccionario académico en la undécima
edición (RAE 1869) como neis / gneis.
Por su parte, la combinación de dos consonantes nasales mn, propia
del griego, se mantiene en la forma escrita de la familia léxica de μνήμων:
mnemónica (DC; Salvá 1846; RAE 1884), mnemotecnia (RAE 1869), mne-
motécnica (RAE 1869), mnemotécnico (RAE 1869), y mucho más tarde
mnemónico (RAE 1984)10.
A lo largo de la historia de la escritura, algunas agrupaciones conso-
nánticas han desaparecido; buen ejemplo de ello son los grupos pn y pt,

7
Pseudo- aparece en el Diccionario de autoridades y en el DC de Terreros reco-
nocido como un elemento compositivo propio del latín, del griego y del español; en el
siglo XIX, el lema es recuperado en la forma adaptada seudo a partir de la cuarta edición
del diccionario académico (RAE 1803), mientras que desde mediados de siglo se admite
la alternancia gráfica seudo / pseudo (RAE 1852). También los compuestos con psico-
empiezan a aparecer muy tímidamente en la lexicografía del siglo XIX: el sustantivo
psicología se halla en el Diccionario de Núñez de Taboada (1825) y varios miembros de
la familia léxica figuran en el Diccionario de Salvá (1846) con simplificación del grupo
inicial (sicología, sicológico, sicólogo); de mediados de siglo data su recepción en la
lexicografía académica (RAE 1852) con preservación de la grafía culta inicial. Durante el
siglo XX se produce un notable acrecentamiento de la familia léxica de psico- (cf. Lapesa
1996: 373-374), que mantiene como sello de identidad el grupo consonántico inicial pese
a que en la decimoctava edición (RAE 1956) el diccionario académico admite también
las formas simplificadas.
8
Se facilita en el paréntesis la primera documentación lexicográfica de la palabra; en
algunas ocasiones se complementa con documentaciones de otras procedencias.
9
Se admite desde RAE 1956 una forma adaptada con reducción del grupo consonán-
tico inicial (netáceo, nómico, nomo, nomon, nomónica, nosticismo, nóstico), con lo que se
incrementa la variabilidad gráfica.
10
También en estos casos desde la decimoctava edición del Diccionario de la Aca-
demia (RAE 1956) se incluye una variante simplificada.
168 Gloria Clavería Nadal

que en la lexicografía del siglo XVIII era posible encontrar en palabras


como pneumático (Diccionario de autoridades hasta RAE 1803) y ptísica,
ptísico, ptisis, ptinge, ptisana (Diccionario de autoridades y DC). En todos
estos casos acaba por imponerse la forma simplificada11.
No hay que olvidar, además, algunos compuestos cultos con x inicial
que empiezan a ser admitidos en el diccionario académico en la segunda
mitad del siglo XIX: por ejemplo, xilografía, xilográfico y xilórgano (RAE
1869) o xifoides y xifoideo (RAE 1884), xilófago (RAE 1899). Aunque
mantienen la grafía original, la pronunciación corresponde a [s] (Valencia
1966: 102-103).
Ocasionalmente, además, hay conservación gráfica de grupos conso-
nánticos iniciales en préstamos de otras procedencias, así ocurre con <cz>
en palabras como czar, czarevitz, czariano, czarina cuya historia ha trazado
Blanco (2008). Aunque las formas simplificadas (zar / zaritza / zarevitz /
zariano) aparecen en el Diccionario de autoridades y en el DC de Terreros
porque «En España comúnmente no suena ni la T, ni la C de estos nombres,
y así lo escribimos como se pronuncia, Zar, Zarina, si alguno quisiere darle
otro sonido á la voz, podrá escribir Tzar, ó Czar, &c como le parezca, y
pronuncie» (DC, s. v. zar). Se introducen, sin embargo, en época posterior
variantes conservadoras del grupo inicial: czar (RAE 1780), czarina (RAE
1780), czarevitz (RAE 1884), czariano (RAE 1884).
3.1.3. La grafía w: préstamos sin adaptar y la ampliación del abecedario
Estrecho vínculo entre grafía y pronunciación se presenta en los emprés-
titos que incluyen este elemento, un «préstamo gráfico del español» que
constituye una excelente ilustración del «problema de la relación sistema
gráfico-sistema fónico» en palabras de Santiago (1989: 41).
Reflejando el modo tradicional de adaptación, Terreros incluyó esta
grafía en su DC con el comentario de que «no son letras usadas en Castilla
sino tomadas del Norte; pero siendo preciso por no carecer de algunas voces
que se escriben con ellas, las usamos aquí. El sonido de ellas en nuestro
idioma, es el de la primera u vocal, y el de la segunda v consonante que
hiere á la vocal que se sigue». Incluyó Terreros bajo esta letra una vein-
tena de voces: nombres propios (Wac, Woda / Wota / Goda, Wurscayto),
medidas (wague, waje, waque, werst), y un pequeño grupo de conceptos

11
Pt se encuentra actualmente en tecnicismos como pterodáctilo (RAE 1936), pterido-
fito-teridofito (RAE 1956), ptosis (RAE 1970). Cn aparece en algún término de la botánica
y de la zoología: cneorón y cnidias del DC de Terreros y, en el siglo XX, cneoráceo (RAE
1956) y cnidario (RAE 1992).
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 169

de variado tipo (walona, walones, walro, wamas, wampum, wamcabeco,


wich, wiclefismo, wiclefista, wiloc, wirschaf, woecianos).
Los avatares de la letra uve doble / doble uve o, para América, ve
doble / doble ve en el Diccionario y en la Ortografía académicas fueron
seguidos por R. Santiago en un excelente trabajo publicado en el Boletín de
la Real Academia Española en 1989. En las voces analizadas en la presente
investigación, puede observarse que la difusión de formas sin adaptación
motiva que en la undécima edición del Diccionario (RAE 1869) se admita
por primera vez la w como letra, acompañada del comentario siguiente:
«Con este carácter, que, por no ser necesario, no se incluye entre las letras
de nuestro alfabeto, se han escrito y se escriben en castellano algunos nom-
bres propios y otras palabras, que pronunciamos como si la v doble fuera
sencilla» (RAE 1869). Figuran bajo esta letra diez entradas con remisión
a una forma adaptada con v- o con uv‑: wagon (vagón); waguemaestre
(uvaguemaestre); walí (valí); wals (vals); wándalo, la (vándalo, la); wisi-
godo, da / wisogodo, da (visigodo, da); whist (vist); además de un par de
gentilicios que constan sin equivalencia con v- (weimarés, sa; westfaliano,
na). Esta edición del Diccionario (RAE 1869) incluye, por tanto, formas
gráficas no adaptadas de palabras que ya aparecían en ediciones anteriores
con v/uv (vals, uvaguemaestre, vándalo, visigodo). En la edición siguiente
(RAE 1884) se eliminan las dobles variantes en favor de las más cercanas
a las características patrimoniales españolas y los gentilicios adoptan una
forma con v-; la palabra whist-vist, el juego en el que se ocupaba Valera
según su propia correspondencia (CORDE, 1896) o María Juana Bueno de
Guzmán en Lo Prohibido (Rodríguez Marín 2005: 493), desaparece de la
nomenclatura del Diccionario12. Esta edición, además, contiene mención
expresa a la uve doble en la letra v que es caracterizada como «Letra de esta
figura (W), no comprendida en el abecedario castellano por no ser necesa-
ria en él. Suele emplearse únicamente en algunos nombres de personajes
godos de nuestra historia y en voces de origen extranjero; como Wamba,
wals, westfaliano, etc. Por regla general debe sonar como la v» (RAE 1884).
No es hasta la decimoquinta edición (RAE 1925) cuando se reincorpora
al Diccionario esta letra de la que se señala que «no pertenece propia-
mente a la escritura española, pues en ella es sustituída por la v sencilla»
(RAE 1925). La única palabra que incluye es wat, introducida ya en el
Suplemento de la edición anterior (RAE 1914). Esta situación se mantiene
hasta la edición de 1970 en la que se admiten una decena de voces que

12
Se mantiene en el Diccionario manual en las ediciones de 1927, 1950 y 1989.
170 Gloria Clavería Nadal

principian con esta grafía —algunas de ellas ya aparecían en el Diccionario


con una forma adaptada (vagneriano, valón, vatio, veimarés, velingtonia,
vestfaliano, volframio)— y se reconoce la existencia de articulaciones
con u semiconsonante en vocablos de procedencia inglesa (Washington,
washingtoniano, RAE 1970, s. v. w). Las dos últimas ediciones del Dic-
cionario (RAE 2001 y 2014) han crecido con palabras tan habituales en
nuestra vida cotidiana como web y wifi, aparte de walkie-talkie, walkman,
wéstern o windsurf; muchas de ellas figuran con la marca tipográfica
de extranjerismo y tienen articulación como vocal satélite o consonante
dependiendo del contexto (NGLE 2011: § 8.6d-e); aumentan, sin embargo,
los ejemplos de articulación con diptongo inicial en los anglicismos (cf.
Jiménez et al., en prensa).
3.1.4. La difusión del fonema /ʧ/ en posición de ataque silábico inicial
de palabra
Un nada desdeñable efecto de la adaptación de los préstamos puede
provocar la aparición de un segmento en una posición determinada. La
prepalatal africada sorda surge en español fundamentalmente a partir de la
evolución del grupo consonántico heterosilábico latino /kt/, como principal
origen, además de otras agrupaciones latinas para las que remito a Cano
(1988: 105). Como señaló con acierto Pensado (2000: 478), desde los oríge-
nes del español la prepalatal africada sorda puede ocupar la posición inicial
de palabra a través de su presencia en préstamos de variada procedencia
junto a evoluciones de carácter interno13.
Un paseo por las 180 entradas de la letra CH- del DECH, además de
los casi mil (987) sublemas iniciados con este fonema, permite descubrir el
incremento progresivo de esta distribución a través de préstamos: por ejem-
plo, los galicismos chambra (fr. [robe de] chambre), champán-champaña
(fr. Champagne), chantaje (fr. chantage), chaqué (fr. jaquette), chaqueta
(fr. jaquette) y, cuando el francés actúa de transmisor de palabras de otros
orígenes, chacal (fr. chacal < turco), chacó (fr. schako < húngaro), chal
(fr. châle < persa), chorlo (fr. schorl < alem.); los lusismos chopa (prob.
port. choupa), chubasco (port. chubasco); los anglicismos champú 14 (ingl.
shampoo < hindi), chelín (ingl. shilling), cheque (ingl. cheque, grafía bri-
tánica, o check, grafía americana), chéster (ingl. Chester), cheviot (ingl.

13
Me refiero a los cambios esporádicos conocidos como trueques; por ejemplo, cho-
rizo, chico o chistera (Alonso 1947; Michelena 1975).
14
El término champú ya aparece en la publicidad de la prensa tanto barcelonesa como
madrileña de finales de siglo.
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 171

cheviot); o los indigenismos americanos como chaco (quechua) y los prés-


tamos con /ʧ/ e incluso otras consonantes iniciales del nahua, por ejemplo,
chayote o chicalote (Hernández 1998); también se registran préstamos de
otras lenguas como chamerluco y chibuquí (del turco), chimpancé (de una
lengua «del África Occidental», DECH15) o chotis (del alemán).
En muchos casos se corresponde este segmento con un fonema prepa-
latal fricativo sordo en la lengua de origen (Pottier 1967; Lorenzo 1996;
Rodríguez González 1999: 114; Gómez Capuz 2001; Schmid 2006: 1793),
un fonema que, aunque existió en el español antiguo, al evolucionar a
la velar fricativa, motivó que la prepalatal africada sorda se configurara
como el elemento más próximo a los segmentos fonológicos de origen. Se
refuerza, de este modo, su frecuencia de aparición en posición inicial en
español moderno y de todo ello se deriva el diferente resultado entre jefe
y chef.
3.1.5. Los procesos de reforzamiento
En cualquier componente léxico del español, existe en posición inicial
de sílaba, especialmente inicial de palabra, una tendencia al reforzamiento
de la vocal satélite [u]. En el dominio de los indoamericanismos el DC de
Terreros hace acopio de algunos términos que ilustran esta tendencia. Así,
se recogen palabras como güipil frente a huipil-güipil (RAE 1984); guacas
o huacas (huaca, RAE 1899, y guaca, RAE 1925); güiro (Salvá 1846 y
RAE 1925, huiro en RAE 1925). Estos ejemplos reflejan la variación que ha
generado la adaptación del segmento /w/ del náhuatl que desarrolla una /g/
epentética de reforzamiento (NGLE 2011: § 8.6d; Jiménez et al., en prensa),
especialmente ante /a/ y en menor medida ante /i/ (Hernández 1998: 16-17).
Se trata de un tipo de proceso que puede darse en la pronunciación de pala-
bras de cualquier origen, un fenómeno bien documentado en la historia del
español en el diptongo ue en posición inicial (Lapesa 1981: 468; Granda
1966: 61-62). En el siglo XIX y en el terreno de los anglicismos ya Cuervo
(1939: § 997), en sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, se
refería a guafe, equivalente al inglés wharf ‘muelle’, y Lapesa (1996: 403)
anotaba guáter como pronunciación del anglicismo váter; las múltiples
variantes orales de sándwich, documentadas desde la segunda mitad del
siglo XVIII (Fernández García 1972; Lorenzo 1996: 380-381), reflejan el

15
Posiblemente por conducto del francés. En el DECH se señala que «es probable
que se tomara de alguna obra de Historia Natural en latín, donde la grafía chi- se leyó
erróneamente como igual a či- o ši-». Según el TLFI en francés es un préstamo de una
lengua indígena del Congo.
172 Gloria Clavería Nadal

mismo proceso en posición inicial de sílaba interior. Más recientemente,


Gómez Capuz (2001: 30-31) ha verificado esta tendencia en la vida de los
anglicismos en el español oral y Jiménez et al. (en prensa) registran gua-
sapear16 en el español del siglo XXI. En este sentido, conviene recordar
que la forma normativa escrita güisqui (RAE 1984) refleja la existencia de
este proceso fonológico; esta variante, sin embargo, genera rechazo en un
internacionalismo que también tiene la pronunciación sin el reforzamiento
velar (cf. DEA).
3.2. Posición final de sílaba
La distribución de las consonantes en posición de coda (final de palabra
o final de sílaba interior) presenta importantes restricciones en la historia
del español y el comportamiento de los préstamos es fundamental para la
comprensión de su evolución.
3.2.1. Los grupos cultos y los procesos de adaptación
El léxico culto, de origen clásico o creado con elementos de esta pro-
cedencia, no deja de crecer en el español moderno. Este tipo de palabras
puede contener los denominados «grupos cultos», unas combinaciones de
consonantes características del léxico de esta adscripción genealógica cuya
característica primordial es la aparición de consonantes en posición de coda
ajenas a las distribuciones del léxico patrimonial.
La doble pervivencia del léxico latino ha provocado que muchas
familias léxicas hayan experimentado una escisión de sus característi-
cas en patrimoniales (leche-lechero, ocho) y cultas (lácteo, octavo). En
este último grupo puede ocupar la posición de coda un amplio elenco
de consonantes a diferencia del léxico patrimonial; buena muestra de
ello son apto, obtener, ábside, cápsula, subconsciente, advertir, adquirir,
atmósfera, étnico, acto, amígdala, dogma, signo, perenne y también codas
complejas como constante, abstracto, transgresor, ejemplos entresacados
de la Fonología española de Alarcos (1981: §§ 124-126bis; cf. NGLE
2011: § 8.7v).
Estas combinaciones van haciéndose cada vez más frecuentes, al menos
en la lengua escrita, ya desde la Baja Edad Media a través tanto de los
cultismos como de la propia evolución de la historia de la escritura (Cla-
vería 1991; Sánchez-Prieto 1998a; Satorre Grau 1989; Ramírez Luengo
2011). Los tratados gramaticales de los siglos XVI y XVII muestran posturas
encontradas en el criterio grafemático que se debe adoptar en su tratamiento

M.ª Rosa Lloret me indica que es forma admitida por la RAE, cf. <[Link]
16

com/raeinforma/status/519201746015756288>.
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 173

(Rosenblat 1951; Esteve Serrano 1982; Satorre Grau 1989; Clavería 1991;
Medina Morales 2006); y reciben espaldarazo definitivo a partir del siglo
XVIII con la fijación ortográfica de la Academia (Lapesa 1981: §102.1;
Catalán 1989). De este modo y como ha señalado Sánchez Prieto (1998b:
459-460), la enseñanza y la lectura pudieron actuar «de correa de trans-
misión entre la escritura y la fonética ordinaria». En cualquier caso, el
léxico del español moderno sigue enriqueciéndose con elementos cultos que
pueden integrar estas combinaciones consonánticas, al menos en la iden-
tidad gráfica de la palabra. Los diccionarios estudiados permiten verificar
este desarrollo con la progresiva recepción lexicográfica de un aluvión de
voces con estas características gráficas y fonotácticas: por ejemplo, étnico
(RAE 1780), adscribir (RAE 1803), abducción (Capmany 1805; Salvá 1846;
RAE 1884), cápsula (RAE 1817), amígdala (RAE 1884), obturación (Salvá
1846; RAE 1884), etc. En este marco debe ser comprendida la aparición
de consonantes no patrimoniales simples (§ 3.2.2) o agrupadas (§ 3.2.3),
especialmente en final de palabra tanto en los cultismos como en palabras
de otros orígenes.
3.2.2. Codas simples
Se refuerza la aparición de obstruyentes en posición final de sílaba
tanto a través de los cultismos como a través de su aparición en palabras
de otras procedencias.
En los primeros se difunden palabras con -t final que proceden de una
tercera persona del verbo y que pertenecen al mundo del comercio como
superávit (Diccionario de autoridades), déficit (DC y RAE 1822 en el Suple-
mento como «Voz puramente latina») y accésit (RAE 1832)17.
En el caso de los préstamos de procedencia no latina, aunque existía
una fuerte tendencia a la adaptación del final consonántico con la epéntesis
de una vocal, los diccionarios del siglo XVIII y XIX registran voces con
finales consonánticos con obstruyente que correrán distinta suerte a lo largo
de su historia. Buen ejemplo de ello es la palabra club, recogida por Terreros
como voz propia de una realidad inglesa («llaman en Inglaterra á lo que
en Madrid tertulia, ó junta de personas de gusto»). El vocablo se incorpora
al elenco académico en el Suplemento de la octava edición (RAE 1837),
una edición que, aunque no se caracteriza por una gran ampliación léxica,

17
Cf. Gómez de Enterría (1996), que aporta documentaciones textuales de 1763 y
1795 para accésit y desde 1785 para déficit. Tienen, además, este mismo final voces pro-
pias del ámbito religioso como fiat, magnificat (ya en el Diccionario de autoridades) o
stábat (RAE 1899).
174 Gloria Clavería Nadal

admite algunos préstamos sin adaptación como fagot, frac y la alternancia


bambú-bambuc. Figura club en los textos desde principios de siglo XIX
(1811, CORDE) y desde muy pronto se documenta alternancia en el plural
entre clubs, frecuente en textos peninsulares desde la primera mitad del
XIX (CORDE, 1820-1823; Muro Munilla 1985: 95), y clubes, que aparece
en fecha temprana en América (1812, CORDE); la alternancia se mantiene
actualmente (NGLE 2009: I, § 3.4t).
Otro de los términos con las mismas características fonotácticas y de
documentación lexicográfica temprana es el galicismo frac cuyo origen
último podría ser el inglés (DECH). La voz fue utilizada por Larra en la
forma plural fraques18 y se incorpora al Diccionario académico también en
la edición citada anteriormente (RAE 1837)19. La palabra se documenta en
los textos del CORDE desde el último tercio de siglo XVIII con considera-
ble variación: frac-fraque-fracs-fraques (cf. Muro Munilla 1985: 120-121).
Cabe reparar en el hecho de que Salvá (1846) se inclina por fraque con la
sabia argumentación de que «Es usado por algunos, y su terminación mas
española que la de frac».
Documentación temprana presenta yate, que en sus variantes no adap-
tadas (yacht / yac) aparece ya en el DC de Terreros con información que
remite a repertorios lexicográficos anteriores al referirse a las posibles for-
mas de adaptación: «Sobr. Dicc. escribe en Cast. yacte. V. y Herre. Dicc.
Otros dicen en Cast. yaque, y se puede muy bien castellanizar así». Yacte,
por su parte, figura en el Diccionario del gallego Núñez de Taboada (1825),
mientras que yate, en consonancia con fraque, es la variante elegida por
Salvá (1846). Pese al camino trazado por la lexicografía no académica
desde mediados de siglo XIX, el Diccionario de la Academia (RAE 1869)
incorpora la palabra como yacht, una elección que suscita críticas como la
de Gómez de Salazar (1871: 48): «Se ha puesto la palabra yacht de difícil
e inconveniente pronunciación, y no yate usada por la Marina hasta en
los libros de su profesión» (cf. Jiménez Ríos 2013: 156). En la edición
siguiente, sin embargo, figura el sustantivo en la forma yate, con la etimolo-
gía correspondiente («Yate. [Del inglés yacht]»). El término se mantiene con
abundante variación en los textos de finales del siglo XIX y principios del
siglo XX (Fernández García 1972). El cambio de elección de la Academia

En CORDE se hallan tres apariciones del plural fraques que pertenecen a textos
18

de Larra y un caso anterior (1816-1817, Sánchez Barbero, Francisco, Diálogos Satíricos


[Poesías]).
19
Fraque figura en RAE 1925.
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 175

es significativo por cuanto en las dos últimas ediciones de siglo, como se


ha podido observar en el comportamiento sobre la w-, se percibe un giro
hacia la preferencia por las formas adaptadas.
Los ejemplos anteriores reflejan el germen de una alternancia entre
adición de vocal final con una resilabificación de la palabra y un final
CV (clube, fraque, yate), un mecanismo de adaptación que había actuado
durante gran parte de la historia del español, y el inicio de otro tipo de
tratamiento de los préstamos con conservación de la estructura con coda
silábica final, al menos en la grafía (club, frac, yacht), que a buen seguro
se correlacionaba con una gran alternancia en la pronunciación desde la
elisión de la consonante hasta una pronunciación más o menos relajada.
Este cambio se percibe claramente en los préstamos del francés. Ya Pottier
(1967: 141 y sigs.; cf. Varela 2009) estableció las vías de adaptación foné-
tica, morfológica y semántica de estos empréstitos en los que aparece una
tendencia hacia los finales silábicos del tipo CV, generalmente con adición
de vocal a la forma francesa (comandante < commandant, jefe < chef). Esta
tendencia, sin embargo, en español moderno se hace más débil. Así, en el
caso de las palabras con terminación en -et y, según señala Schmid (2006:
1793), si hasta el siglo XVIII «se integran con la terminación -ete» —p. ej.,
corchete (fr. crochet), billete (fr. billet) o banquete (fr. banquet)—, en el
siglo XIX aparecen otras posibilidades de adaptación como se refleja en
la alternancia minuete (DC y RAE 1803) / minué (RAE 1803), del francés
menuet (DECH, s. v. menguar20). Este mismo esquema de adaptación con
pérdida de la consonante final se manifiesta en corsé (fr. corset, en RAE
1780 como «voz nuevamente introducida del francés» y DC), cabriolé (fr.
cabriolet, DC y RAE 180321), bidé (fr. bidet, 1820 (DECH); Salvá (1846)
con marca de neologismo; RAE 189922), quinqué (fr. quinquet, Salvá (1846)
como neologismo; RAE 1884).
Otras voces cuya difusión parece posterior (documentación de finales
del siglo XIX) se inclinan por mantener la consonante francesa final, por

20
Cf. minueto (RAE 1970) del italiano minueto. La forma minuet aparecía en el Dic-
cionario de autoridades en la voz paspié: «Danza nuevamente introducida, que tiene los
pasos de Minuét, con variedad de mudanzas. Es voz Francesa» (cf. Desporte 2000: 170).
Actualmente, minuete está marcado como poco usado.
21
Para la prenda de vestir femenina, la acepción relacionada con los coches aparece
registrada en el Suplemento de la octava edición (RAE 1837).
22
Documenta el DHLE de 1936 una forma plural bidetes en L. Moratín, Obr. Póst.,
ed. 1868, t. I, p. 427. Aparece bidet en la correspondencia de J. Valera (CORDE).
176 Gloria Clavería Nadal

ejemplo cabaret, carnet, chalet, parquet 23, para las que existen formas nor-
mativas sin consonante final que, según la documentación del CORDE, son
más tardías. En el siglo XX, por tanto, se ha generado una alternancia entre
-é/-et con preferencia por los finales consonánticos tal como se desprende
de los datos aportados por Alvar Ezquerra (1993a).
Esta evolución de los propios procesos de adaptación genera dobletes
del tipo bufete, documentado en la segunda mitad del siglo XVI (DECH;
Varela Merino 2009: 735 y sigs.), frente al posterior bufet (Diccionario
Manual 1927-1950; RAE 2001) y bufé (RAE 1984); corchete (fr. crochet),
documentado ya en los diccionarios de Nebrija y Palencia (DECH), frente
al crochet de los textos del siglo XIX al margen de la norma lexicográfica,
y así en la Regenta doña Rufina de Robledo tenía el crochet y la lectura
de novelas como ocupaciones matutinas (CORDE)24.
El inventario léxico manejado en esta investigación refleja la tendencia
hacia la aclimatación con final vocálico epentético durante los siglos XVIII
y XIX: bloque (fr. bloc, 1612 (Varela Merino 2009), RAE 1884); garante (fr.
garant, en el Diccionario de autoridades como «voz francesa, introducida
modernamente en nuestra lengua», lo que concuerda con la documenta-
ción de 1699, Varela 2009: 1312-1313); inglete (fr. anglet, Diccionario de
autoridades); intérlope (fr. interlope, 1762 (Gómez de Enterría 1996), RAE
1869); lingote (fr. lingot, DC; Salvá 1846; RAE 1869); lote (fr. lot, 1793
(CORDE), Núñez de Taboada 1825; Salvá 1846; RAE 1852); queche (fr.
caiche < ingl. ketch, DC; RAE 1884); bote (fr. antic. bot < ingl. med. bot,
Diccionario de autoridades). Este mismo patrón de epéntesis de una vocal
final muestran voces de otras procedencias como coque (ingl. coke, cok,
RAE 1869), coque (RAE 1899), coac / coaks / quac (Gómez de Enterría
1996; Fernández García 1972), có (aprox. 1835, Lorenzo 1996: 159-160);
bismuto (alem. Wismut, desde 1765 como bismut / bismuth, Gómez de
Enterría 1996), bismuth (DC), bismuto (RAE 1817)); espato (alem. Spat,
espato DC; Núñez de Taboada 1825; RAE 1832); penique (anglosajón pen-
nig, DC; Salvá 1846; RAE 1899; peniques en la documentación del XVIII,
Gómez de Enterría 1996). A estos se puede añadir la voz yate, analizada

23
Carnet (solo en el Diccionario Manual 1927-1950) / carné (desde RAE 1970);
chalet (Diccionario Manual 1927-1983; RAE 1936) / chalé (RAE 1956); parqué (RAE
1970) / parquet (Diccionario Manual 1927-1950); cabaré (Diccionario Manual 1989;
1992) / cabaret (Salvá Suplemento 1879; Zerolo 1895; DHLE 1936; Diccionario Manual
1983); ballet (Diccionario Manual 1927-1983; RAE 1992).
24
La variante adaptada tardía croché aparece recogida en la lexicografía del siglo XX
(Diccionario Manual 1927-1989; RAE 1984).
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 177

con anterioridad. Cabe recordar, además, que Cuervo (1939: § 21) se refiere
a un tiquete (ingl. ticket) para el billete del ferrocarril que continúa siendo
de uso general en América (Diccionario de americanismos) frente a la
variante peninsular con elisión tique.
A lo largo del siglo XIX los diccionarios empiezan a recoger un reducido
grupo de palabras de variada procedencia y características que manifiestan
en su forma escrita un final consonántico, generalmente con obstruyente:
junto a club se puede encontrar complot (fr. complot, 1612/1835 y 1788
(CORDE); RAE 1869); fagot (fr. antic. fagot, RAE 183725); pailebot(e) (ingl.
pilot’s boat, pailebot/e, Domínguez 1853; RAE 1884); paquebot(e) (ingl.
packboat, paquebot (Diccionario de autoridades), paquebote (Salvá 1846;
RAE 1852), paquebot / paquebotes en la documentación del siglo XVIII,
Gómez de Enterría 1996); vermut (alem. Wermut, RAE 1899); calambac
(fr. kalanbak de origen malayo26, DC y RAE 1822); coñac (fr. Cognac,
coñac 1851, cognac 1861 (CORDE); RAE 1914); bistec-bisteque (ingl. beef-
teak, biftec 1850 (DECH); RAE 1884); rosbif (ingl. roast-beef, med. s. XIX
(DECH); RAE 1884).
También se produce un incremento de palabras con -m final, general-
mente de base latina, llegadas al español por diversos conductos: ultimá-
tum (Núñez de Taboada 1825 y RAE 184327) o el famoso álbum (Salvá
1846 con la marca de neologismo y RAE 1869), al que Larra (1972) había
dedicado un espléndido artículo, de forma latina pero de origen alemán
y tomado por conducto del francés (DECH), para el que alternaban en el
siglo XIX álbums, álbumes y álbunes28. A estos se pueden añadir tedeum
(DC como te-deum y RAE 1817), vademécum (RAE 183229), memorándum
(Domínguez 1853; RAE 1869), máximum (Salvá 1846; RAE 1869), míni-
mum (Domínguez 1853; RAE 1869), desiderátum (RAE 1884), médium
(RAE 1884). Los vocablos con -m final, especialmente -um, han adquirido
cierta naturalización en español a través de palabras de uso coloquial como
mare mágnum (RAE 1803), pandemónium (Domínguez y RAE 1925), fac-
tótum, con la marca familiar ya en la décima edición del Diccionario de

25
Vid. el NDHE en el que se postula que viene del italiano pero con influjo del francés
fagot ‘haz de leña, conjunto de cosas envueltas juntas’.
26
Cf. etimología en RAE 2014.
27
Cf. ultimato en textos de H. Ascasubi (CORDE) y Bretón de los Herreros (Amu-
nátegui 1921: 160).
28
Estas formas se documentan en el CORDE en textos del siglo XIX y en Muro
Munilla (1985: 90-91).
29
Ya en textos literarios del siglo XVII (CORDE).
178 Gloria Clavería Nadal

la Academia (RAE 1852); hay que contar asimismo con su presencia en


voces onomatopéyicas (pum (DC y RAE 1884) y posteriormente cataplum,
pataplum o pimpampum). Se manifiesta alternancia entre la conservación
de -m y la adaptación en -n final en algunos arabismos. Así, figura haren
(fr. harem) en Núñez de Taboada (1825), pero ya Salvá (1846) registra la
variación consonántica final («harem ó haren») y se manifiesta del mismo
modo en los diccionarios académicos desde la undécima edición («harem o
haren», RAE 1869). Esta variación aparece también en los textos (CORDE),
con preferencia progresiva por n final (CREA). Conviene recordar, además,
la variación imán / imam ya presente en el DC, una palabra incorporada
en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia (RAE 1899)
como imán. La variante con -m final cobra nueva actualidad en la segunda
mitad de siglo XX, lo que se refleja en la revitalización o reintroducción
de imam (RAE 1984), reforzada por el inglés imam.
Contrastan los ejemplos anteriores con la pronta adaptación de la dis-
tribución patrimonial de las nasales en posición final de palabra en otros
casos, como ron, del inglés quizá, según el DECH, con intermediación del
francés (rum en el DC, ron en RAE 1803)30. En suma, pese al incremento de
la nasal bilabial en posición final, la pronunciación con centralización ([n])
es firme31, un fenómeno que no puede desvincularse de la alternancia entre
n final (procedente de una m) y la presencia de m en formas derivadas o
flexionadas de la palabra Adán-adamita / adámico (Terreros; RAE 1884)32.
3.2.3. Codas complejas
Se presentan también en la documentación lexicográfica de la época
estudiada palabras con coda compleja en posición final.
Por un lado, se registran voces latinas con un final consonántico del
tipo Cs como bíceps (lat. BICEPS, 1782 (DECH); RAE 1884); tríceps (lat.
TRI + CEPS, RAE 1899); fórceps (lat. FORCEPS, Salvá 1846; RAE 1884);
tórax (lat. THORAX, -ACIS, textos del siglo XV como torax-thorax-toraz
(DETEMA); toraz en el DC; torax en Núñez de Taboada (1825) y RAE 1869);
clímax (lat. CLIMAX, -ACIS, 1837 (DECH); Salvá 1846; RAE 1869); ántrax

30
Cf. condón (RAE 1992) del inglés condom, nombre del inventor del preservativo
en el siglo XVIII (DECH), que ya aparece en un texto de Nicolás Fernández de Moratín
(CORDE, 1771-1777, El arte de putear).
31
Cf. Pensado 1999: § [Link]. M.ª Rosa Lloret lo detecta en la pronunciación actual
del navegador Tom-Tom, realizado popularmente como [tonton] o nombres propios como
David Beckam.
32
Cf. sobre este asunto Pensado (1999: § [Link]) y Amunátegui (1921: 153 y sigs).
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 179

(lat. ANTHRAX, 1537 (DECH); DC; RAE 1884); cóccix (lat. COCCIX, 1871
(DECH); Domínguez 1853; RAE 1899).
Por otro, figuran palabras como lord (ingl. lord) en el DC de Terreros
como «nombre inglés», con la observación de que en «Cast. se suele decir
milorde», lo que demuestra la existencia opcional de la epéntesis (también
recoge milor, milord, y milorde). Lord se incorpora en el Diccionario de la
Academia en la séptima edición (RAE 1832), y en la novena (RAE 1843)
se añade junto al lema la observación de «pl. lores», un comentario que
desaparece en 1884. Este plural es de documentación antigua (1581 en
Carta a su Majestad de Bernardino de Mendoza, CORDE). La existencia
de todas estas variantes alternantes refleja el tratamiento que recibió un
anglicismo relativamente antiguo.
Vals es otra de las primeras palabras extranjeras con coda compleja que
aparece en el Diccionario (RAE 1843) en el que se indica que «el baile y
su nombre son modernos y de origen alemán».
Dentro de la terminología de carácter científico destacan cuarzo, cobalto
y cinc por su distinto comportamiento. Mientras que cuarzo (fr. quartz <
alem. quarz, RAE 1817) y cobalto (alem. kobalt, DC en la variante cobalt,
cobalto RAE 1817) muestran adaptación del final con epéntesis vocálica, el
alemán zink que, según el DECH, se recibió por conducto del francés (zinc)
no experimentó este proceso. Los términos se hallan documentados en los
textos de especialidad y de divulgación desde el siglo XVIII (Gómez de
Enterría 2001: 1771-1773) con distintas formas (cf. quarz / cuarzo, zinc /
cinc / zinck (DC) y zinco en L. Proust (1791, Anales del Real Laboratorio
de Química de Segovia I, CORDE). Este último fue admitido en la quinta
edición del Diccionario académico (RAE 1817) en la variante zinc33; quizá
en él prevaleció la forma sin epéntesis para mayor diferenciación con el
numeral.
La adaptación por medio de un proceso de epéntesis con resilabifi-
cación de la palabra y generación de estructura CV se manifiesta en otras
voces como ponche, del inglés punch, que ya aparece en el Diccionario
de autoridades y en el DC, aunque en las traducciones del siglo XVIII es
posible encontrar formas menos adaptadas (Páramo García 2003). Quiosco,
del turco, seguramente a través del francés (DECH), aparece como kiosko
en RAE 1869, kiosco en la edición siguiente (RAE 1884) y, finalmente,
quiosco en la última edición del siglo (RAE 1899). El mismo tipo de com-

33
Hay también variación en la consonante inicial (c/z) y a partir de la undécima
edición (RAE 1869) se admite la variante cinc.
180 Gloria Clavería Nadal

portamiento se manifiesta en malta (ingl. malt34, RAE 1899 y malt en tex-


tos del XVIII, Gómez de Enterría 1996) o yarda (ingl. yard, Salvá 1846;
RAE 1869), una palabra que ya recoge Terreros en su DC en la variante no
adaptada yard como reflejo del plural yards, registrado en las traducciones
de la segunda mitad del siglo XVIII (Páramo García 2003, s. v.).
Los finales ingleses en -ing, hoy tan en boga (Lorenzo García 2007;
Vigara Tauste 1999), son adaptados con simplificación en chelín (DC; Salvá
1846; RAE 1899), pudin (DC; Salvá 1846), budín (Zerolo 1895 como ame-
ricanismo; RAE 1925) o con epéntesis en pudingo (Núñez de Taboada 1825;
Salvá 1846), un vocablo para el que Páramo García (2003) y Fernández
García (1972) atestiguan una importante variación. Mitin, por su parte, se
registra en algunos diccionarios en el siglo XIX (Gaspar Roig 1855 y Zerolo
1895 en la forma meeting, mitin en RAE 1914) y aparece desde 1865 con
abundante polimorfismo (Fernández García 1972 y Zamora Vicente 1986).
Conviene no olvidar, además, que otros préstamos, aunque fueron de
uso frecuente, no llegaron nunca al diccionario; así ocurre con una palabra
tan del gusto de Valera, Pérez Galdós o Clarín como confort (Rodríguez
Marín 2000, 2005).

4. Los préstamos y la evolución lingüística


El recorrido realizado por los siglos XVIII y XIX muestra un estrecho
vínculo de carácter evolutivo con la situación actual y permite confirmar
que los préstamos se manifiestan como una de las fuerzas dinámicas de la
lengua por su relación con la variación lingüística y con el cambio. Se ha
podido comprobar que en los procesos analizados, aunque los préstamos
son de procedencias diversas (latín, francés, inglés, etc.), pueden imprimir
a la lengua una misma dirección. Por ejemplo, la ampliación progresiva
de las posibilidades fonotácticas del español, en especial en la posición de
coda silábica, que venía de atrás con los cultismos, se reafirma a partir del
siglo XVIII y se amplía con préstamos de otras procedencias.
Los ejemplos extraídos del valioso DC de Terreros muestran una len-
gua en toda su variación con cierta tendencia a la falta de adaptación de
los finales consonánticos; con el tiempo, sin embargo, la mayoría de estas
palabras acaba consolidándose con una forma adaptada (bismut-bismuto,

34
Adaptado según el DECH «a la forma del lat. maltha ‘especie de asfalto’ (empleado
alguna vez en castellano; vid. Terr. o a la del nombre geográfico Malta, con los cuales no
tiene relación etimológica. Quizá se tomó por conducto del fr. malt [1702], lo cual explicaría
el género masculino»; cf. Varela (2009) sobre esta cuestión.
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 181

yact-yate, cobalt-cobalto, pero club, cinc). A lo largo del siglo XIX las
unidades léxicas con estas características fonotácticas se irán haciendo más
frecuentes. Se origina con ello un cambio en las tendencias evolutivas del
idioma hacia una estructura silábica distinta tanto en posición interior de
palabra, abonada por la forma normativa de los cultismos, como en posi-
ción final, sobre todo a través de préstamos de variada procedencia; amén
de otros elementos léxicos como las onomatopeyas, los nombres propios
o las «recientes» siglas (Lapesa 1996: 422-459). La presencia de estas
consonantes en posición final se integra en el funcionamiento general de
la coda silábica cuya realización puede variar enormemente en la diatopía
con una acusada tendencia a los procesos de relajación (Alonso 1974; Heinz
2010, 2014).
Desde el punto de vista interno, el comportamiento de los procesos de
adaptación en ataque y coda analizados muestran las divergencias naturales
de dos posiciones fonológicamente distintas (fuerte-débil, prominente-no
prominente, cf. Jiménez et al., en prensa). En posición inicial de palabra y
de sílaba, la epéntesis de e- ante sC- se mantiene de manera obligatoria pese
a la grafía de la palabra y los grupos consonánticos iniciales no patrimo-
niales tienen un carácter muy residual y pertenecen fundamentalmente a la
escritura; la extensión del fonema palatal africado sordo en posición inicial
o la combinación [(g)u̯V-] muestran la tendencia al reforzamiento propia
del ataque silábico. La posición de coda manifiesta un comportamiento
distinto y mucho más variable tanto desde la fonética y la fonología como
desde la morfología (Lloret 2016).
Si desde el punto de vista fonológico a menudo se ha considerado
que los fenómenos analizados formaban parte de la periferia del sistema
lingüístico (Heinz 2010, 2014), actualmente se parte de la idea de que los
procesos de adaptación pueden revelar ciertos aspectos del funcionamiento
de las lenguas al margen de la oposición entre centro y periferia (Fábregas
2003). Según Kang (2011), en posición inicial existe una tendencia hacia
la epéntesis, lo cual se verifica en el tratamiento de las combinaciones en
ataque silábico s+C, que ha permanecido invariable a lo largo de la historia
del español (Colina 2009: 122-123; Bonet 2006; Sampson 2005, 2010). En
la adaptación en posición de coda, sin embargo, existe una mayor diversi-
dad, de manera que tanto pueden presentarse procesos de epéntesis como
de elisión; en español parece que a lo largo de la historia se ha sustituido
la preferencia por la epéntesis (bufete, paquete, ponche) por el predomi-
nio de los procesos de relajación con posibilidad de elisión completa del
segmento (club, bufe(t), complo(t) o vals; cf. Gómez Capuz (2001: 35-39)
182 Gloria Clavería Nadal

para el español actual). Así, se ha llegado a postular que la epéntesis en


posición final de palabra ha dejado de funcionar como proceso en español
(Colina 2003 y 2009; LLoret/Mascaró 2006; Bonet 2006).
Los ejemplos de falta de adaptación de la parte final de la palabra
(conservación de consonantes no patrimoniales) rastreados en siglos XVIII
y XIX constituyen la abertura de una «brecha», en palabras de Lorenzo,
que se va a ir agrandando desde finales del XIX y que va a tener conse-
cuencias morfológicas importantes, pues va a provocar una gran variación
en la formación del plural de este tipo de palabras. Este fenómeno recibió
atención especial en «Dos notas sobre la morfología del español actual»
(Lorenzo 1980), en el que se planteaba la existencia de «un nuevo esquema
de plural» para estos finales consonánticos. También Lapesa en 1977 (1996:
422-459) hacía una pequeña historia del fenómeno notando sus implica-
ciones morfológicas.
Efectivamente, la acumulación de voces con estas características fono-
tácticas motiva que a principios del siglo XXI la Nueva gramática de la
lengua española, en el capítulo dedicado a la sílaba (NGLE 2011: cap. 8),
establezca una distinción entre el sistema tradicional en el que se incluye
el léxico patrimonial, en terminología propia de la gramática histórica, y
todas las palabras de otros orígenes conformes a las características fono-
tácticas del español —por citar ejemplos ya señalados por Lapesa (1996:
403), hall, gol, bol o bar—; frente al léxico cuya estructura formal contiene
consonantes y agrupaciones consonánticas en posición de coda que son el
resultado de préstamos sin adaptación del final silábico (apto, tungsteno,
club, álbum o bíceps). En este incremento han participado ciertos estratos
léxicos: los cultismos, a la cabeza durante toda la historia del español y,
a la zaga, los préstamos de otras procedencias, en especial en los últimos
dos siglos (Heinz 2010 y 2014).
Este fenómeno, junto con la importación de un plural -s para los finales
en consonante, ha generado un comportamiento léxicamente estratificado
de las reglas de formación del plural, algo que puede percibirse en su
descripción gramatical. Así, Ambadiang (1999: § [Link]) trata de «la
flexión de número en los préstamos»; en la NGLE (2009: I, §§ 3.2-3.4) se
distingue entre «reglas generales» (§ 3.2), por un lado, y, por otro, el «plural
de las voces de origen no castellano», en una caracterización a través de
la procedencia de cierta inexactitud histórica; bajo este rótulo se separan
los «latinismos» (§ 3.3) de los «préstamos de otras lenguas» (§ 3.4). En
la descripción del plural de estos dos apartados puede percibirse la gran
variación generada en las palabras con finales consonánticos ajenos a las
Contribución a la historia de los procesos de adaptación 183

consonantes propias del léxico patrimonial. Aquel club que ya encontrába-


mos documentado en el siglo XVIII continúa mostrando un patrón alternante
en el plural en el siglo XXI (clubs / clubes, cf. NGLE 2009: I, § 3.4t); a
complot corresponde complots; se menciona, además, la existencia de una
variante con elisión compló cuyo plural es complós (NGLE 2009: I, § 3.4n;
cf. Lliteras/Hernández 2008). En algunos casos la variación antigua ha
evolucionado hacia una mayor homogeneidad: si en el siglo XIX alter-
naban álbums, álbumes y álbunes35, se ha impuesto finalmente el plural
con -es (NGLE 2009: I, 3.3h). En general, sin embargo, en la enmarañada
y compleja casuística de la formación del plural de este tipo de voces, se
percibe la preponderancia que ha ido adquiriendo el plural en -s, que puede
alcanzar incluso a voces con finales consonánticos «patrimoniales» (fans,
NGLE 2009: I, 3.4b).
Naturalmente, esta evolución aparece entremezclada con factores de
carácter externo: en la historia trazada, la ortografía y las decisiones norma-
tivas tienen una importante participación, de manera que en los fenómenos
estudiados interviene como uno de los agentes externos la Academia y su
acción normativa. También ha variado ostensiblemente el conocimiento
de ciertas lenguas extranjeras (Álvarez de Miranda 2005: 1053; Gimeno/
Gimeno 2003).
Durante buena parte del siglo XIX la Corporación rechazó la innova-
ción léxica foránea, sobre todo la de carácter extranjerizante. Se produjo,
sin embargo, cierta evolución a lo largo de la centuria: las tres últimas
ediciones del siglo (RAE 1869, 1884 y 1899) estuvieron presididas por
una firme voluntad de ampliación léxica y de codificación lexicográfica
de los principales progresos sociales, científicos y técnicos. Es entonces
cuando la Academia, para enfrentarse al neologismo, intenta encontrar
unos criterios en los que basar la selección y la sanción del nuevo léxico.
Los principios que utilizó fueron la discriminación entre neologismo
necesario y el innecesario y, por tanto, reprobable y rechazable, una
cuestión bastante debatida a raíz de la puesta en marcha del proyecto del
Diccionario de neologismos; también se diferenció entre neologismo bien
formado, acorde tanto con criterios etimológicos como con las caracterís-
ticas sistemáticas del español, y el mal formado y rechazable (Clavería
2016). Estos principios explican algunos cambios que se registran en las
últimas ediciones del Diccionario del siglo XIX. Por ejemplo, aunque se

35
Recuérdese que Menéndez Pidal (1977: 212, n. 1) señalaba que álbums era la forma
usual. Cf. Pensado (1999: 4451) sobre la frecuencia de álbunes.
184 Gloria Clavería Nadal

aceptan cok y yacht en la undécima edición (RAE 1869), se sustituyen por


coque y yate en la edición siguiente; el tratamiento de w- sigue también
el mismo derrotero (§ 2.1.3). Episodio significativo para la historia de las
adaptaciones es el de las unidades de medidas eléctricas que a finales del
siglo XIX fueron establecidas con denominaciones de carácter eponímico.
En los textos de la época figuran formas no adaptadas del tipo ampere,
farad, ohm, volt o watt junto a otras como volta o faradia (Moreno
Villanueva 2012); en el Suplemento de la última edición del siglo XIX
(RAE 1899) son admitidas estas palabras con una forma hispanizada en
-io (Clavería 2016), de manera que se incorporan al elenco académico
los sustantivos amperio, culombio, faradio, julio, ohmio, vatio y voltio.
El español se diferencia de las otras lenguas románicas36 en la forma
adoptada para estos términos por la adaptación gráfica y la adjunción del
final en -io, por analogía con otras voces especializadas procedentes de
una terminación latinizada (potasio, magnesio, aluminio). Aunque estas
formas provocaron bastante debate, han alcanzado una notable difusión,
pese a que en la edición siguiente (RAE 1914) se admitieron como varian-
tes propias de la nomenclatura internacional las formas más cercanas al
original: amper (ampère a partir de RAE 1956), coulomb, farad, joule,
ohm, vat (watt a partir de RAE 1970) y volt. Las propuestas de adaptación
de carácter normativo, pues, pueden acentuar la variación lingüística,
algo que continúa sucediendo actualmente (cf. Giménez Folqués 2011)
y genera una tensión permanente entre distintas opciones de tratamiento
de los préstamos.
En suma, el estudio del comportamiento de los préstamos en torno a la
estructura silábica en los siglos XVIII y XIX ha proporcionado la oportu-
nidad de observar el nacimiento de la variación actual y también el surgi-
miento de las posturas normativas con la consiguiente tensión entre ambas.

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36

lomb, farad, joule, ohm, watt, volt.


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Guamán Poma de Ayala: la historia
de una variedad americana

Carlos Garatea
Pontificia Universidad Católica del Perú

En circunstancias como esta, no acostumbro hablar sobre los resortes emocio-


nales que sostienen la elección del tema que estoy a punto de exponer. Lo
habitual es que me limite a los agradecimientos y a uno que otro juego verbal
con el ánimo de captar la atención y despertar la curiosidad. Esta vez quiero
salirme un minuto de esas costumbres para decir que, desde la primera letra del
título hasta la última de las conclusiones, dedico este trabajo a dos entrañables
amigos y maestros, ambos miembros de esta Asociación. Me refiero, primero, a
José Luis Rivarola, querido amigo desde que fui su alumno hace más de treinta
años y a cuyas investigaciones debe mucho lo que sabemos sobre los orígenes
lingüísticos de Hispanoamérica; el segundo, Wulf Oesterreicher, quien, si no
fuera por la mala jugada que le hizo la salud, estaría aquí, estimulándonos con su
inteligencia, su picardía y esa irrefrenable y contagiosa energía que le conocimos
y admiramos muchos de los presentes y que podemos sentir en sus indiscutibles
aportes teóricos. Dedico, pues, a modo de homenaje y reconocimiento, a José
Luis y a Wulf, este texto y, desde aquí, en alta voz, les agradezco todo lo que
hicieron por nuestra disciplina, por nuestra comunidad científica y, en especial,
por devolvernos la fe en la amistad.

Resumen. La Nueva Corónica y Buen Gobierno (1615) de Guamán Poma de


Ayala es una singular y notable crónica americana, escrita por un indígena bilin-
güe, quechua-español, durante la implantación del Virreinato del Perú. En este
trabajo se explora el reflejo del contacto de lenguas, la diversidad de registros y
tipos textuales presentes en la obra y cómo distintos niveles lingüísticos de las
lenguas involucradas afloran y conviven en la prosa de un cronista bilingüe. En
suma, se muestra el complejo y dinámico proceso seguido en la consolidación
de la variedad andina de español.
Palabras clave. Guamán Poma de Ayala, variedades lingüísticas, contacto de
lenguas, español de América, textos coloniales.
194 Carlos Garatea

Abstract. Nueva Corónica y Buen Gobierno (1615) by Guaman Poma de Ayala


is a unique and remarkable American chronicle, written by a bilingual, Quechua-
Spanish indigenous person, during the establishment of the Viceroyalty of Peru.
This work explores the reflection of the contact of languages, the diversity of
registers and textual types present in the work and how different linguistic levels,
of the two languages involved, emerge and coexist in the prose of a bilingual
chronicler. In short, it shows the complex and dynamic process followed in the
consolidation of an American variety of Spanish.
Keywords. Guam Poma de Ayala, linguistic varieties, contact of languages, Span-
ish America, colonial texts.

El eje de este trabajo recae en la figura y en la obra de un notable cro-


nista andino: Felipe Guamán Poma de Ayala y su Nueva Corónica y Buen
Gobierno, una extensa historia de 1180 páginas y 397 dibujos, concluida
en 1615 en los Andes peruanos, mientras que, al otro lado del mar, en
España, salía de prensa la segunda parte de Don Quijote. La coincidencia
no podía ser más feliz 400 años después para un Congreso de Historia de la
Lengua Española porque, si la novela de Cervantes nos ofrece sus páginas
para ingresar en el español de los siglos XVI y XVII, la crónica andina nos
invita a conocer otra historia, otro contexto, pero con el mismo protago-
nista: la historia de la lengua española en contacto con lenguas y culturas
hasta entonces ignoradas; la historia de poblaciones quechuahablantes que,
contra su voluntad, adoptan el español como vehículo de comunicación y
medio de sobrevivencia; la historia de un puñado de indígenas que nacidos
en una comunidad sin escritura aprende a leer y escribir en una segunda
lengua, alejados de la enseñanza oficial y antes de que abran los colegios
para hijos de la nobleza inca; en suma, otra historia, otra perspectiva pero
la misma lengua. Juntas han formado y forman parte del complejo y aciago
entramado social de mi país, el Perú, donde se mantiene una deuda secular
con las culturas indígenas que enriquecen el territorio y nuestras vidas. La
crónica de Guamán Poma de Ayala nos permite conocer una etapa de la
historia del español narrada desde el lugar y la competencia de quienes
lo aprendieron a costa de la lengua materna y de quienes sirviéndose de
la lengua importada, y no obstante los diversos grados de bilingüismo
alcanzados, dieron cara a las exigencias comunicativas que trajo consigo
la administración colonial, el ejercicio del Derecho y la prédica de una fe
que impuso un Dios y otras maneras de concebir el mundo, las cosas y las
relaciones humanas.
En este contexto, hago mías algunas ideas de Rivarola y Oesterreicher
y las convierto en hilos conductores de mi análisis por la pertinencia que
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 195

tienen para explorar el español de Guamán Poma de Ayala y el contacto


de lenguas que registra la prosa de este indio bilingüe. Veinte cinco años
atrás, José Luis señaló que
una historia de la lengua, en sentido amplio y comprensivo, no es sólo el registro
de los fenómenos de cambio o una comparación de estados sucesivos […]. Es
también una historia de los hablantes y de su hablar, de los textos y de los esti-
los […], de los fenómenos sociales, políticos y culturales que han motivado la
difusión o la inhibición de los cambios; una historia, asimismo, de la conciencia
metalingüística que manifiestan los hablantes […]. [Por otra parte] Entiendo el
problema [del contacto] no sólo como una cuestión referida a la relación entre
sistemas lingüísticos, centrados en las formas en que se han producido los fenóme-
nos de interferencia o en la naturaleza de los préstamos […], planteo el problema
como el establecimiento de un nuevo orden de relaciones comunicativas […] [y]
también como el de la vivencia que han tenido los individuos y los grupos acerca
de esos mismos conflictos (Rivarola 1990: 157 y 125).

Si de esta manera Rivarola entiende la historia de la lengua, Oeste-


rreicher propone algunos conceptos que permiten explicar los fenómenos
verbales en su dimensión comunicativa y conceden una perspectiva integral
al análisis, aspectos de primera importancia cuando, a través de la escritura,
se explora y describe el contacto de dos lenguas, por ejemplo. El año 2007,
reclama Wulf:
Hay que contar con un nuevo tipo de historia: la historia no de una lengua sino
de un espacio geográfico y comunicativo en el que coexisten en una forma muy
variada y a veces conflictiva diferentes idiomas (Oesterreicher 2007: 39).

Y al año siguiente, agrega que


la variación lingüística en una lengua histórica se relaciona sistemáticamente
con ciertos dominios comunicativos y diferentes tradiciones discursivas […].
Las tradiciones discursivas, con su perfil concepcional matizado además por la
competencia escrita de los autores, seleccionan y filtran el uso de los fenómenos
lingüísticos (Oesterreicher 2008: 241).

Pues bien, la crónica de Guamán Poma de Ayala es un texto conce-


bido como una extensa carta dirigida al Rey de España, Felipe III, con el
propósito de denunciar los abusos e injusticias cometidos por misioneros,
corregidores, escribanos y otros representantes de la administración colo-
nial contra la población andina. Guamán Poma recurre a su segunda lengua
para elaborar un discurso creíble, verosímil, que dé al monarca argumentos
y pruebas suficientes para corregir un mundo que, a juicio del cronista, está
«al revés» porque no se cumple con la ley ni con los principios de cristia-
196 Carlos Garatea

nismo promovidos por la Corona y la Iglesia. El texto, escrito en español,


aunque no solo en español, como luego mostraré, tiene este perfil general:

Y, este otro, combina texto y dibujo:

A simple vista, la obra adquiere un contorno heterogéneo que oscila


entre usos gráficos fácilmente equiparables a los producidos en Europa,
durante siglos, y otros que, más bien, parecen reflejar la voluntad del autor
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 197

de aprovechar al máximo cada página o, en ocasiones, sencillamente son


enmiendas introducidas luego de una primera redacción o arreglos pen-
sados para la posterior impresión del manuscrito. Dicho sea de paso: el
texto nunca fue impreso y tampoco llegó —al menos no hay noticias— al
Rey. Estuvo —digamos así— «perdido» durante trescientos años hasta que
terminó en la Biblioteca Real de Dinamarca1, donde fue «descubierto» a
inicios del siglo XX y donde es conservado en buen estado y a salvo de
piratas.
Para analizar integralmente el texto y valorar el tipo de registro y la
variación que refleja la prosa del cronista, me parece oportuno tomar la
siguiente pregunta que, desde la perspectiva del historiador de la lengua,
remite a la pragmática del texto, a la lengua y, lógico, a la estrategia discur-
siva elegida por el autor. La pregunta es la siguiente: ¿Cómo logra Guamán
Poma definir su voz como autoridad aceptable para su público europeo
y, a la vez, plantear sus demandas a esa autoridad desde su condición de
autóctono andino? (Adorno 1989: 129).
Pienso que la respuesta a la pregunta de Adorno exige observar ine-
vitablemente la lengua y la pericia discursiva del cronista. Dicho de otro
modo: exige atender su competencia lingüística en español y el tipo o los
tipos de discurso que usa e integra en su obra. Lo que está en juego es un
principio pragmático: elabora un discurso en función del destinatario, del
contenido y del contexto. Aquí el emisor es un indio bilingüe del XVI; el
destinatario es el Rey; el medio corresponde a su segunda lengua, también
las tradiciones discursivas; pero el contenido no. El contenido tiene otro
origen. Es andino y fue conservado en tradiciones orales quechuas y, por
tanto, aunque sea obvio decirlo, es ajeno a la cultura irradiada e impuesta
en el Perú desde la captura de Atahualpa en 1532. No debe olvidarse que el
quechua careció de escritura. Era una lengua de transmisión oral. De manera
que, en la crónica, hay un doble esfuerzo verbal y cognitivo: dominar un
segundo sistema gramatical y dominar un discurso escrito concebido en
categorías y funciones de otra cultura.
En esa sobreposición de lenguas y tradiciones, donde el español es
la lengua privilegiada, se ubica, a mi juicio, la razón por la que la obra
y la competencia lingüística de Guamán Poma de Ayala nos ofrecen otra
etapa de la historia del español americano. Era un indio que se presentaba
como cristiano devoto, probablemente calificado como «indio ladino», tér-

1
Todas las referencias a la obra proceden del siguiente sitio público y de acceso
gratuito: <[Link]/permalink/2006/poma/info/es/[Link]>.
198 Carlos Garatea

mino que en la nomenclatura colonial adjetiva a un indígena competente


en español, cristiano en creencias e hispanizado en costumbres (Adorno
1992). Pero ladino connota también valores negativos: conductas sinuo-
sas, artimañas, individuos de poca confianza, maliciosos. Obviamente no
era término de autoidentificación sino, más bien, de uso habitual entre los
conquistadores para hablar sobre los indígenas que mostraban signos de
aculturación o cuyo comportamiento revelaba cierto dominio del sistema
colonial, por lo general en el ámbito jurídico y eclesiástico. En ocasiones,
conservar u obtener privilegios o excepciones tributarias, por ejemplo, fue-
ron algunos de los propósitos de esos «indios ladinos». Guamán Poma
explicita el valor negativo del término cuando narra la manera en que los
corregidores rechazan a los curacas o caciques: «A un yndio laladino (sic)
le echa del mundo y lo castiga cruelmente, deziéndole ladinejo» (782/796).
Y, en otra ocasión, cuando menciona el catolicismo indígena, recuerda
que sus paisanos eran injuriados y castigados por curas y doctrineros del
siguiente modo: «Y todo lo dicho estorua los padres y curas de las dotrinas
y castiga, deciéndole: santico ladinejo» (824/838).
Pues bien, los dos fragmentos son buenos ejemplos de apropiación
del discurso colonial con la finalidad de elaborar una denuncia sirviéndose
de categorías que pertenecen al receptor del texto. Téngase en cuenta que
Guamán Poma no escribe para los indios ni para los mestizos, aunque
tampoco los excluya. Su destinatario principal es el Rey de España. Digo
«principal» porque podría afirmarse que escribe para quien tiene alguna
responsabilidad en la burocracia colonial, sea administrativa, jurídica o
eclesiástica y puede ayudar con la reforma moral de los colonizadores y
la digna cristianización de los indígenas (cf. Adorno 1978: 141). No es
un propósito sencillo, ciertamente. Tuvo Guamán Poma conciencia de las
exigencias retóricas que le imponía un texto tan ambicioso. No se limita
a informar como hace la historiografía normalmente. Quiere producir un
efecto en el lector, persuadirlo, y, lo más importante, que el efecto beneficie
a la población andina sin traicionar al Rey ni atentar contra el cristianismo.
Y, el medio para conseguirlo, es la lengua española, su segunda lengua.
De la bibliografía extraigo los seis elementos más comentados e inter-
calo algunas observaciones que permiten apreciar el texto integralmente,
su complejidad y el lugar que le corresponde en la historia del español
americano:
Primero, a diferencia del Inca Garcilaso, Guamán Poma rara vez cita
los escritos que aprovecha. Hay sin embargo huellas de obras religioso-di-
dácticas españolas y misioneras y del pensamiento teológico jurídico desa-
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 199

rrollado por Francisco de Vitoria y sus colegas de Salamanca (cf. Adorno


1989: 86; Abbott 1996; Cárdenas 2001 y 2004)2.
Segundo, combina el modelo religioso de la guía de confesores, el del
sermón, la retórica jurídica, el informe administrativo tipo relación y un
nutrido repertorio de narraciones expresadas mediante la forma de testi-
monios y diálogos (cf. Poupeney 1996: 192; Garatea 2010 y 2014; López
Grigera 2001).
Tercero, debido al intento polémico del autor, el discurso religioso le
sirve más eficazmente que las crónicas de Indias como modelo de argumen-
tación por el efecto que tiene en el destinatario, sea a través de recursos y
estilos que buscan persuadir al receptor o propiciar una conducta, en oca-
siones, como era habitual, a través de la amenaza y el miedo (cf. Adorno
1989: 103 y sigs.; Quispe 2006)3.
Cuarto, el análisis textual revela que fray Bartolomé de Las Casas y
fray Luis de Granada están entre sus autores favoritos (cf. Adorno 1989:
85; Quispe 2004).
Quinto, la obsesión que expresa el texto por la legalidad burocrática
hace pensar que se trata de un indígena formado como escribano: intro-
duce petitorios, cita normas, ordenanzas, cartas privadas, cartas formales,
testamentos, licencias, «testigos de vista» y vocabulario del ámbito forense
(cf. López Baralt 1982: 479 y 1995; Cárdenas 1997 y 2001; Guerra 2003).
Sexto, en las ocasiones en que se dirige a los indígenas les pide —en
verdad, les ordena, como quien promulga una ley— que aprendan las ora-
ciones que escribe en quechua.
Quiero mostrar aquí un ejemplo del último punto: un pasaje claramente
prescriptivo, un conjunto de normas que fija los deberes de la población
indígena, y que parece escrito teniendo al edicto de modelo textual. Nótese,
por cierto, que el fragmento empieza con cada el día, forma por entonces
anticuada en la lengua general, proveniente del medieval cadaldía, aparen-

2
Adorno (1989: 109): «Mientras la historia es una ciencia cuyo fin es el conocimiento
del lector, la retórica tiene como objetivo la acción de los oyentes […]. De ahí podemos
ver por qué Guamán Poma eligió la retórica del sermón como método discursivo, sobre
todo en los prólogos; es el estilo por excelencia de la persuasión. Queda todavía ver la
relación de éstos con los capítulos que acompañan, y si la prosa de Guamán Poma forma
o no un sistema discursivo».
3
«La elección de la retórica eclesiástica se explica: primero, aprovecha la “primera
arma” del predicador: el valor persuasivo de la retórica de la amenaza; segundo, coordina
el principio de la doctrina cristina, articulado por fray Luis, y el programa de reforma
colonial propuesto por Las Casas» (Adorno 1989: 105).
200 Carlos Garatea

temente todavía plausible en el discurso jurídico. Primero ofrezco la —diga-


mos así— «norma» en español y luego la indicación en quechua sobre el
rezo del rosario; añado de inmediato la traducción al español y reproduzco
el facsímil para que se aprecie el ejemplo tal como lo encuentro en la obra:
Cada el día, aunque tenga grandes trauajos mayormente los yndios deste rreyno,
an de sauer en su lengua general de quichiua, a de rrezar primeramente a la
Santícima Trinidad medio rrozario que son:
Pichica chunga mita Muchaycuscayqui María, pichica Yayaycucta tucuychanqui.
Quimza Yayaycu, quinza Muchaycuscayqui Mariata, quimza Ynincanchictauan
rrezanqui… [cincuenta veces el Avemaría, y terminarás con el Padrenuestro cinco
veces. Debes rezar tres Padrenuestros, tres Avemarías, tres Credos…] (826/840).

La mención a la «lengua general», concepto difundido en los Andes


por el Tercer Concilio Limense (1582-1583), que promovió el quechua
cuzqueño como variedad de prestigio, y el uso de cada el día4, perseve-
rante en el discurso forense y empleado aquí en una prosa que carece de
interferencia de la lengua materna del autor, al lado de una instrucción
escrita en quechua, plantean, en pocas líneas, no solo el saber expresivo
y textual del autor sino los niveles de registros, las lenguas e, incluso, las
tradiciones, que interactúan, se sobreponen e intersectan para conformar
juntas el sentido general del texto. De ese modo, a mi juicio, se muestra la
formación de una variedad americana: un enrevesado y complejo proceso
en el que las unidades y tradiciones de la lengua española ocupan un nuevo
espacio, adaptándose y respondiendo a las necesidades comunicativas que
encuentran en el camino, en comunidades que poseen otras lenguas y cul-
turas. Todo redunda, claro está, en la habilidad y en la pericia discursiva

4
En la crónica coexiste cada el día, con cadaldía y cada día. Esta variación no fue
exclusiva del cronista, también está presente en la obra de Santa Cruz Pachacuti. Ambos
autores, en proporciones distintas, parecen registrar un proceso de cambio más extendido.
Este dato no deja de ser interesante porque señala la participación del español empleado
y conocido por indígenas bilingües en procesos generales de cambio. Me ocupé de las
formas referidas, de su presencia y sus contextos de aparición en textos escritos por indí-
genas bilingües en Garatea (2010: cap. 2). La presencia en tipos textuales provenientes del
mundo jurídico fue señalada por Eberenz (2000: 412).
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 201

de un indígena bilingüe del XVI: el autor del texto. Volveré luego sobre
este punto.
Hago un paréntesis porque no quiero dejar de referirme a otra huella
de la formación y de la cultura de Guamán Poma. Me refiero a la reflexión
que hace sobre el estilo: ¿por qué se detiene en el estilo? Y: ¿qué habrá
entendido por estilo, en su segunda lengua? Difícil saberlo. Tal vez simple-
mente trata de cumplir con un tópico habitual en sus lecturas castellanas. Lo
cierto es que, al empezar la crónica, asegura reproducir una carta fechada
en 1586, escrita por su padre y dirigida al Rey de España con la intención
de presentar al monarca el manuscrito y expresarle su beneplácito por con-
siderar que se trata —siempre según la supuesta carta del padre— de una
historia útil y veraz. Como si concediera una licencia de impresión, el padre
respalda al hijo ante la Autoridad, toma distancia de la fantasía y remite a la
confiabilidad de las fuentes: «rrelaciones y testigos de vista». La remisión
recuerda de inmediato a los procesos judiciales. Reproduzco las líneas del
pasaje que se refieren al estilo, las que acogen los formulismos de inicio
y fin propios de la tradición epistolar y las que refuerzan la veracidad de
la historia (5/5 a 7/7):
S[acra] C[atólica] R[eal] M[agestad]: Entre las cosas questa gran prouincia destos
rreynos a prosedido útiles y prouechosos al seruicio de Dios y de vuestra Mages-
tad, me a parecido hazer estima del engenio y curiucidad por la gran auilidad del
dicho mi hijo lexítimo, don Felipe Guaman Poma de Ayala […] por rrelaciones
y testigos de uista que se tomó de los quatro partes destos rreynos de los dichos
yndios muy biejos de edad de ciento y cincuenta años […]. Y que el estilo es
fázil y graue y sustancial y prouechoso a la santa fe católica y la dicha historia es
muy uerdadera como conbiene al supgeto y personas de quien trata […] a quinze
del mes de mayo de mil quinientos ochenta y ciete años.
S[acra] C[atólica] R[eal] M[agestad], bezo los rreales pies y manos a vuestra
Magestad, su umilde bazallo,
don Martín de Ayala (rúbrica).

Si la mención a los «testigos de vista» remite a un precepto, amplia-


mente usado en la tradición forense, otro es el origen de los adjetivos que
gradúan su idea sobre el estilo: «fazil y grave y sustancial y provechoso».
Desde Cicerón, el estilo que más conviene a la historia es el que asegura que
la prosa fluya armoniosamente. Debe ser también ameno para garantizar
su función pedagógica, que es a lo que tal vez alude el autor con los tér-
minos «sustancial» y «prouechoso» (Guerra 2003: 10). No hay que olvidar
las ideas de fray Luis de Granada en este contexto. Pero si la importancia
asignada aquí al estilo puede llevarnos a las lecturas castellanas del autor,
202 Carlos Garatea

el tema puede tener otra dirección que no hay que pasar por alto. En el
Virreinato existieron documentos —digamos— «oficiales» que promovie-
ron el «cuidado» en el modo de usar la lengua. Pienso, por ejemplo, en las
instrucciones retóricas, verdaderos razonamientos estilísticos, que contiene
el Proemio del Tercero catecismo y exposición de la doctrina cristina por
sermones para que los curas y otros ministros prediquen y enseñen a los
indios y a las demás personas, conforme a lo que se proveyó en el santo
concilio de la ciudad de lima de 1583, texto publicado en 1584, en Lima.
No tengo cómo afirmar que el texto cayó en manos de Guamán Poma, pero,
como tampoco puedo negarlo, me limito a citar la tercera indicación del
Proemio, en la que los adjetivos «fazil y grave y sustancial y provechoso»
parecen sintetizados; cito para decir que el interés por el estilo tuvo vigencia
en el ambiente intelectual que frecuentó el cronista a fines del siglo XVI:
Tercero aviso es del modo de proponer esta doctrina, y enseñar nuestra fe: que sea
llano, sencillo, claro y breve, quanto se compadezca con la claridad necesaria; y
así el estilo de Sermones, ò Plàticas para Indios se requiere ser facil, y humilde,
no alto, ni levantado. Las clausulas no muy largas, ni de rodeo. El lenguaje no
exquisito, ni términos afectados, y mas a modo de quien platica entre compañeros,
que de quien declama en teatros.

Dicho esto, creo que lo señalado demuestra la pertinencia de las ideas


reunidas en la cita inicial de Rivarola sobre las dimensiones inherentes a
la historia de la lengua: registros, estilos, contextos y conciencia de los
hablantes; lo visto también da la razón a Oesterreicher: la importancia del
espacio geográfico, del espacio comunicativo y de las tradiciones discur-
sivas. Como la crónica se sitúa en la segunda parte del siglo XVI, vale
decir, cuando el contacto con las lenguas andinas empezó a dejar huellas
en la escritura, los razonamientos de Rivarola y Oesterreicher ofrecen la
perspectiva necesaria para valorar integralmente el texto y reconocer que
la imagen del momento dista de ser homogénea y previsible. Por el con-
trario, la heterogeneidad es la norma; no el desorden ni la improvisación.
A mi juicio, esa heterogeneidad revela cómo en una variedad (si existe
algo así) no solo hay un sistema gramatical (en este caso, dos) sino que
hay también niveles y estratos de lengua (siempre más de uno), además
de un repertorio de tradiciones discursivas que el hablante (bilingüe o no)
emplea para comunicarse en función de contextos y propósitos inmediatos.
Nada de ello es secundario ni puede descartarse en el estudio del español
colonial. Al mismo tiempo, el texto confirma —vale la pena tenerlo pre-
sente— que el contacto es algo más problemático y denso que un contexto
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 203

limitado a unidades discretas que se encuentran en el espacio; la formación


de una variedad es un proceso imposible de someter a límites y fronteras
claros y absolutos. Su estudio requiere integrar dimensiones que teórica-
mente pueden diferenciarse, pero que en la práctica aparecen entrelazadas
y sobrepuestas; describirlo y, sobre todo, comprenderlo reclaman tener en
cuenta las dimensiones internas y externas que motivan la presencia (y la
ausencia) de unidades de lengua. Veamos por qué.
Hace unos años, la profesora Rosario Navarro Gala (2002 y 2003)
hizo un minucioso recuento gramatical de los fenómenos presentes en la
obra de Guamán Poma de Ayala que me libera de incidir en ellos5. Solo
mencionaré unos cuantos porque me ayudan a trazar el escenario de cruces
y proyecciones que acabo de mencionar. La prosa de Guamán Poma trae,
en los siguiente niveles, casos como:
1. Fonético-fonológico:
a) Alternancia vocálica: pricidente, dilicada, prenzeza; ubidencia,
ydúlatra, curiusedad.
b) Formas arcaicas y modernas: nengún / ningún, prencipales / prin-
cipales, defunto / difunto.
c) Panhispanismos:
Reforzamiento velar: guerfanos, guebos, guerta / aguelos.
Variación ortográfica (¿propia de un bilingüe?): hechiceros, hechese-
rias, hicheseros, hechesirías.
2. Morfológico:
a) Concordancia género y número: en sus pueblo; buen cristianos.
b) Concordancia de número sujeto y verbo: otros caualleros seguirá el
camino; ellos castiga.
c) clíticos: estando dormiendo lo come (la coca); le enterraron en la
yglesia mayor [a Topac Amaro Ynga]; no las quite gouernación [a
los indios].
d) Duplicaciones: por quererse hazerse más señor y rrey; se quiso
alsarse como se alsó.
3. Léxico:
a) Quechuismos: mitas, papa, quinua, chasqui.
b) Indigenismos no andinos: ají, chicha.
c) Efecto paródico: licensiasnos, proculadrones.

5
Para una caracterización general del español andino remito, entre otras, a las obras de
Cerrón Palomino, Escobar y Rivarola incluidas en la bibliografía final. Para otros asuntos
asociados a su registro escrito, puede consultarse Garatea (2011, 2013 y 2016).
204 Carlos Garatea

4. Fraseología: y se emborracha hasta caer de culo.


Estos —y otros muchos fenómenos— aparecen en nuestro autor. Junto
a ello, el lector puede reconocer que el autor, en ocasiones, opta por escri-
bir en quechua; por ejemplo, cuando menciona o traduce cantos, rezos o
cuando se dirige a un probable lector indígena:
Yaya Pacha Camac, uanazac yaya. Cay soncuypa yuyascanmi [«Padre creador
del mundo, voy a escarmentar. Padre, es la memoria de mi corazón»].

Otras veces, las interferencias son tan fuertes que sufre el sentido y la
coherencia del texto español:
Es como y de la manera que de como de los Colla Suyos (296/298).
Al que llura más, a ésa les enborracha y ueue más y toma más rración de carne
y de comidas. Y a la maystra del cantar y tener buena bos de llorar, ésa le caue
una pierna de carnero. Todo son borracheras (290/292).

En ocasiones, desaparecen las interferencias y Guamán Poma ofrece


una escritura cuya disposición y enunciación podría corresponder a un
monolingüe culto. En el siguiente ejemplo, formula una pregunta retórica,
típica del sermón, usada con propósitos pedagógicos:
Y ancí, Dios mío, ¿adónde estás? No me oyes para el rremedio de tus pobres,
que yo harto rremediado ando. Y ancí, ¿cómo an de ueuir casados y multiplicar
los yndios? (1103/1113).

Visto el conjunto, el resultado es que el texto contiene grados distintos


de competencia y ofrece un continuum entre las lenguas involucradas, es
decir, es posible reconocer niveles de solvencia idiomática que acercan los
ejemplos al español o al quechua o permanecen en una zona intermedia en
la que la interferencia es clara. Algo parecido debía suceder en la vida dia-
ria, en el ámbito del contacto oral, el más extenso y decisor en la formación
de la variedad andina: indígenas con grados desiguales de bilingüismo. No
resulta veraz pensar un contexto homogéneo, ni una situación de contacto en
el que toda la población participe del mismo modo o tenga el mismo grado de
exposición a la lengua extranjera. La diversidad resulta más verosímil y ella
no hace sino confirmar que, además de la diversidad de registros y tradicio-
nes que coincidieron en el tiempo y en el espacio, hubo niveles distintos de
competencia idiomática, tanto en la oralidad como en la escritura. Hoy no es
muy distinto. Su reconocimiento conlleva hacerse cargo del contexto y de las
condiciones comunicativas para definir el estatus de los hechos de lengua que
traen los textos. Lo que parece mostrar la crónica es un indígena cuya notable
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 205

competencia verbal le permite controlar y variar su discurso en función de las


exigencias que le impone el desarrollo y la progresión temática de la historia.
Hay momentos para usar un tipo textual; y, momentos para usar otro.
Si nos atenemos a la grafía, puede verse aquí el ejemplo que traía un
grado alto de interferencia:

Y en cambio, este es el de la pregunta retórica:

Parece tratarse de la misma letra. Es igual a la que trae el ejemplo que


sigue y en el que se ve cómo el paso de una lengua a otra es marcado con
un corchete. En el ejemplo, el corchete incluye la combinación el quien por
el que o por un simple quien, con sentido generalizador, frecuente en textos
que evocan situaciones recurrentes o dan normas de conducta, sirviéndose
de paralelismos sintácticos como éste (cf. Eberenz 2000: 331):

Que los yndios en este rreyno quando comensare a comer o a zenar en la plaza
pública o en sus casas, que diga estas oraciones en su lengua cantada: Santa
cruspa unanchanrayco, aucayconamanta quispichiuaycu, Dios apuyco [el quien
digere la dotrina… [yapaq churip…
[Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro]
(828/842).
Todo indica que Guamán Poma de Ayala tuvo clara conciencia de la
empresa que se propuso y un notable dominio de los medios textuales a su
disposición. A los ejemplos que llevan a esa conclusión, puede añadirse el
empleo del «diálogo»6, recurso pedagógico asentado en la tradición euro-

6
Para la dimensión historiográfica y verbal del diálogo, como tipo textual, remito
a los dos trabajos de Santiago del Rey Quesada señalados en la bibliografía; desde otra
perspectiva, para Guamán Poma, cf. Poupeney Hart (1996).
206 Carlos Garatea

pea; en ocasiones, el texto sigue el patrón de los interrogatorios judiciales,


apoyado en citas indirectas, pero, en otras, prefiere simular que reproduce
lo oído, evita la cita, y marca el cambio de turno con una breve línea hori-
zontal en el texto, como sucede en el pasaje citado a continuación, en el
que, por cierto, no hay rasgo quechua alguno ni huellas de interferencia
idiomática:
Señor don Alexandro Farfán, vuestra merced, ¿quántos mayordomos echa vuestra
merced en los yndios que tiene?
Señor, yo echo en el tributo un español mayordomo que él cobre […].
Y, señor, ¿cómo lo a de sustentar vuestra merced quatro españoles? […].
Señor, ya ellos sauen cómo an de biuir. Todos los pueblos le ciruen y gana
doblado (715/729).

Son muchas las veces que el autor cambia de una tradición discursiva
a otra, o que incorpora en su discursos unidades verbales de acuerdo a lo
esperable en el tipo de texto que emplea en su argumentación. Pero no solo
en el texto sino también en los dibujos:

COREÓN, HATVN CHASQVI [postillón principal], churo chasque [mensajero de


caracol] / perro de ayuda / ‘Despacho a su Magestad deste rreyno’. / en este rreyno
// hatun chaski / chitru chaski (811/825).

En este simpático dibujo, por ejemplo, tenemos un mensajero, un


chasqui, lo confirma el título quechua, acompañado de su perro; lleva
un cartelito en la mano izquierda en el que se lee «un despacho a su
magestad», conocidísima formula epistolar de la distancia comunicativa,
obviamente impuesta en el Virreinato peruano, que responde a relaciones
y jerarquías sociales y administrativas ajenas a la historia andina, pero
que, en este dibujo, si bien mantiene la funcionalidad señalada, es usada
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 207

en otro contexto cultural y para referir a una estructura administrativa


diferente.
Por otra parte, ya he mencionado la importancia del discurso jurídico y
del sermón. El caso que quiero citar es el de unas inverosímiles ordenanzas
que el autor atribuye a los incas. No solo es fácil de reconocer su estructura,
en disposición, marcadores y el modo imperativo del verbo principal, sino
que adicionalmente Guamán Poma hace de intermediario entre el mundo
español y el incaico traduciendo al quechua los cargos coloniales que men-
ciona en las ordenanzas. Visto desde otro ángulo, se puede decir que adopta
lengua, discurso y tradiciones discursivas europeas para dar cuenta de un
pasado incaico que nunca existió. Cito:

que ayga escriuano público de cada pueblo». A éstos les llamaron llactapi qui-
pococ camachicoccuna, mandoncillosa. «Yten: Mandamos que ayga escriuano
rreal o nombrado». A éstos les llamauan caroman cachasca quipococ [contador
enviado lejos], Pabri ynga. «Yten: Mandamos que ayga contadores mayores». A
éstos les llamauan Tawantin Suyo hucho tasa yma hayca uata quillatauan quipo-
coc yupacoc, curaca churicona.

Páginas atrás, cité una carta ficticia —digamos, formal—, dirigida


al Rey. He aquí otra, pero esta vez con voseo. Se trata de una supuesta
carta dirigida por el padre Antón Fernández de Peralta a un indio cristiano,
recriminándole su desempeño como curaca. Reproduzco las líneas que me
permiten insistir en el cambio de estilo y añado un breve fragmento para
atestiguar la intencional aparición del voseo:
La carta que le escriuió a don Juan Capcha al pueblo de Uruysa el dicho padre
Antón Fernandes de Peralta, padre de Lara Mate, dize ací:
Hijo:
Espantado estoy que un curaca tan honrrado como bos aya hecho una cosa tan
mal hecha como huyros y hazer capítulos de mentiras contra buestro padre. Fuera
208 Carlos Garatea

desto, de huyr bos de aquí cienpre que bengo a este pueblicillo de quatro yndios
que tenéys mayormente, no os haziendo yo la menor cosa del mundo y querién-
doos como a mi hijo, beníos luego cin que ayáys otra cosa que yo [o]s prometo
como hombre de bien de rregalaros y seruiros y no hazer mal nenguna […].
Buestro padre,
Antón Fernandes de Peralta (779/793).

Cabe decir que el autor introduce voseo en pasajes muy concretos: en


los prólogos, prácticamente en todos, y en citas —directas o no— en las
que el emisor es un sacerdote o una autoridad colonial, es decir, alguien
que representa al poder. Este dibujo lo muestra aún mejor. Representa el
diálogo de un indio, un cacique, con un corregidor, a quien el indígena lleva
unos obsequios en señal de tributo. El indio habla en quechua; el corregidor
responde en español y vosea:

«Cayllata señor corregidor ricuchicomuyqui. Chasquipullauay» [«Señor corregi-


dor, he venido a mostrarle esto. Por favor, recíbalo»]. / «¿Por qué no trays buenas
gallinas y capones y carneros a buestro corregidor? Bos me lo pagarés por éstas».
/ en este rreyno (790/804).

También al campo de las formas de tratamiento corresponde el pro-


ceso que, primero, Rosenblat (1964) y, luego, Lope Blanch (2003) califi-
caron de «hidalguización». De acuerdo con ellos, los colonos que tomaron
posesión de las tierras americanas tuvieron un particular interés en ser
reconocidos socialmente. Sabemos que no es algo exclusivo de la época.
Pero, por entonces, en cuanto obtuvieron tierras y esclavos, se sintie-
ron merecedores de un tratamiento que diera cuenta del nuevo estatus.
Proliferaron el uso de don y doña antepuesto a los nombres. Rosenblat
lo definió como un proceso de nivelación igualadora hacia arriba. Hay
innumerables ejemplos que confirman la hipótesis de Rosenblat y que
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 209

dan luces sobre las variables sociolingüísticas que llevaron las formas
verbales en esa dirección. A Guamán Poma no le fue ajeno el proceso.
Sus referencias demuestran que percibió el fenómeno y que, además, tuvo
elementos suficientes para discernir en torno a la pertinencia de las citadas
formas de tratamiento cuando recaían en mestizos que hacían lo posible
por ascender socialmente y por ser reconocidos como don Fulano de tal.
Dicho de otra manera: no se trata ahora de colonos, sino de indígenas que,
en el siglo XVI, se nombran a sí mismos mediante las formas españolas
que proliferaban entre los recién llegados. Con ellas, los indígenas quieren
cambiar de estatus y tener mayores posibilidades de ganar privilegios en la
administración colonial. Es el mundo indígena apropiándose del universo
simbólico adscrito a unidades verbales españolas. El autor es consciente
del abuso en el empleo y da cuenta de ello mediante juicios y ejemplos
como los siguientes.
En este primero describe las condiciones para merecer el uso de don:
Y ancí en esta uida, las dichas pulperas y mesoneras, panaderas se llaman
doña Fulanas y los figones y rrufianes, ladrones, salteadores, borrachos, judíos,
moros, picheros se llaman don Fulano. Para llamarse don, a de ser cristiano
biejo y caballero y de buena sangre, que tenga título para ello de su Magestad
(788/802).

En este segundo se ocupa de la pérdida del privilegio. Lo hace mediante


una sintaxis más quebrada que la del ejemplo anterior e incluye esos inme-
recidos usos entre los testimonios de que el «Mundo está al revés»:
ay muchos «don» y «doña» de yndio bajo mitayo. ¡Qué buen don Juan Mundo-al-
rreués conbida al borracho! Tanbién será otro borracho él como ellos, deshonrra
de su mesa del padre en este rreyno (604/618).
está el mundo al rreués: yndio mitayo se llama don Juan y la mitaya doña Juana
en este rreyno (762/778).

Cito dos casos más en los que los indios e indias principales merecen
la forma honorífica, pero la pierden si se casan con alguien que no tiene el
mismo estatus. Son dos ejemplos que claramente retratan un pequeñísimo
aspecto del contexto inmediato y de las relaciones estamentales de la época
entre los indios peruanos7:

7
Cabe mencionar que las diferencias aludidas se ven retratadas en los dibujos que
acompañan los pasajes citados mediante el tipo de vestimenta o las exageraciones que
incluye cada retrato.
210 Carlos Garatea

Es que la muger, hija lexítima o natural uastarda, doña Francisca, doña Juana, ci
se casa con yndio mitayo o esclabo, es ella esclaba y mitaya (788/802).
Éstas son allicac curaca guarmi. A de tener todas las honrras y priminencias
dichas ellas y sus hijas y ermanas. Ci no se casan con gente baxa y se se casa
con su ygual merese toda la doña […] (760/774).

Termino. Difícil desligarse del contexto, de la creatividad y de la com-


petencia cuando exploramos los primeros años del español americano; me
parece imprescindible considerar esas magnitudes cuando de por medio hay
un intenso contacto de lenguas, como el que se dio y se da en el Perú. La
historia del español peruano está en ese tejido de modelos, innovaciones y
silencios. Es cierto que, en toda lengua, los niveles universal, histórico y
particular pueden ser analizados de manera independiente y abstracta. Pero
se trata de una abstracción, un artificio. Lo que traen los documentos son
intersecciones y confluencias, siempre de acuerdo con las necesidades y
propósitos expresivos de los usuarios, sean o no bilingües. Creo que debe-
mos hacer lo posible por contar con toda esa arquitectura cuando analiza-
mos la historia del español americano. Su olvido está muchas veces detrás
de posiciones indigenistas e hispanistas que resultan incapaces de ver el
maridaje de nuestra lengua con otras lenguas y culturas en América o de
reconocer la creatividad y la competencia de millones de indígenas que
adoptaron el español y lo encauzaron en otro espacio social y geográfico.
Por lo general, esa ceguera alienta exasperantes posiciones ideológicas.
La crónica de Guamán Poma tiene la virtud de mostrarnos los distintos
planos de la realidad verbal. Fue también mérito de Cervantes, por cierto.
Don Quijote es una singular y notable muestra de variedades y recursos
lingüísticos que perfilan las locuras y el sufrimiento del ilustre caballero
andante. Sin sugerir comparación alguna, Guamán Poma hace lo mismo
pero al otro lado del mar, en los Andes, con otro mundo. Pienso que el
cronista nos pone así ante la necesidad de recuperar los contextos. No como
recurso declarativo que enumera elementos y variables que se mantienen
fuera del discurso, sino como dimensiones que se integran en el texto y
definen su función, su pertinencia y su calidad. Muchas veces hablé sobre
esa necesidad con José Luis Rivarola y Wulf Oesterreicher. Ambos fueron
lúcidos representantes de una lingüística integral, de base filológica y, por
ende, textual. Los dos tuvieron clara conciencia sobre la determinación de
los entornos en los usos de una lengua. Este trabajo es apenas una modesta
invitación a continuar en esa perspectiva.
Guamán Poma de Ayala: la historia de una variedad americana 211

Bibliografía
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Practice in Colonial Spanish America, Columbia, University of South
Carolina.
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[1615]), Nueva corónica y buen gobierno. Edición crítica de John V. Murra y
Rolena Adorno, México, Siglo XXI, XXXII-XLV.
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Variación diatópica y etimología en
léxico del Siglo de Oro∗

José R. Morala Rodríguez


Universidad de León

Resumen. Este trabajo se centra en la importancia de las fuentes notariales para el


estudio de la lengua del Siglo de Oro. Concretamente, las referidas a los diversos
tipos de relaciones de bienes, con una variada representación del léxico de la vida
cotidiana en la época. Si añadimos el hecho de que los documentos notariales
regularmente están datados y localizados, el resultado es un material especial-
mente rico para el estudio de la variación diatópica del léxico. En este caso, a
partir del corpus CorLexIn, hacemos un recorrido por la representación de voces
orientales como vánova o cerraja, de otras como llares, con las implicaciones
que tiene la distribución antigua para su explicación etimológica, o de un grupo
de derivados de fraile (frailesco, fraileño, frailengo, frailego, frailar) y el reparto
geográfico que presentan estos sinónimos.
Palabras clave. Corpus lingüísticos, historia de la lengua española, léxico, varia-
ción diatópica, Siglo de Oro.

Abstract. This essay focuses on the importance of notarial sources for the study
of the Spanish language in the Golden Age, specifically those concerned with
different types of property inventories, which contain extensive lexical evidence
of that period’s daily life. The fact that notarial records have been dated and
located regularly enhances these materials’ interest for the study of diatopic lexical
variation. We have drawn our data from CorLexIn, in order to trace originally
Eastern words like vanova or cerraja plus others like llares, incorporating their
distribution in old times in order to explain their etymologies. Attention has also
been paid to a group of derivatives of fraile (frailesco, fraileño, frailengo, frai-
lego, frailar) and their geographical distribution.
Keywords. Linguistic corpora, history of the spanish language, diatopic variation,
golden age, lexicon.

* Para la realización de este trabajo se ha contado con la financiación del Ministerio


de Economía y Competitividad al proyecto con número de referencia FFI2012-31884.
216 José R. Morala Rodríguez

1. El Corpus CorLexIn
Con el propósito de disponer de fuentes diferentes a las convencio-
nales para la época del Siglo de Oro, un grupo de investigadores de las
universidades de León, Burgos y Oviedo llevamos ya unos años trabajando
en un corpus realizado a partir de un determinado tipo de documentación
notarial. Los documentos seleccionados son únicamente aquellos textos
que caben bajo el título genérico de relaciones de bienes y que presentan,
por tanto, una gran riqueza léxica: inventarios, tasaciones, cartas de arras,
partijas, testamentos, etc. en los que el objetivo jurídico es la descripción
detallada de los bienes de una persona o institución. El corpus documental,
que puede considerarse homogéneo en cuanto a la tipología de los textos
y con escasa variación diacrónica pues se centra mayoritariamente en el
siglo XVII con una menor aportación del XVI, se ha diseñado para tratar
de acoger la variación diatópica que presenta el castellano de la época,
atendiendo muy especialmente al léxico, con una información que, en cierto
modo y salvando las distancias, se asemeja a la que para el siglo XX nos
proporcionan los atlas lingüísticos con los que la comparación es inevitable.
El resultado de este proceso es el Corpus Léxico de Inventarios (Cor-
LexIn), de consulta abierta en la web1 del Nuevo Diccionario Histórico,
que en este momento supera ya el millón de palabras transcritas a partir
de documentos procedentes de archivos generales, provinciales y locales
de todo el ámbito hispánico, tanto español como americano, aunque el
trabajo está más avanzado en el área peninsular, que es en la que aquí me
voy a centrar. El corpus no está cerrado y seguimos incorporando nuevos
documentos por lo que cualquier conclusión que se extraiga siempre estará
sujeta a revisión en la medida en que aumenten los datos manejados. No
obstante, tanto el millón de palabras disponible en este momento como
otros muchos textos que han sido leídos parcialmente, aunque no se hayan
incorporado al corpus transcrito, conforman una muestra suficientemente
sólida como para comprobar la aportación novedosa que un fondo docu-
mental limitado como este puede hacer a otros corpus mucho más amplios
y generales como son el CORDE o el CDH.
Como hemos puesto de manifiesto ya en diversas ocasiones (Morala
2012b y 2014a), los materiales reunidos documentan tanto innovaciones

1
La consulta del corpus en línea puede hacerse en la web del NDHE <[Link]>.
La información relativa al proyecto, con indicación de los trabajos desarrollados, archivos
visitados, legajos vaciados, un índice de voces estudiadas y la versión en línea de los
trabajos publicados, puede verse en <[Link]
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 217

léxicas como arcaísmos que en el registro literario han podido ya desa-


parecer, voces patrimoniales que, en el mejor de los casos, se registran
en los diccionarios —cuando lo hacen— pero que no aparecen en cor-
pus convencionales y, sobre todo, son capaces de reflejar con bastante
detalle la variación diatópica del léxico en el siglo XVII. En definitiva, el
CorLexIn se ha mostrado como un corpus específico que puede contri-
buir a la lexicografía y dialectología históricas con un material original y
valioso, especialmente en todo lo relativo al léxico de la vida cotidiana y
a la variación diatópica de la lengua en el pasado.

2. Variación diatópica
Es justamente esta posibilidad que nos ofrece la documentación nota-
rial, no solo de datar cronológicamente, sino también de localizar geográfi-
camente los textos reunidos, lo que le da un valor añadido al corpus sobre
el que trabajamos. Por esta vía, es posible determinar con un cierto grado
de precisión el ámbito de uso que una palabra tiene en la lengua cotidiana
dentro de esta fase histórica del castellano. Una localización que no siempre
coincide con la que nos dan los repertorios léxicos y atlas lingüísticos actua-
les y que puede contribuir a fijar mejor distintos aspectos de la lexicografía
diacrónica. Veamos ahora dos palabras, vánova y cerraja, cuyo ámbito de
uso histórico presenta alguna particularidad reseñable.
2.1. Vánova
Vánova figura en el DRAE con esta grafía desde finales del siglo XIX
(1884), siempre como voz propia de Aragón y con el sentido de ‘colcha
o cubierta de cama’. Anteriormente, lo hizo bajo la grafía bánova, que se
registra ya en Autoridades, donde se indica que «es voz usada en Aragón
y tomada del catalán». En la edición de 2001 pasó a identificarse única-
mente como voz de Huesca y con la marca de «rural». En el DECH (s.
v. vánova) se identifica como voz aragonesa, compartiendo área de uso
con el occitano y el catalán, y se aportan ejemplos de textos medievales.
Mucho más por extenso trata el propio Corominas en el DECat esta voz,
que explica como resultado del latín tardío GALNĂPE ‘manta’ (DECat,
s. v. vànova).
En nuestro corpus, es un término que aparece en los inventarios del
ajuar doméstico con relativa frecuencia. Lo más interesante es que los datos
del CorLexIn dibujan en el siglo XVII un área de uso más amplia, no ya solo
la correspondiente a la provincia de Huesca, sino que sobrepasa también
los límites de Aragón. Hay, como cabría esperar, ejemplos en inventarios
aragoneses:
218 José R. Morala Rodríguez

(1) vna bánoua de cáñamo […] vna bánoua de cáñamo […] vna bánoua
(Huesca, 1654).
(2) dos bánobas, quatro delantecamas, diez mantas (Quicena, Hu-1656).
(3) dos colchones, dos mantas y vna bánuba (Calatayud, Z-1641).

No obstante, por el oeste, estos se extienden también por la ribera


navarra del Ebro, alcanzando incluso hasta Alfaro, en La Rioja, y, hacia el
sur, aparecen igualmente ejemplos en las áreas de Almansa (Morala 2012a:
318-319) y Villena, ambas en el límite entre Albacete y Alicante2:
(4) vna bánoba colchada de algodón (Tudela, Na-1641).
(5) vna bánoba de cáñamo, piñonada, empeñada en doze reales (Tudela,
Na-1641).
(6) una bánoba de cotonina3 con su guarnición (Cortes, Na-1644).
(7) dos sábanas y vna almoada; vna manta blanca; vna bánoba (Buñuel,
Na-1645).
(8) vna bánuba de cotonía nueba con su flocadura (Arnedo, LR-1639).
(9) una banoba blanca de labores (Almansa, Ab-1640).
(10) una banoba frisada con randa a el redor (Almansa, Ab-1651).
(11) vna bánoba blanca, noventa reales (Sax, A-1636).
(12) vna bánoba confitada en setenta y siete reales (Sax, A-1639).
(13) vna vanua y un paramento en duçientos reales (Sax, A-1639).

Además de la variante con cierre de la vocal átona /o/ en /u/, bánuva,


que se registra en los ejemplos de Calatayud y Arnedo —un fenómeno
ampliamente extendido en la documentación de la época (Morala 2012c:
557-558)—, la variante vanua documentada en Sax presenta pérdida de
/-b-/, una forma que quizá haya que relacionar directamente con el catalán,
dominio en el que, en los textos históricos, se prefiere vanua a vànova
(DECat, s. v. vànova). No obstante, la pérdida de /-b-/ en determinados
contextos en los que aparece junto a la vocal /u/ es frecuente en algunas

2
Como es fácil de entender, no es posible determinar si este islote de vánova situado
al sur es de origen aragonés o catalán, dada la coincidencia de uso de vánova en ambos
dominios. Una explicación similar tendrá otro ejemplo localizado en una carta de dote de
Vera (Almería) de 1540 en la que se registra «una vánova» (Vivancos 2013: 346).
3
Esta forma cotonina —coincidente con el catalán— es una variante léxica que tam-
bién ha de marcarse diatópicamente como oriental, pues aparece en textos de Teruel, la
ribera navarra o Almansa, en Albacete, en un área que coincide con la de vánova: «vara
y media de manteles de cotonina listados» (Tortajada, Te-1641), «once baras y media de
cotonina estrecha» (Tudela, Na-1641), «vn bestidico de cotonina» (Almansa, Ab-1640). La
forma castellana cotonía, voz de origen árabe y bien representada en el resto del corpus,
se define en el DRAE como ‘tela blanca de algodón labrada comúnmente de cordoncillo’,
mientras que cotonina es «tela gruixuda i llistada de cotó» en el DIEC.
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 219

voces4 y, para el caso de vánova, está documentado también en Aragón


tanto en textos medievales como en recopilaciones dialectales modernas
(DECH, s. v. vánova).

Figura 1. Distribución de vánova.

2.2. Cerraja / cerradura


El DRAE da cerraja sin ningún tipo de notación remitiendo, sin más, a
cerradura. En el DECH (s. v. cerrar) se dice que esta voz, procedente del
bajo latín SERRACŬLUM5, figura ya en Berceo y es frecuente en el periodo
medieval y clásico, pero que hoy resulta anticuada o dialectal, dando a
continuación algunos ejemplos en aragonés.
No entro en la distribución que este término pudo tener en la etapa
medieval, pero los datos procedentes de los inventarios con los que conta-
mos dibujan para el Siglo de Oro una zona de uso bien delimitada que se
circunscribe al ambito oriental del castellano norteño, además de al área
aragonesa6. Citado generalmente como parte de arcas, cofres o baúles y,

4
En los inventarios del XVII, por ejemplo, está relativamente extendida la variante
taurete en vez de taburete.
5
Pese a su parecido formal y funcional, cerraja nada tiene que ver etimológicamente
con cerrojo, alteración de berrojo por influjo de cerrar, resultado del latín vulgar *verrŭ-
cŭlu (DECH, s. v. cerrojo).
6
Una muestra más de las isoglosas internas del castellano analizadas por Fernández
Ordóñez, quien señala que, además de contar con un eje central, con frecuencia el cas-
tellano opta en el lado oriental por soluciones comunes con Navarra y Aragón, mientras
que en las provincias occidentales coincide con las del antiguo Reino de León (Fernández
Ordóñez 2011: 32-60).
220 José R. Morala Rodríguez

en menor medida, de armas de fuego, el término aparece regularmente en


Aragón, extendiéndose, al igual que ocurría en el caso anterior, a Navarra:
(14) una pistola con sus cerraxas (Barbastro, Hu-1654).
(15) dos pilas de tener aceyte […] la una de ellas con su cerraja y llaue; una
arca de pino, vieja, con su cerraja (Ayerbe, Hu-1614).
(16) tres arcas de pino con sus cerrajas y llaues (Cuarte, Hu-1653).
(17) una arca de pino uieja sin cerraja ni llabe […] un cofre de quero, viejo,
sin cerraja ni llabe […] vna arca de pino grande con su çarraga y llabe
(Sobradiel, Z-1614)7.
(18) otra arca bieja sin cerraja ni llaue; una arca de nogal con su cerraja y llaue
(Teruel, 1652).
(19) vn calderico de pastor bueno; vna çerraja (Villalba Baja, Te-1641).
(20) una cerraja con su llabe (La Puebla de Valverde, Te-1612).
(21) tres arcas muy biejas sin çerrajas, ni llabes […] vna conporta de tener pan
con su cerraja y llabe (Tafalla, Na-1641).
(22) otra arca, con su cerraja y llaue […] otra arca, con su cerraja y llaue […]
vna arca de pino con su cerraja y llaue (Tudela, Na-1641).
(23) una arca con su cerraja y llabe […] un arca grande con su cerraja y llabe
(Cortes, Na 1645).
(24) tres arcas con sus çerrajas y llaues (Tudela, Na-1645).
(25) cinco arcas de pino, quatro de pino con sus llabes y cerrajas (Eslava,
Na-1631).
Sin embargo, frente a lo que hemos visto para vánova, que —por su área
de expansión— puede considerarse como un aragonesismo claro, en este caso
nos encontramos con una voz que ocupa regularmente una zona del castellano
norteño en su franja oriental. Cerraja se usa, con mayor o menor presencia
de su correspondiente sinónimo cerradura —con el que en ocasiones con-
curre en el mismo documento—, en el oriente de Cantabria y de Burgos, en
documentación del País Vasco y, de forma más regular, en La Rioja o Soria:
(26) tres puerteçuelas con sus çerrajas (Oñate, SS-1617).
(27) nuebe cajas de madera […] las seis con sus cerrajas y llaves (Berástegui,
SS-1676).
(28) tres arcas grandes, biejas, con sus cerrajas y llaues (Vitoria, 1638).
(29) una caxa pequeña de robre debaxo con su çerraja y llaue y bisagras […]
las dichas caxas y bancos con sus cerraxas y llaues y bisagras (Vicuña,
Vi-1640).
(30) dos arquillas con sus cerrajas y la una con su llaue (Ruerrero, Campoo,
S-1660).
(31) dos arcamesas con sus çerraxas y llabe […] dos arcas de robre, la una con
su çerraxa (Villar, Soba, S-1619).

7
En este caso, con asimilación de /e/ hacia /a/.
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 221

(32) vna arca de pino sin çerradura ni llabe; vn cofre con vna cerraxa, sin llabe
(Puentedura (Covarrubias), Bu-1655).
(33) una zerraxa viexa […] otras dos zerraxas, viexas, sin llaues […] otra arca
[…] sin zerraduras (Hacinas, Bu-1681).
(34) vna arca de pino vieja, con su çerraja e llabe […] vna arca de robre vieja,
con su llave e çerraja […] vna arca de aya de las de Castrobiejo, con su
çerraja e llave (Navarrete, LR-1545).
(35) vna arca de pino con su çerraja (Alfaro, LR-1646).
(36) otra harca de pino biexa, sin zerraxa (Santo Domingo de la Calzada,
LR-1626).
(37) tres arcas de madera biexa, la una sin cerraxa (Soria, 1637).
(38) un arcabuz con su zerraja (Zárabes, So-1638).
(39) un arcaz de pino biexo con su zerraja (Noviercas, So-1653).

Fuera del área indicada carecemos de ejemplos en la zona central y


occidental del castellano de la meseta norte, donde se usa regularmente
cerradura (Palencia, Valladolid, Ávila o Segovia, además del occidente de
Burgos y de Cantabria). Igualmente, en la mitad sur, frente a la forma general
cerradura, cerraja solo se registra en algún punto aislado en la documenta-
ción de Cuenca y de Almería, una distribución que, para esta área meridional,
recuerda la de algunos aragonesismos, como la que hemos visto en el caso
de vánova: «dos zerrojos pequeños y vna zerraja» (Cuenca, 1690), «vna
cerraja nueva grande con su llave y pie de cabra» (Almería, 1659).

Figura 2. Distribución de cerraja ‘cerradura’.

En consecuencia, puede decirse que en el siglo XVII estamos ante una


voz aragonesa pero también castellana, aunque sea únicamente como voz
222 José R. Morala Rodríguez

regional y no de ámbito general. Teniendo en cuenta que cerraja ‘cerradura’


es un término registrado ya por Nebrija, que en Autoridades se ejemplifica
con un texto de Quevedo y que en el CORDE8 figuran un buen número de
ejemplos —aunque la mayoría corresponden a su homónimo cerraja ‘ver-
dura’— la conclusión que se puede extraer es que, al menos en el registro
popular, esta voz presenta ya en el siglo XVII un claro declive —si es que
realmente fue general antes— y su ámbito de uso se ciñe únicamente a una
zona del castellano nororiental.

3. Variación diatópica y etimología: llares


La variación diatópica es uno de los recursos de los que habitualmente
echa mano la lexicografía histórica para explicar la evolución del léxico.
La posibilidad de fijar los distintos tipos de variantes, no ya de la época
actual, sino la que refleja la documentación en el pasado, es uno de los
argumentos más utilizados para formular hipótesis sobre la etimología de
tal o cual palabra.
En este sentido, un corpus como el CorLexIn, en cuyos textos se regis-
tran regularmente los bienes materiales de una persona o institución y para
el que disponemos de un casi inabarcable número de documentos, por lo
general perfectamente localizados en el tiempo y el espacio, supone una
buena oportunidad para hacer un estudio diatópico del léxico en una deter-
minada etapa de la lengua. Vamos a detenernos en un ejemplo ilustrativo
de la necesidad que tiene el filólogo de conjugar criterios diatópicos y
diacrónicos para explicar la evolución del léxico. Me refiero a llares. Para
unos, es necesario recurrir al leonés para explicar la forma a la que llega,
mientras que, para otros, puede interpretarse desde el propio castellano.
Lo que me interesa, más que entrar en la discusión etimológica de este
vocablo, es fijar la distribución geográfica de la palabra en este estadio
histórico de la lengua y, en la medida en que esto lo facilite, aportar mate-
riales que permitan confirmar o desechar algunas de las hipótesis manejadas
sobre su evolución histórica.

8
Cerraja o cerraxa aparecen en el CORDE con un abundante número de ejemplos,
si bien muchos de ellos remiten a libros medicinales que usan una forma homónima refe-
rida a una verdura comestible o a la expresión «agua de cerrajas», ambos recogidos en el
DRAE. En cualquier caso, aparece en algunos inventarios —no siempre suficientemente
localizados—, pero también en autores clásicos como Góngora, Quevedo o Ruiz de Alar-
cón, aunque en este caso habría de tenerse en cuenta la influencia que pudo tener el que
figurara en un diccionario como el de Nebrija. No deja de ser significativo que Covarrubias
no la registre.
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 223

El DRAE recoge la voz llar desde la edición de 1884 y solo a partir de


la edición de 1956 separa sus acepciones en dos entradas diferenciadas:
una, en plural y sin marca dialectal, con el sentido de ‘cadena de hierro
para colgar la caldera sobre el fuego’, y otra en singular y circunscrita a
Asturias y Cantabria, con el sentido de ‘fogón, lar’. La acepción que aquí
nos interesa es la primera de las mencionadas, regularmente usada en plural.
Ambos resultados, aunque tengan el mismo origen, son dos términos distin-
tos. Con la acepción que aquí interesa llares aparece ya en Nebrija y, en el
CORDE y en el CDH, hay ocurrencias en inventarios notariales pero también
en autores como Juan del Encina, Lucas Fernández e, incluso, Calderón.
No creo que haya muchas voces a las que se les dedique tanto espacio
en el DECH. Si en la primera edición la entrada contaba con una extensión
convencional, en la segunda, Corominas y Pascual dedican una larga exposi-
ción para rebatir los argumentos expuestos por García de Diego (DEEH, s. v.
olla)9 en contra de su idea inicial de que llares, con el sentido de ‘cadena’,
arraigó en Asturias y en Salamanca y de ahí se propagó a otros lugares más
alejados, lo que explicaría la palatalización de /l-/ a partir del étimo latino
lar, es decir, explican el término castellano a través del leonés. Entre otros
argumentos, Corominas usa el de la geografía lingüística: «los llares o cade-
nas del hogar son un enser propio del Norte de España, y aunque se emplee
en partes del Centro y aún algún punto del Sur, de una manera general es
ajeno a la casa andaluza y del mediodía español» (DECH, s. v. lar). Por su
parte, Fernández-Ordóñez la considera palabra castellana, añadiendo que «no
parece probado el origen asturleonés» (Fernández-Ordóñez 2011: 30, n. 26).
No entro en el resto de argumentos usados en una y otra hipótesis,
pero como ambos recurren a la distribución geográfica del término creo
que puede ser interesante ver cómo aparece nombrado este objeto en los
inventarios del siglo XVII y qué distribución presenta.
3.1. Variantes formales en el corpus
Llares, en plural, es la forma más extendida en el CorLexIn, pero hay
algunas variantes formales de ámbito local que resultan de interés y que
paso a enumerar. En Navarra10 se presenta bajo la forma lar / lares, admi-

9
García de Diego (DEEH, s. v. olla) propone un derivado de olla, ollar, que luego
por aféresis perdería la vocal inicial para dar llar y llama la atención sobre la inexistencia
de llar ‘cadena’ justamente en las zonas donde la palatalización de /l-/ es una evolución
regular, es decir, el área asturleonesa.
10
La situación actual que refleja el ALEANR (mapa 1488) para Navarra es muy
similar: la forma mayoritaria es lar, si bien con frecuencia la /l-/ se ha aglutinado con la
del artículo precedente.
224 José R. Morala Rodríguez

tiendo tanto singular como plural, alternando femenino y masculino y con


mantenimiento de /l-/ inicial sin palatalizar: «vnos morillos de yerro para la
lunbre y vna lar tanvién de yerro» (Tafalla, Na-1641), «unos lares y unas
truébedes» (Pamplona, Na-1640), «vnos lares del fuego pendientes en la
chimenea» (Eslava, Na-1631).
La misma forma aparece ocasionalmente en un legajo de Zamora, si bien
en este caso, dado que lo habitual es llares —que figura incluso en el mismo
documento—, se tratará de un fenómeno de ultracorrección por el que el
amanuense trata de evitar la palatalización de /l-/ que consideraría dialectal11:
«un candil y unas lares […] vn candado, dos llares y vna texuguera» (Tábara,
Za-1688), «vnas lares en quatro reales» (Ferreras de Arriba, Za-1690).
Por su parte, en la comarca de Salas de los Infantes, al este de Burgos,
aparece regularmente la forma en singular, llar. Finalmente en Valdeón, en
el ángulo nororiental de León, alternan las variantes llares y llarias:
(40) una llar de cozina, de yerro (Hacinas, Bu-1681).
(41) una llar y morillos […] una llar de cozina, de yerro (Carazo, Bu-1680).
(42) unas llares de hierro (Soto de Valdeón, Le-1649).
(43) unas llarias de hierro (Soto de Valdeón, Le-1647).
(44) un arca y dos escaños, una mesa, unas llarias de hierro (Caldevilla, Le-1645).
(45) un badil y dos cuchares y unas llares de hierro (Caldevilla, Le-1649).

Para el resto de los ejemplos localizados, la forma que se registra de


modo invariable es llares, regularmente usada en plural, con la única sal-
vedad de que, frente a la forma mayoritaria en femenino, hay zonas en las
que se usa en masculino. Tal ocurre en Cantabria12, donde es forma única
en la documentación disponible. También aparecen ejemplos en masculino
en el norte de Palencia y de Burgos y en La Rioja y, de forma más dispersa,
por el resto del territorio13:

11
El cambio para este mismo fenómeno se muestra igualmente en la documentación
de Zamora con los términos dialectales referidos al terreno llama y llamera, generalmente
con esta forma, pero que, en ocasiones, se escriben también como lama o lamera: «otra
tierra, digo llamera […] linda con llameras de […] otra lama más auajo […] linderos,
lamas de […] una tierra con su llamera […] otra llamera con su tierra […] la lama, de un
carro de yerua» (Ferreruela de Tábara, Za-1688).
12
Pese a que la variante que sistemáticamente aparece en Cantabria es llares, en
masculino, el ALECant (mapa 726) recoge una mayor variedad léxica y, respecto a llares,
figura tanto llares como llar, además de otras variantes minoritarias.
13
Llares en masculino se documenta de forma aislada, por ejemplo, en Toledo o en
Málaga: «vnos llares de hierro» (Navahermosa, To-1638), «unos llares, en ocho reales»
(Puebla de Peñarubia (Teba), Ma-1699).
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 225

(46) vnos llares de chimenea (Guriezo, S-1669).


(47) unos llares de fierro (Reinosa, S-1657).
(48) vnos llares de yerro (Potes, S-1679).
(49) unos llares; dos morillos de la chiminea (Puebla de Arganzón, Bu-1628).
(50) vnos llares (Cardeñuela Riopico, Bu-1642).
(51) unos llares de yerro buenos (Valderrábano de Valdavia, Pa-1642).
(52) unos llares de yerro pequeños y de cozina (Santurde, LR-1666).
(53) unos llares de cocina, en diez reales (Avellanosa, LR-1656).
3.2. Distribución geográfica de «llares»
La distribución geográfica de las distintas variantes de llares es uno de
los argumentos usados a la hora de adscribir el término a una u otra pro-
cedencia. Por ello, resulta del mayor interés analizar el reparto geográfico
que presenta esta voz en nuestro corpus para tratar de conocer cuál sería la
distribución diatópica que tendría en el Siglo de Oro. Lo haremos de forma
pormenorizada respecto a las diferentes áreas estudiadas.
En primer lugar, el término es de uso habitual en la documentación
procedente de los archivos de Cantabria, País Vasco, Burgos, La Rioja,
Segovia y algo menos frecuente en los de Palencia, Valladolid, Ávila o
Soria, es decir, el territorio de lo que podemos considerar lingüísticamente
la Castilla norteña histórica:
(54) los llares de cocina, de ualor de doze reales (Elorrio, Bi-1678).
(55) un trasfuego con sus llares de yerro (Vitoria, 1639).
(56) una suerte de cassa que es en la cocina, con sus llares (Salcedo, Campoo,
S-1658).
(57) en la cozina de la dicha cassa, vnos llares de yerro (Pesaguero, Liébana,
S-1664).
(58) vnas llares muy biexas y rotas (San Millán de Juarros, Bu-1642).
(59) unos morillos de yerro al fuego; más otras llares de yerro sueltas (Ciadon-
cha, Bu-1656).
(60) unas llares nuebas (Alfaro, LR-1646).
(61) unas llares de yerro muy hordinarias (Lumbreras, LR-1687).
(62) unas llares de yerro grandes (Segovia, 1659).
(63) dos pares de llares (Prádena, Sg-1643).
(64) vnas llares de yerro (Otero de Guardo, Pa-1654).
(65) unas llares (Medina de Rioseco Va-1646).
(66) unas llares (Soria, 1642).
(67) unas trébedes y unas llares de ierro (Ávila, 1653).

En los archivos de las provincias de Castilla-La Mancha el uso decrece


pero, aun así, aparece un número de ejemplos suficiente para considerar que
esta voz, salvo en el caso de Albacete en cuyo archivo no se han localizado
casos, se extiende por prácticamente toda la región:
226 José R. Morala Rodríguez

(68) vnas llares de eslabones, con su pala y argolla arriba (Guadalajara, 1625).
(69) unas llares traídas, quatro reales (Guadalajara, 1625).
(70) dos pares de llares grandes (Cuenca, 1622).
(71) unas llares de yerro medianas (Villamayor, Cu-1694).
(72) unas llares (Talavera, To-1620).
(73) vnas llares (San Martín de Pusa, To-1532).
(74) unas llares en diez reales (Manzanares, CR-1665).
(75) vnas tenazas; vnas llares en quinze reales (Manzanares, CR-1666).

Más al Sur, el uso de llares presenta una distribución similar y, además


de Extremadura que analizo más adelante, se registran ejemplos de forma
más o menos variable en Murcia, Jaén, Málaga, Granada o Almería, un
territorio este último del que el DECH indica expresamente que carece de
ejemplos y para el que tampoco da datos el ALEA14:
(76) vnas llares; vnas tréuedes grandes (Moratalla, Mu-1632).
(77) vnas treuedes; vnas llares; vna caldera grande nueba (Caravaca de la Cruz,
Mu-1654).
(78) vnas llares y un morillo; vnas trébedes (Bailén, J-1673).
(79) tres pares de trébedes; vnas llares; vn morillo (Alcalá la Real, J-1648).
(80) unas llares en seis reales […] se le entrega las llares (Mijas, Ma-1671).
(81) unos llares, en ocho reales (Puebla de Peñarubia (Teba), Ma-1699).
(82) vn badil, dos pares de tenaças, vnas parrillas y unas llares, todo de yerro
(Baza, Gr-1662).
(83) un pesso, llares y dos cacicos (Huéscar, Gr-1660).
(84) unas llares y quatro asadores de hierro (Montefrío, Gr-1661).
(85) vn peso y unas llares y unos peines de marañas (Granada, 1636).
(86) unos hierros, y un gancho y unas llares (Zurgena, Al-1649).

He dejado a propósito para el final la distribución de esta voz en la


franja del occidente peninsular pues, en buena parte, aquí debería residir la
explicación de si se trata de un occidentalismo o leonesismo en castellano,
como se admite en general y resume en su trabajo Corominas. De norte a
sur, el uso de este término en las fuentes que manejamos presenta un com-
portamiento bien distinto. Si en la documentación de las provincias más
meridionales (Zamora, Salamanca, Cáceres y Badajoz) se registra regular
y abundantemente en las relaciones de bienes, en las dos más norteñas
(Asturias y León) es término poco menos que desconocido y, desde luego,
de uso muy localizado:

Los datos del ALEA (mapa 712) indican igualmente una dispar presencia de llares
14

que, de cualquier modo, es una respuesta que está presente en todas las provincias, excepto
en la de Almería.
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 227

(87) unas llares y dos cazos viejos (Riofrío de Aliste, Za-1688).


(88) unas llares del ogar en cinco reales (Ferreruela de Tábara, Za-1688).
(89) unas llares de yerro (Ciudad Rodrigo, Sa-1611).
(90) vnas llares de hierro (La Alberca, Sa-1665).
(91) vn badil y unas llares de yerro (Madroñera, Cc-1648).
(92) tréuedes y un gato y llares (Jaraíz de la Vera, Cc-1670).
(93) un caldero grande de fuego y sartén y las llares (Puebla de la Calzada,
Ba-1665).
(94) unas llares, un badil, unas muelles, un morillo (Segura de León, Ba-1659).

La situación en las dos provincias norteñas del dominio, Asturias y


León, es, sin embargo, bien distinta. En Asturias no se registra ningún caso
de llares y, en cambio, aparecen varios ejemplos calamiyera o clamiyera15,
del latín vulgar cremac’lum (DECH, s. v. cremallera), étimo que deja
también resultados en otras zonas del norte peninsular, con voces como
caramillera (Cantabria)16 o cremallos en Aragón17:
(95) vn escaño, vnas calamiyeras (San Román (Piloña), As-1680).
(96) vn caldero de yerro con más vnas calamiyeres de yerro (Landrio, Las
Regueras, As-1665).
(97) una caldera con sus calamilleras (Oviedo, 1634).
(98) unas calamiyeras de yierro (Oviedo, 1634).
(99) vnas clamijeras18 de hierro (Cuerres (Ribadesella), As-1622).
(100) unas calamiyeres y un pichete de estaño, de azumbre (Miera, Grado,
As-1618).
(101) unas calamiyeres […] las calamiyeres en seis reales […] las calamiyeres
y caldera, en ocho reales (Siero, As-1619).
(102) vna ferrada y vnas calamiyeres […] se apreçiaron unes calamiyeres en
seis reales […] se le da las calamiyeres (Siero, As-1631).

En el caso de León, ocurre algo similar, si bien el término dominante


es otro. En los documentos de esta provincia, lo que encontramos, en la

15
En un documento procedente del Archivo Histórico de Asturias pero referido a
Ribadeo, ya en Lugo, figura también la variante gramallera: «vna gamallera de hierro
vsada que se alla en la cozina» (Ribadeo, Lu-1733).
16
Aunque no hay restos de esta variante en el ALECant (mapa 726), en el CorLexIn
aparece al menos en una ocasión: «unas caramilleras viejas de fierro en que se pone la
caldera» (Santander, 1656).
17
La mayor parte de los puntos de Huesca en el ALEANR (mapa 1488) registran la
forma cremallo o cremallos. En nuestro corpus tenemos un ejemplo: «unos cremallos de
yerro, del fuego» (Barbastro, Hu-1654).
18
Esta forma, con grafía «j», seguramente no es más que el resultado de una caste-
llanización gráfica de la esperable clamiyeras que se registra en asturiano oriental (DGLA,
s. v. calamiyeres).
228 José R. Morala Rodríguez

mayor parte de León, no es llares, sino el término pregancias o alguna de


sus variantes formales (preganzas, bergancias, breganzias):
(103) unas preganças de hierro (Villablino, Le-1670).
(104) unas preganzias (Palacios del Sil, Le-1640).
(105) unas pregançias que están en dos pedazos (Molinaferrera, Le-1698).
(106) unas breganzias de yerro de la lunbre (Carrizo de la Ribera, Le-1654).
(107) unas bergancias de yerro buenas (Riego de la Vega, Le-1675).
(108) unas pregancias de yerro pendientes en la cozina de dicha casa (Gradefes,
Le-1687).
Todo el centro y el occidente provincial19, llegando incluso con el
último ejemplo citado a la margen derecha del río Esla, ya en la zona orien-
tal de la provincia, es territorio ajeno al término llares. Tan solo aparecen
ejemplos de llares de forma regular en el Valle de Valdeón, en Picos de
Europa, donde alterna con llarias según se indicó arriba, zona a la que se
añaden puntos aislados de la franja más oriental de la provincia:
(109) unas llares, tres calderos, uno bueno y dos rotos (Soto de Valdeón,
Le-1648).
(110) unos llares de yerro vuenos (Villamol, Le-1637).
(111) unas llares de yerro en ocho reales (Fresno de la Vega, Le-1638).
(112) unas llares […] tasadas en ocho reales (San Cipriano de Rueda, Le-1685).
El panorama que presentan Asturias y León en la documentación del
siglo XVII no es diferente del que se deduce de los textos medievales20 o
del que registran los repertorios léxicos actuales21.

19
Entre los documentos allegados por González Ferrero (2015: 154-155) para el área
de La Bañeza, en León, figuran un buen número de casos de berganzas y abregancias
—entre otras variantes—, pero tampoco aquí aparece llares.
20
No es propósito de este trabajo entrar en la documentación anterior al Siglo de Oro,
pero resulta revelador el hecho de que ni en la documentación medieval del monasterio de
Sahagún, ni en la de la catedral de León figure el término llares. Antes bien, en este último
corpus documental figuran en varias ocasiones tanto pregancias (con variantes como pre-
ganças, pregançie, pregantiis) como clamayeras (clameyeras, clamiyeras), generalmente
citadas a continuación de las calderas. Hay un documento especialmente significativo, un
testamento original —realizado en León en el año 1271— de un canónigo leonés en el que
primero aparece pregancias en una manda testamentaria y, más adelante, el mismo objeto se
denomina como clamayeras cuando establece una relación general de los bienes que posee y
que ha ido donando en las mandas anteriores. Es decir, ambos términos se usan claramente
como sinónimos dentro del texto: «E mando a Marina Pélaz, mía criada […] dúas calderas
—ela mediana e ela menor— e elas pregancias […]. Esto ye elo que yo he porque se cunpla
este mío testamento […] iii calderas, unas clamayeras» (Ruiz Asencio 1994: doc. núm. 2311).
21
El DGLA registra una larga serie de voces (calambión, clamiyeres, gamayera, pre-
gayera, pregancies, gayeru, etc.) con el significado de ‘llares’, pero esta forma no aparece
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 229

Si pasamos todos los datos reunidos a un mapa de la Península en el


que se localicen los ejemplos por provincias y archivos en los que se registra
el uso de llares en el CorLexIn para el siglo XVII, el resultado sería este:

Figura 3. Distribución de llares.


3.3. Conclusión
A la vista de los datos expuestos, una primera conclusión que se deduce
es que, en la documentación del Siglo de Oro que hemos manejado, care-
cemos de cualquier indicio de la existencia de la variante ollar propuesta
por García de Diego y en la que basa buena parte de su hipótesis etimoló-
gica. Es posible que una mala interpretación de las formas en masculino,
presentes sobre todo en el área Cantabria-Burgos-La Rioja, o de las formas
en singular llar del oriente de Burgos —en las que es posible establecer un
corte del tipo una llar / un allar—, sea lo que ha propiciado esa variante
no documentada en los inventarios y de la que solo es posible hallar algún
ejemplo aislado en el ALEANR para La Rioja y Teruel22.

como tal entre las entradas del diccionario. Únicamente, puede citarse un llarias ‘cadena’,
realizado con yeísmo, yarias, en la zona suroriental del Principado, justamente en la ver-
tiente asturiana correspondiente a la zona en la que en León se registra igualmente llarias.
Por su parte, Le Men recoge en León tanto la forma gramallera y sus variantes gramalleira,
garmalleira, ramallera, etc. en leonés occidental (Le Men 2007: 182-183) como un amplio
abanico de variantes formales de pregancias o abregancias que se localizan por práctica-
mente toda la provincia (Le Men 2002: 116-119). De llares —o su variante llarias— con
el sentido que aquí nos interesa hay solo unos pocos registros que mayoritariamente se
documentan en el área nororiental de la provincia (Le Men 2007: 468-472).
22
Se trata de puntos aislados que cuesta trabajo creer que representen la forma original
como proponía García de Diego. Más bien parecen alteraciones sobre la forma general: el
ollar (LR-102, LR-103) y ollar (Te-308).
230 José R. Morala Rodríguez

Por otra parte, la única zona en la que no encontramos la palatal /λ-/


es la de Navarra. Para el resto, se utilice la variante que se utilice, siempre
está presente /λ-/, un asunto de interés, pues es una de las claves que se ha
utilizado para fijar su posible origen occidental.
La mera localización de los ejemplos aporta algunos datos que
—aunque no sirvan para precisar una interpretación etimológica— al menos
deberían permitirnos comprobar la veracidad y adecuación de algunos de
los datos manejados en las hipótesis etimológicas más conocidas:
a) Fente a la idea de Corominas de que se trata de una voz casi exclu-
sivamente norteña y que es ajena a Andalucía, vemos que los ejemplos
aparecen en buena parte de la mitad sur peninsular y de manera fehaciente
en el extremo suroriental peninsular, lo que no favorece la idea de que
estemos ante un leonesismo en castellano.
b) La idea, propiciada por la palatalización de /l-/, de que se trata de
una forma leonesa se corresponde mal con la distribución de los ejemplos:
salvo en una mínima franja limítrofe con el castellano, en Asturias y León
—donde el objeto aparece referenciado constantemente a lo largo de los
siglos— se utilizan otras voces de diferente origen (preganzas, clamiye-
ras) mientras que llares, con el sentido de ‘cadenas del hogar’, es poco
menos que desconocido. Dicho de otro modo: el reparto geográfico de
esta voz no coincide con el patrón habitual que presentan los leonesismos
en castellano.
c) En realidad, a la vista del mapa estamos ante un ejemplo muy apro-
piado de la idea pidaliana de la expansión del castellano en forma de cuña
invertida, no solo por la figura que dibuja el mapa, sino por el hecho de que
es justamente en la zona norteña del castellano donde con más frecuencia
está presente la voz en el corpus que utilizamos, hasta el punto de que,
si hubiera que buscar un área en la que se hubiera originado la solución
llares, habría que colocarla, más que en el área asturleonesa, en el entorno
de Cantabria, Burgos y Palencia. Otro problema bien distinto sería, en este
caso, explicar la palatalización de /l-/23.

23
Respecto a la palatalización de /l-/ en Cantabria, se han señalado restos aislados
únicamente en la zona más occidental de la región, cerca de la frontera con Asturias y
León (Nuño Álvarez 1999: 186-187). No obstante, García Arias (2012: 56) señala la abun-
dancia de topónimos con /l-/ palatalizada a lo largo de toda la región y, en otro trabajo
anterior (García Arias 2010: 18), llama la atención sobre algunos restos de este fenómeno
que alcanzarían incluso al norte de Palencia y al occidente de Vizcaya, en la comarca de
Las Encartaciones. A esos ejemplos puede añadirse otro caso que hemos recogido en el
CorLexIn en la parte más oriental de Cantabria: «la metad de vna cassa con su llagar»
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 231

4. Adjetivos derivados de fraile


Dada la tipología de las relaciones de bienes, podría pensarse que el
corpus resulta aprovechable únicamente para estudiar sustantivos referidos
a los objetos de la cultura material de la época. Efectivamente, esa es la
mayor aportación de un corpus de estas características, pero no es menos
cierto que constituye también una importante fuente para el estudio de los
adjetivos, especialmente los que hacen referencia a la calidad, al tamaño,
a su composición, al estado de uso o a cualquier otro rasgo necesario para
identificar o valorar los bienes inventariados (Morala 2014b).
Entre los materiales que hemos manejado, un caso elocuente nos lo
proporciona la serie de adjetivos, derivados todos ellos de fraile a partir de
distintos sufijos, que en el DRAE se definen en su mayoría con la acepción
bastante vaga de ‘perteneciente o relativo a frailes’ y sin marca diatópica.
Con esta definición se registran en el repertorio académico24 frailego, frai-
leño y frailesco —los dos últimos, además, con la marca de «coloquial»—,
a los que hay que añadir frailengo —para el que se remite a frailego— y
frailero ‘propio de frailes’.
De todos ellos, el más antiguo en los repertorios lexicográficos es
frailesco, que aparece ya en Covarrubias (‘cierta color de paño pardo, de
que los padres Franciscos visten’). El resto, salvo frailero25 y frailengo

(Guriezo, S-1676). Esta palatalización antigua de /l-/ podría explicar el resultado llares en
esta zona, sin necesidad de recurrir a una evolución asturleonesa que, como hemos visto,
no se corresponde con la distribución geográfica del vocablo.
24
El DRAE incluye igualmente frailuno —este con sentido despectivo, además de
coloquial— que no trato aquí, pues carecemos de ejemplos en nuestro corpus. Con otro
origen, pero con un significado similar a los de esta serie, ha de considerarse el adjetivo
francisco ‘franciscano’. Además de los casos en los que se utiliza con sentido propio
(«frailes franciscos»), encontramos varios ejemplos en los que se utiliza referido a diversos
tipos de tela en expresiones idénticas a las de los derivados de fraile: «la mi saya nueba
de picote françisco» (Toro, Za-1608), «un jubón y basquiña y escapulario de estameña
françisca […] otra basquiña y jubón de estameña francisca» (Ávila, 1654), «un vestido
de estameña francisco» (Segovia, 1663).
25
En este caso, estamos ante una voz más tardía y con una definición algo diferente
al resto de los adjetivos analizados. Se registra esta voz por primera vez en el DRAE de
1817 como ‘el que es muy apasionado por los frailes’. Solo en 1925 se añade la acepción
de ‘propio de los frailes; sillón frailero’. En el CORDE, el primer ejemplo con este sentido
es de 1872 («zapatos fraileros»), mientras que los siguientes son ya del siglo XX. En el
CDH se registra frailero en algún otro ejemplo de inicios del siglo XIX. Aunque se sitúa
fuera de los límites temporales que utilizamos en nuestro corpus, cabe señalar un ejemplo
de frailero anterior a las fechas citadas, con el añadido de que, como en el resto de los casos
que analizamos, se refiere a un efecto textil: «dos cabeceras fraileras» (Sócovos, Ab-1804).
232 José R. Morala Rodríguez

que no se registran en el NTLLE hasta el DRAE de 1817, se incluyen ya en


Autoridades, donde se definen por el color del hábito franciscano26.
En cuanto a la documentación histórica, la búsqueda en el CORDE
—salvo en el caso de frailesco— nos ofrece solo algunos ejemplos aislados. A
la vista de su escasa presencia en el CORDE, podría deducirse incluso que el
resto de derivados son meras variantes ocasionales, construidas según las reglas
de derivación del castellano, pero sin mayor arraigo en el léxico hispánico.
Sin embargo, en el CorLexIn, todas estas formas —además lógica-
mente de frailesco— están lo suficientemente representadas como para
poder analizar con detenimiento su uso histórico27. De un modo genérico,
puede decirse que, en los textos del corpus, los ejemplos hacen siempre
referencia a distintos tipos de tela, ya sea por el color de las prendas, ya
por otras características que los asemejan a las de los hábitos religiosos,
pues generalmente se utilizan para calificar paños bastos y poco elabora-
dos. Además, los datos del CorLexIn permiten fijar criterios diatópicos que
explican la preferencia geográfica por uno u otro de estos derivados, sin
que se aprecien otras diferencias de significado entre ellos. En cualquier
caso, en ninguno de los ejemplos registrados cabe la marca de «coloquial»
a la que actualmente se adscriben en el DRAE.
4.1. Frailesco
La considerada como forma más general, pues al menos a ella remiten
el resto de los derivados en varias ediciones históricas del DRAE, es también
la más frecuente en la documentación que hemos manejado. A diferencia
del resto de las voces de la serie, es igualmente la variante menos marcada
diatópicamente, pues los ejemplos aparecen repartidos por prácticamente
todos los archivos de la Península de los que tenemos documentación:
(113) vna cortina entera con su çielo de picote fraylesco, traydo y biejo (Tolosa,
SS-1633).
(114) vna pieza de estameña frayresca de Sariñena (Tudela, Na-1641).
(115) un juuón de estameña fraylesca (Medina de Rioseco, Va-1643).

26
En Autoridades, el término de referencia, frailesco, se define como ‘lo pertene-
ciente a frailes. Aplicase regularmente al color mezclado de blanco, azul y negro, como
el de los Padres de San Francisco’, mientras que los dos ejemplos que se aducen remiten
igualmente a ‘paño frailesco’.
27
No me detengo en las variantes formales que presentan estas voces en el CorLexIn:
la presencia de los fonemas /l/ y /r/ y la facilidad con la que se confunden entre sí, así como
la presencia de la semivocal /i/, supone que encontremos en la documentación variantes del
tipo flairengo, flarengo, frairengo, frairesco, además de las meramente gráficas (fraylesco,
frayleño…).
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 233

(116) una mantica de cama, frairesca, bieja (Teruel, 1625).


(117) nueve varas de picote frailesco (Talavera, To-1620).
(118) vnos cuerpos de estameña frailesca (Madroñera, Cc-1648).
(119) unas enaguas de paño frailesco (Caravaca, Mu-1654).
(120) otro vestido de paño frailesco (Huelva, 1611).
(121) dos bestidos, uno de paño de color de pasa y otro frailesco (Baza, Gr-1660).

4.2. Fraileño
Este derivado, que en el CORDE presenta tan solo dos ocurrencias28, se
registra en nuestro corpus con un número mayor de casos. La característica
más interesante que muestra su recuento es el hecho de que todos ellos se
localizan en el área central, con ejemplos relativamente abundantes en la
documentación de los archivos de Ávila y Segovia, sin que de momento
encontremos otros fuera de este ámbito:
(122) un saiuelo de paño fraileño […] un mandil de paño fraileño nuebo (Ávila,
1653).
(123) un bestido entero de paño fraileño (Arévalo, Áv-1651).
(124) ropilla y ferreruelo de paño frayleño […] vn ferreruelo fraileño bueno
(Piedrahita, Áv-1651).
(125) beinte y dos baras de sayal fraileño (El Espinar, Sg-1657).
(126) el ferreruelo de paño fraileño […] el vestido de paño fraileño (El Espinar,
Sg-1657).
(127) dos baras y media de tramado fraileño (El Espinar, Sg-1659).
(128) otra basquiña de paño frayleño (Santa María la Real de Nieva, Sg-1652).

4.3. Frailego
En este caso, la documentación en el CORDE presenta igualmente un
exiguo número de ocurrencias29. En cuanto a la forma, es la que presenta
una mayor variabilidad, incluyendo un caso en el que podría identificarse
el sufijo -iego, en vez de la forma -ego que aparece en el resto, pero que
probablemente responde a un desplazamiento de /i/, como en flariego. La
variante frailiego no está registrada en el diccionario académico:
(129) dos baras de estameña fraylego (Autillo de Campos, Pa-1654).

28
De fraileño, el corpus académico registra únicamente dos ejemplos: una «ropilla
fraileña» en La pícara Justina (1605), ejemplo este en el que se apoya Autoridades, y
«xerguillas frayleñas» en unas Relaciones del Reino de Toledo (1575-1578).
29
En el CORDE, entre los ejemplos históricos, la variante figura únicamente en un
texto de Lope de Vega («sayales frailegos») y en la descripción del plumaje de una perdiz
(«el cual es de color gríseo o frailego») en el Arte de Ballestería y Montería (1644). Una
forma similar, ahora bajo la variante flairego, aparece en inventarios de moriscos de estas
mismas fechas (Perdiguero 2012: 340).
234 José R. Morala Rodríguez

(130) vnas medias frailegas bastas (Cebreros, Áv-1652).


(131) otro mandil de estameña flariego (Aguilafuente, Sg-1623).
(132) una vara de paño fraylego […] dos baras de paño fraylego (Atienza,
Gu-1640).
(133) un manteo fraylego (Atienza, Gu-1642).
(134) vna ropa de paño fraylego (Molina de Aragón, Gu-1616).
(135) un par de manteos fraylegos (Atienza, Gu-1640).
(136) una basquiña de sayalete frayliego picada con olandilla morada (Talavera,
To-1620).
Como puede verse, en nuestro corpus, sin que sean excesivos, hay un
mayor número de ejemplos, con la particularidad de que se distribuyen
todos por la zona centro de la Península, coincidiendo parcialmente con el
área de expansión de la variante fraileño que hemos visto arriba, si bien
en este caso se registra en un área sensiblemente mayor. Como es lógico,
este solapamiento conduce a que en alguna ocasión coincidan ambos en
el mismo documento: «vnos balones de paño fraileño […] unas medias
frailegas bastas» (Cebreros, Áv-1652).
4.4. Frailengo
De entre este grupo de sinónimos, frailengo es el más tardío en entrar en
el DRAE pues, pese a que el resto se registran ya desde Autoridades, frailengo
solo lo hace a partir de la edición de 1817. El DRAE lo considera únicamente
una variante formal de frailego, a cuya entrada remite. Al solitario caso que
aporta el CORDE («vestidos de color frailengo», datado a comienzos del
siglo XVII) sumamos estos ejemplos procedentes de nuestro corpus:
(137) otra basquiña de paño frailengo (Oñate, SS-1617).
(138) dos baras y quarta de roncalés frailengo; bara y quarta de roncalés frailengo
(Durango, Bi-1643).
(139) vn capote de paño flarengo […] vn calçón y ropilla de paño flairengo […]
vn mantillo de (140) paño flairengo […] vnas medias de paño flairengo
[…] gergilla frairenga (Vitoria, 1639).
(140) vna mantilla de flairengo buena (Salcedo, Campoo, S-1658).
(141) vn covertor flayrengo, en doçe reales (Palenzuela, Pa-1646).
(142) otro jubón y basquiña de estameña fraylenga (Valderas, Le-1647).
(143) una basquiña de estameña frailenga (Villalpando, Za-1652).
En este caso, el área de distribución de frailengo es prioritariamente
el norte y el occidente de la Península. No obstante, a estos ejemplos del
País Vasco, Cantabria, Palencia, León30 y Zamora ha de añadirse algún otro

Para León pueden añadirse un par de ejemplos más de frailengo en un corpus


30

documental del s. XVII procedente del área suroccidental de la provincia, corpus en el que
únicamente se registra esta variante (Gómez Ferrero 2015: 408).
Variación diatópica y etimología en léxico del Siglo de Oro 235

más alejado, como ocurre en un documento del archivo de Guadalajara en


el que frailengo concurre con el esperable frailego: «treynta y dos baras
de paño fraylengo […] vn delantal verde y una vara de paño fraylego»
(Atienza, Gu-1640) .
Tal vez circunstancias como la de este último ejemplo llevaran a pensar
—como sugiere el DRAE— que frailengo no es más que una variante de
frailego, pero, a tenor de los ejemplos vistos en ambas series, todo indica
que tanto uno como otro son derivados autónomos de fraile al igual que
el resto de los estudiados. En este caso, estaríamos ante el sufijo -engo,
uno de los pocos restos morfológicos de origen visigótico que pasaron al
castellano (Lapesa 1980: 121).
4.5. Frailar
Junto a estas formas, registradas todas ellas en el DRAE, hay al menos
otro derivado que no aparece como tal en el repertorio académico ni recoge
el CORDE y que, en nuestro corpus, solo se registra de forma ocasional.
Se trata del adjetivo frailar, forma esta que en el DRAE figura desde 1817,
pero únicamente con valor verbal ‘dar el hábito de fraile a alguno’, marcado
ya en ese momento como «antiguo», valor verbal con el que figura en el
CDH en un texto de hacia 1540. En el ejemplo procedente de La Rioja que
registramos en CorLexIn, frailar se usa como adjetivo con el mismo valor
que los diversos derivados vistos hasta aquí:
(144) «nueue baras y una quarta de estameña fraylar apolillada» (Arnedo,
LR-1639).

4.6. Conclusión
La suma de los ejemplos analizados nos permite extraer varias conclusio-
nes sobre el uso histórico de este grupo de sinónimos definidos en el DRAE
como ‘perteneciente o relativo a frailes’, a los que la norma académica actual
acompaña, en la mayor parte de los casos, con la marca de «coloquial».
En primer lugar, el uso de esta serie de derivados en el corpus
—siempre referido a telas que, bien por el color, bien por su elaboración,
se asemejan a las de los hábitos de los religiosos— carecen de relación con
la marca de «coloquial» que tienen hoy día. Se trata de un uso claramente
denotativo que, por otra parte, es el esperable en textos marcadamente des-
criptivos como son las relaciones de bienes sobre las que trabajamos, un
significado que coincide con el que se registra para las primeras apariciones
de estas voces en el repertorio académico.
En segundo lugar, un corpus específico como este es capaz de ofrecer
en determinadas parcelas del léxico un mayor número de ocurrencias de
236 José R. Morala Rodríguez

las que ofrecería un corpus general, aunque este sea mucho más amplio.
Salvo en la variante no marcada, frailesco, así lo hemos comprobado en el
resto de los ejemplos. Incluso en algún caso (frailar) nos permite localizar
una voz no descrita aún. En cualquier caso, nuestro corpus permite cali-
ficar este grupo de palabras como de uso habitual en el léxico cotidiano
del siglo XVII.
Finalmente, al tratarse de un corpus en el que los documentos están
necesariamente ubicados en un lugar concreto, el análisis del modo en el
que se distribuyen geográficamente los ejemplos ofrece también la posi-
bilidad de marcarlos con criterios diatópicos. Mientras que frailesco es la
forma más extendida geográficamente y también la más abundante, el resto
de las variantes tienden a concentrarse en determinadas zonas, por lo que
podrían calificarse, además de como sinónimos, como variantes diatópicas
de frailesco.

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Judeoespañol y español: los vaivenes
de una compleja relación

Beatrice Schmid
Universität Basel

Resumen. Desde una perspectiva histórica, cuando el judeoespañol era una lengua
completa y no se encontraba en ninguna situación de subordinación con respecto a
la lengua común, los sefardófonos se consideraban hablantes de español con toda
naturalidad. El sentimiento de pertenencia lingüística ha cambiado precisamente
desde el momento en que el judeoespañol entró en contacto con el español nor-
mativo. A lo largo de los últimos cien años estos contactos se han multiplicado
y el judeoespañol ha sufrido una intensiva rehispanización. Sin embargo, a pesar
de numerosos indicios de la pérdida de autonomía lingüística, en la actualidad los
sefardófonos prefieren el glotónimo ladino y se esfuerzan en destacar la entidad
propia de su lengua. En esta contribución se propone una serie de reflexiones
sobre esta compleja relación entre el judeoespañol y el español, teniendo en
cuenta aspectos glotonímicos, historiográficos, lingüísticos y sociolingüísticos.
Palabras clave. Judeoespañol, ladino, historia de la lengua, rehispanización, acti-
tudes lingüísticas, glotónimos.

Abstract. From a historical perspective, when Judeo-Spanish was a complete


language and didn’t confine itself to a situation of subordination with respect to
the common language, the Sephardic speakers considered themselves speakers of
Spanish naturally. The feeling of linguistic belonging changed precisely from the
moment on that Judeo-Spanish came into contact with normative Spanish. During
the last one hundred years these contacts have increased and Judeo-Spanish has
gone through an intense process of rehispanization. Nevertheless, despite of
numerous signs of the loss of linguistic autonomy, nowadays Sephardic speakers
prefer to use the glottonym Ladino and to stress the own entity of the language.
In this contribution we will tackle a series of reflections on this complex relation
between Judeo-Spanish and Spanish, considering glottonymic, historiographical,
linguistic and sociolinguistic aspects.
Keywords. Judeo-Spanish, Ladino, history of language, rehispanization, language
attitudes, glottonymes.
240 Beatrice Schmid

0. Introducción
Llama la atención que en la actualidad suelen hablar de lengua sefardí
justamente los estudiosos que defienden de manera explícita su inclusión
en el ámbito de los estudios hispánicos y que aquellos que se esfuerzan
en destacar la entidad propia del judeoespañol, que ellos prefieren llamar
ladino, no ven ningún inconveniente en ponerse bajo el techo del Instituto
Cervantes. Por otra parte, en los siglos pasados, cuando el judeoespañol
se desarrolló como una lengua completa y elaborada1 y no se encontraba
en situación de subordinación con respecto a la norma o «buen uso» del
español común, los sefardófonos se consideraban simplemente hablantes
de español, precisando a veces «español levantino», «español oriental» o
«muestro español»2. La conciencia lingüística y los sentimientos de per-
tenencia lingüística empezaron a vacilar justamente a partir del momento
en que el judeoespañol entró en contacto con el castellano moderno y los
hablantes comenzaron a cuestionar esta relación y a desarrollar actitudes
a favor o en contra del español, actitudes que a menudo tenían más que
ver con España que con la lengua. A lo largo de los últimos cien años las
actitudes han ido cambiando, los contactos se han multiplicado y, en las
últimas décadas, el mundo globalizado y los espacios virtuales, han hecho
que adquieran nuevas dimensiones.
En las páginas que siguen plantearé una serie de reflexiones sobre
la relación entre judeoespañol y español desde una perspectiva histórica.
Obviamente se trata de una relación muy compleja y polifacética y soy
consciente de que la selección de los aspectos a los que voy a prestar
atención es arbitraria y personal.

1. Denominaciones y rótulos
En primer lugar, a modo de introducción, propongo un rapidísimo reco-
rrido por la historia de la investigación sobre el judeoespañol a través de
los títulos de algunos estudios representativos de determinadas escuelas
o corrientes. A menudo los glotónimos que utilizan los autores y los títu-
los que ponen a sus trabajos resultan reveladores de cómo relacionan el
judeoespañol con el español.

1
En el sentido del término alemán Ausbausprache (Kloss 1952, 1967, 1976; Muljačič
1986).
Me limito aquí al judeoespañol de Oriente, es decir, el que se desarrolló en las
2

ciudades en torno al Mediterráneo oriental en el territorio que entonces formaba parte del
Imperio otomano. No tendré en cuenta, por lo tanto, el judeoespañol norteafricano.
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 241

1.1. Los estudios lingüísticos sobre el sefardí empiezan a finales del


siglo XIX y principios del XX de la mano de romanistas y dialectólogos
como el rabino austro-húngaro Moritz Grünwald, el austriaco Julius Subak
y el francés Léon Lamouche. Esas publicaciones pioneras llevaban títulos
como: «Über den jüdisch-spanischen Dialekt als Beitrag zur Aufhellung
der Aussprache im Altspanischen»3 (Grünwald 1882), «Zum Judenspanis-
chen» (Subak 1906) o «Quelques mots sur le dialecte espagnol parlé par
les Israélites de Salonique» (Lamouche 1907). Estos autores relacionan
el sefardí con el español mediante el adjetivo correspondiente (spanisch,
espagnol); los títulos de Grünwald y Lamouche lo califican explícitamente
como dialecto. Por otro lado, los términos compuestos jüdisch-spanisch y
judenspanisch, así como la precisión «parlé par les Israélites» hacen refe-
rencia a la comunidad de hablantes, señalando así que no se trata de un
dialecto meramente diatópico. El término Judenspanisch y su traducción al
español (judeo-español ~ judeoespañol) se propagaron sobre todo gracias
a las publicaciones de Max Leopold Wagner. Junto con judéo-espagnol en
francés y judeo-spanish en inglés se convirtió pronto en el glotónimo más
empleado en los estudios lingüísticos durante el siglo XX.
Además, es sintomático que el título de Grünwald relacione el judeoes-
pañol con el español antiguo. Dado que los estudiosos buscan en el judeoes-
pañol una especie de museo del español medieval o prerrenacentista, se
interesan en primer lugar por sus rasgos conservadores. Suelen centrarse en
las modalidades más conservadoras, como era habitual en la dialectología
de la época, y prestan poca o ninguna atención a los rasgos innovadores
del sefardí. Así contribuyen a forjar la idea del judeoespañol como variedad
arcaizante, o incluso como español fosilizado de la época de Nebrija4, idea
que se mantendrá tenazmente durante gran parte del siglo XX y que incluso
hoy no está completamente erradicada.
La posición de la investigación sobre la lengua de los sefardíes en la
primera mitad del siglo XX, con su enfoque romanístico-dialectológico,
se puede resumir en las palabras de Abraham Yahuda, quien al final de su
reseña del primer libro monográfico sobre el judeoespañol de Wagner, las

3
El título significa literalmente: «Sobre el dialecto judío-español, a modo de contri-
bución al conocimiento de la pronunciación en el español antiguo».
4
El mismo Wagner (1930: 16) lo formula así: «El viajero español que llega a Adrianó-
polis o a Salónica y oye por todas partes la conversación española de los numerosos judíos
que allí habitan, puede verse transportado de repente al Zocodover del Toledo medieval o
a la Alcaicería de la Granada morisca».
242 Beatrice Schmid

Beiträge zur Kenntnis des Judenspanischen von Konstantinopel de 1914,


concluye:
Del estudio de la obra de Wagner, como de los trabajos de Subak, Lamouche,
Danón [sic] y otros, se deduce que la lengua de los sefardíes, no obstante llevar
más de cuatro siglos viviendo entre distintos pueblos y emigrando de un país
a otro, sigue ostentando su auténtico carácter español, siendo su estudio, por
consiguiente, de principal importancia para el conocimiento del español y de sus
dialectos (Yahuda 1915: 370).

1.2. En la segunda mitad del siglo, sobre todo en los años 1970 / 1980,
se prestó atención a la lengua de los sefardíes en el ámbito de la interlingüís-
tica judía, aplicando el marco teórico elaborado por Max Weinreich a partir
de los estudios del yídish. Los estudiosos de esta escuela dan preferencia
a la denominación djudesmo / judezmo, por no contener ninguna alusión
al español, como en general prefieren glotónimos como yidish, yahudit o
yevanic en vez de judeo-alemán, judeo-árabe, judeo-griego, etc. (cf. Wexler
1977: 163, n. 3). La posición de esta corriente se refleja en títulos como los
siguientes: «Ascertaining the position of Judezmo within Ibero-Romance»
(Wexler 1977), «A Comparative Linguistic Analysis of Judezmo and Yid-
dish» (Bunis 1981) o «An Introduction to Judezmo» (Gold 1987).
Para los judeolingüistas, como los llamó Jacob Hassán (1995: 118), el
judeoespañol es, ante todo, una lengua judía. Desde su punto de vista no
es un dialecto secundario del castellano desarrollado después de la expul-
sión, sino que ellos postulan la existencia de un judezmo medieval o por
lo menos una evolución particular ya antes de la expulsión. Según uno de
los modelos de Wexler (1977: 172, esquema IIb), el judezmo incluso se
habría desarrollado de un hipotético judeo-latín vulgar, de modo paralelo y
en contacto con el castellano, pero sin relación de filiación directa5:

5
Véase ahora la visión diferenciada en Wexler (2006: 69).
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 243

1.3. Georg Bossong (1991), en el trabajo titulado «Moriscos y sefar-


díes: variedades heterodoxas del español», separa la cuestión cultural-reli-
giosa de la «genealogía» lingüística. Según el punto de vista de Bossong,
el judeoespañol es una variedad del castellano, pero al mismo tiempo per-
tenece a la «alianza lingüística»6 de las judeolenguas. A diferencia del
castellano «ortodoxo», que pertenece a las lenguas de la «alianza lingüística
cristiana occidental»7, el judeoespañol «forma parte de la alianza lingüística
de los idiomas judaizados y hebraizados, como el judeoalemán, judeoárabe
o el judeopersa, y naturalmente como el arameo babilónico y palestino
[…]» (Bossong 1991: 369). En este sentido, Bossong tiende el puente entre
el punto de vista de los romanistas y el de los judeolingüistas.
1.4. Los investigadores de la escuela española de estudios sefardíes
suelen preferir el término sefardí (lengua sefardí o español sefardí), como
se observa, por ejemplo, en los títulos de las publicaciones de dos maes-
tros desaparecidos: «La lengua sefardí y su evolución» (Riaño 1993) y «El
español sefardí (judeoespañol, ladino)» (Hassán 1995). En el primero de
estos artículos la profesora Riaño define la lengua sefardí como «la lengua
hispánica de los judíos sefardíes, entendiendo por tales los judíos oriundos
de España» (Riaño 1993: 84). No obstante, admite que, después del proceso
de rehispanización que el sefardí ha experimentado en el siglo XX, «hoy
sí podemos decir que los restos de judeoespañol que aún quedan vivos
son como una variedad “dialectal” del español» (Riaño 1993: 101). En un
trabajo posterior afirma de manera contundente: «Primero fue dialecto del
castellano, luego lengua independiente y ahora otra vez dialecto» (Riaño
1998: 234).
1.5. En los años que van del siglo XXI, afortunadamente, se han incre-
mentado y se han diversificado los estudios lingüísticos sobre el judeoespa-
ñol. Se podrían mencionar muchos títulos, pero para terminar este recorrido
me limito a citar un título programático de Aldina Quintana, una lingüista
que se ha ocupado sobre todo de la variación interna en judeoespañol:
«El judeoespañol, una lengua pluricéntrica al margen del español» (Quin-
tana 2010). Quintana, en estudios anteriores, siguiendo a Coseriu, había
definido el judeoespañol como un «dialecto histórico del castellano que
ocupa la posición de dialecto secundario, como el andaluz, el canario o las

6
Expresión que Bossong propone para traducir el término alemán Sprachbund.
7
En estas lenguas «las relaciones genéticas y las culturales se refuerzan mutuamente.
El cristianismo latinizado las empapa en todos los niveles y cubre un área central de su
estructuración semántica» (Bossong 1991: 369).
244 Beatrice Schmid

diferentes variedades del español de América», aunque «la comunidad de


hablantes de judeoespañol no hace uso de esa norma ejemplar que ejerce
como elemento unificador entre todos los demás dialectos históricos del
castellano» (Quintana 2006: 77). Más recientemente, en el mencionado
artículo de 2010, dedicado específicamente al estatus del sefardí con res-
pecto al español común, llega a sostener que el judeoespañol desarrolló su
propio diasistema con sus propios estándares, por lo cual «quiebra la unidad
fundamental del español» sobre la que vigila la RAE (Quintana 2010: 34),
y que, por lo menos desde el siglo XVIII, tiene «estatus de lengua fuera
del marco del estándar hispano y se ubica claramente fuera del diasistema
del español» (ibid. 2010: 51).
En lo que sigue voy a examinar en qué consiste esa independencia del
sefardí y la supuesta salida del judeoespañol fuera del diasistema del espa-
ñol, así como el vaivén sugerido por la profesora Riaño. Sin embargo, mi
objetivo principal no es determinar si el judeoespañol es lengua o dialecto,
más bien me interesa cómo evolucionan, cómo van cambiando las relacio-
nes entre ambas modalidades, teniendo en cuenta también la percepción
de los hablantes.

2. Alejamiento
2.1. La primera fase (siglos XVI-XVII) se caracteriza por una creciente
distancia entre el español de los sefardíes y las demás variedades, debido
a la evolución lingüística divergente, puesto que todas las variedades del
castellano evolucionan en esta época, aunque de manera distinta.
Después de la expulsión de España y su asentamiento en el Impe-
rio otomano, los sefardíes vivían en comunidades con relativa autonomía,
gracias a la forma organizativa del Imperio basada en el concepto de la
coexistencia por separado de los grupos étnico-religiosos, lo cual posibilitó
el mantenimiento de su identidad religiosa y cultural, conservando sus ins-
tituciones comunitarias, sus escuelas, sus costumbres y su lengua española.
Así, dentro de las comunidades, el romance sigue siendo el medio de
comunicación habitual, en situación de diglosia con el hebreo; pero fuera
de las comunidades se hablan otros idiomas, sobre todo el turco otomano,
la lengua vehicular del Imperio. El uso del idioma propio (el español) queda
así reducido a la comunicación interna, básicamente oral, desconectado de
la comunicación con otros hispanohablantes y de la producción cultural
en español. En esta situación de limitación a la comunicación con otros
sefardíes y a los registros orales, no sorprende que, por un lado, el idioma
evolucione libremente, sin ser frenado por el así llamado «buen uso» o
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 245

por los modelos escritos, y que desarrolle tendencias inherentes al español


oral que en España son rechazadas precisamente por ese «buen uso». Por
otro lado, el idioma de los sefardíes queda al margen de los cambios que
experimenta el español en otras partes.
Cuando en el siglo XVIII el español se estrena como lengua literaria
entre los sefardíes otomanos, aparece ya con sus principales características,
de modo que puede ser considerado como judeoespañol. A este respecto son
interesantes las observaciones sobre la lengua que hacen algunos autores
sefardíes de la época.
Ya‘acob Julí, iniciador y primer autor del Me‘am Lo‘ez, la obra magna
de la literatura sefardí, en la introducción al Me‘am Lo‘ez del Génesis,
publicado en Constantinopla en 1730, justifica la elección de la lengua
familiar, el español (en vez del hebreo), diciendo que es la única lengua que
el pueblo entiende. Asimismo, afirma que, aunque existen algunas obras
en español, los sefardíes de Oriente no las leen porque la lengua es difícil
de entender para ellos dado que están escritas
con modos de hablas españolas que para la ĝente de estas partes de Turquía y
Anadol y ‘Araḅistán son muy caras y ceradas, y ansí los más de la ĝente están
sin meldar [‘leer’] ninguna lición. Ubifrat [‘y en especial’] el libro que hiźo el
rab raḅí Mošé Almosnino ź»l que se llama Reǵimiento de la vida, que es un libro
muy lućio, pero sus hablas son muy ceradas8.

Con estas palabras Julí se refiere a Moisés Almosnino, autor sefardí del
siglo XVI nacido en Salónica en 1518. Entre sus obras en español destacan
el Regimiento de la vida (de 1564) y la Crónica de los Reyes otomanos
(de 1567). Estas obras están escritas en letra hebraica, por supuesto, pero
en una lengua que apenas muestra diferencias con el español peninsular de
su época, cosa que a nadie sorprenderá si se tiene en cuenta que su autor
pertenece a la primera generación de sefardíes nacidos en el Imperio oto-
mano. De las palabras de Julí se desprende que entre mediados del siglo
XVI y comienzos del siglo XVIII, momento en que escribe Julí, el idioma
de los sefardíes se ha alejado tanto de aquel español renacentista que la
lengua de Almosnino resulta difícil de entender.
De la segunda mitad del siglo XVIII tenemos el testimonio de David
Atías, autor de La güerta de oro, una obra miscelánea impresa en 1778 en
Livorno. Atías, nacido en Sarajevo, pero establecido en Italia, escribe para
sus correligionarios en el Imperio otomano. Según Ángel Berenguer (2004:

8
Cito según Romero (1992: 84); los corchetes son míos.
246 Beatrice Schmid

120) el autor «se propone transmitir el entusiasmo por las ciencias y los
saberes prácticos de los pueblos occidentales a los sefardíes de Oriente».
Al igual que Julí, Atías se muestra preocupado por utilizar un lenguaje
comprensible y claro, tal como explica en el prólogo de la obra:
percurí más que pude a declarar las mis avlas en lingua levantina para ser enten-
dido de vós y de todos, siendo [‘porque’] sé que ay mucha hente que non entienden
la verdadera lingua española, siendo ay en ella muchas avlas fuertes [‘difíciles’]
y entravicadas [‘enrevesadas’] que nacen de la lingua latina y taliana9.

Atías no se refiere a la evolución diacrónica como Julí, pero distingue


entre dos variedades del español: «la lingua levantina» y «la verdadera lin-
gua española». Esta última, según Atías, es difícil de entender para muchos
sefardíes de Oriente.
A la hora de interpretar estos testimonios hay que tener en cuenta que
la comprensión es un criterio subjetivo. No hay que olvidar que en la pri-
mera mitad del siglo XVIII, cuando escribe Julí, la dificultad se debía, por
lo menos en parte, a la falta de costumbre de leer en español. Asimismo,
es preciso recordar que «la verdadera lingua española», a la que se refiere
Atías, se escribe en letras latinas, poco habituales para los sefardíes oto-
manos. No obstante, como se puede observar en los dos breves fragmentos
citados, la lengua misma de los autores del siglo XVIII se presenta como una
variedad claramente diferenciada y que ostenta ya los rasgos característicos
del judeoespañol oriental10.
2.2. Son varias las causas que motivaron la evolución divergente del
judeoespañol en comparación con las demás variedades del español. Entre
los principales factores cabe destacar: la configuración de la koiné inicial, la
situación sociolingüística en el contexto otomano, la desconexión del «buen
uso» común, la influencia del hebreo como adstrato cultural, la ausencia
del influjo del latín, los diferentes contactos lingüísticos y diferencias en
la adaptación del léxico a las nuevas realidades.
Ya se ha aludido a la especial situación sociolingüística dentro de las
comunidades sefardíes en el Imperio otomano y al aislamiento con la con-
siguiente desconexión de la norma común. Esta particular situación lleva,
por un lado, a innovaciones debidas a tendencias inherentes al idioma y,

9
Cito según Berenguer (2004: 120); los corchetes son míos. Es de suponer que las
mencionadas «avlas fuertes y entravicadas» son los cultismos e italianismos renacentistas.
10
Por ejemplo, en el texto de Atías, la conjunción causal siendo o el turquismo semán-
tico fuerte (‘difícil’). Para un resumen de los rasgos característicos, véase Schmid (2008:
54-64).
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 247

por otro lado, al mantenimiento de formas y estructuras que las demás


variedades han desechado o relegado al subestándar. Pero antes habría que
destacar que el mismo punto de partida es diferente en comparación con las
variedades americanas que se configuran durante la misma época, puesto
que el judeoespañol se constituye a través de un proceso de koineización
en el que toman parte, en mucho mayor grado, los demás romances penin-
sulares, tanto los del este de la Península, el catalán y el aragonés, como
también el portugués. Luego cabe mencionar la subyacente influencia del
hebreo como adstrato cultural, que es constante, aunque más evidente en
algunas épocas que en otras. En cambio, el judeoespañol no participa en
la relatinización que experimenta el español durante el Renacimiento ni
en la incorporación de innumerables cultismos a partir del siglo XVI. En
general, los préstamos que se van integrando en la lengua son de proce-
dencia distinta: el judeoespañol los toma del turco otomano, del italiano
(sobre todo del veneciano) y del griego, como principales idiomas del
comercio en el Mediterráneo oriental, así como de otras lenguas habladas
en el territorio otomano, mientras que el español de España y de América
en esa época incorpora voces amerindias, lusismos procedentes de África
y Asia, italianismos (pero de otros ámbitos semánticos), etc. En el caso de
los sefardíes, la adaptación del léxico a las nuevas realidades se manifiesta
sobre todo en el enriquecimiento en determinadas esferas como el comer-
cio. A diferencia de las variedades americanas, donde se trata sobre todo
de nombrar las realidades de la naturaleza, el judeoespañol es una lengua
urbana: los sefardíes se asentaron casi exclusivamente en las ciudades,
de ahí que se constate un empobrecimiento del léxico patrimonial (i. e.
hispánico) relacionado con el campo, la naturaleza, la flora y la fauna. Se
mantienen las palabras genéricas como árvol o páxaro / paxarico, pero se
pierden muchos vocablos más específicos. En caso de necesidad estas lagu-
nas posteriormente se suplen con palabras turcas, palabras de los idiomas
vecinos o, en la época moderna, términos franceses que se introducen a
través de la lectura y la traducción.

3. Emancipación
3.1. La emancipación del judeoespañol a partir del siglo XVIII tiene dos
vertientes. Por un lado, la lengua familiar (el español, que ya puede consi-
derarse judeoespañol) empieza a asumir funciones reservadas hasta ahora
al hebreo. La literatura en judeoespañol surge cuando algunos rabinos,
ante el creciente desconocimiento del hebreo, deciden superar la diglosia
lingüística e instruir al pueblo publicando obras fundamentales del judaísmo
248 Beatrice Schmid

en su lengua familiar. Por otro lado, ante la falta de modelos de referencia


españoles disponibles, el español sefardí empieza a desarrollar sus propios
modelos y, gracias a la difusión de libros impresos en judeoespañol, se
propagan estos modelos entre los sefardíes otomanos. Para desarrollar una
cultura escritural en judeoespañol, los autores, traductores e impresores
debieron consolidar los usos lingüísticos, particularmente las convenciones
gráficas, elaborar los recursos sintácticos y discursivos propios de la len-
gua escrita y ampliar el vocabulario. Esta primera fase de la elaboración
de la lengua literaria se realiza siguiendo modelos estilísticos hebreos y
aprovechando el hebreo como fuente principal para la neología. Así, por
ejemplo, en la cita de Julí es sintomático que en pocas líneas hallemos
dos conectores tomados del hebreo para estructurar la argumentación11:
meḥamat que (‘por causa que’) y ubifrat (‘y en especial’). Los textos del
siglo XVIII, originales y obras traducidas del hebreo, permiten constatar no
solo que el sefardí era, en efecto, una modalidad lingüística diferenciada,
sino que dejan entrever la existencia de unas normas de uso que desde
los centros más importantes de producción escrita (Salónica y Estambul)
se extienden hacia las zonas periféricas. El Me’am Lo‘ez, al que ya se ha
aludido, gozó de una extraordinaria difusión y fue de especial importancia
para la conformación del gusto de los lectores, llegando a convertirse en
una especie de norma suprarregional del judeoespañol literario.
3.2. Desde mediados del siglo XIX, la apertura hacia Europa y el pro-
ceso de modernización que se iniciaron en el Imperio otomano supusieron
para los sefardíes, entre otras influencias occidentales, la introducción de
nuevos géneros literarios, de una literatura no religiosa, a menudo de carác-
ter popular y hasta trivial, en judeoespañol. Al mismo tiempo tuvo lugar un
verdadero boom de la actividad periodística en esta lengua. En definitiva, el
judeoespañol se impuso como principal lengua escrita al mismo tiempo que
se multiplicó el número de lectores (y por primera vez también de lectoras),
gracias a una reforma de la educación con la alfabetización de amplios
sectores de la sociedad sefardí. A finales del siglo XIX el judeoespañol es
primera lengua y principal medio de comunicación —oral y escrita— de
los sefardíes orientales. En varias ciudades levantinas existen importantes
centros sefardíes, la producción literaria y periodística en sefardí vive una
época de florecimiento y se representan piezas teatrales en judeoespañol.
La ampliación del repertorio textual viene acompañada, necesariamente,
de la modernización del idioma y la elaboración de nuevos registros y for-

11
Cf. Hassán (1995: 132), García Moreno (2004: 356-361) y Schmid (2008: 64-67).
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 249

mas discursivas. Para ello se utilizan como modelos y fuente de recursos


lingüísticos las nuevas lenguas de contacto occidentales, en primer lugar, el
francés12. A diferencia de la primera elaboración lingüística, de orientación
hebraizante, que aumentó la distancia entre el español sefardí y la lengua
común, esta nueva orientación hacia modelos occidentales disminuye la
distancia. La modernización del vocabulario, que no solo es ampliación
sino también sustitución de turquismos y hebraísmos por cultismos inter-
nacionales grecolatinos, refuerza este acercamiento. El judeoespañol en la
época moderna se vuelve más europeo y románico.
3.3. El judeoespañol de los siglos XVIII y XIX, por sus usos sociales
y culturales y por el grado de elaboración lingüística, se puede considerar
como un idioma completo en el sentido de Lamuela (1994) y como Aus-
bausprache en el sentido de Kloss (1952, 1967, 1976). También se puede
hablar de autonomía con respecto al español peninsular ya que, debido al
aislamiento, seguía su propia evolución y desarrollaba sus propios mode-
los, sus estilos y registros, de modo que, sin duda, existía un diasistema
judeoespañol.
Si este diasistema es una parte, aunque periférica o marginal, del gran
diasistema español o si queda fuera de este es otra cuestión. De todas for-
mas, los sefardíes seguían considerándose hablantes del español, aunque,
[s]ean los que fueren los criterios puramente lingüísticos y fijándonos sólo en los
sociolingüísticos y culturales, entre el español y el sefardí en su época de plenitud
no se daban las condiciones de centralidad y dependencia que determinan las
relaciones entre lengua y dialecto (Hassán 1995: 132).

Aparte de los parámetros más o menos objetivables, tiene también una


especial importancia la conciencia lingüística de los hablantes y sus sen-
timientos hacia su idioma, «la interpretación de los hechos de lengua por
el sujeto hablante mismo», tal como lo expresó Galmés de Fuentes (1964:
128): «El carácter dialectal de un idioma se manifiesta primordialmente
por el sentimiento de inferioridad de quien lo practica, que considera a su
habla como perteneciente a un estrato cultural más bajo que el de la lengua
general».
Tanto la situación sociolingüística como la conciencia lingüística de los
sefardíes, así como sus sentimientos hacia su idioma, empiezan a cambiar
a partir de las últimas décadas del siglo XIX.

12
En algunas regiones también el italiano y el alemán. La influencia del español
empieza algo más tarde y depende más de factores individuales.
250 Beatrice Schmid

4. Reencuentro
4.1. A finales del siglo XIX y principios del XX, es decir, en la misma
época en la que la dialectología románica «descubre» el judeoespañol,
desde España se reanuda el contacto con aquellos «españoles sin patria»13,
gracias a informes de diplomáticos establecidos en el Imperio otomano o
noticias de viajeros14 y, sobre todo, a la campaña prosefardí del senador
Pulido.
En cuanto a la lengua, los españoles que llegan a los Balcanes, a Saló-
nica, Esmirna o Estambul quedan encantados de oír allí un romance que
les suena a castellano medieval. Lo que primero les llama la atención es
la pronunciación, que inevitablemente evoca asociaciones con la lengua
antigua. Así lo dice explícitamente el hijo de Pulido, que cursaba estudios
de Medicina en Viena, en una carta de 1903: «Desde Viena hasta Constan-
tinopla se encuentra repartido un número de judíos que no bajará de dos
millones y cuyo idioma es el castellano antiguo» (citado en Garzón 1992:
XII). Más gráficos son los términos que usa Manuel L. Ortega al relatar el
testimonio del periodista murciano Juan Pujol Martínez: «Juan Pujol nos
cuenta cómo, en uno de sus viajes por Oriente, oyó en labios de un sefardí
la lengua castellana medieval viva, como una momia que hubiese hallado
su alma errante, después de muchos siglos de quietud»15.
De este modo el tópico del arcaísmo (cf. supra § 1.1) fue corroborado
y empezó a popularizarse en España, a menudo acompañado de un tono
paternalista, pero en general con connotaciones positivas. Un ejemplo ilus-
trativo es el siguiente pasaje de una carta de Unamuno a Pulido:
Y para nosotros ¡qué ecos de pasados días, qué antiguas frescuras, que [sic]
remembranzas de mocedad no nos trae esa habla española, de tan dulces caden-
cias, de los judíos españoles de Oriente! En esa habla […] tenemos un reflejo de
nuestro viejo y robusto romance antes de la profunda transformación que sufrió
en el siglo xvi. Esa lengua es la lengua de nuestros primitivos, esa lengua es la
lengua de la España juvenil16.

Por otro lado, para los sefardíes el reencuentro con el español de España
significa en primer lugar enterarse de que su español no es el «vero espa-
ñol», sino una modalidad anticuada.

Cf. el título del libro de Ángel Pulido (1905): Españoles sin patria y la raza sefardí.
13

Véase al respecto Martín Asuero (2005 y 2007).


14

15
Manuel L. Ortega, Los hebreos en Marruecos, Madrid, 1919, citado en Díaz Mas
(1997: 103); la cursiva es mía.
16
Carta de Unamuno citada en Pulido (1905: 105).
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 251

4.2. Este reencuentro acontece precisamente en un momento de crisis


de identidad. Después del desmembramiento del Imperio otomano, mul-
tiétnico y multilingüe, donde habían vivido más o menos autónomos como
una de muchas minorías, los sefardíes ahora tienen que integrarse en nuevos
estados como Serbia, Bulgaria o Rumanía, en los que la lengua nacional
constituía un elemento fundamental de identidad. En esta nueva situación
sociolingüística17 surge un debate sobre la conveniencia de mantener el
(judeo)español o de abandonarlo, o bien a favor de la lengua del país
(que de todos modos era imprescindible), o bien a favor del francés u otro
idioma internacional (más útil y de más prestigio), o bien a favor del hebreo
(propagado como lengua nacional judía por el movimiento sionista). El
tópico del arcaísmo del judeoespañol se difunde, pues, justo cuando los
sefardíes están cuestionando la conveniencia de transmitir el idioma a los
hijos o de sustituirlo por otro. Esta controversia dejó numerosos ecos en
la prensa sefardí18.
Así, por ejemplo, en los primeros meses de 1894 el periódico El Amigo
del Puevlo de Belgrado publica una serie de cartas de lectores sobre el
tema «La lingua española»19. Como muestra transcribimos algunos breves
pasajes de tres contribuciones20.
En una carta del 30 de enero de 1894 titulada «La lingua materna» un
tal R. F. se expresa contra el mantenimiento del idioma tradicional de los
sefardíes:
Para mośotros la lingua española es una lingua ajena y con poca cencia […].
Cuando la havla española no mos puede haćer dar a entender ni con un conher-
mano muestro de dos partes contrarias de la Serbía, Bulgaría y Nemŝiya cuando
ansí una havla tiene tantos yeros y provinĉialismos que un vero español no la
puede entender, entonces ¿para loqué prime detener ansí una lingua? (AmP 1893-
1894: 201).

17
Sobre los principales factores que llevarían al declive del judeoespañol oriental,
véase Schmid (2007: 17-26).
18
Sobre la cuestión de la lengua en la prensa existen varios estudios, entre otros, los
de Romero (2010a, 2010b) y Bürki (2010).
19
Nótese que las expresiones «lingua española» y «havla española» se refieren al
sefardí.
20
Para la transcripción empleo el sistema de la revista Sefarad, ligeramente simpli-
ficado: <ś, ź, ć> = [z], <j, gei> = [ʒ], <š, ǰ, čh> = [ʃ], <ĵ, ĝ> = [ʤ], <ŝ, ĉ> = [ts], <b> =
[b], <v> = [v], <ḥ> = [h] o [χ]; los demás grafemas se leen como en castellano seseante
y yeísta.
252 Beatrice Schmid

Por el contrario, un tal Š. R. en su contribución «Torna por la lingua


española», fechada el 23 de febrero de 1894, opina que «el aleǰamiento del
ešpañol21 es dañośo para muestra nación» y continúa:
Tocante a la religuión, lingua y otras cośas que tocan especialmente a los interesos
de muestro puevlo, yo estó de idea que mośotros ĵidiós devemos tener enfrente
de estas cośas unos prinĉipios conservativos, que se reśumen ansí: guadrar todas
las prácticas religuiośas, fueros y uśos antigos en teniendo conto del espirito
del tienpo! […]. En esto entra ý la lingua ešpañola que mos aúna con el resto
de muestros hermanos sefaradim del Oriente. A la fin dećimos que de la lin-
gua ešpañola tenemos ý un provecho material y es que con su ayudo puedemos
anbeźar más liviano ciertas linguas bivas menesterośas por muestras partes (AmP
1893-1894: 248-249).

Los argumentos a favor y en contra que leemos en estos pasajes son


los que se repiten en casi todas las cartas. Los argumentos recurrentes a
favor del mantenimiento del judeoespañol son: la tradición, su función
como elemento de cohesión entre los sefardíes de Oriente y su carácter
románico, cuyo conocimiento ayuda a aprender otras lenguas occidentales.
En cambio, en las posiciones en contra del judeoespañol se suele aducir
que este idioma carece de valor identitario, de prestigio y de utilidad: en
el fondo no es la lengua propia de los judíos sino la que los antepasados
tomaron de los españoles, es un jargon anticuado, no apto para la cultura,
la ciencia y la vida moderna, y corrompido por tantos préstamos regionales
que ni los sefardíes de diferentes regiones se entienden mutuamente ni los
españoles pueden entenderlos.
Este último aspecto es el que preocupa especialmente a M. Ḥasón de
Vidin (Bulgaria). En una larga carta en defensa del judeoespañol protesta
contra el término despectivo jargon y asegura que no existe ningún pro-
blema de intercomprensión con los «veros españoles», como él mismo ha
podido comprobar:
Sovre esto repondo yo que esto non es enteramente verdad, lo que mośotros
havlamos non se puede llamar jargón […], ya mos podemos dar a entender con
veros españoles. Yo tuve ocaśión de corešpondiarme con el redactor de el jurnal
«La Ilustración» de Madrid. Yo escriví a este siñor simple y puro según estó agora
escriviendo —naturalmente con letras latinas—, y la preva que ya me entendió
muy bien es que respondió a mi demanda con una letra la cuala ý yo la entendí
muy bien (AmP 1893-1894: 276).

21
Entiéndase «el abandono del judeoespañol».
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 253

Como prueba de que el español de España no presenta ningún problema


de comprensibilidad para cualquier sefardí mínimamente instruido el autor
cita algunas líneas del prólogo a la 9.ª edición del DRAE y pregunta:
Demandamos agora: ¿Cuál ĵidió español (alomenos un poco instruido) no entiende
estas fraśas de ariva? Que la havla es pura y vera español se puede pensar cada
uno siendo es la Academiya de la España que la está havlando! ¿Cómo se puede
dećir dunque que loque mośotros havlamos no es español sinon un jargón? Esto
sería una idea sin baśa y raźón (AmP 1893-1894: 277).

En realidad, los lectores de El Amigo del Puevlo no tienen la posibilidad


de leer el español académico y comprobar que lo entienden. La redacción
del periódico no solo reduce las muestras a un breve pasaje de cuatro líneas,
sino que las imprime en las habituales letras rashíes, explicando en nota:
«Muestro honorado corespondente trae este pasaje y tres otros con letras
latinas, mośotros acortamos y traemos solo el primer, pensando que solo
con él ya se alcanza el escopo del escrividor. N. d. l. r.» (AmP 1893-1894:
277). Además, al transcribir el texto en letras hebreas, la redacción sefar-
diza la fonética: seis se convierte en /seʃ/, cesado en /sesado/, mejorar en
/miʒorar/, muchas en /munʧas/, etc. Así se presenta el texto académico,
aljamiado y sefardizado (AmP 1893-1894: 277):

En casi todas las cartas en este debate sobre la lengua, sean a favor o
en contra del judeoespañol, observamos una actitud de sumisión frente al
español peninsular y la expresión de una relación centro-periférica, es decir,
el reflejo de una redialectalización. Con el reencuentro se inicia, además, el
nuevo acercamiento a las demás variedades del español, la rehispanización,
o sea, el proceso de disminución de elementos diferenciales y su sustitución
por los del español general.

5. Vuelta bajo el techo común


5.1. La presencia de elementos de evidente procedencia del español
estándar se observa ya a comienzos del XX en la lengua de varios autores,
entre ellos figuras tan importantes para las letras sefardíes como Alexan-
dre Ben Guiat, Aharon de Yosef Hazan o Abraham A. Cappon. Aunque
254 Beatrice Schmid

fueran una minoría los hispanófilos22 declarados es indudable que en esa


época el judeoespañol estuvo dando los primeros pasos en el camino de
la rehispanización.
En algunos casos excepcionales la rehispanización fue consciente e
intencionada. Es el caso de los partidarios de la aproximación del judeoes-
pañol al español peninsular por razones prácticas y/o ideológicas, como el
periodista, dramaturgo y poeta Abraham A. Cappon, que proponía recu-
rrir al «vero español» para la modernización y el enriquecimiento de la
lengua literaria y periodística23. Sin embargo, si la rehispanización se ha
venido acelerando a lo largo del siglo XX ha sido de manera más o menos
involuntaria e inconsciente, debido al contacto directo o indirecto con
hispanohablantes.
5.2. Como consecuencia de la dispersión secundaria, es decir, los movi-
mientos migratorios desde los asentamientos tradicionales hacia diferentes
países de Europa y América, muchos sefardíes entraron en contacto con
otras variedades hispanas.
La lengua de los que se asentaron en países hispanoamericanos se
diluyó pronto en la modalidad de su nuevo lugar de residencia, aunque
muchos hayan conservado durante algunas generaciones ciertos rasgos o
expresiones sefardíes que pueden activar en su español. Asimismo, en la
lengua de los que se establecieron en Estados Unidos y sus descendientes, la
presencia del español tuvo sus efectos. Su judeoespañol —que pronto pasó
al segundo plano ante el inglés— se hispanizó rápidamente en contacto con
la lengua de los numerosos hispanohablantes. Pero también en Israel los
sefardófonos entraron en contacto con inmigrantes hispanoamericanos. En
las últimas décadas se añade el incremento de la movilidad internacional
y del turismo, la globalización de los medios de comunicación, así como
la difusión internacional del español como segunda lengua. El profesor
Hassán (1995: 132) sospechó ya en los años noventa que ya no quedaba un
sefardí sefardófono que no haya estado en contacto directo con hablantes
de español, o que no conozca el español moderno por lo menos de oídas
por la radio, el cine o gracias a las telenovelas.
Desde la segunda mitad del siglo XX la mayoría de los hablantes dise-
minados por todos los continentes son personas mayores, quienes recuerdan

22
Pulido (1905: 108 y sigs.) clasifica a sus corresponsales en «anticastellanistas, ó
hispanófobos», «dialectistas, ó autonomistas», «oportunistas, ó eclécticos» y «castellanis-
tas, o hispanófilos».
23
Véase Schmid (2010: 107 y sigs.).
Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 255

el judeoespañol como lengua de su niñez, pero por la falta de práctica tienen


un repertorio lingüístico reducido y limitado a determinados temas. Los
que saben algo de español recurren a él para llenar lagunas léxicas, y en
la conversación con personas no familiares tratan de «mejorar» su ladino
hispanizándolo. Por otro lado, los jóvenes sefardíes muestran mucho interés
por el español, pero prefieren estudiar el español estándar, no la variedad
«anticuada» de los abuelos o bisabuelos. A este respecto es muy ilustrativo
este texto que publicó César Antonio Molina (2007) cuando era director
del Instituto Cervantes:
No hace mucho, en Estambul, visitaba a la comunidad sefardí. En la redacción
de uno de sus diarios y revistas, escrito en ladino, mantuve un encuentro con
los redactores. La subdirectora acababa de regresar con sus hijos de un viaje a
Nueva York y venía encantada, porque se habían dado cuenta de que con aque-
lla «antigualla de lengua que hablaban en familia desde tiempos remotos» se
habían entendido con montones de gentes. Ahora actualizaban su judeoespañol
en nuestras clases24.

5.3. Gracias a los movimientos por preservar el judeoespañol, en las


últimas décadas se ha incrementado mucho su uso escrito, sobre todo en
internet. De hecho, en la actualidad es probablemente un idioma más escrito
que hablado. Asistimos, pues, a una tercera fase de elaboración y moder-
nización de registros escritos. A falta de modelos lingüísticos dentro del
judeoespañol actual, el español estándar se ha convertido en modelo de
referencia para la lengua escrita, como se observa en el siguiente texto
de la revista Akí Yerushalayim, firmado por la Autoridad Nasionala del
Ladino (2007), que constituye un ejemplo ilustrativo del judeoespañol de
comienzos del siglo XXI:
Una idea muy impresionante de la rika kreasion literaria djudeo-espanyola fue
dada en la ekspozision «Suenyos en Espanya-500 Anyos de Livros en Ladino»,
organizada por la Autoridad Nasionala del Ladino i mostrada por primera vez en
1999, en la Feria Internasional de Livros de Yerushalayim, i despues en 7 sivdades
de Espanya onde desperto un grande intereso i resivio komentarios muy elojiozos.
Al kumplir los 20 anyos de las relasiones diplomatikas entre Espanya i Israel, la
Autoridad Nasionala del Ladino desidio de renovar i aktualizar la ekspozision,
metiendo un mas grande aksento sovre las relasiones kon Espanya i el mundo
ibero-amerikano. La intension es de amostrarla en primero en Israel, i despues
en Espanya i otros paizes mas.

24
En Babelia (3 de marzo de 2007); la cursiva es mía.
256 Beatrice Schmid

Si hacemos abstracción de la grafía y de las conocidas particularidades


fonéticas25, son pocos los rasgos diferenciadores: las formas onde y amos-
trar por donde y mostrar, el adjetivo antepuesto grande sin apócope, la
marca genérica en intereso y nasionala, el adverbio emprimero ‘primero’
(¡escrito en primero!), el infinitivo introducido por de («desidió de reno-
var») por influjo francés, y la expresión «meter un más grande aksento»,
que también podría ser un calco del francés.
Por otro lado, si comparamos el texto con el judeoespañol usual en
la primera mitad del siglo XX, el acercamiento al español común se hace
patente en la preferencia por la construcción o la forma compartida con el
estándar en casos donde en judeoespañol coexistían varias posibilidades,
por ejemplo, en prima vez ~ primera vez, muy impresionante ~ muncho
impresionante o Feria Internasional ~ Feria Internasionala. Asimismo,
registramos sueños en vez de una de las formas castizas esfueños o eshue-
ños, intensión en vez de entisión o intisión, en España ~ entre España ~
con España donde el judeoespañol prefería la España con artículo, o el
gerundio metiendo donde el judeoespañol de hace cien años prefería la
construcción preposicional en metiendo. También son debidas a la lengua
estándar la perífrasis al + infinitivo («al cumplir los 20 años») así como
la construcción «y otros más». En general, es sintomático que el texto se
podría trasladar palabra por palabra al español estándar, ya que en el plano
oracional y discursivo sigue el modelo común. Igual que en la mayoría de la
producción escrita en judeoespañol que se encuentra en internet, los rasgos
diferenciadores pertenecen a la superficie gráfico-fonética.
Donde el judeoespañol rompe radicalmente con su tradición sefardí,
pero sin acercarse al español, es en la grafía, un aspecto superficial desde el
punto de vista lingüístico, pero de enorme importancia en la percepción de
mucha gente: el ladino contemporáneo ya no se escribe con letras hebraicas.
No obstante, también la nueva ortografía con letras latinas es heterodoxa,
aunque ya no de «alianza lingüística de los idiomas judaizados» en el sen-
tido de Bossong, sino de alianza anglosajona.

6. Conclusión
En definitiva, hay numerosos indicios de la pérdida de la autonomía lin-
güística del judeoespañol y de su regreso bajo el techo del español común.
Por otro lado, a fin de subrayar la independencia se recurre a dos marcas

Las sibilantes sonoras en djudeo-, ekspozision, elojiozos, paizes, etc. y la fricativi-


25

zación de /u/ implosiva en sivdades.


Judeoespañol y español: los vaivenes de una compleja relación 257

simbólicas, que son las habituales en casos de secesionismo lingüístico: el


glotónimo (ladino) y la ortografía.
A modo de resumen y conclusión, quisiera terminar estas reflexiones
acerca de las relaciones entre el español y el judeoespañol con unas palabras
de Iacob Hassán (1995: 132), quien nos ofrece otra metáfora más:
Tras varios siglos de haber sido lengua de cultura autónoma, los restos vivos de la
lengua sefardí, cual pecios a la deriva en los espacios siderales, son atrapados por
la fuerza de gravedad del español y entran en su órbita como dialecto, recorriendo
el camino opuesto al de tantos dialectos que acaban por convertirse en lengua.

Bibliografía
AmP: El Amigo del Puevlo. Ĵornal por novedades yisraelitas, literatura y cencia,
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Mesas redondas
Cien años de Filología Española
Ante los cien años de la Revista de Filología Española

María Antonia Martín Zorraquino


Universidad de Zaragoza

Resumen. Se trata de mostrar los principios que inspiraron la creación de la


Revista de Filología Española, profundamente vinculados a la visión de la Filo-
logía de don Ramón Menéndez Pidal, visión original, que combina el estudio de
la lengua con la investigación de la historia de la civilización, de la cultura, de la
literatura y que parte siempre del análisis de los textos, literarios y no literarios,
rigurosamente editados. Asimismo, se ofrecen ejemplos concretos que prueban
la fidelidad de la revista a dichos principios a lo largo de cien años, y, al mismo
tiempo, su capacidad de integrar las corrientes renovadoras en los estudios filoló-
gicos. Finalmente, se ofrece una breve introducción a los tres textos que integran
la Mesa Redonda dedicada a los cien años de la Revista de Filología Española.
Palabras clave. Centenario de la Revista de Filología Española, Revista de Filo-
logía Española.

Abstract. The principles that inspired the creation of the Revista de Filología
Española are described as deeply related to Ramón Menéndez Pidal’s perception
of Philology, an original one, since it combines the study of language with the
study of the history of civilisation, of culture, of literature, and it is always based
on the analysis of strictly edited texts (literary and non-literary ones). Several
examples are offered that prove the fidelity of the Revista de Filología Española
to its foundational principles over a hundred of years, and, at the same time, its
capacity to integrate the new trends of Philology into its contents. Finally, a brief
introduction about the three texts that are included in this roundtable meeting
dedicated to the Revista de Filología Española is made.
Keywords. Centenary of the Revista de Filología Española, Revista de Filología
Española.

Los organizadores del X Congreso Internacional de Historia de la Len-


gua Española celebrado en Zaragoza en septiembre de 2015 hemos querido
266 María Antonia Martín Zorraquino

que en él estuviera presente el centenario de la fundación de la Revista de


Filología Española, pese a que, en realidad, sobrepasamos en un año la
efeméride. Pero la relevancia de esta publicación periódica para el estudio
de la historia del español y, sobre todo, su importancia esencial dentro de
la Escuela Española de Filología, nos determinaron a consagrar una Mesa
redonda a su recuerdo.
La Revista de Filología Española fue fundada en 1914 por don Ramón
Menéndez Pidal en el marco del Centro de Estudios Históricos, integrado
en la Junta para Ampliación de Estudios, creada en 1907 y presidida por
don Santiago Ramón y Cajal.
Según testimonio de don Tomás Navarro Tomás, como recoge José
Manuel Blecua Perdices (Alcina/Blecua 1975: 173-174 y notas), la revista
procedía de un primer proyecto de publicación que se iba a denominar
Cuadernos de Trabajo del Centro de Estudios Históricos y que debía reunir
colaboraciones de todas las Secciones del Centro. Sin embargo, durante
su estancia en Alemania, como becario de la Junta para Ampliación de
Estudios (1912-1913), Navarro Tomás captó pronto, a través de la corres-
pondencia que mantenía con don Ramón, que este deseaba una revista de
publicación regular y de índole totalmente filológica, como algunas de las
más relevantes que se editaban en Alemania sobre Filología Románica, o
sobre algunas lenguas románicas en particular.
Así, Navarro Tomás, a la sazón en el Phonetisches Laboratorium de
Hamburgo, mantuvo importantes contactos con el entonces joven hispa-
nista Fritz Krüger, quien le proporcionó muy valiosa información editorial,
en particular sobre la Revue de Dialectologie Romane, establecida en el
Vorlesungsgebäude de aquella ciudad. Navarro Tomás pudo revisar tam-
bién, al parecer, la Zeitschrift für Französische Sprache und Literatur a
la que consideraba la de mayor prestigio de entre las revistas filológicas
románicas de su tiempo «por la organización de sus secciones y por su pre-
sentación tipográfica» (ibid.). De modo que, cuando regresó a Madrid, en
1914, «pertrechado de notas y de impulso juvenil» (ibid.), apoyó de forma
determinante que en el ánimo de don Ramón se definiera concretamente
la idea de la Revista de Filología Española, dedicada enteramente a temas
de filología hispánica, y que acogiera secciones, esenciales, de reseñas de
libros y de información bibliográfica metódica.
De hecho, la revista ha sido fiel a dicho formato hasta el presente.
Publica secciones fijas de estudios, miscelánea, notas bibliográficas, en
las que se estudian extensamente y se enjuician los últimos libros sobre la
materia. En cada volumen aparece también una extensa bibliografía.
Ante los cien años de la Revista de Filología Española 267

En los primeros números de la revista dicha sección bibliográfica aco-


gía referencias de lingüística, con estudios gramaticales del ámbito de las
lenguas románicas y, en particular, del hispánico, con títulos sobre ortogra-
fía y paleografía, fonética, morfología, sintaxis, lexicografía y semántica; e
incluía también apartados dedicados a la métrica, la dialectología, la geo-
grafía lingüística, la enseñanza del idioma, la literatura general, la literatura
comparada, la historia de la literatura española, los escritores hispanola-
tinos, los diversos géneros literarios (lírica, épica, narrativa, teatro, etc.),
la crítica literaria, la enseñanza de la literatura, el folclore y la literatura
popular. E incorporaba igualmente referencias de obras bibliográficas, de
historia de la civilización, de instituciones, de arqueología y arte, de his-
toria local, viajes, etc. Estaba claro, pues, como indica Alberto Montaner
Frutos en el texto que leyó en la Mesa redonda que aquí se publica, que
la revista reflejaba una concepción de la filología bifronte: la dedicación
al estudio lingüístico, de todas las manifestaciones lingüísticas (literarias
y no literarias), y, por otra parte, al estudio de la conexión de cada lengua
con la historia, las instituciones, la cultura (incluidas las manifestaciones
literarias) en el que se inscribe cada lengua.
Desde el primer número de la revista está clara igualmente la voluntad
de ofrecer ediciones cuidadosamente rigurosas de los primeros textos del
castellano y de otros dialectos románicos peninsulares. Así, el volumen de
1914 incluía la edición y el estudio, preciosos, de don Ramón Menéndez
Pidal sobre «Elena y María. (Disputa del clérigo y el caballero). Poesía
leonesa inédita del siglo XIII».
Apenas diez años después, en 1924, se percibe el respeto y la sol-
vencia internacionales de los que goza la publicación: el tomo XI, por
ejemplo, contiene el trabajo de W. Meyer-Lübke «La sonorización de las
sordas intervocálicas latinas en español» y el de Leo Spitzer «Port. choscar,
chuscar, etc. Comparación de voces en portugués, castellano y algunas
voces de otros dialectos hispánicos». Los estudios sobre temas literarios,
lingüísticos o dialectales son una constante. Así, en la revista aparecerán
trabajos como el de S. Gili Gaya (en 1924) sobre «Influencia del acento y
de las consonantes en las curvas de entonación», y como «El soneto con
estrambote en la literatura española» (de Erasmo Buceta en el tomo XXI,
en 1934), o como «Análisis fonético del valenciano literario» (de Tomás
Navarro Tomás y Manuel Sanchis Guarner, también en el tomo XXI, en
1934). En plena guerra civil, como relata María Teresa Echenique Elizondo
en su texto para esta Mesa Redonda, gracias al inmenso esfuerzo de Tomás
Navarro Tomás y Rafael Lapesa, y también de Dámaso Alonso, se publica
268 María Antonia Martín Zorraquino

el tomo XXIV, en 1937, que incorpora, por ejemplo, «La terminación ‘-i’,
por ‘-e’ en los poemas de Gonzalo de Berceo» (de Gunnar Tilander), o «El
juicio de Carlos V acerca del español y otros pareceres sobre las lenguas
romances» (de Erasmo Buceta).
Como relatan Pilar García Mouton y María Teresa Echenique Elizondo,
tras la guerra civil, la revista continúa publicándose (en el seno del CSIC),
y es clara la voluntad de don Ramón Menéndez Pidal en mantener su exis-
tencia. Es entonces también cuando Amado Alonso comienza a publicar
la Revista de Filología Hispánica en Buenos Aires. (Pilar García Mouton
comenta estos dos últimos datos en el texto que aquí aparece).
A partir de los años cincuenta, los jóvenes filólogos de la posguerra
se hacen presentes, con sus respectivas preocupaciones investigadoras, en
la revista. Así, en la década entre 1954 y 1964, aparecen los nombres de
Diego Catalán, Manuel Alvar, Martín de Riquer, Antonio Badía Margarit,
Joan Veny, Gregorio Salvador, Germán Colón, Antonio Llorente, Fran-
cisco Marsá, José Roca Pons, Francisco López Estrada, Fernando González
Ollé, Ricardo Navas Ruiz, Antonio Quilis, y tantos otros, pero también,
por supuesto, siguen publicando los viejos maestros, como el propio don
Ramón Menéndez Pidal. Algunos de los nombres citados destacan con
frecuencia por su contribución, siempre muy importante, en la reseña de
libros y revistas. En el tomo XL, en 1956, por ejemplo, colaboran en la
revista bibliográfica Manuel Alvar, Francisco Marsá, Juan Bastardas Parera,
Alfredo Carballo Picazo o Antonio Badía Margarit. Y en el análisis de
revistas, lo hacen Manuel García Blanco, Francisco López Estrada, Martín
de Riquer, Antonio Badía Margarit y Manuel Alvar.
En 1964 se dedican muchas páginas a conmemorar los cincuenta años
de la fundación de la revista. En el volumen se recuerdan los nombres de
los redactores y de los colaboradores. Se incluye la bibliografía de Menén-
dez Pidal.
En la década de los setenta se pueden leer reseñas de los que ya son
nuevos jóvenes filólogos: Rogelio Reyes, Luis Iglesias Feijoo, José Car-
los de Torres, Luciano García Lorenzo, y otros, que comparten páginas
con quienes son ya maestros consagrados: Antonio Llorente Maldonado
de Guevara y Manuel Alvar. La labor de revisión bibliográfica de Llorente
será constante durante muchos años.
A partir de 1975 se hacen más presentes los estudios de descripción gra-
matical sincrónica; en ese año, por ejemplo, se publican «La coordinación
adversativa en español: aspecto sincrónico», de Ana María Echaide; «En
torno a los verbos perifrásticos del español: un análisis sintáctico transfor-
Ante los cien años de la Revista de Filología Española 269

macional», de Jan Schroten, o «A propósito de las restricciones de orden


en las secuencias de clíticos en español», de Salvador Bastida. Junto a
dichos trabajos, se incluyen «La métrica en los Autos Sacramentales de
Bances Candamo», de José Pérez Feliu, o «Aspiraciones del humanismo
español del siglo xv: revalorización del Prohemio e Carta de Santillana»,
de Francis Ferrie.
La renovación parcial de los encargados de las reseñas bibliográficas
se va haciendo patente a lo largo de los años ochenta y noventa. Como
siempre, junto a los maestros ya citados (Llorente, Alvar, Quilis), apa-
recen los jóvenes estudiosos: Pilar García Mouton, María Jesús Lacarra,
Carlos Alvar, Manuel Alvar Ezquerra, María Luz Gutiérrez Araus, Marga-
rita Lliteras, Pedro Benítez Pérez, M.ª Ángeles Álvarez Martínez, Rafael
Rodríguez-Ponga, Francisco Moreno Fernández, Pedro Martín Butragueño,
Isabel Molina Martos, Juan Carlos Conde López, Luis Albuquerque…
Ya bordeando el nuevo milenio la revista ofrece abundantes muestras
de la fidelidad a sus principios filológicos fundacionales y, precisamente
por ello, refleja igualmente la ampliación de las orientaciones teóricas:
por ejemplo, la pragmática lingüística, la sociolingüística, o las nuevas
corrientes de la crítica literaria. Junto a estudios dialectales (por ejemplo,
sobre las denominaciones correspondientes a algunas lexías de la lengua
estándar en áreas de Zamora, Salamanca y Ávila —aludo a un artículo de
Antonio Llorente Maldonado—), se recogen también artículos sobre lite-
ratura medieval (por ejemplo, un trabajo de Rafael Beltrán sobre las bodas
sordas en Tirant lo Blanc y La Celestina), pero también trabajos inscritos
en la pragmática lingüística (aplicada, por ejemplo, a los tiempos verbales
—aludo a un artículo de Graciela Reyes—).
El volumen XCIV, de 2014, por aportar un último ejemplo, ofrece
«La supervivencia de deber de + infinitivo en el español moderno
(ss. XVIII-XX)», de José Luis Blas Arroyo y Javier Vellón Lahoz, al lado
de «Del ‘teatro de sombras’ islámico a los títeres, pasando por los ‘retablos
de maravillas’», de Federico Corriente; o junto a «La influencia latino-ro-
mánica en la estructura morfológica nominal de la lengua vasca», de José
Fernando Domene Verdú, al lado de «Dos sonetos bubosos entre Mateo
Alemán y Vicente Espinel. Edición crítica y estudio», de Luis Gómez Can-
seco. O «Las funciones pragmático-discursivas de en este sentido», de Ana
Llopis Cardona.
Creo que los tres autores que protagonizan la Mesa redonda que publi-
camos insisten en lo que acabo de subrayar: la Revista de Filología Espa-
ñola ha dado prueba a lo largo de cien años (y podemos sentirnos profunda-
270 María Antonia Martín Zorraquino

mente satisfechos y orgullosos de esa pervivencia), de una sabia fidelidad a


la tradición, a los principios que inspiraron su creación en 1914, y, al mismo
tiempo, de una inteligente comprensión de las transformaciones experi-
mentadas por los estudios filológicos durante ese siglo, combinando acer-
tadamente, de forma equilibrada, la tradición y la innovación filológicas.
El lector encontrará en los textos que ofrecen Pilar García Mouton,
María Teresa Echenique Elizondo y Alberto Montaner Frutos tres visiones
complementarias de esa acertada combinación.
Pilar García Mouton sintetiza, en su contribución, la evolución de la
RFE, señalando los principios que fundamentaron su creación; su primera
plenitud en los años 20 y en la primera mitad de los treinta; la difícil etapa
de la guerra civil y de los primeros años de la posguerra; la renovación
de los años cincuenta y décadas siguientes, hasta el final de los años 80,
cuando el CSIC presionó para que la revista se ajustara a las característi-
cas exigidas a las revistas internacionales, sobre todo la puntualidad en la
publicación, la inclusión de resúmenes en inglés, y, a partir del siglo XXI,
la rigurosa adaptación a las publicaciones de mayor solvencia e impacto (lo
que la revista cumple hoy en día). García Mouton da cuenta explícita de la
exposición que ella misma coordinó junto a Mario Pedrazuela Fuentes en
el espacio cultural Conde-Duque, en Madrid, entre julio y septiembre de
2015, y cuyos contenidos quedaron reflejados y comentados en el catálogo
correspondiente, con el título de La ciencia de la palabra. Cien años de
la «Revista de Filología Española», publicado por el Consejo Superior
de Investigaciones Científicas. García Mouton da cuenta igualmente de la
nueva forma de publicación que hoy conoce la revista (disponible en la
Red) y, asimismo, del esfuerzo que se ha llevado a cabo para digitalizarla,
lo que se ha conseguido ya a partir de los números publicados desde 1954.
María Teresa Echenique Elizondo, a su vez, se centra en la aportación
de la revista para el estudio de la historia de la lengua española durante cien
años, valorando positivamente la proyección y el impulso que ha logrado al
respecto. Echenique Elizondo subraya la íntima relación de la publicación
con la obra de Menéndez Pidal, destacando la evolución del pensamiento
de don Ramón, su originalidad, dentro de la filología europea, y la reno-
vación total que supuso para los estudios de Filología en España y, con
ello, de la propia revista. La autora subraya especialmente la continuidad
en la edición de esta; la sabia combinación de fidelidad a la tradición y de
renovación en los estudios de historia de la lengua que cifra; la importante
aportación de sus números, con sus secciones siempre relevantes, más la
publicación de sus anejos, con monografías esenciales para la disciplina.
Ante los cien años de la Revista de Filología Española 271

Da cuenta de que, desde su inicio, la revista trató de cumplir dos objetivos:


la elaboración de un corpus como fundamento para la reconstrucción de la
historia de la lengua (corpus de textos literarios y de textos no literarios),
y la investigación sobre la historia de la lengua española sobre la base
documental recolectada, con una visión de la interpretación de la historia
plural, para la que la dialectología, la geografía lingüística, la historia de la
civilización, de la cultura, de la literatura, de la sociedad, etc., y no solo la
descripción lingüística, en todos los niveles del análisis de la lengua, eran
necesarias. Echenique Elizondo cierra su trabajo indicando que los cien
años de la RFE dejan un gran legado para el siglo XXI.
Finalmente, Alberto Montaner Frutos se ocupa de la evolución del
concepto de filología desde la Revista de Filología Española. Como ya he
comentado, el autor muestra que la revista, de acuerdo con el pensamiento
de don Ramón Menéndez Pidal, concibió el estudio filológico como una
investigación bifronte, siguiendo en ello una posición sobre la Filología que
puede rastrearse en los diccionarios académicos desde fines del siglo XIX,
pasando por la edición de 1914, hasta asentarse en la de 1925, de suerte
que conviven en los estudios filológicos españoles la orientación más cla-
ramente lingüística y otra histórico-literaria y, aún más amplia, histórico-
cultural. Para el autor, siguiendo a Fernando Lázaro Carreter, la edición
y estudio del Cantar de mio Cid se inscribiría en la segunda orientación,
mientras que los Orígenes del español (ambas, obras señeras de Menéndez
Pidal) se enmarcaría en la primera. Si bien las dos entran plausiblemente
en el ámbito de la Filología.
Los tres protagonistas de la Mesa redonda que aquí incluimos ofre-
cen una relevante bibliografía. Por supuesto, son copiosas las referencias
sobre la trayectoria de los estudios filológicos en los últimos cien años.
Me atrevo a recordar que Catalán (1974) constituyó en su momento un
título esencial y que, en concreto, para la Revista de Filología Española,
la referencia de García Mouton (2012) representa una referencia prece-
dente muy ilustradora. Por último, solo quiero destacar también que, en las
fechas de 2007 y 2010, conmemorativas del centenario de la fundación de
la Junta para Ampliación de Estudios y del Centro de Estudios Históricos,
respectivamente, vieron la luz importantes y extensas publicaciones sobre
ambas instituciones (aparecen recogidas en los textos de las dos autoras y
del autor que aquí se publican).
272 María Antonia Martín Zorraquino

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La lengua y el estudio de su historia: cien años de
proyección e impulso de nuestro patrimonio filológico

M.ª Teresa Echenique Elizondo


Universitat de València

Resumen. Se condensa aquí la atención centenaria prestada a la historia de la


lengua española por la Revista de Filología Española (RFE), fundada en 1914
por Menéndez Pidal, pronto consolidada como heraldo europeo del patrimonio
filológico hispánico. Como publicación propia de la rama de Filología del Centro
de Estudios Históricos de Madrid, sus comienzos se sitúan en la sede de Almagro,
luego en Medinaceli, antes y después de la guerra civil, y, ya en época reciente,
en el edificio de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC en Albasanz. Tras los
difíciles avatares de la guerra civil, a lo largo de una centuria la RFE ha recogido
ininterrumpidamente los frutos de un programa de investigación sólido y riguroso,
trazado en sus inicios con visión de perdurabilidad y de proyección internacional.
Palabras clave. Revista de Filología Española, historia de la lengua española,
Filología española, Centro de Estudios Históricos.

Abstract. The centenary attention to the History of Spanish language by Revista


de Filología Española (RFE) is concentrated in this paper. Established in 1914
by Menéndez Pidal, the RFE was soon well consolidated as the European leader
of the Hispanic philological heritage. As a self-publication of the area of Phi-
lology of the Centro de Estudios Históricos based in Madrid, its beginnings are
situated in Almagro, passing by Medinaceli before and after the Spanish Civil
War. Recently, it is located in the building of Human and Social Sciences of the
CSIC in Albasanz. After all the vicissitudes of the Spanish Civil War, the RFE
has gathered all the fruits of a strong and meticulous research and work without
interruption during all the century. After all, the RFE has been founded with an
idea of perpetuation and an international impact and projection.
Keywords. Revista de Filología Española, history of the Spanish language,
Spanish Philology, Centro de Estudios Históricos.
274 M.ª Teresa Echenique Elizondo

Es esencial remontarse a la creación del Centro de Estudios Históricos


en 1910 para situar debidamente la significación de la RFE en sus comien-
zos. El Centro, creado por real decreto de 18 de marzo de 1910 tras supe-
rar circunstancias desfavorables en años anteriores (López Sánchez 2006:
30-45), nació con el deseo de investigar sistemáticamente el pasado nacio-
nal, con voluntad de fundar escuela y de extenderla por las universidades
españolas y extranjeras, «como organismo dependiente en la forma de la
Junta para Ampliación de Estudios, aunque, como todas sus criaturas, inde-
pendiente en su funcionamiento práctico» (Varela 1999: 229). La sección
de Filología se convirtió pronto en el germen de la Escuela de Menéndez
Pidal, Escuela de Madrid o Escuela del Centro de Estudios Históricos,
muy activa a lo largo del siglo XX (Catalán 1974: 22-32; Abad 1990: 16).
La reactivación filológica impulsada por Ramón Menéndez Pidal había
dado ya entonces importantes frutos: la gramática histórica y la dialectología
habían recibido sólido cimiento tras la publicación por Menéndez Pidal del
Manual de gramática histórica española en 19041 y El dialecto leonés en
1906, al tiempo que consolidaba la edición de textos con fundamento firme:
además del Poema del Cid en 1899, la Disputa del alma y el cuerpo y el
Auto de los Reyes Magos, ambas obras en 1900, y la Razón de Amor en 1905,
entre otros, en 1906 había publicado la Estoria de España de Alfonso X con
el título Primera Crónica General de España, y entre 1908 y 1911 salieron
los tres volúmenes del Cantar de Mio Cid. Texto, gramática y vocabulario.
La concreción de los objetivos que entonces se hicieron explícitos
sigue teniendo hoy actualidad: investigar las fuentes documentales, tanto
de documentos inéditos o publicados sin garantía de fiabilidad (crónicas,
obras literarias, cartularios o fueros) como de monografías, glosarios, obras
literarias o filológicas en el campo de la lengua española, y disponerlas
adecuadamente para su publicación (López-Ocón 2015: 21-22); iniciar en
los métodos de investigación a grupos reducidos de alumnos2; organizar

1
En rigor, el título de la primera edición fue Manual elemental de gramática histórica
española, que desde la 4.ª edición de 1918 (corregida y aumentada) pasó a titularse Manual
de gramática histórica española (Catalán 1974: 24). Esta obra fue la llave de acceso
al análisis global del estudio histórico-lingüístico del español concebido con amplitud
hispánica integral: es de sobra conocido el interés de esta escuela por otras modalidades
hispánicas, incluida la lengua vasca, al tiempo que, en la otra cara de la moneda, el
vascólogo Luis Michelena reconoció repetidas veces la deuda filológica que hacia esa
obra tenía su Fonética histórica vasca.
2
La investigación filológica se concebía como algo limitado a pocos estudiosos, entre
otras cosas porque no suscitaba entusiasmos colectivos. Cosa distinta era el traspaso de
La lengua y el estudio de su historia 275

trabajos de campo; fomentar la relación con los pensionados por la Junta


dentro y fuera de España, preocupándose por su inserción académica y
laboral, y recogiendo, al propio tiempo, los frutos de su investigación;
formar una biblioteca y establecer relaciones e intercambios con centros
análogos de otros países (Catalán 1974: 26; Varela 1999: 229; López-Ocón
2015: 21-22).
Todo ello conformó un ideal de investigación riguroso y sólido, con
firme base en los testimonios históricos, pues la atmósfera del momento
confería valor científico a los datos documentados. Guiado metodoló-
gicamente en un principio por el positivismo diacrónico y el idealismo
vossleriano, fue luego superado por una concepción según la cual habría
una estrecha vinculación entre la evolución lingüística de un pueblo y su
historia general (Portolés 1983: 153), que sería finalmente abducida por la
conexión entre lingüística y literatura emanada de la estilística.
La de Filología fue una de las siete primeras secciones en que ini-
cialmente se dividieron las Humanidades, si bien «desde el comienzo,
la rama de Filología se había alzado con el predominio» y «Menéndez
Pidal, su director, era a la vez presidente de todo el conglomerado» (Varela
1999: 230), teniendo como secretario a Tomás Navarro Tomás. El Centro
había comenzado a funcionar en los fríos sótanos del entonces Palacio de
Bibliotecas y Museos (Varela 1999: 230; López-Ocón 2015: 31). Después,
«[h]acia 1920, el Centro emigró a regañadientes hacia un hotelito de la

los resultados de esa investigación a la sociedad, cosa que sí quedaba contemplada en la


inquietud propedéutica. Estrechamente vinculada a ella debe entenderse la aplicación con
fines pedagógicos, entre 1922 y 1935, de obras literarias clásicas publicadas por el Centro
de Estudios Históricos, donde, junto a los nombres de Menéndez Pidal, Luis Santullano o
Federico Ruiz Morcuende y otros, destacan nombres femeninos como María Goyri, Jimena
Menéndez Pidal, Margarita Mayo o Josefina Sela. No es una observación menor recordar la
paulatina incorporación de la mujer al ámbito de trabajo y estudio filológico en medio de un
clima social que no favorecía su presencia, como ha quedado de manifiesto en la reciente
exposición dedicada a «Mujeres en vanguardia. La Residencia de Señoritas en su centenario
(1915-1936)» en el Pabellón Transatlántico de la Residencia de Estudiantes. Leoncio
López-Ocón (2015: 46) relata la creación en 1932 de la sección denominada Ar­chivos
de Literatura Contemporánea, inicialmente formada por Pedro Salinas y «auxiliado por
María Galvarriato y José María Quiroga Pla», y recuerda, citando a Mario Pedrazuela,
que a ese equipo se incorporarían posteriormente otros colabora­dores como Guillermo
de Torre, Vicente Llorens o María Josefa Cane­llada (Pedrazuela 2010: 105), lanzando la
revista Índice Literario (se publicó entre 1932 y 1941), «una importante publicación que
suponía una apuesta del Centro por aproximarse al conocimiento de la producción cultural
contemporá­nea, pues en ella se informaba de las novedades literarias españolas casi mes a
mes, dado que la revista publicaba diez números al año» (López-Ocón 2015: 46).
276 M.ª Teresa Echenique Elizondo

calle Almagro: dos pisos, sótano y buhardilla; angosta residencia de pare-


des blancas y suelos deslucidos, con un simulacro de jardín, pobremente
enverjado » (Varela 1920: 230).
No es ocioso contrastar esta descripción, seguramente muy exacta, con
las animosas palabras de Lapesa:
No conocí los tiempos iniciales del Centro, la época heroica en que los trabajos
se hacían en los sótanos de la Biblioteca Nacional. Cuando en 1925 empecé a
frecuentarlo, el Centro estaba instalado en un modesto hotelito de la calle Alma-
gro, hoy desaparecido. Lo rodeaba un descuidado jardín, grato en su abandono
(Lapesa 1992: 26).

La fotografía de ese palacete convertido en hotel se ha recogido en


el catálogo de la reciente exposición celebrada en Madrid entre julio y
septiembre de 2015 con motivo del centenario de la RFE3; allí comenzó la
elaboración de la Historia de la lengua española, a la que la RFE ha dado
y sigue dando cobijo hasta el día de hoy, antes del traslado en 1930 del
Centro de Estudios Históricos a Medinaceli, a la que sería su última sede
(custodiada con grandes dificultades y responsabilidad difusa durante los
años de la guerra, no por ello sin quejas, por Rafael Lapesa4).
Menéndez Pidal colaboraba desde fines del siglo XIX en numerosas
revistas españolas y europeas, y seguramente encontró en ello el estímulo
que le condujo a crear una revista propia del Centro, para lo cual contó en
sus inicios con el activo apoyo de Navarro Tomás y Américo Castro (Pérez
Pascual 2015: 93-97). Además de la publicación periódica, la Revista de
Filología Española dio lugar a las «Publicaciones de la Revista de Filología
Española»5.

3
La publicación del catálogo se debe a Pilar García Mouton y Mario Pedrazuela
Fuentes, eds. (2015). La fotografía mencionada se encuentra en la página 33.
4
En carta de 9 de julio de 1938 a D. Rubén Landa, escribe Lapesa: «Por otra parte,
el Delegado del Ministerio insinuó en una entrevista de hace días la idea de que hubiera
en el Centro un verdadero Director accidental. Yo, aunque la Comisión Delegada me haya
llamado así en la correspondencia oficial, ni acepté tal cargo ni me considero con méritos
para desempeñarlo» (Z/RLM/1/25 de la correspondencia archivada en la JAE-Residencia
de Estudiantes). Pese a todo, Rafael Lapesa defendió con determinación los materiales allí
depositados (eso sí: «con las solas armas de las palabras, únicas que poseíamos»).
5
«Casi desde sus comienzos, la Revista de Filología Española estuvo acompañada por
dos colecciones: Anejos y Publicaciones. En los Anejos se recogían aquellos estudios que,
debido a su profundidad y extensión, no tenían cabida en la Revista y exigían una publicación
aparte. En esta colección apareció Orígenes del español, de Menéndez Pidal, Contribución
al Diccionario Hispánico Etimológico, de García de Die­go, El dialecto de San Ciprián de
Sanabria, de Fritz Krüger, El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro, La lengua
La lengua y el estudio de su historia 277

La proyección europea no se hizo esperar. En la correspondencia entre


Leo Spìtzer y Hugo Schuchardt (1910-1927) queda reflejado el ámbito en
que nacía y crecía la RFE en aquellos años. Mencionemos como curiosidad
que en 1920 Spitzer prestó a Schuchardt sus propios ejemplares de la RFE
de los años 1916-1920 (ni siquiera existían fotocopias en aquellos años) con
calurosa recomendación de trabajos de Menéndez Pidal y Castro (Echeni-
que 2007). También en esa correspondencia se menciona la inviabilidad de
la traducción al español del Schuchardt-Brevier que el propio Menéndez
Pidal había prometido por carta a Schuchardt6.
Tras el traslado a Medinaceli llegó «[e]l verdadero esplendor» (Varela
1999: 230): «La sección de Filología, con 27 miembros, seguía siendo de
lejos la más numerosa» (ibid.: 231), pues una nueva generación había ido
incorporándose al Centro en los años veinte. En colaboración con la Junta,
el Centro planificó con cuidado su apertura al exterior mediante confe-
rencias y cursos en España y en otros países: Dámaso Alonso en Oxford,
Federico de Onís en Columbia primero y luego en el Instituto de las Españas
en Nueva York, García Solalinde en la Universidad de Wisconsin, Amado
Alonso en Buenos Aires; creó, también, una red de lectorados y cátedras
(unas 30) incluso en Tokio y Osaka (Varela 1999: 230).
Hacia 1918 el propio Castro había alabado en la RFE a Hugo Schuchardt
resaltando sus duras críticas a las doctrinas y métodos neogramáticos7. En
1923 se informaba, también en la RFE, sobre la realización de los trabajos
preparatorios del ALPI, y Orígenes del español (1926) era positivamente
valorada por Spitzer (1929: 352-353) tres años después de su aparición,

poética de Góngora, de Dámaso Alonso, por citar algunos. En la colección de Publicaciones


tuvieron cabida traducciones y manuales. Se inauguró la colección con la obra de Meyer-
Lübke Introducción a la lingüística románica, traducida por Américo Castro; también
fue una traducción, en este caso por el pro­pio autor, la Introducción al latín vulgar, de
Grandgent. Entre los manua­les podríamos destacar el Manual de pronunciación española,
de Navarro Tomás, La versificación irregular de la poesía castellana, de Henríquez Ure­ña,
La oración y sus partes, de Rodolfo Lenz o Poesía juglaresca y juglares, de Menéndez
Pidal» (Pedrazuela 2015: 78).
6
Lo cierto es que Montesinos, encargado de esta tarea, no llegaría a tenerla lista nunca
en condiciones, pese a haberse comprometido a ello y haber recibido, incluso, el dinero
correspondiente, como le reconviene Américo Castro, según consta en correspondencia
conservada en el Fondo José Fernández Montesinos (Sección de Filología, JAE, Archivo
del Centro de Ciencias Humanas y Sociales, CSIC). Américo Castro se muestra «muy
irritado» por el resultado y le pide, con el refuerzo manuscrito de Tomás Navarro Tomás,
que revise a fondo la traducción, tarea que nunca llegó a buen puerto.
7
En el artículo «Hugo Schuchardt» publicado en la RFE de ese año.
278 M.ª Teresa Echenique Elizondo

por citar algunos ejemplos. La conjunción de todo ello contribuyó a que,


en el contexto europeo, los años veinte se convirtieran en la década de
estabilización institucional del hispanismo en las universidades alemanas
(Briesemeister 2006: 31).
El trasvase e influjo entre los miembros de la escuela de Madrid y el
hispanismo germánico tenía lugar en ambas direcciones. En 1927 la reha-
bilitación de Góngora retumbó con gran eco en el hispanismo internacional
en general y en el centroeuropeo en particular, que, al interés de amplitud
hispánica en el estudio filológico, añadía la románica en sentido pleno
con atención al elemento latino inserto en albanés y beréber, al italiano o
al francés, esto es, el estudio románico integral (Echenique 2007; García
Mouton 2012). Por esta dimensión panhispánica y panrománica denominó
Diego Catalán (1974: 39) a la RFE «el órgano de los romanistas de Madrid»,
señalando que competía ventajosamente con las mejores revistas especia-
lizadas europeas, al tiempo que añadía:
La escuela del «Centro» no solo contaba con la fecunda actividad de Menéndez
Pidal, sino también con una segunda generación de especialistas de no menos
sólida preparación, en que se destacaban los nombres de A. Castro y T. Navarro8.
Desde comienzos de los años 20 se abría ya camino una tercera generación de
maestros formados en la cantera de Menéndez Pidal, de Castro y de Navarro
Tomás: la de Amado Alonso y Dámaso Alonso9. Además, el «Centro» había dado
acogida a otros filólogos de formación independiente, como V. García de Diego. La
biblioteca especializada, que en pocos años había logrado reunir el «Centro», los
ficheros y colecciones de materiales acumulados, así como la continuada dedica-
ción de los maestros, seguían atrayendo a nuevas generaciones de jóvenes deseosos
de encontrar un ambiente de trabajo10. Indudablemente, se había logrado establecer
los fundamentos de una escuela de investigación perdurable (Catalán 1974: 39).
Apoyado en estos pilares básicos de la disciplina, el plan de trabajo pro-
gramado por Menéndez Pidal para la rama de Filología en el Centro resulta
aún hoy válido y explica, al mismo tiempo, justamente su perdurabilidad
después de transcurridos cien años de creación de la RFE, que se convirtió

8
A lo que añade, en nota al pie: «Junto a Castro y Navarro merecen honrosa mención
el menos activo F. de Onís y los más jóvenes A. García Solalinde y S. Gili Gaya» (Catalán
1974: 39, n. 69).
9
Y añade en nota: «Y no mucho después, en el tránsito de los años 20 a los 30, se
preparaba ya una nueva hornada, la de P. Sánchez Sevilla, R. Lapesa y los encuestadores
del ALPI. El “Centro” servía también de centro de atracción para lingüistas inicialmente
formados en otras escuelas, como J. Corominas, A. Steiger, G. Tilander, G. Sachs, etc.»
(Catalán 1974: 39, n. 70).
10
Catalán cita en nota un trabajo de Lapesa como fuente para todo ello.
La lengua y el estudio de su historia 279

en aglutinante de la incorporación a España de la Filología que se cultivaba


entonces en Europa, por una parte, y para la proyección del patrimonio
hispánico (en toda su amplitud: no solo el castellano) fuera de nuestras
fronteras, tanto a Europa como a Estados Unidos, por otra: la revista iba a
constituir el principal heraldo en la difusión y recepción de las tareas filo-
lógicas hispánicas. Lo cierto es que ahí quedó sembrado el germen de una
escuela que iba a dar frutos insospechados con el paso del tiempo, como
ha sido el caso del Instituto de Estudios Medievales de Wisconsin, gracias
a la labor inicial de Antonio García Solalinde, tal como recientemente ha
señalado con claridad y conocimiento Ángel Gómez Moreno (2015)11.
Los objetivos de la Escuela se ensancharon en la RFE y siguen en gran
medida, aún hoy, en el punto de mira de los estudiosos de la historia de
la lengua, claro está que con la necesaria actualización. Podemos seguir
su estela hasta el momento actual repasando la forma en que quedaron
concretados en la etapa fundacional:
1. Elaboración de un corpus como fundamento para la reconstrucción
de la historia de la lengua, considerada exigencia previa al estudio de cual-
quiera de sus parcelas. La planificación incluía:
a) Textos no literarios: documentos lingüísticos de España12, fueros,
glosarios, crónicas, obras de historiografía13, la General Estoria por Sola-

11
«Como tantas otras veces, las actividades del equipo de Kasten y Nitti se basaban en
ideas de Solalinde que, a su vez, remitían a Menéndez Pidal» (Gómez Moreno 2015: 158).
12
El volumen I dedicado al Reino de Castilla se publicó como anejo de la RFE,
recordatorio que nos conduce a la gestación de Orígenes del español. Como el propio
Menéndez Pidal explica en el prólogo «Al lector» (p. X): «la primera edición de este
trabajo se comenzó a imprimir en abril de 1923 y se terminó en julio de 1926. En tan largo
transcurso de tiempo el plan y hasta el título de la obra se mudaron. Empecé pensando
hablar brevemente del “Español en los siglos X y XI”; pero al reparar cada vez más en el
carácter muy arcaizante del lenguaje notarial del siglo X, cambié el título sustituyéndolo
por el que ahora va en la portada». Amado Alonso denominó a Orígenes del español en
la RFE «la obra cumbre de la Filología Románica», recogiendo en ese calificativo la
visión panrománica, y con mayor razón por tanto, panhispánica, que Menéndez Pidal le
confería desde la cátedra de Filología Románica que ocupaba (aunque inicialmente la
denominación fuera otra). Esta visión ha encontrado firme asiento académico. Vino más
tarde, para corroboración de lo dicho, la preparación de los documentos de Aragón: los
Documentos lingüísticos del Alto Aragón publicados por Navarro Tomas en Nueva York en
1957 (150 documentos aragoneses comprendidos entre los años 1255 y 1494), fue lo que
logró salvarse de la edición realizada por el propio Navarro Tomás antes de 1936, perdida
tras la destrucción de la Imprenta Hernando durante la guerra civil.
13
En la actualidad, buena parte de la obra de Diego Catalán y su investigación en
torno a las crónicas medievales (edición y estudio con incidencia en la historia de la lengua,
280 M.ª Teresa Echenique Elizondo

linde, El Enquiridón de Erasmo por Dámaso Alonso y otros14, sin olvidar


las fuentes historiográficas que Amado Alonso rescató para su obra De la
pronunciación medieval a la moderna en español, aún hoy inacabada, cuyos
trabajos preliminares se publicaron justamente en la RFE15.
b) Textos literarios como la Razón de amor (publicada en 1905 en la
RFE) o la Historia troyana editada por Ramón Menéndez Pidal como anejo
XVIII de la RFE (1934) y tantos otros16.
No es cierto, por tanto, que los historiadores de la lengua (y cultivado-
res de la Filología en general) de la primera mitad del siglo XX basaran la
historia de la lengua en textos literarios, prescindiendo de textos no litera-
rios. Como recordó la profesora Aurora Egido en su disertación, filólogos
como Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Rafael Lapesa, Lázaro Carreter,
Emilio Alarcos, Manuel Alvar, etc., se manejaban con igual dominio en el
campo de la lengua y en el de la literatura y en ambos fueron maestros.
Sí lo es, en cambio, que el Centro, pese a haber contado con filólogos que
trabajaban con maestría pareja en ambos dominios, no llegó a construir una
teoría y obra sólidas en el campo de la Crítica textual17.

y también a la inversa, esto es, con la posibilidad de recibir sus beneficios) ha quedado
en tierra de nadie, o sería quizá más exacto decir «en tierra de todos». En este punto su
obra apenas ha comenzado a dar los primeros frutos (Fernández-Ordóñez, Bustos, Campa,
citados extensamente por el propio Catalán 1997) de lo que deberá ser en el futuro una
fecunda línea de investigación.
14
Vid. una relación muy completa de todo ello en López Sánchez (2006: 325-330).
15
Campo asumido después sin delimitación clara y hoy distribuido en las áreas de
Lengua española, Literatura española o Lingüística general.
16
Puede verse una panorámica general de lo que la RFE representó antes del 36
en la recuperación de textos literarios y la consiguiente eclosión de estudios de carácter
eminentemente histórico en López Sánchez (2006: 307-325).
17
«Este encuentro del todo inesperado entre Alonso —el “maestro joven”, según
definición lapesiana— y Lapesa —que tiempo después Alonso emparejará con Marañón
y Menéndez Pidal como “héroes de nuestros días”— alrededor del texto del Rimado de
Palacio, con la vivacidad expresiva despreocupada y confidencial del primero, aporta por un
lado un ejemplo más de cómo la ecdótica, con sus métodos, vínculos y rigor terminológico,
era un universo extraño a la filología española aunque por cierto no ignorado [la cursiva
es mía], y por otro lado confirma el hecho indiscutible de que sabiduría, agudeza y buen
sentido no solamente crítico pueden no conceder ventajas excesivas al cientifismo de la
ecdótica en los tantísimos momentos de apuro que asaltan al editor. La ingente y sutil
labor de Lapesa sobre el texto del poema del Canciller lo atestigua de manera ejemplar»
(Di Stefano 2010: 25; dos páginas después, Di Stefano señala «algunas conjeturas más
convincentes de Lapesa» frente a los editores posteriores de la obra).
La lengua y el estudio de su historia 281

No, los filólogos de la escuela nunca prescindieron de textos no lite-


rarios. Son, por el contrario, gran parte de los lingüistas actuales quienes
han prescindido de los textos literarios (con consecuencias sobre las que
hay que reflexionar profundamente), si bien, por fortuna, en todo tiempo
han existido y existen planteamientos abiertos e integradores heredados
del pasado.
Eso sí, la necesidad de elaborar corpus de trabajo sigue siendo hoy
una prioridad y se ha convertido en exigencia fructífera, como queda de
manifiesto en iniciativas individuales además de institucionales, tanto para
textos y documentos como para obras con intención codificadora (ADMYTE,
CODEA, CORDE, NTLLE y un largo etcétera). Por su parte, la publicación de
otros fueros, documentos y textos jurídicos ha conocido larga trayectoria.
Fue un logro de entonces llegar a un acuerdo en la presentación formal para
su publicación, inseparable del valor otorgado a las grafías en la lectura de
textos de otras épocas, llevado a la práctica por los miembros de la Escuela
de Madrid. Hoy el estudio de las manifestaciones escritas (tipos de letra,
escribanos y su distribución geográfica…) ha tenido un gran avance en el
campo de la historia de la lengua (véase, como ejemplo, Sánchez-Prieto
2011), pero, tras haberse perdido la tradición en la cadena filológica, se
hace necesario partir de un planteamiento pluridimensional integrador y
sistemático de los estudios parciales que sobre historia de la pronunciación
y sobre fonología evolutiva se han ido publicando en los últimos años a la
hora de reconstruir la pronunciación castellana de tiempo pasado (Eche-
nique Elizondo/Pla Colomer 2013). Sin duda, el predominio de la sintaxis
en los estudios de historia de la lengua a lo largo de los últimos 30 años
ha contribuido a la desatención de otros campos.
La edición de textos literarios, por su lado, ha tenido espléndida profu-
sión y se ha logrado el engarce adecuado con problemas y métodos univer-
sales, bien es verdad que ahondando las diferencias tras la ya mencionada
separación administrativa entre las áreas de lengua y de literatura.
2. Historia de la lengua como construcción o, mejor, como reconstruc-
ción sobre la base documental recolectada. La propia obra de Menéndez
Pidal Historia de la lengua española (2003), publicada treinta y cinco
años después de su muerte, muestra los materiales que había ido reuniendo
a tal fin, vertebrando una historia de la lengua sólida e imperecedera en
sus líneas generales. Del plan de trabajo concebido por Menéndez Pidal,
que impregna el estudio histórico de la lengua en la RFE a lo largo de su
trayectoria centenaria, se desprende constancia sobrada tras la publica-
ción póstuma de sus materiales. El plan de trabajo integral establecido por
282 M.ª Teresa Echenique Elizondo

Menéndez Pidal quedaba caracterizado por su amplitud hispánica (que le


llevó a remontarse hasta la época prerromana) y resultaba afianzado por las
relaciones científicas mantenidas con el Institut d’Estudis Catalans, Eus-
kaltzaindia, etc. El ALPI es muestra de esa amplitud hispánica (frustrada,
como sabemos, en su ejecución, pero no en su planificación), al igual que
la edición de documentos lingüísticos y textos.
Huelga decir que Rafael Lapesa, inmerso en la misma escuela y por
encargo expreso de Navarro Tomás, elaboró la Historia de la lengua espa-
ñola que ha servido de guía al hispanismo durante más de setenta años.
En su correspondencia Lapesa va enumerando carta a carta las dificultades
de todo orden a las que se enfrenta diariamente para cumplir tal objetivo
que le impide avanzar en la obra, a lo que Navarro responde siempre apre-
miándole para que la concluya. No es difícil suponer que Navarro Tomás,
desde Valencia, animara en esta tarea a Lapesa como medio para ayudarle
a superar la situación que vivió en el Madrid de la guerra18 y para que, al
propio tiempo, no se rompiera la cadena de continuidad con las tareas del
Centro. Lo consiguió finalmente y la obra salió en 1942 (Martín Zorraquino
2011 y Echenique Elizondo/Pla Colomer 2013: 71-73).

18
Escribe Lapesa en 1937: «Para sostener la publicación de las revistas [del Centro] ha
habido que luchar con dificultades de toda índole. La más grave es la falta de papel. Además
la Imprenta Hernando, donde se tiraba la RFE y también Emerita, quedó destruida por un
bombardeo de aviación. Todo ello, y la repartición de los colaboradores entre Valencia
y Madrid, así como las vacilaciones en determinar la ciudad donde habían de publicarse
ambas revistas, han contribuido al retraso que actualmente arrastran, principalmente la
RFE».
El 12 de junio de 1937 escribe Lapesa a Navarro: «Querido don Tomás: He comenzado
en Madrid el curso intensivo para estudiantes de Bachillerato […]. Es extraordinario el
espíritu de la gente de Madrid. La noche anterior a la inauguración del curso fue horrible
por el bombardeo, uno de los más intensos habidos en el curso de la guerra. Alrededor del
Instituto cayeron muchos proyectiles. ¿Querrá Vd. creer que al día siguiente no faltaba un
chico de los matriculados?». Y añade a renglón seguido: «Le agradeceré que me diga qué
le parece del proyecto de contenido para el 4.º número de la Revista (RFE)», etc.
Y el 13 de junio de 1938: «De momento, desconectados los de Madrid y los de
Valencia, no hay medio de entendernos para nada. La RFE sigue parada y con más de un
año de retraso…».
Del archivo de la Fundación Menéndez Pidal hay una carta de Tomás Navarro desde
Valencia (de 12 de mayo de 1937) en la que dice a don Ramón: «Están aquí Montesinos
y Dámaso Alonso y, aun cuando carezcamos de muchos elementos, nos esforzaremos en
mantener la continuidad de la Revista (RFE). Hemos traído también a Valencia a Bonfante
para que se ocupe de la continuidad de Emerita». Así se salvó la continuidad de la RFE
en años difíciles.
La lengua y el estudio de su historia 283

Porque esto es lo que la RFE ha representado y representa: la continui-


dad con los objetivos de los maestros al seguir las directrices de un plan que
mantiene su interés incluso hoy. Prueba de ello es que se acaba de anunciar
la publicación del fichero de sintaxis de Menéndez Pidal conservado en la
Fundación que lleva su nombre. Avanzo también, a mi vez, el proyecto de
publicación del conjunto de ficheros de trabajo de Lapesa, que, como es
sabido, está custodiado en la Biblioteca Valenciana de San Miguel de los
Reyes juntamente con su legado. En ambos corpus se sustenta buena parte
de la filología española del siglo XX, sobre la que Diego Catalán escribió
una obra esencial que abarca desde los comienzos del siglo XX hasta los
años setenta (Diego Catalán 1974); quedó inacabada, pues la segunda parte
anunciada en el prólogo de la obra no se llevó a cabo. Alguien debería
continuarla. En ella leemos: «Esta concepción de la íntima unidad de la
lengua, historia y cultura sobrevivirá al “Centro de Estudios Históricos” y,
explícita o implícitamente proclamada, seguirá modelando hasta hoy día la
producción de los más dispares descendientes de la escuela filológica de
Menéndez Pidal» (Catalán 1974: 41)19.
El estudio histórico de la lengua ha sido también inseparable del cul-
tivo de la dialectología histórica20, y de espectacular puede calificarse la
cartografía dedicada a la geografía de las variedades del español como
desarrollo del ALPI.
García de Diego había definido en 1950 el castellano como «complejo
dialectal» (primero en la RFE de 1916 y finalmente en su artículo de 1950
también en la RFE), que González Ollé, en su libro El habla de la Bureba.
Introducción al castellano actual de Burgos (1964), asimila y recrea (y
recoge en su bibliografía). Dice textualmente, tras haber recopilado datos
en una detenida encuesta de campo:
A pesar de la falta de estudios parciales previos, hay datos suficientes para poder
afirmar con seguridad la carencia de uniformidad idiomática en el territorio de
la actual provincia de Burgos, pese a su cohesión histórica. De modo que algu-
nos de sus rincones presentan rasgos que no solo no cabe adscribir al castellano
vulgar, sino que ofrecen indudable carácter peculiar dentro del área burgalesa, en
relación, por el contrario, con otras áreas dialectales. García de Diego ha aludido

19
Hay que entender por «hoy día» los comienzos de los años setenta.
20
En López Sánchez (2006: 307-325) hay asimismo una buena panorámica de lo
que la RFE significó en sus comienzos para la dialectología, la geografía lingüística, la
lexicografía y otras disciplinas conexas.
284 M.ª Teresa Echenique Elizondo

reiteradamente a ellos en sus citados estudios y pueden señalarse algunos otros


(González Ollé 1964: 14)21.

No es en absoluto cierto que la escuela de Menéndez Pidal haya consi-


derado el castellano de forma unitaria22. El propio Lapesa dibujó la variedad
contenida en él; en sus trabajos en torno a la contienda de normas en el
castellano medieval mostró la existencia de variedades sobre las cuales
Alfonso X seleccionó y determinó su propio modelo de la lengua castellana,
y ha señalado siempre la existencia de variación, que hizo extensiva incluso
al estudio histórico de la fraseología23. La misma concepción se encuentra
en época ya más cercana a nosotros en el establecimiento de isoglosas
internas en la lengua castellana a propósito de cuestiones de morfosintaxis
histórica (Fernández Ordóñez 1994)24.
Los trabajos sobre etimología, onomástica, léxico y lexicografía en el
Centro, juntamente con su proyección, han sido convenientemente valora-
dos por Esther Hernández en la RFE de 2012, dando cuenta de la riqueza de
proyectos. El estudio sobre el cultismo léxico medieval llevado a cabo por
José Jesús Bustos (anejo de la RFE 1974) es el testigo que recoge la labor
precedente, sin olvidar el Glosario de Lapesa, pendiente aún de publicación
en su totalidad. La proyección de los trabajos de lexicografía, amplia y de
gran trascendencia, ha sido en buena medida asumida en tiempos recientes
por la propia Real Academia Española.
Así pues, la Revista de Filología Española ha significado cien años de
proyección e impulso de nuestro patrimonio filológico dentro y fuera de
España, que puede sintetizarse, bien como tradición y novedad en el estudio
de nuestro patrimonio filológico, bien como clasicismo e innovación en

21
El habla de la Bureba: introducción al castellano actual de Burgos encontró cabida
en los anejos de la RFE, en tanto que El habla de Quintanillabón (Burgos) del mismo
autor se publicó en la RDTP (1953). El análisis de este destino diverso nos desviaría de
nuestro propósito en estas páginas.
22
«[L]a escuela filológica española, obviamente influida por la tradición pidalina, ha
sostenido no solo que el reunificado reino de Castilla y León (y no de León y Castilla)
hablaba fundamentalmente una misma lengua, el castellano, sino que esa variedad romance
era en esencia uniforme» (Fernández-Ordóñez 2001: 399).
23
«Las locuciones viven en variantes […]. De las innumerables modificaciones que
experimentan en el coloquio sólo una parte mínima llega a la escritura» (Lapesa 1992: 85).
24
Esta autora ha desarrollado amplia y ejemplarmente la cartografía de los espacios
peninsulares aplicándola a sus trabajos, siendo uno de los últimos eslabones en establecer la
continuidad entre la concepción contenida en el proyecto originario del ALPI y la utilización
de sus datos por Diego Catalán en trabajos de sobra conocidos.
La lengua y el estudio de su historia 285

su tratamiento, juntamente con la creación de las redes internacionales del


Hispanismo, que situaron nuestro legado filológico a la altura de su tiempo.
Hoy, la Historia de la lengua, concretada en las historias de las lenguas
románicas, que tuvo sus brillantes comienzos en el siglo xix y ha preten-
dido más tarde ir consolidando sus avances sobre la base firme del conoci-
miento de los hechos lingüísticos registrados en su variada periodización,
tiene como objetivo el establecimiento de periodos de transformación en
la cadena diacrónica que puedan ser convenientemente explicados a la luz
de las especulaciones lingüísticas que se han ido formulando en el ámbito
teórico. De hecho, la Filología ha sido siempre consciente de que no hay
pasado sin interpretación de textos que abarcan, desde las ruinas lingüísti-
cas25, es decir, desde los testimonios fragmentarios conservados mediante
los cuales es posible restituir críticamente (lo que equivale a reconstruir)
etapas pretéritas de una lengua, hasta textos completos, que nunca nos
parecen suficientes.
Se ha impulsado la delimitación de periodos en la historia de la lengua,
modelando un periodo para la época del Descubrimiento o acuñando con
caracterización firme el perfil de un primer español moderno, y se ha inten-
tado una periodización basada en criterios actualizados procedentes del
terreno lingüístico y conjugándolos con otros que provienen complemen-
tariamente del campo histórico-literario. Han venido después los muchos
y excelentes trabajos sobre el periodo medieval en toda su extensión y los
siguientes, con la deuda contraída con estudios importantes conveniente-
mente recogidos, a la par que armoniosamente articulados en la historia de
la lengua española de Lapesa (1981), después continuada y completada en
trabajos múltiples compilados en Rafael Cano (2005) o Concepción Com-
pany (2006-2015) y otros proyectos más nuevos (MORPHISPAM), que, por
fortuna, no faltan. En los últimos años se ha valorado como determinante
para el cambio morfológico y sintáctico el otoño de la Edad Media y se
comienza a vislumbrar en la transición del español clásico al moderno el
momento clave para la cristalización de numerosos procesos de gramatica-
lización, al tiempo que se subraya la riqueza que para la historia lingüística
y la variación está contenida en el español americano.
Ahondando por este camino, y teniendo en cuenta que a partir de los
años sesenta la historia de la lengua volvió a tener su centro nuevamente
en la Universidad, lo que adquiere especial relieve a partir de 1975, se

Entendiendo por «ruina», en el sentido filológico de raíz germánica, todo texto, por
25

humilde que sea, a partir del cual es posible extraer una información histórica.
286 M.ª Teresa Echenique Elizondo

ha llegado a reconstruir la fonología histórica, la morfología y la sinta-


xis históricas en sus principales líneas de evolución, así como también la
onomástica, la sociolingüística y la dialectología históricas (con especial
referencia a la relación con otras modalidades y teniendo en cuenta el
contacto de lenguas como motor de cambio lingüístico), la lexicografía
y fraseología históricas, y hasta se ha llegado a delinear el camino de la
pragmática histórica o el coloquio en su dimensión diacrónica, sin olvidar
el espectacular avance que está experimentando el estudio historiográfico
de la lengua española. De todo ello hay reflejo en la RFE.
Tras haber recogido testimonios de etapas primeras (glosas, inscrip-
ciones, documentos de apariencia o realidad latina o latinizada…) hasta
textos extensos en que se entremezcla una polifonía de voces, registros y
niveles de lengua, y sin olvidar que incluso la oralidad del pasado hay que
recrearla sobre la base de la documentación escrita, la Nueva Gramática de
la Lengua Española de la RAE y la ASALE ha atendido convenientemente
a la dimensión histórica de la lengua, para lo que cuenta con el apoyo de
diferentes corpus que, espectaculares en sí mismos, repercuten positiva-
mente en el conjunto de la obra. Esta espléndida realidad actual contrasta
con los estudios de historia de la lengua llevados a cabo a lo largo de casi
una centena de años sobre las bases de la indagación individual o propia,
sobre los textos que se iban editando (muchos de ellos, así como los tra-
bajos, en anejos de la RFE).
La existencia de estos corpus no impide la elaboración de otros de fac-
tura propia. De cualquier modo, manejar un corpus para el trabajo histórico,
ya sea propio o ajeno, sigue siendo una herencia de la escuela de Menéndez
Pidal. Conviene observar, en todo caso, que un corpus no es, o no debería
ser, solamente un mero almacén de datos a los que el investigador recurre
en busca de un ejemplo necesario para su trabajo, pues cada ejemplo se
inserta en un texto que se ha producido en un momento histórico determi-
nado y tiene un valor filológico intrínseco que no hay que olvidar, esto es,
un valor textual que forma parte del universo filológico.
Digamos por último que el panorama de continuidad de lo hecho en
la filología hispánica puede encontrarse en la bibliografía publicada por
Mariano Quirós García y Ana Segovia Gordillo en la RFE y no deja de
resultar llamativo que las fichas bibliográficas tan insistentemente recla-
madas por Lapesa en su correspondencia para los números de los años de
la guerra de la RFE le hayan sido restituidas en la bibliografía de Rafael
Lapesa cuidadosamente recopilada y publicada por Javier Satorre también
en la RFE (2008).
La lengua y el estudio de su historia 287

El carácter perdurable, quién sabe si no imperecedero, del plan de


trabajo y su factura bien hecha es lo que caracteriza a la RFE y a su estu-
dio concreto de la historia de la lengua española. No hay duda de que la
RFE ha contribuido a ello en muy gran medida, aunque también es verdad
que la RFE ha sido y es y, sobre todo, tiene que ser, mucho más que eso,
pues los cien años de realidad de la RFE nos han dejado un legado para
el siglo XXI.

Final
Diego Catalán (1982: 18) afirmó con contundencia que, a mediados
del siglo XIX, «los Pirineos constituían el límite meridional de la Ciencia
lingüística europea». Al filo del milenio España experimentó un profundo
cambio en el terreno filológico gracias al impulso de Ramón Menéndez
Pidal, que en 1899 ganaba por oposición la cátedra de Filología comparada
de las lenguas latina y española de la Universidad Central y se convertía
después en titular de la cátedra de Filología románica. Toda la época dorada
del hispanismo de los años veinte aflora en la RFE, cuidadosamente impresa
y excelentemente planificada. Su contemplación nos devuelve a un pasado
que ya no regresará, pero sigue siendo sólido cimiento de la Filología.
Hemos asistido estos días a la comprobación de que también esta Filo-
logía se había interesado por otros espacios lingüísticos, en los que el ara-
gonés ocupa en este congreso lugar de honor. Vicente Lagüéns, al presentar
ciertas preguntas que Tomás Navarro planteaba ya en su trabajo de Tesis
doctoral sobre Heredia, nos hacía comprender que aún no hemos dado cima
a muchos de los objetivos iniciales entonces planteados, y añadía: «Todavía
estamos en eso», porque todavía estamos indagando en interrogantes que
habían preocupado al propio Navarro (como ha quedado de manifiesto en
la sección dedicada al aragonés en este Congreso).
Sí, todavía estamos en eso. Falta aún mucho para cumplir los objetivos
que la RFE se marcó hace ahora 100 años. Pero hoy, con el progreso habido
en el conocimiento y métodos, así como en las herramientas de estudio
filológico, y tras la recuperación académica y científica de las diversas
filologías peninsulares, sería ya posible el cultivo de una Filología hispánica
en su más pleno sentido; eso sí, una Filología como marco de referencia
amplio para que cada cual pudiera dedicarse a aquello hacia lo que sintiera
más próximo sin ser excluyente en dirección alguna, al estilo de la ofrecida
por la RFE en su etapa fundacional, que hoy, claro está, necesariamente
debe actualizarse y reactivar, con ello, su concepción de la historia de la
lengua española para los próximos cien años.
288 M.ª Teresa Echenique Elizondo

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26
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vía digital a través del CSIC.
La lengua y el estudio de su historia 289

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La Revista de Filología Española:
tradición y presente

Pilar García Mouton


Instituto de Lengua, Literatura y Antropología
Consejo Superior de Investigaciones Científicas

Resumen. Estas páginas recorren los aspectos principales que estructuraron la


exposición La ciencia de la palabra. Cien años de la Revista de Filología Espa-
ñola, comisariada por Pilar García Mouton y Mario Pedrazuela, que en el verano
de 2015 conmemoró en Madrid el centenario de la RFE. El catálogo, publicado
por el CSIC, contextualiza las diferentes etapas en la historia de la revista y su
papel fundamental en la modernización de los estudios filológicos en España.
Palabras clave. Centenario, Revista de Filología Española, exposición, historia
de la RFE, estudios filológicos, La ciencia de la palabra, catálogo.

Abstract. These pages cover the main issues that articulate the exhibition La
ciencia de la palabra. Cien años de la Revista de Filología Española, curated
by Pilar García Mouton and Mario Pedrazuela, which, in the summer of 2015,
celebrated the centenary of the RFE in Madrid. The catalogue, published by the
CSIC, contextualizes the different stages in the history of the journal and its crucial
role in modernizing philological studies in Spain.
Keywords. Centenary, Revista de Filología Española, exhibition, history of the
RFE, philological studies, La ciencia de la palabra, catalogue.

En primer lugar quisiera agradecer la invitación a participar en el


X Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española con esta mesa
redonda sobre el centenario de la Revista de Filología Española (RFE), gra-
cias a la generosidad de María Antonia Martín Zorraquino y de José María
Enguita, y a la de los responsables de la Asociación de Historia de la Lengua
Española. Y también mostrar un agradecimiento especial a María Teresa
Echenique y a Alberto Montaner por acompañarme en esta Mesa Redonda.
292 Pilar García Mouton

Este es un centenario atípico porque, en realidad, la Revista de Filolo-


gía Española cumple más de cien años. Un centenario de 101 años, ya que
la RFE nació en un año difícil, en 1914. Y el hecho de que una publicación
de esta naturaleza cumpla más de un siglo es motivo de alegría.
Desde 1987 he estado vinculada a la Revista de Filología Española:
hasta el año 2000 fui secretaria de la revista con Manuel Alvar como direc-
tor; después, hasta 2003, con Antonio Quilis, y durante los últimos diez
años la he dirigido con la inestimable ayuda como secretaria de María Jesús
Torrens, que a partir de 2015 es su nueva directora. Son muchos años de
trabajo científico y editorial en los que, con los miembros del Consejo de
Redacción y del Consejo Asesor, nos hemos esforzado por mantener los
lazos que unen la revista con la tradición filológica en la que nació.
Esa es la base de la exposición La ciencia de la palabra. Cien años
de la Revista de Filología Española, que he organizado con Mario Pedra-
zuela, un joven investigador del CSIC, y ha acogido el espacio cultural
Conde Duque del Ayuntamiento de Madrid. Se inauguró a finales de julio
y puede verse allí, en la Sala Sur del Conde Duque, hasta el día 27 de sep-
tiembre de 2015. Nuestro objetivo ha sido destacar el papel de la RFE en
la modernización de los estudios filológicos y recorrer su evolución hasta
llegar a este año 2015.
Esta exposición ha sido posible gracias al apoyo de la FECYT (Funda-
ción Española para la Ciencia y la Tecnología), el Ayuntamiento de Madrid,
el Consejo Superior de Investigaciones Científicas —especialmente la
Biblioteca Tomás Navarro Tomás del Centro de Ciencias Humanas y Socia-
les— y la Fundación Ignacio Larramendi. Hemos contado también con la
colaboración de la Real Academia Española, Radio Televisión Española, la
Residencia de Estudiantes, la Filmoteca Valenciana y la Biblioteca Valen-
ciana. Y con la de muchas personas que creyeron en el proyecto y nos han
ayudado a desarrollarlo.
La exposición está estructurada en torno a tres grandes secciones: la
primera dedicada al Centro de Estudios Históricos (CEH), a su director,
Ramón Menéndez Pidal, y a sus principales colaboradores; la segunda,
centrada en la Sección de Filología, recorre sus proyectos más importan-
tes, mientras que la tercera detalla el nacimiento, el desarrollo y la historia
de la Revista de Filología Española, con sus distintas etapas: su brillante
arranque, sus dificultades en la posguerra, su recuperación posterior y su
evolución hasta la era de la difusión en la red. Se incluyen tres audiovi-
suales anteriores a la Guerra Civil que permiten conocer a aquellos inte-
lectuales —el fragmento de ¿Qué es España?, «La colmena científica»,
La Revista de Filología Española: tradición y presente 293

Figura 1. Cartel de la exposición.

dedicado al Centro de Estudios Históricos de la Junta para Ampliación


de Estudios, donde nació la revista—, algunas de sus investigaciones de
campo —bailes folclóricos de Cantabria y Asturias, y una película sobre
la recogida del azafrán en La Roda, grabados en el contexto del Archivo
de la Palabra y las Canciones Populares—, más una emotiva entrevista de
Jesús Hermida a Tomás Navarro Tomás grabada en 1974, cuando ya había
cumplido noventa años.
Hemos privilegiado el papel histórico de la RFE como órgano de difu-
sión de los trabajos de los filólogos del Centro de Estudios Históricos,
como escaparate de la investigación que hacían «para mantener activamente
una participación necesaria en la discusión de los problemas actuales de
la filología», como nexo con los colegas extranjeros, como instrumento
de difusión bibliográfica hacia el mundo hispánico y como vehículo de
actualización y dinamización de la Filología Española.
294 Pilar García Mouton

Navarro Tomás escribía en 1922:


la revista ha conseguido constituirse en un instrumento de trabajo que no sólo
representa una parte considerable de la actividad del Centro de Estudios Históri-
cos, sino que es además un órgano de comunicación regular y constante entre los
eruditos españoles y extranjeros que se preocupan del estudio de estas cuestiones
(Navarro 1922)1.

Porque estaban convencidos de que así conseguían «entre la Sección


y las personas o Corporaciones que se dedican á estos mismos estudios,
una comunicación regular que sólo se logra eficazmente por medio de una
publicación periódica».
Es evidente que en esta exposición resultaban imprescindibles nombres
que seguimos pronunciando con respeto: Ramón Menéndez Pidal, Tomás
Navarro Tomás, Américo Castro, Amado Alonso, Federico de Onís, José
Fernández Montesinos, Rafael Lapesa, Dámaso Alonso, y tantos otros. Los
nombres importantes de la Filología Española que se agruparon en torno a
la revista y la nutrieron con sus trabajos, sus reseñas, la importante biblio-
grafía que construyeron, las Noticias que difundían en las últimas páginas
de cada trimestre y los anuncios de las traducciones y los libros que iban
publicando para poner al día la ciencia española.
Hemos reunido las revistas que sirvieron de inspiración a Menéndez
Pidal y a Navarro Tomás para decidir cómo sería la suya, la de la Sección de
Filología, así como los primeros números de la RFE, que permiten seguir su
evolución tipográfica y científica. Aunque nunca figuró como tal, sabemos
del ímprobo trabajo de Navarro Tomás como gerente por difundirla, por
conseguir suscripciones (la primera, la de Unamuno) y de su esfuerzo por
hacerla rentable a través de la venta, de los intercambios y de los libros
enviados para reseña (Pérez Pascual 2015: 100-101). El tres de agosto de
1914, pocos meses después de publicarse los primeros cuadernos de la RFE,
Navarro escribe a Menéndez Pidal: «Hemos hecho un trato con el editor
de la Romania el cual publicará en su revista una página para anunciar la
nuestra y nuestros libros, a cambio de una página en la Revista de Filología
Española donde él pueda anunciar lo suyo».
La RFE nutría, como ha seguido haciéndolo, la biblioteca del Centro,
una biblioteca en la que hemos estudiado muchos de nosotros. En la memo-
ria que Navarro Tomás escribe sobre la revista en 1922, señalaba: «Entre

Tomo las citas de esta memoria de Navarro Tomás de 1922; de la siguiente, de


1

1923; y de las cartas, de las transcritas por José Ignacio Pérez Pascual (2015: 91-141) en
su capítulo del catálogo.
La Revista de Filología Española: tradición y presente 295

Figura 2. Imagen completa del cartel original de Giménez Caballero.

los 85 cambios que actualmente tenemos puede decirse que figuran todas
las revistas importantes sobre estas materias a las cuales sería necesario
estar suscriptos si el Centro no las recibiese por ese medio. La suma a que
ascendería el coste de estas suscripciones sería 1659 pesetas».
Es evidente que sus responsables tenían especial empeño en demostrar
que la revista no era deficitaria. Por esta memoria de Navarro Tomás sabe-
mos que, aunque fueron aumentando las suscripciones y los intercambios,
en 1923 tuvieron que reducir la tirada para ahorrar y que, si bien los autores
externos cobraban a cinco pesetas la página, los del Centro no cobraban.
Como curiosidad, señala Pérez Pascual (2015: 105-107) que entre quienes
más habían «cobrado en 1922 figuran Vicente García de Diego, con 270
pesetas, y Pedro Henríquez Ureña, con 157»; al año siguiente los que más
cobraron fueron Erasmo Buceta, José Fernández Montesinos, Fritz Krüger,
Leo Spitzer y Max L. Wagner.
296 Pilar García Mouton

Los materiales conservados en el CCHS del CSIC, en el Archivo de


José Fernández Montesinos, que fue secretario de la revista, han permitido
mostrar cómo se hacía materialmente, cómo entregaban sus originales los
autores, cómo corregían sus pruebas Menéndez Pidal, Navarro Tomás, Spit-
zer, etc., y ofrecer una muestra de aquellas galeradas. Desde el principio,
en la edición de la RFE se tuvo a gala un exquisito cuidado editorial que
hemos procurado mantener.
Como es lógico, la exposición destaca lo más visual —el despacho
de Menéndez Pidal; los aparatos, algunos portátiles, del entonces revo-
lucionario Laboratorio de Fonética de Navarro Tomás; los discos y las
fotografías del Archivo de la Palabra, y los fondos inéditos, especialmente
los pertenecientes al Fondo Rodríguez-Castellano, del Atlas Lingüístico
de la Península Ibérica; las colecciones de textos; los materiales de estu-
dio de los cursos para profesores extranjeros de español, con las fotos de
algunos cursos, etc.—, todo entretejido en torno a la revista en la que se
iba reflejando el avance de las investigaciones (García Mouton/Pedrazuela
Fuentes 2015).
La imagen de la exposición está tomada de un conocido cartel de
Giménez Caballero que representa su visión del universo intelectual espa-
ñol a finales de los años veinte del siglo pasado. En ella, al Sol de Urgoiti,
dibujado como un verdadero sistema solar, contrapone el de ABC de Luca
de Tena, con una franja lateral derecha titulada «la nebulosa de la Acade-
mia», algunos cometas destacados como Valle Inclán y, en medio de todo,
varios planetas, el mayor el de Menéndez Pidal y la Revista de Filología
Española con sus satélites: Navarro Tomás, Castro, Albornoz, Serís, Reyes,
Onís, García de Diego, Solalinde, Montesinos, Dámaso Alonso, Amado
Alonso, etc.
Hago un inciso para agradecer a la Editorial CSIC la publicación, en un
tiempo récord, del catálogo, un catálogo que no está pensado para seguir
al pie de la letra la exposición, sino para contextualizar sus contenidos. El
catálogo, que acaba de ponerse a la venta, reúne la mayor parte del mate-
rial gráfico de la exposición y está compuesto por los siguientes trabajos:
Leoncio López-Ocón se ocupa de «La dinámica investigadora del Centro
de Estudios Históricos de la Junta para Ampliación de Estudios» (pp.
19-53); Mario Pedrazuela redacta el capítulo titulado «La modernización
de los estudios filológicos en España: la Sección de Filología del Centro
de Estudios Históricos» (pp. 55-89); José Ignacio Pérez Pascual hace una
«Breve historia de la Revista de Filología Española» (pp. 91-141); Ángel
Gómez Moreno se centra en «La Edad Media en la Revista de Filolo-
La Revista de Filología Española: tradición y presente 297

gía Española» (pp. 143-174); Pilar García Mouton se encarga de «Los


trabajos del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica y la Revista de
Filología Española» (pp. 175-208); Mariano Quirós, el nuevo secretario
de la revista, estudia la importancia que los filólogos del CEH daban a
la bibliografía en «“El pueblo que se aísla no tiene derecho a vivir”. La
sección de Bibliografía de la Revista de Filología Española (1914-1937)»
(pp. 209-240), y Carlos Domínguez firma unas páginas sobre «El Boletín
de la Real Academia Española (BRAE)» (pp. 241-255), publicación coe-
tánea de la RFE.
La Revista de Filología Española adoptó desde el principio un sobrio
diseño tipográfico que, en la medida de lo posible, se ha mantenido, a
pesar de los cambios de los institutos del CSIC en los que se ha editado:
el Instituto «Miguel de Cervantes», el Instituto de Filología, el Instituto
de la Lengua Española y actualmente el Instituto de Lengua, Literatura y
Antropología. Y también a pesar de los cambios que el Servicio de Publi-
caciones del CSIC impuso a partir del volumen LXXVI (2006), porque con
tenacidad conseguimos conservar sus señas de identidad.
Aunque pronto contaron con contribuciones de los mejores filólogos
extranjeros, la primera RFE se concibió como órgano de difusión de la
Sección de Filología, y se hizo básicamente a partir de los trabajos de
Menéndez Pidal y de su equipo. En otros sitios he señalado que los actuales
criterios para establecer la calidad de las publicaciones científicas valo-
rarían negativamente el hecho de que casi toda la revista la firmaran los
colaboradores del CEH y, sobre todo, sus responsables; por suerte en aquel
momento «nuestras revistas se ganaban en el terreno científico un prestigio
que era su capital, el que las situaba en una posición determinada, y las
redes de relaciones profesionales y la adecuación de las investigaciones a
la línea de la revista justificaban la nómina de sus autores» (García Mouton
2012: 294). Los cuadernos trimestrales «permitían seguir los avances en los
temas en los que la Sección de Filología, con su director Ramón Menéndez
Pidal al frente, volcaba sus intereses filológicos para investigar en lengua,
literatura e historia los orígenes y el desarrollo de la cultura peninsular
identitaria» (García Mouton 2010: 576).
Muchos años después, al recordar el trabajo hecho, escribía Navarro
Tomás (1968-1969: 22-23): «En 1936, al cesar en su labor, el Centro había
producido un extraordinario número de publicaciones y tenía en marcha
empresas de eminente interés. Sólo la Revista de Filología contaba ya con
22 volúmenes».
298 Pilar García Mouton

Para llegar a imprimir el último de aquellos veintidós volúmenes


lucharon denodadamente Tomás Navarro Tomás, desde Valencia, y Rafael
Lapesa en Madrid. La correspondencia conservada resulta muy expresiva
(Pérez Pascual 2015)2:
Hemos salvado el cuaderno de la Revista de Filología Española que había
quedado en la encuadernación de la Imprenta de Hernando. Vamos a hacer su
reparto en estos días. Además estamos preparando otro cuaderno que se va a
componer en Valencia. Están aquí Montesinos y Dámaso Alonso y, aun cuando
carezcamos de muchos elementos, nos esforzaremos en mantener la continuidad
de la Revista. La normalidad en Valencia es completa y se podría trabajar si
tuviéramos aquí los materiales del Centro (carta de Navarro a Menéndez Pidal,
21/1/1937).
Estoy de acuerdo con usted en que es necesario aumentar el número de páginas
impresas para el cuaderno próximo elevándolas hasta las ciento doce (siete plie-
gos) que ordinariamente le damos. Le he enviado unas reseñas de Rosenblat. Tal
vez resultan más extensas de lo necesario dada nuestra costumbre. Como verá
usted yo he tachado algunas líneas y aun así me parece que quedan demasiado
largas. En todo caso en las circunstancias actuales está justificado que proceda-
mos con un criterio algo más amplio. Aún seguiré enviándole otras reseñas pero
no serán bastantes para llenar las páginas que faltan hasta los siete pliegos. Creo
que convendría incluir en ese mismo cuaderno el artículo de Buceta, Juicio a
Carlos V, que según dice usted hace doce galeradas. Con esto y con las reseñas
podría quedar el cuaderno completo.
Para el cuaderno próximo habrá bastante original con un abundante manojo de
notas etimológicas de Spitzer que tenemos aquí y con la Propaladia de Moñino
que se ha hecho tres veces más extensa de lo que era. Acaso convenga que ponga
usted sus notas etimológicas en el cuarto cuaderno para que no se junten con
las de Spitzer en el siguiente. En este caso tal vez podría retirarse el artículo de
Buceta para el cuaderno primero sustituyéndolo por el de usted.
Si acaso se decidiese usted a corregir por si mismo las pruebas de Espinosa
podríamos ganar tiempo pero supongo que es darle demasiado trabajo con lo
ocupado que le tendrán los exámenes (carta de Navarro a Lapesa, 31/5/1937).

En mayo de 1937, Lapesa había informado a Navarro de que «[a]caban


de llegar las pruebas de la Revista» (carta de Lapesa a Navarro, 20/5/1937);
pero necesitaban papel para imprimirla, para el interior y para la cubierta
(«Hacemos gestiones para enviarles las nueve resmas de papel que necesi-
tan para el cuarto cuaderno», carta de Navarro a Lapesa, 31/5/1937):
Terminada la impresión en Madrid del tomo XXIV, cuaderno 4.º, de la Revista de
Filología Española, el delegado de la Junta en el Centro de Estudios Históricos ha

2
Las transcripciones de las cartas las tomo de las de Pérez Pascual en el catálogo.
La Revista de Filología Española: tradición y presente 299

solicitado de esta comisión el envío urgente de papel para las cubiertas de dicha
revista. Adquirido este material en Valencia, ruego a V. I. se digne dar las órdenes
necesarias para el traslado a Madrid de los dos rollos que están dispuestos en
esta Secretaría con aquel objeto (oficio dirigido al Subsecretario de Instrucción
Pública, 7/7/1937; JAE/164-305, 431/59, cit. por Pérez Pascual 2015:115).

Finalmente, según consta en la contracubierta del último cuaderno del


tomo XXIII (1936), este se imprimió en julio de 1937. Cuenta Navarro que
poco después los bombardeos destruyeron la imprenta:
El último cuaderno, con el que quedó interrumpida hasta después de la guerra
civil, se publicó bajo el bombardeo de Madrid, pocos días antes de que la imprenta
de la Editorial Hernando en que se confeccionaba fuera destruida por los cañones
antirrepublicanos (Navarro Tomás 1968-1969: 22).

Preocupado por el retraso de la revista, Navarro escribe desde Valencia


a Menéndez Pidal en julio del 37. En diciembre le cuenta a Dámaso Alonso
cómo intenta retomarla:
Como la revista se encuentra muy atrasada me parece que debiéramos todos hacer
un esfuerzo para hacer avanzar los cuadernos que ya debieran haberse publicado.
Lapesa nos señala para avergonzarnos la regularidad del Archivo de Arte. Creo
que somos bastantes para hacer que la Revista se ponga al día si nos decidimos en
serio a normalizar este asunto. Hable usted con Alarcos, Moñino, Gili, Millares y
demás compañeros y díganme lo que hayan acordado. ¿Qué original tiene Alarcos
para los cuadernos próximos? Veo la preocupación, perfectamente justificada del
amigo Larrea por lo que se refiere al futuro de la Revista (carta de Navarro a
Dámaso Alonso, 21/12/1937).

Sabemos lo que pasó después. Y conocemos la carta de Amado Alonso


a Menéndez Pidal, del 8/3/1939, sobre el incierto futuro de la revista, sugi-
riéndole «que bien podría, objetivamente hablando, salvarse la RFE publi-
cándola fuera: Buenos Aires-Nueva York. Desde luego nada de dar a su
publicación ninguna significación antisituacional. Sólo seguir nuestra labor
científica […]. Espero en mi alma que no sea (o fuere) ningún peligro para
usted seguir siendo su director». Y que Menéndez Pidal contestó diez días
después, el 18/3/1939, con una larga carta en la que decía: «Yo agradecería
infinito a usted, y a los demás amigos, si quieren no amargarme más de
lo que estoy (como espero de su bondad que querrán), que no hagan nada
que dificulte la pacificación».
Fue entonces cuando Amado Alonso decidió fundar la Revista de Filo-
logía Hispánica, editada en el Instituto de Filología de Buenos Aires, la
revista hermana de la primera RFE que publicó ocho volúmenes entre 1939
300 Pilar García Mouton

y 1946. Obligado Amado Alonso a abandonar Argentina, fue la Nueva


Revista de Filología Hispánica, fundada en México en 1947, con el apoyo
de Alfonso Reyes, la que mantuvo la tradición del CEH.
Después del volumen correspondiente al año 37, cerrado en 1940 con
dos equipos distintos, la RFE reaparece en 1941. Los años de García de
Diego como responsable resultan olvidables. En el volumen XXXI (1947),
junto a artículos de filólogos que ya habían colaborado en ella antes de
la guerra (Leo Spitzer o Samuel Gili Gaya), aparecen trabajos de Manuel
Alvar, Emilio Alarcos Llorach y Fernando Lázaro Carreter, una nueva gene-
ración que apenas rondaba los veinticinco años. Dámaso Alonso sería quien
impulsó los cambios, ya que reforzó su línea científica e intentó abrir la
revista al exterior y «al exilio exterior e interior (coincidiendo en el tiempo
con la tímida apertura protagonizada en el plano educativo y científico
por el ministro Joaquín Ruiz Jiménez)». De hecho, en 1949 Manuel San-
chís Guarner firma un trabajo en la RFE; en 1950 Menéndez Pidal publica
«Modo de obrar el sustrato lingüístico» y al año siguiente «Chamartín»;
en el volumen XXXV (1951) publica Amado Alonso «Identificación de
gramáticos españoles clásicos» y en el de 1952 aparece un texto póstumo
suyo («“O cecear cigano de Sevilla”, 1540»), junto a la necrológica que le
dedicó su amigo Dámaso Alonso.
En 1954 se produjo el cambio de equipos y es al año siguiente cuando
se lee en el volumen XXXIX la primera nota explícita sobre el sistema de
evaluación en la revista: «La publicación de los artículos en la RFE, previo
informe de dos lectores, especialmente designados para cada trabajo, la
acuerda la Redacción». En 1964 celebran los cincuenta años de la revista
y se publica en el tomo XLVII, «Medio siglo de la Revista de Filología
Española», con una extensa bibliografía de Ramón Menéndez Pidal. En los
años 70 se observan claras irregularidades en la edición: a veces se publican
con normalidad los dos números al año; otras, uno; o, como ocurre en los
años 1974-1975, se reúnen dos años en uno. A esta situación debieron con-
tribuir «sin duda, los problemas de salud de Dámaso Alonso, pero también
el cambio en la consideración académica de la disciplina y la aparición de
nuevas revistas» (García Mouton 2012: 292), lo que motivó que el número
de originales disponibles disminuyese considerablemente. En el volumen
LX, correspondiente a los años 1978-1980, se anuncia el cese de Dámaso
Alonso, por razones administrativas, y cambios inminentes. Como bien
apunta Pérez Pascual (2015: 132), «Quizás la confusión que rodea esos
momentos explique que la desaparición de don Tomás Navarro, en 1979,
no mereciese un obituario en la revista a la que dedicó tanto esfuerzo».
La Revista de Filología Española: tradición y presente 301

Manuel Alvar, subdirector desde 1967, aparece como director a partir


del volumen LXI (1981), con Concepción Casado Lobato como secretaria.
Comienza otra etapa de la RFE, en la que —son palabras de Alvar— se
trataba de «recuperar a los hombres que, por causas ajenas a la ciencia,
quedaron separados» de ella y de «dar continuidad a la obra de Menéndez
Pidal y sus discípulos y heredar, sin ruptura, todo lo que prestigió a la cien-
cia filológica de España» (Alvar/García Mouton 1988: 2003). Poco a poco
la revista fue recuperando puntualidad, con dos entregas al año. En 1987
cambian significativamente el organigrama y la presentación formal de la
RFE, y se nombra secretaria a Pilar García Mouton. Fue en esos años cuando
empezó a dejarse sentir la presión del CSIC para que la revista se adecuara a los
criterios internacionales que se exigían a las publicaciones periódicas especializa-
das. Además de conseguir una estricta puntualidad, hubo que conjugar el trabajo
científico de edición con la introducción de pequeños cambios formales necesarios
(resúmenes y palabras clave en inglés, cabeceras de identificación determinadas,
etc., etc.) (García Mouton 2012: 293).

En 1999 se producen modificaciones en la RFE y, desde el volumen


LXXX (2000), Manuel Alvar deja su puesto a Antonio Quilis, cuyo nombre
como director se mantiene en la cabecera hasta el número de 2005, pese a
haber fallecido en 2003. A partir de entonces dirige la revista Pilar García
Mouton. El volumen LXXVI, de 2006, aparece algo transformado en su
aspecto externo, como ocurrió con las demás revistas del CSIC. Y desde
2007 empieza a funcionar una versión electrónica de la RFE que va a per-
mitir leer y descargar contenidos de los números publicados desde 1954,
mientras las nuevas entregas sufren un corto embargo de seis meses antes
de ofrecerse en acceso libre. En este entorno, la revista «ha experimentado
un aumento sustancial en el número y en la calidad de los originales que
recibe, lo que en parte se puede atribuir a su indexación en los principales
índices internacionales» (García Mouton 2012: 293).
La RFE ha tratado de «equilibrar el respeto a la tradición» con las
transformaciones experimentadas por los estudios filológicos:
el concepto mismo de «Filología», fragmentada hoy en temas lingüísticos y temas
literarios, ha perdido en parte aquella aura de prestigio que lo rodeaba cuando
Menéndez Pidal y sus discípulos eran reclamados desde Estados Unidos; el pres-
tigio se ha desplazado hacia enfoques teóricos mucho más orientados hacia la
sincronía y la lingüística teórica (García Mouton 2012: 294).

La tradición en la que se enmarca la Revista de Filología Española


es bien conocida. La Filología actual ya no es la misma, pero sí lo es el
302 Pilar García Mouton

interés por su proyección histórica y por el rigor en el trabajo científico.


Siempre es bueno volver la vista atrás, conocer nuestra historia y a quienes
la hicieron, y contarla. La exposición La ciencia de la palabra. Cien años
de la Revista de Filología Española repasa el camino de los filólogos que
fundaron la revista y la hicieron crecer, al tiempo que muestra su entorno
y sus principales logros. Como señalamos en la inauguración, después de
cien años, nos sentimos cercanos a ellos y herederos de aquel entusiasmo
suyo por hacer avanzar, con una visión social y aplicada, la ciencia de la
palabra, la Filología.

Bibliografía
Alvar, Manuel y Pilar García Mouton (1988): «Revista de Filología Española»,
Romanische Forschungen, 100, 197-203.
García Mouton, Pilar (2010): «La Revista de Filología Española», en Mar-
tin-D. Glessgen et al., «Tribune Libre-Débat», Revue de Linguistique Romane,
74, 565-587.
— (2012): «La Revista de Filología Española en el contexto románico», Critica
del testo, XV/3, 287-296.
— y Mario Pedrazuela Fuentes, eds. (2015): La ciencia de la palabra. Cien años
de la Revista de Filología Española, Madrid, CSIC.
Navarro Tomás, Tomás (1968-1969): «Don Ramón Menéndez Pidal en el Centro
de Estudios Históricos», Anuario de Letras, 7, 9-24.
Pérez Pascual, José Ignacio (2015): «Breve historia de la Revista de Filología
Española», en Pilar García Mouton y Mario Pedrazuela Fuentes, eds., La cien-
cia de la palabra. Cien años de la Revista de Filología Española, Madrid,
CSIC, 91-141.
La evolución del concepto de filología desde
la Revista de Filología Española*

Alberto Montaner Frutos


Universidad de Zaragoza

Resumen. Ni Menéndez Pidal ni sus discípulos ofrecieron de modo programático


una definición de Filología. Al abordar la concepción de la misma que inspiró la
Revista de Filología Española es preciso guiarse por fuentes indirectas y, sobre
todo, operar por inducción a partir de la política editorial de la propia publica-
ción. A partir de ahí, se puede establecer la evolución de dicho concepto desde
la fundación de la revista hasta la actualidad, poniéndola en relación con otras
reflexiones teóricas al respecto.
Palabras clave. Filología, epistemología, Ramón Menéndez Pidal, Centro de
Estudios Históricos, Revista de Filología Española.

Abstract. Neither Menéndez Pidal nor his disciples offered a programmatic defi-
nition of Philology. When approaching the conception of the discipline which
inspired the Revista de Filología Española, it is necessary to be guided by indirect
sources and, above all, to operate by induction based on the editorial policy of
the publication itself. From there, it is possible to establish the evolution of this
concept from the foundation of the journal until now, putting it in relation with
other theoretical reflections on the matter.
Keywords. Philology, Epistemology, Ramón Menéndez Pidal, Centro de Estudios
Históricos, Revista de Filología Española.

Cuando apareció la Revista de Filología Española sus promotores no


sintieron la necesidad de hacer ninguna declaración de tipo institucional

* El presente trabajo se inscribe en las actividades del Proyecto de I+D del Programa
Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia del Ministerio
de Economía y Competitividad (con cofinanciación de fondos FEDER) FFI2015-64050-P:
Magia, Épica e Historiografía Hispánicas: Relaciones Literarias y Nomológicas.
304 Alberto Montaner Frutos

en la que se determinase el campo de trabajo hacia el que se proyectaba la


nueva publicación ni concretase qué entendían por filología1. Para Ramón
Menéndez-Pidal y sus inmediatos discípulos esto resultaba, sin duda, una
obviedad que los eximía de escudriñar un concepto que ni a los especialistas
ni a la mayor parte del público culto del momento les suscitaba particulares
dudas. Para esas fechas, al menos, los filólogos españoles considerarían
indudablemente correcta en sus aspectos fundamentales la definición que
la Real Academia Española había modificado en la edición de 1884 de su
diccionario de referencia y que se mantenía en la de ese mismo año 19142:
Filología. (Del gr. φιλολογία) Estudio y conocimiento del lenguaje y de cuanto
pertenece a la literatura o bellas letras, y aun a otros ramos del humano saber.
|| Particularmente y con más frecuencia, estudio y conocimiento de las leyes
etimológicas, gramaticales, históricas y lexicológicas de una o varias lenguas. ||
comparada, o comparativa. Lingüística.

La redacción de esta entrada combina dos planteamientos que convi-


vían y, hasta cierto punto, competían en el ámbito intelectual del cambio
de siglo. La primera acepción, inspirada por Valera y, hasta cierto punto,
por Menéndez Pelayo, asume un planteamiento de raigambre humanística,
pero acentuando el componente lingüístico que caracteriza la filología deci-
monónica. La segunda está, junto a la remisión final, directamente basada
en esta última, particularmente en su formulación neogramática, y segura-
mente fue propugnada por otro académico, Francisco de Paula Canalejas,
hoy menos conocido, pero influyente y polémico en su momento. Aunque
no propiamente incompatibles entre sí, esta dualidad de planteamientos,
uno con un neto componente histórico-literario y otro específicamente lin-
güístico, van a condicionar el devenir de la disciplina e incluso a provocar
algunos equívocos.
Interesa, a este respecto, la siguiente consideración de Lázaro Carreter
(1968 [1953]: 187): «La edición y estudio del Cantar de Mio Cid, reali-
zados por Menéndez Pidal, son una buena muestra de trabajo filológico;
los Orígenes del español, del mismo autor […] deben ser clasificad[o]s
como trabajos lingüísticos»3. Sin duda, la edición pidaliana del Cantar de

1
Sobre la disciplina véase, en orden ascendente de concreción, Rubio Tovar (2004),
Portolés (1986), Abad Nebot (2010) y García Mouton (2007).
2
Para un análisis de esta definición y de la postura de compromiso que representa,
puede verse Montaner Frutos (2010, especialmente pp. 173-179).
3
Las obras a las que se refiere son: Ramón Menéndez Pidal, Cantar de mio Cid: Texto,
gramática y vocabulario, Madrid, Bailly-Baillière e hijos, 1908-1911; reimpresión con
La evolución del concepto de filología desde la rfe 305

mio Cid es un acabado modelo de lo que se podía entender por filología


al amparo de la primera acepción definida en el DRAE, incluso más allá
del planteamiento sustentado por sus promotores. En efecto, en esa obra
señera se unen la lingüística diacrónica puesta a punto por el comparatismo
de inspiración darwinista en la línea de Schleicher4; una ecdótica no lach-
manniana practicada en las limitadas condiciones del codex unicus5, pero
teniendo debidamente en cuenta la tradición indirecta (tras una filiación de
las crónicas alfonsíes que comenzaría a desbrozar la selva textual de refun-
diciones, versiones y adaptaciones)6 y una historiografía literaria atenta no
solo, como venía siendo el uso, a las circunstancias externas (que en este
caso inciden sobre todo en las coordenadas espaciotemporales de composi-
ción), sino, de forma capital, al funcionamiento interno del texto literario.
El resultado, como es bien sabido, consiste en una precisa edición
paleográfica, a la que las revisiones posteriores, incluso con las técnicas
más modernas, no han podido aportar más que correcciones de detalle
(cf. Montaner 2009); una edición crítica mucho mejor fundamentada y
mucho más coherente con los mecanismos internos del texto que todas las
que la precedieron (e incluso que varias de las que la sucedieron, por más
que hoy no podemos aceptar todos sus fundamentos), un estudio históri-
co-lingüístico que sigue siendo válido en muchos aspectos (cf. Rodríguez
Molina 2018) y otro histórico-literario que, aunque demasiado vinculado a la

adiciones, Madrid, Espasa-Calpe, 1944-1946; y Orígenes del español: Estado lingüístico


de la Península Ibérica hasta el siglo XI, Madrid, Centro de Estudios Históricos, Junta
para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, 1926 (Anejos de la Revista
de Filología Española, 1); 2.ª ed. corregida y aumentada 1929; 3.ª ed. muy corregida y
aumentada, Madrid, Espasa-Calpe, 1950.
4
A este respecto, téngase en cuenta que el darwinismo de Schleicher ha sido matizado
por Maher (1966).
5
Menéndez Pidal fue ajeno tanto a la aplicación del método lachmanniano hecha por
Gaston Paris (pese al influjo del romanista francés sobre el español) como a la discusión
teórica suscitada por Joseph Bédier. Por ejemplo, la preferencia de don Ramón por un
codex optimus en el caso de la Estoria de España alfonsí (publicada como Primera Crónica
General de España. Edición de Ramón Menéndez Pidal, Madrid, Bailly-Baillière, 1906
[Nueva Biblioteca de Autores Españoles, 5]), se debe más bien a la procedencia del
escriptorio regio del usado como base (los mss. escurialenses Y-i-2 y X-i-4), que a criterios
estrictamente ecdóticos. En esa misma edición, el empleo de otros testimonios manuscritos
responde a una actitud ecléctica propia de la tradicional emendatio ope codicum y no a
la aplicación de un stemma, ni siquiera como elemento de control, en la línea de Bédier.
6
Vid. Catalán (1997). Los trabajos pioneros de don Ramón sobre este tema fueron
«El Poema del Cid y las Crónicas Generales de España», Revue Hispanique, XVI (1898),
435-469, y Crónicas generales de España, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1898.
306 Alberto Montaner Frutos

concepción romántica de la épica, sigue siendo útil, así como una anotación
(por vía del vocabulario anejo) que reformulaba la tradición humanística
del comentario bajo un prisma más arqueológico, propio del historicismo
positivista, aunque iniciado ya desde planteamientos románticos7. Mucho
después de su aparición, el propio don Ramón consideraba, con justeza,
uno de los méritos esenciales de la versión inicial de su edición y estudio
del Cantar de mio Cid el haber sabido «considerar inseparables la historia
lingüística con la historia literaria (crónicas métricas, poesía épica) y con
la historia política y social (personajes, instituciones, sucesos)»8.
Este planteamiento, que entroncará, en el seno del Centro de Estudios
Históricos, con la corriente de Historia de las Civilizaciones en la línea de
la Kulturgeschichte germánica que practicaban los integrantes de la sección
de Historia9, responde también a un planteamiento cuyo influjo no hará
sino acrecentarse en la labor de los discípulos de don Ramón. Me refiero
a la corriente conocida por método de «las palabras y las cosas» (Wörter
und Sachen), que postula la necesidad de estudiar la historia de la lengua
en paralelo a la historia de la cultura, como única aproximación capaz de
explicar las transformaciones del léxico, más allá de las modificaciones del
significante debidas a la acción de las «leyes» fonéticas. Estos postulados,
desarrollados por autores que Menéndez Pidal conocía muy bien, como
Gottfried Baist y Wilhelm Meyer-Lübke (cf. Pérez Pascual 1998: 32), están
en la base de lo que será la semántica y constituyen una de las principales
innovaciones frente al mecanicismo e inmanentismo de los neogramáticos,
una postura que se da también en la filología pidaliana:

7
Recuérdense a este respecto las grandes obras de Eugène-Emmanuel Viollet-le-Duc,
Dictionnaire raisonné de l’architecture française du XIe au XVIe siècle, París, Bance-
Morel, 1854-1868, y Dictionnaire raisonné du mobilier français de l’époque carlovingienne
à la Renaissance, París, Vve A. Morel et Cie., 1858-1875 (cuyos respectivos contenidos
desbordan ampliamente la arquitectura y el mobiliario). De hecho, don Ramón utilizó el
segundo diccionario para el vocabulario contenido en el volumen II de su edición.
8
Citado por Pérez Pascual (1998: 36). La frase no se refiere estrictamente a la edición
de 1908-1911, sino a su versión inicial, que había ganado el concurso convocado por la Real
Academia Española en 1893, pero se le puede aplicar aún con más razón a la publicación
posterior. Sobre el concurso académico y los planteamientos filológicos de don Ramón en
ese momento, puede verse Montaner Frutos (1999).
9
López Sánchez (2007). Como señala en la página 123, «El CEH se caracterizó
también por una amplia práctica historiográfica, es decir, la historia de España podía y
tenía que ser descubierta a través de su lengua, su arte, su Derecho y cualquier otro tipo
de manifestación de su civilización».
La evolución del concepto de filología desde la rfe 307

El sentido general más característico de la obra lingüística que cumplieron Menén-


dez Pidal y sus discípulos directos fue el de la falsación del positivismo estricto
mediante la apelación a los factores históricos, culturales, de serie literaria, etc.,
que inciden en la historia idiomática. Por supuesto lo lingüístico existe en sí en
buena medida —pues consiste en un código comunicativo inmanente—, pero
no existe sólo en sí, sino en una situación elocucional, histórica, geográfica…
Además de códigos, las lenguas son tradiciones, manifestación de cultura, etc.
(Abad Nebot 2010: 92).

Ahora bien, el hecho de que la edición del poema cidiano sea un expo-
nente paradigmático de lo que Menéndez Pidal y sus discípulos podían
entender como la máxima expresión de la filología no significa que, desde
la perspectiva coetánea, los Orígenes del español no lo fuesen también, pese
a que se ocupasen exclusivamente de cuestiones lingüísticas (de fonética
histórica, en particular). Esto se debe, tanto a la mencionada ambivalencia
conceptual de la filología como a que ambas orientaciones (la literaria y
la más lingüística) se adscribían en este momento a un común paradigma
historicista y no es de extrañar que, en el ámbito de la Junta para Ampliación
de Estudios, la Sección de Filología formase parte del Centro de Estudios
Históricos.
Del mismo modo, en la Revista de Filología Española, publicación del
Centro, conviven sin tensiones una orientación filológica con otra histó-
rico-literaria y en parte histórico-cultural, en sentido amplio, como ya he
mencionado. De hecho, en el primer número de la revista aparece incluso
una aportación al vocabulario jurídico de corte netamente institucionalista,
realizada por Pedro González Magro, uno de los discípulos de Sánchez
Albornoz10. Así pues, la línea de trabajo de la RFE podría calificarse de
armónicamente ecléctica, sobre la base común del rigor establecido en el
ámbito académico por los criterios del empirismo y el historicismo positi-
vistas11. Este eclecticismo tampoco es meramente continuista, pues supone,

10
El autor señala que «Este artículo constituye la introducción a un mapa de estas
instituciones próximo a publicarse en el Centro de Estudios Históricos» (González Magro
1914: 378, n. 1). El mapa se publicó, en efecto, y puede verse reproducido en Puig-Samper,
ed. (2007: 134).
11
A menudo se resalta sobre todo el segundo aspecto, pero la atención al dato
documental primario no puede desligarse de la actitud positivista en el ámbito de las ciencias
experimentales, que a su vez se traduce en la importancia de la encuesta de campo tanto en
el ámbito literario (siendo patente el caso del romancero) como en el lingüístico (sobre todo
en dialectología). Un paso más allá se sitúa la introducción de la fonética experimental, que
llevará a la publicación del célebre e influyente trabajo de Tomás Navarro Tomás, Manual
de pronunciación española, Madrid, Centro de Estudios Históricos, Junta de Ampliación e
308 Alberto Montaner Frutos

en especial en el estudio lingüístico, una verdadera ruptura metodológica


con lo que venía siendo su práctica en España. A cambio, se produce cierta
persistencia temática y (sobre todo en el análisis literario) también de tra-
tamiento. Esto es comprensible, habida cuenta de que, salvo, precisamente,
por la incorporación de técnicas propiamente filológicas, la historiografía
literaria no había conocido una renovación equiparable a la lingüística.
Esta combinación de actitudes respondía a un planteamiento cons-
ciente de Menéndez Pidal, pues se daba ya en la Sección de «Filología e
Historia Literaria» que el mismo don Ramón había dirigido previamente
en la Revista Crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e
Hispano Americanas. Esto se aprecia hasta en la estructura de la revista,
la cual seguía muy de cerca la disposición de Cultura española (iniciada
en 1906), revista en la que Menéndez Pidal y otros integrantes del Centro
de Estudios Históricos habían colaborado con frecuencia y de la que aquel
supervisaba igualmente la sección filológica12. Tal organización interna era
la siguiente: en primer lugar los estudios o artículos de fondo, a continua-
ción unas notas o artículos menos extensos de tipo misceláneo, luego la
sección bibliográfica, repartida entre las reseñas y un repertorio de nove-
dades clasificado temáticamente, y, ya al final del volumen, una serie de
informaciones breves.
En todo caso, el planteamiento pidaliano que preside la labor de esta
primera generación de filólogos españoles propiamente dichos (formados
de manera organizada en el marco de los estudios universitarios) no se
limitaba a heredar los de sus inmediatos predecesores en el estudio de
ambos campos, el de la literatura y el de la lengua. En efecto, en la labor
del Centro de Estudios Históricos la combinación de lingüística e historia
literaria poseía un nuevo enfoque, puesto que se conjugaban y se aprove-
chaban recíprocamente, en lugar de actuar en paralelo. Esta actitud tiene
su reflejo directo en la elaboración de ediciones filológicamente cuidadas,
tanto en su fijación textual como en su anotación, cuyo modelo último lo
proporcionaba la mentada editio maior del cantar cidiano, pero que también
produjo versiones para su circulación entre un público más amplio, en lo
que Menéndez Pidal y su equipo se mostraron fieles a la voluntad peda-
gógica y regeneracionista de la Institución Libre de Enseñanza, sobre todo

Investigaciones Científicas, 1918; ed. corregida y aumentada, 1926 (Anejos de la Revista


de Filología Española, 3).
12
Cf. Pérez Pascual (1998: 102) y, con más detalle (para ambas revistas citadas),
Albiac Blanco (2010).
La evolución del concepto de filología desde la rfe 309

mediante la prestigiosa colección de Clásicos Castellanos de La Lectura,


que luego se difundiría durante medio siglo gracias a Espasa-Calpe, que
había tomado el relevo en 1930 (cf. Marco García 1992). El ejemplo lo
dio el propio maestro, que publicó su editio minor del Cantar de mio Cid
en 1913 y, más tarde, preparó una versión revisada aparecida en 1944 y
reimpresa en numerosas ocasiones13.
Otro aspecto diferencial era el papel otorgado a la filología como base
y no como (mero) resultado del estudio histórico, de modo que aquella
proporcionase un sustento seguro para la fase heurística, estableciendo la
crítica de los testimonios textuales como paso previo a la aplicación de una
hermenéutica historiográfica. Además, la historia literaria se ofrecía (aun-
que fuese implícitamente) como un modelo para la propia interpretación
histórica, a partir de un enfoque más cultural que político. Este plantea-
miento dará lugar a una nueva obra paradigmática de Menéndez Pidal, La
España del Cid, en 192914. Es esta una obra que en la actualidad suelen
mirar con cierto desdén los historiadores profesionales, pero que, pese a sus
notorios problemas de apreciación (en particular su profunda incompren-
sión de la figura de Alfonso VI y su anacrónica percepción retrospectiva
de España en clave esencialista y, al mismo tiempo, castellanocéntrica)15,
supuso un cambio capital en el panorama historiográfico de la época. Esto
se debe a que, por un lado, se basaba en una escrupulosa crítica de fuentes
(por más que hoy no se suscriba la prelación de las mismas allí establecida),
con una finura prácticamente sin precedentes en el ámbito hispánico, y por
otra, procuraba trascender la mera reconstrucción narrativa de los hechos
para abordar un verdadero ensayo de comprensión histórica de una época,
como subrayó Maravall:
La España del Cid […] es todo menos una biografía […]. Es la Historia de
España entera la que se refleja en sus páginas, toda una amplia situación histórica
presentada, a efectos de construcción sistemática, sobre el centro de imputación

13
Ramón Menéndez Pidal (ed.), Poema de Mio Cid, Madrid, La Lectura (Clásicos
Castellanos, 24), 1913; ed. revisada, Madrid, Espasa-Calpe, 1944; 15.ª ed. [reimpresión],
1980.
14
Ramón Menéndez Pidal, La España del Cid, Madrid, Plutarco, 1929. El texto
fue muy ampliado en su 4.ª ed., Madrid, Espasa-Calpe, 1947. Después no experimentó
grandes cambios, pero sí continuos retoques, hasta la 7.ª ed., aparecida póstumamente en
Madrid, Espasa-Calpe, 1969, lo que revela la constante sintonía de don Ramón con sus
planteamientos en esta obra.
15
Véase al respecto García Isasti (2004). Incide tangencialmente en este punto Juaristi
(2010).
310 Alberto Montaner Frutos

de un personaje cardinal […]. Lo que sí, en cambio, nos ofrece esta obra es una
utilización al máximo de los puntos de vista de la Historia del pensamiento en
el plano de la Historia general […]. Y de este modo la Historia no resulta un
puro capricho hazañoso, sino una continuidad dotada de sentido (Maravall 1960:
106-108)16.

No parece casual que la elaboración de esta obra coincida con un


notable cambio en la definición de filología en el diccionario académico,
que refleja el parecer de don Ramón y sus discípulos al llegar al primer
cuarto de siglo17. El tenor de la nueva entrada lexicográfica es el siguiente:
FILOLOGÍA. (Del lat. philologĭa y éste del gr. φιλολογία.) f. Estudio científico
de una lengua y de las manifestaciones del espíritu a que ella sirve de medio de
expresión. || 2. Estudio científico de la parte gramatical y lexicográfica de una
lengua (Real Academia Española 1925).

Lo primero que destaca en esta redacción es la repetición de científico,


lo que responde a un planteamiento bien arraigado en el Centro de Estudios
Históricos:
La Historia, la Filología, el Derecho y el Arte que fueron investigados en el Centro
de Estudios Históricos tenían, más allá de su programa científico, la misión de
construir ciencia española que fuese capaz de entregar a España y a los españoles
las claves de su trama histórica como nación […]. Creando verdadera ciencia
podría romperse de forma definitiva con los modos de trabajar propios del siglo
XIX y que no habían contribuido de manera definitiva al desarrollo científico del
país. […] a lo largo de los años veinte tanto la vida intelectual como administra-
tiva del centro experimentó un definitivo ímpetu que contribuyó decisivamente
a su consolidación como institución científica de vanguardia en la investigación
humanística en España (López Sánchez 2007: 123-125).

Esta exigencia de cientificidad al mismo tiempo depende y se sustenta


en los aspectos señalados anteriormente: atención al dato primario y con-
trastable18, crítica de fuentes, formulación de principios lingüísticos y de
tendencias literarias e históricas. No es casual, sin embargo, que desapa-

16
Véanse además las pp. 89-99, sobre «el cambio en la manera de entender la Historia»
y «de hacer Historia» que se deben a Menéndez Pidal.
17
Sobre la formación de la decimaquinta edición del diccionario académico y el
papel de los filólogos del CEH, véanse Pérez Pascual (1998: 170) y Montaner Frutos
(2010: 183-184).
18
En adición a lo señalado arriba, recuérdese el preámbulo puesto por don Ramón a
la sección de textos con que se abren los Orígenes del español: «Viendo que los romanistas
[…] aducían sin recelo ni reserva documentos mal copiados en épocas tardías, sentí la
necesidad de acudir exclusivamente a los pergaminos originales de los siglos X y XI» (p. 1).
La evolución del concepto de filología desde la rfe 311

rezcan de la definición la referencia expresa a las leyes y el tono histori-


cista de corte neogramático. Por otro lado, la unión en la misma frase de
dos palabras tan aparentemente opuestas como ciencia y espíritu tiene un
referente más concreto (aunque no totalmente desligado de él) que el viejo
Volksgeist que los románticos creían encontrar en el «genio» de la lengua o
en las producciones del «pueblo», muy particularmente en la epopeya. Se
trata, en efecto, del programa sobre las humanidades formulado en torno
al cambio de siglo de modo destacado, pero no único, por Dilthey, cuya
pretensión era penetrar en el espesor espiritual de los fenómenos (véase
especialmente Dilthey 1961 [1910]).
Tal postura, abiertamente opuesta a la de los neogramáticos, implica un
radical rechazo a aplicar el modelo interpretativo de las Naturwissenschaf-
ten o ciencias naturales a las Geisteswissenchaften o Wissenschaften von
Menschen (ciencias del espíritu, ciencias humanas), tales como filosofía,
psicología, historia o filología, que, a su juicio, no podían basarse, como
las primeras, en la explicación de los fenómenos en términos de causa y
efecto o del paso de lo general a lo particular, sino mediante el estableci-
miento de las relaciones entre la parte y el todo tomado en conjunto, que es
lo que conduce a la Verstehen o comprensión. Habida cuenta de que para
Dilthey (1924), en la estela de Hegel, el Geist o espíritu no constituye una
realidad oculta ni un principio intelectual abstracto, sino que se refiere a
la vida del individuo en su concreto contexto socio-histórico, el filósofo
alemán proponía combinar un enfoque basado en la psicología individual
con otro de tipo socio-histórico, para alcanzar la comprensión de los tex-
tos y los autores en sus contextos. De ahí la importancia de los conceptos
de Erlebnis o experiencia de vida (de un autor dado) (Dilthey 1906) y de
Weltanschauung o cosmovisión (Dilthey 1931), es decir, su percepción del
mundo a la hora de analizar las obras literarias y, en general, los fenómenos
culturales, lo que se manifiesta en el interés de Dilthey y su escuela por
abordar el estudio biográfico de los autores, si bien en términos de biografía
espiritual y no meramente factual19.
La forma en que la recepción de estos principios se advierte tras el
cambio de redacción de la voz filología en el DRAE no es coherente solo
con la trayectoria de Menéndez Pidal, sino con la de varios de sus discípu-

19
Puede verse un resumen de los planteamientos de Dilthey en Maravall (1960: 37-41).
Téngase en cuenta, no obstante, que el espiritualismo antipositivista venía influyendo en
el pensamiento hispánico mucho antes de la recepción de Dilthey; vid. Abad Nebot (2010:
92-95).
312 Alberto Montaner Frutos

los. Quizá el caso más obvio sea el de Américo Castro20, quien, habiéndose
previamente dedicado a trabajos de dialectología y a editar a varios clásicos
españoles21, publica en ese mismo año de 1925 una obra tan innovadora
en muchos aspectos como la dedicada a la cosmovisión cervantina22. Sin
embargo, en su movimiento de la superficie material de los fenómenos
hacia su profundidad espiritual, el planteamiento de Dilthey se alejaba de
la fundamentación lingüística de la filología. Por ello, no será este género
de biografía moral el que triunfe en el seno de la escuela pidaliana, sino
la adopción de la estilística como modo de análisis e interpretación de las
obras literarias en tanto que, precisamente, «manifestaciones del espíritu»23,
pero sin abandonar sus constantes de minuciosidad y rigor científico ni
mucho menos su faceta lingüística24.
Esta modalidad la desarrollará sobre todo la siguiente promoción de
discípulos de don Ramón, que corresponde ya a la Generación del 27, pero
el maestro no dejó de cultivarla en trabajos como el dedicado a la lengua del
siglo XVI25 y, sobre todo, en su inacabada Historia de la lengua española26.

20
Respecto de esta etapa inicial de don Américo y la insuficiencia que suponía para
él la indagación filológica estricta, véase Abad Nebot (2010: 102-104).
21
Baste citar dos de sus publicaciones en el CEH: Américo Castro y Federico de
Onís, eds., Fueros leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma y Alba de Tormes, I: Textos,
Madrid, Centro de Estudios Históricos, Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones
Científicas, 1916; Francisco de Rojas, Cada cual lo que le toca y La viña de Nabot. Ed. de
Américo Castro, Madrid, Centro de Estudios Históricos, Junta para Ampliación de Estudios
e Investigaciones Científicas, 1917.
22
Américo Castro, El pensamiento de Cervantes, Madrid, Centro de Estudios
Históricos, Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, 1925 (Anejos
de la Revista de Filología Española, 6).
23
La filiación de la estilística hispana queda bien de manifiesto en el hecho de
que el volumen primero de la Colección de Estudios Estilísticos dirigida por uno de los
discípulos predilectos de Menéndez Pidal, Amado Alonso, fuese el de los integrantes de
la llamada Escuela de Munich: Karl Vossler, Leo Spitzer y Helmut Hatzfeld, Introducción
a la estilística romance. Traducción y notas de Amado Alonso y Raimundo Lida, Buenos
Aires, Universidad, 1932.
24
Vid. Fernández Retamar (2003 [1958]) y Vázquez Medel (1987: 171-183).
25
Ramón Menéndez Pidal, La lengua de Cristóbal Colón. El estilo de Santa Teresa y
otros estudios sobre el siglo XVI, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1942 (Col. Austral, 280). Se
trata de un avance de la propia Historia de la lengua española, citada en la nota siguiente.
26
Ramón Menéndez Pidal, Historia de la lengua española. Ed. de Diego Catalán,
Madrid, Real Academia Española-Fundación Ramón Menéndez Pidal, 2005, 2 vols. Aparte
del libro referenciado en la nota precedente y de algunos capítulos sueltos publicados en
vida por el autor en forma —por así decir— provisional, solo una de sus secciones había
aparecido previamente en forma de libro: Ramón Menéndez Pidal, La lengua castellana
La evolución del concepto de filología desde la rfe 313

El modelo planteado por Menéndez Pidal en esta última responde a un


designio muy semejante al que animó los trabajos abordados en vísperas de
la fundación de la Revista de Filología Española, mediante la combinación
de la lingüística diacrónica y de la historia literaria, solo que ahora esta se
aparta en mayor medida del modelo decimonónico de Menéndez Pelayo,
para transitar por una vía mucho más cercana al estudio del lenguaje. Como
ha señalado Mainer (2005), «para Menéndez Pidal éste era, sin duda, el
lugar del lenguaje: expresión de una comunidad que se modula al ritmo de
la vida de ésta. Y esto fue, por supuesto, la herencia del legado positivista,
modificado radicalmente por Karl Vossler y el idealismo lingüístico, pero
también fue lo vivido por el autor en su práctica nacional cotidiana»27. Este
mismo planteamiento será el que sustente la historia del español de Rafael
Lapesa28, perpetuando de este modo los planteamientos del maestro y, con
ellos, su concepción de la filología, que ha inspirado toda la trayectoria de
la Revista de Filología Española.
Dicha concepción queda en muy buena parte reflejada en los aspectos
en los que Gumbrecht (2003) ha situado los «poderes» de la filología, no
ya como sinónimo de la suma de estudios literarios y lingüísticos, sino
como una particular forma de realizar los primeros. Según dicho autor, la
filología se caracteriza por la presencia de las siguientes operaciones: la
identificación de fragmentos, la edición de textos, la redacción de comen-
tarios a los mismos y su historificación (es decir, su situación en una pers-
pectiva histórica), así como, fiel a su voluntad humanística, la enseñanza.
Sin duda, don Ramón y sus discípulos del Centro de Estudios Históricos
habrían suscrito esta caracterización, pues, en conjunto, describe muy buena
parte de sus actividades, en particular las del maestro, que practicó todas
esas operaciones. Sin embargo, el planteamiento de Gumbrecht omite un
aspecto importante en la práctica de la filología en la estela pidaliana (y
en otras escuelas europeas), que es el lingüístico, lo que Lázaro Carreter
(1968 [1953]: 187) había formulado así:

en el siglo XVII. Ed. de Diego Catalán y prólogo de Rafael Lapesa, Madrid, Espasa Calpe,
1991 (Col. Austral, A-208).
27
Las reflexiones de Vossler (1904) sobre esta cuestión han de sumarse a otros influjos
(cuyo grado y modalidad está por determinar), como el de Croce, en quien Vossler se
inspira, o el ya mencionado de Dilthey (compárese lo dicho en la nota 19).
28
Rafael Lapesa, Historia de la lengua española. Prólogo de Ramón Menéndez
Pidal, Madrid, Escelicer, 1942; 9.ª ed. revisada, Madrid, Gredos, 1981. Sobre el influjo
del idealismo lingüístico en esta obra y, en general, en los estudios literarios de Lapesa,
véase Mainer (2010).
314 Alberto Montaner Frutos

Modernamente, amplió su campo, convirtiéndose además en la ciencia que estu-


dia el lenguaje, la literatura y todos los fenómenos de cultura de un pueblo o de
un grupo de pueblos por medio de textos escritos […]. El interés por la lengua
hablada, de un lado, y de otro el comparatismo […] dieron origen a una nueva
ciencia, la Lingüística, con la que, de hecho, frecuentemente se confunde la Filo-
logía. Ambas ciencias estudian el lenguaje, pero de distinto modo. La Filología
lo estudia con vistas a la mejor comprensión o fijación de un texto; la Lingüís-
tica, en cambio, centra exclusivamente su interés en la lengua, hablada o escrita,
utilizando los textos, cuando existen y se los precisa, sólo como modelo para
conocerla mejor.

Esta distinción (aunque ajena, como se ha visto, a Menéndez Pidal


y a sus discípulos) es la que fundamenta (adecuadamente, a mi juicio) la
separación efectuada por Lázaro Carreter entre la edición del Cantar de mio
Cid como obra filológica y los Orígenes del español como obra lingüís-
tica. En efecto, puestos a no emplear filología con el sentido lato que se le
otorgaba antes de que el estructuralismo, primero, y el postestructuralismo,
después, tendiesen a arrinconarla29, parece que lo que mejor caracteriza el
modo filológico de acercamiento a los textos es esa peculiar articulación
de lo lingüístico y de lo histórico-literario en el esfuerzo por presentar
(mediante la ecdótica, como subdisciplina filológica)30 y por explicar las
obras literarias o, en general, la producción escrita de una cultura o un
periodo determinado31. Puede, entonces, producirse la adecuada antiperís-
tasis entre el plano más práctico del establecimiento y aclaración del texto
y el más teórico de su comprensión como fenómeno histórico, cultural y,
específicamente, literario.

29
Puesto que de hecho, tanto la New Philology de Nichols (1990) como la Postphilology
de Rojinsky (2007), lo que hacen es oponerse a la filología, en lugar de refundarla de algún
modo; vid. Mancini (2000).
30
Vid. Trovato (2014: 39-46).
31
A ello yo añadiría de buena gana el pensamiento crítico, como motor de todo
el procedimiento, tal y como expresa Rodríguez-Velasco (2014): «In these [Aristotelian]
Problems about philology, thinking is dynamic, and prefers putting forth stories, myths, and
becoming an art of the proof, a way to bear witness. If I read correctly, thinking actively,
dynamically also prefers, in the end, a philology of the philosopher than a philology of the
orator, because the philosopher is the one with the capacity of actually creating complex
concepts that are, at the same time, intellectual and public —like, for instance, what is
injustice, or what is tyranny. All these ideas seem at the very least an interesting line of
inquiry into the formation of a debate on philology».
La evolución del concepto de filología desde la rfe 315

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Gramaticalización y gramatización
en la historia del español*

José Luis Girón Alconchel


Universidad Complutense de Madrid

Resumen. La gramaticalización es creación de morfemas a partir de lexemas


en construcciones y contextos específicos del discurso, y también asignación
de nuevas funciones gramaticales a morfemas y construcciones sintácticas ya
existentes. La gramaticalización parte de una colocación y concluye en una lexi-
calización o entrada en el lexicón. Por tanto, el certificado de la conclusión o
persistencia de los procesos de gramaticalización y lexicalización se halla en
la gramatización (grammatisation en francés según Auroux) de sus resultados,
esto es, en su codificación en gramáticas y diccionarios. Así, gramaticalización,
lexicalización y gramatización son procesos interrelacionados y, a su vez, están
fuertemente vinculados a la historiografía lingüística y al análisis de la difusión
de los cambios morfosintácticos en los grandes corpus. Ejemplificamos con la
interjección ¡Tijeretas!
Palabras clave. Gramaticalización, lexicalización, gramatización, historiografía
lingüística, lingüística de corpus, lingüística histórica, historia del español.

Abstract. Grammaticalization is creating morphemes from lexemes in construc-


tions and specific discourse contexts, and also assigning new grammatical func-
tions to already existing morphemes and syntactical constructions. Grammati-
calization starts from collocation and finishes in lexicalization or entry into the
lexicon. Therefore, a certification of the conclusion or persistence of grammati-
calization and lexicalization processes is found in the grammatization (grammati-
sation in French, according to Auroux) of their results. Thus, grammaticalization,
lexicalization and grammatization are interrelated processes and, at the same time,
are strongly linked to linguistic historiography and the analysis of the extension

* La realización de este trabajo se encuadra en el Proyecto de referencia FFI2012-


31427, Procesos de gramaticalización en la historia del español (IV): gramaticalización
y textualización, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad (MINECO).
322 José Luis Girón Alconchel

of morphosyntactic changes in large linguistic corpora. We provide example with


the interjection ¡Tijeretas!
Keywords. Grammaticalization, lexicalization, grammatization, linguistic histo-
riography, corpus linguistics, historical linguistics, History of the Spanish language.

1. La gramaticalización es una de las herencias metodológicas más


eficaces legadas por los neogramáticos a la lingüística histórica contem-
poránea (Campbell 1993). La Historia de la lengua española no es una
excepción. Basta echar un vistazo a las últimas Actas publicadas —ya
penúltimas— de nuestros congresos, las del Congreso de Santiago.
Allí se reúnen, al menos, 26 trabajos, entre ponencias, comunicaciones,
una mesa redonda y un póster —todo ello referenciado en el Anexo—, que
tratan de gramaticalización, no solo de la llamada «gramaticalización pro-
totípica» (la que crea morfemas nominales y verbales: el artículo definido,
como tal y como afijo flexivo en los relativos compuestos el cual y el que;
el artículo indefinido; los adverbios en -mente; los futuros y condiciona-
les románicos, los tiempos compuestos y otras perífrasis verbales…), sino
también de la «gramaticalización no prototípica», en la que uno o varios
signos, en construcciones sintácticas de estructura variada —desde comple-
mentos circunstanciales y adverbios hasta oraciones— se gramaticalizan,
bien como marcadores del discurso que categorialmente son locuciones
adverbiales o interjecciones (encima, en el fondo, al fin y al cabo, a lo
mejor, por añadidura, efectivamente, total, ¿para qué?, tijeretas, ojo), bien
como pronombres, determinantes y adverbios de diversa naturaleza (no sé
quién, pero también no sé qué, no sé cuánto; un montón de libros; quizá,
etc.), o como preposiciones (mediante, durante), etc.
Todos estos trabajos constituyen un material muy valioso que muestra
la fecundidad de la gramaticalización para la historia del español y, en
algunos casos, también, la importancia empírica de esta para la evolución
teórica de la propia gramaticalización.

2. Me voy a limitar —al menos, en una primera intervención— a poner


de manifiesto cómo los tres temas de esta mesa redonda —gramaticaliza-
ción y gramatización, historiografía lingüística y difusión de los cambios
lingüísticos— están interrelacionados.
La gramaticalización es creación de gramática a partir del discurso
(Lehmann 2002). La gramática que se crea a partir de inferencias contex-
tuales amplía la ya existente: es nueva gramática, pero no una creación ex
Gramaticalización y gramatización en la historia del español 323

novo. Ello es debido a que la gramaticalización se produce en los márgenes


de las categorías, unas categorías que son prototípicas.
Las creaciones gramaticales por gramaticalización a veces son ver-
daderas innovaciones: por ejemplo, el condicional romance, los tiempos
compuestos y muchos marcadores del discurso; otras veces son solo reno-
vaciones del significante: así, el futuro cantaré; y, en fin, algunas otras
veces son meros refuerzos de los significantes: el demostrativo aquel y las
formas alargadas antiguas aqueste y aquesse.
Pues bien, estas creaciones por gramaticalización tienden a ser codi-
ficadas, más tarde o más temprano, en las gramáticas y diccionarios. Esta
codificación es una verdadera «revolución tecnológica», a la que Auroux
(1994) ha llamado gramatización.
En principio, gramatización designa —en el Renacimiento— la aplica-
ción del metalenguaje de la gramática latina a la descripción gráfico-foné-
tica, gramatical y léxica de las nuevas lenguas romances. Pero el término
puede comprender también esa codificación, gramatical y lexicográfica, en
cualquier periodo de la historia de una lengua.
Ahora bien, la gramaticalización como creación de gramática nueva, de
gramática emergente, que puede, a veces, durante siglos, convivir, coexistir
y solaparse con la gramática desinente, produce variación lingüística, es
decir, oposiciones funcionales esencialmente variacionales. Y para descri-
bir y explicar con un mínimo de coherencia y exhaustividad el origen y la
difusión de esos cambios gramaticales que producen variación lingüística
hay que trabajar con una adecuada lingüística de corpus.
De modo que la gramaticalización (creación de gramática a partir del
discurso), lo mismo que un tipo de lexicalización (consistente en crear
léxico a partir del discurso), reclaman la gramatización (codificación de
esas creaciones en las gramáticas y en los diccionarios); y la gramatización
nos sitúa en la historiografía lingüística; y gramaticalización, lexicaliza-
ción, gramatización e historiografía lingüística demandan el análisis de la
difusión de los cambios en corpus convenientemente diseñados. Y todo
ello es hoy un contenido importante de la historia de la lengua española.

3. Pondré un solo ejemplo de la interrelación de gramaticalización (con


la lexicalización y la gramatización incluidas), historiografía lingüística y
lingüística de corpus. El caso de la interjección ¡tijeretas!, estudiado por
Martín Zorraquino (2012, en el Anexo).
Según esta autora, la interjección impropia ¡tijeretas! es el resultado
de la gramaticalización de un constituyente de la oración Tijeretas han
324 José Luis Girón Alconchel

de ser. El cambio Tijeretas han de ser > ¡tijeretas! es gramaticalización


porque hay un reanálisis que implica el paso de una oración atributiva de
modalidad deóntica, integrada por constituyentes de significado concep-
tual (Tijeretas han de ser) a una «expresión idiomática con valor operativo
o de uso: una réplica que indica que se impone pertinazmente una opinión
o propuesta a la del interlocutor». Así se crea una interjección secundaria
o impropia (¡tijeretas!) que puede significar «una réplica enfatizadora de
la porfía en la propia opinión o propuesta» o, en un segundo reanálisis,
«adquirir el sentido de una refutación o de una negación» (Martín Zorra-
quino 2012: 2310).
De modo que uno de los constituyentes de la oración se ha gramatica-
lizado como interjección. No es la primera vez que esto sucede. Muchas
interjecciones son resultados de la gramaticalización de oraciones en las que
figuraban como constituyentes: venga, anda, vamos (Castillo Lluch 2008),
vaya (Octavio de Toledo 2005 [2001-2002]), quiá, ca, qué va (Herrero
2014), ojo (Suñer/Tirado 2012), etc.
Algunos constituyentes de esas oraciones pierden identidad fonética,
semántica y funcional; y pierden variabilidad morfosintáctica; pero ganan
cohesión, hasta el punto de que pueden llegar a la univerbalización (así,
quiá y cá < qué ha de + infinitivo). Cuando la pérdida de la identidad y
de la variabilidad llega al grado cero para todos los constituyentes oracio-
nales menos para uno —caso de venga, vaya, ojo y tijeretas—, entonces
el parámetro de la cohesión queda, lógicamente, cancelado.
Pero para que se haya producido este macroproceso de cambio ha sido
necesario que los hablantes hayan repetido con frecuencia esa oración.
Dicho de otro modo, la oración, o expresión, en cuyos constituyentes se
han producido los cambios complejos de pérdida de identidad fonética,
semántica y funcional (hasta el grado «cero» en muchos casos), de pér-
dida de variación morfosintáctica y de ganancia de cohesión, ha tenido
que conocer una situación previa de colocación o lexicalización débil, a
partir de la cual se produce la gramaticalización. Y la gramaticalización
concluye cuando su resultado es objeto de una lexicalización fuerte. En los
casos que nos ocupan, cuando las interjecciones mencionadas entran en
el lexicón. Así pues, el certificado de la conclusión definitiva del proceso
de gramaticalización y lexicalización se obtiene cuando los diccionarios y
los inventarios gramaticales de interjecciones gramatizan o codifican esas
nuevas piezas léxico-gramaticales.
Si volvemos a tijeretas, nos encontramos con que la gramaticalización
de esta interjección se ha podido originar en la frase Tijeretas han de ser,
Gramaticalización y gramatización en la historia del español 325

que está lexicalizada, no débilmente, sino fuertemente, porque está reco-


gida, o sea, gramatizada, en los diccionarios académicos desde el de Auto-
ridades [Aut] a la 23.ª ed. del Diccionario de la lengua española (DLE),
donde s. v. tijereta, encontramos decir tijeretas: locución verbal coloquial
poco usada, ‘porfiar necia y tercamente sobre cosas de poca importan-
cia’; y también tijeretas han de ser: expresión coloquial, ‘úsase para dar
a entender que alguien porfía necia y tenazmente’. Es decir, estamos ante
dos locuciones fuertemente lexicalizadas (productos de sendos procesos de
lexicalización) y, además, gramatizadas en el diccionario.
Desde luego, parece perfectamente posible que un proceso de grama-
ticalización pueda empezar en una locución plenamente lexicalizada; o
sea, que la locución lexicalizada y gramatizada Tijeretas han de ser haya
sido el disparadero del proceso de gramaticalización que ha acabado en la
interjección ¡tijeretas! (la cual no está, por cierto, gramatizada en la 23.ª
ed. del DLE).
Pero también es posible que esa interjección ¡tijeretas! haya sido pro-
ducto de la gramaticalización de decir tijeretas, o, tal vez, de otras coloca-
ciones o locuciones débilmente lexicalizadas que, incluso, podrían estar en
el origen de las locuciones fuertemente lexicalizadas y, además, gramatiza-
das, Tijeretas han de ser y decir tijeretas. En este punto aparece la cuestión
de la difusión de los cambios morfosintácticos, cuestión analizable en la
consulta de los grandes corpus.
El trabajo de Martín Zorraquino parte de la descripción que hace don
Julio Casares de tijeretas y de Tijeretas han de ser, expresiones originadas,
según el ilustre académico, en un cuento popular que recoge Covarrubias:
Un proverbio ay que dize: Han de ser tixeretas, fingiendo que una muger muy
porfiada, viniendo de las viñas con su marido, puso a estos clavículos otro nombre,
que debía de ser común en aquella tierra; ella porfió mucho, que no se avían de
llamar sino tixeretas; el marido, entrando en cólera, la echó de la puente abaxo en
un río y ella iva diziendo: Tixeretas han de ser; y quando ya no pudo hablar sacó
el braço, y estendidos los dos dedos de la mano, le dava a entender que avían de
ser tixeretas [Covarrubias, s. v. tigeretas].

Nótese que, con respecto a tijeras, tijereta tiene ya un sentido figurado:


«Cada uno de los zarcillos que por pares nacen a trechos en los sarmientos
de las vides» (DLE, s. v.).
Bien, yo, desde luego, no me he dedicado a buscar tijeretas en los
corpus. Pero, cuando leí el trabajo de Martín Zorraquino, me acordé inme-
diatamente de un cuento del Corbacho, que reproduzco:
326 José Luis Girón Alconchel

Otra muger era muy porfiosa e con sus porfías non dava vida a su marido. Un día
imaginó cómo, con toda su porfía, le daría mala postrimería el marido, e dixo:
«Muger, mañana tengo conbydados para çena. Ponnos la mesa en el huerto a rri-
bera del rrío, de yuso del peral grande, porque tomemos guasajado». E la muger
asý lo fizo; puso la mesa luego e aparejó byen de çena, e asentáronse a çenar. E,
traýdas las gallinas asadas, dixo el marido: «Muger, dame agora ese cañivete que
en la çinta tyenes; que este mío non corta más que maço». Respondió la muger:
«Amigo, ¿dónde estáys? ¡Que non es cañivete, que tiseras son, tiseras!». Dixo el
marido: «¡Agora en mal punto del gañivete me hazes tiseras!». La muger dixo:
«Amigo, ¿qué es de vos? ¡que tiseras son, tiseras!». Desque el marido vido que
su muger porfiaba e que su porfía era por demás, dixo: «¡Líbreme Dios desta
mala fenbra; aun en mi solaz porfía conmigo!». Diole del pie e echóla en el rrío.
E luego començó a çabullirse so el agua, e vínosele en miente que no dexaría su
porfía aunque fuese afogada: ¡muerta sý, mas no vençida! Començó a alçar los
dedos fuera del agua, meneándolos a maneras de tyseras, dando a entender que
aún eran tiseras, e fuese el rrío abaxo afogando [Corbacho: 199].

Tal vez este tiseras son, tiseras de mediados del siglo XV —y quizá de
mucho antes—, empleado en su acepción primera de instrumento cortante,
opuesto a cañivete (‘cuchillo pequeño’), pudiera ser la expresión en la que
se produjera el diminutivo y luego la acepción figurada de ‘zarcillo de la
vid’, y que, repetida tradicionalmente y con una alta frecuencia, disparara,
por una parte, los procesos de lexicalización de las locuciones decir tije-
retas y Tijeretas han de ser y, por otra, el proceso de gramaticalización de
la interjección ¡tijeretas!
Apoyan esta hipótesis dos hechos. Primero, en tiseras son, tiseras, la
tematización y reiteración de tiseras y, sin duda, la entonación característica
con que se enunciaría esta frase están muy cerca de la modalidad deóntica
de Tijeretas han de ser. Segundo, el Diccionario de Autoridades lematizó
tixeretas, definiéndolas como diminutivo de tixeras, «Las tixeras peque-
ñas», y distinguiendo esta acepción de la de zarcillos de la vid.
Pero ¿Chi lo sa? De lo que no cabe dudar es de que, por un lado, un
manejo adecuado de los cada vez más voluminosos corpus que enriquecen
las bases documentales de la Historia de la lengua española y, por otro, la
investigación en las fuentes que proporciona la historiografía lingüística,
podrían quizá alumbrar esta y otras muchas cuestiones semejantes.

4. Dicho esto, me parece que podemos sacar algunas conclusiones muy


provisionales que tal vez puedan animar el debate:
4.1. Es verdad que no todo es gramaticalización, como a veces parecen
dar a entender algunos trabajos, pero es un hecho que gramaticalización
Gramaticalización y gramatización en la historia del español 327

es, en primer lugar, el cambio por el que un lexema, dentro de una deter-
minada construcción, se convierte en morfema (trabado o libre: desinencia,
preposición, conjunción, adverbio o interjección, precisamos); en segundo
lugar, gramaticalización es también el cambio por el que un morfema o
palabra gramatical, o una construcción sintáctica (un complemento circuns-
tancial, una oración), en determinados contextos, asume nuevas funciones
gramaticales (Girón Alconchel 2014: 12).
4.2. La gramaticalización y la lexicalización comparten ciertos pará-
metros (Lehmann 2002; Brinton/Traugott 2005): los signos que se grama-
ticalizan y los que se lexicalizan pierden identidad formal, semántica y
funcional, pierden variabilidad morfosintáctica y ganan cohesión. Así que
desde este triple punto de vista —identidad, variabilidad y cohesión— es
lo mismo lo que ha sucedido en sinvergüenza o sin papeles y lo que ha
pasado en sin embargo, aunque en los dos primeros casos hablemos de
lexicalización y en el tercero de gramaticalización.
4.3. La gramaticalización comienza en una colocación o lexicaliza-
ción débil y concluye en una lexicalización fuerte (Girón Alconchel 2008).
Lexicalización, en el sentido de entrada en el lexicón. Y entendemos por
lexicón un continuum con un polo léxico y un polo gramatical. No existe,
pues, frontera estable ni infranqueable entre los dos polos de ese continuum.
4.4. La gramatización o codificación en las gramáticas y monogra-
fías gramaticales y en los diccionarios levanta acta de los procesos de
gramaticalización concluidos y también de aquellos no concluidos que se
han estabilizado. Por eso los futuros y condicionales analíticos —dar selo
hemos, combidar le yen— nunca fueron gramatizados por las gramáticas
renacentistas y esta fue la certificación implícita de su defunción (Girón
Alconchel 2005).
4.5. Por otra parte, la incompleta extensión del artículo definido en
español —a diferencia de lo que sucede en francés— ha dado lugar a lo
que Kabatek (2012, en el Anexo) ha llamado «gramaticalización negativa»:
el proceso de gramaticalización que se desarrolla en el espacio categorial
que no llena la gramaticalización («positiva») no concluida. En español el
sustantivo escueto es gramaticalización «negativa», según este autor. Esta
gramaticalización negativa, junto a la positiva, es necesaria para descubrir
las oposiciones funcionales del sistema histórico, la sistematicidad histó-
rica de la lengua. Pero si se puede hablar de gramaticalización negativa
en este caso, es porque esa gramaticalización negativa también ha sido
gramatizada, como prueba la codificación del sustantivo escueto en las
gramáticas del español.
328 José Luis Girón Alconchel

4.6. Las perspectivas de historiografía lingüística y de difusión del


cambio morfosintáctico, como se manifiesta en los grandes corpus, son
imprescindibles para asegurar, en la medida de lo posible, las explicaciones
por gramaticalización en la historia del español, como, por otra parte, se
viene haciendo con éxito desde hace ya algún tiempo. De modo que las
«nuevas perspectivas en el estudio histórico de la lengua española», de las
que se habla en esta mesa redonda, son solidarias y muy prometedoras. Les
invito a reflexionar sobre ello.

Anexo
Trabajos sobre gramaticalización en Actas del VIII Congreso Interna-
cional de Historia de la Lengua Española (ed. de Emilio Montero Carte-
lle, Santiago de Compostela, Meubook, 2012) analizados para esta mesa
redonda:
Artigas, Esther y Rosa Vila: «Cuidar (de) + “verbo infinitivo” en español medieval:
procesos de gramaticalización» (II, 2005-2016).
Azofra Sierra, M.ª Elena: «Elementos espaciales en la gramaticalización de mar-
cadores discursivos» (II, 2017-2028).
Bartens, Angela y Anton Granvik: «Gramaticalización y lexicalización en la for-
mación de locuciones preposicionales en español e italiano» (II, 2029-2046).
Castro Zapata, Isabel María: «Del participio a la preposición. Procesos de grama-
ticalización de durante y mediante» (I, 721-733).
Company, Concepción: «Reanálisis múltiple, gramaticalización e incertidumbre
categorial en la formación de los adverbios en -mente del español» (I, 301-314).
Elvira, Javier: «Gramaticalización y lexicalización: ¿opuestos, paralelos, conver-
gentes…?» (I, 315-325).
Espejo Muriel, M.ª Mar y Rosa M.ª Espinosa Elorza: «Quiçab, quiçá, quizá» (I,
749-760).
Fernández Sanmartín, Alba y Marcos García Salido: «De adverbio oracional a mar-
cador del discurso. Los casos de naturalmente y a lo mejor» (II, 2127-2138).
Garachana, Mar: «Discurso y gramática en el empleo de e(t)-y en textos medie-
vales» (II, 2139-2152).
Garcés Gómez, María Pilar: «El proceso evolutivo de los marcadores al fin y al
cabo y al fin y a la postre» (II, 2153-2166).
— «Estudio diacrónico de los marcadores discursivos para su descripción en un
diccionario histórico» (II, 2689-2701).
García Pérez, Rafael: «Marcadores aditivos de refuerzo argumentativo en un dic-
cionario histórico: por añadidura e incluso» (II, 2179-2192).
Girón Alconchel, José Luis: «Los relativos compuestos españoles y su interés para
la teoría de la gramaticalización» (I, 57-75).
Gramaticalización y gramatización en la historia del español 329

Herrero Ingelmo, José Luis: «Total, ¿para qué?: un resumidor singular» (II,
2229-2238).
Ibba, Daniela: «Algunas precisiones sobre el proceso de gramaticalización de
maguer (que)» (II, 2251-2264).
Kabatek, Johannes: «Nuevos rumbo en la sintaxis histórica» (I, 77-100).
Manzano Rovira, Carmen: «Gramaticalización y variación lingüística de los
nexos consecutivos de manera e intensidad-manera. Siglos XIII a XVI» (II,
2289-2300).
Martín Zorraquino, M.ª Antonia: «Tijeretas han de ser > ¡tijeretas! Revisión de
un proceso de gramaticalización» (II, 2301-2311).
Pozas Loyo, Julia: «Aportación al estudio del artículo indefinido en español medie-
val y clásico» (I, 1073-1084).
Rivas, Javier e Ivo Sánchez-Ayala: «Procesos de gramaticalización en el desarrollo
de las aportaciones reactivas: el caso de efectivamente» (II, 2363-2374).
Romani, Patrizia: «La sintaxis del participio en los tiempos compuestos del cas-
tellano medieval» (I, 1113-1124).
Sánchez Lancis, Carlos: «Gramaticalización y concatenación de preposiciones en
la historia del español: la preposición de» (II, 2393-2404).
Sánchez Jiménez, Santiago U.: «Acerca de no sé qué: gramática y pragmática»
(I, 1135-1146).
Suñer, Avel·lina e Irene Tirado: «La expresión interjectiva ¡ojo!: gramaticalización
y herencia argumental» (II, 2429-2439).
Verveckken, Katrien: «Gramaticalización y gramática de construcciones: el caso
de los nombres cuantificadores y/o categorizadores» (II, 2453-2464).
Villegas Pinto, España: «Gramaticalización de partículas modales en documentos
andinos coloniales» (II, 2465-2475).

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venga, anda y vamos», en Concepción Company y José G. Moreno de Alba,
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330 José Luis Girón Alconchel

Corbacho: Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera (Corbacho). Ed.


de Marcella Ciceri, Madrid, Espasa-Calpe, 1990.
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Lehmann, Christian (2002): «New reflections on grammaticalization and lexica-
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vuelta? La gramaticalización de vaya como marcador y cuantificador», Anuari
de Filologia, 23-24, 11-12, 47-71.
Nuevas perspectivas en la relación entre
los estudios de historiografía lingüística
e historia de la lengua española*

María José Martínez Alcalde


Universitat de València

Resumen. La delimitación entre historia de la lengua e historiografía lingüística


como disciplinas diferenciadas dentro del ámbito de los estudios diacrónicos
resulta hoy evidente; pero también es evidente el carácter complementario de sus
investigaciones. El desarrollo de los estudios historiográficos sobre los tratados
que se han ocupado de la codificación de la lengua española puede proporcionar
nuevas perspectivas a la investigación sobre su evolución histórica. Se trata aquí
de establecer una reflexión en torno a la utilización de estos tratados como fuente
de datos para el estudio de la historia de la lengua, teniendo en cuenta las apor-
taciones de los estudios gramaticográficos. Se plantea también la consideración
de la lengua utilizada en estas obras como un tipo de tradición discursiva, así
como las diferentes opiniones sobre la incidencia de estos tratados en la evolución
interna de la lengua y su utilización como criterio de periodización.
Palabras clave. Historia de la lengua española, historiografía lingüística, grama-
ticografía, tradiciones discursivas, periodización.

Abstract. The delimitation between history of language and linguistic historiogra-


phy as distinct disciplines within the field of diachronic studies is evident today;
but it is also evident the complementary nature of their research. The development
of historical studies on treaties that have dealt with the coding of the Spanish
language can provide new perspectives to research on its historical evolution.
Some reflections on the use of these treaties as a source of data for the study

* Este trabajo se inscribe dentro del Proyecto de investigación Fraseología de la


lengua castellana en su diacronía: desde los orígenes hasta el siglo XVIII (FRASLEDIA),
con referencia FFI2013-44682-P dentro del Programa estatal de fomento de la investigación
científica y técnica de excelencia del Ministerio de Economía y Competitividad (Subpro-
grama de generación del conocimiento).
332 María José Martínez Alcalde

of the history of the language are offered in this work, taking into account the
contributions of the grammaticographic studies and also raises the consideration
of the language used in these works as a kind of discursive tradition. Different
opinions on the impact of these treaties in the internal evolution of the language
and its use as a criterion for periodization are also shown.
Keywords. History of Spanish language, linguistic historiography, grammatico-
graphy, discursive traditions, periodization.

1. Historia de la lengua e historiografía lingüística del español:


disciplinas complementarias con objetivos diferenciados

La historiografía lingüística del español ha tenido un desarrollo cre-


ciente a partir de los años 80 y 90 del siglo xx y esto se ha reflejado en
el ámbito académico, tanto en la docencia como en la investigación, con
una producción bibliográfica ya abundantísima. En 1995, ocho años des-
pués de la fundación de la Asociación de Historia de la Lengua Española
(AHLE), se constituyó la Sociedad Española de Historiografía Lingüística
(SEHL) y, desde entonces, la convivencia de ambas sociedades ha servido
para mostrar la delimitación de dos disciplinas diacrónicas con objetivos y
metodologías diferenciados, pero también con evidentes conexiones1, como
puede observarse en las Actas de sus respectivos congresos. En las de la
AHLE, se encuentran trabajos que utilizan los tratados para la codificación
del español2 y en las de la SEHL, artículos sobre procesos históricos de
gramatización que afectan a diferentes niveles de la lengua y a distintas
categorías gramaticales. Por otra parte, obras historiográficas de conjunto
sobre la historia de la codificación del castellano, como la coordinada por
Gómez Asencio (2006, 2008, 2011a), dan cabida a estudios realizados desde
la perspectiva de la historia de la lengua.
Intentaremos ofrecer a continuación algunas reflexiones en torno a la
relación entre ambas disciplinas a la luz de las nuevas aportaciones de la
historiografía lingüística.

1
De las que da cuenta también la creación en 1999 de la AJIHLE (Asociación de
Jóvenes Investigadores en Historiografía e Historia de la lengua española) y los contenidos
de su revista Res Diachronicae.
2
Aparecen incluidos en las secciones correspondientes los diferentes niveles lingüís-
ticos o bien en apartados generales del tipo Historia de la lengua literaria, Historia de
la lengua, Historia externa de la lengua española o Historia de la lengua y lingüística
histórica.
historiografía lingüística e historia de la lengua 333

2. Gramáticas, diccionarios y ortografías como fuentes para el estudio


de la historia de la lengua

2.1. H
 istoriografía e historia de la lengua frente al proceso de
gramatización
La utilización de gramáticas, diccionarios y ortografías como fuentes
documentales para el estudio de la historia de la lengua española, tiene,
como es bien sabido, una larga e ilustre tradición desde los trabajos de
Rufino José Cuervo (1893 y 1895-1898) y Amado Alonso (1976 [1955],
1969). Se trata, además, de fuentes peculiares, ya que, al tratar sobre la
propia lengua, invitan a confiar en su carácter testimonial sobre usos y
normas que, con suerte, se presumen cercanos a las huidizas variantes de la
lengua oral. Sin embargo, las cautelas sobre esos testimonios son también
evidentes y no han pasado inadvertidas para los historiadores de la lengua.
Las gramáticas toman como objeto la lengua, pero no necesariamente
para describirla, sino para «reduzirla en artificio y razón», como ya indicaba
Nebrija en la primera gramática del castellano. Muestran la lengua some-
tida a un proceso de gramatización (Auroux 1994) y aquí la historia de la
lengua se encuentra con la historiografía lingüística y, concretamente, con
la gramaticografía, que, como explica Swiggers, estudia la técnica histórica
utilizada para reduzir en artificio una lengua:
La gramática, que aparentemente es un ‘dato natural’, es una técnica histórica
y conceptualmente definida, para describir una actividad humana; en ella una
modelización viene aplicada a un conjunto de fenómenos lingüísticos. La mode-
lización conlleva una organización macroestructural y microestructural y algunas
decisiones; está vinculada a tres tipos de estrategias: estrategias analíticas, estra-
tegias de presentación, y estrategias con miras a la asimilación de la gramática.
Más allá de esta modelización y de las estrategias correlativas la gramática está
condicionada por ciertos factores ‘materiales’ como el contexto cultural, la estruc-
tura lingüística de la(s) lengua(s) descritas, y el sistema de escritura utilizado
(Swiggers 2014: 722).

El proceso de gramatización responde, por tanto, a unas estrategias


específicas y da lugar a un producto sujeto al devenir histórico. Los estudios
gramaticográficos pueden contribuir, dentro de las investigaciones sobre
historia de la lengua, a la adecuada valoración del carácter documental
de la información que proporcionan unas obras elaboradas sobre modelos
y técnicas que condicionaban desde su estructura general hasta la clasi-
ficación de las categorías gramaticales, la elaboración de paradigmas y
ejemplos, etc. Obras que presentan unos datos lingüísticos adaptados a las
exigencias de un modelo explicativo / didáctico que, durante siglos, tuvo
334 María José Martínez Alcalde

una finalidad propedéutica enfocada a la enseñanza del latín, lo que afectó


a las estructuras y al metalenguaje de los tratados y habría que ver, en cada
caso, si a la propia realidad de la lengua codificada.
La atención a las gramáticas españolas se centró, en principio, en
las obras de los Siglos de Oro, desde Nebrija a Correas, pasando por las
destinadas a hablantes extranjeros (con especial atención a las escritas en
castellano, como las gramáticas anónimas de Lovaina de 1555 y 1559 o
la de Cristóbal de Villalón de 1558) y saltando a continuación a la deno-
minada etapa académica. Quedaron, así, en un primer momento, fuera
de foco y catalogadas explícita o implícitamente como de menor interés
doctrinal y documental, obras como la gramática de Juan Villar (1651), la
última publicada en España en el siglo XVII, que entendemos hoy desde
una nueva perspectiva historiográfica gracias a los trabajos de Martínez
Gavilán (2008a, 2008b). Tras esta etapa, la atención se trasladaba a la
obra de la Real Academia Española, más incluso que al estudio específico
de sus obras en el marco de una tradición codificadora que era todavía
insuficientemente conocida.
La investigación historiográfica en general y la gramaticográfica en
particular hacen hoy difícilmente aceptables afirmaciones referidas, de
manera general, a las antiguas gramáticas del castellano, a los gramáti-
cos de la tradición o a la llamada gramática tradicional, por citar algunas
denominaciones todavía habituales, y permiten matizar ciertas afirmaciones
de conjunto relativas, por ejemplo, al carácter descriptivo o prescriptivo
de los tratados o al tipo de ejemplos que en ellos aparece. No puede con-
siderarse, así, que la madurez de la lengua o las grandes transformaciones
lingüísticas fueran causas inmediatas de la aparición de las gramáticas de
las lenguas vulgares ni de la evolución posterior de estos tratados; tampoco
que la disponibilidad de textos literarios tuviese como consecuencia su uti-
lización en estas obras, ya que el uso de un corpus de este tipo forma parte
de las estrategias de un cierto modelo gramaticográfico. Así, por ejemplo,
la presencia de un amplio número de citas, sobre todo de autores españoles
del XVI, en el Arte del romance castellano de Benito de San Pedro (1769)
no se encuentra en otros tratados gramaticales publicados en las mismas
fechas, como los de Benito Martínez Gómez Gayoso (1769 [1743]), Sal-
vador Puig (1770) o la primera Gramática de la Real Academia Española
(1771). La obra de Benito de San Pedro es, en este aspecto, un precedente
de otras del XIX, como las de Vicente Salvá y Andrés Bello, en las que,
sin embargo, el cuerpo de textos citados tiene ya una función diferente
(Lliteras 1997; Quijada 2008, 2011).
historiografía lingüística e historia de la lengua 335

Los estudios gramaticográficos obligan a reflexionar también sobre


otras cuestiones, como el valor documental de los ejemplos. Auroux (1996:
110-111) destaca su papel fundamental en el proceso de gramatización y
advierte sobre su sorprendente estabilidad en el tiempo y sobre su paso
de una lengua a otra, ya que no pretenden describir la lengua, sino ofre-
cer «una representación escogida» de ella. Los ejemplos representan usos
lingüísticos posibles y adecuados de la lengua; pero, sobre todo, con un
marcado grado de autonimia, se representan a sí mismos como testimonio
de una manera de concebir la realidad lingüística sobre modelos no siem-
pre extraídos del uso actual de la lengua codificada. Desde la perspectiva
historiográfica, Lliteras (1997: 60) ha estudiado el papel instrumental de
los ejemplos respecto a la teoría gramatical en las gramáticas castellanas, al
menos hasta bien entrado el XIX, y ha observado que su finalidad no es, o
no solo es, proponer un criterio de corrección, sino que tienen, sobre todo,
la tarea de «formular la generalización descriptiva, la regla gramatical que
permite interpretar el funcionamiento de las categorías». Lo prioritario, por
tanto, es la adecuación del ejemplo a la construcción teórica, que puede ser
ajena a la propia lengua al partir de los modelos de las gramáticas latinas,
pero también de las hebreas en los siglos XVI y XVII, de las francesas más
adelante, etc.
En esta misma línea de investigaciones historiográficas se encuentran
las relativas a la importancia que adquiere, a lo largo del XIX, el estudio
de la sintaxis y la práctica del análisis de oraciones, tanto en tratados
españoles como americanos, abordado en el proyecto de investigación
ANAGRAMA dirigido por M.ª Luisa Calero, frente a la limitación del
apartado sintáctico en las gramáticas de siglos anteriores. Por otra parte,
la necesaria integración de aspectos históricos e historiográficos se ha
puesto en práctica, por poner algunos ejemplos próximos, en la historia
de la pronunciación castellana elaborada dentro del proyecto HISPRO-
CAST dirigido por M.ª Teresa Echenique en la Universidad de Valencia y
actualmente en los trabajos del proyecto FRASLEDIA, que dirigimos M.ª
Teresa Echenique y yo misma, centrado en el estudio de la fraseología del
español en su diacronía, así como en el proyecto PROGRAMES, dirigido
por José Luis Girón.
2.2. Textos gramaticales y tradiciones discursivas
Además de la utilización de las obras gramaticales, ortográficas y lexi-
cográficas como fuente de datos, se ha planteado también, desde una pers-
pectiva histórica, el estudio de la lengua de los gramáticos y la posibilidad
de que constituya un tipo particular de tradición discursiva.
336 María José Martínez Alcalde

En palabras de Kabatek (2005: 157-18), el rasgo que define las tradi-


ciones discursivas es «la relación de un texto con otro texto anterior: una
relación temporal a través de la repetición […] de una forma textual» y de
la comunicación de un contenido, teniendo en cuenta que «solo una com-
binación particular de una serie de elementos produce la inserción de un
texto en una TD». Cabe preguntarse si, en el caso de los textos dedicados a
la codificación gramatical, puede constatarse esa particular combinación de
elementos lingüísticos que da lugar a una TD. Parece evidente que se trata de
textos producidos a partir de las premisas de un molde histórico-normativo
social e históricamente establecido, como han mostrado también, desde su
perspectiva, los estudios historiográficos; pero está por establecer la exis-
tencia de unos elementos repetitivos que permitan distinguir y tipificar una
particular elaboración lingüística. Rafael Cano (2008) abrió el camino al
estudiar desde esta perspectiva las gramáticas castellanas del siglo XVI con
objeto de saber si llegaron a construir una lengua especial o si generaron
una tradición discursiva. Tras un análisis de la terminología, los modos de
construcción sintáctica y la fraseología utilizados en ellas, constataba la
existencia de una tipología textual de gramáticos, o metalingüística, rela-
cionada con sus contenidos y objetivos, pero advertía que «para constatar la
existencia de una “tradición discursiva” a través de constantes lingüísticas,
sería necesario contrastar su continuidad y su evolución en textos de los
siglos siguientes» (Cano 2008: 105). Se abre, así, un tipo de estudio histórico
que puede beneficiarse de la aportación de la historiografía lingüística del
español y de las facilidades de acceso a un corpus cada vez mayor de trata-
dos gramaticales, ortográficos y lexicográficos a través de portales como la
Biblioteca Virtual de la Filología Española de Manuel Alvar, la Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes, el Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua
española, accesible en la página de la RAE, la biblioteca del portal Con-
trastiva, la bibliotecas virtuales de la BNE y de distintas universidades, etc.
Se ha apuntado que el concepto de tradición discursiva «puede conside-
rarse como un eslabón entre las llamadas “lingüística externa” e “interna”»
(Jacob/Kabatek 2001: VIII) y podría decirse que esta es la situación de los
propios textos destinados a la codificación dentro de los estudios de his-
toria de la lengua. Más allá de su consideración como disciplina aplicada,
suministradora de datos primarios sobre estados de lengua, los estudios
de historiografía lingüística aportan información relativa al contexto prag-
mático de las obras (autores, destinatarios, objetivos o finalidad práctica),
condiciones históricas y sociales de producción, relaciones de filiación
intertextual, teniendo en cuenta la existencia de textos de referencia y series
historiografía lingüística e historia de la lengua 337

de textos (Hassler 2002), etc. Es decir, frente a su consideración como


texto-objeto descontextualizado, pueden contribuir al necesario proceso de
recontextualización (Oesterreicher 2001, 2012) que supone situar la lengua
de un autor dentro de la tradición en la que se inscribe como gramático,
lexicógrafo u ortógrafo y de las premisas (¿también lingüísticas?) impuestas
por esa tradición.

3. Historiografía lingüística y periodización de la historia de la


lengua española: contraste de datos y propuestas

La consideración de los tratados gramaticales como fuente documental


lleva a otra cuestión: su posible incidencia en la evolución interna de la
lengua y, consecuentemente, su posible utilización entre los criterios para
la periodización de esa evolución. Las opiniones sobre esta cuestión son
dispares y van de la confianza al escepticismo, con matices que afectan,
sobre todo, a la época considerada.
Hasta el último cuarto del siglo XVIII, son muy pocas las gramáticas
españolas dirigidas a los propios hablantes, tienen escaso éxito editorial y
un valor propedéutico enfocado al aprendizaje del latín, lo que, como se
ha apuntado, influye de manera efectiva en el proceso de gramatización. A
partir de aquí, cabe plantearse si estos tratados influyeron en la evolución
de la lengua en su época o si es el historiador actual quien las utiliza para
marcar etapas al considerarlos como testimonio de los usos lingüísticos
de un periodo, al menos en alguna de sus variantes. Todo ello teniendo en
cuenta el carácter de las propuestas de periodización como construcciones
históricas en las que el punto de vista del investigador se impone sobre el
objeto, con las consiguientes implicaciones ideológicas, aunque resulten úti-
les tanto desde el punto de vista didáctico como metodológico (Echenique/
Martínez 2013: 37-42).
Es posible que, como ha apuntado Cano (2000: 191), «la labor de los
gramáticos tuviera menos relevancia que, por ejemplo, la de los retóricos
en la configuración de la lengua clásica». Al hilo de esta duda, podemos
plantearnos otras cuestiones. ¿Contribuyeron los gramáticos de esta etapa
a configurar un cierto modelo de lengua? ¿Tenían posibilidad de conse-
guirlo con un sistema de enseñanza que durante siglos no contó con leyes
reguladoras y en el que el estudio teórico de la gramática castellana no
parece haber tenido lugar de forma específica? ¿Sirvieron de modelo o
se sirvieron del modelo de la lengua culta o literaria? ¿Qué nos dicen la
escasez de obras o las afirmaciones de los propios autores sobre la falta de
acuerdo normativo en materias de cuya enseñanza en las aulas sí tenemos
338 María José Martínez Alcalde

noticias, como la ortografía castellana? La perspectiva de los historiado-


res sobre la posible influencia de estas obras en la evolución de la lengua
parece cambiar con la aparición de los tratados académicos, dada la unidad
normativa conseguida finalmente por la institución, especialmente visible
en el aspecto ortográfico; pero tampoco en esto hay unanimidad.
Son conocidas las propuestas de Marcos Marín (1980) sobre la exis-
tencia de sucesivos procesos de reforma en la historia del español. De un
modo más general, dentro de la conocida como Escuela española de lin-
güística o Escuela lingüística española, y de acuerdo con su consideración
de factores internos y externos en el estudio de la historia de la lengua,
la aparición de los tratados para la codificación del castellano es una de
las notas que caracteriza el llamado tradicionalmente español clásico o
de los siglos de oro. En esta línea, Girón (2005: 885) señala que el espa-
ñol medio o español clásico transcurre entre 1492, año de aparición de la
Gramática castellana de Nebrija, y 1726, fecha tomada «como símbolo»
por el comienzo de la publicación del Diccionario de autoridades. Este
periodo, para el que también considera otros factores histórico-políticos
y literarios, se caracteriza por «una evolución lingüística muy intensa»3 y
por una labor de selección y fijación como resultado de dos factores: la
imprenta y la codificación gramatical o gramatización. A partir de 1726, y
hasta 1815, comenzaría una primera etapa «de fijación académica» en la
que Girón (2008: 2252) distingue dos subperiodos, antes y después de la
publicación de la primera gramática de la RAE (1771), uno de ellos «más
cercano a la lengua clásica (1726-1771)» y otro «más volcado a la lengua
moderna (1771-1815)». Octavio de Toledo (2007, 2008) extiende esta etapa
hasta 1825, denominándola primer español moderno, o español moderno
temprano. Para este último autor, es un periodo definido por la concen-
tración de un número considerable de cambios internos, pero también por
la presencia de una nueva dinastía y por transformaciones científicas y de
mentalidad, de manera que, en la línea de la distinción de Lapesa (1996)
entre español moderno y contemporáneo, se diferencia tanto del español
clásico precedente como del español moderno tardío o precontemporáneo
tras el primer cuarto del siglo XIX.

3
Considera asimismo que en esta etapa, entre 1492 y 1726, «se ha estabilizado el
núcleo duro de la gramática (la morfología)» y «se van estabilizando —en procesos aún
no concluidos del todo— las zonas intermedias entre el núcleo y la periferia (gramatica-
lización de los tiempos compuestos, determinación del SN, marcación de las principales
funciones oracionales, etc.)».
historiografía lingüística e historia de la lengua 339

En el marco de una larga reflexión sobre la periodización en la historia


de la lengua española, la consideración de las gramáticas como «objetos
altamente simbólicos a los que se atribuye un gran poder regulador» ha sido
destacada por Eberenz (2009: 193-194), quien considera que, en el caso del
español, «se suele sobrevalorar su influencia social, por lo menos en lo que
se refiere a los tratados publicados antes de la fundación de la Real Acade-
mia». Los tratados de esta institución parecen suponer un punto de inflexión
en la posible influencia normativa; pero, refiriéndose a la delimitación del
llamado español moderno, Sánchez Lancis (2012: 39-40) se plantea «hasta
qué punto factores de tipo externo como la fundación de la Academia fueron
realmente tan determinantes en la configuración y estabilidad del idioma,
al menos en relación a su evolución interna». Y, sobre todo, como señalaba
Méndez (1999) en su estudio sobre la historia de la norma del castellano,
desde cuándo se dio esta influencia y con qué instrumentos contó4.
Las referencias al carácter más simbólico que real de las fechas de apa-
rición de los primeros tratados académicos como límites en la periodización
apuntan a su doble carácter monumental y documental. También a lo que
Oesterreicher (2011: 318) denominó teleología invertida, que supone «la
utilización de datos estrechamente seleccionados y prefigurados por una
perspectiva ex post»: en este caso, la perspectiva que parte de la unificación
normativa finalmente conseguida por la Academia. Una unificación que
fue el resultado de un proceso complejo ligado a los cambios sociales y
políticos y, de forma particular, a la evolución de la legislación educativa
en España y en América, desarrollada, además, de manera diferenciada
para la gramática y la ortografía, con propuestas muy diversas que han
recibido una mayor atención en los últimos años dentro de los estudios
de historiografía lingüística. Contamos hoy con análisis detallados de la
evolución estructural y doctrinal de los tratados académicos5 y su extensión
en la enseñanza, que dio lugar a los consiguientes procesos de manuali-
zación de los textos con fines didácticos (García Folgado 2013). Parece

4
Méndez propone estudiar la incidencia de las disposiciones normativas de la RAE en
la lengua literaria y en la lengua culta en general. El éxito es evidente en la normalización
ortográfica, «pero muy poco se sabe de la fijeza normativa alcanzada en otros ámbitos
gracias a la labor académica». Cf. Martínez Alcalde (2002, 2010 y 2012).
5
Cf. Garrido Vílchez (2010), Gómez Asencio (2011) o Gaviño (2010, 2015), por citar
solo algunos de los más recientes realizados desde una perspectiva historiográfica en los
que pueden encontrarse amplios estados de la cuestión, con referencias a la tradición de
trabajos sobre las obras académicas de autores como Fernando Lázaro Carreter, Ramón
Sarmiento, etc.
340 María José Martínez Alcalde

necesario, por tanto, tener en cuenta la información proporcionada por la


historiografía lingüística sobre la extensión de las doctrinas académicas
al menos hasta el segundo cuarto del XIX, e incluso después, teniendo en
cuenta los procesos de independencia de los países americanos y sus leyes
en materia educativa, con datos como la difusión, entre 1831 y 1847, de
la Gramática de Vicente Salvá, constituida en modelo, a veces único, de
decenas de gramáticas y compendios para autores principalmente colom-
bianos, chilenos y venezolanos (Lliteras 1992: 29).
En cualquier caso, dentro de esta línea de complementariedad entre los
estudios históricos e historiográficos, es evidente la utilidad de comparar
la lengua de las gramáticas con la de los textos literarios y no literarios de
las diferentes épocas (Girón 1996: 298). En esta línea se sitúan trabajos
como el de Octavio de Toledo/López Serena (2015), que contrasta la norma
codificada en sus prescripciones gramaticales por Salvá y Gómez Hermo-
silla con la de su novela Irene y Clara, posible traducción o adaptación de
una obra francesa. Como resultado de este contraste, los autores constatan
«la heterogeneidad de las formas no ya solo diatópica, diastrática o diafá-
sicamente marcadas, sino incluso ejemplares vigentes en el primer español
moderno» (Octavio de Toledo/López Serena, 2015: 171); pero este tipo de
investigación pone de manifiesto, por otra parte, hasta qué punto los datos
ofrecidos en las gramáticas no responden sin más a un modelo «general-
mente aceptado» de lengua ejemplar, sino al criterio gramaticográfico de
sus autores. Frente al acto de fe en la intención del gramático de describir
la lengua y/o prescribir los usos correctos, hay que considerar el peso de su
actitud doctrinal, en gran medida independiente de la propia lengua como
conjunto de variantes e incluso de los usos del propio gramático cuando
no está elaborando un tratado gramatical. Es decir, se observa, como se
ha puesto de manifiesto desde los estudios historiográficos, el carácter
autorrepresentativo de las formas lingüísticas codificadas en este tipo de
obras, aunque, evidentemente, no sean contradictorias con usos concretos
o variantes de la lengua viva en algunos de sus registros.

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Incorruptibles curvas: apuntes sobre la
difusión de los cambios morfosintácticos*

Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta


Universidad Autónoma de Madrid

Resumen. El empleo de corpus electrónicos, generalizado con el cambio de siglo,


ha modificado sustancialmente el modo de hacer morfosintaxis histórica, susci-
tando (entre otras cosas) un mayor interés por las evoluciones que ocupan toda
la historia lingüística del español y por las correspondientes curvas de evolución
diacrónica. Sin embargo, son escasas las reflexiones teóricas acerca de los factores
que determinan la difusión de los cambios que tales curvas retratan. Este trabajo
se centra en las posibilidades que ofrece la abundancia de datos disponibles hoy
día para un mejor conocimiento de los fenómenos de escasa frecuencia, de los
fenómenos recesivos y del estatuto diasistemático de los fenómenos sujetos a
cambio, conocimiento que a su vez resulta determinante en multitud de ocasiones
para una cabal comprensión del éxito o fracaso de dichos cambios e invita, por
otra parte, a establecer con mayor detalle su variada tipología.
Palabras clave. Cambio morfosintáctico, difusión, curvas evolutivas, gramatica-
lización, variación diasistemática.

Abstract. Over the turn of the 21st century, the use of data from large electronic
corpora has changed research on Spanish historical syntax, spurring interest in
long-range evolutions and the shape of the correspondent diachronic curves. How-
ever, general reflections on diffusion and the factors that drive and influence it
are still pretty much lacking. In this paper, I reflect on the research possibilities
laid open by the availability of such large masses of data, focusing particularly

* La investigación que sustenta este trabajo se inscribe en los proyectos nacionales


de investigación Diccionario histórico de las perífrasis verbales del español: gramática,
pragmática y discurso (II). Perífrasis temporales y aspectuales (FFI2016-77397-P) y Pro-
cesos de gramaticalización en la historia del español (V): gramaticalización, lexicalización
y análisis del discurso desde una perspectiva histórica (FFI2015-64080-P). Agradezco a la
amabilidad de Mar Garachana la atenta lectura previa de un primer borrador.
346 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

on new knowledge on syntactic change brought about by the study of low-fre-


quency phenomena and of recessive changes, as well as on the exploration of
changes conditioned by dialect contact and textual traditions. I conclude with
some remarks on the general typology of diffusion in syntactic change.
Keywords. Morphosyntactic change, diffusion, S-shaped curves, grammaticaliza-
tion, dialectal variation, textual variation.

Las siguientes páginas requieren, creo, de una disculpa previa —digá-


moslo así— propter divagationem mentis ad plura. En ellas recojo las
observaciones que hice en una mesa redonda cuyos componentes, según
el designio —acertado, en mi opinión— de su coordinador, nos esfor-
zamos por trazar un estado muy somero de la cuestión y por proponer
algunas posibles sendas de exploración futura (que quizá estarán, cuando
se publiquen estas actas, ya más que trilladas) acerca de aspectos de la
investigación diacrónica aún necesitados de mayor atención por parte de
los especialistas. Elegí el asunto de la difusión del cambio (morfo)sintáctico
(frente al mucho más tratado de la innovación en ese mismo ámbito) por
parecerme este, precisamente, un campo apenas desbrozado —al menos, de
forma medianamente sistemática— hasta la fecha. Mis apuntaciones solo
pretendían ser un acicate para la discusión en aquel foro, y mi idea nunca
fue publicarlas; pero la invencible amabilidad con que los editores de este
volumen han sabido ejercer la proverbial insistencia aragonesa me lleva a
tratar de darles forma, mal que bien, en lo que sigue. Son varios los blancos
a que tiro, y acaso no atine del todo en ninguno: mi esperanza es que el
lector pueda, con todo, encontrar en alguna revuelta de este baturrillo tal o
cual observación capaz de atraer su interés por ahondar en un terreno para
el que apenas contamos, a día de hoy, con algunas exploraciones zahoríes.
1. Es cosa conocida que el estudio histórico de la (morfo)sintaxis del
español ha ido ganando terreno a lo largo de las últimas cuatro décadas
hasta alcanzar una posición claramente dominante dentro de la investiga-
ción diacrónica (cf. entre otros Cano 1991, 1995, 2000; Company 2005;
Girón 2005, 2006; Kabatek 2012), lo que ha tenido un reflejo muy inme-
diato en el predominio constante de trabajos de ese ámbito en las actas de
los congresos de la AHLE, celebrados a partir de 19871. Si en dichas actas

1
Ya Cano (1995: 324) señaló el mayor peso de las comunicaciones sobre morfo-
sintaxis histórica en las dos primeras actas de estos congresos, preponderancia que se ha
mantenido e incluso acentuado en actas sucesivas. Según cálculos de Company (2017),
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 347

se pasa revista a las contribuciones de la sección de Morfología y Sintaxis


históricas basadas en la recolección personal de datos (esto es, en datos no
meramente acopiados de publicaciones especializadas previas) y se dividen
estas en función del periodo que estudian, el resultado es el que ofrece la
Tabla 1, que permite extraer de forma intuitiva dos conclusiones principa-
les: la masa de trabajos dedicados exclusivamente a la lengua medieval ha
ido menguando de forma constante; y, en cambio, se han multiplicado los
trabajos que contemplan toda la evolución histórica de la lengua («holocró-
nicos»), con un salto cuantitativo muy apreciable a la altura del VI Congreso
(Madrid, 2003).

Congreso Lengua Lengua


Lengua Estudios
(año de las clásica moderna
medieval holocrónicos
actas) (ss. XVI-XVII) (ss. XVIII-XIX)
I CIHLE (1988) 25 (80,5%) 5 (16%) 0 1 (3%)
II CIHLE (1992) 38 (77,5%) 7 (14%) 1 (2,5%) 3 (6%)
III CIHLE (1996) 17 (77%) 0 1 (1%) 5 (22%)
IV CIHLE (1998) 22 (63%) 6 (17%) 0 7 (20%)
V CIHLE (2002) 21 (57%) 9 (24%) 1 (3%) 6 (16%)
VI CIHLE (2006) 25 (46%) 5 (9%) 2 (4%) 22 (41%)
VII CIHLE (2008) 18 (37,5%) 4 (8%) 4 (8,5%) 22 (46%)
Total (277) 166 (60%) 36 (13%) 9 (3%) 66 (24%)
Tabla 1. Estudios basados en la recolección personal de datos incluidos en la
sección de Morfología y sintaxis históricas de las actas de los primeros siete
congresos de la AHLE (1987-2006).

Son varias, seguramente, las causas de estas dos evoluciones comple-


mentarias, pero sobre todas ellas, en mi opinión, cabe destacar dos: cierta
proclividad creciente a realizar (y a aceptar como válidos) estudios de largo
alcance cronológico basados en un número muy reducido de fuentes (gene-
ralmente consideradas representativas en razón de su canonicidad literaria o
cultural) para cada etapa; y, sobre todo, el manejo cada vez más abundante
de las grandes masas de datos accesibles a través de corpus informatizados.

a la morfosintaxis se ha dedicado, en las nueve actas hasta ahora editadas, el 29% de las
contribuciones (437 de 1514), frente al 22% (339/1514) de la lexicología y semántica y
—a bastante distancia ya— el 19% (286/1514) de la historiografía e historia de la lengua,
que forman las tres secciones de mayor peso.
348 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

Compendia oportunamente ambas tendencias Rolf Eberenz, añadiendo una


advertencia acerca de uno de los peligros que implican:
Disponemos de un canon de textos, la mayoría de ellos «literarios», entre los
cuales seleccionamos dos o tres obras por siglo para estudiar los datos que nos
interesan […]. Los corpus digitalizados y las herramientas informáticas permiten
análisis tanto estadísticos como lingüísticos de creciente precisión. Sin embargo,
la información pletórica almacenada en los ordenadores conlleva un peligro, pues
sus datos tienden a convertírsenos en una masa amorfa que nos incita a perder
de vista la variación entre diferentes textos y dentro de una misma obra (Eberenz
2009: 189).

De los corpus electrónicos, ha sido el CORDE, sin duda, el que ha


tenido mayor impacto en la disciplina. Así lo sugiere la Tabla 1, pues el
gran salto adelante de los trabajos holocrónicos se produce a compás del
acceso generalizado a ese corpus, estrenado con el siglo. El CORDE, desde
luego, ofrece al investigador sirtes variadas en que encallar, y no solo del
tipo mencionado por Eberenz: se han señalado, por ejemplo, tanto la falta
de calidad filológica de una parte de los textos disponibles como los pro-
blemas de datación (pues esta se fija en la fecha de composición original
de las obras y no en la de los testimonios, a veces mucho más tardíos, en
que se basan las ediciones reproducidas), de recuperabilidad de los datos
(asunto especialmente importante en las búsquedas sintácticas) y de dis-
tribución de la masa textual, con periodos mucho mejor representados que
otros2. Pero, a pesar de estos inconvenientes, es indudable que el CORDE
ha supuesto, como señala su principal impulsor, una verdadera «revolu-
ción instrumental» (Rojo 2012: 433-434) que ha transformado la disciplina
desde su misma base, es decir, desde el acceso a los datos. Así lo indica
con evidencia la observación de los treinta y seis trabajos de morfosintaxis
presentados al último congreso de la AHLE (Cádiz, 2012; actas de 2015),

2
Para estos aspectos, cf. ya Lucía (2003) y, más recientemente, Garachana/Artigas
(2012), Lleal (2013), Kabatek (2012, 2016), Octavio de Toledo (2016a) u Octavio de
Toledo/Rodríguez Molina (2017). Con todo, el CORDE manifiesta muchos de estos proble-
mas en menor proporción que otros corpus competidores, en especial el Corpus del Español
de Mark Davies, que presenta ventajas en cuanto a las posibilidades del lenguaje de consul-
tas, pero también más lagunas textuales y menor cuidado filológico: para el cotejo crítico
de ambos corpus, cf. Davies (2009) y Rojo (2010), así como, con aportaciones en torno
a fenómenos concretos, Nieuwenhuijsen (2009) o García Salido/Vázquez Rozas (2012).
Para las características generales del CORDE, cf. además Sánchez/Domínguez (2007) y
Rojo (2012); para las posibilidades de su explotación con fines sintácticos, cf. por ejemplo
Sánchez Lancis (2009), Buenafuentes/Sánchez Lancis (2012) y Octavio de Toledo (2016a).
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 349

de los que tan solo una cuarta parte (9/36) se ha realizado sin recurso a
un corpus electrónico, mientras son más de la mitad (19/36, 53%) los que
se basan en el CORDE3. En una rama de la lingüística tan dependiente del
análisis de conjuntos de datos, esta modificación instrumental ha traído
consigo, pues, una notable reorientación de los objetivos: en apenas veinte
años, los especialistas parecen haber pasado de centrar sus preocupaciones
en el conocimiento detallado de la morfosintaxis medieval (con escasas
incursiones en otras épocas) a preocuparse en buena medida por el trazado
y el análisis de las trayectorias holocrónicas (las «curvas» evolutivas) de
los fenómenos que estudian.
Puesto que la cantidad exponencialmente superior de datos disponibles
y las transformaciones de forma y fondo que ha suscitado su explotación
han supuesto una de las más sustanciales modificaciones que ha conocido
la morfosintaxis histórica del español en estos últimos años, dedicaré las
próximas páginas a glosar, antes que los inconvenientes4, las ventajas de
semejante abundancia, dividiéndolas convencionalmente (pues, en la prác-
tica, las dos categorías se solapan con frecuencia) en las de tipo cuantita-
tivo, como la posibilidad de explorar fenómenos de muy baja frecuencia
(§§ 2-3) o la de establecer trayectorias evolutivas más precisas (§ 4), y las
de carácter cualitativo, como la oportunidad de captar correlaciones entre
esas trayectorias mejor perfiladas (§§ 5-7) o la de asentar con datos más
firmes el estatuto variacional de un fenómeno, en términos, por ejemplo,
de adscripción diatópica o de tradicionalidad discursiva (§ 8).

3
Otros seis trabajos (17%) utilizan el Corpus del Español de Davies, en la mitad
de los casos (3 de 6) junto al CORDE. Son cuatro (un 11%) los trabajos que se sustentan
en el CODEA, y dos estudios (5,5%) recurren al corpus Biblia Medieval (en uno de los
casos, junto al CODEA). Solo dos trabajos emplean el método holocrónico de seleccionar
únicamente dos o tres obras por siglo, en un caso con el complemento del CORDE. De
los estudios realizados sin un corpus electrónico, la gran mayoría (6 de 9) aborda exclusi-
vamente el español medieval, lo que muestra que las excepciones al empleo de dicho tipo
de corpus responden en general a la pervivencia del método más tradicional de recogida
de datos con miras al estudio de la lengua anterior a 1500. A efectos de la comparación
con la Tabla 1, la mayoría de las contribuciones sobre morfosintaxis del IX CIHLE son de
carácter holocrónico (17 de 36, un 53%): les siguen las centradas solo en la Edad Media
(14, un 39%), y son tan residuales como de costumbre las dedicadas a la lengua clásica (3,
un 8%) y moderna (2, un 6%); estos datos, pues, confirman la continuidad de las tendencias
recientes observables en la Tabla 1.
4
A ellos me he referido en Octavio de Toledo (2014a, 2016a), Fernández Alcaide
et al. (2016) o Rodríguez Molina/Octavio de Toledo (2017), trabajos a los que remito al
lector interesado.
350 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

2. Gracias a un corpus como el CORDE resulta ahora posible estudiar,


pongamos por caso, la construcción de ínfima frecuencia en que un infini-
tivo se antepone al auxiliar tener, ya con un clítico intermedio (1c) o sin él
(1a, 1b), con la preposición de junto al infinitivo (1a) o sin ella (1b, 1c)5.
El Gráfico 1 (cf. Octavio de Toledo 2016b), que traza la evolución de estos
distintos esquemas, muestra, principalmente, dos cosas: que la frecuencia
de la construcción creció de manera sostenida mientras existió (esto es, de
mediados del siglo XV a 1650, aproximadamente: véase la línea más gruesa,
que representa en porcentaje la proporción sobre el conjunto de casos de
la construcción para cada periodo); y que entre fines del Cuatrocientos y
mediados del siglo XVI se produjo un rápido incremento del empleo en
exclusiva del esquema sin preposición y con clítico, formalmente análogo
al (mal) llamado «futuro analítico» cantarlo he (véanse la línea continua
más fina y la discontinua de trazo largo); además, con esa transformación
formal se emparejó otra distribucional, pues experimentó un incremento
igualmente rápido la presencia de la construcción en el arranque de las
oraciones principales, lo que de nuevo la asemeja crecientemente a los
futuros y condicionales analíticos, prácticamente restringidos a esa clase
de contextos6.
(1a) non solamente a su coamante de dar tyene, mas a otras çyento ha de con-
tentar (Alfonso Martínez de Toledo, Corbacho, 1438 [ms. de 1466]).
(1b) ¿quién pensar pudiera que así las fuerças de mi propósito enflaquecer
tenían? (Diego de San Pedro, Arnalte, ca. 1480, 124).
(1c) no puedo más, seguirle tengo; somos de un mismo lugar (Quijote, II, 33,
906).

En definitiva, la observación de estas trayectorias apoya la idea de que


en los albores del español clásico se produjo, mediante el esquema de (1),
un tímido intento de sustitución léxica del futuro analítico (tener en lugar de
haber, ya casi abandonado como verbo posesivo) del mismo tipo de la estu-
diada por Garachana (2011) para la perífrasis deóntica con infinitivo (tener
de INF por haber de INF). Ahora bien, para que dicha sustitución léxica
fuera posible, los hablantes aún debían de poder reconocer de algún modo
un elemento autónomo en el formante final de cantarlo he (como ya sugirió

5
A través de búsquedas exhaustivas en el CORDE pueden recuperarse hasta 367
casos; cf. Octavio de Toledo (2016b).
6
Para el comportamiento sintáctico y otras propiedades de los futuros y condicionales
analíticos, cf. sobre todo Castillo (2002), Company (2006), Girón (2007), Bouzouita (2011),
Octavio de Toledo (2015a) y Batllori (2016).
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 351

Gráfico 1. Valores porcentuales (para cada periodo) de varios parámetros y


frecuencia global relativa para los esquemas con infinitivo antepuesto a tener.

Anipa 2000); a su vez, esta idea refuerza el análisis —defendido, conviene


recordarlo, por Nebrija— del «futuro analítico» no como un extraño «futuro
interrumpido», sino como una auténtica perífrasis, semejante a las formadas
con otros predicados modales, con los que también fue relativamente común
la anteposición o «frontalización» del infinitivo (acompañado de clíticos,
en su caso: decirlo {debo / puedo / quiero}) hasta 1660. Desde esa fecha,
todo el haz de construcciones con el infinitivo ante el verbo modal flexio-
nado prácticamente desaparece (cf. Octavio de Toledo 2015a), incluida
la auxiliada por tener, a pesar de que, como muestra el Gráfico 1, en el
momento de su extinción no parecía mostrar síntoma alguno de declive,
sino más bien de expansión. Así, la pérdida de las secuencias INF (+ clítico)
+ verbo modal (incluida cantarlo he), parece haberse dado de manera casi
catastrófica (cf. Bernárdez 1994; López García 1996, 2011), posiblemente
porque su motivación última no esté en un cambio gradual como la progre-
sión de los entornos de proclisis, sino en una reconfiguración relativamente
rápida de la estructuración informativa en la periferia izquierda oracional,
que restringió notablemente, entre fines del XVI y mediados del XVII, la
presencia de sintagmas focalizados sin valor contrastivo a la izquierda del
verbo principal (cf. Mackenzie 2010; Sitaridou 2011; Sitaridou/Eide 2014;
Batllori/Hernanz 2015; Batllori 2016). Sea ello como fuere, no carece de
interés —y esto es lo que más me interesa subrayar aquí— que algunas de
las pruebas más contundentes del carácter perifrástico de cantarlo he, de
su solidaridad con un conjunto amplio de construcciones que responden a
una configuración común básica y del modo en que se produjo la pérdida
352 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

conjunta de todas ellas provengan, precisamente, de un pequeño grupo de


esquemas de frecuencia insignificante como los de (1), cuyo estudio siste-
mático difícilmente podría haberse emprendido sin el recurso a un gigan-
tesco corpus digitalizado. El estudio de los fenómenos de baja frecuencia
puede tener, por tanto, un impacto que rebasa con mucho su mero interés
descriptivo y abre las puertas, en ocasiones, a la formulación de nuevas
hipótesis sobre la evolución de conjuntos amplios de fenómenos.
3. Por lo demás, el interés por los cambios escasamente documentados
modificará también, según creo, nuestro modo de abordar la extracción de
datos, empujándonos más allá de la búsqueda en corpus convencionales
(y por convencionales entiendo, en este contexto, controlados y cerrados,
con un número finito —por grande que sea— de fuentes seleccionadas
con ciertos criterios por una instancia concreta). Cuando del CORDE (o su
sustituto reciente, el CDH), el Corpus del Español, el CODEA+, el COR-
DIAM o la herramienta de búsqueda de la Biblioteca Virtual Miguel de
Cervantes (por mencionar solo los principales corpus consultables en línea
que permiten explorar el español no solo medieval, sino también posterior)7
solo sea posible extraer un puñado de datos acerca de una construcción o
esquema sintáctico, los investigadores cada vez seremos más proclives,
probablemente, a la rebusca de más datos en un repositorio abierto (pues
su incremento es constante) y no mediado (en el sentido de que las obras
descargadas no se eligen en función de criterios filológicos, sino, si acaso,
bibliológicos)8 de testimonios sustancialmente originales (y no interveni-
dos por la acción de un editor moderno) como Google Libros. En esa
plataforma pueden encontrarse, por ejemplo (y quizá no sea baladí decirlo
en las actas de un congreso celebrado en tierras aragonesas) decenas de
ejemplos que confirman, con la seguridad que dan los detalles de los origi-

7
Para un listado más exhaustivo de los corpus disponibles en red, cf. Kabatek (2016:
15-16).
8
En efecto, en ese portal digital se encuentran con frecuencia todos aquellos libros
antiguos de un determinado fondo que los bibliotecarios han decidido escanear en función
de su accesibilidad, grado de conservación, fecha o lugar de impresión, pertenencia a tal
o cual colección, calidad o importancia librarias, etc., sin prestar en cambio atención a la
calidad «literaria» de tales obras, lo que diversifica notablemente su tipología. Para los
efectos de los prejuicios filológicos (y, en particular, de los adoptados a partir de la histo-
ria de la literatura) sobre los textos estudiados y disponibles en ediciones filológicamente
fiables, cf. sobre todo Pons (2006) y Montaner (2011). Las principales características de
un corpus auténticamente representativo para los intereses de la lingüística histórica han
sido descritas por Kabatek (2013).
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 353

nales acerca del lugar de edición (y, en ocasiones de sus responsables), el


carácter exclusivamente oriental del uso preposicional de bajo + SN (bajo
la cama) durante el español (pre)clásico (2a, 2b) (cf. Octavio de Toledo
2015b), mostrando a su vez que no es trivial (sino, al contrario, urgente)
el esfuerzo de extender las investigaciones de tipo dialectal a las fuentes
impresas y a los siglos modernos.
(2a) Mi marido está baxo la cama (Exemplario contra los engaños y peligros
del mundo, Zaragoza, 1493).
(2b) Estavan baxo el árbol confundidos hombres y brutos (Baltasar Gracián,
Criticón, II, 205).

Por otra parte, y en la estela de investigaciones pioneras como las de


Morala (2002) o García de Paredes (2011), ha comenzado ya la pesquisa
de fenómenos de baja frecuencia (que lo son, en muchas ocasiones, por su
evidente marcación diatópica o diafásica, con la consiguiente dificultad de
aparición en corpus dominados por obras ajustadas a los correspondientes
estándares de prestigio de cada época) en el más amplio e irrestricto de
los corpus posibles, es decir, en el ancho mar de Internet, a impulsos de
un motor de búsqueda que arroja datos de toda índole, cuya correcta dis-
criminación y contextualización requiere de no poco esfuerzo filológico.
No es difícil, sin embargo, encontrar perlas en ese mar profundo de las que
la consulta de los corpus convencionales apenas ofrece un destello lejano.
Así, un solo ejemplo en España del cuantificador algotro en el CORDE
(3) encuentra refrendo como rasgo extremeño (lo era Felipe Trigo) y del
occidente manchego (mucho más que andaluz, como sostiene el DRAE) si
se atiende a sus manifestaciones geográficamente asignables en el motor
de búsqueda Google; y, por mencionar (así sea solo de pasada) las posibi-
lidades de estos medios para la investigación del léxico, la voz mengajo,
sin apariciones en CORDE/CDH ni en CREA/CORPES XXI, pero ya presente
como murcianismo en Autoridades, confirma su adscripción dialectal (con
tendencia a extenderse hoy día por el oriente manchego) mediante el mismo
tipo de búsquedas. El Mapa 1 ofrece, justamente, los resultados de algotro
(hacia el oeste, en tonos más oscuros) y mengajo (hacia el este y sureste,
en tonos más claros) obtenidos en búsquedas directas a través de Google
cuyas condiciones, restricciones y limitaciones he expuesto en otro lugar
(Octavio de Toledo 2016c): es esta la ocasión, en cambio, de destacar en
qué medida estas nuevas fuentes de información están destinadas a faci-
litar nuestro acceso a elementos lingüísticos de difícil seguimiento hasta
la fecha y, con ello, a modificar nuestra visión de muchos fenómenos que
354 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

hasta ahora hemos descartado por residuales o marginales y que, de nuevo,


pueden arrojar luz sobre la evolución de procesos más amplios: la génesis
occidental de algotro, por ejemplo, condice perfectamente con la expan-
sión de oeste a este de otro indefinido con alg-, alguien, con la escasez o
ausencia de algo hacia el oriente o con la presencia en gallego y portugués
de otras formaciones con alg-, como algures.
(3) Unas cosa las vide yo mesmo, por mis ojo; algotras de endenantes, y de las
que hición los tres en la ermita con aquellas probe (Felipe Trigo, Jarrape-
llejos, 1914).

Mapa 1. Resultados españoles geográficamente localizables de la búsqueda en


Google de algotro (círculos y triángulos) y de mengajo (óvalos y cuadrados);
apud Octavio de Toledo 2016c.

4. En cuanto al establecimiento de curvas evolutivas más precisas, no es


mi intención referirme aquí a las mejoras técnicas (como las posibilidades
que abre al análisis multifactorial el manejo del lenguaje de programación
R: cf. por ejemplo Bivand et al. 2013; Arnold/Tilton 2015) y de cálculo,
particularmente en el ámbito de la estadística inferencial (cf. para ello,
con aplicación a la historia del español, el espléndido libro de Rosemeyer
2014). Me detendré, en cambio, en dos aspectos complementarios que se
me antojan de mayor calado teórico: de un lado, trabajos como el del pro-
pio Rosemeyer (2014) acerca de la extinción de la construcción activa con
ser + participio, el de Marco/Marín (2015) sobre la expansión de estar +
participio o el ya clásico de Rodríguez Molina (2004) sobre la difusión de
haber + participio muestran a las claras, con una enorme cantidad de datos,
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 355

que la progresión o regresión de esos auxiliares en los entornos estudiados


se produce en función de su progresiva adopción o rechazo por parte de
grupos concretos de predicados (por ejemplo, los participios que indican
existencia o aparición de estado, como permanecer o suceder, pierden antes
la posibilidad de combinarse con ser; los participios de verbos de transfe-
rencia, como dar, se asocian antes y en mayor medida que otros al esquema
con haber; y el gran salto adelante de estar + participio coincide en buena
medida con su adopción por parte de los predicados psicológicos de objeto
experimentante, como preocupar); puesto que en todos estos casos parece
darse la conocida difusión o regresión de los esquemas sintácticos impli-
cados según una curva logística o curva en forma de S (cf. Kroch 1989;
el Gráfico 2 muestra, a modo de ilustración, el declive de ser + participio
con valor resultativo), cabe preguntarse si existe una asociación entre dicha
clase de curva y una forma concreta de extensión (y retracción), la mediada
por la permeabilidad léxica.

Gráfico 2. Evolución de la frecuencia relativa de la construcción resultativa con ser


+ participio (tomado de Sánchez Marco et al. 2012).

Por otro lado, naturalmente, es posible que, en realidad, la difusión


mediante una curva en S sea la única posible para el cambio sintáctico,
como han afirmado recientemente Blythe/Croft (2012) (cf. también Neva-
lainen 2015), quienes achacan esa peculiar curvatura a la valoración que
experimenta la variante en términos de prestigio dentro de una comunidad
de hablantes, si bien con total independencia de cuál sea la estructura social
de esta:
356 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

the overall structure of the trajectory of a language change [is] an S-curve, no


matter how it [is] propagated through grammatical contexts, words, speakers,
texts, geographical regions, or social classes. This overall trajectory appears to
be determined by differential weighting of variants (replicator selection) (Blythe/
Croft 2012: 294).

Además de la difusión léxica («through words»), estos autores men-


cionan explícitamente otra modalidad de difusión a través de elementos
lingüísticos, la de tipo sintáctico («through grammatical contexts»). Este
parece ser el caso de la expansión de hemos en detrimento de habemos,
según otra curva sinuosa que va desenroscándose principalmente a lo largo
del español clásico (Gráfico 3; cf. Bustos/Moreno 1992; Rodríguez Molina
2012). El proceso parece claramente guiado por la progresiva extensión
de hemos desde su entorno sintáctico de origen en castellano (el formante
final de los futuros analíticos: cantarlo hemos) a la perífrasis formal y
—sobre todo— semánticamente afín haber de INF, y de ahí, en una fase
sucesiva, a los perfectos con haber + participio, menos relacionados tanto
formal como semánticamente con los citados esquemas, pero igualmente
perifrásticos. Así lo sugieren los datos de la Tabla 2, procedentes del
recuento exhaustivo de los ejemplos disponibles en el CORDE entre 1500
y 1530, precisamente el tramo en que hemos experimenta su pronunciado
auge inicial: en ella puede observarse que, si bien en términos globales
hemos y habemos exhiben frecuencias similares (el 50% del total para
cada forma), existe sin embargo una asociación mucho mayor de hemos
con haber de INF (el 70% de los ejemplos de esta perífrasis adopta la
forma corta, mientras solo la prefiere el 41% de los ejemplos de haber
+ participio) y una especial retención de habemos en los usos posesivos
o plenos, los más alejados (por el carácter no auxiliar de haber en estos
entornos) del contexto original.

Gráfico 3. Evolución de la frecuencia proporcional (en porcentaje) de hemos (curva


ascendente) frente a habemos (curva descendente) a lo largo del español (pre)clásico.
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 357

hemos habemos TOTAL


Futuro analítico 165 (100%) 0 165
Haber de + INF 358 (70%) 154 512
Haber + PP 594 (41%) 853 1447
Uso posesivo 32 153 (83%) 185
Σ 1149 (50%) 1160 (50%) 2309
Tabla 2. Frecuencias de uso (totales y en porcentaje) de hemos y de habemos en
cada uno de los contextos sintácticos en que pueden figurar. Datos del CORDE
para el periodo 1500-1530.

También Rosemeyer (2016), por ejemplo, observa una expansión


mediante contextos sintácticos en la competencia de ser y haber por los
entornos reflexivos9. Procesos como estos corroboran la importancia que
tiene la extensión mediante relaciones de semejanza entre contextos sin-
tácticamente afines durante el proceso de actualización de un cambio a
medio o largo plazo, como ha sugerido De Smet (2012, 2013). Lo que
más nos interesa aquí, sin embargo, es que no resulta seguro que esta
clase de extensión sintáctica se comporte, en términos de difusión, exac-
tamente igual que la extensión léxica. La curva del Gráfico 3, en efecto,
no posee a primera vista las características típicas de una curva en S, con
un comienzo y un final suaves y una zona intermedia más pronunciada;
al contrario, parece existir una fase central de relativa estabilidad, tras
un impulso inicial y una generalización final bastante rápidas. La razón
puede estar en que la curva en S responde a la naturaleza misma de la
difusión léxica: apenas unas pocas lexías adoptan el cambio al principio;
puesto que las conexiones semánticas entre elementos léxicos son de tipo
reticular, grupos enteros de lexías interconectadas se suman en cascada,
con efecto acumulativo o de «bola de nieve», en las fases intermedias;
y al final quedan únicamente algunos reductos aislados de resistencia, lo
que explica el menor ritmo de extensión en la última fase. Sin embargo, la
extensión puramente sintáctica (syntactic context expansion; cf. Himmel-
mann 2004: 32-33) puede proceder de forma más irregular: en un cierto

9
«[L]a expansión de la frecuencia de uso de haber + PtcP en el período 1425-1524
dependió completamente de la expansión de haber + PtcP a los nuevos contextos sintácti-
cos. La relevancia de este resultado reside en el hecho de que permite una hipótesis sobre
las causas de la sustitución de ser + PtcP por haber + PtcP en el español: el análisis sugiere
que la expansión de haber + PtcP hacia los contextos de uso previos de ser fue causada
por el factor sintáctico de la reflexividad» (Rosemeyer 2016: 499).
358 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

momento, la variante puede acceder a varios contextos simultáneamente


(o sucesivamente, pero en un tiempo muy corto) y expandirse entonces
a gran velocidad; una vez alcanzados todos los entornos disponibles, sin
embargo, su progresión puede estancarse, pues, a diferencia de lo que
ocurre en la difusión léxica, no recibe necesariamente el impulso de la
adopción sostenida por parte de un número creciente de miembros de
una clase paradigmática (host-class expansion; cf. de nuevo Himmelmann
2004: 32-33); hasta aquí, naturalmente, la trayectoria es precisamente la de
una curva en S (pues hay que contar con una larga fase previa en que la
variante en expansión está ceñida a su entorno de origen, en este caso los
futuros analíticos); pero la existencia de una fase acelerada de mutación
final —esto es, de abandono o arrinconamiento diasistemático de una de
las variantes en competencia, de acuerdo con la tipología de fases del
cambio propuesta por Coseriu (1983: 55)—, debida con toda probabilidad
a la actuación de una preferencia consciente por parte de los hablantes,
supone una llamativa diferencia. Cierto es que la propuesta de Blythe/Croft
(2012) se refiere no solo a las curvas en S «puras», sino también a aque-
llas evoluciones «compatibles» con una curva en S (Blythe/Croft 2012:
293), esto es, las trayectorias que, como la del Gráfico 3, contienen una
curva logística en la fase crucial que lleva de la difusión temprana de una
solución o esquema a su coexistencia equilibrada con otra(s) variante(s) en
competencia10. Con todo, la observación de otras trayectorias correspon-
dientes a fenómenos de extensión sintáctica podría contribuir a precisar
hasta qué punto las diferencias observadas respecto de la extensión léxica
son generalizables a un conjunto amplio de evoluciones.
5. El establecimiento de un número cada vez mayor de curvas de fre-
cuencia suficientemente precisas invita, precisamente, a compararlas entre
sí, ejercicio que puede desvelar correlaciones hasta ahora escasamente
exploradas. El proyecto GRADIA, al que pertenezco11, ha investigado la
evolución de un conjunto amplio de perífrasis modales, cuyas trayectorias

10
Es, al menos, lo que cabe suponer, pues los autores no se detienen particularmente
en este asunto. Sí reconocen, sin embargo, que entre los casos que estudian se encuentran
varios en que se produce, en lugar de una tendencia a la generalización final, una «reasona-
bly stable variation with the variants fluctuating around a mean percentage value» (Blythe/
Croft 2012: 280), configuración que de todos modos subsumen dentro de las curvas en
S, de donde cabe inferir que el ritmo de la generalización final, si es que se da, carece de
importancia en la consideración de una trayectoria como curva en S.
11
Puede consultarse su página electrónica en la dirección <[Link]
[Link]/gradia>.
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 359

pueden verse en el Gráfico 4. Llama la atención, por ejemplo, que tanto


el auge como el declive de haber de INF se relacionen inversamente no
solo con la curva de deber (de) INF (lo que en principio resulta esperable,
dada la naturaleza deóntica de ambas), sino también con la de poder INF,
hecho que sugiere la entrada de haber de INF en una competencia por la
expresión de valores epistémicos, más frecuentes con esta perífrasis de lo
que suele pensarse (cf. Garachana/Hernández Díaz 2016). En cambio, el
incremento de tener que INF, perífrasis a la que se ha achacado tradicio-
nalmente la regresión de haber de INF, no parece menoscabar directamente
el uso de esta última construcción hasta los albores del siglo XX, lo que
puede tomarse como indicio de que, al menos en origen, una y otra no
competían en exceso por los mismos valores (tener que INF surge como
perífrasis claramente obligativa; cf. Garachana 2016).
El Gráfico 4 ayuda, por otra parte, a entender la importancia de la
coevolución en haces de construcciones formal y semánticamente afines,
esto es, la posibilidad de que una determinada trayectoria se vea impulsada
(o frenada) por el devenir de otras en su mismo ámbito de variación (enve-
lope of variation). Los efectos de la coevolución se dejan sentir también,
por ejemplo, en la perífrasis con infinitivo antepuesto cantar(lo) tengo
(cf. de nuevo el Gráfico 1): la curva que indica la presencia de clíticos en
el esquema crece con fuerza hasta mediados del siglo XVI, indicando una
clara convergencia con cantarlo he, construcción en que el clítico es obli-
gatorio; pero esa tendencia convergente no se completa, sino que la curva
se estabiliza e incluso decae claramente en el siglo XVII, probablemente
porque la construcción con tener abandona el modelo del «futuro analí-
tico» (en clara recesión ante el asedio, sobre todo, de la solución enclítica
cantarelo) y comienza a asimilarse a las secuencias analogas con deber,
poder o querer, en las que el clítico es posible, pero no necesario (Octavio
de Toledo 2016b). Lo que me interesa dejar aquí apuntado, en cualquier
caso, es que la formulación de tales hipótesis viene directamente sugerida
por la comparación de trayectorias evolutivas, ya describan estas la evolu-
ción de fenómenos enteros (Gráfico 4) o de comportamientos sintácticos
particulares para un fenómeno dado (Gráfico 1): sin la observación de las
curvas de frecuencia, estas nuevas posibilidades de análisis no se hubieran
presentado fácilmente a los estudiosos.
Por otro lado, la trayectoria de haber de INF en el Gráfico 4 lleva a
preguntarse si también los fenómenos que en un determinado momento
entran en recesión siguen siempre, durante la fase regresiva, una curva
descendente en S (cf. por ejemplo el Gráfico 2). Blythe/Croft (2012) no se
360 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

Gráfico 4. Evolución de las frecuencias relativas (por millón de palabras) de nueve


perífrasis modales (elaboración de Malte Rosemeyer sobre datos de los miembros
del proyecto GRADIA).

ocupan de este tipo de cambios a partir del momento en que llegan a su


punto culminante:
there are […] changes in our survey that appear to stop and go in reverse. These
may be interpreted as changes following an S-curve trajectory that are then inte-
rrupted; we do not analyze such changes here (Blythe/Croft 2012: 279).
Como muchos otros investigadores, Blythe/Croft (2012) se interesan,
pues, exclusivamente por las características de la difusión exitosa. La ten-
dencia a ocuparse solo de la fase ascendente de los cambios es común, por
ejemplo, con las observaciones hechas acerca de la relación entre grama-
ticalización y frecuencia:
As long as frequency is on the rise, changes will move in a consistent direction
[…]. When a grammaticalization construction ceases to rise in frequency, various
things happen, but none of them is the precise reverse of the process (Bybee
2011: 77).
El incremento de frecuencias, pues, es síntoma de gramaticalización,
pero quedamos enteramente ayunos acerca de cómo debe interpretarse el
declive en términos de ese modelo del cambio morfosintáctico. Puesto que,
en principio, nada obliga a asumir que los cambios que llegan a generali-
zarse (es decir, los que alcanzan la fase de mutación coseriana) sean más
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 361

abundantes que los que fracasan a medio camino, parece evidente que los
estudios de gramaticalización aún no han logrado formular una visión de
la difusión que no sea parcial y sesgada, por circunscrita a la fase temporal
en que el elemento o esquema gramaticalizado se expande12.

6. Pero no solo las fases recesivas plantean dudas acerca de la gene-


ralidad de las curvas en S13. La extensión del artículo ante oraciones com-
pletivas encabezadas por que (Gráfico 5; cf. Lapesa 1984; Herrero 2013;
Octavio de Toledo 2014a) muestra un patrón de difusión que difícilmente
cabe asimilar a una función de ese tipo, sino más bien a una curva exponen-
cial, con un comienzo prolongado y suave y un incremento particularmente
brusco a continuación, y sin una tercera fase de crecimiento moderado
(nótese que, después de alcanzar un máximo, el fenómeno se vuelve regre-
sivo, retrocediendo, esta vez sí, según un patrón en S).

Gráfico 5. Difusión del artículo ante oraciones con que en frecuencias ponderadas
por periodos. Datos del CORDE.

12
Por lo demás, como señala Nevalainen (2015), la presencia de curvas en S en las
fases recesivas requiere de explicaciones adicionales de tipo sociolingüístico, a diferencia
de lo que ocurre en las fases expansivas, donde esa clase de trayectoria resulta esperable:
«If the outcome is expected (with the benefit of hindsight, for example), the diffusion of
linguistic change along an S-shaped curve does not necessarily call for an explanation, but
a change reversal normally does».
13
Dejo aquí deliberadamente al margen el caso de los fenómenos que Company (2017)
denomina cambios continuos, esto es, aquellos que evolucionan sin que en su difusión
o regresión existan cambios de ritmo apreciables entre la fase inicial, la intermedia y la
final. Para otra clase de objeciones a la pretendida universalidad de la difusión sintáctica
mediante trayectorias en S, cf. Denison (2003) o Winter-Froemel (2014).
362 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

Blythe/Croft (2012) descartan explícitamente la existencia de este tipo


de trayectoria:
To our knowledge there are no clearly documented cases of a change going toward
completion that follows […] an exponential curve (either slow start with a rapid
completion and no tapering off, or an immediate rapid increase followed by a
slow completion rate) (Blythe/Croft 2012: 280).

Conviene decir enseguida, desde luego, que se trata de un tipo de curva


extremadamente infrecuente, cuyo mayor interés reside en que obliga a
preguntarse si esta clase de difusión no surge solo en ciertas circunstancias
especiales. La respuesta es, en mi opinión, afirmativa: la construcción del
Gráfico 5 surge a partir de una extensión del artículo como marca sintáctica
desde un esquema afín preexistente, en el que el artículo figura ante una
oración de infinitivo en que este tiene claro valor verbal (cf. Torres 2009).
El «contagio» del artículo a las completivas con que se produce, como se
aprecia en el Gráfico 6, en el momento de mayor frecuencia de la cons-
trucción con infinitivo (indicado en el gráfico por una barra de color más
claro), que cuando entra en declive parece arrastrar igualmente al desuso a
la construcción derivada con artículo ante que. El esquema del Gráfico 5
cunde, pues, al calor del éxito de otro formal y semánticamente afín que le
sirve de construcción de apoyo (supporting construction; cf. De Smet/Fis-
cher 2017), fenómeno no raro, pues se encuentra igualmente, por ejemplo,
en la extensión (semántica, esta vez) desde un valor exceptivo a otro adver-
sativo exclusivo de la secuencia nexual sino es (cf. Octavio de Toledo 2008):
como muestra el Gráfico 7, el valor adversativo aflora abruptamente en el
momento de mayor éxito del esquema exceptivo y se hunde, a continuación,
con forma de S, al ritmo que marca la regresión de la construcción matriz.

Gráfico 6. Artículo ante infinitivos verbales (datos del CORDE, infintivos con a- y r-).
Incorruptibles curvas: apuntes sobre la difusión de los cambios 363

Gráfico 7. Evolución de las frecuencias ponderadas de sino es con (a) valor


exceptivo (sino es 1: no se casan sino es con permiso) y (b) valor adversativo
(sino es 2: no son pobres sino es ricos) a partir de los datos del CORDE.

Es posible, pues, que nos hallemos ante un tipo específico de difusión


que, dada la dependencia que muestra la construcción derivada de aquella de
la que surge, podríamos denominar «parasítica». En este tipo de extensión
a nuevos valores semánticos o esquemas sintácticos, propia al parecer de la
gramaticalización secundaria (la que afecta a elementos o secuencias que ya
poseen valor gramatical; cf. sobre todo Traugott 2002; Norde 2012; Breban
2014, 2015), podría darse la aparición de curvas exponenciales, que por lo
tanto serían sintomáticas del modo de expansión y recesión propio del proceso
que Haspelmath (2004) denomina retracción (Gráfico 8), esto es, la aparición
y posterior eliminación de una función (en el sentido de emparejamiento de
significante y significado con valor propio) situada en el extremo de una cadena
de gramaticalización (para cuya estructura característica, cf. Heine 1992).

Gráfico 8. Gramaticalización en cadena y retracción según Haspelmath (2004: 33).

En cualquier caso, la formulación de esta hipótesis, necesitada desde


luego de ulterior comprobación en la evolución de fenómenos semejantes,
364 Álvaro S. Octavio de Toledo y Huerta

es de nuevo posible merced a la observación de las correlaciones entre


curvas que describen las trayectorias de fenómenos afines.
7. La correlación de trayectorias puede aplicarse igualmente, por
ejemplo, a la comprobación de la hipótesis formulada por Postma (2010),
según la cual un cambio fracasado relativamente residual (por sus ba