Cartilla de Formacion para Asistentes R XXIX
Cartilla de Formacion para Asistentes R XXIX
para Asistentes
-REUNIR-
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ÍNDICE:
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CÓMO SUPERAR LA MUERTE DE UN SER QUERIDO
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Audiencia general 17/06/15 – Papa Francisco
– Con la gracia divina muchas familias demuestran que la muerte no tiene la última palabra
– La muerte forma parte de la vida, pero cuando toca a nuestros seres queridos es como si se detuviera
el tiempo
– Si se custodia la fe, la muerte no tiene la última palabra, las familias que afrontan la muerte con
amor
– La esperanza nos asegura que nuestros seres queridos están en las manos de Dios
– La experiencia del luto puede generar una solidaridad más fuerte en las familias
– A todos nuestros seres queridos que se han ido, el Señor nos los devolverá
– Esta esperanza nos protege de la visión nihilista de la muerte y del consuelo falso que ofrece el mundo
– No se debe negar el derecho al llanto en el luto
– El amor de Dios es más fuerte que la muerte, de ese amor tenemos que hacernos cómplices con
nuestra fe
– El Señor nos devolverá a todos nuestros seres queridos. Esta es nuestra esperanza, ¡y no defrauda!
3. ¿Es mejor vivir o morir? “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir
en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento apremiado por
las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con
mucho lo mejor...” (Flp 1, 21-23). La felicidad del hombre consiste en amar y ser amado.
Cuando un alma parte a la casa del Padre ahí es amada por Dios y ama a Dios. Un día el
hombre dejará de sonreír, de caminar y de cantar… pero nunca dejará de amar. En vez de
recibir la muerte con lágrimas, deberíamos recibirla con una sonrisa porque nos conduce al
encuentro, cara a cara, con nuestro Creador.
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padre muere es como si no muriese, pues deja tras de sí –algunas veces- un hijo semejante a
él”. (Si. 30, 4).
5. ¿Hay que temer la muerte? No, pero cuando se tiene miedo, por algo será… Opta por una
muerte que te lleve al cielo. Que no te pase como aquel epitafio que decía: “Aquí yace un
hombre que murió sin leer el libro que lo iba a salvar: la Biblia”. O aquel otro que decía: “He
aquí un ateo que no tiene a dónde ir”. Hay que vivir de tal manera que si volviéramos a nacer
elegiríamos seguir el mismo camino. Santa Teresa no temía la muerte, al contrario, ella decía:
“Muero porque no muero”. Para desear la eternidad es necesario imaginar el abrazo del
Padre.
6. ¿Por qué existe la muerte? Porque el hombre quiere ver a Dios y para verlo es necesario
morir. El hombre surgido del polvo debe retornar al polvo y el alma surgida de Dios debe
volver a Dios. Las dos verdades absolutamente ciertas de la vida son nuestra existencia y lo
inevitable de nuestra muerte. Todos los hombres mueren, pero no todos viven. San Ambrosio
predicó: “Es verdad que la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se
introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como un
remedio (...). En efecto, la vida del hombre, condenada por culpa del pecado a un duro
trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un
fin a estos males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. La
inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia (…) No
debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación”.
7. ¿Por qué no sabemos el día que vamos a morir? Si supiéramos el día de nuestra muerte no
viviríamos cada día con la misma intensidad. Nadie sabe ni cómo ni cuándo morirá. Nadie por
más que se esfuerce puede añadir una hora al tiempo de su vida. La muerte es lo más cierto,
pero el día es lo más incierto. No olvides que no es necesario ser viejo para morir. No vale la
pena indagar el cómo, el cuándo ni el dónde moriré; pero sí vale estar preparado.
8. ¿Qué actitud debemos tomar ante la muerte de un ser amado? No rechazar a Dios porque
nos lo ha quitado, sino agradecerle porque nos lo ha dado. “¿Conviene llorar a un muerto?
Sí, pero no lamentarse cuando muere en aras de Dios”, como dijo un amigo. Dios es
misericordioso y “la misericordia se siente superior al juicio” (St 2, 13) Porque “nuestra
maldad es una gota que cae en el océano de la misericordia de Dios”. “Jesucristo crucificado
está como un tapón entre la muerte y el infierno”. Dios es comprensivo porque sabe todo y
saberlo todo es perdonarlo todo. Jesús nos enseñó: “Sed misericordiosos como vuestro Padre
celestial es misericordioso”. Mientras que el apóstol Santiago escribió: “Habrá un juicio sin
misericordia para el que no tenga misericordia hacia los demás” (St 2, 13) Recuerda: para
obtener misericordia para uno mismo, es necesario tener misericordia hacia los demás. “Al
final de la vida sólo queda lo que hayamos hecho por Dios y los demás”.
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¿POR QUÉ EL VATICANO NO DA SU RIQUEZA A LOS POBRES?
"El Vaticano es millonario y acumula muchas riquezas", "El Papa vive en la opulencia",
"La Iglesia debería de vender todo lo que tiene para darlo a los pobres", "Jesús era pobre, el
Papa vive como rey", "Mientras la Iglesia vive entre oro, los pobres bien gracias",
A lo largo de nuestra vida escuchamos a mucha gente opinar como en los ejemplos anteriores,
¿estás de acuerdo con alguna de ellas o todas? ¿Crees que el Vaticano es millonario? ¿Que en
vez de ayudar a los pobres, los ofende con sus riquezas? Muchas personas en el mundo critican
a la Iglesia por su "fabuloso tesoro" o al Papa por vivir como "rey".
Tan solo en el año 2011, ante la visita del Papa por la realización de la Jornada Mundial de la
Juventud (JMJ), hubo protestas en España bajo una campaña denominada "De mis impuestos, al
Papa cero" que comenzó a difundir sin base alguna, que la JMJ costaría 100 millones de euros y
que el gobierno español los cubriría "desviando recursos públicos para fines privados." ¿Fue todo
esto cierto?
¿Sería una solución para los pobres el vender todas las catedrales, basílicas o todo el Vaticano?
Lo que muchos no saben es que los bienes de la Santa Sede y muchas basílicas y catedrales
están protegidos por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la
Cultura (UNESCO). Según el sitio web oficial de la UNESCO, los bienes de la Santa Sede están
protegidos por cinco de sus criterios de ocho ya existentes:
1- Por representar una obra maestra de la creatividad del genio humano
2- Por exhibir un importante intercambio de valores humanos, en un lapso de tiempo o
dentro de un área cultural del mundo, sobre la evolución de la arquitectura o tecnología,
artes monumentales, urbanismo o diseño paisajístico.
3- Por dar testimonio único o excepcional, al menos de una tradición cultural, una
civilización viva o desaparecida.
4- Por ser un ejemplo sobresaliente de un tipo de identificación, conjunto arquitectónico
o tecnológico o de paisaje que ilustre una(s) etapa(s) importante(s) en la historia
humana.
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5- Porque directa o tangiblemente está asociado con eventos o tradiciones vivas, con
ideas, o con creencias, con trabajos artísticos y literarios de destacada significación
universal.
Cómo los bienes del Vaticano y otras edificaciones religiosas están protegidas por la UNESCO
no se pueden vender. El Vaticano no es dueño de todo ese patrimonio, sino que es encargado
de administrarlo y de preservarlo, el verdadero dueño es ahora la UNESCO. De igual manera la
UNESCO es dueño de otras joyas históricas o culturales del mundo: la Torre Eiffel, las Pirámides
de Giza o las de Machu Picchu, la Estatua de la Libertad o la Acrópolis de Atenas. Y si se pudieran
vender, ¿En manos de quien caerían todas esas joyas del cristianismo? Lo más probable es que
en manos de magnates millonarios o coleccionistas, en vez de estar abiertos al público. ¿Y por
qué vender solo el Vaticano? ¿Por qué no seguir vendiendo más, como las obras del Museo de
Louvre, el Palacio de Buckingham o la Casa Blanca? Sin duda sería injusto solo reclamar a la
Iglesia el que venda su patrimonio pero a los demás países no.
El Vaticano no puede vender lo que hay en sus museos por qué son para disfrute de los turistas,
no solo cristianos, sino también de otras religiones o creencias. También sirven para
investigaciones históricas de diferentes organizaciones como la reconocida
NationalGeographicSociety que hacen uso de los documentos del Archivo Vaticano. Sin duda
sería inaceptable que toda esa historia se vendiera y se perdiera, y más aún, que todo eso no
alcanzara para acabar con la pobreza, pues cubriría necesidades por corto tiempo si es que
menos.
Las acusaciones continúan. Muchas personas afirman: "Jesús vivió como pobre, el Papa vive
como rey", "El Papa se da muchos lujos en vez de dar su tesoro a los pobres", "La Iglesia debe
dejar sus riquezas para parecerse más a Cristo." ¿Será todo esto cierto? ¿Quería Jesús que
viviéramos en total pobreza?
Jesús nació pobre, de una familia de bajos recursos, en un pesebre y vivió cómo pobre, ¿Por
qué? Los judíos esperaban a un Mesías Rey que viniera a acabar con la opresión de los romanos
con el uso de la espada. Jesús en cambio, nace pobre para demostrarles que esa idea suya estaba
equivocada. No es de extrañarnos que la Biblia mencione que "Jesús, sabiendo que querían
apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña." (Juan 6, 15) ¿Por qué se
negaba Jesús a coronarse como rey? Ciertamente no era por qué Jesús viera detestable el ser
rey, de hecho el mismo afirmó "Tú lo dices: yo soy rey" (Juan 18, 37). Jesús se negó por qué venía
a enseñar humildad y desprendimiento -no vivir en pobreza total- y no por qué no fuera digno.
Él mismo agregó: "Mi realeza no es de este mundo." (Juan 18, 36). La realeza de Jesús no se
basaba en el poder, sino en el amor. Jesús mismo es descrito como rey en un espléndido trono
al cual alaban en el cielo (Apocalipsis 4, 2-4) (Apocalipsis 4, 10-11)
Jesús enseñaba más bien la pobreza del corazón (Mateo 5, 3) y el desprendimiento (Mateo 6,
19-21), para que nuestra confianza no fuera puesta solo en el dinero. Los ricos, no son malos por
tener riquezas, sino cuando no las comparten o ponen su confianza solo en ellas. (1 Timoteo 6,
17-18) Vivir en pobreza total no es por tanto un requisito para ser cristiano. El mismo San
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Ambrosio dijo una vez: "no toda pobreza es santa, ni todas las riquezas son pecaminosas."
(Catena Aurea, Vol. I, 341).
Entre tantas acusaciones a la Iglesia están aquellas que dicen: "La Iglesia no ayuda a los pobres",
"El Vaticano no hace nada por la gente de África", "El Papa no ayuda a los más necesitados."
Estas acusaciones representan solo un desconocimiento real de los hechos o simples calumnias.
¿Hace algo la Iglesia por los más necesitados? Mucho más de lo que se imagina la gente.
Hace casi dos mil años Jesús dijo a sus díscipulos: "El Rey dirá a los que tenga a su derecha:
"Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el
comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron
de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso,
y me vinieron a ver". Los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos
de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y
te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?". Y el Rey les responderá: "Les
aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron
conmigo". (Mateo 25, 35-40) Ellos comprendieron que debían de ayudar al prójimo en sus
necesidades materiales, y no solo en las espirituales.
El mismo San Pablo aclaró que los mismo Apóstoles le habían encomendado esa tarea: "Por eso,
Santiago, Cefas y Juan [...] Solamente nos recomendaron que nos acordáramos de los pobres, lo
que siempre he tratado de hacer." (Gálatas 2, 9-10). Por eso mismo, la Iglesia que apenas surgía
sentía un compromiso social con los más necesitados. El emperador Juliano, a quién llamaban
"el Apóstata" por haber abandonado el cristianismo, tuvo que admitir sin rodeos la obra social
de los cristianos en Roma: "Estos impíos galileos no sólo alimentan a sus propios pobres, sino
también a los nuestros; recibiéndolos en sus ágapes los atraen como los niños son atraídos con
pasteles" (Alvin J. Schmidt, "Social Result of EarlyChristianity", pág.328.) y también afirmó:
"Mientras que los sacerdotes paganos descuidan a los pobres, los odiados galileos se dedican a
obras de caridad [...] Ver sus fiestas de amor y sus mesas extendidas para los indigentes. Tal
práctica es común entre ellos, y provoca un desprecio para nuestros dioses" (
CardenalCaetanoBaluffi, "La Caridad de la Iglesia: Una prueba de su dinividad", pág. 16).
Fue la Iglesia la que fundó los primeros hospitales y las primeras universidades. ¿Le suenan los
nombres de las universidades de Oxford, Cambridge, París o Padua? Están universidades son
varios ejemplos de los primeros centros de enseñanza que fundó la Iglesia Católica. La Iglesia
cuenta con misioneros, sea religiosos o laicos que están comprometidos con la labor social de
ayudar en cuestiones materiales, y no solo espirituales y morales. En 1996, el Vaticano dedicó
5,2 millones de dólares en ayuda humanitaria, sin contar con los aportes previos de laicos y
órdenes religiosas.
En 1985 la Iglesia contaba alrededor del mundo con 45.562 jardines de infancia, con 3.786.723
de niños en ellos. De estos centros, 3.835 estaban en África, 5.331 en América del Norte, 5.857
en Hispanoamérica, 6.654 en Asia, 23.566 en Europa y 319 en Oceanía. Este mismo año dirigía
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78.160 escuelas primarias y elementales con 22.390.309 alumnos; atendía 6.056 hospitales,
12.578 ambulatorios, 781 leproserías, 10.467 Casas para ancianos, enfermos crónicos, inválidos
y minusválidos, 6.351 consultorios familiares, 6.583 guarderías infantiles, 7.187 centros
especiales de educación o reeducación social y otros 23.003 centros asistenciales.
Hacia el año 2000, la Iglesia administraba 408.637 parroquias y misiones, 125.016 escuelas
primarias y secundarias, 1.046 Universidades, 5.853 Hospitales, 13.933 centros de acogida para
ancianos y discapacitados, 74.936 dispensarios, leproserías, enfermerías y otras instituciones.
En total, la Iglesia es responsable de la educación de 55.440.887 niños y jóvenes (más de 55
millones), y dispone de 687.282 centros sociales en todo el mundo.
Ante la situación que se vive en Sahel donde 18 millones de personas se enfrentan al hambre
cada día, RyanWorms, responsable de comunicación de Caritas Internacionalis afirmó: "para los
católicos, todos somos hermanos y hermanas, no importa el país, no importa la religión, ni
tampoco el color de la piel." El portavoz también agregó: "En Nigeria --un país de mayoría
musulmana--, a todos los pueblos a los que fuimos nos dijeron: ‘Caritas está siempre a nuestro
lado, siempre nos acompaña, no es solo de un momento, vamos ahí, les vamos a entregar comida
y ya nos vamos, no. Es un gran trabajo’"
Por otro lado, los Papas, al contrario de las críticas populares, si se preocupan por los pobres.
Por ejemplos, el Papa Juan Pablo II en una ocasión destinó 1.720.000 dólares a poblaciones
afectadas por calamidades y para proyectos de promoción cristiana; 1.313.000 a comunidades
indígenas, mestizas, afroamericanas y campesinos pobres de América Latina; 1.800.000 para la
lucha contra la desertificación y la carencia de agua en el Sahel. Mientras que el Papa Benedicto
XVI "envió una suma de 100 mil dólares para la acción caritativa de la Iglesia católica en Siria en
favor de la población afectada, independientemente de su religión o ideas políticas." ("Benedicto
XVI envía ayuda a afectados por conflicto sirio", Diario Granma, La Habana, Cuba, del 2 de abril
de 2012)
No cabe duda de que las acusaciones de que "¡la Iglesia no ayuda a los pobres!" quedan
desmentidas ante las pruebas de labor social que ha realizado la Iglesia. Es de admirar la obra
de los misioneros en países como África, donde no van a leer la Biblia solamente, sino que
también buscan en que pueden ayudar. La Iglesia sigue ayudando, y lo seguirá realizando en el
futuro, pues es un decreto de Jesús el ayudar al más necesitado, como si lo ayudáramos a él
mismo. Cabe preguntarse ahora, ¿Ayudan a los pobres los acusadores de la Iglesia?
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¿POR QUÉ LOS SACERDOTES NO SE CASAN?
El celibato es un Don de Dios
Este celibato sacerdotal es un «don peculiar de Dios» (Código de Derecho Canónico c. 277), que
es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se
le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella.
Conlleva también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.
Mt. 19, 11-12: Entonces él les dijo: No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes
es dado. Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son
hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa
del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba.
El sacerdote es célibe porque Cristo, sumo pontífice y Sacerdote Eterno fue célibe y el sacerdote
ministerial es participación del Sacerdocio de Cristo. El sacerdote escoge a Cristo como el
supremo amor de su vida, y, como hijos, a las almas que Dios le confía.
La invitación de Cristo al que quiera vivir en intimidad con Él, le exige la renuncia a otros amores:
"Quien no odia (manera hebrea de recalcar la renuncia total) a su padre, a su madre, a su mujer
y a sus hijos no es digno de mí". (Lucas 14, 25)
La Iglesia, como esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y
exclusivo como Jesucristo, Cabeza y Esposo, la ha amado.
El celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y
dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres» (Código de Derecho Canónico
c. 277). En efecto, como sugiere San Pablo (1Cor 7,32-34) y lo confirma el sentido común, un
hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de
los demás hombres, si tiene, al mismo tiempo, una familia por la cual preocuparse y de la cual
es responsable.
Por lo tanto, el celibato, no es una renuncia al amor o al compromiso, si no, una opción por un
compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos.
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CASTIDAD ¿POR QUÉ? ¿PARA QUÉ?
Suele surgir la pregunta: ¿es lo mismo castidad y virginidad?, ¿en qué se diferencian?
Y como dice el Catecismo: “La unión carnal solo es moralmente legitima cuando se ha
instaurado una comunidad definitiva entre el hombre y la mujer “
De este modo, la castidad es una virtud, un hábito que me perfecciona en orden del
amor. La persona casta se encuentra mejor dispuesta para amar. Lejos de ser una actitud
represiva y que quite la libertad, la castidad es una actitud de ordenación, implica ordenar todas
las fuerzas del mundo de la sexualidad hacia el amor, entendido éste como la búsqueda del bien
y lo mejor para el otro. Así, la castidad esta llamada a darme libertad, es decir, libertad para amar
con más plenitud.
Es cierto que hay muchos “NO”, pero deben ser entendidos como la expresión de un “SI”
mucho más grande. Los “NO” son consecuencia de un “SI” mayor, donde se encuentra la esencia
de la castidad.
La castidad sin ser la más perfecta de las virtudes, es una de las más necesarias. Se
vincula con la pureza, la cual es una virtud eminentemente positiva y constructiva que templa el
carácter y lo fortalece. Es imposible guardar la pureza de cuerpo sin guardarla también de
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corazón y pensamiento. Por ello, para guardar castidad es necesario vigilar los pensamientos y
la imaginación.
Vivir la pureza no quiere decir rechazar o negar nuestros deseos. Quien vive la castidad
tiene deseos sexuales al igual de quien no lo hace, y no es pecado tenerlos, Dios los ha creado,
ese no es el problema. El problema es qué es lo que hago con esos deseos. Así, quien vive la
castidad ha aprendido a orientar esos deseos hacia el amor; ha aprendido que un hombre o
mujer no es objeto de placer sino un hijo/a amado/a de Dios; ha aprendido que el sexo fuera del
matrimonio es egoísta y contrario a la voluntad de Dios porque no hay una entrega total, libre,
fiel y fecunda; ha aprendido a orientar el deseo sexual al fin que Dios le dio: Amar como el ama,
a través de una donación sincera de sí mismo.
Ahora bien, ¿cuáles son los principales pecados contra la castidad?. Son pecados
gravemente contrarios a la castidad cada uno según la naturaleza del propio objeto: el adulterio,
la masturbación, la fornicación, la pornografía, la prostitución, el estupro y los actos
homosexuales. Estos pecados son expresión del vicio de lujuria.
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CAUSA DE BAUTISMO EN LOS NIÑOS
Que un niño goce del amor de sus padres ya desde la concepción, no es ningún condicionamiento
negativo sobre la libertad y voluntad del niño. Más aún, es lo más hermoso que un niño puede
poseer: el amor y afecto de sus padres.
Qué triste es ver a niños maltratados y rechazados por sus propios padres. ¿Por qué, pues, será
el amor de Dios un mal para el nuevo bautizado? Gozar del amor de Dios es lo máximo que se
puede pedir, y nosotros no tenemos el derecho de privar a nadie del don de ser amado.
El bautismo es la puerta del encuentro con Cristo, el fundamento de toda la vida cristiana y la
incorporación al pueblo de Dios, la Iglesia. Contiene en germen toda la acción santificadora de
la gracia de Dios, que se irá desarrollando a lo largo de toda su vida. El hombre que hoy se bautiza
como niño, llegará con la ayuda de la Iglesia, a responder conscientemente a la gracia que ha
recibido. Necesitará de sus padres y de la misma Iglesia, pues son quienes han proclamado la fe
en nombre el niño y se han hecho garantía de la educación y del desarrollo de su fe.
«Quien no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Juan 3,5)
Las objeciones contra el Bautismo de los niños proceden de una triple ignorancia: Ignorancia de
los bienes del Bautismo, de la Palabra de Dios y de la práctica de la Iglesia.
Jesucristo lo dijo claramente a Nicodemo: «Quien no nace del agua y del Espíritu no puede entrar
en el reino de Dios» Juan 3, 5. Jesucristo no excluye a nadie, todos necesitan del Bautismo. «Lo
nacido de la carne, es carne, lo nacido del Espíritu, es espíritu». Si un niño no está bautizado no
es nacido del Espíritu. Lo que Enseña el Antiguo Testamento
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Los niños en la Antigua Alianza no esperaban a ser adultos para incorporarse al pueblo de Dios,
sino que eran circuncidados al octavo día. Lee: Hechos 7, 8. El Bautismo sustituye a la
circuncisión, por eso los primeros cristianos bautizaban a los niños.
La Práctica de la Iglesia
En un inicio, la mayoría de los bautizados eran adultos. No era posible de otra manera porque
era una Iglesia de convertidos. Pero ya desde entonces era costumbre bautizar «casas» enteras:
1 Corintios 1, 16; Hechos 16, 15. 33. Los miembros de la casa incluían a las mujeres, a los niños
y a los esclavos aunque no se mencione.
El Bautismo era comparado con el Arca de Noé, donde se salvaba la familia entera: Padres e
hijos. 1Pedro 3, 20-21. La salvación era para toda la familia.
San Policarpo que murió en 155 d.C. en el momento de su martirio, cuando se le pide abjurar de
su fe en Cristo, atestigua: «Hace ochenta seis años que le sirvo», difícilmente podría haber dicho
eso si no hubiese sido bautizado desde niño.
La fe, no es sólo un acto personal, sino también una virtud sobrenatural. Los niños no son
capaces de un acto personal de fe, pero sí pueden tener la fe como virtud sobrenatural. De la
misma manera que «el amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espírtu Santo que
nos ha sido dado», es decir, por gracia y no por nuestro propio esfuerzo asi también el Espíritu
Santo da la fe a los que reciben el Bautismo. (La Doctrina de la Fe, Franco Amerio p.445)
Objeciones
1ª. Objeción. La fe es necesaria para el Bautismo, los niños no pueden hacer un acto de fe, por
tanto no pueden ser bautizados.
La Iglesia está de acuerdo: «El Bautismo es el sacramento de la fe». (CIC 1253). «El que creyere
y se bautizare se salvará» (Marcos 16, 16) Por eso «..el Bautismo jamás se ha administrado sin
fe: para los niños se trata de la fe de la Iglesia». (Instrucción sobre el Bautismo de los Niños No.
18).
Entrar al cine sin boleto es un fraude, pero si otro paga mi boleto, tengo tanto derecho a entrar
como si yo lo hubiera pagado.
Cristo siempre exigió la fe para sanar a los enfermos, pero en el caso de los niños bastaba la fe
de su padre o su madre, como es el caso de la hija de Jairo, Marcos 5, 36 y de la hija de la
sirofenicia, Mateo 15, 28.
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Nadie se puede dar la fe a sí mismo. El niño recibe la vida de sus padres, y la fe de la Iglesia. Es
una fe inicial, en semilla, que después debe crecer y volverse adulta, sin embargo basta para
recibir el Bautismo. De esta forma los niños reciben la fe y con ella la vida eterna como un don
gratuito de Dios a través de la iglesia. Lee: CIC n. 169.
La Sra. Edith era una convencida Bautista, pero sucedió que uno de sus hijos nació con Síndrome
de Down. El pastor se negó a bautizarlo porque el niño «no podía hacer un acto de fe». Para la
Sra. Edith las palabras de Cristo eran claras: «Quien no nace del agua y del espíritu no puede
entrar en el Reino de Dios». ¿Por qué su hijo iba a estar excluido del Reino de Dios? Decidió
llevar a su hijo a una iglesia donde lo bautizaran y así se convirtió el niño en hijo de Dios y ella a
la fe católica.
2ª. Objeción. Los niños no necesitan Bautismo porque ellos son inocentes y no tienen pecado.
El que no distingue, confunde. Los niños no tienen pecados personales, pero sí tienen el pecado
original.
San Pablo opone a la universalidad del pecado, la universalidad de la salvación en Cristo: «Por
un sólo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó
a todos los hombres, pues todos pecaron…» Romanos 5, 12 Si todos sufren la derrota del pecado,
entonces, todos necesitan el baño que nos lava del pecado: el bautizo.
El Rey David dice en el salmo 50: «Míra, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre…» Si el
bebé, desde el seno de su madre, nace con culpa y es un pecador, quiere decir que también
necesita el «Bautismo para el perdón de los pecados». Lee: Hechos 2, 37. Estudia
detenidamente: CIC n.1250 y 405.
3ª. Objeción. No es bueno imponer a los niños una fe que ellos no han escogido.
Esta objeción revela una gran ignorancia de la palabra de Dios. Porque Cristo recibió el
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Bautismo de Juan, que era un bautismo de penitencia, nosotros en cambio, recibimos el
Bautismo de Cristo, en fuego y Espíritu. Por eso somos «cristianos» y no «bautistas». Y por eso
los católicos bautizamos no como el Bautista lo hacía, sino como Cristo manda: «en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Lee: Mateo 28, 19.
5ª. Objeción. ¿Y qué hay de los niños que mueren sin Bautismo?
«La Iglesia los confía a la misericordia de Dios que quiere que todos los hombres se salven»
(1Timoteo 2, 4) y a la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: «Dejad que los niños se
acerquen a mí, y no se lo impidáis» (Marcos 10, 14). Esto nos permite confiar en que hay un
camino de salvación para los niños que mueren sin el Bautismo. Por esto es más apremiante aún
la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños vengan a Cristo por el don del Bautismo. (CIC
n. 1261).
El papa Francisco reflexionó sobre por qué hay que bautizar a los niños y no hay queesperar a
que sean adultos para recibir el primer sacramento de la Iglesia.“De hecho, somos cristianos en
la medida que dejamos que Jesús viva en nosotros”. Lo dijo este miércoles 11 de abril de 2018
en la Plaza de San Pedro.
“Hay algunas personas que piensan: ¿Por qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos
a que crezca y entienda y sea él mismo a pedir el bautismo”, cuestionó el Pontífice.
“Pero – continuó – , esto significa no tener confianza en el Espíritu Santo. Porque cuando
nosotros bautizamos a un niño entra en él el Espíritu Santo y el Espíritu Santo hace crecer en ese
niño las virtudes cristianas que luego florecerán”.
El Obispo de Roma que desde cuando era arzobispo de Buenos Aires insistía para que sus
sacerdotes jamás negaran el sacramento del bautismo, especialmente a madres solteras,
confirmó hoy: “Se debe dar siempre esta oportunidad a todos los niños; de tener dentro de ellos
el Espíritu Santo para que los guíe por toda la vida”.
“¡No se olviden de bautizar a los niños!”, expresó luego de una pausa y mirando de frente a la
multitud presente.
El contexto de la reflexión del Papa ha sido el pasaje de su catequesis sobre el compromiso que
adquiere el bautizado ya adulto que se acerca por primera vez a este sacramento.
Pues, la tradición del bautismo de los niños – explicó – tiene raíces en la antigüedad cuando eran
bautizados en la fe cristiana de los padres. Y por eso, habló de la razón espiritual que está detrás
de este dono de fe a los niños de brazo.
Pues hay “un antes y un después en el Bautismo como camino de fe”, para que cada persona
bautizada ayude a la transformación del mundo.
En este sentido, remarcó que el bautismo es el primero de los sacramentos y “fundamento de
toda la vida cristiana”, que es “la puerta que permite al Señor hacer su morada en nosotros e
introducirnos en su Misterio”.
Y contó que el verbo griego ‘bautizar’ significa sumergir. “El baño con el agua simboliza en varias
creencias el paso de una condición a otra, es signo de purificación para un nuevo inicio”.
Asimismo, el bautismo “nos hace misioneros en el mundo, cada uno según su propia vocación,
para que el mundo crea y sea transformado”, expresó.
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Por último, Francisco ha dejado una tarea a todos los presentes, en este tiempo pascual, animó
a los fieles a recordar el día de su bautismo.
El bautismo como el “mayor regalo que hemos recibido, para que haciendo memoria de nuestra
condición de cristianos tomemos conciencia de que pertenecemos a Dios y estamos llamados a
ser testigos, en el ámbito donde vivimos, de la alegría de la salvación”.
Cabe recordar, como es tradición en la pasada Vigilia Pascual, Francisco bautizó a varios
catecúmenos adultos durante la celebración. En total este año fueron ocho, tres hombres y cinco
mujeres, cuyas edades comprendían entre los 28 y los 52 años.
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CIELO, PURGATORIO E INFIERNO.
CIELO.
El Credo cristiano – profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción
creadora, salvadora y santificadora – culmina en la proclamación de la resurrección de los
muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.
El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. La
“resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma
inmortal, sino que también nuestros cuerpos, “cuerpos mortales”, volverán a tener vida.
Como católicos creemos firmemente, y así debemos esperarlo, que del mismo modo que Cristo
ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los
justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará
en el último día (cf. Jn 6, 39-40).
El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado
supremo y definitivo de dicha. Por su muerte y su Resurrección Jesucristo nos ha "abierto" el
cielo a aquellos que han creído en Él y que han permanecido fieles a su voluntad.
Santo Tomas sostiene que el cielo es un lugar, no un estado. Y esto es así puesto que el ser
humano es una unidad de cuerpo y alma, nosotros sabemos que nosotros vamos a resucitar al
modo de la resurrección de Cristo, y Él lo hace en cuerpo y en alma, los apóstoles pudieron tocar
su cuerpo. Vamos a resucitar en nuestro mismo cuerpo, pero glorificado, en el momento de
máximo esplendor , cuerpos perfectos. Por ej: si nacimos con una mutilación, ya no la tendremos
en el cielo; y resucitaremos con la edad perfecta, 33 años. Y SI ES QUE TENEMOS UN CUERPO
EN EL CIELO, ESE CUERPO TIENE QUE ESTAR EN UN LUGAR, POR LO TANTO EL CIELO TIENE QUE
SER UN LUGAR y será un lugar nuevo, como dice el Apocalipsis: “Cielo Nuevo y Tierra Nueva”.
Además . afirma, que habrá un tiempo en el cielo, será un tiempo ilimitado que crecerá de
manera infinita, que no quiere decir eternidad, solamente Dios es eterno. Un tiempo que nunca
terminará para nosotros, porque nuestros cuerpos no van a morir más.
Ahora bien, para llegar al Cielo, se necesita una preparación, y este camino que debemos
recorrer, precisamente se da en la vida que tenemos ahora. Dice el Papa Francisco: “Toda la
vida cristiana es un trabajo de Dios, para prepararnos un lugar, para preparar nuestros ojos
para ver, nuestros oídos para escuchar y nuestro corazón para amar. Porque nuestra alma
necesita estar preparada para contemplar el rostro de Dios. Es en el camino de la vida, que el
Señor nos va preparando para ese encuentro, valiéndose de las pruebas, las consolaciones,
tribulaciones, y de todas las cosas buenas.”
Nuestra vida es un caminar con la posibilidad de alcanzar esta meta: la santidad. Esta
preparación de la que venimos hablando para alcanzar la vida eterna, está fundada/basada en
la Gracia, para alcanzar la Vida Eterna y el grado de gloria que hayamos merecido, debemos
morir en estado de gracia.
Antes de su Ascensión, Jesús, les dice a sus discípulos: “No se inquieten. Crean en Dios y crean
también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, ¿les habría dicho
a ustedes que voy a prepararles un lugar? Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar,
volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde Yo esté, estén también ustedes. Ya
conocen el camino del lugar adonde voy”. Esta es la promesa que Jesús hizo a sus discípulos
antes de partir y que también nos hace a cada uno de nosotros.
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San Pablo en la carta a los Corintios, dice: “Como está escrito: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente
humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman.” Realmente es algo
inmenso e inimaginable, pidamos a Dios mucha fe, para aprender a vivir en estado de gracia y
así alcanzar este regalo del cielo.
EL PURGATORIO:
Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque
están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de
obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta
purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados.
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido
sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico , para que, una vez purificados,
puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las
indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos: «Llevémosles socorros y hagamos
su conmemoración. Si los hijos de Job fueron purificados por el sacrificio de su padre (cf. Jb 1,
5), ¿por qué habríamos de dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto
consuelo?
INFIERNO:
Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa
permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de
autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa
con la palabra "infierno".
La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente
puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un
llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con
su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión:
"Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la
perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el
camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14).
Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria
una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final.
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CONCUBINATO
- Se lo llama también “unión libre”, “unión a prueba”, “convivencia”, etc.
- Recordemos que hoy por hoy se tiende a dar un nombre emocionalmente más benévolo a situaciones que
objetivamente implican alguna irregularidad o situación irregular (ej: aborto, se lo llama “interrupción
voluntaria del embarazo”; en el concubinato, sucede lo mismo, se lo tiende a denominar equívocamente
“unión libre”). Esto se denomina “eufemismo”.
- Sólo se lo denomina “unión libre”, pero el término es un eufemismo: pensemos, ¿qué puede significar una
unión en la que dos personas NO se comprometen entre sí y testimonian con ello una falta de confianza en el
otro, en sí mismos o en el povernir? (CIC 2390).
- Muchas veces, bajo esta figura se cubren, esconden, ocultan situaciones o cuestiones personales mucho
más profundas: rechazo al matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse y formar compromisos a largo
plazo, malos consejos recibidos, entre otros. Hay que reflexionar sobre ellos y atender sus causas.
- ¿Cuándo se verifica en la realidad? Cuando un hombre y una mujer se niegan a dar forma jurídica a una
unión que implica intimidad sexual (CIC 2390).
ALGUNOS TIPS:
1. El amor humano no tolera la prueba. Pero tampoco implica un desconocimiento absoluto de la otra
persona con la cual eventualmente uniría mi vida. El amor humano exige un don total y definitivo de las
personas entre sí.
2. El “irse a vivir juntos”, “probar”, “ver cómo funciona” e “ir viendo cómo va”, no garantiza mayor
estabilidad ni permanencia ni fidelidad en la relación. Yo me detendría a pensar por qué quiero irme a vivir
junto con esa persona y qué es lo que estoy buscando en realidad.
3. Muchas veces irse a vivir juntos es visto como un “modo de avanzar” en la relación. Pero en realidad
tenemos que preguntarnos, conozco lo suficiente a la otra persona como para dar este paso? Las respuestas
pueden ser dos, si o no. Si no lo estoy, bueno, será lo más adecuado o prudente adentrarnos más en el
conocimiento mutuo. Y si la respuesta es sí, por qué no casarse? Si hay dudas, probablemente no haya amor.
No tendré yo o el otro miedo a un “para siempre”?
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Es cierto que no conocemos TODO del otro: quizás cómo se levanta, las manías que tiene de limpieza —o desorden—
, qué hace en cada momento libre… pero justamente queremos dejar que eso nos “sorprenda” cuando ya vivamos
juntos siendo esposos. Si el amor tiene que ponerse a prueba para “ver si es amor”, entonces desde el inicio, eso no
es amor verdadero.
3. El matrimonio es para siempre, la convivencia no necesariamente (para todos)
¿A qué nos referimos? A que sabemos que cuando nos casemos, será para siempre. La convivencia en nuestro
matrimonio será para siempre. Cuando dos novios deciden convivir, no hay un compromiso de que será para
siempre. Quizás para uno de los dos la expectativa sea que posteriormente decidan casarse y formar una familia;
pero tal vez el otro sólo quiera ver qué tal les va, y a la primera dificultad, dejarlo ahí.
Creo que esto puede herir mucho a las personas, porque no hay un compromiso total con la relación. Es diferente si
deciden casarse y esperar a que se den ese “sí” para siempre y aceptar todo lo que venga después, incluyendo los
retos propios de la convivencia.
***
Siempre hemos pensado que hay un momento para todo. Los novios tienen mucho por hacer, por hablar, por
disfrutar. A los esposos les corresponde otras cosas.
Nada nos da más seguridad que haber decidido dar el paso al matrimonio por las razones correctas. No queremos
casarnos “porque después de tanto tiempo es lo que hay que hacer”, o porque “ya hemos vivido juntos cierto tiempo
y hay que hacerlo”. Queremos casarnos porque la decisión de vivir de la mano del otro es lo que realmente
queremos, y hacer feliz a la otra persona es la prioridad. Al matrimonio lo sostiene el compromiso del “para
siempre” , no la convivencia.
Si te encuentras en medio de la disyuntiva de vivir o no con tu novio o novia, te aseguramos que si esperas al
momento de la boda, los frutos serán enormes. De hecho, la tasa de divorcios es mucho mayor en las parejas que
han convivido antes del matrimonio. ¡Dato interesante!
Si bien por lo general, tenemos que dar razones o explicar por qué no convivir antes de casarnos, tenemos que
tener especial cuidado y atención en que en muchos casos inetrvienen problemas o elementos complejos y de
diversas índole:
• Personas obligadas a convivir
• Ventajas/desventajas económicas de convivir
• Extrema ignorancia
• Situaciones de injusticia
• Pobreza
• Actitud de desprecio de la familia
• Mera búsqueda de placer
• Inmadurez psicológica
La cuestión es bastante sencilla: el penitente, no está dispuesto ni tiene propósito de enmienda. Ordinariamente no
se juntan varón y mujer sólo para rezar juntos el rosario, o para arreglar la economía doméstica o para mutua ayuda,
que pueden darse todos esos servicios en cualquier concubinato, se juntan también, para tener relaciones sexuales.
Y como ya lo dijimos, el amor humano no tolera pruebas ni concesiones parciales. El amor humano exige una
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donación total, completa, mutua, recíproca entre las personas. Yo merezco todo del otro y el otro merece todo de
mi. Y ese todo de mi, implica sin reticencias ni retaceos. El amor humano no es mezquino, por el contrario, es
completamente generoso.
UNA CUESTIÓN CENTRAL ES QUE EN EL CONCUBINATO, Y EN LAS RELACIONES
PREMATRIMONIALES EN GENERAL SE UTILIZA, SE USA A LA OTRA PERSONA. EN EL
MARCO DEL MATRIMONIO SE LA AMA. Y ESO ES CLAVE. Yo soy tan importante y tan
valiosa/o que merezco que me amen por completo, y lo mismo el otro. De hecho, soy tan importante, tan
digna/o, que ni siquiera yo misma/o puedo prescindir de esta dignidad y “rebajarme” a menos.
La pregunta es como un puñal, viviendo bajo el mismo techo ¿están dispuestos los dos a prescindir de todo
acercamiento sexual? ¿Tienen intención de no admitir ninguna posesión de uno sobre la otra? ¿Pretenden vivir
como dos amigos o dos hermanos en una pensión? ¿Evitarán con su presencia, todo deseo de mezclar sus cuerpos?
Si contestan negativamente a estas preguntas, en realidad no existe propósito de enmienda que es la condición
esencial para el perdón. Y lo clave acá es que eso sucede con cualquier pecado. Si no existe propósito de enmienda,
no puedo obtener el perdón, pero es válido para todos los pecados. Yo voy a confesarme porque estoy arrepentido.
FAQ:
1. Por qué “se opone” la Iglesia a las relaciones sexuales prematrimoniales?
Porque quiere proteger el amor. Una persona no puede hacer a otra un regalo mayor que el don de sí misma. “Te
quiero” significa para ambos: “Sólo te quiero a ti, te quiero totalmente y te quiero para siempre”. Puesto que esto
es así, no se puede decir en realidad “te quiero” a prueba o por un tiempo, tampoco con el cuerpo.
Algunos creen tener propósitos serios en sus relaciones prematrimoniales. Y, sin embargo, éstas contienen dos
reservas que no son compatibles con el amor: “la opción de dejarlo” y “el temor a tener un hijo”. Dado que el amor
es tan grande, tan santo y tan irrepetible, la Iglesia pide con insistencia a los jóvenes que esperen a estar casados
para tener relaciones sexuales.
“Donar el propio cuerpo a otra persona simboliza la entrega total de uno mismo a esa persona.” San Juan Pablo II.
2. Cómo se puede vivir como joven cristiano cuando se vive en una relación prematrimonial
o ya se han tenido relaciones prematrimoniales?
Dios nos ama en cada momento, en cada circunstancia poco clara, también en cada situación de pecado. Dios nos
ayuda a buscar la verdad completa del amor y encontrar el camino para vivirla de forma cada vez más clara y
decidida.
En una conversación con un sacerdote o con un cristiano digno de crédito y con experiencia, las personas jóvenes
pueden encontrar un camino para vivir su amor de forma cada vez más clara. En ello, experimentarán que toda vida
es un proceso y que pase lo que pase, siempre se puede comenzar de nuevo con la ayuda de Dios.
ADULTERIO
- Concepto: El adulterio consiste en que una pareja tenga relaciones sexuales cuando al menos uno de ellos
está casado con otra persona.
- Es importante recordar, que al haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, tenemos sus mismas
cualidades, por ejemplo, en nuestra capacidad de amar. Fuimos hechos para amar para toda la vida. Sin
embargo, no siempre resulta fácil ser fiel al cónyuge durante toda una vida. Pero los cristianos que provocan
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frívolamente un divorcio son objetivamente culpables. Pecan contra el amor de Dios, que se hace visible en el
matrimonio y pecan contra el cónyuge abandonado y los hijos abandonados.
- El cónyuge fiel de un matrimonio que ha llegado a ser insoportable, puede abandonar el domicilio común.
Para evitar la escasez de medios, puede ser necesario incluso un divorcio civil.
- En casos justificados, la Iglesia puede investigar la validez del matrimonio en un proceso de nulidad
matrimonial.
FAQ:
1. Pueden separarse cónyuges que están peleados?
La Iglesia tiene un gran respeto ante la capacidad que tiene una persona para mantener una promesa y para
comprometerse en fidelidad para toda la vida. Ella le toma la palabra. Cualquier matrimonio puede correr peligro a
causa de alguna crisis. El diálogo, la oración (en común) a veces también la ayuda especializada pueden ayudar a
salir de la crisis. En especial el recuerdo que en todo matrimonio sacramental hay un tercero en la unión, Cristo,
puede encender de nuevo la esperanza. Pero a quien su matrimonio se ha vuelto insoportable o a quien está
expuesto a violencia psíquica o física, le está permitido separarse. Esto se denomina una “separación de mesa y
cama” que debe ser comunicada a la Iglesia. Aunque en estos casos se ha roto la convivencia, el matrimonio sigue
siendo válido.
Hay casos en los que la crisis del matrimonio se debe atribuir en último término a que uno de sus conyuges o ambos
no eran capaces de contraerlo en el momento del enlace o no aportaban una voluntad plena de contraerlo. En estos
casos, el matrimonio es inválido en el sentido jurídico y puede instruirse un proceso de nulidad ante los tribunales
eclesiásticos.
2. Los divorciados vueltos a casar
Estos, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atención, con el deseo de
que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la Santa Misa, aunque sin
comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración y la participación en la vida
comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o con un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de
penitencia y la tarea de educar a los hijos (Sacramentum Caritatis, Benedicto XVI).
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DIGNIDAD DE LA MUJER
Se habla mucho de la dignidad de la mujer. Es justo, es necesario, reconocer el valor que la mujer
tiene en los distintos ámbitos de la vida humana. Es justo, es necesario, defenderla en su valor,
en su riqueza propia, irrenunciable.
La dignidad de la mujer y su vocación ha asumido en estos últimos años una importancia muy
particular. La iglesia ha mostrado atención, alentada entre otras cosas por el hecho de que la
figura de María, si se contempla a la luz de lo que de Ella nos narran los Evangelios, constituye
una respuesta válida al deseo de emancipación de la mujer: MARIA ES LA UNICA PERSONA
HUMANA QUE REALIZA DE MANERA EMINENTE EL PROYECTO DE AMOR DIVINO PARA LA
HUMANIDAD. ESTE PROYECTO YA SE MANIFIESTA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO MEDIANTE LA
NARRACION DE LA CREACION, QUE PRESENTA A LA PRIMERA PAREJA CREADA A IMAGEN DE
DIOS, SIN EMBARGO LA INTENCION DIVINA VA MAS ALLA DE LO QUE REVELA EL LIBRO DE
GENESIS. EN EFECTO, DIOS SUSCITO EN MARIA UNA PERSONALIDAD FEMENINA QUE SUPERA EN
GRAN MEDIDA LA CONDICION ORDINARIA DE LA MUJER, TAL QUE SE OBSERVA EN LA CREACION
DE EVA. LA EXCELENCIA UNICA DE MARIA EN EL MUNDA DA LA GRACIA Y SU PERFECCION CON
FRUTO DE LA PARTICULAR BENEVOLENCIA DIVINA, QUE QUIERE ELEVAR A
TODOS, HOMBRES YMUJERES, A LA PERFECCION MORAL Y A LA SANTIDAD PROPIASDE LOS HIJOS
ADOPTIVOS DE DIOS. MARIA ES LA BENDITA ENTRE TODAS LAS MUJERES, SIN EMBARGO
EN CIERTA MEDIDA, “TODA MUJER PARTICIPA DE SU SUBLIME DIGNIDAD EN EL PLAN DIVINO.”
El "si" de una mujer al designo de Dios sobre su vida cambió la historia de la humanidad. El
acontecimiento más grande de toda la historia, Dios que se hace hombre, pasó a través de la
humanidad de una jovencísima doncella. María es un modelo para todos los que la siguen y
quieren cambiar el mundo, haciéndolo crecer en la fe y en el amor. María es el primer ejemplo
de como, en un camino de fe, de gracia y de vida plena, la energía de las mujeres es un aporte
importantísimo a la vida de toda la sociedad —sin distinción de raza, lugar de origen o estrato
social— así como a la tarea educativa y misionera de la Iglesia moderna. Una Iglesia cada vez
más atenta y maternal en relación a la humanidad y a la vida, y que puede aprovechar la
sensibilidad femenina para enfrentar las necesidades de los hombres y de las mujeres del
milenio actual de un modo nuevo y especial. María, como la definió el siervo de Dios Juan Pablo
II, es la máxima expresión del 'genio femenino': poniéndose al servicio de Dios —¡y, aún sin ver,
al inicio creyó!— se ha puesto al servicio de toda la humanidad. Mirarla a Ella, y al mensaje que
nos trae con su vida, puede verdaderamente darle un sentido nuevo a la idea y al rol de la mujer
del tercer milenio fundamentalmente en la familia, en la sociedad y en el mundo del trabajo.
Leer la vida de María y descubrir como en ella se va manifestando el designio de Dios para el
hombre, desde el Génesis de Adán y Eva, nos evidencia un elemento fundamental: no hay una
lucha de supremacía y poder entre el hombre y la mujer sino un compartir y una unión en la fe
al único Dios.
Con ocasión del Año Mariano, el 15 de agosto de 1998, Juan Pablo II promulgó una Carta sobre
a dignidad de la vocación de la mujer. Un paso ulterior, respecto a la "revolución" de concepción
ya realizada por el Concilio, en el que la Iglesia empezó a mirar y a reconocer una renovada
cuestión relativa a la presencia de las mujeres en la sociedad y al rol que con el cambio de los
tiempos estaban poco a poco asumiendo. "La Iglesia desea dar gracias a la Santísima Trinidad
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por el 'misterio de la mujer' y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su
dignidad femenina, por las 'maravillas de Dios', que en la historia de la humanidad se han
cumplido en ella y por medio de ella", escribe el Pontífice, reconociendo la gran importancia del
Concilio y de sus momentos previos y sucesivos, así como la del Sínodo de Obispos del año
precedente (octubre de 1987), durante el cual, en una reflexión sobre el compromiso de los
laicos, se había puesto en relieve la dignidad y la vocación de las mujeres.
El impulso para tratar estas temáticas fue dado también por la Encíclica Redemptoris Mater, la
cual continuaba profundizando en los puntos fundamentales ya expresados en el Concilio. Se
reconocía como esencial la figura de María, Madre de Dios, presente en el Misterio de la Iglesia
y, por ello, profundamente ligada a la humanidad. Cristo "revela el hombre al hombre" y en esta
tarea la Madre tiene un lugar especial; en la carta papal, como sucederá también en otros
documentos pontificios, el Antiguo y el Nuevo Testamento están en la base de una recta
comprensión y consideración del rol y de la dignidad femenina. La unión del hombre (y de la
mujer) con Dios dota a todo ser humano de una inmensa dignidad y vocación, de la que María,
la mujer de la Biblia, la Madre de Dios, encarna la expresión más completa y plena. La realización
del ser humano, en efecto, creado a imagen y semejanza de Dios Creador, no puede de ninguna
manera darse fuera de esta relación privilegiada con Dios.
El hombre y la mujer, en su relación con el Creador, son expresión de unidad en la humanidad
compartida, que indica no sólo una comunión entre ellos, sino una cierta semejanza con la
comunión en Dios. El hombre y la mujer, en efecto, son las únicas criaturas que Dios creador "ha
querido por sí mismas", las ha hecho personas y, en cuanto tales, deseosas de realizar su propia
humanidad: y este cumplimiento puede realizarse exclusivamente a través de la donación de sí
mismas. "Grandes cosas ha hecho en mí el Omnipotente": esta es la frase de María que nos
ayuda a comprender cómo María había descubierto claramente su riqueza y humanidad
femenina, en el modo como Dios la había diseñado; María se convierte en el símbolo de la eterna
originalidad de la mujer, que se alimenta con el don. El don, en primer lugar, es el otorgamiento
por parte de Dios de aquel don que por la llegada del mal en el Paraíso terrenal, había sido
ofuscado: por ello la figura de María hace redescubrir a Eva la dignidad y la humanidad de la
mujer, un descubrimiento que, escribe el Papa: "debe continuamente llegar al corazón de cada
mujer y dar forma a su vocación y a su vida". Pieza fundamental en la concepción de la dignidad
de la mujer es la misión redentora de Cristo: la palabra redención, para la mujer, asume un
significado lleno de riqueza, ya que Jesús es el primero que, mirándola en lo profundo de su ser,
ama y respeta el 'ser mujer". En el encuentro con la Samaritana este profundo respeto alcanza
su punto culminante: "Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: 'Dame de beber',
tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva" (Jn 4,10). El don de Dios, creador y
redentor, es confiando a cada mujer, que solo en el Espíritu de Cristo se hace capaz del don de
sí a los demás, único que puede hacerle redescubrir su dimensión de mujer, a sí misma.
La mujer madre o virgen, esposa o consagrada, activa en el trabajo, la familia y en la sociedad,
es la mujer en toda la riqueza de sus facetas, a la que la Iglesia, a través de este espléndido
documento de Juan Pablo II, desea agradecer: "por las madres, las hermanas, las esposas; por
las mujeres consagradas a Dios en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres
humanos que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el ser
humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad humana; por las mujeres
que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a veces con una gran responsabilidad social;
por las mujeres «perfectas» y por las mujeres «débiles». Por todas ellas, tal como salieron del
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corazón de Dios en toda la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por
su amor eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es «la patria» de
la familia humana, que a veces se transforma en «un valle de lágrimas». Tal como asumen,
juntamente con el hombre, la responsabilidad común por el destino de la humanidad, en las
necesidades de cada día y según aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios
mismo, en el seno de la Trinidad inefable".
Un agradecimiento a todo aquello que forma parte y caracteriza aquello que el Papa Wojtila
define "genio femenino", que en la historia se ha encargado de intervenir por pueblos y
naciones, por todos los "frutos de la santidad femenina", entre los que se cuentan numerosos
carismas que el Espíritu Santo otorga a las mujeres. Pero como dirá el Pontífice en su Carta a las
mujeres, agradecer no basta: es necesario que las instituciones civiles y religiosas se encargan
de valorar el rol de la mujer en la sociedad, una sociedad cada vez más necesitada de faros que
muestren el camino, pues a ellos la fe lo ha ya mostrado; una sociedad que en la humanidad
femenina puede encontrar abundante bien y provecho.
El Papa y la riqueza del genio femenino: la Carta de Juan Pablo II a las mujeres (1995) y la del
Cardenal Ratzinger a los obispos (2004)
La Carta de Juan Pablo II a las mujeres.- El 29 de junio de 1995, a pocos meses de la IV
Conferencia Mundial sobre la mujer, que se desarrolló en Pequín, el Papa Juan Pablo II escribió
una carta a las mujeres de todo el mundo, expresando su deseo de que la conferencia fuese una
ocasión para pensar sobre las múltiples contribuciones femeninas a la sociedad y a las naciones.
La carta resulta ser una ulterior etapa en un recorrido que el mismo Papa inició con ocasión de
la Mulieris Dignitatem, una confirmación de la esfuerzo de la Iglesia para salvaguardar la
dignidad y los derechos de todas las mujeres, escuchando sus necesidades y hablándoles al
corazón.
"Dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se
convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que
representan en la vida de la humanidad", escribía el Papa Juan Pablo II. El agradecimiento a Dios,
por la presencia y la existencia de la mujer y de las mujeres en el mundo, fue para el Papa una
ocasión para agradecer a la mujer en sus más importantes facetas: la mujer-madre, que ofrece
su vientre para el crecimiento de la nueva criatura, que se convierte en guía, sostén y punto de
referencia del niño en su crecimiento hacia la humanidad; la mujer-esposa, que en la unión con
el hombre se pone al servicio de la comunión y de la vida; la mujer-hija y hermana que, en la
familia y en la sociedad, comparte con el prójimo los frutos de su fuerza, de su sensibilidad, de
su perseverancia; la mujer trabajadora, por su contribución en crear una cultura abierta al
sentido del misterio y a la unión entre la razón y el sentimiento; la mujerconsagrada, que
encarna perfectamente la relación de preferencia que Dios desea compartir con su criatura.
El Papa ofrece un agradecimiento final a la mujer en cuanto tal, riqueza para el mundo y para las
relaciones humanas. La Carta continúa con un pedido de perdón por parte del Santo Padre, por
si en la historia de la humanidad llegaron a surgir situaciones de dificultad para las mismas
mujeres, causadas por hijos de la Iglesia, y propone un renovado esfuerzo hacia la tutela de la
riqueza interior y espiritual de las mujeres, bajo el ejemplo de Jesús, el primero que, desafiando
la poca apertura y desconfianza de que eran objeto las mujeres en su tiempo, invitó con su
propio ejemplo a mirarlas con gran respeto y a acogerlas con ternura. Basta sólo pensar a su
comportamiento en relación con la Samaritana, con la viuda de Nain —para quien la frase
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"Mujer, no llores" (Lc 7,13) expresa una infinita ternura y comprensión del dolor—, con la
adúltera, para poder entender el valor inmenso que daba a la profundidad del alma femenina.
El pensamiento de Juan Pablo II va, por ello, hacia todas aquellas mujeres cuyas potencialidades
y riquezas, tanto en el pasado como en el presente, no han sido totalmente comprendidas o han
sido juzgadas —fruto de la era consumista— desde el aspecto físico, más que por su
competencia o inteligencia; el Papa se preocupa por todas las mujeres que tienen dificultades
para salir adelante; por todas aquellas que no pocas veces son castigadas porque acogen o
desean el don de la maternidad; por todas aquellas mujeres que, sobretodo en los lugares donde
hay guerra o donde se lucha por la diaria supervivencia, son víctimas de la violencia y de los
abusos en la esfera sexual. Basta mencionar el triste fenómeno de la trata de esclavas, que
involucra anualmente a entre 700 mil y 2 millones de personas en el mundo, de las cuales, casi
la totalidad son mujeres o niñas.
Pero la violencia contra las mujeres es un fenómeno sin fronteras, que se expande tanto en el
norte como en el sur, tanto entre países y personas con bienestar como entre los más pobres.
La intensa carta de Juan Pablo II continúa siendo una llamada para que, sobretodo por parte de
instituciones internacionales, se pase de una situación de denuncia de las dificultades y de
carencias que afectan a las mujeres, a un verdadero y propio "proyecto de promoción", como lo
define el Pontífice, para todos los ámbitos de la vida de las mujeres, a partir de una "renovada y
universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer". Un reconocimiento que no es sólo
descubrimiento de la razón humana, sino también inspiración de la Palabra de Dios, para la cual
el designio de Dios incluye la presencia de la mujer y la importancia de su dignidad.
El libro del Génesis lo describe de manera emblemática: hombre y mujer creados a imagen y
semejanza de Dios, singulares y complementarios entre ellos. La mujer es creada para 'ayudar'
al hombre, no para una ayuda material, en el quehacer, sino para una ayuda ontológica, que
tiene que ver con el ser mismo. Feminidad y masculinidad se complementan mutuamente.
Frente a la tarea que Dios encarga al hombre y a la mujer, confiándoles la tierra, ambos tienen
desde el inicio la misma responsabilidad. La unidad entre el hombre y la mujer responde al
designio de Dios, que les confía la tarea de procrear, de cuidar la vida de la familia y construir, al
mismo tiempo, la historia misma. Aunque es difícil hacer un balance equilibrado del peso, en el
progreso de la humanidad, que han tenido las mujeres, el Papa recuerda sobretodo la gran
capacidad y fuerza educativa, declarando que, donde hay una exigencia formativa, las mujeres
se hacen presentes en gran número, impulsadas por una fuerza de "maternidad afectiva, cultural
y espiritual", como la define el Santo Padre, que hace de ellas seres privilegiados en el gran reto
de las relaciones humanas e interpersonales.
HAZ VALER LA DIGNIDAD DE LA MUJER Y SU VOCACION..
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EL ABORTO
La Iglesia valora como el mayor don la vida y busca protegerla y fomentarla, enseñando al
hombre el verdadero valor de la vida. Una visión errada puede llevar a la distorsión y a la
destrucción de los valores humanos inherentes a la persona, con el riesgo de deshumanizar al
mundo.
Todas las personas que creen en Dios están de acuerdo en que Dios es Quien concede los hijos
y Quien infunde el alma en el cuerpo humano. Ello significa que Dios crea a cada ser humano
para un propósito. No tenemos el derecho de contradecir Su voluntad respecto de Su creación.
Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado
presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano
II lo define, junto con el infanticidio, como « crímenes nefandos »
La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se
trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo
cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir, es decir, lo más inocente en
absoluto que se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un
agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima
forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién
nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su
seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación,
e incluso la procura.
Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter
dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se
toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar
algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás
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miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia
que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones
semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada
de un ser humano inocente.
En la decisión sobre la muerte del niño aún no nacido, además de la madre, intervienen con
frecuencia otras personas. Ante todo, puede ser culpable el padre del niño, no sólo cuando
induce expresamente a la mujer al aborto, sino también cuando favorece de modo indirecto esta
decisión suya al dejarla sola ante los problemas del embarazo: 55 de esta forma se hiere
mortalmente a la familia y se profana su naturaleza de comunidad de amor y su vocación de ser
« santuario de la vida ». No se pueden olvidar las presiones que a veces provienen de un contexto
más amplio de familiares y amigos. No raramente la mujer está sometida a presiones tan fuertes
que se siente psicológicamente obligada a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la
responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado
a abortar. También son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio
de la muerte la competencia adquirida para promover la vida.
Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes
que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de
las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos. Una responsabilidad general no
menos grave afecta tanto a los que han favorecido la difusión de una mentalidad de
permisivismo sexual y de menosprecio de la maternidad, como a quienes debieron haber
asegurado —y no lo han hecho— políticas familiares y sociales válidas en apoyo de las familias,
especialmente de las numerosas o con particulares dificultades económicas y educativas.
Finalmente, no se puede minimizar el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso
a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la
legalización y la difusión del aborto en el mundo. En este sentido, el aborto va más allá de la
responsabilidad de las personas concretas y del daño que se les provoca, asumiendo una
dimensión fuertemente social: es una herida gravísima causada a la sociedad y a su cultura por
quienes deberían ser sus constructores y defensores. Como he escrito en mi Carta a las Familias,
« nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino
también la de toda la civilización ». Estamos ante lo que puede definirse como una « estructura
de pecado » contra la vida humana aún no nacida.
Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta
un cierto número de días, no puede ser todavía considerado una vida humana personal. En
realidad, « desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no
es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo.
Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre... la
genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se
encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo con sus
características ya bien determinadas. Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana,
cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar »Aunque
la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato
experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen « una
indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer
surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana? »
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Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación
moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más
rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano.
Precisamente por esto, más allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones
filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha
enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento
de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se le debe al ser
humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual: « El ser humano debe ser respetado y
tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo
momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho
inviolable de todo ser humano inocente a la vida »
Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no
contienen condenas directas y específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en
el seno materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento
divino « no matarás ».
La Tradición cristiana —como bien señala la Declaración emitida al respecto por la Congregación
para la Doctrina de la Fe 61— es clara y unánime, desde los orígenes hasta nuestros días, en
considerar el aborto como desorden moral particularmente grave. Desde que entró en contacto
con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del infanticidio,
la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres
difundidas en aquella sociedad, como bien demuestra la ya citada Didaché. 62 Entre los
escritores eclesiásticos del área griega, Atenágoras recuerda que los cristianos consideran como
homicidas a las mujeres que recurren a medicinas abortivas, porque los niños, aun estando en
el seno de la madre, son ya « objeto, por ende, de la providencia de Dios ».63 Entre los latinos,
Tertuliano afirma: « Es un homicidio anticipado impedir el nacimiento; poco importa que se
suprima el alma ya nacida o que se la haga desaparecer en el nacimiento. Es ya un hombre aquél
que lo será ».
A lo largo de su historia bimilenaria, esta misma doctrina ha sido enseñada constantemente por
los Padres de la Iglesia, por sus Pastores y Doctores. Incluso las discusiones de carácter científico
y filosófico sobre el momento preciso de la infusión del alma espiritual, nunca han provocado la
mínima duda sobre la condena moral del aborto.
La valoración moral del aborto se debe aplicar también a las recientes formas de intervención
sobre los embriones humanos que, aun buscando fines en sí mismos legítimos, comportan
inevitablemente su destrucción. Es el caso de los experimentos con embriones, en creciente
expansión en el campo de la investigación biomédica y legalmente admitida por algunos Estados.
Si « son lícitas las intervenciones sobre el embrión humano siempre que respeten la vida y la
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integridad del embrión, que no lo expongan a riesgos desproporcionados, que tengan como fin
su curación, la mejora de sus condiciones de salud o su supervivencia individual »se debe
afirmar, sin embargo, que el uso de embriones o fetos humanos como objeto de
experimentación constituye un delito en consideración a su dignidad de seres humanos, que
tienen derecho al mismo respeto debido al niño ya nacido y a toda persona.
La misma condena moral concierne también al procedimiento que utiliza los embriones y fetos
humanos todavía vivos —a veces « producidos » expresamente para este fin mediante la
fecundación in vitro— sea como « material biológico » para ser utilizado, sea como
abastecedores de órganos o tejidos para trasplantar en el tratamiento de algunas
enfermedades. En verdad, la eliminación de criaturas humanas inocentes, aun cuando beneficie
a otras, constituye un acto absolutamente inaceptable.
Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas de diagnóstico prenatal, que
permiten identificar precozmente eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la
complejidad de estas técnicas, esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente.
Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para
el niño o la madre, y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una
serena y consciente aceptación del niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación
antes del nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas se
ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el
nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías. Semejante mentalidad es
ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana
siguiendo sólo parámetros de « normalidad » y de bienestar físico, abriendo así el camino a la
legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia.
En realidad, precisamente el valor y la serenidad con que tantos hermanos nuestros, afectados
por graves formas de minusvalidez, viven su existencia cuando son aceptados y amados por
nosotros, constituyen un testimonio particularmente eficaz de los auténticos valores que
caracterizan la vida y que la hacen, incluso en condiciones difíciles, preciosa para sí y para los
demás. La Iglesia está cercana a aquellos esposos que, con gran ansia y sufrimiento, acogen a
sus hijos gravemente afectados de incapacidades, así como agradece a todas las familias que,
por medio de la adopción, amparan a quienes han sido abandonados por sus padres, debido a
formas de minusvalidez o enfermedades.
"Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro del Señor,
que aun antes de nacer y después apenas nacido, experimentó el rechazo del mundo.."Las cosas
tienen un precio y son vendibles, pero las personas tienen una dignidad, valen más que las cosas
y no tienen precio. Por ello la atención a la vida humana en su totalidad se convirtió en los
últimos tiempos en una verdadera prioridad del magisterio de la Iglesia, particularmente a esa
mayoría indefensa, o sea, el discapacitado, el enfermo, el niño no nacido, el niño, el anciano".
CUESTIONES CLAVES:
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2. La ciencia y la genética moderna ya han demostrado que en el vientre materno, desde
el momento de la fecundación, comienza a existir un nuevo individuo de la especie
humana. Se trata de otro individuo, de otra persona.
3. Se trata de un debate o una cuestión de ciencia y embriología, no de religión o política.
La existencia y defensa de los seres humanos no depende de una opinión o de lo que a
mí me parece, es biología de evidencia científica.
4. Que es biología de evidencia científica lo muestra la propia experiencia y la evidencia: la
semana desde la que se permita abortar en cualquier proyecto de ley o ley en el mundo,
implica que eso YA ES un ser humano, puesto que algo no humano no podría convertirse
en algo humano por arte de magia en una semana: se trata de la misma persona en
distintos estadíos de su desarrollo.
5. Que exista, y que sea un problema real no implica que debamos legalizar su práctica. Así
sucede con muchas cosas y es un sinsentido creer que porque algo sucede y no se puede
evitar debe legalizarse y promoverse. De hecho, para eso existen la moral y el derecho,
que regulan la conducta humana prescriptivamente (mandan lo que debe hacerse).
6. Sin embargo, quienes defendemos el derecho a la vida de los niños por nacer no
desconocemos la realidad, partimos de la más elemental: en el vientre materno existe
una nueva vida humana distinta de la de su padre y su madre y que merece protección
del Estado y de la sociedad toda.
7. Lo justo es buscar soluciones que impliquen salvar las dos vidas, no una que de base
implique eliminar o suprimir una de las dos.
8. De todos modos, la Iglesia toda no debe condenar ni juzgar a quienes ya han realizado
la práctica o a quienes se encuentran en un episodio o etapa de análisis de hacerlo,
frente a realidades duras. Dios es misericordia.
9. Todos los Tratados Internacionales y las Constituciones, en su mayoría, protegen la vida
desde la concepción, y los DDHH consisten en eso justamente, proteger a toda persona
sin importar su condición, raza, sexo o religión. Los DDHH comienzan en el vientre
materno.
10. El criterio es la defensa de la vida humana en función del valor que resulta de su mera
existencia, no en función de los afectos que suscita en los demás o de la utilidad que
presta. El niño por nacer es valioso por su mera existencia, no por el deseo, la utilidad,
los afectos que genere en su madre, padre o en los demás.
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LA FAMILIA Y LA VOCACIÓN DE LA PERSONA DE CRISTO
-un bien inestimable, el ambiente natural de crecimiento de la vida, una escuela de humanidad,
de amor y de esperanza para la sociedad.
-un espacio privilegiado en el que Cristo revela el misterio y la vocación del hombre.
Existe una distancia preocupante entre la familia en las formas como se la conoce hoy y la
enseñanza de la Iglesia al respecto. La familia se encuentra objetivamente en un momento muy
difícil, con realidades, historias y sufrimientos complejos, que requieren una mirada compasiva
y comprensiva. Esta mirada es lo que permite a la Iglesia acompañar a las familias como son en
la realidad y a partir de aquí anunciar el Evangelio de la familia según sus necesidades
específicas.
Se reconoce en las respuestas (definiciones del principio), que durante muchos siglos, la familia
ha tenido un rol significativo en el seno de la sociedad: en efecto, ésta es el primer lugar en el
que la persona se forma en la sociedad y para la sociedad. Al ser reconocida como el lugar
natural para el desarrollo de la persona, es también el fundamento de toda sociedad y Estado.
En síntesis, es definida como la “primera sociedad humana”.
La familia es también el lugar en el que se transmiten y se pueden aprender desde los primeros
años de vida valores como la fraternidad, la lealtad, el amor por la verdad y el trabajo, el respeto
y la solidaridad entre las generaciones, así como el arte de la comunicación y la alegría. Es el
espacio privilegiado para vivir y promover la dignidad y los derechos del hombre y la mujer. La
familia, basada en el matrimonio, representa el ámbito de formación integral de los futuros
ciudadanos de un país.
Será preciso reflexionar sobre lo que quiere decir hoy promover una pastoral capaz de estimular
la participación de la familia en la sociedad. Las familias no son sólo una entidad que el Estado
debe proteger, sino que deben recuperar su papel como sujetos sociales. En este contexto, son
numerosos los desafíos para las familias: la relación entre la familia y el mundo del trabajo,
entre la familia y la educación, entre la familia y la salud; la capacidad de unir entre ellas a las
generaciones, a fin de que jóvenes y ancianos no sean abandonados; el desarrollo de un derecho
de familia que tenga en cuenta de sus específicas relaciones; la promoción de leyes justas, como
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las que garantizan la defensa de la vida humana desde su concepción y las que promueven la
bondad social del matrimonio auténtico entre el hombre y la mujer.
Las respuestas recibidas ponen de relieve la importancia del amor vivido en familia, definida
como “signo eficaz de la existencia del amor de Dios”, “santuario del amor y de la vida”. La
primera experiencia de amor y de relación tiene lugar en familia: se subraya la necesidad de
que cada niño cuente con el calor y el cuidado protector de los padres y viva en una casa donde
habita la paz. Los niños deben poder percibir que Jesús está con ellos y nunca están solos. La
soledad de los niños a causa de la mayor fragilidad de los vínculos familiares está presente, en
particular, en algunas áreas geográficas. Asimismo, las correcciones deben tener como finalidad
que los niños puedan crecer en un ambiente familiar donde se viva el amor, y los padres realicen
su vocación a ser colaboradores de Dios en el desarrollo de la familia humana.
Se subraya con insistencia el valor formativo del amor que se vive en familia, no sólo para los
hijos, sino para todos sus miembros. Así, se define a la familia “escuela de amor”, “escuela de
comunión”, “escuela de relaciones”, el lugar privilegiado donde se aprende a construir
relaciones significativas, que ayuden al desarrollo de la persona hasta llegar a la capacidad de
entregarse. Algunas respuestas subrayan que el conocimiento del misterio y la vocación de la
persona humana está vinculado al reconocimiento y a la acogida en el seno de la familia de los
diferentes dones y capacidades de cada uno. Emerge aquí la idea de la familia como “primera
escuela de humanidad”: en esto se la considera insustituible.
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El papel de los padres, primeros educadores en la fe, se considera esencial y vital. No pocas
veces se hace hincapié en el testimonio de su fidelidad y, en particular, en la belleza de su
diferencia; a veces se afirma simplemente la importancia de los distintos roles de padre y madre.
En otros casos, se subraya el carácter positivo de la libertad, la igualdad entre los cónyuges y su
reciprocidad, así como la necesidad de que ambos padres participen tanto en la educación de
los hijos como en las tareas domésticas, como afirman algunas respuestas, llegadas sobre todo
de Europa.
En las respuestas se pone de relieve con insistencia la importancia de que los padres compartan
y expliciten su fe, comenzando por el estilo de vida de la pareja en la relación entre ellos y con
los hijos, pero también compartiendo su conocimiento y conciencia de Cristo, que —como
constantemente se ha recalcado—debe estar en el centro de la familia. Así, en el contexto de
una sociedad plural, los padres pueden ofrecer a sus hijos una orientación básica para la vida,
que les sostenga incluso después de la infancia. Por esto, se afirma la necesidad de crear un
espacio y un tiempo para estar juntos en familia y la necesidad de una comunicación abierta y
sincera, en un diálogo constante.
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LAS OBRAS DE MISERICORDIA
Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro
prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2447)
En el Evangelio, vemos que los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La
predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta
si vivimos o no como discípulos suyos. (...) La misericordia no se queda en una actitud de
compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo
tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el
corazón en carne viva, humana y divinamente transido (angustiado/afectado) por un amor recio,
sacrificado, generoso. Así explica la caridad (amor) San Pablo en su canto a esa virtud: “El amor
es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta
con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la
maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo
lo soporta.” (1 Corintios 13) (San Josemaría, Amigos de Dios, 232)
No puedes pensar en los demás como si fuesen números o escalones, para que tú puedas subir;
o masa, para ser exaltada o humillada, adulada o despreciada, según los casos. Piensa en los
demás —antes que nada, en los que están a tu lado— como en lo que son: hijos de Dios, con
toda la dignidad de ese título maravilloso.
Hemos de portarnos como hijos de Dios con los hijos de Dios: el nuestro ha de ser un amor
sacrificado, diario, hecho de mil detalles de comprensión, de sacrificio silencioso, de entrega que
no se nota. Este es el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que hacía decir a los que vivían
entre nuestros primeros hermanos en la fe: ¡Mirad cómo se aman! (San Josemaría, Es Cristo que
pasa, 36)
Las obras de misericordia corporales, en su mayoría, salen de una lista hecha por el Señor en su
descripción del Juicio Final (Mt 25,31-16), y son:
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1) Dar de comer al hambriento y 2) Dar de beber al sediento: se refieren a la ayuda que debemos
procurar en alimento y otros bienes a los más necesitados, a aquellos que no tienen lo
indispensable para comer cada día. «El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene;
el que tenga para comer que haga lo mismo» (Lc 3, 11).
3) Dar posada al peregrino: En la antigüedad el dar posada a los viajeros era un asunto de
vida o muerte, por lo complicado y arriesgado de las travesías. No es el caso hoy en día. Pero,
aun así, podría tocarnos recibir a alguien en nuestra casa, no por pura hospitalidad de amistad
o familia, sino por alguna verdadera necesidad.
4) Vestir al desnudo: se refiere a ayudar en otra necesidad básica: el vestido. Muchas veces,
se organizan recogidas de ropa que se hacen en Parroquias y otros centros. A la hora de entregar
nuestra ropa es bueno pensar que podemos dar de lo que nos sobra o ya no nos sirve, pero
también podemos dar de lo que aún es útil.
En la carta de Santiago se nos anima a ser generosos: «Si un hermano o una hermana están
desnudos y carecen de sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o
hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?» (St 2, 15-16).
6) Visitar a los presos: visitarlos y prestarles no sólo ayuda material sino también una
asistencia espiritual que les sirva para mejorar como personas, enmendarse, aprender a
desarrollar un trabajo que les pueda ser útil cuando terminen el tiempo asignado por la justicia,
etc. Significa también rescatar a los inocentes y secuestrados.
7) Enterrar a los difuntos: Cristo no tenía lugar sobre el que reposar. Un amigo, José de
Arimatea, le cedió su tumba. Pero no sólo eso, sino que tuvo valor para presentarse ante Pilato
y pedirle el cuerpo de Jesús. También participó Nicodemo, quien ayudó a sepultarlo. (Jn. 19, 38-
42) ¿Por qué es importante dar digna sepultura al cuerpo humano? Porque el cuerpo humano
ha sido alojamiento del Espíritu Santo. Somos “templos del Espíritu Santo. (1 Cor 6, 19)
La lista de las obras de misericordia espirituales la ha tomado la Iglesia de otros textos que están
a lo largo de la Biblia y de actitudes y enseñanzas del mismo Cristo:
1) Enseñar al que no sabe: enseñar al ignorante en cualquier materia: también sobre temas
religiosos. Esta enseñanza puede ser a través de escritos o de palabra, por cualquier medio de
comunicación o directamente.
2) Dar buen consejo al que lo necesita: No se trata de dar opiniones personales, sino de
aconsejar bien al necesitado de guía, entonces, quien pretenda dar un buen consejo debe,
primeramente, estar en sintonía con Dios, y pedir al Espíritu Santo el don de consejo.
3) Corregir al que se equivoca: se refiere sobre todo al pecado. De hecho, otra manera de
formular esta obra es: Corregir al pecador. La corrección fraterna es explicada por el mismo Jesús
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en el evangelio de Mateo: “Si tu hermano peca, vete a hablar con él a solas para reprochárselo.
Si te escucha, has ganado a tu hermano”. (Mt. 19, 15-17)
Debemos corregir a nuestro prójimo con mansedumbre y humildad. Muchas veces será difícil
hacerlo, pero, en esos momentos, podemos acordarnos de los que dice el apóstol Santiago al
final de su carta: “el que endereza a un pecador de su mal camino, salvará su alma de la muerte
y consigue el perdón de muchos pecados". (St. 5, 20).
4) Perdonar al que nos ofende: el mismo Señor aclara: “Si perdonáis las ofensas de los
hombres, también el Padre Celestial os perdonará. En cambio, si no perdonáis las ofensas de los
hombres, tampoco el Padre os perdonará a vosotros.” (Mt. 6, 14-15). Perdonar las ofensas
significa superar la venganza, el resentimiento y tratar amablemente a quien nos ha ofendido.
5) Consolar al triste: Muchas veces, se complementará con dar un buen consejo, que ayude
a superar esa situación de dolor o tristeza. Acompañar a nuestros hermanos en todos los
momentos, pero sobre todo en los más difíciles, es poner en práctica el comportamiento de
Jesús que se compadecía del dolor ajeno.
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo: La paciencia ante los defectos ajenos es
también una virtud. Un consejo muy útil: cuando el soportar esos defectos causa más daño que
bien, con mucha caridad y suavidad, debe hacerse la advertencia.
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos: San Pablo recomienda orar por todos, sin
distinción, también por gobernantes y personas de responsabilidad, pues “Él quiere que todos
se salven y lleguen al conocimiento de la verdad". (1 Tim 2, 2-3). También por los difuntos que
están en el Purgatorio, ellos dependen de nuestras oraciones para liberarse de sus pecados. (ver
2 Mac. 12, 46).
3. ¿Cuáles son los efectos de la práctica de las obras de misericordia en quien las realiza?
- Comunica gracias a quien las ejerce. En el evangelio de Lucas Jesús dice: “Dad, y se os
dará”. Por tanto, con las obras de misericordia hacemos la Voluntad de Dios, damos algo
nuestro a los demás y el Señor nos promete que nos dará también a nosotros lo que
necesitemos.
- Reduce la pena que queda en el alma por nuestros pecados ya perdonados.
“Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7)
- Ayudan a avanzar en el camino al Cielo, porque nos van haciendo parecidos a Jesús,
nuestro modelo, que nos enseñó cómo debe ser nuestra actitud hacia los demás. En
Mateo, se recogen las siguientes palabras de Cristo: “No os hagáis tesoros en la tierra,
donde la polilla y el orín corrompen, y donde los ladrones minan y hurtan; sino haceos
tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni
hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Al seguir
esta enseñanza del Señor cambiamos los bienes temporales por los eternos, que son los
que valen de verdad.
Hay que abrir los ojos, hay que saber mirar a nuestro alrededor y reconocer esas llamadas que
Dios nos dirige a través de quienes nos rodean. No podemos vivir de espaldas a la muchedumbre,
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encerrados en nuestro pequeño mundo. No fue así como vivió Jesús. Los Evangelios nos hablan
muchas veces de su misericordia, de su capacidad de participar en el dolor y en las necesidades
de los demás. Por lo tanto, conocer a Jesús es darnos cuenta de que nuestra vida no puede
vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás.
San Josemaría no dice: “Piensa primero en los demás. Así pasarás por la tierra, con errores sí —
que son inevitables—, pero dejando un rastro de bien. Y cuando llegue la hora de la muerte, que
vendrá inexorable, la acogerás con gozo, como Cristo, porque como Él, también resucitaremos
para recibir el premio de su Amor.” (SJM Vía Crucis, 14)
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SACRAMENTOS
Son signos sensibles eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los
cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son
celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento. Dan fruto a quienes los
reciben con las disposiciones requeridas. (1131 -CIC)
- Instituidos por Cristo, confiados a la Iglesia: La Iglesia descubrió, por el Espíritu Santo,
cuáles eran estos sacramentos que Cristo instituyó. Por lo tanto, se los considera Obras
maestras de Dios.
- Nos es dispensada la vida divina: Cada sacramento nos da algo especial en lo que
respecta a la gracia. Luego vamos a ver cómo la gracia, a través de los sacramentos, actúa
en nosotros.
- Dan fruto en quienes los reciben con las disposiciones requeridas: El Espíritu Santo
dispone a la recepción de los sacramentos a través de la Palabra de Dios, y a través de la Fe
que acoge la Palabra en los corazones bien dispuestos. Así los sacramentos fortalecen y
expresan la fe. (1133 – CIC)
Los frutos de los sacramentos son personales (es para todo fiel la vida para Dios en Cristo Jesús),
y eclesiales (es para la Iglesia crecimiento en la caridad y en su misión de testimonio).
En este sentido cada uno de nosotros es como un sarmiento de la vid, que es Él. Separado de la
vid, el sarmiento se priva de la savia que impulsa su crecimiento y despliegue, y con el tiempo
se seca y se marchita. De estas experiencias de debilidad y fragilidad debemos aprender a ser
humildes y a confiar más en Él que en nuestras propias fuerzas. Quien permanece en Cristo se
nutre de esa gracia y así se hace fuerte. Desde ese don y desde la propia cooperación libre con
la gracia, que es indispensable, cada uno se despliega y -a pesar de su fragilidad y pequeñez-
da fruto abundante de conversión, de santidad y de apostolado. Junto con ello experimenta
una alegría desbordante en su corazón.
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1. Bautismo
2. Reconciliación
3. Comunión
4. Confirmación
5. Matrimonio
6. Orden Sagrado
7. Unción de los enfermos
Sacramento de Reconciliación
- Perdón: Porque por la absolución del pecado por medio del Sacerdote, Dios nos concede
el perdón y la paz.
El pecado es, ante todo, ofensa a Dios, ruptura de la comunión con Él. Al mismo tiempo, atenta
contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la
reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la
Penitencia o de la Reconciliación.
“El perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos a nosotros mismos. Yo no puedo
decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide al otro, y en la confesión pedimos
perdón a Jesús. El Perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, si no que es un regalo, es un don del
Espíritu Santo” (Papa Francisco)
Sólo Dios perdona los pecados. Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que
lo ejerzan en su nombre. Sin embargo, confió el ejercicio del poder de absolución al ministerio
apostólico, que está encargado del "ministerio de la reconciliación" (2 Co 5,18). El apóstol es
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enviado "en nombre de Cristo", y "es Dios mismo" quien, a través de él, exhorta y suplica:
"Dejaos reconciliar con Dios" (2 Co 5,20).
La Reconciliación comprende dos elementos esenciales: los actos del hombre que se convierte
bajo la acción del Espíritu Santo: la contrición, la confesión de los pecados y la satisfacción; y,
por otra parte, la acción de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por medio del obispo y de sus
presbíteros, la Iglesia, en nombre de Jesucristo, concede el perdón de los pecados, determina la
modalidad de la satisfacción, ora también por el pecador y hace penitencia con él. Así el pecador
es curado y restablecido en la comunión eclesial.
3. Confesión: acusación de los pecados hecha delante del sacerdote. Se suele decir que
una buena confesión tiene “4 C”:
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- Nos da paz, tranquilidad de conciencia y un profundo consuelo espiritual - Acrecienta las
fuerzas espirituales para el combate cristiano
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TEOLOGÍA DEL CUERPO
II.- LA SEXUALIDAD.
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El hombre, en cuanto imagen de Dios, ha sido creado para amar. Esta verdad ha sido revelada
plenamente en el Nuevo Testamento, junto con el misterio de la vida intratrinitaria: « Dios es
amor (1 Jn 4, 8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su
imagen ..., Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y
consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión. El amor es por
tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano ». Todo el sentido de la propia
libertad, y del autodominio consiguiente, está orientado al don de sí en la comunión y en la
amistad con Dios y con los demás.
La persona es, sin duda, capaz de un tipo de amor superior: no el de concupiscencia, que sólo ve
objetos con los cuales satisfacer sus propios apetitos, sino el de amistad y entrega, capaz de
conocer y amar a las personas por sí mismas. Un amor capaz de generosidad, a semejanza del
amor de Dios: se ama al otro porque se le reconoce como digno de ser amado. Un amor que
genera la comunión entre personas, ya que cada uno considera el bien del otro como propio. Es
el don de sí hecho a quien se ama, en lo que se descubre, y se actualiza la propia bondad,
mediante la comunión de personas y donde se aprende el valor de amar y ser amado. Todo
hombre es llamado al amor de amistad y de oblatividad; y viene liberado de la tendencia al
egoísmo por el amor de otros: en primer lugar de los padres o de quienes hacen sus veces, y, en
definitiva, de Dios, de quien procede todo amor verdadero y en cuyo amor sólo el hombre
descubre hasta qué punto es amado. Aquí se encuentra la raíz de la fuerza educativa del
cristianismo: « El hombre es amado por Dios! Este es el simplicísimo y sorprendente anuncio del
que la Iglesia es deudora respeto del hombre ». Es así como Cristo ha descubierto al hombre su
verdadera identidad: « Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de
su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación ».
El amor revelado por Cristo « al que el apóstol Pablo dedicó un himno en la primera Carta a los
Corintios..., es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser exigente,
porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo irradia también a los demás
». Por tanto es un amor que respeta la persona y la edifica porque « el amor es verdadero cuando
crea el bien de las personas y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás ».
El hombre está llamado al amor y al don de sí en su unidad corpóreo-espiritual. Feminidad y
masculinidad son dones complementarios, en cuya virtud la sexualidad humana es parte
integrante de la concreta capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. «
La sexualidad es un elemento básico de la personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse,
de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano ». Esta capacidad de
amar como don de sí tiene, por tanto, su « encarnación » en el carácter esponsal del cuerpo, en
el cual está inscrita la masculinidad y la feminidad de la persona. « El cuerpo humano, con su
sexo, y con su masculinidad y feminidad visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo
fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que incluye desde
el « principio » el atributo « esponsalicio », es decir, la capacidad de expresar el amor: ese amor
precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y
—mediante este don— realiza el sentido mismo de su ser y existir ». Toda forma de amor tiene
siempre esta connotación masculino-femenina.
La sexualidad humana es un Bien: parte del don que Dios vio que « era muy bueno » cuando
creó la persona humana a su imagen y semejanza, y « hombre y mujer los creó » (Gn 1, 27). En
cuanto modalidad de relacionarse y abrirse a los otros, la sexualidad tiene como fin intrínseco el
amor, más precisamente el amor como donación y acogida, como dar y recibir. La relación entre
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un hombre y una mujer es esencialmente una relación de amor: « La sexualidad orientada,
elevada e integrada por el amor adquiere verdadera calidad humana ». Cuando dicho amor se
actúa en el matrimonio, el don de sí expresa, a través del cuerpo, la complementariedad y la
totalidad del don; el amor conyugal llega a ser, entonces, una fuerza que enriquece y hace crecer
a las personas y, al mismo tiempo, contribuye a alimentar la civilización del amor; cuando por el
contrario falta el sentido y el significado del don en la sexualidad, se introduce « una civilización
de las "cosas" y no de las "personas"; una civilización en la que las personas se usan como si
fueran cosas. En el contexto de la civilización del placer la mujer puede llegar a ser un objeto
para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres ». En el centro de la conciencia cristiana
de los padres y de los hijos, debe estar presente esta verdad y este hecho fundamental: el don
de Dios. Se trata del don que Dios nos ha hecho llamándonos a la vida y a existir como hombre
o mujer en una existencia irrepetible, cargada de inagotables posibilidades de desarrollo
espiritual y moral: « la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado » « El don revela,
por decirlo así, una característica especial de la existencia personal, más aun, de la misma
esencia de la persona. Cuando Yahvé Dios dice que "no es bueno que el hombre esté solo" (Gn
2, 18), afirma que el hombre por sí "solo" no realiza totalmente esta esencia. Solamente la realiza
existiendo "con alguno", y más profunda y completamente, existiendo "para alguno" ». En la
apertura al otro y en el don de sí se realiza el amor conyugal en la forma de donación total propia
de este estado. Y es siempre en el don de sí, sostenido por una gracia especial, donde adquiere
significado la vocación a la vida consagrada, « manera eminente de dedicarse más fácilmente a
Dios solo con corazón indiviso » para servirlo más plenamente en la Iglesia. En toda condición y
estado de vida, de todos modos, este don se hace todavía más maravilloso por la gracia
redentora, por la cual llegamos a ser « partícipes de la naturaleza divina » (2 Pe 1, 4) y somos
llamados a vivir juntos la comunión sobrenatural de caridad con Dios y con los hermanos. Los
padres cristianos, también en las situaciones más delicadas, no deben olvidar que, como
fundamento de toda la historia personal y doméstica, está el don de Dios.
« En cuanto espíritu encarnado, es decir, alma que se expresa en el cuerpo informado por un
espíritu inmortal, el hombre está llamado al amor en esta su totalidad unificada. El amor abarca
también el cuerpo humano y el cuerpo se hace partícipe del amor espiritual ». A la luz de la
Revelación cristiana se lee el significado interpersonal de la misma sexualidad: « La sexualidad
caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico, sino también en el psicológico y
espiritual con su huella consiguiente en todas sus manifestaciones. Esta diversidad, unida a la
complementariedad de los dos sexos, responde cumplidamente al diseño de Dios según la
vocación a la cual cada uno ha sido llamado ».
A MODO DE SÍNTESIS 1:
1. Introducción:
1Torres Cox, Daniel, “Una mirada a amor y responsabilidad: una síntesis de la obra de Karol Wojtyla” 1ra
ed. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Tahiel ediciones, 2017. Pag. 212/215.
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b. En el ámbito de la sexualidad, lo que pueden y deben –o no- hacer el hombre
y la mujer debe partir de la consideración de que son personas y no sólo
cuerpos.
2. El impulso sexual:
a. El impulso sexual no se dirige hacia el sexo como particularidad del ser humano,
sino hacia una PERSONA del sexo opuesto.
b. El impulso sexual va apareciendo progresivamente a medida que un niño crece.
El impulso sexual puede llegar a ser un elemento realmente constructivo del
c. amor.
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h. Las relaciones sexuales son armoniosas cuando los individuos se hallan libres de
todo conflicto de conciencia y de toda reacción de angustia. Este dato aportado
por la sexología contribuye a ver la importancia de vivir la sexualidad de acuerdo
con un orden moral (ej: monogamia, fidelidad).
i. Las relaciones prematrimoniales como criterio de selección no son confiables,
pues la convivencia propia del matrimonio implica muchos otros aspectos
4. El problema de la paternidad responsable:
a. Al recurrir a métodos artificiales no se explotan las posibilidades que la misma
naturaleza ofrece para la regulación de la natalidad
b. En el ser humano, la naturaleza está subordinada a la moral. De ahí que el uso
del ciclo biológico de la mujer debe estar subordinado al amor.
c. El uso de los métodos naturales es beneficioso. Partiendo de un profundo
conocimiento del organismo de la mujer, evita los riesgos de quedar embarazada
–lo cual no es eliminado del todo con los métodos artificiales-. Esto supone, si,
que la pareja aprenda a abstenerse de relaciones sexuales en ciertos periodos.
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