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Biografias

Jean Jacques Rousseau fue un filósofo y escritor suizo del siglo XVIII conocido por sus contribuciones a la teoría política y educativa. Escribió obras influyentes como el "Contrato Social" y "Emilio o De la educación" donde propuso que la educación debe guiarse por los impulsos naturales del niño. Rousseau también ayudó a sentar las bases para el romanticismo y las teorías democráticas y republicanas modernas.

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Biografias

Jean Jacques Rousseau fue un filósofo y escritor suizo del siglo XVIII conocido por sus contribuciones a la teoría política y educativa. Escribió obras influyentes como el "Contrato Social" y "Emilio o De la educación" donde propuso que la educación debe guiarse por los impulsos naturales del niño. Rousseau también ayudó a sentar las bases para el romanticismo y las teorías democráticas y republicanas modernas.

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Rousseau

Jean Jacques Rousseau fue uno de los filósofos y escritores más destacados de la

ilustración. Nació en Ginebra, Suiza, el 28 de junio de 1712. Vivió en una época en la que

la educación era idealizada como aquello que otorga poder. Se crió en una familia humilde;

su padre trabajó como relojero y su madre falleció días después de su nacimiento. A

consecuencia de su situación, descuidó su educación en sus años iniciales. El ilustre

filósofo cobró fama con su primera publicación: “Discurso sobre las ciencias y las artes”,

obteniendo el premio de la Academia Francesa de Dijon, donde daba respuesta a la

pregunta de si el restablecimiento de las ciencias y de las artes había logrado una

contribución en la depuración de la moralidad humana que creía que, lejos de purificar las

costumbres, entorpecían y alejaban al humano de la virtud.

Otra de las obras más importantes de Rousseau fue el “Contrato social. Trata

principalmente sobre la libertad e igualdad de los hombres bajo un Estado instituido por

medio de un contrato social. Esta obra brinda elementos para entender la idea de que la

educación está bajo las normas del Estado y que, por tanto, este debe garantizar la

educación pública.

Hablando de educación, en el mismo año, 1762, Rousseau publicó otra de sus

obras: “Emilio, o de la educación”, considerada la mejor y más importante de sus obras. Su

premisa está sujeta en que, el cauce natural de las cosas es lo que debe guiar el desarrollo

del hombre desde su nacimiento hasta su vida adulta conduciendo al niño a partir de sus

impulsos naturales y espontáneos que la experiencia cotidiana le irá proporcionando.

Además, el filósofo contribuyó en la aparición de nuevas teorías y modelos de pensamiento;

definió los principios básicos de cualquier sistema democrático; propuso el derecho como

la principal fuente de orden en la sociedad; estableció la libertad como valor moral;


construyó una percepción positiva del ser humano; desarrolló una nueva pedagogía;

instituye una filosofía de vida ética.

Es así como es posible resumir que, debido a sus aportaciones, Rousseau llegó a

ser considerado como uno de los principales líderes intelectuales que hizo una participación

dentro de la Revolución Francesa, puesto que sus pensamientos formaron las bases para

el inicio del Romanticismo, además de permitir el inicio de nuevas teorías filosóficas como

la liberal, republicana y democrática.


Montesquieu

(Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu; La Brède, Burdeos, 1689 -

París, 1755) Pensador francés. Perteneciente a una familia de la nobleza de toga,

Montesquieu siguió la tradición familiar al estudiar derecho y hacerse consejero del

Parlamento de Burdeos (que presidió de 1716 a 1727). Vendió el cargo y se dedicó durante

cuatro años a viajar por Europa observando las instituciones y costumbres de cada país; se

sintió especialmente atraído por el modelo político británico, en cuyas virtudes halló

argumentos adicionales para criticar la monarquía absoluta que reinaba en la Francia de su

tiempo.

Montesquieu ya se había hecho célebre con la publicación de sus Cartas persas

(1721), una crítica sarcástica de la sociedad del momento, que le valió la entrada en la

Academia Francesa (1727). En 1748 publicó su obra principal, Del espíritu de las Leyes,

obra de gran impacto (se hicieron veintidós ediciones en vida del autor, además de múltiples

traducciones a otros idiomas).

El pensamiento de Montesquieu debe enmarcarse en el espíritu crítico de la

Ilustración francesa, con el que compartió los principios de tolerancia religiosa, aspiración

a la libertad y denuncia de viejas instituciones inhumanas como la tortura o la esclavitud;

pero Montesquieu se alejó del racionalismo abstracto y del método deductivo de otros

filósofos ilustrados para buscar un conocimiento más concreto, empírico, relativista y

escéptico.

En El espíritu de las Leyes, Montesquieu elaboró una teoría sociológica del gobierno

y del derecho, mostrando que la estructura de ambos depende de las condiciones en las

que vive cada pueblo: en consecuencia, para crear un sistema político estable había que

tener en cuenta el desarrollo económico del país, sus costumbres y tradiciones, e incluso

los determinantes geográficos y climáticos.


De los diversos modelos políticos que definió, Montesquieu asimiló la Francia de

Luis XV (una vez eliminados los parlamentos) al despotismo, que descansaba sobre el

temor de los súbditos; alabó en cambio la república, edificada sobre la virtud cívica del

pueblo, que Montesquieu identificaba con una imagen idealizada de la Roma republicana.

Equidistante de ambas, definió la monarquía como un régimen en el que también

era posible la libertad, pero no como resultado de una virtud ciudadana difícilmente

alcanzable, sino de la división de poderes y de la existencia de poderes intermedios -como

el clero y la nobleza- que limitaran las ambiciones del príncipe. Fue ese modelo, que

identificó con el de Inglaterra, el que Montesquieu deseó aplicar en Francia, por entenderlo

adecuado a sus circunstancias nacionales. La clave del mismo sería la división de los

poderes ejecutivo, legislativo y judicial, estableciendo entre ellos un sistema de equilibrios

que impidiera que ninguno pudiera degenerar hacia el despotismo.

Desde que la Constitución de los Estados Unidos plasmó por escrito tales principios,

la obra de Montesquieu ejerció una influencia decisiva sobre los liberales que

protagonizaron la Revolución francesa de 1789 y la posterior construcción de regímenes

constitucionales en toda Europa, convirtiéndose la separación de poderes en un dogma del

derecho constitucional que ha llegado hasta nuestros días.Junto a este componente

innovador, no puede olvidarse el carácter conservador de la monarquía limitada que

proponía Montesquieu, en la que procuró salvaguardar el declinante poder de los grupos

privilegiados (como la nobleza, a la que él mismo pertenecía), aconsejando, por ejemplo,

su representación exclusiva en una de las dos cámaras del Parlamento. Pese a ello, debe

considerarse a Montesquieu como un eslabón clave en la fundamentación de la democracia

y la filosofía política moderna, cuyo nacimiento cabe situar en los Dos ensayos sobre el

gobierno civil (1690) de John Locke y que, después de Montesquieu, hallaría su más

acabada expresión en El contrato social (1762) de Jean-Jacques Rousseau.


Voltaire

(François-Marie Arouet; París, 1694 - 1778) Escritor francés. Figura intelectual

dominante de su siglo y uno de los principales pensadores de la Ilustración, dejó una obra

literaria heterogénea y desigual, de la que resaltan sus relatos y libros de polémica

ideológica. Como filósofo, Voltaire fue un genial divulgador, y su credo laico y anticlerical

orientó a los teóricos de la Revolución Francesa.

Voltaire estudió en los jesuitas del colegio Louis-le-Grand de París (1704-1711). Su

padrino, el abate de Châteauneuf, le introdujo en la sociedad libertina del Temple. Estuvo

en La Haya (1713) como secretario de embajada, pero un idilio con la hija de un refugiado

hugonote le obligó a regresar a París. Inició la tragedia Edipo (1718), y escribió unos versos

irrespetuosos, dirigidos contra el regente, que le valieron la reclusión en la Bastilla (1717).

Una vez liberado, fue desterrado a Châtenay, donde adoptó el seudónimo de Voltaire,

anagrama de «Árouet le Jeune» o del lugar de origen de su padre, Air-vault.

Un altercado con el caballero de Rohan, en el que fue apaleado por los lacayos de

éste (1726), condujo a Voltaire de nuevo a la Bastilla; al cabo de cinco meses, fue liberado

y exiliado a Gran Bretaña (1726-1729). En la corte de Londres y en los medios literarios y

comerciales británicos fue acogido calurosamente; la influencia británica empezó a orientar

su pensamiento. Publicó Henriade (1728) y obtuvo un gran éxito teatral con Bruto (1730);

en la Historia de Carlos XII (1731), Voltaire llevó a cabo una dura crítica de la guerra, y la

sátira El templo del gusto (1733) le atrajo la animadversión de los ambientes literarios

parisienses.

Pero su obra más escandalosa fue Cartas filosóficas o Cartas inglesas (1734), en

las que Voltaire convierte un brillante reportaje sobre Gran Bretaña en una acerba crítica

del régimen francés. Se le dictó orden de arresto, pero logró escapar, refugiándose en Cirey,
en la Lorena, donde gracias a la marquesa de Châtelet pudo llevar una vida acorde con sus

gustos de trabajo y de trato social (1734-1749).

El éxito de su tragedia Zaïre (1734) movió a Voltaire a intentar rejuvenecer el género;

escribió Adélaïde du Guesclin (1734), La muerte de César (1735), Alzire o los americanos

(1736) y Mahoma o el fanatismo (1741). Menos afortunadas son sus comedias El hijo

pródigo (1736) y Nanine o el prejuicio vencido (1749). En esta época desempeñó un

importante papel como divulgador de Newton con sus Elementos de la filosofía de Newton

(1738).

Ciertas composiciones, como el Poema de Fontenoy (1745), le acabaron de

introducir en la corte, para la que realizó misiones diplomáticas ante Federico II. Luis XV le

nombró historiógrafo real, e ingresó en la Academia Francesa (1746). Pero no siempre logró

atraerse a Madame de Pompadour, quien protegía a Prosper Jolyot de Crébillon; su

rivalidad con este dramaturgo le llevó a intentar desacreditarle, tratando los mismos temas

que él: Semíramis (1748), Orestes (1750), etc.

Su pérdida de prestigio en la corte y la muerte de Madame du Châtelet (1749)

movieron a Voltaire a aceptar la invitación de Federico II el Grande. Durante su estancia en

Potsdam (1750-1753) escribió El siglo de Luis XIV (1751) y continuó, con Micromégas

(1752), la serie de sus cuentos iniciada con Zadig (1748).

Después de una violenta ruptura con Federico II, Voltaire se instaló cerca de

Ginebra, en la propiedad de «Les Délices» (1755). En Ginebra chocó con la rígida

mentalidad calvinista: sus aficiones teatrales y el capítulo dedicado a Miguel Servet en su

Ensayo sobre las costumbres (1756) escandalizaron a los ginebrinos, mientras se

enajenaba la amistad de Rousseau. Su irrespetuoso poema La doncella (1755), sobre


Juana de Arco, y su colaboración en la Enciclopedia chocaron con el partido «devoto» de

los católicos.

Frutos de su crisis de pesimismo fueron el Poema sobre el desastre de Lisboa

(1756) y la novela corta Cándido o el optimismo (1759), una de sus obras maestras. Se

instaló en la propiedad de Ferney, donde Voltaire vivió durante dieciocho años, convertido

en el patriarca europeo de las letras y del nuevo espíritu crítico; allí recibió a la elite de los

principales países de Europa, representó sus tragedias (Tancrède, 1760), mantuvo una

copiosa correspondencia y multiplicó los escritos polémicos y subversivos, con el objetivo

de «aplastar al infame», es decir, el fanatismo clerical.

Sus obras mayores de este período son el Tratado de la tolerancia (1763) y el

Diccionario filosófico (1764). Denunció con vehemencia los fallos y las injusticias de las

sentencias judiciales (casos de Calas, Sirven y La Barre). Liberó de la gabela a sus vasallos,

que, gracias a Voltaire, pudieron dedicarse a la agricultura y la relojería. Poco antes de morir

(1778), se le hizo un recibimiento triunfal en París. En 1791, sus restos fueron trasladados

al Panteón.
John Locke

(Wrington, Somerset, 1632 - Oaks, Essex, 1704) Pensador británico, uno de los

máximos representantes del empirismo inglés, que destacó especialmente por sus estudios

de filosofía política. Este hombre polifacético estudió en la Universidad de Oxford, en donde

se doctoró en 1658. Aunque su especialidad era la medicina y mantuvo relaciones con

reputados científicos de la época (como Isaac Newton), John Locke fue también

diplomático, teólogo, economista, profesor de griego antiguo y de retórica, y alcanzó

renombre por sus escritos filosóficos, en los que sentó las bases del pensamiento político

liberal.

Locke se acercó a tales ideas como médico y secretario que fue del conde de

Shaftesbury, líder del partido Whig, adversario del absolutismo monárquico en la Inglaterra

de Carlos II y de Jacobo II. Convertido a la defensa del poder parlamentario, el propio Locke

fue perseguido y tuvo que refugiarse en Holanda, de donde regresó tras el triunfo de la

«Gloriosa Revolución» inglesa de 1688.

Locke fue uno de los grandes ideólogos de las élites protestantes inglesas que,

agrupadas en torno a los whigs, llegaron a controlar el Estado en virtud de aquella

revolución; y, en consecuencia, su pensamiento ha ejercido una influencia decisiva sobre

la constitución política del Reino Unido hasta la actualidad. Defendió la tolerancia religiosa

hacia todas las sectas protestantes e incluso a las religiones no cristianas; pero el carácter

interesado y parcial de su liberalismo quedó de manifiesto al excluir del derecho a la

tolerancia tanto a los ateos como a los católicos (siendo el enfrentamiento de estos últimos

con los protestantes la clave de los conflictos religiosos que venían desangrando a las islas

Británicas y a Europa entera).


En su obra más trascendente, Dos ensayos sobre el gobierno civil (1690), sentó los

principios básicos del constitucionalismo liberal, al postular que todo hombre nace dotado

de unos derechos naturales que el Estado tiene como misión proteger: fundamentalmente,

la vida, la libertad y la propiedad. Partiendo del pensamiento de Thomas Hobbes, Locke

apoyó la idea de que el Estado nace de un «contrato social» originario, rechazando la

doctrina tradicional del origen divino del poder; pero, a diferencia de Hobbes, argumentó

que dicho pacto no conducía a la monarquía absoluta, sino que era revocable y sólo podía

conducir a un gobierno limitado.

La autoridad de los Estados resultaba de la voluntad de los ciudadanos, que

quedarían desligados del deber de obediencia en cuanto sus gobernantes conculcaran esos

derechos naturales inalienables. El pueblo no sólo tendría así el derecho de modificar el

poder legislativo según su criterio (idea de donde proviene la práctica de las elecciones

periódicas en los Estados liberales), sino también la de derrocar a los gobernantes

deslegitimados por un ejercicio tiránico del poder (idea en la que se apoyarían Thomas

Jefferson y los revolucionarios norteamericanos para rebelarse e independizarse de Gran

Bretaña en 1776, así como la burguesía y el campesinado de Francia para alzarse contra

el absolutismo de Luis XVI en la Revolución Francesa).

Locke defendió la separación de poderes como forma de equilibrarlos entre sí e

impedir que ninguno degenerara hacia el despotismo; pero, por inclinarse por la supremacía

de un poder legislativo representativo de la mayoría, se puede también considerar a John

Locke como un teórico de la democracia, hacia la que acabarían evolucionando los

regímenes liberales. Por legítimo que fuera, sin embargo, ningún poder debería sobrepasar

determinados límites (de ahí la idea de ponerlos por escrito en una Constitución). Este tipo

de ideas inspirarían al liberalismo anglosajón (reflejándose puntualmente en las


constituciones de Gran Bretaña y Estados Unidos) e, indirectamente, también al del resto

del mundo (a través de ilustrados franceses, como Montesquieu, Voltaire y Rousseau).

Menos incidencia tuvo el pensamiento propiamente filosófico de Locke, basado en

una teoría del conocimiento empirista inspirada en Francis Bacon y en René Descartes. Al

igual que Hobbes, John Locke profundizó en el empirismo de Bacon y rechazó la teoría

cartesiana de las ideas innatas; a la refutación de tal teoría dedicó la primera parte de su

Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Según Locke, la mente humana nace

tamquam tabula rasa; es decir, en el momento de su nacimiento, la mente de un niño carece

de ideas: es como un papel en blanco en el que no hay ninguna idea escrita (Descartes

afirmaba que contenía ideas innatas, como por ejemplo la idea de Dios).

Todas las ideas proceden de la experiencia, y de la experiencia procede todo nuestro

conocimiento. Experiencia no significa únicamente en Locke experiencia externa; igual que

percibimos el exterior (por ejemplo, el canto de un pájaro), percibimos nuestro interior (por

ejemplo, que estamos furiosos). En consecuencia, dos son los ámbitos de la experiencia:

el mundo exterior, captado por la sensación, y el de la conciencia o interior, captado por la

reflexión.

De este modo, cuando John Locke y los empiristas en general hablan de ideas, no

se refieren a ideas en el sentido platónico, ni tampoco a conceptos del entendimiento, sino

a contenidos de la conciencia, es decir, a la impronta que han dejado en la misma un a

sensación o una reflexión. Hay ideas simples que se adquieren tanto en la sensación (alto,

dulce, rojo) como en la reflexión (placer, duda, deseo); e ideas complejas que se forman a

partir de las simples, merced a la actividad del sujeto. Hay una gran variedad de ideas

complejas, pero pueden reducirse a las de sustancia, modo y relación, que son paralelas a

los elementos del juicio: sujeto, predicado y cópula; no en vano es el juicio la actividad

sintética por excelencia del entendimiento.


Por la sensación no conocemos la sustancia de las cosas, y puesto que, conforme

a las premisas de Locke, todo lo que llega al entendimiento pasa por los sentidos, tampoco

podemos conocerla por el entendimiento. Por la sensación sólo percibimos las cualidades

de las cosas, cualidades que pueden ser primarias y secundarias. Las cualidades primarias

son las que se refieren a la extensión y al movimiento con sus respectivas propiedades y

son captadas por varios sentidos.

La cualidades secundarias, tales como el color, el sonido o el sabor, son percibidas

por un solo sentido. Las cualidades primarias tienen valor objetivo y real, es decir, existen

tal como las percibimos, pero las cualidades secundarias, aunque sean causadas por las

cosas exteriores, son subjetivas por el modo en que las percibimos: más que cualidades de

las cosas, son reacciones del sujeto a estímulos recibidos de ellas. Para Locke, la sustancia

no es cognoscible, aunque es posible admitir su existencia como sustrato o sostén de las

cualidades primarias y como causa de las secundarias.


Thomas Hobbes

(Westport, Inglaterra, 1588 - Hardwick Hall, id., 1679) Filósofo inglés. Hijo de un

eclesiástico, quedó a cargo de su tío cuando el padre abandonó a la familia, tras participar

en una pelea en la puerta de su iglesia. Estudió en el Magdalen Hall de Oxford, y en 1608

entró al servicio de la familia Cavendish como preceptor de uno de sus hijos, a quien

acompañó en sus viajes por Francia e Italia entre 1608 y 1610.

A la muerte de su alumno, en 1628, regresó de nuevo a Francia para entrar al

servicio de Gervase Clifton. En dicho país permaneció hasta 1631, cuando los Cavendish

lo solicitaron de nuevo, como preceptor de otro de sus hijos. En 1634, acompañando a su

nuevo alumno, realizó otro viaje al continente, ocasión que aprovechó para entrevistarse

con Galileo y otros pensadores y científicos de la época, entre los que figuraron René

Descartes y Pierre Gassendi.

En 1637 volvió a Inglaterra, pero el mal ambiente político, que anunciaba ya la

guerra civil, lo llevó a abandonar su patria e instalarse en París en 1640. Poco tiempo antes

había hecho circular entre sus amigos un ejemplar manuscrito de sus Elementos de l a ley

natural y política, de los que, en forma de dos tratados distintos, se editaron dos partes en

1650. En París comenzó a publicar las distintas partes de su sistema, empezando con el

De cive en 1642.

En 1651 abandonó Francia y regresó a Inglaterra, llevándose consigo el manuscrito

del Leviatán, sin duda la más conocida de sus obras, que se editaría en Londres ese mismo

año. En 1655 publicó la primera parte de los Elementos de filosofía, y en 1658, la segunda.

Estas dos obras completaban la trilogía iniciada con De cive.


Tras la restauración de 1660, Thomas Hobbes gozó del favor real, pero las

acusaciones de ateísmo que le lanzaron los estamentos eclesiásticos lo llevaron a retirarse

de la vida pública. Durante los últimos años de su vida hizo una traducción en verso de la

Ilíada y la Odisea de Homero, y escribió una autobiografía en versos latinos.

Los contactos que Hobbes tuvo con científicos de su época, que fueron decisivos

para la formación de sus ideas filosóficas, le llevaron a fundir su preocupación por los

problemas políticos y sociales con su interés por la geometría y el pensamiento de los

filósofos mecanicistas. Su pensamiento político pretende ser una aplicación de las leyes del

mecanicismo a los campos de la moral y la política.

Las leyes que rigen el comportamiento humano son, según Hobbes, las mismas que

rigen el universo, y son de origen divino. De acuerdo con ellas, el hombre en estado natural

es antisocial por naturaleza y sólo se mueve por el deseo y el temor. Su primera ley natural,

que es la autoconservación, lo induce a imponerse sobre los demás, de donde se deriva

una situación de permanente conflicto: «la guerra de todos contra todos», en la que «el

hombre es un lobo para el hombre».

Para poder construir una sociedad es necesario, pues, que cada individuo renuncie

a una parte de sus deseos y llegue a un acuerdo mutuo de no aniquilación con los demás.

Se trata de establecer un «contrato social», de transferir los derechos que el hombre posee

naturalmente sobre todas las cosas en favor de un soberano dotado de derechos ilimitados.

Este monarca absoluto, cuya soberanía no reside en el derecho divino sino en los derechos

transferidos, sería el único capaz de hacer respetar el contrato social y garantizar, así, el

orden y la paz, ejerciendo el monopolio de la violencia, que desaparecería de este modo de

la relación entre individuos.


Isaac Newton

(Woolsthorpe, Lincolnshire, 1642 - Londres, 1727) Científico inglés. Fundador de la

física clásica, que mantendría plena vigencia hasta los tiempos de Einstein, la obra de

Newton representa la culminación de la revolución científica iniciada un siglo antes por

Copérnico. En sus Principios matemáticos de la filosofía natural (1687) estableció las tres

leyes fundamentales del movimiento y dedujo de ellas la cuarta ley o ley de gravitación

universal, que explicaba con total exactitud las órbitas de los planetas, logrando así la

unificación de la mecánica terrestre y celeste.

Hijo póstumo y prematuro, su madre preparó para él un destino de granjero; pero

finalmente se convenció del talento del muchacho y le envió a la Universidad de Cambridge,

en donde hubo de trabajar para pagarse los estudios. Allí Newton no destacó

especialmente, pero asimiló los conocimientos y principios científicos y filosóficos de

mediados del siglo XVII, con las innovaciones introducidas por Galileo Galilei, Johannes

Kepler, Francis Bacon, René Descartes y otros.

Tras su graduación en 1665, Isaac Newton se orientó hacia la investigación en física

y matemáticas, con tal acierto que a los 29 años ya había formulado teorías que señalarían

el camino de la ciencia moderna hasta el siglo XX; por entonces había ya obtenido una

cátedra en su universidad (1669). Protagonista fundamental de la «Revolución científica»

de los siglos XVI y XVII y padre de la mecánica clásica, Newton siempre fue remiso a dar

publicidad a sus descubrimientos, razón por la que muchos de ellos se conocieron con años

de retraso. Newton coincidió con Leibniz en el descubrimiento del cálculo integral, que

contribuiría a una profunda renovación de las matemáticas; también formuló el teorema del

binomio (binomio de Newton).


Las aportaciones esenciales de Isaac Newton se produjeron en el terreno de la

física. Sus primeras investigaciones giraron en torno a la óptica: explicando la composición

de la luz blanca como mezcla de los colores del arco iris, formuló una teoría sobre la

naturaleza corpuscular de la luz y diseñó en 1668 el primer telescopio de reflector, del tipo

de los que se usan actualmente en la mayoría de los observatorios astronómicos; más tarde

recogió su visión de esta materia en la obra Óptica (1703). También trabajó en otras áreas,

como la termodinámica y la acústica.

Pero su lugar en la historia de la ciencia se lo debe sobre todo a su refundación de

la mecánica. En su obra más importante, Principios matemáticos de la filosofía natural

(1687), formuló rigurosamente las tres leyes fundamentales del movimiento, hoy llamadas

Leyes de Newton: la primera ley o ley de la inercia, según la cual todo cuerpo permanece

en reposo o en movimiento rectilíneo uniforme si no actúa sobre él ninguna fuerza; la

segunda o principio fundamental de la dinámica, según el cual la aceleración que

experimenta un cuerpo es igual a la fuerza ejercida sobre él dividida por su masa; y la

tercera o ley de acción y reacción, que explica que por cada fuerza o acción ejercida sobre

un cuerpo existe una reacción igual de sentido contrario.

De estas tres leyes dedujo una cuarta, que es la más conocida: la ley de la gravedad,

que según la leyenda le fue sugerida por la observación de la caída de una manzana del

árbol. Descubrió que la fuerza de atracción entre la Tierra y la Luna era directamente

proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la

distancia que las separa, calculándose dicha fuerza mediante el producto de ese cociente

por una constante G; al extender ese principio general a todos los cuerpos del Universo lo

convirtió en la ley de gravitación universal.


La mayor parte de estas ideas circulaban ya en el ambiente científico de la época;

pero Newton les dio el carácter sistemático de una teoría general, capaz de sustentar la

concepción científica del Universo durante más de dos siglos. Si todavía en nuestros días

resulta admirable la elegancia y sencillez de la mecánica newtoniana, puede imaginarse el

deslumbramiento que produjo en sus contemporáneos aquella clarificación de un vasto

conjunto de fenómenos; así lo expresó un compatriota suyo, el poeta Alexander Pope: "La

Naturaleza y sus leyes yacían ocultas en la noche, pero dijo Dios: ¡Hágase la luz!, y nació

Isaac Newton".

Hasta que terminó su trabajo científico propiamente dicho (hacia 1693), Newton se

dedicó a aplicar sus principios generales a la resolución de problemas concretos, como la

predicción de la posición exacta de los cuerpos celestes, convirtiéndose en el mayor

astrónomo del siglo. Sobre todos estos temas mantuvo agrios debates con otros científicos

(como Edmund Halley, Robert Hooke, John Flamsteed o el citado Leibniz), en los que

encajó mal las críticas y se mostró extremadamente celoso de sus posiciones.

Como profesor de Cambridge, Newton se enfrentó a los abusos de Jacobo II contra

la universidad, lo cual le llevó a aceptar un escaño en el Parlamento surgido de la «Gloriosa

Revolución» (1689-90). En 1696 el régimen le nombró director de la Casa de la Moneda,

buscando en él un administrador inteligente y honrado para poner coto a las falsificaciones.

Volvería a representar a su universidad en el Parlamento en 1701. En 1703 fue nombrado

presidente de la Royal Society de Londres. Y en 1705 culminó la ascensión de su prestigio

al ser nombrado caballero.


René Descartes

(La Haye, Francia, 1596 - Estocolmo, Suecia, 1650) Filósofo y matemático francés.

Después del esplendor de la antigua filosofía griega y del apogeo y crisis de la escolástica

en la Europa medieval, los nuevos aires del Renacimiento y la revolución científica que lo

acompañó darían lugar, en el siglo XVII, al nacimiento de la filosofía moderna.

El primero de los ismos filosóficos de la modernidad fue el racionalismo; Descartes,

su iniciador, se propuso hacer tabla rasa de la tradición y construir un nuevo edificio sobre

la base de la razón y con la eficaz metodología de las matemáticas. Su «duda metódica»

no cuestionó a Dios, sino todo lo contrario; sin embargo, al igual que Galileo, hubo de sufrir

la persecución a causa de sus ideas.

René Descartes se educó en el colegio jesuita de La Flèche (1604-1612), por

entonces uno de los más prestigiosos de Europa, donde gozó de un cierto trato de favor en

atención a su delicada salud. Los estudios que en tal centro llevó a cabo tuvieron una

importancia decisiva en su formación intelectual; conocida la turbulenta juventud de

Descartes, sin duda en La Flèche debió cimentarse la base de su cultura. Las huellas de tal

educación se manifiestan objetiva y acusadamente en toda la ideología filosófica del sabio.

El programa de estudios propio de aquel colegio (según diversos testimonios, entre

los que figura el del mismo Descartes) era muy variado: giraba esencialmente en torno a la

tradicional enseñanza de las artes liberales, a la cual se añadían nociones de teología y

ejercicios prácticos útiles para la vida de los futuros gentilhombres. Aun cuando el programa

propiamente dicho debía de resultar más bien ligero y orientado en sentido esencialmente

práctico (no se pretendía formar sabios, sino hombres preparados para las elevadas

misiones políticas a que su rango les permitía aspirar), los alumnos más activos o curiosos

podían completarlos por su cuenta mediante lecturas personales.


Años después, Descartes criticaría amargamente la educación recibida. Es

perfectamente posible, sin embargo, que su descontento al respecto proceda no tanto de

consideraciones filosóficas como de la natural reacción de un adolescente que durante

tantos años estuvo sometido a una disciplina, y de la sensación de inutilidad de todo lo

aprendido en relación con sus posibles ocupaciones futuras (burocracia o milicia). Tras su

etapa en La Flèche, Descartes obtuvo el título de bachiller y de licenciado en derecho por

la facultad de Poitiers (1616), y a los veintidós años partió hacia los Países Bajos, donde

sirvió como soldado en el ejército de Mauricio de Nassau. En 1619 se enroló en las filas del

Maximiliano I de Baviera.

Según relataría el propio Descartes en el Discurso del Método, durante el crudo

invierno de ese año se halló bloqueado en una localidad del Alto Danubio, posiblemente

cerca de Ulm; allí permaneció encerrado al lado de una estufa y lejos de cualquier relación

social, sin más compañía que la de sus pensamientos. En tal lugar, y tras una fuerte crisis

de escepticismo, se le revelaron las bases sobre las cuales edificaría su sistema filosófico:

el método matemático y el principio del cogito, ergo sum. Víctima de una febril excitación,

durante la noche del 10 de noviembre de 1619 tuvo tres sueños, en cuyo transcurso intuyó

su método y conoció su profunda vocación de consagrar su vida a la ciencia.

Tras renunciar a la vida militar, Descartes viajó por Alemania y los Países Bajos y

regresó a Francia en 1622, para vender sus posesiones y asegurarse así una vida

independiente; pasó una temporada en Italia (1623-1625) y se afincó luego en París, donde

se relacionó con la mayoría de científicos de la época.


En 1628 decidió instalarse en Holanda, país en el que las investigaciones científicas

gozaban de gran consideración y, además, se veían favorecidas por una relativa libertad de

pensamiento. Descartes consideró que era el lugar más favorable para cumplir los objetivos

filosóficos y científicos que se había fijado, y residió allí hasta 1649.

Los cinco primeros años los dedicó principalmente a elaborar su propio sistema del

mundo y su concepción del hombre y del cuerpo humano. En 1633 debía de tener ya muy

avanzada la redacción de un amplio texto de metafísica y física titulado Tratado sobre la

luz; sin embargo, la noticia de la condena de Galileo le asustó, puesto que también

Descartes defendía en aquella obra el heliocentrismo de Copérnico, opinión que no creía

censurable desde el punto de vista teológico. Como temía que tal texto pudiera contener

teorías condenables, renunció a su publicación, que tendría lugar póstumamente.

En 1637 apareció su famoso Discurso del método, presentado como prólogo a tres

ensayos científicos. Por la audacia y novedad de los conceptos, la genialidad de los

descubrimientos y el ímpetu de las ideas, el libro bastó para dar a su autor una inmediata y

merecida fama, pero también por ello mismo provocó un diluvio de polémicas, que en

adelante harían fatigosa y aun peligrosa su vida.

Descartes proponía en el Discurso una duda metódica, que sometiese a juicio todos

los conocimientos de la época, aunque, a diferencia de los escépticos, la suya era una duda

orientada a la búsqueda de principios últimos sobre los cuales cimentar sólidamente el

saber. Este principio lo halló en la existencia de la propia conciencia que duda, en su famosa

formulación «pienso, luego existo». Sobre la base de esta primera evidencia pudo desandar

en parte el camino de su escepticismo, hallando en Dios el garante último de la verdad de

las evidencias de la razón, que se manifiestan como ideas «claras y distintas».


El método cartesiano, que Descartes propuso para todas las ciencias y disciplinas,

consiste en descomponer los problemas complejos en partes progresivamente más

sencillas hasta hallar sus elementos básicos, las ideas simples, que se presentan a la razón

de un modo evidente, y proceder a partir de ellas, por síntesis, a reconstruir todo el

complejo, exigiendo a cada nueva relación establecida entre ideas simples la misma

evidencia de éstas. Los ensayos científicos que seguían al Discurso ofrecían un compendio

de sus teorías físicas, entre las que destaca su formulación de la ley de inercia y una

especificación de su método para las matemáticas.

Los fundamentos de su física mecanicista, que hacía de la extensión la principal

propiedad de los cuerpos materiales, fueron expuestos por Descartes en las Meditaciones

metafísicas (1641), donde desarrolló su demostración de la existencia y la perfección de

Dios y de la inmortalidad del alma, ya apuntada en la cuarta parte del Discurso del método.

El mecanicismo radical de las teorías físicas de Descartes, sin embargo, determinó que

fuesen superadas más adelante.

Conforme crecía su fama y la divulgación de su filosofía, arreciaron las críticas y las

amenazas de persecución religiosa por parte de algunas autoridades académicas y

eclesiásticas, tanto en los Países Bajos como en Francia. Nacidas en medio de discusiones,

las Meditaciones metafísicas habían de valerle diversas acusaciones promovidas por los

teólogos; algo por el estilo aconteció durante la redacción y al publicar otras obras suyas,

como Los principios de la filosofía (1644) y Las pasiones del alma (1649).

Cansado de estas luchas, en 1649 Descartes aceptó la invitación de la reina Cristina

de Suecia, que le exhortaba a trasladarse a Estocolmo como preceptor suyo de filosofía.

Previamente habían mantenido una intensa correspondencia, y, a pesar de las

satisfacciones intelectuales que le proporcionaba Cristina, Descartes no fue feliz en "el país

de los osos, donde los pensamientos de los hombres parecen, como el agua,
metamorfosearse en hielo". Estaba acostumbrado a las comodidades y no le era fácil

levantarse cada día a las cuatro de la mañana, en plena oscuridad y con el frío invernal

royéndole los huesos, para adoctrinar a una reina que no disponía de más tiempo libr e

debido a sus obligaciones. Los espartanos madrugones y el frío pudieron más que el

filósofo, que murió de una pulmonía a principios de 1650, cinco meses después de su

llegada.

Descartes es considerado como el iniciador de la filosofía racionalista moderna por

su planteamiento y resolución del problema de hallar un fundamento del conocimiento que

garantice su certeza, y como el filósofo que supone el punto de ruptura definitivo con la

escolástica. En el Discurso del método (1637), Descartes manifestó que su proyecto de

elaborar una doctrina basada en principios totalmente nuevos procedía del desencanto ante

las enseñanzas filosóficas que había recibido.

Convencido de que la realidad entera respondía a un orden racional, su propósito

era crear un método que hiciera posible alcanzar en todo el ámbito del conocimiento la

misma certidumbre que proporcionan en su campo la aritmética y la geometría. Su método,

expuesto en el Discurso, se compone de cuatro preceptos o procedimientos: no aceptar

como verdadero nada de lo que no se tenga absoluta certeza de que lo es; descomponer

cada problema en sus partes mínimas; ir de lo más comprensible a lo más complejo; y, por

último, revisar por completo el proceso para tener la seguridad de que no hay ninguna

omisión.

El sistema utilizado por Descartes para cumplir el primer precepto y alcanzar la

certeza es «la duda metódica». Siguiendo este sistema, Descartes pone en tela de juicio

todos sus conocimientos adquiridos o heredados, el testimonio de los sentidos e incluso su

propia existencia y la del mundo. Ahora bien, en toda duda hay algo de lo que no podemos

dudar: de la misma duda. Dicho de otro modo, no podemos dudar de que estamos dudando.
Llegamos así a una primera certeza absoluta y evidente que podemos aceptar como

verdadera: dudamos.

La duda, razona entonces Descartes, es un pensamiento: dudar es pensar. Ahora

bien, no es posible pensar sin existir. La suspensión de cualquier verdad concreta, la misma

duda, es un acto de pensamiento que implica inmediatamente la existencia del "yo"

pensante. De ahí su célebre formulación: pienso, luego existo (cogito, ergo sum). Por lo

tanto, podemos estar firmemente seguros de nuestro pensamiento y de nuestra existencia.

Existimos y somos una sustancia pensante, espiritual.

A partir de ello elabora Descartes toda su filosofía. Dado que no puede confiar en

las cosas, cuya existencia aún no ha podido demostrar, Descartes intenta partir del

pensamiento, cuya existencia ya ha sido demostrada. Aunque pueda referirse al exterior, el

pensamiento no se compone de cosas, sino de ideas sobre las cosas. La cuestión que se

plantea es la de si hay en nuestro pensamiento alguna idea o representación que podamos

percibir con la misma «claridad» y «distinción» (los dos criterios cartesianos de certeza) con

la que nos percibimos como sujetos pensantes.

Descartes pasa entonces a revisar todos los conocimientos que previamente había

descartado al comienzo de su búsqueda. Y al reconsiderarlos observa que las

representaciones de nuestro pensamiento son de tres clases: ideas «innatas», como las de

belleza o justicia; ideas «adventicias», que proceden de las cosas exteriores, como las de

estrella o caballo; e ideas « ficticias», que son meras creaciones de nuestra fantasía, como

por ejemplo los monstruos de la mitología.

Las ideas «ficticias», mera suma o combinación de otras ideas, no pueden

obviamente servir de asidero. Y respecto a las ideas «adventicias», originadas por nuestra

experiencia de las cosas exteriores, es preciso obrar con cautela, ya que no estamos
seguros de que las cosas exteriores existan. Podría ocurrir, dice Descartes, que los

conocimientos «adventicios», que consideramos correspondientes a impresiones de cosas

que realmente existen fuera de nosotros, hubieran sido provocados por un «genio maligno»

que quisiera engañarnos. O que lo que nos parece la realidad no sea más que una ilusión,

un sueño del que no hemos despertado.

Pero al examinar las ideas «innatas», sin correlato exterior sensible, encontramos

en nosotros una idea muy singular, porque está completamente alejada de lo que somos:

la idea de Dios, de un ser supremo infinito, eterno, inmutable, perfecto. Los seres humanos,

finitos e imperfectos, pueden formar ideas como la de "triángulo" o "justicia". Pero la idea

de un Dios infinito y perfecto no puede nacer de un individuo finito e imperfecto:

necesariamente ha sido colocada en la mente de los hombres por la misma Providencia.

Por consiguiente, Dios existe; y siendo como es un ser perfectísimo, no puede engañarse

ni engañarnos, ni permitir la existencia de un «genio maligno» que nos engañe,

haciéndonos creer que es real un mundo que no existe. El mundo, por lo tanto, también

existe. La existencia de Dios garantiza así la posibilidad de un conocimiento verdadero.

Esta demostración de la existencia de Dios constituye una variante del argumento

ontológico empleado ya en el siglo XII por San Anselmo de Canterbury, y fue duramente

atacada por los adversarios de Descartes, que lo acusaron de caer en un círculo vicioso:

para demostrar la existencia de Dios y así garantizar el conocimiento del mundo exterior se

utilizan los criterios de claridad y distinción, pero la fiabilidad de tales criterios se justifica a

su vez por la existencia de Dios. Tal crítica apunta no sólo a la validez o invalidez del

argumento, sino también al hecho de que Descartes no parece aplicar en este punto su

propia metodología.

Admitida la existencia del mundo exterior, Descartes pasa a examinar cuál es la

esencia de los seres. Introduce aquí su concepto de sustancia, que define como aquello
que «existe de tal modo que sólo necesita de sí mismo para existir». Las sustancias se

manifiestan a través de sus modos y atributos. Los atributos son propiedades o cualidades

esenciales que revelan la determinación de la sustancia, es decir, son aquellas propiedades

sin las cuales una sustancia dejaría de ser tal sustancia. Los modos, en cambio, no son

propiedades o cualidades esenciales, sino meramente accidentales.

El atributo de los cuerpos es la extensión (un cuerpo no puede carecer de extensión;

si carece de ella no es un cuerpo), y todas las demás determinaciones (color, forma,

posición, movimiento) son solamente modos. Y el atributo del espíritu es el pensamiento,

pues el espíritu «piensa siempre». Existe, por lo tanto, una sustancia pensante (res

cogitans), carente de extensión y cuyo atributo es el pensamiento, y una sustancia que

compone los cuerpos físicos (res extensa), cuyo atributo es la extensión, o, si se prefiere,

la tridimensionalidad, cuantitativamente mesurable en un espacio de tres dimensiones.

Ambas son irreductibles entre sí y totalmente separadas. Es lo que se denomina el

«dualismo» cartesiano.

En la medida en que la sustancia de la materia y de los cuerpos es la extensión, y

en que ésta es observable y mesurable, ha de ser posible explicar sus movimientos y

cambios mediante leyes matemáticas. Ello conduce a la visión mecanicista de la naturaleza:

el universo es como una enorme máquina cuyo funcionamiento podremos llegar a conocer

mediante el estudio y descubrimiento de las leyes matemáticas que lo rigen.

La separación radical entre materia y espíritu es aplicada rigurosamente, en

principio, a todos los seres. Así, los animales no son más que máquinas muy complejas.

Sin embargo, Descartes hace una excepción cuando se trata del hombre. Dado que está

compuesto de cuerpo y alma, y siendo el cuerpo material y extenso (res extensa), y el alma

espiritual y pensante (res cogitans), debería haber entre ellos una absoluta incomunicación.
No obstante, en el sistema cartesiano esto no ocurre, sino que el alma y el cuerpo

se comunican entre sí, no al modo clásico, sino de una manera singular. El alma está

asentada en la glándula pineal, situada en el encéfalo, y desde allí rige al cuerpo como «el

nauta rige la nave», por medio de los espíritus animales, sustancias intermedias entre

espíritu y cuerpo a manera de finísimas partículas de sangre, que transmiten al cuerpo las

órdenes del alma. La solución de Descartes no resultó satisfactoria, y el llamado problema

de la comunicación de las sustancias sería largamente discutido por los filósofos

posteriores.

Tanto por no haber definido satisfactoriamente la noción de sustancia como por el

franco dualismo establecido entre las dos sustancias, Descartes planteó los problemas

fundamentales de la filosofía especulativa europea del siglo XVII. Entendido como sistema

estricto y cerrado, el cartesianismo no tuvo excesivos seguidores y perdió su vigencia en

pocas décadas. Sin embargo, la filosofía cartesiana se convirtió en punto de referencia para

gran número de pensadores, unas veces para intentar resolver las contradicciones que

encerraba, como hicieron los pensadores racionalistas, y otras para rebatirla frontalmente,

como los empiristas.

Así, Nicolás Malebranche intentó, con su doctrina ocasionalista, conciliar el

cartesianismo con la filosofía de San Agustín. El filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz

y el holandés Baruch Spinoza establecieron formas de paralelismo psicofísico para explicar

la comunicación entre cuerpo y alma. Spinoza, de hecho, fue aún más lejos, y afirmó que

existía una sola sustancia, que englobaba en sí el orden de las cosas y el de las ideas, y

de la que la res cogitans y la res extensa no eran sino atributos, con lo que se llegaba al

panteísmo.

Desde un punto de vista completamente opuesto, los empiristas británicos Thomas

Hobbes, John Locke y David Hume negaron que la idea de una sustancia espiritual fuera
demostrable; afirmaron que no existían ideas innatas y que la filosofía debía reducirse al

terreno de lo conocido por la experiencia. La concepción cartesiana de un universo

mecanicista, en fin, influyó decisivamente en la génesis de la física clásica, cuyo hito

fundacional sería la publicación de los Principios matemáticos de la filosofía natural (1687),

obra en que Newton estableció los tres principios fundamentales de la dinámica, también

llamados leyes de Newton.

No resulta exagerado afirmar, en suma, que si bien Descartes no llegó a resolver

muchos de los problemas que planteó, tales problemas se convirtieron en cuestiones

centrales de la filosofía occidental. En este sentido, la filosofía moderna (racionalismo,

empirismo, idealismo, materialismo, fenomenología) puede considerarse como un

desarrollo o una reacción al cartesianismo.

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