0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 179 vistas99 páginasCuentos Futboleros para Chicas y Chicos - Antología
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Coordinadora de Literatura: Karina Echevarria
Autora de secciones especiales: Maria Soledad Silvestre
Corrector: Mariano Sanz
‘Coordinadora de Arte: Natalia Otranto
Diagramacién: Griselda Ponce
Cuentos futboleros para chicas y chicos / Beatriz Actis.. et al]; compilado por
Karina Echevarria ;ilustrado por Leo Arias. - 1a ed. - Boulogne = Estrada, 2078.
Libro digital. POF - (Azulejos. naranja ; 67)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-950-01-2220-7
1, Narrativa Infantil Argentina, 2, Cuentos. |. Actis, Beatriz Il, Echevarria, Karina, comp.
I Leo Arias ius,
(DD AB63.9282
Lia: COLECCION AZULEJOS - SERIE NARANJA 167
© Editorial Estrada S. A, 2018.
Editorial Estrada S. A. forma parte det Grupo Macmillan.
‘Auda. Blanco Encaleda 104, San Isidro, provincia de Buenos Aines, Argentina,
Internet: www editorialestrada.com.ar
Queda hecho el depésito que marca la ley 11.723.
Impreso en Argentina. / Printed in Argentina.
ISBN 978-950.01-2220-7
No se permite la reproduccién parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisién o la
transformacién de este libro, en cualquier forme o por cualquier medio, sea electrénico o recénico,
mediante fotocopias, digitalizaci6n y otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su
infraccién esta penada por las leyes 11.723 y 25.446.Los autores y la obra
Biografias .......
Futbol, futbol, futbol...
Narrar el juego.
La obra...
“Y todo era nitido, nitido y brillante”,
de Diego Muzzio.
“Una final escalofriante”,
de Hernan Galdames.........
“Un campeonato inconcluso”,
de Fernando Sorrentino...
oo oa
AB
29
AW“El partido del honor”,
de Patricia Gutiérrez Méndez ..
“Torneo fantastico de futbol”,
de Bruno Bazerque............00.....:00cc cece
“Lo que costé que me llamaran Micaela”,
de Beatriz Actis. .
Actividades ....
Actividades de comprension de lectura......
Actividades de produccién de escritura. .....
Actividades de relacién con otras asignaturas ...
Otros titulos de la coleccién .
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M10Los autores
ace a.Dieco Muzzio es escritor y poeta. Nacié en Buenos Aires
BIOS en 1969. Ha recibido en dos oportunidades el Premio
de Poesia del Fondo Nacional de las Artes, y también
el Premio Hispanoamericano de Poesia Sor Juana Inés
de la Cruz y el Premio White Raven, galardén que se entrega a las
mejores obras de literatura infantil y juvenil. Actualmente reside en
Francia.
HERNAN GALDAMES nacié en 1962 en San Fernando, provincia de Bue-
nos Aires. Es disefiador grafico, publicista y guionista de comics.
Obtuvo su primer premio en el concurso “Viene a cuento” de edi-
torial Tusquets y el Centro Cultural de Espaiia, con un cuento para
adultos. Desde 2013 publica también novelas y cuentos para nifios
y jovenes, y en 2015 gano el premio El Barco de Vapor.
FERNANDO SORRENTINO es escritor y profesor de Literatura. Nacié en
Buenos Aires en 1942. Ha escrito numerosos cuentos y novelas
para chicos y grandes, que se han traducido y publicado también
en Estados Unidos y Gran Bretafia. Ademas de literatura, escribe
ensayos literarios y ha sido compilador de antologias de cuentistas
argentinos.
6 | Los autores y la obraPatricia Guriérrez MENDEZ nacié en 1973 en Buenos Aires. Escribe
cuentos y novelas para nifios y j6venes con ambientacién historica.
Lleva adelante dos blogs en donde comparte su pasién por el estu-
dio de la Historia y resefias y recomendaciones de libros para nifos.
Bruno Bazeraue nacid en Buenos Aires en 1981. Estudié Letras y
trabaja en el mundo del cine, realizando sinopsis y corrigiendo sub-
titulados. Escribe literatura infantil y para adultos, y lleva adelante
un blog sobre medios de comunicacién y lenguaje.
Beatriz Actis nacié en Sunchales, provincia de Santa Fe, en 1961.
Es escritora, poetisa, editora y profesora en Letras. Especialista en
literatura para nifios y jovenes. Trabaja en la formacién de docentes
y mediadores de lectura en la ciudad de Rosario. Adems de litera-
tura, ha escrito y coordinado publicaciones sobre pedagogia de la
lectura y la escritura, promocién de la lectura y literatura infantil y
juvenil.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 7Futbol, futbol, futbol
Mas que un deporte, el futbol se siente como “pasién de multitu-
des” en nuestro pais y en otros muchos paises de Sudamérica y del
mundo entero. Este juego de origen inglés (foot=pie y ba/f=pelota)
nace a fines de la Edad Media en las islas britanicas y se jugaba
de diferentes maneras, pero recién en el afio 1863 se escriben por
primera vez sus reglas.
Sin embargo, se sabe que en otros lugares del mundo se ju-
gaban juegos similares con una pelota. En el libro sagrado de los
mayas, el Popol Vuh, se habla de un juego de pelota y en algunos
registros de las misiones jesuiticas en Misiones se menciona un jue-
go en el que los pobladores originarios pateaban con sus pies un
balén hueco y liviano.
En Italia, ya en el siglo XVI se jugaba este deporte bajo el nom-
bre de calcio, con reglas escritas en 1580. El calcio tomaba como
base el harpastum de los romanos, que era un ejercicio de entre-
namiento de los soldados que consistia en llevar una pelota de una
punta a la otra de un rectangulo enfrentando contrincantes.
El primer Mundial de fiatbol se jugé en el aio 1930 en Uruguay.
Desde entonces se celebra un Campeonato Mundial cada cuatro
afios, alternando su sede en distintos lugares del mundo.
8| Los autores y la obraa Narrar el juego
La narracién del juego puede resultar tan apasionante como
el juego mismo. De hecho, muchos locutores de radio han sabido
“contar” las jugadas con destreza y poesia, en las épocas en que
atin no habia televisién o los partidos no eran televisados. En esos
casos, los oyentes debian imaginar las carreras, las jugadas y los
goles que los periodistas deportivos iban narrando a gran velocidad
para no perder nada.
La popularidad de este deporte ha Ilevado a muchos escritores
a contar historias de futbol: relatos que tienen como excusa, como
tema principal o como ambientacién las tematicas propias de este
deporte.
En esta antologia, algunas historias tienen un sustento histdri-
co y nos llevan al pasado y los origenes de los clubes; otras aportan
una mirada fantastica y sobrenatural que nos sorprende; y algunas
se asoman a un futuro en donde el futbol seguird siendo protago-
nista de grandes pasiones, encuentros y desencuentros.
Mas alla de nuestra aficién al deporte como tal, todos tenemos
alguna relacién, algdin recuerdo, alguna anécdota o alguna porcién
de nuestros afectos que se relaciona, bien o mal, con historias de
futbol.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 9Cuentos futboleros
para chicas y chicosY todo era nitido,
nitido y brillante...
Diego MuzzioY todo era nitido,
nitido y brillante..
—Y, de pronto, apareci en la cancha, iluminado por cien-
tos de luces, vistiendo la camiseta de la seleccién argenti-
na... —dijo el nimero 5, sentado en uno de los bancos del
oscuro vestuario, los ojos enormemente abiertos, como si
atin no pudiera terminar de creer lo que acababa de vivir.
En un circulo apretado, el resto de sus compafieros de
equipo lo escuchaban fascinados. No volaba una mosca. Y,
aunque hubiese habido alguna dando vueltas por alli —cosa
sin duda improbable-—, nadie la habria visto. Los jugadores
parecfan titilar de curiosidad, pero se trataba sdlo de una
impresién. De una manera extrafia y tal vez inquietante, en
aquel vestuario nada parecfa ser muy sélido, y todo tenia
una consistencia mas bien borrosa y turbia.
Uno de los jugadores, que llevaba estampado en su cami-
seta un numero 2 apenas visible, preguntd:
—dFue asi, de golpe? éNo sentiste nada antes? Un cos-
quilleo, una llamada, alguna senal?
—Nada —respondié el 5—. Duré una milésima de segundo,
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 15qué digo, menos: estaba aca, en el vestuario, charlando con
el 7, esperando, esperando como siempre, y de golpe, izas!,
apareci en la cancha...
—Fue increible —comento el nebuloso numero 7, testigo
privilegiado de la sabita volatizacién de su compahero—.
Fue asi, tal cual. De golpe desaparecié, ipufff!, como por
arte de magia.
Los botines del numero 5 parecian recién lustrados, y
cualquiera hubiese dicho que sus medias, el pantaloncito
y la camiseta celeste y blanca acababan de salir de la tin-
torerfa. Su peinado era tan perfecto como el de un modelo
publicitario. iTodavia brillaba, nitido, muy nitido! Miraba a
lo lejos, sin pestafiear, mas alla de las paredes arenosas y
oscuras del vestuario, como si atin estuviese bajo los reflec-
tores de la cancha.
Los otros jugadores se acercaron atin mas. Alguno estird
una mano temblorosa, pero no se atrevid a tocarlo. El 5
irradiaba luz, como si hubiese sido golpeado por un rayo. Y,
aunque sentia sobre él las insistentes miradas de sus com-
pafieros de equipo, no se atrevia a mirarlos porque sabia
que, cuando lo hiciera, aquellas caras le parecerian todas
iguales, como dibujos hechos por un aficionado o graficos
de una vieja impresora de puntos.
16 | Diego Muzzio—LY quiénes estaban? —pregunté entonces un arquero
brumoso.
—iTodos, estaban todos! —dijo el 5.
—Todos quiénes —insistié el vaporoso 9.
—TO-DOS —repitid el 5, y separd bien las silabas, para
que quedara clarito.
—éAngel estaba? —pregunté el 9.
EI 5, todavia sin pestafiear, asintié con la cabeza.
—lY Javier?
EI 5 asintid.
—dPaulo?
EI 5 asintid.
—éSergio?
EI 5 asintid.
Se hizo un silencio. Un largo silencio. Nadie se atrevia
a pronunciar el nombre. Se escuché una especie de lejano
chisporroteo y, por fin, desde el fondo del sombrio vestua-
rio, timidamente, una voz pregunté:
—LY él, estaba?
Los ojos del 5, de pronto, parecieron iluminarse atin mas.
No se movia. Ni siquiera respiraba. Parecia que se habia
colgado. Pasaron algunos segundos y entonces dijo, hacién-
dose el distrafdo:
18 | Diego Muzzio—dEI? EQuién es “él”?
—Dale, ya sabés de quién estamos hablando —dijo el va-
poroso 9, impaciente, y a punto estuvo de pronunciar el
nombre pero, a Ultimo momento, una especie de misterio-
so, sagrado respeto se lo impidid, y sélo dijo—: el que lleva
el numero 10 estampado en la camiseta...
En el vestuario gris y borroso, la expectativa estaba en
su punto mas alto. El 5 lo sabfa y la hacia durar. Levanté la
mano hacia sus ojos y se froté los dedos. Unas escamitas
luminosas cayeron lentamente, como estrellas fugaces en
miniatura.
—Si —dijo entonces el 5—: él también estaba.
Diez voces exclamaron, a unisono:
—Oh, oh, oh... —y cada “oh” que pronunciaban era un poco
mas prolongado y profundo que el anterior. Daban vueltas al-
rededor del banco donde el brillante e inmaculado numero 5
estaba sentado, como si en lugar de jugadores de un equipo
oscuro y olvidado fueran una bandada de pajaritos asombra-
dos que, en lugar de piar, repitieran “oh, oh, oh”.
Para que no quedara ningun tipo de duda, o tal vez para
convencerse a si mismo de que lo que acababa de vivir era
real, el resplandeciente 5 repitid, con una voz mas aguda y
mas segura que la primera vez:
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 19—iSi, estaba, el 10 también estaba!
—LY cémo es? —pregunté enseguida el impreciso jugador
que Ilevaba en la camiseta el numero 2.
—Nitido, nitido y brillante —-respondié el 5.
—LY su peinado? éCdmo estaba peinado? —quiso saber
el arquero brumoso.
—Perfectamente peinado —respondié el 5—. Y cuando co-
rre no se le mueve un pelo. Y su peinado es nitido, nitido y
brillante.
—LY los demas también estaban bien peinados? —inqui-
rid el incierto numero 11.
—Todos estaban perfectamente peinados. Les juro que
no se les mueve un pelo. Y todos los peinados son nitidos,
nitidos y brillantes...
—LY el estadio? —quiso saber el desdibujado 7.
—Ah, el estadio, el estadio... -comenzé a decir el 5 y de
golpe se interrumpié otra vez, como si el simple recuerdo de
aquella maravilla lo dejara sin palabras.
—cEI estadio qué? —insistié el 7.
EI 5 sacudié la cabeza y de su cabellera, que empezaba
a perder algo de nitidez, cayeron unas chispitas, algo por el
estilo, que brillaron apenas unos segundos en las penum-
bras del vestuario y se apagaron enseguida.
20 | Diego Muzzio—El estadio es, écémo explicarles? —recordé el 5—, sen-
cillamente increible. Se puede ver cada brizna de pasto, las
lineas blancas que delimitan el campo y las areas, los ban-
derines de los cérners, los nudos de las redes de los arcos,
la cabina de los comentaristas, las luces, las hinchadas, las
banderas. Hasta se distingue la cara de la gente en las tri-
bunas.
—Y contra quién jugaban? —pregunté uno tan borroso
que su nimero no se distinguia.
Aquello no era un dato menor, y el 5 lo sabia. Permanecié
un rato en silencio, pero ahora ya todos se daban cuenta
de que lo hacia a propdsito, para hacerse el interesante y
cargar atin mas el ambiente de misterio.
Por fin, el 5 dijo:
—Alemania.
De nuevo, igual que un rato antes, los oscuros jugadores
empezaron a gritar “Oh, oh, oh...”, mientras daban vueltas
alrededor del banco. Y después, por turnos, le preguntaron
al 5 si estaba tal jugador aleman, y aquel, y ese otro. Los
conocian a todos a la perfeccién, con nombre y apellido.
Cuando terminaron, el impreciso numero 2 dijo:
—Y ellos, los alemanes, también eran nitidos?
—Muy nitidos —respondié el 5.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 21WV
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Ane) I” SS
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Ww :
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bi ee FIN
é : :—Y brillantes? —quiso saber el brumoso arquero.
—Stper brillantes —afirmé el 5.
Otra vez, los envolvid el silencio. Lenta, casi impercep-
tiblemente, el numero 5 iba perdiendo la claridad de sus
colores. Se escuchaban, aqui y alld, leves chasquidos, chis-
porroteos, un sonido como de grillos afénicos, luciérnagas
encendiéndose y apagandose bajo una llovizna gris.
—EI partido, conta algo del partido... —pidiéd entonces
una voz ansiosa.
—EI partido en si fue un poco decepcionante —reconocidé
el numero 5.
—dPor qué?
—Uy, es... dificil de explicar.
—iDale, conta, conta!
—Es que no hay mucho para contar.
—iCémo! —exclamé una voz indignada.
—Fue un partido muy corto —reconocid el 5.
—No importa, conta igual —pidié el arquero brumoso.
—Ok. Sacaban ellos. En el centro, con la pelota a los pies,
estaba el 7 aleman, listo a dar el puntapié inicial. Todos los
jugadores eran nitidos y brillantes, y todos estaban tan bien
peinados que parecian actores o modelos. Esperabamos el
silbatazo del arbitro.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 23—E| arbitro también era...?
—Si, él también —prosiguié el 5—, tan nitido y tan brillan-
te que, desde donde yo estaba, podia ver el capuchdn de la
lapicera que Ilevaba en el bolsillito de su remera, junto a
las tarjetas amarilla y roja. El arbitro miraba su reloj. De un
momento a otro iba a dar la senal de inicio. Desde las tribu-
nas se ofan bajar los cantos de la hinchada. La verdad, no se
entendia muy bien qué cantaban, ni para quién hinchaban.
Mas que cantos, aquello parecfa un murmullo ensordece-
dor, constante, bastante molesto.
El numero 5 se sacudié unas chispitas que habian caf-
do sobre su camiseta y, como nadie preguntd nada mas,
continud:
~Y ahi estabamos, esperando, esperando, y el partido
no comenzaba. El arbitro estaba quietito, como congelado,
mirando su reloj... Entonces aproveché para seguir mirando,
porque todo era tan nitido, tan brillante, que no encuentro
palabras para describirlo. El juez de linea de la banda dere-
cha, por ejemplo, era tan nitido que hasta podia ver que no
se habia afeitado. El banco de suplentes, los suplentes, los
asistentes de campo, los carteles publicitarios, el tablero
electrénico que, alld arriba, marcaba el 0 a 0, todo era tan
nitido, tan brillante...
24 | Diego Muzzio—dPero cudnto tiempo mas tuvieron que esperar? —se
impaciento alguien.
El numero 5 sacudié la cabeza, como si le costara dejar
aquellos recuerdos. Algunas chispitas mas se dispersaron
en el aire.
—No sé, una eternidad. Pero, por fin, el arbitro dio el sil-
batazo y el 7 aleman la tocé corta para el 9. Y ahora viene
lo mas raro. Cuando quise ir a marcar al 9 aleman, me di
cuenta de que no podia moverme.
—éCémo que no te podias mover? —pregunté el arquero
brumoso.
—No podia, no habia forma —el 5 miré sus botines y los
noté mucho menos brillantes que un rato antes—. Queria
correr y no podfa. Estaba clavado en el suelo, como si una
voluntad superior a la mia hubiese decidido que, por el mo-
mento, mi lugar en la cancha era aquel, unos metros detras
de mitad de campo. Y, justo en ese instante, lo vi pasar, mas
rapido que una centella, nitido, nitido y brillante...
—dA quién viste pasar? —pregunté uno.
—éA quién va a ser? A él —dijo el 5, y todos supieron de
inmediato a quién se referia—. Intercepté la pelota y picd
hacia arriba, gambetedndose a todos los alemanes a su
paso, y el numero 10 brillaba en su espalda, brillaba tanto,
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 25se los juro. Fue entonces que empecé a escuchar un sonido
muy raro, como una voz que no provenia de las tribunas
sino de mucho mas lejos, y que sonaba mucho mas fuerte
que los cantos de las hinchadas.
—LY qué decia esa voz?
—No sé. Pensé que era uno de los relatores que, al ver
cémo él iba dejando atras a todos los alemanes, se habia
puesto a gritar como loco. El 10 ya estaba frente al arco, a
punto de rematar. Era tan nitido, tan brillante... —insistié el
5, mirando las palmas de sus manos que rapidamente em-
pezaban a perder nitidez y brillo—. A pesar de que yo estaba
clavado en el mismo lugar, sin poder moverme, y bastante
lejos de la accién, podia verlo con todo detalle. No sdlo a él,
sino también al arquero aleman. Y, de golpe, resondé otra
vez aquella voz... “Cosaguenola, cosaguenola”, decia, o algo
por el estilo. Y enseguida, mas fuerte, mas claro: “erendar”.
Y entonces, en el momento exacto en que el 10 pateaba y
la pelota salia volando hacia el angulo derecho del arco ale-
man, ahi si escuché, claro y fuerte: “iLes dije que apaguen
la consola, a merendar!” Y, de golpe, todo se oscurecié y
apareci de nuevo aca...
Los jugadores dejaron escapar un_prolongadisimo
“Qoooohhhhhh” de decepcién y se dispersaron por el ves-
26 | Diego Muzziotuario. Iban y venian, dando vueltas en la oscuridad, como
siempre, esperando, esperando...
EI 5 incliné la cabeza. Ya estaba tan gris y borroso como
los demas. Volvié a mirar las paredes nebulosas del vestua-
rio. Sabia que su breve aparicién en aquel mundo de luz
probablemente se debia a algun error, pero no le importaba.
—Todo era nitido, nitido y brillante... -murmuraba el 5,
en voz bajita.
Y una sonrisa nebulosa, invisible, se dibujé en su cara.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 27Una final escalofriante
Hernan GaldamesUna final escalofriante
El entrenador nos habia citado a todos el domingo a la
una en el club. La final era a las cuatro. Yo llegué casi Ultimo.
La verdad es que no tenia muchas ganas de ir. Andaba por
el nivel veinticinco del Witch crushers y estaba en un buen
dia para los juegos electrénicos. A regafiadientes agarré el
bolso y papa me trajo hasta el club. El entrenador iba a dar
el equipo en la cancha antes de subir al micro. Deseaba que
no me eligiera. En realidad estaba seguro de que no me iba
a poner porque soy el mas patadura del equipo.
Mientras daba vueltas por la cancha y mis compafieros
practicaban pases y tiros al arco, llega Panchito con un yeso
en el brazo. Uno menos, pensé. Después veo que empiezan
a preguntarse donde esta Piqui, uno de los mejores del equi-
po; ya era casi la una y todavia no habia caido. Lo llaman
al celu y todos empiezan a agarrarse la cabeza y a patear el
pasto. Estaba con cuarenta grados en la cama. Otro menos.
Corria riesgo mi exclusién. Si faltaba uno mas me convo-
carian para el partido porque si no, no daba el numero.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 31De pronto, escucho un grito cerca del arco. Tapa habia pi-
sado mal y estaba tirado en el piso agarrandose el tobillo.
Justo llegé el entrenador, se agacho para revisarlo y lo man-
dé a la enfermeria.
—Nos quedamos sin Tapa —fue lo primero que dijo el
profe cuando nos reunié en el circulo central—. Seguro que
se esguinzo.
—Y tampoco viene Piqui, esta con fiebre —dijo Santu.
—Y a Panchito ya lo habra visto —agregé Bicho.
—Estamos en el horno, profe: nos robaron la bandera del
club la semana pasada y ahora se nos lesionan tres de nues-
tros mejores jugadores.
—No sean cabuleros, muchachos. Hay que confiar en
nuestra capacidad deportiva, nada mas que en eso —res-
pondid el entrenador a modo de ensefanza.
Sacé un papelito del bolsillo y empezé a leer los nombres
del equipo y las posiciones en las que iba a jugar cada uno,
Cuando terminé de leer la lista, mird a todo el grupo como
buscando a quien poner y como vio que no habia nadie mas
que yo, me dijo:
—Preparate pibe, que hoy venis al partido.
Era mi primera vez, y lo peor de todo es que no era cual-
quier partido. iEra la final del campeonato! Habfa que matar
32 | Hernan Galdameso morir. Estaban todos nerviosisimos. La adrenalina les salia
por los ojos.
Juntamos los bolsos y fuimos al micro. Cuando estaba-
mos a punto de subir pas6 algo rarisimo: de pronto, de la
nada, cayé un rayo contra un arbol del estacionamiento y lo
partié en dos. Nos dimos un susto barbaro. El arbol empezé.
a incendiarse. Miramos al cielo y solamente estaba nublado,
nada mas que eso; no habia nubarrones negros ni truenos.
Subimos al micro y partimos. Mientras salfamos del esta-
cionamiento vimos al camién de bomberos que Ilegaba a
apagar las llamas. El chofer se debe haber distrafdo mirando
la autobomba porque de golpe clavé los frenos y nos fui-
mos todos para adelante. Se le habia cruzado un gato y al
parecer lo golped con el paragolpes. Vimos al pobre animal
correr por el parque con una pata levantada. Todos nos mi-
ramos preocupados porque el gato era negro.
Nadie conocia el club contra el que teniamos que jugar.
Nunca nos habia tocado enfrentarlo. Pero, segtin rumores,
era un equipo nuevo que habia hecho una carrera colosal
este afio ganando casi todos los partidos. Lacancha quedaba
en Villa no sé cuanto. Habia que cruzar un riachuelo, pasar
por debajo de varias autopistas, meterse por unos barrios
en los que habia que cerrar las ventanillas y al final agarrar
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 33un camino de tierra destruido, con arboles al costado medio
esqueléticos. Fue pisar ese camino y el cielo se puso todo
negro. Como si las nubes, oscuras y retorcidas, se hubieran
formado espontaneamente en un segundo. Empezé a llover
torrencialmente y explotaron rayos por todas partes. Lo uni-
co que nos faltaba, la cancha iba a ser un barrial espantoso.
Rogué en ese momento que el entrenador no me sacara del
banco de suplentes durante todo el partido.
Alo lejos vimos un paredén largo y muy alto. La calle termi-
naba en un porton de chapa. Sobre los pilares que sostenian
el portén habfa dos craneos de vaca que le daban la bienve-
nida a los visitantes. Bajo el entrenador con un paraguas y
golped el portén con todas sus fuerzas. El chofer colabord
con un par de bocinazos. Pasé un rato y no salié nadie. ENos
habriamos equivocado de lugar? Al fin se abrié un poquito la
puerta y se asomé un viejo pelado con un bigote muy anti-
guo. Hablé unas palabras con el entrenador y nos dio paso.
Entramos al club. A un costado estaba la cancha y al otro la
sede social, un edificio maltrecho de dos pisos.
El viejito, que cojeaba de una pierna y que parecia salido
de una pelicula de terror, nos llevé hasta nuestro vestuario.
Las paredes chorreaban humedad y vimos mas de un par
de ojitos escurridizos que nos miraban desde los rincones.
34 | Hernan Galdames—Profe, dadénde nos trajo? —dijo Topa.
El entrenador miraba todo con asco y no supo qué con-
testar.
—Vamos, pénganse rapido los botines y vamos a la can-
cha a precalentar que la lluvia esta parando.
Hasta ahora no habiamos visto a nadie mas que al viejito
diabdlico. El club parecia desierto. No habia espectadores,
ningdn miembro de la comisién directiva habia venido a
darnos la bienvenida, era todo muy raro. Tal vez por la Iluvia
estaban refugiados en alguin lugar.
Salimos del vestuario y agarramos por un pasillo que
desembocaba en la cancha. Ya casi no Ilovia pero el cielo
seguia renegrido y amenazante. Corrimos un poco alrede-
dor del campo esquivando charcos y barro en los lugares
donde faltaba pasto que era en la mayoria. De pronto, vi-
mos aparecer al equipo rival. Nos quedamos todos estu-
pefactos: eran enormes, parecia un equipo de rugby de
Nueva Zelanda. A medida que se fueron acercando vimos
que no eran chicos normales. Tenian musculos por todos
lados, pero, ademas, habia algo en sus ojos: los tenfan
colorados e hinchados y la mirada como ausente. Parecian
zombies, pero no zombies maltrechos y muertos de ham-
bre como los de las peliculas, en este caso se trataba de
36 | Hernan Galdameszombies sobrealimentados y con ganas de aniquilar con-
trincantes por el solo placer de aniquilarlos.
El entrenador, cuando vio el equipo contra el que te-
niamos que jugar, salié corriendo a hablar con el referi
que justo entraba a la cancha. Pero cuando lo vio de cer-
ca medio que se frend. El tipo era algo asi como un Orco
de Ef Sefor de fos aniffos. Era mas feo y tosco que un
meteorito. Igual intenté decirle que esos chicos eran mas
grandes que nosotros, pero el referi lo paré en seco y le
dijo que si seguia protestando lo iba a expulsar de la can-
cha antes de que empezara el partido. Contrariado por la
respuesta del referi el profe intentd ir a parlamentar con
el entrenador rival, se acercé al banco y amagé a saludar-
lo. El otro estiré un brazo flaco, medio verdoso, con una
mano huesuda y garras retorcidas. Vimos que a nuestro
entrenador le dio un poco de asco pero igual le tendié la
mano. Mientras hablaban, el tipo, que estaba enfundado
en un sobretodo oscuro con las solapas levantadas, no le
solté la mano ni un segundo, siguid moviéndola arriba y
abajo. De lejos notamos que sonrefa con sarcasmo y que
unos colmillos demasiado largos se le clavaban en el labio
inferior. Al fin lo solté y el profe volvié moviendo la cabe-
za. Quién sabe qué le habria dicho.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 37Por suerte yo quedé en el banco junto a otros dos. Sond
la pitada inicial y empez6 el partido. Topa se la pasé a Rojia,
que quiso gambetear a un rival, pero la bestia le metio un
patadén que hizo volar la pelota como cincuenta metros, y
a Rofia unos treinta. El referf estaria mirando para otro lado
porque no cobré nada. De pronto vimos que empezé a lle-
gar gente a las tribunas. La lluvia habia parado y tal vez eso
los habia animado. No puedo explicar lo que era la hincha-
da del equipo rival. La barra brava de Boca, en comparacién,
eran bambis traviesos. Subjan por las gradas desplazando-
se como arafias. Explotaban escaramuzas por todas partes,
porque se peleaban por agarrar los mejores lugares. Algunos
fueron directamente a trepar el alambrado para ver desde
alli, colgados como murciélagos, todo el partido. Empezaron
a gritar como bestias salvajes. Amenazaban a los jugadores,
tanto rivales como a los de su propio equipo, y eran el ori-
gen de una lluvia de toda clase de proyectiles que cruzaban
la cancha de un lado a otro. Mientras tanto, el partido era
brutal. Bastaba que uno de nosotros tocara la pelota para
que apareciera una de las bestias y le metiera una paralitica
por detras. Todas eran jugadas peligrosas. El partido ente-
ro era peligroso. De pronto escuchamos un grito y vimos a
Chofa que le habian metido una patada y estaba tendido en
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 39medio del area. Uno afuera, directo al micro. Lo reemplaz6
uno de mis compaferos. Un cuadrdpedo del otro equipo
pated al arco y gol. La tribuna se convirtié en una avalancha
macabra. Todos los hinchas cayeron y se apifiaron contra el
alambrado. Se armé una batahola tremenda. Volaban pifias,
patadas y todo lo que tuviese la capacidad de volar. Mien-
tras, en la cancha, seguian los guadafazos que por milagro
no descabezaban a los integrantes de nuestro equipo. De
pronto, un ruido feo, otro golpazo. Sond como si un arbol
se quebrara. Era Bicho, al que le habian dado un rodillazo
en la espalda. Quedé tendido y no se levanté mas. Tuvieron
que sacarlo entre cuatro. Adentro otro reemplazo. Uno mas
que cayera y me tocaria entrar a mi. Empecé a temblar. Gol
del equipo contrario. Una de las bestias habia metido pelota
y defensor adentro de nuestro arco. Dos a cero. La cosa iba
mal. Roco agarré la pelota y empezé a correr por la linea,
esquivé con tiempo a uno, a dos, se acercaba al area chica,
Chapa corria por el centro. Roco levanté la cabeza, mird
adonde ponerla y fue lo ultimo que hizo. El fullback izquier-
do puso en practica algo asi como una patada voladora y
le metié un botin en medio de la cara. Roco cayé como una
bolsa de papas y la pelota se fue despacito por el fondo. El
arquero hizo tiempo: se desaté los cordones y se los volvid
40 | Hernan Galdamesa atar. El referi, mientras, reprendia a alguno de nuestro
equipo por quejarse. Al fin el arquero apoyé la pelota, tomd
carrera y la pated con tanta fuerza que no sdlo cruzé todo
el campo de juego sino que vencid las manos de nuestro ar-
quero y atravesd la red como si fuera de papel. Tres a cero.
Nuestro arquero con las dos mufiecas esguinzadas se tuvo
que ir al micro a esperar. Tuve que entrar yo iy de arquero!
Yo, que le tenia miedo a la pelota. Desde ahi atras todo
se vefa mas aterrador. De pronto, arranca un contraataque
en campo rival. Nuestros defensores quedan pagando y un
urso de como dos metros (de alto y de ancho) viene a fondo
con la pelota hacia mi. Miré a mi alrededor a ver si alguien
podia ayudarme pero estaba solito con mi alma. Me dieron
ganas de salir corriendo. Cada vez lo tenia mas cerca y cada
vez me temblaban mas las rodillas. El salvaje ve que yo me
quedo paradito en el centro del arco y patea con todas sus
fuerzas a un costado. Yo no dudé en darme vuelta y cubrir-
me la cabeza. Por suerte la pelota se fue un metro arriba
del travesafio. Pero eso no fue lo peor. Ahora tenia que ir a
buscar la bola que estaba pegada al alambrado de donde
colgaban los energtimenos de la hinchada rival. Me dijeron
y me tiraron de todo. Nunca tuve mas presente a mi madre
que en ese momento. Agarré la pelota estirandome lo mas
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 41que pude y sali corriendo. En la cancha mis compaiieros tra-
taban de desmarcarse, pero los animales los agarraban de
la camiseta, del pelo, les bajaban los pantalones, les hacian
zancadillas. Apoyé la pelota sobre el pasto, tomé carrera,
y cuando estaba dispuesto a correr para pegarle, veo que
la pelota saca seis patas peludas y empieza a correr por
el area. El referi empezo a tocar el silbato como loco y me
amenazaba a mi con la tarjeta amarilla por hacer tiempo. La
pelota corria de aqui para alla y yo detras de ella. Tenia que
tener cuidado de que no enfilase para el arco y me metiera
un gol. Por suerte volvié a sonar el silbato y terminé el pri-
mer tiempo. Volvimos desalentados al vestuario. El que no
rengueaba, tenia un brazo inmovilizado, un ojo en compota
o le sangraba la nariz. Yo me retrasé un poco porque habia
tenido que correr por toda el area en busca de la pelota. Me
meti ultimo por el pasillo que llevaba al vestuario y me debo
haber confundido de puerta porque cuando la abri me di el
susto de mi vida. La habitacion estaba iluminada por unas
velas pegadas en los cuatro angulos de una mesa de ping
pong. En el centro habia algo asi como una maqueta del es-
tadio. Estaba el pasto, los arcos, las gradas, el alambrado. Y
dentro de la cancha mufiequitos de los veintidés jugadores
con sus camisetas, botines, etc. Estaban hechos como las
42 | Hernan Galdamesminiaturas que se ponen arriba de las tortas de cumplea-
fios, sdlo que bastante mas deformes. Los que llevaban las
camisetas de nuestro equipo estaban tirados en el pasto, to-
dos retorcidos y con varios alfileres clavados en sus cuerpos.
Busqué a ver si estaba yo y sf, ahi estaba, en el arco, caido en
el piso, no sdlo todo claveteado sino también con la pelota
aplastada contra mi cara y sus horribles patas peludas alrede-
dor de mi cabeza. Empecé a temblar. Nunca habia visto algo
asi. De pronto senti una respiracién a mis espaldas. Cuando
me di vuelta me encontré con una vieja horrible, sentada en
un sillén rotoso, rodeada de velas encendidas pegadas al piso
y, detras de ella, clavada con cuchillos a la pared, la bandera
de nuestro club, la que nos habian robado. “Ay, no”, me dije,
“y ahora qué hago. éCémo zafo de esta?”. Entonces me acor-
dé de que en el Witch crushers, para el cual era un maestro,
en el nivel trece habia que destruir mufequitos de vudd
para aniquilar al brujo. Tal vez eso funcionara: si lograba
desbaratar la maqueta, reventar a los mufiequitos y re-
cuperar nuestra bandera, quizas el conjuro se romperia y
podriamos terminar de jugar el partido con normalidad;
y tal como habia dicho el entrenador, solo contaria la ca-
pacidad deportiva para determinar el resultado. Asi que
tomé coraje y arrasé con todos los mufiecos, los tiré al
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 43piso y empecé a pisotearlos con los botines. La bruja dio un
grito de espanto y se paré de un salto, como si tuviera vein-
te afios, y se abalanzé hacia mi. Entonces puse en practica
lo que en tantos entrenamientos el profe nos habia hecho
practicar hasta el hartazgo: le hice un amague y la vieja se
fue con sus garras hacia un lado y yo hacia el otro; de un
salto me subi al sillon, arranqué uno por uno los cuchillos
que lastimaban nuestra bandera y corri fuera del cuarto.
Justo mis compajieros iban saliendo por el pasillo rumbo
al campo de juego. Tenian todos caras de perrito asustado.
Entonces levanté la bandera y les dije: "iMiren lo que ten-
go!". Cuando la vieron fue como una explosién. Cada uno
agarré una punta y desplegando nuestros colores entramos
a la cancha confiados de que al menos {bamos a perder con
dignidad.
Al salir fue como entrar en otra dimensién: el cielo estaba
celeste, brillaba el sol de las cinco de la tarde, en la tribuna
habia familias mirando pacificamente el partido. El equipo
rival estaba del otro lado de la cancha y al vernos pusieron
cara de estar algo preocupados. Eran chicos normales, de
nuestra edad y sabian lo bien preparado que estaba nuestro
equipo y que éramos imbatibles. Los lesionados (Chofa, Bi-
cho y nuestro arquero titular) vinieron corriendo del micro
44 | Hernan Galdamesdiciendo que ya estaban bien, que podian seguir jugando.
Yo terminé de nuevo en el banco envuelto en nuestra ban-
dera. El equipo jugé barbaro y ganamos seis a tres.
Nunca le conté a nadie lo de la cancha en miniatura, los
muriequitos y la vieja que nos habia hecho el maleficio. Me
lo guardé para mi. No queria ser fanfarrén como los demas
que cada vez que hacian un gol 0 una buena jugada se la pa-
saban semanas contando lo mismo. Me conformé con haber
sido Util, calladito, en silencio, sin ningun otro interés que el
bien de nuestro equipo.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 45Un campeonato inconcluso
Fernando SorrentinoUn campeonato inconcluso
HE
Yo nunca habia sentido curiosidad respecto de ese pe-
quefio saurio que conocemos popularmente con el nombre
de lagartija. Pero circunstancias ajenas a mis deseos me
obligaron a adquirir informacién sobre la Tarentofa mau-
ritanica.
Tal es el nombre cientifico de la lagartija comin, el sim-
patico e inquieto animalito que, de vez en cuando, podemos
ver correteando entre la hierba o en las ramas de los arboles
0 por las paredes, al tiempo que emite una especie de chi-
llidos mas bien agudos y asperos, de esos que hacen mal a
los dientes, similares al que produce la parte dura de la tiza
cuando chirria en el pizarrén.
Durante los meses frios las lagartijas hibernan, pues, al
ser animales de sangre fria, no pueden controlar interna-
mente su temperatura corporal. En cambio, cuando llega la
época calida salen de sus moradas y disfrutan del sol que
necesitan para su supervivencia.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 49Al igual que el camaledn, poseen la facultad del mimetis-
mo, que les permite cambiar de color para camuflarse con el
entorno. Pero, mientras que el camaledn logra Gnicamente
adquirir los tonos que le brinda la naturaleza circundante,
las lagartijas lo superan, y mucho, en esta aptitud: en efec-
to, pueden disefiar y dibujar sobre sus cuerpos cualquier
figura posible y en todos los colores imaginables.
2.
Después de haber vivido durante muchisimos afios en
distintos departamentos de la ciudad de Buenos Aires, un
dia helado de junio me instalé en esta casa de la localidad
de Martinez. En el fondo tengo un jardin bastante amplio.
El sabado 1.° de septiembre encontré en el césped, pintado
con rayas de cal, el dibujo de una cancha de futbol del tamafio
de tres metros por un metro y medio. En los lados menores del
cuadrildtero, y ubicados en la parte posterior del drea chica, se
hallaban dos arcos con sus correspondientes redes.
Lejos de ser una construccién ociosa o innecesaria, en
esa pequefia cancha estaba disputandose un partido de fut-
bol protagonizado por veintidés lagartijas.
Como se sabe, no utilizan ropas y, entonces, mal podrian
vestir camisetas, pantaloncitos, medias y botines. Para dis-
50 | Fernando Sorrentinotinguir un equipo del otro recurren a la ya explicada facul-
tad del mimetismo.
En este caso, uno de los equipos lucia el color granate de
Lands, y el otro era blanco con la V azul que corresponde
a Vélez Sarsfield. El arquero de Lantis habia adoptado un
color por completo negro, y el de Vélez habia preferido uno
totalmente gris.
EI réferi y los jueces de linea eran amarillos desde la ca-
beza hasta la cola.
No faltaba mucho para finalizar el partido, pues, a los
pocos minutos de estar yo alli, la lagartija réferi hizo sonar
su silbato e indicé el centro del campo de juego. Ignoro cual
habra sido el resultado, aunque, por el poco entusiasmo
con que se saludaron los jugadores de ambos bandos, per-
cibi cierto “clima de cero a cero”. Si voy a decir la verdad, no
me parecié que esas lagartijas desplegaran un juego brillan-
te: mas bien me parecieron futbolistas bastante mediocres.
Como ya dije, se saludaron correcta aunque friamente y
se retiraron hacia la parte trasera del jardin, que esta ocu-
pada no solo por un quincho y su parrilla, sino también por
cierta cantidad de trastos inservibles (de los que algun dia
me desprenderé). Sin duda, entre tantos recovecos tienen
sus moradas las lagartijas.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 51Por un instante llegué a preguntarme si debia destruir
ese campo de juego: eliminar los arcos y borrar las Ifneas de
cal. Pero enseguida me di cuenta de que hacerlo implicaria
una maldad sin sentido: dpor qué privar a las lagartijas de
una expansion tan sana e inofensiva?
En estas ideas me hallaba cuando, de entre los trastos
del quincho, surgié un nuevo contingente de lagartijas, con
su terna arbitral vestida de anaranjado, dos guardavallas
rojos y el resto de los jugadores distribuidos en dos con-
juntos: diez de ellos lucian los colores blanco y marrén de
Platense, y otros diez, los bastones azules y amarillos de...
ede quié Era Atlanta o era Rosario Central...?
Presencié, pues, sin mayor interés, ese partido entre el
Calamar y el Canalla (¢o el Bohemio?), del que no recuerdo
el resultado. Ese sabado hubo partidos sucesivos durante
todo el dia; cuando dejé de haber luz natural, también dejé
de haber partidos.
El domingo se repitieron exactamente los mismos hechos,
sdlo con la diferencia de que los partidos se disputaron en-
tre otros equipos. Vi colores archiconocidos: River, Ferro,
Boca, Banfield, San Lorenzo, Tigre, Huracan, Quilmes... Por
momentos me confundia: dEstudiantes de La Plata o Talle-
res de Escalada 0 Unidn de Santa Fe...? éNewell’s 0 Colén?
52 | Fernando SorrentinoSp ANVAOPH WE AS
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 53Simultaneamente empecé a sentirme un poco molesto
con la situacién. No sdlo disputan partidos los sabados y
los domingos; juegan durante todos los dias de la semana,
desde el amanecer hasta la puesta del sol. ECon qué dere-
cho —me dije— las lagartijas se han apoderado de cerca de
cinco metros cuadrados de mi jardin? ¢Y, por qué, mientras
juegan al futbol, yo debo soportar sus incesantes silbidos y
chirridos, tan agudos y Asperos que parecen electrizar mis
dientes...?
Ademas, y sobre todo, me perturba el hecho de no dis-
cernir como funcionan esos campeonatos. Hay colores de
clubes de primera divisién, pero también de la B, de la C, de
cuadros desconocidos por completo...
No una sino muchas veces les formulé numerosas pre-
guntas a las lagartijas: quién triunfa, quién es derrotado,
qué equipos actiian, cémo se contabilizan los puntos... Pero
jamas me respondieron ni me prestaron la menor atencién:
continuaron comunicandose entre ellas, mediante sus desa-
gradables chirridos y silbidos.
3.
El viernes siguiente comenté el caso en la oficina de El Em-
porio del Adoquin (de Marioni y De la Sierra Ltda.), empresa
54 | Fernando Sorrentinodonde trabajo hace casi veinte afios. Mis compafieros no me
creyeron y pensaron que les estaba gastando una broma.
Indignado, los invité a que, el sabado, concurrieran a mi
casa para presenciar los partidos que hubiera, aunque les ad-
verti que no tenia modo de saber qué encuentros se jugarian.
Si bien tomando la visita con cierto tono burldn, el saba-
do vinieron dos compafieros: Suarez y Albertini. El destino
nos deparé una circunstancia no querida.
Dio la casualidad de que jugaran Racing e Independien-
te. Sudrez es hincha de la Academia, y Albertini, del Diablo
Rojo. A pesar de ser personas pacificas, timidas y de buen
caracter, empezaron a discutir... El didlogo fue subiendo de
tono, se convirtidé en insultos y, si yo no lo hubiera impedi-
do, habria concluido con golpes de punto.
Albertini y Suarez se retiraron muy enojados entre si y,
no sé por qué, también conmigo. El lunes, ya en la oficina,
dejaron de dirigirse la palabra.
4,
EI caso de las lagartijas futbolistas se difundié en El Em-
porio del Adoquin: el siguiente sabado recibi la visita de
doce oficinistas. Ese numero abundante me contrarié, pues
no me gusta verme invadido por extrafios. Afortunadamente,
Cuentos futboleros para chicas y chicos | SSes posible llegar al jardin trasero por un pasillo lateral al aire
libre, de modo que nadie puso pie en el interior de mi casa.
Por sus colores, el primer partido parecié ser el clasico
del Bajo Belgrano, entre Excursionistas y Defensores. Y,
como ninguno de estos doce espectadores resulté ser hin-
cha de estos equipos, ni de los que jugaron a continuacién,
no hubo que lamentar incidentes.
La fama de las lagartijas futbolistas llegd, mas temprano
que tarde, a los medios de comunicacién. De dos canales
televisivos mandaron técnicos para filmar algunos partidos;
les di permiso pero con la condicién de que les estaba ve-
dado trasmitirlos integramente: solo podrian reproducir las
jugadas notables: algiin gol, algun penal mal sancionado,
alguna infraccién especialmente violenta, alguna lagartija
expulsada por el réferi.
Estos fragmentos de partidos causaron sensacién entre
los periodistas deportivos, los politicos, los intelectuales,
las estrellitas de televisién... No me sorprendié ser entre-
vistado por varios diarios de Buenos Aires y por las revistas
Gente y Hola. Paralelamente a estos reportajes, y para que
me explayase sobre el campeonato protagonizado por mis
futbolistas, me convocaron al living de Luciana Miguélez y
a la mesa de Cinthia Leblanc; en efecto, concurrf a ambos
56 | Fernando Sorrentinoprogramas, aunque en soledad, pues ninguna lagartija acep-
td acompafiarme.
Si
Una catarata de solicitudes se precipité sobre mi: muchi-
simas personas desconocidas me pedian autorizacién para
presenciar los partidos.
Entonces adverti las posibilidades lucrativas de las la-
gartijas.
Por no demasiado dinero unos albajiles del barrio cons-
truyeron, alrededor del campo de juego, un miniestadio cir-
cular de cemento, de sdlo ocho peldafios de altura. Estableci
que los encuentros ya no serfan gratuitos: asigné un precio
—bastante elevado— a las entradas y, durante muchos dias,
recibi grupos de hasta cincuenta personas por cada partido.
Solicité licencia en la empresa. Gané una pequefa fortuna
y hasta contemplé la idea de renunciar a mi empleo en El
Emporio del Adoquin, para asi dedicarme a explotar en mi ex-
clusivo beneficio las habilidades futbolisticas de las lagartijas.
Como mi espiritu es mas bien temeroso y conservador,
no me atrevi a independizarme de los socios Marioni y De
la Sierra, y, por lo que sucedié mas adelante, resulté una
decisién acertadisima.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 57Ocurrié que —repitiendo y magnificando el antiguo epi-
sodio de Suarez y Albertini empezaron a suscitarse inci-
dentes entre los espectadores, incidentes que implicaban
insultos y, a menudo, intercambios de golpes y hasta ame-
nazas con armas blancas. Ademas, muchos de ellos fuma-
ban —yo aborrezco el mero olor del cigarrillo— y algunos
asistian tras haber bebido alguna copa de mas.
Cuando estas turbas se retiraban, yo tenia que limpiar
las gradas del estadio, hechas ahora un verdadero chiquero.
Mi otrora pulcro jardin se habia convertido en una suerte de
basural: etiquetas de cigarrillos, envases y tapitas de gaseo-
sas, envoltorios de caramelos, pariuelos descartables...
Toleré esas situaciones negativas durante todo octubre,
todo noviembre y gran parte de diciembre. Entonces, en
homenaje a mi propia salud fisica, mental y psicoldgica, el
15 de diciembre de ese afio anuncié que, a partir del 1°de
enero del siguiente, quedaba cancelado, hasta nuevo aviso,
el espectaculo de las lagartijas futbolistas.
No todos se resignaron ante el anuncio. Para hacerme
rever la decisidn, uno de los espectadores mas fanatizados
me esperé en la esquina y me propind una trompada que
me hizo sangrar la nariz. Unas noches mas adelante alguien
tirdé piedras contra las ventanas de mi casa.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 59Me mantuve inflexible.
Publiqué una solicitada —tan conceptuosa como pruden-
te— en tres diarios de Buenos Aires y también en el perid-
dico local E/ Jug/ar de San Isidro: con prosa adornada y
barroca explicaba, sin decir nunca la verdad, mis motivos
para que los partidos se desarrollasen sin la presencia de
publico.
Asi y todo, cada tanto recibia amenazas anénimas por te-
léfono, cartas insultantes y mensajes de mail que me agra-
viaban de mil maneras.
Sin embargo, poco a poco las aguas fueron calmandose
y pude volver a mi antigua rutina en la empresa de Marioni
y De la Sierra.
6.
Pero he aqui que el segundo sdbado de febrero, en plena
temporada del campeonato, hallé que los arcos y sus redes
habian desaparecido, y tampoco existian las lineas blancas
de cal que dibujaban el contorno de la cancha, el area gran-
de, el area chica, la medialuna, el punto del penal, los angu-
los del corner, el circulo central...
Desde ese dia, en vano esperé que se reanudaran las ac-
tividades deportivas, en vano esperé ver, aunque sea, una
60 | Fernando Sorrentinosola fagartija que corretease por el césped o por el tronco
de los arboles. Nunca mas las vi.
No sé qué explicacién darle al fendmeno. No se me ocu-
rren muchas ideas, pero, quiz, la mas plausible sea que las
lagartijas constituyen una especie intimamente vanidosa:
acostumbradas a ser el centro de la atencién de muche-
dumbres enfervorizadas, no pudieron resistir la soledad y el
olvido, y prefirieron desaparecer del campo de juego, desa-
parecer de mi casa y, tal vez, desaparecer del mundo.
Sentado en la grada més alta del estadio, contemplo con
tristeza el césped, ahora crecido y descuidado. Quizé por
nostalgia, quiz por mera sensibleria, no me ha abandona-
do la esperanza de que, acaso cuando menos lo espere, re-
naceran las blancas Ifneas de cal, resurgirdn los arcos y sus
redes, y volveré a oir esos silbidos y chirridos que, en otra
€poca, tanto me molestaban.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 61El partido del honor
Patricia Gutiérrez MéndezEl partido del honor
Dicen que la Mercedes estaba enamorada del Lucha. Y era
cierto. Luis, al que nadie llamaba por su nombre sino por su
apodo, era el menor de los cinco hermanos Nieva. Y no eran
los Unicos cinco hermanos varones en el pueblo. También
estaban los Gutiérrez. Estas dos familias se odiaban.
La rivalidad habia comenzado por un partido de futbol
en el que participaron los padres de estos chicos. El motivo
de la pelea era un misterio. Nadie sabia exactamente qué
habia pasado ese dia. Y nadie se animaba a preguntar. Lo
cierto es que eran rivales dentro y fuera de la cancha.
General Pinedo, donde ocurrieron los hechos, era un
pequefio poblado ferroviario en la provincia del Chaco. La
estacidn del tren era una posta del recorrido entre Buenos
Aires y Resistencia, capital de la provincia. Las vias dividian
ala poblacién.
En el lado norte, funcionaban los talleres del ferrocarril
y vivia la mayorfa de las personas que trabajaban en esos
talleres. Ademas estaba el almacén de ramos generales, la
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 6Sescuela y el Club Atlético Central Norte Argentino, al que to-
dos Ilamaban Ferro o Ferroviario porque habia sido fundado
por los empleados del tren.
Del otro lado, estaba el Hotel Gutiérrez, paraje obligado
de todos los visitantes que pasaran por el pueblo. En ese
lado también se hallaba el centro de comunicaciones del
pueblo: el telégrafo y el inico automévil de Pinedo. El tele-
grafista Gonzalez era el encargado de enviar y recibir todo
tipo de comunicaciones. En su tiempo libre, trabajaba de
chofer Ilevando y trayendo gente en un Ford A! de 1930.
Del lado sur también habfa un club, Unidn, contrincante
deportivo de Ferro.
Como los Nieva vivian en la zona norte de las vias, eran
hinchas y jugadores de Ferro; y los Gutiérrez, del sur, eran
hinchas y jugadores de Unién. Todos los dias, al salir de
sus trabajos, los miembros de ambas familias jugaban a la
pelota en sus respectivos clubes.
Los domingos el pueblo entero se reunia en alguna de las
dos canchas para ver jugar a ambos equipos. Y todos espe-
raban la accién porque sabjan que el partido iba a terminar
1 Ford A era un modelo de automévil de la marca Ford que comenz6 a producirse en
1927,
66 | Patricia Gutiérrez Méndezen alguna pelea. Los muchachos Nieva y Gutiérrez en todo
encontraban un motivo para pelear y jugaban cada partido
como si fuera la final de un mundial. Aunque esta enemis-
tad habia nacido antes de 1930, cuando atin no existian los
campeonatos mundiales.
En una oportunidad, los Nieva decidieron que el club ne-
cesitaba una camiseta que los representara. Era todo muy
secreto, pero Faustino, el mayor de los Gutiérrez, se enterd
y corrié a contarles a sus hermanos la idea de los Nieva. Y
decidieron que Unién también tuviera una camiseta.
Juntaron al equipo esa misma noche. Todos aportaron
los pocos ahorros que tenian. El mayor problema: no sabian
coser. £Cémo iban a hacer las camisetas? Recurriendo a las
mujeres de las familias. Mercedes Gutiérrez, su madre, y las
madres de todos los jugadores cosieron dia y noche para
tener las camisetas listas antes que los de Ferro.
Como las calles eran de tierra, y de tierra era el potrero
donde jugaban, se les ocurrié que la camiseta fuera de un
color entre marrén y amarillo —tratando de simular la tierra
seca— y negro, como la cancha, cuando Ilueve y se convierte
en barro.
En una semana las camisetas estuvieron listas. No tenian
pantalones de equipo, pero no importaba. Cuando salieron
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 67a la cancha, aquel domingo, la sorpresa de todos fue enor-
me. Los dos equipos tenian camisetas. Unién con su fla-
mante remera, de mangas largas, a rayas amarillas y negras,
con un cuello y escote con dos botones. Las de Ferro eran
también rayadas, pero verdes y negras.
Los integrantes de los dos equipos estaban sorprendi-
dos al ver las camisetas nuevas. Pero no sintieron bronca,
sino un poco de alegria, porque, ahora si, eran dos equipos
completos.
Hacia 1935, el afio en que ocurrié nuestra historia, Mer-
cedes, la mas chica de los Gutiérrez y hermana melliza de
Juan, al que por su pelo colorado llamaban Tomate, se ha-
bia enamorado perdidamente de Lucha Nieva. No se lo ha-
bia dicho a nadie. Solo lo suspiraba para ella misma cada
sdbado y domingo cuando lo vefa jugar a la pelota. Claro
que por ser una Gutiérrez tenia que pararse del lado de la
hinchada de Unidn, pero su corazén estaba con Lucha y
queria verlo ganar. El suefio de Lucha era vivir y jugar al fut-
bol en Buenos Aires. Su equipo en la gran ciudad era Boca
y nada queria mas que poder jugar ahi.
La buena noticia es que Lucha también estaba enamora-
do de Mercedes. Y desde hacia un afio noviaban en secreto.
Nadie de la familia lo sabia. Nadie del pueblo lo sabia. Y eso,
68 | Patricia Gutiérrez Méndezen si mismo, era una hazafa. Porque guardar un secreto en
un pueblo tan pequefio era un verdadero milagro.
Los dos enamorados aprovechaban la hora de la siesta
para escaparse de sus casas y sentarse bajo la sombra de
algiin arbol solitario. Después del almuerzo el pueblo se
vaciaba, especialmente en verano, cuando el calor era tan
intenso que ni las viboras se atrevian a salir del monte.
También podian verse, sin levantar sospecha, en la co-
secha de algodén, en la que todo Pinedo trabajaba. Era un
trabajo extenuante bajo los rayos del sol, y si llovia, bajo la
lluvia, y si soplaba el viento, bajo el viento, y si cafa un rayo,
habia que esquivarlo, pero seguir carpiendo. El algodén se
cosechaba una vez al afio y no podia perderse.
Una noche de verano, a fines de aquel afio 35, cuando
el calor parecia haberse ensaiado con los habitantes de Pi-
nedo, Lucha no podia dormir. Hacia varios dias que estaba
pensando en contarle a su familia que era novio de Merce-
des. Habjan hablado de casarse y mudarse a Buenos Aires
para que Lucha probara suerte en algtin equipo. Pero Mer-
cedes no queria hacer las cosas en secreto. Si las familias
eran rivales iban a tener que amigarse de una vez.
Lucha dio vueltas en su cama en silencio, tratando de
no despertar a sus hermanos, con quienes compartia la
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 69habitacién. No aguanté mas, se levantd en silencio y salté
por la ventana. Un perro ladré. Caminé descalzo en medio
de la oscuridad, cruzo las vias y fue al Hotel Gutiérrez, di-
recto a la ventana de la habitacién de Mecha. Pero, cuando
se acercé, una luz quebré la oscuridad e iluminé su silueta.
Del susto se tirdé al piso. Era Gonzalez, con su Ford A, tra-
yendo a un pasajero que llegaba al Hotel desde Santa Fe. La
llegada del auto desperté a Mercedes, quien se asomé por
la ventana para ver qué era ese ruido. Cuando vio el auto de
Gonzalez decidié volver a la cama. En ese momento Lucha
se levanté del piso, con la cara Ilena de tierra, y golped su
cabeza con el postigo de la ventana que estaba cerrando su
novia. Los dos se asustaron pero se taparon la boca el uno
al otro para evitar los gritos. Y se rieron.
—Lucha: éQué hacés aca a esta hora? iY todo sucio! —se
rio Mercedes.
—Ah... Si, si. Es que me asusté el automévil y me ensucié
cuando me tiré al piso. Bueno... No importa. El caso es que
no podia dormir y queria decirte que majiana voy a contar-
les a mis padres sobre nuestro noviazgo. Y después, voy a
pedirle tu mano a don Gutiérrez.
Mercedes se quedo sin habla de la emocidn. Le quité un
poco de tierra de la cara, le bes la mejilla y le dijo:
70 | Patricia Gutiérrez Méndez—Esta bien, Lucha. Asi tiene que ser. No tenemos por qué
escondernos.
Lucha, mas tranquilo, saludé a su novia y salié corriendo
hacia su casa. Se acosté y se durmié. Sabia que no iba a ser
facil enfrentar a las familias, pero estaba tan contento por la
decisién que habia tomado que no pensaba en lo que podia
suceder. Al otro dia las cosas no salieron como pensaba.
El abuelo de Mercedes, Fermin, que solia quedarse des-
pierto por las noches para desenchufar la heladera cuan-
do hab/a bajones de tensién eléctrica, habfa escuchado la
conversacién. Y los hermanos de Mercedes se enteraron de
todo.
Los cinco Gutiérrez se presentaron en casa de los Nieva
exigiendo ver a Lucha. En ese momento salié Sicho, uno de
los hermanos de Lucha, y Valentin lo arrinconé contra la
pared.
—tQué le pasa a tu hermano? ¢Cémo se va a meter con
nuestra hermana? éSin pedirnos aprobacién? éSin hablar
con nuestro padre? —mientras seguia dandole pequefos
empujoncitos en los hombros y tirandolo hacia atras.
—De qué hablas, Valentin? —le preguntd Sicho un poco
asustado. Justo en ese momento llegaron sus hermanos.
Menos Lucha.
72 | Patricia Gutiérrez MéndezEn cuestién de segundos los nueve muchachos estaban
envueltos en una pelea. Pifas, patadas, empujones, movi-
mientos que levantaban la tierra de la calle y no se podia ver
quién le pegaba a quién. Por suerte aparecieron los padres
de los chicos para separarlos. Las dos familias quedaron en-
frentadas. Un poco mas atras, se paraban Lucha y Merce-
des, abrazados, mirando a sus familias.
—No entiendo por qué se pelean —dijo Lucha—. Ya nues-
tros padres saben que estamos de novios, recién hablamos
con ellos. Lo entendieron y lo aceptaron...
—iY nos vamos a casar! —interrumpié Mercedes a los gri-
tos con evidente alegria.
—A mi no me importa lo que digan nuestros padres —dijo
Valentin—; esto es una cuestién de honor. Tendrfas que ha-
ber hablado con nosotros, haber pedido permiso para cor-
tejar a Mercedes. Esto no va a quedar asi. —Valentin miré a
sus hermanos y continué—: Los esperamos en la cancha de
Unidn. Mafiana, domingo. A las cinco de la tarde. Ahi vamos
a arreglar las cosas.
Los Nieva aceptaron el reto. Aun Lucha, que no estaba
de acuerdo, pero no podia dejar a sus hermanos solos. Los
diez se dieron la mano. Al otro dia seria el partido definitivo
entre las dos familias.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 73La noticia del partido por ef honor (asi empez6 a llamarlo
el pueblo) se esparcié por todo Pinedo. En pocas horas se
convirtid en el acontecimiento del afio. El Ford A de Gon-
zalez echaba humo de tanto traer gente. Algunas mujeres
sacaban a relucir sus mejores ropas. Los pocos negocios del
barrio cerraron. Don Ranulfo Landriel, el duefo del alma-
cén de ramos generales, junté en una carretilla todas las
botellas con bebidas que tenia en su negocio para llevarlas
al partido y repartir entre los asistentes. Y esto era realmen-
te un acontecimiento. Don Ranulfo nunca le fiaba a nadie.
Guardaba cuadernos desde 1927 con todos los gastos de
su negocio. Nada se le escapaba. No perdonaba ni medio
centavo. Pero esta vez, la ocasién lo ameritaba.
Las calles de Pinedo casi no se vefan por el polvo que
levantaba la gente caminando hasta la cancha. Arrastraban
todo tipo de asientos: sillas, bancos, troncos pequefios. Al-
gunos hasta se animaron a llevar un sill6n para que los mas
ancianos del pueblo se sentaran comodos. La cancha se fue
poblando.
A las 17 en punto en cada extremo de la cancha apare-
cieron los equipos. Esta vez no eran equipos de once juga-
dores, sino de cinco. El equipo de Unidn de Pinedo estaba
compuesto por los Gutiérrez: Faustino, Valentin, Manuel,
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 75Laureano y Tomate. El equipo de Ferro con los cinco Nieva:
Lucha, Sicho, Pepe, Raul y Yiqui. Los diez con sus remeras
nuevas y sus caras amenazantes. Por un costado aparecid
Vallejo, el farmacéutico del pueblo que los fines de semana
dejaba la farmacia a cargo de su mujer y se dedicaba a su
pasién: ser arbitro de futbol.
Vallejo, que portaba un gesto de extrema seriedad, hablé
con los integrantes de los dos equipos sobre las reglas y,
justo en el momento en que estaba por comenzar el partido,
un ruido fuerte llamé la atencién de todos.
Un Studebaker 2 descapotable, bastante nuevo, estacio-
no en la entrada de la cancha. Bajo un hombre con aspecto
de actor de Hollywood: pelo engominado hacia atras, bi-
gote largo pero angosto, un traje con pantalones anchos
y un borsalino? gris que se quité al bajar del automédvil. El
hombre misterioso buscé un hueco entre los espectadores.
Se senté en el suelo y miré sonriente a su alrededor como
preguntando cuando empezaban a jugar. Vallejo no le dio
importancia al visitante y dio por comenzado el partido.
2 Studebaker fue una marca de automdviles cuyo primer auto salié al mercado en 1902.
3 El borsalino es un tipo de sombrero hecho de fieltro suave, en general negro o gris,
rodeado de una cinta, que estuvo muy de moda en los afios 30 y 40. Se llama asi por su
creador, Giuseppe Borsalino.
76 | Patricia Gutiérrez MéndezEl sorteo favorecié a los Nieva y Lucha se abrié paso en-
tre sus hermanos para ser él quien diera el puntapié inicial.
Antes de patear, mird a Mercedes, que estaba sentada entre
la hinchada de la familia de su novio y la hinchada de su
propia familia. El joven Nieva pated con el pie izquierdo lo
mas fuerte que pudo y la pelota de cuero y tiento adquirié
tal velocidad que qued6 a pocos metros del arco. Los Gutié-
rrez se dieron cuenta de que no podian distraerse, Lucha y
sus hermanos estaban jugando en serio.
Habian acordado que los tiempos serian de treinta mi-
nutos porque eran solo cinco jugadores. La formacién fue
sencilla y la misma para ambos clubes: un arquero, dos de-
fensores y dos delanteros.
EI primer tiempo fue muy peleado, ninguno de los dos
equipos pudo anotar un gol y cada vez que un jugador se
acercaba al arco contrario el aliento de los espectadores que-
daba suspendido en el aire unos segundos, hasta que erra-
ban el gol y volvian a respirar. Mercedes mordia sus ufias.
El entretiempo parecié mas un alto en una batalla que
un descanso deportivo. Los diez jugadores estaban rojos,
de calor y de ganas de triunfar. Los Gutiérrez se apartaron
hacia una esquina y armaron un circulo de hermanos, abra-
zados, para organizar una estrategia de juego. Los Nieva los
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 77imitaron. Landriel aproveché para repartir las bebidas que
le quedaban en su carretilla. Aunque estaban calientes, na-
die rechazo un sorbo de liquido.
Pasaron diez minutos y Vallejo lanzé un chiflido con el
que Ilamé a ambos equipos a volver a la cancha. Era la hora
de la verdad. Los ultimos treinta minutos. Los vecinos se
reacomodaron en sus lugares. Empez6 el segundo tiempo.
La pelota pasaba de pie en pie con tal velocidad que por
momentos parecia que nunca tocaba el suelo. Aunque los
diez jugadores peleaban por meter un gol y ganar el parti-
do, quedaba claro que la verdadera contienda era entre los
dos delanteros principales: Valentin y Lucha. Vallejo tuvo
que intervenir seguido porque cada vez que se cruzaban
en la cancha se colaba alguna patada. Seguramente fue el
partido con mas tiros libres de la historia de General Pinedo.
EI tiempo pasaba y la tensién crecia. A esa altura el por-
qué del partido habia desaparecido; se estaban jugando, en
realidad, los afios de rivalidad entre los dos clubes, entre las
dos familias. De repente Valentin Gutiérrez tuvo la pelota
entre sus pies y comenzé a correr a velocidad hacia el arco
contrario. Imparable. Cada paso que daba era acompafia-
do por algun vecino levantandose de su asiento. Cuando
se enfrenté a Sicho Nieva, que era el arquero, pated con
78 | Patricia Gutiérrez Méndezfuerza. La pelota parecié entrar al arco, pero Sicho la paré
con la cara. Si, con la cara. La nariz del pobre arquero quedé
partida al medio, pero no quiso parar el juego. El orgullo de
haber detenido el gol era mas fuerte que el dolor.
Valentin se agarraba la cabeza con las dos manos y mira-
ba al cielo preguntandose icdmo era posible que esa pelota
no hubiera entrado! Vallejo grité “iDos minutos!”. Rapido,
Manuel Gutiérrez salié de la cancha y tiré la pelota hacia
Valentin. Pero Tin no vio venir a Lucha que, desde el arco de
su equipo, le robé la pelota y empezé a correr hacia el arco
contrario. Valentin lo perseguia. Manuel entré a la cancha
y trato de adelantarse a Lucha, pero no pudo. Todos los
Gutiérrez perseguian a Lucha. Los Nieva perseguian a los
Gutiérrez para pararlos.
Unos metros antes del arco, Faustino, desesperado, se
tiré al piso para detenerlo. Todos los vecinos, incluyendo al
hombre misterioso que bajé del Studebaker, estaban para-
dos al borde de la cancha. Lucha estaba como poseido. En
pocos segundos miré al arco, a Faustino en el suelo y a la
pelota. Pateé el balén hacia el cielo, salté por encima del
cuerpo de Faustino y, cuando la pelota cafa, la intercep-
té de un cabezazo y la metié dentro del arco. Gol. Goool.
iGOOOOOOOOOLLLLLLL! iNadie podia creerlo! La sorpresa
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 79fue tal que todos se quedaron parados en la cancha miran-
dose entre si. Menos Lucha, que corria gritando y abrazando
a sus hermanos.
Cuando Vallejo dio por terminado el partido, los diez her-
manos se quedaron cada uno en su lugar mirando a sus
rivales. Miraron también a Lucha y Mercedes. Y se dieron
cuenta de que esa rivalidad tenia que terminar ahi. Los dos
eran felices, se iban a casar y desde el dia del casamiento
todos iban a ser familia. Se acercaron al centro de la cancha
y lo que empez6 con un saludo cordial terminé con todos
abrazados.
Mercedes salié corriendo a buscar a Lucha, pero el hom-
bre misterioso del borsalino gris le gané de mano. Se acercdé
a los dos y extendiéndole la mano a Lucha le dijo:
—LEs usted Luis Nieva, verdad?
Lucha queria limpiarse las manos llenas de tierra y trans-
piracién, pero no habja lugar de su cuerpo o de su ropa que
estuviera limpio. Le dio la mano igual.
—Mi nombre es Vicente Cataldo. Trabajo para el Club
Boca Juniors, de Buenos Aires. Estaba visitando a unos pa-
rientes en Charata y me enteré de este partido. No sabia que
en Pinedo habja tan buenos jugadores —y mientras el hom-
bre de Buenos Aires seguia hablando, en los ojos de Lucha
80 | Patricia Gutiérrez Méndezaparecié un brillo especial. Tal vez esta era la oportunidad
que tanto habia esperado—. Digame joven, éle interesaria
jugar para Boca Juniors? Nosotros le pagariamos el pasaje
en tren hacia Buenos Aires y hasta que encuentre donde
vivir nos ocupariamos de la vivienda.
Lucha no podia creer lo que escuchaba. El suefio de su
vida se estaba haciendo realidad. Sus hermanos se acerca-
ron para saber de qué estaban hablando. De a poco todos
se acercaron. Mercedes presencié la conversacién pegada a
su novio.
—LY? Qué me dice, joven Nieva? éSe viene a la ciudad?
—pregunto impaciente el portefio.
Lucha miré al hombre y cuando estaba por contestar,
se dio vuelta y vio a Mercedes a su lado. Ella le hizo un
gesto con la cabeza, como diciéndole “iAnda!” y le sonrié. Y
ese solo gesto de generosidad por parte de su novia le hizo
comprender a Lucha que Mercedes era la mujer correcta.
Entonces contesto:
—Si, voy a Buenos Aires. Solo tengo una condicién para
ir —continué—. Que mi futura esposa venga conmigo.
Cataldo y Luis Nieva se dieron la mano y cerraron el trato.
Asi fue como un partido de futbol termind con la rivali-
dad entre dos familias alld por 1935 en General Pinedo. Las
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 81dos familias se convirtieron en una después del casamiento.
Pero los Nieva y los Gutiérrez siguieron juntandose todos
los dias para jugar a la pelota.
Y en honor a esta nueva amistad, crearon la copa Mer-
cedes y Luis Nieva, que se convirtié en el campeonato mas
importante del Chaco desde aquel aio.
82 | Patricia Gutiérrez MéndezTorneo fantastico
de futbol
Bruno BazerqueTorneo fantastico
de futbol
—¢Probaste hilos Costurete? Hilos Costurete, desde hace
mas de cien afios uniendo extremidades de monstruos y
alimafias.
—Entramos en el Ultimo minuto de este partido apasio-
nante. Pedro “el zombi” Marabia avanza con pelota domi-
nada por la punta derecha. Se tambalea un paso, se tam-
balea otro paso y queda cada vez mas cerca del arco rival.
El defensor sale a su encuentro con los tapones de punta,
directo a la cabeza. Ah, no, no, qué fuerte fue. La cabeza del
zombi Marabia rueda por el campo de juego. Tiro libre para
Alquimistas Juniors.
—Seria una gran pérdida para Alquimistas si el zombi
Marabia no puede seguir. Hasta ahora dominaron el juego
y merecen ganar.
—Increible, el zombi se levanta y se mete en el area, dis-
puesto a jugar sin cabeza. iEso es amor por la camiseta! El
mago Gonzalez toma carrera para patear el tiro libre. Agita
su varita iy convierte la pelota en un meteorito que va directo
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 8Sal arco! El vampiro Vladimir extiende las alas y vuela para
rechazar el envio. iQué atajada, sefiores!
—Sin duda, este arquero quedara inmortalizado en el re-
cuerdo de los hinchas de Dragones.
—Esperen, dadénde esta yendo el arbitro? Se acerca al
juez de linea.
—dHabra pasado algo en el area?
—E| juez de linea le sefiala un jugador. El arbitro corre
al punto de penal, si, si, ipenal para Alquimistas! Algunos
jugadores de Dragones se agarran la cabeza. Otros se le van
encima al arbitro. Epa, el zombi Marabia se agarré a mordis-
cones con el vampiro Vladimir. El partido se transforma en
una batalla campal. El ogro Orchesi esta enfurecido. Corre
desde el banco de suplentes, abre la boca y se come al arbi-
tro de un bocado. éEstan entrando caballeros al campo de
juego? Si, sefores, ahi estan los caballeros con sus arma-
duras y las lanzas largas, formados en fila para restablecer
el orden.
—Qué belleza el futbol cuando se juega asi deh? El rey
festeja desde la tribuna. Le estan entregando un partido in-
tenso al que no le podia faltar el sabor especial de la batalla
y un arbitro devorado.
—Y esto no termina. Entre las piernas del ogro Orchesi se
86 | Bruno Bazerquecuela el duende Cornetta. Miren como esquiva la carga de la
caballeria, es un bailarin. Observa la pelota, que esta colo-
cada a doce pasos de un arco vacio. Desde el estomago del
ogro el arbitro da la orden para ejecutar el penal. El duende
Cornetta aprovecha la distraccién del vampiro Vladimir y
se para a la sombra del balén. Un frentazo y la pelota se
mueve unos centimetros. CLos jugadores de Dragones no se
dan cuenta? Parece que ahora si. Los mellizos Pelin hacen
retumbar el estadio con sus pies de un metro de largo. El
duende Cornetta los torea y se gana la ovacién de los hin-
chas de Alquimistas. iOle! Esquiva un pisotén. iOle! Esquiva
otro pisotén de los gigantes y le da los ultimos toques a la
pelota. iGol! iGoooooo000! de Alquimistas Juniors! Y final
del partido.
—La frutilla del postre, un penal ejecutado con maestria.
Es la recompensa para un equipo que siempre fue para ade-
lante, con conviccién. Ahora habria que ver cudntas fechas
le dan al ogro Orchesi por comerse al arbitro.
—Y esperamos ver recuperado al zombi Marabia cuando
cosan su cabeza con...
—Hilos Costurete, que se enorgullece en presentar al ga-
nador del premio Costurete al mejor jugador de este singu-
lar partido.
Cuentos futboleros para chicas y chicos | 87
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