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Cuentos Futboleros para Chicas y Chicos - Antología

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Coordinadora de Literatura: Karina Echevarria Autora de secciones especiales: Maria Soledad Silvestre Corrector: Mariano Sanz ‘Coordinadora de Arte: Natalia Otranto Diagramacién: Griselda Ponce Cuentos futboleros para chicas y chicos / Beatriz Actis.. et al]; compilado por Karina Echevarria ;ilustrado por Leo Arias. - 1a ed. - Boulogne = Estrada, 2078. Libro digital. POF - (Azulejos. naranja ; 67) Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-950-01-2220-7 1, Narrativa Infantil Argentina, 2, Cuentos. |. Actis, Beatriz Il, Echevarria, Karina, comp. I Leo Arias ius, (DD AB63.9282 Lia: COLECCION AZULEJOS - SERIE NARANJA 167 © Editorial Estrada S. A, 2018. Editorial Estrada S. A. forma parte det Grupo Macmillan. ‘Auda. Blanco Encaleda 104, San Isidro, provincia de Buenos Aines, Argentina, Internet: www editorialestrada.com.ar Queda hecho el depésito que marca la ley 11.723. Impreso en Argentina. / Printed in Argentina. ISBN 978-950.01-2220-7 No se permite la reproduccién parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisién o la transformacién de este libro, en cualquier forme o por cualquier medio, sea electrénico o recénico, mediante fotocopias, digitalizaci6n y otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infraccién esta penada por las leyes 11.723 y 25.446. Los autores y la obra Biografias ....... Futbol, futbol, futbol... Narrar el juego. La obra... “Y todo era nitido, nitido y brillante”, de Diego Muzzio. “Una final escalofriante”, de Hernan Galdames......... “Un campeonato inconcluso”, de Fernando Sorrentino... oo oa AB 29 AW “El partido del honor”, de Patricia Gutiérrez Méndez .. “Torneo fantastico de futbol”, de Bruno Bazerque............00.....:00cc cece “Lo que costé que me llamaran Micaela”, de Beatriz Actis. . Actividades .... Actividades de comprension de lectura...... Actividades de produccién de escritura. ..... Actividades de relacién con otras asignaturas ... Otros titulos de la coleccién . 69 83 a 103 404 106 108 M10 Los autores ace a. Dieco Muzzio es escritor y poeta. Nacié en Buenos Aires BIOS en 1969. Ha recibido en dos oportunidades el Premio de Poesia del Fondo Nacional de las Artes, y también el Premio Hispanoamericano de Poesia Sor Juana Inés de la Cruz y el Premio White Raven, galardén que se entrega a las mejores obras de literatura infantil y juvenil. Actualmente reside en Francia. HERNAN GALDAMES nacié en 1962 en San Fernando, provincia de Bue- nos Aires. Es disefiador grafico, publicista y guionista de comics. Obtuvo su primer premio en el concurso “Viene a cuento” de edi- torial Tusquets y el Centro Cultural de Espaiia, con un cuento para adultos. Desde 2013 publica también novelas y cuentos para nifios y jovenes, y en 2015 gano el premio El Barco de Vapor. FERNANDO SORRENTINO es escritor y profesor de Literatura. Nacié en Buenos Aires en 1942. Ha escrito numerosos cuentos y novelas para chicos y grandes, que se han traducido y publicado también en Estados Unidos y Gran Bretafia. Ademas de literatura, escribe ensayos literarios y ha sido compilador de antologias de cuentistas argentinos. 6 | Los autores y la obra Patricia Guriérrez MENDEZ nacié en 1973 en Buenos Aires. Escribe cuentos y novelas para nifios y j6venes con ambientacién historica. Lleva adelante dos blogs en donde comparte su pasién por el estu- dio de la Historia y resefias y recomendaciones de libros para nifos. Bruno Bazeraue nacid en Buenos Aires en 1981. Estudié Letras y trabaja en el mundo del cine, realizando sinopsis y corrigiendo sub- titulados. Escribe literatura infantil y para adultos, y lleva adelante un blog sobre medios de comunicacién y lenguaje. Beatriz Actis nacié en Sunchales, provincia de Santa Fe, en 1961. Es escritora, poetisa, editora y profesora en Letras. Especialista en literatura para nifios y jovenes. Trabaja en la formacién de docentes y mediadores de lectura en la ciudad de Rosario. Adems de litera- tura, ha escrito y coordinado publicaciones sobre pedagogia de la lectura y la escritura, promocién de la lectura y literatura infantil y juvenil. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 7 Futbol, futbol, futbol Mas que un deporte, el futbol se siente como “pasién de multitu- des” en nuestro pais y en otros muchos paises de Sudamérica y del mundo entero. Este juego de origen inglés (foot=pie y ba/f=pelota) nace a fines de la Edad Media en las islas britanicas y se jugaba de diferentes maneras, pero recién en el afio 1863 se escriben por primera vez sus reglas. Sin embargo, se sabe que en otros lugares del mundo se ju- gaban juegos similares con una pelota. En el libro sagrado de los mayas, el Popol Vuh, se habla de un juego de pelota y en algunos registros de las misiones jesuiticas en Misiones se menciona un jue- go en el que los pobladores originarios pateaban con sus pies un balén hueco y liviano. En Italia, ya en el siglo XVI se jugaba este deporte bajo el nom- bre de calcio, con reglas escritas en 1580. El calcio tomaba como base el harpastum de los romanos, que era un ejercicio de entre- namiento de los soldados que consistia en llevar una pelota de una punta a la otra de un rectangulo enfrentando contrincantes. El primer Mundial de fiatbol se jugé en el aio 1930 en Uruguay. Desde entonces se celebra un Campeonato Mundial cada cuatro afios, alternando su sede en distintos lugares del mundo. 8| Los autores y la obra a Narrar el juego La narracién del juego puede resultar tan apasionante como el juego mismo. De hecho, muchos locutores de radio han sabido “contar” las jugadas con destreza y poesia, en las épocas en que atin no habia televisién o los partidos no eran televisados. En esos casos, los oyentes debian imaginar las carreras, las jugadas y los goles que los periodistas deportivos iban narrando a gran velocidad para no perder nada. La popularidad de este deporte ha Ilevado a muchos escritores a contar historias de futbol: relatos que tienen como excusa, como tema principal o como ambientacién las tematicas propias de este deporte. En esta antologia, algunas historias tienen un sustento histdri- co y nos llevan al pasado y los origenes de los clubes; otras aportan una mirada fantastica y sobrenatural que nos sorprende; y algunas se asoman a un futuro en donde el futbol seguird siendo protago- nista de grandes pasiones, encuentros y desencuentros. Mas alla de nuestra aficién al deporte como tal, todos tenemos alguna relacién, algdin recuerdo, alguna anécdota o alguna porcién de nuestros afectos que se relaciona, bien o mal, con historias de futbol. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 9 Cuentos futboleros para chicas y chicos Y todo era nitido, nitido y brillante... Diego Muzzio Y todo era nitido, nitido y brillante.. —Y, de pronto, apareci en la cancha, iluminado por cien- tos de luces, vistiendo la camiseta de la seleccién argenti- na... —dijo el nimero 5, sentado en uno de los bancos del oscuro vestuario, los ojos enormemente abiertos, como si atin no pudiera terminar de creer lo que acababa de vivir. En un circulo apretado, el resto de sus compafieros de equipo lo escuchaban fascinados. No volaba una mosca. Y, aunque hubiese habido alguna dando vueltas por alli —cosa sin duda improbable-—, nadie la habria visto. Los jugadores parecfan titilar de curiosidad, pero se trataba sdlo de una impresién. De una manera extrafia y tal vez inquietante, en aquel vestuario nada parecfa ser muy sélido, y todo tenia una consistencia mas bien borrosa y turbia. Uno de los jugadores, que llevaba estampado en su cami- seta un numero 2 apenas visible, preguntd: —dFue asi, de golpe? éNo sentiste nada antes? Un cos- quilleo, una llamada, alguna senal? —Nada —respondié el 5—. Duré una milésima de segundo, Cuentos futboleros para chicas y chicos | 15 qué digo, menos: estaba aca, en el vestuario, charlando con el 7, esperando, esperando como siempre, y de golpe, izas!, apareci en la cancha... —Fue increible —comento el nebuloso numero 7, testigo privilegiado de la sabita volatizacién de su compahero—. Fue asi, tal cual. De golpe desaparecié, ipufff!, como por arte de magia. Los botines del numero 5 parecian recién lustrados, y cualquiera hubiese dicho que sus medias, el pantaloncito y la camiseta celeste y blanca acababan de salir de la tin- torerfa. Su peinado era tan perfecto como el de un modelo publicitario. iTodavia brillaba, nitido, muy nitido! Miraba a lo lejos, sin pestafiear, mas alla de las paredes arenosas y oscuras del vestuario, como si atin estuviese bajo los reflec- tores de la cancha. Los otros jugadores se acercaron atin mas. Alguno estird una mano temblorosa, pero no se atrevid a tocarlo. El 5 irradiaba luz, como si hubiese sido golpeado por un rayo. Y, aunque sentia sobre él las insistentes miradas de sus com- pafieros de equipo, no se atrevia a mirarlos porque sabia que, cuando lo hiciera, aquellas caras le parecerian todas iguales, como dibujos hechos por un aficionado o graficos de una vieja impresora de puntos. 16 | Diego Muzzio —LY quiénes estaban? —pregunté entonces un arquero brumoso. —iTodos, estaban todos! —dijo el 5. —Todos quiénes —insistié el vaporoso 9. —TO-DOS —repitid el 5, y separd bien las silabas, para que quedara clarito. —éAngel estaba? —pregunté el 9. EI 5, todavia sin pestafiear, asintié con la cabeza. —lY Javier? EI 5 asintid. —dPaulo? EI 5 asintid. —éSergio? EI 5 asintid. Se hizo un silencio. Un largo silencio. Nadie se atrevia a pronunciar el nombre. Se escuché una especie de lejano chisporroteo y, por fin, desde el fondo del sombrio vestua- rio, timidamente, una voz pregunté: —LY él, estaba? Los ojos del 5, de pronto, parecieron iluminarse atin mas. No se movia. Ni siquiera respiraba. Parecia que se habia colgado. Pasaron algunos segundos y entonces dijo, hacién- dose el distrafdo: 18 | Diego Muzzio —dEI? EQuién es “él”? —Dale, ya sabés de quién estamos hablando —dijo el va- poroso 9, impaciente, y a punto estuvo de pronunciar el nombre pero, a Ultimo momento, una especie de misterio- so, sagrado respeto se lo impidid, y sélo dijo—: el que lleva el numero 10 estampado en la camiseta... En el vestuario gris y borroso, la expectativa estaba en su punto mas alto. El 5 lo sabfa y la hacia durar. Levanté la mano hacia sus ojos y se froté los dedos. Unas escamitas luminosas cayeron lentamente, como estrellas fugaces en miniatura. —Si —dijo entonces el 5—: él también estaba. Diez voces exclamaron, a unisono: —Oh, oh, oh... —y cada “oh” que pronunciaban era un poco mas prolongado y profundo que el anterior. Daban vueltas al- rededor del banco donde el brillante e inmaculado numero 5 estaba sentado, como si en lugar de jugadores de un equipo oscuro y olvidado fueran una bandada de pajaritos asombra- dos que, en lugar de piar, repitieran “oh, oh, oh”. Para que no quedara ningun tipo de duda, o tal vez para convencerse a si mismo de que lo que acababa de vivir era real, el resplandeciente 5 repitid, con una voz mas aguda y mas segura que la primera vez: Cuentos futboleros para chicas y chicos | 19 —iSi, estaba, el 10 también estaba! —LY cémo es? —pregunté enseguida el impreciso jugador que Ilevaba en la camiseta el numero 2. —Nitido, nitido y brillante —-respondié el 5. —LY su peinado? éCdmo estaba peinado? —quiso saber el arquero brumoso. —Perfectamente peinado —respondié el 5—. Y cuando co- rre no se le mueve un pelo. Y su peinado es nitido, nitido y brillante. —LY los demas también estaban bien peinados? —inqui- rid el incierto numero 11. —Todos estaban perfectamente peinados. Les juro que no se les mueve un pelo. Y todos los peinados son nitidos, nitidos y brillantes... —LY el estadio? —quiso saber el desdibujado 7. —Ah, el estadio, el estadio... -comenzé a decir el 5 y de golpe se interrumpié otra vez, como si el simple recuerdo de aquella maravilla lo dejara sin palabras. —cEI estadio qué? —insistié el 7. EI 5 sacudié la cabeza y de su cabellera, que empezaba a perder algo de nitidez, cayeron unas chispitas, algo por el estilo, que brillaron apenas unos segundos en las penum- bras del vestuario y se apagaron enseguida. 20 | Diego Muzzio —El estadio es, écémo explicarles? —recordé el 5—, sen- cillamente increible. Se puede ver cada brizna de pasto, las lineas blancas que delimitan el campo y las areas, los ban- derines de los cérners, los nudos de las redes de los arcos, la cabina de los comentaristas, las luces, las hinchadas, las banderas. Hasta se distingue la cara de la gente en las tri- bunas. —Y contra quién jugaban? —pregunté uno tan borroso que su nimero no se distinguia. Aquello no era un dato menor, y el 5 lo sabia. Permanecié un rato en silencio, pero ahora ya todos se daban cuenta de que lo hacia a propdsito, para hacerse el interesante y cargar atin mas el ambiente de misterio. Por fin, el 5 dijo: —Alemania. De nuevo, igual que un rato antes, los oscuros jugadores empezaron a gritar “Oh, oh, oh...”, mientras daban vueltas alrededor del banco. Y después, por turnos, le preguntaron al 5 si estaba tal jugador aleman, y aquel, y ese otro. Los conocian a todos a la perfeccién, con nombre y apellido. Cuando terminaron, el impreciso numero 2 dijo: —Y ellos, los alemanes, también eran nitidos? —Muy nitidos —respondié el 5. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 21 WV aE) . fet (7 alia { ° eas) le? $ ia :* ~ Ane) I” SS SN Ww : ~ bi ee FIN é : : —Y brillantes? —quiso saber el brumoso arquero. —Stper brillantes —afirmé el 5. Otra vez, los envolvid el silencio. Lenta, casi impercep- tiblemente, el numero 5 iba perdiendo la claridad de sus colores. Se escuchaban, aqui y alld, leves chasquidos, chis- porroteos, un sonido como de grillos afénicos, luciérnagas encendiéndose y apagandose bajo una llovizna gris. —EI partido, conta algo del partido... —pidiéd entonces una voz ansiosa. —EI partido en si fue un poco decepcionante —reconocidé el numero 5. —dPor qué? —Uy, es... dificil de explicar. —iDale, conta, conta! —Es que no hay mucho para contar. —iCémo! —exclamé una voz indignada. —Fue un partido muy corto —reconocid el 5. —No importa, conta igual —pidié el arquero brumoso. —Ok. Sacaban ellos. En el centro, con la pelota a los pies, estaba el 7 aleman, listo a dar el puntapié inicial. Todos los jugadores eran nitidos y brillantes, y todos estaban tan bien peinados que parecian actores o modelos. Esperabamos el silbatazo del arbitro. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 23 —E| arbitro también era...? —Si, él también —prosiguié el 5—, tan nitido y tan brillan- te que, desde donde yo estaba, podia ver el capuchdn de la lapicera que Ilevaba en el bolsillito de su remera, junto a las tarjetas amarilla y roja. El arbitro miraba su reloj. De un momento a otro iba a dar la senal de inicio. Desde las tribu- nas se ofan bajar los cantos de la hinchada. La verdad, no se entendia muy bien qué cantaban, ni para quién hinchaban. Mas que cantos, aquello parecfa un murmullo ensordece- dor, constante, bastante molesto. El numero 5 se sacudié unas chispitas que habian caf- do sobre su camiseta y, como nadie preguntd nada mas, continud: ~Y ahi estabamos, esperando, esperando, y el partido no comenzaba. El arbitro estaba quietito, como congelado, mirando su reloj... Entonces aproveché para seguir mirando, porque todo era tan nitido, tan brillante, que no encuentro palabras para describirlo. El juez de linea de la banda dere- cha, por ejemplo, era tan nitido que hasta podia ver que no se habia afeitado. El banco de suplentes, los suplentes, los asistentes de campo, los carteles publicitarios, el tablero electrénico que, alld arriba, marcaba el 0 a 0, todo era tan nitido, tan brillante... 24 | Diego Muzzio —dPero cudnto tiempo mas tuvieron que esperar? —se impaciento alguien. El numero 5 sacudié la cabeza, como si le costara dejar aquellos recuerdos. Algunas chispitas mas se dispersaron en el aire. —No sé, una eternidad. Pero, por fin, el arbitro dio el sil- batazo y el 7 aleman la tocé corta para el 9. Y ahora viene lo mas raro. Cuando quise ir a marcar al 9 aleman, me di cuenta de que no podia moverme. —éCémo que no te podias mover? —pregunté el arquero brumoso. —No podia, no habia forma —el 5 miré sus botines y los noté mucho menos brillantes que un rato antes—. Queria correr y no podfa. Estaba clavado en el suelo, como si una voluntad superior a la mia hubiese decidido que, por el mo- mento, mi lugar en la cancha era aquel, unos metros detras de mitad de campo. Y, justo en ese instante, lo vi pasar, mas rapido que una centella, nitido, nitido y brillante... —dA quién viste pasar? —pregunté uno. —éA quién va a ser? A él —dijo el 5, y todos supieron de inmediato a quién se referia—. Intercepté la pelota y picd hacia arriba, gambetedndose a todos los alemanes a su paso, y el numero 10 brillaba en su espalda, brillaba tanto, Cuentos futboleros para chicas y chicos | 25 se los juro. Fue entonces que empecé a escuchar un sonido muy raro, como una voz que no provenia de las tribunas sino de mucho mas lejos, y que sonaba mucho mas fuerte que los cantos de las hinchadas. —LY qué decia esa voz? —No sé. Pensé que era uno de los relatores que, al ver cémo él iba dejando atras a todos los alemanes, se habia puesto a gritar como loco. El 10 ya estaba frente al arco, a punto de rematar. Era tan nitido, tan brillante... —insistié el 5, mirando las palmas de sus manos que rapidamente em- pezaban a perder nitidez y brillo—. A pesar de que yo estaba clavado en el mismo lugar, sin poder moverme, y bastante lejos de la accién, podia verlo con todo detalle. No sdlo a él, sino también al arquero aleman. Y, de golpe, resondé otra vez aquella voz... “Cosaguenola, cosaguenola”, decia, o algo por el estilo. Y enseguida, mas fuerte, mas claro: “erendar”. Y entonces, en el momento exacto en que el 10 pateaba y la pelota salia volando hacia el angulo derecho del arco ale- man, ahi si escuché, claro y fuerte: “iLes dije que apaguen la consola, a merendar!” Y, de golpe, todo se oscurecié y apareci de nuevo aca... Los jugadores dejaron escapar un_prolongadisimo “Qoooohhhhhh” de decepcién y se dispersaron por el ves- 26 | Diego Muzzio tuario. Iban y venian, dando vueltas en la oscuridad, como siempre, esperando, esperando... EI 5 incliné la cabeza. Ya estaba tan gris y borroso como los demas. Volvié a mirar las paredes nebulosas del vestua- rio. Sabia que su breve aparicién en aquel mundo de luz probablemente se debia a algun error, pero no le importaba. —Todo era nitido, nitido y brillante... -murmuraba el 5, en voz bajita. Y una sonrisa nebulosa, invisible, se dibujé en su cara. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 27 Una final escalofriante Hernan Galdames Una final escalofriante El entrenador nos habia citado a todos el domingo a la una en el club. La final era a las cuatro. Yo llegué casi Ultimo. La verdad es que no tenia muchas ganas de ir. Andaba por el nivel veinticinco del Witch crushers y estaba en un buen dia para los juegos electrénicos. A regafiadientes agarré el bolso y papa me trajo hasta el club. El entrenador iba a dar el equipo en la cancha antes de subir al micro. Deseaba que no me eligiera. En realidad estaba seguro de que no me iba a poner porque soy el mas patadura del equipo. Mientras daba vueltas por la cancha y mis compafieros practicaban pases y tiros al arco, llega Panchito con un yeso en el brazo. Uno menos, pensé. Después veo que empiezan a preguntarse donde esta Piqui, uno de los mejores del equi- po; ya era casi la una y todavia no habia caido. Lo llaman al celu y todos empiezan a agarrarse la cabeza y a patear el pasto. Estaba con cuarenta grados en la cama. Otro menos. Corria riesgo mi exclusién. Si faltaba uno mas me convo- carian para el partido porque si no, no daba el numero. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 31 De pronto, escucho un grito cerca del arco. Tapa habia pi- sado mal y estaba tirado en el piso agarrandose el tobillo. Justo llegé el entrenador, se agacho para revisarlo y lo man- dé a la enfermeria. —Nos quedamos sin Tapa —fue lo primero que dijo el profe cuando nos reunié en el circulo central—. Seguro que se esguinzo. —Y tampoco viene Piqui, esta con fiebre —dijo Santu. —Y a Panchito ya lo habra visto —agregé Bicho. —Estamos en el horno, profe: nos robaron la bandera del club la semana pasada y ahora se nos lesionan tres de nues- tros mejores jugadores. —No sean cabuleros, muchachos. Hay que confiar en nuestra capacidad deportiva, nada mas que en eso —res- pondid el entrenador a modo de ensefanza. Sacé un papelito del bolsillo y empezé a leer los nombres del equipo y las posiciones en las que iba a jugar cada uno, Cuando terminé de leer la lista, mird a todo el grupo como buscando a quien poner y como vio que no habia nadie mas que yo, me dijo: —Preparate pibe, que hoy venis al partido. Era mi primera vez, y lo peor de todo es que no era cual- quier partido. iEra la final del campeonato! Habfa que matar 32 | Hernan Galdames o morir. Estaban todos nerviosisimos. La adrenalina les salia por los ojos. Juntamos los bolsos y fuimos al micro. Cuando estaba- mos a punto de subir pas6 algo rarisimo: de pronto, de la nada, cayé un rayo contra un arbol del estacionamiento y lo partié en dos. Nos dimos un susto barbaro. El arbol empezé. a incendiarse. Miramos al cielo y solamente estaba nublado, nada mas que eso; no habia nubarrones negros ni truenos. Subimos al micro y partimos. Mientras salfamos del esta- cionamiento vimos al camién de bomberos que Ilegaba a apagar las llamas. El chofer se debe haber distrafdo mirando la autobomba porque de golpe clavé los frenos y nos fui- mos todos para adelante. Se le habia cruzado un gato y al parecer lo golped con el paragolpes. Vimos al pobre animal correr por el parque con una pata levantada. Todos nos mi- ramos preocupados porque el gato era negro. Nadie conocia el club contra el que teniamos que jugar. Nunca nos habia tocado enfrentarlo. Pero, segtin rumores, era un equipo nuevo que habia hecho una carrera colosal este afio ganando casi todos los partidos. Lacancha quedaba en Villa no sé cuanto. Habia que cruzar un riachuelo, pasar por debajo de varias autopistas, meterse por unos barrios en los que habia que cerrar las ventanillas y al final agarrar Cuentos futboleros para chicas y chicos | 33 un camino de tierra destruido, con arboles al costado medio esqueléticos. Fue pisar ese camino y el cielo se puso todo negro. Como si las nubes, oscuras y retorcidas, se hubieran formado espontaneamente en un segundo. Empezé a llover torrencialmente y explotaron rayos por todas partes. Lo uni- co que nos faltaba, la cancha iba a ser un barrial espantoso. Rogué en ese momento que el entrenador no me sacara del banco de suplentes durante todo el partido. Alo lejos vimos un paredén largo y muy alto. La calle termi- naba en un porton de chapa. Sobre los pilares que sostenian el portén habfa dos craneos de vaca que le daban la bienve- nida a los visitantes. Bajo el entrenador con un paraguas y golped el portén con todas sus fuerzas. El chofer colabord con un par de bocinazos. Pasé un rato y no salié nadie. ENos habriamos equivocado de lugar? Al fin se abrié un poquito la puerta y se asomé un viejo pelado con un bigote muy anti- guo. Hablé unas palabras con el entrenador y nos dio paso. Entramos al club. A un costado estaba la cancha y al otro la sede social, un edificio maltrecho de dos pisos. El viejito, que cojeaba de una pierna y que parecia salido de una pelicula de terror, nos llevé hasta nuestro vestuario. Las paredes chorreaban humedad y vimos mas de un par de ojitos escurridizos que nos miraban desde los rincones. 34 | Hernan Galdames —Profe, dadénde nos trajo? —dijo Topa. El entrenador miraba todo con asco y no supo qué con- testar. —Vamos, pénganse rapido los botines y vamos a la can- cha a precalentar que la lluvia esta parando. Hasta ahora no habiamos visto a nadie mas que al viejito diabdlico. El club parecia desierto. No habia espectadores, ningdn miembro de la comisién directiva habia venido a darnos la bienvenida, era todo muy raro. Tal vez por la Iluvia estaban refugiados en alguin lugar. Salimos del vestuario y agarramos por un pasillo que desembocaba en la cancha. Ya casi no Ilovia pero el cielo seguia renegrido y amenazante. Corrimos un poco alrede- dor del campo esquivando charcos y barro en los lugares donde faltaba pasto que era en la mayoria. De pronto, vi- mos aparecer al equipo rival. Nos quedamos todos estu- pefactos: eran enormes, parecia un equipo de rugby de Nueva Zelanda. A medida que se fueron acercando vimos que no eran chicos normales. Tenian musculos por todos lados, pero, ademas, habia algo en sus ojos: los tenfan colorados e hinchados y la mirada como ausente. Parecian zombies, pero no zombies maltrechos y muertos de ham- bre como los de las peliculas, en este caso se trataba de 36 | Hernan Galdames zombies sobrealimentados y con ganas de aniquilar con- trincantes por el solo placer de aniquilarlos. El entrenador, cuando vio el equipo contra el que te- niamos que jugar, salié corriendo a hablar con el referi que justo entraba a la cancha. Pero cuando lo vio de cer- ca medio que se frend. El tipo era algo asi como un Orco de Ef Sefor de fos aniffos. Era mas feo y tosco que un meteorito. Igual intenté decirle que esos chicos eran mas grandes que nosotros, pero el referi lo paré en seco y le dijo que si seguia protestando lo iba a expulsar de la can- cha antes de que empezara el partido. Contrariado por la respuesta del referi el profe intentd ir a parlamentar con el entrenador rival, se acercé al banco y amagé a saludar- lo. El otro estiré un brazo flaco, medio verdoso, con una mano huesuda y garras retorcidas. Vimos que a nuestro entrenador le dio un poco de asco pero igual le tendié la mano. Mientras hablaban, el tipo, que estaba enfundado en un sobretodo oscuro con las solapas levantadas, no le solté la mano ni un segundo, siguid moviéndola arriba y abajo. De lejos notamos que sonrefa con sarcasmo y que unos colmillos demasiado largos se le clavaban en el labio inferior. Al fin lo solté y el profe volvié moviendo la cabe- za. Quién sabe qué le habria dicho. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 37 Por suerte yo quedé en el banco junto a otros dos. Sond la pitada inicial y empez6 el partido. Topa se la pasé a Rojia, que quiso gambetear a un rival, pero la bestia le metio un patadén que hizo volar la pelota como cincuenta metros, y a Rofia unos treinta. El referf estaria mirando para otro lado porque no cobré nada. De pronto vimos que empezé a lle- gar gente a las tribunas. La lluvia habia parado y tal vez eso los habia animado. No puedo explicar lo que era la hincha- da del equipo rival. La barra brava de Boca, en comparacién, eran bambis traviesos. Subjan por las gradas desplazando- se como arafias. Explotaban escaramuzas por todas partes, porque se peleaban por agarrar los mejores lugares. Algunos fueron directamente a trepar el alambrado para ver desde alli, colgados como murciélagos, todo el partido. Empezaron a gritar como bestias salvajes. Amenazaban a los jugadores, tanto rivales como a los de su propio equipo, y eran el ori- gen de una lluvia de toda clase de proyectiles que cruzaban la cancha de un lado a otro. Mientras tanto, el partido era brutal. Bastaba que uno de nosotros tocara la pelota para que apareciera una de las bestias y le metiera una paralitica por detras. Todas eran jugadas peligrosas. El partido ente- ro era peligroso. De pronto escuchamos un grito y vimos a Chofa que le habian metido una patada y estaba tendido en Cuentos futboleros para chicas y chicos | 39 medio del area. Uno afuera, directo al micro. Lo reemplaz6 uno de mis compaferos. Un cuadrdpedo del otro equipo pated al arco y gol. La tribuna se convirtié en una avalancha macabra. Todos los hinchas cayeron y se apifiaron contra el alambrado. Se armé una batahola tremenda. Volaban pifias, patadas y todo lo que tuviese la capacidad de volar. Mien- tras, en la cancha, seguian los guadafazos que por milagro no descabezaban a los integrantes de nuestro equipo. De pronto, un ruido feo, otro golpazo. Sond como si un arbol se quebrara. Era Bicho, al que le habian dado un rodillazo en la espalda. Quedé tendido y no se levanté mas. Tuvieron que sacarlo entre cuatro. Adentro otro reemplazo. Uno mas que cayera y me tocaria entrar a mi. Empecé a temblar. Gol del equipo contrario. Una de las bestias habia metido pelota y defensor adentro de nuestro arco. Dos a cero. La cosa iba mal. Roco agarré la pelota y empezé a correr por la linea, esquivé con tiempo a uno, a dos, se acercaba al area chica, Chapa corria por el centro. Roco levanté la cabeza, mird adonde ponerla y fue lo ultimo que hizo. El fullback izquier- do puso en practica algo asi como una patada voladora y le metié un botin en medio de la cara. Roco cayé como una bolsa de papas y la pelota se fue despacito por el fondo. El arquero hizo tiempo: se desaté los cordones y se los volvid 40 | Hernan Galdames a atar. El referi, mientras, reprendia a alguno de nuestro equipo por quejarse. Al fin el arquero apoyé la pelota, tomd carrera y la pated con tanta fuerza que no sdlo cruzé todo el campo de juego sino que vencid las manos de nuestro ar- quero y atravesd la red como si fuera de papel. Tres a cero. Nuestro arquero con las dos mufiecas esguinzadas se tuvo que ir al micro a esperar. Tuve que entrar yo iy de arquero! Yo, que le tenia miedo a la pelota. Desde ahi atras todo se vefa mas aterrador. De pronto, arranca un contraataque en campo rival. Nuestros defensores quedan pagando y un urso de como dos metros (de alto y de ancho) viene a fondo con la pelota hacia mi. Miré a mi alrededor a ver si alguien podia ayudarme pero estaba solito con mi alma. Me dieron ganas de salir corriendo. Cada vez lo tenia mas cerca y cada vez me temblaban mas las rodillas. El salvaje ve que yo me quedo paradito en el centro del arco y patea con todas sus fuerzas a un costado. Yo no dudé en darme vuelta y cubrir- me la cabeza. Por suerte la pelota se fue un metro arriba del travesafio. Pero eso no fue lo peor. Ahora tenia que ir a buscar la bola que estaba pegada al alambrado de donde colgaban los energtimenos de la hinchada rival. Me dijeron y me tiraron de todo. Nunca tuve mas presente a mi madre que en ese momento. Agarré la pelota estirandome lo mas Cuentos futboleros para chicas y chicos | 41 que pude y sali corriendo. En la cancha mis compaiieros tra- taban de desmarcarse, pero los animales los agarraban de la camiseta, del pelo, les bajaban los pantalones, les hacian zancadillas. Apoyé la pelota sobre el pasto, tomé carrera, y cuando estaba dispuesto a correr para pegarle, veo que la pelota saca seis patas peludas y empieza a correr por el area. El referi empezo a tocar el silbato como loco y me amenazaba a mi con la tarjeta amarilla por hacer tiempo. La pelota corria de aqui para alla y yo detras de ella. Tenia que tener cuidado de que no enfilase para el arco y me metiera un gol. Por suerte volvié a sonar el silbato y terminé el pri- mer tiempo. Volvimos desalentados al vestuario. El que no rengueaba, tenia un brazo inmovilizado, un ojo en compota o le sangraba la nariz. Yo me retrasé un poco porque habia tenido que correr por toda el area en busca de la pelota. Me meti ultimo por el pasillo que llevaba al vestuario y me debo haber confundido de puerta porque cuando la abri me di el susto de mi vida. La habitacion estaba iluminada por unas velas pegadas en los cuatro angulos de una mesa de ping pong. En el centro habia algo asi como una maqueta del es- tadio. Estaba el pasto, los arcos, las gradas, el alambrado. Y dentro de la cancha mufiequitos de los veintidés jugadores con sus camisetas, botines, etc. Estaban hechos como las 42 | Hernan Galdames miniaturas que se ponen arriba de las tortas de cumplea- fios, sdlo que bastante mas deformes. Los que llevaban las camisetas de nuestro equipo estaban tirados en el pasto, to- dos retorcidos y con varios alfileres clavados en sus cuerpos. Busqué a ver si estaba yo y sf, ahi estaba, en el arco, caido en el piso, no sdlo todo claveteado sino también con la pelota aplastada contra mi cara y sus horribles patas peludas alrede- dor de mi cabeza. Empecé a temblar. Nunca habia visto algo asi. De pronto senti una respiracién a mis espaldas. Cuando me di vuelta me encontré con una vieja horrible, sentada en un sillén rotoso, rodeada de velas encendidas pegadas al piso y, detras de ella, clavada con cuchillos a la pared, la bandera de nuestro club, la que nos habian robado. “Ay, no”, me dije, “y ahora qué hago. éCémo zafo de esta?”. Entonces me acor- dé de que en el Witch crushers, para el cual era un maestro, en el nivel trece habia que destruir mufequitos de vudd para aniquilar al brujo. Tal vez eso funcionara: si lograba desbaratar la maqueta, reventar a los mufiequitos y re- cuperar nuestra bandera, quizas el conjuro se romperia y podriamos terminar de jugar el partido con normalidad; y tal como habia dicho el entrenador, solo contaria la ca- pacidad deportiva para determinar el resultado. Asi que tomé coraje y arrasé con todos los mufiecos, los tiré al Cuentos futboleros para chicas y chicos | 43 piso y empecé a pisotearlos con los botines. La bruja dio un grito de espanto y se paré de un salto, como si tuviera vein- te afios, y se abalanzé hacia mi. Entonces puse en practica lo que en tantos entrenamientos el profe nos habia hecho practicar hasta el hartazgo: le hice un amague y la vieja se fue con sus garras hacia un lado y yo hacia el otro; de un salto me subi al sillon, arranqué uno por uno los cuchillos que lastimaban nuestra bandera y corri fuera del cuarto. Justo mis compajieros iban saliendo por el pasillo rumbo al campo de juego. Tenian todos caras de perrito asustado. Entonces levanté la bandera y les dije: "iMiren lo que ten- go!". Cuando la vieron fue como una explosién. Cada uno agarré una punta y desplegando nuestros colores entramos a la cancha confiados de que al menos {bamos a perder con dignidad. Al salir fue como entrar en otra dimensién: el cielo estaba celeste, brillaba el sol de las cinco de la tarde, en la tribuna habia familias mirando pacificamente el partido. El equipo rival estaba del otro lado de la cancha y al vernos pusieron cara de estar algo preocupados. Eran chicos normales, de nuestra edad y sabian lo bien preparado que estaba nuestro equipo y que éramos imbatibles. Los lesionados (Chofa, Bi- cho y nuestro arquero titular) vinieron corriendo del micro 44 | Hernan Galdames diciendo que ya estaban bien, que podian seguir jugando. Yo terminé de nuevo en el banco envuelto en nuestra ban- dera. El equipo jugé barbaro y ganamos seis a tres. Nunca le conté a nadie lo de la cancha en miniatura, los muriequitos y la vieja que nos habia hecho el maleficio. Me lo guardé para mi. No queria ser fanfarrén como los demas que cada vez que hacian un gol 0 una buena jugada se la pa- saban semanas contando lo mismo. Me conformé con haber sido Util, calladito, en silencio, sin ningun otro interés que el bien de nuestro equipo. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 45 Un campeonato inconcluso Fernando Sorrentino Un campeonato inconcluso HE Yo nunca habia sentido curiosidad respecto de ese pe- quefio saurio que conocemos popularmente con el nombre de lagartija. Pero circunstancias ajenas a mis deseos me obligaron a adquirir informacién sobre la Tarentofa mau- ritanica. Tal es el nombre cientifico de la lagartija comin, el sim- patico e inquieto animalito que, de vez en cuando, podemos ver correteando entre la hierba o en las ramas de los arboles 0 por las paredes, al tiempo que emite una especie de chi- llidos mas bien agudos y asperos, de esos que hacen mal a los dientes, similares al que produce la parte dura de la tiza cuando chirria en el pizarrén. Durante los meses frios las lagartijas hibernan, pues, al ser animales de sangre fria, no pueden controlar interna- mente su temperatura corporal. En cambio, cuando llega la época calida salen de sus moradas y disfrutan del sol que necesitan para su supervivencia. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 49 Al igual que el camaledn, poseen la facultad del mimetis- mo, que les permite cambiar de color para camuflarse con el entorno. Pero, mientras que el camaledn logra Gnicamente adquirir los tonos que le brinda la naturaleza circundante, las lagartijas lo superan, y mucho, en esta aptitud: en efec- to, pueden disefiar y dibujar sobre sus cuerpos cualquier figura posible y en todos los colores imaginables. 2. Después de haber vivido durante muchisimos afios en distintos departamentos de la ciudad de Buenos Aires, un dia helado de junio me instalé en esta casa de la localidad de Martinez. En el fondo tengo un jardin bastante amplio. El sabado 1.° de septiembre encontré en el césped, pintado con rayas de cal, el dibujo de una cancha de futbol del tamafio de tres metros por un metro y medio. En los lados menores del cuadrildtero, y ubicados en la parte posterior del drea chica, se hallaban dos arcos con sus correspondientes redes. Lejos de ser una construccién ociosa o innecesaria, en esa pequefia cancha estaba disputandose un partido de fut- bol protagonizado por veintidés lagartijas. Como se sabe, no utilizan ropas y, entonces, mal podrian vestir camisetas, pantaloncitos, medias y botines. Para dis- 50 | Fernando Sorrentino tinguir un equipo del otro recurren a la ya explicada facul- tad del mimetismo. En este caso, uno de los equipos lucia el color granate de Lands, y el otro era blanco con la V azul que corresponde a Vélez Sarsfield. El arquero de Lantis habia adoptado un color por completo negro, y el de Vélez habia preferido uno totalmente gris. EI réferi y los jueces de linea eran amarillos desde la ca- beza hasta la cola. No faltaba mucho para finalizar el partido, pues, a los pocos minutos de estar yo alli, la lagartija réferi hizo sonar su silbato e indicé el centro del campo de juego. Ignoro cual habra sido el resultado, aunque, por el poco entusiasmo con que se saludaron los jugadores de ambos bandos, per- cibi cierto “clima de cero a cero”. Si voy a decir la verdad, no me parecié que esas lagartijas desplegaran un juego brillan- te: mas bien me parecieron futbolistas bastante mediocres. Como ya dije, se saludaron correcta aunque friamente y se retiraron hacia la parte trasera del jardin, que esta ocu- pada no solo por un quincho y su parrilla, sino también por cierta cantidad de trastos inservibles (de los que algun dia me desprenderé). Sin duda, entre tantos recovecos tienen sus moradas las lagartijas. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 51 Por un instante llegué a preguntarme si debia destruir ese campo de juego: eliminar los arcos y borrar las Ifneas de cal. Pero enseguida me di cuenta de que hacerlo implicaria una maldad sin sentido: dpor qué privar a las lagartijas de una expansion tan sana e inofensiva? En estas ideas me hallaba cuando, de entre los trastos del quincho, surgié un nuevo contingente de lagartijas, con su terna arbitral vestida de anaranjado, dos guardavallas rojos y el resto de los jugadores distribuidos en dos con- juntos: diez de ellos lucian los colores blanco y marrén de Platense, y otros diez, los bastones azules y amarillos de... ede quié Era Atlanta o era Rosario Central...? Presencié, pues, sin mayor interés, ese partido entre el Calamar y el Canalla (¢o el Bohemio?), del que no recuerdo el resultado. Ese sabado hubo partidos sucesivos durante todo el dia; cuando dejé de haber luz natural, también dejé de haber partidos. El domingo se repitieron exactamente los mismos hechos, sdlo con la diferencia de que los partidos se disputaron en- tre otros equipos. Vi colores archiconocidos: River, Ferro, Boca, Banfield, San Lorenzo, Tigre, Huracan, Quilmes... Por momentos me confundia: dEstudiantes de La Plata o Talle- res de Escalada 0 Unidn de Santa Fe...? éNewell’s 0 Colén? 52 | Fernando Sorrentino Sp ANVAOPH WE AS Cuentos futboleros para chicas y chicos | 53 Simultaneamente empecé a sentirme un poco molesto con la situacién. No sdlo disputan partidos los sabados y los domingos; juegan durante todos los dias de la semana, desde el amanecer hasta la puesta del sol. ECon qué dere- cho —me dije— las lagartijas se han apoderado de cerca de cinco metros cuadrados de mi jardin? ¢Y, por qué, mientras juegan al futbol, yo debo soportar sus incesantes silbidos y chirridos, tan agudos y Asperos que parecen electrizar mis dientes...? Ademas, y sobre todo, me perturba el hecho de no dis- cernir como funcionan esos campeonatos. Hay colores de clubes de primera divisién, pero también de la B, de la C, de cuadros desconocidos por completo... No una sino muchas veces les formulé numerosas pre- guntas a las lagartijas: quién triunfa, quién es derrotado, qué equipos actiian, cémo se contabilizan los puntos... Pero jamas me respondieron ni me prestaron la menor atencién: continuaron comunicandose entre ellas, mediante sus desa- gradables chirridos y silbidos. 3. El viernes siguiente comenté el caso en la oficina de El Em- porio del Adoquin (de Marioni y De la Sierra Ltda.), empresa 54 | Fernando Sorrentino donde trabajo hace casi veinte afios. Mis compafieros no me creyeron y pensaron que les estaba gastando una broma. Indignado, los invité a que, el sabado, concurrieran a mi casa para presenciar los partidos que hubiera, aunque les ad- verti que no tenia modo de saber qué encuentros se jugarian. Si bien tomando la visita con cierto tono burldn, el saba- do vinieron dos compafieros: Suarez y Albertini. El destino nos deparé una circunstancia no querida. Dio la casualidad de que jugaran Racing e Independien- te. Sudrez es hincha de la Academia, y Albertini, del Diablo Rojo. A pesar de ser personas pacificas, timidas y de buen caracter, empezaron a discutir... El didlogo fue subiendo de tono, se convirtidé en insultos y, si yo no lo hubiera impedi- do, habria concluido con golpes de punto. Albertini y Suarez se retiraron muy enojados entre si y, no sé por qué, también conmigo. El lunes, ya en la oficina, dejaron de dirigirse la palabra. 4, EI caso de las lagartijas futbolistas se difundié en El Em- porio del Adoquin: el siguiente sabado recibi la visita de doce oficinistas. Ese numero abundante me contrarié, pues no me gusta verme invadido por extrafios. Afortunadamente, Cuentos futboleros para chicas y chicos | SS es posible llegar al jardin trasero por un pasillo lateral al aire libre, de modo que nadie puso pie en el interior de mi casa. Por sus colores, el primer partido parecié ser el clasico del Bajo Belgrano, entre Excursionistas y Defensores. Y, como ninguno de estos doce espectadores resulté ser hin- cha de estos equipos, ni de los que jugaron a continuacién, no hubo que lamentar incidentes. La fama de las lagartijas futbolistas llegd, mas temprano que tarde, a los medios de comunicacién. De dos canales televisivos mandaron técnicos para filmar algunos partidos; les di permiso pero con la condicién de que les estaba ve- dado trasmitirlos integramente: solo podrian reproducir las jugadas notables: algiin gol, algun penal mal sancionado, alguna infraccién especialmente violenta, alguna lagartija expulsada por el réferi. Estos fragmentos de partidos causaron sensacién entre los periodistas deportivos, los politicos, los intelectuales, las estrellitas de televisién... No me sorprendié ser entre- vistado por varios diarios de Buenos Aires y por las revistas Gente y Hola. Paralelamente a estos reportajes, y para que me explayase sobre el campeonato protagonizado por mis futbolistas, me convocaron al living de Luciana Miguélez y a la mesa de Cinthia Leblanc; en efecto, concurrf a ambos 56 | Fernando Sorrentino programas, aunque en soledad, pues ninguna lagartija acep- td acompafiarme. Si Una catarata de solicitudes se precipité sobre mi: muchi- simas personas desconocidas me pedian autorizacién para presenciar los partidos. Entonces adverti las posibilidades lucrativas de las la- gartijas. Por no demasiado dinero unos albajiles del barrio cons- truyeron, alrededor del campo de juego, un miniestadio cir- cular de cemento, de sdlo ocho peldafios de altura. Estableci que los encuentros ya no serfan gratuitos: asigné un precio —bastante elevado— a las entradas y, durante muchos dias, recibi grupos de hasta cincuenta personas por cada partido. Solicité licencia en la empresa. Gané una pequefa fortuna y hasta contemplé la idea de renunciar a mi empleo en El Emporio del Adoquin, para asi dedicarme a explotar en mi ex- clusivo beneficio las habilidades futbolisticas de las lagartijas. Como mi espiritu es mas bien temeroso y conservador, no me atrevi a independizarme de los socios Marioni y De la Sierra, y, por lo que sucedié mas adelante, resulté una decisién acertadisima. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 57 Ocurrié que —repitiendo y magnificando el antiguo epi- sodio de Suarez y Albertini empezaron a suscitarse inci- dentes entre los espectadores, incidentes que implicaban insultos y, a menudo, intercambios de golpes y hasta ame- nazas con armas blancas. Ademas, muchos de ellos fuma- ban —yo aborrezco el mero olor del cigarrillo— y algunos asistian tras haber bebido alguna copa de mas. Cuando estas turbas se retiraban, yo tenia que limpiar las gradas del estadio, hechas ahora un verdadero chiquero. Mi otrora pulcro jardin se habia convertido en una suerte de basural: etiquetas de cigarrillos, envases y tapitas de gaseo- sas, envoltorios de caramelos, pariuelos descartables... Toleré esas situaciones negativas durante todo octubre, todo noviembre y gran parte de diciembre. Entonces, en homenaje a mi propia salud fisica, mental y psicoldgica, el 15 de diciembre de ese afio anuncié que, a partir del 1°de enero del siguiente, quedaba cancelado, hasta nuevo aviso, el espectaculo de las lagartijas futbolistas. No todos se resignaron ante el anuncio. Para hacerme rever la decisidn, uno de los espectadores mas fanatizados me esperé en la esquina y me propind una trompada que me hizo sangrar la nariz. Unas noches mas adelante alguien tirdé piedras contra las ventanas de mi casa. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 59 Me mantuve inflexible. Publiqué una solicitada —tan conceptuosa como pruden- te— en tres diarios de Buenos Aires y también en el perid- dico local E/ Jug/ar de San Isidro: con prosa adornada y barroca explicaba, sin decir nunca la verdad, mis motivos para que los partidos se desarrollasen sin la presencia de publico. Asi y todo, cada tanto recibia amenazas anénimas por te- léfono, cartas insultantes y mensajes de mail que me agra- viaban de mil maneras. Sin embargo, poco a poco las aguas fueron calmandose y pude volver a mi antigua rutina en la empresa de Marioni y De la Sierra. 6. Pero he aqui que el segundo sdbado de febrero, en plena temporada del campeonato, hallé que los arcos y sus redes habian desaparecido, y tampoco existian las lineas blancas de cal que dibujaban el contorno de la cancha, el area gran- de, el area chica, la medialuna, el punto del penal, los angu- los del corner, el circulo central... Desde ese dia, en vano esperé que se reanudaran las ac- tividades deportivas, en vano esperé ver, aunque sea, una 60 | Fernando Sorrentino sola fagartija que corretease por el césped o por el tronco de los arboles. Nunca mas las vi. No sé qué explicacién darle al fendmeno. No se me ocu- rren muchas ideas, pero, quiz, la mas plausible sea que las lagartijas constituyen una especie intimamente vanidosa: acostumbradas a ser el centro de la atencién de muche- dumbres enfervorizadas, no pudieron resistir la soledad y el olvido, y prefirieron desaparecer del campo de juego, desa- parecer de mi casa y, tal vez, desaparecer del mundo. Sentado en la grada més alta del estadio, contemplo con tristeza el césped, ahora crecido y descuidado. Quizé por nostalgia, quiz por mera sensibleria, no me ha abandona- do la esperanza de que, acaso cuando menos lo espere, re- naceran las blancas Ifneas de cal, resurgirdn los arcos y sus redes, y volveré a oir esos silbidos y chirridos que, en otra €poca, tanto me molestaban. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 61 El partido del honor Patricia Gutiérrez Méndez El partido del honor Dicen que la Mercedes estaba enamorada del Lucha. Y era cierto. Luis, al que nadie llamaba por su nombre sino por su apodo, era el menor de los cinco hermanos Nieva. Y no eran los Unicos cinco hermanos varones en el pueblo. También estaban los Gutiérrez. Estas dos familias se odiaban. La rivalidad habia comenzado por un partido de futbol en el que participaron los padres de estos chicos. El motivo de la pelea era un misterio. Nadie sabia exactamente qué habia pasado ese dia. Y nadie se animaba a preguntar. Lo cierto es que eran rivales dentro y fuera de la cancha. General Pinedo, donde ocurrieron los hechos, era un pequefio poblado ferroviario en la provincia del Chaco. La estacidn del tren era una posta del recorrido entre Buenos Aires y Resistencia, capital de la provincia. Las vias dividian ala poblacién. En el lado norte, funcionaban los talleres del ferrocarril y vivia la mayorfa de las personas que trabajaban en esos talleres. Ademas estaba el almacén de ramos generales, la Cuentos futboleros para chicas y chicos | 6S escuela y el Club Atlético Central Norte Argentino, al que to- dos Ilamaban Ferro o Ferroviario porque habia sido fundado por los empleados del tren. Del otro lado, estaba el Hotel Gutiérrez, paraje obligado de todos los visitantes que pasaran por el pueblo. En ese lado también se hallaba el centro de comunicaciones del pueblo: el telégrafo y el inico automévil de Pinedo. El tele- grafista Gonzalez era el encargado de enviar y recibir todo tipo de comunicaciones. En su tiempo libre, trabajaba de chofer Ilevando y trayendo gente en un Ford A! de 1930. Del lado sur también habfa un club, Unidn, contrincante deportivo de Ferro. Como los Nieva vivian en la zona norte de las vias, eran hinchas y jugadores de Ferro; y los Gutiérrez, del sur, eran hinchas y jugadores de Unién. Todos los dias, al salir de sus trabajos, los miembros de ambas familias jugaban a la pelota en sus respectivos clubes. Los domingos el pueblo entero se reunia en alguna de las dos canchas para ver jugar a ambos equipos. Y todos espe- raban la accién porque sabjan que el partido iba a terminar 1 Ford A era un modelo de automévil de la marca Ford que comenz6 a producirse en 1927, 66 | Patricia Gutiérrez Méndez en alguna pelea. Los muchachos Nieva y Gutiérrez en todo encontraban un motivo para pelear y jugaban cada partido como si fuera la final de un mundial. Aunque esta enemis- tad habia nacido antes de 1930, cuando atin no existian los campeonatos mundiales. En una oportunidad, los Nieva decidieron que el club ne- cesitaba una camiseta que los representara. Era todo muy secreto, pero Faustino, el mayor de los Gutiérrez, se enterd y corrié a contarles a sus hermanos la idea de los Nieva. Y decidieron que Unién también tuviera una camiseta. Juntaron al equipo esa misma noche. Todos aportaron los pocos ahorros que tenian. El mayor problema: no sabian coser. £Cémo iban a hacer las camisetas? Recurriendo a las mujeres de las familias. Mercedes Gutiérrez, su madre, y las madres de todos los jugadores cosieron dia y noche para tener las camisetas listas antes que los de Ferro. Como las calles eran de tierra, y de tierra era el potrero donde jugaban, se les ocurrié que la camiseta fuera de un color entre marrén y amarillo —tratando de simular la tierra seca— y negro, como la cancha, cuando Ilueve y se convierte en barro. En una semana las camisetas estuvieron listas. No tenian pantalones de equipo, pero no importaba. Cuando salieron Cuentos futboleros para chicas y chicos | 67 a la cancha, aquel domingo, la sorpresa de todos fue enor- me. Los dos equipos tenian camisetas. Unién con su fla- mante remera, de mangas largas, a rayas amarillas y negras, con un cuello y escote con dos botones. Las de Ferro eran también rayadas, pero verdes y negras. Los integrantes de los dos equipos estaban sorprendi- dos al ver las camisetas nuevas. Pero no sintieron bronca, sino un poco de alegria, porque, ahora si, eran dos equipos completos. Hacia 1935, el afio en que ocurrié nuestra historia, Mer- cedes, la mas chica de los Gutiérrez y hermana melliza de Juan, al que por su pelo colorado llamaban Tomate, se ha- bia enamorado perdidamente de Lucha Nieva. No se lo ha- bia dicho a nadie. Solo lo suspiraba para ella misma cada sdbado y domingo cuando lo vefa jugar a la pelota. Claro que por ser una Gutiérrez tenia que pararse del lado de la hinchada de Unidn, pero su corazén estaba con Lucha y queria verlo ganar. El suefio de Lucha era vivir y jugar al fut- bol en Buenos Aires. Su equipo en la gran ciudad era Boca y nada queria mas que poder jugar ahi. La buena noticia es que Lucha también estaba enamora- do de Mercedes. Y desde hacia un afio noviaban en secreto. Nadie de la familia lo sabia. Nadie del pueblo lo sabia. Y eso, 68 | Patricia Gutiérrez Méndez en si mismo, era una hazafa. Porque guardar un secreto en un pueblo tan pequefio era un verdadero milagro. Los dos enamorados aprovechaban la hora de la siesta para escaparse de sus casas y sentarse bajo la sombra de algiin arbol solitario. Después del almuerzo el pueblo se vaciaba, especialmente en verano, cuando el calor era tan intenso que ni las viboras se atrevian a salir del monte. También podian verse, sin levantar sospecha, en la co- secha de algodén, en la que todo Pinedo trabajaba. Era un trabajo extenuante bajo los rayos del sol, y si llovia, bajo la lluvia, y si soplaba el viento, bajo el viento, y si cafa un rayo, habia que esquivarlo, pero seguir carpiendo. El algodén se cosechaba una vez al afio y no podia perderse. Una noche de verano, a fines de aquel afio 35, cuando el calor parecia haberse ensaiado con los habitantes de Pi- nedo, Lucha no podia dormir. Hacia varios dias que estaba pensando en contarle a su familia que era novio de Merce- des. Habjan hablado de casarse y mudarse a Buenos Aires para que Lucha probara suerte en algtin equipo. Pero Mer- cedes no queria hacer las cosas en secreto. Si las familias eran rivales iban a tener que amigarse de una vez. Lucha dio vueltas en su cama en silencio, tratando de no despertar a sus hermanos, con quienes compartia la Cuentos futboleros para chicas y chicos | 69 habitacién. No aguanté mas, se levantd en silencio y salté por la ventana. Un perro ladré. Caminé descalzo en medio de la oscuridad, cruzo las vias y fue al Hotel Gutiérrez, di- recto a la ventana de la habitacién de Mecha. Pero, cuando se acercé, una luz quebré la oscuridad e iluminé su silueta. Del susto se tirdé al piso. Era Gonzalez, con su Ford A, tra- yendo a un pasajero que llegaba al Hotel desde Santa Fe. La llegada del auto desperté a Mercedes, quien se asomé por la ventana para ver qué era ese ruido. Cuando vio el auto de Gonzalez decidié volver a la cama. En ese momento Lucha se levanté del piso, con la cara Ilena de tierra, y golped su cabeza con el postigo de la ventana que estaba cerrando su novia. Los dos se asustaron pero se taparon la boca el uno al otro para evitar los gritos. Y se rieron. —Lucha: éQué hacés aca a esta hora? iY todo sucio! —se rio Mercedes. —Ah... Si, si. Es que me asusté el automévil y me ensucié cuando me tiré al piso. Bueno... No importa. El caso es que no podia dormir y queria decirte que majiana voy a contar- les a mis padres sobre nuestro noviazgo. Y después, voy a pedirle tu mano a don Gutiérrez. Mercedes se quedo sin habla de la emocidn. Le quité un poco de tierra de la cara, le bes la mejilla y le dijo: 70 | Patricia Gutiérrez Méndez —Esta bien, Lucha. Asi tiene que ser. No tenemos por qué escondernos. Lucha, mas tranquilo, saludé a su novia y salié corriendo hacia su casa. Se acosté y se durmié. Sabia que no iba a ser facil enfrentar a las familias, pero estaba tan contento por la decisién que habia tomado que no pensaba en lo que podia suceder. Al otro dia las cosas no salieron como pensaba. El abuelo de Mercedes, Fermin, que solia quedarse des- pierto por las noches para desenchufar la heladera cuan- do hab/a bajones de tensién eléctrica, habfa escuchado la conversacién. Y los hermanos de Mercedes se enteraron de todo. Los cinco Gutiérrez se presentaron en casa de los Nieva exigiendo ver a Lucha. En ese momento salié Sicho, uno de los hermanos de Lucha, y Valentin lo arrinconé contra la pared. —tQué le pasa a tu hermano? ¢Cémo se va a meter con nuestra hermana? éSin pedirnos aprobacién? éSin hablar con nuestro padre? —mientras seguia dandole pequefos empujoncitos en los hombros y tirandolo hacia atras. —De qué hablas, Valentin? —le preguntd Sicho un poco asustado. Justo en ese momento llegaron sus hermanos. Menos Lucha. 72 | Patricia Gutiérrez Méndez En cuestién de segundos los nueve muchachos estaban envueltos en una pelea. Pifas, patadas, empujones, movi- mientos que levantaban la tierra de la calle y no se podia ver quién le pegaba a quién. Por suerte aparecieron los padres de los chicos para separarlos. Las dos familias quedaron en- frentadas. Un poco mas atras, se paraban Lucha y Merce- des, abrazados, mirando a sus familias. —No entiendo por qué se pelean —dijo Lucha—. Ya nues- tros padres saben que estamos de novios, recién hablamos con ellos. Lo entendieron y lo aceptaron... —iY nos vamos a casar! —interrumpié Mercedes a los gri- tos con evidente alegria. —A mi no me importa lo que digan nuestros padres —dijo Valentin—; esto es una cuestién de honor. Tendrfas que ha- ber hablado con nosotros, haber pedido permiso para cor- tejar a Mercedes. Esto no va a quedar asi. —Valentin miré a sus hermanos y continué—: Los esperamos en la cancha de Unidn. Mafiana, domingo. A las cinco de la tarde. Ahi vamos a arreglar las cosas. Los Nieva aceptaron el reto. Aun Lucha, que no estaba de acuerdo, pero no podia dejar a sus hermanos solos. Los diez se dieron la mano. Al otro dia seria el partido definitivo entre las dos familias. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 73 La noticia del partido por ef honor (asi empez6 a llamarlo el pueblo) se esparcié por todo Pinedo. En pocas horas se convirtid en el acontecimiento del afio. El Ford A de Gon- zalez echaba humo de tanto traer gente. Algunas mujeres sacaban a relucir sus mejores ropas. Los pocos negocios del barrio cerraron. Don Ranulfo Landriel, el duefo del alma- cén de ramos generales, junté en una carretilla todas las botellas con bebidas que tenia en su negocio para llevarlas al partido y repartir entre los asistentes. Y esto era realmen- te un acontecimiento. Don Ranulfo nunca le fiaba a nadie. Guardaba cuadernos desde 1927 con todos los gastos de su negocio. Nada se le escapaba. No perdonaba ni medio centavo. Pero esta vez, la ocasién lo ameritaba. Las calles de Pinedo casi no se vefan por el polvo que levantaba la gente caminando hasta la cancha. Arrastraban todo tipo de asientos: sillas, bancos, troncos pequefios. Al- gunos hasta se animaron a llevar un sill6n para que los mas ancianos del pueblo se sentaran comodos. La cancha se fue poblando. A las 17 en punto en cada extremo de la cancha apare- cieron los equipos. Esta vez no eran equipos de once juga- dores, sino de cinco. El equipo de Unidn de Pinedo estaba compuesto por los Gutiérrez: Faustino, Valentin, Manuel, Cuentos futboleros para chicas y chicos | 75 Laureano y Tomate. El equipo de Ferro con los cinco Nieva: Lucha, Sicho, Pepe, Raul y Yiqui. Los diez con sus remeras nuevas y sus caras amenazantes. Por un costado aparecid Vallejo, el farmacéutico del pueblo que los fines de semana dejaba la farmacia a cargo de su mujer y se dedicaba a su pasién: ser arbitro de futbol. Vallejo, que portaba un gesto de extrema seriedad, hablé con los integrantes de los dos equipos sobre las reglas y, justo en el momento en que estaba por comenzar el partido, un ruido fuerte llamé la atencién de todos. Un Studebaker 2 descapotable, bastante nuevo, estacio- no en la entrada de la cancha. Bajo un hombre con aspecto de actor de Hollywood: pelo engominado hacia atras, bi- gote largo pero angosto, un traje con pantalones anchos y un borsalino? gris que se quité al bajar del automédvil. El hombre misterioso buscé un hueco entre los espectadores. Se senté en el suelo y miré sonriente a su alrededor como preguntando cuando empezaban a jugar. Vallejo no le dio importancia al visitante y dio por comenzado el partido. 2 Studebaker fue una marca de automdviles cuyo primer auto salié al mercado en 1902. 3 El borsalino es un tipo de sombrero hecho de fieltro suave, en general negro o gris, rodeado de una cinta, que estuvo muy de moda en los afios 30 y 40. Se llama asi por su creador, Giuseppe Borsalino. 76 | Patricia Gutiérrez Méndez El sorteo favorecié a los Nieva y Lucha se abrié paso en- tre sus hermanos para ser él quien diera el puntapié inicial. Antes de patear, mird a Mercedes, que estaba sentada entre la hinchada de la familia de su novio y la hinchada de su propia familia. El joven Nieva pated con el pie izquierdo lo mas fuerte que pudo y la pelota de cuero y tiento adquirié tal velocidad que qued6 a pocos metros del arco. Los Gutié- rrez se dieron cuenta de que no podian distraerse, Lucha y sus hermanos estaban jugando en serio. Habian acordado que los tiempos serian de treinta mi- nutos porque eran solo cinco jugadores. La formacién fue sencilla y la misma para ambos clubes: un arquero, dos de- fensores y dos delanteros. EI primer tiempo fue muy peleado, ninguno de los dos equipos pudo anotar un gol y cada vez que un jugador se acercaba al arco contrario el aliento de los espectadores que- daba suspendido en el aire unos segundos, hasta que erra- ban el gol y volvian a respirar. Mercedes mordia sus ufias. El entretiempo parecié mas un alto en una batalla que un descanso deportivo. Los diez jugadores estaban rojos, de calor y de ganas de triunfar. Los Gutiérrez se apartaron hacia una esquina y armaron un circulo de hermanos, abra- zados, para organizar una estrategia de juego. Los Nieva los Cuentos futboleros para chicas y chicos | 77 imitaron. Landriel aproveché para repartir las bebidas que le quedaban en su carretilla. Aunque estaban calientes, na- die rechazo un sorbo de liquido. Pasaron diez minutos y Vallejo lanzé un chiflido con el que Ilamé a ambos equipos a volver a la cancha. Era la hora de la verdad. Los ultimos treinta minutos. Los vecinos se reacomodaron en sus lugares. Empez6 el segundo tiempo. La pelota pasaba de pie en pie con tal velocidad que por momentos parecia que nunca tocaba el suelo. Aunque los diez jugadores peleaban por meter un gol y ganar el parti- do, quedaba claro que la verdadera contienda era entre los dos delanteros principales: Valentin y Lucha. Vallejo tuvo que intervenir seguido porque cada vez que se cruzaban en la cancha se colaba alguna patada. Seguramente fue el partido con mas tiros libres de la historia de General Pinedo. EI tiempo pasaba y la tensién crecia. A esa altura el por- qué del partido habia desaparecido; se estaban jugando, en realidad, los afios de rivalidad entre los dos clubes, entre las dos familias. De repente Valentin Gutiérrez tuvo la pelota entre sus pies y comenzé a correr a velocidad hacia el arco contrario. Imparable. Cada paso que daba era acompafia- do por algun vecino levantandose de su asiento. Cuando se enfrenté a Sicho Nieva, que era el arquero, pated con 78 | Patricia Gutiérrez Méndez fuerza. La pelota parecié entrar al arco, pero Sicho la paré con la cara. Si, con la cara. La nariz del pobre arquero quedé partida al medio, pero no quiso parar el juego. El orgullo de haber detenido el gol era mas fuerte que el dolor. Valentin se agarraba la cabeza con las dos manos y mira- ba al cielo preguntandose icdmo era posible que esa pelota no hubiera entrado! Vallejo grité “iDos minutos!”. Rapido, Manuel Gutiérrez salié de la cancha y tiré la pelota hacia Valentin. Pero Tin no vio venir a Lucha que, desde el arco de su equipo, le robé la pelota y empezé a correr hacia el arco contrario. Valentin lo perseguia. Manuel entré a la cancha y trato de adelantarse a Lucha, pero no pudo. Todos los Gutiérrez perseguian a Lucha. Los Nieva perseguian a los Gutiérrez para pararlos. Unos metros antes del arco, Faustino, desesperado, se tiré al piso para detenerlo. Todos los vecinos, incluyendo al hombre misterioso que bajé del Studebaker, estaban para- dos al borde de la cancha. Lucha estaba como poseido. En pocos segundos miré al arco, a Faustino en el suelo y a la pelota. Pateé el balén hacia el cielo, salté por encima del cuerpo de Faustino y, cuando la pelota cafa, la intercep- té de un cabezazo y la metié dentro del arco. Gol. Goool. iGOOOOOOOOOLLLLLLL! iNadie podia creerlo! La sorpresa Cuentos futboleros para chicas y chicos | 79 fue tal que todos se quedaron parados en la cancha miran- dose entre si. Menos Lucha, que corria gritando y abrazando a sus hermanos. Cuando Vallejo dio por terminado el partido, los diez her- manos se quedaron cada uno en su lugar mirando a sus rivales. Miraron también a Lucha y Mercedes. Y se dieron cuenta de que esa rivalidad tenia que terminar ahi. Los dos eran felices, se iban a casar y desde el dia del casamiento todos iban a ser familia. Se acercaron al centro de la cancha y lo que empez6 con un saludo cordial terminé con todos abrazados. Mercedes salié corriendo a buscar a Lucha, pero el hom- bre misterioso del borsalino gris le gané de mano. Se acercdé a los dos y extendiéndole la mano a Lucha le dijo: —LEs usted Luis Nieva, verdad? Lucha queria limpiarse las manos llenas de tierra y trans- piracién, pero no habja lugar de su cuerpo o de su ropa que estuviera limpio. Le dio la mano igual. —Mi nombre es Vicente Cataldo. Trabajo para el Club Boca Juniors, de Buenos Aires. Estaba visitando a unos pa- rientes en Charata y me enteré de este partido. No sabia que en Pinedo habja tan buenos jugadores —y mientras el hom- bre de Buenos Aires seguia hablando, en los ojos de Lucha 80 | Patricia Gutiérrez Méndez aparecié un brillo especial. Tal vez esta era la oportunidad que tanto habia esperado—. Digame joven, éle interesaria jugar para Boca Juniors? Nosotros le pagariamos el pasaje en tren hacia Buenos Aires y hasta que encuentre donde vivir nos ocupariamos de la vivienda. Lucha no podia creer lo que escuchaba. El suefio de su vida se estaba haciendo realidad. Sus hermanos se acerca- ron para saber de qué estaban hablando. De a poco todos se acercaron. Mercedes presencié la conversacién pegada a su novio. —LY? Qué me dice, joven Nieva? éSe viene a la ciudad? —pregunto impaciente el portefio. Lucha miré al hombre y cuando estaba por contestar, se dio vuelta y vio a Mercedes a su lado. Ella le hizo un gesto con la cabeza, como diciéndole “iAnda!” y le sonrié. Y ese solo gesto de generosidad por parte de su novia le hizo comprender a Lucha que Mercedes era la mujer correcta. Entonces contesto: —Si, voy a Buenos Aires. Solo tengo una condicién para ir —continué—. Que mi futura esposa venga conmigo. Cataldo y Luis Nieva se dieron la mano y cerraron el trato. Asi fue como un partido de futbol termind con la rivali- dad entre dos familias alld por 1935 en General Pinedo. Las Cuentos futboleros para chicas y chicos | 81 dos familias se convirtieron en una después del casamiento. Pero los Nieva y los Gutiérrez siguieron juntandose todos los dias para jugar a la pelota. Y en honor a esta nueva amistad, crearon la copa Mer- cedes y Luis Nieva, que se convirtié en el campeonato mas importante del Chaco desde aquel aio. 82 | Patricia Gutiérrez Méndez Torneo fantastico de futbol Bruno Bazerque Torneo fantastico de futbol —¢Probaste hilos Costurete? Hilos Costurete, desde hace mas de cien afios uniendo extremidades de monstruos y alimafias. —Entramos en el Ultimo minuto de este partido apasio- nante. Pedro “el zombi” Marabia avanza con pelota domi- nada por la punta derecha. Se tambalea un paso, se tam- balea otro paso y queda cada vez mas cerca del arco rival. El defensor sale a su encuentro con los tapones de punta, directo a la cabeza. Ah, no, no, qué fuerte fue. La cabeza del zombi Marabia rueda por el campo de juego. Tiro libre para Alquimistas Juniors. —Seria una gran pérdida para Alquimistas si el zombi Marabia no puede seguir. Hasta ahora dominaron el juego y merecen ganar. —Increible, el zombi se levanta y se mete en el area, dis- puesto a jugar sin cabeza. iEso es amor por la camiseta! El mago Gonzalez toma carrera para patear el tiro libre. Agita su varita iy convierte la pelota en un meteorito que va directo Cuentos futboleros para chicas y chicos | 8S al arco! El vampiro Vladimir extiende las alas y vuela para rechazar el envio. iQué atajada, sefiores! —Sin duda, este arquero quedara inmortalizado en el re- cuerdo de los hinchas de Dragones. —Esperen, dadénde esta yendo el arbitro? Se acerca al juez de linea. —dHabra pasado algo en el area? —E| juez de linea le sefiala un jugador. El arbitro corre al punto de penal, si, si, ipenal para Alquimistas! Algunos jugadores de Dragones se agarran la cabeza. Otros se le van encima al arbitro. Epa, el zombi Marabia se agarré a mordis- cones con el vampiro Vladimir. El partido se transforma en una batalla campal. El ogro Orchesi esta enfurecido. Corre desde el banco de suplentes, abre la boca y se come al arbi- tro de un bocado. éEstan entrando caballeros al campo de juego? Si, sefores, ahi estan los caballeros con sus arma- duras y las lanzas largas, formados en fila para restablecer el orden. —Qué belleza el futbol cuando se juega asi deh? El rey festeja desde la tribuna. Le estan entregando un partido in- tenso al que no le podia faltar el sabor especial de la batalla y un arbitro devorado. —Y esto no termina. Entre las piernas del ogro Orchesi se 86 | Bruno Bazerque cuela el duende Cornetta. Miren como esquiva la carga de la caballeria, es un bailarin. Observa la pelota, que esta colo- cada a doce pasos de un arco vacio. Desde el estomago del ogro el arbitro da la orden para ejecutar el penal. El duende Cornetta aprovecha la distraccién del vampiro Vladimir y se para a la sombra del balén. Un frentazo y la pelota se mueve unos centimetros. CLos jugadores de Dragones no se dan cuenta? Parece que ahora si. Los mellizos Pelin hacen retumbar el estadio con sus pies de un metro de largo. El duende Cornetta los torea y se gana la ovacién de los hin- chas de Alquimistas. iOle! Esquiva un pisotén. iOle! Esquiva otro pisotén de los gigantes y le da los ultimos toques a la pelota. iGol! iGoooooo000! de Alquimistas Juniors! Y final del partido. —La frutilla del postre, un penal ejecutado con maestria. Es la recompensa para un equipo que siempre fue para ade- lante, con conviccién. Ahora habria que ver cudntas fechas le dan al ogro Orchesi por comerse al arbitro. —Y esperamos ver recuperado al zombi Marabia cuando cosan su cabeza con... —Hilos Costurete, que se enorgullece en presentar al ga- nador del premio Costurete al mejor jugador de este singu- lar partido. Cuentos futboleros para chicas y chicos | 87

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