Sueños y Pesadillas: Un Viaje Divino
Sueños y Pesadillas: Un Viaje Divino
Yunnuen González
©2021 Luz Yunnuen González Sánchez.
Primera Edición: Noviembre 2021.
Acerca de la portada.
Imagen de Peyker / Shutterstock.
Diseño de Yunnuen González.
MORFEO
Aparecí en la tierra, entre la soledad de la noche. Siempre es el silencio quien
me recibe con la primicia de que puedo caminar entre los durmientes para
disfrutar el regalo que he dado.
Metí las manos en el abrigo que me está enmascarando como otro mortal
en este reino. Aquí el frío de la noche es más intenso.
Caminé en silencio, escuchando cada pisada mía que parecía llevar el
ritmo del ulular del viento. No suelo disfrutar la solitud en este reino como
esta noche.
Me detuve de pronto cuando, dentro del siseo, sentí la presencia de otro
dios. Miré sobre mi hombro a tiempo para ver la sombra escondiéndose de
mí.
Sonreí irónico.
—Iquelo —susurré mirando hacia una calle oscura, donde era más fuerte
la presencia de mi hermano; la cual siento tanto como el llamado de las
pesadillas que los mortales desean soñar.
—¿Qué haces en la tierra? —me preguntó revelando su cara—. ¿Algún
encargo especial?
—No. Sabes que él no puede manipularme.
Hablábamos de Zeus, dios de dioses. Traidor de traidores… Me faltan
palabras para describirlo.
—Ojalá todos tuviéramos tu misma rebeldía —murmuró. No sé por qué
era discreto con sus palabras, cuando nuestra abuela Nyx está protegiéndonos
bajo su manto nocturno. Es muy difícil para los olímpicos escucharnos
cuando nuestro reino está cubriendo la tierra.
—No es rebeldía, Iquelo. Solo que ya no estoy a su servicio. —Miré
superficialmente hacia las ventanas oscurecidas por la noche. Los durmientes
exigían sus sueños ya—. ¿Cuándo terminarán de creerlo?
Se paró frente a mí, su sonrisa irónica convertida en mueca me aseguró
que no podré escapar del golfo del Olimpo hasta que él lo desee.
Lo tengo muy claro. Pero la falsa idea de control me hace soportar la
realidad por ahora.
Liberé el cuello de la tensión que me causa solo pensar en él. Así Iquelo
comprendió que ya no quería hablar de eso.
—Esta noche no será agradable para ti, Morfeo —me advirtió mientras me
pasaba. No debió sorprenderme porque mi hermano solo viene a la tierra
cuando los mortales están pasando por momentos difíciles a nivel especie.
—No entraré en tus terrenos —le prometí sin mirarlo.
Así como sentí su presencia, su ausencia hizo más fría la noche.
Un respiro profundo me hizo degustar el silencio de nuevo.
Me gusta venir a la tierra. Las creaciones de Prometeo siempre me han
parecido fascinantes. Desde el día uno de su creación, que fue cuando me
fueron entregados para ayudarlos a construir esperanzas, entendí porque Zeus
se molestó con el titán por la perfección que él nunca podrá lograr en una
creación. Es por eso por lo que se adjudicó este reino.
Sus sueños eran más hermosos, incluso las pesadillas que demandaban a
mi hermano eran algo bueno, puesto que en ellos yo podía moldear algún
mensaje dado por los demás dioses.
La realidad de los mortales arruinaba sus sueños.
Mis hermanos y yo somos quienes conocemos cada deseo profundo que
esconden entre su misma clase.
Sabemos que ellos son el poder de Zeus, pero también son su perdición.
Es por eso por lo que ha procurado que su herencia en la tierra quede
marcada en su progenie mortal. No es amor hacia ellos, pues los usa
sexualmente a su conveniencia hasta destruir su espíritu y refundirlos en
soledad y rechazo.
Los mortales siempre tiemblan en miedo ilógico cuando Zeus pone un pie
en su reino. Presienten que perderán su libre albedrío.
En mi caso, me gusta satisfacer la avidez de los mortales por ser libres de
alguna manera. Gracias a mí, saben que solo en los sueños pueden ser lo que
quieran.
A veces me he quedado en la tierra un tiempo, cuando algún sueño
persistente lo amerita. No puedo estar mucho tiempo en este reino porque se
dice que uno pierde conciencia de su existencia y empieza a convertirse en
piedra. Como si un mortal hubiese atrevido a perderse en la mirada de
Medusa, en donde dicen que uno se ve reflejado en su peor forma.
Es un rumor que no estoy dispuesto a comprobar.
Además, hasta donde tengo conocimiento, nadie ha sido tan imbécil para
aclararlo. Solo el golfo del Olimpo sabe realmente qué sucede al pasar tiempo
con los mortales.
Y alguno de los rumores han de ser ciertos porque nos ha prohibido la
tierra a término largo. A menos de que no quiera que irrumpamos demasiado
tiempo en su campo de juegos; siempre es una posibilidad.
Pero con todo el peligro que conlleva no ha disminuido mi enamoramiento
por la humanidad, de sus sueños y pesadillas.
Ha sido una noche tranquila, en donde los sueños fueron aceptados con
facilidad. Ahora puedo seguir disfrutando mi paseo por las calles solitarias;
las que me permiten descansar de pensamientos divinos.
Respiré la noche fría, cargada ahora con una ligera brisa de las mejores
esencias de Afrodita. Es posible que esté aquí también, admirando a los
mortales enamorarse, mientras escucha el murmullo de mi abuela, que es
como una canción de arrullo más eficaz que mis polvos. Es una lástima que
ningún mortal la pueda escuchar.
He notado que esta noche es más profunda que otras, ya que pude sentir la
felicidad en los sueños; a pesar de lo que me advirtió mi hermano. Sus
murmullos vuelan a mi alrededor con el deseo de que preste atención a uno
de ellos para esparcirse frente a mí y demostrarme que están cumpliendo su
objetivo con el mortal. Como un hijo orgulloso.
Es una eufonía que solo yo puedo leer y disfrutar.
Quizás esta es la razón por la que Iquelo no suele venir a la tierra. Si yo
veo felicidad, él verá solo dolor y terror.
A lo largo de mi caminata nocturna solo me he topado con dos pesadillas,
que al momento convertí en un sueño feliz.
Pero, un segundo después, regresaron a su origen. De esto me estaba
advirtiendo mi hermano: las pesadillas de esta noche tenían que pasar.
A pesar de que hoy estoy de buen humor y quiero que todos tengan sus
deseos cumplidos, tengo que respetar los terrenos de Iquelo.
Pronto vi en el horizonte el llamado de mi hermana Hemera. Su momento
estaba por llegar una vez más, en un ciclo infinito.
Estaba por regresar al palacio cuando un vacío me golpeó en lo más
profundo de mi ser. Se sintió como si alguien me hubiera arrancado el sentido
de mi existencia, como si esa advertencia para los dioses estuviese por
hacerse realidad. Era intenso, y tan doloroso que tuve que llevar la mano al
pecho para encontrar el doblez de ese vacío y arrancarlo de mí.
—¿Qué me sucede? —inquirí mirando hacia el Olimpo con la clara verdad
de que Zeus estaba cumpliendo sus amenazas al fin. Solo que me ha hecho
tantas que ya no sé cómo me castigará por siglos de desobediencia.
No tuve respuesta. No sé por qué la esperé, si Zeus no hacía caso de las
plegarias de los mortales, mucho menos las de los dioses. Solo nos prestaba
atención cuando incumplíamos sus benditas reglas.
Estaba solo en esto.
Entre el terror e incomodidad, miré hacia el hogar en donde mi existencia
estaba siendo desgarrada, grano por grano, de la forma más dolorosa posible.
Extendí la mano temblorosa hacia la ventana en donde sentía al mortal
matándome sin saberlo, para arrancar de sus manos el abismo de la pesadilla.
Sé que tendré una fuerte discusión con Iquelo, pero esta pesadilla no
puede seguir existiendo.
Pero nada regresó a mí. Ni siquiera el sueño que se suponía debería estar
teniendo.
Di un paso tieso y cansado, tenía que descubrir a la criatura que no
respondía a mi llamado.
«¡Por todos los perros de Hades! ¿Estoy convirtiéndome en piedra?»,
exclamé asustado del sentimiento antinatural.
Respiré profundo, concentrándome en cada paso que me llevó despacio
hacia al mortal. Solo que entre más me acercaba, el abismo era más hondo,
oscuro y mortal.
Una puerta de madera blanca me detuvo con su claro mensaje de no pasar.
Para entonces, ya estaba tan asustado, porque esta era la primera vez en toda
mi existencia que me topaba con alguien que podía lastimarme con tal
magnitud.
Caminé por ese hogar que despedía una incongruente paz. Me sujeté de las
paredes, deteniéndome de vez en tanto hasta llegar a otra puerta. Mis latidos
se dispararon por lo que ocultaba detrás de ella.
«¡¿Qué engendro de Hades ha sido desatado por órdenes del golfo
olímpico?!», cuestioné molesto, pues una cosa era soportar a Zeus, pero otra
que Hades ahora se esté metiendo conmigo.
—Concéntrate —me animé mientras sujetaba el picaporte antes de entrar
al cuarto, solo para tomar un respiro profundo que me sirviera para abrir.
La puerta avisó al mortal con un rechinido que alguien estaba invadiendo
su hogar, pero lo ignoró con un quejido dormido. Me tomé unos segundos
con la mirada en el suelo, preparándome para enfrentar a mi verdugo.
En su lugar vi a una mortal durmiendo profundamente, pero lo inaudito
era que no sentía ningún sueño en ella. Era como si Iquelo la hubiera
castigado a permanecer en el olvido, dentro de la pesadilla de habitar en el
lugar más solitario del Inframundo.
Me acerqué más a ella con trabajos; soportando aun el ahogo que seguía
arrancando mi inmortalidad lentamente. Solo quería comprobar que era un
engendro de Hades.
El lento respiro que me mantenía sujeto a mi mundo se detuvo por
completo cuando la vi. Más hermosa y sensual que Afrodita. Era demás
inmaculada y rebosante en perfección para ser una mortal.
«¿Cómo puede esta hermosa criatura no tener conciencia de mi dolor?»,
cuestioné acercando la mano temblorosa hacia su mejilla para reconocer que
existía. Pero una súbita caída a ese abismo me recordó que tenía que
adentrarla al mundo de los sueños para que me liberara.
—Sueña conmigo, hermosa criatura —le ordené mientras esparcía polvo
sobre ella con mano temblorosa.
Su suspiro relajado me dijo que había accedido a soñar.
Ahora aliviado, me retiré un paso para aguardar unos minutos en silencio,
sin dejar de mirarla, esperando que el dolor cediera ya.
Pero no fue así.
—¿Qué eres? —le cuestioné acercándome de nuevo para acariciar su
mejilla con temor. Al instante tuve una visión de ese abismo que estaba
apresándome. Si bien había paz en su dormir, en ella solo había dolor,
ansiedad y depresión. Era un cascarón que no podía soñar.
Me alejé aterrado de esa criatura.
Me sentía culpable, porque yo soy el responsable de que ella se sienta así.
¿Será la primera vez? Si no lo es, ¿por cuánto tiempo ha estado sufriendo?
¡¿Cómo es posible que me ha pasado desapercibida?!
El primer rayo enviado por mi Hemera entró en el cuarto, directo a su
rostro. No tardó en gemir como señal de despertar. Retrocedí asustado porque
empecé a sentir que me estaba liberando del abismo; además, estaba
despertando sin mi orden. No tengo control sobre ella.
Desaparecí en un respiro en el momento en que ella abrió los ojos con
pesadez, solo espero que me haya visto como el último remanente de algún
recuerdo.
Regresé a Oneiroi, al palacio que mi padre, Hypnos, me ha heredado.
Tan pronto aparecí en los jardines creados por los sueños de los mortales,
sentí mi fuerza e inmortalidad regresar. Quise ir a descansar a mis aposentos
para dejar esta mala experiencia atrás, pero sentí el llamado de otros mortales
que pedían sus sueños.
Tal vez lo mejor era enfocarme en mi trabajo para olvidar lo ocurrido. Si
no vuelvo a acercarme a esa extraña criatura, no podrá volver a hacerme
daño.
Meses después
Aparecí cerca de ella.
¡Cuán difícil es olvidar a una mortal! Y más a una tan irreal e inexplicable
que me causa tanto dolor.
He hecho mi trabajo por muchas noches, y, aun cuando hice el juramento
de olvidarme de la criatura, he pasado cada largo segundo pensando en ella.
Buscando sin cesar una explicación de su existencia.
¿Cómo nos ha pasado desapercibida? ¿Por qué no nos ha demandado
algún sueño?
Hasta el momento me resisto a creer que Iquelo o Hades la están
castigando. Por mucho que me carcome la duda, no puedo cuestionar el
trabajo de mi hermano porque sería desdeñar su existencia misma, ni puedo
irrumpir en el palacio de Hades exigiendo una explicación. Es bien sabido en
el Inframundo que no ha sido él mismo desde hace siglos y cualquier cosa
que lo incomode lo hace perder los cabales.
Pensé en ir directamente con Prometeo para hablar con él acerca de por
qué no tengo influencia sobre ella. Pero sé que, si me acerco a él, Zeus o
Hades explotarían en ira.
Prometeo no debe tener motivaciones para liberarse de su castigo. Debe
estar enfocado en expiar su gran error, de acuerdo con Zeus.
Sacudí la cabeza.
«Alguien como ella no debe existir —pensé mientras la miraba prepararse
algo para comer—. ¿Será conveniente que informe a Hades para que ordene a
Thanatos arrancarla del mundo para terminar con su sufrimiento?».
La razón me dice que es lo correcto de hacer, pero aún no estoy preparado
para tal decisión, porque mi curiosidad ha crecido tanto que ya me es difícil
quedarme en Oneiroi, como debe de ser. Ahora solo quiero pasar todos mis
descansos en la tierra, admirando lo que ahora me parece el sueño más
hermoso y tentador que se ha creado en toda la existencia.
Me ha cambiado tanto que no me siento a gusto viendo la realidad de los
mortales, quienes ahora me resultan ignorantes y egoístas de sueños, mientras
que la hermosa criatura solo conoce soledad y oscuridad.
Aun no entiendo por qué no me lastima cuando está despierta. Es por eso
por lo que suelo visitarla durante el día para admirar cada segundo de su vida,
y de su fisionomía.
Estaba encantado de su cabello rubio, que siempre se mueve por sí solo
para juguetear con la ligera brisa y los rayos de sol; de sus ojos azules,
circundados por una oscuridad que habla de aquellos secretos que me gustaría
escuchar de sus labios carnosos.
Parecía ser hija del amanecer.
Se quitó una prenda al sentir un poco de calor. Revelando otra más
delgada y ceñida que acentuó sus senos.
A veces, me preguntaba si su forma de vestir mortal era la representación
de su sex-appeal. Tierna, atrevida, casual o relajada. No importaba su estilo,
porque ella sabía cómo destacar entre mujeres que se creían bellas.
Sabía atraer mi atención sin saberlo.
Cada vez que la veía hipnotizado, descubría algo en ella, como en este
momento. Era un tic que la hizo aún más deseable para mí: sus dedos
delicados acariciaron sus labios cuando un pensamiento la aisló del mundo
banal. Despertó en mí el deseo de adentrarme en su mente para conocer cada
uno de ellos. Quiero ser aquel cómplice que siempre la ayudará a salirse con
la suya, o el héroe de sus sueños.
Ella era un vasto océano de virtudes únicas. Me tenía tan embelesado que
regresar a mi labor de llevar sueños a la humanidad se estaba convirtiendo en
una responsabilidad que empezaba a pesar ya.
La criatura se recostó dentro de un suspiro profundo para leer. Se movió
varias veces hasta encontrar una posición cómoda para disfrutar su lectura; no
se dio cuenta de que delineó su hermosa figura seductoramente.
Me acerqué a ella como una sombra furtiva que anhelaba tocarla. Quiero
sentirla real.
Entonces, bostezó y se restregó los ojos para mantenerse un rato más
despierta. Así me indicó en silencio que ya era momento de regresar a mi
reino.
Una vez terminado mi trabajo, caminé por el palacio, aun pensando en esa
fémina. Podría ir con alguno de mis dos hermanos para conversar acerca de
ella. Siempre me han servido sus consejos que ven todo desde afuera, pero
sentía en mi corazón que pasarían la noticia a Zeus y la destruirían. Y algo
tan bello, irreal y único debe ser siempre admirado y respetado.
Estaba ansioso porque iniciara la ronda en donde estaba ella.
De nuevo, mis minutos de descanso fueron largos, pero ese tiempo me
sirvió para hacer planes. Como seguir dedicando todo mi tiempo libre a ella
para admirar su sueño vacío. Aunque me lleve a la inexistencia.
•••
Al fin estoy frente a su casa de nuevo. Todo el mundo sueña, ignorantes de
que posiblemente no despertarán si la hermosa criatura logra desvanecerme
en el olvido.
Mis latidos crecieron ante la expectativa de la nueva aventura. Reí entre
dientes por la ironía de que una mortal hermosa me ponía nervioso. Ni
siquiera Afrodita ha logrado arrancarme un suspiro de lujuria como lo hizo la
mortal con tan solo verme; aunque haya sido una reacción innata al ver la
irrealidad de un dios.
Respiré profundo en lo que daba el primer paso que me llevaría en tiempo
y espacio a su cuarto. Aparecí como el destello tintineante de una estrella.
Pero ella no estaba en su cama durmiendo; por eso no sentí las garras
apresándome al acercarme para arrojarme al abismo.
Recorrí la casa para buscarla, hasta que la encontré tomando un baño en la
tina.
Adopté una postura divina en lo que sonreía al verla desnuda.
Confiando en que no podía verme, entré para revisar que estuviera bien.
Estaba escuchando música con los ojos cerrados, tarareaba de vez en tanto
una melodía que me cautivó cual nereida.
Reí entre dientes cuando puse atención a lo que cantaba, pues era una
canción acerca de mí. Me acerqué más para verla desnuda, en toda su gloria
sexual.
El deseo que tuve por ella fue irrefrenable, ahora sí había alcanzado la
perfección divina para mí. Quizás si la tocaba podría saciar el deseo un poco.
Pero cuando estuve a punto de rozarla, mientras que mi instinto de hacerla
mía crecía sin control, abrió los ojos sobresaltada y vio hacia mí, solo que su
mirada asustada me traspasó como si yo fuera un espectro del inframundo.
No podía verme.
Su temor me arrancó de la lujuria divina, que aun demandaba tomar a
alguien que no me correspondía.
Respiré profundo para no ser como el golfo del Olimpo.
Al sentir que ya no era un peligro, pero aun poseído por la curiosidad, me
hinqué frente a ella, confiando en mí anonimato. Fue extraño que su mirada
me siguiera todo el tiempo.
—¿Puedes verme? —le pregunté dudando ahora de mi invisibilidad.
No respondió, pero sus ojos se movieron un poco erráticos. Me sentía, y
quizás entendía que estaba vigilándola.
Me atreví a acariciar su mejilla. Solo que ella gimió asustada por haber
sentido algo, por lo que dejé de tocarla para no seguir asustándola.
Me puse de pie sin retirar la mirada de ella, de sus gestos asustados que
empezaron a serenarse a medida que me alejaba. Lo más correcto era
marcharme, terminar la visita por esa noche, pero algo me anclaba ahora aquí
a su lado.
—Te daré privacidad, hermosa criatura —dije yendo a su cuarto para
seguir explorando su mundo, conocer aquello que muy pocos saben.
Tenía la idea de que investigándola encontraría la respuesta de su
irregularidad. ¿Podría ser una semidiosa, o una ninfa perdida? Algo de mi
mundo explicaría su condición.
Después de todo, los olímpicos han usado este mundo como su jardín de
juegos, hasta corromperlo.
Descubrí que era una criatura sencilla que le gustaba leer, tenía algunos
libros regados por todo el cuarto; que le gustaban los colores oscuros y el
blanco, fanática de la tecnología y de los zapatos. Pero lo que más me
sorprendió fue descubrir que era sensual al dormir, pues solo encontré una
camiseta sin mangas y una pantaleta, esperando sobre la cama. La tomé para
oler la delicada esencia a flores que liberó.
Tras degustar su esencia personal, escuché la puerta del baño abriéndose y
a ella cantando muy alegre esa canción acerca de mí. Empiezo a creer que de
alguna manera he llegado a su mente.
No me marché y solo esperé que no sintiera mi presencia como lo hizo en
el baño.
Me senté en una silla, que tenía un cojín beige felpudo, cuando entró
vistiendo una bata gris y tomó su ropa interior para vestirse. Como lo adiviné,
solo vestía camiseta sin mangas y su pantaleta para dormir.
No dejaba de provocarme inconscientemente.
La miré seguir su rutina nocturna con mucho interés. ¡Por todas las
ninfas!, era tan hermosa. Nunca nadie me ha atraído tanto como ella.
Se cubrió con el edredón café tras meterse a la cama entre saltos infantiles,
disfrutando la hora de dormir; y se movió constantemente buscando la
posición cómoda para iniciar su descanso. Me arrancó una sonrisa cuando
gimió deleitada por su cama.
Me paré a su lado para esparcir sobre ella los polvos que la llevarían a mi
mundo, en donde puedo visitarla.
—Buenas noches, Morfeo —balbuceó adormilada.
—Buenas noches… —callé porque no sabía su nombre, pero aun así
terminé llamándole «hermosa».
Rodeé la cama cuando ella se volteó, y me senté a su lado.
—Sueña —le murmuré mientras acariciaba su mejilla para darle un buen
sueño. Sentí con su sonrisa tímida que estaba soñando ya.
Me paré, satisfecho de haber logrado que soñara. Quizás no había algo
extraño con ella y solo necesitaba atención personal.
Rodeé la cama sin dejar de verla, hasta detenerme a sus pies porque no
quería dejarla. Necesitaba seguir conociéndola en silencio.
Entonces, algo comenzó a salir por su boca, junto con un gemido mortal,
como si estuviera dando un último suspiro de vida. Busqué por instinto la
presencia de Thanatos.
Pero enseguida sentí calidez alrededor de ella. No era él.
Era el polvo que había usado para hacerla soñar, que se acumuló hasta
flotar sobre ella, en una figura que poco a poco reconocí. ¡Era yo!
Los polvos regresaron a mí sin ser llamados, mientras que la criatura
volvió a su paz.
Estaba boquiabierto porque había rechazado el sueño que le di, y lo
cambió por el recuerdo de cuando me vio ayer frente a su casa. Regresé a
sentarme a su lado para estar de nuevo lo más cerca que podía de ella.
—¿Por qué rechazas mi sueño? —le pregunté tocando su mejilla de nuevo,
con la esperanza de que me permitiera hablar con su subconsciente, quien es
la que generalmente tiene todas las respuestas que los mortales ocultan bajo
la máscara de la «mentira».
Tenía pocos minutos, porque cuando caiga en sueño profundo, me
torturará con su abismo.
No me respondió.
—¿Cómo te llamas? —pregunté algo sencillo para saber si estaba
comunicándome con ella o no.
—Dawn —respondió de inmediato.
Suspiré aliviado. No me respondió antes porque quizás ni ella sabía qué
estaba sucediendo con sus sueños.
—¿Por qué no puedo soñar, Morfeo? —me preguntó de la nada mientras
se sentaba y me miraba, pero con los ojos cerrados.
Me sobresaltó tanto que estuve a punto de caer de la cama.
—No lo sé, Dawn —le respondí recomponiéndome segundos después. De
nuevo me atreví a acariciar su mejilla con compasión. Era muy malo lo que le
estaba pasando.
Sonrió tímida.
—Me gusta que me toques —confesó, arrancándome una sonrisa cohibida
—. ¿Me gustarán tus abrazos y besos también?
Reí nervioso porque una vez libre su subconsciente, todo lo que diga es
verdad. Ya me gustaba las emociones que ella despertaba en mí.
«Quiero cumplir tu deseo, pero no puedo mancillarte», no me atreví a
desairarla.
—¿Por qué no puedo soñar? —preguntó de nuevo, dejándose caer en la
almohada, pero mirando hacia mí.
No sé qué me llevó a acostarme a su lado para seguir conversando con
ella, pero admito que me sentí en paz. Todo el tiempo su mirada dormida me
siguió.
Aún estaba en el plano que me permite estar cerca de ella.
—No lo sé. Es la primera vez que me encuentro con un mortal como tú —
respondí, retirándole un mechón de cabello que tapaba un poco su rostro. Me
sentí más confiado en tocarla tras que me confesó su preocupación.
—¿Soy un monstruo? —preguntó con voz asustada.
—No. Estoy seguro de que lo serás para los demás dioses, pero nunca para
mí. Eres hermosa… Eres perfección —le respondí con voz dulce.
Suspiró relajada. Me di cuenta de que hablar conmigo no la llevaba a ese
estado en donde me tortura, tal vez porque yo tenía entretenida a su
subconsciente.
Dentro de su silencio, aproveché para memorizar cada rasgo suyo, respiro
y latido que se escuchaba a través de la afonía nocturna. Aun sentía la
novedad por ella.
Quiero distinguirla entre billones de mortales con solo escuchar su
corazón.
—Estoy bien contigo —susurró.
—Sí. Yo también —respondí. Se sintió tan dichosa que sonrió en lo que
abrazaba su almohada.
Un segundo después, sentí un desgarre en mi corazón, lo que quería decir
que ella ya estaba durmiendo y estaba entregándose al vacío.
Contuve el dolor con un gruñido callado, hasta que se desvaneció.
—Cada vez se hace más fuerte —murmuré.
Tras un respiro de alivio, me paré de la cama para mirar por la ventana. La
oscuridad ya estaba atenuándose, lo que quería decir que mi siguiente turno
estaba por iniciar. No me importó no tener un descanso esta vez.
—¿Cómo son los sueños? —preguntó Dawn de la nada, casi en un
susurro.
Volteé a mirarle, creyendo que ya había despertado, pero no era así, aun
abrazaba su almohada como si fuese un hombre fuerte que se negaba a
protegerla. Desee ser la almohada para no rechazar tal cariño.
—Hermosos, Dawn. —Me acerqué a su lado para responderle—. Puedo
darte en ellos la vida que siempre has deseado, y ese beso que anhelas de mí.
—¿Te veré cuando despierte? —preguntó curiosa.
—No.
—Entonces, no te vayas. No te marches nunca. Quédate conmigo y
cumple mi sueño de besarte —suplicó apretando más su almohada, creo que
se imaginaba que me tenía en sus brazos.
—Dawn, tengo que irme. Pero regresaré con respuestas para ti. No te
abandonaré, no permitiré que sigas sin soñar.
La alarma de su despertador sonó, sentándola en la cama de inmediato.
Miró a todos lados buscándome, pero, como sucedió cuando la conocí,
empecé a desvanecerme con el primer rayo de sol que le dio en el rostro.
—Buenas noches, Morfeo —susurró.
—Buenos días, Dawn —respondí desapareciendo entre una estela de
polvo tintineante.
2
DAWN
Bostecé fuerte mientras Lisa nos contaba su anécdota del día. Últimamente,
he estado tan agotada. A pesar de que he dormido mis horas
correspondientes, no descanso. Es como si ahora estuviera siempre en un
punto intermedio entre el sueño ligero y el profundo, en donde solo hay una
oscuridad que nubla todo; y al despertar, además de la depresión habitual con
la que lidio momentáneamente, tengo la sensación de haber salido de una
verdad que me aterra conocer.
—¿Te estoy aburriendo? —me preguntó molesta Lisa por el poco interés
que le estaba mostrando.
—No, es solo que estoy cansada —respondí estirándome un poco.
—¿Te desvelaste? —me preguntó Jessica.
Ellas no saben del problema de depresión que me ha perseguido toda la
vida.
—No, ese es el problema. Dormí mis horas, pero siento como si me
hubiera mantenido despierta por varios días.
—¿Sigues sin soñar?
—Sí. Y he seguido sus consejos. Trato de caer dormida con la invención
de mi historia, pero… —dudé del recuerdo de esos momentos—. No, nada se
forma.
—No me cansaré de recomendarte que vayas con un doctor del sueño —
me comentó Jessica.
Reí entre dientes y murmuré «Mr. Sandman».
—No puedo dormir bajo presión —aclaré.
Siguieron dándome otros consejos: Una copa de vino, un té especial para
conciliar el sueño, y gotas de melanina. Pero solo eran remedios para lograr
dormir, cuando yo necesitaba soñar.
—Tal vez deberíamos hacer un sacrificio a Morfeo para llamar su atención
hacia ti —comentó Lisa en son de broma.
Nos arrancó risas que, al menos la mía, se convirtió en un silencio tras
pensar que esa podría ser la solución de todo. Tal vez no un sacrificio, pero sí
podría invocarlo con aquella canción antigua que últimamente he tarareado
sin razón aparente.
Estoy en un punto que intentaré cualquier cosa.
—¿Y a dónde tendríamos que ir para hacerla? —consultó Jessica.
—Grecia —respondí por instinto.
—No tenemos que ir tan lejos. Hay una estatua de Morfeo en el museo de
Louvre —respondió Lisa.
—Y ya que estamos ahí, podríamos divertirnos un poco también con
algunos parisinos guapos, ¿no? —sugerí y todas asintieron con estar de
acuerdo.
Busqué rápido la dichosa estatua para tener una idea de cómo se podría
hacer el «sacrificio». No fue tan difícil.
Me sorprendió la representación del dios.
—No creí que fuera como un ángel —comenté cuando vi la estatua de un
hombre dormitando en una roca. Como en todas las esculturas masculinas
griegas o romanas, solo unas pequeñas hojas de no sé qué cubrían sus partes,
y unas alas sobresalían de su espalda, pero no estaban erguidas sino dormidas
también.
—Un ángel muy flojito, por lo que veo —comentó Jessica entre risitas.
Me pregunté por qué la estatua solo tenía un pie. ¿Sería un error del
escultor o consecuencias de un mal traslado? Aunque, ¿para qué quiere pies
si es claro que puede volar?
—¿Qué sacrificio se da a los dioses griegos? —preguntó Jessica.
—Lo que todos los dioses quieren: Una virgen —respondió Lisa.
—Tendré que buscar una porque dejé de serlo hace mucho —balbuceé tras
risas calladas.
—¿De ahí vendrá que los hombres siempre quieren vírgenes? —consultó
Jessica, arrancando nuestras risas que llamaron la atención de nuestro
alrededor.
—Estoy segura de que es porque así se sienten como los dioses —aclaré.
—No, es puro ego de ser el primero. Dejar su «marca», como si fuésemos
ganado —aclaró Lisa.
—Pues tendré que hacerle una visita al museo para dejarle mi dirección.
Necesito que me tome en cuenta, porque la semana pasada leí que los sueños
son el escape del ser humano y, si no los tengo, tarde o temprano moriré… —
callé cuando la depresión me quiso invadir, pero de pronto sentí una fuerte
presencia que me abrazó. Últimamente, la he sentido estando sola, y me
asusta ya. No quiero meterme en la cabeza que un alma en pena está
acosándome.
Di un trago algo largo a mi bebida para alejar ambas sensaciones.
—Dawn, creo que has conquistado a alguien. Se encuentra a tus seis —
comentó Lisa, mientras que su mirada casual cruzaba por encima de mi
hombro.
—De seguro es a ti a quien está mirando y como no te gustó, ahora quieres
endosármelo —le refuté.
—No, ha estado aquí desde que llegamos. Pensé lo mismo que tú y por eso
fui por las bebidas a la barra, pero no volteó a mirarme. Solo está enfocado en
ti.
—Sí, yo también me puse en su campo de vista, y nada —comentó Lisa.
Sentí un nudo en el estómago por los nervios y, como nunca he sido
discreta, volteé sin dudar, ganándome rápido el regaño de mis amigas. Pero
ya era demasiado tarde para ocultar mi error.
Al encontrarse nuestras miradas por primera vez, su presencia me abrumó
hasta el punto de ponerme la piel de gallina.
El hombre en cuestión estaba recargado de lado viendo directo hacia
nuestra mesa. No era nada discreto.
No podía pasar desapercibido con esa actitud y atractivo. Y ya no hablar
de su cuerpo que se notaba estaba perfectamente tonificado, del tipo que
cualquier mujer encontraría apetecible. Pero eso siempre es algo que con un
poco de ejercicio se puede perfeccionar. Lo que me atrapó en primera
instancia fue su rostro; sobre todo, su mirada anhelante, que estaba ansiosa
por seguir conociendo cada uno de mis secretos. Eso era lo que me hizo
temblar, porque sentía dentro de mí que no faltaba mucho para que terminara
de conocerlos.
¿Cómo podía ser eso?
En ese momento, prácticamente, yo era una mujer tímida completamente
desnuda frente a un dios del cual no podía resistirme.
¡Una virgen!
Esa es la sensación que siempre me han causado los hombres guapos, solo
que con este se multiplicaba por un millón.
—¡Ve con él! —me animó Lisa, quien era atrevida. Del tipo que, si él
estuviera viéndola, hubiera ido hacia él con caminar conquistador y lo
hubiera tomado de la mano para ir al baño a tener un «rapidito».
Su atractivo seguía intimidándome, pero, ilógicamente, algo me
envalentonó tanto que me paré de la silla para ir a él. Fue como si hubiese
alcanzado a escuchar su melodiosa voz masculina, llamándome con un
embrujo irresistible.
Como una sirena atrayendo navegantes a su muerte.
Él no me quitó la mirada de encima. Lo que hizo que cada paso
tembloroso fuera acompañado por un éxtasis comparable con un orgasmo.
Si de lejos el hombre tenía muy buena pinta, de cerca me pareció el más
guapo que he conocido en mi vida. Tenía todo aquello que siempre me ha
gustado físicamente en un hombre, por el que perdería la cabeza y haría
locuras solo para atraer su atención. Y si él lograra enamorarse de mí, sería
completamente feliz.
Mis amigas siempre me han bromeado con que mis estándares son tan
altos que solo un dios puede cumplirlos. Pero la verdad solo deseo alguien
que me agrade físicamente y me ame.
¿No es lo que todos los humanos queremos en una pareja?
Al estar ya cerca, cortó el contacto y se apresuró a salir del lugar,
pasándome a un lado como si yo no existiera. Si duele que un hombre x me
desaire de esa manera, con este fue como si me hubiesen acuchillado la
autoestima tantas veces que ni siquiera otro hombre podría reconstruirla.
Pude haber regresado derrotada con mis amigas; después de todo, su huida
daba la pinta de que no estaba interesado en mí. Pero, así como me
desilusionó, un segundo después despertó un lado acosador que no sabía que
tenía.
Lo seguí decidida a hablar con él. Solo que fui detenida por uno que otro
hombre que se cruzó en mi camino para acosarme. Me dieron tantas ganas de
gritarles que me dejaran en paz, pero ya tuve la mala experiencia de decir a
un hombre que no estaba interesada en él. Lastimé tanto su orgullo que no me
bajó de presumida y solterona.
Para evitar otra escena igual, solo los hice a un lado en silencio, pero con
muecas hartas de ellos. Para mí, solo querían dar tiempo a ese estúpido dios
de carne y hueso para escapar. Tenía que ser eso porque los hombres nunca
me abordan así, como si yo fuese una abeja en busca de un zángano.
Me apresuré a salir del bar, pues su constante lejanía ahora me arrancaba
el aire que respiraba. Sentía que si salía de mi vida iba a morir… No sé por
qué, pero así era.
Me asustada tanto sentir tal cosa por un extraño.
«A menos de que él sea mi alma gemela. Eso justificaría muy bien ese
maldito hoyo que siento en mi alma», pensé aun mirando a todos lados.
Seguí buscándolo entre la oscuridad y frialdad que se sintió como la de
mis «sueños». Otra sensación que no me gustó.
Me abracé un poco para protegerme; esto no era climático, sino el
resultado del desinterés de ese hombre. Sin saberlo, me llevó al estado de ser
completamente olvidada.
—¿Dónde estás? —me pregunté volteando a mi lado derecho. En eso, mi
celular fue tan inoportuno que me sobresaltó.
No contesté a Jessica porque era seguro que su insistencia era para
preguntarme a dónde había escapado con el hombre guapo. Sin embargo, no
la ignoré por completo, y le envié un mensaje avisándole que regresaría en
unos minutos.
No hubo respuesta, tal vez para no seguir interrumpiendo mi conquista.
Seguí buscándolo sin éxito. Ya he perdido minutos valiosos que podría
usar mejor para el chisme.
—¡Bah! ¿A quién carajo le importa si Jessica se acostó con su crush o no?
—exclamé caminando, sin desistir aún.
Aunque solo me tomó algunos pasos más para entrar en razón, porque
estaba acosando a un extraño. Quizás ni siquiera estuvo coqueteando
conmigo y huyó para evitar el momento incómodo.
Me rendí. Tenía que ser sensata y regresar con mis amigas para seguir
disfrutando la noche con ellas.
Entonces un extraño cosquilleo, salido de la nada, me recorrió toda la
espalda. Se sintió como si alguien estuviera vigilándome; tal vez era ese
hombre. Me detuve para mirar a mi alrededor de nuevo, y fue cuando noté
que en algunos puntos el cosquilleo se hacía más intenso. Algo como el juego
de «Frío-caliente».
Nació de nuevo la atracción que aun sentía por ese hombre, por lo que
caminé un poco, cual cachorrita aprendiendo a seguir un rastro.
No sé qué me empujaba a hacer caso a esta inquietud. Era tan
incomprensible e ineludible.
De pronto, la sensación fue más fuerte cuando miré hacia una calle a mi
derecha. Mi paso apresurado pronto me permitió encontrarlo, caminando aún
muy solitario por en medio de la calle, sin precaución de los autos.
Se veía tan solitario, como si hubiese aceptado ya que siempre será infeliz.
Me partió el corazón verlo así. Se adentró en un pequeño parque que apareció
mágicamente en su camino, como si fuese invocado desde un sueño.
Troté para alcanzarlo antes de que volviera a desaparecer, pero, cuando
estaba por llamarle, lo hizo como si el súbito viento lo hubiera desintegrado
en partículas oscuras que dieron un inexplicable fulgor dorado al final.
Me asusté tanto que retrocedí sin pensarlo. No había bebido tanto vodka
para creer que esto era el resultado de mi embriaguez. ¿O tal vez estoy
teniendo un episodio comparable al trastorno de desrealización? Después de
todo, sé que no debería haber seguido a ese hombre y lo hice.
—¡Dios mío! ¿Qué vi? —cuestioné dentro de mi respiración agitada
mientras buscaba cómo huir de ahí, aun cuando podía hacerlo sin problema.
Simplemente, el pánico me hizo irracional.
De pronto, me detuvo un respiro cálido en mi cuello. Era inexplicable,
pero lo sentí tan familiar y protector, y sabía que ese sentimiento provenía de
ese hombre.
¿Cómo puede confundirme tanto?
—Aún te siento —murmuré titubeante al aire.
No tuve respuesta, pero sentí que alguien acarició mi mejilla. Sin
embargo, la sensación desapareció tan pronto llevé la mano ahí, como si no
quisiera que lo «tocara».
Me sentí sola. Muy sola. Era tan horrible como mi despertar diario. Tanto
que necesitaba la compañía de mis amigas, las que reconocían mi existencia.
Regresé apresurada al bar con mis pensamientos aun perdidos en la
experiencia. Estaba muy confundida porque esa caricia me fue tan familiar, al
igual que la sensación de paz.
—¿Supiste cómo se llama? —me preguntó Jessica cuando me senté en el
banquillo aun tratando de recordar esa sensación incomparable.
—No. Literalmente desapareció —respondí, luego levanté la mirada para
verlas—. ¿Sí era real?
—Sí —respondieron al unísono.
—¿Tanto te gustó que lo crees irreal? —cuestionó Lisa, pero me quedé
con las palabras atoradas en la garganta porque sentía en el corazón que así
era.
—Creo que estoy siendo acosada por un fantasma —confesé, sabiendo
que me iban a decir que estaba loca.
Mis amigas se rieron tanto que tuve que unírmeles para no verme como
alguien que ya alucinaba por el alcohol.
Pero la experiencia aun la sentía tan real que ya dudaba de mi cordura.
«¿Qué carajo fue lo que vi?», me pregunté mientras ocultaba el miedo a
mis amigas.
Lisa cambió la conversación al darse cuenta de que fue otro hombre guapo
que dejé que huyera por mi miedo a las relaciones. Lo tengo porque mi
defecto hace que a veces me aísle de las personas cuando desean intimidar de
más conmigo. No es fácil que acepten que puedo estar riendo un segundo y al
siguiente estoy a punto de llorar. No tengo control de mi depresión.
Me han revisado un par de especialistas y no encontraron nada malo en
mí. Era como si tuvieran una venda en los ojos y se taparan los oídos cuando
hablaba de mi situación. Simplemente ignoraron la gravedad del asunto. Uno
de ellos incluso se atrevió a decir que posiblemente tenía el SPM muy fuerte.
Solo me queda apoyarme de la gente que me quiere y que se preocupa por
mí, como mis amigas.
El resto de la noche fue arruinado por la incertidumbre que sentía ahora.
Primero me había dado cuenta de que no podía soñar, y ahora era acosada por
un fantasma. Demasiado para alguien que vive sola en esta ciudad.
Regresé a mi departamento. Sin embargo, no me sentí segura cuando entré
porque tenía miedo ahora de quedarme sola; así que tuve que prender todas
las luces para dejar de sentir los escalofríos que parecían seguirme.
Fui a la cocina a buscar las pastillas para dormir que había dejado mi
antigua compañera de departamento. No me gusta usarlas, pero es lo único
que me bloquea de esa oscuridad.
Estaba vaciando una en mi mano cuando sentí de nuevo esa presencia
fantasmal muy cerca de mí. Volteé de inmediato a mis espaldas, a tiempo
para alcanzar a ver un rostro masculino que sopló hacia mi algún tipo de
polvo, que al respirarlo me desmayó en un segundo.
MORFEO
Dawn cayó dormida al instante, apenas si pude tomarla entre mis brazos antes
de que se golpeara contra el suelo. Me estremeció de pies a cabeza tenerla en
mis brazos, tan cerca que encontró rápido en mis latidos la tranquilidad que
necesitaba desde que la acosé en ese lugar con sus amigas.
Me mortificó ver lo que le ocasionaba mi presencia tras que me siguió por
el parque. Deseé tanto decirle que he escuchado al fin su grito de auxilio.
Aun me es insólito que al estar ella en paz no me tortura con la soledad de
su sueño. Tal vez solo cuando entra a sueño profundo es cuando me lastima.
Acaricié su mejilla, tal y como me aventuré a hacerlo en ese parque para
tranquilizarla. Sé que no debo apegarme a ella, pero su fragilidad me tiene
atado ya.
Sin esperarlo, ella se aferró a mí con un abrazo que me dio bienestar.
Afrodita ya me había comentado lo que era que un mortal te ofreciera esa
pasión que podía derretir al más temido de los dioses. Empecé a sospechar
que esa era la razón por la que bajaban a la tierra a acosarlos: para buscar un
sentimiento honesto y puro. Algo que nuestros egos jamás nos permitirán
encontrar en nuestros reinos.
Me atreví aún más a acercarme a sus labios que despedían un halo de vida
que demandaban probar el mío.
Pero por primera vez en mi existencia temí besar a una mujer.
Su dulce gemido me regresó la razón de que no podía besarla porque la
arruinaría más de lo que ya está. Sin embargo, la cargué mejor para llevarla a
su cama, en donde me senté como pude para que siguiera disfrutando mi
protección.
—¿Dawn? —le llamé con voz calmada, sin dejar de ver su perfección tan
irreal. Mi voz profunda destronó el silencio.
—¿Morfeo? —curioseó ella aun dormida.
—Sí.
—Te vi. ¿Por qué te escondiste de mí? ¿Por qué no me permites
reconocerte despierta? —demandó ella con un susurro adormilado.
—Porque antes prometí que encontraría una respuesta a tu problema y aún
no la tengo.
—Quiero hablar contigo estando despierta. Quiero verte… Acariciarte
también.
Su petición me hizo sonreír satisfecho de que tuviera percepción de mis
caricias. Es la única manera en que puedo liberar un poco la atracción que
siento por ella sin atarme.
—Y yo quiero hacerte mía —susurré sin pensarlo.
Fue difícil contener el apetito sexual que siento por ella teniéndola cerca.
Es irónico que se haya burlado junto con sus amigas, acerca de que
necesitaban a una doncella para invocarme, sin saber que un mortal siempre
será virgen si no ha sido codiciado por un dios.
Así Dawn es virgen.
Una caricia ya era tan peligrosa para ella en este momento, que estaba
tentado en despertarla para descubrir en su mirada que me deseaba también
para dar rienda suelta a mi deseo.
—Solo quiero verte un segundo —suplicó entre un gemido que me
acarició por dentro hasta excitarme, y ya no pude contenerme en cumplir su
deseo.
—Despierta, Dawn —le ordené.
Abrió los ojos despacio, como si hubiera tenido una larga siesta; solo que
se asustó tanto al verme que brincó fuera de mis brazos y sin dudar buscó
algo con que defenderse. En este caso, agarró el cepillo.
Solo logró que me riera.
—¡Eres el tipo del bar! —exclamó casi en un grito lleno de miedo—.
¡¿Cómo entraste a mi casa?!
—Me pediste que te despertara —le confesé, logrando confundirla. Y creo
que lo hizo aún más que me acostara en la cama muy cómodo.
No dejé de sonreírle porque estaba satisfecho de hablar con ella al fin.
Bajó despacio el cepillo, tal vez estaba recordándome ya.
—Soy Morfeo —me presenté mientras hacía un saludo con la mano, algo
torpe.
Se carcajeó tanto, a pesar de que mi seriedad no dejaba de gritarle que no
estaba mintiendo.
—¿El de los sueños? —cuestionó con gestos sarcásticos.
—Sí. Al que le ibas a hacer un sacrificio —respondí asintiendo con la
cabeza. Aproveché su mutismo lleno de asombro para levantarme de la cama;
todo el tiempo me miró erguirme cual titán—. Solo para futuras referencias:
las vírgenes son aburridas. Y solo a Zeus le gustan.
»Su gran ego de ser el primero en todo, siempre lo hace buscarlas. Así que
estás a salvo de él.
»Pero yo, por otra parte, prefiero la experiencia.
»Por lo tanto, Dawn… —Me miró atónita cuando me atreví a llevar un
mechón de su cabello detrás de su oreja. No sintió siquiera cuán rápido me
acerqué—. Eres irresistible para un dios. —Le dejé en claro que me refería a
mí.
Ahora ella se atrevió a tocarme el pecho para comprobar mi existencia.
—Eres real —dijo para sí. No se percató del estremecimiento que despertó
en mí al tocarme. Fue tanto que tomé su mano para detener esa ligera caricia
que empezó a hacer después. Ya era mucho para mi contención.
—¿Recuerdas por qué estoy aquí? —pregunté, encogiéndome un poco
para ver mejor su mirada y descubrir cuán conectada estaba con su
subconsciente.
Se tomó un minuto para pensar, desviando un poco la mirada a nuestras
manos unidas. Quizás también estaba reconociendo que se sentía muy bien
tocar al otro.
—Porque no puedo soñar —respondió, pero sentí que se avergonzaba de
ello.
—Sí. ¿Desde cuándo no lo has hecho? —le consulté tomando su barbilla
para que volviera a verme.
—Toda mi vida —respondió rápido.
—¿Te ha afectado en tu vida diaria?
Negó dubitativa con la cabeza. Sentí que me estaba ocultando algo; aún no
me tiene confianza para hablar.
—Pero envidio a quienes me han contado sus sueños.
Fui aún más allá cuando la atraje a mis brazos para consolarla. No
esperaba que se sintiera tan bien para ambos. Tanto así que no me arrepentí
de ya no guardar mi distancia con ella. En realidad, me sentí tentado a
quedarme más tiempo en la tierra solo por ella.
—He pensado en hablar con mi padre acerca de ti, pero tengo miedo de
que venga personalmente a encargarse de tu problema —le comenté.
—¿Zeus?
—No. —Negué con una risita mordaz entre dientes—. Ese imbécil es…,
bueno, no es nada de mí. Más que un dolor en el trasero.
»Soy hijo de Hypnos y nieto de Nyx.
Sonrió tímida; supe que no tenía idea de quienes eran. La razón es que
solo algunos dioses seguimos siendo reconocidos por los mortales modernos.
Yo soy más «famoso» que mi padre y mis hermanos. Sin embargo, dado que
yo existía, de seguro no creyó conveniente burlarse de una deidad primordial.
—¡Espera! ¿«Encargase» quiere decir…? —cuestionó separándose de mí,
asustada por la posible realidad de lo que pediría mi padre a su hermano
gemelo, Thanatos. Terminaría con su sufrimiento entregándola al reino de
Hades.
—Eres una rareza que estoy seguro querrán destruir, pero no permitiré que
sepan de ti —prometí.
—¿Por qué me quieres ayudar?
—Porque sé que no es tu hora de partir. No puedes esconderte de las
Moiras. —Hizo gestos incultos—. ¿Las tres damas del destino? —Negó con
la cabeza conocerlas—. No importa donde te escondas, ellas siempre te
encontrarán. Y no siento o veo a alguna de ellas detrás de ti. —Volteó hacia
tras solo para certificar que así no fuera, incluso escuché que tragó saliva.
No era mi intención asustarla, solo de advertirle.
La vi tan indefensa que tenía que mejorar su sentir, por eso atraje su
atención tomándola por la barbilla.
—Dawn, no puedes seguir así. Viviendo en el abismo.
»Mis sueños dan esperanza a tu gente, y tú estás cada vez más cerca de ser
un caparazón sin sentimientos. Tal vez no te importe ahora pero algún día
necesitarás que nosotros te ayudemos a sobrellevar algo terrible, y no
podremos… —Se dio la vuelta para ir a la ventana, callándome así. Al
parecer, algo le molestó.
—Y yo pensé que querías ayudarme porque te gustaba —comentó,
dándome la espalda.
Solté una risa irónica entre dientes por su confesión. ¿Es así de atrevida o
creyó que por ser un dios no podría esconderme nada?
De todas maneras, me tenía bien ganado ese reclamo porque no he podido
dejar de seducirla desde que la vi.
—Soy un dios, Dawn. No seré uno de los doce olímpicos, pero no
puedo… —callé cuando volteó a verme con gestos tentadores.
—Si no mal recuerdo, Zeus es un adonis que baja a la tierra solo para
saciar sus deseos sexuales con las «mortales» —refutó detonando la palabra
al final. Siguió—: ¡Es un adultero! Y no conforme con arruinarles la vida, por
no poder volver a amar a otro hombre, las embaraza.
—Yo no soy un hipócrita como Zeus. Pero si lo desobedezco de nuevo es
capaz de ponerme un castigo más severo.
—¡Espera! —exclamó asombrada por algo—. He estado siguiéndote la
corriente, pero ¿Zeus en realidad existe?
Asentí serio con la cabeza. Todo lo tomó como broma, pero no había nada
de que reírse.
—Eres el dios de mis sueños —aseguró entre risas nerviosas, pero no le
acompañé. Ya era hora de que habláramos en serio de lo que iba a hacer con
ella—. Bien, ¿qué haremos ahora? —cuestionó con gestos coquetos.
Me hizo imposible que me resistiera a acercarme más a ella, quedando a
tan solo unos centímetros de su cuerpo que expedía sensualidad prohibida.
Pude oler la dulce esencia de su aliento y remembré lo que era tenerla en mis
brazos, ser su único dios; y lo que era extrañarla durante esas horas que me
alejaba para crear hermosos sueños en otros que deberían ser para ella.
La quería tanto para mí.
Sus ojos azules, muy despiertos, pestañearon tímidos, tratando de ocultar
la sonrojes que le daba mi cercanía.
3
DAWN
Me puse de puntas en lo que acunaba su mejilla con la mano. Vi en su mirada
que estaba temeroso de mis movimientos. No podía leer en la mía que quería
besarlo y que me desnudara para recorrer mi cuerpo con sus labios cálidos.
¿Cómo es posible que no conozca las señales clásicas para besar?
Tuve que usar el cliché de pasar por mi labio superior la lengua con
timidez. ¡Más clara no puedo ser!
«¡Vamos! Entiéndeme», supliqué antes de notar que sus labios se
contrajeron ligeramente para ocultar una sonrisa. Ahora sí percibí el deseo de
un hombre hambriento de mí.
—Bésame, Morfeo —le susurré antes de recibir sus labios, ahora muy
obedientes.
La sensación de estar unidos así fue tan fuerte y destinado, que él
finalmente me tomó por la cintura para sentir cómo me estaba derritiendo
hasta la extinción.
Gemí deleitada por el sabor de su boca. Sabía a miel, de la más deliciosa
que puede existir; solo que sin empalagar.
No quiero contaminar mis labios con el beso de un hombre, después de
probar los de un dios, cuyo beso fue virginal todo el tiempo. Inexperto, pero
aun así me hacía suplicarle que se uniera a mi sexualmente.
Como él no avanzaba más, decidí hacerlo yo. Iba a arriesgarme, de todas
maneras, ya lo había decidido tras que desapareció de mi vida para que
pudiera aceptar su divinidad.
Pasé noches enteras repitiendo una y otra vez que él existía, y, finalmente,
una noche deseé que él regresara.
Se sentía tan bien tenerlo cerca que escurrí la mano por su miembro.
—¡Dios mío! —exclamé sonriendo, tan intoxicada de su divinidad y llena
de sensaciones que terminaban en mi entrepierna.
Sonrió avergonzado mientras se separaba de mí. Quizás fue demasiado
para él también.
—¿Es la primera vez que besas? —me atreví a preguntar.
—¿A una mortal? Sí.
—¿Has besado a muchas diosas? —cuestioné a punto de reírme. Un dejo
de incredulidad tuvo dudas de que fuera un dios.
—Algunas. Soy inmortal, ¿lo recuerdas? —Bajé la cabeza porque recordé
la fama de Zeus en la historia. Fui una estúpida al creerme única—. Pero eres
mi primer mortal, Dawn.
»Si te decepcioné, mi excusa es que no besamos a los mortales con el
frenesí de la divinidad.
Hice gestos de confusión, imaginándome cómo posiblemente besaba un
dios.
—Un beso divino engloba poder —explicó—. No es realmente un
intercambio de sentimientos y deseos, como lo acabas de hacer, sino de… —
Hizo unas muecas para pensar mejor— supremacía. Es una disputa en donde
el único objetivo es demostrar al otro quién es mejor amante.
»Y el sexo es una cruzada divina.
»Te desilusionarías de mi si te beso como un dios, antes de explotar en
mis brazos.
—No, no probemos eso. Quiero hacer el amor, no la guerra —dije con
sonrisa tonta.
Sonrió satisfecho.
—¿Quieres que te enseñe a besar como un mortal? —le consulté
avergonzada; después de todo, me estoy ofreciendo «discretamente» a una
celebridad. Pero me moría tanto por probar su boca de nuevo, y que
descubriera en la mía el deseo que tengo por él.
Si para eso tengo que usar bajos artilugios, lo haré. Porque es posible que
no me volverá a besar mañana.
Morfeo retrocedió temeroso, recordando quizás que Zeus podría castigarlo
si se dejaba llevar por la efusión de una mortal.
—No —rechazó seguro—. No debí hablarte, ni siquiera debo mostrarme
ante ti. ¡Mucho menos besarte!
Suspiré sin mostrarle ya que me estaba lastimando su rechazo.
—Entiendo, Polvitos. Si eso es lo que quieres. —Sonrió irónico por algo.
Por supuesto, me carcomía no saber qué le recordé, pero no quise
demostrárselo. Si no quiere apegarse a mí, pues es mejor que se vaya—.
Entonces, regresa a tu mundo. No necesito de tus sueños, pues he vivido
bastante bien sin ellos toda mi vida. —Solté desairándolo, aunque la realidad
era que esto iba a ayudar a la depresión a degradarme más sin sentirlo.
Fui a mi tocador con actitud indiferente a su presencia. Por el espejo vi su
reflejo confundido por mi enojo y rechazo. Tal vez era la primera mujer que
no se postraba a sus pies.
MORFEO
Al igual que las diosas, las mortales tienen un objetivo en común: siempre
llevarnos a la confusión con sus secretos.
Dawn empezó a desnudarse frente a mí, sin tener un poco de pudor. Sé
bien que no se olvidó que estaba yo ahí, porque su mirada furtiva a través del
espejo me aniquilaba a cada rato. Luego pasó a un lado de mí, despidiendo
toda su sensualidad que me nubló la mente, y se metió a la cama a dormir.
—Adiós, Morfeo —se despidió con rencor al apagar la lámpara,
dejándome en la oscuridad de la que he querido salvarla.
Nunca esperé que, tan pronto cayera dormida, me atacara con ese vacío
que se adentró por mi garganta para ahogarme primero, luego se desplazó por
todo mi cuerpo para castigarme con la promesa de ser devorado por la muerte
verdadera.
No sé si la podemos alcanzar, después de todo, los titanes siguen vivos,
pero así lo sentí.
Me alejé de ella antes de caer de rodillas, doblegado. Ya no insistí en
quedarme a entenderla, mientras vigilaba su sueño, porque el dolor era
insoportable.
Ya que no quise forzarla a recibir mi ayuda, a menos de que violara los
mandatos de Zeus, regresé al palacio a tratar de seguir mi vida.
•••
El respiro de Chronos[3] nos hizo avanzar una semana lentamente. Fui más
miserable al final de cada noche que pasé creando sueños hermosos, en donde
ella siempre fue mi musa. No podía pensar o soñar con ella porque Zeus de
inmediato sabría que he tenido contacto con una mortal, y pediría a mi tío
actuar tajantemente para alejarme de ella.
Cuando llegaba mi momento para descansar, no lo hacía y solo paseaba
por los pasillos del palacio con la confusión nublando mi vida. Remembrando
ese beso verdadero una y otra vez, e imaginando que la amaba como ella lo
deseaba.
He visto millones de besos en los sueños de los mortales, y nunca me
llamaron la atención. Ahora me doy cuenta de que no tenía idea cuántas
emociones pueden poner ellos en uno solo.
Fantasear era lo único que podía hacer sin ponerla en peligro.
—¡Morfeo! —escuché que me llamó Iquelo a mis espaldas. Volteé con
calma, mostrando que aún estaba ensimismado. No me había dado cuenta de
que estaba en su ala del palacio—. ¿Qué te sucede?
Me detuve, pero no le respondí de inmediato, estaba luchando fuertemente
con guardar el secreto.
—¿Has besado alguna vez a una mortal? —pregunté ansioso por su
respuesta, que arrancó una risa nerviosa por su parte. Pero le eché una mirada
de que se tomara las cosas en serio.
—No. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Has resurgido esa época de romance
en los sueños de los mortales, o Afrodita está encima de ti de nuevo? —me
consultó.
Afrodita me ha invitado algunas veces a su cama. Tiene la estúpida idea de
que, porque creo sueños, puedo cumplir los suyos. No he cedido a sus
invitaciones porque meterse con Afrodita es engañarse a uno mismo con
sentimientos falsos que ella lanza sobre uno para ser su amante perfecto.
Poner distancia es la única manera de luchar contra su influencia.
Miré hacia ambos lados para revisar que Fantaso[4], mi otro hermano, no
llegara por sorpresa, luego jalé a Iquelo por el hombro a un lugar en donde no
pudieran escucharnos las deidades menores que llegan a estar por aquí.
—He encontrado a una mortal que no puede soñar —confesé. Ya no pude
guardarme el secreto que un día de estos explotaría en la cara de mi padre—.
Estuve visitándola para ayudarle a soñar, pero no sé cómo me desvié de mi
objetivo y todo terminó con ella besándome… e invitándome a amarla.
—¿Has pedido la sabiduría de nuestro padre? —me preguntó con voz
baja; entendió las implicaciones de que se enterara algún incondicional de
Zeus.
—No. Estoy confundido. No quiero ponerla en peligro.
—Sí, he sentido la impotencia en ti desde hace días. Pero, olvidando que
esa mortal se está enamorando de ti —Abrí los ojos, sorprendido. ¿Cuándo
mencioné eso?—, tienes que hacer que sueñe. Antes de que me vea obligado
a torturarla con pesadillas.
—¡No, no lo harás! —aseguré tajante. ¿Cómo podría permitir que
lastimara así a esa mujer tan hermosa y perfecta? Suspiré agobiado porque la
intervención de mi hermano podría ayudarla—. Aunque, algunas veces, por
una razón que no entiendo, los mortales aceptan más rápido las pesadillas.
—Se están castigando —aclaró mi hermano, después hizo gestos de que
sabía que mi interés por ella era carnal—. ¿Has intentado entrar en sus
sueños?
—No —respondí. Me amonesté que no lo haya hecho antes mientras me
restregaba los ojos. Como era de esperarse, quise regresar a Dawn en ese
instante para entrar en su sueño vacío e intentar ayudarle desde adentro.
—No comentes con nadie lo que te he confesado —pedí algo ansioso a mi
hermano.
—Jamás he roto tu confianza en mí, y no empezaré a hacerlo hoy —juró
llevando la mano a su corazón.
Y romper el juramento de un dios es castigado por las Moiras.
En ese momento recibí el llamado de los mortales que requerían un sueño.
—Ve —me dijo mi hermano al sentirlo también—. Invócame si me
necesitas.
Tomamos nuestro largo camino hacia la tierra para hacer nuestro trabajo;
él se desvió a otras tierras una vez ahí. Por primera vez en mi existencia
renegué de que no hubiere alguien más que pudiera suplantarme en lo que iba
a ayudar a Dawn. Solo quise estar en la tierra para ella y nadie más.
Me elevé a los cielos para tener una vista completa de la ciudad e invoqué
mi poder en lo que sentía algunas peticiones de los mortales; liberé los sueños
lo más rápido que pude. Por esta noche, tendrán que conformarse con sueños
sencillos que solo creé para mantenerlos dormidos lo más que pudiera.
Quise ir de inmediato con Dawn. Pero, por desgracia, aún era de día en el
lado del mundo en que ella vivía. De nuevo, di sueños sencillos a los que ya
han empezado a dormir, y los que no alcanzaron, esta noche no soñarán nada.
Será un descanso no planeado para mis hermanos.
Llegué a su hogar. La esperé en su sala hasta que la noche cayó hasta
adentrarse en desesperantes horas.
Ya que Dawn aún no regresaba a su casa a dormir, decidí ir a donde ella
en ese momento.
Dawn estaba de nuevo conviviendo con sus amigas en el bar en donde me
atreví a mostrarme. Noté de inmediato que me sintió; aún me intriga por qué
podía hacerlo. Pero, consciente de que estaba ahí, me ignoró.
Me estaba impacientando, y eso es raro para un dios que tiene eones de
edad. Entre más tardara en regresar a su casa a descansar, menos tiempo
tendría para ayudarle.
Comencé a caminar de un lado al otro desesperado de que Dawn estuviera
castigándome con su desdén a su problema.
Intensifiqué la divinidad para que me atendiera de una vez por todas, pero
era más terca que yo y solo escandalizó más su risa para gritarme que me
olvidara de ella.
Suspiré rendido a que íbamos hablar cuando ella lo quisiera.
Mientras que eso sucedía, la miré embelesado y recordando sus labios
unidos a los míos. Varias veces sacudí la cabeza para alejarla de mí y
concentrarme en lo que tenía que hacer cuando dejara de jugar a la mortal
berrinchuda.
Sin embargo, al final mi desesperación fue más grande y me mostré a los
mortales para ir a ella.
Sus amigas se impresionaron cuando me acerqué para llamar su atención
sujetando su brazo con decisión. Me miró con una sonrisa triunfante por
doblegarme.
—Tengo un intercambio para ti —le declaré al oído, solo que me
estremeció su aroma sexual.
Dawn miró a sus amigas, que no dejaban de sonreír por alguna razón,
luego me tomó de la mano para alejarme de ellas, como si fuésemos una de
esas parejas que vi cuando la acosé por primera vez, que se escaparon al baño
para fornicar. Esa idea no me ayudó nada.
—¿Un dios griego cortejando a una mortal? Es tan raro como encontrar a
un millonario con buenas intenciones —me cuestionó sarcástica cuando
llegamos en una esquina algo solitaria—. ¿De qué intercambio hablas?
Se cruzó de brazos en espera de una respuesta sin rodeos.
—Dejaré que me enseñes a besar como los mortales, a cambio de que me
permitas entrar para ayudarte.
Rio entre dientes con tal picardía que me hizo dudar de mi propuesta. Si
bien, me tomó en serio cuando vio en mi actitud serena que no bromeaba.
Regresó con sus amigas por sus pertenencias y para despedirse.
DAWN
Nuestros labios se tocaron dubitativos, más de lo que fue en nuestro primer
beso. ¡Demonios! Estaba temblando cuando me atreví a abrir la boca para
seguir mostrándole cómo me gusta que me besen.
A partir de ahí, Morfeo imitó cada movimiento sensual de labios y lengua,
sin temor a mostrar su inexperiencia; la cual me pareció tan inocente.
Me sentí tan poderosa que me atreví a llevarlo a la cama, cuando él
adelantó todo sin saberlo. Sus brazos me aprensaron más para que no se me
ocurriera cortar el beso. Supe por su gemido callado que también estaba
disfrutándolo mucho… O eso creí hasta que se puso de pie sin explicación,
como si de pronto se hubiera dado cuenta de que estaba cometiendo un gran
error. ¡Jamás me he sentido tan rechazada!
Por un segundo, pensé que ya iba a terminar todo, pero solo se volteó,
llevándome consigo.
Me aprisionó ahora con su cuerpo. Su presencia tan cercana me hizo sentir
muy vulnerable, pero a la vez me estimulaba para ser atrevida, como escurrir
las manos por adentro de su playera. Cada tímida curvatura que acaricié, y
que se contorsionó con mi inocencia, me dieron una idea de cuán embobada
iba a estar cuando lo viera desnudo. Estoy segura de que más de lo que me
dejan sus facciones divinas de dios.
¡Cómo fue que conseguí que uno me deseara!
¿O son tan adictos al sexo que es fácil meterlos a la cama?
—Lo estás haciendo espléndido —susurré jadeante para incitarlo más.
Aprovecharía esa idea de que no pueden resistirse al sexo.
Morfeo aprendió rápido y ahora él tomó el control. Deseé tanto que
olvidara que yo era mortal y que me mostrara cómo besan los dioses; porque
ya estaba en un punto en donde me encantaría explotar en éxtasis solo para él.
Pero que me dijera «hermosa criatura» de vez en tanto en un susurro
innecesario, supe que eso nunca iba suceder. Y tal vez era lo mejor porque no
quería que me dejara con el corazón roto cuando retomara su obstinación a
seguir las estúpidas leyes de ese dios olvidado.
Después de todo, la historia de dioses griegos está plagada de mortales que
sufrieron en soledad tras ser amados por dioses. E hijos que, si bien los
admiraron, hasta antes de sus hazañas fueron simples bastardos. Parias que
alejaron de todo derecho humano.
Los minutos se fueron entre caricias hasta llegar a un beso virginal que
terminó todo.
—¿Te marcharás al amanecer como Cenicienta? —le pregunté en ese
segundo que se tomó para crear un recuerdo de cada uno de mis rasgos, y de
la maravillosa felicidad de tenerme en sus brazos.
Lo comparé con ella porque es un dios nocturno.
—No sé quién es esa criatura —aclaró.
—Es alguien a quien no le dieron tiempo siquiera de besar a su príncipe —
le expliqué mientras acariciaba sus labios sin dejar de mirarlos y ansiosa de
volver a besarlos.
Su silencio fue la respuesta de que así sería. Me entristeció tanto que
desvié un poco la mirada para que doliera menos su huida.
—Ha de ser asombroso estar siempre contigo —comenté para no seguir
sufriendo su cercanía que ya se sentía tan lejana.
Me dolió su gemido que me reprendió por pedirle algo imposible.
—¿Te gustaría ver lo que hago? —sugirió para cambiar el tema de mis
sentimientos.
Sin embargo, me confundió el gesto amoroso que hizo en mi cuello con su
nariz que lo llevó después a mis labios para besarlos con timidez.
¿Acaso evita el tema porque es hablar de un futuro que no podemos tener
juntos?
Asentí, fingiendo una sonrisa agradable. Lo que más quería ya en el
mundo era que siguiera conociéndome hasta el punto en que le fuera muy
difícil dejarme, tanto que mandaría a Zeus y sus anticuadas leyes al demonio.
«Quiero que me muestres todo», pensé sin dejar de admirarlo.
Morfeo se levantó de la cama, aun fascinándome. Me miró fijamente,
intimidándome aún más de lo que estaba. Creí que solo estaba jugando para
verse más omnipotente, pero el hermoso azul de sus ojos cambió hasta lograr
una oscuridad que me dio miedo, ya que lo hizo lucir malo. En su piel
aparecieron docenas de puntos negros que empezaron a correr en espiral por
su rostro, formando hermosos adornos, luego a su cuello hasta llegar a sus
manos, en donde siguieron dando vueltas entre cada dedo una y otra vez.
«¿Cada uno será un sueño?», me pregunté mientras que él miraba muy
concentrado sus manos.
De pronto, la oscuridad de sus ojos fue degradándose hacia una tonalidad
dorada, cual polvo de oro. La oscuridad que seguía corriendo por su cuerpo
también cambió.
Era tan divino.
Movió su mano con elegancia hasta formar un puño, que no tardó en abrir
para mostrar un hermoso destello del fino polvo dorado, que ya se había
acumulado ahí. Después lo esparció por encima de nosotros para crear la
tierra en plena rotación.
—Es hermosa —exclamé maravillada, con muchos deseos de tocarla.
Morfeo sonrió complacido por mi asombro y movió el mundo con un
gesto de mano, un poco más rápido, hasta donde supuse que las personas
estaban por ir a dormir ya. Volvió a aparecer polvo de la nada.
—Tengo varias formas de dar sueños a tu mundo, pero este es el más
rápido.
»Cada grano es un sueño, y daré uno a aquellos que faltaron por esperarte
a que dejaras de ignorarme.
—¿Cómo sabes para quién es? —pregunté.
—No lo sé. Doy al sueño la habilidad de amoldarse a los deseos profundos
de los mortales. Solo intervengo cuando son mensajes importantes. Pero hace
siglos que ya no he dado uno —respondió—. Mmm, esta noche influenciaré
con que todos vuelen. Por alguna razón, ustedes aman hacerlo.
—Porque siempre hemos envidiado a las aves, quienes pueden ir a donde
sea. Amamos la libertad —expliqué en un susurro que estoy segura no
escuchó.
Estaba por hacer algo cuando me pidió que viera todo desde atrás de él.
Esparció el polvo lentamente sobre un pedazo de tierra, como si agregara el
ingrediente secreto a una receta. Y, cuando el último grano se fijó en el
mundo con un destello, Morfeo lo desapareció con otro elegante movimiento
de mano.
—Trabajo hecho —dijo sacudiendo las manos, teniendo cuidado de no
empolvarme.
Sonreí traviesa porque podía aprovecharme de la posición en la que
estaba. Lo abracé por la cintura para que se sintiera tentado de nuevo a
perderse en mis labios.
¡Lo logré! Morfeo aún estaba hipnotizado con mis besos que me acostó de
nuevo. Pero me desaté y no quise solo uno, lo quería dentro de mí. Y sentí
que él también quería más porque no me detuvo cuando empecé a
desnudarlo. De hecho, me ayudó.
Como estaba aprovechándome de su rendición, no me tomé unos segundos
para verlo desnudo. Me hubiera gustado recorrerlo con la mirada para
descubrir si un dios es tan perfecto como el «David».
Por ahora me conformaré con acariciarlo.
Sin embargo, antes de entrar en mí, me miró a los ojos algo nervioso,
como si fuera un virgen que dudaba en lo que estaba haciendo. Por suerte, mi
sonrisa completamente segura de lo que quería de él lo hizo seguir.
Fue muy precavido, como si yo fuera del cristal más fino, que podría
romperse con cualquier movimiento brusco. Sin embargo, con tal delicadeza,
supe que de ahora en adelante solo querré estar con él. ¿Y cómo estar con
otro hombre si un dios está aprendiendo a amarme? Él está dejando su huella
en mí, y sé que yo también.
Soy mortal y moriré algún día, pero sé que él me recordará como la única
mujer con quien amó estar.
No soy de las que se acuesta con un hombre tan rápido, pero ¡él es un
dios! ¡Y griego! Además, me sucedió algo con él que no he sentido jamás:
que él conocía a la perfección cada grano de mi ser, y lo glorificaba. Lo
amaba.
Ante sus ojos yo era una diosa cuyo único placer era amarlo. Y, por
primera vez, sentí esperanza a su lado.
En el abismo del orgasmo, Morfeo no contuvo su divinidad y casi me
aniquila de placer. De alguna manera succionó parte de mi alma como si
fuera su último respiro, incluso sentí a la muerte rondando el lugar. Pero aun
así no quise que se detuviera porque era la única manera de seguir unida a él.
Por suerte, recordó que yo era mortal en el último segundo.
—Lo siento —se excusó cuando se acomodó a un lado de mí,
abrazándome con devoción.
Estaba aún recomponiéndome, como regresando de un desmayo.
—Te gustó mucho, ¿verdad? —le aseguré cuando vi su sonrisa seductora
segundos después.
—Mucho —concordó. Sin embargo, enseguida vi sus ojos oscurecerse.
—¡No, no, no! —exclamé asustada, pues supe sin dudar qué iba a ser.
Pero fue demasiado tarde porque en menos de un segundo un polvo muy
fino con destellos cayó sobre mi rostro, llevándome a dormir con solo un
pestañear.
MORFEO
Dawn dejó de sujetarme cuando sus ojos se cerraron sin resistirse. No tenía
mucho tiempo, antes de que mi padre sintiera que he robado un poco de su
poder. Además, ya sé cuán rápido cae en el sueño profundo.
La acomodé en la cama. Cuando la miré dormir unos segundos, no pude
evitar tocar sus labios para sentir el calor de los míos aun palpitando ahí. Me
atreví a darle un beso sencillo de nuevo.
Me gustó mucho amarla como lo haría un mortal, aunque haya perdido un
poco el control al final. Fue mil veces mejor a todas esas noches de pasión
que he tenido con las diosas del Olimpo. Todas tenían mucho que envidiar de
esta hermosa criatura.
Hacerle el amor fue como tocar las estrellas que tanto amamos los dioses.
Tomé su mano para estar conectados durante mi incursión en su sueño;
tenía que apresurarme antes de que empezara a hacerme daño o despertara.
Ya que sentía por momentos que no tenía control sobre su dormir. Era de
esperarse.
Era como si estuviese tratando de que un dios soñara a la fuerza.
Cerré los ojos y dejé que mi ser se uniera al sueño de Dawn.
Desperté adentro de ella. Todo era oscuro y frío. No sentí esperanza ni
alegría ni nada comparable a lo que mis sueños siempre dejan en los mortales
tras despertar. Ni siquiera había miedo.
—¿Dawn? —le llamé con el deseo de que mi voz la encontrara para
llevarla al camino de mi reino, en donde podría enseñarle a soñar.
No hubo respuesta, ni siquiera podía sentirla. Todo lo hermoso que era ella
en exterior, ahí era como si no existiera. Solo espero que su alma no esté
encadenada a algo y que la esté devorando despacio.
Al estar ahí, descubrí que ese era el problema en Dawn: No existía en ella
el puente que la cruza a su sueño.
Invoqué mi poder para aventar polvo por doquier para crear un camino y
atraer su atención en donde fuera que se escondiera aquí.
Pero pronto se apagó al ser engullido por el vacío.
—Esto no está bien —reconocí. Alguien estaba habitando aquí y no me
permitía ayudar a Dawn—. ¿Quién puede ser?
Medité mirando a mi alrededor el posible culpable de esto.
—Muéstrate —ordené con voz calmada.
La respuesta fue un silbido, comparable a los que da el viento en las tardes
de otoño, prometiendo un nuevo renacer, solo que este helaba la sangre.
Al ponerle más atención, me di cuenta de que era un susurro que prometía
muerte.
—¡Thanatos! —le llamé con voz fuerte. Me mostré decidido a proteger a
Dawn.
Pero no hubo respuesta tampoco.
Lo descarté porque era tan egocéntrico que de estar aquí me hubiera
enfrentado solo por el gusto de superar a mi padre de alguna manera.
Son hermanos que se aman y rivalizan con la misma intensidad.
—¡Dawn! —la llamé de nuevo en un grito.
Empecé a temblar de miedo, pero por primera vez de un sueño.
Una risa malévola me rodeó. Tanteé el lugar para salir de ahí porque algo
se acercaba rápido con el objetivo de atraparme. Volví a arrojar polvo para
marcar mi salida del sueño, pero una vez más desapareció después de dar
unos pocos pasos.
Esto era inimaginable: estaba atrapado en el sueño que Dawn visitaba
todas las noches.
Pensándolo mejor, no era un sueño sino una… ¡Por todos los dioses! No
sé qué era, pero estaba seguro de que nunca ha sido creado por mí. Y no creo
que tampoco por mi hermano.
—¡Dawn, ayúdame! —grité con todas mis fuerzas, antes de que me
atrapara esa fuerza que ahora reconozco me ha estado persiguiendo desde que
entré.
Ella era la única que sabía cómo escapar de aquí.
4
DAWN
—¡No, no, no!
Desperté sobresaltada tras el grito de un hombre. Estaba temblando de
miedo porque esta vez reconocí lo que tenía secuestrado mis sueños.
Era soledad en su más pura definición.
¿Acaso estaba poseída por algún dios de la soledad? Para empezar, ¿existe
uno?
Cual película de terror, hiperventilé cuando sentí que alguien sujetaba mi
mano. No podía ser posible que esa horrible criatura hubiera salido del sueño
junto conmigo; y que al fin había encontrado la manera de existir en este
plano astral.
Pero al ver a ese hombre durmiendo a mi lado, recordé que era un dios que
había bajado a ayudarme al fin, aquel que he invocado sin saberlo. Y que me
amó como nunca creí.
—Morfeo —le llamé soltándome de su mano para despertarlo, pero no
reaccionó a mis demandas, y su cuerpo seguía igual de desmadejado. Era
como si estuviese muerto.
«¿Lo maté?», me cuestioné la imposibilidad.
—¡Morfeo, despierta! —insistí con más ímpetu. No podía perderlo ahora
que me mostró un mundo en donde puedo ser muy feliz.
No reaccionó, ni siquiera se veía que estuviera respirando. Pegué rápido la
oreja a su pecho para escuchar sus latidos, que eran débiles para ser
inmortales; y me parecieron tan diferentes a los de mi gente.
—¿Qué hago? —me cuestioné en lo que me sentaba a su lado.
Mientras lo contemplaba, deduje rápido que había quedado atrapado en
ese frío mundo que me secuestra noche tras noche; el que por alguna razón
inexplicable puedo salir de él tan pronto siento la luz de un nuevo día, y
olvido con la misma facilidad.
—Pero no esta vez —deduje confundida.
Morfeo, el dios de los sueños, irónicamente estaba perdido en mi sueño.
¿Cómo podía ser eso posible si yo estaba despierta?
Tenía que pedir ayuda. Pero ¿a quién? ¿A Zeus?... ¿Cómo demonio se
invoca a Zeus?
—¿Tengo que buscar una virgen, Morfeo? —le cuestioné en lo que tocaba
su mano a un lado mío.
La impotencia me hizo reír ilógicamente. Todo eso de pensar en los dioses
me parecía una burla. Ni siquiera sabía que Morfeo era un dios, solo un
personaje ligado a los sueños que siempre se ha usado como vulgo para ir a
dormir.
Y ahora lo tenía en mi cama.
Solo seguí su «broma» de que era un dios por lo guapo que era. Vi que
hizo cosas imposibles para un ser humano, pero siempre lo atribuí a que
estaba alcoholizada con su presencia.
Pero lo sentí tan dentro de mi cuando me durmió. Soñé con él solo un
segundo, y fue cuando sentí que esa «soledad» se alegró de verlo. Como si
estuviese esperándolo por largo tiempo ya.
Ahora entiendo que me usó para atraparlo. Como ya no le era
indispensable, por eso me dejó ir sin trabajo.
Morfeo frunció el rostro como si algo estuviera lastimándolo, sus puños se
apretaron fuerte y su cuerpo se tensionó en un espasmo que le aceleró la
respiración. Me asustó tanto que supliqué a Dios que lo ayudara.
Pero, como siempre ha sucedido con mis plegarias, no me respondió.
—¡¿Qué voy a hacer?! —pregunté ocultando mi rostro completamente
impotente.
•••
Morfeo ha estado en mi cama dormido por siete tortuosos días con sus
oscuras noches. El primer día de su confinamiento no noté nada extraño en
las personas. La cotidianidad de la vida los tenía muy ocupados para
preocuparse por si Morfeo estuvo presente o no durante sus noches.
Un sueño poseído por la soledad no era extraño aún.
Fue hasta el tercer día que empecé a notar un poco de cansancio en las
personas. Constantemente escuchaba que habían tenido un par de noches
malas y que esperaban reponerse esa noche.
No solo los extraños sufrían, también los cercanos a mí.
—¿Qué te sucede, Lisa? —pregunté cuando la vi dormitando en su silla.
Yo, acostumbrada a sufrir durante las noches, estaba como lechuga fresca.
Lo único que ha cambiado es que la depresión que me ha castigado al
amanecer ha desaparecido.
—Algo me está pasando en las noches —respondió tallándose tan fuerte
los ojos que escuché un tímido tronido. Jessica y Dany nos pusieron atención.
—¿No estás durmiendo? —pregunté sospechando anticipadamente su
respuesta.
—Duermo, pero no puedo decir que sueño porque es muy confuso.
—¿A qué te refieres? —pregunté ansiosa de que su respuesta fuera que
veía a un hombre clamando ayuda.
—Hay sueños —comentó Dani, metiéndose a la conversación. Reconoció
en Lisa que le estaba pasando lo mismo. Continuó—. Pero es como estar en
una escena apocalíptica.
Le hice gestos a ambas de que fueran más específicas.
—Hay edificios, cosas y… —siguió Lisa.
—¡Animales! —interrumpieron Jessica y Dani al unísono.
—Pero también hay soledad. Se siente como un… creo que la palabra
«fantasma» es la descripción perfecta. Lo sientes, te acosa, te hiela la sangre,
pero no puedes verlo —agregó Dani.
Estaba describiendo a la «soledad» que he sentido toda mi vida y a la que
olvido tan pronto despierto.
—¿Qué tan importante es que haya personas en sus sueños? —pregunté
para recolectar más información que pudiera ayudarme a recuperar a Morfeo.
—Se me olvidó que tú no sueñas —recordó Jessica, solo que sentí su voz
ya fastidiada de mis preguntas.
—Es muy importante para mí —aclaró Lisa, y concordaron las demás con
asentimientos de cabeza.
—Espero recuperarme esta noche —comentó Dani antes de bostezar.
Pero no hubo tal recuperación, y con el pasar de los días las personas
empezaron ya a mostrar cambios físicos. Primero ojos cansados y cuerpos
cortados, después su humor fue irritable, y, para el fin de semana, las calles
eran transitadas por personas que estaban perdidas en sí mismas. Lo más
comparable eran los zombis.
El mundo dormía, pero no soñaba con «personas».
Yo no escapé a las consecuencias de que Morfeo no estuviera presente;
solo que he aprendido a sobrellevar la falta de sueño más rápido. Pero era
cuestión de tiempo para que el mundo estallara por algo tan sencillo como no
soñar. De un momento a otro empezarían los accidentes, enfermedades y,
finalmente, muerte.
Con el inicio de la nueva semana, el turno del trabajo se redujo en toda la
ciudad. Todo para que las personas se fueran directo a sus casas a tratar de
soñar. Yo hacía lo mismo, pero, tan pronto botaba mis cosas en la sala, corría
a mi cuarto a verificar que Morfeo ya hubiera despertado.
Pero no era así.
Le decía siempre que lo extrañaba antes de besar sus labios como si fuera
mi príncipe hechizado por una maldita bruja.
Trataba de pasar todo mi tiempo a su lado, pendiente de cada gesto de
dolor y de cada respiro profundo que me daba esperanza. ¿Por cuánto más
iban a ignorar los demás dioses que Morfeo estaba ausente?
Viernes
De la desesperación he pasado a la resignación.
Tras terminar otro día aburrido en la oficina, regresé a mi departamento
para acostarme a lado de Morfeo, como lo he hecho desde que está atrapado.
Me gusta descansar un poco a su lado antes de prepararme algo para
comer. Tuve una conversación silenciosa con él mientras lo admiraba y
acariciaba con el deseo de que me sintiera dentro de su prisión.
—Te necesito aquí, Morfeo. Despierta, por favor —le susurré,
abrazándolo después con trabajos. He hecho esto todos los días con la
esperanza de que responda de alguna manera.
Con tristeza, mis esperanzas mueren un poco más cada día.
Suspiré derrotada al no sentir ningún movimiento de nuevo. Tal vez ya no
me deprimo, que es un avance, pero ahora me siento tan sola.
Me paré para ir a la ventana. La ciudad estaba tan silenciosa que podía
darme cuenta de eso sin siquiera salir; solo la naturaleza se escuchaba muy
despierta.
¿Cuánto más podremos estar sin Morfeo?
Empecé a sentir que ya vivíamos en el Apocalipsis, como dijo Dani. Solo
nos queda esperar a que alguien del reino de Morfeo se dé cuenta de que no
está allá. Espero que eso no desencadene fatalidades porque no estamos
físicamente bien para enfrentarlas.
Fui a la cocina para preparar mi cena, después continuaría con mi rutina de
antes de dormir.
El silencio del mundo ha sustituido la música que solía escuchar. He
vivido como un náufrago en una isla desierta, suplicando que las horas pasen
rápido para que la ayuda llegue pronto. Ni siquiera la voz de mis
pensamientos me hace compañía por temor a volverme loca por la soledad.
Me senté en el comedor para degustar mi comida con calma. Por el
momento, inconsciente de que un dios habita en mi cuarto.
Ya entrada la noche, me acosté a su lado, sintiéndome al fin cansada, y
cerré los ojos para una vez más intentar dormir.
Sin embargo, los abrí asustada tan pronto sentí que alguien estaba en el
cuarto. Recordé lo que he padecido por las últimas dos semanas, y me
emocioné porque de seguro Morfeo había logrado despertar.
Pero no fue así, aún estaba a mi lado dormido.
Aunque alguien sí estaba en el cuarto, solo que estaba tan oscuro que no
pude reconocer al vigilante, cuya presencia se sentía igual que la de Morfeo
cuando me vigilaba.
—Sé que estás ahí —advertí sentándome. Tomé la mano de Morfeo solo
para darme valor, luego prendí la lámpara a tiempo para alumbrar a la figura
que salió de su rincón.
Un hombre muy alto se paró al pie de la cama y me miró con frialdad. No
sé quién era, pero noté un ligero parecido con Morfeo.
—¿Quién eres? —le cuestioné, pegándome inconscientemente a Morfeo
para buscar su protección.
—Soy Iquelo, su hermano —respondió, echando al final una mirada
rápida a mi lado.
—¿Escuchaste mi plegaria? —le pregunté parándome rápido de la cama
para ir a él, solo que mi efusión lo hizo retroceder un paso. Su semblante se
hizo más intimidante mientras agregaba ansiosa—: ¿Puedes ayudarlo?
—¿Tú eres la mortal que no puede soñar? —me cuestionó con un tono
autoritario y reclamante por haber llevado a su hermano a esto.
Quise explicarle que él llegó a mí. Yo ni siquiera daba importancia a no
soñar. Hasta llegué a pensar que era muy común, algo que se adjudicaba a la
suerte.
Y yo nunca la he tenido. La prueba es que no he podido lograr que alguien
se enamore de mí.
—Sí. ¿Él te habló de mí? —Iquelo asintió lento con la cabeza—. ¿Sabes
qué sucedió?
—Sí. Él entró en tu sueño…
—Y quedó atrapado ahí —terminé por él. Necesitaba que dedujera las
cosas más rápido—. Pero ¿por qué?
Iquelo se acercó a la cabecera en silencio para poner la mano en la mejilla
de su hermano, como él solía hacerlo conmigo. Por sus gestos, entendí que
así era como leían algo en los humanos. Nunca fue una caricia romántica,
Morfeo solo me estuvo leyendo a escondidas.
—Él nunca me dijo que… —calló, muy preocupado. Me alarmó ver a un
dios intranquilo por otro. Solo me demostró que lo que estaba pasando era
muy grave, del tipo de que veré cumplida las peores partes de la biblia. ¿Eso
me convierte en alguien malo? Después suspiró profundo y continuó—:
Mmm, esto es un sueño manipulado. Es una pesadilla falsa.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté. Y fue una estúpida por la forma en que
me miró. Espero que no todos los dioses sean así de pedantes.
—¿No sabes quién soy, mortal? —me cuestionó indignado. Mi respuesta
fue solo encogerme de brazos. No obstante, creo que de ahora en adelante
debo tener cuidado con lo que respondo porque estos dioses son un poco
«sensibles» a la creencia moderna—. Soy quien da las pesadillas.
—¿Eres el coco? —No me contuve en murmurar atemorizada tras que
tragué saliva.
No se molestó ni sonrío irónico por el apodo infantil. Quizás no me
escuchó.
—Yo no cree esto, ni Morfeo —aseguró mirando a su hermano de nuevo.
—¿Es soledad? —consulté en un susurro. Al fin estaba obteniendo
respuestas… Ambiguas, pero lo eran.
—Es un Algos, o… ¿Oizys? —Alcancé a entender en su balbuceo.
—¿Quién?
—Dolor, sufrimiento, miseria… Depresión —respondió Iquelo de nuevo
en un susurro, muy perdido entre sus pensamientos que pronto se tornaron en
una risa callada pero muy irónica. Aunque me alarmó que mencionara la
depresión. Pensó en voz alta, algo dudoso de su conclusión—. No, no puede
ser eso… ¿O sí?
—¿Qué sucede?
—Hace siglos, Morfeo empezó a dar sueños premonitorios a los mortales
con ayuda de Átropos —relató. No me dio tiempo siquiera de preguntar quién
era Átropos—. En ese tiempo, Morfeo abusó de esas premoniciones, en
especial con una mortal, y Zeus se enteró. —Me dieron celos porque tal vez
yo estoy ocupando ahora el lugar de esa mujer en el corazón de Morfeo. Ella
ya lleva mucho tiempo muerta, pero Morfeo aún puede estar amándola. Estoy
celosa de un recuerdo. Iquelo comentó—: Siempre hay un dios chismoso y
lameculos que espera que Zeus esté en deuda con él o ella.
»Según Zeus no es bueno que ustedes tengan atisbos de su futuro, porque
les quita la esperanza y el deseo de superación. Y también el miedo.
»Y los olímpicos se alimentan de lo que genera el miedo.
No pude contener los gestos de confusión. Hasta donde sé, un dios se
alimenta de veneración.
—Si ustedes no tienen miedo, no imploran por ayuda divina. Así
reconocen su existencia.
Delucidé bien.
—¿Qué hizo Zeus? —pregunté, regresando a la conversación.
—Para empezar, prohibió las premoniciones a los mortales. No castigó a
Morfeo, sino a la mortal. La cuestión es que nunca supimos cómo la castigó.
»No obstante, hubo algunos rumores de los posibles castigos, pero nunca
se comprobaron. Nunca se cuestiona a Zeus, solo se acepta sus decisiones.
Iquelo miró a su hermano de nuevo, quien aún descansaba plácidamente.
Tal vez lo sentía.
Entonces, las piezas se unieron tan rápido que no sé si quiera por qué ellos
no lo notaron antes.
—Les arrancó los sueños. Los dadores de esperanza —dije al recordar lo
que me dijo Morfeo cuando me pidió entrar a mi sueño.
Deduje que posiblemente yo era descendiente de esa mujer. Ya que en mi
familia materna al menos uno en cada generación no podía soñar. Nunca
sospecharon que era una maldición.
—Creo que esa mujer es mi ancestro… Nos dio un sueño de soledad.
Iquelo me miró ocultando el asombro de que haya dado con la respuesta.
—Sí, es posible —coincidió asintiendo con la cabeza—. Al parecer, Zeus
está usando a un dios para castigarte.
Pensó en silencio un poco.
—Apuesto por mi hermana Oizys —concluyó.
Suspiré profundo al tener al fin un nombre que ahora quería olvidar.
Nunca tuve en cuenta a Zeus en mi vida, siempre me pareció la copia de
Thor, pero ahora lo odio como a nadie más.
—Creo que Zeus sabía que Morfeo se toparía tarde o temprano con algún
castigado; trataría de entrar a su sueño y quedaría atrapado —comentó en lo
que se rascaba la barbilla.
—¡Maldito Zeus! Y tiene toda la eternidad para conseguir lo que quiere.
Ni el diablo es tan sádico como él —farfullé con dientes apretados. Iquelo no
me escuchó. Solté un suspiro muy profundo mientras miraba a Morfeo—.
¿Tenemos que acudir con el maldito Zeus para que tu hermana deje en paz a
Morfeo? —pregunté enfadada porque Zeus dispuso de mi vida a placer,
cuando ha sido un dios que ha estado muerto para nosotros por siglos.
—No. Nunca lo permitirá. —Miró de reojo a Morfeo en lo que pensaba en
algo—. Pero tú puedes ayudarlo.
—¿Cómo?
—Entrando a tu sueño de nuevo. Búscalo y susúrrale tu sueño más grande,
aquel que deseas con todo el corazón. Dale una razón para cumplirlo.
»Después pídele que nos invoque y…
—¿Inmiscuirás a alguien más? —consulté temiendo que metiera al
mismísimo Zeus en esto, cuando es claro que nos castigará por toda la jodida
eternidad cuando se entere que atrapé a su dios del sueño sin querer.
—Sí. Hablaré con Fantaso y crearemos tu sueño, así será más fácil que
Morfeo reconozca que estamos involucrados y que hay esperanza en ti. Eso le
dará fuerza para salir. —No era mala idea solo que no sé si aún me queda
esperanza—. Despertarás, aunque no puedo prometerte que tu castigo
desaparezca.
—¡Hum! No he podido dormir en días —confesé sintiéndome de pronto
más cansada.
—Eso acelerará las cosas… Acuéstate a su lado. —Lo obedecí sin dudar.
Lo primordial era sacar a Morfeo de ahí, ya veré después cómo invoco al
estúpido dios que me está castigando—. Solo tengo una advertencia.
Tragué saliva. Las advertencias ya son malas de por sí, y que un dios avise
de ellas las hace peor. Pero no tenía de otra más que escucharla para estar
preparada.
—Ella se alimentará de mi para atacarte.
Pensé por unos segundos la situación de que la diosa de la miseria se
alimentaría del sueño de un dios de las pesadillas. La fórmula perfecta para
abatirme.
Asentí nerviosa. No podía huir, aunque lo quisiera porque estoy
inmiscuida en problemas de dioses que pueden encontrarme en donde sea. Al
menos estaré preparada.
Iquelo, como si fuera mago, ordenó que la mano de Morfeo, que estaba en
un puño, se moviera hasta mi rostro para abrirse y dejar caer polvo en mi
rostro.
Cerré los ojos sin dificultad para dormir. No pasó mucho tiempo para que
la típica frialdad de la depresión me recibiera gustosa de volver a verme.
—Revisa tu mano —escuché un susurro en mi cabeza que en tan solo un
segundo se perdió en un eco
Al abrirla, vi un poco de polvo dorado que se parecía mucho al que
Morfeo usaba para dormirme. No cuestioné cómo llegó a mi mano.
—Úsalo para iluminar el camino de regreso, solo cuando lo hayas
encontrado.
Caminé entre la oscuridad, sintiendo a la soledad asechando. No me atreví
a llamar a Morfeo en un grito por miedo a que ella me atrapara y frustrara mi
ayuda.
Nunca he podido medir el tiempo dentro de este castigo. A veces el
«sueño» me parece eterno, una real tortura que tengo que soportar hasta que
la bondadosa luz del día me libera. Pero esta vez, al poco rato de haber
entrado, escuché un quejido seguido por el susurro de una risa malévola.
¿Podría ser Morfeo? ¿Esa diosa estará ya volviéndolo loco?
Miré a mi alrededor esperando a que me saliera alguien de un momento a
otro. Todo el tiempo tuve un cosquilleo en la espalda que se hizo cada vez
más escalofriante. Mi sentido de supervivencia me exigía correr para
alejarme de esa presencia, pero no podía hacerlo y tenía que ser valiente por
él.
Al dar el siguiente paso, Morfeo gritó mi nombre, pero fue tanto el terror
que expresó que me heló la sangre. Para no alertar a la presencia malévola,
corrí lo más callado que pude en dirección de dónde provenía su llamado.
Sentí que recorrí largos kilómetros dentro de la oscuridad, siempre
acechante con mis peores tristezas. No sé cuántas veces supliqué que no
empeorara esto; después de todo, el «Coco» estaba esperando afuera.
De pronto, alguien dijo mi nombre en un susurro furtivo. Fue tan
sorpresivo y demandante que casi me caigo al detenerme con fuerza.
Lo sentí. Tenía a Morfeo cerca, pero no podía verlo entre tanta oscuridad.
Caminé despacio, cuidando que cada paso no me llevara con la soledad en
lugar de con Morfeo.
De vez en tanto, pude escuchar un respiro, pero, a pesar de que era
agitado, sentí calidez y esperanza. Supe que ese era Morfeo. Lo sentía en mi
piel, como sus caricias seguras cuando me hizo el amor.
Lo seguí con mis latidos aumentando en expectativa.
—¿Dawn? —lo escuché muy cerca; creo que me sintió también.
Me atreví a arrojar un poco de los polvos por encima de nosotros para
alumbrar. Vi a Morfeo, pero detrás de él estaba alguien más.
¡Dios mío! ¡Era… yo! Pero sin vida, esperanza y sueños. Un zombi de
cabello rubio desmelenado, piel tan blanca que denotaba ya muerte; sus ojos
eran tan oscuros como la noche misma. Parecía llorar lágrimas de sangre
podrida. Representaba lo peor de mí como humana: Mi maldad, mi miseria,
mi tristeza y mis deseos por morir.
—¡Morfeo! —grité arrojándome a él para alejarlo de la soledad antes de
que lo apresara y nos atrapara a ambos.
Morfeo me abrazó. A pesar del alivio que habitaba en sus brazos, ambos
sentimos el frío aliento de la soledad que aun quería separarnos. No se movía,
solo nos miraba; para qué hacerlo si ya nos tenía en sus manos.
Al seguir viéndola, noté que empezó a moverse como si vibrara muy
rápido, tal y como un horrible espectro que lucha por estar en la realidad. No
podía moverme ni advertir a Morfeo de que ella estaba creando un cuchillo
de la nada. Solo seguí mirando, con respiración acelerada, que estiró el brazo
para cortárselo con ese cuchillo. Al instante brotó el mismo líquido que
escurría de sus ojos.
Fue horrible presenciar el destino que Zeus quería para mí, y aún más
cuando Morfeo se quejó después como si lo hubiese acuchillado. Quise gritar,
pero tenía los labios sellados, solo pude expresar mi desesperación entre
gemidos silenciados y lágrimas secas.
Pero la tortura no terminó ahí, porque sonrió maléfica en lo que ladeaba la
cabeza para ahora degollarse.
—¡Es mentira lo que te muestra! Está influenciándote para que te suicides
—escuché a Iquelo en un susurro. Por suerte, su intervención logró que me
zafara de la hipnosis de la soledad.
Al tener el oído de Morfeo cerca de mis labios, recordé lo que tenía que
hacer.
—Tú eres mi más grande sueño. Quédate conmigo y ámame siempre —le
susurré con la esperanza de que no me escuchara la soledad.
Morfeo me abrazó con más fuerza, pues al parecer también deseaba lo
mismo. Así lo sentí en el corazón, y él nunca me ha mentido.
—Invoca a tus hermanos —le pedí con voz calmada.
—Cierra los ojos —me pidió en lo que me soltaba un poco para tomar mi
rostro con sus manos y besarme. Dentro del inoportuno placer que sentí al
reconocer su calidez, se escuchó un grito de dolor que fue desapareciendo
con cada grano de amor que Morfeo me transmitía.
La oscuridad fue desterrada lentamente por una luz que me ordenaba abrir
los ojos, como el despertar de otro sueño inexistente. Sin embargo, una mano
me cegó rápido apenas vi una figura radiante que me embelesó.
El grito fue intercambiado por un susurro de árboles hablando entre sí, y la
frialdad del lugar por la tibieza de un sueño que se estaba construyendo ya.
Mi primer sueño.
5
—¡Despierta! —escuché el susurro de Iquelo de mi lado izquierdo, como el
llamado abrupto del final de una historia.
Morfeo dejó de besarme, solo entonces me permitió abrir los ojos para
mirarlo. Terminó con un beso labio con labio, luego me soltó. A pesar de que
su alejamiento lastimó mi corazón, no pude hacer o decirle nada, solo
mirarlo.
—Sueña —susurró retirándose mientras que su cuerpo empezó a
desmoronarse en polvo que el viento del murmullo de los árboles se llevó
lejos de mí.
—¡No, no, no! —le llamé corriendo detrás de él para detenerlo. Solo que
mi toque torpe solo apresuró el paso hasta que desapareció con un último
guiño coqueto.
Lo extraño fue que no me sentí sola, pues la calidez del lugar no me lo
permitía. Era todo lo contrario a lo que sentía en mis «sueños» regulares.
Miré a mi alrededor.
Estaba en un claro, que más parecía un jardín, y estaba custodiado por un
bosque frondoso.
—¿Dónde estoy? —pregunté mientras me agachaba para tocar el pasto, el
cual no sentí; aunque después mi cerebro trató de engañarme enviándome la
sensación. Ni siquiera percibía su aroma característico.
Confirmé así que esto era un sueño.
Me erguí para mirar de nuevo a mi alrededor, ahora con otros ojos.
El sueño que construyó Morfeo para mí era hermoso. Los rayos del sol se
colaban entre los árboles, creando haces de luz cálidos. Había una brisa que
creaba un singular arcoíris y el ligero viento seguía haciendo cantar a los
árboles. El pasto era verde brillante y olía a humedad, pequeñas flores
blancas que tenían un halo se podían ver distribuidas por doquier.
La verdad de este sueño fue que aún estaba presente el castigo de Zeus: no
había personas. Morfeo dejó a la soledad conmigo, solo la hizo hermosa.
Suspiré con tristeza en lo que me dejaba caer de rodillas, porque ahora
tenía que esperar a que Morfeo decidiera dejarme despertar.
MORFEO
Desperté sobresaltado y demandando aire. Iquelo me suplicó que me
tranquilizara, respirando lento, mientras que vi de reojo que Fantaso se acercó
a Dawn.
Lo vigilé discretamente. No estaba sorprendido de verla; de seguro Iquelo
ya lo había puesto al tanto en lo que su hermano mayor se ha metido.
—No puedo negar que es hermosa —murmuró.
Miré también a Dawn durmiendo plácidamente a mi lado. No me gustó
haberla dejado en ese sueño porque no tengo idea si se sostendrá lo suficiente
para que ella pueda salir por su cuenta. Tuve que usurpar de nuevo el poder
de mi padre y mi temor es que él sienta que algo no está bien con ella.
Fue un acto desesperado para que esa criatura no la siguiera.
—¿Va a estar bien? —consulté a Iquelo.
—No lo sé. Es el castigo de Zeus, el que creímos nunca perduraría —
reveló—. Ella dedujo que es una descendiente.
—¡¿Qué?! ¿Ella? —cuestioné mirando a Dawn, quien se veía tan hermosa
que solo quise tomarla en mis brazos para no dejarla jamás—. ¡Por los perros
de Hades!
Aun cuando he odiado por mucho tiempo a esa fémina que me metió en
problemas, me abrumó que Zeus no respetara su propia sangre.
—No me importa que seas hija de Zeus —aseguré a punto de acariciar su
mejilla, pero Iquelo me lo prohibió. No quería leerla, solo darle apoyo en ese
sueño.
Zeus era un malnacido por castigarla, porque ella no tenía la culpa de lo
que hicimos siglos atrás. Sobre todo, cuando fue bajo sus órdenes. No se
puede hacer nada contra que haya heredado su sangre divina. Es posible que
hasta por eso él se creé con derecho a destruirla.
Me paré de la cama, despidiendo un resentimiento hacia Zeus, que nunca
he sentido tan fuerte.
—¡He llegado a mi límite! ¡Tiene que pagar! —exclamé enojado.
—No, hermano. Sabes que solo un titán puede enfrentarlo. —Detuvo
Fantaso las intenciones que leyó claramente en mi enojo—. Y solo lograrás
que él la castigue con algo peor que soledad en sus sueños.
—¿Tengo que dejarla? —consulté. Me dolía la sola idea de alejarme de
ella, cuando el recuerdo de su beso fue lo único que mantuvo a raya la
soledad en ese castigo.
—Tienes que hacerlo por ahora —respondió Iquelo.
La miré más tiempo.
—¿Estás listo para regresar? —me preguntó Fantaso después de dejarme
admirar un momento más a Dawn.
El sueño que Fantaso me ayudó a construir para ella era sencillo, y le
ayudaría a tener esperanza de un despertar.
Me incliné para darle un beso que quise postergar, pero la mano
demandante de uno de mis hermanos me recordó que ella no era para mí.
Un dios no podía amar a una mortal. No estaba prohibido, pero la
divinidad es difícil de vivir para ellos. Y la mortalidad a su lado es muy
tentadora para nosotros.
Dawn ha demostrado ser una mujer fuerte, ha soportado noche tras noche
el castigo que se le heredó, pero ¿podrá vivir mi divinidad?
«No me olvidaré de ti», le prometí.
Sabiendo que estaba a salvo por ahora, regresamos al palacio.
—¿Qué ha sucedido en mi ausencia? —cuestioné urgente a Fantaso, quien
se nos unió en el pasillo, tras sentir el caos que tal vez mis hermanos no
pudieron solucionar. Esa sería la razón por la que Iquelo se presentó ante un
mortal.
—Casi nada. Los mortales están empezando a sufrir las consecuencias de
tu aventura —respondió Fantaso casi en burla al final.
—Tenía que ayudarla —le recordé para que dejara de ser tan sarcástico.
«No estoy en una aventura. Tal vez lo fue al principio sin saberlo, pero
ahora ella me importa mucho. Deberían estar contentos de que al fin me he
interesado por alguien».
—Está soñando ahora, creo que eso es bueno —comentó Fantaso tras un
momento pensativo—. Por cierto, no creo que sea coincidencia, pero Zeus ha
pedido hablar contigo.
»Hermes vino a darte el mensaje en el momento justo en que Iquelo me
invocó.
Asentí con la cabeza, luego decidí ir al Olimpo para escuchar lo que Zeus
tenía que decir.
Iquelo y Fantaso me siguieron.
—Muy conveniente que su deidad deseé hablar conmigo porque tenía
pensado hacer una visita —respondí más decidido; después de todo, ya me
esperaban.
Pero Iquelo me detuvo del brazo, muy alarmado por mis intenciones.
—No, Iquelo. No lo detengas. Es hora de que Zeus reconozca nuestra
importancia —me apoyó Fantaso.
Iquelo sonrió complaciente, pues hace milenios que todos hemos deseado
este momento.
—¡Por todos los malditos perros del Inframundo, haremos temblar su
reino! —aseguré molesto.
Nuestras alas se desplegaron con agresividad y volamos hacia el Olimpo,
en donde ya éramos esperados. No es común que dioses que no gocen del
placer del Olimpo estén ahí sin temor.
DAWN
Seguí deambulando por el sueño que Morfeo construyó para poder liberarse.
No sé cuánto tiempo he pasado sola en este lugar.
Es irónico. Por mucho tiempo envidié a todo aquel que me contaba sus
sueños. Envidié que pudieran viajar a un mundo en donde eran libres, en
donde sus deseos más profundos podían hacerse realidad, al igual que sus
pesadillas.
El primer sueño que Morfeo construyó para mí era pacífico, algo que
merecía después de haber sido castigada injustamente desde mi nacimiento.
Sé que fue por culpa de Morfeo y su enamoramiento, pero también a Zeus no
se le cuestiona ni se le encara. Así me lo dijo Iquelo.
Después de un largo rato, empecé a disfrutar el paisaje y la soledad que
era tan diferente. Era amigable, incluso hasta me invitaba a relajarme.
Solo era yo y ese hermoso escenario, el cual hubiera amado más si tan
solo él estuviera aquí, abrazándome y amándome libremente.
Sentí que los rayos de sol eran más cálidos que en la realidad, pero no al
punto de acalorarme, sino que parecía más una tibieza invernal; y los aromas
que me rodeaban era más profundos. Más vívidos.
Empecé a tararear mi canción favorita, hasta que me llevó a bailar y a
cantar en voz alta. ¡Como si fuera la novicia rebelde!
Pero incluso algo tan feliz puede aburrir después de que se convierte en
rutina.
Me acosté en el pasto para mirar las nubes acumularse en formas que yo
deseaba: corazones, muchos corazones por doquier, con polvo de estrellas
cayendo como si recorrieran el cuerpo divino de Morfeo.
Esto me pareció maravilloso, pues no sabía que podía manipular el sueño.
—Morfeo —susurré mientras escribía su nombre en el cielo.
Empecé a cuestionarme si no estaba encarcelada en este sueño, y que la
soledad permitió que Morfeo saliera a cambio de que yo me quedara en su
mundo eterno. Después de todo, era un sueño bonito en donde estaba sola por
completo.
Respiré profundo al entender que tal vez aquí se acababa todo.
Me puse de pie despacio para no marearme pues había estado mucho
tiempo acostada.
—Dawn —me llamaron a mis espaldas con la intención de no asustarme,
aunque no evitó que lo hiciera.
¡Dios mío! Era Jessica. ¡No! ¡No podía ser ella! ¡Esto era un sueño! De
seguro era… ¿Cómo la llamó Iquelo?
¡Demonios, era la «soledad»!
Mantuve la calma para reaccionar rápido, porque podría arrastrarme lejos
de la seguridad de este sueño.
—¿Qué haces aquí? —le cuestioné cautelosa de su verdadera identidad.
Estaba preparada para invocar a Morfeo de nuevo. A gritos si era necesario.
—Tenemos que regresar a casa para… —calló cuando dejé de prestarle
atención al escuchar que algo se movió entre los árboles que no estaban lejos
de nosotras. Me fijé bien, pero solo vi a una ardilla corriendo furtivamente,
como si un depredador estuviera persiguiéndola.
«¿Hay animales aquí?», cuestioné confundida porque no los he visto en
todo el tiempo que he estado aquí.
Pero me sobresalté mucho cuando volví a mirar a Jessica, porque ahora
era Lisa.
—¿Qué está pasando? —cuestioné mirando a todos lados, buscando a
Jessica.
—Dawn, ¿has pensado en regresar a casa? —me preguntó ansiosa,
ignorando a la pobre ardilla que seguía corriendo por su vida. Algo la
perseguía sin cesar.
—¿De qué estás…? —volví a callar cuando escuché ese siseo de alguien
moviéndose. Iba a ir a investigar cuando Lisa me sujetó del brazo para que no
fuera. Sin embargo, al voltear para pedirle que me soltara, ya no era Lisa,
sino Morfeo.
Sus ojos eran dorados y el polvo recorría su cuerpo en un constante ir y
venir, no se acumulaba en sus manos como sucedía para hacer soñar al
mundo. ¿Será que así se ve en realidad dentro de los sueños?
«¿Y si no es él?», cuestioné en lo que me soltaba aterrada porque podría
ser la soledad burlándose de mí, usando a mi más grande sueño.
—Dawn, soy yo —aseguró desesperado Morfeo. Pero negué su confesión
retrocediendo para que no me hiciera daño—. Tengo que llevarte conmigo.
—Me sujetó con fuerza para detenerme, después advirtió en un susurro—.
Ella está asechando. —Señaló después a donde escuchaba el siseo de vez en
tanto.
Al fin reconocí que sí era él; pero en lugar de estar feliz por verlo, sentí
terror por su bienestar.
—¡No! ¿Por qué regresaste? ¡Estabas ya a salvo! —le reclamé enojada
porque echó a perder todo lo que he sacrificado con tal de que regresara a su
mundo y pusiera en orden el mío.
—Puedo entrar y salir mientras mantengamos este sueño. Pero ella está
luchando por borrar lo que Fantaso ha creado para ti. No tardará en darse
cuenta de que ese animal no eres tú.
Me hubiera reído si no estuviera en peligro de nuevo.
Me acerqué a él para acunar su mejilla con la mano, y sonreí al sentir
dentro de mí la realidad que él siempre me daba. Morfeo me regresó la
sonrisa, iluminando como nunca su rostro que me enamoró a primera vista.
—¿Puedes liberarme del sueño? —le consulté.
—Por eso estoy aquí —respondió sujetando mi rostro para besarme.
Casi me desmayo en sus brazos. Morfeo ahora era un experto en
demostrarme que sus sentimientos por mi estaban afianzándose. Pero también
era doloroso porque seguíamos siendo de mundos diferentes.
Segundos después, dejó de besarme para abrazarme fuerte.
—Dime cuál es tu peor miedo —susurró a mi oído, con tal furtividad para
que no lo escuchara la soledad.
—Perderte —respondí sin dudar.
Y era verdad. Tenía poco de conocerlo, pero mi corazón no dejaba de
decirme que siempre lo he amado. No sé cómo ni por qué, solo es una verdad
innegable.
De pronto, se escuchó un aullido femenino, lleno de ira. Me heló tanto la
sangre porque parecía sacado de una película de terror.
—Abre los ojos —me pidió Morfeo con voz dulce, ignorando mi miedo.
Tal vez él no lo escuchaba.
Una corriente de aire frío en mi rostro me obligó a abrirlos rápido, y solo
vi una neblina que se movió hacia mí con la intención de lastimarme. Sin
querer miré hacia abajo y vi que estaba parada al borde de un precipicio. El
vértigo me hizo perder el equilibrio, pero Morfeo alcanzó a sujetarme por la
cintura antes de caer.
Quise alejarme, pero él no me lo permitió. Al contrario, parecía dispuesto
a arrojarme al vacío.
—¡No! ¡No! —repetí mientras trataba inútilmente de alejarme del
precipicio. Él era muy fuerte porque ni siquiera podía mover la mano.
Escuché el siseo de la soledad detrás de nosotros, que se acercaba
despacio pero seguro, cual sombra que me llevaría a la muerte con solo un
toque.
—Tengo que brincar también —me avisó echando un ojo hacia el
precipicio. Al mirar por instinto, se me revolvió el estómago, porque la
neblina, que ocultaba momentáneamente el fondo, me hizo notar cuán
profundo era.
—¡No, no! ¡No lo hagas! —le supliqué aferrándome a él casi con uñas y
dientes.
—¡Salta conmigo! —propuso como si fuera una aventura. Incluso sonrió
engreído. Como si fuésemos dos amantes que, al no encontrar la forma de
estar juntos en vida, deciden hacerlo en la muerte.
—¡¿Estás loco?! —le grité enojada porque me pedía tal cosa.
—¿Qué temes más, Dawn? —me consultó tomándome de la cintura para
que nos viéramos—. Me perderás si no saltas… ¿No lo ves? ¡No quiero
dejarte aquí con ella!
Se escuchó el gemido amenazante de la soledad, parecía que estaba
desgarrándose la garganta, mientras que hacía algo para que mi sueño se
fracturara lentamente para refundirme de nuevo en esa oscuridad en donde
tenía completo poder de mí.
Fue horrible ver cómo se destruía. Y, lo que era peor, lo sentí en mi
corazón también.
—¡No puedo hacerlo! ¡No quiero morir! —expliqué desesperada, con
lágrimas de terror ya cegándome.
El gemido se escuchó más cerca, gritando que mi fin estaba por llegar.
—¡Lo harás si ella te toca! ¡Brinca ahora! —me ordenó Morfeo con una
ira desesperante que me asustó, pero solo logró que me entumiera más—.
¡Hazlo ya! —me gritó muy impaciente.
Miré hacia el abismo y mi sentido de supervivencia era aún muy fuerte.
Aun con la influencia de la soledad no he sucumbido a la idea del suicidio.
No lo he pensado en vida, y mucho menos lo haré en un sueño.
—¡No lo haré! —aseguré.
Entre el gemido ahogado que se acercaba más, se escuchó algo
arrastrándose. Era callado, como el susurro del ruido blanco. Empecé a tragar
saliva al no saber qué estaba ahí.
Entonces, miré hacia el suelo y vi miles de arañas caminando decididas a
atacarnos.
—¡No, no, no! —me sujeté de Morfeo con más fuerza pues tengo
aracnofobia.
No sé cómo llegaron a mí con solo un pestañeo. Subieron por mis piernas
tan rápido que pronto sentí su horrible andar en mi cuello. Me estremecí tanto
de terror que grité en lo que me manoteaba para quitármelas de encima. Pero
eran insistentes y volvieron a brincar sobre mi para seguir atacándome.
—¡Ayúdame! —supliqué a Morfeo en lo que retrocedía para alejarme de
ellas; solo que lo hice tanto que caí hacia el precipicio.
Grité con todo mi ser porque sentía que la vida me era arrancada con cada
metro que seguí cayendo, ya no decir que las arañas aun seguían pegadas a
mí. La niebla me envolvió muy pronto como una cobija llena de agujas que
rasgaron mi piel.
Nadie me ayudó. Ni siquiera Morfeo, a quien llamé hasta desgarrarme la
garganta.
Solo me quedó llorar porque esta era mi muerte a manos de un dios
antiguo muy vengativo.
6
MORFEO
Desperté sobresaltado mientras jalaba aire para respirar mejor. Miré de
inmediato a mi lado, en donde Dawn aún estaba con los ojos cerrados.
—¡Dawn! —la llamé con voz cortada por la preocupación porque no
debería seguir dentro de ese sueño. Acaricié su mejilla para incitarla a
despertar más rápido—. Vamos, Dawn. Despierta —le susurré con voz
quebrándose ya. Me estaba aterrando que hubiese preferido seguir cayendo
en el abismo.
De pronto, dio un espasmo que me asustó, luego demandó aire como si
acabara de nacer. Me puse rápido sobre ella para tomar su rostro con las
manos y hacerle saber con mi calidez que estaba aquí, esperándola en la
realidad.
—¡Vamos, amor mío, abre los ojos! —le ordené cuando sentí que estaba
durmiendo de nuevo.
No los abrió y su respiración se agitó bastante, como si fueran los últimos
segundos que tuviera en esta tierra.
—¡Zeus, no me obligues a castigar a tus bastardos! —amenacé enfurecido,
muy consciente de que Zeus me estaba escuchando. No se iba a perder de su
última traición.
La sacudí un poco, mientras le seguía suplicando en un murmullo que
despertara. Pero pronto me di cuenta de que mi fuerza divina le estaba
haciendo daño.
Me puse de pie, mientras que los sueños brotaron de mis ojos para
convertirse en pesadillas. Iban a ser peores que las que construye Iquelo.
Al no ser mi «especialidad» no tengo límites. No sé cómo dejar la marca
dentro de ellos en donde el mortal reconozca que todo es un sueño y que hay
una salida. Para eso, siempre dependo de Iquelo.
Los mortales pueden morir con mis pesadillas.
Creé rápido el mundo de Fantaso que fascinó a Dawn, pero ahora en lugar
de maravillas iban a tener miedo y al final muerte. Iba a dejar la puerta
abierta para que mi tío se divirtiera un poco.
Si yo no era feliz con Dawn, los bastardos de Zeus no lo iban a ser
tampoco.
—Ojo por ojo.
Estaba a punto de rociar las pesadillas a los bastardos cuando Iquelo sujetó
fuerte mi mano, mientras que Fantaso tomaba a Dawn en sus brazos para
alejarla de mí pérdida de cordura que podría lastimarla. Ambos solo lograron
que me enfadara más.
—¡Zeus no tiene nada que ver con esto! —aclaró rápido Iquelo, con las
pesadillas recorriendo sus brazos. Así descubrí que cuando hago esto le robo
las pesadillas reales. Las peores. Quizás lo he lastimado al hacerlo.
Dawn se quejó de que estuviese en una posición incómoda.
Las pesadillas en ambos desaparecieron entre gritos de agonía por
prohibirles su existencia.
—No ha despertado porque no sabe hacerlo. Además, Fantaso tuvo que
meterla en un sueño para dioses, ¿no lo reconociste? —me informó Iquelo
liberando mi mano ya. Hacia tanto tiempo que no daba sueños a los dioses
que he olvidado lo fuerte que son. Siguió—. La aventaste al precipicio, pero
ella misma decidió regresar a ese lugar seguro. ¡Cambió el sueño! —Notó mi
preocupación. Al no saber usar sus sueños podría perderse entre ellos; sobre
todo, en uno que no es diseñado para su gente—. Su instinto la salvó y está
de nuevo en ese claro del bosque.
Miré a Fantaso para confirmar en sus gestos que, irónicamente, nunca me
han mentido.
—También me sorprendió que me pidieras ese claro en especial —se
excusó mi hermano. No recuerdo haberlo hecho. Quizás fue algo
inconsciente, pues es el único lugar realmente seguro.
—¿Por qué no me detuviste? —cuestioné llevándome las manos a la
frente, pero Iquelo nos pidió que guardáramos silencio al escuchar pasos
dentro del departamento de Dawn.
—Es Oizys —reconoció Fantaso—. Y sigue rondándola porque Dawn no
deja de invocarla.
»Ya le ha dado tanto poder que ahora ha venido en persona.
—Solo estará a salvo de ella misma en el palacio. En mi ala —comenté.
—¿Una mortal en casa? No creo que lo permita… —refutó Fantaso.
—¡Zeus puede lamerme el culo! —espeté enfadado.
—No, él no me preocupa. Has demostrado que es fácil de chantajear con
tantos secretos que tiene —comentó con sonrisa malévola al final—. Me
refería a nuestro padre.
—No voy a… —Guardé silencio cuando escuchamos a Oizys aun
recorriendo cada rincón oscuro de la casa, como bestia de Hades. Ya se
estaba acercando mucho a nosotros.
Me apresuré a cargar a la quejumbrosa Dawn. Estando en el palacio, Oizys
no podría alcanzarla y yo tendría tiempo para encontrar la manera de
despertarla. Ni siquiera tenía que preocuparme ahí por la huella de Chronos,
porque Dawn sería inmortal mientras estuviera bajo mi ala.
—Hola, hermanos —escuchamos la voz maléfica de Oizys dentro del
cuarto.
—¡Huye! —me gritó Iquelo cuando los tres levantamos la mirada al
llamado de nuestra hermana maldita.
Desaparecimos ante sus ojos, como lo hacen nuestros sueños al toque de la
realidad de un nuevo día. Alcancé a escuchar el grito de frustración de
nuestra hermana por no poder seguir castigando a Dawn.
¿Cuándo se convirtió en una perra maldita?
Quiero creer que la orden de Zeus debió perderse en el camino hacia ella.
O simplemente es otra diosa que ignora ya sus mandatos y sigue su instinto.
Dawn se quejó porque era la primera vez que la trasladaba. Como lo había
sospechado, el cuerpo de los mortales no es idóneo para soportar lo que es
natural en nosotros.
—Soporta, amor mío —le susurré, rogando que esos gestos de molestia no
se convirtieran en dolor, porque no sabía si podría sanar del castigo divino
que le estaba infringiendo.
Ya en la seguridad de mi cuarto, deposité con mucho cuidado a Dawn en
mi cama. Mi cuarto, siempre iluminado por las estrellas se sintió más
acogedor con ella aquí.
—Estarás a salvo conmigo, Dawn —le prometí en lo que la arropaba con
mis cálidas pieles.
Dawn balbuceó algo; quizás me estaba escuchando. Espero que sea así,
pues eso quiere decir que podré sacarla de ese sueño cuando sea conveniente.
Al tomarme unos segundos para admirarla, noté que la inmortalidad que
estaba rodeándola ya le estaba haciendo más bella de lo que era. Contuve el
deseo de meterme en su sueño y de amarla ahí de nuevo. Tenía muy claro que
no volvería a salir de ellos, solo por estar con ella.
Me senté en la cama, dándole la espalda, para esconderle la aflicción que
ahora traía en el rostro.
—Iquelo y yo hemos hablado —me dijo Fantaso, asustándome hasta
ponerme de pie para alejar el peligro de Dawn. Estaba tan alerta que había
olvidado que mis hermanos habían escapado junto con nosotros.
Le hice gestos de que siguiera hablando.
—Al salvar a Dawn de Oizys, la has condenado a una eternidad en sueños.
Volví a decirle en silencio que no entendía.
—Ahora ella no puede entrar al sueño porque tu mortal se siente protegida
ahí. Te siente en todo momento y, de seguro, también te escucha. Pero solo es
cuestión de horas para que ella misma empiece a cambiar el sueño a una vida
contigo. Ha empezado a sentirse acompañada y pronto se olvidará de la
realidad.
»No tendrá una razón para despertar.
—¿Acaso me estás diciendo que la solución para despertarla es darle la
peor de las pesadillas? —cuestioné como si me estuviera pidiendo la más
grande de las traiciones. Aunque en el momento en que me cegó la ira, estuve
dispuesto a terminar con su vida, para que no siguiera sufriendo el castigo de
Zeus.
—No. Si lo haces, ella perderá la esperanza y construirás una puerta a
nuestra hermana en su sueño y…
—Caerá en el mismo abismo de nuevo —completé la fatal realidad. Bajé
la mirada, ahora más afligido.
—La amas. —aseguró Iquelo. Levanté la mirada sin dudar porque nunca
le he dicho que la amo—. ¡Sí! ¡La amas!
»Y lo sé porque jamás has enfrentado a Zeus por una simple mortal.
Estabas tan decidido a ayudarla que lo hiciste temblar.
Volteé a ver a Dawn para aceptar que mi hermano tenía razón.
—¿Tratan de decirme que para protegerla tengo que dejarla en su sueño,
que solo ahí estará a salvo? —pregunté en voz alta.
El silencio de ambos me dijo que así era.
—¿Por qué?
—Porque ella tarde o temprano volverá a dormir, tiene que hacerlo o
morirá. Y hay una alta probabilidad de que no puedas llevarla de nuevo a
donde está ahora. Puede que no se deje llevar por ti.
»No solo la arriesgas, también a ti porque entrarás una y otra vez para
ayudarla. Recuerda que Oizys es paciente.
Tenían razón.
—Entonces, le daré el mejor de los sueños —prometí preparando el polvo
para hacerle soñar eternamente. Esta sería la última vez que me escucharía,
porque una vez que la encarcelara en un sueño profundo, solo me tendría
como una fantasía.
Mientras que mis hermanos se marcharon sin molestarnos, para no ser
testigos de una dura despedida, me incliné a Dawn para besarla en los labios,
después le prometí que iba a estar a su lado de alguna manera.
—Te amo, Dawn. Sueña un hermoso sueño de los dos —le pedí con voz
quebrada.
Se quejó entre balbuceos, incluso se movió un poco en protesta por la dura
decisión que tuve que tomar en su beneficio, pero no fue lo suficientemente
fuerte para despertar. Es posible que en el fondo quería seguir así.
Esparcí polvo sobre ella, y su resistencia se fue desvaneciendo hasta lograr
paz y una sonrisa que me dijo que me había encontrado en su sueño. El polvo
restante lo arrojé a las estrellas para que la mantuvieran dentro de su sueño
feliz eternamente.
Sin esperarlo, empezó a llover polvo de estrellas sobre mi hermosa Dawn.
Sonrió.
Me retiré sin dejar de verla tan dichosa en nuestro sueño, hasta que las
puertas del cuarto se cerraron despacio bajo mi mandato, protegiendo a mi
sueño en vida.
—Dulces sueños, amor mío —susurré con la cabeza baja, después de un
suspiro profundo.
Además de amarla en un sueño fantasioso, sería su guardián eternamente.
Me di la vuelta para continuar con el eterno trabajo del dios de los
sueños… En completa soledad.
7
DAWN
Siete meses después
Al fin, vi una luz durante mi caída.
—¡No, no, no! —grité, y enseguida choqué con el suelo tan
aparatosamente que estaba segura de que me había roto un hueso… o algo.
Tardé en ponerme de pie, pues la caída que tuve fue muy fuerte, de donde
sea que haya sido. No recordaba porqué caí, solo que se sintió como un largo
y eterno desprendimiento de mi cuerpo y alma.
Mucho menos este claro, en donde el sol brillaba con delicadeza. Había
una brisa fresca acariciándome constantemente y el canto de pajaritos se
escuchaba intercalado entre la conversación de los árboles.
Estaba desconcertada, y con el corazón gritándome que no había nadie
más ahí conmigo. El lugar estaba abandonado, por así decirlo.
Me puse a indagar un poco por ahí; aunque pronto reconocí que no había
mucho que ver. Solo flores de todos los tipos.
Pero, al llegar al borde con el bosque, me dio miedo avanzar más allá,
porque recordé que la soledad solía esconderse ahí. La escuché muchas veces
dentro de la oscuridad que me acompañó durante mi larga caída. Me llamó
todo el tiempo con la promesa de encontrar la paz al fin.
Es un maldito susurro que no puedo ignorar porque se mete dentro de mi
hasta poseerme. Requirió mucho de mi valentía para no acudir a ese llamado.
Pero sé que es solo cuestión de tiempo para que me dé por vencida.
Retrocedí sin dejar de vigilar. No iba a acercarme al mal a propósito.
Caminé hasta lo que creí era la mitad del claro.
—¡Hola! —grité con fuerzas para avisar a alguien que estaba yo ahí.
Pero los segundos siguieron corriendo, diciéndome decididamente que
nadie vendría a mi llamado.
Tenía dos opciones: Quedarme aquí hasta que cayera la noche y
enfrentarme a la soledad en su medio natural, o atravesar corriendo esas
sombras que, con suerte, no lograrían siquiera tocarme.
Decidí arriesgarme y caminé de nuevo hacia el borde del bosque.
¡Demonios! Todo sería más fácil si no estuviera sola.
Estaba por dar el primer paso cuando escuché mi nombre en un susurro
que me rodeó como si fuera un cobertor cálido.
—¡Hola! —llamé de nuevo, ahora con el corazón palpitando ansioso por
volver a escuchar esa voz, que me hacía sentir acompañada ya.
Escuché mi nombre alto y claro detrás de mí. Volteé feliz por encontrar a
alguien, pero solo había una partícula dorada flotando frente a mi como si
fuera una hermosa luciérnaga.
Traté de tocarla, pero se alejaba, temiéndome.
—¿Quién eres? —le pregunté tras que la partícula decía mi nombre de vez
en tanto. Empecé a creer qué tal vez era Campanita.
—Sueña —dijo quedándose fija a la altura de mis ojos.
—No quiero. Tengo miedo. Sé que ella espera que esté ahí para atraparme
—refuté, echando una mirada rápida hacia el bosque.
—A salvo —dijo la partícula, solo que no entendía qué quiso decir—.
Sueña de nuevo.
—¿Qué? ¿Estoy atrapada en un sueño? —cuestioné hiperventilando. Por
eso nada tenía sentido para mí.
—Sueña —repitió el eco de esa voz.
—No —susurré. Entonces, la partícula se acercó más a mí. Su brillo y
deseo me hicieron retroceder hasta que caí de espaldas—. ¡No, no, no! —
exclamé en lo que me arrastraba hacia atrás cuando la partícula se aceleró
para entrar en mí. Me jaló hacia recuerdos de un hombre enigmático que al
final se convirtió en mi sueño más hermoso. El único que he tenido.
—¡Morfeo! —grité recordando que él me había atrapado en un sueño para
estar a salvo. ¿Cómo pude olvidarlo tan pronto?
Reaccioné sobresaltada, pero ahora estaba en mi cómoda cama en mi
departamento. Recordaba el sueño del que acababa de despertar.
Miré a mi alrededor, y todo se veía perfecto y hermoso. Los rayos de sol
entraban a mi habitación cantando una canción que solo poniendo atención se
descubría.
Estaba confundida porque jamás he tenido un despertar tan bonito como
este. Toda mi vida he experimentado un vacío y tristeza que solo he podido
enmascarar con la rutina y el amor que me compartían otros. Siempre fue una
fuerza oscura que me deglutía un poco más cada día. Solo sobrevivía.
Me pellizqué fuerte para comprobar que no estaba soñando. Pero el dolor
que se esparció rápido me dijo que estaba muy despierta, en un mundo real.
Tal vez no lo aceptaba porque mi vida ha sido arreglada por mandato
divino.
Salí de la cama. Me sentía tan renovada, lista para afrontar lo que me
esperaba del día, y fui a la cocina a preparar un poco de café. No sé qué día
era hoy, pero debió ser fin de semana porque así se sentía. Después decidí ir a
tomar mi café en la sala.
Estaba por entrar ahí cuando vi a alguien acostado en el sofá. Me espanté
tanto que me escondí detrás de la pared para vigilar al posible ladrón.
«¿Qué haces, tonta? ¡Llama a la policía!», me ordenó mi sentido de
supervivencia. De tal manera tomé rápido mi teléfono que estaba en la mesa
del hall, por suerte.
Marqué a 911. En lo que esperaba que me respondieran, miré al hombre
de nuevo. Pero no podía verlo bien, solo que vestía un pants negro, estaba
descalzo, y, por el movimiento de manos que hacía, como si estuviese
acariciando el espacio o dirigiendo una orquesta, estaba desnudo del torso.
Corrí a esconderme por instinto cuando volteo a verme.
—¿Qué haces, Dawn? —preguntó con voz que contenía risitas.
No respondí, pero me asomé un poco para verlo sentarse. No lo reconocía,
aunque mi corazón se alegró de verlo. ¿Por qué?
Cuando se levantó fue como ver a un árbol hermoso venciendo al tiempo
para mostrar su crecimiento, y cada paso que dio hacia mí, hizo que mis
latidos se elevaran en nerviosismo.
Estaba muda, y aun sin recordarlo.
Llegó a mi tan rápido.
—Buenos días, amor. —se inclinó para besarme la frente. Sus labios se
sintieron tan cálidos y reconocibles—. ¿Dormiste bien? —me preguntó
quitándome la taza de las manos para después regresar a la sala a dejarla en la
mesa de centro.
Lo seguí precavida de él, aun cuando mi corazón me exigía que lo
abrazara por detrás para forzarlo a corresponderme.
—Sí, pero… —callé cuando el hombre guapo desapareció en un destello.
El lugar se sintió aun cálido, pero en mi corazón hubo soledad.
Al mirar hacia la mesa de centro, vi la taza, y eso fue lo que me confirmó
que no había alucinado. Alguien me la había quitado y puesto ahí, pero
¿quién?
Me senté en el sofá con un resoplido que esperaba me ayudara a entender
qué demonios había pasado. No podía estar alucinando porque sé que toda
situación extraña tiene su explicación lógica. Siempre es así.
Excepto que fue primero: ¿el huevo o la gallina?
—¡¿Hola?! —grité con la esperanza de que ese hombre volviera a salir de
algún lado del departamento solo para atestiguar que no me estaba volviendo
loca.
—Dawn —escuché un susurro que se desplazó por todo el lugar como si
estuviese buscándome.
Me puse de pie para encontrarme con él, tal vez era ese hombre atractivo.
Pero al llegar al pasillo que llevaba a mi cuarto, vi una partícula de polvo
dorado flotando irregularmente hacia allá; la acompañó mi nombre segundo
después.
—Sueña, amor —escuché, pero vi que esa voz masculina salió de la
partícula, la cual, sin esperarlo, aceleró su paso hasta llegar a mí.
Me tomó tan de sorpresa que no pude reaccionar a los brazos que me
rodearon por detrás. Eran poderosos y juguetones, mientras que la pasión de
unos labios besaba mi cuello.
Me torcí un poco hacia atrás para ver el rostro de ese hombre, el cual
descubrí que fue quien estaba relajándose en el sofá.
—¿Qué haremos hoy? —me consultó después de darme un beso rápido en
los labios, que, por todos los cielos, deseé que se extendiera hasta ser
pasional.
—Lo que quieras… —alargué al final con la esperanza de que el hombre
me revelara su nombre.
—Entonces, vamos a vestirnos y te daré una sorpresa —sugirió con una
sonrisa al final que me hizo sonreír también. No cayó en la trampa.
Se sentía tan bien estar tan cerca de ese hombre.
Me liberó para tomarme de la mano y llevarme al cuarto. Sin embargo, a
medio camino dejé de sentir su mano y alcancé a ver que se desvanecía como
si fuese borrado por el tiempo.
—¡¿Qué demonios está pasando?! —grité asustada.
—No, Dawn. No tengas miedo, estoy a tu lado —escuché de nuevo el
susurro fantasmal; solo que esta vez me dio tanto miedo que corrí hacia el
cuarto para meterme debajo de las cobijas y recitar que no estaba loca. Y
también una plegaria que me tranquilizara.
Sin embargo, ahí estaba el hombre preparando la ropa que se iba a poner.
—Ponte algo ligero —me recomendó—, hoy tengo un día soleado para ti.
En lugar de preguntarle qué estaba pasando, si me estaba volviendo loca,
corrí hacia él para abrazarlo por la cintura.
—¡Abrázame, por favor! Hazme sentir que eres real —le supliqué.
—Soy real, Dawn —respondió abrazándome fuerte, después me consoló
con un beso en mi cabeza, y agregó—. Solo sueña y siempre lo seré.
»Estaré aquí para ti… Eternamente.
Su beso en mi coronilla y sus manos acariciando mi espalda fueron tan
placenteros que desencadenaron un escalofrío sexual que sentí tan real.
Me sentí tan protegida.
Hasta que el cuarto empezó a enfriarse como en una tarde fría de invierno,
en donde la depresión vive más que nunca en todos.
—¿Qué sucede? —cuestioné cuando el hombre me soltó. Me sobresaltó su
semblante que parecía el de alguien muerto. Iba a preguntarle si estaba bien
cuando me tomó del cuello para ahorcarme con tal odio.
Mi suplica de que parara salió como un horrendo grito gutural.
¡Me estaba matando!
MORFEO
—¡Morfeo! —escuché a Iquelo llamándome en un grito que retumbó entre
los sueños que he dejado ya.
Sentí en su llamado que algo estaba pasando en nuestro reino, por lo que
regresé al palacio con solo un pestañear.
Mi hermano ya estaba esperándome con Fantaso a las puertas de nuestro
reino.
—¡¿Qué sucede?! —le cuestioné demandante.
—Es tu mortal… —Tan solo se refirió a ella y corrí hacia mis aposentos
en donde la mujer que amo dormía protegida por mis sueños más hermosos
para ella.
Las puertas fueron abriéndose con agresividad a mi paso, mientras que las
divinidades menores que estaban por ahí me miraban asustados. Jamás me
han visto tan decidido en proteger a alguien, mucho menos a una mortal.
Al entrar a mi cuarto, vi a Dawn agitada, y sobre ella estaba a Oizys,
flotando y ahorcándola. El polvo de sueños eternos que siempre se esparcían
sobre ella eran de oscuridad pura.
Tomé a Oizys con un solo movimiento para arrojarla lejos de Dawn;
chocó con la pared más lejana, la que me dio un poco de tiempo para regresar
a Dawn a su sueño, que tanto me ha costado que acepte, en donde estamos
juntos.
Dawn siguió agitándose tanto que temí decidiera ya no regresar al sueño.
Estaba por sisear para tranquilizarla, cuando Oizys rio con malicia a mis
espaldas. Volteé a mirarla con intenciones de aniquilarla.
—Ella siempre me dará acceso, Morfeo —reveló irguiéndose. Dawn
siguió dándole poder sin saberlo—. ¿No lo sientes? Ella no quiere ser feliz,
sabe que no se lo merece. Todos ellos así lo aceptaron.
La belleza de mi hermana era sin igual. Rasgos delicados y perfectos,
clásicos de una diosa que sabe atraer la compasión de los mortales con solo
una lágrima. Pero solo es una quimera que les dará sufrimiento, porque la
felicidad siempre es buscada por la humanidad. Es a la soledad a quien en
realidad aceptan en sus vidas sin dudar, ya que es la más fácil de conseguir.
—¡Aléjate de ella! —le ordené autoritario. Será mi familiar, pero aun así
le haré daño si sigue lastimando a Dawn.
Pero solo obtuve una risa maliciosa en respuesta.
—No lo haré.
—¡Te lo ordeno!
—Puedes ordenar cuanto quieras, pero Zeus me castigará si lo
desobedezco.
Mis rasgos se torcieron en confusión al principio, hasta que entendí que
había sido traicionado por Zeus una vez más.
Me acerqué a ella tan rápido que si apenas pudo percibirme. La tomé por
el cuello para arrancarle la libertad y demostrar así a Zeus que yo cumplo mis
amenazas; aun si tengo que refundir a mi propia hermana en el Tártaro. Así
como él apuñala por la espalda.
—No puedes castigarme —reveló ella con voz entrecortada que lograba
escapar—. Zeus es mi supremo, pero Hades jamás dejará que me castigues
porque él me necesita. ¡Ellos me necesitan! —Señaló a Dawn con su dedo,
que escurría de pronto sangre negra.
Tenía razón, Oizys, al igual que yo, era de los pocos dioses que aún
éramos poderosos, gracias a los humanos que aún nos evocaban y creían en
nosotros.
—Puede ser que tengas razón. —Por los perros de Hades que sí la tenía—.
Pero ¿alguna vez has soñado, Oizys? —le pregunté acercándome a su rostro
para que viera claramente la idea que surgió en mi sin esperarlo—. ¿Has
soñado con la felicidad y después perderla una y otra vez?
—¡No sé qué es la felicidad, y no la necesito! —Se atrevió a enfrentarme
apretando los dientes, mientras que el vacío de sus ojos escurrió en lágrimas
negras.
—Pronto la conocerás.
Abrió sus gestos cuando mis ojos cambiaron a un dorado que me
preparaba para otorgar sueños.
—¡No! ¡No! ¡No! —Se retorció mientras gritaba. Que probara de su
propia medicina era un castigo cruel que estoy dispuesto a darle.
—¡Morfeo! —me detuvo autoritario Fantaso, distrayéndome un segundo.
Preguntó cuando lo miré—. ¿Qué haces?
—¿Alguna vez has visto a un dios soñar? —le consulté.
Me miró indignado de que le preguntara eso porque irónicamente hace
siglos que se nos prohibió soñar. Ni siquiera podemos hablar de la posibilidad
de volver a hacerlo.
Incluso es posible que algunos ya no los extrañan y han olvidado la
libertad que da soñar.
—Más bien, ¿llegaste a ver a la soledad soñar? —reformulé mirando a
Oizys, cuyos gestos se enseriaron en temor. Estoy dispuesto a rebelarme para
darle una lección.
—No puedes encerrarme ahí por mucho tiempo. Despertaré y regresaré
más fuerte, gracias a ellos.
»Y vendré por ella. Siempre lo haré, aun cuando su alma destruida esté
suplicando en el Tártaro.
—Tal vez, pero siempre estaré protegiéndola de ti. Así que prepárate para
tener grandes sueños, Oizys.
Se retorció de nuevo, dando una última batalla con la esperanza de
liberarse de mí. Pero por mucho que peleara, yo era más fuerte.
Esparcí polvo de sueños sobre ella. El primer grano que la tocó la obligó a
cerrar los ojos despacio, al igual que su fuerza menguó hasta caer en mis
brazos; entonces, la sujeté bien para alejarla de Dawn.
—¿A dónde la llevas? —me preguntó Fantaso siguiéndome por el pasillo
que a simple vista parecía infinito.
—Con Hades —respondí seguro. Pero Fantaso me sujetó del brazo para
detenerme.
—¿Vas a dejar a su merced el arma que ha querido siempre a su lado?
—¿De qué hablas? ¿Responde a Hades?
—No, solo a Zeus… Pero no cometas un error del cuál no podremos salir
airosos.
—Entonces, ¿qué hago con ella?
—Déjame llevarla con nuestra abuela. Le diré lo que ha hecho y ella la
mantendrá a su lado.
—¿Le dirás de Dawn? —le cuestioné.
—No creo que nuestra abuela desconozca que ella está aquí. Todos la
sentimos.
—Bien —dije cediéndola—. Pero hazle saber que Zeus me ha traicionado
una vez más enviándola sobre la mujer que amo. Tal vez con eso ella
entenderá por qué me atreví a dormirla.
Fantaso asintió. En ese instante, Oizys se retorció como si estuviese por
despertar.
—Dawn la está invocando, debo regresar a ella para tranquilizarla —le
avisé apresurado de que ya la alejara de aquí.
—Te buscaré después de dejarla —me informó cuando yo ya estaba
corriendo de regreso a mis aposentos.
Cuando entré, Dawn estaba retorciéndose y gimiendo de miedo a algo. Fui
rápido a ella para acostarme a su lado.
—¡Shhh! Aquí estoy, amor mío —le susurré mientras la abrazaba como
podía sin lastimarla, después la besé en la frente. Solo espero que el bienestar
que me da ella sea retribuido en su sueño.
Se tranquilizó unos minutos después. Solo entonces pude al fin respirar
tranquilo.
Me quedé un largo rato a su lado, disfrutando lo poco que me puede dar
estando dormida. Saber que está a salvo me está dando el descanso que
obtengo al cerrar los ojos.
Un rato después, Iquelo entró sin anunciarse antes.
—Esto te va a sorprender mucho —dijo con un cabeceo para que
saliéramos a hablar a solas. Teníamos mucho cuidado al hablar frente a Dawn
para no influenciar en su sueño.
Fui al pasillo con él.
—¿Qué sucede? —le pregunté en lo que cerraba la puerta, preocupado por
tanto secretismo.
—Pensamos a mitad de camino que era mala idea que nuestra abuela
interviniera. Entre menos sepa es mejor. Hicimos lo que querías, pero Hades
recibirá a Oizys solo si habla contigo primero —me avisó.
Exhalé fastidiado porque no quería dar explicaciones a Hades. Sin
embargo, convine que era importante estar al tanto de la actitud de cada
olímpico referente a esto. Prepararse para las sorpresas.
Además, también podré averiguar si es verdad que Hades quiere a Oizys
como arma.
—Está bien. ¿Puedes vigilar a Dawn mientras estoy fuera? —pedí a mi
hermano.
—¿Voy a tener que abrazarla si se pone intranquila? —preguntó
preocupado. Iquelo siempre ha evitado el contacto con los mortales porque
teme que puedan influenciar en su trabajo.
Necesita no tener empatía por ellos para poder darles pesadillas.
Lo miré apretando los labios. Una clara advertencia de que tenía prohibido
hacer cualquier cosa que pudiera influenciar el sueño hacia él. No quiero que
Dawn despierte enamorada de mi hermano.
—Esa es una pregunta estúpida. Tocas a Dawn como yo y te ganas un
puñetazo en la cara —le advertí de todas maneras, aligerando el enojo en
broma. Agregué—. Me invocas si algo se presenta.
—¿Vas a ir solo? —me consultó.
—Ya no tengo más hermanos.
A pesar de que los mortales nos concedieron miles de ellos en sus
leyendas, nacidos de nuestros padres, quienes según ellos se pusieron a
fornicar hasta llenar el reino de los sueños con sus hijos como si fuesen
estrellas en el firmamento, en realidad solo somos tres.
Admito que en este momento nos convendría tener a esos hermanos.
—No permitas que pase mucho tiempo allá —pedí ya caminando para ir al
Inframundo.
—Iré por ti si no regresas pronto —prometió, de seguro llevando la mano
al pecho.
Caminé con paso cuidadoso para no alertar de mi partida a los oneiroi.
8
Fui a la puerta que daba al río Aqueronte. Los sueños acudieron a mi para
notificar que yo era un dios viajando entre reinos. El polvo me rodeó hasta
formar un tornado que me materializó en las puertas del palacio de Hades.
Siempre he detestado estar en este reino. En donde el extraño silencio es
creado por los millones de almas que están condenadas eternamente a pagar
lo que hicieron en vida. Así mismo el aire es viciado por la desesperanza. Y,
aunque a simple vista es un lugar bello, para las almas es oscuro y desolado,
lleno de criaturas creadas de sus peores pesadillas.
El inframundo es un constante recordatorio de que la belleza siempre tiene
su lado oscuro y triste.
Un murmullo extraño me puso alerta, pero seguí caminando hasta llegar al
andron de Hades; todo palacio tenía uno. Era en donde nos reuníamos con
otros dioses para hablar en un lugar relajado de menesteres de los reinos.
—¡Perséfone! —gritó con tal furia Hades que me sobresaltó.
En los últimos siglos, cuando he venido, lo he encontrado parado en el
gran ventanal. Siempre inmerso en pensamientos y con la mirada perdida
hacia los Elíseos.
—Hades —le llamé para anunciar mi llegada, olvidándome de su abrupta
invocación hacia su esposa.
Volteó al instante para verme molesto por interrumpirlo, pero creo que no
fue por mi llamado sino porque me confundió con alguien más.
Levanté las manos en son de paz. Al darse cuenta de quién era, sus gestos
cambiaron a ser amigables; al menos lo que él creé serlo.
Nunca he visto a Hades sonreír, ni siquiera para burlarse. Siempre ha sido
un hombre serio cuya infelicidad y frustraciones están marcadas en su rostro.
—¿Perséfone está sacándote de quicio de nuevo? —me atreví a cuestionar.
Sonrió irónico en lo que se acercaba a mí. Su respuesta silenciosa me
pareció extraña.
Es decepcionante saber que la pareja que se unió por decisión propia ahora
no soportaba estar en la misma habitación.
El amor siempre ha sido un sueño que no suele hacerse realidad. Quizás
esa es la razón por la que los olímpicos toman a la fuerza para satisfacer el
placer incontenible.
Han estado tanto tiempo lejos de la tierra y ausente de la devoción de los
mortales que han mendigado lo que desean de donde fuere.
—¿Y cuál es la razón por la que me has invocado? —le pregunté
cruzándome de brazos mientras no dejaba de sentir a Oizys en el lugar.
—¿Es cierto que has retado a mi hermano? —preguntó, y no tardé en
responderle con un asentimiento lento de cabeza.
Me miró por unos segundos muy inquisitivo. Terminó con un quejido e
hizo aparecer a Oizys con un movimiento de manos en un kline cubierto de
cojines cómodos.
—Oizys no tiene que sufrir tu castigo por seguir ordenes de mi hermano
—defendió. No me extrañó que lo hiciera porque, se odiarán abiertamente,
pero cuando alguien hace daño a alguno de los tres, olvidan la rivalidad y
defienden, aun cuando estén siendo injustos.
Deshice mi postura dentro de una sonrisa sarcástica.
—Por el contrario, Hades. Ella disfruta lo que hace —objeté—. Si no
crees lo que te aseguro, toca su corazón y lee sus intenciones.
Hades dudó por un segundo, pero terminó hincándose a su lado para
leerla.
—Por órdenes de Zeus, debe matar a tu mortal en un sueño —balbuceó
segundos después. Estaba sorprendido de que al fin alguien le traía pruebas
de que su hermano traiciona.
Me enervó confirmarlo. Tanto que tuve que controlarme para no explotar
frente a alguien que considero aún más traicionero que Zeus. Después de
todo, y aunque viva en exilio, es un olímpico.
—Tu mortal es especial, Morfeo —confesó mientras se ponía de pie para
mirarme. Iba hablar, pero me calló con una seña y siguió—. Ella no es un
simple mortal con sangre castigada por siglos. Es algo… más.
»Tendrás que ir con las Moiras para conocer el pasado y futuro de tu
mortal.
»No puedo leer bien a Oizys porque ella solo cumple ordenes, pero puedo
asegurarte de que nunca se ha preguntado por qué tiene que cumplirlas. Hasta
cierto punto es inocente.
Jamás me lo parecerá así. Somos seres que podemos controlar nuestra
naturaleza, el descontrol solo es para los mortales.
—Necesito a Oizys alejada de Dawn. Ella ya está débil —dije
descubriendo mi preocupación.
Hades se interesó en mí, incluso se acercó para mirarme a los ojos muy de
cerca; sin percatarse de que Fantaso apareció detrás de él; de seguro, enviado
por Iquelo como apoyo. El problema que siguió fue que mi hermano creyó
que estaba por atacarme; incluso vi la tensión en su mirada. Pero alcancé a
detenerlo con una seña de mano.
—La amas —balbuceó con la misma certeza de cuando leyó a Oizys.
Confirmó—. La amas hasta el punto de ir al Tártaro a rescatar su alma.
—Sí —aseguré levantando el mentón para verme más decidido—. Incluso
pasaré sobre ti si es necesario.
Bufó burlón, creyéndome incapaz de tal cosa.
—¡Hum! Ese tipo de pureza no ha vuelto a verse en los reinos —comentó,
viéndose pensativo—. Ni siquiera Eros puede crear algo tan puro. ¿Cómo
puede si no sabe lo que es amar?
»Es tan puro como el que yo… —calló, después suspiró afligido. ¿Podría
ser que recordó a Minthe? Después de todo, su romance con ella casi hace
que Perséfone destruya la belleza que reina en el Inframundo—. Baja ya la
guardia, Fantaso. Aun sigues siendo bien recibido aquí —ordenó, dándose la
media vuelta para retirarse. Mientras tanto, miré asombrado a mi hermano de
que me hicieran aceptar que amaba a Dawn hasta ese punto.
Me asustó amar con tal intensidad, porque ahora sé a dónde lleva.
—Se quedará aquí —decidió Hades dándonos la cara de nuevo—. Solo
que no estará vigilada ni contenida. —Fantaso iba a discutir eso, pero lo
volvió a callar con una seña de mano—. No puedo mostrar interés en una
mortal que es importante para mi hermano. No lo quiero inmiscuyéndose en
mi reino.
»Pero puedo darte un consejo, Morfeo —agregó llevando las manos a la
espalda en lo que caminaba un par de pasos hacia mi—. Zeus no es
omnipotente, tiene debilidades como todos nosotros. Para llegar a él, conoce
sus peores temores y explotalos.
»La única manera de que tu mortal este a salvo es teniendo a Zeus en tus
manos. —Ejemplificó cerrando el puño—. Se sabio en cada una de tus
decisiones. Se astuto y actúa antes. Solo así obtendrás lo que quieres.
—¿Tal y como tú lo harás algún día? —cuestionó Fantaso cruzándose de
brazos y formando al final una sonrisa burlona.
Mi hermano tenía razón, Hades me ha dado consejos que bien podría usar
en él mismo contra su hermano.
Hades lo miró sobre su hombro, desdeñando la impertinencia.
—Ataca a mi hermano donde menos lo espera —aconsejó tocándome el
corazón. Después retrocedió para ir a tomar a Oizys y llevársela cargando.
—¿Estás inmiscuido en el castigo de Zeus? Porque si lo estás… —
pregunté, tenía que hacerlo.
—No —me interrumpió—. Jamás he apoyado las visiones de Átropos —
concluyó viéndome sobre su hombro con sonrisa sarcástica—. No es bueno
para mi reino.
»Son libres de marcharse cuando lo deseen.
Nos dejó ahí sin decir nada más.
Al no tener ya nada más que hacer ahí, regresamos a Oneiroi en silencio.
—Ya, revélalo —le ordené tras su silencio inquisitivo.
—¿Tenías que preguntarle?
—Sí.
—¿Y qué hubieras dicho si hubiera respondido afirmativamente?
—No lo sé.
—Espero que no nos traiga consecuencias.
Por mi parte, haber hablado con Hades fue lo mejor que pude haber hecho
al final de todo porque me dio la idea de cómo llegar a Zeus, aunque fue
críptico. Todos tenemos muchas debilidades, solo tengo que encontrar el
suyo.
Él me ha subestimado, y, sobre todo, en el amor que puede tener un dios
hacia una mortal. Ha olvidado que es eterno, y no hay nada que pueda
romperlo.
Es posible que Zeus nunca ha conocido el amor. Ni en su reino ni en el de
los mortales. Puede ser así porque significaría ceder el control de uno mismo.
Volverse vulnerable.
Dawn me enamoró y le seré fiel por siempre, aun cuando ella deje de
amarme.
Por ella, soy capaz de enfrentarme a Zeus y a todos sus lameculos que
hace llamar familia.
Y ahí es donde el odio de Hades hacia su hermano será manipulado por
mí.
El plan es complicado de llevar, teniendo en cuenta que tendré que estar
en el Olimpo para sentir el momento preciso en que pueda ser llevado a cabo.
Tal vez sí debería hacer una visita a las Moiras. Con un poco de suerte,
esta vez no me hundirán de nuevo.
Esa noche
He bajado a la tierra para cumplir el mandato de Átropos. La premonición
que daré estará en el sueño de un mortal importante para ella.
La ironía del momento es que por hacer lo mismo con Zeus es que Dawn y
yo estamos metidos en este castigo.
Bien he aprendido lo que sucede cuando doy sueños premonitorios, pero
este era un favor que no podía rechazar, ya que ella se ha arriesgado al darme
la premonición solicitada por Zeus. Me ha abierto los ojos de cuán capaz será
Zeus por cubrir su trasero.
Además, ahora sí se vería forzada a apoyarme si era necesario.
Si Zeus llegase a enterarse de lo que he hecho, entenderá que su autoridad
es un capricho para mí y que mi familia es mucho más poderosa e importante
que la suya.
Caminé por la calle silenciosa tratando de sentir al mortal que tenía que
visitar en sueños.
La oscuridad era rota parcialmente por la luz artificial de las lámparas. Me
he dado cuenta de que conforme pasa el tiempo por este reino, la oscuridad se
hace más brillante. Pronto los mortales no recordarán a mi abuela.
—Morfeo —me llamaron entre la oscuridad. Era Átropos saliendo hacia la
luz. Su belleza destacó con su figura estilizada por el vestido de fina tela con
bordado de oro. Su cabello rubio hasta media espalda ondeó con el ligero
viento de la noche. Sus pies descalzos la hacían flotar ligeramente.
Me sorprendió verla vestida como diosa.
—¿Qué haces aquí? ¿Has venido a vigilar que cumpla mi parte del favor?
—le cuestioné molesto por la falta de confianza. A diferencia de Zeus, yo no
traiciono a los dioses que me dan su ayuda, por peligroso que sea.
—No, no pude decirlo en su momento porque te mostré algo que mi
hermana ha ocultado. Pero tengo que estar junto a ti para hacer la
premonición más firme, o él la tomará como un sueño confuso —explicó.
—¡Oh! Había olvidado eso. Bien, puedes hacerlo aquí —le dije estirando
la mano.
—No, quiero verlo.
—Bien. No hay problema —accedí señalándole con la mano que
continuáramos hasta sentir el llamado del mortal marcado.
Iba a dar un paso, pero Átropos me detuvo del brazo.
—¿Crees que es correcto? —me consultó.
—¿Por qué dudas? —Hizo gestos de que hasta pronunciar el nombre le
daba temor. Pregunté—. ¿Temes a Zeus?
Asintió con la cabeza, originando así mi risa burlona entre dientes.
—No temas. Zeus las respeta y teme. Hay dioses que él no puede destruir
porque se quedaría ciego, mudo y sordo —aclaré mirándole, pues hablaba de
ellas—. Su pérdida lo dejaría ciego en la eternidad.
»Si vieran un poco más allá de su reino, verían que ustedes podrían
controlar a Zeus si quisieran.
—Pero logró vencer a su padre —siguió dando excusas para su miedo.
—Solo con el poder de que lo veneraran… —Suspiré profundo—. ¿Lo
sentiste cuando estuve presente en el oráculo?
Pensó en silencio por un segundo, para después negar con la cabeza.
—Su poder ha menguado, y él lo sabe. Por eso sigue usando sus viejas
amenazas para conservar el poder aun, pero bien sabe que sus días están
contados.
—Lo sabe por la profecía.
—No, Átropos. Lo sabe desde hace tiempo, solo se lo has confirmado.
»Así que levanta la mirada y demuestra que eres una diosa que aún es
venerada y temida.
Escuché que soltó un suspiro que reconocí de mi cuando fui traicionado
por Zeus tras dar la premonición al ancestro de Dawn. Era irónico que
Átropos estuviere a mi lado en este momento, después de haberse redimido
en nombre de Zeus.
—Aquí es. —Señaló deteniéndose sin dudar en una casa. Miró hacia la
ventana del segundo piso como si fuese el primer rayo de sol tras una
tormenta. Quien estuviese en ese cuarto, era el rayo de esperanza para
Átropos en un futuro oscuro.
—¿Cuán importante es para ti ese mortal? —le pregunté curioso. Pero ella
no respondió, solo bajó la mirada apesadumbrada.
«Mucho», reconocí.
Entonces, le ofrecí la mano para llevarla al cuarto de ese mortal. Pero fue
ella quien lo hizo al final entre una niebla blanca y cálida.
Un rayo de luz de luna alumbraba al mortal en cuestión, como si ella
estuviese ansiosa de tocarlo toda la noche. Miré a Átropos acercarse a él
como si fuese la última vez que lo vería. Sentí la desesperanza de un sueño
no cumplido.
Me reconocí en ella, cuando pasaba las noches mirando a Dawn
confundido por su condición de «no-soñador» y por los latidos tristes que
reconocían que no podía estar con ella… Los que aún tengo cuando la veo
viviendo dentro de un sueño.
Me acerqué al hombre, pero sentí antes de tocarlo que no estaba soñando.
Me alarmó tanto porque él podría ser en realidad del que hablaba la profecía
y por eso Átropos estaba aquí.
Pero me di cuenta de que no pidió un sueño al dormir, solo quería
descansar de algo.
Me retiré de la cama un paso para que Átropos lo viera mejor. Lo hice por
instinto.
Cuando ella acarició su mejilla en silencio solo por unos segundos, sentí
que ella tenía sentimientos por él. Susurró tan bajo que no logré entenderla.
Me sentí como un intruso frente a dos amantes incomprendidos.
Después me ofreció la mano para asegurar la realidad de la premonición
que tenía que embonar perfectamente en el sueño.
Sentí los sueños creándose en mis ojos para desplazarse por mi cuerpo
hasta llegar a la mano para acumularse en un polvo dorado que destellaba por
sí mismo. La premonición de Átropos no era la que me mostró cuando estuve
en el oráculo —por eso me pareció más caótica de lo normal— y quería
jalarme a una realidad convertida en pesadilla; del tipo que solo Oizys puede
influenciar. Tal vez su espíritu estaba rondando a este mortal también.
Era tan vivida que me agitó, y solo quise dejarla caer sobre el mortal para
deshacerme ya de ella.
Esa premonición iba a llamar la atención de Zeus, si el mortal luchaba en
contra del futuro que Átropos le ha predicho.
Me agité hasta que empecé a ahogarme. Quise liberarme, pero Átropos
estaba muy bien afianzada a mi mano. Creo que quería que el mortal sintiera
tanto miedo por lo que estaba viendo que despertara sobresaltado y recordara
lo que vivió en sueño.
Ahora entiendo porque no solicitó la ayuda de mi hermano: ella quería que
la profecía se convirtiera en una pesadilla real. Solo que entregarlo me estaba
lastimando mucho. Incluso escuché a Dawn llamándome aterrada. Me
desgarraba hasta el punto de que sentí estaba perdiendo mi inmortalidad.
—¡Por favor, me estás lastimando! —supliqué a Átropos que me liberara
de la premonición.
Vi mi mano que tocaba al mortal y la premonición estaba rasgándome
hasta sangrar ya. Pese a esto, ella siguió.
—¡No! —gritó adolorido el mortal, liberándome al fin de todo.
Se paró de la cama con tal arrebato, arrollándonos en el proceso como un
caballo desbocado. Es posible que nos haya sentido como una fuerza que lo
bloqueaba.
—¡No!… ¡Solo es un sueño!… ¡Solo es un sueño! —balbuceó el mortal
mientras buscaba algo en los muebles al lado de la cama. Aun me dolía el
daño que me hizo Átropos por medio de la profecía.
El mortal siguió suplicando aun cuando encontró un aparato
—Por favor, contesta. Por favor… Por favor.
Miré a Átropos, quien estaba igual de sobresaltada que yo. No estaba fría
ante el destino que dio a ese mortal. Me atemorizó porque ella está
acostumbrada a revelar tragedias, ya que el futuro de los mortales siempre
termina con algo que los aterroriza: la muerte.
Yo soy inmortal y no estoy preparado para conocerlo.
—Átropos, cierra las puertas del oráculo. Zeus ira tras de ti cuando se
entere de esto —le aconsejé mientras que ella iba a sentarse junto al mortal
acongojado porque no lograba comunicarse con alguien.
Me vi reflejado en su desespero.
—Lo hice antes de venir aquí. Mis hermanas se han molestado conmigo,
pero no me importa —respondió poniéndose de pie.
Este fue el momento en que reconocí que debía tenerla a mi lado.
—Las puertas de mi reino siempre estarán abiertas para ti. Ahí estarás a
salvo —le prometí mientras le ofrecía la mano para marcharnos.
He cumplido ya en advertir a ese mortal tan especial para ella, ahora tiene
que esperar las consecuencias que de seguro vendrán.
Átropos se dejó llevar por mí de regreso a nuestro mundo sin mirar atrás.
La acompañé hasta su palacio. Ella no necesitaba protección porque tenía
el poder del infundir miedo con solo una premonición falsa, pero estaba
interesado en saber cuán rápido vuelan los chismes entre reinos. Con un poco
de suerte, Zeus estaría ya aquí imponiendo su autoridad.
Sería un triunfo grato que sospechara que una Moira estaba de mi lado;
sobre todo, la más importante.
Pero tras dos pasos, entendí que Dawn era lo primordial para mí y que no
era momento de rendir cuentas con Zeus.
Tras una despedida silenciosa, regresé a Oneiroi, en donde encontré a mis
hermanos paseando tranquilos por los jardines del palacio. Tomando, quizás,
un descanso de lo que hemos vivido también. Al verlos, me di cuenta de que
estaba pidiendo mucho de ellos por una mortal que no conocen.
No se alarmaron al verme.
—¿Se ha hecho? —me preguntó Fantaso.
—Sí. —Dudé un poco en comentar lo que me inquietó de esa premonición
—. ¿Sintieron su fuerza?
—Sí —respondió Iquelo—. Átropos te obligó a tomar fuerza de nuestros
sueños sin autorización para fijarla en ti.
Eso fue lo que sentí en ese momento, como si me obligaran a ceder mi
poder y, al hacerlo, lastimé a Dawn. La sangre no era mía sino de…
—¡No! —Grité en lo que corría hacia Dawn; pero, por más que usaba mi
poder para llegar a ella, no podía avanzar.
La desesperación me lastimó de igual manera que lo hizo Átropos.
Cuando al fin llegué a ella, alcancé a ver las heridas que me infringieron
también. Deduje sin dudar que estábamos conectados de alguna manera, por
lo tanto, podría curarla.
Contuve la calma y dejé que el instinto actuara.
Acaricié las heridas que tenía ella, pero lo hice en mi piel. Las huellas de
polvo de sueños sanaron sus heridas al instante, solo que no fue grato ver que
se quejara de ello.
Soportó todo.
La miré unos segundos para confirmar que ya estuviera bien. Después fui
al ventanal cuando el crepúsculo me anunció que era momento de trabajar.
Lo haría en unos minutos.
Respiré profundo, reconociendo ya que tenía que detenerme un segundo
para descansar. Pero la presencia de mis hermanos me dijo que aún no era
momento de hacerlo.
—¿Creen que tomarán represalias contra Átropos? —consulté antes de
mirarlos sobre mi hombro.
—Solo un loco se metería con una Moira —respondió Fantaso.
—Y ese «loco» está desesperado porque cree que los dioses se están
revelando —contradijo Iquelo—. Pero todos sabemos que él ha perdido la
razón desde hace milenios.
—Morfeo… —me llamó Fantaso un poco dubitativo de su petición—,
debemos conocer la premonición que te han dado de Dawn para ayudarte
mejor.
Los miré en silencio unos segundos. No quería involucrarlos más de lo
que ya están, pero también es claro que los necesito para proteger a Dawn.
Soy yo contra el Olimpo.
Además, Átropos me mintió estando en el oráculo, es posible que lo haya
hecho para ocultarse de sus hermanas. Nos ha usado para que el mensaje
llegara a ese mortal sin que ellas supieran, al menos por el momento.
Ellos tenían que saber en que los han metido sin saberlo. Me acerqué para
posar las manos en sus frentes, iba a mostrarles todo.
Cerré los ojos en el momento en que el recuerdo de lo sucedido se
visualizó en mi mente. Este era el momento en donde decidían si se lavaban
ya las manos o seguían adelante hasta el final.
Abrí los ojos, encontrándome con su silencio que no supe leer.
—Eres nuestro hermano mayor. Marca el camino y te apoyaremos —
prometió Iquelo, llevando la mano a su pecho para atar la promesa a mí.
Fantaso hizo lo mismo.
Les agradecí con una reverencia de cabeza. Por ahora, no teníamos un plan
a seguir; al menos Dawn estaba a salvo aquí.
Con la suerte de nuestro lado, Zeus aceptará que mientras que Dawn esté
controlada, no habrá peligro para él.
Es irónico que lo diga, pero la vida tiene que seguir su curso normal.
Su seriedad fue una clara respuesta de que así era.
•••
Me he mantenido lejos del peligro desde que descubrí que Dawn también
sufrirá si me hacen daño.
No he ido a la tierra, no hay razón ya para hacerlo. He seguido una rutina
que han permitido días de completa calma. Quizás así, Zeus olvidará que yo
tengo a Dawn.
Mi momento preferido es cuando me traslado a mis aposentos para
cuidarla una vez más. Aún está tranquila y más bella.
Caminé despacio para sentarme a su lado. Me es tan difícil no tocarla, y
hoy he llegado al límite; por eso me arriesgué a acariciar su mejilla.
Al no suceder nada malo, me aventuré a ir más allá.
—¿Has soñado conmigo, amor mío? —le pregunté en voz baja—. Te
extraño mucho. —Sujeté su mano que descansaba sobre su estómago para
besarla amoroso. Susurré—. Extraño tu voz decir mi nombre.
»Extraño tu mirada furtiva adorándome, tus latidos enamorados de mí y tu
sonrisa feliz por estar conmigo.
De pronto, Dawn empezó a tararear una canción oscura que sentí la
alejaba de mí. Me alarmó tanto que decidí entrar a su sueño, porque tal vez el
daño que le hicieron por medio de mi era más profundo.
Pero, cuando estaba a punto de tocarla, una fuerza invisible se desprendió
de ella para sujetarme del brazo. Sentí que su intención era arrancarme el
alma del cuerpo.
Logré zafarme con agresividad mientras ella seguía tarareando cada vez
más alto.
Retrocedí tambaleante, muy asustado, hasta que decidí trasladarme fuera
de los aposentos para no ser atrapado de nuevo por esa fuerza. No sé qué era,
pero me sentí tan vulnerable cuando me tocó.
Aun estando afuera, su atracción me sofocaba. Tuve que alejarme
corriendo para liberarme de todo.
10
Finalmente, bajé el paso hasta sentir la soledad en su pureza. Nunca me ha
parecido tan fría como ahora. A diferencia de mis hermanos, siempre he
aceptado que la soledad es parte de la vida de un dios.
La inmortalidad puede ser un don envidiable. Pero a veces es una
maldición para nosotros porque tarde o temprano se buscan nuevas
experiencias que den sabor a los días eternos. Es por eso por lo que
arrancamos de los mortales lo que no podemos encontrar en otros dioses.
Irónicamente, ellos nos inyectan vida.
El problema es que nos hacemos adictos tanto a ellos que no nos importa
usarlos para satisfacer nuestros más bajos instintos; como lo ha hecho Zeus
una y otra vez.
Incluso yo. Lo admito. He sido algunas veces tan bastardo con ellos.
Como cuando Iris, mi antigua pareja, me fue arrancada por Zafiro. Su
alejamiento sin despedida me afectó tanto que una guerra nació por los
sueños hostiles que di.
Cuando Dawn fue puesta en mi camino por Átropos, sentí desde el primer
segundo que estábamos unidos por algo más que el castigo de Zeus.
El miedo a la incertidumbre de su condición ocultó quizás lo que ahora
siento en carne viva, y que me consume como una palomilla en el fuego de
Helios.
Es amor. Puro y verdadero, del que nunca he sentido.
Pero lo que temo es que, si es divino, se desvanecerá pronto. Y ella no es
una diosa que se puede consolar a sí misma compartiendo la cama con otro
dios.
—Morfeo —me llamó Fantaso a mis espaldas. Tuvo cuidado en no
sacarme con agresividad de mis pensamientos.
—¿Qué sucede? —le consulté volviéndome a él. No me molestó su
interrupción, por el contrario, me dio un respiro.
—Algo pasa con Dawn. Está muy agitada… —No esperé a que me dijera
más y me trasladé a mis aposentos. Estaba temblando porque podría ser que
esa fuerza que quiso aprisionarme, ahora su intención era matarla.
Iquelo estaba a sus pies de brazos cruzados, mirándola confundido por los
gemidos agitados que ella estaba liberando. Me paré a su lado para
observarla, teniendo cuidado de esa fuerza.
—¿Se está ahogando? —me consultó Iquelo.
En ese instante, Dawn murmuró «No te detengas. Quiero más de ti»
seguido por otro gemido que terminó en una sonrisa.
Fantaso apenas pudo contener la risa. Supe ya qué le estaba sucediendo,
por lo que no dudé en tomar a mis hermanos por el hombro para trasladarlos
afuera.
—¿Qué sucede? —me cuestionó Iquelo, mareado por la velocidad con que
los saqué.
—Es un sueño húmedo, ¿verdad? —respondió Fantaso. Contenía con
mucho esfuerzo una risa. Agregó—. Y, al estar tú cerca, se ha convertido en
uno tan real que puedo sentirlo.
Iquelo no contuvo la risa. En ese instante, los gemidos de Dawn subieron
con intensidad sexual que me excitó inoportunamente.
—¿Estará soñando contigo? —me consultó Iquelo, guardándose otra
carcajada. Estaba disfrutando mucho la impaciencia que me empujaba a
entrar al sueño de Dawn para averiguar de una vez con quién me engañaba en
sueños.
No podía saberlo con solo tocarla porque temía que esa fuerza que quiso
matarme hace rato lo lograra está vez. Además, ella está controlando el sueño
y podría atraparme en él.
Los gemidos se intensificaron aún más en frecuencia, recordándome
aquellos que tuvo cuando hicimos el amor por primera vez. Eran elegantes y
armónicos, y no escandalosos e hirientes como los tienen las diosas del
Olimpo.
—Es hipnótico verla y escucharla —comenté. Mis hermanos ladearon las
cabezas; espero que curiosos por el sueño, más que por morbo.
Entonces, gimió más agitada. Fue tanto el placer que ella sintió ahora que
estaba por explotar de celos.
Tuve que caminar impacientado de un lado a otro porque Dawn no
terminaba.
—Jamás te he visto tan enojado por un sueño húmedo. ¿Por qué lo estás, si
estoy seguro de que ella está soñando contigo? —comentó Iquelo de brazos
cruzados.
Lo miré, aniquilándolo en silencio. Sentí la ira queriendo emerger para
detener a… ¡No sé a quién! No podía culpar a Dawn por esto.
—Estás perdidamente enamorado de ella, hermano —aseguró serio
Fantaso en lo que se acercaba a mi para darme apoyo con su mano sobre mi
hombro.
De pronto, se escuchó un último gemido orgásmico y silencio. Aun
sintiendo su excitación dentro de mí, solo entonces pude respirar tranquilo.
—Mmm, tu mortal me ha incitado a bajar a la tierra para buscar compañía
—comentó Iquelo, mirando hacia mis aposentos.
—¿Podrías dar algunos sueños húmedos en donde podamos participar? —
pidió Fantaso.
—¿Es en serio? —le cuestioné irónico porque me están pidiendo algo que
Zeus hace con los mortales. Solo que él usurpa identidades para abusar de las
féminas.
Su seriedad fue una clara respuesta de que así era.
No podía creer que me estaban orillando a ser hipócrita, pero tampoco
podía negarme porque me han ayudado en cada situación desde que Dawn
entró a mi vida.
Quizás, con un poco de suerte durante su viaje a la tierra, ellos mismo
desistirán entrar al sueño del mortal, después de haber tratado un poco a
Dawn.
Las acciones tienen siempre consecuencias y solo teniéndolas es cuando
uno aprende.
Con esa idea, cumplí su petición.
Mostré frente a ellos los sueños para que me dieran su visto bueno. A
simple vista, para alguien que no era un oneiroi, vería una nube de polvo
dorado moviéndose. No verían cómo toma vida.
Ambos se miraron sonrientes y dieron su aprobación con un asentimiento
de cabeza.
Arrojé los sueños al aire para que siguieran su camino hacia las mortales
que deseaban un desahogo sexual en este momento.
Ambos se marcharon sin despedirse. Al menos no estaban celebrando.
Regresé a los aposentos para revisar a Dawn. Por suerte, ahora estaba
tranquila, y más bella. Al parecer, la inmortalidad del lugar le está afectando
para bien.
Me senté a su lado para atreverme a rozar su mejilla en una caricia. Aun
cuando estaba atemorizado por esa fuerza, deseaba que sintiera el halo de mi
amor por ella.
Tal vez esa fuerza era el deseo de su cuerpo por poseerme sexualmente.
Un llamado espiritual para unirse a mí.
—¿Estás soñando conmigo, amor mío? —le pregunté en voz baja.
Dawn no respondió, y siguió respirando tranquila.
—¿Estamos juntos en tu sueño?
Siguió sin responder. Deseé que al menos se moviera un poco, lo
interpretaría como una señal de que me estaba escuchando desde el fondo de
su sueño.
—Te extraño mucho —le dije posando ahora la mano como si estuviera a
punto de sujetar la suya que descansaba sobre el estómago. La tentación de
culminar el toque fue más fuerte de lo que creía.
Suspiré profundo. Era increíble que, teniéndola cerca, estaba en realidad
tan lejos de su corazón.
—Deseo que sientas el mío latir solo por ti. Demostrarte que yo siempre…
—Dawn empezó a tararear esa canción que la alejaba de mí.
No confesé lo sucedido a mis hermanos por temor a que me alejaran
definitivamente de ella. Tal vez en el fondo no lo hice para no sentir real este
ataque. Si lo ignoraba, podría quedarse solo como una idea insulsa mía.
Pero la siento cada vez más alejada con cada nota.
Me atemorizaba estar perdiendo su amor dentro del sueño, como lo haría
una pareja desenamorada por la distancia y el tiempo.
Me puse de pie para caminar a su lado, desesperado de no saber qué hacer.
La miré tan ansioso que me acerqué para tocarla, pero me detuve a
centímetros. Ya no me aterraba esa fuerza letal, sino descubrir que ya no me
amaba. No estoy preparado para aceptar tal verdad cuando ni siquiera se me
ha dado la oportunidad de demostrarle mi amor.
Salí de ahí, huyendo apresurado de ella. Tal vez alejándome más, dejaría
de rechazarme en sueños.
No me detuve hasta salir del palacio.
La belleza de mi reino me recibió con su usual candor de los sueños más
divinos. Sin embargo, al dar un respiró profundo, me di cuenta de que el cielo
empezó a tornarse gris mientras que el viento soplaba con frialdad.
—¿Qué está sucediendo? —me cuestioné porque parecía ser una visita de
un Primordial.
—Morfeo. —Escuché el susurro de mi abuela acercándose. El cielo se
oscureció al fin hasta el punto en que ella se formó delante de mí.
Hacía mucho que no la veía, ya que siempre se ha comunicado con
nosotros por medio de Hermes.
Me abrazó en cuanto terminó de integrarse en la diosa que algunos temen
por la oscuridad que siempre la rodea, a pesar de que es una de las más
hermosas.
—Es bueno verte de nuevo —le saludé correspondiéndole el abrazo.
—Bien, Morfeo. Dime la verdad: ¿Cuánto amas a la mortal? —me
preguntó directa, tras que me soltó.
—Abuela, no te he visto en mucho tiempo… —Evadí la conversación,
como lo hemos hecho con ella desde que Dawn está en el palacio.
Me miró, torciendo los labios para obligarme a responder. Me rendí dentro
de un suspiro callado.
—Siente mi corazón —le invité, tomando su mano rápido para llevarla
con quien habla de los verdaderos sentimientos de los dioses. Para que se
diera cuenta de que lo que siento por Dawn es real y no solo un capricho de
dios.
Me miró con profundidad, quizás para verla a ella luchando con Oizys en
el sueño.
—Zeus ha demandado a tu padre que te meta en cintura —reveló—. Pero
él le ha respondido que tú tienes el control de tus designios. Y si amas a esa
mortal, si en verdad crees que aceptará tu inmortalidad, será bienvenida en el
reino.
Abrí más los ojos, sorprendido. Estaba teniendo el apoyo de mi familia en
esto, y Zeus no podía hacer nada porque ellos eran dioses primordiales.
Creadores y equilibrantes del universo.
—Si él sigue castigándote —dijo mi abuela—, defiéndete. Si llegas a
necesitarme, invócame en pensamientos y haré todo lo posible para
protegerte en silencio.
La abracé de nuevo muy agradecido. Sé que he tenido el apoyo de mis
hermanos, pero no tenía idea de cuanto necesitaba el de alguien importante,
cuyo consejo puede cambiar el orden de las cosas. Algo que Zeus no tiene. Ni
creo que tenga de sus allegados.
Mi abuela se desintegró para unirse de nuevo al cielo, regresando la
belleza que habita en los sueños; y trajo consigo la esperanza que me dio
fuerzas para seguir siendo el guardián de Dawn.
Días después
Dawn ya no ha tarareado esa canción oscura, sino la antigua de cuando me
conoció, lo que me ha permitido descansar a su lado. Con Oizys fuera de
combate por el momento, ha estado sonriendo entre sueños ya.
¿Qué soñará?
No entendía el significado de ambas canciones. ¿Por qué una me lastimaba
mientras que la otra me invoca?
Mientras estaba a un lado del lecho en donde Dawn seguía durmiendo,
sentí a Iquelo entrando en el cuarto con paso cuidadoso.
—¿Estás ocupado? —me preguntó, alejándome un segundo de Dawn.
—No —respondí deshaciendo los brazos cruzados.
—Me encontré con Fantaso hace un rato y me ha comentado que Oizys
está sufriendo por algo.
—Me alegra. Eso se merece por todos los años que la torturó —respondí,
dando un cabeceo al final señalando a Dawn que estaba gimiendo la dichosa
canción.
Iquelo se acercó a ella para tocarla; sin embargo, me apresuré a detenerlo
porque no quería que fuera jalado hacia el sueño por equivocación. Aun
siento la invocación.
En ese instante, Dawn sonrió enamorada.
—¿Crees que entre más feliz sea ella en el sueño, Oizys sufre más? —
cuestionó inclinándose para ver de cerca el rostro de Dawn.
Algo estaba sucediendo con ella porque su cabello se había hecho más
dorado, casi como el halo brillante que expide Apolo de vez en tanto; sus
labios más carmesíes y su piel estaba tomando la suavidad del mármol
esculpido. Parecía succionar divinidad del sueño.
Y sé que no es de ninguno de nosotros porque sufriríamos tal como ese día
de la profecía de Átropos.
—¿Estás diciendo que las dos están unidas? —cuestioné su pregunta.
—Sí. Oizys está demacrándose más mientras que Dawn…, bueno, bien
podría quitarle el puesto a Afrodita.
Me acerqué a ella para mirarla de cerca en lo que meditaba lo que ha
notado mi hermano.
Dawn seguía luchando con Oizys aun en sueños. No tenía problema con
que la eliminara para siempre, aunque eso repercutiera en el mundo de los
mortales. Lo que me preocupaba era qué estaba haciendo Dawn en el sueño
para succionar el poder a Oizys. ¿Cómo está ganando la guerra?
No podía entrar a averiguar, solo me queda seguir siendo su guardián
hasta que ella despierte por si sola cuando todo haya acabado.
11
Días después
Escuché a lo lejos el tarareo de Dawn otra vez. Caminé más rápido hacia los
aposentos, ya que sentía su canto como una invocación constante y
obligatoria.
Me llevé una sorpresa al ver a Iquelo y Fantaso a los pies de la cama con
los brazos cruzados y sin dejar de ver a Dawn.
—¿Qué hacen aquí? —demandé temeroso de que fuesen a hacerle algo.
Estaba tan alerta que incluso las pesadillas estaban ya corriendo por mis
manos si querer.
—¿Sientes que nos invoca? —me preguntó Iquelo sin interés en mi
alteración.
—Sí.
—Es muy fuerte —comentó Fantaso.
—Así lo siento, pero ¿por qué a ustedes? Sobre todo, ¿por qué tú, Iquelo?
—Eso es lo que no dejamos de preguntarnos —respondió Iquelo—. Al
principio solo era un tintineo normal de cualquier mortal, pero ahora es…
—Como una necesidad de respirar —interrumpí.
—Sí —concordaron ambos.
Me senté a un lado de Dawn para verla más de cerca, no pude evitar
acariciar su cabello en lo que ella seguía tarareando.
—¿Qué te sucede, Dawn? —le pregunté.
—Estoy tan sola —respondió cortando su tarareo. Me sorprendió tanto
que me respondiera que me levanté.
—Sigues creando pesadillas, Morfeo —me recordó Fantaso, señaló mis
manos para que las viera.
Cerré los ojos mientras respiraba profundo para regresar a la normalidad.
—¿Puedes ver que está fantaseando? —pregunté a Fantaso.
—Podría hacerlo, si yo fuese quien te ayudó a dormirla —se excusó. Pero
sí lo hizo, por lo tanto, su pretexto me dice que tiene miedo de hacerlo.
—Sus noches solitarias se han acabado —canturreó Dawn, atrayendo
nuestra atención.
La miré un rato, decidiendo qué hacer mientras que ella no dejaba de
tararear.
—Voy a entrar —dije decidido.
—¡No! —detuvo Fantaso mis intenciones—. Si quedas atrapado de nuevo,
nadie podrá sacarte ya porque ella sigue encantada.
Miré a Iquelo, él siempre tenía soluciones rápidas a problemas que a veces
son imposibles para cualquier dios.
—Oizys está débil. No será problema hasta que Dawn acepte que está
dentro de un sueño y no en la realidad. Porque…
—Me demandará que la despierte y abriré la puerta de Oizys —concluí.
—Sí —concordó él—. Tenemos dos opciones: Vamos con Hades y
pedimos su ayuda para poner en cintura a Zeus, quien es el único que puede
controlar a Oizys. O vamos con nuestra abuela...
—No, esa es muy mala idea —rechazó Fantaso—. Si vamos con ella nos
obligará a desterrarla. Saben bien qué opina ella de la mortalidad en nuestras
tierras.
No revelé que ella ya ha venido a darme su apoyo, ya que entendí de esa
visita que mi abuela era mi última oportunidad para proteger a Dawn. No
podía arruinarla.
Pensé mejor la primera opción.
Puedo ir con Zeus para obligarlo a cumplir su promesa. Mi poder es
mayor, ya que los mortales aún me invocan y están detrás de mí, como una
fuente de poder constante. Pero Zeus tiene la lealtad del Olimpo y eso supera
el apoyo que tengo.
Solo puedo enfrentarme a Zeus con la ayuda de Hades. Y solo iría con él
si no tuviera más remedio, si la vida de Dawn pendiera de un hilo.
El único problema que enfrentaba ahora era que es posible que ella está
creando sueños que se están convirtiendo en su realidad, por el poder divino
del sueño. Pronto quedará atrapada en ellos.
Sé que no la volveré a ver, pero estará viva… y viviendo feliz en su propia
fantasía. Pero tampoco puedo arrancarle la vida sin su consentimiento.
—Tal vez puedes entrar y salir si tienes algo que te aferre a la realidad —
comentó Fantaso después de pensar mucho.
—Si no convives con ella dentro del sueño mucho tiempo… Si no la
confundes, tal vez podrás entrar y salir sin problemas cuando quieras.
—Verla a la distancia —susurré mientras la miraba.
—Es mejor que esto —comentó Fantaso, señalándola.
—Morfeo —me llamó Iquelo—, ella no dejará de invocarnos, y temo que
dejaremos de escuchar a los mortales por ella.
»Puede bloquearnos. Y si no queremos de regreso a Zeus de nuevo, eso lo
hará.
Suspiré profundo mirando de nuevo a Dawn, quien volvía a decir que
estaba tan sola. ¿Acaso nos está escuchando y me está suplicando que me
necesita?
—Bien. Lo haré —dije a mis hermanos ya decidido—. ¿Alguna idea de
qué podría atarme a la realidad?
—Nuestra abuela podría mantenerte aquí, pero no quieres involucrarla —
comentó Fantaso.
—Nosotros —dijo Iquelo—. Ahora estás afuera. Solo que no hagas
contacto con ella en ningún momento, porque podría amarrarte a ella de
nuevo.
—Hagámoslo ahora —dije a mis hermanos seguro.
Los nervios me afectaron el estómago al sentarme junto a ella. Al
momento que puse la mano en su mejilla, mis hermanos pusieron las suyas en
mis hombros.
Entré a su sueño con un solo pestañeo. No hubo resistencia por ninguna
parte.
La canción que ha estado tarareando me recibió primero, abriendo el telón
del sueño de Dawn. Todo fue muy teatral.
—Morfeo —escuché el susurro de Iquelo como si lo tuviera a mi lado.
—Te escucho. ¿Pueden ver su sueño?
—Solo si nos los permites —respondió Fantaso.
—Bien —dije caminando hacia el escenario extraño que corría del otro
lado del telón compuesto de una neblina fría. El ancla estaba funcionando
bien.
La música dejó de sonar cuando entré a una calle transitada. No era el
mundo de Dawn. Mas bien, no era su época.
Las personas vestían ropas que vagamente recordaba; hacia décadas
humanas que las llegué a ver en sueños. Los automóviles eran máquinas
grandes de metal y muy ruidosas. Sin embargo, dentro de todo, como un
llamado del corazón, escuché la risa de Dawn muy cerca, y fue quizás el
sonido más hermoso que podía escuchar ahí.
—Dawn —susurré mientras seguía su voz que resonó más sobre las
demás.
Estaba igual de nervioso y feliz por verla «despierta».
La acera estaba transitada, por lo que me costó un poco llegar a ella. Es
más, fue como si ella misma pusiera a todos esos mortales para protegerse,
como una barrera impenetrable.
—No fuerces tu voluntad ahí, Morfeo —me recomendó Fantaso.
Pero necesitaba verla. La extraño mucho. Y al menos así puedo interactuar
con ella haciéndome pasar como uno de esos extraños. Solo necesito un
segundo de su atención.
—Paciencia, Morfeo. Paciencia —me recomendó Iquelo.
Respiré profundo y seguí el consejo.
Mi presencia se redujo lo suficiente para que ella aligerara la guardia. Las
personas siguieron su camino para dejarme verla con más detenimiento.
Ahí estaba, al fin.
Sin embargo, mi felicidad se transformó en sorpresa inaudita cuando la vi
con un hombre que era mi copia exacta.
—¿Me está engañando en su sueño? ¿Conmigo? —balbuceé incrédulo.
Él le cantaba la canción que he estado escuchando fuera del sueño, la que
me hace daño, mientras que ella le sonreía feliz. También le hacía caricias en
la mejilla que despertaron mis celos.
Pero estos no eran como los que suelo sentir, los que siempre hemos
tenidos todos los dioses. Era más tóxicos.
—Son celos de amor —me avisó Fantaso—. Los he sentido solo una vez
en la vida. Disfruta su rareza, pero no te dejes llevar por ellos, porque tienen
la desdicha de cegarte.
Quise acercarme a ella para romper el sueño de ese yo falso.
—No lo hagas —me ordenó con calma Iquelo.
—¿Pueden ver lo que ella está soñando? —consulté de nuevo molesto
porque me sentí invadido en nuestra privacidad.
—No, pero sentimos tus intenciones.
Respiré profundo varias veces mientras seguía mirándolos. No entendía la
ira a la que llevaban los celos por amor, y por qué estoy enojado con ella
cuando estaba haciendo lo que le pedí: tener un sueño de los dos.
Retrocedí para que la oscuridad de la realidad que me ha acompañado me
regresara a la sensatez.
—¿Has visto suficiente, Morfeo? —me preguntó Fantaso.
—No. Su sueño es extraño —respondí aun dentro de la oscuridad. En el
fondo, no quería irme porque la sentía tan viva. Necesito más de ella.
Agregué—: Se siente incorrecto… —Resoplé con fastidio por no poder
explicar que esto no era normal, más allá de los celos.
Lo sé. Después de todo, he otorgado sueños de todos los tipos.
—Lo sentimos igual, pero es un sueño donde ella está a salvo y es feliz.
—Sí, pero ¿por qué lo está soñando así? —me cuestioné saliendo tan
rápido de la oscuridad, muy decidido a ir con ella. Esta vez los mortales se
desintegraron ante mi decisión en un polvo de sueños gris. Algo más raro.
Pero cuando estaba a tan solo unos pasos, ella me sintió y volteó a verme.
Se aterró tanto, como si hubiese visto a Oizys.
—Dawn… —logré decir antes de que algo me jalara con agresividad de la
cintura, arrancándome entre sofocos del sueño.
La volví a ver, pero ahora dormida. Fui arrancado del sueño con tal
decisión que seguí cayendo hacia atrás hasta estamparme contra la pared.
El golpe fue tan agresivo que me dejó sin aire, luego caí al suelo a punto
de perderme en una inconsciencia turbadora. Mis hermanos no vinieron a
asistirme, quizás porque Dawn tampoco estaba bien. Me paré con trabajos
para volver a caer con torpeza. Me sentía tan mal que tuve que quedarme en
el suelo hasta recuperarme.
Entonces, volví en si con solo escuchar la inquietud de Dawn en jadeos
temerosos. Mis hermanos se hicieron a un lado para que me acercara rápido a
ella.
—Dawn, sueña. Sueña ahora —le ordené con delicadeza en lo que
acariciaba su mejilla.
Recuperó la paz poco a poco. Ya no tarareó, solo siguió soñando
plácidamente.
—¿Por qué me sacaron? —pregunté enfadado a mis hermanos.
—No fuimos nosotros, solo fuimos el hilo que te trajo de regreso.
Volteé a ver a Dawn, deduciendo algo que es imposible.
—¿Ella me sacó? —pregunté desconcertado.
—Le diste poder y control para que creara sus propios sueños —me
recordó Iquelo—. Ese es su mundo ahora y tú eres un intruso que quiere
destruirlo.
—Se está defendiendo contra Oizys —deduje aun sin dejar de mirarla, en
cierta manera, estaba orgulloso de lo fuerte que se estaba haciendo.
Dawn estaba tan quieta, quizás estaba juntando las piezas para volver a
crear otro sueño.
—¿La sienten?… ¿Sienten que los necesita? —les consulté, pero se
miraron en silencio.
—No había sentido nada de ella hasta que empezó a tararear —me
respondió Iquelo.
—Sí. En lo personal, me sentí inútil cuando la veía dormida —comentó
Fantaso cruzándose de brazos.
—-¿Ya les ha sucedido esto antes con alguien más? —pregunté
mirándolos, pero solo obtuve su risa como respuesta.
—Hermano —dijo Iquelo tomándome del hombro para que no desviara la
mirada de la suya—, esta será la única vez que lo admitiremos en voz alta
ante ti: Si tú no creas el sueño, nosotros no podemos hacer nada.
»Solo creamos oscuridad y un mundo solitario. Ellos —Echó una mirada
rápida hacia Dawn para ejemplificarla como «humano»— quieren soñar con
personas, no con cosas y animales.
»Tú eres el más importante. Nosotros solo ponemos «bonito» el escenario.
—Quizás hasta de los dioses —agregó Fantaso, atrayendo mi confusión—.
Los humanos siguen invocándote, incluso a Oizys sin saberlo. No a Zeus,
Poseidón, ni otro olímpico imbécil.
»Por eso Zeus te tuvo miedo.
—También porque eres el único, aparte de Hades, quien ha tenido los
cojones para enfrentarlo directamente —le interrumpió Iquelo.
—Nosotros seguiremos siendo fuertes; siempre y cuando tú sigas siendo
invocado —terminó Fantaso.
—Ellos jamás dejarán de soñar —concluyó Iquelo mirando a Dawn; lo
hice también. Estaba asombrado de cuanto poder me ha dado ella.
Puedo enfrentar a Zeus. Su ego es tan grande que lo debilita ya. Pero corro
el riesgo de que Hades intervenga. Él es más poderoso y no es bueno hacerlo
enojar.
—¿Creen que puedo enfrentar a Zeus? —pregunté.
—Sí. Tal vez no la ganes, pero le darías una buena pelea —respondió
Iquelo—. El problema es que él está rodeado de sus hermanos que darían la
inmortalidad por él.
»Para llegar a él, hay que deshacerse de los lameculos.
—Solo hay alguien que puede estar en su presencia sin que lo custodien
—comentó Fantaso.
—Hades —respondí.
Si lo que decían mis hermanos respecto a mi poder era cierto, unirme a
Hades nos haría más invencibles. Después de todo, él también es un dios que
ha sido más invocado que los demás. A través de los eones, he deducido que
los olímpicos le temen por ser el único que puede dar «mortalidad» a un dios
para encerrarlo en el Tártaro junto a su padre.
—Hay una manera de que desviemos la atención de Zeus de Dawn —
comentó Fantaso. Iquelo y yo nos interesamos en su plan. Siguió—. Podemos
dar sueños a los más cercanos a Zeus. Algo que los avergüence tanto que se
queden callados, pero los inquiete. En pocas palabras, atraer la atención de
Zeus hacia ellos.
»Con un poco de suerte, creerá que están complotando también contra él.
La idea era muy buena, ya que por vergüenza podrían alejarse de Zeus,
quien parece ya leerlos sin que siquiera hablen.
—Una pesadilla llamará su atención, pues les demostrará que siempre
tenemos acceso a ellos. Así le dejaré claro que no permitiré que llegue a ella
—comenté.
—Podría responder con un ataque —supuso Iquelo.
—Es inevitable, pues estoy seguro de que lo hará tarde o temprano. Tal
vez está esperando a que confíe en que cumplirá su promesa esta vez y que
dejaré a Dawn desprotegida.
»Además, nadie lo ha atacado primero. Sería el mensaje claro de que no
me estoy «durmiendo en mis laureles». —Mis hermanos rieron entre dientes
por el uso de la frase—. No esta vez.
»Si Dawn es su objetivo para conservar el poder, yo seré el muro que lo
detendrá.
—¿Y si Dawn despierta a los titanes? —supuso Fantaso.
Me quedé en silencio sintiendo la respuesta en mi corazón. No había
tomado en cuenta esa posibilidad que no solo destruiría mi mundo, también el
suyo.
«Tengo que ser optimista», me recordé mientras me frotaba la frente.
—Las premoniciones pueden ser interpretadas por nuestros miedos —
respondí—, pero no quiere decir que eso sea el significado de ellas. Siento en
mi corazón que Crono no despertará.
»O al menos necesita algo más poderoso que ella.
—¿Crees que nuestro padre aun lo tiene contenido? —me consultó
Fantaso.
—Sí —respondí seguro, pues confío en la fuerza de nuestro padre, y
siempre lo haré.
12
Pasamos algunos días pensando a qué dioses atacaríamos.
Atenea y Poseidón fueron los elegidos para torturar a Zeus. Los más
fuertes a su lado. Atenea es su estratega y Poseidón su hermano favorito en
quien confía plenamente, incluso lo ha llegado a tomar como un arma.
No tengo nada contra Atenea, pero atacar a Zeus directamente es
peligroso. Siempre hay que destruir primero la cabeza, y ella es eso.
Me aprovecharé de sus miedos, los cuales convertiré con ayuda de Iquelo
en pesadillas tan reales que sus gritos se escucharán por todo el Olimpo.
Empecé con Atenea.
Fue fácil escabullirme en el palacio en donde ella vivía. La oscuridad y ese
pequeño punto ciego de su rabillo del ojo fueron mis cómplices todo el
tiempo. Nunca me sintió.
Tan confiados están ya de la seguridad de su reino, que ya no recuerdan
cómo percibir el peligro.
Ya entrada la noche, Atenea se retiró a sus aposentos.
La miré desvestirse con tal delicadeza, como si supiera que uno de sus
tantos amantes estaba espiándola. Por un segundo sospeché que ella sabía que
yo estaba ahí, por la forma en que se tocaba. Como si estuviera despertando
mi deseo, cuando solo sentía repulsión por ella. Los mortales la creen virgen,
pero Afrodita me ha confesado que no lo es.
Y le creo. No hay dios que sea representación de la dignidad, pureza y
benevolencia que ahora el nuevo dios de los mortales aparenta ser.
No tardó mucho en acostarse. Fue cuando aproveché para ordenarle
dormir con tan solo un cerrar de ojos. Cada vez estoy dominando más el don
de mi padre. Empiezo a creer que no estoy robando su poder, sino que él me
está ya pasando su legado. Tal vez mis hermanos también podrían hacer esto,
si tan solo no siguieran empeñados en que yo haga todo.
Su respiración pausada fue mi señal para acercarme más a ella sin
esconderme ya.
La miré dormir en paz. Sin importarle el dolor que su padre causa una y
otra vez por sus caprichos. Es un hombre enfermo de poder que cree todo el
tiempo que hace el bien, y siempre acepta la mierda que le dicen los demás
para sacar provecho de él.
Pero también recordé que ella intercedió cuando hablé con Zeus.
—¿Por qué lo hizo? —se me escapó la duda en un susurro.
Atacarla daría en el corazón de Zeus, pero le haría daño a alguien que no
me ha hecho nada… Aun.
Retrocedí. Tenía que bastarme con Poseidón.
Tal vez si lo llevaba a la locura perfecta, Zeus se vería acorralado en
poder.
Zeus tiene muchos hijos en el Olimpo, pero es posible que no es muy
apoyado por ellos, ya que ha dado a cada uno la cantidad justa de injusticia.
Poseidón era el único fiel a él.
Pensando como el traidor atemorizado que es Zeus, es seguro que acudirá
a Hades por ayuda. Pero también es posible que lo rechace. A él lo ha
destruido, más que a nadie.
Hades será imparcial, siempre y cuando no despierte a su padre, Crono.
Eso jamás se hará. No estoy lo suficientemente loco para liberar a la
verdadera bestia que ha acumulado odio por eones.
Me retiré del palacio de Atenea. El Olimpo seguía dormido, aún tenía
tiempo para ir al palacio de Poseidón.
No perdí tiempo en trasladarme hacia allá.
El palacio de Poseidón estaba en las profundidades del mar Atlántico, en
una caverna hermética en donde la vida se asemejaba mucho al Olimpo.
Aparecí en una esquina oscura, para volver a disfrazarme con ella, en caso
de que hubiere algún sirviente merodeando u haciendo guardia el sueño de su
supremo.
El gran pasillo que llevaba a los aposentos de Poseidón estaba vacío. Solo
se escuchaba el eterno silbido del viento que era una canción de cuna
invocada por mí. Era un poder extra que poseía y todo mundo desconocía;
incluso mis hermanos. Solo lo usaba en ocasiones que lo ameritaban.
Además del poder de mi padre, yo sabía cómo usurpar el poder del más
pequeño de los Anemoi[6].
Abrí el portón de mármol con cuidado. Confiaba en mi poder, pero no
estaba tratando con mortales que, con solo ordenarles dormir, lo harían. Un
dios requiere un poco más de poder en la orden.
Poseidón tenía a su lado a Afrodita durmiendo también. Me enervó verlos
abrazados, durmiendo plácidamente. No fue porque esa era la mujer que por
mucho tiempo me habló de amor, porque ahora veo que es su condición de
diosa, no su corazón. Incluso el gran amor que prometió a Ares y los metió en
un problema solo fue en realidad una pasión divina desbordada.
Afrodita no sabe amar.
Y mientras que ellos han alcanzado «felicidad» dentro del placer, la mujer
que amo está atrapada injustamente.
«Dawn», pensé en ella. Una mortal me ha enseñado a amar en tan poco
tiempo, ha sido más sincera que esa diosa desnuda frente a mí.
Sonreí al recordar mi primer beso con Dawn. Y eso mismo me hizo darme
cuenta de que Afrodita estaba influenciando en mi sin saberlo para
sosegarme.
Me contuve lo suficiente para pasar la mano por su cabeza para leer su
miedo más grande. Mientras lo hacía, los sueños brotaron de mis ojos para
recorrer su habitual camino. Transmutaron de un dorado lleno de esperanza a
un negro habitado por el miedo.
«Es el momento, hermano», avisé para que se preparara para traspasarme
el poder de sus pesadillas.
—Dulces pesadillas, Poseidón —dije cuando el polvo se desbordó de mis
manos para caer sobre él.
Los sentí ansiosos por hacer su trabajo. Jamás había visto tanto poder en
un sueño.
Su rostro apacible fue tornándose en miedo, mientras que su respiración
ahora agitada demostraba desesperanza. Miré mi obra tornarse en una palidez
mortuoria. Fue satisfactorio ver el sufrimiento que ellos infringen sin
consideración.
Pronto escucharé los rumores de la pesadilla que el gran Poseidón tuvo
está noche. El mismo sueño se repetirá por una noche divina, la cual dura
más que la de los mortales. Será el tiempo suficiente para marcar a Poseidón.
Su pesadilla nos conectará, y solo yo podré terminarlo.
Él no iba a salir del infierno en donde Medusa será la única habitante.
Sentirá placer al amarla, lo que enfurecerá a Afrodita, su actual amante,
pero al final Medusa tendrá su venganza. Una y otra vez.
—¡Hum! No estaría mal que visitara a Medusa y la conectara con
Poseidón para que disfrutara también esto —susurré mientras me retiraba de
los aposentos.
Salí del palacio por la puerta principal, con la frente en alto y sintiéndome
vencedor.
Ahora solo hay que esperar a que todo fluya.
Días después
Alguna vez Hades me dijo que hay que ser paciente para ver los resultados de
la venganza. Hasta el momento, no han llegado los rumores del sufrimiento
nocturno de Poseidón. Sé muy bien que ya está aterrado de que mi abuela
despierte para traer la noche cada día. Así lo siento.
Aunque Poseidón es un dios fuerte, y aun no desea mostrar debilidad,
Dawn es una débil mortal que está sucumbiendo muy rápido. Por eso decidí
despertar a Medusa, pues necesitaba su ayuda para acelerar las cosas.
Solo que hay un gran problema: está decapitada y atrapada en una prisión
creada por Hefesto, y que el abusador de Perseo consiguió para ella.
De tal padre, tal hijo.
La egida, el escudo de Atenea, ha estado perdido por siglos, pero yo sé
muy bien en donde está. Perseo lo soñó una vez, y he seguido pacientemente
las huellas hasta su actual lugar de descanso.
A lo largo de los siglos he recolectado información que puede usarse en
momentos oportunos, siempre usando a los mortales.
No fue difícil encontrarlo, aunque reconocí que Atenea fue astuta al
esconderlo dentro de una pintura de un tal Caravaggio. Los mortales solo ven
un lienzo pintado, pero cuando un dios suspira sobre él, se revelan los bordes
del escudo. Lo miré unos minutos frente a mortales que no entendían que me
tenía tan afligido. Sentí lástima por ella, ya que recibió un castigo por parte
de todos.
Congelada en su dolor por milenios.
Porque incluso yo la castigué al saber dónde estaba y no hice nada para
liberarla.
Retiré el escudo del cuadro cuando los mortales se desinteresaron un poco
de mí, y desaparecí ante sus ojos incrédulos y mentes olvidadizas para ir a la
cueva en donde aún yacía el cuerpo mutilado.
Solo un dios podía desprender la cabeza de Medusa del escudo, y solo un
dios no olímpico puede mirarla a los ojos.
—Verás la luz de nuevo —dije a la cabeza atrapada—. Debí haber ido por
ti antes.
»Pero te alegrará saber que tu tiempo ha llegado. Él está listo para ti.
Mis ojos se ennegrecieron mientras la cabeza se unía de nuevo al cuerpo.
Medusa se alzó aun en el último grito de cuando la destrozaron.
—¡Morfeo! —me gritó enfadada. Las serpientes del dolor y venganza en
su cabeza se alzaron entre siseos y ataques detenidos. Sin embargo, bajó la
guardia cuando vio que no retrocedí.
Las serpientes se relajaron tanto que pude ver un poco de la mujer
hermosa. Reconozco que entiendo la razón por la que Poseidón ha estado
obsesionado con ella, aun estando maldita.
—Buenos días, Medusa —dije con actitud sarcástica.
—¿Tú me has…?
—Despertado, regresado a la inmortalidad… Sí, fui yo —le interrumpí.
—¿Cómo me encontraste?
Reí entre dientes por lo que iba a responder, ya que lo he escuchado
infinidad de veces en los mortales.
—Lo vi en un sueño.
Medusa se relajó aún más.
—Te estoy agradecida —reconoció haciendo una reverencia.
—Medusa, tengo algo que preguntarte. —Ladeó la cabeza interesada en
mi—. ¿Aun odias a Poseidón?
Fue el nombre correcto que la encolerizó de nuevo, incluso la cueva se
sacudió ante su grito y las serpientes reaparecieron más iracundas que cuando
me vieron.
—He dado un sueño a Poseidón, y en él consigues tu venganza —le
confesé.
Medusa sonrió, pero incluso con las serpientes relajadas, se vio malévola.
—¿Te gustaría verlo, tener el poder de que sea más real? —le consulté.
Asintió con la cabeza aun antes de terminar—. Dame tu mano.
—Antes, ¿podrías concederme un sueño?
—¿Cuál?
—Quiero verme una vez más como era antes de conocerlo.
—Sí —le concedí, aun esperando su mano.
Para conceder sueños, tenía que dormirla, solo que no tengo tiempo para
eso. Tenía que mantenerla despierta y mostrarle al mismo tiempo su sueño, y
solo unida a mi podría hacer eso… Creo.
Con tan solo tocarnos, la inmortalidad de mi mirada se transformó en el
brillo de oro que creó el sueño de ella siendo tan hermosa e inocente, como lo
fue antes de conocer a un dios que ha seguido los pasos de su familia.
Las leyendas no hablan de la sonrisa de Medusa. Siempre de su tristeza
que se convirtió en venganza por ser abusada por dos dioses: Poseidón y
Atenea.
No sé cómo sucedió, pero empecé a sentir un incremento de poder cuando
los sueños recorrieron su piel para regresarla a la de un mortal. Poco a poco,
recuperó su belleza; incluso el latido de su corazón se escuchó con vida.
Volvió a ser aquella doncella inocente que solo deseaba servir a Atenea.
Estaba tan sorprendido que la solté. Nunca creí que el sueño rompería la
maldición de Atenea.
La estupefacción en la que aún me encontraba la hizo correr al rio que
corría a un lado de nosotros.
—¡No, no, no! —masculló entre lágrimas dolorosas que temían lo peor.
Creyó que el castigo de Atenea se había intensificado por anhelar algo que se
le ha prohibido para siempre.
Miró su reflejo con su sollozo, aun haciendo eco en la cueva. Sin embargo,
se sorprendió tanto al verse como mortal que volteó a verme dudosa de que
estuviera viendo lo mismo que yo: una hermosa mujer que seguirá tentando a
los dioses.
—¿Cómo lo has hecho? —me preguntó asombrada. Vino a mí, temerosa
de que todo fuera una mentira de mi visión. Pero ni yo tenía idea de cómo
sucedió, y se lo hice saber encogiéndome de hombros.
Se tocó de nuevo, aun sin creer que había vuelto; mientras que yo seguía
ocultando vehemente lo atemorizado que estaba por esto que jamás me ha
pasado.
—¿Aun deseas vengarte de él? —le consulté. Y no dudó en asentir muy
segura—. Bien. Tendré que dormirte cuando él lo haga, y despertarás cuando
él lo haga también.
—¿Podré manipular su sueño?
—No, solo verlo. Aunque él te percibirá y serás un recuerdo culposo
torturándolo. Todo será tan real para él. ¿Te parece bien?
—Sí.
—Bien.
Creé polvo que la uniría a Poseidón y se lo arrojé para bañarla en ellos;
pero al instante se desmayó en mis brazos. Al parecer, él estaba durmiendo
también.
Al mirar a mi alrededor, decidí que no podía dejarla en ese lugar en donde
algún olímpico podría enviar a otro «campeón» a eliminarla de nuevo. Solo
para probar el amor y lealtad a papi.
La cargué para llevarla a Oneiroi. Ahí estará a salvo bajo mi cuidado, ya
que es seguro que Atenea sentirá que su escudo fue dañado y Poseidón
vendrá a buscarla. Siempre esperanzado en que podrá seguir lastimándola.
No se atreverán a atacarla en mi reino.
Logré escabullir a Medusa a mi ala, usé los aposentos que conectaban al
mío, en donde Dawn seguía durmiendo y cantando. No era la que me
invocaba, sino la que me rasgaba el corazón con sus poderosas garras.
Me detuve un segundo para respirar profundo. Tanto dolor parecía
reclamarme que no la hacía feliz, cuando en realidad deseo tanto darle el
universo. Irónicamente, cumplir cada uno de sus sueños.
Acosté a Medusa con muchos trabajos. Me incomodó la cercanía con ella.
Antes de irme, me tomé unos segundos para juntar fuerzas que me
permitieran trasladarme lejos de Dawn por ahora.
Pero en eso Medusa me llamó con voz adormilada.
—¿Lo has visto? —le pregunté.
—No se arrepiente. ¡No se arrepiente! —respingó afligida. ¿Acaso aún
tiene sentimientos por él?
Respiré profundo, porque este castigo iba a tomar más tiempo y esfuerzo
de lo que creía.
—Lo hará, solo sé paciente.
Se puso de pie para venir a mí. Se dio cuenta de que no estaba siendo
tentado por sus encantos.
—¿Seguiré viéndome como una mortal? —me preguntó.
—Soñaste con volver a hacerlo…
—Has hecho realidad mi sueño—me interrumpió. Lo pensé un momento
en silencio.
Para poder entregar las profecías a los mortales, estas siempre debieron
tener «realismo» para que fueran diferenciadas de un deseo en un sueño.
¿Qué tal si Medusa deseó con tal pureza que me vi forzado a hacer realidad
su sueño? Eso explicaría el incremento de poder que sentí.
«No, no tengo tal poder», concluí la falsa esperanza.
Ella debió haberlo hecho como un mortal hace realidad los suyos.
—No, tú lo hiciste —respondí seguro, aunque aún no lo estaba. No puedo
mostrarme vulnerable ni confundido ante nadie—. Yo solo te recordé qué
soñaste todo el tiempo mientras estuviste atrapada en ese cuerpo quimérico.
—No quiero volver a ser ese monstruo.
—Entonces, aléjate de Atenea —recomendé.
Asintió tan rápido con la cabeza que entendí era lo último que haría. Me
alivió deducirlo así porque no conviene que Atenea use su elocuencia
estratégica para domarla. Al fin y al cabo, Medusa juró ser siempre una
sacerdotisa del templo de Atenea. Bien puede la diosa demandar su lealtad.
—Puedes hacer lo que quieras, siempre y cuando no dejes mi reino —le
advertí—. Aquí estarás a salvo.
—No sé por qué me ayudaste, pero, te lo agradezco, Morfeo.
Sonreí, después la invité con un cabeceó que me siguiera a los aposentos
donde estaba Dawn.
—Voy a mostrarte algo. —Me detuve antes de entrar pues ahora
escuchaba el canto que empieza a engancharse en mi corazón como un grito
de ayuda.
—¿Qué sucede? —me preguntó Medusa, temerosa de mi vacilación.
No le respondí y solo abrí la puerta. Dawn detuvo su canto al sentirme
cerca.
—Ella es la razón por la que te ayudé —dije.
—Es una mortal —comentó alejada de ella—. Siento su espíritu como el
mío.
—Lo es.
Guardó silencio, que fue invadido pronto por jadeos enojados.
—¿Quién osó castigarla? —cuestionó hiperventilando aún. Quizás recordó
el sufrimiento de ser castigada injustamente por los olímpicos.
—Zeus, usando a Oizys —respondí tranquilo.
—¿Te enfrentarás a él?
—Sí.
—¿La amas? —me cuestionó con gestos duros. Tal vez el bastardo de
Poseidón le hizo falsas promesas de amor inmortal y, cuando ella no aceptó,
fue cuando la violó.
—Sí. Ella está en ese sueño porque es la única manera en que pude
protegerla de Oizys.
—¿Me estás usando? —Iba a excusarme, pero me calló—. No importa.
Me has dado lo que quiero y ella es una mortal abusada por dioses… Te
ayudaré.
—Gracias, Medusa. —Miré a Dawn, sintiendo esperanza por primera vez.
Pues ahora tengo una aliada poderosa y muy temida por todos
Me acerqué a ella con paso cuidadoso para no perturbar su tranquilidad.
—Es mi luz en la soledad.
Tener a Medusa de mi lado me ha dado un buen respiro.
Un mes después
—¡Morfeo! —escuché el grito de Iquelo a lo lejos.
Estaba en lo que ya llamo «los aposentos de Dawn». Sigo pasando aquí
cada rato libre, sentado en un cómodo kline frente a la cama en donde ella
duerme desde… he perdido ya la cuenta. El tiempo en Oneiroi corre diferente
que en la tierra.
Alterar a Poseidón ha sido muy difícil, hasta empiezo a creer que Medusa
ha sido hechizada por él. A pesar de todo, ha aligerado mi pesadilla.
Iquelo entró a los aposentos sin tener cuidado en despertarla.
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —me cuestionó interponiéndose en el
camino de mi mirada, que no quito de Dawn a menos que sea necesario.
Ya conozco a la perfección cada respiro suyo.
—¿A qué te refieres? —le consulté desviando la mirada a él con mucho
pesar—. He hecho muchas cosas últimamente.
—¡Medusa! —respondió señalando hacia el pasillo. Volteé a verlo por
instinto, esperando verla, espiando; pero no había nadie ahí. Hasta el
momento ha sido cuidadosa en no dejarse ver.
—¿Te parece hermosa? —le consulté.
—Mucho. —Hizo gestos apacibles, pero casi de inmediato regresó a su
sermoneo—. ¿Cómo te atreviste a devolverle la vida?
—Yo no lo hice. Su sueño de ser mortal era tan grande que ella lo
consiguió. En lo único que tuve que ver fue con poner su cabeza cerca de su
cuerpo mancillado.
No siguió con su regaño, lo que despertó al fin mi interés.
—¿Cómo te enteraste de que ella es mortal de nuevo? —le cuestioné
poniéndome de pie.
—Poseidón ya ha visitado a Hades. —Me enervé antes de que terminara;
de hecho, fue tanto la rabia que despedí que lo calló.
—¿La está buscando? —cuestioné.
En ese momento, Dawn empezó a cantar. Iquelo volteó a verla, intrigado
por algo.
—¿Puedes sentirlo? —me consultó.
—Sí. Es miedo —le respondí, ahora respirando agitado porque estaba
sospechando que Hades me traicionó.
No sé porque fui tan iluso de no creerlo capaz. No importa cuánto odie a
sus hermanos, si alguien más se atreve a hacerles daño, es seguro que siempre
estará de su lado.
Iquelo me miró en lo que ponía la mano sobre mi hombro y me pidió que
respirara despacio hasta lograr paz. No quería hacerlo porque la rabia corría
dichosa dentro de mí y me servía para seguir protegiéndola.
Entonces, Dawn se levantó hasta sentarse y cantó más alto. Nos asustó
porque era la primera vez que se movía.
Dawn estaba empeorando y Medusa quería seguir teniendo un romance
con el maldito Poseidón. ¡Por los perros de Hades! ¿Qué hace Poseidón para
enamorarla?
Dawn gritó mi nombre con tal terror que estremeció el lugar. Sin
esperarlo, Iquelo me dio un puñetazo en el rostro tan fuerte que me hizo volar
hasta estrellarme contra la esquina. El golpe fue tan fuerte que pareció
desmayarme un poco. Pero logré ver que Dawn se dejó caer a la almohada y
sus facciones fueron de tranquilidad de nuevo.
—¿Por qué hiciste eso? —le reclamé en lo que me ponía de pie con
trabajos.
—¿Lo sientes ahora? —me consultó ayudándome cuando trastabillé. Pero
me golpeó tan fuerte que no podía analizar cosas en este momento.
Fue paciente en que me recobrara.
Ahora Dawn tarareo la canción de invocación. Miré a Iquelo de inmediato
para preguntarle si estaba sintiendo algo de ella.
—Ya no lo siento.
Puse más atención a lo que estaba sintiendo con su llamado.
—Es amor —le respondí dando un paso más hacia ella para mirarla.
—Creo entender que está sucediendo con ella —comentó acercándose
también para tocar su brazo. Dijo—: Está excitada.
Luego volteó a verme.
—Tú eres quien la está martirizando —me informó. Ladeé la cabeza en
confusión—. Recuerda que estás unido a ella. Cuando te enojas, ella lo siente
y su sueño empieza a tornarse oscuro. Tiene miedo y es quizás por eso que
canta esa canción para alejarte… No, más bien para tranquilizarte.
»El grito que acaba de darte fue su clamor de ayuda.
Me acerqué a ella sin dudar para sentir un poco su sueño. Pero, como aún
tenía miedo de ser atrapado en él, no pude ver nada.
—Necesito volver a entrar y hablar con ella. Si lo que dices es verdad, la
estoy volviendo loca.
—Sí, esta vez coincido contigo.
—Llama a Fantaso.
—Lo haré, pero primero responde qué demonios estás haciendo con
Medusa.
—Volver loco a Poseidón para que avise a Zeus que he empezado a dar
sueños a los dioses.
—¿Quieres darles esperanza?
Reí entre dientes irónico.
—No, lo contrario. Pero no funcionó el plan. Medusa se ha enamorado, y
él ya ha acudido a su hermano mayor; de seguro para que busque el alma de
Medusa en el Tártaro.
»¿Qué fue lo que le dijo Hades?
—Supongo que él no tiene idea en dónde está Medusa… Hades está de tu
lado.
—¿Lo está? —cuestioné.
—Él no lo ayudó. Incluso le aseguró que ninguna alma puede salir de su
reino.
»Ahora Poseidón ha ido con Zeus, y Hades me mandó a llamar para
advertirme. También me comentó que buscará la manera de separarlos.
Abrí los ojos en sorpresa. ¿Mi plan funcionó?
—¿Qué harás si Zeus manda por ti? —me preguntó.
—No asistiré. Y, si envía alguno de sus hermanos o hijos, entonces, les
haré una visita nocturna.
»Derribaré el Olimpo con pesadillas si me obligan.
Iquelo no respondió. Quizás estaba conforme con mi proceder.
—Solo ten cuidado con ella —advirtió, después se dio la media vuelta
para irse. Espero que hable de Medusa porque seguiré siendo un rebelde por
Dawn.
13
Horas después
He dado vueltas al cuarto ansioso porque Fantaso no viene. Iquelo estaba
vigilando a Medusa para que no atienda el llamado de Poseidón. Al parecer,
cuando un dios toca a un mortal, quedan unidos para siempre. Es por eso por
lo que no deja de desear ir a él.
Mientras tanto, no he dejado de pensar en cómo entrar al sueño de Dawn
sin peligro a quedarme ahí. No quiero inmiscuir más a mis hermanos, pero en
verdad los necesito para que vigilen que ningún olímpico se aproveche de mi
debilidad.
—Morfeo —me llamó Medusa cuando veía el horizonte por el ventanal.
La vi de reojo en la puerta con Iquelo detrás de ella—. Siento a Poseidón
cada vez más cerca.
—Ha confesado que tiene la necesidad de ir con él —me ereveló mi
hermano, confirmando nuestras sospechas.
—¿Qué crees que pasará si vas con él, Medusa? —le pregunté.
Entró al cuarto en silencio para mirar a Dawn. Todos los que entraban aquí
no podían dejar de hacerlo, y es por su imagen divina que está evolucionando
día a día. No sé cómo será físicamente cuando todo esto termine. Solo espero
que sus sentimientos sigan conservando su inocencia de mortal.
—Sé que volverá a hacerme daño, y esta vez Atenea se encargará de
destruirme.
—¿Aun lo amas? —le pregunté. Estaba más preocupado por Afrodita que
por Atenea, ya que ella solo tomó venganza porque Medusa, una mujer fuerte
y devota, permitió que Poseidón abusara de ella en su casa.
Pero Afrodita podría estar enamorada por primera vez y tomar represalias.
Siendo la diosa del amor tenía una segunda cara de temer: los celos. Y, si son
más poderosos que los que sentí, todo será peor.
—Atenea me castigó primero desdeñándome. Me rebajó a una paria que
su propia gente no tardó en lanzar fuera de su comunidad a pedradas.
»Pero los dioses son insaciables e inclementes, y eso no le bastó, porque
sabía que aun mancillada mi belleza iba a ser la perdición de todo aquel que
osara poner su mirada en mí. Por eso me convirtió en el horrible monstruo, y
me maldijo para convertir los corazones de los hombres en piedra.
Suspiró con la mirada perdida. Espero que no esté reviviendo esos días
porque no es conveniente que vuelva a odiarse a sí misma. Solo traería la
venganza y el rencor para terminar de destruirla.
—Fui tan estúpida al permitir que un dios, que me encontró irresistible,
me tomara para sí como si fuese nada. Un ser que fue creado solo para ser
usado por él.
»Yo le pertenecía.
Iba a decirle que ella no tenía la culpa, porque Poseidón iba a hacerla suya
quisiera o no. Al ser la mano derecha de su hermano se siente con derecho
sobre los mortales también.
—Solo quiero venganza.
Sus facciones eran tan duras que parecía ser una advertencia de que no
osara en hacer lo mismo. Para ella, Dawn era una mortal que tuvo la «mala
fortuna» de atraer la atención de un dios.
En pocas palabras, me dijo que la convirtieron en un monstruo para alejar
a Poseidón, y Dawn está muerta en un sueño para alejarme de ella.
Es posible que tenga razón, porque ya lo he vivido con su canto mortal.
Medusa me miró directo a los ojos. No sentí nada, pero vi en ellos los
gritos de todos los mortales que convirtió en piedra. Así supe que su poder
estaba aún ahí, solo estaba «dormido».
Más valiera que Poseidón no se acercara a este palacio porque Medusa
estaba lista para culminar su venganza.
Fantaso llegó en ese momento. Se sorprendió al ver a Medusa, solo que él
no sabía que era ella, y tampoco preguntó que hacía aquí.
—Entraré de nuevo al sueño de Dawn —avisé—, pero no quiero que sean
mi cordón, solo hasta que sea necesario. Voy a quedarme ahí hasta el límite.
—¿Vas a despertarla? —me preguntó Fantaso. No podía hacerlo aún
porque eso despertaría a Oizys, y, ante la falta de noticias, es seguro que
Hades aun no encuentra la manera de romper la unión que hizo Zeus entre
ellas dos.
Al mirar de reojo a Dawn, su belleza divina me hizo cuestionarme si era
correcto que siguiera alimentándose de Oizys. ¿Cuánto de su oscuridad estará
formándola?
Es posible que esa sea la explicación de por qué puede hacerme daño.
Puedo estar cometiendo un error. Y en lugar de una criatura hermosa,
estoy cultivando otra diosa de la miseria.
Pero ¿estoy dispuesto a correr el riesgo con Zeus escondido?
«Tengo que arriesgarme», concluí al mirar a Dawn.
—No. Solo encausaré de nuevo su sueño a algo real para ella —expliqué.
—¿Cuánto te tomará? —me consultó Iquelo. La mirada de Medusa solo
iba a de uno a otro tratando de entender lo que hablábamos.
—Espero que no mucho.
—¡Ya sabes lo que pasa con los mortales si te ausentas mucho! —trató de
recordarme desesperado Fantaso.
—Una noche sin sueños pasará desapercibido para ellos —justifiqué. Solo
me preocupaban los mortales en este momento porque no quería que llamaran
la atención de Zeus.
—Pero no para Zeus —recordó Iquelo, cruzándose de brazos—. No de
nuevo. Quizás esto es lo que ha estado esperando.
—Es por eso por lo que los necesito aquí. Si algún maldito olímpico se
atreve a entrar a nuestro reino, arránquenme del sueño de Dawn.
—¿Eso incluye a Poseidón? —cuestionó Medusa.
—Sí —respondí, después le di toda mi atención—. Eres libre, Medusa.
Sigo ofreciéndote eso. Tus decisiones guiarán a Átropos al destino que
desees.
Sonrió apenas, entendió sin dudar que le estaba dando permiso de
culminar su venganza en este reino.
Ya sin perder más tiempo, me acosté en la cama a un lado de Dawn. Tomé
su mano y permití que su sueño me encontrara.
A medida que la oscuridad de dormir dio paso a la luz de un sueño,
escuché a Dawn cantando la canción que me invocaba, pero tenía la
entonación de la que me lastimaba.
El sueño empezó a rodearme como una neblina en donde apenas se
reconocen figuras. Murmullos formaban palabras que empecé a reconocer
como el idioma de Dawn.
—¡Cuidado! —escuché cuando volteaba para revisar el lugar. Una persona
en una bicicleta estaba a punto de arrollarme.
Me planté en el suelo para el choque. La fuerza que tenía en la realidad la
poseía aquí también, y detuve la bicicleta, solo que el mortal que venía en ella
voló por encima de mí, gritando aterrado. Alcé la mano para detener su
vuelo, pero no lo logré y cayó estrepitosamente. Fue tan grave que atrajo la
atención de los mortales ficticios a mi alrededor.
La canción se detuvo con un rasgado agresivo que me lastimó, para dejar
que el mortal se quejara con un lloriqueo que siguió martirizándome.
«¿Por qué me está lastimando?», me cuestioné confundido.
Cuando me acerqué temeroso, vi que era Dawn. Arrojé la bicicleta a un
lado para ir apresurado a ella, pero los mortales voltearon a verme
tétricamente para hacerme frente. Tenían los ojos negros, como yo cuando
creo pesadillas.
Traté de hacerlas a un lado, pero parecían rocas plantadas en la tierra que
jamás podré mover. Los golpeé, pero solo logré lastimarme la mano y, por
primera vez en toda mi vida, sangré.
Dawn no dejaba de gritar en dolor.
—¡Morfeo! —escuché a mi alrededor la voz de Iquelo. Como un eco que
luchaba por llegar a mí.
No tuve que pensar mucho para saber que Dawn estaba sufriendo en la
realidad, y yo le había hecho daño. Pero ¿cómo podía ayudarla si ella misma
no me lo permitía?
Aislé los gritos de Dawn porque tenía que concentrarme en llegar a ella.
Me paré frente a un anciano que no se amedrentó por mí. Era el fiel
guardián que prometí ser.
Sentí el poder de los sueños acumulándose en mis ojos para después
recorrer mi cuerpo. No iba a usarlos para cambiar el sueño de Dawn, solo
quería recordarle que yo aún tenía control de él.
Toqué la frente del anciano y, tal como Medusa convertía en piedra, lo
convertí en polvo dorado que reabsorbí.
Pero enseguida una mujer ocupó su lugar. Seguían protegiéndola. No iba a
poder llegar a ella tan fácilmente.
Solo espero que no me obliguen a destruir este sueño.
—¡Dawn, necesito hablar contigo! —le llamé sobre su muro de mortales.
Solo que, al escucharme, gritó más alto, como si le estuviera haciendo mucho
daño.
—¡No, no! ¡Detente! —gritó Iquelo. Retrocedí por instinto para no
atemorizarla más. Esto no estaba funcionando.
Entonces, recordé ese sueño en donde ella solo confiaba en mi yo irreal.
Volví a llamar a los sueños para dar vida a ese falso yo que la ayudará
mejor. Si ella lo acepta, podré usarlo como una marioneta.
Fue extraño verme renacer entre sueños que aún tenía para Dawn. La
única diferencia, y espero que Dawn no note, era la mortalidad.
Caminó hacia la pared de mortales, pero tampoco lo dejaron pasar. Se
quedó ahí sin vida, con mirada fija en los mortales frente a él. Fue tétrico,
porque parecía un cadáver esperando a pudrirse.
Empecé a cantar la canción que ella tararea, con el tono justo de un
arrullo.
Funcionó. Fue como la contraseña que abrió el fuerte seguro.
—¡Reve! —exclamó ella en cuanto lo vio. Los mortales a su lado
empezaron a dispersarse para seguir el rol que ella le dio al inicio del sueño.
—Dawn, ¿estás bien? —le pregunté a la distancia. El falso yo acunó su
mejilla a mi orden, con tal amor que deseo volver a vivir. Me desilusionó que
no pude sentir la calidez de su cuerpo.
—Estoy bien ahora —respondió ella. Al final, sonrió muy feliz de estar
con él.
Ordené a «Reve» que la ayudara a levantarse. Lo envidié hasta matarlo
porque ella lo abrazó y besó como lo llegó a hacer conmigo en la realidad.
—No estás cantando ya —le hice ver. Tenía que ser rápido y directo a mi
razón de estar aquí, solo así la podría ayudar a aceptar que estaba alterando su
sueño.
—No, ya estás aquí —respondió ella haciendo una caricia enamorada en
su cabello. Cerré los ojos para revocar su toque, solo así pude sentirla de
nuevo.
Cuando abrí los ojos, estábamos ya en una casa que se sentía cómoda.
La canción empezó a sonar en el momento en que Reve desapareció como
si el viento se lo hubiese llevado.
—¡Por los perros de Hades! —exclamé en lo que trataba de detenerlo,
pero fue en vano porque yo no tenía control de los deseos de Dawn.
La llamé para que me sintiera y dejara de sonar esa canción que me daba
miedo ya. Dawn salió de un cuarto, pero se detuvo abruptamente. No supe
leer en sus gestos si me estaba viendo, si me había reconocido o qué.
La canción que antes era alegre ahora sonaba tenebrosa. Se oscureció
todo, como si mi abuela me hubiese encontrado. Por un momento, pensé que
así había sido.
La oportunidad estaba a la mano y me lancé por ella: me apresuré a sujetar
su rostro para besarla con la intención de recordarle quién era yo.
El beso fue muy extraño. No sentía que fuera ella; es más, fue como si
hubiese besado a una extraña.
Corté el beso para mirarla, pero no liberé su rostro porque, a pesar de todo,
quería seguir estando cerca de ella.
Sin embargo, ella tenía los ojos abiertos en terror.
—¿Me recuerdas? —le pregunté. Mi corazón se emocionó porque quizás
iba a sonreír, pero solo negó con la cabeza en silencio.
La solté desilusionado.
—¿Me tienes miedo?
La maldita canción tétrica sonó de fondo tan estruendosa que me lastimó
los oídos. Incluso tuve que taparlos cuando sentí miles de cuchillas
lastimándome.
Dawn aprovechó para echarse a correr por un pasillo que se creó de la
nada. Se alargó como en una pesadilla mientras destruía el hermoso lugar que
construyó para vivir.
—¡Dawn! —le grité para detenerla, pero no me obedeció.
Con todo el dolor encima, corrí detrás de ella mientras le gritaba que se
detuviera. Ella volteaba de vez en tanto para ver cuán lejos estaba de mí.
Su sueño estaba convirtiéndose en pesadilla, pero lo irreal de la situación
era que ella sola la estaba creando.
—¡Morfeo! ¡No! —gritó Iquelo, arrancándome del sueño. Fue tan
doloroso, como si me hubiesen extraído los ojos por ver algo que no debía.
Cuando desperté con un sobresalto y quejido ahogado, Dawn se sentó y
gritó en terror tan fuerte que me asustó hasta caer de la cama. Después se
desplomó a la almohada y tarareó en un susurro la canción que le da
bienestar.
—¿Qué sucedió? —me preguntó Fantaso mientras me ayudaba a pararme
del suelo.
Iquelo estaba revisando a Dawn, mientras que Medusa miraba hacia el
pasillo que daba afuera de mi cuarto. Vi en su mirada la confusión de sus
sentimientos: ira, miedo e ilógicamente amor devoto.
Alguien venía.
No supe a quién atender primero.
—¡Medusa! —escuché el grito de Poseidón como si fuese una ola creada
por la tempestad más letal que han tenido los mortales. Estaba furioso.
—¡Protégela! —grité a Fantaso, que estaba más cerca de ella.
Medusa se transformó de pronto en ese ser enfermo de venganza y odio.
Así supe que, a pesar de mi sospecha de enamoramiento, aún le tiene rencor.
Fantaso logró llegar a ella con los ojos cerrados y la abrazó para alejarla
del palacio. Ella gritó en un siseo monstruoso que la dejara verlo; mientras
tanto, Iquelo tomó a Dawn en sus brazos y salió corriendo con ella hasta
desaparecer cual fantasma entre brillos de pesadillas.
Me quedé solo. Aun así, no perdí tiempo en despertar a las pesadillas que
harán frente al poder marítimo de Poseidón. No tengo poder con que
defenderme, pero eso él no lo sabe. Tal vez mi postura desafiante le recuerde
lo que ha soñado y me tema.
Caminé rápido a su encuentro, intimidándolo. Si tenía pensado
enfrentarme a Zeus, tenía que empezar a demostrar que no les tengo miedo.
Creo que logré mi cometido porque Poseidón se detuvo en sorpresa al
verme.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Qué hiciste con Medusa?! —me preguntó
alzando una mano para detener el enfrentamiento ansiado. Sentí indignación
en su voz por osar en poner en su contra a la mujer que más daño ha hecho.
Está tan enfermo de poder que cree que sus actos ya no tienen
consecuencias.
Iba a reclamarme algo más cuando unos susurros espectrales se
escucharon de algún lado. Era posible que mi hermano logró llegar a su
mente para torturarlo con una pesadilla. Estaba tan distraído averiguando qué
decía que no se dio cuenta que mis manos estaban creando pesadillas que
aprovecharían las de Iquelo.
Sin embargo, en ese momento, Oizys apareció detrás de él. Ella era quien
susurraba. Retrocedí sorprendido de que hubiere despertado del letargo a
donde la adentramos, y, sobre todo, que Hades la haya dejado ir.
Su neutralidad solo es firme hasta que alguno de sus hermanos lloriquea
porque los demás son injustos con ellos.
Poseidón se sorprendió al verla detrás. Al menos confirmé que él no tuvo
nada que ver con esto, y la cruel verdad de que Hades me traicionó.
Con solo notar que era incapaz de moverme, tomó a Oizys para huir con
ella dentro de una columna de agua que creció desde sus pies.
—¡No! —grité desesperado en lo que corría hacia ellos. Todo estará
perdido para Dawn si ellos recuperan a Oizys.
Arrojé la pesadilla con tal fuerza que se vio como un trueno oscuro que
logró penetrar la columna de agua. Se escuchó un grito femenino que se
perdió un segundo después en el silencio del palacio. ¿Habré herido a Oizys,
o era un grito de furia porque la alejaron de mí?
Solo quedó una brisa que al tocarme me marcó como enemigo de
Poseidón.
Me dejé caer de rodillas mientras gritaba frustrado ante la verdad que tenía
que enfrentar ahora: Poseidón ya sabía que liberé a Medusa y que está bajo
mi protección; y ahora ellos tienen a la única mujer que puede matar a Dawn
en un sueño, si Zeus así lo ordena.
Se ha arruinado todo.
14
—No te rindas —me di ánimos en un susurro en lo que me ponía de pie con
un nuevo brío.
Poseidón me ha demostrado cuánto daño puedo hacerle, y siempre saldrá
igual de airoso que Zeus.
Al levantar la mirada, me encontré con Fantaso y Medusa, quienes
retrocedieron un paso con temor. Supe de inmediato que mi lado oscuro, el
que crea las pesadillas, decidió salir a la luz. No lo contuve porque lo iba a
necesitar para enfrentar las consecuencias con Zeus.
—¿Qué haremos? —me preguntó Fantaso.
—Iré con Hades. Necesito saber todo acerca de sus hermanos, y por qué
dejó libre a Oizys.
—Yo puedo ayudarte con Poseidón —dijo Medusa dando un paso
decidido hacia mí.
—No puedes volverlos roca —le hizo ver Fantaso. Se quedó pensativa
unos segundos.
—No, pero tienen demasiados bastardos regados por mi mundo para
hacerlos temer… Empezando por los de Atenea.
Todos ladeamos la cabeza, sorprendidos por esa revelación.
—¿Atenea tiene descendencia? —cuestioné. Medusa no tardó en asentir.
—No es tan pura, después de todo —comentó Fantaso cruzándose de
brazos. Ya que alguna vez posó sus intenciones en ella y lo rechazó—. ¿Estás
seguro de lo que vas a hacer?
—Destruiré su mundo, como él destruyó el de ella —respondí levantando
la mirada hacia Fantaso y Medusa, quienes veían sorprendidos sobre mi
hombro.
Volteé despacio, esperando ver a mi padre o abuela. ¡Por los perros de
Hades! Incluso esperé ver a Zeus; pero era Hades.
Siguió caminando hacia nosotros con pasos callados, casi como una
silenciosa sombra desplazándose a un lado de la vida sin que la notáramos.
Su sonrisa egocéntrica nos dijo que estaba disfrutando el miedo que aún nos
daba su sola presencia, la que siempre es una mala profecía cumplida.
—¡¿Qué haces aquí?! —le pregunté tomando el valor de enfrentarlo,
incluso me interpuse entre él y Fantaso.
—Solo quería saber por qué Poseidón está molestando a todo el
Inframundo. Ha retado a Caronte con llevarlo al Tártaro y ha dado un buen
baño a Cerbero. —Fantaso no pudo evitar reír.
—Se ha enterado que Medusa está despierta…
—¡Ah! —me interrumpió Hades con obviedad—. Eso explica todo. Teme
a la venganza.
—En su lugar se ha llevado a Oizys —revelé intimidante.
—¡No! —exclamó, sorprendido de nuevo. Solo que esta vez se cruzó de
brazos como si todo le pareciera una buena tragedia. Preguntó—. Estaba bajó
tu cuidado, ¿no es así, Morfeo?
—¡No, Hades! —negué enojado—. ¡La dejé a tu cuidado!
—¡Oh, sí! —aceptó alargando mientras miraba un poco a mis hermanos
—. Lo siento, tengo la cabeza en otro lado en este momento —susurró para
sí.
—¿Se habrá liberado cuando la movimos? Quizás ella… —comentó
inoportunamente Fantaso. Alcancé a callarlo con mi mirada silenciosa para
que no siguiera hablando de nuestras cosas enfrente del olímpico que
teníamos enfrente.
Hades nos ha demostrado que no le importa nada de lo que pase fuera de
su reino. A menos de que esté actuando como un dios despistado bajo las
órdenes de Zeus.
Decidí probarlo. Aun necesito que esté de nuestro lado.
—Está bien. —Regresé a Hades—. Tu hermano se la ha llevado…
—¿Qué vas a hacer ahora? Sabes que libre podrá entrar de nuevo a los
sueños de tu mortal.
Ladeé interesado la cabeza en cómo estaba al tanto de mi actual situación.
—Se ha corrido el rumor por todos los reinos lo que has hecho por ella,
Morfeo —me aclaró Fantaso.
—Sí. Me gustaría ayudarte —agregó Hades.
—Ya te lo he dicho antes: No voy a deberte nada.
La mirada malhechora de Hades se transformó en inocente, incluso llevó
la mano a su corazón para mostrarse indignado de tal desconfianza.
Fue un gesto burlón.
—En otra ocasión hubiera invocado a Cerbero para que se encargara de ti
—dijo—, pero me has demostrado valor al enfrentarte a mi hermano. Te
admiro por eso, Morfeo. —Sonrió, y fue la primera sincera que le he visto—.
Y si prometes que seguirás haciendo temblar al Olimpo, mi apoyo hacia a ti
será sin beneficio propio.
Escuchamos la llegada de Iquelo, quien corrió lo más que pudo para
interponerse entre nosotros y Hades; creyó que estábamos siendo atacados.
Por suerte, Fantaso logró detenerlo antes de que cometiera un error.
—Necesito llegar a tu hermano de nuevo —comenté—. Tendrá a Oizys,
pero no me detendrá en seguir dándole sus peores pesadillas…
Hades me interrumpió con una seña de mano.
—No es conveniente que sigas con ese plan —dijo Iquelo—, ya le has
demostrado de lo que eres capaz. Pero, si sigues torturándolo así, se verá
obligado a dar vía libre a Oizys para que ataque a Dawn de nuevo.
—Oizys aún está bajo el mando de Zeus —comentó Fantaso.
—¿Puedes correr la voz en el Olimpo de que recuerden lo que soy capaz
de hacer si ella vuelve a acercase a Dawn? —pedí a Hades.
—A mi hermano no le importarán tus amenazas, Morfeo —me respondió
—. No le importan las mías tampoco.
»Aun cuando te tenga miedo, tiene que mostrar a los demás que sigue al
mando y que no volverá a permitir que un dios menor vuelva a ponerle
condiciones. Conozco a mi hermano.
—¡No soy un dios menor! —puse en claro molesto.
—Todos los somos ante sus ojos —comentó Fantaso.
—El consejo que te doy es que tengas a Medusa siempre de tu lado.
Poseidón no te teme, pero sí a ella.
—¿Por qué? —consultó Fantaso.
Hades cerró los ojos en lo que bajaba la cabeza como si estuviese
sintiendo algo ajeno a nosotros. Mis hermanos me miraron confundidos por
ese trance que lo tenía casi como muerto.
Iquelo lo tocó para regresarlo a nosotros, solo que despertó con
agresividad. Mi hermano levantó los brazos para expresar que lamentó
haberlo hecho.
Hades respiró profundo.
—He escuchado a Atenea. Temen a Medusa porque saben que también
puede convertir en piedra a los dioses —reveló al fin. Miré a mis hermanos
asustado por el peligro que tuvimos en el palacio todo el tiempo. Estábamos
mal informados.
Quizás por eso Medusa tuvo un momento de ensimismamiento, ya que no
confió en hablarnos de su poder.
No se lo reprocho porque, si yo tuviera algo parecido, lo guardaría para
mí, hasta un momento importante como este.
—Ese es el temor que tienen ahora por ella —siguió Hades—. Antes no lo
tenían porque no había un dios que se atreviera a traerla a nuestros reinos —
agregó mirándome.
—Medusa no es arma de nadie —comentó Iquelo—. Es una mujer usada y
castigada injustamente, y tiene derecho a decidir por sí misma a quién apoyar.
—¿Dónde está ella ahora? —preguntó Hades, curioseando detrás de
nosotros.
—Fuera del alcance de todos ustedes… Incluso de Morfeo —respondió
Iquelo con severidad. No reaccioné mal a lo último porque no quería denotar
a Hades que no tenía control siquiera de mis hermanos.
Hades asintió, aceptando que aun somos precavidos con todos ellos.
—Que así sea —susurró para sí, después apretó los labios y nos miró
como si esperara a que le dijéramos algo más.
Pero ya no quise hablar más porque no confiaba aun en él. Después de su
descuido con Oizys, ahora tiene que demostrar su lealtad.
—Si necesitas algo de mí, ya sabes dónde encontrarme —ofreció antes de
dar la media vuelta para marcharse.
—¡Necesito tu silencio! —alcancé a gritarle, logré que se detuviera para
mirarme por encima del hombro.
—Y lo has tenido. No he dicho a nadie que despertaste a Medusa ni que tu
mortal tiene el poder de destruir a Oizys. Pero es prudente pensar si debe
hacerlo —reveló como si nada y se marchó.
«¿Dawn tiene el poder de terminar con ella? ¿Cómo?», me cuestioné.
Aguardamos unos minutos en silencio para confirmar que Hades no se
haya quedado rondando para espiarnos.
Aun así, dije a mis hermanos con la mirada que me siguieran.
Fuimos a la tierra, a la cumbre de una montaña que nos daba una vista
divina de la creación de Gaia. El viento nos acariciaba mientras que los rayos
del sol nos daban calidez de un mundo que estoy seguro Dawn amaría.
Espero que se me dé la oportunidad de mostrarle lo hermoso que era su
mundo.
—¿Dónde está Dawn? —pregunté a Iquelo.
—A salvo.
—¿Y Medusa?
—A salvo también.
—¿Vas a decirme dónde tienes a Dawn? —le cuestioné indignado por su
secretismo. Lo comprendía por Medusa, pero no iba a permitirle que alejara a
Dawn de mí.
—Te diré dónde están ambas, solo si prometes que no usarás a Medusa sin
revelarle antes por qué la has despertado.
—Ella ya lo sabe —aclaré, pero Iquelo me negó con la cabeza.
—No. Ella solo sabe que la despertaste porque eres un dios piadoso que le
concederá venganza.
—Hermano —le llamé sujetándolo del hombro para que no cortara
nuestras miradas—, ella lo sabe.
«Medusa es aún más peligrosa de lo que creía», pensé en lo que bajaba un
poco la mirada. «No debe haber desconfianza de nosotros con Medusa. Sobre
todo, cuando Poseidón aún tiene dominio sobre ella».
—Volveré a hablar con ella para que no le quede duda —prometí,
mirándolo de nuevo.
—Dawn está en tus aposentos. No pude sacarla de Oneiroi, solo estuve
brincando de lugar en lugar con ella. Por suerte, está dormida, o me hubiera
vomitado encima.
Extendí las alas, tomándolos desprevenidos, y di un paso al precipicio para
tomar vuelo hacia el palacio. Bien pude haberme trasladado allá, pero lo hice
por seguridad ya que Zeus no es capaz de sentirnos cuando volamos.
Analicé en el camino quién pudo haber dado acceso a Poseidón a nuestro
reino. Y Hermes fue la respuesta fácil.
Fui de inmediato a mis aposentos para averiguar por mí mismo que Dawn
estuviera bien.
Mis hermanos llegaron detrás de mí y me siguieron en silencio
manteniendo su distancia. Me sentí aliviado con tan solo verla, ya que quería
decir que Oizys aún no contraatacaba.
Pero hemos regresado al principio, ya que tengo que despertar a Dawn,
porque ahora dejarla ahí sola, es como dejarla a merced de Cerbero.
Me senté a su lado para acariciar su mejilla, sin temor a que me jalara. Su
semblante cansado me dijo que su sueño está siendo afectado por lo que
escucha en el exterior. Es posible que le preocupe que estemos atados de
manos de nuevo.
—Por favor, déjenme solo con ella —pedí a mis hermanos.
—Está bien, pero, primero, ¿qué hacemos con Medusa? —me consultó
Fantaso.
Me puse de pie para hablar con ellos en el pasillo, alejado de Dawn. No
vaya a ser que empiece a invocar a Medusa también.
—Protéjanla. Entraré al sueño de Dawn para tratar de despertarla.
»Hablaré con Medusa cuando regrese y le diré todo.
—No creo que reaccione bien —comentó Fantaso.
—Tal vez —concordé—. Solo espero que se sienta lo bastantemente
agradecida por ayudarle y lo suficientemente vengativa para no volver a caer
en los labios de Poseidón… U otro olímpico.
—¿Por cuánto más serás inconsistente con dar sueños a los mortales? —
me preguntó Iquelo.
Con todo lo que ha sucedido, no recordaba mi trabajo; sobre todo, lo que
sucede cuando no estoy presente.
Con un resoplido cansado de mis obligaciones por el momento, fui al
lugar que usaba para distribuir los sueños y creé suficientes polvos para que
llegaran a cada humano dormido en este momento. Enseguida, los arrojé
sobre el mundo —siempre girando— que nos permitía trabajar más rápido.
—Que sueñen lo que deseen —dijo Fantaso mientras hacía lo mismo que
yo para complementar el sueño que los mantendrá ocupados.
—Intervendré solo lo necesario —comentó Iquelo. Fue una sabia decisión
porque no quiero que Zeus se esté preguntando por qué hemos sido
benévolos con sus juguetes.
Por ahora, no me interesan sus criaturas.
Me retiré del mundo para no escuchar invocaciones fuera de horario.
—¿Podrás salir por tu cuenta, Morfeo? —me consultó Iquelo cruzándose
de brazos.
—Tendré que hacerlo. Necesito que Medusa sea lo más importante para
ustedes en este momento. No permitan que nadie más sepa que está con
nosotros.
—¿Y si regresa Poseidón? —preguntó Iquelo.
Lo medité un segundo, y no era buena la única solución, pero al menos lo
retendría lo suficiente para que yo actuara.
—Llévenla con Hades solo si se ven sobrepasados por los olímpicos.
Estoy seguro de que Poseidón no vendrá solo la siguiente vez.
—¿Y si te topas con Oizys en el sueño de Dawn? —cuestionó Fantaso.
Demasiadas preguntas que eran necesarias.
—No lo sé —respondí lamentando aun no tener la solución para alejar a
Oizys de la vida de Dawn.
No puedo matarla o encerrarla. Ni siquiera desaparecerla de la existencia
de los humanos, ya que ella es igual de importante para que ellos crezcan
emocionalmente.
Comparando, sería como entregarme a Hades voluntariamente para que
me lleve al Tártaro. Ahora sabemos qué sucede realmente si yo desaparezco.
Solo espero que Zeus lo tenga muy en claro ya.
Pese al desprecio que ahora tenemos, los dos somos indispensables. Pero
sé que puedo alejarla de Dawn.
Iquelo y Fantaso asintieron con la cabeza para despedirse y dieron la
media vuelta hasta desintegrarse en polvo brillante durante su andar.
Regresé a mis aposentos tras un respiro profundo.
DAWN
Reve siempre me ha sonrojado con sus halagos. Sabe decir lo que siempre he
deseado escuchar de un hombre.
—Tardaste mucho en despertar —le consulté abrazándolo por el cuello
para quedar más cerca. El muy travieso aprovechó para besarme.
Solo que hubo algo diferente esta vez. Además de su pasión que casi me
arranca el aliento, se sintió como si otro hombre me estuviese besando,
alguien a quien he amado hasta el punto de morir por él sin saberlo y que
desapareció de mi vida hace décadas ya.
Corté el beso, asustada de haber sido drogada o algo. Porque esa era la
única explicación para tal confusión de sentimientos.
Pero la sonrisa gentil me confirmó que sí era Reve.
—¿Qué sucede? —me preguntó preocupado por mi rechazo. Era él, pero
se sentía tan diferente. Mil veces mejor, en todo caso.
Lo miré en silencio, analizando cada rasgo suyo que me dijera que no era
ese mellizo malvado que tenía, el que aprovechaba cuando bajaba mi guardia
para aprovecharse de mí.
Reve es el único que sabe controlarlo hasta desaparecerlo de nuestras
vidas. O al menos eso cree él porque ese hombre no deja de acosarme.
—¿Por qué me llamas «Solecito»? —le pregunté para quitarle la máscara
de la usurpación, si es que la traía.
Empecé a temblar cuando no me respondió tan rápido como siempre lo
hacía. Cuando al final éramos obligados a hacer el amor, pues el amor
verdadero siempre se desbordaba de nosotros.
—Tú sabes por qué.
—Quiero que vuelvas a decirlo… Me gusta mucho escucharlo, y lo sabes
—le di el mensaje escondido del sexo.
De nuevo se quedó callado, y tragó saliva, muy nervioso. Me puse de pie
para retirarme de él porque estaba comprobando mi mayor temor. ¡Era su
maldito hermano!
—Porque llegaste a iluminar mi día —respondió dubitativo.
No era así. Por eso me liberé de él con agresividad.
—¡No, amor mío! —me detuvo acunando mi rostro para besarme.
De nuevo estaba ese amor desconocido, llevándome al terror de que me
perderé si me entrego a él. Perderé la razón, a Reve, y jamás volveré a ser la
misma.
Pero no podía detenerme, y mucho menos con esta necesidad de sentirlo
dentro de mí.
—Te amo, Dawn… Te amo —susurró cortando el beso. Sonrió en tanto
también.
No sé porque «el mellizo» alegraba tanto a mi corazón, cuando lo he
corrido de mi vida una y otra vez. Quizás es hora de que acepte que al
corazón no se le puede engañar. Siempre he creído que los «Te amo» son
palabras poderosas, y son aún más cuando se escuchan del hombre que se
ama. Solo el mellizo me ha dicho que me ama.
«¿Lo amo? —me cuestioné. negándome aun a entregarme de pleno a ese
sentimiento—. ¡No!».
—¡No eres Reve! —reclamé, sufriendo porque no podía detener mis
sentimientos y deseos por él.
—¡Sí, sí lo soy!
Dudé tanto que, en lugar de alejarme para pensar mejor las cosas, me
colgué de su cuello para prohibirle cortar de nuevo el beso. Me tomó por la
cintura para levantarme y llevarme con solo un pestañear a la sala para
acostarme en el sillón más largo.
No pude contenerme y dejé que me hiciera el amor ahí.
Este hombre era maravilloso en el sexo, pero también sentí que se
restringía en gozar.
—¿Qué te sucede? —le pregunté deteniéndolo un minuto.
—Nada. Solo te amo mucho, Dawn —respondió, besándome de nuevo. Y
esta vez se entregó con tal pasión que deseé nunca terminara. Aunque lo hizo
rato después.
Al final me abrazó con tal ternura que me sentí tan protegida que tararé la
canción que él amaba; solo que esta vez me silenció con su dedo sobre mis
labios. Sonrió y, por primera vez, me dio un beso tierno en la punta de la
nariz.
—Estoy ya contigo, Dawn —susurró sonriente.
—¿De qué estás…? —me calló con un beso que volvió a llevarnos a hacer
el amor.
No puedo correrlo de mi vida después de esto, porque ahora me doy
cuenta de que es él quien me completa. No Reve.
—Te amo tanto. Te amo… Te amo —siguió repitiendo en lo que sus besos
juguetearon por mi rostro hasta desplazarse a mi cuello. Me dejé llevar por el
jugueteo que lo excitó poco a poco.
—¡No! —exclamé parándome de la cama cuando acarició mi cuerpo como
Reve nunca lo ha hecho. No lo sentí incorrecto, pero lo hice por temor a algo
desconocido que aún me aterra.
—No te vayas, Solecito. Quiero seguir amándote —me suplicó.
—No. Ya tenemos horas teniendo sexo…
—Puedo seguir haciéndote el amor toda la eternidad, amor mío —me
interrumpió—. Tengo el empuje de un dios. —Rio irónico entre dientes por
algo.
«Amor mío. No deja de llamarme así». Lo sentí tan sincero que me gustó.
—Dios del sexo, tranquilícese un poco y salga de la cama para irse —
ordené tajante, pero solo logré que se carcajeara—. Seguiremos cuando
regreses del trabajo.
Mientras me vestía, pensé en cuánto disfrutaría si fuese él quien viviera
conmigo.
Reve no es una mala pareja, pero es muy repetitivo con algunas cosas. No
me da la diversión y excitación que siempre me da su mellizo.
Tal vez es la adrenalina que me da nuestro romance prohibido.
—¿Dawn? —me llamó.
—No, no voy a regresar. Sal de la… —callé cuando al regañarlo, vi a
Reve en la puerta del cuarto.
Retrocedí aterrada porque me han agarrado en in fraganti.
Cuando miré hacia la cama, hiperventilando aun de miedo, el mellizo, del
cual nunca recuerdo su nombre —porque no es necesario cuando solo
importa que hace temblar mi mundo—, se levantó para tranquilizarme. Reve
seguía en la puerta sin moverse, solo nos miraba tétricamente.
—¡Desaparece! —ordenó muy enojado el mellizo. Solo que Reve no se
movía, creo que no terminaba de asimilar que estaba con su hermano.
Fui a él para exculparme del engaño que nunca pude detener. Sé que me
dejará después de esto, pero al menos quiero que crea que su hermano
también tuvo la culpa.
Solo que el mellizo se interpuso para detenerme.
—¡No! —mostré mi enojo al mellizo—. ¡Reve! ¡Por favor, córrelo! —le
grité, desesperada de que siguiera aniquilando con su indiferencia.
El mellizo siseó para tranquilizarme, solo que tenía el tono de un arrullo
que me aterró.
—¡Reve, ayúdame! —grité, pero él seguía inmóvil, esperando a que le
diera una explicación.
¿Cómo puedo dársela si no aleja a su hermano para que hablemos a solas?
—Dawn —susurró el mellizo mientras me sujetaba el rostro para que lo
mirara. Pero manoteé tanto que tuvo que contenerme con un abrazo. Gritó
desesperado—: ¡Despierta ya!
—¡No! —Logré zafarme—. ¡Reve! —volví a gritar hasta que el mellizo
logró sujetarme por las muñecas. Era tan fuerte que entendí por qué fue tan
cuidadoso siempre al tener sexo: me hubiera destrozado con el primer va y
ven de su cadera.
Lo miré directo a los ojos para suplicarle que me estaba haciendo daño,
pero no le importó.
No podía con esto ya, tenía que desaparecer porque estaba por entrar a una
pesadilla real. Entonces, miré por su hombro y Reve al fin reaccionó para
atacar a su hermano.
—¡Ella ya no te necesita! —gritó liberando una mano para detener a Reve,
quien empezó a desintegrarse en un polvo dorado que se dirigió a la mano
extendida del mellizo. Se introdujo en su piel hasta recorrerlo en una espiral
que llegó a sus ojos de un azul profundo, que se convirtieron en dorados.
Estaba tan asombrada que no me di cuenta de que ya me había liberado.
¡¿Había devorado a mi novio!? ¿Qué demonios estaba pasando?
Sus ojos regresaron a su color habitual cuando acarició mi mejilla con el
dorso de la mano. Fue muy delicado e hipnótico.
—Tú sabes quién soy, amor mío. Deja que tu corazón te lo diga. Por favor,
creele —pidió con voz calmada. Lo más natural era que gritara aterrada
porque ese ser había desintegrado al amor de mi vida.
Se atrevió a acercarse más a mi para pegar su frente a la mía, después
cerró los ojos y dejó que su respiración me inundara con su misma ansiedad
por mí.
—¡Por favor, escúchalo! —pidió. Cada palabra guiada por su aliento fue
la contraseña de algo.
Abrió los ojos, y fue tan intenso que me hipnotizó otra vez para que
hiciera lo que él quisiera.
—Soy Morfeo —reveló.
Su nombre movió algo en mi con mucha fuerza, casi como la de una
enorme ola golpeando la costa.
Estaba por besarme para obligarme a aceptar de una vez por todas su
presencia cuando sentí que algo oprimió mi corazón. Supe que era la soledad
tratando de arrancarme de su abrazo.
Entonces, alguien me tomó por la cintura para alejarme de él. No sé a
dónde me llevaba, solo sentí mucho frío y un ventarrón que arrancaba el
respiro.
—¡Morfeo! —grité antes de aparecer de pronto en la calle, frente a una
mujer con mirada vacía. Me sujetaba tan fuerte las manos con cuerdas que
salían de las suyas. No sé qué eran, pero tenían espinas que me cortaba cada
vez que me jalaba para controlarme.
Fue tanto lo que me lastimó que me desgarré la garganta de dolor.
La mujer rio, burlándose con malicia de mi terror que llamaba a ese ser
que solo me ha demostrado amor.
Al fin Morfeo apareció detrás de ella, y la abrazó sin que lo esperara para
alejarla de mí.
—¡Dawn, despierta! —me ordenó Morfeo en un grito mientras seguía
alejando a la mujer de mí.
Quería hacerlo, pero no dejaba de cortarme las muñecas.
De pronto, el cielo siempre azul y adornado con esponjosas nubes, se hizo
gris para anunciar una terrible tormenta; mientras que las personas que
siempre vivían en armonía, riendo y siendo felices, cayeron al suelo de
rodillas en lo que se tapaban los oídos para alejar a la miseria.
Sin que lo esperara, Morfeo desapareció, dejándome a disposición de esa
mujer.
—¡No! ¡No! —negué sin poder moverme. Solo el terror me hizo
compañía.
La mujer me liberó para acercarse a mí con pasos lentos y espasmódicos.
Disfrutaba mi lloriqueo que no me dejaba buscar algún lugar que me ocultara
de ella.
—¡Dawn! —escuché a mi alrededor tan fuerte que todos cayeron al suelo
como muertos, incluida esa mujer.
Me tapé los oídos por instinto y canté la canción de Reve para alejar todo
de mí. Lo necesitaba para que destruyera lo malo y me hiciera olvidar todo.
—¡Recuérdame! —me ordenó Morfeo. A pesar de que lo hizo en un
susurro, lo sentí tan desesperado. Su voz fue como manos que me
zangoloteaban para hacerme reaccionar.
—No, no quiero recordar… No quiero recordar. ¡No, no, no!—balbuceé
varias veces.
—Abre los ojos, Dawn —lo escuché de nuevo, pero ahora con voz calma.
Me negué y seguí cantando para alejarlo ya de mi cabeza porque estaba
por volverme loca.
—No quiere aceptar la realidad —dijo un hombre que no era Morfeo, pero
reconocí su voz y sabía que no iba a hacerme daño.
—Por favor, amor mío. Hazlo —suplicó Morfeo.
El dolor en su voz me conmovió tanto que decidí abrirlos. Pero primero
respiré tranquila, preparándome para lo que iba a ver .
Un incomprensible sobresalto me embistió, porque ahora estaba en un
lugar desconocido. Era antiguo, blanquecino con textura de mármol sin pulir.
Había un toque de divinidad, y de elegancia con sus adornos que destacaban
con los rayos de sol, y… No termino de descifrar ese sentimiento que me
abrazaba estando aquí. El cual estaba aferrado en tranquilizar mi respiración
agitada por haber despertado de esa pesadilla en que se convirtió mi sueño
tan bello.
Se percibía en el ambiente el olor de flores. No pude distinguir cuáles,
porque era muy sutil, casi como una perfecta terapia aromática. Una corriente
de aire fresco entraba al cuarto moviendo una cortina que por momentos me
dejaba ver el exterior tan verde.
Había unos reflejos de luz en las paredes que llegaba de algún lado. Miré
el techo y, en lugar de encontrarme con algo plano, estaba cubierto por brillos
dorados que caían sobre mí como si fuera una hermosa tormenta de nieve. Lo
curioso era que se desvanecían cuando parecían tocar mi espacio personal.
Al moverme un poco, me dolió todo el cuerpo. Estaba tieso, como si
hubiese estado acostada por muchísimo tiempo. Impensable levantarme de la
cama cubierta de pieles que eran tan suaves al tacto.
Aguardé en lo que me estiraba despacio para desentumirme. Me di cuenta
de que había demasiado silencio en el lugar; era casi apocalíptico.
Me atreví a salir de la cama al fin.
Caminé descalza por el piso frío, lo hice con cuidado pues las piernas me
tambaleaban un poco. Traía puesto un vestido tan delicado que se movía
como olas con mi andar.
—¡Hola! —grité para avisar al dueño de ese lugar que ya había
despertado. Nada más que nadie respondió.
Salí a un pasillo tan largo que a simple vista supe me arrancaría el respiro
al caminarlo.
—¿Hay alguien aquí? —grité, pero mi voz viajó en eco hasta callar. Así
me di cuenta de que estaba sola en esta…, bueno, no puedo llamarla casa ni
mansión.
Aunque me dolían las piernas, troté rápido hacia la única puerta que vi.
Pero volví al cuarto en donde desperté.
—¿Qué demonios está pasando? —me cuestioné cuando miré de nuevo el
pasillo. Empecé a sentirme tan angustiada—. Mr. Sandman, bring me a
dream. Make him the cutest that I've ever seen[7]… —susurré la canción para
regresarme a lo que antes creí que era un sueño. No me gustaba estar aquí.
—Dawn —escuché al final del pasillo, solo que no hubo eco ni pude
distinguir si era hombre o mujer. De hecho, tal vez solo sentí el llamado
dentro de mí, como si fuera yo misma llamándome.
Fui hacia allá despacio, cautelosa de no caer en manos de alguien malo.
—¿Quién eres? —le pregunté aun caminando; una vez más con el eco
como mi único compañero. Al menos por unos segundos porque enseguida
escuché sus pasos acortando el camino entre los dos.
Me llamaron de nuevo, pero ahora detrás de mí.
Al voltear rápido, me topé con un hombre que no me permitió ver su
rostro porque me abrazó tan rápido y tan fuerte que solo pude escuchar su
corazón latiendo acelerado y la calidez de su cuerpo.
—Amor mío —susurró.
—¿Morfeo? —cuestioné, dudando que fuese él. Sin embargo, correspondí
su abrazo.
Rio entre dientes mientras me separaba para vernos. ¡Estaba tan diferente!
O quizás ya no lo recordaba tan bien.
Estaba más pálido de lo normal, sus ojos azules sobresalían mucho sobre
su mirada demacrada, y su barba crecida lo hacía ver como un ser oscuro. El
sufrimiento, que tal vez absorbió de mi para hacer mi sueño pacífico, lo traía
muy marcado en el rostro.
El sufrimiento lo ha hecho maduro y serio.
—¿Por qué estás diferente? —me atreví a preguntarle en lo que acunaba
su mejilla; se sintió tan reconfortante estar de nuevo con él. Pero él aprovechó
para sujetar mi mano y besar la palma.
—Porque ha pasado tiempo, Dawn… Mucho tiempo. Solo he pensado y
vivido por ti —respondió, retirando ahora un mechón de mi cabello que ni
siquiera estaba molestándome; fue una excusa para una caricia—. Estás
dormida.
El sobresalto de la noticia me hizo retroceder un paso.
—¿Lo estoy? ¿Esto es un sueño? —cuestioné mirando a mi alrededor.
—Sí.
Quise que me explicara más pero no podía siquiera construir las preguntas
adecuadas. Me habló de todo lo que tuvo que hacer para protegerme de la
soledad.
—Recuerdo que desperté en un campo, y sabía que estaba soñando —
expliqué. Sacudí la cabeza cuando sentí un desvanecimiento que deseaba
alejarme de ahí, como si mis pensamientos quisieran regresarme a ese lugar
—. Pero, tiempo después, empecé a extrañarte y entristecer. Apareciste
cuando ya estaba rindiéndome y me dijiste que te quedarías conmigo…
Después éramos felices viviendo juntos.
—Entiendo ahora qué fue lo que pasó —dijo tomándome de la mano para
después jalarme y caminar por el pasillo. Esperé que siguiera explicando—.
Te puse en un sueño neutro que usamos solo para los dioses. Ese lugar es
muy poderoso y complaciente. Te dimos libertad para crear tus propios
sueños. Cuando te dormí, te dije…
—Sueña un dulce sueño de los dos —terminé. No lo escuché propiamente,
pero lo sentí en mi corazón.
Me carcajeé porque lo tomé literal y creé un sueño en los años cincuenta
en donde todo era más sencillo y feliz; en donde al final podría ser la esposa
de Morfeo.
—Recordé a mi abuela hablándome de esa época que vivió en Estados
Unidos. Dijo que fueron días tan maravillosos y prometían siempre una
utopía. Era comprensible porque habían dejado ya atrás a la Segunda Guerra
Mundial… Mr. Sandman —dije a Morfeo cuando me miraba con una sonrisa
atorada porque no sabía si podía dejarse contagiar por mi risa o no.
—Supongo que hablas de esa guerra en donde Iquelo tuvo mucho trabajo
en la tierra —me comentó. Y tuvo sentido porque la gente vivió el terror en
su vida diaria, era lógico que lo soñara también.
Me vio con mirada tierna y una sonrisa apenas dibujada.
—Te estaba perdiendo, Dawn. —dijo tras suspirar enamorado por mí.
Pero mis gestos le preguntaron cómo—. Al principio todo estuvo bien. Te
veías divina, en todo sentido de la palabra. Pero los problemas empezaron a
aparecer, y, mientras que yo trataba de solucionarlos, tú aceptabas cada vez
más ese sueño como la realidad. A la larga, si realmente lo creías, ibas a
morir ahí. Nunca lo comenté con mis hermanos, pero me lo decía mi corazón.
»Traté de contenerla lo más que pude… Por eso entré a tu sueño para
despertarte, pero ella te encontró y… —Me soltó para adelantarse más, creo
que no quería que viera la compunción en su rostro. Me acerqué a él hasta
ponerme enfrente y levanté su mirada hacia mí. Agregó—: Aun no quieres
despertar.
»Por ahora, yo tengo control de este sueño, pero no puedo sostenerlo por
mucho tiempo. Estoy solo.
Bajó la mirada para ocultar un suspiro dudoso.
—¿Quieres regresar con él? —me preguntó aun escondiendo la mirada.
—¿Con tu mellizo malo? —pregunté en lo que levantaba su rostro por la
barbilla para leerlo mejor. Solo que él rio entre dientes divertido por algo.
—Creo que ese era yo —supuso—. Yo representaba para ti la realidad.
Alguien que…
—Era tan malo que me seducía para alejarme de Reve. De la protección
—deduje recordando las acciones del mellizo malo. Todo el tiempo eran
verdades que no quería aceptar.
Aunque, ahora que tengo un poco más de control de mis recuerdos, dentro
de la oscuridad que siempre mostraba su rostro, su voz era cálida. Quizás mi
cerebro llenó los espacios en blanco para dar sentido a todo.
—Dawn, he tratado de solucionar esto para ponerte a salvo siempre, pero
solo he empeorado las cosas. No puedo asegurarte una vida sin peligros… —
calló cuando acaricié su mejilla para tranquilizar su desesperación—. ¿Por
qué no quieres despertar? —me preguntó angustiado.
—Porque si lo hago, no estaré contigo.
—¿Quién te ha dicho eso? —me cuestionó intrigado al igual que
preocupado.
—Zeus… A través de ella.
Morfeo sujetó mi rostro para besarme y lo reconocí del mellizo que me
hizo el amor tan real y diferente a Reve, mi propia imaginación.
Fue un beso corto pero que perpetuaría porque revelaría algo después.
—Jamás se lo permitiré. Porque prefiero perder la divinidad que a ti, amor
mío —prometió, sellando después con un beso.
He ido reconociéndolo poco a poco.
Después nos quedamos mirando a los ojos. Y descubrí en ellos que no
necesito que me diga que me ama porque lo ha demostrado con acciones. Sin
embargo, dentro de la felicidad que trajo la promesa para mí, pues él jamás
me dejará, encontré un pliegue de infelicidad.
—¿Qué sucede? —le pregunté temiendo lo peor.
—Lo siento, Dawn, pero tengo que hacer esto —dijo separándose de mí.
Sus ojos se volvieron dorados y los sueños se transformaron en pesadillas, tan
oscuras que recorrían su piel pálida como si fuera un horrible tatuaje.
Esparció el polvo oscuro por el lugar para cambiarlo lentamente en la cima
de un edificio que era rodeado por nubes grises, aunque eran parcialmente
iluminadas por truenos que amenazaban con electrocutarnos.
El viento frío amenazaba a cada segundo mi equilibrio, ya que Morfeo me
tenía acorralada y no me permitía aferrarme a él.
—¡Hazlo ahora! —gritó sin dejar de verme.
—¡¿Qué?! ¡Morfeo, ¿qué estás haciendo?! —demandé en lo que trataba de
sujetarme de él como podía.
—No dejes que el terror te sobrepase esta vez, o volverás a quedar
atrapada con ella —me suplicó.
Pero cuando miró al suelo, lo hice también por instinto y ya no había
edificio. Un segundo después, caí hacia el abismo.
16
MORFEO
—¡No, ayúdame! —gritó Dawn tan estridente que la fuerza de su horror me
arrojó lejos. Me paré rápido para detenerla en querer brincar por el ventanal.
Pataleó y gritó como si siguiera cayendo. Tuve que sujetarla del rostro
para que me mirara.
—¡Estás despierta! Estás despierta, Dawn —le aseguré con voz calma al
final para que se sintiera segura.
Se detuvo para analizar mis ojos, para creerle a ellos y no a las palabras.
—Ya no sé qué es realidad —susurró en lo que se atrevía a acariciar mi
mejilla, aunque no la pude sentir por completo por mi barba crecida.
—Se que tu mente…
—¡Tú lo hiciste! —me reprendió empujándome. Estaba muy enojada por
cómo he manejado toda la situación que aun creo tuvo que ser así. Al menos
me dio tiempo para prepararme y hacer aliados.
—Lamento haberlo hecho, pero no supe de qué otra manera protegerte. No
podía dejarte en la tierra porque Zeus rompió su promesa y… —Solté un
resoplido de agobio. Han sucedido tantas cosas que solo han agravado la
situación.
Dawn me jaló de la ropa para bajarme a sus labios. Pero no debió haber
sido efusiva al besarme porque despertó el deseo divino que siempre he
contenido con ella.
—¡No, no, no! ¡No es real! —me rechazó. Dejándome en el punto exacto
de cometer una locura.
Respiré profundo para serenarme.
—Te juro que lo es —aseguré llevando la mano al pecho; aunque sé que
ella no sabe que así juramos con la verdad.
Dawn volvió a mirar todo a su alrededor, denotando su confusión porque,
en el último sueño en donde la puse para forzarla a despertar lejos de Oizys,
fue una copia exacta de mis aposentos.
Escogí ese escenario para que tuviera una transición suave.
La seguí sin invadir su espacio personal, porque lo mejor era que ella
misma encontrara las diferencias para que se diera cuenta de que estaba
despierta ya.
Salió del cuarto para seguir el pasillo que conectaba con otros cuartos, que
espero pronto sean ocupados por mis propios sueños.
Cada vez que avanzó más, noté en ella un poco de angustia. Iba a
preguntarle qué le sucedía cuando llegamos al final en donde estaba los
aposentos donde me relajo después de ir a la tierra.
—Sí hay un final —susurró para sí.
Entonces comprendí lo que sucedía, en el sueño creé un pasillo largo para
que ella no encontrara una puerta que diera acceso a Oizys e invadiera de
nuevo su sueño. Era un laberinto eterno que siempre la regresaba a mi cuarto.
Volteó para acercarse a mí. Su cercanía fue tan pacífica que mis latidos la
recibieron gustosos. Primero acarició mi mejilla, después me abrazó muy
fuerte.
—¡No me regreses a la tierra! —suplicó en un susurro que apenas si
escuché.
—No —le aseguré separándola para que viera la decisión en mi mirada—.
No te voy a poner a merced de Zeus.
»Pero, si te quedas aquí, tendrás que renunciar a tu vida allá. ¿Estás
dispuesta a hacerlo?
—No quiero una vida mortal sin ti —me puso muy en claro.
Sonreí feliz, aun cuando sé que le estoy pidiendo mucho.
—¿Aun estoy en peligro? —preguntó controlando el miedo en su voz.
Sentí que no quiso verse como una niña desvalida, pero lo era ante la
situación.
—Sí. Y aun no sé cómo protegerte —le dije abrazándola, teniendo
cuidado de no lastimarla.
Esto era lo que he necesitado en toda mi existencia: sentir que alguien me
necesita, confía y me ama lo suficiente para seguir soñando conmigo.
—¿Cuánto dura la eternidad en tu reino? —me preguntó.
Reí callado, porque su ingenuidad seguía intacta.
—Una eternidad.
«Ojalá pudiera vivirla a tu lado», pensé sin dejarle de sonreír con cariño.
Sin embargo, se liberó de mí y bajó la mirada para que no viera que algo la
había acongojado.
—¿Qué sucede? —le pregunté levantando su rostro por la barbilla. No
quería que se sintiera miserable, nunca más.
—Yo no viviré una eternidad.
Reí entre dientes porque yo sabía cómo dársela, solo que no creo que esté
dispuesta a sacrificarse así, y mucho menos Zeus ni mis padres lo permitirían.
—¿Puedo ser inmortal? —me preguntó confundida de mi silencio.
Si algo han tenido claro los mortales es que los dioses nunca se quedan
con ellos.
Me mojé los labios para contener la respuesta. No quería romperle su
sueño de estar juntos.
—No estás preparada para serlo —respondí al final con la verdad.
—¿No te parece que yo soy la única que puede decir si lo está o no? —
cuestionó rígida.
—Yo también tengo voz y voto en esa decisión, porque yo soy quien te va
a dar la inmortalidad. Esta no aparece en ti solo porque la deseas.
—¡Está bien! ¡Pero ¿cómo voy a decidir si no me das toda la
información?! —cuestionó alzando la voz, incluso se separó para que sus
movimientos de manos y gestos fueran más autoritarios.
No pude evitar reír cuando me di cuenta de algo.
—¿De qué te ríes? —me reprochó molesta de que no estuviera tomando
esto en serio, cuando así era.
—Es nuestra primera pelea y nunca creí que fuera por…
—Ya hemos discutido antes —me interrumpió.
—No como pareja. Y mucho menos acerca de tu futuro conmigo.
Se acercó a mí en silencio para hacerme una caricia en el pecho que, si
bien no sentí su calidez, sí su devoción a mí.
—Dawn, ser inmortal no es una decisión que debas tomar a la ligera.
»Y no estás preparada para ello. —Iba hablar, pero la silencié poniendo mi
dedo sobre sus labios—. Toma tu tiempo para pensarlo bien. Por ahora vive
en mi mundo. —Hizo un puchero de que recordara que ella no tenía «mi
tiempo» para esperar. Continué para tranquilizarla—. Dawn, tras lo que
descubrí, puedo decirte que puedes aceptarla sin explotar.
»Se paciente.
Tomó mi mano para retirar mi silencio.
—Mi respuesta ahora es sí, y lo seguirá siendo cuando creas que estoy
lista.
Me emocionó mucho escuchar su aseguración; sobre todo, cuando la sentí
fuerte y decidida.
Aun así, tenía que ignorarla ahora y dejar que lo pensara mejor, cuando no
estuviera emocionada por estar conmigo después de despertar.
Puede que la quiera ahora solo porque siente el arma de Zeus en el cuello.
La muerte está muy cerca de ella.
—Morfeo —me llamó Fantaso, temiendo que interrumpía algo. Ambos
volteamos—. Zeus te ha invocado.
Arrugué confundido el cejo porque no había escuchado su llamado. Sin
embargo, sí escuché que Dawn tragó saliva. Mi pobre criatura siempre va a
temerle.
—No iré —respondí seguro. No podía hacerlo porque los mortales tenían
prohibido pisar la divinidad del Olimpo, y no voy a dejar a Dawn sola aquí.
Además, podía ser una trampa para alejarme de ella.
No confío en Zeus. En realidad, ahora sé que nunca en mi vida lo he
hecho.
—Me quedaré con ella —escuché a Medusa entrando con Iquelo a los
aposentos.
—¿Quién es ella? —me preguntó Dawn en un susurro. Fue bajo pero
cargado de celos, pues, al igual que ella, Medusa estaba logrando una belleza
inigualable en este lugar.
—Medusa —le respondió Fantaso. Dawn se tapó los ojos al instante.
Aunque fue una reacción innata, me apresuré a retirarle las manos porque
sentí que Medusa se molestaría por eso. No tengo claro cuán rápido mal
reacciona.
Aun así, se quedó con los ojos cerrados.
—Puedes abrirlos —le dijo Medusa.
—Recuerdo tu historia y… —dijo Dawn mientras abría temerosa los ojos
— solo petrificaste hombres.
Medusa rio irónica.
—Solo hay una mujer a quien deseo convertir en piedra, y no eres tú —le
aclaró Medusa. Sentí tanto poder en sus palabras pues se refería a Atenea.
—Poseidón, y tal vez Atenea, vendrán por ti tan pronto sepan que no estoy
en Oneiroi —hice saber a Medusa.
—Zeus solo te invocó a ti, Morfeo —aclaró Iquelo antes de suspirar
apesadumbrado—. Esto no va a terminar bien, hermano. Una cosa es que lo
enfrentes con palabras y otra con intención de dañarlo.
—Él puede hacerlo —aseguró Dawn para animarme.
—Quisiera tener tu optimismo, amor mío, pero mi hermano tiene razón.
No soy un dios del Olimpo, sino del Inframundo. No tengo una armadura
invencible como la de ellos que los protege casi de todo, solo esto —señalé
mis ropas oscuras.
—El cual nos sienta mucho mejor que a alguno de ellos —bromeó Iquelo.
—Pero tú eres más poderoso que ellos —me hizo ver Dawn. La miramos
intrigados porque, si no recuerdo mal, no sabe nada de nosotros—. Morfeo,
tú eres un dios que puede hacer realidad los sueños. ¡Cualquier sueño!
—Incluso pesadillas —agregó Iquelo; en su rostro estaba la marca del
éxito. Agregó—. Puedes tomarlas de mí y hacerlas reales. Las necesitas para
vencerlo.
—También puedes tomar el poder de mi —agregó Fantaso.
Agradecí a ambos con una sonrisa tímida el ofrecimiento.
—¿Crees tener la fuerza para enfrentarlos? —me inquirió Medusa.
—Tal vez ahora sí necesites de mi ayuda —escuchamos a Hades desde el
pasillo.
Por instinto, llevé a Dawn detrás de mí. Fui el único que reaccionó mal a
su presencia de nuevo.
¡Por su maldito perro! ¿Por qué tiene tanto interés en mí y Dawn?
—¿Quién es él? —me preguntó Dawn saliendo de mi resguardo cuando
Hades se paró junto a Medusa y la saludó con un asentimiento de cabeza.
No temió de ella. De seguro porque sabe que ese odio está siendo
guardado para Poseidón.
—Soy Hades… Tu nombre es Dawn, ¿verdad? —le respondió él.
Dawn regresó en silencio a mi resguardo, se pudo sentir su temor en el
ambiente. Mi criatura hermosa al menos sabía de él, lo que prueba cuánto
poder aún puede estar acumulando Hades por medio de los mortales.
—No voy a ir a ver a tu hermano y mucho menos voy a dejar a Dawn ni a
Medusa en tus manos —le aseguré.
—Lo sé. Y es por eso por lo que he traído a alguien. Sé que lo aceptarás.
Me alarmé cuando tronó los dedos porque hay terribles criaturas en su
reino que solo responden a él. Pero al darme cuenta de que fui el único que
sintió el sonido como la ráfaga de un trueno, tomé a Dawn para llevarla
detrás de mí, porque ¡Hades estaba invocando a Zeus!
Muy pronto escuchamos pezuñas corriendo por el pasillo en nuestra
dirección.
Todos retrocedimos cuando vimos a Cerbero calmar su carrera hasta
pararse a un lado de Hades. Las tres cabezas nos cubrieron con las miradas,
no podíamos hacer un movimiento en falso porque Cerbero reaccionaría más
rápido.
Por primera vez me alegró ver al perro del inframundo.
—Voy a ser más estricto con quién puede cruzar las puertas —comenté.
Dawn se atrevió a salir de su resguardo, aunque el miedo en su mirada me
dijo que tenía que buscar otra manera que no involucrara a Hades.
Estaba de acuerdo con ella, pero tampoco podía decírselo directo porque
Hades es sensible al rechazo.
Entiendo su desconfianza a todos.
Fue encarcelado por su padre, rescatado por su hermano menor,
destronado por el mismo, y tiene una esposa que de amarlo pasó a
aborrecerlo, y aun así eliminó a la segunda mujer que parecía amar a Hades:
Minthe.
El Inframundo infectó a Perséfone con su miseria, tal y como ha estado
intentando hacerlo Oizys con Dawn.
¿Es posible que ella también tuvo que ver en el asunto de Perséfone?
No me extrañaría que así fuera porque Zeus siempre ha procurado que su
hermano sea infeliz para que no tenga ideas revolucionarias y reclame lo que
le pertenece por derecho de nacimiento.
Aunque, desde mi punto de vista, Zeus ha cometido un gran error porque,
si Hades es feliz, no estaría pensando en el trono de su hermano.
Tal y como yo en este momento, solo le bastaría tener a la mujer que ama
a su lado.
Hades tiene toda la razón para ser desdichado y resentido.
—Entonces, ¿acudirás al llamado de mi hermano? —me consultó
cruzándose de brazos. Por su sonrisa malévola, aun disfrutaba el impacto que
nos dejó Cerbero, quien se sentó al ver que su amo estaba muy tranquilo para
indicar una marcha.
—¿Lo harías tú? —contraataqué con su pregunta.
—No.
—Esa es mi respuesta.
Sonrió más irónico. Tal vez se veía reflejado en mí.
—Bien, bien… —balbuceó Hades bajando la mirada, después se marchó
sin despedirse, pero dejando a Cerbero atrás. Cada una de sus cabezas nos
miraron atentos, esperando órdenes.
—Medusa, ¿podemos hablar? —le pidió Hades. Por instinto, ella nos miró
como si nos pidiera permiso; pero, como se lo prometí, ahora ella era libre.
—Eres libre —le recordó Fantaso. Solo así, ella aceptó hablar con él con
un asentimiento de cabeza.
¡Pobre criatura! Ha estado tanto tiempo bajo las órdenes de alguien que no
reconoce su propia libertad.
—¡Se te olvida alguien! —avisé a Hades en voz alta, quien solo tronó los
dedos, lastimándome de nuevo con esa ráfaga, y Cerbero corrió detrás de él.
Hablaron fuera de la sala.
—¿Qué quieres que hagamos? —me consultó Fantaso, distrayéndome de
Hades y Medusa. Dawn seguía aferrada a mí.
—Sigan su trabajo. Yo igual haré el mío… Demuestren al Olimpo que
ustedes han cumplido en avisarme. No quiero que tengan problemas por mí.
—Hermano —me llamó Iquelo—, aun haciendo el trabajo, todos tenemos
problemas con Zeus. Estoy seguro de que Poseidón le ha dicho que te
ayudamos a esconderlas.
Al saber que hablaban de ella también, Dawn entrelazó su mano con la
mía, la miré ante su ofrecimiento de apoyo hacia mí. De pronto, me sentí tan
poderoso como un titán.
—Bien. Hablaremos después.
»Los dejaremos solos. Aún tienen cosas que hablar —avisó Iquelo—. Por
cierto, Morfeo. —Atrajo mi atención de nuevo, que se había desviado a
Dawn—. Medusa se quedará en mi ala.
—Te estás apegando mucho a ella —le comentó Fantaso.
—¿Y eso es un problema? —le cuestionó indignado de que haya hecho
ese comentario.
—No. Pero Poseidón sí lo tendrá.
—Hermano, cuando tienes ganado el corazón de una gorgona, ni él puede
contenerla —comentó Iquelo, mirando hacia donde aún estaba Medusa
conversando con Hades. Tuvo mucho cuidado con el volumen de su voz.
—Hablaremos de eso después, cuando todo se haya calmado —sugirió
sabiamente Fantaso, palmeando la espalda de Iquelo. Ambos decidieron
dejarnos solos de nuevo.
Estoy seguro de que no quería llenarse de ideas en este momento cuando
sabe que lo necesito con la mente clara.
—¡Solo se sincero con ella! —le alcancé a decir cuando se marchaban.
Iquelo solo alzó el brazo en señal de que así lo haría.
Estando solos, volteé hacia Dawn para decirle que ya no tenía que temer
—Todo esto es imposible. Aun no lo creo —comentó buscando dónde
sentarse.
Mi andron consistía en klines con grandes cojines por doquier. Todo lo
que se deseaba comer o beber se materializaba con solo pedirlo.
Finalmente, se sentó en mi lugar predilecto sin saberlo.
Fui a hincarme frente a ella. No quise presionarla con aceptar todo tan
pronto. Es más, no quiero que lo haga porque le he abierto un mundo en
donde la traición y el engaño se sirve en plato grande. La deglutimos y
buscamos una y otra vez, sin saciarnos nunca.
Mi mundo no es fácil. Nunca lo ha sido.
—Zeus, Hades, Medusa… Tú, todo es imposible que exista —confesó su
incredulidad con la mirada decaída—. ¿Cómo quedé atrapada en medio de
algo que ni siquiera creo?
Me sentí mal al sentir su miedo como arrepentimiento por haberme dejado
entrar a su vida, de que yo haya osado revelarme a ella. Ahora entiendo que
es posible que al final de todo no acepte la inmortalidad que le puedo dar.
Fue una buena decisión no ceder a su deseo precipitado.
—Si no complicara más la situación, iría con Chronos para rogarle que
regrese el tiempo hasta tu ancestro, en donde podré negarme a Zeus de
cumplir su mandato.
»Sería castigado, pero te daría una vida lejos de ellos. No hubiera
aparecido ante ti…
—¡Sería lo más estúpido que hicieras en tu vida, Morfeo! —me reprendió
molesta.
No entendí su reacción. Estaba lamentando estar metida en esta lucha
entre dioses y ¿ahora le molesta mi suposición?
—No entiendes por qué estoy molesta, ¿verdad?
—No.
—¡Porque si haces eso, no te conoceré!
—¿Y no sería mejor?
—¡No! —me exclamó arrojándose a mis brazos. Dentro del mismo, la
llevé conmigo a relajarnos en los cojines.
—Eres complicada de entender, hermosa criatura.
Estuvimos así, disfrutando al fin la compañía del otro.
«Chronos, escucha mi suplica: Déjame estar así con ella un segundo
eterno», pedí en silencio.
—¿Cómo es que me enamoré de ti en tan poco tiempo, amor mío? —le
pregunté mientras la idolatraba con la mirada. Alzó la suya para verme—.
Ninfas me han buscado, la diosa misma del amor me sedujo… —Desvió la
mirada molesta. Al parecer, a los mortales no les gusta que les mencionen
amores pasados. Continué—: Y nunca lograron siquiera meterme en sus
lechos.
»Y solo bastó mirarte dormir, sonreír coqueta al despertar y un beso para
enamorarme de ti. Para encontrar sentido a mi existencia y serte fiel toda la
eternidad.
»Dawn, esto será irónico para ti, pero empecé a soñar cuando te conocí.
Sonrió satisfecha de su poder tan sencillo.
—No lo sé, Polvitos. Apenas estoy terminando de creer que existes.
«Igual yo», pensé mientras le sonreía.
Nos quedamos un tiempo mirándonos solamente. Un momento en silencio
donde sentí su amor flotar alrededor mío, solo espero que ella sienta lo
mismo de mí.
—¿Cuán peligrosa es Medusa? —preguntó rompiendo con el momento de
paz que quería disfrutar con ella en mis brazos. Sentía ya que todo estaba
bien.
—Mucho. Tanto así que Poseidón le teme —le respondí.
—¿Está de nuestro lado? —preguntó haciendo una caricia en mi pecho,
mientras que yo me atreví a juguetear con un mechón de su cabello dorado.
—Sí. Por ahora.
—No te escuchas muy confiado de ella.
—No lo estoy. No conozco realmente la historia de ellos dos, solo la
tragedia de su abuso. Pero ella ha mostrado en este tiempo que…
—Donde hubo fuego, cenizas quedan —terminó, haciéndome reír entre
dientes.
—Contigo solo existirá el fuego, amor mío.
Sonrió satisfecha de que no me canso de asegurarle que siempre será la
única para mí.
Pero dentro del silencio me hizo pensar cosas que me llevaron a
restregarme agobiado la frente porque no tenía idea de cómo protegerla para
siempre, cuando todos los que me rodean no son de confiar. Excepto mis
hermanos.
—No sé mucho de mitología griega —dijo. Reí entre dientes porque me
ha demostrado que sí sabe de nuestra historia «mitológica», pero me ignoró
para continuar—: Pero ¿pueden castigarme como a ella?
—Sí.
Tragó saliva.
—No haberme conocido suena cada vez mejor, ¿verdad? —le pregunté,
pero solo logré que se pusiera de pie entre quejidos enojados.
La miré caminar hasta el ventanal que daba a los picos de las montañas
cubiertas por nubes. El vestido de tela fina color marfil caía sobre su cuerpo,
moldeándolo con gracia. Los adornos de oro puro en sus hombros caían en
cadenas sobre su espalda, le daban la divinidad de un olímpico.
Fui a ella para abrazarla por detrás; no me lo prohibió.
—¿Me amarás siempre? —me preguntó.
—¿Dudas que dejaré de amarte con el tiempo? —le cuestioné. Mi voz la
hizo torcerse un poco para darme una respuesta silenciosa de que así era. Si
es necesario, le repetiré una y otra vez que no será así—. Toda mi eternidad
es para ti. Jamás te traicionaré —juré.
Esa era la respuesta a la pregunta que temió hacer, ya que sentía que
podría hacerle lo mismo que Poseidón a Medusa. O, en todo caso, Hades a
Perséfone, Zeus a Hera. ¡Por los perros de Hades! La traición es el alimento
de los olímpicos.
La cargué sin que se lo esperara. Gritó asustada porque estábamos muy
cerca del ventanal. Estoy seguro de que recordó cómo la desperté. La acerqué
más a mi para tranquilizarla, y sintiera que no iba a volver a pasar. No podía
hacerlo de nuevo porque igual me dolió que sufriera así.
La llevé por el pasillo hacia mis aposentos.
Pero en lugar de llevarla ahí, torcí en una esquina para salir del palacio.
Iba a mostrarle el lugar donde vivo, en donde mis sueños empezaron a tomar
forma cuando ella apareció en mi vida.
Quiero volver a amarla, esta vez en la realidad, pero primero le demostraré
que no la veo como un pedazo de carne creado para satisfacer nuestros
deseos. No quiero ser como los dioses olímpicos, quienes son adictos al sexo
y creen que abusar de los mortales y otros dioses es correcto. Yo sé otras
formas de amar, y una de ellas es mostrar a Dawn que los reinos del
Inframundo no son como Zeus ha querido que todos los mortales crean.
Mi reino se construyó con sueños y estaba a punto de crear algo bello solo
para ella.
Salimos hasta el jardín. Me percaté tarde que se quedó maravillada al ver
el reino que orgullosamente hemos construido.
«Esto será tuyo también cuando estés preparada», quise decirle cuando
volteó a verme asombrada; pero no se lo dije porque no quiero influenciar en
su decisión.
En su lugar, junté polvo en mi mano.
—Sopla, amor mío —le pedí poniendo la mano a la altura de sus labios.
Al instante que sopló, el polvo voló con la ligera brisa, formando espirales
que lo llevaron hasta el firmamento.
—Eres tú —le susurré al oído tras abrazarla cuando miraba al polvo viajar.
—¿Es mi constelación? —preguntó torciéndose para que viera su asombro
aun latente.
—Sí. Nómbrala como más te guste.
Ahora me doy cuenta de que ella no sabe que solo los mortales pueden
crear constelaciones en el cielo. Sus sueños y recuerdos las forman en el
universo.
—Morfeo.
—Sí, estoy a tu servicio, amor mío.
—No, la constelación se llama «Morfeo» —aclaró entre risitas divertidas.
La miré sorprendido porque al fin tenía una, y era un regalo de la mujer
que amo. Los mortales antiguos nombraron constelaciones de los dioses, para
estar más cerca de ellos, pero nunca me tomaron en cuenta. Dawn no lo sabe,
pero ahora estaré a su disposición con solo alzar la vista y buscarme ahí;
porque yo creé el polvo de estrellas y ella le dio vida.
No es formal aun, pero estamos por unirnos en la eternidad.
—Así cada vez que vea al cielo y la encuentre, estaré pensando en ti. Y
cuando tú la veas, lo sabrás.
Sonreí porque así será.
—Ven, déjame mostrarte el lugar —le pedí en lo que la tomaba de la
mano para animarla a salir completamente de la seguridad del palacio.
Dawn admiró siempre asombrada cada lugar que le mostraba. Sentí todo el
tiempo en su silencio que no concebía tanta belleza.
Y, como quería seguir haciéndola feliz como compensación de cuánto la
han lastimado, la llevé al gran jardín que Fantaso ha cultivado con cada flor
maravillosa que los humanos le han pedido en los sueños. Él estaba orgulloso
de su creación y siempre me ha parecido el lugar perfecto para pensar.
No dejó de maravillarse de la cascada que cantaba las canciones de las
nereidas, a pesar de que desembocaban en el río del olvido. O del viento
acariciando los pétalos para desprender una delicada fragancia, ni de las
criaturas hechas de polvos de sueños que jugueteaban, transformándose en
otras criaturas de vez en tanto.
Me paré frente a ella para acunar su mejilla mejor. Para ella mi mundo es
irreal, mientras que para mí es una fantasía tenerla aquí. A veces siento que
estoy dentro de uno de mis propios sueños.
—Te amo, Morfeo —dijo mirándome con la devoción que sé ningún dios
sentirá de un mortal. ¡Cuán feliz hacen esas palabras dichas de la mujer de la
que estoy enamorado!
Sus labios entreabiertos me gritaban que correspondiera el detalle con un
beso.
—¡Eres real! —exclamó antes de profundizarlo hasta el punto de que me
vi obligado por sus instintos de cortar el beso, tomarla de la mano para correr
a mis aposentos entre risas suyas.
Podía trasladarnos allá, pero el largo camino despertaría más su apetito por
mí. Y quería que me amara como si fuese la primera vez juntos.
Solo que el mío era el de un dios y era incontenible, por eso tuve que
cargarla a medio camino para llegar más rápido.
—¿Crees que estás lista? —consulté. Aun podía detenerme y dejar que
siguiera acostumbrándose a estar en este reino.
—Sí. Lo necesito.
Mis gestos indignados le reclamaron que solo me quería para satisfacer su
deseo sexual. No quiero creer que el mundo inmortal le está influenciando
para ser cómo nosotros en ese aspecto.
—Por momentos siento que estoy soñando aun, Morfeo. —Me acerqué a
ella para acariciar su mejilla con ternura—. Quiero estar con el dios —
confesó mirándome profundo. No vi miedo en ellos por lo que me pedía. De
hecho, me confirmaba que lo necesitaba mucho.
Empecé a desnudarla sin cortar el contacto visual. Estaba tranquilizándola,
pues estaba por entrar a una sesión sexual que ella no querrá detener.
El vestido cayó sobre su cuerpo desnudo, acariciándolo tan delicadamente
que lo disfrutó. Ahora me desvestí, aun sin cortar la conexión. No se movió,
respiraba tranquila, aunque sus latidos estaban ansiosos por el acto.
—Te amo, Dawn —le dije de camino a sus labios. Pero ella se desbordó
en deseo y se dejó llevar por mí. Quería amarla como un mortal, pero sus
gemidos anticipados y caricias despertaban mis instintos divinos.
Me contuve con mucho esfuerzo porque no podía darle lo que no sé si ella
desea. No puedo quitarle el libre albedrío que los mortales se han ganado a
pulso. Por eso la amé como mortal y el hombre que está perdidamente
enamorado de ella.
17
DAWN
Morfeo no se detuvo aun cuando mi gemido parecía más de desvanecimiento
que de placer. Estaba consumiéndome, pero tampoco quería que se detuviera
porque me estaba mostrando todas las maravillas del universo desde su punto
de vista. Estaba uniéndome a él en cuerpo y alma. Nos estábamos amando
por completo.
—Morfeo —logré susurrar en el momento del éxtasis que me llevó a la
inconsciencia. Lo hice para avisarle que ya no puedo más.
Me he desmayado algunas veces en mi vida, principalmente por
cansancio, pero esta no era como esas veces. Todo estaba oscuro, y sé que
tengo que temer porque estos son los terrenos de Oizys en donde soy presa
fácil para que siga cumpliendo la tortura que ha infligido a mi familia por
generaciones.
En realidad, era un éxtasis eterno en donde sentía la calidez de Morfeo
todo el tiempo.
Bajé la guardia y me dejé llevar. Confiada en que Morfeo no permitirá que
ella me atrape.
Finalmente, tras lo que me pareció un segundo infinito, empecé a tener
control de mi cuerpo. Se sentía pesado, como si hubiese tenido una sesión
larga y fuerte de ejercicio en el gym.
Abrí los ojos despacio para no sufrir con la luz que me recibía.
No sé si fue que me deslumbré un poco, pero tuve la visión celestial de
Morfeo desnudo parado al pie del ventanal. Estaba mirando hacia afuera sin
importarle que alguien más lo viera así.
¡Dios mío! En este momento estoy viendo al dios perfecto. Con un cuerpo
como el suyo, entendí por qué no se avergonzaba.
Cuantas veces he leído y escuchado la expresión: «Tenía un cuerpo de
estatua griega». Y es una decepción cuando ves desnudo a dicho hombre.
Pero se perdona, ya que la belleza nace de los ojos de quien ama.
Con Morfeo no era el caso. Todo en él era perfecto.
Para ser más descriptiva, el sensual «David» de Michelangelo es un
jorobado de Notre Dame a lado de Morfeo.
Carraspeé un poco para decir su nombre, cuando él volteó a verme tan
pronto me moví.
—¿Estás bien? —me preguntó viniendo rápido a mí.
Se metió a la cama para abrazarme. Me movió con facilidad ya que apenas
podía moverme pues aún me sentía débil. Y no es para menos con la
experiencia divina que me dio esta vez.
Le respondí en un gemido cariñoso mientras me aferraba a él.
—¿Cuánto tiempo me desmayé? —pregunté cuando al fin encontré mi
voz.
—Treinta minutos, en tiempo de tu reino… Creí que te había matado —
comentó acariciando mi rostro mientras me miraba con la incredulidad de un
sueño imposible, cuando él es quien realmente lo es.
—Sí, de placer. —Mi broma lo hizo reír entre dientes satisfecho. Después
siguió mirándome con devoción.
—Me gustó que me hicieras sentir como una diosa —le comenté para
cortar el contacto visual que parecía devorarme sexualmente. Solo que mi
comentario de seguro le iba a levantar el ego.
—Lo eres para mí. Mi diosa de los sueños —dijo.
—Sé que cuando uno de ustedes usa su poder, nadie puede resistirse. Y
ella es… —Resoplé intimidada por la diosa, aunque no estuviera presente.
Pero su belleza mítica es tan fuerte aun que hace ver a todas las mujeres
como fealdades.
—¿A qué te refieres? —me interrumpió confundido.
—A Afrodita.
—Amor mío...
—¿Es bonita? —pregunté como tonta, por supuesto que lo era.
—Hermosa. —Me encelé, y más porque respondió sin titubear. Después
de todo, es una verdadera amenaza para mí en este mundo—. Pero no por eso
caí a sus pies.
»¿O acaso tú lo hacías con cada mortal que te parecía atractivo?
—No, porque no solo eso es parte de la ecuación para enamorarse de
alguien.
—Lo que tengo contigo —me aclaró antes de gemir sexual para mí.
Y ahora por fin lo aceptaba. Él jamás tendrá algo con ella porque no hay
química, que es el elemento que falta entre ellos dos, y que nosotros hemos
tenido a rebosar desde el primer encuentro.
Poniéndolo burdamente: Ella solo sirve para sexo de una noche y yo para
hacer el amor todo el tiempo.
—Mmm, me haces sentir como una diosa —le comenté mientras me
acurrucaba más en él. Fue tanto el cansancio que bostecé sin querer.
Después de un buen sexo, siempre viene una buena siesta.
—¡No, no, no! —exclamó Morfeo mientras salía de la cama con algo de
agresividad, pero aun así no me espantó el súbito sueño que sentía.
Quería dormir un minuto, solo uno necesito.
Regresó a mi lado. Me tomó toda desmadejada y me acercó a los labios
una copa rebosante de un líquido cristalino que brillaba como si tuviera
diamantes.
—¿Qué es? —pregunté alejando la copa.
—Es ambrosía. —Volvió a acercarla a mi para que ya bebiera—. Espero
que te ayude.
Al roce de mis labios, me pareció tan deliciosa, pero de una forma
negativa. No me gustó lo que me hizo sentir: casi una necesidad incontenible
de beberla. Y sé que las cosas adictivas son perjudiciales para el cuerpo.
Me llevó a un adormecimiento entre el sueño y la lucidez, en donde
empecé a ver el inicio de la vida que quiero tener a lado de Morfeo. Sin
embargo, ahí solo era un mendigo parado afuera del ventanal de un
restaurante en donde me mostraban todos mis alimentos favoritos.
Dormí, o eso creo. La somnolencia me permitió escuchar después de un
largo rato las conversaciones que Morfeo tenía con alguien. No sé si estaban
en el cuarto o mi sentido auditivo se había expandido a larga distancia.
Al menos, estaba descansando.
—Dawn —escuché a una mujer hablándome al oído. Me dio tanto miedo
que me forcé a despertar.
Si era Oizys, tendría que hacerle frente en persona.
Pero no lo logré por la maldita ambrosía que aún estaba en mi sistema.
—¡Despierta! —me gritó tan fuerte que logró despertarme con un
sobresalto.
Pero no era Oizys, sino Medusa. E inoportunamente me pareció tan
hermosa que entendí por qué los hombres pecan por ella.
¡Morfeo pecaría por ella!
—¡Morfeo! —le llamé en un grito, muy asustada.
Morfeo apareció al instante en el cuarto, entre una nube de delicado polvo
negro que ilógicamente dio brillos dorados tenues. Me asustó porque eso
significaba que su lado que creaba pesadillas iba a atacar a esa mujer.
—¡No la mires, Dawn! —me ordenó Morfeo en un grito que me llevó a
cerrar los ojos sin dudar. Pero la situación estaba tan cargada de peligro que
me agité y temblé.
—¡Por favor, no me mates! —supliqué con voz quebrada.
—No temas, Morfeo. No voy a hacerle daño —prometió ella con tono
elegante—. Solo quiero tener contacto con un mortal.
Me asustó aún más, porque me sonó a que quería poseerme. Al sentirla
más cerca, me arrinconé contra la pared para alejarme de ella aun con los ojos
cerrados.
—¡Dawn, tranquila! —Sentí en segundos la protección de Morfeo, al cual
abracé a ciegas.
¡¿Qué demonios quieren los dioses conmigo?! ¿Acaso soy tan rara que me
he convertido en la atracción de todo el jodido Olimpo?
—Tranquila. Ellos existen… Estás en la realidad —recordé en un susurro
que no estoy de nuevo atrapada en el sueño.
—¿Puedo tocarte? —me preguntó Medusa haciendo más suave su voz.
Sentí casi que estaba hablándole a una niña.
Y así me sentía: como una niña indefensa frente a un desconocido, cuya
advertencia de sus padres acerca de esa persona retumba en la cabeza hasta
hacerla temblar.
Abrí los ojos despacio. Su rostro era tan amigable que me tranquilicé lo
suficiente para liberar a Morfeo. Solo que no esperé que mi silencio la
incitara a extender la mano para tocarme. Miré a Morfeo de reojo, por lo
menos estaba alerta a lo que ella podría hacer.
Me sorprendí al sentir el toque cálido de Medusa; incluso me dio
confianza de que no iba a hacerme daño.
¿Su venganza será solo con los hombres que prometieron lastimarla? Es lo
más probable. Justificaría los ataques a todos los hombres que osaron cazarla
en esa cueva que dice la leyenda.
Si mi deducción era correcta, ahora la entiendo y compadezco.
Medusa sonrió al liberarme. No era necesario que dijera en palabras que le
agradó tocar a una mortal que no tenía intenciones de hacerle daño. O tal vez
añoró algo que ya no tiene, pero que la liberaría de los dioses: Mortalidad.
Se retiró en silencio con nuestras miradas aun asombradas encima de ella.
—¿Crees que algún día pueda contarme su historia? —comenté a Morfeo
en lo que se acercaba a mí.
—Quizás con el tiempo —respondió mientras se inclinaba para darme un
beso.
No lo disfruté porque no dejaba de pensar cuántos más dioses iba a
encontrar al pie de la cama esperando a que el fenómeno despertara.
MORFEO
Iquelo me llamó en un grito angustiado cuando estaba terminando de besar a
Dawn. Chronos ya ha dado vuelta al reloj para seguir con la vida.
—¿Qué sucede? —volteé a su llamado. A su lado estaba Medusa igual de
angustiada.
—Zeus está molesto y ha ordenado que Oizys termine con la vida de
Dawn y lleve su cuerpo a sus pies —avisó sin tacto de que la tenía a un lado
mío, cubriendo su desnudez con las cobijas.
Como era de esperarse, Dawn soltó un gemido de terror.
—¿Quién te avisó? —pregunté para confirmar la veracidad del aviso.
—Hades.
—Él de nuevo —farfullé. ¿Cuál era la agenda real de Hades para querer
ayudarme todo el tiempo?
Vi de reojo que Dawn empezó a temblar de miedo, creo que le sonó la
advertencia muy real.
—Vayan a la sala. —les ordené.
Cuando fui a recoger el vestido de Dawn del piso, entendieron que ella no
solo estaba atemorizada, también incómoda por su desnudez.
Ella no sabe que solo apreciamos la desnudez de las personas que
deseamos y amamos. Si no hay atracción, nos pasa desapercibida.
—Todo va a estar bien, lo prometo —le dije en lo que le entregaba el
vestido.
La ayudé a terminar de vestirse; después tomé su mano con firmeza para
llevarla a la sala donde su futuro próximo iba a discutirse. Le afirmé seguro
todo el tiempo que siempre me tendrá a su lado protegiéndola y amándola.
—Sé dónde la podemos esconder —comentó Medusa en cuando nos vio
entrar—. Yo la protegeré.
—No será con Hades —negué. Quizás esa orden venía en realidad de
parte de él, para tener a Dawn en sus dominios y así tener una carta para
negociar con Zeus.
Después de todo, Hades siempre busca tener la ventaja para sacar
provecho en el momento oportuno.
—No. En el plano astral entre la tierra y Oneiroi—aclaró Medusa.
—¿Las cuevas? —consulté. Hace siglos que han estado abandonadas. Ese
era el lugar que mi padre usaba para ayudar a Hera con algunas cosas.
—Sí. Yo estoy entre dos mundos y puedo mantenerla ahí, siempre y
cuando permanezca a mi lado.
—Es un buen lugar, hermano. Podríamos despertar a la quimera
guardiana.
Hacía tiempo que dicha criatura ha estado durmiendo ante la falta de uso
de las puertas. Desde que Zeus nos prohibió soñar, no ha habido intrusos en
Oneiroi para exigir mejores sueños.
No es mala idea, ya que podría alejar a cualquiera que se atreva a cruzar
por ahí mostrándole su más grande temor.
—¿Dormiré ahí? —consultó Dawn, aun temerosa de separarse de mí. Ya
confía en que no permitiré que Oizys llegue a ella.
Lo bueno era que estaba comprendiendo que era necesario hasta nuevo
aviso.
—El problema, Dawn —le dijo Fantaso, llegando tardíamente—, si
duermes, Oizys te encontrará más rápido.
—Despertaremos a la quimera —le comentó Iquelo.
—La quimera no puede entrar a los sueños de Dawn, pero Oizys sí —nos
recordó Fantaso.
—¿Y cómo me van a mantener despierta y cuerda? Recuerden que soy
humana y tengo que dormir al menos cinco horas o me volveré loca.
—Puedo ponerte de nuevo en un sueño ligero con ambrosía —le recordé.
Se la había dado a beber para que se recuperara del acto sexual cuando
empezó a dormitar por si sola. El efecto que tuvo la ambrosía en ella fue
inesperado, pero me dio una oportunidad para que ella descansara sin soñar.
—Descansarás solo lo necesario para tu mortalidad, sin que Oizys entre a
tu sueño.
—¿Por qué no hicieron eso desde un principio? —me reclamó.
—Porque la ambrosía se hizo para dioses. Un mortal podría morir
envenenado si no se le da la medida exacta —respondió Iquelo. Me miró en
complicidad, pues sabe que su divinidad la protegerá de los estragos de la
ambrosía. Solo necesito que se acostumbre a ella.
Dawn tragó saliva, pero convino que era eso o enfrentarse personalmente a
Oizys, y aun no es tan fuerte para darle batalla.
Me acerqué a Medusa sin intimidarla.
—Pongo en tus manos lo más preciado que tengo. ¿Juras protegerla? —le
pregunté.
—Sí.
Le creí. Siento en ella que su venganza la sigue guardando solo para
aquellos que le han lastimado de alguna manera.
Regresé a Dawn dentro de un respiro profundo.
—Invócame si tienes miedo —le dije retirando su cabello de la cara para
acariciar su mejilla bien. Estuve tanto tiempo contenido en tocarla que ahora
que estoy siempre cerca de ella quiero demostrar que está conmigo de nuevo.
—Mr. Sandman —dijo asintiendo con la cabeza. Esa sería su invocación
para mí.
Quería besarla para que supiera que la amo, aun en el peligro, pero
Medusa la llamó para marcharse ya.
—Estaré bien —aseguró Dawn, retribuyendo con una caricia; pero sentí
en su voz que estaba preocupada porque no podía dejar de sentir que Oizys
solo esperaba un descuido.
Y esta vez no iba a venir sola.
Dejarla ir era tan duro para mí que ni siquiera la vi marcharse.
18
Mis hermanos las llevaron al limbo entre los dos mundos.
Caminé por el palacio con la cabeza siempre baja y perdido en las posibles
soluciones para que Oizys dejara en paz a Dawn de una vez por todas.
Desde hablar con Zeus y forzarlo a que diera clemencia, hasta matarlo.
Aunque no tengo claro cómo podría hacer lo último. Ni las repercusiones que
traería.
O tal vez debería castigarlo como él lo hizo con Prometeo, el «rebelde del
Olimpo».
El plan de torturar a Poseidón dio frutos. Hasta que tuve que sacar a Dawn
de su sueño porque Oizys escapó.
Al menos, logré lo deseado: atraer la atención de Zeus. Por eso quería
verme. Estoy seguro de que iba imponerme que le entregara a Dawn y dejara
de torturar a su hermano.
Solo por esa posibilidad es que no he ido a él ya.
Tal vez lo siguiente que debería hacer, y que le demostraría que este juego
ahora se llevará a cabo según mis reglas, era mostrarle que puedo hacerle
daño en sus sueños.
Eso sin lugar a duda lo aterrará y lo obligará a jalar la correa de Oizys.
Mientras decidía cuál sería el siguiente paso, fui a la sala donde creo los
sueños para los mortales. El trabajo me distraería lo suficiente para despejar
la mente. O al menos me desharé de la responsabilidad hasta el siguiente
ciclo de sueños. Los mortales tendrán que sufrir con sueños insulsos, incluso
hasta repetitivos, hasta que solucione las cosas.
El firmamento abovedado me maravilló como siempre lo hacía. Los
mortales creen que todo el Inframundo está en las profundidades de la tierra,
pero no es así, en realidad. Solo el reino de Hades se encuentra ahí. Erebos
tiene la gloria de ver el día y la noche.
Mi poder despertó en mis ojos, admiré una vez más los sueños creándose
hasta llegar a mis manos. He encontrado la forma de dar un sueño a cada
mortal, ya sea estuviere durmiendo o no. Logré que estos esperaran su
momento y se activaran tan pronto el mortal cierre los ojos para dormir.
No sé cómo lo logré, pues es un nuevo poder que he encontrado tras que
Dawn entró a mi vida.
Tal y como se lo confesé, ella me ha dado tantos sueños y me ha hecho un
dios fuerte y dispuesto a intentarlo todo por ella.
Una vez terminado el trabajo, creé el Olimpo para enfocarme ahora solo
en Zeus.
No he dado sueños a los dioses desde que él me lo prohibió tras lo
sucedido con el ancestro de Dawn. Ahora entiendo que lo hizo para que yo no
pudiera decir la verdad a otro dios por medio de un sueño. Cubrió
sagazmente sus fechorías.
Desde entonces ninguno de nosotros ha soñado. Hemos descansado entre
soledad, oscuridad y silencio.
Apareció ante mí, como un ser de Prometeo, solo que moldeado con polvo
de sueños en lugar de barro del Olimpo.
El sueño iniciaría con él en sus aposentos, caminando alrededor en lo que
debatía algo en su mente. Tal vez destruir a Dawn, solo para darle un poco de
realismo.
—¿Cuál es tu miedo, Zeus? —me cuestioné mientras que la oscuridad de
la pesadilla inundaba mis ojos. No pedí poder a Iquelo para esto porque no
quería que fuera real, solo una advertencia—. ¿Qué Hera tenga un amante
que ame en cuerpo y alma?
Hera se creó desde el suelo con polvo dorado también. En cuanto se
vieron, se acercaron para hablar de algo. Caminé alrededor de ellos, quienes
empezaron a acariciarse. El inicio de una romántica noche juntos.
—Traición —susurré a los dos esposos renovando su amor—. No. No es
la primera vez que ella te ha traicionado. Por eso pidió la ayuda de mi padre
para huir de ti.
»Pero fuiste tan astuto que tuve que ir a rescatarlo.
»No… No, algo más profundo —murmuré aun rodeándolos sin dejar de
mirarlos—. Traición, pero no de ella.
»Es tu pesadilla de día y de noche. No hay un solo segundo en que no
pienses en eso cuando alguien no sigue…
Brotó Hades detrás de Zeus, como si fuese su sombra. Fue la verdad
revelada ante mí. Tan pura y sencilla como siempre.
—Temes que tu hermano te quite el trono —concluí con la pesadilla
creada en mi mano, esperando paciente a que la liberara dentro del sueño de
Zeus—. Eso será.
»Sueña, Zeus. Que tu pesadilla no te dé descanso.
Esparcí los polvos oscuros sobre la figura de Zeus, y admiré a la sombra
de Hades tomar forma hasta aterrarlo.
Con una seña de mano, desaparecí la visión del sueño, ya que era
indispensable que tardara un poco en darse cuenta de que yo lo envié.
Confiaría en esa confusión que se tiene al olvidar el sueño tras despertar.
Por ahora me bastaba saber que Hades, en cierta forma, tendrá su
venganza.
Fui al andron a relajarme un poco mirando hacia el Olimpo como si
esperara escuchar el grito de Zeus de un momento a otro.
Iquelo y Fantaso entraron tras algunos minutos.
—¿Están a salvo? —les pregunté mirándolos sobre mi hombro.
—Sí. Cuando estábamos ayudándoles a ponerse cómodas, nuestro padre
usó la puerta… —respondió Iquelo
—Creí que ya la había olvidado —interrumpí confundido, dándoles ya mi
atención.
La razón por la que ya no usábamos las puertas fue porque los mortales
pusieron su fe en falsas deidades. No había necesidad de proteger Oneiroi
como en la antigüedad, cuando siempre había un campeón con deseos de
ganar favores de Zeus.
—Un viejo que le gusta las viejas costumbres —comentó Fantaso.
—Pasó a un lado de nosotros y no nos notó o sintió —terminó Iquelo.
—Dawn se asustó mucho e iba a invocarte, pero se lo prohibí —comentó
Iquelo—. Le di un poco de ambrosía para relajarla.
»Creo que funcionará.
—¿Qué has decidido? —me preguntó Fantaso.
—Ya he atacado a Zeus —les avisé. Su preocupación fue palpable, aunque
yo esperaba que se enojaran por haber hecho algo por mi cuenta.
—¿Qué hiciste? —me cuestionó Fantaso urgido, y asustado por las
represalias.
—Hice realidad el sueño de Hades. —Me miraron confundidos—. ¡Hum!
Sueño para Hades, pesadilla para Zeus.
—Los enfrentaste en sueños —concluyó Iquelo.
—Sí. Él solo escogió su pesadilla.
—Bien, pero ¿estás consiente de que eso lo enfurecerá? —comentó Iquelo.
—Sí. Pero con Dawn y Medusa escondidas, no tiene como castigarme.
»Seguiré enviándole pesadillas cada noche hasta que no pueda dormir.
Estará tan aterrado que detendrá a Oizys.
—¿Y si no lo hace? —cuestionó Iquelo.
—Entonces, haré realidad su pesadilla, y aceptaré la ayuda de Hades.
—En otra ocasión te diría que el amor te ha vuelto loco —comentó Iquelo
—, pero ya estoy cansado de que siempre nos vean y traten como parias.
Cuando nosotros aun recibimos la adoración de los mortales.
—¿Haces esto por Medusa? —cuestionó Fantaso a Iquelo.
—También. Ella fue víctima de sus abusos.
Dado que me han apoyado aun cuando actué sin pedir su opinión, me
atreví a preguntar a Iquelo:
—¿Puedes dar un pequeño «toque» a su pesadilla? Tal vez si es lo
suficientemente horrible, no habrá necesidad de inmiscuir a Hades por
completo.
—¿Quieres que despierte gritando? —consultó.
—Sí. Quiero escuchar su grito hasta aquí —respondí sintiendo de
antemano la victoria.
Fantaso sonrió con malicia mientras que Iquelo despertó algo en él para
enviarlo a Zeus. Aguardamos en silencio para escuchar su grito.
—¿Alguien recuerda cuánto puede pasar dentro de un sueño? —consultó
Fantaso tras un rato de espera.
—Se pueden vivir años dentro del sueño de una sola noche —respondí tras
resoplar fastidiado por no recordar eso.
Esto iba tomar más tiempo.
Invité a mis hermanos a relajarse junto conmigo. La ambrosía apareció
frente a nosotros para deleitarnos el momento, junto con un banquete para
dioses.
Esperamos mientras conversábamos.
Quise saber qué estaba sucediendo entre Iquelo y Medusa, pero él me lo
prohibió. No estaba para estar pensando en sus sentimientos por una fémina
que trae mucha carga emocional.
—¿Escuchas los balbuceos de Dawn? —me consultó Fantaso después de
un momento de silencio.
—Solo un poco —respondí—. Estoy atento a su invocación, pero tengo
cuidado de no perderme en ellos porque no quiero que Oizys vuelva a usarme
para encontrarla.
—Te encontró porque sientes miseria por Dawn. Tu fuiste quien la llevó a
ella, no su sueño.
—¿Dices que para esconderla mejor no debo sentirme miserable?
—Sí. Así funciona ella.
Respiré profundo. Iquelo, bajo su condición de dios de las pesadillas, ha
trabajado junto con nuestra hermana.
—Era difícil no estar así cuando todo el tiempo siento que ella estaría
mejor sin mí… ¿Creen que Medusa se deje hechizar de nuevo por Poseidón?
—consulté.
—De eso me estoy encargando —respondió Iquelo—. Se siente atraída
por mí, así lo siento, pero tiene recelo de volver a enamorarse de un dios.
Al fin decidió hablarnos de ella. Iba a responderle cuando escuchamos de
pronto un grito aterrado a lo lejos. Corrimos al ventanal para ver las aves huir
asustada ante el trueno que siguió.
—Zeus ha caído —dije con una sonrisa de satisfacción.
—Tres… Dos… —contó Fantaso con los dedos. Hubo un segundo trueno
y un destello detrás de nosotros.
Volteamos con calma a ver a Zeus. Se veía como si hubiese escapado de
una batalla en donde le patearon el trasero muchas veces. Mi hermano se
esmeró mucho en darle ese último toque.
—¿A qué debemos el honor de tu visita, Zeus? —pregunté dando un paso
delante de mis hermanos para que viera que no le tenía miedo.
Y no lo tenía, porque ahora sé que no es tan omnipotente y puedo llegar a
él para hacerle daño.
—¡No te hagas el inocente, Morfeo! —reprendió apretando los dientes de
vez en tanto para controlar la ira—. ¡Nos estás dando sueños!
Sonreí irónico en su cara. No negué mi travesura.
—¡Te ordeno que te detengas! —gritó dando un paso hacia delante para
intimidarme.
—¡Lo haré cuando alejes a Oizys de mi mortal! —le espeté dando también
ese paso para quedar cerca. La lucha de voluntades empezaba ya.
Pero Zeus rio sarcástico y retrocedió.
—¿Todo esto es por esa insignificante mortal? —preguntó con ínfulas de
burla.
Las pesadillas opacaron mi mirada mientras daba un paso para defender lo
que su lujuria creó, pero Fantaso me detuvo del brazo y me susurró que fuera
cerebral, porque ya lo tenía en mis manos.
Me recobré.
—¿Qué te gustaría soñar mañana, Zeus? ¿Te gustaría ver a Atenea ser
destrozada por Cerbero? ¿O a Apolo siendo descuartizado por Crono?
»O algo mejor: Hera abandonándote al fin.
—¡No los metas a ellos en esto! —advirtió.
—Es fácil lastimar cuando no es tu familia, ¿verdad? —le consulté
cruzándome de brazos.
—¡Esa fémina no te pertenece! —gritó exasperado en lo que nos daba la
espalda—. ¡De eso me encargo yo! —farfulló al final.
Fantaso tenía razón, he logrado atemorizarlo.
—Mi hermano solo te está pidiendo que alejes a Oizys de la mortal —
comentó Iquelo como si fuese el sensato aquí—. Solo eso, y todo volverá a la
tranquilidad que deseas.
Zeus se detuvo, pero no nos dio la cara; estoy seguro de que no podía
ocultar la ira en sus gestos.
—No tengo control sobre ella —respondió.
Así supe que estaba mintiendo, ya que tuvo la misma actitud cuando me
ordenó dar premoniciones al ancestro de Dawn, amante de Zeus en su
momento, y después me traicionó.
—¡Hum! Tampoco tengo control de mí mismo —dije cruzándome de
brazos con falso arrepentimiento.
Aguardó unos segundos en silencio.
—Veré lo que puedo hacer. Poseidón es quien la está protegiendo.
—Si haces eso, desistiré —dije.
Mis hermanos me miraron asombrados de que cediera tan rápido.
—Bien, a cambio quiero a Medusa.
—No tenemos control sobre ella. Ha desaparecido después de la visita de
tu hermano —le respondió rápido Iquelo.
—¿Es un trato? —le pregunté alejando la mira de Medusa. Extendí la
mano para sellar el pacto.
—Es un trato —respondió Zeus, pero no la estrechó. Después desapareció
en silencio dentro de su clásico trueno.
Miré la mano tocando el vacío. No hubo trato.
—¿Cumplirás el pacto? —me consultó Fantaso con tono preocupado y
algo incrédulo de que haya cedido tan rápido.
Reí con malicia.
—No, Zeus nos ha mentido de nuevo. Por un segundo creí en su
honestidad, pero ahora veo que ya es tan natural en él traicionar que no lo
disimula.
»Quizás por eso Hera ya no le hace escenas de celos porque se ha cansado
de que le mienta una y otra vez.
—¿Ya tienes algún plan? —me consultó Fantaso.
Caminé en silencio por el cuarto para pensar en algo que pudiéramos
hacer, y las posibles consecuencias. Fui al ventanal a mirar la constelación
creada por Dawn.
—No podemos ir al Olimpo porque está lleno de dioses que aún cumplen
los berrinches de Zeus. Y no creo que seas bienvenido ahí después de tu
última visita —comentó Iquelo, atrayendo mi atención. Estaba pensando lo
mismo.
Seguí caminando para pensar en otra cosa.
—Cerbero —susurré, deteniéndome de pronto.
—Puedes aceptar el préstamo de Hades, pero le deberás un favor —
respondió Iquelo de nuevo.
—A estas alturas necesitamos a alguien temido de nuestro lado, hermano.
Cerbero es una buena opción, si tienes pensado ir al Olimpo —concluyó
Fantaso.
—Medusa… —murmuré, caminando hacia el centro del lugar, donde
estaban mis hermanos.
—Es crucial tener a Medusa en ese momento —dijo Fantaso para
desagrado de Iquelo.
—Ella es la única que podrá petrificar a Oizys —agregué.
—Escuché a Medusa conversando con Dawn mientras caminábamos hacia
la cueva. Aseguró que nunca amó a Poseidón —respondió Iquelo—. Confío
en ella.
Asentí con la cabeza mientras lo veía. Sé que podían escuchar mis
pensamientos, que, de acuerdo con sus comentarios, les decían el plan que he
formulado ya.
Asintieron con la cabeza al estar de acuerdo.
Hades entró al cuarto aplaudiendo efusivamente con Cerbero siguiéndolo.
Al parecer, Hades no se despegaba de su fiel guardián del reino.
—¡Bravo, Polvitos! —exclamó. Nos miramos los tres, temerosos de que
haya escuchado nuestra conversación—. ¿Sabías que eres la segunda persona
que hace gritar en terror a Zeus?
—¿Quién fue el primero? —preguntó Fantaso, ladeando curioso la cabeza.
—Nuestro padre —respondió cruzándose de brazos. Después guardó
silencio esperando que le cuestionáramos su presencia, pero aun estábamos
confundidos—. Estoy aquí porque alguien que haga gritar a mi hermano así
es porque después va a necesitar mi ayuda para salir del problema.
—No podemos inmiscuirte en esto —aclaré—. Si lo hacemos, el Olimpo
se levantará contra Oneiroi.
Hades hizo gestos de aburrido. Quería participar en lo que posiblemente
considera un juego entre hermanos. Pero esto no era eso, sino romper ya
relación con el Olimpo.
—Pero acepto que nos prestes a Cerbero —agregué mirando al perro que
ya estaba echado de patas para arriba en los cojines. Disfrutando su
comodidad.
No sé por qué me pareció más pequeño que cuando hace guardia en las
puertas del Inframundo.
Hades le llamó con un silbido ineludible, pero no para Cerbero, que se
paró rápido para ir hacia su amo. Estuvo a punto de tirar a Fantaso cuando
pasó a su lado.
Hades se agachó para acariciar al animal.
—Te necesitan —le susurró en lo que acariciaba detrás de la oreja de una
de las cabezas. Después se puso de pie y se alejó como si tuviera precaución
de él.
Cerbero empezó a gruñir y a temblar incontrolablemente. Fue tan
sorpresivo y agresivo que retrocedimos amedrentados un par de pasos y nos
pusimos a la defensiva. No sabíamos qué le estaba sucediendo, y tampoco si
deberíamos detenerlo. Solo vibraba cada vez más rápido, hasta el punto de
que empezamos a ver a una de las tres cabezas rasgarse dolorosamente por el
cuello. Siguió gruñendo y vibrando hasta que se separó de las otras y logró
tener su propio cuerpo. Ese animal bien pudo haber sido creado por una de
las pesadillas de Iquelo.
Segundos después, quedaron dos Cerbero; pero tenían actitudes diferentes.
Mientras que el Cerbero que se separó se sentó en sus patas y esperó ordenes
de Hades, el otro con las cabezas restantes fue a echarse a los cojines como si
fuese un dulce cachorro.
—Cerbero solo responderá a ustedes tres, y solo obedecerá si la orden es
sensata —explicó Hades.
Me atreví a acercarme a Cerbero de una sola cabeza para testificar lo que
acababa de decir Hades. Extendí la mano para decir al animal que tenía la
intención de tocarlo. No se movió y me dejó darle una caricia tímida en la
cabeza.
—Bien. Gracias —dije a Hades, retirándome ya del animal. Lo hice
precavido de que no fuera atacarme una vez que le diera la espalda.
—No fue nada —dijo haciendo gestos indiferentes a la suposición de que
él no da nada a cambio.
—¿Nada? —le cuestionó Fantaso.
—Ya me han dado el regalo de ver a mi hermano con miedo. Eso es
suficiente.
Después del silencio que guardamos, Hades llamó al otro Cerbero con el
tronido de sus dedos y desaparecieron tal y cual como llegaron.
—Eso fue insólito —comenté.
—Sí… ¿Y qué come? —consultó Fantaso mirando al perro, cuya
tranquilidad daba más miedo.
—¿Almas? —respondió Iquelo en pregunta, arrancándonos una risa
irónica.
—Descansa por ahora —le ordené. Cumplió sin dudar, acostándose en los
cojines. Su comodidad le hizo dormitar en segundos.
—No puede rechazar una siesta en nuestra presencia —comenté irónico.
Miramos a Cerbero dormir.
El poderío que mostraba aun estando tranquilo me hizo reconocer que
teníamos otro aliado poderoso a nuestra disposición.
«Necesitamos un buen plan», pensé.
19
Una ráfaga de viento entró atrabancadamente a la sala, azotando puertas a su
paso.
—¡Mr. Sandman!… ¡Mr. Sandman! —escuché a mi alrededor como si
fuese una grabación mal hecha.
—¡Algo está pasando con Dawn! —avisé a mis hermanos dando rápido la
media vuelta para ir con ella. Cerbero me alcanzó en una carrera, pero Iquelo
me detuvo; sentí en su agarre que me estaba gritando que estaba por cometer
una locura.
—¿Qué tal si es una trampa? —me cuestionó.
—Puede ser que lo sea, pero aun así tengo que ir. —Fuimos interrumpidos
por Medusa y Dawn, siendo perseguidas por un cuervo.
Me interpuse entre ellas y el cuervo para detenerlo y arrancarle las alas,
pero alcanzó a dar la vuelta para marcharse.
—¡¿Quién teme a los cuervos?! —preguntó Iquelo.
—Yo —respondió Medusa.
—¿Alguien las vio? —pregunté preocupado mientras iba con Dawn.
—Zeus estuvo rondando la puerta—respondió Dawn—. Llamó a Medusa.
Le dijo que la llevaría con Poseidón para arreglar todo, y que las cosas no
pueden llegar tan lejos para ella.
—¡Maldito! ¡Le ofrece paz y la amenaza al mismo tiempo! —espetó entre
dientes Iquelo. Su indignación me dijo que estaba enamorándose cada vez
más de ella. Nuestros problemas con los olímpicos no terminarán salvando a
Dawn.
—Ella es importante para él —nos comentó Fantaso.
—Teme que petrifique a su hermano —explicó Medusa—. Y lo haré, pero
esta vez no será sexual.
Nos miramos preguntándonos si Medusa nos había confirmado que es una
experta en el arte de la copulación.
Me distraje cuando Dawn echó una mirada a Cerbero; no lo había visto
cuando llegó. Pero, en lugar de tener miedo, creo que sintió deseos de ir a
acariciarlo. ¿Qué cabeza nos habrá dejado Hades?
Dicen que cada una es la representación del carácter de Hades.
—Se cumplirá el sueño de Medusa —dije. Pero solo Dawn me hizo gestos
de que explicara más—. Ella no puede atacar a Zeus sin desatar una
revolución en el Olimpo, pero puede ayudarme a obligarlo a que termine tu
castigo, Dawn.
—¿Y cómo planeas hacer eso? —me cuestionó ahora con un tono extraño.
¿Acaso con la presencia de Cerbero se dio cuenta que todos estamos
dispuestos a llegar «al final»?
—Ya lo he amenazado con lastimar a tu gente y no funcionó —expliqué
—. Lamento decirte que ustedes son solo juguetes que ya lo han aburrido.
—El sentimiento es mutuo —farfulló Dawn.
—Tenemos que golpearlo en donde realmente le duela, y ese es su estatus
divino —continué—. Atraeremos a Poseidón, quien de seguro traerá a Oizys
para protegerse, y lo emboscaremos con Cerbero. No sabe que es solo una de
las cabezas.
»Eso me dará tiempo para ponerlo somnoliento, para que sea presa fácil
para Medusa. Así Oizys tendrá tanto miedo, por primera vez en su vida, e irá
corriendo con Zeus.
»Solo entonces lo tendremos en nuestras manos para exigirle que nos deje
en paz.
—¡Ah! —exclamó Dawn, ligeramente sarcástica—. ¿Y crees que Zeus no
va a contraatacar?
—Espero que no.
»Mi intención es que, al ver a Cerbero con nosotros, acepte que Hades nos
apoya.
—¿Aun teme a Hades? —me cuestionó sorprendida.
—Lo hará toda la eternidad —respondió sarcástico Fantaso.
—No lo duermas —pidió Medusa, atrayendo nuestra atención—. Dame el
placer de verlo suplicar.
—Él nunca te pedirá perdón ni súplica —le recordó Iquelo. Sentí en su
voz temor de que, al recibir tal, ella aceptara a Poseidón de nuevo en su
corazón.
—No lo deseo, pero quiero verlo humillado —aclaró con un ligero siseo
salvaje al final.
—¡Yo solo quiero que me deje en paz! —respondió Dawn gritando. Nos
tomó por sorpresa su súbito enojo. Sin embargo, fue una reacción normal.
Respiró profundo para tranquilizarse y continuó—: Lo siento, necesito
dormir. Me está afectando el paso del tiempo en este lugar.
—Te daré la oportunidad —dije a Medusa—. Si sientes que no puedo con
él, entonces, sigue tu plan original.
—¡Dios mío! ¡Los dioses están locos! —exclamó Dawn alejándose de
nosotros para seguir refunfuñando.
—Dawn, no puedes beber ambrosía toda la vida para alejar a Oizys —le
hice ver. Tal vez su cambio de humor drástico es debido al néctar—. No es
para ti, y esto tiene que acabar ahora, antes de que lo haga contigo.
—¡Bueno, en ese caso vamos con Hades e iniciemos una revuelta ya! Vive
la révolution! —exclamó sardónica—. Despertemos a los titanes y al jodido
Crono de una vez por todas para que termine con todo.
»¡No! ¡Algo mejor! Vayamos con Thor y que se enfrente con Zeus, así
hay un tú por tú con los mismos poderes.
Todos la miramos preocupados, porque ¿estaba volviéndose loca ya? O el
insomnio ya estaba haciéndola decir disparates.
—¿Quién es Thor? —me preguntó Fantaso en un susurro inoportuno.
—No lo sé —respondí, encogiéndome de hombros.
—¿No te gusta el plan? —le cuestionó Iquelo.
—¡No! —exclamó ella dándonos la cara. Se desesperó que no hayamos
entendido nada de su alegato.
—¿Qué sugieres? —le preguntó Iquelo.
—Déjenme hablar con Zeus. Yo no le brindo pleitesía…
—Dawn, a él no le importa si le rindes pleitesía o no. Ha pasado ese punto
con la llegada de tu dios.
»Además, Morfeo acaba de confirmarte que ya no le importa qué sucede
con ustedes. En este momento a él lo único que le importa es mantener la
adoración de los reinos hacia ellos. Solo eso —le explicó Iquelo.
Fui hacia el ventanal para admirar el reino. La vista aquí siempre
despejaba mi mente lo suficiente para seguir adelante.
Dentro de su locura, Dawn me hizo darme cuenta de que detendremos a
Poseidón, pero no a Zeus. Y ha quedado claro que no le importa nadie más
que él. Después de todo, vino a enfrentarme cuando lo ataqué, y no cuando a
su hermano.
Llamé a los sueños para arriesgarme a hacer algo que a nadie le iba a
gustar. Cuando llegaron a mi mano, di la media vuelta para soplarlos hacia a
Dawn; solo los suficientes para no dormirla profundo. Después corrí hacia
ella para atraparla antes de que tocara el suelo.
—¡¿Qué estás haciendo?! —me cuestionó asustado Fantaso.
Acosté a Dawn en el kline, acomodé los cojines a su alrededor para que
estuviera cómoda. Cerbero se acostó a un lado de ella, no sin antes olerla sin
hacerle daño. Espero que esté haciendo una conexión olfativa con ella para
protegerla aun en la distancia.
—Ella tiene razón. Pero seré yo quien vaya al Olimpo para encargarme de
Zeus de una vez por todas.
—Pero… —balbucearon los tres sin saber cómo detener mi locura.
—Medusa, ahí estará Poseidón. Si deseas tu venganza, puedes venir
conmigo.
No dijeron nada, pero se miraron en silencio.
—¿Cuál es el nuevo plan? —preguntó Iquelo.
—Atacaré a Zeus en sus sueños, solo ahí puedo tocarlo. Pero necesitaré un
poco de su ayuda, hermanos.
—La tienes.
—Entonces, vámonos. Les diré el plan en el camino.
—¿Qué haremos con Dawn? —me preguntó Fantaso.
—Estará bien por una hora. Pero no podemos tardarnos más porque Oizys
la encontrará.
—¿Dejamos a Cerbero? —preguntó Iquelo.
—No, ayudará a Medusa. El plan original sigue siendo debilitar a Zeus en
su fuerza externa. Es por eso por lo que Poseidón debe dar prioridad cien por
ciento a Medusa.
Medusa sonrió satisfecha de no ser tan ególatra y no ayudarle un poco con
eso.
Marchamos los tres hacia el Olimpo, con perro incluido. Solo espero que
Medusa cumpla su parte porque ella iba a ser la distracción para atacar a
Zeus.
Ella tiene que darme tiempo.
•••
Llegamos a las orillas del Olimpo, al jardín que los reinos envidian. Excepto
Cerbero, quien fue de inmediato a hacer sus necesidades.
Fantaso no pudo contener la risa.
—Supongo que eso es un pequeño encargo de su amo —comentó.
—No resultó ser muy sensato —dije en lo que llamaba a los sueños. Miré
a mis hermanos para que lo hicieran también.
—¿Puedes crear al Olimpo en el sueño? —pregunté a Fantaso.
—Sí, ahora que tengo una vista clara… ¿Cuánta exactitud deseas?
—Lo suficiente para que no distingan que están soñando —respondí, y
asintió con la cabeza para dar por entendido.
—Iquelo, necesitaré de tu «toque», ¿puedo usarlo?
—Sabes que sí —respondió asintiendo, luego se paró a un lado de Fantaso
para estar listo a mi llamado.
—Cerbero, protege a Medusa. No dejes que Poseidón se le acerque.
El perro solo me miró con su pasividad oscura, por lo que acepté que
entendió.
—Bien… Dulces sueños, Olimpo —dije a la par que esparcía polvos sobre
la ciudad construida por mis hermanos.
Casi al instante, sentí el peso de los sueños de los dioses. Eran demasiados
y difícil de complacer. Fue tanta la presión que caí de rodillas.
Mis hermanos se preocuparon y Cerbero ladró alarmado, pero les dije que
me dieran un momento para volver a acostumbrarme a esto. Solo tenía que
concentrarme en no cumplir peticiones.
Respiré profundo con los ojos cerrados en lo que me inclinaba hacia atrás
para concentrarme en solo uno, el más importante. Sentí el golpe del llamado
en el pecho, fue tan fuerte que sacó el aire de mis pulmones.
—¡No me toquen! ¡Lo he encontrado! —ordené a mis hermanos cuando
sentí la presencia de sus manos a punto de tocarme—. No eres más fuerte que
yo —balbuceé en lo que me recomponía del esfuerzo de Zeus por detenerme
en controlarlo, aunque deseaba volver a soñar.
Finalmente pude ponerme de pie. Me retorcí para recuperar la fuerza,
respiré profundo, y ordené con un cabeceo ir hacia el palacio de Zeus.
Para no llamar la atención de otras deidades, caminamos hacia allá con el
poder de los sueños aun en nuestros ojos. Estábamos lidiando con dioses que
tienen el poder de contrarrestarnos; por el momento, no se han dado cuenta
que están soñando ya. Solo despertaré a Poseidón para que rinda cuentas a
Medusa.
Al entrar a la ciudad del Olimpo, fue asombroso ver a todos dormidos en
medio de sus actividades. La suerte para Medusa era que Poseidón residía en
el palacio, así que, si necesitaba apoyo, podría obtenerla de Iquelo de
inmediato.
Zeus teme tanto a una posible traición de sus allegados que siempre los
mantiene a su lado.
—Despiértalo —me pidió Medusa.
—Despierta, Poseidón —ordené arrojando un poco de polvo al viento.
Medusa sonrió y se desvió hacia la derecha junto con Cerbero. No sé
cómo supo a donde ir, tal vez aún tiene esa conexión indeseable con él.
Después de todo, la conclusión de ese romance dejó dos hijos que representan
la ambición de Poseidón y la inocencia de Medusa.
Tras caminar por varios minutos, llegamos a un andrón en donde Zeus
estaba sentado en lo que parecía un trono, con otros dioses menores a su
alrededor. Todos dormidos.
Seguimos caminando, pero ahora con paso precavido de que esto no fuera
una trampa. Lamenté ser un dios que no contaba con un arma para atacar,
como todos los olímpicos.
Era un mal momento para pensar en esto, pero quizás la razón por la que
no se nos ha dado una a ningún dios del inframundo es por lo temidos que
somos.
Nuestros pasos resonaron en el silencio del lugar. No quité la vista de
Zeus, quien empezó a hacer gestos de incomodidad mientras me acercaba.
¿Acaso me percibe y se siente en peligro?
Me paré detrás de él. Por desgracia, tenía que tocarlo para entrar a su
sueño, y estar detrás de él me daba la ventaja táctica de huir rápido si
despertaba por sí solo.
Fantaso se acercó a mí.
—¿Cuánta realidad de las cosas deseas? —preguntó.
—Lo suficiente para que Iquelo y yo podamos hacerle daño. Recuerda que
él tiene un poder casi invencible.
—Y tú recuerda que te haces vulnerable allá dentro —me dijo Iquelo
mientras señalaba a Zeus con un cabeceo.
—Y por eso necesito ser más astuto que él —respondí—. No puedo
matarlo, solo puedo darle una muestra de que no me importan las
consecuencias de enfrentarlo.
Con esa respuesta, me permitieron prepararme.
—Bien… ¡Ahora! —les ordené al momento en que ponía la mano en el
hombro de Zeus; un segundo después, sentí la de Iquelo sobre el mío.
Fui jalado a su sueño como si me hubiese trasladado a la fuerza. Todo se
sentía tal cual en la realidad. Fantaso hizo un buen trabajo, quizás el mejor de
todos.
Por el momento, Zeus tenía el control del sueño. Solo espero que Dawn
esté bien y no me invoque porque este sueño se destruiría y todo sería en
balde.
Reviví dentro del sueño mi caminata con paso tranquilo por los pasillos
del palacio, hasta llegar al andron en donde estaba Zeus y compañía
durmiendo en este momento. Era muy fuerte la sensación de ya vivido; solo
que aquí estaban conversando y disfrutando el momento olvidándose de las
tragedias que dejan sus decisiones.
Zeus fue el primero en verme entrar, y fue tan sorpresivo para él que su
silencio calló a los demás.
—¿Qué haces aquí, Morfeo? —preguntó preocupado. Es seguro que pensó
que estaba por cometer un acto suicida.
Y así es.
—¿Has cumplido la promesa? —le cuestioné.
—¿Promesa? —preguntó como si realmente no lo recordara.
—Hablo de alejar a Oizys de mi mortal.
—No. Te dije que no puedo hacerlo.
Puse los ojos en blanco porque incluso en sueños estaba mintiendo. Lo
que debería tomar como cierto ya que en este momento son sus deseos los
que están aflorando, yo solo estoy manipulándolos para crear una realidad.
Mi gesto enojado hizo que Zeus se volviera precavido; por lo tanto, sus
allegados también lo hicieron. Es tan cerrado a lo que sucede a su alrededor
que no se dio cuenta de que hicieron los mismos gestos que él.
—¿No puedes hacerlo? —le cuestioné en lo que caminaba de lado a lado
para mostrar que no estaba rendido aún. Seguí—. Oizys acosó a los ancestros
de Dawn porque tú se lo ordenaste. Generación tras generación, ella se ha
divertido quitándoles la esperanza y hundiéndolos en la miseria hasta morir.
»¿Y ahora me dices que no puedes controlarla? —le cuestioné mirándolo
indignado.
No respondió.
—¿Estás admitiendo ante tus incondicionales que has perdido el control de
los reinos? —le discutí.
Poseidón se interpuso entre yo y Zeus para evitar que le hiciera algo. Lo
que fue hilarante porque Poseidón está rindiendo cuentas en este momento y
no tenía idea de que su hermano lo necesitaba. Me agradó presenciar que lo
usara en sueños porque estaba diciendo a escondidas que me temía.
Solo para hacer el espectáculo más impactante para Zeus, llamé a los
sueños.
—¡Duerman! —ordené a sus allegados mientras arrojaba polvo de sueños
hacia ellos.
Uno a uno, liberaron un último respiro y cayeron dentro de la muerte
dormida. Fue tan impactante para Zeus que gimió asustado, mientras que yo
sonreía satisfecho porque le he demostrado que Thanatos estaba de nuestro
lado, aunque no sea así.
Zeus dejó su trono apresurado para revisar a Afrodita, quien tenía más
cerca, y luego a Poseidón.
—¿Cómo fue que dijiste? —jugué—. ¡Ah, sí! ¡Oops! No tengo control —
me burlé con sus propias palabras para que sintiera lo ridículas que se
escucharon.
Los ojos de Zeus se prendieron con una descarga eléctrica que pronto
formó un relámpago que recorrió su brazo hasta formar una lanza de
electricidad, que de vez en tanto liberaba rayos pequeños y delgados. Hubo
un trueno que, si lo hubiese presenciado en la realidad, me hubiera
sobresaltado.
Sonreí presuntuoso porque a este punto quería llegar, y no tuve que incitar
mucho.
Zeus rio cuando los polvos iniciaron su recorrido teatral por cara y brazos.
—¿Me vas a dar pelea con tus sueños? —me cuestionó insolente.
Tal vez él creyó que iba a retirarme, pero di un paso más hacia él para
confrontarlo. En ese momento, ya estaba tomando control del sueño, al
menos en lo que me involucra. No intenté controlar a Zeus porque su
subconsciente se daría cuenta de que algo no estaba bien.
—¿Sabes lo que dicen los mortales de los sueños? —consulté en lo que
movía la mano en espera de los polvos que estaban recorriéndome ya. Para
cuando lo acumulé en mi palma, se convirtieron en pesadillas—: «Los sueños
pueden hacerse realidad, si pones el corazón en ellos».
Cada grano se apiló hasta formar una lanza que tenía alas a sus lados, casi
daba la apariencia del tridente de Poseidón. Se la arrojé con tal fuerza que
zumbó durante su trayecto, pero logró esquivarla cuando vio que iba directo a
su cabeza. La lanza se clavó con tal fuerza en la pared que casi la destruye.
Llamé al polvo de regreso a mi para usarlo para otra arma. Cuando vieron
los demás dioses que hizo daño a la pared, sacaron sus armas para
intimidarme.
—Tengo el corazón puesto en ellos —agregué antes de sonreír orgulloso
de mi poder que muy pocos conocen—. He cumplido el de Medusa.
Así se dio cuenta de que mis sueños cumplidos pueden hacerle daño.
Su sonrisa soberbia desapareció, cuando, aun con la mano estirada, regresé
a mí los polvos para formar de nuevo la lanza.
—¿La dejarás en paz? —le inquirí como una última oportunidad de hacer
el bien, mientras descansaba a mi lado la lanza. No disminuí la intimidación
para que no creyera que había venido solo para amedrentar.
—¡No! —respondió en un grito mientras me arrojaba el relámpago que
tronó con tal fuerza que casi me deja sordo. Apenas pude esquivarlo
torciéndome casi hasta el suelo.
Al mirar atrás por instinto, vi que el relámpago desapareció a medida que
perdía fuerza lejos de Zeus.
—¡Eres un insensato! —exclamé tras un resoplido enojado y corrí hacia él
para clavarle la lanza ya.
Sin embargo, me contraatacó arrojándome un rayo que volví a esquivar.
Cuando sabes que estás dentro de un sueño, las posibilidades son infinitas y
reales. Y mientras que él no intuya que esto es un sueño, sigo teniendo la
ventaja.
Tan pronto lo tuve a una distancia prudente, lo golpeé en la cara con la
lanza. Se sorprendió de que me haya atrevido a hacerlo, pero aun así
respondió con golpes que me dolieron. Esa fue la realidad que puso Fantaso
al sueño y del que debía tener cuidado.
Zeus demostró su traición electrocutándome la siguiente vez que lo
golpeé.
—¡Argg! —me quejé en lo que me ponía en posición cánida para
recuperarme. Sentí el relámpago hasta los huesos, me estaba quemando desde
adentro; solo espero que mis hermanos no me despierten al verme sufrir.
—¡¿Como te atreves a objetar mis decisiones?! —me cuestionó
acercándose a mi para aprovechar que estaba caído para patearme las
costillas. Volé en espiral algunos metros lejos de él. Fue tan doloroso que
liberé la lanza, la cual se desplazó con un siseo lejos de mí.
Invocó otro relámpago para crear una lanza, con intención de clavarla en
mi corazón. Iba intentar matarme de verdad.
Por suerte, logré ver sus movimientos muy lentos y pude hacerme a un
lado. El arma se clavó en el suelo, distribuyendo su poder. Tuve que brincar
antes de que me tocara o volvería a electrocutarme.
Por suerte caí detrás de él, y fui tan rápido que logré abrazarlo por el
cuello para ahogarlo. Al inmovilizarlo así, no pudo invocar su poder para
quitarme de encima.
—¡¿Dejarás en paz a Dawn?! —le cuestioné de nuevo. Sentí las pesadillas
formándose en mis ojos junto con mi voz enojada. Iba a darle muerte en su
sueño, a hacerle perder el concepto de realidad y tiempo. Lo atraparía aquí
por siempre.
—¡No! —logró decir.
—Entonces, que tu sueño sea una pesadilla en la cual estarás atrapado
hasta que decidas detener a Oizys —le ordené sujetándolo solo con un brazo
para llamar a las pesadillas frente a él.
—¡No te atrevas! —me ordenó aun dando batalla.
Sin embargo, al liberar la fuerza, pudo recuperarse para seguir imponiendo
su autoridad. Pero la ira real que sentía me dio más fuerzas para contenerlo
Sentí que se estaba rindiendo ante mí, lo que me hizo reír sarcástico en su
oído.
—Sueña y se te cumplirá —le susurré cuando Crono tomó forma frente a
nosotros, junto con un par de titanes: Mnemosyne, para que olvidara que esto
es un sueño; y Themis, para que sus actos sean juzgados una y otra vez.
El castigo de Prometeo era compasivo en comparación a lo que el sufrirá
cada segundo.
—Di «Hola» a tu padre —le susurré en lo que jalaba a Crono hacia él. Fue
tanto lo que se asustó que no sintió que lo liberé para correr hacia el ventanal
y arrojarme al abismo.
Su grito me permitió abandonar su sueño, pero fue tan real para él lo que
siguió viviendo, que salí despedido hacia atrás hasta chocar con la pared.
Dolió tanto el impacto que fue claro que salí malherido; pues su poder es
fuerte aun en sueños. Entre mis quejidos me di cuenta de que los dioses a su
alrededor empezaron a moverse para despertar.
—¡Argg! —Logré pararme con trabajos para ir rápido a tocar a Zeus en la
frente, y le amenacé—: ¡Sufre, bastardo!
Después caí a sus pies exhausto. Traté de respirar despacio para
recuperarme pronto porque estaba en territorio enemigo.
—¡Tenemos que sacarte de aquí! —me dijo apresurado Fantaso cuando
Atenea se movió más rápido. Pero estaba tan débil que no podía mantenerme
por mucho tiempo de pie; además de que no dejaba de quejarme de las
quemaduras a carne viva que sentía.
Me llevaron entre los dos hasta el pasillo principal, en donde nos topamos
con Medusa y Cebero que huían de algo.
—¡¿Estás bien?! —le preguntó Iquelo con deseos de soltarme para ir a
protegerla.
—¡Artemisa logró despertar y me detuvo de petrificar a Poseidón! —avisó
apresurada. Nuestro plan principal se derrumbó cual castillo de arena.
En ese instante, una flecha pasó rozándome para clavarse en la pared.
—¡Tenemos que irnos ya! —gritó Iquelo dejándome a cargo de Fantaso
para tomar a Medusa y Cerbero e huir a Oneiroi.
Fantaso estaba por sacarme de ahí cuando arrojaron otra flecha, que me
dio en el oblicuo izquierdo. Tuve que contener el grito histérico para no
apresurar el despertar de los dioses. Pues, estando realmente herido, estaba
perdiendo el control de sus sueños muy rápido.
Sin advertirme, Fantaso partió la flecha a la mitad como pudo, luego me
pidió que aguantara hasta Oneiroi.
Al dejar atrás el palacio, sentí que perdía ya el control de los sueños y
percibí la vibra de dioses enojados.
—¡Maldición! —exclamó Fantaso cuando lo sintió también—. No puedo
llevarte volando porque la velocidad me hará perderte a medio camino.
Me tragué el dolor de la herida, no quería que mi hermano se
desconcentrara al saberme derrotado. Pero me quemaba hasta el punto de
desmayarme.
«¿Quién me habrá atacado?».
—Trasládame —le sugerí sintiendo que la oscuridad iba y venía en mí.
Por desgracia, estaba debilitándome muy rápido para poder soportar el
traslado directo a nuestro reino; podría desintegrarme a medio camino si
pierdo la conciencia de mi ser. Por lo tanto, íbamos a tener que avanzar por
partes.
Fue un regreso tardado al palacio porque tuvimos que ocultarnos todo el
tiempo de más flechas y otros poderes que no nos dieron, por suerte.
Tan pronto llegamos a los jardines del palacio, solté en un solo grito todos
los que callé en el Olimpo. Fue tanto que el reino tembló ante mi sufrimiento.
Medusa se acercó a nosotros junto con Cerbero.
—¡Llévalo adentro! ¡Cerraré las puertas de Oneiroi para los olímpicos! —
le avisó Fantaso, dejándome a su cargo, después desapareció.
20
He subestimado a Zeus.
Medusa me ayudó a levantarme para entrar al palacio con trabajos,
mientras que Cerbero caminó por delante como un guardián.
—¡Medusa! —le llamó Iquelo en un grito, como si se le hubiese perdido
en el camino. Sin embargo, corrió para ayudarle cuando vio que me traía con
trabajos por mi altura.
Al descubrir más de cerca que me protegía el abdomen como podía, iba a
preguntarme qué me había pasado. Era una pregunta lógica teniendo en
cuenta de que huyó con Medusa y Cerbero sin saber más de nosotros. Pero lo
callé con una seña de mano, porque solo quería saber de la persona más
importante para mí.
—¡Dawn! —pedí así a Iquelo que fuera a revisar si estaba a salvo. No
dudó en adelantarse.
Seguimos caminando despacio hasta mi ala personal. Solo quería
recostarme para que me sacaran lo que quedaba de la flecha y descansar.
—Los subestimamos, Morfeo —me comentó Medusa. Nunca lo hicimos,
solo teníamos grandes esperanzas.
Nos encontramos con Iquelo, quien traía a Dawn en brazos. Me sentí un
poco mejor al verla a salvo.
Nos llevaron de regreso a mis aposentos con el resguardo de Cerbero. No
dijeron nada cuando me ayudaron a llegar a la cama, lo que era señal de cuán
mal estaba.
Respiré acelerado para mentalizarme que iba a sentir mucho dolor. Pero
tan solo di dos inhalaciones e Iquelo sacó el resto de la flecha con la orden de
su mano. El dolor me hizo aferrarme a las cobijas para contener el grito, no
quería despertar a Dawn porque es posible que nos escucha dentro de su
sueño ligero. Sin embargo, me sentí mucho mejor tras relajar el cuerpo.
Vimos la herida cerrarse lentamente.
—Hablaremos en un rato —me dijo Iquelo—. No la despiertes hasta que
hayas descansado.
Salió con ella en brazos; de seguro para llevarla a los aposentos contiguos.
También llamó a Cerbero en el camino. Me pareció bien que fuera el
guardián de Dawn; después de todo, mantuvo a Medusa a salvo.
Medusa fue la última en salir, cerrando la puerta con cuidado para no
alterarme.
Aún estaba con adrenalina tan alta y en alerta que de vez en tanto sentía la
electricidad de Zeus corriendo por mis nervios.
Me senté para quitarme la ropa entre quejidos difícilmente contenidos.
Miré las heridas en mi cuerpo, sin creer que me hayan apaleado tan
fácilmente. Lo peor de todo fue que no logré nada.
Iba a tener que ocultarlas para todo el reino porque no podían ver que el
Oneiroi más poderoso ha sido derrotado.
Fue peligroso tanta realidad dentro del sueño de Zeus, pero solo así podía
hacerle creer que todo estaba sucediendo. Así podía mantenerlo ahí hasta que
ceda en detener a Oizys la próxima vez que entre, porque esto no ha
terminado aún.
Me acosté en la cama impregnada con el aroma de Dawn, y empecé a
dormitar un poco. Solo que los recuerdos de la batalla me despertaron en
convulsiones segundos después.
Me senté en la cama para restregarme la cara. Por mucho que deseo
descansar, no iba a poder hacerlo, porque estoy ligado a Zeus y él está
peleando por su vida en un sueño.
—Dawn, despierta —susurré mientras me dejaba caer de espaldas en la
cama, casi desmayado.
Me recomendaron dejarla en paz hasta estar bien, pero la necesito tanto en
este momento y me recuperaré más rápido con ella a mi lado.
Segundos después, escuché que me llamaron con angustia dentro de la
oscuridad; pero fue una caricia en el rostro la que me hizo abrir los ojos.
El cabello de Dawn caía un poco sobre mí, pero aun así me dio mucho
placer verla. Sonreí para ella.
—¿Qué tienes? —me preguntó acariciando con delicadeza mi mejilla.
Estaba muy preocupada.
—Me enfrenté a Zeus —le respondí. Como lo esperaba, le molestó tanto
que se levantó para alejarse de mí. Iba a seguirla, pero no pude levantarme
tan fácil.
No gritó, solo fue a pararse frente al ventanal. Ya no intenté ponerme de
pie y solo me acosté mejor para recibir el regaño por lo que hice para
protegerla. Sin embargo, para mi sorpresa, empezó a desvestirse de regreso a
mí.
Fui muy inocente al no reconocer sus intenciones de inmediato, pero la
verdad era que estaba muy lastimado para pensar en copular.
Se subió con mucha elegancia a la cama para revisar mis heridas, las
acarició y trató de curar después con un beso delicado.
A pesar de estar ambos desnudos, y ella tocándome, no tuve la intención
de jalarla para amarla. El dolor me mantuvo lejos de pensamientos carnales.
Sin embargo, ella fue quien no pudo soportar las caricias y me montó.
Tal vez era un mal momento para hacer el amor, pero esto era parte de la
razón por la que me enfrenté a Zeus. Todo por la mujer que amo.
Y ella me quería ahora.
A pesar del constante dolor, lo disfruté mucho, pero también fue difícil
controlar amarla como dios. Aun lo era y no ha cambiado la condición de que
puedo matarla así. De hecho, la única vez que pude hacerlo fue en un sueño.
Liberados del éxtasis, se acostó parcialmente sobre mí. Sentir su piel
cálida y sus latidos golpeándome me hicieron prometer en silencio que no
importa cuántas veces luche con Zeus, siempre estaré dispuesto a morir
protegiéndola en cada una.
Acaricié su espalda desnuda en lo que ella seguía escuchando los latidos
de mi corazón.
—¿Qué va a pasar ahora? —me preguntó callado.
—No lo sé. Encarcelé a Zeus en una pesadilla en donde su papá está libre.
—Mmm, ¿Crono no se lo comió? —preguntó dudosa.
—No, solo a Hades y Poseidón. Pero se escondió por siglos para no sufrir
la misma suerte que sus hermanos.
—Se merece que experimente que lo devoren en vida —dijo frunciendo el
ceño cuando subió la mirada para verme.
De acuerdo con lo que me relató Iquelo de una pesadilla de Hades, ni el
dios más malo de los reinos merece tal castigo. No solo se pierde la libertad,
sino la existencia misma. Sueños, esperanzas e inocencia. Hades apenas pudo
mantenerse cuerdo dentro de los pensamientos caóticos y destructivos de su
padre.
Quizás por eso no peleó el trono que le pertenecía por derecho.
—¿Crees que cambiará de opinión y me dejará ser feliz contigo? —me
preguntó, alejándome de la fatalidad de que un dios devore a otro.
En lugar de responderle, la abracé y besé su cabeza para decirle que aun si
Zeus no quita el castigo, la seguiré protegiendo de él, así tenga que dormir a
todo el Olimpo para siempre.
—¿Deseas dormir? —me preguntó.
—Sí, pero aún me da miedo hacerlo. Solo quiero descansar a tu lado.
Mmm, me siento mejor contigo. —Se acercó con la clara idea de que nos
acurrucáramos. Pero entonces recordó algo—. ¿No vas a dar sueños?
—No lo recordaba —respondí en lo que salía de la cama callando los
quejidos de dolor para no preocuparla.
La intención primordial de hacerlo fue porque no quería dormir, ya que la
pesadilla de Zeus podría jalarme y arruinar su castigo; e incluso podría jalar a
Dawn conmigo.
Me vestí, ocultando el dolor todo el tiempo para que ella no se preocupara,
luego me acerqué para besarle la sien.
—¿Quieres que te adormezca? —le pregunté para que descansara mejor.
—No, no me gusta, Morfeo. Lo hiciste sin mi consentimiento, y no me
gustó estar consciente y sin control de mi cuerpo —respondió alzándose un
poco para regañarme a placer.
—Lamento que te moleste, pero no dejaré de hacerlo si siento que así
estarás a salvo.
—Los dioses no piden permiso —farfulló.
Reí entre dientes irónico en lo que le daba otro beso en la sien.
—Me tomaste para ti hace un rato… Ni tu pides permiso, Solecito.
Sonrió cuando me atreví a llamarle por el apodo que amaba en su sueño.
Caminé hacia la sala en donde envío los sueños.
—¡No des sueños eróticos! —me gritó, desatando mis risas traviesas.
DAWN
Días después
Hemos vivido días de paz. He disfrutado la seguridad de Oneiroi, siempre
custodiada por Cerberos. Iquelo ha pasado cada minuto libre para proteger a
Medusa también, aunque he notado a la distancia que en realidad está
cortejándola. Ha sido extraño ver a un dios ser paciente con una mujer cuya
reputación en mi mundo no es buena.
Ella es la representación misma de la monstruosidad del rencor.
Fantaso ha retomado su cotidianidad, cualquiera que sea.
Morfeo ha seguido dando sueños a los mortales y ha mantenido mi
seguridad todo el tiempo.
He notado que no está del todo bien aún, pues ha habido momentos en que
se ha detenido para frotarse la frente mientras se sujeta de algo para no
desfallecer. Cuando cree que alguien lo está mirando, se yergue y trata de
retomar lo que haya interrumpido.
No sé qué le está pasando, pero siento que tiene que ver algo con Zeus.
Aun temo que él irrumpa un día en Oneiroi.
No sé mucho de Zeus de la realidad, más lo que Morfeo ha llegado a
decirme. Pero, si sigo las leyendas, Zeus es un hombre sagaz que logrará
entender que ha estado atrapado en una pesadilla. Solo es cuestión de tiempo.
Y su furia será incontenible.
Después de todo, logró rescatar a sus hermanos de las fauces de su padre y
encerrarlo en el Tártaro con otros seres igual de peligrosos.
Odio ser una humana en tierra de dioses porque, como tal, tengo las
necesidades de uno. Como dormir al menos cinco horas en el equivalente de
mi día en la tierra.
Nunca di importancia a dormir ocho horas por completo, y en estos días
añoro mucho hacerlo. Morfeo no me lo permite, y lo compensa
adormeciéndome con ambrosía; solo lo suficiente para que mi cuerpo
descanse.
Es una sensación horrible, ya que siento que estoy drogada e indefensa, y
odio no tener control de mí.
No puedo compararlo siquiera con una siesta. Además, con el tiempo, ese
ligero cansancio que se queda se ha ido acumulando hasta mostrarme como
una zombi.
Nunca funcionará al cien por ciento.
Morfeo aun no lo quiere ver en mi rostro, pero ya he visto mi reflejo y
empiezo a notar las ojeras moradas y a veces tengo un ligero dolor de cabeza.
Él aun no entiende que mi mente también tiene que descansar.
Sé que hace todo lo posible por protegerme, y por eso mismo me duele
verlo tan agobiado por mí. Lo tortura claramente que mientras Oizys esté
libre, tratará de atraparme, aun con Zeus dormido.
Además, hay que agregar que Medusa me ha dicho que mientras
«duermo», con Cerbero a mis pies, Morfeo pasea en círculos por la sala que
él llama andron. Siempre preocupado porque los olímpicos no han venido
aun a tirar las puertas de Oneiroi para rendir cuentas con él, pues solo una
persona puede mantener a su rey dormido por tanto tiempo.
Solo quiero que lo dejen ser feliz. Sé que yo no les importo, nunca ha sido
así, pero ¿es tan malo que él lo sea?
¿Acaso no lo merece solo por ser un dios del inframundo?
21
MORFEO
Días después
Lo he decidido. No hay marcha atrás.
—¡Argg! ¡Por los perros de Hades! —exclamé molesto conmigo mismo
—. ¡Es hora de regresar! —informé a Dawn mientras la jalaba con delicadeza
para volver al palacio tras un paseo que solo me hizo dar cuenta de que tengo
que llevarla a un lugar seguro, porque solo es cuestión de minutos, tal vez
segundos, para que Zeus tire las puertas de Oneiroi.
Esta paz entre ambos reinos no es normal.
He disfrutado cada segundo a lado de Dawn. He tenido un vistazo de lo
que podría ser mi vida a su lado, si ella aceptara la inmortalidad. Pero su
seguridad sigue siendo lo primordial para mí, si es que quiero ese futuro con
ella.
Y creo haber encontrado la solución
—¡No, no me duermas de nuevo, Morfeo! —me demandó deteniéndome.
Me apresuré a acunar su rostro con las manos para darle mis razones para
hacerlo, cuando se separó para que no la convenciera con ternura.
En ese instante se escuchó caos en Oneiroi y un trueno retumbó por todo
el reino.
—Uno, dos, tres… —contó Dawn mientras me jalaba hacia dentro del
bosque de Oneiroi que daba a los ríos que conectaban al Inframundo.
Mientras tanto, en mi cabeza sonaba la advertencia de Átropos: «Puedes
cambiar su destino».
Ahora me doy cuenta de que no puede ser así, porque todo aquello que
hago para quitarle el castigo, solo agrava las cosas.
Ese trueno anuncia que algo está pasando en el Olimpo. Quizás es Zeus
tratando de despertar.
Me detuve para llevar a cabo la única manera de protegerla
definitivamente; lo que debí haber hecho desde un principio. Tomé a Dawn
en mis brazos para sacarla de Oneiroi, dejando atrás a Cerbero; cuyos
ladridos parecieron decirme que estaba cometiendo un error.
Sé que lo es, pero eventualmente será lo único que salvará a Dawn.
Se maravilló ante mis alas que nunca había visto. Volé tan rápido que
Dawn se desmayó en el camino, fue mejor porque si ve a dónde la llevo, me
golpearía y patearía para no ir ahí.
Era de noche cuando descendí en la calle donde vivía Dawn.
Todos estaban dormidos en este sector, teniendo sueños que envié para
ellos antes de tener nuestro paseo para que conociera más de mi reino,
cuando todo parecía ser perfecto al fin.
Fui muy inocente al hacerme falsas ilusiones de una vida a su lado. Porque
sé que ella hubiera aceptado ser inmortal y se hubiera quedado conmigo en
Oneiroi. No hubiera importado si Zeus despertase o no, porque ella ya sería
parte de mi mundo.
Así fue la ilusión irreconocible desde el momento en que me incitó a que
la besara.
Pero, desde un principio, se me aseguró un futuro imposible. No lo quise
aceptar entonces y solo la arrastré a mis malas decisiones.
Ahora tengo que dejarla atrás con la esperanza de que la dejen en paz.
Abrí la puerta como si alguien la hubiese dejado abierta para mí. Se notó
de inmediato que ha pasado bastante tiempo en el mundo de Dawn. Los
muebles tenían ya una capa de polvo y se respiraba encierro en el ambiente.
Al ver tal soledad, recordé que ella no estaba sola en este mundo. No sé si
aún tiene familia, pero sí tiene amigas. ¿La habrán dado ya por muerta?
Fui al cuarto de Dawn, en donde la acosté para que su despertar no fuera
tan agresivo. Mientras tanto, esperé mirando por el ventanal la noche en
donde la modernidad le ha arrancado el tintinear de las estrellas.
—¡No! —gritó Dawn como si despertara de una pesadilla. Tal vez la tuvo
por sí sola; ¿serán los estragos del poder que le di hace tiempo?
Volteé a ver al momento que ella trataba de reconocer el lugar.
— ¿Por qué me trajiste aquí? —demandó poniéndose de pie tras darse
cuenta de que estaba de regreso en su mundo.
—Porque aquí es donde perteneces.
—¿De qué estás hablando? —cuestionó acercándose a mí. Estaba muy
inquieta.
—Él jamás debió haberse fijado en ti —escuchamos en el cuarto.
La oscuridad nos dejó escuchar pasos que salían de algún lado. Dawn no
reconoció la voz, pero yo lo hice a la primera sílaba.
Tomé a Dawn para llevarla detrás de mí, mientras que Oizys prendía la
lámpara para que la viéramos.
—Ustedes son como la noche y el día que por solo pocos minutos pueden
unirse para amarse —dijo con voz trágica; solo que lo sentí como una burla
—. La separación es inevitable pero aun así su amor sigue creciendo.
»Dawn, él es el hombre de tus sueños efímeros.
—Oizys, te lo pido. No le hagas daño. Tómame en su lugar —le supliqué.
He llegado al punto en donde sé que todo está perdido, y solo queda que yo
tome el lugar de Dawn en la pesadilla de Oizys.
—Morfeo, todo lo has entendido mal —me reveló con una sonrisa a
medias que parecía burlarse de mi ingenuidad.
—No entiendo —le dije, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos.
—¡Estoy protegiendo a tu mortal! El castigo de Zeus era que ellos no
tuvieran un futuro, y tus sueños se los dan. Él ha ordenado que sus vidas
terminen con privación voluntaria de la vida. —Guardó silencio en lo que yo
pensaba en sus palabras. ¡Zeus es un verdadero cobarde!
Ejerce una influencia prohibida para que ellos terminen su vida por sus
propias manos, rompiendo toda ley divina. Así los arranca de las manos de
Thanatos para que sus almas se vayan directo al Tártaro.
—Ella es la última —susurró Oizys—. ¡Y por eso hoy terminará todo!
Oizys se arrojó a Dawn en el momento en que bajé la guardia al creer que
ella estaba revelándose contra Zeus. Lo hizo tan rápido que, cuando entendí
que todo fue mentira, estaba arrojándome por la ventana con un golpe en el
pecho. Alcancé a ver que se llevó a Dawn entre una neblina oscura.
Mi agilidad me hizo caer hincado en lugar de espaldas.
¿Cómo fui tan imbécil de creer que alejándome de Dawn estaría a salvo?
Pero en ese momento me pareció la única solución para que ella siguiera
viviendo su vida normal. No tendría sueños, pero al menos seguiría viva.
En lugar de ir a Oneiroi, fui al Olimpo.
Estaba por entrar a los jardines del Olimpo cuando Fantaso y Iquelo
salieron de no sé dónde para detenerme; Cerbero venía con ellos también.
—¿Estás loco? ¡Él ha despertado! —me avisó Fantaso deteniéndome con
la mano en el pecho.
—Iba a dejar a Dawn en su mundo, y obligarla a que me olvidara. ¡No sé
cómo, pero iba a salir ya de su vida porque es la única forma de que esté a
salvo!
—¡Retaste a Zeus! ¡¿Crees que los va a dejar a los dos seguir como si
nada hubiera pasado?! —me cuestionó Fantaso.
Me sorprendió verlo muy alterado porque su carácter era más
desinteresado y «feliz».
—¡Ahora sé que no! ¡Oizys me arrancó a Dawn! —le hice saber.
—Necesitas «realidad» para poder hacer daño a Zeus despierto —me dijo
Iquelo.
—¿Puedes dármela estando despierto? —pedí a Fantaso, pero me miró sin
saber cómo hacerlo.
—¿Vas a hacer la pesadilla realidad? —me consultó Iquelo.
Miré hacia el palacio en confirmación, pues había recordado lo que
escuché alguna vez de los mortales: «Haz tus sueños realidad»
Solo eso me faltaba por hacer.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Iquelo.
—Sacar a Dawn de ahí de alguna manera —respondí antes de mirarlos,
pero sus gestos me dijeron que fuera más específico con eso—. Haré los
sueños realidad… Entraré solo.
—No. Si te dejamos ir solo, no volveremos a verte —aclaró Iquelo.
—A menos de que sea en visitas sabatinas en el Tártaro —bromeé.
Fantaso me dio un manotazo en la espalda para que retomara la seriedad
del asunto. Fue una reacción instintiva al peligro.
—No van a ceder en dejarme ir solo, ¿verdad? —les consulté, y ambos
negaron con la cabeza sin dudar.
—Bien. No puedo llegar con ustedes porque eso hará que los otros dioses
participen. Tiene que ser solo Zeus y yo.
»Pero necesito que sean mi apoyo por si todo sale mal.
»Zeus va a tener a su lado a Dawn porque sabe bien que no me detendré
en ir por ella. Pero si logro que el sueño se haga realidad, necesito que
alguien saque a Dawn de aquí y la lleve con Hades.
—¿La vas a dejar ahí? —me cuestionó preocupado Iquelo.
—Por ahora, es el lugar más seguro. Zeus no se atreverá a ir con él.
Además, hasta ahora no sabe que él nos ha estado ofreciendo su ayuda.
—¿Y no te has detenido a pensar que él siempre se pondrá del lado de su
hermano, tal y como lo estamos haciendo nosotros? —consultó Fantaso.
—¿Conoces otro lugar donde ella pueda estar a salvo? —le consulté.
Ninguno respondió.
—El palacio tiene un ala que ha sido olvidada por todos —comentó
Fantaso tras pensar en silencio.
—¿El ala que era de nuestro padre, donde escondió a Hera? —pregunté.
Tras el nacimiento de Perseo, Hera abandonó a Zeus sin hablar con él
antes. En ese entonces mi padre ayudaba personalmente a los olímpicos a
conciliar el sueño. Ahora solo es una figura omnipresente para todo el
mundo, tal y como lo han sido muchos dioses primordiales.
Una noche fue invocado con urgencia por Hera. Preocupado por la
desesperación que sintió de ella, acudió sin dudar. Al llegar, la descubrió
llorando en la oscuridad. Mi padre jamás había visto o sentido tristeza en
ningún olímpico, y se compadeció de ella, ofreciéndole su apoyo.
Al fin Hera ya estaba harta de que su esposo la usara, y pidió a mi padre
que la alejara de Zeus.
Mi padre vio una oportunidad de dar una lección a Zeus y la resguardó en
su ala del palacio.
Hera tuvo un grato descanso, incluso fue feliz en un reino donde no era
obligada a ser leal. Pero, tiempo después, Zeus regresó al Olimpo, y lo
estremeció cuando descubrió que su esposa lo había dejado.
Envío a Hermes a buscarla. Con acceso a todos los reinos, no tardó en
encontrarla y le dio el mensaje de que Zeus deseaba hablar con ella en
presencia de mi padre. Ofrecía paz.
No fueron valientes al negarse y se presentaron ante él. Como era de
esperarse, Zeus desató un enfrentamiento que casi destruye a mi padre. Fue
tan grave que tuve que acudir a rescatarlo de las garras de Zeus.
Hera regresó con él, pero solo con la condición de que no tomara
represalias contra mi padre.
Ese fue el momento en que se intensificaron las desavenencias entre el
Olimpo y Oneiroi. Todo fue después de la traición que me hizo Zeus con el
ancestro de Dawn.
—Sí. Solo nosotros podemos entrar ahí —me recordó Fantaso.
—Hera no dirá nada porque sigue en deuda con nuestro padre —comentó
Iquelo.
Asentí con la cabeza, era un buen lugar, que era algo parecido al limbo
entre el mundo mortal y el de los sueños. Como ese segundo somnoliento en
donde Dawn ha podido descansar a mi lado.
En el momento de silencio, me di cuenta de que Medusa no vino con ellos,
así que pregunté por ella.
—La dejé en el palacio —me respondió Iquelo—. No sabe que te hemos
seguido. No quiero que se enfrente a Poseidón por ahora.
—Iquelo, tiene que hacerlo para sanar —le hice ver. Solo así podría tener
algo con él, si es que era correspondido.
—Aun lo ama —reveló tan cabizbajo que Fantaso le dio apoyo
palmeándolo en la espalda.
—Ten paciencia—le recomendé. Era lo único que podía decirle, pues
Medusa es un ser que destruyeron de la peor manera, y es cierto que tiene que
sanar por su cuenta, sin presión, antes de seguir adelante. De lo contrario,
siempre estará incompleta.
Salí de detrás del árbol para caminar cauteloso hacia el palacio.
—Está bien. Hades será el último recurso —acepté.
—¿Alguna palabra clave para saber cuál es el momento idóneo para
sacarla de ahí? —me preguntó Fantaso, haciéndose a un lado para dejar pasar
a Cerbero, quien decidió ser el intimidante.
—Despierta —respondí—. Eso confundirá a todos porque creerán que han
brincado en el sueño.
Fue una larga travesía llegar al monte en donde yacía el palacio. No había
nadie guardando sus puertas, lo que me hizo temblar un poco porque era
posible que Zeus sí estaba despierto y éramos esperados.
Iquelo y Fantaso se separaron en cada flanco para no alertar que veníamos
tres.
Seguí el ligero susurro de conversaciones que a veces alcanzaban el tono
de discusión. El pasillo principal fue haciéndose más ancho hasta terminar en
un largo portón de mármol. Tenía tallado la derrota de Crono antes sus tres
hijos. Esa era una sala construida para vanagloriar a Zeus y Poseidón,
principalmente.
Antes de entrar, llamé a los sueños a mi para armarme con la lanza que usé
en el sueño de Zeus. Sabía que no iba a dañarlo, pero lo impactaría, al igual
que lo confundiría. En este momento, tenía que jugar con su cordura para
debilitarlo.
Solo espero que mis hermanos logren darme su poder.
«El sueño se hará realidad… El sueño se hará realidad», repetí en mi
cabeza.
Empujé la puerta con toda mi fuerza. Primero entró Cerbero, cuya
presencia calló la discusión relacionada a Medusa. Ojalá hubiera aguardado
un poco más para saber qué papel jugaba ella ahora en sus vidas.
Cuando avancé más, me detuve en shock al ver a Dawn inconsciente,
flotando en medio de la sala, como si fuese el gran trofeo de Artemisa.
Su cabello y vestido ondeaban gracias a un falso viento. Con sus brazos
colgando incómodamente, su semblante parecía de alguien besado por
Thanatos.
Si su intención fue enervarme, lo lograron. Los sueños que corrían por mi
cuerpo se convirtieron en pesadillas.
—Ahora todo tiene sentido —dijo Zeus parándose de su trono, mientras
que los otros dioses siguieron en su reunión casual. Mi presencia era tan
insignificante para ellos—. Has recibido la ayuda de mi hermano, el
eternamente resentido.
Cerbero gruñó, intimidando a algunos dioses.
Traté de no mirar a Dawn porque estaba sacándome de la cordura muy
rápido. Finalmente, llegué al extremo del círculo que delimitaban los dioses.
Al detenerme, golpeé el piso de mármol con la lanza. Algunos esperaban
que no hiciera nada por ser la representación de un sueño, pero sonó muy
fuerte, casi como un trueno que terminó haciendo eco por el lugar. Me di
cuenta de que mis hermanos lograron cederme poder y que podría hacerle
daño si la «realidad» duraba lo suficiente para recuperar a Dawn.
Sus gestos fueron de sorpresa.
—¿Cuáles son tus demandas? —preguntó Zeus con despotismo.
—Ya las conoces —respondí.
—No.
Asentí con la cabeza, aceptando que no importara lo que dijera él no iba a
ceder, tal y como sucedió en su sueño.
—¿Acaso vas a atacarnos de nuevo, Polvitos? —cuestionó Apolo, con la
misma soberbia de su padre.
Incluso usó el apodo que me ha dado Hades, creyendo que me humillaría
igual. A Hades se lo he permitido porque lo considero el dios más poderoso
de todos, y lo respeto por no prestarse a los designios injustos de su hermano.
No tenía nada contra Apolo, pero su tono cínico supo dónde tocar, hasta el
punto de que la lanza en mis manos transmutó a un arco, mientras que
aparecía una flecha en la otra.
Artemisa fue la única que se carcajeó de la forma en que me armé.
Siempre ha apoyado a todo lo que hace o dice su gemelo.
Tampoco tenía nada contra ella, pero se metió en el asunto desde el
momento en que me hirió.
Disparé la flecha hacia ella, pero fue lo suficientemente rápida para
esquivarla; era claro que su instinto de cazadora reaccionó para protegerla.
Sin embargo, me tomó en serio cuando la flecha se incrustó en su trono, y, un
segundo después se deshizo para regresar a mí.
Volteó a verme tan sorprendida que no notó que detuve los polvos cerca
de su rostro para dormirla. Cayó al suelo con una exhalación que asustó a
todos, porque fue como si hubiese muerto; aunque solo la induje a un sueño
profundo.
Miré de reojo a Dawn, quien seguía flotando, perdiendo más la vida.
Fue un gran descuido que Zeus aprovechó para invocar un rayo que me
arrojó para electrocutarme. El dolor, que no pude contener, me doblegó de
rodillas, como un mortal que le pide clemencia.
Mientras que yo luchaba contra esa orden, Cerbero gruñó a alguien que de
seguro quería aprovechar para atacarme.
El relámpago de Zeus cesó, y cayó de rodillas, también agotado.
Aun con el dolor a cuestas, aproveché para crear dos dagas. Las sentí tan
reales que me dieron confianza de que harían daño al arrojarlas.
Se incrustaron en los hombros de Zeus con tal tino, y fueron tan filosas
que el grito que le arrancaron estremeció todo el Olimpo.
Me sentí poderoso al saber que podía hacerle daño en la realidad. Solo
espero no estar drenando demasiado el poder de mis hermanos.
—No estás dormido, Zeus. Es real ese dolor —le avisé poniéndome de pie
mientras se formaba el tridente de Poseidón en mi mano. Iba a usar las armas
de sus hermanos e hijos para matarlo, si es que es posible.
Estaba tomando un respiro cuando alcancé a ver de reojo que Apolo tomó
el arco de su hermana y me disparó. No tuve tiempo para esquivar la flecha
que se incrustó en mi muslo.
—¡Por todos los malditos perros de Hades! —exclamé entre dientes para
contener el grito mientras partía la flecha.
De reojo vi que Cerbero se paró con solo un brinco frente a Apolo para
contenerlo. Actuó por instinto.
Su gruñido lo intimidó tanto que Apolo se vio obligado a retroceder un par
de pasos. Estoy seguro de que atacarlo le hubiera traído muchos problemas
con su tío.
Con tres dioses poderosos contenidos, Poseidón entró a la pelea,
arrojándome su tridente. Iquelo logró sujetarlo antes de que me tocara.
Mientras tanto, Fantaso corrió hacia el centro de la sala. Mis hermanos
estaban reaccionando más rápido que yo, tal vez porque sus sentimientos no
están en riesgo como los míos. Yo perderé todo si logran eliminar a Dawn.
Al ver Zeus las intenciones de Fantaso, liberó a Dawn con un solo gesto
de mano para que Oizys se la llevara. No podía permitírselo de nuevo, así que
corrí hacia ella para interponerme en su camino. Solo que estaba tan herido
que caí de bruces, lastimándome aún más. Por suerte, Fantaso logró atraparla
a tiempo.
Oizys gritó espeluznante para intimidar a Fantaso, quien reaccionó
protegiendo más a Dawn. Aun así, vi en la mirada oscura y garras negras de
Oizys que estaba decidida en arrancársela.
Pero esta vez no lo iba hacer.
Logré crear un látigo que se enredó en sus piernas. Las espinas que
aparecieron con mi gruñido se incrustaron en su piel y la hicieron caer de
frente, golpeándose la cabeza muy fuerte.
Iquelo arrojó lejos el tridente de Poseidón y creó de sus pesadillas una
manada de lobos terrenales para contener a quien se atreviera a detener a
Fantaso, quien ya corría para dejar el palacio con Dawn en brazos.
Ahora creé el relámpago de Zeus para terminar con él de una vez por
todas.
—¡Thanatos ven por él! —lo invoqué con odio explicito.
Cuando el rayo estaba por tocarlo, todo se detuvo como en un sueño que
estaba por conectarse con otro.
Todos los dioses estaban detenidos en el tiempo, con los ojos cerrados,
como si estuviesen cayendo al reino de Hades sin control. Incluso los lobos
de Iquelo desaparecieron al no poder ser controlados por alguien.
—¿Qué sucede? —me preguntó alarmado Iquelo.
—No lo sé —respondí buscando a Fantaso, pero ya no estaba en la sala.
Me preocupó que ese ser lo haya detenido también y esté a disposición de
deidades menores allá afuera.
—¿Qué hacemos? —me consultó, pero en ese momento tuvimos que
ponernos en guardia de nuevo porque Atenea despertó del sueño mientras que
salía Chronos de detrás de una columna.
Nos confundió mucho verlos juntos, incluso sentí que era nuestro final.
Primero, Atenea es la mano derecha de Zeus. Él confía ciegamente en los
consejos de su hija. Y Chronos se ha alejado de los reinos, como lo han hecho
muchos dioses primordiales para no lidiar con los olímpicos. Se dice que
ahora vive entre los mortales, y solo sentimos su presencia como un suave
respiro en nuestros rostros.
—Jamás podrás derrotar a mi padre —me advirtió Atenea—. Y, en
cambio, él sí te matará.
—Si así son las cosas… —respondí indiferente.
—No pueden ser así, Morfeo —me interrumpió Chronos—. Eres
importante, y él lo sabe, pero nunca cederá. Porque prefiere dar miseria a los
mortales con tal de conservar su poder en los reinos.
—¡Nunca la dejará en paz! —les recordé. Mostré un poco de mi desespero
acumulado porque él sigue lastimando a lo que más amo, y no soy tan fuerte
para protegerla.
—Oblígalo a hacerlo —aconsejó tranquila Atenea—. Da inmortalidad a tu
mortal.
»Si ella es parte de tu reino, las Moiras no tendrán autoridad sobre su
destino porque estará ligada al tuyo eternamente. Zeus no podrá tocarla.
—Hasta que encuentre la forma de hacerlo —expuse, pues un traidor
nunca se rinde.
—Entonces, tendrá que responder ante nosotros —contestó Atenea—.
Regresa a Oneiroi y cierra todas las puertas para cualquiera del Olimpo.
Incluyendo las secretas.
—¿Por qué me ayudas? —le cuestioné.
—Porque Chronos tiene razón. Este berrinche de poderío va a terminar
mal.
Miré a Zeus, y estaba tan indefenso que no me importó atacarlo por la
espalda, ahora que sé que mis armas pueden hacer daño. Aprovechar el truco
del tiempo para acabar con él.
—Ellos tienen razón, hermano —coincidió Iquelo—. Esta guerra
terminará con tu encarcelamiento en el Tártaro. Y si eso sucede, Dawn se
suicidará… La perderás para siempre.
El tiempo empezó a fluctuar lentamente.
—No puedo detenerlos por más tiempo. ¡Huyan ahora! —nos ordenó
Chronos. En ese momento, Zeus empezó a gruñir. Miré hacia la puerta y aun
me preocupaba Dawn.
—¡Ahora! —gritó Chronos tan fuerte que su voz tuvo presencia, como una
onda de fuerza.
Iquelo me sujetó por el hombro para obligarme a salir de ahí.
—Morfeo, haz lo que tengas que hacer para que ella sea inmortal, si es que
quieres que viva —me advirtió Chronos.
—¡Cerbero! —le ordené con un tronido de dedos, como lo hace Hades,
para que huyera con nosotros.
Corrimos lo más rápido que podíamos para dejar el palacio. Fantaso no se
veía por ningún lado.
—Lo siento ya en Oneiroi —me avisó Iquelo cuando de seguro vio que
estaba buscándolos.
Me alegró saber que estaban a salvo, aunque la única manera de haber
llegado allá sin destruir a Dawn era volando, lo cual tampoco le hacía mucho
bien.
Pero, al tener la pierna herida, cada paso fue una tortura aun infundada por
Apolo.
Se escuchó el tiempo tronar en una explosión cuando llegamos a las
colinas que nos ocultarían bien de la furia de Zeus.
Las puertas del Olimpo empezaron a cerrarse.
—¡No te rindas! —me ordenó Iquelo porque no estábamos corriendo
rápido. Pero ya no podía, la vista se me nublaba con cada paso. Estaba
sucumbiendo al poder de los gemelos.
—Ella está a salvo —me recordé para darme ánimos. Iquelo me ayudó a
caminar.
—¡Por aquí! —escuchamos que un hombre nos gritó para señalarnos una
fractura a un lado de la puerta.
Creíamos que era un vasallo de Zeus, pero en realidad era Ares. Nos
detuvimos a pocos metros de él para armarnos.
—¡Huyan! ¡No hay tiempo! —ordenó, pero aun así no nos movimos—.
Atenea me envió —confesó apresurado.
Cerbero y Iquelo me miraron para consultarme si teníamos que confiar en
él, pero a estas alturas teníamos que hacerlo si queríamos dejar este reino para
proteger el nuestro.
Avancé, seguido rápido por mi hermano.
—Gracias —dije a Ares cuando quedé frente a él.
—Una de tantas que debo a tu padre por ayudar a mi madre —dijo
colocando la mano sobre mi hombro en seña fraternal.
Cruzamos hacia el limbo que hay entre mundos. En cierta forma me sentía
aliviado de dejar atrás la amenaza de Zeus. Pero aún había muchas cosas por
hacer para mantenerlo lejos de nosotros.
Al llegar a las puertas de Oneiroi ordené a los guardianes cerrar cada una
para los olímpicos.
Ni siquiera Hermes tenía acceso.
El estruendo del sellado creó un poco de conmoción en el reino. Esta era
la segunda vez que se cerraban en eones. La primera vez fue cuando se desató
la Titanomaquia.
—¿Puedes llegar al palacio?
—Sí —respondí, tratando de verme entero para él.
—Yo explicaré que está sucediendo. Ve a donde Dawn y hazla inmortal
—dijo Iquelo, palmeándome la espalda para apoyarme, antes de desviarse
hacia la izquierda y trasladarse.
La manera más rápida de llegar era trasladándome, pero apenas podía
mantenerme en pie. Si no me concentro a donde quiero ir, podría terminar en
la tierra u otro reino, como el Olimpo.
Extendí las alas para volar. Fue errático, y estuve algunas veces a punto de
estrellarme contra el suelo.
Minutos después, dentro de la borrosidad que tenía a ratos, divisé el
ventanal de mis aposentos. El último impulso me hizo entrar tan rápido que
me estrellé contra los muebles.
Como no podía ponerme de pie de nuevo porque la punta se incrustaba
más, me senté cómo pude para mirar la herida sangrante. Tenía la punta de la
flecha aun envenenándome; se estaba disolviendo poco a poco para
corromperme. ¿Es posible que esta flecha haya sido forjada por Hefesto bajo
las instrucciones de Oizys?
Encontré a la mano un pedazo de mueble que destruí a mi llegada, y lo usé
para sacar la punta. Se resistió tanto en salir que tuve que ir más profundo.
Logré sacarla dentro de un grito que retumbó por el palacio. Ya lejos de
ese veneno, me dejé caer en el suelo, tan agotado que me desmayé.
22
DAWN
Gritaron mi nombre dentro de la oscuridad, pero yo seguí corriendo por ese
lugar desolado que creé para esconderme de los dioses que quieren matarme
para atraer a Morfeo hacia ellos.
—No despiertes —me ordené. Pero un segundo después un sobresalto me
mostró un lugar tan hermoso que irónicamente me aterró porque estaba a
punto de entrar al sueño en donde uso a Reve como guardián para que los
hermanos no lleguen a mí.
—¡Solecito! —me llamaron en un grito que se distorsionó como una
grabación mal hecha. Fue tétrico.
Busqué dónde esconderme porque algo malo sucedía. Tal vez era la
muerte quien ya venía por mí.
De pronto, el lugar empezó a ser devorado por la tenebrosidad y frialdad.
Sollocé por la impotencia porque no sé cuánto más podré soportar.
—¿Dawn? —me llamó tranquilo Fantaso, sentí su presencia tan fuerte y
real que tuve otro sobresalto. Un despertar que lo puso frente a mí en un lugar
muy radiante.
—¿Estoy despierta? —le pregunté tocándolo para confirmar que no era
una visión dentro de mi sueño protector.
—Sí.
—¿Dónde estoy? —Me puse de pie con trabajos porque el vestido me
estorbó un poco. Fantaso me ayudó.
—Estás a salvo.
—¿Estamos aun en el Olimpo? —le pregunté mirando a mi alrededor.
Parecía un sueño que construía con mis deseos. Y solo quiero estar de regreso
a donde ahora considero mi hogar a lado de Morfeo.
—No, ya estás de regreso en Oneiroi. Estás en un ala que ha sido
abandonada por mucho tiempo, y has dormido aquí por algunas horas.
»Tardarán en saber que estás aquí.
—¿Y Morfeo? —pregunté apresurada tras recordar que Oizys me había
raptado para arrojarme a los pies de Zeus como trofeo. Por suerte logré
escapar de ellos escondiéndome en el sueño que Morfeo me enseñó a
construir.
—No lo sé. Lo dejé con Iquelo… No me he separado de ti desde entonces.
—¡Lo dejaste con Zeus! —le reclamé apretando los puños; quería golpear
algo ya por tanta frustración que he acumulado. ¿Cómo se le ocurrió tal cosa
cuando de los tres es él quien da fuerza a Morfeo?
De pronto, escuché que alguien corría hacia nosotros. Fantaso se alarmó
tanto que me llevó a atrás de él para protegerme. Pero era Cerbero que venía
corriendo a mi como si fuera mi lindo cachorrito que me ha extrañado
mucho.
A pesar de que aún me daba miedo, no se puede negar una caricia al perro
del infierno.
Otros pasos callados me hicieron alzar la vista hacia donde vino Cerbero.
Morfeo venía cojeando, tragándose el dolor a fuerzas. Quise correr hacia él,
pero temí lastimarlo con mi efusión porque se veía como si lo hubiera
atropellado un camión y de milagro salió vivo.
Cuando llegó a nosotros, pidió con la mirada a Fantaso que se fuera con
Cerbero; lo cual ambos hicieron sin dudar.
El lugar abandonado fue rodeado por un silencio cómodo. Un rayo de luz
entraba por el ventanal para alumbrar convivir con la oscuridad que habitaba
ahí también. A lado de Morfeo, me sentí muy protegida aquí.
—No estás bien —le hice saber antes de que preguntara por mí bienestar.
—No. Pero eso no importa ahora —respondió haciéndome una caricia
tímida en la mejilla.
—¿Por qué no? Estás sangrando aun, tienes que atenderte —le hice ver
con labios temblorosos porque recordé que Fantaso me dijo que estuve horas
dormida, y de alguna manera sentía el dolor de Morfeo en mí.
—Lo haré, pero ahora hay algo más importante que tratar —dijo rápido,
pero le hice cara de que su salud era lo más importante para mí. Iba rezongar,
pero me interrumpió—: Tenemos que hablar de tu mortalidad.
—¡No, no voy a regresar a la tierra! —puse en claro. Muy severa esta vez.
Morfeó suspiró profundo, liberando un poco su dolor, y se hincó frente a
mi sin más.
Conforme sus ojos se hacían dorados, vi en ellos la vida de un sueño que
recorrió su cuerpo hasta llegar a su mano.
—Nuestros sueños se hacen realidad —dijo en lo que mostraba su mano.
Un objeto estaba formándose ahí—. Dawn, todo el tiempo escucho los sueños
de los mortales en mi mente llamando a cumplirse. Desde un inicio he
logrado hacerlos un susurro que puedo olvidar. Puedo pensar, pero aún están
ahí. Pero... No lo había notado antes, pero desde que te encontré has
tranquilizado mi mente. Das paz a los sueños aún no entregados.
»Así supe que estaba en riesgo contigo. Traté de huir, pero fue imposible
cuando solo quiero estar contigo. —Se mojó los labios y sonrió, solo que está
vez fue tan diferente a todas sus sonrisas. Expresaba felicidad pura, a pesar de
estar sufriendo—. Naciste como mortal, te criaron como tal, pero eres una
diosa. Mi diosa.
»¿Deseas ser mi esposa y quedarte conmigo en Oneiroi? —preguntó.
—¡Sí! —respondí sin dudar. He deseado tanto este momento desde que
soñé la posibilidad de casarme con Rave.
Tomó mi mano para poner una pulsera que se unió a otra que se creó en su
muñeca al toque, después se puso de pie para mirarme mejor.
Sentí los polvos de la pulsera circulando por mi antebrazo una y otra vez,
en una espiral infinita. Me pareció extraño que los dioses se unieran por
medio de pulseras. Aunque ahora que lo pienso, el anillo es algo «actual».
Solo tengo que a acostumbrarme a ello. De todas maneras, la unión es lo
que realmente importa, no cómo se formaliza.
—¿El beso es ahora? —preguntó dudoso.
Lo miré confundida.
—Sabes que me propusiste matrimonio, ¿verdad? —le cuestioné casi
burlona porque el beso no tenía un momento, sino que era un requisito.
—No. Me acabo de casar contigo —aclaró. No pude evitar los gestos de
miedo, que lo llevaron a acariciar mi mejilla con devoción para tranquilizar la
sorpresa: Agregó—: Dawn, la única manera de protegerte ahora es
haciéndote inmortal, y solo puedes serlo siendo mi esposa.
Aguardé unos segundos en silencio sin dejar de profundizar en su mirada.
No terminaba de entender lo que dijo.
—Y al serlo, ¿automáticamente me hago inmortal? —le cuestioné. No
tenía sentido que el matrimonio diera tal cosa. Porque, entonces, ¿el divorcio
podría arrancar la vida?
—No, pero lo serás conforme pases más tiempo en Oneiroi. Pero, al
hacerte mi esposa y consumar la unión como dioses, nadie puede tocarte para
hacerte daño. Ni siquiera Oizys.
Sonreí muy feliz de haber conseguido algo que deseaba en el fondo desde
que hicimos el amor por primera vez. Cuando me di cuenta de que siempre lo
he esperado en mi vida.
—¡¿Por qué no me lo pediste antes, cuando te dije que estaba dispuesta a
todo por ti?! —le reclamé posando la mano en su pecho.
—Porque hay que consumarlo como dioses, y después ya no podrás
regresar a la tierra. Con el tiempo, olvidarás a quienes dejaste allá. Perderás
toda unión que hayas construido.
»Ese es el precio que tienes que pagar por amarme.
»No podía alejarte de tus seres queridos.
Bajé la mirada entristecida para que no la viera por completo. Nunca
imaginé que por eso se resistió a siquiera amarme. Coincido en que el precio
por pagar era enorme.
Pero reconozco también que no tenía una vida plena en la tierra, ni mi
descendencia la iba a tener tampoco porque igualmente serían castigados. Si
es que lograba escapar del final que ha acosado a los no-soñadores de mi
árbol genealógico.
He dejado a mi familia atrás, y me entristecía mucho, pero, dado que ya he
estado mucho tiempo en este reino, es factible que ya me den por muerta.
Quizás ya han creído que cumplí el triste final de los Benson.
Nunca quise dejar tal dolor en ellos, pero tampoco podía llevarles el
peligro.
Levanté la mirada para ver a Morfeo preocupado por mi duda. Mojé los
labios al momento que me puse de puntas para alcanzar los suyos que me
encontraron pronto.
Ese primer beso como esposos fue diferente a los que hemos tenido. Tenía
pertenencia, devoción y eternidad.
Mi esposo. Nunca imaginé que iba a contraer nupcias en un lugar tan anti
romántico y abandonado por dioses. Dada la depresión con la que iniciaba
mis días en la tierra, siempre soñé con un amor que culminara con una boda
romántica que la contrarrestara. Una escena hermosa que vi por casualidad en
una revista de novias mientras esperaba en el dentista.
La realidad fue que obtuve una pulsera creada por nuestros sueños en
lugar de un anillo, y… ¡Y tengo a Morfeo y eso me hacía inmensamente
feliz!
A veces se tiene que sacrificar para ganar.
Unos minutos después, cortamos el beso para mirarnos.
—Dame inmortalidad, esposo —le pedí mientras lo abrazaba por la
cintura.
Sujetó mi rostro para besarme de nuevo mientras me llevaba al suelo, pero
creo que le pesé mucho porque se dejó caer de rodillas olvidándose de mí. Se
quejó sin restricción.
Entonces, recordé que estaba herido.
—No estás curándote… ¿Por qué? —pregunté angustiada. No quiero
perderlo cuando estamos por lograr nuestro sueño.
Solo se dejó caer de espaldas. Respiró profundo para olvidar el dolor, y
me extendió la mano para que me acostara a su lado en el suelo.
Me besó de nuevo, levantando la intensidad hasta rendirme a su control
divino, y empezó a hacerme el amor como los dioses.
—¡No! No quiero hacerlo. No quiero tomarte así. —Suspiró resignado—.
Pero tengo que consumir la unión como dios. Es la última opción para que no
puedan tocarte ya —susurró para sí con voz quebrada por la contrición.
Me dolía que tuviera que rebajarse al nivel de los otros dioses, pero
entendía la situación.
—¡Hazlo!
Me miró sorprendido de que lo animara a hacerlo ya. Pero no tenía otra
opción que soportar esto para dejarlo atrás y vivir felices ya.
—Buscaré el placer en ello para que no te sientas mal —le prometí
mientras hacía una caricia en su cabello.
—Pasará rápido, lo prometo.
Pero no hizo nada. Es posible que no soportara la situación. Entonces,
sonreí en lo que me alzaba un poco para besarlo. Así no sentiría que abusó de
mí.
Ojalá no tuviéramos que hacerlo así, porque hacer el amor con él es lo más
hermoso que he experimentado. Siento que me divido en partículas para
unirme a él, ahí siento la inmensidad del universo, de la vida y la
inmortalidad, y regreso para ser yo misma.
Amar a un dios así es encontrar una de las respuestas de la vida.
El acto fue extraño. Con cierto salvajismo y posesión de mi cuerpo y alma.
No sentía que mi vida era arrancada, por el contrario, era tanta la energía que
me recorría que tuve muchos orgasmos seguidos, al igual mis latidos se
dispararon hasta el punto de lastimar.
Morfeo tenía razón al describir el acto como una explosión de placer
salvaje. Tan intenso y largo que un humano no puede sobrevivir, ni siquiera
gozar.
Jamás he suplicado tanto porque un hombre se viniera rápido dentro de mí
para terminar todo. Pero tenía que soportar esto porque, si Morfeo no lo está
disfrutando, tardará más de lo normal.
No podía pedirle que se detuviera porque teníamos que dejar claro que
ahora estoy unida a él. Y si no se consumía plenamente el acto, tendríamos
que hacerlo de nuevo, hasta dejar satisfechos a los dioses.
Cuando estuve a punto de colapsar, Morfeo dio un último ataque que
terminó la experiencia de golpe.
Me rendí al fin. Y no fui la única, ya que Morfeo se desmayó encima de
mí; tuve que hacerlo a un lado con cuidado.
—¡Fantaso! ¡Iquelo! —los invoqué en un grito, mientras me vestía rápido.
Aparecieron en este cuarto en segundos. Corrieron a mí al ver a Morfeo
tirado, como si estuviese muerto.
—¡No se está curando! —les avisé angustiada. No quería creer que, al no
disfrutar el sexo, tuvo que esforzarse más hasta que lo maté.
—No, fue herido por dioses. Tardará en hacerlo —respondió Iquelo—.
¿Se vino dentro de ti?
—¿Disculpa? —cuestioné indignada de que me haya preguntado algo tan
personal.
—¿Lo hizo o no? —cuestionó severo.
Al ver la seriedad de ambos deduje que preguntó para saber si el
matrimonio se había consumado hasta el punto en donde ya no puede ser
deshecho por Zeus.
Muy avergonzada por esto, asentí con la cabeza, y, para confirmarlo aún
más, les mostré la pulsera de polvo que circundaba mi muñeca una y otra vez,
en una unión infinita. Ambos hermanos se miraron y sonrieron tímidamente.
—Llevémoslos a sus aposentos —sugirió Fantaso a su hermano.
Ambos lo cargaron con cuidado, aun desnudo. Tomé su ropa y los seguí
angustiada porque se suponía que yo debí haber sucumbido, no él.
—¿Va a estar bien? —les pregunté angustiada cuando cruzamos la
hermosa puerta que me regresaba al mundo real de Morfeo.
—No lo sé —respondió Fantaso tras que su hermano le carraspeó.
Me enervé tanto por Zeus, y deseé hablar con él en ese momento para
ordenarle que nos dejara en paz. Pero más que rendir cuentas con él,
necesitaba a alguien que lo curara. Debe haber un jodido dios para eso,
después de todo, los griegos tenían dioses hasta para emborracharse.
Pero no sabía cómo llegar a ese dios en específico, quién sea que sea.
Entonces, Cerbero salió de no sé dónde y puso su cabeza en mi mano. De
pronto, todo se distorsionó, mareándome en el proceso. Alcancé a escuchar
mi nombre en un grito desesperado de los hermanos.
Cuando recobré la estabilidad, estaba en otro reino muy hermoso. A lo
lejos vi un palacio en lo alto de una montaña, con nubes abrazándolo. Admito
que era una imagen celestial.
Con tan solo verlo, supe que iba a presentarme ante dioses con el ego
hasta el cielo.
Es extraño, pero, por alguna razón, me sentí como en casa.
Miré a Cerbero.
—Es el Olimpo, ¿verdad? —le comenté. Como era obvio, no me
respondió, pero caminó hacia allá.
Revisé que me viera bien, segura de mí misma, y no como una mortal que,
si apenas sobrevivió «la noche de bodas» con su esposo, será carne fácil para
un dios supremo.
Con Cerbero por delante, caminé por un buen rato.
No sé qué me estaba animando ir allá. Quizás era Cerbero, cuya paciencia
me decía que tenía a un aliado muy poderoso conmigo. Espero que al menos
pueda sacarme de ahí rápido o llamar a su amo por ayuda.
Subí esa montaña por un camino que iba en espiral. Lo curiosos es que no
sentí la larga distancia ni el cansancio.
El palacio era fastuosamente griego, más de lo que era el hogar de Morfeo.
No sé cómo más describirlo.
No me dejé intimidar por el lugar y seguí.
No sé por qué recordé el camino que llevaba hacia la sala en donde Zeus
me expuso triunfante ante su familia. Sin embargo, en el camino me topé con
dioses, no sé de qué eran, o si en verdad lo eran. Tal vez aquí incluso un
sirviente era un dios.
Unos me miraron y algunos hasta me amenazaron con sus armas, pero
ninguno me detuvo.
Al fin llegué a la sala en donde estaba un hombre alto e imponente. Por un
momento creí que era Hades. Su presencia aquí explicaría porque Cerbero me
trajo sin que yo se lo pidiera. Pero, por el arma que sostenía, supe que en
realidad era Poseidón. Era increíble lo mucho que se parecían. A veces los
clichés cinematográficos ayudan; aun cuando no lo hicieron con Morfeo.
—Deseo ver a Zeus —demandé con voz enérgica. Cerbero se puso a mi
lado, y puedo jurar que lo vi crecer un poco más y verse como un perro del
Inframundo. De nuevo, de los que he visto ilustrados.
Poseidón miró a su lado derecho para que viera a Zeus dándose la vuelta
para a la visita. Sonrió farsante al verme.
—Hola, abuelo —lo saludé despectivamente, pues el respeto se gana, no
se hereda. Aunque reconozco que intimida tenerlo enfrente.
Cuando Oizys me trajo ante él, apenas pude verlo antes de que yo me
encerrara en el sueño tras la fúrica amenaza de una diosa presente.
Cuando un ser humano vive cosas inexplicables, siempre tiende a buscar
explicaciones lógicas antes de irse por lo religioso. En mi caso, nada pudo
explicar por qué yo no podía soñar.
Gracias a Morfeo y todo lo que he vivido, he aceptado ya que soy una
descendiente de Zeus.
Sentí un cruel escalofrío por la idea de que llevo la sangre de alguien tan
inhumano y traicionero. ¿Eso me convierte en alguien igual que él?
Dado sus antecedentes de «padre responsable», este secreto nunca se
reveló en la familia. Si es que mi ancestro supo que se acostó con un dios.
En conclusión, soy una semidiosa… bastante diluida. Por eso he podido
hacer cosas que sé ningún otro mortal puede hacer. Como crear mis propios
sueños y hacerlos casi reales sin la ayuda de Morfeo, y sobrevivir al acto
sexual divino.
Se podría decir que Morfeo me «despertó».
—¡Oizys! —la llamó Zeus con urgencia.
Ella apareció como lo hacía en mi sueño, entre una neblina negra que poco
a poco la formó. Corrió hacia mí en cuanto me vio, pero se detuvo a escasos
centímetros como si hubiese chocado con una pared.
Me sobresalté, porque no tengo el poder para hacer eso. A menos de que
lo haya hecho inconscientemente.
Sin embargo, al ver que Cerbero se quedó quieto, supuse que él la había
detenido.
—Hermano… —le llamó Poseidón, y cuando tuvo su atención, le señaló
la pulsera en mi muñeca.
La sonrisa fantoche de Zeus desapareció por una mueca de enojo.
—¡Moiras! —gritó encolerizado.
Temí que haya llamado a alguien más poderoso que Oizys para atacarme.
Al igual que Oizys, tres mujeres aparecieron de la nada. No sé quiénes
eran, tal vez eran consejeras de Zeus. Sin embargo, una de ellas pareció
reconocerme.
—No puedes tocarla ya. El hilo de su destino se une a Morfeo —dijo la
mujer que me reconoció—. Si lo rompes, él morirá, y con él la humanidad.
—No puede ser él tan importante —refutó incrédulo Poseidón.
Sonreí sin querer porque aún subestimaban a Morfeo. Si hubieran visto
cómo estuvo el mundo con su ausencia, él estaría en ese trono y no ese
estúpido hombre que aun quiere matarme.
—Lo es —respondió una mujer detrás de mí; cuando volteé, me espanté al
verla. Era tan hermosa y se percibía de ella tanta sabiduría que incluso sus
ojos se veían como los de alguien antiguo. Se paró a un lado mío, como si
estuviese apoyándome.
Miré a Cerbero, pero no reaccionó de nuevo. Por lo que sé, él es una
alarma de cosas malas, lo que quiere decir que ella no era de temer.
—Hera —llamó Zeus sin dejar de verme.
Una diosa se levantó de un trono con tal elegancia que me dejó
boquiabierta, más allá de que al fin conocía a Hera. Era igual de hermosa a
quien tenía a mi lado, solo que ella tenía un aura de «unión familiar». Lo cual
es una estúpida ironía porque estos dioses son tan imperfectos y traicioneros.
—¿Quién te dio permiso para bendecir ese matrimonio? —le cuestionó
Zeus, solo que su tono de voz fue el de un abusador. Estaba mostrándome su
verdadero carácter con las mujeres. Es una vergüenza de hombre que solo
ama cuando es novedad, y no para siempre.
—Ellos no pidieron mi bendición —aclaró Hera mirándome indiferente.
De seguro, le indignó que la hayamos hecho a un lado también.
Zeus se enalteció con la idea de que podría deshacer mi matrimonio.
—Muy bien. Un matrimonio no bendecido, no engendrará un legado —
dijo Zeus muy satisfecho de que mi unión con Morfeo iba ser infértil.
Que esté yo aquí frente a ellos es el claro ejemplo de que los dioses no
necesitan la bendición de Hera para procrear.
Y él lo sabe bien de primera mano porque no creo que su esposa haya
estado de acuerdo con tanto bastardo que dejó en la tierra.
Además, no estoy pensando en tener hijos en este momento cuando aún
estoy luchando por vivir, después tengo que acostumbrarme a la idea de que
me he casado con Morfeo. El hombre que he amado con tal intensidad y
pureza desde nuestro primer beso. Por quien dejé mi mundo atrás, y puse
nuestra felicidad en pausa
—Pero estoy dispuesta a dársela cuando ellos lo deseen —agregó Hera.
—¡Sobre mi cadáver! —gritó Zeus muy encolerizado con la decisión de su
esposa.
—Y aun así se hará. —Terminó Hera sujetando su elegante vestido para
retirarse. Al dar la espalda a Zeus nos quedó claro que ya no acata sus
órdenes como esposa.
—Padre, ya te lo he dicho y él te lo ha demostrado: Los humanos no
pueden vivir sin sueños —le recordó la diosa a mi lado. Oportunamente
desvío la conversación de mi matrimonio cuando yo estaba a punto de
explotar mi terquedad humana.
Zeus no respondió, y creo que eso le incomodó mucho porque tenía la
mirada de los dioses a su alrededor, esperando su decisión ya.
—¿Qué sucedió con Polvitos? —escuché detrás de mí. Ahora vi a Hades.
«¡¿Qué demonios?!», exclamé en silencio. Con él no pude esconder mi
reacción sobresaltada porque es el único dios a quien sí conozco y he temido.
Sé qué esperar de él.
—Bien sabes qué le está sucediendo —respondió Zeus molesto—. Tu
maldito perro está con ellos.
—Hermano —dijo Hades caminando hacia él—, yo solo equilibré las
cosas. ¿Qué pasa con Morfeo, fémina? —me preguntó después, como si yo
fuera poca cosa.
Tragué saliva cuando toda su atención estuvo puesta en mí. Su atracción
era la más poderosa de todos los que estaban aquí.
Carraspeó para obligarme a pensar en una respuesta que me elevara en
esta situación ante dioses.
«Ya no soy humana. Al menos lo soy menos de lo que era ayer.
»No. Ahora soy la reina de Oneiroi», pensé. Pero no podía mostrar la
soberbia del poder que ahora tenía por título. Tengo que apelar a su
compasión, si es que alguno de ellos la tiene.
—Morfeo se está desangrando. No está sanando, es por eso por lo que he
venido por… ¡Hum! ¿Quién de ustedes se encarga de las curaciones? —
cuestioné segura de mí. Escaneé a los dioses que se acercaban para presenciar
la visita de la humana que puso los reinos de cabeza.
—¿Qué sucede, mortal? ¿El falso amor que le das no es suficiente? —me
cuestionó una diosa despectivamente.
—Afrodita —dijo Hades—, acepta tu derrota. Debes reconocer que es
bella, aun para ser una mortal.
Abrí los ojos sorprendida porque Morfeo ha mencionado a esa estúpida
diosa como una de sus conquistas.
—¿Acaso tienes celos de que una mortal le dio lo que se supone es tu don?
—le cuestioné tan despectiva también que Hades rio por lo bajo. Estaba
disfrutando esto.
—¿Por qué crees que voy a ayudarlo? —me cuestionó otro dios que se
paró de un trono con ínfulas para intimidarme.
Era tan atractivo que supe mi amiga Lisa se metería a su cama con solo
esa sonrisa pedante.
—¿Y tú quién eres? —le cuestioné, desdeñándolo.
—¡Soy quien deseas que ayude a tu esposo! —gritó enfurecido. Al menos
ya reconocen que me he casado con Morfeo.
—¿Quién es él? —cuestioné despistada a Hades, quien tuvo que ocultar la
risa.
—Es Apolo —respondió una diosa. No sé quién era, y, la verdad, me
importaba un carajo. Todos ellos.
—¡Ah! El todólogo —comenté—. Sí, es a ti a quien vine a buscar.
—No lo ayudaré —dejó en claro.
Por la postura de todos, nadie iba ayudarme y estaban a punto de correrme
de ahí.
—¡Bien! —acepté en voz alta, con la clara intención de que me
escucharan—. Gracias, sus estúpidas deidades —agradecí haciendo una
reverencia burlona, muy mal hecha.
Tuve muchas ganas de gritarles que el acceso a Oneiroi estaba prohibido
desde este momento para cualquier olímpico. Pero Morfeo ya ha tenido
muchos problemas gracias a mí, y no quiero agregar uno más.
Para evitar más confrontación, me di la media vuelta para irme ya.
Pero era tanto rencor lo que aun sentía por estos dioses crueles, que me
detuve para mirar de reojo a Zeus, en especial.
—Por cierto, Zeus. —Me atreví a ser igualada, y no le gustó que lo fuera.
Pero ahora tiene que aceptar que estoy en el mismo nivel que cualquiera de
aquí. O ¿acaso esperaba que lo llamara «Su excelencia»?—. Conforme los
humanos dejemos de creer en ustedes, las cadenas de tu papi se están
desvaneciendo. Y yo sé bien quién es el único que las puede asegurar más.
»¿Sabes cómo se llama lo que Morfeo y yo recibiremos? Justicia. Eso es
lo que vas a deglutir con asco.
Seguí mi camino, ignorando su resoplido indignado. Lo curioso fue que
Cerbero me siguió sin siquiera llamarlo. Yo creí que estando ahí su amo me
dejaría sola.
Me regresó a Oneiroi, en donde Iquelo estaba esperándome. No estaba
molesto por mi desaparición, más bien aliviado por mi regreso.
—Creí que te habías arrepentido —me comentó cuando me acompañó
hacia el cuarto de Morfeo.
—Cerbero me llevó a ver al vejete —le respondí, pero me hizo gestos de
que no entendía—. Al imbécil de Zeus.
Abrió sorprendido los ojos de que haya regresado intacta. Incluso lo atrapé
mirándome para ver si no estaba herida.
—No puede hacerme daño porque soy su descendencia...
—Sí puede. No serás la primera que ha dejado en manos de su destino —
aclaró, interrumpiéndome.
Hablaba de Aquiles, Hércules, Perseo, etcétera.
—Pero soy la única que siente cosas que los otros no —revelé.
—¿De qué hablas? —me cuestionó Iquelo, deteniéndome del brazo.
—Crono se está fortaleciendo. —Se puso blanco con solo la mención del
dios—. Pero no te preocupes, no viene por nadie más que Zeus… Solo él.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has hablado con alguna Moira?
—Solo hoy. Zeus las mandó a llamar.
—¡¿Qué?!
—Una de ellas dijo que estoy destinada a Morfeo —revelé orgullosa de
ello—. Hablando de Crono, lo sé desde que creé esa realidad en el sueño.
»En la ciudad había una biblioteca enorme con dos leones de piedra
custodiando su entrada. Siempre me dieron miedo pues puedo jurar que los vi
moverse tras que pasé junto a ellos. Contrario a las bibliotecas de mi mundo,
esta contaba con un solo libro que estaba repetido por doquier. Al abrirlo,
solo un párrafo se repetía: «El pasado se acerca. El trueno se desvanece. El
no-soñador llegará. Dioses perecerán y solo uno, tratado injustamente,
despertará, y esta vez serán justos».
»Solo eso se repetía una y otra vez. —Iquelo siguió caminando a mi lado
en silencio—. Cuando estuve frente a Apolo y se negó a ayudar a Morfeo, esa
frase vino a mí al retirarme. Le advertí de ello a Zeus y creo que él entendió
que sus días están contados.
Guardó silencio en lo que pensaba.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—Has descrito una premonición, pero la obtuviste sin ayuda de Morfeo…
¿Acaso una Moira…? —Sonrió irónico para sí sin explicar más—. Eres
atrevida, hermana —reconoció asombrado. De seguro, no creyó que una
mortal pudiera ponerse al tú por tú con un dios.
Al ser hija única, me agradó que me reconociera ya como parte de su
familia.
—Solo estoy tratando de ayudar a Morfeo… ¿Cómo está?
—Débil. Ve con él, le ayudará mucho tenerte a su lado.
Me despedí con una sonrisa.
Se fue junto con Cerbero, mientras que yo continué mi camino hacia el
cuarto.
Sé que Zeus seguirá buscando deshacerse de mí, no porque soy el vestigio
de un error suyo, sino por venganza a Morfeo. Quedó claro que no permitirá
que nadie se rebele.
Cual tirano, no puede permitirlo. Pero ya no estoy indefensa y lo afrontaré.
Abrí la puerta con cuidado.
—Mr. Sandman, bring me a dream. Make him the cutest that I've ever
seen —canté con voz delicada para anunciar mi llegada mi esposo, quien
despertó cuando estuve a su lado, pero lo hizo sonriendo un poco.
—Hola, Polvitos —le saludé con una sonrisa. Mi apodo le hizo sonreír.
Me miró en silencio.
—La inmortalidad está llegando a ti, esposa. Y te sienta muy bien —me
dijo.
Se sintió tan bien todo lo que traía esa oración. Inmortalidad, que me
permitirá estar siempre a su lado.
—¿Estarás bien? —le pregunté sentándome a su lado para acariciar su
cabeza con amor.
—Tardaré. El mundo estará un tiempo sin sueños personales.
—¿Les afectará?
Morfeo asintió con la cabeza.
—Pero no será como cuando no pudieron soñar.
—¿Puedo ayudarte?
—Ya lo haces. Si no te hubieras unido a mí, en este momento estaría
muerto. Me han herido de muerte —confesó.
—Pero te hirieron en la pierna —comenté.
—No es el lugar, sino lo que contenía esas flechas.
»Fueron creadas por Hefesto y él es el único que sabe crear armas para
matar dioses.
Me incliné para acostarme un poco en su pecho y escuchar su corazón.
Quien sea que se haya atrevido a herirlo dio en la vena femoral, porque lo
escuché muy callado, casi como los de mis exparejas que nunca se
emocionaron por tenerme cerca.
—Voy a estar bien, esposa —dijo acariciándome la espalda. Levanté el
rostro para que viera cuan feliz me hace que me llame así.
Regresé a su pecho y tarareé su canción hasta dormitar.
—Vas a soñar conmigo —me dijo Morfeo mientras arrojaba un poco de
polvos dorados sobre mí.
Esta vez tuve un sueño hermoso, y Oizys no pudo entrar a él, aunque sentí
que quería hacerlo por órdenes de Zeus.
Sé que será una presencia que nunca desaparecerá de mi vida, pero ahora
estoy unida a Morfeo y él es quien me da fuerzas para contenerla en la
oscuridad, de donde nunca volverá a salir.
Morfeo ha logrado que pueda soñar.
EPÍLOGO
DAWN
He estado en Oneiroi por lo que creo ha sido un mes. He logrado medir un
poco el tiempo observando a Morfeo trabajar, y lo comparo con mi
concepción del pasar de las noches en mi antiguo hogar: la tierra.
He pensado mucho en mis seres queridos. He tratado de que sus recuerdos
me sigan siendo importantes para que no desaparezca esa parte de mi vida.
No todo lo que viví en la tierra fue malo y quiero recordarlo, porque siento
que si no lo hago perderé mi esencia de humana.
Llevó la sangre de Zeus y podría convertirme en él, tal y como sus hijos.
Mi humanidad lo mantiene a raya.
Mi vida en este reino ha sido tan mágico e irreal, como vivir un sueño.
Teniendo en cuenta que nunca estuvo en mis planes casarme a esta edad, y
mucho menos con un dios, al fin soy libre y puedo ser feliz con mi esposo.
Al ser una humana en proceso de convertirse en semidiosa, no tengo
responsabilidades que me mantengan ocupada como a mi esposo, que
siempre será un dios activo y muy importante.
Aún me sorprende que mi mundo dependa mucho de este reino.
Me pregunto si todos los dioses están tan ocupados como Morfeo. Creo
que han subestimado mucho a él y sus hermanos, porque ni siquiera Santa
Claus tienen tanto trabajo como ellos.
Él tiene que dar sueños a todo un planeta los trescientos sesenta y cinco
días. ¿Qué hace Zeus y su familia? Solo flojear y esperar que alguien se
acuerde que existen aún.
Incluso Hades tiene más trabajo que su hermano flojo.
Conforme pasaron los días y no hacía nada, pregunté a Morfeo si así iba a
ser toda mi inmortalidad en su reino. Pero él muy tranquilo y cariñoso me
dijo que mi nuevo destino estaba formándose aún.
Así que cuando él hace su trabajo, merodeo por el enorme palacio para
pensar en los cambios que me esperan y cómo seguir confrontándolos.
Hoy me he aventurado a salir del palacio sin la compañía de mi esposo.
No pienso en este lugar como mi cárcel ni en él como mi carcelero, solo creo
que ha llegado el momento de ser valiente y confiar en que aun afuera estoy a
salvo. Después de todo, no ha pasado nada. Aun con las visitas de Hermes
trayendo avisos de Zeus.
Fantaso ha comentado que es posible que quiera hacer las paces, pues mi
esposo no ha parado de dar sueños a los olímpicos desde la distancia.
Después de mucho tiempo sin soñar, ahora los dioses se confunden entre la
realidad y la fantasía.
Pero Morfeo ha asegurado una y otra vez que él no tiene nada que ver con
eso. E Iquelo nos ha recordado indignado su función como dios de las
pesadillas.
Tal vez es el karma trabajando.
Mientras caminaba con el vestido moviéndose a mi alrededor como suaves
olas, medité una vez más la situación.
Tal vez soy yo quien les está haciendo soñar de alguna manera. Tengo
sangre olímpica, y me he unido a un oneiroi que me ha alimentado con la
bebida de los dioses.
Mi poder de semidiosa ha despertado.
Llegué a la sala que he llamado comedor, porque es ahí en donde como
con Morfeo y sus hermanos y siempre hay comida disponible.
Por simple deducción, he pensado que Morfeo no tiene cocina ni
sirvientes. Al menos no del tipo que le hacen de comer o limpian su casa.
Espero que todo lo que he comido sea de materia porque entonces me he
alimentado de ilusiones y aire.
Tomé una manzana para ir comiendo en el camino a la puerta principal del
palacio. Me siento tan curiosa por saber qué hay más allá de donde me ha
llevado Morfeo.
Estaba por abrir la puerta, cuando me di cuenta de que no tenía picaporte.
La empujé, pero no se movió.
—¿Quién construyó esta maldita puerta? —farfullé mientras la tentaba
con la esperanza de encontrar algún dispositivo que me reconociera para
abrirla. Solo entonces sentí este lugar como una cárcel.
—¿Has intentado con «ábrete, Sésamo»? —sugirió Fantaso detrás de mí.
Creí que estaba bromeando, pero cuando volteé a verlo estaba tan serio que
supe que no estaba mintiendo.
—Ábrete, Sésamo —ordené a la puerta. Pero, tan pronto la toqué para ver
si me había obedecido, alguien apareció detrás de mi conteniendo la risa.
—¿Cuál es su deseo, mi ama? —preguntó Morfeo en medio de una
reverencia, aun con los destellos de polvo a su alrededor.
Reí entre dientes por la broma mal hecha que ambos me hicieron.
—Esa fue creativa —comentó Morfeo a su hermano.
—Sí, solo funciona con mortales —respondió Fantaso—. Iré a mi jardín si
me necesitan —avisó después para darnos privacidad.
Sus hermanos han aprendido a detectar las chispas de amor que siempre
hay entre Morfeo y yo cuando no nos vemos por un rato.
Morfeo se acercó a mi para tomar mi mano y ponerla en la puerta.
—Fantaso no estaba tan equivocado: visualiza en tu mente que la puerta se
abre —me dijo.
Lo hice, incluso cerré los ojos para imaginarme que estaba abriéndola sin
problema, dejando entrar la luz tan celestial del reino.
—No es necesario que cierres los ojos —me recomendó.
Al abrirlos, la imagen de mi mente pasó a la realidad; vi exactamente lo
mismo.
—Estás en el reino en donde ahora los sueños se hacen realidad, gracias a
ti. Aquí pesa más tus deseos profundos que las palabras —dijo, ofreciéndome
la mano para mostrarme de nuevo un poco más de su mundo.
Nunca me ha desilusionado este lugar, incluso lo encuentro más bello y
lleno de fantasía que el horrible Olimpo.
Me tomó de la mano para caminar en silencio, cuando en realidad nos
trasladó a un claro que no conocía. Fue como cruzar la puerta de un cuarto a
otro, con la diferencia de que siempre cambia radicalmente la vista.
Ahí me detuvo para voltearme y poder abrazarme por la cintura.
—Sueña, Dawn —me susurró al oído. Su sensual voz me estremeció casi
hasta el punto de un orgasmo.
Al principio no entendí lo que quería decir, pensé que tal vez quería que le
contara mis sueños con él. Hasta que recordé que me dijo que los sueños se
hacen realidad aquí; entonces, pensé en algo que he querido conocer toda mi
vida y que jamás podrá ser así porque no existe.
—En mi mundo sí existe —interrumpió Morfeo mi pensamiento. He
notado que últimamente ha podido hacerlo cuando hablo de sueños. Creo que
no puede evitar escuchar los sueños de los mortales, y yo aun lo soy. Sugirió
—: Suéñalo.
Suspiré profundo en lo que cerraba los ojos.
—Unicornio —dije en voz alta, visualizando el animal más hermoso que
puedo crear en mi mente.
Morfeo, aun abrazándome por la cintura, expidió divinidad. Volteé a verlo
a tiempo para presenciar los sueños acumulándose en su mirada hasta lograr
un matiz dorado.
—Fantaso… —murmuró, aunque no entendí lo último porque habló en un
idioma extraño.
Los polvos se desprendieron para hacer su habitual recorrido a sus manos,
las cuales estaban unidas con las mías. No se detuvieron y subieron por mis
brazos en un cosquilleo muy cálido. Algo me llevó a extender el brazo para
que saliera polvo dorado de mi mano. Se arremolinó no muy lejos de
nosotros hasta formar un unicornio dorado.
Era hermoso, pero seguía siendo irreal.
—Así como das vida a tus pesadillas, puedes dárselo a los sueños —
comentó.
Pero ¿cómo podía hacer tal cosa? Soy semidiosa de nada. Si llego a tener
algún poder, será quizás el de Zeus, que es destructivo.
—Vive el sueño, amor mío —aconsejó con sus labios pegados a mi oído.
Respiré profundo con los ojos cerrados, muy creyente de que el animal
existirá aquí porque así lo deseo.
Morfeo siguió abrazándome y susurrándome: Sueña.
De pronto, se escuchó el relinchado de un caballo alrededor del claro, en
un eco apresurado. Abrí los ojos a tiempo para ver el sonido uniéndose al
sueño del unicornio, quien cobró vida un segundo después.
Cuando Morfeo me liberó, volteé a verlo sonriente de que haya hecho
realidad mi sueño.
Aunque no podía creer que haya creado algo por mí misma. Bueno, el
poder me lo transmitió Morfeo, pero sigue siendo mi creación.
El animal relinchó y pateó la grama impaciente, como si me invitara a
acercarme. Su belleza salvaje me hizo avanzar a él despacio, pero al final fue
el unicornio quien acortó el espacio.
Me atreví a acariciarlo. Era hermoso, tan blanco y suave. Tenía un cuerno
dorado en la frente que al moverse soltaba un polvo brillante muy fino, y sus
ojos eran tan azules que me recordaron a mi esposo. Era tal y como lo
imaginé de niña. Y creo que mi impresión era igual de infantil.
Pero también era la ejemplificación de que dejé atrás un mundo que me
olvidará, junto con mi desolación que siempre estuvo oculta.
Dejé la realidad por un sueño.
Solo lamento que mis padres sufrirán mi desaparición y no sabrán que al
fin he destruido el castigo de un dios traicionero, y que soy muy feliz al fin
porque me siento curada y completa.
—Esposo —lo llamé en lo que dejaba ir a mi unicornio a explorar el lugar.
Morfeo sonrió, invitándome en silencio a seguir hablando.
Lo que estoy a punto de pedirle no es algo fácil, y es prohibido aun; pero
necesitaba que me complaciera para no tener ya ninguna duda de mi estancia
aquí.
—¿Podrías dejar en sus sueños el mensaje de que soy feliz, y que no lloren
mi ausencia porque aún pienso y sueño con ellos?
—¿A tus padres?
—Sí.
—Lo haré —aceptó sin cuestionar. Creo que aun éramos rebeldes.
—De ahora en adelante solo quiero los mejores sueños para ellos dos.
—Los tendrán siempre, esposa. Me encargaré de ello con detalle.
»Les dejaré ver un poco de la vida que tienes aquí —prometió acunando
mi mejilla para besarme con la devoción que sé será eterna.
Sonreí, porque eso era lo que quería que vieran: mi felicidad.
MORFEO
Fue muy difícil hacer realidad este sueño, pero no se lo hice notar. Ya han
pasado meses desde el ataque de Apolo y todavía estaba débil.
Aún no hemos averiguado qué usó Hefesto al crear esa arma para
Artemisa que puede hacer daño a los dioses. No he dejado de preguntarme
cada vez que veo la cicatriz si habrá sido encargada por Zeus en realidad para
destruirme.
Es por eso por lo que he perfeccionado con mis hermanos la seguridad del
reino.
Pero, al ver a Dawn con la criatura extraída de su imaginación, reconocí
que daré todo por ella.
Dawn es la mujer más fuerte que he conocido. Es alguien que se debe
respetar por el simple hecho de haber enfrentado a dioses. No he conocido a
mortal alguno que no se haya hincado y pedido clemencia por siquiera
mirarlos a los ojos. Pero ella no se sobajó a sus pies y los puso en su lugar.
Han sido días largos de recuperación, y, con la ayuda de mis hermanos, he
podido ir a la sala de los sueños a seguir con mi misión de llevar libertad a los
mortales. Ya que estoy enamorado de mi esposa, he sido un dios caritativo y
he compartido mi felicidad distribuyendo sueños buenos.
Conforme me acercaba a mi hermosa esposa, el campo empezó a florecer.
Me detuve al darme cuenta de que seguía creando un mundo renovado de
acuerdo con sus sueños.
—Tienes sueños hermosos —le comenté acariciando su cintura.
—Gracias por hacerlos realidad.
—Esposa, tú has hecho realidad el mío. He creado sueños para otros, pero
nunca me creí merecedor de tener uno.
»Tú me despertaste para soñar.
Dawn sonrío sonrojada.
Estaba por besarla cuando, yendo contra toda credibilidad, Hermes llegó
para darme un mensaje del Olimpo.
Zeus necesitaba dar una premonición a no sé quién. Aun cree que puede
obtener la abnegación de los mortales, por eso envía ahora premoniciones
con su firma marcada.
—No —respondió mi esposa con decisión. Y por sus gestos, sé que aún
tenía más que decir, pero se lo guardó.
Como era de esperarse, porque aún no daban el respeto a Dawn, ni
siquiera como hija de Zeus, Hermes me miró para recibir la respuesta de mí.
—Mi esposa ha hablado —dije a Hermes para que quede claro que no
volveremos a recibir órdenes de Zeus.
—Son ordenes…
—¡No! —le grité tan fuerte que se sobresaltó. Siempre he sido un dios que
ha acatado sus mensajes, los que tardíamente me doy cuenta de que en
realidad fueron ordenes de los olímpicos.
—Morfeo, no me hagas repetir esto frente a él. Sabes que se desquitará
con nosotros —pidió con voz tranquila.
Sonreí irónico porque no era mi problema si no tiene el valor de
enfrentarlo.
—Solo responde: «No se mata al mensajero» —sugirió Dawn.
—Mi esposa te ha dado tú respuesta.
Así le quedará claro que ya no estamos a su disposición y que tomaremos
nuestras propias decisiones. Y si hay que dar premoniciones, tendrán que ser
las mismas Moiras quienes vendrán a pedirnos que las transmitamos; porque
solo ante ellas responderemos.
Ni un solo olímpico volverá a usarnos.
Hermes no se marchó, incluso dio la apariencia de que aun esperaba una
respuesta. Entonces, llamé a los sueños hasta acumularlos en polvo en la
mano, y se los ofrecí a Hermes tras pedirle que extendiera la suya.
—Cuando estés presente a Zeus —le dije—, deja caer el polvo al suelo.
Cada grano le dirá la respuesta.
»Si arremete contra ti, di que no sabías de esto.
Hermes me miró boquiabierto. Lo comprendía, ya que estaba en medio de
dos dioses que no cederán a nada solo porque el otro así lo desea.
Miró de reojo a la criatura que soñó Dawn cuando relinchó como si le
pidiera que ya se retirara.
Lo hizo, pero de seguro muy molesto porque es posible que una vez más
tendrá que lidiar con la furia de Zeus.
—Zeus es un hipócrita, y espero que se enoje más con ese mensaje —me
comentó Dawn tomando mi mano, la cual llevé a mis labios para besarla.
Cuando esté recuperado por completo, sé que seré más fuerte con ella a mi
lado—. Aun así, estoy preocupada, Morfeo. Es un dios acostumbrado a hacer
lo que quiera, y, si se comporta como lo haría un humano, puedo decirte que
no nos dejará en paz.
—Atenea es la voz de la razón, sé que ella sabrá controlar su furia.
Me detuve para tomar a Dawn por la cintura y besarla con la candidez que
mostramos siempre fuera de nuestros aposentos. Pero fuimos interrumpidos
por el unicornio que huyó hacia el bosque. Nos dimos cuenta de que fue
Cerbero, quien lo espantó al llegar corriendo, buscando a Dawn.
No sabemos qué hace él aquí. Tal vez Hades aun cree que ella está en
peligro y por eso ha dejado que siga siendo su guardián.
He deseado ir al Inframundo a agradecerle por haberla apoyado cuando
enfrentó a Zeus por mí, al igual que Atenea, pero aun temo que mi ausencia
sea aprovechada por los partidarios de Zeus.
Espero con ansiedad el día en que Dawn termine su transición, porque
entonces será parte de mi reino y será aún más intocable. A menos que quien
se atreva atentar contra ella otra vez desee la destrucción del reino mortal.
Por ahora, Dawn sigue alimentándose de mí y de ambrosía, aunque ella
cree que es comida real. Es por eso por lo que mi recuperación no ha sido
más rápida. Porque, así como he entregado mi amor a ella, estoy alimentando
su lado divino cediendo parte de mi esencia.
Dawn será inmortal, lo quiera o no el Olimpo.
Cerbero recibió su caricia y fue tan placentero para él, que se deslizó hasta
la grama, después admiró el paseo que retomamos por el lugar.
Cuando volteé a verlo para revisar si ya se había marchado, vi que recostó
la cabeza para dormir una siesta bajo la calidez de Oneiroi.
—Hoy quisiera llevarte a las cascadas de… —callé cuando se escuchó un
trueno, cuya intención era entristecer nuestro día.
Zeus acababa de recibir nuestra respuesta.
—¿El abuelo no sabe otra manera de mostrar su enojo? —cuestionó
Dawn, apretando mi mano.
Aun me daba gracia la forma en que se expresaba de Zeus. Siento que es
su manera de aceptar que lleva su sangre, la que le permite estar conmigo en
mi reino. De lo malo, encontró algo bueno.
Casi enseguida, Cerbero se paró para mirar a la nada, como si hubiese
visto una pesadilla que estaba a punto de romper el sueño hermoso para
torturar con la miseria de Oizys.
Sin embargo, segundos después, sentí el poder de un dios olímpico, lo que
me llevó a ponerme en alerta para atacar, si era necesario.
Hades apareció detrás de una neblina oscura.
—¡Necesito tu ayuda! —pidió Hades mientras caminaba apresurado hacia
nosotros.
Miré a Dawn para que estuviera lista para salir corriendo de aquí. Pero
Hades llegó a una distancia prudente en donde pude verlo con más claridad.
Jamás olvidaré su rostro porque vi por primera vez desesperación, del mismo
nivel que tuve cuando Zeus se llevó a Dawn y tuvieron que detenerme para
no destruir el Olimpo por ella.
¿Qué le ha pasado para acudir a mí?
—Ve con él —dijo Dawn, tomando mi mano para sacarme de la
disyuntiva.
Su sonrisa tímida fue la que me dio la confianza para dejarla en Oneiroi.
Hades ha pedido mi ayuda, no la ha demandado. Sé que él solo se
mostraría débil si algo malo ha sucedido fuera de mi reino.
Tenía que ayudarlo.
AGRADECIMIENTOS
Este año Morfeo ha sido un dios que me ha ayudado en lo personal. Me ha
recordado que los sueños pueden hacerse realidad si uno lucha por ellos.
Habrá pesadillas en el camino, pero será para apreciar mucho más el sueño
cumplido.
Quiero agradecer a mis padres y hermano. Hemos tenido un par de años
muy difíciles, que han fortalecido más a nuestra familia, pero sé que
seguiremos siendo fuertes estando unidos. He soñado y ustedes me han
ayudado a que siga siendo realidad. Los quiero muchísimo.
A Elisabet Moreno. Eres una amiga que se ha convertido en mi
superheroína. Siempre me rescatas en esos momentos en que ya no distingo
errores. Gracias por ser mi amiga y por darme tu apoyo.
A Bélgica Cortes Jiménez. Eres una gran amiga que espero sonría
siempre. Estoy muy agradecida de contar con tu amistad y tus consejos. En
especial, gracias por ayudarme con la sinopsis, nuestro gran talón de Aquiles.
Gracias.
A Fanny Musa. Te agradezco que me hayas invitado a participar en la
«Antología del Olimpo» porque del relato de Morfeo nació una aventura que
he disfrutado mucho. Gracias por ayudarme a llegar a él.
Y, por favor, no me mates por cómo es Apolo. Te juro que aun amo al
tuyo.
A las administradoras de «El Olimpo entre libros». Cada una de ustedes ha
ayudado a que las autoras indies lleguemos a más lectores. Gracias por su
amor a lectura y el entusiasmo que ponen día a día en sus redes y blog.
A mis lectoras de mi grupo de Facebook (Detrás de la música). Gracias
por apoyarme en estos meses tan difíciles, que me han alejado de ustedes.
Siguen siendo parte del sueño de ser escritora.
A ti, mi querido lector, solo puedo desearte que tus sueños se hagan
realidad siempre. Sigue leyendo y soñando.
¡Gracias todos!
TÍTULOS DISPONIBLES
Trilogía El Despertar
El Despertar
El Renacimiento
La Restauración
Bilogía El Recolector
Fuera de la vida
Revelaciones
Encuéntrame
Espérame
Recuérdame
Conóceme
Novelas cortas
Venganza (Witching Hour 1)
Christmas Lights
Relatos largos
La llamada
Morfeo (Antología del Olimpo)
Relatos cortos
(Disponibles en mi sitio web)
Arrullo de Salem
El regalo del universo
Encontrado por una estrella
Aurora boreal
Espejo oscuro
Árbol llorón
El milagro
El cuarto
11:11
EN LÍNEA
Suscríbete a mi newsletter para recibir información, promociones y más.
Sitio oficial
[Link]
Twitter
[Link]
Facebook
[Link]
Instagram
[Link]
Goodreads
[Link]
[1]
N. del E. Estancia en donde se relajan los dioses.
[2]
N. del E. Sofás. Tenían una cabecera que podía usarse como respaldo mientras estaba sentado, y
estaban elegantemente tapizados. Podían estar hechos completamente de madera, pero a menudo tenían
patas de bronce fundidas en estilos animales. Fuente: Wikipedia.
[3]
N. de la E. Personificación del tiempo. Era el dios de las edades y del zodiaco. No debe
confundirse con Crono, padre de Zeus, Hades y Poseidón.
[4]
N. del E. Dios encargado de los sueños en los que aparecen elementos inanimados de la
naturaleza, tales como rocas, agua o árboles
[5]
N. de la E. Crono fue el dios que gobernó durante la edad dorada, hasta que fue derrocado por su
propio hijo Zeus y encerrado en el Tártaro. A veces se confunde con Chronos, personificación del
tiempo y dios de las edades y del zodiaco.
[6]
Los Anemoi eran dioses del viento, que se correspondían con los puntos cardinales desde los que
venían sus respectivos vientos. A veces eran representados como simples ráfagas de viento.
[7]
Trad. Español. «Señor Sandman, deme un sueño. Hazlo el más lindo que he visto en mi vida».