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La vida y el miedo en la carretera

El documento presenta una historia sobre una familia que se dirige a una fiesta en un pueblo lejano. Mientras conducen por una carretera serpenteante en medio de una densa neblina, creen ver a su madre muerta parada en el camino. Esto causa pánico entre los pasajeros. El conductor pierde el control del vehículo al tratar de esquivar a la figura y chocan, resultando en la muerte de varios miembros de la familia. La historia sugiere que fuerzas sobrenaturales pueden estar involuc
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La vida y el miedo en la carretera

El documento presenta una historia sobre una familia que se dirige a una fiesta en un pueblo lejano. Mientras conducen por una carretera serpenteante en medio de una densa neblina, creen ver a su madre muerta parada en el camino. Esto causa pánico entre los pasajeros. El conductor pierde el control del vehículo al tratar de esquivar a la figura y chocan, resultando en la muerte de varios miembros de la familia. La historia sugiere que fuerzas sobrenaturales pueden estar involuc
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La Casa

Capítulo primero

La vida es como una película: si el final es feliz, algo falta pero no sabemos qué es; y si es
triste, falta que sea un final feliz. La vida corre como filme de película, las vidas pasan como
las líneas en la carretera, así de rápido, así como se acaba una, comienza otra; y muy pocas
llegan a ser continuas, una vida que marque la de miles, una que cambie el curso del camino.
Hay muchos tipos de vida, pero no todas las vidas se ven influenciadas solo por vidas, porque
en el camino no hay líneas únicamente: también hay espacios muertos, espacios sin línea, ni
luz ni color, carreteras perdidas en el salvajismo de la ciencia, carreteras que no llevan a
ningún lugar porque fueron construidas por nadie, no fueron construidas ni siquiera. Esas son
las vidas que preocupan más, esas carreteras que nadie quiso, que tememos, que respetamos;
porque son carreteras desconocidas que preferimos llenar de conceptos vagos y sin sentido
preciso, sin sentido alguno. Una carretera fantasma, una carretera inexistente; eso no existe,
eso no puede ser, Dios es la razón y respuesta, causa y consecuencia. Así fue, así es y así
será: Dios ayer, Dios hoy y Dios mañana. Pero incluso Dios se olvida de algunas cosas, de la
misma manera que el rico olvida la necesidad; Dios se olvida del mortal porque vive en un
lecho por el que ha trabajado más de una vida. Hoy no es importante vivir, lo importante es
cómo vivir.

Y así de fugaz es la mirada de una cámara, un montón de colores reflejados en las superficies
de los objetos, ese es el color, lo que el objeto no absorbe de la luz: lo que sobra, el restante,
lo que nadie quiere. La vida llega a ser así: parpadeante como el reflejo en la superficie negra.

–Ya se adelantaron mucho… ¿No se supone que el salón de fiestas ya estaría por aquí?

–Pues ni idea… ¿Qué no tienes el croquis? A lo mejor nos podemos orientar si le damos una
ojeada.

– ¿Teníamos dos? Pensé que el único lo tenía nuestro papá.

–Sí, somos muchos en la familia como para darnos tantas invitaciones en un solo sobre. Ha
de estar en la guantera, le dije a Diego que la pusiera ahí… ¿O fue a ti, Germán?
–Fue a él, a mí no me dijiste nada. –Contesta el preadolecente Germán, gemelo de Diego.
Gemelos físicamente, porque como todos los demás, su forma de pensar es muy distinta:
mientras uno quiere ser escritor, el otro quiere estudiar física. Sin embargo, siempre han
tenido esta unión; como hermanos pelean y se insultan, aunque siempre unidos, siempre sabe
uno lo que piensa el otro, sabe cuándo llegó a la casa sin siquiera esperar a que toque el
timbre, saben cuándo el otro está satisfecho, enojado, triste; incluso con quién. Es como si
la bolsa que los vio nacer estuviera ahora en una especie de hilo que se une en sus ombligos,
luego va al corazón y al cerebro: piensan y sienten el uno por el otro…

– ¿Qué no se supone que el salón de fiestas estaría por aquí? Creo que ya hemos avanzado
bastante y no hemos visto nada… además, esa casa ni siquiera estaba en el croquis. Esteban,
creo que deberíamos esperar a nuestros hijos.

–Tranquila, no van a poner todo en el croquis; sería mucho poner las rocas y demás. Además,
Julio sabe manejar muy bien, mejor que yo, creo. Sigamos, el salón no ha de estar muy lejos.

–No sé por qué habrán decidido hacer la fiesta tan lejos, es decir, dentro de la ciudad hubiera
estado perfecto. Venir a un pueblo lejano… y ni forma de decirles que no, se ofenderían y
nos dejarían de hablar.

–No creo, Valeria, nuestra familia es demasiado unida a la suya como para una tontería como
una fiesta nos separe para siempre.

–Pero el dinero, Esteban, se vienen tiempos muy difíciles y no podemos estar haciendo este
tipo de gastos.

–Una vez al año, no hace daño. –comenta el conductor al mismo tiempo que observa, con sus
barbas negras y ojos azules, por el retrovisor, a su hijo, Diego. – ¿Y ahora tú?, vienes muy
callado. ¿Por qué no te quisiste ir con tus hermanos?

–No sé. –El escritor ha hablado.

–Vaya, que eres un hombre de muchas palabras. Niño, pues.

–No soy un niño.


–Perdone, su majestad. –Diego sonríe al igual que su madre. Ambos tienen la misma sonrisa,
aunque él tiene el mentón un poco pronunciado y la profundidad de los ojos de su padre,
aunque el color de los de ella. Los gemelos fueron la mezcla perfecta de ambos padres.

– ¿Cuánto falta? Se supone que el salón de fiestas estaba cerca del pueblillo este… y ya nos
tardamos un bueeeeen.

–Según yo, falta poco. No te desesperes hijo… duerme si quieres, la noche va a ser larga. –
Le dice su madre comprensivamente. Diego atiende a lo que le dicen: cierra los ojos y se deja
ir en un océano de oscuridad y descanso que rápidamente se convierte en una visión: de
observar colores que danzan en la oscuridad, morados brillantes, amarillos como las estrellas,
algunos rojos como rosas silvestres, incluso azules titilantes; pasa a ver a su hermana, quien
parece estar aterrada en sus brazos, en los brazos de su hermano de doce años. Todo es
confuso y borroso, no entiende lo que pasa, es como un sueño que no quiere ser soñado, como
si algo más tratara de bloquearlo; sin embargo el amor es mucho más grande y logra entablar
la conexión. Eva llora sin control y él casi quiere hacerlo, la desesperación es tal que siente
que quiere gritar y lanzarse fuera del auto como si eso fuera a solucionar el problema. Afuera
no ve nada, las ventanas se empañaron de repente, hay una neblina lúgubre que cubre la
carretera serpenteante y más allá de unos cuantos metros resulta imposible divisar alguna
figura o desfiguro. Se siente cansado, atiborrado de marañas en la cabeza, y un miedo que no
puede ser descrito…

– ¡Qué fue eso, Julio! ¿La viste? Dime que sí, que no estoy loca, había una mujer en la
carretera. ¡Era mamá, Julio! Nuestra madre vestida de blanco. ¿La viste? ¡Dime que la viste!

– ¡Julia, por el amor de Dios! Ya asustaste a Eva. ¡Tranquila! ¡Eva, niña, tranquila, no pasa
nada! Estamos bien, estaremos bien, no pasa nada. –No es cierto y él lo sabe. Diego transpira,
observa a su alrededor; extrañamente sabe que la neblina salió de la nada, surgió como surge
el conocimiento, de esas veces que conocemos a alguien y al escuchar su nombre ya lo
sospechábamos. Esa neblina es densa como si apretáramos los ojos: es pesada, fría y maligna,
te hace sentir intranquilo; como si algo la provocara, como si ese algo quisiera hacerte sentir
así, pues ese algo se alimenta de los sentimientos negativos de uno mismo, del miedo, del
horror. Diego se pregunta cómo es posible que esté ahí con sus hermanos cuando en realidad
va con su padre y su madre.

–Pudo haber sido cualquier cosa, ¿okay?, hay mucha neblina, pudimos haber imaginado la
forma, alguna figura, no hay por qué asustarse. Pasaremos, llegaremos al salón de fiestas y
ahí nos tranquilizaremos. Estaremos bien, tranquilícense, hagan como Germán: no pasa nada.
– “Yo no soy Germán” piensa Diego, quiso haberlo dicho, hablar con su hermano mayor pero
su voz está ahogada en un nudo irrompible, siente sus propias lágrimas corriendo en sus
mejillas, sabe que sus ojos están rojos, porque siempre se le ponen los ojos rojos; no como a
Germán, por nada se le irritan los ojos. Abraza fuertemente a su hermanita, quien tiembla
desesperadamente.

–Julio… Julio… ¿Ya mero llegamos? –Por fin logra hablar: su voz tiembla, sube y baja como
montaña rusa, sube y baja como un juego de niños.

–Sí, Germán, no te preocupes. ¿Cómo está Eva, está bien?

–Sí… –Se enjuga las lágrimas con su mano. Escucha el leve llanto de la niña. Un grito
desgarrador invade el auto: Julia se destroza la garganta en una nota casi inalcanzable, ni
María Callas hubiera logrado hazaña como esa. Germán también grita, no tan alto, pero sí lo
hace. Eva ahoga su llanto en el pecho de su hermano.

– ¡Dios mío! –Inconfundible, sin lugar a dudas, más claro que el agua que bebemos, más
obvia que el diez y la felicitación en el examen: una mujer con un parecido casi mortal al de
su madre; Valeria está de pie en la carretera, a un lado, observando con una mirada congelada,
con unos ojos vidriosos, el cabello ralo y seco como un trapeador en desuso, vestida de un
blanco impecable pero con lágrimas de sangre corriendo por sus pómulos estirados y
ahogados en una delgadez cadavérica. Diego cierra los ojos por un momento pues siente que
esa cosa lo ve pasar, lo observa desde el más allá, desde la muerte prematura y la obsesión,
la puta obsesión. Julia llora sin control. Julio acelera. Los llantos se conjuntan en un solo
dolor.

– ¡Era Valeria!
– ¡No, mujer! ¡No era nuestra madre! ¡Madre está con nuestro padre y con Diego, ellos están
en el otro auto! ¡Ahora cierra el puto hocico! –Julio es así, se exaspera con facilidad ante la
presión y no dice groserías con el afán de ofender, simplemente para sacar eso que siente
muy dentro.

– ¡Era la misma mujer, Julio! ¡¿Estamos dando vueltas en círculos o qué?!

–No, vamos recto. –La velocidad del auto aumenta. Diego llora sin control.

–Germán, tranquilo hermanito. Eva, ¡Eva!, no pasa nada. Estamos bien, estaremos bien. –Un
grito aún más alto destruye los tímpanos de los otros tres que van en el auto. Un rechinido
seco y el humo de las llantas quemándose contra el pavimento invaden la atmósfera con un
olor de quemazón. La mujer ahora está en medio de la carretera y Julio, por tratar de no
golpearla, frena violentamente y gira a la derecha. Hay un poste de cemento, una casa con la
puerta abierta y neblina saliendo de la misma. El metal se achicharra en un abrir y cerrar de
ojos, los vidrios se estrellan y rompen de la misma manera que las estrellas en el cielo. Un
estruendo casi de relámpago cubre el ambiente junto con la neblina. Germán y Eva salen
volando hacia el parabrisas, lo rompen: mientras Eva vuela por los aires y cae contra el suelo
frío que parece acolchonado por la neblina; Germán se rompe como muñeco de trapo contra
el poste. Los dos mayores tampoco sobreviven al impacto. La sangre vuela de la misma
manera que la paloma mensajera…

Diego despierta sobresaltado, sudando frío, asustado y llorando. Palpa su cuerpo, se toca el
rostro, vive, respira: sintió el golpe, sintió cómo destruía el parabrisas y luego su rostro contra
el poste, un golpe seco, huesos rotos; pero miedo nada comparado con el miedo. La Casa
daba miedo, la neblina, la luz. Vidrios en su rostro, sus ojos explotaron, su nariz se cayó y su
columna vertebral se hizo un diminuto sándwich. Casi cae del asiento del auto. Siente como
esas veces que nos vamos quedando dormidos y caemos de la cama a una velocidad
inhumana. Su respiración está entrecortada, no puede jalar aire; se retuerce pues el dolor
intenso no es propio. Jala una bocanada de aire y siente el frío de su cuerpo, el sudor, su ropa
mojada, su melena pegada al cuero cabelludo y el auto detenido; pero no destrozado. Busca
a todos lados a sus padres, pues a pesar de ir creciendo, aún entrando a la adolescencia
necesitamos de esos seres que nos dan todo. No están. Unas luces de colores invaden el lugar,
se reflejan a través de los cristales templados; el frío es penetrante. Diego, todavía llorando,
observa a todos lados: el tránsito es lento como una procesión. Así avanzan los autos: cada
uno con una cruz, las rodillas deshechas, los motores silenciosos y la neblina amamantando
el dolor y el silencio. Se mueve contra su propia voluntad, el sonido comienza a esclarecerse
pues el grito de su hermana en verdad fue ensordecedor. Luces azules y rojas son las que
vienen y van, de las bocinas sale una melodía que él conoce, una de las favoritas de su
hermano y que él siempre odió. “¡Oh! Soledad, dime si algún día habrá…”. Con dolor en su
cuerpo y sabiendo que no debería conocer lo que está a punto de ver, como si el ser le dijera
y señalara que solo hay dolor en el conocimiento de la situación; observa la razón del tránsito.
Un auto deshecho contra un poste. Diego nunca imaginó que fuera posible que un auto se
doblara de tal manera que ahora la cajuela está donde el motor; un auto de color conocido,
ese auto que Julio tanto le presumió cuando por fin logró comprar y que él le hacía tanta
burla. “Tu carcacha, Julio”. Ambulancias y policías, dos figuras en la banqueta hincadas
sobre el suelo, una abrazando a la otra, una llorando en el hombro de la otra, ambas
desahogándose, ambas sufriendo, ambas sin corazón ya. Conocidas figuras. Su corazón se
empequeñece, sus ojos se irritan, las lágrimas vuelven a salir y la nariz se le tapa, la música
deja de sonar, su cabeza se llena de un humo negro que no le deja pensar, su cuerpo tiembla
y su boca se tuerce en un arco. Baja del auto sin querer bajar, succiona el aire que puede por
la nariz, llora, tiembla. Siente que desfallece pero aguanta, camina, tiene que ver esto, tiene
que… y la ve doblada de forma inhumana, con un brazo roto y una fractura expuesta en la
cintura, con la mirada perdida y el vestido blanco bañado en sangre coagulada y ennegrecida,
con el cabello enmarañado y su carita aún reluciente. Observa a Eva que no respira. Él siente
lo mismo, siente que deja de respirar. Sus dos hermanos mayores ahora yacen en una tumba
metálica, llenos de astillas y sin vitalidad ya. Él mismo con el rostro deformado y el cuerpo
tan roto como el licuado de las mañanas, tan deshecho e irreconocible: él ya no es él; Germán
ya no lo va a molestar ni a decir lo que piensa, ya no tiene a su otro yo, ya no son equipo.
Diego comienza a llorar más fuerte, desesperado se deja caer al suelo y se queda en posición
fetal aferrado aún a la vida, con un pesar tan fuerte que no se compara con los golpes que
recibe en taekwondo, ni siquiera esa vez que le rompieron la nariz. Llora, grita, se desahoga,
se duele, el suplicio resulta demoníaco; y es ese desgarro que siente por dentro el que llama
la atención de sus padres que corren hacia él en un mar de lágrimas, siente cómo lo levanta
su padre y lo abraza; luego su madre también y ahí se quedan, ahí lloran, ahí sufren ahora. Y
La Casa, La Casa los observa.

Tumbas, cuatro tumbas. El cielo aún brilla azul allá arriba, a donde los sueños van a perecer.
Tumbas de madera. No una, no dos, ni tres: cuatro, cuatro malditas tumbas; piensa Diego.
¿Qué le vamos a hacer? Si ya muertos no pueden regresar, no son Jesús para resucitar al
tercer día, y aún así, solo despertarían a morir una vez más encerrados varios metros bajo
tierra, sin aire ni agua, en la oscuridad total. Pero no lo necesitan, ya no porque murieron,
murieron de la misma forma que el sueño cumplido muere, porque cuando se cumple deja de
ser sueño; así murieron: en el alba, en el ya mero, justo cuando apenas corría la sangre vieja
en sus cuerpos nuevos. Y ahora quién lo va a molestar, quién les dará el beso de buenas
noches siempre con una sonrisa en el rostro angelical y de dientes chuecos. Todos están ahí:
desde la tía Rosita que no tiene nada de “ita” porque es más un mastodonte, el tío Juan que
siempre se jactó de jugar bien a las cartas aunque siempre perdía, la tía Clara que es más
negra la ceniza del cigarro extinguido, esos que el tío Bernardo siempre se echa para apagar
sus pulmones en un vicio estúpido y sin sentido. Lo único bueno es que esto no es como las
películas donde siempre hay una lluvia casi torrencial en el entierro, todos de negro con sus
paraguas descoloridos, todos más muertos que los cadáveres que pronto se unirán a la tierra.
Pero qué más se puede sentir cuando un ser querido se va para regresar de otra forma que no
sabremos que es él. Siempre oscuro aunque el sol aún brille y la luna sea una pequeña estampa
perdida en la cajuela del auto. Ya la familia se redujo y con ello su vitalidad… al parecer.
Algo susurra en la mente de Diego, aún niño, le susurra de la misma forma que el pervertido
invita un dulce a cambio de un favor: ¿por qué no fui yo? Germán era el vital aquí, el vivo,
el popular y el que siempre sonreía; incluso cuando lloraba parecía sonreír. Cinta negra ya,
cuando en el mismo tiempo Diego apenas pudo ser azul. Y ella, la escritora, la periodista, la
que siempre tecleaba a altas horas de la noche y siempre tenía algo que decir a sus padres;
esa mujer que ya estaba casi comprometida. Mujer. Y él, deportista siempre, sano y saludable
como la lechuga pero fuerte como el vodka; de aquí para allá, animando y corriendo, nunca
cansado, siempre en el juego. Y al final Eva, la niña que de todo se reía y que tenía un juego
muy simple con toda su familia: preguntar al aire y contestar con golpes, uno para sí, dos
para no, tres para que fueras con ella. Solía despertarse en las noches, con miedo, y golpeaba
todo lo que encontraba hasta que llegaran con ella; le funcionaba muy bien, más que nada
con su madre. Ahora el niño entre los adultos, primos y familiares; pero solo, ahora solo.

¿Y Dios? Bueno, Dios es la respuesta a lo que sucedió.

Capítulo segundo

“Y la puta crisis a nadie pegó tanto como a nosotros, siempre tenemos esta puta suerte.” Así
piensan los malhablados, y Diego, quien va junto con su padre rumbo a la escuela. Ya en la
preparatoria, años han pasado para volver a retomar el rumbo normal de las cosas. Silencio,
siempre en silencio, con la música a todo volumen y la mirada perdida en la gente y en los
autos que pasan de la misma forma que aquella procesión. Ya no recuerda nada más que
aquella luna, “la puta noche”. Baja del auto y muestra la credencial para entrar a la escuela,
a la que bien podría llegar en camión, pero prefiere aprovechar cuando su padre puede dejarlo
aunque sea cerca. Camina por las aulas preparatorianas hasta llegar a su salón, que es el del
fondo en el piso de arriba. Entra y deja sus cosas en su lugar. Como por arte de magia llega
su amigo, con quien ha establecido una relación sobrenatural, casi como a falta de un
hermano llegara otro. Sale y lo espera, se saludan con un apretón de manos y, como todas las
mañanas, él saca un cigarro, cala el humo y suelta lo bueno de él para dejar dentro el daño
del vicio.

– ¿Quieres? –Diego acepta sin hablar, solo toma el cigarro y siente ese sabor que mata la
lengua y raspa la garganta de la misma forma que rasparía el cristal pulverizado. – ¿Cómo
estás?

–Bien. –Respuestas cortas, digna de un superexponente de la introversión.

–Siempre estás bien.

–Soy un fregón, qué esperabas. –Rodrigo López sonríe.

–Bájale… ¡Aguas!, ahí viene la “Chuvis”. –Diego voltea hacia la Chuvis: una mujer que es
dos en una; tan grande es. El gemelo sin gemelo sonríe y voltea a su amigo, que es más alto
que él.

–No seas payaso, déjala en paz.


–Si ella dejara de venir a mí me dejaría en paz, entonces yo la dejaría en paz. –Ambos ríen,
una sonrisa de compromiso, pero en realidad genuina.

–No ya, en serio, cómo van las cosas en tu casa. –Diego suelta el humo en medio de una
mueca agarrotada y le regresa el cigarro a su amigo.

–Pues, con problemas, los de siempre. Mi papá tomó la decisión de irnos de ahí, de la casa
de Las Lauras… para ahorrarnos lo de la renta, ¿sabes? Creo que sería lo mejor, el pedo aquí
es a dónde nos vamos a ir. No tengo ni idea aún, y no sé si en verdad lograremos ahorrar lo
que él quiere; pero equis, por mí no hay problema.

–Oh, okay… ¿y tú? ¿Qué onda?

–Bien, lo de siempre… sin problemas.

–Mamón. –Ambos sonríen. Llega Fernanda Salazar, una chava que se junta con ellos. Guapa,
pero no del tipo de ninguno; y en realidad, ella tampoco cree que alguno de ellos sea su tipo.

–Hola. –Saluda de beso a los dos.

– ¿Hicieron la tarea?

– ¡Ash, Fernanda! Acabas de llegar y luego luego de nerda.

– ¡Cállate, loco! –Diego sonríe, pero duda.

– ¿Qué tarea?

– ¡Pinche Diego! –Ríe su amigo.

–Las preguntas que dejó la obesa… las de biología.

– ¡Ah!... No las hice.

–Ay, Diego.

–Relaja la raja, ahorita las hago.

Pero hay alguien que no puede relajar la raja, en palabras de su hijo, pues las notificaciones
han sido tantas que ya solo conoce los números rojos, los negativos; los negros ya ni los
quiere ver porque son como una fantasía mal planeada. Esteban llega a su casa y ve las citas
que tiene para hoy: un horno de microondas, un refrigerador y una lavadora; no tiene citas
con esos objetos, los irá a reparar. Valeria está en la cocina haciendo algo de comer. Él camina
silenciosamente observando el leve desarreglo general de su hogar, suciedad que no es lo
suficiente para denotar a una familia inmoral; solo un poco desorganizada. Ella está
preparando el almuerzo a su marido, porque sabe que regresará a comer en la tarde, y que
luego irá a la oficina. Él observa su cabello ondulado, castaño como el roble maduro y muy
delgado. Su cuerpo de madre se nota, pero no es gorda, se ha mantenido casi por obra divina.
Ella se percata de su esposo y lo voltea a ver: canoso, con barba recortada y ojos profundos
y azules como el mar que nunca ha visto en su vida.

–Esteban… cuando llegues dímelo, me asustas si me observas así.

–Perdón.

–Ya preparé tu comida.

–Okay. –Hay un momento de silencio entre ambos, un hilo tenso que se romperá en cualquier
momento con una simple palabra de alguno de ellos.

– ¿Has tenido suerte en tu búsqueda?

–Hasta ahora la única suerte que he tenido ha sido la de no tener suerte, si es posible algo
como eso.

–Ya no podemos seguir así, van a ser dos años desde que no comemos otra cosa que no sea
arroz y tortillas… digo, no es malo, tenemos qué comer pero… pero tu hijo entrará a la
universidad y ahí los gastos serán mayores.

–Ya sé. –Se acerca a ella lentamente hasta tomarla de las manos. –Me dijo Gustavo que me
iba a dar una oferta, conseguir… conoce a alguien al parecer, que está desesperado por vender
una casa. Igual de desesperados que nosotros para encontrar otra. –Valeria sonríe.

–Sí, pero recuerda que no vamos a darnos lujos, vamos a vivir ahí para tener un poco más de
dinero.
–Ya sé. Gus me dijo que sería algo barato, más de lo que yo esperaba… no desesperes, mi
vida, que esto solo es temporal.

–Ya sé… siempre es temporal. –El hilo de tensión vuelve a aparecer entre ellos dos. –La ropa
de tu hijo otra vez olía a cigarro. Debes decirle algo, eres el padre. –Esteban hace una mueca
de descomprensión.

–Está aprendiendo, no podemos controlarlo toda la vida.

–Apenas tiene quince años. –Ambos se miran a los ojos en una lucha por ver quién ganará la
lucha hablada sin hablar. Todos sabemos la respuesta a esa duda. –Está bien, hablaré con él,
aunque no prometo nada, ni resultados ni nada… Es muy independiente, ya lo sabes.

–Independiente no, solitario tal vez.

–Independiente. –insiste él.

–Ya sabes lo que pienso.

–Ya sé, pero ahorita no puedo hacer nada. Si dejo ir trabajos nos quedaremos sin comer, y
eso es lo fundamental ahora. Llegarán nuevos tiempos, tiempos mejores, podremos pasar más
tiempo en familia… lo prometo.

–No prometas algo que no está en tus manos. –Esteban desvía la mirada hacia la salida. –Lo
siento… es que creo que esto es una llamada de atención, nada más… me siento sola aquí.

–Yo también. –Un piano imaginario toca en la mente del lector, pues esa es la melodía que
más cabe en esta situación: melancolía. –Pero no podemos detenernos por estar solos, al niño
le irá bien, ya verás, es solo cuestión de tiempo. –Valeria sonríe desganadamente porque
siempre es cuestión de tiempo, el tiempo salva todo, el tiempo corrige caminos desviados y
desvía los que ya tienen un rumbo fijo, cura heridas y abre otras, desgracia a la gente y
engrandece a otras, te muestra cositas y te quita montones; el tiempo a veces actúa como un
mero malhechor. Aunque ella también sabe que es bueno, porque sin esa cicatriz ¿cómo
puede ser que alguien progrese? Aunque duela, aunque no se quiera, aunque la situación sea
forzada por otra persona, aunque nos tomemos las cosas tan enserio; y con el pasar del tiempo
sonreímos, aunque estemos más jodidos que ayer.
En su auto, con la voz mexicana a un nivel considerado, Esteban maneja hacia su oficina.
Fue un día de trabajo arduo, pero eso no quiere decir que ya se haya terminado: ahora viene
la parte tediosa. Trabaja en un “call center” de productos milagro, donde recibe llamadas
estúpidas de “¿cómo enciendo esto?” “¡La pulsera milagrosa no me ha hecho perder veinte
kilos de grasa y palomitas!” “Me siguen doliendo las rodillas” y otras más. Sin embargo, ahí
ha podido conocer gente maravillosa, incluso muy inteligente, a pesar de que los productos
maravilla en realidad te secan el cerebro al primer infomercial que ves.

– ¡Esteban! ¿Cómo andamos?

–Cansado, pero bien, mi buen; ¿qué pasó?

–Ya se te olvidó. –Esteban se quita la diadema que tiene el micrófono con el que atiende las
llamadas y voltea a su amigo. Sí, ya se le olvidó. –Hoy quedé con el sujeto este, el de La
Casa… recuerdas que íbamos a ir a ver La Casa, ¿verdad? Hasta Rosy nos dio permiso. –
Rosy es la jefa de ambos, se llama Rocío, pero es buena mujer y deja que le digan así de
cariño; sin perder nunca el respeto, claro está. A Esteban le cae el veinte: dos horas después
de la comida para ir a ver ese detalle, nada más le tienen que avisar a ella que ya se van.

Ya en el auto.

– ¿Y por qué a fuerza entre semana? ¿No pudo esperar al finde? –le pregunta Carrasco al
gordinflón de su amigo.

–Porque el hombre trabaja fuera y no quería venir los findes… no entiendo por qué si él
también perderá horas de trabajo, pero qué más da, el chiste es que quedamos hoy.

– ¿Y qué tan barata la da?

–No te puedo decir con toda seguridad, pero sí te digo que la da barata, en serio, por eso no
te preocupes. Digo, no sé si tengas la posibilidad de pagar eso, pero creo que sí podrás. Si
no, ya sabes, puedes pedirme ayuda, no te la negaré ni mucho menos.

–No quiero endeudarme por ahora, tengo unos ahorritos, pero no sé si sean suficientes.
–No demos importancia a las cosas que aún no han sucedido, vamos a verla. Nada pierdes,
nada pierdo. Todos salimos ganando. –Tiene razón. Luego de pasar por un enorme edificio
blanco con ventanas polarizadas, muros agrietados, con un jardín para basquetbol y un
montón de gente sin rumbo y en bata blanca; el rumbo le resulta familiar, pues es el mismo
que tomaron cuando iban a la fiesta que resultó en tragedia. No logra reconocerlo porque las
cosas han cambiado mucho: hay casas, muchas casas de diferentes colores y tamaños, con
jardines mal regados, plantas moribundas, helechos amarillentos, espinas escabrosas y uno
que otro perro callejero. No se ve tan mal, pero tampoco se ve tan bien.

–Ha crecido mucho la ciudad.

–Demasiado, pero no está lejos, no te preocupes por eso. Ya llegamos. –Y por fin ven La
Casa. No es muy diferente a todas las demás, a que hay en el mundo: es de dos pisos, de
material de construcción normal, pintada con cosas normales, en un lugar normal, en un
pueblo normal. La Casa. Aunque, si te fijas más en los detalles, te darás cuenta que no es
muy parecida a las demás casas; luce más grande, no porque fuera construida más grande a
las demás, sino porque parece que las demás se achican ante una especie de miedo infundado
que afecta hasta a los seres no vivos. El jardín es sumamente verde, con flores que brillan
más que el mismo sol, insectos que hasta son bonitos a la vista, el pasto respira, el aire se
vuelve puro; aunque hay una crueldad extraña en ese jardín, algo que lo hace malévolo a la
vista, demasiada perfección en un simple arreglo.

–Es el único jardín que está cuidado… muy verde, los demás lucen casi abandonados.

–A lo mejor mandan a alguien a que haga el jardín… uno nunca sabe. –Ambos se quedan
casi petrificados al frente de La Casa, como si ninguno quisiera avanzar. Ninguno quiere,
pues algo los impulsa, algo los empuja fuera, lejos, algo muy interno, esa voz que todos
pensamos escuchar pero que ignoramos de la misma manera que la bella popular ignora al
nerd amoroso. La Casa parece crecer de tamaño, la sombra que proyecta es insidiosa, fría,
casi sepulcral. La Casa. Es el único pensamiento que llega a la mente de Esteban, un
pensamiento que quiere salir como el que, bajo el agua, no aguanta y llega a la superficie
para llenar sus pulmones con el aire más puro y rejuvenecedor. Casi pueden escuchar una
voz que viene por debajo de la tierra, de esas que salen en las caricaturas para niños y que
son propias de los enemigos: gutural, casi asesina.

– ¿Y bien? ¿Entramos? –pregunta Gustavo un tanto nervioso. Ambos lo están. Se les ha


erizado cada pelo de su cuerpo, tanto que bien podrían romper la ropa que tienen puesta; pero
no, es para el trabajo.

–Sí, a eso vinimos… –No se puede mover, Esteban quiere pero su cuerpo se lo impide. –
Aunque, pensándolo bien, ¿no esperaremos al sujeto? El dueño de La Casa, pues.

–Dijo que deja La Casa abierta, no cree que nadie entre… dijo que entráramos antes a verla
por dentro.

– ¿Por qué dejaría su casa abierta? –Le pregunta a Gustavo desviando la mirada de La Casa.

–Dice que no cree que alguien se meta… –Voltea a su amigo. Ambos adivinan el
pensamiento del otro: “como nosotros”.

–Bueno, venimos, ni modo de no hacerlo… –Esteban, contra su cuerpo paralizado y


congelado dentro de un bloque de hielo, logra mover el pie; sin embargo, no acaba ahí, pues
ahora siente como el suelo se mueve sin hacerlo, como si Dios tratara de todas formas físico-
mentales de decirle que no entre. Los bloques de piedra, puestos para que la gente camine a
La Casa, se mueven, se hunden y regresan a su lugar. Esteban no se marea, tampoco se
tambalea, porque sabe que no está pasando eso: aunque La Casa aumente de tamaño, se
engrase y oscurezca, las ventanas parezcan más ojos oscuros y profundos como cavernas, la
puerta sea una boca llena de colmillos llenos de grasa y sangre; aunque eso y más suceda,
camina junto con su amigo. Llegan hasta la puerta y… nada. La Casa. El padre de Diego da
un suspiro y luego toma la manilla: un frío profundo le cala en los huesos. Gira la manilla
dorada de la puerta café y observa La Casa en venta. Por dentro parece mucho más amplia,
está llena de muebles que lucen nuevos, hay un gran reloj de péndulo, de esos que suenan al
cambiar de hora. Hay un pequeño pasillo que lleva a la cocina del lado izquierdo, del derecho
no hay muro y se abre en un gran comedor con una mesa de madera y sillas también de color
negro. Es lo que se alcanza a ver desde donde están. Esteban camina y escucha sus pasos
contra el piso de madera brillante y reluciente. Más allá del comedor, separados por un muro,
hay una sala con sillones nuevos y una enorme pantalla de televisión. Al lado de la cocina,
del lado izquierdo de Esteban, está lo que parece un cuarto de servicio. Más allá, cosa que no
ve el visitante, es que en el fondo del lado izquierdo, hay un estudio y del derecho una sala
de estar, con sillas y una mesa de centro. Las escaleras están en medio de ese pasillo que
interconecta todas las habitaciones, de madera también, al igual que los barandales y las
molduras; hasta arriba se abren en dos caminos opuestos con forma de “Y”. Sube las escaleras
escuchando el único sonido de sus pasos. Se va por la derecha: dos pasillos paralelos
conducen a cuatro habitaciones, dos de cada lado y una al fondo, la principal, que da hacia la
calle. Hay pinturas, muy buenas réplicas, de varias obras que pueden ser desde Van Gogh,
Picaso, Da Vinci, incluso Rembrant y otros que Esteban no reconoce. El aire es denso arriba,
como si se ahogara: se establece ahí y nunca sale. Las puertas que van a las recámaras están
cerradas, aunque supone que están amuebladas como el resto de La Casa. En el techo,
colgando desde la parte más alta, un hermoso candelabro de cristal que ha de poder iluminar
todo el lugar. Hasta arriba hay enormes paneles que se esclarecen con la sombra y se opacan
con el sol, lo cual permite una excelente circulación de luz. Hasta el fondo está la habitación
principal que tiene una enorme puerta doble. Camina hasta ahí y abre ambas puertas de par
en par como si entrara a una cantina en los tiempos antiguos del lejano oeste gringo: hay una
gran cama en el centro con dos mueblecillos a los lados; a la derecha está el baño y a la
izquierda un gran mueble. Arriba de la cama hay dos cosas: una ventana hasta arriba que
ilumina muy bien y, justo debajo de la ventana, una gran y maravillosa pintura: una mujer
delgada, de cabello lacio y negro, pálida como la muerte, maquillada y chapeada, con unos
ojos tan reales que Esteban siente que lo miran, una nariz chata… su esposa, la mujer de la
pintura tiene un parecido increíble con Valeria, su Valeria. Es hipnotizante, casi como si le
hablara, como si lo invitara a entrar y nunca salir; así es la pintura, así es esa mujer, esbelta
pero sufrida, digna pero perdida, decidida, linda… una dama que esconde algo detrás de la
mirada que carga, una mirada penetrante como el taladro que traspasa la pared y luego la
varilla, una mirada tan fugaz pero al mismo tiempo permanente, que atonta los sentidos de
cualquiera. Escucha que alguien baja las escaleras. La mujer luce feliz, una mujer felizmente
pintada. Muy buen gusto. De un momento a otro el frío se hace repentino. Esteban decide
salir ya que su amigo también bajó.

Gustavo lo espera afuera, se está restregando las manos en los brazos como si tuviera frío.
– ¡Vaya!, es muy bonita La Casa pero… me imagino que a eso la ha de vender.

–Yo tampoco pensé que fuera así… hasta luce más chica por fuera. –Ambos observan de
nuevo a La Casa.

– ¿Te gustó la planta alta?

–Yo no subí.

– ¿Qué?

–No subí, el frío me estaba matando… ha de ser porque lleva mucho tiempo sola. Yo ya no
aguanté… ¿Por qué preguntas? –Esteban observa un rato ese enorme lugar.

–No, por nada. Aunque La Casa no luce abandonada… es muy buena oferta, aunque no sé si
sacará todo lo que tiene dentro. Como las pinturas, son muy bonitas. Pero sin pinturas o con
pintura, dudo mucho que tengamos el suficiente presupuesto para obtenerla.

–Ya veremos cuando llegue el sujeto… no ha de tardar mucho.

– ¿Cómo se llama el vendedor?

–Gerardo, Gerardo Nájera, me parece… Buen tipo, aunque no sé por qué le urge tanto
deshacerse de La Casa… cuando le dije que había alguien interesado sonó hasta feliz.

– ¿Feliz?

–Esa voz, el tono, es inconfundible. –Al momento llega un auto, austero pero limpio; casi
derrapa al frenar. Sale un hombre vestido con una camisa blanca rota del hombro derecho,
un pantalón de mezclilla pintado y unas chanclas. Al parecer, eso imagina Esteban, salió lo
más rápidamente que pudo de su casa para llegar a su cita con el comprador.

– ¡Gustavo! Qué gusto me da verte. Él debe ser el comprador, el valiente comprador. –


Ambos, los que esperan, se voltean a ver uno al otro como pensando “qué le pasa a este loco”.

–Gerardo… parece que… bueno, te arreglaste.

–Vine tan pronto como me llamaste.


– ¿Desde el Distrito? Si te molestaba pudimos haber quedado otro día, digo, algo conveniente
a todos.

– ¡No! Hoy me levanté de buenas, sabía que algo bueno pasaría… ¡Y mira! ¡Por fin tengo un
comprador lo suficientemente audaz! –Esteban lo observa sospechosamente.

– ¿Audaz? –Gerardo lo voltea a ver atónito.

– ¿No sabe lo que sucedió en La Casa? ¡No sabe lo que sucedió en La Casa! –Una sonrisa de
oreja a oreja invade el rostro del hombre, pero no una sonrisa sana, más bien enfermiza, como
la de un violador que observa a su víctima en una calle solitaria y oscura. Una sonrisa que en
lugar de reflejar dientes blancos, (como los tiene) son putrefactos y tirándole a colmillos;
como el gruñido de un perro.

Capítulo tercero

–Pensé que se estaba burlando de mí, nunca quitó esa sonrisa maquiavélica del rostro. Es
decir, La Casa está amueblada y tiene todo nuevo. Revisé muy bien los papeles y no hay algo
engañoso, hasta nos pasó el número de un abogado que nos podría ayudar, un viejo amigo
suyo, en caso de haber problemas. Sé que no nos conviene marcarle a un amigo suyo, pero
ya había oído hablar de ese señor. Como sea, ni siquiera gasté todo lo que teníamos en el
banco. Después de verlo fui a hacer el depósito, él me acompañó, también Gustavo… cuando
acabamos y nos despedimos, se veía jovial, como si le hubiéramos quitado un peso de
encima. –Le comenta Esteban a su esposa, quien se está lavando los dientes en el baño con
la puerta abierta para escuchar a su marido.

–Esto me suena a gato encerrado.

–Tuve que hacerlo, ¿entiendes? El barrio no es muy bonito de vista pero es mejor que aquí;
además, leí, que no hay un gran índice delictivo… tal vez debí haber checado eso antes de
comprar La Casa, pero parece que fue una buena decisión.

–Sí pero… ¿cinco mil? Por lo que me dices, creo que hasta el millón. No nos pidió ni la
décima parte… qué tal si nos desbancan.
–No creo, si no hubieran estado bien los papeles no hubiera firmado nada. Ya sabes cómo
soy de minucioso con esos asuntos…

– Sigue siendo muy fácil.

–Sí pero… mira, lo bueno es que tenemos lo que necesitábamos. Es más, hasta conseguí dos
clientes para mañana en ese lugar. Nos irá bien, ya verás, mi vida, parece que nos comienza
a cambiar la suerte, tengo un buen presentimiento de este lugar.

Al día siguiente la mudanza está en proceso; es sábado, el día perfecto para que todos ayuden
a la pesada labor de sacar las cosas, empacar, subirlas al auto o al camión, y luego
desempacar. Será un día largo, pero provechoso. Diego recuerda el camino, ese camino
maldito que les trajo la mala cara de la vida hacía unos años atrás. Recuerda ese día en que
vieron la película “El exorcista”, parecía una buena idea, él y su hermano hicieron la travesura
cuando no estaban sus padres. La noche, luces apagadas, una palidez demoniaca que salía
del televisor… y la niña. Nunca olvidará lo que sucedió después, porque no pudieron dormir
en toda la noche aunque se bajaran a ver “Los increíbles” para ver si se les quitaba el miedo.
No les quitó el miedo, porque Violeta, decía Germán, tenía la cara del demonio y esto
asustaba aún más a Diego; el otro solo reía, casi a carcajadas. “Eres bien miedoso,
hermanito”. Nació cinco segundos después, y eso le daba la suficiente autoridad a Germán
de decirle “Hermanito”; aunque Diego mostraba molestia o indiferencia, le encantaba que le
dijera así, era una forma de mostrase cariño entre los dos. Germán era abierto y no le costaba
decir las cosas; el otro, por el contrario, le decía que no a todo, aunque siempre supo que su
hermano sabía que era su forma de mostrar cariño. Se ve en el espejo retrovisor y observa a
su hermano, a su gemelo, quien nunca se irá porque él mismo es su recuerdo y él mismo es
su rostro; nunca desaparecerá, siempre estará aunque sea en sueños y reflejos, en voces y
risas; incluso en pensamientos. El auto de detiene de repente y Diego sale de su trance, vuelve
a la realidad, a su realidad, y la ve: La Casa. Parece más grande a las demás, y más oscura;
ha de ser el tono azul con el que la pintaron, o a lo mejor que las otras casas son pastel y esta
no… No, no es eso, es otra cosa, como si el sol no quisiera brillar ahí o algo no lo dejara
brillar. Baja del auto y se queda petrificado al frente, aún en la banqueta, mientras su padre
abre la cajuela y comienza a bajar cosas. Crece, La Casa crece al mismo tiempo que su
ansiedad y su temor; algo muy adentro le dice que no vaya a La Casa, que corran, que huyan,
que se vayan a la chingada si es posible; pero no a La Casa, no a La Casa: se los comerá
vivos, los hará sufrir porque ahí yacen sus recuerdos y sus dolores, un ser de otro mundo u
otra dimensión tiene ese lugar para alimentarse de las malas sensaciones humanas, porque
los humanos no saben ver más allá de lo que su ceguera les permite; a la chingada, pero no a
La Casa… no a La Casa…

– ¡Hola! –Siente que el corazón se le detiene en un estornudo. Jala aire fresco y su cuerpo
tiembla, se sobresalta: luego del detenimiento de su corazón llega la aceleración de los latidos
joviales. Voltea a la voz, es de un joven, a lo mejor un poco mayor a él. – ¡Lo siento! No
quería asustarte. –Y en efecto, es un jovencillo vestido con pantalón de mezclilla y una
camisa a cuadros, un sombrero para protegerse del sol, de esos de paja; y una palidez
efervescente. Ojos cafés, cabello negro, delgado aunque con hombros ligeramente
ensanchados, y un mentón proliferante; nariz casi perfecta, labios ni gruesos ni delgados, sus
orejas son algo pequeñas. Casi como una perfecta construcción de un perfil jovial que
demuestra que es bonito vivir; pero esas pupilas, esa oscuridad es demasiada, es como un
pozo que te traga, un agujero oscuro, un deseo incesante, una locura despiadada, celos, la
sonrisa que cubre la bestialidad, hipocresía, mala gana, desgano…

– ¡Ah! Aquí estás. Diego –Su padre lo abraza con un brazo. –, te habrás dado cuenta que el
jardín es perfecto. Y él es la razón. Te presento a Sergio, el jardinero. Me dijo que le gusta
esta casa y que siempre vino a arreglar el jardín. Le dije que podía seguir viniendo y que le
daría una paga, no quiere la paga, pero la tendrá que aceptar. ¿O no Sergio?

–Sí, señor, como usted diga.

–Muy respetuoso. Bueno, como sea, para que se conozcan. Nuestro jardinero personal… y
muy bueno, sin duda.

–Gracias, señor.

–Dime Esteban, esos formalismos me marean. –Sergio sonríe y muestra su dentadura


perfecta, aunque impostora.

–Hola –contesta Diego tímidamente, como es su habitual habilidad. –, soy Diego, el hijo
de… mis padres. –Sergio suelta una sonora risotada.
–Me doy cuenta, eres la mezcla perfecta de ambos. Qué gusto que vengan a vivir aquí, hacía
mucho tiempo que esta casa estaba deshabitada.

– ¿Ah sí? ¿Y eso?

–Una larga historia, no es momento, tal vez luego. Ven, les ayudaré a desempacar.

–Gracias… – Es amigable, muy amigable, muy raro, una amabilidad de esas que buscan otra
finalidad, que buscan algo a parte de la amistad.

– ¡Diego! ¡Ven tantito! –Le pide su madre desde el interior. Él olvida que Sergio va al auto
de su padre y nuevo se ve ante La Casa: imponente y disfuncional. Genera esos sentimientos
de depresión que nos atrapan en un hilo de pensamientos babosos que no nos dejan actuar.
Camina como hipnotizado, como si La Casa lo llamara con una voz gutural que lo invita a la
perdición y la desdicha; pero no sale, como si estuviera destinado a eso, a perderse y vivir en
la podredumbre disfrazada de gozo y buena vibra. Entra a La Casa.

Una semana ha pasado de que acabaran la mudanza y Diego ha tenido mucho contacto con
el joven jardinero, que resulta ser una de esas personas que siempre buscamos para platicar
y pasar un buen rato. Justo ahora están en el jardín trasero, igual de fríamente bello que el
delantero, aunque en este jardín hay muchas más flores que en el otro, flores que parecen la
falda de la gran casa oscura.

– ¿Desde cuándo arreglas este jardín de a gratis? Yo no lo haría de esa forma. –Diego sonríe
inocentemente a pesar de comenzar esa edad en la que la gran mayoría pierde lo que los hace
niños, pierden la inocencia que llevan dentro; él no, él sigue siendo un niño pequeño. Sergio
voltea hacia el güero.

–Me gusta, me relaja. No sé. ¿Cuánto tiempo?... tampoco sé, llevo el suficiente, eso puedo
decirte, pero no sabría decirte con exactitud.

– ¿Cuántos años tienes?

– ¿Cuántos me calculas? –Sergio regresa la mirada a las flores.

–Dieciocho. –dice Diego al azar.


–Veintidós. –El otro abre la boca casi hasta el suelo.

– ¿En serio! Eres un traga-años. –El jardinero sonríe.

–Me dicen eso muy seguido. Como sea, me siento más joven últimamente… desde que
llegaron me siento mejor. Es agradable tener alguien con quien platicar.

– ¿No conoces nadie en los alrededores?

–No… no les hablo mucho en realidad, como me enfoco en el jardín no me da tiempo, o a


ellos; de platicar.

– ¿Cuánto tiempo lleva vacía La Casa?

–Cuanto puedas imaginarte.

– ¿Es por lo que sucedió aquí?

– ¡Aha! Recuerdas lo que te dije.

–Pues recuerdo que me dijiste que algo había pasado, pero no estoy seguro de lo que pasó,
ni de si fue algo bueno o malo o lo que sea… Pero me gustaría saberlo.

–Muy bien, muy bien, me agrada la gente curiosa… te contaré, así que pon atención. A mí
me la contó una persona que vivió aquí, alguien que, dice, sufrió algunas cosillas en La Casa.
Pero dime primero: ¿crees en fantasmas?

–Mi familia nunca ha creído en esas cosas… yo sí credo en Dios y demás pero no en
fantasmas. Es muy… relativo, ese asunto.

–Bueno, pues esta es una historia de fantasmas, así que no te vayas a aburrir. Todo comenzó
con la primera familia que se mudó a La Casa, la que la construyó: pusieron todo su esmero
en la misma, todos sus sueños y corajes, sus ambiciones y venturas; hasta sus secretos. Una
familia pequeña, los padres y el hijo… aproximadamente de tu edad. Al menos en ese tiempo.
Se mudaron un ocho de septiembre, no recuerdo bien qué año, pero sí sé que fue ese día;
como sea, la familia comenzó a crecer, el esposo a ganar mucho dinero, el hijo a subir sus
calificaciones más y más. El único problema era ella, la mujer, la esposa, ella no parecía
pasarla tan bien en este lugar: se estaba volviendo algo… cómo decirlo… enajenada, con la
limpieza del hogar. Barría a diario, trapeaba a diario, sacudía; todo, lo hacía todo ella sola y
no dejaba que nadie la ayudara para asegurarse que el trabajo estaba bien hecho. –Sergio
observa una rosa roja, una bella rosa roja casi artificial de color; pero no porque así fuera,
sino porque Sergio le quita la vitalidad con la simple mirada, aunque esto no lo sabe Diego.
–La buena vida para ellos era evidente, pero para ella era evidente que el quehacer del hogar
era su droga. Comenzó a sobrepasar los límites de una forma ridícula: lavaba los baños a
diario, una simple mancha en la mesa era suficiente para limpiarla hasta de las patas, la ropa
impecable y bien planchada. En una de esas, cuentan, su hijo tiró un poco de comida en la
mesa y ella lo obligó a limpiarla con la boca… toda la mesa.

– ¿Toda la mesa? –Diego abre los ojos y deja ver que son completamente contrarios a los de
Sergio.

–Toda. El papá no dijo nada porque no estaba y porque nadie nunca le dijo. Como sea. Dicen
que la mujer solo dormía seis horas y la demás parte del tiempo era para la limpieza del
hogar. Pronto perdió la intimidad con su marido, qué tal si manchaban las sábanas. En esos
tiempos, en los que la mujer parecía desquiciada corriendo de un lado para el otro viendo e
inventando algo para limpiar, su hijo se salía a arreglar el jardín: lo relajaba, lo tranquilizaba,
le permitía estar fuera de esa casa de locos. Sin embargo, el problema también era ese: ya no
lo dejaba entrar en La Casa a menos que se quitara la ropa, toda la ropa. Tenía lodo en los
zapatos, pasto en el pantalón, suciedad en la camisa… ¡Pecados puros que lo llevarían directo
al infierno! Lo interesante era que el esposo seguía ganando más y más dinero, además de
que el hijo mejoraba más y más en todos los ámbitos de su vida académica y social. Entonces,
sucedió: un día el esposo salió a trabajar y su hijo se quedó viendo la tele, ese día le dio
mucha flojera salir al jardín así que un rato de ocio no mataría a nadie. Su madre acababa de
cambiar las fundas de los sillones por unas muy hermosas fundas blancas con grabados de
algo que parecían pilares griegos. Fue casi repentino, no lo sintió venir hasta que era
demasiado tarde: una gota de sangre salió por su fosa nasal. Solía sangrar bastante, más
cuando estaba mucho tiempo en el sol. Logró atrapar la gota de sangre con la mano, pues
pensaba que sabía de los problemas que le podría acarrear el manchar la funda nueva de su
madre; pero no estaba ni cerca de saberlo, ni cerca de nada. Manchó la funda blanca, sí lo
hizo, la sangre cayó, viva y roja como esta rosa. El joven estaba en el baño enjuagándose
cuando su madre vio la sangre latente en el sillón; lo golpeó contra el lavabo, una y otra vez
hasta desfigurarlo por completo; según esto en el baño de abajo. Moribundo, lo obligó a
limpiar el sillón, a lavar las fundas, mientras ella trapeaba arriba. –Arranca la rosa que tenía
en la mano de forma agresiva. –Cuando llegó el papá el reloj que está abajo comenzó a sonar,
vio a su hijo muerto y a su esposa limpiando el reloj de péndulo de la planta alta.

–El que ya no suena.

–El que ya no suena es el de abajo. En fin, subió y la lanzó desde el segundo piso; algunos
dicen que desde las escaleras, otros que desde el barandal; la cosa es que la mató. Nadie salió
de La Casa durante mucho tiempo, obviamente se dieron cuenta pero no podían hacer
contacto con ellos, no contestaban el teléfono. Un día de esos, un amigo del joven decidió
pasar por ahí: encontró la puerta entrecerrada y un olor infernal salía desde dentro, un olor
nauseabundo que lo hizo tener arcadas. Abrió y vio algo que nunca olvidaría: la mujer con el
cuello roto y sangrando de oídos, boca, nariz y ojos; también vio al padre abrazando el cuerpo
muerto de su hijo, un hombre desnutrido con los huesos asomándose en la piel, lágrimas de
aire, dolor palpable. Vio a su amigo muerto, deformado, con gusanos en la cabeza. Los dos
cuerpos ya estaban descomponiéndose. El padre solo decía: no más… no más… por favor,
no más. Desde ese día dicen que la mujer sigue limpiando La Casa y que el jardinero sigue
arreglando las flores. –Diego se queda en silencio, no sabe qué decir. Sergio lo voltea a ver
y le sonríe. –Pero bueno, no es un fantasma el que arregla el jardín, soy yo. Y durante el
tiempo que he estado aquí no he visto nada sospechoso en realidad.

–Pero si la historia es cierta, todos los muebles que están dentro llevan mucho tiempo, pues
eran de esa familia… y están como nuevos.

–No me dirás que es la madre que los mantiene en excelente estado.

–No, obviamente, yo no creo en fantasmas… ¿y qué pasó con el papá? –Sergio iba tomar las
tijeras pero se detiene en medio del camino. Se queda inmóvil, casi paralizado.

–En el manicomio, sigue vivo.

– ¿Es el edificio blanco que queda camino acá?


–Ese mismo.

– ¿Y el amigo que vio la escena?

–Ni idea. Te digo, es una simple historia, un rumor que la gente cuenta para hacer más
interesante su miserable vida. Malas lenguas, es todo, todo de todo.

– ¿Malas lenguas? ¿Qué dicen las malas lenguas?

–Bueno… en realidad una familia ya había habitado La Casa antes. Lo poco que sé es que
era una fiesta y todos estaban afuera, en el jardín; los niños decían que una mujer no los
dejaba jugar en La Casa porque la fueran a manchar. Los padres no los escucharon. Dos horas
después vieron a sus lindos hijos, con unos fuertes golpes en la cabeza… los mataron. Dicen
que los niños siguen jugando en La Casa y quieren que los que habitan jueguen con ellos.
Quién sabe, tal vez ayuden en algo.

– ¡Órale! Vaya que sabes mucho del lugar, si es que es cierto. Bueno, creo que el vendedor
debió decirnos todas estas cosas… no sé, hubiera sido lo más conveniente.

–Como vendedor no creo que le convenga decir que La Casa que está promoviendo esté
embrujada. Pero no te preocupes, esa historia se perdió hace tiempo. Ya nadie recuerda eso,
nadie queda para contarla de nuevo. Son esas cosas que están destinadas a volverse un simple
sueño. Cosas que nadie gusta saber y ni quiere que le cuenten, como la guerra o el sufrimiento
en la pobreza: sabemos que están ahí pero no queremos aceptarlo. Esta es una historia así:
todos sabemos que es, pero no queremos reconocerla, porque al hacerlo, estamos
reconociendo lo que hicimos mal. ¿Por qué hicimos? Porque al momento de conocer la
historia, sabemos los riesgos y posibilidades, y así nos volvemos responsables.

– ¡Diego, hijo! ¡Ya llegó tu papá! –Diego se levanta del pasto, pues sabe que cuando llega su
padre es porque ya van a comer.

– ¿No quieres venir a comer con nosotros?

–Uhm… no, creo que mejor que quedo afuera.


–Ándale, vamos, mi mamá siempre hace comida de más. Además solo somos tres… –Sergio
voltea a ver a Diego: no son muy diferentes, solo en la tonalidad de la piel, pues Diego es
más claro. Únicamente hay algo que choca entre ellos, pues al mirarse una especie de tensión
crece en el ambiente, como si fueran antiguos enemigos, como si fueran el viento gélido y
caliente que formarán el tornado en cualquier momento, las corrientes de agua que chocan,
la desembocadura del río en el mar, el delfín que lucha con el tiburón, la viuda negra que
mata al escorpión; algo así son ellos dos. Sin embargo, Diego no lo sabe, le gusta Sergio
porque es una persona abierta y que tiene siempre algo interesante que contar, y es eso mismo
lo que enceguece a su verdadero ser para encontrar lo que es el jardinero debajo de ese
sombrero de paja.

–Está bien, iré. –Acepta el jardinero de buena gana. Entran ambos a La Casa que está más
limpia de lo normal, más de a lo que estaban acostumbrados. Valeria los ve entrar.

–Qué bueno que nos acompañes, Sergio, has de estar cansado de estar todo el día afuera.

–Gracias, señora. No cansado, ya estoy acostumbrado, es como mi pasatiempo.

–Está bien. Tomen, lleven los vasos a la mesa. –En ese momento sale Esteban del baño y va
a saludar su hijo de un beso. Un rato después están todos ya en la mesa.

–Vaya que La Casa ha estado más limpia de lo que estaba la otra. –Comenta Esteban a su
mujer antes de dar un bocado.

–Bueno, me he dedicado un poco más a eso. Es grande y creo que se ve más bonita limpia.
Además, los muebles los encontramos impecables como para dejarlos perder solo por flojera.
–El hombre de la casa desvía su mirada hacia su hijo para cambiar de tema de conversación.

– ¿Y ya tienes novia, hijo? –Diego lo observa agresivamente, como si su padre hubiera dicho
un secreto que no debía ser contado, no frente a la gente.

–No… –Contesta alargando la “o”, como si con eso fuera a dejar en claro que no quiere
continuar con la plática.

– ¿Por qué?
–Pues porque son solo un gasto… ya habíamos hablado de esto, no quiero repetir lo que ya
había dicho.

–Solo digo que deberías aventurarte prontamente, de lo contrario, con todo lo que sabes y
sigues aprendiendo, te será más complicado tener una relación si es que buscas a alguien que
esté en tu nivel. Es un consejo, nada más.

–Como sea.

–Hoy vienes muy alegre, Esteban. –Le comenta su mujer.

–Bueno, es que tenía una noticia que contarles, quería esperarme al final pero como veo que
Dieguito no quiere hablar, hablaré yo. Es una buena noticia, por cierto: me promovieron,
ahora ya no estaré en el “call center”, seré supervisor de esa área en la empresa. –Todos
sonríen al recibir la noticia. Sergio sonríe, pero también observa detenidamente al hombre de
La Casa como si algún plan macabro que él tuviera en mente estuviera funcionando.

– ¿En serio? ¡Eso es maravilloso! Ya eran necesarias buenas noticias. –dice Valeria con gran
emoción en su voz.

– ¡Qué bien! Felicidades, papá.

–Sí, ya era hora, creo que ya era hora de que algo bueno pasara… –Siguen comiendo, se
olvidan que Sergio está también en la mesa, como si él no existiera o como si él hubiera
querido que se olvidaran de él; a voluntad se hace invisible y ahora nadie repara en su
inexistencia momentánea.

Capítulo cuarto

Un día como todos, casi rutinario, es formado en la mente del joven que apenas se está
acostumbrando a los nuevos caminos que debe tomar para ir y venir del nuevo lugar donde
vive. No le molesta tanto la nueva ruta de camión que aborda, lo que le molesta es el edificio
blanco por el que tiene que pasar caminando, el manicomio del pueblo; es un lugar frívolo
que invita al suicidio. Siempre camina rápido ahí para estar el menor tiempo posible; excepto
durante las mañanas, como ahora, pues su padre lo lleva a la escuela, y ya que se duerme en
el camino, no hay problema para él.
Nota que ya están Rodrigo, Fernanda y otra chava de nombre Mónica con la que también
habla mucho. Ya todos están entrando al salón, por lo que supone que ya llegó la maestra.
Entra, todos están acomodándose y él camina a su lugar, atrás de Rodrigo, a un lado de
Fernanda y al frente de Mónica. Se sienta.

–Llegó temprano la gorda. –dice en voz baja sin importarle mucho si la maestra lo escucha
ya que están a tres lugares de la mesa de ella. Fernanda sonríe y menea negativamente la
cabeza.

–Que hoy va a entregar los exámenes y las calificaciones. –le informa Mónica, diciéndole al
oído.

–No mames, a ver si no me caga con eso de las preguntas de tarea, no las entregué.

–Pero es tarea, ya sabes que con ella no cuenta mucho; no creo que te baje mucho la
calificación.

–Uno nunca sabe, Monana, la mujer está loca y solo ama al idiota ese de Tavo… maldito
nerdazo. –Mónica ríe en voz baja. La maestra se levanta con un montón de papeles en las
manos.

–A ver, silencio jóvenes, hoy voy a entregar los exámenes y la calificación del parcial.
Debido a que no tuvimos tanta tarea por preparar el proyecto, si tienen buena calificación en
el examen, tengan por asegurado que aprobaron el parcial. –La mujer grasosa del rostro,
vestida con una camisa ridículamente rosa y un pantalón pegadísimo a sus estrías; comienza
a llamar estudiantes al azar para entregar exámenes. Las expresiones son variadas: desde los
estudiosos que se sientan hasta adelante que sienten que su calificación es cuestión de vida o
muerte, los que se sientan hasta atrás que lo único que les importa es salirse de la escuela sin
importar nada más; hasta Diego y sus amigos, más templados, que se sientan en medio y le
dan la debida importancia a ese tipo de cosas. El hijo de Esteban observa las expresiones de
todos y se ríe de los estudiosos a los que no les fue bien.

–Rodrigo López. –Observa a su amigo ir y regresar con una sonrisa triunfal en el rostro, casi
iluminado divinamente.
–Nueve, ¡tómenla, putos! –Diego sonríe.

–Bájale, loco.

–El Tavo se sacó seis… ha de ser porque ahora no se la arrimó bien a la gorda. –Los demás
hacen un gesto de desagrado mezclado con risa ante su comentario.

–Diego Carrasco. –Se levanta y camina hacia la mujer. Por un momento nota los
movimientos de ella más lentos, como una especie de ballena encallada en alguna playa de
mala muerte: es cacariza del rostro, con piel apergaminada como un papel arrugado y unos
ojos hundidos en dos huecos que fueron hechos para hacer del baño, no para ver. Toma su
examen al mismo tiempo que la maestra lo felicita, él agradece. Va a su lugar y ve su
calificación: diez.

– ¡Ay cabrón!, y nada más estabas chillando que no estudiaste y que te iban a reprobar. Tus
mamadas.

–Pero que fineza de mujer es usted, señorita Fernanda.

–Sí, ya se cree mucho porque sacó diez.

–Relájate un buen, Rodrogas, da igual lo que saque, de todos modos, esta pinche materia me
viene valiendo madres. –Hace una bola de papel de su examen y la mete en su mochila.
Observa como los estudiosos y los estúpidos van a revisar sus “errores” con la maestra. El
primero en la fila es Tavo, el arrastrado, nerd superior; la cara que tiene es de congoja, como
si le estuvieran metiendo algo por el ano, así es, de dolor por tener un seis en su examen. Los
cuatro amigos salen a fumar. Diego saca su cajetilla de cigarros mentolados.

– ¿Mentolados? Que joto eres, Diego. –le dice su amigo.

–Tu pinche madre. –Ríen.

– ¿Y qué pedo? ¿Cómo te va en tu nueva casa?

–Bien, bien, ya más relajados. Está un poco más lejos pero estamos bien. A mi papá hasta lo
promovieron en su trabajo. –Inhala ese grotesco sabor mal mezclado con la frescura de no
sabe qué otra sustancia cancerígena-asesina-mortal-destructiva-despreciable-maldita-perra.
– ¡Órale, qué chido! ¿Ya le pagan más?

–Mira, la mera verdad, no sé, yo supongo que sí porque si no, no estaría tan feliz de trabajar
más por lo mismo; ¿no crees, tonto?

–Uno nunca sabe.

–Pues ya, saca la peda en tu casa, hay que estrenarla… y celebrar lo de tu papá. –dice Mónica
con una amplia sonrisa.

–Nel, ni madres, ni van, para qué chingados hago una fiesta o peda o lo que sea. Además ni
van a querer ir porque está muy lejos… nel.

–Ay, eres bien princesa, Diego. –bromea Fernanda.

– ¡Pues claro! ¿Qué esperabas? Además, mira, mira, la niña fina hablando de princesas. –
Rodrigo suelta una sonora carcajada. Hay un momento de silencio, le entra la curiosidad por
lo que le había dicho el jardinero, sobre una casa embrujada, sobre su casa embrujada. –
¿Ustedes saben algo de una casa embrujada en este lugar? De una donde la mujer mató a su
hijo y luego el esposo la mató a ella y cosas así… –Las dos mujeres niegan, no saben nada
de eso; sin embargo, Rodrigo siempre tiene algo que agregar o decir respecto a cualquier
tema, casi como un diccionario humano gigante que se actualiza a la misma velocidad que el
internet.

–Pues, yo había escuchado de un lugar, justo sobre la carretera sobre la que está tu nueva
casa, no sé bien qué casa sea pero sí tiene una historia acá medio macabra. Lo que dijiste:
ella lo mató porque él, creo, ensució algo dentro y como ella estaba loca pues lo estrelló
contra el lavabo. Pero no sé bien qué casa sea, ha crecido tanto este lugar que esa casa ya tal
vez hasta la tiraron.

–Pues el jardinero me dijo que es La Casa donde estamos, esa la de la leyenda.

– ¿Neta? No creo, ya te habría pasado algo. –Ríe. –Digo, cualquiera que entraba salía pálido
como la muerte misma, muchas cosas suceden ahí. Lo que yo supe es que La Casa se perdió
con el tiempo, ya nadie sabe qué casa es porque dicen que inventaron la historia y que nada
más eran unos maleantes que querían asustar gente.
–Pues no sé, a mí no me ha pasado nada, ni creo que me pase.

–No nos habías dicho que tenías jardinero.

–Se llama Sergio, es buena onda el wey, me cae bien, hablamos un chingo; de hecho él es el
que me contó la historia.

– ¡Ay!, acabas de llegar y luego luego de puto. –dice Rodrigo.

–Cállate, o qué, ¿celos? –Sonríen.

–Pues ya de perdis, si no sacas la fiesta, mínimo vamos a ver fantasmas a tu casa. No seas
aguado, pinche Diego.

–Lo pensaré, Monana, lo pensaré.

Deja atrás el horrido edificio blanco lleno de personas que están desquiciadas para los otros
desquiciados que decidieron encerrarlas ahí, y llega a su casa. Su madre siempre deja abierto,
incluso cuando no están en casa; desde que están ahí se han dado cuenta que nadie va a
visitarlos ni nadie se acerca a La Casa, como si fuera una especie de repelente de insectos.
Ahora no ve a Sergio, seguramente está descansando un rato o arreglando otro jardín. Es muy
extraño, al menos eso piensa Diego, que los demás jardines de las casas circundantes sean
secos y sin color, y conforme se van alejando de La Casa, se van volviendo verdes y vitales;
y aunque el jardín de su casa nueva sea verde y hermoso, no es vital, no respira, es como un
jardín de porcelana, una pintura mal hecha, un suspiro sin inspiración. Llega a la puerta y
gira la manilla para abrir. Al instante nota el cambio de temperatura: adentro es mucho más
frío que fuera. Nota que su madre, o alguien, ha puesto un tapete en la entrada para limpiarse
los pies; nunca habían tenido tapete antes. Se limpia lo que se supone que se debe de limpiar
y entra al frío penetrante de La Casa. Cierra la puerta y camina hacia el baño que está justo
debajo de las escaleras, entre la sala de estar y el estudio. Cuando pasa al lado de la sala su
mirada periférica nota algo que lo hace detenerse, aunque ya no lo observe: una mancha en
la alfombra, una mancha roja y densa, casi negra; al instante un olor invade sus fosas nasales
y se coagula camino a su garganta, un olor ferroso y frío que logra hacer al aire pesado y
húmedo. Sangre, un olor a sangre invade todo e incluso humedece el ambiente. Sangre,
piensa, eso no puede ser otra cosa sino sangre… voltea a su derecha y acomodadas contra la
pared observa las herramientas metálicas que Sergio usa para su actividad por lo que supone
que ya sabe de dónde viene el olor. Voltea a la sala y no ve nada, solo la pequeña alfombra
beige debajo de la mesa de centro de que su madre puso en la sala.

Camina hacia el baño para hacer sus necesidades. Justo está lavándose las manos cuando
escucha que alguien sube corriendo y luego va por el pasillo derecho. Pasos ágiles y ligeros,
no de un adulto, sino de un niño pequeño. Cierra la llave del agua que por un momento resulta
ser agua caliente y se asoma al pasillo: vacío, no hay nadie. Sube lentamente las escaleras
esperando a escuchar otro ruido, pero lo único que alcanza a diferenciar del silencio y el frío
en el que La Casa se hunde, son sus propios pasos. Supone que quien haya corrido llegó a la
habitación de sus padres, pues cruzó todo el corredor: Diego camina a la habitación de
Esteban y Valeria, lentamente y con las piernas temblorosas, no por el miedo, sino por el frío.
Al instante llega a su mente la historia que el jardinero le contó, pero no le toma importancia
pues no cree en fantasmas y duda mucho que un muerto ande corriendo por La Casa solo
para hacerse notar. Llega a la habitación y la abre: lo primero que ve, lo primero que llama
su atención, es el enorme cuadro que decidieron conservar y dejar sobre la cama: una bella
mujer que denota ira y locura de sus ojos pintados. El joven recorre la habitación y siente que
alguien lo observa: voltea de nuevo a la pintura y nota que la mirada lo sigue, la mirada de la
mujer lo observa; siente un escalofrío pero sabe que hay técnicas para lograr ese efecto en
los ojos en las pinturas. Escucha que abren la puerta de abajo.

– ¡Diego! ¿Estás en casa? –Es su madre quien acaba de llegar, seguramente con su esposo,
de comprar el mandado o algo por el estilo. El trabajo de supervisor les deja el suficiente
dinero como para que Esteban ya no se vea forzado a viajar por todo el estado en busca de
aparatos eléctricos qué reparar.

– ¡Sí! Ahora bajo. –Primero pasa a su recámara a cambiarse la ropa que se llevó a la escuela
por un pants más cómodo, la playera se la deja. Tararea una canción de nombre “Todo se
mueve”. Algo que no nota, que ignora, es que la temperatura de La Casa en general regresa
a la normalidad, no es tan fría ahora, es como cualquier otra cosa que está bajo el inclemente
sol de México. Baja y observa a su madre colocando las bosas del mandado bajo el fregadero:
todas están dobladas, como si fueran ropa o prendas para usar que colocamos en el clóset.
–Tú no hacías eso. –le dice acercándose para darle un beso en la mejilla.

– ¿Qué cosa?

–Eso de doblar las bolsas… solo las dejabas así, arrumbadas bajo el fregadero.

–Bueno pues… solo para tener un poco de orden. Eso no le hace daño a nadie.

–Tienes razón, solo decía, se me hizo extraño.

Anochece. El cielo se colorea de tonos rojizos y naranjas de juego, como si un niño pintara
con las manos desnudas y hundidas en enormes botes solo para ver qué otros colores se
forman y de qué manera se funden; se ve el cielo de esa manera, como un juego inocente.
Diego se encuentra acostado en el pasto, viendo ese cielo curioso, tiene tarea pero no la va a
hacer, le da flojera como a cualquier adolescente: prefiere no hacer nada a hacer algo, aunque
haciendo nada logra ver la belleza de la naturaleza, mientras haciendo algo incluso pueda
crear belleza. Es un paradigma de la mente. El pasto no le hace cosquillas como lo haría el
pasto normal, hasta se siente frío, como una especie de cama suave de hielo. Escucha pasos,
luego otra persona se acuesta también, aunque Diego no alcanza a ver quién es.

–Hola, ¿qué andas haciendo? –Es Sergio.

–Hola… nada, solo viendo el cielo. Debería hacer mi tarea pero me da mucha flojera. –Una
ligera brisa tibia recorre el lugar.

–Es bonito… el cielo… más en esta época del año en que apenas comenzarán las lluvias y
las nubes se quedan para verse de colores.

–Sí… ¿dónde vives?

–Vivo en… ¿por qué la pregunta? –Su modulación es la de un expositor que ha olvidado su
discurso y trata de hacer tiempo redundando en temas sin importancia alguna.

–Sí, es que siempre te veo aquí arreglando y poniendo hermosas flores pero no sé dónde
vives, si con tu familia o solo, o lo que sea.

–Vivo solo, cerca de aquí.


– ¿Y cómo te mantienes si haces esto de la jardinería gratuitamente? Todo el tiempo, o la
mayor parte de éste, te la pasas aquí afuera.

–Mi familia me manda dinero

– ¡Ah! Eso explica muchas cosas. –Sergio sonríe nerviosamente y luego agrega:

– ¿Te puedo preguntar algo sin que te enojes? Es que vi que te malhumoraste una vez que tu
padre te lo preguntó…

–Sobre si tengo novia o no, ¿cierto?

–Eso mero.

–No, no tengo novia. Nunca he tenido novia.

– ¿Ni alguna pretendiente que haya buscado algo contigo?

–Eso sí, algo por el estilo, pero no sé, nunca sé qué hacer cuando una mujer se me acerca. Es
raro, me quedo mudo, es como si mi cerebro se sobrecalentara o simplemente dejara de
funcionar, mi mente se queda en blanco y no sé qué decir. Generalmente nuestras pláticas
resultan en cuatro o cinco preguntas con respuestas concisas y luego ya no sé qué agregar o
cómo preguntar. Me pongo nervioso, no sé, es complicado. Aunque me han dicho que soy
lindo y lo que sea, tierno y demás, no me siento con la… las ganas, no sé, con la suficiente
seguridad de hacer algo.

–Pero conmigo nunca te callas. –Diego sonríe.

–Bueno, es que es diferente hablar con un amigo a hablar con una mujer, ellas son muy
complicadas… no soy tú como para hablarle a todas con gran facilidad. No tengo suerte como
tú. –Sergio ríe.

–Eso que sucedió fue casualidad, una vez, nada más. No tengo gran suerte como tú crees.

– ¿Qué pasó? ¿Quién era ella?

–Pues yo solo puedo decir que ella… ella tenía experiencia.


– ¡Ah! Con prostis no se vale. –Sergio lanza una carcajada, Diego ríe más bajamente.

–No, no era una prostituta, era una mujer un poco más grande que yo, en un bar. Me comenzó
a hablar y ese día yo estaba de muy mal humor, estaba bebiendo mucho. Comenzamos a
hablar y una cosa llevó a la otra en una escala de emociones muy extraña. Pasó lo que tenía
que pasar, ya nunca la he vuelto a ver. Creo que ninguno de los dos pudo contenerse.

–Pues… qué buena onda, ¿no? –Ambos ríen. –Digo, de eso a nada, eso.

–Y créeme que nunca lo voy a olvidar.

La Casa es oscura por los días pues la luz teme a molestar algo que viva ahí, que habite cual
ratón mora su madriguera; porque ese algo es todo menos luz. Si veinticuatro horas dura la
rotación de la tierra, en La Casa podemos dividirla en tres secciones: día de calor y luz; noche
fría; y la noche de la noche, mucho más oscura que fosa séptica o nazi. Esta es una noche de
la noche, y hay que admitir que los recién llegados se han acostumbrado ya a esa
embalsamante oscuridad, aunque esto no deja de hacerla extraña: es más negra que el color
negro, no es como cerrar los ojos y ver negrura: es no ver nada, una oscuridad de nada, ni un
simple color se divisa, no pueden ver que no ven.

El gemelo sin gemelo, el castrado, está en su habitación preparándose para dormir. Nunca se
había imaginado el lujo de tener una habitación para él mismo, sus propias cosas, sus propias
reglas, su propio baño… baño que él no debe lavar porque su madre se molesta. Él está en
interiores, como todas las noches calurosas de verano, porque entre menos ropa tenga para
dormir le es mejor. Nada como la libertad del nacimiento. Bueno, en realidad eso pensaba
Germán, pero ahora es el vivo quien toma esa actitud liberal a escondidas, porque la libertad
es vivir bajo reglas, es aceptar que no existe tal cosa. Justamente se termina de lavar la boca:
se enjuaga una vez y el mentol artificial recorre su esófago en un viento montañoso de
anuncio de televisión, casi puede sentir la avalancha sepultándolo. Disminuye la temperatura
en un último suspiro de un moribundo, ya cuando el frío recorre desde las extremidades de
su reseco cuerpo hacia el corazón, que en lugar de latir lanza lamentos perezosos. Más o
menos así es el frío de La Casa. El último sorbo de agua es caliente, espeso y nauseabundo,
tiene un sabor asesino de papilas, como cuando fuma. Escupe el agua caliente y apaga la luz,
pues no tiene gran importancia esa bocanada sin gusto. Su cerebro zumba como abeja danza
alrededor del polen avisando que ahí hay comida para los perros zánganos y la gorda reina.
Sus ojos se cierran por el cansancio, sus extremidades se disipan cual humo y siente que deja
de pensar, si es que eso puede ser posible pues significaría cesar de existir. Se tumba y no se
tapa con la sábana. El clima veraniego transforma a su pueblucho mexicano del bajío en un
sauna: nadie se tapa en un sauna.

Hay música de fondo, de esas que te hacen llorar hasta por las hemorroides cuando has
tomado unas copas de más. “Contigo aprendí, que existen nuevas y mejores emociones…”
¿La canción habla de drogas o amor? Piensa Diego. A final de cuentas, las sensaciones son
parecidas. Abre los ojos: ya no está en su cama, está caminando a un baño, al de hombres.
Entra y espera. Una mujer del tercer piso, como mínimo, igual de desesperada que él pues de
otra forma no cerraría la puerta impidiendo el paso a alguien más que busque entrar al ahora
recinto sagrado del amor. Ella ataca en un impulso que se desborda cual lava de Pompeya,
entierra y calcina su lengua en una lucha a muerte por respirar el aliento del otro. Succionan
sus vidas en un sabor grotescamente mentolado, ese mentol del cigarro que tiene raticida, lo
cual no preocupa en lo más mínimo a Diego, pues él no es una rata. Luchan humeantemente,
pelean a muerte, exploran cada parte de sus excitados cuerpos temblorosos dejando a un lado
el dolor que José Alfredo Jiménez les había hecho sentir con lo que aprende del amor. Ella,
como la leona que ha despertado, guía el sudoroso cuerpo de Diego hacia los lavabos, chocan
en una implosión divinalmente sexual porque, si haces las cosas pensando en el bendito
salvador, nada es pecado. Sus respiraciones agitadas son más como un río rápido y agitado
que choca contra rocas que se deshacen ante el ímpetu de la gracia de Diego y su
experimentada pareja. Él separa sus labios en un arranque doloroso y besa el cuello
perfumado de la dama, La Dama; quien lanza un efímero sonido que proviene de su sexo, su
sexo habla a través de sus labios articulados para hablar. Entre los dos se arrancan las camisas
como si estas estuvieran en llamas, los sudores se mezclan como dos corrientes de aire frío y
caliente, forman un tornado destructivamente bello que no arrasa por su sublimidad cercana
a Dios. Nada es más complicado que escalar los Montes Urales de una mujer, pues cuando
alcanzas la cima, caes por los abismos de las leyes naturales darwinianas y newtonianas; si
Platón viviera esto, habría comprendido que su maestro no era tan sabio como aparentaba.
Diego recorre el bosque negro con sus dedos, temeroso de encontrar al oso que está buscando
y que, al encontrarlo bañado y pescando en el caudal, ruge despertando pasiones y alcanzando
no un pez, sino una ballena de dulzura y feminidad. Ella arranca la piel del perro para
descubrir que en realidad hay un lobo listo para entrar en acción, lobo que aulla al ser
encontrado, que quería ser visto y acorralado en la fisura de un agujero negro más infinito
que la omnipotencia del salvador. La carga y la sube al lavamanos. Es ahora que la abeja
poliniza la flor, que los labios luchan de nuevo, la vida nace, el lobo entra y el oso se atiborra,
del bosque nacen flores, entra la lanza en el costado, la copa se llena de vino, el alma entra
al cuerpo, Dios renace para morir de nuevo, lloran, lloran, lloran. El terremoto los sacude,
nada vive, nada muere, flotan cuales astronautas, su cerebro se expande, cada neurona es un
multiverso, siete dimensiones se unen en sus cuerpos que explotan y se asesinan. Explosión.
Bum, bam, ven. El río corre caudaloso y se pierde en el mar, hay aullidos y rugidos, barnitan
en la unión de sus almas acongojadas. Tocan la cima del Monte Olimpo, son un solo cuerpo
hermafrodita bien recibido por Zeus. Diego abre los ojos, se mira en el espejo y no es él
mismo, no es su reflejo; es el jardinero quien se refleja borrosamente en esta realidad.

Capítulo quinto

Diego se despierta en una caída que no es, húmedo y tiritando de frío, constipado,
orgasmeado, esperando un hijo. Tiene aún el sabor mentolado en su boca y el aroma de esa
dama, La Dama. Ya no escucha la melancolía de José Alfredo Jiménez, ni la de José José;
hay ruido, sí, el de la voz rasposa de su madre proveniente de la planta baja. Se levanta
temblando, abre la puerta lentamente y escucha:

–No estoy mintiendo, Esteban, te juro que escuché algo.

–Jurar es pecado, mujer, lávate la boca con jabón en polvo.

– ¡No juegues conmigo, no es momento! –Esteban Carrasco, al igual que Julio, su hijo mayor,
y Germán; eran (y es) expertos en meter la pata con comentarios fuera de lugar. “¿Quién es
la gorda?” “¡La maestra!” Recuerda Diego en su primer día de clases en tercero de primaria
recriminando a su hermano mayor pues la ballenato podría escucharlo. “No te preocupes,
hermanito, yo te protejo si te quiere comer.” El gemelo vivo sonríe.

– ¡Perdón!, perdón, mi amor.

–Sucedió, ¡pasó!, te lo juro, tienes que creerme, dime que no estoy loca, dime que escuchaste.
–No escuché para serte sincero, pero ve, está apagada la computadora.

–Había luz, resplandecía la sombra de Julia, escribía a su misma velocidad.

–Mira, estamos exasperados, no vayamos a despertar a Diego, es muy temprano… vamos a


dormir, será lo mejor.

–No creo poder dormir después de esto, no podré.

–Estás cansada, hiciste quehacer todo el día, el cansancio te hizo imaginar cosas.

¿Qué pasó? El frío rápidamente borra de la cabeza esa pregunta del gemelo sin gemelo, quien
regresa a su cama pues mañana hay clases y hay que dormir para aprender. Escucha los pasos
de sus padres, silenciosos y rimbombantes cuales tamborazos de guerra. Las puertas de su
recámara se cierran. Silencio. Frío. Un crujido activa sus sentidos que se perdían al conciliar
el sueño. Ha de ser el cambio brusco de temperatura. Silencio. Se quita la sábana, prefiere
una cobija. Enciende la luz y va al clóset para tomar algo que caliente sus huesillos. Avanza
hacia el clóset, busca una cobija y un ruido vuelve a interrumpir el silencio de ultratumba que
reina en La Casa. Esto ahora no es causado por el frío, pues son pasos de alguien en la planta
baja. Es inconfundible la madera, ese sonido hueco. Ni un sordo dudaría de que hay alguien
abajo. Deja de buscar y camina cautelosamente hacia la puerta de su recámara como si esta
fuera a comerlo. No se lo come. La abre y se asoma. Pasos, ahora de la cocina al estudio; eso
cree el hijo de Esteban, ahora hijo único. Observa el corredor intermitente en rayas de cebra:
luz y oscuridad, luz y oscuridad; gracias a los enormes ventanales que ahora son claros y
dejan lucir una luna casi traslúcida. Luna de azúcar glass, luna de rostro de adolescente: llena
de imperfecciones. Aguarda cual pez que sabe que afuera hay una anguila recorriendo el
coral en busca de víctimas huesudas como él mismo. Sale de su habitación al no notar la
presencia del cazador. Camina sin hacer ruido con sus pies descalzos. El frío le cala hasta el
tuétano. Llega a las escaleras y expectante al show, espera. Su piel se eriza y algo lo obliga
a voltear, ese instinto que nos dice cuando alguien nos observa sin que sepamos. Observa
hacia su habitación casi esperando encontrar una figura inhumanamente humanoide, pero no
hay nadie, solo esa oscuridad lasciva. Regresa su mirada a la planta baja, al menos lo que
alcanza a ver. Al no suceder nada, cual niño decepcionado, se dispone a regresar cuando un
rechinido que crece por la oscuridad lo sobresalta y vacía su mente de cualquier posible
pensamiento. Ese ruido es como si arrastraran las sillas de madera sobre el azulejo de la
cocina, el único lugar de La Casa con azulejo en lugar de madera. ¿A caso Esteban y Valeria
no habían subido ya a dormir? Como buen investigador, se dispone a bajar, cuando un ruido
uniforme, constante y seco casi logra que sus cabellos se desprendan y salgan corriendo
aterrorizados. Teclean, hay alguien en el estudio. Esa formalidad, velocidad y fuerza es
propia de quien fuera su hermana, quien odiaba cuando la interrumpían. “Si vez que estoy
escribiendo y no quieres que las teclas se te metan por los ojos, no me molestes”. Dijo alguna
vez a Germán. No hay mejor cosa que sorprender a quien busca sorprender; si algún visitante
quiere presentarse sin invitación, Diego también lo hará sin la suya. Baja cautelosamente.
Del estudio sale luz que se proyecta en la pare: la silueta es la de una mujer delgada y de
cabello lacio. Cual perro regañado, con el rabo entre las patas, Diego busca asomarse
cuando…

–Diego, ¿qué haces aquí? –Succiona una bocanada de aire frío, pierde el control de sus
esfínteres pero por suerte para él, su estómago está vacío. Siente que, por el salto que da, bien
podría llegar a la atmósfera. Su voz se ahoga en una burbuja de jabón líquido.

– ¡Papá! –por fin logra articular sobresaltado, tratando de ignorar su piel de gallina calva. Su
madre se levanta de la computadora con su cabello ondulado en una pobre imitación de
plumero viejo. Esteban toma a su hijo por los hombros desnudos y lo trata de calmar.

–Hijo, Diego, ¡tranquilo!, no pasa anda, aquí estamos, somos nosotros.

–Es… escuché pasos y… pensé que ustedes estaban durmiendo, por eso bajé. –Recupera su
aliento.

–No, es que bajamos porque tu madre escuchó ruidos también y ya no subimos después.

– ¿Qué escuchó?

–Nada, La Casa es vieja, es normal que haya ruidos extraños.

–Bueno, me voy a dormir.

–Descansa. –Le dice a su hijo dando una palmadilla en la cabeza.


Regresa a su habitación tranquilamente pues eran sus papis. Toma el cobertor que estaba
buscando antes y regresa a su cama. Escucha que sus padres suben las escaleras charlando
de lo sucedido. Se cierran las puertas de su habitación. Recuerda el sueño y de repente un
nauseabundo sabor lo obliga a levantarse una vez más: no es el mentol del raticida que fuma,
es un sabor ferroso. Va a su baño y se alarma al ver sangre en el lavamanos, sangre seca. Se
observa en el espejo y abre la boca: sus dientes están manchados de sangre que ya tiene un
tono marrón, como si se hubiera enjuagado la boca con la misma. Se enjuaga velozmente,
limpia todo y regresa a su cama como si así asegurara que no sucedió nada.

Capítulo sexto

–Entonces bajé a ver quién era, yo ya estaba bien friqueado, no mames; y de repente mi papá
sale de atrás y casi me cago, wey, neta, se me andaba asomando el topo. Como sea, eran mis
jefes. –Sus amigos de la prepa ríen.

–No mames, wey. –dice Rodrigo, su enorme amigo, entre risas.

–Mal pedo. ¿Y no te dio miedo?

–Pues un poco, pero yo estaba más nervioso pensando en que era un ratero o algo por el
estilo, ni pensé en fantasmas; mucho menos en mis jefes. –Contesta sacando un poco de vida
mezclada con humo y el sabor grotesco que le recuerda aquél sueño que tuvo.

–Eso te pasa por no invitarnos a festejar tu casa nueva.

– ¡Cállate, pinche mono! –Le contesta a Mónica Salgado, para luego imitar los sonidos del
mono, la onomatopeya.

– ¡Órale cabrón! –Cuando las risas ceden paso a bocanadas de humo de cigarro y expulsiones
de salud, Rodrigo dice:

–Pero hay algo raro en tu historia, hermano. Dices que antes de bajar escuchaste a tus padres
subir a su recámara, pero si tus padres no habían subido, ¿de quién fueron los primeros pasos
que escuchaste?...

Valeria está en la cocina preparando comida para su familia. Entra Sergio y le informa:
–Voy a checar los rosales de atrás, señora.

–Ándale, ve, ahorita te llamo para que vengas a comer con nosotros. –El jardinero sale sin
contestar. Ella está en los últimos pasos de la preparación de salsa roja, justamente la acaba
de licuar. Toma un recipiente circular de cristal y vierte el espeso líquido descuidadamente,
pues un efímero chorro cae al suelo. No le da gran importancia. Va al refrigerador por papas,
de un estante toma una tabla de madera y corta rebanadas uniformes. El sonido del cuchillo
contra la tabla es hueco y repetitivo. Observa por segunda vez la mancha en el suelo, la
penetra y estudia: sal, chile, clavo, especias y consomé. La trata de ignorar una vez más y
regresa su mirada a la tabla. Termina la papa y ahora siente que la mancha de salsa es la que
la observa a ella. La salsa está viva. En un impulso, Valeria toma una servilleta seca y limpia
el suelo, y la tira a la bolsa de basura. No satisfecha, toma el trapo para limpiar la mesa y lo
pasa tres, cuatro veces. Aún incómoda, va al cuarto de servicio, pone agua con cloro y
limpiapisos en una cubeta, toma el trapeador y, cual guerrera en la batalla final, accede a
trapear toda la cocina. Ya seco el suelo, por fin puede seguir con su alimento lleno de amor
para su familia…

Por fin acaban las clases y llega a su parte favorita de los días de escuela: la hora de salida.
Luego de un rato de bochorno en el camión, baja y camina hacia su destino. Desde su lado
derecho, casi cual leona acechando, se levanta ese edificio blanco que parece pretender
desprender inseguridad y malestar a cualquier ser vivo que transite cerca. Tal vez eso pasa
porque al estar cerca de la locura, somos nosotros mismos en verdad, y eso nos hace temer:
tememos a nuestro verdadero rostro. Aunque, bueno, si Diego sobrepasó la muerte de gran
parte de su familia, un simple edificio no debería ser gran problema. La construcción es
blanca como la palidez del muerto, tiene, tal vez, una docena de pisos y muchas ventanas
oscurecidas por las almas ambulantes de los pocos que lograron conservarlas. El aire se torna
frío y seco cuando pasa por ahí, pues el edificio es más como un monstruo que busca más
vidas para succionar; es un agujero sin fin ni vicio. Por las paredes corren grietas que parecen
serpientes constrictoras apretando y sacando el aire para que los que entren se vean mareados
y atontados rápidamente. El edificio está aferrado al suelo, clavado en cruz. Hay, a un lado,
confrontando al sol que se oculta en las tardes calurosas del centro mexicano; una cancha
cínica de básquetbol rodeada de rejas metálicas y a prueba de tontos. Arriba de las rejas hay
un alambre de púas que desgarraría, no la piel, sino los huesos de cualquier despistado lo
suficientemente imbécil como para tratar de saltar o sobrepasar esa estructura. Hay dos
guarias fofos en la entrada y una recepcionista que nació con granos, y en la adolescencia,
cuales rasgos secundarios, le salieron cejas fusionadas en una, una nariz de bodega y una
boca que parece pico de ave de rapiña.

El gemelo de Germán, lejos de sentirse bien al pasar por ahí, siente casi como le baja la
presión y sus calzones también. Caminar junto a ese edificio resulta un desafío personal pues
la curiosidad da paso al morbo más bajo del hombre: ¿qué gratificación puede un ser humano
obtener al ver a otro ser humano en condiciones precarias y que dudosamente podemos
denominar vida? Pero así somos como humanos, porque incluso sabiendo que viendo,
probando, saboreando a lo que de primera instancia parece negativo; vemos, probamos o
saboreamos para luego arrepentirnos, casi disfrutando ese leve sufrimiento provocado,
gozando el dolor, masoquistas, sádicamente nos torturamos. Pues bien, Pepito grillo hoy no
está en el hombro izquierdo de Diego, más bien está cantando a la pepita de la grilla. Voltea
él, el estudiante, casi divinalmente a una ventana, no cualquier ventana, sino la ventana, esa
donde hay una silueta sin sombra, ni ojos ni nada: solo contorno y cabeza. Sus miradas se
cruzan y el sudor en el cuerpo del jovencito se vuelve hielo y nieve, el sol casi deja de brillar
y un viento gélido sopla desde la puerta de entrada del chocho lugar. Siente la mirada
penetrante pero vacía del ser que lo observa. Alguien choca con Diego, y con eso su alma
regresa a calentar sus extremidades.

– ¡Oh, perdón!... ¿Diego?

– ¡Sergio!, perdón, no te vi.

–No te preocupes. ¿Vas llegando de la escuela?

–Sí, ¿y tú?

–Fui a comprar abono para el pasto y las plantas. Vamos a casa. –Retornan su camino. –
¿Qué tal la escuela?
–Bien, bien, creo. Estoy subiendo mis calificaciones pero me sigue siendo poco animoso el
conseguir un certificado que vagamente me va a ayudar a tener una mejor chamba.
Últimamente me da muchísima flojera ir. –Sergio lanza una leve risotada.

–Sí, comprendo a qué te refieres, yo también fui a la escuela, ¿sabes?

– ¿Fuiste? ¿Qué ya no vas?

–No.

– ¿Y eso?

–Pues básicamente por la razón que tú acabas de decir.

–Comprendo… oye, creo que ayer me asustaron en La Casa. –Lanza una pequeña risa
nerviosa. –Escuché pasos y no eran mis papás.

–Bueno, pudo haber sido cualquier cosa, ¿no crees? La Casa no lo parece, pero es muy vieja,
sonidos de todo tipo son normales.

–Eso sí.

–No te preocupes, yo llevo años yendo a ese lugar y nada raro he visto. –Eso, en un lugar de
reconfortar, suena más a una extraña amenaza. Advertencia: no pasa nada, ¿entendido?

– ¿Vas a venir a comer con nosotros?

–Sí, ahora voy.

El gemelo sin gemelo entra a su casa y lo primero que ve, a diferencia de lo que estaba
acostumbrado a ver en su otra casa, es a su mamá trapeando y haciendo el quehacer.

– ¿Trapeando de nuevo, madre?

–Sí –Ríe nerviosamente. –, ¿por qué?, ¿tiene algo de malo?

–No, no, para nada, es que últimamente he notado que haces más quehacer de lo normal.
–Bueno, es que es una casa grande y los muebles son antiguos; hay que cuidarlos para que
no se desgasten. Además, quiero que todo se vea bonito para ustedes. –contesta con una
sonrisa sin dejar de hacer la limpieza del hogar.

– ¿Te puedo ayudar en algo?

– ¿Lo vas a hacer bien? –Diego siente algo de agresividad en la respuesta-pregunta de su


madre.

–Pues… –Es interrumpido.

–No, no me puedes ayudar. Ve a cambiarte porque vamos a comer.

Capítulo séptimo

Cual costumbre arraigada en las venas, como esos sacrificios aztecas; Diego tiene su propio
y metódico rito cada vez que llega de la escuela: sube a su habitación, se quita la ropa con la
que salió a la calle y se pone algo más cómodo, como un short y una playera vieja que no use
en público. Las mejores garras las usa para la calle, no es necesario tanto estilo en La Casa.
Su estómago, que resulta más como un tubo delgado gracias a su poco peso, ruge cual
cachorro de leones que quieren sus gramitos de carne roja, sangrienta y cruda. Baja a su lugar
en la mesa. Observa a su madre probando la comida para su amada familia, cerciorándose
que la sazón sea la ideal como para denotar el amor que siente hacia su hijo y hacia su esposo.
Observa también a Sergio, con su cabello enmarañado, su extraña palidez y su confiabilidad
forzada.

Un leve portazo rompe el relativo silencio de La Casa: Esteban Carrasco ha llegado. Saluda
a su mujer con un beso en la boca, recibe un beso en la mejilla de su hijo y da un fuerte
apretón de manos a Sergio, quien por un momento baja la mirada.

Ya todos en sus respectivos lugares y con la mesa reluciente de limpia:

– ¡Vaya!, mujer, no me había dado cuenta de lo limpio que está este lugar; casi podía
reflejarme en la taza de baño. –Sonríen los presentes y los que no, también.
–Gracias, amor. Me doy el tiempo para limpiar. –contesta ella escondiendo sus manos que
comienzan a verse maltratadas por los químicos que usa, líquidos que abrazan con todo
excepto con la verdadera impureza del ser. –Supongo que la vez limpia porque estás contento.

– ¿Y tú cómo sabes?

–Conozco lo suficiente a mi esposo como para saberlo.

–Pues acertaste, querida. Familia, les tengo una buena noticia que contarles –Todos dejan sus
cubiertos en sus respectivos platos para escuchar al hombre de La Casa hablar. –: me
promovieron, soy gerente de área de comunicación. Más responsabilidades, sí, pero también
más paga. –Una oleada de viento cálido invade el lugar.

– ¡Qué bien, papá! –contesta el menor.

– ¡Felicidades, señor! –contesta el jardinero forzadamente.

– ¡Esas son excelente noticias, mi amor! –dice ella para luego plantarle un beso húmedo y
picante en los labios. Siguen charlando hasta que sirven el guisado.

– ¿Y cómo te ha ido en la escuela, hijo?

–Pues… bien.

–Para ser un escritor innato, dices muchas cosas. ¿Solamente bien?

–Pues si entras al sistema de una institución deficiente, es obvio que el menos bruto
sobresalga un poco.

–Supongo que eso significa que eres el mejor. –dice Sergio incluyéndose en la plática. Diego
sonríe nerviosamente.

–No el mejor, pero tampoco son muy exigentes.

–Pues aprovecha, porque luego ya no tendrás tiempo para nada. –La sonrisa del más joven
se desvanece como el agua se evapora por el calor de la sartén.
–Sí, ya me han dicho eso una innumerable cantidad de veces. –contesta a su padre con un
tono monótono y sin ningún interés; incluso con algo de malhumor.

– ¿Y ya sabes qué quieres ser de grande? –pregunta el jardinero con un gran interés en su
mirada casi maquiavélica.

–Pues me gustaría ser escritor, publicar libros y así, pero a como veo las cosas, no sé si sea
lo mejor. No te podría decir con exactitud qué es lo que quiero ser.

– ¿Y por qué ya no sabes? –pregunta su padre llevándose su vaso a la boca.

–Pues no sé, no creo tener el talento… digo yo. No me siento preparado ni nada por el estilo,
le veo más talentos a otras personas antes que a mí mismo.

– ¿Cómo a quién? –pregunta su madre.

–Rodrigo, por ejemplo, mi amigo.

–El que toca piano, guitarra y demás… ¿no? –supone ella.

–Sí, ese mero.

–Pues yo creo que con la suficiente preparación, cada quien es capaz de triunfar en sus
respectivos ámbitos.

–Pues sí, es que mira… no sé. Por ejemplo, todos dicen que para poder ser grande debo
conocer a muchos escritores; y eso es más que obvio, debo aprender de ellos para conocer
estilos y demás características de lo que es la literatura; pero también creo que si alguien
quiere triunfar en algo, lo que sea, debe ser un poquito original, o sea, crear su propio arte.
Mas eso de crear tu propio arte, de crear por uno mismo, está realmente infravalorado, nadie
lo intenta, todos quieren copiar a los demás como si eso diera la suficiente validez moral,
ética y artística. Yo no quiero hacer lo que los demás ya hicieron, quiero hacer las cosas por
mi cuenta; incluso, como algunos dicen, tomando en cuenta que la originalidad hoy en día
no es más que contar lo que ya fue contado antes pero de manera distinta. Yo quisiera tratar
de hacer un poco de la originalidad antigua.

–Eso se vale, la cosa es no quedarse en el camino. –dice Sergio acabando de comer.


–Pues nosotros creemos en ti, hijo, sea lo que sea que necesites hacer o decidas hacer.
Siempre contarás con nosotros. –“Al menos que seas puñetas, ahí te vas a pudrir solo” le faltó
agregar a su padre.

–Gracias. –contesta su hijo observando el universo en su comida sin ninguna clase de


emoción.

Capítulo octavo

La monotonía no se define por una serie de actos que se repiten en el tiempo de forma
indefinida, sino en el pensamiento que se tiene al momento de llevar a cabo un acto. Tal vez
si alguien le dijera eso al escritor frustrado, los días de la semana no serían tan aburridos.
Aunque vale la pena mencionar que, como todo ser vivo, agradece cuando algo le cambia la
monotonía de la vida que es mucho más peligrosa que cualquier otra cosa, pues esta causa la
muerte de la imaginación. Claro que hay veces que preferiríamos morir de aburrimiento antes
de que una acción casi premeditada nos cambie el paradigma de lo creemos conocer. No lo
ve venir, como la gota de sangre que cae sorpresiva, o cuando la saliva quiere ser parte de la
plática también y solamente causa la burla de los compinches: el manicomio se burla, el
edificio de burla en una sonrisa retorcidamente demoniaca y macabra, la palidez se acentúa
con cada paso de acercamiento. Hace unos días, Diego recuerda la figura que proyectaba una
mirada soez y ridiculizante. Instintivamente, morbosamente, el joven voltea a la misma
ventana en busca de algo que lo forzará a arrepentirse: no hay nada. Recorre con los ojos el
lugar hasta llegar al patio y en la reja que está a unos escasos metros de él, está un hombre
tomado de la misma como si tratara de evitar una caída al abismo. Detiene su paso y observa
al hombre, quien también lo observa a él. Ojeada morbosa una vez más, nos gusta sufrir, ver
como llora, su cuerpo desnudo inimaginable, fumar y ver el humo salir, voyeristas de mierda.
Aquél hombre es un voyerista de mierda porque Diego en realidad es alguien agradable de
ver. Y así somos todos, alguien nos es bonito y no separamos los ojos cuales abejas sobre el
invasor; sin embargo, el hombre no es para nada agradable: con su bata que es más como el
vestido de la novia trasvesti abandonada en el altar, su piel pulverizada por la falta de sol,
pues ese hombre no ha salido al en años hasta que vio al hijo de Esteban y Valeria; su cabello
seboso que se une a su barba mal recortada y canosa, su cuerpo tiembla por su propio peso,
sus orejas han de estar llenas de cerilla, su nariz de moco; en su boca no hay saliva, solo gases
lacrimógenos; y su mirada… su mirada: ojos grandes y apagados como la luna nueva,
perforadores como el tractor que taladra la corteza cerebral del gemelo sin gemelo para leer
todo lo que hay en su basta mente, ojos vacíos y poco coloridos como los de un ciego; ojos
que le indican de alguna u otra manera que sabe qué le sucede, que sabe por lo que pasa. Con
trabajos, el joven desvía su mirada y continúa su camino a casa…

Como ya es costumbre, Valeria se encuentra limpiando la vitrina que está en la sala de estar,
al lado de la puerta. El cristal que ella limpia refleja directamente la entrada. Pasa el trapo
húmedo una y otra vez como si el aire, al tener contacto con la superficie lisa, generara
suciedad que le carcomerá el cerebro y a ella misma, a su familia, los violará la suciedad,
comenzará la tercera guerra mundial. Eso y mucho más. La suciedad es mala, maldita,
malviviente, malosa, malparida, malcriada, malévola, maltrata… Por eso el trapo le ayuda,
limpia a esa desgraciada. El trapeador la elimina del suelo. La escoba la hecha fuera de La
Casa. El recogedor la lleva a su tumba. El jabón rompe sus filas. Un portazo interrumpe la
tranquilidad de la limpieza. Por el reflejo ve a un niño escuálido, sangrando del rostro,
desfigurado, llorando; asustada, ella voltea y dice:

– ¡Dios mío! ¡Diego, me asustaste!... Ve a cambiarte, ahorita que llegue tu padre comemos.
–Su hijo, sin ninguna clase de emoción o sentimiento, obedece cual autómata es ordenado a
matar.

Valeria va entonces a la cocina por unos platos para comer, los toma de alguna de las repisas
de madera barnizada y los coloca al lado de la estufa al mismo tiempo que escucha un
segundo portazo. Va a la entrada y observa a Diego, quien está cerrando la puerta; se dirige
a su madre y la besa en la mejilla. La nota extrañada y le pregunta:

– ¿Estás bien?

– ¿Qué no habías llegado hace rato?

–No… supongo. –Le contesta sonriendo.

–Bueno, ya, ve a cambiarte que vamos a comer. –Él obedece. Tratando de ignorar la
situación, ella regresa a la cocina y los platos ya no están donde los había dejado. – ¡Diego!
¿Tú quitaste los platos que dejé en la cocina?
– ¡No, mamá! –Piensa ella que simplemente está distraída y que simplemente no puso los
platos ahí. Revisa de nuevo en la repisa pero tampoco están en su lugar. Entrecierra los ojos,
extrañada. Hay un tercer portazo.

– ¡Amor, ya llegué! –Avisa Esteban dirigiéndose a la cocina. Observa a su esposa


contemplando la repisa como si esta fuera un espejo en el cual no logra reflejarse. Le propina
un beso en la boca para sacarla de su trance. La abraza y le susurra al oído: –Amor de mis
amores, amor mío qué me hiciste, sabes que cuando yo llego de trabajar soy el que pone la
mesa para comer. –Valeria se libra de Esteban como si fuera una camisa de fuerza que la
aplasta para encerrarla para siempre, y corre al comedor que está conectado a la cocina por
un marco sin puerta. Ahí está todo: mantel blanco reluciente, manteles individuales de colores
bajo los platos, un vaso de cristal acompañando cada plato; cuchara, tenedor y cuchillo
alineados como solo lo haría un perfeccionista empedernido, la servilleta debajo de los
utensilios y una simetría definitivamente inhumana.

– ¿Estás bien? –le pregunta su esposo una vez más.

–Sí… sí, no sé por qué lo hice, a lo mejor estoy distraída por el cansancio, es todo. –le
contesta sin siquiera verlo a los ojos.

Capítulo noveno

Hoy es un buen día… para darse un tiro y matarse a la verga. Piensa el jovencito Diego
sentado en la sala. Se siente de mal humor, no tiene idea de por qué, pero las cosas son así.
Solo espera a la siguiente persona para mentarle la madre y así liberar un poco de su extraño
coraje.

Ahí está sentado, con su camisa a cuadros rojos y azules, su pantalón de mezclilla y sus botas
negras. Su cabello está sudado pues acaba de quitarse su sombrero y, por ahora, trata de
relajarse viendo la televisión. Nada más hace eso: ve la caja idiotizadora sin hacerle daño a
nadie. Extraño color el de la sala el día de hoy, las fundas de los sillones, ¿a qué clase de loco
malnacido se le ocurre revestir de ese color elementos de uso común? Blancas como la pureza
de nuestro señor salvador; eso dicen, aunque Diego no se siente muy creyente por el
momento. No lo siente venir, la tranquilidad se mancha de rojo: algo recorre con velocidad
de la gravedad por su fosa nasal. Con reflejos de gato, que resultan los de uno muerto, trata
de atrapar la gota con su mano, pero el sillón sí se mancha de su propia viveza. Corre al baño
a enjuagarse y escucha pasos dirigirse a la sala, seguramente su madre.

– ¿Qué pasó aquí? –pregunta en una tormenta de gritos exasperados, más loca de lo normal.
Es un accidente, pero ella no lo comprenderá, desde hace tiempo la limpieza es su adicción,
no es capaz de comprender razones. – ¡Maldita sea, Diego! –Los pasos ahora se dirigen al
baño. El enojo se huele en el aire, el agua con la que se enjuaga ahora es espesa y tiene un
sabor ferroso, grotescamente pesado. Es sangre. Ella lo toma del cabello, por la nuca, lo
levanta y él se puede reflejar al espejo: no es él mismo, es Sergio. Su rostro está manchado
de con sangre y ella no es ella, es otra mujer con gran parecido a Valeria. – ¡Te he dicho! –
Azota con fuerza sobrehumana su rostro contra el grifo en un sonido campaneante y
ensordecedor. Una oleada de presión y dolor recorre cada neurona de su cerebro. – ¡Ten
cuidado, cabrón! –Lo jala hacia arriba de nuevo y lo azota en una lluvia de sangre, una
sinfonía de huesos rotos y notas que no son. Le punza la cabeza y sus ojos casi explotan. Lo
levanta una tercera vez: – ¡No ensucies mi casa! –Pero esta vez Diego sí se ve a sí mismo en
su reflejo, y la mujer resulta ser Valeria, su propia madre lo ataca. Lo rompe contra el grifo
una tercera vez en una oda a la locura.

Diego despierta sobresaltado y sudando como puerco. El frío parece penetrar por cada
folículo piloso de su cuerpo y hacer que el bello y cabello crezca hacia dentro en pequeñas
agujas de hielo. Su rostro está pegajoso. Corre al baño y enciende la luz y en el espejo puede
ver: sangre coagulada y cual costra aferrada a su tersa piel. Con el corazón latiéndole en la
garganta se enjuaga. No está sangrando, pero tampoco parece imaginaria. Comienza a crecer
un extraño coraje en su interior hacia su madre, como si ella en realidad hubiera tratado de
matarlo. El hígado de Diego se hace de papel y él lo vuelve bolita para lanzarlo a la basura
en un enceste de basquetbol de la fregada. Se siente tan enojado como podría sentirse un
adolescente castrado por la vida. ¿Y cuál es la razón? La Puta Casa. ¿Por qué? Porque sí.
¿Son necesarias las razones cuando estamos enojados? Para qué, si nuestra mente maquina
para encontrar razones ciertas e inciertas sobre la bilis que producimos. El enojo se alimenta
del mismo enojo, no necesitamos una razón para la cual cagarnos en la vida, es algo que es,
simplemente es, en contra de cualquier filosofía de la razón. ¿Por qué está enojado Dieguito?
Porque sí, chingao, qué más razón quieres. Se seca con la toalla de mierda y regresa a dormir.

Su alarma suena y, como es costumbre, debe levantarse a realizar su rutina odiosa antes de ir
a la escuela. Al ver a su madre su estómago se contrae, no en un pujido de descargar, sino en
un montón de cucarachas cosquilleantes pues, si al enamorarnos sentimos mariposas, y bajo
el supuesto de que el odio es el contrario al amor; ¿por qué no sentir algún animal rastrero y
desagradable? Cucarachas, ratas, una viscosa y verde oruga. Usted ponga el animal que sienta
al odiar. Pero no es odio, él no puede odiar a su madre, a lo mejor siente coraje, y en vez de
ser cucarachas las que siente, son pequeñas arañas voladoras.

La monotonía de su rutina es causada por su mente, por una serie de pensamientos repetitivos
e imposibles de evitar. Después de desayunar y peinarse, lavarse la boca y la cara; sale a la
parada del camión pues esta vez su padre no podrá llevarlo ya que tiene una junta de trabajo
muy temprano. ¿Que no me puedes llevar? Pues al carajo. La travesía del transporte público
comienza: saca la credencial para pagar menos y el conductor le regresa el cambio
groseramente. Vaya insecto, si no quería conducir camiones hubiera estudiado. Aunque
claro, no siempre es así. Baja entre empujones y manoseos sin intención de serlo. En la
entrada de la escuela le piden su credencial y él la muestra sin detener su paso o saludar
cortésmente al guardia como generalmente lo haría. “Espacio libre de humo de tabaco”, pero
de humo de marihuana, tachas, alcohol, de meter la lengua en boca ajena, de faltar a clases,
de no jalar la palanca del escusado y muchas otras cosas más; no somos libres. Como siempre,
es de los primeros en llegar a su salón, aunque los maestros nunca llegan temprano. Deja caer
su mochila ruidosamente, lo cual llama la atención de algunos de sus compañeros que estaban
hablando sobre series de animé y sobre quién es más virgen. Un rato después, con la cabeza
entre los brazos y tratando de dormir, siente unas palmadas en la espalda, así como una voz
que resuena en todo el salón y lo hace vibrar cual juguete sexual.

– ¿Qué pedo, Diego? –Es su amigo-hermano mayor. Algo así. Se levanta, ve borroso por
unos instantes.

– ¿Qué pedo? –contesta desanimadamente.


–Vamos afuera, locochón. –Salen del salón a un día nublado y algo frío, con un extraño
ánimo de lluvia.

–Perfecto para un cigarrito, ¿quieres uno?

–Hoy es lo mejor. –Lo toma de la cajetilla ajena, su amigo acerca el encendedor con fuego y
Diego jala aire, mama de ese pezón sin leche; el mal sabor lo invade, su piel se eriza y una
relajación automática invade su muerte y cerebro.

–Hoy no te vez muy bien, mi buen, ¿sucede algo? –pregunta su amigo. Diego duda en si
debería contarle sobre sus sueños o las cosas que ha visto y sentido en La Casa.

–No sé, wey, es que son cosas bien locas. –El alto ríe estruendosamente.

–Estás hablando conmigo, ¿qué puede haber más loco que yo? Nada, ¡Nada! –dice con una
sonrisa en el rostro; se nota más animado de lo normal.

–Bueno, está bien, te contaré. ¿Recuerdas que te había platicado de Sergio, el jardinero?

–Sí, me acuerdo, tu amor platónico. –bromea Rodrigo. Ambos ríen.

–Bueno pues… soñé que era él.

– ¿Qué soñaste? –Le pregunta al hijo de Valeria, cambiando el gesto de su rostro burlón a
uno de seriedad e incomprensión.

–Primero que… pero si te burlas ya no te sigo contando; primero soñé que estaba con una
mujer mayor que yo y yo no era yo, era Sergio, ¿sabes? E íbamos a hacer… hicimos… ¡Puta
madre! Cogimos, wey, hicimos el amor, ¡ya!, sin rodeos. Eso soñé hace una semana, más o
menos. Ayer soñé que una mujer rara me atacaba, no la conozco, y al principio no era yo, era
Sergio, pero luego yo ya era yo mismo y quien me atacaba era mi madre.

–O sea que al principio eras tu jardinero, pero luego eras tú y te atacaba tu mamá.

–Simón.
– ¿Cómo es tu relación con él? –Piensa, jala aire, frunce el ceño; sus mejillas se adormecen,
hay una extraña debilidad en brazos y piernas, el mundo se mueve como si estuviera
ligeramente tomado.

–Podría decir que de amigos, nada más, aunque casi no lo conozco y no quisiera llamarlo
amigo… es que hay algo, siento que hay algo.

– ¿Como una conexión?

–Algo así.

–Mira, yo no sé gran cosa, pero dijiste que La Casa estaba amueblada ya cuando llegaron
ustedes y que decidieron quedarse con todo pues ya venía incluido. A lo que voy es que la
gente impregna, por así decirlo, de energía los elementos materiales con los que vive, les da
su esencia, es por eso que las casas huelen diferente una a la otra, por eso que todos olemos
diferente. De alguna forma nosotros, como seres humanos, sentimos esas energías y demás
situaciones; tú, por ejemplo, lo haces a través de los sueños.

–Pero son cosas raras, o sea, tener relaciones siendo otra persona y que te mate tu madre…
¡Qué pedo! –Insiste Diego luego de expulsar humo por la nariz.

–O sea, sí, a lo mejor lo que habría de hacerse es ver lo que en esa casa sucedió antes… dime,
desde que estás ahí, ¿algo ha cambiado en tu vida?

–Pues sí… mis calificaciones han subido, me siento con mucha más energía, escribo de
nuevo… hago todo con mayor facilidad; pero esos sí, siempre estoy de malas, todo el tiempo
malhumorado, molesto. –Su amigo se queda en silencio un momento.

–Pues ni qué decirte, tal vez eres más susceptible a las energías que puedan estar ahí. Supongo
yo que algo malo sucedió en La Casa, sea lo que sea. A lo mejor es cuestión de que te
acostumbres, a fin de cuentas, te acabas de cambiar. Además, son sueños, no hay que
enajenarnos por eso.

–Pues espero que sea algo pasajero, carnal. –contesta. Rodrigo expulsa una gran bocanada
de cánceres, minutos de vida, gases de judíos y demás venenos cruentos.
Capítulo décimo

Ya acaba el viacrucis: las clases. Justo ahora, el mundo no es el mundo, es más bien una
marea provocada por el diluvio universal de pensamientos, sentimientos y emociones
confusas e incluso contradictorias que forman remolinos, trombas y tornados en la mente de
Diego. Él contra toda lógica, filosofía y ciencia; es una contradicción histórica: él no es él.
Es un barquito en la marea que él mismo denomina “de mierda”. ¿Piensa? Nunca antes algo
había sido tan complicado de contestar. Enormes muros se levantan como olas salvajes que
quieren devorar, brutales azotes contra las paredes craneales de su cerebro; fruto todo esto de
la horrible tempestad. Si tuviera un radar, como todos los botes, vería esa horripilante mancha
blanca acercándose, pero por ahora está tan hundido en una telaraña de rancios pensamientos
apenas perceptibles que no ve al hombre que lo observa desde la cancha de basquetbol,
aferrado a la reja una vez más, cual garrapata que trata de chupar sangre del aire que respira.
Ese algo que nos obliga a ver la falsa mirada que nos observa, obliga al hijo de Esteban a
voltear hacia aquél hombre y empieza la lucha del siglo: el niño contra la niña, blanco y
negro, lo que no se puede detener contra lo inmovible, luz contra oscuridad. Todo esto choca
en un contacto visual, en unos ojos profundos como un abismo cuyo fin no podemos
presenciar, ojos sin vitalidad, aterrorizados por los años de una muerte que es prolongada
sobre la inmortalidad del ser que no quiere ser. Una mirada fija pero al mismo tiempo perdida
en su propia infinidad. El bienestar de un día que no existe se ve suprimido por una ola de
nerviosismo y algo parecido a la desdicha, pues la imagen que Diego tiene ante sus ojos es
carente condimentos.

– ¡Hey! –Detiene su paso firme y da la media vuelta para encontrarse con una sonrisa
lujuriosa de muerte, esa sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas loa tormenta
en un brillo amarillento y agusanado. El joven se siente cual perro pues mete el rabo entre
las patas antes de recibir el manotazo de su amo. – ¿Cómo está mi hijo? –Diego lucha contra
la ola que rompe frente a él. – ¡Salúdalo de mi parte! –le dice el hombre agarrándose de su
sexo putrefacto.

Ya muy cerca de su hogar, hundido en la batería de Fredrik Andersson, nota la presencia de


una mujer de muy buen vestir que lo observa llegando. Sin darle mayor importancia y
aturdido por el delicioso sol veraniego, una voz que no escucha por sus audífonos y el tono
desgarrador de “After a thousand years of opression…”, Diego voltea a la exquisitez de
mujer.

– ¿Te puedo hacer una pregunta? –En una mirada rápida la examina: falda formal azul claro,
mallas oscuras, zapatos negros, camisa blanca y un saco ligero del mismo tono de la falda,
cabello castaño y esos ojos que ya ha visto, pero los de ella irradian vida, alegría y cosa
buena.

–Creo que sí…

–Vives en esa casa, ¿cierto? –Apunta ella a La Casa.

–Sí. –contesta él dejando de lado que ella pudiera pertenecer a una cruel banda de
secuestradores destruye familias.

–Te pediré un favor. Saca una tarjeta de trabajo. –Si algo llegase a pasar, algo raro o algún
problema, llamen a este teléfono. –Diego recibe casi gustoso el número como si fuera para
una cita. Lo guarda…

– ¡Oiga! –Esteban, su padre, aparece para salvar el día. La formal mujer se marcha enseguida
con la cabeza baja. El joven llega con su padre. – ¿Te dijo algo esa mujer?

–Me dio esto. –Su padre le arrebata el papel de las manos.

–Yo guardo eso… vamos. –Lo rodea con un brazo y caminan al interior fresco de su casa.

– ¿Quién es ella? Tengo la impresión de que la conoces.

–Es la mujer que nos rentaba la otra casa. Desde que le dije que nos mudaríamos para acá,
ha estado insistiendo mucho en que quiere mostrarme algo sobre aquí. Dice que estamos en
peligro pues está embrujada La Casa.

– ¡Ah!... Patrañas.

–Eso creo. Dice tener información verídica que nadie más tiene pero ¡bah! Esas son tonterías,
fantasmas –ríe –, yo no creo en eso.

–Sí, lo sé.
Diego saluda a todos como es costumbre: beso a su madre, apretón de manos frío al jardinero
y le da el beso que no le dio a su padre en la mejilla. Como siempre, sube a su recámara a
cambiarse la ropa, esta vez con la puerta abierta pues no hay nadie arriba. Al quitarse los
pantalones y estar a la mitad de camino de ponerse el short, ve en el reflejo de un frasco de
perfume la silueta de una mujer de cabello lacio y aplastado que lo observa desde la puerta
de su cuarto. Reojo; sin embargo el detalle resulta asombroso en su uniforme
inmaculadamente blanco. Tuerce su cuello para no ver algo fuera de lo normal, no hay nada.
Asoma la cabeza, no sin antes caminar como pingüino pues la curiosidad es más que la falta
de subirse el short. Tirita un poco pues de repente baja la temperatura. Se acaba de vestir y
sin darle mayor importancia a una mala jugarreta de la mente, baja a comer.

–Muy bien, ya que estamos todos, vamos a comer. –dice Valeria en un pensamiento en voz
alta. Rápidamente, en un dejavú que no es más que la falta de memorias, el más joven nota
el atuendo blanco de su madre.

– ¿Y eso? ¿Por qué toda de blanco?

–Bueno, un pequeño cambio no hace daño a nadie. –contesta como si la descubrieran en


medio de la travesura. –Diego, aleja el vaso de la orilla porque se va a caer. –No la obedece,
no cree que eso suceda.

– ¿Cómo vas con el jardín, Sergio? No has tenido ningún problema, supongo. –comenta
Esteban antes de llevar bocado a la boca.

–No, de hecho no, señor; solo una pequeña plaga que estaba atacando los rosales, pero ya
para mañana estará exterminada.

– ¿Dónde compras los insecticidas y eso?

–Los hago yo.

– ¿Neta? –pregunta el menor.

–Sí, no es difícil, uso elementos naturales… bueno, algunos no, pero trato de hacer el trabajo
yo en la mayor medida.
– ¡Órale! –dice Diego con verdadera impresión en sus ojos de niño.

–Diego, quita el vaso que vas a tirarlo y mancharás el mantel. –El cual es blanco como las
alas de un ángel.

–No se cae, mamá. –contesta malhumorándose.

–La Casa no había estado tan limpia, Valeria –Traga su bocado el hombre más grande de
todos. –, antes no solías hacer limpieza tan a fondo.

–Bueno, es que antes trabajaba y no me daba mucho tiempo de nada. Ahora que nos va
mejorcito no hay muchas cosas más que hacer. –contesta nerviosamente al mismo tiempo
que oculta sus manos de anciana maltratada.

–Mi madre era igual, cuando dejó de trabajar se ensimismó en el hogar. –comenta Sergio al
aire.

– ¿Por qué dejó de trabajar? –pregunta Diego.

–Pues en ese tiempo a mi padre lo promovieron en su trabajo. Buenos tiempos, diría la gente.
El dinero no hacía falta.

– ¿Por qué eran buenos tiempos?, es decir, ¿por qué lo dices en pasado? –pregunta el hijo de
Valeria.

–Bueno, ella falleció y mi padre… digamos que no está en condiciones para convivir en la
sociedad.

– ¿Qué quieres decir?

–Está en el manicomio del pueblo. –Hay un silencio incómodo en todos los presentes.

–Lo siento… –dice Valeria con congoja en su voz.

–Y lo superé –Ríe. –, digo, tenía que hacerlo: soy mayor de edad y tengo que mantenerme
solo. Soy bueno con las plantas, por eso me dedico a la jardinería.
–Sin embargo, antes de que llegáramos a esta casa no había nadie, ¿por qué tenías tan cuidado
aquí si no tendrías paga? –le pregunta la que limpia La Casa.

–Porque nosotros solíamos vivir aquí, en esta casa. Los mejores momentos los pasamos aquí,
tengo una conexión especial con el lugar. Además, resulta mucho más agradable cuando hay
alguien más.

–Ya veo… –dice Esteban continuaría hablando, mas en un movimiento descuidado, Diego
derrama el vaso de agua de sandía sobre el mantel y el suelo.

– ¡Diego! ¡Te dije que lo quitaras de la orilla! –Lo regaña ella con un tono de voz tan elevado
que la cristalería parece temblar.

– ¡Perdón! –se defiende él.

– ¡Te lo dije dos veces! ¡Nada de perdón! –Está más exasperada de lo normal.

– ¡Ya, mamá! Fue un accidente, no lo hice adrede.

– ¡No, no lo hiciste adrede, pero ya ensuciaste todo y yo acabo de limpiar!

– ¡Bueno, yo limpio, tranquila!

– ¡No me voy a tranquilizar!

– ¡Entonces no limpio nada!

– ¡Ya basta! –Ordena el mayor con vox imponente. Continúa: –Valeria, fue un accidente,
Diego no lo quiso hacer a propósito, simplemente dile que sea más cuidados para la próxima.

– ¡Pues claro, como a ustedes les gusta vivir en la porquería!

– ¡Oye! –protesta Diego.

– ¡Dije que ya! –insiste Esteban con sus ojos azules relucientes. Diego se levanta azotando
sus puños cerrados contra la madera de la mesa.
–Si tanto te molesta, mujer, me voy. –Se retira para subir las escaleras ruidosamente,
azotando los talones como si quisiera romper algo. Nadie se percata de la sombría sonrisa de
Sergio, en cuyos ojos se refleja que el agua de sandía no es más que sangre…

Anochece y, como es costumbre, Esteban va a darle las buenas noches a su hijo, besa a su
esposa y se dispone a dormir.

Un eco vacío resuena en La Casa, son pasos, pero los originales nunca se escucharon. En un
frío ululante, Esteban abre los ojos y se dejan de escuchar los ruidos; supone que su hijo bajó
a tomar agua, así que cierra los ojos una vez más. Escucha pasos en la planta baja. Vuelve a
abrir los ojos para volver a verse hundido en un silencio de ultratumba que lo deja escuchar
sus propios latidos de su corazón. Se levanta y se queda sentado en la cama, cierra los ojos
pues es víctima de su propio cansancio y vuelve a escuchar los pasos que cesan al momento
en que él levanta de nuevo sus pesados párpados. Observa a su mujer, quien duerme
profundamente, que no escucha el rechinar de la puerta. Al salir, Esteban siente una mirada
atrás, pero la ignora, aunque los ojos de la pintura se mueven para seguirlo a su destino.
Camina en la alternancia de luz y sombra a la habitación de su hijo: entreabre la puerta y lo
observa dormir plácidamente. Cierra. Camina a las escaleras y ahí, arriba, observa hacia la
planta baja para tratar de distinguir si hay algo raro. Baja. Al quitar su pie del último escalón
alguien mueve una silla del comedor, al menos eso escucha. Camina hundido en sus latidos
agitados pero ve que todo está perfectamente acomodado. Parecen explosiones pues el
silencio es ensordecedor: pasos veloces pero ligeros hacen que el corazón de Esteban choque
contra su cerebro en un brinco olímpico. Voltea con rapidez pero no ve a nadie. Sube con
una velocidad moderada, no sabe si por miedo a estar abajo o porque en verdad quiere
descubrir quién ha sido. Hay todo menos vida.

–Malditas animañas. –Se dice de manera científica y lógica pues ¿qué otra cosa pudo haber
sido? Vuelve a caminar alternando luz y oscuridad con vaho saliendo de su boca. Alguien lo
sigue, puede sentirlo, casi escucharlo, alguien muy pequeña. Sin embargo, puede ser su
imaginación, se acaba de asustar y la mente humana es excelente para crear escenarios peores
a los que en realidad estamos. Camina con un escalofrío que recorre su espalda y confirma
empíricamente que tiene miedo. Se detiene en un halo de luz justo frente a su puerta, pues se
da cuenta que cuando él deja de caminar los pasos se dejan de escuchar. Voltea y parece
haber algo en la oscuridad, entre la luz y la luz, hay un bulto que no parece alcanzar el metro
de altura, blanco e inocente; a su mente llega la imagen de la pequeña Eva. Cree ver
borrosamente a su hija; sin embargo, su rostro parece estar sangrando y con vidrios en los
ojos. No, no puede ser. Esteban cierra los ojos y los abre de nuevo. No hay nada. Cuando se
calma mentalmente y quiere regresar a su cama, la puerta de su hijo se abre, Diego se asoma
y camina automáticamente, lentamente, hacia su padre. Una vez más, la piel del hombre de
La Casa se eriza pues cuando su hijo camina por la luz, todo normal, pero en la oscuridad su
rostro se torna malformado, adolorido y sangrante. Su cuerpo se tuerce inhumanamente y va
hacia él. Luz: paz; oscuridad: sangre que gotea. Camina de espaldas hacia su puerta y ve
como el rostro sin ojo y con la boca dislocada de su hijo se torna en la belleza inocente que
lo caracteriza; parece estar llorando, pero esta vez no tiene los ojos irritados e inyectados en
sangre como generalmente sería.

–Papá… –dice el pequeño con la voz temblorosa. Esteban quiere, pero no quiere abrazarlo.

– ¿Qué pasa, hijo?

–Hay alguien en mi clóset, creo que es Diego.

–Pero, amor, tú eres…

– ¡Ven por favor!, tengo miedo. –lo interrumpe su hijo, lo toma de la mano en un contacto
frío y van a su habitación. Caminan. Esteban trata de ignorar que cada vez que camina por la
oscuridad siente su mano pegajosa con la de su hijo. Llegan. El clóset está perpendicular a la
cama. Su hijo va su cama. Esteban trata de relajarlo.

–No te preocupes, hijo, aunque creo que estás muy grande para estas cosas. Ve, no hay nadie
en… –Abre la puerta y se calla pues ahí está Diego tembloroso.

–Hay alguien en mi cama. –Está llorando y tiene los ojos rojos. Todo se trona en un silbido
inaudible. Esteban voltea para notar una grotesca oscuridad plantada en la habitación. Hay
una silueta igual a la de su hijo en la cama. Camina a la puerta temblorosamente y, en un
flashazo al encender la luz, ve a Germán deforme justo frente a él. Se sobresaltas. Cuando
sus ojos se acostumbran a la luz, no hay nadie. Diego se asoma.
–Co… como te dije, hijo, no hay nadie.

–No me dijiste eso.

–Pues te lo dije ya: no hay nadie. –Esteban acomoda a su hijo y le besa la mejilla. Diego,
extrañamente, se llena de seguridad y se queda dormido de inmediato. El padre regresa a su
recámara pensando en lo que vio o en lo que no vio.

Capítulo décimo primero

La cama funciona más como una nube que cambia de forma para que, cualquiera que duerma,
sienta la mayor comodidad posible. Esteban abre los ojos y lo primero con lo que tiene
contacto es con la gran pintura de la mujer. Valeria sigue dormida a su derecha, pasiva,
calmada, muy tranquila. Aún es de madrugada por lo que no hay luz que moleste sus pupilas
dilatadas. Se sienta y se talla los ojos con sueño aún. Sabe que se tiene que levantar temprano
para trabajar: apenas va logrando vivir mejor y tener mejores oportunidades para su familia,
por lo que darse el gusto de cinco minutos más no puede ser. Se levanta y se pone sus chanclas
para ir a tomar agua. Toma la manilla y el tacto con la misma es áspero. En la oscuridad, su
palma se ve mucho más ennegrecida de lo normal. Se dirige al baño y enciende la luz. Ciego
momentáneo. Ve su palma con la que tomó a su hijo apenas unas horas: tiene una enorme
costra de sangre, dura como roca. Su corazón empequeñece. Abre la llave y se empieza a
enjuagar. El agua se tiñe de rojo vivo, la sangre mezclada con agua recorre el lavabo blanco;
pero no deja de salir sangre con agua, sale y sale, no cede, no se detiene, no se vuelve menor
la cantidad, su palma no deja de verse roja. Comienza a desesperarse cuando una voz lo
asusta.

–Amor, ¿qué haces? –El hombre salta y la ve con ojos del tamaño de platos.

–Nada, nada, amor… vine al baño. –contesta hundido en un océano de nervios crispados.

–Son las cinco, regresa a dormir, todavía faltan dos horas para que te levantes a ir a trabajar.

–Voy, cariño. –Regresa su mirada al lavabo y nota que es blanco sin rastros de otro color y
el agua es cristalina. Su mano está totalmente limpia.
Si el tiempo fuera infinito, seríamos inmortales; sin embargo, no lo es; cíclico, sería la palabra
correcta. Y como todo ciclo, tiene un inicio y su fin. De bebé a anciano, de cachorro a saco
de huesos, de huevo a pechuga empanizada; todo inicia, todo termina y vuelve a iniciar. Eso
no significa que el tiempo no se pierda, no significa que podamos durar como seres, ciclos
eternos; pero tampoco significa que no podamos desear que el ciclo en cuestión se acabe
rápidamente. Ese ciclo de las manecillas de su reloj, cada minuto durante los últimos diez de
su clase, Diego se asegura que la perra manecilla siga avanzando.

Por fin acaba otro día de clases; sin embargo, su mal humor sigue presente aunque digan que
el tiempo lo cura todo. La cuestión es que si el mal humor fuera una enfermedad curable, así
serían con toda las demás emociones, y no hay alguien en su sano juicio que diga que la
felicidad es una enfermedad. Y mientras camina lentamente, pues lo último que quiere hacer
es llegar a casa a soportar a la madre; Diego piensa en esas cosas extrañas que le han sucedido
en La Casa. Lo que pasa es que sería mucho más fácil encontrar explicaciones racionales de
no ser porque su madre anda limpiando, sacudiendo, trapeando, barriendo, lamiendo; y así,
toda ciencia sale de La Casa. Lo mejor es cuando dice “No tengo tiempo de nada”. ¡Pues deja
de chachear!, gritaría su hijo si fuera un desconsiderado. Ella, desde que llegó a La Casa,
parece haber cambiado: ya no tiene razón, sentido o noción de lo que hace, es más como una
máquina programada.

– ¡Oye! –La monotonía de sus pensamientos se ve interrumpida de la misma forma que el


timbre grosero e insistente del teléfono rompe nuestro plácido sueño. El jovencito apenas se
da cuenta que ese es un edificio demasiado grande para un pueblo que parece pequeño. –Ven.
–Es el hombre calavera, el de la vista perdida y enfocada, el feo, maloliente, loco, marginal.
Aquél que logra causarle un extraño miedo psicológico a Diego. No sabe si ir o no ir, pues
sus papás le dijeron que no hablara con extraños. Aunque ya tiene patos en el estanque, así
que puede tomar decisiones por cuenta propia. ¿Debería ir? ¿Debería no ir? ¿Debería saber
si sabe hacer algo? A según, está prohibido halar con los locos cuando están tomando el sol.

– ¡Ven por favor! –Como está del otro lado de la acera, casi tiene que gritar. ¿Quién dijo que
la curiosidad es mala? A fin de cuentas, fue el morbo lo que mató al gato, por lo que Diego
decide ir sin siquiera fijarse al cruzar la calle. El hablar de aquel hombre no es de alguien
loco, su mirada no es de locura tampoco, se ve atormentado, pero no enloquecido.
– ¿Sí? –pregunta Diego una vez que está frete al hombre.

– ¿Cómo está mi hijo?

–Bien. –le contesta a quien tiembla de los pies. Bajo la premisa de que ese hombre no está
en su sano juicio, puede contestarle lo que le dé la regalada gana. Tal vez ni necesita ayuda,
a lo mejor es un parásito que está dentro por mantenido cual garrapata necesita subsistir de
la sangre de la sociedad, que en este caso es dinero.

– ¿Sabes quién soy yo? –Le pregunta al joven. Diego no deja de verlo a los ojos en una
hipnosis involuntaria, casi un llamado. El hombre huele a alcohol, no a borracho, sino a ese
aroma característico de los hospitales que invita a no estar ahí. –Yo sí sé quién eres. –La
curiosidad es tanta que, a pesar de esperar las barbaridades más absurdas de la vida, decide
seguirle el juego. No hay mejor charla que la que se tiene con un loco.

– ¿Quién soy?

–Diego. –Esa sensación de esperar otro escalón al bajar, pero sin estar; es lo que Diego siente,
como si el estómago se le hiciera un nudo bien apretado: alerta, alerta.

– ¿Qué? –le pregunta al loco casi sin voz. Suda, él es el que tiembla ahora.

–Me lo dijo mi hijo. Tienen que salir de ahí antes de que sea demasiado tarde. La Casa. La
Casa está maldita. Él está maldito. Huyan o acabará con ustedes. –Diego rompe con el
contacto visual y comienza a caminar tan rápido como puede, como sus delgaduchas piernas
se lo permiten. Quiere alejarse de la calma e ir a la tormenta. El hombre, sin embargo, no lo
sigue, se queda donde está. – ¡Has caso a lo que te digo! ¡Huyan antes de que sea demasiado
tarde! ¡Lo conoces, conoces a mi hijo, sabes bien quién es! ¡Tú conoces a mi hijo! –Diego se
coloca sus audífonos para tratar de sacarse la voz aguardentosa de ese hombre, para sacárselo
de su mente. ¿Cómo supo su nombre?

Llega a su casa casi corriendo, sudando, con los nervios crispados y su bello corporal cual
erizo de mar. Está a punto de entrar cuando sale Sergio.

– ¡Diego!, ¿qué tal?, ¿cómo te fue en la escuela? –Por alguna extraña razón sobrenatural, lo
único que puede hacer el escritor es entrar en pánico.
–No… bien… no… no sé… con permiso. –Contesta tartamudeando, únicamente quiere
alejarse de él lo más rápido posible. Su madre no voltea a ver pues sigue enojada con él desde
hace algunos días: ella estaba trapeando y él tenía un poco de lodo en sus tenis. Decide no ir
a saludarla y vuela a su habitación. Ya en su espacio personal, la voz corrompida de aquél
hombre lo atormenta cual Dany en un hotel perdido con su padre que lo quiere matar a él y
a su madre. Deja caer su mochila en un leve estruendo, pone seguro para que nadie lo moleste,
se queda en interiores y se va a dormir. Tal vez lo que necesite es un descanso mental, tal vez
eso lo ayude a olvidar lo sucedido.

Un rato después despierta pues hay vocecillas afuera de su habitación, incluso hay música
afuera de su casa. ¿Hay fiesta a mitad de la semana?, es el único pensamiento que se puede
entender dentro de la mente del joven. Se levanta y camina en círculos dentro de su habitación
cual león enjaulado, camina ignorando los deberes que tiene, camina sin tener algo
productivo que hacer. No quiere saber nada por el momento. Se escuchan tres niños arriba,
niños no mayores a los diez años.

–Ya, dejen a la doña, no nos va a hacer nada.

– ¿Quién la invitó?

–No sé. –Pasos acelerados. Algo cae y se rompe, algún objeto de cristal. Al instante Diego
sale y ve a tres niños que nunca en su vida había visto rodeando el portarretratos que
rompieron. Él se acerca a ellos pero ellos no notan su presencia, no lo ven o lo ignoran. Es
un retrato de Valeria.

– ¡Rompieron el retrato de mi madre! –Grita a todo pulmón. La expresión angelical de


arrepentimiento de los niños pasa a una de terror. Uno se orina encima. Gritan asustados
como si el mismo demonio les hablara. Tratan de correr pero el más grande es mucho más
hábil y toma a los dos que son iguales por el cabello. No le interesa el bienestar de los dos,
una rara pero creciente ira se apodera de él y le nubla la vista: tiene que desahogarse de alguna
manera pues si no eso le hará daño a él. Los levanta en el aire cual muñecos de trapo y los
azota con gran violencia contra el suelo. A uno lo comienza a ahorcar con una mano; a pesar
de resistirse, el niño llorón no puede establecer contacto con ese ser que le quita la
respiración. El otro que lo tenía del cabello logra zafarse momentáneamente, pero Diego es
mucho más rápido, lo toma del hombro y lo lleva al suelo de nuevo junto al ahorcado cuya
carita está roja cual jitomate y sus ojos son bellos pétalos de rosa lagrimeantes. Azota la
cabeza del niño que pudo haber huido contra la cabeza del que tose desesperadamente. Lo
usa de martillo. Golpe seco. Los niños gritan cuales locos pues no se pueden liberar, al mismo
tiempo que un silbido agudo invade sus pequeños y nacientes cerebros. Golpe. La sangre sale
de sus orejas, ojos, nariz y boca a borbotones que auguran la vida que se pierde. Golpe. El
sonido es tosco, como golpear el grueso tronco con una roca. Golpe. La sangre salta en todas
direcciones. Golpe. Sus cráneos se rompen y se unen en el elemento gelatinoso de sus
cerebros. Golpe. Diego siente una erección. Suelta los dos cuerpos inmóviles y observa su
obra: enanos con agujeros rojos y húmedos. El niño que trató de ahorcar está boca arriba,
tiene casi inexistentes convulsiones y aún respira. Se acerca a él.

–Era el retrato de mi madre. –Un alma tan joven y pura como esa no es capaz de soportar
tanto horror, esa alma se va en un suspiro y una lágrima que recorre su cabeza deforme. Los
padres de los niños y demás invitados comienzan a llegar pero nadie se percata de la
existencia de Diego.

Despierta gracias al desgarrador y horrido grito de una madre que no tiene razón para ser ni
vivir, que muere viva. Sobresaltado, con mucho frío y más ligero, se levanta para darse cuenta
que está totalmente desnudo. No está su ropa en la cama ni en suelo. Se recuesta nuevamente
pensando en el sueño, se pone una mano en la cabeza y trata de despejar su mente, pero esa
enfermedad ya se está apoderando de él a nivel que no se siente mal por lo que hizo en su
sueño, ni en el efecto que su acción tuvo en su pudor.

Capítulo décimo segundo

El sol brilla de la misma forma que la luz pasa a través de una lupa y quema hormigas. Es un
día caluroso y sudoroso. Después de unas horas de tener que soportar a algunos maestros
incompetentes; Diego da gracias a Dios (a pesar de no ser gran creyente en el mismo), pues
por fin acaba un día de clases. Ahora lo que prosigue es encerrarse en su habitación para
perder el tiempo… bueno, a hacer tarea. Eso es lo mejor, pues su madre ha estado actuando
muy raro, anda obsesionada con el quehacer del hogar. Una borona de pan sobre la mesa es
sinónimo de guerra interracial, intercultural e interpendeja; su ropa es blanca como si quisiera
fusionarse con las nubes. Con la única persona con la que se topa es aquella que quería saber
dónde vive; fuera de eso, nada. Toca la puerta frontal, su madre lo ve desde la ventana y le
dice:

–Ve a la puerta de atrás. –Por favor, de perdida. El joven no comprende, sin embargo decide
obedecer para no tener problemas posteriores.

–Mamá, déjame pasar, porfa. –Ella lo observa despectivamente, lo examina y desarma.

–Estás sucio. –Él voltea a su pantalón y ve manchitas que se formaron por sentarse en el
suelo de la escuela, pero nada grave.

–Bueno, déjame pasar a cambiarme la ropa… es que también siempre me compras ropa clara
y se ensucia muy fácil, ya no me dejas elegir.

–Acabo de limpiar todo y no quiero que ensucies.

–Mamá, no voy a ensuciar, son manchas de polvo… no voy a ensuciar.

–Diego, lo siento, pero no te puedo dejar entrar, estás sucio. –De la misma manera que el
vapor comienza a hacer presión en la tetera, el mal humor de su cuerpo le exprime el hígado.

–Mamá, no empieces, déjame pasar, soy tu hijo.

–No. –El corazón late y la bilis se derrama en vómito mental.

–A ver, entonces ¿qué propones para que me dejes pasar?

–Quítate la ropa. –contesta ella tranquilamente.

– ¡¿Qué?!

–Me escuchaste. Es la única forma. –Punto final. Diego aprieta la mandíbula.

–Quieres que me quite la ropa para que me dejes entrar a mi casa… ¡A La Casa donde
también yo vivo! –reclama con su voz en aumento.

–Si no lo haces no entrarás. Haz lo que te digo si quieres entrar. –insiste ella con una
tranquilidad digna de un difunto.
– ¡Puta madre! ¡Toma, toma tu pinche ropa! –grita furibundo quitándose la playera. – ¡Eres
una loca! ¡Una loca! –Se desabrocha el pantalón. –No puede ser que me hagas esto, soy tu
hijo, ¡tu pinche hijo! –Se quita el pantalón, los tenis, las calcetas y se queda en su guango
bóxer luciendo su delgada desnudez. Al instante la mujer abre la puerta y él, echando humos,
se va a su habitación. Se viste de nuevo y toma sus ahorros.

– ¡Me voy!

– ¿A dónde? –Ella solamente escucha un portazo que hace temblar los cimientos de La Casa.
Valeria toma la ropa de su hijo, la mete en la lavadora, talla el suelo, trapea todo por donde
pasó Diego y se va a bañar.

Ya en el camión, después de alejarse una parada, Sergio sube también y se sienta al lado de
Diego.

– ¿A dónde vas? –le pregunta el jardinero.

–Lejos de aquí.

–Bueno… yo voy por fertilizantes… hay plagas que hay que erradicar de La Casa.

– ¿Tu madre nunca te hizo algo que te hiciera enojar los suficiente como para creer odiarla?
–El otro piensa un momento.

–No… bueno… tenía muchos problemas. Lo peor fue cuando me atacó por ensuciar una de
las fundas de sus sillones. Mi padre me defendió, pero por desgracia la hirió gravemente. Ella
murió en la misma casa. –No sabe Diego cómo contestarle o reaccionar ante tal confesión.

–Entonces ¿tu padre está en el manicomio por eso? ¿Por qué no fue a la cárcel? –Le pregunta
el más joven muy interesadamente.

–Pues, al parecer, por las circunstancias del asesinato. El juez dijo que mi padre tenía una
especie de problema psicológico.

– ¿Y no te pesa? ¿No te sientes mal por eso? –Lo que menos pasa por la mente del hijo de
Esteban es si puede llegar a incomodar o hacer sentir mal a Sergio, solamente quiere saciar
su morbo.
–Pues antes, ahora nada de eso me afecta; me da fuerza. –Diego voltea hacia la venta y ve un
barecillo.

–Me bajo aquí, adiós. –Baja sin importarle si suena cortante o descortés. Lo dejan pasar al
interior del bar como si esos seres solo les importara vender, o como si Diego aparentara otra
edad. Hay una barra, mesas circulares y sillas de metal; no es la gran cosa, pero no está muy
mal tampoco. Se sienta en la barra y pide una cerveza, enciende un cigarro y espera a que se
le pase el coraje.

Esteban llega a La Casa. Abre la puerta y observa a Valeria haciendo la limpieza, como
siempre, nunca deja de hacerlo: ya es como el aire que respira.

–Ya llegué.

–Voy. –Ella economiza en palabras para tener más energías para limpiar.

–Oye, cuando venía para acá, el vecino me dijo algo muy interesante que sucedió apenas
hace un rato.

– ¿Qué pasó? –le pregunta sin dejar de limpiar.

–Me dijo que escucharon a Diego gritar porque no lo dejarías entrar si no se quitaba la ropa.

–Pues es cierto. –Al escuchar eso, Esteban se dirige directamente a la cocina donde su esposa
está, quien no deja de limpiar.

– ¿Cómo?

–Sí, es verdad, no lo dejé pasar a menos que se quitara la ropa sucia. ¡Acababa de limpiar!;
además, que no se queje porque le faltó algo de quitarse. –comenta ella lamentándose de la
ropa interior que su hijo metió, pues en ella venían más gérmenes de los normales, gérmenes
que atraerían muerte, sangre y destrucción a La Casa.

– ¿O sea que no dejaste pasar a mi hijo porque estaba un poco sucio?

–Así es.

– ¿Qué te pasa? ¿Por qué hiciste eso? Es tu hijo, Valeria.


–Yo solamente quiero mantener esta casa limpia para que ustedes tengan un buen lugar donde
estar, lo hago por ustedes, para que estén a gusto y sin penas.

– ¡Créeme que tener que desnudarte para poder entrar a tu propia casa no es una forma de
estar a gusto en ella! –la reprime con fuerza y severidad.

– ¡Oye!, cálmate, lo hago por su bien. –contesta ella sin dejar de limpiar, sin mirarlo a la cara.

–Eso no es hacer algo por su bien, mujer, te estás pasando de la raya. ¿Qué te pasa
últimamente?, has cambiado desde que llegamos a este maldito lugar… ¡Con un carajo, deja
de hacer eso y mírame a los ojos! –le ordena en un impulso colérico, reprimiendo sus ganas
de zarandearla salvajemente.

–Se me olvidó hacer comida, tienes que ir por ella.

– ¿Por qué no me lo dijiste antes para llegar con la comida? –pregunta desesperadamente.

–Estaba limpiando, se me olvidó, tengo que hacer todo yo ya que ninguno de ustedes dos
sabe hacer perfectamente…

–Pues ya deja de limpiar, ¡te estás volviendo loca!

–Los locos son ustedes que les gusta vivir en la bazofia.

–Valeria, ¿tan siquiera has comido algo? ¿Desayunaste?

–No, no tengo tiempo.

– ¿Lo ves? ¡Te estás volviendo loca, ya deja de limpiar! –Ella ignora su comentario. Enojado,
Esteban decide ir en busca de su hijo. Cuando va subiendo las escaleras, escucha pasos
acelerados que se dirigen a la habitación de Diego. El padre de familia piensa que es su hijo.
Va a la recámara del joven, abre la puerta y al mismo tiempo ve a alguien entrando al baño.
Se encierra. Esteban va y toca con los nudillos.

–Diego, hijo, ¿estás bien? –No recibe respuesta alguna. –Diego, ven, vamos por
hamburguesas, vamos a comer tú y yo. –Siguen sin contestar, no hay nada, Esteban no
escucha ruido alguno provenir del interior del baño, ni un simple pedo. –Hijo… ¿Diego?–
Gira la perilla pues no tiene seguro y observa el interior: no hay nadie adentro. Escucha pasos
que van a la recámara principal. Esteban sale de la habitación de su hijo y camina
cautelosamente a la habitación de la pintura: la puerta se cierra tras alguien. La intriga se
apodera de su cuerpo. Pega el oído a la puerta y escucha pasos en el interior, como si
estuvieran dando vueltas en el interior de la recámara. Se asoma por la orilla de la puerta
entrecerrada pero no logra ver a nadie. La puerta se abre sola pues Esteban no la empuja, y
por esto le suda el trasero. No siente presencias como otras veces, pero siente raro. Lo primero
que ve es la pintura colgada de aquella mujer de gran parecido a su esposa… algo tiene la
pintura, algo ha cambiado: respira, parece cansada, su mirada está pervertida, onerosa y
moribunda; su cabello está maltratado y su postura está ligeramente agarrotada. Son señales
que no se ven a simple vista, hay que poner atención para poder verlas. Un momento piensa.
No es una mujer en la pared, es su esposa, Valeria está casi fotografiada con todo y su locura
en una pintura hecha hace tiempo ya. Sus ojos son tan vivos, tan reales, tan vigilantes que
Esteban casi puede ver y asegurar que se refleja en esas pupilas contraídas. Se le eriza la piel
al sentir la mirada de su esposa que proviene de la pintura. La puerta se azota produciendo
un fuerte estruendo. Él se sobresalta y el corazón se le detiene momentáneamente como
cuando estornudamos. Corren rápidamente hacia las escaleras y luego a bajan. El hombre de
La Casa se apresura, y al momento de abrir la puerta de su habitación los pasos ceden. Baja
velozmente con su esposa.

– ¡Valeria! ¿Viste a alguien bajando las escaleras? ¡Hay alguien en La Casa!

–No, no hay nadie. –Suelta una risotada. –Y la loca soy yo.

Hay algo en México, en su música, en su ser; que siempre que se tienen unas copas encima,
el espíritu revolotea junto a Dios y luego baja en forma de deshidratación y cruda. La puta
cruda. Va por la cuarta cerveza, ya la pidió, mejor arrepentirse a pedir perdón a la cabeza el
día siguiente. Hay gente que dice que el alcohol no es la solución, pero al no ser problema
tampoco, no hay por qué sentir malestar; a fin de cuentas: bien que mata, pero también
provoca vida; piensa el joven enclenque. Si Diego fuera un poco más pesado tal vez tendría
más resistencia al alcohol. Además, como él piensa y alguna vez escribió: hay dos formas de
arreglar los problemas: afrontándolos y bebiendo; y como en la vida hay que ser prácticos, a
veces mejor es el tequila, la cerveza o el whiskey a un coraje infundado. Saca su cajetilla que
le compró su amigo pues a él no le venden ni madres; cuando llegó eran veinte, ahora son
quince. Lo enciende. La muerte transita amorosamente a través de sus órganos vitales, muere
en rosas, expulsa algo de esos nueve meses de gestación y disfruta. El cigarro mata pero,
¿qué no mata en esta vida?, ¿qué no produce cáncer, paperas, ceguera, diabetes, loquera,
vaginitis, paranoia…? Sin enfermedad y muerte no hay salud ni vida. Respirar mata, caminar
mata, correr mata, ser mata, oír mata, saborear, oler, vivir, la amistad… todo mata en el eterno
ciclo de la vida y Dios.

Se sienta una mujer al lado, vestida profesionalmente. Por esas pantorrillas, Diego supone
que hace ejercicio. Lleva un maletín de cuero. Su rostro no es de alguien que ha tenido un
buen día; aunque es difícil el creer que alguien tan atractiva pueda tener un mal día: nariz
respingada, carnosos labios que suscitan al pecado, ojos marrones y el cabello más oscuro
que haya visto, que cae cual cascada. Busca algo en su maletín y una expresión de carajo
rebela su malestar.

– ¡Maldición! –dice entre dientes y deja de buscar, hunde su cabeza en sus manos como si
quisiera ahogarse.

– ¿Olvidaste tu cartera? –pregunta Diego con desgana. Ella lo voltea ver, él a ella no.

–Algo así.

–No es por ser confianzudo ni nada, pero te vez con problemas… ¿Quieres? –Le orece su
cerveza. Ella finge una sonrisa y acepta.

–Gracias.

Capítulo décimo tercero

Hace rato que Esteban se fue. Valeria hace lo que puede, lo que sabe, lo único que parece
mantenerla viva y respirando: quehacer. Se encuentra en la sala de estar limpiando los
aparatos electrónicos. En cansancio no es ya un impedimento, nunca lo fue en realidad, lo
que ahora importa es mantener todo limpio. Limpio. Blanco. Casto. Virginal. Al pasar el
trapo sobre la pantalla una silueta la sobresalta, la figura de un muchacho con sombrero de
paja, camisa a cuadros y pantalón de mezclilla: Sergio. En el mismo brinco que da, voltea
hacia atrás para no ver a nadie: soledad. Deja el trapo sobre la mesa de centro y decide ir por
un vaso de agua. Escucha algo caer a sus espaldas: el trapo está en el suelo. Explicación
lógica: no lo puso bien, resbaló y cayó. Gracias a Dios que existe la ciencia. Regresa y lo
coloca en el centro de la mesa. Se dirige de nuevo a la cocina y algo cae atrás de ella, a sus
espaldas. El trapo en el suelo de nuevo. No lo acomodé bien, piensa ella, como si lo poco de
lucidez que le queda en su cuerpo le dijera que se vaya de ahí lo antes posible. Una mirada
de reojo al colocar el trapo de nuevo en el centro de la mesita, hacia el televisor, el reflejo
revela a dos niños pequeños sentados, observándola. Da un gritillo y voltea al sillón: no hay
nadie.

–Estás cansada, no he comido… ¡es el hambre! Necesito descansar, es todo. –se dice con
falta de aire, respira agitadamente, siente un hormigueo en el estómago y en las palmas de
sus manos. Da dos pasos a la cocina y escucha algo caer al suelo, algo mojado, salpica. Voltea
lentamente, temblando. El trapo está en el suelo, pero lo sumergieron en el agua que tiene en
un recipiente. Ella lo ve con los ojos más grandes del mundo y de repente el recipiente de
agua sale volando violentamente hacia ella. Logra esquivarlo. Pega un grito que escucha
incluso San Pedro en el cielo. El terror se trasforma en un agudo silbido mataneuronas que
no la deja pensar, que le nubla la vista, que le impide armar escenarios lógicos en su mente:

–Tengo que limpiar…

– ¡BLUE! –le grita Diego a la mujer para dejar pasar unas fuertes carcajadas que ella expide.
Tiene que admitir él, y no sabe si es el alcohol, pero ahora la ve más joven que antes.

– ¡No manches, Diego! –dice ella entre carcajadas. Él también ríe, después de tres horas
bebiendo, cualquier tontería parece graciosa.

–Y, bueno, yo ya te dije por qué estoy aquí, sin embargo solo sé tu nombre, Sofía. –Ella
desaparece su propia sonrisa y mira su bebida, así como la distancia que los separa se va
reduciendo por arte de magia.

–Pues mi hijo ha cambiado mucho… tiene problemas, no me los dice. Le va bien, van a
publicar un libro suyo…

– ¿Escribe?
–Sí, novelas de ficción, pero esto… siento que no puede manejarlo; no es que quiera
solucionar sus problemas, pero tan siquiera quiero ayudarlo… supongo que tú no tienes hijos.

–No, de hecho no… no creo que sea lo mejor.

–Estás en lo correcto, te vez muy joven aún. Qué bueno que pienses así. Las relaciones son
muy complicadas… te lo dice una divorciada.

– ¿Cuántos años tiene tu hijo?

–Diecisiete.

– ¡Mira! Casi tengo su edad.

– ¿Cuántos años tienes?

–Quince. Casi dieciséis.

– ¿Cómo te dejaron entrar?

–Ni idea, pero lo agradezco. –Sonríen…

Esteban observa su comida rancia y grasosa porque, cuando la comida no está hecha con
amor, sí sabe diferente, todo lo que no se hace con sentimiento es soso, sin sabor siquiera.
Mundano. La soledad es amiga de unas personas propensas a la locura, como los escritores;
pero si a Esteban le juntan comida sin amor y soledad siente como un vacío en el ser, espíritu
y alma; le amarga la existencia. Vibra su celular.

–Buenas noches…

–Esteban, ¡Esteban! –Es Valeria, está hablando en susurros como si no quisiera ser
descubierta.

– ¿Valeria? ¡Qué pasa!

– ¡Ven! ¡Ven! ¡Hay alguien en La Casa! Ven pronto para acá. –Está muy alterada pero
susurra. Hay un grito aterrado y se corta la llamada.

– ¡Valeria! –Esteban deja dinero y sale corriendo a su casa…


Sofía tiene su cabeza recargada en el hombro del joven. ¿Ilegalidad? Esa cosa no es cierta
cuando se está lo suficientemente borracho o cuando eres abogado y tu biblia es la
constitución y el estado de derecho tu Dios.

–Dicen que sin problemas, Diego, la vida no es vida. –comenta ella en un olvido de sobriedad

–También dicen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, que nos ayuda y protege, que
está con nosotros, que nos mira cuales cachorros; pero somos más como gatos
malagradecidos y desvergonzados, vagos y perezosos, sin pudor ni piedad; porque a fin de
cuentas sí estamos hechos a su imagen y semejanza, porque como Dios, también olvidamos
las cosas.

No hay nada que excite más a una mente con título de maestría o en proceso de tenerla que
las palabras de un ser pensante. Algo se prende en ella, algo que no sentía desde hace mucho
tiempo. Lo toma delicadamente de la pierna como si esta fuera a romperse; él en seguido se
ve nublado, apantallado, duro como roca, su aliento se entrecorta al verla a los ojos: no ve
nada más que una muchachita de su edad, sonrojada y glamurosa; como si el destino estuviera
jugando con ellos. Ambos voltean al mismo tiempo a la puerta del baño de mujeres. Una
mirada de cómplices se cruza entre los ojos de ambos. Es esa la mujer que cualquier desea
tener consigo mismo. Caminan con la canción: “Dejaré que pase el tiempo, porque es sabio
y es perfecto, va y coloca donde quiere cada cosa en su momento…” La puerta que se cierra
impide que el sonido atraviese y los deja a ellos dos en respiraciones agitadas, en caricias
sudorosas y oscuros ósculos que desafían al creador. Él es inexperto y ella lo ha olvidado
todo. Algo quiere hacer explosión entre sus piernas. Ella tiene en mente el delito y el pecado,
pero eso lo torna todo más delicioso en un aroma que pica la nariz en un escozor del paraíso.
Él, él no sabe ni lo que piensa, pues al cerrar los ojos ve rojo y huesos, escucha gritos de
dolor. El pecado. ¿Qué no si el hijo de Dios se sacrificó por nuestros pecados, fue para
permitirnos pecar? ¿Qué no si pecas pensando en Dios lo vuelve todo menos pecado? Es ella
la que toma la iniciativa, pues él está absorto en sus pensamientos. Sus pantalones se bajan y
siente un contacto hirviente con la piel de ella. Los gritos se intensifican, la sangre corre y él
se hunde y hunde dos tiernas cabezas la una contra la otra en un infinito sube y baja, mete y
saca, dale y regresa. El clímax está al momento de sentir los huesos romperse, no se controla,
su cuerpo ahora es víctima de jaloneos y contracciones involuntarias. Los gritos de esos niños
se mezclan con gemidos excitados de ella y sus propios gemidos de puta en celo. Respira
como si estuviera ahogándose y, al abrir los ojos, vigilante, desde uno de los inodoros, está
Sergio desnudo con un enorme agujero negro en el rostro en lugar de nariz, ojo, dientes…
solamente observa con una torcida hendidura en la boca que pareciera imitar una sonrisa.

– ¡Mierda! –grita él volteando a los inodoros para no ver nada. Ella aún se recupera. Sale
apresurado, deja dinero en el portafolio de ella y sale corriendo de ahí. No comprende aún lo
que en realidad pasó, ni siquiera sabe si en realidad pasó. En la parada del camión se siente
observado, como si lo vigilaran. Sube al camión, paga, voltea a la ventana y del otro lado de
la acera se ve, lo ve, él, alguien que jamás en su vida imaginó ver: Germán, con el rostro más
angelical del mundo; y sonriendo. Lo saluda. Diego no devuelve el gesto. Regresa su vista al
frente y lagrimea.

Capítulo décimo cuarto

Las luces de La Casa están apagadas. Diego va llegando pensando y arrepentido de lo que
acaba de suceder, sino en lo que lo impulsaba a actuar, a hacerlo, su deseo no era Sofía, era
la sangre de los inocentes. Tiene miedo y este se acrecienta conforme se va a cercando a La
Casa. Justo cuando está al frente de la misma, un auto se estaciona: es Esteban. Diego respira
aliviado.

– ¡Papá! –Lo abraza.

–Diego, ¿estás bien?

–No sé.

– ¿Qué pasó con tu madre?

– ¿Qué pasó con ella? –pregunta su hijo.

–Me llamó muy alterada, dice que hay alguien en La Casa, pero ahora no parece haber nadie.
–Recomienzan su camino al interior.

–Papá, vi a Germán. –El adulto se petrifica cual gárgola vigilante de piedra.

– ¿Qué?
–Vi a Germán cuando venía a casa, igual a… era igual a mí. –Se observan fijamente cuando
el crujir de la puerta, un sonido que antes no sucedía, los saca de su puente visual. El corazón
de ambos late velozmente. Esteban toma la cabeza para proteger a su hijo en caso de ser
necesario.

– ¿Valeria? –Llama el hombre de La Casa temblorosamente, tímidamente cual niño enfrenta


a su maestro el primer día de clases. De repente sus tímpanos truenan con un agudo grito, un
poderoso rechinido de llantas y el impacto impresionante de un auto contra el inexistente
frente de La Casa. Diego casi se hace del baño en sus pantalones. Esteban suda frío. No hay
nada atrás a excepción de un leve aroma a llanta quemada.

–Ese grito fue como la voz de…

–Julia. –Completa Diego.

–Eso no puede ser. –El olor a llanta quemada se intensifica. Como por arte de magia, el lugar
les parece un dejavú, un recuerdo olvidado, ya habían estado ahí.

–Ya habíamos estado aquí… ¿pero cuándo? –pregunta el mayor.

–Todo esto me parece extrañamente familiar… La Casa, la carretera… hay algo. –dice el
menor leyendo el pensamiento de Esteban. – ¿Esta no es La Casa donde… –Es interrumpido
por un golpecito en la puerta, desde dentro, hecho por los nudillos.

– ¿Valeria? –pregunta Esteban. Les contestan con dos pequeños golpes. Diego toma valor.

– ¿Eva? –Un golpe. Sus cerebros se congelan y una lágrima recorre la mejilla de Diego. La
puerta se abre invitándolos a pasar. Cuando entran, la puerta se azota y las luces empiezan a
parpadear. Las respiraciones agitadas suenan en el silencio oscuro y luminoso del lugar.

–Quieren jugar. –dice Diego en voz baja.

– ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?

–Sergio me dijo que hace tiempo mataron a unos niños. ¿Qué tal si son buenos? ¿Qué tal si
nos quieren ayudar?
– ¿Cómo? Esto no puede ser, no es lógico; si están muertos no pueden ayudarnos. Además,
¿cómo sabe eso Sergio?, ¿dónde está él? –Un grito de Valeria resuena solamente en la
oscuridad titilante.

– ¡Valeria! –Llama Esteban fuertemente sin obtener respuesta. – ¿Qué hacemos?

–Jugar. –contesta su hijo. Un golpe manifiesta la confirmación, que eso debe ser hecho.

–Eva… –dice Esteban con la voz entrecortada. – ¿Y a qué se supone que debemos jugar?

–Yo cuento, tú escóndete. –En contra de su voluntad, con los pies temblorosos y el frío
expedido en forma de vaho; Diego se coloca al lado de la puerta y empieza su conteo. –
Uno… dos… tres… –Escucha a su padre alejarse, ir, seguramente, a la cocina. –Cuatro…
cinco… seis… –Justo atrás de él, Diego escucha alejarse pies ligeros, rápidamente, a la planta
alta. Las luces siguen su guiño continuo. –Siete… ocho… –Arriba corren en dos direcciones
distintas. –Nueve… diez. –Silencio y luces parpadeantes. Para encontrar a su madre, Diego
supone que debe tratar de encontrar a los niños pues su papá sería de poca ayuda. Los otros
jugadores serán de mayor ayuda. Se fija en todos lados pero no hay señales de que los niños
estén en la planta baja: no hay vida, no hay ruido. En la planta alta una puerta se azota pues
alguien la cierra apuradamente para no ser descubierto. Camina sobre fuego y hielo, en luz
intercalada con sombra; Diego comienza a subir. El silencio le retumba en los oídos, pues los
apagadores no suenan, no son activados ni desactivados. Camina sin encontrar a nadie aún.
El sudor helado lo hace temblar más y su propia inocencia lo invita a ir a cualquier lado. El
leve destello de luz al encenderse lo ciega momentáneamente lo cual no le permite enfocarse
bien en nada. De las tres habitaciones del corredor derecho, únicamente una tiene la puerta
cerrada, por lo que decide ir a buscar ahí esperando ver a su madre. Por una fuerza insistente,
Diego abre la puerta y se asegura de que no haya nadie en lo que se puede ver desde donde
está. Entra cuidadosamente como si metiera la cabeza a la boca abierta del león. Se asoma
debajo de la cama esperando ver al coco, pero no hay nadie. Una leve risita infantil casi logra
que se orine: viene del clóset. Una risa ahogada de alguien que sabe que lo están buscando y
no lo han encontrado, pero que sí logra ver al buscador. El hijo de Valeria suda de todos
lados. Camina al clóset, no puede ver nada a través de las rendijas. Temblando, abre
lentamente la puerta del clóset y definitivamente se le escapa algo de ácido úrico que
humedece su bóxer. El niño sonriente lo observa, observa a su amigo de juegos. Diego asoma
su cabeza para asegurarse. Luz: tierno e inocente niño; oscuridad: el mismo niño pero con el
cráneo molido, sangrando y sonriente. Luz: el verdadero ser; oscuridad: lo que la maldad
hizo de ese ser de luz. Diego se queda mudo, como si sus cuerdas bucales se transformaran
en concreto; quiere gritar pero no es posible científicamente hablando.

– ¡A la base! –grita el pequeño con gran emoción. Diego sabe que debe llegar a donde contó
antes que él. Sale corriendo al mismo tiempo que el niño se levanta, corre con pies de gelatina
lo más rápidamente que puede. Escucha que lo persiguen. En la luz, un niño cualquiera; en
la oscuridad, un niño muerto. Por fin puede articular cosas:

– ¡No mames! ¡No mames! ¡No mames! –Ya en la planta baja, escucha aún al otro corriendo.
– ¡No! ¡Ya! ¡Papá! ¡Un dos tres por ti! ¡Un dos tres por Dios! –Toca la pared y se tira al
suelo, aterrado. Las luces dejan de parpadear y ya no hay pasos acelerados. Comienza a llorar
desesperadamente al mismo tiempo que llega su padre, se hinca y envuelve a su hijo en un
escudo protector de amor.

– ¡Diego! ¡Hijo, hijo! ¿Qué pasó? ¿Qué viste?

–Un niño… ¡Me seguía! –contesta con la cabeza hundida en el pecho de su padre, llorando
como bebé.

– ¿No te dijo nada? ¿No viste a tu madre?

–No… no la vi. –contesta sin dejar de llorar.

–Tranquilo… tranquilo… ya pasó. –Hay un momento de silencio. – ¿Dónde lo encontraste?


–le pregunta su padre.

– ¿Mande?

– ¿Dónde estaba el niño?

–En un clóset de una de las habitaciones vacías de arriba.


Se levantan pesadamente como si estuvieran encadenados. Van a la habitación y abren el
clóset: está Valeria con la mirada perdida, con los ojos casi fuera de sus órbitas, con los labios
partidos, ida, no está en sí misma.

– ¿Valeria? –habla Esteban suavemente al mismo tiempo que se hinca frente a ella. –
Valeria… –No responde, está en alguna especie de trance, está pero no está.

– ¿Mamá? –Ella voltea repentinamente hacia ellos pegándoles un susto. Regresa la mirada al
frente.

–Todo está bien. –les dice con una sonrisa, sin notar su existencia. Ella ve al infinito pero a
la nada también.

– ¿Qué? –pregunta su esposo sin creer lo que escuchó.

–Ya pasó, nada malo sucederá ahora. –Esa sonrisa parece estar porque le jalan las mejillas
con dos ganchos, una mirada de caricatura sin chiste.

–Debemos irnos. –dice su hijo con miedo en su voz.

–Sí, a dormir todos. –Y en contra de cualquier voluntad divina y no divina, van a sus
habitaciones en una noche cálida, tranquila y plácida de verano.

Capítulo décimo quinto

En un viernes bochornoso y de clases, para acabarla de fregar; Diego no tiene ni humor de


vivir. ¿Cómo durmió una noche anterior? Pues muy sencillo, mi querido Watson: No lo hizo.
Dos cosas rondaron en su mente cuales vaqueros protegen lo poco que tienen: fantasmas y
un malestar físico-mental por haber alcanzado un orgasmo en imágenes imaginarias de niños
muertos, cerebros y sangre. Además de estar seguro de haber visto a Sergio en el baño. En
camino a casa, en la tarde, verá cómo del manicomio sacan el cadáver envuelto en plástico
negro; podría jurar que es aquél hombre que le advirtió que se fuera de La Casa hace tiempo
ya; pero el rostro lo tendrá tan desfigurado que no estará seguro en su vida. Verá en las
noticias, en la escuela, una nota sobre como otro paciente lo amarró y masticó su rostro hasta
que murió desangrado. Como sea, eso no tiene importancia; lo que sí es de tomar en cuenta
es que Diego está en su recamara con un cobertor pues no sabe cuándo la temperatura se
escurrirá a los menos miles de grados centígrados. Se apresura a apagar ese sonido chirriante
que mata sueños.

Esteban está solo, acostado sobre su cama pues Valeria es la que madruga pues Dios le ayuda
con la limpieza. Ahora despertó con una sonrisa de espanto. Esteban no sabe qué es sonreír
por el momento, pues todo en lo que pensaba creer ahora no es más que una cortina de humo
ocultando algo más. Su pensamiento se ve abruptamente interrumpido por la alarma
matasueños.

Después de desarrollar sus respectivas rutinas en silencio, sin decir nada a Valeria, quien lava
el baño de la recámara principal por quinta vez consecutiva en la semana; los dos hombres
desayunan. Se van aceleradamente de La Casa para dejar a Valeria con lo que parece hacerla
humana: la limpieza. Esteban sí trató de convencerla de que no durmieran ahí esa noche, pero
ella parece atada del cuello a La Casa y si se aleja, se ahorca.

En la escuela, cansado, pero sin el mal humor habitual de su vida durante las últimas semanas;
Diego se dispone a dormir, hasta que esa voz aparece, esa que parece venir desde el interior
del planeta:

– ¿Qué pedo, Diego?

–Wey… no grites. –le contesta a su amigo sin quitar la cabeza de entre sus brazos.

– ¡Ora!, pues qué tienes, ¿te pasó algo malo?

–Necesito un cigarro… ¿tienes uno para este humilde malparido? –Rodrigo ríe
estruendosamente. Se salen primero y ya afuera y recargados, le da uno. – ¿Y ahora porqué
escondes tu cajetilla?

–Es que desapareció un cigarrillo… creo que me están robando. ¿Qué te pasó? –pregunta su
mejor amigo comenzando a preocuparse.

–Ayer… ayer nos sucedió algo en La Casa, algo que nunca imaginé posible. –Aquél guarda
silencio cual niño escucha la historia esperando al monstruo que se comerá al protagonista.
–Aunque, bueno, desde hace tiempo nos suceden cosas raras; las de ayer no se comparan y
nos sucedió a todos juntos.
– ¿Qué quieres decir?

–La Casa… La Casa está embrujada. –contesta Diego luego de una gran bocanada de humo.

– ¿Qué pasó ayer? – ¿Cómo supo que fue ayer? Por esos ojos cansados.

–Los niños que se supone murieron misteriosamente estaban ayer jugando con nosotros. Mi
mamá estaba desaparecida y ellos nos dijeron dónde estaba. Ella estaba muy extraña, como
perdida en ella misma, sonriente como muñeca de porcelana pero… pero terrorífica.

– ¿Los niños muertos te dijeron dónde estaba tu mamá?

–Sí, jugando a las escondidas.

–Pensé que tú no creías en esas cosas, mi buen amigo.

–No creía, pero ahora parece más que obvio, que sí es verdad, que hay otro mundo aparte del
nuestro, aparte del que nuestros ojos ven. No me importa eso, yo solo quiero irme de La Casa.
–dice antes de darle otra calada a su cigarro mentolado para poder morir frescamente...

Esteban está en su trabajo, revisando y seleccionando el currículum vitae de la gente que


quiere superarse y hacer algo productivo de su vida; siente que sería mucho mejor que alguien
le dé un balazo en la sien; no porque no le guste su trabajo, sino por lo que le ha venido
aconteciendo. Siente como si alguien más estuviera con él, en su oficina, desde que llegó ahí
a trabajar lo siente, trata de ignorarlo y de concentrarse en su trabajo, pero no puede. Coloca
su rostro entre sus manos y escucha algo ligero caer al suelo. Es un papelito con huellas
dactilares rojas, como si alguien con sus dedos pequeños y llenos de sangre lo hubiera tomado
y tirado. Toma el papel. La sangre está seca. Es el número de teléfono que aquella mujer le
había dado hace tiempo a su hijo, que dijo que en caso de problemas en La Casa, la llamaran
a ella. Marca y espera tres tonos.

–Buenas tardes.

–Hola, buenas tardes, mi nombre es Esteban Carrasco. –dice con el ánimo en el suelo.

– ¡Oh!, señor Esteban, me sorprende su llamada. ¿En qué puedo ayudarlo?


–Pues tengo que hablar con usted.

– ¿Sobre qué?

–La Casa. –Hay un momento de silencio auspiciado por el horror y patrocinado por Belcebú.
Ella ahora habla en un tono mucho más serio.

– ¿Cuándo puede venir?

– Cuando usted diga.

– ¿Puede ahora mismo?

–Voy en camino.

Capítulo décimo sexto

Me siento mal, verá, tengo chorro por las garnachas de ayer y mis gases son tan malos que
Hitler los hubiera usado para matar judíos. Eso pero de forma más educada, de otra manera
para poder escaparse de su trabajo. Va que vuela a la dirección ahí escrita. Piensa en la
extraña sonrisa de su esposa cuando dijo que todo estaría bien. No haría esto de no ser porque
teme por la seguridad de lo queda de su familia. Si aquella que presume tener la verdadera
historia tiene algo que les ayude, no hay nada que perder.

Llega a una casa de dos pisos pintada de blanco con los marcos de las ventanas con un tono
amarillo pastel. La puerta es de madera con una reja blanca sobrepuesta. Hay cámaras de
seguridad en cada esquina de su casa y un detector de movimientos en la entrada. Tiene un
exuberante y hermoso jardín al frente, con pasto tan verde que parece artificial, con flores
que nacen para nunca perecer, que viven y respiran el aliento de la risa de la hermosa dama.
Todo crece pero nunca fuera de la medida. La casa luce acogedora, incita a pasar y tomar
unos tragos. El visitante toca el timbre. Espera unos segundos y hay un zumbido de
electricidad, se desactiva el seguro externo y Esteban empuja la puerta para poder caminar
por la cantera al mismo tiempo que aquella mujer sale de su casa.

–Bienvenido, señor Esteban, pase por favor. –dice ella muy agradablemente, pero también
seriamente. El visitante entra al acogedor hogar que tiene un aroma indescriptible, pues huele
a algo pero no es nada parecido a los aromas que ha captado en su vida. Hay una mezcla
extraña de modernismo y barroco en los muebles de metal y los detalles de madera en las
paredes de la casa. Hay varios diplomas de periodismo y economía. Plantas igual de vivas
que afuera ventilan el aire. Un perrito chihuahua hembra color marrón pasea de un lado para
el otro. Lo dirige a la sala, donde tiene preparado un té caliente con terrones de azúcar y un
frasco con miel, para que se sirva el invitado dependiendo del gusto personal.

–Tome asiento, por favor. –invita ella con el mismo tono con el que lo recibió. Él, al sentarse,
siente una comodidad que no había disfrutado desde que llegó a su casa. – ¿Gusta un te? –La
taza ya estaba servida, por lo que una negación no es respuesta. Expide un aroma extraño,
definitivamente no es menta. –Y bien, ¿qué ha pasado? –No es yerbabuena.

–Pues… –Da un sorbo. No es manzanilla tampoco. –Desde hace unos días hemos tenido
algunos problemitas en La Casa, cosas que no creía ciertas. No soy creyente, mi familia
tampoco, pero… pero luego de vivir eso… Siempre pensé en razones lógicas, pero ya mi
razón llegó a límites que no puede superar. Hay cosas sin explicación.

– ¿Como qué cosas?

–Mi mujer ya no es la misma, desde hace mucho tiempo… está obsesionada con el hogar y
la limpieza del mismo, nunca deja el quehacer; está traumada con eso. A mi hijo lo noto
malhumorado todo el tiempo, como si la felicidad y alegría fueran sustituidos por odio y
angustia.

–Si no mal recuero, su familia sufrió una fuerte pérdida hace unos años. –No es manzanilla.
Esteban siente como sus músculos y mente se relajan como nunca antes.

–Sí, perdimos a la gran parte de la familia: Julia, Julio, Eva y Germán, el gemelo de mi Diego.
Al principio yo adjudicaba que nos sentíamos raros en nuestro nuevo hogar porque solo
somos tres y La Casa es enorme. Pensé que aún asimilábamos lo sucedido. Pero hay cosas
que, como dije, no logro explicar.

–Pero a usted le ha ido muy bien, laboralmente hablando. Su hijo ha subido sus calificaciones.
–Sí, exacto… ¿Cómo lo sabe? –Esa información no se la había dado en la vida. El té no es
verde ni rojo.

–Yo me gradué en comunicación y periodismo, con periodismo de investigación como línea


terminal; señor Esteban.

– ¿Y qué hace en bienes raíces?

–Tuve que cambiar mi profesión pues llegué a tener problemas con gente de dinero. Tengo
la historia de lo que en realidad sucedió en La Casa, y una posible solución a la situación en
la que usted vive.

– ¿Por qué tuvo problemas?

–Porque este lugar crece más y más, no conviene tener una zona o casa con cruentos
asesinatos… menos si estos se repiten. –Se nota muy convencida.

–Soy todo oídos. –Ella sonríe.

–Le advierto que lo que estoy a punto de decirle puede ser realmente perturbador. Por eso el
té.

– ¿De qué es, por cierto?

–Marihuana.

– ¡Marihuana!

–Me lo agradecerá. –Toma unos papeles y unos folders que ya tenía preparados desde antes
que Esteban llegara. –La historia de La Casa es interesante y trágica a la vez. Todo comenzó
con la llegad de una joven pareja cuando esto apenas era un pueblo. Dicha pareja construyó
esa casa para huir de la gran ciudad donde perdieron a sus dos hijos mayores, al gemelo de
uno y a la menor.

– ¿Qué les pasó? –pregunta Esteban realmente aturdido por la coincidencia.

–Fueron asesinados una noche que regresaban de una fiesta. Llegaron los que ya mencioné
antes que los demás, descubrieron a los malhechores robando su casa y fueron baleados.
Regresando a la cuestión, también huían de problemas económicos, así que en un intento
desesperado, pidiendo dinero prestado a todo mundo, construyeron su casa. Cuando llegaron
aquí, a su casa, el ambiente de malestar se vio sustituido por uno de progreso. Buenas
calificaciones, aumentos salariales, deudas pagadas. La mujer, sin embargo, comenzó a
enajenarse con la limpieza del hogar; algunos dicen que para sobrellevar la muerte de sus
hijos. Ella a veces comía, a veces no. Él, su gemelo sobreviviente cayó en adicciones y malas
amistades, incluso, algunas investigaciones apócrifas aseguran que estaba en una especie de
secta espiritual. El único que parecía ir hacia arriba era el hombre de La Casa, descubriendo
su potencial que ni él sabía tener. –Esteban suda frío. –Las cosas empeoraron: la madre llegó
a extremos de que cuando su hijo llegaba de la escuela no lo dejaba pasar si llevaba ropa.
Todos habían experimentado cosas raras: ruidos, miradas, presencias, pasos… hasta que un
día ella vio algo aterrador y llamó a su esposo. Él al llegar vio en el comedor a todos sus hijos
muertos merendando como si aún vivieran. El hijo de la familia también vio lo mismo al
llegar, justo un rato después de su padre. La mujer siguió con su loquera, pero ahora de forma
sonriente y educada. Al día siguiente su hijo llegó de la escuela, tocó pero nadie le contestó,
la puerta del frente estaba cerrada por lo que fue a la trasera. Atrás estaba abierto y como no
estaba su madre, entró, fue a la sala y sangró de la nariz, manchó uno de los sillones. Fue
rápidamente al baño cuando escuchó a su madre furibunda. Le estrelló la cabeza contra el
lavamanos hasta dejarlo inconsciente, lo desnudó y lo puso a limpiar el reloj de la sala.

–El que no suena.

–Exacto. Otros dicen que lo puso a limpiar el suelo, pero eso no importa. Llegó el padre y
vio a su hijo desfigurado, muerto y sin ropa. En un ataque de ira, con cuchillo en mano, fue
con su esposa; las versiones varían: unas dicen que le enterró el cuchillo entre los ojos, otros
dicen que no hubo cuchillo que la lanzó desde el segundo piso. Luego de esto, él se fue con
su retoño y lo abrazó; estuvo sin comer, ni beber ni nada, duró días diciéndole que lo amaba.
–Se queda en silencio.

– ¿Cómo los encontraron?

–Verás: el hijo de la familia tuvo un amorío con una mujer en un bar, ella fue a verlo pues
tenía una noticia que darle. Tocó la puerta y se abrió sola, un repugnante olor la mareó y
descubrió la grotesca escena: el desnutrido, moribundo y huesudo hombre, su hijo agusanado
y desfigurado mientras que la mujer de la familia llena de moscas. Dio aviso a las autoridades.
Mandaron al hombre al manicomio del pueblo pues lo dieron por loco. Pusieron La Casa en
venta hasta que otra familia llegó. Les sucedió algo parecido: ruidos, pasos, voces, incluso
los niños juraban que había una mujer limpiando La Casa y un joven cuidando el jardín. Un
día en una fiesta, sus dos hijos; gemelos, por cierto; aparecieron brutalmente asesinados.
Luego llegaron ustedes. Dicen que esos niños ayudan más que molestar; ayudan de aquél
espíritu maligno que ronda La Casa.

– ¿El espíritu de quién?

–El hijo, todo apunta a él o a su madre. O los dos.

– ¿Sabes cómo se llama el hijo de la familia que construyó La Casa?

–Sergio. –Esteban siente mariposas en el estómago. Del folder, ella toma una foto.

–Esta es la familia. –Esteban toma la foto de tres personas frente a La Casa, personas
extrañamente sonrientes. En un extremo está el hombre de La Casa: alto, algo barrigón, con
barba y lentes; en el lado derecho, la mujer de la pintura.

–La pintura de la recámara… –No acaba su oración.

–Sí, es ella, la mandaron a hacer antes de que se volviera loca. –Al ver al hijo siente un raro
dolor en el estómago y el efecto de la planta medicinal se pierde.

–No puede ser… ¿Cuántos años tiene esta foto? –pregunta espantado.

–Treinta años, aproximadamente.

–Es que ese niño es… es mi jardinero. –En efecto, el joven de la foto es Sergio, el que comía
con ellos, el que les ayudaba en La Casa, el amigo de su hijo.

–Lo sé. –Contesta ella con gran tranquilidad. Esteban comienza a hiperventilarse y a sudar
hielo. – ¡El té! Tómelo, le ayudará. –Él bebe para relajarse pero se siente muy impresionado,
tiembla.
– ¿Usted cómo sabe todo esto?

–Pues la mujer con la que Sergio tuvo un amorío en el bar, es mi madre.

– ¿Qué le pasó a ella?

–Murió hace años. Me dijo todo lo que sabía de mi padre, de Sergio. Un joven muy
inteligente, con gran energía; pero con una personalidad del demonio, enajenado con la
muerte y lo paranormal. Dijo que, así como Dios les quitó a su familia, cualquiera que habite
en La Casa también sufriría ese dolor.

– ¿Entonces?

–El que ustedes estén ahí, ahora, no es una coincidencia, lo tenía él planeado desde siempre.
Tus hijos murieron por su culpa, y ese dolor y pena que ustedes sienten es el alimento que
necesita. Es ahora fuerte y los atormenta.

– ¿Qué podemos hacer?

–El mal espíritu vive ahí, al igual que el espíritu de los demás; las emociones negativas que
ahí están impregnadas lo hacen más fuerte. Yo creo que deben destruir La Casa.

– ¿Qué?

–Destruyan La Casa, hagan que ese lugar no albergue más a ese desgraciado, pues él provoca
todo para alimentarse del dolor de los que ahí habiten. –Esteban se queda pensativo.

– ¿Decirnos esto no te traerá problemas?

–Si actúan rápido, mis problemas se acabarán al mismo tiempo que lo suyos. –Esteban la
observa fijamente, trata de asimilar todo lo que ella dijo, pensando en la solución. –Yo soy
buena investigando y vendiendo, señor Esteban, con las plantas yo soy pésima. Para que lo
sepa: yo no tengo jardinero.

Capítulo décimo sexto

Diego ve desde la distancia a La Casa. No quiere estar ahí con su madre pues le tiene miedo.
Lleva ya algunos días sin ver a Sergio, lo cual lo tranquiliza un poco, pero sigue sin querer
estar ahí dentro. Pasa por donde estaba el poste donde chocaron sus hermanos. Otra razón
para no querer estar ahí: recuerdos, pesados recuerdos. Observa como el sol parece temer a
La Casa, no brilla como antes brillaba; ahora se ve más fría y oscura. Camina hacia ella
pensando en lo que ayer sucedió y en la extraña sonrisa de su madre en esta mañana de
viernes. Espera que no tenga que enfrentarla porque ni siquiera, por extraño que parezca,
quiere verla. Trata de abrir pero la puerta del frente está cerrada. Una melodía suave proviene
de la sala: supone que su madre dejó encendida la televisión. Va a la puerta de atrás y entra,
pues está abierta, entra y no ve a nadie en la planta baja, parece un desierto. Va a la sala y
deja su mochila en el suelo. Se sobresalta al ver a Valeria de pie en la entrada de la cocina,
quieta, con una pesada respiración y una mirada penetrante. Sus ojos no parecen ser sus ojos.
Lo observa cual abogada defiende al diablo, esa mirada que exprime la verdad del acusado.
Su rostro refleja rabia, se muestra furibunda y al mismo tiempo cansada, agotada y sin
vitalidad en el ser. Solo hay algo visible en su mirada, algo que no brilla ni refleja: hay
limpieza.

– ¿Mamá? –pregunta el recién llegado con la voz temblorosa.

– ¿Qué haces aquí? –pregunta ella con la voz desgarrada, vieja, cansada y potente.

– ¿Mamá?, soy yo, Diego, tu hijo, vivo aquí contigo y con papá.

– ¡Estás ensuciando mi casa! –Cada palabra va subiendo de tono, de intensidad. Su voz se


escucha mezclada con la de otra persona, la de un hombre; la segunda voz es casi
imperceptible, pero ahí está.

– ¡Soy Diego, tu hijo! –Ella grita con fuerza sobrehumana, corre contra su hijo. Él,
confundido, la esquiva; ella no logra detenerse y se golpea violentamente contra el suelo.
Diego va a la sala, busca salir por la puerta delantera pero no se puede abrir. Llega Valeria
velozmente pues el golpe no parce haberle dolido o afectado, lo azota contra el suelo en un
arranque de fuerza digno de Hércules; lo levanta y lo pone contra la pared, lo toma del cuello
y lo empieza a levantar. El aire en el cuerpo del delgaducho se ve limitado, sus articulaciones
se enfrían y su cabeza se torna roja, sus ojos se inyectan en sangre y una sobrepasada
desesperación lo hace lagrimear y golpear a todos lados, incluso a su madre. No puede, la
fuerza de ella es incomparable. Los trastes de la cocina tiemblan de miedo, las manecillas del
reloj giran muy rápido y se escuchan pasos acelerados bajar las escaleras.

Esteban rechina las llantas pues aceleró lo más que pudo para llegar lo antes posible a La
Casa. Nota como la luz pareciera huir de la misma, pues se ve más lúgubre de lo normal.
Diego comienza a perder el conocimiento. Esteban corre y choca contra el muro de concreto
que es la puerta de entrada.

– ¡Valeria! –No recibe respuesta. – ¡Diego! –Nadie contesta, pero alcanza a escuchar los
trastes de porcelana. Comienza a patear la puerta desesperadamente. Diego ve la luz
desaparecer ante sus ojos y su madre, esa mujer que lo amamantó, besó, arropó, cambió de
pañales, ayudó y lloró; lo está matando, y eso es lo que más le duele. La puerta se abre de
golpe. Ve a la mujer de sus sueños matando a su hijo.

– ¡NOOOO! –grita al mismo tiempo que la golpea en el riñón, ella cede y Diego cae al suelo
tosiendo y rojo como jitomate. El ayudante toma a su hijo y se alejan de la loca. Valeria clava
su mirada de locura a Esteban también; ella parece rugir con su grito. Trata de embestirlo
pero él planta un derechazo que lanza sangre volando y le rompe la nariz. Ella jadea y sangra
en un enojo digno de Luzbel. Se levanta sin recargarse en sus brazos, flota en el aire cual
tabla firme, como si alguien más la levantara. Esteban toma un jarrón de vidrio en caso de
que ella decida atacar. Algo le arrebata el jarrón y lo lanza volando contra la pared. Valeria,
al ver los pedazos de vidrio, pierde el instinto asesino y se concentra en lo mejor que sabe
hacer.

–Debo limpiar. –Esteban y Diego no pueden creer lo que pasa, observan anonadados como
ella recoge los pedazos afilados sin importarle que sus manos sangren. Suenan sirenas de
policías y un auto grande y blanco rechina sus llantas también frente a La Casa. Entran
hombres enormes uniformados de blanco en algo que parece más una película gringa, una
visión surreal. Varios policías rodean La Casa y apuntan con sus armas. Los de blanco
amarran y se llevan a Valeria.

Capítulo décimo séptimo


Declaración, primeras impresiones de los doctores, el daño irreversible que se había hecho
al corazón, encías y dientes dañados (pues al parecer rechinaba a menudo los dientes). Los
pasos en algún futuro serían terapias de electroshock y de ganar peso. Pero será imposible
recuperarla, ella está perdida.

Ese día todo es tan rápido y lento al mismo tiempo que no quieren hacer otra cosa más que
dormir, sin importar el lugar. Ya que Valeria no está, piensan que nada malo sucederá. Ambos
están en la habitación principal preparándose para lo que esperan sea una noche de sueño
reparador.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? –le pregunta Diego a su padre, quien le ha contado todo lo
que aquella mujer dijo durante su visita.

–Vender la propiedad o destruirla. Resulta que él justamente ataca al dueño. La verdad no


creo que destruirla sirva de mucho.

– ¿Cómo supiste que estaba en problemas?

–Por lo que la mujer me dijo.

– ¿Y si el fantasma nos escucha h nos hace daño ahora que planeamos irnos?

–Mira, mejor será que durmamos. Ya mañana pensaremos en eso, ¿sí? Veremos cómo le va
a tu madre y nos vamos.

–Espero que este bien, independientemente de todo lo que pasó… es mi mamá.

–También yo, hijo. –Un silencio de tristeza envuelve todo y los abraza con sus manos
esqueléticas. –Por cierto, bien pensado en llamar a la policía.

–Yo no llamé, pensé que tú lo habías hecho. –contesta a su padre. Ambos se quedan
pensativos un rato.

–Bueno, un golpe de suerte. –Esteban mismo piensa que eso es lo más ridículo de toda la
vida, pero qué más da. –Buenas noches, hijo.

–Hasta mañana.
La noche es fría y silenciosa. La luz de la luna parece oscurecer aún más La Casa. No hay
viento ni autos, no hay luces encendidas, pajaritos o borrachines incautos. Una rara neblina
comienza a formarse afuera. De un momento a otro, ese silencio digno de interior de sepulcro,
se rompe por un poderoso estruendo que sacude a Esteban y le pone la piel chinita: alguien
ha chocado afuera. Lo raro es que su hijo no se inmuta, al contrario, parece dormir mejor que
nunca. Esteban toma un suéter y camina hacia la puerta sin encender las luces. A pesar de ser
una noche de luna llena, no hay franjas de luz y oscuridad. Baja las escaleras con una increíble
sensación de soledad en La Casa. Abre la puerta esperando ver movimiento, luces
encendidas, gente ayudando y a los accidentados; pero lo único que hay es esa neblina densa
y familiar, y el aroma a llanta quemada. Al cerrar la puerta el aroma cambia a uno de sangre.
La manilla de la puerta se mueve y alguien entra. Esteban siente un escalofrío, camina
rápidamente al baño y se encierra. La sensación de soledad se ha ido…

Diego escucha a alguien en el baño. Una leve luz lo alumbra, esa que sale de entre la puerta
y el suelo. Un poco adormilado, ve que hay una sombra dentro. Derraman agua, tallan
porcelana, luego el suelo con la escoba. La luz se apaga pero el sonido sigue constante.

– ¿Papá? –Llama Diego en voz baja. La luz se enciende de nuevo y ningún ruido sale ya,
giran la perilla y la puerta se abre al mismo tiempo que un gélido aliento invade todo. Diego
se esconde al lado de la cama. La luz proyecta a la perfección la sombra de una mujer delgada,
cabello ondulado y se logra escuchar su respiración profunda y agitada. Se apaga la luz y
comienza a subir a la cama, se escuchan los resortes, las cobijas se mueven. Forzando sus
músculos petrificados como si cada fibra se hubiera vuelto cemento que ya está seco; gatea
a la puerta de salida que está entrecerrada.

– ¿Diego? –Es la voz de su madre. – ¿Qué haces en el suelo, mi amor? –No puede respirar y
comienza a sudar, tiembla con desesperación y no logra emitir sonido alguno. Voltea a la
cama al mismo tiempo que se levanta y logra divisar un bulto en la cama. Hay alguien
acostado. Cual marioneta de hilos, levantan a la persona y se pega a la pared desafiando
cualquier regla de la física o de la gravedad. A esta mujer no le afectan las cuarenta y ocho
leyes de nuestra dimensión. Ella voltea a él: es Valeria.
–Hola, hijo. –Su voz está entremezclada con la de un hombre. Camina él lentamente dando
la espalda a la puerta, derramando lágrimas por el miedo. Enciende la luz y ya no hay nadie…

Esteban mira la puerta pensando en que dejó afuera a cualquiera que lo busque. Siente que
alguien está en el baño. Siente que lo observan. Se enjuaga el rostro en el lavamanos y no
logra ver que Sergio, lleno de sangre, está justo detrás de él observándolo a sus espaldas.

–No hay nada, no pasa nada. –Toma la blanca toalla y se seca el rostro. Al verla nota sangre,
como si se hubiera enjuagado la cara con la misma. Tocan la puerta, alguien quiere hacer del
baño. Él se apresura y pone seguro. Mueven la manilla suavemente y de repente se torna algo
rudo y violento, con desesperación por entrar. Escucha un golpe metálico y seco a su lado.
Ve como el lavamanos está lleno de sangre. Se escucha un segundo golpe y de la nada aparece
sangre como si a alguien lo estrellaran violentamente contra el grifo. Otro golpe, más sangre.

–Sergio… –dice Esteban suavemente. Siente una respiración en su cuello. Voltea atrás para
asegurarse de que no hay nadie. Regresa su mirada al lavamanos y ve que ya no tiene sangre.
En el reflejo del espejo ve a Germán con el rostro lleno de sangre, deforme, un gran vidrio
en el ojo, no tiene dientes, la boca la tiene abierta y la mandíbula dislocada. Observa a
Esteban.

–Te amo. –Le trata de decir en un tierno balbuceo. Esteban cierra los ojos en un sollozo. Los
abre de nuevo y ve una simple mancha de sangre donde estaba su hijo. Ya no parece haber
nadie afuera. Abre la puerta lentamente y solo hay oscuridad.

– ¿Papá?

– ¿Diego?

– ¿Dónde estás? –Está llorando, lo sabe por su voz.

–Voy para allá, no te muevas de donde estás. –Comienza a caminar a las escaleras cuando
nace un sollozo en la oscuridad, el sollozo de una mujer que trata de ahogar su propio llanto
en las palmas de sus manos. Llora en un susurro. La luz de la sala se enciende. Esteban voltea
lentamente para ver a su mujer, de pie, vestida de blanco, sin tocar el suelo con los pies; está
llorando.
–Tú no estás aquí. –Le dice Esteban. La mujer voltea hacia su esposo, gira su cabeza ciento
ochenta grados con la mirada densa y el sonido de lo que parecieran ser huesos rompiéndose.
Ella avanza hacia él en una mirada absorta, de cejas negras y enojo en su expresión. Esteban
corre hacia arriba con el corazón en la garganta, llega con su hijo y lo abraza. – ¿Estás bien?
–Diego confirma con la cabeza. Cuando Valeria llega a la base de las escaleras, los observa
y ahora ella tiene un enorme orificio entre los ojos, lleno de sangre coagulada. Se encierran
en la habitación principal.

–Papá, ¿qué hacemos? –pregunta Diego desesperadamente a su padre asustado. Las luces se
apagan. Esteban toma de su mueble un encendedor y gira la rondana produciendo un leve
resplandor momentáneo. Parece que el frío ha congelado el líquido que se supone, debe arder.
En uno de esos leves resplandores amarillo, alumbra el rostro sangrante de Sergio justo atrás
de él.

– ¿Papá? –dice Diego alejándose poco a poco. La oscuridad es tal que parecieran que están
cerrando los ojos fuertemente. – ¿Papá? –insiste el menor para que su padre se apresure a dar
luz. Lo logra. Esteban voltea a la pintura, que tiene la mirada fija al frente, cuando de repente
voltea hacia Esteban y un vientecillo apaga el encendedor.

– ¡Dios! –grita el menor.

– ¿Qué pasa, Diego? –pregunta su padre alarmado al mismo tiempo de reencontrar el


encendedor.

– ¡Algo me agarró de los hombros! –grita con desesperación. Esteban se arrastra hasta que
encuentra su encendedor, lo enciende y se levanta. Diego llora por el terror. La puerta del
baño se abre lentamente. –Me jalaron para acá. –dice el joven en un hilo de voz temblorosa
y chillona, de niño pequeño.

–Diego, ven conmigo por favor. –le pide de la forma más calmada, pero no puede evitar el
temblor de su voz.

– ¿Por… –No puede acabar. Unas manos se asoman desde el baño y lo jalan violentamente
al interior del mismo.
– ¡Dios! ¡No! –grita Esteban con desesperación mientras corre a ayudarlo.

– ¡Ayúdame! ¡Ayúdame, papá! ¡Papá! –grita Diego a todo pulmón tratando de luchar contra
algo que no puede ver.

– ¡Hijo! ¡Diego! ¡Déjalo, maldito hijo de perra! –Se escuchan los golpes. Es un forcejeo en
la total oscuridad, nadie puede ver nada. Esteban toma a su hijo y lo saca de ahí. La puerta
del baño se cierra de un portazo. – ¡Hijo, mi amor! –El menor no suelta a su padre, quien lo
abraza lo más fuerte que puede. Hay un aroma extraño y penetrante: gasolina. Se levantan
ambos y van a la puerta. Al llegar a las escaleras ven una sombra, oscuridad total salir de la
recámara principal y seguirlos. Al pasar, las puertas comienzan a abrirse y acerrarse
violentamente. Cuando llegan a la puerta de entrada, seguidos por la sombra, Diego se separa
y se queda en la entrada, ve un cigarro encendido en el suelo; mejor dicho, un cigarro de su
amigo. Diego sonríe y lo toma del suelo, da una profunda calada de aire y lanza el cigarro
hacia atrás al mismo tiempo que se aleja de ahí. Esteban trata de encender el auto pero ve que
no tiene gasolina a pesar de haber llenado el tanque esa misma mañana.

–No entiendo… –Ve como su hijo lanza un cigarro desde el tren el mame y La Casa arde
cual estopa y viento. Los cristales se rompen con el fuego que toma viveza, todo explota,
todo vive, todo se libera. Los cimientos se debilitan, la madera arde y cruje, la pintura se
deshace, los niños juegan, la oscuridad desaparece, la luna brilla más, la luz se apodera de
todos; La Casa cae cual castillo de naipes. Los vecinos llaman a emergencias, la gente sale
de sus casas. Esteban rodea a su hijo con un brazo y calientan su mente y espíritu con la
fogata de La Casa que cae.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza de forma tan perfecta que el hombre mismo
creó un Dios a su imagen y semejanza. Creemos, en la imagen y semejanza de Dios, que se
olvida y nos abandona por completo, pues vivimos en carreteras con poca o nula luz, luz que
no vemos pues cerramos los ojos y perdemos la base de la fe: la inocencia. La inocencia es
luz pura, por lo que si no perdemos la fe fundada en la inocencia, nunca perderemos la luz.
Dios nunca se olvida de nada, nosotros nos olvidamos de Dios; pero esa es otra historia. Mas
¿qué significa olvidarse de Dios? Dejar de temer.

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