0% encontró este documento útil (0 votos)
81 vistas13 páginas

Fabulas Varias

Dos gallos que eran amigos compiten por el afecto de una gallina nueva, lo que lleva a su amistad a deteriorarse y termina en una pelea. Uno de los gallos gana pero se vuelve arrogante, lo que atrae la ira de un buitre que lo ataca. Esto enseña que la humildad es mejor que la soberbia.

Cargado por

paola
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
81 vistas13 páginas

Fabulas Varias

Dos gallos que eran amigos compiten por el afecto de una gallina nueva, lo que lleva a su amistad a deteriorarse y termina en una pelea. Uno de los gallos gana pero se vuelve arrogante, lo que atrae la ira de un buitre que lo ataca. Esto enseña que la humildad es mejor que la soberbia.

Cargado por

paola
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

LOS DOS GALLOS

Era una vez una granja en la que convivían muchos animales. En


particular, había dos que se consideraban grandes amigos.
Se trataba de dos gallos que desde que eran polluelos se
llevaban muy bien. Se turnaban para cantar por las mañanas,
compartían la tarea de dirigir el corral y su relación era muy
cordial.
Sucedió que un día llegó una gallina nueva, tan hermosa y de
mirada tan penetrante, que enamoró a los dos gallos a primera
vista. Cada día, los gallos intentaban llamar su atención y la
colmaban de detalles. Si uno le lanzaba un piropo, el otro le
regalaba los mejores granos de maíz del comedero. Si uno
cantaba bien, su contrincante en el amor intentaba hacerlo más
alto para demostrarle la potencia de su voz.
Lo que empezó como un juego acabó convirtiéndose en una
auténtica rivalidad. Los gallos empezaron a insultarse y a
ignorarse cuando la gallina estaba cerca de ellos. Su amistad se
resintió tanto, que un día decidieron que la única solución era
organizar una pelea. Quien se alzara vencedor, tendría el
derecho de conquistar a la linda gallinita.
Salieron al jardín y se liaron a empujones y picotazos hasta que
uno de ellos ganó la contienda. Muy ufano, se subió al tejado
mientras el otro se alejaba llorando de pena y con un ojo morado.
En vez de conmoverse por la tristeza de su amigo, el ganador,
desde allí arriba, comenzó a cantar y a vociferar a los cuatro
vientos que era el más fuerte del corral y que no había rival que
pudiera derrotarle. Tanto gritó, que un buitre que andaba por allí
oyó todas esas tonterías y, a la velocidad del rayo, se lanzó muy
enfadado sobre él, derribándole de un golpe con su ala gigante.
El gallo cayó al suelo malherido y con su orgullo por los suelos.
Todos en la granja se rieron de él y, a partir de ese día, aprendió
a ser más noble y respetuoso con los demás.
Moraleja: si alguna vez salimos triunfadores de alguna situación,
debemos ser humildes y modestos. Comportarnos de manera

1
soberbia, creyéndonos mejores que los demás, suele tener malas
consecuencias.
LOS DOS AMIGOS Y EL OSO
Dos hombres que se consideraban buenos amigos paseaban un día por la
montaña.
Iban charlando tan animadamente que no se dieron cuenta de que un gran
oso se les acercaba. Antes de que pudieran reaccionar, se plantó frente a
ellos, a menos de tres metros.
Horrorizado, uno de los hombres corrió al árbol más cercano y, de un brinco,
alcanzó una rama bastante resistente por la que trepó a toda velocidad
hasta ponerse a salvo. Al otro no le dio tiempo a escapar y se tumbó en el
suelo haciéndose el muerto. Era su única opción y, si salía mal, estaba
acabado.
El hombre subido al árbol observaba a su amigo quieto como una estatua y
no se atrevía a bajar a ayudarle. Confiaba en que tuviera buena suerte y el
plan le saliera bien.
El oso se acercó al pobre infeliz que estaba tirado en la hierba y comenzó a
olfatearle. Le dio con la pata en un costado y vio que no se movía. Tampoco
abría los ojos y su respiración era muy débil. El animal le escudriñó
minuciosamente durante un buen rato y al final, desilusionado, pensó que
estaba más muerto que vivo y se alejó de allí con aire indiferente.
Cuando el amigo cobarde comprobó que ya no había peligro alguno, bajó
del árbol y corrió a abrazar a su amigo.
-¡Amigo, qué susto he pasado! ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algún daño ese
oso entrometido? – preguntó sofocado.
El hombre, sudoroso y aun temblando por el miedo que había pasado, le
respondió con claridad.
– Por suerte, estoy bien. Y digo por suerte porque he estado a punto de
morir a causa de ese oso. Pensé que eras mi amigo, pero en cuanto viste el
peligro saliste corriendo a salvarte tú y a mí me abandonaste a mi suerte. A
partir de ahora, cada uno irá por su lado, porque yo ya no confío en ti.
Y así fue cómo un susto tan grande sirvió para demostrar que no siempre
las amistades son lo que parecen.
Moraleja: La amistad se demuestra en lo bueno y en lo malo. Si alguien a
quien consideras tu amigo te abandona en un momento de peligro o en que
necesitas ayuda, no confíes demasiado en él porque probablemente, no es
un amigo de verdad.

2
LA ZORRA Y LAS UVAS
Cuenta la fábula que, hace muchos años, vivía una zorra que un día se
sintió muy agobiada.
Se había pasado horas y horas de aquí para allá, intentando cazar algo para
poder comer. Desgraciadamente, la jornada no se le había dado demasiado
bien. Por mucho que vigiló tras los árboles, merodeó por el campo y
escuchó con atención cada ruido que surgía de entre la hierba, no logró
olfatear ninguna presa que llevarse a la boca.
Llegó un momento en que estaba harta y sobrepasada por la desesperación.
Tenía mucha hambre y una sed tremenda porque además, era un día de
bastante calor. Deambuló por todos lados hasta que al fin, la suerte se puso
de su lado.
Colgado de una vid, distinguió un racimo de grandes y apetitosas uvas. A la
zorra se le hizo la boca agua ¡Qué dulces y jugosas parecían! … Pero había
un problema: el racimo estaba tan alto que la única manera de alcanzarlo
era dando un gran brinco. Cogió impulso y, apretando las mandíbulas, saltó
estirando su cuerpo lo más que pudo.
No hubo suerte ¡Tenía que concentrarse para dar un salto mucho mayor! Se
agachó y tensó sus músculos al máximo para volver a intentarlo con más
ímpetu, pero fue imposible llegar hasta él. La zorra empezaba a enfadarse
¡Esas uvas maduras tenían que ser suyas!
Por mucho que saltó, de ninguna manera consiguió engancharlas con sus
patas ¡Su rabia era enorme! Frustrada, llegó un momento en que
comprendió que nada podía hacer. Se trataba de una misión imposible y por
allí no había nadie que pudiera echarle una mano. La única opción, era
rendirse. Su pelaje se había llenado de polvo y ramitas de tanto caerse al
suelo, así que se sacudió bien y se dijo a sí misma:
– ¡Bah! ¡Me da igual! Total… ¿Para qué quiero esas uvas? Seguro que
están verdes y duras como piedras! ¡Que se las coma otro!
Y así fue como la orgullosa zorra, con el cuello muy alto y creyéndose muy
digna, se alejó en busca de otro lugar donde encontrar alimentos y agua
para saciar su sed.
Moraleja: si algo es inalcanzable para ti o no te ves capaz de conseguirlo,
no debes culpar a los demás o a las circunstancias. Es bueno reconocer y
aceptar que todos tenemos muchas capacidades, pero también limitaciones.

3
El mono y las lentejas
Cuenta una antigua historia que una vez un hombre iba cargado
con un gran saco de lentejas.
Caminaba a paso ligero porque necesitaba estar antes del
mediodía en el pueblo vecino. Tenía que vender la legumbre al
mejor postor, y si se daba prisa y cerraba un buen trato, estaría
de vuelta antes del anochecer. Atravesó calles y plazas, dejó
atrás la muralla de la ciudad y se adentró en el bosque. Anduvo
durante un par de horas y llegó un momento en que se sintió
agotado.
Como hacía calor y todavía le quedaba un buen trecho por
recorrer, decidió pararse a descansar. Se quitó el abrigo, dejó el
saco de lentejas en el suelo y se tumbó bajo la sombra de los
árboles. Pronto le venció el sueño y sus ronquidos llamaron la
atención de un monito que andaba por allí, saltando de rama en
rama.
El animal, fisgón por naturaleza, sintió curiosidad por ver qué
llevaba el hombre en el saco. Dio unos cuantos brincos y se
plantó a su lado, procurando no hacer ruido. Con mucho sigilo,
tiró de la cuerda que lo ataba y metió la mano.
¡Qué suerte! ¡El saco estaba llenito de lentejas! A ese mono en
particular le encantaban. Cogió un buen puñado y sin ni siquiera
detenerse a cerrar la gran bolsa de cuero, subió al árbol para
poder comérselas una a una.
Estaba a punto de dar cuenta del rico manjar cuando de repente,
una lentejita se le cayó de las manos y rebotando fue a parar al
suelo.
¡Qué rabia le dio! ¡Con lo que le gustaban, no podía permitir que
una se desperdiciara tontamente! Gruñendo, descendió a toda
velocidad del árbol para recuperarla.

4
Por las prisas, el atolondrado macaco se enredó las patas en una
rama enroscada en espiral e inició una caída que le pareció
eterna. Intentó agarrarse como pudo, pero el tortazo fue
inevitable. No sólo se dio un buen golpe, sino que todas las
lentejas que llevaba en el puño se desparramaron por la hierba y
desaparecieron de su vista.
Miró a su alrededor, pero el dueño del saco había retomado su
camino y ya no estaba.
¿Sabéis lo que pensó el monito? Pues que no había merecido la
pena arriesgarse por una lenteja. Se dio cuenta de que, por culpa
de esa torpeza, ahora tenía más hambre y encima, se había
ganado un buen chichón.
Moraleja: A veces tenemos cosas seguras pero, por querer tener
más, lo arriesgamos todo y nos quedamos sin nada. Ten siempre
en cuenta, como dice el famoso refrán, que la avaricia rompe el
saco.

5
EL BURRO Y EL LOBO
Había una vez un burro que se encontraba en el campo feliz, comiendo
hierba a sus anchas y paseando
Tranquilamente bajo el cálido sol de primavera. De repente, le pareció ver
que había un lobo escondido entre los matorrales con cara de malas
intenciones.
¡Seguro que iba a por él! ¡Tenía que escapar! El pobre borrico sabía que
tenía pocas posibilidades de huir. No había lugar donde esconderse y si
echaba a correr, el lobo que era más rápido le atraparía. Tampoco podía
rebuznar para pedir auxilio porque estaba demasiado lejos de la aldea y
nadie le oiría.
Desesperado comenzó a pensar en una solución rápida que pudiera sacarle
de aquel apuro. El lobo estaba cada vez más cerca y no le quedaba mucho
tiempo.
– ¡Sí, eso es! – Pensó el burrito – Fingiré que me he clavado una espina y
engañaré al lobo.
Y tal como se le ocurrió, empezó a andar muy despacito y a cojear,
poniendo cara de dolor y emitiendo pequeños quejidos.
Cuando el lobo se plantó frente a él enseñando los colmillos y con las garras
en alto dispuesto a atacar, el burro mantuvo la calma y siguió con su
actuación.
– ¡Ay, qué bien que haya aparecido, señor lobo! He tenido un accidente y
sólo alguien tan inteligente como usted podría ayudarme.
El lobo se sintió halagado y bajó la guardia.
– ¿En qué puedo ayudarte? – dijo el lobo, creyéndose sobradamente
preparado.
– ¡Fíjese qué mala suerte! – lloriqueó el burro – Iba despistado y me he
clavado una espina en una de las patas traseras. Me duele tanto que no
puedo ni andar.

6
Al lobo le pareció que no pasaba nada por echarle un cable al burro. Se lo
iba a comer de todas maneras y estando herido no podría escapar de sus
fauces.
– Está bien… Veré qué puedo hacer. Levanta la pata.
El lobo se colocó detrás del burro y se agachó. No había rastro de la astilla
por ninguna parte.
– ¡No veo nada! – le dijo el lobo al burro.
– Sí, fíjate bien… Está justo en el centro de mi pezuña. ¡Ay cómo duele!
Acércate más para verla con claridad.
¡El lobo cayó en la trampa! En cuanto pegó sus ojos a la pezuña, el burro le
dio una enorme coz en el hocico y salió pitando a refugiarse en la granja de
su dueño. El lobo se quedó malherido en el suelo y con cinco dientes rotos
por la patada.
¡Qué estúpido se sintió! Creyéndose más listo que nadie, fue engañado por
un simple burro.
– ¡Me lo merezco porque sin tener ni idea, me lancé a ser curandero!
Moraleja: cada uno tiene que dedicarse a lo suyo y no tratar de hacer cosas
que no sabe. Como dice el refrán: ¡zapatero a tus zapatos!

7
EL LOBO Y EL PERRO DORMIDO
Había una vez un perro que solía pasar las horas muertas en el
portal de la casa de sus dueños.
Le encantaba estar allí durante horas pues era un sitio fresco y
disfrutaba viendo pasar a la gente que iba y venía del mercado.
La tarde era su momento favorito porque se tumbaba encima de
una esterilla, apoyaba la cabeza sobre las patas y gozaba de una
plácida y merecida siesta.
En cierta ocasión dormía profundamente cuando un lobo salió de
la oscuridad y se abalanzó sobre él, dispuesto a propinarle un
buen mordisco. El perro se despertó a tiempo y asustadísimo, le
rogó que no lo hiciera.
– ¡Un momento, amigo lobo! – gritó dando un salto hacia atrás –
¿Me has visto bien?
El lobo frenó en seco y le miró de arriba abajo sin comprender
nada.
– Sí… ¿Qué pasa?
– ¡Mírame con atención! Como ves, estoy en los huesos, así que
poco alimento soy para ti.
– ¡Me da igual! ¡Pienso comerte ahora mismo! – amenazó el lobo
frunciendo el hocico y enseñando a la pobre víctima sus
puntiagudos colmillos.

8
– ¡Espera, te propongo un trato! Mis dueños están a punto de
casarse y celebrarán un gran banquete. Por supuesto yo estoy
invitado y aprovecharé para comer y beber hasta reventar.
– ¿Y eso a mí que me importa? ¡Tu vida termina aquí y ahora!
– ¡Claro que importa! Comeré tantos manjares que engordaré y
luego tú podrás comerme ¿O es que sólo quieres zamparte mi
pellejo?
El lobo pensó que no era mala idea y que además, el perro
parecía muy sincero. Llevado por la gula, se dejó convencer y
aceptó el trato.
– ¡Está bien! Esperaré a que pase el día de la boda y por la tarde
a esta hora vendré a por ti.
– ¡Descuida, amigo lobo! ¡Aquí en el portal me encontrarás!
El perro vio marcharse al lobo mientras por su cara caían gotas
de sudor gordas como avellanas ¡Se había salvado por los pelos!
Llegó el día de la fiesta y por supuesto el perro, muy querido por
toda la familia, participó en el comida nupcial. Comió, bebió y
bailó hasta que se fue el último invitado. Cuando el convite
terminó, estaba tan agotado que no tenía fuerzas más que para
dormir un rato y descansar, pero sabiendo que el lobo aparecería
por allí, decidió no bajar al portal sino dormir al fresco en el
alfeizar de la ventana. Desde lo alto, vio llegar al lobo.
– ¡Eh, perro flaco! ¿Qué haces ahí arriba? ¡Baja para cumplir lo
convenido!
– ¡Ay, lobo, perdiste tu oportunidad! No seré yo quien vuelva a
disfrutar de mis largas siestas en el portal. A partir de ahora,
pasaré las tardes tumbado en la ventana, contemplando las
copas de los árboles y escuchando el canto de los pajarillos.
¡Aprender de los errores es de sabios!
Y dicho esto, se acurrucó tranquilo y el lobo se fue con la cabeza
gacha por haber sido tan estúpido y confiado.
Moraleja: como nos enseña esta fábula, hay que aprender de los
errores que muchas veces cometemos. Incluso de las cosas

9
negativas que vivimos podemos extraer enseñanzas positivas y
útiles para el futuro.

LOS DOS CONEJOS


La primavera había llegado al campo. El sol brillaba sobre la
montaña y derretía las últimas nieves.
Abajo, en la pradera, los animales recibían con gusto el calorcito
propio del cambio de temporada. La brisa tibia y el cielo azul,
animaron a salir de sus madrigueras a muchos animales que
llevaban semanas escondidos ¡Por fin el duro invierno había
desaparecido!
Las vacas pacían tranquilas mordisqueando briznas de hierba y
las ovejas, en grupo, seguían al pastor al ritmo de sus propios
balidos. Los pajaritos animaban la jornada con sus cantos y, de
vez en cuando, algún caballo salvaje pasaba galopando por
delante de todos, disfrutando de su libertad.
Los más numerosos eran los conejos. Cientos de ellos
aprovechaban el magnífico día para ir en busca de frutos
silvestres y, de paso, estirar sus entumecidas patas.
Todo parecía tranquilo y se respiraba paz en el ambiente, pero,
de repente, de entre unos arbustos, salió un conejo blanco
corriendo y chillando como un loco. Su vecino, un conejo gris que
se consideraba a sí mismo muy listo, se apartó hacia un lado y le
gritó:
– ¡Eh, amigo! ¡Detente! ¿Qué te sucede?
El conejo blanco frenó en seco. El pobre sudaba a chorros y casi
no podía respirar por el esfuerzo. Jadeando, se giró para
contestar.
– ¿Tú que crees? No hace falta ser muy listo para imaginar que
me están persiguiendo, y no uno, sino dos enormes galgos.

10
El conejo gris frunció el ceño y puso cara de circunstancias.
– ¡Vaya, pues sí que es mala suerte! Tienes razón, por allí los
veo venir, pero he de decirte que no son galgos.
Y como quien no quiere la cosa, comenzaron a discutir.
– ¿Qué no son galgos?
– No, amigo mío… Son perros de otra raza ¡Son podencos! ¡Lo
sé bien porque ya soy mayor y he conocido muchos a lo largo de
mi vida!
– ¡Pero qué dices! ¡Son galgos! ¡Tienen las patas largas y esa
manera de correr les delata!
– Lo siento, pero estás equivocado ¡Creo que deberías revisarte
la vista, porque no ves más allá de tus narices!
– ¿Eso crees? ¿No será que ya estás demasiado viejo y el que
necesita gafas eres tú?
– ¡Cómo te atreves!…
Enzarzados en la pelea, no se dieron cuenta de que los perros se
habían acercado peligrosamente y los tenían sobre el cogote.
Cuando notaron el calor del aliento canino en sus largas orejas,
dieron un gran salto a la vez y, por suerte, consiguieron meterse
en una topera que estaba medio camuflada a escasa distancia.
Se salvaron de milagro, pero una vez bajo tierra, se sintieron
muy avergonzados. El conejo blanco fue el primero en reconocer
lo estúpido que había sido.
– ¡Esos perros casi nos hincan el diente! ¡Y todo por liarnos a
discutir sobre tonterías en vez de poner a salvo el pellejo!
El viejo conejo gris, asintió compungido.
– ¡Tienes toda la razón! No era el momento de pelearse por algo
tan absurdo ¡Lo importante era huir del enemigo!
Los conejos de esta fábula se fundieron en un abrazo y, cuando
los perros, fueran galgos o podencos, se alejaron, salieron a dar
un paseo como dos buenos amigos que, gracias a su torpeza,
habían aprendido una importante lección.
Moraleja: En la vida debemos aprender a distinguir las cosas que
son realmente importantes de las que no lo son. Esto nos resultará
muy útil para no perder el tiempo en cosas que no merecen la
pena.

11
EL VIEJO PERRO CAZADOR
Había una vez un hombre que vivía con su perro en una casa apartada de la ciudad.
Se había criado en las montañas y era muy aficionado a la caza. Por supuesto, el
chucho siempre le acompañaba, dispuesto a pasar un rato divertido con su querido
dueño ¡A los dos les encantaban esos días al aire libre! Juntos paseaban, compartían
la comida, bebían agua de fuentes naturales y disfrutaban de largas siestas.
Pero no todo era descansar. Cuando tocaba, el perro se adelantaba a su amo y
husmeaba el terreno en busca de posibles presas. Estaba atento a cualquier sonido y
vigilaba concienzudamente a su alrededor, por si algún incauto animal se dejaba ver
por allí. El amo confiaba plenamente en el instinto de su perro ¡Jamás había tenido
uno tan fiel y espabilado como él!
Pero con el paso de los años, el perro envejeció. Dejó de ser fuerte, dejó de ser ágil,
y ya no estaba dispuesto a salir disparado cuando veía a una liebre o una perdiz.
Últimamente se quejaba de que los huesos le crujían en cuanto hacía un pequeño
esfuerzo. Su tripa había engordado tanto, que en cuanto corría un poco se sofocaba.
Tampoco andaba ya muy bien de la vista y el oído le fallaba cada dos por tres. A pesar
de todo, seguía sintiéndose un perro cazador y nunca dejaba que su amo saliera sólo
al campo.
Una tarde, el perro avistó un orondo jabalí. Levantó la punta de las orejas, miró a su
amo de reojo y salió corriendo lo más rápido que fue capaz hacia la magnífica presa.
El incauto jabalí no le vio llegar y, de repente, sintió cómo unos colmillos se le
clavaban en su oreja derecha. Por desgracia para el perro, sus dientes ya no eran
afilados y fuertes como antaño. Tenía la boca medio desdentada y la mandíbula había
dejado de ser como un implacable cepo. Por mucho que gruñó y apretó, el jabalí dio
un par de sacudidas y escapó con una herida sin importancia.
En ese momento apareció el dueño; encontró al perro jadeando y con un ataque de
tos ¡El pobre casi no podía respirar de tanto esfuerzo que había hecho! En vez de
conmoverse, le reprendió.
– ¡Eres un desastre! ¡Se te ha escapado el jabalí! ¡Ya no sirves para cazar!
El animal le miró lastimosamente y le dijo:
– Querido amo… Sigo siendo el mismo perro fiel y cariñoso de siempre con el que
usted ha pasado tantos buenos momentos. Lo único que ha cambiado, es que ahora
soy mayor y mi cuerpo ya no responde como cuando era joven. Debes recordar lo que
he sido para ti, todo lo que hemos vivido juntos, en vez de increparme porque ahora
las fuerzas me fallen.
El amo recapacitó y sintió mucha ternura por ese animalito al que tanto quería. Tenía
razón: el amor hacia él estaba por encima de todo lo demás. Sonriendo, acarició el
lomo de su viejo amigo y, despacito, regresaron a casa.

Moraleja: respeta siempre a los ancianos. Aunque su cuerpo haya envejecido, siguen
siendo las mismas personas de siempre, llenas de sentimientos y experiencias. Se

12
merecen más que nadie que reconozcamos todo lo que han hecho por nosotros a lo
largo de su vida.

13

También podría gustarte