LAICOS Y LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN
DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN SEGUNDA ESPECIALIDAD EN EDUCACIÓN RELIGIOSA Laicos y Nueva Evangelización Mag. Ruth Beatriz Flores Jiménez
DECRETO
APOSTOLICAM ACTUOSITATEM
SOBRE EL APOSTOLADO DE LOS LAICOS
PROEMIO
1. Queriendo intensificar más la actividad apostólica del Pueblo de Dios, el Santo Concilio se dirige
solícitamente a los cristianos seglares, cuyo papel propio y enteramente necesario en la misión de
la Iglesia ya ha mencionado en otros lugares. Porque el apostolado de los laicos, que surge de su
misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia.
Cuán espontánea y cuán fructuosa fuera esta actividad en los orígenes de la Iglesia lo demuestran
abundantemente las mismas Sagradas Escrituras (Cf. Act., 11,19-21; 18,26; Rom., 16,1-16; Fil.,
4,3).
Nuestros tiempos no exigen menos celo en los laicos, sino que, por el contrario, las circunstancias
actuales les piden un apostolado mucho más intenso y más amplio. Porque el número de los
hombres, que aumenta de día en día, el progreso de las ciencias y de la técnica, las relaciones
más estrechas entre los hombres no sólo han extendido hasta lo infinito los campos inmensos del
apostolado de los laicos, en parte abiertos solamente a ellos, sino que también han suscitado
nuevos problemas que exigen su cuidado y preocupación diligente.
Y este apostolado se hace más urgente porque ha crecido muchísimo, como es justo, la autonomía
de muchos sectores de la vida humana, y a veces con cierta separación del orden ético y religioso
y con gran peligro de la vida cristiana. Además, en muchas regiones, en que los sacerdotes son
muy escasos, o, como sucede con frecuencia, se ven privados de libertad en su ministerio, sin la
ayuda de los laicos, la Iglesia a duras penas podría estar presente y trabajar.
Prueba de esta múltiple y urgente necesidad, y respuesta feliz al mismo tiempo, es la acción del
Espíritu Santo, que impele hoy a los laicos más y más conscientes de su responsabilidad, y los
inclina en todas partes al servicio de Cristo y de la Iglesia.
El Concilio en este decreto se propone explicar la naturaleza, el carácter y la variedad del
apostolado seglar, exponer los principios fundamentales y dar las instrucciones pastorales para su
mayor eficacia; todo lo cual ha de tenerse como norma en la revisión del derecho canónico, en
cuanto se refiere el apostolado seglar.
CAPÍTULO I
VOCACIÓN DE LOS LAICOS AL APOSTOLADO
Participación de los laicos en la misión de la Iglesia
2. La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del Reino de Cristo en toda la tierra,
para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su
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medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo Místico,
dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas
maneras; porque la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al
apostolado. Como en la complexión de un cuerpo vivo ningún miembro se comporta de una forma
meramente pasiva, sino que participa también en la actividad y en la vida del cuerpo, así en el
Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, "todo el cuerpo crece según la operación propia, de cada uno
de sus miembros" (Ef., 4,16).Y por cierto, es tanta la conexión y trabazón de los miembros en este
Cuerpo (Cf. Ef., 4,16), que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al aumento
del cuerpo debe reputarse como inútil para la Iglesia y para sí mismo.
En la Iglesia hay variedad de ministerios, pero unidad de misión. A los Apóstoles y a sus sucesores
les confirió Cristo el encargo de enseñar, de santificar y de regir en su mismo nombre y autoridad.
Mas también los laicos hechos partícipes del ministerio sacerdotal, profético y real de Cristo,
cumplen su cometido en la misión de todo el pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo.
En realidad, ejercen el apostolado con su trabajo para la evangelización y santificación de los
hombres, y para la función y el desempeño de los negocios temporales, llevado a cabo con espíritu
evangélico de forma que su laboriosidad en este aspecto sea un claro testimonio de Cristo y sirva
para la salvación de los hombres. Pero siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del
mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu
cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento.
Fundamento del apostolado seglar
3. Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con
Cristo Cabeza. Ya que insertos en el bautismo en el Cuerpo Místico de Cristo, robustecidos por la
Confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor.
Son consagrados como sacerdocio real y gente santa (Cf. 1 Pe., 2,4-10) para ofrecer hostias
espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del
mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los
Sacramentos, sobre todo de la Eucaristía.
El apostolado se ejerce en la fe, en la esperanza y en la caridad, que derrama el Espíritu Santo en
los corazones de todos los miembros de la Iglesia. Más aún, el precepto de la caridad, que es el
máximo mandamiento del Señor, urge a todos los cristianos a procurar la gloria de Dios por el
advenimiento de su reino, y la vida eterna para todos los hombres: que conozcan al único Dios
verdadero y a su enviado Jesucristo (Cf. Jn., 17,3).
Por consiguiente, se impone a todos los fieles cristianos la noble obligación de trabajar para que
el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier
lugar de la tierra.
Para ejercer este apostolado, el Espíritu Santo, que produce la santificación del pueblo de Dios
por el ministerio y por los Sacramentos, concede también dones peculiares a los fieles (Cf. 1 Cor.,
12,7) "distribuyéndolos a cada uno según quiere" (1 Cor., 12,11), para que "cada uno, según la
gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros", sean también ellos "administradores de la
multiforme gracia de Dios" (1 Pe., 4,10), para edificación de todo el cuerpo en la caridad (Cf. Ef.,
4,16).
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De la recepción de estos carismas, incluso de los más sencillos, procede a cada uno de los
creyentes el derecho y la obligación de ejercitarlos para bien de los hombres y edificación de la
Iglesia, ya en la Iglesia misma., ya en el mundo, en la libertad del Espíritu Santo, que "sopla donde
quiere" (Jn., 3,8), y, al mismo tiempo, en unión con los hermanos en Cristo, sobre todo con sus
pastores, a quienes pertenece el juzgar su genuina naturaleza y su debida aplicación, no por cierto
para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno
(Cf. 1 Tes., 5,12; 19,21).
La espiritualidad seglar en orden al apostolado
4. Siendo Cristo, enviado por el Padre, fuente y origen de todo el apostolado de la Iglesia, es
evidente que la fecundidad del apostolado seglar depende de su unión vital con Cristo, porque
dice el Señor: "El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis
hacer" (Jn. 15,4-5). Esta vida de unión íntima con Cristo en la Iglesia se nutre de auxilios
espirituales, que son comunes a todos los fieles, sobre todo por la participación activa en la
Sagrada Liturgia, de tal forma los han de utilizar los fieles que, mientras cumplen debidamente las
obligaciones del mundo en las circunstancias ordinarias de la vida, no separen la unión con Cristo
de las actividades de su vida, sino que han de crecer en ella cumpliendo su deber según la voluntad
de Dios.
Es preciso que los seglares avancen en la santidad decididos y animosos por este camino,
esforzándose en superar las dificultades con prudencia y paciencia. Nada en su vida debe ser
ajeno a la orientación espiritual, ni las preocupaciones familiares, ni otros negocios temporales,
según las palabras del Apóstol: "Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el
nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El" (Col., 3,17).
Pero una vida así exige un ejercicio continuo de fe, esperanza y caridad.
Solamente con la luz de la fe y la meditación de su palabra divina puede uno conocer siempre y
en todo lugar a Dios, "en quien vivimos, nos movemos y existimos" (Act., 17,28), buscar su
voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los hombres, sean deudos o
extraños, y juzgar rectamente sobre el sentido y el valor de las cosas materiales en sí mismas y
en consideración al fin del hombre.
Los que poseen esta fe viven en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, acordándose
de la cruz y de la resurrección del Señor.
Escondidos con Cristo en Dios, durante la peregrinación de esta vida, y libres de la servidumbre
de las riquezas, mientras se dirigen a los bienes imperecederos, se entregan gustosamente y por
entero a la expansión del reino de Dios y a informar y perfeccionar el orden de las cosas temporales
con el espíritu cristiano. En medio de las adversidades de este vida hallan la fortaleza de la
esperanza, pensando que "los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación
con la gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Rom., 8,18).
Impulsados por la caridad que procede de Dios hacen el bien a todos, pero especialmente a los
hermanos en la fe (Cf. Gál., 6,10), despojándose "de toda maldad y de todo engaño, de
hipocresías, envidias y maledicencias" (1 Pe., 2,1), atrayendo de esta forma los hombres a Cristo.
Mas la caridad de Dios que "se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo,
que nos ha sido dado" (Rom., 5,5) hace a los seglares capaces de expresar realmente en su vida
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el espíritu de las Bienaventuranzas. Siguiendo a Cristo pobre, ni se abaten por la escasez ni se
ensoberbece por la abundancia de los bienes temporales; imitando a Cristo humilde, no
ambicionan la gloria vana (Cf. Gál., 5,26) sino que procuran agradar a Dios antes que a los
hombres, preparados siempre a dejarlo todo por Cristo (Cf. Lc., 14,26), a padecer persecución por
la justicia (Cf. Mt., 5,10), recordando las palabras del Señor: "Si alguien quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt., 16,24). Cultivando entre sí la amistad cristiana,
se ayudan mutuamente en cualquier necesidad.
La espiritualidad de los laicos debe tomar su nota característica del estado de matrimonio y de
familia, de soltería o de viudez, de la condición de enfermedad, de la actividad profesional y social.
No descuiden, pues, el cultivo asiduo de las cualidades y dotes convenientes para ello que se les
ha dado y el uso de los propios dones recibidos del Espíritu Santo.
Además, los laicos que, siguiendo su vocación, se han inscrito en alguna de las asociaciones o
institutos aprobados por la Iglesia, han de esforzarse al mismo tiempo en asimilar fielmente la
característica peculiar de la vida espiritual que les es propia. Aprecien también como es debido la
pericia profesional, el sentimiento familiar y cívico y esas virtudes que exigen las costumbres
sociales, como la honradez, el espíritu de justicia, la sinceridad, la delicadeza, la fortaleza de alma,
sin las que no puede darse verdadera vida cristiana.
El modelo perfecto de esa vida espiritual y apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los
Apóstoles, la cual, mientras llevaba en este mundo una vida igual que la de los demás, llena de
preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su Hijo, cooperó de un
modo singularísimo a la obra del Salvador; más ahora, asunta el cielo, "cuida con amor maternal
de los hermanos de su Hijo, que peregrinan todavía y se debaten entre peligros y angustias, hasta
que sean conducidos a la patria feliz". Hónrenla todos devotísimamente y encomienden su vida y
apostolado a su solicitud de Madre.
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