Presencia de mercurio:
Los primeros estudios científicos encontraron que los pobladores de las
comunidades ribereñas en el Estado Bolívar tenían altas cantidades de mercurio
en la sangre, cabello y tejidos humanos.
La minería en Venezuela data de 1829, cuando se extrajeron casi 486 kilogramos
de oro. El mercurio se usa para su extracción desde entonces.
Bajo presión de grupos ambientalistas, el mes pasado el Presidente Nicolás
Maduro aprobó el Plan de Desarrollo Minero 2016-2018, que reserva al estado las
actividades de exploración y explotación del oro.
Corrupción en las fronteras:
En la década de los años noventa llegaron los garimpeiros al sur del país, Estos
mineros artesanales provenientes de Brasil habían traspasado la amplia frontera
amazónica entre ambos países atraídos por la fiebre del oro, abriendo fosas en
medio de la selva para extraer el preciado metal. Estas actividades ilícitas
afectaron el frágil equilibrio del ecosistema amazónico, la salud y modo de vida de
las poblaciones indígenas y criollas, e incluso amenazaron el potencial
hidroeléctrico del país sudamericano.
La presencia de estos garimpeiros hizo al gobierno hacer un cambio de políticas y
prácticas de extracción del oro afectando así a las empresas extranjeras
concesionarias como la empresa canadiense Crystallex forzándolas a irse del
país, creando una tormenta perfecta y caos en esta sector, Investigadores y
activistas han señalado que estos cambios gubernamentales crearon una
“tormenta perfecta” a través de la cual decenas de miles de mineros artesanales
de toda Venezuela, Brasil y Guyana conjugan la destrucción ambiental por medio
de la erosión hidráulica del suelo, la deforestación y el uso indiscriminado e
inapropiado del mercurio — utilizado para extraer el oro de los sedimentos — con
mafias, guerrillas, corrupción, prostitución, trata de blancas, esclavismo, trabajo
infantil y decenas de miles de casos de paludismo al año.
El documental “Amazonas Clandestino – La Mafia del Oro en Venezuela” muestra
como hasta hoy en día, efectivos militares permiten el ingreso de mineros
artesanales a los yacimientos mediante el cobro de dinero en efectivo, mientras
que mafias carcelarias comandadas por “pranes” (reos que conforman bandas
dentro de las cárceles) controlan las minas.
El mismo documental muestra cómo a través de potentes bombas hidráulicas y
mangueras se usa el agua de los ríos para horadar el suelo de una zona
previamente deforestada. Así se abren fosos o “bullas” de varios metros de
anchura y profundidad. Este barro es llevado a unos andamios de madera y mallas
metálicas donde por precipitación y aplicación de mercurio, aparecen las pepitas
de oro más grandes y luego el barro restante es filtrado y lavado para también
extraerlo en polvo. Apenas dejan de aparecer cantidades importantes del mineral,
se abandona y se va a otro lugar, quedando una inmensa charca de lodo, fluidos
humanos, mercurio y gasoil en el medio de la selva. La pérdida de bosques
también aumenta las escorrentías en una zona donde llueve 3200 milímetros de
agua al año, arrastrando estos componentes hacia los ríos.
Despuntaba la década de los años noventa cuando los venezolanos se enteraron de la
llegada de los garimpeiros al sur del país. Estos mineros artesanales provenientes de Brasil
habían traspasado la amplia frontera amazónica entre ambos países atraídos por la fiebre
del oro, abriendo fosas en medio de la selva para extraer el preciado metal. Estas
actividades ilícitas afectaron el frágil equilibrio del ecosistema amazónico, la salud y modo
de vida de las poblaciones indígenas y criollas, e incluso amenazaron el potencial
hidroeléctrico del país sudamericano. En ese momento, las fuerzas armadas venezolanas
contaron la llegada de estos exploradores ilegales en cerca de mil individuos, expulsando al
menos a la mitad de ellos.
La presencia cada vez mayor de los garimpeiros también impulsó cambios en las prácticas
de extracción del oro por parte de las empresas extranjeras concesionarias, que desde el
año 2008 tuvieron que abandonar el país de manera forzosa por un cambio de políticas
mineras que el gobierno llamó “renacionalización”. Investigadores y activistas han señalado
que estos cambios gubernamentales crearon una “tormenta perfecta” a través de la cual
decenas de miles de mineros artesanales de toda Venezuela, Brasil y Guyana conjugan la
destrucción ambiental por medio de la erosión hidraúlica del suelo, la deforestación y el uso
indiscriminado e inapropiado del mercurio — utilizado para extraer el oro de los sedimentos
— con mafias, guerrillas, corrupción, prostitución, trata de blancas, esclavismo, trabajo
infantil y decenas de miles de casos de paludismo al año.
Un ejemplo de esta tormenta perfecta en la Amazonía venezolana surgió luego del cese de
concesiones a la empresa canadiense Crystallex, que operaba el yacimiento Las Cristinas,
en el estado Bolívar. Su informe de 2003 había encontrado reservas de más de 16 millones
de onzas de oro con una vida útil de 34 años. Entonces, la cotización era de 325 dólares por
onza. La concesión fue entregada en 2011 a dos empresas rusas, mediante el control de la
empresa estatal Minerven. El precio del oro se había septuplicado, pudiendo superar los
2000 dólares por onza.
El documental “Amazonas Clandestino – La Mafia del Oro en Venezuela” muestra como
hasta hoy en día, efectivos militares permiten el ingreso de mineros artesanales a los
yacimientos mediante el cobro de dinero en efectivo, mientras que mafias carcelarias
comandadas por “pranes” (reos que conforman bandas dentro de las cárceles) controlan las
minas.
En el mismo documental se muestra cómo a través de potentes bombas hidráulicas y
mangueras se usa el agua de los ríos para horadar el suelo de una zona previamente
deforestada. Así se abren fosos o “bullas” de varios metros de anchura y profundidad. Este
barro es llevado a unos andamios de madera y mallas metálicas donde por precipitación y
aplicación de mercurio, aparecen las pepitas de oro más grandes y luego el barro restante
es filtrado y lavado para también extraerlo en polvo. Apenas dejan de aparecer cantidades
importantes del mineral, se abandona y se va a otro lugar, quedando una inmensa charca de
lodo, fluidos humanos, mercurio y gasoil en el medio de la selva. La pérdida de bosques
también aumenta las escorrentías en una zona donde llueve 3200 milímetros de agua al año,
arrastrando estos componentes hacia los ríos.