La bocina del tren que pasó hacia estación Avellaneda nos impulsó a correr.
Las
primeras vías eran las del tren de carga, donde había vagones parados. Algunos
estaban llenos de sal gruesa y la mayoría de girasol. El Chueco me pidió que le
hiciera pata, se subió al que tenía pipas y nos dio un puñado a cada uno.
–Sigamos -dijo.
Caminamos hasta el terraplén, subimos la barranca y empezamos a buscar a lo largo
de la vía. No sabíamos cuánto tiempo teníamos antes de que pasara de nuevo el tren
y tratamos de apurarnos. Cury buscó en una parte donde los yuyos y las cañas
estaban muy crecidos. Con el Chueco fuimos por el lado de los Siete Puentes.
Al rato Cury nos llamó.
–Miren -dijo y señaló un lugar donde había muchas piedras entre los durmientes.
Empezamos a sacarlas y encontramos debajo unas maderas que las sostenían.
Cuando casi habíamos terminado de removerlas no supimos qué hacer.
–¿Y ahora qué? -preguntó Cury que siempre esperaba la orden del Chueco.
–Entramos -dijo.
Era el mediodía y el barrio a esa hora estaba desierto.
Sacó la última tabla y dejó el pozo al descubierto.
Habíamos decidido buscar el escondite que Ojeda tenía debajo de las vías del Roca.
Era profundo, pero no muy ancho, un poco menos que el ancho de la vía. Lo que sí
–Si mi viejo llega a enterarse nos mata -dijo Cury.
era bastante largo: ocupaba la distancia entre cuatro durmientes. Había lugar
Caminamos los dos atrás del Chueco porque siempre andábamos así, siguiéndole los
suficiente para los tres. Para mí era más grande que el baño de casa y eso que mamá
pasos, aunque caminara torcido. Bordeamos los monoblocks por la calle que
siempre decía que teníamos un baño enorme.
llamábamos Ruta 2 y salimos a la esquina de Alsina y Cordero.
Apenas entramos, nos juntamos y nos dimos un abrazo como hacen los equipos
Mientras pasábamos por la cancha de Independiente, paramos un rato bajo la
antes de salir a la cancha. Cury y yo nos sentamos cada uno en una punta,
galería de la tribuna alta y tomamos agua de un pico que había en el piso debajo de
enfrentados y el Chueco se acostó en el medio del pozo y puso las manos atrás de la
una tapa de Obras
cabeza.
Sanitarias. También nos mojamos la cabeza y la cara. El sol estaba inaguantable.
–Desde acá voy a verlo bien -dijo.
Antes de seguir, Cury, que era de Racing, como yo, se bajó la bragueta e hizo pis
Después de unos minutos me quería ir, recién ahí adentro comprendí que nos iba a
contra las boleterías de la Doble Visera gritando contra todos los del rojo.
pasar el tren por arriba, pero traté de bancármela y no dije nada. El tiempo no
–Callate, mufa –contestó el Chueco enseguida y le tiró una piña que a mí me pareció
pasaba más, me comí los girasoles que tenía en el bolsillo, pero apenas podía tragar.
en broma pero que a Cury no le gustó. Me di cuenta de que podían agarrarse en
Calculaba la distancia entre mi cara y el riel y pensaba a qué velocidad vendría el
serio y me metí.
tren, si haría chispas, si produciría calor, si arrastraría las piedras.
–Termínenla -les grité.
–¿Viene muy rápido? -pregunté.
Seguimos camino hasta el final de la calle donde había un portón que nos llevaba a
–Volando -contestó Cury.
los terrenos del ferrocarril. La puerta estaba abierta. El descampado era enorme.
Después hablamos de fútbol, del descenso de Racing; hablamos de Analía, la
Apenas pasamos vimos la casa de madera abandonada y dijimos que otro día íbamos
hermana de Tato, que para Cury era un camión; también de Alfonsín y de Herminio.
a volver a explorarla pero que no debíamos desviarnos del plan.
Yo los escuchaba, mientras hundía las uñas en la tierra y escarbaba.
Era una forma de pasar el tiempo y tranquilizarme. Pero duró poco. Lo de La escuché llegar a mi mamá. Me apuré a guardar la piedra en mi cajón y hundí la
tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta que toqué algo sólido, rígido, pero cabeza en la almohada.
no era una piedra, de eso estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis Tardé unos días en aparecer, pero en algún momento iba a tener que bajar, eso lo
dedos lo que claramente era una bolsa de nylon. sabía, acababan de terminar las clases y no me iba a quedar todo diciembre, ni todo
Los pibes seguían en otra. el verano encerrado en el departamento. Estaba asustado, pero sobre todo no
–¿Para qué tiene tu papá un escondite? -le pregunté de repente a Cury, mientras quería cruzarme con Ojeda. Lo que nunca pensé es que apenas bajara lo iba a ver y
pensaba si debía compartir el hallazgo. menos que me iba a decir lo que me dijo.
Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando comenzamos a sentir la –Nosotros tenemos un secreto -dijo y siguió mirando para afuera por una de las
vibración y, en un instante, el ruido era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. ventanas del palier.
La tierra se nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías. Me habré puesto pálido porque enseguida cambió de tono.
Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por el pozo y era como si –No te preocupes.
pegaran en nuestras cabezas. Durante unos segundos pensé que estaba en el –¿No le va a decir a mis viejos?
mismísimo infierno. –No, no es eso.
Pero al final el ruido empezó a menguar. El tren ya había pasado por arriba nuestro. –¿Qué dice Ojeda?
Los pibes salieron gritando y comenzaron a tirarle piedras a la formación que se –Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.
alejaba. Yo –Sí, claro.
me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que iba camino a Sarandí, –Confío en vos.
pero me quedé un poco más en el pozo, todavía me duraba la conmoción, me tiré en –¿Me puedo ir entonces?
el piso y traté de tranquilizarme. –Es por lo otro Juan.
Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz de Ojeda. Nunca me había llamado por mi nombre, siempre me decía pichón o cuando me veía
–¡Qué hacen acá! -gritó, parado sobre una vía. con mi mamá, me decía jefecito, pero nunca Juan.
No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró. –Los secretos tienen reglas.
–Dejen todo como estaba -dijo. –Yo no hice nada, se lo juro.
Agarramos las tablas y las piedras y dejamos todo como antes. –No jures más que parecés un cura.
Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé una piedra engrasada en –¿Qué dice Ojeda?- repetí-. Me está mareando.
el bolsillo. Bajamos el terraplén y caminamos hacia el barrio. –Vas a venir conmigo al pozo, eso digo.
Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda y le pedí que no le –¿Quiere que devuelva la piedra?
contara nada a mis padres. –¡Dejá de hacerte el pavo!
–Por favor -le insistí. Era verdad, me estaba haciendo el pavo, pero no me había dado cuenta, era mi
Lo miré y abrí la boca como para volver a hablar, estaba pensando en lo que cabeza, digamos, la que se estaba haciendo la que no entendía, porque en ningún
escondía en el pozo, en preguntarle, pero no pude decir palabra, creo que esos momento pensé en la bolsa que había descubierto en el pozo.
segundos mi cara me delató. Ojeda no dijo nada y siguió caminando en silencio hasta –¿Ahora le parece? -le pregunté.
el monoblock. –¿Ahora qué?
Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos hasta mi casa. Entré, –¿Ahora quiere que vayamos?
me tiré en la cama, miré la piedra, la acerqué a mi nariz y respiré hondo. –Sí, eso había pensado.
Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa de estacionamiento –Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los iba a quemar. Hay cosas
para que no nos viera nadie, en realidad, para que no nos vieran Cury y el Chueco de otros compañeros también. Uno se siente responsable por los compañeros -dijo y
que estaban jugando adelante. ahora sí me animé a mirarlo.
–¿Estás apurado? –Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros ni a esconderlos. Tuvo
–No, para nada. suerte. Ahora se terminó, pero igual no hay que descuidarse. Las cosas van a
–Aflojá, entonces. quedarse acá, por el momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo no
Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Ojeda caminaba le importan.
despacio, nunca le había prestado demasiada atención, pero parecía más viejo de lo No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros tan importantes, por
que realmente era. qué me confiaba su secreto.
Aunque no debía ser mucho más grande que mi papá, todo parecía costarle el doble. –Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de a uno o de a dos y a
Caminamos en silencio hasta el portón que dividía el barrio de las vías. Ojeda parecía medida que los vayas leyendo venimos abuscar más, podés elegir o yo te aconsejo.
estar juntando fuerzas para hablar. –Prefiero elegir -le dije.
–¿Sabés que trabajo en el tren, no? –Como quieras pero la regla más importante es que por ahora nadie, ni siquiera mi
–Sí, me contó Cury. hijo debe saber de esto.
–Soy maquinista. Es difícil, hace unos años que me mandaron al tren de carga. Pero Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me parecieron las palabras
antes llevaba pasajeros, el tren es muy grande y viaja mucha gente, y uno es justas para ese momento. Me sentí orgulloso.
responsable por la gente. Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más divertidos, El juguete
A Ojeda se le quebró la voz en la última frase y me dio vergüenza mirarlo. rabioso fue el primero y Mascaró, el cazador americano, el segundo.
–De eso se trata, entendés, Juan, de la responsabilidad. –Seguro son de superhéroes.
Le dije que sí, aunque no entendí del todo a qué se refería. –Ya veremos. Tu mamá me contó que leés muy rápido.
Volvió a quedarse callado. Llegamos al pozo. –Pero ella no me cree y me pide que le cuente.
Me dijo que bajara primero y me dio la mano para ayudarme. –Entonces, cuando termines me vas a contar.
–Este pozo ya no hace falta, se terminó. –No sea así, Ojeda -le dije.
Ojeda me señaló el lugar donde me había sentado con los pibes el otro día. Me debo Salimos del pozo y lo volvimos a tapar. Me puse los libros debajo de la remera y los
haber puesto colorado, porque no necesitó aclararme nada. ajusté con el elástico del pantalón.
–Sacala dale. Me resultó obvio que no podía llegar al monoblock con los libros en la mano.
–¿Le parece? No sé si me pareció a mí, pero la vuelta la hicimos más rápido.
–Sí, dale. Estaba ansioso por llegar y Ojeda no me pidió que fuera más lento.
Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se levantó. La cara le había En el camino hablamos de fútbol. También era de Racing, como yo, pero no estaba
cambiado, estaba sonriendo. Entre los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me triste por el descenso, me dijo que no me preocupe, que las cosas a veces pasan por
pidió que la abriera. Estaba llena de libros y revistas. una razón.
Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de la biblioteca de casa, pero –No nos derrotaron -me dijo-, ya vas a ver.
otros ni los había escuchado nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda En la puerta del monoblock nos despedimos, Ojeda se quedó abajo y yo subí, feliz,
estaba entusiasmado. guardando bajo mi remera, aquellos libros y aquel secreto.