Historia del Antiguo Régimen
Historia del Antiguo Régimen
TEMA 1:
Los estamentos eran grupos cerrados a los que se pertenecía por nacimiento o por formar parte
de la Iglesia. El ascenso, o promoción social, era posible dentro del propio estamento, pero muy
difícil entre la condición de plebeyo y noble. Solo algunos miembros de la burguesía más rica
ascendían a la nobleza.
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A principios del siglo XVIII, la agricultura era la fuente más importante de la riqueza, pero era
muy poco productiva y estaba técnicamente muy atrasada. El mayor problema para aumentar
la productividad residía en la forma de la propiedad y explotación. La mayor parte de la tierra
estaba vinculada, es decir, ligada a un título nobiliario, a la Iglesia, a un municipio o a la corona.
Sus titulares podían sacar provecho económico, pero no venderla.
La tierra estaba concentrada en muy pocas manos. Sus propietarios eran rentistas que cobraban
derechos señoriales, pero que no invertían en mejorar sus señoríos. Los campesinos no solo
pagaban prestaciones (en productos o en trabajo) y en rentas (el censo) a su señor, sino que
estaban también obligados a entregar a la iglesia la décima parte de las cosechas (diezmo), y al
Estado otros tributos (talla, gabela).
Los escasos excedentes en manos de los agricultores daban lugar a una agricultura de
subsistencia, dedicada al policultivo, básicamente de cereales, y en gran medida, de
autoconsumo.
El eje central del sistema político del Antiguo Régimen era la monarquía absoluta de derecho
divino. El monarca poseía un poder absoluto al concentrar todos los poderes en su persona.
Gobernaba el reino y dirigía la política exterior, dictaba las leyes y administraba justicia o
nombraba a los magistrados que ejercían en su nombre.
No se sometía a ningún tipo de control no compartía la soberanía. Era la encarnación del Estado
y todos sus habitantes, sus súbditos, estaban sometidos a él. Este derecho se justificaba por el
origen divino de su poder, ya que recibía esa autoridad de Dios y la ejercía en su nombre.
Debía respetar los privilegios tradicionales de la nobleza y el clero que poseían derechos de
jurisdicción (señoriales) en una parte importante del reino (señoríos), donde cobraban
impuestos y administraban justicia.
Pero el poder del monarca estaba limitado por las Cortes y Parlamentos, surgidos en la Edad
Media e integrados por representantes de los tres estamentos. Tenían competencias para crear
nuevos impuestos o para ratificar a los nuevos monarcas.
En Inglaterra, dos revoluciones en el siglo XVII acabaron con la monarquía absoluta de la dinastía
Estuardo. El monarca Carlos I había pretendido imponer su autoridad y gobernar sin respetar los
derechos tradicionales y sin el control de Parlamento.
En 1649, el descontento provocó una primera revolución, dirigida por Oliver Cronwell, que
derrocó y ejecutó al rey. Después de un breve periodo republicano, el nuevo monarca Carlos II
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aceptó el hábeas corpus (1679), la ley que garantiza a todo detenido comparecer ante un juez y
poder defenderse.
Con esto objetivo se empezó a extender el trabajo doméstico: una familia campesina recibía de
un artesano-comerciante la materia prima y los instrumentos de trabajo para elaborar
productos en su propio domicilio. Después, el comerciante, se encargaba de comercializar el
producto en los mercados urbanos o coloniales.
Por otra parte, durante el siglo XVIII se difundió un modelo de producción preindustrial: las
denominadas manufacturas. Eran establecimientos subvencionados, impulsados por las
monarquías absolutistas con el fin de producir objetos de lujo y frenar sus importaciones. El
Estado también autorizó la instalación de estas fábricas a la iniciativa privada.
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Se consideran el antecedente de las fábricas modernas, ya que concentraban bajo el mismo
techo a un número muy elevado de trabajadores que percibían un salario.
Buena parte de los productos manufacturados tenía como destino el comercio con las colonias
debido a la gran expansión del comercio marítimo. Los productos obtenidos en ultramar (cacao,
tabaco, café, azúcar, algodón…) eran bienes recibidos y apreciados por las sociedades europeas.
Así mismo, las colonias eran excelentes mercados para los productos europeos y permitieron el
auge de numerosas manufacturas.
Una de las principales rutas comerciales fue la del comercio triangular, que se llevó a cabo entre
Europa, África y América. Los barcos partían de Europa con productos manufacturados que eran
canjeados en África por esclavos, vendidos posteriormente en América a los dueños de las
plantaciones. Los barcos volvían a Europa cargados de productos coloniales.
Países como Francia, Holanda y sobre todo Inglaterra (que se convirtió en la primera potencia
marítima y comercial de la época) crearon grandes compañías comerciales, como la de las Indias
Orientales y Occidentales, que tenía extensas flotas y monopolios de un producto o de un
territorio.
Este poder económico contrastaba con su posición social y política en la sociedad estamental.
Estaban sometidos a fuertes impuestos y a una discriminación legal frente a la nobleza, y en la
mayoría de los países carecían de poder político para cambiar las leyes.
Ante esta situación aspiraban a grandes cambios en el sistema social de Antiguo Régimen.
Demandaban el fin de los privilegios estamentales de la nobleza, la igualdad de derechos y
poder participar en política.
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4. LA ILUSTRACIÓN: NUEVAS IDEAS FRENTE AL ANTIGUO RÉGIMEN
4.1. Las bases del pensamiento ilustrado
Sus ideas ayudaron a socavar los fundamentos ideológicos del Antiguo Régimen. Marcaron el
camino a las revoluciones americana y francesa.
El tránsito del siglo XVII al XVIII los ingleses John Locke (el primero que planteó la división de
poderes) e Isaac Newton (padre del método científico: “la comprobación y la razón como formas
de comprender e interpretar el mundo”), impulsaron definitivamente el pensamiento ilustrado.
En primer lugar, los filósofos ilustrados criticaron el absolutismo y configuraron la base de una
nueva doctrina política que conocemos con el nombre del liberalismo.
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Los ilustrados también se opusieron a la sociedad estamental. Defendían la movilidad social, la
igualdad de origen, y el mérito y la valía según su inteligencia y el esfuerzo de cada uno.
Proclamaron que nadie podía heredar el honor, el prestigio o los privilegios en nombre de sus
antepasados.
4.3. La Enciclopedia
Su objetivo era publicar una gran obra que reuniera todos los conocimientos de la época, de
cualquier ámbito del saber fundamentados en la razón y en el estudio de la naturaleza. Empezó
a publicarse en 1751, y comprende 35 volúmenes, en los que colaboraron los principales
pensadores de las Ilustración.
Un segundo grupo apareció en Gran Bretaña hacia 1770. Se trata de la escuela liberal, que dio
origen al liberalismo económico en Europa. Su gran impulsor fue Adam Smith (“La riqueza de
las naciones”), quién fundamentó su teoría de la riqueza en el trabajo, en la producción y en el
ordenamiento económico regido por la ley de la oferta y de la demanda, sin intervención del
estado en la vida económica. A esta conclusión había llegado después de reflexionar sobre la
Revolución Industrial inglesa a partir de 1760.
Es el sistema político de gran parte de las monarquías europeas del siglo XVIII. Su máxima era:
“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Esto significa que los monarcas debían ocuparse de
sus súbditos, promoviendo la intervención del Estado en la economía, obras públicas, etc., pero
sin la participación del pueblo. Así, la monarquía absoluta se vuelve ilustrada y se caracteriza por
la utilización del poder real para promover la realización de reformas en general sin cambiar el
sistema político absolutista.
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En sus gobiernos, los monarcas ilustrados aplican reformas como éstas:
Política centralizadora: racionaliza la administración central y local, uniformando las
peculiaridades del viejo régimen feudal.
Política fiscal sin privilegios: se pasa de un impuesto personal (según el estamento) a un
impuesto real (según la riqueza rural o urbana), racionalizando la multitud de impuestos
existentes (contribución única).
Política educativa básica: El Estado asume la competencia de la instrucción de sus
súbditos mediante planes de estudios. Se reduce el monopolio de la Iglesia, se lucha
contra la superstición y se rentabiliza la ciencia buscando su utilidad.
Política eclesiástica: se refuerzan las regalías del Estado por las que se reducen los
privilegios y el poder del clero; el Papa ve reducida su influencia sobre las iglesias de
cada país. El servicio al pueblo fue el objetivo común de los políticos, aunque los
déspotas ilustrados realizaron reformas sin tener en cuenta su opinión por considerarlo
inculto.
Algunos de los monarcas ilustrados más importantes fueron: Federico II en Prusia, María
Teresa I en Austria, la zarina Catalina II en Rusia, Gustavo en Suecia y Carlos III es España.
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B. LOS MOVIMIENTOS LIBERALES Y NACIONALES.
1. LA REVOLUCIÓN FRANCESA
1.1. Causas de la Revolución
Hacia 1780, muchos sectores sociales en Francia mostraban su descontento con la situación
económica y social. En su conjunto, el Tercer Estado rechazaba un sistema que lo marginaba y
le hacía soportar las cargas económicas.
Por un lado, los campesinos vivían una situación de grave necesidad (crisis de subsistencia). En
las ciudades, los precios aumentaban y los salarios no daban para sobrevivir a gran parte del
pueblo llano. Por otro lado, la burguesía, aunque enriquecida con las manufacturas, el comercio
y las finanzas, se sentía marginada social y políticamente. Alentada por las ideas ilustradas,
propugnaba la igualdad ante la ley y los impuestos.
La monarquía de Luis XVI se mostraba incapaz de hacer frente a esta realidad. La Hacienda
estaba en bancarrota; solo los intereses de sus préstamos consumían más del 50% de los
ingresos. Desde 1776, los ministros del rey (Turgot, Calonne y Brienne) intentaron mejorar la
situación financiera.
La única solución pasaba por hacer tributar a los privilegiados. El problema es que estos no
estaban dispuestos a aportar más recursos, al contario, deseaban aumentar sus privilegios e
ingresos señoriales.
Ante la propuesta de una reforma fiscal, la nobleza se rebeló (Revuelta de los privilegiados) y
exigió la convocatoria de los Estados Generales, los únicos con capacidad de aprobar impuestos.
Se convocaron para mayo de 1789 (no se habían reunido desde 1614).
El 5 de mayo de 1789 se reunieron los Estados Generales en Versalles. El rey y gran parte de los
privilegiados, pretendían discutir solo de finanzas y descartaban las propuestas de reforma
social que demandaba el Tercer Estado. Para hacer valer su fuerza, los representantes de este,
que duplicaban en número a los de la nobleza, exigieron la reunión conjunta de todos los grupos
y el voto por cabeza y no por estamento.
Ante la negativa del rey y los privilegiados, los diputados del Tercer Estado declararon que
representaban a la mayoría de la población y, con el apoyo de algunos clérigos y nobles liberales,
se constituyen en Asamblea Nacional; el 20 de junio juraron no disolverse sin haber dado una
Constitución a Francia (Juramento del Jeu de Paume). El rey aceptó la situación y, el 27 de junio,
los Estados Generales se transformaron en Asamblea Nacional Constituyente.
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1.3. La Asamblea Nacional Constituyente (1789-1791)
A principios de julio, la amenaza de los privilegiados y del ejército real condujo a una revuelta
popular, que significó la irrupción del pueblo llano en la revolución. El 14 de julio, el pueblo de
París asaltó la Bastilla, prisión y símbolo del absolutismo.
La noticia se extendió por toda Francia y dio lugar a acciones similares. Los campesinos
protagonizaron revueltas antiseñoriales que se conocen como el Gran Miedo (asalto a castillos,
incendio de archivos, campos, etc.). Después de estos hechos, la Asamblea Nacional tomó una
serie de medidas que iniciaron el desmantelamiento del Antiguo Régimen:
La aplicación de esta Constitución instauró en Francia una monarquía constitucional y dio paso
a una nueva Asamblea Legislativa.
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La Declaración de Derechos del hombre y del Ciudadano, las leyes posteriores y la Constitución de 1791
garantizaban la igualdad legal, las libertadas públicas y la propiedad.
El conjunto de ciudadanos, nación, será sujeto de la soberanía, y la ley será el principio que regirá la vida
social de todos los franceses, sin distinción. A partir de ese momento, los ciudadanos pudieron expresarse,
reunirse, informarse, votar libremente y defenderse ante los tribunales. Aunque se mantuvieron las
restricciones de voto, la desigualdad económica y la marginación de la mujer del sistema político, era la
primera vez que en el continente europeo que la política se convertía en un asunto que competía a los
ciudadanos.
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Además, muchos nobles descontentos huyeron hacia Austria y, con la ayuda del emperador
austriaco, organizaron una intervención armada para restaurar el absolutismo.
En junio, el propio rey y su familia huyeron de París en dirección a la frontera con Austria para
ponerse al frente de las tropas invasoras. Pero fue detenido en Varennes y retornado a París. La
difusión de la noticia desprestigió a la monarquía y radicalizó al sector más revolucionario.
Una nueva asamblea constituyente (Convención Nacional), elegida por sufragio universal, se
reunió el 20 de septiembre del mismo día en que un ejército de voluntarios venció a la coalición
absolutista europea (batalla de Valmy). Su primera acción fue la abolición de la monarquía y la
proclamación de la República.
El grupo de los girondinos dirigido por Brissot, obtuvo la mayoría en la Convención. Con la
proclamación de la República y el sufragio universal, consideraban que la Revolución había
acabado y que todo paso adelante conduciría a la anarquía y el caos. Pero el grupo de los
jacobinos se erigió portavoz de los sectores populares de París que deseaban una revolución que
avanzase a la igualdad social.
Girondinos y los jacobinos también discrepaban con respecto a la monarquía. Los primeros
querían castigarlos, los segundos juzgar, condenar y ajusticiar. La presión popular obligó a la
Convención a tomar esta última opción: Luis XVI fue guillotinado en enero de 1793, y la reina
María Antonieta, en octubre del mismo año.
Las ejecuciones reales dieron impulso a una coalición europea antirrevolucionaria (Austria,
Prusia, Gran Bretaña, España y Holanda) contra Francia. En enero de 1793 se inició una
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Los girondinos fueron un grupo político conformados por intelectuales y empresarios franceses,
pertenecientes a la alta burguesía de la Revolución francesa. Eran partidarios de una revolución pacífica
y moderada, se oponían a las ideologías y métodos revolucionarios de los jacobinos.
Los jacobinos fueron conocidos por ser el ala radical de la Revolución. Su ideología era popular y
republicana, defensores de la democracia, las leyes y la constitución.
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insurrección campesina contrarrevolucionaria en la región de Vendée, provocada por el hambre
y las levas forzosas. Por último, en París, las clases populares reclamaban reformas sociales.
Estos elaboraron una nueva Constitución en 1793 que reflejaba los principios de la democracia
social: soberanía popular y sufragio masculino universal directo, eliminación de los derechos
feudales sin tener que pagar rescate a los antiguos señores y defensa del derecho de existencia
por encima de cualquier otro.
Para imponer todas las reformas se creó el Comité de Salud Pública, a cuyo frente se situó
Robespierre.
El nuevo gobierno suspendió las garantías constitucionales e inició una política conocida como
el Terror: concentró en sus manos todos los poderes y tomó medidas excepcionales para los
sospechosos de acciones contrarrevolucionarias eran detenidos, juzgados y en muchos casos
ajusticiados.
A principios de 1794 parecía que la República se había salvado: éxitos militares, mejoras de la
situación económica…, pero los sectores más radicales (enráges) querían más medias, y amplios
sectores de la burguesía moderaba ansiaban poner fin a las reformas jacobinas.
Ante las críticas, Robespierre y sus fieles eliminaron adversarios y llevaron a cabo una sangrienta
represión. Todos sus enemigos se unieron contra ellos y un golpe de Estado en la Convención
detuvo a Robespierre, que fue guillotinado junto a sus seguidores el 10 de Termidor del año II
(28 de junio de 1794).
Tras la caída de Robespierre, la Convención pasó a estar controlada por sectores burgueses
moderados y se inició el desmantelamiento de las medidas de la etapa anterior.
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Se aprobó una Constitución (1795) que restableció el sufragio censitario, creo un nuevo poder
ejecutivo (gobierno de cinco miembros), el Directorio y estableció un cuerpo legislativo
formado por el Consejo de los Quinientos, que elaboraba las leyes, y el Consejo de los Ancianos,
que las aprobaba.
Solo la guerra en el exterior parecía dar triunfos. Las clases acomodadas vieron en Napoleón
Bonaparte a un general victorioso que podía garantizar la revolución liberal. Con el apoyo de la
burguesía y del ejército, Napoleón protagonizó el 9 de noviembre de 1799, un golpe de Estado
y concentró todo el poder en sus manos.
Tras el golpe de Estado se estableció un gobierno, conocido como Consulado, formado por tres
cónsules, entre los que se encontraba Napoleón. Una nueva Constitución (1799) afirmó el poder
personal de Napoleón como primer cónsul, con atribuciones para hacer leyes, dirigir política,
dirigir la política exterior o designar a los jueces y altos cargos. Para concentrar más sus poderes
consiguió hacerse cónsul vitalicio en 1802 y en 1804 emperador.
En mayo de 1804, en Consulado nombró a Napoleón emperador hereditario. Para culminar este
proceso, cambió la constitución del año XII (1804), la cual le daba grandes poderes, y se hizo
coronar por el papa Pío VII.
Su proyecto era crear un imperio con centro en Francia e implantar las instituciones francesas,
herederas de la Revolución, en los territorios ocupados, y acabar con las monarquías absolutas.
Las ambiciones de dominio universal de Napoleón provocaron una gran inquietud entre los
demás países del continente y, por ello, en 1805, Reino Unido y Rusia establecieron una nueva
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coalición antifrancesa a la que se unió Austria. Inmediatamente después estalló la guerra.
Napoleón logró importantes victorias terrestres en el centro y este de Europa contra los
austriacos y los rusos, destacando la batalla de Austerlitz, pero sufrió una estrepitosa derrota
marítima en Trafalgar, donde la armada hispanofrancesa fue derrotada por la escuadra inglesa
del almirante Nelson.
Esta victoria británica, que le dio la primacía absoluta en los mares, empujó a Napoleón a
decretar el bloqueo continental (1806), por el que ningún país podía comerciar con los ingleses.
Tras su derrota frete a Francia, Austria pasó a ser un Estado aliado de Napoleón, quien impuso
la disolución del Sacro Imperio. Austria cedió a Francia el reino de Nápoles; y permitió la
formación de la Conferencia del Rin y del reino de Holanda, que Napoleón entregó a su hermano
Luis.
Prusia fue ocupada tras su derrota en Jena (1806). Por la paz de Tilsit (julio 1807), Prusia
recuperó gran parte de su territorio, pero se redujo su ejército, se le hizo pagar una elevada
indemnización y se le obligó a aplicar el bloqueo continental a Reino Unido. De esta paz salieron
dos grandes nuevos Estados: en Gran Ducado de Varsovia y el reino de Westfalia.
Alejando I, zar de Rusia, derrotado en Friedland (1807), firmó la paz de Tilsit con Napoleón por
la que se convirtió en aliado de Francia. Y la invasión de Portugal, Etruria, Roma y España
completaron su proyecto de “gran imperio”, que se mantuvo hasta 1812.
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Pero el imperio de Napoleón no resistió a partir de entonces a causa de sus problemas militares
en Rusia y España.
En junio de 1812 Napoleón invadió Rusia, que había roto el bloqueo contra Inglaterra.
Pero fracasó y la retirada del ejército (Grande Armée) en el crudo invierno ruso de 1812
fue una catástrofe: de los más de 600.000 hombres que intervinieron en la campaña,
solo regresaron 100.000.
En España la ocupación francesa provocó la guerra de la independencia. La resistencia
nacional en forma de guerrillas fue también decisiva para el desgaste y la derrota de las
tropas napoleónicas.
Estos errores y derrotas hicieron fracasar el bloqueo continental. Reino Unido dirigió las
coaliciones que vencieron a Napoleón en Vitoria y Leipzig (1813). En marzo de 1814 las tropas
aliadas entraron en París, Napoleón fue depuesto y el 6 de abril abdicó para retirarse a la isla de
Elba.
Luis XVIII ocupó el trono de Francia y otorgó una constitución que favorecía a los emigrados, el
clero y a la aristocracia. Pero Napoleón escapó de Elba y regresó a Francia. De marzo a junio de
1815 restauró un efímero imperio “de los cien días”, que finalizó con la derrota de Waterloo
ante un ejército coaligado. Desterrado a la isla de Santa Elena, murió el 5 de mayo de 1821.
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2.3. La herencia de Napoleón
Las guerras exportaron los principios revolucionarios a Europa; lo que significó a medio plazo el
final del Antiguo Régimen en el continente, porque los ciudadanos que habían luchado contra
la invasión francesa no estaban dispuestos a renunciar a la soberanía y dársela a un rey absoluto.
Además, la época napoleónica dejó una importante herencia legislativa, porque el código civil
que se estableció en Francia, llamado Código Napoleón, sigue aún vigente (con modificaciones
sustanciales) y ha servido de referencia para los códigos civiles de otros países, por ejemplo,
España.
Los monarcas del Reino Unido, Prusia, Austria y Rusia, vencedores de Napoleón en Waterloo
(1815), mostraron su decisión de restaurar las monarquías tradicionales e impedir la expansión
de las ideas liberales, nacidas con la Revolución francesa. En estos Estados se volvía, por tanto,
al Antiguo Régimen.
Para imponer estos principios y crear órganos internacionales para su defensa, los
representantes de las potencias vencedoras, a los cuales se incorporó Francia tras la
restauración de la monarquía borbónica (Luis XVIII), se reunieron en el Congreso de Viena
(1815), bajo la dirección del canciller austriaco Metternich.
Se formó además la Cuádruple Alianza (1815), entre Austria, Rusia, Prusia y Reino Unido, una
alianza militar para defender el orden creado por el Congreso de Viena. Francia se incorporó en
1818 (Quíntuple Alianza).
Otra organización que se creó tras la derrota de Napoleón fue la Santa Alianza. Se trataba de
una coalición entre Rusia, Austria y Prusia. Su objetivo era el mantenimiento del absolutismo y
la defensa frente a la amenaza liberal.
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3.3. Liberalismo y Nacionalismo
La Revolución Francesa y las tropas de Napoleón habían extendido por Europa ideas que eran
imposibles de borrar y que se identificaban automáticamente con la burguesía: liberalismo y
nacionalismo.
El liberalismo es una doctrina básica e irrenunciable de la mentalidad burguesa, se basa en la
libertad absoluta del individuo para expresar sus ideas, reunirse, conservar sus propiedades...
sin que ningún poder pudiera acabar con ellas. En lo político el liberalismo recibe el nombre de
liberalismo político y es una síntesis de las ideas de los ilustrados: división de poderes,
parlamentos elegidos por la nación como poder legislativo, sufragio censitario, monarquía
parlamentaria o república como forma de gobierno... En el aspecto productivo el liberalismo
recibe el nombre de liberalismo económico que resume el pensamiento de los ilustrados basado
en que el estado no debe intervenir en economía, solamente la ley de la oferta y la demanda
deben regular el mercado; estos principios fueron formulados en el XVIII por Adam Smith.
Junto al liberalismo aparece otra idea constante en el pensamiento burgués: la idea de nación.
Hasta la Revolución no existía un sentimiento especialmente fuerte por pertenecer a un pueblo
o a una comunidad, había una mentalidad más universalista. Es a partir de 1789 cuando se
empieza a hablar de la nación como conjunto de ciudadanos con unas características comunes,
y esa nación es la dueña de sus destinos y no el rey como hasta entonces. Los ejércitos franceses
llevaron por Europa la idea de nación. Una vez llegados a este punto hemos de aclarar dos
conceptos que se utilizan a veces como sinónimos pero que son distintos: nación y estado.
Nación: es el conjunto de individuos que pertenecen a una comunidad que tiene una lengua,
una religión, costumbres, derechos e historia comunes.
Estado: es una unidad política con fronteras internacionales reconocidas.
Muchas naciones están divididas entre varios estados distintos y, en otros casos, muchas
naciones viven dentro de estados en los cuales no se sienten a gusto, el objetivo de todas estas
naciones es constituirse en estados independientes. Estas ideas se llevarán a la práctica en la
siguiente oleada de revoluciones que además del liberalismo encontraremos el nacionalismo
como componente fundamental. El nacionalismo quedará plasmado en el Romanticismo,
movimiento cultural y artístico que se basa en las pasiones del hombre frente a lo racional de
etapas anteriores.
3.4. Revoluciones liberales
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y España se convierte en un país liberal. Este experimento acaba cuando tres años más
tardes las tropas de la Santa Alianza restablecen a Fernando VII como rey absoluto.
En Grecia la revolución tiene un carácter nacionalista, siglos de dominación turca no han
acabado con la lengua griega y la religión cristiana ortodoxa, que se convierten en las
señas de identidad del nacionalismo griego. Toda Europa se volcó con la causa griega y,
por fin, tras una larga guerra que duró casi una década, el país, cuna de la civilización
occidental, consiguió su independencia en 1829 (Tratado de Adrianópolis).
Las revoluciones de 1830
Tuvieron mayor relevancia y trascendencia que las de 1820. En ellas se entremezclaron
reivindicaciones de carácter nacionalista (Bélgica, Polonia, Italia y Alemania) con
intereses de grupos minoritarios burgueses y obreros, mayor libertad política. El
epicentro de estos movimientos, al igual que en 1789, fue Francia.
Gran parte de estas insurrecciones estuvieron auspiciadas por minorías agrupadas en
asociaciones secretas, con conexiones internacionales de fuerte presencia en la
oficialidad del ejército. Su objetivo era realizar una “revolución universal contra la
tiranía”. De entre esas asociaciones destacaron la de los masones y sus herederos más
activos los carbonarios.
La revolución en Francia: Carlos X de Borbón (sucesor de Luis XVIII) había
restablecido el absolutismo monárquico, tomando medidas como la supresión
de la libertad de prensa y la disolución de la Cámara de Diputados. A partir de
1821, los gobiernos fueron dominados por ministros ultramonárquicos,
provocando un descontento creciente tanto entre los monárquicos moderados
como entre la burguesía liberal, y un repunte de las posturas republicanas. Por
otro lado, las clases populares venían soportando una prolongada crisis
económica y las hambrunas aún asolaban el país. En julio de 1830, el pueblo de
París se precipitó a la calle y, atrincherado en barricadas, consiguió derrotar al
ejército real. El monarca Carlos X tuvo que exiliarse y los diputados nombraron
rey a Luis Felipe de Orleáns (1830-1848) quien instauró un régimen político
liberal de signo doctrinario (moderado) con sufragio censitario. Francia se dotó
de una Constitución más liberal.
Bélgica: En agosto de 1830 se inició en Bruselas una revuelta con contenidos
políticos liberales y nacionalistas, contra el dominio de Holanda, a la que había
sido unida en 1815 como “Estado- tapón”. En esa revuelta intervinieron varias
causas: el catolicismo belga, la economía más próspera de este país y el
diferente idioma. El movimiento se extendió rápidamente y permitió declarar la
independencia de Bélgica, con ayuda de Gran Bretaña y Francia. Formó un
nuevo Estado basado en una monarquía constitucional representada por
Leopoldo I
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España: Pasó de un régimen político absolutista a un régimen liberal,
iniciándose un período de guerras civiles entre liberales y absolutistas (Guerras
Carlistas) durante el reinado de Isabel II.
Polonia, Alemania e Italia: En estos países las revoluciones no tuvieron éxito,
fueron aplastas por los regímenes absolutistas de Rusia, Prusia y Austria. La
mayoría de los liberales y nacionalistas polacos, italianos y alemanes hubieron
de exiliarse a otros países, fundamentalmente a Gran Bretaña y Francia.
Las revoluciones de 1848:
La oleada revolucionaria de 1848 se inició, al igual que la de 1830, en Francia y se
extendió a continuación a gran parte de Europa. Es conocida con el nombre de
“primavera de los pueblos”.
Sus causas fueron:
• La crisis económica dada en Francia en 1847 como consecuencia de una serie de malas
cosechas, en especial la de patatas, alimento básico para las clases populares. La crisis
agraria influyó en los sectores industrial y financiero, llevando al paro a muchos obreros.
• La negación de derechos y libertades a importantes sectores de la sociedad francesa:
la monarquía de Luis Felipe de Orleáns sólo satisfacía los intereses de la alta burguesía,
en tanto que la pequeña burguesía como el proletariado quedaban política y
económicamente desatendidos.
En junio la revolución se radicalizó y la pequeña burguesía que había estado del lado de
las clases obreras se alió con la alta burguesía. La lucha contra el absolutismo se
transformó en una lucha interclasista entre burgueses y obreros que se saldó con una
fuerte represión (más de 1.500 ejecutados). Tras la aprobación de la Constitución fue
nombrado presidente de la República Luis Napoleón Bonaparte, sobrino de Napoleón,
quien en 1852 se proclamó emperador con el nombre de Napoleón III, dando al traste
con la mayor parte de las reivindicaciones revolucionarias e inaugurando el Segundo
Imperio francés.
El resto de Europa:
Imperio Austríaco: Se produjo la caída y huida de Metternich y el emperador Fernando
I hubo de aceptar la formación de una Asamblea Constituyente. Las reivindicaciones
nacionalistas se unieron a las liberales, especialmente en Hungría y Chequia, que
lograron cierta autonomía dentro del imperio.
Alemania: La revolución en Alemania también tuvo un marcado signo nacionalista.
Federico Guillermo IV de Prusia hubo de aceptar una Constitución de base censitaria.
Italia: Cargada de significado nacionalista, sirvió –pese a su descalabro- de punto de
partida para el proceso de unificación. En Nápoles se implantó una monarquía
constitucional que sustituyó al absolutismo; en los Estados Pontificios la sublevación
hizo huir al Papa y se constituyó una república; el reino de Lombardía-Véneto se sublevó
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contra los austríacos y en el reino de Piamonte se creó una monarquía constitucional
convertida en el motor de la unidad italiana.
Fases de la unificación:
(1859-1865). Los Estados alemanes, excepto Austria, habían formado en 1834 una unión
aduanera (Zollverein) para fomentar la cooperación económica y como un primer paso
para una futura unión política. Prusia era el principal Estado Alemán y pretendía liderar
el proceso de unificación, para lo que inició un proceso acelerado de industrialización,
de reforzamiento del ejército y de reformas políticas.
En 1862 Bismarck fue nombrado canciller de Prusia. Era defensor del aumento de la
autoridad del rey frente a las tendencias democráticas y del predominio social de la
aristocracia terrateniente. Dos años después, Bismarck intervino en la crisis de los
ducados daneses con la anexión de dos de ellos –Schleswig y Lauenburg- a Prusia
(1866-1869). Prusia se enfrenta a la rivalidad de Austria, el otro gran Estado alemán.
Aprovechando que Austria estaba ocupada con la rebelión de los Estados italianos bajo
dominio, Bismarck propició la invasión del ducado austriaco de Holstein por Prusia. La
derrota de Austria en la batalla de Sadowa (1866) materializó la anexión y la creación
de la Confederación de Alemania del Norte. La forman 21 estados alemanes y Prusia
(Austria ya está excluida). Hay una Constitución común que establece la existencia de
dos cámaras: el Bundesrat y el Reichstag.
(1870-1871). Bismarck firmó una alianza militar con los Estados alemanes del sur.
Napoleón III se oponía a su anexión a Prusia por el peligro que un país unificado podía
suponer para Francia. Bismarck provocó una guerra con Francia, la cual fue derrotada
en Sedán (1870). Como resultado, Alemania se anexionó Alsacia y Lorena, territorios
que fueron causa de disputa con Francia hasta la Primera Guerra Mundial.
Nace así el Segundo Imperio alemán o II Reich, cuyo rey era Guillermo I, proclamado en
Versalles en 1871. El país se convirtió en una de las grandes potencias de la época.
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4.3. La unificación italiana
La unificación de
Italia se hace
contra Austria y
contra los Estados
Pontificios. Es la
aspiración de la
burguesía
industrial del
norte que se ha
ido formando a lo
largo de las
revoluciones del
30 y del 48. Muy
significativo en
este sentido fue el
movimiento de la “Joven Italia” liderado por Mazzini, que planteaba una unidad basada en la
inclusión de las masas populares.
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(1849-1860). El motor de la unidad fue el reino de Piamonte-Cerdeña (Víctor Manuel II
de Saboya y su ministro el conde de Cavour). Esta monarquía era constitucional y estaba
fuera de la influencia y control de Austria. También la burguesía era mucho más
numerosa que en otros estados italianos. Cuentan con el apoyo ambiguo de Francia (Luis
Napoleón Bonaparte, enemigo de Austria): victorias militares (Magenta, 1858, y
Solferino, 1859) permiten la incorporación de Milán y Lombardía al reino de Piamonte.
Módena, Parma y Romaña deciden incorporarse en plebiscito: toda la Italia del norte
queda unida bajo la monarquía de Víctor Manuel.
(1860-1865). Se centró en la campaña de incorporación de Sicilia, para la que Cavour
contó con el apoyo de Garibaldi, nacionalista y republicano. En 1860, los campesinos
sicilianos se sublevaron contra el rey de Nápoles. Cavour aprovechó el descontento y
envió a Sicilia los mil “camisas rojas” al mando de Garibaldi. Sicilia, en el sur, y las
Marcas y Umbría, en el centro de Italia, fueron incorporadas al reino de Piamonte. El
nuevo Parlamento reconoció a Víctor Manuel como rey de Italia.
(1865-1870). Solo faltaba incorporar los Estados Pontificios y el Véneto al nuevo Estado
Italiano. La guerra de Prusia e Italia contra Austria (1866) finalizó con la derrota
austriaca, que cedió Venecia a Italia, aunque no así otros territorios, como Trentino e
Istria. Roma quedó unida a Italia y proclamada capital del nuevo Estado tras la derrota
de Francia en Sedán. Pero el papa no reconoció la anexión, lo que planteó la “cuestión
romana”, que no se resolvió hasta los Tratados de Letrán (1929), que crearon el Estado
de la Santa Sede en el corazón de Roma.
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5. LA REVOLUCIÓN AMERICANA
5.1. Los orígenes de la independencia
La concesión e 1773 del monopolio de la venta del té a la Compañía de las Indias Orientales
perjudicó a los comerciantes de las colonias. La respuesta fue el llamado Boston Tea party o
motín del té (diciembre de 1773), en el que unos jóvenes disfrazados de indios lanzaron al mar
el cargamento de té que la Compañía tenía en los barcos del puerto. El gobierno inglés respondió
con el cierre del puerto, así como con una elevada multa a todos los habitantes de
Massachussets.
En septiembre de 1774, doce de las trece colonias británicas (excepto Georgia), se reunieron en
Filadelfia para elaborar una lista de agravios. Al año siguiente comenzaron los primeros
enfrentamientos armados. El 4 de julio de 1776 fue proclamada la independencia de Estados
Unidos de América, en una declaración redactada por Thomas Jefferson, en la cual se postulaba
la libertad, la igualdad de las personas, el derecho a la rebelión contra la tiranía y la división de
poderes. A esta Declaración de Independencia se unió la Declaración de derechos del hombre de
Virginia.
La guerra de independencia tuvo dos etapas. En la primera fase (1775-1777), los insurgentes,
dirigidos por George Washington, se enfrentaron a los británicos siguiendo una táctica de
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guerrillas. La victoria de las milicias mandadas por Washington en Saratoga (1777) decidió a
Francia a apoyar a los rebeldes. España también apoyó activamente la causa independentista,
aunque lo hizo de forma discreta, especialmente con financiación económica, porque temía que
la rebelión pudiera contagiarse a sus propias colonias americanas.
La paz se restableció con el tratado de Versalles (1783), por el que Reino Unido reconocía la
independencia de los Estados Unidos de América.
Al terminar el conflicto, cada una de las trece colonias era un Estado independiente. Alexander
Hamilton propuso entonces la elección de un Congreso que elaborara una constitución para
todos. Los cincuenta delegados –llamados “los padres fundadores”-, reunidos en Filadelfia en
1787, prepararon el texto de la nueva constitución, que entró en vigor en marzo de 1789 y cuyo
texto sigue vigente, aunque con diversas enmiendas.
El texto fue la primera constitución liberal de la historia y sirvió de modelo para Europa en su
lucha contra el absolutismo.
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C. LAS REVOLUCIONES INDUSTRIALES. MOVIMIENTO OBRERO
1. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
El término Revolución Industrial hace referencia al conjunto de innovaciones técnicas cuya
aplicación en la industria contribuyeron a incrementar la producción económica.
El proceso tuvo su inicio en Inglaterra, a partir de los años de 1760-1780, y dio lugar a un
aumento de la productividad del trabajo humano, es decir, en la cantidad de bienes (de trigo,
de paños…) que cada trabajador podía producir en un tiempo determinado.
El aumento de la oferta de alimentos desde mediados del siglo XVIII hizo posible un elevado y
continuado crecimiento de la población. Gran Bretaña vivió una gran explosión demográfica.
Este hecho fue debido al descenso de la mortalidad que fue el resultado de una mejor
alimentación, así como de avances médicos e higiénicos, como la vacuna de la viruela y la
difusión del uso del jabón.
El incremento de la población supuso un gran estímulo al proceso de industrialización porque
proporcionó mano de obra abundante a la nueva industria e hizo aumentar el número de
consumidores.
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funcionaron gracias a una rueda que aprovechaba el agua de los ríos como fuerza motriz
(energía hidráulica).
Sin embargo, la gran revolución fue la máquina de vapor, patentada por James Watt en 1769 y
accionada mediante la combustión del carbón.
Las nuevas fuentes de energía impulsaron la mecanización del proceso productivo a partir de la
utilización de nuevas máquinas que podían trabajar día y noche y realizar simultáneamente
diferentes operaciones con mucha rapidez.
El primer sector en mecanizar la producción fue la industria textil algodonera.
Ante la necesidad de incrementar la producción de tejidos de algodón, algunos empresarios
introdujeron innovaciones en el proceso de hilado y el tejido. La mecanización del tejido se inició
con la lanzadera volante (Jon Kay, 1733), que aumentó la velocidad del tejido y permitió dar
mayor anchura a las piezas.
La hiladora Spinning Jenny (Hargreaves, 1764) y la Mule Jenny (Crompton, 1779), que
funcionaba a vapor, aumentaron la productividad del hilado.
El desarrollo de la hilatura estimuló el del tejido, y el 1786, Cartwright inventó el primer telar
mecánico movido por la fuerza del vapor. El incremento en la producción de tejidos requirió
ingentes cantidades de blanqueadores y tintes que desarrollaron la industria química.
A mediados del siglo XVIII, en Gran Bretaña, para poder trasladar materias primas y mercancías
se mejoraron los caminos y se construyeron multitud de canales para posibilitar la navegación
fluvial. Pero la verdadera revolución en el transporte fue el ferrocarril, que aportó mayor rapidez
y capacidad de carga, menos coste por unidad transportada y más seguridad para pasajeros y
mercancías. El nuevo medio de transporte fue posible gracias a la invención de la locomotora
(Stephenson, 1829), una máquina de vapor capaz de trasladarse sobre rieles. La primera línea
de ferrocarril movida por la fuerza del vapor unió Liverpool y Manchester en 1830.
A principios del siglo XIX, un ingeniero estadounidense, Robert Fulton, aplicó la máquina de
vapor a la navegación, y los barcos de vapor permitieron acortar la duración de los viajes
transoceánicos. El primer barco de vapor navegó por el río Hudson
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Continuas innovaciones, como la pudelación y el laminado (Cort, 1783), perfeccionaron este
proceso industrial. Más adelante, en 1856, el convertidor de Bessemer trasformó el hierro
fundido en acero. Estos cambios permitieron aumentar la producción, mejorar la calidad del
hierro y disminuir los precios. El impulso definitivo de la siderurgia, llegaría con la construcción
de la red ferroviaria, a partir de 1830.
A lo largo del siglo XIX, el proceso industrializador, iniciado en Gran Bretaña, se expandió por
Europa.
A principios del siglo XIX, las transformaciones económicas comenzaron en Francia y Bélgica,
donde la industrialización se sustentó en la explotación de ricos yacimientos de carbón. A partir
de 1850 Alemania cimentó su desarrollo industrial en la abundancia de carbón y hierro, en la
concentración del capital financiero en grandes corporaciones bancarias y en un importante
sector metalúrgico y químico.
En Italia y España, el crecimiento fue más tardío y en muchos casos incompleto, coexistiendo
áreas fuertemente industrializadas con regiones de economía básicamente rural.
En la Europa oriental, solo en zonas muy localizadas de los imperios austrohúngaro y ruso, se
asentó una incipiente industrialización a finales del siglo XIX.
En el resto del mundo, tan solo en Estados Unidos y Japón se desarrolló una industria semejante
a la europea.
En el último tercio del siglo XIX, una segunda serie de innovaciones tecnológicas impulsaron una
segunda fase de la industrialización, que se conoce como Segunda Revolución Industrial. El
avance tecnológico fue el resultado de una estrecha relación entre la investigación científica y
su rápida aplicación práctica en la industria. Las principales innovaciones fueron:
El uso de dos nuevas fuentes de energía, la electricidad y el petróleo, destronó al
carbón.
Los nuevos medios de transporte redujeron el coste y la duración de los viajes. La
electricidad se aplicó al ferrocarril y renovó el transporte urbano (tranvía y metro). El
petróleo y sus derivados tuvieron su principal aplicación como combustible del motor
de explosión en los primeros automóviles, en los barcos y en la aviación.
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La expansión de redes de telegrafía y el teléfono permitieron la difusión instantánea de
información frente al antiguo correo postal
El desarrollo de nuevos productos (vidrio, fibras
artificiales, abonos, tintes químicos, caucho, explosivos.
Estas innovaciones tecnológicas estuvieron acompañadas de una
nueva organización del capital y del trabajo con la aplicación del
taylorismo, que activó el proceso de concentración industrial.
La Segunda Revolución Industrial cambió la estructura de la
producción mundial. Gran Bretaña cedió parte de su poder
industrial y financiero a nuevos competidores, como Alemania,
Francia y Estados Unidos, que se especializaron en las industrias
con la mayor demanda, como la metalúrgica, la petrolera, la
química, la farmacéutica o la del automóvil.
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la destrucción del Estado y la creación de una sociedad igualitaria a partir de la libre asociación
de las comunas, que eran las unidades asociativas más pequeñas de la sociedad.
En general todas las corrientes anarquistas criticaban la sociedad capitalista y proponían un
modelo alternativo basado en la ausencia de autoridad.
Los ejes principales de su pensamiento podrían resumirse en: crítica de la propiedad privada y
defensa de la propiedad colectiva; oposición a la existencia del Estado, por considerarlo un
instrumento de opresión, y su sustitución por formas comunales de libre asociación;
apoliticismo y rechazo de los partidos políticos; oposición a la religión y defensa de las
espontaneidades de las masas, del individualismo y de la acción directa.
3.4. Las primeras organizaciones obreras
A partir de 1820-1830, los obreros comprendieron que el nuevo sistema fabril había llegado para
quedarse. Animados por las nuevas ideas socialistas, fueron creando organizaciones para
defender sus derechos y plantear alternativas al capitalismo industrial.
El primer tipo de organización obrera fueron las sociedades o asociaciones de Socorros Mutuos,
en ocasiones clandestina. Ayudaban al trabajador o a su familia en caso de enfermedad, paro,
defunción, etc. Organizaron las primeras huelgas gracias al cobro de cuota a sus miembros, lo
que les permitía crear cajas de resistencia.
Posteriormente, en Gran Bretaña, cuando se derogaron las leyes asociativas (1825) empezó a
configurarse el sindicalismo contemporáneo. Los obreros se agrupaban en organizaciones de
oficios las Trade Unions. En 1834, bajo la dirección de Robert Owen, se produjo la unión de los
diversos sindicatos de oficio, y se constituyó la Great Trade Union, que llegó a tener más de
medio millón de trabajadores afiliados.
En la década de 1840 se expandió el sindicalismo en Francia: se creó la Unión Obrera en Francia
y en España el primer sindicato fue la Asociación de Tejedores de Barcelona (1840).
3.5. El cartismo, un proyecto político
Fue en Gran Bretaña donde, por primera vez, el movimiento obrero tomó la iniciativa de
organizarse en un proyecto político: el cartismo.
Las enormes dificultades legales y la persecución a la que estaban sometidos los dirigentes
sindicales de las Trade Unions, les convenció de la necesidad de participar en política para poder
cambiar las leyes y de este modo mejorar las relaciones laborales. En 1836, un grupo de obreros
fundó la Working Men´s Association, que publicó la Carta del Pueblo. En 1842 se trasformó en
la Asociación Nacional de la Carta, considerada el primer partido político de los trabajadores.
Los cartistas reclamaban el sufragio universal masculino y secreto; la división de los distritos
electorales; un sueldo para los diputados, con el fin de que los trabajadores, y no solo los ricos
y rentistas, pudieran ejercer este cargo; e inmunidad parlamentaria para poder exponer sus
ideas sin temor a represalias. Presentaron sus demandas a la Cámara de los Comunes y
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promovieron en su defensa huelgas y manifestaciones. Aunque no consiguieron sus objetivos,
el cartismo permitió la concienciación de amplias capas de trabajadores.
3.6. La Primera Internacional
A partir de 1850, el número de trabajadores, organizaciones obreras y pensadores socialistas
era ya muy importante. La conciencia de formar parte de una misma clase, más allá de los
Estados y las fronteras, les llevaría a la constitución de la Asociación Internacional de
Trabajadores (AIT). Fue creada en Londres en 1864 por delegados de asociaciones obreras
inglesas y francesas e emigrantes polacos, italianos y alemanes.
La AIT se organizó en secciones nacionales y tenía un Consejo General dirigido por Marx, que
redactó los estatutos y el manifiesto inaugural en el que se establecían los principios básicos de
la Internacional: la emancipación de los trabajadores debía ser obra de los mismos trabajadores,
que conquistarían el poder político para acabar con la sociedad burguesa e implantar el
socialismo.
Los primeros congresos de la AIT se celebraron en Ginebra (1866), Lausana (1867) y Bruselas
(1868). En ellos se definieron una serie de reivindicaciones: reducción de la jornada laboral,
supresión del trabajo infantil, desaparición de los ejércitos permanentes, socialización de los
medios de producción y el recurso a la huelga como medio eficaz para conseguir objetivos.
A pesar de los acuerdos, existían discrepancias en el seno de la Internacional. La más
importante fue el enfrentamiento entre Marx y Bakunin. Este se oponía a la conquista del
Estado y del poder político, propugnaba su abolición y se mostraba hostil a cualquier autoridad
política.
Las delegaciones de los países más industrializados apoyaban a Marx, y los países más atrasados,
con un sector agrícola todavía muy importante, las de Bakunin. Este enfrentamiento provocó la
ruptura de la organización en 1872.
3.7. La Comuna de París
En julio de 1870, Francia fue derrotada en la batalla de Sedán y el ejército alemán llegó a las
puertas de París, lo cual provocó el hundimiento de Napoleón III. Se formó en 1871 un gobierno
encabezado por Thiers, de carácter conservador, que preparó la capitulación antes los
alemanes. Las clases populares de París no aceptaron al nuevo gobierno, ni sus intenciones de
capitular, y se produjo una insurrección popular. El gobierno tuvo que abandonar la cuidad y
refugiarse en Versalles.
En este contexto de vacío de poder, y para organizar la defensa frente a los alemanes, se
realizaron unas elecciones que llevaron a la Constitución de la Comuna de París (marzo-mayo
1871): un gobierno popular que respondía al ideal de una república democrática y social. La
Comuna organizó la resistencia de París y emprendió un conjunto de reformas que se
convirtieron en el referente para el movimiento obrero y democrático: nacionalización de los
bienes del clero, reforma de la justicia, sustitución del ejército por milicias populares, abolición
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de la policía, entrega de las empresas abandonadas a cooperativas obreras y un proyecto de
enseñanza laica y gratuita.
En mayo, las tropas de Versalles y los prusianos consiguieron tomar París. El bombardeo sobre
la cuidad se inició el 1 de mayo y el 21 la ocuparon definitivamente tras una semana de lucha.
La represión fue durísima, con miles de fusilamientos, detenciones y deportaciones. El
obrerismo francés quedó desarticulado y tardaría años en recuperarse.
3.8. La Segunda Internacional
La Segunda Internacional o Internacional Socialista se fundó en París en 1889. Solo incorporó
partidos socialistas y se organizó como una confederación de partidos nacionales autónomos,
sin un consejo general que centralizase la acción. Se debatió y estableció una serie de principios
que se mantendrían a lo largo del siglo: la extensión de la democracia, la evolución pacífica hacia
la toma del poder político, la regulación del mercado laboral y el fin de la discriminación sexual
y de las demás desigualdades.
Además, se crearon una serie de símbolos del movimiento obrero, como el himno y la
celebración del 1º de mayo, Día de los Trabajadores, en recuerdo de los obreros detenidos y
ajusticiados en Chicago en 1886. Impulsó una gran diversidad de organismos, entre la que cabe
destacar la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas (1907).
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