PRÓLOGO1
La Hna. Clare y yo volamos juntos en el último viaje de avión que
ella realizó. Yo partía de Guayaquil; ella de Quito. Yo, vivo, según la carne;
ella, muerta. Yo, relativamente cómodo en mi asiento de cabina, en clase
turista; ella, en una caja de madera sellada por otra caja de madera; los dos
con el mismo destino: el aeropuerto de Barajas (Madrid).
Unas horas antes de partir de Guayaquil, las hermanas nos
comunicaron desde España que ella iría en el mismo avión y que iba a ser
colocada en los almacenes del aeropuerto, camino de su patria: primero
Dublín, después Derry. Las hermanas me preguntaron si yo quería
celebrar la Misa con algunos de nuestros sacerdotes, Siervos del Hogar
de la Madre, y algunas hermanas, justamente allí, en esos almacenes.
Lo gestionó todo el capellán del aeropuerto. Allí, cansados por el viaje,
delante del féretro de la hermana, sobre el cual habían puesto tres rosas
rojas con el cartel: “CLARE CROCKETT” y algunas cosas más, pudimos
celebrar una Misa por el eterno descanso del alma de nuestra hermana.
Muy poco tiempo después, las hermanas y yo fuimos a visitar a su
madre, Margaret, y a sus dos hermanas. Ahora el escenario era una casa
no muy grande. Una vez que saludamos a la madre, que nos recibió con
una sonrisa doliente, le pedí si podía ver la habitación de la Hna. Clare.
Una empinada escalera de estrechos escalones conducía directamente
hasta la puerta de su habitación, después de un pequeño rellano. Era
pequeña, calculo que de no más de seis metros cuadrados: una ventana,
una cama, un armario. Y allí reconocí, en una percha, la chaqueta de
cuero de color vino tinto que a ella tanto le gustaba. La sacó Margaret.
Me la mostró y la depositó otra vez en el armario. Bajé las escaleras con
cuidado, como si hubiera pasado a un lugar de lucha espiritual.
Ciertamente, en aquella habitación se habían concentrado las
luchas de su alma contra el mundo, que trataba de fascinarla y seducirla;
1
Publicamos el prólogo original del P. Rafael, escrito para la biografía más larga
“Hna. Clare Crockett: Sola con el Solo”.
contra el demonio, que quería llenarla de temores; contra su propia
carne, que veía la llamada de Dios a dejarlo todo como algo demasiado
exigente para su pobre debilidad; poco más o menos, las luchas que todos
llevamos en nuestro espíritu.
Varias veces han sido las que he visitado su tumba. Generalmente,
una tumba es un lugar triste, donde uno se llena de los recuerdos
agradables pasados junto a un ser querido y donde con facilidad se
olvidan los momentos de traición o de dificultad, aunque de esto que
digo no estoy totalmente seguro. Para mí, las visitas a la tumba de la
Hna. Clare han significado momentos de gracia. Han venido a mi
memoria recuerdos pasados de una vida de la cual he sido un espectador
cualificado. Su experiencia de Dios ha sido verdadera, porque ha sido
coherente con la verdad que Dios nos ha revelado de sí mismo, del
hombre y del mundo.
Yo no puedo sino reconocer que su alma ha sido pareja a la de Sta.
Clara de Asís, cuyo nombre ha sabido llevar con garbo y congruencia.
Dicen de santa Clara que al final de su vida pronunció las palabras: “¡Oh
Dios, bendito seas por haberme creado!”. Probablemente, a la Hna. Clare
no le dio tiempo a decir una palabra para la posteridad, y si la dijo, nadie
se enteró, porque cuando llegó el terremoto del 16 de abril de 2016, a
las 18,50 de la tarde-noche, en Playa Prieta, en la casa de las Siervas,
que era la del Colegio, nadie estaba a su lado para recoger las palabras
finales. Pero un poco antes sí estuvieron hablando sobre la muerte y
la posibilidad de que Dios las llamara en ese momento. Ella manifestó
que estaba preparada para cuando Dios dijese: “Ven, esposa mía, paloma
mía”. No tenía miedo. Esto sí que es una característica que conformaba
su alma. Era una mujer valiente, decidida y constante en aquello que
emprendía cuando el amor la empujaba. Y el amor siempre estuvo en
su alma. También, como su homónima santa Clara, pudo decirse a sí
misma: “Vete en paz, ya que has seguido el buen camino; vete confiada,
ya que tu Creador te ha santificado, custodiado incesantemente y amado
con la ternura de una madre con su hijo” .
Lee este libro que, sin duda, te va a hacer sonreír, a veces reír y a
veces llorar. Y que siempre, siempre, va a elevar tu alma adonde confiamos
que ella, con sus cinco hermanas que murieron, está: al Cielo.
Rafael Alonso Reymundo
11 de agosto de 2020, Santa Clara de Asís.
introducción
Dos años antes de la muerte de la Hna. Clare, las Siervas del
Hogar de la Madre estábamos preparando un libro con la historia de
la vocación de una docena de hermanas. A la Hna. Clare se le pidió
escribir su vocación y ella eligió comenzar su relato con una narración
divertida. ¿Qué mejor manera de empezar este libro que con aquella
misma anécdota?
«Cuando yo tenía 16 años, vino a mi ciudad un hipnotizador conocido.
Yo ya lo había visto otros años y me encantaba la función. Quería
que me hipnotizara a mí también. Antes de empezar el espectáculo,
el hipnotizador nos dijo que solo ciertas personas con ciertos estados
mentales podían ser hipnotizadas. A continuación, dijo que toda la
audiencia –éramos unas 800 personas– tenía que hacer un sencillo
manos entrelazadas tendrían que subir al escenario, porque ellos sí
podían ser hipnotizados. Yo estaba con un grupo de amigos en una de
las mías tampoco. Pero yo actué como si estuvieran pegadas. A coro,
todos mis amigos, animosamente, me dijeron: “Sube, Clare, que te va a
hipnotizar”. Yo subí al escenario con unas 30 personas más. Formamos
El hipnotizador se paraba delante de cada uno de nosotros y, con la
palma de su mano, tocaba cada una de nuestras frentes rápidamente,
diciendo con voz grave: “¡Relájate!”. Yo veía cómo algunos se caían
encima de una silla que estaba preparada para esa gran caída detrás
de ellos. A los que no se caían, el hipnotizador les mandaba regresar a
sus sitios mientras la audiencia les daba un aplauso compasivo, ya que
ellos no podían ser hipnotizados.
Llegó mi turno. Me hizo exactamente lo mismo que había hecho a los
demás, y me “caí” encima de la silla que tenía detrás. “Estoy totalmente
no estaba hipnotizada. A la cuenta de tres, el hipnotizador nos dijo que
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teníamos que abrir nuestros ojos y que estaríamos todavía bajo el efecto
yo, capaz de seguir el juego al “insigne hipnotizador”.
La audiencia, como me había pasado a mí en otras ocasiones, creía
totalmente que todos estábamos hipnotizados. El apogeo del show llegó
hipnotizados un regalo. Era un duende que solo nosotros podríamos
“ver y tocar”, nadie más. Este duende estaría con nosotros hasta las doce
del mediodía del día siguiente. Al bajar del escenario, la gente me rodeó
preguntándome cosas sobre el duende: “¿Qué ropa lleva? ¿Tiene barba?
¿Cómo se llama? ¿Me está mirando ahora mismo?...”. Todos me creyeron.
Me fui a mi casa con el duende “Dominic” y fui al instituto también
tragándose el cuento.
Unos años después, yo estaba en casa con mi familia y unas amigas.
Allí estábamos todos metidos en la cocina, como buenos irlandeses,
bebiendo té mientras teníamos conversaciones que empezaban por la
general y de palmetazos en las rodillas. Ya que todos estábamos de tan
buen humor, dije: “¿Os acordáis de cuando yo actué como si estuviera
hipnotizada y tuviera un duende?”. Todos me miraron. Silencio total.
duende de verdad, lo que pasa es que, como estabas hipnotizada, ahora
empezaron a hablar a la vez, convenciéndome de que era así.
Cuento esta historia porque cuando yo supe que Dios me estaba
llamando a la vida religiosa, nadie podía creerse que Dios llamara
tener vocación, sin embargo, sí que podía tener un duende. El escritor
Chesterton dijo: “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en
cualquier cosa”. ¡Tremenda frase! ¡Triste realidad! Dios puede llamar a
libertad y daré gracias sin parar”».
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Nadie podía creer que Dios llamara a una chica como yo”. Y,
sin embargo, Dios, en su libertad soberana, la llamó. Movida por su
gracia, ella respondió de todo corazón y dio su vida sin reservas. Dejó
sus sueños de fama y se entregó al Señor como Sierva del Hogar de la
Madre. Esta es la historia que se contará en este libro.
La primera biografía sobre la Hna. Clare se publicó cuatro años
después de su muerte, titulada: “Sola con el Solo”. Es una biografía
bastante completa, pero con un gran inconveniente de longitud (más
de 400 páginas). Como puede resultar demasiado largo para alguien
que quiere conocer a la hermana Clare de primeras, hemos decidido
editar este otro libro, reduciendo la primera biografía a la mitad, pero
conservando todo lo esencial. Espero que disfruten al conocer a la Hna.
Clare y su gran sentido de humor, a la vez que espero que anime a todos
a seguir su ejemplo generoso dando todo al Señor sin guardarse nada.
Hna. Kristen Gardner, SHM
15 de agosto de 2021
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TEATRERA DESDE LA CUNA
CAPÍTULO 1
Clare Theresa Crockett nació el 14 de noviembre de 1982 en
Derry (Irlanda del Norte), hija de Gerard Crockett y Margaret Doyle.
Fue la primera nieta de la familia materna. Nada más salir del hospital,
su madre puso a la recién nacida Clare en brazos de su abuelo que, al
verla, exclamó: “Esta niña tiene talento”. Y realmente lo tenía. Parecía
que el teatro corría por sus venas “desde el mismo día y la misma hora
en que nació”, como afirma Margaret, su madre.
Clare pasó los primeros años de su vida en casa de sus abuelos
maternos, rodeada de todos los hermanos de su madre, siempre
atentos a la más mínima necesidad suya. Poco después de cumplir los
dos años, dejó de ocupar el centro de atención al llegar un nuevo bebé
a la familia: Shauna. Y tres años después, el Señor volvió a bendecir a
Margaret y a Gerard con otra hija: Megan. Las tres hermanas llegaron
a estar muy unidas.
Durante su infancia, Clare era muy dicharachera y vivaz. Los
vecinos del barrio la recuerdan siempre sonriente. Era increíblemente
extrovertida y espabilada; tenía madera de líder. Su viva imaginación
y su incesante creatividad hacían de ella una gran coordinadora de
juegos y actividades en el vecindario. Hacía reír a todo el mundo con
su sentido del humor y su natural inclinación al teatro, incluso en las
situaciones más ordinarias del día a día.
La pequeña Clare, sin embargo, tenía muchos defectos de
carácter. Su orgullo infantiloide y su vanidad la llevaban con
frecuencia a mentir y a protagonizar rabietas. Se servía de cualquier
oportunidad para atraer toda la atención hacia sí. También fingía ser
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la hija perfecta, mientras se zafaba de todo lo que podía y no dudaba en
echar la culpa a los demás de los fallos que ella misma había cometido.
Era demasiado competitiva y no soportaba perder. Quizás podemos
ver en todo esto un incipiente anhelo de grandeza, deseo que Dios
purificará y transformará.
Se lo pasaba en grande con sus hermanas y con los niños del
barrio. Gozaban de todo tipo de pasatiempos: saltar a la comba,
balancearse en columpios improvisados colgados de las farolas y
mucho más.
Cuando Clare y sus hermanas jugaban dentro de casa, su
imaginación, junto con su vanidad infantil, saltaba de un lado a otro:
“Recuerdo que cuando yo era pequeñaja, a mí y a mis dos hermanas
nos encantaba vestirnos con la ropa de mi madre. Me gustaba
especialmente ponerme un par de zapatos verdes de tacón alto que ella
tenía escondidos al fondo del armario. También nos poníamos algo
de pintalabios rojo y, con la misma barra de labios, nos hacíamos dos
círculos rojos en los mofletes. Pensábamos que estábamos guapísimas.
Luego salíamos a jugar a la parte de atrás de nuestro jardín y fingíamos
que éramos actrices famosas.” 1
Margaret no toleraba en su presencia el mal comportamiento
de ninguna de sus tres hijas. Sin embargo, nunca sospechó todas las
formas que tenía Clare de escaquearse para que sus hermanas hicieran
todo el trabajo. Sus hermanas recuerdan que Clare tenía a su madre en
la palma de su mano. Hacía todo a escondidas y si alguna vez se asomaba
Margaret, Clare inmediatamente se levantaba y se ponía a trabajar
como si lo hubiera estado haciendo todo el tiempo. La castigaban poco
en casa y nunca la consideraron rebelde. Su padre también la recuerda
muy obediente y para nada problemática. Se las arreglaba para ser de
una manera delante de sus padres, mientras que actuaba de otra forma
totalmente distinta con sus hermanas o amigos.
Uno de los pasatiempos preferidos de Clare era saltar en la cama:
“Pasábamos horas jugando a que éramos campeonas olímpicas, yendo
de un extremo al otro de la cama” 2. Obviamente, la mejor cama para
saltar era la de sus padres. En una ocasión, Clare rompió por accidente
1
Hna. Clare Crockett, Revista H.M. Zoom+, nº 44, sección: “Cuando era pequeñaja”.
2
Ibíd., nº 92.
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un marco de fotos de la mesilla, que quedó hecho añicos. Sobre esto
escribe: “Mis hermanas no vieron lo que pasó, así que aproveché la
ocasión para echarle la culpa a mi hermana pequeña. Me inventé que
ella estaba saltando con tanta energía que se movió la cama y tiró el
marco”. Cuando su madre llegó, Megan estaba llorando porque Clare
había convencido a Shauna de que era la culpable. Margaret creyó
la historia y castigó a Megan, que ni siquiera intentó explicar lo que
realmente había pasado.
Sin embargo, no siempre conseguía salir airosa de todos los
problemas. En otra ocasión, las tres niñas estaban jugando en su
habitación, en el piso de arriba, sobre las literas. Clare colocó una escalera
junto a la ventana y Megan –que en ese momento tenía 4 o 5 años– se
subió a la escalera, se resbaló y ¡se cayó por la ventana! Milagrosamente,
aterrizó en una maceta con un ciruelo y no se hizo ni un rasguño. La
familia estaba convencida de que el Señor había mandado a un ángel
para salvarla. Pero en esa ocasión, Clare no tuvo escapatoria.
A pesar de estos y otros percances, Megan y Clare estaban muy
unidas. Megan era muy callada y tímida. No abrió la boca para hablar
hasta que no tuvo unos cinco años, quizás, en parte, porque Clare
siempre respondía por ella. Si Margaret preguntaba: “¿Tienes hambre,
Megan?”, Clare contestaba: “¡Sí, quiere galletas!”.
Los sábados, las niñas tenían que ayudar con la limpieza de la
casa. La diligencia no era precisamente la virtud que destacaba en ella
en esos momentos. Esta es la descripción, escrita por la misma Hna.
Clare, de cómo procedían para realizar las tareas:
«Cuando yo era pequeñaja –y no tan pequeñaja–, mi madre, a
menudo, nos recordaba a mí y a mis hermanas que no era nuestra
esclava. Cada una de nosotras tenía un cargo que debía estar bien hecho.
Había veces que mis padres tenían que salir a hacer algo y dejaban con
lista de cosas que había que hacer en la casa antes de que volviesen. ¡A
mis hermanas y a mí no nos gustaban esos papeles para nada!
Si la casa no estaba limpia cuando ellos volvían, no nos permitían
jugar ese día. Teníamos dos modos de proceder cuando empezábamos
la “operación limpieza de la casa”: 1) hacer el menor esfuerzo posible
15
Recogíamos la ropa que estaba tendida, estuviese o no seca.
Limpiábamos el polvo alrededor de los objetos de las estanterías sin ni
siquiera moverlos. Cuando barríamos la cocina, metíamos la suciedad
3
.
Sus padres también recuerdan que siempre sacaba buenas notas
en el colegio y era siempre la mejor de la clase. Fue al colegio “Nazareth
House School”, que dirigían las Hermanas de Nazaret y que estaba solo
a diez minutos andando desde su casa.
Clare, normalmente, no le daba a su madre ningún problema a
la hora de hacer los deberes. Leer y escribir le encantaba, pero tenía
una especial aversión por las ciencias y las matemáticas, y si podía
aprobarlas sin hacer ningún esfuerzo, no se lo pensaba dos veces:
Copiaba los deberes de sus amigos –o les dejaba a ellos copiar los
suyos– si le daban algo a cambio. Era increíblemente brillante y podía
sacar buenas notas con poca dedicación, pues lograba recordar en los
exámenes casi todo lo que los profesores habían dicho en clase sin tener
que estudiar mucho.
Siempre estaba haciendo el payaso con sus compañeros de clase.
“Oye, Clare, imita a la señorita tal”. Podía imitar a todos los profesores
perfectamente y sus compañeros nunca se cansaban de ello. En
primaria, las religiosas de su colegio se percataron claramente de sus
capacidades y querían ayudarla a ser más diligente y a tomarse más en
serio sus estudios. Una observación de una de las hermanas se le quedó
grabada en la memoria: “Clare, los cacharros vacíos hacen mucho
ruido”. Si siempre estaba hablando y con la cabeza en las nubes, ¿cómo
iba a aprender?
Sus compañeros recuerdan que algunos profesores incluso tenían
dificultades para mantener la disciplina sin perder la compostura. ¡Clare
era tan graciosa…! Muchas veces no sabían cómo reaccionar cuando les
ponía en situaciones difíciles pero divertidísimas. Algunos maestros
tenían que bajar la cabeza para disimular la risa.
Su familia tenía una identidad católica fuerte, muy ligada a su
identidad nacional de irlandeses. Eran de una fe sencilla, basada en
la tradición familiar. Desde el principio, Gerard y Margaret querían
3
Ibíd., nº 69.
16
bautizar a Clare. Tuvieron dificultades para convencer al sacerdote, ya
que ellos no estaban todavía casados4. Sin embargo, los jóvenes padres
insistieron tanto que el sacerdote finalmente aceptó bautizarla en
secreto en la sacristía, en la cercana iglesia de “Long Tower”. Aunque
las decisiones que habían tomado no estaban completamente en línea
con las enseñanzas de la Iglesia, no querían privar a la recién nacida de
la protección de Dios.
Su imagen de Dios era la de un juez gigante que estaba allí arriba
en el Cielo cuidando de ellos, siempre y cuando no se comportasen mal.
Dios tenía el control total de todo y tomaba las decisiones, y ellos solo
tenían que aceptar. La misma Margaret, que por muchos años fue a Misa
diaria, describe su fe de este modo: “La religión lo era todo para nosotros;
algo muy distinto a lo que se aprende ahora. El temor de Dios estaba en
nosotros”. Iban a la Misa dominical para cumplir con su obligación con
Dios. En el colegio, Clare tenía Misa todos los martes, aunque luego
confesó que siempre estaba aburrida y distraída durante la Misa.
Como es costumbre en Irlanda, Clare se preparó para los
sacramentos en el colegio más que en la parroquia. En “Nazareth House
School” recibió la catequesis para la Primera Comunión, que hizo en 3º
a la edad de siete años, y para la Confirmación, también en primaria, a
los once años. Quizás, en parte, por su falta de interés, no era consciente
de que estaba recibiendo el cuerpo de Cristo y de que tenía que preparar
su corazón para ello. Ya había hecho antes su primera confesión, pero
tampoco comprendió la importancia del sacramento ni sabía examinar
su conciencia para ver qué pecados había cometido. Su entusiasmo por la
Primera Comunión se fundaba en los detalles exteriores de la celebración.
Sin embargo, su vida de fe en la niñez no se limitaba a la Misa
de los domingos. Su madre la llevaba a la iglesia cuando la parroquia
organizaba las 40 horas de adoración eucarística. La Hna. Clare relata:
“Recuerdo a mi madre con su libro de oraciones. Y el Santísimo
Sacramento debía de estar en el altar, pero yo no lo veía. Yo veía todas
esas velas que tenía alrededor y pensaba que las 40 horas eran para
subir y contar las 40 velas que había en el altar”5. Es comprensible que
de pequeña no le gustara ir a las 40 horas.
4
Gerard y Margaret se casaron unos dos años después del nacimiento de Clare.
5
Hna. Clare Crockett, testimonio en el autobús durante la peregrinación a Irlanda de 2010.
17
En su infancia se rezaba en casa el rosario todas las noches: «Desde
que teníamos tres o cuatro años, teníamos que rezar el rosario de
rodillas. (…) Recuerdo que mi madre me pellizcaba el brazo y me decía:
“¿Te puedes callar ya?”»6 . En algunas ocasiones, la Legión de María
iba por el vecindario con una imagen peregrina de la Virgen visitando
las casas. La familia Crockett rezaba en estas ocasiones el rosario con
especial devoción, aunque, generalmente, las tres niñas se quejaban
cuando había que rezar, sin apreciarlo lo más mínimo. La Virgen, sin
embargo, había puesto su mirada en Clare con afecto maternal.
Cuando tenía unos siete años, Clare iba a la iglesia con su madre y
sus hermanas durante la cuaresma. Todas las imágenes estaban cubiertas
con telas moradas. Subían al coro y desde allí rezaban el viacrucis. Se
proyectaban imágenes de la Pasión del Señor en una tela colocada en el
presbiterio, mientras los fieles cantaban: “Jesús, acuérdate de mí cuando
llegues a tu Reino”. Ella se sobrecogía hasta el punto de las lágrimas
viendo cuánto estaba padeciendo “ese hombre”, pero sin saber quién era
o por qué se sometió a tal sufrimiento.
La compasión que experimentó Clare ante las imágenes de
la Pasión de Jesús nos muestra lo profunda que era, en realidad, esta
pequeña. Ella no sabía que era Dios, que había sufrido para redimir a
la humanidad caída. Todo lo que alcanzaba a ver era que ese hombre
padecía horriblemente. El dolor humano nunca le dejó indiferente.
Cuando más tarde le preguntaron si se acordaba de la primera vez que
se encontró con el sufrimiento, la Hna. Clare contó una sencilla historia
de su infancia, ciertamente, anterior a esta visita a la iglesia con solo
siete años. Estaba en la calle y vio a un señor muy anciano caminando
con dificultad, haciendo una mueca de dolor en cada paso. La pequeña
Clare se sentía destrozada al imaginarse el padecimiento de este buen
hombre. Se le estremecía el corazón al mirarle. Su conclusión infantil
fue: “Cuando sea mayor, quiero ayudar a las personas para que no sufran
tanto”. Veremos que esta sensibilidad y compasión la acompañarán
durante su vida y se irán haciendo más profundas.
Durante su crecimiento, Clare asistió a muchas prácticas piadosas.
Sin embargo, como ha quedado claro en la experiencia que contó más
arriba, no percibía por qué eran importantes o cuál era el significado
6
Ibíd.
18
que había detrás de ellas. No llegaba a comprender cuánto la amaba Dios
Padre, que la palabra de Dios se hizo carne para redimirla, que había
recibido el Espíritu Santo para transformarla y guiarla interiormente...
Ella participaba exteriormente, pero la única motivación que tenía era
la de cumplir con las obligaciones y continuar una tradición.
Se dieron una serie de tragedias familiares que afectaron a la vida
de fe en la familia. Poco después de que Clare cumpliera ocho años,
una de las hermanas de su padre desapareció. Una semana después, su
cuerpo fue hallado en una zanja, cerca de un arroyo a las afueras de la
ciudad. Dijeron que se había ahogado, pero quedaron muchas preguntas
sin responder y la familia siempre pensó que se había tratado de un
homicidio. Algunos años más tarde, otra de las hermanas de Gerard
murió junto a su marido y dos de sus hijos en un incendio doméstico.
La única hija que sobrevivió, sufrió unas quemaduras terribles. “¿Por
qué Dios permite esto?”, era la pregunta que venía a su boca. “¿Cómo ha
podido Dios llevárselos y dejar a su hija sola en estas condiciones?”. Juan
Pablo II, en su carta apóstolica sobre el sufrimiento humano, escribe
que, mientras que la belleza de la creación abre al hombre a la existencia
de Dios, “el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de
modo radical7”. Los padres de Clare tenían dificultades para entender
cómo Dios había podido permitir tales males. Quizás la imagen de
Dios como “juez implacable” que arbitrariamente controla todo “desde
allí arriba” fuera un obstáculo para un profundo entendimiento de las
tragedias. Es Cristo quien “nos hace entrar en el misterio y nos hace
descubrir el porqué del sufrimiento8”.
Parecía que ir a Misa los domingos había perdido ya su significado.
Sin embargo, Margaret continuaba enviando a sus hijas todos los
domingos por la mañana, aunque ella no fuera. Clare, que en este
momento ya tenía 15 años, después de recoger el boletín parroquial,
solía irse con sus hermanas al parque que había junto a la iglesia y
gastaban en cigarrillos el dinero que les daban para poner velas. Y allí
esperaban a que terminase la Misa para volver a casa.
8
Ibíd., nº 13.
19
El trasfondo de la fe de la familia Crockett y su identidad católica
quedarán más claros en el próximo capítulo, cuando hablemos de la
historia de la ciudad de Derry y de sus conflictos internos.
20
SOBRE LA ALFOMBRA ROJA DE DERRY
CAPÍTULO 2
Sería imposible comprender a la Hna. Clare, sobre todo su
infancia y adolescencia, sin acercarnos al contexto político e histórico
que la rodeó. Aunque narrar la historia de Derry está fuera del alcance
de este libro, tenemos que mencionar, al menos, los cimientos de la
fundación de la ciudad y explicar los eventos que llevaron a la tensión
socio-política reinante durante la infancia de la Hna. Clare.
La historia de la ciudad de Derry se remonta al siglo VI d. C.,
cuando san Columba –primer monje irlandés que dejó su país para ser
misionero– fundó un monasterio en la colina de la isla Lough Foyle.
Dios bendijo de manera patente aquel lugar y, como dijo un sabio
sacerdote de Derry: “Cuando Dios bendice un lugar, nunca retira su
bendición”. Catorce siglos después, Clare Crockett fue bautizada en la
iglesia de Long Tower, dedicada a san Columba y construida sobre el
terreno del antiguo monasterio. La colina que subía todos los días para
ir al colegio y en la que jugaba siendo niña era la misma que llevaba
al monasterio de san Columba. La ciudad fundada por un hombre de
Dios y, por tanto, especialmente bendecida por Dios, estaba igualmente
destinada a ser diana del enemigo, que siempre busca propagar la
ambición, el odio y la hostilidad.
La ocupación inglesa de Irlanda empezó con la invasión
anglonormanda del siglo XII. Sin embargo, la población normanda se
llegó a integrar bastante bien en la cultura irlandesa.
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