Temas para Adultos
Temas para Adultos
ENTRA EL SEÑOR en Jerusalén. Quien siempre se había opuesto a toda manifestación pública
de alabanza, quien se había escondido cuando el pueblo quiso hacerle rey, se deja hoy llevar en
triunfo. Solo ahora, cuando sabe que la muerte está cerca, acepta ser aclamado como el Mesías.
Jesús sabe que, en realidad, reinará desde la cruz, ya que el mismo pueblo que ahora le aclama
jubiloso dentro de poco le abandonará y le conducirá al Calvario. Las palmas se tornarán azotes;
los ramos de olivo, en espinas; los vítores, en burlas despiadadas.
La liturgia, con la ceremonia de la bendición de las palmas y con los textos de la Misa –entre
ellos, el relato de la pasión de nuestro Señor–, nos muestra lo unidos que están en la vida de
Jesucristo la alegría y el sufrimiento, el gozo y el dolor. San Bernardo nos habla de cómo se
unen en este día las risas con las lágrimas: la Iglesia nos «presenta hoy unidas, de modo nuevo y
maravilloso, la pasión y la procesión; siendo así que la procesión lleva consigo el aplauso; la
pasión, el llanto»[1].
Jesús entra en Jerusalén y sus habitantes tienden sus vestidos por el camino. «“Las hojas de
palma –escribe San Agustín– son símbolo de homenaje, porque significan victoria. El Señor
estaba a punto de vencer, muriendo en la Cruz. Iba a triunfar, en el signo de la Cruz, sobre el
Diablo, príncipe de la muerte”. Cristo es nuestra paz porque ha vencido» [2]. La lectura de los
momentos de la Pasión ha hecho desfilar por delante de nosotros a muchos personajes.
Entonces, pocos sospechaban la victoria que Cristo traía. Podemos preguntarnos a lo largo de
esta semana en la que reviviremos estos acontecimientos: «¿Dónde está mi corazón? ¿A cuál de
estas personas me parezco?»[3]. ¿Con qué fe contemplo los sucesos capitales en los que estos
días la Iglesia nos invita a ahondar?
HAY TAMBIÉN en la procesión triunfal otro fuerte contraste: en medio del entusiasmo
superficial y ruidoso, brilla la silenciosa figura de un burro que, fiel y obediente, lleva al Señor.
«Un borrico fue el trono de Jesús en Jerusalén. Mira –nos hacía considerar san Josemaría– si es
bonito servir de trono al Señor» [4]. El pobre animal, con el trote más gallardo que sabe, va
pisando sedas y púrpuras, lino y lienzos finísimos; los han puesto los hombres para honrar el
paso del Señor. Pero mientras los demás ofrecen objetos, el borrico se da a sí mismo: sobre sus
ásperos lomos lleva el peso suave de Jesús. A su lado los hombres corren, agitando por doquier
ramos de olivo verde, palmas y laurel. Pero nadie, ni los mismos apóstoles, están tan cerca del
Señor como él.
«Si la condición para que Jesús reinase en mi alma, en tu alma, fuese contar previamente en
nosotros con un lugar perfecto, tendríamos razón para desesperarnos –comentaba también el
fundador del Opus Dei–. Pero no temas, hija de Sión: mira a tu Rey, que viene sentado sobre un
borrico. ¿Lo veis? Jesús se contenta con un pobre animal, por trono. No sé a vosotros; pero a mí
no me humilla reconocerme, a los ojos del Señor, como un jumento: como un borriquito soy yo
delante de ti; pero estaré siempre a tu lado, porque tú me has tomado de tu diestra, tú me llevas
por el ronzal (...). Hay cientos de animales más hermosos, más hábiles y más crueles. Pero
Cristo se fijó en él, para presentarse como rey ante el pueblo que lo aclamaba. Porque Jesús no
sabe qué hacer con la astucia calculadora, con la crueldad de corazones fríos, con la hermosura
vistosa pero hueca. Nuestro Señor estima la alegría de un corazón mozo, el paso sencillo, la voz
sin falsete, los ojos limpios, el oído atento a su palabra de cariño. Así reina en el alma» [5].
Nos gustaría tener, en esta Semana Santa que comienza, el oído muy atento a la voz de Dios.
No solo el oído, sino todos los sentidos. No queremos perdernos ningún gesto, ninguna palabra,
ningún sentimiento de Jesús en aquellas jornadas que llenan de sentido nuestra vida.
« ¿QUÉ LATE REALMENTE en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel?
Ciertamente tenían su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los
profetas y esperado por tanto tiempo. No es de extrañar que, pocos días después, la
muchedumbre de Jerusalén, en vez de aclamar a Jesús, gritaran a Pilato: “¡Crucifícalo!”. Y que
los mismos discípulos, como también otros que le habían visto y oído, permanecieran mudos y
desconcertados. En efecto, la mayor parte estaban desilusionados por el modo en que Jesús
había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente el núcleo de la
fiesta de hoy también para nosotros»[6].
La experiencia de quienes recibieron aquel día a Jesús con las palmas puede servirnos para
pensar cuál es nuestra idea de Jesús, cuál es nuestra idea de su reinado; qué pensamos sobre su
poder y su gracia. Puede suceder, por ejemplo, que a veces nos desilusione cómo se realiza la
redención, su ritmo aparentemente lento. A veces quisiéramos que Dios triunfara
inmediatamente, confundiendo nuestros planes con los suyos. Nos resistimos a aceptar que Dios
está decidido a no comprometer nuestra libertad o la de quienes nos rodean. Su amor es tan
delicado que no se impone. No aprovecha, por ejemplo, la aclamación de este Domingo de
Ramos ni lo usa para su beneficio.
Por el contrario, «el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el
Padre conocen (...). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios » [7].
Se trata del espacio de la acción silenciosa y a la vez poderosa de Dios, que hace nuevas todas
las cosas a través del amor del Hijo al Padre. Derrama y ofrece ese amor llegando incluso
«hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). De este modo reina el Señor. Y en este
camino podemos contemplar la imagen de la primera y más fiel seguidora de Jesús, su madre.
«No la veréis entre las palmas de Jerusalén (...). Pero no huye del desprecio del Gólgota: allí
está, iuxta crucem Jesu, junto a la cruz de Jesús»[8]. Y nosotros, por una gracia inmerecida, junto
a ella…
TEMAS PARA LA SEMANA CON ADULTOS
MIERCOLES SANTO
JUEVES SANTO
VIERNES SANTO
SABADO SANTO
Oración
Jesús, María y José
en ustedes contemplamos
s el esplendor del verdadero amor
a ustedes, confiados, nos dirigimos
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los obispos
haga tomar conciencia a todos del carácter
sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José, escuchad,
acoged nuestra súplica.
Amén.
LOS SANTOS OLEOS. EL CRISMA
Los santos oleos, que se bendicen o consagran en la Misa crismal matutina del Jueves Santo por el obispo, son de tres clases:
el crisma, el óleo de los catecúmenos y el óleo de los enfermos. Esa misa crismal debe ser concelebrada. La sustancia de los
óleos debe ser de aceite de oliva o de otros aceites vegetales si es difícil conseguir el de oliva. Al crisma se le añada algún
bálsamo o aroma para obtener una fragancia simbólica y también por motivos prácticos: para distinguirlos de los otros óleos.
La preparación del crisma se puede hacer privadamente antes de su consagración, o bien hacerla el obispo en la misma
acción litúrgica. La consagración del crisma es de competencia exclusiva del obispo, sólo en caso de necesidad podría hacerlo
un presbítero pero siempre dentro de la celebración del sacramento. Los párrocos tienen la obligación de recoger y custodiar
dignamente los santos óleos para su uso en los sacramentos en los que se precisan.
La liturgia cristiana ha aceptado el uso del Antiguo Testamento, cuando eran ungidos con el óleo de la consagración los reyes,
sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa «el Ungido del Señor». Del mismo modo se
significa con el santo crisma que los cristianos, injertados por el bautismo en el misterio pascual de Cristo, han muerto, han
sido sepultados y resucitados con él, participando de su sacerdocio real y profético, y recibiendo por la confirmación la
unción espiritual del Espíritu Santo, que se les da.
El crisma se consagra, los otros óleos solamente se bendicen. Hay que aclarar antes de seguir que no es lo mismo
bendecir (bene-dicere, o sea desear algo bueno) que consagrar (hacer sagrada una cosa).
La palabra “crisma” es griega y denomina un ungüento aromático mezcla de aceite y bálsamo oloroso. Su etimología proviene
de “chrio”, ungir, que ha dado origen al término “Cristos” que significa ”El Ungido”. De ahí deriva la palabra Cristo, con la
que designamos al Salvador.
El sacerdote encargado de su custodia debe velar para que se renueve cada año. Los óleos del año anterior deben quemarse o
si sobran en gran cantidad pueden consumirse en alguna lámpara. No obstante, si no hubiese disponible el del año, el
sacramento impartido con él sería válido.
¿Cuándo se usa el santo crisma? El crisma, que es bendecido y consagrado por el obispo se utiliza para el sacramento
del bautismo. Con este crisma son ungidos los nuevos bautizados en la coronilla tras el baño del agua. También son signados
en la frente los que reciben la confirmación para significar la donación del Espíritu. En la ordenación de presbíteros y obispos
se ungen las manos de los presbíteros y la cabeza de los obispos. Por último con el crisma se ungen las paredes y los altares
en el rito de la consagración de iglesias.
Con el óleo de los catecúmenos se preparan y disponen para el bautismo los mismos catecúmenos. Este óleo extiende el
efecto de los exorcismos, para que los bautizandos reciban la fuerza para renunciar al diablo y al pecado, antes de que se
acerquen y renazcan de la fuente de la vida.
Con el óleo de los enfermos, en el rito hoy llamado de Unción de enfermos y antes extremaunción, éstos son aliviados en sus
enfermedades. Es diferente del Viático, conceptos ambos que abordaremos en un próximo artículo.
El óleo de los enfermos remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con
fortaleza el mal, y conseguir el perdón de los pecados. No sólo está indicado para los moribundos: también es aconsejable
ungir a los enfermos graves o ancianos ya muy deteriorados en su salud. Lo anterior implica que puede recibirse más de un
vez, si hay mejoría y posterior agravamiento.
Según la costumbre tradicional de la liturgia latina la bendición del óleo de los enfermos se hace antes de finalizar la Plegaria
eucarística; la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma tiene lugar después de la comunión. Por
razones pastorales, se puede hacer todo el rito de la bendición después de la liturgia de la Palabra.
CATEQUESIS MIERCOLES
“LA MISIÓN”
“Misión” significa al mismo tiempo: el hecho de enviar, la delegación o envío para ejercer una función, y la
función misma o el ejercicio del ministerio para el que ha sido enviado.
Los once discípulos fueron a Galilea al monte donde Jesús los había citado. Al verlo se postraron ante él,
aunque algunos dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la
tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizadlos para consagrárselos al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo, y enseñadles a guardar todo lo que os he mandado; mirad que yo estoy con vosotros cada día,
hasta el fin del mundo”. Mateo 28, 16-20
Convocó a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reinado de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: “No os cojáis nada para el
camino: ni bastón ni alforja, ni pan, ni dinero, ni llevéis cada uno dos túnicas. Quedaos en la casa donde os
alojéis hasta que os vayáis de aquel lugar. Y en caso de que no os reciban, al salir de aquel pueblo sacudíos el
polvo de los pies para echárselo en cara.
Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la buena noticia y curando en todas partes.
(Lucas 9, 1-6).
Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador. Todo sarmiento mío que no da fruto lo corta; los que dan fruto
los limpia para que den más. Vosotros ya estáis limpios por el mensaje que os he comunicado. Seguid conmigo,
que yo seguiré con vosotros. Si un sarmiento no sigue en la vid, no pueden dar fruto solo; así tampoco vosotros
si no seguís conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que sigue conmigo y yo con él es quien da fruto
abundante, porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no sigue conmigo, lo tiran como a un sarmiento y se
seca; los recogen, los echan al fuego y los queman. Si seguís conmigo y mis palabras siguen con vosotros, pedid
lo que queráis, que se cumplirá. En eso se manifiesta la gloria de mi Padre: en que deis fruto y seáis discípulos
míos. (Juan 15, 1-8).
EMBAJADORES DE CRISTO.
Somos embajadores de Cristo y es como si Dios exhortara por nuestro medio. Por Cristo os lo pido, dejaos
reconciliar con Dios... Secundando, pues, su obra, os exhortamos también a no echar en saco roto esta gracia de
Dios... Para que no pongan tacha a nuestro servicio nunca damos a nadie motivo de escándalo; al contrario,
continuamente damos pruebas de que somos servidores de Dios con tanto como aguantamos: luchas,
infortunios, angustias, golpes, cárceles, motines, fatigas, noches sin dormir y días sin comer; procedemos con
limpieza, saber, paciencia y amabilidad, con dones del Espíritu y amor sincero, llevando el mensaje de la verdad
y la fuerza de Dios. Con la derecha y con la izquierda empuñamos las armas de la honradez, a través de honra y
afrenta, de mala y buena fama. Somos los impostores que dicen la verdad, las desconocidos conocidos de sobra,
los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres, los
pobretones que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen. 2 Corintios 5, 20 - 6, 10
DOCUMENTO DE APARECIDA.
Jesús es el primer misionero. 22 Jesús es el primer misionero, el más grande evangelizador enviado por Dios
(Lc 4, 44) Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre, prueba del amor de Dios a los hombres. Su vida es una
entrega radical de sí mismo a favor de todas las personas, consumada definitivamente en su muerte y
resurrección. Por ser el Cordero de Dios, El es el Salvador. Su pasión, muerte y resurrección posibilita la
superación del pecado y la vida nueva para toda la humanidad. En Él, el Padre se hace presente, porque quien
conoce al Hijo conoce al Padre (Jn 14, 7). Como discípulos y misioneros de Jesús sabemos que sus palabras son
Espíritu y vida. Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en Él, la
buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia de la solidaridad con la
creación. (102)
La providencia de Dios nos ha confiado el precioso patrimonio de la pertenencia a la Iglesia por el don del
bautismo que nos ha hecho miembros del cuerpo de Cristo, pueblo de Dios peregrino en tierras americanas,
desde hace más de 500 años. Alienta nuestra esperanza la multitud de nuestros niños, los ideales de nuestros
jóvenes y el heroísmo de muchas de nuestras familias, que a pesar de las crecientes dificultades, siguen siendo
fieles al amor. (127)
Dios Padre sale de sí, para llamarnos a participar de su vida y de su gloria. El llamamiento que Jesús hace,
conlleva una gran novedad. En la antigüedad los maestros invitaban a sus discípulos a vincularse con algo
trascendente, y los maestros de la ley les proponían la adhesión a la ley de Moisés. Jesús nos invita a
encontrarnos con Él y a que nos vinculemos estrechamente a Él, porque es la fuente de la vida (cf. Jn 15, 5-15)
y sólo El tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6, 68). En la convivencia cotidiana con Jesús y en la confrontación
con los seguidores de otros maestros, los discípulos descubren dos cosas del todo originales en la relación con
Jesús. Por una parte no fueron los que escogieron a su maestro fue Cristo quién los eligió. De otra parte, ellos no
fueron convocados para algo (purificarse, aprender la ley…), sino para Alguien, elegidos para vincularse
íntimamente a una persona (cf. Mc 1, 17; 2, 14). Jesús los eligió para que estuvieran con El y enviarlos a
predicar (Mc 3, 14), para que lo siguieran con la finalidad de ser de El y formar parte de los suyos y participar
de su misión. El discípulo experimenta que la vinculación íntima con Jesús en el grupo de los suyos es
participación de la Vida salida de las entrañas del Padre, es formarse para asumir su mismo estilo de vida y sus
mismas motivaciones (cf. Lc 6, 40b), correr su misma suerte y hacerse cargo de su misión de hacer nuevas todas
las cosas. (129)
Con la parábola de la Vid y los Sarmientos (cf. Jn 15, 1-8), Jesús revela el tipo de vinculación que Él ofrece y
que espera de los suyos. No quiere una vinculación como siervos (cf. Jn 8, 33-36), porque el siervo no conoce lo
que hace su Señor (Jn. 15,15). El siervo no tiene entrada a la casa de su amo, menos a su vida. Jesús quiere que
su discípulo se vincule a Él como amigo y como hermano. E l amigo ingresa a su vida, haciéndola propia. El
amigo escucha a Jesús, conoce a l Padre y hace fluir su vida (Jesucristo) en la propia existencia (cf. Jn 15, 14),
marcando la relación con todos (cf. Jn 15,12). El hermano de Jesús participa de la vida del Resucitado, Hijo del
Padre celestial. (132).
Como discípulos y misioneros, estamos llamados a intensificar nuestra respuesta de fe y a anunciar que Cristo
ha redimido todos los pecados y males de la humanidad, en el aspecto más paradójico de su misterio, la hora de
la cruz. El grito de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? “ (cf. Mc 15, 34) no delata la
angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de
todos. (134)
La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del buen Samaritano (cf. Lc10, 29-37) que nos da el
imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre y generar una sociedad sin excluidos,
siguiendo la práctica de Jesús que come con publícanos y pecadores (cf. Lc. 5, 29-32), que acoge a los pequeños
y a los niños (cf. Mc 10, 13-16) que sana a los leprosos (cf. Mc. 1, 40-45), que perdona y libera a la mujer
pecadora (cf. Lc. 7,36-49)
Jesús al llamar a los suyos para que lo sigan les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a
todas las naciones (Mt 28,19), por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión,
al mismo tiempo que lo vincula a El como amigo y hermano. Cumplir este encargo no es tarea opcional, sino
parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma. (135)
Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también
el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino
que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de
persona a persona, de comunidad a comunidad y de la Iglesia a todos los confines del mundo (cf. He 1,8) Al
participar de esta misión, el discípulo camina hacia la santidad. (145).
JUEVES SANTO
El Triduo pascual está formado por el viernes, sábado y Domingo de Pascua: o sea, los tres días de la muerte, el entierro
y la Resurrección del Señor. Los tres días forman el Gran Día, un único día. La dinámica del año litúrgico culmina en la
Eucaristía del Triduo Pascual.
La celebración vespertina del jueves debería ser sobria. La dinámica pascual va de la austeridad a la alegría y de la
muerte a la Resurrección. El jueves no se debe convertir en un día de la caridad, día de la Eucaristía, o del sacerdocio. No
debe ser una celebración aparte. La celebración tiende hacia la Pascua. Su cúlmen es la Vigilia.
La Liturgia de Jueves Santo nos sitúa. La Eucaristía es el Sacramento, el memorial de la Muerte y Resurrección del Señor.
Su celebración es una profecía de la Pascua. Y a la vez es el centro de la Iglesia, la “comunidad eucarística” por
excelencia.
Los judíos celebran, en su cena pascual, el acontecimiento del Éxodo. Los constituyó como pueblo y les hizo
experimentar la salvación de Dios. Y en su celebración actualizan y participan de esa misma salvación (primera lectura:
Éxodo 12).
Los cristianos hemos el encargo de celebrar la Eucaristía, como memorial de un Nuevo Éxodo. El paso de Cristo a través
de la Muerte a la Nueva Vida. En este sacramento actualizamos y participamos de todo lo que significa el sacrificio
pascual de Cristo en la Cruz: mi cuerpo entregado por..., mi sangre derramada por... (Segunda lectura: 1Col 1).
San Juan Evangelista nos cuenta, en la Última Cena del Señor, la institución de la Eucaristía. La sustituye con el gesto
simbólico del lavatorio de los pies. Pero ambos relatos terminan igual: “haced esto como memorial mío”...”para que lo
que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Tercera lectura Jn 13).
Se propone realizar una experiencia de la vida real, conforme a la participación del joven en la liturgia, la forma en la que
se toma la Eucaristía (santa Misa) en la actualidad.
Todo el pueblo cristiano es sacerdotal. La comunidad reunida en torno a Cristo forma «una estirpe elegida, un
sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable» (1Pe 2,5-9; Ex 19,6).
En la liturgia Jesucristo ejercita su sacerdocio unido a su pueblo sacerdotal, que es la iglesia. Y «realmente en esta obra
tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su
amadísima esposa la Iglesia».
La limosna es una «liturgia» (2 Cor 9,12: Rom 15,27). Comer, beber, realizar cualquier actividad, todo ha de hacerse para
gloria de Dios, en acción de gracias (1 Cor 10,31). La entrega misionera del Apóstol es liturgia y sacrificio (Flp 2,17). En la
Evangelización se oficia un ministerio sagrado (Rm 15,16). La oración de los fieles es un sacrificio de alabanza (Heb
13,15). En fin, los cristianos debemos entregar día a día nuestra vida al Señor, como «perfume de la suavidad, sacrificio
agradable a Dios» (Flp 4,18); es decir, «como hostia viva, santa, grata a Dios; este ha de ser nuestro culto espiritual» (Rm
12,1).
Así pues, todos los cristianos han de ejercitar con Cristo su sacerdocio tanto en su vida, como en el culto litúrgico,
aunque en este nos todos participen del sacerdocio de Jesucristo del mismo modo.
La comunidad cristiana no sólo anuncia y desarrolla la fe que ha recibido, sino que también la celebra. Esta acción
celebrativa de la Iglesia se llama "liturgia".
La liturgia en su aspecto salvífico nos da a entender que no es tanto el culto que el hombre tributa a Dios, sino la
manifestación de la acción salvadora de Dios en nuestra comunidad.
La liturgia de la Iglesia no son tanto los ritos y ceremonias sino la vida entregada a los hombres por fidelidad a Dios.
Todas las celebraciones litúrgicas deberían partir de la vida y volver a ella en un clima de fiesta, fraternidad y
compromiso. Por eso en la liturgia la comunidad cristiana ofrece espacios en donde la vida y la historia de los hombres
son celebrados 'y proyectados al servicio de la causa del Reino.
Todos los fieles, por nuestro bautismo, somos sacerdotes. Pertenecemos, por tanto, a un pueblo sacerdotal, consagrado
y dedicado totalmente a Dios (1 Pe 2,5.9)
En los escritos del Nuevo Testamento se les llaman "sacerdotes" a todos los bautizados. Nunca se atribuye este título
solamente a los apóstoles o a los que ejercen alguna función dentro de la comunidad, sino a todo el Pueblo de Dios.
Este "sacerdocio común" de los fieles está bastante marginado en la conciencia de la mayoría de las personas, ya que
siguen pensando que únicamente son sacerdotes los que recibieron el sacramento del Orden (“sacerdocio ministerial o
jerárquico”).
Consagrando su vida diaria a Dios (Culto de la vida diaria). En esta perspectiva, el apóstol Pablo nos exhorta a dar culto a
Dios con nuestra propia persona en todos los momentos de la vida (Rm 12,1).
La reflexión sobre la llamada de Cristo, origen de la vida y del ministerio sacerdotal de cada uno, confirma lo que
acabamos de decir, todo sacerdocio en la Iglesia tiene su origen en su vocación. “Esa está dirigida a una persona en
particular, pero está ligada a las llamadas que se dirigen a los demás, en el ámbito de un mismo designio de
evangelización y de santificación del mundo”. También los obispos y los sacerdotes, como los Apóstoles, son llamados
juntos, aun en la multiplicidad de las vocaciones personales, por aquel que quiere comprometerlos a todos
profundamente en el misterio de la Redención, esa comunidad de vocación implica, sin duda, una apertura de unos a
otros y de cada uno a todos, para vivir y actuar en la comunión.
La comunión sacerdotal supone y comparte la adhesión de todos, obispos y presbíteros, a la persona de Cristo. Narra el
Evangelio de Marcos que cuando Jesús quiso hacer partícipes a los doce de su misión mesiánica, los llamó y constituyó
“para que estuvieran con Él” (Mc 3,14). En la última cena se dirigió a ellos como a quienes habían perseverado con Él en
las pruebas (Lc 22,28), y les recomendó la unidad y pidió al Padre por ella. Permaneciendo todos unidos en Cristo,
permanecían unidos entre sí (Jn 15, 4). La conciencia de esa unidad y comunión en Cristo siguió viva en los Apóstoles
durante la predicación que los llevo desde Jerusalén hacia las diversas regiones del mundo entonces conocido, bajo la
acción impelente y al mismo tiempo, unificadora del Espíritu de Pentecostés. Dicha conciencia se transparenta en sus
cartas, en los Evangelios y en el libro de los Hechos.
El papel que desempeña la Eucaristía en esa comunión es importante. En la última cena Jesús quiso instituir (de la
manera más completa) la unidad en grupo de los Apóstoles, los primeros a los que confiaba el ministerio sacerdotal.
Frente a sus disputas por el primer puesto, Él, con el lavatorio de pies (Jn 13, 2-15), da el ejemplo del servicio humilde y
resuelve los conflictos que causa la ambición, y enseña a sus primeros sacerdotes a buscar el último puesto, más que el
primero. Durante la cena, Jesús enuncia el precepto del amor reciproco (Jn 13, 34; 15,12) y abre la fuente de la fuerza de
observarlo. En efecto, los Apóstoles por si mismos no habrían sido capaces de amarse unos a otros como el maestro los
había amado; pero en la comunión eclesial y en ella, su comunión sacerdotal especifica. Jesús, ofreciéndoles con el
sacramento esa capacidad superior de amar, podía dirigir al Padre una súplica audaz, a saber, la de realizar en sus
discípulos una unidad semejante a la que reina entre el Padre y el Hijo (Jn 17, 21-23). Por último, en la cena Jesús confía
solidariamente en los Apóstoles la misión y el poder de celebrar la Eucaristía en memoria suya, profundizando así aún
más el vínculo que los unía.
El sacerdote representa a Cristo en la Eucaristía y que obra en su persona, en su nombre. Las oraciones eucarísticas
presidenciales, las que reza el Sacerdote, solo son oraciones «de Cristo con su Cuerpo al Padre». En la liturgia de la
Palabra, es Cristo mismo el que enseña y predica a su pueblo. Es Él mismo, ciertamente, quien en la liturgia sacrificial
dice: “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. Es Él quien saluda al pueblo, quien lo bendice, quien al final de la misa, lo
envía al mundo. Con sus ornamentos, palabras y acciones sagradas, el sacerdote es símbolo litúrgico de Jesucristo; no
tanto del Cristo histórico, sino del Cristo resucitado y celestial, que sentado a la derecha del Padre, como Sacerdote de la
Nueva Alianza, «vive siempre para interceder» por nosotros (Heb 7,25).
Servicio
El servicio lo podemos ver como un vínculo de caridad con Dios nuestro señor en el momento de la eucaristía, debido a
que la caridad es la esfera existencial en la que debemos permanecer y vivir como cristianos [1].
Somos amados por Dios y por Cristo para que nos amemos los unos a los otros: “Les doy un mandamiento nuevo: que se
amen unos a otros, como yo les he amado, ámense mutuamente. En esto conocerán todos que son mis discípulos: en
que se tengan amor unos a otros” (Jn 13, 34-35) En la última cena podemos ver el servicio que presto Jesús con sus
discípulos, un servicio de entrega y desinteresado. Una caridad que se pretende esparcir entre los hombres. Pero esta
caridad no es más que la prueba máxima del amor de Dios al hombre, es un vínculo que nos une con su humildad y
servicio, todo esto visto en la celebración eucarística.
En el pan eucarístico podemos verlo como un pan dulce y rico, que como objetivo es estar en boca de todos y que todos
se sacien de su dulzura y que sobre todo nos percatemos de la humildad con que fue hecho, por eso mismo con esa
humildad nos muestra que hay un servicio:
Con humildad
Con sinceridad
Con sencillez
Con amabilidad
Con sacrificio
Con generosidad
Con dedicación
Con perseverancia
Y con el pan comunitario aprendemos a servir a los demás:
Con magnanimidad
Con mansedumbre
Con alegría Con respeto
“El amor que procede de la eucaristía es un amor irradiante: tiene un reflejo en la fusión de los corazones, en la unión,
en el perdón”
“Nos da a entender que es precioso gastarse por las necesidades ajenas, por los pequeños, por los pobres, por los
enfermos, por los ancianos, por los prisioneros, por los que sufren”
“Esta caridad se refiere también a los hermanos alejados; a los que la unidad todavía imperfecta con la iglesia católica,
no les permite sentarse a la misma mesa que nosotros y nos obliga a rezar para que se apresure este momento”
“El amor que procede de la eucaristía tiene en sí mismo un reflejo social, por que empuja a la verdadera solidaridad, a
las obras de caridad, a la comprensión recíproca, al apostolado, tanto en la iglesia – cuyo bien común esta
sustancialmente contenido en el sacramento de la eucaristía – como entre nosotros, que participando junto del pan de
la vida, nos convertimos en el único cuerpo de cristo, y de este modo permanecemos unidos recíprocamente con cristo
en el sacramento y obramos nuestro bien, que es el afecto, el amor fraterno, el estar unidos y agrupados en una vida
que trascurre en la paz y en la serenidad”
Con razón San Agustín así exhortaba a sus oyentes: “Que los fieles se conviertan en cuerpo de Cristo si quieren vivir en el
espíritu de Cristo: el espíritu de Cristo no lo vive si no el cuerpo de Cristo” (In Joanis Ev., 26,13).
Si no hay amor es señal que nuestras eucaristías son hipócritas y rutinarias, o más bien, porque falta en las mismas
nuestra participación profunda y vital.
Eucaristía
La Eucaristía es la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre que renueva mística y
sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz. La Eucaristía es Jesús real y personalmente presente en el pan y
el vino que el sacerdote consagra. Por la fe creemos que la presencia de Jesús en la Hostia y el vino no es sólo simbólica
sino real; esto se llama el misterio de la transubstanciación ya que lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; los
accidente—forma, color, sabor, etc. — permanecen iguales.
La institución de la Eucaristía, tuvo lugar durante la última cena pascual que celebró con sus discípulos y los cuatro
relatos coinciden en lo esencial, en todos ellos la consagración del pan precede a la del cáliz; aunque debemos recordar,
que en la realidad histórica, la celebración de la Eucaristía (Fracción del Pan) comenzó en la Iglesia primitiva antes de la
redacción de los Evangelios.
Necesariamente el encuentro con Cristo Eucaristía es una experiencia personal e íntima, y que supone el encuentro
pleno de dos que se aman. Es por tanto imposible generalizar acerca de ellos. Porque sólo Dios conoce los corazones de
los hombres. Sin embargo sí debemos traslucir en nuestra vida, la trascendencia del encuentro íntimo con el Amor.
Resulta lógico pensar que quien recibe esta Gracia, está en mayor capacidad de amar y de servir al hermano y que
además alimentado con el Pan de Vida debe estar más fortalecido para enfrentar las pruebas, para 39 encarar el
sufrimiento, para contagiar su fe y su esperanza. En fin para llevar a feliz término la misión, la vocación, que el Señor le
otorgue.
Si apreciáramos de veras la Presencia real de Cristo en el sagrario, nunca lo encontraríamos solo, únicamente
acompañado de la lámpara Eucarística encendida, el Señor hoy nos dice a todos y a cada uno, lo mismo que les dijo a los
Apóstoles "Con ansias he deseado comer esta Pascua con ustedes" (Lc.22,15). El Señor nos espera con ansias para
dársenos como alimento; ¿somos conscientes de ello, de que el Señor nos espera el Sagrario, con la mesa celestial
servida? Y nosotros ¿por qué lo dejamos esperando? O es que acaso, ¿cuándo viene alguien de visita a nuestra casa, lo
dejamos sólo en la sala y nos vamos a ocupar de nuestras cosas?
Llenarte de Dios:
Al recibir la Eucaristía, nos adherimos íntimamente con Cristo Jesús, quien nos transmite su gracia.
La comunión nos separa del pecado, es este el gran misterio de la redención, pues su Cuerpo y su Sangre son
derramados por el perdón de los pecados.
La Eucaristía fortalece la caridad, que en la vida cotidiana tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los
pecados veniales.
La Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales, pues cuanto más participamos en la vida de Cristo y más
progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper nuestro vínculo de amor con Él.
La Eucaristía es el Sacramento de la unidad, pues quienes reciben el Cuerpo de Cristo se unen entre sí en un solo
cuerpo: La Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo.
La Eucaristía nos compromete a favor de los pobres; pues el recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo que son la Caridad
misma nos hace caritativos.
¿Cuántos se interesaron en esta caja? ¿Cuántos sintieron curiosidad por saber qué contiene?,
¿Por qué?
Se debe guiar a los jóvenes a reflexionar sobre la realidad del pecado en nuestras vidas lo atractivo que se nos presenta
en las cosas del mundo, a veces pareciera un hermoso regalo al que no nos resistimos, lo tomamos y lo abrimos. Luego
se pide un voluntario para que, sin mirar, meta la mano dentro de la caja y toque lo que encontró dentro de ella. El
joven voluntario, obviamente, sacará la mano manchada a causa del carbón. Se le pide que les muestre la mano a todos.
En ese momento, animador hará la comparación de la caja de regalo con el pecado. A pesar de lo atractivo, de los
placeres disfrutados al tomar la caja, las sensaciones al abrirla, al final terminamos ensuciándonos, manchando nuestro
corazón, nuestra alma. Ambos son atractivos por fuera, muy bonitos y aparentemente inofensivos, pero en el momento
en que nos acercamos, nos manchamos.
La cultura en la que vivimos en una cultura en la que el concepto de pecado se ha visto envuelto en discusiones
legalistas sobre el bien y el mal. Cuando muchos de nosotros pensamos,” ¿Qué es el pecado?”, pensamos en las
violaciones a los Diez Mandamientos. Incluso ahí, pensamos en el asesinato y el adulterio como pecados “mayores”
comparados con mentir, maldecir o la idolatría, peor nos sorprendería cuantas personas viven su vida encadenadas a
todos tipos de pecados.
Esta cultura moderna ha intentado negar el pecado en todas sus dimensiones y suprimir el sentido de la muerte, sin
embargo no ha conseguido evitar la angustia del hombre que se advertía limitado y no encuentra en la sociedad los
medios suficientes para salir de esta situación, pues intenta a toda costa anular el sentido del pecado. La sociedad a
advertido y afrontado el problema a través de sus filósofos, es decir a observado que la idea del pecado era el obstáculo
que se debía eliminar, la piedra que cerraba el paso a un cierto tipo de concepción del hombre y recordemos que la
expresión más profunda del pecado está en no reconocernos pecadores.
Hay una historia que ilustra muy bien esto… “Cada año, con motivo de las fiestas de aniversario de su coronación, el rey
liberaba a un prisionero. Cuando cumplió 25 años de monarca, él mismo quiso ir a la prisión acompañada de su primer
ministro y toda la corte para decidir a cuál prisionero iba a liberar. Cada uno de los encarcelados, pensando que podría
ser el agraciado, preparó su discurso de defensa para exponerlo ante el rey.
- Majestad -dijo el primero-, yo soy inocente. Un enemigo me acusó falsamente, y por eso estoy en la cárcel. A mí -
añadió otro- me confundieron con un asesino, pero yo jamás he matado a nadie. - El juez me condenó injustamente -dijo
un tercero. Así, todos y cada uno manifestaban al rey por qué razones merecían precisamente la gracia de ser liberados.
Había un hombre en un rincón, que no se acercaba, y, entonces le preguntó el rey: Tú, ¿por qué estás aquí?- Porque
maté a un hombre, majestad. Soy un asesino. -Y ¿por qué lo mataste? - Porque yo estaba muy violento en esos
momento - Y ¿por qué te violentaste? - Porque no tengo dominio sobre mi enojo... Pasó un momento de silencio
mientras el rey decidía a quién liberaría. Entonces tomó el cetro y dijo al asesino que acababa de interrogar:- Tú sales de
la cárcel... Pero, majestad -replicó el primer ministro-, ¿acaso no parecen más justos cualquiera de los otros?
Precisamente por eso -respondió el rey-, El único pecado que no puede ser perdonado es el que no reconocemos. Es
necesario confesar que somos pecadores y no tan buenos como muchas veces tratamos de aparentar. , (Para apoyar el
ver se puede leer la parábola del trigo y la cizaña donde Jesús desentraña el misterio del Mal en el mundo. Leer la
parábola del fariseo y el publicano, para darse cuenta que sólo quien confiesa sus limitaciones es capaz de recibir la
ayuda adecuada).
Recordemos que Jesús era muy comprensivo con todos los pecadores. Comía con ellos, se dejó lavar los pies por una
prostituta, y entre sus seguidores incondicionales había gentes de mala reputación. Nunca rechazó, juzgó ni condenó a
ningún pecador. Con los que nunca pudo entenderse y comunicarles la vida en abundancia, fue con los que se creían
buenos y perfectos. Con ellos fue muy duro y violento.
El pecado, tal como se define en las traducciones originales de la Biblia, significa “perder el camino”. 45 El pecado es
mencionado cientos de veces en la Biblia, comenzando con el pecado “original”, cuando Adán y Eva comieron del árbol
del conocimiento. A menudo, nos parece como si el pecado fuera simplemente la violación de cualquiera de las leyes de
Dios, incluyendo los Diez Mandamientos.
Sin embargo, Pablo coloca esta perspectiva en (Romanos 3, 20), cuando dice: “Por tanto, nadie será justificado en
presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado”. Dios
quería que reconociéramos nuestros pecados. Incluso aquellos que no han asesinado o cometido adulterio, se
encontrarían culpables de mentir o de adorar a ídolos falsos como las riquezas o el poder, antes que a Dios.
Trágicamente, el pecado en cualquier dimensión, nos distanciará de Dios.
Debemos resistir la tentación de actuar como si fuéramos justos, especialmente apoyándonos en nuestras buenas obras.
“Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad. Si confesamos
nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. Si afirmamos que no hemos
pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros” (1 Juan 1,8-10).
Las buenas noticias en todo esto son que, una vez que nos reconocemos como pecadores, necesitamos solamente
arrepentirnos y acoger a Jesús para ser perdonados. El apóstol Pablo se refiere a este proceso de reconocimiento del
pecado y responsabilidad por ello como la “tristeza que proviene de Dios”. “La tristeza que proviene de Dios produce el
arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce
la muerte”, escribe (2 Corintios 7,10-11).
Cuando el apóstol Pedro se dio cuenta de lo que había hecho al negar a Cristo, «lloró amargamente» (Mateo 26,75).
Algunas semanas más tarde, el día de Pentecostés, recordó a los habitantes de Jerusalén el escándalo de la ejecución de
Jesús inocente. Y ellos, «lo que oyeron les llegó al corazón y dijeron a Pedro y a los apóstoles: Hermanos, ¿qué tenemos
que hacer?» (Hechos 2,37). Lo lamentable se adhiere a las faltas como una sombra de la que es difícil deshacerse.
Este pesar es ambiguo: puede hundirnos en la desesperación o conducirnos al arrepentimiento. Decepcionado consigo
mismo, Pedro 46 hubiera podido desesperar. Existe una «tristeza del mundo que produce muerte». Pero el recuerdo del
amor de Cristo cambió las lágrimas de Pedro en «tristeza según Dios, que produce un arrepentimiento saludable» (2
Corintios 7,10). Su pesar se ha convertido entonces en una senda, en una puerta estrecha que conduce a la vida. Por el
contrario, la tristeza mortal es el pesar contrariado de aquel que sólo cuenta con sus propias fuerzas. Cuando éstas
resultan ser insuficientes, comenzamos a despreciarnos, hasta odiarnos incluso.
Quizá no haya arrepentimiento sin pesar. Pero la diferencia entre ambos es enorme. El arrepentimiento es un don de
Dios, una actividad escondida del Espíritu Santo que atrae hacia Dios. No necesito de Dios para lamentar mis faltas, lo
puedo hacer solo. En el lamento me concentro en mí mismo. Por el contrario, a través del arrepentimiento me vuelvo
hacia Dios, olvidándome y abandonándome en él. El lamento no repara la falta, sino Dios, a quien voy en el
arrepentimiento, «disipa mi pecado como niebla» (Isaías 44,22).
La Escritura menciona como armas más principales en la lucha contra el pecado la oración y la penitencia. La penitencia
es participación en la muerte de Cristo. En ella el hombre guarda la conveniente distancia con las cosas del mundo, para
adherirse más vivamente a la gloria eterna de Dios establecida en la muerte de Cristo. Ni en la Iglesia ni en sus miembros
puede acabarse el sentido de la penitencia, porque no puede adormecerse la conciencia de culpa. La Iglesia incita
continuamente a sus hijos a que usen tal arma; lucha también contra el mal con su predicación y mediante la corrección
fraterna, pero es muy importante rezar por la gracia, que se nos ha dado en el bautismo.
Me di cuenta de la gran importancia que es la oración en nuestras vidas, y cómo, desvergonzadamente sólo rezamos por
nuestras necesidades físicas o emocionales, sin siquiera preocuparnos por lo verdaderamente importante: Nuestras
Almas. ¿De qué sirve tener todo lo que necesitemos, si vamos a perderlo todo en un instante? Lo único que tendremos
será nuestro amor, y eso si no nos alejamos de Dios (que El no lo quiera) para perder hasta eso, y caer en la soledad y
desesperación por toda la eternidad.
La gracia es, si nada más, la presencia de Dios dentro de nuestras almas. Sí, ¡Dios está en nosotros! Ya se nos había dicho
en los evangelios que somos Templos del Espíritu Santo. Pero no sólo el Espíritu Santo habita en nosotros, sino también
el Padre y el Hijo. Sí, la trinidad completa.
Y es porque Dios habita en nosotros, que podemos amar a los demás. Porque Dios, es infinito amor, y la fuente de todo
el amor. Pues las acciones indiferentes, cuando se las dedicamos a Dios, se hacen buenas por esta misma Gracia. Y más,
recordemos: El Amor no es nada que podamos perder cuando lo compartimos. En cambio, el que lo recibe, gana mucho
con ello, cuando estamos en gracia, todo lo que hacemos para agradar a Dios será una buena obra. Así pues, cuando
cometemos un pecado mortal, nos alejamos de Dios y perdemos toda esa Gracia que antes teníamos. Y al no poder
amar, aunque pensemos que podemos, 48 nada que hagamos será aceptado por Dios. Es como si tuviéramos unos
espejos que reflejaran una hermosa luz (que es Dios). Si los cubrimos con un trapo sucio, ¿de qué sirven? Su apariencia
es igual a la del trapo con el que se cubren.
¿No deberíamos cuidarnos únicamente de los pecados mortales? Me refiero, Dios va a perdonarnos los veniales, ¿o no?
Si esa era su idea del pecado, ¡mucho cuidado! Como dije en otro, CUALQUIER pecado nos aleja de Dios.
Imagina que estás aferrado a esta gran roca que es Cristo. Y los demonios te quieren alejar de El. Ahora, cada vez que
pecas, pierdes un poco de este agarre. Y ellos todavía te jalan. Ahora, si casi no estás agarrado, ¿no crees que harán un
mayor esfuerzo para sacarte?
Ahí estás. Habrás cometido un pecado mortal, y tú pensaste que sólo te tenías que cuidar del pecado venial.
"Pero entonces, ¿por qué me siento tan vacío?" Porque a pesar de que la Luz está adentro de nosotros no puede llegar a
nosotros, ya que algo se lo impide... la luz está allí, pero hay algo que sirve de obstáculo, una pared. Y se llama 'cosas
mundanas'. Basura espiritual, que cubre el 'vidrio' del foco que es nuestro espíritu. El Espíritu Santo es la Luz, que no
puede traspasar esa basura. Debemos deshacernos de todas las cosas inútiles que llenan nuestra cabeza, odios,
egoísmos, envidias, etc. Cuando nuestro foco esté limpio, podremos ver con toda claridad.
Bien dijo Cristo: "Nada es posible para los hombre, pero con Dios, todo es posible" (Mt 14,29-30). Recuerden que sus
almas son tan puras como un cristal. Pero sin la luz de Dios, no será más que una piedra. (¡O, ¡qué afortunados seríamos
si no tuviéramos esta libertad, sino ser esclavos del Señor, como dijo la Virgen!) Para que nuestra voluntad cada vez esté
más cercana a la de Dios, tenemos que seguir orando. La oración es la clave.
REFLEXION.
Jesús te ha salvado ya. Él pagó con el precio de su sangre tu vida de pecado. Así que tu vida tiene el valor de Cristo. Para
entender éste gran misterio de la muerte de todo un Dios en la cruz, tenemos que tener el don de la fe y la certeza de
que esto es verdad. Contempla la cruz de y el gran valor que representa y ten la firme certeza que te vas a encontrar con
Jesús y su amor misericordioso, que perdona y acoge tu arrepentimiento como el Padre que toma en sus brazos al hijo
que andaba perdido ya regresado a casa, lastimado, herido, cansado, avergonzado…
INDICACIONES:
1.- Después de haber tenido esta pequeña reflexión sobre el significado de la cruz, es el momento de que sientas y vivas
este misterio.
2.- Escribe en un pedazo de papel un pecado grave, o un acontecimiento difícil de tu vida que te da pena reconocer o
que no has podido confesarlo, o integrarlo en tu vida.
4.- No te dé pena reconocer o acordarte de ese pecado, o experiencia difícil, porque nadie lo verá, solamente tú y Dios.
(Mientras se estarán cantando cantos como: yo no soy nada)
5.- Cuando hayas terminado de escribir tu pecado pasa y c1ávalo en la cruz como signo de que confías plenamente en
que Cristo te espera en el sacramento de la reconciliación para perdonar y borrado todos tus pecados. No te dé miedo,
confía en el amor misericordioso de Dios.
Mientras clavan sus pecados estaremos cantando cantos: él me levantará, mi señor, dime Jesús, caminar contigo, nadie
te ama como yo...
Aunque Se esté cantando, estarles ayudando a los muchachos para que se animen a clavar su pecado. Reflexión final de
la dinámica.
VIERNES SANTO
Sentido Litúrgico.
Viernes Santo.
La Cruz y la Muerte.
Hoy es el primer paso: la “Pascua de la Crucifixión”. Pascua, “paso”, tránsito de Jesús a través de la Muerte a la Nueva
Vida. Es el paso por la muerte. La memoria de la Muerte está preñada de esperanza y de Victoria.
La cruz victoriosa es “entrega por”. La Comunidad cristiana debe celebrar que la Cruz es el árbol de la Vida.
Este día está centrado todo en la Cruz gloriosa del Señor. La comunidad cristiana proclama la Pasión del Señor y adora la
Cruz como el primer acto del misterio pascual.
El color rojo, es el color de mártires triunfantes. Pedagógicamente no estamos en unas exequias, ni aguardamos luto.
Cristo Jesús como sumo sacerdote en nombre de toda la humanidad, se ha entregado voluntariamente a la Muerte –el
primer Mártir- para salvar a todos. Estamos ya en el Triduo Pascual, pasaremos del rojo del viernes al blanco de la Vigilia.
La austeridad y el ayuno.
El viernes y el sábado están marcados por la austeridad y el ayuno. No son signos penitenciales: la Cuaresma ya terminó.
Se ayuna el Viernes (y de ser posible hasta el sábado), como expresión de que la comunidad 53 cristiana sigue la marcha
de su Señor a través de la Muerte. Es un ayuno esperanzado, que desembocará en la alegría de la Resurrección.
¿Cómo explicar que el viernes no se celebre la Eucaristía, memorial de esa Muerte? El Triduo Pascual se celebra como si
fuera un único día y su Eucaristía es la de la Vigilia Pascual. A nivel comunitario y popular se acompaña a Jesús en el
camino con la Cruz Via crucis.
El Ayuno nos ayuda a fortalecer la voluntad para elegir siempre el bien y permite abrirnos a la
gracia de Dios.
Antes de hablarte del ayuno, me gustaría que conocieras que es la Ascesis o Penitencia (puedes
leerlo en este artículo que hemos publicado: ¿Sabes qué es la Ascesis o Penitencia?), ya que el
ayuno es solo parte de este trabajo espiritual que todo cristiano debe hacer si quiere llegar a la
santidad propuesta por Jesucristo.
El Ayuno, desde la vida espiritual, nos ayuda en dos áreas de nuestra vida. Por un lado, es la
forma como la voluntad se entrena con la renuncia a cosas buenas, para en su momento poder
rechazar las malas. Por otro lado, ejerce una acción misteriosa, que permite al alma abrirse de
una manera particular a la gracia y a la presencia de Dios, es decir, el alma toma más gusto por
las cosas de Dios.
Cuando nos privamos de cualquier cosa que está en relación con nuestros apetitos,
especialmente con el placer (comer, beber, ver, oír, sentir), estamos acostumbrando a nuestra
voluntad a recibir ordenes directamente de nosotros y no de nuestras pasiones. Nos lleva a ser
dueños de nosotros mismos. De esta manera, una persona habituada a ayunar será una persona
habituada a la renuncia, y tendrá sometidas sus pasiones a la voluntad, de manera que el cuerpo
come, duerme, y hace lo que la voluntad le indica. Si la voluntad está orientada a Dios,
buscará evitar todo lo que lo separa de Dios y orientará todas sus acciones a EL.
Por otro lado, como te decía, el Ayuno, especialmente el de la comida, nos abre de una manera
misteriosa a la presencia de Dios. Parecería como si el hambre corporal se fuera convirtiendo en
hambre de Dios.
Ahora bien, para que esto se realice, el Ayuno debe estar unido a la oración. Sin oración el
Ayuno se convierte en dieta o en estoicismo, que poco o nada ayuda a la vida espiritual.
Algunas personas quieren ayunar, pero nunca se encuentran con fuerzas para hacerlo. Aquí
ofrecemos 6 elementos prácticos que pueden serte de utilidad para iniciarte y crecer en este
ejercicio espiritual en la medida de tus posibilidades:
1. Lo primero es que el Ayuno debe ser progresivo. Es decir hay que comenzar por lo poco y
poco a poco progresar en él. Empieza entonces con pequeñas renuncias, como negarte un
café, un vaso de agua, un dulce, un postre, un programa de televisión, etc. Esto irá poco a
poco aumentando tu capacidad de renuncia. (abstinencia)
2. Inicia el Ayuno con un buen rato de oración. Te recomiendo prepararlo desde un día
antes… por la noche haz un buen rato de oración y ofrece a Dios el día de Ayuno. Pide a
Dios la gracia que estás necesitando o el sentido que quisieras ver fortalecido con tu Ayuno.
Durante todo el día de Ayuno, dedica el mayor tiempo que puedas a la oración. Es
conveniente que se escoja un salmo el día anterior y alguna frase del salmo para repetirlo
durante todo el día de Ayuno, como: “Señor tú eres mi fuerza y mi victoria”, o alguna frase
del mismo salmo. Regresa durante el día al salmo y ten el mayor tiempo de oración que
puedas… substituye el alimento corporal con alimento espiritual.
3. Es muy conveniente que inicies tu Ayuno con la Eucaristía. Busca una Iglesia en donde
puedas comulgar en la mañana, en caso que no puedas en la mañana, hazlo en la tarde al salir
de tu trabajo. Si no se puede, haz al menos una comunión espiritual.
4. Una vez que sientas que has progresado con las renuncias, inicia con lo que se llama el
Ayuno Eclesiástico, que es lo mínimo que nos invita a vivir la Iglesia en los días prefijados
de Ayuno (miércoles de ceniza y Viernes Santo). Este consiste en desayunar un pan y un
café, no tomar nada entre comidas, comer ligero (procurando que te quedes con un poco de
hambre) y finalmente por la noche lo mismo un pan y un café.
5. El siguiente paso es hacer medio Ayuno, que consiste en solo un café en la mañana, nada
entre comidas y una comida ligera. Solo agua todo el día. Por la tarde puede tomar una
cucharada de miel, sobre todo si tienes un trabajo que requiera mucho desgaste de energía.
6. Finalmente podrás aspirar al Ayuno de pan y agua, que consiste en comer solo pan y
agua. Lo mismo, puedes tomar una cucharada de miel a media mañana y a media tarde para
recuperar energía.
Recuerda, que es una obra del Espíritu, por lo que no esperes resultados como si a cada acción
hubiera una reacción. A veces un pequeño esfuerzo de nuestra parte corresponde a una gracia
inmensa de Dios y viceversa, un gran esfuerzo humano y pocos resultados espirituales. Dios
sabe cómo, y en qué momento darnos las gracias. De lo que si puedes estar seguro es que al
iniciarte en el ayuno te abrirás a la santidad y tu vida cambiará RADICALMENTE. El Ayuno
es el camino a la perfección cristiana. Ánimo.