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LAS COSTAS
Sobrevivir al derecho
sin peder el juicio
COMITÉ CIENTÍFICO DE LA EDITORIAL TIRANT HUMANIDADES

Manuel Asensi Pérez


Catedrático de Teoría de la Literatura y de la Literatura Comparada
Universitat de València

Ramón Cotarelo
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y
Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia

Mª Teresa Echenique Elizondo


Catedrática de Lengua Española
Universitat de València

Juan Manuel Fernández Soria


Catedrático de Teoría e Historia de la Educación
Universitat de València

Pablo Oñate Rubalcaba


Catedrático de Ciencia Política y de la Administración
Universitat de València

Joan Romero
Catedrático de Geografía Humana
Universitat de València

Juan José Tamayo


Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones
Universidad Carlos III de Madrid

Procedimiento de selección de originales, ver página web:

www.tirant.net/index.php/editorial/procedimiento-de-seleccion-de-originales
LAS COSTAS
Sobrevivir al derecho
sin peder el juicio

Jonatan Valenzuela

tirant humanidades
Valencia, 2021
Copyright ® 2021

Todos los derechos reservados. Ni la totalidad ni parte de este libro pue-


de reproducirse o transmitirse por ningún procedimiento electrónico o
mecánico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, o cualquier alma-
cenamiento de información y sistema de recuperación sin permiso escrito
de la autora y del editor.

En caso de erratas y actualizaciones, la Editorial Tirant Humanidades


publicará la pertinente corrección en la página web www.tirant.com.

Director de la colección:
JUAN MANUEL FERNÁNDEZ SORIA

© Jonatan Valenzuela

© TIRANT HUMANIDADES
EDITA: TIRANT HUMANIDADES
C/ Artes Gráficas, 14 - 46010 - Valencia
TELFS.: 96/361 00 48 - 50
FAX: 96/369 41 51
Email:[email protected]
www.tirant.com
Librería virtual: www.tirant.es
ISBN: 978-84-18802-08-9
IMPRIME:
MAQUETA: Tink Factoría de Color

Si tiene alguna queja o sugerencia, envíenos un mail a: [email protected]. En caso de no


ser atendida su sugerencia, por favor, lea en www.tirant.net/index.php/empresa/politicas-de-empresa
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Agradecimientos

No hubiera sido posible escribir este libro sin el aporte esencial de


todos mis queridos amigos de la Facultad de Derecho. Soy quien soy
por los amigos que tengo. Las experiencias de mi vida universitaria
permitieron escribir esta historia. Son muchos los amigos, partici-
pan de un chat o dos, pero están siempre atentos y disponibles. Son
un grupo variado, de humor implacable y unido en torno a las cosas
realmente importantes.
Mis colegas y amigos del departamento de Derecho Procesal leye-
ron varios borradores y soportaron mis ideas sobre esta historia. Le
agradezco a cada uno de ellos. Pero especialmente al prof. Dr. Jesús
Ezurmendia (mi amigo “Yisus”), por su paciencia y por actuar como
un verdadero director de arte de esta obra. También a María de los
Ángeles González y a Flavia Carbonell por leer muchas de sus partes.
A Antonio Bascuñán, por animarme a escribir cuando tenía die-
ciocho años, en una clase de Introducción al Derecho en la que expli-
có algo que no entendí. Y por volver a animarme a escribir cuando ya
he pasado los cuarenta.
Mis queridos amigos de “fuera del derecho” fueron igual de esen-
ciales. Algunos son abogados de formación pero, como suelen acla-
rar, “ya se les quitó”. Agradezco a Carolina Garlick por leer y comen-
tar agudamente la construcción de los personajes. A Ismael Larraín
por hacerme pensar en convertir la historia en imágenes, mejorando
mis ideas. A Aisen Etcheverry por ser de las primeras y más rápidas
lectoras de los manuscritos, dedicándole su tiempo a esto.
La corrección del texto se la debo a Ivana Peric que dejó cosas im-
portantes de lado para ayudar en que esta historia viera la luz.
Agradezco a mis estudiantes por haber leído los borradores como
si esto fuera materia del curso.
Gracias a Gayle, Clemente y Violeta por soportar a un marido y a
un papá que cada tanto tenía que dedicarse a escribir sobre un mun-
do de mentira, pero que se despliega en el mismo escenario de Pío
Nono 1.
8 Agradecimientos

Finalmente, le agradezco al único personaje de verdad que apa-


rece en esta novela, el gringo, mi querido Fernando Siebald Codjam-
bassis, no sólo por su amistad y por el tiempo compartido, sino por
permitirme escribir la historia de la Escuela con él.
Índice

Agradecimientos................................................................................................................... 7

Prólogo................................................................................................................................... 11

Abogado litigante................................................................................................................. 15

El primer juicio..................................................................................................................... 23

El proceso.............................................................................................................................. 29

Londres.................................................................................................................................. 35

La carta.................................................................................................................................. 41

Acción y pretensión.............................................................................................................. 47

Provincial Osorno................................................................................................................. 53

La convicción........................................................................................................................ 57

La distancia........................................................................................................................... 61

Facultades especiales............................................................................................................ 69

Comisión................................................................................................................................ 73

Árbitro arbitrador................................................................................................................. 77

Contienda.............................................................................................................................. 87

Implicancias.......................................................................................................................... 91

La extinción........................................................................................................................... 97

Mañana será otra noche...................................................................................................... 101

Discusión............................................................................................................................... 107

Sustancial, pertinente y controvertido............................................................................... 111

Integridad.............................................................................................................................. 117

Turbus.................................................................................................................................... 121

El daño................................................................................................................................... 127

El punto de vista................................................................................................................... 131


10 Índice

Toda prueba es indirecta...................................................................................................... 135

La tacha................................................................................................................................. 141

Demanda............................................................................................................................... 145

La reprobación...................................................................................................................... 151

Auto de prueba...................................................................................................................... 157

Visto para sentencia............................................................................................................. 161


Prólogo

Este texto fue escrito como una herramienta académica. Fue du-
rante la pandemia de COVID-19 que se escribió esta historia. Aun-
que, en algún sentido, se fue escribiendo desde 1998.
Los estudiantes del mundo no han podido ir a clases durante un
año y ahora puede ser que sean dos. La pandemia redujo las clases a
modalidad online, a Zoom. De hecho, existe una generación de estu-
diantes que no ha puesto un pie en su respectiva facultad. Esto me
parece llamativo, extraño.
Recuerdo que cuando inicié mis estudios de derecho procesal
—que es la asignatura que el destino irónicamente me ha llevado a
impartir— tenía una suerte de biografía con mis compañeros, profe-
sores y con el espacio de la Facultad.
Creía saber quiénes eran mis amigos y empezaba a formarme
una incipiente idea sobre el derecho. Años más tarde conservo a los
amigos y solo voy acumulando dudas sobre el derecho. Sin embargo,
tenía cierta claridad sobre el camino a la facultad, sobre las caras
amistosas de quienes encontraba en el patio y sobre lo que cada asig-
natura significaba.
La falta de esa narración me preocupa. Estudiar en la universidad
no es repetir contenidos construidos con mayor o menor precisión.
Estudiar derecho es más que estudiar las leyes vigentes del momento.
Pero me temo que la distancia dificulte esa “narración común”.
Esta es una pérdida que los profesores debemos observar con
atención, ya que inside en la formación de nuestros estudiantes y ge-
nera ciertas preguntas respecto de cómo enseñamos en nuestros cur-
sos. Por supuesto, no somos una facultad online por el sólo hecho de
contratar cuentas de Zoom para los profesores: tenemos que pensar
en cambios en nuestros modos de abordar los contenidos y enfrentar
nuestras falencias para ofrecer la mejor versión posible de nuestras
asignaturas.
En el caso del derecho procesal, soy partidario de criticar sin in-
dulgencia la manera en que éste ha sido enseñado durante mucho
12 Jonatan Valenzuela

tiempo. La repetición de materias sin una real organización, la pro-


posición de definiciones que no satisfacen los mínimos estipulati-
vos, las clasificaciones que en realidad no clasifican, todo sazonado
con la pretensión de que los estudiantes las repitan de memoria. En
cambio, creo que en las clases debemos ejercitar la resolución de
problemas.
En mis cursos pasados intenté, a veces sin éxito, que los estudian-
tes usaran los contenidos para ello. El derecho procesal, como casi
ninguna otra rama del derecho, se enfrenta a los hechos como objeto:
la realidad y las narraciones acerca de ella son objeto de rituales de
verificación que corrientemente llamamos “proceso”.
Comencé a escribir esta historia en el verano del 2021, a casi un
año de la pandemia, pensando en que los estudiantes que tomasen
mi curso pudieran encontrar una excusa para formar una narración
común y así conocer una versión posible de la Facultad. Espero que
encuentren en la historia de Camilo Aracena y Natalia Capdevila una
“escuela”.
A continuación les presento el mundo de un estudiante que se
dedica a pensar en el derecho como lo hacía casi cualquier estudiante
en el pasado, cuando las calles se transitaban a discreción. El fin de
la década de los noventa ha sido buen escenario porque en esa época
fue detenido en Londres el dictador chileno Augusto Pinochet y esos
hechos dan cuenta de una comprensión del derecho de la época que
es interesante para entender el proceso judicial (y su ausencia, como
en ese caso).
La función de este relato es servir de acompañamiento a las cla-
ses, mostrando que todo es simplemente una historia, un conjunto de
proposiciones. En el curso evaluaremos sus conocimientos con casos
que saldrán de aquí, de la vida imaginaria de estos personajes. Las
pruebas del curso provendrán del mundo de los hechos imaginarios
de Camilo Aracena.
Este no es un relato susceptible de verdad o falsedad. Todo es ima-
ginario. Todo es ficción.
Se titula “Las costas” porque en el derecho procesal recibe esa de-
nominación aquello que expresa el “precio del proceso”, el “costo de
litigar”. Cuando alguien no tiene “motivo plausible para litigar”, se le
Prólogo 13

condena en costas. Esta historia es el precio de un curso a distancia


que, espero, tenga motivo plausible.

Jonatan Valenzuela
Santiago, Tunquén
Enero de 2021
Abogado litigante

Las salas de audiencia de los tribunales son todas iguales o, al


menos, muy parecidas. Puedes estar en un tribunal en Castro o en
Arica y en tus recuerdos podrías perfectamente confundirte. Dan la
impresión de estar un poco abandonados pese a su aire moderno,
probablemente por la homogeneidad de su diseño. Camilo intenta
recordar las veces que estuvo sentado en un tribunal como éste y no
logra aproximarse a un número. La escena que tiene delante le dis-
trae. Es un juicio.
Él es abogado en este juicio. O sea que tiene patrocinio y poder en
la causa. “Qué gracia”, piensa al recordar una escena de “He-Man”,
programa que veía en su niñez (un pensamiento secundario le hace
notar que en verdad se llamaba “he”-“man”), en la que el personaje
principal blande una espada delante de su castillo diciendo “ya tengo
el poder”.
Durante un segundo recuerda su casa en La Cisterna y las tardes
de verano en las que ver tele era la entretención por defecto de todo
el barrio. Tiene la sensación de que el fin del estado-nación es el fin
de la televisión local. En su niñez y juventud tenías que ver los noti-
cieros, te enterabas de las noticias urgentes a través de “extras”. Veías
una teleserie en Televisión Nacional o en el Canal Trece. La elección
de esa teleserie era clave para configurar el propio relato de ese año.
Dos teleseries por año, dos estilos de vida que desfilaban en la panta-
lla de los chilenos. Recuerda que en una teleserie llamada “Machos”
había un personaje indirectamente gay, pero que fuera gay era la lí-
nea central de su lugar en el guión.
El padre era el patriarca Ángel Mercader, protagonizado por Hec-
tor Noguera, que tenia siete hijos, todos varones que respondían a
distintos perfiles. Al final aparece inesperadamente una octava hija
llamada Alicia y encarnada por Elvira López. Camilo recuerda que,
en el 2003, la pausa de su estudio para el examen de grado era exac-
tamente ver un capítulo de “Machos”.
Hoy la globalización se llevó la tele: Camilo piensa en ver series
en plataformas de pago por internet. Es decir, entra a una plataforma
para decidir qué es lo que quiere ver. Así vio en dos días todos los
16 Jonatan Valenzuela

capítulos de “El ministerio del tiempo”. Y había algunos sábados y


domingos en los que se quedaba todo el día frente a la pantalla “de-
cidiendo” qué ver. ¿Esperar una semana para ver un nuevo capítulo?
Eso era derechamente vintage.
Sus amigos en otros países tienen un humor cada día más común,
quizá esta sea la razón. Cree que los acentos del español se han ate-
nuando o, más bien, que se han diluido en el mexicano y el español
peninsular. Todos ven más o menos lo mismo, más o menos al mismo
tiempo.
De pronto Camilo escucha que el abogado querellante dice: “es así
como la defensa ha simplemente obstaculizado la acción de la justi-
cia, rayando en la mala fe procesal y mostrando un comportamiento
éticamente cuestionable”.
Hace algunos años las cosas se habrían superado de otro modo.
Mira la rabia contenida en los ojos del Pepe. El Pepe estudió en la
Católica. En realidad se llama José Francisco pero él siempre le dice
“Hola Pepe” sólo para joderlo.
Claro, un estudiante periférico de barrio bajo como él, qué otra co-
sa que el chaqueteo tiene a disposición frente a un colega de la PUC.
Recuerda ese verano de 1998 previo a entrar a la facultad. Recuerda
que se levantó tempranísimo para ir a comprar el diario “La Nación”
y buscó su RUT en las cientos de hojas con números que designaban
el valor del puntaje de ingreso a la universidad, o no.
La enorme mayoría de sus compañeros de colegio tuvieron que
adaptar sus vidas a la falta del puntaje necesario para ingresar a la
universidad. Nutrieron las filas de los supermercados, empresas, o
de servicios en general como empleados, poco o nada, calificados. Lo
que se producía y produce en los colegios de la perifera de Santiago
es mano de obra barata dispuesta a endeudarse a la primera provo-
cación: les ha sido prometido el progreso material tarjeta de crédito
mediante.
Pero el día de publicación de los resultados de la prueba de aptitud
académica parecía todo tan democrático, al menos en papel. Miles de
personas de dieciocho años o diecisiete o a veces más, dándose cita
delante del diario impreso para responder a la pregunta más repetida
en esas semanas: ¿y cómo te fue en la prueba?
LAS COSTAS. Sobrevivir al derecho sin peder el juicio 17

Aún recuerda que leyó “Verbal: 795 – Matemática: 650 – Histo-


ria: 698 – Ciencias Sociales: 720 – Específica de Matemática: 590”.
En una calle de La Cisterna a las siete de mañana se le cruzó una
sonrisa un poco tonta en la cara. ¿Por qué había rendido una prueba
específica que no necesitaba y que ni siquiera había preparado?
En esos años, ahí, a la sombra de la carretera panamericana, que-
ría estudiar literatura. Un par de veranos antes había pasado con su
familia de vacaciones por Concepción y su padre le dijo: “vamos a
conocer la Universidad, dicen que es bonita”.
Más allá de los jardines, el campanil y una especie de pretensión
del campus de mostrarse insuperable, le pareció que podía vivir en
esa ciudad. Era la capital del rock, se decía al final de los noventa. Se
imaginó libre del yugo paterno en una pensión penquista estudiando
literatura de día y de noche de barcito en barcito y de amor en amor.
Concepción es una ciudad prometedora para el visitante. En esos
años, a finales de los noventa, había muchas bandas de rock chilenas
que venían de los circuitos penquistas más o menos under. Con todo
eso en la cabeza resultaba particularmente estúpido haber rendido la
prueba específica de matemática. Y bueno, no servía de nada.
Pasado el primer sorbo del éxito, vió un problema a sus pies: el
puntaje parecía demasiado bueno. Un muy buen puntaje para una
familia de clase media-baja chilena. Una familia típica de la transi-
ción, de esas con ingresos tan justos que quizá le sería imposible en-
tender su necesidad de desplegar una biografía tan artística y propia.
No, de ningún modo estaban las cosas para lujos. Y estudiar literatu-
ra lo era, todavía más en otra ciudad.
El Chile de 1998 no se parece en nada al del 2021. En el verano
de 1998 el tema nacional era el Mundial de Fútbol de Francia que
tendría lugar en el invierno de ese año y al que Chile había clasificado
con un equipo extremadamente pragmático: básicamente descansá-
bamos en una delantera muy potente, con Marcelo Salas en su mejor
momento y un Iván Zamorano al que aún le quedaba pólvora.
Chile había clasificado de la mano de Nelson Acosta, un entre-
nador uruguayo nacionalizado chileno que como futbolista vió sus
mejores campañas jugando en el club Arturo Fernández Vial. Acosta
era un entrenador que no parecía tener un sistema de juego ni menos
18 Jonatan Valenzuela

de entrenamiento. Su equipo jugaba con un tradicionalísimo 4-4-2


con un coqueto “doble cinco” al medio.
Pese a que Chile no ganó ningún partido en el mundial, Camilo y
otros celebraron los tres empates consecutivos contra Italia, Austria
y Camerún. Los últimos dos partidos se jugaron en día de semana, lo
que le permitió ir a Plaza Italia a celebrar con algunos compañeros
de curso. En octavos de final, Brasil, Ronaldo, el “de verdad” (que nos
hizo dos de los cuatro goles), y adiós al mundial.
El puntaje de Camilo era tan alto que, quizá, no le permitirían es-
tudiar literatura. No sólo no iría a Concepción, sino que ni siquiera a
la carrera que más le gustaba. Y es que estudiar Letras en la Católica
no era tan fácil ni tan obvio viniendo con un buen puntaje desde La
Cisterna. A él le parecía excesivamente de derecha esa universidad,
pero asumía que su facultad de letras no seguiría los patrones clási-
cos. Letras, en definitiva, no era Derecho.
Apenas lo pensó sintió un golpe. Derecho. Estudiar Derecho. Po-
dría estudiar Derecho. Su padre había dicho en la mesa más de una
vez que le daría “vergüenza” tener un hijo abogado y le había abierto
la siempre dispuesta vocación de mandarlo a la mierda normativa y
fácticamente.
Pero ahora, con el puntaje en la mano, quizá lo razonable era “in-
vertir” el puntaje y entrar a estudiar una carrera que se mostrara, en
alguna medida, lucrativa. Ni un solo abogado en la familia. Postuló
a Derecho y, pensando en evitarse el momiaje de la Católica, entró a
Pío Nono.
Allí su puntaje no era el mejor, de hecho se coló al final de la lista.
La carrera se le hizo tan fácil como exagerada. Le parecía demasia-
do que desde marzo sus profesores de terno y corbata pensaran que,
además de enseñar esta técnica de regulación de las conductas hu-
manas, podían “darle consejos” o expresar sus opiniones superficiales
como si fueran expertos en todo.
¿En qué basaban muchos de sus profesores su habilitación per-
manente para opinar de política, de moral, incluso de fútbol? Con-
cluyó rápidamente: en el dinero de sus cuentas corrientes. Cuando
él, ya titulado, cobró su primer honorario “decente”, se sintió como el
gran Gatsby calculando todo lo que podría comprar con esos millo-
LAS COSTAS. Sobrevivir al derecho sin peder el juicio 19

nes de pesos en países extremadamente pobres de África central o en


un pueblo perdido en la Amazonia.
Más por inercia que por otra cosa, se dedicó a los juicios: Cami-
lo Antonio Aracena Zamora era un abogado litigante, un abogado
de juicios. Un abogado litigante que había sido un estudiante de Pio
Nono pero de la periferia, que era casi lo mismo que ser de provincia.
La Universidad de Chile, a la que se supone que tenía que querer
hasta las lágrimas, le había enseñado un poco de derecho, sí, pero
sobre todo le había mostrado cómo era el mundo. Recuerda esa pri-
mera semana de clases. Tomó la micro temprano, cerca de las siete.
Desde el sur de Santiago, pensaba, iban obreros y estudiantes de la
más grande univesidad pública de Chile camino a sus clases y traba-
jos. Llegó a las ocho y cuarto a la Plaza Italia.
Su primera clase era Derecho Civil I (luego descubriría que los ci-
vilistas tienen una serie de fijaciones y enfermedades que se reflejan,
entre otras cosas, en hacer su asignatura en la primera hora de cla-
ses), pero el profesor no apareció en la sala. Pensó que sería, de todos
modos, una buena oportunidad para conocer a sus compañeros. En
una hora y diez minutos se dio cuenta que los obreros no venían des-
de “los territorios” acompañados por estudiantes de la Universidad
de Chile.
Alcanzó a conversar con un compañero que venía desde Vitacura,
otro que venía de La Reina y su amigo, del mismo colegio, que vivía
en Las Condes. Cuando Camilo les remarcó la suerte que tenían de
haber seguido juntos, desde el colegio a la universidad, ambos lo mi-
raron extrañados y le dijeron: “hay como cuarenta ignacianos en la
generación”. Descubrió también que su curso se llamaba “generación
1998” porque lo que te marcaba, a diferencia de la mayoría de demás
carreras, era el año de ingreso. El egreso, en cambio, era un acaso,
una fecha oscura en el horizonte.
Bastaron un par de semestres para darse cuenta que nunca podría
encajar en ese mundo de coincidencias y valle central, y que, en reali-
dad, no era relevante encajar en sentido alguno. La gente inteligente
lo era de todas las clases sociales y la gente estúpida también. Alguna
vez pensó en escribir su tesis en eso: “La estupidez como patrimo-
nio de la humanidad: alcances jurídicos”. Luego pensó que probable-
mente le mirarían raro y desechó la idea.
20 Jonatan Valenzuela

Tiempo después descubrió que la carrera era fácil y que él mismo


no era tan inteligente. Que el mejor grupo de amigos y amigas era el
de poetas fracasados de la misma facultad. Aunque algunos de ellos
no eran fracasados y a diferencia de Camilo, se mostraban como poe-
tas talentosos sin esfuerzo, en algún sentido livianos a pesar de sus
tormentos.
Su amigo “el gringo” era uno de ellos. El gringo (a quien llamaban
así por su aspecto de inmigrante alemán de Osorno, de donde venía)
no respondía casi a ningún molde personal: era el hijo del medio de
una famila sureña de inmigrantes alemanes y griegos. Una mezcla
que explicaba su aspecto de colono alemán y probablemente su ca-
rácter explosivo e intenso. Como poeta fue de los que más y mejor
avanzó desde que comenzaron, en el segundo semestre de 1998, a
leer algunos versos. Ya entrado 1999 el gringo era una de las estrellas.
Además sabía que ser uno de los poetas del grupo comporta ciertas
obligaciones. El gringo era un experto “hacedor de peleas”: bastaba
la más mínima provocación para que se despachara la frase precisa
que desataba los golpes. Camilo lo había acompañado varias veces en
esos trances. Siempre después de la pelea se reían y recordaban cómo
comenzó. Cuando Camilo recibió el llamado que le llevo a confirmar
que el gringo había muerto, pensó que siempre se salvaba, que siem-
pre pasaba algo que le permitía torcerle la mano a un destino que lo
lanzaba directo al dolor. Pero esta vez no lo había logrado.
El grupo de poetas hacía que muchas cosas se vieran atractivas.
Que las palabras fueran lo más valioso que pudiera existir entre dos
personas. Eso le gustaba. Eso y, por cierto, las salidas por el centro
de la capital. Recorrer las galerías para oler el Santiago más oscuro
y con ello escribirle versos a las personas anónimas y perdidas con
las que se cruzaba. Una bailarina de cabaret, al parecer paraguaya,
que a las doce del día desayunaba en el Portal Fernández Concha con
grandes lentes oscuros fue su amor más pleno casi hasta el egreso. El
grupo era variado y entretenido, además de estudiantes de primero a
quinto había egresados, titulados, y gente que nada tenía que ver con
el estudio del derecho.
No pensaba mucho en qué hacer luego de la carrera. El gringo de-
cía que, al cabo de unos años, serían poetas reconocidos y que, enton-
ces, debían pensar en tener una casa, pero una casa “muy mía”. Con
LAS COSTAS. Sobrevivir al derecho sin peder el juicio 21

ello se refería a tener cosas que fueran extensiones del estilo y de sus
creaciones. La ropa tenía que ser “muy mía”. Los viajes “muy míos”.
Un auto “muy mío”. Y así. De derecho, juicios, jueces, clientes, nada.
Podría pensarse que al ser abogado de juicio, Camilo fue un gran
estudiante en los ramos prácticos o en los que se enseñaban las reglas
de los distintos juicios. Pero la verdad es que fue un estudiante que se
tomó con total escepticismo casi todas las asignaturas. Recuerda la
caminata por la calle Pío Nono con el gringo al lado, después de cele-
brar el examen de Clínica Jurídica, el ramo práctico en el que ambos
se acababan de sacar un siete inapelable.
— Oye, hueón…
— Qué pasa…
— Nos sacamos un siete en Clínica, hueón…
— Sí po…
— Oye…
— Que…
— Y vos aprendiste algo?
— No, hueón, nada…
— Jajajajaja
Habían zafado de todos los problemas de la tramitación de sus
juicios con la propiedad de dos literatos. Medio ofendidos cada vez
que les hacían alguna corrección y, por cierto, mirando todo esto con
cierto aire de indignación moral, como cuando le dijo el gringo al
profesor la vez que le asignó una posesión efectiva:
— Profesor, tengo problemas con la muerte…
— ¿Qué me está diciendo?
— Que tengo una objeción de conciencia, no puedo enfrentar a la
muerte con tan poco plazo por delante, profesor…
Se acuerda que todos en la sala se rieron y el profesor no le asignó
la causa al gringo. La broma había resultado particularmente cruel.
Tanto que el gringo se moriría en el sur de Chile unos años después
de la bromita, recién titulado. A Camilo le dolía aún la pérdida, le
dolía siempre.
En la cátedra de derecho procesal tampoco destacó. De hecho, re-
probó el primer examen del curso “Derecho Procesal II” y tuvo que
22 Jonatan Valenzuela

rendirlo de nuevo en marzo para aprobar con un feo cuatro. Recuer-


da que sus profesores usaban el lenguaje muy mal y que se remitían a
unos apuntes llenos de incoherencias que los estudiantes tenían que
repetir de memoria.
Y ahora está en una audiencia de medidas cautelares. Sabe que
la jueza, Isabel Almirón, es inteligente y que le encantan las lecturas
profundas de las cosas. Así que acaba de despacharse una sencilla
cita de un autor norteamericano, Ronald Allen: “si con los datos del
caso podemos imaginar al acusado como inocente, no podemos ence-
rrarlo”. La cita en realidad está fuera de lugar, pero sirve para mostrar
que hay incertidumbre sobre la necesidad de enviar en prisión pre-
ventiva a su cliente.
El Pepe lo mira feísimo porque es el abogado querellante y sabe
que la movida de Camilo hará que él tenga que dar explicaciones en
la empresa que se ha querellado por estafa sobre por qué el imputado
ha quedado libre.
Camilo se ríe. A la salida de la audiencia, José Francisco Elorriaga
le dice con toda claridad y furia:
— Es que no podís, hueón, no podís dormir tranquilo después de
dejar a éste hueón libre….
— Pepe, tú sabes que duermo poco…
— Deja de hacerte el hueón, Aracena, deberías ser un poco más
serio…
— Y tú un poco menos huevón.
El Pepe lo mira feo por última vez y parte con el teléfono en la
oreja camino a su Audi para volver a su oficina en Nueva Las Condes.
Camilo decide almorzar por ahí antes de volver a su oficina. Piensa
en un almuerzo “muy mío” en alguno de los varios restoranes caseros
que hay en ese barrio. Allí Camilo come feliz dos prietas de proce-
dencia desconocida con puré, media botella de un desconocido vino
tinto, rodeado de funcionarios, parientes de imputados y un par de
estudiantes. Al mirar a su alrededor recuerda una frase que escuchó
en su juventud: “siempre viajo solo en las micros llenas”.

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