Educación inclusiva
La educación formal es uno de los métodos de socialización más eficaces
que hemos construido las sociedades occidentales. Es por eso que sus
teorías, modelos y prácticas se han modificado constantemente y en
respuesta a los acontecimientos sociales, políticos y económicos de cada
época.
En este trayecto, y sobre todo a partir de que la educación empezó a ser
concebida como un derecho universal, surgió un paradigma que defiende
que todos y todas debemos acceder a la educación formal
independientemente de nuestro género, origen étnico, discapacidad o
condición socioeconómica. Este paradigma es el de la Inclusión Educativa
o Educación Inclusiva.
A continuación explicaremos con más detalle, aunque de manera
introductoria, qué es la educación inclusiva, de dónde surge y cuáles son
algunos de sus alcances y retos.
¿Qué es la Educación Inclusiva? Orígenes, propuestas
En 1990 se realizó una conferencia de la UNESCO en Tailandia, donde se
reunieron varios países (sobre todo anglosajones) y propusieron la idea de
“una escuela para todos”.
Específicamente querían complementar y extender los alcances de lo que
anteriormente se llamaba “educación especial”, pero no se limitaron a
discutir las condiciones de exclusión en las que se encontraban las personas
con discapacidad, sino que reconocieron muchos otros contextos de
vulnerabilidad en los que se encuentran muchas personas.
Cuatro años después, 88 países llegaron al acuerdo de que la educación
debía tener una orientación inclusiva, es decir, que no debe limitarse a
garantizar el acceso a la educación, sino que además debe garantizar que
esa educación sea eficaz y eficiente.
Es decir que la inclusión es un fenómeno social que desde hace casi tres
décadas se ha puesto en el centro del debate sobre la educación, lo que ha
generado y expandido todo un movimiento inclusivo, que no se limita a
mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad, pero sí ha
permitido cambiar el modelo del asistencialismo y la rehabilitación por
un modelo de accesibilidad en la atención a la discapacidad, donde los
problemas ya no se buscan en la persona sino en las condiciones del
entorno.
¿Educación inclusiva o Inclusión Educativa?
Ambos conceptos se refieren al mismo proceso. La diferencia es que el
término inclusión educativa se refiere al enfoque o el modelo teórico, es
decir, el conjunto organizado de las ideas que promueven la igualdad de
condiciones en el acceso a una educación eficiente, mientras que el término
educación inclusiva hace una referencia más específica a la práctica; por
ejemplo cuando un colegio está implementando estrategias concretas para
favorecer la inclusión y la accesibilidad.
Diferencia entre educación especial y educación inclusiva
La principal diferencia está en el paradigma que subyace en cada una de
ellas. La educación especial surgió como una herramienta para asegurar que
las personas con discapacidad, en algunos contextos llamadas personas con
necesidades especiales, pudieran acceder a la educación formal.
Se llama “educación especial” porque se da por hecho que hay personas que
tienen problemas o necesidades particulares que la educación general (no
especial) no tiene la capacidad de atender, así que se vuelve necesario
crear una forma distinta de educar y de atender esas necesidades.
Por su parte, la educación inclusiva no considera que el problema son las
personas, sino la propia educación, que difícilmente reconoce la diversidad
de formas de funcionar que coexisten entre los seres humanos, con lo cual,
lo que había que hacer no era una “educación especial” para “personas
especiales”, sino una sola educación capaz de reconocer y valorar las
diferencias y atenderlas en igualdad de condiciones.
Es decir, la educación para todos, o la educación inclusiva, no se trata de
esperar que todos seamos iguales, y mucho menos de forzar a los niños para
que tengan las mismas habilidades, intereses, inquietudes, ritmos, etc; sino lo
contrario, se trata hacer un modelo educativo que en la práctica permita
reconocer que somos muy diferentes, tanto en nuestra forma de funcionar
como en las formas de procesar o transmitir la información, por lo que hay
que crear estrategias, programas y políticas que sean diversas y flexibles.
Finalmente, aunque la educación inclusiva frecuentemente se asocia de
manera directa a la intención de incorporar a las personas con discapacidad
en los sistemas educativos, se trata más bien de reconocer las barreras para
el aprendizaje y las barreras para la participación que se ponen por razones
no solo de discapacidad, sino de género, culturales, socioeconómicas,
religiosas, etc.
De los acuerdos a las acciones
Entonces, ¿qué podríamos hacer para que la educación sea inclusiva? En
principio hay que detectar las barreras en el aprendizaje y la
participación. Por ejemplo, realizando evaluaciones cualitativas que
permitan comprender de manera amplia y profunda el contexto educativo
particular, es decir, las características, necesidades, facilidades y conflictos de
una escuela en concreto.
De ahí evaluar las posibilidades de acción siendo realistas y hacer
sensibilización para la comunidad educativa (los profesores, familiares, los
niños, los administrativos) de manera que se promueva un cambio de
paradigma y no sólo el discurso políticamente correcto.
Otro ejemplo son las adecuaciones curriculares o los acompañamientos
dentro del aula que se realizan después de haber detectado las
necesidades particulares tanto de los niños y las niñas como de la planta
docente. Se trata en gran parte de ser empáticos y receptivos y de tener la
disposición de analizar los fenómenos no solo a nivel micro.
Algunos retos de este proyecto
Aunque es un proyecto muy comprometido con los derechos humanos y
con muy buenas intenciones, así como con muchos casos de éxito, la
realidad es que continúa siendo un proceso complicado.
Uno de los problemas es que es una propuesta a la que aspiran los “países
desarrollados”, y en desigualdad de condiciones los “países en vías de
desarrollo”, lo que significa que su impacto no ha podido generalizarse a
todos los países y contextos socioeconómicos.
Además, difícilmente se detectan las barreras en el aprendizaje y la
participación porque con frecuencia, la actividad pedagógica está centrada
en las necesidades del profesor (en el tiempo que tiene para enseñar, en la
cantidad de alumnos, etc.), y los problemas están centrados en los niños, lo
que además promueve en muchos contextos un exceso de diagnósticos
psicopatológicos (por ejemplo, los sobrediagnósticos de TDAH).
La educación inclusiva es entonces un proyecto que nos da muy buenos
pronósticos futuros, sobre todo porque los niños que conviven y reconocen
la diversidad, son los futuros adultos que crearan las sociedad accesibles (no
solo en cuanto a espacio sino en cuanto al aprendizaje y el conocimiento),
pero es también el resultado de un proceso muy complejo que depende no
solo de los profesionales ni mucho menos de los niños, sino de políticas
y modelos educativos, de la distribución de los recursos, y otros factores
macropolíticos a quienes también hay que cuestionar.