0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas372 páginas

°una Niñera en Navidad - Cassie Cole (1) (1) .PDF Versión 1

Este documento presenta el capítulo 1 de una novela que narra la historia de Piper, una mujer que trabaja en un quiosco de anteojos de sol en un centro comercial. En el capítulo, Piper expresa su aburrimiento y frustración con su trabajo, y describe a los clientes que pasan. También encuentra una sala vacía que solía ser una guardería para los empleados, donde pasa su descanso para el almuerzo leyendo un libro.

Cargado por

cecilia ramos
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2K vistas372 páginas

°una Niñera en Navidad - Cassie Cole (1) (1) .PDF Versión 1

Este documento presenta el capítulo 1 de una novela que narra la historia de Piper, una mujer que trabaja en un quiosco de anteojos de sol en un centro comercial. En el capítulo, Piper expresa su aburrimiento y frustración con su trabajo, y describe a los clientes que pasan. También encuentra una sala vacía que solía ser una guardería para los empleados, donde pasa su descanso para el almuerzo leyendo un libro.

Cargado por

cecilia ramos
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Contents

Title
Copyright
Otros libros de Cassie Cole
1 - Piper
2 - Piper
3 - Piper
4 - Grayson
5 - Piper
6 - Piper
7 - Ethan
8 - Piper
9 - Piper
10 - Piper
11 - Grayson
12 - Piper
13 - Piper
14 - Piper
15 - Piper
16 - Piper
17 - Piper
18 - Ethan
19 - Piper
20 - Piper
21 - Piper
22 - Grayson
23 - Piper
24 - Ethan
25 - Piper
26 - Cole
27 - Piper
28 - Piper
29 - Piper
30 - Piper
31 - Piper
32 - Piper
33 - Grayson
34 - Piper
35 - Piper
36 - Piper
37 - Piper
38 - Cole
39 - Piper
40 - Ethan
41 - Piper
42 - Piper
43 - Piper
44 - Grayson
45 - Grayson
46 - Cole
47 - Piper
48 - Piper
Epilogue
Autor
Una niñera
en
Navidad
Copyright © 2022 Juicy Gems Publishing
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la
reproducción total o parcial de este libro, por cualquier medio
o procedimiento, sin el consentimiento expreso de la autora.

Versión original editada por Robin Morris.


Traducción al español por María Soledad Berdazaiz.

Para información sobre declaraciones, lanzamientos o


bonificaciones, visita mis redes sociales

[Link]
Otros libros de la misma autora
(en Español)
Niñera con beneficios
Jugando Fuerte
Niñera para los Marines
Niñera para el multimillonario
Niñera para los bomberos
Una niñera en Navidad

Otros libros de la misma autora


(en Inglés)
Broken In
Drilled
Five Alarm Christmas
All In
Triple Team
Shared by her Bodyguards
Saved by the SEALs
The Proposition
Full Contact
Sealed With A Kiss
Smolder
The Naughty List
Christmas Package
Trained At The Gym
Undercover Action
The Study Group
Tiger Queen
Triple Play
Nanny With Benefits
Extra Credit
Hail Mary
Snowbound
Frostbitten
Unwrapped
Naughty Resolution
Her Lucky Charm
Nanny for the Billionaire
Shared by the Cowboys
Nanny for the SEALs
Nanny for the Firemen
Nanny for the Santas
Shared by the Billionaires (Feb 2022)
1

Piper

Cuando era pequeña, el centro comercial me parecía un


lugar fascinante: las jugueterías, estanterías llenas de
maquillaje y el inmenso patio de comidas, todo eso un mismo
sitio. Era absolutamente maravilloso.
Pero ahora, que ya tenía más de treinta, trabajar en un
centro comercial me parecía de lo más ordinario, sin la magia
que veía antes. De hecho, la única sensación que me daba
aquel lugar era de apabullamiento y aburrimiento.
Me apoyé en el mostrador de la tienda Sunglass Shack y
sonreí a los clientes que pasaban por delante. En la hora que
llevaba allí, no había atendido ni a una sola persona. Ni
siquiera alguien fingiendo estar interesado en un par de
anteojos de sol. La gente ya no compraba anteojos de sol en
los quioscos. Ahora los compraban por Amazon. Y si
buscaban algo de buena calidad, iban a otro sitio.
¡Pero yo tenía que lucir contenta y servicial todo el
tiempo! Mi jefe era el dueño del puesto Dippin’ Dots, que
estaba a unos 15 metros hacia mi izquierda. También tenía
otros tres quioscos que vendían las baratijas que se encuentran
en un centro comercial. En este momento, estaba entrenando a
un empleado nuevo, y eso significaba que no me quitaba el ojo
de encima.
Miré en su dirección y vi que sí, que efectivamente me
estaba vigilando desde la otra punta. Lo saludé con la mano.
Eso solo logró que frunciera aún más el ceño.
Alguien se acercó hacia mí.
—¡Hola! Bienvenida a Sunglass Shack —dije con
entonación practicada—. ¿Qué tipo de anteojos busca?
La mujer me sonrió y pensé que iba a lograr venderle
algo. Pero entonces me preguntó:
—¿Sabes dónde está Sears?
—Está del otro lado del patio de comidas, a la derecha
—le expliqué. Me dio las gracias y se fue a toda prisa,
dejándome sola de nuevo.
Créase o no, estar en una tienda de anteojos no era mi
trabajo ideal. Nunca pensé que así acabaría mi vida. Cuando
obtuve mi título en Lengua Inglesa en la Universidad Estatal
de Oklahoma (¡aguanten los Cowboys!) me imaginaba que el
mundo me estaría esperando con los brazos abiertos y cientos
de ofertas laborales para mí. Pero resulta que mi título solo
sirve si deseas dedicarte a escribir o enseñar, y ninguna de las
dos cosas me gustaban del todo. Durante algunos meses,
trabajé en el Departamento de Comunicaciones de una
importante empresa en el centro de Oklahoma City. Pero tres
meses trabajando en un cubículo fueron suficientes para que
saliera corriendo de allí.
Así que, aquí estaba: corrompiéndome como vendedora
de anteojos.
Lo único bueno de este empleo es que podía pasarme el
día entero mirando a la gente pasar. Y no había visto tanta
gente desde el Día de Acción de Gracias, que había sido la
semana anterior. Ahora, la temporada de compras para
Navidad empezaba a estar en su apogeo.
Me concentré en mantener la sonrisa en mi rostro
mientras veía a las personas que iban de tienda en tienda como
zombis. Una reciente mamá empujaba el carrito de su bebé.
Dos adolescentes que claramente habían decidido faltar a la
escuela caminaban nerviosas, con miedo de que alguien las
descubriera. Me gustó especialmente la pareja de viejitos que
caminaban de la mano mientras compartían un helado de
vainilla. A esa edad, uno puede hacer lo que le plazca, incluso
tomar helado de desayuno.
Pero mi favorito fue sin dudas el bombonazo que pasó
caminando.
No había muchos chicos lindos en el centro comercial a
las ocho de la mañana de un martes, así que cuando vi a uno
me atrajo de inmediato. Tenía puestos unos jeans y una
camiseta negra y, bueno digamos que el cuerpo que vestía esas
prendas se veía muy bien. Un cuerpo musculoso y bronceado,
cabello oscuro, el mismo color de sus ojos mordaces pero
amables. Me hizo acordar a una versión joven de Mark Sloan,
el de Grey’s Anatomy, mejor conocido como el Dr. Caliente.
Llevaba un bolso Duffel al hombro y sus pisadas
retumbaban sobre el piso de cerámica encerado. Me imaginaba
que se dirigía a levantar pesas al gimnasio, añadido al extremo
del centro comercial.
«Aunque sería mejor que me levantara a mí», pensé con
una sonrisa tonta. Esos cuarenta y cinco segundos que pude
mirarlo fue lo más entretenido de mi mañana.
A las 12 del mediodía en punto, mi jefe se acercó a mi
puesto.
—Ya puedes tomarte tu pausa para el almuerzo, pero
debes estar aquí a las 12:25.
—¿No se supone que tengo media hora? —le pregunté.
—Es para compensar el hecho de que ayer te tomaste
cuatro minutos y medio de más —dijo con precisión científica,
y dio un golpecito a su reloj para enfatizar sus palabras—. A
las 12:25 clavado. Más vale que llegues puntual, Piper.
«Ya me gustaría clavarte algo». A mi jefe le encantaba
castigar a sus empleados por las menores infracciones.
La parte abierta del centro comercial, que veían los
clientes al entrar, era hermosa. Tenía un techo vidriado, lo que
le daba un aspecto aireado y cálido. Era impoluto, acogedor,
un sitio diseñado para atraer a la gente a gastar su dinero allí.
El área para los empleados era exactamente lo contrario:
un pasillo diminuto, con una alfombra raída y un cielo raso
demasiado bajo, asfixiante. Las luces fluorescentes emitían un
zumbido constante y una de ellas parpadeó cuando pasé
caminando.
Esperaba encontrar algo de paz y quietud para tomarme
mi descanso, pero todas las mesas estaban llenas. Fui por mi
comida, que estaba en el refrigerador, y vi que la única silla
libre estaba junto a unas mujeres de ventas, así que decidí
buscar otro lugar.
No sé cómo sería en otros centros comerciales, pero en
este los empleados no tenían permitido comer a la vista de los
clientes. Así que caminé por el pasillo, abriendo puertas para
buscar algún sitio con más privacidad. Pasé por afuera de
algunas oficinas administrativas. Luego, llegué a los armarios
donde se guardaban los suministros y vi rollos de papel
higiénico enormes y grandes recipientes con productos de
limpieza. Luego, la sala con los casilleros, donde los
empleados podían cambiarse la ropa.
Al final del pasillo, encontré una sala enorme y vacía,
con algunas cajas apiladas. Al principio pensé que era otra sala
de guardado, pero luego vi que en una de las paredes aparecía,
un poco descolorida, la palabra

GUARDERÍA

Había escuchado que era un servicio que el centro


comercial ofrecía a sus empleados, para que dejasen a sus
hijos, fueran a trabajar y luego los recogieran al final del día.
El recorte salarial había acabado con todo eso. Fue justo
después de que empecé a trabajar allí, y fue algo que molestó a
muchos empleados. Los centros comerciales ya no podían
afrontar ese tipo de lujos, sobre todo ahora que competían con
la venta por Internet.
Encendí las luces. A diferencia de los tubos fluorescentes
en el resto del área para empleados, esta sala tenía unas luces
cálidas muy agradables. No emitían ningún zumbido.
Era perfectamente silencioso.
Suspiré satisfecha. Había un solo escritorio al frente
(seguramente lo usaba la persona a cargo de la guardería), así
que me senté allí y empecé a comer si sándwich de Bologna
mientras leía un libro electrónico en mi celular.
El problema con mi trabajo es que era aburrido. Aunque
solo había ayudado a dos clientes a la mañana, había pasado el
resto del tiempo sonriendo forzadamente y tratando de parecer
amable. No podía ponerme a leer un libro o entrar a las redes
sociales con mi teléfono. Lo cual, en verdad, tenía sentido,
pero no por eso lo hacía menos tedioso. Ahora, estaba contenta
de poder sentarme y sumergirme en la lectura, aunque solo
fuera por 25 minutos en vez de 30.
Estaba por terminar mi sándwich cuando de repente mi
paz se vio interrumpida por un Papá Noel.
En serio. Un hombre con el traje de Papá Noel golpeó la
puerta y se asomó. Llevaba de la mano a una niña pequeña.
Cuando me vio, noté que se sintió aliviado de inmediato.
—Gracias a Dios. Alguien me dijo que la guardería
estaba cerrada. Carraspeó y empezó a hablar con una voz
grave, imitando a Papá Noel—. ¡Esta niña quiere jugar hasta
que su papá vuelva de trabajar! ¿Por qué no vas y te sientas
allá, cerca del televisor, Max?
La niña (¿Max?) caminó tranquilamente hasta el
televisor y se sentó, con la muñeca en su regazo. Ni bien lo
hizo, Papá Noel se me acercó y en voz baja me dijo:
—Puedo recogerla a las 4, cuando salgo de trabajar y me
reemplaza el otro Papá Noel.
—Espera —dije, riéndome por el malentendido—. No es
lo que piensas.
—Ya lo sé. Tendría que haber reservado la guardería con
antelación —dijo apurado—. Se suponía que mi ex la tendría
hasta el jueves, pero hoy la dejó en mi casa y se fue. ¿Podrías
hacer la vista gorda y fingir que Max estaba inscripta hoy?
—En realidad, no puedo, yo solo estaba aquí comiendo
mi sándwich…
—Puedo darte una buena propina por tu ayuda —dijo y
me puso un par de billetes de 20 en la mano—. Estoy
desesperado. Necesito tu ayuda. No puedo perder el empleo de
Papá Noel y tampoco me puedo pedir el día libre. Hay una fila
de niños que van a volver a sus casas llorando si no salgo a
escuchar sus pedidos para Navidad. Si 40 dólares no son
suficientes, avísame a qué hora debo recogerla. Es una niña
fácil, no te dará problemas.
El hombre se dio media vuelta y saludó a la pequeña con
la mano.
—¡Adiós, Max! —dijo con la voz grave de Papá Noel—
Pórtate bien con esta señorita o pasarás a estar en mi lista de
niños que se han portado mal. ¡Jo, jo, jo!
Antes de que pudiera decirle algo más, salió a toda prisa
de allí, dejándome sola con su hija.
2

Piper

Sé que lo debería haber detenido de inmediato. Pero me


agarró con la guardia baja. Cuando él entró, yo estaba leyendo
un libro en el horario de mi almuerzo; por ende, mi cerebro
estaba apagado. Y todo sucedió tan rápido.
Miré a la pequeña. Ella me miraba expectante.
—Em, en seguida vuelvo —le dije—. Quédate aquí, ¡y
no toques nada!
Me fui trotando por el pasillo para alcanzar a Papá Noel,
pero no estaba por ningún lado. No estaba en el comedor. Me
asomé al pasillo principal, pero era una marea de
consumidores caminando en ambas direcciones. Y a Papá
Noel no se lo veía por ningún lado.
Aunque, claro, yo sabía exactamente dónde estaba. En
una de las intersecciones principales, habían erigido el Taller
de Papá Noel. Si estaba corriendo a ocupar su puesto, entonces
de seguro que estaba allí.
Pero eso quedaba del otro lado del centro comercial, y no
me parecía una buena idea dejar a una nena en una habitación
sola, aunque fueran por unos pocos minutos.
Cuando volví a la guardería, la chiquilla estaba muy
tranquila mirando televisión, con su muñeca a upa. Movía un
dedo por la alfombra como si estuviera trazando un dibujo
invisible. Tenía puesto un overol de jean y una camiseta de
mangas largas color rosa por debajo, y zapatillas también
rosas. Su cabello, una cascada de rizos rojos, le caía por la
espalda.
Me senté en el suelo a su lado con las piernas cruzadas y
le dije:
—Soy Piper, me alegro de conocerte, Max.
Ella sonrió y siguió dibujando.
—¿Te llamas Maxine?
Ella se encogió de hombros levemente, sin decir nada.
—¡Me encanta tu cabello rojo! —dije con entusiasmo—
Mi hermana más pequeña también tiene el mismo color que tú.
¡Eres muy linda!
Ella no respondió a nada de lo que le dije, solo seguía
dibujando sobre la alfombra con el dedo.
«Vaya, parece que te han comido la lengua los ratones»,
pensé.
—¿Qué estás dibujando? —le pregunté.
Ye entonces, a modo de respuesta, dijo:
—Laberintos.
—¡Vaya! —exclamé sorprendida— Los laberintos son lo
máximo. A ver, déjame ver si encuentro lápiz y papel para que
dibujes uno.
La sala estaba llena de cajas sin etiquetar. Abrí una al
azar; estaba llena de camioncitos. La siguiente contenía un
juego de tres y pilas de vías. Luego, había una caja llena de
muñecas.
—Parece que no hay papel por aquí —dije moviendo
algunas cajas—, pero puedes jugar con estas muñecas si
quieres.
Max se levantó y se acercó a las cajas que yo ya había
abierto. Miró dentro de la caja de las muñecas y al mirar la
otra caja, sacó de inmediato el juego del tren. Volvió a sentarse
y empezó a mover el tren por toda la alfombra.
—Trenes, no muñecas —murmuré—. Bien por ti,
muchacha, derribando estereotipos.
Ahora que Max estaba ocupada, saqué mi celular y llamé
a mi jefe.
—Quizás vuelva tarde de mi almuerzo. Me metí en un
lío y tengo que cuidar a una niñita.
Del otro lado de la línea, lo escuché a mi jefe resoplar
con fastidio. «No es una excusa convincente».
Antes de que pudiera explicarle más, me colgó.
Consulté el reloj. La hora del almuerzo se había acabado
hacía cinco minutos. Pero no quería dejar a la niña allí sola.
—¡Vamos a caminar por el centro —le dije con
entusiasmo.
Max se puso de pie de un salto, sin dejar de sostener el
tren.
—Claro, puedes traerlo si quieres —le dije.
Ella sonrió, se acercó corriendo hacia mí y me tomó de la
mano.
Salimos del área para empleados y salimos al centro
comercial. Ella me sostenía la mano con fuerza entre sus
deditos mientras contra la otra sostenía el tren contra su pecho
con gesto protector, del mismo modo en que las niñas agarran
a sus muñecas.
—¿Alguna vez has estado en un centro comercial? —le
pregunté.
Ella asintió, pero miraba en derredor con asombro.
—Yo trabajo aquí —le expliqué—. Vendo gafas de sol.
Bueno, lo intento, al menos. Ahora vamos a ir hacia allí y te lo
mostraré.
Cuando regresé al quiosco de anteojos, vi que mi jefe
esperaba dando golpecitos con el pie con impaciencia.
—Son las 12:28 —sentenció cuando me acerqué—. No
puedo estar aquí todo el día, Piper.
Yo señalé a la niña con la cabeza.
—Ella es Max. Alguien la dejó en la guardería y se fue
antes de que pudiera decirle que yo no trabajo allí.
—La guardería ha estado cerrada por meses —dijo él.
—Ya lo sé. Yo solo estaba comiendo mi almuerzo porque
es un sitio tranquilo.
Él frunció el ceño. Deberías haber almorzado en el sitio
que te corresponde. ¿Qué hubiera pasado si yo te necesitaba y
no te encontraba en el comedor para empleados?
Ignoré sus hipótesis sin sentido y volví a hacer un gesto
hacia Max.
—No puedo simplemente dejarla allí sola.
—No es mi problema —respondió él—. Y tampoco es el
tuyo, si vamos al caso. Llévala a seguridad para que
encuentren a sus padres.
—Su papá es el hombre que trabaja Papá Noel aquí en el
centro —dije en voz baja—. El problema es que en este
momento, está trabajando.
Mi jefe se encogió de hombros.
—Te repito: no es tu problema. Llévala a seguridad.
Seguro habría que acusar a su padre por abandono o algo.
Dejar a un menor de edad al cuidado de desconocidos. Qué
poco sentido de la planificación. Llévala a seguridad de
inmediato y luego regresa aquí sin demora. No puedo
encargarme de tu quiosco todo el día, Piper.
Me alejé con Max de la mano.
—No te preocupes. Ya pensaremos en algo.
Ella sonrió, aferrándose bien fuerte al trencito.
La oficina de seguridad quedaba del otro lado del centro
comercial. Para mis adentros, empecé a racionalizar la
situación. Esta niña no era mi responsabilidad. Tenía que
volver a mi trabajo de no vender gafas de sol. Los de
seguridad probablemente lidiaban con este tipo de situaciones
todo el tiempo. Y si eso significaba que el padre de Max se
metería en problemas, entonces que así fuera.
Mientras iba caminando, pasamos por la intersección
donde habían armado la exposición navideña. Un altísimo
árbol de Navidad decorado con luces de colores y escarcha
blanca se alzaba hacia el techo; era tan alto que tenía que
levantar la cabeza para ver el ángel que coronaba la punta.
Frente al árbol, había una fachada de madera y un letrero que
decía: EL TALLER DE PAPÁ NOEL. Y a su lado, un
fantástico trineo con los bordes dorados. De los altoparlantes
se escuchaba música navideña: The Little Drummer Boy.
Y por supuesto, sentado en el trineo, estaba el
mismísimo Papá Noel. Es decir, el padre de Max.
Max lo señaló y exclamó:
—¡Yo lo conocí hoy!
—Así es —contesté— ¡Qué suerte tienes!
Había una larga fila de padres acompañando a sus niños
a conocer a Papá Noel. La emoción se sentía en el aire; los
chicos prácticamente saltaban de la alegría. Me fijé en el
primer niño de la fila y lo vi acercarse al trineo. Era muy
pequeño, de unos cuatro o cinco años y era evidente que la
presencia de Papá Noel lo intimidaba. Pero entonces, el
hombre con el traje rojo se agachó y lo alzó sobre su regazo
con un rimbombante «¡Jo jo jo! ¿Cómo te llamas, jovencito?
La carita del niño se iluminó cuando le dijo su nombre y
lo que quería para Navidad.
Tuve una sensación rara en el estómago, sentí un peso
que me tiraba hacia atrás. Si entregaba a Max a los de
seguridad, su papá seguro se metería en problemas. Como
mínimo, no seguiría trabajando como Papá Noel para todos
esos niños que esperaban verlo hoy.
Max me tiró de la mano.
—¿Vamos a ir con los de seguridad? —me preguntó con
suavidad.
Miré al hombre disfrazado de Papá Noel, su padre, en el
trineo y mi resolución fue firme.
—No —aseguré—. Vamos a volver a la guardería.
3

Piper

No puedo creer haber hecho eso. Por más que odiara mi


trabajo, no quería perderlo. Estaba tratando de juntar dinero
para obtener un apartamento propio y además iba a necesitar
afrontar los gastos de las fiestas. Necesitaba este empleo.
Pero me sentí como el Grinch ante la posibilidad de
meter a Papá Noel en problemas, por más de que fuera solo un
hombre en un disfraz. No podía hacerle eso.
Así que, en vez de volver a Sunglass Shack, fui con Max
a la guardería de nuevo.
—Nos vamos a divertir muchísimo hasta que tu papá te
venga a recoger —le dije—. ¿Quieres jugar con el tren?
Ella sacudió la cabeza.
Yo fruncí el ceño.
—¿En serio? ¿Y qué te gustaría hacer entonces?
Max estaba parada con las piernas muy juntas: se estaba
haciendo pis.
—Ah, ¿tienes que ir al baño?
Ella asintió.
La guardería tenía un baño, pero no tenía idea de cuánto
tiempo había pasado sin usarse. Lo revisé rápidamente. Corría
agua y había papel higiénico y, de hecho, me sorprendió lo
limpio que estaba el baño.
—Bien, puedes pasar al baño. Eh… ¿necesitas… ayuda?
— pregunté.
Max negó con la cabeza, se metió en el baño y cerró la
puerta. Respiré aliviada. Pero entonces, alguien me llamó. Era
mi jefe. Puse la llamada en silencio, pero él volvió a intentar.
Puse mi teléfono en modo No molestar.
Cuando Max salió del baño, recogió del tren del sitio
donde lo había dejado y me lo mostró.
—¿Trenes? — preguntó.
Yo asentí.
—¡Sí, juguemos con el tren!
Se sentó en el suelo y empezó a mover el trencito por
toda la superficie de la alfombra. Yo me reí y fui por algunas
de las vías que estaban en la caja.
—Los trenes circulan por las vías. Tenemos que poner
estas primero.
Max abrió los ojos como si le hubiera dicho que podía
cenar caramelos.
Pasamos la siguiente hora colocando las vías del tren.
Formamos un círculo simple, pero luego Max lo expandió para
formar un circuito más largo que circundaba la habitación y
zigzagueaba por entre medio de las cajas apiladas. El tren tenía
un motorcito eléctrico y que zumbaba con suavidad.
Yo era la mayor de cuatro hermanos. Un año, mi
hermano recibió un juego de tren para Navidad. Los cuatro nos
pasamos el día entero jugando a hacerlo ir por rampas y por
entre las escaleras de la cocina. Ahora, jugando con Max, me
acordé de ese día. No hablamos mucho: estábamos muy
concentradas en la tarea.
Además, me daba la impresión que Max no era
precisamente conversadora. Apenas me había dicho unas diez
palabras en todo el día. Pero después de pasar dos horas
jugando con el tren, empezó a salir del cascarón.
—Esta pieza no me gusta —dijo, y quitó una de las vías
que yo había colocado—. Mejor usemos esta.
—Buena idea —le dije yo.
Cuando se nos acabaron las vías, revisé las cajas hasta
que encontré otro juego. Los vagones eran diferentes e incluía
piezas de otros escenarios, pero las vías eran casi del mismo
tamaño así que las conectamos al circuito que ya habíamos
armado.
—¡Sí! —exclamó cuando se lo mostré— Ahora podemos
hacerlo más largo todavía.
—¿Tienes un juego de tren en tu casa? —le pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Quizás recibas uno para Navidad.
—Sí, me gustaría. Pero mi mamá dice que los trenes son
para los nenes. Que yo tengo que jugar con muñecas.
Miré hacia la muñeca que había traído, que ahora estaba
tirada en un rincón.
—Tu mamá está equivocada. Cualquiera puede jugar con
trenes.
Ella se detuvo para mirarme.
—¿En serio?
—¡Claro! Deberías pedirle un juego de tren a Papá
Noel.
Max lo pensó por un momento.
—Voy a pedir dos juegos, entonces, para armar una vía
bien larga.
Yo me reí y le dije:
—Buena idea.
Me divertí mucho jugando con Max en la guardería. Era
muy inteligente para alguien de su edad. Construyó una rampa
para llevar al tren arriba de una silla. Cuando terminó, se puso
de pie y armó un triángulo con el pulgar y el índice para medir
el ángulo de la rampa. Cuando vio que el tren no la podía
trepar por lo empinado de la rampa, agregó más vías y volvió a
medir con los dedos.
—Ya está, mejor. Colocó el tren sobre las vías y éste
trepó la rampa con facilidad.
Nos divertimos tanto que perdí por completo la noción
del tiempo. Solo cuando sonó el teléfono en la pared me
percaté de que eran las 4 de la tarde.
—¿Hola? —dije al levantar el recibidor.
—Acabo de terminar mi turno. ¿Max se portó bien?
—Se portó estupendamente —contesté.
—Me voy a cambiar la ropa, pues no quiero que me vea
con el traje de Papá Noel. Cree que trabajo en una tienda
departamental. El horario normal de salida es a las 6, ¿cierto?
Puedo aprovechar para hacer algunas compras navideñas antes
de ir por ella.
—Espera —le dije—. En realidad, necesito que…
—Muchísimas gracias. Son lo máximo. Dile a Max que
la recogeré pronto — Y colgó.
Apreté los dientes, muy fuerte. Al estar absorta jugando
Max, me había olvidado de lo inoportuno de la situación, pero
ahora lo recordaba nuevamente. Le estaba haciendo a este tipo
un favor enorme y él lo empezaba a dar por hecho.
—Quédate aquí —le ordené a Max.
Ella me levantó el pulgar mientras acomodaba
minuciosamente otra pieza del tren.
Su padre había dicho que quería cambiarse la ropa, así
que probablemente estaba en el vestuario de empleados, que
quedaba al final del pasillo. Me detuve en la entrada al
vestuario, empujé la puerta levemente y asomé la cabeza hacia
adentro.
Solo se escuchaba el ruido de la hebilla de un cinturón al
desabrocharse. Miré hacia adentro. Frente a mí estaban los
lavabos y los espejos, y vi por el reflejo a un hombre en un
disfraz rojo cambiándose la ropa junto a los casilleros.
Entré, di vuelta la esquina y me paré detrás de Papá
Noel.
—Oye, tengo que decirte algo. Te estás aprovechando de
mi generosidad, y no me parece…
El hombre vestido de Papá Noel se dio la vuelta. Mi
regaño quedó a medio camino.
Antes, no había podido estudiarlo bien por el disfraz que
llevaba encima, pero me lo había imaginado un señor grande,
de unos cuarenta. Sí, tenía una hija de cinco años, pero eso no
quería decir nada. Los hombres pueden tener hijos a una edad
más avanzada que las mujeres. Y, además, Papá Noel siempre
fue y será un hombre viejo.
El papá de Max ahora estaba sin peluca ni barba y me
miraba con una expresión devastadoramente sexy. Su cabello
oscuro era del mismo color que sus ojos y su rostro, jovial. El
saco rojo lo tenía abierto y dejaba ver un abdomen musculoso
y bronceado desde el cuello hasta la V que formaba su bajo
vientre, justo arriba de los pantalones sueltos del disfraz.
Era el hombre que había visto esa misma mañana, que se
parecía al Dr. Caliente.
—Sabes que estás en el vestuario de hombres, ¿no? —
dijo con una voz grave y suave, capaz de derretir a cualquier
mujer. Y entonces, se alarmó—. ¿Le pasó algo a Max?
—No, ella está bien —dije yo—, excepto que hoy la
dejaste allí sin darme tiempo a que te explicara.
—Ya lo sé, pero estaba apurado por ir al trabajo —me
explicó él—, por eso te di una buena propina. Estoy seguro de
que cuarenta dólares es más de lo que pagan en una guardería.
—No lo sé, en realidad —le dije—, porque no soy
cuidadora.
El Papá Noel sensual se encogió de hombros.
—Lo siento, ¿prefieres el término especialista en cuidado
infantil? No sé cuál es la forma correcta estos días.
—¡No! ¡No hay guardería! —dije rápidamente— La
cerraron hace meses. Yo trabajo en Sunglass Shack. Estaba
almorzando en la guardería porque es un lugar más tranquilo
que el comedor. ¡Y entonces llegaste tú y me dejaste a la niña
sin explicar nada!
El Papá Noel sensual dejó escapar un suspiro
quejumbroso.
—No puede ser. No me di cuenta.
—Termina rápido de cambiarte así puedes recoger a tu
hija —dije, y salí rápido de allí.
Max seguía jugando con el tren muy contenta.
—Mira, Piper, Ya sé cómo usar esta pieza de encastre.
Ahora el tren puede ir para este lado o para el otro.
—¡Vaya, muy bien hecho!
Su padre apareció unos minutos después con el mismo
bolso con que lo había visto esa mañana echado sobre el
hombro. Max se abalanzó sobre él y se abrazó a su pierna con
fuerza.
—¡Mira! —exclamó y en seguida echó a correr para
mostrarle lo que había armado.
—¡Qué bien! —contestó él. Luego, se dirigió hacia mí
—: No sé qué decir. Si hubiera sabido…
—Olvídalo —Recogí mis cosas rápidamente y me
despedí de la niña—: Adiós, Max. La pasé muy bien jugando
contigo hoy.
—¡Oye, espera! —me dijo él— Quisiera disculparme…
—Ya me has quitado bastante tiempo por hoy —le dije
en voz baja para que Max no nos oyera—. Ahora tengo que ir
a buscar a mi jefe y disculparme con él.
Me apresuré hacia la salida y lo dejé al Papá Noel
sensual allí parado.
4

Grayson

Bueno, parecía que la había cagado.


Mi trabajo como Papá Noel era secundario, pero me
encantaba. Y la paga no estaba nada mal. No quería perder
este empleo.
Entonces, cuando la mamá de Max la dejó en mi casa sin
previo aviso y desapareció, me desesperé. Por eso me sentí
aliviado al verla a ella en la guardería. Le dejé a Max, le metí
cuarenta dólares en la mano para agradecerle el hecho de
aceptarla sin aviso y volví a mi puesto en el Taller de Papá
Noel a toda prisa.
Ahora que sabía la verdad, me merecía la reprimenda
que me había dado. Lo cual era una pena, porque en otras
circunstancias le hubiera pedido el número de teléfono.
Cabello castaño, ondulado y largo hasta la cintura. Rostro en
forma de corazón y pestañas largas y seductoras. Y su cuerpo
atrajo toda mi atención cuando la vi salir disparada de la
guardería; me produjo un dolor en el pecho…
Pero ya no importaba. Estaba furiosa conmigo, y tenía
toda la razón.
—¿Te gustaría comer macarrones con queso en el bar?
—le pregunté.
Max asintió con felicidad.
Ser padre soltero era bastante difícil; sobre todo porque
yo tenía custodia, al menos en los papeles. Realmente, sentía
un profundo respeto por todas las madres solteras que crían a
sus hijos solas.
Por lo general, siempre me encargaba de cuidar a Max
sin problemas. Por las noches, trabajaba en mi bar (el Ciervo
Sediento), lo que me permitía cuidarla durante el día. Y a la
noche, se quedaba en la salita de atrás del bar, donde mis
amigos Ethan y Cole me ayudaban a echarle un vistazo cada
tanto.
Y en diciembre, cuando empecé a trabajar en el centro
comercial como Papá Noel, la dejaba en una guardería. Esa
rutina nos había resultado increíblemente fácil por dos años.
Pero luego habían cerrado la guardería. Eso no era un
rumor, sino que resultó ser cierto. Y sin la posibilidad de dejar
a Max allí, pues, tendría que pensar en algo. Una guardería a
tiempo completo era ridículamente cara. Y aunque fuera solo
por diciembre, me costaría un ojo de la cara. ¿Qué sentido
tenía trabajar por turnos como Papá Noel si después tenía que
pagar el doble en una guardería?
Max empezaría el preescolar el próximo año, así que este
era el último año en que tenía este problema. Quizás podía
hacer que Ethan y Cole me dieran una mano durante el día.
Era pedirles demasiado, pero ellos la adoraban a Max como si
fuese su propia hija.
«Ya veré que hacer. Siempre lo soluciono».
—¡Papi! —exclamó Max desde el asiento trasero del
coche— Hoy fue muy divertido.
Yo pestañé con sorpresa. Desde que su madre y yo nos
habíamos separado, Max se había encerrado mucho. Era raro
que dijera más de dos palabras seguidas.
—Así que, te divertiste, ¿eh? —le dije yo.
A través del espejo retrovisor, vi cómo los rulos rojos se
le sacudían al asentir.
—Piper y yo jugamos a los trenes todo el día. Primero,
pensamos que solo había un juego, pero luego Piper encontró
otro más. Y los unimos a los dos. Lo viste, ¿no es cierto? ¿Qué
te pareció?
—Me pareció genial —dije, aunque en realidad no le
había prestado mucha atención— ¿Te gustan los trenes?
—Sí, me gustan. Mucho más que esas muñecas tontas.
—Pues entonces tal vez recibas un tren para Navidad —
comenté yo— de parte de Papá Noel.
A Max se le iluminó la carita.
—¡Hoy lo vi! Pero no pude decirle que me gustan los
trenes. ¿Podemos volver al centro comercial así se lo digo?
—Estoy seguro de que sí. Estás bastante parlanchina hoy.
Me gusta.
Ella se encogió de hombros y luego, como si le hubiera
causado vergüenza, dejó de hablar.
Aparqué en doble fila frente al bar. Durante los últimos
cuatro años, había logrado hacer del Ciervo Sediento uno de
los bares más populares de la ciudad de Oklahoma. Entramos
y nos recibió el aroma de la barbacoa. Esa era una de las
razones de nuestro éxito: contábamos con una cocina completa
y preparábamos a diario nuestra barbacoa. Supongo que eso
nos convertía técnicamente en un restaurante, pero a mí me
gustaba pensar que tenía la atmósfera de un bar.
Adentro, había cuatro comensales. Lo normal a esta hora
del día. Dentro de una hora, tendríamos el pico de gente, desde
las cinco hasta la hora del cierre, gracias a nuestra ubicación
estratégica en el centro de Oklahoma, muy cerca de las
oficinas.
Cole, uno de mis mejores amigos, limpiaba una mesa
cercana a la puerta con un trapo. El pedazo de tela parecía
diminuto en su mano enorme. De hecho, toda la mesa parecía
de miniatura a su lado. Cuando nos vio, sonrió.
—¿Cómo andan? —nos dijo, y le extendió el puño
gigante a Max, que se lo chocó contenta con su puñito
pequeño.
—Cole, ¡hoy jugué con trenes! —dijo con verdadero
entusiasmo— Armamos como diez kilómetros de vías, algo
así. Dejé de contarlas. Pero cuando sea grande, quiero manejar
un tren de verdad.
Cole la miró sorprendido.
—Qué bien —Por lo general él era igual de reservado
que ella. Probablemente era por eso que se llevaban tan bien.
—Si recibo un juego de tren para Navidad, te mostraré.
¡Voy a armar las vías por todo el bar! Voy a necesitar tu ayuda.
¿Me ayudarías?
—Con gusto —dijo él, mirándome inquisitivamente. Yo
me encogí de hombros y él retomó la tarea de limpiar la mesa.
Ethan, mi otro mejor amigo, estaba sirviendo cerveza
desde la canilla detrás del mostrador. Cuando nos acercamos,
sonrió.
—Si no es otra que mi segunda Max favorita.
Ella lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Tu segunda favorita? ¿Por qué no soy la primera?
Ethan no supo qué responderle. Me miró y me dijo:
—Nunca me pide que le explique el chiste. Siempre me
mira con timidez.
—¡No contestaste a mi pregunta! —Lo apuró Max—
¿Quién es tu Max favorita?
Ethan apoyó la cerveza en la barra, frente al cliente.
—Max Scherzer. Era mi jugador de béisbol favorito
cuando jugaba en los Diamondbacks.
Max puso los ojos en blanco.
—Bueno, pero no lo conoces de verdad. O sea, que yo
soy tu Max preferida.
—Supongo que sí. Ethan me miró y dijo en un susurro:
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo tan charlatana?
—No lo sé —dije yo—, y no sé si eso es algo bueno o
malo.
—Tiene que ser bueno —contestó él—. La querías llevar
a un psicólogo infantil Pero si ahora está logrando salir del
cascarón…
—No cantemos victoria —dije yo—. Solo han sido
veinte minutos.
Llevé a Max a la habitación del fondo. Originalmente,
había sido un depósito pero lo habíamos amueblado con un
sofá, un televisor y una mesa para dos personas contra una
pared. Max fue corriendo hasta su caja de los juguetes y sacó
unas hojas de papel y crayones de colores.
—Me olvidé mi muñeca en la guardería —me dijo—,
pero no me importa. Quizás Piper se la quiera quedar. Yo
prefiero jugar con trenes.
—Así que te gustan los trenes, ahora, ¿eh? —dije
riéndome— ¿Te apetecen unos macarrones con queso?
Ella asintió. Dibujaba algo que empezaba a verse como
un tren.
—¿Puedes agregarle un poco de esa cosa?
—¿Qué cosa? —le pregunté.
—La cosa esa marrón con la salsa.
Yo pestañé con sorpresa.
—Quieres decir, ¿barbacoa? ¿Quieres cerdo mechado
con los macarrones?
Ella contestó sin levantar la vista de la hoja.
—Así lo come la gente aquí. Quiero probarlo, si se
puede.
—Claro que puedes —dije, tratando de ocultar mi
sorpresa—. Ya se lo digo a la cocinera.
Fuimos a la cocina, donde estaba Jenna, la cocinera,
donde cortaba unas costillas de cerdo. Tenía la mitad de la
cabeza rapada a tatuajes que le cubrían ambos brazos. Era la
mujer más fuerte que conocía, no solo por su fuerza física. Yo
la adoraba como a una hermana.
—Hola, Jenna. Antes de que llegué más gente, ¿nos
preparas dos raciones de macarrones con queso y cerdo
mechado por encima?
Jenna me miró con un gesto de suficiencia.
—Quieres decir, ¿uno con cerdo mechado y otro sin?
Yo me crucé de brazos y me apoyé contra el
refrigerador.
—No, los dos con cerdo.
Ella suspiró, apoyó el cuchillo y abrió la bandeja donde
se mantenía caliente el cerdo mechado.
—Si sigues intentando forzarla a que coma cosas nuevas,
va a ser peor. Debes dejarla que decida por sí misma.
—Jenna —le dije sonriéndole—, ella sola me lo pidió.
Ella se quedó pasmada con los dedos metidos en el
cerdo.
—No.
—Sí.
Jenna se rio a carcajadas y sacudió la cabeza.
—Primero habla hasta por los codos, ¿y ahora esto? No
sé qué bicho le habrá picado, pero me agrada. Dame diez
minutos y estará lista la comida.
Salí de la cocina y me ubiqué detrás del bar para servir
dos vasos de agua. Ethan limpiaba una pinta con un paño.
—Pensé que Max se quedaría con Karen hasta el viernes
—me dijo.
—Ese era el plan original —dije refunfuñando—. Pero
tenía un show en Kansas City, así que me la dejó a Max sin
ningún aviso previo.
Cole se acercó a nosotros y musitó algunas malas
palabras. Los dos la adoraban a Max, lo cual significaba que a
ninguno le agradaba mi exesposa.
—No sé por qué le sigues dejando que la vea a Max —
insistió Ethan—. El juez te otorgó la custodia completa. Ella
no es buena madre, no tienes que incluirla en la vida de Max.
Lo mejor sería que la dejes afuera de una vez…
—La niña necesita a su madre —dije con firmeza—. No
quiero volver a discutir este tema.
Ethan guardó la pinta en el estante y levantó los brazos
en señal de derrota.
—Lo peor de todo es que no sé qué hacer con Max —
dije yo—. Sigo en lista de espera en tres guarderías de la
ciudad. Su antigua guardería cerró el año pasado, así que estoy
un poco perdido.
—Yo la podría cuidar, pero tengo que ir a la oficina
durante el día —dijo Ethan.
Cole negó con la cabeza.
—Yo estoy ocupado.
—¿Es que acaso tienes otro trabajo o qué? —le pregunté
— Últimamente estás siempre ocupado.
Él se encogió de hombros.
—Es que estoy ocupado.
Eso era todo lo que iba a obtener de él, así que no insistí.
—Lo siento, amigo —se lamentó Ethan—. Te
ayudaríamos si pudiéramos…
—No es culpa de ustedes —dije yo—. Ya pensaré en
algo.
Ethan empezó a limpiar otro vaso.
—Oye, ¿qué le pasó hoy? Es como si fuera otra persona
completamente diferente.
—Sinceramente, no tengo la menor idea —dije—. Hoy
la dejé al cuidado de una chica en la guardería del centro
comercial. Para resumir, ella en realidad no trabaja como
cuidadora, sino que era una empleada que estaba allí
almorzando por pura casualidad. Fue ella quién cuidó a Max
toda la tarde.
—Pues si tiene este tipo de influencia sobre Max,
tendrías que casarte con ella —dijo Ethan con una gran sonrisa
—. No importa si tiene 80 años o si se parece al hombre
elefante. Cómprale un anillo y asegúrate de tener a esa mujer,
por el bien de Max.
Cole gruñó a modo de aprobación.
—Pues, no tiene 80 años —dije yo—, y tampoco se
parece al hombre elefante.
—Ah, ¿no? —Ethan se inclinó hacia adelante y me
palmeó la mejilla— ¿Acaso estoy viendo al dueño del bar
ruborizarse? ¿A alguien le gustó la falsa cuidadora de la
guardería?
Me reí con el chiste y volví a la cocina para recoger la
comida de Max. Pero mientras la miraba probar un bocado del
cerdo mechado y engullirlo con gusto, no pude evitar pensar
en la mujer que había conocido hoy.
5

Piper

—Y entonces, ¿qué pasó? — preguntó mi madre.


Estábamos sentadas en el sofá charlando del día con una
copa de vino de por medio. Mi madre siempre había pensado
que una copa de vino por la noche era el secreto de la felicidad
y la salud eternas. Yo pensaba que estaba en lo cierto, al
menos en cuanto a la felicidad.
—Volví corriendo a Sunglass Shack y le expliqué a mi
jefe que no podía entregar a la niña a los de seguridad. Pero no
le importó Y entonces me despidió.
Mi madre sorbió un trago y dijo:
—Es un tarado.
—¡Mamá!
—¡Es verdad! —insistió ella— Las dos lo sabemos.
—Y también es el dueño de casi todos los quioscos del
centro comercial —aclaré yo—, y ahora por eso no voy a
volver a conseguir un trabajo allí nunca más. Voy a llevarle
una bandeja de galletas horneadas y esperar que eso alcance
para que me acepte de nuevo.
Mi madre negó con la cabeza.
—No puedo creer que el Papá Noel del centro comercial
hiciera eso. ¿Qué clase de padre deja a su hija con una
desconocida? Y tener una hija de cinco años a su edad…
—No, de hecho, no es tan viejo. Debe tener más o menos
mi edad.
—Ah, ¿sí? —dijo mi madre alzando una ceja—
Cuéntame más.
Puse los ojos en blanco y le dije:
—Estaba apurado. Dijo que su ex le había dejado a Max
sin avisarle. Entiendo por qué lo hizo, sobre todo si pensaba
que la guardería todavía estaba abierta.
—Este hombre es la razón por la que te despidieron,
Piper. ¿Lo estás defendiendo?
Me acordé de su cuerpo en el vestuario de hombres. El
abrigo rojo del disfraz abierto, dejando ver el abdomen con los
abdominales marcados y esa piel bronceada que me llevó de
inmediato a querer tocar. Y qué decir de su rostro de modelo
publicitario y esos ojos que me miraban directo al corazón.
Era difícil estar enojada con alguien que era así de
apuesto.
—Lo positivo es que tal vez esto te lleve a encontrar un
trabajo que de verdad te guste —dijo mi madre—. Podría ser
el empujoncito que necesitas para empezar la búsqueda.
—Mamá, ya estuve buscando. Oklahoma no es
justamente la capital editorial por excelencia. A menos que tú
quieras que me mude a Nueva York…
Ella hizo un gesto con la mano.
—Ahora casi todos los empleos son remotos. Los otros
días leí un artículo en Cosmo al respecto. Ya encontrarás algo.
A pesar de su insistencia, estaba equivocada. El mes
anterior había tenido dos entrevistas: una con una editorial y la
otra con una agencia literaria. Ambos empleos eran mi sueño:
ganarme la vida leyendo, decidiendo qué publicar y qué no.
Ambos empleos exigían que me mudara a Nueva York.
Y aunque la idea era emocionante, yo sabía que mi madre no
estaba lista para eso. Todos mis hermanos menores ya se
habían ido; yo era la última que quedaba en su casa. Si fuera
por ella, yo debería quedarme viviendo siempre cerca suyo.
Ahora ya no importaba, porque ninguno de los dos casos
prosperó. Y, aunque me había postulado a muchísimos
empleos en el área editorial, no me habían llamado de ningún
sitio.
Sonó el timbre.
—Es la comida china que ordené —dijo mamá,
poniéndose de pie—. Iré por los platos y la salsa de soja.
Mientras ella iba a la cocina, fui a atender la puerta.
Siempre era el mismo chico el que nos traía el pedido, un
adolescente simpático llamado Lin. Mi madre siempre me
hacía abrirle la puerta porque decía que yo le gustaba.
—Sonríele, así siempre te traerán la comida recién hecha
—insistía mi madre.
Pero cuando abrí la puerta, me asombré al ver que no era
Lin el que estaba del otro lado.
Era él, el Papá Noel sensual.
—Hola —dijo—. Piper, ¿no?
Tenía puestos unos jeans y una camiseta negra, aunque
se veía gastada por el uso, no porque hubiera sido hecha así.
Se metió las manos en los bolsillos y me miró con esos ojos
marrones y profundos que me desarmaban.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunté.
—Necesitaba hablar contigo acerca de Max —dijo con
su voz grave y seductora.
Yo resoplé.
—Ahora, ¿qué? ¿Piensas dejármela para que la cuide
esta noche? Como si no tuviera nada mejor que hacer.
—Es acerca de su comportamiento. ¿Qué le hiciste?
Yo pestañé.
—¿Qué quieres decir, «qué le hice»?
El Papá Noel sensual pasó a mi lado para meterse en el
recibidor, dejando la estela embriagadora de su perfume.
—Su comportamiento cambió por completo. Parece otra
persona. ¿Qué sucedió hoy?
No me estaba acusando de nada directamente, pero había
algo en el tono en que lo decía. Como si algo estuviera mal y
él pensara que era mi culpa. Como si yo hubiera hecho algo
adrede para cambiar a su hija.
—Esto es increíble —dije yo—. Primero, dejas a tu hija
en la guardería y te vas tan apurado que ni siquiera pude llegar
a decirte que no soy cuidadora. ¿Sabes? La podría haber
entregado a los de seguridad. Te hubieras metido en un buen
lío por abandono o algo. Pero no lo hice. Me quedé con ella
toda la tarde jugando con el juego del tren. Y ahora te apareces
en mi casa… Espera. ¿Cómo me encontraste?
—Dijiste que trabajabas en Sunglass Shack —respondió
él—. Conozco al tipo de seguridad y le pedí que buscara tu
nombre en el directorio de empleados.
—Oh, vaya, eso es prácticamente acoso —dije,
retomando mi bravata—. Así que hiciste todo eso y en vez de
agradecerme por haberte ayudado, ¿te apareces en mi casa y
me acusas de haberle hecho algo a tu hija?
El Papá Noel sensual retrocedió levemente.
—No hay nada malo con Max. Al contrario, ella… —
Trató de buscar las palabras— Está increíble.
—¿Qué?
—Desde que su mamá y yo nos separamos, Max ha
estado muy callada, muy encerrada en sí misma. Casi no
hablaba. Todo lo que le sacábamos eran respuestas de una
palabra. A tal punto que evalué la posibilidad de contratar a un
psicólogo infantil para ver qué le sucedía. Pero después de
haber pasado el día contigo, cambió drásticamente. Dice
oraciones completas. ¡Hasta comió cerdo mechado y todo!
—¿Qué tiene que ver el cerdo mechado con todo esto?
—Lo que estoy tratando de decir, es que sea lo que sea
que hiciste con ella, surtió un magnífico efecto. Es por eso que
estoy aquí. Quiero saber qué sucedió.
Ahora reconocía el tono de su voz y la expresión de sus
ojos, y no era un tono acusatorio. Era un tono esperanzador.
Prácticamente me estaba suplicando que había hecho con su
hija que la hizo cambiar tanto.
—Lamento desilusionarte, pero no le di ninguna poción
mágica ni nada por el estilo. Todo lo que hicimos fue jugar con
el juego del tren. Eso es realmente lo único que hicimos toda
la tarde.
Mi madre debía de haber escuchado fragmentos de la
conversación, porque vino a toda prisa desde la cocina.
—¿Tú eres el hombre que hizo que a mi hija la
despidieran hoy? — inquirió— Porque si es así, tengo algo
para decirte…
Vino hasta el recibidor y se detuvo en seco. Pasó la vista
desde arriba hacia abajo, por todo su cuerpo.
—Ah. —Me miró a mí—: ¿Perdiste tu empleo?
—Bueno, no era el trabajo de mis sueños tampoco —
respondí.
Hizo una mueca. Se asomó la tristeza a sus ojos y
entonces me habló en un tono de voz más bajo:
—Lo siento, Piper. No lo sabía.
Yo me encogí de hombros, algo incómoda.
—Ya no importa.
Mi madre le sonrió lo mejor que pudo a nuestro
invitado.
—Piper me contó todo sobre tu hijita, Max. Debe ser tan
difícil criar a una hija solo y tener que compartir la custodia
con tu ex…
—En realidad, yo tengo la custodia de Max. Pero cuando
su madre está en la ciudad, intento que la vea —Se dirigió
hacia mí—. Mira, no quería robarte tu tiempo. Soy dueño de
un bar, el Ciervo Sediento. Está en el centro. Si necesitas un
empleo, pasa por allí y hablaremos.
Metió la mano en un bolsillo y sacó una chequera.
Empezó a anotar algo con una lapicera.
—Y esto es por haberme salvado hoy al cuidar a Max. Si
la hubieras llevado a Seguridad, no sé qué hubiera sucedido —
Arrancó el cheque y me lo extendió—. Como te quedaste sin
empleo, completa tú la cifra que creas conveniente. Dentro de
lo razonable.
El Papá Noel sensual asintió, abrió la puerta y se fue.
6

Piper

—No me dijiste que era un bombonazo.


—¡Mamá!
Miró por la ventana hacia la puerta del frente.
—Nunca vi a un Papá Noel tan guapo. Aunque nunca se
sabe cómo son en verdad debajo de la barba falsa y el disfraz.
Quizás a partir de ahora tengo que prestar más atención. ¿A
qué hora te dijo que trabaja en el centro comercial? Podría ir
mañana y contarle qué me gustaría recibir para Navidad.
—¡Mamá! —insistí.
—Lo siento, lo siento —Me arrebató el cheque de las
manos—. Fue un lindo gesto.
—Supongo que sí.
—Si sigues enojada por lo que pasó, escribe una cifra de
más de diez mil dólares.
—No pienso hacer eso. Estaría mal.
—Entonces acepta su oferta de empleo.
—Tampoco quiero hacer eso.
Ella bebió un sorbo de vino y dijo:
—Entonces, invítalo a salir.
Yo me quejé. —No quiero seguir hablando de esto.
Por suerte, el timbre volvió a sonar. Esta vez, sí era la
comida china que habíamos ordenado. Le sonreí
educadamente a Lin y llevé la comida hacia adentro.
Comimos en silencio mirando la Rueda de la Fortuna.
Después de un rato, durante la última ronda, mi madre rompió
el silencio.
—Seguro que es un padre increíble.
—¿Por qué lo dices?
—Tiene la custodia completa de la hija. Eso nunca
sucede. Él debe ser un padre perfecto, y la madre seguro que
tiene varios problemas.
—Tal vez.
—Un hombre soltero a cargo de su hija… —Le dio un
escalofrío—. No hay nada más sensual que un padre
competente.
—Dije que no quería seguir hablando de esto.
Pero ella me ignoró.
—Tiene su propio negocio.
—Tiene un bar, no una empresa de tecnología.
—Podrías trabajar para él. ¡Te ofreció un empleo!
—No quiero trabajar en gastronomía —respondí—. Ya
lo hice durante la secundaria. No volveré a eso.
—Quizás podrías ser barman en vez de mesera. Y siente
pena por ti, así que podrías negociar un sueldo más alto.
Además, valdría la pena trabajar cerca de él cada noche.
—Mamá, no voy a tomar una decisión laboral
basándome en la apariencia de un tipo.
Ella se encogió de hombros y mordió un roll primavera.
—Solo digo que hay razones peores para aceptar un
empleo. Y tú necesitas algo. No estaría mal al menor ir hasta
allá y saber qué tiene para ofrecerte.
Protesté por dentro, pero ella siguió hablando. Ya la
conocía a mi madre. No iba a darse por vencida hasta que al
menos fuera a hablar con él.
—De acuerdo —dije—. Mañana iré al bar.
Ella me quitó la copa de vino de las manos. —Irás esta
misma noche. Después de la cena.
—¿Sabes qué parece esto? —dije yo— Pareces mi
proxeneta mandándome con el Papá Noel sensual.
—¡Papá Noel sensual! ¡Me gusta ese apodo.

Después de terminar mi Lo Mein de ternera, puse la


dirección del Ciervo Sediento en mi GPS y conduje al centro.
Me encantaba que Oklahoma City fuera una ciudad grande sin
ser enorme. Tenía una zona de bares y restaurantes que
ofrecían música y cultura, sin que la oferta fuera apabullante.
Hasta teníamos un equipo de básquet profesional, los
Thunder.
Aunque tenía deseos de mudarme a Nueva York y
perseguir mi sueño, me encantaba la ciudad de Oklahoma City.
Era un estupendo sitio para vivir hasta que encontrara mi
trabajo perfecto en la industria editorial.
El bar del Papá Noel sensual quedaba entre el distrito de
las Artes y Film Row. Estacioné en un estacionamiento a dos
cuadras y caminé.
—Un Papá Noel que tiene un bar —pensé en voz alta
cuando llegué a la puerta—. Así es como hace felices a los
elfos.
Me reí sola con mi chiste malo y entré. Me recibió de
inmediato el aroma de la barbacoa y la cerveza, el sonido de
una guitarra en vivo y murmullos. Pero en cuanto quise dar un
paso más, un brazo musculoso me bloqueó el paso.
—Documento —me dijo el gorila a mi izquierda, a quién
recién ahora veía. Era un tipo grandote, fornido y sexy a su
modo. Me imaginé que pasaría todas las tardes en el gimnasio,
pidiéndoles a otros tipos que lo controlaran en el press de
banca.
«Seguro que sabe cómo cargar a una chica por sobre el
hombro sin esfuerzo».
—Documento —dijo de nuevo con voz grave e
insistente.
—Mierda —dije, palpándome los bolsillos— Estaba tan
distraída que me olvidé la billetera en casa. Pero créeme que
ya pasé hace rato la edad legal para beber.
—Lo siento —dijo él, señalando a la calle.
—No compraré nada. Vengo a ver al dueño —le
expliqué.
Sacudió la cabeza y me miró fijo con sus ojos grises
como de acero. —No lo creo.
—Vamos, déjame entrar por un minuto —insistí—. Vine
aquí a ver…
El gorila me vio titubear.
—¿Ver a quién? ¿Cómo se llama el dueño?
—No sé su nombre. Es el Papá Noel sensual del centro
comercial.
Él me miró con una ceja levantada.
—¿Papá Noel sensual? —Se empezó a reír con una risa
estridente, pero me seguía bloqueando el paso con el brazo.
—Ve a buscar a tu jefe —dije con irritación—, se va a
enfadar mucho si no me dejas entrar.
—No es mi jefe —me dijo él cortante—. ¿Te doy un
consejo? Prueba en Chicas de Whiskey. Ahí dejan entrar a
universitarias menores de edad todo el tiempo.
—Chicas universitarias… —Dejé escapar un suspiro. No
sabía si enojarme o tomarme como un cumplido el hecho de
que él pensara que era tan joven.
Por suerte, el Papá Noel sensual se acercó caminando
desde el bar. Una sonrisa le surcaba su rostro apuesto y estaba
fija en mí.
—Esta chica está intentando entrar sin documentos —le
dijo el gorila.
—Está bien, Cole. Yo la invité.
—Te lo dije —le dije al gorila Cole. Esperaba provocar
una respuesta de su parte, pero él tan solo se encogió de
hombros.
—Sígueme —me dijo el Papá Noel sensual—, iremos a
hablar a un lugar más tranquilo.
Le di a Cole otra mirada victoriosa antes de alejarme.
Qué lástima que fuera tan imbécil, porque de otro modo sería
un bombón muy apetecible.
Lo seguí por el bar. Casi todas las mesas estaban
ocupadas; seguramente, por el chico que tocaba la guitarra
acústica. El bar tenía una vibra rústica y obrera. En la pared,
había un letrero que decía: «Cerveza y barbacoa: dos de los
cuatro grupos de alimentos». Me pregunté cuáles eran los
otros dos.
Un cliente se acercó al Papá Noel sensual y le palmeó el
brazo al pasar.
—Es una buena noche, Grayson.
—Sí que lo es.
—Grayson —dije yo.
Él me miró por sobre el hombro sin detenerse.
—¿Sí?
—Nada, lo siento. Es que me acabo de dar cuenta que no
sabía tu nombre hasta recién.
Él me miró divertido.
—¿Y cómo le explicaste a Cole a quién buscabas?
«Le dije que buscaba al Papá Noel sensual». La
vergüenza me invadió de los pies a la cabeza.
—Le dije que buscaba al papá de Max —dije.
Grayson asintió hacia el bar.
—¿Quieres algo de beber? Un chico rubio de aspecto
revoltoso estaba mezclando ron y Coca cuando nos vio pasar.
—Me olvidé la billetera —dije yo—. Por eso no pude
mostrar mi documento al gorila de seguridad.
—La casa invita —me dijo él—. Esa es una de las
ventajas de tener un bar.
—Gracias, pero así estoy bien.
Grayson me condujo por una puerta al fondo del bar. Yo
esperaba entrar a una habitación de depósito, pero parecía más
bien una sala de estar: había un sofá, una alfombra y un
aparador con un televisor de pantalla plana. También había
una mesita pequeña para niños con dos sillitas, donde Max,
sentada, dibujaba con crayones. Ni bien la puerta se cerró
detrás nuestro, el bullicio del bar quedó en silencio.
—¡Piper! —exclamó Max cuando me vio. Corrió por la
habitación y sostuvo en alto el papel. —¡Mira lo que dibujé!
¿Sabes qué es?
—¡Sí! Es el tren con el que jugamos hoy.
—¡Sí! —gritó ella.
—¡Qué lindo! —dije en el tono que usaba para hablarles
a los niños— ¡Estoy muy orgullosa de ti!
Max me sonrió.
—Todavía no lo terminé. Me queda el vagón de cola.
Volvió deprisa a la mesa para retomar el dibujo.
Grayson miró la secuencia con los brazos cruzados y una
sonrisa en la cara.
—Eres genial con ella.
—Es una niña muy dulce —dije yo.
—Asumo que vienes porque te interesa mi propuesta de
trabajo —dijo él.
Me di vuelta para mirarlo de frente y asentí.
—Tal vez. Depende de la compensación. La única
experiencia que tengo en el rubro gastronómico es el verano
en que trabajé en Olive Garden para ahorrar para un viaje
escolar a Italia. Lo detesté, pero estoy abierta a hacer algo
como barman. Pero, de nuevo, depende de la compensación.
No lo voy a hacer por el salario mínimo.
Grayson me escuchó y luego se rio para sí.
—No, no se trata de eso.
Sentí una punzada de molestia.
—Así que, conduje hasta aquí para escuchar que no me
pagarás más de 7,25 por hora?
—No quiero que trabajes en el bar —me dijo él—.
Quiero contratarte para que seas la niñera de Max-
Yo pestañé con sorpresa.
—¿Qué?
—Necesito alguien que la cuide a partir de las 8 de la
mañana hasta que llego a casa —me explicó—. Mi turno
termina a las 4, así que en general llego a casa a eso de las
4:30. No trabajo los fines de semana, así que no será necesario
que vengas.
Me tomé unos momentos para asimilar la información.
—No soy niñera profesional —dije—. Pensé que ya lo
había dejado claro hoy cuando hablamos en el centro
comercial. Todo eso fue un malentendido.
—¿Y qué? —dijo él bruscamente— Eres muy buena en
eso. Al menos con Max. Ya te lo dije hoy: Max parece otra
niña después de haber pasado el día contigo. Otras veces, la he
dejado en la guardería que está al final de la calle, pero
preferiría que fueras tú quién la cuida. Vamos. Me dijiste que
necesitas un empleo, ¿o no?
—Esperaba buscar un empleo relacionado a mi título
profesional.
—¿Como el empleo en Sunglass Shack? —dijo él
resoplando— Esto sería solo por un mes, hasta Navidad —Y
bajó la voz para que Max no lo escuchara—. Cuando mi
trabajo como Papá Noel se termine, podré cuidarla yo durante
el día. ¿Cuánto ganabas en el sitio de anteojos?
—El mínimo —contesté.
—¿Más comisión?
—Técnicamente, sí. Pero casi nunca concretaba una
venta.
Él me miró mientras sacaba cuentas mentalmente. —Si
te pago el doble, eso son un poco más de 600 por semana.
Redondeemos a 700. Eso solo por jugar con mi hija ocho
horas al día. Suena mejor que intentar vender anteojos de sol a
clientes aburridos en el centro comercial, ¿no?
Antes de que pudiera contestar, se abrió la puerta y todo
el ruido del bar inundó la habitación. Era el barman rubio.
Entró y cerró la puerta tras de sí. Ahora que lo tenía cerca,
noté que era más alto y esbelto que Grayson. Delgado pero
musculoso, sin estar inflado.
—Oye —le dijo a Grayson—, no estás metiendo chicas
aquí con la promesa de darles tragos gratis, ¿no?
—Eso no es gracioso —replicó Grayson. Y se dio la
vuelta para decirme:— Jamás hago eso. Es solo un mal chiste.
—Sí, claro —dijo el bárman y me guiñó el ojo de manera
exagerada.
—Eso espero, al menos frente a Max —dije con una
sonrisa.
—Soy Ethan —dijo el chico rubio. Su mano se sintió
tibia y firme—. Yo solo trabajo aquí, a diferencia de Grayson
y Cole, los dueños. Ya lo conociste a Cole, ¿cierto? ¿En la
puerta? Más allá de su apariencia bruta, tiene un corazón de
oro, ya verás.
—Yo soy Piper —dije yo.
—Ella cuidó de Max hoy —explicó Grayson.
Los ojos celestes de Ethan se iluminaron.
—Así que eres nuestra Anne Sullivan, ¿eh?
Yo me lo quedé mirando, así que él se apuró a añadir:
—Ya sabes, la mujer que le enseñó el lenguaje de señas a
Helen Keller. Eres nuestra milagrosa. Tengo que decir que
nunca la vi a Max así. Es como si de repente el cielo se
hubiera despejado de nubes y alguien le hubiera inyectado luz
y arcoíris.
—Me encantaría decir que fue gracias a mí, pero no hice
otra cosa más que jugar con ella y con el tren —dije yo.
Ethan negó con la cabeza.
—Tiene que ser más que eso. Sea lo que sea que tienes,
debe ser algo especial.
El halago me hizo henchirme de orgullo. Me gustó que
me hubieran reconocido mi trabajo, aunque yo no pensara que
tuviera particularmente ningún don.
—Por desgracia, le estaba diciendo a Grayson que nunca
trabajé en el cuidado de niños. Así que no puedo aceptar este
empleo.
Ethan sonrió con tristeza.
—Qué pena.
—¿Necesitabas algo? —le preguntó Grayson.
Ethan señaló con el pulgar.
—Se terminó el tercer barril. Necesito ayuda para
cambiarlo.
—¿No puedes hacerlo tú mismo?
—¡Está en el segundo estante! —protestó el bárman—
No tengo la musculatura de Cole. Y soy lo bastante inteligente
como para no romperme la espalda.
—Ahora mismo vuelvo —me dijo Grayson, y los
desaparecieron por la puerta.
—¿Piper? —me llamó Max— ¿Me puedes mostrar
algo?
Me acerqué a donde estaba sentadita.
—Claro.
—Tengo el motor del tren —me explicó despacio,
pensando en cada palabra—, y el último vagón de cola. ¿Qué
otros tipos de vagones hay? Me olvidé.
Yo tomé un crayón.
—Pues, tenemos los cagones de pasajeros, donde viaja la
gente. Y los vagones de carga, con muchas cosas dentro. Y los
vagones de carbón, que transportan el carbón, así…
Max y yo dibujamos juntas todos los tipos de trenes. Ella
usó el crayón negro e hizo varios círculos para dibujar el
carbón. Luego usó uno color verde para dibujar a los pasajeros
dentro de un vagón.
En general, el trabajo en Sunglass Shack era
extremadamente aburrido. Cada vez que volvía a casa, estaba
extenuada emocionalmente por el esfuerzo que me suponía
sonreír forzadamente a los miles de clientes que pasaban por el
mostrador.
Pero allí, dibujando con Max, me di cuenta de lo
divertido que había sido pasar el día con ella. No me sentía
extenuada, sino contenta y complacida como nunca antes. No
quería dejar de hacerlo. Claro que no era el trabajo de mis
sueños, ni siquiera estaba remotamente relacionado a mi título
profesional en Lengua Inglesa, pero era mil veces mejor que
otros trabajos horribles.
Grayson volvió al cuarto y se frotó las manos.
—Lo siento. Y también siento que no te interese el
trabajo de niñera. Si te interesa trabajar en el bar, puedo darte
un formulario para que…
—Sí, lo haré —le dije de pronto—. Seré la niñera de
Max.
Cuando Max empezó a chillar y saltar de alegría, cuando
me abrazó, supe de inmediato que había tomado la decisión
correcta.
7

Ethan

Al trabajar en un bar, veía un montón de gente muy


diversa, para bien y para mal.
Por un lado, estaban los tipos corporativos que iban de
traje y corbata, y buscaban relajarse después del trabajo. Su
trago por elección era una IPA o un vaso de algún whiskey
caro si su jefe se les unía y los invitaba. Después estaban los
hinchas del equipo de básquet que venían a la ciudad para ir a
los partidos, o los miraban por televisión a unas pocas cuadras
de la cancha donde jugaban los Thunder. Por lo general,
empezaban con cerveza (alguna local como Bud Lite o
Michelob-Ultra) y luego seguían con algo más fuerte si al
equipo le iba mal. A veces, también venían al bar turistas,
gente que estaba de paso por la ciudad y querían salir, comer
buena comida en un ambiente distendido.
Y luego estaban las mujeres. No me culpen, pero les
prestaba más atención a las mujeres que a los hombres.
Estaban las chicas gritonas, que apenas superaban la edad
legal para beber. Ahora mismo, había tres de ellas sentadas en
la barra, tomando shots para relajarse antes de los exámenes.
Luego, estaban las graduadas, chicas de veintitantos que
esperaban pacientemente a su cita de Tinder. Claro que un bar
en Oklahoma no estaría completo sin las recientemente
divorciadas. Había un grupo de esas sentadas en el bar a mi
izquierda y entre las tres me habían guiñado el ojo unas mil
veces en lo que iba de la noche. Ninguna vestía nada de
leopardo, pero tranquilamente lo podrían haber hecho.
Sí, veía a toda clase de gente desde mi lugar atrás de la
barra. Pero nunca a nadie como Piper.
Antes, después de saber que ella había sido la
responsable del cambio de actitud en Max, le había dicho a
Grayson, a mod de chiste, que tendría que casarse con ella.
Pero ahora que la había conocido, que la había visto cruzar el
bar con unos jeans skinny muy ajustados, pensé que Grayson
tendría que casarse con ella, más allá de lo que había logrado
en Max.
Esos labios carnosos.
Su nariz delicada.
Unos ojos grandes, inocentes que miraban alrededor
como si no supiera por qué estaba ahí.
Y su cuerpo… Bueno, soy un caballero. Y los caballeros
no cosifican a una mujer.
Pero con ella, era muy difícil no hacerlo.
Ella y Grayson desaparecieron hacia la habitación del
fondo, a la que le decíamos la Nursery porque era donde Max
siempre estaba. Grayson y Max vivían en el departamento
arriba del mar, pero dejarla a Max allí arriba mientras él
trabajaba abajo no lo dejaba tranquilo. Así que convirtió un
cuarto que solía usar para almacenar alimentos secos en una
habitación.
Una de las divorciadas pidió una cerveza Pabst Blue
Ribbon (y enfatizó cuánto le gusta la espuma de la cerveza)
pero cuando fui hasta el barril para servirla, explotó.
—Espérenme cinco minutos que cambio el barril y
vuelvo —le dije, y fui hasta la habitación del fondo.
Tengo que admitir que me alegró tener una excusa para
volver allí. Había estado pensando en Piper desde que la vi
entrar por el bar. Y tenía curiosidad por ver cómo era con
Max; si realmente ella era la razón por la que la hija de mi
mejor amigo estaba más animada y contenta.
Después de presentarnos y de charlar un poco, Grayson
me siguió hasta el refrigerador para cambiar el barril.
—Olvídate de Max —le dije—. Contrátala solo para
tenerla cerca.
—Estoy tratando de no pensar en ella de ese modo —
dijo él.
Yo resoplé.
—Eso sería el trabajo de Sísifo para ti.
Cambiamos el barril y volví a mi sitio detrás de la barra
para seguir atendiendo, sirviendo copas e intercambiar guiños
y flirteos con el grupo de las divorciadas. Me encantaba ser
bárman. Siempre fui un tipo muy social y este trabajo me
ayudaba a recargar energías, que se me agotaban después de
estar todo el día trabajando en un cubículo. Mi plan a futuro
era renunciar a aquél otro empleo y abrir mi propio bar y
trabajar allí a tiempo completo. Pero todavía me quedaba
mucho por recorrer.
«Algún día», pensé mientras mezclaba Jack Daniels y
Coca Cola para una de las chicas gritonas del fondo.
Piper se fue al poco tiempo. Le dijo algo a Cole en la
puerta y él respondió encogiéndose de hombros. Cole me miró
y a la distancia nos dijimos todo con la mirada, sin emitir
palabras.
«Oye, amigo» pareció decir.
«Lo sé, increíble», respondí.
Max se iba a dormir todos los días a las 8. En general,
iba a saludarla si el bar estaba tranquilo, pero hoy estaba tan
ajetreado que no pude hacerlo. Pero fue Max quien se
escabulló hasta el bar para saludarme a mí.
—Buenas noches, Ethan —dijo en su vocecita aguda,
estirando los brazos.
Yo miré alrededor y me agaché para darle un abrazo.
—Buenas noches, T.J. Maxx.
—¿Quién es T.J.? — preguntó.
—Nadie. Dulces sueños. Te quiero, pequeña.
—¡Yo también! Me dio un beso en la mejilla y se fue a
toda prisa de vuelta a la Nursery.
Me puse de pie y miré alrededor. En Oklahoma la
presencia de un menor de edad en un bar era ilegal.
Técnicamente éramos un restaurante, puesto que también
vendíamos comida, pero la venta de alcohol estaba por encima
del 25 por ciento permitido por la ley. El hecho de que Max se
metiera detrás de la barra nos podía meter en problemas.
Pero aparentemente, nadie la había visto, así que respiré
aliviado y volví al trabajo.
El Ciervo Sediento era un hervidero hasta las 10, hora en
que terminaba la música en vivo. A partir de esa hora, los
clientes empezaban a marcharse y la actividad menguaba hasta
el horario de cierre. La última franja de horario era a las 2 de
la mañana, pero solo nos quedábamos hasta tan tarde los días
en que Thunder jugaba de local. Hoy cerrábamos a
medianoche.
—Aceptó —me dijo Grayson desde la caja registradora
—. Va a trabajar como niñera durante todo diciembre.
—Vaya, qué bien —dije yo—. Parece que la Navidad
llegó tres semanas antes.
Grayson se detuvo y me apuntó con el dedo.
—No, que ni se te ocurra —me regañó como si fuera un
crío.
—No, ¿qué?
—Sé lo que estás pensando. Y la respuesta es no. No
puedes verla de ese modo.
—Hoy me comporté como un caballero con ella —
respondí—. No la miré de manera sugestiva ni nada por el
estilo.
—Sé lo que estás pensando —dijo Grayson.
—¿Puedes culparme? Hasta donde yo sé, no eres ciego,
así que ya la has visto. No es poco atractiva.
Cole se acercó hasta la barra y refunfuñó.
—Eso es decir poco.
—Es la niñera —repitió Grayson—. Y ahora soy su
empleador. Quiero que las cosas se mantengan estrictamente
profesionales.
—Te dijo Papá Noel sensual —dijo Cole.
Casi dejo caer la copa que estaba lavando.
—¿Cómo te dijo?
Cole casi nunca sonreía, pero ahora un atisbo de sonrisa
le tocaba los labios.
—No sabía mi nombre y me dijo Papá Noel sensual.
Me giré hacia Grayson pero antes de que pudiera decir
algo, él me amenazó con dedo.
—¡Ni una palabra!
Yo alcé las manos para rendirme.
—No iba a decir nada —Miré a Cole pero perdí la
seriedad—. Excepto que tal vez deberías considerar trabajar
como stripper. ¡No hay demasiadas representaciones de Papá
Noel haciendo striptease!
Grayson exhaló ruidosamente y cerró la caja
registradora.
—Durante el próximo mes, Piper trabajará aquí como
niñera de Max. No quiero que te acuestes con ella y luego no
la llames y termines arruinando todo.
—Oye —dije yo—, solo hice eso una vez.
Cole me lanzó una mirada de acero.
—Bueno, tal vez dos veces —dije—. ¡Pero la segunda
vez no fue mi culpa! La chica me dijo que quería criar mis
hijos en la primera cita. Después de eso, me dio miedo
llamarla.
Cole sacudió la cabeza en desaprobación silenciosa.
Estaba por volver al tema de Piper, pero entonces noté
algo en la muñeca de Cole.
—Oye, ¿qué es esa cinta? ¿Estás trabajando
clandestinamente en otros bares? —Le agarré la muñeca para
mirar más de cerca— ¿Saint Anthony? ¿El hospital?
Cole retiró la mano y luego se arrancó la cinta plástica de
la muñeca para metérsela en el bolsillo.
—¿Qué hacías en el hospital? —preguntó Grayson.
Cole nos miró con serenidad y distancia. Alguien que no
lo conociera podría decir que parecía aburrido. Pero nosotros,
sus mejores amigos, sabíamos que estaba levantando un muro
entre él y nosotros. Era un tema del que no quería hablar.
—Fui a donar sangre —contestó.
Sabía que eso no era cierto porque había donado sangre
hacía seis meses. El centro de hemoterapia estaba en el ala este
y contaba con una entrada separada. Lo que Cole llevaba en la
muñeca era una cinta para visitantes.
«¿A quién estaba visitando?» me pregunté. No tenía
familia en Oklahoma City.
—Hablo en serio acerca de Piper —dijo Grayson—. Sé
amigable, todo lo que quieras, pero tienes terminantemente
prohibido invitarla a salir. Hasta diciembre.
—De acuerdo —dije suspirando—. Lo acataré. Pero solo
porque adoro a Max y quiero lo mejor para ella.
—Por Max —agregó Cole.
Ojalá fuera tan fácil. Ahora, al saberla prohibida solo me
hacía desearla más.
«Tan solo un mes», pensé mientras terminaba con mis
tareas en la barra. «Puedo esperar un mes».
«Creo».
8

Piper

—¡Adiós, ma! —exclamé saliendo por la puerta a la


mañana siguiente.
—¡Espera! —me gritó desde la cocina—. ¡Espera,
cariño!
Esperé pacientemente al lado de la puerta hasta que llegó
con una lasaña en una fuente Pyrex.
—Ya tengo almuerzo —dije sosteniendo en alto una
bolsita de papel marrón.
Mi madre soltó una risotada.
—No es para ti. Es para Grayson. Dile que la preparaste
tú.
—¿Por qué haría eso?
—Porque la forma más rápida de ganarte el corazón de
un hombre es a través de su estómago —dijo ella con simpleza
—. Así es como conquisté a tu padre.
Yo me quejé.
—Mamá, solo trabajaré un mes para él. No quiero tener
una relación con él.
Me dio el contenedor de un sopetón.
—¡No veo por qué no puedes hacer las dos cosas! A los
hombres no les gusta estar solteros demasiado tiempo. Y
además él es absolutamente delicioso.
Mientras iba en el coche, pensé en lo que me había
dicho. Es verdad que Grayson era muy apuesto. Y ahora que
había pasado tiempo con él, estaba empezando a olvidar cómo
había abandonado a su hija en la guardería el día anterior. Un
error inocente. Además, era encantador, y tenía su propio
negocio, y tenía mi edad…
Con una fuerza de voluntad enorme, me deshice del
pensamiento. Grayson me había contratado para ser la niñera
de su hija. Eso era lo más importante. La paga era muy buena
y el empleo, mucho más satisfactorio que trabajar en un quisco
de gafas en el centro comercial.
E incluso, si al final resultaba no serlo tanto, solo era por
un mes. Un trabajito a corto plazo. Luego, podría enfocarme
en encontrar un empleo en la industria editorial.
Grayson vivía en un apartamento arriba del bar, así que
aparqué en el callejón de atrás y toqué el timbre de la puerta
trasera. Un rato después, la puerta se abrió y dio paso al hueco
angosto de una escalera. Trepé hasta el segundo piso y luego
entré por otra puerta que llevó a un apartamento normal y
corriente.
—¡Piper! —exclamó Max contentísima. Se bajó de la
silla donde estaba desayunando y corrió a toda velocidad por
el cuarto hasta llegar a mí y aferrarse a mis piernas como un
apoyador de fútbol americano.
—Está muy contenta de verte —dijo Grayson, asomando
la cabeza al pasillo.
—No me digas —dije acariciándole los rizos rojizos.
—¡Nos vamos a divertir mucho! —dijo ella. Y luego, tan
rápido como había venido, volvió a sentarse en la barra para
terminar el desayuno.
Grayson agarró el bolso y lo cargó por sobre un hombro
y luego me entregó un papel.
—Aquí está tu primer cheque.
Yo lo acepté y fruncí el entrecejo.
—Todavía no empecé a trabajar.
—Considéralo un adelante por la primera semana —
Luego bajó la vista hacia la fuente de vidrio que tenía en las
manos—. ¿Y eso qué es?
—Ah, es una lasaña que preparé. Es para ustedes —
Después de un momento, agregué—: Es mi receta especial.
—¿Escuchaste eso, Max? Hoy cenaremos lasaña.
Max tenía la boca llena de cereal, así que solo se escuchó
una respuesta sofocada.
—Le encanta la lasaña, es su comida preferida —me
explicó Grayson. Se pasó una mano por el cabello oscuro y
sonrió—. La preparo cada dos semanas, pero si fuera por ella,
comeríamos cada dos días. Max, cariño, ya me voy.
La pequeña saltó de la silla y corrió a abrazar a su padre.
—Te extrañaré —le dijo.
—Yo también, tesoro.
—¿Lo prometes?
Se agachó y la besó en la frente.
—Por supuesto, siempre.
Al verlos, algo dentro mío me hizo cosquillas. No había
nada más atractivo que un hombre que se llevara bien con los
niños. Grayson era, claramente, un padre excelente. Y ahora se
estaba yendo al centro comercial a hacer feliz a mucho otros
niños. Tengo que admitir que este hombre sumaba muchos
puntos.
—Llámame si hay algún problema —me dijo—. No
tendré el celular conmigo mientras trabajo, pero lo veré al
mediodía.
Después de que se fue, puse la lasaña en el refrigerador y
me senté al lado de Max. Grayson me había impreso un
documento de dos páginas con información de su hija, donde
detallaba la rutina que solían seguir y cosas específicas sobre
qué hacer y qué no hacer.
Después de desayunar, fuimos a la habitación de Max
para colorear libros de dibujos. Luego, pasamos una hora
leyendo y después de eso, miramos televisión durante media
hora antes de almorzar. Según las instrucciones, a Max solo le
gustaban los emparedados de mantequilla de maní y
mermelada. Pero cuando nos sentamos a comer, vio mi
sándwich y preguntó:
—¿Y eso qué es?
Levanté una de las rodajas de pan para enseñarle.
—Pavo ahumado y queso suizo.
Max arrugó la nariz.
—No me gusta el humo. Me hace toser.
Yo me reí y dije:
—No es ese tipo de humo. Este es rico, le da sabor.
Volvió a concentrarse en comer su sándwich y comentó:
—A mi mamá le gusta el humo. A mí no. Y a mi papá
tampoco.
Yo me quedé petrificada en la silla. No sabía cómo
manejar un tema tan sensible con una niña a la que apenas
conocía.
—Mi papá también fuma.
—¿Y a tu mamá le gusta?
Yo me reí.
—No, por eso mi mamá se separó de él. O al menos, en
parte.
—Seguro que es por eso que mis papás se separaron —
me explicó Max con la brusquedad de alguien de su edad—. A
él no le gusta que ella fume.
Yo estaba segura de que probablemente era más
complicado que eso, pero todo lo que dije fue:
—Oh, lo siento.
—¡Yo no! —exclamó ella— Tengo a mi papá. Y al tío
Ethan. Y al tío Cole, aunque él finge que no le agrado.
Después de almorzar, la acosté para su siesta y
aproveché yo también para distenderme en el sofá junto a mi
Kindle. Pero mis ojos pasaban una y otra vez sobre la misma
oración. No me podía concentrar. No paraba de preguntarme
qué había pasado entre Grayson y su ex. Pero no estaría bien
preguntarle a Max.
El resto del día transcurrió increíblemente tranquilo. Max
resultó ser muy cooperativa, dulce, y se alegraba de tenerme a
mí por compañía. Pasamos buena parte de la tarde dibujando
un mapa del departamento, lo que nos permitiría planear mejor
la ruta por la que pasaría el tren.
—Le voy a pedir a Papá Noel que me traiga un tren de
juguete para Navidad —me explicó Max—. Le voy a pedir
uno igualito al que usamos para jugar en el centro comercial.
Va a ser muy divertido.
Grayson llegó a las 4:30, tal como había dicho.
—¿Qué tal ha ido todo? —preguntó con una mueca,
como si esperara recibir malas noticias.
—Fue el trabajo más fácil de toda mi vida —contesté—.
Mucho mejor que trabajar en Sunglass Shack. ¿Qué tal tu día?
Su rostro apuesto se iluminó con una sonrisa.
—Ha estado fantástico. Como siempre. Resulta tan
gratificante hacer felices a los niños, escuchar sus deseos para
la Navidad.
—Ah, por cierto, Max quiere un tren de juguete —
comenté.
Grayson se rio con una carcajada.
—Sí, ya escuché todo sobre el tres de juguete. No ha
parado de hablar de otra cosa desde ayer. Es lo que quiere para
Navidad, para su cumpleaños y hasta para el próximo
Halloween. Es en serio. Va a pedirle a la gente que le den
vagones de tren en vez de dulces.
—Siento haberle causado esa obsesión —dije recogiendo
mi bolsa—. Disfruten de la lasaña. Nos vemos mañana.
—Oye —dijo Grayson antes de que pudiera irme—,
puedes quedarte abajo todo el tiempo que quieras. Puedes
tomar y comer lo que se te antoje. Considéralo un beneficio de
trabajar con alguien que tiene un bar.
—Claro —dije sin siquiera darme cuenta—, me gustaría.
9

Piper

Fui hasta el piso de abajo, rodeé el callejón y fui a la


puerta de entrada. Cole, el gorila de la entrada, todavía no
había llegado, para mi desilusión. Esperaba esta vez mostrarle
mi documento y así demostrarle que no era una niñata
universitaria.
El lugar estaba bastante lleno; se escuchaba el ruido de
copas y charlas animadas. Como no quise ocupar una mesa
entera para mí sola, me acerqué a la barra y me senté en una
butaca. El bárman no era el mismo chico que había visto el día
anterior; ahora, era una chica rubia muy bonita y parecía que
recibía muchas propinas de los clientes masculinos.
Pedí una Bud Lite y saqué el Kindle para ponerme a leer
un rato. Antes, solía darme vergüenza ser la única persona
leyendo en un restaurante o bar, pero ya me había dejado de
importar lo que la gente pensara de mí. Me encantaba leer y lo
haría sin arrepentimientos, no importaba dónde fuera.
El lugar se fue llenando hacia las cinco de la tarde. Un
poco más tarde, llegó el otro bárman, Ethan. Tenía puesto un
traje y cargaba un bolso de cuero donde llevaba la
computadora portátil. Pero luego, dejó el bolso, quitarse el
saco y arremangarse las mangas de la camisa.
—Vaya, si no es otra que Fran Drescher —me dijo
sonriéndome.
Yo dejé a un lado mi Kindle.
—¿Y eso qué es?
—La Niñera. Lo siento, un pésimo chiste. ¿Quieres otro
trago?
Alcé mi botella de cerveza.
—Otra Bud Lite.
Ethan apoyó los codos en la barra y me miró
desesperado.
—Acabo de salir de la oficina. Esperaba poder preparar
algunos tragos divertidos hoy, en vez de pasarme la noche
sacándoles las tapas a las botellas de cerveza local. Vamos.
¡Desafíame! Te prepararé lo que quieras.
—¿Puedes preparar lo que sea? —le pregunté.
Ethan se dio golpecitos en las sienes.
—Soy como el Wikipedia de los tragos. Pruébame.
Busqué algo divertido para pedirle.
—De acuerdo, ¿qué tal un cóctel gin gin mule?
Él chasqueó los dedos.
—Mitad Moscow mule, mitad mojito. Me gusta tu estilo,
Ginger.
—¿Eh?
Él sonrió mientras tomaba una copa del estante.
—Ginger Rogers, la actriz que inspiró la creación del
trago. ¡En seguida!
Ethan reunió los ingredientes: hojas de menta, almíbar de
jengibre, cerveza de jengibre, gin y jugo de limón. El
muchacho rubio trabajó con habilidad, como si fuese un mago
a punto de dar un truco de magia.
—Es divertido hacer algo distinto —dijo, preparando el
trago—. Mucho mejor que servir cerveza de un barril.
—¿Hace mucho que trabajas como bárman? —le
pregunté.
—Desde hace un par de años, cuando Grayson compró
este lugar. Antes de eso, aprendí el oficio en la universidad.
Mientras otros chicos estaban ocupados intentando liarse a
chicas, yo me quedaba detrás del bar y preparaba tragos para
todos. Me dedicó una sonrisa traviesa.
—Estaba pensando en el futuro. Con el tiempo, las
chicas empezaron a acercarse a mí para tomar un trago en vez
de seguir bebiendo el mismo Jungle Juice dulce que todo el
mundo siempre tomó.
—Debían de confiar mucho en ti si dejaban que les
preparas tragos.
—Siempre los preparaba frente a ellas. Con total
transparencia. —Lo entiendo. Hay que tener recaudos en las
fiestas universitarias. Pero sí, las chicas empezaron a confiar
en mí. ¿Qué puedo decir? Inspiro confianza.
Con el último toque de una hoja de menta, ubicó el
cóctel justo frente a mí, deslizando la mano verticalmente
como Vanna White cuando revela una carta. Me quedé
admirando el trago por algunos segundos antes de probarlo.
—¡Está delicioso! —dije yo— ¡Mucho mejor que el
primer Gin Gin Mule que probé!
Ethan extendió las manos con modestia. —Estoy aquí
para satisfacer sus deseos, señorita.
Tomé otro sorbo, más largo esta vez.
—Si te gusta preparar cócteles, ¿por qué trabajas en un
bar como este? La mayoría de los clientes aquí parecen
preferir la cerveza.
Como si nos hubiera oído, un hombre sentado a la barra
en un taburete levantó el dedo índice para pedir otra cerveza.
Ethan tomó una del estante en la pared, le quitó la tapa y la
ubicó frente al hombre, para luego volver a dirigir su atención
a mí.
—Cuando Grayson compró este sitio, me preguntó si yo
quería trabajar aquí como bárman después de mi trabajo. No
pude decir que no. Me encanta, gano buen dinero con las
propinas y veo más seguido a Max.
—Hoy ella se refirió a ti como el tío Ethan —le dije
sonriendo.
—Es una niña muy dulce. Me agrada más ella que su
padre. Y eso es mucho decir, porque Grayson y yo hemos sido
mejores amigos desde siempre. Pero con el tiempo, me
gustaría reunir el dinero suficiente para abrir mi propio bar.
Me senté más derecha.
—¿En serio?
Él se inclinó por sobre la barra como si estuviera a punto
de decirme un secreto.
—Así es. Un bar de cócteles y mixología. Tal vez con
una atmósfera de bar clandestino: poca luz, reservados
oscuros, jazz los fines de semana. Ah, y además, habría un
código secreto para entrar, que se diría en las redes sociales.
—Parece que lo has pensado muy bien.
Sus ojos azules brillaron con entusiasmo.
—Estoy lleno de buenas ideas.
—¿Cuánto dinero necesitas para abrir tu propio bar?
—No es poco —admitió—, sobre todo considerando la
vibra que quiero cultivar. He estado ahorrando gracias a mi
trabajo diurno mientras busco locales en inmobiliarias. Ni bien
encuentre alguno disponible, estaré listo para hacer una oferta.
Alcé la copa y exclamé:
—Entonces brindemos por tu futuro bar —Tomé un
sorbito y agregué—: ¿cuál es tu trabajo diurno?
—¿Has visto Friends? —me preguntó.
—Claro —dije yo—. Crecí viéndolo con mi mamá.
—¿Sabes cuál es el trabajo de Chandler?
Yo hice una mueca.
—Nadie sabe de qué trabaja. De hecho, es un chiste
recurrente en la serie.
—¡Exacto! —exclamó con un dedo en alto— Soy
ingeniero en procesamiento de datos. Nadie entiende qué
hago, aunque se los explique. Así que ahora simplemente digo
que tengo el mismo trabajo que Chandler Bing. Pero es un
buen sueldo y soy bueno. Podría ser peor.
—Créeme, lo sé —dije entre dientes.
—Ah, ¿sí? ¿Qué hacías antes de que Grayson te reclutara
para ser la niñera de Max?
—Algo incluso mejor que el trabajo de Chandler Bing —
dije con amargura—. Trabajaba en el quiosco de Sunglass
Shack en el centro comercial.
—Uh —se lamentó Ethan—. Si ese es tu trabajo de día,
no me quiero imaginar cuál es tu trabajo ideal. ¿Trabajar en el
puesto de los pretzels?
—Al menos allí habría más gente —dije riéndome—.
Pero no. Quiero trabajar en la industria editorial.
—Ah, eso lo explica todo.
—¿Qué explica?
Él levantó mi Kindle.
—Lo de leer en el bar como una nerd.
Le quité de un sopetón el Kindle de sus manos y lo
fulminé con la mirada.
—Por lo general, leo en mi iPhone así nadie se da
cuenta, pero no pensé que alguien se fuera a burlar de mí aquí
en el Ciervo Sediento.
—Discúlpame, discúlpame —dijo Ethan rápidamente—.
Retiro todo lo dicho. ¿Siempre te gustó leer?
—Sí, leo desde los cuatro años —dije yo—. Siempre fui
la niña con un libro en la mano. Si mi madre me llevaba a
hacer las compras, caminaba al lado de ella con la nariz metida
entre las páginas. Otras madres le comentaban lo bien que me
portaba. Cuando crecí, decidí intentar trabajar de eso.
Otro cliente ordenó un trago. Ethan tomó una botella de
vino de abajo de la barra, llenó una copa y se la pasó. Después
de cerrar su cuenta, volvió a mí.
—¿En qué parte de la industria te gustaría trabajar?
—¡En donde sea! —dije con desesperación— A esta
altura, haría lo que fuera: trabajar para una editorial o para un
agente literario o como editora independiente. Solo quiero ser
parte del proceso. Elegir a quién representar o qué publicar.
—Tengo un primo cuya esposa trabaja en algo de eso —
dijo Ethan—. ¿Ese tipo de trabajo no está en Nueva York?
—Sí, por desgracia.
—Si no te quieres mudar, quizás puedas encontrar un
empleo remoto —me sugirió—. Ahora todos los empleos son
remotos. Excepto aquellos en los que resulta imposible
trabajar remoto —E hizo un gesto en torno al bar.
—Te pareces a mi mamá —dije sacudiendo la cabeza—.
No me molestaría mudarme. Me encantaría trabajar en Nueva
York. Pero la realidad es que no encontré nada.
—Sigue buscando —dijo él animándome—. Si fuera
fácil encontrar el trabajo de tus sueños, todo el mundo lo haría.
Las mejores cosas en la vida requieren trabajo y esfuerzo. Al
final, eso lo hace mucho mejor.
Un hombre grandote se sentó en la barra a mi lado.
—¿Me puedes traer un agua? —le pregunté.
Un momento después, me di cuenta de que era Cole, el
de seguridad. Unos segundos después, pareció notar mi
presencia y me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué tal, niñera? —dijo, extendiéndome el puño.
En vez de devolverle el saludo, lo miré con cara de pocos
amigos. —¿Piensas disculparte por la forma tan brusca en que
me trataste ayer?
Él refunfuñó, aceptó el vaso de agua que se bebió de un
sorbo y luego se fue.
—Qué imbécil —dije entre dientes— ¿Cuál es su
problema?
Ethan se rio.
—¿Alguna vez tuviste un gato?
—Mi madre es alérgica —expliqué.
—Bueno, Cole es como un gato —me dijo Ethan—. Un
gato macho alfa grande y testarudo. Es malhumorado con
todos lo que conoce. Es su modo de ser. Pero cuando te ganas
su confianza, sería capaz de derrumbar una pared por ti.
Del otro lado del bar, se abrió una puerta por la que entró
Grayson con un plato de comida en la mano. Miró en derredor,
buscando, y cuando su mirada se cruzó con la mía, se abrió
paso a través de la multitud hacia mí.
—Te traje algo de cenar —me dijo—. nuestra
especialidad: macarrones con queso y cerdo mechado por
encima.
Al verlo, la boca se me hizo agua. —Es un riesgo
traerme comida sin saber qué me gusta.
Él sonrió y me dejó el plato delante. —Asumí el riesgo.
Y considerando que nos trajiste lasaña, me imaginé que no
serías intolerante a la lactosa o al gluten o vegana.
Ethan sintió curiosidad.
—¿Lasaña?
—Está arriba, en el horno —le dijo Grayson—. Te traeré
un poco durante el receso.
Ethan le extendió el puño.
—Impecable.
Tomé el tenedor y probé un poco. La pasta estaba
pegajosa por la salsa, y la carne estaba jugosa y sabrosa. Dejé
escapar un suspiro de placer al sentir todo el sabor de la
comida en la boca.
—Te dije que era rico. Eso es lo que hace que el Ciervo
Sediento sea el mejor bar de la ciudad. Díselo a tus amigos.
Grayson vio el vaso frente a mí y frunció el ceño.
—¿Te coaccionó para prepararte un trago complicado?
—¡Ella sola lo eligió! —protestó Ethan.
En el escenario detrás nuestro, un hombre se sentó y
empezó a tocar la guitarra acústica. Pedí otro Gin Gin Mule
mientras terminé de disfrutar de la comida y la música en
vivo.
«Este empleo es muchísimo mejor que Sunglass Shack»,
pensé.
10

Piper

El día siguiente transcurrió bastante parecido al primero.


Los encontré a Grayson y Max en su departamento arriba del
Ciervo Sediento. Después de que él se fue, limpié los platos
del desayuno y pasé la mañana leyendo y jugando.
—Mi papá trabaja duro todo el día —dijo Max de
repente esa tarde, mientras jugábamos a los Legos.
—Así es —dije yo. Luego, aproveché la oportunidad
para preguntarle—: ¿Qué piensas que hace todo el día?
—No pienso nada —dijo ella—. Lo sé.
Yo dudé.
—Ah, ¿sí?
Sus rulos rojizos se balancearon cuando asintió.
—Trabaja en la fábrica de comida. De ahí viene toda la
comida y la bebida. Luego, él viene a casa y se lo vende a la
gente hambrienta de abajo.
Luché por disimular la risa y dije:
—Claro, así es. Trabaja muy duro en la fábrica del
restaurante.
Esa tarde, cuando Grayson regresó y me relevó de mi
cargo, volví al bar de abajo. Esta vez, me senté en una mesa en
un rincón con mi computadora portátil. Aunque no me dieran
comida ni bebida gratis, me gustaba más esa atmósfera que la
idea de volver a casa.
Media hora más tarde, Grayson se acercó y se sentó
conmigo.
—¿Qué haces?
—¿Además de devorar papas fritas y tomar cerveza? —
dije yo.
Se llevó una papa a la boca y la masticó ruidosamente.
—Además de eso, sí.
—Estoy buscando empleos en editoriales —le conté—.
Ya me postulé a algunas vacantes en Nueva York y ahora
busco algo part-time en edición. Pero hasta ahora, lo único que
encontré fueron puestos para editar artículos universitarios y
trabajos menores.
—¿Te gustaría editar otra cosa? ¿Una novela?
Yo asentí.
—Pero ahora no me puedo poner exquisita.
—Bueno, si te sirve de consuelo, creo que eres fantástica
con Max —dijo Grayson—. Sé que no es lo que quieres hacer
a largo plazo, pero podrías tener un buen futuro trabajando
como niñera a tiempo completo.
Yo lancé una carcajada.
—Max se porta bien. Mucho mejor que mis hermanos
cuando tenían su edad. En serio, parecían una banda de
salvajes en aquél entonces. Sobre todo los varones.
—¿Viven por aquí cerca?
—La menor está haciendo la universidad en Norman,
pero casi nunca la veo. Los otros dos se mudaron después de
graduarse. Uno vive en Minnesota y el otro está apostado en
Corea del Sur, forma parte del Ejército.
—Así que tú eres la única que quedó.
—Sí, podría decirse —respondí—. Cuando todos seguían
en la escuela, yo no quise mudarme. De hecho, justo después
de la universidad me ofrecieron un puesto en una agencia
literaria en Nueva York, pero lo rechacé para quedarme aquí.
Ahora que estoy más grande y me siento lista para mudarme
de ciudad, no encuentro lo que estoy buscando. Es una ironía,
¿no?
—Como cantaba Alanis Morissette —dijo sonriendo,
pues justo sonaba ella, aunque una canción diferente de la que
estaba citando. De todos modos, la conexión me hizo reír.
—Oye —dijo Grayson—. Esa lasaña que nos trajiste
estaba increíble. Max comió dos porciones y dijo que era más
rica que la mía.
—¡Lamento haberte robado el protagonismo!—dije yo.
—¿Me darías la receta? —me preguntó— Me pareció
que tenía más albahaca que la mía, ¿no es cierto?
—Eh, pues sí, tiene una buena cantidad de albahaca —
dije.
—¿Y la ricota va mezclada con la salsa? Porque
definitivamente sentí el sabor pero no la vi.
Yo suspiré y bajé la pantalla de mi computadora. —Te
tengo que confesar algo. No la hice yo, sino mi madre.
—Ah —Grayson frunció el entrecejo, lo que de algún
modo lo hizo verse aún más apuesto— ¿Por qué entonces me
dijiste que la habías hecho tú?
—Si, ya sé que es muy tonto —admití—. Fue idea de mi
mamá convencerte de que soy buena cocinera. Pero no te
preocupes. Mañana te traigo la receta.
Por un segundo, me pareció que iba a insistir con algo,
pero luego solo me sonrió. Como si hubiese entendido por qué
mi madre hubiese querido causar esa impresión en él.
—Te recomiendo las costillas de cerdo —dijo,
levantándose de la silla—. No son tan buenas como el cerdo
mechado, pero están cerca. Te traeré un plato.
Intenté no mirarlo, no mirarle la espalda y los hombros
anchos cuando se alejó de mí, pero fue en vano.

*
Esa noche, cuando llegué a casa, mamá no dejó de
molestarme.
—¿Coqueteó contigo? —me preguntó— ¿O te sonrió, al
menos? Los hombres pueden ser bastante sutiles a veces,
cariño, así que tienes que estar atenta a las señales.
—Mamá, es mi jefe —le dije yo—. Trabajo para él
cuidando a su hija. Eso es todo.
—No tiene que ser todo —me contestó ella—. Es un
comentario, nada más.
Max era una niña a la que le gustaba la rutina: dibujar,
después leer, después mirar la televisión, y siempre en ese
orden. Cuidar de ella era fácil. Los años que pasé cuidando a
mis hermanos menores me sirvieron como experiencia.
Aunque me resultaba fácil, no era aburrido. Realmente la
pasaba bien con esta pequeña. Y cada tarde, cuando Grayson
volvía a casa, disfrutaba contándole los pormenores del día.
«Tan solo es porque me gusta hablar de Max», pensé con
terquedad. «No es porque quiero pasar más tiempo con
Grayson».
Esa noche en el bar, le pedí a Ethan un Ramos Gin Fizz.
Era un cóctel difícil que había encontrado en internet y estaba
segura de que lo iba a desorientar por completo al este barman
encantador.
Pero él chasqueó los dedos y dijo:
—En seguida. Y entonces, rápidamente y con gran
destreza, juntó los ingredientes para preparar el trago. Nunca
consultó el celular para fijarse en las instrucciones. Yo lo
miraba atentamente.
Mi sorpresa debe de haber sido bastante obvia, porque
dijo:
—Te dije que mi cerebro es la Wikipedia de los cócteles.
No te será fácil encontrar algo que no sepa.
—Esta ronda la ganaste —dije aceptando el trago—.
¡Pero en algún momento te atraparé!
Ethan se inclinó en la barra y me sonrió.
—Espero que lo hagas. Nadie lo ha hecho jamás
Su teléfono empezó a vibrar y miró la pantalla antes de
decirme:
—Es Grayson. La autoridad e necesita en el
departamento de arriba para que le des un beso de buenas
noches.
Yo me quedé sin palabras. ¿Me lo decía en broma? Pero
Ethan tenía el semblante muy serio. Subir al departamento y
darle un beso de buenas noches a Grayson…
Sin estar del todo segura sobre cómo proceder, tomé un
sorbo del trago y dije:
—Si quiere un beso de buenas noches, tendrá que
pagarme mucho más.
Ethan lanzó una risotada.
—Qué graciosa eres, de verdad. Pero mejor apúrate, Max
se pone gruñona cuando se acerca su hora de dormir y no tiene
lo que quiere.
Entonces entendí de qué había estado hablando. Max era
la autoridad. Quería que la arropara.
Cole asintió la cabeza amablemente cuando salí del bar y
di vuelta la esquina para entrar al departamento. Golpeé una
vez y entré.
—¿Hola?
—Estamos aquí —anunció Grayson.
Seguí la voz hasta la habitación de Max. Grayson estaba
sentado en el borde de la cama con un libro en las manos. Max
estaba tapada hasta el mentón; solo se veía su carita adorable y
su cabello rojo.
—¡Viniste! —exclamó con felicidad.
—Claro que vine. No me hubiera perdido a la posibilidad
de arroparte. Me senté en el borde de la cama, me incliné hacia
adelante y le besé la frente.
—Buenas noches, tesoro. Qué tengas lindos sueños.
—No —dijo—, quiero que termines de leer la historia.
—¿La historia?
Grayson suspiró y me dio el libro.
—Insiste en que seas tú la que leas la última página del
libro.
Agarré el libro y sonreí cuando vi la cubierta.
—Buenas noches, Luna era uno de mis libros favoritos
cuando tenía tu edad —le dije.
—Qué bien —contestó ella—, porque también es mi
favorito. Creo que es el favorito de todo el mundo.
—No me sorprendería —Abrí el libro y fui hasta la
última página. —Buenas noches, estrellas…
—¡No! —interrumpió ella— Empieza antes. En el
cepillo y la papilla.
Grayson me sonrió burlonamente y se encogió de
hombros. Retrocedí una página y carraspeé.
—Buenas noches, peine. Buenas noches, cepillo. Buenas
noches, nadie. Buenas noches, papilla. Buenas noches,
viejecita, que tejes tan calladita.
Mientras leía, sentía la mirada de Grayson fija en mí. Por
un instante, sentí que éramos padres juntos. Era una sensación
rara, pero me emocionó, extrañamente. Como si estuviéramos
conectados de una forma muy especial e íntima.
—Buenas noches estrellas. Buenas noches, aire. Buenas
noches, ruidos. Fui cerrando el libro lentamente. Max tenía los
ojos cerrados y la respiración lenta y constante.
Le di otro beso en la frente. Grayson hizo lo mismo.
Luego encendió el monitor de bebé al lado de la cama y
salimos los dos de la habitación en silencio.
—Siento haberte hecho venir hasta aquí —dijo cuando
llegamos a la sala—. Parece que no hay nadie que reemplace a
Piper. Le has causado una buena impresión.
—¡Ella me ha causado una buena impresión a mí! —dije
yo— Los dos lo han hecho.
Grayson levantó una de sus cejas oscuras.
—¿Los dos?
Era consciente de la intensa cercanía en la que
estábamos. Lo tenía suficientemente cerca como para oler el
aroma masculino que irradiaba su cuerpo. No había pensado
decírselo, pero ahora que las palabras salían de mi boca, seguí
adelante con la exteriorización de mis pensamientos.
—Eres un gran padre —le dije—. Tienes toda la custodia
de tu hija y estás tratando de balancear el hecho de tener dos
empleos. Uno de ellos involucra manejar tu propio negocio, lo
cual probablemente lleva cientos de horas por semana. Y aun
así, te preocupas por pasar tiempo con Max. Es evidente lo
mucho que te adora. La forma en que habla de ti cuando no
estás, y cómo se emociona cuando te ve llegar a casa… es
conmovedor. Lo que estoy tratando de decir es que eres un
gran padre.
Él sonrió y se miró los pies. Parecía que se hubiera
sentido incómodo con mis comentarios.
—Me hace bien escuchar eso —dijo con suavidad—. No
es fácil ser padre soltero, y nadie me da las gracias. A veces
me pregunto si estoy haciendo las cosas bien con ella o si tiene
desventajas por vivir solo conmigo… así que, sí. Me hace bien
escuchar a alguien que piensa que estoy haciendo un buen
trabajo.
—No lo pienso —dije, tomando prestada la frase que
Max había usado antes—. Lo sé con certeza.
Grayson levantó la vista del suelo y me miró a los ojos.
Por primera vez desde que lo había conocido, noté su
vulnerabilidad. Una vulnerabilidad que él nunca dejaba
entrever.
—Gracias —dijo, y pasó por mi lado para abrirme la
puerta.
Ese movimiento nos acercó, nuestros brazos se rozaron,
y sentí un chispazo de electricidad y excitación cuando
nuestros rostros se acercaron.
Y entonces me besó.
11

Grayson

Me había pasado toda la semana tratando de mantener la


distancia con Piper. No me resultaba fácil ignorar su belleza
deslumbrante. El solo mirarla me causaba una erección. No me
resultaba fácil. De hecho, me resultaba casi imposible, al
punto de que pensaba todo el tiempo en ella, aunque no la
tuviera cerca.
Sobre todo, al ver lo bien que se llevaba con mi hija…
Yo siempre me consideré un tipo progresista; quería estar
con una mujer que tuviera una vida plena, una carrera
profesional, pasatiempos, amigos, cualquier cosa que fuera de
ella. Nunca pensé que todas las mujeres solo deberían ser
madres ni nada por el estilo.
Pero al ver cómo Piper cuidaba de Max algo dentro de
mí se despertó; la deseaba y no solo por la atracción física.
Y luego, ella me dijo que era un buen padre.
Toda la vida había estado preocupado justamente por
eso. Cada decisión que había tomado, desde las más
trascendentales a las más cotidianas, todas estaban
condicionadas por esas preguntas inquietantes: ¿esto es lo
correcto para Max? ¿Estoy haciendo lo mejor para ella?
¿Cómo le afectaría esto a ella?
Mi hija era lo más importante en mi vida. Era capaz de
morir por ella. Incluso de matar. Nunca lo había entendido
hasta que ella nació, pero era así.
Y el hecho de que hubiera alguien que me reconociera
como buen padre era un bálsamo tranquilizador para mi alma.
Por eso, cuando me acerqué a ella para abrirle la puerta y
mi brazo rozó el suyo y nuestros rostros quedaron a milímetros
de distancia… no pude no besarla. No tuve la fuerza.
Sus labios estaban tan suaves y tibios, su sabor era mejor
de lo que había soñado. Lo mejor fue que ella me devolvió el
beso; estaba tan hambrienta como yo. Entonces la abracé
fuerte contra mi pecho como si nunca más quisiera dejarla ir.
Exploré su espalda con mis manos y ella me acarició el
cuerpo. Nos besamos, nuestros cuerpos se acercaron con
fuerza magnética y nuestras bocas empezaron a explorarse
hasta que ya no pudimos contener los jadeos y el deseo…
«No».
Algo en mí se refrenó al recordar a Max. Ella tenía que
estar por sobre todo.
Max era lo más importante en mi vida y siempre lo
sería.
Darle un beso a la niñera podría poner todo en riesgo.
Me separé del cuerpo suave y acogedor de Piper y sentí
que alguien me arrancaba el corazón. Por un momento, solo
nos miramos agitados.
—¿Qué sucede? —preguntó Piper con los ojos grandes y
preocupados.
No quería decirle nada; quería demostrárselo con
acciones: llevarla a la habitación y arrojarla en la cama.
Arrancarle la ropa con fuerza y que los botones de su blusa
terminaran en el suelo y luego meterme entre medio de sus
piernas…
—No podemos —logré articular.
Ella pestañeó.
—Considerando lo sucedido en los últimos veinte
segundos, me parece que sí podemos.
—Entonces, no debemos —dije yo—. Eres increíble con
Max. Ella parece otra niña cuando está contigo. Estás logrando
que salga de su cascarón, no sé cómo, no lo entiendo, pero no
puedo ignorarlo. Y si hacemos algo hoy…
«Si nos acostamos», pensé. «Si hacemos el amor. Si
cogemos como animales salvajes, como si solo nos quedaran
unas pocas horas de vida antes de que un meteorito choque
contra la Tierra…».
—… si hacemos algo hoy, entonces podríamos interferir
con los intereses de Max. Y no puedo permitirlo.
Si Piper hubiera desafiado mi lógica, hubiera cedido. Un
hombre no es tan fuerte, sobre todo si está frente a una mujer
como ella. Todavía sentía el gusto de su boca en la mía. Quería
sentir todo su sabor, todos sus sabores…
—De acuerdo —dijo ella con voz apenas audible.
Asintió despacio, como si estuviese hablando para sí misma—.
Entiendo.
Y entonces, sin decir más, salió del departamento.
Fui hasta la sala y me desplomé en el sofá. ¿De verdad
había hecho eso? ¿Había rechazado a una mujer como ella,
mientras estaba en mi casa? Muchos hombres dedicaban gran
parte de su tiempo y energía a tratar de atraer a mujeres como
ella a su casa.
«Muchos hombres no crían a sus hijos solos».
Consulté el reloj. En diez minutos, tenía que relevar a
Cole en su puesto en la entrada para que se tomara su
descanso. Pero todavía no podía bajar.
Fui al baño y me lavé la cara con agua fría. No sé bien
qué intentaba lograr, pero eso hacía siempre la gente, ¿verdad?
Sea cual fuere el resultado deseado, no terminaba de
entenderlo.
La imagen de Piper, fresca e intensa, me volvió a
aparecer en la mente. Antes de entender lo que hacía, me
desabroché el pantalón y me toqué la verga dura y erecta.
Todavía sentía cómo le había agarrado culo a Piper con
las manos. La punta de sus dedos en mis bíceps, que también
buscaban acariciarme. El movimiento de su lengua en mi boca.
Nuestro beso, tan natural y profundo. Me toqué, reviviendo
una y otra vez ese beso. Era mucho mejor que cualquier video
porno.
Era real.
Jadeé y acabé en menos de un minuto. Todos los
músculos de mi cuerpo se tensionaron cuando me agarré la
verga con el puño apretado y el rostro de Piper fijo en mi
mente. Fue tan intenso que las rodillas se me aflojaron y tuve
que sujetarme del toallero con la otra mano para no caerme.
Temblé, jadeé y suspiré hasta que me sentí exhausto.
Mientras me limpiaba, sentía que mi masturbación en el
baño era altamente inadecuada en comparación a lo que quería
hacer con Piper. Un fósforo encendido contra un bosque
ardiente.
Pero por ahora, era suficiente; tenía los pensamientos
más claros.
«Es la niñera», pensé con terquedad. «Si las cosas van
bien, la podría contratar después de Navidad. Si eso es lo
mejor para Max, entonces no puedo ser egoísta y pensar en
mis propios deseos».
Bajé de vuelta al bar con las piernas temblorosas,
preguntándome cuánto tiempo más podría aguantar.
12

Piper

Bajé de vuelta al bar con las piernas temblorosas,


pensando que me habían dado el mejor beso de mi vida.
Un beso explosivo. Un beso intenso que borró todos los
pensamientos. Por veinte segundos que parecieron una
eternidad, nos conectamos de una forma muy especial. Una
conexión que raramente termina en solo un beso. En ese
mismo momento, deberíamos haber estado en su habitación,
arrancándonos la ropa, boca con boca, lengua con lengua,
gimiendo y jadeando, expresándonos sin palabras, con el
cuerpo entero.
Estaba lista. La atracción entre nosotros no había hecho
más que crecer durante la semana. No me hubiera podido
contener aunque lo quisiera.
Pero entonces Grayson me dijo que no.
Y con buenas razones. Lógicamente, tenía razón. Pero el
deseo ardiente entre mis piernas no entendía de razones. Solo
entendía del deseo de sentir su cuerpo contra el mío, sus
manos agarrándome el culo y acariciándome más y más…
Mi cóctel a medio terminar seguía en la barra. Tomé mi
Kindle, que estaba al lado, lo saludé a Ethan con la mano, pues
en ese momento estaba tomando el pedido de alguien, y me
fui. Cole me miró con cierta confusión cuando salí a toda prisa
del bar.
Mientras volvía a casa, repasé todo lo que había sucedido
mentalmente. Por alguna extraña razón, me molestaba más de
lo que debería. Y me llevó todo el viaje de vuelta a casa
entender por qué.
En mi vida, había tenido siete relaciones serias. Y en
cada una de ellas, había sido yo la que las había terminado.
Incluso terminé con Carter Collins, quien se mudó a Francia
por un año y quería probar una relación a distancia. Pero yo
rompí con él. Siete chicos y a todos los había dejado yo. Para
no mencionar a la cantidad de chicos a los que había
rechazado en bares o clubes nocturnos.
Pero hoy, Grayson me había rechazado a mí.
Era un revés incómodo para mí, no estaba acostumbrada.
Considerando, sobre todo, que había realmente sentido cuánto
me deseaba Grayson. Aun así, él había decidido que era una
mala idea y que sería mejor detenernos.
Me sentí impotente. Sentí que no era lo suficientemente
atractiva. Y, por sobre todo, me di cuenta de que Grayson
realmente era un padre increíble, al poner las necesidades de
su hija por encima de sus propios deseos.
Por supuesto que todo eso me hizo desearlo aún más.
Por suerte, mi madre dormía cuando llegué a casa.
Hubiera bastado que me mirara a los ojos para saber lo que
había sucedido. Y no me sentía preparada para tener esa
conversación en ese momento.
Di vueltas y más vueltas en la cama, sin lograr sentirme
cómoda. Mi mente seguía a toda máquina, pensando en
Grayson y en nuestro beso. ¿Estaría despierto él también,
pensando en mí? Claro que estaba despierto. Siempre se
quedaba para cerrar el bar. Seguro que ahora mismo estaría
trabajando.
La mañana siguiente era viernes. Estaba esperando que
llegara el fin de semana, así no tendría que verlo.
Definitivamente, iba a ser muy incómodo. ¿Cómo no iba a
serlo, después del beso que nos dimos? Después de algo así,
dos personas no pueden simplemente volver a actuar con
normalidad. Si no hubiera sido por Max, hubiera dicho que
estaba enferma.
Cuando llegué al departamento y entré, había una maleta
bloqueando la entrada y una mochila que parecía llena.
—¡Mi papá se va de viaje! —chilló Max, y se echó a
correr por el cuarto para abrazarme.
La abracé y dije:
—Ah, ¿en serio?
Grayson se asomó desde la cocina, donde parecía estar
preparando un almuerzo para llevar.
—Lo siento mucho, pero tengo que pedirte un favor
enorme.
—Lo que sea —le dije. Y lo decía en serio.
—Me llegó una propuesta para trabajar en un centro
comercial en Dallas —me explicó. Miró a Max y dijo—: Su
empleado barbudo tiene gripe y necesitan a alguien que lo
reemplace. Así que me ofrecieron el triple de mi salario por
trabajar el fin de semana.
—Ah, ¡qué bien! —exclamé. No tenía idea de cuánto
cobraba un Papá Noel en un centro comercial, pero el triple
sonaba a bastante dinero.
Salió de la cocina y se paró frente a mí.
—Ya sé que te dije que tendrías los fines de semana
libres, pero ¿podrás cuidarla a Max hasta el domingo? Si no
puedes, le diré a Ethan.
—¡Sí puedo! —dije yo.
Él arqueó una de sus cejas oscuras.
—¿Estás segura?
—Totalmente. ¡Nos divertiremos! ¿Verdad, Max?
—¡Podemos hacer una pijamada! —exclamó ella— Una
vez, hice una pijamada con mi amiga Britney. Fue lo máximo.
Grayson titubeó.
—Les iba a decir a Ethan y a Cole que se quedaran
contigo por las noches. ¿No te divertirías más con ellos?
—¡No! —chilló Max— Quiero que se quede Piper.
—Pero es mucho trabajo para ella —le dijo él con
calma.
Yo le toqué el brazo.
—No hay problema, en serio. Si fuera cualquier otro
niño, me lo pensaría. Pero es muy fácil cuidar a Max. Además,
tu sofá parece muy cómodo.
—No seas ridícula. Te haré la cama —Consultó la hora
en su reloj—. Uh, es tardísimo.
—Dallas queda a tres horas, como mínimo —dije yo—.
Si tienes que salir ya, yo puedo cambiar las sábanas y listo.
Grayson apretó la mandíbula y asintió a su pesar. —Las
sábanas están en el armario del pasillo. Te pagaré un buen
bono por todas las horas extra que estás trabajando.
Se agachó para abrazar a la pequeña y la levantó en
brazos. Ella se rio cuando él le llenó la cara de besos.
—Te quiero, cariño —le dijo él.
—Y yo a ti, papi.
La dejó en el suelo y luego se paró frente a mí. Entonces
se me acercó y me dio un abrazo cálido.
—En serio, te debo una —me susurró al oído.
Disfruté el momento en que su cuerpo rodeó al mío; me
hizo acordar a nuestro beso.
Pero terminó tan pronto como empezó. Grayson recogió
su bolso, le tiró un beso en el aire a Max y salió. El aroma de
su perfume quedó flotando en el aire; los restos de un hombre
que no salía de mi cabeza.
13

Piper

Max corrió a pararse sobre el sofá que estaba contra la


ventana y daba a la calle. Vio a su papá alejarse en el coche y
luego se bajó de un salto y me sonrió con la emoción que solo
una personita de cinco años puede expresar.
—¡Qué divertido!
En seguida, nos sumergimos en nuestra rutina. Como
Grayson se había ido tan deprisa, le preparé el desayuno y
luego nos sentamos a leer juntas un rato. Max todavía no sabía
leer, pero le encantaba seguir los libros con el dedo como si
entendiera las palabras.
Luego, mientras le preparaba el almuerzo a Max, me
manché la camisa con jugo de uva por accidente.
—¡Oh oh! —se rio Max— ¡Estás toda sucia!
Yo suspiré y me limpié lo mejor que pude, pero la
mancha seguía estando. No es que me importara tener una
camisa manchada mientras cuidaba de una niña; a ella
ciertamente no le importaba lo que tuviera puesto.
«Cuando llegue a casa, la limpio con OxiClean», pensé.
Entonces pestañé y me di cuenta de que me quedaría allí
hasta el domingo a la tarde. Incluso aunque la camisa no
estuviera manchada, necesitaba más ropa y algunos elementos
personales.
—Oye, Max, —dije yo—. ¿Qué te parece si nos vamos
de travesía?
—¡Sí! —gritó ella. Luego, frunció el ceño y agregó—:
¿De travesía? ¿Al campo?
Yo me reí por su imaginación.
—Es una forma de decir. Quiero decir, salir de casa, salir
a pasear.
—Entonces, ¿por qué no mejor dices «vamos a pasear» y
listo?
—Tienes razón—admití—. Pero te cuento algo: a veces
los adultos también cometemos errores.
Max reflexionó un momento.
—Mi papá dice que el tío Ethan cree que sabe todo, pero
no, y a que a veces comete errores.
Yo resoplé.
—Sí, Ethan puede ser así.
Después de almorzar, cerré la puerta con llave y nos
subimos a mi coche.
—Ay, no, ¿usas un asiento especial para el coche?
Los rizos rojizos de Max se sacudieron en cascada
cuando negó efusivamente con la cabeza.
—Antes sí, pero ahora ya no porque soy grande.
—Menos mal.
Cuando abrí la puerta del acompañante, Max me miró
consternada.
—Pero todavía me siento atrás —explicó—, es obvio.
Cerré la puerta del acompañante y abrí la de atrás.
—Claro. Han pasado muchos años desde que cuidaba a
mis hermanos pequeños. Ya me olvidé de todas estas cosas.
Abroché su cinturón de seguridad y conduje hasta mi
casa. Mi madre estaba en el trabajo, así que el lugar estaba
vacío y en silencio.
—Qué linda es tu casa —dijo Max mientras la llevaba de
la mano hacia la planta de arriba—. Tienes un jardín y
alfombra en la escalera y hay un olor rico. No está el Ciervo
Sediento abajo. ¿Hace mucho que vives aquí?
—Sí, aquí crecí —le expliqué—. Cuando me fui a la
universidad, me mudé, pero volví cuando me gradué. Así que
he vivido aquí prácticamente toda mi vida.
—¿Cuántos años son?
—Yo tengo 31, así que réstale los cuatro años de la
universidad… 27 años.
Max ahogó un grito.
—¡Eso es mucho tiempo! ¿Por qué nunca te fuiste a vivir
a otro lado?
—No encontré un empleo que me gustara —le conté
mientras entrábamos a mi habitación—. Algún día, me
gustaría mudarme a Nueva York. ¿Sabes dónde queda?
Ella negó con la cabeza.
—¿En Kansas?
Yo lancé una carcajada.
—No, queda mucho más lejos que Kansas.
—Mi mamá va todo el tiempo a Kansas —dijo, sin un
ápice de emoción en la voz. Solo lo decía como un hecho—.
Mi papá dice que es por eso que no está nunca. Tiene amigos
en Topeka.
Se le hizo difícil pronunciar el nombre de la ciudad, así
que tuvo que partirlo en sílabas: To-pe-ka.
Puesto que era un tema tan sensible y que yo no sabía
cómo manejar la conversación, lo único que le contesté fue:
—Topeka es una ciudad muy linda.
Agarré un bolso de viaje y empecé a llenarlo de ropa. Ya
que estaba, me saqué la camisa manchada y me puse una
limpia. Max me miraba con curiosidad.
—¿Y eso qué es? —preguntó
—¿Qué cosa?
Ella se acercó y me levantó la camisa.
—Esto. Parecen las antiparras que uso en la piscina de la
escuela pero más grandes.
—Ah, es un sostén. Es algo que usan las mujeres.
Ella torció la cabeza.
—¿Y por qué yo no tengo de esos?
—Cuando seas más grande, los usarás —dije riéndome
—, pero por ahora no los necesitas.
Rogué en silencio que no me preguntara más nada. Por
suerte, se metió en mi armario y empezó a husmear entre mis
vestidos
—Qué lindos —Se detuvo frente a un vestido de verano
color amarillo con florcitas estampadas y breteles finos—. A
mi papá le gustaría que te pongas este.
Yo, que estaba sacando calcetines de un cajón, me detuve
para preguntarle:
—¿Eso crees? ¿Por qué lo dices?
—Porque mi mamá tiene un vestido parecido a este. Es
amarillo como Big Bird. Cada vez que mi mamá se lo ponía,
mi papá sonreía.
—Ah —Seguí llenando el bolso de ropa interior y luego
me senté en el borde de la cama. Hablar de su mamá una vez
era casualidad, pero dos veces en el lapso de diez minutos
significaba que quería hablar al respecto.
—Me enteré de que viste a tu mamá hace unos días.
Ella asintió y siguió examinando mi armario.
—Estuvo divertido, supongo. Dijo que estábamos
celebrando mi cumpleaños aunque mi cumpleaños fue hace
mucho. Me regaló una muñeca, pero era la misma que me trajo
la otra vez. Creo que se olvidó. Íbamos a jugar juntas toda la
semana, pero la llamó su amigo y se fue con él. Entonces me
dejó con Papá Noel en el centro comercial y volvió a Kansas
City.
Max no parecía molesta al respecto, pero sí hablaba de
una madre ausente cuya prioridad en la vida no era su hija. Por
supuesto, no podía saber todo el contexto de lo que sucedía,
pero me sentí muy triste por Max. Los niños casi siempre
entendían estas cuestiones, aunque no lo demostraran.
De pronto, se escuchó un golpe en la planta de abajo y el
ruido de tacones sobre el piso de cerámicos.
—¿Y eso qué es? —preguntó Max.
—Debe de ser mi madre, que acaba de llegar —dije yo.
Salimos de mi habitación y nos cruzamos con mi madre
que subía por las escaleras.
—Llegaste temprano —le dije.
—Sergio, uno de los socios, me invitó a jugar al golf esta
tarde.
Yo la miré arqueando una ceja.
—¿Sergio? Han estado pasando bastante tiempo juntos
ustedes dos.
—No empieces. Es uno de los socios. Estoy muy por
debajo de su nivel —Se detuvo para quitarse los zapatos de
taco—. Pasé por casa para cambiarme. ¿Qué haces tú aquí?
¿El Papá Noel sensual te dio la tarde…?
El sonido de su voz se apagó cuando Max se asomó
desde mi habitación. El rostro de mi madre se encendió y
entonces se agachó, haciendo un esfuerzo con su falda
ajustada.
—Bueno, hola, pequeña —dijo en un tono muy dulce—.
Soy Angela, la mamá de Piper. Tú debes de ser Max. ¡Me han
contado mucho sobre ti!
Cuando salió hacia el pasillo, se sintió cohibida, pero se
relajó cuando mi madre la abrazó.
—Me encanta tu cabello rojo —le dijo—. Te pareces
mucho a mi otra hija, la hermana de Piper.
—¿Dónde está? —le preguntó Max.
—Vive en Minnesota.
Max arrugó la cara.
—¿Mine-soda?
Yo luché por contener la risa pero mi madre la corrigió:
—Minnesota. Es otro estado.
Max entonces distendió el rostro al comprender.
—Ah. Seguro que queda cerca de Kansas.
—Grayson me pidió que la cuidara este fin de semana —
le dije a mi madre—. Vine aquí por algunas cosas que necesito
llevarme.
A mi madre le brillaron los ojos.
—¿Te quedarás con el Papá Noel sensual? ¿En serio?
—¿Qué Papá Noel? —quiso saber Max.
—Nadie, cariño —dije, fulminándola a mi madre con la
mirada—. No está en su casa. Se fue a Dallas por el fin de
semana. Seremos Max y yo.
—Bueno, eso no es igual de divertido —dijo mi madre.
Y de pronto, se compuso y le dijo a Max—: ¡Es muchísimo
más divertido!
—¡Sí! —gritó Max— Piper es mi nueva mejor amiga.
—Deberíamos irnos… —empecé a decir, pero entonces
mi madre empezó a acribillar a preguntas a Max.
—¿Alguna vez tu padre lleva mujeres a la casa?
—¡Mamá!
—A veces —dijo Max, frunciendo la cara al pensar—.
Pero no por mucho rato. Él dice que soy la única chica que
necesita.
Mi madre se llevó una mano al corazón.
—Eso es lo más dulce que he escuchado —Entonces
bajó la voz y añadió—: Si no vas por él, iré yo.
—Pero a papá le gusta mucho Piper —dijo Max.
Entonces las dos nos volvimos a ella.
—¿En serio? — preguntó mi madre.
Max asintió con la cabeza.
—Ahá. A los dos nos gusta mucho.
—¿Qué ha dicho exactamente sobre Piper? —insistió mi
madre.
Por más interesada que estaba en la respuesta, no me
agradaba el hecho de que mi madre interrogara de ese modo a
la niña.
—Gracias, ma, pero nos tenemos que ir. Diviértete
jugando al golf.
En el coche de vuelta al apartamento, fuimos escuchando
música. Después de un rato, la miré a Max por el espejo
retrovisor. Ella iba con la cabeza ladeada, tarareando la
canción.
—¿Tu papá te ha dicho algo sobre mí alguna vez? —le
pregunté tratando de sonar casual.
Ella siguió con la cabeza ladeada y dijo:
—Eh, pues dijo que eres muy linda.
Casi tuerzo el volante por la sorpresa, pero de algún
modo logré mantener el coche dentro de mi carril en la
autopista.
—¿En serio? ¿Dijo eso?
—Algo así.
—¿Qué quieres decir?
Ella se quedó dubitativa.
—Pues, creo que yo dije que eras muy linda y él estuvo
de acuerdo.
—Ah, bien.
—¡El tío Ethan también estuvo de acuerdo! —agregó
ella.
—¿De veras?
Ella asintió.
—Tenía una gran sonrisa en la cara, así que creo que
estuvo muy de acuerdo.
Sentí que la cara se me ponía roja al pensar que Grayson
y el lindo chico de la barra habían hablado de mí. No me
importó que el tema lo hubiera sacado una niña de cinco años.
—No veo la hora de llegar —dije yo—. Va a ser un fin
de semana divertidísimo.
14

Piper

La tarde en el departamento arriba del Ciervo Sediento


pasó como un torbellino de actividades entretenidas.
Transcurrió como las anteriores tardes que había pasado con
Max, solo que esta vez se extendió hasta la noche.
—¿Cuándo vamos a ir abajo? —me preguntó Max.
—Nos podemos quedar aquí, si quieres —le dije—. La
única razón por la que bajas al bar es para que tu papá pueda
trabajar allí mientras te cuida.
Una expresión de confusión le surcó el rostro.
—Siempre bajamos. Quiero bajar a jugar.
—De acuerdo, de acuerdo. Haremos la misma rutina de
siempre, no hay problema —dije yo.
Max asintió con seguridad, como si nunca hubiera tenido
dudas de que así iba a ser.
Bajamos las escaleras y fuimos por el callejón. Pero
cuando quise rodear el edificio por la esquina, ella se detuvo.
—Nunca vamos por ahí —me dijo.
Yo fruncí el ceño.
—¿Por qué no?
—Mi papá dice que nos podemos meter en problemas.
Hay una entrada secreta.
Recordaba vagamente que alguien había mencionado que
no se permitía la presencia de menores en los bares de
Oklahoma. Aunque fuera para entrar a una habitación
separada. Así que me encogí de hombros y pregunté:
—¿Y dónde está la entrada secreta?
—¡Por aquí!
Max corrió hasta la pared de ladrillos donde estaba el
contenedor de basura. Había dos conductos metálicos que
provenían del interior del edificio: uno para la basura orgánica
y otro para los elementos reciclables. El conducto de la basura
terminaba en el contenedor pero el de los reciclables no
terminaba en ningún lado. Tenía, en cambio, una escalera
extensible.
—Espera, espera —le dije a Max cuando vi que agarraba
la escalera—, ¿vas a subir por ahí?
—¡Siempre lo hago! —exclamó ella—. Pero tú eres muy
grande; tendrás que dar la vuelta. ¡Nos vemos adentro!
Me sentía escéptica respecto a todo esto, aunque cuando
me acerqué para observar bien, vi que el conducto y la
escalera estaban impolutos. Me quedé viendo cómo Max subía
por el conducto metálico y luego di la vuelta para entrar al
restaurante por la puerta de entrada e ir hasta la habitación que
los chicos llamaban Nursery. Al lado había un pasillo de
servicio que llevaba a la cocina y los depósitos, donde había
dos conductos de basura empotrados en la pared. Llegué justo
a tiempo para ver a Max salir por uno de ellos y aterrizar con
habilidad en el suelo.
—¡Vaya! Quién lo hubiera dicho —exclamé, mirando
por el conducto. Llevaba directamente a la escalera que había
visto en el callejón.
Max salió disparada a la Nursery y se sentó en la mesita
en miniatura, abrió la caja de crayones y empezó a colorear el
papel. Se puso a dibujar, tarareando una melodía para sí. Yo
me senté en el sofá con el Kindle y me dispuse a disfrutar de
un momento tranquilo de lectura.
Después de una hora de tranquilidad, Max dejó los
crayones de lado y anunció:
—¡Tengo hambre!
—¡Somos dos! —dije yo— ¿Qué hacen para la cena?
¿Tu papá pide algo en el bar?
—Mi papá siempre habla con Jenna, que es la cocinera.
Tienes que hablar con la cocinera para que te de comida —dijo
poniendo los ojos en blanco como si fuera lo más obvio del
mundo.
A la cocina se llegaba por la otra puerta del pasillo. De
camino, me crucé con dos meseros que iban a toda prisa con
platos de comida en las manos.
—¡Pasando! —me gritaron cuando les salí al paso.
La cocinera era una mujer machona, con los brazos
llenos de tatuajes. Me miró y me dijo:
—Los baños están del otro lado, señora.
—Ah, lo siento —dije yo—. De hecho, soy la niñera de
Max. Estoy aquí para buscarle la cena.
Jenna se detuvo con la espátula en mano y me miró fija y
seriamente.
—Ahora entiendo por qué le gustas al jefe.
Al principio, pensé que se refería a Max, tal como Ethan
lo había hecho el día anterior al hablar de ella como la
autoridad. Pero luego me di cuenta de que se refería a
Grayson. Sentí que me ponía roja.
—¿Qué le apetece a Max hoy? —siguió Jenna, como si
no acabara de hacer un comentario acerca de mi apariencia—
¿Tiras de pollo?
—Sí, has adivinado bien.
Jenna dejó la espátula a un lado y fue al refrigerador, de
donde sacó una bolsa de tiras de pollo, que dispuso en una
plancha.
—Es viernes, y los viernes son de tiras de pollo y papas
fritas. La niña es más predecible que el suplemento del
periódico.
Yo me reí y dije:
—Sí, ya me percaté de ello. ¿Podrían ser dos?
—Claro —dijo entre dientes.
—Oye, ¿puedo preguntarte algo? —Como no respondió,
seguí adelante— Max se metió por la escalera en el
conducto…
Ella lanzó una risotada.
—Sí, es una tontería, pero nadie la puede ver entrando
por el frente, nos quitarían la licencia. Probablemente,
tampoco esté permitida su permanencia en la Nursery, porque
técnicamente es parte del bar, pero al menos nadie la ve.
Cuando Jenna metió la cesta metálica en aceite, se
escuchó un ruido crepitante. Volvió a la plancha sobre el fuego
y me miró, como si la sorprendiera encontrarme todavía allí.
—La comida estará lista en diez minutos —dijo.
Mientras volvía a la Nursery, pensé en lo que la cocinera
me había dicho: «Ahora entiendo por qué le gustas al jefe».
Ella pensaba que Grayson gustaba de mí. Max también
había admitido que Grayson había dicho que yo le parecía
bonita. Y además, también pensaba en el beso que nos
habíamos dado la noche anterior. Un beso fogoso, de esos que
te encienden por dentro, pero que había terminado demasiado
pronto, para mi gusto.
Me sentí molesta. Claramente, nos gustábamos.
Teníamos una química intensa e inexplicable. Ahora, la excusa
de Grayson me parecía débil. ¿Qué importaba que yo fuera la
niñera de su hija? Eso no tenía por qué afectarnos a nosotros.
Si nos liábamos, si salíamos, si hacíamos lo que fuera, y no
resultaba, podíamos volver a tener la misma relación
profesional. Yo jamás dejaría de ser la niñera de Max por
acostarme con alguien una noche.
Dejé de lado el Kindle y me quedé pensando. ¡Eso debe
de haber sido exactamente lo que Grayson había asumido! Que
si nos involucrábamos y luego no funcionaba, entonces yo me
desquitaría con Max.
Mi molestia pasó a convertirse en enojo. Yo jamás haría
algo así. Aunque hacía solo unos pocos días que la cuidaba a
Max, Grayson ya debería conocerme un poco.
Tal insulto me molestaba como una piedra en el zapato, y
no pude quitarme la mala espina por el resto de la noche.
A eso de las 8, apareció Cole para desearle las buenas
noches a Max. Me sentí más animada al ver la forma en que la
pequeña se trepaba a este hombre corpulento y él, a su vez, la
abrazaba. Un poco más tarde, apareció Ethan para hacer lo
mismo.
—Ayer no me diste las buenas noches —lo regañó Max.
—Lo siento, pequeña —se disculpó Ethan—. Había
mucha gente en el bar y no me pude escapar. Pero, ¿sabes qué
significa eso?
—¿Qué?
—Significa que hoy te voy a dar dos abrazos en vez de
uno.
Ella se rio cuando él la abrazó de nuevo, meciéndola
antes de soltarla.
La rutina nocturna de Max comenzaba con un baño, que
incluía tantos juguetes de goma que apenas dejaban ver el
agua. Después de secarla y ponerle el pijama, le peinaba el
cabello. Max me pedía muy educadamente que lo hiciera igual
de bien que su papá.
—Tengo mucha experiencia peinándola a mi hermana —
le dije.
—¿En Mine-soda?
—¡Exacto!
Aunque Max tenía una estantería llena de libros, siempre
me pedía que le leyera Buenas noches, luna. Surtía efecto; sus
párpados caían pesados antes de terminar el libro. Le di un
beso en la frente, encendí el monitor de bebé y apagué la luz.
Llevé mi bolso a la habitación de Grayson y me detuve
en la puerta. El desorden de su habitación contrastaba
notablemente con el resto del departamento, pulcramente
ordenado. Las sábanas estaban arrugadas y hechas un lío. Una
de las almohadas colgaba del borde de la cama. Había remeras
y un par de jeans tirados en el suelo y la cajonera tenía tres
cajones abiertos. Su computadora portátil yacía abierta en la
mesa de luz, junto a un manojo de cables de carga de
diferentes dispositivos.
Por fortuna, el baño estaba limpio, no era un completo
desastre. Tuve que hacer un esfuerzo para no revisarle el
gabinete de las medicinas. Bien por mí.
Cuando elegí qué prendas traer conmigo, la interrupción
de mi madre hizo que me olvidara de empacar un pijama. Así
que quité la ropa y me puse una camiseta.
Estaba exhausta por no haber dormido bien la noche
anterior, así que me fui a la cama sin preámbulos. Fue
entonces cuando recordé que tenía que cambiar las sábanas.
Quité el edredón y dejé al descubierto las sábanas debajo. Se
veían limpias, aunque estaban desordenadas. Olfateé la
almohada, y olí el detergente de lavar.
Viéndolo ahora, es un asco. Y si un chico hubiera hecho
lo mismo, de seguro hubiera pensado que era raro, al menos.
Pero estaba demasiado cansada y las sábanas me parecieron lo
suficientemente limpias para mis estándares. No me sentía con
fuerzas para cambiarlas.
Así que me metí en la cama y me tapé con el edredón.
Suspiré aliviada. La tela se sentía suave en mi piel, como
si estuviera recién lavada. Apoyé la cabeza en la almohada e
inhalé profundo.
Sentí el olor de Grayson, débil pero agradable. De
inmediato, recordé nuestro beso y la forma en que él me había
abrazado, tan fuerte, durante unos pocos segundos, como si yo
le perteneciera de verdad.
Así rodeada por su olor, me quedé dormida en cuestión
de segundos.
15

Piper

Me desperté con el delicioso aroma de tocino frito y


salado.
Giré en la cama y me sonreí. Este era el beneficio, o la
desventaja, dependiendo de cómo lo viera, de vivir arriba de
un restaurante: el aroma de la comida a toda hora. A mí me
resultaba una forma muy agradable de despertarme.
Luego escuché el ruido de cubiertos y ollas. Alguien
estaba cocinando aquí, en el departamento.
Salté de la cama como si se estuviera prendiendo fuego
la casa; algo que bien podría estar sucediendo. Niños de cinco
años y sartenes no son una buena combinación. Abrí la puerta
de la habitación de golpe y corrí a la cocina.
Era Ethan, parado frente a las hornallas, revolviendo
huevos en una sartén mientras freía tocino en otra.
—¡Se despertó la niñera! —dijo contento, mirándome
por sobre un hombro— Ya me preguntaba cuánto debería
esperar para despertarte…
A medida que sus ojos iban bajando por mi cuerpo, su
voz se apagó. Fue entonces cuando me di cuenta de que solo
llevaba puesta una camiseta y la misma ropa interior de ayer.
—¡Mierda! —exclamé e inmediatamente me giré para
volver a la habitación.
En unos segundos, ya me había puesto un pantalón, pero
me tomé algunos minutos más para que se me pasara la
vergüenza.
—¡Se despertó la niñera! —dijo Ethan de nuevo cuando
volví a la cocina— Ya me preguntaba cuánto debería esperar
para despertarte.
Yo pestañé confundida.
—Ya lo dijiste.
Ethan giró una perilla para apagar una de las hornallas y
empezó a emplatar los huevos.
—Pensé que sería mejor comenzar la mañana de nuevo y
fingir que la primera vez no ocurrió.
—Gracias —musité— ¿Qué estás haciendo aquí?
—El tío Ethan me está haciendo el desayuno —dijo Max
todavía somnolienta. Pasó por al lado mío y se abrazó a la
pierna de Ethan—. Es sábado. Los sábados viene Ethan a
preparar el desayuno.
—Ya escuchaste a la señorita —dijo Ethan. Sacudió la
pierna pero Max seguía aferrada a él—. Ve a sentarte a tu silla,
cariño.
La niña sacudió la cabeza, aferrándose con más fuerza a
Ethan.
—No puedo servirte a menos que estés sentada —dijo él
—. Después de desayunar puedes seguir siendo un monstruito
adorable.
Por fin, Max lo soltó y corrió al otro lado de la mesada
de la cocina. Se subió a una banqueta y exclamó ¡Comida, por
favor! con una vocecita de lo más tierna y exigente.
Ethan me miró con sus ojos azules.
—Lo mismo para ti, Flautista de Hamelín.
—¿Flautista de Hamelín?
—Sí, como el cuento de los hermanos Grimm. ¿Lo
conoces? —Entonces suspiró y se llevó un trozo de tocino a la
boca— No has visto nada.
Me uní a Max para desayunar y entonces Ethan nos
sirvió la comida. Además del tocino y los huevos, había
rodajas de pan tostándose en el horno para comer con manteca
y mermelada. Los tres devoramos los platos. Solo había dos
banquetas en la cocina, así que Ethan desayunó parado en la
cocina, frente a nosotras.
Cuando terminó, apoyó el plato y anunció:
—Ya es hora de que me vaya. ¿Cómo hago para bajar?
Max se rio y dijo:
—¡No!
Ethan puso expresión pensante. Entonces, alzó un dedo y
exclamó:
—¡Ya sé! Tomaré el ascensor.
Hizo como si estuviese apretando un botón y empezó a
descender. Desde donde estábamos sentadas, la isla nos
bloqueaba la parte inferior de su cuerpo entonces parecía que
desaparecía por un ascensor invisible.
Max se tapó la boca con ambas manos.
—¡No puedo comer si me estoy riendo!
Ethan volvió a aparecer.
—Qué mal, el ascensor está averiado. Supongo que
tendré que ir por las escaleras… —Entonces comenzó a hacer
como si estuviera bajando los escalones de a uno hasta que
solo pudimos verle el cabello rubio.
Max se desternillaba de la risa a tal punto que terminó
escupiendo restos de comida en el plato.
Siguió riéndose también cuando Ethan hizo como si se
alejara en canoa y luego regresara tirando por una soga. No se
detuvo hasta que la pequeña no fue más que un manojo de
lágrimas de risa.
—Lo mejor de entretener a alguien de cinco años es que
los viejos trucos siempre funcionan —me dijo Ethan. Dio una
palmada sobre la mesada y dijo: —De acuerdo, ni bien termine
de limpiar los platos, te dejo en paz.
—Yo lavaré los platos —dije, poniéndome de pie—. Tú
ya te hiciste cargo del desayuno, así que yo limpio.
Inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.
—Es muy amable de tu parte. A la hora del almuerzo,
abriré el bar. Si necesitas algo, solo dilo.
Durante la mañana, hicimos la rutina de siempre con
Max. Mientras le preparaba un sándwich de mermelada y
mantequilla de maní, miré el celular.
—Está muy lindo afuera —comenté—. Está soleado,
podríamos ir al parque si quieres. ¿Hacen eso con tu papá?
—A veces —dijo ella—, pero no me gusta mucho el
parque.
—¿Por qué no?
Ella se encogió de hombros.
—No lo sé. ¿Podemos quedarnos y jugar con el tren?
—Todavía no tienes un juego de tren —señalé.
—Pero puedo planear por dónde irán las vías que quiero
construir —me explicó ella pacientemente—. Entonces,
cuando Papá Noel me traiga el juego de tren para Navidad, ya
sé cómo lo voy a armar.
—Es una idea excelente —Le quité la corteza al pan y
me detuve—. ¿Ya le has dicho a Papá Noel qué quieres que te
traiga?
—Todavía no. Casi siempre, mi papá le dice a Papá Noel
lo que quiero.
Le puse el sándwich en frente.
—Te tengo una sorpresa, entonces. ¡Termina la comida y
te mostraré!
Por la tarde, fuimos en coche al centro comercial. Me
sentí extrañamente nostálgica volviendo allí después de haber
sido despedida. Fui por un camino que me llevó directamente
hasta Sunglass Shack. En mi lugar, había una chica de aspecto
gótico que parecía aburrida hasta el hartazgo.
«Qué bueno que esa no soy yo».
La fila para el taller de Papá Noel era larguísima; pero,
por suerte, no estábamos apuradas. Max miraba en derredor
impresionada y cada vez más emocionada a medida que nos
acercábamos, y señalaba todos los detalles que veía.
—¡Mira el trineo! Y detrás, ¡el taller! ¿Piensas que esa
mujer puede ser un elfo? Está vestida de elfo, pero parece
demasiado alta.
Por fin, le llegó el turno a Max, que corrió escaleras
arriba hasta el sillón de Papá Noel y se sentó sobre su pierna.
—¡Vaya! Qué adorables rizos rojos tienes… —empezó a
decir Papá Noel.
—Quiero un tren de juguete—lo interrumpió Max—.
Igual al que hay en el centro donde Piper y yo jugamos. En la
habitación donde me llevaste los otros días. Y también quiero
los vagones que me contó Piper: los de pasajeros, los de carga,
los de carbón… No te olvides de ninguno. Y quiero muchas
vías, un millón de vías —Max se detuvo a pensar un momento
y luego añadió—: Mejor, que sean dos millones.
Sonreí al ver la escena. Este Papá Noel parecía
legítimamente más viejo, su barba parecía genuina. Me reí
para mis adentros. Ahora que Grayson me había arruinado la
magia, no paraba de adivinar la edad de cada Papá Noel que
veía.
Cuando salíamos del centro comercial, Max me contó
toda la conversación que había tenido con Papá Noel al pie de
la letra.
—¿Ahora podemos ir a casa a planear el recorrido del
tren? —me preguntó.
—En realidad, tengo otra idea.
Max puso cara rara cuando nos detuvimos en el parque.
Busqué con la mirada un sitio despejado y luego dos palos.
—¿Ves este pedazo de tierra? —pregunté yo—. Podemos
usar esto para planear el recorrido del tren.
Pasé el palo por la tierra para mostrarle.
—Este rectángulo es la estación.
Max abrió los ojos como platos.
—La estación tiene que ser más grande. Así —Barrió la
tierra con el pie para borrar el trazo y entonces dibujó un
rectángulo más grande.
—¡Vaya, esa estación es enorme! —exclamé.
—Tiene que ser enorme para que pueda ir toda la gente
—me explicó sin levantar la mirada—. ¡Va a ser la estación
más grande del mundo!
En toda la tarde que pasé jugando con Max, no me
acordé ni un minuto el beso que me había dado su padre.
16

Piper

Esa noche, después de acostar a Max, me acomodé en el


sofá para distenderme un poco. Había terminado el libro que
estaba leyendo en el Kindle y todavía no tenía ganas de
comenzar otro, así que puse Netflix y elegí el primer programa
que me sugería. Era una serie coreana, muy de moda
últimamente.
Apenas había comenzado el primer episodio, cuando
alguien golpeó la puerta. Era Ethan, que se asomó.
—¿Ya me perdí el saludo de las buenas noches? —me
preguntó.
—Sí, se durmió hace diez minutos —Sostuve el monitor
de bebé y le subí el volumen para que escuchara la respiración
lenta de Max.
Ethan refunfuñó.
—Qué mal. Cuando terminó mi turno, me tuve que
quedar a ayudar al otro barman. Max va a estar enojada
conmigo mañana.
—Quería bajar al bar a saludarte, pero le dije que era
mala idea.
—Sí, es muy mala idea —enfatizó Ethan—. En
Oklahoma, no se permiten niños en los bares. Cada tanto, Max
se escabulle atrás de la barra para abrazarme. Pero siempre
temo que alguien nos pueda ver y denunciar.
Empezó a marcharse, pero entonces vio el programa en
Netflix.
—¿Qué miras?
—No estoy segura —repliqué—. Se llama El juego del
calamar, pero todavía no entiendo si es comedia o drama.
Ethan se sentó en el sofá a mi lado.
—¿Tiene subtítulos? Te gusta tanto leer que hasta lees
cuando miras televisión.
—No me molestan —dije yo—. Prefiero el subtítulo al
doblaje.
—A mí no me gusta —sentenció Ethan—. Cuando miro
tele, me quiero relajar. Pero si hay subtítulos, siento que estoy
esforzándome o algo. ¿Qué tal se portó Max hoy?
—Genial, como siempre —contesté—. Como Grayson
está en Dallas, aproveché para llevarla al centro comercial a
ver a Papá Noel. Y luego fuimos al parque.
—Qué bueno —dijo Ethan—. Grayson suele llevarla los
fines de semana, cuando el otro Papá Noel está en el centro
comercial. Pero últimamente ha estado tan ocupado…
Mi teléfono, que estaba sobre la mesita baja, empezó a
vibrar. Era la notificación de un correo electrónico. No
necesitaba abrirlo, pues la vista previa en la pantalla ya me
decía todo lo que necesitaba saber:

«Estimada Piper Cantey: Muchas gracias por su interés


en el puesto de asistente junior. Lamentamos informarle
que…

—¿Malas noticias? —preguntó Ethan— Estás mirando


tu celular como si te hubiera insultado.
—Es solo otra carta de rechazo —dije entre dientes.
Ethan se quedó mudo.
—Qué mal, lo siento.
—A esta altura ya estoy acostumbrada. No me afecta.
Ethan se giró en el sofá para mirarme de frente.
—Oye, no te pongas mal. Es normal que te rechacen mil
veces antes de que te acepten en un empleo.
—No sé si eso sucederá algún día.
Ethan negó con la cabeza.
—Es igual a cuando sales en citas con chicos. ¿A quién
le importa cuántas personas deslizan el dedo hacia la
izquierda? Cuando conoces por fin a esa persona con la que
conectas de verdad y no puedes parar de pensar en ella… te
olvidas de todos los rechazos. Habrán valido la pena.
Se pasó una mano por el cabello rubio y me sonrió con
esperanza. Y yo me encontré devolviéndole la sonrisa. Aunque
el rechazo laboral me afligía, era más fácil compartir la
desilusión con alguien.
—¿Sabes una cosa? —preguntó Ethan—. Le escribiré un
correo electrónico a la esposa de mi primo, que trabaja en la
industria editorial.
—Ese sería un lindo gesto de tu parte. ¿Tienen una
relación cercana?
—No tanto — dijo—. La conocí el día de su casamiento,
aunque no he vuelto a hablar con ella. Pero vale la pena
intentarlo. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Sacó su celular y envió el correo. Cuando lo volvió a
apagar, miró al televisor con el ceño fruncido.
—¿Qué están haciendo?
—Están jugando a luz roja, luz verde —expliqué—. Solo
pueden avanzar cuando hay luz verde. Luego, cuando la
persona grita luz roja, se detienen.
—Yo jugaba a eso de niño —dijo él—, me encantaba.
¿Cómo juegan en este programa?
—Es parte de una competencia en la que ganan dinero,
creo. O sea, estoy confundida porque no sé si…
De repente, una lluvia de disparos arrasó con los
participantes del juego, que cayeron al suelo como moscas.
—¡Ah, mierda! —exclamó Ethan.
La escena siguiente fue muy sangrienta y espantosa. Los
participantes que se movían mientras estaba la luz roja morían
de un disparo. Los participantes gritaban y corrían en todas
direcciones presas del pánico y entonces también les
disparaban. Los dos nos quedamos mirando el programa en
silencio hasta que terminó.
—Uf, qué intenso —dijo Ethan.
Yo di un respingo.
—Creo que pondré otra cosa. Me gusta la acción, pero
no quiero mirar este programa sola.
—¿Sola? —preguntó Ethan con expresión de confusión
— Aquí estoy yo.
—Pensé que no querías mirar algo con subtítulos.
—Pero haré una excepción por este programa de locos.
A menos que prefieras ver otra cosa. No quisiera imponerte…
—¡Para nada! —respondí rápidamente— Miremos otro
capítulo.
Él se puso de pie de un salto.
—Voy a buscar algo de comer.
Puso una bolsa de palomitas de maíz en el microondas y
luego derritió un poco de manteca para echarles por encima.
Mientras hacía eso, corrí escaleras abajo para buscar un pack
de cervezas en la despensa del bar.
Vimos juntos otro capítulo de El juego del calamar, y
luego otro. El programa era espeluznante de a ratos, pero
también muy atrapante. Después de cada episodio, nos
abalanzábamos sobre el control para reproducir el siguiente a
toda prisa.
—Tú, definitivamente, ya estarías muerta —bromeó
Ethan.
—¡Hubiera perdido en el primer juego! — exclamé— Ni
bien comenzó la masacre, hubiera corrido a campo traviesa.
Tú, seguramente, también. Después de todo, trabajas detrás de
un escritorio todo el día.
—Ah, pero por las noches soy barman —dijo él—. Estoy
acostumbrado a trabajar bajo presión. Deberías ver lo caótico
que se pone el bar los sábados a la noche. Me alegra terminar
temprano.
—Bueno, a mí me alegra que ese equipo haya perdido —
dije, señalando la pantalla.
—¿Por qué?
—Ese equipo había elegido solo hombres y había
excluido a las mujeres.
Ethan se encogió de hombros.
—Era el juego de tirar la soga. Tenían que pensar en la
mejor estrategia.
—¡Los hombres no son siempre los más fuertes!
—Es verdad —reconoció él— Jenna me ganaría, estoy
seguro.
—¿Jenna, la que cocina abajo?
Él asintió.
—Trabajaba en la marina. Da mucho miedo. Siempre
tengo la sensación de que me rebanaría el cogote si alguien le
ofreciera diez dólares. Pero en general, los hombres tienen más
fuerza que las mujeres.
Claro que Ethan tenía razón. Diez hombres al azar tienen
más fuerza que diez mujeres al azar. Pero me estaba
divirtiendo mucho molestándolo con eso.
—Me pareces muy machista —sentencié—. La próxima
vez que la vea a Jenna, le voy a dar un billete de diez dólares.
Ethan se me quedó mirando.
—No te atreverías.
—Creo que sí —dije y consulté la hora—. La cocina
sigue abierta diez minutos más. Quizás pueda bajar hasta allí
ahora mismo…
Me puse de pie, pero Ethan me tomó del brazo para
bajarme de nuevo. Para lograr que me soltara, le hice
cosquillas en la axila. Me soltó la muñeca y trató de
sostenerme lejos de su cuerpo, así que deslicé un pie y lo
pateé.
Ethan se cayó al suelo con un sollozo de dolor, pero me
seguía sosteniendo tan fuerte que me caí con él. Los dos en el
suelo, forcejeamos para retomar cada uno el control. Al final,
terminó arriba mío, sosteniéndome los brazos por encima de la
cabeza.
—Admítelo —dijo, respirando agitado—. Los hombres
somos más fuertes.
—¡No lo son! —exclamé yo—.
Traté con todas mis fuerzas de zafarme, pero no me pude
escapar de debajo suyo. Y tampoco podía defenderme con las
rodillas porque todo el peso de su cuerpo estaba sobre mí.
Nos quedamos en el suelo unos segundos en silencio,
mirándonos a los ojos, a milímetros de distancia, sintiendo la
respiración del otro en la cara. La expresión en los ojos azules
de Ethan pasó del triunfo a la curiosidad.
No sé quién besó primero a quién, pero en cuestión de
segundos nuestras bocas se juntaron.
17

Piper

No me había dado cuenta del grado de mi frustración


sexual después del beso que me había dado con Grayson dos
noches atrás. Había sido un beso hermoso, pero también
inadecuado, porque nos tendría que haber llevado a hacer más
cosas. Muchas más cosas. En el fondo, no había dejado de
pensar en eso.
Sentía un fuego dentro de mí y necesitaba con urgencia
aplacarlo.
Ethan no era tan musculoso, no estaba tan marcado como
Grayson, pero eso no significaba que no fuera sexy a su modo.
Además, era muy divertido y encantador y dulce. Las últimas
horas que habíamos pasado mirando televisión, habían volado.
Y si no podía estar con Grayson, entonces…
Ethan me estampó un beso en los labios. Yo acerqué todo
el cuerpo hacia él con deseo, usando las piernas para mantener
el equilibrio porque él todavía me tenía agarradas las manos.
La forma en que me manejaba me encendió, despertó algo
primitivo en mí. Quería que siguiera manejándome como más
le gustara. Quería que me hiciera lo que quisiera.
«Besa incluso mejor que Grayson», pensé.
Nuestros labios juntos fueron una explosión. Metió su
lengua dentro de mi boca con urgencia y yo la acepté de igual
manera. Ethan dejó escapar un suspiro profundo y pegó su
cuerpo contra el mío, apoyando todo su peso arriba de mí y
entre mis piernas. Por fin, me dejó uno de los brazos libres
para acariciarme el cuello sin despegar su boca de la mía.
«Esto es lo que necesitaba. Esto justamente».
Recorrí su espalda con las manos, sintiendo todos sus
músculos por debajo de la camiseta de algodón, que luego
levanté para tocarle la piel. Todos sus músculos se contrajeron
rítmicamente cuando se empezó a mover encima de mí y a
frotar su bulto por encima de mis jeans. Me imaginé cómo
sería si no hubiera ropa entre nosotros, si fuera su verga la que
estuviera frotando en la entrada de mi vagina húmeda. Al
pensarlo, gemí desde lo más profundo de mi garganta.
De pronto, nos interrumpió una tos que venía del monitor
del bebé.
Nos quedamos en silencio, sin despegar nuestros labios.
Escuchamos que Max tosió tres veces más. No se estaba
ahogando. Luego, siguió el sonido lento y suave de su
respiración.
Le sonreí a Ethan.
—¿En qué estábamos?
Pero él no me sonreía a mí. Se incorporó hasta quedar de
rodillas. Me miro fijo por un buen rato y luego dijo:
—No podemos hacer esto.
—Anoche también se despertó tosiendo —dije yo—.
Creo que estamos bien, siempre y cuando no hagamos ruido.
Intenté buscarlo pero él se alejó.
—No se trata de Max. Bueno, en realidad creo que un
poco sí. Pero de otro modo. Tú eres su niñera. Le prometí a
Grayson que no me acercaría a ti.
Yo dejé escapar un suspiro largo de insatisfacción.
Estaba teniendo un déjà vu.
—¿Es que acaso soy pésima besando o qué? Porque si
alguien más me va a rechazar después de besarme…
Ethan sonrió con picardía.
—No besas mal, para nada. Créeme —Entonces su
sonrisa se esfumó—. Espera, ¿quién más te rechazó?
Me senté en el borde del sofá y me sostuve la cabeza con
las manos.
—Sucedió el martes por la noche. Grayson me besó y de
pronto cambió de parecer y me dijo que no podía hacerlo
porque soy la niñera de Max. Casi exactamente lo mismo que
me dijiste tú.
Ethan lució sorprendido por un segundo, luego su rostro
se contorsionó disgustado.
—Qué malnacido. No puedo creer que me diga que no
puedo hacer algo y luego él va y lo hace…
—Está bien, como sea —dije yo—. Si estoy fuera de los
límites…
Ethan se arrodilló frente a mí, me agarró la barbilla con
las manos y me besó más fuerte y apasionadamente que antes.
En un segundo de claridad, le pregunté:
—¿Qué sucede con lo que prometiste…?
—No me importa nada de eso —dijo él, agitado—. Lo
único que me importa es esto.
Me besó y me llevó hasta el sofá. Todos mis argumentos
se esfumaron. Le agarré la camiseta y empecé a tironearla
hasta que él captó la idea y se la quitó por encima de la cabeza.
Entonces él deslizó los dedos por los botones de mi camisa,
desabrochando uno por uno sin despegar su boca de la mía.
Cuando terminó de desabrocharme la camisa, me la quitó y la
hizo a un lado. Luego, recorrió con su boca la línea de mi
cuello y mis senos.
Eché la cabeza hacia atrás y dejé escapar un gemido
suave. Él llevó su boca hasta uno de mis pezones y pasó la
lengua en círculos, lo succionó suavemente mientras con una
mano agarraba el otro y lo pellizcaba con sutileza, y eso me
provocó choques de electricidad por todo el pecho. Quise
quitarle toda la ropa, así que me agaché y le desabroché los
jeans para sacárselos. Ethan volvió a acercarse a mí y esta vez
fue directo a mis bragas de algodón.
«Ahora estamos más cerca de lo que quiero», pensé,
«pero todavía falta».
Busqué con los dedos la cremallera de sus jeans, los
desabroché y abrí el cierre para sentir el bulto en mi mano.
Pero Ethan me quitó la mano, tal como había hecho antes
cuando jugábamos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Él me miró con picardía.
—Todavía no.
Volvió a ponerse de rodillas en el borde del sofá, me
agarró las piernas y me las separó. Hundió la cabeza en mis
bragas, con su nariz me acarició la pelvis a través de la tela.
Inhalé y exhalé lentamente mientras él se movía hacia arriba y
hacia abajo. Nuevas oleadas de placer me recorrieron el
cuerpo. Se sentía genial, pero quería otra cosa, quería más. Él
seguía jugueteando.
Intenté quitarme las bragas, pero él me sostenía los
muslos con firmeza, separándomelos mientras continuaba con
su nariz en mi pelvis.
De pronto, se alejó, me sonrió y dijo en un susurro:
—Luz roja.
Tardé unos segundos en darme cuenta del juego que
estaba jugando.
—Siempre detesté ese juego de pequeña.
Él me corrió las bragas con los dedos y entonces sentí el
aire fresco en mi vagina húmeda.
—Los juegos son divertidos — Inhaló profundo para
sentir mi olor.
—De acuerdo —dije, desesperada por sentirlo—. Luz
verde.
Ni bien terminé de decir la frase, su lengua recorrió mi
vagina en un movimiento vertical. Suspiré primero con
sorpresa y luego con placer cuando me empezó a dar sexo
oral. Su lengua se movía en círculos, humedeciendo aún más
mis labios y la entrada de mi vagina.
—Luz roja —susurró él, y sentí su aliento tibio en la
parte interna de mis muslos.
Gemí y bajé la mirada hacia él.
—Detesto este juego aún más de adulta.
Ethan me miraba con una sonrisa lasciva.
—No entiendo por qué. A mí me encanta.
Le agarré el pelo y traté de llevarlo de nuevo a mi pelvis,
pero él era más fuerte que yo y se quedó quieto.
—Por favor —rogué—, te necesito.
—No es así como funciona el juego.
Mis entrañas ardían por él, así que grité:
—¡Luz verde!
Esta vez, su lengua se movió en círculos alrededor de mi
clítoris. Jadeé y arqueé la espalda por el intenso placer que me
producía, sobre todo cuando envolvió mi clítoris con su boca y
succionó suavemente. Entonces, me empezó a acariciar los
labios externos con un dedo para luego penetrarme con él.
Si no había resultado obvia su habilidad con las manos
por su trabajo en el bar, ahora quedaba en plena evidencia.
Sumó otro dedo y empezó a cogerme con la mano
rítmicamente, en perfecto compás con su lengua en mi
clítoris.
—Me encanta tu sabor —dijo gimiendo—. Podría
chupártela toda la noche.
Al oírlo, me volví loca de placer. Todos los problemas se
esfumaron en un segundo, y en el mundo no existíamos más
que él y yo en el sofá.
Muy pronto, no pude resistir el impulso de acercar mi
pelvis a su cara. Temía que en cualquier momento gritara «luz
roja». Si lo hacía, yo gritaría «luz verde» tan fuerte que
despertaría a todo el barrio, Max incluida. Pero por suerte, no
se detuvo ni un instante. Arqueé la espalda y eché la cabeza
hacia atrás por las oleadas de éxtasis que me embargaban, tan
intensas que involuntariamente cerré los ojos y comencé a
temblar.
Gemí y gemí en el sofá. Ethan me besó tiernamente la
parte interna de mis muslos, mientras me acariciaba con
dulzura. Sentía sus labios sonriendo contra mi piel, satisfecho
por su trabajo.
Pero no era suficiente.
—Más —le dije al oído—. Quiero más de ti.
Él entrecerró los ojos con picardía.
—¿Cuánto más?
—Quiero todo de ti —le dije. Acerqué mis labios a los
suyos para darle un beso y sentí mi propio sabor en su boca.
Me acerqué para desabrocharle los jeans , pero él dio un
paso hacia atrás y entonces pude ver que ya los tenía a medio
quitar. «Se estaba tocando mientras me la chupaba», pensé. Y
me calentó muchísimo la idea de saber que a él lo excitaba
chupármela.
Se quitó los jeans y entonces le vi la verga por primera
vez, larga y gruesa. Me mordí el labio al verla. Tenía unos
vellos rubios en la base y las venas rodeando el glande
sobresalían.
Verla no era suficiente. Estiré la mano para agarrársela.
Quise hacerlo con suavidad y firmeza al mismo tiempo, tal
como él me había agarrado las muñecas antes. Pero ni bien
sentí su verga en la mano, no me pude contener más y empecé
a acariciarlo hacia adelante y atrás.
—Espera —me dijo.
Yo pestañé sorprendida cuando él se fue corriendo a la
habitación. Volvió unos minutos después con un paquetito
plateado. Lo abrió y sacó el preservativo de adentro para
ponérselo sobre su pene erecto.
Ahora que ya tenía protección, dejó escapar un sonido
gutural y se subió sobre mí. Nuestras bocas se acercaron como
si estuvieran imantadas. Nos tiramos en el sofá y él se subió
sobre mí. Entonces yo lo acaricié, le agarré el pene y lo
conduje hasta mi orificio. Lo fui guiando, moviendo la mano
hacia arriba y abajo, acariciándolo con la punta de mis dedos
hasta que llegó a mi vagina húmeda.
Antes de hacer lo que estábamos a punto de hacer, me
tomé un segundo para preguntarle:
—¿Estás seguro de que quieres romper tu promesa?
—A la miera mi promesa —dijo—. No hay ninguna
promesa que me pueda detener ahora.
Con todo el peso de su cuerpo sobre el mío, me penetró
en una embestida lenta y profunda. Yo estaba tan húmeda, que
su verga entró en mí con facilidad, de a poco, cada vez más
profundo, hasta que sentí sus vellos púbicos en mi pelvis.
Los dos jadeamos en ese momento de conexión. Él me
pellizcó la mejilla suavemente y me miró fijo a los ojos, como
si me estuviera viendo por primera vez.
Una parte de mí quería tomarse todo el tiempo del
mundo para disfrutar de ese instante. Pero entonces Ethan me
dio un beso y empezó a moverse en un vaivén sobre mí. Le
pasé los dedos por entre medio de su pelo, por la nuca, y él me
empezó a coger cada vez más fuerte y rápido.
Cerré los ojos y me rendí al deseo de nuestros cuerpos.
18

Ethan

Cuando estuve frente a frente con Piper, pensé: «No


puedo creer que casi me pierdo de hacer esto».
La vida es muy corta, eso es algo que todos saben pero
pocas personas realmente lo aprecian. Podría vivir hasta
cumplir cien años o podría morir mañana en un accidente
automovilístico saliendo del bar.
No me malinterpreten: tampoco corro riesgos
innecesarios. Soy de los que planean el futuro, los que ahorran
para la cuenta de pensión en el plan 401 (k) de la empresa.
También tengo una cuenta de ahorro para poder abrir mi
propio bar de mixología.
Pero por algo así, una mujer como Piper, divertida,
soltera, tan deslumbrante y hermosa que me causaba dolor
físico, no podía pensar en el largo plazo. Tenía que aprovechar
el momento. Y si eso molestaba a mi mejor amigo, pues, sería
algo con lo que tendría que lidiar luego.
Ahora mismo, lo único que me importaba era estar con
esta mujer increíble.
Piper se aferró a mí cuando la penetré y empecé a
moverme rítmicamente, saboreando la electricidad que nos
producía nuestra conexión. Me encantó ver la mirada en sus
ojos de sorpresa cada vez que salía y la volvía a penetrar. Y
cómo me clavaba las uñas en la espalda… Era todo lo que
podía hacer para evitar acabar demasiado pronto.
Y luego, justo cuando los dos empezábamos a respirar
más agitadamente, me puso una mano en el pecho para
detenerme.
—¿Qué pasa? ¿Sucede algo? — inquirí.
Ella me sonrió.
—Luz roja.
—¿Lo dices en serio?
Intenté seguir pero ella me detuvo con un movimiento de
sus caderas.
—Luz. Roja —dijo de nuevo— ¡Sí, a ver si te gusta!
Yo apreté la mandíbula.
—De acuerdo, tú ganas. Luz roja.
Probablemente, me hizo esperar unos cinco segundos
pero parecieron cinco horas. Todavía seguía dentro de ella,
apenas con la punta de la verga dentro de su vagina. Ella hacía
fuerza con los muslos para aferrarse más fuerte a mí. El placer
y, al mismo tiempo, el dolor de no poder moverme, me
resultaron exquisitos.
—Luz verde —dijo jadeando, apenas en un susurro.
Yo volví a mecerme dentro de ella y pronto los dos
estábamos jadeando por el esfuerzo físico y la sensación
placentera en simultáneo. Al menos, tenía la certeza de que era
igual de difícil para ella decir luz roja como para mi acatar su
orden.
Empecé a cogerla cada vez más y más rápido,
desesperado por recuperar el tiempo perdido.
—Luz roja —Esta vez sonó como si estuviera
maldiciendo.
—Olvídate del juego —le dije, aunque la obedecí de
todos modos—. Quieres que siga, igual que yo.
Ella sacudió la cabeza suavemente, pero no pudo evitar
sonreírme.
—Luz verde —dije susurrando con mi boca pegada a la
suya, rozándola pero sin besarla— Dilo.
—No.
—Hazlo, sabes que lo quieres.
Piper se alejó unos centímetros de mí y entonces mi
verga se deslizó hacia afuera de ella. Estiró una mano para
acariciarme las bolas, luego me recorrió toda la base del pene
con las uñas y las puntas de sus dedos. El pene se irguió al
menor contacto.
—Estás sudado —me dijo en un susurro.
—Hace calor aquí —mentí.
Ella amplió la sonrisa y me acarició la verga
seductoramente.
—Pensé que habías dicho que eras bueno jugando este
juego.
—Lo era —dije entre dientes—, pero no lo jugábamos
así cuando era chico.
Piper me acarició el pene cerca de la entrada de su
vagina.
—Eso espero. Luz…
Apenas dejé que terminara la frase para penetrarla de
nuevo, bien profundo y con un solo movimiento. Ella echó el
cuello hacia atrás y gimió suavemente al sentir la penetración
y mis movimientos, que empezaron a ser cada vez más
rápidos. Yo me desesperaba por cogerla y cogerla antes de que
me detuviera de nuevo. Ella arqueó la espalda y eso me
permitió ir más profundo. Con cada embestida sentíamos una
oleada de éxtasis.
Finalmente, cuando Piper irguió la cabeza para mirarme
de frente, me sentí listo. Antes de que pudiera decir «rojo», le
metí la lengua en la boca para darle un beso.
Ella gimió en mi boca y trató de decir algo pero sus
palabras fueron incomprensibles.
Así, moviendo nuestros cuerpos rítmicamente, deslicé la
mano por el costado de su cuerpo hasta su culo para
agarrárselo. Su piel era suave y tersa y entonces le agarré el
culo con toda la mano para penetrarla con mayor intensidad,
más y más rápido. Sus gemidos empezaron a ser más audibles,
al punto de que pronto estaba gritando tanto de placer que ya
no fue capaz de decir «luz verde». Solo pudo decir mi nombre
y rogarme que la siguiera cogiendo.
—Ethan, ay sí, sí, así —decía, y entonces todo su sexo
empezó a contraerse.
Yo tampoco pude refrenarme más. Me sentía
completamente vulnerable entre sus brazos. Estallé dentro de
Piper, pero aun así no me detuve porque sus gritos y sus jadeos
iban en aumento.
—¡Ay, Ethan, sí, sí!
Sentí cómo su cuerpo se tensionaba debajo del mío y
cómo acababa con un espasmo. Le clavé los dedos en la carne
de sus muslos, de su culo y la seguí cogiendo, imaginando que
no tenía puesto un condón y que la estaba llenando de mi
semen.
Los dos temblamos y jadeamos juntos. Luego,
exhalamos, mirándonos a los ojos.
La besé con dulzura, su boca sabía a transpiración.
Luego me dejé caer en su pecho.
Ella me pasó los dedos por entre medio del pelo,
acariciándome la cabeza.
—No me dejaste decir luz roja.
—Ah, ¿eso era lo que intentabas decir? —le dije
jadeando— No me di cuenta. Estaba demasiado ocupado
besándote.
—Demasiado ocupado haciendo trampa, querrás decir.
Le besé el pecho con dulzura.
—Si encuentras una regla que lo prohíba, entonces
admitiré que hice trampa.
Ella refunfuñó pero de inmediato empezó a reírse, y su
risa hizo vibrar todo su cuerpo debajo del mío, incluso los
músculos de su vagina dieron un espasmo mientras mi verga
estaba todavía dentro de ella.
—¿De qué te ríes?
—De nada —dijo ella—, a veces me río
involuntariamente cuando estoy feliz.
—¿Estás feliz ahora? —le pregunté— No me imagino
por qué.
Piper me miró con cierta picardía y me dio una palmada
en la nalga. Le debe de haber gustado lo que tocó porque en
seguida estiró las manos para agarrarme del culo con fuerza.
—Qué insolente —le dije yo en broma.
Ella me dio un besito en la mejilla y dijo:
—Ah, vamos, no creo que sea de mala educación
agarrarte del culo.
Consulté el reloj.
—Vaya, no me di cuenta de que era tan tarde.
—El tiempo se pasa volando cuando te diviertes.
—Sí —dije yo—. Fue divertido mirar la serie contigo. El
resto estuvo más o menos bien.
Ella me volvió a mirar con picardía y luego me hizo a un
costado para incorporarse. Fue al baño y cuando lo hizo,
aproveché para agregar mi número a sus contactos. Me saqué
una selfi y la usé como foto del contacto. Luego, fui al baño y
me acicalé.
Cuando salí, ella estaba completamente vestida.
—Me pone triste verte con ropa —le dije.
Ella hizo una mueca y me preguntó:
—¿Quieres quedarte a dormir?
Yo dudé.
—Eh, no lo sé. Creo que podría confundir a Max…
—Ya está acostumbrada a verte para el desayuno —dijo
esperanzada—. Podrías hacer de cuenta que llegaste temprano
para desayunar.
Realmente tenía muchísimas ganas de decirle que sí y
quedarme durmiendo con ella. Quería dormir a su lado y
abrazarla. Enredar mis piernas entre las suyas y acariciarle los
pies por debajo de las mantas.
—Solo los sábados vengo a prepararle el desayuno a
Max —dije suspirando—. Y además, mañana me tengo que
levantar temprano.
—Ah, de acuerdo —dijo ella— ¿Tienes que ir a la
iglesia?
Yo sacudí la cabeza.
—No, estoy en una liga de kickball.
Piper se cruzó de brazos.
—¿Kickball? ¿No es un juego de niños?
Me empecé a poner el pantalón.
—Los adultos también lo juegan.
—Nunca escuché a nadie de más de trece años decir que
juega al kickball —dijo con escepticismo.
—Después de jugar, nos vamos a tomar unas cervezas.
Eso no lo hacen los niños —Me puse la camisa por arriba de la
cabeza—. Además, aunque no tuviera partido de kickball,
sería raro dormir en la cama de mi amigo.
—Ah, claro. Tienes razón, sería raro —admitió ella.
Me acerqué y la abracé.
—¿La próxima vez nos vemos en tu casa? Entonces
podré quedarme a dormir.
—¿La próxima vez? —dijo riéndose— Vivo con mi
madre.
—Bueno, entonces en mi casa —dije dándole un beso en
la mejilla— Nos veremos en mi casa —Y le di un beso en la
otra mejilla.
La sonrisa de Piper se esfumó y puso cara seria.
—Oye, Ethan.
—Sí, dime.
—¿Te arrepientes? —me preguntó— ¿De haber roto tu
promesa a Grayson?
Le di un beso largo y apasionado en la boca.
—No me arrepiento ni un poco.
Me acompañó hasta la puerta, nos volvimos a besar y
entonces me fui.
Es curioso cómo las cosas pueden cambiar tan rápido.
Cuando había ido temprano al bar ese día a cubrir mi turno,
había planeado volver a casa y jugar al Call of Duty por un
buen rato. Hacía mucho que no volvía a casa temprano, pues al
trabajar como barman eso no me sucedía a menudo.
Cuando subí al departamento para saludar a Max, no
esperaba pasar el rato con Piper. Mucho menos esperaba hacer
lo que habíamos hecho.
«Resultó mucho mejor que jugar al Call of Duty»,
pensé.
El único problema era Grayson. No le había mentido a
Piper: no me arrepentía de lo ocurrido. Pero aun así tenía que
ser franco con mi amigo. Al principio, seguramente se
molestaría, pero podía hacerle entender que no tenía por qué
afectar el trabajo de Piper como niñera de Max.
Saqué el teléfono y luego me lo volví a meter en el
bolsillo. Lo más probable es que Grayson estuviera
durmiendo. Le escribiría mañana, después del partido de
kickball.
Cuando salí al callejón, un hombre alto y de hombros
anchos estaba reclinado contra la pared justo afuera de la
puerta del departamento. Una nube de vapor salió de su boca y
se disipó entre medio de la luz de la calle.
—¡No me robes! —dije en broma— No tengo un peso,
lo juro.
Cole rechinó los dientes.
—Pensé que ya te habías ido.
—Sí… este… —me pasé una mano por el cuello—. Me
distraje.
Cole era un tipo silencioso, pero muy perspicaz. Subió la
mirada hasta el departamento arriba del bar y luego me miró a
mí. Me miró a mí por un buen rato.
—Me estás tomando el pelo.
—No.
Volvió a inhalar el cigarrillo electrónico y exhaló hacia
un costado.
—A Grayson no le va a hacer mucha gracia.
—No fue algo que hice premeditadamente. Subí para
darle las buenas noches a Max y entonces Piper y yo
empezamos a charlar y nos quedamos viendo una serie en
Netflix. La coreana.
Cole me miraba impasible. Entonces repitió:
—A Grayson no le va a hacer mucha gracia.
—No tiene por qué afectar el trabajo de Piper —insistí.
Cole, con su silueta enorme, se encogió de hombros.
—¿Ya le has dicho?
—Le contaré mañana.
—¿Por mensaje de texto? — Cole rechinó los dientes.
—Sí, tienes razón. Es un tema para hablar cara a cara.
Él asintió como si yo hubiera llegado a esa conclusión
por mí mismo.
—Me alegra que hayamos hablado, amigo —Le di una
palmada en el brazo y empecé a caminar.
—Ethan.
Me detuve para darme la vuelta. Sus ojos oscuros eran
dos pozos negros en el medio de la noche.
—¿Fue algo casual? —me preguntó— ¿O fue algo más?
Yo sabía que todavía seguía en esa especie de nube en la
que uno queda después de hacer algo como lo que había hecho
con Piper. Pero aun así, decir que era algo casual no se
correspondía con lo que sentía. Piper y yo teníamos una
conexión física, emocional e intelectual. Recién la conocía, sí,
pero sentía que era diferente con ella.
—Fue más —dije sacudiendo la cabeza—. Ella es mucho
más. No tienes idea.
19

Piper

Después de que Ethan se fue, me quedé con tal sensación


de alegría que casi no pegué un ojo.
«No puedo creer lo que acabamos de hacer».
Yo jamás fui de irme a la cama con un chico que apenas
conocía. Si estaba con alguien, era en serio, no por una noche.
Esto de haberme acostado con un chico sin si quiera haber
tenido una cita era muy raro en mí.
«Pues, tuvimos algo parecido a una cita hoy», pensé.
«Cuatro episodios de El juego del calamar, y cerveza y
palomitas de maíz».
No me sentía rara con respecto a lo sucedido. De hecho,
me sentía más contenta ahora que después de una cita normal.
Seguramente eran las hormonas postcoitales. Pero no me
importaba.
De lo único que me arrepentía era de que Ethan no se
hubiera quedado a dormir conmigo. A mí me encantaba
acurrucarme después del sexo. Sí, a la mayoría de las mujeres
les gusta eso, pero a mí me gustaba más que al resto.
Ethan había hablado de una próxima vez. Ese
pensamiento me hizo sonreír.
Me desvestí, me lavé los dientes y me metí en la cama.
En la cama de Grayson. Fue entonces cuando me di cuenta por
qué me sentía tan contenta después de lo de hoy: era porque el
vacío que había dejado el rechazo de Grayson finalmente se
había llenado. La frustración sexual se había transformado en
satisfacción.
Me sentía un poco extraña acostándome en la cama de
Grayson después de haber tenido sexo con su mejor amigo.
Cuando me acomodé contra la almohada, pude sentir el aroma
de Grayson entre las sábanas. Se me entremezcló de una
manera extraña con el recuerdo del aroma de Ethan y su sabor
en mis labios.
«La próxima vez», había dicho, y así, pensando en sus
palabras me fui quedando dormida.
A la mañana siguiente, la llevé a Max a desayunar a
McDonald’s. El resto del día transcurrió distendido, lo
pasamos leyendo y dibujando trenes.
Cerca del mediodía, me escribió mi madre.

Mamá: ¿Cuándo vuelve el Papá Noel sensual? ¿Llegará


para la cena?
Piper: Se llama GRAYSON y dijo que llegaría tarde.
Sale de Dallas a las 5 y no sabe cómo estará el tránsito.
Mamá: Creo que deberías intentar encontrar una excusa
para quedarte a dormir de nuevo allí. Por qué no, compartir
una copa de vino y entonces, tendrías una excusa para decirle
que no puedes conducir.
Piper: Mamá…
Mamá: Y luego, podrías invitarlo a terminar la botella
de vino, acurrucarse en el sofá, tal vez prender la chimenea.
Piper: ¡Ni siquiera tiene una chimenea! Y si la tuviera,
¡tampoco haría eso!
Mamá: ¡Te estás perdiendo una oportunidad de oro!
Cuando un hombre llega a casa y lo recibe una mujer que ha
estado cuidando a su hija, no puede evitar sentirse atraído por
ella.
Piper: Hoy por la noche voy a estar en casa y ese es el
fin de la discusión.
Mamá: De acuerdo. Te guardaré un plato de comida.
Puse los ojos en blanco. ¿Qué diría mi madre si le
contaba que ya le había dado un beso a Grayson? ¿O que me
había acostado con Ethan? Mierda, ni siquiera sabía quién era
Ethan
Sabía que en algún momento le contaría, porque siempre
le contaba todo. Mi madre era mi confidente. Aunque
definitivamente no quería contarle nada sobre Ethan todavía.
Al menos hasta saber qué había entre nosotros. Y además,
Ethan tenía que hablar con Grayson y contarle todo.
Como si lo hubiera llamado con el pensamiento, en ese
momento me llegó un mensaje en el celular. Apareció el
nombre de Ethan como el remitente y una foto de su cara.
«¿Cuándo agendé su número?» me pregunté.
No había ningún mensaje escrito, sino que se trataba de
un video. Apreté play. El video empezó a reproducir la imagen
de un campo de softball visto desde el banquillo. El campo
estaba repleto de gente en jeans y en uniforme amarillo.
El lanzador tiró una pelota al home plate. Rebotó
suavemente por el césped hasta que el bateador dio un paso
largo al frente y pateó la pelota con el costado del pie. La
pelota se despegó del suelo y voló por el aire por encima de la
gente en el campo hasta que la agarró alguien fuera de la
cancha.
«Solo quería mostrarte cómo juegan al kickball los
adultos», dijo Ethan. «¡Algún día deberías venir a
alentarnos!»
El video terminó.
—¿Qué es kickball? —preguntó Max.
—Es un juego, ¿ves? —Me agaché para mostrarle el
video— Es parecido al béisbol, pero los jugadores patean una
pelota más grande.
Max no pareció sorprendida.
—Mi papá me llevó a ver un partido una vez pero me
pareció muy aburrido. ¡Aunque ese día escuché un tren que
pasó detrás nuestro!
—¡Vaya, eso es genial!
De pronto, el celular empezó a vibrar. Era Ethan, que
ahora me llamaba. Contesté y dije:
—¿Cuándo agendaste tu número en mi teléfono?
La pantalla cambió y apareció su rostro: era una
videollamada por Facetime. Detrás de él, se veía el cielo
celeste. Apenas escuchaba lo que me decía por los ruidos de la
multitud.
—¡Sí! —gritó Ethan. La imagen rebotaba, como si
estuviera corriendo— ¡Acabo de anotar un jonrón!
—¡Deja de filmar y corre a las bases! —le gritó alguien.
—Estoy dejando constancia de lo increíble que soy. ¡El
mundo debe saberlo! ¡Sí!
Yo lancé una risotada.
—O sea, marcas un jonrón, ¿y lo primero que haces es
llamarme?
De pronto, lo rodearon sus compañeros, que empezaron a
gritarle vítores y palmearlo en la espalda. Entonces llegó al
banquillo.
—Dijiste que no era bueno jugando al juego de luz roja,
luz verde —dijo él—, así que quise mostrarte lo bueno que soy
en los juegos infantiles. ¡Ahí tienes!
—Entonces, admites que es un juego infantil —
remarqué.
Él me miró y se secó la transpiración de la frente.
—Pensaba en ti, eso es todo. Me hubiera gustado
quedarme a dormir contigo. Bueno, me tengo que ir, mis
compañeros me llaman. ¡Saluda a Max por mí!
—¡Hola, tío Ethan! —gritó ella contenta, agitando la
mano frente a la cámara.
Ethan nos tiró un beso y colgó.
«Pensaba en mí». Ya sabía que probablemente lo hacía,
pero igual era lindo escucharlo. Me gustaba que no tratara de
hacerse el desentendido después de haber estado conmigo. No
lo tomaba a la ligera. Quería que yo supiese que pensaba en
mí.
—¿Por qué estás sonriendo? —me preguntó Max.
—Estoy contenta, es todo —le respondí.
«Puede ser que entonces aquí haya algo».
20

Piper

Los domingos, el Ciervo Sediento permanecía cerrado,


así que tuve que cocinar la cena para Max. Por suerte, Grayson
me había dejado indicaciones: palitos de pescado y
macarrones con queso.
—¡Es obvio! —gritó Max cuando le pregunté si le
parecía bien— Es domingo.
«Realmente esta niña es un animal de costumbres».
Luego, hicimos la rutina de siempre; la bañé, le leí un
cuento antes de que se durmiera y luego apagué la luz. Volví a
la sala de estar y estuve a punto de ponerme a mirar El juego
del calamar, pero luego decidí que quería seguir mirándola con
Ethan. Al final, saqué el Kindle y empecé a leer un nuevo
libro.
A eso de las 9, llegó Grayson. Dejó el bolso en el suelo y
cruzó el umbral sonriéndome. Se le notaba el cansancio en su
rostro sexy.
—¿Fue un fin de semana largo? —le pregunté.
—Ni te imaginas. Ya vuelvo.
Fue hasta la habitación de Max en puntas de pie y entró
sin hacer ruido. Yo, mientras tanto, me quedé en la sala y
empecé a juntar mis cosas. Por el monitor de bebé, escuché
voces.
—¿Papi?
—Soy yo, cariño. Te extrañé.
—¡Y yo a ti! Quise esperarte despierta pero me dio
sueño.
—Está bien, no te preocupes. Me alegra poder saludarte
ahora.
Hubo una larga pausa.
—Max, no sabes cuánto te amo, hija.
—Lo sé.
—Nadie nunca podrá alejarte de mí —dijo con seriedad
—. Tienes que estar segura de eso. ¿De acuerdo?
—De acuerdo, papi —dijo Max bostezando.
El ruido de pasos anunció que Grayson estaba volviendo
a la sala. Dejé de escuchar y volví a concentrarme en armar mi
bolso.
—Gracias por haberla cuidado el fin de semana —me
dijo—. Te debo una.
—El placer fue mío —exclamé yo—. Se porta muy bien,
no es broma.
—Sí, lo sé, es una niña especial.
Lo dijo en un tono de voz extraño. Tan extraño que me
puso la piel de gallina.
«¿Lo sabe?», me pregunté. «¿Tal vez Ethan le contó todo
y está molesto?»
—¿Sucede algo? — inquirí.
—No te preocupes —Levantó el bolso del suelo y lo
llevó a la habitación.
Lo seguí sintiendo el estómago revuelto.
—¿Sucedió algo en Dallas?
Dejó el bolso en el armario y se sentó en el borde de la
cama.
—En Dallas todo iba genial hasta que me llamó la mamá
de Max. Dijo que quiere contratar a un abogado y… —
Levantó los ojos hacia mí—. Disculpa, no quiero cargarte con
esto. Seguramente todo lo que quieres hacer es ir a casa.
—No, está bien —dije sentándome a su lado—. ¿Qué
pasó?
Grayson dejó escapar el aire con una larga exhalación.
—Karen, la mamá de Max, nunca quiso tener hijos.
Tampoco quería tenerla a Max. En parte, por su carrera
musical. Ella toca el bajo en varias bandas. Anda de aquí para
allá, dado recitales o yendo a recitales de otras bandas. Es su
vida.
—Max siempre fue un incordio para Karen —siguió él
—; una obligación que no quería asumir. Me llevó mucho
tiempo darme cuenta de que nunca iba a ser la madre que Max
necesita. Cuando rompimos, Max tenía un año y yo obtuve la
custodia. Karen ni siquiera se presentó en el juzgado, porque
estaba en un concierto en San Francisco. Otra vez, había
elegido su propia vida por encima de la de Max.
Dejó escapar un quejido.
—¿Y sabes qué? De acuerdo. Como sea. Acepté el hecho
de que yo había obtenido la custodia. Hice muchos sacrificios
para poder hacerme cargo de ella.
—Pero si tú tienes la custodia —pregunté con suavidad
—, ¿por qué estuvo con Max la semana pasada?
Volvió a suspirar.
—Porque cada tanto, Karen reaparece después de una
gira, desesperada por ver a su hija. Es como si le diera culpa
haber abandonado a Max y quiere absolver la consciencia
pasando con ella varios días. Legalmente, no debería dejar que
la viera.
—Y entonces, ¿por qué lo haces?
Grayson se pasó una mano por su pelo oscuro.
—No lo sé. Porque es más fácil de ese modo y porque
Max merece saber quién es su mamá. Y porque tengo la
esperanza de que estas visitas cortas la aplaquen a Karen y
finalmente nos pueda dejar en paz —Se agarró la cabeza con
las manos—. Pero estaba equivocado.
—¿Qué quieres decir?
—Karen me llamó este fin de semana. Al parecer, quiere
la custodia compartida.
—¿Qué?
—Me amenazó con contratar a un abogado. No sé cómo
lo hará, pues no tiene un trabajo estable. Dijo que si le dejo a
Max fin de semana por medio, me demandará para obtener la
custodia compartida, o la custodia completa.
Vi en su rostro el cansancio y el miedo. Me entristeció.
—¡Es una locura! —exclamé casi a los gritos— Primero,
no quiere tener nada que ver con Max y te deja solo, ¿y ahora
quiere tener la custodia completa?
Grayson asintió con la cabeza.
—Así ha sido Karen siempre. No se compromete pero
luego, de un momento a otro, de manera repentina, quiere
tenerlo todo. Estoy seguro de que abandonará a Max en el
momento en que surja otro concierto u otra gira. Igual a como
sucedió ayer, cuando quiso estar con Max por unos días, pero
luego cambió de idea cuando se enteró de que la banda tocaría
en Kansas City —Levantó la vista para mirarme y le vi el
dolor en los ojos—. No puedo permitir que Max pase por eso.
Le rompería el corazón.
—Aunque presente la demanda, no podría ganarla, ¿no
es cierto?
—No sé —Grayson se encogió de hombros—. He visto
casos más extraños en lo que concierne a la custodia de os
hijos. Cuando una madre quiere obtener la custodia, por lo
general lo logra. Espero poder presentar mi caso, pero, ¿qué
sucederá si el juez se pone del lado de Karen?
Me tomé un segundo para procesar todo lo que me decía.
Max, la chiquita dulce y pelirroja que dormía en el otro cuarto,
podría irse de allí a manos de alguien que no la merecía. Yo no
tenía hijos así que me resultaba difícil entender lo que estaba
sintiendo Grayson en ese momento.
—No me puedo imaginar lo que estás sintiendo —le dije
—. No sé qué decir.
Él me sonrió débilmente.
—No hay nada que decir. Gracias por escucharme. Y
gracias de nuevo por haber cuidado a Max este fin de semana.
Si quieres tomarte un par de días libres, tengo a una niñera que
te puede reemplazar.
—¡No! No hay problema —contesté rápidamente—
Quiero seguir cuidando a Max.
—Si cambias de idea, házmelo saber —dijo
incorporándose para ir a la cama. Y entonces, se detuvo—.
Dormiste aquí, ¿cierto?
—Sí, ¿por qué?
Alzó una de las almohadas.
—Porque es el mismo juego de sábanas que estaba
cuando me fui. ¿No las cambiaste?
Sentí que me ponía colorada. «Mierda, se dio cuenta».
—Supongo que me olvidé —dije—. Me pareció que
estaban limpias.
—No te preocupes —dijo él—. La próxima vez, las
cambiaré yo antes de irme.
«La próxima vez».
Sus palabras hicieron eco en las que Ethan me había
dicho.
«La próxima vez».
De repente, me inundó la culpa: por haber dormido en su
cama sin cambiar las sábanas, la culpa por haberme acostado
con su amigo cuando debería haber estado pendiente de Max.
Se me hizo un nudo en el estómago y tuve la sensación de que
iba a vomitar allí mismo arriba de Grayson.
—Tengo que decirte algo —dije antes de que las
palabras me asfixiaran.
Él frunció el entrecejo.
—¿Qué pasó? ¿Le sucedió algo a Max? —dijo dejando
caer la almohada— ¿Le pasó algo a mi hija mientras no
estuve?
—¡No! —interrumpí rápidamente— No es nada de
eso…—Mi instinto me decía que me fuera de allí, que huyera
mientras pudiera, pero sabía que tenía que decirle la verdad. Si
no, me comería viva—. Es sobre Ethan.
Su rostro se alivió.
—Ah, ¿qué pasó?
—Bueno… estuvimos juntos —Las palabras brotaron de
mi boca—. Anoche. Vino hasta aquí para darle las buenas
noches a Max y luego nos quedamos viendo un programa en
Netflix, la serie coreana, y luego… simplemente… sucedió.
Me preparé para su reacción, que fue instantánea.
—No puedo creerlo —rugió él, levantándose para buscar
su celular.
—No te enojes conmigo, por favor —supliqué.
—¿Contigo? No me enojo contigo, Piper Es con Ethan
con quien estoy furioso. ¡Le dije que no se te acercara! Sabe
que Max es lo más importante que tengo. Si llega a poner en
peligro su cuidado…
Yo pestañé.
—Piensas que si las cosas no funcionan entre Ethan y yo,
entonces yo… ¿qué?
—Creo que no quiero saber que podría pasar —lanzó él.
Yo me abalancé sobre él.
—¿En serio eso es lo que piensas de mí? ¿Que
abandonaría a Max por un amorío que termina mal? —Apunté
al muro y traté de mantener la voz baja—. Esa niña es lo más
preciado del mundo. Sé que hace menos de una semana que la
conozco, pero nunca la lastimaría por mi vida personal. Y me
insulta que pienses eso de mí.
—Es más que eso —insistió él—. Ethan es mi mejor
amigo. Me prometió que no…
—¿Por qué le harías prometerte eso? —contesté yo—.
Todos somos adultos. Lo que él y yo hagamos no tiene nada
que ver con mi trabajo cuidando a Max. Es ridículo que
pretendas que Ethan y yo no hagamos nada, así como fue
ridículo que dejaras de besarme la otra noche.
Grayson se pellizcó el puente de la nariz.
—A diferencia de Karen y de Ethan, pongo las
necesidades de Max por sobre el resto. No importa cuánto
desee algo.
—Entonces, ¿estás admitiendo que querías hacer más
que besarme?
—¡CLARO QUE QUERÍA!
Su voz retumbó en toda la casa. Los dos nos quedamos
petrificados, atentos a alguna señal que dijera que Max se
había despertado.
—¡Claro que quería! —repitió en voz más baja pero
igualmente intensa— ¿En qué te crees que pensé todo el fin de
semana? No pude quitarte de la cabeza, Piper. He estado
soñando contigo en mis brazos y en el sabor de tus labios
contra los míos. Si me hubiera quedado en casa esta semana en
vez de haber ido a Dallas, hubiera…
Su voz se apagó gradualmente.
—¿Qué? —pregunté con voz suave— ¿Hubieras hecho
qué?
Acortó la distancia que nos separaba.
—Hubiera hecho esto.
21

Piper

Yo había pensado que mi primer beso con Grayson había


sido explosivo.
Pero este era de una magnitud mucho mayor.
Nuestros labios se unieron con tal ferocidad que todo mi
cuerpo tembló desde los cimientos. Liberó toda la energía que
sumaba nuestro estrés, toda la tensión sexual entre nosotros e
incluso la discusión acalorada de hacía unos minutos. Todo
eso se combinó hasta formar un tornado que barrió con todas
nuestras emociones, hasta que al fin, lo único que quedó fue el
deseo, puro y ciego, que teníamos por el otro.
Grayson me besó con todo el cuerpo y yo me derretí
entre sus brazos.
«Este es el beso que quería la otra noche».
Nos arrancamos la ropa a los tirones, actuando más por
instinto que con raciocinio, porque lo único en lo que podía
pensar era que no quería que Grayson se alejara de mí. Sentí el
bulto de su verga duro contra mi pelvis hasta que finalmente
me quitó la camisa por sobre la cabeza. Nuestros labios se
separaron por milésimas de segundo hasta que nos volvimos a
unir.
Busqué con desesperación el cierre de sus jeans, para
bajarlo y meterle la mano. Le apoyé la mano sobre la verga
por afuera de su bóxer. Irradiaba calor y aumentaba de tamaño
con cada segundo que pasaba. Encontré el agujero y metí la
mano para tocarle la piel. Le agarré la verga caliente, se la
saqué y me puse de rodillas.
—Esto es lo que dejaste escapar la otra noche —dije,
ronroneando. Y entonces, me metí su verga en la boca.
Sus gemidos fueron música para mis oídos cuando le
empecé a pasar la lengua. Grayson se quitó la camiseta, la hizo
a un lado, y me empezó a pasar los dedos por entre medio de
mi pelo, acariciándome. Envolví su verga con labios firmes
mientras con la lengua trazaba círculos alrededor del glande,
lo que aumentó su excitación.
«Esto era lo que quería», pensé mientras aumentaba el
ritmo de mis chupadas. «Lo que estuve deseando por días y
noches».
—Si sigues así —dijo susurrando—, no voy a durar
mucho.
Me detuve solo para sonreírle y decir:
—Bien —antes de retomar mi tarea.
Sentí que sus dedos ahora me agarraban el pelo con más
fuerza y entonces me alejó la cabeza de sí.
—Quiero hacer más que esto —dijo con voz grave—.
Quiero todo de ti.
Me levantó del suelo y me dio la vuelta hasta que quedé
acostada en la cama con las piernas en el borde. Con manos
decididas y posesivas, me quitó los pantalones y las bragas.
Antes de que pudiera preguntarme qué sucedería luego, me
separó las piernas y enterró su cara en mi vagina.
Ahogué un grito por la sorpresa y exhalé el aire con un
jadeo cuando él me empezó a chupar la concha desde atrás.
Siempre fui bastante vergonzosa con estas cosas; es decir, ¡su
nariz estaba prácticamente en la entrada de mi ano! Pero yo
me había duchado después de acostarla a Max. Además, él
pasaba la lengua, tan profundo en mi vagina que no tuve
oportunidad de sentirme cohibida. No pude evitar gritar de
placer por la forma en que él me agarraba las nalgas para
pasarme la lengua por toda la concha.
—He querido hacer esto desde el primer día que te vi en
el centro comercial —dijo con voz grave casi sin separarse de
mí.
—¿En serio? —pregunté jadeando— ¿Desde que me
viste en la guardería?
Me la chupó un poco más antes de contestar.
—Te veía siempre en Sunglass Shack. Incluso,
estacionaba el coche cerca en el lado este del centro para pasar
caminando por tu quiosco. No te conocía pero eras lo más
lindo de mi día.
Un cosquilleo me recorrió el cuerpo al saber que él me
había estado admirando del mismo modo en que yo lo
admiraba a él cada vez que pasaba por al lado de Sunglass
Shack.
Grayson hundió su lengua más en mí y entonces ya no
pensé en más nada. Su lengua me recorría de arriba abajo,
como si estuviera intentando conocer todos mis rincones con
su lengua.
—Pensé. Que querías. Todo de mí —dije entre jadeos.
Con sus dedos, me agarró bien fuerte los muslos.
—Primero, tenía que probar tu sabor. Ahora que ya lo
hice…
Escuché el sonido de sus jeans cuando cayeron al suelo.
Con manos fuertes, me llevó hasta el borde de la cama.
—Tomo la píldora —aclaré—. Apúrate.
Sentí que me metía la punta, apenas en la entrada de mi
vagina, probando. Entonces, de golpe me agarró las caderas
con ambas manos y me penetró de una embestida.
Tuve que ahogar contra la almohada el grito de placer
que me provocó su penetración. Entonces, se detuvo dentro de
mí, agarrándome como si no quisiera dejarme ir. Dejó salir un
sonido animal de lo más profundo de su garganta.
Me giré para mirarlo por sobre el hombro. Vi su cuerpo
escultural tal como lo había visto en las taquillas del centro
comercial, bronceado y marcado, y ahora sudoroso y con los
músculos tensionados mientras me cogía. Tenía los ojos
brillantes de sensualidad, y reflejaban mi propio sentimiento.
Nos quedamos disfrutando del momento de esa primera
conexión.
Grayson finalmente me soltó y plantó los puños en la
cama a cada lado de mi cuerpo. Ahora todo su cuerpo estaba
apoyado sobre el mío, sobre mi espalda y mi culo, su piel tibia
contra la mía. Me besó la parte de atrás del cuello y los
hombros.
Ninguno de los dos quería ir despacio. El deseo que
sentíamos era demasiado intenso. Entonces, me empezó a
coger, lenta pero rítmicamente, con embestidas que daba desde
el ángulo perfecto. Arqueé la espalda para permitirle llegar
más profundo, y entonces sentí su verga contra mi punto G, lo
que me llenó de una vibración eléctrica.
«Valió la pena la espera».
Cerré los ojos, bien fuerte, y me concentré en sentir
cómo él tomaba el control. Me acarició el lóbulo de la oreja
con la nariz y se empezó a mover más rápido, cogiéndome con
mayor urgencia. Deslizó un brazo por debajo de mi pecho y
me sostuvo contra su cuerpo, con todo su peso sobre mí.
Deslizó la otra mano por mi cadera hasta llegar a mi
entrepierna. Buscó mi clítoris y me empezó a acariciar con dos
dedos antes de ejercer presión con el pulgar.
Yo gemí extasiada.
Su abrazo por alrededor de mi torso se estrechó con sus
embestidas más y más urgentes. Era una sensación muy
intensa, justo al límite de lo que podía manejar, pero él, de
algún modo, supo mantenerse a raya. Sentía que estábamos
perfectamente sincronizados sexualmente.
No era hacer el amor, tampoco tener sexo. Esto era
coger, desesperada y alocadamente. Nuestras pieles al
desnudo, su pelvis contra mi culo, sus muslos rozándome los
míos mientras nos rendíamos al deseo urgente e irracional. Y
entonces, sentí la boca de Grayson en mi oído y lo escuché
gemir hasta el éxtasis, y eso a su vez me llevó a mí a alcanzar
el orgasmo hasta que todo se volvió borroso.
—Piper —susurró, llevándome al clímax— ¡Sí, Piper!
Su cuerpo musculoso tembló con espasmos cuando
acabó al mismo tiempo que yo. Grayson se aferró a mi cuerpo
como si fuera su salvavidas. Acabó y su verga explotó dentro
de mí, me llenó toda de semen. Yo contraje los músculos
interiores de mis muslos para extraer todo de él. Ninguno de
los dos se pudo mover después de eso.
22

Grayson

Cuando acabé dentro de Piper, una y otra vez, en un


orgasmo que duró más de lo imaginable, pensé: «¿cómo no
hice esto antes?»
No dejé de abrazarla con fuerza a medida que mi pene se
iba volviendo blando dentro de ella. Nuestra respiración se
sincronizó: inhalábamos y exhalábamos al mismo tiempo.
Inhalábamos y exhalábamos Una gota de sudor me corrió por
la frente y fue a caer sobre su hombro, uniéndose a una gota de
sudor suya que ya estaba ahí.
Por fin, recobré la compostura y pude pensar con
claridad y entender lo que había pasado.
El hecho de ser padre, sobre todo, padre soltero,
significaba que siempre ponía las necesidades de mi hija por
sobre las mías. Incluso lo hacía en ocasiones en las que no era
necesario sacrificar mis deseos por ella. Pero Max era todo
para mí y ocupada todo el espacio en mi corazón. Eso
significaba que no había demasiado espacio para nadie más.
«Estoy tan contento de haberme permitido hacer esto»,
pensé, oliendo el aroma en el cabello de Piper.
Hacía mucho que no había tenido sexo de este modo con
alguien; rendirse al deseo del cuerpo y coger como si no
hubiera un mañana. Como si tuviéramos las horas contadas:
con rapidez, rudeza y urgencia, toda la urgencia del mundo. La
misma urgencia que se tiene cuando hay una bomba a punto de
explotar y tienes que dejar todo de ti en cada paso que das,
porque podría ser el último.
Así fue mi primera vez con Piper.
—Detesto arruinar el momento —murmuró debajo de mí
—, pero me estás empezando a aplastar.
—Mierda, lo siento —Me incorporé sobre un codo y ella
inhaló profundo.
—Está bien. Me encantó hasta que ya no pude… bueno,
respirar —Se giró para sonreírme— ¿Por qué no quisiste hacer
esto el jueves pasado?
—No lo sé —dije, dándole un beso en la mejilla—, pero
mejor tarde que nunca, ¿no?
—Esa frase nunca estuvo tan bien usada.
Se giró debajo de mí y entonces sus senos me rozaron el
pecho. Tenía los ojos marrones más profundos que hubiera
visto en mi vida. Me quedé sin aliento y por un momento, tuve
que tener una gran fuerza de voluntad para resistir el impulso
de cerrar los ojos y quedarme dormido entre sus brazos.
La besé de nuevo y me dejé caer a su lado. Piper me pasó
una pierna por encima y se acurrucó contra mi cuerpo. Me
hizo cosquillas en el pecho con sus pestañas cuando parpadeó
curiosa:
—¿Me reconociste como la chica que trabajaba en
Sunglass Shack?
Yo me reí.
—Debo parecer un acosador, ¿no?
—No —dijo ella con lentitud, respirándome contra el
pecho—. Yo también te recuerdo caminando por ahí. Pero
entonces, si sabías dónde trabajaba, ¿por qué dejaste a Max en
la guardería?
—¿Eh?
Ella alzó la cabeza para mirarme, clavándome el mentón
en las costillas.
—Tu explicación original fue que pensaste que yo
trabajaba en la guardería. Lo cual, tiene sentido, ya que yo
estaba allí. Pero ahora que dice que me reconociste por
haberme visto en Sunglass Shack…
—No sé qué estaba pensando —tuve que admitir—.
Aquella mañana había entrado en pánico. Tenía que ir a
trabajar, pero mi ex me había dejado a Max sin ninguna
explicación y no sabía qué hacer, y entonces te vi…
—¿Qué? —preguntó ella con los ojos bien abiertos—
¿Qué pasó cuando me viste?
—Sabía que Max estaría a salvo contigo —terminé de
decir—. Lo sentí. Sabía que podía confiar en ti.
—Puedes confiar en mí —dijo ella, reacomodando la
cabeza.
—Eres increíblemente maternal —En esa vulnerabilidad
del abrazo postcoital, dejé que las palabras brotaran de mi
boca—. Eres mucho mejor madre para Max que cualquier otra
persona que conozco. Mucho mejor que Karen, por cierto.
Algún día, serás una madre increíble.
—Uh, bueno, bueno, espera —dijo ella.
—Mierda. Lo siento, no quería…
—Entiendo qué quisiste decir —Me acarició suavemente
el muslo con la punta de los dedos—. Me encanta cuidar a
Max. Me recuerda a cuando cuidaba de mis hermanos
menores. Pero la verdad es que no sé si quiero tener hijos
propios.
Yo me sobresalté.
—Espera, ¿en serio?
—Sí. No creo tener ese deseo. Me encanta estar con los
hijos de otras personas, pero también me gusta devolverlos a
sus padres al final del día —Me dio un beso en el tórax—.
Excepto en las ocasiones en que debo quedarme a dormir para
trabajar como niñera, claro.
—Claro —Sacudí la cabeza, pensativo—. Yo siempre he
querido tener hijos, desde que era niño. No me puedo imaginar
no sintiéndome de ese modo, sobre todo viniendo de una
mujer.
Sus pestañas acariciaron mi pecho.
—Claro. Se supone que por ser mujer, soy una fábrica de
bebés. Desde los 20 hasta que mi útero se seque, ¿mi propósito
en la vida debería ser procrear?
Me reí por aquella imagen y porque ella me lo decía
riéndose también. Lo decía en broma, no se había tomado mi
comentario como una afrenta.
—Solo digo que, en mi experiencia, las mujeres quieren
tener hijos más que los hombres.
El tono de Piper se suavizó.
—Excepto por tu ex, Karen.
Yo suspiré.
—Sí, excepto por ella.
—Siento mucho todo lo que estás pasando —murmuró
—. Es horrible, realmente espantoso.
—Es mi culpa —admití yo—. Tendría que haberme
tomado el tiempo para conocerla mejor antes de formar una
familia.
Ella resopló.
—Sí, irte derecho a la cama con alguien a quien apenas
conoces es una locura.
—El hecho en sí mismo no es el problema —dije,
pasándole los dedos suavemente por entre su pelo—. Sino la
persona con la que estás. Ahí está la diferencia.
Sentí su sonrisa contra mi piel.
—Es raro que confíes tanto en mí. Después de tu
experiencia con Karen, hubiera esperado que te pusieras un
preservativo lo antes posible.
—Ah, eso ya no es problema —dije yo.
—¿Por qué no?
—Porque me hice una vasectomía hace dos años.
Ella se quedó sin palabras.
—¿En serio? ¿Una vasectomía?
—Fue una decisión fácil —expliqué—. Estoy feliz con
Max. Ella satisface todo mi instinto paternal. Y si alguna vez
decido que quiero tener más hijos, puedo adoptar. Hay muchos
chicos que necesitan un hogar.
La actitud de Piper cambió de una manera muy sutil. De
pronto, se volvió fría y un poco distante. La acaricié
suavemente los hombros con la punta de los dedos.
—¿Está todo bien? —le pregunté— ¿Dije algo malo?
—No, nada —contestó muy rápido—. Es que me quedé
pensando en todo. Por lo general, salgo varias veces con un
chico antes de acostarme con él. Es la primera vez que hago
esto.
—Querrás decir, la segunda —señalé—. Anoche… —
dije sin terminar la frase.
Ella sonrió.
—Claro. Todo el fin de semana ha sido de primeras
veces.
Miré las sábanas que estaban hechas un bollo a mi
izquierda.
—Pregunta rápida. No hicieron nada en esta cama, ¿no?
—No —dijo ella.
Yo respiré aliviado.
—¿Estás… bien? —preguntó—. Quiero decir, con
respecto a lo que sucedió.
Me tomé mi tiempo para contestar.
—Sí, estoy bien.
Piper se giró para mirarme.
—¿Estás seguro? Porque antes, cuando te dije que Ethan
había roto su promesa, parecías molesto.
—Estoy un poco molesto, pero creo fue por los celos.
Quería estar contigo y me molestó no haberlo hecho el jueves,
cuando tuvimos la oportunidad. Pero ahora… —Recorrí su
espalda con los dedos—, ya no estoy enojado.
Cuando una sonrisa de alivio le iluminó el rostro, no
pude evitar besarla.
—No importa qué suceda —dijo—, seguiré siendo la
niñera de Max hasta después de Navidad.
«O incluso, mucho después de Navidad», pensé.
Trabajaba tan bien cuidándola que me sentía tentado de que
fuera algo permanente. Al menos, hasta que Max comenzara el
preescolar, al año siguiente.
Pero no quería parecer que imponía nada, así que todo lo
que dije fue:
—Realmente te agradezco la dedicación hacia mi hija.
Su sonrisa se desvaneció.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Pensaba lavarme los dientes, quitarme las lentes de
contacto y acostarme contigo hasta que nos durmamos.
—Quiero decir, nosotros. Con Ethan.
Él se encogió de hombros.
—¿Quién te gusta más? ¿Yo o ese barman pesado?
Ella me dio un codazo juguetón en las costillas.
—Pues, en verdad no lo sé. Me gustan mucho los dos.
No sé cómo podría elegir —Ella negó con la cabeza—. Es una
pena que no pueda salir con ambos al mismo tiempo. Si no se
conocieran entre ustedes, lo haría. ¡Pero ustedes son mejores
amigos!
Piper se rio ante la idea y se acurrucó contra mi cuerpo.
Le pasé un brazo por alrededor de los hombros y la sostuve
bien cerca de mí.
Pero no dejé de pensar en lo que había dicho y
preguntarme si eso era realmente posible…
23

Piper

Como no pude acurrucarme con Ethan, compensé esa


falta haciéndolo ahora con Grayson. Me aferré a él en la cama
hasta que me quedé dormida. Después de turnarnos para ir al
baño, volvimos a meternos debajo de las mantas y de nuevo
me acurruqué contra su cuerpo tibio.
Pero a medida que nos íbamos durmiendo, mi mente
pensaba en lo que había dicho acerca de tener hijos…
Todavía estaba oscuro cuando sonó la alarma.
—¿Cuál es el apuro? —murmuró somnoliento.
—Pensaba irme al sofá antes de que se despertara Max
—susurré.
Se giró de lado y me abrazó por detrás.
—Solo tiene cinco años. No se va a dar cuenta de nada.
—Los niños son muy observadores —contesté.
Acercó su pelvis a mi culo desnudo.
—Le diremos que te quedaste a dormir porque estabas
cansada.
—No se lo creerá.
—¿Por qué no? Es la verdad, con algunos detalles
omitidos.
—Grayson…
—Le diré que tuviste una pesadilla y querías que alguien
te protegiera. No te vayas. Todavía no.
—A mí también me encantaría quedarme en la mañana
todo el día —le dije—, pero no quiero que piense que está
sucediendo algo raro aquí.
Él suspiró contra mi cabello.
—De acuerdo, bien. Lo entiendo —Me dio un beso en el
pelo—. Pero aún tenemos tiempo antes de que se despierte…
Sentí cómo su verga se empezaba a poner dura contra mi
muslo. Acerqué el culo hacia él seductoramente y dije:
—Seguro que tengo un aliento terrible.
Él extendió el brazo hacia atrás y buscó algo en la mesa
de luz. Me alcanzó una latita de pastillas Atloids.
Me llevé una menta a la boca y dije:
—Creo que ya no tengo más excusas.
Se subió arriba de mí y apoyó cada uno de sus brazos
musculosos a un costado de mi cuerpo, mirándome con una
sonrisa seductora.
—Creo que no.

Estábamos en la cocina bebiendo un café cuando Max se


despertó. Salió tambaleándose de la habitación, arrastrando
una mantita y refregándose un ojo con el puño.
—Buen día, ratoncita —le dije.
Ella dio un salto de felicidad.
—¡Piper! —exclamó Corrió a toda prisa a la cocina
como una bola de boliche pelirroja, y me agarró las dos
piernas en un abrazo. Si no hubiera estado apoyada contra la
encimera, me hubiera derrumbado por el suelo.
—¿Por qué estás aquí tan temprano? — preguntó.
¿Viniste a desayunar conmigo? Puedo compartir contigo mi
cereal, ¿quieres?
—Anoche llegué a casa muy tarde —le explicó Grayson
—. Era tan tarde que Piper decidió quedarse a dormir en el
sofá en vez de conducir de vuelta a casa. Para estar segura.
Max asintió con seguridad.
—Me acuerdo que entraste a mi habitación, y que era
muy tarde —Se desprendió de mí y fue a abrazar a su padre—.
Te extrañé.
Él se agachó y le dio un beso en la cabeza.
—Yo también, cariño.
Al verlos juntos, se me estrujó el corazón. Entonces
recordé las amenazas y las exigencias de la mamá de Max y
me entristecí.
De pronto, empezó a sonar mi celular arriba de la mesa.
Antes de fijarme quién era, me di cuenta de mi error. Le había
dicho a mi madre que definitivamente volvería a casa…. y
luego resultó que no lo hice.
Contesté y fui hasta la sala.
—Hola, ma. Puedo explicarte…
—¿Qué pasó? — preguntó— ¿Estás bien? Me desperté y
tu auto no estaba allí, así que pensé que habías ido a cuidar a
Max desde temprano. Pero entonces vi que la comida seguía
en la encimera de la cocina…
Mi mente iba a toda velocidad tratando de encontrar una
buena excusa.
—Grayson se retrasó —expliqué—. Su auto se
descompuso a mitad de camino. Tuvo que dormir en un hotel.
Se supone que llegará esta mañana…
—Oye, ¿Piper? —gritó Grayson desde la cocina—
¿Quieres lo que queda del jugo de naranja? ¿O puedo tomarlo
yo?
Yo le hice un gesto con la mano. Volvió a la cocina y yo
esperé la reacción de mi madre en silencio.
—No lo puedo creer —exclamó—. ¡Estuviste con él! Di
la verdad. Sí, ¡estuviste con él! ¡Eso es fantástico!
—Mamá…
—¿La pasaste bien? —preguntó bajando la voz— ¿Se
puso el disfraz de Papá Noel? A algunas mujeres les gusta
eso.
—¡MAMÁ!
—No te juzgo, solo preguntaba. ¿No quieres venir a
cenar esta noche y me cuentas todo? Prométeme que me lo
contarás.
—Te lo prometo —repliqué—. Luego hablamos. Te
quiero, adiós.
Colgué antes de que me pudiera seguir bombardeando
con más preguntas.
Volví a la cocina, y Max me preguntó:
—¿A papá se le rompió el auto?
—Estaba hablando de otra persona.
—Pero Grayson se llama mi papá —dijo ella.
—Hay otras personas con el mismo nombre —dijo
Grayson—. Tú no eres la única Max en el mundo.
La niña abrió los ojos como platos.
—¿Ah, no!
Desayunamos intentando explicarle que, aunque
existieran otras personas llamadas Max, ella era la más
importante para nosotros. Luego, Grayson se dio una ducha, se
puso ropa limpia y se preparó para irse.
—Te quiero más que a nada, tesoro —le dijo a Max en la
puerta.
—¡Yo te quiero más! —contestó ella.
Grayson se quedó pensando un rato y luego añadió:
—¿Puedes ir a buscar a Elfie así también me despido de
él?
Ella chilló con entusiasmo y salió corriendo.
Yo lo miré con el ceño fruncido.
—¿Desde cuándo te despides de los muñecos de
peluche?
Dejó el bolso en el suelo y me rodeó con los brazos.
—Quería que se fuera para poder hacer esto.
Entonces me llevó de espaldas hasta la puerta y me dio
un beso tan apasionado y salvaje que me dejó sin aliento.
Me soltó justo cuando Max regresó con el elefante de
peluche que le entregó como un tributo. Grayson le dio un
besito al muñeco, luego otro a Max y recogió su bolso.
—Nos vemos a la noche —me dijo con una sonrisa antes
de marcharse.
Se fue, pero el recuerdo de su beso se quedó conmigo el
resto del día.
24

Ethan

Mientras paseaba por el centro comercial, pensé «Este


lugar parecía mucho más divertido cuando era chico».
Ahora, me parecía deprimente. Un sitio aburrido, lleno
de zombis que deambulaban por los pasillos. También estaba
lleno de gente que caminaba muy deprisa para hacer las
compras de Navidad, como si quisieran salir de allí lo antes
posible.
Por lo general, almorzaba cerca de la oficina. El centro
comercial no me quedaba de paso; pero había una razón por la
que estaba aquí, aunque no quisiera reconocerla.
Tomé un desvío hacia el patio de comidas y me compré
un sándwich en Subway. El pan estaba gomoso y la única feta
de carne era tan fina que apenas le sentí el gusto. Soso como
estaba, lo comí lentamente, saboreando cada bocado.
Luego, caminé sin rumbo, me detenía en cada vidriera,
como si estuviera interesado en comprar algo, aunque nada
más lejos de la realidad. Solo estaba tratando de retrasar lo que
había venido a hacer ese día lunes.
Me compré un helado en Dippin’ Dots y me atendió un
tipo regordete y tristón. Miraba una y otra vez hacia su
derecha mientras me armaba el pedido. Después de que pagué,
se dio la vuelta y empezó a gritarle al muchachito que estaba
atendiendo Sunglass Shack a cierta distancia de él.
Tomé mi helado y me alejé mientras él seguía regañando
al chico, su empleado, supongo. Qué trabajo de mierda debe
ser ese. Mi propia oficina me resultaba aburridísima a veces,
pero al menos no tenía un jefe así de imbécil.
Caminaba por el centro comercial, tomando mi helado de
a bocaditos lo más pequeños posible, y mi mente empezó a ir
hacia el mismo lugar a donde había ido por el último día y
medio:
Piper.
No me la podía quitar de la cabeza. Seguía repitiendo
una y otra vez nuestra noche juntos, cada segundo. Me
acordaba de todo: la curva de sus muslos, cómo se mordió el
labio cuando le separé las piernas, los labios de su vagina,
redondeados y suaves, que sentí con la lengua.
Creo que nunca me había sentido de este modo.
¿Qué me pasaba? Piper era muy agradable, sí, pero nos
habíamos visto tan solo un par de veces en el bar cuando le
preparé unos tragos. Luego, habíamos visto juntos ese
programa tonto en Netflix durante un par de horas antes de
empezar a besarnos.
¿Por qué sentía que me estaba enamorando de esta
chica?
Bajé la vista hacia el bol y me di cuenta de que ya me
había comido todo. Lo tiré en la basura y decidí que ya era
hora. Había perdido ya mucho tiempo.
Mejor hacerlo de una vez.
No tuve que caminar mucho para llegar a la intersección
central, donde había una fila de niños entusiasmadísimos y
padres cansados que querían su turno en el taller de Papá Noel.
Me puse al final de la fila y saqué mi celular para matar el
tiempo a medida que la fila avanzaba.
Cuando ya estaba a medio camino, la mujer frente a mí,
que intentaba por todos sus medios mantener a sus dos hijos en
la fila, se dio vuelta y me preguntó:
—¿Y el tuyo?
—Este, eh… vine solo —contesté yo.
Ella me miró de arriba abajo: la camisa, la corbata, el
pantalón estrecho y los zapatos de cuero marrones. No
necesitó decirme con palabras que pensaba que yo era un
bicho raro.
—Me parece un poco extraño que vengas a visitar a Papá
Noel tú solo —dijo.
—Y a mí me parece un poco extraño que tú te des vuelta
y empieces a interrogar a un desconocido, «Karen» —le
respondí con una sonrisa falsa. Ella resopló indignada. Se dio
la vuelta y no volvió a meterse en mis asuntos.
Los ayudantes disfrazados de elfos estaban parados al
comienzo de la fila, dando indicaciones a los padres y
explicándoles que los celulares estaban prohibidos y que
podían comprar la foto «oficial» del taller de Papá Noel.
Cuando me llegó el turno, uno de los elfos empezó a decirme
su discurso, pero luego su voz se fue apagando cuando se dio
cuenta de que estaba solo.
—¿Estás solo?
—Créelo o no, pero tengo una rara enfermedad que me
hace envejecer prematuramente —inventé—. Por fuera,
parezco un demonio treintañero, pero en realidad solo tengo
doce años. Y estás arruinando mi momento con Papá Noel al
explicarme todo esto.
El elfo puso cara de no querer lidiar con todo eso, así que
puso los ojos en blanco y me indicó que avanzara.
Papá Noel estaba en una gran silla al lado del trineo, que
rebosaba de presentes envueltos en papeles de color rojo y
dorado. Cuando me acerqué, frunció el ceño y dijo:
—¿No estás un poco grande para venir a verme?
—Tengo espíritu joven, lo prometo —Me quedé allí
parado por un momento, sin saber bien qué hacer, hasta que
abandoné toda humildad y me senté sobre su pierna—.
Grayson, ¿eres tú?
—¿Quién más voy a ser? ¿El Papá Noel de verdad? —
dijo él en voz baja.
—Solo quiero estar seguro de que no estoy hablando con
un tipo cualquiera —Me acomodé mejor—. No me imaginaba
que tus piernas podían ser tan cómodas. Me gusta.
—Los pantalones están acolchados —me explicó él—.
¿Qué corno haces aquí?
—Tengo que decirte algo.
Su barba se movió cuando exhaló el aire con fuerza.
—No tenías que venir hasta aquí para decírmelo.
—Es muy importante que haya testigos —insistí—. No
me matarías disfrazado de Papá Noel. Piensa en el trauma que
les causarías a los niños. Les llevaría años de terapia
superarlo.
—No voy a matarte.
—Podrías cambiar de idea después de escuchar lo que te
voy a decir.
—Ethan —insistió él—, ya lo sé.
Yo me quedé petrificado.
—¿Qué sabes?
—Ya sé que tú y Piper estuvieron juntos.
Mi cuerpo se distendió cuando exhalé aliviado.
—Qué bien. Ahora no tengo que decirlo en voz alta. Eso
lo facilita todo. Entonces, me iré yendo…
Grayson me agarró el hombro con fuerza. De afuera,
parecía un gesto amigable, pero en realidad estaba evitando
que me fuera.
—Papá Noel me está reteniendo en contra de mi
voluntad —musité—. Cuando tenía ocho años, tuve una
pesadilla exactamente igual. La única diferencia es que tenías
una motosierra —Miré por arriba de su hombro—. Eso de allí
no es una motosierra, ¿no?
—¿Por qué empiezas a hacer chistes cuando estás
incómodo?
—Es un mecanismo de defensa. Me ayuda a lidiar con
situaciones embarazosas. ¿Funciona?
—No, para nada.
—Ah, qué lástima. Bueno, mejor voy volviendo al
trabajo…
—No estoy enojado —dijo Grayson.
Yo me quedé sin palabras.
—Ah, ¿no?
—Me siento un poco frustrado porque no pudiste
mantener tu promesa ni por dos días —explicó—. Pero
enojado, no. No estoy enojado por el hecho de que dormiste
con ella.
—¡Qué bien! —dije pregunté— Porque tú la besaste
primero.
Uno de los elfos tosió ruidosamente. Debo de haber
estado hablando en voz demasiado alta, porque la nena que
estaba atrás mío en la fila empezó a tironear la manga de su
madre y le preguntó:
—¿A quién besó Papá Noel?
—Besó a la Mamá Noel, por supuesto —explicó la
madre con complicidad mientras miraba en nuestra dirección.
—Estás haciendo una escenita —masculló Grayson.
—Tú besaste a Piper primero —repetí en voz más suave
—. Cuando me enteré de eso, mi promesa dejó de tener
sentido.
—Yo la besé pero luego me frené antes de hacer otra
cosa —replicó él—. Se llama fuerza de voluntad. Inténtalo.
—¿Podes volver a la parte en donde me decías que no
estabas enojado conmigo?
Grayson entrecerró los ojos.
—No estoy enojado porque entendí que fui injusto al
pedirte que te mantuvieras al margen. Ella es adulta. Y tú
también, aunque haya indicios que parecieran indicar lo
contrario.
—¿Cuándo actué con inmadurez? — cuestioné.
Grayson hizo un gesto con la mano enguantada hacia
donde estaba sentado.
—Ah, claro, buen punto —admití.
—Los dos son adultos —dijo Grayson—. Pueden tomar
sus propias decisiones. Piper también me aseguró que nunca
dejaría que su vida personal interfiera con su trabajo con Max.
—Me alegra ver que estás entrando en razón —dije—.
¿Tuviste esta epifanía en Dallas?
—Me di cuenta anoche —Hizo una pausa y añadió—:
Cuando dormimos juntos.
A ojos de la gente que aguardaba en la fila, debo de
haberles parecido un personaje de un dibujito animado,
sacudiendo la cabeza, confundido.
—Eh, ¿qué?
—Que Piper y yo pasamos la noche juntos.
Fue raro enterarme de que mi mejor amigo se había
acostado con la chica que a mí me gustaba. Como cuando en
Navidad recibes justamente lo que habías pedido pero tienes
que compartirlo con el estúpido de tu hermano.
—¡Eres un hipócrita! — grité— ¡Solo me perdonas
porque no pudiste atenerte a la regla tonta que tú mismo
impusiste!
—Ella me dijo que ustedes dos habían estado juntos —
me dijo Grayson—. Cuando lo supe, ya no iba a refrenarme.
Uno de los padres en la fila carraspeó para llamar nuestra
atención y dijo:
—Llevamos aquí esperando todo el día.
—Pues, ten paciencia, amigo —dije yo—. Papá Noel y
yo estamos negociando qué juegos me va a dar con mi
PlayStation 4.
El niño a su lado ahogó un grito y dijo:
—¡Pero me dijiste que Papá Noel no me traería una
PlayStation!
Volví a Grayson y le dije:
—Bueno, me alegra que estemos de acuerdo, porque
pienso invitar a Piper a cenar el sábado.
—No —lanzó Grayson.
—¿Qué quieres decir, «no»?
Él dudó.
—Esperaba yo salir con ella.
Yo bajé la vista hacia él.
—Pues yo también.
—Yo la besé primero —dijo él.
—¡Pero yo dormí con ella primero! —respondí yo.
—La conociste gracias a mí. Yo soy el que la contrató.
Puedes conocer a cualquier otra chica en el bar cualquier
noche que te apetezca.
—Piper no es cualquier chica —dije yo—. Es mucho
más, Grayson. Y no voy a dar un paso al costado.
Él suspiró.
—Yo tampoco.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—No lo sé —admitió él—. Pero por ahora, sal de mi
pierna y deja que los niños de verdad vengan.
—¡Gracias, Papá Noel! —dije lo suficientemente fuerte
como para que me oyeran todos los de la fila. Me levanté y
caminé hacia la salida, por al lado del padre con su hijo. Para
su beneficio, dije:
—Papá Noel me dijo que la PlayStation es muy cara y
que debo compartirla con mi hermano.
Le guiñé el ojo al padre y luego me quedé duro.
«Compartirla».
—¡Espera un segundo! —Corrí de vuelta hacia Grayson
y le dije en voz baja—: Creo que ya sé que podemos hacer.
—Cuéntamelo esta noche en el bar —susurró—. Y sea lo
que sea, espero que valga la pena.
«Valdrá la pena», pensé mientras me alejaba a toda prisa
de la fila de niños. «Es una locura, pero las mejores cosas de la
vida a menudo lo son».
25

Piper

Después de que Grayson se fue a trabajar, me quedé en


un estado de felicidad.
Hasta que por la tarde, empecé a comprender la realidad
de la situación. Me había acostado con los dos: Ethan y
Grayson, dos hombres increíbles, con veinticuatro horas de
diferencia.
No me sentía avergonzada o culpable al respecto. La
pasé súper bien con cada uno de ellos, así que fue imposible
que me arrepintiera. Lo que sí me preocupaba era el siguiente
paso.
¿Cuál sería el siguiente paso?
Lo que le había dicho a Grayson había sido en broma,
pero también era cierto. Si no se conocieran entre ellos, lo
hubiera hecho funcionar. Es decir, me las arreglaría para seguir
saliendo con los dos sin que uno supiera sobre el otro. Y
cuando las cosas se pusieran más serias, podría decidir con
quién avanzar.
Pero ellos eran mejores amigos; sabían lo que había
sucedido o, al menos, lo sabrían pues en algún momento
Grayson se lo contaría a Ethan. Y en mi opinión, los tipos no
estaban preparados para manejar bien este tipo de situaciones.
Se pondrían celosos.
No me imaginaba cómo podría funcionar. Sí o sí, tenía
que elegir a uno de ellos.
Pero sentía que esa decisión era como si tuviera que
elegir entre cuál de mis piernas amputar.
Por la tarde, Grayson volvió exhausto. Así y todo, se
puso muy contento cuando Max lo saludó.
—¿Día largo? — pregunté.
—Suelo tomarme los fines de semana para descansar.
Trabajar como «ya sabes quién» te deja las piernas molidas.
—¡Yo les doy un beso y se sanarán mañana! —exclamó
Max, y empezó a plantarle besos exagerados por las rodillas y
espinillas.
—Gracias, cariño —le dijo su padre.
—¿Has podido hablar con Ethan? —le pregunté.
Él sonrió con ironía.
—Sí, podría decirse.
—¿Y?
—Hoy a la noche vamos a seguir hablando.
—Ah, bien —Hice un esfuerzo por superar el nudo en la
garganta y agregué—: ¿Cómo lo tomó Ethan? ¿Estaba
molesto?
Grayson sacudió la cabeza.
—No estaba molesto contigo. Pero a mí me dijo un par
de cosas. Pero no te preocupes. Lo resolveremos.
Me acarició la mejilla pero no siguió, pues Max estaba
en el suelo entre nosotros. Le di un beso en la palma de la
mano, la saludé a Max y me fui.
Me sentí rara al conducir de vuelta a casa. Me había
quedado ahí por unas pocas noches, pero aun así sentía que
habían cambiado muchas cosas desde entonces.
«Todo es distinto».
Cuando llegué, vi que el auto de mi madre estaba en la
entrada. Ella me saludó desde la puerta de entrada con dos
copas de vino en las manos y una sonrisita tonta en la cara.
—Cuéntame todo —dijo.
—¿Puedo al menos entrar en casa antes de que me
empieces a bombardear con preguntas?
—No, no puedes —dijo ella cortante—. No paré de
pensar en esto durante todo el día. Como tu madre, es mi
derecho otorgado por Dios el de vivir a través de ti. Ahora,
cuéntame todo.
Le conté todos los acontecimientos de la noche anterior,
pero dejé afuera un dato fundamental que dejó un hueco en mi
historia. Mi madre en seguida lo notó:
—Pero, ¿por qué estaba enfadado Grayson? —
preguntó.
—Porque… —empecé a decir con una mueca—, el
sábado por la noche me acosté con Ethan, su amigo.
Mi madre lanzó un gritito de emoción que duró tanto
tiempo que pude terminarme la copa de vino y servirme otra.
Diez minutos después, ya estaba completamente al tanto
de la situación con Grayson y con Ethan. Apoyó la espalda en
la silla y sacudió la cabeza lentamente.
—¿Soy una persona horrible? — le pregunté.
—Pff —exclamó ella, haciendo un gesto con la mano
como para descartar esa idea—. Los hombres pueden acostarse
con quien les dé la gana y nadie les dice nada. ¿Por qué no
podrías tú hacer lo mismo?
—Porque son mejores amigos —dije yo.
—Una complicación menor.
—A mí me parece más bien una complicación bastante
mayor.
—¿Cuál de los dos te gusta más? — preguntó.
—¡No lo sé! Si lo supiera, todo esto sería mucho más
fácil.
Mi madre se mordió el labio.
—¿Tienes una foto de este tal Ethan?
Pensé en la foto de contacto que Ethan se hacía sacado
con mi celular. Pero no quería darle el gusto y más motivos
para que me siguiera haciendo preguntas, así que le dije:
—No, no tengo ninguna foto de él.
—Entonces, sin suficiente evidencia, mi voto va para el
Papá Noel sensual—dijo ella—. Es perfecto para ti. Espera,
¿por qué pones esa cara?
—Anoche me dijo algo —empecé a decir con cuidado.
Mamá apoyó la copa de vino en la mesa.
—¿En su tiempo libre trabaja como estríper? Tiene el
cuerpo para hacerlo. Aunque eso no me impediría salir con él.
—No, ma, no es eso…
Pensó frunciendo el entrecejo.
—¿Es fumador? Entiendo por qué podría ser una
desventaja. Darle un beso podría ser como besar a tu padre…
¡Puaj!
—Mamá…
De pronto, mi madre ahogó un grito.
—¿Tiene la carrocería dañada? —Y entonces bajó la voz
— ¿O en mal funcionamiento?
—¡No! —dije y pestañé— Bueno, en realidad, sí, algo
así. Me dijo que se hizo una vasectomía.
—Ah. Uh.
—Nunca pensé que quisiera tener hijos —le expliqué—.
Pero cuando dijo que se había hecho la vasectomía, sentí que
esa posibilidad ya quedó descartada para mí.
—¿No es reversible? — preguntó.
—No siempre —contesté—. Ya lo busqué. Y cuanto más
tiempo pase, más difícil es revertirla.
—Siempre queda la opción de adoptar.
—Ya lo sé. Es que… me resulta raro. No sería malo,
solo… diferente.
Ella me palmeó la rodilla.
—Es normal. Entonces, ¿te gusta más Ethan?
Yo dudé.
—Tal vez. No sé mucho de él. Tenemos muchas cosas en
común y nos conectamos de una manera muy natural, pero eso
no significa que sea él la persona indicada.
—Te tengo una pregunta. Ahora, en este mismo
momento, ¿a quién extrañas más?
Hice silencio para buscar bien hondo dentro de mí.
Entonces, me imaginé el rostro de Grayson. Luego a Ethan.
—¿A los dos?
—Esa no es una respuesta.
—¡Ya lo sé! — dije yo— ¡Por eso me está resultando tan
difícil todo esto!
Mi madre se puso de pie para servirse más vino.
—No veo por qué te apuras en decidir nada. Espera unos
días, una semana, y te llegará la respuesta.
«Eso espero», pensé cuando ella me servía vino en la
copa.
Entonces, mi celular empezó a vibrar. El número de
Grayson apareció en la pantalla; me estaba llamando.
—¡Atiende! —dijo mi madre entusiasmada— Y pon el
altavoz, así puedo escucharlo.
La ignoré por completo en esto último.
—Hola, Grayson.
—Hola. Lamento llamarte tan tarde —dijo en su voz
grave y profunda— ¿Podrías volver al bar?
—¿Está todo bien? ¿Pasó algo con Max?
—Todo está bien —contestó él—. Ethan y yo queremos
hablar contigo en persona. Cuando vengas, lo entenderás.
Solo, ven al bar cuando puedas, ¿de acuerdo?
—Claro, ya voy para allá —dije, y colgué.
—¿Qué pasó? —me preguntó mi madre con
impaciencia.
Le devolví la copa recién servida.
—Quieren que vaya al bar. Para hablar.
—¿Ellos? —repitió ella —¿Los dos?
—Eso parece.
Mamá apoyó las dos copas en la mesa.
—Te acompaño.
—¡Claro que no! —dije pregunté— No sé qué me
querrán decir pero sí sé que sería muy raro si tú estás por ahí
riéndote y haciendo comentarios detrás mío.
Ella suspiró con fastidio.
—¡Yo me quería divertir un poco!
Mientras conducía de vuelta al centro, me pregunté que
querrían decirme. Tal vez habían estado hablando entre ellos y
habían tomado una decisión con respecto a cuál de los dos
seguiría saliendo conmigo. Sería muy machista de su parte
decidir por mí, como si yo fuera algo que ellos pudieran
controlar. Pero por otro lado, me aliviaría no tener que tomar
esa decisión yo.
«¿Y si ninguno de ellos quería seguir viéndome?»
Me recorrió un escalofrío por la espalda ante esa
posibilidad. Cuanto más lo pensaba, más probable me parecía.
Ellos eran mejores amigos. No querían pelearse por mí. Que
los dos dieran un paso al costado parecía ser lo más sensato.
«Dios, espero que no sea así».
Estacioné el coche y caminé hasta la entrada del Ciervo
Sediento. Allí estaba Cole, esperando del lado de adentro. Lo
miré fijamente, buscando en su rostro alguna pista sobre mi
destino, pero fue en vano. Su nariz aguileña, sus ojos oscuros
y sus mejillas angulosas, el cabello corto tan oscuro que
apenas se podían distinguir los mechones.
No vi ni un solo gesto que me dijera qué estaba
pensando. Solo hizo una mueca cuando me preguntó:
—¿Documento?
Yo palpé los bolsillos.
—¿De verdad? De nuevo, no…
Él se rio.
—Solo te estoy tomando el pelo. Te están esperando.
Pero cuando traté de caminar por delante de él, me
agarró por el brazo y me detuvo. Tenía fuerza. Cuando sentí
sus dedos agarrarme firmemente, tuve la sensación de que
tranquilamente era capaz de levantar a una persona con una
mano y arrastrarlos fuera del bar, si era necesario. En ese
instante, deseé poder verlo hacer eso alguna vez.
«Ya tengo a dos hombres en la cabeza», me regañé. «No
necesito otro más en este momento».
—¿Hay algún problema? —pregunté con impaciencia.
—Ellos son mis amigos —dijo Cole como si estuviera
confesando una gran verdad—. Ethan y Grayson son todo lo
que tengo. No los lastimes, ¿de acuerdo?
Su tono estaba entre el pedido y la amenaza. Me puso
incómoda. «¿Por qué los podría lastimar?»
Cole me siguió agarrando del brazo hasta que dije:
—De acuerdo —Solo entonces me dejó pasar.
El bar no estaba tan atestado como el fin de semana, pero
la mitad de las mesas estaban ocupadas con clientes que
miraban los partidos de fútbol nocturnos por varios televisores
en todo el salón. Ethan estaba del otro lado de la barra,
sirviendo cerveza. Su rostro se iluminó al verme. Entonces,
dijo:
—Me tomo cinco minutos. Si alguien quiere un trago, es
ahora o nunca.
—Piper —dijo alguien detrás mío.
Me di la vuelta. Grayson estaba sentado en uno de los
reservados, en una esquina al lado de la puerta. Jugueteaba con
un plato de nachos que tenía frente a él.
—Hola —dije, sentándome en frente.
—¿Quieres algo de comer? —me preguntó— ¿O de
beber?
—No, gracias. ¿Qué está pasando?
—Esperemos a Ethan así podremos hablar los tres.
Me quedé en silencio mientras Ethan servía otro trago en
la barra. Fueron los sesenta segundos más incómodos de toda
mi existencia. Sentía un nudo en la garganta, como cuando
sabes que el director de la escuela te va a regañar, o como
cuando estás a punto de escuchar el veredicto de un juez.
—¿Qué onda, flautista? —dijo Ethan, sentándose a mi
lado. Me pasó la mano por el hombro y la dejó allí, apoyada en
el respaldo de mi silla.
«¿Eso es?» me pregunté. «¿Grayson no quiere seguir
viéndome, así que Ethan es el ganador?» Me sentí vagamente
contenta, pero igualmente desilusionada.
—Esto es un poco incómodo —dijo Grayson con una
sonrisa.
—Habla por ti solo —contestó Ethan—. Yo me siento
como un gato en una casa de retiro de tan cómodo que estoy.
—Lo siento —dije sin querer.
Grayson parpadeó.
—¿Por qué?
—No lo sé. Por esta situación tan rara en la que estamos.
Ellos intercambiaron miradas.
—No es tu culpa —dijo Grayson. Agarró un nacho, lo
miró y lo volvió a dejar en el plato—. Pero con respecto a
nuestra situación, hemos encontrado una solución.
—Una solución que nos deja a nosotros contentos y
esperamos que a ti también.
«¿Grayson está contento por haber dejado que fuera
Ethan el que me siguiera viendo?» Me sentía rechazada.
—La solución puede parecer un poco extraña, pero en
verdad es bastante simple —explicó Grayson—. Ethan y yo
quisiéramos compartirte.
26

Cole

Era una estupidez.


Una estupidez mayúscula.
Al trabajar como guardia de seguridad, podía distinguir
las estupideces a kilómetros de distancia. Era parte de mi
trabajo; ser capaz de identificar los problemas antes de que
comenzaran para poder contenerlos más rápido.
Pero este plan que mis amigos querían llevar a cabo me
parecía la estupidez más grande. Un tornado con cientos de
banderas rojas.
Yo ya les había dicho lo que pensaba y ellos me habían
escuchado. Pero decidieron seguir adelante con su idea de
todos modos.
Todo lo que pude hacer fue quedarme parado en la puerta
de entrada, cerca de su mesa, y observar de lejos cómo el tren
se descarrilaba.
—Ethan y yo quisiéramos compartirte —dijo Grayson.
Piper inclinó todo el cuerpo hacia adelante e inclinó la
cabeza.
—Disculpa, ¿cómo?
—Los dos queremos salir contigo —explicó Ethan— al
mismo tiempo.
Grayson asintió.
—A menos que tú no quieras hacerlo. Si ya sabes con
cuál de los dos quieres salir…
—No —dijo rápido Piper—. No he podido decidirlo.
—Entonces, está arreglado —dijo Ethan—. Puedes salir
con los dos, mucho o poco, como te plazca. Somos mejores
amigos, así que no nos pondremos celosos. Todos ganamos.
—Si las cosas salen mal con uno de nosotros o con los
dos, seguirás siendo la niñera de Max hasta fin de año. —Este
arreglo no tiene nada que ver con tu trabajo.
Piper los miraba a uno y a otro alternadamente.
—¿Esto es una broma?
Yo me reí para mis adentros y traté de imaginarme qué
sentiría si fuera ella. Si me involucrara con dos mujeres
diferentes y en cierto momento, ellas me sentaran y me dijeran
que querían compartirme. Yo también sospecharía. Es
demasiado bueno para ser verdad.
—¿Están seguros de que no van a tener problema con
esto? —preguntó Piper.
Mis amigos se miraron.
—No es lo ideal —admitió Grayson—. Pero nos gustas a
los dos. No me voy a echar atrás. Ethan tampoco.
—¡Claro que no! Ni loco —exclamó Ethan—. No soy
Philippe Pétain.
—¿Quién? —preguntó Piper, confundida.
—Ya sabes, el líder de la Francia de Vichy, en la
Segunda Guerra Mundial. No me voy a rendir como hizo él.
Sigo peleando.
Yo sacudí la cabeza. Ethan y esas referencias raras que
hacía.
—El punto es que puedo hacerlo —dijo Grayson—.
Todos somos adultos.
—Los adultos igual hacemos chiquilinadas a veces —
dijo Piper—. Créeme. Mientras trabajaba en el centro
comercial, vi a mucha gente mayor de 18 años haciendo
tonterías.
—Nosotros no seremos así —insistió Ethan. Todavía
tenía el brazo apoyado en el respaldo de la silla de Piper—.
Podemos hacerlo funcionar.
—¿Tú quieres que funcione? —preguntó Grayson—.
Nosotros ya hemos dicho mucho. Ahora te toca a ti.
—Eh, yo… —Piper pestañó varias veces. Tenía unas
pestañas hermosas, largas y oscuras—. Está bien. De acuerdo.
Siempre y cuando los dos estén seguros de que podrán hacerlo.
No quiero arruinar la relación de amistad entre ustedes.
Ethan se acercó a Grayson y le dio una palmada en el
hombro.
—Hemos pasado situaciones peores. ¿No, amigo?
—No vamos a dejar que una mujer nos separe —dijo con
una sonrisa leve—. Confía en mí.
De pronto, se escuchó el ruido de alguien correteando
por el bar. Max, con su cabecita roja, se acercó a toda prisa por
entre las mesas hasta su padre. Pero en vez de aferrarse a él, la
abrazó a Piper por las piernas.
—¡Piper! ¡Piper! ¡Has vuelto! No sabía que vendrías.
Yo me agaché y la alcé en brazos.
—Ya sabes que no debes estar aquí.
Max escondió la carita en mi hombro.
—Quería ir al bar para darle las buenas noches al tío
Ethan. Pero no lo encontré. Iba a decirle adiós de lejos, pero la
vi a Piper y quise venir a saludarla. Lo siento, tío Cole.
El corazón se me encogía cada vez que Max decía mi
nombre. Aunque yo no era su tío de verdad, éramos como una
familia. La quería más que a nada en el mundo. Mataría por
ella si fuera necesario. Así que me gustaba saber que el
sentimiento era mutuo y que esta cabecita pelirroja me quería
a mí también.
—Di buenas noches, Max —le dije.
—Buenas noches —repitió ella, riéndose con la broma.
—En seguida voy —dijo Grayson— y la dejo en la
Nursery.
La llevé por el bar hasta la habitación donde ella jugaba.
Algunas personas nos miraron, pero nadie pareció molesto o
incómodo.
—¿Ese dibujo del tren es nuevo? —pregunté señalando
la mesa.
Ella asintió.
—¡Sí!
—Puedes dibujar otras cosas que no sean trenes, ¿sabes?
—¡No quiero! —contestó ella— Los trenes son más
divertidos.
—¿Qué tipo de tren es ese?
—Rojo. Lo rojos son los mejores.
—¿Ah, sí? ¿Por qué?
—¡Porque sí! —dijo ella como si fuera lo más natural del
mundo.
Yo asentí y la senté en el sofá.
—Quédate aquí hasta que venga tu papá a acostarte, ¿sí?
Me di vuelta para irme, pero luego su vocecita me
detuvo.
—¿A ti te gusta Piper?
Yo me quedé petrificado con la mano en la perilla de la
puerta.
—¿Qué quieres decir?
—A mí me agrada mucho —dijo Max—. Siempre nos
divertimos jugando. Y me enseña muchas cosas. A papi
también le agrada Piper. Y al tío Ethan. Entonces, ¿a ti
también?
Yo siempre levantaba una pared de hielo con la gente,
aunque fuera gente cercana. Pero Max era una de las pocas
personas capaz de derribarla.
Me tomé un minuto para pensar en esa pregunta. Para
pensar en Piper. Su cabello espeso que le rodeaba su hermoso
rostro de facciones delicadas. Sus labios regordetes,
seductores. Se ponía esas camisas ajustadas que hacían que sus
pechos…
—Piper es muy agradable —dije al fin.
—Entonces, ¿te gusta?
—Así es.
Max asintió.
—Bien. Te tiene que agradar porque es mi niñera.
Le di un beso de buenas noches y salí al bar.
Piper se estaba levantando de la mesa y se estaba
poniendo la chaqueta. Mientras volvía a mi puesto en la puerta
de entrada, la escuché decir a los chicos:
—Los veo mañana.
Yo la saludé con la cabeza cuando pasó a mi lado. Tenía
una expresión atónita en el rostro, como alguien que se ha
ganado la lotería pero no lo termina de creer.
Ni bien se fue, tomé asiento en la silla que ella había
ocupado. Todavía se sentía tibia donde antes había estado ella.
—Es una estupidez —dije yo.
Grayson se pellizcó el puente de la nariz.
—Ya lo dijiste.
—No está mal decirlo de nuevo. Están cometiendo un
error.
Ya hemos escuchado tus objeciones.
—Creo que está celoso —dijo Ethan con una mueca de
superioridad.
Yo me quedé sin palabras.
—¿Celoso? No.
Ethan levantó las cejas.
—¿Estás seguro, amigo?
Había logrado verla bien a Piper antes de que se fuera.
Cuando se agachó para recoger la chaqueta, pude verle bien el
culo. No me la quedé mirando como un depravado, pero sí
pude atisbar la forma de sus caderas en el jean ajustado. Fue
un momento glorioso.
—No es mi tipo —dije yo.
Ethan resopló.
—¿Las chicas súper ardientes no son tu tipo?
Para cambiar de tema, pregunté:
—¿Cómo se tomó su propuesta?
Los dos hicieron silencio para mirarse.
—Creo que al principio no nos creyó —dijo Grayson
tomando un sorbo de cerveza.
—No la culpo —agregó Ethan—. A mí también me
parece una locura.
—No es una locura. Es una estupidez.
Grayson apoyó el vaso de cerveza abruptamente en la
mesa de madera y me miró fijo. Yo levanté las manos.
—¡Oye! Disculpa —dijo una mujer en la barra—. Quiero
otro Manhattan, cariño. ¡Tengo sed! —Y se escucharon las
risitas de sus amigas.
Ethan suspiró.
—El deber llama.
—Me parece que ellas también quieren compartirte —le
dije.
A Ethan le dieron escalofríos.
—Podría ser mi abuela.
—Les gusta lo que sirves —dijo Grayson guiñando un
ojo—. Mejor dales lo que piden.
Ethan se forzó a sonreír y volvió al bar.
—Es que no puedes mantenerte lejos, ¿eh, Yolanda?
No escuché su respuesta pero algo gracioso debe de
haber sido porque sus amigas se echaron a reír tontamente de
nuevo.
Lo miré a Grayson y vi que tenía la mirada perdida,
sumido en sus propios pensamientos.
«Debe de estar preguntándose lo mismo que yo», pensé.
«¿Funcionará o será un fracaso monumental?»
27

Piper

Mientras volvía a casa en el auto, me sentía en una


nebulosa. Estaba aturdida, como si estuviera borracha, solo
que no había tomado alcohol. Estaba a mitad de camino,
cuando por fin fui capaz de pensar con algo de claridad.
«Quieren compartirme».
No lo podía creer. De todos los escenarios posibles,
jamás consideré esta opción; me parecía una locura. Los
chicos no «compartían» novia.
¿O sí?
Ahora que el cerebro ya me funcionaba, me di cuenta de
que tenía muchas preguntas sin responder. ¿Cómo sería la
logística de esta relación? ¿Nos turnábamos? ¿Una noche con
cada uno? ¿O una semana con uno diferente, como los padres
divorciados que se reparten el tiempo con sus hijos? ¿Era algo
casual? ¿Cómo funcionaría en el día a día?
¿Qué sucedía si ambos me invitaban a salir la misma
noche? ¿Tirábamos una moneda al aire? ¿O jugábamos al
juego piedra, papel o tijera para ver con quién de los dos
salir?
Detuve el auto en la entrada, detrás del coche de mi
madre, sintiéndome más confundida que antes.
Cuando entré, vi que mi mamá me esperaba en la sala. Y,
a juzgar por su expresión boba, supe que se había tomado mi
copa de vino. Y tal vez, más.
—¿Qué pasó? — preguntó con curiosidad— ¿Decidieron
entre ellos qué hacer?
—Sí —dije yo.
—¿Y? — preguntó— ¿Quién es el ganador? ¿Con cuál
de los dos saldrás?
—Con los dos.
—¿Con los dos? ¡¿Los dos?!
Yo asentí despacio.
Mi madre ahogó un grito, pero después chilló como si se
hubiera ganado la lotería. Cuando se calmó, me serví una copa
de vino y me senté para contarle todo.
—Es una locura… —dijo ella.
—Ya lo sé. Es una pesadilla.
Mi madre pestañó.
—¿Una pesadilla? Cariño, es un sueño hecho realidad.
—¡No! ¡Estoy súper confundida!
—Por eso mismo deberías salir con los dos —insistió
ella—, y ver cómo evolucionan tus sentimientos. Cuánto más
tiempo pases con ellos, más rápido sabrás cuál es el indicado.
—No nos adelantemos —dije yo—. Todavía falta mucho
para que pueda pensar en un chico como el «indicado».
Mamá hizo un gesto reprobatorio.
—Esta es la mejor opción, Piper. Deberías estar
contenta.
—No es que no estoy contenta —expliqué—, es que todo
es muy raro.
—A veces, lo raro no es necesariamente malo, cariño.
Como dicen en Austin, Texas: ¡hay que aceptar las rarezas!
Apuré la copa de vino y me preparé para ir a dormir.
Estaba exhausta, pero no paraba de dar vueltas en la cama,
pensando en lo que había sucedido ese día.
Ethan, Grayson.
Grayson, Ethan.
Ethan y Grayson.
¿Acaso estaba cometiendo un error garrafal?

En el Ciervo Sediento, donde estoy, no hay nadie. Las


sillas están arriba de las mesas. Ethan y Grayson limpian
detrás de la barra y discuten amigablemente.
—Es mi noche —dice Ethan.
—No, de ninguna manera —contesta Grayson.
Ethan levanta los brazos.
—¡Yo canté primero!
—¡No funciona así!
Ethan ahoga un grito.
—Tú lo dices porque no cantaste primero. Lo siento,
amigo. Tarde.
—Te estás comportando como un niño.
—Todos somos un poco niños, al fin y al cabo —Ethan
rodea la barra y se me acerca. Me acaricia la mejilla con
ternura—. Piper, te extrañé.
Grayson también se me acerca desde el otro costado.
—Yo te extrañé más.
Trato de abrir la boca para decirles que no es una
competencia, pero no logro articular palabra.
—Esperé toda la noche a que terminara mi turno para
poder estar contigo —dice Ethan—. Grayson perdió su
oportunidad.
Grayson me toma de un brazo.
—No perdí mi oportunidad. Piper y yo subiremos a la
habitación ahora mismo.
Ethan me tironea del otro brazo.
—Sobre mi cadáver.
—¡Paren! —grito por fin.
Entonces los dos me sueltan.
—Me prometieron que no afectaría la relación entre
ustedes —digo yo—. Me rehúso a ser la persona que arruine
su amistad. Si no pueden compartirme, entonces no quiero
nada con ninguno de los dos.
Ethan asiente con seriedad.
—Yo sí soy capaz de hacerlo.
—Yo también —dijo Grayson.
Entonces Ethan se quita la camisa.
—Y te lo demostraré.
Grayson está detrás, su cuerpo musculoso y bronceado
iluminado por las luces cálidas de la barra.
—Yo lo puedo demostrar mejor.
Ethan empieza a besarme el cuello a medida que
Grayson se agacha, me libera un seno y se lleva un pezón a la
boca. Sigue besándome más abajo. Cierro los ojos. Dos bocas,
dos lenguas, sus manos tocándome, adorándome.

Me desperté con una sacudida. Estaba sudorosa y sin


aliento, como si hubiera salido a correr.
Fue un sueño, nada más.
Un sueño demasiado real, y demasiado erótico.
Estaba sola en la cama, pero aun así me ruboricé. No era
así como habían decidido compartirme. Un trío era algo que
nunca sucedería. Si ellos estaban pensando en algo así, lo
hubieran sugerido.
Pero cuando me levanté de la cama y empecé la rutina de
todos los días, la idea siguió en mi cabeza y empecé a
fantasear con la posibilidad.
Salí de la ducha y vi que tenía un mensaje de Ethan.

Ethan: Anoche soñé contigo.


Piper: ¿En serio? Yo también soñé contigo. ¿Qué
soñaste?
Ethan: Te cuento si tú me cuentas primero.
Piper: ¡Yo pregunté primero!
Ethan: Soñé que tú y yo salíamos a cenar al mejor
restaurante de la ciudad. Te contaba algunos chistes, tú te
reías. Y pasábamos una noche agradable.
Ethan: ¿Quieres hacerlo realidad hoy?
Piper: ¡Me encantaría!
Ethan: ¿Y tú? ¿Qué soñaste?
Piper: Exactamente lo mismo. Que salíamos a cenar.
Ethan: No te creo.
Piper: Apenas comenzamos a salir y ya estás
desconfiando de mí. Me ofendes.
Ethan: Estamos condenados. Yo también tenía grandes
expectativas.
Piper: Espero que puedas repararlas hoy a la noche.
Ethan: Lo haré. Nos vemos en el bar a las 7.
Piper: ¿Cómo debería ir vestida?
Ethan: Como te sientas más cómoda. Pero yo me pondré
un esmoquin.
Piper: ¿UN ESMOQUIN? No puedes decirlo en serio.
Ethan: ¿No me crees? ¿Ahora quién desconfía de
quién?
«Bueno, parece que tengo una salida elegante», pensé
mientras me preparaba para irme. «¡Esto de salir con dos
chicos a la misma vez está empezando de lo mejor!»
28

Piper

Antes de salir de casa, pensé en llevarme todo lo


necesario para mi cita con Ethan, pero decidí que era
demasiado pensar en ello en ese momento. No estaba segura
de qué vestir y tampoco quería llegar a casa de Grayson con
mis maquillajes y la alisadora de cabello. Además, sería súper
raro prepararme en su casa para salir con Ethan. «¡Hola, Papá
Noel sensual! ¿Te importa que use tu baño para alisarme para
la cita que tengo con tu mejor amigo?»
No. Sería mejor volver a casa a cambiarme, aunque
tuviera que conducir dos veces.
Me despedí de mi madre y fui hasta el centro para
cumplir con mi trabajo como niñera. Grayson ya estaba
vestido y su bolso, armado. Max, sin embargo, seguía
desayunando. Se bajó de un salto de la banqueta donde estaba
desayunando y corrió hacia mí, se aferró a mi pierna tan fuerte
que la mitad del cereal que tenía en la boca fue a parar a mi
pantalón.
—¡Max! —La regañó Grayson— ¡Has hecho un lío
sobre Piper!
—Está bien —dije yo—. Los líos son parte del trabajo.
—Igualmente, preferiría evitarlos, siempre que fuera
posible. Grayson me acercó una toalla y me empezó a limpiar
la mancha. Fue muy difícil ignorar el hecho de que estaba de
rodillas frente a mí, su cara a centímetros de mi entrepierna.
Dejé que la idea me calentara el cuerpo…
Entonces, él levantó la vista hacia mí.
—¿Cómo te sientes?
—Es solo un poco de leche y cereal —dije yo—. No es
como si me hubiera dejado inconsciente.
Grayson me sonrió sutil y seductoramente.
—Quiero decir, con respecto a lo que hablamos anoche.
¿Cómo te sientes al respecto? ¿Te parece bien la idea de estar
con los dos?
De inmediato, recordé el sueño donde estaba rodeada por
los, y me besaban, y me acariciaban y me querían…
—La idea me está empezando a gustar —respondí.
—Bien —Terminó de limpiar y se puso de pie frente a
mí—. Max y yo vamos a ir a ver una película hoy en la noche.
Esa de dibujitos animados sobre la Navidad. ¿Quieres venir?
—¡Sí! —gritó Max— ¡Ven con nosotros, Piper!
Yo hice una mueca de compunción.
—Es que no puedo. Ya tengo planes —Antes de
continuar, dudé un segundo—. Ethan me invitó a salir.
—Ah —Grayson puso cara de piedra—. No hay
problema. Está bien.
—¿Estás seguro?
Empezó a asentir, luego frunció el ceño.
—En realidad, no. Se supone que Ethan trabaja hasta la
hora del cierre. ¿A qué hora es la cita?
—A las 7.
—Esa es la hora en que por lo general se toma la pausa
para cenar —murmuró Grayson—. No sé qué tendrá planeado,
pero por lo general no hace estas cosas a último minuto… —
Sacó el celular del bolsillo.
Empecé a sentir un nudo en el estómago.
—Esto es lo que temía —dije yo—. Que la relación entre
ustedes se vea afectada.
A regañadientes, Grayson volvió a guardar el celular en
el bolsillo.
—No hay problema. Solo quería asegurarme de que el
bar estará cubierto hoy.
—¿Quieres comer palomitas de maíz en el cine? —
preguntó Max desde la banqueta de la cocina— Con mucha,
mucha manteca.
—Lo siento mucho, Max, pero no puedo ir al cine hoy
—respondí.
Max dejó caer la cuchara dentro del bol de cereal.
—¡No! ¡Tienes que venir! Porfa. Mi papá me dijo que
vendrías.
Grayson me miró, pesaroso.
Me di vuelta y le dije en voz baja, pero firme:
—Usar a tu hija para darme culpa y que cancele mis
planes con Ethan definitivamente no está bien.
—¿Y qué tal mañana en la noche? —preguntó Grayson.
—Mañana estoy libre.
—Entonces, vayamos mañana —exclamó Max—. Yo
voy a comer palomitas de maíz. Con muuucha manteca. Si
quieres, te puedo convidar un poco, Piper. Pero mi papá tendrá
que comprarse las suyas.
—Mañana, entonces —dijo Grayson—. Tenemos una
cita.
—Tenemos una cita —repetí sonriente.
Max y yo pasamos el día jugando. Faltaban tan solo dos
semanas para Navidad así que se estaba poniendo un poco
ansiosa por el tren que le había pedido a Papá Noel. Eso me
hizo acordar a una serie infantil que veía cuando era chica.
Después de buscar en Amazon Prime, encontré todas las
temporadas.
—Mira, este programa se llama Thomas y sus amigos —
le expliqué—. Es una locomotora británica.
—¿Qué es una locomotora británica?
—¡Una locomotora que vive en Inglaterra! —exclamé
yo.
—¿Inglaterra es un estado? —preguntó ella— ¿Como
Kansas o Mine-soda?
Yo me reí y dije:
—Inglaterra es otro país. Queda muy, muy lejos. Pero
tiene muchos trenes. ¡De hecho, los trenes se inventaron en
Inglaterra!
Max abrió los ojos como platos, sorprendida ante el
dibujo en stop-motion de la locomotora y sus amigos.
Grayson volvió a casa a la hora de siempre. Max corrió a
recibirlo con un abrazo y una catarata de parloteo sobre los
ferrocarriles.
—Creo que la hice adicta a Thomas y sus amigos —dije
yo—. Vimos toda la temporada 1.
—¡Henry es una locomotora grande y verde! —le
explicó Max— Odia la lluvia porque le daña su pintura, así
que se queda en un túnel.
—¡Vaya! —dijo Grayson con fingido entusiasmo, que
solo un padre puede expresar— ¿Cómo lo sacan del túnel?
Max puso los ojos en blanco.
—No voy a arruinarte la serie, papi. Tendrás que
mirarla.
—Ah, de acuerdo —Me sonrió y dijo—: ¿Ya te dije lo
risueña que se pone cuando estás con ella?
—No es por mí. Es por los trenes. ¿Qué tal tu día?
—Bien. Atareado. Estas semanas previas a Navidad…
—dijo encogiéndose de hombros y sin poder decir más frente
a su hija—. ¿Te prepararás para tu cita aquí?
—Voy a casa antes —dije—. Me pareció raro prepararme
aquí.
Grayson se encogió de hombros:
—Puedes hacerlo, si quieres. No me molesta. Aunque
eso podría desencadenar algunas preguntas en Max.
—Gracias, lo tendré en cuenta para la próxima —Me
quedé allí parada mirándome los pies por un segundo, antes de
decir—: De acuerdo, ya me voy, Max. Ven a saludarme.
Después de despedirme, me fui a casa a enlistarme.
Después de veinte minutos de dar vueltas (Ethan se rehusaba a
decirme a dónde íbamos), elegí un vestido morado y largo con
un profundo escote en V.
Cuando mi mamá llegó del trabajo y me vio, exhaló un
grito de sorpresa.
—¿A dónde vas?
—En realidad, no tengo ni idea —dije desde el baño—.
Todo lo que me dijo Ethan es que él se pondrá un esmoquin.
—¿Una primera cita formal? Vaya, sí que está tratando
de conquistarte.
—O está compitiendo con Grayson —Apoyé la alisadora
en el lavabo y suspiré—. Tengo ganas de salir con él, pero una
cita formal me parece demasiado. Ethan tampoco pareciera ser
así. Él suele ser divertido y relajado.
—No quiero escuchar quejas de la chica con dos novios
—sostuvo mi madre—. Puedes ponerte el collar de perlas.
Quedaría muy bien con ese vestido.
Conduje de vuelta al Ciervo Sediento y entré. Sentí todos
los ojos puestos en mí, incluido Cole, que me miró
boquiabierto y ni siquiera se molestó en gastarme una broma
sobre mi documento.
Desde luego, Ethan atendía la barra en esmoquin. Le
quedaba perfecto. Resaltaba su silueta estilizada y él se movía
con la naturalidad y la seguridad de James Bond preparando
tragos y sirviendo cerveza.
—Tengo que reconocer —dije cuando me acerqué al bar
—, que una parte de mí se preguntaba si estarías aquí en jeans
y camisa, ropa normal.
Él sonrió cuando me vio.
—Mierda, Piper, te ves muy bien, ¿sabes?
Jugueteé tontamente con mi pelo y dije:
—Hice lo que pude. ¿A dónde vamos?
—Al restaurante más exclusivo de la ciudad.
—¿Spring Onion? —pregunté.
Ethan puso almíbar en un vaso y dijo:
—¡No!
—Mm, ¿Callahan’s Steakhouse?
—Tampoco. ¿Es que acaso buscaste en Google cuáles
son los restaurantes más elegantes?
—Tal vez.
Deslizó una copa llena de un líquido color ámbar hacia
mí.
—Dame cinco minutos. Ya casi estoy listo.
Bebí mi trago, que resultó ser un old fashioned, y traté de
no sentirme un sapo de otro pozo vestida de gala en aquél
lugar. Por suerte, las divorciadas que por lo general perseguían
a Ethan todavía no estaban allí. Tenía la sensación de que me
dirían varias cosas si se enteraban de que saldría con su
barman favorito.
Una de las mozas se acercó y dijo:
—Oye, Ethan, yo puedo cubrirte.
—¡Gracias, Miranda! Volveré en media hora.
—Ah, entonces, ¿seguirás trabajando luego? —le
pregunté.
—No pude encontrar un reemplazo —me dijo con una
sonrisa burlona—. Pero tengo media hora, que es lo que dura
mi pausa para la cena. Tiempo de sobra.
Yo traté de sonreír pero me resultó difícil. Media hora no
parecía tiempo suficiente. Ya tenía mis cuantas dudas acerca
de ir a un sitio distinguido para cenar. Pero, ¿ir y cenar a las
apuradas? No era mi idea de una cita.
—¿Quieres que apure mi trago?
Ethan agarró una botella de agua con gas del refrigerador
y dijo:
—Puedes traerlo, si quieres.
Miré mi copa y dije:
—Estoy segura de no debe ser legal salir del bar con un
trago en la mano.
Ethan me tomó de la mano y la apretó levemente.
—Qué bueno que no saldremos del bar, entonces.
Sígueme.
29

Piper

No podía salir de mi asombro cuando Ethan me condujo


por detrás de la barra hasta la puerta de la Nursery. Max estaba
sentadita en el sofá mirando Thomas y sus amigos. Cuando
entramos, volteó para vernos.
—¡Guau! —exclamó Max— ¡Estás muy linda!
—¡Gracias! —respondí pregunté—
—¿Y yo qué tal me veo? —preguntó Ethan.
Max se quedó pensativa un instante.
—Pareces el Inspector Gordo.
—¿Quién?
—Es un personaje de Thomas y sus amigos —le
expliqué yo.
Ethan sonrió.
—Seguro que es guapísimo.
—¡Es gordo y tonto! —dijo Max riéndose.
Ethan fue hacia ella y le dio un besito en la frente.
—Más tarde te haré cosquillas por eso.
—No, no —chilló Max.
—Sí, sí —Ethan me tomó de la mano y me dijo—: Ven,
es por aquí.
Me condujo por el pasillo hasta un cuarto de
almacenamiento lleno de cajas con provisiones y barriles de
cerveza. Todas las cosas estaban amontonadas contra una
pared para hacer espacio para una mesita y dos sillas. La mesa
hasta tenía un mantel blanco con servilletas de tela y la vajilla
y cubiertos bien acomodados.
—Voila! —exclamó Ethan y corrió una de las sillas para
que yo me sentara—. Lo prometido es deuda: he aquí el
restaurante más exclusivo de la ciudad.
—Ethan… —Miré en derredor, sin poder quitarme la
sonrisa del rostro—. Esto es magnífico.
—Sé que no es tan distinguido como esperabas —dijo,
poniendo una botella de agua gasificada sobre una caja, junto a
una botella de gin, unos amargos y dos vasos altos—. Pero no
tengo una noche libre hasta el sábado, y no podía esperar tanto
tiempo.
—Esto es muchísimo mejor que ir a un restaurante
elegante.
Él me miró con escepticismo.
—No lo dices en serio.
—¡Claro que sí! Me ponía nerviosa pensar que íbamos a
ir a un sitio demasiado elegante en nuestra primera cita. Me
parecía demasiado. Esto es mucho mejor, créeme.
Ethan se ruborizó. Sonrió con timidez y luego señaló mi
trago.
—Cuando te termines ese, puedo prepararte otro. Algo
que vaya bien con la comida. Ya traje todos los elementos.
Apuré el resto del old fashioned que me había preparado
y exclamé:
—¡Estoy lista! ¿Qué es?
Ethan se dio vuelta y empezó a preparar las bebidas.
—Yo lo llamo: Gin Drank.
—¿Gin Drank? —repetí yo.
—Básicamente es un gin tonic reversionado —dijo
sacando trozos esféricos de hielo de una bandeja de goma—.
Fue el primer trago que aprendí a hacer.
—Parece algo demasiado simple para tu gusto —
comenté.
—A veces, las mejores cosas de la vida son las más
simples —Me sonrió por encima del hombro—. Pronto, Jenna
terminará con la comida. Espero que te guste el pollo grillado.
—Me encanta el pollo en cualquiera de sus formas, ¿a
quién no?
—Hasta hace una semana, Max solo comía tiras de pollo
fritas —dijo él—. Ahora está probando un montón de comidas
nuevas.
—Max es una niña —dije yo—. Creo que nunca conocí a
un adulto que no comiera pollo grillado. Bueno, sin incluir a
los veganos y vegetarianos.
El trago que preparaba Ethan parecía Sprite con un gajo
de lima. Chocó mi copa con la suya y dijo:
—Por nuestra primera cita.
—Por el restaurante más exclusivo de la ciudad —dije
yo. Después de tomar un sorbo, agregué—: Qué rico.
Refrescante.
—¿Sí? ¿Te gusta?
—Sí, mucho —Tomé otro sorbo—. Aunque me
sorprende que no me hayas preparado un Martini.
—¿Un Martini? ¿Por qué?
—Un Martini seco —aclaré, imitándolo el gesto de Sean
Connery—, agitado, no mezclado.
Ethan refunfuñó.
—Menos mal que eres linda o no toleraría esa burla.
—Tú eres el que quiso vestirse de gala.
—¡Lo compré mientras estudiaba en la universidad! —
exclamó— Y nunca tuve ocasión de usarlo.
En seguida, Jenna nos trajo ensalada César de entrada.
La mujer grandota incluso trajo un molinillo de pimienta para
condimentar las ensaladas a nuestro gusto.
—¿Cómo hizo Ethan para convencerte de hacer esto? —
le pregunté.
—Es una buena excusa para preparar algo que no sea
barbacoa —dijo ella. Unos segundos más tarde, agregó—:
Además, el bastardo me pagó cien dólares.
—Te pagué cien dólares por la experiencia de una cena
de primera clase, no por tu personalidad tan agradable —
señaló Ethan.
—Dame otros cien y no escupiré tu comida, lindo —
contestó ella con cara de piedra. Ethan se echó a reír, pero
Jenna se dio vuelta y me sonrió antes de marcharse.
—Eso de escupirme la comida lo dice en broma —dijo él
con una risita nerviosa—, ¿no?
—¡Claro! —dije yo, tomando un sorbo para ocultar mi
risa.
La ensalada estaba crocante y la salsa parecía casera.
Luego, Jenna nos trajo el plato principal: pechuga de pollo con
una cremosa salsa blanca, rellena de queso, acompañada de
vegetales.
—Pollo relleno —dijo sin más—. Le he dicho muchas
veces a Grayson que lo agregue al menú, pero él siempre se
rehúsa.
—¡Jenna, esto se ve delicioso!
—Estoy aquí para satisfacer sus deseos.
Asintió y se fue sin decir más.
—Guau, estoy impresionada —dije, mientras empezaba
a cortar el pollo—. Cuando llegué aquí, Jenna me pareció una
exconvicta recién salida de prisión. Me intimidó.
—Te digo un secreto —dijo Ethan, inclinándose por
encima de la mesa—: Jenna nos intimida a todos. Incluso a
Cole.
—¡No lo creo!
—Tiene miedo de pedir cualquier comida alternativa
porque sabe que Jenna se lo comería vivo.
—Hablando de comer, este pollo está exquisito —
comenté—. De verdad, deberían agregarlo al menú.
—Yo soy simplemente el barman. Tendrías que decírselo
al jefe.
—Cuando abras tu bar de mixología, podrías servir esto
—le sugerí.
—No serviré comida en mi bar —dijo él—. Y aunque lo
hiciera, me daría miedo que Jenna trabajase para mí.
—¿Cómo es eso, lindo? —le preguntó ella justo cuando
entraba en la habitación.
—¡Nada! Solo decía que el pollo está riquísimo. Casi ni
se le siente el gusto del escupitajo.
Ella refunfuñó cuando nos colocó dos copas con un
condimento en frente.
—Salsa cremosa de mostaza. Para los vegetales.
Ethan esperó a que se fuera para exhalar.
Mientras comíamos, charlamos sobre los detalles del bar
de mixología. Ya tenía todo planeado, hasta los detalles del
bar: caoba teñida, de siete centímetros de espesor, con los
bordes tallados.
Me gustó escucharlo hablar de su sueño. La pasión en un
hombre es algo muy sexy. El único problema era que no
paraba de mirar su reloj, lo que me recordó que solo teníamos
treinta minutos.
Cuando terminamos de comer, alguien golpeó la puerta.
Un segundo después, Grayson asomó la cabeza.
—Oye —le dijo a Ethan—, ¿podemos hablar un
segundo?
Ethan suspiró y dejó la servilleta sobre la mesa con
hastío.
—Todavía me quedan cinco minutos de mi pausa para la
cena. Estás arruinando el momento.
Grayson lo miró con completa seriedad.
—Quería decirte que puedo tomar tu puesto en la barra.
Puedes tomarte el resto de la noche.
Ethan pestañó.
—Espera, ¿en serio?
—Me imaginé que querrían pasar más tiempo juntos —
dijo él—. Y estoy tratando de demostrar que soy capaz de
compartir a Piper sin ponerme celoso ni nada por el estilo.
—Es muy amable de tu parte —dije.
—Espero que no hayas engullido tu comida demasiado
rápido —dijo Grayson—. Disfruten el resto de la noche.
Ethan estaba consternado.
—No me esperaba tal gesto de altruismo, sobre todo
después de haberte invitado al cine.
—Quizás sí pueden compartirme después de todo —dije
yo—. Para ser sincera, no lo creía posible.
—Ni yo —Ethan se sentó bien derecho, tomó lo que
quedaba de su trago y se inclinó por encima de la mesa—.
Tengo el sitio perfecto para comer el postre.
—Con una sonrisa, me tomó de la mano y me condujo
fuera de allí.
30

Piper

Ethan y yo le deseamos las buenas noches a Max y


caminamos tres cuadras. El centro de Oklahoma City estaba
todo iluminado con luces rojas y verdes que destacaban la
silueta oscura de los edificios en el cielo nocturno. A pesar de
que soplaba un poco de viento, no sentía frío pues tenía una
chaqueta abrigada, pero Ethan me pasó un brazo por el
hombro mientras caminábamos para resguardarme, según me
dijo.
Fuimos a una tiendita de pasteles en el Arts District,
especializada en lo que denominaban brookie: mitad brownie,
mitad cookie. Estaba tibia, tierna y tan pero tan deliciosa que
me tenté en pedir otra.
Después de eso, caminamos por las calles del centro
tomados del brazo.
—Bueno, te tengo una pregunta —anunció Ethan—:
¿cuál es el momento más bochornoso de tu vida?
—¿De toda mi vida? —pregunté con curiosidad.
—Sí.
—Pues, me pasé la vida entera intentando suprimir esos
momentos.
—Pues, busca muy en el fondo y cuéntame uno —
insistió—. Yo después de te cuento el mío. Y créeme: te vas a
reír.
—De acuerdo, eh… déjame pensar —Después de varios
segundos, se me ocurrió—: Segundo año del secundario.
—Oh oh —exclamó Ethan—, tengo el presentimiento de
que va a ser muy gracioso.
Me mordí el labio.
—Clase de inglés. Primer período.
—¿Tuviste el primer período cuando estabas en el
secundario? —dijo bromeando— Eso sí que es bochornoso.
Lo miré juguetonamente, lo que lo hizo sonreír más.
—No. Quiero decir, la primera hora de clases. Estábamos
haciendo un ejercicio donde la maestra escribía una oración en
la pizarra y nosotros teníamos que decir qué era lo que estaba
mal. Podía ser un error de puntuación, de ortografía o de
gramática. Cualquier cosa. Cuando llegó el turno de decir
nuestras respuestas, la maestra llamó a un voluntario para
corregir la oración en la pizarra al frente.
—Y tú levantaste la mano para ofrecerte —dijo Ethan.
Yo asentí.
—En la clase de gimnasia, siempre me elegían última,
pero en las de inglés era la mejor. Me encantaban esos
ejercicios. Así que fui hasta la pizarra y escribí mi respuesta,
muy rápido y muy confiada. Pero resultó que hice todo mal.
Ethan se detuvo en seco y me dijo:
—¿Eso es todo? ¿Escribiste la respuesta incorrecta en la
pizarra?
—¡Es que no lo entiendes! — exclamé— Me confundí
their con they’re. Era un error básico y fue de lo más
bochornoso. Siempre fui la ñoña, con la nariz entre los libros,
así que confundirme en algo básico para mí fue muy
mortificante. Y para colmo, la maestra me siguió
atormentando al respecto por el reto del año. Nunca más volví
a levantar la mano para ir a la pizarra.
—No me extraña que no puedas encontrar un trabajo en
Nueva York —dijo Ethan—, seguro que sale en tus
antecedentes tu pésimo desempeño en el segundo año.
La broma me tomó por completa sorpresa. Si la hubiera
dicho cualquier otra persona, les hubiera dado una cachetada.
Pero Ethan bromeaba de una forma que me desarmaba por
completo, incluso con temas sensibles como este. Me tenté en
el medio de la calle, y eso atrajo la atención de los
transeúntes.
—¿Demasiado pronto? —preguntó con una sonrisa de
oreja a oreja.
Todo lo que pude hacer fue contestarle con una
carcajada.
Cuando por fin logré recuperar la compostura, me sequé
las lágrimas de los ojos y dije:
—¡Qué gracioso! Bueno, tu turno. ¿Cuál fue tu momento
más vergonzoso?
Ethan me tomó del brazo para cruzar la calle. Miró en
derredor para asegurarse de que nadie escuchaba, pero igual
bajó la voz.
—También me sucedió en segundo año del secundario.
Era muy chico para ir al baile de graduación solo, pero me
había invitado una amiga que iba al último año, Leslie
Oggletree.
—¿Una amiga? — pregunté, sugerente.
—Bueno, más o menos —dijo sacudiendo la mano—.
Trabajábamos juntos en Smoothies Tropicales. Tonteábamos
de vez en cuando, pero nunca pasó nada en verdad. Solo
éramos dos chicos pasando el rato.
—¿Era linda? —le pregunté de imprevisto.
Ethan me miró de reojo.
—¡No me voy a poner celosa de una chica que conociste
hace diez años! —exclamé.
Se detuvo unos segundos y luego prosiguió despacio.
—Tenía una onda indie, el pelo corto, y las puntas
teñidas de violeta. A mí me gustaba. Me quedé flechado
cuando me invitó al baile.
—Y luego, mientras bailaban, alguien te tiró encima un
baldazo de sangre.
Él resopló.
—No, nada parecido a lo de la película Carrie. El baile
fue bastante divertido, de hecho. Me movía bien, tenía swing.
Todavía tengo.
Me soltó el brazo y empezó a hacer el baile lunar en
medio de la calle. Cuando se quedó sin más lugar, empezó a
hacer movimientos robóticos con los brazos y el cuerpo. Verlo
hacer eso en esmoquin fue graciosísimo.
—¡La gente nos está mirando! —exclamé, agarrándolo
por el brazo para seguir caminando.
—Solo quería mostrarte lo buen bailarín que soy —dijo
él.
—Nunca dudé de ti. Entonces, ¿el baile estuvo
divertido?
Ethan asintió.
—Después del baile, hubo una fiesta en la casa de un
amigo, pero Leslie dijo que quería ir a su casa a cambiarse.
Cuando llegamos, me invitó a pasar. Sus padres estaban fuera,
supuestamente. Entonces, me pidió que le bajara la cremallera
del vestido…
—Típica indirecta cuando para coger —dije yo.
Ethan se rio tímidamente.
—Viéndolo ahora, sí, fue bastante obvio. Pero en aquella
época, yo no tenía ni idea de la vida. No me di cuenta de que
era una indirecta hasta que ella dejó caer el vestido al suelo
y… bueno.
—Entonces, ¿ese es el momento más bochornoso de tu
vida? ¿No entender la indirecta de una chica?
—No, no —dijo él—. Déjame terminar. Nos empezamos
a besar y vamos hasta la cama. Ella saca un condón del cajón y
me lo da. Y cuando intenté ponérmelo…
—¿Qué pasó? ¿Se rompió?
—No…
—¿Era del tamaño incorrecto? —pregunté— Eso no es
bochornoso.
Nos detuvimos en una esquina a esperar a que cambiara
la luz. Ethan se metió las manos en los bolsillos y se quedó
mirando al frente antes de hablar.
—Le dije que no había podido ponérmelo hasta el fondo.
Ella se acercó y dijo que ya lo tenía bien puesto. Y luego, le
dije… le dije…
—¡Ya, suéltalo! ¡No puede ser tan terrible!
Inhaló profundo y dijo:
—Le dije que no me llegaba hasta las bolas.
Yo me lo quedé mirando. En ese momento, justo cambió
la luz que nos daba paso para cruzar, pero ninguno de los dos
se movió.
—Espera… —dije despacio—. Pensaste que…
—¡Pensé que el condón me tenía que cubrir las bolas
también! —exclamó él.
Yo no me pude aguantar y empecé a reírme a carcajadas.
—¡De allí viene el esperma, después de todo! —insistió
él—. Mi pensamiento adolescente tenía completa lógica.
En medio de las carcajadas, logré decir:
—¿¡Es que nunca te enseñaron a ponerte un condón en
educación sexual!?
—Crecí en Mobile, Alabama —dijo él—. ¡Todo lo que
nos enseñaron fue que una erección es pecaminosa y que el
sexo nos contagiaría HIV!
Me reí más fuerte cuando me lo imaginé a Ethan de
adolescente, tratando de ponerse un condón hasta allí.
—Te dije que era peor que tu historia.
—¡Estás en otra liga completamente diferente! —dije yo
—. Nunca más voy a verte como antes.
Ethan asintió.
—Al menos lo resolvimos cuanto antes. Es una pena que
nuestra relación no funcionara. Luego, se dio vuelta y se
empezó a alejar.
—¡Espera! —le grité, tratando de contener la risa— Eso
no significa que no quiera seguir viéndote. Aunque hayas
hecho algo tan bochornoso a los 16.
Lo alcancé y lo tomé por el brazo. A pesar de lo que me
había contado, sonreía de oreja a oreja.
—Lo bueno de hacer algo tan tonto —dije yo—, es que
no se puede hacer algo peor. ¿No es cierto? Por el resto de tu
vida sabrás que ya tocaste fondo.
—No lo sé —dijo él—. Al menos lo que me sucedió a mí
lo vio una sola persona. Hay cosas peores que pueden pasar
frente a una multitud.
—Me alegra que me hayas contado esto —le dije—. Me
gusta saber cosas sobre ti. ¿Qué más me quieres decir hoy?
Ethan me llevó hasta la esquina y se detuvo. Señaló un
rascacielos altísimo con ventanales plateadas y azules.
—Ese es el edificio de Devon Energy. Allí queda mi
oficina —Señaló a la derecha, a una torre más antigua de
cemento—. Esa es la torre del City Place, donde vivo.
—Debe ser un infierno viajar al trabajo todos los días —
le dije en broma.
Ethan sacudió la cabeza como entristecido.
—Tres cuadras. Es insoportable. ¡Piensa en todas las
cosas que podría hacer si no perdiera esos cinco preciados
minutos todos los días!
Sonreí al mirar al segundo edificio.
—Es muy lindo.
—Por dentro es mucho mejor —dijo, con un tono sutil
en la voz.
—Si me preparas un trago, tal vez me pueda olvidar de
esa anécdota del condón.
Él sonrió.
—De acuerdo. Pero no sé si tenga alcohol. Veamos qué
quedó…
El edificio tenía un amplio hall de entrada, con techos
altísimos y columnas de piedra. Nuestras pisadas retumbaron
sobre el suelo de mármol cuando fuimos hasta el elevador.
Entramos y presionó el botón del piso número 20.
Su departamento era un estudio enorme en una esquina,
con ventanales del suelo al techo en dos de sus paredes. Pasé
la vista por la cocina moderna. por la sala con muebles de
cuero, y luego por la cama baja tamaño California King, antes
de detenerme en la barra que estaba contra un muro. Había
cinco estantes largos repletos de whiskey, vodka y gin. Un
refrigerador pequeño con puerta de vidrio dejaba ver la
variedad de bebidas para mezclas.
—No tienes alcohol, ¿eh? —dije yo.
Él sonrió y se acercó al bar.
—Solo me quedan dos botellas de Yamazaki. Podría
decirse que estoy prácticamente seco.
—¿Por qué quieres abrir un bar de mixología cuando
tienes tu propio bar aquí mismo? —le pregunté—. Debes tener
miles de dólares en alcohol. ¡Cientos de miles!
—Todo esto es parte del desarrollo —dijo, aflojándose
las mangas de la camisa—. ¿Algún pedido especial?
Estuve a punto de decirle que me sorprendiera, pero
entonces recordé algo que había visto los otros días.
—Tomaré… un Commonwealth.
Ethan abrió los ojos con sorpresa.
—¿Un Commonwealth? Alguien ha buscado tragos
complicados en Google.
—Puede ser —dije tímidamente—. Ese es mi pedido.
—El Commonwealth es un cóctel legendario —dijo
enrollando las mangas de la camisa hasta el codo. Hablaba con
verdadero entusiasmo—. Se llama así porque incluye un
ingrediente de cada miembro de la Commonwealth británica:
papaya de Ruanda, vernonia amarga de Camerún, fruta del
dragón de Belice y azafrán de Pakistán. Lleva más de setenta
ingredientes que se combinan con maestría y se sirve en una
copa de champán.
—Setenta… no sabía estos detalles —dije yo—. No
tienes que prepararlo. Estaríamos aquí toda la noche.
—Tampoco podría si quisiera —dijo él, cruzándose de
brazos—, porque no tengo todos los ingredientes. Pero sí
tengo algo que creo te gustará, si me permites el atrevimiento.
Empezó a buscar los ingredientes en la barra.
—Gaseosa de cereza, que es oscura, para hacer juego
con tu cabello. Jugo de lima, porque puedes ser ácida y picar si
es necesario. Un poco de vodka, que va bien con tu espíritu…
y una cereza descarozada, que combina con tus labios.
Ethan mezcló todos los ingredientes, sirvió el cóctel en
dos copas y me pasó una.
—El cóctel se llama Piper.
—¿En serio?
Él sonrió con cierto pesar.
—En realidad, es tan solo un cóctel de cereza y lima
mejorado. Pero va bien contigo.
Probé un sorbo y sonreí.
—Se parece a la bebida Limeade, de Sonic. Me encanta.
Estiró la mano para acariciarme la mejilla y sin quitarme
los ojos de encima, me dijo:
—Sí, a mí también me encanta.
Tomé otro trago del cóctel, más largo esta vez, y apoyé la
copa.
—¿Por qué no me muestras la cama?
—Te daré un tour —Ethan me besó dulcemente, todavía
tenía el gusto de la bebida en sus labios.
Sonreí contra su boca y le dije:
—Asumo que ya tienes resuelto el tema del condón…
Él también me sonrió.
—Sí, ya tengo bien claro cómo funciona. Tuve años de
práctica.
Me reí cuando me llevó hasta el borde de la cama, me a
acostó y apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el mío. No
tardé mucho en olvidarme de su tonta anécdota adolescente.
31

Piper

Los ventanales que llegaban hasta el techo nos dieron


una hermosa vista del amanecer al día siguiente. La luz tenue
entró, brillante, a raudales en la habitación e iluminó el techo,
la barra, las miles de botellas en los estantes.
Me giré en la cama y escondí la cabeza en el pecho de
Ethan.
—¡Demasiada luz!
Él me envolvió con un brazo.
—¿Todavía no tienes ganas de levantarte?
—No, muchas gracias.
Él se rio y me dio un beso en el pelo.
—Tienes que cuidar a Max hoy. Dentro de una hora.
—No quiero —me quejé, acurrucándome más cerca de
su cuerpo. La cama a su lado estaba tan tibia, tan cómoda, que
no quería salir nunca más.
—Llama y di que estás enferma —me susurró—. Yo
haré lo mismo. Así, nos podemos quedar en la cama y hacer el
amor todo el día.
Yo consideré la idea… pero la descarté de inmediato.
—No, no quiero hacerle eso a Grayson o a Max.
Además, no es la forma correcta de compartirme. Sobre todo,
después de que él, amablemente, te dejó la noche libre.
Ethan refunfuñó.
—Detesto admitir que tienes razón.
—A veces se gana, a veces se pierde.
—De acuerdo —dijo él, abrazándome con más fuerza—.
Te dejo ir solo si te quedas conmigo un rato más.
—Bueno —le dije.
—Y luego, déjame mirarte mientras te pones de nuevo
ese vestido increíble —De pronto se interrumpió—. Uh, no
trajiste ropa para cambiarte, ¿verdad?
—Sí, armé un bolso, por si acaso —dije—, pero está en
mi coche.
—Y tu coche está estacionado en el Ciervo Sediento.
—Así es…
Ethan me dio un último abrazo y un beso en la frente.
Salió de la cama, con demasiada energía para esa ahora de la
mañana. Me incorporé sobre un codo y observé su figura
esbelta y sexy al otro lado del departamento.
—Qué lindo culo tienes —le dije.
—Prefiero el tuyo —Me sonrió poniéndose unos
pantalones deportivos, una camiseta y una chaqueta. —
¿Tienes las llaves?
Saqué las llaves de mi bolsa que estaba en la mesa de luz
y se las tiré por el aire. Él las agarró con una mano.
—Ya vuelvo.
Después de que se fue, me estiré en la cama y suspiré,
contenta. Haber pasado la noche con Ethan fue mucho más
divertido que nuestra primera noche juntos, cuando se fue ni
bien después de haber tenido sexo en el sofá. Ahora sí que
sentía que habíamos terminado lo que habíamos empezado.
«Fue una primera cita increíble», pensé.
Ethan volvió quince minutos más tarde. Traía mi bolso
en una mano y una bandeja con dos cafés en la otra.
—No sabía qué te gusta, así que traje varios —dijo él—.
Café negro, expreso, un pumpkin spiced latte…
—¡Ese! —exclamé incorporándome en la cama— Ese
me gusta.
Me alcanzó el vaso.
—Te tenía como una chica que le gusta ese café —dijo
tomando un sorbo de un cuarto vaso. Suspiró y dijo—: Yo soy
más del latte de jengibre. Sobre todo en esta época.
—¿Qué hubieras hecho si hubiera querido ese? —le
pregunté.
—Te lo hubiera dado y hubiera hecho de cuenta que mi
favorito es el pumpkin spiced latte.
—Qué caballero —dije. Me detuve un segundo y
agregué—: Espera, ¿cómo sé que no estás mintiendo ahora?
—No lo sabes —Me dio un beso en la mejilla—. La pasé
muy bien anoche.
A mí se me hizo una sonrisa boba en la cara.
—Yo también. Fue mucho mejor que ir a un restaurante
elegante.
—¿No lo dices por decir?
Yo sostuve mi café en alto.
—Estoy bebiendo un pumpkin spiced latte, Ethan. Soy
básica.
—Creo que eres mucho más que básica.
—Y yo creo que dirías cualquier cosa por sacarme una
sonrisa.
Él sonrió.
—Culpable.
Nos quedamos en la cama tomando nuestros cafés hasta
que se nos hizo la hora de irnos. Ethan se dio una ducha rápida
y yo hice lo mismo. Las toallas eran mullidas, parecían
nuevas.
«Me podría acostumbrar a quedarme aquí», pensé. «Lo
mejor de todo es que mi madre no está aquí para sonsacarme
los detalles de mi cita».
Cuando salí del baño, Ethan se estaba anudando la
corbata frente al espejo. Era una corbata gris oscuro, hacía
juego con sus pantalones y contrastaba armoniosamente con la
camisa color marfil.
—Te ves muy bien, ¿sabes? —dije, repitiendo lo que él
me había dicho la noche anterior.
—En la vida, siempre nos dejamos llevar por el envase
—dijo él—. Un whiskey mediocre puede engañar a cualquiera
si está dentro de una linda botella.
Le pasé los brazos por alrededor del torso desde atrás y
le sonreí por el espejo.
—Pues yo creo que tú eres un whiskey de categoría en
una botella muy linda. Lo tienes todo —Deslicé la mano hacia
abajo y le acaricié la verga.
—Guárdalo para después —me dijo— ¿Te vas a quedar
en el bar hoy a la noche? Me encantaría que tengamos nuestra
segunda cita.
Yo le sonreí.
—Ya tengo planes con Grayson y Max. Vamos a ir al
cine.
—Ah, ya, cierto —dijo él—. Debemos compartirte.
—¿Por qué tan cabizbajo? — dije—. Fue idea de
ustedes.
Ethan me acompañó una buena parte del camino hacia el
Ciervo Sediento hasta que tuvo que desviarse para ir a su
trabajo. Nos dimos un beso muy largo de despedida y un
segundo beso más profundo y luego nos separamos.
—¡Piper! —gritó Max cuando entré en el departamento
— ¡Llegas tarde!
—Pero si son las 8 —dije yo.
Max negó con la cabeza y señaló el reloj en la pared.
—Son las 8 y 1 minuto. Mi papá me enseñó a decir la
hora. Llegas un minuto tarde.
—Te pillaron —dijo Grayson saliendo de su habitación.
Llevaba el bolso duffel sobre un hombro y con el pulgar se
agarraba el cinturón— ¿Te divertiste anoche?
Yo lo miré con la cabeza ladeada.
—¿Esto es parte del acuerdo? Quiero decir, ¿hablar sobre
las citas?
Él se encogió de hombros.
—Solo intentaba sacar conversación. ¿Sigue en pie
nuestro plan para hoy?
—¡Vamos a ir al cine! —anunció Max—. No te has
olvidado, ¿verdad?
La alcé a upa.
—Por supuesto que no me olvidé. Vamos a compartir un
pote de palomitas de maíz con mucha pero mucha manteca.
Pero tu papá tiene que comprarse su propio pote.
Max me sonrió.
—¡Te acordaste!
Grayson se despidió de nosotras, me estampó un beso en
la mejilla cuando Max no estaba viendo, y se fue.
Durante la mañana, nos dedicamos a jugar. Después del
almuerzo, mientras ella dormía la siesta, saqué el Kindle para
leer un poco. Pero no pude avanzar muchas páginas, porque
alguien me escribió.

Mamá: ¿Qué pasó anoche?


Piper: Pasé la noche en la casa de Ethan. ¡Te mandé un
mensaje a las 10 para decirte que no iría a casa!
Mamá: Ya sé, lo leí. ¡Pero quiero más detalles!
Mamá: ¿Cómo la pasaste? ¿Mejor que la primera vez?
Piper: No sé si es muy saludable que te intereses tanto
en mi vida sexual, ma.
Mamá: Mira, yo vivo a través de ti, ¿de acuerdo? Ahora,
dime, ¿dónde vive? ¿Qué tal es su casa?
Piper: Vive en el centro. Creo que se llama Torre City
Park.
Mamá: ¿En la Torre City PLACE?
Piper: Sí, esa misma.
Mamá: Ese edificio queda a dos cuadras de mi oficina.
Sergio, uno de los socios, tiene un pent-house. ¿Cómo hace un
barman para vivir en un sitio así?
Piper: Él no vive en un pent-house, sino en un estudio.
Y además, tiene otro trabajo durante el día.
Mamá: ¿Ah, sí? ¿Qué hace?
Piper: Lo mismo que Chandler Bing.
Mamá: No me acuerdo qué hacía Chandler.
Piper: Nadie se acuerda. Esa es la gracia. Ethan me dijo
que es ingeniero en sistemas o algo así y que es muy aburrido.
Mamá: En este preciso momento, estoy viendo fotos en
Zillow. ¡Los estudios son hermosos! Estoy segura de que su
casa es más linda que el departamento arriba del bar donde
vive el Papá Noel sensual.
Mamá: O sea, que Ethan es mi favorito ahora.
Piper: ¡Mamá, deja de acosarlo por Internet!
Piper: Además, no voy a elegir a un chico solo por el
lugar donde vive.
Mamá: Ya sé, ya sé. Pero si en un mes, sigues sin poder
decidirte, este punto podría ayudar al desempate.
Mamá: ¿Su departamento tiene ladrillo visto? ¿O yeso?
Piper: Chau, mamá.
Piper: Ah, y hoy a la noche voy al cine con Grayson y
Max. Así que tal vez no vuelva a casa.
Mamá: Vaya, dos noches seguidas. ¡Que te diviertas!
Mamá: Y mándame fotos del departamento de tu Papá
Noel sensual. ¡Así las comparo con el estudio!

Después de que Grayson llegó a casa esa tarde, salimos


en seguida al cine para llegar a la función de las 6. Como él ya
había comprado las entradas de antemano, yo me apresuré a
comprar la los snacks y la bebida.
—¡Pero la comida es más cara que las entradas! —
protestó—. Tres perritos calientes, tres bebidas, dos potes de
palomitas de maíz grandes y golosinas…
—Puedo pagarlo —le aseguré mientras recogía las cosas
—. Mi jefe me paga una cifra absurda de dinero.
Max insistió en sentarse a mi lado, así que yo ocupé el
asiento del medio, rodeada por ellos dos. Cuando me vio
comer el perrito caliente con kétchup y mostaza, me pidió
probar un bocado.
—¿En serio? —preguntó Grayson sorprendido—
¿Quieres probar la mostaza?
Max lo ignoró cuando yo le di a probar un bocado.
—No es fea —dijo después de evaluarlo—, pero igual
prefiero el mío sin.
Grayson me miró consternado.
—Unas semanas con Piper y ya está probando miles de
cosas nuevas.
—Te juro que no lo hago a propósito.
—Bueno, definitivamente le has causado una buena
impresión, ya sea que lo hayas hecho a propósito o no —
Grayson levantó el apoyabrazos entre nuestras butacas y me
rodeó con un brazo—, pero me alegra.
Cuando comenzó la película, nos acurrucamos uno
contra el otro. Era una de esas películas infantiles de Pixar,
tierna pero llena de humor que solo entienden los adultos.
Max, que no quería sentirse menos, se reía cada vez que lo
hacíamos nosotros, aunque no había forma de que pudiera
entender las bromas.
—¡El que más me gustó fue la ardilla! —comentó
cuando salíamos de la sala— ¿Cuál fue tu favorito?
—La ardilla, también.
—Yo ya elegí la ardilla —señaló ella—. Tienes que
elegir otro.
—Este… Bueno, en ese caso, el zorrillo.
—¡Guácala! —exclamó ella, sacudiendo la mano a la
altura de la nariz— Te gustan los animales que huelen mal.
Papi, ¿escuchaste lo que dijo Piper?
—Está loca —le concedió Grayson—. El mejor
personaje de toda la película fue, sin lugar a dudas, el tejón.
—Solo lo dices porque llevaba la voz de Anna Kendrick
—le dije para fastidiarlo.
—Bueno, ¿qué te puedo decir? Soy su más ferviente
admirador desde que actuó en Twilight.
—¡Ja! No es posible que la hayas visto.
—¿Cómo lo sabes? — preguntó—. Yo también puedo
ser misterioso.
Llegamos a casa y acostamos a Max. Cuando cerramos
la puerta, Grayson y yo fingimos despedirnos, por si acaso
Max seguía despierta. Cerré la puerta de entrada y luego nos
fuimos en puntas de pie hasta su habitación.
—Si supiera que somos pareja, probablemente se pondría
feliz —dijo Grayson—. Pero no estoy preparado para tener esa
charla con ella. Todavía no.
—Lo entiendo —contesté—. Es un tema muy difícil de
entender para alguien de su edad, sobre todo considerando que
soy su niñera y eso puede hacerlo todo más confuso.
—Exacto.
Hice un puchero.
—Mis sentimientos están un poco heridos. ¿Piensas que
podrías ayudarme a sentirme mejor?
Grayson me miró con una expresión seductora.
—Creo que algo puedo hacer.
Tuve que ahogar los gritos de placer contra la almohada
después de que él me levantara en brazos y me llevara hasta la
cama.
32

Piper

Mi trabajo como niñera marchaba sobre ruedas. Max era


una niña que apenas necesitaba supervisión, y eso me permitía
pasar gran parte del día leyendo mi Kindle.
Además, como casi siempre cenaba en el Ciervo
Sediento, ahorraba muchísimo dinero.
Una tarde, me quedé en el bar trabajando con mi
computadora, y tomando un cóctel que Ethan me había
preparado. Era de color rosa brillante con un nombre
demasiado difícil como para acordarse. Pero la fruta ácida
combinaba perfecto con el ron. Me sentía en una playa tropical
en pleno julio, y no en un bar en diciembre.
—Sabes, es ilegal trabajar dentro de un bar —me dijo
Ethan mientras servía cerveza tirada.
—No creo que haya una ley al respecto.
Él apoyó el vaso frente al cliente.
—Bueno, debería haber. ¿Qué haces?
—Estoy repasando mi currículo — Yo suspiré—. Me
pregunto si hay alguna manera de mejorarlo. Hay una chica en
Fiverr que revisa los currículums por poco dinero.
Un tipo sentado en una banqueta a mi lado, con un vaso
de cerveza lleno, me dijo:
—Yo te lo reviso gratis, si quieres, linda.
Era un tipo de unos treinta años, musculoso como si
jugara al fútbol americano, o como si lo hubiera jugado.
Llevaba una chaqueta azul y plateada de los Dallas Cowboys y
me miró con una sonrisa sugerente e irritante.
—No, gracias —le dije con cortesía.
—Insisto —Y entonces dio vuelta mi computadora hacia
él y empezó a leer—. Piper Cantey, Willow Ridge Drive,
número 1481. Ya sé dónde es.
—Rudy, no seas impertinente —dijo Ethan. En su voz se
escuchó cierto tono de amenaza disfrazado de amabilidad—.
Tenemos una regla que prohíbe entrar a los pesados.
Este tipo, Rudy, miró alrededor confundido.
—¿Pesado? ¿Quién es pesado? Solo intento que esta
chica se ahorre algo de dinero. No le pido nada a cambio.
Todavía —Me miró con una sonrisa provocadora que me dio
escalofríos.
Cerré la computadora con un golpe.
—Estoy bien, gracias.
Él se giró sobre su banqueta, arrinconándome.
—Deja que te compre una cerveza, entonces.
—Ya estoy tomando un trago —dije, levantando mi copa
y tomando un sorbo.
—Bien. Oye, camarero. Otro de estos para la señorita.
Ethan estaba ocupado sirviendo un whisky, pero no me
quitó los ojos de encima.
—Cuando me termine este, me iré —le dije yo.
—A donde sea que vayas, te acompañaré, linda.
—Me voy a casa.
—Ah, vamos, deja que te compre un trago. No te
matará.
—No quiero otro trago —le dije con más firmeza que
antes—. Que tengas buenas noches.
El semblante se le oscureció.
—Solo trataba de ser cordial. No tienes por qué
comportarte como una zorra.
Ethan interrumpió lo que estaba haciendo y se acercó a
nosotros.
—Mejor vuelve a tu mesa, Rudy. Ya mismo.
—Esto no te incumbe —le dijo él—. Estamos en una
conversación privada.
Ethan empezó a discutir con él, pero entonces llegó Cole
por detrás de Rudy, lo agarró de la chaqueta y lo levantó a
centímetros de la banqueta.
—Es hora de irte, amigo.
—De acuerdo, volveré a mi mesa —dijo Rudy.
Cole negó con la cabeza.
—Te vas. Vete del bar.
—¿Qué carajos te pasa? —masculló Rudy—. No me
puedes echar. No me iré hasta que me termine mi vaso de
cerveza.
—Tu vaso de cerveza, ¿eh?
Entonces Cole lo sostuvo por el cuello mientras que con
la otra mano le vaciaba el vaso de cerveza en la cara, con una
actitud impasible.
—¿Quieres otra? —le preguntó— Invita la casa.
A Rudy se le llenaron los ojos de rabia. Por un segundo,
pensé que le iba a pegar a Cole. Eran casi del mismo tamaño.
Pero entonces lo pensó mejor y se dejó arrastrar afuera del bar
por el cuello de la chaqueta. Todas las personas del bar se
quedaron mirando la escena con curiosidad, y luego, cuando
los dos hombres estuvieron fuera retomaron la conversación
con normalidad.
Todo sucedió tan rápido que no pude salir de mi estado
de estupefacción hasta que Cole y Rudy estuvieron fuera.
—¿Qué pasó?
—Cole le dio su merecido a ese tarado —dijo Ethan, lo
que suscitó las risas entre los consumidores del bar—. Rudy ya
ha tenido este comportamiento con otros clientes, así que
siempre lo vigilamos de cerca. Aunque nunca había estado tan
fuera de lugar como ahora.
—Nunca había visto a Cole entrar hasta aquí —dije yo
—. Llegó en un abrir y cerrar de ojos.
—Cole es bueno en lo que hace —dijo Ethan— ¿Estás
bien?
—Sí, estoy bien. No es la primera vez que me molesta un
pesado en un bar.
—Tampoco va a ser la última, amiga —dijo una de las
del grupo de las divorciadas. Las tres levantaron los vasos en
el aire para brindar por mí y yo las imité en señal de respeto y
entendimiento mutuos.
Me terminé el trago y pedí otro para calmarme un poco.
Ya lo estaba terminando cuando alguien me llamó. Era un
número desconocido, por lo que mi primera reacción fue
ignorar la llamada… hasta que vi que el número de área era el
212: Nueva York.
—Hola, habla Piper —dije.
—Hola, ¿Piper Cantey? Habla Carmela Ramirez de la
Editorial Indigo Press. ¿Puedes hablar ahora?
—¡SÍ! Quiero decir, claro. Solo deme un segundo que
busco un sitio más tranquilo.
Me apuré a salir del Ciervo Sediento hacia la puerta de
entrada. Cole estaba parado afuera con las manos en los
bolsillos.
Tapé el micrófono y le pregunté:
—¿Ese tipo sigue por ahí?
Cole señaló con la cabeza hacia la derecha.
—Se fue por allá. Entró en el primer bar de la derecha.
Por eso estoy aquí fuera; para asegurarme de que no vuelva.
Asentí y me alejé algunos pasos en la dirección
contraria.
—Hola, Carmela. Ahora te escucho mejor.
—Espero que no haya problema con que te llamemos tan
tarde —dijo ella—. Una de nuestras asistentes de edición
acaba de renunciar y necesitamos cubrir ese puesto cuanto
antes.
—Ah, entiendo —dije, sin saber bien qué decir.
—Te llamo porque hemos recibido tu currículum.
Aunque sería para un puesto diferente, nos llamó mucho la
atención. Tienes buena experiencia.
Por primera vez en meses, sentí un atisbo de esperanza.
—Gracias.
—Nos encantaría programar una entrevista por Zoom
con todo el equipo para mañana, si estás libre.
—Sí, me encantaría. En cualquier momento que les
resulte conveniente. Yo estoy libre.
—¡Excelente! Nos complace escuchar eso. Solo tengo
una pregunta acerca de tu experiencia laboral. Déjame ver…
tu currículum dice que has trabajado por un año como
correctora en el área… pero no especificas dónde.
—Correctora… —Mi mente iba a mil por hora tratando
de pensar a qué se refería—. ¿Estás segura de que estás
leyendo mi currículum? ¿Piper Cantey? ¿Egresada de la
Universidad Estatal de Oklahoma?
—Sí, así es. Estoy viendo tu currículum y al pie de la
primera página, describes tu educación y luego dice
Correctora…
—¡Ah! —exclamé — ¿Te refieres al trabajo de medio
tiempo en mi último año de la universidad? Pues, trabajé para
el área de inserción laboral de la universidad corrigiendo las
postulaciones de mis compañeros.
Del otro lado del teléfono, un largo silencio.
—Ah, ya veo —dijo Carmela—. Ya entiendo qué
sucedió. Debo de haber apretado la tecla de backspace por
accidente y entonces esas dos líneas quedaron juntas.
Correctora estaba en un renglón y área en el otro. ¡Lo siento!
—Está bien —dije despacio— ¿Tienes alguna otra
pregunta? ¿O prefieres programar la entrevista?
—Bueno, me gustaría poner la reunión en espera por
ahora —dijo ella—, pues tenemos muchísimas postulaciones
que revisar, y nos va a tomar mucho tiempo, eh, decidir.
¡Muchas gracias por haber aclarado este malentendido!
Estaremos en contacto.
—Gracias —dije yo, pero ella ya había cortado.
Las manos me temblaban por la adrenalina y los nervios.
En tan solo sesenta segundos, había tenido un rayo de
esperanza, para luego volver a la desesperanza total.
—¿Estás bien?
Me había olvidado que Cole estaba allí. Permanecía de
pie bajo las luces del bar, envuelto en el vapor de su cigarrillo
electrónico.
Nunca me habían atraído los chicos que fumaran esos
tipos de cigarrillos. Siempre pensé que les quedaban muy
patéticos. Pero en Cole, en cambio, se veía bacán,
descontracturado, natural. Como si estuviera en uno de esos
comerciales de cigarrillos de los años cincuenta.
—Estoy bien —le contesté—. Fue un idiota con ganas de
molestar, nada más. Pero te agradezco que me lo hayas quitado
de encima.
—No hay problema —dijo y se detuvo a inhalar su
cigarrillo—. Pero me refería a la llamada de recién.
—Ah, era una potencial entrevista de trabajo pero no
prosperó. Hubo un error en… eh… No querrás oír mis
lamentos.
Él se encogió de hombros.
—Tengo un par de orejas y mucho tiempo libre.
Pensé en eso por un segundo y entonces me permití
contárselo.
—Ya estoy acostumbrada al rechazo. Eso no es lo que
me molesta. Lo que me molesta es que me hicieron pensar que
tenía una esperanza por primera vez desde… bueno, por
primera vez. Cuando en realidad fue todo un error.
—¿Como si Carmen Electra te invitara a salir y luego
cambiara de parecer al darse cuenta de que no eres quién ella
creía?
Yo me reí ante la comparación.
—Sí, algo así, supongo. Espera, ¿Carmen Electra? ¿No
se te ocurre alguien más actual?
Él volvió a encogerse de hombros.
—Mi tío tenía un póster de ella en el garaje. A mí
siempre me gustó.
Lo miré de arriba a abajo. Estaba vestido como siempre:
una camiseta ajustada sobre su torso musculoso y unos
pantalones cargo bien bolsudos.
—¿No tienes frío? Nunca te vi usar un abrigo.
—No me molesta el frío.
«Probablemente, todos esos músculos te sirven como
aislante térmico». Casi digo mi pensamiento en voz alta.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Ya me has preguntado muchas cosas —dijo él.
—¿Qué haces? Quiero decir, cuando no estás trabajando
aquí. Porque Ethan y Grayson siempre dicen que estás
ocupado durante el día.
—Hago inversiones en el mercado inmobiliario.
Yo pestañé.
—¿Cómo te has metido en eso?
—Cuando mis abuelos murieron, heredé unas
propiedades.
—Vaya, parece que te ganaste la lotería —dije por lo
bajo—. Ojalá fuera tan fácil para mí.
Cole se quedó con la mirada perdida.
—Era un galpón sobrevalorado cerca del aeropuerto. Lo
permuté por otras propiedades más pequeñas —Dio una
palmada en el ladrillo—, incluida esta. Se la alquilo a Grayson
por un precio muy conveniente. Las otras dos propiedades
ahora funcionan como un café y un sitio que hace donas.
—¡Vaya! —exclamé. tienes el desayuno y la cena! Ahora
solo necesitas algún lugar que venda bocadillos y tendrás las
tres comidas del día cubiertas.
Nunca lo había oído reírse, pero ahora, por primera vez,
largó una carcajada abierta, toda una rareza.
—Las tres comidas, me gusta.
—Pero entonces, si manejas propiedades, ¿por qué
trabajas como seguridad en un bar?
—¿Por qué no? —replicó él—. Es un poco de dinero
extra y me permite mantenerme activo en los negocios locales.
Además, puedo pasar el tiempo con mis amigos. Tiene muchas
ventajas.
—Sí, eso parece.
—Y por cierto, ¿qué tal les está yendo a ustedes? — me
preguntó.
—Pues, increíble —contesté—. Me encanta cuidar a
Max. En todo este tiempo, solo una vez hizo un berrinche y
tampoco fue para tanto.
Sus ojos me escrudiñaron.
—Sabes que no me refería a eso.
—Este…
«Ay, no». Sentí que me ponía colorada.
—Si no quieres contarme, está bien —dijo.
—Bueno, todo va muy bien entre nosotros. Grayson es
genial, y me divierto mucho con Ethan. Esperaba que fuera
incómodo para ellos, pero no fue así.
Cole se detuvo para controlar los documentos de dos
chicas que acababan de llegar.
—Ellos parecen estar contentos.
—¿De verdad no están celosos? —pregunté—. A mí no
me parece que lo estén, pero me preguntaba si tal vez te han
dicho algo.
Cole volvió a inhalar su cigarrillo y una nube blanca lo
envolvió. Cuando se disolvió, dijo:
—Son competitivos. Siempre lo fueron. Pero no son
celosos en el sentido tradicional —Sacudió la cabeza—. Me
parece inconcebible. Yo no podría hacerlo.
Yo me reí por lo bajo.
—¿Quieres decir que no podrías compartir a una mujer?
Él se quedó mirando a la nada y apretó la mandíbula.
—Cuando estoy con una mujer, entrego todo de mí. Le
doy todo. Y espero que ella haga lo mismo. Quiero tener todo
de ella para mí solo. Me gusta que se entrega de una manera
completa hasta el punto de que me duela el corazón cuando no
esté a mi lado. Y si algo le sucede, es como si me sucediera a
mí también. Si alguien siquiera se atreve a mirarla de mal
modo, le tiro el vaso de cerveza en la cara y lo saco a rastras
del bar y lo amenazo con arrancarle la lengua si llega a decirle
algo inapropiado otra vez.
La intensidad en su voz me dio escalofríos. Nunca había
escuchado a un hombre hablar así de una mujer. Su pasión era
palpable, espesa, como un perfume cuando se huele en el aire.
«¿Le tiro el vaso de cerveza en la cara? ¿Lo saco a
rastras del bar?» ¿Es que acaso había una razón por la que
sonaba parecido a lo que le había hecho a Rudy?
—Voy a buscar mi computadora —anuncié.
—Siento mucho lo de la llamada —dijo Cole,
sosteniéndome la puerta. Su aroma, mezcla de almizcle y
especias, se me coló por la nariz—. Mantén la frente en alto.
Extendió el puño hacia mí y yo respondí a su gesto
chocándoselo antes de entrar. Fue un pequeño gesto pero en el
momento justo.
Su aroma y la forma tan intensa en que me había hablado
sobre cómo tratar a una mujer se me quedaron grabados por
mucho tiempo.
33

Grayson

Con Piper lo estaba pasando mucho mejor de lo que me


esperaba.
Cada vez que teníamos sexo, era mejor que la vez
anterior. Era como si la pasión entre nosotros fuera en
aumento; una cuenta bancaria sexual que no paraba de
acumular intereses. Mucha gente se aburría rápido al estar en
pareja, pero en nuestro caso era a la inversa.
Reconozco que solo habíamos estado juntos por muy
poco tiempo, y que seguíamos en la fase del enamoramiento.
Pero igualmente me parecía algo especial.
Y por si eso no era suficiente, Piper era increíble con
Max.
Sabía que no debía considerar eso como parte de la
relación, pero no podía evitarlo. Ser padre soltero significaba
que pensaba constantemente en mi hija, que ponía sus
necesidades por sobre las mías. Y Piper era simplemente
increíble con ella. Aunque Piper insistiera en que no hacía
nada fuera de lo común, Max parecía estar convirtiéndose en
una niña encantadora gracias a ella.
«Piper es una única figura femenina estable que ha
tenido en su vida».
Cuando me di cuenta de eso, me resultó obvio. La madre
de Max, Karen, era como una cerilla. Aparecía de la nada con
un chispazo, ardía durante algunos días y luego se apagaba
antes de que Max pudiera apegarse a ella. En comparación,
Piper era el fuego de una chimenea; era cálida, constante y
amorosa.
«Debo contratarla después de Navidad», pensé mientras
me quitaba el disfraz de Papá Noel en el centro comercial. O
quizás no debería contratarla. Si nuestra relación prosperaba,
entonces seguiría estando en la vida de Max, seguiría siendo la
figura femenina que mi hija tanto necesitaba.
«Y algún día, será una buena madre».
Me detuve con las manos en los tiradores. Me estaba
adelantando. Todavía salía con Ethan y conmigo; teníamos
mucho por delante antes de comenzar a pensar en algo a largo
plazo.
Por ahora, me encantaba tenerla en mi vida. No podía
parar de pensar en ella y, cuando no estábamos juntos, contaba
las horas hasta volver a verla.
El viernes, Piper pasó la noche en mi casa y nosotros
pasamos la noche entera ahogando los ruidos en la habitación
que hacíamos mientras probábamos prácticamente todas las
posiciones en la cama. Esta chica me estaba causando algo
nuevo en mí. La sostuve en mis brazos, con la verga dura y
erecta dentro suyo, toda la noche.
A la mañana siguiente, su alarma sonó temprano.
—Apágala —musité, estirando el brazo por sobre su
cuerpo para manotear el celular y apagarlo.
—Debería irme —susurró ella. Aunque el lenguaje de su
cuerpo fue contradictorio, pues acercó su pelvis a la mía para
acurrucarse contra mí.
—Quédate a desayunar —le dije, dándole un besito en el
cuello.
—¿Y Max?
—Le diremos que viniste temprano para desayunar.
—Tu hija es más inteligente de lo que piensas.
—No me digas eso —dije entre dientes—. Quiero hacer
de cuenta que seguirá siendo una niña inocente por siempre.
Escuchamos el ruido de la puerta de la sala que se abría y
se cerraba.
—¿Se despertó? —preguntó Piper.
—No, me olvidé de que es sábado.
—¿Sábado?
—¡Buen día! —saludó Ethan— ¿Quién está listo para
una buena dosis de muffins?
Se escuchó el retumbar de pasos que corrían por el
departamento.
—¡Tío Ethan!
—Creo que ya es demasiado tarde —dijo Piper.
La besé, me puse unos pantalones deportivos y salí a la
sala.
—¡Tengan todos un flan-tástico día! —saludó Ethan
apoyando la bolsa de las compras en la encimera
—¡Flan! —exclamó Max aferrándose a la pierna de
Ethan.
—Me temo que fue una broma con publicidad engañosa
—dijo Ethan—. No tengo flan. Pero traje unos muffins.
—¿Muffins de arándanos o de chocolate? —preguntó
ella.
—De chocolate, los que más te gustan.
Max asintió enérgicamente y los rizos rojizos ondularon
en su cabeza.
—Oye, Max, ¿dónde está tu jirafa Jerry? —le pregunté
—. Quiero saludarlo a él también.
Max fue corriendo a su habitación. Por suerte, Piper
entendió lo que estaba haciendo y aprovechó para salir a
hurtadillas de mi habitación. Fue hasta la puerta del frente y la
abrió. Ni bien Max salió de su cuarto con el muñeco de
peluche en brazos, Piper cerró la puerta haciendo de cuenta
que acababa de llegar.
—¿Quién está preparando el desayuno? —preguntó
Piper.
—¡El tío Ethan! —contestó Max, soltando su juguete y
corriendo hacia Piper para saludarla— ¡Es sábado! No pensé
que te volvería a ver hasta el lunes.
—Es mi día libre —dijo Piper—, pero no me quería
perder el desayuno de Ethan. No después del delicioso
desayuno que probé el fin de semana pasado.
—No hay panqueques —dijo Max—, pero hay muffins.
—¿Muffins de chocolate? Oh, yo solo como de vainilla
—dijo Piper.
—Para ti, lo que sea —dijo Ethan.
No pude evitar notar la sonrisa de complicidad entre
ellos. La misma sonrisa que compartíamos ella y yo cada vez
que Max andaba cerca, de coqueteo sensual.
Hasta ahora, había manejado nuestra situación inusual
bastante bien. A veces, Piper estaba conmigo. Otras veces, con
Ethan. Cuando ellos dos estaban juntos, yo trataba de no
pensar en eso. Mi cerebro separaba las cosas y eso me
facilitaba la idea.
Pero ahora, estábamos todos juntos. Mi mañana con
Piper había sido interrumpida por un intruso. Por primera vez
desde que todo esto había comenzado, sentí una punzada de
celos.
Puse buena cara por el bien de Max y nos dispusimos a
desayunar y tomar café. Pero todo el tiempo, no dejé de sentir
una pizca de dolor.
—¿Qué vas a hacer hoy? —le preguntó Ethan a Piper
mientras ella lavaba los platos.
—Ah, no mucho —contestó ella—. Debo ayudar a mi
madre con algunas cosas en casa. ¿Por qué preguntas?
Ethan a Max por sobre el hombro y vio que ella seguía
sentada desayunando.
—Hoy por la noche trabajo, pero, fuera de eso, no tengo
nada planeado. Pensaba que podríamos ir al café Miller’s para
almorzar.
—Escuché que es un sitio muy bonito —comentó— ¿A
qué hora quieres ir?
—Sería conveniente a eso de las 11:30, para evitar la
multitud.
—Me parece bien —coincidió Piper.
Se sonrieron después de haber planeado su pequeña cita.
Sentí una punzada de celos y envidié que la conversación
hubiera sucedido a escondidas de Max, no de mí.
«Compartir es mucho más difícil cuando sucede frente a
mis narices».
Llevé a Max a la juguetería para que eligiera el tren de
juguete que quería para Navidad. Luego, volvimos a casa y le
escribimos la carta a Papá Noel dónde le explicaba
exactamente cuál era el que quería.
—Asegúrate de escribirlo bien clarito —me dijo ella,
mientras yo escribía la carta—. Porque si Papá Noel no te
entiende la letra, ¡entonces no sabrá que traerme!
—No te preocupes, la entenderá.
Me miró con escepticismo cuando yo retomé la tarea.
Esa noche, jugaron los Thunder, el equipo de baloncesto
de la ciudad, así que el bar se llenó de gente. Yo me quedé con
Max en la Nursery mientras ella miraba La Sirenita. Yo iba
cada tanto al bar para ayudar con algunas cosas.
Piper estaba sentada en la barra. Miraba el partido
mientras Ethan le explicaba los detalles sin dejar de servir a
los comensales.
—Ese fue un mal tiro —le explicó cuando la gente en el
bar abucheó—. Nuestro equipo hace defensa en el perímetro.
Por ende, deberíamos anotar más triples.
—O al menos, pasarle el balón a alguien que pueda
anotar —dije, uniéndome a ellos.
—¡Hola! —exclamó Piper, mirándome sorprendida y
contenta—. Esperaba que te nos unieras en algún momento.
La forma en que me miró fue suficiente para que me
olvidara de los celos que había sentido durante todo el día.
—Y yo esperaba verte por aquí, aunque sé que es tu día
libre.
—¿Y perderme la mejor barbacoa de la ciudad? —dijo y
resopló—. Además, me gusta el ambiente de aquí. Es mejor
que quedarme en casa. Nunca había visto un partido de los
Thunder.
—¿En serio? —pregunté— ¿Nunca?
Ella negó con la cabeza:
—Cuando era chica, mis padres nunca ponían los
partidos de baloncesto. Siempre mirábamos béisbol o fútbol
americano.
—Hubiera sido imposible que vieras alguno de sus
partidos cuando eras chica —dijo Ethan, del otro lado de la
barra—. Los Thunder recién se mudaron aquí hace diez años.
—Ah —dijo Piper, y pestañó desconcertada— ¿Se
mudaron? ¿Dónde estaban antes?
—En Seattle —dije—. Se llamaban los Supersonics.
—¿Qué? —dijo Piper, incrédula—. Mi tía vive en
Seattle. ¡Una vez cuando la fui a visitar, fuimos a un partido de
los Supersonics!
Ethan lanzó una risotada.
—Pues entonces, los viste en vivo antes que yo. ¿Y tú,
Grayson?
—Nunca los había visto hasta que se mudaron aquí —
reconocí—. Piper parece que es una ferviente seguidora de
ellos sin saberlo.
El partido iba mano a mano. Cada vez que los Thunder
anotaban, los Knicks los empataban. Ninguno de los dos
equipos podía sacar ventaja.
—¡Es divertido cuando estás con otros hinchas! —me
dijo Piper mientras pedía otra cerveza—. De hecho, creo que
hasta me gusta el baloncesto ahora que… ¡AH, VAMOS!
Hubo una falta a uno de los jugadores y todo el bar
estalló en un grito de abucheo y protesta.
—Ya lo va entendiendo —me dijo Ethan.
—Sí, eso parece.
Miré la hora en mi reloj.
—Voy a ir a acostar a Max.
—Yo ahora voy a darle el beso de las buenas noches —
dijo Piper, antes de tomar un trago largo de cerveza.
Le di un baño a Max, lo que incluyó una larga
conversación acerca de lo divertido que son los barcos, pero
no tan divertidos como los trenes. Luego la peiné y la acosté
en la cama. Le estaba leyendo un cuento para dormir cuando
escuché la puerta del departamento. Un segundo más tarde,
Ethan y Piper entraron a la habitación. Max saltó de la cama
contenta para ir a abrazar a Piper.
—Sabes, yo solía ser tu persona favorita —le dijo Ethan.
—Sí, me agradas. Pero Piper es lo máximo —dijo Max.
Ethan se llevó una mano al pecho a la altura del
corazón.
—Ay, me diste justo en el corazón. Bueno, si no quieres
que te dé el saludo de las buenas noches…
—¡No! ¡Espera! —exclamó Max— ¡Tú también eres lo
máximo, tío Ethan!
Los tres le leímos el cuento a Max. Pronto, sus párpados
se cerraron y cayó en un profundo sueño. Entonces, salimos
del cuarto, cerrando la puerta detrás de nosotros.
—Me gusta mucho que Max tenga a tantas personas en
su vida —les dije—. Ya saben, así no soy el único que la
cuida.
—Está rodeada de mucho amor —dijo Ethan—. Incluso
Cole, aunque él haga de cuenta que no.
—Cole es un tierno —dije yo—. Es solo que finge no
serlo.
Ethan carraspeó y le habló a Piper.
—Bueno, tengo media hora antes de volver al trabajo.
Tal vez un poco más, si Miranda puede aguantar el fuerte. Le
gusta atender la barra.
Piper alzó una ceja.
—¿Media hora? Me pregunto qué podríamos hacer en
todo ese tiempo.
—Oye, amigo —dije con tono amistoso—, ahora que
Max se durmió, esperaba pasar algo de tiempo con Piper.
Ethan hizo una mueca.
—Tú estuviste con ella anoche.
—Y tú almorzaste con ella hoy.
—Eso fue una salida diurna —argumentó Ethan—.
Nosotros no… ya sabes.
—Ethan se fue antes para hacer unas compras de
Navidad —dijo Piper.
Yo me encogí de hombros.
—El que se fue a Sevilla, perdió su silla. Ya es tarde.
—¡No puedes decir eso! —se quejó Ethan—. Yo la
invité a salir primero.
—No —lo corregí—, tú la invitaste a pasar. Y no quiero
que sigan revolcándose en mi sofá con Max durmiendo en la
habitación. —¿Qué sucede si se levanta y los encuentra? Solo
porque la primera vez les salió bien, no significa que deban
hacerlo de nuevo.
—Chicos, chicos, tengo suficiente para repartir entre los
dos —dijo Piper riéndose tontamente. Definitivamente había
bebido más de la cuenta—. Pensaba que me podían compartir.
—Podemos —dijo Ethan con obstinación—. Solo
estamos resolviendo algunos detalles.
—Bueno, aquí les va una idea —y sonrió con osadía—
¿Por qué no me comparten al mismo tiempo?
—Es lo que estamos tratando… —empecé a decir.
—No —me interrumpió ella—. Quiero decir, compartir
de verdad —Y entonces alzó una ceja, sugerente.
«Ah», pensé.
—¡Ah! —dijo Ethan en voz alta—. Este… Eh.
—Muy graciosa —dije yo.
—No es broma. Lo digo en serio —insistió Piper.
Miré a Ethan y en seguida desvié la mirada.
—Creo que has bebido mucho por hoy, Piper.
—He bebido la cantidad justa de cervezas —respondió
ella—. Ya he pensado en esto, pero no me atrevía a preguntar.
Y bueno, hoy finalmente he reunido el coraje. Hagamos…
—Hagamos ¿qué? —preguntó Ethan.
Piper se sonrojó y luego dijo el final de la oración a toda
prisa.
—Hagamos un sándwich de Piper —dijo, encogiéndose
de hombros—. Eso me pareció más sexy en mi cabeza. Pero
ya saben lo que quiero decir. ¿Por qué no?
Yo me detuve a pensarlo. Nunca había hecho una cosa
así y estaba seguro de que Ethan tampoco. Era territorio
desconocido.
Ethan me miró como diciendo «Es una locura, ¿cierto?»
Aunque en realidad no lo era.
Me encantaba verla a Piper excitada. Me excitaba a mí.
Y ahora, por el brillo en sus ojos, estaba excitadísima ante la
idea de hacer un trío como nunca antes la había visto. Era algo
que realmente deseaba. Una fantasía.
Y nosotros teníamos la posibilidad de hacerla realidad.
No quería ser yo quien diera un paso atrás. Hasta ahora,
Ethan y yo habíamos mantenido la amistad y la sana
competencia, pero esto podría llegar a convertirse en un punto
de inflexión. Si él quería hacer esto y yo no, entonces podría
llegar a mover la balanza de Piper a su favor.
Y eso no lo podía permitir.
Ethan y yo nos miramos de nuevo. Hacía mucho que lo
conocía, y era tan decidido como yo. No iba a echarse atrás.
—Quiero hacer lo que tú quieras —respondí, y me di
cuenta de que así lo sentía realmente.
—Haré cualquier cosa por ti —dijo Ethan después que
yo.
Piper se mordió el labio inferior.
—No pasa nada si cambian de idea. Solo, díganmelo.
Dio un paso para acercarse a mí y estiró las manos para
agarrar las mías. Sus labios rozaron los míos, despacio,
probando, como si esta fuera la primera vez que nos
besábamos. El beso se fue volviendo más intenso con cada
segundo que pasaba y entendí cuánto anhelaba esto.
Eso me excitó muchísimo.
Piper separó su boca de la mía y agarró a Ethan de la
camisa, acercándolo hacia ella para besarlo de la misma forma
intensa y apasionada.
Luego se puso de rodillas, le bajó la cremallera sus
pantalones y sacó su verga. Lo miró llena de lujuria,
mordiéndose el labio de abajo. De a poco, fue separando los
labios para abrir por completo la boca y meterse la punta de su
verga dentro. En el momento exacto en que se la chupó, me
miró a mí, y siguió mirándome mientras seguía chupándosela
una y otra vez.
Para mi sorpresa, no fui capaz de desviar la mirada.
Ver a Piper dando sexo oral a mi amigo me calentó. Es
algo difícil de describir. Lo más cercano en comparación es
una película porno en la que conoces a los participantes. Pero
esto era más bien el juego previo, una vista preliminar de algo
que sabía que me iba a hacer a mí.
«No puedo creer que estoy haciendo esto con ella».
La miré con deseo mientras le daba sexo oral a Ethan. Él
jadeaba y gemía mientras ella se movía hacia atrás y adelante,
y eso me hacía desearla aún más. Quería compartir lo que él
estaba sintiendo en ese mismo momento.
Yo tenía la verga dura y erecta para cuando ella se alejó
de Ethan y se acercó a mí. Mis manos se movían con voluntad
propia; me desvestí lo más rápido que pude. Ella no se demoró
como había hecho con Ethan, sino que se inclinó hacia
adelante y se la metió entera en la boca.
Yo gemí, un sonido gutural que me salió de lo más
profundo de la garganta cuando ella me la empezó a chupar,
succionando y apretando los labios alrededor del glande.
Siguió tocándolo a Ethan sin alejar su boca de mí. Yo no lo
veía a él, pero me daba cuenta de que la observaba a Piper con
mucha atención, tal como yo lo había hecho segundos antes.
«Esto no me resulta extraño para nada», pensé. «No
puedo creer que no hayamos sido nosotros los que pensamos
en esto».
Piper se volteó hacia Ethan y se la chupó un poco más
mientras que con una mano me acariciaba la verga a mí. Luego
regresó y usó la lengua para lamerme toda la verga, desde la
base hasta la punta.
Entonces sí lo miré a Ethan. Él me miraba fijo a mí, una
mirada que parecía decir:
«Es hora de que tomemos el mando nosotros».
Los dos deseábamos a Piper con ansias. Y había llegado
la hora de demostrárselo.
34

Piper

«No puedo creer estar haciendo esto».


Yo nunca fui una persona demasiado segura y resuelta.
Si en un restaurante pedía una hamburguesa con queso y, en
cambio, me traían una hamburguesa sola, en general la
aceptaba sin decir nada. La confrontación me resultaba difícil.
Era mucho más fácil ser pasiva, dejar que las cosas me
sucedieran, fueran buenas o malas.
Pero esa noche, algo en mí cambió. Las cuatro cervezas
claramente me habían ayudado a desinhibirme. También me
había gustado la forma en que esos dos hombres se habían
peleado por ver quién pasaba la noche conmigo. De pronto,
me sentí bella y poderosa, una mujer capaz de confrontar a los
hombres.
Así que, hice algo muy raro en mí: dije lo que quería, y
era que me compartieran de una forma más íntima.
Quería hacer un trío.
En el fondo, no esperaba que fueran tan abiertos al
respecto. Los chicos en general fantaseaban con hacer un trío
con dos mujeres. Además, me imaginaba que el hecho de ser
amigos los reprimiría. Que sería incómodo para ellos. Jamás
me imaginé que aceptarían.
Pero lo hicieron.
Cuando me puse de rodillas y les di sexo oral a uno y a
otro, me sentí muy erotizada. Sentía las entrañas ardientes. Los
deseaba, con todo mi ser, y aún más después de escucharlos
gemir y jadear por lo que yo les estaba haciendo.
Después de un rato, sin embargo, la llama se empezó a
apagar. Toda mi seguridad se había agotado en el momento en
que les sugerí el trío y cuando empecé a darles sexo oral a los
dos. Ahora necesitaba que ellos tomaran el control.
Y así lo hicieron.
Grayson me agarró del pelo con una mano, guiando mi
cabeza hacia atrás y adelante según el rimo que él quería.
Luego, me ayudó a incorporarme.
—Vayamos a la habitación —dijo en un susurro.
Ahogué un gritito cuando Grayson me levantó en sus
brazos y me llevó hasta su cuarto. Ethan nos siguió y luego
escuché que la puerta se cerraba.
Grayson me dejó en el suelo y me arrinconó contra la
pared, me besó en la boca arrebatadamente, su lengua danzaba
con la mía sin importar que hacía unos momentos en mi boca
había estado el pene de Ethan.
«Supongo que no es tan raro».
—Es mi turno —susurró Ethan, quitándolo del medio y
tomándome entre sus brazos. Me besó como si estuviera
tratando de probar algo, luego me dio vuelta y me llevó hasta
la cama. Sin perder tiempo, se acostó sobre mis piernas. Me
subió la falda, me separó las piernas y metió la cabeza en mi
sexo.
—Ahh —gemí, echando la cabeza hacia atrás. Después
de todo el juego previo y la calentura acumulada, la sensación
de su lengua en mi entrepierna fue exquisita.
Sentí el movimiento en la cama cuando Grayson se subió
a mi lado. Me acarició el pecho y se llevó un seno a la mano,
luego se acercó y me besó la clavícula y el cuello antes de
quitarme la blusa por encima de la cabeza. Con dedos hábiles,
me desabrochó el sostén y lo hizo a un lado.
Se llevó mi pezón a la boca y jugueteó con su lengua un
rato, succionando suavemente, lo que me volvió loca de deseo.
Sus besos, junto con la sensación de Ethan en mi clítoris, fue
puro éxtasis. Todas las sensaciones se intensificaron por el
hecho de estar con dos hombres, en vez de uno.
Cerré los ojos y me rendí a ellos. En cuestión de
minutos, me tenían aferrándome a las sábanas y jadeando sin
aire. Ethan me agarró los muslos con firmeza cuando acabé
mientras Grayson me acariciaba el cuello, la mandíbula y los
senos. Pronto, todo el mundo desapareció en una explosión
cegadora.
Un segundo después, Ethan se quitó los pantalones.
—Todavía no he terminado contigo —dijo, sonriendo.
Grayson sacudió la cabeza y dijo:
—Ni por asomo.
Me dio un beso largo, su lengua se enroscó con la mía tal
como la de Ethan se había enroscado con mi clítoris hacía
unos segundos. Escuché el paquete de un condón y se me
cruzó una broma sobre colocarlo correctamente, pero estaba
disfrutando tanto el beso de Grayson que no dije nada.
Ethan agarró mis caderas y me acercó al borde de la
cama. Yo alcé las caderas buscándolo y entonces me penetró,
lentamente. Pero yo quería más, así que le envolví el torso con
las piernas y lo atraje hacia mí hasta que lo sentí bien adentro
mío.
Gemí, todavía la boca de Grayson estaba pegada a la
mía. Él también jadeó mientras con una mano me pellizcaba
un pezón con suavidad.
Ethan sabía exactamente lo que quería. Empezó a
cogerme más rápido, sin perder tiempo. Cómo me gustaba
sentir sus embestidas, adentro y afuera, adentro y afuera, el
peso de su cuerpo sobre el mío.
Pero no solo quería a Ethan.
Busqué con la mano el pene de Grayson. Lo tenía
increíblemente duro. Lo agarré y traté de atraerlo hacia mí.
Grayson dejó de besarme y se acercó. Yo seguía atrayéndolo
hasta que finalmente estuvo lo suficientemente cerca y pude
meterme su verga en la boca.
—Ah, mierda —dijo entre dientes cuando se la empecé a
chupar.
Grayson en seguida tomó el mando de la situación. Con
sus dedos me acariciaba la parte de atrás de la nuca y entonces
empezó a bombear mi cabeza hacia arriba y abajo al mismo
tiempo que movía las caderas en un embiste, llevando su pene
más y más hondo en mi garganta.
Era lo máximo que podía aceptar sin tener arcadas. Pero
eso de alguna forma me calentó aún más.
Gemí muy fuerte con su pene en la boca mientras los dos
me cogían por dos orificios diferentes, tomándome como
querían.
«Háganme lo que quieran», quería rogarles. «Mi cuerpo
es suyo».
Abrí los ojos y me extasié con lo que vi. Ethan todavía
tenía puesta la camisa con las mangas enrolladas hasta el codo,
dejando al descubierto sus antebrazos, que estaban trabados
por el esfuerzo de sostenerme la cintura. Había un fuego en su
mirada a medida que sus embestidas se hacían cada vez más y
más rápidas. A mi costado, pude ver el torso de Grayson, sus
abdominales marcados, una vena sobresalía en su pecho y
unas gotas de sudor le recorrían los pectorales.
Verlos así me sobre mí me calentó tanto como lo que me
estaban haciendo.
Grayson jadeó y empezó a moverse más rápido con cada
segundo, tanto que pensé que pronto acabaría. Le agarré el
pene y empecé a masturbarlo mientras seguía chupándoselo,
desesperada por hacerlo alcanzar el clímax, pero entonces él
me agarró por el pelo y me alejó.
—Ahora me toca a mí —dijo.
Fue a gatas hasta la cabecera de la cama, llevándome con
él. Ethan salió de adentro mío. La sensación gratificante de
sentirlo dentro de mí se convirtió pronto en una sensación de
vacío. Pero pronto desapareció cuando Grayson me puso
arriba suyo para que lo montara. Él me agarró las caderas con
sus manos fuertes, sujetándome encima de él hasta que su
verga estuvo dentro mío.
Gemí y empecé a moverme lentamente al principio.
Cuando comencé, se inclinó para besarme el cuello, con una
mano me agarró un seno, sus dedos presionaron mi carne con
ansias.
Sentí el aliento caliente de Ethan en la parte de atrás de
mi cuello. Su pene me rozó un glúteo mientras yo seguía
montando a Grayson. Me agarró por el pelo y me inclinó la
cabeza hacia un costado para besarme el cuello.
—Sigo esperando mi turno —me dijo al oído, y eso me
hizo gemir más fuerte.
«Esto es mucho mejor de lo que imaginaba».
Monté a Grayson un poco más antes de salir. Ethan no
perdió tiempo. Se agarró la verga y me la metió adentro.
Empezó a cogerme y sus gemidos se hicieron audibles.
Cuando lo hizo, presioné mi pelvis contra el pene de
Grayson, rozando mi clítoris con la base del tronco de su verga
mientras Ethan me cogía por atrás.
Cuando Ethan sacó su pene de adentro mío, me dio un
pequeño apretón en una nalga y yo guie a Grayson para que
me penetrara.
—¿Temes no aguantar mucho? —le dijo Grayson en
broma.
Ethan rechinó los dientes.
—Solo te estoy demostrando que sí puedo compartirla.
—Mientes. Creo que ya estás por acabar.
Ethan se rio.
—Con Piper siempre estoy por acabar, no importa el
contexto.
Los dos siguieron tomándome por turnos por lapsos
breves. Todo mi cuerpo estaba ardiente de deseo por los dos.
Cada uno por separado era muy sexy. Pero juntos eran
dinamita.
Por fin, cuando fue el turno de Grayson nuevamente,
sentí cómo aferraba sus dedos a mis caderas y me cogía con
frenesí. Arqueó la espalda debajo de mí, apretó la mandíbula y
sus ojos se clavaron en los míos con intensidad.
—Piper… —susurró como si estuviese diciendo el
nombre de una diosa— ¡Piper!
Sentí cómo explotaba adentro mío y entonces yo también
me deshice entre sus brazos. Mi propio orgasmo me partió al
medio como un rayo, fue una tormenta de viento tan caliente e
intensa que solo pude cerrar los ojos y dejar que me
consumiera. Grayson me embestía brutalmente, dándome
hasta su última gota.
Y entonces, Ethan tomó su lugar. Me agarró desde atrás
hasta que el pene de su amigo estuvo fuera de mí. Entonces,
me tomó por la cintura y me penetró. Solo dio tres embestidas,
largas y profundas, antes de llegar al clímax con un grito
ronco. Me agarraba tan fuerte de la cadera que podría decir
que me dolió. Con un espasmo, su cuerpo se estremeció y su
pene tembló. Aunque tenía puesto un condón, la idea de que
los dos me habían llenado de semen fue suficiente para
prolongar mi orgasmo, una oleada continua de éxtasis que
invadía mi cuerpo.
Me dejé caer sobre el pecho de Grayson e Ethan sobre el
mío. Así, yaciendo entre sus cuerpos, cerré los ojos y
simplemente disfruté lo bien que se sentía estar entre sus
brazos.
35

Piper

Los tres nos quedamos en la cama, un revoltijo de piel


desnuda, dedos y piernas.
—Eso fue increíble —les dije cuando logré pensar
nuevamente.
Grayson me acariciaba el pelo con los dedos,
masajeándome el cuero cabelludo.
—Me alegra que lo hayas disfrutado.
—¿Y tú? —le pregunté.
Ethan se rio con disimulo.
—No creo haberlo disfrutado tanto como ustedes pero
igual la pasé bien.
—Yo también —dijo Grayson—. Pensé que sería más
extraño, pero fue bastante… normal, creo.
—Yo me esperaba que fuera más incómodo para ustedes
—dije—. Pero los dos manejaron la situación muy bien. Ni
siquiera tuvieron reservas en besarme después de haberle dado
sexo oral al otro. A la mayoría de los chicos no les gustaría
apoyar los labios donde estuvo el pene de otro.
—Bueno, bueno, no tenemos que hacer un recuento
exacto de lo que acabamos de hacer —dijo Grayson.
Ethan se sentó y se quedó con la mirada perdida.
—En el momento, no lo pensé. Pero ahora que me lo
recuerdas… Sí, acabas de arruinarlo.
—¡Ay, no!
—Definitivamente, no volveré a hacerlo —dijo Ethan—.
Espero que hayas disfrutado de tu primer y último trío.
Cuando me di cuenta de que lo decía en broma, me reí y
lo atraje de nuevo a la cama para que se acostara. Me gustaba
estar rodeada de dos hombres. El doble de brazos que me
abrazaran era el doble de divertido.
—Tampoco tuviste problemas en ponerte el condón —
dije.
Ethan se quedó tieso a mi lado.
—¿Eh? —preguntó Grayson.
—¡Te conté eso en privado! —exclamó Ethan.
—Pues, estoy segura de que sabrá valorar la anécdota.
Me giré hacia Grayson. —La primera vez que Ethan tuvo
sexo, pensó que el condón le tenía que cubrir las bolas.
Ethan protestó; pero Grayson apenas se rio.
—Ah, sí, recuerdo esa historia.
—¿Qué? —preguntó Ethan— ¿Cuándo te la conté?
—Una noche después de algunas cervezas. Varias
cervezas.
—Ah —dijo Ethan, suspirando—. Entonces, no me da
vergüenza.
—Pues, debería. Es una anécdota muy bochornosa.
—¡En Alabama no nos enseñaban esas cosas! —se quejó
Ethan— ¡Mi mamá decía que un condón era el prepucio del
diablo!
Los tres nos desternillamos de risa.
—Tengo que admitir que saben compartir muy bien —
señalé.
—Te lo dije —contestó Grayson.
—La próxima vez, tenemos que hacerlo en casa de Ethan
—dije yo.
—¿Por qué? —preguntó Grayson.
—Para poder hacer todo el ruido que queramos —
expliqué—. Si no hubiera sido porque tu hija está durmiendo
en la habitación de al lado, hubiera gritado tan fuerte que las
paredes hubieran temblado.
—Me gustaría ver eso —dijo Ethan.
—¿Es que las paredes no son muy finas en tu casa? —le
preguntó Grayson.
Ethan se encogió de hombros.
—Sí, pero yo siempre tengo que escuchar a adolescentes
que ponen heavy metal a todo volumen, así que es hora de
hacer mi propio ruido. Remarcó el comentario con una
palmada hambrienta en mi muslo.
Mi estómago hizo tanto ruido que los dos hombres a mi
lado se voltearon a mirarme.
—Solo comí una porción de papas fritas antes de venir
—dije—. Estoy famélica.
Ethan suspiró.
—Yo debo volver al trabajo. Si no, mi jefe me comerá
vivo.
—No, creo que tu jefe entendería —le dije yo.
Grayson resopló.
—Tengo un negocio, no una ONG.
Yo le di un besito en la mejilla y le dije:
—Quédense aquí, no se muevan. Traeré algo para comer
en la cama.
Él hizo una mueca.
—Como tú digas.
Ethan y yo nos vestimos y salimos juntos de la
habitación. Simplemente bajamos hacia la planta inferior y
dimos vuelta la esquina, pero él me agarró la mano durante
todo el trayecto. Fue un pequeño gesto que me hizo sentir
contenta y un poco aturdida, igual que cuando me había
abrazado.
Cuando llegamos a la puerta del Ciervo Sediento, Cole
nos miró con complicidad.
—Debe haber sido un cuento para dormir bastante
largo…
—Tal vez lo fue —replicó Ethan.
Él se encogió de hombros. Tenía una expresión de
curiosidad, pero sin juzgar.
—Vaya, cuánta gente —dije mirando hacia adentro por
la puerta abierta. Se escuchaba el bullicio de gente hablando y
gritando en respuesta al partido.
—Estamos al límite de la capacidad —dijo Cole
haciendo un gesto hacia tres personas que esperaban contra la
pared.
—Iré a pedirte la comida —dijo Ethan— ¿Tiras de
pollo?
—¡Qué caballero!
—En seguida te la traigo. Solo tardará dos minutos —Me
tiró un beso y desapareció entre la gente.
Me quedé esperando en la calle y escuché que Cole le
negaba la entrada a más clientes. La multitud adentro del
restaurante vociferaba, abucheaba, vitoreaba.
Yo mataba el tiempo con el celular y entonces vi que
tenía tres correos en mi bandeja de entrada. Uno era de una
agencia editorial. Respiré hondo antes de abrirlo.
Pasé rápidamente la vista por el texto, suspiré y lo cerré.
Otro rechazo.
«Voy a quedarme aquí atascada en Oklahoma por
siempre».
Un hombre que esperaba para entrar estaba fumando un
cigarrillo. Entonces, le dije a Cole:
—En seguida vuelvo —Doblé en la esquina y fui hasta el
callejón, donde estaba mi auto estacionado. Tenía un bolso con
ropa y cosas para pasar la noche, por si acaso.
—A este ritmo, debería dejar ropa en la casa de Grayson
—dije para mis adentros.
No podía creer lo bien que iba nuestra relación. Antes ya
iba muy bien, pero ahora que habíamos hecho un trío, me
sentía muy complacida. ¡A ellos les gustaba tanto como a mí!
¿Qué posibilidades tenía una chica de encontrar dos hombres
así?
Ciertamente, no era lo que me imaginaba aquél día en
que me crucé con Grayson por accidente en la guardería del
centro comercial. Era mucho, muchísimo mejor.
Agarré mi bolso del maletero del auto y luego el
cargador del celular de la consola central. Cuando cerré la
puerta y me di vuelta, casi me choco a una figura oscura.
—Puta —susurró Rudy, el tipo que me había estado
molestando la otra noche—. Por tu culpa, me echaron del bar.
Quise gritar, pero él me tapó la boca con una mano antes
de que pudiera emitir ningún sonido. De todas formas, lo
intenté, pero mis gritos quedaron ahogados y nadie me
escuchó.
—Solo te haces la difícil —Arrastraba las palabras y su
aliento olía a cerveza rancia—. Sabes que lo querías.
Fui presa del terror. Con un aluvión de adrenalina, le di
un rodillazo lo más fuerte que pude, apuntando a su
entrepierna. Él debía estar esperándolo, porque se giró justo en
ese momento y solo le pude pegar en el muslo, sin hacerle
daño.
—¿Este es tu auto? —preguntó con voz rasposa—.
Podemos ir a dar un paseo y encontrar un sitio agradable y
tranquilo donde estacionar —Entonces entrecerró los ojos—.
O podemos hacerlo aquí mismo.
Intenté por todos mis medios de decirle que frenara, que
se detuviera ahí mismo, pero solo se escuchó un gemido
ininteligible.
Rudy me dedicó una sonrisa torcida. Se sentía victorioso,
en control. Un frío helado me recorrió la espalda.
Pero entonces, desapareció de golpe. De repente, Rudy
ya no estaba sobre mí.
Por algunos segundos, todo pareció suceder en cámara
lenta.
Apenas iluminado por la luz de la calle, vi cómo Cole
flexionaba los brazos para arrancar a este hombre de mí. Una
bandeja de espuma con comida se cayó y toda la comida
quedó tirada por el piso: tras de pollo, papas fritas, paquetitos
de kétchup, todo desparramado por el suelo. Rudy cayó hacia
atrás y Cole se le puso encima.
Aunque parecía borracho, reaccionó bastante rápido.
Cuando cayó, logró mantener el equilibrio y se puso de pie en
un santiamén, con los puños en alto. Cole se acercó y lanzó un
puñetazo, pero Rudy lo esquivó y le pegó dos veces en las
costillas. Cole resopló por el dolor y perdió el equilibrio.
Rudy trató de tomar ventaja y volver a arremeter, pero
Cole le dio un puñetazo en la mandíbula, lo que lo ayudó a
ganar terreno. Entonces, aprovechó y se lanzó sobre Rudy para
pegarle en el abdomen, una, dos, tres veces. Rudy chocó de
espaldas contra la pared y se dobló al medio con dolor.
—Tienes suerte de que no te mate —bramó.
Rudy se hizo un bollito y alzó los brazos. Esta vez, vi
que algo brillante reflejó la luz de la calle.
«Un cuchillo».
—¡Cole! — grité.
Cole dio un salto hacia atrás para evitar los intentos de
Rudy de clavarle el cuchillo. Él blandía el cuchillo
horizontalmente a la altura de su cara y luego de su abdomen.
Cuando Rudy lo intentó por tercera vez, Cole lo tacleó y lo
arrinconó contra la pared. Ambos forcejearon y después de un
rato el cuchillo cayó al suelo, cerca de un contenedor.
Ambos cayeron al suelo, lucharon desde esa posición
pero Cole terminó arriba. Así lo mantuvo inmovilizado
mientras le pegó un puñetazo en la cara. Un solo golpe fue
suficiente para vencerlo.
Cole se puso de pie despacio, me miró y vino rápido
hacia mí. Me tocó el hombro con expresión de preocupación y
me preguntó:
—¿Estás bien?
Yo asentí.
—¿Te hizo algo?
—No —aseguré—. Pero estuvo cerca.
Dos clientes del restaurante aparecieron por el callejón.
Uno de ellos dejó caer el cigarrillo al suelo y ahogó un grito.
—Llamen a la policía —les pedí.
Cole los miró por sobre el hombro. Rudy, todavía en el
suelo, se quejaba, pero no se movía. A su lado, la bandeja
caída con los restos de comida esparcidos por el suelo.
—Mierda —. dijo Cole—. Lamento lo de la comida.
Creo que ya es tarde para recogerla.
Lo que dijo fue tan ridículo que no pude evitar reírme.
Cole también sonrió, pero con una expresión de dolor por la
herida en su costado. Una mancha de sangre le manchaba la
camisa.
—¡Cole! ¡Estás herido!
—Apenas —dijo él.
—¡Estás sangrando!
—He sufrido cosas peores. Cole sacó el celular y marcó
un número. —Oye, amigo, necesito tomarme el resto de la
noche. Lo entenderás cuando bajes.
Unos minutos después, apareció Grayson desde el
departamento. Unos momentos después, llegó la policía.
Mientras un paramédico atendía las heridas de Cole, yo le di a
la policía mi versión de los hechos.
—Déjame que lo entienda —dijo uno de ellos—. A él lo
apuñalaron, ¿y lo que primero que hace es ir a ver que estés
bien?
—Sí, así es.
La otra señora policía resopló.
—Tienes suerte. Mi novio se hubiera meado en los
pantalones.
—Ah, no es mi novio —me apuré a decir.
—Después de esto, tal vez deba serlo —musitó.
Cole discutía con uno de los paramédicos.
—Yo puedo envolver la herida en casa. Tengo tela para
vendajes.
—Señor, usted necesita una sutura —le dijo el
paramédico.
—Haz lo que te dicen —le insistió Grayson—. No
puedes irte caminando con una herida de cuchillo.
Cole apretó los dientes.
—De acuerdo, pero no pienso ir en la ambulancia.
—¿Por qué no? —preguntó Grayson.
—¿Sabes cuánto cobran estos desgraciados por un
traslado de 3 kilómetros? Prefiero llamar a un Uber.
Grayson sacudió la cabeza y dijo:
—No pienses que vas a llamar a un Uber. Yo te llevo —
Entonces me miró— ¿Puedes…?
—Yo me quedo con Max —dije—. No hay problema.
En cuestión de segundos, todos se fueron y me dejaron
allí sola, parada en medio del callejón.
Volví al departamento de Grayson y cerré la puerta. Lo
pensé mejor y decidí trabarla. Eso me haría sentir más segura.
«Segura», pensé. «Nunca estoy segura».
Hasta ese punto, debía de haber estado en shock. De
pronto, toda la sucesión de eventos volvió a mi memoria.
Rudy acorralándome en mi auto. Yo sin poder gritar,
totalmente impotente.
Empecé a temblar incontrolablemente. Saqué una
chaqueta de mi bolso y me hice un bollo en el sofá. Me tapé
con una manta y me eché a llorar. Lloré desconsoladamente.
Entonces, escuché las llaves intentando abrir la puerta.
Yo me quedé petrificada. Me imaginé lo peor: que Rudy
había vuelto. Que, de alguna manera, se había escapado de la
policía y estaba aquí para vengarse.
—¿Hola? —Era la voz de Ethan— ¿Piper? ¿Estás aquí?
Me incorporé de un salto y le destrabé la puerta. Dejó
apoyada una bandeja con comida y me abrazó bien fuerte.
—Grayson me llamó. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien —dije, aunque seguía temblando—.
Pero es Cole quien está en problemas. ¡Recibió una
cuchillada!
—Ya está en el hospital —me dijo—. Yo estoy aquí para
cuidarte a ti. Te traje algo de comer.
Me senté de nuevo y abrí la bandeja. El delicioso aroma
del pollo frito me llenó las fosas nasales.
—Gracias. Pero estoy bien, solo hambrienta.
—Has pasado por una experiencia traumática —Se sentó
a mi lado y me pasó la mano por la espalda—. Es normal que
te sientas mal.
—¿No tienes que trabajar? —le pregunté—. Estaba lleno
de gente hoy.
—No pasa nada —dijo él—. No te librarás de mí. Me
quedo contigo hasta que Grayson vuelva.
La tensión que sentía en todo el cuerpo se empezó a
aflojar. Con Ethan aquí, ya no me sentía tan sola. Agarré una
tirita de pollo con la mano, la pasé por mostaza y me la llevé a
la boca. Luego hice lo mismo con otra.
—Mi madre siempre me dice que tenga un gas pimienta
conmigo —dije con la boca llena—. Supongo que tenía razón.
—No estaría mal —dijo Ethan—. Ojalá hubiera estado
ahí a tiempo. Rudy siempre fue un idiota monumental, pero
ahora… desearía haber podido romperle la cara.
—Por suerte llegó Cole —dije yo—. Y créeme que lo
hizo pagar por intentar lastimarme.
—Olvídate de eso —me dijo Ethan sonriendo—. ¡Yo le
quiero hacer pagar por haber arruinado la noche en que
hicimos nuestro primer trío!
Los dos nos reímos de buena gana. Cuando mi risa me
llevó al llanto, Ethan me abrazó y me aseguró que todo estaría
bien.
36

Piper

Ethan fue fiel a su palabra. Aquella noche, no se movió


de mi lado. Se mantuvo atento mientras me cepillaba los
dientes y también cuando me puse el pijama. Cuando quise
hacer pis, lo tuve que echar del baño. Luego, cuando abrí la
puerta, lo vi ahí afuera, esperándome.
Cuando fui a la cama, vino conmigo.
—Sigues con la ropa de trabajo puesta —dije yo.
—Solo me quedaré contigo hasta que te duermas.
Sabía que era una mentira, pero me hizo sentir mejor.
Cerré los ojos y me concentré en la sensación de su cuerpo
alrededor del mío. Caí dormida casi de inmediato.
Grayson llegó a casa a las 3 de la mañana. Si acaso lo
sorprendió verlo a Ethan en la cama conmigo, no lo demostró.
—¿Cómo está él? —le pregunté.
Grayson se quitó los zapatos y la camisa.
—Veinte puntos. No paró de quejarse y decir que no era
necesario, que solo lo hacían para cobrarle más al seguro
médico. Te juro que a veces es más testarudo que Max.
—Pero entonces, ¿está bien? —insistí.
Grayson se metió en la cama a mi lado.
—Sí, está bien. Estaba más preocupado por ti que por él
mismo.
«Estaba preocupado por mí», pensé mientras volvía a
dormirme. Rodeada de mis dos hombres, me sentí más segura
que antes.
Pero no podía quitarme a Cole de la cabeza. Seguía
pensando en él y en la ferocidad con la que me había
defendido.
Me desperté con el ruido de Grayson revolviendo en su
armario. Miré el reloj en la pared: 7:50.
—¿Qué haces? —le pregunté.
Grayson metió algo en su bolso y me sonrió.
—Me preparo para ir al trabajo.
—Pero es domingo.
—El otro Papá Noel se pidió el día libre. No te
preocupes por Max; Ethan dijo que la cuidaría. Te mereces el
día libre.
—Hablo de ti. ¡Dormiste muy poco! Llámalos y diles
que estás enfermo.
Él sacudió la cabeza y me corrió el pelo de la cara. —
Falta muy poco para la Navidad. Los fines de semana, el
centro comercial se llena de niños. No puedo desilusionarlos.
Grayson parecía exhausto, pero sonaba muy decidido.
Iba a ir, no importaba cómo se sintiera. Su acto fue tan
altruista, que me conmovió.
Se sentó en el borde de la cama y me besó la frente.
—Anoche la pasé muy bien. Antes de lo que pasó en el
callejón, quiero decir.
—Ya lo sé. Yo también la pasé muy bien.
—Sabes, he estado un poco cabizbajo últimamente, por
todo lo que está sucediendo con la mamá de Max. En este
momento, tú eres una de las pocas cosas buenas en mi vida,
Piper. Tú y Max. Me alegra que estés aquí.
—A mí también.
En la cama, Ethan hizo una tosecita forzada.
—Escuchar esas frases cursis es más raro que haber
hecho un trío. ¡Solo dale un beso y vete ya!
—Ya le di un beso, pero si insistes, tendré que dárselo de
nuevo — Grayson me puso una mano en la barbilla y me dio
un beso largo y ruidoso en los labios.
Ethan y yo nos quedamos un rato más, pero pronto
escuchamos que Max empezó a moverse en su habitación, así
que nos levantamos. Tenía muchas preguntas sobre qué era lo
que estaba sucediendo: qué hacía yo allí, y por qué el tío Ethan
estaba en casa, y dónde estaba su papá. Así que le dimos una
versión simplificada de los acontecimientos. Le dijimos que un
hombre malo había aparecido en el callejón la noche anterior y
que Cole me había cuidado. Luego, cuando llegó la policía, el
hombre malo se había ido.
—Menos mal —dijo Max. Por suerte, allí terminaron sus
preguntas.
Desayunamos y luego Max se sentó a jugar con sus
juguetes un rato. Más tarde, le pedí el número de Cole a Ethan
para poder llamarlo y agradecerle lo que había hecho por mí la
noche anterior.
Pero me quedé pensando en qué decirle exactamente.
Escribí una docena de mensajes que eliminaba, no me
convencían. Un mensaje de texto se sentía inadecuado.
Después de todo, había recibido una puñalada por mí.
—¿Me puedes pasar su dirección? —le pregunté a Ethan
—. Creo que prefiero agradecerle en persona.
—A Cole no le gustan esas cosas —me advirtió Ethan—.
Una vez, me quedé sin batería en el auto y condujo hasta
Oakwood para ayudarme. Al día siguiente, cuando quise
agradecerle, se puso muy incómodo y dijo que no era para
tanto. Traté de invitarlo a almorzar, pero prácticamente me
gritó que no.
—En este caso es diferente. No me ayudó con el coche.
Recibió una puñalada por mí. Siento que debo agradecerle en
persona. Si no, no me quedaré tranquila.
Ethan se encogió de hombros.
—De acuerdo. Pero no te sorprendas si no reacciona
bien.
Conduje hasta la dirección que Ethan me había dado. De
camino, pasé por delante de una tienda de donas, así que me
detuve y compré media docena y dos cafés. Sentía que era
poco después de lo que había hecho por mí, pero era mejor que
nada.
Estacioné mi coche detrás de su camioneta, frente a una
casita muy linda de dos plantas. Parecía que había sido
convertida en dos propiedades que se alquilaban
separadamente, una en la planta alta y la otra en la inferior.
Antes de si quiera salir del auto, salió Cole de la planta
inferior, cerró la puerta y caminó hasta la camioneta. Cargaba
una bolsa de basura que parecía pesada.
—¡Cole! —lo llamé.
Debo de haberlo agarrado desprevenido, porque e
sobresaltó. Entonces, hizo una mueca y se puso una mano en
el abdomen.
—Mierda, lo siento —le dije—. No quise asustarte. ¿Te
duele la herida?
—No pasa nada — Sostuvo la bolsa detrás de su cuerpo,
como si quisiera ocultarla— ¿Qué quieres?
Saqué la bolsa de donas del coche y le dije:
—¡Traje donas!
Examinó el contenido de la bolsa, sacó una y le dio un
mordisco.
—Gracias.
Cole pasó por al lado mío, abrió el maletero y dejó su
bolsa allí dentro.
—Quería agradecerte… —empecé a decir.
—No tienes que hacerlo —dijo él, malhumorado. Subió
a la camioneta y prendió el motor.
—¿A dónde vas?
Hizo una pausa con la mano en la puerta.
—A la iglesia —dijo después de un rato.
—¿A la iglesia? —le pregunté. No entendía si lo decía
en broma o no. Nunca me lo vi como alguien que fuera a la
iglesia. Además, iba de jean y borceguís.
—Gracias por las donas.
Cerró la puerta y se alejó por la calle.
Yo me quedé allí parada, con las donas todavía en la
mano. No me debería haber sorprendido su actitud. Después
de todo, Ethan me había advertido. De hecho, debería haberme
sentido agradecida de que al menos comió una dona.
Pero algo en su comportamiento me pareció raro, no solo
por su incomodidad respecto de mi gesto. La forma en que
había tapado la bolsa con su cuerpo, como si no quisiera que
yo la viese…
Me subí al auto y empecé a conducir en dirección a casa.
Después de unas cuadras, vi la camioneta de Cole adelante
mío. Estaba parado en una luz roja. Cuando cambió a verde, su
camioneta empezó a andar, se ubicó en el carril derecho y
dobló en la esquina siguiente.
Me atrapó la curiosidad, así que yo también tomé el
carril derecho y doblé.
Mantuve la distancia para seguirlo. Salió a una autopista,
y unos cinco kilómetros después, tomó la salida. Yo hice lo
mismo. Después de unos minutos, se detuvo en el
estacionamiento del hospital Saint Anthony.
«Quizás venga a controlar su herida», pensé. Quizás
necesitaba más puntos o la herida se le había abierto durante la
noche.
No quería que se diera cuenta de que lo había seguido,
así que estacioné a una distancia prudencial detrás de él y
esperé a que saliera. Cuando se hubiera alejado, arrancaría el
auto y me iría sin que se diera cuenta.
Pero entonces, Cole se bajó de la camioneta con la bolsa
negra de nuevo y un bolso de viaje. Confundida, estudié sus
movimientos de lejos. Lo vi cruzar el estacionamiento hacia el
hospital y entrar por la puerta de visitas.
«¿Qué carajos está pasando?»
No podía irme ahora, así que agarré la bolsa de donas y
entré. Los elevadores estaban cerca de la puerta. Vi que Cole
se subió a uno y apretaba un botón. Yo me escondí en la
entrada para que no me viera. Unos segundos después, salí de
mi escondite y me miré las luces de los pisos que se encendían
a medida que el ascensor iba subiendo.
Cuando llegó al número 6, se detuvo.
—Disculpa —me dijo la recepcionista— ¿Te puedo
ayudar con algo?
Le sonreí y le mostré la caja de donas.
—Traje unas donas para las enfermeras del piso 6.
—¡Qué dulce!
No esperé el ascensor, sino que fui por las escaleras.
¿Acaso Cole estaba visitando a alguien? No sabía mucho
acerca de su familia, tan solo el hecho de que había heredado
propiedades después de la muerte de sus abuelos. ¿Eso
significaba que sus padres no estaban en su vida? O quizás
alguno estaba enfermo.
Cuando llegué al sexto piso y salí de la escalera, vi
consternada el cartel en el muro:

CUIDADOS PEDIÁTRICOS

El corazón me dio un vuelco. ¿Cole tenía un pariente


enfermo? ¿O tal vez, hasta su propio hijo? Ni siquiera sabía
que tenía hijos. Sabía tan poco sobre él que de pronto me sentí
avergonzada de estar allí.
«Soy una tonta por seguirlo», pensé mientras me daba la
vuelta para volver por donde había venido.
Pero antes de hacerlo, vi algo por el rabillo del ojo. Al
final del pasillo, un hombre en un traje de Papá Noel rojo
brillante salía del baño de hombres. Se dio vuelta para doblar
por el otro lado del pasillo, así que solo le pude ver la espalda.
Pero vi el bolso de viaje y la bolsa de basura negra.
Detuve mis pasos. ¿Era Cole?
Metió la mano en la bolsa negra y sacó el contenido: otra
bolsa, pero esta era roja de fieltro. Metió la bolsa negra en un
cesto y se colgó la bolsa negra por un hombro.
—Dame eso —dijo una enfermera, agarrando su bolso
de viaje para esconderlo en la sala de enfermería. Luego, en
voz alta y clara, dijo—: ¿Qué es eso? ¡Creo que acaban de
aterrizar unos renos en la terraza del hospital!
Con una voz que yo reconocí, Cole bramó:
—¡Jo, jo, jo!
37

Piper

Me quedé absorta; no podía creer lo que estaba viendo.


«¿Cole también se disfraza de Papá Noel?»
—¡Papá Noel! —gritó una voz infantil en la primera
habitación. Cole se detuvo en la puerta, dejó la bolsa de
juguetes en el suelo y alzó las manos con sorpresa.
—¡Chelsea! — bramó— ¡No sabes lo contento que me
pone verte! ¡Tú estás en mi lista de chicos que se han portado
bien!
Cole se quedó varios minutos en la habitación. Luego,
salió al pasillo y entró en la habitación siguiente.
—¡Donovan! Mírate, ¡si ya estás prácticamente curado!
—Viene todos los años —me dijo una de las enfermeras
—. Nosotras lo ayudamos. Averiguamos disimuladamente qué
quiere cada niño para Navidad y luego le decimos y él se
encarga de comprar los regalos. Es un santo.
—¡Vaya! —exclamé.
—Este sitio puede ser bastante deprimente —siguió ella
—. Es difícil mantener la sonrisa cuando tratas a chicos con
cáncer. Pero cuando vemos cómo se iluminan sus caritas
cuando aparece Cole, el trabajo se hace más fácil.
De repente, me sentí muy culpable de estar allí. Me había
entrometido en algo bello impulsada por mi propia curiosidad
egoísta.
—Estas son para ustedes —le dije a la enfermera,
dándole la caja de donas. Luego, salí rápido de allí antes de
que Cole pudiera verme.
Conduje a casa en silencio, sin siquiera prender la radio.
No sabía bien qué pensar acerca de lo que acababa de ver.
Cuando estacioné en la entrada de casa, mi madre estaba
sacando los palos de golf del maletero del auto para guardarlos
en el garaje.
—¿Jugaste al golf hoy? —le pregunté.
—Completé 9 hoyos con Sergio en el campo de
Sagewood —Me sonrió—. Hacía varios días que no te veía.
—He estado ocupada.
—¡Me imagino!
La seguí hacia adentro de casa refunfuñando. —Mamá,
no te pongas pesada.
—No me pongo pesada. Le doy la importancia que
merece —dijo y abrió el refrigerador—. Tenemos jugo de
naranja. ¿Qué te parece si preparo unos mimosa y me cuentas
todo sobre tu tórrido triángulo amoroso?
—Gracias pero paso.
—Cariño, ¿qué sucede? —me preguntó con el ceño
fruncido— ¿Ya has decidido con cuál de los dos deseas
continuar?
En ese momento, desee contarle todo sobre el trío que
habíamos hecho. Pero el impulso solo me duró una milésima
de segundo. Teníamos una buena relación, pero tampoco para
tanto.
—Algo sucedió anoche —anuncié—. Casi me agreden
afuera del bar.
Ella ahogó un grito.
—¿Qué?
—Fue el mismo tipo que la otra noche me estuvo
molestando en el bar —le conté—. Estaba en el callejón
sacando el bolso del maletero del auto y llegó y me arrinconó.
Estaba borracho y furioso; me culpaba de haber sido
expulsado del bar.
—¿Y qué pasó?
—Llegó Cole y me salvó —le dije—. Me lo quitó de
encima. Se empezaron a pelear. Pero el otro tipo tenía un
cuchillo y le dio una puñalada. Terminó en el hospital, donde
le cosieron la herida.
—¡Dios mío! ¡Qué espanto!
Yo asentí despacio.
—Si Cole no hubiera estado ahí… si ese hombre hubiera
podido…
—Detente ahí mismo —dijo ella—. No pienses en eso,
Piper. Si empiezas a pensar en lo que podría haber sucedido, te
volverás loca. Gracias a Dios que Cole estaba cerca y te salvó.
Me abrazó por un buen rato. Yo le dediqué una sonrisa
débil.
—Tendrías que haberlo visto, ma. Estaba enfurecido,
como si estuviera protegiendo a su propia familia. Nunca
había visto a un hombre defenderme así. Nunca me pensé
como la damisela en peligro, pero ahora que sucedió… no
puedo parar de pensar en Cole.
—Es normal sentir afecto por alguien que te defiende.
Pero eso no significa que haya sentimientos más profundos.
Estamos hablando del tipo gruñón que trabaja como gorila del
bar, ¿cierto?
—Sí.
Ella negó con la cabeza:
—Qué pena que no sea más dulce.
—Bueno, esa es la cuestión. Hoy fui hasta la casa para
agradecerle, pero lo encontré raro, así que lo seguí. Resulta
que fue hasta el hospital Saint Anthony. Lo vi disfrazado de
Papá Noel repartiendo juguetes entre los niños del sexto piso.
—¿Grandote, fuerte y secretamente bueno con los niños?
—Mi madre se estremeció—. Pues eso cambia todo. Si tú no
lo quieres, ¡yo lo acepto encantada!
—¡Mamá! ¡Dijiste lo mismo sobre Grayson!
—Pero esta vez lo digo en serio —dijo tomando un sorbo
del cóctel—. Dejando las bromas de lado, deberías decirle
cómo te sientes.
Yo resoplé.
—Es ridículo que sienta algo por él. ¡Ya estoy con Ethan
y Grayson al mismo tiempo!
—Pero no tienen exclusividad —señaló ella—. Si ya
hubieras elegido a uno, entonces sí, estaría mal que pienses en
estar también con Cole. Pero si todavía sigues viendo a los
dos…
—¡No necesito un tercer hombre en mi vida!
—Déjame decirte que no hay demasiada diferencia entre
salir con dos o salir con tres.
—Es una locura, mamá —insistí—. Ya tengo demasiado.
Empezar a ver también a Cole sería complicar las cosas.
—O hacerlas más claras —dijo ella—. Quizás sales con
él y te das cuenta de que es el indicado para ti. ¡Y problema
resuelto!
Yo empecé a objetar.
—Todo esto sucedió anoche. Voy a dejar pasar un poco
más de tiempo para pensar si realmente me gusta o si es algo
pasajero.

Pasé el resto del día tirada en el sillón reclinable con una


manta y un libro. Hacía como dos semanas que no pasaba
tanto tiempo en casa y se sentía bien poder descansar y
recargar energía. En el fondo, me gustaba estar sola.
Pero a medida que transcurría la tarde, me fui dando
cuenta de que lo extrañaba a Ethan. Y a Grayson.
Y por sobre todo, lo extrañaba a Cole.
«¿Esto es lo que les sucede a esas estúpidas princesas de
Disney? ¿Se enamoran del tipo que las salva del peligro?»
Para la cena, mi mamá preparó lasaña y pan de ajo.
Luego, se puso un vestido bonito y una chaqueta.
—¿A dónde vas? —le pregunté.
—Salgo a tomar algo con Sergio —dijo ella.
Yo la miré arqueando una ceja.
—Así que, con Sergio de nuevo, ¿eh?
Ella puso los ojos en blanco.
—Es uno de los socios. Tenemos buena relación. No
veas cosas dónde no las hay —Miró la pantalla de su celular.
—Acaba de llegar mi Lyft. No me esperes despierta. ¡Te
quiero!
Unos minutos después, me llegó un mensaje.

Ethan: Mi casa se siente un poco triste. Le vendría bien


meterse una dosis de Piper para reanimarse.
Piper: Algo me dice que estás pensando en meter otra
cosa.
Ethan: No lo voy a negar.
Ethan: [emoji sonriente]
Piper: Por más de que suena muy tentador, hoy me
quedo en casa.
Ethan: ¿Te quedas con tu madre? Está muy bien.
Piper: No, de hecho, mi mamá salió a tomar algo con un
compañero de trabajo.
Ethan: ¿Quieres decir que estás sola en casa?
Interesante.
Ethan: Puedo estar ahí en diez minutos.
Piper: En serio, hoy solo quiero relajarme. Mañana nos
vemos.
Ethan: Mañana trabajo hasta el horario de cierre.
Piper: Podrías intentar convencerme de quedarme
despierta hasta que acabes.
Piper: ¿Lo entiendes? ¿Acabar?
Ethan: Las bromas no son tan graciosas cuando las
explicas, Piper. Menos mal que eres sexy :-)

Releí el intercambio de mensajes y me sonreí. Cuando


estaba cerrando los mensajes, vi el mensaje borrador que
nunca le envié a Cole. El que había intentado mandarle antes
de decidir ir hasta su casa y hablarle en persona.

Piper: Quería agradecerte de nuevo por lo de anoche. No


sé qué hubiera hecho si no hubieras estado allí.

Después de unos segundos, contestó.

Cole: NP

Hice una mueca. Esperaba algo más que la abreviación


en inglés de no hay problema.

Piper: Además, me parece alucinante lo que haces en el


hospital. Disfrazarte de Papá Noel para visitar a esos niños…
es tan generoso de tu parte. Estoy segura de que a ellos les
iluminas el día, y solo quería decirte que me parece
formidable.

Cole no respondió. Después de algunos minutos, bloqueé


el celular y lo puse en la mesita de al lado.
—De acuerdo, como quieras.
Volví a la lectura. Después de tres páginas, alguien tocó
el timbre.
Me levanté a regañadientes, pues le había dicho a Ethan
que quería estar sola. Era lindo que tuviera tantas ganas de
verme, pero al mismo tiempo me molestaba.
Sin embargo, cuando fui hasta el recibidor, vi que la
silueta del otro lado de la puerta no era delgada.
Todo lo contrario.
Me quedé aterrada. Después de lo ocurrido la noche
anterior, no me sentía segura ni en mi propia casa. Miré la
traba de seguridad para controlar que estuviera puesta.
—¿Piper? —preguntó dijo una voz ronca y familiar—
¿Estás ahí?
Qué alivio. Destrabé la puerta y la abrí.
—¿Cole? ¿Cómo sabes dónde vivo?
Afuera hacía frío, pero él estaba con pantalones
deportivos de algodón, chancletas y camiseta sin mangas.
Parecía no sentir el frío.
La expresión feroz en su mirada era suficiente para
manter su cuerpo caliente.
—¿Quién carajos te dijo lo que hago? —exigió saber,
metiéndose de prepo en mi casa.
Yo cerré la puerta y me di vuelta para mirarlo.
—Nadie me lo dijo. Hoy te seguí y…
—¿Por qué mierda hiciste eso?
—Yo… eh… —empecé a titubear tratando de pensar una
respuesta— ¡Estabas muy raro! Y estaba segura de que no ibas
a misa, como me dijiste. Así que quise saber qué te motivó a
mentir.
Me apuntó con el dedo índice.
—No tienes ningún derecho. ¡Lo que hago allí es
privado!
Hice un gesto tranquilizador.
—Lo siento. No sabía…
—No quiero que nadie sepa lo que hago en el hospital —
prosiguió—. Sobre todo, tú.
—Espera, ¿por qué sobre todo yo?
Cole bablbuceó. De a poco, la furia en su expresión
disminuyó.
Y entonces, entendí todo.
Cómo había velado por mí en el bar.
Lo rápido que había salido en mi defensa cuando Rudy
me empezó a molestar en la barra y la forma tan feroz en que
me había protegido en el callejón.
«Cole siente algo por mí también».
Mis ojos deben de haber hablado por mí, porque él
simplemente me dijo:
—No debería estar aquí.
Trató de irse, pero me puse en su camino.
—No —le aseguré—. No dejaré que te marches hasta
que me expliques qué te sucede.
Cole se encogió de hombros. Los músculos de sus brazos
se contrajeron por el movimiento y luego se aflojaron por
debajo de su camiseta. Por una milésima de segundo, me
pareció que quería estar en cualquier sitio excepto allí
conmigo.
—Habla —le dije.
Inhaló y su pecho amplio se expandió. Luego, exhaló el
aire despacio.
—Estás con Grayson y con Ethan. No debería estar aquí.
—No tengo una relación de novios con ellos —dije,
repitiendo lo que me había dicho mi madre momentos antes—.
No somos excluyentes.
—Como sea.
—Lárgalo —le insistí—. Si tienes algo que decirme,
entonces dímelo.
—¡Me gustas, carajo! — bramó— Listo. ¿Contenta?
Escucharlo decirme eso me dejó paralizada, de pie contra
la puerta. No podía encontrar las palabras para contestarle.
—Es un enamoramiento, nada más —dijo, con la vista
clavada al suelo — Eres preciosa. Como sea. Pero entonces el
imbécil de Rudy te empezó a molestar… Nunca antes había
sido tan protector con una mujer. Y ni siquiera me refiero a la
pelea en el callejón, sino a cuando estabas en el bar y te
insultó.
Entonces levantó la vista hacia mí y pude ver su
tormento.
—Quería matarlo —dijo despacio—. Quería que se
arrepintiera de haberte molestado. Tuve que tener una gran
fuerza de voluntad para echarlo del bar sin molerlo a palos
hasta dejarlo tirado en el suelo sangrando.
—Cole…
Se sentó en el asiento del recibidor.
—Me he sentido tan enojado últimamente. Por ese
cabrón en el bar y luego por lo que te hizo en el callejón. Y
también… por Ethan y Grayson.
Yo me quedé sin palabras.
—¿Estás enojado con ellos? ¿Por qué?
—Eres especial —dijo con simpleza—. No hay otra
como tú, Piper. No mereces que dos tipos estén jugando un
jueguito competitivo entre ellos. Te mereces estar con un
hombre que te trate como una reina.
Yo me quedé muy quieta. No sabía si continuar la
conversación, pero tampoco pude evitar preguntarle:
—¿Y tú piensas que eres ese hombre?
Él no respondió; solo se quedó mirando el suelo. Un
hombre grandote, corpulento, frágil y frustrado.
—No tiene importancia —dijo, aferrádose al banco con
ambas manos. Los nudillos se le pusieron blancos. Pero luego
se relajó y me preguntó: —¿Hay alguien aquí en la casa?
El cambio de tema de su pregunta me descolocó.
—No, estoy sola.
—Vi dos coches en la entrada.
—Mi madre pidió un Lyft para salir. ¿Por qué?
Se levantó del banco y me rodeó con los brazos.
—Porque esto es lo que te mereces, Piper.
Cole me pasó los brazos por la cintura, me llevó contra la
pared y me dio un beso.
38

Cole

Ya estaba harto de no ir por las cosas que quería, de


pelearme con mis dos amigos por una chica como si fuera un
juguete, de no dar un paso al frente y reclamarla mía.
Así que, la llevé contra la pared y la tomé entre mis
brazos, como me había imaginado miles de veces.
Los labios de Piper eran tan deliciosos como los había
soñado. Su beso era embriagador como el whisky y me dejó
mareado, sin aliento, en el segundo en que nuestras lenguas se
tocaron. No hubiera podido parar aunque hubiera querido.
Ella, afortunadamente, me devolvió el beso con igual
intensidad, lo que confirmaba lo que yo tanto había esperado.
«Ella también me desea».
Después de tanto admirarla de lejos, ahora no podía
mantener las manos lejos de ella. Sus pechos generosos y la
curva de su cadera. Su culo redondeado y terso por debajo de
los pantalones rosas de algodón. Quería tocarla, deslizar la
mano por debajo de su ropa y acariciarle todo el cuerpo, hasta
el último recoveco.
Metí la mano por debajo de su pantalón y ella reaccionó
acercando su cuerpo al mío con deseo. Deslicé los dedos por
delante hasta rozar con la punta su vello púbico y luego seguí
hasta acariciar los pliegues tibios de su vagina. Ella ya estaba
toda húmeda.
Mejor así, porque no quería seguir demorando lo que los
dos tanto ansiábamos.
Le bajé de un tirón el pantalón y las bragas y me paré
sobre ellos para que ella pudiera sacárselos. Luego le agarré el
trasero desnudo y la cargué. Ella pasó las piernas por alrededor
de mi cuerpo y se colgó de mí. La sostuve con un solo brazo
mientras que con el otro me bajaba el pantalón y el bóxer.
Pero entonces, me detuve.
—¿Qué sucede? —preguntó Piper.
—No tengo…
—No me importa —dijo ella sin aliento—. Te necesito
ya adentro mío.
Sus palabras fueron música para mis oídos. Cargándola
en mis brazos, la empujé contra la pared y la sostuve a la
altura de mi cadera.
Ella estaba tan mojada que mi pene se deslizó con mucha
facilidad dentro suyo. Dejó escapar un gemido suave cuando
nos conectamos, y yo gemí con ella.
«Hace mucho tiempo que estaba deseando esto. Y es
mucho mejor de lo que fantaseaba».
Sus palabras, «solo cógeme», todavía resonaban en mi
cabeza, así que le di lo que me pedía. Me moví hacia atrás y
hacia adelante, embistiéndola contra la pared. Ella jadeó con
sorpresa y excitación por la ferocidad del acto y entonces
buscó mi boca para darme otro beso profundo.
Sentía una fuerza animal dentro de mí que hasta ahora
había luchado por contener, pero ya no más. Sostuve a Piper
por debajo de los muslos y la cogí contra la pared, con
embestidas cada vez más y más salvajes. Las fotografías
colgadas en la pared empezaron a temblar por nuestros
movimientos desesperados, pero solo podía pensar en los
gemidos de Piper en mi oído.
Sentía sus dedos clavados en la piel de mi espalda que
me pedían que la cogiera más y más. Sus gemidos se
intensificaron a medida que yo la empecé a coger más fuerte.
Al lado nuestro, una fotografía se cayó y el vidrio estalló
en mil pedazos, pero a nosotros no nos importó. Tampoco me
importó el dolor que me producía la herida en mi costado o el
hecho de que me parecía que se me había salido un punto. Lo
único que me importaba era ella y yo allí mismo.
Piper separó su boca de la mía, echó la cabeza hacia atrás
y dejó escapar un grito desde lo más profundo de su garganta
cuando alcanzó el orgasmo. Su vagina apretó mi pene con una
suave presión, y yo, al sentirla, ya no pude contenerme más.
Con una embestida profunda, la penetré una última vez y
luego exploté dentro suyo. Ella me arañó la espalda para
sujetarse a mi cuerpo en un intento de mantener el equilibrio
cuando acabamos juntos. Los dos gemimos al unísono,
gemidos de satisfacción que retumbaron en toda la casa. En
ese momento, yo hubiera podido morir en paz.
39

Piper

Me aferré al pecho de Cole cuando él me llevó contra la


pared. Los dos respirábamos agitados.
«¿Esto de verdad está sucediendo?», me pregunté.
Cole apoyó la frente contra la pared y me dijo al oído:
—Perdón por la foto.
—No me importa —le dije yo—. Luego compro otro
marco.
Su pecho se expandía al ritmo de su respiración agitada.
—Es que… no pude evitar…
—Me alegra que lo hayas hecho —le dije—. Era
exactamente lo que quería.
«Era exactamente lo que necesitaba».
Aunque me encantaba estar entre sus brazos, le susurré:
—¿Me vas a soltar?
—Luego —dijo él con voz ronca.
Mientras me sostenía allí, seguí con los dedos las líneas
que marcaban los músculos en su espalda. Era mucho más
fuerte y corpulento de lo que parecía.
—¿Y qué significa esto ahora? —le pregunté.
—No tengo idea —respondió con sequedad—. Solo sé
que no podía dejar de hacerlo.
Yo sonreí.
—Me alegra. No he podido dejar de pensar en ti desde la
pelea en el callejón.
—Hablando de eso —dijo él—, ¿podrías aflojar tu
pierna?
Me di cuenta de que tenía una pierna alrededor de su
torso, donde tenía la herida.
—¡Ay, cuánto lo siento! ¿Te duele?
Echó la cabeza hacia atrás y me sonrió.
—No tanto como para detenerme.
Yo le sonreí y entonces me di cuenta.
—La sigues teniendo dura.
Cole asintió.
—Creo que nunca más se me bajará.
Me resultó terriblemente excitante escucharlo decir eso y
sentir su verga dura todavía dentro de mí.
Me mordí el labio de abajo y le dije:
—¿Quieres que sigamos?
Él sonrió.
—Estaba pensando justo en eso.
—Mi habitación está arriba.
Cole se había bajado el pantalón hasta la mitad, así que
se los quitó por completo y me llevó escaleras arriba. Pateó la
puerta para cerrarla detrás de él y me dejó caer en la cama.
Él se subió arriba mío y yo pasé mis piernas por
alrededor de su cuerpo hasta que se dio vuelta y quedó de
espaldas. Entonces me subí arriba de él y lo monté.
—Tienes una herida en el costado. Deberías ir con calma
—le dije, cogiéndolo despacio.
Me encantó verlo debajo de mí, su cuerpo todo marcado,
como si estuviera hecho de mármol.
—Nunca antes estuve con un chico en mi habitación —le
dije, moviéndome hacia atrás y adelante.
Él sonrió.
—¿Nunca?
—No, ni siquiera cuando estaba la escuela. Tú eres el
primero.
Cole se incorporó y me tomó entre sus brazos.
—Pues entonces, hagamos que valga la pena.
Me besó y ya no pude pensar en otra cosa que no fuera
en él y yo en mi habitación.

Después, fui hasta el baño para asearme. Cuando salí,


Cole estaba de pie al lado de la puerta con la ropa en las
manos. Seguramente había ido hasta abajo a buscarlas.
—Me iré si así lo quieres —me dijo.
Fui en puntitas de pie hasta él y lo abracé.
—Me gustaría que te quedaras.
—¿Estás segura?
Yo asentí.
—Quédate, aunque sea un ratito. Me gustan los abrazos
en la cama.
Él sonrió.
—Me han dicho que mis abrazos son muy buenos.
Nos metimos en la cama y Cole me abrazó por detrás
para hacer cucharita. Sentía su verga contra mi nalga; todavía
la tenía dura, aunque habíamos tenido sexo dos veces.
«Supongo que decía en serio eso de que nunca más se le
bajaría».
La siguiente cosa que recuerdo es que alguien me
sacudió para despertarme.
—¡Piper! —susurró mi madre— ¡Ven aquí!
Me sacó de la cama y de los brazos de Cole para
llevarme al pasillo. Caminó detrás mío hasta el final donde
nadie nos escucharía.
—¿Es Ethan? —me preguntó con una sonrisa que
denotaba que estaba achispada por el alcohol— Por cómo lo
describiste, pensé que conduciría un coche mejor que el que vi
en la entrada.
Me despabilé en un segundo al escucharla decir eso.
—No es Ethan. Es…
Mi mamá ahogó un grito.
—¡Cole!
—¡Haz silencio! — grité— Está durmiendo.
—¡Pensé que lo ibas a pensar unos días!
—Pues, cambié de parecer.
—¿Qué pasó? ¿Lo invitaste ni bien me fui? ¡Me lo
pudiste haber dicho, Piper!
—No fue algo que planeé. Solo sucedió hace algunas
horas
—dije mirando el reloj.
—¿Fue entonces que se cayó la foto?
—¿Qué foto?
—La del vestíbulo de abajo. Está hecha añicos en el
suelo. ¿Se pelearon?
Yo hice una mueca.
—No puede ser. Lo siento. Lo iba a limpiar después. No
nos peleamos. Fue… eh…
El rubor encendido en mis mejillas me delató. Mi madre
ahogó un grito y luego chilló, emocionada.
—¡Baja la voz! —le ordené.
—¿Y cómo te sientes? —me preguntó— ¿Se te pasó la
confusión?
—¡No! —dije yo—. Estoy más confundida que nunca.
Ella se encogió de hombros.
—Pues entonces diviértete con los tres hasta que decidas
qué hacer.
—¿Está todo bien?
Las dos nos dimos vuelta al mismo momento. Cole
estaba de pie al otro extremo del pasillo, en bóxer que se le
ajustaban al cuerpo como una segunda piel. Tenía un vendaje
rectangular en el costado, donde tenía la herida del puñal, y en
centro aparecía una manchita roja.
«Uy», pensé.
—Vaya, hola —dijo mi madre, acercándose hasta él—.
Soy la mamá de Piper, Angela.
Cole la miró impávido mientras se daban la mano.
—Ciertamente eres un espécimen bastante fuerte, ¿no?
—dijo ella.
Cole dijo algo inentendible entre dientes.
—Un hombre de pocas palabras. Me gusta.
—Mamá —dije refunfuñando—, ya te puedes ir a la
cama.
—Creo que me voy a quedar mirando el resumen del
partido de los Cowboys —contestó—. Pero ustedes dos
vuelvan a lo que estaban haciendo.
—Estábamos durmiendo —le dije—. Eso hacíamos antes
de que me arrastraras al pasillo.
—Bueno, bueno, no te enojes. Buenas noches, Piper —
Me dio un beso en la frente y con voz bochornosa agregó: —
Buenas noches, Cole.
Él volvió a emitir un gruñido y luego me siguió a la
habitación.
—Me cayó bien tu mamá.
—Es todo un personaje.
Nos metimos en la cama y volvimos a nuestra posición
de antes.
—¿Qué vamos a hacer nosotros?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a Ethan y Grayson.
—No hay mucho que pensar —contestó—. Son mis
mejores amigos. No les voy a esconder nada y tampoco les
voy a mentir.
—Claro, nunca quise decir eso —dije yo—. Pero, ¿qué
piensas que sucederá?
—No lo sabré hasta que hable con ellos —respondió—.
Lo que sí sé es que quiero mantener lo nuestro, no importa lo
que ellos piensen.
—Pensé que no te gustaba la idea de compartirme —
remarqué—. Dijiste que merezco que un hombre me adore.
—Nunca usé la palabra adorar —aclaró él.
—Dijiste «tratar como una reina», es cierto —me corregí
—. Pero entiendes a lo que voy.
Sentí cómo él se encogía de hombros. —Ahora que estoy
contigo, me siento diferente. No quiero renunciar a lo nuestro.
Necesito pensar un poco, pero quiero intentar seguir contigo,
sin importar el precio que haya que pagar.
—¿Cómo sabes que yo quiero seguir contigo? —le
pregunté en broma.
Él rechinó los dientes.
—Me lo dijiste hace un rato.
—No creo habértelo hecho.
—No me lo dijiste con palaras, sino con el cuerpo. Estoy
seguro de que no mentías.
Me acurruqué más cerca de su cuerpo.
—No, no mentía — Yo suspiré. —Sabes, pensé que
Grayson era un Papá Noel muy sensual. Pero después de verte
en el hospital, creo que lo superas.
Sentí que su cuerpo se tensionaba.
—Oye, no le puedes contar eso a nadie.
Me di la vuelta para mirarlo.
—¿Por qué no?
—No quiero que nadie lo sepa —dijo sin más.
—No deberías sentir vergüenza. Es algo increíble, Cole.
Tus amigos lo verían así también, si supieran.
—No lo hago por ellos —contestó, mirándome fijo en la
oscuridad—. Lo hago por mí y por los niños del hospital.
Nadie más tiene que saberlo. Prométeme que no se lo dirás, ni
a ellos ni a nadie.
—De acuerdo, te lo prometo —le dije—. Pero, ¿qué
obtengo a cambio de mi silencio?
Una sonrisa le cruzó el rostro.
—Entonces, ¿así va a ser? ¿Me vas a extorsionar?
Yo asentí enfáticamente.
Cole se levantó de la cama, cruzó la habitación y trabó la
puerta. Luego volvió a meterse en la cama y cubrió mi cuerpo
con el suyo, tibio y firme.
—Creo que ya se me ocurrió cómo mantenerte en
silencio.
Cerré los ojos y empezamos la tercera ronda.
40

Ethan

Mi trabajo en la oficina no me desagradaba por


completo. Llevaba haciéndolo bastante tiempo, así que me
resultaba fácil. Podía hacerlo prácticamente de manera
automática mientras escuchaba un podcast o algún programa
deportivo en la radio.
Pero yo sabía que allí no podría crecer. Sí, tal vez me
llegarían a ascender de Ingeniero en Sistemas III a Ingeniero
en Sistemas IV; supondría un buen aumento de sueldo y una
semana adicional de vacaciones al año. Pero el trabajo seguiría
siendo el mismo de siempre: tedioso y repetitivo.
Debería considerarme afortunado. Tenía un buen empleo
y me pagaban bien. El sueldo me alcanzaba para cubrir mis
gastos y ahorrar mucho dinero. Mi jefe era fantástico y el
paquete de beneficios era genial. La mayoría de la gente daría
cualquier cosa por un trabajo así.
Pero cuando me senté en mi escritorio a completar la
siguiente tarea de manera mecánica, empecé a soñar despierto
sobre mi futuro
y el bar de mixología que quería abrir.
Eso, en general, era lo único en que pensaba cuando
estaba en el trabajo. Aunque últimamente, otra cosa me
rondaba por la cabeza. Después de almorzar, decidí escribirle.

Ethan: Me muero del aburrimiento. ¿Qué tal va tu día?


Piper: Anoche, Max comió espárragos por primera vez y
ahora está obsesionada con el olor de su pipí. Cada vez que va
al baño, me invita a pasar para que lo huela.
Piper: Así que podría decir que mi día va muy bien.
Ethan: Al menos, ya va al baño sola. Fue todo un
desafío cuidarla cuando tenía dos años. No hacía popó a
menos que uno de nosotros estuviera físicamente con ella en el
baño.
Piper: ¡Menos mal que eso no me sucedió a mí!
Piper: Aunque en verdad, no tengo nada de qué
quejarme. Max es un angelito. Que me haya pedido que oliera
su pipí es algo tonto comparado a lo que hacen otros chicos de
su edad.
Ethan: Eso es cierto. ¿Sigue en pie nuestro plan para
hoy a la noche?
Piper: ¡Claro! ¿Cómo no iba a estarlo? ¿Has hablado
con Cole?
Ethan: Solo quise decir que hoy salgo tarde de trabajar.
Y no sé si quieres esperarme.
Ethan: Espera, ¿por qué Cole me tendría que decir
algo?
Piper: Lo siento, se me cruzaron los cables. ¡No me
molesta esperarte hasta tarde! Vale la pena :-)
Ethan: Nos vemos en el bar, entonces. Tengo un nuevo
cóctel para prepararte.
Piper: ¡No puedo esperar!

Regresé al trabajo sonriente. El trío había sido fabuloso


en su momento, pero una parte de mí temía que las cosas se
pusieran raras después. Sin embargo, Piper parecía llevarlo
muy bien, así que yo me relajé y me dije que todo iba bien.
Cuando salí de trabajar, fui directamente al Ciervo
Sediento. Me dejé la misma ropa formal con la que iba a la
oficina; solo me quité la corbata. Me gustaba vestirme bien. Le
agregaba distinción al puesto de barman, un trabajo que mucha
gente daba por sentado.
Registré mi entrada, me enrollé las mangas de la camisa
hasta el codo y me puse a trabajar.
Un poco después, llegó Grayson. Estuvo diez minutos
llenando las botellas de salsa barbacoa en las mesas y luego se
sentó en la barra.
—Hola —dijo.
—¿Qué tal, jefe? —dije yo.
—¿Todo bien?
—Todo muy bien, diría yo.
Él asintió y yo hice lo mismo. Ninguno quería hablar
acerca del trío, pero me di cuenta de que lo tomábamos bien.
—Me enteré de que hoy la vas a ver a Piper —dijo.
—Así es, después del trabajo —contesté.
—Yo mañana la llevaré a cenar, si no te importa.
—No me importa, siempre y cuando yo la pueda ver a la
noche siguiente, que es cuando mi turno termina temprano.
Pensaba llevarla a cenar a algún restaurante lindo, no el cuarto
de atrás.
—Trato hecho —Grayson se rio con una carcajada—.
Me siento como un padre divorciado que se pelea por la
custodia de sus hijos.
—Sí, totalmente —Serví una cerveza tirada en un vaso,
que puse delante de Grayson—. Hablando de eso, ¿cómo están
las cosas con Karen?
Tal como sabía que haría, Grayson bebió un trago largo
de cerveza antes de contestar. —Hasta ahora, solo han sido
amenazas. No sé si lo de la demanda por la custodia va en
serio o si solo está haciendo un escándalo.
—Espero que todo esto se esfume la próxima vez que se
vaya de la ciudad para ir a un concierto —dije yo.
—Yo también —dijo Grayson con una mueca.
Entonces una cliente pidió una cerveza. Agarré un vaso
limpio y empecé a servirla. Me reventaba la forma en que
Karen trataba a mi mejor amigo y su hija. Ella entraba y salía
de sus vidas a su antojo, aparecía en los peores momentos y
luego desaparecía de manera abrupta. No estaba en sus vidas
ni tampoco completamente fuera de ellas. Grayson merecía las
cosas claras. Y Max también, por supuesto. Merecía una
madre que la priorizara.
Pero la vida no siempre es justa.
Puse el vaso frente a la mujer y volví a dirigirme a
Grayson.
—¿Quieres que hablemos sobre el fin de semana?
Acerca de Piper, quiero decir.
—Esperaba estar con ella el viernes —dijo él—. Max y
yo iremos a buscar algunas luces navideñas y sería lindo que
nos acompañara.
—Me parece bien. Yo quisiera estar con ella el sábado a
la mañana y el domingo por la noche.
—De acuerdo —dijo él.
Yo sonreí.
—Es más fácil de lo que esperaba.
—Lo que sí es seguro es que es más fácil negociar
contigo que con mi ex —dijo él.
Choqué un vaso imaginario con el suyo.
—Brindemos por eso.
De pronto, se abrió la puerta de entrada y Cole se internó
en el bar. Nos vio de lejos, se acercó esquivando las mesas y le
dio una palmadita en la espalda a Grayson.
—¿Qué hay de nuevo, viejo? —le pregunté.
—No mucho. Solo quería decirles que a partir de ahora,
yo también saldré con Piper.
Dio un golpecito con la palma de la mano sobre la
superficie de la barra, asintió y se fue a limpiar una mesa.
Grayson y yo nos miramos.
—Disculpa, ¿cómo es eso? —preguntó Grayson.
—Yo también saldré con Piper —dijo, pasando un trapo
sobre la mesa.
—Sí, claro, amigo —dije yo.
Me miró con el ceño fruncido.
—Sí, es cierto.
—Estoy un poco confundido —dijo Grayson sin dirigirse
a nadie en particular.
—A mí me parece bastante sencillo —dijo Cole—. El
arreglo que tienen con ella en el que la comparten… Pues, yo
me sumo. ¿De acuerdo?
Grayson lanzó una risotada y dijo:
—Creo que tendríamos que ver qué dice Piper al
respecto.
—Si está de acuerdo —dije, riéndome—, entonces claro.
No tengo problema.
Cole asintió.
—Bien. Porque ya lo hablé con ella.
—Espera, ¿qué? ¿Cuándo? —preguntó Grayson.
—Esta mañana —Cole apoyó dos vasos vacíos sobre la
barra—, antes de irme de su casa.
Yo conocía a Cole mejor que nadie. No era de esos que
andan con bromas. Cuando decía algo, lo decía en serio.
Eso solo me confundió aún más. Y, a juzgar por la cara
de Grayson, él estaba igual de atónito que yo.
—¿Lo dices en serio? — pregunté.
Cole torció la cabeza.
—¿Por qué no lo diría en serio?
—¿Estuviste con ella?
Él asintió con la cabeza.
Grayson refunfuñó.
—¡Joder!
—¡Ya es bastante difícil compartirla con otro! —exclamé
—. Pero, ¿con dos?
—Será fácil. Solo tendrán que hacer tiempo para mí
también —Cole volvió a darle una palmadita en la espalda a
Grayson—. Y ahora me voy a la puerta a seguir controlando
documentos. Me alegra saber que no hay asperezas entre
nosotros.
Y entonces, cruzó el bar y se detuvo en la puerta de
entrada.
Lo miré a Grayson y le dije:
—Todavía no me creo que lo haya dicho en serio.
—Cole nunca dice nada en broma —señaló él.
—¡No me refiero a una broma graciosa!
El teléfono de Grayson, que estaba sobre la barra,
empezó a vibrar. El mío en mi bolsillo también. Era un
mensaje de texto grupal para nosotros cuatro.

Cole: Ahora todos lo saben. ¿Estamos todos de acuerdo?


Piper: [emoji nervioso]
Grayson: Entonces, ¿es cierto? ¿Anoche estuvieron
juntos ustedes dos?
Piper: Dime cómo te sientes y entonces te diré si es
cierto o no.
Grayson: Voy a necesitar un par de cervezas más antes
de decidirlo.
Ethan: ¿Fue porque lo apuñalaron por tí la otra noche?
Porque cualquiera puede recibir una puñalada. Eso no lo hace
especial. Yo mismo podría recibir una puñalada por ti en este
momento si lo quisiera.
Piper: Es más que eso. Pero no puedo decírselos, es un
secreto.
Grayson: ¿Un secreto? No puedes decir que es un
secreto y luego no decírnoslo.
Cole: Métete en tus asuntos. ¿Están bien con esto o no?
Ethan: Yo sí. No tengo problema en competir con Cole
en cualquier materia, excepto en la fuerza bruta.
Ethan: Sin ánimos de ofender, amigo.
Cole: No me ofendes.
Grayson: No estoy celoso ni nada. Ninguno tiene
exclusividad todavía, así que puedes salir con quién tú quieras
Piper. Pero tengo que admitir que no me agrada dividir mi
tiempo en tres.
Piper: Ya lo sé. Todo esto es mucho, para mí también.
Pero les prometo que funcionará, ¿de acuerdo?
Grayson: Si tú lo dices, entonces confío en ti.
Piper: :-)
Cole: Eso sí, yo no tengo intenciones de hacer ninguna
actividad grupal. Cuando esté con Piper, estaré con ella a
solas. No necesito que ustedes dos mequetrefes aparezcan en
mi visión perfiérica y me arruinen el momento.
Ethan: El sentimiento es mutuo, amigo.
Cole: Oye, Piper, antes de que me olvide. Te traje un
marco de fotos para reemplazar el que rompimos. Lo tengo en
el coche.
Grayson: ¿Cómo rompieron un marco de fotos?
Cole: …
Piper: …
Piper: Sin comentarios.
Grayson: No. No puedo creerlo. Lo están inventando.
Cole: ¿Es que acaso ustedes nunca rompieron algún
mueble mientras tenían sexo? Quizás lo están haciendo mal.
Grayson: Qué hijo de puta.
Ethan: Esta no es la clase de conversación que esperaba
mantener hoy.
41

Piper

Entonces, estaban de acuerdo.


Los tres chicos estaban de acuerdo.
No podía creer que esto estaba sucediendo de verdad.
Salir con dos chicos ya me suponía tener que hacer
malabares. No era algo normal, pero lo podía justificar por las
circunstancias en las que nos conocimos.
Pero, ¿salir con un tercero? Me parecía mil veces más
complicado.
Traté de imaginarme qué sentiría si la situación fuera al
revés. Si yo estuviera con un chico que quiere salir al mismo
tiempo con dos amigas mías.
El solo hecho de pensar en eso me daba escalofríos. A mí
no me gustaría ni un poquito.
Sin embargo, parecía que con Grayson, Ethan y Cole
funcionaba bien.
Era una especie de competencia para ellos, pues los
llevaba a alcanzar niveles más altos de pasión. Incluso cuando
estaba a solas con ellos, me daba cuenta de que hacían todo
para conquistarme. Cada uno daba lo mejor de sí mismo:
mental, física y emocionalmente.
Y yo disfrutaba de cada segundo con ellos.
La semana siguiente fue un torbellino de emociones y
sudor. Yo salía con uno y otro alternadamente. Ethan y yo
compartimos una tarde juntos. A la noche siguiente, estuve
con Grayson. Luego, fue el turno de Cole de nuevo, que hizo
lo imposible por romper los marcos de las fotos en su casa.
Después de insistirle varios días, por fin logré convencer
a Cole de que me llevara con él al hospital. Me puse unos
pantis verdes, una faldita y unas orejas largas y puntiagudas, y
así disfrazada de elfo lo acompañé al ala de Cuidados
Pediátricos del hospital. Todos se pusieron contentos y se
rieron al vernos.
Me asombró verlo a Cole meterse en el rol de Papá Noel.
Se reía a carcajadas, abrazaba a los niños con cariño y alegría.
No era el Cole que yo había conocido en el bar.
«No se debe juzgar a un libro por la portada», pensé.
Quedé muy conmovida por la experiencia Después de
eso, decidí ser mejor persona. Destinar un poco de tiempo a
esos niños los ayudaba muchísimo a su recuperación.
Luego, fuimos a los baños donde nos cambiamos y nos
fuimos del hospital. En vez de conducir hasta casa, Cole
estacionó la camioneta en el extremo más alejado del
estacionamiento.
—¿Qué estamos haciendo? —le pregunté.
Cole deslizó su asiento hacia atrás, me subió a
horcajadas suyo y me dio un beso profundo, apasionado, que
me dejó sin aliento.
—¿Qué te llevó a hacer eso? —le pregunté.
Él me sonrió.
—Estabas muy sexy con ese disfraz.
Yo ahogué una risa.
—¿Acaso Papá Noel es un viejito depravado?
—Culpable.
—¿Qué pensará la señora Noel? —le pregunté.
—Eh, ella es una mojigata —contestó, tomando mi cara
entre sus manos—. Nunca dejó que la cogiera en el trineo.
Yo me reí y entonces Cole ahogó mi risa con otro beso.
Y luego, lo que hicimos en el asiento de la camioneta fue algo
que definitivamente nos pondría en la lista de los niños
traviesos.
Esa noche, Ethan me llevó a la fiesta de Navidad de la
empresa donde trabajaba. Se llevó a cabo en la azotea del
edificio, donde había una carpa temporaria de plástico y
lámparas de calefacción que nos mantenían al calor mientras
tomábamos unos tragos.
Ethan me presentaba como su amiga. Pero varios de sus
compañeros me decían que habían escuchado muchas cosas
sobre mí y que Ethan parecía estar de muy buen humor
últimamente.
—No tiene nada que ver con ella —aclaró él—. He
estado tomando micro dosis de LSD con mi café del
desayuno.
—¡Eso explica tu alta productividad! —dijo alguien.
Otro chico me dio un codazo suave en el brazo y dijo:
—Creo que tienes más influencia en él de lo que crees.
Yo sonreí y tomé un sorbo de mi trago.
—Oye, ¿qué piensas del nuevo sistema SQL? —le
preguntó alguien.
—Lleva su tiempo aprenderlo —contestó él—, pero
cuando lo dominas, te facilita mucho las cosas.
Siguieron hablando sobre eso un rato más y luego nos
alejamos para ir a buscar otra ronda de tragos.
—¿Qué es el SQL? —le pregunté.
—No tengo la menor idea —me dijo en voz baja—.
Hace un año que llevo mintiéndoles a todos en mi trabajo. Y
creo que ahora se están dando cuenta.
Los dos nos reímos de buena gana mientras esperábamos
en la fila para la barra.
Lo mejor de la fiesta es que estábamos a pocos pasos del
apartamento de Ethan y por ende, podíamos aprovechar al
máximo la barra libre. Cuando nos fuimos, estábamos los dos
un poquito borrachos. Fuimos hasta el departamento tomados
del brazo, caminando a los tumbos, y cuando llegamos,
tuvimos sexo del tipo que se tiene cuando se está borracho:
torpe y descuidado.
Las cosas iban bien con Ethan y con Cole, pero iban
mucho mejor con Grayson. Teníamos una química
espectacular cuando estábamos solos, al punto de que no
podíamos quitarnos las manos de encima.
También nos llevábamos increíble cuando estábamos con
Max. Una noche, fuimos los tres a buscar adornos navideños.
Max pegaba la carita a la ventanilla y señalaba cada adorno
colorido que le gustaba. Luego, fuimos al parque, tomamos
chocolate caliente en un food truck y paseamos un poco en
medio de la noche fría invernal para admirar las casas
decoradas.
—Mi preferida fue la que tenía el tren inflable —dijo
Max.
—No me sorprende —le dije, con la mano de su padre
entrelazada con la mía. Estábamos empezando a expresar más
nuestra relación frente a Max, y ella lo tomaba con calma.
Era un poco raro salir con un hombre cuya hija cuidaba
durante el día. Le añadía otro nivel de intimidad a nuestra
relación, pues teníamos un objetivo importantísimo en común:
la salud y el bienestar de una niña de cinco años.
Era mucho más satisfactorio que cualquier otra relación
que hubiera tenido antes; hacía nacer en mí un instinto
maternal que, hasta ese momento, no sabía que tenía. Cuando
tuviera mis propios hijos, si es que alguna vez sucedía,
esperaba que fueran como Max.
Pero una vocecita en mi cabeza me recordó que Grayson
se había hecho una vasectomía.
Era la única desventaja que tenía este hombre para mí; de
lo contrario, hubiera sido perfecto. Pero ya no podía tener más
hijos. Y aunque eso nunca había sido un factor primordial para
mí, ahora que lo sabía no podía dejar de pensar en eso. Pues
esa puerta, que yo siempre pensé que estaba abierta para mí,
estaba ahora cerrada.
Pero más allá de eso, las cosas con mis tres hombres
marchaban sobre ruedas. Me divertía con Cole, me reía con
Ethan y sonreía con Grayson. Todo iba tan pero tan bien, que
empecé a fantasear con la idea de no tener que elegir a
ninguno al fin y al cabo.
Pero todo eso cambió el 23 de diciembre.
42

Piper

Era miércoles por la noche y estábamos todos juntos en


la Nursery de Max. Grayson había comprado un árbol
navideño en miniatura para poner en el cuarto y todos los
regalos de Max estaban debajo.
—No puedes agitarlos —le advertí.
Ella tomó uno y lo agitó despacito, para tratar de
adivinar qué había dentro.
—¡Pero eso es lo más divertido!
—No será divertido si rompes lo que hay dentro —le
señalé.
Ella abrió los ojos como platos pues no había
considerado esa opción. Entonces, lo ubicó cuidadosamente
debajo del árbol.
—Aquí tienes, pilluela —dijo Cole colocando otro regalo
debajo del árbol—. No lo agites. Este es el único que hay.
Max corrió hacia el árbol pero no para examinar el
regalo, sino que tomó uno y se lo dio a él.
—Este es para ti.
—Te dije que no quería nada —dijo él.
Ella se puso una mano en la cintura y lo miró con
impaciencia.
—Lo necesitas. ¡Ábrelo!
Cole se mordió la lengua y luego aceptó el presente. Era
pequeño, cabía en la palma de su mano.
—Déjame que adivine. ¿Es una bicicleta?
Max lanzó una carcajada y exclamó:
—¡No!
—Mmm, ¿un cohete espacial?
—¡Ábrelo ya!
Cole rompió el envoltorio y abrió la caja. Frunció el
entrecejo y sacó un silbato pequeño y plateado que colgaba de
una tira de cuero.
—Eh.
—¡Es un silbato de conductor! —exclamó Max—. Todos
los conductores lo tienen. Me lo dijo mi papá. Además, eh…
en los partidos de fútbol americano que pasan por la tele todos
los reperís tienen uno.
—Los referís —la corrigió Grayson.
—Tienen silbatos y hacen que todo el mundo se porte
bien —explicó Max—. Y como tú trabajas en la puerta del bar,
te tienes que asegurar que todos se porten bien con el silbato.
—Fue muy insistente —explicó Grayson.
—¡Vaya! —dijo Cole colgándose la correa por el cuello.
Se llevó el silbato a la boca y sopló. Emitió un sonido muy
agudo, más claro y puro que los silbatos deportivos—.
Gracias, Maxie.
Se abrazaron y Max dijo:
—Y cuando Papá Noel me regale el tren, puedes venir a
jugar conmigo cuando quieras y puedes traer tu silbato.
—Estás muy segura de que Papá Noel te traerá un tren
de juguete, ¿eh? —dijo Ethan guiñándome el ojo— Pero,
¿quién sabe que te traerá?
—Pero yo le pedí uno —dijo Max.
—No lo sé —dijo Grayson—. Creo que tendrás que
portarte muy bien hasta Navidad si quieres que Papá Noel te lo
regale.
Ella lo miró con seriedad.
—Pero yo me porto bien. Me tendría que traer diez
trenes.
—¡Diez trenes! ¡Son muchos! — exclamé—
Max asintió.
—Sería muy divertido tener diez trenes. ¿Cuándo
podemos abrir los regalos?
—La mañana de Navidad veremos qué te trajo Papá
Noel —le dijo Grayson—. Tendremos la cena de Navidad y
abriremos los presentes después. Él me miró— Ethan y Cole
siempre vienen a casa para pasar la Navidad. Estás invitada tú
también, por supuesto.
Yo sonreí con cierta tristeza.
—Mi madre hará una reunión en su casa. Vendrán dos de
mis hermanas. ¡Pero puedo venir después y abrir los regalos
con ustedes, si es que pueden esperarme!
—Creo que puedo esperar —dijo Max, con total seriedad
—. Pero tal vez abra uno antes de que vengas. O dos.
—Ya veremos — Grayson sacudió la cabeza y dijo—:
Eso me recuerda que tengo que salir a comprar las cosas para
la cena de Navidad.
—¿Cocinarás tú? —le pregunté.
—No estés tan sorprendida. Cuando recién había abierto
este lugar, yo cocinaba casi todos los platos. Luego la contraté
a Jenna —Grayson miró la hora en su reloj y agregó—: Tengo
que terminar el inventario antes de salir a hacer las compras.
—Yo también tengo que volver al trabajo —dijo Ethan
suspirando.
—¿Vendrás después a darme el beso de las buenas
noches? —le preguntó Max.
—¡Claro, señorita!
Ella se rio a carcajadas cuando Ethan, Grayson y Cole
salieron al bar.
—¿Quieres mirar otro capítulo de Thomas? —le
pregunté.
—¡Sí! —gritó
Puse el siguiente episodio y me acurruqué con Max para
verlo juntas. Pero apenas había comenzado cuando mi teléfono
empezó a sonar. Era de un número de New Jersey
desconocido.
—¿No vas a contestar? —me preguntó Max.
—Seguramente es una llamada spam —le dije yo—.
Recibo muchas de esas llamadas.
—¡Quiero escuchar! —dijo ella—. A mí nunca me
llaman porque no tengo teléfono.
Yo me reí y le dije:
—De acuerdo, veamos qué me quieren vender esta vez
—Contesté la llamada—. Hola, habla Piper.
—¿Piper? Hola, habla Nicole Rogers de la Agencia
Ashburn.
—¡No quiere comprar lo que le vendes! —gritó Max.
Le alboroté el pelo rojo y quité el altavoz.
—Lo siento. Estoy cuidando a una niña. ¿Podrías
repetirlo?
—Está bien, no hay problema —dijo ella—. Trabajo para
la agencia Ashburn en Manhattan. Estuve leyendo tu
currículum. ¿Puedes hablar ahora?
Me embargó una oleada de esperanza que se disipó casi
al instante. Cada una de estas llamadas había llevado al
rechazo, así que mejor no hacerme ilusiones.
—Sí, puedo hablar. No recuerdo haberme postulado a tu
agencia. Aunque no debería decirlo en voz alta, ¿cierto?
Nicole se río y dijo:
—Es cierto, no te postulaste. Fuiste recomendada por el
primo de mi esposo. Steven, creo que se llama.
—Steven… eh, no lo sé… ¡Ah! ¡Ethan!
—¡Ethan! Sí, lo siento. Para ser sincera, no tienes
demasiada experiencia en el rubro.
El estómago me dio un vuelco.
—… Pero mi esposo me dice que Ethan le ha dicho
maravillas sobre ti. Y mi esposo confía en la opinión de Ethan,
así que hemos decidido llamarte para hablar de esta
oportunidad laboral. Tenemos una vacante para un puesto de
agente junior. ¿Te interesaría?
En el apuro por contestarle, casi dejo caer el teléfono.
—¡Sí, sí! ¡Claro! ¡Me encantaría! He estado buscando
empleo en el sector editorial pero un puesto como agente me
encantaría.
—Me alegra escuchar eso —contestó—. Nos gustaría
que trabajaras con tres a cinco clientes el primer año. Para
comenzar, claro. Tendrías un salario fijo y la oportunidad de
un ascenso basado en tu desempeño con estos primeros
clientes. ¿Podemos coordinar una llamada para mañana?
—¿Mañana? Veamos…
—Sé que mañana es Noche Buena —dijo como
disculpándose—, pero estamos tratando de ocupar este puesto
antes de fin de año y nuestras oficinas cierran mañana al
mediodía. ¿A las 11 de la mañana estaría bien? El horario de
aquí. Sería a las 10 para ti.
—A las 10… sí, perfecto.
—¡Excelente! En la reunión estaremos tú, yo, y otros
agentes. Nada intimidante, es solo una reunión para
conocernos y evaluar si encajarías bien aquí. Y si todo va bien,
te enviaremos una…. No quiero adelantarme, pero todo
parecería ir bien, Piper. Te enviaré la invitación a la reunión de
Zoom a la dirección de correo que figura en tu currículum, ¿de
acuerdo?
—¡Perfecto! ¡Óptimo! ¡Excelente! —Sacudí la cabeza
para dejar de lanzar más adjetivos y dije—: ¡Nos vemos
mañana!
Cuando corté la llamada, prácticamente me temblaban
las piernas por los nervios y el entusiasmo. Un empleo. ¡Tenía
por fin una posibilidad real de un empleo! ¡Y en una agencia
literaria!
—Te lo perdiste —se quejó Max—. Thomas dijo algo
tonto.
—Lo siento, cariño, pero acaba de suceder algo
increíble. ¿Puedes mirarlo solita?
—Creo que sí. Pero tendrás que alcanzarme cuando
vuelvas.
Le di un beso en la cabeza y le dije:
—Te prometo que lo haré. Ya vuelvo.
Grayson estaba detrás de la barra haciendo el inventario
de las botellas en los estantes con un portapapeles en la mano.
Ethan preparaba un Martini mientras coqueteaba con tres
divorciadas que iban al bar con regularidad. Fui detrás de la
barra, lo abracé a Ethan por la espalda y le di un beso en la
mejilla.
—Eh, cariño —dijo una de las mujeres con voz ronca
por el cigarrillo—. Ponte en la fila. Hace meses que venimos
esperando a este bombón.
—Chicas, hay Ethan para todas —dijo él bromeando.
Luego se dio vuelta y me dijo—: ¿A qué se debe ese abrazo?
—Me llamó Nicole.
Él frunció el entrecejo.
—¿Qué Nicole?
—Nicole, de la agencia Ashburn. La esposa de tu primo,
a quien le enviaste mi currículum.
—Ah… ¡vaya! —Se dio una palmadita en la frente—.
Fue hace varias semanas, me había olvidado. ¿Y qué dijo?
Grayson se alejó del muro y frunció el entrecejo.
—Mañana tengo una reunión con ellos —dije, sin poder
contener el entusiasmo—. ¡Me quieren para una vacante como
agente junior!
—¡Eso es increíble, Piper! — dijo él.
—¡Ya lo sé! ¡Hasta podría tener mis propios clientes!
Aunque no quiero cantar victoria antes de tiempo, me dijo que
el empleo es prácticamente mío. Solo me tengo que asegurar
de hacerlo bien en la reunión de mañana.
—Pues claro que lo harás genial —dijo él sonriéndome
—, y si no, también te contratarán. Porque eres una experta.
Lo volví a abrazar, más fuerte esta vez.
—¿Dónde es el trabajo? —me preguntó Grayson con voz
baja.
—Su número de teléfono tiene el área de New Jersey,
pero dijo que la oficina está en Manhattan. Casi todos los
empleos en editoriales están ahí.
—Ah —dijo él.
—¿Qué sucede?
—Bueno… —empezó, dejando el portapapeles y
cruzándose de brazos—. Te iba a pedir que fueras la niñera de
Max a largo plazo, después de Navidad. Y…
Su voz se fue apagando y su rostro se ensombreció.
Y entonces, entendí lo que sucedería.
Si aceptaba el empleo en Manhattan, entonces…
—Ah —El estómago me dio un vuelco y todo mi
entusiasmo se esfumó—. Bueno, todavía no me ofrecieron el
empleo…
Casualmente, Cole estaba del otro lado de la barra,
apoyado sobre un codo y escuchando nuestra conversación.
—¿Lo aceptarías? —preguntó Grayson.
—Claro que lo haría —respondí sin pensar.
Él apretó la mandíbula.
—Un puesto junior no parece la gran cosa. No sé si se
justifica mudarse al otro lado del país por eso.
—Oye —le dijo Ethan.
—Es el primer paso —dije yo—. Me he estado
postulando a pasantías, así que un puesto como agente junior
me parece un excelente comienzo. Yo me imaginé… que
estarías contento por mí.
En vez de responderme, Grayson le habló a Ethan.
—¿Tú le enviaste su currículum a tu primo?
—¡Claro que lo hice! —exclamó Ethan.
Grayson rechinó los dientes.
—Entonces, ¿será así? Como no puedes tenerla para tú
solo, ¿arruinas lo que tenemos?
—¿Arruinar? —Ethan resopló—. La estoy ayudando con
su carrera. Porque ella me importa.
—Te importa que se vaya al otro lado del país.
—Si es para cumplir su sueño, entonces sí.
—Buena suerte, cariño —me dijo una de las divorciadas
—. Yo viví en Queens durante los años ochenta. Fue una
época inolvidable.
—Me sorprenda que la recuerdes —dijo otra de las
mujeres—. Todos esos años te los pasaste con la nariz
empolvada.
La tercera mujer levantó un dedo.
—Si te mudas, entonces ¿Ethan estará soltero de nuevo?
Parecía que Ethan y Grayson iban a irse a los puños en
cualquier momento, así que Cole se apresuró a intervenir y se
paró en el medio de los dos.
—Cálmense los dos —Agarró el silbato y se lo llevó a
los labios—. No quiero tener que soplar el silbato.
Grayson no le quitó los ojos de encima a Ethan.
—Por esto mismo es que no quería que ninguno se
involucrara con Piper. Deberíamos de haber puesto las
necesidades de Max por sobre todas las cosas.
—¡Pero Piper tiene sus propias necesidades! —respondió
Ethan—. No vive para ser tu niñera exclusiva.
Yo miré a Grayson estupefacta. «¿Por qué no puede estar
contento por mí? ¿De verdad está pensando solo en él?»
Hasta ese momento, el bullicio de las conversaciones
había inundado el bar. Pero de pronto, el bullicio fue en
disminución. Al principio, pensé que era por la escena que
estaban causando Ethan y Grayson, pero luego vi que alguien
había entrado por la puerta. Eran dos oficiales uniformados y
se acercaban a la barra acompañados de una mujer en ropa de
civil.
—Mierda —musitó Cole.
—Buenas tardes, oficiales —dijo Grayson— ¿Los puedo
ayudar con algo?
El primer oficial pasó los pulgares por el cinturón y dijo:
—Nos llegó información sobre la presencia de un menor
de edad en el establecimiento.
Cole refunfuñó y dio un paso al frente.
—Yo soy quién controla los documentos de las personas
que entran. Solo me alejé de la puerta por unos treinta
segundos. Le aseguro que no entró ningún menor de edad.
Los dos oficiales se miraron y entonces se dirigieron a la
mujer vestida de civil.
—Yo soy Minnie Patterson, del departamento de los
Servicios de Protección Infantil de Oklahoma —Nos mostró
su placa de identificación y prosiguió—: ¿Me pueden decir
dónde se encuentra Maxine Cage?
43

Piper

Mis tres hombres se pusieron alertas cuando Minnie, la


trabajadora de los Servicios de Protección Infantil, mencionó
el nombre de Max.
«Ay, no».
—¿De eso se trata? —preguntó Grayson—, Mi hija no
está en el bar, se lo aseguro. Jamás entra en este recinto.
—¿Recinto? —Minnie se cruzó de brazos—. Las leyes
del Estado de Oklahoma prohíben la permanencia de menores
de edad en cualquier parte de un bar. Y toda esta planta del
edificio tiene licencia para vender alcohol. Ahora, ¿me puede
decir dónde está su hija, señor Cage?
Grayson titubeó.
—Tengo la sensación de que tendría que estar
acompañado de mi abogado.
—Es libre de hacer lo que le plazca. Tenemos permiso
temporario para investigar el establecimiento —Señaló detrás
de Grayson y les hizo señas a los oficiales—. Comencemos
por aquí. La denuncia mencionó esa habitación
específicamente.
—¡No pueden hacer esto! —protestó Grayson.
Cuando los oficiales se dirigieron hasta la puerta de la
Nursery, Cole tomó una escoba y se ubicó por delante para
bloquear el paso. La sostuvo frente a su pecho con ambas
manos como si fuese un arma, mirando a los oficiales muy
serio,
—Señor… —dijo un oficial y se llevó la mano a la
cintura, donde tenía el arma enfundada.
—Está bien, Cole —dijo rápidamente Grayson—,
déjalos pasar.
Protestando, Cole se hizo a un lado.
Todos seguimos a los oficiales dentro de la Nursery,
donde Max, contenta, miraba un episodio de Thomas y sus
amigos. Estaba tan concentrada que no notó a la policía, que
había empezado a mirar por toda la habitación.
—Hola, ¿Maxine? —dijo Minnie agachándose a su lado
y sonriendo con calidez— Yo soy Minnie, ¿cómo estás?
—Estoy mirando Thomas —contestó ella.
—Ya lo veo. Cuando tenía tu edad, me encantaba ese
programa. En mi época, Ringo Starr hacía del conductor.
¿Puedo hacerte algunas preguntas?
Max miró a su papá.
—Adelante, cariño —le dijo él—, contesta las preguntas
de la señora.
—¿Te quedas en esta habitación muy seguido?
—¡Todos los días! —contestó ella contenta— menos los
domingos, que es cuando el restaurante está cerrado.
Mientras interrogaba a Max, uno de los policías agarró
un cigarrillo electrónico de uno de los estantes y lo sostuvo en
alto.
—Mierda —dijo Cole entre dientes—. Yo dejé eso ahí.
Me distraje cuando Max me dio el regalo.
El policía la olisqueó y dijo:
—Señor, ¿esto tiene marihuana?
Cole resopló.
—Qué mal olfato tiene. El sabor es fusión frutal.
El policía le pasó el cigarrillo al otro oficial, que también
lo olfateó suspicaz.
—Este es tan solo el cuarto de atrás —le dijo Grayson a
Minnie—, donde Max juega antes de irse a dormir.
—¿Se va a dormir después de que el bar cierra? —
preguntó Minnie.
—Por supuesto que no. Se va a la cama a las 8.
—Y entonces, ¿cómo va de esta habitación hasta el
departamento en la planta superior?
—No entra al restaurante, si eso es lo que está pensando
—dijo Grayson—. Ella…
Su voz se fue apagando cuando se dio cuenta de su
error.
—¡Subo por el conducto! —explicó Max.
Minnie frunció el entrecejo.
—¿El conducto?
Max corrió a la puerta siguiente y entró a la habitación
donde estaban los conductos de la basura. —¡Trepo por esta
escalera y luego me deslizo por el conducto! Papá siempre me
espera del otro lado para agarrarme. Y luego me voy a dormir.
Minnie empezó a tomar notas en su portapapeles.
—Al principio, cuando nos llegó la denuncia, me mostré
escéptica. Pero aquí todo es tal cual lo describieron.
—¿La denuncia? —preguntó Ethan— ¿Quiere decir que
alguien nos delató?
Minnie arrancó una hoja y se la dio a Grayson.
—Este es un aviso para comparecer en el juzgado
mañana por la mañana. A partir de los resultados de su
audiencia de custodia, el juez decidirá si emitirá una orden
temporaria para quitarle la custodia de Maxine.
—¿Una audiencia de custodia? —repitió Grayson.
—La madre de Maxine está presentando una demanda
para obtener la custodia completa de su hija. Todo esto consta
en el documento que le acabo de entregar. Si tiene más
preguntas, no dude en contactarme.
Cole, que estaba parado en la puerta, emitió otro
quejido.
Grayson sostenía el papel con manos temblorosas.
—¡No pueden hacer esto! —protestó
—Lo siento mucho —Se agachó y la saludó a Maxine
con un pequeño apretón de manos—. Adiós, pequeña. Nos
veremos mañana, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dijo Max con entusiasmo.
Cuando se fueron, uno de los oficiales dijo:
—Dentro del transcurso de una hora, vendrá una persona
del departamento de Licencias para la Expedición de Bebidas
Alcohólicas para hablar sobre la remoción de su permiso.
—Me importa un bledo el permiso —dijo Grayson entre
dientes—. ¡Están amenazando con quitarme a mi hija!
—Gracias, oficial —dijo Ethan—. Estaré aquí para
recibirlos.
Luego de que Minnie y los oficiales se hubieran ido,
Ethan apagó la música en el bar e hizo un silbido con los
dedos en la boca.
—¡Atención! Lo sentimos mucho pero hoy tendremos
que cerrar más temprano. Les pedimos que cierren la cuenta
con los mozos. Si pidieron comida, se les devolverá el
importe.
La gente empezó a quejarse pero a ninguno nos importó.
—Grayson, lo siento tanto —dije, apoyando una mano
sobre su hombro—. No tiene sentido. No pueden darle la
custodia a tu ex…
—Parece que sí pueden —dijo Grayson con sequedad.
Se dio vuelta dándome la espalda y le dijo a Cole—: La
audiencia es a las 10 de la mañana. Tengo muy poco tiempo
para encontrar un abogado que me ayude.
Cole asintió.
—Conozco a alguien.
—¿Quieres que te acompañe? —le pregunté.
Grayson sacudió la cabeza.
—No necesito ninguna distracción en este momento.
Debo concentrarme en mi hija. Es lo único que importa.
—Ya lo sé —le dije yo—. Quise decir, tal vez te puedo
ayudar a acostarla mientras tú y Cole…
Pero ellos dos ya se estaban yendo del bar con Max, sin
decirme más nada. Lo vi alejarse, angustiados.
Ethan apoyó las manos sobre la barra y suspiró.
—Va a ser mejor que me ponga a investigar de inmediato
cómo manejar una suspensión del permiso de venta de alcohol.
Sé que no es tan importante como lo de Max, pero al menos
me puedo encargar de eso mientras Grayson se ocupa de lo
importante.
Lo abracé.
—No piensas que se la llevarán en serio, ¿no?
—No, no lo creo —Pero su voz y la expresión en su
rostro me dijeron que tenía sus dudas.
Empecé a alejarme pero antes de llegar a la puerta, me
llamó.
—¿Piper?
—¿Sí?
—Te felicito por tu posible empleo —me dijo con alegría
verdadera—. Me pone muy contento.
Yo le sonreí.
—Gracias.
De camino a casa, traté de procesar todo lo ocurrido.
Todo había pasado en un lapso de diez minutos, un torbellino
de emociones.
Entonces, me largué a llorar.
No estaba del todo segura por qué. Tal vez se debía a la
oferta de trabajo y a la posibilidad de tener que mudarme a
Manhattan. O tal vez era por lo mal que había reaccionado
Grayson. Quizás se debía a que Max, una niña tan dulce e
inocente, corría el peligro de que la separasen de su papá.
«Probablemente es por todo eso junto», pensé
enjugándome las lágrimas. «No es justo».
Cuando llegué a casa, a mi madre solo le bastó verme los
ojos para decirme:
—Cariño, ¿qué pasó?
Me senté en el sofá y le expliqué todo lo de Max y la
agente de Servicios de Protección Infantil.
—¿Quieren quitarle su hija al Papá Noel sensual? —Mi
madre puso una mirada resolutiva—. Déjame que le cuente a
Sergio. Antes de ser socio de la empresa, trabajó como
abogado de familia.
—Hay otra cosa —anuncié—. Me ofrecieron un empleo.
—¿Qué? —preguntó
—Bueno, es como si me lo hubieran ofrecido. Es en la
Agencia Ashburn, en Manhattan. Quieren que tengamos una
reunión por Zoom mañana a la mañana. Pero parece que es
algo bastante seguro.
Mi madre me abrazó con fuerza.
—¡Ay, eso es maravilloso!
Me senté en el sofá junto a ella.
—Trabajaría como agente junior, representando a varios
escritores: revisaría sus escritos, los mejoraría y luego se los
presentaría a las editoriales. Es todo lo que siempre quise.
Las lágrimas se me acumularon en los ojos, pero las
contuve.
—¿Y estás triste porque no puedes ponerte contenta por
tu nuevo trabajo ahora que pasó todo esto con Max y
Grayson?
Yo asentí y me sequé las lágrimas.
—En parte. La otra parte es que Grayson… Se molestó
conmigo.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No quiere que me mude. Me dijo que me iba a pedir
que fuera la niñera de Max por otro año más, hasta que
comience el pre-escolar. ¡No se puso contento por mí!
—Bueno, se acababa de enterar que tal vez le quitarían a
su hija… —dijo ella con paciencia.
Yo sacudí la cabeza.
—¡No! Esto fue antes de eso.
—Ah —Frunció el ceño como solo las madres lo hacen
—. Eso es muy egoísta.
—¡Exacto!
—Obviamente, yo también quisiera que te quedaras en
casa. Pero nunca te haría sentir mal por querer ir por tu sueño
—Me dio un abrazo—. Qué pena que haya reaccionado así.
—Lo sé.
—Al menos esto te ayudará a decidir entre tus tres
hombres —dijo—. Si me preguntas, Grayson acaba de quedar
descalificado.
Me soné la nariz.
—Esa es otra razón por la que estoy triste. Si me mudo a
Manhattan… —Tuve que hacer una pausa antes de seguir—,
no podré seguir saliendo con ninguno de ellos.
—Eso no tiene por qué suceder —contestó ella—.
Podrían probar una relación a distancia.
—Ma, ¿de verdad crees que eso funcionaría?
Ella apretó los labios.
—No, es cierto. ¿Pero tal vez Ethan podría mudarse
contigo? Manhattan sería un lugar genial para abrir su nuevo
bar.
—Tal vez —dije dubitativa.
Entonces, mi teléfono emitió el sonido de una
notificación.

Ethan: Acabo de hablar con los idiotas de las licencias


de bebidas. Nos suspendieron el permiso por una semana y
quedamos a la espera de una audiencia oficial.
Piper: Pero todavía pueden abrir y vender solo comida,
¿no es cierto?
Ethan: No tiene sentido. La mayor parte de nuestras
ganancias vienen de la venta de alcohol. El Ciervo Sediento
está oficialmente cerrado hasta nuevo aviso.
Piper: ¡Ay, no! Qué lástima.
Ethan: No pasa nada. Es una distracción menos mientras
nos concentramos en resolver la situación de Grayson y Max.
¿A qué hora es tu reunión por Zoom con la agencia?
Piper: A las 10:00
Ethan: Yo estaré en el juzgado con Grayson, pero
escríbeme para contarme cómo te fue. Estoy muy orgulloso de
ti, Piper. Estoy seguro de que te amarán.

—¿Ves? —dijo mi madre, espiando el mensaje por sobre


mi hombro—. Así es como te tiene que tratar un novio. Por
esto y su loft, Ethan es mi favorito.
Yo lancé una carcajada pero entonces me volvió el nudo
en el estómago y la risa se convirtió en llanto.
—Ay, cariño, está bien —me dijo pasándome la mano
por la espalda—. Todo estará bien, ya verás. Ya encontrarás la
forma de resolver todo esto.
A pesar de sus palabras de consuelo, temía lo peor.
44

Grayson

Fue la peor noche de mi vida. Todas las catástrofes


estaban ocurriendo al mismo tiempo.
Primero, me enteré de que Piper, la mujer de la que me
estaba enamorando, podría mudarse a Manhattan.
Luego, me suspendieron el permiso de venta de alcohol
en mi restaurante.
Y más tarde, una trabajadora de los Servicios de
Protección Infantil insultó mi paternidad, me hizo sentir como
la mierda y luego me dijo que podrían quitarme a mi hija.
Cuando la acosté a Max, todo parecía haber cambiado.
Estábamos haciendo la misma rutina de todos los días; ella
estaba contenta, como siempre, pero yo me sentía mareado,
nauseabundo.
Le di el beso de las buenas noches, la abracé con fuerza
y cerré la puerta.
—El abogado que conozco se fue de la ciudad por las
Fiestas —me dijo Cole en la sala—. Y no conoce a nadie que
esté disponible mañana.
—Gracias —musité—. Me pondré a investigar y ya veré
qué hacer.
—Me parece bien—dijo él poniendo unos granos de café
en la máquina—. Pondré a hacer café.
—Me voy a quedar despierto hasta tarde, viendo qué
hacer —dije yo—. Te puedes ir, si quieres.
—Vete la mierda —dijo él.
Y para mí, tuvo más significado que si me hubiera dicho
«te quiero».
Los dos nos quedamos hasta tarde, analizando la
situación. La audiencia oficial por la custodia de Max recién
sería a la semana siguiente. La audiencia del día siguiente era
por una orden temporaria, donde el juez decidiría si Max se
quedaba conmigo hasta la audiencia oficial o si me la debían
quitar de mi lado en el interín.
A juzgar por lo que habíamos averiguado, me empecé a
relajar un poco. Solo quitan a un niño de su hogar mediante
una oren temporaria si las circunstancias son apremiantes; es
decir, si el niño corre peligro físico. Aunque se pudiera
argumentar que yo había sido un padre negligente por dejarla
en la Nursery del bar (lo cual no era cierto), no parecía
probable que adujeran que corría peligro.
El juez seguro lo entendería. No me podían quitar a
Max.
«Al menos hasta la audiencia de la semana que viene».
Al haber eliminado esa posibilidad inmediata, empecé a
pensar en todo lo demás que había sucedido. Era bastante malo
que nos hubieran suspendido el bar. Tendríamos que hacer
correr la voz de que no se debía a problemas gastronómicos o
de salubridad.
—Es una cagada —dijo Cole.
Yo suspiré.
—Sí, pero no creo que afecte a nuestra clientela habitual.
Siempre y cuando sepan que no se debió a un incumplimiento
en el control sanitario.
Cole rechinó los dientes.
—No hablaba de eso. Hablaba de ella y de tu forma de
actuar.
Me llevó un par de segundos entender que hablaba de
Piper.
—¿Crees que la cagué?
—Estoy seguro.
—¿Cómo? —le pregunté— ¿Al salir con ella y no
mantener una relación estrictamente profesional? ¿Al no
priorizar las necesidades de Max?
Cole negó con la cabeza.
—No. La cagaste hoy. Tu chica, nuestra chica, te dice
que consiguió el trabajo de sus sueños y tú haces un
escándalo.
Pensé en lo que había dicho e hice una mueca.
—Mierda, tienes razón.
—¿Qué carajos te pasó? —me preguntó Cole— ¿Por qué
le hablaste así a ella y a Ethan? Tú no eres así.
Tamborileé los dedos sobre la mesa.
—No lo sé. Supongo que me afectó lo que pasó con
Karen y con Max. Quiero decir, antes de que apareciera la
agente de los Servicios de Protección Infantil. Cuando supe
que Karen estaba creando problemas, exigiendo ver a su hija
más seguido… me tenía preocupado, al punto de que me
arruinó las Fiestas. Supongo que eso me hizo ser reacio a los
cambios, sobre todo si siento que me gustan las cosas como
están. Creo que me enfurecí.
—Sí, ya lo creo — Cole se acercó y me puso el dedo
índice en el pecho. —Tienes que arreglar esto ahora. Antes de
que la pierdas del todo.
—De todas formas, si se muda a Manhattan, no tiene
importancia —dije entre dientes.
—No —espetó Cole—. A la mierda con eso. Si las cosas
se terminan porque se muda, entonces bien. Pero si se
terminan porque tú te comportaste como un imbécil, eso no
está bien. Tú eres una buena persona.
—Gracias, tienes razón —Yo dudé—. Me sorprende que
la ayudes. Si arruino mi relación con Piper, tú podrías tener
una mejor oportunidad con ella.
—A la mierda con eso —repitió él—. Mi intención es
conquistarla pero no pienso competir contigo si eres tan
imbécil como para pegarte un tiro en el pie tú solo. Ahora,
levanta ese teléfono y habla con ella antes de que sea tarde.
Como un niño al que han regañado, hice lo que me
ordenaba. Mientras escribía el mensaje, me di cuenta de la
verdad que anidaba en mi corazón.

Grayson: Piper, quisiera disculparme por lo que te dije


hoy. No tengo excusas: soy un completo imbécil. Mi reacción
fue muy infantil, no tengo excusas. Espero que me puedas dar
una oportunidad para explicarme y disculparme en persona.
Eres una mujer increíble y te mereces ese empleo en
Manhattan. Me alegro mucho por ti y sé que serás una agente
literaria increíble.

Su respuesta vino de inmediato, pero fue solo una


palabra.

Piper: Gracias.

—Dale tiempo —me dijo Cole—. Ya se le va a pasar.


Sobre todo, si le llevas unas flores de Martha’s, la tienda que
está en la calle 9.
Yo pestañé con sorpresa.
—¿Martha’s? ¿Desde cuándo compras flores tú?
—Vete a la mierda, no creas que me conoces —dijo él
con tranquilidad.
A pesar de todo lo malo que estaba ocurriendo, en ese
momento él y yo nos reímos.
45

Grayson

El Tribunal de Familia de Oklahoma City era un edificio


de nueve pisos, austero, y con una estructura en forma de
bloque. Era uno de esos edificios municipales de hormigón
que se habían construido en los años ochenta. Estacioné el
auto en la calle, pagué el estacionamiento en el parquímetro y
entré con mi hija de la mano.
Pasamos por el control de metales, que a Max le pareció
fascinante. Tanto, que empezó a hacerme muchas preguntas al
respecto. Al parecer, había un detector de metales en Paw
Patrol y ella nunca había visto uno en la vida real. Eso me
sorprendió.
«Es tan pequeña», pensé mientras recogía mis cosas al
otro lado del control. «Nunca viajó en avión. Ni siquiera
conoce el mar».
Había tantas cosas que quería hacer con ella, mostrarle,
compartir. Quería enseñarle todas las cosas maravillosas de la
vida, esas que solo un padre puede enseñar.
«Y ahora tal vez nunca lo haga».
En la sala de audiencias, la atmósfera era seria y grave,
formal. El piso estaba recién encerado y el aire olía a
productos de limpieza y un aromatizador de ambientes con
aroma a pino fresco.
Todo eso me provocó un miedo terrible. Este era el tipo
de sitios a donde iban los malos padres. Yo no debía estar en
este lugar y tampoco Max.
—Todo irá bien —me dijo Ethan, dándome un abrazo
escueto—. Estamos todos aquí para ti.
Cole me apoyó una mano en el hombro.
—Cualquier cosa que necesites, solo dímelo.
Yo lo miré boquiabierto. Tenía puesto un traje y le
quedaba asombrosamente bien. En todo el tiempo que hacía
que lo conocía a Cole, nunca lo había visto con otra cosa que
no fueran pantalones cargos y camiseta. Era como ver a un
rinoceronte en… bueno, en traje y corbata.
Minnie Patterson, la trabajadora social, se nos acercó.
Me saludó con cortesía y dijo:
—Hay una sala donde Max se puede quedar, para que no
escuche lo que se dirá aquí.
Yo asentí y me agaché para hablarle a Max.
—Ahora, tú irás a jugar a otra habitación, ¿vale?
—¿Hay trenes allí? —le preguntó a la trabajadora social.
Minnie sonrió.
—Creo que tenemos un juego de trenes.
Yo abracé a mi hija con fuerza.
—Te quiero tanto, hija.
—Yo también, papi. Cuando nos vayamos de aquí,
¿puedo abrir un regalo?
Hice un gran esfuerzo para hablar sin que se me quebrara
la voz.
—Tienes que esperar a mañana. Esas son las reglas.
—Bueno, está bien —dijo ella antes de darle la mano a
Minnie y salir de la sala por una puerta lateral.
—Mierda —dijo Ethan entre dientes—. Llegó ella.
El día que la conocí a Karen, la mamá de Max, me había
parecido hermosa. Una mujer que iluminaba el sitio al que
entraba. Pero ahora la veía por quién era realmente: su
apariencia atractiva recubría una personalidad abominable,
egoísta y egocéntrica. Era una persona incapaz de preocuparse
por alguien que no fuera ella misma.
Siempre había sido así pero hoy me resultaba más obvio
que nunca.
Karen traía puesta una falda tubo hasta la rodilla y
zapatos de taco alto. Entró con un hombre de traje que llevaba
un maletín en la mano. Su cabello negro, por lo general suelto
y despeinado, estaba prolijamente anudado en un rodete.
Estaba sobria, como nunca antes la había visto. Cuando entró
caminando por el pasillo, me dedicó una sonrisa comemierda.
«Carajo».
Cole, a mi lado, se adelantó un paso.
—Una sola cosa. Dile una sola cosa a Grayson y te juro
que…
El hombre al lado de Karen sacó una grabadora.
—Termine esa frase, adelante. Nos encantaría que el juez
la escuche cuando llegue.
Con una mano, lo atraje a Cole hacia atrás.
—Karen, por favor, te pido que no hagas esto.
Ella alzó una de sus cejas finísimas.
—No me has dado opción.
—Siempre te dejé ver a Max cuando tú querías —le dije
—. Nada ha cambiado. ¿Por qué estas peleando por la custodia
justo ahora?
—Los niños necesitan a sus madres —dijo ella sin
explicar más nada. Ella y el abogado fueron hasta el banco
opuesto, donde se reunieron con la trabajadora social.
—Tiene un abogado —me dijo Ethan por lo bajo—. ¿No
deberíamos nosotros también tener uno?
—No pude encontrar a nadie con tan poco tiempo —
contesté—. De todas formas, esta es la audiencia preliminar.
Para la semana que viene, que es la audiencia por la custodia,
tendré a alguien.
El agente judicial entró en la sala y anunció la llegada
del juez. Nos pusimos de pie, el juez entró en la sala y tomó
asiento. Llevaba anteojos con un grueso marco que parecían
demasiado pesados para su rostro delgado.
—Este es el último caso en el expediente de hoy —
anunció a la audiencia—. Trataré de hacerlo breve, dado que el
horario de cierre del Tribunal es a las 12 por las Fiestas —
Revolvió los papeles que tenía frente a él y entrecerró los ojos
—. Es una petición de orden de custodia temporaria para
quitar a Maxine Cage, de cinco años de edad, de la tutela de
Grayson Cage, su padre, a la espera de los resultados del caso
de custodia con fecha para el 29 de diciembre. Los Servicios
de Protección Infantil presentarán su evidencia y luego el
señor Cage podrá presentar su caso o sus testigos.
Yo hice una mueca. Había preparado una declaración,
pero no había pensado en traer testigos, al menos hasta la
audiencia de juicio por la custodia.
—¿El Estado está listo para proceder? —preguntó el
juez.
—Sí, su señoría —contestó Minnie.
Ella comenzó a enumerar los hechos que llevaron hasta
este punto. Karen los había contactado hacía algunos días para
expresar su preocupación acerca de las condiciones en las que
vivía su hija. Fue entonces que Minnie, junto a dos oficiales,
había visitado el Ciervo Sediento y habían confirmado que,
efectivamente, Max permanecía en el bar, en una habitación
antes utilizada para almacenar bebidas alcohólicas. Para
acceder a esa habitación sin entrar al bar, salía al callejón por
un conducto para la basura.
—Su señoría, era un conducto para la basura —dije,
enfatizando el verbo en pasado—. Ahora, usamos un
compartimento diferente para los deshechos.
—Señor Cage, usted tendrá la oportunidad de presentar
su evidencia a su debido momento —contestó el juez impasivo
pero firme—. Permanezca sentado mientras el Estado presenta
su caso.
Llamaron a varios testigos: un cliente había visto a Max
meterse en el bar para saludar a Ethan por la noche; otro
cliente había visto a Max corretear por entre las mesas para ir
a saludar a Piper.
«Esa fue la noche en que Ethan y yo acordamos empezar
a compartir a Piper», pensé. «En ese momento, éramos
felices».
Luego, fue Karen quien dio su testimonio. Mientras la
escuchaba hablar, me resultó difícil mantener mi enojo a raya.
Dijo que yo era un padre manipulador y que todo el tiempo
complotaba para mantenerla alejada de Max. Afirmó que yo le
decía mentiras a Max sobre ella para que cuando la niña pasara
tiempo con ella, estuviera distante y apartada.
«Se comporta así porque tú nunca fuiste una buena
madre», pensé, enojado. «No porque yo le haya dicho algo
acerca de ti».
—Nunca me facilitó las cosas —prosiguió Karen—. Yo
trabajo en la industria musical y mis horarios suelen ser
intrincados. Él, en vez de cooperar conmigo para organizar mi
tiempo con Max, me lo hacía todo más difícil.
Ethan me apoyó su mano sobre la mía en la mesa y me
susurró:
—Tranquilo, ya tendrás tu oportunidad de hablar.
De alguna manera, logré mantener la compostura hasta
que terminó de hablar.
—El Estado ha concluido sus argumentos —dijo el juez
— Señor Cage, ahora usted puede prestar declaración y llamar
a testigos para que den fe de su carácter.
Me puse de pie y carraspeé. Esperaba tener las manos
temblorosas pero, para mi sorpresa, tenía el pulso firme.
—En primer lugar, quisiera argumentar una acusación
que se hizo en mi contra. Siempre me mostré cordial con los
pedidos de Karen para ver a Max. Es ella quien
constantemente cancela los planes a último minuto o abandona
a Max a la mitad para irse a otro sitio Un niño necesita
consistencia y Karen jamás ha demostrado…
—Señor Cage, permítame interrumpirlo —dijo el juez—.
Esta audiencia no es para evaluar la capacidad de la madre de
Maxine. Eso podrá hacerlo después en la audiencia de la
custodia, la semana que viene. Hoy evaluaremos su capacidad
como padre. Si su única defensa es criticar el comportamiento
de ella, entonces me temo que no le irá bien.
—Sí, su señoría, entiendo —Traté de pensar
rápidamente, pero no podía. Todo lo que había preparado para
mi defensa giraba en torno del comportamiento de Karen.
Me tomé el tiempo para explicar mis circunstancias:
cómo había modificado la habitación en el bar para convertirla
en una Nursery donde Max pudiera jugar mientras yo
trabajaba. Señalé que entrábamos a la Nursery por la puerta
que daba al callejón pero que a Max le encantaba deslizarse
por el tubo de la basura por diversión. Remarqué que eso no
suponía un peligro a su seguridad y bienestar y me
comprometí a buscar una alternativa para el futuro.
—De hecho —añadí—, en el último mes contraté una
niñera para que me ayude a cuidar a Max. Ahora que estoy al
tanto de que la Nursery va en contra de la licencia para
expendio de bebidas alcohólicas de Oklahoma, puedo alargar
el horario de la niñera para asegurarme de que Max esté
siempre bajo supervisión.
Estas palabras se sintieron vacías. Piper no estaba.
Seguramente, estaría en la entrevista para su trabajo en
Manhattan. Y luego se mudaría y yo tendría que encontrar un
reemplazo para Max.
—¿Tiene algún testigo que pueda avalar lo que está
diciendo? —preguntó el juez.
Yo empecé a decir que no, pero entonces Ethan dio un
paso al frente.
—Yo, su señoría — Ethan fue hasta el estrado—. Soy el
mejor amigo de Grayson. Nos conocemos hace casi veinte
años. También trabajo en el Ciervo Sediento como barman.
Pero, lo más importante, es que para Max soy el tío Ethan.
Mi corazón se me encogió en el pecho al escucharlo a
Ethan hablar sobre mí y decir que era un padre increíble. Pintó
una imagen amorosa de la situación; dijo que yo era padre
soltero y que hacía lo imposible para criar a mi hija sin
descuidar mi negocio. Explicó que la Nursery en el bar nos
permitía a todos cuidar a Max mientras trabajábamos y que
ninguno de nosotros sabía que las leyes de Oklahoma
prohibían la permanencia de Max en cualquier parte del bar,
no solo la parte con las mesas.
Cuando terminó de hablar, Cole se puso de pie y caminó
en silencio hasta el estrado. Repitió con otras palabras lo que
Ethan había dicho: que era un padre genial, y que siempre
ponía las necesidades de Max por sobre las mías, al punto de
que nunca había salido con nadie desde que terminé mi
relación con Karen. Mientras hablaba, jugueteaba con el
silbato plateado entre sus dedos y lo miraba como si
contuviese todos los secretos del universo.
—Esa niña significa todo para mí —dijo en el estrado—.
Mataría por ella si tuviera que hacerlo. Pero mi sentimiento no
es nada en comparación a lo que Grayson siente por su hija. Él
haría lo que fuera, lo que fuera, por ella. Es una locura que
intenten quitársela.
El abogado de Karen se puso de pie.
—Señor, ¿a qué se dedica usted?
—Estoy en el mercado inmobiliario.
—¿Y fue en su desempeño en ese rol que fue testigo de
la relación del señor Cage con su hija?
—Ah… No —dijo Cole—. También trabajo como gorila
del bar.
—Gorila —dijo el abogado, con asco— ¿Alguna vez
participó de un altercado?
—Claro —dijo Cole.
—¿Recientemente?
—Hace unos diez días —dijo Cole, despacio—. Evité un
ataque en el callejón al lado del bar. Recibí una puñalada —
dijo tocándose el costado.
—Un barman y un gorila —dijo el abogado, riéndose—
¿A quién más deberemos escuchar? ¿Al cocinero?
Una voz grave resopló detrás de mí.
—Bueno, no iba a decir nada, pero ahora que lo
mencionas…
Me di la vuelta.
—¿Jenna?
La cocinera, que estaba sentada en un banco detrás mío,
se puso de pie.
—Hola, jefe. Vine a ver cómo venía la cosa. ¿Quieres
que suba al estrado?
—Disculpe —dijo el juez—, ¿usted quién es?
Jenna se acercó al estrado y se ubicó en el lugar de Cole.
A diferencia del resto de nosotros, Jenna no se había
molestado en vestirse bien. Tenía unos jeans con roturas en las
rodillas y un top que decía PERRA.
—Grayson es quizás el mejor jefe que he tenido —
empezó a decir—. Y créame: me han tocado unos cuantos
imbéciles. Siempre me permite tomarme el tiempo libre,
aunque tampoco le pido tanto. Y es muy dulce con su hijita.
Ella está en muy buenas manos con él.
Minnie se puso de pie.
—Como la cocinera del Ciervo Sediento, ¿cuán a
menudo diría que los ve juntos?
—Ah, todo el tiempo —contestó ella—. Grayson solía
traerla a la cocina para mostrarle cómo se preparan los platos.
Quería asegurarse de que ella no diera nada por sentado. Y
también porque ella solía ser muy quisquillosa para comer,
entonces él pensaba que podría animarla a probar otras cosas
si veía de dónde venían. Aunque no ayudó. Hasta hace poco,
comía lo mismo todas las noches.
—Un momento —dijo el abogado de Karen—. ¿Max
cena en el bar todas las noches?
—Prácticamente, sí. Tiras de pollo con mucho kétchup.
Yo me aseguro de freírlas por un poco más de tiempo, porque
sé que le gustan bien crocantes.
—Comida frita todos los días —dijo el abogado por lo
bajo—. Supongo que no pedía comer verduras.
Jenna frunció el ceño.
—¿Verduras? Pues, no. Servimos tiras de chile jalapeño
fritas. Les decimos póker chips. Pero Max nunca quiere de
esas.
Yo cerré los ojos y maldije para mis adentros.
—Olvidémonos de las verduras —la interrumpió Minnie
— ¿Grayson llevaba a Max a la cocina?
—Sí.
—¿Donde están las cocinas y la comida cruda o las
freidoras?
Jenna se rio.
—Le gusta ver las burbujas que se hacen en el aceite al
freír. Decía que se parecían a las de su baño.
Minnie giró la cabeza para mirarme y empezó a escribir
algo en su anotador con ira.
«Circunstancias apremiantes». El término se me vino a la
cabeza como una luz roja y brillante. Rara vez se separaba a
los hijos mediante una orden temporal… a menos que se
encuentren en peligro físico.
Jamás se me había ocurrido que una visita a la cocina
pudiese ser prueba de que la había puesto en peligro, pero
ahora Minnie y el abogado petulante de Karen lo hacían
parecer así.
Sentí que todo se me estaba viniendo abajo. Me estaban
haciendo quedar como un padre irresponsable, que ponía en
peligro la seguridad de Max.
Jenna se bajó del estrado y el juez me miró.
—Señor Cage, ¿tiene otro testigo?
Miré en derredor, abatido. Ethan y Cole parecían querer
ayudarme, pero no sabían cómo. Minnie me miraba con
lástima, como si no quisiera quitarme a mi hija pero no tuviera
más remedio, basándose en los hechos que se habían
presentado en la audiencia. Y Karen me miraba con una
sonrisa burlona, como si ya me hubiera ganado.
«Voy a perder a mi hija», pensé. «La semana que viene
voy a perder la custodia».
—Su señoría… —Empecé a decir.
Entonces, la puerta de entrada de la sala se abrió y Piper
Cantey entró corriendo.
—¿Llegué tarde? —dijo sin aliento—. ¿Llegué
demasiado tarde?
46

Cole

Esta mierda no iba bien.


Miré a mi alrededor, tratando de pensar qué hacer para
mejorar la situación. Max estaba en la habitación del otro lado
de la puerta. El agente judicial estaba a unos pasos de
distancia. Lo medí con la vista y contemplé la posibilidad de
derribarlo y correr a la habitación contigua para llevarme a
Max. Los guardias de seguridad en el frente del edificio nos
bloquearían el paso, pero podía ver la forma de deshacerme de
ellos en el momento.
Lo importante era no dejar que le quitaran la hija a mi
mejor amigo. Incluso si eso significaba abrirme el paso entre
todos estos hijos de puta.
—Oye —Le entregué una lapicera a Ethan—. Toma.
Él frunció el entrecejo.
—¿Para qué es esto?
Hice la mímica de una puñalada.
—Por si las cosas se ponen bravas.
Ethan me miró espantado.
—No irás a…
Antes de poder contarle mi plan, las puertas de entrada
de la sala de audiencias se abrieron de par en par y Piper, toda
sensual como era ella, entró corriendo.
—¿Llegué tarde? ¿Llegué demasiado tarde? — preguntó.
Detrás de ella, entraron un hombre y una mujer. Eran la madre
de Piper, vestida con un traje elegante, y un hombre al que no
conocía.
Grayson ahogó un grito.
—¿Piper?
Ella trotó por el pasillo hasta donde estábamos nosotros.
—¿Están permitidos los testigos a último minuto? Por
los programas de crímenes que he visto, se supone que debe
decirle a la otra parte involucrada con anterioridad qué testigos
testificarán y todo eso…
El juez la estudió con atención por sobre sus anteojos
gruesos.
—Esta es una audiencia preliminar. No hay requisitos
formales para la proposición de pruebas como en un juicio.
—¡Piper! —dijo Ethan, mirando su reloj— ¿Y tu
entrevista?
—La puedo hacer después —contestó ella—. Esto es
más importante.
Grayson la tomó por el brazo.
—Piper, yo… tengo tantas cosas que decirte —Mi amigo
se mostró muy conmovido, como nunca lo había visto.
—Ya sé —le contestó Piper—. Luego hablamos.
—Hola, tú, Papá Noel sensual —dijo la madre de Piper
—. Sergio y yo nos encargamos desde aquí —Le dio a
Grayson un disimulado pellizco en el trasero y luego me miró
a mí—. Bueno, bueno, bueno, te ves muy bien.
Yo me encogí de hombros.
—Lo siento, pero ¿usted quién es? —preguntó el juez.
El hombro apoyó el maletín sobre la mesa y lo abrió.
—Mi nombre es Sergio Emory y soy socio mayoritario
de Hill, Emory & Anderson.
El juez se acomodó las gafas.
—Señor Emory, estoy familiarizado con ese bufete. De
hecho, Melanie Hill y yo asistimos juntos a la universidad de
derecho. ¿Cómo está ella?
—Más audaz que nunca, su señoría —contestó Sergio
con una sonrisa—. Me da mi merecido todos los fines de
semana en el campo de golf.
El juez se rio.
—Sí, por aquellos días también era temeraria.
Probablemente, se terminó ganando la matrícula gracias a sus
conexiones con hombres de negocios crédulos que la
subestimaban.
—Es igual de implacable en el tribunal, su señoría.
—¡No lo dudo! —El juez carraspeó y agregó—:
Prosigamos entonces. Cuanto más rápido terminemos, más
pronto comenzaremos el receso navideño. ¿Asumo que viene a
representar al señor Cage?
—Así es, su señoría —contestó Sergio—. Piper, puedes
subir al estrado. Eres la siguiente testigo.
Karen, su abogado y Minnie parecían no entender lo que
estaba ocurriendo.
—Señora Cantey —le susurró Grayson a la mamá de
Piper—, no tenía por qué hacer esto.
Ella me miró con severidad y me dijo: —Una forma de
agradecernos sería disculpándote con mi hija.
Grayson asintió y cerró la boca.
—¿Piper? —preguntó Sergio—, ¿podrías contarnos
cómo conociste al señor Cage?
—Trabajo como su niñera. Es decir, la niñera de su hija.
—¿Hace cuánto que trabajas para él?
—Un mes.
—¿Y por qué necesitaba el señor Cage una niñera?
Piper sonrió.
—Porque durante la época navideña, trabaja como Papá
Noel.
—Vaya —dio Sergio, dándose vuelta para dirigirse a
toda la sala—, qué gesto tan desinteresado. Disfrazarse de
Papá Noel para infundir alegría en los corazones de cientos de
niños.
—Su señoría —lo interrumpió el abogado de Karen—,
dudo que el señor Cage lo haga por mera bondad. Estoy
seguro de que recibe una compensación económica.
—Efectivamente, recibe una compensación económica
—dijo Sergio—, pero no lo hace por necesidad. El señor Cage
maneja exitosamente un local comercial. No será Elon Musk,
pero está en una sólida posición económica —Entonces sacó
de su maletín unos documentos y se acercó al juez—. Estos
son los informes financieros del Ciervo Sediento de los
últimos tres años.
Grayson protestó.
—¿Cómo hizo para obtenerlos?
—Piper los pidió anoche —dije yo—, así que se los
envié.
—¿Y no pensaste mencionarlo?
—Teníamos mucho de qué ocuparnos —contesté—.
Además, era como la 1 de la mañana. Estabas durmiendo.
—Como pueden ver —siguió diciendo Sergio—, el señor
Cage tiene una buena posición económica. Esto no solo
demuestra que su trabajo como Papá Noel lo lleva a cabo por
razones filantrópicas, sino que está más que calificado para
mantener económicamente a su hija. Algo que no podemos
afirmar acerca de la madre de Max.
Karen saltó de su silla.
—¡Trabajo en una industria con ingresos esporádicos!
Dependo de las ventas de los productos de la marca. Y Kenny,
el baterista, vive gastando el dinero en hierba.
El juez alzó la voz.
—La madre de Maxine no es el tema de esta audiencia,
señor Emory.
Sergio sostuvo las manos en alto.
—Lo siento, su señoría. Me olvidé que esta es una
audiencia preliminar.
«Qué listo», pensé. Aunque no tenía permitido atacar a
Karen indirectamente, me di cuenta de que ahora el juez se
había quedado pensando en lo que acababa de decir.
Sergio se dirigió a Piper:
—Así que has trabajado como su niñera por un mes.
—Así es.
—¿Hubo algún incidente específico que condujo a tu
contratación?
—De hecho, sí —dijo Piper—. Se suponía que Max
estaría con su madre, creo que por cuatro días. Pero entonces
Karen cambió de parecer muy abruptamente y dejó a Max en
el centro comercial donde estaba Grayson.
—Señor Emory —le advirtió el juez—, creo ya haberle
dicho que no estamos aquí para discutir sobre la madre.
—Lo sé, su señoría. simplemente estoy ilustrando cómo
llegó Piper a trabajar como niñera de Max.
El abogado de Karen se puso de pie.
—Su señoría, estamos de acuerdo en que se prosiga.
Creemos que este incidente ilustra a la perfección la naturaleza
vengativa del señor Cage.
Apreté el borde de la mesa con mucha fuerza,
imaginando que tiraba a este imbécil a un río lleno de pirañas.
—El señor Cage le ha negado sistemáticamente la
posibilidad a mi cliente de ver a su hija. Él la abandona de
manera intencional como una bolsa de basura en los momentos
que interfieren con las obligaciones laborales de mi cliente.
—¡Eso es mentira! —exclamó Grayson—. Fue Karen
quien quiso pasar cuatro días con Max y yo estuve de acuerdo.
Y luego, cuando llevaban un día juntas, Kansas me la trajo al
centro comercial diciendo que se tenía que ir a un concierto en
Kansas.
—Su señoría —dijo el abogado—, reitero que mi cliente
tenía obligaciones laborales. Si el señor Cage se hubiera
mostrado más cooperativo para las visitas, esto no habría sido
un problema.
—Está mintiendo —dijo Grayson ente dientes.
—No me interesa entrar en este tipo de disputas —los
regañó el juez—, a menos que tenga suficiente evidencia para
sustentar su demanda.
—Su señoría —empezó a decir Grayson.
La madre de Piper le puso una mano sobre el pecho y le
entregó un sobre a Sergio.
—Su señoría, tengo evidencia para sustentar lo
recientemente expuesto —Sacó una memoria USB de un sobre
—. Con su permiso, quisiéramos reproducirlo.
El agente judicial recibió el dispositivo y lo conectó a un
televisor que había en una esquina.
—¿Y eso qué es? —preguntó Grayson.
La madre de Piper le palmeó la pierna.
—Una cámara oculta que le hicimos al Papá Noel
sensual.
El video empezó a reproducirse; era de una cámara de
seguridad en el centro comercial. Las personas pasaban
caminando con bolsas. No tenía sonido.
En el lado izquierdo, apareció Papá Noel. O mejor dicho,
Grayson disfrazado de Papá Noel. Se detuvo en el medio del
cuadro. Por la derecha, aparecieron una mujer y una niñita
tomadas de la mano. Aunque la imagen estaba pixelada y el
rostro de Karen aparecía poco nítido, el pelito rojizo y
enrulado de Max no dejó lugar a dudas de que era ella.
Papá Noel la saludó con la mano a Max y ella le
devolvió el saludo con timidez. Karen sentó a la niña en un
banco cercano y empezó a hablarle a Papá Noel. La
conversación se desarrollaba lenta y tranquila pero pronto se
volvió acalorada. Papá Noel sostuvo las manos en alto en un
gesto de confusión. Karen gesticulaba violentamente con un
dedo.
Papá Noel sacudió la cabeza. Parecía desilusionado.
Luego, Karen le hundió el dedo en el rostro y le gritó. Él se
encogió de hombros y asintió.
Karen sacó una muñeca de su bolsa y se la dio a Max.
Luego, empezó a alejarse… sin su hija. Max se bajó de un
salto y corrió detrás de ella; la cámara ya no la siguió.
—Ahora, la imagen es de otra cámara —dijo Sergio.
La perspectiva de la cámara era ahora desde otro ángulo.
Karen se alejaba caminando y Max corría hacia ella, trató de
agarrarle las piernas desde atrás. Karen se sacudió para
librarse de ella, pero Max no la soltó. Entonces Karen se dio la
vuelta y dijo algo que hizo que Max retrocediera, soltara su
muñeca y se echara a llorar.
Karen sacudió la cabeza en un gesto de fastidio. Le dio
un chasquido a la niña, que empezó a llorar más fuerte.
Finalmente, Karen se agachó, agarró la muñeca del suelo y se
la echó en los brazos de la niña a la fuerza, luego la agarró por
los hombros, le dio un sacudón y se marchó sin mirar atrás.
En eso, apareció Papá Noel corriendo. Se arrodilló y
empezó a hablarle a Max. Después de un momento, le
extendió la mano, ella se la tomó y se alejaron caminando los
dos. El video terminó.
Aquí, en la sala, la vi a Karen temblar de rabia.
—¡Estaba dando un berrinche! Ya saben cómo son los
niños.
—No parecía que era Max la que estaba dando un
berrinche —musitó Ethan.
—Su señoría —dijo el abogado de Karen—, el video no
me parece relevante. Ya se ha dejado en claro que no estamos
aquí para evaluar la conducta de mi cliente, sino la del señor
Cage.
—Usted fue quien habló sobre las circunstancias de ese
encuentro —dijo Sergio con calma—. Nosotros simplemente
nos estamos defendiendo de esa acusación.
—Fue su decisión discutir la naturaleza de ese encuentro
en particular —le dijo el juez—. Lamento que no esté contento
con el resultado.
—¡No es mi culpa! —protestó Karen— A último minuto
nos surgió un recital en Kansas City, ¿qué debía hacer?
¿Rechazarlo? Si él es tan buen padre como dice, entonces no
debería tener problema en aceptarla sin previo aviso. Eso es lo
que hace un buen padre.
—Sí —dijo el juez en tono admonitorio—, un buen
padre pone las necesidades de sus hijos antes que las propias.
Karen y su abogado tomaron asiento.
—Creo que ya he visto suficiente —dijo el juez.
—Su señoría —dijo Sergio—, tenemos otros temas que
tratar…
—Guárdelos para la audiencia en pleno por la custodia
que será la semana que viene —contestó el juez—. No veo
razón suficiente para quitar a su padre la tutela de Maxine,
siempre y cuando esté de acuerdo en no volver a acercarla a
aceites hirviendo.
—Tiene mi palabra, su señoría —aseguró Grayson.
—Muy bien. Por la posibilidad de la orden provisional
por la tutela de Maxine, fallo a favor del señor Cage. Feliz
Navidad.
Y entonces, el juez se puso de pie y salió de la sala. Ni
bien se fue, le di un abrazo a Grayson y grité:
—¡SÍ, CARAJO!
Sergio carraspeó y me miró con cara de pocos amigos,
pero no me importó. No habría momento más oportuno que
ese para dejar escapar una maldición de victoria.
—¡Papi! —Max vino corriendo hacia nosotros desde la
sala contigua— ¡Tenían un tren de juguete! Pero era más
pequeño que el que yo quiero. Así que tenemos que decirle a
Papá Noel que me traiga uno bien grande, para que no se
confunda.
—De acuerdo, cariño —le dijo Grayson, abrazándola.
Las lágrimas le rodaban por las mejillas—. Me aseguraré de
que lo sepa.
—¿Me lo prometes? —preguntó ella.
—Sí, te lo prometo. Lo que quieras, por siempre. Te
prometo que es tuyo.
Piper se acercó y me rodeó con un brazo. Ethan, del otro
lado, le pasó un brazo por alrededor del hombro.
—Qué entrada tan oportuna —dije yo.
—Sé exactamente cuándo entrar a un sitio —contestó
ella.
Los tres sonreímos y nos quedamos viendo cómo
Grayson abrazaba a su hija.
47

Piper

Karen salió de la sala del tribunal hecha una furia. Sergio


y mi mamá sacudieron la cabeza y se acercaron al abogado de
Karen para discutir los detalles de la audiencia por la custodia
de Max que sería la semana siguiente.
El resto de nosotros salimos al exterior. Era la mañana de
la víspera de Navidad; hacía frío pero el sol brillaba
resplandeciente en el cielo, que parecía estar más celeste que
cuando habíamos entrado.
Nos abrazamos entre todos y cuando me llegó el turno de
abrazar a Grayson, él me detuvo y me sostuvo por los hombros
delante de él.
—Te debo una disculpa —comenzó a decir.
—Está bien.
—No —insistió—, no está bien. Últimamente, he tenido
mucho miedo de perder. Cuando dijiste que tal vez te irías a
Manhattan por tu nuevo trabajo… bueno, me bloquee. Lo que
te dije es absolutamente inaceptable. No soy así. Y tú te
mereces alguien que te apoye por completo en tu profesión. Te
prometo que en el futuro siempre te apoyaré, pero si ya es
demasiad tarde y no quieres estar más conmigo… lo
entenderé.
Tomé su mano entre las mías.
—No me puedo imaginar por lo que has pasado, toda la
presión que has sentido —Hice un gesto hacia el juzgado—.
Te perdono, Grayson. Siempre y cuando sepas ser más
compañero en el futuro, esta vez te la puedo dejar pasar.
Ahora sí nos abrazamos y Grayson se aferró a mí con
fuerza, como si no quisiera dejarme ir nunca más.
—Hablando de eso, ¿cómo te fue en la reunión? —me
preguntó— Era esta mañana, ¿no?
Yo hice una mueca.
—¡Ay, espero que no sea demasiado tarde!
Me alejé unos pasos y entré en la reunión de Zoom desde
mi celular. Pero la sala estaba vacía; lo cual no me sorprendía,
porque ya había pasado casi una hora. Entonces, decidí llamar
a Nicole directamente.
—¡Lamento haber llegado tarde! —dije cuando me
contestó—. Tuve una emergencia familiar. ¿Es demasiado
tarde para reunirnos ahora con los otros agentes?
—Hola, Piper —me saludó Nicole. El tono de su voz era
lúgubre—. Desafortunadamente, los otros agentes ya se han
ido de la oficina por hoy. La mayoría no volverán hasta la
semana que viene.
«Mierda».
—Puedo reunirme en cualquier momento cuando
vuelvan —dije, esperanzada—. Normalmente, soy muy
puntual. Prometo que la próxima vez llegaré a la reunión en el
horario convenido.
Nicole se mostró dubitativa.
—En realidad, necesitábamos encontrar a alguien para
este puesto antes de fin de año. Tal vez, podamos encontrar la
forma después de Año Nuevo, pero no puedo prometer nada.
Tenemos varios candidatos que creemos serían más idóneos.
El corazón me dio un vuelco.
—Entiendo. Gracias por la oportunidad y les deseo unas
felices fiestas.
Cuando corté la llamada, me embargó un profundo
sentimiento de pérdida. Como si hubiera perdido el boleto
ganador de la lotería. Pero por más profunda que fuera mi
tristeza, no podía opacar la felicidad que me producía saber
que Max no se iría del lado de Grayson, y que eso se debía a
mí.
—¿Cómo te fue? —me preguntó Ethan.
—Bien —mentí—. Ya veremos si deciden contratarme.
Pero si no, habrá muchos otros empleos.
—Yo creo en ti —dijo Max, aferrándose a mi pierna.
Yo me agaché y le sacudí la cabeza.
—¿Acaso sabes de qué estamos hablando, ratoncita?
—No —contestó ella—, pero creo en ti y ya.

La mañana de Navidad, me desperté antes que Grayson.


Él me abrazaba por atrás; sentía su respiración en la nuca.
Suspiré, sintiéndome contenta, y acerqué mi cuerpo todavía
más al suyo.
Un rato después, se escuchó un grito en la otra
habitación.
—¡VINO PAPÁ NOEL! ¡VINO PAPÁ NOEL! ¡VINO,
VINO, VINO!
—Pues, sí —me susurró Grayson al oído—, Papá Noel
se vino dos veces.
Le di un codazo juguetón en las costillas.
—No arruines la magia de la Navidad.
Me dio un beso en el pelo.
—Discúlpame.
Nos levantamos de la cama y fuimos hasta la sala. Max
estaba en cuatro patas, inspeccionando el tren de juguete que
estaba junto al árbol.
Yo di un grito ahogado con exageración.
—¡Dios mío! ¡Un tren de juguete!
—¡Justo lo que quería! —exclamó Max—. Papá Noel
me hizo caso.
Grayson se agachó a su lado y le dio un beso en la
mejilla.
—¡Está buenísimo! ¿Se mueve?
—No sé —contestó la niña—. Recién lo abro.
Grayson agarró el pequeño control del juguete.
—Quizás esto funcione para arrancarlo —Pulsó un
pequeño interruptor y el tren cobró vida con un leve zumbido.
El tren se empezó a mover en círculos impulsado por un motor
en miniatura.
Max lanzó una risotada, mezcla de asombro y
excitación.
Luego, Grayson nos preparó el desayuno mientras Max y
yo seguíamos abriendo otros juguetes que Papá Noel le había
regalado, todos relacionados al tren. Luego nos duchamos, nos
vestimos y juntamos los regalos que seguían envueltos debajo
del árbol.
Fuimos hasta la casa de mi madre, donde ya estaban
estacionados varios coches, incluida la camioneta de Cole. Ni
bien cruzamos el umbral, nos recibieron con abrazos cálidos y
risas. Mi hermano no estaba ahí, pues seguía en la base de
Corea, pero mis dos hermanas sí.
—Max, ellas son mis hermanas —le dije.
Max ahogó un grito.
—¡Mine-soda!
Todos estallamos en una risa grupal.
—¡Tío Cole! ¡Tío Ethan! —exclamó Max en cuanto los
vio— ¡Papá Noel me trajo un tren!
—¡Guau! —respondió Ethan— ¡Eso es genial, cariño!
—Necesito que me ayudes a armarlo —dijo ella— para
armar unas vías muy largas.
Cole se sonó los nudillos.
—Hagámoslo.
Ethan me guiñó un ojo y los tres salieron a buscar el
juguete al coche.
—¡Señor Emory! —exclamó Grayson. El abogado
estaba de pie, con un brazo alrededor del cuerpo de mi mamá.
—Dime Sergio —le dijo él—. Feliz Navidad para ti y tu
hija.
Sergio extendió la mano pero Grayson, en cambio, optó
por darle un fraternal abrazo.
—Si hoy estoy aquí con mi hija, es gracias a usted.
Muchas gracias por todo.
—No me agradezcas hasta la audiencia de la semana que
viene, que es la importante —contestó él—. Pero estoy
confiado en que todo irá bien.
Grayson sonrió.
—No sé cuáles serán sus honorarios, pero vale cada
centavo. Incluso si cobra un adicional por haber trabajado en
la víspera de Navidad.
—No te preocupes por eso —dijo mi mamá—. Tenemos
una política de trabajar ad honorem si se trata de un Papá Noel
sensual como tú.
Grayson se rio con una carcajada.
—Qué gracioso, pero debo insistir.
—Y yo debo insistir en que dejes de joder —dijo Sergio,
bromeando—. Mi ex esposa y yo nos divorciamos hace once
años. Sé de primera mano lo difícil que puede ser para un
padre obtener la custodia, incluso ante alguien como Karen.
Me alegra haber podido ayudar.
Grayson parecía de veras conmovido. Lo volvió a
abrazar a Sergio, un abrazo más largo esta vez.
—Hice pan de calabaza —dije yo, mostrando el plato en
alto.
—Tráelo aquí —me dijo mi madre, llevándome a la
cocina. Ni bien nos alejamos de los invitados, apoyé el plato y
le agarré el brazo.
—Me dijiste que no pasaba nada entre tú y Sergio —dije
por lo bajo—. ¡Pero yo sabía que pasaba algo!
Mi madre se mordió el labio inferior.
—No estábamos listos para decírselo a nadie. No me
gusta apresurarme. Pero queríamos pasar la Navidad juntos.
—¡Yo te conté absolutamente todo lo de mis relaciones!
—le respondí, indignada— ¿Acaso Sergio no es tu jefe?
¿Deberías estar saliendo con él?
Mi madre protestó.
—¿Pero tú quién eres? ¿La policía de las relaciones?
En eso, una de mis hermanas entró y me miró
sorprendida.
—Me divertí mucho hablando con Cole y con Ethan.
Pero luego, apareciste con el otro tipo… Piper, ¿con cuál de
todos ellos sales?
—¡Con los tres! —lanzó mi madre.
Yo la miré, colérica.
—¡Mamá!
—Te lo mereces por haber juzgado mi relación con
Sergio.
Mi hermana se acercó.
—¿Con los tres? ¿En serio?
—Sí.
—¿Y ellos lo saben?
—Ahá.
—¿Y están de acuerdo?
—Es una larga historia… —dije mientras mi madre nos
servía licor de huevo.
Me quedé un rato hablando con mis hermanas. Max cada
tanto nos interrumpía para mostrarme sus avances con el tren
de juguete. Las vías se metían en el estudio, luego atravesaban
la sala e iban hasta el comedor. Max estaba muy orgullosa de
su trabajo y sostenía que mi casa era mucho mejor para jugar
porque era más grande.
Cuando llegó la hora de la cena, había tanta comida que
apenas quedaba espacio libre en la mesa. Había pavo, jamón,
guiso de judías verdes, puré de patatas, embutidos… Dejé de
contar cuando mi plato estuvo rebosante de comida.
Mi mamá invitó a Sergio a dar las gracias antes de
empezar. Él dijo palabras muy emotivas acerca de la familia,
los amigos y el amor. Luego, empezamos a comer. Max probó
un poco de cada cosa, incluso las judías.
—Hace un mes, era otra persona —dijo Grayson a todos
los comensales—. Solo comía macarrones con queso o
nuggets de pollo. Pero ahora, vive probando cosas nuevas.
Ethan le dio un codazo suave a mi hermana.
—Todo se debe a Piper, Cuando empezó a cuidar a Max,
fue como si la sacara del cascarón.
—Eso me sorprende muchísimo —le contestó ella—.
¡Cuando éramos chicas, era muy irritante!
—¡Eso no es verdad! —contesté con indignación.
—Nunca nos dejabas salirnos con la nuestra —se
inmiscuyó mi otra hermana—. O sea, hasta mamá era más
permisiva que tú.
—Eso es porque era una hermana responsable —
contesté, y eso irritó a todos aún más—. Además, Max es la
especial aquí, no yo. Yo prácticamente no hice nada.
—Me mostraste los trenes —sentenció Max, como si
fuese la verdad suprema.
Después de la cena, nos sentamos alrededor del fuego e
intercambiamos presentes. Max fue la que obtuvo la mayor
cantidad, por supuesto.
—Este es de… —Max miró la tarjeta con el ceño
fruncido.
—Del tío Ethan —dijo mamá, leyendo el nombre.
Max rompió el envoltorio.
—Es… es… —dijo boquiabierta— ¡Otro juego de
trenes! ¡Y este es azul!
—Ahora tienes más piezas para usar con el otro tren —
explicó Ethan—, que ya se nos acabaron antes.
Grayson se inclinó y dijo en voz baja:
—Te dije que iba a recibir demasiados juguetes de
trenes.
Ethan se encogió de hombros.
—Pensé que otro juego más no puede ser malo. Ha
estado armando una vía muy larga.
—Bueno —accedió Grayson—. un juego más está bien.
Cole agachó la mirada hacia el paquete que tenía en su
regazo.
—¿Y qué tal… eh, dos juegos más?
—¡Oye!
—Pues… hice lo mismo —dijo en voz baja—. Le
compré un ferrocarril de juguete con su nombre impreso.
—¡Ahora abre el mío! —le dijo mi madre a Max,
haciendo oídos sordos a lo que decíamos—. Si tanto te gustan
los trenes, estoy segura de que te encantará este.
Max se rio mientras que Grayson refunfuñaba por lo
bajo. Abrió otro tren de juguete y luego otro más. Fue una
escena comiquísima en la que la niña de cabello rojo abría
cada vez más entusiasmada, regalo tras regalo hasta acumular
una cantidad envidiable de trenes.
Luego, intercambiamos regalos con mi familia. Mis
hermanas me regalaron libros y una gift card para una librería
local. Mi mamá me regaló un colgante de oro y pendientes que
hacían juego.
Después de eso, fuimos a la cocina a comer el postre.
Grayson y los otros, sin embargo, se quedaron atrás y me
indicaron que me quedara con ellos.
—Te compramos algo —dijo Ethan.
Yo exhalé el aire ruidosamente por la nariz.
—¡No! Dijimos que no intercambiaríamos regalos si
recién comenzamos a salir.
—No queremos intercambiar regalos —dijo Grayson,
buscando un regalo de atrás del sofá—. Nosotros tres
queremos hacerte un presente, es todo.
Recibí el regalo y lo sacudí un poquito.
—¿Es de parte de los tres?
Ethan asintió.
—No queríamos competir entre nosotros, así que
compramos algo juntos.
—Fue mi idea —dijo Cole.
—Sí, la idea fue suya —admitió Grayson—, pero yo
pensé los detalles.
Despacio, fui quitando el envoltorio para abrir la caja.
Cuando vi lo que había dentro, me quedé sin palabras. Era una
bolsa de cuero Bottega Veneta, de color marrón oscuro con
herrajes y cierres color bronce. Pasé los dedos por el cuero
suave y blando y me la acerqué a la nariz para sentir el aroma.
—Es una bolsa para la computadora portátil.
—Para tu computadora portátil —agregó Cole.
—Creo que lo entendió cuando le dije para la
computadora portátil —dijo Ethan con sequedad.
—Para cuando consigas un trabajo en la industria
editorial —dijo Grayson—. Tal vez no sea el mes que viene, ni
dentro de tres meses, pero ese día llegará. Y entonces,
necesitarás una bolsa elegante. Para que todos sepan que eres
de fiar.
—Lleva tus iniciales grabadas —dijo Cole, abriendo la
solapa exterior para mostrarme.
Se me hizo un nudo en la garganta. «Ellos creen en mí».
Después de un mes muy difícil en donde no había dejado de
postularme a empleos en los que solo me habían rechazado,
ahora me sentía alentada.
—Mierda, no llores —dijo Cole.
Lo abracé e hice lo mismo con Grayson y con Ethan. Las
lágrimas me corrían por las mejillas, pero yo me las sequé con
el dorso de la mano.
—Entonces, ¿te gusta? —preguntó Ethan, con ilusión.
Yo me llevé la bolsa al pecho y exclamé:
—¡Por supuesto! ¡Me encanta!
—Joder —musitó Cole—, nunca le había dado un regalo
a una chica que la hiciera llorar.
—Esperamos que te traiga suerte con tu búsqueda laboral
—dijo Grayson.
De repente, me vibró el celular con un nuevo correo
electrónico. Lo miré para distraerme y evitar llorar aún más.
Cuando vi quién me lo enviaba, el corazón me dio un
vuelco.

Para: [Link]@[Link]
De: nrogers@[Link]
ASUNTO: Puesto de Agente Junior.

Piper, enviamos nuestra propuesta formal, que


adjuntamos a este correo.

El mensaje seguía, pero no lo terminé de leer. En


cambio, abrí el documento adjunto.
—Lo conseguí —dije casi en un susurro.
Cole parpadeó.
—¿Eh? —preguntó
—El trabajo —dije despacio—, el trabajo como agente
junior. ¡Me lo dieron! ¡Tengo trabajo!
Empecé a gritar de la emoción. Mis tres hombres se me
sumaron con abrazos y palmadas de felicitaciones, como si se
hubieran ganado la lotería. Mi mamá, Sergio y mis hermanas
vinieron desde la cocina trayendo platos de tartas.
—¿Qué sucede? —preguntó mi madre.
Yo no podía articular palabra, así que le mostré mi
celular para que lo viera por ella misma. Y cuando lo leyó, ella
también se echó a gritar.
Cole alzó mi nueva bolsa y la sostuvo como si fuera el
Arca de la Alianza.
—Tiene poderes mágicos.
Ethan se la arrancó de las manos y la frotó como si fuera
la lámpara del genio.
—¡Deseo tener mil millones de dólares!
Mis hermanas me abrazaron y luego Sergio hizo lo
mismo. Por un rato, todo fue alegría y cháchara.
Luego, una vocecita aguda interrumpió el conglomerado
de gente.
—¿Esto significa que te vas a ir?
Todos nos dimos la vuelta para mirar a Max, que estaba
de pie al lado del sofá con la locomotora de juguete en la
mano. Me miraba con sus ojos redondos bien abiertos, a punto
de echarse a llorar.
El corazón me dio un vuelco. Ese era, por supuesto, el
otro lado de la moneda: debería dejar a Max. Y a Grayson,
Ethan y Cole. Si me mudaba a Manhattan, no podría estar con
ellos. No en verdad.
Sentía un cuchillo clavado en mi pecho. ¿Cómo podía
dejarlos ahora que todo estaba yendo tan bien? Tampoco podía
rechazar el trabajo de mis sueños por ellos; nunca me lo
perdonaría.
—¡Espera! —dijo mi madre, leyendo el resto del cuerpo
del correo—. El salario es demasiado bajo; 46 000.
—Eso no importa.
—¡Sí que importa! —insistió ella deslizando el dedo por
la pantalla hacia abajo—. Es demasiado poco para vivir en
Manhattan y… ¡ahá! —Dio vuelta el celular para mostrarme la
pantalla —¡Mira!
Yo leí la parte del contrato que me señalaba con el dedo.
—Ajustaron el salario según el costo de vida de…
¡Oklahoma City! ¡Es un empleo remoto!
Detrás de mí, Ethan jadeó.
—¡Es un empleo remoto! — exclamé— Tengo que ir a
Nueva York por un mes para hacer una capacitación y una
orientación, pero luego, ¡puedo hacer mi trabajo de manera
remota!
Grayson me dio un fuerte abrazo. Ethan sonreía como si
fuera el nuevo Presidente de los Estados Unidos. Cole seguía
aferrado a mi bolsa nueva con devoción.
Me arrodillé frente a Max.
—No me iré a ningún lado, pequeña. Me quedaré justo
aquí.
Dejó caer la locomotora al suelo para echarse a mis
brazos. Yo también la abracé con fuerza y no pude evitar que
las lágrimas me rodaran por las mejillas.
«Todo», pensé. «Esta Navidad, recibí todo lo que
siempre quise».
48

Piper

La audiencia por la custodia permanente de Max fue


cuatro días después de Navidad. Esta vez, Sergio, mi madre y
yo nos aseguramos de llegar a tiempo, sin hacer una entrada
aparatosa.
Karen, por el contrario, llegó dos minutos tarde. Y
llevaba una maleta pequeña.
—¿Es que va a algún sitio? —le preguntó el juez con
seriedad.
—Tenemos un recital con mi banda en Nashville —dijo
ella con orgullo—. Después de aquí, voy directo al
aeropuerto.
Grayson dijo entre dientes:
—Tiene que estar bromeando.
El juez la miró azorado, luego se quitó las gafas y las
apoyó en el escritorio.
—Usted sabe que estamos en una audiencia por la
custodia de su hija Maxine.
Karen se rio.
—Por supuesto, su señoría.
—Y que si usted gana —le explicó—, su hija pasará a
estar bajo su custodia de manera inmediata.
—Ah —El color se le esfumó de la cara—. Bueno,
¡podría venir conmigo! Sería la primera vez que viaja. Aunque
pensándolo bien, no creo que Nashville sea un buen sitio para
ella. Podría conseguir una niñera. Como sea, lo resolveré. De
eso se trata la maternidad, ¿no? De hacer lo mejor que se
puede.
Grayson y mi madre se miraron con complicidad.
—No puedo creer que haya dicho eso pensando que le
funcionaría —dijo Grayson una hora después, cuando nos
alejábamos del juzgado en el coche—. Apareció tarde y luego
pretendía irse a Nashville directamente…
—Tienes buen ojo —le dije en broma.
Grayson me miró.
—Últimamente, lo he estado haciendo mejor.
Fuimos hasta el Ciervo Sediento para festejar. Todavía
no habíamos recuperado la licencia para el expendio de
alcohol, pero el bufete de Sergio no estaba ayudando a acelerar
los trámites. Gracias a ellos, podríamos reabrir el bar el 2 de
enero.
—Fue bueno tener el restaurante cerrado por un tiempo
—dijo Cole, buscando una botella de champaña de atrás del
bar—. Pude dedicarme a hacer reformas, a limpiar los
conductos de aire, cambiar el termostato arruinado… Ya sabes,
a hacer lo que hace todo buen propietario.
Max llevó una bolsa con compras hacia adentro y la dejó
caer pesadamente en el suelo. Luego, empezó a sacar piezas de
su juego de tren para armar las vías y construir un circuito.
—¿Está bien que esté ella aquí? — pregunté—.
Considerando que todo el problema empezó cuando…
—El Ciervo Sediento está cerrado —dijo Grayson—.
Podemos hacer lo que queramos, siempre y cuando no la
dejemos deambular por ahí o acercarse a la cocina.
—En términos legales, el establecimiento no tiene
actualmente un permiso para vender bebidas alcohólicas —
musitó Sergio—. Hasta que se termine el período de
suspensión, la ley que se refiere a la permanencia de menores
en un bar no aplica.
Cole destapó la botella de champaña.
—Nunca pensé que me alegraría escuchar un abogado.
Pasamos la tarde en el bar, bebiendo y celebrando el
resultado de la audiencia. Luego, Ethan desapareció por detrás
y volvió con un cartel de tres metros de largo que colgó arriba
de la barra.

FELICITACIONES
AGENTE JUNIOR.

Me levanté protestando.
—Se supone que estamos aquí para celebrar la audiencia
por la custodia.
—Pues, celebremos ambas cosas. Además, mañana te
vas para comenzar la capacitación. Grayson levantó la copa.
—Por Piper, ¡que pronto se convertirá en la mejor agente
literaria en toda la Ciudad de Nueva York!
—Solo lo será por un mes —aclaró Ethan—, porque
luego regresará a Oklahoma City, ¡y será la mejor agente
literaria aquí!
—Igual tendré que volver a Nueva York cada
cuatrimestre para hacer revisiones —señalé.
—Ya veremos qué hacer con eso cuando llegue el
momento —dijo Ethan con un movimiento de la mano.
Nosotros seguimos celebrando mientras Max seguía
armando el recorrido del tren por todo el lugar, haciendo
rampas que subían a las mesas y puentes que cruzaban de silla
a silla. Ethan estaba detrás del bar, preparando tragos difíciles,
pero deliciosos, para todos. Mi madre podría decirse que tomó
de más, así que ella y Sergio fueron a casa en un Uber.
El resto de nosotros fuimos a acostarla a Max,
sintiéndonos un poco mareados y achispados. Papá Noel le
había comprado varios libros de Thomas y sus amigos, así que
le leímos uno de esos, en vez de Buenas noches, luna. Parecía
que Max se alejaba cada vez más de sus viejos hábitos y
empezaba a cultivar nuevos.
—No quiero que te vayas mañana —me dijo cuando le di
el beso de las buenas noches—. Te vas a perder todos los
trenes que voy a armar.
—Ya lo sé, cariño —Le pasé una mano por sus rizos
rojizos para corrérselos de la cara—. Tienes que decirle a tu
papá que me enseñe fotos, ¿vale?
Ella sonrió.
—¡Vale!
Ethan y Cole también le dieron el beso de las buenas
noches. Cuando cerramos la puerta, ella ya estaba
profundamente dormida.
—Creo que nunca se durmió tan rápido —dije yo.
Grayson cerró la puerta.
—Bueno, en general se va a dormir más temprano. Pero
se estaba divirtiendo tanto con el tren que no quise
interrumpirla.
—Qué mal padre eres —dije, sacudiendo la cabeza—.
Que alguien llame al Servicio de Protección Infantil.
Ethan y Cole se rieron con nerviosismo. Grayson tuvo
que taparse la boca para evitar lanzar una carcajada.
—¿Demasiado pronto? —pregunté sonriendo.
Grayson me apoyó una mano en la mejilla y me besó.
—Ahora que todo eso pasó, podemos bromear al
respecto. Y es a ti a quién debo agradecer.
—Los que hicieron todo el trabajo fueron Sergio y mi
mamá.
—Pero no lo hubieran hecho si tú no se lo hubieras
pedido. Gracias, Piper, por todo.
Nos abrazamos y luego Cole carraspeó.
—Yo dije primero que quería pasar la noche con Piper
—dijo.
—Es su última noche en la ciudad —se quejó Ethan—.
Y no deberías ser tú el que elija.
—En la cama de Grayson hay espacio para todos —dije
yo, ilusionada.
Los tres chicos se miraron entre ellos.
—De acuerdo —dijo Cole finalmente—, pero espero que
no ocurra nada extraño. Solo abrazos.
—Entonces, te abrazarás con Piper en la misma cama
que lo hacen otros dos chicos —dijo Ethan—, ¿pero no quieres
nada sexual?
—A mí me parece bastante simple —dijo Cole—. Una
de esas actividades es con ropa. La otra no.
Los cuatro nos reímos y fuimos a la habitación cansados,
aliviados y muy pero muy contentos.

La mañana siguiente me desperté rodeada de calor, amor


y muchos músculos.
Suspiré satisfecha. Estaba acostada de lado y Grayson
me abrazaba por detrás. Frente a mí, con su cabeza rozando la
mía, estaba Cole.
Detrás de Cole, acostado con una mano sobre el
abdomen, descansaba Ethan.
—Shh —me susurró Grayson al oído—, no lo arruines.
—¡Es demasiado tierno! —le susurré yo—. ¿Crees que
le puedes sacar una foto?
Debo de haberlo dicho en voz más alta de lo que quise
hacer, porque entonces Cole abrió los ojos despacio. Cuando
me vio, se sonrió. Y entonces, entendió. Yo estaba justo frente
a él y Grayson estaba del otro lado. Pero había alguien detrás
de él, acurrucado cerca suyo.
—¿Qué carajo…?
—No intentes ir contra esto —le dijo Ethan, acercándose
a él—, solo nos estamos abrazando entre hermanos.
—¡Oye!
—O, para que te quedes más tranquilo —dijo Ethan—,
estoy abrazando a Piper a través de ti.
—Entonces, ¿yo sería la barrera protectora entre ustedes
dos? Gracias, pero prefiero que no.
Me reí por su comentario.
Del otro lado, escuché un ruido fotográfico; era Grayson
que, estirando la mano, nos estaba tomando una selfi. Cole
lanzó una serie de improperios y trató de levantarse de la
cama.
—¡Te tengo, grandote! —dijo Ethan pasándole los
brazos por alrededor del cuerpo. Parecía un vaquero tratando
de domar a un caballo salvaje. —¡Nunca te voy a dejar de
querer!
Grayson y yo hicimos sitio para que Cole se liberara. Se
sentó en la cama y se apoyó en el respaldo.
—Qué bicho raro —le dijo Cole por lo bajo.
Ethan lo palmeó en el muslo.
—Tranquilo. Tengo puestos pantalones.
—¡Yo no! —exclamó.
—Tengo que admitir que anoche dormí como hacía
mucho que no lo hacía —dijo Grayson.
—Yo también —dije.
Ethan se apoyó en el respaldo de la cama y sacó una
pierna fuera.
—Qué bien descansa uno cuando no tiene miedo de que
se lleven a su hija, ¿no?
—Sí, eso debe haber tenido algo que ver —dijo
Grayson.
—Tuve un sueño muy erótico con ustedes tres.
Ethan arqueó una ceja.
—Ahora siento curiosidad.
Yo le sonreí.
—En realidad, tú no estabas ahí. Solo aparecieron Cole y
Grayson.
—¡Ja! —exclamó Cole.
Ethan dejó caer los hombros y simuló ponerse triste.
—¿Cuán erótico? —preguntó Grayson.
Agité una mano y dije:
—Mitad erótico y mitad tonto. Tú y Cole tenían puesto
el disfraz de Papá Noel.
Cole se puso rígido y Grayson resopló.
—¿A qué te refieres con que Cole estaba disfrazado?
Traté de pensar rápido en una excusa pero me enredé con
las palabras.
—Eh… quiero decir, que tenía puesto un disfraz.
Ethan ahogó un grito.
—¡El brazalete de Saint Anthony que llevas puesto el
otro día! Y la bolsa grande de fieltro que vi en tu camioneta la
otra semana. ¡Tú también te disfrazas de Papá Noel!
Cole se dirigió a mí.
—Ahora es cuando rompo contigo.
—¡Lo siento! — exclamé— ¡Se me escapó!
—Espera, ¿todo este mes has estado yendo al hospital?
—preguntó Grayson— ¿Has estado trabajando como Papá
Noel? ¿Eres mi competencia?
—Soy voluntario en hospitales locales —dijo Cole con
tranquilidad—, y en el orfanato. Y también en el refugio de
animales.
—¿El refugio de animales? —le preguntó Ethan,
riéndose.
—Los perros me adoran —contestó él—. Cállate.
—Todo esto es tan bochornoso que ni siquiera tuve
tiempo de considerar el hecho de que Piper tiene un fetiche
raro con hombres disfrazados de Papá Noel —dijo Ethan—.
Así que volvamos a eso.
La puerta de la habitación se abrió de golpe y Max entró
corriendo.
—¡Dejen de hacer ruido!
Todos nos quedamos quietos.
—Creía que habías trabado la puerta —susurró Grayson.
—Anoche me levanté a buscar un vaso de agua —
contesté.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Max con
curiosidad.
—Estamos… en una fiesta de pijamas —dijo Grayson—.
Nos pusimos tristes porque Piper se irá hoy, así que decidimos
hacer una fiesta de pijamas para despedirla.
Max se quedó pensando unos segundos y luego se acercó
corriendo a la cama.
—¿Y por qué no me invitaron? —Se subió arriba de un
salto y fue hacia el regazo de su padre.
—La invitación se debe de haber perdido en el correo —
le dijo él.
Max se rio divertida.
—A mí no me llega nada por correo, papi. Tengo cinco
años —Entonces, dirigiéndose a Ethan, dijo—: ¿Qué hay para
desayunar, tío Ethan?
—Eh… no lo sé —Ethan se acercó a Cole y a mí—.
¡Creo que es hora de comer unas cosquillas!
Max chilló divertida mientras los cuatro le hacíamos
cosquillas en la cama.
Epílogo

Ethan

Esa tarde, los cinco la llevamos a Piper al aeropuerto. Se


iba por un mes, así que llevaba bastante equipaje: dos maletas
grandes, una mochila y la bolsa para el computador portátil
que le habíamos regalado para Navidad.
Cole insistió en llevar todo el equipaje él, aunque
Grayson y yo hubiéramos podido ayudarle.
—Pareces Papá Noel con todas esas maletas —le dije en
broma—, como si estuvieras haciendo entregas de último
momento en tu trineo.
Cole señaló hacia la derecha con la cabeza.
—Mira, Max, un perro de servicio—. Cuando la
chiquilla miró en esa dirección, Cole me hizo un gesto
obsceno con una mano.
Yo le sonreí.
Piper hizo el check in para el vuelo y entonces fuimos
hasta la línea de seguridad. Cole le dio la bolsa con la
computadora y ella se la colgó de un hombro.
—Los otros agentes ya me dieron acceso a la pila de
textos por leer —dije con una sonrisa débil—. Hay más de tres
mil entregas y no puedo esperar a leerlas en el vuelo.
—Vas a parecer muy profesional, trabajando con tu
computadora en el avión —dije yo—. Asegúrate de sacarte
algunas fotos. No cuenta como trabajo de verdad hasta que las
subes a tus redes sociales.
Ella me sacó la lengua y luego me sonrió, una sonrisa
cálida pero tristona.
La abracé y sentí el aroma a champú en su pelo, y la
fragancia de su perfume. Si pudiera grabarme su olor en la
memoria, no me resultaría tan difícil estar lejos de ella por un
mes.
—Adiós, Piper —le dije.
—No —contestó ella con una sonrisa—, hasta luego.
Sostuve la mano de Max mientras Piper se despedía de
los otros dos. Luego, alzó a Max y le dio un gran beso y
abrazo.
Dejó a la niña en el suelo y nos dio una última mirada de
afecto antes de pasar el control de seguridad.
El camino de vuelta a casa fue en silencio, aunque no
estábamos tristes. Más bien, nos sentíamos contentos por ella.
Y por nosotros mismos. Estábamos empezando una nueva
etapa en nuestras vidas, un nuevo proyecto. Durante el último
mes, Piper había sido parte de nuestra vida por necesidad,
porque Grayson necesitaba una niñera que cuidara a Max
mientras él trabajaba en el centro comercial.
Pero ahora, Piper estaría con nosotros por deseo propio.
Los tres íbamos a seguir viéndola y no veíamos ninguna nube
en el horizonte que pudiera ser una amenaza.
«No puedo esperar a que vuelva».
Sin Piper, al principio fue extraño, pero pronto nos
sumimos en la misma rutina que habíamos tenido antes. Yo le
preparaba el desayuno a Max y pasaba mucho tiempo jugando
con ella.
La Nochevieja, prendimos la televisión para mirar la
cuenta regresiva, que empezaba a las 8. Cuando mostraron
Times Square, Max pegó la carita a la pantalla, tratando de
buscar a Piper en la multitud.
—No está allí —le dijo Grayson—. Dijo que ni loca iría
a un sitio tan concurrido como Times Square.
—¡Tal vez sí! —insistió Max, con obstinación.
El 2 de enero, por fin reabrió el Ciervo Sediento.
Algunos de nuestros clientes de siempre nos hicieron algunas
preguntas, pero la mayoría no. Los Thunder jugaban un
partido esa noche así que el bar se llenó de gente.
—¿Quieres tomarte un descanso? —me preguntó
Grayson mientras yo estaba sirviendo tragos detrás de la
barra.
—Ya cené antes de venir para aquí —le dije—. Puedo
seguir trabajando, ¡sobre todo con tanta gente aquí!
Grayson me dio una palmada en la espalda.
—Quisiera agradecerte.
Yo apoyé los vasos frente a los clientes.
—¿Por qué?
—Por haberme puesto en mi lugar la semana pasada —
dijo—. Cuando Piper nos contó lo de su entrevista de trabajo,
tú te lo tomaste de la mejor forma, dándole apoyo y amor. Yo
fui un imbécil.
—Está bien. Ya pasó —dije, aunque igual me gustaba
que se estuviera disculpando—. Tengo todo bajo control aquí
en el bar, así que puedes volver con Max al departamento.
Empecé a tomar otro pedido de una mujer, pero mi
amigo me puso una mano en el brazo y me detuvo.
—Últimamente, he sido muy egoísta —dijo con
gravedad—. A veces estoy tan ocupado con el bar y con Max
que pierdo el foco. Sigo avergonzado por la forma en que me
comporté con Piper y realmente te agradezco que me hayas
hecho ver mi error.
—No te preocupes —le dije. ¿A dónde quería llegar?
—Quiero agradecerte haciendo algo por ti…
Yo empecé a objetar.
—Olvídate, en serio. No necesito que hagas nada.
—Ethan —dijo Grayson—, estás despedido
Yo me quedé sin palabras.
—¿Qué?
Grayson hizo una seña a Cole, que estaba al otro lado del
bar, y volvió a dirigirse a mí:
—Empezaste a trabajar aquí para ayudarme en mis
comienzos. Y sin darnos cuenta, han pasado cuatro años.
Realmente aprecio que trabajes aquí, pero sé que tu sueño es
abrir tu propio bar.
—Sí, pero para eso necesito un capital inicial —contesté
—. Mi trabajo aquí me permitió ahorrar…
—Ethan —dijo ahora con más seriedad—. Somos
mejores amigos. Te conozco desde siempre. Sé que tú tienes el
dinero para hacerlo. De hecho, hasta podría asegurar que lo
has juntado hace tiempo.
Tenía razón. Para abrir un bar necesitaba cerca de 40 mil
dólares y hacía seis meses que había superado esa cifra. Pero
el miedo me había paralizado.
—Nunca se tiene demasiado capital para iniciar algo —
dije protestando—. Cuánto más espere, más dinero habré
ahorrado. Sobre todo con esta situación económica que
estamos atravesando…
Grayson me miró con seriedad a los ojos.
—¿Qué sucederá con el Ciervo Sediento? —le pregunté.
Hace rato que estás buscando un segundo barman…
—Ya pensaré en algo —afirmó—. Amigo, me has
ayudado mucho. Pero ahora es tiempo de que vayas tras tu
sueño. Quedas despedido.
De pronto, sentí que alguien me quitaba un gran peso de
encima. Esa sensación estuvo acompañada de un sentimiento
de esperanza y emoción. Como no sabía qué otra cosa hacer,
lo abracé.
—Gracias, amigo mío —le dije.
—Jamás alguien me había agradecido por despedirlo —
dijo él.
Cuando nos soltamos del abrazo, nos miramos por el
lapso de varios segundos.
—Sabes que el despido es simbólico, ¿no? Es una noche
muy atareada, hay mucha gente, y el partido de los Thunder…
—Claro, primero iba a terminar mi turno —contesté—.
No te preocupes. Aunque eso no significa que no me vaya a
pasar la noche entera buscando un local.
—Olvídate de eso —dijo Cole, acercándose a nosotros
—. Ya encontré el sitio para ti.
Grayson sonrió y asintió.
—¿En serio? — pregunté.
—Es un sitio que compré hace poco, a tres cuadras al
norte de aquí —dijo Cole—. Solía ser un restaurante de una
reconocida cadena: Cheesecake Factory.
—Vaya, gracias, de verdad, pero es más de lo que
necesito. Es demasiado grande —contesté.
Cole tomó una lapicera y empezó a trazar un dibujo en
una servilleta de papel.
—Sí, yo pensé lo mismo. Por eso quiero remodelarlo.
Quiero levantar un muro aquí y dividir el local en dos. De este
modo. Tengo pensado alquilar esta otra parte a otro
arrendatario y tú puedes ocupar este de aquí. Siempre y
cuando no te moleste que el local sea largo y angosto.
Agarré la servilleta y sonreí de oreja a oreja.
—¡Largo y angosto es justo lo que buscaba!
—¡Es lo que ella dijo! —añadió una de las divorciadas
que estaba en la barra, y su comentario causó las risas de sus
amigas.
—También tiene un sótano —añadió Cole—, que puedes
usar como depósito.
—No —le aseguré—. Se me ocurre una idea mejor.
Al día siguiente, fuimos a ver el local. Cole me mostró
dónde levantaría el muro divisorio. Mi local seguiría siendo
enorme. Tenía pisos de madera y las paredes eran de ladrillo
visto; mejor de lo que había soñado.
Esa tarde, Cole y yo empezamos a hacer algunos
llamados. Él conocía a un tipo que podía hacer la
remodelación cuanto antes, así que yo empecé a escribir
cheques y armar un plan.
Y así sin más, me convertí de barman a dueño de mi
propio bar.
Así, atareado como estaba con mi proyecto, el tiempo se
me pasó volando. Durante el día, trabajaba como analista de
datos en la oficina y por las noches me enfocaba en los
trabajos de remodelación y en empezar a pedir suministros.
A Grayson le gustaba hablar con Piper por teléfono, pero
yo prefería los mensajes de texto. De esa forma, manteníamos
una conversación durante todo el día y todos los días. Cuando
vio una paloma atacar a un chihuahua en el Central Park, me
mandó n mensaje de texto. Cuando pedí muestras de copas
para Martini, me aseguré de mandarle un mensaje con una foto
mía tomando un trago exageradamente.
Todo fluía de manera muy natural con ella. No me
requería un esfuerzo y eso me sorprendía, porque me había
imaginado que sostener una relación a distancia sería más
difícil.
Pero lo que sentíamos el uno por el otro era más fuerte a
cada segundo. Y me hacía tener mucha ilusión por el futuro.
A fin de mes, todos fuimos al aeropuerto a recogerla,
incluida la mamá de Piper. Nos quedamos esperándola en la
zona de recogida de maletas con carteles de bienvenida, idea
de Max. El mío decía «Te seguiría a cualquier sitio» y tenía la
ilustración de un flautista.
Pero en el momento en que Piper atravesó la puerta, algo
en mi cerebro cambió. Y en mi corazón también. Ni bien la vi
sonreírme, hermosa como era, supe que sentía algo muy
profundo.
Me di cuenta de que la amaba.
Solté el cartel que tenía en la mano y corrí a abrazarla.
La sostuve en brazos y la hice girar mientras ella se reía y me
besaba.
—¿Tanto me extrañaste? —me preguntó sonriéndome.
—No, no tanto —contesté—. Solo soy muy bueno para
fingir delante de la gente.
Max chilló y exigió atención. Entonces Piper se agachó
para estar a su altura y la abrazó con fuerza.
—¡Te cortaste el cabello! —exclamó Piper.
Max puso cara rara y dijo:
—Me corté todos los cabellos.
Yo sonreí orgulloso.
—Yo le enseñé esa broma. Muy bien, pequeña, así se
hace.
Luego, fue el turno de Cole. Él le agarró el rostro entre
las manos y le dio un beso muy largo, profundo e inapropiado.
Le tapé los ojos a Max mientras el resto de la gente nos miraba
incrédula.
El último fue Grayson. La abrazó muy fuerte, sin soltarla
durante un buen rato. Luego le dio un beso que estuvo a medio
camino entre un beso respetuoso y uno inapropiado.
Alguien que pasaba por al lado nuestro nos miró
extrañado y preguntó:
—¿Pero aquí qué pasa?
Cole le respondió de muy mala gana:
—¿Por qué mejor no sigues tu camino?
El hombre en seguida se alejó de nosotros. Cole
refunfuñó y volvió darse la vuelta hacia nosotros.
La madre de Piper asintió.
—Me gusta que me hija esté con ustedes tres.
—A mí también me gusta—Entonces Cole notó que Max
lo miraba—. Max, nunca repitas lo que acabo de decir.
Max hizo un gesto como si sus labios quedaran sellados.
—¡Tengo tantas cosas para contarles! —exclamó Piper
mientras esperábamos las maletas—. El departamento que me
dieron para alojarme era tan pequeño. Las fotos que les mandé
no le hacen justifica. ¡Pero me encantó! Y luego, claro, la
oficina…
Piper se pasó el resto del día contándonos su experiencia.
Muchas cosas ya nos las había dicho a cada uno por separado,
pero igualmente me gustaba oírla hablar así.
De pronto, me di cuenta. «Podría escuchar esa voz por el
resto de mi vida». No era un pensamiento casual.
Esa noche, la madre de Piper cuidó a Max para que
nosotros pudiéramos… reencontrarnos, por así decirlo. Cole
tenía tantas ganas de estar con ella que hasta rompió su regla
de no hacer nada con Grayson y conmigo alrededor.
—Es una noche especial —dijo, quitándole la falda a
Piper—. No voy a dejar que estos dos mequetrefes se
interpongan en lo que quiero hacerle a esta mujer.
Fue una noche caótica, ardiente, espectacular. Estábamos
borrachos, no por el alcohol sino por nuestros cuerpos.
Pedimos una pizza, nos tomamos un rato para comer y luego
regresamos a la habitación para seguir por más. Nos hicimos
un festín con el cuerpo de Piper, tomándola por turnos y
también en simultáneo. Cuando todos llegamos al clímax, que
ocurrió al mismo tiempo, lo hicimos en medio de un coro de
gritos y jadeos extasiados.
—Eso fue increíble —dijo Piper, al terminar—. Fue
exactamente cómo me lo imaginé durante el último mes.
—Como dije: es una noche especial —dijo Cole—. No
se acostumbren.
Pero me di cuenta, por el ronroneo en su voz, que estaba
igual de enamorado de Piper que yo.
Durante los meses que siguieron, empezamos a
compartir a Piper cada vez más y más. Era natural. Ya no
sentíamos incomodidad, tampoco rivalidad entre nosotros, tan
solo una competencia sana que nos llevaba a amarla con más
intensidad. Incluso, empezamos a salir todos juntos, después
de que encontramos una niñera a tiempo parcial para Max.
Pronto, nos empezamos a pensar como una unidad, y no
como tres relaciones separadas. Como los radios de una
bicicleta que están conectados a un buje central y eso los hace
trabajar con más fuerza.
En marzo, Piper se mudó conmigo. Al estar en el centro,
estaba también más cerca de mí, de Grayson y Max, y del
Ciervo Sediento, donde Cole pasaba gran parte del día.
La mudanza de Piper ocurrió en un buen momento,
porque una semana después Sergio le propuso casamiento a la
madre de Piper y ellos comenzaron a planear y consolidar una
vida juntos, y eso incluía vender la casa.
La boda se realizaría en octubre y sería algo pequeño,
pero la madre de Piper insistió en que su hija fuera con tres
acompañantes.
—Y quien se atreva a juzgarlos, se puede ir al demonio
— sentenció.
En abril, inauguré mi bar de mixología, justo a tiempo
para los playoffs de la NBA, lo que atraería a una gran
cantidad de espectadores a la ciudad. Me paré en la calle para
admirar el cartel que rezaba E-Lounge en letras de neón.
La E era por Ethan, por supuesto, pero también porque le
daba una onda chula y moderna al lugar.
—¿Todavía no han encontrado a un inquilino para el otro
local? —preguntó Grayson.
—Bueno, justamente firmamos el contrato esta mañana
—dijo Cole. Sonrió y se dirigió a Piper—. Parece que será una
tienda de sándwiches. Ahora tengo un sitio de donas, uno de
sándwiches y otro de barbacoa.
—¡Uno para cada comida del día! —exclamó ella
contenta. Los dos se sonrieron con complicidad.
Grayson y yo nos encogimos de hombros sin terminar de
entender si se trataba de una broma privada.
—¡Este sitio es genial! —dijo Piper cuando entramos al
E-Lounge—. Cuando no me dejaste venir a ver las obras de
refacción, me enojé pero ahora me alegra. ¡Es una verdadera
sorpresa!
Yo sonreí y admiré el bar. Era angosto y largo. La barra,
de unos veinte metros de longitud, ocupaba todo el costado
izquierdo. El resto del bar estaba ocupado por sillas y mesas
dispersas. En los muros había bibliotecas con libros viejos y
polvorientos que seguramente había sacado de tiendas de
objetos usados en Oklahoma City. Detrás de la barra había
varios televisores que ahora pasaban la previa del partido de
los Thunder.
Piper me rodeó con un brazo.
—¿Cuántas de esas botellas que están detrás de la barra
las trajiste de tu departamento?
—Algunas cuantas —tuve que admitir—. Pero solo las
botellas viejas que tenía sin abrir. Era más barato que pedir
nuevas.
—Ah, bueno, espero que los fondos para tu empresa no
estén demasiado bajos —dijo ella.
Yo la miré y le sonreí con calma.
—Para nada. Todavía tengo unos cuantos ahorros.
Además, no he dejado mi trabajo diurno.
—Ah, ¿no? —Piper me miró con sorpresa—. Me
imaginaba que renunciarías una vez que abrieras tu bar. Ya
empecé a planear una fiesta para celebrarlo.
—Muchos negocios fracasan —dije yo—, y no quiero
quedarme sin opciones. Además, de este modo, siento menos
presión. No me importará si me lleva algún tiempo hacer de
este un sitio rentable. Puedo esperar.
Ella se acercó a mí en puntas de pie para darme un beso
en la mejilla.
—Estoy orgullosa de ti.
—Gracias.
Cole miró a su alrededor; solo había tres clientes.
—Vendrá más gente cuando comience el partido —le
aseguró.
—¡Esperen! Todavía no les mostré la mejor parte.
Vengan, por aquí.
Los conduje a una estantería cerca de la entrada y señalé
una repisa.
—¿Notan algo?
Piper entrecerró los ojos.
—¿Es… El barril de amontillado? Es mi cuento
favorito.
—Ya lo sé. Me lo dijiste. Adelante, ábrelo.
Ella me miró extrañada e intentó sacar el libro de la
repisa. No pudo moverlo, pero sí pudo abrir la tapa, que reveló
un interior vacío, excepto por un antiguo interruptor metálico.
—Cámbialo.
Ella al principio me miró dudosa, pero luego estiro la
mano y bajó el interruptor. Casi de inmediato, se abrió una
mirilla detrás de los libros por la que alguien nos miraba.
—¿Contraseña? —preguntó una voz masculina del otro
lado.
—Mierda —maldijo Cole—, ¿cuál es la contraseña?
—¡Seguro que la saben! — exclamé.
Piper abrió los ojos muy grandes.
—¡Ya me acuerdo! Me lo dijiste hace mucho, el día que
nos conocimos… —Sacó su celular de la bolsa y abrió
Instagram—. ¡Sí! La contraseña es… Thomas.
La mirilla se cerró y dos segundos después, la biblioteca
se abrió como una puerta hacia nosotros, que llevaba directo a
otra habitación. El hombre del otro lado nos hizo un gesto y
nos dijo:
—Que sea rápido. ¿O quieren que nos agarren los
prohibicionistas?
—¿Prohibicionistas? —preguntó Piper.
—Milicos —susurró el hombre—. La poli. De prisa.
—Qué buen toque —comentó Grayson cuando
entramos.
—Gracias —Lo saludé con el puño al gorila que nos dejó
pasar—. Me gustan el acento y la jerga, Parker.
—¡Gracias, jefe! —respondió el hombre—. Quería darle
un toque de glamour, dinamismo.
—Así que, ¿la contraseña es Thomas? —preguntó Cole.
—Sí, y la semana que viene será Percy. Y la siguiente,
Gordon.
Piper se rio.
—Son los personajes de Thomas y sus amigos.
—Un pequeño homenaje a Max, aunque es muy pequeña
para entenderlo. Pero aun así, me divierte.
La puerta secreta llevaba a una escalera angosta.
Bajamos y atravesamos otra puerta. Una vez en el sótano,
empezamos a escuchar la suave melodía de jazz en un piano.
Las dimensiones del lugar eran idénticas a las del bar de
arriba, pero aquí el ambiente era más sombrío y no había
televisores. Y aquí abajo había al menos cincuenta personas.
—¡ESTO ES SENSACONAL! —exclamó Piper.
—Me parece mucho mejor esta idea que la de haber
hecho aquí un depósito —agregó Cole.
Yo hice un ademán y les dije:
—Vengan, quisiera invitarles un trago.
—¡Claro que no! —protestó Cole—. Puedes regalarme
un trago otro día. Pero hoy, que es el día de la inauguración,
yo me pagaré mi propio trago.
—Al menos, deja que sea yo quién los prepare. Fui hasta
atrás de la barra y le di una palmadita en el hombro al barman
que estaba allí.
—Este es el menú de tragos. Solo hay cinco, así que
elijan bien.
Se reunieron todos alrededor del menú. Cuando
empezaron a leer, esbozaron una sonrisa y me miraron con
sorpresa primero, y cariño después.

Piper
Maxine
Musculoso
Papito
Chandler

—¿Le pusiste nuestros nombres a los tragos? —preguntó


Piper— ¡Qué tierno!
Cole sonrió.
—Me gusta el mío. Dame uno de esos.
—Yo empezaré con un Papito —dijo Grayson—, y
después, quisiera probar el Maxine.
—¡Un Piper, por favor! —dijo Piper—. Pero luego,
quisiera probar el Chandler para quedar patas para arriba —Y
enfatizó el comentario con un guiño.
—En seguida, señorita.
Cole estudió el menú.
—Entiendo las referencias de todos, menos la de
Chandler.
—Es él —explicó Piper, señalándome con la cabeza—.
Él es Chandler, porque su trabajo diurno es el mismo que tenía
Chandler Bing.
—¿Quién? —preguntó Cole.
—¡El personaje de Friends!
—No sé de qué hablas.
Piper ahogó un grito.
—¿Nunca has visto Friends?
—Las comedias me parecen tontas —dijo— ¿Por qué me
interesaría ver gente que se pasa todo el rato en un
departamento mientras puedo estar mirando programas
deportivos?
—Si eso no descalifica a Cole como tu pareja, nada lo
hará —dijo Grayson.
Todos nos reímos con agrado por la broma. Era una
broma porque ya no competíamos entre nosotros por la
atención de Piper. Ahora, estaba claro quién había ganado.
Todos.
—Por Ethan —dijo Grayson, cuando les di los tragos—,
el mejor barman que el Ciervo Sediento jamás vio.
—¡Y el mejor amante en todo Oklahoma!
—¡Uh, bueno, demasiado lejos! —dijo Grayson.
Cole apoyó el vaso en la barra.
—No pienso brindar por eso.
Piper se rio y les explicó a los dos que en esa categoría
estábamos todos empatados. Recién entonces estuvieron
dispuestos a alzar las copas y brindar.

La gran inauguración fue un éxito sensacional. Pronto,


llegamos al límite de la capacidad, tanto arriba como en el
subsuelo, y la gente empezó a hacer fila para entrar. Cole se
ofreció a colaborar en el control de los documentos, pero yo le
aseguré que teníamos un guardia de seguridad perfectamente
competente; que mejor se relajara y disfrutara de la noche.
Él se encogió de hombros, se bebió el resto del trago de
un sorbo y pidió tres más. Más tarde, Grayson y Piper tuvieron
que llevarlo a casa prácticamente a rastras.
El hecho de estar ubicado a solo unas cuadras de Paycom
Center, el sitio donde jugaban los Thunder, ayudó mucho. Los
clientes venían al bar para tomar algo antes de ir al estadio y
luego, a la salida, volvían. Los Thunder llegaron a las finales
antes de descalificar, y eso catapultó el bar al éxito.
Por ahora, no pensaba renunciar a mi trabajo de oficina.
Me gustaba tener la seguridad por si algo salía mal. Pero no
pasó mucho tiempo antes de que comenzara a proyectar mi
retiro del campo del análisis de datos.
Yo no era el único ocupado. El nuevo trabajo de Piper la
mantenía atareada los siete días de la semana. Para abril ya
tenía una docena de clientes con potencial, como ella decía, y
para mayo, logró su primer acuerdo editorial. Después de eso,
su carrera no hizo más que ir en ascenso. Cada semana parecía
vender una nueva novela a alguno de sus clientes. Sus jefes ya
estaban pensando en ascenderla a Agente Asociada.
Grayson no tardó mucho en encontrar un barman que me
reemplazara en el Ciervo Sediento. Pero era malísimo. Le dije
que me había preparado un trago perfectamente mediocre.
Pero luego Piper me recordó que yo solía tener expectativas
demasiado altas e irreales en cuanto a bebidas alcohólicas, así
que tuve que admitir que el nuevo barman estaba más que
calificado. Piper siempre encontraba la forma de apaciguarme.
Los dos nos ayudábamos a hacer del otro su mejor versión.
Fue por eso, más que por el amor, el afecto o la
compañía, que me di cuenta de que ella era el amor de mi
vida.

Antes de que pudiéramos darnos cuenta, el verano


llegaba a su fin. Y una mañana veraniega muy especial, el
martes siguiente al Día del Trabajo, me hallé sentado dentro de
un coche con Piper y Cole, a una cuadra de distancia de una
escuela. No podía tomarme demasiado tiempo libre
remunerado en mi trabajo diurno, porque ya lo había usado
para armar el bar y ponerlo en funcionamiento. Pero hoy valía
la pena tomarme el día.
—Me siento raro aquí sentado —musitó Cole—, como si
me fueran a poner en una lista o algo así.
—La sorpresa valdrá la pena —dijo Piper—, así que
¡deja de quejarte!
—¿Ya tienes todo preparado para mañana? —le pregunté
a ella.
Piper me sonrió y replicó:
—¡Ni cerca! No tengo idea qué usar para una fiesta de
inauguración.
El primer libro que Piper había vendido, en abril,
finalmente sería presentado esa semana. Las últimas semanas,
no había parado de actualizar la página de Amazon cada dos
minutos de manera obsesiva.
—¿En cuánto está ahora? —le pregunté.
—¡81! —dijo con emoción.
Cole, en el asiento de adelante, se giró hacia ella.
—¿Es bueno?
—¿Bueno? ¡Es increíble! Es raro que un libro de ciencia
ficción esté entre los cien mejores, sobre todo antes de que
terminen las compras por adelantado.
—¡Qué bien! —le dije apretándole la mano—. Estoy
orgulloso de ti.
—Todo fue gracias a la magia de la bolsa para la
computadora portátil —dijo Cole.
Piper carraspeó con exageración.
—Bueno, tal vez fue también porque eres una mujer muy
inteligente y capaz.
Ella asintió y señaló con la cabeza.
—¡Allí están! ¡Allí están! Vamos, ¡apurémonos!
Nos bajamos del auto de prisa y cruzamos la calle
corriendo hacia la escuela. Grayson estaba abriendo la puerta
del acompañante de su coche para dejar bajar a Maxine, que
ya tenía seis años. Llevaba el cabello rojo atado en un moño y
tenía un vestido azul y blanco.
Cuando nos vio, gritó de sorpresa.
—¡Están aquí! ¡Están aquí! Pensé que se habían
olvidado.
—¿Cómo nos íbamos a olvidar? —dijo Piper,
abrazándola.
Yo le puse una lonchera en los brazos.
—Te traje esto —El recipiente tenía motivos de
ferrocarriles y locomotoras.
—¡Tío! ¡Gracias! —gritó abrazándome de nuevo.
—No es solo una caja con trenes pintados. Te preparé el
almuerzo. Bologna y queso.
Grayson la palmeó con suavidad en la espalda.
—Ya vámonos, cariño, o vamos a llegar tarde.
Max nos saludó a todos una última vez con la mano y fue
corriendo hacia la entrada, donde se unió a otros niños que,
como ella, empezaban hoy el primer día del jardín preescolar.
Cuando desapareció de nuestra vista, Piper abrazó a Grayson.
—¿Crees que estará bien? —preguntó Grayson con la
voz quebrada por la emoción.
—Sé que sí —le aseguró Piper.
—No puedo creer que ya empieza la escuela —dije—.
Parece que hubiera sido ayer que era así de pequeña…
De pronto, Cole dejó escapar un llanto de congoja.
Todos nos dimos vuelta para mirarlo. Yo ya estaba listo
para regañarlo por burlarse de Grayson en un momento tan
delicado, pero entonces me di cuenta, para mi enorme
asombro, que estaba llorando de veras.
—¿Qué pasa ahora? —le pregunté.
Cole se enjugó un ojo con el puño.
—Es que… está creciendo tan de prisa —dijo entre
sollozos—. Ya me llega a la cintura. No puedo creer que ya
sea… que ya sea… una personita.
—Buen, bueno, tranquilo —lo consoló Grayson.
Cole se sorbió los mocos y apretó algo muy fuerte en la
mano. Era el silbato de plata con la cinta de cuero para anudar
al cuello.
—No puedo creer lo que estoy viendo —le dije—. En
diciembre del año pasado, te apuñalaron durante una pelea en
un callejón. Y ahora…
Cole se secó las lágrimas y dijo:
—Te apuñalaría a ti con gusto.
Le di un abrazo y él me abrazó también. Sabía
exactamente cómo se sentía. De la misma forma en que Piper
era nuestra mujer compartida, Max era nuestra hija
compartida. Sentíamos que era de todos, no solo de Grayson.
Y si Cole no se hubiera echado a llorar primero, hubiera sido
yo el que hubiera lagrimeado.
Grayson lo rodeó con un brazo.
—Vamos, grandote. Vayamos por unas donas.
—¡Yo conozco un sitio! —anunció Piper—. Venden unas
donas riquísimas y los dueños son de lo más agradables.
Aunque recuerdo que me dijeron que el arrendador era un
pesado.
Eso hizo reír a Cole y en seguida, todos nos reímos con
él. Así, todos tomados del brazo, volvimos al coche. Éramos
una gran familia feliz.
Cassie Cole es una escritora de romances de harén
inverso, que vive en For Worth, Texas. Amante de la felicidad
de corazón, cree que el romance es mejor con una trama por
demás interesante.

Otros libros de la misma autora


(en Español)
Niñera con beneficios
Jugando Fuerte
Niñera para los Marines
Niñera para el multimillonario
Niñera para los bomberos
Una niñera en Navidad

Otros libros de la misma autora


(en Inglés)
Broken In
Drilled
Five Alarm Christmas
All In
Triple Team
Shared by her Bodyguards
Saved by the SEALs
The Proposition
Full Contact
Sealed With A Kiss
Smolder
The Naughty List
Christmas Package
Trained At The Gym
Undercover Action
The Study Group
Tiger Queen
Triple Play
Nanny With Benefits
Extra Credit
Hail Mary
Snowbound
Frostbitten
Unwrapped
Naughty Resolution
Her Lucky Charm
Nanny for the Billionaire
Shared by the Cowboys
Nanny for the SEALs
Nanny for the Firemen
Nanny for the Santas
Shared by the Billionaires (Feb 2022)

También podría gustarte